I 2b.Ejemplo: Conversión y santa muerte de un protestante

Se cuenta en la historia de la fundación de la Compañía de Jesús en el reino de Nápoles que hubo un joven escocés llamado Guillermo, pariente del rey Jacobo, nacido y criado en la herejía, el cual, ilustrado con los rayos de la divina luz, que le iba descubriendo sus errores, vino a Francia, donde por los consejos de un Padre de la Compañía, y mucho más por la intercesión de la Virgen nuestra Señora, conoció, al fin, la verdad, abjuró los errores y se convirtió a la fe.

Pasó de allí a Roma, donde, hallándole un día muy afligido y lloroso un amigo suyo, y preguntándole la causa, respondió que se le había aparecido la noche antes su madre difunta y condenada, diciéndole:

«Hijo, dichoso tú que has entrado en el seno de la verdadera Iglesia; yo estoy condenada por haber muerto en la herejía.»

De resultas de esta triste visión comenzó a enfervorizarse en la devoción de la Virgen Santísima, eligiéndola desde entonces por única Madre, la cual le inspiró el deseo de entrar en religión, y el joven hizo de ello un voto.

Habiendo caído enfermo, fue a Nápoles a mudar de aires, y allí murió, pero ya religioso, porque desahuciado a poco de llegar, fueron tantos sus ruegos y lágrimas, que al fin los superiores le recibieron, y delante del Santísimo Sacramento, cuando le llevaron el Señor por viático, hizo los votos religiosos y quedó agregado a la Compañía.

Después de lo cual enternecía los corazones de todos con los devotísimos afectos con que, sin cesar, daba gracias a la sacratísima Virgen de haberle sacado de las tinieblas de la herejía y traígole a morir en el seno de la Iglesia y de la religión, entre los brazos de sus hermanos, y así exclamaba:

«¡Oh, qué gloria es morir en medio de estos ángeles!» Le exhortaban a que no se fatigase, pero respondía: «No, ya no es tiempo de reposar, que está cerca mi fin.» Poco antes de expirar dijo:

«Hermanos míos, ¿no veis aquí a los ángeles del Cielo, que me asisten?» Y preguntándole uno de aquellos religiosos qué era lo que estaba diciendo entre dientes, le respondió que el ángel de la guarda le acababa de revelar que estaría muy poco en el purgatorio, y que al instante volaría su alma al Cielo.

Empezó de nuevo a trabar dulces coloquios con la Reina de los ángeles, y diciendo dos veces: «Madre, Madre», como un niño que se echa a dormir en los brazos de su querida madre, expiró plácidamente. Y de allí a poco supo un devoto religioso, por revelación, que estaba ya en la gloria.

I 2a. Que debemos tener aún mayor confianza en la Virgen María, por ser nuestra Madre

No en vano llaman sus devotos madre a la santísima Virgen María, ni parece que aciertan a invocarla de otra manera, sin cansarse nunca de darle tan dulce nombre. Madre, sí, porque verdaderamente lo es, no carnal, sino espiritual, de nuestras almas, para conseguirnos, con amor de Madre, la eterna salvación.

Cuando por el pecado perdimos la gracia divina, fue perder la vida del alma: estábamos muertos miserablemente; vino al mundo nuestro divino Redentor, y muriendo en cruz, con exceso grande de misericordia y amor, nos recobró la vida que habíamos perdido, según Él mismo aseguró («., 10, 10): Vine para que tengan vida y más abundante.

Más abundante, porque dicen los teólogos que fue más el bien que Jesucristo nos trajo con la redención que el mal que Adán nos había causado con la desobediencia.

De este modo, el Señor, reconciliándonos con Dios, se hizo Padre de nuestras almas en la nueva ley, conforme a la predicción del Profeta Isaías (9, 6). Pero si Jesús es Padre de nuestras almas, María es Madre; porque, habiéndonos dado a Jesús, nos dio la verdadera vida, y habiéndole ofrecido en el monte Calvario por nuestra salvación, fue como darnos a la luz, o hacernos nacer a la vida de la gracia.

Dos veces, pues, se hizo nuestra Madre espiritual, dicen los Santos Padres: la primera fue cuando mereció concebir en sus purísimas entrañas al Hijo de Dios, pues al dar para ello su consentimiento, empezó a pedir con afecto ardentísimo nuestra salvación, y se dedicó de tal suerte a procurárnosla, que desde entonces nos llevó en su seno como amorosísima Madre.

Refiriendo San Lucas (2, 7) el nacimiento del Señor, dice que María dio a luz a su hijo primogénito. Luego si fue su primogénito, se debe inferir, añade San Alberto Magno, que tuvo después más hijos.

Pues siendo artículo de fe que hijo carnal no tuvo ninguno, fuera de Jesús, se sigue claramente que los demás fueron hijos espirituales, y éstos somos todos nosotros.

Lo mismo reveló el Señor a Santa Gertrudis, la cual, leyendo un día en el Evangelio aquellas palabras, quedó confusa, sin alcanzar cómo podía ser que, no habiendo tenido la Virgen más Hijo que a Jesús, allí se dijese que fue su primogénito. Dios le explicó que Jesucristo había sido primogénito de María según la carne, y los demás hombres los segundos hijos según el espíritu.

Así también se entiende lo que se dice de María en los Cantares (7, 2): Tu vientre es como un montón de trigo cercado de azucenas. Lugar que explica San Ambrosio diciendo que, aunque en el seno purísimo de María hubo solamente un grano, que fue Jesucristo, no obstante, se le llama montón, porque en aquel grano estaban encerrados todos los escogidos, de los cuales María había de ser Madre.

Y por esta razón, al dar a luz al Salvador del mundo, nos dio también a todos la vida y la salud.
La segunda fue cuando en el monte Calvario ofreció, con gran dolor de su corazón, el Eterno Padre, la vida de su Hijo por nuestra salvación; y así, dice San Agustín que, habiendo entonces cooperado con tanto amor a que los fieles naciesen a la vida de la gracia, se hizo igualmente

Madre espiritual de todos nosotros, que somos miembros de Jesucristo, nuestra cabeza; y es precisamente lo que testifica en los Cantares (1, 5) la misma bienaventurada Virgen: Me puso a guardar sus viñas; pero la mía no la guardé. Para salvar nuestras almas, sacrificó la vida de su dulcísimo Hijo. Porque, ¿cuál es el alma de María?

¿Quién es su, vida y su amor, sino Jesucristo? Que por eso le anunció Simeón (Le., 2, 35) que había de llegar un día en que su pecho se viese traspasado con cuchillo de gran dolor, como lo fue la lanza que abrió el costado de Jesús, donde vivía el alma de la Madre.

Entonces fue cuando, con sus dolores, nos dio la vida, y vida eterna; y así podemos todos llamarnos justamente hijos de sus dolores. Siempre estuvo esta Madre amorosa conforme en todo con la divina voluntad, y de aquí reflexiona San Buenaventura que, viendo el infinito amor del Padre para con los hombres en querer que su Hijo amantísimo muriese por ellos, y el del mismo Hijo en aceptar la muerte, dio también su consentimiento, uniéndose con rendida y entera voluntad al beneplácito divino por la salud del hombre.

Es verdad que en el negocio importante de nuestra salvación quiso el Señor ser solo, cómo dice Isaías (63, 3): Yo solo pisé el lagar. Mas viendo el deseo ardentísimo que tenía también su piadosa Madre del humano remedio, dispuso que con el sacrificio y oferta de su mismo Hijo cooperase a nuestra salvación, y así viniese a ser Madre de nuestras almas.

Esto es lo que nuestro Salvador significó cuando, poco antes de expirar, mirándola desde lo alto de la cruz, y mirando al discípulo amado, dijo a María (Jn., 19, 26): Ese es tu hijo; como si le dijese: Ves ahí el hombre que, en virtud del ofrecimiento que por su salvación haces de rni vida, ya nace a la vida de la gracia; y dirigiéndose después al discípulo, añadió:

Esa es tu Madre, con cuyas palabras, dice San Bernardino de Sena, quedó constituida por Madre, no sólo de San Juan, sino también de todos los hombres, a quien tanto amó; siendo por esto muy de advertir, añade el Padre Silveira, que el Evangelio no pone el nombre de Juan, sino el discípulo, para dar a entender que el Salvador la dio por Madre a todos los que por la profesión de cristianos son discípulos suyos.

Yo soy la Madre del Amor Hermoso (Eccli., 24, 24), dice María; porque su amor, al mismo tiempo que hace a las almas hermosas a los ojos de Dios, le estimula a recibirnos por hijos como amorosa Madre. ¿Y qué madre ama tanto a los suyos? ¿Qué madre mira por ello con tanta solicitud como Vos lo hacéis, Reina y Madre dulcísima?

¡Felices los que viven bajo la protección de Madre tan amante y poderosa! El Profeta David, aunque en su tiempo no hubiese aún nacido María, ya se daba por hijo suyo; y esto alegaba a Dios para que le salvase, diciendo (Ps., 85. 16): Salva, Señor, al hijo de tu esclava. «¿De qué esclava?», pregunta San Agustín. De la que dijo al ángel:

«Aquí está la esclava del Señor.» Y añade San Roberto Belarmino: «¿Quién tendrá la osadía de arrancar a sus hijos de aquel seno maternal, habiéndose refugiado ellos allí para librarse de los golpes de sus enemigos? ¿Qué furia infernal, o qué pasión, por violenta que sea, podrá nunca vencer a los que han puesto toda su confianza en el patrocinio de esta gran Madre?

Cuentan de la ballena que, si por la furia de alguna tempestad, o por temor de los pescadores, ve a sus hijos en riesgo, abre la boca y los guarda dentro del seno mientras pasa el peligro.

A este modo, nuestra dulce Madre, cuando ve a sus hijos expuestos al furor de las borrascas que levantan las tentaciones, ¿qué hace? Movida de su grande amor, los esconde dentro de sus entrañas, y allí los tiene y protege hasta colocarlos en el puerto de la gloria eterna. ¡Oh Madre amantísima!, ¡oh Madre piadosísima! ¡Bendita seáis para siempre, y bendito sea el Señor, que os dio a nosotros por Madre y seguro refugio de todos los peligros de esta vida!

Reveló la misma Virgen a Santa Brígida que, a la manera como una madre viese a sus hijos entre las espadas del enemigo, haría todos los esfuerzos posibles por librarlos, así, dice, lo hago y haré yo por los míos, por más pecadores que sean, siempre que recurran ellos a mí.

Fiémonos, pues, en su palabra, seguros de que en todas las luchas que sostengamos con los enemigos infernales saldremos vencedores, con sólo acudir invocándola y repitiendo: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios.» ¡Oh, cuántas victorias han alcanzado del infierno los fieles con esta breve pero eficacísima oración! ¡Así vencía siempre a los demonios una gran sierva de Dios del Orden de San Benito!

Alegraos, pues, los que sois hijos de María, y alegrémonos todos, sabiendo que adopta benignamente por hijos a cuantos lo quieren ser. Alegraos, y no temáis perderos, pues con todo su poder os defiende y protege vuestra Madre poderosísima. Si la amáis de todo corazón, si ponéis en Ella vuestra confianza, bien podéis cobrar ánimo y decir con San Buenaventura:

¿Qué temes, alma mía? La causa de tu salvación no se puede perder, porque la sentencia está en manos de Jesús, que es hermano tuyo, y de María, que es tu querida Madre.

Con este mismo pensamiento, que alegra tanto a los corazones, nos exhorta San Anselmo a la confianza: La Madre de Dios es mi Madre; ¿con cuánta seguridad no debo esperar, pues mi salvación depende de mi buen Hermano Jesús y de mi piadosa Madre María?

Oigamos, pues, las voces de nuestra Madre, que, como a niños tiernos, amorosamente nos llama (Prov., 9, 4): Si quis est parvulus, venial ad me.

Los niños tienen siempre en la boca la palabra «madre», y a cualquier susto o peligro claman al momento:

«¡Madre, madre!» ¡Oh Madre amorosísima! Esto es lo que Vos deseáis: que cual niño os llamemos y corramos a Vos, porque ciertamente queréis favorecernos y salvarnos, como lo habéis hecho siempre con todos vuestros hijos.

I 1c. Oracion

Aquí me tenéis. Señora, delante de Vos, como un pobre andrajoso y lleno de llagas en presencia de una Reina poderosa; aquí estoy delante de la Reina del Cielo y de la tierra. Desde ese trono tan elevado no os desdeñéis de volver a este miserable pecador vuestros ojos misericordiosos.

Dios os colmó de tantas riquezas para que socorráis a los pobres, y os hizo Reina de misericordia para que amparéis a los miserables. Miradme, pues, y compadeceos de mí.

Miradme, y no me dejéis hasta mudarme enteramente de pecador en justo. Bien conozco ser indigno de todo favor, y aun merezco ser privado, por mis ingratitudes, de todos los beneficios que por vuestro medio he recibido de la mano divina; pero Vos, como Reina que sois de la misericordia, no buscáis méritos, sino miserias para remediarlas. Pues ¿dónde habrá en el mundo otro más necesitado que yo?

¡Oh Virgen excelsa! Siendo Vos la Reina de todo el universo, sois también Reina mía, por lo cual me ofrezco a serviros con más empeño que hasta aquí, para que en todas las cosas dispongáis de mí según fuere vuestro mejor agrado; y así os diré con San Buenaventura:

Regidme y gobernadme, Señora; regidme, y nunca me dejéis a mi discreción. Mandad y decir lo que tengo que hacer, y si falto alguna vez, castigad me como queráis, porque para mí será muy saludable cualquier castigo que venga de vuestra piadosa mano. En más estimo ser vuestro esclavo que señor de toda la tierra: tuus sun ego, salvum me fac.

Recibidme, Virgen soberana, como cosa vuestra, y cuidad continuamente de mi salvación. Ya no quiero ser mío, todo me entrego a Vos. Si hasta ahora, por mi desgracia, os he servido mal, si he dejado perder tantas ocasiones en que pude agradaros, propongo ser en adelante uno de vuestros siervos más leales. No, no quiero ya que ninguno me aventaje en amaros y serviros, ¡oh Reina mía amabilísima! Así os lo prometo, y así espero cumplirlo con vuestro auxilio poderoso. Amén.

I 1b.Ejemplo: María la pecadora, convertida en la hora de la muerte


Se cuenta en la Vida de Sor Catalina de San Agustín que en el pueblo donde moraba había también una mujer llamada María, que habiendo sido escandalosa en la juventud, no era mejor siendo ya vieja, por lo cual la echaron del pueblo y se refugió en una cueva, donde al cabo murió medio podrida, sin sacramentos y abandonada de todo el mundo, y así, la enterraron en el campo como a una bestia.

Sor Catalina, aunque acostumbrada a encomendar a Dios muy de veras las almas de todas las personas que allí morían, habiendo sabido la desgraciada muerte de la vieja, no pensó en pedir por ella, teniéndola, como ya todos la tenían, por condenada.

Al cabo de cuatro años se le aparece de pronto un alma en pena, que le dice: «Catalina, ¿he de tener yo tan mala suerte? Tú encomiendas a Dios a todos los que mueren aquí, y sólo de mi alma no tienes compasión.» «¿Quién eres?», le preguntó la sierva de Dios. «Soy María, la que murió en la cueva.» «¡Cómo!, ¿tú en carrera de salvación?»

«Sí —volvió a decir el alma— , lo estoy gracias a la misericordia de la Reina del Cielo.

Oye cómo fue. Cuando ya vi cerca la muerte, mirándome tan abandonada y llena de pecados, volví los ojos a la Madre de Dios, diciendo: Señora, no hay quien me valga en este último trance; pero Vos acogéis a todos los desamparados.

Vos sois mí única esperanza. Vos sola me podéis ayudar; tened compasión de mí. No se hizo sorda la Virgen sacratísima; me alcanzó de Dios la gracia de hacer un acto de verdadera contrición, morí entonces, y así me salvé.

Ahora, en el purgatorio, me ha obtenido también el favor de que se me abrevie la pena, haciendo que sufra con más intensión lo que hubiera tenido que padecer por muchos años, y sólo me falta que se celebren algunas misas por mi alma., las cuales te pido que me mandes decir, y yo te prometo rogar siempre en el Cielo por ti a Dios y a su santísima Madre.»

Cuidó Sor Catalina que al instante se aplicasen las misas, y a los pocos días se le volvió a aparecer el alma más resplandeciente que el sol, dándole gracias por el beneficio, y diciendo que iba a la gloria a cantar para siempre las misericordias del Señor y a rogar por ella.

I 1a. De la confianza que debemos tener en la Virgen, por ser Reina de misericordia


Con justa razón venera la santa Iglesia a la Virgen María, exhortando a los fíeles a invocarla bajo el título glorioso de reina, por haber sido ensalzada a la dignidad de Madre del Rey de los reyes. Si el Hijo es Rey, justo título tiene también la Madre para llamarse Reina.

Desde el instante en que dio su consentimiento para ser Madre del Verbo eterno, dice San Bernardino de Sena, mereció ser proclamada por Reina de todo lo criado. Si la carne de María no fue diversa de la de Jesús, ¿cómo puede la Madre ser ajena de la monarquía del Hijo?

Así es que, entre ambas, la dignidad real no es común comoquiera, sino una misma. Y añade: Todas cuantas son las criaturas que sirven a Dios, otras, tantas deben igualmente servir a María, pues que estando los ángeles y los hombres, y todas las cosas, sujetos al imperio de Dios, están, del mismo modo, al dominio de María: aquí es que, hablando un piadoso autor con la soberana Señora, le dice, lleno de afecto:

Seguid, señora, disponiendo a vuestra voluntad de todos los bienes de vuestro santísimo Hijo, porque siendo Madre y Esposa del Rey del universo, pertenece a Vos, como Reina, el dominio de todas criaturas.

Es reina, pues, María. Pero nunca olvidemos, para nuestro consuelo, que es Reina dulce, Reina mente, Reina siempre inclinada a favorecer a miserables pecadores. Por esto quiere la santa Iglesia que la saludemos llamándola Reina de misericordia.

El mismo nombre de Reina está diciendo piedad y clemencia, pues como observaron Séneca y San Alberto Magno, la magnificencia de los reyes consiste especialmente en aliviar y consolar a los infelices, causa por que distan entre sí tanto tirano y rey, pues el tirano se propone su propia utilidad, pero el rey debe tener por fin el bien de los vasallos. Y por eso a los reyes, cuando consagran, les ungen la cabeza con aceite, símbolo de misericordia, para darles a entender que han de abrigar en el pecho, más que otra cosa, pensamientos de piedad y beneficencia.

Cierto es que los reyes no pueden desentenderse del justo castigo de los malhechores. Pero María no es Reina de justicia para castigar, sino solamente de misericordia, siempre dispuesta para usarla con los pecadores, por lo cual la santa Iglesia quiere que la invoquemos con tan glorioso título. Considerando el canciller de París Juan Gerson aquellas palabras del Profeta Rey (Ps. 61, 12):

Dos cosas oí, y fueron: que en Dios hay potestad y misericordia, dice que, consistiendo el gobierno de Dios en justicia y misericordia, le dividió, reservando para Sí la justicia y cediendo a su Madre la misericordia, para que todos los beneficios que se dispensen a los hombres pasen por sus manos virginales y Ella los reparta según quisiere.

Constituyó el Eterno Padre a Jesucristo Rey de justicia, haciéndole Juez universal, como cantó el Profeta (Ps. 71,2): Oh Dios, da tu juicio al Rey, y tu justicia al Hijo del Rey; sobre cuyas palabras dice un docto intérprete:

«Señor, a vuestro Hijo Rey disteis la justicia, y la misericordia a la Madre del Rey»; cuyo texto acomoda el salterio mariano, diciendo acertadamente: «Señor, da tu juicio al Rey, y tu misericordia a la Madre del rey.»

Por esta razón, el Real Profeta predijo que el mismo Dios había de consagrar a María, por decirlo así, como Reina de misericordia (Ps. 44, 8), ungiéndola con óleo de alegría, para que nosotros, miserables hijos de Adán, nos alegrásemos al considerar que tenemos en el Cielo a esta santísima Reina llena de unción, de piedad y misericordia.

¡Cuan bien se aplica a este propósito la historia de la reina Ester, figura de María! Leemos en el libro de Ester (c. 4) que, reinando Asuero, salió una orden que mandaba quitar la vida a todos los judíos cautivos en sus estados.

Al instante acudió Mardoqueo a Ester, su sobrina, suplicándole con insistencia que se interpusiese con el rey para obtener la revocación de la sentencia. Ester lo rehusaba, temiendo indignar más el ánimo del rey; pero Mardoqueo replicó que no pensase en salvarse a sí sola, habiéndola Dios elevado al trono para bien de todos los judíos.

Así dijo Mardoqueo a la reina Ester, y así podemos decir nosotros a nuestra Reina sacratísima, si es que alguna vez rehusase alcanzarnos el perdón de las penas justamente merecidas por nuestros pecados: Señora, no creáis que sólo para gloria vuestra os haya Dios ensalzado a la dignidad de Reina del mundo, sino para que, constituida en tan alto lugar, podáis mejor ampararnos y favorecernos. Luego que el rey Asuero vio a Ester en su presencia, le preguntó afablemente qué quería, y respondió la reina (7, 3):

Mi rey y señor, si he hallado gracia en tus ojos, dame a mi pueblo; esto es lo que pido. Asuero accedió, mandando al instante revocar la sentencia. Ahora bien: si este rey, porque amaba a su esposa, le concedió la gracia, ¿cómo podrá Dios, amando infinitamente a María, dejar de oír los ruegos que le presente en favor de los pecadores que recurren a su patrocinio, cuando Ella le diga:

«Señor y Dios mío, si hallé gracia en tus ojos —y bien sabe que la halló, bien sabe que es la bendita, la bienaventurada, la única que halló la gracia perdida por el hombre; bien sabe que es la amada del Señor, y mucho más amada que todos los ángeles y santos juntos—; si me amas, Señor, dame estos pecadores por quienes te ruego?

¿Es posible que Dios no escuche tan amorosas palabras? ¿Quién no sabe la eficacia que tienen los ruegos de su Madre? Lex clementiae in lingua ejus (Prov., 31, 26).

Toda súplica suya es como una ley que Dios ha dado para que se use de misericordia con todos aquellos por quienes interceda.

¿Preguntas por qué la Iglesia la llama Reina de misericordia?

«Para que sepamos, dice un piadoso autor, que Ella es la que abre los tesoros infinitos de la misericordia divina a quien quiere, cuando quiere y como quiere; tanto, que no hay pecador, por grande que sea, que se pueda perder si le protege María.»

Pero viéndonos tan pecadores, ¿se podrá temer que se desdeñe de interponerse en nuestro favor? O, siendo tanta su santidad y majestad, ¿esto nos ha de retraer acaso de echarnos a sus pies e implorar su poderoso valimiento?

«De ninguna manera, dice San Gregorio; pues cuanto más santa es y en lugar más elevado está, tanto es más dulce y piadosa con los pecadores arrepentidos que recurran a su protección.» Aquella majestad de que están rodeados los reyes de la tierra causa temor en los vasallos, y muchos no se atreven a estar en su presencia.

«Pero, ¿qué temor, dice San Bernardo, puede nadie tener en presentarse a esta Reina de misericordia, cuando en ella nada hay que sea terrible y austero, sino que toda es dulzura y afabilidad?

A todos se nos ofrece y da leche y lana; leche de misericordia, para animarnos a la confianza, y lana de refugio, para defendernos de los rayos de la ira divina.

Cuenta Suetonio que Tito, emperador, no acertaba a negar cosa alguna de cuantas le pedían; antes bien, que a veces prometía mucho más, diciendo que el príncipe no es bien que despida descontento a nadie. Con todo, ni decía siempre la verdad, ni cumplía siempre sus promesas.

Pero nuestra poderosísima Reina, que no puede mentir, tiene en sus manos inagotables tesoros que dispensar, y es de un corazón tan benigno, que no le sufre despedir a nadie, descontento de su presencia.

¿Ni cómo podríais, Señora, desechar a los miserables, siendo Vos la Reina de la misericordia?

¿Quiénes son los súbditos de la misericordia, sino los miserables?

Pues siendo Vos la Reina de la misericordia, y yo el más infeliz de vuestros esclavos, se sigue que debéis tener más cuidado de mí que de todos los demás.

Usad, pues, de clemencia con nosotros, ¡oh Reina de misericordia!, para que nos salvemos. No digáis: «No puedo», viendo la multitud de nuestros pecados, porque mayor que todos ellos es vuestro poder y la piedad de vuestro corazón.

No hay cosa que pueda resistir a vuestro poder, porque el Criador, que os honra como Madre, estima como propia la gloria vuestra, siendo indudable que, si es infinita la obligación que tenéis para con vuestro Hijo, por la dignidad a que os elevó, también es grande la suya para con Vos, de quien recibió el ser humano; y por eso, ahora que gozáis de su gloria, os concede por especial honor todo cuanto le pedís.

¡Cuánta, pues, debe ser nuestra confianza en esta dulcísima Reina, sabiendo lo que puede con Dios y la abundancia de su misericordia!

No hay persona en la tierra que no participe de sus favores. Así lo reveló a Santa Brígida la misma Virgen, diciendo:

«Yo soy la Reina del Cielo, Madre de misericordia, alegría de los justos y puerta de salvación para los pecadores; ni vive en la tierra pecador alguno tan infeliz que esté del todo privado de mi bondad y misericordia, porque, los que menos, logran por mi intercesión no ser molestados de tentaciones, como sin mi favor lo serían.

Nadie, sino el que ya es maldito —se entiende con la maldición final e irremediable de los condenados — , se ve tan desechado por Dios que, si me invoca, no encuentre propicia mi propensa misericordia.

Todos me llaman Madre de misericordia, y verdaderamente, lo que usa Dios con los hombres hace que Yo también sea con ellos tan misericordiosa como soy. Por lo mismo, el que pudiendo acudir a Mí, no lo haga, será infeliz en esta vida, y en la otra lo será para siempre.»

Acudamos, pues, acudamos siempre todos a los pies de esta Reina dulcísima, si queremos salvarnos con seguridad; y cuando la multitud de nuestros pecados nos desaliente, acordémonos que fue elegida Reina de misericordia para salvar con su protección poderosa a los pecadores, por grandes que sean, que acudan a Ella. Estos han de ser en el Cielo su corona, como se lo prometió en los Cantares su divino Esposo (4, 8):

Ven del Líbano, Esposa mía; ven del Líbano, ven, y serás coronada… de las cuevas de los leones, de los montes de los leopardos. Y éstos, ¿quiénes son sino los pecadores, cuyas almas se hacen, por el pecado, cuevas de monstruos espantosos?

Pues estos mismos, Reina soberana, salvos por vuestro medio, os han de servir en el Cielo de diadema de gloria, porque su salvación será corona vuestra, corona propia, corona digna de la Reina de misericordia.

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