por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús vuelve, solo, a casa de Simón Zelote. La tarde cae, apacible y serena después de tanto sol. Jesús se asoma a la puerta de la cocina, saluda, y sube a meditar a la habitación de arriba, que ya está preparada para la cena.
El Señor no parece muy contento. Suspira bastante y pasea de un lado para otro por la sala, lanzando de vez en cuando una mirada hacia las tierras de los alrededores, visibles desde las muchas puertas de esta amplia habitación, que es un cubo construido encima del piso bajo. Sale también a pasear por la terraza, dando la vuelta a toda la casa, y se queda inmóvil, en el lado posterior, mirando a Juan de Endor, el cual, amablemente, está sacando agua de un pozo para ofrecérsela a Salomé, que está muy atareada. Mira, menea la cabeza y suspira.
La potencia de su mirada despierta la atención de Juan, que se vuelve a mirar, y pregunta:
-Maestro, ¿me quieres para algo?
-No, sólo te estaba mirando.
-Juan es bueno. Me ayuda -dice Salomé -Dios le recompensará también esa ayuda.
Jesús, después de estas palabras, entra de nuevo en la habitación y se sienta. Está tan absorto, que no advierte el rumor de muchas voces y numerosos pasos en el pasillo de entrada, y luego una pisada ligera que sube la escalerita exterior y se acerca a la sala. Sólo cuando María lo llama, levanta la cabeza.
-Hijo, ha llegado a Jerusalén Susana y ha venido inmediatamente acompañando a Áglae. ¿Quieres escucharla ahora que estamos solos?
-Sí, Madre. Enseguida. Y que no suba nadie hasta que haya terminado todo, lo cual espero que sea antes del regreso de los demás. Te ruego que vigiles para que no haya curiosidades indiscretas… en ninguno… y especialmente por lo que se refiere a Judas de Simón.
-Vigilaré con esmero…
María sale, y vuelve poco después trayendo de la mano a Áglae, que ya no está arrebozada en su grueso manto gris y en su velo echado que le cubría el rostro; ya no lleva las sandalias altas, con su complicado sistema de hebillas y correas. Ahora está transformada; parece en todo una hebrea, con sus sandalias bajas y lisas, simplísimas como las de María; con su túnica azul oscura, y el manto encima formando elegantes pliegues; con un velo blanco colocado como lo usan las mujeres hebreas de clase llana (sencillamente sobre la cabeza y con uno de los extremos echado hacia atrás, de forma que cubre el rostro pero no del todo). Este indumento (como el de una infinidad de mujeres) y el hecho de estar en un grupo de galileos, la han guardado a Áglae de ser reconocida.
Entra con la cabeza baja. Cada paso que da se pone más colorada. Si María no tirase delicadamente de ella hacia Jesús, creo que se habría arrodillado en el umbral de la puerta.
-Mira, Hijo, aquí está la mujer que desde hace tanto tiempo te está buscando. Escúchala -dice María cuando llega adonde Jesús; y se retira, corriendo las cortinas para cubrir los vanos de las puertas, que están abiertas de par en par, y cierra la puerta más cercana a la escalera.
Áglae deja a un lado el fardo que llevaba a la espalda, se arrodilla a los pies de Jesús, rompe a llorar impetuosamente. Se curva hasta el suelo y sigue llorando con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados.
-No llores de ese modo. Ya no es momento de llanto. Sí debías haberlo hecho cuando estabas enemistada con Dios; no ahora, que lo amas y te ama.
Pero Áglae sigue llorando…
-¿No crees que es así?
La voz se abre paso entre los sollozos:
-Lo amo, es verdad, como sé hacerlo, como puedo… Pero, a pesar de que yo sepa y crea que Dios es Bondad, no puedo atreverme a esperar recibir su amor. He pecado demasiado… Un día, quizás, lo tendré, pero todavía me queda mucho que llorar… Por ahora estoy sola en mi amor.
Estoy sola, no es la desesperada soledad de estos años. Es una soledad llena de deseo de Dios, y, por tanto, ya no es soledad desesperada… Pero, es tan triste, tan triste…
-Áglae, ¡qué mal conoces todavía al Señor! Este deseo que tienes de Él te es prueba de que Dios responde a tu amor, es amigo tuyo, te llama, te invita, le interesas. Dios es incapaz de permanecer inerte ante el deseo de una criatura, porque ese deseo lo ha encendido Él -Creador y Señor de toda criatura -en ese corazón. Y lo ha encendido Él porque ha amado con privilegiado amor a esa alma que ahora lo anhela. El deseo de Dios siempre precede al deseo de la criatura porque Él es el Perfectísimo y, por tanto, su amor es mucho más diligente e intenso que el de la criatura.
-Pero, ¿cómo puede amar Dios mi fango?
-No trates de entender con tu inteligencia. Es una inmensidad de misericordia, incomprensible para la mente humana. Pero lo que no puede ser comprendido por la inteligencia del hombre, lo comprende la inteligencia del amor, el amor del espíritu. Éste comprende y entra seguramente en el misterio de Dios y en el de las relaciones del alma con Dios. Entra, Yo te lo digo. Entra, porque Dios lo quiere.
-Oh, Salvador mío! Pero entonces… ¿estoy realmente perdonada? ¿Me ama verdaderamente Dios? ¿Debo creerlo?
-¿Te he mentido alguna vez?
-¡Oh, no, Señor! Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha cumplido. Me has salvado, como dice tu Nombre. Yo era una pobre alma perdida y Tú me has buscado. Llevaba mi propia alma muerta y Tú me la has devuelto a la vida. Me dijiste que si te buscaba te encontraría. Y fue verdad. Me dijiste que estás dondequiera que el hombre tenga necesidad de un médico y de medicinas. Y es verdad. Todo le que le dijiste a la pobre Áglae, desde las palabras de aquella mañana de Junio hasta las otras de Agua Especiosa…
-Debes creer, entonces, también en éstas.
-¡Sí! ¡Creo! ¡Creo! ¡Pero, dime: "Yo te perdono"!
-Yo te perdono en nombre de Dios y de Jesús.
-Gracias… Y.. ¿ahora qué tengo que hacer? Dime, Salvador mío, ¿qué tengo que hacer para obtener la Vida eterna? Los hombres se corrompen sólo con mirarme… No puedo vivir temblando continuamente por el miedo a ser descubierta y asediada… Durante el viaje que he hecho para venir aquí, me he sentido temblar a cada mirada de hombre… No quiero ni pecar ni hacer pecar. Indícame el camino que debo seguir; el que sea, que lo seguiré. Como puedes ver, soy fuerte incluso en la penuria… Si por excesiva penuria encontrase la muerte, no por ello tendría miedo: la llamaré "amiga mía" porque me alejará de los peligros de este mundo, y para siempre. Habla, Salvador mío.
-Ve a un lugar desierto.
-¿A dónde, Señor?
-A donde quieras. A donde te conduzca tu espíritu.
-¿Será capaz de tanto mi espíritu apenas formado?
-Sí, porque Dios te guía.
-¿Y quién me va a hablar en lo sucesivo de Dios?
-Por ahora, tu alma resucitada.
-¿Te volveré a ver?
-No en este mundo. Pero dentro de poco te redimiré del todo y entonces visitaré tu espíritu para prepararte a la ascensión hacia Dios.
-¿Cómo se producirá mi completa redención si no te voy a volver a ver? ¿Cómo me la vas a dar?
-Muriendo por todos los pecadores».
-¡Oh,… morir!… ¡No, Tú no!
-Para daros la Vida debo darme la muerte. Por esto he venido en cuerpo humano. No llores… Vendrás conmigo pronto después de nuestro sacrificio.
-¡Mi Señor! ¿Voy a morir yo también por ti?
-Sí; pero de otra forma. Hora a hora morirá tu carne por deseo de tu voluntad. Hace ya casi un año que está muriendo. Cuando haya muerto del todo, te llamaré.
-¿Tendré la fuerza suficiente para destruir mi carne culpable?
-En la soledad donde estarás -y donde Satanás, en la medida en que tú vayas siendo cada vez más del Cielo, te atacará, cada vez más, rencoroso y violento -, encontrarás a un apóstol mío, primero pecador, luego redimido.
-Entonces no es aquel hombre bendito que me hablaba de ti, ¿no? Demasiado honesto es como para haber sido pecador.
-No es él, es otro. Irá a ti en su momento. Entonces te hablará de lo que ahora no puedes conocer. Ve en paz. Y que la bendición de Dios te acompañe.
Áglae ha estado de rodillas durante todo el tiempo, se curva para besar los pies del Señor. No se atreve a más. Luego coge su fardo y lo vuelca: caen al suelo unos vestidos sencillos, un saquito pequeño que suena al chocar contra el suelo, y un frasco de un delicado alabastro rosa.
Áglae vuelve a meter los vestidos en el fardo, recoge del suelo el saquito y dice:
-Esto es para tus pobres. Es el resto de mis joyas. Sólo me he reservado algunas monedas como viático… Aunque no me lo hubieras dicho, ya tenía pensado irme lejos. Y esto es para ti. No es tan suave como el perfume de tu santidad, pero es lo mejor que puede dar la tierra, aunque me servía para hacer lo peor… Que Dios me conceda perfumar al menos como esto en tu presencia en el Cielo -quitando el tapón precioso del frasco, esparce su contenido por el suelo. La preciosa esencia impregna las baldosas, sube a oleadas un penetrante olor a rosas.
Áglae retira el frasco vacío:
-Como recuerdo de este momento -dice; luego se agacha una vez más a besar los pies de Jesús; se levanta, se retira caminando hacia atrás, sale, cierra la puerta…
Se oye su paso alejándose en dirección a la escalera, y su voz, que intercambia unas pocas palabras con María, luego el ruido de las sandalias contra los escalones… y nada más. De Áglae sólo queda, a los pies de Jesús, el saquito y, por toda la sala, el intensísimo aroma.
Jesús se alza… recoge el saquito y se lo lleva al pecho; va a uno de los vanos que mira al camino, y sonríe al ver a la mujer, sola, alejándose, con su manto hebreo, en dirección a Belén. Hace un gesto de bendición; luego va a la terraza y desde allí llama a su Madre.
María sube ágilmente la escalera:
-La has hecho feliz, Hijo mío. Se ha marchado con fortaleza y paz.
-Sí, Madre. Mándame, el primero, a Andrés, cuando vuelva.
Pasa un tiempo y se oye la voz de los apóstoles, que vuelven hablando…
Andrés va donde Jesús:
-¿Maestro, me has llamado?
-Sí. Ven. Ninguno lo va a saber, pero a ti es de justicia decírtelo Andrés, gracias en nombre de Dios y de un alma.
-¿Gracias? ¿Por qué?
-¿No hueles este perfume? Es el recuerdo de la Velada. Ha venido. Está salvada.
Andrés se pone colorado como una fresa, se derrumba de
rodillas y no encuentra ni una palabra… Por fin dice:
-Ahora estoy contento ¡Bendito sea el Señor!
-Sí. Levántate. No les digas a los demás que ha estado aquí.
-Guardaré silencio, Señor.
-Ahora puedes marcharte. Escucha… ¿Está todavía Judas de Simón?
-Sí, ha querido acompañarnos… diciendo… muchas mentiras. Por qué actúa así, Señor?
-Porque es un muchacho consentido. Dime la verdad: ¿habéis reñido?
-No. Mi hermano está demasiado contento con su hijo como para tener ganas de discutir. Los demás… ya sabes… son más prudentes. Pero, eso sí, en nuestro interior estamos todos molestos. De todas formas, después de la cena se vuelve a marchar… Otros amigos… dice. ¡Oh, y desprecia a las meretrices!…
-Tranquilo, Andrés, que tú también te debes sentir feliz esta tarde…
-Sí, Maestro. Yo también tengo mi invisible pero tierna paternidad. Hasta luego.
Pasa todavía otro rato más y suben en grupo los apóstoles con el niño y Juan de Endor. Los siguen las mujeres con las viandas y las candelas. Por último, Lázaro y Simón. Nada más entrar en la sala exclaman:
-¡Ah,… entonces provenía de aquí! -y olfatean el ambiente saturado de perfume de rosas, saturado a pesar de que las puertas estén abiertas de par en par -Pero, ¿quién ha perfumado de este modo esta habitación? ¿Marta, quizás?
-preguntan muchos de los presentes.
-Mi hermana no se ha movido de casa hoy después de la comida -responde Lázaro.
-¿Y quién ha sido entonces? ¿Algún sátrapa asirio? -dice Pedro bromeando.
-El amor de una redimida -dice serio Jesús.
-Podía haberse ahorrado esta inútil ostentosidad de redención y haber dado el coste a los pobres. Son muchos, y saben que nosotros damos. Yo no tengo ya ni un ochavo -dice enfadado Judas Iscariote -Y tenemos que comprar el cordero, alquilar la sala para el Cenáculo y…
-Pero si os he ofrecido yo todo… -dice Lázaro.
-No es justo. Pierde su belleza el rito. La Ley dice: "Tomarás el cordero para ti y para tu casa". No dice: “Aceptarás el cordero".
Bartolomé se vuelve como movido por un resorte, abre la boca, pero… la cierra. Pedro se pone carmesí por el esfuerzo de guardar silencio. Pero Simón Zelote, que está en su casa, siente que puede hablar y dice:
-Eso son sutilezas rabínicas… Te ruego que las olvides y que, eso sí, guardes respeto a mi amigo Lázaro.
-¡Sí señor, Simón! -Pedro, si no habla, explota -Sí señor! Me parece, además, que nos olvidamos demasiado de que el Maestro es el único que tiene derecho a enseñar…
-Pedro dice ese "nos olvidamos" haciendo un esfuerzo heroico por no decir:“Judas se olvida".
-Es verdad… pero… es que estoy nervioso. Perdona, Maestro.
-Sí. Y también te respondo. La gratitud es una gran virtud. Yo le estoy agradecido a Lázaro. Como también esta mujer redimida me ha dado las gracias. Derramo sobre Lázaro el perfume de mi bendición, incluso por aquellos, de entre mis apóstoles, que no lo saben hacer; Yo, que soy cabeza de todos vosotros. Esta mujer ha derramado a mis pies el perfume de la alegría por su redención. Ha reconocido al Rey y a Él ha venido, antes que otros muchos, sobre quienes el Rey ha derramado mucho más amor que no sobre ella. Dejadla actuar libremente y no la critiquéis. No podrá estar presente en el momento que me aclamen, como tampoco en el momento de mi unción Ya lleva sobre sus espaldas su cruz. Pedro, has preguntado que si había venido aquí un sátrapa asirio. Pues bien, en verdad te digo que ni siquiera el incienso de los Magos -tan puro y precioso como era -igualaba en suavidad y valor a éste.
La esencia está diluida en el llanto; por eso es tan penetrante: la humildad sostiene al amor y lo hace perfecto. Sentémonos a la mesa, amigos…
Con el ofrecimiento de la comida la visión concluye.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Una mañana espléndida, que invita verdaderamente a pasear dejando cama y casa. Los que están en la casa de Simón Zelote, cual abejas con los primeros rayos solares, se levantan muy temprano y salen a respirar el aire puro al huerto de Lázaro, que circunda la casita hospitalaria.
Pronto se suman a ellos los que están alojados en casa de Lázaro, es decir: Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Andrés y Santiago de Zebedeo. El sol entra alegre por las ventanas y puertas abiertas de par en par, y las habitaciones, sencillas y limpias, se visten de un tono oro que aviva los colores de los vestidos y hace más brillantes los de los cabellos y las pupilas.
María de Alfeo y Salomé están centradas en servir a estos hombres de vigoroso apetito. María está atenta a cómo un servidor de la casa de Lázaro le arregla a Margziam sus delicados cabellos, igualándoselos con más destreza que su precedente peluquero.
-Por ahora va bien así -dice el sirviente -luego, después del ofrecimiento a Dios de tu melena de niño, te dejaré el pelo bien cortito. Está llegando el calor y estarás mejor sin pelos que te cubran el cuello; además se te pondrán más fuertes; ahora están secos y quebradizos; son cabellos descuidados. ¿Ves, María?, necesitan un cuidado; ahora los unjo para que no se alboroten. ¿Ves, niño, que buen olor? Es el ungüento que usa Marta: almendra, palma y médula finísima -y esencia exótica. Es muy bueno. Mi ama ha dicho que se conserve este tarrito para el niño. ¡Ah! ¡Eso es!… ¡Ahora pareces el hijo del rey.
Y el sirviente -que quizás es el barbero de la casa de Lázaro -le da un cachetito a Margziam en un carrillo, se despide de María y se marcha satisfecho.
-Ven que te visto -dice María al niño, que en este momento no tiene sino una prenda de mangas cortas (creo que es la camisa, o 1o que en aquellos tiempos la suplía: por lo fino que es el lino, deduzco que pertenecía al vestuario de Lázaro niño). María le quita la toalla en que estaba casi completamente envuelto y le pone una vestidura de lino, fruncida en la base del cuello y en las muñecas, y luego la sobreveste roja, de lana, de amplio escote y anchas mangas. El lino esplendoroso sobresale, blanquísimo, por el escote y las mangas del indumento rojo y opaco. Las manos de María deben haberse encargado por la noche del problema de la largura de la túnica y de las mangas; ahora va bien todo, especialmente cuando María le ciñe la cintura con la suave banda del cinturón, terminada en una borla de lana blanca y roja. El niño ya no parece ese pobre ser insignificante de pocos días antes.
-Ve a jugar mientras me preparo, pero sin mancharte -dice María acariciándolo. Y el niño sale, saltando contento, a buscar a sus grandes amigos.
El primero en verlo es Tomás:
-¡Pero qué guapo estás! ¡De boda! Yo ahora, comparado contigo, es que desaparezco -dice Tomás, siempre alegre, metido en carnes, tranquilo; y lo coge de la mano y dice:
-Ven. Vamos con las mujeres. Te estaban buscando para darte la comida.
Entran en la cocina. Tomás, con su vozarrón, gritando, hace pegar un salto a las dos Marías, que estaban agachadas hacia los anafres:
-¡Aquí hay un jovencito que os estaba buscando! -y, riendo, presenta al niño, que se había escondido detrás de su robusta persona.
-¡Cariño! ¡Ven, que te dé un beso! ¡Mira, Salomé, qué bien está así! -exclama María de Alfeo.
-¡Verdaderamente! Ahora sólo le falta hacerse más fuerte. Me encargaré yo de ello. Ven, que te bese también yo» dice Salomé.
-Jesús quiere confiárselo a los pastores… -objeta Tomás.
-¡Ni soñarlo! En esto mi Jesús se equivoca. Pero, vosotros, los hombres, ¿qué podéis pretender?, ¿qué sabéis hacer?: discutir -porque, dicho sea de paso, sois más bien dados a discutir… como los chivos, que se quieren pero se dan cornadas -, comer, hablar; tenéis mil necesidades, y pretendéis del Maestro total atención a vosotros… si no, malas caras… Los niños tienen necesidad de sus madres. ¿No es verdad?… ¿Cómo te llamas?
-Margziam.
-¡Vaya! ¡Bendita María mía! ¡Podía haberte puesto un nombre más fácil!
-¡Es casi como el suyo! -exclama Salomé.
-Sí, pero el suyo es más simple. No tiene esas tres letras en medio… Tres son demasiadas…
Judas Iscariote, que acaba de entrar, dice:
-Ha puesto el nombre de significado exacto según la genuina lengua antigua.
-Bueno, bien, pero… es difícil; yo quito una letra y digo Marziam.
-Es más fácil, y no creo que se vaya a hundir el mundo por eso. ¿Verdad, Simón?
Pedro, que pasaba en ese momento por delante de la ventana hablando con Juan de Endor, se asoma y dice:
-¿Qué quieres?
-Decía que pienso llamar Marziam al niño, porque es más fácil. -Tienes razón, mujer. Si la Madre me lo permite yo también lo llamaré Marziam. Pero… ¡Estás perfectamente así!… ¡Yo también! ¿Eh?!… ¡Observad!
En efecto, está bien cepillado, tiene afeitados los carrillos, arreglados y ungidos pelo y barba, el vestido sin arrugas; ¿y las sandalias?: las ha limpiado tanto y les ha sacado tanto brillo -no sé con qué -, que parecen nuevas. Las mujeres lo admiran y él ríe contento.
El niño, que ha terminado ya de comer, sale para ir con su gran amigo, al que llama siempre "padre".
Viene Jesús de la casa de Lázaro. El niño corre a su encuentro y Jesús le dice:
-La paz entre nosotros, Margziam. Démonos el beso de la paz.
El niño saluda también a Lázaro, que venía con Jesús, y recibe una caricia y un dulce. Todos se reúnen en torno a Jesús. También María, que lleva ahora una túnica de lino color turquesa y un manto más oscuro de elegantes pliegues, viene sonriendo hacia su Hijo.
-Entonces, podemos empezar a marcharnos -dice Jesús -. Tú-Simón, con mi Madre y el niño, si es que estás empeñado todavía en comprar, aunque ya Lázaro haya resuelto el problema. -¡Ciertamente! Además… podré decir que una vez pude caminar al lado de tu Madre, lo cual es un gran honor. -Pues ve. Tú, Simón, me acompañarás a hacer una visita a tus amigos leprosos… -¡Sí, Maestro! Entonces, si me lo permites, me adelanto, corriendo, para reunirlos… Me verás allí; total… ya sabes dónde están… -De acuerdo. Ve. Los demás, haced lo que os parezca más conveniente; disponed libremente todos hasta el miércoles por la mañana A la hora tercera todos ante la Puerta Dorada.
-Yo voy contigo, Maestro -dice Juan.
-Yo también -dice Santiago, su hermano.
-Y también nosotros -dicen los dos primos.
-Yo también -dice Mateo, y con él Andrés.
-¿Y yo? También quisiera ir contigo… pero, si voy a hacer las compras, no puedo… -dice Pedro sujeto a dos deseos.
-Hay una solución. Primero vamos a ver a los leprosos. Entretanto, mi Madre va con el niño a una casa amiga de Ofel. Luego la alcanzamos y vas con Ella mientras Yo y los demás vamos a casa de Juana. Luego nos reunimos en Getsemaní para comer, y luego, al atardecer, volvemos aquí.
-Yo, con tu permiso, voy a donde unos amigos… -dice Judas Iscariote.
-Pero si ya he dicho que hagáis lo que creáis más conveniente.
-Entonces yo voy a ver a la familia. Quizás ha vuelto ya mi padre. Si es así, te lo traigo -dice Tomás.
-¿Qué te parece, Felipe, si nosotros dos vamos a ver a Samuel?
-¿Me parece bien -responde éste a Bartolomé.
-¿Y tú, Juan? -le pregunta Jesús al hombre de Endor -¿Prefieres quedarte aquí a ordenar tus libros o venir conmigo?
-Verdaderamente preferiría ir contigo… Los libros… ahora ya me gustan menos. Prefiero leerte a ti, Libro vivo.
-Pues ven. Adiós, Lázaro, hasta…
-No, no; también voy yo. Las piernas están un poco mejor. Después de los leprosos te dejo y voy a Getsemaní a esperarte.
-Vamos. La paz a vosotras, mujeres.
Hasta las cercanías de Jerusalén van todos juntos. Luego se separan: Judas se va por su cuenta (entra en la ciudad, probablemente por la Puerta que está hacia la Torre Antonia); Tomás, Felipe y Natanael, con María y el niño, caminan todavía con Jesús y los otros compañeros unas cuantas decenas de metros para luego entrar en la ciudad por la parte del suburbio de Ofel.
-¡Bien! ¡Encaminémonos hacia estos infelices! -dice Jesús, y, volviendo las espaldas a la ciudad, empieza a andar en dirección a un lugar desolado, situado en las laderas de un cerro rocoso que está entre los dos caminos que de Jericó van a Jerusalén. Es un lugar extraño: después de la primera subida por la que trepa un escarpado sendero, presenta una estructura escalonada, de forma que, hasta el primer desnivel, hay al menos tres metros a pico, y así el segundo desnivel… Es un lugar árido, muerto…tristísimo.
-Maestro -grita Simón Zelote -estoy aquí; párate, que te enseño yo el camino… -y Simón, que estaba apoyado en la roca buscando un poco de sombra, viene, y conduce a Jesús por una vereda también escalonada, que va en dirección a Getsemaní, aunque del otro lado del camino que une el Monte de los Olivos con Betania.
-Hemos llegado. Yo viví entre los sepulcros de Siloán. Aquí están mis amigos; parte de ellos, porque los otros están en Ben Hinnom y no han podido venir porque habrían tenido que atravesar el camino y los habrían visto.
-Iremos a verlos también a ellos.
-¡Gracias!, por ellos y por mí.
-¿Son muchos?
-El invierno ha matado a la mayoría. Aquí, de todas formas, hay todavía cinco de aquellos con los que había hablado. Te esperan. Mira, allí están, en el borde de su presidio…
Serán diez monstruos. Digo "serán" porque, si bien a cinco de ellos se los distingue en pie, a los otros -sea por el color grisáceo de su piel, sea por la deformidad de su rostro, sea porque apenas descuellan del pedregal -se los distingue tan mal, que su número podría ser mayor o menor.
Entre los que están en pie, hay sólo una mujer: dicen que es mujer sólo sus encanecidos cabellos, descuidados, duros y sucios, que le caen por la espalda hasta la cintura; por lo demás, no se distingue su sexo, pues la enfermedad, ya muy avanzada, la ha reducido a los huesos, anulando todo resto de femenina forma. Igualmente, respecto a los hombres, sólo uno muestra todavía un remanente de bigote y barba; a los demás los ha rasurado la destructora enfermedad.
Gritan:
-¡Piedad de nosotros, Jesús, Salvador nuestro! -y tienden hacia Él sus manos, deformes y llagadas.
-¡Jesús, Hijo de David ten piedad!
-¿Qué deseáis que os haga? -pregunta Jesús alzando el rostro hacia esas ruinas humanas.
-Que nos liberes del pecado y de la enfermedad.
-Del pecado libera la voluntad y el arrepentimiento…
-Pero, si Tú quieres, puedes cancelar nuestros pecados. A1 menos eso, si no quieres curar nuestros cuerpos.
-Si os digo: "Elegid entre las dos cosas", ¿cuál queréis?
-El perdón de Dios, Señor; para sentirnos menos desolados.
Jesús hace un gesto de aprobación, sonriendo luminosamente, luego alza los brazos y grita:
-¡Sea como queréis! ¡Lo quiero!
¡Como queréis!: puede referirse al pecado o a la enfermedad, o a las dos cosas; los cinco desdichados quedan en la incertidumbre; ellos sí, pero no los apóstoles, que no pueden menos que gritar su hosanna cuando ven que la lepra desaparece rápidamente, como el copo de nieve caído en la llama. Entonces los cinco comprenden que se les ha concedido todo lo que habían pedido… y su grito resuena como un tañido de victoria: se abrazan entre sí, lanzan besos a Jesús -no pueden arrojarse a sus pies -, y luego se vuelven a sus compañeros:
-¿No queréis todavía creer? ¡Qué desdichados sois!
-¡Calma! ¡Tranquilos! Estos pobres hermanos necesitan pensar. No les digáis nada. La fe no se impone; se predica con paz, dulzura, paciencia, constancia, que es lo que haréis después de vuestra purificación, como hizo Simón con vosotros. Por lo demás, el milagro predica ya por sí mismo. Vosotros, los curados, iréis a presentaros al sacerdote lo antes posible; vosotros, los enfermos, esperad para esta tarde nuestro regreso: os traeremos comida. La paz sea con vosotros.
Jesús, seguido de las bendiciones de todos, baja de nuevo al camino.
-Ahora vamos a Ben Hinnom -dice Jesús.
-Maestro… quisiera ir contigo, pero comprendo que no puedo. Voy al Getsemaní -dice Lázaro.
-Ve, ve, Lázaro. La paz sea contigo.
Mientras Lázaro lentamente se pone en camino, Juan apóstol dice:
-Maestro, lo acompaño: camina con dificultad y la vereda no es muy buena. Te alcanzo en Ben Hinnom.
-Bien, ve. Vamos.
Pasan el Cedrón. Siguen el lado sur del monte Tofet. Llegan a un vallecillo sembrado de tumbas e inmundicias, sin un solo árbol, sin nada que proteja del sol, que en este lado meridional cae implacable con su fuego poniendo al rojo el pedrisco de estos nuevos escalones de infierno, en cuya base aumentan el calor inflamadas emanaciones fétidas. Dentro de estas tumbas, que asemejan a hornos crematorios, míseros cuerpos se consumen… Siloán, siendo húmedo y estando orientado casi al Norte, será feo en invierno, pero este lugar debe ser terrorífico en verano…
Simón Zelote lanza una llamada… y, primero tres, luego dos, luego uno, y todavía otro más, se acercan, como pueden, hasta el límite prescrito. Aquí hay dos mujeres; una de ellas lleva de la mano a un esperpento de niño al que la lepra se le ha fijado especialmente en la cara y ya está ciego…
Uno de ellos es un hombre de aspecto noble a pesar de su mísera condición, el cual toma la palabra en nombre de todos:
-Bendito sea el Mesías del Señor, que ha descendido a esta Gehena para sacar de ella a los que en él esperan. ¡Sálvanos, Señor, que perecemos! ¡Sálvanos, Salvador! ¡Rey de la estirpe de David, Rey de Israel, ten piedad de tus súbditos! ¡Oh, Vástago de la estirpe de Jesé, de quien se dijo que cuando llegase su tiempo desaparecería todo mal, extiende tu mano para recoger estos desperdicios de tu pueblo! Aleja de nosotros esta muerte, enjuga nuestras lágrimas, pues que de ti así está escrito. Condúcenos, Señor, con tu voz, a tus pastos excelentes, a tus frescas aguas, pues estamos sedientos; condúcenos a lo alto de las eternas colinas, donde ya no existen ni la culpa ni el dolor! ¡Ten piedad Señor…!
-¿Quién eres?
-Juan, miembro del Templo; quizás he sido contaminado por un leproso. Hace poco, como puedes ver, tengo la enfermedad. ¡Pero estos otros!… Entre ellos hay algunos que ya hace años que esperan la muerte. Esta pequeñuela está aquí desde antes de saber andar, no conoce el mundo creado por Dios; cuanto conoce o recuerda de las maravillas de Dios son estas tumbas, este sol despiadado y las estrellas de la noche. ¡Ten piedad de los culpables y de los inocentes, Señor, Salvador nuestro!
Están todos arrodillados con los brazos extendidos.
Jesús llora ante tanta miseria, abre sus brazos y grita:
-Padre Yo lo quiero: curación, vida, vista y santidad para ellos.
Y permanece así, con los brazos abiertos, orando ardorosamente con todo su espíritu: parece estilizarse y elevarse en su oración, llama de amor, blanca e intensa, bañada en el intenso oro del sol.
-¡Mamá! ¡Veo! -es el primer grito.
Se oye también el correlativo grito de la madre estrechando contra su pecho a su niña curada. Luego el de los otros y los apóstoles… El milagro ha quedado cumplido.
-Juan, tú, sacerdote, guiarás a tus compañeros en el rito. Paz a vosotros. Os traeremos esta tarde comida también a vosotros.
Jesús bendice y hace ademán de emprender el camino.
Pero el leproso Juan grita:
-¡Quiero seguir tus pasos! ¡Dime qué tengo que hacer, dónde tengo que ir para predicarte!
-Sea esta tierra desolada y desnuda, que necesita convertirse al Señor, tu campo; sea tu campo la ciudad de
Jerusalén. Adiós.
-Vamos ahora adonde mi Madre -dice a los apóstoles.
Y muchos de los presentes preguntan:
-Pero, ¿dónde está?
-En una casa que Juan conoce; la de la niña curada el año pasado.
Entran en la ciudad y recorren una buena parte del populoso suburbio de Ofel, hasta una casita blanca.
Saluda dulcemente al entrar en la casa (la puerta estaba entornada). Proveniente del interior de la casa, se oye la dulce voz de María y la voz argentina de Analía, y también la voz de su madre, más áspera. La niña se inclina profundamente para adorar, la madre se arrodilla. María se alza.
Quisieran retenerlos, al Maestro y a su Madre. No obstante, Jesús, prometiendo volver otro día, bendice y se despide.
Pedro se marcha contento con María; llevan los dos de la mano al niño: parecen una pequeña familia feliz. Muchos se vuelven a mirarlos. Jesús, sonriendo, observa cómo van.
-¡Simón se siente feliz! -exclama el Zelote.
-¿Por qué sonríes, Maestro? -pregunta Santiago de Zebedeo.
-Porque en ese pequeño grupo veo una gran promesa.
-¿Cuál, Hermano? ¿Qué es lo que ves? -pregunta Judas Tadeo.
-Veo que me podré marchar tranquilo cuando llegue la hora; no debo temer por mi Iglesia. Entonces será pequeña y débil como Margziam. Pero estará mi Madre, cual Madre suya, para sujetarla de la mano; y, cual padre suyo, estará Pedro, en cuya mano honesta y callosa puedo depositar sin preocupación la mano de mi naciente Iglesia.
Pedro le dará la fuerza de su protección; mi Madre, la fuerza de su amor. Así la Iglesia se desarrollará… como Margziam… ¡Verdaderamente es un niñosímbolo! ¡Dios bendiga a mi Madre, a mi Pedro y al niño de ellos y nuestro! Vamos a casa de Juana…
Por la tarde, de nuevo estamos en la casita de Betania. Muchos, cansados, se han retirado ya; Pedro no, que va y viene paseando por el sendero, levantando la cabeza muy frecuentemente hacia la terraza donde están sentados, hablando, Jesús y María. Juan de Endor por su parte está hablando con Simón Zelote, sentados los dos bajo un granado todo en flor.
Se ve que María ha hablado ya mucho porque le oigo decir a Jesús:
-Todo lo que me has dicho es muy cabal. Tendré presente la equidad de tus palabras. También estimo exacto tu consejo por lo que se refiere a Analía. Es buena señal que ese hombre lo haya recibido con tanta disposición. Es verdad que en la alta Jerusalén hay mucho embotamiento y odio -porquería se puede decir-; pero, entre sus gentes humildes hay perlas de ignorado valor. Me alegro de que Analía se sienta feliz. Es una criatura que es más del Cielo que de la tierra. Quizás ese hombre, ahora que ha entrado en el concepto del espíritu, lo ha intuido y por eso manifiesta hacia ella una gran veneración. Su idea de marcharse a otro lugar, para no turbar con un latido humano el cándido voto de la muchacha, lo demuestra.
-Sí, Hijo mío. El hombre advierte el perfume de quienes son vírgenes… Me viene José a la memoria. Yo no sabía qué palabras usar. El no sabía mi secreto… y, no obstante, con percepción de santo, me ayudó a manifestarlo: había detectado el perfume de mi alma… Fíjate también Juan: ¡Qué paz! Todos quieren estar a su lado… hasta el mismo Judas de Keriot, a pesar de que…
No, Hijo, Judas no ha cambiado; yo lo sé y Tú lo sabes. No hablamos porque no queremos encender la guerra; pero, aunque no hablemos, sabemos… y, aunque no hablemos, los demás intuyen… ¡Oh, Jesús mío, los jóvenes me han contado hoy en Getsemaní el episodio de Magdala y el del sábado por la mañana… La inocencia habla… porque ve con los ojos de su ángel. Pero también los ancianos vislumbran… No se equivocan: es un ser huidizo… todo en él es huidizo. Le tengo miedo, y tengo en mis labios las mismas palabras de Benjamín en Magdala y de Margziam en Getsemaní, porque siento ante Judas el mismo escalofrío que sienten los niños.
-¡No todos pueden ser Juan!…
-¡No lo pretendo! ¡Sería un paraíso esta tierra! Pero, mira, me has hablado del otro Juan… Un hombre que incluso ha matado. Pues bien, me da sólo pena; Judas, sin embargo, me da miedo.
-¡Ámalo, Madre! ¡Ámalo, por amor a mí!
-Sí, Hijo; pero ni siquiera servirá mi amor, significará solamente sufrimiento para mí y culpa para él. ¿Pero por qué ha entrado? Turba a todos; ofende a Pedro, que merece todo respeto.
-Sí. Pedro es muy bueno. Por él haría cualquier cosa, porque lo merece.
-Si te oyera, diría con esa sonrisa suya buena y franca: "¡Ah, Señor, eso no es verdad!". Y tendría razón.
-¿Por qué, Madre?». Pero Jesús ya sonríe, porque ha comprendido
-Porque no lo complaces dándole un hijo. Me ha hablado de todas sus esperanzas, sus deseos… y tus negativas.
-¿No te ha explicado las razones con que las he justificado.
-Sí. Me las ha dicho, y ha añadido: "Es verdad… pero yo soy un hombre, un pobre hombre. Jesús se obstina en ver en mí a un gran hombre. Pero sé que soy muy mísero, así que… me podría dar un hijo. Me casé para tenerlos… y me voy a morir sin tenerlos". Y ha dicho -aludiendo al niño, que, contento con el bonito vestido que Pedro le había comprado, lo había besado y le había llamado "padre querido, ha dicho: "Mira, cuando este pequeñuelo -hace diez días no lo conocía -me llama así, siento que me vuelvo más blando que la mantequilla y más dulce que la miel, y me echo a llorar, porque cada día que pasa se me lleva a este hijo…"
María guarda silencio observando a Jesús, estudiando su rostro, en espera de una palabra… Pero Jesús ha puesto el codo en la rodilla, y la cabeza apoyada sobre la mano, y guarda también silencio mientras mira a la explanada verde del pomar.
María toma una mano de Jesús, se la acaricia, y dice:
-Simón tiene este gran deseo… Mientras íbamos juntos, no ha hecho otra cosa sino hablarme de ello, y exponiendo razones tan justas, que… no he podido objetarle nada.
Eran las mismas razones que pensamos todas nosotras, mujeres y madres. El niño no es fuerte. Si fuera como eras Tú… ¡Ah, entonces podría afrontar la vida de discípulo sin miedo! ¡Pero, es físicamente tan delicado!… Muy inteligente, muy bueno… Pero nada más. A un pichoncillo delicado no se le puede lanzar pronto a volar, como se hace con los fuertes. Los pastores son buenos… pero son hombres; los niños tienen necesidad de las mujeres. ¿Por qué no se lo dejas a Simón? Comprendo que le niegues una criatura nacida de él. Un hijo propio es como un ancla, y Simón -destinado a tan alto sino -no puede estar retenido por ninguna ancla. Pero estarás de acuerdo en que él debe ser "el padre" de todos los hijos que le vas a confiar.
¿Cómo va a poder ser padre si no ha aprendido antes con un niño? Un padre debe ser dulce.
Simón es bueno, pero no dulce; es impulsivo e intransigente. Sólo una criaturita le puede enseñar el sutil arte de la compasión hacia el débil… Considera este destino de Simón… ¡Nada menos que tu sucesor! ¡Oh, esta atroz palabra también tengo que decirla! Escúchame, por todo el dolor que me causa el pronunciarla. Jamás te aconsejaría algo que no fuera bueno. Margziam… quieres hacer de él un discípulo perfecto… pero es todavía un niño. Tú… te marcharás antes de que se haga hombre. ¿A quién mejor que a Simón se le podrá entregar para que complete su formación? Y además… ¡pobre Simón!… ya sabes el tormento que ha recibido de su suegra, incluso por causa tuya; pues bien, a pesar de ello, no se ha apropiado ni siquiera de una partícula de su pasado, de su libertad de hace ya un año, para que lo dejase en paz su suegra, a la que ni siquiera Tú has podido cambiar. ¿Y su esposa?: ¡pobre mujer!… ¡Desea tanto amar y ser amada…!
Su madre… ¡oh!… ¿Y el marido?: encantador pero autoritario… Jamás recibió afecto sin que se le exigiera a cambio demasiado… ¡Pobre mujer!… Confíale el niño.
Escúchame, Hijo. Por ahora lo llevamos con nosotros. Yo también iré por Judea. Me llevarás contigo a casa de una compañera mía del Templo, y casi pariente porque procede de David. Está en Betsur. Me alegrará volver a verla, si vive todavía. Luego, cuando volvamos a Galilea, se lo damos a Púrpura: cuando estemos cerca de Betsaida, Pedro lo tomará consigo; cuando estemos aquí, lejos, el niño se quedará con ella. ¡Ah!,… te veo sonreír… Entonces es que vas a contentar a tu Madre.
Gracias, Jesús mío.
Sí, sea como Tú quieres.
Jesús se levanta y llama con voz potente:
-¡Simón de Jonás, ven!
Pedro reacciona instantáneamente y sube corriendo las escaleras
-¿Qué quieres, Maestro?
-¡Ven aquí, hombre usurpador y corruptor!
-¿Yo? ¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor?
-Has coaccionado a mi Madre. Por este motivo quisiste estar solo.¿Qué debo hacer contigo?
Pero Jesús sonríe, y Pedro se tranquiliza
-Me has asustado verdaderamente. Menos mal que te veo sonreír. ¿Qué quieres de mí, Maestro? ¿La vida? Ya sólo me queda la vida porque me has tomado todo lo demás… Pero, si quieres, te la doy.
-No quiero tomarte nada; quiero darte algo. De todas formas, no te aproveches de la victoria, y no digas este secreto a los demás, astutísimo hombre, que vences al Maestro con el arma de la palabra materna. Tendrás el niño, pero…
Jesús no puede seguir hablando, porque Pedro -que se había arrodillado -se pone en pie de un salto y besa a Jesús con tal ímpetu que le corta la palabra.
-Agradéceselo a Ella; pero recuerda que esto debe ser una ayuda para ti, no un obstáculo…
-Señor, no te arrepentirás de este regalo… ¡Oh, María,
santa y buena, bendita seas siempre!…
Y Pedro, que de nuevo ha caído de rodillas, llora abiertamente, besando la mano de María…
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Por el umbrío camino que une el Monte de los Olivos con Betania -podría decir que el monte llega, con sus prolongaciones verdes, hasta los campos de Betania -, Jesús con los suyos camina ligero hacia la ciudad de Lázaro.
No ha entrado aún y ya lo han reconocido: emisarios, que lo son por propia iniciativa, corren en todas las direcciones para avisar de su llegada, de forma que empiezan a aparecer: por un lado, Lázaro y Maximino; por otro, Isaac con Timoneo y José; la tercera es Marta con Marcela (que alza su velo para inclinarse a besar la túnica de Jesús); inmediatamente después, llegan María de Alfeo y María Salomé, las cuales reciben al Maestro con un gesto de veneración y luego abrazan efusivamente a los propios hijos. El pequeño Yabés, a quien Jesús sigue llevando de la mano, zarandeado por todas estas impetuosas llegadas, observa esto lleno de asombro. Juan de Endor, sintiéndose extraño, se retira hacia la cola del grupo, aparte. Y, por el sendero que conduce a la casa de Simón, viene la Madre.
Jesús suelta la mano de Yabés y, delicadamente, elude a los amigos para apresurarse a ir a su encuentro. Las ya conocidas palabras rompen el aire, tañendo como un solo de amor que se destaca de entre el murmullo de la gente:
« ¡Hijo! », « ¡Mamá! ». Se besan. María expresa en su beso una angustia como de quien ha estado temiendo durante mucho tiempo y llega el momento -éste -en que, al desvanecerse el terror que la tenía apresada, siente el cansancio del esfuerzo realizado y valora en toda su profundidad el peligro que ha corrido…
Jesús la acaricia. Ha comprendido. Dice:
-Además de mi ángel, velaba por mí el tuyo, Madre. No podía sucederme nada malo.
-Gloria al Señor por ello. De todas formas he sufrido mucho.
-Mi deseo ha sido venir antes, pero he seguido otro camino por prestarte obediencia a ti. Y ha sido positivo: tu indicación, Madre mía, como siempre, ha sido fructífera.
-¡Tu obediencia, Hijo!
-Tu sabia indicación, Madre…
Se sonríen mutuamente como dos enamorados. ¿Pero es posible que esta Mujer sea la Madre de este Hombre? ¿Dónde están los dieciséis años de diferencia? La frescura de su rostro y la gracia de su cuerpo virginal hacen de María la hermana de su Hijo, que está en la plenitud de su bellísima virilidad.
-¿No me preguntas por qué ha sido fructífera? -pregunta Jesús, que sigue sonriendo.
-Sé que mi Jesús no me oculta nada.
-¡Qué encanto eres, Mamá!… -y la vuelve a besar…
La gente se ha mantenido a unos metros de distancia haciendo como que no observa la escena, pero estoy segurísima de que ninguno de estos ojos, que parecen atentos a otra parte, se abstiene de mirar de reojo a este tierno cuadro.
E1 que más mira es Yabés. Jesús lo había soltado para darse prisa en abrazar a su Madre. Se ha quedado solo. Ahora, con el agolparse de preguntas y respuestas, el pobre niño pasa inadvertido. Mira fijamente, agacha la cabeza, lucha contra el llanto… pero, al final, no pudiendo más, rompe a llorar gimiendo:
-¡Mamá! ¡Mamá!
Todos -los primeros, Jesús y María -se vuelven, todos tratan le poner remedio de alguna forma, o de saber quién es el niño. María de Alfeo y Pedro se acercan inmediatamente -estaban juntos -y dicen:
-¿Por qué lloras?
Pero, antes de que Yabés, embargado en su llanto, pueda tomar respiro para hablar, ya ha venido María y, tomándolo en brazos, ha dicho:
-¡Sí, hijito mío, Mamá! No llores más… y perdona si no te he visto antes… Os presento, amigos, a mi hijito…
Se ve que Jesús, en los pocos metros que mediaban, debe haberle dicho:
-Es un huerfanito que he tomado conmigo -El resto lo ha intuido María.
El niño llora, pero ya con menos desolación. Al final, dado que María lo tiene en brazos y lo está besando, sonríe incluso, con esa carita suya todavía bañada de llanto.
-Deja que te seque todas estas lágrimas. ¡No debes llorar más! Dame un beso…
Era precisamente lo que estaba deseando Yabés; después de tantas caricias de hombres barbudos, se deleita verdaderamente besando la mejilla lisa de María.
Jesús por su parte busca con su mirada a Juan de Endor, y lo ve allá, apartado. Se dirige a él y lo lleva hacia María -que está siendo saludada por todos los apóstoles -, y, teniendo sujeta su mano, dice:
-Mira, Madre, el otro discípulo. Estos son los dos hijos que has ganado por la indicación que me diste.
-Tu obediencia, Hijo -repite María. Luego saluda al hombre, diciendo: «La Paz está contigo».
El hombre, el rudo, inquieto hombre de Endor, que tanto ha cambiado ya desde aquella mañana en que el capricho de Judas Iscariote llevó a Jesús a Endor, termina de despojarse de su pasado al inclinarse ante María (yo lo creo así, a juzgar por lo sereno, verdaderamente "pacificado" que se ve su rostro cuando lo alza, una vez cumplido el respetuosísimo saludo).
Se encaminan todos hacia la casa de Simón: María llevando en brazos a Yabés, Jesús -cogida su mano -con Juan de Endor. Luego, a los lados o detrás, Lázaro y Marta, los apóstoles y Maximino, Isaac, José, Timoneo.
En el umbral de la puerta, el anciano servidor de Simón hace un gesto de veneración a Jesús y a su jefe. Entran en la casa.
-La paz a ti, José, y a esta casa -dice Jesús, alzando su mano para bendecir, después de haberla puesto en la cabeza blanca del anciano servidor.
Lázaro y Marta, después del primer impacto alegre, se muestran un poco tristes, de forma que Jesús pregunta:
-¿Por qué, amigos?
-Porque no estás con nosotros y porque todos se allegan a ti excepto esa alma que quisiéramos que fuera tuya.
-Fortificad la paciencia, la esperanza y la oración.
Además, Yo estoy con vosotros. ¿Esta casa?… esta casa no es sino el nido desde el que el Hijo del hombre cada día volará para ir a ver a sus queridos amigos, que están muy cerca en distancia y -si se considera la cosa sobrenaturalmente -infinitamente más cercanos en el amor.
Vosotros estáis en mi corazón y Yo en el vuestro. ¿Acaso se puede estar más cerca? De todas formas, esta tarde la pasaremos juntos. Sentaos, sentaos a mi mesa.
-¡Ay, pobre de mí! ¡Y yo aquí holgazaneando! ¡Ven, Salomé, que tenemos cosas que hacer!
La exclamación de María de Alfeo, que se levanta diligentemente para ir a su trabajo, hace sonreír a todos.
Pero Marta la alcanza y le dice:
-No te preocupes, María, por la comida. Voy a dar las disposiciones oportunas para que tú tengas que preparar sólo las mesas. Te traerán sillas suficientes y todo lo que se necesita. Ven, Marcela. Vuelvo enseguida, Maestro.
-He visto a José de Arimatea, Lázaro. El lunes va a venir con unos amigos.
-¡Ah, entonces ese día eres todo para mí!
-Sí. Viene para estar juntos, y también para preparar una ceremonia relativa a Yabés. Juan, lleva al niño a la terraza, que se divertirá. Juan de Zebedeo, siempre obediente, se alza enseguida de su sitio… Poco después, se oye el gorjeo del niño y sus pataditas en la terraza que rodea la casa. -Este niño -explica Jesús a su Madre, a los amigos, a las mujeres (entre las cuales está Marta, que ha volado para no perder un solo minuto de alegría junto al Maestro) -es nieto de un campesino de Doras. He pasado por Esdrelón… -¿Es verdad que los campos están desolados y que quiere venderlos? -Están desolados. Lo de la venta no lo sé. Un campesino de Jocanán me ha aludido a ello, pero no sé si es seguro. -Si los vendiera… los compraría de buena gana para disponer de un lugar de refugio para ti incluso en medio de ese nido de serpientes.
-No creo que lo consigas. Jocanán ya está pensando en adquirirlos.
-Veremos… Pero… continúa tu narración. ¿Qué campesinos son?
-¡A todos los de antes los ha desperdigado por distintos sitios!
-Sí. Éstos vienen de sus tierras de Judea, por lo menos el anciano que es pariente del niño. Lo tenía en el bosque, como a un animal salvaje, para que Doras no lo descubriera… Y estaba allí desde el invierno…
-¡Pobre niño! ¿Y por qué?
Las mujeres están profundamente conmovidas.
-Porque su padre y su madre quedaron sepultados por el desprendimiento de tierra de las cercanías de Emaús. Todos: padre, madre, hermanitos. Él se salvó porque no estaba en casa. Lo llevaron con su abuelo. Pero, ¿qué podía hacer un campesino de Doras? Tú, Isaac, has hablado de mí, como un salvador, incluso referido a este caso.
-¿He hecho mal, Señor? -pregunta humildemente Isaac.
-Has hecho bien. Dios lo quería. El anciano me ha entregado al niño, que además ha de hacerse mayor de edad en estos días.
-¡Pobrecito! ¿Tan pequeño con doce años? Mi Judas era casi el doble de alto a su edad… ¿Y Jesús? ¡Qué flor! -dice María de Alfeo.
Y Salomé:
-¡También mis hijos eran mucho más robustos!
Marta susurra:
-Verdaderamente es muy pequeñito. Pensaba que no tenía ni siquiera diez años.
-¡Claro! ¡Triste cosa es el hambre! Y debe haberla sufrido desde que vino a este mundo. Y además… ¿qué le iba a dar el anciano si allí todos se mueren de hambre? -dice Pedro.
-Sí, ha sufrido mucho; pero es muy bueno e inteligente. Me he hecho cargo de él para consolar al anciano y al niño.
-¿Lo vas a adoptar? -pregunta Lázaro.
-No. No puedo.
-Entonces me responsabilizo yo.
-Pedro, que ve desvanecerse su esperanza, se lamenta abiertamente:
-¡Señor! ¿Todo a él?
Jesús sonríe y dice:
-Lázaro, has hecho ya mucho, y te lo agradezco; no te puedo confiar a este niño. Es "nuestro" niño; de todos nosotros; alegría de los apóstoles y del Maestro. Además, aquí crecería rodeado de lujo, mientras que Yo quiero ofrecerle como don mi manto regio: "la honesta pobreza", la que el Hijo del hombre ha elegido pare sí, para poder acercarse a las mayores miserias sin humillar a ninguno.
Tú, recientemente, has recibido también un regalo mío…
-¡Ah, sí! El anciano patriarca y su hija. La mujer es muy activa y el anciano es muy bueno.
-¿Dónde están ahora?, ¿en qué sitio?
-¡Aquí, claro!, en Betania. ¿Cómo crees que iba a querer alejar la bendición que Tú enviabas? La mujer está en el lino, pues para ese tipo de trabajo hacen falta manos ligeras y expertas. El anciano, dado que se ha emperrado en que quiere trabajar, le he destinado a los panales.
Ayer -¿verdad, hermana mía? -tenía una larga barba toda de oro. Las abejas, enjambrando, se habían colgado todas de esa barbaza, y les hablaba como si fueran hijas suyas. Se le ve feliz.
-¡Lo creo! ¡Bendito seas! -dice Jesús.
-Gracias, Maestro… Pero… ese niño te costará… Permíteme a menos…
-¡Ya me encargo yo de su vestido de fiesta! -grita Pedro, y todos se echan a reír por la impulsividad del grito.
-Bien; pero necesitará otros indumentos. Simón, sé condescendiente, yo tampoco tengo hijos. Para mí y para Marta es una consolación encargarnos de hacer unos vestiditos: ¡concédenosla!
Pedro, ante tan insistente súplica, se enternece enseguida y dice:
-Los vestidos… sí… pero del del miércoles me encargo yo; me lo ha prometido e1 Maestro. Ha dicho que iré con su Madre a comprarlo mañana -Pedro dice todo por miedo a que haya algún cambio et perjuicio suyo.
Jesús sonríe y dice:
-Sí, Madre; te ruego que vayas mañana con Simón. Si no, este hombre se me muere de angustia. Así le podrás aconsejar para escoger.
-Yo he dicho: túnica roja y cinturón verde. Estará muy bien. Mejor que con ese color que tiene ahora.
-Rojo irá muy bien. Jesús también fue vestido de rojo. Pero yo diría que iría mejor encima del rojo un cinturón rojo, o, al menos, bordado en rojo -dice dulcemente María.
-Yo decía el verde porque veo que Judas, que es moreno, esta muy bien con esas franjas verdes encima de la túnica roja.
-¡Pero si no son verdes! -dice, riéndose, Judas Iscariote.
-¿No? ¿Y, entonces, de qué color son?
-Este color se conoce con el nombre de "vena de ágata".
-¿Y qué voy a saber yo? A mí me parecía verde. Ese color lo he visto también en las hojas…
María Santísima interviene benigna:
-Simón tiene razón. Es el color exacto que toman las hojas con las primeras aguas de Tisri…
-¡Eso es! Y, dado que las hojas son verdes, decía que era verde -termina diciendo, contento, Pedro.
La Dulce ha introducido paz y alegría también en esta pequeña cosa.
María pide que llamen al niño. Y éste viene enseguida, con Juan.
-¿Cómo te llamas? -pregunta María acariciándolo.
-Soy… era Yabés, pero estoy esperando el nombre…
-¿Estás esperándolo?
-Sí, Yabés quiere un nombre que quiera decir que Yo lo he salvado. Búscaselo, Madre; que sea un nombre de amor y salvación.
María se para a pensar un momento y dice: «Maryiam (Maarhciam). Eres la gotita en el mar de los salvados de Jesús. ¿Te gusta? Así seré recordada también yo además de la Salvación.
-Es muy bonito -dice contento el niño.
-Pero, ¿no es un nombre de mujer? -pregunta Bartolomé. Cuando esta gotita de Humanidad sea adulto, podréis cambiar su nombre por un nombre de hombre con una ele al final, en vez de la eme. (Esta prevista transformación del nombre puede hacer pensar en un futuro Marcial) Ahora lleva el nombre que le ha dado su Mamá. ¿No es verdad?
El niño responde afirmativamente y María lo acaricia.
La cuñada le dice:
-Esta lana es de calidad -y toca el pequeño manto de Yabés -; pero… ¡el color!… Yo la teñiría de rojo muy oscuro. Quedaría bien. ¿Qué opinas?
-Mañana por la tarde lo hacemos, porque mañana tendrá su prenda nueva. Ahora no se lo podemos quitar.
Marta dice:
-¿Quieres venir conmigo, niño? Te llevo aquí cerca a ver muchas cosas. Después volvemos…
Yabés no se opone. Nunca dice que no a nada… pero se le ve un poco asustado por la idea de ir con esta mujer casi desconocida. Dice, tímido y educado:
-¿Podría venir conmigo Juan?
-¡Pues claro!.
Se marchan. En su ausencia las conversaciones entre los varios grupos continúan. Relatos, comentarios, suspiros por la dureza humana.
Isaac relata todo lo que ha podido saber acerca de Juan el Bautista. Quién dice que está en Maqueronte, quién, que en Tiberíades Los discípulos no han vuelto aún…
Pero, ¿no lo habían seguido?
-Sí, pero, cerca de Doco, los que habían prendido a Juan cruzaron el río con el prisionero, y no se sabe si luego subieron hacia el lago o bajaron a Maqueronte. Juan, Matías y Simeón se han lanzado a la búsqueda, para saber a dónde lo llevan. Ciertamente, no lo abandonarán.
-Como tú tampoco, Isaac, me abandonarás a este nuevo discípulo. Por ahora estará conmigo. Quiero que pase la Pascua conmigo.
-Yo la celebraré en Jerusalén, en casa de Juana. Me ha visto y me ha ofrecido una dependencia de la casa para mí y mis compañeros. Este año vienen todos; y estaremos con Jonatán.
-¿También los del Líbano?
-También. Pero quizás no puedan venir los discípulos de Juan.
-¿Sabes que vienen los de Jocanán?
-¿De verdad? Pues estaré a la puerta, junto a los sacerdotes encargados de las inmolaciones. Así, cuando los vea, me los llevaré conmigo.
-Espéralos para última hora, pues tienen el tiempo contado. Pero traen el cordero.
-Yo también. Uno espléndido, que me ha dado Lázaro. Inmolaremos éste, de forma que el suyo les servirá para la vuelta.
Regresan Marta, Juan y el niño; éste lleva un vestidito de lino blanco y una sobreveste roja; en el brazo, un manto, también rojo.
-¿Los reconoces, Lázaro? ¿Te das cuenta como todo sirve?
Los dos hermanos se sonríen mutuamente. Jesús dice:
-Gracias, Marta.
-Señor mío, tengo la enfermedad de guardar todo. Es herencia de mi madre. Conservo todavía muchas prendas de mi hermano, prendas a las que guardo afecto porque fueron tocadas por nuestra madre. De vez en cuando cojo una de ellas para algún niño. Ahora para Margziam. Son un poco largas, pero se pueden remeter. Lázaro, alcanzada la mayoría de edad, ya no los quiso… Fue un capricho en toda regla, verdaderamente de niño… Y se salió con la suya, porque mi madre adoraba a su Lázaro.
La hermana lo acaricia, amorosa; Lázaro, por su parte, le coge su bellísima mano, se la besa y dice:
-¿Y tú no?
Se sonríen de nuevo.
-Ha sido providencial -observan muchos de los presentes.
-Sí, mi capricho ha servido para un bien; quizás me será perdonado por esto.
La cena está ya preparada. Cada uno va a su sitio…
Hasta la plena noche Jesús no puede hablar en paz con su Madre. Han subido a la terraza. Están sentados en un asiento, uno junto al otro, cogidos de la mano. Se hablan. Se escuchan.
Primero es Jesús quien cuenta las cosas que han sucedido. Luego, María; y dice: -Hijo, nada más marcharte, vino a verme una mujer… Te buscaba. Gran miseria y gran redención. Esta criatura necesita tu perdón para ser tenaz en su resolución. La he enviado a Susana, se la he confiado diciendo que había sido curada por ti. Es verdad.
Se habría podido quedar conmigo, si nuestra casa no se hubiera convertido en un mar en que todos navegan… y muchos con malas intenciones… La mujer ahora siente repugnancia por el mundo. ¿Quieres saber quién es?
-Es un alma. De todas formas, dime su nombre para que la pueda acoger sin error.
-Es Aglae, la romana mimo y pecadora que empezaste a salvar en Hebrón, que te buscó y te encontró en Agua Especiosa, y que ha sufrido -¡oh, cuánto! -por recuperar su honestidad. Me ha dicho todo… ¡Qué horror!
-¿Su pecado?
-Esto y… yo diría más: ¡Qué horror es el mundo! ¡Hijo mío, no te fíes de los fariseos de Cafarnaúm! Se querían servir de esta desdichada contra ti. ¡Hasta de ésta!…
-Lo sé, Madre… ¿Dónde está Áglae?
-Vendrá con Susana antes de la Pascua.
-Bien. Hablaré con ella. Estaré aquí todas las tardes esperándola, excepto la tarde pascual, que dedicaré a la familia. Si viene, no la dejes que se marche. Es una gran redención, tú lo has dicho. ¡Y tan espontánea! En verdad te digo que en pocos corazones mi semilla ha echado raíces con la fuerza con que lo ha hecho en este terreno infeliz. Andrés la ayudó a crecer hasta su completa formación.
-Sí, me lo ha dicho.
-Madre, ¿qué has sentido en presencia de esa miseria?
-Repugnancia y alegría. Me parecía estar en el borde de un abismo de infierno, pero, al mismo tiempo, me sentía transportada al azul del cielo. ¡Cuán Dios eres, Jesús mío, cuando realizas estos milagros!
Y quedan en silencio, bajo las luminosísimas estrellas y el candor de un cuarto de Luna que ya tiende a Luna llena; en silencio, amándose, descansando en su mutuo amor.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La hora del incienso
Pedro entra en el recinto del Templo, en funciones de padre, con aspecto verdaderamente solemne; lleva de la mano a Yabés. Camina con tanta gallardía, que hasta parece más alto.
Detrás, en grupo, todos los demás. Jesús va el último, ocupado en una animada conversación con Juan de Endor, al cual parece que le da vergüenza entrar en el Templo.
Pedro pregunta a su pupilo:
-¿Has venido aquí alguna vez?
-Cuando nací, padre; pero no me acuerdo -o cual hace reír de satisfacción a Pedro, que repite la respuesta a los compañeros, y éstos se echan a reír también, y dicen, con bondad y perspicacia:
-Quizás es que dormías y por eso… -o: «Estamos todos como tú. No nos acordamos de cuando vinimos aquí recién nacidos».
Igualmente hace Jesús con su protegido, y recibe una respuesta análoga (poco más o menos). Juan de Endor, en efecto, dice:
-Éramos prosélitos. Vine en brazos de mi madre, precisamente en una Pascua, porque nací a principios de Adar; mi madre -era de Judea -se puso en viaje en cuanto pudo, para ofrecer dentro del tiempo establecido a su hijo varón al Señor… Quizás demasiado prematuramente… De hecho, enfermó y no volvió a recuperar la salud. Yo tenía menos de dos años cuando me quedé sin madre; fue la primera desventura de mi vida. Pero, siendo su primogénito -unigénito, por su enfermedad -, se sentía orgullosa de morir por haber obedecido a la Ley. Mi padre me decía: "Ha muerto contenta por haberte ofrecido al Templo"… ¡Pobre madre mía! ¿Qué ofreciste?: un futuro asesino…
-Juan, no digas eso. Entonces eras Félix, ahora eres Juan. Ten siempre presente la gran gracia que Dios te ha donado, eso sí; pero que no te desaliente ya más lo que fuiste… -¿No volviste ninguna vez al Templo?
-¡Sí, sí, a los doce años! Y, a partir de entonces, siempre, mientras… mientras pude hacerlo… Después, aun pudiendo venir, ya no volví, porque… bueno, ya te he dicho cuál era mi único culto: el Odio. Incluso por este motivo no me atrevo a entrar aquí. Me siento extranjero en la Casa del Padre… Lo he abandonado durante demasiado tiempo…
-Tú vuelves al Templo de mi mano, y soy el Hijo del Padre; si Yo te conduzco ante el altar es porque sé que todo está perdonado.
Juan de Endor siente una brusca convulsión de llanto, y dice:
-Gracias, Dios mío.
-Sí, da gracias al Altísimo. ¿Ves cómo tu madre, una verdadera israelita, tenía espíritu profético? Eres el varón consagrado al Señor, y que no será rescatado. Eres mío, eres de Dios, discípulo y, por tanto, futuro sacerdote de tu Señor en la nueva era y religión que de mí recibirán el nombre. Yo te absuelvo de todo, Juan. Camina sereno hacia el Santo. En verdad te digo que entre los que viven en este recinto hay muchos más culpables que tú, más indignos que tú, de acercarse al altar…
Pedro, entretanto, se las ingenia para explicarle al niño las cosas más dignas de relieve en el Templo, y pide ayuda a los otros más cultos, especialmente a Bartolomé y a Simón, porque, siendo ancianos, se encuentra a gusto con ellos en su papel de padre.
En esto, ya ante el gazofilacio para hacer las ofrendas, los llama José de Arimatea.
-¿Estáis aquí? ¿Cuándo habéis llegado? -dice después de los recíprocos saludos.
-Ayer por la tarde.
-¿Y el Maestro?
-Está allí, con un discípulo nuevo. Ahora vendrá.
José mira al niño y le pregunta a Pedro:
-¿Un sobrinito tuyo?
-No… sí. Bueno, quiero decir que, nada en cuanto a la sangre mucho en cuanto a la fe, todo en cuanto al amor.
-No te comprendo…
-Un huerfanito… por tanto, nada en cuanto a la sangre. Un discípulo… por tanto, mucho en cuanto a la fe. Un hijo… por tanto, todo en cuanto al amor. El Maestro lo ha recogido… y yo le doy mi cariño. Debe alcanzar la mayoría de edad en estos días…
-¿Tan pequeño y ya doce años?
-Es que… bueno, ya te lo contará el Maestro… José, tú eres bueno, uno de los pocos buenos que hay aquí dentro… Dime, ¿estarías dispuesto a ayudarme en esta cuestión? Ya sabes… lo presento come si fuera mi hijo, pero soy galileo y tengo una fea lepra…
-¿Lepra?! -exclama y pregunta aterrorizado José, separándose.
-¡No tengas miedo!… Mi lepra es la de ser de Jesús: la más odiosa para los del Templo, salvo pocas excepciones.
-¡No, hombre, no; no digas eso!
-Es la verdad y hay que decirla… Por tanto, temo que se comporten cruelmente con el pequeño por causa mía y de Jesús. Además, no sé qué conocimientos tendrá de la Ley, la Halasia, la Haggada y los Midrasiots. Jesús dice que sabe mucho…
-¡Bueno, pues si lo dice Jesús, entonces no tengas miedo!
-Aquéllos… con tal de amargarme…
-¿Quieres mucho a este niño, ¿eh!? ¿Lo llevas siempre contigo?
-¡No puedo!… Yo estoy siempre en camino; él es pequeño y frágil…
-Pero iría contigo con gusto… -dice Yabés, que, con las caricias de José, está más tranquilo.
Pedro rebosa de alegría… Pero añade:
-El Maestro dice que no se debe, y no lo haremos. De todas formas, nos veremos… José, ¿me vas a ayudar?
-¡Claro, hombre! Estaré contigo. Delante de mí no harán injusticias. ¿Cuándo? ¡Oh, Maestro! ¡Dame tu bendición!
-Paz a ti, José. Me alegro de verte; y, además, saludable.
-También yo, Maestro. Los amigos se alegrarán de verte.
¿Estás en Getsemaní?
-Estaba. Después de la oración voy a Betania.
-¿A casa de Lázaro?
-No, donde Simón. Tengo también allí a mi Madre y a la madre de mis hermanos y a la de Juan y Santiago. ¿Irás a verme?
-¿Lo preguntas? Será una gran alegría y un gran honor. Te lo agradezco. Iré con muchos amigos…
-¡Prudente, José, con los amigos!… -aconseja Simón Zelote.
-¡No, hombre… ya los conocéis! Es verdad que la prudencia dice: “Que no oiga el aire". Pero, cuando los veáis,
-Entonces…
-Maestro, Simón de Jonás me estaba hablando de la ceremonia del niño. Has llegado cuando estaba preguntando cuándo pensáis llevarla a cabo. Quiero estar presente también yo.
-El miércoles que precede a la Pascua. Quiero que celebre su Pascua ya como hijo de la Ley.
-Muy bien. Comprendido. Iré a recogeros a Betania. Pero antes, el lunes, iré con los amigos.
-De acuerdo, no se hable más.
-Maestro, te dejo. La paz sea contigo. Es la hora del incienso.
-Adiós, José. La paz sea contigo. Ven, Yabés, que es la hora más solemne del día. Hay otra análoga por la mañana, pero ésta es todavía más solemne. El día empieza con la mañana: justo es que el hombre bendiga al Señor para que el Señor lo bendiga durante todo el día en todas sus obras. Pero al atardecer es aún más solemne: declina la luz, cesa el trabajo, llega la noche. La luz que declina recuerda la caída en el mal, y verdaderamente las acciones de pecado se producen generalmente por la noche. ¿Por qué?
Porque el hombre ya no está ocupado en el trabajo y más fácilmente se ve envuelto por el Maligno, que proyecta sus propuestas y pesadillas. Bueno es, por tanto, después de haberle agradecido a Dios su protección durante el día, elevarle nuestra súplica para que se alejen de nosotros los fantasmas de la noche y las tentaciones. La noche con su sueño, símbolo de la muerte…
Dichosos aquellos que, habiendo vivido con la bendición del Señor se duermen no en las tinieblas sino en una fúlgida aurora. El sacerdote ofrece el incienso por todos nosotros, ora por todo el pueblo, en comunión con Dios, y Dios le confía su bendición para que la imparta al pueblo de sus hijos. ¿Te das cuenta de lo grande que es el ministerio del sacerdote?
-Yo quisiera… Me sentiría todavía más cerca de mi madre…
-Si eres siempre un buen discípulo e hijo de Pedro, lo serás. Mas ahora ven; mira, las trompetas anuncian que ha llegado la hora. Vamos con veneración a alabar a Yeohveh.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La mayor parte de la mañana del sábado ha estado ocupada en dejar descansar a los cansados cuerpos y en arreglar la ropa, polvorienta y arrugada por el viaje. En las vastas cisternas del Getsemaní -colmadas de agua de lluvia -y en el Cedrón verdadera sinfonía entre los cantos, espumoso, lleno, por los chaparrones de los últimos días -hay tanta agua que es una verdadera incitación. Uno tras otro, los peregrinos, desafiando el fresco, bajan a zambullirse en el torrente; luego se ponen vestidos nuevos, de los pies a la cabeza, y, con el pelo todavía un poco tieso por las rociadas del torrente, van a sacar agua de las cisternas y la vierten en unas pilas grandes donde tienen la ropa, separada por colores.
-¡Bien! ¡Bien! -dice Pedro contento -Ahí se purgará y María la podrá lavar con menos esfuerzo -Supongo que es la mujer que está en Getsemaní.
-Pequeñuelo, tú eres el único que no puede ponerse vestidos nuevos. Pero mañana…
En efecto, el niño tiene una tuniquita limpia que ha sacado de su talego (tan pequeño, que le podría ir bien a una muñeca), pero está aún más descolorida y rota que la otra. Pedro observa, preocupado, la túnica, diciendo en tono apenas perceptible:
-¿Cómo lo llevo así a la ciudad? Estoy por dividir en dos mi manto… con un manto se taparía todo.
Jesús oye este soliloquio paterno y dice:
-Ahora es mejor que descanse. A1 atardecer iremos a Betania…
-Quiero comprarle la túnica. Se lo he prometido.
-Lo harás. Ciertamente. Pero es mejor pedirle a mi Madre su opinión. Ya sabes… las mujeres… están más dotadas que nosotros para las compras… además, será una satisfacción para Ella ocuparse de un niño… ¿Iréis juntos!
El apóstol se siente raptado al séptimo cielo por la idea de ir con María a comprar. No sé si Jesús ha expresado todo lo que piensa o si se reserva una parte (es decir, que su Madre tiene un gusto más fino que evitaría desentonos de colores horrendos); comoquiera que sea, obtiene el fin sin que su Pedro se sienta humillado.
Se diseminan por el olivar, muy hermoso en este sereno día abrileño. La lluvia de los días precedentes parece haber plateado los olivos y sembrado la tierra de flores, de tanto como resplandecen al sol las frondas, de tantas florecillas como hay al pie de los olivos. Los pájaros cantan y vuelan por todas partes.
No se ve el bullir de gente, pero sí las caravanas que se dirigen hacia la Puerta de los Peces -y hacia otras puertas cuyo nombre desconozco -, desde el lado este. La ciudad se las traga como si fuera un famélico vientre.
Jesús pasea y observa a Yabés, que está jugando, alegre, con Juan y los más jóvenes. También Judas Iscariote -ya se le ha pasado el enojo de ayer -está alegre y juega. Los más mayores observan sonriendo.
-¿Qué dirá tu Madre de este niño? -pregunta Bartolomé.
-Yo digo que dirá: "Está muy delgado"-dice Tomás.
-¡No! Dirá: "¡Pobre niño!" -responde Pedro.
-No, lo que dirá es: "Me alegro de que lo quieras" -objeta Felipe.
-La Madre no lo pondría nunca en duda. Yo creo que no hablará. Lo estrechará contra su corazón -dice Simón el Zelote.
-¿Y Tú, Maestro, qué dices que dirá?
-Hará lo que habéis dicho, pero lo pensará y lo dirá sólo en su corazón; al besarlo no dirá sino: "¡Bendito seas!", y lo cuidará como si fuera un pajarillo caído del nido.
Escuchad. Un día me habló de cuando era pequeñita. Todavía no tenía tres años, pues no estaba aún en el Templo, y ya se le rompía el corazón de amor y exhalaba, cual flor y aceituna, aplastada o rota en la prensa, todos sus óleos y perfumes.
En un delirio de amor, le decía a su madre que quería ser virgen para agradar más al Salvador, pero que querría ser pecadora para poder ser salvada, y casi lloraba porque su madre no la entendía y no sabía darle la solución para ser la "pura" y la "pecadora" al mismo tiempo. Le trajo la paz su padre, con un pajarillo que había salvado del peligro que corría en el borde de una fuente: le contó la parábola del pajarillo, diciéndole que Dios la había salvado anticipadamente y que, por tanto, Ella debía bendecirlo por doble motivo.
Y la pequeña Virgen de Dios, la grandísima Virgen María, ejercitó su primera maternidad espiritual hacia ese pajarillo caído del nido, y lo echó a volar cuando fue fuerte; este pajarillo no dejó ya jamás el huerto de Nazaret, consoló con sus vuelos y trinos la casa triste y los corazones tristes de Ana y Joaquín cuando María fue al Templo; murió poco antes de que expirase Ana: había concluido su misión.
Mi Madre se había consagrado a la virginidad por amor, pero, siendo criatura perfecta, poseía en su sangre y en su espíritu la maternidad; porque la mujer está hecha para ser madre, y comete aberración cuando se hace sorda a este sentimiento, que es amor de segunda potencia…
Poco a poco se han ido acercando también los demás.
-¿Qué quieres decir, Maestro, con "amor de segunda potencia"? -pregunta Judas Tadeo.
-Hermano mío, hay muchos amores, y de distintas potencias. Está el amor de primera potencia: el que se da a Dios. Luego, el amor de segunda potencia: el materno, o paterno.
Porque, si el primero es enteramente espiritual, éste es en dos partes espiritual y en una carnal se mezcla, sí, el sentimiento afectivo humano, pero predomina lo superior, porque un padre o una madre, sana y santamente tales, no dan sólo alimento y caricias a la carne de su hijo, sino que también nutren y aman su mente y su espíritu. Es tan cierto esto que estoy diciendo, que, quien se consagra a la infancia -aunque sólo fuere para instruirla -termina por amarla como si fuera su propia carne.
-Efectivamente yo quería mucho a mis discípulos -dice Juan de Endor.
-Debías ser un buen maestro… lo veo por cómo te comportas con Yabés.
El hombre de Endor, sin hablar, se inclina a besar la mano de Jesús.
-¡Sigue, te lo ruego, tu clasificación de los amores! -dice Simón Zelote.
-Existe amor hacia la compañera: es amor de tercera potencia, porque es -me refiero también en este caso a los sanos y santos amores -mitad espíritu mitad carne. El hombre para su esposa es maestro y padre, además de esposo; la mujer para su esposo es ángel y madre, además de esposa. Éstos son los tres amores más elevados.
-¿Y el amor al prójimo? ¿No te estás equivocando? ¿O es que te has olvidado de él? -pregunta Judas Iscariote.
Los demás lo miran perplejos y… con fiereza por la observación que ha hecho.
Jesús, sin embargo, responde sereno:
-No, Judas. Pero observa lo que te digo. A Dios se le debe amar porque es Dios, por tanto, no es necesaria ninguna explicación para persuadir de este amor. Él es el que es, o sea, el Todo; el hombre (la nada que viene a ser partícipe del Todo por el alma infundida por el Eterno -sin ella el hombre sería uno de tantos animales brutos que viven sobre la faz de la tierra o en las aguas o en el aire -) debe adorar por deber y para merecer sobrevivir en el Todo, es decir, para merecer venir a ser parte del Pueblo santo de Dios en el Cielo, ciudadano de la Jerusalén que no conocerá profanación o destrucción algunas por los siglos de los siglos.
El amor del hombre, y especialmente de la mujer, a la prole tiene indicación de precepto en las palabras de Dios a Adán y Eva, después de bendecirlos, viendo que era "bueno" lo que había hecho, en un lejano sexto día, el primer sexto día de lo creado. Les dijo: "Creced y multiplicaos y poblad la tierra…".
Veo tu tácita objeción… Te respondo inmediatamente: puesto que en la creación, antes de la culpa, todo estaba regulado y basado sobre el amor, este multiplicarse de los hijos habría sido amor, santo, puro, poderoso, perfecto. Fue el primer mandamiento de Dios al hombre: "Creced, multiplicaos". "Amad, por tanto, después de mí, a vuestros hijos.” El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existía. La malicia no existía y, por tanto -porque va con ella -, tampoco la execrable hambre carnal. El hombre amaba a la mujer, y la mujer al hombre, naturalmente, pero no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos -o, mejor, como vosotros, hombres, la entendéis -, sino según la naturaleza de hijos de Dios, o sea, sobrenaturalmente. Muy dulces fueron los primeros días de amor entre los dos, hermanos -habían nacido de un Padre común -y, no obstante, esposos; de esos dos que amándose se miraban con sus inocentes ojos como dos gemelos en su cuna. El hombre sentía amor de padre hacia su compañera "hueso de sus huesos y carne de su carne" (como un hijo lo es para un padre). La mujer conocía la alegría de ser hija -por tanto, protegida por un amor muy elevado -, porque sentía que tenía en sí algo de aquel espléndido hombre que la amaba, con inocencia y angélico ardor, en los hermosos prados del Edén.
Luego, en el orden de los preceptos dados por Dios con una sonrisa a sus amados párvulos, viene aquel que el mismo Adán, dotado por la Gracia de una inteligencia sólo inferior a la de Dios, hablando de su compañera -y, en ella, de todas las mujeres -, decreta (el decreto del pensamiento de Dios, que se reflejaba límpido en el terso espejo del espíritu de Adán y que florecía en forma de pensamiento y de palabra): "El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una carne sola".
De no haber existido los tres pilares de los amores que he mencionado, ¿habría podido, acaso, existir amor al prójimo? No, no hubiera podido existir. El amor a Dios hace a Dios amigo y enseña el amor; quien no ama a Dios, que es bueno, no puede ciertamente amar al prójimo que en su mayoría es defectuoso. Si no hubieran existido el amor conyugal y la paternidad en el mundo, no habría podido existir el prójimo, porque el prójimo está hecho de los hijos nacidos de los hombres. ¿Estás convencido de esto?
-Sí maestro. No había reflexionado.
-Efectivamente, es difícil remontarse al hontanar. El hombre está bien hincado ya desde hace siglos, milenios, en el fango, y el hontanar está en las cimas, muy alto. Además, el primero de los manantiales viene de una inmensa altura: Dios… No obstante, de la mano, os conduciré a los manantiales; sé dónde están…
-¿Y los otros amores? -preguntan al unísono Simón Zelote y el hombre de Endor.
-El primero de la segunda serie es el amor al prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después el amor al trabajo.
-¿Y basta?
-Basta.
-¡Hay otros muchos amores! -exclama Judas Iscariote.
-No. Lo que hay es otros apetitos, pero no son amores; son "desamores"; niegan a Dios y niegan al hombre; no pueden ser, por tanto, amores, porque son negaciones y la negación es odio.
-¡Si niego el consentimiento al mal es odio? -insiste Judas Iscariote.
-¡Pobres de nosotros! Eres más insidioso que un escriba.
¿Me quieres decir lo que te pasa? ¿Es culpa del aire fino de Judea, que te pinza los nervios como un calambre? -exclama Pedro.
-No. Me gusta instruirme y tener muchas ideas, y claras. Dado que has mencionado a los escribas, aquí es fácil hablar con ellos; no quiero quedarme corto de argumentos.
-¿Y piensas que vas a poder, en el momento en que te haga falta, extraer del saco en que estás acumulando esos trapajos la hilacha del color deseado? -pregunta Pedro.
-¿Trapajos las palabras del Maestro? ¡Blasfemas!
-No te me hagas el escandalizado. En su boca no hay trapajos, pero después de maltratarlas nosotros se transforman en eso. Pon un pedazo de valioso lino cendalí en manos de un niño… Pasado un rato, será un trapajo sucio y roto. Pues es lo mismo que nos pasa a nosotros… Ahora que, si pretendes pescar en el momento oportuno el pingajillo que necesitas, entre que es un pingajillo y que está sucio… pues… ¡en fin… no sé yo cuál va a ser el resultado!
-¡Tú no te metas, que son cosas mías!
-¡Ah!, ¡claro! Ten por seguro que no me voy a meter en tus cosas. ¡Tengo ya bastante con las mías! Y además, a fin de cuentas, me conformo con que no perjudiques al Maestro; porque, si lo hicieras, entonces me metería también en tus cosas…
-Cuando actúe mal, lo harás; pero eso no sucederá nunca porque sé actuar… No soy un ignorante…
-Yo lo soy, ya lo sé. Pero, precisamente porque lo sé, no acumulo lastre para, en su momento, exhibirlo, sino que me pongo en manos de Dios… y Dios me ayudará por amor a su Mesías, de quien soy el siervo más pequeño y más fiel.
-¡Todos somos fieles! -contrapone, arrogante, Judas.
-¡Malo! ¿Por qué ofendes a mi padre? Es ya mayor. Es bueno. No debes hacerlo. Eres un hombre malo. Me das miedo dice, severo, Yabés, rompiendo el atento silencio en que estaba.
-¡Y van dos! -exclama en voz baja Santiago de Zebedeo dándole con el codo a Andrés. A pesar de que haya hablado bajo, Judas lo ha oído.
-¿Ves, Maestro, como las palabras de aquel estúpido niño de Magdala han dejado huella? -dice Judas encendido de rabia.
-¡Pero no sería más bonito continuar la lección del Maestro, más bien que estar como chivos enojados?
-Pregunta el pacífico Tomás.
-Sí, claro. Maestro, síguenos hablando de tu Madre. ¡Es tan luminosa su infancia!: de reflejo hace vírgenes a nuestras almas. Y yo, pobre de mí, tengo mucha necesidad de ello! -exclama Mateo.
-¿Qué queréis que os diga… si son muchos los episodios, y a cuál más delicioso…!
-¿Te los ha contado Ella?
-Alguno sí, pero muchos más José, que me los contaba, siendo Yo niño, como los más bellos cuentos; y también Alfeo de Sara, que, siendo pocos años más mayor que mi Madre, fue amigo suyo durante los breves años en que Ella estuvo en Nazaret.
-¡Háblanos…! -dice Juan en tono suplicante.
Se han colocado todos en círculo, sentados a la sombra de los olivos; Yabés está en el centro, mirando fijamente a Jesús, como si fuera a escuchar una fábula paradisíaca.
-Os voy a narrar la lección de castidad que dio mi Madre, pocos días antes de entrar en el Templo, a su pequeño amigo y a muchos otros.
Aquel día se había casado un joven de Nazaret, pariente de Sara. -Joaquín y Ana también habían sido invitados a la boda, y con ellos la pequeña María, que, junto con otros niños, tenía el encargo de echar pétalos deshojados por el camino de la novia. Dicen que era una niña guapísima.
Todos se la disputaban después de la festiva entrada de la novia. Era muy difícil ver a María, porque pasaba mucho tiempo en casa (amaba más que cualquier otro lugar una pequeña gruta que incluso hoy día se sigue llamando "la gruta de su desposorio"). Así que, cuando se la veía, rubia, rosada, delicada, la anegaban en caricias. La llamaban "la flor de Nazaret", o "la perla de Galilea", o también "la paz de Dios", en memoria de un enorme arco iris que apareció improvisamente con su primer vagido. En efecto, era, y es, todo eso y más aún: es la Flor del Cielo y de la creación, es la Perla de: Paraíso, es la Paz de Dios… Sí, la Paz. Yo soy el Pacífico porque soy Hijo del Padre e hijo de María: la Paz infinita y la Paz suave.
Pues bien, aquel día todos querían besarla y tenerla en el regazo Entonces Ella, mostrándose reacia a besos y demás contactos, con delicada gravedad, dijo: "Por favor, no me chaféis". Creyeron que se refería a su vestido de lino, ceñido con una cinta azul en la cintura en los estrechos puños, en el cuello…; o a la pequeña guirnalda de florecillas azules con que Ana la había coronado para mantener sus leves ricitos. Entonces, le aseguraron que no le iban a chafar ni el vestido ni la guirnalda. Pero Ella, segura, mujercita de tres años, erguida, rodeada de un corro de adultos, dijo seria: "No me refiero a lo que se puede reparar. Estoy hablando de mi alma. Es de Dios y no quiere ser tocada sino por Dios". Objetaron: "Pero si te besamos a ti no a tu alma". Y Ella replicó: "Mi cuerpo es templo del alma y su sa-cerdote es el Espíritu; el pueblo no es admitido al recinto sacerdotal Por favor, no entréis en el recinto de Dios".
A Alfeo, que había superado ya los ocho años y que la quería mucho, le impresionó esta respuesta, y, al día siguiente, habiéndola encontrado junto a su pequeña gruta buscando flores, le preguntó "María, cuando seas mujer, ¿me querrías por esposo?" (todavía le duraba la emoción de la fiesta nupcial a la que había asistido).
Ella respondió: "Yo te quiero mucho, pero no te veo como hombre. Te diré un secreto: yo veo sólo las almas de los seres vivientes, y las amo mucho, con todo mi corazón. Y veo sólo a Dios como `verdadero Ser viviente' a quien ofrecerme". Bien, éste es un episodio.
-¡”Verdadero Ser viviente"! ¿Sabes que es profunda esa palabra? - exclama Bartolomé.
Y Jesús, humildemente y con una sonrisa:
-Era la Madre de la Sabiduría.
-¿Era?… ¿Pero no tenía tres años?
-Era. Yo vivía ya en Ella, siendo Dios en Ella, desde su concepción, en la Unidad y Trinidad perfectísima.
-Pero -y perdona si yo, culpable, oso hablar -, pero, ¡Joaquín y Ana sabían que era la Virgen predestinada?
-pregunta Judas Iscariote.
-No lo sabían.
-Y entonces, ¿cómo es que Joaquín dijo que Dios la había salvado anticipadamente? ¿No alude ello, acaso, a su privilegio respecto a la culpa?
-Alude a ello. Pero Joaquín prestaba su boca a Dios, como todos los profetas. Tampoco él comprendió la sublime verdad sobrenatural que el Espíritu había puesto en sus labios. Joaquín era un justo; tanto que mereció esa paternidad. Y era humilde. En efecto, no hay justicia donde hay soberbia. Él era justo y humilde. Consoló a su hija por amor de padre. En su sabiduría de sacerdote, la instruyó: que sacerdote era, siendo tutor del Arca de Dios. Como pontífice, la consagró con el título más dulce:
"La Sin Mancha". Día llegará en que otro sabio pontífice dirá al mundo: "Ella es la Concebida sin Mancha", y dará esta verdad al mundo de los creyentes, como artículo de fe irrebatible, para que en el mundo de entonces -que se irá hundiendo cada vez más en una neblinosa monotonía de herejías y vicios -resplandezca, ante la vista de todos, la Toda Hermosa de Dios, coronada de estrellas, vestida de rayos de luna (menos puros que Ella); la Reina de lo creado y del Increado, apoyada en los astros. Porque Dios-Rey tiene por Reina, en su Reino, a María.
-¿Entonces, Joaquín era profeta?
-Era un justo. Su alma dijo, como hace el eco, lo que Dios decía a su alma, por Dios amada.
-¿Cuándo vamos a ir a ver a esta Mamá, Señor? -pregunta con ojos anhelantes Yabés.
-Esta tarde, cuando la veas, ¿qué le vas a decir?
-¿Estaría bien: "Te saludo, Madre del Salvador"?
-Muy bien -confirma Jesús mientras lo acaricia.
-Pero, ¿no vamos a ir hoy al Templo? -pregunta Felipe.
-Iremos antes de salir para Betania. Y tú, ¿estarás aquí tranquilo, no?
-Sí, Señor.
La mujer de Jonás (el arrendatario del olivar), que lentamente se ha ido acercando, dice:
-¿Por qué no lo llevas contigo? Lo está deseando…
Jesús la mira fijamente y con insistencia, aunque sin decir nada. La mujer comprende, y lo manifiesta:
-¡Comprendo!… Creo que tengo todavía un pequeño manto, de Marcos. Voy a buscarlo -y, ligera, se ausenta.
Yabés, tirándole a Juan de una manga, dice:
-¿Serán severos los maestros?
A lo que Juan, confortándolo, contesta:
-¡No, hombre, no! No tengas miedo. Y, además, no es hoy. En pocos días, con la Madre, sabrás más que un doctor.
Los demás, que lo han oído, sonríen por la preocupación de Yabés.
-Pero, ¿quién va a presentarlo haciendo las veces de padre? -pregunta Mateo.
-Yo. ¡Es natural! A menos que lo quiera presentar el Maestro -dice Pedro.
-No, Simón, no lo haré Yo. Te dejo este honor.
-Gracias, Maestro. Pero… ¿vas a estar presente también Tú?
-Ciertamente. Todos estaremos presentes: es "nuestro" niño…
Vuelve María de Jonás con un manto color morado oscuro que todavía está en buenas condiciones. ¡Qué color! Ella misma lo dice:
-Marco no lo quiso usar nunca porque no le gustaba el color. ¡Mira tú éste! ¡Es atroz! Y el pobre Yabés, con esa tez suya tan aceitunada, dentro de ese morado violento, parece un ahogado. Pero él no se ve… y se siente feliz con ese manto con que cubrirse como una persona mayor…
-La comida está lista, Maestro. La criada ha sacado ya del asador el cordero.
-Vamos, entonces.
Y, bajando del lugar en que se encuentran, entran en la amplia cocina para comer.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jornada lluviosa. Pedro me parece un Eneas al revés, porque, en vez de cargar con su padre, lleva sobre sus hombros al pequeño Yabés, que va todo arropado en el manto del apóstol. Se ve sobresalir la cabecita por encima de la cabeza cana de Pedro, y los brazos del niño en torno al cuello. Pedro ríe, chapoteando en los charcos.
-Nos podía haber ahorrado este inconveniente -dice malhumorado Judas Iscariote, nervioso por el agua que viene del cielo y rebota contra el suelo y salpica los vestidos.
-¡Ya! ¡Se podrían ahorrar muchas cosas! -responde Juan de Endor, mirando fijamente con su único ojo -que creo que ve por dos -al guapo de Judas.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que es inútil pretender que los elementos sean delicados con nosotros, cuando nosotros no lo somos con nuestros semejantes, y además en materia mucho más grave que no dos gotas de agua o una salpicadura de barro.
-Cierto. Pero yo quiero entrar en la ciudad limpio y en orden; tengo muchas amistades, y además de alta categoría.
-Pues estáte atento a no caer.
-¿Me estás provocando?
-¡No, no! Pero es que soy veterano, como maestro… y como alumno. Llevo toda mi vida aprendiendo. Primero aprendí a vegetar, luego observé la vida, después conocí la amargura de la vida. Ejercité una justicia inútil, la del "solo" contra Dios y contra la sociedad: Dios me castigó con el remordimiento; la sociedad, con las cadenas. Con lo cual, el ajusticiado, en el fondo, fui yo. Finalmente, ahora, he aprendido, estoy aprendiendo, a "vivir". Así que, como comprenderás, por mi condición de maestro y de alumno, me viene natural repetir las lecciones.
-Pero yo soy el apóstol…
-Y yo un desgraciado, ya lo sé, y no debería permitirme enseñarte a ti. Pero, mira, nunca se sabe lo que puede uno ser el día de mañana. Tenía la idea de que moriría como un hombre honrado y un maestro respetado en Chipre, y vine a ser un homicida y un condenado a cadena perpetua. Cuando alzaba el cuchillo para vengarme, cuando arrastraba las cadenas odiando al universo, si me hubieran dicho que sería discípulo del Santo, habría dudado del estado mental de quien me lo hubiera dicho. Y, a pesar de todo… ya lo ves. Por eso, quién sabe, a lo mejor puedo darte alguna lección buena a ti, que eres apóstol; por mi experiencia, no por santidad, que esto último ni siquiera se me pasa por la mente.
-Tiene razón ese romano al llamarte Diógenes.
-Bien… sí. Pero Diógenes buscaba al hombre y no lo encontró; yo, sin embargo, más afortunado que él, encontré, sí, primero una serpiente donde creía que estaba la mujer y un cuco donde veía al hombre amigo, pero luego, tras haber vagado muchos años, ya enloquecido por este conocimiento, he encontrado al Hombre, al Santo.
-Yo no conozco otra sabiduría sino la de Israel.
-Si es así, ya tienes con qué salvarte; pero ahora tienes también la ciencia, o mejor, la sabiduría, de Dios.
-Es lo mismo.
-¡No, no! Sería como comparar un día neblinoso con uno lleno de sol.
-En definitiva, ¿quieres darme lecciones? Pues yo no me siento con ganas de ello.
-¡Déjame hablar! Al principio, hablaba a los niños: se distraían; luego a los espectros: me maldecían; luego a los pollos: eran mucho mejores que los dos primeros grupos, mucho mejores; ahora hablo conmigo mismo, porque todavía no puedo hablar con Dios. ¿Por qué quieres impedírmelo? Tengo la vista reducida a la mitad, la vida quebrada por el esfuerzo hecho en las minas, el corazón enfermo desde hace muchos años: deja, al menos, que mi mente no se vuelva estéril.
-Jesús es Dios.
-Lo sé, lo creo; más que tú, porque yo he renacido por obra suya, tú no. Pero, aunque Él sea el Bueno, es siempre Él, o sea, Dios, y ese pobre desgraciado que soy yo no se atreve a tratarlo con la familiaridad con que tú lo tratas. Le habla mi alma, pero los labios no se atreven; el alma… y creo que Él siente cómo llora de amor agradecido y penitente.
-Es verdad, Juan. Siento tu alma -Jesús entra en la conversación; Judas se pone colorado de vergüenza y el hombre de Endor de alegría -Es verdad, siento tu alma, como siento también el trabajo de tu mente. Bien has hablado. Cuando estés formado en mí, sacarás mucho beneficio de haber sido maestro y atento alumno. Habla, habla, aun contigo mismo…
Judas, impertinente, observa:
-Una vez, Maestro, además no hace mucho, me dijiste que uno no debe hablar con el propio yo.
-Es verdad, lo dije, pero era porque murmurabas con tu propio yo. Este hombre no murmura, medita, y con buen fin: no hace mal.
-¡En definitiva, que estoy en error!
Judas se muestra agresivo.
-No, lo que tienes es tedio en el corazón. Considera que no siempre puede haber cielo sereno. Los campesinos desean la lluvia y también es caridad orar para que llueva; también ella es caridad. Pero, mira, se ve un bonito arco iris, que describe su curva desde Atarot hasta Ramá. Hemos sobrepasado Atarot, la triste hoz ha quedado atrás, aquí ya todo está cultivado y ríe bajo este sol que rasga las nubes. Cuando lleguemos a Rama estaremos a treinta y seis estadios de Jerusalén. Aparecerá de nuevo ante nuestra vista tras ese collado, que señala el lugar del horrendo acto de lujuria cometido por los guibeítas. Tremenda cosa es que la carne haga presa, Judas…
Judas no responde, sino que se aleja chapoteando con ira en los charcos.
-¿Pero qué le pasa hoy a ése? -pregunta Bartolomé.
-Calla. Que no lo oiga Simón de Jonás. Evitemos cuestiones y…no amarguemos a Simón, que está muy contento con su niño.
-Sí, Maestro, pero eso no está bien, y se lo pienso decir.
-Es joven, Natanael. Tú también lo fuiste…
-Sí… pero… ¡No debe faltarte al respeto!
Sin querer, alza la voz. Acude Pedro enseguida:
-¿Qué pasa? ¿Quién falta al respeto? ¿El nuevo discípulo? -y mira a Juan de Endor, que se había retirado discretamente al comprender que Jesús estaba corrigiendo al apóstol, y que ahora está hablando con Santiago de Alfeo y Simón Zelote.
-No, ni por sueños. Es respetuoso como una niña.
-¡Ah!, ¡bien!, porque si no… peligraba su ojo.
Entonces… ¿entonces es Judas?
-Mira, Simón, ¿por qué no te ocupas de tu niño? Me lo has arrebatado, y ahora quieres meterte en una conversación amistosa entre mí y Natanael… ¿No te parece que quieres hacer demasiadas cosas?
La tranquilidad con que sonríe Jesús es tanta, que Pedro siente vacilar su juicio; mira a Bartolomé… mas éste tiene levantado su rostro aguileño al cielo… Pedro siente que se desvanece su sospecha. La vista de la Ciudad, ya cercana, visible en toda la belleza de sus colinas, olivares, casas, y, especialmente, del Templo; esta vista, que debía ser siempre fuente de emoción y de orgullo para los israelitas, acaba de distraerlo del todo.
El sol abrileño de Judea, bien fuerte, ha secado pronto el empedrado de la vía consular. Ahora es difícil encontrar un charco. Los apóstoles se aderezan al borde del camino: bajan las túnicas, pues las habían abolsado, se lavan los pies llenos de barro en un riachuelo de aguas claras, se ponen en orden el pelo, se cubren con sus mantos. Y lo mismo hace Jesús. Veo que todos hacen lo mismo.
La entrada en Jerusalén debía ser una cosa importante. Presentarse ante estos muros en tiempo de fiesta era como presentarse ante un soberano. La Ciudad santa era la "verdadera" reina de los israelitas; lo veo con claridad este año en que observo, en esta vía consular, las turbas y su comportamiento: los componentes de las distintas familias se disponen según un orden (las mujeres por su parte, solas, los hombres en otro grupo, los niños con uno u otro grupo, pero todos serios y, al mismo tiempo, tranquilos); algunos doblan el manto más usado y sacan otro, nuevo, de los fardos de viaje, o se cambian de sandalias; el paso se hace solemne, ya hierático; en cada grupo hay un solista que da el tono, se cantan himnos, los antiguos, gloriosos himnos de David… Y la gente se mira con más bondad en los ojos, como más tiernos ahora que han visto la Casa de Dios, y mira a esta Casa santa, enorme cubo de mármol coronado por las cúpulas de oro, colocado, como una perla, en el centro del recinto majestuoso del Templo.
La comitiva apostólica se forma así: delante, con el niño en medio, Jesús y Pedro; detrás de ellos, Simón, Judas Iscariote y Juan; luego Andrés con Santiago de Zebedeo, y, entre ellos, obligado por Andrés, Juan de Endor; en la cuarta fila, los dos primos del Señor con Mateo; los últimos, Tomás, Felipe y Bartolomé. Aquí es Jesús quien entona el canto, y lo hace con esa potente y preciosa voz suya, con un ligero tono de barítono que se armoniza con las vibraciones de tenor para hacerlas aún más estimables; responden Judas Iscariote, tenor puro, y Juan, de voz límpida propia de su muy joven edad, y las dos voces de barítono de los primos de Jesús, y Tomás (casi bajo: un barítono tan profundo, que casi no se le puede catalogar como tal). Los demás, dotados de voces menos hermosas, acompañan, en forma menos perceptible al coro lleno de los más virtuosos. Los salmos son los ya conocidos, llamados graduales.
El pequeño Yabés -voz de ángel entre las recias de los hombres -canta muy bien -quizás porque lo sabe mejor que los demás el salmo 122: «Estoy alegre porque me han dicho: "Iremos a la casa lel Señor"». Verdaderamente, su carita, tan triste pocos días antes, es todo un esplendor de alegría.
Ya están cerca de los muros, ya se ve la Puerta de los Peces, y las calles, llenísimas de gente.
Enseguida, al Templo, para una primera oración; luego, la paz en la paz del Getsemaní; la cena; el descanso. El viaje hacia Jerusalén ha terminado.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Como un río que se va enriqueciendo cada vez más por nuevos afluentes, así la vía que conduce de Siquem a Jerusalén se va haciendo cada vez más espesa de gente, en la medida en que los distintos pueblos van aportando, por los caminos secundarios, los fieles que van hacia la Ciudad santa; ello ayuda no poco a Pedro a tener distraído al niño, que pasa muy cerca de las colinas de su tierra natal (bajo cuyos bancales deslizados están sepultados sus padres) sin darse cuenta.
Los viajeros han dejado a su izquierda Silo, enhiesta en la cumbre de su monte. Interrumpen ahora, tras largo camino, su marcha, para descansar y comer en un vasto y verde valle con murmullo de aguas puras y cristalinas.
Luego reanudan la marcha. Salvan un montecillo calcáreo, bastante pelado, sobre el cual incide sin misericordia el sol. Se empieza a bajar atravesando una serie de viñedos preciosos que festonean las escarpadas de estos montes calcáreos soleados en sus cimas.
Pedro sonríe con perspicacia y hace una seña a Jesús, que también sonríe. El niño no se da cuenta de nada, centrado como está en escuchar a Juan de Endor, que le está hablando de otras tierras que ha visto, en las que se dan uvas dulcísimas, las cuales, a pesar de serlo, no sirven tanto para vino cuanto para dulces mejores que las tortas de miel.
Una nueva subida, muy empinada: la comitiva ha dejado el camino principal, polvoriento y lleno de gente, y ha preferido tomar este atajo boscoso. Llegados a la cima, se ve ya claramente en la lejanía resplandecer un mar luminoso suspendido sobre una conglomeración blanca, quizás esplendorosas casas encaladas.
Jesús llama a Yabés:
-Ven. ¿Ves aquel punto de oro? Es la Casa del Señor. Allí vas a jurar obediencia a la Ley. ¿Pero la conoces bien?
-Mi mamá me hablaba de la Ley y mi padre me enseñaba los preceptos. Sé leer y… y creo que sé lo que "ellos" me han dicho… antes de morir». El niño, que había acudido a la llamada de Jesús con una sonrisa, ahora llora, con su cabecita agachada y con su mano, temblorosa, en la mano de Jesús.
-No llores. Mira. ¿Sabes dónde estamos? Esto es Betel. Aquí el santo Jacob tuvo su sueño angélico. ¿Lo sabías? ¿Te acuerdas?
-Sí, Señor. Vio una escalera que tocaba el Cielo desde la tierra, y subían y bajaban ángeles; mi madre me decía que en el momento de la muerte, si habíamos sido buenos, veríamos eso mismo y que iríamos por esa escalera a la Casa de Dios. Mi madre me decía muchas cosas… pero… ahora ya no me las dirá… Las tengo todas aquí dentro, esto es todo lo que tengo de ella…
Las lágrimas se deslizan por su tristísima carita.
-¡No llores de ese modo, hombre! Mira, Yabés, Yo tengo a mi Madre, que se llama María y que es santa y buena y que sabe también decir muchas cosas. Es más sabia que un maestro, más buena y hermosa que un ángel. Estamos yendo a verla. Te querrá mucho. Te dirá muchas cosas. Y además, con Ella, está la mamá de Juan, que también es muy buena y se llama María, y la madre de mi hermano Judas, dulce igualmente como un pan de miel, y que se llama también María. Te van a querer mucho, muchísimo, porque eres un niño excelente y porque Yo te quiero mucho y ellas me quieren a mí. Luego, crecerás con ellas, y cuando seas mayor serás un santo de Dios, predicarás como un doctor a ese Jesús que te dio de nuevo una madre aquí y que habrá abierto las puertas de los Cielos a tu madre muerta, y a tu padre, y que te las abrirá también a ti a tu hora. Tú no tendrás siquiera necesidad de subir la larga escalera de los Cielos a la hora de la muerte, porque ya la habrás subido durante tu vida, siendo un buen discípulo, y te verás allí, ante la puerta abierta del Paraíso, y Yo estaré allí y te diré: "Ven, amigo mío e hijo de María", y estaremos juntos.
La fúlgida sonrisa de Jesús, que camina un poco curvado para estar más cerca de la carita alzada del niño -que va andando a su lado con su manita en la de Jesús -, y estas palabras maravillosas, enjugan las lágrimas y hacen brotar una sonrisa.
El niño, que de necio no debe tener un pelo, aunque, eso sí, está aturdido por tanto dolor y privaciones como ha sufrido, interesado en la historia, observa:
-¿Dices que abrirás las puertas de los Cielos? ¿No están cerradas por el gran Pecado? Mi mamá me decía que ninguno podría entrar hasta que no viniera el perdón y que los justos lo esperaban en el Limbo.
-Así es. Pero Yo, tras predicar la palabra de Dios y obteneros el perdón, iré al Padre, y le diré: "He cumplido toda tu voluntad, ahora quiero mi premio por mi sacrificio. Que vengan los justos que están esperando tu Reino". Y el Padre me dirá: "Sea como quieres". Entonces descenderé a llamar a todos los justos y el Limbo abrirá sus puertas al oír mi voz, y saldrán jubilosos los santos Patriarcas, los luminosos Profetas, las mujeres benditas de Israel y… ¿te imaginas cuántos niños? ¡Será como un prado florecido de niños de todas las edades! Y me seguirán, cantando, ascendiendo al hermoso Paraíso.
-¿Mi mamá estará entre ellos?
-Sin duda.
-Pues no me has dicho que estará contigo en la puerta del Cielo cuando yo muera…
-Ni ella ni tu padre tendrán necesidad de estar en esa puerta; cual fúlgidos ángeles, con sus vuelos siempre estarán uniendo estrechamente el Cielo y la tierra, a Jesús con su hijo Yabés, y cuando estés cercano a la muerte harán como aquellos dos pajaritos en aquel seto.
¿Los ves? -Jesús sube en brazos al niño para que vea mejor -¿Ves cómo cubren sus huevecillos? Esperan a que se abran; después extenderán sus alas para proteger a su nidada de cualquier mal, y luego, cuando se hayan desarrollado y estén preparados para podervolar, servirán de apoyo a sus crías con sus robustas alas y las llevarán hacia arriba, muy arriba… hacia el Sol. Tus padres harán lo mismo contigo.
-¿Se cumplirá exactamente así?
-Exactamente así.
-¿Les vas a decir que se acuerden de venir?
-No será necesario, porque te quieren. De todas formas se lo diré.
-¡Cuánto te quiero!
El niño, que está todavía en brazos de Jesús, se le agarra fuertemente al cuello y lo besa, con una efusión tan jubilosa, que verdaderamente conmueve.
Jesús le devuelve el beso y lo baja al suelo.
-¡Bueno! ¡Bien! Vamos adelante, a la Ciudad santa. Tenemos que llegar hacia el atardecer de mañana.
-¿Por qué tanta prisa? ¿Me lo sabrías responder? ¿No sería lo mismo llegar pasado mañana?
-No, no sería lo mismo. Mañana es la Parasceve. Después del ocaso sólo se puede andar seis estadios; más no se puede, porque ya ha empezado el sábado con su correspondiente reposo.
-¿Se está entonces sin hacer nada los sábados?
-No. Se reza al Señor altísimo.
-¿Cómo se llama?
-Adonai. Pero los santos pueden pronunciar su Nombre.
-También los niños buenos. Dilo, si lo sabes.
-Iaavé.
-Y, ¿por qué se reza al Señor altísimo el sábado?
-Porque El se lo dijo a Moisés cuando le dio las tablas de la Ley.
-¡Ah! ¿Sí? ¿Y qué dijo?
-Dijo que se santificara el sábado. "Trabajarás durante seis días, pero el séptimo descansarás tú, y los demás contigo, porque es lo que hice Yo después de la creación".
-¿Cómo? ¿El Señor descansó? ¿Estaba cansado por haber creado? ¿Creó realmente Él? ¿Por qué lo sabes? Yo sé que Dios no se cansa nunca.
-No se había cansado porque Dios no anda ni mueve los brazos. Lo hizo para enseñar a Adán y enseñarnos a nosotros, y para que tuviéramos un día en el que no pensásemos en otra cosa sino en Él. Y Él lo ha creado todo; seguro. Lo dice el Libro del Señor.
-Pero, ¿el Libro lo ha escrito Él?
-No, pero es la Verdad, y hay que prestarle fe para no ir con Lucifer.
-Me has dicho que Dios ni anda ni mueve los brazos. ¿Entonces, como creó? ¿Cómo es? ¿Es una estatua?
-No es un ídolo, es Dios; y Dios es… Dios es… déjame pensar y recordar cómo decía mi mamá y, mejor todavía, ese hombre que va en tu nombre a visitar a los pobres de Esdrelón… Mi mamá decía, para hacerme comprender a Dios:
"Dios es como mi amor por ti; no tiene cuerpo, y, sin embargo, existe".
Y ese hombre pequeño, con una sonrisa muy dulce, decía: "Dios es un Espíritu eterno, uno y trino, y la segunda Persona se ha encarnado por amor a nosotros, que somos pobres, y su nombre…". -¡Oh, mi Señor! Pero… ahora que me doy cuenta… ¡eres Tú!». El niño, lleno de estupor, se arroja al suelo adorando.
Todos acuden, creyendo que se ha caído; pero Jesús hace un gesto de silencio llevándose el dedo a los labios, y dice:
-¡Levántate, Yabés! ¡Los niños no deben tener miedo de mí!
El niño levanta la cabeza, lleno de veneración, y mira a Jesús con expresión cambiada, casi de miedo.
Jesús sonríe y le tiende la mano diciendo: -Eres sabio, pequeño israelita. Continuemos el examen entre nosotros. Ahora que me has reconocido, ¿sabes si se habla de mí en el Libro? -¡Oh, sí, Señor! Desde el principio hasta ahora.
Todo habla de ti Tú eres el Salvador prometido. Ahora entiendo que abras las puertas del Limbo. ¡Oh, Señor… Señor! ¿Y me quieres mucho? -Sí, Yabés.
-No. No me llames ya Yabés. Dame un nombre que signifique que me has querido, que me has salvado…
-El nombre lo elegiré junto con mi Madre. ¿Te parece bien?
-Pero que quiera decir exactamente eso. Lo tomaré desde el mismo día que me haga hijo de la Ley.
-Lo tomarás ese día.
Betel ha quedado ya atrás. Se detienen a comer en un vallecillo fresco y rico en agua.
Yabés está medio aturdido después de la revelación; come en silencio, aceptando con veneración los bocados que le ofrece Jesús; poco a poco se va recobrando, especialmente después de jugar intensamente con Juan mientras los otros descansan sobre la hierba verde; luego vuelve donde Jesús, junto con el risueño Juan, y tienen una pequeña tertulia de tres personas.
-A1 final no me has dicho quién habla de mí en el Libro.
-Los Profetas, Señor; y antes todavía. Habla de ti el Libro desde la expulsión de Adán del Paraíso. Luego cuando Jacob y cuando Abraham y Moisés… Me decía mi padre, que había ido a visitar a Juan -no a éste, sino al otro Juan, al del Jordán -, que él, el gran Profeta, te llamaba el Cordero… Ahora entiendo, sí, el cordero de Moisés… ¡La Pascua eres Tú!
Juan lo anima:
-Pero, ¿qué Profeta es el que profetizó mejor de Él?
-Isaías y Daniel. Pero prefiero a Daniel, ahora que te quiero como a mi padre. ¿Puedo decir que te quiero como he querido a mi padre? ¿Sí? Pues ahora prefiero a Daniel.
-¿Por qué, si quien habla mucho del Cristo es Isaías?…
-Sí, pero habla de los dolores del Cristo; sin embargo, Daniel habla del ángel hermoso y de tu venida. Es verdad que también Daniel dice que el Cristo será inmolado, pero yo creo que el Cordero será inmolado de un sólo golpe, no como dicen Isaías y David. Yo lloraba siempre al oírlos, así que mi madre no volvió a leérmelos. Casi llora también en este momento, mientras acaricia una mano de Jesús.
-No pienses en eso por ahora. Escucha, ¿sabes los mandamientos?
-Sí, Señor. Creo saberlos. En el bosque me los repetía a mí mismo para no olvidarlos y para oír las palabras de mi madre y de mi padre. Pero ahora ya no lloro -la verdad es que sus pupilas brillan intensamente -porque ahora te tengo a ti.
Juan sonríe y se abraza a su Jesús diciendo:
-¡Son mis mismas Palabras! Todos los niños de corazón hablan igual.
-Sí, porque sus palabras provienen de una única sabiduría. Bien, tendríamos que ponernos en camino para llegar muy pronto a Berot. La gente aumenta y el tiempo se pone amenazador. Tomarán al asalto los alojamientos, y no quiero que caigáis enfermos.
Juan llama a los compañeros y se reanuda la marcha hasta Berot, a través de una llanura no muy cultivada, aunque tampoco completamente yerma como estaba el montecillo que salvaron después de Silo.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús prosigue hacia Jerusalén. Cada vez transita mayor número de peregrinos por los caminos, que están un poco embarrados por un chaparrón nocturno; como contrapartida, haciendo precipitar el polvo, el agua ha dejado terso el aire. Los campos parecen un jardín bien cuidado por su jardinero.
La comitiva apostólica camina ligera, pues se sienten descansados por el alto que han hecho y, además, porque el niño, con sus sandalias nuevas, ya no sufre al andar (es más, sintiendo cada vez más confianza, va charlando con unos u otros; y le hace a Juan la confidencia de que su padre se llamaba también Juan y su madre María y de que, por ello, lo quiere también a él mucho).
-Pero, bueno -termina diciendo -la verdad es que os quiero a todos; en el Templo voy a rezar mucho, mucho, por vosotros y por el Señor Jesús.
Es conmovedor ver cómo estos hombres, que en su mayor parte no tienen hijos, se muestran paternales y maravillosamente próvidos para con el más pequeño de los discípulos de Jesús. Hasta el hombre de Endor muestra un rostro delicado cuando debe obligar al pequeño a beberse un huevo, o cuando trepa por entre los arbolados que visten de verde las colinas y las montañas -cada vez más altas, cortadas por profundas hoces cuyo fondo sigue el camino principal -para coger ramitas acídulas de zarzamora o perfumados tallitos de hinojo silvestre, y se lo lleva al niño para mitigarle la sed sin que se llene demasiado de agua. Es conmovedor ver cómo lo distraen del largo recorrido llamando su atención hacia los distintos detalles o panoramas.
El que muchos años antes fuera pedagogo en Cintium, destruido posteriormente por la maldad humana, ahora renace por este niño, mísero como él, y alisa las arrugas del infortunio y de la amargura asumiendo una sonrisa buena. El aspecto de Yabés, con sus sandalias nuevas y la carita menos triste, es ya menos menesteroso. No sé qué mano apostólica se ha preocupado de borrar de esa carita todas las señales de muchos meses de vida agreste, poniéndole en orden incluso el pelo, antes descuidado y polvoriento, ahora esponjoso e igualado por una enérgica lavada. También el hombre de Endor, que todavía se queda un poco perplejo cuando oye que le llaman Juan (si bien, cuando esto le sucede, en seguida menea la cabeza con una sonrisa compasiva hacia su poca memoria), está muy cambiado: cada día que pasa, su rostro va perdiendo esa cierta dureza que tenía y va adquiriendo una seriedad que no infunde miedo.
Naturalmente, estas dos miserias renacidas por la bondad de Jesús gravitan amantes hacia el Maestro; quieren a los compañeros, sí, ¡pero a Jesús!… Cuando Él los mira o les habla directamente, su expresión se vuelve dichosísima.
Salvan una hoz y luego un collado verde, bellísimo, desde cuya cima todavía se entrevé la llanura de Esdrelón, lo cual hace suspirar al niño:
-¿Qué estará haciendo mi anciano padre? -para terminar diciendo, con un suspiro muy triste y un brillo de llanto en sus ojos castaños: «Es mucho menos feliz que yo!… ¡con lo bueno que es!».
Este lamento, a su vez, extiende sobre todos un velo de tristeza. Luego bajan por un valle fértil, lleno de olivares o campos cultivados. Un leve viento hace caer la nieve de las florecillas de las vides y de los olivos más precoces. Y pierden de vista definitivamente la llanura de Esdrelón.
Se detienen en el prado para proseguir después la marcha hacia Jerusalén. Debe haber llovido mucho -quizás es que es una zona muy rica en aguas subterráneas -porque las praderas parecen un aguazal poco profundo: en efecto, el agua brilla intensamente entre la tupida hierba y sube hasta lamer el camino, un poco más elevado para salvar otro; pero, no obstante, muy embarrado. Los mayores se suben las túnicas, para que no acaben transformándose en una costra de barro. Judas Tadeo sube a hombros al niño, para que descanse y para atravesar más rápidamente la zona inundada, que quizás es insalubre.
Bordean otras colinas, atraviesan otro valle, pequeño, rocoso, seco. El día declina. Entran en un pueblo situado en lo alto de un ribazo rocoso y, abriéndose paso entre los muchos peregrinos, buscan alojamiento en una especie de albergue muy rústico (un cobertizo grande bajo el cual hay abundante paja extendida, nada más). Pequeñas lamparitas, encendidas acá o allá, iluminan las cenas de las familias de peregrinos; familias pobres, como la apostólica, porque los ricos, por lo general, han levantado sus tiendas fuera del pueblo, desdeñando todo contacto con los lugareños y con los peregrinos pobres.
Desciende noche y silencio… El primero que cae dormido es el niño, que se ha reclinado, cansado, en el regazo de Pedro, el cual, luego lo pone bien sobre la paja y lo tapa solícito.
Jesús reúne a los mayores para hacer una oración, después cada uno va a echarse encima de la capa de paja para reponerse del mucho camino recorrido.
Es ya de día otra vez. La comitiva apostólica, que se ha puesto en marcha por la mañana, está para entrar, al declinar el día, en Siquem, dejada ya atrás Samaria. Es una ciudad de bonito aspecto, rodeada de muros, coronada de edificios bellos y majestuosos en torno a los cuales se concentran casas lindas y ordenadas. (Me da la impresión de que esta ciudad, como Tiberíades, haya sido reconstruida poco antes y con sistemas tomados de Roma). Extramuros, alrededor, una faja de tierras fertilísimas y bien cultivadas.
El camino que de Samaria conduce a Siquem desciende sinuosamente, con un sistema de muros de contención del terreno que me recuerda a las colinas fiesolanas, y con una magnífica vista de verdes montañas al sur y una llanura preciosa que va hacia el oeste.
El camino tiende a descender, pero alguna que otra vez gana altura, para salvar otros collados desde cuyas cimas se domina la tierra de Samaria, con sus lindas plantaciones de olivos, cereales y vides, guardadas, desde lo alto de los collados, por bosques de encinas y de otros árboles agrestes, que deben ser providenciales como defensa contra los vientos -los cuales, pasando por los desfiladeros, tienden ciertamente a formar remolinos -, que malograrían las plantaciones. Esta región me recuerda mucho a los lugares de nuestro Apenino, aquí, hacia Amiata, cuando la mirada contempla contemporáneamente los cultivos llanos y cerealistas de la Maremma y las esplendorosas colinas y los austeros montes que se yerguen más altos hacia el interior. No sé cómo será ahora Samaria; en aquel tiempo era preciosa.
Pues bien, entre dos altos montes -de los más altos de esta zona -la vista enfila un valle en cuyo centro, fertilísima, bien irrigada, aparece Siquem. En este punto precisamente, la alegre caravana de la corte del Cónsul que va a Jerusalén para las fiestas alcanza a Jesús y los suyos. Esclavos a pie y en carros para tutelar el transporte de los distintos pertrechos… ¡Dios mío, cuántas cosas llevaban consigo en aquellos tiempos! Con los esclavos, carros en toda regla, cargados con un poco de todo (hasta incluso literas enteras) y coches de viaje (amplios carros de cuatro ruedas, bien amortiguados, cubiertos) en los que viajan, resguardadas, las damas. Y más carros, y más esclavos…
He aquí que una mano enjoyada de mujer levanta levemente una cortina y aparece el perfil grave de Plautina, que saluda sin hablar pero con una sonrisa; lo mismo hace Valeria, quien lleva sobre sus rodillas a su pequeñuela, toda gorjeos, toda riente. El otro carro de viaje, aún más pomposo, pasa sin que ninguna cortina se separe, pero, una vez que ha pasado, por la parte de detrás, entre las cortinas anudadas, Lidia asoma su rosado rostro y hace un gesto de reverencia. La caravana se aleja…
-¡Viajan bien! -dice Pedro, cansado y sudoroso -Pero, si Dios nos ayuda, pasado mañana por la tarde estaremos en Jerusalén.
-No, Simón. No tengo otra alternativa, tengo que cambiar de dirección e ir hacia el Jordán.
-¿Pero, por qué, Señor?
-Por el niño. Está muy triste, y mucho más aumentaría su tristeza si viera el monte donde sucedió la catástrofe.
-¡No, no lo vemos! Mejor dicho, vemos la otra parte del monte… Y… bueno, yo me encargaré de tenerlo distraído; yo y Juan… Esta pobre tortolita sin nido se distrae enseguida. ¡Ir hacia el Jordán!… ¡No, hombre, mejor por aquí, el camino recto, más corto y más seguro!; ¡no, no, éste, éste! ¿Ves como es el que siguen las romanas? Por la costa y por el río estas primeras aguas de verano exhalan fiebres. Este camino es sano. Además… ¿cuándo vamos a llegar si alargamos todavía más el recorrido? ¡Piensa en qué estado de ansiedad estará tu Madre después del funesto suceso del Bautista!…
Pedro lo consigue; Jesús da su consentimiento.
-Pues entonces vámonos pronto a descansar, y descansemos bien, porque mañana al alba partiremos, para estar pasado mañana por la tarde en Getsemaní. Iremos, pasado el viernes, al día siguiente, a ver a mi Madre, a Betania; allí descargaremos esos libros de Juan que os han hecho trabajar no poco; veremos también a Isaac y le confiaremos este pobre hermano…
-¿Y el niño? ¿Lo vas a asignar ya?
Jesús sonríe:
-No. Se lo dejaré a mi Madre, para que lo prepare para "su" fiesta. Luego volverá con nosotros para la Pascua. Pero después tendremos que desprendernos de él… ¡No te encariñes demasiado! O, mejor, ámalo como si fuera tu hijo, pero con espíritu sobrenatural. Ya ves que es débil y que se cansa. También a mí me habría gustado instruirlo y criarlo, nutriéndolo Yo mismo con la Sabiduría. Pero Yo soy el Incansable, y Yabés es demasiado joven y débil para acompañarnos en nuestras fatigas. Nos moveremos por Judea; luego, para Pentecostés, volveremos a Jerusalén; luego caminaremos… caminaremos, evangelizando… Volveremos a verlo en el verano, en nuestra patria chica. Bien, ya estamos ante las puertas de Siquem. Adelántate con tu hermano y con Judas de Simón para buscar dónde alojarnos.
Yo voy a la plaza del mercado; allí te espero.
Se separan. Pedro galopa en busca de un alojamiento. Los demás caminan fatigosamente por los caminos llenos de gente que grita y gesticula, llenos de asnos, carros… todos dirigidos hacia Jerusalén para la Pascua ya inminente. Voces, unos que llaman a otros, imprecaciones… se mezclan con los rebuznos asnales, creando un bullicio que retumba fuerte bajo los atrios tendidos entre casa y casa: es un ruido que recuerda al murmullo de ciertas conchas cuando se arriman a la oreja.
El eco va de una bóveda a otra, donde ya las sombras se dan cita, y la gente, como un flujo continuo de agua, se da a caminar por las calles, se adentra en búsqueda de un techo, de una plaza, de un prado, para pasar la noche…
Jesús, con el niño de la mano, apoyado en un árbol, espera a Pedro en la plaza, que con esta ocasión está continuamente llena de vendedores.
-¡Que no nos vea nadie y nos reconozca! -dice Judas Iscariote.
-¿Cómo se puede reconocer un grano entre la arena? -responde Tomás -¿No ves qué gentío?
Vuelve Pedro:
-Fuera de la ciudad hay un cobertizo con heno. No he encontrado nada más.
-No vamos a buscar nada más. Es hasta demasiado para el Hijo del hombre.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-¿Señor, aquella cima es el Carmelo? -pregunta Santiago, el primo de Jesús. -Sí, hermano. Aquélla es la cadena montañosa del Carmelo. La cúspide más alta le da el nombre. -Debe ser bonito también desde allí el mundo. ¿Has estado alguna vez?
-Una vez, Yo solo, al principio de mi predicación. Al pie de ese monte curé a mi primer leproso. Pero iremos de nuevo, juntos, para rememorar a Elías…
-Gracias, Jesús. Me has comprendido, como siempre.
-Y, como siempre, te perfecciono, Santiago.
-¿Por qué?
-El porqué está escrito en el Cielo.
-¿No me lo dices, hermano, Tú que lees lo que está escrito en el Cielo?
Jesús y Santiago van caminando el uno al lado del otro; sólo el pequeño Yabés, que va también ahora de la mano de Jesús, puede oír la conversación confidencial de los dos primos, que se sonríen mirándose a los ojos.
Jesús, pasando un brazo por encima de los hombros de Santiago para acercárselo aún más, pregunta:
-¿Realmente quieres saberlo? Pues bien, te lo voy a decir en forma de adivinanza; cuando encuentres la clave serás ͜sabio. Escucha: "Habiéndose reunido los falsos profetas en el monte Carmelo, se acercó Elías y dijo al pueblo:
“¿Hasta cuándo seguiréis cojeando de dos partes? Si el Señor es Dios, seguidlo; si Baal, seguid a éste”. El pueblo no respondió. Entonces Elías siguió diciendo al pueblo: “De los profetas del Señor he quedado yo sólo”, y la única fuerza de este hombre solo era el grito :
“Escúchame, Señor, escúchame, para que este pueblo reconozca que eres el Señor Dios y que has convertido de nuevo sus corazones”. Entonces el fuego del Señor cayó y devoró el holocausto". Hermano, adivina. Santiago agacha la cabeza y se pone a pensar. Jesús lo mira sonriendo.
Caminan unos metros así, luego Santiago dice:
-¿Tiene que ver con Elías o con mi futuro?
-Con tu futuro, naturalmente…
Santiago se queda de nuevo pensativo y susurra:
-¿Seré destinado a invitar a Israel a que siga con autenticidad un camino? ¿Seré llamado a quedarme solo en Israel? Si la respuesta es afirmativa, quieres decir que los otros serán perseguidos y que los dispersarán y que… que… elevaré mi oración a ti por la conversión de este pueblo… como sacerdote… como… víctima… Si es así, ¡oh, inflámame ya desde este momento, Jesús!…
-Lo estás ya. Mas ha de raptarte el Fuego, como a Elías; por este motivo subiremos al Carmelo tú y Yo solos, y hablaremos.
-¿Cuándo? ¿Después de la Pascua?
-Después de una Pascua, sí. Entonces te diré muchas cosas…
Un lindo riachuelillo, que fluye hacia el mar, colmado su caudal por las lluvias primaverales y la disolución de las nieves, se interpone en su camino.
Acude Pedro y dice:
-El puente está más arriba, por donde pasa el camino que va de Tolemaida a Enganmín (o Engannim).
Jesús, dócilmente, vuelve sobre sus pasos. Cruza el riachuelo por un sólido puente de piedra. Enseguida vuelven a verse montañas pequeñas y colinas de poca entidad.
-¿Llegaremos a Engannim antes de que anochezca? -pregunta Felipe.
-Ciertamente. Pero… ahora tenemos con nosotros a un niño. ¿Estás cansado Yabés? -pregunta amorosamente Jesús -Sé sincero como un ángel.
-Un poco, Señor. De todas formas, me esforzaré en seguir caminando.
-Este niño está débil -dice con su voz gutural el hombre de Endor.
-¡Mira tú éste!… -exclama Pedro -¡Con la vida que lleva desde hace algunos meses!… ¡Ven que te coja en brazos!
-¡Oh, no, señor! No, que te cansas. Todavía puedo andar yo.
-¡Ven, ven, que no pesas. Pareces un pajarillo desnutrido -Pedro lo sube en vilo, lo sienta sobre sus anchos y fuertes hombros, a caballo, y lo sujeta por las piernas.
Caminan ligeros porque el sol ya es fuerte e invita y estimula a llegar a las umbrías colinas.
Se detienen en un pueblo -oigo que lo llaman Meguido -, para comer y descansar, junto a una fuente muy fresca y ruidosa (por la mucha agua que de ella brota y que cae en una pila de piedra oscura). Ninguno del pueblo se interesa por los peregrinos, anónimos entre los muchos otros que, más o menos ricos, van a pie o en burros o mulas hacia Jerusalén para la Pascua. Se respira ya aire de fiesta. Muchos niños -pensando ya, jubilosos, en la ceremonia de su mayoría de edad -van con los viajeros.
Dos jovenzuelos de holgada condición vienen a jugar junto a la fuente. Yabés está con Pedro, que lo tiene conquistado con mil zarandajas. Preguntan al muchacho:
-¿Vas tú también para ser hijo de la Ley?
Yabés responde tímidamente: «Sí», casi escondiéndose detrás de Pedro.
-¿Es tu padre éste? Eres pobre, ¿verdad?».
-Soy pobre, sí.
Los dos niños -quizás hijos de fariseos -lo escudriñan irónicos y curiosos, y dicen: -Se ve.
En efecto, se ve… ¡Su vestidito es bien mísero! Quizás es que el niño ha crecido y, a pesar de que hayan sacado el jaletón, el vestido (marrón y descolorido por las inclemencias del tiempo) apenas si le llega a la mitad de las delgadas piernecitas morenas, dejando completamente descubiertos los pequeños pies, mal calzados con dos informes sandalias sujetas con unas cuerdas que deben torturarlos.
Los niños, despiadados con ese egoísmo propio de muchos niños, con la crueldad de los niños no buenos, dicen:
-¡Pues entonces no tendrás un vestido nuevo para tu fiesta! ¡Nosotros sí!… ¿Verdad, Joaquín? Yo, todo rojo, con el manto igual; él, de color cielo; y llevaremos sandalias con hebillas de plata y un cinturón muy valioso y un taled sujeto con un aro de oro y…
-¡…Y un corazón de piedra, digo yo! -salta Pedro, que ha terminado de refrescarse los pies y de llenar de agua todas las cantimploras -Sois malos, muchachos. Ni la ceremonia ni el vestido valen un pito si el corazón no es bueno. Prefiero a este niño mío. ¡Largaos, soberbios! ¡Id con los ricos, y tened respeto a los pobres y honrados! ¡Ven, Yabés! Esta agua es buena para los pies cansados. Ven, que te los voy a lavar, así caminarás mejor después. ¡Ay, cuánto daño te han hecho estas cuerdas! Pero no tendrás que seguir caminando; te voy a llevar en brazos hasta Engannim. Allí encontraré a uno que haga sandalias y te compraré un par nuevo.
Y Pedro lava y seca esos piececitos, que desde hace mucho tiempo no han vuelto a ser acariciados tanto como ahora.
El niño lo mira… titubea… y acaba por echarse sobre este hombre que le está atando las sandalias, y lo aprieta con sus bracitos flacos, y dice:
-¡Qué bueno eres! -y le besa su pelo entrecano.
Pedro se conmueve; se sienta en el suelo, sin cambiar de sitio aunque esté mojado; se pone sobre su regazo al niño y le dice:
-Pues entonces llámame "padre".
La escena es delicada. Jesús y los demás se acercan.
Los dos soberbiosillos de antes, que, curiosos, no se habían marchado todavía, preguntan:
-¿Pero no es tu padre?
A lo que Yabés responde sin vacilar:
-Padre y madre para mí.
-Sí, querido mío, bien has dicho: padre y madre; y os aseguro, señoritingos, que no irá mal vestido a la ceremonia. También él tendrá un vestido de rey, rojo como el fuego y con un cinturón verde como la hierba, y el taled blanco como la nieve.
Aunque sea un batiburrillo de colores, deja asombrados a los dos vanidosos y los pone en fuga.
-¿Qué haces, Simón, en el suelo mojado? -pregunta Jesús sonriendo.
-¿Mojado? ¡Ah, sí; ahora me doy cuenta! ¿Que qué hago? Con la inocencia apoyada en mi pecho vuelvo a ser como un cordero. ¡Ah!… ¡Maestro, Maestro! Bien, vamos. Pero debes dejarme que me ocupe de este pequeño; después lo cederé; pero hasta que no sea un verdadero israelita es mío.
-¡Sí, hombre, sí! Y serás siempre su tutor, como un anciano padre. ¿De acuerdo? Vamos, para estar por la tarde en Engannim sin hacer correr demasiado al niño.
-Lo llevo yo. Pesa más mi red. No puede caminar con estas dos suelas rotas. Ven.
Y, cargándose encima a su ahijado, Pedro reanuda contento su camino, cada vez más umbrío entre arbolados de frutas varias, en un ascender suave de colinas, desde las cuales la vista se dilata hacia la fecunda llanura de Esdrelón.
Engannim debe ser una bonita ciudad, no grande, bien abastecida de agua de las colinas a través de un acueducto elevado que es probablemente obra romana. Jesús y los suyos están ya en las cercanías de la ciudad. En esto, perciben el rumor de una patrulla militar que está acercándose. Deben ponerse al seguro arrimándose al borde del camino. Los cascos de los caballos resuenan contra el suelo, que aquí, en las cercanías de la ciudad, muestra apenas la pavimentación bajo la tierra que se ha ido acumulando junto con detritos; en efecto, jamás una escoba ha limpiado este camino.
-¡Salve, Maestro! ¿Cómo por aquí? -exclama Publio Quintiliano, mientras se apea y se acerca a Jesús con una abierta sonrisa, llevando de la brida al caballo. Sus soldados, al ver esto en su superior, aminoran la marcha.
-Voy a Jerusalén por la Pascua.
-Yo también. Se refuerza la guardia para estas fiestas, incluso porque estará en la ciudad Poncio Pilatos, y también está Claudia. Nosotros patrullamos los caminos para protegerla a ella. ¡Son caminos tan inseguros!… Las águilas ponen en fuga a los chacales-dice riendo el soldado mientras mira a Jesús, y sigue diciendo en tono más bajo: -Este año, doble guardia para guardar las espaldas del sucio Antipas. Hay mucho descontento por el arresto del Profeta; descontento en Israel y, como consecuencia, entre nosotros. Pero, ya nos hemos encargado de hacer llegar a oídos del Sumo Sacerdote y demás compadres un… benigno toque de… flautas -y concluye en voz baja:
«Ve seguro, que las uñas ahora están metidas en las zarpas. ¡Ja! ¡Ja! Nos tienen miedo. Carraspea uno y creen que ha rugido. ¿Vas a hablar en Jerusalén? Acércate al Pretorio. Claudia habla de ti como de un gran filósofo.
Te conviene porque… el procónsul es Claudia».
Quintiliano mira a su alrededor y ve a Pedro cargado, rojo y sudado.
-¿Y ese niño?
-Un huérfano que he tomado conmigo.
-¡Pero… ese hombre tuyo se está esforzando demasiado!
Niño, ¿tienes miedo a ir unos metros a caballo? Te pongo aquí, bajo mi clámide; iré suave. Cuando lleguemos a las puertas, te dejo que sigas con ese hombre.
El niño no ofrece resistencia; debe ser dulce como un cordero. Publio lo levanta en vilo y lo sienta consigo en su montura.
A1 dar la orden de ir despacio a los soldados, ve también al hombre de Endor. Lo mira fijamente y dice:
-¿Tú también por aquí?
-Sí. Ya no vendo huevos a los romanos, pero los pollos están todavía allí. Ahora estoy con el Maestro…
-¡Bien para ti! Así te sentirás más confortado. ¡Adiós! ¡Salve, Maestro, te espero en aquel pequeño grupo de árboles.
Y espolea a su cabalgadura.
-¿Os conocéis? -le preguntan muchos de los presentes a Juan de Endor.
-Sí, como proveedor de pollos. Antes no me conocía. Una vez fui llamado a la comandancia a Naím, para fijar los precios, y estaba él. Desde entonces, cuando iba a Cesárea a comprar libros o algún utensilio siempre me saludaba. Me llama o Cíclope o Diógenes. No es malo. A pesar de mi odio por los romanos, no me mostré nunca agresivo con él porque me podía ser útil.
-¿Has oído, Maestro? ¿Ves?, han surtido buen efecto mis palabras al centurión de Cafarnaúm. Ahora voy más tranquilo -dice Pedro.
Y llegan a la mata de árboles a cuya sombra se ha apeado la patrulla.
-Mira, te devuelvo el niño. ¿Mandas algo, Maestro?
-No, Publio. Dios te muestre su rostro.
-¡Salve!
Monta y espolea, seguido por los suyos con un gran rumor metálico de herraduras y corazas que se entrechocan. Entran en la ciudad. Pedro con su pequeño amigo va a comprar las sandalitas.
-Este hombre muere de deseos de un hijo -dice Simón Zelote; y añade: «Con razón».
-Os daré millares de hijos. Busquemos ahora cobijo, para seguir mañana al despuntar el alba.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-Entrega a Miqueas la cantidad de dinero suficiente para que mañana pueda restituir lo que hoy ha pedido prestado a los campesinos de esta zona -dice Jesús a Judas Iscariote, que es quien, generalmente, administra los… bienes comunes.
Luego llama a Andrés y a Juan y los manda a dos puntos desde donde se puede ver el camino, o los caminos, que vienen de Yizreel; luego, a Pedro y a Simón, y les dice que salgan al encuentro de los campesinos de Doras, con la indicación de detenerlos en la divisoria de las dos propiedades; finalmente, dice a Santiago y a Judas:
-Coged las provisiones y venid.
Los siguen los campesinos de Jocanán, mujeres, hombres y niños; los hombres llevan dos pequeñas ánforas -bueno, pequeñas es un decir -que deben estar llenas de vino hasta los bordes; más que ánforas, son tinajas y contendrán, más o menos, sus buenos diez litros cada una (ruego también esta vez que no se tomen mis medidas por artículo de fe).
Caminan hasta donde una espesa viña señala el límite de la propiedad de Jocanán; más allá, adyacente, hay una ancha zanja que mantienen siempre llena de agua (¡a saber con cuánto trabajo!).
-¿Ves? Jocanán ha litigado con Doras por esto. Jocanán decía: "Esta completa devastación es culpa de tu padre. Si no quería adorarlo, al menos debía haberle temido y no provocarlo". Y Doras -parecía un demonio gritaba: “¡Has salvado tus tierras por esta zanja! Los insectos no la han atravesado…". Y Jocanán decía: "¿Y entonces cómo es que ahora sufres toda esta devastación mientras que antes tus campos eran los mejores de Esdrelón? Créeme, es el castigo de Dios; habéis sobrepasado la medida. ¿Esta agua?…
Siempre ha estado aquí; no es el agua lo que me ha salvado". Y Doras gritaba: "¡Esto prueba que Jesús es un demonio!". "¡Es un justo!" gritaba Jocanán. Y así fueron caminando un trecho, mientras les quedó resuello. Luego Jocanán, gastando mucho, hizo derivar un ramal del torrente y cavar para buscar más agua en el subsuelo y hacer todo un orden de zanjas como divisoria entre él y su pariente, y las hizo excavar más hondas, y a nosotros nos dijo lo que ayer te referimos… En el fondo él se alegra de lo sucedido. Se sentía muy envidioso de Doras… Ahora espera poder comprar todo, porque Doras acabará vendiendo todo por dos perras gordas.
Jesús escucha benigno todas estas confidencias mientras espera a los pobres campesinos de Doras. Éstos no tardan en llegar, y, en cuanto ven a Jesús, que está a la sombra de un árbol, se postran en tierra.
-Paz a vosotros, amigos. Acercaos. Hoy la sinagoga está aquí y Yo soy vuestro arquisinagogo; pero antes quiero ser vuestro padre de familia. Sentaos en círculo, os daré comida. Hoy tenéis con vosotros al Esposo, hoy se hace banquete nupcial.
Y Jesús destapa una cesta, saca unos panes, los distribuye entre los asombrados campesinos de Doras; de otra saca las provisiones que ha podido encontrar: quesos, verduras -ha encargado que las cocinen -y un pequeño cabritillo o corderito, asado entero, que también distribuye a los pobres desdichados; luego echa el vino en una tosca copa que ofrece para que se la pasen entre ellos y todos beban.
-¿Pero por qué?, ¿por qué? ¿Y ellos? -dicen los de Doras, refiriéndose a los de Jocanán.
-Ya les he dado a ellos.
-¡Qué compra! ¿Cómo te las has arreglado para conseguirlo?
-Todavía hay personas buenas en Israel -dice Jesús sonriendo.
-Pero hoy es sábado…
-Agradecédselo a este hombre -dice Jesús señalando al hombre de Endor -Él nos ha procurado el cordero. Lo demás ha sido fácil conseguirlo.
Los desdichados devoran -ésta es la palabra -esta comida que no veían desde hacía mucho tiempo.
Hay uno, ya entrado en años, que come y llora teniendo apretado contra su costado a un niño de unos diez años.
-¿Por qué eso, padre?… -pregunta Jesús -Porque rebosas bondad…
El hombre de Endor dice con su voz gutural:
-Es verdad… Provoca el llanto, pero son lágrimas que no dejan mal sabor…
-No dejan mal sabor. Es verdad. Además… yo quisiera una cosa. Este llanto es también deseo.
-¿Qué quieres, padre?
-¿Ves a este niño? Es mi nieto. Me ha quedado él, después del desprendimiento de tierras que hubo este invierno.
Doras ni siquiera sabe que ha venido, porque lo tengo en el bosque viviendo como si fuera un animal salvaje y no lo veo sino los sábados. Si me lo descubre, o lo aleja o lo pone a trabajar… y entonces este tierno niño, sangre de mi sangre, estará en peores condiciones que una acémila…
Para la Pascua pienso mandarlo a Jerusalén con Miqueas, pues le llega el momento de hacerse hijo de la Ley… ¡Es el hijo de mi hija!…
-¿Me lo confiarías a mí?… No llores. Tengo muchos amigos honrados, santos y sin hijos; lo educarán santamente en mi camino…
-Señor, desde que he tenido noticia de ti, lo he deseado! Al santo Jonás le rogaba -a él, que sabe lo que significa ser de este amo -que salvase a mi nieto de una muerte así…
-Niño, ¿vendrías conmigo?
-Sí, mi Señor, y no te haré sufrir.
-No se hable más.
-Pero… ¿a quién se lo piensas confiar? -pregunta Pedro tirándole a Jesús de una manga. ¿A Lázaro también?
-No, Simón… Pero hay muchos que no tienen hijos…
-Yo soy uno de ellos…
El rostro de Pedro parece incluso afilarse por este deseo.
-Simón, ya te he dicho que habrás de ser el "padre" de todos los hijos que te voy a dejar en herencia, pero sin la cadena de ningún hijo tuyo propio. No te aflijas; eres demasiado necesario para el Maestro como para que el Maestro pueda prescindir de ti por un sentimiento. Soy exigente, Simón, más exigente que un marido celosísimo; te amo con toda predilección y te quiero todo para mí, todo mío.
-De acuerdo, Señor… De acuerdo… Hágase como quieres.
El pobre Pedro se adhiere heroicamente a la voluntad de Jesús.
-Será hijo de mi Iglesia naciente. ¿De acuerdo? De todos y de ninguno. Será "nuestro" niño. Nos seguirá, o irá a donde nosotros estemos, cuando lo permita la distancia; sus tutores serán los pastores, que en todos los niños aman a "su" niño Jesús. Ven aquí jovencito. ¿Cómo te llamas?
-Yabés de Juan, y soy de Judá -dice con tono firme el muchacho. -Sí, somos judíos -confirma el anciano. Yo trabajaba en las tierras de Doras en Judea y mi hija se casó con un hombre de aquella zona; trabajaba en los bosques cerca de Arimatea, pero este invierno… -He visto la desgracia.
-El niño se salvó, porque esa noche estaba con un pariente lejano… ¡Verdaderamente lo ha signado su nombre, Señor!
Se lo dije a mi hija inmediatamente: "¿Es que te has olvidado de su antepasado?". Pero el marido quiso llamarlo así, y Yabés se llamó.
-“El niño invocará al Señor. El Señor lo bendecirá y dilatará sus fronteras. La mano del Señor está sobre su mano, no pesará ya el mal sobre él".
El Señor se lo concederá para consuelo tuyo, padre, y de los espíritus de los muertos, y para confortación de este huérfano.
Bien, ahora que hemos separado la necesidad del cuerpo de la del alma con un acto de amor hacia este niño, escuchad la parábola que he pensado para vosotros.
Había un hombre muy rico. Sus indumentos eran vistosísimos. Vestido de púrpura y de lino cendalí, se pavoneaba en las plazas y en su propia casa. Era reverenciado como el más poderoso del lugar por los habitantes de la ciudad, y por los amigos, que secundaban su soberbia para sacar provecho. Las salas de su casa estaban todos los días abiertas para celebrar espléndidos banquetes, hervidero de invitados -todos ricos y, por tanto, no necesitados -que adulaban al rico Epulón. Sus banquetes eran célebres por la abundancia de manjares y de vinos selectos.
En la misma ciudad había un mendigo, un mísero mendigo, verdaderamente mísero; tan mísero era éste cuanto rico era el otro. Pero, bajo la costra de la miseria humana del mendigo Lázaro, se celaba un tesoro aún mayor que su propia miseria y que la riqueza de Epulón; tal tesoro era la auténtica santidad de Lázaro: no había transgredido nunca la Ley, ni siquiera impulsado por la necesidad, pero, sobre todo, había cumplido el precepto del amor a Dios y al prójimo.
Como hacen siempre los pobres, se acercaba a las puertas de los ricos para pedir limosna y no morir de hambre; al declinar la tarde, todos los días, iba a la puerta de Epulón, esperando recibir al menos las migajas de los pomposos banquetes que en esas riquísimas salas se celebraban. Se echaba en el suelo, en la calle, junto a la puerta, y, paciente, esperaba. Pero, si Epulón se daba cuenta de que estaba ahí, mandaba que lo alejasen, porque ese cuerpo cubierto de llagas, desnutrido, andrajoso, era un espectáculo demasiado triste para sus invitados; eso decía Epulón (en realidad era porque la vista de esa miseria y esa bondad le significaba un continuo reproche).
Más compasivos que él eran sus perros -que estaban bien alimentados y lucían valiosos collares -, pues se acercaban al pobre Lázaro y le lamían las llagas, gimoteando de alegría por sus caricias, y hasta incluso le llevaban las sobras de las ricas mesas; así Lázaro superaba la desnutrición por mérito de los animales (si hubiera sido por el hombre, habría muerto, pues el hombre no le permitía siquiera entrar en las salas después del banquete para recoger las migajas que hubieran caído de las mesas).
Un día Lázaro murió. Ninguno en esa tierra se dio cuenta, nadie lo lloró; es más, Epulón se puso muy contento porque a partir de ese día dejó de ver a esa miseria, que él llamaba "oprobio", al lado de su puerta. Pero en el Cielo sí lo advirtieron los ángeles, y en sus últimos estertores, en su covachuela fría y desposeída de todo, estaban presentes las cohortes celestes, las cuales, rutilantes, recogieron el alma de Lázaro y la llevaron entre cantos de aleluya al seno de Abraham.
Pasado un tiempo, murió Epulón. ¡Oh, qué funerales tan fastuosos! Toda la gente de la ciudad, que había estado al corriente de su agonía y que ahora se apiñaba en la plaza donde se alzaba la casa -para ser notados como amigos del grande, o por curiosidad o por interés hacia los herederos -, se unió al duelo. El vocerío subió hasta el cielo, y con el vocerío las falsas alabanzas al "grande", al "benefactor", al "justo" que había muerto.
¿Podrá, acaso, palabra humana alguna mutar el juicio de Dios? ¿Podrá apología humana alguna borrar lo que está escrito en el libro de la Vida? No, no puede. Lo juzgado juzgado está, lo escrito escrito está. A pesar de los solemnes funerales, el espíritu de Epulón fue sepultado en el Infierno.
Entonces, en esa horrenda cárcel, bebiendo y comiendo fuego y tinieblas, hallando odio y torturas en todos los lugares y en todos los instantes de esa eternidad, alzó la mirada al Limbo de los justos, a ese Limbo que había visto en una exhalación, en un átomo de minuto, y cuya inefable belleza recordaba cual tormento entre atroces tormentos.
Vio arriba a Abraham, lejano pero fúlgido, gozoso…; y en su seno, también fúlgido y feliz, a Lázaro, a ese pobre Lázaro en otro tiempo despreciado, repelente, mísero… ¿y ahora?… ¡ah!, ahora, hermoso con la luz de Dios y con su propia santidad, rico en amor de Dios, admirado, no ya por los hombres sino por los ángeles de Dios.
Epulón gritó llorando: "¡Padre Abraham, ten piedad de mí! ¡Manda a Lázaro -puesto que no puedo esperar que vengas tú -, manda a Lázaro para que moje la punta de un dedo en el agua y la ponga en mi lengua, para refrescarla, porque sufro atrozmente por esta llama que me penetra continuamente y me quema!". Abraham respondió:
“Acuérdate, hijo, de que tuviste en la tierra todos los bienes, y Lázaro todos los males, y supo hacer del mal un bien, mientras que tú sólo supiste hacer el mal con tus bienes. Por tanto, es justo que ahora él, aquí, sea consolado y que tú sufras. Pero es que además no es posible lo que pides. Los santos están diseminados sobre la faz de la tierra para beneficio de los hombres, pero, cuando, a pesar de la extrema cercanía de éstos, el hombre sigue siendo lo que es -en tu caso, un demonio -, inútil es recurrir después a los santos. Ahora estamos separados.
Las hierbas, en el campo, están mezcladas, mas, una vez cortadas, serán separadas las malas de las buenas. Lo mismo sucede con vosotros y nosotros: estuvimos juntos en la tierra y, contra el amor, nos arrojasteis de vuestra presencia, nos atormentasteis de todos los modos posibles, nos relegasteis al olvido; pues bien, ahora estamos divididos y entre vosotros y nosotros se abre un abismo tal, que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no podrían, ni tampoco vosotros, que estáis allí, podéis salvar este abismo tremendo para venir a nosotros".
Epulón, llorando con más fuerza, gritó: “¡Ál menos, padre santo, manda - te lo ruego -, manda a Lázaro a casa de mi padre. Tengo cinco hermanos. Nunca he comprendido el amor, ni siquiera entre familiares. Pero ahora… ahora comprendo lo terrible que es el no ser amados. Y, dado que aquí, donde estoy, vive el odio, ahora he comprendido -por ese átomo de tiempo en que mi alma vio a Dios -lo que es el Amor. No quiero que mis hermanos sufran estas penas.
Tengo verdadero terror por ellos, porque llevan la misma vida que yo llevaba. ¡Oh, manda a Lázaro, a decirles dónde estoy y por qué; a decirles que el Infierno existe, y que es atroz, y que quien no ama a Dios y al prójimo viene al Infierno! ¡Mándalo, para que actúen en consecuencia antes de que sea tarde, y así eviten el venir aquí, a este lugar de eterno tormento!".
Pero Abraham respondió: "Tus hermanos tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen"; a lo que Epulón, con un gemido de alma torturada, replicó: "¡Oh, padre Abraham, les hará más impresión un muerto; escúchame; ten piedad!".
Pero Abraham dijo: "Si no han escuchado a Moisés y a los Profetas, no creerán tampoco a uno que resucite por una hora de entre los muertos para dirigirles palabras de Verdad. Y, además, no es justo que un bienaventurado deje mi seno para ir a recibir ofensas de los hijos del Enemigo. El tiempo de las injurias para él ya ha pasado; ahora está en la paz y en ella permanece, por orden de Dios, que ve la inutilidad de intentar la conversión de quienes no creen siquiera en la palabra de Dios y no la ponen en práctica".
Ésta es la parábola. Su significado es tan claro que ni siquiera requiere explicación.
Aquí ha vivido verdaderamente, conquistando su santidad, el nuevo Lázaro, mi Jonás, cuya gloria ante Dios se manifiesta evidente en la protección que otorga a quien en Él espera. Jonás sí puede venir a vosotros, como protector y amigo; vendrá si sois siempre buenos.
Os digo a vosotros lo que le dije a él la pasada primavera: quisiera poderos ayudar a todos, incluso materialmente, pero no puedo. Este es mi pesar. Sólo puedo señalaros el Cielo; sólo puedo enseñaros la gran sabiduría de la resignación y prometeros el Reino futuro. No odiéis jamás, por ninguna razón. El Odio es fuerte en el mundo, pero tiene siempre un límite; el Amor no tiene límite ni de potencia ni de tiempo. Amad, pues, para poseer el Amor, como protección y consuelo en la tierra y como premio en el Cielo. Es mejor ser Lázaros que Epulones, creedme. ¡Bienaventurados seréis, si llegáis a creer esto!
No interpretéis como palabra de odio el castigo que se ha verificado en estas tierras, aunque los hechos pudieran justificarlo. No leáis mal el milagro. Yo soy el Amor; en principio, no habría descargado mi mano, pero -visto que el Amor no podía doblegar a este cruel Epulón -, lo abandoné a la Justicia, y ella ha vengado al mártir Jonás y a sus hermanos. Esto es lo que tenéis que aprender del milagro acaecido: que la Justicia está siempre vigilante, aun en los momentos en que parece ausente, y que, siendo Dios el Señor de toda la creación, se puede servir, para aplicarla, de los más pequeños -como las orugas y las hormigas -para morder el corazón del cruel y avariento y hacerle morir ahogado por un vómito de veneno.
Os bendigo ahora; pero, cada nueva aurora oraré por vosotros. En cuanto a ti, padre, no estés angustiado por el cordero que me confías; te lo traeré de vez en cuando, para gozo tuyo al verlo crecer en sabiduría y bondad en el camino de Dios: él será tu cordero para esta pobre Pascua tuya, el más grato de los corderos que serán presentados al altar de Yeohveh. Yabés, despídete de tu anciano padre; luego ven a tu Salvador, a tu Pastor bueno. ¡La paz sea con vosotros!
-¡Oh, Maestro, Maestro bueno!… ¡Dejarte!…
-Sí, es penoso, pero no conviene que el vigilante os encuentre aquí. He elegido este lugar precisamente para evitaros castigos. Obedeced por amor al Amor, que os da este consejo.
Los pobres desdichados se alzan con lágrimas en los ojos y se dirigen hacia su cruz. Jesús los bendice de nuevo. Luego, llevando al niño de la mano, y con el hombre de Endor al otro lado, regresa -por el camino recorrido antes -a casa de Miqueas. Se reúnen con Él Andrés y Juan, los cuales, terminado su turno de guardia, vuelven a donde sus hermanos.