588- Iscariote con los Jefes del Sanedrín

Judas llega de noche a la casa que Caifás tiene en el campo. Pero hay Luna, una Luna que hace de cómplice al asesino iluminándole el camino. Debe estar bien seguro de encontrar allí, en aquella casa de fuera de las murallas, a quienes busca, porque, en el caso contrario, pienso que habría tratado de entrar en la ciudad e ir al Templo. Sin embargo, sube seguro entre los olivos del pequeño collado.

Se siente más seguro esta vez que la pasada, porque ahora es de noche, y las sombras y la hora lo protegen de toda posible sorpresa. Los caminos de los campos ya están desiertos, tras haber sido recorridos todo el día por las muchedumbres de los peregrinos que van a Jerusalén para la Pascua. Hasta los pobres leprosos están en sus grutas y duermen sus sueños de infelices, olvidados durante alguna hora de su sino.

Ya está Judas delante de la puerta de la casa, que albea con la luz de la Luna. Llama. Tres golpes, un golpe, tres golpes, dos golpes… ¡Sabe a las mil maravillas hasta la señal convencional! Y debe ser verdaderamente una señal segura, porque la puerta se entreabre sin que previamente el portero mire por el ventanillo practicado en la puerta.
Judas se introduce rápidamente, y, al criado portero que lo saluda con deferencia, le pregunta:

-¿La asamblea está reunida?

-Sí, Judas de Keriot. Podría decir que está completa.
-Llévame a ellos. Tengo que hablar de cosas importantes. ¡Rápido!

El hombre cierra con todos los cerrojos la puerta y precede a Judas por el pasillo semioscuro. Se para ante una pesada puerta y llama. El rumor de las voces cesa en la sala cerrada y es sustituido por el ruido de la cerradura y el chirriar de la puerta, que al abrirse proyecta un cono de luz viva en el pasillo oscuro.

-¿Tú? ¡Entra! -dice el que ha abierto la puerta (no sé quién es). Y Judas entra en la sala mientras el que le ha abierto cierra con llave de nuevo.

Hay una reacción de estupor, o, por lo menos, de turbación, al ver entrar a Judas. Pero lo saludan en coro:
-La paz a ti, Judas de Simón.

-La paz a vosotros, miembros del Sanedrín santo -saluda Judas.
-Acércate. ¿Qué quieres? -le preguntan.

-Deciros algo… Hablaros del Cristo. Ya no es posible continuar así. Yo ya no puedo seguir sirviéndoos de ayuda, si no os decidís a tomar decisiones extremas. Ese hombre ya sospecha.

-¿Te has dejado descubrir, necio? -le interrumpen.
-No. Necios vosotros, vosotros que por una estúpida prisa habéis dado pasos errados. ¡Bien sabíais que os habría servido! No os habéis fiado de mí.

-¡Tienes memoria lábil, Judas de Simón! ¿No recuerdas cómo nos dejaste la última vez? ¿Quién podía pensar que nos eras fiel, a nosotros, proclamando de esa manera que no podías traicionarlo? – dice Elquías, irónico, más que nunca serpentino.

-¿Y creéis que es fácil llegar a engañar a un amigo, al único que verdaderamente me ama, al Inocente? ¿Creéis que es fácil llegar al delito?

Judas está ya turbado.

Tratan de calmarlo. Emplean la lisonja. Y lo seducen, o, al menos, tratan de seducirlo, haciéndole observar que eso suyo no es un delito, «sino -esto dicen-una obra santa para con la Patria, a la que evita represalias de los dominadores, que ya dan señales de intolerancia por esas continuas agitaciones y divisiones de partidos y de la gente en una provincia romana; y para con la Humanidad, si es que -le dicen-está verdaderamente convencido de la naturaleza divina del Mesías y de su misión espiritual».

-Si es verdad lo que Él dice -lejos de nosotros el creerlo-, ¿no eres tú el colaborador de la Redención? Tu nombre estará asociado al suyo para todos los siglos venideros, y la Patria te contará entre sus hombres de pro, y te honrará con los más altos cargos. Tienes preparado un sitial entre nosotros. Subirás, Judas. Darás leyes a Israel.

¡No olvidaremos lo que hiciste por el bien del sacro Templo, del sacro Sacerdocio, por la defensa de la Ley santísima, por el bien de toda la Nación! Solamente ayúdanos, y luego -te lo juramos, te lo juro yo en nombre del poderoso padre mío y de Caifás, que lleva el efod-, tú serás el hombre más grande de Israel. Más que los tetrarcas, más que mi propio padre, ya relevado como Pontífice. Como un rey serás servido, como un profeta serás escuchado. Y si luego Jesús de Nazaret no fuera más que un falso Mesías -aunque, en realidad, no se le podría condenar a muerte, porque sus acciones no son las de un bandolero sino las de un demente-, te recordamos las palabras inspiradas de Caifás pontífice -tú sabes que quien lleva el efod y el racional habla por inspiración divina y profetiza el bien y lo que hay que hacer para el bien-, Caifás, ¿recuerdas?, Caifás dijo:

"Conviene que un hombre muera por el pueblo y no perezca toda la Nación". Fueron palabras de profecía.

-En verdad lo fueron. El Altísimo habló por boca del Sumo Sacerdote. ¡Sea obedecido! -dicen en coro -sin duda con teatralidad y como autómatas que deben hacer esos determinados gestos-esas ruines marionetas de los miembros del gran consejo del Sanedrín.

Judas está sugestionado, seducido… pero todavía una pequeña raíz de buen sentido, si no de bondad, queda en él, y le retiene para no pronunciar las palabras fatales.
Rodeándolo con deferencia, con simulado afecto, le apremian:

-¿No nos crees? Mira: somos los jefes de las veinticuatro familias sacerdotales, los Ancianos del pueblo, los escribas, los más encumbrados fariseos de Israel, los sabios rabíes, los magistrados del Templo. Lo más selecto de Israel está aquí, en torno a ti, y estamos dispuestos a aclamarte, y, a una voz, te decimos: "Haz esto, que es santo".

-¿Gamaliel dónde está? ¿José y Nicodemo dónde están? ¿Dónde está Eleazar el amigo de José; dónde, Juan de Gahas? No los veo.

-Gamaliel, haciendo una fuerte penitencia; Juan, con su mujer, que está encinta y está mal esta noche; Eleazar… no sabemos por qué no ha venido, pero cualquiera puede sentirse mal de improviso, ¿no te parece? Respecto a José y Nicodemo, no los hemos avisado de esta sesión secreta, por amor a ti, por cuidado de tu honor… Para que, en el infortunado caso de que la cosa fallara, tu nombre no fuera referido al Maestro… Nosotros tutelamos tu nombre.

Nosotros te amamos, Judas, nuevo Macabeo salvador de la Patria. (Cuyas gestas están narradas en: 1 Macabeos 3-9; 2 Macabeos 8-15)

-Macabeo combatió la buena batalla. Yo… cometo una traición.

-No observes las particularidades del acto, sino la justicia del fin. Habla tú, Sadoq, escriba de oro. De tu boca fluyen valiosísimas palabras. Si Gamaliel es docto, tú eres sabio, porque en tus labios está la sabiduría de Dios. Háblale tú a este que todavía vacila.

Ese mal bicho de Sadoq se acerca, y con él el decrépito Cananías: un zorro esqueletado y moribundo junto a un astuto chacal fuerte y feroz.

-¡Escucha, hombre de Dios! -empieza pomposamente Sadoq tomando una pose inspirada y retórica: el brazo derecho, ciceronianamente, extendido hacia delante; el izquierdo ocupado en sujetar todo ese embarazo de pliegues que constituye su vestidura de escriba. Y luego levanta también el brazo izquierdo, dejando que su monumento de vestiduras se desarregle y desordene. Y así, cara y brazos alzados hacia el techo de la estancia, dice con voz potente:

-¡Yo te lo digo! ¡Te lo digo ante la Altísima Presencia de Dios!

-¡Maran-Athá! (expresión que significa “Así sea”- también puede corresponder a una invocación aramea al Señor como en Corintios 16, 22)-hacen coro todos, inclinándose como si un soplo supremo los plegara, para enderezarse luego con los brazos recogidos sobre el pecho.

-Yo te lo digo: ¡Está escrito en las páginas de nuestra historia y de nuestro destino! ¡Está escrito en los signos y en las figuras transmitidos por los siglos! ¡Está escrito en el rito que no conoce interrupción desde aquella noche fatal para los egipcios! ¡Está escrito en la figura de Isaac! Está escrito en la figura de Abel. Y… lo que está escrito cúmplase.

-¡Maran-Athá! -dicen los otros haciendo coro, un coro bajo y lúgubre, sugestionador, con los gestos de antes, iluminadas caprichosamente sus caras por la luz de las dos lámparas encendidas en los extremos de la sala, unas lámparas de mica pálidamente violácea que emanan una luz fantasmagórica. Y verdaderamente esta reunión de hombres, casi todos vestidos de blanco, con las coloraciones pálidas trigueñas de su raza, ahora aún más pálidos y trigueños por la luz difusa, parece realmente una reunión de espectros.

-La palabra de Dios ha descendido a los labios de los profetas para signar este decreto. ¡Debe morir! ¡Está escrito!

-¡Está escrito! ¡Maran-Athá!
-¡Debe morir, su suerte está signada!
-Debe morir. ¡Maran-Athá!
-Su destino fatal está descrito hasta en sus más pequeños detalles. ¡Y el sino no se quebranta!
-¡Maran-Athá!

-Hasta está establecido el precio simbólico que se entregará al que se haga instrumento de Dios para el cumplimiento de la promesa.

-¡Está establecido! ¡Maran-Athá!
-¡Como Redentor o como falso profeta, Él debe morir!
-¡Debe morir. ¡Maran-Athá!
-¡La hora ha llegado! ¡Yeohveh lo quiere! ¡Yo oigo su voz! Esa voz grita: "¡Cúmplase esto!".

-¡El Altísimo ha hablado! ¡Cúmplase! ¡Cúmplase! ¡Maran-Athá!

-Que el Cielo te fortalezca como fortaleció a Yael y Judit, que siendo mujeres supieron ser heroínas; como fortaleció a Jefté, que siendo padre supo sacrificar a su hija a la Patria; como fortaleció a David contra Goliat. ¡Y cumple el gesto que hará eterno a Israel en la memoria de los pueblos!

-Que el Cielo te fortalezca. ¡Maran-Athá!
-¡Sal vencedor!
-¡Sal vencedor! ¡Maran-Athá!
Se eleva la ronca voz senil de Cananías:
-¡El que titubea ante la orden sagrada queda condenado al deshonor y a la muerte!

-Queda condenado. ¡Maran-Athá!

-Si no quieres escuchar la voz del Señor Dios tuyo, y no llevas a cabo su mandato y lo que Él por boca nuestra te ordena, ¡véngante todas las maldiciones!
-¡Todas las maldiciones! ¡Maran-Athá!

-Que el Señor te castigue con todas las maldiciones mosaicas, y te disgregue entre las gentes.
-¡Te castigue y te disgregue! ¡Maran-Athá!
Un silencio de muerte sigue a esta escena sugestionadora… Todo queda suspendido en una inmovilidad terrorífica.

Y al fin se oye alzarse la voz de Judas, y casi, de tan transformada como está, me cuesta reconocerla:

-Sí. Yo lo haré. Lo debo hacer. Y lo haré. Ya la última parte de las maldiciones mosaicas es mi parte y debo salir de ellas porque ya demasiada demora he tenido. Estoy volviéndome loco y no tengo tregua ni descanso; mi corazón está amedrentado; mi mirada, perdida; mi alma, consumida por la tristeza. Temiendo ser descubierto en mi doble juego y fulminado por Él -yo no sé, yo no sé hasta qué punto conoce Él mi pensamiento-, veo mi vida pendiente de un hilo, y mañana, tarde y noche invoco que termine este momento por el terror que amedrenta mi corazón. Por el horror que debo llevar a cabo. ¡Oh, acelerad este momento!

¡Sacadme de estas angustias mías! Cúmplase todo. ¡Enseguida! ¡Ahora! ¡Y yo sea liberado! ¡Vamos!

La voz de Judas, a medida que ha ido hablando, se ha ido afirmando y haciendo fuerte. El gesto, antes automático e inseguro, como de sonámbulo, se ha hecho libre, voluntario. Se yergue en toda su altura, satánicamente bello, y grita:

-¡Suéltense los lazos del demencial terror! Libre estoy de la sujeción aterradora. ¡Cristo, ya no te temo y te entrego a tus enemigos! ¡Vamos!

Un grito de demonio victorioso. Y verdaderamente se encamina con arrogancia hacia la puerta.
Pero lo paran:

-¡Calma! Respóndenos: ¿Dónde está Jesús de Nazaret?
-En la casa de Lázaro. En Betania.
-No podemos entrar en esa casa que cuenta con siervos fieles. Es la casa de un favorito de Roma. Nos buscaríamos complicaciones seguras.

-Al amanecer vendremos a la ciudad. Poned la guardia en el camino de Betfagé, cread tumulto y prendedlo.

-¿Cómo sabes que viene por ese camino? Podría tomar el otro…

-No. Ha dicho a sus seguidores que entrará por ese camino en la ciudad, por la puerta de Efraím, y que estuvieran esperándolo en En Rogel. Si lo capturáis antes…

-No podemos. Deberíamos entrar en la ciudad con Él entre la guardia, y todos los caminos que conducen a las puertas y todas las calles de la ciudad están llenos de gente desde el alba hasta la noche. Se produciría tumulto, y eso no debe suceder.

-Subirá al Templo. Llamadlo para interrogarlo en una sala. Llamadlo en nombre del Sumo Sacerdote. Él irá porque tiene más respeto hacia vosotros que hacia su vida. Una vez que esté solo con vosotros… no os faltará la manera de llevarlo a lugar seguro y condenarlo en la hora propicia.

-Igualmente se produciría tumulto. Habrías debido darte cuenta de que la multitud está fanática por Él. Y no sólo el pueblo, sino también los grandes y los que son las esperanzas de Israel. Gamaliel pierde sus discípulos. Lo mismo Jonatán ben Uziel. Y otros de entre nosotros. Todos, seducidos por Él, nos dejan. Hasta los gentiles lo veneran, o le temen -lo cual es ya veneración-, y están dispuestos a alzarse contra nosotros si lo maltratamos.

Entre otras cosas, algunos bandoleros, a los que pagábamos para ser falsos discípulos y suscitar disputas, han sido arrestados y han hablado. Esperan clemencia por la delación. Y el Pretor está al corriente… Todo el mundo lo sigue mientras nosotros no concluimos nada. No. Hay que actuar con sutileza, para que no se den cuenta las turbas.

-Sí. ¡Así hay que actuar! Anás también da esta advertencia. Dice "Que no suceda durante la fiesta y no se cree tumulto entra el pueblo fanático". Esto ha ordenado, y ha dado disposiciones también para que sea tratado con respeto en el Templo y en otros lugares y que no sea molestado y así poder llevarlo a una encerrona.

-¿Y entonces qué queréis hacer? Yo estaba ya bien decidido para esta noche, pero vosotros titubeáis… -dice Judas.
-Mira: deberías llevarnos donde Él a una hora en que esté solo. Tú conoces sus costumbres. Nos has escrito que a ti, de todos, es al que más cerca tiene. Por tanto, sabrás lo que Él quiere hacer. Estaremos siempre preparados. Cuando juzgues propicia la hora y el lugar, vienes y nosotros vamos.

-Así quedamos. ¿Cuál será mi retribución?
Ya Judas habla fríamente, como si se tratara de un trato comercial cualquiera.

-Lo que dicen los profetas, para ser fieles a la palabra inspirada: treinta monedas… (Zacarías 11, 12-13)
-¿Treinta monedas por matar a un hombre, y además a ese Hombre? ¡¿El precio que tiene un cordero común en estos días de fiesta?! ¡Estáis locos! No es que yo tenga necesidad de dinero. Tengo buenas reservas. Así que no penséis que me convencéis por ansia de dinero. Pero es demasiado poco para pagar mi dolor de traicionar a Aquel que me ha amado siempre.

-¡Pero si ya te hemos dicho que recibirás de nosotros gloria y honores! Lo que esperabas de Él y no has recibido. Nosotros medicaremos tu desilusión. ¡Pero el precio está fijado por los profetas! ¡Es una formalidad! Es un símbolo, nada más. El resto vendrá después…

-¿Y el dinero cuándo?

-En el momento en que nos digas: "Venid". No antes. Nadie paga antes de tener en sus manos la mercancía. ¿Es que no te parece justo?

-Es justo. Pero, al menos, triplicad la suma…

-No. Así está dicho por los profetas. Así se debe hacer.

¡Oh, sí que sabremos obedecer a los profetas! No omitiremos ni una jota de lo que han escrito acerca de Él. ¡Je! ¡Je! ¡Je! ¡Nosotros somos fieles a la palabra inspirada! Je! ¡Je! ¡Je! -se ríe ese nauseabundo esqueleto que es Cananías.

Y muchos le hacen coro con risas lúgubres, bajas, insinceras, verdaderos caquinos de demonios que no saben sino reírse burlonamente. Porque la sonrisa es propia del corazón sereno y amante; la risa burlona, de los corazones turbados y saturados de malignidad.

-Todo está dicho. Puedes marcharte. Esperaremos al alba para regresar a la ciudad por distintos caminos. Adiós. La paz sea contigo, oveja perdida que vuelves al rebaño de Abraham. ¡La paz a ti! ¡La paz a ti! ¡Y el reconocimiento de todo Israel! ¡Cuenta con nosotros! Tus deseos son leyes para nosotros.

¡Que Dios te acompañe, como acompañó a todos sus siervos más fieles! ¡Que desciendan sobre ti todas las bendiciones!

Le acompañan, con abrazos y manifestaciones de amor, hasta la puerta… lo miran mientras se aleja por el pasillo semioscuro… oyen el ruido de hierros de los cerrojos del portón que se abre y después se cierra.
Vuelven a la sala con gran contento.

Sólo dos o tres voces se alzan. Son las de los menos demoníacos:

-¿Y ahora? ¿Qué haremos respecto a Judas de Simón? ¡Bien sabemos que no podemos darle lo que le hemos prometido, aparte de esas pobres treinta monedas!… ¿Qué va a decir cuando se vea traicionado? ¿No habremos hecho un daño mayor? ¿No irá diciendo al pueblo lo que hicimos? Sabemos que es un hombre de pensamiento no firme

-¡Bien ingenuos y necios sois teniendo estos pensamientos y creándoos estas angustias! Ya está determinado lo que haremos con Judas. Determinado desde la otra vez. ¿No os acordáis? Y nosotros no cambiamos nuestro pensamiento.

Cuando todo haya terminado con el Cristo, Judas morirá. Está dicho.

-¿Pero y si hablara antes?
-¿A quién? ¿A los discípulos y al pueblo, para que lo apedreen? No hablará. El horror de su acción lo amordaza…

-Pero podría arrepentirse en el futuro, tener remordimientos, incluso perder el juicio… Porque su remordimiento, si se despertara, lo volvería loco; no puede ser de otra manera…

-No tendrá tiempo. Tomaremos antes las medidas oportunas.

Cada cosa a su tiempo. Primero el Nazareno y luego el que lo ha traicionado -dice lentamente, terriblemente, Elquías.

-Sí. ¡Y atentos! Ni una palabra a los ausentes. Ya demasiado han sabido de nuestro pensamiento. No me fío de José ni de Nicodemo. Y poco de los otros.

-¿Dudas de Gamaliel?

-Gamaliel se ha segregado de nosotros ya hace muchos meses. Sin una expresa orden pontifical, no asistirá a nuestras reuniones. Dice que está escribiendo su obra con la ayuda de su hijo. Pero me refiero a Eleazar y a Juan.

-¡Nunca se han opuesto a nosotros! -responde al momento un Anciano que he visto otras veces con José de Arimatea, pero cuyo nombre no recuerdo.

-No. Es que se han opuesto demasiado poco. ¡Je! ¡Je! ¡Je! ¡Y habrá que vigilarlos! Muchas sierpes se han anidado en el Sanedrín, yo creo… ¡Je! ¡Je! ¡Je! Pero serán desanidadas… ¡Je! ¡Je! ¡Je! -dice Cananías mientras va encorvado y tembloroso, apoyado en su bastón, a buscarse un cómodo lugar en uno de los anchos y bajos asientos cubiertos de gruesos tapetes, que hay a lo largo de las paredes de la sala, y, satisfecho, se tumba y pronto se queda dormido: abierta la boca, afeado por su mala vejez.

Lo observan. Y Doras, hijo de Doras, dice:

-Está satisfecho por ver este día. Mi padre lo soñó; pero no lo tuvo. Llevaré en el corazón su espíritu, para que esté presente en el día de la venganza contra el Nazareno y reciba su alegría…

Recordad que tendremos que turnarnos. Un turno nutrido.

Estar constantemente en el Templo. -Estaremos. -Tendremos que ordenar que, a cualquier hora, Judas de Simón sea conducido ante el Sumo Sacerdote. -Lo haremos. -Y ahora preparemos nuestro corazón para la tarea final. -¡Ya está preparado! ¡Ya está preparado! -Con astucia. -Con astucia.

-Con finura. -Con finura. -Para aquietar toda sospecha.

-Para engatusar a todos los corazones. -Diga lo que diga o haga lo que haga, ninguna reacción. Nos vengaremos de todo de una sola vez. -Así lo haremos. Y será una venganza despiadada. -¡Completa! -¡Terrible! Y se sientan buscando descanso en espera del alba.

587- El adiós a Lázaro

Jesús está en Betania. Declina la tarde. Un plácido atardecer de Abril.

Por las amplias ventanas de la sala del banquete se ve el jardín de Lázaro, todo florido; más allá, el pomar, que parece toda una nube de pétalos ligeros. Un perfume de verdor nuevo, de un dulce amargo de flores de fruta, de rosas y otras flores, se mezcla -entrando con la serena brisa del atardecer que hace ondear levemente las cortinas extendidas en los vanos de las puertas, y temblar las luces de la lámpara del centro-con un penetrante perfume de tuberosas, muguetes, jazmines, mezclados en una esencia singular, recuerdo del bálsamo con que María de Magdala ha perfumado a su Jesús, que tiene todavía el pelo más oscuro a causa de la unción.

En la sala están todavía Simón, Pedro, Mateo y Bartolomé.

Los otros faltan, como si ya hubieran salido para distintas gestiones. Jesús se ha levantado de la mesa y, está observando un rollo de pergamino que Lázaro le ha mostrado. María de Magdala va de acá para allá por la sala… parece una mariposa atraída por la luz. Lo único que sabe hacer es girar en torno a su Jesús.

Marta tiene cuidado de los criados, que están recogiendo las espléndidas piezas de la preciosa vajilla distribuida sobre la mesa.

Jesús pone el rollo en un alto aparador que tiene incrustaciones de marfil en su negra madera brillante, y dice:

-Lázaro, ven afuera. Necesito hablar contigo.
-Enseguida, Señor -y Lázaro se levanta de su asiento, que está cerca de la ventana, y sigue a Jesús al jardín, donde la última luz del día se mezcla con el primer clarísimo claror de Luna.

Jesús camina, dirigiéndose más allá del jardín, al lugar donde está el sepulcro que fue de Lázaro y que ahora exhibe una orladura grande de rosas, todas florecidas, en la boca vacía. Encima de ésta, en la roca levemente inclinada, está esculpido: (ϸLα͹ί̹̪͕ ̽ί̜ ίϕ͢ϋ̹ίϷ”

Jesús se para allí. La casa, oculta por árboles y setos, ya no ve. Hay absoluto silencio y absoluta soledad.
-Lázaro, amigo mío -pregunta Jesús, permaneciendo en pie frente a su amigo, mirándolo fijamente, con un atisbo de sonrisa en su cara, muy enflaquecida y más pálida de lo habitual.

-Lázaro, amigo mío, ¿tú sabes quién soy Yo?
-¿Tú? ¡Pues eres Jesús de Nazaret, mi dulce Jesús, mi santo Jesús, mi poderoso Jesús!
-Estas cosas para ti. Pero, para el mundo, ¿quién soy Yo?

-Eres el Mesías de Israel.
-¿Más…?

-Eres el Prometido, el Esperado… Pero ¿por qué me preguntas esto? ¿Dudas de mi fe?

-No, Lázaro. Pero quiero confiarte una verdad. Nadie, aparte de mi Madre y uno de los míos, la sabe. Mi Madre, porque Ella no ignora nada. Uno, porque es copartícipe en esta cosa. A los otros se la dicho muchísimas veces en estos tres años que llevan conmigo. Pero su amor ha hecho de bebida olvidadiza y escudo ante la verdad anunciada. No han podido comprender todo… Y es bueno que no hayan comprendido; en caso contrario, para impedir un delito habrían cometido otro inútil. Porque lo que debe suceder sucedería, por encima de cualquier homicidio. Pero a ti quiero decírtela.

-¿Dudas de que te ame como ellos? ¿De qué delito hablas? ¿Qué delito debe suceder ¡Habla, en nombre de Dios!
Lázaro está agitado.

-Hablo, sí. No dudo de tu amor. Dudo tan poco de él, que a tu amor le confío y desvelo mis deseos…

-¡Oh, mi Jesús! ¡Esto lo hace quien está próximo a la muerte! lo hice cuando comprendí que no venías y debía morir.

-Y Yo debo morir.

-¡Nooo! -y otro gemido de Lázaro.

-No grites. Que nadie oiga. Necesito hablarte a ti a solas. Lázaro, amigo mío, ¿tú sabes lo que está sucediendo en este momento en que estás conmigo, en la amistad fiel que me diste desde el primer momento y que nunca por ningún motivo fue alterada? Un hombre, junto con otros hombres, está contratando el precio del Cordero. ¿Sabes qué nombre tiene ese Cordero? Su nombre es Jesús de Nazaret.

-¡Nooo! Hay enemigos, es verdad. ¡Pero no puede uno venderte! ¿Quién? ¿Quién es?

-Es uno de los míos. Sólo podía ser uno de aquellos a quienes más fuertemente he desencantado, y que, cansado de esperar, quiere librarse de Aquel que ya no es más que un peligro personal. Cree, según su pensamiento, reconstruirse una estima ante los grandes del mundo. Sin embargo, será despreciado por el mundo de los buenos y de los perversos. Ha llegado a este cansancio de mí, de la espera de aquello que, con todos los medios, ha tratado de alcanzar: la grandeza humana.

La persiguió primero en el Templo, creyó alcanzarla con el Rey de Israel, y ahora la busca nuevamente, en el Templo y con los romanos… Lo espera… Pero Roma, si bien sabe premiar a sus siervos fieles… sabe también pisotear bajo su desprecio a los viles acusadores. Él está cansado de mí, de la espera, de la carga que significa el ser bueno.

Para el malvado, ser, tener que fingir que se es bueno, es una carga de un peso aplastante. Se puede sostener durante un tiempo… pero luego… ya no se puede más… y la persona se libra de ella para volver a ser libre. ¿Libre?

Eso creen los malvados. Eso cree él. Pero eso no es libertad. Ser de Dios es libertad. Estar contra Dios es una cautividad de grilletes y cadenas, de pesos y azotes, como ningún galeote de remo, como ningún esclavo de construcciones, soporta bajo el azote del cómitre.

-¿Quién es? Dímelo. ¿Quién es?
-No es necesario.

-Sí que es necesario… ¡Ah!… Sólo puede ser él: el hombre que ha sido siempre una mancha en tu grey, el hombre que incluso hace poco ha ofendido a mi hermana. ¡Es Judas de Keriot!

-No. Es Satanás. Dios ha tomado carne en mí: Jesús. Satanás ha tomado carne en él: Judas de Keriot.

(Es decir, se ha encarnado, debe ser entendido aquí no en sentido fisiológico (como en la expresión: Dios-Verbo se encarnó en el seno de la Virgen María), sino en el sentido figurado de concretarse, personificarse. En este sentido no es errado decir que Dios se encarnó en Jesús y que Satanás se encarnó en Judas de Keriot. El mismo significado tendrán, en 600.32, las análogas expresiones de Jesús respecto a Judas, definido uno que está anulado en Satanás, el cual se ha encarnado en su carne mortal; mientras el demonio mismo había declarado, en 420.6, que quería regenerarse en Judas)
Un día… muy lejano… aquí, en este jardín tuyo, consolé un llanto y disculpé a un espíritu que había caído en el fango. Dije que la posesión es el contagio de Satanás que inocula sus extractos en el ser y lo desnaturaliza. Dije que es connubio de un espíritu con Satanás y con la animalidad. Pero la posesión es todavía poca cosa respecto a la encarnación. Yo seré poseído por mis santos y ellos lo serán por Mí.

(Porque los santos, los justos -anota MV en una copia mecanografiada -teniendo en sí la caridad heroica, tienen a Dios en ellos y, al mismo tiempo, Dios-Jesús los posee porque ellos son enteramente de Él)

Pero sólo en Jesucristo está Dios como está en el Cielo, porque Yo soy el Dios hecho Carne. Única es la Encarnación divina. De la misma forma, en uno solo estará Satanás, Lucifer, tal y como está en su reino, porque sólo en el asesino del Hijo de Dios está Satanás encarnado. Él, mientras te hablo aquí, está ante el Sanedrín tratando y comprometiéndose para mi muerte. Pero no es él: es Satanás. Ahora escucha, Lázaro, amigo fiel: Yo te pido algunos favores. Nunca me has negado nada. Tu amor ha sido tan grande, que, sin sobrepasar nunca el respeto, ha estado siempre activo a mi lado, con mil ayudas, con muchas prudentes y oportunas ayudas y con sabios consejos que Yo siempre he aceptado porque veía en tu corazón un verdadero deseo de mi bien.

-¡Oh, Señor mío! ¡Pero si mi alegría era ocuparme de ti!

¿Qué voy a hacer en adelante, sin deber ocuparme de mi Maestro y Señor? -¡Demasiado! ¡Demasiado poco me has permitido hacer! Mi deuda hacia ti, que has devuelto a María a mi amor y a mi honor, y a mí a la vida, es tal, que… ¡oh!, ¿por qué me has llamado de la muerte para hacerme vivir esta hora? Todo el horror de la muerte y toda la angustia del espíritu, tentado por Satanás al miedo en el momento de presentarse ante el Juez eterno, ya los había superado, ¡y había oscuridad!… ¿Qué te pasa, Jesús? ¿Por qué te estremeces y te pones más pálido aún de lo que ya de por sí estás? Tu cara está más pálida que esta rosa de nieve que languidece bajo la luna. ¡Oh, Maestro, parece como si la sangre y la vida te estuvieran abandonando…

-En efecto, soy como uno que está muriendo con las venas abiertas. Toda Jerusalén -y quiero decir con ello "todos los enemigos de entre los grandes de Israel"-está pegada a mí con ávidas bocas; me aspira la vida y la sangre.

Quieren silenciar la Voz que durante tres años los ha atormentado, aunque amándolos… porque cada una de mis palabras, aunque fuera palabra de amor, era una sacudida que invitaba a su alma a despertar, y ellos no querían oír a esta alma suya, ellos que la han atado con su triple sensualidad. Y no sólo los grandes… sino toda, toda Jerusalén, muy pronto, va a ensañarse con el Inocente y querer su muerte… y con Jerusalén Judea… y con Judea Perea, Idumea, la Decápolis, Galilea, Siro-Fenicia… todo, todo Israel congregado en Sión para el "Paso" del Cristo de vida a muerte… Lázaro, tú que has muerto y has resucitado, dime: ¿qué es el morir? ¿Qué experimentaste? ¿Qué recuerdas?

-¿El morir?… No recuerdo exactamente lo que fue. Después del intenso sufrimiento, vino un gran desfallecimiento…

Me parecía que ya no sufría y que sólo tenía un fuerte sueño… La luz, el ruido, cada vez se hacían más débiles y lejanos… Dicen mis hermanas y Maximino que daba señales de duro sufrimiento… Pero yo ese sufrimiento no lo recuerdo…

-Ya. La piedad del Padre ofusca a los moribundos el sensorio intelectual, de manera que sufren únicamente con la carne, que es la que debe ser purificada por este prepurgatorio que es la agonía. Pero Yo… ¿Y de la muerte qué recuerdas?

-Nada, Maestro. Tengo un espacio oscuro en el espíritu.

Una zona vacía. Tengo una interrupción, que no sé cómo llenar, en el curso de mi vida. No tengo recuerdos. Si mirase en el fondo de ese agujero negro que me tuvo durante cuatro días, a pesar de ser ya de noche y de estar en sombra, sentiría -no vería, pero sí sentiría-el hielo húmedo subir desde sus vísceras y sacudir mi cara. Ya es una sensación. Pero yo, si pienso en esos cuatro días, no tengo nada. Nada. Ésa es la palabra.

-Claro. Los que vuelven no pueden contar… El misterio se muestra de una en una vez para quienes en él entran.

Pero Yo, Lázaro, Yo sé lo que voy a sufrir. Yo sé que sufriré en plena consciencia. No habrá ninguna mitigación, de bebidas y de desfallecimiento, que me hagan menos atroz la agonía. Yo me sentiré morir. Ya lo siento… Ya muero, Lázaro. Como un enfermo incurable, durante estos treinta y tres años he ido muriendo; y, a medida que el tiempo me ha ido acercando a esta hora, el morir se ha ido acelerando.

Antes era sólo el morir del saber que había nacido para ser Redentor; luego fue el morir de quien se ve atacado, acusado, escarnecido, perseguido, obstaculizado… ¡Qué cansancio! Luego… el morir del tener al lado, cada vez más cerca -hasta llegar a tenerlo estrechado a mí como un gigantesco pulpo al náufrago-a aquel que es mi Traidor.

¡Qué náusea! Ahora muero en el desgarro de tener que decir "adiós" a los amigos más queridos, a mi Madre…

-¡Maestro! ¡¿Estás llorando?! Sé que lloraste también delante de mi sepulcro porque me querías. Pero ahora… Lloras de nuevo. Estás todo de hielo. Tienes las manos ya frías como un cadáver. Tú sufres… ¡Tú sufres demasiado!…

-Soy el Hombre, Lázaro. No soy sólo el Dios. Del hombre tengo la sensibilidad y los afectos. Y el alma se me angustia al pensar en mi Madre… Y, fíjate, te digo que se ha hecho tan monstruosa esta tortura mía de sufrir la proximidad del Traidor, el odio satánico de todo un mundo, la sordera de aquéllos que no odian pero tampoco saben amar activamente, porque amar activamente es llegar a ser como el Amado quiere y enseña… y, sin embargo aquí… sí, muchos me aman, pero han seguido siendo "ellos"; no han tomado otro yo por amor a mí.¿Sabes quién ha sabido entre mis más íntimos desnaturalizarse para ser de Cristo, como Cristo quiere? Una sola: tu hermana María. Empezó desde una animalidad completa y pervertida para llegar a una espiritualidad angélica. Y esto sólo por fuerza de amor.

-Tú la has redimido.
-A todos los he redimido con la palabra. Pero sólo ella se ha transformado totalmente por actividad de amor. Pero estaba diciendo que tan monstruoso es mi sufrimiento por todas estas cosas, que no anhelo sino que todo se consuma.

Mis fuerzas se pliegan… Será menos pesada la cruz, que esta tortura del espíritu y del sentimiento…
¡¿La cruz?! ¡Noo! ¡Oh, no! ¡Es demasiado atroz! ¡Es demasiado infamante! ¡No!

Lázaro, que ha tenido, en pie frente a su Maestro, desde hace un rato, entre sus manos las manos heladas de Jesús, las suelta y cae sobre el asiento de piedra que está ahí al lado, se tapa la cara con las manos y llora desconsoladamente.

Jesús se acerca a él, le pone la mano en la espalda, convulsa a causa de los sollozos, y dice:

-¿Entonces? ¿Debo ser Yo, que muero, el que te consuele a ti, que vives? Amigo, necesito fuerza y ayuda. Y te lo pido. El único que tengo que me lo pueda dar eres tú. Los otros conviene que no lo sepan. Porque si lo supieran… correría la sangre. Y no quiero que los corderos se transformen en lobos, ni siquiera por amor al Inocente. Mi Madre… ¡oh, qué punzada hablar de Ella!…

¡Mi Madre tiene ya mucha angustia! También Ella es una destinada a próxima muerte y está exhausta… También hace treinta y tres años que viene muriendo, y ahora es toda una llaga como la víctima de un atroz suplicio. Te juro que he combatido entre la mente y el corazón, entre el amor y la razón, para decidir si era oportuno al enviarla a su casa donde Ella siempre sueña con el Amor que la hizo Madre, y paladea el sabor de su beso de fuego, y vibra en el éxtasis de aquel recuerdo y, con ojos de alma, siempre ve soplar levemente el aire impulsado y agitado por un resplandor angélico. A Galilea la noticia de la Muerte llegará casi en el momento en que pueda decirle: "¡Madre, soy el Vencedor!". Pero, no, no puedo hacer esto. El pobre Jesús, cargado con los pecados del mundo, necesita una confortación. Y mi Madre me la dará. El aún más pobre mundo tiene necesidad de dos Víctimas. Porque el hombre pecó con la mujer; y la Mujer debe redimir, como el Hombre redime. Pero mientras no suena la hora, Yo le ofrezco a mi Madre una sonrisa segura… Ella tiembla… lo sé. Siente acercarse la Tortura. Lo sé. Y siente rechazo de ella por natural horror y por santo amor, de la misma forma que Yo siento rechazo de la Muerte, porque soy un "vivo" que debe morir. Pero, ¡ay si supiera que dentro de cinco días…!

No llegaría viva a esa hora, y Yo la quiero viva para extraer de sus labios fuerza como extraje vida de su seno.

Y Dios quiere que esté en mi Calvario para mezclar el agua del llanto virginal con el vino de la Sangre divina y celebrar la primera Misa. ¿Sabes qué será la Misa? No lo sabes. No puedes saberlo. Será mi muerte aplicada perpetuamente al género humano viviente o penante. No llores, Lázaro. Ella es fuerte. No llora. Ha llorado durante toda su vida de Madre. Ahora ya no llora. Se ha crucificado la sonrisa en el rostro… ¿Has visto qué aspecto ha tomado su rostro en estos últimos tiempos? Se ha crucificado la sonrisa en el rostro para confortarme.

Te pido que imites a mi Madre. No podía tener ya en mí solo mi secreto. He mirado a mi alrededor, buscando a un amigo sincero y seguro, he encontrado tu mirada leal, he dicho: "A Lázaro".

Yo, cuando tenías una losa sobre tu corazón, respeté tu secreto y lo defendí contra la curiosidad incluso natural del corazón. Te pido el mismo respeto por el mío. Después… después de mi muerte, lo dirás. Narrarás este coloquio. Para que se sepa que Jesús fue conscientemente a la muerte, y a las torturas que conocía unió esta de no haber ignorado nada, ni sobre las personas ni sobre el propio destino. Para que se sepa que, mientras todavía podía salvarse, no quiso, porque su amor infinito por los hombres no anhelaba otra cosa sino consumar el sacrificio por ellos».

-¡Sálvate, Maestro! ¡Sálvate! Yo te puedo procurar la huida. Esta misma noche. ¡Una vez ya huiste a Egipto! Huye también ahora. Ven, vamos. Tomamos a María con nosotros y a mis hermanas y nos marchamos. Tú sabes que ninguna de mis riquezas me atrae. La riqueza mía y de María y Marta eres Tú. Vamos.

-Lázaro, aquella vez huí porque no era la hora. Ahora es la hora. Y me quedo.

-Entonces yo voy contigo. No te dejo.
-No. Tú te quedas aquí. Puesto que una licencia concede que quien está dentro de la distancia de un sábado puede consumir el cordero en su casa; así que tú, como siempre, consumirás aquí tu cordero.

Pero déjame venir a tus hermanas… Por razón de mi Madre… ¡Oh, qué te celaban, oh Mártir, las rosas del amor divino! ¡El abismo! ¡El abismo! ¡Y de él ahora suben, y atacan, las llamas del Odio para morderte el corazón!

Tus hermanas, sí; ellas son fuertes y activas… y mi Madre será un ser agonizante, inclinado sobre mi cadáver. Juan no basta. Juan es el amor. Pero todavía no ha alcanzado la madurez. Madurará y se hará hombre en el suplicio de estos próximos días. Pero la Mujer tiene necesidad de las mujeres, que atiendan sus tremendas heridas. ¿Me las concedes?

-¡Todo, siempre te he dado todo con alegría! ¡Lo único que me afligía es que me pidieras tan pocas cosas!…
-Ya lo ves. De nadie he aceptado tanto como de los amigos de Betania. Ésta ha sido una de las acusaciones que el injusto me ha echado en cara más de una vez. Pero Yo, aquí, entre vosotros, encontraba muchas cosas que consolaban al Hombre de todas sus amarguras de hombre. En Nazaret Yo era el Dios que hallaba un consuelo en la Única delicia de Dios. Aquí era el Hombre. Y Yo, antes de subir a la muerte, te doy las gracias, amigo fiel, amoroso, amable, solícito, reservado, docto, discreto y generoso.

Por todo te doy las gracias. El Padre mío, después, te premiará…

-Ya he recibido todo con tu amor y con la redención de María.

-¡No! Todavía debes recibir mucho. Y lo recibirás. Escucha. No te desesperes así. Dame tu inteligencia para que Yo pueda decirte lo que todavía te pido. Te quedarás aquí a esperar…

-No, eso no. ¿Por qué Marta y María, y no yo?

-Porque no quiero que te contamines como todos los varones se van a contaminar. Jerusalén en los próximos días estará contaminada como lo está el aire en torno a una carroña podrida caída de improviso a causa del imprudente golpe de un viandante con el talón. Contaminada y contaminadora.

Sus miasmas enajenarán incluso a los menos crueles, incluso a mis propios discípulos, que huirán.

¿Y a dónde irán, aturdidos? Vendrán donde Lázaro. ¡Cuántas veces, durante estos tres años, han venido en busca de pan, de cama, de defensa, de refugio, y del Maestro!…

Ahora volverán. Como ovejas desperdigadas por el lobo que ha alejado al pastor, correrán a un redil. Reúnelas.

Fortalécelas. Diles que los perdono. Te confío mi perdón para ellos. Les faltará la paz, por haber huido. Diles que no caigan en un pecado mayor desesperando de mi perdón.

-¿Todos huirán?
-Todos menos Juan.

-Maestro. ¡No me pedirás que reciba a Judas! Hazme morir de tortura, pero esto no me lo pidas. En más de una ocasión mi mano, ansiosa de eliminar el oprobio de la familia, se contuvo para no coger la espada. Y nunca lo hice porque no soy violento. Sólo estuve tentado a hacerlo. Pero te juro que si vuelvo a ver a Judas, como a un cabro de delito lo degüello.

-No lo verás nunca más. Te lo juro.

-¿Va a huir? No importa. He dicho: "Si lo veo". Ahora digo: "Iré donde él, aunque fuera al fin del mundo, y lo mataré".

-No debes desear eso.
-Lo haré.

-No lo harás porque a donde el estará no podrás ir.

-¿Dentro del Sanedrín? ¿En el Santo? Allí también lo pillaré y lo mataré.

-No estará allí.

-¿Donde Herodes? Me matarán, pero antes lo mataré.

-Será de Satanás. Y tú no serás nunca de Satanás. Pero deja inmediatamente este pensamiento homicida, porque, si no, te dejo Yo.

-¡Oh! ¡Oh!… Pero… Sí, por ti… ¡Oh! ¡Maestro! ¡Maestro!

-Sí. Tu Maestro… Acogerás a los discípulos. Los confortarás. Los conducirás de nuevo a la paz. Yo soy la Paz. Y también después… Después los ayudarás. Betania será siempre Betania, hasta que hurgue el Odio en este hogar de amor creyendo desparramar las llamas, cuando en realidad lo que hará será esparcirlas por el mundo para encenderlo por entero. Yo te bendigo, Lázaro, por todo lo que has hecho y por todo lo que harás…

-Nada, nada. Tú me has sacado de la muerte, y no me consientes defenderte. ¿Qué es lo que he hecho, entonces?
-Has puesto tus casas a mi disposición. ¿Lo ves? Era destino. El primer alojamiento en Sión en una tierra que es tuya. El último también en una de ellas. Era destino que Yo fuera tu Huésped. Pero de la muerte no podrías defenderme. Al principio de este coloquio te he preguntado: "¿Sabes quién soy?".

Ahora respondo: "Soy el Redentor". El Redentor debe consumar el sacrificio hasta la última inmolación. Por lo demás, créelo, el que subirá a la cruz y será expuesto a las miradas y burlas del mundo no será un vivo, sino un muerto. Yo soy ya un muerto, matado por el no amor, más y antes que por la tortura. Y una cosa más, amigo. Mañana al alba voy a Jerusalén. Y oirás decir que Sión ha aclamado como a un triunfador a su manso Rey, que entrará en ella a lomos de un asno.

Que no te desoriente este triunfo y no te haga juzgar que la Sabiduría que te habla fue no sabía en este plácido anochecer. Más veloz que un astro que atraviesa el cielo y desaparece por espacios desconocidos, se desvanecerá el favor popular, y, para mí, dentro de cinco atardeceres, a esta misma hora, empezará la tortura con un beso de engaño que abrirá las bocas que mañana gritarán hosanna, para formar un coro de atroces blasfemias y feroces voces de condena.

-¡Sí, oh ciudad de Sión, oh pueblo de Israel, por fin tendrás al Cordero pascual! Lo tendrás en este próximo rito. Aquí está. Es la Víctima preparada desde todos los siglos. El Amor la engendró, preparándose como tálamo un seno en que no hubo mancha. Y el Amor la consuma. Así es.

Es la Víctima consciente. No como el cordero que mientras el matarife afila el cuchillo para degollarlo todavía roza en el prado, o, ajeno a lo que sucede, choca contra el redondo pezón materno su morro rosado. Pero Yo soy el Cordero que consciente dice adiós a la vida, a la Madre, a los amigos, y va al sacrificador y dice: "¡Aquí me tienes!".

Yo soy el Alimento del hombre. Satanás ha puesto un hambre que jamás se ha saciado, que no se puede saciar. Sólo un alimento sacia esa hambre porque la quita. Y aquí está ese Alimento. Aquí está, hombre, tu Pan; aquí, tu Vino.

¡Consume tu Pascua, Humanidad! Pasa tu mar, rojo por las llamas satánicas. Purpurada con mi Sangre pasarás, raza del Hombre, preservada del fuego infernal. Puedes pasar.

Los Cielos, presionados por mi deseo, ya entreabren las eternas puertas. ¡Mirad, espíritus de los muertos! ¡Mirad, hombres vivientes! ¡Mirad, almas que seréis incorporadas en los futuros! ¡Mirad, ángeles del Paraíso!

¡Mirad, demonios del Infierno! ¡Mira, oh Padre; mira, oh Paráclito!

La Víctima sonríe. Ya no llora…Todo está dicho. Adiós, amigo. A ti tampoco te veré antes de la muerte. Vamos a darnos el beso de adiós. Y no dudes. Te dirán: "¡Era un demente! ¡Era un demonio! ¡Un embustero! Murió y decía que era la Vida". Respóndeles, y respóndete especialmente a ti mismo: "Era y es la Verdad y la Vida. Es el Vencedor de la muerte. Yo lo sé. Y no puede ser el eterno Muerto. Yo lo espero. Y, antes de que se consuma todo el aceite en la lámpara que el amigo, invitado a las bodas de Triunfador, tiene preparada para iluminar al mundo, Él, el Esposo, volverá. Y la luz esta vez ya no podrá, jamás, ser apagada".

Cree esto, Lázaro. Obedece a mi deseo. ¿Oyes a este ruiseñor, cómo canta tras haber callado por la irrupción de tu llanto? Haz tú lo mismo. Que tu alma, después del inevitable llanto ante el Matado, cante el himno seguro de tu fe. Recibe la bendición del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo.

586- El sábado anterior a la entrada en Jerusalén. La cena en Betania. Judas de Keriot ha decidido

La cena ha sido preparada en esa sala enteramente blanca en que Jesús habló con las discípulas. Y todo es esplendor de blanco y plata, en el que ponen una pincelada menos nívea y fría unos haces de ramas de manzano o peral, o de otro árbol frutal, cándidos come la nieve pero con un levísimo toque de color rosa; tan leve, que hace pensar en la nieve acariciada por un beso de lejana aurora: sobresalen, enhiestos, de jarrones abombados o de estrechas ánforas de plata, y están colocados en las mesas y sobre las arcas y aparadores que hay junto a las paredes de la sala. Las flores esparcen por toda la sala el típico olor de flores de árbol frutal, un olor fresco, amargoso, de primavera pura…

Lázaro entra en la sala al lado de Jesús. Detrás, de dos en dos o en grupos más nutridos, los apóstoles. Por último, las dos hermanas de Lázaro con Maximino.

No veo a las discípulas. Tampoco a María. Quizás han preferido quedarse en la casa de Simón con la Madre afligida. El día se encamina hacia el crepúsculo. Pero un vestigio de sol incide aún en la copa susurradora de algunas palmas que se alzan agrupadas a pocos metros de la sala, y en la cima de un gigantesco laurel en cuyas frondas pugnan los pardales antes de entregarse al descanso.

Y más allá de las palmas y del laurel, más allá de los setos de rosas y de jazmines, más allá de los cuadros de muguetes y de otras flores y pequeñas plantas aromáticas, más allá de todo ello, se ve la blanca extensión de un grupo tardío de manzanos o perales del huerto, moteada del verde tierno de sus primeras hojas: parece una nube apresada entre las ramas.

Jesús, al pasar cerca de un ánfora llena de ramas, observa:

-Tenían ya los primeros pequeños frutos. ¡Fíjate! Arriba hay flores y más abajo se ha caído ya la flor y se está agrandando el ovario.

-Ha sido María la que ha querido cogerlas. Ha llevado también otros haces como éstos a tu Madre. Se ha levantado con el alba, creo, por miedo a que un día más de sol consumiera estas frágiles corolas. Yo, hace poco, he tenido noticia de este estrago. Pero no he sentido el rechazo que sintieron los criados agricultores; al contrario, he pensado que era justo ofrecerte todas las bellezas de la Creación a ti, Rey de todas las cosas.

Jesús se sienta en su sitio sonriendo, y mira a María, la cual, junto con su hermana, se apresta a servir cual si fuera una criada, y acerca los cuencos de la purificación y los paños para secarse, y luego echa vino en las copas y pone sobre la mesa las bandejas con la comida, a medida que los criados las van trayendo de las cocinas o las acercan después de haber trinchado en los aparadores.

Naturalmente, si bien las dos hermanas sirven con cortesía a todos los comensales, su esmero se concentra especialmente en sus dos comensales predilectísimos: Jesús y Lázaro.

En un momento dado de la cena, Pedro, que come con satisfacción, observa: -¡Fíjate! ¡Me doy cuenta ahora! Los platos son todos como es usanza en Galilea… Me da la impresión como de… ¡Sí, claro!… Es como estar en un banquete de boda. Pero aquí no falta el vino como faltó en Caná.

María sonríe mientras le llena de vino al apóstol de nuevo la copa, un vino ambarino limpísimo. Pero no habla.

Es también esta vez Lázaro el que explica:

-Efectivamente, éste ha sido el pensamiento de mis hermanas, especialmente de María: ofrecer una cena en que el Maestro tuviera la impresión de estar en su Galilea, sin duda mejor, mucho mejor, que estos lugares, aunque también imperfecta…

-Pero para hacerle pensar esto se habría requerido la presencia de María en esta mesa. En Caná estaba. Por Ella se produjo el milagro -observa Santiago de Alfeo.
-¡Aquél debió ser un gran vino!

-El vino es símbolo de alegría y debería serlo también de fecundidad, porque el vino es jugo de la fecunda vid. Pero no veo que haya fecundado mucho porque Susana no tiene hijos -dice Judas Iscariote

-¡Vaya que si era un gran vino! Nos fecundó en el espíritu… – dice Juan, con un cierto aspecto soñador, como siempre cuando contempla en su interior los milagros obrados por Dios. Y termina:

-Por una virgen fue hecho… y sobre el que lo probó descendió un influjo de pureza.

-¿Pero tú crees que Susana es virgen? -pregunta, riéndose, Judas Iscariote.

-No he dicho eso. Virgen es la Madre del Señor. Virginidad emana todo lo que por Ella se ha llevado a cabo. Yo siempre pienso lo virginizadoras que son todas las cosas que se hacen a través de María… -y sueña de nuevo, sonriendo ante quién sabe qué visión.

-¡Dichoso ese muchacho! Creo que ahora ni se acuerda del mundo. Observadlo -dice Pedro señalando a Juan, que, echado en su triclinio, mueve absorto unos pedacitos de pan olvidándose de comer.

También Jesús se inclina un poco para mirar a Juan, que está en una esquina de uno de los lados de la mesa dispuesta en forma de U (por tanto, un poco detrás del Señor, a espaldas de Él, que a su vez está en el medio del lado central y que tiene a su primo Santiago a la izquierda y a Lázaro a la derecha). Después de Lázaro están el Zelote y Maximino, como después de Santiago el otro Santiago y Pedro. Juan está entre Andrés y Bartolomé, y después Tomás, que tiene enfrente a Judas, a Felipe, a Mateo y a Judas Tadeo, el cual está justo en la esquina donde la larga mesa central empieza.

María de Lázaro sale de la estancia mientras Marta pone en la mesa unas bandejas colmadas de higos nuevos, de verdes tallos de hinojo, de frescas almendras peladas, y fresones o frambuesas, no lo sé, que parecen aún más rojos estando en medio de esas pálidas esmeraldas de los hinojos y de los higos, y del color lácteo de las almendras; y bandejas colmadas de pequeños melones u otro fruto similar -a mí me recuerdan a los melones verdes de la baja Italia-y de doradas naranjas.

-¿Ya estas frutas? En ningún lugar he visto estas frutas ya maduras -dice Pedro abriendo desorbitadamente los ojos y señalando a las fresas y los melones.

-Han venido, en parte, de las riberas de más allá de Gaza, donde tengo un huerto de estos productos, y, otra parte, de las terrazas solaneras que tengo encima de la casa, los invernaderos de las plantas más delicadas, las que hay que proteger del frío intenso. Me enseñó su uso un amigo romano… Fue lo único bueno que me enseñó…
Lázaro se entristece. Marta suspira… Pero Lázaro, enseguida, vuelve a ser ese perfecto huésped que no da tristeza a sus invitados.

-Es muy usual en las quintas de Baya y Siracusa, y a lo largo del arco de Síbaris, el cultivar estas delicias con este método para tenerlas precozmente. Con las naranjas libias coméis los últimos frutos, con los melones de Egipto que han crecido en las solanas, y con estos frutos latinos, coméis los primeros; y coméis almendras blancas de nuestra patria y tiernas habas y digestivos tallos que saben a anises… Marta, ¿has pensado en el niño?
-He pensado en todos. María se ha conmovido al recordar Egipto…

-Tenías algunas de estas plantas en aquel pobre huerto. En los períodos de calor sofocante era una fiesta sumergir los melones en el pozo del vecino, un pozo hondo y fresco, y comerlos al atardecer… Me acuerdo… Y tenía una cabrita golosa a la que había que vigilar, porque le gustaban mucho las plantas y frutos tiernos…
Jesús, que estaba hablando con la cabeza un poco agachada, alza la cara y mira a las palmas, susurradoras con el viento del atardecer:

-Cuando veo esas palmas… siempre que veo las palmas, veo de nuevo Egipto, esa tierra suya amarilla y arenosa que el viento tan fácilmente movía… y a lo lejos vibraban las pirámides en el aire enrarecido… y veo los altos tallos de las palmas… y veo la casa donde… Pero es inútil evocar. Cada momento tiene su afán… y con su afán su alegría… Lázaro, ¿te importaría darme algunos frutos de éstos? Quisiera llevárselos a María y Matías. No creo que Juana los tenga.

-No los tiene. Ayer lo decía, proponiéndose plantarlos en Béter mandando construir las solanas. Pero no te los doy ahora. He cogido todos los que tenía y durante algunos días faltarán los frutos maduros. Te los mandaré; o, si no, manda a alguno por ellos antes del viernes. Prepararemos un bonito cesto para esos niños. ¿Verdad, Marta?

-Sí, hermano mío. Y meteremos también esos pequeños lirios de los valles que a Juana tanto le gustan.

Regresa María Magdalena. Trae en las manos un recipiente de cuello estrecho y terminado en un piquito, elegante como el cuello de un ave. El alabastro es de un precioso color amarillo-rosado, como la carne de ciertas rubias.
Los apóstoles la miran, quizás pensando que trae alguna gollería rara. Pero María no va al centro, a donde está su hermana, al interior de la U que forman las mesas. No.

Pasa por detrás de los triclinios y va a colocarse entre el de Jesús y Lázaro y el de los dos Santiagos. Destapa el recipiente de alabastro y pone la mano debajo del pico y recoge algunas gotas de un líquido de aspecto filamentoso que sale lentamente del esenciero abierto. Un penetrante olor de tuberosas y de otras esencias, un perfume intenso y exquisito, se esparce por la sala. Pero María no se siente satisfecha con eso poco que sale.

Se agacha y rompe con un golpe seguro el cuello del esenciero contra el ángulo del triclinio de Jesús. El estrecho cuello cae al piso esparciendo sobre los mármoles del suelo gotas perfumadas. Ahora el recipiente tiene una amplia boca y la exuberancia del ungüento fluye en densos hilos.

María se pone detrás de Jesús y extiende sobre la cabeza de Él el espeso óleo; unta todos los bucles de los cabellos de Jesús, los extiende y luego los ordena con un peine que se quita de sus propios cabellos, y repeina la cabeza adorada.

La cabeza rubio-rosada de Jesús resplandece como oro viejo brillantísimo después de esta unción. La luz de la lámpara que los criados han encendido se refleja en la cabeza rubia de Cristo como en un casco de un bronce cobreño hermosísimo. El perfume es embriagador. Penetra en las fosas nasales, sube a la cabeza; tan penetrante es, esparcido de esa manera, sin medida, que casi irrita como polvo estornutatorio.

Lázaro, que tiene la cabeza vuelta hacia atrás, sonríe al ver con qué esmero María unge y peina los bucles de Jesús, para que su cabeza, después de la olorosa fricción, se vea ordenada, mientras que no se preocupa de que sus propios cabellos, no sujetos ya por el ancho peine que ayudaba a las horquillas en su función, estén descendiendo cada vez más por el cuello y ya estén próximos a soltarse del todo y caer sobre los hombros. También Marta mira y sonríe. Los demás hablan entre sí, en voz baja y con distintas expresiones de sus caras.

Pero María no está satisfecha todavía. Hay todavía mucho ungüento en el esenciero roto, y los cabellos de Jesús, a pesar de ser tupidos, están ya saturados. Entonces María repite el gesto de amor de un atardecer ya lejano.

Se arrodilla a los pies del triclinio, suelta las hebillas de las sandalias de Jesús y le descalza los pies; luego, hundiendo los largos dedos de su bellísima mano en el recipiente, saca toda la cantidad que puede de ungüento, y lo extiende, lo distribuye sobre los pies desnudos, dedo por dedo; luego en la planta y el calcañar; y, más arriba, en el tobillo, que ha descubierto retirando la túnica de lino; por último, sobre el empeine de los pies, y se detiene allí, en los metatarsos, en el lugar por donde entrarán los clavos tremendos, e insiste hasta que ya no encuentra bálsamo en el hueco del recipiente.

Entonces rompe el esenciero contra el suelo, y, libres ya las manos, se saca las gruesas horquillas, se suelta rápidamente las pesadas trenzas, y quita con esa madeja de oro viva, suave, fluyente, de los pies de Jesús, que gotean bálsamo, lo que sobra de la unción.

Judas alza su voz. Hasta este momento había guardado silencio, observando con mirada impura de lujuria y de envidia a la hermosísima mujer y al Maestro, cuya cabeza y cuyos pies estaban siendo ungidos por ella. Es la única voz de abierto reproche; los otros, no todos, pero sí algunos, habían susurrado algo o habían expresado algún gesto de sorprendida, aunque tímida, desaprobación.

Pero Judas, que incluso se había puesto en pie para ver mejor la unción derramada sobre los pies de Cristo, dice con desaire: -¡Qué inútil y pagano derroche! ¿Qué necesidad había de hacerlo? ¡Y luego no queremos que los Jefes del Sanedrín murmuren que hay pecado! Éstos son gestos propios de una cortesana lasciva y desdicen, mujer, de la nueva vida que llevas. ¡Demasiado recuerdan tu pasado!

El insulto es de tal naturaleza, que todos se quedan atónitos; es tal, que todos se agitan (unos se sientan en los triclinios, otros se ponen bruscamente en pie, todos miran a Judas como a uno que, al improviso, se hubiera vuelto loco).

Marta se pone roja. Lázaro se pone en pie como movido por un resorte y pega un puñetazo en la mesa, y dice:

-¡En mi casa…! -pero luego mira a Jesús y se contiene.
-Sí. ¿Me miráis? Todos habéis murmurado en vuestro corazón. Pero ahora, por haberme hecho eco vuestro y haber dicho abiertamente lo que pensabais, sin titubear os oponéis a mí. Repito lo que he dicho. No quiero, ciertamente, decir que María sea la amante del Maestro.

Pero sí digo que ciertos actos no sintonizan ni con Él ni con ella. Es una acción imprudente. Y también injusta. Sí.

¿Por qué este derroche? Si ella quería destruir los recuerdos de su pasado, hubiera podido darme a mí ese esenciero y ese ungüento. ¡Era al menos una libra de nardo puro! Y de gran valor. Yo lo habría vendido por lo menos por trescientos denarios. Un nardo de ese valor ahora se cotiza a ese precio. Y hubiera podido vender el recipiente, que era hermoso y de valor. Habría dado a los pobres, que nos asedian, esos denarios. Nunca son suficientes. Y mañana en Jerusalén no se contarán los que pidan una limosna.

-¡Eso es verdad! -asienten los otros -Hubieras podido usar un poco para el Maestro y lo demás…

María de Magdala… como si estuviera sorda. Sigue
enjugando los pies de Cristo con sus cabellos sueltos, que también ahora están espesos en la parte de abajo por el ungüento, y están más oscuros que en la parte alta de la cabeza. Los pies de Jesús están lisos y suaves, de un color de marfil viejo, como si estuvieran cubiertos por una epidermis nueva. María calza las sandalias a Cristo y besa los dos pies antes y después de haberlos calzado, sorda ante cualquier otra cosa que no sea su amor por Jesús.

Y Jesús la defiende, poniéndole una mano sobre la cabeza, que tiene agachada para el último beso, y diciendo:

-Dejadla. ¿Por qué la apenáis y la molestáis? No sabéis lo que ha hecho. María ha cumplido conmigo una acción obligada y buena. Pobres siempre tendréis entre vosotros. Yo estoy para marcharme. A ellos los tendréis siempre, pero a mí pronto ya no me tendréis. A los pobres podréis siempre darles una limosna. A mí, dentro de poco, al Hijo del hombre entre los hombres, no será posible ya dar honor alguno, por voluntad de hombres y porque la hora ha llegado.

El amor, a ella, le es luz; ella siente que estoy para morir y ha querido anticiparle a mi cuerpo las unciones para la sepultura. En verdad os digo que en cualquier parte que se predique la Buena Nueva será recordado este acto suyo de amor profético. En todo el mundo. Durante todos los siglos.

¡Pluguiera a Dios hacer de cada una de las criaturas otra María, que no calcula precios, que no abriga apegos, que no guarda el más mínimo recuerdo del pasado, sino que destruye y pisotea todo lo relativo a la carne y al mundo, y se quebranta y se difunde como ha hecho con el nardo y el alabastro, sobre su Señor y por amor a Él! No llores, María. En esta hora te repito las palabras que dije a Simón el fariseo y a tu hermana Marta: "Todo te queda perdonado porque has sabido amar totalmente".

"Tú has elegido la parte mejor. Y no te será arrebatada".

Ve en paz, dulce oveja mía hallada. Ve en paz. Los pastos del amor serán tu alimento por toda la eternidad. Álzate.

Besa también estas manos mías que te han absuelto y bendecido… ¡A cuántos han absuelto, bendecido, curado, favorecido estas manos mías! Y, no obstante, os digo que ese pueblo al que he favorecido está preparando la tortura para estas manos…

Se produce un denso silencio en el denso aire del intenso perfume. María, pendiéndole los sueltos cabellos sobre los hombros como manto y sobre el rostro como velo, besa la derecha, que Jesús le ofrecido, y no sabe apartar de esa mano sus labios…

Marta, emocionada, se acerca a María y le recoge los cabellos sueltos, los trenza luego acariciándola y extendiéndole el llanto sobre las mejillas intentando secarlo…

Ninguno tiene ya ganas de seguir comiendo… Las palabras de Cristo ponen pensativos a los presentes.

El primero en levantarse es Judas de Alfeo. Pide permiso para retirarse. Santiago, su hermano, hace lo mismo, y lo mismo hacen Andrés y Juan. Se quedan los otros, pero ya en pie, en la operación de purificarse las manos en las palanganas de plata que les ofrecen los criados. María y Marta hacen lo mismo con el Maestro y Lázaro.

Entra un doméstico y se inclina hacia Maximino para decirle algo.

-Maestro -dice éste después de haber escuchado -hay una serie de personas que desearían verte. Dicen que vienen de lejos. ¿Qué hacemos?

Jesús llama a Felipe, a Santiago de Zebedeo y a Tomás y ordena:

-Id, evangelizad, curad. Id en mi nombre. Anunciad que mañana subiré al Templo.

-¿Convendrá decir esto, Señor? -pregunta Simón Zelote.

-Es inútil callarlo porque ya lo han dicho en la Ciudad Santa, más bocas de enemigos que de amigos. ¡Id!

-¡Mmm! Se comprende que los amigos lo sepan… Pero los amigos no traicionan. Lo que no comprendo es cómo pueden saberlo los otros.

-Entre los muchos amigos siempre hay algún enemigo, Simón de Jonás. Demasiados son ya… los amigos, y con demasiada facilidad son recibidos como tales. ¡Cuando pienso en lo que tuve que rogar y esperar yo!… Pero eran los primeros tiempos y había cautela. Luego los triunfos deslumbraron y se dejó de tener cautela. Y fue un error. Pero eso les sucede a todos los vencedores. Las victorias empañan la limpieza de visión y debilitan la prudencia de actuación.

Naturalmente me estoy refiriendo a nosotros, discípulos. No estoy hablando del Maestro, que es perfecto. ¡Si hubiéramos seguido siendo nosotros doce, no deberíamos acongojarnos por temer traiciones! -miente descaradamente Judas de Keriot.

Es indescriptible la mirada que Cristo pone en el apóstol traidor. Una mirada que expresa una llamada y dolor infinitos. Pero Judas no la recoge. Pasando por delante de la mesa, se dispone a salir… Jesús lo sigue con la mirada y, en el momento justo en que lo ve que está saliendo, le pregunta:

-¿A dónde vas?
-Afuera… -responde evasivamente Judas.
-¿Fuera de esta sala o fuera de esta casa?

-Afuera… Sin más… Para andar un poco.
-No vayas, Judas. Quédate aquí conmigo, con nosotros…
-Se han marchado tus hermanos y Juan con Andrés. ¿Por qué yo no?

-Tú no vas al descanso como ellos…
Judas no responde, sino que, testarudamente, sale. Las palabras han callado en la sala. Los huéspedes y los cuatro apóstoles que quedan -Pedro, Simón, Mateo y Bartolomé-se miran.

Jesús mira afuera. Se ha levantado y ha ido a una ventana para seguir los movimientos de Judas. Cuando lo ve salir de la casa con el manto ya puesto, y encaminarse hacia la cancilla que desde aquí no se ve, lo llama con fuerte voz:
-¡Judas! Espérame. Tengo que decirte una cosa -y aparta delicadamente a Lázaro, quien, intuyendo el dolor de su Maestro, había rodeado su cintura con un brazo; y sale de la estancia y alcanza a Judas, que había seguido andando, aunque más lento.

Lo alcanza a un tercio largo de la distancia que hay entre la casa y la cerca del jardín, en una pequeña espesura de árboles de gruesas hojas; árboles que parecen de cerámica verde oscura, tachonada de pequeñas flores reunidas en ramilletes (y cada flor es una crucecita con pétalos gruesos, como si estuvieran hechos de una cera apenas enmarillecida, de intenso perfume). No sé su nombre. Lo lleva detrás de la espesura y, agarrando todavía con su mano el antebrazo de Judas, le pregunta de nuevo:

-¿A dónde vas, Judas? ¡Te lo ruego, quédate aquí!
-¿Por qué me lo preguntas, Tú que sabes todo? ¿Qué necesidad tienes de preguntar, Tú que lees el corazón de los hombres? Sabes que voy donde mis amigos. No me concedes ir. Ellos solicitan mi presencia. Yo voy.

-¡Tus amigos! ¡Tu perdición has de decir! Vas a la perdición. Vas donde tus verdaderos asesinos. ¡No vayas, Judas! ¡No vayas! A cometer un delito vas… Tú…

-¡Ah! ¡¿Tienes miedo?! ¡¿Por fin tienes miedo?! ¡Por fin te sientes hombre, nada más que un hombre! Porque sólo el hombre tiene miedo de la muerte. Dios sabe que no puede morir. Si te sintieras Dios, sabrías que no podrías morir y no tendrías miedo. Porque Tú, ahora, ahora que sientes próxima tu muerte, tienes ese miedo que es común a todos los hombres, y tratas, con todos los medios, de alejarlo, y ves en todas partes y en todas las cosas un peligro.

¿Dónde está tu maravillosa audacia? ¿Dónde, esas firmes declaraciones de estar contento, sediento, de llevar a cabo el Sacrificio? ¡De eso no tienes en tu corazón ni un vestigio! Pensabas que esta hora no iba a llegar nunca, y entonces te mostrabas fuerte, generoso, y decías frases solemnes. ¡Venga ya! ¡No te quedas corto respecto a los que tachas de hipócritas! Nos has halagado y traicionado.

¡Y nosotros que habíamos dejado todo por ti! ¡Nosotros que somos odiados por causa tuya! Tú eres la causa de nuestra perdición…

-Bueno, basta. ¡Ve! ¡Ve! No han pasado muchas horas desde que me has dicho: "Ayúdame a quedarme. ¡Defiéndeme!". Lo he hecho. ¿De qué ha servido? Dime una última cosa.

Reflexiona antes de decirla. ¿Es ésta tu pura voluntad? ¿La de ir donde tus amigos, la de preferirlos a mí?
-Sí. Es ésta. No necesito reflexionar, porque ya hace tiempo que no tengo otra voluntad.

-Pues ve entonces. Dios no fuerza la voluntad del hombre -y Jesús le vuelve la espalda y regresa lentamente hacia la casa. Cuando está cerca de la casa, alza la cabeza atraído por la mirada que Lázaro, en pie, erguido en el sitio de antes, tiene clavada en Él. Y bien pálido está ese rostro que se esfuerza en sonreír al amigo fiel.

Vuelve a la sala en que los cuatro apóstoles están hablando con Maximino mientras Marta y María dirigen el trabajo de los criados, que ponen en orden la sala, recogen la vajilla y mantelería usados en el banquete.

Lázaro ha ido a la puerta y ha ceñido de nuevo la cintura de Jesús. Ahora, al pasar junto a un criado, le dice:

-Tráeme ese rollo que está en la mesa de mi habitación de trabajo.

Lleva a Jesús a uno de los amplios asientos que hay en la encajadura de las ventanas, para que se siente. Pero Jesús permanece en pie, esforzándose en prestar atención a todo lo que le dice Lázaro… pero es visible que su pensamiento está en otro lugar, y que su corazón está muy afligido, a pesar de que, cuando se da cuenta de que los apóstoles lo están observando, sonría para disipar la sospecha que hay en el corazón de los que se han acercado y puesto en torno a Él y ahora se susurran palabras y se entienden con las miradas señalando al Maestro.

El criado vuelve con el rollo. Pedro, visto que esos pergaminos contienen cosas más elevadas de lo que su cabeza puede entender, se retira diciendo:

-Los peces no pican con ciertas comidas. Es mejor hablar con Maximino de plantas y cultivos.

Marta continúa su trabajo. María, aun guardando silencio, participa en lo que expone Lázaro, quien señala al Maestro algunos puntos escritos en esos pergaminos diciendo:

-¿No posee una clarividencia singular este pagano? Más que muchos de los nuestros. Quizás… si hubiera estado aquí, mientras Tú eres el Maestro nuestro, habría sido de tus discípulos, y uno de los mejores. Y te habría comprendido como muchos de los nuestros no saben hacer. Y ¿qué poema habría extraído de su genio la admiración por ti! ¡Oh, tus palabras recogidas y conservadas por un espíritu que es luminoso a pesar de ser de pagano! ¡Tu vida descrita por este intelecto abierto y transparente! Nosotros no tenemos ya escritores y poetas. Tú has nacido tarde. Cuando el egoísmo de la vida y la corrupción religioso-social han extinguido en nosotros la poesía y el genio. No ha encontrado eco en la voz viva de un seguidor tuyo lo que escribieron de ti nuestros sabios y profetas sin conocerte. Tus predilectos y tus fieles son, en su mayor parte, personas sin instrucción. Y los otros… No.

No tenemos ya ningún soelet (los hebreos -anota MV en una copia mecanografiada-llamaban soelet a los que hablaban en las asambleas. Los libros sapienciales están compuestos por las palabras de los soelets recogidas en los rollos de la Escritura) que transmita a las gentes tu sabiduría y tu figura. Ya no los tenemos, porque faltan, más que la capacidad para hacerlo, el espíritu y la voluntad.

La parte más selecta de Israel tiene voz sorda, como la de una trompeta averiada, y no sabe ya cantar las glorias y maravillas de Dios. Mi miedo es que todo se pierda o quede alterado, parte por incapacidad, parte por mala voluntad…

-No sucederá. El Espíritu del Señor, cuando haya establecido su morada en el interior de los corazones, repetirá mis palabras y explicará el significado de ellas. Es el Espíritu de Dios el que habla por los labios del Cristo. Luego… Luego hablará directamente a los espíritus y recordará mis palabras.

-¡Oh, si esto fuera pronto! Pronto porque tus palabras son muy poco escuchadas y menos comprendidas. Yo creo que el rugido del Espíritu Santo será violento como dilatado fuego para esculpir en las mentes, con la violencia, aquello que no quisieron acoger por ser dulce y suave. Yo creo que el llameante Espíritu consumirá con sus llamas las tibias o tardas conciencias y escribirá en ellas tus palabras. El mundo deberá amarte. ¡El Altísimo lo quiere!

¿Pero cuándo será? -dice la Magdalena con su ímpetu habitual.

-Cuando Yo me haya inmolado en el Sacrificio del amor. Entonces el Amor vendrá. Será como la hermosa llama que se alce de la Víctima inmolada. Y esta llama no se apagará, porque no cesará el Sacrificio. Una vez establecido, durará todo el tiempo que dure la Tierra.

-Pero entonces… ¿Tú, para que eso sucediera, deberías verdaderamente ser inmolado?

-Así es -Jesús tiene ese gesto suyo usual de adhesión al
propio destino. Abre los brazos con las manos vueltas hacia afuera e inclina la cabeza. Luego la alza de nuevo para sonreír a Lázaro, que está afligido, y dice:

-Pero no será violenta como un rugido la voz inmaterial del Espíritu de Amor, sino que será dulce como el amor, que es suave como viento de Nisán aunque fuerte como la muerte. ¡El inefable ministerio del Amor! El complemento, el coronamiento de mi ministerio. La perfección de mi ministerio de Maestro… Yo no tengo miedo, como tú lo tienes, a que se pierda algo de lo que he dado. Es más, en verdad te digo que serán proyectados rayos de luz sobre mis palabras y veréis el espíritu de ellas. Yo me voy serenamente, porque confío mi doctrina al Espíritu Santo y mi espíritu al Padre mío.

Inclina la cabeza pensando. Luego, dejado el rollo que ha originado la conversación en una especie de alto aparador o arca de ébano, o de otra madera oscura cuajada de incrustaciones de marfil amarillento, que ha sido traído de la habitación de al lado por cuatro criados y en el cual Marta está ordenando la disposición de las piezas de vajilla más preciosas, dice:

-Lázaro, ven afuera. ¡Necesito hablarte!

-Enseguida, Señor -y Lázaro se alza del asiento en que estaba sentado y sigue a Jesús al jardín que ya se cubre de sombras (pues en el cielo está muriendo la última luz del día y aún demasiado tenue es el primer claror lunar, que apenas se manifiesta).

585- El sábado anterior a la entrada en Jerusalén. Judíos y peregrinos en Betania.El Sanedrín ha decidido

Amor y odio mueven a muchos de los peregrinos congregados en Jerusalén, y de los propios jerosolimitanos, a ir a Betania sin esperar siquiera a que se complete el ocaso.

De forma que cuando los primeros llegan a la casa de Lázaro el sol apenas ha comenzado a ponerse. Y a Lázaro -que, avisado por los domésticos, muestra su asombro ante esta violación del sábado (porque los primeros en llegar han sido precisamente los más conocidos de entre los más intransigentes judíos)-le dan éstos esta respuesta verdaderamente farisaica:

-Desde la Puerta del Rebaño ya no se veía la bola del sol y entonces hemos empezado el camino, seguros de que no íbamos a superar la medida prescrita antes de que el sol declinara tras las cúpulas del Templo.

En el rostro enjuto de Lázaro -Lázaro está sano y tiene buen aspecto, pero ciertamente no está gordo-se dibuja una ligera sonrisa irónica. Y les responde, con garbo pero también con un leve sarcasmo:

-¿Y qué queréis ver? El Maestro respeta su sábado.

Descansa. No se limita a no ver la bola del sol para considerar terminado su descanso, sino que espera a que se apague el último rayo de sol para decir: "El sábado ha terminado".

-¡Sabemos que es perfecto! ¡Lo sabemos! Pero, si hemos cometido un error, razón de más para verlo. Sólo un poco, lo necesario, al menos, para ser absueltos por Él.

-Lo siento. No puedo. El Maestro está descansando y reposa. Y no lo molesto.

Pero llega más gente, y son peregrinos procedentes de todos los lugares; gente que suplica, que insiste en ver a Jesús. Con los hebreos están mezclados gentiles, y con éstos prosélitos. Y observan a Lázaro y lo miran de reojo como si fuera un ser irreal. Lázaro soporta la molestia de esta celebridad no buscada, respondiendo pacientemente a los que le hacen preguntas. Pero no da la orden a los servidores de que abran la cancilla.

-¿Eres tú el hombre resucitado de la muerte? -pregunta uno que tiene claro aspecto de ser mestizo, porque de hebreo no tiene más, que la típica nariz más bien gruesa y aguileña, mientras que el acento y la manera de vestir revelan que es extranjero.

-Lo soy, para dar gloria a Dios, que me sacó de la muerte para hacerme siervo de su Mesías.

-¿Pero fue una muerte verdadera? -preguntan otros.

-Preguntádselo a esos judíos importantes. Ellos vinieron a mis funerales y muchos estuvieron presentes en mi resurrección.

-¿Pero qué sentiste? ¿Dónde estabas? ¿Qué recuerdas? Cuando volviste a la vida, ¿qué sucedió en ti? ¿Cómo te resucitó?… ¿No se puede ver el sepulcro donde estuviste? ¿De qué moriste? ¿Ahora estás perfectamente? ¿Ya no tienes ni siquiera las señales de las llagas?

Lázaro, paciente, trata de responder a todos. Pero, si bien le resulta fácil decir que se encuentra perfectamente y que incluso las señales de las llagas durante los meses que han pasado desde que resucitó se han borrado ya, no puede decir lo que sintió y cómo lo resucitó. Y responde:

-No lo sé. Me encontré vivo en mi jardín, en medio de los criados y de mis hermanas. Cuando me liberaron del sudario, vi el sol, la luz, tuve hambre, comí, sentí la alegría de vivir y del gran amor del Rabí por mí. Lo demás, más que yo, lo saben los que se encontraban presentes. Ahí están tres de ellos hablando, y otros dos ahí llegan. (Son estos últimos Juan y Eleazar, miembros del Sanedrín, mientras que los tres que están hablando son dos escribas y un fariseo que efectivamente vi en la resurrección de Lázaro, pero cuyo nombre no recuerdo).

-Ésos a nosotros que somos gentiles no nos hablan! Id vosotros, que sois judíos, a preguntarles… Pero tú enséñanos el sepulcro donde estuviste.
Se muestran insistentes al máximo.

Lázaro se decide. Dice algo a los domésticos y luego se dirige a la gente:

-Id por ese camino que va entre ésta y la otra casa mía. Yo salgo a vuestro encuentro para llevaros al sepulcro, aunque, en realidad, lo único que se ve es un agujero abierto en un estrato de roca.

-¡No importa! ¡Vamos! ¡Vamos!

-¡Espera, Lázaro! ¿Podemos ir también nosotros? ¿O para nosotros está prohibido lo que se concede a extranjeros? ­dice un escriba.

-No, Arquelao. Ven si quieres, si es que no te contamina el acercarte a un sepulcro.

-No me contamina porque no contiene muerte.
-Pero la contuvo durante cuatro días. ¡Por mucho menos uno es considerado impuro en Israel! El que roza con su vestido a uno que tocó un cadáver decís que es impuro. Y mi sepulcro, a pesar de que desde hace mucho esté abierto, todavía despide tufaradas de muerte.

-No importa. Nos purificaremos.
Lázaro mira a los dos fariseos Juan y Eleazar y les dice:
-¿También venís vosotros?
-Sí, vamos.

Lázaro va a buen paso hacia el lado limitado por los setos altos y compactos como muros. Abre una cancilla que está encajada en uno de ellos. Se asoma al camino que lleva a la casa de Simón y hace una señal a los que esperan para que prosigan.

Los guía hacia el sepulcro. Un rosal florecido ciñe su entrada, pero no es suficiente para anular el horror emanado por una tumba abierta. En la roca inclinada bajo el arco florecido se leen las palabras: « ¡Lázaro, sal afuera!».

Los malévolos las ven enseguida, y enseguida dicen:

-¿Por qué has dicho que esculpan ahí esas palabras? ¡No debías hacerlo! (No debías, por deferencia hipócrita, desfasada y farisaica hacia la prescripción de Levítico 26, 1)

-¿Que por qué? En mi casa puedo hacer lo que quiera, y nadie puede acusarme de pecado por haber querido fijar en la roca, para que fueran incancelables, las palabras del grito divino que me devolvió la vida. Cuando esté ahí dentro y no pueda ya celebrar la potencia misericordiosa del Rabí, quiero que el sol las siga leyendo en la piedra, y que las plantas las aprendan de los vientos y las acaricien los pájaros y las flores, y sigan por mí bendiciendo el grito del Cristo que me llamó de la muerte.

-¡Eres un pagano! ¡Eres un sacrílego! Blasfemas contra nuestro Dios. Celebras el sortilegio del hijo de Belcebú. ¡Cuidado, Lázaro!

-Os recuerdo que estoy en mi casa y que estáis en mi casa, y que habéis venido sin que nadie os llamara, y, además, con innoble finalidad. Sois peores que éstos, que son paganos pero que reconocen a un Dios en el resucitador.

-¡Anatema! Como es el Maestro, así es el discípulo. ¡Qué horror! ¡Vámonos! Fuera de esta cloaca inmunda. ¡Corruptor de Israel, el Sanedrín recordará tus palabras!

-Y Roma, vuestros complots. ¡Salid de aquí!
Lázaro, siempre manso, trae a su memoria que es hijo de Teófilo, y los echa como a una manada de perros.

Se quedan los peregrinos, de todas las procedencias. Y éstos preguntan y miran e imploran ver a Jesús.

-Lo veréis en la ciudad. Ahora no. No puedo.
-¡Ah!, ¿pero va a la ciudad? ¿Realmente va a la ciudad? ¿No mientes? ¿Va, a pesar de que lo odien tanto?

-Va. Ahora marchaos, tranquilos. ¿Veis como la casa descansa? No se ve a nadie ni se oye ninguna voz. Habéis visto lo que queríais ver: al resucitado y el lugar de su sepultura. Ahora marchaos. Pero no dejéis que la curiosidad sea estéril.

¡Que el hecho de haberme visto a mí, que soy prueba viva del poder de Jesucristo, Cordero de Dios y Mesías santísimo, os conduzca a todos a su camino! Por esta esperanza me siento contento de haber resucitado, porque espero que el milagro pueda hacer reaccionar a los titubeantes y convertir a los paganos, de forma que persuada a todos de que uno sólo es el verdadero Dios y uno sólo es el verdadero Mesías: Jesús de Nazaret, Maestro santo.

La gente, remolona, desaloja el lugar. Y, si uno se marcha, diez vienen; porque nueva gente sigue viniendo. Pero Lázaro logra con la ayuda de algunos criados empujar afuera a todos y cerrar las cancillas.

Hace ademán de querer retirarse. Ordena:

-Vigilad por que no fuercen las cancillas o salten por encima de ellas. Pronto anochecerá y se marcharán a sus lugares de alojamiento.

Pero, en esto, ve que de tras una espesura de mirtos salen Eleazar y Juan.

-¿Qué? No os había visto y creía…
-No nos expulses. Hemos entrado en una espesura para no ser vistos. Tenemos que hablar con el Maestro. Hemos venido nosotros porque sospechan menos de nosotros que de José y Nicodemo. Pero no quisiéramos ser vistos por nadie, aparte de por ti y por el Maestro… ¿Son de fiar tus criados?

-En casa de Lázaro existe la usanza de ver y oír sólo lo que agrada al dueño, y de no saber nada para los extraños.

Venid. Por este sendero. Entre estas dos paredes vegetales más opacas que un muro.

Los guía por el caminito que hay entre la dúplice, impenetrable barrera de bojes y de laureles.
-Quedaos aquí. Os traigo a Jesús.
-¡Que nadie se percate!…
-No temáis.

La espera dura poco. Pronto en el sendero, semioscuro por la enramada, aparece Jesús, blanco todo con su túnica de lino. Lázaro se queda en el límite del sendero como si estuviera de guardia, o por prudencia. Pero Eleazar le dice -más que decírselo, se lo indica con un gesto-que se acerque.

Lázaro se acerca mientras Jesús saluda a los dos, que lo reverencian inclinándose profundamente.

-Maestro, escucha, y tú también, Lázaro. En cuanto ha corrido la noticia de tu llegada y de que estás aquí, el Sanedrín se ha reunido en casa de Caifás. Todo lo que se hace es un abuso… Y ha decidido… ¡No te hagas falsas ilusiones, Maestro! ¡Vigila, Lázaro! Que no os seduzca la falsa calma, la aparente somnolencia del Sanedrín.

Es una simulación, Maestro; una simulación para atraerte hacia ellos y apresarte sin que la muchedumbre se altere y se prepare a defenderte.

Tu suerte está signada y el decreto no se cambia. Puede ser mañana o dentro de un año, pero se cumplirá. El Sanedrín no olvida nunca sus venganzas.

Espera, sabe esperar la ocasión propicia, ¡pero luego!… Y también tú, Lázaro. Quieren quitarte de en medio, apresarte, eliminarte, porque por causa tuya demasiados los abandonan para seguir al Maestro. Tú -lo has dicho con exactas palabras-eres el testimonio de su poder. Y quieren destruir ese testimonio. Las muchedumbres pronto olvidan. Ellos eso lo saben. Una vez desaparecidos tú y el Rabí, se apagarán muchos ardores.

-¡No, Eleazar! ¡Arderán con viva llama! -dice Jesús.

-¡Oh, Maestro! ¿Pero… qué… si Tú estás muerto?: ¿de qué nos servirá el que la fe en ti -admitámoslo-se alce con viva llama, si Tú estás apagado? Yo esperaba tan sólo poder decirte algo alegre y hacerte una invitación: mi esposa pronto dará a luz al hijo que tu justicia ha hecho florecer poniendo de nuevo la paz entre dos corazones en tempestad. Nacerá para Pentecostés. Quisiera decirte que vinieras a bendecirlo. Si entras bajo mi techo, toda calamidad quedará para siempre alejada de mi hogar ­dice el fariseo Juan.

-Te doy ya desde ahora mi bendición…

-¡Entonces es que no quieres venir a mi casa! ¡No me crees leal! ¡Lo soy, Maestro! ¡Dios me ve!

-Lo sé. Es que… para Pentecostés ya no estaré entre vosotros.

-Pero el niño nacerá en la casa que tengo en el campo…
-Ya lo sé. Pero Yo ya no estaré. No obstante, tú, tu esposa, el que nacerá y los hijos que ya tienes tenéis mi bendición. Os doy las gracias por haber venido.

Ahora marchaos. Guíalos por el sendero hasta más allá de la casa de Simón. Que no los vean… Yo vuelvo a casa. La paz a vosotros…

584- El sábado anterior a la entrada en Jerusalén. Parábola de las dos lámparas y parábola viva del pequeño deforme sanado. El futuro de la Humanidad

El tiempo, de nuevo sereno después de las lluvias de los días pasados, muestra un cielo tersísimo y un sol fúlgido.

La tierra, lavada por las lluvias, está tan limpia como el aire, tan fresca y limpia, que parece creada pocas horas antes. Todo resplandece y canta en esta mañana serena.

Jesús pasea lentamente por los senderos más lejanos del jardín. Sólo algún criado jardinero observa este solitario paseo de las primeras horas de la mañana.

Nadie interrumpe al Maestro; al contrario, se retiran silenciosamente, para respetar su paz. Además, es sábado, día de descanso, y los jardineros no están trabajando, aunque, por una costumbre que es tan larga como su vida, están afuera observando las plantas o las colmenas o las flores -para estas cosas no hay sábado-, que ponen fragancias, susurros o zumbidos, bajo el sol o la brisa abrileña.

Luego el jardín se va animando lentamente. Primero los domésticos y criadas, luego los apóstoles y las discípulas, por último Lázaro. Jesús se acerca a ellos y los saluda.

-¿Desde cuándo estás aquí, Maestro? -pregunta Lázaro sacudiendo de los mechones de los cabellos de Jesús algunas gotas de rocío.

-Desde la aurora. Me han llamado a alabar a Dios tus pájaros, y he venido aquí afuera. Contemplar a Dios en las bellezas de la Creación significa darle honor y orar con espíritu conmovido. Es hermosa la Tierra. Y en estas primeras horas del día, de un día como éste, se nos muestra con la frescura que tenía en los primeros días de su existencia.

-Verdaderamente tiempo de Pascua. Y se ha estabilizado. Se mantendrá porque se ha estabilizado en el primer período lunar con viento propicio -sentencia Pedro.
-Me alegro mucho. La Pascua con agua es triste.

-Y peor todavía es para la mies. El trigo requiere sol, ahora que se va acercando a la siega -dice Bartolomé.
-Estoy contento de estar aquí en paz. Hoy es sábado y no vendrá nadie. Ningún extraño entre nosotros -dice Andrés.

-Te equivocas. Hay un huésped, un pequeño huésped. Está durmiendo todavía, Maestro. La cama blanda y el estómago saciado le dan largo sueño. He pasado a verlo. Noemí lo está velando -dice Lázaro.

-¿Pero quién es? ¿Cuándo ha venido? ¿Quién lo ha traído? Porque hablas como si se tratara de un niño -preguntan hombres y mujeres

-Es un niño. Un pobre niño. Lo ha traído aquí su dolor. Estaba allí, contra las barras de la cancilla, mirando hacia la casa. Y el Maestro lo ha acogido.
-No sabíamos nada… ¿Por qué?

-Porque la criatura tenía necesidad de paz -responde Jesús, y su rostro se sume en un pensamiento profundo mientras termina diciendo:

-Y en casa de Lázaro se sabe guardar silencio.
Un criado viene a decir algo a Marta y se retira, para volver luego con otros, trayendo ánforas de leche y tazas, y pan con mantequilla y miel. Se sirven todos y se sientan acá o allá en los asientos diseminados.

Pero luego desean reunirse de nuevo en torno al Maestro y piden una parábola, «una bonita parábola» dicen «serena como este día de Nisán».

-No una. Os voy a proponer dos. Escuchad.

Un día, en una fiesta del Señor, un hombre quiso encender dos lámparas para honrarlo. Así pues, tomó dos recipientes de la misma anchura y metió en ellos la misma cantidad y el mismo tipo de aceite, metió una mecha igual y las encendió a la misma hora, para que oraran por él mientras trabajaba como estaba permitido.

Volvió pasado un cierto tiempo y vio que una lámpara ardía fuerte mientras que la otra tenía una llamita muy quieta y que apenas emitía un punto de luz en el rincón donde ardían las lámparas. El hombre pensó que estaría mal hecha la mecha. La observó. No, iba bien. Pero no quería arder tan alegremente como la otra lamparita, que tan alegremente ardía que parecía una lengua la llama que lanzaba, y era como si verdaderamente musitase palabras (en efecto, al agitarse ardiendo con tanta vehemencia, hasta emitía un leve susurro).

"¡Esta lamparita verdaderamente canta las alabanzas del Señor altísimo!" dijo para sí. "¡Sin embargo, esta otra! ¡Mírala, alma mía!

¡Lo hace con tan poco ardor, que parece que le pesara el tener que honrar al Señor!", y volvió a sus trabajos.
Pasado un rato, regresó. Una llama se había alzado todavía más, y la otra se había bajado aún más y, cuanto más vibraba la otra resplandeciendo, ésta ardía cada vez más quieta y calmosa. Volvió otra vez, y lo mismo.

Por tercera vez volvió, y lo mismo. Pero, al volver la cuarta vez, vio la habitación llena de humo maloliente y oscuro, y vio que una única llamita lucía a través de los velos del humo denso. Fue a la repisa donde estaban las lamparillas y vio que la que tanto ardía antes estaba ennegrecida y se había consumido totalmente. Vio que incluso había manchado con su lengua la pared blanca. La otra, por el contrario, seguía honrando al Señor con su constante luz.

Estaba para poner remedio a lo que había sucedido, cuando una voz le resonó cercana: "No cambies las cosas de como están, sino medita en ellas, que son un símbolo. Yo soy el Señor".

El hombre se arrojó rostro en tierra al suelo, adorando, y con gran temor, se atrevió a decir: "Soy un ignorante. Explícame, oh Sabiduría, el símbolo de las lamparillas, de las cuales, la que parecía más activamente honrarte ha causado un daño y la otra mantiene su luz".

"Lo haré. En los corazones de los hombres sucede como con estas dos lamparitas. Hay corazones que al principio arden y resplandecen y resultan admirables para los hombres, pues muy perfecta y constante parece su llama. Y hay corazones que resplandecen tenuemente, con un resplandor que no llama la atención y que puede parecer tibieza en lo relativo a honrar al Señor. Pero, pasada la primera efusión de llama, o la segunda o la tercera, entre la tercera y la cuarta causan daño, y luego se apagan, con quebranto, porque la luz de esos corazones no era segura.

Quisieron brillar más por los hombres que por el Señor, y la soberbia los consumió en breve tiempo, en medio de un humo negro y denso que entenebreció incluso el aire. Los otros tuvieron una voluntad única y constante: honrar sólo a Dios; y, sin preocuparse de si el hombre los alababa, se fueron consumiendo a sí mismos con una larga y clara llama, exenta de humo y de hedor. Que sepas imitar a esa lamparita constante, porque sólo ésa es grata al Señor".

El hombre alzó la cabeza… El aire había quedado limpio de humo y la estrella de la lamparita fiel resplandecía, ella sola, pura, firme, en honor de Dios, haciendo brillar el metal de la lamparilla como si fuera de oro puro. Y la miraba resplandecer, siempre igual, durante horas y horas, hasta que dulcemente, sin humo ni mal olor, sin ensuciar el recipiente que la contenía, la llama expiró en un repentino resplandor pareciendo subir al cielo para fijarse entre las estrellas, habiendo honrado dignamente al Señor hasta la última gota y la última hebra de su vida.

En verdad, en verdad os digo que son muchos los que arden con intensa llama al principio y llaman la atención del mundo, el cual sólo ve la superficie de las acciones humanas; pero después mueren carbonizándose y ahumando con su acre humo. Y en verdad os digo que Dios no observa su llama porque ve que es un arder orgulloso que tiene un fin humano. ¡Bienaventurados los que saben imitar a la segunda lamparita y no carbonizarse sino subir al Cielo con el último latido de su constante amor.

-¡Es una curiosa parábola! ¡Pero verdadera! ¡Bonita! ¡Me gusta! Yo querría saber si nosotros somos esas lamparitas que suben al Cielo.
Los apóstoles intercambian sus expresiones.

Judas encuentra la forma de morder. Y su mordisco va a María de Magdala y a Juan de Zebedeo:
-¡Cuidado, María, y tú, Juan! Vosotros sois entre nosotros las lamparitas que emitís intensa llama… ¡No os vaya a suceder un mal!

María de Magdala está a punto de responder, pero se muerde los labios para no decir las palabras que le habían subido del corazón Mira a Judas. Se limita a mirarlo. Pero es tan ardiente esa mirada que Judas deja de reírse y de mirarla.
Juan, manso de corazón aunque ardiente de caridad, responde dulcemente:

-Por mí solo, eso podría suceder; pero confío en la ayuda del Señor, y espero poder consumirme hasta la última gota y la última hebra para honrar al Señor Dios nuestro.
-¿Y la otra parábola? Has prometido dos -recuerda Santiago de Alfeo.

-Ésta es mi segunda parábola. Está llegando… -y señala hacia la puerta de la casa, tapada por una cortina que con el viento se mueve levemente y que la mano de un criado descorre para dejar paso a la anciana Noemí, la cual se arroja a los pies de Jesús diciendo

-¡El niño está sano! ¡Ya no está deforme! Lo has curado durante la noche. Se había despertado y yo estaba preparando el baño para lavarlo antes de ponerle la blusa y la túnica que había cosido durante la noche tomando una túnica que Lázaro ya no usaba. Pero cuando le he dicho:

"Ven, niño" y he alzado las mantas, he visto que su pequeño cuerpo, tan contrahecho ayer, ya no era así. Y he gritado. Inmediatamente han ido Sara y Marcela, que ni tenían noticia de que el niño estuviera en mi cama durmiendo, y las he dejado allí para venir inmediatamente a decírtelo…

La curiosidad envuelve a todos. Preguntas, ansias de ver.
Jesús aplaca el rumor con un gesto. Ordena a Noemí:
-Vuelve donde el niño. Lávalo, vístelo y tráelo aquí.
Y dirige su palabra a los discípulos:

-Ésta es la segunda parábola, que puede enunciarse así: "La verdadera justicia ni se toma venganza ni hace distinciones". Un hombre, es más: el Hombre, el Hijo del hombre, tiene enemigos y amigos; pocos amigos, muchos enemigos. Y de sus enemigos no ignora ni el odio ni los pensamientos; y conoce la voluntad de sus enemigos, una voluntad que no cederá ante ninguna acción, por horrenda que sea.

En esto sus enemigos son más fuertes que sus amigos, para los cuales el abatimiento o la desilusión son como arietes que derruyen su fortaleza. Este Hijo del hombre, que tiene tantos enemigos, y al cual se echan en cara tantas cosas no verdaderas, encontró ayer a un pobre niño, el más desolado de los niños, hijo de uno que es enemigo suyo.

Este niño estaba contrahecho y tullido y pedía una gracia extraña, la de morir. Todos piden al Hijo del hombre honores y alegrías, piden salud, piden vida. Este pobre niño pedía morir para no sufrir más. Ha conocido ya todo el dolor de la carne y del corazón, porque el que le engendró, que además me odia sin razón, odia también al inocente infeliz al que engendró.

Y Yo lo he curado para que deje de sufrir, para que además de la salud física pueda alcanzar la salud espiritual. También su pequeña alma está enferma. El odio del padre y las burlas de los hombres se la han llagado y yermado en orden al amor. Sólo le ha quedado la fe en el Cielo y en el Hijo del hombre, al cual -mejor: a los cuales-pide la muerte. Aquí está.

Ahora lo oiréis hablar.

El niño, arreglado, vestido de limpio con la tuniquita de lana blanca que Noemí, veloz, le ha cosido durante la noche, se acerca de la mano de la anciana nodriza. Es pequeño, a pesar de que, no estando ya encorvado y contrahecho, parezca más alto que el día anterior. Su carita es la de una criatura precozmente adulta por el dolor: irregular y un poco ajada.

Pero ya no está deforme. Sus piececitos descalzos pisan seguros en el suelo, con un paso que ya no cojea como el le los rencos. Sus espaldas están flacas, pero bien rectas. El cuello, delgado, sobresale de ellas y parece más largo que ayer, cuando se le hundía entre las clavículas asimétricas.

-¡Pero… pero si es el hijo de Anás de Nahúm! ¡Qué forma de desperdiciar un milagro! ¿Piensas que así se van a volver amigos tuyos su padre y Nahúm? ¡Más odio vas a crear en ellos! Porque sólo deseaban la muerte de este niño, fruto de un matrimonio infausto -exclama Judas de Keriot.

-No obro milagros para conseguir amigos, sino por compasión hacia las criaturas y para dar honor al Padre mío. No hago distinciones ni cálculos, nunca, cuando me inclino compasivo hacia una miseria humana. No me vengo de quien me persigue…

-Nahúm considerará venganza este acto tuyo.
-Ni siquiera tenía noticia de este niño, cuyo nombre todavía ignoro.

-Por desprecio lo llaman Matusala, o Matusalén.
-Mi madre me llamaba Salem. Mi madre me quería. No era mala: como eres tú y como son los que me odian -dice el niño con una luz en los ojos, esa luz de ira impotente que tienen los hombres y los animales que han sido largamente vejados.

-Ven aquí, Salem. Aquí, conmigo. ¿Estás contento de estar sano?
-Sí… pero hubiera preferido morir, porque seguirán sin quererme. Si hubiera vivido mi madre, habría sido bonito. ¡Pero así!… Seré siempre infeliz.

-Tiene razón. Ayer encontramos a este niño. Nos preguntó si estabas en Betania, en casa de Lázaro. Queríamos darle una limosna porque pensamos que sería un mendigo. Pero no la aceptó. Estaba en la linde de una parcela de tierra… -dice el Zelote.

-¿Tú tampoco lo conocías? Es extraño -dice Judas de Keriot.

-Más extraño es que tú sepas tan bien estas cosas. ¿Olvidas que me contaba entre el número de los perseguidos y luego de los leprosos hasta que vine con el Maestro?
-¿Y tú olvidas que soy amigo de Nahúm, que es el apoderado de Anás? Nunca os lo he ocultado.

-¡Bien! ¡Bien! Esto no tiene importancia. Lo importante es saber qué hacemos ahora con este niño. Su padre no lo
estima, es verdad pero sigue teniendo derechos sobre él. No podemos arrebatarle el hijo, así, sin decírselo. Tenemos que ser cautos y no irritarlos, porque ahora parecen mejores con nosotros -dice Natanael. Judas se ríe alto, sarcásticamente, y no da ninguna explicación de por qué se ríe.

Jesús, que ha puesto sobre sus rodillas al niño, dice lentamente.

-Haré frente a Nahúm… No seré más odiado por esto. No puede aumentar su odio. No puede. Es ya completo.
Analía, que no ha hablado en todo este tiempo, absorta por completo en un pensamiento suyo que le infunde beatitud, abre sus labios para decir:

-Si me hubiera quedado, me habría gustado tomarlo conmigo. Soy joven, pero tengo corazón de madre…
-¿Te marchas? ¿Cuándo? -preguntan las mujeres.
-Pronto.

-¿Para siempre? ¿Y a dónde vas? ¿Fuera de Judea?
-Sí. Lejos. Muy lejos. Para siempre. Y me siento muy feliz.

-Lo que tú no puedes hacer otras podrán, si su padre lo cede.

-Si estáis tan interesados, se lo digo a Nahúm. Es él el que cuenta. Más que el padre verdadero. Mañana se lo diré ­promete Judas e Keriot.

-Si no fuera sábado… iría a casa de ese Josías al que se lo habían entregado -dice Andrés.
-¿Para ver si están apenados por haberlo perdido? -pregunta Mateo.

-Creo que si una de sus abejas se perdiera estarían más afligidos… -dice entre dientes y con enfado Maximino, que hace un rato que se ha acercado.

E1 niño no habla. Está bien junto a Jesús, y estudia las caras que tiene a su alrededor, con esa mirada aguda que frecuentemente tienen los niños enfermizos y que han vivido en el dolor. Parece escudriñar más los corazones que las caras, y cuando Pedro pregunta: “¿Qué te parecemos nosotros?”, el niño, poniéndole una mano en su mano, le responde diciendo:

-Tú eres bueno.
Luego aclara:

-Todos menos. Pero… hubiera preferido no ser reconocido. Tengo miedo… -y mira a Judas de Keriot.
-De mí, ¿no es verdad? ¿Miedo a que hable con tu padre? Está claro que tendré que hacerlo, si tengo que consultarle si te confía a nosotros. De todas formas… no te llevará.

-Ya lo sé. Es otra cosa… Lo que quisiera es estar muy lejos… como esa mujer… Ir a la tierra de mi madre. Hay un mar azul rodeado de montes muy verdes. Se le ve abajo.

Y muchas velas blancas lo surcan. Y tiene bonitas ciudades alrededor. Luego, en los montes, hay muchas grutas donde las abejas silvestres hacen una miel dulcísima. Desde que se murió mi madre y me dieron a Josías no he vuelto a comer miel. Felipe, José, Elisa y los otros niños sí que comían miel, pero yo no. Tenía tantas ganas de miel, que, si hubieran puesto el recipiente de la miel en un lugar bajo, habría hurtado. Pero lo tenían en los estantes altos, y yo no podía subir a las mesas como hacía Felipe.

¡Tengo muchas ganas de comer miel yo!
-¡Pobre hijo! ¡Voy a traerte toda la que quieras! -dice Marta conmovida, y se marcha rápida.

-¿Pero de dónde es su madre? -pregunta Pedro.
-Tenía casas y propiedades en Sefet. Era hija única, huérfana y única heredera. Ya de una cierta edad, fea y levemente contrahecha. Pero muy rica. Siendo el paraninfo el viejo Sadoq, el hijo del favorito de Anás consiguió casarse con ella… Un contrato que fue un verdadero comercio indigno, puro cálculo y cero amor.

Vendió los bienes de la mujer diciendo que estaban demasiado lejos de aquí, excepto una pequeña casa que antes era del administrador, que la había recibido como regalo del viejo patrón para toda su vida y la de sus herederos hasta la cuarta generación. Lo vendió todo y lo consumió todo en especulaciones desafortunadas. De todas formas… esto no lo creo, porque sé que tiene bonitas tierras hacia la parte de la ribera… que antes no tenía… Luego, después de algunos años de matrimonio, estando ya la mujer al borde de su ocaso, nació este hijo… y fue pretexto para repudiar a la mujer y tomar otra, de la llanura de Sarón, joven, guapa y rica… La divorciada se refugió en la casa del viejo administrador y allí murió. No sé por qué no se quedaron con este niño. El padre pensaba que moriría -explica el Iscariote.

-Porque Juan había muerto, y también María, y los hijos se habían marchado a servir a otros lugares. ¿Quién se iba a hacer cargo de mí, no siendo hijo y no pudiendo trabajar? De todas formas, Micael e Isaac eran buenos, y también Ester y Judit. Y son buenos. Cuando vienen para las fiestas me traen cosas, pero Josías me las quita para sus hijos.

-Pero no quieren tenerte -rebate Judas.
-Ahora que estoy derecho y fuerte, me querrán tener. ¡Ellos son siervos! Ya he dicho que no podían decir al patrón: "Hazte cargo de este tullido enfermo". Pero ahora pueden.

Bartolomé le hace reflexionar:
-Lo que pasa es que si has huido de casa de Josías no te podrán encontrar.

La cabal observación toca al niño, que reflexiona (y es que la enfermedad le ha dado una mente precozmente reflexiva, como también un rostro precozmente adulto). Desanimado, dice:

-Es verdad. En eso no había pensado.
-Vuelve allí. En estos días irán…
-¡Allí! No. No vuelvo allí. No quiero volver allí. ¡Antes me mato' -Una furia salvaje lo altera profundamente. Pero rompe a llorar y se vuelca sobre las rodillas de Jesús, y dice:

-¿Por qué no me has quitado la vida?
Marta, que está volviendo con un tarro de miel, se queda estupefacta ante esta desolación. Bartolomé, por su parte, afligido por haberla provocado, se disculpa:

-Creía que estaba dando un buen consejo. Un consejo bueno para todos. Para el niño, para ti, Maestro, para Lázaro… Ninguno de vosotros ni de nosotros tiene necesidad de nuevo odio…

-¡Es verdad! ¡Un problema bien serio! -exclama Pedro, y, meditando en el caso, saca sus conclusiones, que concluye con su típico silbido, exponente para él de su estado de ánimo ante problemas difíciles, graves de resolver.

Unos proponen una cosa, otros otra. Ir donde Nahúm. Ir donde Josías y decirle que mande a estos Micael e Isaac a casa de Lázaro, o a otra parte donde esté el niño (porque es prudente no hacer odiar más a Lázaro de lo que ya lo odian por su amistad con Jesús). No decir nada a nadie y hacer desaparecer al niño dándolo a algún discípulo seguro.

Judas de Keriot no habla. Es más, parece ajeno al intercambio de pareceres; juguetea con los caireles de su túnica, peinándolos y despeinándolos con los dedos.
Tampoco Jesús habla. Acaricia y calma al niño. Le alza la cara y pone entre sus manos el tarrito de miel.

Salem es un niño, un pobre niño de diez años que ha sufrido siempre. Pero, aunque el dolor lo haya madurado, sigue siendo un niño; de forma que ante tanto tesoro de miel cambia sus últimas lágrimas por un estupor extático. Pregunta, alzando esos ojos suyos -única belleza suya-tan castaños, tan grandes e inteligentes; pregunta: -¿Cuánta puedo coger? ¿Un cacillo de éstos, o dos? -y señala a la redonda cuchara de plata que lentamente se hunde en la dorada miel.

-Toda la que quieras, niño. Toda la que desees. El resto te lo tomarás mañana, y después. ¡Es toda tuya! -dice Marta acariciándolo.

-¡¡¡Toda mía!!! ¡¡Nunca he tenido tanta miel!! ¡Toda mía! -y aprieta con reverencia el tarrito contra su pecho como si fuera un tesoro.

Pero luego siente que más precioso que el tarro es el amor que se lo ofrece, y deja el tarrito en las rodillas de Jesús para alzar los brazos queriendo ceñir el cuello de Marta, que está inclinada hacia él, y besarla. Es todo lo que puede su agradecimiento, todo lo que él, un desamparado que no tiene nada que ofrecer, puede dar.

Los otros dejan de proponer planes, para observar la escena. Pedro dice:
-¡Éste es todavía más infeliz que Margziam, que tenía al menos el amor de su abuelo y de los otros campesinos! ¡Verdaderamente hay que decir que hay siempre dolores mayores que los que hemos juzgado grandísimos!

-Sí. No ha sido tocado aún el fondo del abismo del dolor humano. ¿Quién sabe cuántos secretos oculta todavía… y ocultará en los siglos futuros? -dice Bartolomé pensativo.
-¿Entonces no tienes fe en la Buena Nueva? ¿No crees que la Buena Nueva cambiará el mundo? Lo dicen los profetas, y el Maestro lo repite. Eres un incrédulo, Bartolmái -dice Judas Iscariote con leve ironía.

El Zelote le responde:
-No veo dónde está la incredulidad de Bartolomé. La doctrina del Maestro dará consuelo a todas las desventuras, modificará incluso la crueldad de los usos y costumbres, pero… no eliminará el dolor; lo hará soportable con sus divinas promesas de alegría futura.

Para que fuera abolido el dolor -o, al menos, mucha parte de dolor, porque, en todo caso, seguiría habiendo enfermedades y muertes y cataclismos naturales-, haría falta que todos tuvieran el corazón que tiene el Cristo, pero…
Le interrumpe Judas Iscariote:

-Efectivamente, eso debe suceder. Si no, ¿para qué habría servido el que el Mesías hubiera venido a la Tierra?
-Digamos que así debería ser. Pero, dime, Judas, ¿esto se ha verificado entre nosotros? Somos doce y vivimos con Él desde hace tres años, y absorbemos su doctrina como el aire que respiramos. ¿Y bien? ¿Somos ya santos los doce?

¿Qué hacemos nosotros que no lo hagan Lázaro, Esteban, Nicolái, Isaac, Manahén, José, Nicodemo, las mujeres o los niños? Hablo de los justos de esta Patria nuestra. Todos éstos, tanto sí son sabios y ricos como si son pobres e ignorantes, hacen lo que hacemos nosotros: un poco de bien, un poco de mal, pero sin renovarnos totalmente. Es más, te digo que muchos, muchos, nos superan. Sí, muchos seguidores nos superan a nosotros, apóstoles… ¿Y pretendes que todo el mundo tome el corazón que tiene el Cristo, si nosotros, los apóstoles, no lo hemos tomado? Hemos mejorado más o menos… al menos, eso esperamos, porque difícilmente el hombre se conoce y conoce al hermano que vive a su lado.

Es demasiado opaco y espeso el velo de la carne, y demasiado atento está el corazón del hombre a no ser escrutado, como para que el hombre comprenda al hombre. Siempre, observándose u observando, uno se queda en la superficie: cuando se trata del examen nuestro porque no queremos conocernos para no sufrir en nuestro orgullo o en la necesidad de cambiar; cuando se trata del examen de los demás, porque nuestro orgullo de examinadores nos hace jueces injustos y el orgullo del examinado se cierra, como hace una ostra con sus valvas respecto a lo que tiene en su interior -dice el Zelote.

-¡Así es! Simón, verdaderamente has pronunciado palabras de sabiduría -aprueba Judas Tadeo. Y los otros le hacen coro.
-¿Y entonces a qué ha venido si nada debe cambiar? -rebate Judas Iscariote.

Jesús toma la palabra:
-Muchas cosas cambiarán. No todo. Porque contra mi Doctrina habrá en el futuro lo que ahora es ya una realidad: odio, el odio de los que no estiman la Luz. Porque contra la fuerza de mis seguidores estará la de los seguidores de Satanás ¡Cuántos! ¡Con cuántos aspectos! Y ¡cuántas doctrinas heréticas irán surgiendo nuevas, opuestas a mi Doctrina, inmutable por ser perfecta!

¡Cuánto dolor generarán esas doctrinas! Vosotros no conocéis el futuro. A vosotros os parece mucho el dolor que ahora hay en el mundo… Pero Aquel que conoce ve horrores que no serían comprendidos, aunque Yo os los explicara…

¡Ay, si Yo no hubiera venido, si no hubiera venido para dar a los que han de venir un código que frene los instintos en los mejores, y para dar una promesa de paz futura! ¡Ay, si el hombre no tuviera, por mi venida, elementos espirituales que pueden mantenerlo "vivo" en la vida del espíritu, mantenerlo con la seguridad de un premio!… Si no hubiera venido, con el paso de los siglos la Tierra se transformaría en un vasto infierno terrestre y la raza humana se despedazaría y perecería maldiciendo al Creador…

-El Altísimo prometió no volver a mandar castigos universales como el diluvio. Una promesa de Dios no falla -dice Judas.

-Sí, Judas de Simón. Es verdad. El Altísimo no volverá a mandar calamidades universales como el diluvio. Pero los hombres se crearán por sí mismos calamidades cada vez más atroces, unas calamidades respecto a las cuales el diluvio y la lluvia de fuego que exterminó a Sodoma y Gomorra tendrán aspecto de castigos piadosos. ¡Oh!…
Jesús se pone en pie con un gesto de angustiosa piedad por las gentes futuras.

-¡Bien! ¡Bien! Tú sabes… ¡Pero ahora qué hacemos respecto a éste? -pregunta Judas Iscariote señalando al niño, que está saboreando en pequeñas dosis su miel y está todo contento.

-A cada día su afán. Ya dirá el mañana. Preocuparse del mañana es vano, considerando que ni siquiera sabemos quién estará vivo todavía mañana.

-No pienso como Tú. Y lo que digo es que habría que saber dónde vamos a alojarnos, dónde comeremos la Cena… Muchas cosas. Si esperamos y esperamos, pues la ciudad se llena; ¿y a dónde iremos nosotros? A Getsemaní, no; a casa de José, no; a casa de Juana, no; donde Nique, no; donde Lázaro, tampoco. ¿A dónde entonces?

-A donde el Padre prepare un refugio para su Verbo.
-¿Crees que quiero saberlo para decirlo?
-Tú lo dices. Yo no he dicho nada. Ven, Salem. Mi Madre tiene noticia de ti pero todavía no te ha visto. Ven, voy a llevarte donde Ella.

-¿Pero está enferma tu Madre? -pregunta Tomás.
-No. Está orando. Tiene mucha necesidad de orar.
-Sí. Sufre mucho. Llora mucho. Y el único consuelo de María es la oración. Siempre la he visto orar mucho.

Podría decir que en los momentos de mayor dolor vive de oración… -explica María de Alfeo mientras Jesús se aleja llevando de la mano al niño y teniendo al otro lado a Analía, a la que ha invitado a ir con Él donde María.

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