Las Tres Pipas

Una vez, un miembro de la tribu se presentó furioso ante su jefe para informarle que estaba decidido a tomar venganza de un enemigo que lo había ofendido gravemente. ¡Quería ir inmediatamente y matarlo sin piedad!

El jefe lo escuchó atentamente y luego le propuso que fuera a hacer lo que tenía pensado, pero antes de hacerlo, llenara su pipa de tabaco y la fumara con calma al pie del árbol sagrado del pueblo.

El hombre cargó su pipa y fue a sentarse bajo la copa del gran árbol.

Tardó una hora en terminar la pipa. Luego, sacudió las cenizas y decidió volver a hablar con el jefe para decirle que lo había pensado mejor, que era excesivo matar a su enemigo, pero que sí le daría una paliza memorable para que nunca se olvidara de la ofensa.

Nuevamente, el anciano lo escuchó y aprobó su decisión, pero le ordenó que, ya que había cambiado de parecer, llenara otra vez la pipa y fuera a fumarla al mismo lugar.

También esta vez el hombre cumplió su encargo y pasó media hora meditando.

Después, regresó a donde estaba el cacique y le dijo que consideraba excesivo castigar físicamente a su enemigo, pero que iría a echarle en cara su mala acción y le haría pasar vergüenza delante de todos.

Como siempre, fue escuchado con bondad, pero el anciano volvió a ordenarle que repitiera su meditación como lo había hecho las veces anteriores.

El hombre, medio molesto, pero ya mucho más sereno, se dirigió al árbol centenario, y allí sentado, fue convirtiendo en humo su tabaco y su coraje.

Cuando terminó, volvió al jefe y le dijo:

  • "Pensándolo mejor, veo que la cosa no es para tanto. Iré donde me espera mi agresor
    para darle un abrazo. Así recuperaré un amigo que seguramente se arrepentirá de lo
    que ha hecho".

El jefe le regaló dos cargas de tabaco para que fueran a fumar juntos al pie del árbol, diciéndole:

  • "Eso es precisamente lo que tenía que pedirte, pero no podía decírtelo yo; era necesario darte tiempo para que lo descubrieras tú mismo".

“No hagas el mal, y el mal no te dominará”

Las Perlas

Jenny era una linda niña de cinco años, de ojos relucientes. Un día, mientras ella con su mamá visitaban la tienda, vio un collar de perlas de plástico que costaba 2.50 dólares. ¡Cuánto deseaba poseerlo!

Preguntó a su mamá si se lo compraría, y su mamá le dijo: -Hagamos un trato, yo te compraré el collar y cuando lleguemos a casa, haremos una lista de tareas que podrás realizar para pagar el collar, ¿está bien?

Jenny estuvo de acuerdo, y su mamá le compró el collar de perlas.

Jenny trabajó con tesón todos los días, para cumplir con sus tareas. En poco tiempo Jenny canceló su deuda. ¡Jenny amaba sus perlas! Ella las llevaba puestas a todas partes: al kinder, a la cama y cuando salía con su mamá.

Jenny tenía un padre que la quería muchísimo. Cuando Jenny iba a su cama, él se levantaba de su sillón favorito para leerle su cuento preferido. Una noche, cuando terminó el cuento, le dijo:

  • "Jenny, ¿tú me quieres?" -"Oh, sí papá". "Entonces, regálame tus perlas," le pidió él.

"¡Oh, papá! Mis perlas no," dijo Jenny. - "Pero te doy a Rosita, mi muñeca favorita. ¿La recuerdas?, tú me la regalaste el año pasado para mi cumpleaños. Y te doy su ajuar también, ¿está bien, papá?" -"Oh, no hijita, está bien, no importa", -dándole un beso en la mejilla-. "Buenas noches, pequeña".

Una semana después, nuevamente su papá le preguntó al terminar el diario cuento:

"Jenny, ¿tú me quieres?", "Oh, sí papá, ¡tú sabes que te quiero!", le dijo ella.

"Entonces, regálame tus perlas". "¡Oh, papá! Mis perlas no; pero te doy a Lazos, mi caballo de juguete. Es mi favorito, su pelo es tan suave, y tú puedes jugar con él y hacerle trencitas".

"Oh, no hijita, está bien," –le dijo su papá, dándole un beso en la mejilla-, "felices sueños".

Algunos días después, cuando el papá de Jenny entró a su dormitorio para leerle un cuento, Jenny estaba sentada en su cama y le temblaban los labios.

  • "Toma papá" dijo, y estiró su mano. La abrió, y en su interior estaba su tan querido collar, el cual entregó a su padre. Con una mano, él tomó las perlas de plástico y con la otra extrajo de su bolsillo una cajita de terciopelo azul. Dentro de la cajita había unas hermosas perlas genuinas. El las había tenido todo este tiempo, esperando que Jenny renunciara a la baratija, para poder darle la pieza de valor.

Y así es también con nuestro Padre Celestial. El está esperando que renunciemos a las cosas sin valor en nuestras vidas, para darnos sus preciosos tesoros.

¿No es bueno el Señor? Esto me hace pensar en las cosas a las cuales me aferró, y me pregunto: ¿Qué es lo que Dios me quiere dar en su lugar?

Las Esmeraldas Encantadas

Hace muchos, muchos años, hubo una vez un niño que solía jugar debajo de un gran pino cercano a su casa.

Después de cada lluvia, alrededor del árbol brotaban muchos hongos alineados en forma de círculo, que servían de asiento a un grupo de pequeñas hadas, tan chiquitas como muñequitas, pero capaces de hacer cosas maravillosas.

Al poco tiempo de conocerse, el muchacho y las hadas ya eran grandes amigos.

Francisco, que así se llamaba el niño, mantenía en secreto esa amistad, porque la gente no suele creer en las hadas, pero se divertía mucho con ellas.

Pero llegó el invierno y el padre del muchacho decidió hacer leña de ese pino.

Francisco le rogó de todas formas que no cortara ese árbol, ya que era la morada de sus extrañas amigas; el padre aceptó su pedido, a condición de que Francisco se ocupara de conseguir la leña para la casa durante todo el invierno.

El chico pasó ese invierno trabajando muy duro, recorriendo la comarca, juntando leña para cumplir la promesa que salvaría al pino, y el padre cumplió la suya, porque así son los padres.

Llegada la primavera, las hadas se enteraron del sacrificio realizado por Francisco para salvar su viejo árbol, y decidieron recompensarlo regalándole una cadena de oro con seis grandes esmeraldas.

  • Estas piedras -le dijeron-, tienen poderes mágicos que te darán toda la felicidad; mientras las lleves en el cuello serás amado, conseguirás para tí todo lo que quieras y llegarás a ser inmensamente rico. Para el resto de los hombres, sólo serán unas piedras muy valiosas, pero sin esos poderes.

Muy pronto, Francisco comprobó la verdad de esas palabras: tenía cuanto deseaba, y todo lo que emprendía le salía bien sin ningún esfuerzo, aunque, como no ambicionaba riquezas, poco uso les daba a sus esmeraldas encantadas.

Pero ese verano hubo una gran sequía y el hambre se apoderó de hombres y animales, porque se perdieron todas las cosechas.

Francisco intentó solucionar esos males con sus piedras encantadas, pero todo fue en vano, sus poderes sólo actuaban para él, pero no para los demás.

Podría salvarse él del hambre y la miseria, pero nunca ayudar a sus semejantes.

Rápidamente, corrió hasta la ciudad más cercana, vendió las piedras, por las cuales le dieron una fortuna y volvió a su comarca, con una enorme carreta cargada de alimentos, ropas y hasta grano para los animales. Para que nadie se enterara de que había sido él quien trajera todo eso, lo fue dejando frente a las casas, de noche, sin que lo vieran.

A la mañana siguiente, todos encontraron los grandes paquetes frente a sus puertas y fue como un día de reyes para todos. Hubo alegría y alivio, aunque nadie sabía a quien darle las gracias.

Pero Francisco estaba preocupado, porque tendría que confesar a sus amigas las hadas, que se había desprendido de las maravillosas piedras que le regalaron.

Lo hizo con un poco de miedo, pensando que se enojarían.

Pero las hadas comprendieron que Francisco no necesitaba unas piedras encantadas para ser feliz, le bastaba con su propia bondad. Por eso, le hicieron otro obsequio para que llevara en su cuello; esta vez, le dieron un humilde pañuelo, ajustado con un pequeño anillo.

Ese pañuelo, le recordaría siempre que de nada valen las riquezas, ni la propia felicidad, cuando no se las puede compartir; que lo que se consigue sin esfuerzo, carece de verdadero valor, y que el amor al prójimo es la mayor alegría que alguien puede gozar, porque no hay felicidad mas grande que compartir tu felicidad.

Las Cuatro Esposas

Había una vez un rey que tenía cuatro esposas.

El amaba a su cuarta esposa más que a las demás y la adornaba con ricas vestiduras y la complacía con las delicadezas más finas. Sólo le daba lo mejor.

También amaba mucho a su tercera esposa y siempre la exhibía en los reinos vecinos. Sin embargo, temía que algún día ella se fuera con otro.

También amaba a su segunda esposa. Ella era su confidente y siempre se mostraba bondadosa, considerada y paciente con él. Cada vez que el rey tenía un problema, confiaba en ella para ayudarle a salir de los tiempos difíciles.

La primera esposa del rey era una compañera muy leal y había hecho grandes contribuciones para mantener tanto la riqueza, como el reino del monarca. Sin embargo, él no amaba a su primera esposa y aunque ella le amaba profundamente, apenas él se fijaba en ella.

Un día, el rey enfermó y se dio cuenta de que le quedaba poco tiempo.

Pensó acerca de su vida de lujo y caviló:

  • "Ahora tengo cuatro esposas conmigo, pero cuando muera, estaré solo".

Así que le preguntó a su cuarta esposa: "Te he amado más que a las demás, te he dotado con las mejores vestimentas y te he cuidado con esmero. Ahora que estoy muriendo, ¿estarías dispuesta a seguirme y ser mi compañía?" "¡Ni pensarlo!"- Contestó la
cuarta esposa y se alejó sin decir más palabras.

Su respuesta penetró en su corazón como un cuchillo filoso.

El entristecido monarca le preguntó a su tercera esposa:

"Te he amado toda mi vida. Ahora que estoy muriendo ¿estarías dispuesta a seguirme y ser mi compañía?" "¡No!"- Contestó su tercera esposa.

"¡La vida es demasiado buena! ¡Cuando mueras, pienso volverme a casar!"

Su corazón experimentó una fuerte sacudida y se puso frío. Entonces preguntó a su segunda esposa: "Siempre he venido a tí por ayuda y siempre has estado ahí
para mí. Cuando muera ¿estarías dispuesta a seguirme y ser mi compañía?"

"¡Lo siento, no puedo ayudarte esta vez!"- Contestó la segunda esposa.

"Lo más que puedo hacer por tí, es enterrarte".

Su respuesta vino como un relámpago estruendoso que devasto al rey. Entonces escuchó una voz: -"Me iré contigo y te seguiré donde quiera que tú vayas".

El rey dirigió la mirada en dirección de la voz y ahí estaba su primera esposa. Se veía tan delgaducha, sufría de desnutrición.

Profundamente afectado, el monarca dijo: -"¡Debí haberte atendido mejor cuando tuve la oportunidad de hacerlo!"

En realidad, todos tenemos cuatro esposas en nuestras vidas.

Nuestra cuarta esposa es nuestro cuerpo. No importa cuanto tiempo y esfuerzo invirtamos en hacerlo lucir bien, nos dejará cuando muramos

Nuestra tercera esposa son nuestras posesiones, condición social y riqueza. Cuando muramos, irán a parar a otros.

Nuestra segunda esposa es nuestra familia y amigos. No importa cuánto nos hayan sido de apoyo a nosotros aquí, lo más que podrán hacer es acompañarnos hasta el sepulcro.

Y nuestra primera esposa es nuestra alma, frecuentemente ignorada en la búsqueda de la fortuna, el poder y los placeres del ego.

Sin embargo, nuestra alma es la única que nos acompañará doquiera que vayamos.

¡Así que, cultívala, fortalécela y cuídala ahora!

Es el más grande regalo que puedes ofrecerle al mundo.

¡Déjala brillar!

La Visita de un Angel

Un hombre recibió una noche la visita de un ángel, quien le comunicó que le esperaba un futuro fabuloso: se le daría la oportunidad de hacerse rico, de lograr una posición importante y respetada dentro de la comunidad y de casarse con una mujer muy hermosa.

Ese hombre se pasó la vida esperando que los milagros prometidos llegasen, pero nunca sucedió, así que al final murió solo y pobre.

Cuando llegó a las puertas del cielo, vio al ángel que le había visitado tiempo atrás y protestó:

"Me prometiste riqueza, una buena posición social y una bella esposa. ¡Me he pasado la vida esperando en vano!".

Yo no te hice esa promesa-, replicó el ángel, - "Te prometí la oportunidad de riqueza, una buena posición social y una esposa hermosa"-. El hombre estaba realmente intrigado. "No entiendo lo que quieres decir"-, confesó. "¿Recuerdas que una vez tuviste la idea de montar un negocio, pero el miedo al fracaso te detuvo y nunca lo pusiste en practica?"- el hombre asintió con un gesto.

"Al no decidirte, unos años más tarde se le dio la idea a otro hombre, que no permitió que el miedo al fracaso le impidiera ponerla en práctica. Recordarás que se convirtió en uno de los hombres más ricos del reino".

  • "También recordarás"-, prosiguió el ángel", - aquella ocasión en que un terremoto asoló la ciudad, derrumbó muchos edificios y miles de personas quedaron atrapadas en ellos. En aquella ocasión, tuviste la oportunidad de ayudar a encontrar y rescatar a los sobrevivientes, pero no quisiste dejar tu hogar sólo por miedo a que los muchos saqueadores que había te robasen tus pertenencias, así que ignoraste la petición de ayuda y te quedaste en casa".- El hombre asintió con vergüenza. "Esa fue tu gran

oportunidad de salvarle la vida a cientos de personas, con lo que hubieras ganado el respeto de todos ellos"- continuó el ángel.

  • "Por último, ¿recuerdas aquella hermosa mujer pelirroja que te había atraído tanto? La creías incomparable a cualquier otra y nunca conociste a nadie igual. Sin embargo, pensaste que tal mujer no se casaría con alguien como tú, -y para evitar el rechazo, nunca llegaste a proponérselo"-. El hombre volvió a asentir, pero ahora las lágrimas rodaban por sus mejillas.

"Sí, amigo mío, ella podría haber sido tu esposa"-, dijo el ángel. - "Y con ella, se te hubiera otorgado la bendición de tener hermosos hijos y multiplicar la felicidad en tu vida".

A todos se nos ofrece a diario muchas oportunidades, pero muy a menudo, como el hombre de la historia, las dejamos pasar por nuestros temores e inseguridades.

Pero tenemos una ventaja sobre el hombre del cuento. Aún estamos vivos.

La Tarea de mi Hijo

Era uno de los más calientes días de esa temporada de sequía. No habíamos visto caer una gota de lluvia en más de un año: La vegetación estaba seca, las vacas habían dejado de dar leche, los arroyos se habían resumido en la tierra, ahora seca. Esta sequía había ya enviado a la quiebra a siete de nuestros vecinos granjeros y aún no se veía llegar su fin.

Todos los días, mi esposo y sus hermanos se lanzaban a la ardua tarea de tratar de conseguir agua para nuestra granja, lo que, en los últimos días, incluía llevar un camión al río y llenarlo con agua. Pero ésto era muy costoso. Hasta el río estaba bajando su nivel. De no venir pronto las lluvias, perderíamos todo.

Ese día, yo aprendí una verdadera lección de generosidad y presencié el único milagro que mis ojos han visto.

Estaba en la cocina, preparando el almuerzo para mi esposo y sus hermanos, cuando vi a Billy, mi pequeño hijo de seis años, caminar en dirección al bosque. El no caminaba con la usual despreocupación propia de su edad, sino que lo hacía con determinación. Era obvio que hacía un gran esfuerzo al caminar, por mantener una

postura lo más recta y rígida posible. Minutos después de que se perdió de mi vista entre los árboles, regresaba corriendo hacia la casa. Yo regresé a preparar los sandwiches, pensando en que cualquier cosa que él hubiera estado haciendo, la había ya concluido.

Momentos después, sin embargo, regresaba al bosque con su paso lento y cuidadoso, pero decidido. Esta actividad se repitió por una hora: caminar cuidadosamente hacia los árboles y regresar corriendo a la casa. Finalmente, yo no pude contenerme, y salí de la casa para seguir su recorrido (cuidando, desde luego, no ser vista, ya que obviamente hacía algo importante para él, y no necesitaba que su mami lo estuviera protegiendo).

Lo vi juntando sus manos al frente, formando una especie de copa mientras caminaba, cuidando de no dejar caer el agua que ahí cargaba, la cual, por el tamaño de sus manitas, equivalía a unas, dos o tres cucharadas. Me acerqué lo más posible, en cuanto él se internó entre los árboles. Ramas y espinas golpeaban su cara a su paso, pero él no trataba de evitarlas; su tarea era mucho más importante. Al acercarme más para espiar, vi algo increíble había un grupo de ciervos frente a él.

Billy caminó hacia ellos. Yo casi grité para pedirle que no se acercara, ya que uno de ellos, con una gran cornamenta estaba peligrosamente cerca. Sin embargo, el gran animal no intentó acercarse a Billy, ni siquiera se movió cuando Billy se arrodilló.

Y ahí, vi que un pequeño ciervo recostado sobre la tierra, sufriendo obviamente de deshidratación y cansancio a causa del intenso calor, alargaba su cabeza con gran esfuerzo para poder beber el agua contenida en las pequeñas manos de mi hermoso niño.

Cuando el agua se acabó, Billy saltó de un brinco y corrió de regreso hacia la casa, mientras yo me escondía tras un árbol. Lo seguí de nuevo hacia la casa, hasta un tanque de agua vacío. Billy abrió la llave del tanque todo lo que pudo, y unas gotas de agua empezaron a caer lentamente. Arrodillado, y con el sol pegando sobre su pequeña espalda, esperó pacientemente a que, gota a gota, la pequeña "copa" que había fabricado con sus manos se llenara.

Entonces me di cuenta de lo que había estado sucediendo: para que hiciera conciencia de nuestra situación, lo habíamos regañado la semana anterior por

desperdiciar el agua, así que no podía pedirme ayuda para su trabajo.

Tardó un minuto en que se llenaran sus manos. Cuando se levantó para volver al bosque, yo estaba parada frente a él. Sus ojitos se inundaron de lágrimas.

-"No estoy desperdiciando"-fue todo lo que dijo.

Al empezar a caminar de nuevo, me reuní a él con un recipiente con agua que traje de la cocina. Lo dejé atender al pequeño ciervo. Me aparté. Era su trabajo. Me quedé en la orilla del bosque, viendo cómo el corazón más hermoso que yo haya conocido, trabajaba duramente para salvar la vida de otro ser. Al caer las gotas de llanto de mis ojos sobre la tierra, éstas fueron repentinamente seguidas por otras gotas… y más gotas… y más.

Miré hacia el cielo. Era como si Dios mismo estuviera derramando lágrimas de alegría. Algunos, probablemente dirán que fue una coincidencia, que los milagros no existen, que de cualquier manera iba a llover. Y yo no puedo contradecirlos…, ni siquiera haré el intento. Sólo diré que la lluvia que cayó ese día salvó nuestra granja, así como las acciones de un pequeño salvaron a otro.

Yo sólo escribo ésto para honrar la memoria de mi hermoso y querido Billy, quien fue llevado de mi lado, por el cáncer, demasiado pronto…, pero no antes de mostrarme el verdadero rostro de DIOS, en el pequeño cuerpo de mi hijo.

La Silla de Ruedas

5:30, oigo el despertador. Ya es hora de levantarse, pero…, ¡si acabo de acostarme!… ¿Por qué tiene que sonar ahora este cacharro? No puede ser que esté tan desvelado como ayer cuando me acosté. Me quedaré cinco minutos más, luego, en la autopista los podré recuperar. Cierro los ojos y me imagino que estoy en la playa, tumbado, tomando energía del sol.

Lo que pensé que serían 5 minutos, se multiplicaron por 8 minutos. Miro al reloj, que me responde con guasa que me he vuelto a quedar dormido. Como un cohete, salgo de mi cama hacia la cocina para hacerme un café, con la esperanza de que me ayude a abrir los ojos.

La autopista no me permite ahorrar un poco de adrenalina para apaciguar mi tensión, sino que la aumenta cuando me doy cuenta que estoy atascado en ella. Cuando por fin llego a la estación de trenes, veo como el tren traga a sus últimos pasajeros, cierra las puertas lentamente y desaparece en el horizonte. Como era de esperar, llegaré tarde al trabajo.

Después de la aventura que tuve para llegar al trabajo, la motivación se derrumba por completo, al pensar en la montaña de trabajo que me está esperando. Después de 8 horas y media de duro trabajo, estoy realmente por los suelos.

Mientras estoy esperando el tren para regresar a casa, empiezo casi a deprimirme. Pienso lo bien que pudiera estar si tuviera mi propia empresa, podría ganar mucho dinero y ser mi propio jefe. Pienso en lo feliz que sería si conociera y compartiera mi vida con mi alma gemela.

Pienso el gozo que sentiría si fuese una gran personalidad, que viajara mucho y fuese reconocido y respetado. Sigo pensando y soñando, llegando a la conclusión que debo ser la persona más infeliz del planeta.

Justo en este instante, pasó algo que almacenaré toda mi vida en el baúl de mis recuerdos. No hablé con un ángel, pero un ángel tuvo que haber planeado este encuentro.

  • "Hola señor, ¿me puede ayudar a subir al tren cuando venga?"-, me dijo una suave y alegre voz, que procedía de una adolescente. A pesar de que estaba en una silla de ruedas, su rostro resplandecía como un sol al amanecer.
  • "Cómo no, señorita, -le respondí intentando sonreír-, ¿qué línea de tren va a tomar, para llegar a su destino?"-.

tren tardó unos minutos en llegar. Me quedé con las ganas de preguntarle cómo le era posible estar tan alegre y feliz, estando en esa situación. Cómo le iba a preguntar yo, que estaba mil veces mejor que ella. Me puedo mover libremente, puedo ir donde se me antoje, sin depender de nadie, puedo practicar cualquier deporte, subir cualquier montaña… Volví a meditar sobre lo infeliz que me sentía antes de encontrar a la chica, y empezó a darme vergüenza de haberme sentido así. Sólo estuve preocupándome del mal día que tuve; estuve pensando en lo negativo de mi vida. ¡Que vergüenza!

  • "Ya llega mi tren, señor"-. Le ayudé a subir al tren, y con una sonrisa (esta vez sincera) le deseé un bonito día. Cuando perdí el tren de vista, empecé a repasar en las cosas positivas que puedo gozar en mi vida. No tardé mucho, y empecé a sentirme bien y contento, con ganas de disfrutar del presente, a pesar de que tuve un mal día. Hay un proverbio que dice que cuándo los vientos se levantan o cambian rumbo, hay gente que empieza a construir muros, pero otros construyen molinos.
  • En la vida encontramos muchos vientos, pero en vez de gastar nuestras energías en construir muros, podemos construir molinos y aprovechar la energía de estos vientos. ¿Recordamos a la chica en la silla de ruedas? Si hubiese construido muros para detener los vientos se habría agotado y se hubiera deprimido por no poder controlar los vientos. Sin embargo, construyó molinos aceptando su situación y enseñando a los demás a ser positivos.

La Primavera Volverá

Recuerdo que un invierno mi padre necesitaba leña, así que buscó un árbol muerto y lo cortó. Pero luego, en la primavera, vio desolado que al tronco marchito de ese árbol le brotaron renuevos.

Mi padre dijo:

  • "Estaba yo seguro de que ese árbol estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Pero se ve que hacía tanto frío, que las ramas se quebraban y caían como si no le quedara al viejo tronco ni una pizca de vida. Pero ahora, advierto que aún alentaba la vida en aquel tronco".-

Y volviéndose hacia mí, me aconsejó:

-"Nunca olvides esta lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión negativa en tiempo adverso. Nunca tomes decisiones importantes cuando estés en tu peor estado de ánimo. Espera. Sé paciente. La tormenta pasará. Recuerda que la primavera volverá".

La Oruga

Un pequeño gusanito caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba un Chapulín: -¿Hacia dónde te diriges?, le preguntó.

Sin dejar de caminar, la oruga contestó: -Tuve un sueño anoche: soñé
que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle.Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo.

Sorprendido, el chapulín dijo, mientras su amigo se alejaba: - ¡Debes estar loco!, ¿cómo podrías llegar hasta aquel lugar? !Tú, una simple oruga! Una piedra será para ti una montaña, un pequeño charco un mar y, cualquier tronco una barrera infranqueable. Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó. Sus diminutos pies no dejaron de moverse.

La oruga continuó su camino habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros.

Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor, aconsejaron a nuestro amigo a desistir de su sueño.

-¡No lo lograrás jamás! - le dijeron -, pero en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir. Ya agotado, sin fuerzas, y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir, con su último esfuerzo, un lugar donde pernoctar:

  • Estaré mejor, fue lo último que dijo, y murió.

Todos los animales del valle, por días fueron a mirar sus restos. Ahí estaba el animal más loco del pueblo.

Había construido como su tumba, un monumento a la insensatez. Ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió "por querer realizar un sueño irrealizable".

Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una ADVERTENCIA PARA LOS ATREVIDOS. De pronto, quedaron atónitos.

Aquella concha dura comenzó a quebrarse y, con asombro, vieron unos ojos y una antena que no podía ser la de la oruga, que creían muerta. Poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas, arco iris de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos:

"¡UNA MARIPOSA!".

No hubo nada que decir, todos sabían lo que haría: se iría volando hasta la gran montaña y realizaría un sueño; el sueño por d que había vivido, por el que había muerto, y por el que había vuelto a vivir.

"Todos se habían equivocado" Dios no nos hubiera dado la posibilidad de soñar, si no nos hubiera dado la oportunidad de hacer realidad nuestros sueños…

Si tienes un sueño, vive por él. Intenta alcanzarlo, pon la vida en ello, y si te das cuenta que no puedes, quizá necesites hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical en tu vida, y entonces, con otro aspecto, con otras posibilidades y circunstancias distintas: !LO LOGRARÁS!

EL ÉXITO EN LA VIDA NO SE MIDE POR LOQUE HAS LOGRADO, SINO POR LOS OBSTÁCULOS QUE HAS TENIDO QUE ENFRENTAR EN EL CAMINO.

LUCHA CON TODAS TUS FUERZAS POR LO QUE DESEAS Y ALCANZARAS TUS SUEÑOS. NO IMPORTA LAS VECES QUE LO INTENTES SIGUE HASTA EL FINAL.

La Oración de la Rana

Una noche, mientras se hallaba en oración, el hermano Bruno se vio interrumpido por el croar de una rana. Pero, al ver que todos sus esfuerzos por ignorar aquel sonido resultaban inútiles, se asomó a la ventana y gritó:

  • ¡Silencio! ¡Estoy rezando!

Y como el hermano Bruno era un santo, su orden fue obedecida de inmediato: todo ser viviente acalló su voz, para crear un silencio que pudiera favorecer su oración.

Pero otro sonido vino entonces a perturbar a Bruno: una voz interior que decía:

"Quizás a Dios le agrade tanto el croar de esa rana, como el recitado de tus salmos…"

"¿Qué puede haber en el croar de una rana que resulte agradable a los oídos de Dios?"

fue la displicente respuesta de Bruno. Pero la voz siguió hablando: - "¿Por qué crees tú que
inventó Dios el sonido?"

Bruno decidió averiguar el por qué. Se asomó de nuevo a la ventana y ordenó:

  • "¡Canta!" Y el rítmico croar de la rana volvió a llenar el aire con el acompañamiento de todas las ranas del lugar.

Y cuando Bruno prestó atención al sonido, éste dejó de crisparle, porque descubrió que, si dejaba de resistirse a él, el croar de las ranas servía, de hecho, para enriquecer el silencio de la noche.

Y una vez descubierto esto, el corazón de Bruno se sintió en armonía con su creador, y por primera vez en su vida comprendió lo que significa orar.

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