REGRESANDO A CASA

Era un hombre rico, hijo de un banquero judío, y totalmente descreído, pero el día 20 de enero de 1842, entró por curiosidad en la iglesia de san Andrés delle Fratte, de Roma.

Allí se le apareció la Virgen María y, en un instante, cambió totalmente su vida, hasta el punto de dejar a su novia, con quien se iba a casar en poco tiempo, y hacerse sacerdote, llegando a ser un santo: san Alfonso de Ratisbona.

Él cuenta cómo conoció intuitivamente las verdades de la fe católica. Dice así:

“Todo lo que sé es que, al entrar en la iglesia, ignoraba todo; que saliendo de ella, veía claro. No puedo explicar ese cambio, sino comparándolo a un hombre a quien se despertara súbitamente de un profundo sueño; o por analogía, con un ciego de nacimiento que, de golpe, viera la luz del día; ve, pero no puede definir la luz que le ilumina y en cuyo ámbito contempla los objetos de su admiración.

Si no se puede explicar la luz física ¿cómo podría explicarse la luz que, en el fondo, es la verdad misma?

Creo permanecer en la verdad, diciendo que yo no tenía ciencia alguna de la letra, pero entreveía el sentido y el espíritu de los dogmas.

Sentía, más que veía, esas cosas; y las sentía por los efectos inexpresables que produjeron en mí.

Todo ocurría en mi interior; y esas impresiones, mil veces más rápidas que el pensamiento, no habían tan sólo conmocionado mi alma, sino que la habían como vuelto al revés, dirigiéndola en otro sentido, hacia otro fin y hacia una nueva vida.

A partir de ese momento, mis prevenciones contra el cristianismo se borraron sin dejar rastro, lo mismo que los prejuicios de mi infancia.

El amor de Dios ocupaba el lugar de cualquier otro amor”154.


154 Citado por André Frossard, ¿Hay otro mundo?, Ed Rialp, Madrid, 1981, p. 35-36.

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