El Diamante

Un santo había llegado a las afueras de la aldea y acampó bajo un árbol para pasar la no­che. De pronto llegó corriendo hacia él un habitante de la aldea y le dijo:

"¡La piedra! ¡La piedra! ¡Dame la piedra preciosa!"

-"¿Que piedra?", preguntó el santo.

-"La otra noche se me apa­reció en sueños el Señor", -dijo el aldeano-, "y me aseguró que si venía al anochecer a las afue­ras de la aldea, encontraría a un santo que me daría una piedra.

El santo rebuscó en su bolsa y extrajo una piedra. "Probable­mente se refería a esta", dijo, mientras entregaba la piedra al aldeano.

"La encontré en un sendero del bosque hace algunos días. Por supuesto que puedes que­darte con ella".

El hombre se quedo mirando la piedra con asombro. ¡Era un diamante! Tal vez el mayor dia­mante del mundo, pues era tan grande como la mano de un hombre.

Tomó el diamante y se mar­chó. Pasó dando vueltas en la cama, totalmente incapaz de dormir. Al día siguiente, al amanecer, fue a despertar al santo y le dijo:

"Dame la riqueza que te permite desprenderte con tan­ta facilidad de este diaman­te".

El Día Más

El día más IMPACTANTE: Cuando te conocí.

El día más ESTÚPIDO: Cuando nos peleamos.

El día mas INTERESANTE: Cuando te traté.

El día más EMOCIONANTE: Cuando me hablaste por primera vez.

El día más TRISTE: Cuando te vi llorar.

El día más ALENTADOR: Cuando me abrazaste.

El día más COMUNICATIVO: Cuando me llamaste.

El día más CHISTOSO: Cuando te conocí.

El día más LARGO: Cuando nos peleamos.

El día más DIVERTIDO: Cuando te traté.

El día más BRILLANTE: Cuando me hablaste por primera vez.

El día más NEGRO: Cuando te vi llorar.

El día más ALEGRE: Cuando me abrazaste.

El día más FRIÓ: Cuando me ignoraste.

El día más DESESPERANTE: Cuando no me escuchaste.

El día más RELAJADO: Trabajando contigo.

El día más ESPIRITUAL: Rezando contigo.

El día más VERGONZOSO: Quedando mal frente a ti.

El día más IMPACIENTE: Cuando no sabía de ti.

El día más CANSADO: Trabajando sin ti.

El día más ANGUSTIANTE: Cuando te oculté algo.

El día más FELIZ: Cuando me llamaste "mi amig@".

CUIDEN A SUS AMIGOS, NO SIEMPRE SE ENCUEN­TRAN TAN FÁCILMENTE. ASÍ COMO VIENEN, SE VAN…; ASI COMO LLEGA­RON, SE IRÁN…

PROCUREN ESTAR AHÍ CUANDO UN AMIGO LOS NECESITE.

SI TIENES UN AMIGO QUE HACE MUCHO NO VES O ALGUNO AL QUE SIEMPRE ESTÁ CONTI­GO…

¡HAZLE SABER LO MU­CHO QUE LO APRECIAS!

“Cuenta tu edad por los amigos, no por años…”

El Decálogo de la Vida

1.- CUIDA TU PRESENTACIÓN TODOS LOS DÍAS.

Arréglate como si fueras a una fiesta, ¡Que más fiesta que la vida!

2.- MANTEN VIVO TU AMOR POR LA VIDA.

Sal a la calle o al campo de paseo. El agua estancada se pudre y la máquina inmóvil se enmohece.

3.- AMA EL EJERCICIO FÍSICO COMO A TÍ MISMO.

Un rato de gimnasia, una caminata razonable dentro o fuera de casa. Contra inercia, diligencia.

4.- ACÉPTATE CON DIGNIDAD.

Cabizbajo, la espalda encorvada, los pies arrastrándose ¡NO! Que la gente te diga un piropo cuando pases.

5.- HABLA DE TU EDAD CON ORGULLO Y RESPETO.

Nadie quiere oír historias de hospitales. Deja de llamarte viejo y considerarte enfermo. 6.- CULTIVA EL OPTIMISMO SOBRE TODAS LAS COSAS.

Sé positivo en los juicios, de buen humor en la palabra, alegre de rostro, amable en los ademanes. Se tiene la edad que se ejerce, la vejez no es cuestión de años sino de ánimo.

7.- SÉ ÚTIL A TÍ MISMO.

Bástate hasta donde sea posible y ayuda con una sonrisa, un consejo o un servicio a los demás.

8.- TRABAJA CON TUS MANOS Y TU MENTE.

La mejor bendición es el trabajo, cualquier actividad laboral o artística es la medicina para todos los males.

9.- MANTEN VIVAS Y CORDIALES LAS RELACIONES HUMANAS.

Desde luego las que anidan en el hogar, intégrate y convive con todos los miembros de la familia: niños, jóvenes y adultos, el perfecto muestreo de la vida. Luego ensancharás tu corazón a los amigos con tal de que ellos no sean exclusivamente de tu edad.

10.-SÉ POSITIVO SIEMPRE.

Alégrate de que entre las espinas florecen rosas. Sé como la luna, un cuerpo opaco destinado a dar luz.

El Anillo

-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no ten­go fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bas­tante tonto. ¿Cómo puedo me­jorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

-El maestro sin mirarlo, le dijo: "Cuánto lo siento mucha­cho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio pro­blema. Quizá después…" y ha­ciendo una pausa agregó: "Si qui­sieras ayudarme tú a mí, yo po­dría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar".

-Ee…encantado,-maestro-titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

-Bien, asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó: "toma el ca- ballo que está allá afuera y ca­balga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es nece­sario que obtengas por él la ma­yor suma posible, pero no acep­tes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa mo­neda lo más rápido que puedas". -El joven tomó el anillo y par­tió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercade­res. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entre­garla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofre­ció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Des­pués de ofrecer su joya a más de cien personas que se cruza­ban en el mercado, abatido por su fracaso montó su caballo y regresó.

¡Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa mone­da de oro!

Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupa­ción y recibir entonces su con­sejo y ayuda. Entró en la habi­tación. -Maestro, dijo: "lo sien­to, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizá pudiera con­seguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pue­da engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo".

-Qué importante lo que dijis­te, joven amigo- contestó son­riente el maestro-. Debemos sa­ber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero.

¿Quién mejor que él para sa­berlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto teda por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuel­ve aquí con mi anillo.

-El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo: -Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere ven­der ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su ani­llo-. ¡58 MONEDAS!, exclamó el joven. Sí, -replicó el joyero-yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 mo­nedas pero no sé… si la venta es urgente…

-El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.

-Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo- Tú eres como este anillo: una joya, va­liosa y única. Y como tal, sólo puede revaluarte verdaderamen­te un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cual­quiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pe­queño.

Y Tú, ¿…que esperas?, ¡Pon­te en marcha, vé al Sagrario de inmediato y platica con el Di­vino

Mira lo bueno de la vida y no te derrotes en las adversidades

Donando Sangre

Hace muchos años, cuando trabajaba como voluntario en un Hospital de Stanford, conocí a una niñita llamada Liz quien su­fría de una extraña enfermedad. Su única oportunidad de recupe­rarse aparentemente era una transfusión de sangre de su hermano de 5 años, quien había so­brevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había de­sarrollado los anticuerpos nece­sarios para combatirla.

El doc­tor explicó la situación al herma­no de la niña, y le preguntó si estaría dispuesto a dar su san­gre a su hermana. Yo lo vi dudar por sólo un momento antes de tomar un gran suspiro y decir:

"Sí, lo haré, si eso salva a Liz". la transfusión conti­nuaba, él estaba acostado en una cama al lado de la de su herma­na, y sonriente mientras nosotros lo asistíamos a él y a su herma­na, viendo retornar el color a las mejillas de la niña.

Entonces, la cara del niño se puso pálida y su sonrisa desapareció. Miró al doctor y le preguntó con voz temblorosa: "¿A qué hora empe­zaré a morirme?

Siendo sólo un niño, no había comprendido al doctor; él pen­saba que le daría toda su sangre a su hermana. Y aún así se la daba.

DA TODO POR QUIEN AMES.

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