I 4a. María también es Madre de lospecadores arrepentidos

La misma piadosísima Virgen aseguró a Santa Brígida que no sólo es Madre de los inocentes y justos, sino también de los pecadores, con tal de que propongan enmendarse.

¡Oh, y con qué benignidad recibe a sus pies esta Madre de misericordia a cualquier pecador arrepentido! Así lo escribía San Gregorio'VII a la princesa Matilde: «Pon fin al pecado y encontrarás a María más amorosa que una madre carnal; te lo prometo con toda certidumbre.» La condición que nos pide para ser sus hijos es dejar la culpa.

Sobre aquellas palabras de los Proverbios (31, 28): Se levantaron sus hijos, reflexiona un escritor devoto que antes puso se levantaron y después los llama hijos; porque no puede ser hijo de María quien primero no se levanta del estado de la culpa donde había caído. En efecto, si mis obras son contrarias a las de María, niego con ellas ser hijo suyo, o es lo mismo que decir que no lo quiero ser.

¿Cómo es posible que uno sea su hijo y al mismo tiempo soberbio, deshonesto, envidioso? ¿Quién tendrá el arrojo de llamarse hijo suyo dándole con las malas obras tantos disgustos? Le decía una vez cierto pecador: «Señora, muestra que eres Madre»; y la Virgen le respondió:

«Muestra que eres hijo.» Y a otro que le invocaba como Madre de misericordia, le dijo: «Vosotros, cuando queréis que os favorezca, me llamáis Madre de misericordia; pero con tanto pecar, me hacéis Madre de miseria y dolor.»

Dice el Señor en el libro del Eclesiástico (3, 18): Maldito es de Dios el hombre que exaspera a su Madre; es decir, a su Madre María, como explica el mismo autor, porque Dios, sin duda, maldice al que con su mala vida y obstinación aflige a una Madre tan buena.

Otra cosa es cuando, a lo menos, se esfuerza el pecador por salir de su mal estado, y se vale para ello del favor de María; que entonces no dejará, por cierto, esta piadosa Madre de socorrerle, para que, al fin, recobre la gracia y amistad de Dios. Así los oyó Santa Brígida una vez, de boca del mismo Jesucristo, que dijo a su Madre amantísima estas palabras:

«Al que se esfuerza por volver a mí, Tú, Madre mía, le ayudas, sin dejar privado a nadie de consuelo.» Si el pecador se obstina, no puede merecer el amor de María; pero si aunque alguna pasión le tenga cautivo, sigue encomendándose y pidiéndole con humildad y confianza que le ayude a salir de su mal estado, sin duda le dará la mano, siendo Madre tan misericordiosa, y romperá sus prisiones y le pondrá en camino de salvación.

El sagrado Concilio de Trento (sess. 6, c. 7) condenó como herejía el decir que las oraciones y demás buenas obras hechas por la persona que está en pecado son pecados.

No lo son, porque si bien «la oración en la boca del pecador no es hermosa», como dice San Bernardo, por no ir acompañada de la caridad, es, por lo menos, útil y fructuosa para salir del estado de la culpa; y aunque tampoco es meritoria, Santo Tomás enseña que sirve para alcanzar la gracia del perdón, supuesto que la virtud para conseguirla no se funda en los méritos del que ruega, sino en la bondad divina y en la promesa y merecimientos de Jesucristo, que dijo en el Evangelio (Le., 11, 10):

Todo el que pida, recibirá. Y lo mismo debe entenderse en orden a la Madre de Dios. Si el que pide no merece ser oído, los méritos de María, a quien se encomienda, harán que lo sea. Por lo cual, exhorta San Bernardo a todos los pecadores a dirigirse a María en sus oraciones con gran confianza.

«Porque te habías hecho indigno de recibir la gracia, se concedió a María que por Ella recibas cuanto has menester.» Este es su oficio, oficio de Madre, y de tan buena Madre.

¿Qué no haría cualquiera madre por reconciliar a dos hijos suyos que se aborreciesen y buscasen para matarse? María es Madre de Jesús y Madre del pecador; y como no puede sufrir verlos enemistados, no descansa hasta ponerlos en paz.

Dice el espejo de nuestra señora: «Oh María, Tú eres la Madre del reo, tú la Madre del Juez; y siendo Madre de ambos, no puedes tolerar que haya discordia entre tus dos hijos.» Sólo exige del pecador que él se lo ruegue y tenga propósito de enmendarse. Cuando le ve pidiendo a sus pies misericordia, no mira los pecados que trae, sino el ánimo con que viene.

Si viene con buena intención, aunque haya cometido todos los pecados del mundo, le abraza, y sin desdeñarse de tanta miseria, le sana las heridas del alma, siendo, como es, .Madre de misericordia, no sólo en el nombre, sino ¡en las obras y en el amor y ternura con que nos ¡recibe y favorece.

En estos mismos términos le dijo la Santa Brígida la misma Señora: «Por mucho que uno peque, al punto le recibo; no miro a los ¡pecados que trae, sino a la intención con que viene; ¡no me desdeño de ungir y curar sus llagas, pues me llamo y soy en verdad Madre de misericordia.»

María, pues, es Madre de los pecadores que desean convertirse, y como tal, no sólo se compadece de ellos, sino que parece que siente como propio el mal de sus hijos. Cuando la Cananea rogó al Señor que librase a su hija de un demonio que la [atormentaba, dijo (Mt., 15, 22):

Ten misericordia de 'mí; una hija mía es molestada por el demonio. Si la hija lo era y no la madre, parece que debió haber dicho: «Señor, compadeceos de mi hija.»

Pero la mujer habló bien, porque las madres sienten como propios los males de sus hijos. Pues así es, puntualmente, como pide a Dios María por cualquier pecador que se acoge a Ella, y podemos creer que le dice de esta manera: «Señor, esta pobre alma, que está en pecado, es hija mía; ten misericordia, no lanío de ella como de Mí, que soy su Madre.»

¡Ojalá que todos los pecadores recurriesen a tan dulce Madre! Todos alcanzarían perdón. «¡Oh María! —exclama, maravillado, el autor del espejo dz nuestra señora — , Tú abrazas con afecto materno al pecador que todo el mundo desecha, sin que le dejes hasta verle reconciliado con el supremo Juez.»

Quiere decir que, cuando el hombre, por el pecado, se ve aborrecido y desechado de todos; cuando aun las criaturas insensibles, como el fuego, el aire y la tierra, quisieran castigarle y vengar el honor de su Criador ofendido, María le estrecha en sus brazos con afecto de madre, si él llega arrepentido a sus pies, y no le deja hasta reconciliarle con Dios y volverle a la gracia perdida.

Se echó a las plantas de David, como cuenta el libro II de Samuel (14,.6), una mujer de Tecua, celebrada por su discreción, y le dijo así:

Señor, yo tenía dos hijos, los cuales, por desgracia mía, riñeron, y el uno mató al otro, y después de haber quedado sin el uno, ahora quiere la justicia quitarme el otro. Tened compasión de mí y no permitáis, Señor, que me vea privada de mis dos hijos. El rey, compadecido, perdonó al delincuente, y se lo mandó volver libre. Pues esto viene a ser lo que dice María cuando ve a Dios airado contra el pecador que la invoca:

Dios mío, Yo tenía dos hijos, que eran Jesús y el hombre; éste ha dado a Jesús la muerte, y vuestra justicia quiere castigar al culpable; pero, Señor, tened compasión de Mí.

y si perdí al uno. No consintáis que pierda al otro también. ¡Ah! ¿Cómo Dios le ha de condenar, amparándole María y pidiéndole por él así, cuando el mismo Señor le dio por hijos a los pecadores?

«Yo se los di por hijos, parece que dice Su Divina Majestad, y Ella es tan solícita en el desempeño de su oficio, que a ninguno deja perecer de cuantos tiene a su cargo, especialmente si la invocan, sino que hace los mayores esfuerzos para restituirlos a mi amistad.»

Y ¿quién podrá comprender la bondad, misericordia y caridad con que nos recibe siempre que imploramos su ayuda y favor? Postrémonos a sus sagrados pies, dice San Bernardo, abracémoslos con toda confianza, y no nos apartemos de allí hasta lograr que nos bendiga y nos reconozca por hijos.

Nadie desconfie de su amor, sino dígale con todos los afectos del alma: «Madre y Señora mía, bien merezco por mis pecados ser desechado de Vos y recibir de vuestra mano cualquier castigo; pero aunque supiera perder la vida, no he de perder la confianza de que me habéis de salvar.

Toda mi esperanza la pongo en Vos, y con sólo que me concedáis morir delante de una imagen vuestra, implorando vuestra misericordia, no dudaré conseguir el perdón y volar al Cielo a bendeciros en compañía de tantos siervos vuestros que murieron implorando vuestro auxilio y fueron salvos por vuestra poderosa intercesión.»

Léase el ejemplo siguiente, y véase si podrá
ningún pecador desconfiar de la misericordia y amor de esta buena Madre, siempre que la invoque de corazón.

I 3c. Oración

¡Oh Señora, os diré como San Buenaventura, oh amabilísima Señora, que amando y dispensando gracias robáis los corazones de los hombres!: llevaos también el mío, pues, aunque miserable, desea amaros ardientemente.

Vos, Madre mía, con vuestra belleza enamorasteis al mismo Dios, y le trajisteis del Cielo a vuestro seno purísimo; ¿cómo podré yo vivir sin amaros? Igualmente os diré con aquel otro vuestro amante hijo San Juan Berchmans:

«No descansaré hasta conseguir un amor muy afectuoso a mi dulcísima Madre», un amor tierno y constante, pues que fue tan grande el vuestro para conmigo, sin merecerlo, antes bien, a no haber sido por él y por las muchas misericordias que de Dios me habéis alcanzado, ¿qué sería ya de mi? Si, pues, aun entonces, que no os amaba.

Vos me amabais tanto. 6qué no debo esperar de la bondad de vuestro corazón ahora que ya os amo? Os amo. Madre mía, sí, os amo, y quisiera juntar en mi pecho el amor de cuantos infelices hay en el mundo que no quieren amaros.

Quisiera tener millares de lenguas para dar a conocer vuestra grandeza, vuestra santidad, vuestra misericordia y el amor grande con que correspondéis a todos los que as aman. Si tuviere riquezas, todas las emplearía en vuestro honor y bulto; si tuviese vasallos, a todos los quisiera obligar a ser vuestros amantes.

Quisiera dar la vida por Vos, siendo necesario. Os amo, madre mía, pero, por otra parte, temo que el mío no es amor Verdadero, pues dicen que el amor hace semejantes a las personas que se aman.

Y así, viéndome tan diferente a Vos, lo tengo por señal je no amaros como debo. Vos tan pura, yo tan inmundo; Vos tan humilde, yo tan soberbio:

Vos tan santa, yo tan pecador. Mas esto es lo que hoy humildemente os pido, que ya que vuestro amor para conmigo es tan grande, que me hagáis semejante a Vos.

Poder tenéis para mudar los corazones; aquí está el mío: tomadle en vuestras manos sacratísimas y trocadle enteramente, dando a conocer al mundo lo mucho que podéis en favor de los que amáis, y haciéndome de este modo santo e hijo digno de tan alta Madre, como lo espero con toda confianza por vuestra bondad. Amén.

I 3b.Ejemplo: Santa muerte de una pastorcita

Una pastorcilla que guardaba ganado tenía puesta toda su afición y delicia en ir muchas veces a una ermita de nuestra Señora, edificada en el monte, y pasar allí el tiempo en obsequios y amorosos coloquios con su dulce Madre.

Y por no estar la imagen, que era de bulto, tan adornada como convenía, le hizo con mucha fatiga un manto decente. Un día trajo una guirnalda de flores silvestres, y subiéndose al altar, se la puso, diciendo:

«Madre mía, yo quisiera que fuese una corona de oro y piedras preciosas; pero como pobre os ofrezco esta guirnalda de flores; aceptadla en testimonio de lo mucho que os amo.» Con estos y otros obsequios semejantes procuraba venerarla y servirla.

Veamos ahora cuál fue la recompensa de parte de la tierna Señora para con esta su querida hija. Habiendo caído enferma de peligro, sucedió que yendo por allí de viaje dos religiosos, y habiéndose sentado a descansar a la sombra de un árbol, tuvieron una visión, el uno en sueños y el otro despierto.

Vieron que «e acercaba una compañía de doncellas muy hermosas, y una entre todas mucho más hermosa y llena de majestad, a la que preguntó uno de ellos:

«Señora, ¿quién sois y a dónde vais por estos caminos?» «Soy la Madre de Dios -respondió-, que con estas santas vírgenes voy a visitar aquí cerca a una pastorcilla que se está muriendo, pues ella me ha visitado muchas veces a Mí.» Y dicho esto, desaparecieron.

Los dos religiosos siervos de Dios se dijeron uno a otro: «Vamos también nosotros.»

Y llegando a la choza, hallaron a la moribunda echada en la paja. La saludaron, y ella les dijo:

«Hermanos, pedid a Dios que os abra los ojos del alma para que veáis la compañía que me asiste.»

Se arrodillaron y vieron a la Virgen, que, con una corona en la mano, estaba consolándola.

En esto comenzaron las vírgenes a cantar, y al mismo tiempo se desató del cuerpo aquella alma dichosa. María le puso la corona, y tomándola en sus dulces brazos, se la llevó consigo al Cielo.

I 3a. Del grande amor que nuestra Madre nos tiene

Si, pues, María es nuestra Madre, consideremos ahora cuánto es el amor que nos profesa.

No pueden dejar los padres de amar a sus hijos; razón por la que, habiendo impuesto la divina Ley, como reflexiona Santo Tomás, obligación estrecha de amar a los padres, para éstos no hay mandamiento escrito, por estar impreso en la misma  naturaleza tan fuertemente como aun en las fieras se ve, dice San Ambrosio. Y así, refieren las historias que ha habido casos en que, oyendo los tigres rugir a sus hijos, han ido nadando hasta la nave donde los llevaban.

Pues si aun los tigres hacen esta demostración, ¿cómo podrá olvidar a sus hijos una Madre que tiene el corazón tan tierno y amoroso? ¿Puede la mujer olvidarse del hijo que salió de sus entrañas? Pues dado por imposible que alguna madre se olvidase del suyo, dice María:

Yo jamás me olvidaré de ti (Is., 49, 15).

María es nuestra Madre, no según la carne, como antes dijimos, sino Madre por amor: Yo soy la Madre del Amor Hermoso (Prov., 24, 24). Por amor se hizo Madre nuestra, y de ello se gloría, siendo tanto el que nos tiene, aunque sin merecerlo, que no lo alcanza la imaginación, y tan ardiente, que deseó con vivas ansias morir por nosotros juntamente con su Hijo santísimo, inmolada en el ara de la cruz a manos de los verdugos. «Colgado estaba el Hijo de la cruz, y la Madre se ofrecía a los verdugos por nosotros.»

Pero consideremos los motivos que tiene para amarnos, a así vendremos mejor en conocimiento de la grandeza de su amor.

1. El primero nace del que tiene a Dios. Porque el amor a Dios y al prójimo están enlazados y contenidos en un mismo precepto, como enseña el evangelista San Juan (1 Jn., 4, 21); de manera, que, a medida que el uno crece, crece también el otro.

Por esta causa, los Santos, como amaban tanto a Dios, ¿qué no hicieron por amor del hombre? Exponer y aun perder la libertad y la vida por la salvación de cualquiera.

Sabemos los trabajos que pasó en las Indias San Francisco Javier, donde a veces, buscando las almas, se encaramaba por las breñas, entre mil peligros, hasta encontrar a los miserables en las cavernas, donde habitaban como fieras, y traerlos al conocimiento del verdadero Dios.

Sabemos lo que hizo por convertir a los herejes de la provincia de Chablais San Francisco de Sales, que durante un año estuvo cada día atravesando el río, por cima de un madero cubierto de hielo, con el peligro que se deja entender. Sabemos que San Paulino se vendió como un esclavo por rescatar al hijo de una pobre viuda.

Sabemos que San F.idel dio gustoso la vida predicando en otra parte a los herejes para ganarlos a Dios. Y así todos los santos, como tenían tan grande amor de Dios, hicieron por el prójimo cosas heroicas y admirables.

Ahora bien: ¿quién hubo que amase a Dios más que María? ¿Qué digo más, si en el primer instante de su ser excedía ya con mucho en el amor al de todos los Santos y ángeles juntos en todo el discurso de su vida? (Esto después lo  probaremos detenidamente.)

Revelo ¡a misma Virgen a una ferviente religiosa que era tan grande su amor para con Dios, que con él se pudieran abrasar y consumir los cielos y la tierra, siendo en su comparación como un hielo todo el amor de los serafines.

Por este motivo, así como ni entre los espíritus bienaventurados hay quien más ame a Dios que María, así tampoco podemos tener nosotros quien más nos ame, siendo tan ardiente su amor, que si en un pecho se acumulase todo el de los padres y esposos, y también el de todos los Santos a sus devotos, no llegaría ni de lejos al que la Virgen sacratísima tiene a cualquier alma.

Confirmando esta verdad, escribe el P. Nieremberg que, en la misma comparación, todo el amor de las madres para con sus hijos es una sombra, pues que la Virgen nos ama sola más que todos los ángeles y santos juntos.

2. Además, nos ama tan ardientemente nuestra Señora porque Jesús, antes de expirar, nos encomendó a su maternal Cora/.ón, como hijos, en la persona de San Juan (Jn., 19. 26) Mujer, ése es tu hijo; que fue la postrera palabra dicha a su afligida Madre. Los últimos recuerdos que nos dejan a la hora de la muerte las personas a quienes mucho amamos, son ios que más se estiman y más impresos quedan en la memoria.

3. Además, nos ama tanto porque fue mucho  lo que le costamos, como sucede a todas las madres, que aman comúnmente más a los hijos cuya vida les costó más trabajo y dolor.

Mas nosotros somos aquellos hijos por los cuales sufrió la pena indecible de ofrecer la vida de su amantísimo Jesús, y la de verle morir al rigor de los tormentos, con cuya oferta nos alcanzó la vida de la gracia. Así, pues, somos hijos suyos, y muy queridos, porque fue mucho lo que le costamos.

Y si el amor del Eterno Padre para con el mundo llegó a tal extremo que por él entregó a la muerte a su unigénito Hijo (Jn., 3, 16), de María también se puede decir: de tal modo nos amó María, que nos dio a su unigénito Hijo.

Mas Ella, ¿cuándo lo entregó? Cuando, como dice el Padre Nieremberg, le dio licencia para ir a padecer; cuando, de todos los demás abandonado, por odio o por temor, hubiera podido defenderle delante de los jueces, y no lo hizo.

Que bien es creíble que las palabras de una Madre tan amante y discreta hubieran bastado a inclinar en su favor el ánimo de aquellos hombres, especialmente de Pilato, que conoció y confesó públicamente la inocencia de Jesús; pero la Madre no despegó sus labios por no impedir la muerte del que pendía la redención del mundo.

Finalmente, le entregó mil veces al pie de la cruz, porque durante tres horas de agonía no cesó de ofrecer la vida de su querido Hijo por nuestro remedio, con sumo dolor, pero también con tal resolución y constancia, que San Antonino llegó a decir (¡cosa que pasma!) que por sí misma le hubiera inmolado, a ser así la voluntad expresa del Eterno Padre.

Porque si la fortaleza de Abrahán fue tan grande, que iba ya a sacrificar a su hijo por cumplir el divino mandato, mucho más santa y obediente que Abrahán fue María.

¡Oh, qué agradecidos debemos estar a su excesivo amor! ¿Con qué se puede pagar una fineza semejante? Dios no dejó sin premio la obediencia del gran Patriarca; mas nosotros, ¿qué podíamos retribuir a la Madre por la vida de aquel Hijo incomparablemente más amado y excelente que Isaac?

Muy obligados nos tenéis, Señora, dice San Buenaventura, pues que nadie nos amó jamás tanto, habiendo ofrecido tan a costa vuestra, por nuestro bien, al Hijo a quien amabais más que a la propia vida.

4. De aquí nace otra de las razones de su amor, y es el ver que fuimos comprados con el precio de la sangre de Jesucristo.

¡Cuánto estimaría una madre a un cautivo rescatado por un hijo suyo a costa de veinte años de cárceles y trabajos! Mucho más nos aprecia María, que sabe muy bien que sólo por rescatarnos con su vida vino al mundo nuestro divino Redentor, según Él ¡mismo lo dijo (Le., 19, 10): Yo vine a salvar lo que habia perecido; y para salvarlo tuvo a bien entregar la propia vida.

Por lo cual, si esta Señora nos amase poco, no sería mostrar toda la estimación debida a tan preciosa sangre. Santa Isabel de Hungría, terciaria franciscana, tuvo revelación de que la Virgen, desde el día que se consagró a Dios en el templo, no cesó de pedir por nosotros, solicitando con instancia la pronta venida del Mesías. Pues ¿cuánto más debemos creer que nos ame ahora, después de vernos tan estimados y ya redimidos a tanta costa por su Hijo amantísimo?

Y como todos lo fuimos igualmente, no excluye a ninguno de su amor, ni a nadie deja de favorecer.

Vestida del sol la vio San Juan (Apoc., 12, 1), porque así como no hay en la tierra cosa que pueda esconderse del calor del astro (Ps., 18, 7), así no hay viviente privado del calor de María, esto es, de su amor.

¿Quién podrá comprender el cuidado que tiene de todos, siendo Madre tan amorosa? A todos, dice San Antonino, nos ofrece y dispensa su misericordia inagotable; a todos nos deseó la salvación eterna, cooperando eficazmente para que la alcanzásemos.

Por esto es útilísima la práctica de algunos devotos, los cuales, como atestigua el jesuíta Padre Salazar, tienen la costumbre de decir a Dios en sus oraciones: «Señor, dadme lo que pide por mí la santísima Virgen María»; y hacen bien en ello, dice el mismo autor, pues que nuestra Madre nos desea beneficios mucho mayores que los que nosotros podemos desear; y por igual razón le aplica San Alberto Magno aquellas palabras de la Sabiduría (6, 14):

Praeoccupat qui se concupiscunt, ut U lis se prior ostendat. Se anticipa y viene a buscar aun a los que no la buscan. Antes de llamarla ya está allí.

Pues si es tan benigna aun con los ingratos" e indolentes, que la aman poco, y no se cuidan de acudir a Ella, ¿cuál será su amor para con los que fervientemente la aman y de continuo la invocan? Fácilmente se deja ver de los que la aman (Sap., 6, 13).

¡Qué dulzura para nosotros hallarla tan llena de piedad y amor! No puede dejar de amar viéndose amada (Prov., 8, 17), mayormente a los que corresponden a su amor con mayor ternura; que bien conoce los que son, bien sabe distinguirlos entre los demás, llegando hasta presentarse a servir a los que le sirven, en expresión de un sabio religioso.

Hallábase próximo a la muerte, como cuenta la Crónica, Leonardo, de la Sagrada Orden de Predicadores, el cual había tenido la práctica de invocarla doscientas veces al día. De pronto, ve a su lado a una Reina hermosísima, que le dice: «Leonardo, ¿quieres venir conmigo donde mi Hijo está?» «¿Quién sois Vos?», preguntó el religioso.

«La Madre de misericordia —respondió la Virgen-, y pues que tantas veces me has llamado, ahora vengo por ti; vente conmigo al Cielo.» En esto expiró el religioso, dejando prendas tan envidiables de salvación.

¡Oh dulcísima Reina! ¡Felices los que os aman! Decía San Juan Berchmans, de la Compañía de Jesús: «Si amo a María, puedo estar seguro de la perseverancia, y todo cuanto quiera lo alcanzaré de Dios.» Por todo esto, el devotísimo joven no se cansaba nunca de repetir:

«Quiero amar a María.» Mas, aunque sus devotos la amen cuanto alcancen sus fuerzas, María los ama mucho más.

Ámenla tanto como San Estanislao de Kostka, cuyo amor era tan ferviente, que en empezando a hablar de la Virgen comunicaba su fervor a todos los presentes; tan ingenioso, que siempre estaba inventando nuevos nombres y títulos con que venerarla; tan continuo, que no empezaba ninguna cosa sin pedirle antes su bendición; tan afectuoso, que cuando rezaba su Oficio o el santo Rosario, u otras oraciones, parecía que la estaba viendo; tan tierno, que de sólo oír cantar la Salve se le inflamaba el pecho y el semblante; tan filial, que si le preguntaban que si le amaba mucho, respondía: «¿Cómo no la he de amar, si es mi Madre?», acompañando estas expresiones con aspecto y semblante de ángel.

— Ámenla tanto como el Beato Hermán, que le decía su amada esposa, con cuyo dulce nombre le había honrado la misma soberana Señora. — Tanto como San Felipe Neri, que sólo de pensar en Ella se llenaba su alma de consuelo, llamándola su delicia.— Tanto como San Buenaventura, que le decía, no sólo Madre y Señora, sino su corazón y su alma.

— Ámenla tanto como aquel su finísimo amante Bernardo, que con la fuerza del amor la llegó a llamar robadora de corazones, asegurando que el suyo de cierto se lo había robado.— Llámenla su querida, como San Bernardino, el cual, iba diariamente a una capilla suya, y allí pasaba con Ella las horas enteras en amoroso coloquio.

—Ámenla tanto como San Luis Gonzaga, que de sólo oírla nombrar se le encendía el corazón y el rostro. — Ámenla tanto como San Francisco Solano, que algunas veces, como fuera de sí, llevado de una santa locura, se ponía a cantar coplas cariñosas delante de una imagen, a semejanza de lo que hacen de noche los amantes del mundo.

Ámenla tanto como la amaron todos sus siervos, los cuales ya no sabían qué hacer en prueba de su amor: como el Padre Juan de Trejo, de la Compañía, que se llenaba de júbilo al considerarse esclavo suyo, y en testimonio de esclavitud iba muchas veces a visitarla a las iglesias, y allí bañaba el suelo con abundancia de lágrimas, besándole y limpiando el polvo con la cara y la lengua, por ser casa de su amada Señora; como el Padre Diego Martínez, también de la Compañía, que, en premio a su gran devoción a la celestial Señora, en todas sus festividades le llevaban los ángeles al Cielo, a que viese la solemnidad con que allí se celebraban, y al subir iba diciendo a voces:

«Quisiera tener todos los corazones de ángeles y santos para amar a María; quisiera tener las vidas de todos los hombres para darlas todas en obsequio de María»; protestando que de muy buena gana hubiera sufrido los mayores tormentos por que María no hubiese perdido (bien que no podía) un solo gramo de toda su grandeza, y que si ésta hubiera estado en su mano, toda se la hubiera cedido, por ser Ella incomparablemente más digna.

Amémosla como Carlos, hijo de Santa Brígida, que aseguraba no haber en el mundo cosa que más le llenase de gozo que el saber lo mucho que Dios amaba a María; o como San Alonso Rodríguez, que deseaba ardientemente dar la vida por Ella; o como Francisco Binans, religioso, y Santa Radegunda, reina, que se esculpieron en el pecho su dulce nombre.

Lleguen hasta a marcársele a fuego, como hicieron, arrebatados de amor, Juan Bautista Arquinto y Agustín Espinosa, ambos jesuitas.

Hagan, finalmente, todo lo que el amor más apasionado y ardiente les pueda inspirar, que nunca llegarán sus amantes a quererla tanto como Ella los ama. «Sé muy bien, Señora —decía un discípulo de San Bernardo —, que sois amantísima y que en el amar no os dejáis vencer de nadie.»

Se hallaba una vez delante de una imagen suya San Alonso Rodríguez, y sintiéndose abrasado en su amor, le dijo: «Madre mía, ¡si Vos me amarais tanto como os amo yo!» A lo cual respondió la Virgen:

«Eso no, Alonso: que, aunque es grande el amor que me tienes, es mucho más lo que yo te amo.» Tiene razón el piadoso autor del Salterio  Mariano para exclamar: «¡Felices los que son firmes en el amor de esta amabilísima Señora!»

Felices, porque siendo tan agradecida, no deja que nadie la exceda en el amor, imitando en esto, como en todo lo demás, a su Hijo santísimo, que en pago de cualquier obsequio vuelve duplicados los favores.

Exclamaré yo también, con San Anselmo: Derrítase mi corazón en el amor de Jesús y María.

Haced, Señor; haced, Madre mía, que llegue a amaros tanto como merecéis.

¡Oh Dios, enamorado de los hombres!, pues que disteis voluntariamente la vida por ellos, ¿podréis negar ahora vuestro amor a quien pide amaros con todo el corazón a Vos y a vuestra dulce Madre?

I 2c. Oracion

¡Oh Madre santísima! ¿Cómo es posible que teniendo una Madre tan santa sea yo tan pecador?, ¿una Madre abrasada en el amor divino, y ame yo tan locamente a las criaturas?, ¿una Madre riquísima en virtudes, y me vea yo tan pobre y desnudo de todas ellas?

Verdaderamente, Señora, no soy digno de llamarme hijo vuestro, y así me tendré por feliz en que siquiera me contéis como el menor de vuestros esclavos, que por sólo ese título renunciaría gustoso todos los reinos de la tierra.

No me privéis de la dicha de poder, a lo menos, deciros Madre. Este nombre dulcísimo me llena de tanta confianza, que, aunque, por otra parte, me aterran mis pecados y el rigor de la divina justicia, me conforta y alienta el pensar que sois Madre mía.

Permitidme, pues, que os llame Madre, y Madre amabilísima. Así quiero llamaros, y así os llamaré siempre. Después de Dios habéis de ser toda mi esperanza, refugio y amor, mientras viva en este valle de lágrimas, y cuando llegue la hora de mi muerte, pondré mi alma en vuestras manos benditísimas, diciendo con toda seguridad: Madre mía.

Madre mía, vuestro soy; amparadme y tened misericordia de mí. Amén.

I 2b.Ejemplo: Conversión y santa muerte de un protestante

Se cuenta en la historia de la fundación de la Compañía de Jesús en el reino de Nápoles que hubo un joven escocés llamado Guillermo, pariente del rey Jacobo, nacido y criado en la herejía, el cual, ilustrado con los rayos de la divina luz, que le iba descubriendo sus errores, vino a Francia, donde por los consejos de un Padre de la Compañía, y mucho más por la intercesión de la Virgen nuestra Señora, conoció, al fin, la verdad, abjuró los errores y se convirtió a la fe.

Pasó de allí a Roma, donde, hallándole un día muy afligido y lloroso un amigo suyo, y preguntándole la causa, respondió que se le había aparecido la noche antes su madre difunta y condenada, diciéndole:

«Hijo, dichoso tú que has entrado en el seno de la verdadera Iglesia; yo estoy condenada por haber muerto en la herejía.»

De resultas de esta triste visión comenzó a enfervorizarse en la devoción de la Virgen Santísima, eligiéndola desde entonces por única Madre, la cual le inspiró el deseo de entrar en religión, y el joven hizo de ello un voto.

Habiendo caído enfermo, fue a Nápoles a mudar de aires, y allí murió, pero ya religioso, porque desahuciado a poco de llegar, fueron tantos sus ruegos y lágrimas, que al fin los superiores le recibieron, y delante del Santísimo Sacramento, cuando le llevaron el Señor por viático, hizo los votos religiosos y quedó agregado a la Compañía.

Después de lo cual enternecía los corazones de todos con los devotísimos afectos con que, sin cesar, daba gracias a la sacratísima Virgen de haberle sacado de las tinieblas de la herejía y traígole a morir en el seno de la Iglesia y de la religión, entre los brazos de sus hermanos, y así exclamaba:

«¡Oh, qué gloria es morir en medio de estos ángeles!» Le exhortaban a que no se fatigase, pero respondía: «No, ya no es tiempo de reposar, que está cerca mi fin.» Poco antes de expirar dijo:

«Hermanos míos, ¿no veis aquí a los ángeles del Cielo, que me asisten?» Y preguntándole uno de aquellos religiosos qué era lo que estaba diciendo entre dientes, le respondió que el ángel de la guarda le acababa de revelar que estaría muy poco en el purgatorio, y que al instante volaría su alma al Cielo.

Empezó de nuevo a trabar dulces coloquios con la Reina de los ángeles, y diciendo dos veces: «Madre, Madre», como un niño que se echa a dormir en los brazos de su querida madre, expiró plácidamente. Y de allí a poco supo un devoto religioso, por revelación, que estaba ya en la gloria.

I 2a. Que debemos tener aún mayor confianza en la Virgen María, por ser nuestra Madre

No en vano llaman sus devotos madre a la santísima Virgen María, ni parece que aciertan a invocarla de otra manera, sin cansarse nunca de darle tan dulce nombre. Madre, sí, porque verdaderamente lo es, no carnal, sino espiritual, de nuestras almas, para conseguirnos, con amor de Madre, la eterna salvación.

Cuando por el pecado perdimos la gracia divina, fue perder la vida del alma: estábamos muertos miserablemente; vino al mundo nuestro divino Redentor, y muriendo en cruz, con exceso grande de misericordia y amor, nos recobró la vida que habíamos perdido, según Él mismo aseguró («., 10, 10): Vine para que tengan vida y más abundante.

Más abundante, porque dicen los teólogos que fue más el bien que Jesucristo nos trajo con la redención que el mal que Adán nos había causado con la desobediencia.

De este modo, el Señor, reconciliándonos con Dios, se hizo Padre de nuestras almas en la nueva ley, conforme a la predicción del Profeta Isaías (9, 6). Pero si Jesús es Padre de nuestras almas, María es Madre; porque, habiéndonos dado a Jesús, nos dio la verdadera vida, y habiéndole ofrecido en el monte Calvario por nuestra salvación, fue como darnos a la luz, o hacernos nacer a la vida de la gracia.

Dos veces, pues, se hizo nuestra Madre espiritual, dicen los Santos Padres: la primera fue cuando mereció concebir en sus purísimas entrañas al Hijo de Dios, pues al dar para ello su consentimiento, empezó a pedir con afecto ardentísimo nuestra salvación, y se dedicó de tal suerte a procurárnosla, que desde entonces nos llevó en su seno como amorosísima Madre.

Refiriendo San Lucas (2, 7) el nacimiento del Señor, dice que María dio a luz a su hijo primogénito. Luego si fue su primogénito, se debe inferir, añade San Alberto Magno, que tuvo después más hijos.

Pues siendo artículo de fe que hijo carnal no tuvo ninguno, fuera de Jesús, se sigue claramente que los demás fueron hijos espirituales, y éstos somos todos nosotros.

Lo mismo reveló el Señor a Santa Gertrudis, la cual, leyendo un día en el Evangelio aquellas palabras, quedó confusa, sin alcanzar cómo podía ser que, no habiendo tenido la Virgen más Hijo que a Jesús, allí se dijese que fue su primogénito. Dios le explicó que Jesucristo había sido primogénito de María según la carne, y los demás hombres los segundos hijos según el espíritu.

Así también se entiende lo que se dice de María en los Cantares (7, 2): Tu vientre es como un montón de trigo cercado de azucenas. Lugar que explica San Ambrosio diciendo que, aunque en el seno purísimo de María hubo solamente un grano, que fue Jesucristo, no obstante, se le llama montón, porque en aquel grano estaban encerrados todos los escogidos, de los cuales María había de ser Madre.

Y por esta razón, al dar a luz al Salvador del mundo, nos dio también a todos la vida y la salud.
La segunda fue cuando en el monte Calvario ofreció, con gran dolor de su corazón, el Eterno Padre, la vida de su Hijo por nuestra salvación; y así, dice San Agustín que, habiendo entonces cooperado con tanto amor a que los fieles naciesen a la vida de la gracia, se hizo igualmente

Madre espiritual de todos nosotros, que somos miembros de Jesucristo, nuestra cabeza; y es precisamente lo que testifica en los Cantares (1, 5) la misma bienaventurada Virgen: Me puso a guardar sus viñas; pero la mía no la guardé. Para salvar nuestras almas, sacrificó la vida de su dulcísimo Hijo. Porque, ¿cuál es el alma de María?

¿Quién es su, vida y su amor, sino Jesucristo? Que por eso le anunció Simeón (Le., 2, 35) que había de llegar un día en que su pecho se viese traspasado con cuchillo de gran dolor, como lo fue la lanza que abrió el costado de Jesús, donde vivía el alma de la Madre.

Entonces fue cuando, con sus dolores, nos dio la vida, y vida eterna; y así podemos todos llamarnos justamente hijos de sus dolores. Siempre estuvo esta Madre amorosa conforme en todo con la divina voluntad, y de aquí reflexiona San Buenaventura que, viendo el infinito amor del Padre para con los hombres en querer que su Hijo amantísimo muriese por ellos, y el del mismo Hijo en aceptar la muerte, dio también su consentimiento, uniéndose con rendida y entera voluntad al beneplácito divino por la salud del hombre.

Es verdad que en el negocio importante de nuestra salvación quiso el Señor ser solo, cómo dice Isaías (63, 3): Yo solo pisé el lagar. Mas viendo el deseo ardentísimo que tenía también su piadosa Madre del humano remedio, dispuso que con el sacrificio y oferta de su mismo Hijo cooperase a nuestra salvación, y así viniese a ser Madre de nuestras almas.

Esto es lo que nuestro Salvador significó cuando, poco antes de expirar, mirándola desde lo alto de la cruz, y mirando al discípulo amado, dijo a María (Jn., 19, 26): Ese es tu hijo; como si le dijese: Ves ahí el hombre que, en virtud del ofrecimiento que por su salvación haces de rni vida, ya nace a la vida de la gracia; y dirigiéndose después al discípulo, añadió:

Esa es tu Madre, con cuyas palabras, dice San Bernardino de Sena, quedó constituida por Madre, no sólo de San Juan, sino también de todos los hombres, a quien tanto amó; siendo por esto muy de advertir, añade el Padre Silveira, que el Evangelio no pone el nombre de Juan, sino el discípulo, para dar a entender que el Salvador la dio por Madre a todos los que por la profesión de cristianos son discípulos suyos.

Yo soy la Madre del Amor Hermoso (Eccli., 24, 24), dice María; porque su amor, al mismo tiempo que hace a las almas hermosas a los ojos de Dios, le estimula a recibirnos por hijos como amorosa Madre. ¿Y qué madre ama tanto a los suyos? ¿Qué madre mira por ello con tanta solicitud como Vos lo hacéis, Reina y Madre dulcísima?

¡Felices los que viven bajo la protección de Madre tan amante y poderosa! El Profeta David, aunque en su tiempo no hubiese aún nacido María, ya se daba por hijo suyo; y esto alegaba a Dios para que le salvase, diciendo (Ps., 85. 16): Salva, Señor, al hijo de tu esclava. «¿De qué esclava?», pregunta San Agustín. De la que dijo al ángel:

«Aquí está la esclava del Señor.» Y añade San Roberto Belarmino: «¿Quién tendrá la osadía de arrancar a sus hijos de aquel seno maternal, habiéndose refugiado ellos allí para librarse de los golpes de sus enemigos? ¿Qué furia infernal, o qué pasión, por violenta que sea, podrá nunca vencer a los que han puesto toda su confianza en el patrocinio de esta gran Madre?

Cuentan de la ballena que, si por la furia de alguna tempestad, o por temor de los pescadores, ve a sus hijos en riesgo, abre la boca y los guarda dentro del seno mientras pasa el peligro.

A este modo, nuestra dulce Madre, cuando ve a sus hijos expuestos al furor de las borrascas que levantan las tentaciones, ¿qué hace? Movida de su grande amor, los esconde dentro de sus entrañas, y allí los tiene y protege hasta colocarlos en el puerto de la gloria eterna. ¡Oh Madre amantísima!, ¡oh Madre piadosísima! ¡Bendita seáis para siempre, y bendito sea el Señor, que os dio a nosotros por Madre y seguro refugio de todos los peligros de esta vida!

Reveló la misma Virgen a Santa Brígida que, a la manera como una madre viese a sus hijos entre las espadas del enemigo, haría todos los esfuerzos posibles por librarlos, así, dice, lo hago y haré yo por los míos, por más pecadores que sean, siempre que recurran ellos a mí.

Fiémonos, pues, en su palabra, seguros de que en todas las luchas que sostengamos con los enemigos infernales saldremos vencedores, con sólo acudir invocándola y repitiendo: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios.» ¡Oh, cuántas victorias han alcanzado del infierno los fieles con esta breve pero eficacísima oración! ¡Así vencía siempre a los demonios una gran sierva de Dios del Orden de San Benito!

Alegraos, pues, los que sois hijos de María, y alegrémonos todos, sabiendo que adopta benignamente por hijos a cuantos lo quieren ser. Alegraos, y no temáis perderos, pues con todo su poder os defiende y protege vuestra Madre poderosísima. Si la amáis de todo corazón, si ponéis en Ella vuestra confianza, bien podéis cobrar ánimo y decir con San Buenaventura:

¿Qué temes, alma mía? La causa de tu salvación no se puede perder, porque la sentencia está en manos de Jesús, que es hermano tuyo, y de María, que es tu querida Madre.

Con este mismo pensamiento, que alegra tanto a los corazones, nos exhorta San Anselmo a la confianza: La Madre de Dios es mi Madre; ¿con cuánta seguridad no debo esperar, pues mi salvación depende de mi buen Hermano Jesús y de mi piadosa Madre María?

Oigamos, pues, las voces de nuestra Madre, que, como a niños tiernos, amorosamente nos llama (Prov., 9, 4): Si quis est parvulus, venial ad me.

Los niños tienen siempre en la boca la palabra «madre», y a cualquier susto o peligro claman al momento:

«¡Madre, madre!» ¡Oh Madre amorosísima! Esto es lo que Vos deseáis: que cual niño os llamemos y corramos a Vos, porque ciertamente queréis favorecernos y salvarnos, como lo habéis hecho siempre con todos vuestros hijos.

I 1c. Oracion

Aquí me tenéis. Señora, delante de Vos, como un pobre andrajoso y lleno de llagas en presencia de una Reina poderosa; aquí estoy delante de la Reina del Cielo y de la tierra. Desde ese trono tan elevado no os desdeñéis de volver a este miserable pecador vuestros ojos misericordiosos.

Dios os colmó de tantas riquezas para que socorráis a los pobres, y os hizo Reina de misericordia para que amparéis a los miserables. Miradme, pues, y compadeceos de mí.

Miradme, y no me dejéis hasta mudarme enteramente de pecador en justo. Bien conozco ser indigno de todo favor, y aun merezco ser privado, por mis ingratitudes, de todos los beneficios que por vuestro medio he recibido de la mano divina; pero Vos, como Reina que sois de la misericordia, no buscáis méritos, sino miserias para remediarlas. Pues ¿dónde habrá en el mundo otro más necesitado que yo?

¡Oh Virgen excelsa! Siendo Vos la Reina de todo el universo, sois también Reina mía, por lo cual me ofrezco a serviros con más empeño que hasta aquí, para que en todas las cosas dispongáis de mí según fuere vuestro mejor agrado; y así os diré con San Buenaventura:

Regidme y gobernadme, Señora; regidme, y nunca me dejéis a mi discreción. Mandad y decir lo que tengo que hacer, y si falto alguna vez, castigad me como queráis, porque para mí será muy saludable cualquier castigo que venga de vuestra piadosa mano. En más estimo ser vuestro esclavo que señor de toda la tierra: tuus sun ego, salvum me fac.

Recibidme, Virgen soberana, como cosa vuestra, y cuidad continuamente de mi salvación. Ya no quiero ser mío, todo me entrego a Vos. Si hasta ahora, por mi desgracia, os he servido mal, si he dejado perder tantas ocasiones en que pude agradaros, propongo ser en adelante uno de vuestros siervos más leales. No, no quiero ya que ninguno me aventaje en amaros y serviros, ¡oh Reina mía amabilísima! Así os lo prometo, y así espero cumplirlo con vuestro auxilio poderoso. Amén.

I 1b.Ejemplo: María la pecadora, convertida en la hora de la muerte


Se cuenta en la Vida de Sor Catalina de San Agustín que en el pueblo donde moraba había también una mujer llamada María, que habiendo sido escandalosa en la juventud, no era mejor siendo ya vieja, por lo cual la echaron del pueblo y se refugió en una cueva, donde al cabo murió medio podrida, sin sacramentos y abandonada de todo el mundo, y así, la enterraron en el campo como a una bestia.

Sor Catalina, aunque acostumbrada a encomendar a Dios muy de veras las almas de todas las personas que allí morían, habiendo sabido la desgraciada muerte de la vieja, no pensó en pedir por ella, teniéndola, como ya todos la tenían, por condenada.

Al cabo de cuatro años se le aparece de pronto un alma en pena, que le dice: «Catalina, ¿he de tener yo tan mala suerte? Tú encomiendas a Dios a todos los que mueren aquí, y sólo de mi alma no tienes compasión.» «¿Quién eres?», le preguntó la sierva de Dios. «Soy María, la que murió en la cueva.» «¡Cómo!, ¿tú en carrera de salvación?»

«Sí —volvió a decir el alma— , lo estoy gracias a la misericordia de la Reina del Cielo.

Oye cómo fue. Cuando ya vi cerca la muerte, mirándome tan abandonada y llena de pecados, volví los ojos a la Madre de Dios, diciendo: Señora, no hay quien me valga en este último trance; pero Vos acogéis a todos los desamparados.

Vos sois mí única esperanza. Vos sola me podéis ayudar; tened compasión de mí. No se hizo sorda la Virgen sacratísima; me alcanzó de Dios la gracia de hacer un acto de verdadera contrición, morí entonces, y así me salvé.

Ahora, en el purgatorio, me ha obtenido también el favor de que se me abrevie la pena, haciendo que sufra con más intensión lo que hubiera tenido que padecer por muchos años, y sólo me falta que se celebren algunas misas por mi alma., las cuales te pido que me mandes decir, y yo te prometo rogar siempre en el Cielo por ti a Dios y a su santísima Madre.»

Cuidó Sor Catalina que al instante se aplicasen las misas, y a los pocos días se le volvió a aparecer el alma más resplandeciente que el sol, dándole gracias por el beneficio, y diciendo que iba a la gloria a cantar para siempre las misericordias del Señor y a rogar por ella.

I 1a. De la confianza que debemos tener en la Virgen, por ser Reina de misericordia


Con justa razón venera la santa Iglesia a la Virgen María, exhortando a los fíeles a invocarla bajo el título glorioso de reina, por haber sido ensalzada a la dignidad de Madre del Rey de los reyes. Si el Hijo es Rey, justo título tiene también la Madre para llamarse Reina.

Desde el instante en que dio su consentimiento para ser Madre del Verbo eterno, dice San Bernardino de Sena, mereció ser proclamada por Reina de todo lo criado. Si la carne de María no fue diversa de la de Jesús, ¿cómo puede la Madre ser ajena de la monarquía del Hijo?

Así es que, entre ambas, la dignidad real no es común comoquiera, sino una misma. Y añade: Todas cuantas son las criaturas que sirven a Dios, otras, tantas deben igualmente servir a María, pues que estando los ángeles y los hombres, y todas las cosas, sujetos al imperio de Dios, están, del mismo modo, al dominio de María: aquí es que, hablando un piadoso autor con la soberana Señora, le dice, lleno de afecto:

Seguid, señora, disponiendo a vuestra voluntad de todos los bienes de vuestro santísimo Hijo, porque siendo Madre y Esposa del Rey del universo, pertenece a Vos, como Reina, el dominio de todas criaturas.

Es reina, pues, María. Pero nunca olvidemos, para nuestro consuelo, que es Reina dulce, Reina mente, Reina siempre inclinada a favorecer a miserables pecadores. Por esto quiere la santa Iglesia que la saludemos llamándola Reina de misericordia.

El mismo nombre de Reina está diciendo piedad y clemencia, pues como observaron Séneca y San Alberto Magno, la magnificencia de los reyes consiste especialmente en aliviar y consolar a los infelices, causa por que distan entre sí tanto tirano y rey, pues el tirano se propone su propia utilidad, pero el rey debe tener por fin el bien de los vasallos. Y por eso a los reyes, cuando consagran, les ungen la cabeza con aceite, símbolo de misericordia, para darles a entender que han de abrigar en el pecho, más que otra cosa, pensamientos de piedad y beneficencia.

Cierto es que los reyes no pueden desentenderse del justo castigo de los malhechores. Pero María no es Reina de justicia para castigar, sino solamente de misericordia, siempre dispuesta para usarla con los pecadores, por lo cual la santa Iglesia quiere que la invoquemos con tan glorioso título. Considerando el canciller de París Juan Gerson aquellas palabras del Profeta Rey (Ps. 61, 12):

Dos cosas oí, y fueron: que en Dios hay potestad y misericordia, dice que, consistiendo el gobierno de Dios en justicia y misericordia, le dividió, reservando para Sí la justicia y cediendo a su Madre la misericordia, para que todos los beneficios que se dispensen a los hombres pasen por sus manos virginales y Ella los reparta según quisiere.

Constituyó el Eterno Padre a Jesucristo Rey de justicia, haciéndole Juez universal, como cantó el Profeta (Ps. 71,2): Oh Dios, da tu juicio al Rey, y tu justicia al Hijo del Rey; sobre cuyas palabras dice un docto intérprete:

«Señor, a vuestro Hijo Rey disteis la justicia, y la misericordia a la Madre del Rey»; cuyo texto acomoda el salterio mariano, diciendo acertadamente: «Señor, da tu juicio al Rey, y tu misericordia a la Madre del rey.»

Por esta razón, el Real Profeta predijo que el mismo Dios había de consagrar a María, por decirlo así, como Reina de misericordia (Ps. 44, 8), ungiéndola con óleo de alegría, para que nosotros, miserables hijos de Adán, nos alegrásemos al considerar que tenemos en el Cielo a esta santísima Reina llena de unción, de piedad y misericordia.

¡Cuan bien se aplica a este propósito la historia de la reina Ester, figura de María! Leemos en el libro de Ester (c. 4) que, reinando Asuero, salió una orden que mandaba quitar la vida a todos los judíos cautivos en sus estados.

Al instante acudió Mardoqueo a Ester, su sobrina, suplicándole con insistencia que se interpusiese con el rey para obtener la revocación de la sentencia. Ester lo rehusaba, temiendo indignar más el ánimo del rey; pero Mardoqueo replicó que no pensase en salvarse a sí sola, habiéndola Dios elevado al trono para bien de todos los judíos.

Así dijo Mardoqueo a la reina Ester, y así podemos decir nosotros a nuestra Reina sacratísima, si es que alguna vez rehusase alcanzarnos el perdón de las penas justamente merecidas por nuestros pecados: Señora, no creáis que sólo para gloria vuestra os haya Dios ensalzado a la dignidad de Reina del mundo, sino para que, constituida en tan alto lugar, podáis mejor ampararnos y favorecernos. Luego que el rey Asuero vio a Ester en su presencia, le preguntó afablemente qué quería, y respondió la reina (7, 3):

Mi rey y señor, si he hallado gracia en tus ojos, dame a mi pueblo; esto es lo que pido. Asuero accedió, mandando al instante revocar la sentencia. Ahora bien: si este rey, porque amaba a su esposa, le concedió la gracia, ¿cómo podrá Dios, amando infinitamente a María, dejar de oír los ruegos que le presente en favor de los pecadores que recurren a su patrocinio, cuando Ella le diga:

«Señor y Dios mío, si hallé gracia en tus ojos —y bien sabe que la halló, bien sabe que es la bendita, la bienaventurada, la única que halló la gracia perdida por el hombre; bien sabe que es la amada del Señor, y mucho más amada que todos los ángeles y santos juntos—; si me amas, Señor, dame estos pecadores por quienes te ruego?

¿Es posible que Dios no escuche tan amorosas palabras? ¿Quién no sabe la eficacia que tienen los ruegos de su Madre? Lex clementiae in lingua ejus (Prov., 31, 26).

Toda súplica suya es como una ley que Dios ha dado para que se use de misericordia con todos aquellos por quienes interceda.

¿Preguntas por qué la Iglesia la llama Reina de misericordia?

«Para que sepamos, dice un piadoso autor, que Ella es la que abre los tesoros infinitos de la misericordia divina a quien quiere, cuando quiere y como quiere; tanto, que no hay pecador, por grande que sea, que se pueda perder si le protege María.»

Pero viéndonos tan pecadores, ¿se podrá temer que se desdeñe de interponerse en nuestro favor? O, siendo tanta su santidad y majestad, ¿esto nos ha de retraer acaso de echarnos a sus pies e implorar su poderoso valimiento?

«De ninguna manera, dice San Gregorio; pues cuanto más santa es y en lugar más elevado está, tanto es más dulce y piadosa con los pecadores arrepentidos que recurran a su protección.» Aquella majestad de que están rodeados los reyes de la tierra causa temor en los vasallos, y muchos no se atreven a estar en su presencia.

«Pero, ¿qué temor, dice San Bernardo, puede nadie tener en presentarse a esta Reina de misericordia, cuando en ella nada hay que sea terrible y austero, sino que toda es dulzura y afabilidad?

A todos se nos ofrece y da leche y lana; leche de misericordia, para animarnos a la confianza, y lana de refugio, para defendernos de los rayos de la ira divina.

Cuenta Suetonio que Tito, emperador, no acertaba a negar cosa alguna de cuantas le pedían; antes bien, que a veces prometía mucho más, diciendo que el príncipe no es bien que despida descontento a nadie. Con todo, ni decía siempre la verdad, ni cumplía siempre sus promesas.

Pero nuestra poderosísima Reina, que no puede mentir, tiene en sus manos inagotables tesoros que dispensar, y es de un corazón tan benigno, que no le sufre despedir a nadie, descontento de su presencia.

¿Ni cómo podríais, Señora, desechar a los miserables, siendo Vos la Reina de la misericordia?

¿Quiénes son los súbditos de la misericordia, sino los miserables?

Pues siendo Vos la Reina de la misericordia, y yo el más infeliz de vuestros esclavos, se sigue que debéis tener más cuidado de mí que de todos los demás.

Usad, pues, de clemencia con nosotros, ¡oh Reina de misericordia!, para que nos salvemos. No digáis: «No puedo», viendo la multitud de nuestros pecados, porque mayor que todos ellos es vuestro poder y la piedad de vuestro corazón.

No hay cosa que pueda resistir a vuestro poder, porque el Criador, que os honra como Madre, estima como propia la gloria vuestra, siendo indudable que, si es infinita la obligación que tenéis para con vuestro Hijo, por la dignidad a que os elevó, también es grande la suya para con Vos, de quien recibió el ser humano; y por eso, ahora que gozáis de su gloria, os concede por especial honor todo cuanto le pedís.

¡Cuánta, pues, debe ser nuestra confianza en esta dulcísima Reina, sabiendo lo que puede con Dios y la abundancia de su misericordia!

No hay persona en la tierra que no participe de sus favores. Así lo reveló a Santa Brígida la misma Virgen, diciendo:

«Yo soy la Reina del Cielo, Madre de misericordia, alegría de los justos y puerta de salvación para los pecadores; ni vive en la tierra pecador alguno tan infeliz que esté del todo privado de mi bondad y misericordia, porque, los que menos, logran por mi intercesión no ser molestados de tentaciones, como sin mi favor lo serían.

Nadie, sino el que ya es maldito —se entiende con la maldición final e irremediable de los condenados — , se ve tan desechado por Dios que, si me invoca, no encuentre propicia mi propensa misericordia.

Todos me llaman Madre de misericordia, y verdaderamente, lo que usa Dios con los hombres hace que Yo también sea con ellos tan misericordiosa como soy. Por lo mismo, el que pudiendo acudir a Mí, no lo haga, será infeliz en esta vida, y en la otra lo será para siempre.»

Acudamos, pues, acudamos siempre todos a los pies de esta Reina dulcísima, si queremos salvarnos con seguridad; y cuando la multitud de nuestros pecados nos desaliente, acordémonos que fue elegida Reina de misericordia para salvar con su protección poderosa a los pecadores, por grandes que sean, que acudan a Ella. Estos han de ser en el Cielo su corona, como se lo prometió en los Cantares su divino Esposo (4, 8):

Ven del Líbano, Esposa mía; ven del Líbano, ven, y serás coronada… de las cuevas de los leones, de los montes de los leopardos. Y éstos, ¿quiénes son sino los pecadores, cuyas almas se hacen, por el pecado, cuevas de monstruos espantosos?

Pues estos mismos, Reina soberana, salvos por vuestro medio, os han de servir en el Cielo de diadema de gloria, porque su salvación será corona vuestra, corona propia, corona digna de la Reina de misericordia.

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