230- Curación de la hemorroisa y resurrección de la hija de Jairo

Jesús va rodeado de mucha gente que ciertamente lo estaba esperando, por un camino soleado y polvoriento que bordea la ribera del lago. Se dirige hacia un pueblo.

La muchedumbre lo oprime a pesar de que los apóstoles, a fuerza de codos y hombros, vayan tratando de hacer hueco y levanten la voz para convencer a la masa de dejar un poco de espacio.

Pero Jesús no está inquieto por tanto barullo. Sobrepasando en altura con toda la cabeza a los que lo rodean, mira con dulce sonrisa a esta multitud que lo apretuja; responde a los saludos, acaricia a algún niño que logra hacerse ver por entre la barrera de adultos y arrimarse a Él, pone la mano en la cabeza de aquellos pequeñuelos a los que sus madres aúpan por encima de las cabezas de la gente para que Él los toque… Y, entretanto, sigue andando, lentamente, pacientemente, en medio de esta bulla y de estas continuas presiones que pondrían de malhumor a cualquiera.

Una voz de hombre grita:
-¡Paso! ¡Dejad paso!

Una voz que denota angustia. Muchos deben conocerla y respetarla, como de una persona influyente, porque la multitud se escinde -aunque con mucha dificultad, porque están muy apretujados-y dejan pasar a un hombre de unos cincuenta años, enteramente cubierto con un largo y amplio indumento y con una especie de pañuelo blanco alrededor de la cabeza, cuyo vuelo pende hasta el cuello y sobre la cara.

Llega adonde Jesús, se postra a sus pies y dice:
-Maestro, ¿por qué has estado fuera tanto tiempo? Mi hija está muy enferma. Ninguno la puede curar. Tú eres la única esperanza mía y de la madre. Ven, Maestro. Te esperaba con ansiedad infinita. Ven, ven enseguida. Mi única criatura se está muriendo… -y se echa a llorar.

Jesús pone su mano sobre la cabeza de este hombre que llora, sobre esta cabeza inclinada y convulsa por los sollozos, y le responde:
-No llores. Ten fe. Tu hija vivirá. Vamos a verla.

¡Levántate! ¡Vamos!

Las dos últimas palabras tienen tono de imperio. Antes era el Consolador, ahora habla como Dominador.
Se ponen de nuevo en camino. El padre, llorando, va al lado de Jesús, que lo tiene cogido de la mano; y, cuando un sollozo más fuerte agita al pobre hombre, veo que Jesús lo mira y le aprieta la mano. No hace sino esto, pero ¡cuánta fuerza debe tornar a un alma cuando se siente tratada así por Jesús!

Antes, donde ahora está el padre, estaba Santiago, pero Jesús le ha dicho que le cediera el puesto. Pedro está al otro lado. Juan al lado de Pedro, tratando de hacer con él de barrera a la gente, como hacen también Santiago y Judas Iscariote en el otro lado, detrás del adolorado padre. Los otros apóstoles están unos delante y otros detrás de Jesús. Pero no es suficiente. Especialmente los tres de atrás, entre los cuales veo a Mateo, no consiguen mantener detrás a la muralla viva. Y, cuando refunfuñan un poco demasiado y casi casi insultan a esta muchedumbre poco discreta, Jesús vuelve la cabeza y dice con dulzura:
-¡No pongáis impedimento a estos pequeñuelos míos!…

Pero, en un momento dado, se vuelve bruscamente, dejando incluso caer la mano del hombre. Se detiene. Se vuelve (esta vez no vuelve sólo la cabeza sino todo su cuerpo). Parece incluso más alto, porque ha tomado una actitud de rey. Con su rostro -ahora severo-y su mirada inquisitiva escruta a la muchedumbre. En sus ojos hay relámpagos, no de dureza sino de majestad.

-¿Quién me ha tocado? -pregunta. Nadie responde.
-¿Quién me ha tocado?, repito -insiste Jesús.
Responden los discípulos:

-Pero, Maestro, ¿no ves que la muchedumbre te está apretujando por todas partes? Todos te tocan, a pesar de nuestros esfuerzos.

-Estoy preguntando que quién me ha tocado para obtener un mi-agro. He sentido que salía de mí una virtud milagrosa porque un corazón la invocaba con fe. ¿Quién es este corazón?

Jesús, mientras habla, baja dos o tres veces sus ojos hacia una mujercita de unos cuarenta años, vestida muy pobremente, de rostro demacrado, la cual busca eclipsarse entre la muchedumbre, desaparecer tragada por la multitud.

Esos ojos puestos en ella deben quemarla. Se da cuenta de que no puede huir y vuelve adelante. Se postra a sus pies, casi tocando el polvo con el rostro; con los brazos extendidos, aunque sin llegar a tocar a Jesús.
-¡Perdón! Soy yo. Estaba enferma. ¡Hacía doce años que estaba enferma! Todos huían de mí. Mi marido me ha abandonado. He gastado todos mis haberes para no ser considerada un oprobio, para vivir corno viven todos.

Ninguno ha podido curarme. Maestro, ya ves que soy una anciana prematura. Mi vitalidad, con mi flujo incurable, ha salido de mí, y mi paz con ella. Me dijeron que Tú eras bueno. Me lo dijo uno al que habías curado de su lepra, uno que por su experiencia de tantos años en que todos huían de él no sintió asco de mí. No me he atrevido a decir esto antes. ¡Perdóname! He pensado que sólo con tocarte quedaría curada. Pero no te he contaminado de impureza. Apenas he rozado el extremo de tu vestido que toca el suelo, la suciedad del suelo… como mi inmundicia… ¡Pero ahora estoy curada! ¡Bendito seas! En el momento en que he tocado tu vestido mi mal ha cesado. Ahora soy como todas las demás. Ya no se apartará de mí la gente. Mi marido, mis hijos, mis parientes podrán estar conmigo, los podré acariciar, seré útil a mi casa.

¡Gracias, Jesús, Maestro bueno! ¡Bendito seas eternamente!
Jesús la mira con una bondad infinita. Le sonríe y le
dice:

-Ve en paz, hija. Tu fe te ha salvado. Queda curada para siempre. Sé buena y vive feliz. Ve.

No ha terminado de hablar cuando, de improviso, llega un hombre -creo que un siervo-, y se dirige al padre de la niña enferma que durante todo este tiempo ha estado en actitud de espera respetuosa pero angustiada, verdaderamente en ascuas­y le dice:

-Tu hija ha muerto. No importunes ya al Maestro. Su espíritu la ha dejado. Ya las plañideras están llorando.

La madre me envía a decírtelo y te ruega que vayas enseguida.

El pobre padre exhala un gemido, se lleva las manos a la frente, frunce la frente, se comprime los ojos, se pliega como si lo hubieran herido.

Jesús, que parecía que no debería ver ni oír nada, porque está atento a lo que le dice la mujer y a responderle, se vuelve, sin embargo, y pone la mano sobre la espalda curvada del pobre padre:

-Hombre, te he dicho: ten fe. Te repito: ten fe. No temas. Tu hija vivirá. Vamos adonde ella.
Y se pone de nuevo en marcha, manteniendo estrechado contra sí a este hombre completamente destruido.

La multitud, ante este dolor y la gracia que se ha producido, se detiene atemorizada; se abre, deja a Jesús y a los suyos que puedan caminar ligero para seguir luego como una estela a la Gracia que pasa.

Se recorren así unos cien metros, quizás más -no soy buena calculadora-; se entra cada vez más en el centro del pueblo.

Hay una aglomeración de gente delante de una casa de fino aspecto. Están comentando con voz alta y estridente lo que ha sucedido, a manera de contrapunto de otros gritos más altos que llegan a través de la puerta abierta de par en par: son gritos gorjeados, agudos, mantenidos en una nota monótona y que parecen dirigidos por una voz más aguda, solista; a ésta responden, primero un grupo de voces más finas, luego otro de voces más llenas. Es un alboroto capaz de producir la muerte incluso a quien está bien.

Jesús ordena a los suyos que se queden delante de la puerta, pero llama a Pedro, Juan y Santiago. Con ellos entra en la casa (lleva todavía agarrado de un brazo al padre, que sigue llorando: parece como si quisiera infundirle la certeza de que Él está ahí para consolarlo con ese gesto).

Las… plañideras, que yo llamaría más bien "chillonas", al ver al jefe de la casa y al Maestro, doblan su gritería. Dan palmadas, agitan unas panderetas, golpean triángulos y sobre esta… música apoyan sus plañidos.
-Callad -dice Jesús -No es el caso de llorar. La niña no está muerta, sólo duerme.

Las mujeres lanzan gritos más fuertes aún. Algunas se revuelcan por el suelo, se hacen arañazos, se arrancan los pelos (o, más bien, hacen como si se los arrancaran) para mostrar que está realmente muerta. Los que suenan los instrumentos y los amigos menean la cabeza como respuesta a lo que creen ser un espejismo de Jesús.

Mas Él repite: «¡Callad!», tan enérgicamente, que el alboroto, si bien no cesa completamente, al menos se transforma en simple murmullo. Jesús pasa más adentro.
Entra en un cuarto pequeño. Encima de la cama está extendida una niña muerta. Delgada y palidísima, yace, ya vestida, ordenados con cuidado sus negros cabellos. La madre llora al pie del costado derecho de la cama, mientras besa la cérea manita de la difunta.

¡Qué hermoso está Jesús ahora! ¡Como pocas veces lo he visto! Se acerca al lecho rápidamente, tanto que parece deslizarse sobre el suelo… volar. Los tres apóstoles cierran la puerta sin contemplaciones para con los curiosos y permanecen apoyados a ella. El padre se ha detenido a los pies de la cama.

Jesús va a la parte izquierda, extiende la mano izquierda para tomar la manita muerta de la pequeña difunta; es también la izquierda, lo he visto bien, es la izquierda de Jesús y la izquierda de la niña. Alza el brazo derecho hasta llevar la mano abierta a la altura del hombro, y la baja con el gesto propio de uno que o jura o manda. Dice:

-¡Niña, Yo te lo digo, levántate!

Transcurre un momento en que todos, excepto Jesús y la muerta, permanecen suspendidos. Los apóstoles alargan el cuello para ver mejor. El padre y la madre miran con ojos acongojados a su hija. Pasa un instante… y un suspiro alza el pecho de la pequeña difunta, un leve color sube a la carita cérea, anulando el cárdeno de muerte. Una sonrisa se dibuja en los pálidos labios antes de abrirse los ojos, como si la niña estuviera teniendo un dulce sueño. Jesús la tiene todavía tomada de la mano. Entonces la niña abre dulcemente los ojos y los mueve en su derredor como si se despertara en ese momento. Lo primero que ve es el rostro de Jesús, que la está mirando fijamente con sus ojos espléndidos, sonriéndole con alentadora bondad. Y ella también le sonríe.

-Levántate -repite Jesús, mientras aparta con su mano los objetos fúnebres que estaban colocados o sobre la propia cama o a los lados (flores, velos, etc. etc.) y la ayuda a bajar. Y hace que dé unos primeros pasos teniéndola todavía de la mano.

-Dadle de comer. Ahora -ordena Jesús -Está curada. Dios os la ha devuelto. Dadle gracias. No digáis a nadie lo que ha sucedido. Vosotros sabéis qué le había sucedido. Habéis creído, habéis merecido el milagro. Los otros no han tenido fe. Es inútil tratar de persuadirlos. Dios no se muestra a quien niega el milagro. Y tú, niña, sé buena.

¡Adiós! La paz descienda sobre esta casa.
Sale cerrando tras sí a puerta.

La visión termina.

229- Discurso a los habitantes de Betsaida sobre el gesto de caridad de Simón Pedro

Jesús está hablando a mucha gente que se ha congregado delante de la casa de Felipe; habla erguido, en el umbral de la puerta realzado sobre dos altos escalones.

La novedad del hijo adoptivo de Pedro que ha venido con su minúscula riqueza de tres ovejitas en busca de la gran riqueza de una nueva familia se ha esparcido como una gota de aceite en una tela. Todos hablan de ello, cuchichean, hacen comentarios que responden a los distintos modos de pensar.

Hay quien, sincero amigo de Simón y de Porfiria, se muestra contento por su alegría. Hay quien, con malevolencia, dice:

-Para que lo aceptara, se lo ha tenido que ofrecer con dote.

Está también la persona buena que dice:
-Vamos a querer todos mucho a este pequeñuelo amado de Jesús.

No falta quien maliciosamente dice:
-¡La generosidad de Simón! ¡Sí, precisamente eso! ¡Se lucrará, si no…!
Están también los ambiciosos:

« -¡También yo lo habría hecho, si me hubieran ofrecido un niño con tres ovejas. ¡Tres! ¿Os dais cuenta? Es un pequeño rebaño. ¡Además bien hermosas! Lana y leche están asegurados, y luego los corderos para venderlos o tenerlos! ¡Son riqueza! Además el niño puede servir, puede trabajar…

Pero otros replican a los malpensados:
-¡Qué vergüenza! ¡Decir que se ha hecho pagar por una buena acción! Simón no ha pensado eso. Lo hemos conocido siempre generoso con los pobres, especialmente con los niños, a pesar de su modesto patrimonio de pescador. Es justo que ahora -que ya no gana con la pesca y carga con el peso de otra persona en la familia-tenga otro modo de ganar algo.

Mientras la gente comenta, extrayendo cada uno de su propio corazón lo que de bueno o malo tiene y vistiéndolo de palabras, Jesús conversa con uno de Cafarnaúm que ha venido a verlo para invitarlo a ir enseguida, porque -dice-la hija del arquisinagogo se está muriendo, y porque hace unos días que está viniendo una mujer noble con una sierva preguntando por él. Jesús promete que irá al día siguiente por la mañana, cosa que entristece a los de Betsaida porque querrían que estuviera con ellos más días.

-Vosotros tenéis menos necesidad de mí que otros. Permitid que me vaya. Además, durante todo el verano estaré en Galilea, y mucho en Cafarnaúm. Será fácil vernos. Allá hay un padre y una madre angustiados. Hay que socorrerlos por caridad. Vosotros -los buenos de entre vosotros-aprobáis la bondad de Simón para con el huérfano. Sólo el juicio de los buenos tiene valor. No se debe escuchar el juicio de los no buenos, que siempre está impregnado de veneno y mentira. Así que vosotros, los buenos, debéis aprobar mi acto de bondad de ir a consolar a un padre y a una madre.

Haced que vuestra aprobación no quede estéril, sino que, al contrario, os mueva a imitación.

Hay páginas de la Escritura que hablan de cuánto bien nace de un acto bueno. Recordemos a Tobit. Mereció que un ángel tutelase a su Tobías y que enseñase a éste cómo devolver la vista a su padre. ¡Cuánta caridad, sin pensar en obtener beneficio, había practicado el justo Tobit, a pesar de los reproches de su mujer, y de los peligros incluso de muerte! Recordad las ͕palabras del arcángel: “Buenas cosas son la oración y el ayuno.

La limosna vale más que montañas de tesoros de oro, porque libra de la muerte, purifica los pecados; quien la practica halla misericordia y vida eterna… Cuando orabas entre lágrimas y enterrabas a los muertos… presenté tus oraciones al Señor". Pues bien, mi Simón, en verdad os lo digo, superará con mucho las virtudes del anciano Tobit.

Cuando Yo me vaya, quedará como tutor de vuestras almas en mi Vida. Ahora él empieza su paternidad de alma para ser mañana padre santo de todas las almas fieles a mí.

Por tanto, no murmuréis; al contrario, si un día encontráis en vuestro camino, cual pajarillo caído de su nido, a un huérfano, recogedlo. El pedazo de pan compartido con el huérfano, lejos de empobrecer la mesa de los hijos auténticos, trae a casa las bendiciones de Dios.

Hacedlo, porque Dios es el Padre de los huérfanos y es Él mismo quien os los pone delante, para que los ayudéis reconstruyéndoles el nido que la muerte destruyera; hacedlo porque lo enseña la Ley que Dios dio a Moisés, que es nuestro legislador precisamente porque en tierra enemiga e idolátrica encontró un corazón que se curvó compasivo hacia su debilidad de infante, salvándolo de la muerte, arrebatándolo a la muerte, fuera de las aguas, al margen de las persecuciones, porque Dios había establecido que Israel tuviera un día su libertador: un acto de piedad le valió a Israel su caudillo.

Las repercusiones de un acto bueno son como ondas sonoras que se difunden hasta muy lejos del lugar en que nacen; o, si lo preferís, como flujo de viento que arrebata las semillas y consigo las lleva muy lejos hasta las fértiles glebas.
Podéis iros. La paz sea con vosotros.

228- Margziam confiado a Porfiria

Jesús está con sus apóstoles en el lago de Galilea.

Es por la mañana, todavía temprano. Están todos los apóstoles, incluso Judas, perfectamente curado y con una expresión de rostro más dulce, debido a la enfermedad que ha padecido y a los cuidados recibidos; y también Margziam, un poco impresionado porque es la primera vez que está sobre el agua. El niño, aunque no quiere que se note, a cada cabeceo un poco más fuerte, se agarra con un brazo al cuello de la oveja, que comparte su miedo balando quejumbrosamente, y con el otro brazo a lo que puede (al mástil, a un asiento, a un remo, o incluso a la pierna de Pedro o de Andrés o de los mozos, que pasan dedicados a sus operaciones), y cierra los ojos, quizás convencido de que está viviendo su última hora.

Pedro, de vez en cuando, dándole un cachetito en el carrillo, le dice:

-¿No tendrás miedo, no? Un discípulo no debe tener nunca miedo.

El niño dice que no, con la cabeza, pero, dado que el viento aumenta y que el agua se va agitando más a medida que se acercan a la desembocadura del Jordán en el lago, se agarra más fuerte y cierra los ojos más veces… hasta que exhala un grito de miedo, cuando, de improviso, la barca se inclina por una ola que la ha embestido de costado.

Unos ríen, otros, de broma, toman el pelo a Pedro, porque ahora es padre de uno que no sabe estar en la barca; otros se burlan de Margziam, porque siempre dice que quiere ir por tierras y mares a predicar a Jesús y luego tiene miedo de recorrer unos pocos estadios de lago. Pero Margziam se defiende diciendo:

-Cada uno tiene miedo de algo, si no lo conoce: yo del agua, Judas de la muerte…
Comprendo que Judas ha debido tener mucho miedo a morir, y me asombra el que no reaccione ante esta observación; antes al contrario, dice:

-Es así, como has dicho. Se tiene miedo de lo que no se conoce. Pero, mira, estamos llegando. Betsaida está a pocos estadios, tú estás seguro de que allí encontrarás amor… Pues bien, eso es lo que quisiera yo, estar a poca distancia de la Casa del Padre y estar seguro de encontrar amor en ella -y lo dice con cansancio y tristeza.

-¿Desconfías de Dios? -pregunta sorprendido Andrés.
-No. Desconfío de mí. Durante los días de la enfermedad, rodeado de tantas mujeres puras y buenas, me he sentido, en mi espíritu, muy pequeño. ¡Cuánto he pensado! Decía: "Si ellas todavía trabajan para ser mejores y ganarse el Cielo, ¿qué no deberé hacer yo!". Porque ellas se sienten todavía pecadoras. Y a mí me parecían ya todas santas. ¿Y yo?… ¿lo conseguiré, Maestro?

-Con la buena voluntad se puede todo.
-Pero mi voluntad es muy imperfecta.

-La ayuda de Dios pone en la voluntad lo que a ésta le falta para ser completa. Tu actual humildad ha nacido en la enfermedad. ¿Ves?, el buen Dios, por medio de un suceso penoso, te ha proporcionado una cosa que no tenías.

-Es verdad, Maestro. ¡Oh, esas mujeres! ¡Qué discípulas más perfectas! No me refiero a tu Madre, que ya se sabe; me refiero a las otras. ¡Verdaderamente nos han superado! Yo he sido uno de los primeros ensayos de su futuro ministerio. Créeme, Maestro, con ellas uno puede descansar seguro. Nos cuidaban a mí y a Elisa; ella ha vuelto a Betsur con el alma reconstruida, y yo… yo espero reconstruirla, ahora que ellas me la han trabajado…
Judas, todavía débil, llora.

Jesús, que está sentado a su lado, le pone una mano sobre la cabeza mientras hace un gesto a los demás para que guarden silencio. Pero, la verdad es que Pedro y Andrés están muy ocupados con las últimas maniobras de atracada y no hablan, y Simón Zelote, Mateo, Felipe y Margziam no tienen ninguna intención de hacerlo, quién porque está distraído por el ansia de la llegada, quién porque es de por sí prudente.

La barca penetra en el río Jordán. Poco después se detiene en el guijarral. Los mozos bajan para asegurarla atándola con una soga a una peña y para afianzar una tabla que sirva de puente; Pedro, entretanto, se pone de nuevo la túnica larga, y lo mismo hace Andrés. Mientras, la otra barca ya ha hecho la misma maniobra y están bajando los otros apóstoles. También Judas y Jesús bajan. Pedro, por su parte, está poniéndole la tuniquita al niño y aviándole para presentarlo en orden a su mujer… Ya han bajado todos, ovejas incluidas.

-Y ahora en marcha -dice Pedro. Está realmente emocionado. Le da la mano al niño, que está también emocionado, tanto que se olvida de las ovejitas -se ocupa Juan de ellas-y, en un improviso acceso de miedo, pregunta:
-¿Pero, me va a aceptar?, ¿me va a querer mucho?
Pedro lo tranquiliza, aunque quizás el miedo se le ha contagiado, porque dice a Jesús: -Háblale Tú a Porfiria, Maestro, que creo que no sabré expresarme bien.

Jesús sonríe, pero promete hacerlo.
Siguiendo el guijarral de la orilla, llegan pronto a la casa. La puerta está abierta y se oye a Porfiria ocupada en las labores domésticas.
-Paz a ti -dice Jesús asomándose a la puerta de la cocina, donde la mujer está poniendo en orden unos objetos de la vajilla.

-¡Maestro! ¡Simón!

La mujer corre a postrarse a los pies de Jesús y luego a los de su marido. Se pone en pie y, con ese rostro suyo si no hermoso sí bueno, dice ruborizándose:
-¡Hacía mucho que deseaba veros! ¿Habéis estado todos bien? ¡Venid! ¡Venid! Estaréis cansados…

-No. Venimos de Nazaret. Hemos estado unos días. Luego nos hemos detenido también en Caná. En Tiberíades teníamos las barcas. Como puedes ver, no estamos cansados. Llevábamos a un niño con nosotros, y Judas de Simón estaba débil porque ha sufrido una enfermedad.

-¿Un niño? ¿Y siendo tan pequeño es ya discípulo?
-Es un huérfano que hemos recogido en nuestro camino.
-¡Bonito! ¡Ven, tesoro; te doy un beso!

El niño, que hasta ahora había estado medio escondido temeroso detrás de Jesús, se deja coger de la mujer, que casi se ha arrodillado para estar a la altura de él; y se deja besar sin ofrecer ninguna resistencia.

-¿Y ahora os lo lleváis con vosotros?, ¿siempre con vosotros, con lo pequeño que es? Será fatigoso para él…
La mujer se muestra toda compasiva. Tiene al niño estrechado entre sus brazos con su mejilla apoyada en la del niño.

-La verdad es que Yo tenía otro plan. Pensaba confiarlo a alguna discípula cuando nosotros nos alejemos de Galilea y del lago…

-¿A mí no, Señor? No he tenido ningún niño, pero sobrinitos sí, y sé tratar a los niños. Soy la discípula que no sabe hablar, que no tiene tanta salud como para ir contigo, como hacen las otras, que… ¡oh, Tú lo sabes!… será que soy mezquina, si quieres, pero Tú sabes en qué tenaza me encuentro, o, más que en una tenaza, entre dos sogas que tiran de mí en dirección opuesta, y no tengo el valor de cortar una de las dos. Deja que te sirva al menos un poco, siendo la mamá-discípula de este niño. Le enseñaré todo lo que las otras enseñan a muchos… a amarte a ti…

Jesús le pone la mano sobre la cabeza, sonríe y dice:
-Hemos traído a este niño aquí porque aquí encontraría una madre y un padre. Bien, pues vamos a constituir la familia.

Y Jesús mete la mano de Margziam entre las de Pedro -que tiene los ojos brillantes-y de Porfiria diciendo:
-Educadme santamente a este inocente.

Pedro ya lo sabe y lo único que hace es secarse una lágrima con el dorso de la mano. Pero su mujer, que no se lo esperaba, se queda unos momentos muda, por el estupor, pero luego vuelve a arrodillarse y dice:

-¡Señor mío!, Tú me has arrebatado a mi esposo, dejándome casi viuda. Pero ahora me das un hijo… Así devuelves todas las rosas a mi vida, no sólo las que me has cogido sino también las que no he tenido nunca. ¡Bendito seas! Amaré a este niño más que si hubiera nacido de mis entrañas, porque me viene de ti.

Y la mujer besa la túnica de Jesús. También besa al niño y luego lo sienta sobre su regazo…. Se la ve dichosa…
-No disturbemos sus expresiones de afecto -dice Jesús -Quédate si quieres, Simón; nosotros vamos a la ciudad a predicar. Volveremos ya por la noche, para pedirte comida y descanso.

Y Jesús sale con los apóstoles, dejando tranquilos a los tres…
Juan dice:
-Mi Señor, ¡a Simón hoy se le ve feliz!
-¿Tú también quieres un niño?

-No. Sólo quisiera un par de alas para elevarme hasta las puertas del Cielo y aprender el lenguaje de la Luz, para repetirlo a los hombres -y sonríe.

Acondicionan a las ovejitas en el fondo del huerto, junto al local de las redes, y les dan ramitas, hierba y agua del pozo; luego se marchan hacia el centro de la ciudad.

227- Un episodio incompleto

Es un Judas muy pálido este que baja del carro, con la Virgen y las discípulas, o sea, las Marías, Juana y Elisa…

Judas, convaleciente, vuelve adonde Jesús, que está en el Getsemaní, con María, que lo ha cuidado, y con Juana, que insiste para que las mujeres y el convaleciente vuelvan en el carro a Galilea. Jesús es también de esta opinión y hace incluso montar en el carro al niño con ellas. Sin embargo, Juana y Elisa se quedan en Jerusalén unos días, para luego regresar respectivamente a Béter y a Betsur.
Elisa decía:

-Ahora tengo el valor de volver allí, porque mi vida ya no es una vida sin objetivo. Ganaré para ti la estima de mis amigos.

Juana añadió:

-Yo también lo haré en mis tierras, mientras Cusa me deje aquí. Será también servirte. Aunque preferiría ir contigo.
Igualmente Judas decía:

-No he añorado a mi madre ni siquiera en las horas peores de la enfermedad, porque tu Madre ha sido una verdadera madre para mí, dulce y amorosa; no lo olvidaré nunca.

226- Un signo bueno por parte de María de Magdala. Muerte del anciano Ismael

Jesús, en compañía de Simón Zelote, llega al jardín de Lázaro en una bellísima mañana de verano. Todavía no ha concluido la aurora, así que todo está fresco y risueño.
El sirviente -jardinero, que ha acudido a recibir al Maestro, señala a Jesús el ruedo de un indumento blanco que desaparece tras un seto, y dice:

-Lázaro va a la pérgola de los jazmines con unos rollos para leer. Ahora lo llamo.

-No, voy Yo, solo.
Jesús camina ligero a lo largo de un sendero limitado por setos florecidos. La hierbecilla que hay al pie del seto amortigua el sonido de los pasos. Jesús trata de poner el pie precisamente en la hierba, para llegar adonde Lázaro de improviso.

Lo sorprende de pie, erguido, con los rollos apoyados en una mesa de mármol, orando en voz alta. Está diciendo:

-No me niegues lo que te pido, Señor. Haz crecer este hilo de esperanza que ha nacido en mi corazón. Dame lo que con lágrimas, con las obras, con el perdón, con todo mi ser, te he pedido diez mil, cien mil veces. Dámelo y tómate a cambio mi vida. Dámelo en nombre de tu Jesús, que me ha prometido esta paz. ¿Puede, acaso, mentir? ¿Tendré que pensar que su pro-mesa fue sólo con palabras, o que su poder es inferior al abismo de pecado que es mi hermana? Respóndeme, Señor, que yo me resignaré por amor a ti…

-¡Sí, te respondo! -dice Jesús.

Lázaro se vuelve como movido por un resorte y grita:

-¡Mi Señor! ¿Cuándo has venido? -y se inclina para besar la túnica de Jesús.
-Hace algunos minutos.

-¿Solo?
-Con Simón Zelote. Pero aquí, donde estabas tú, he venido solo. Sé que me debes decir una cosa importante. Dímela, pues.
-No. Antes responde a las preguntas que dirijo a Dios. Según tu respuesta te la diré.
-Dime esta cosa importante tuya, dímela. La puedes decir… -y Jesús sonríe y lo invita a hablar abriendo los brazos.

-¡Dios altísimo! ¿Entonces es verdad? ¿Entonces sabes que es verdad! -y Lázaro va a los brazos de Jesús, a confiarle su cosa importante.

María ha llamado a Marta a Magdala. Marta se ha puesto en camino, afligida, con el temor de que hubiera ocurrido alguna grave desgracia… Yo me he quedado aquí solo, con el mismo temor. Pero Marta, con el sirviente que la ha acompañado, me ha mandado una carta que me ha llenado de esperanza. Mira, la tengo aquí, en mi pecho; la tengo aquí porque me es más preciosa que un tesoro. Son pocas palabras, pero las leo cada poco, para estar seguro de que verdaderamente han sido escritas. Mira… -y Lázaro saca de entre su vestido un pequeño rollo atado con una cintita violeta. Lo desenrolla. « ¿Ves? Lee, lee. En voz alta.

Leída por ti me parecerá aún más verdadero.

-"Lázaro, hermano mío, paz y bendición. He llegado pronto y bien. Mi corazón ha dejado de palpitarme por miedo a nuevas desgracias, porque he visto a María, a nuestra María, sana… y… sí, debo decirte que menos exaltada de aspecto que antes. Ha llorado reclinada sobre mi pecho. Un profundo llanto… Y, luego, por la noche, en la habitación a que me había llevado, me preguntó muchas cosas, muchas, sobre el Maestro. Por ahora sólo esto; pero yo, que veo el rostro de María además de oír sus palabras, digo que en mi corazón ha nacido la esperanza. Ora, hermano. Ten esperanza. ¡Ah, si fuera verdad!… Me quedo todavía un tiempo porque percibo que quiere tenerme cerca, como para sentirse defendida de la tentación, y para descubrir lo que nosotros ya conocemos: la bondad infinita de Jesús. Le he hablado de aquella mujer que vino a Betania… Veo que piensa, piensa, piensa… Haría falta que Jesús estuviera presente. Ora. Ten esperanza. El Señor esté contigo"». Jesús recoge el rollo y se lo devuelve a Lázaro.

-Maestro…
-Iré. ¿Tienes alguna forma de avisar a Marta de que dentro de no más de quince días venga a mi encuentro a Cafarnaúm?
-Sí, puedo avisarla, Señor. ¿Y yo?
-Tú te quedas aquí. También a Marta la mandaré para aquí.
-¿Por qué?

-Porque el redimido tiene un profundo pudor, y nada produce más vergüenza que la mirada de un padre o de un hermano. Yo también te digo: "Ora, ora, ora".
Lázaro llora en el pecho de Jesús… Después, ya calmado, sigue hablando todavía de su angustia, sus desalientos…
-Hace casi un año que mantengo la esperanza… que desespero… ¡Qué largo es el tiempo de la resurrección! -exclama.

Jesús lo deja que hable, que hable, que hable… hasta que Lázaro se da cuenta de que está faltando a sus deberes de hospitalidad, y se alza para llevar a Jesús a la casa. En el trayecto, pasan al lado de un tupido seto de jazmines en flor, sobre cuyas corolas de forma de estrella zumban abejas de oro.

-¡Ah!, me olvidaba de decirte que el anciano patriarca que me mandaste ha vuelto al seno de Abraham. Se lo encontró Maximino aquí, con la cabeza apoyada en este seto, como si se hubiera quedado dormido junto a las colmenas que cuidaba como si fueran casas llenas de niños de oro. Así llamaba a las abejas. Daba la impresión de que las entendía, y de que ellas también lo entendieran. Sobre el patriarca dormido en la paz de la buena conciencia, cuando Maximino lo encontró, estaba extendido un precioso velo de pequeños cuerpecitos de oro. Todas las abejas posadas sobre su amigo. No poco tuvieron que trabajar los sirvientes para separarlas de él. Tan bueno como era, quizás sabía a miel… tan honesto era, que quizás para las abejas era como una corola pura… Me ha dolido su muerte. Hubiera querido tenerlo más tiempo en mi casa. Era un justo…

-No te entristezca su ausencia. Él está en paz. Desde la paz ora por ti, que le has hecho dulces sus últimos días. ¿Dónde está sepultado?

-En el fondo del huerto. Sigue cerca de sus colmenas. Ven conmigo que te guío… Y se ponen a andar, por un pequeño bosque de laurocerasos, hacia las colmenas, de las cuales proviene un runruneo laborioso…

225- El paralítico de la piscina de Betseida y la disputa sobre las obras del Hijo de Dios

Jesús está en Jerusalén, exactamente en las inmediaciones de la Antonia. Con Él, todos los apóstoles excepto Judas Iscariote.

Mucha gente se dirige, ligera, al Templo. Todos están vestidos de fiesta, tanto los apóstoles como los otros peregrinos, por lo cual pienso que son los días de Pentecostés. Muchos mendigos se mezclan con la gente, gimiendo su miseria con cantinelas lastimeras, y se dirigen a los mejores sitios (las puertas del Templo o los cruces por los que afluyen los peregrinos). Jesús pasa haciendo el bien a estos pobres hombres; ellos, por su parte, se encargan de mostrar integralmente sus miserias, además de narrarlas.

Tengo la impresión de que Jesús ha estado ya en el Templo, porque oigo que los apóstoles hablan de Gamaliel, que ha fingido no verlos, a pesar de que Esteban -uno de sus seguidores -le haya indicado que Jesús pasaba. Oigo también que Bartolomé pregunta a los compañeros: -¿Qué habrá querido decir ese escriba con la frase: "Un grupo de carneros que apenas si valen para el matadero"? -Se referiría a algún asunto suyo -responde Tomás. -No. Nos señalaba a nosotros, lo he visto bien. Además, la segunda frase confirmaba la primera. Ha dicho, en tono
sarcástico: "Dentro de poco el cordero será Él. Se le esquila incluso, y luego al matadero"

-Sí, yo también lo he oído -confirma Andrés.
-¡Ya, bien! De todas formas ardo en deseos de volver y preguntarle al compañero del escriba si sabe algo de Judas de Simón» dice Pedro.

-¡No sabe nada, hombre! Esta vez Judas no está porque verdaderamente está enfermo. Lo sabemos. Quizás es que realmente ha sufrido demasiado por el viaje que hemos hecho. Nosotros somos más fuertes. Él ha vivido aquí, cómodamente, y se cansa -responde Santiago de Alfeo.
-Sí, nosotros lo sabemos, pero ese escriba ha dicho: "Le falta el camaleón al grupo" ¿El camaleón no es el que cambia de color siempre que quiere? -pregunta Pedro.

-Sí, Simón, pero se referían a que siempre va vestido distinto; le gusta; es joven; hay que comprenderlo… -dice Simón Zelote en tono conciliador.
-Eso también es verdad. ¡Pero… qué frases tan extrañas! -concluye Pedro.

-Siempre dan la impresión de estar amenazando -dice Santiago de Zebedeo.
-Lo que pasa es que somos conscientes de las amenazas que pesan sobre nosotros y las vemos incluso donde no las hay… ̀ observa Judas Tadeo.
-Y vemos culpas también donde no existen -termina Tomás.
-¡Sí, claro! Mala cosa es la sospecha… ¿Cómo estará hoy Judas?

-Bueno, entretanto, se goza ese paraíso con esos ángeles… ¡Yo también me pondría malo a cambio de todas esas delicias! -dice Pedro.
Bartolomé le responde:

-Esperemos que se ponga bueno pronto. Tenemos que terminar el viaje porque el calor ya es atosigante.
-¡Bueno, no le faltan cuidados! Además… en todo caso el Maestro tomará las determinaciones oportunas -asegura Andrés.

-Tenía mucha fiebre cuando lo hemos dejado. No sé cómo le ha venido, tan… -dice Santiago de Zebedeo, y Mateo le responde: « ¡Pues como viene la fiebre! ¡Porque tiene que venir! De todas formas, no será nada. El Maestro no está preocupado en absoluto. Si hubiera visto fea la cosa, no habría salido del castillo de Juana.

En efecto, Jesús no está mínimamente preocupado. Habla con Margziam y con Juan mientras camina y da limosnas. Está explicando muchas cosas al niño, porque veo que va indicándole acá o allá. Se dirige hacia el final de las murallas del Templo del ángulo nordeste, donde hay mucha gente que está yendo a un lugar con muchas arquerías que precede a una puerta (oigo que la llaman «del Rebaño»).

-Esto es la Probática, la piscina de Betseida. Ahora observa bien el agua. ¿Ves cómo está quieta? Dentro de poco verás que es como si se moviera, y se eleva, hasta tocar esa señal húmeda. ¿La ves? Es cuando desciende el Ángel del Señor. El agua lo siente y lo venera de la forma que puede. Él trae al agua la orden de curar al hombre que esté preparado para zambullirse. ¿Ves cuánta gente? Pero muchos se distraen y no ven el primer movimiento del agua; o lo que pasa también es que los más fuertes, sin caridad, impiden a los más débiles acercarse: jamás distraerse ante los signos de Dios (es necesario tener el alma siempre vigilante porque no se sabe nunca cuándo se manifiesta Dios o cuándo manda a su ángel); nunca ser egoístas, ni siquiera por la salud. Muchas veces, por discutir por causa del derecho de precedencia, o de la mayor o menor necesidad de unos u otros, estos desdichados pierden el beneficio de la venida angélica.

Jesús, pacientemente, está explicándole estas cosas a Margziam, el cual lo mira con sus ojos bien abiertos y atentos, aunque sin perder de vista el agua.
-¿Se le puede ver al ángel? Me gustaría.
-Leví, pastor de tu edad, lo vio. Mira bien también tú y estáte preparado para honrarlo.

El niño ya no se distrae. Sus ojos van de la superficie del agua a la parte inmediatamente superior, y al contrario, alternativamente; ni oye ni ve ya nada más. Jesús, mientras, dirige su mirada hacia la pequeña población de enfermos, ciegos, lisiados, paralíticos, que esperan. También los apóstoles observan atentamente. El sol hace juegos de luces en la superficie del agua, e invade regiamente los cinco órdenes de arquerías que rodean a las piscinas.

En esto, se oye el gorjeo de Margziam:
-¡Eh, eh, el agua sube de nivel, se mueve, resplandece! ¡Qué luz! ¡El ángel!»… Y el niño se arrodilla.
Efectivamente, mientras se mueve el líquido del estanque, que parece crecer como por una masa de agua repentinamente introducida que lo hincha y que lo eleva hacia el borde, el agua resplandece como espejo puesto al sol. Un destello cegador por un instante.

Un cojo está preparado para zambullirse en el agua. Poco después sale con la pierna perfectamente curada (la tenía contraída debido a una cicatriz grande). Los demás se quejan, se enzarzan con él, diciendo que, a fin de cuentas, no estaba imposibilitado para trabajar mientras que ellos sí. Y la disputa continúa.
Jesús mira a su alrededor y ve a un paralítico que llora silenciosamente en su camilla. Se acerca, se agacha hacia él, lo acaricia y le pregunta:
-¿Estás llorando?

-Sí. Ninguno piensa nunca en mí. Estoy aquí, estoy aquí; todos se curan, yo nunca. Hace treinta y ocho años que yazgo sobre mi espalda. He consumido todo, los míos han muerto. Ahora soy gravoso a un pariente lejano que me trae aquí por la mañana y viene a recogerme por la tarde… ¡Pero, cuánto le pesa hacerlo! ¡Yo quisiera morirme!
-No desfallezcas. ¡Con tanta paciencia y fe como has tenido!… Dios te escuchará.

-Eso espero… pero a uno le vienen momentos de depresión. Tú eres bueno, pero los demás… Los que se curan podrían, como agradecimiento a Dios, estar aquí para socorrer a los pobres hermanos…

-Sí, deberían hacerlo. De todas formas, no guardes rencor. Ni siquiera lo piensan; no es por maldad; la alegría de verse curados es lo que los hace egoístas. Perdónalos…

-Tú eres bueno. Tú no actuarías así. Me esfuerzo en arrastrarme con las manos hasta allí cuando se agitan las aguas de la piscina. Pero siempre se me adelanta alguno. Y en el borde no puedo estar, porque me pisotearían. Además, aunque estuviera allí, ¿quién me sumergiría en el agua? Si te hubiera visto antes, te lo habría pedido…
-¡Grande es tu deseo de curarte! ¡Pues, álzate! ¡Toma tu camilla y anda!

Jesús, para dar la orden, se ha enderezado (es como si al enderezarse hubiera levantado también al paralítico, porque éste se pone en pie y da uno, dos, tres pasos, casi incrédulo, detrás de Jesús, que se está marchando). Pero, puesto que realmente camina, el hombre emite un grito que hace que todos se vuelvan.

-¿Quién eres? ¡En nombre de Dios, dímelo! ¿Eres el Ángel del Señor?
-Estoy por encima de los ángeles. Mi nombre es Piedad. Ve en paz.
Todos se aglomeran. Quieren ver. Quieren hablar. Quieren ser cu-ados. Pero acude enseguida la guardia del Templo ­que creo que vigilaba también la piscina -y disuelven ese remolino vocinglero de gente, amenazando con castigos.
El paralítico toma sus angarillas -dos barras con dos pares de ruedecitas y una tela rasgada clavada en las barras -y se marcha todo contento; y le dice a Jesús gritando:

-¡Te volveré a ver! ¡No olvidaré tu nombre ni tu rostro!
Jesús, mezclándose con la muchedumbre, se va en otra dirección, hacia las murallas.
Mas, no ha rebasado todavía la última arquería cuando ya se han llegado a él, como impulsados por un viento furioso, un grupo de judíos de las peores castas, todos aunados en el deseo de decir insolencias a Jesús. Buscan, miran, escrutan, pero no logran comprender bien de qué se trata, y Jesús se marcha, mientras éstos, contrariados, siguiendo indicaciones de la guardia, asaltan al pobre infeliz que ha sido curado y le recriminan:
-¿Por qué transportas esta camilla? Es sábado. No te es lícito.

El hombre los mira y dice:
-Yo no sé nada; sólo, que el que me ha curado me ha dicho: "Toma tu camilla y anda". Esto es lo que sé.
-Será un demonio. Está claro, porque te ha mandado violar el sábado. ¿Cómo era? ¿Quién era? ¿Judío? ¿Galileo? ¿Prosélito?

-No lo sé. Estaba aquí. Ha visto que lloraba y se ha acercado a mí. Me ha hablado. Me ha curado. Se ha marchado llevando a un niño de la mano. Creo que será su hijo, porque está en la edad de tener un hijo de ese tiempo.
-¿Un niño? ¡Entonces no es Él!… ¿Cómo has dicho que se llamaba? ¿No se lo has preguntado? ¡No mientas!

-Me ha dicho que se llama Piedad.
-¡Eres un estúpido! ¡Eso no es un nombre!
El hombre se encoge de hombros y se marcha.

Los otros dicen:
-No cabe duda de que era Él. Lo han visto en el Templo los escribas Anías y Zaqueo.

-¡Pero no tiene hijos!
-Es Él de todas formas. Estaba con sus discípulos.
-Pero Judas no estaba. Es al que conocemos bien. Los otros… pueden ser otros cualesquiera.
-No. Eran ellos.
Y la discusión continúa mientras los pórticos vuelven a llenarse de enfermos…

Jesús entra de nuevo en el Templo, esta vez por otro lado, el oeste, que es el que está de frente a la mayor parte de la ciudad. Los apóstoles lo siguen. Jesús mira a su alrededor y ve por fin lo que busca: a Jonatán, que a su vez lo estaba buscando.

-Está mejor, Maestro. La fiebre está bajando. Tu Madre dice que espera poder venir, como muy tarde, el próximo sábado.

-Gracias, Jonatán. Has sido puntual.
-No mucho. Me ha entretenido Maximino de Lázaro. Te está buscando. Ha ido al pórtico de Salomón.
Voy a buscarlo. La paz sea contigo. Lleva mi paz a mi Madre y a las discípulas, además de a Judas.
Y Jesús se dirige, ligero, hacia el pórtico de Salomón, donde, en efecto, encuentra a Maximino.
-Lázaro ha sabido que estás aquí. Te quiere ver para decirte una cosa importante. ¿Vas a venir?

-Ciertamente, y además pronto. Puedes decirle que me espere esta misma semana.
Otras palabras, pocas, y también Maximino se marcha.
-Dado que hemos vuelto hasta aquí, vamos a orar más dice Jesús, y se dirige hacia el atrio de los Hebreos.
Allí encuentra al paralítico curado, que ha ido a dar gracias al Señor. El hombre favorecido con el milagro lo distingue entre la multitud. Lo saluda con alegría y, le cuenta lo que ha sucedido en la piscina después de marcharse Él. Termina:

-Luego uno, asombrado al verme aquí sano, me ha dicho quién eres. Tú eres el Mesías. ¿Es verdad? -Lo soy. Pero, aunque te hubiera curado el agua, o cualquier otro poder, tendrías el mismo deber para con Dios: usar la salud para hacer obras buenas. Estás curado. Ve, pues, con intenciones buenas, a reanudar las actividades de la vida. Y no peques nunca más; no te vaya a castigar Dios más todavía. Adiós. Ve en paz.

-Yo soy viejo… no sé nada… Pero quisiera seguirte, para servirte y para saber. ¿Me aceptas?
-No rechazo a nadie. De todas formas, piénsalo antes de venir. Si te decides, ven.
-¿A dónde? No sé a dónde vas…
-Por el mundo. En todas partes encontrarás discípulos que te guiarán a mí. Que el Señor te ilumine para lo mejor.

Jesús ahora va a su sitio y ora…
No sé si es que el hombre que ha sido curado va por propia iniciativa a donde los judíos o si éstos, que están al acecho, lo detienen ni para preguntarle si el que acaba de hablar con él es el que lo ha sanado; sí sé que está hablando con los judíos y luego se marcha; mientras, éstos se ponen junto a la escalera por la que tiene que bajar Jesús para pasar a los otros patios y salir del Templo. Sin saludarlo, cuando Jesús llega, le dicen:

-¿Así que sigues violando el sábado, a pesar de todas las recriminaciones que se te están haciendo? ¿Y Tú quieres que se te respete como enviado de Dios?
-¿Enviado? Más que como enviado. Como Hijo, porque Dios es mi Padre. Si no me queréis respetar, absteneos de hacerlo, pero no por ello interrumpiré el cumplimiento de mi misión. Dios no deja de actuar ni un instante. Incluso en este momento mi Padre actúa, y Yo también, porque un buen hijo hace lo que hace su padre, y porque he venido al mundo para actuar.

Se va acercando gente para oír la disputa. Entre estas personas hay algunos que conocen a Jesús, otros que han recibido de Él algún beneficio, otros que lo ven por primera vez: algunos lo quieren, otros lo odian, muchos son neutros. Los apóstoles forman núcleo con el Maestro. Margziam casi tiene miedo, y pone una cara casi de llorar.
Los judíos (mezcla de escribas, fariseos y saduceos) expresan a gritos su escándalo:

-¡Qué osadía! ¡Se dice Hijo de Dios! ¡Sacrilegio! ¡Dios es el que es, y no tiene hijos! ¡Pero hombre, llamad a Gamaliel! ¡Llamad a Sadoq! ¡Reunid a los rabíes! ¡Que oigan esto y lo rebatan!

-No os agitéis. Llamadlos. Os dirán, si es verdad que saben, que Dios es uno y trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que el Verbo, o sea el Hijo del Pensamiento, ha venido, como estaba profetizado, para salvar del Pecado a Israel y al mundo. El Verbo soy Yo. Soy el Mesías anunciado. No hay sacrilegio, por tanto, si doy al Padre el nombre de Padre mío. Vosotros os inquietáis porque hago milagros, porque con ello atraigo hacia mí a las muchedumbres y las convenzo. Me acusáis de ser un demonio porque obro prodigios. Pero Belcebú está en el mundo desde hace siglos, y, verdaderamente, no le faltan devotos adoradores… ¿Y por qué no hace las obras que Yo hago?

La gente comenta bisbiseando:
-¡Es verdad! ¡Es verdad! Nadie hace lo que Él.
Jesús continúa:
-Os respondo Yo. Es porque Yo sé lo que él no sabe y puedo lo que él no puede. Si hago obras de Dios, es porque soy Hijo de Dios. Uno por sí solo no puede hacer sino aquello que ha visto hacer; Yo, que soy Hijo, siendo Uno con Él eternamente, no distinto ni en naturaleza ni en poder, no puedo hacer sino lo que he visto hacer al Padre. Todo lo que hace el Padre lo hago Yo también, que soy su Hijo. Ni Belcebú ni otros pueden hacer lo que Yo hago, porque ni Belcebú ni los otros saben lo que Yo sé. El Padre me ama a mí, que soy su Hijo; me ama sin medida, como Yo lo amo. Por ello me ha mostrado y me sigue mostrando todo lo que Él hace, para, que haga lo que Él hace: Yo, en la tierra, en este tiempo de Gracia; El, en el Cielo, desde antes que el Tiempo existiera para la tierra. Y me mostrará obras cada vez mayores, para que Yo las haga y vosotros os quedéis maravillados. Su Pensamiento piensa inagotablemente. Yo lo imito cumpliendo inagotablemente aquello que el Padre piensa y con el pensamiento quiere.

Todavía no sabéis cuán inagotablemente crea el Amor. Nosotros somos el Amor. No hay limitaciones para Nosotros, ni hay cosa alguna que no pueda ser aplicada en los tres grados del hombre: el inferior, el superior, el espiritual. En efecto, de la misma forma que el Padre resucita a los muertos y les devuelve la vida, Yo, el Hijo, puedo dar la vida a quien quiero; es más, por el amor infinito del Padre al Hijo, tengo concedido no sólo devolver la vida a la parte inferior, sino también -y más aún -a la superior (liberando el pensamiento del hombre de los errores mentales y su corazón de las malas pasiones) y a la parte espiritual (devolviendo al espíritu su libertad del pecado); porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha dejado todo juicio en manos de su Hijo, pues el Hijo es el que, con su propio sacrificio, ha comprado a la Humanidad para redimirla. El Padre lo hace por justicia, porque es justo dar a quien con su moneda paga, y para que todos honren al Hijo como ya honran al Padre.

Sabed que si separáis al Padre del Hijo, o al Hijo del Padre, y no os acordáis del Amor, no amáis a Dios como se le debe amar, con verdad y sabiduría, antes bien cometéis herejía porque dais culto a uno sólo mientras que son una admirable Trinidad. Por tanto, el que no honra al Hijo es como si no honrase al Padre, porque el Padre, Dios, no acepta adoración a una sola parte de sí sino que quiere que se adore su Todo. Quien no honra al Hijo no honra tampoco al Padre, que lo ha enviado por pensamiento perfecto de amor; niega, por tanto, que Dios sepa hacer obras justas. En verdad os digo que quien escucha mi palabra y cree en quien me ha enviado tiene la vida eterna y no será condenado, sino que pasará de muerte a vida, porque creer en Dios y aceptar mi palabra quiere decir infundir en sí la Vida que no muere.
Llega la hora -para muchos ya ha llegado -en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios y aquel que la haya oído resonar, vivificadora, en el fondo de su corazón, vivirá.

¿Qué dices tú, escriba?

-¡Digo que los muertos no oyen y que estás desquiciado!
-El Cielo te persuadirá de que no es así y de que tu saber es cero respecto al de Dios. Habéis humanizado de tal forma las cosas sobrenaturales, que ya sólo dais a las palabras un significado inmediato y terreno. Habéis enseñado la Haggada según fórmulas fijas, vuestras, sin esforzaros en comprender las alegorías en su auténtica verdad; y ahora, en vuestro ánimo, cansado del agobio de una humanidad que triunfa sobre el espíritu, no creéis ni siquiera en lo que enseñáis. Y ésta es la razón que explica el que ya no podáis luchar contra las fuerzas ocultas.

La muerte de que hablo no es la de la carne, sino la del espíritu. Vendrán los que oyen con sus oídos mi palabra y la acogen en su corazón y la ponen en práctica. Éstos, aunque hayan muerto en el espíritu, volverán a vivir, pues mi Palabra es Vida que se infunde, y Yo la puedo dar a quien quiera, ya que poseo la perfección de la Vida, porque, así como el Padre tiene en sí la Vida perfecta, el Hijo recibió del Padre la Vida en sí mismo, perfecta, completa, eterna, inagotable y comunicable. Junto con la Vida, el Padre me ha dado el poder de juzgar, porque el Hijo del Padre es el Hijo del hombre, y puede y debe juzgar al hombre. No os maravilléis de esta primera resurrección -la espiritual -que realizo con mi Palabra.

Veréis otras más asombrosas todavía, más asombrosas para vuestros sentidos pesados, porque en verdad os digo que no hay cosa mayor que la invisible -pero real ­resurrección de un espíritu. Se acerca la hora en que la voz del Hijo de Dios penetrará en los sepulcros y todos los que están en ellos la oirán: quienes hicieron el bien saldrán para ir a la resurrección de la Vida eterna; quienes hicieron el mal, a la resurrección de la condena eterna.

No digo que esto lo hago, y lo haré, por mí mismo, sólo por mi propia voluntad, sino por la voluntad del Padre y la mía. Hablo y juzgo según lo que escucho, y mi juicio es recto porque no busco mi voluntad, sino la del que me ha enviado. Yo no estoy separado del Padre; estoy en Él y El en mí; conozco su Pensamiento y lo traduzco en palabras y en obras.

Vuestro espíritu incrédulo, que no quiere ver en mí sino a un hombre semejante a todos vosotros, no puede aceptar lo que digo para dar testimonio de mí mismo. Pues bien, hay otro que testifica en mi favor. Vosotros decís que lo veneráis como a un gran profeta. Yo sé que su testimonio es verdadero, pero vosotros, que decís que lo veneráis, no aceptáis su testimonio, porque no es conforme a vuestro pensamiento, que me es hostil. No aceptáis el testimonio del hombre justo, del Profeta último de Israel, porque en lo que os gusta decís que es simplemente un hombre y que puede equivocarse. Habéis enviado a personas para que preguntasen a Juan, esperando que dijera de mí lo que queríais, lo que pensáis de mí, lo que queréis pensar de mí. Pero Juan ha dado un testimonio verdadero que no habéis podido aceptar. Como el Profeta dice que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, vosotros -en el secreto de vuestros corazones, porque tenéis miedo al pueblo -decís del Profeta lo mismo que del Cristo: que está loco. Bueno, Yo tampoco recibo testimonio del hombre, aunque éste sea el más santo de Israel. Os digo: era la lámpara encendida y luminosa, pero vosotros poco tiempo habéis querido gozar de su luz; cuando esta luz se ha proyectado sobre mí, para daros a conocer la verdadera realidad del Cristo, habéis dejado que pusieran la lámpara bajo el celemín, y, ya antes, habéis levantado entre ella y vosotros una pared, para no ver a su luz al Cristo del Señor.

Yo le agradezco a Juan su testimonio; también el Padre se lo agradece. Juan, por este testimonio, recibirá un gran premio; por esto seguirá ardiendo en el Cielo; será, de entre todos los hombres, el primer sol que resplandecerá arriba, ardiendo como arderán todos los que hayan sido fieles a la Verdad y hayan tenido hambre de Justicia. De todas formas, dispongo de un testimonio mayor que el de Juan. Este testimonio son mis obras, porque Yo hago las obras que el Padre me ha encargado, y ellas testifican que el Padre me ha enviado y me ha dado todo poder. Así, el Padre mismo, que me ha enviado, es quien da testimonio en mi favor. Vosotros nunca habéis oído su Voz ni visto su Rostro, pero Yo lo he visto y lo veo, la he oído y la oigo. En vosotros no mora su Palabra porque no creéis en su enviado.

Investigáis la Escritura porque creéis que podéis obtener, conociéndola, la Vida eterna. ¿No os percatáis de que son precisamente las Escrituras las que hablan de mí? ¿Por qué, entonces, os obstináis en no venir a mí para tener la Vida? Os lo diré: porque rechazáis todo cuanto es contrario a vuestras enquistadas ideas. Os falta humildad. No sois capaces de decir: "Me he equivocado. Éste, o este libro, están en lo cierto y yo en el error". Esto habéis hecho con Juan y esto hacéis con las Escrituras y con el Verbo, que os está hablando. Ya no sois capaces ni de ver ni de entender; en efecto, estáis fajados de soberbia y saturados de vuestras ensordecedoras voces.

¿Creéis que hablo así buscando ser glorificado por vosotros? No. Habéis de saber que ni busco ni acepto gloria de los hombres. Lo que busco y quiero es vuestra salvación eterna. Ésta es la gloria que busco, mi gloria de Salvador; que no puede existir si no tengo espíritus salvados y que aumenta en la medida de los salvados que tengo; que deben dármela los espíritus salvados y el Padre, Espíritu purísimo.

Pero vosotros no seréis salvados. Os he conocido en lo que sois. No tenéis en vosotros el amor de Dios. No tenéis amor. Por eso no venís al Amor, que os habla, y no entraréis en el Reino del Amor. Allí no os conocen. No os conoce el Padre, porque vosotros no me conocéis a mí, que estoy en el Padre. No me queréis conocer. Vengo en nombre del Padre mío y no me recibís; pero, eso sí, estáis preparados para recibir a cualquiera que venga en nombre de sí mismo, con tal de que diga lo que a vosotros os gusta. ¿Decís que sois espíritus de fe? No, no lo sois.

¿Cómo vais a poder creer vosotros que os mendigáis la gloria unos a otros y no buscáis la gloria del Cielo, que sólo procede de Dios? La gloria es la Verdad, no un juego de intereses que no pasan de este mundo, que lisonjean sólo a la humanidad viciosa de los degradados hijos de Adán.

No creáis que os voy a acusar delante del Padre. Otro os acusa: ese Moisés en quien esperáis. Os recriminará por no creer en él, dado que no creéis en mí; porque Moisés habló de mí y vosotros no me reconocéis según lo que dejó escrito de mí. Si no creéis en las palabras de Moisés, el grande por quien juráis, no podéis creer en mis palabras, en las palabras del Hijo del hombre, en quien no tenéis fe. Esto es, humanamente hablando, lógico. Pero es que aquí estamos en el campo del espíritu, y están siendo cotejadas vuestras almas. Dios las observa a la luz de mis obras y coteja vuestras obras con lo que he venido a enseñar… Y Dios os juzga.

Ahora me marcho. Pasará largo tiempo sin que me volváis a ver, y, creedlo, ello no es un triunfo sino un castigo. Vamos.

Y Jesús hiende la muchedumbre, en parte muda, en parte expresiva (musitando su aprobación, sólo bisbiseando, por miedo a los fariseos), y se aleja.

224- En el apóstol Juan actúa el Amor. Llegada a Béter

La comitiva apostólica ha sufrido una mutación en cuanto a su componente animal. Ya no está el macho cabrío; en cambio, hay una oveja y dos corderitos. La oveja, bien pingüe y de ubres llenas; los corderitos, jubilosos como dos picaruelos: un minúsculo rebaño que, por su aspecto menos mágico que la negrísima cabra, da más alegría a todos.

-Ya os dije que vendría la cabrita, para hacer de Margziam un diminuto pastor feliz. En vez de la cabrita, dado que no queréis saber nada de cabras, han venido ovejas, y además blancas, exactamente como Pedro las soñaba.
-¡Hombre, claro! ¡Tenía la impresión de llevar conmigo a Belcebú! -dice Pedro.

-En efecto, desde que empezó a venir con nosotros, han sucedido cosas negativas; debido al sortilegio que nos seguía ­dice, irritado y como queriendo confirmar, Judas Iscariote.

-Pues habrá sido un buen sortilegio, porque no nos ha sucedido nada negativo, ¿no? -dice Juan con serenidad.
Todos desaprueban, como recriminándolo por su ceguera:
-¿Pero no has visto cómo se han burlado de nosotros en Modín?; ¿te parece nada la caída de mi hermano?… pues se podía haber hecho daño de verdad… y, si se hubiera roto las piernas o la columna, ¿cómo nos las hubiéramos arreglado para transportarlo?; ¿te ha parecido bonito el entreacto de ayer?

-He visto todo. Todo lo he considerado. Y he bendecido al Señor porque no nos ha sucedido nada malo. El mal ha venido hacia nosotros, pero luego se ha alejado, como siempre. El encuentro con el mal ha servido para dejar la simiente del bien, tanto en Modín como con los viñadores, que vinieron inmediatamente con la certeza de encontrar una persona al menos herida, arrepentidos por haberse comportado sin caridad, hasta el punto de que quisieron reparar el mal de alguna forma. Y también con los ladrones de ayer noche, que no han hecho ningún mal. Además, hemos ganado -bueno, Pedro nos ha conseguido -las ovejas a cambio del macho cabrío y como regalo por haber salido ilesos. Por si fuera poco, ahora tenemos mucho dinero para los pobres (las bolsas que nos han dado los mercaderes, y las ofrendas de las mujeres).

Además todos -y es lo que más valor tiene ­han recibido la palabra de Jesús.

-Juan tiene razón -dicen Simón Zelote y Judas Tadeo. Y este último añade: «Da la impresión de que todo suceda por una clara cognición de las cosas venideras. ¡Mira que encontrarnos precisamente allí, con retraso, por causa de mi caída, junto a aquellas mujeres enjoyadas, con esos pastores de pingües rebaños, con esos mercaderes repletos de dinero!… Todos ellos magníficas presas para los ladrones. Hermano, dime la verdad, ¿sabías que iba a suceder lo que ha sucedido? -pregunta Judas Tadeo a Jesús.

-Os he dicho muchas veces que leo en los corazones y que, cuando el Padre no lo dispone de forma distinta, no ignoro lo que debe suceder.

-Pero entonces -pregunta Judas Iscariote -¿por qué algunas veces cometes errores, como el de dirigirte a los fariseos enemigos, o a ciudades completamente hostiles?

Jesús lo mira muy fijamente y dice lenta y serenamente: «No son errores, sino necesidades de mi misión. Los enfermos necesitan al médico y los ignorantes al maestro; aunque tanto estos últimos como aquéllos algunas veces rechazan al maestro o al médico. Pero éstos, si son buenos médicos y buenos maestros, siguen yendo a quienes los rechazan, porque es su deber. Yo voy. Vosotros quisierais que en donde me presentase se difuminara todo tipo de resistencia. Lo podría hacer, pero Yo no fuerzo a nadie, persuado. Sólo en casos espacialísimos debe usarse coerción, y sólo cuando el espíritu iluminado por Dios comprende que tal gesto puede servir para persuadir de que Dios existe y es el más fuerte, o también en casos de salvación múltiple.

-Como ayer noche, ¿no? -pregunta Pedro.
-Ayer por la noche aquellos ladrones sintieron miedo al vernos bien despiertos para recibirlos -dice, con evidente desprecio, Judas Iscariote.

-No. Las palabras los persuadieron -dice Tomás.
-¡Sí! ¡Estás listo! ¡Como si fueran tiernas almas que se dejan persuadir por dos palabras, aunque sean de Jesús! ¡Bien presente tengo aquella vez que nos asaltaron a toda mi familia y a mí y a muchos de Betsaida en el desfiladero de Adomín! ­responde Felipe.

-Maestro, dime -desde ayer estoy queriendo preguntártelo -, ¿fueron tus palabras o tu voluntad lo que hizo que no sucediera nada? -pregunta Santiago de Zebedeo.
Jesús sonríe y calla.
Responde Mateo:

-Yo creo que ha sido su voluntad la que ha batido la insensibilidad de esos corazones, la que casi la ha paralizado para poder hablar y salvar.
-Yo también soy de esa opinión. Por eso se quedó allí solo, mirando al bosque; los tenía subyugados con su mirada, con su confianza en ellos, sereno e inerme. ¡No tenía ni siquiera una estaca!… -dice Andrés.

-Bien, de acuerdo, pero todas estas cosas es lo que decimos nosotros, son ideas nuestras; yo lo quiero saber del Maestro -dice Pedro. Entonces se enciende un vivo debate, que Jesús permite, entre quien piensa -concretamente Bartolomé -que, habiendo declarado Jesús que no fuerza a nadie, no habrá aplicado la violencia tampoco con estos ladrones, y, por otra parte, Judas Iscariote -apoyado, aunque moderadamente, por Tomás -, que dice que no puede creer que la mirada de un hombre tenga tanto poder.

Mateo replica a esto último diciendo:
-Eso y más. A mí me convirtió su mirada antes que sus palabras.

Todos se muestran tenaces en su propia tesis, de forma que se elevan "síes" y "noes" discrepantes, violentos. Juan, como Jesús, guarda silencio, sonríe con la cabeza inclinada (lo hace para disimular su sonrisa).
Pedro vuelve al asalto, porque ninguna de las razones de los compañeros lo convence. Piensa -y dice -que la mirada de Jesús es distinta que la de los otros hombres, pero quiere saber si es por ser Jesús, el Mesías, o por ser Dios.

Jesús habla:

-En verdad os digo que no sólo Yo, sino quienquiera que esté fundido con Dios, con santidad, pureza y fe sin fisuras, podrá hacer esto y más aún. La mirada de un muchacho, si su espíritu está unido al de Dios, puede hacer que se desplomen los templos vanos, sin necesidad de imprimir ninguna sacudida como la de Sansón; puede ordenar la mansedumbre a las fieras y a los hombres-fiera, rechazar la muerte, domeñar las enfermedades del espíritu.

De la misma forma, la palabra de un muchacho fundido con el Señor e instrumento del Señor puede curar enfermedades, quitar el veneno a las serpientes, obrar cualquier milagro. Porque Dios obra en él.

-¡Ah, entiendo! -dice Pedro, mientras mira fijamente a Juan, y termina todo un razonamiento hecho consigo mismo pero en voz alta: « ¡Eso es! Tú, Maestro, has podido hacerlo por ser Dios, y por ser Hombre unido a Dios. Y lo mismo sucede con quien sabe llegar, o ha llegado, a estar unido con Dios. ¡Entiendo, entiendo perfectamente!

-Pero, ¿no te preguntas acerca de la clave de esta unión y el secreto de este poder? No todos lo alcanzan, incluso en el caso de hombres dotados de iguales capacidades.

-¡Exacto! ¿Dónde está la clave de esta fuerza para unirse a Dios y someter las cosas? Una oración, o quizás palabras secretas…

-Hace un momento, Judas de Simón echaba la culpa al macho cabrío de todas las vicisitudes por las que hemos atravesado. No, no hay sortilegios asociados a los animales. Arrojad de vosotros las supersticiones, que son todavía idolatrías y pueden causar desventuras. Y, así como no hay fórmulas para las hechicerías, no hay palabras secretas para hacer milagros. Es sólo el Amor. Como he dicho ayer por la noche, el Amor calma a los violentos y sacia a los codiciosos. El Amor es Dios. Con Dios en vosotros, plenamente poseída por el mérito de un amor perfecto, vuestra mirada se transforma en fuego que quema todo ídolo y echa por tierra sus imágenes, y la palabra se transforma en potencia. Y, os digo, la mirada es, entonces, arma que desarma. Dios, el Amor, es irresistible. Sólo el demonio le resiste, porque es el Odio perfecto, y, con él, los que son hijos suyos. Los otros, los débiles, los que están subyugados por una pasión, pero que no se han vendido voluntariamente al demonio, no lo resisten: sea cual sea su religión, o su abstención completa de fe, sea cual sea su bajeza espiritual, reciben el impacto del Amor, que es el gran Vencedor. Trata de llegar a esto, pronto, y harás lo que hacen los hijos y portadores de Dios.
Pedro no quita los ojos de Juan. También las inteligencias de Simón Zelote, los hijos de Alfeo, y Santiago y Andrés, se han despertado e indagan.

-Pero entonces, Señor -dice Santiago de Zebedeo -¿qué es lo que le ha acontecido a mi hermano? Hablas de él. ¿Es él el muchacho que hace milagros? ¿Es eso?, ¿es así? ¿Qué ha hecho? Ha pasado una página del libro de la Vida, ha leído y ha conocido nuevos misterios.

-Nada más. Os ha precedido porque no se detiene a considerar cada uno de los obstáculos, a sopesar cada dificultad, a calcular si compensa o no; ya no ve este mundo, ve la Luz y a ella va, sin momentos de pausa.

Dejadlo, dejadlo tranquilo. Hay almas que arden más que otras. No se debe poner dificultad a este fuego suyo que alegra y consume. Hay que dejarlas arder, lo cual es al mismo tiempo sumo gozo y sumo esfuerzo. Dios les concede momentos de noche, porque sabe que el ardor mata a estas almas-flor si están expuestas a un sol continuo. Dios concede silencio y místico rocío a estas almas-flor, como a las flores del campo. Dejad descansar al atleta del amor cuando Dios lo deja descansar. Imitad a los preparadores de los gimnastas, que conceden a éstos el debido descanso… Cuando lleguéis vosotros adonde él ha llegado, y más lejos -pues tanto vosotros como él llegaréis a más todavía -comprenderéis la necesidad de respeto, de silencio, de penumbra que experimentan esas almas de las que el Amor se ha apropiado y a las que ha hecho instrumento suyo. Y no penséis: "Llegado ese momento querré darlo a conocer. Juan se comporta como un necio, porque el alma del prójimo, como la de los niños, desea la seducción de lo maravilloso". No. Cuando lleguéis a ese estado, sentiréis el mismo deseo de silencio y penumbra que ahora siente Juan. Cuando yo no esté ya con vosotros, acordaos de que, teniendo que juzgar sobre una conversión o sobre una santidad exuberante debéis tomar siempre como medida la humildad. Si en uno permanece el orgullo, no os hagáis ilusiones de que esté convertido. Si en uno, aunque lo llamen "santo", reina la soberbia, estad ciertos de que no es santo; podrá, como un charlatán y un hipócrita, hacerse el santo y simular prodigios, pero no es santo: la apariencia es hipocresía; los prodigios, satanismo.

¿Habéis entendido?

-Sí, Maestro….

Todos, muy pensativos, guardan silencio. Pero, aunque las bocas estén cerradas, los pensamientos se adivinan con claridad a través de sus miradas y expresiones. Los envuelve, como un éter tembloroso que emanase de ellos, un gran deseo de saber.

Simón Zelote se esfuerza en distraer a sus compañeros para tener tiempo de aconsejarlos aparte, para insistir en que sepan callar. Tengo la impresión de que Simón Zelote tiene mucho este ministerio en el grupo apostólico; es el moderador, el conciliador, el consejero de sus compañeros, además de ser un apóstol que comprende muy bien al Maestro. En este momento está diciendo:

-Estamos ya en las tierras de Juana. Aquel pueblo que se ve en aquella cuna es Béter. Aquel palacio que está en aquella cima es su castillo natal. ¿No sentís este perfume del aire? Son los rosales, que empiezan a perfumar bajo el sol de la mañana; por la tarde es una exuberancia de aromas. Pero ahora, con el frescor de la mañana es precioso verlos, aljofarados todavía de rocío, como millones de diamantes desparramados sobre millones de corolas que florecen. Cuando declina el sol recogen todas las flores que están completamente abiertas. Venid. Os quiero mostrar desde una loma la vista de los rosales, que desde la cima rebosan como en cascada y van descendiendo por los rellanos de la otra ladera. Una cascada de flores que luego vuelve a subir, como una ola, por las otras dos colinas. Es un anfiteatro, un lago de flores. ¡Espléndido! El camino es más empinado, pero merece la pena ir, porque desde aquel borde se domina todo ese paraíso. Llegaremos pronto también al castillo. Juana vive allí, libre, con sus campesinos, que es la única vigilancia de tanta copiosidad; pero, estiman tanto a su ama -que hace de estos valles un edén de belleza y paz -, que son más eficientes que toda la guardia de Herodes. Mira, Maestro; mirad, amigos -y con el gesto indica un semicírculo de colinas invadido de rosales.

La mirada, en cualquier parte en que se deposite, ve, bajo altísimos árboles que tienen la función de proteger del viento, de los rayos de sol demasiado intensos y de las granizadas, un sinfín de rosales. El sol traspasa y el aire circula bajo este leve techo, que hace de velo pero no ahoga y que los jardineros mantienen en las debidas condiciones: debajo viven, felices, los más bellos rosales del mundo. Son millares y millares de rosales de toda especie: enanos, bajos, altos, altísimos; formando un matorral, como cojines recamados de flores al pie de los árboles, o esparcidos por los prados de verdísima hierba, o formando setos a lo largo de los senderos y de los leves cursos de agua, o en círculo alrededor de los estanques de riego que están diseminados por este parque que comprende también colinas, o enroscados en los troncos de los árboles y tendiendo de uno a otro sus cabelleras florecidas para formar festones y guirnaldas. Es una cosa realmente de sueño. Todos los tamaños, las tonalidades, están representados, y se entremezclan colocando los colores marmóreos de las rosas de té al lado del sangriento ardor de otras corolas, y reinando, soberanas, por número, las verdaderas rosas del color de mejilla infantil que va atenuándose hacia los bordes hasta una tonalidad blanquecina rosácea.

Todos quedan impresionados por tanta belleza.
-¿Para que quiere todo esto? -pregunta Felipe.
-Lo goza -responde Tomás.
-No. También saca esencias, con lo cual da trabajo a cientos de jardineros y de trabajadores de las prensas para extraer esencias. Los romanos las solicitan con avidez. Jonatán me lo decía mientras me mostraba las cuentas de la última recolección. Pero… ahí está María de Alfeo con el niño. Nos han visto. Están llamando a las otras…

Así es. Juana y las dos Marías, precedidas de Marziam, que baja corriendo, con los brazos ya preparados para el abrazo, vienen deprisa, hacia Jesús y Pedro. Se postran ante Jesús.

-Paz a todas vosotras. ¿Dónde está mi Madre? -Entre los rosales, Maestro. Está con Elisa, ¡que está bien curada y puede afrontar el mundo y seguirte! ¡Gracias por haberte servido de mí para esto!

-Gracias a ti, Juana. ¿Ves como era provechoso venir a Judea? Marziam, estos regalos son para ti: este bonito muñeco y estas lindas ovejitas. ¿Te gustan?

El niño, de la alegría, se ha quedado sin respiración. Se echa hacia Jesús, que se había agachado para darle el muñeco y se había quedado mirando su rostro, y se abraza a su cuello y lo besa con toda la vehemencia de que es capaz.

-Así te harás manso como las ovejas y luego serás un buen pastor para los que crean en Jesús. ¿Verdad?
Marziam dice "sí, sí, sí" con la respiración entrecortada y los ojos brillantes de alegría.
-Ahora ve donde Pedro. Yo voy con mi Madre. Veo allí una parte de su velo moviéndose a lo largo de un seto de rosas.

Y corre al encuentro de María, y la recibe en su corazón a la altura de la curva del sendero. Después del primer beso, María, todavía jadeante, explica:

-Detrás viene Elisa… He corrido para besarte…porque, Hijo mío, no besarte no podía… y besarte ante ella, no quería… Está muy cambiada… pero el corazón sigue doliendo ante una alegría ajena que a ella le ha sido negada para siempre. Ahí viene.

Elisa recorre veloz los últimos metros y se arrodilla para besar la túnica de Jesús. Ya no es la mujer de trágica imagen de Betsur. Ahora es una anciana austera, marcada por el dolor, solemne por la huella que la pena ha dejado en su rostro y su mirada.

-¡Bendito seas, Maestro mío, ahora y siempre, por haberme procurado de nuevo lo que había perdido!
-Paz cada vez mayor a ti, Elisa. Me alegro de verte aquí. Levántate.

Yo también me alegro. Tengo muchas cosas que decirte y que preguntarte, Señor.

-Tendremos todo el tiempo que queramos, dado que pienso permanecer aquí unos días. Ven, que quiero que conozcas a los condiscípulos.

-¡Oh!…, ¿entonces has entendido ya lo que quería decirte? ¿Que quiero renacer a vida nueva: la tuya; tener de nuevo una familia: la tuya; unos hijos: los tuyos; como dijiste en mi casa, en Betsur, hablando de Noemí. Yo soy una nueva Noemí gracias a ti, Señor mío. ¡Bendito seas por ello! Ya no vivo afligida, ni soy infecunda. Seré todavía madre. Y, si María lo permite, incluso un poco madre tuya, además de madre de los hijos de tu doctrina.

-Sí, lo serás. María no se sentirá celosa y Yo te querré de forma que no te arrepentirás de tu decisión. Vamos ahora a ver a los que quieren decirte que te quieren como hermanos.
Y Jesús la toma de la mano y la lleva con su nueva familia.
El viaje en espera de Pentecostés ha terminado.

223- Una caravana nupcial se libra del asalto de bandidos después de un discurso de Jesús

-En el sitio al que vamos hablaré Yo -dice el Señor.

La comitiva se va adentrando cada vez más por unos valles que acometen el monte por caminos difíciles, pedregosos, estrechos. Y suben y bajan, perdiendo horizontes, recuperándolos de nuevo, hasta que llegan a un valle profundo, por una bajada inclinadísima por la que, como dice Pedro, sólo la cabra se siente a gusto. Entonces la comitiva se para a descansar y a comer junto a un manantial muy rico de aguas.

Hay otras personas, diseminadas por los prados y las arboledas, comiendo, como Jesús y los suyos. Debe ser un lugar de descanso especialmente estimado por estar resguardado del viento y por disponer de prados esponjosos y agua. Son peregrinos que van hacia Jerusalén, viajeros que se dirigen quizás al Jordán, mercaderes de corderos destinados al Templo, pastores con sus rebaños. Algunos hacen el viaje en cabalgaduras; la mayoría, a pie.

Llega también una caravana nupcial toda ataviada festivamente. Resplandecientes objetos de oro se entreven bajo el velo que envuelve a la novia, que apenas ha dejado de ser niña. A su lado van dos matronas llenas de resplandores de pulseras y collares, un hombre -quizás es el paraninfo -y dos siervos. Han venido montados en asnos llenos de borlas y cascabeles; ahora se retiran a un ángulo apartado para comer, como si tuvieran miedo a que la mirada de los presentes profanara a la novia. El paraninfo -o quizás es un pariente -monta guardia, amenazador, mientras las mujeres comen. Han despertado una viva curiosidad. En efecto, con la disculpa de pedir sal, o un cuchillo, o un chorrito de vinagre, siempre hay alguno que se acerca a uno u otro para preguntar si conocen a la novia y si saben a dónde se dirige, y otras muchas cosas interesantes de este tipo…

Hay uno que sabe de dónde viene y a dónde va; además parece muy contento de contarlo todo, estimulado por otro, que le alegra cada vez más la campanilla echando en su copa vino generoso. Salen a relucir a veces hasta los aspectos más secretos de las dos familias, o del ajuar que la novia lleva en esos dos baúles, o de las riquezas que esperan en la casa del novio, etc. etc. Se viene así a saber que la novia es hija de un rico comerciante de Joppe, y que se casa con el hijo de un rico comerciante de Jerusalén, y que el novio se ha adelantado para ir adornando la casa nupcial ante la inminencia de su llegada, y que el que la acompaña, el amigo del novio, es también hijo de un comerciante, de Abraham, el que trabaja diamantes y otras gemas, mientras que el novio es batihoja, y el padre de la novia es mercader de lana, telas, alfombras, cortinas…
Dado que el hablador está cerca del grupo apostólico,

Tomás oye y pregunta:
-¿Es Natanael de Leví el novio?

-Sí, sí, es él.
-¿Lo conoces?

-Conozco bien a su padre por una serie de tratos que hemos hecho; un poco menos a Natanael. ¡Nupcias ricas!
-¡Y novia venturosa! Cubierta de oro. Abraham, pariente de la madre de la novia y padre del amigo del novio, ha hecho honor a su persona, y lo mismo el novio y su padre. Se dice que en aquellas cajas hay un valor de muchos talentos de oro.

-¡Caramba! -exclama Pedro acompañando su maravilla con un significativo silbido, y añade: «Voy a ver más de cerca si la mercancía principal corresponde al resto» y se levanta, junto con Tomás, y van a dar una vueltecita en torno al grupo nupcial y miran con detenimiento a las tres mujeres (un amasijo de ropajes y velos, bajo los cuales sobresalen manos y muñecas enjoyeladas, o se traslucen brillos de pendientes y collares); miran también al jactancioso personaje, que tan matón se muestra, que parece debiera rechazar un asalto de corsarios contra la doncellita.

Mira también mal a los dos apóstoles. Pero Tomás le ruega que salude, de parte de Tomás, apodado Dídimo, a Natanael de Leví; y así se instaura la paz, hasta el punto de que mientras él habla la novia halla la manera de provocar admiración, poniéndose en pie, de forma que manto y velo tengan su caída normal y quede patente toda la donosura de su cuerpo y de sus vestiduras y toda su riqueza idolátrica.

Tendrá como mucho quince años. ¡Y qué ojos tan astutos!… Se mueve con embeleso a pesar de la desaprobación de las matronas, se suelta las trenzas y se las vuelve a fijar con la ayuda de valiosas horquillas, se aprieta su cinturón de pedrería, se desata sus sandalias tipo zapato, elegantes, se las quita y se las vuelve a poner, bien ceñidas a sus pies menudos con hebillas de oro; y, mientras, encuentra la manera de mostrar su magnífica melena negra, sus bonitas manos, sus brazos delicados, su cintura estrecha, el pecho y las caderas bien modelados, los pies pequeños y perfectos, así como todas las joyas, que tintinean y emiten destellos heridas por las últimas luces del día y por la lumbre de las primeras fogatas.
Pedro y Tomás regresan. Tomás dice:

-Es una muchacha bonita.
-Y una grandísima coqueta. Lo que pienso es que tu amigo Natanael pronto sabrá que hay alguien que le mantiene caliente la cama mientras él mantiene caliente el oro para trabajarlo. Y su amigo es un perfecto estúpido: ¡pues sí que la ha puesto en buenas manos a la novia!… -termina Pedro mientras se sienta junto a los compañeros.
Y Bartolomé, descontento, comenta:

-A mí no me ha gustado ese hombre que le tiraba de la lengua a ese otro estúpido. En cuanto ha sabido todo lo que quería saber, se ha ido monte arriba… Estos lugares son peligrosos. Además, el tiempo es ideal para lances de malhechores: noches de luna, calor extenuante. Y, además, árboles frondosos. ¡Malo!… No me gusta este sitio. Hubiera sido mejor no detenerse.

-¡Y ese imbécil que ha hablado de todas esas riquezas!… ¡Y ese otro, que se hace el héroe y vigila las sombras pero no ve los cuerpos verdaderos!… Bueno, pues me voy a quedar vigilando yo donde las fogatas. ¿Quién viene conmigo? -dice Pedro.

-Yo, Simón, que resisto bien el sueño -responde Simón Zelote.

Muchos del campo, especialmente los que viajan solos, se han alzado y se han marchado en pequeños grupos. Quedan unos pastores con sus rebaños, la comitiva nupcial, la comitiva apostólica y tres mercaderes de corderos que ya están durmiendo. También la novia duerme ya, con las matronas, dentro de una tienda que les han montado los siervos. Los apóstoles se buscan un sitio. Jesús se retira, solo, a hacer oración. Los pastores encienden un fuerte fuego en el centro de la explanada en que están. Pedro y Simón encienden otra hoguera cerca del sendero de la escarpa por la que el hombre que había provocado las sospechas de Bartolomé se había ocultado.

Pasan las horas y… quien no ronca cabecea. Jesús ora. El silencio es total. Parece callar hasta el manantial que resplandece bajo la alta Luna, que ilumina perfectamente la explanada, mientras las zonas en pendiente quedan en sombra bajo el tupido follaje.

Un perro grande de pastor se arrufa. Un pastor alza la cabeza. El perro se pone tieso y eriza el pelo de la espalda; atentísimo, en actitud de defensa y de escucha; tiembla incluso; el gruñido sordo que hierve dentro de él se va haciendo más fuerte cada vez. Simón alza también la cabeza y da unos meneos a Pedro, que está adormilado. Un leve frufrú proviene del bosque.

-Vamos donde el Maestro, a traerlo con nosotros -dicen los dos. Entretanto, el pastor ha despertado a sus compañeros. Todos están a la escucha y sin hacer ruido. Jesús también se ha alzado, antes de que lo llamaran, y ya está yendo hacia los dos apóstoles. Se reúnen con los otros compañeros (por tanto, cerca de los pastores), cuyo perro da señales cada vez más claras de agitación.

-Despertad a todos los que duermen. A todos. Decidles que vengan aquí sin hacer ruido, especialmente a las mujeres y a los siervos: que traigan los baúles. Decid a todos los hombres que quizás hay salteadores; esto no se lo digáis a las mujeres.

Los apóstoles obedecen al Maestro y van en distintas direcciones. Mientras, Jesús dice a los pastores:
-Alimentad el fuego. Que esté bien fuerte, que haga una llama muy viva.

Los pastores obedecen. Jesús, dado que los ve nerviosos, dice:
-No temáis. No os robarán ni una sola vedija de lana.
En esto llegan los mercaderes y dicen en tono bajo:
-¡Ay, nuestras ganancias! -y añaden una verdadera letanía de improperios contra los gobernantes romanos y judíos porque no limpian el mundo de ladrones.

Jesús los conforta diciendo:

-No temáis. No perderéis ni una sola moneda.

Llegan las mujeres llorando, muy asustadas; y es que el valiente paraninfo, temblando con un miedo colosal, las aterroriza gimoteando:
-¡Es la muerte! ¡La muerte a manos de los salteadores!

Jesús las consuela también a ellas diciendo:
-No temáis. No os tocarán ni siquiera con la mirada -y las pone en el centro de esta pequeña población de animales asustados y de hombres.

Los burros rebuznan, el perro aúlla, las ovejas balan, las mujeres sollozan, los hombres o imprecan o se acoquinan más aún que las mujeres; todo con una cacofonía que sin duda proviene del espanto. Jesús está sereno, como si no estuviera sucediendo nada. El murmullo del bosque no se puede oír con todo este jaleo; pero en el bosque están los bandidos, y se están acercando: lo denuncian ramas que se quiebran y las piedras que ruedan.

-¡Silencio! -dice Jesús con tono impositivo, y lo dice de una forma que se hace el silencio.
Jesús deja el lugar en que está y va hacia el bosque, que comienza en el límite de la explanada. Se vuelve al bosque y empieza a hablar.

-La maligna hambre del oro arrastra a los hombres a sentimientos abyectos; con el oro se revela el hombre más que con otras cosas. Observad cuánto mal siembra este metal con su cautivador e inútil brillo. Tanta es su naturaleza infernal desde que el hombre es pecador, que Yo creo que el aire del Infierno es de color oro.

El Creador lo había dejado en las entrañas de ese enorme lapislázuli que es la Tierra, que existe por su voluntad creadora, para que le fuera útil al hombre con sus sales, y para que ornase sus templos. Pero Satanás, besando los ojos de Eva y mordiendo el yo del hombre, inoculó un sabor maléfico en el inocente metal. Desde ese momento, por el oro se mata y se peca. La mujer, por el oro, se hace coqueta y fácil para el pecado carnal; el hombre, por él, se hace ladrón, usurpador, homicida, cruel para con su prójimo y para con la propia alma porque la despoja de su verdadera herencia por darse una cosa efímera; cruel para con esa alma a la que roba el tesoro eterno por unas pocas pepitas brillantes, que con la muerte habrán de abandonarse.

Vosotros, que por el oro pecáis, más o menos levemente, más o menos gravemente; vosotros que cuanto más pecáis más os burláis de cuanto os enseñaron vuestra madre y vuestros maestros, es decir, el hecho de que existe un premio y un castigo por las acciones realizadas durante la vida; ¿no pensáis que por este pecado perderéis la protección de Dios, la vida eterna, la alegría?, ¿que tendréis remordimientos, que sentiréis la maldición de vuestro corazón, que el miedo será vuestro compañero, el miedo al castigo humano, que al fin y al cabo no es nada comparado con el miedo, santo miedo, al castigo divino, que deberíais tener y no tenéis? ¿No pensáis que, por vuestros descalabros, si desembocan en verdaderos delitos, podéis sufrir un terrible fin, y un fin aún más terrible -por ser eterno -por los atropellos cometidos por amor al oro, aun cuando no hayan producido derramamiento de sangre, si han pisoteado la ley del amor y del respeto al prójimo, negando ayuda por avaricia al que padece hambre, robando puestos, o dinero, o en los pesos, por codicia?
No. Esto no lo pensáis. Mas bien decís: "¡Todo eso son patrañas, patrañas que he aplastado bajo el peso de mi oro y ya no existen". No son patrañas, son verdades. No digáis: "Cuando muera, todo se habrá acabado". No.

Entonces todo empezará. La otra vida no es el abismo sin pensamiento ni recuerdo del pasado vivido y sin aspiración a Dios que vosotros creéis que será el tiempo de espera de la liberación del Redentor. La otra vida es espera dichosa para los justos, espera paciente para los purgantes, espera horrenda para los réprobos: para los primeros, en el Limbo; para los segundos, en el Purgatorio; para los últimos, en el Infierno. La espera de los primeros cesará con la entrada en el Cielo siguiendo al Redentor; la de los segundos, una vez cumplida aquella hora, se verá más confortada de esperanza; mas los terceros verán lobreguecer su terrible certeza de maldición eterna.

Pensadlo, vosotros que pecáis. Nunca es tarde para enmendarse. Cambiad con un verdadero arrepentimiento el veredicto que está siendo escrito en el Cielo para vosotros. Que el Seol, para vosotros, no sea infierno, sino, por voluntad vuestra, al menos, penitente espera. No tinieblas, sino crepúsculo de luz; no angustia, sino nostalgia; no desesperación, sino esperanza.

Marchaos. No tratéis de luchar contra Dios. Él es el Fuerte y el Bueno. No pisoteéis el nombre de vuestros padres. Escuchad cómo gime ese manantial, su gemido es semejante al que desgarra el corazón de vuestras madres al saber que sois unos asesinos. Escuchad el silbido del viento en el desfiladero: parece amenazar y maldecir; como os maldice vuestro padre por la vida que vivís. Escuchad el quejumbroso alarido del remordimiento en vuestros corazones. ¿Por qué queréis sufrir, si podríais sentiros serenamente satisfechos con lo poco en esta tierra y con el todo en el Cielo? ¡Pacificad vuestro espíritu! ¡Devolved la paz a los que temen, a los que se ven obligados a temeros como a animales feroces! ¡Poned paz en vuestro corazón, desdichados malhechores! Alzad vuestra mirada al Cielo, separad vuestros labios del venenoso alimento, purificaos las manos, que chorrean sangre fraterna, purificaos el corazón.

Yo tengo fe en vosotros, por eso os hablo; aunque todo el mundo os odia y teme, Yo ni os odio ni os temo; os tiendo la mano para deciros: "Levantaos. Venid. Volved a reintegraros, mansos y hombres, entre los otros hombres". Tan poco os temo, que digo a todos éstos: "Volved a vuestro descanso, sin rencor hacia estos pobres hermanos; orad por ellos; Yo me quedo aquí a mirarlos con ojos de amor. Os juro que no sucederá nada. El amor desarma a los violentos y sacia a los codiciosos. ¡Bendito sea el Amor, verdadera fuerza del mundo, fuerza desconocida pero poderosa, fuerza que es Dios".

Y, volviéndose a todos, dice:

-Volved a vuestros sitios. No temáis, porque allí ya no hay malhechores, sino hombres profundamente turbados, hombres que lloran. Quien llora no hace daño.

¡Quiera Dios que perseveren como ahora, porque significaría su redención!

222- Un secreto del apóstol Juan

Pasada Yabnia, las colinas, en dirección oeste-este respecto a la estrella polar, aumentan de altura; más lejos se ven montañas que se yerguen cada vez más altas, más altas; en la lejanía, bajo la última claridad de la tarde, se dibujan los yugos verdes y violetas de las montañas de Judea.

El día ha declinado rápidamente, como sucede en los lugares meridionales. De la orgía de rojo del ocaso, en menos de una hora, se ha pasado al primer titilar de estrellas; parece imposible que la lumbrarada solar se haya apagado tan rápidamente, anulando el color sangre del cielo con una veladura, cada vez más densa, de amatista sanguíneo, y luego un malva que va palideciendo y haciéndose cada vez más transparente para dejar entrever un cielo irreal, no azul, sino verde pálido, que poco después se ensombrece para adquirir un color glauco como de avena nueva, preludio del añil que reinará en la noche recamándose de diamantes, como un manto regio. Y las primeras estrellas sonríen ya por el oriente, junto a un cuarto de luna creciente. La tierra exulta cada vez más, con hilaridad verdaderamente paradisíaca, bajo la luz de los astros y en el silencio de los hombres. Ahora cantan las cosas que no pecan: los ruiseñores; las aguas con su arpegio; el follaje con su frufrú; los grillos, lisonjeros; los sapos, que hacen acompañamiento de oboe cantando al rocío. Quizás cantan también arriba las estrellas (ellas están más cerca de los ángeles que nosotros)… El calor ardiente se va desvaneciendo en el aire de la noche húmeda de rocío (¡qué grato a la hierba, al hombre, a los animales!).

Jesús ha estado esperando a los apóstoles al pie de una colina -Juan ha ido a buscarlos a Yabnia y ha vuelto con ellos -y ahora está hablando apretadamente con Judas Iscariote (le entrega unas bolsas con monedas y le da instrucciones sobre cómo repartirlas). Detrás de Él está Juan, que tiene el macho cabrío y que guarda silencio, entre Simón Zelote y Bartolomé, que hablan de Yabnia, donde han demostrado su coraje Andrés y Felipe. Más atrás todavía, en grupo, todos los demás (es un grupo vocinglero, que está haciendo como un resumen de las aventuras corridas en tierras filisteas y que muestra claramente su alegría por el ya próximo regreso a Judea para Pentecostés).

-Pero, ¿vamos a ir inmediatamente? -pregunta Felipe, muy cansado ya de la rápida marcha sobre arenas abrasadoras.
-Eso ha dicho el Maestro.

-Ya lo has oído -responde Santiago de Alfeo.
-Mi hermano lo sabe, sin duda, pero parece como ido. Lo que han hecho durante estos cinco días es un misterio -dice Santiago de Zebedeo.

-Sí. No aguanto más la curiosidad… al menos como premio por la… purga que hemos pasado en Yabnia: cinco días en que uno tenía que estar atento a cada una de las palabras que pronunciaba, a cada mirada y a cada paso que daba, para no verse metido en un apuro -dice Pedro.

-Pero nos ha salido bien. Ya empezamos a saber -dice contento Mateo. -La verdad… yo me he echado a temblar dos o tres veces. ¡Ese bendito muchacho de Judas de Simón!… ¿Pero es que no va a aprender nunca a moderar sus maneras? -dice Felipe. -Cuando sea viejo. De todas formas, pensemos que lo hace con buen fin. Ya has oído; el mismo Maestro lo ha dicho. Lo hace por celo… -dice Andrés tratando de justificarlo. -¡Venga hombre! El Maestro ha dicho eso porque es la Bondad y la Prudencia, pero no creo que lo apruebe -dice Pedro.
-Él no miente -objeta Judas Tadeo.

-No, mentir no, pero sabe dar a sus respuestas toda la prudencia que nosotros no sabemos dar, y dice la verdad sin hacer sangrar el corazón de ninguno, sin despertar resentimientos, sin dar pie a censuras. ¡Claro! ¡El es Él! -suspira Pedro.

Una tregua de silencio mientras van caminando bajo la claridad cada vez más nítida de la luna. Luego Pedro dice a Santiago de Zebedeo:

-Mira a ver, llama a Juan. No sé por qué no quiere estar con nosotros».

-Yo te lo puedo decir: porque sabe que si está con nosotros lo vamos a ahogar con nuestro deseo de saber -responde Tomás.

-¡Claro! Por eso va con los dos más prudentes y sabios ̀ confirma Felipe.
-Bueno, de todas maneras. ¡Anda, Santiago, inténtalo!» insiste Pedro.

Entonces Santiago, condescendiente, llama a Juan, tres veces, pero éste o no oye o hace como que no oye; el que se vuelve es Bartolomé, y Santiago le dice:
-Di a mi hermano que venga -y luego dice a Pedro: «De todas formas no creo que averigüemos nada».

Juan, obediente, va donde ellos inmediatamente y pregunta:
-¿Qué queréis?

-Saber si de aquí se va directamente a Judea -dice su hermano.

-Eso es lo que ha dicho el Maestro: No quería casi retroceder desde Ecrón. Quería mandarme a mí por vosotros, pero al final ha pre-ferido venir hasta las últimas pendientes… Total, también por aquí se va a Judea.
-¿Hacia Modín?
-Hacia Modín.

-Es camino de malhechores, que esperan a las caravanas para asaltarlas; es inseguro -objeta Tomás.
-Pero… ¡yendo con Él!… ¡Nada se le resiste!…». Juan alza hacia el cielo un rostro extasiado quién sabe en qué recuerdos, y sonríe. Todos los presentes lo observan y Pedro dice:

-Juan, ¿tienes esa expresión porque estás leyendo una historia feliz en el cielo estrellado?
-¿Yo? No…

-¡Venga, hombre! Hasta las piedras ven que estás lejos del mundo. Dinos lo que te ha sucedido en Ecrón.
-Nada, Simón, nada; te lo aseguro. Si hubiera sucedido algo penoso, no estaría contento. -No penoso, todo lo contrario… ¡Venga! ¡Habla! -¡Pero si no tengo nada que contar que no haya dicho ya Él! Han sido buenos, propios de personas asombradas por los milagros. Eso es todo. Es exactamente como ha dicho Él.

-No -Pedro menea la cabeza -, no, no sabes mentir. Eres limpio como agua de manantial. No. Cambias de color. Te conozco desde que eras niño. Jamás podrás mentir; por incapacidad de tu corazón, de tu pensamiento, de tu lengua, y hasta de tu piel, que cambia de color. Por eso te quiero tanto, y te he querido siempre mucho.

¡Venga, hombre, ven aquí, con tu viejo Simón de Jonás, con tu amigo! ¿Te acuerdas de cuando eras niño? Yo era ya un hombre. ¿Te acuerdas con qué mimo te trataba? Querías oírme contar historias, y querías barcas de corcho, "que no naufragaban nunca" -decías -y que te servían para ir lejos… Como ahora, que te vas lejos y dejas en la orilla al pobre Simón. Y tu barca no naufragará jamás; se aleja, colmada de flores, como las que echabas a navegar, de niño, en Betsaida, para que el río las llevara al lago, y se marcharan lejos. ¿Te acuerdas? Juan, yo te quiero. Todos te queremos. Eres nuestra vela, nuestra barca que no naufraga; navegamos siguiendo tu estela. ¿Por qué no nos hablas del prodigio de Ecrón?

Pedro mientras hablaba tenía ceñida con un brazo la cintura de Juan, el cual trata de eludir la pregunta diciendo:

-Y tú, que eres la cabeza, ¿por qué no hablas a las muchedumbres con esta intensidad persuasiva que usas conmigo? Ellas necesitan que se las convenza, no yo.
-Porque contigo me siento a mis anchas. Yo te quiero a ti, a las muchedumbres no las conozco -dice Pedro como justificación.

-Y no las amas. Ése es tu error. Ámalas aunque no las conozcas. Dite a ti mismo: "Son de nuestro Padre". Verás como te parecerá conocerlas y las amarás. Ve en cada uno de los que componen esas muchedumbres a otro Juan…

-¡Parece fácil! Como si tú, niño eterno, pudieras ser intercambiado con las áspides o los puercoespines.
-¡Yo soy como todos!

-No, hermano, no eres como todos. Nosotros -menos, quizás, Bartolomé, Andrés y el Zelote -habríamos dicho ya hasta a la hierba lo que nos hubiera sucedido que nos hiciera dichosos. Tú, sin embargo, guardas silencio. Pero, a mí, que soy tu hermano mayor, debes decírmelo. Soy para ti como un padre -dice Santiago de Zebedeo.

-El Padre es Dios, el Hermano es Jesús, la Madre es María…

-¿De forma que la sangre para ti ya no cuenta nada? -dice Santiago levantando inquieto la voz.

-No te alteres. Yo bendigo la sangre y el seno que me formaron: padre y madre. Y te bendigo a ti, hermano de mi misma sangre. Pero, a los primeros porque me han engendrado y sustentado para darme la posibilidad de seguir al Maestro, y a ti porque lo sigues. A nuestra madre, desde que es discípula, la amo de dos formas: como hijo, con la carne y la sangre; como condiscípulo suyo, con el espíritu. ¡Qué alegría estar unidos en el amor a Él!…

Jesús, al oír la voz nerviosa de Santiago, ha vuelto y las últimas palabras lo iluminan acerca de la cuestión.
-Dejad tranquilo a Juan. Es inútil que lo atormentéis, tiene muchos puntos en común con mi Madre, no hablará.

-Pues entonces dilo Tú, Maestro -suplican todos.
-Bien. Mirad, he llevado conmigo a Juan porque era el más adecuado para lo que quería hacer. A mí me ha servido de ayuda y él se ha perfeccionado. Eso es.

Pedro, Santiago el hermano de Juan, Tomás y Judas Iscariote se miran y, desilusionados, tuercen un poco la boca. Judas Iscariote no se limita a quedar desilusionado y dice:

-¿Por qué perfeccionarlo a él si ya es el mejor?
Jesús le responde:

-Tú dijiste: "Cada uno tiene su modo, y lo usa". Yo tengo el mío. Juan el suyo, muy parecido al mío. El mío no puede perfeccionarse, el suyo sí, y esto es lo que quiero porque es justo que sea así. Así que por este motivo lo he tomado conmigo. Necesitaba a uno que tuviera ese modo y ese corazón suyos. Por tanto, ni malos humores ni curiosidad.

Vamos a Modín. La noche está serena, fresca y luminosa. Caminaremos mientras haya luna, luego dormiremos hasta el alba. Llevaré a los dos Judas a venerar las tumbas de los Macabeos, cuyo nombre glorioso llevan.

-¿Solos contigo? -dice Judas Iscariote todo contento.
-No. Con todos. Pero la visita a la tumba de los Macabeos es para vosotros, para que los sepáis imitar sobrenaturalmente con luchas y victorias en un campo enteramente espiritual.

221- Los prejuicios de los apóstoles respecto a los paganos y la parábola del hijo deforme

-¡De Yabnia vamos a ir a Ecrón? -preguntan mientras van a través de unos feracísimos campos en que el trigo duerme su último sueño bajo el fuerte sol que lo ha madurado, extendido en gavillas por los campos segados y tristes, inmensos lechos de muerte, ahora que ya no están vestidos de espigas sino poblados de despojos a la espera de ser transportados a otro lugar.

Mas, si los campos están desnudos, los manzanos se visten de fiesta, con sus frutos que se dan prisa en madurar, que pasan del verde duro del fruto aún demasiado joven al tierno, amarillento, rosado, brillante como cera, del fruto que ya madura; y la piel elástica de los higos se rompe y abren éstos su cofre, su dulcísimo cofre de fruto-flor, y muestran, tras la fisura verde­blanca, o morada y blanca, la gelatina transparente, salpicada de granitos más oscuros que la pulpa. Los olivos, ante un vientecillo ligero, bambolean entre el verdeplata de sus ramas sus ovales gotas de jade colgadas del sutil pecíolo.

Los solemnes nogales mantienen, duros y erguidos en su pedúnculo, sus frutos, y los van engrosando bajo la felpa del ruezno; los almendros están terminando de madurarlos, bajo el involucro que ya frunce su terciopelo y cambia de color. Las vides abultan sus uvas; ya algún que otro racimo, en posición favorablemente orientada, anuncia tímidamente el topacio transparente y el futuro rubí del grano maduro. Las cácteas de la llanura o de las primeras pendientes exultan por los adornos, cada día que pasa más vivos, de los óvalos de coral que un decorador alegre ha posado caprichosamente en lo alto de las carnosas palas, que parecen manos, muchas manos, dentro de fundas espinosas, que elevan al cielo los frutos que ellas mismas han nutrido y madurado.

Palmeras aisladas y tupidos algarrobos recuerdan ya mucho a la cercana África: las primeras suenan las castañuelas de sus hojas duras, dispuestas en forma de peine curvo; los otros se han vestido de esmalte verde oscuro, y están engallados, señoriales con ese vestido suyo tan hermoso.

Cabras bermejas y negras, altas, gráciles, de largos cuernos retorcidos y ojos dulces y penetrantes, comen las cácteas, asaltan las carnosas pitas, esos enormes pinceles de hojas duras y espesas que, semejantes a alcachofas abiertas, desde el centro de su corazón, extraen, poderosos, el candelabro de siete brazos, digno de una catedral, de su tallo gigante, en cuyo ápice flamea su flor amarilla y roja de delicado perfume.

África y Europa se dan la mano vistiendo la tierra de bellezas vegetales. En cuanto el grupo apostólico deja la llanura para tomar el sendero que trepa por una colina literalmente cubierta de viñedos, por esta pendiente que mira al mar ­pendiente rocosa, calcárea, en la cual la uva creo que debe ser verdaderamente preciada, por mutación de su jugo en almíbar -, el mar, mi mar, el mar de Juan, de Dios, deja ver su desmesurado manto de seda crespa y azul, y habla de lejanías, de infinito, de poder, cantando con el cielo y el Sol: el trío de las glorias creadoras.
Y la llanura toda se abre, con toda su ondulada belleza de tímidas elevaciones de pocos metros que se alterna con zonas llanas y dunas de oro, hasta las ciudades y pueblos de la orilla del mar, blancos en el marco azul.

-¡Qué hermosura! ¡Qué hermosura! -susurra, extasiado, Juan.

-¡Mi Señor!… este muchacho vive de azul; deberás destinarlo a ello. ¡Es como si viera a su amada cuando ve el mar! ­dice Pedro, que no ve mucha diferencia entre agua marina y lacustre. Y ríe con bondad.

-Ya está destinado, Simón. Todos tenéis ya vuestro destino.
-¡Pues qué bien! ¿Y a mí a dónde me vas a mandar?
-¡Ah, tú…!.
-¡Anda, dímelo!
-A un lugar más grande que tu ciudad y la mía y Magdala y Tiberíades juntas».
-Pues me voy a perder.

-No temas. Parecerás una hormiga en un esqueleto de grandes dimensiones; pero, yendo y viniendo, incansable, resucitarás a ese esqueleto.

-No entiendo nada… Sé más explícito.

-¡Ya entenderás, ya entenderás!… -y Jesús sonríe.
-¿Y yo? ¿Y yo? -todos quieren saber lo mismo.
Jesús se agacha -están en la orilla guijarrosa de un torrente que lleva todavía mucha agua en su centro -y coge del suelo un puñado de grava muy fina, la tira hacia arriba y cae diseminándose en todas las direcciones. Dice:
-Esto es lo que pienso hacer; mirad, sólo una piedrecita ha terminado entre mi pelo. Pues bien, vosotros seréis diseminados así.

-Y Tú, hermano, representas Palestina, ¿verdad? -pregunta serio Santiago de Alfeo.
-Sí.
-Quisiera saber quién será el que se quede en Palestina -pregunta otra vez Santiago.
-Ten esta piedrecita. Como recuerdo -y Jesús le da a su primo Santiago el granito de grava que se le había quedado enredado entre sus cabellos, y sonríe.
-¡¿No podrías dejarme a mí en Palestina? Yo soy el más indicado, porque soy el menos cultivado y, en nuestra casa, más o menos me arreglo, ¡pero fuera…! -dice Pedro.

-Pues tú eres, al contrario, el menos indicado para quedarte aquí. 'Tenéis un prejuicio contra el resto del mundo. Creéis que es más fácil evangelizar en país de fieles que de idólatras y gentiles, y, sin embargo, la realidad es exactamente la contraria. Meditad en lo que nos ofrecen las clases altas de la verdadera Palestina, y, aunque menos, también el pueblo común; pensad luego que aquí -lugar de odio al nombre "Palestina" y de desconocimiento del nombre "Dios" en su verdadera expresión ­hemos sido acogidos al menos no peor que en Judea, Galilea o la Decápolis. Reflexionad en esto y veréis como caen vuestros prejuicios; comprenderéis que es exacto esto que digo, o sea, que es más fácil convencer a los que ignoran al Dios verdadero que no a los del pueblo de Dios, sutilmente idólatras, culpables, que orgullosamente se creen perfectos y que quieren seguir siendo como son.

¡Cuántas gemas, cuántas perlas ve mi mirada donde vosotros no veis sino tierra y mar! La tierra de las multitudes que no son Palestina; el mar de la Humanidad que no es Palestina: como mar, no espera sino recibir a los buscadores de perlas, para ofrecérselas; como tierra, que escarben en ella para dejarse arrebatar las gemas. En todas partes hay tesoros, pero hay que buscarlos. Todo terruño puede esconder un tesoro y dar alimento a una semilla, como también toda profundidad puede celar una perla. ¿O es que pretendéis que el mar revuelva su fondo con terribles borrascas para arrancar de los placeles las madreperlas, y abrirlas con las embestidas de sus embravecidas olas, para ofrecerlas luego en la playa a los perezosos que no quieren esforzarse o a los pusilánimes que no quieren correr peligros? ¿Pretendéis, acaso, que la tierra, sin semilla alguna, haga crecer un árbol de un grano de arena para daros frutos? No, amigos míos. Es necesario esforzarse, trabajar, tener coraje. Sobre todo, huelgan los prejuicios.

Sé que desaprobáis, quién más, quién menos, este viaje por tierras de filisteos. Ni siquiera las glorias que estas tierras rememoran, las glorias de Israel que narran estos campos fecundados con la sangre hebrea derramada para hacerlo grande, o las ciudades arrebatadas una a una de las manos de sus detentadores, para coronar a Judá y constituir una nación poderosa; ni siquiera ello basta para despertar vuestra estima por este peregrinaje; ni siquiera es suficiente la idea de preparar el terreno para recibir el Evangelio, y la esperanza de salvar espíritus. No incluyo esta última entre las razones que someto a vuestra consideración para que veáis la justicia de este viaje: sería un pensamiento, hoy por hoy, demasiado alto para vosotros, si bien llegará el día en que lo comprendáis. En aquel momento diréis: "Creíamos que era un capricho, una pretensión, poco amor del Maestro para con nosotros, el hacernos ir tan lejos por un camino largo y penoso y arriesgando pasar momentos muy desagradables; sin embargo, era amor, previsión, era allanarnos el camino, para ahora que ya no lo tenemos y que nos sentimos más desorientados; porque cuando estaba Él éramos como sarmientos que crecíamos en todas las direcciones pero sabiendo que la cepa nos nutría y que teníamos al lado el palo robusto que nos podía sujetar, mientras que ahora somos sarmientos que deben crear por sí mismos una pérgola, nutriéndose, sí, de la cepa de la vid, pero sin el madero en que apoyarse". Esto es lo que diréis, y entonces me lo agradeceréis.

Y, además… ¿es que, acaso, no es hermoso ir dejando a nuestro paso destellos de luz en tierras envueltas en tinieblas, notas sonoras en corazones mudos, corolas celestiales en almas yermas como desiertos, perfumes de verdad para anular el hedor de la Mentira, sirviendo y dando gloria a Dios, y además hacerlo juntos, así, Yo y vosotros, vosotros y Yo, el Maestro y los apóstoles, formando todos un solo corazón, un solo deseo, una sola voluntad? ¡Oh, que la esperanza y el deseo y el hambre de Dios consisten en querer que sea conocido y amado, en querer reunir a todas las gentes bajo su dosel y que estén todos donde Él está! ¡Y son la misma esperanza, deseo y hambre de los espíritus, los cuales no son de razas distintas sino de una sola: la creada por Dios! Siendo todos hijos de Uno solo, tienen los mismos deseos, esperanzas, hambre, del Cielo, de la Verdad, del Amor real…

Se diría que siglos de error han cambiado el instinto de los espíritus, pero no es así. El error envuelve a las mentes, porque éstas están fundidas con la carne y se resienten del veneno inoculado por Satanás en el animal hombre. De la misma forma, el error puede envolver también al corazón, pues, como aquéllas, está injertado en la carne y se resiente de su veneno. Una triple concupiscencia roe respectivamente la carne, el sentimiento y el pensamiento. Mas el espíritu no está injertado en la carne. Podrá sufrir un aturdimiento a causa de los golpes que le lanzan Satanás y la concupiscencia; podrá quedar casi ciego a causa de los baluartes carnales y de las salpicaduras de la sangre hirviente del animal-hombre en que ha sido infundido. Sí, pero no cambiará su aspiración al Cielo, a Dios. No puede cambiar.

¿Veis el agua pura de este torrente?: ha descendido del cielo y al cielo tornará por evaporación de las aguas bajo el efecto del viento y el sol. Baja y vuelve a subir. El elemento no se consume sino que torna a los orígenes. El espíritu torna a los orígenes. Esta agua que corre entre las piedras, si pudiera hablar, os diría que aspira a volver arriba, para -impulsada por el viento, blanda, blanca, o rosada a la aurora, cobre encendido al ocaso, violeta como una flor en los crepúsculos ya estrellados ­surcar los hermosos campos del firmamento; os diría que querría ser tamiz para las estrellas que se asoman por los claros de los cirros, para que recordasen a los hombres el Cielo; o hacer de velo a la Luna para que no vea las fealdades nocturnas… Sí, os diría que aspira a volver arriba, antes que estar aquí, encerrada entre los bordes de las orillas, amenazada de convertirse en barro, obligada a saber de los connubios de culebras y ranas, cuando lo que desea vehementemente es la libertad solitaria de la atmósfera. Lo mismo los espíritus; si tuvieran el valor de hablar, dirían todos lo mismo: "¡Dadnos a Dios! ¡Dadnos la Verdad!". Pero no lo dicen porque saben que el hombre o no advierte o no comprende o ridiculiza esta súplica de los "grandes mendigos", de los espíritus que con tremenda hambre -hambre de Verdad -buscan a Dios.

Estas gentes idólatras, estos romanos, estos ateos, estos desdichados que nos vamos encontrando en nuestro camino, y que siempre encontraréis, éstos -denigrados sus deseos de Dios, por política, por egoísmo familiar, o por herejía que radica en un corazón corrompido y prolifera en las naciones -, éstos tienen hambre. ¡Tienen hambre! Y Yo, piedad de ellos. ¿Podría no sentir piedad, Yo, que soy el que soy? Si doy el alimento necesario, por piedad, al hombre y al gorrión, ¿no habría de tener piedad con los espíritus a los que se han puesto obstáculos para ser del verdadero Dios, y que extienden sus brazos gritando:

"¡Tenemos hambre!'? ¿Creéis que son malos, salvajes, incapaces de llegar a amar la religión de Dios y a Dios mismo? Pues estáis en un error. Son espíritus que esperan amor y luz.

Esta mañana nos ha despertado el balido agresivo del macho cabrío, que quería alejar a ese perro grande que ha venido a olfatearme. Os habéis echado a reír al ver que orientaba sus cuernos, amenazador, hacia el perro, tras haber roto la delgada cuerda con que estaba atado al árbol bajo el que dormíamos, habiéndose puesto de un salto entre el perro y Yo, sin pensar que en la desigual liz por defenderme a mí el maloso le habría podido atacar y lo habría degollado. Pues lo mismo estos pueblos, que veis como machos cabríos salvajes, sabrán defender la fe de Cristo una vez que hayan conocido que Cristo es Amor que los invita a seguirlo. Sí, los invita. Y vosotros debéis ayudarles a venir.

Escuchad una parábola.

Un hombre se casó y tuvo muchos hijos de su mujer. Pero, uno de éstos nació con deformidades físicas; parecía, además, de raza distinta. El hombre lo consideró un deshonor y no lo amó, a pesar de que la criatura fuera inocente. El niño creció desatendido, apartado con los últimos siervos (en efecto, se le juzgaba inferior a sus hermanos). No tenía madre -pues había muerto al darle a luz -que pudiera moderar la dureza del padre, o impedir la burla de sus hermanos, o corregir las ideas equivocadas que nacían en la mente salvaje del niño: una pequeña fiera mal soportada en la casa de los otros hijos bien queridos.

El niño, así, se hizo hombre. Entonces su razón, que, aunque se hubiera desarrollado con retardo, había llegado a la madurez, comprendió que no era ser hijo vivir en las cuadras, recibir un mendrugo de pan y un andrajo, y nunca un beso, una palabra, una invitación a entrar en la casa paterna… Y sufría, sufría, lamentándose en su cuchitril: "¡Padre! ¡Padre!". Mordía su pan, pero continuaba la gran hambre de su corazón; se cubría con sus andrajos, pero seguía el gran frío de su corazón; tenía como amigos a los animales y a algunas personas compasivas del pueblo, pero su corazón estaba solo. "¡Padre! ¡Padre!"… Lo oían gemir siempre así, como fuera de sí, los siervos, los propios hermanos, sus paisanos; y lo llamaban "el loco".
Por fin, un día uno de los siervos tuvo el coraje de ir a verlo -estaba casi convertido en una fiera -y le dijo: "¿Por qué no

te arrojas a los pies de tu padre?". "Lo haría. Pero no me atrevo…". "¿Por qué no vienes a la casa?” "Tengo miedo.” "Pero,¿desearías hacerlo?” "¡Sí, ciertamente! Es de esto de lo que tengo hambre, ésta es la causa del frío que paso, por eso me siento solo como en un desierto; pero no sé cómo se vive en la casa de mi padre". Entonces el siervo bueno se puso a instruirle, a hacer que tuviera mejor aspecto, a quitarle el terror a que su padre le tuviera aversión, diciéndole: "Tu padre te querría a su lado, pero no sabe si tú lo quieres, porque siempre lo evitas… Quita a tu padre el remordimiento de haber actuado demasiado severamente y su dolor de verte errante. Ven. Tus hermanos tampoco tienen ya intención de burlarse de ti porque les he referido tu dolor".

Y así el pobre hijo, una tarde, guiado por el siervo bueno, fue a la puerta paterna, y gritó: "¡Padre, yo te quiero! ¡Déjame entrar!…". El padre, que, viejo y triste, pensaba en su pasado y en su futuro eterno, sintió un sobresalto cuando oyó esa voz, y dijo: "¡Oh, mi dolor se aplaca al fin, porque en la voz de mi hijo deforme he oído la mía, y su amor prueba que es sangre de mi sangre y carne de mi carne! Entre, pues, a ocupar su lugar junto a sus hermanos. ¡Bendito sea el siervo bueno que ha hecho posible que mi familia se completase, integrando al hijo repudiado con todos mis otros hijos".

Ésta es la parábola. Ahora bien, al aplicarla debéis pensar que el Padre de los deformes espirituales -que son los cismáticos, los herejes, los separados -, Dios, se ha visto obligado a la severidad por las deformidades voluntarias que ellos mismos han querido. Pero su amor jamás ha abdicado. Los espera. Llevadlos a él. Es vuestro deber.

Os he enseñado a decir: "Danos hoy nuestro pan, Padre nuestro". Pero, ¿sabéis qué significa "nuestro"? No quiere decir vuestro en el sentido de vosotros doce. No es vuestro como discípulos de Cristo, sino vuestro como hombres. He puesto en vuestros labios la oración por todos. Por todos los hombres: los presentes y los que vendrán; los que conocen a Dios y los que no lo conocen; los que aman a Dios y a su Cristo y los que no lo aman o lo aman mal. Éste es vuestro ministerio. Vosotros, que conocéis a Dios, a su Cristo, y los amáis, debéis orar por todos.

Os he dicho que mi oración es universal, durará cuanto dure la tierra. Pues bien, vosotros debéis orar universalmente, uniendo vuestras voces de apóstoles y vuestros corazones de discípulos de la Iglesia de Jesús a las voces y a los corazones de los que pertenezcan a otras iglesias, cristianas pero no apostólicas. Y tenéis que insistir, porque sois hermanos -vosotros en la casa del Padre, ellos fuera de la casa del Padre común, con su hambre, su nostalgia… -hasta que se les conceda, como a vosotros, el "pan" verdadero, que es el Cristo del Señor, administrado en las mesas apostólicas, no en otras donde está mezclado con, alimentos impuros. Tenéis que insistir hasta que el Padre diga a estos hermanos "deformes": "Mi dolor se aplaca, porque en vosotros, en vuestra voz, he oído la voz y las palabras de mi Unigénito y Primogénito.

¡Benditos sean los siervos que os han traído a la Casa de vuestro Padre para que quedara completa mi Familia". Sois siervos de un Dios infinito y tenéis que poner la infinitud en todas vuestras intenciones.

¿Habéis comprendido? Ahí se ve Yabnia. En una ocasión pasó por este lugar el Arca para ir a Ecrón, pero esta ciudad no pudo custodiarla y la envió a Betsemes. El Arca vuelve a Ecrón. Juan, ven conmigo. Vosotros quedaos en Yabnia.

Sabed reflexionar y hablar. La paz esté con vosotros.
Y Jesús se marcha con Juan y con el macho cabrío, el cual, balando, le sigue como un perro.

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