por makf | 21 Ago, 2025 | Libro 4
Un amigo me contó esta historia de algo que le sucedió, mientras su papá estaba cazando venados en los bosques de Oregon.
Con el rifle acunado en el hueco de sus brazos, su padre iba por un antiguo camino de leñadores, casi borrado por la exuberante espesura. Caía la tarde, y estaba pensando en regresar al campamento, cuando oyó un ruido en los arbustos cerca de él. Antes de que tuviera oportunidad de levantar el rifle, un bultito castaño y blanco corrió hacia él a toda velocidad. Mi amigo se reía, mientras me contaba la historia.
"Todo sucedió tan rápido, que papá apenas tuvo tiempo de pensar. Miró hacia abajo, y allí estaba un conejito castaño (en extremo agotado) acurrucado contra sus piernas entre sus botas. La cosita temblaba como una hoja, pero allí estaba sin moverse.
Esto era sumamente raro. Los conejos silvestres tienen miedo de la gente, y ni siquiera es fácil llegar a ver alguno… mucho menos uno que venga, y se siente entre nuestros pies.
Mientras papá trataba de encontrarle explicación a aquello, otro actor entro en la escena: Más abajo, en el camino, una comadreja saltó al camino. Cuando vio a mi padre y a la que consideraba su presa, sentada a sus pies, el predador quedó congelado. El hocico jadeante, y sus ojos con un brillo rojo.
El conejito, exhausto por la persecución, estaba a sólo segundos de la muerte. Papá era su última esperanza de refugio. Olvidando su natural recelo y miedo, el animalito instintivamente se había pegado a él, buscando protección de los afilados dientes de su implacable enemigo".
El padre de mi amigo no lo decepcionó: alzó su rifle, apuntó y disparó al suelo, justo debajo de la comadreja. El animal pareció saltar casi recto al aire un par de pies, y entró disparado hacia el bosque de nuevo, a toda la velocidad que sus patas se lo permitían.
Durante un rato, el conejito no se movió. Siguió echado allí, acurrucado entre los pies del hombre, mientras él le hablaba suavemente:
"¿A dónde fue? No pienso que te molestará por un tiempo. Parece que esta noche te has librado de la trampa".
Pronto, el conejito se fue saltando, alejándose de su protector para entrar en el bosque.
Y tú…, ¿A dónde corres en momentos de necesidad?
¿A dónde corres cuando te persiguen los predadores como los problemas, las preocupaciones y los temores?
¿Dónde te refugias, cuando tu pasado te persigue como un lobo implacable, tratando de destruirte?
¿Dónde buscas protección, cuando las comadrejas de la tentación, la corrupción y la
maldad amenazan con vencerte?
¿A dónde te vuelves cuando tus energías se agotan… cuando la debilidad te embarga, y sientes que no puedes huir por más tiempo?
¿Te vuelves a tu protector…? ¡Vamos… anímate!, deja de correr, y vuélvete a tu padre Dios. Él te está esperando con los brazos abiertos, para darte la seguridad de todo lo que El es.
por makf | 21 Ago, 2025 | Libro 4
Tenía apenas 14 años cuando conocí a Gabriel. Él no era mucho mayor y, al igual que yo, pasaba por la difícil etapa de la adolescencia. Nos hicimos amigos, y juntos nos divertíamos mucho.
No recuerdo qué pasó entre nosotros. Hubo palabras duras y lágrimas. La imagen de él, con el pelo empapado bajo la lluvia, y las lágrimas que le resbalaban por las mejillas, se quedó para siempre grabada en mi memoria. Quise reparar el daño, pero me faltó valor, y no supe hacerlo. La situación me parecía demasiado compleja.
Gabriel y yo nos distanciamos.
Transcurrieron los años, y no supe mucho de él. Luego, en abril de 1998, los amigos mutuos me hicieron saber que estaba en estado de coma. Había caído unos treinta metros, mientras escalaba una montaña. El corazón me dio un vuelco. En ese instante comprendí que jamás lo volvería a ver. Los médicos se esforzaron por ayudarlo, pero Gabriel murió al cabo de unas semanas.
Después de aquello, durante un tiempo no podía conciliar el sueño de noche, deseando que hubiese podido resolver nuestras diferencias, y que hubiésemos seguido siendo amigos.
Tenía la certeza de que había perdido toda oportunidad de hacerlo. Me preguntaba si él me habría perdonado el daño que le había causado, si podía observarme desde el Cielo, y si comprendía el dolor que azotaba mi alma.
Luego, una noche me vino la respuesta a mi interrogante. No era nada largo ni complicado, pero era todo lo que me hacía falta, para librarme del tremendo remordimiento. Oí claramente una voz en mi cabeza. Era Gabriel, que me decía:
- ¡Siempre te consideré mi amiga!
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Comprendí que todo estaba perdonado, y a mi corazón llegó la paz.
Entonces, me propuse que jamás dejaría transcurrir un día sin hacer las paces con aquellos a quienes ofendiera, por si no se me vuelve a presentar la ocasión de hacerlo.
Hoy podría ser mi única oportunidad de demostrar a alguien que es importante para mí, de decirle: "Te quiero", y hacer las paces.
por makf | 21 Ago, 2025 | Libro 4
Porque puedo reconstruir paso a paso mis primeros años con todas esas fotografías, clasificadas con tanto cuidado.
Por pedirme perdón en las ocasiones en que habías sido injusta o cuando te equivocabas. Así aprendí que se necesita tanta valentía para aceptar los errores, como para corregirlos.
Por haber comenzado a aplaudir en aquel festival, disimulando que yo, para mi horror, había olvidado por completo cómo continuaba mi poesía.
Porque siempre has sabido cómo preguntarme qué me pasa, hasta conseguir que mis preocupaciones se aligeren, al compartirlas contigo.
Porque me has hecho sentir que ninguna meta que me proponga alcanzar es imposible. Y porque realmente lo crees. Tu confianza en mí ha sido el mejor curso de superación personal.
Tantas son las vocaciones ocultas de una madre: Es la enfermera que no retrocede ante la sangre de ninguna herida; el médico que adivina si el dolor presagia una enfermedad, o una tarea difícil en la escuela; el mejor abogado para defendernos de maestros y entrenadores ciegos a nuestra excelencia; la psicóloga que calma nuestros miedos; el veterinario que cura nuestra mascota …y se ocupa de ella; y también el filósofo, que nos explica los eternos enigmas de la vida…
por makf | 21 Ago, 2025 | Libro 4
En cierta población, vivió un joven que se distinguió por ser el más alegre y vivaracho de su pueblo. En todos los festejos nocturnos, era el primero en armar buen ambiente, y nadie se iba mientras él fuera el promotor.
Al que conocemos como "el alma de la fiesta", eso era este chico, pero elevado a la décima potencia. Unido a este volcán de vitalidad, poseía un corazón de oro, que era la verdadera fuente de su alegría.
Le encantaba estar fuera de casa, con sus amigos, hasta altas horas de la noche. Se esperaba a que todos los del pueblo comenzaran a roncar, y entonces recorría las calles, cantando a todo pulmón. Entre sus aficiones estaba, como es natural, la de dejar correr por su garganta el contenido rojo de un par de botellas de vino generoso. Siempre con los amigos, y prueba de ello es que su pandilla era conocida como la "Compañía de la alegría".
Era de humor vivo, de inteligencia ágil y de espíritu abierto y fogoso. El típico que encuentra el comentario oportuno para la ocasión. Con las mujeres se comportó siempre como un caballero, y las trataba como si se tratara de su propia madre.
Su padre tenía mucho dinero, y era un rico comerciante de telas finas y extranjeras, de los hombres más afamados y respetables en la región. Sin embargo, este joven no fue de aquellos a los que los billetes les calientan la cabeza, y por eso no fue contado entre los "fresas" de su tiempo. No quiso hacer lo que la mayoría: buscar lo más refinado, acudir a lugares "exclusivos", aumentar más y más el valor de su ropa, y ampliar sus closets con marcas caras y "de prestigio". No. Él encontró una manera más divertida, más original, e incluso podríamos decir "agresiva" para las costumbres de su pueblo. No es que fuera loco, o que careciera de sentido común, pero no podía ver una necesidad en su prójimo, sin que sintiese vivamente el reclamo de su conciencia para solucionarlo.
Así, si veía a un pobre hombre mal vestido, él sacaba vestidos del almacén de su padre para vestirlo. Muchas veces, incluso llegó él mismo a quitarse alguna prenda, y se la ofreció a los necesitados.
Cuando se sentaban a la mesa, siempre ponía panes de sobra en el canasto, para tenerlos a la mano y regalarlos a los necesitados que tocaban a la puerta…
Nos puede parecer insólito e increíble este caso. ¿Por qué un joven iba a actuar de ese modo, con dos comportamientos tan distintos? No se trata de actitudes opuestas. Ambas nacen de un corazón auténticamente humano, que no sabe otra cosa más que amar sin distinciones. Cuando se llega a entender que sólo se tiene una vida, y la mejor manera de invertirla es donándose y amar… entonces se comprende por qué cada día es una fiesta, para aprovecharla hasta la última gota con los demás. Entonces, nuestra vida será una fiesta sin límites, sin límites en la felicidad y en el amor.
Me olvidaba de un dato fundamental. Este muchacho tan festivo y divertido, como noble y magnánimo, se llamó Francisco, de un pueblito, gracias a él, muy conocido: Asís.
Autor: Vicente D. Yañes
por makf | 21 Ago, 2025 | Libro 4
Cuentan que un día, muy temprano salió a pescar una persona con mucho ánimo y alegría, ya que sentía que pescaría mucho. Tenía todas las condiciones perfectas para hacer una gran pesca.
Se subió en su bote, comenzó a remar y llegando no muy lejos de la orilla, ahí lanzó el ancla. Preparó el hilo y la carnada, pero antes de comenzar a pescar, se puso de pie e hizo una oración a Dios dando gracias por un día tan precioso, y la gran pesca de ese día. Acto seguido, comenzó la pesca.
Mientras él pescaba, a pocos metros de él había una persona viendo lo que hacía. Esta persona notaba que cuando el pescador agarraba un pez, lo medía y decía: "éste mide 15 centímetros", lo sacaba, y lo colocaba en una cesta, donde acomodaba toda la pesca del día y continuaba pescando. Luego, sacó otro pez, haciendo lo mismo.
dijo: éste mide 16 centímetros, lo echó en la cesta y continúo su pesca. El observador notó que el próximo pez que sacó " era muy grade, más del triple de los que había obtenido anteriormente, y se sorprendió , cuando el pescador exclamó: "Este mide mucho", inmediatamente lo devolvió al agua. Este patrón fue repetido en varias ocasiones, lo que le llamó la atención en gran manera al observador. Este, sorprendido, comenzó a remar acercándose sutilmente al bote, saludó al pescador y le preguntó:
"He visto que ha tenido muy buena pesca, pero he notado que los peces muy grandes los devuelve al agua, ¿por qué siendo tan grandes los devuelve, y no hace esto con los de menor medida?.
El pescador le dijo: "Lo que sucede es que los peces grandes no caben en mi sartén, que sólo mide 16 centímetros"…
A veces pedimos a Dios grandes bendiciones, y no estamos preparados para recibir todo lo bueno que El tiene para nosotros; la sartén significa la mente. Tenemos que expandir nuestra mente, para poder recibir las cosas grandes que Dios nos tiene preparadas.