por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
El charloteo de las mujeres llena la bonita sala blanca, una de las destinadas para los banquetes, de blancas paredes y blanco techo, blancas cortinas gruesas, blancas tapicerías que cubren los asientos, blancas lastras de mica o de alabastro, usadas como cristales de ventanas y para las lámparas.
Una quincena de mujeres hablando no es cosa de poco. Pero en cuanto Jesús aparece en el umbral de la puerta, corriendo la pesada cortina, se hace un silencio absoluto.
Todas se levantan y se inclinan con el máximo respeto.
-Paz a todas vosotras -dice Jesús con una dulce sonrisa… Ningún rastro de la recién terminada borrasca de dolor se ve en su cara, que aparece serena, luminosa, pacífica, como si ninguna cosa penosa hubiera ocurrido o estuviera para ocurrir con pleno conocimiento suyo.
-Paz a ti, Maestro. Hemos venido. Me enviaste el recado de que viniera con todas las mujeres que estaban conmigo. Te he obedecido. Conmigo estaba Elisa. La tengo conmigo en estos días. Y conmigo estaba ésta, que dice que es seguidora tuya. Había venido buscándote porque no se ignora que yo soy tu feliz discípula. Y también está conmigo Valeria, en mi casa desde que estoy en mi palacio.
Con Valeria estaba Plautina, que había ido a visitarla. Con ellas estaba ésta. Valeria te hablará de ella. Después vino Analía, a la que habían informado de tu deseo; y esta jovencita que creo que es pariente suya. Nos hemos organizado para venir. Y no nos hemos olvidado de Nique.
¡Es tan bonito sentirse hermanas en la misma fe en ti… y esperar que también las que ahora están al nivel de un amor natural por el Maestro asciendan más, como ha hecho Valeria! -dice Juana, mirando de soslayo a Plautina, que… se ha quedado en el amor natural…
-Los diamantes se forman con lentitud, Juana. Se necesitan siglos de fuego sepultado… Nunca hay que tener prisa… ni desanimarse nunca, Juana…
-¿Y cuando un diamante se vuelve… ceniza?
-Señal es de que aún no era diamante perfecto. Se necesita más paciencia y más fuego. Volver a empezar, esperando en el Señor. A menudo, lo que la primera vez parece un fracaso se transforma en triunfo la segunda.
-O la tercera o la cuarta, e incluso más. Yo he sido un fracaso muchas veces, ¡Pero, al final, has triunfado, Rabbuní! dice María de Magdala, con su voz de órgano, desde el fondo de la sala.
-María se alegra cada vez que puede abatirse recordando el pasado… -suspira Marta, que querría que ese pasado quedara borrado del recuerdo de todos los corazones.
-¡Verdaderamente, hermana, es así! Me alegro de recordar el pasado. Pero no para abatirme, como dices, sino para subir más, impulsada por el recuerdo del mal cometido y por el agradecimiento hacia Aquel que me ha salvado. Y también para que quien siente vacilación respecto a sí mismo o respecto a algún ser querido pueda hallar nuevo aliento y llegar a esa fe que mi Maestro dice que sería capaz de mover las montañas.
-Y tú la posees. ¡Dichosa tú! Tú no conoces el miedo… – suspira Juana, que tan mansa y tímida es y que aún más lo parece si se la compara con la Magdalena.
-No lo conozco. Nunca ha estado en mi naturaleza humana. Y ahora, desde que soy de mi Salvador, ya no lo conozco ni siquiera en mi naturaleza espiritual. Todo ha servido para aumentar mi fe. ¿Puede, acaso, una mujer que ha resucitado como yo y que ha visto resucitar a su hermano dudar ya de algo? No. Nada me hará ya dudar.
-Mientras Dios está contigo, o sea, mientras está contigo el Rabí… Pero Él dice que pronto nos dejará. ¿Qué será entonces nuestra fe? Quiero decir vuestra fe, porque yo todavía no estoy imbuida más allá de los límites humanos… -dice Plautina.
-Su presencia material o su material ausencia no lesionarán mi fe. No temeré. Esto no es soberbia, es conocimiento de mí misma Aunque las amenazas del Sanedrín se hicieran realidad… No, yo no temeré…
-¿Pero qué es lo que no temerás? ¿Que el Justo sea justo? Este temor tampoco yo lo tendré. Lo creemos de muchos sabios cuya sabiduría saboreamos; yo diría: de muchos sabios de los que nos nutrimos, con la vida de su pensamiento, siglos después de haber desaparecido ellos. Pero si tú… -insiste Plautina.
-No temeré ni siquiera por su muerte. La Vida no puede morir. Ha resucitado Lázaro, que era… un pobre ser humano…
-No por sí ha resucitado, sino porque el Maestro ha llamado su espíritu del mundo de ultratumba. Obra que sólo el Maestro puede hacer. ¿Pero quién llamará al espíritu del Maestro, si lo matan a Él?
-¿Que quién? Pues Él. O sea, Dios. Dios se ha hecho a sí mismo, Dios por sí mismo puede resucitarse. -Dios… sí… en vuestra fe, Dios se ha hecho a sí mismo. Ya de por sí admitir esto es arduo para nosotros, que pensamos que los dioses vienen los unos de los otros por amores divinos.
-Por torpes, irreales amores, debes decir -la interrumpe impetuosa María de Magdala. -Como quieras… -dice Plautina en tono conciliador. Y está para terminar la frase pero María de Magdala se anticipa otra vez y dice:
-Pero el Hombre -esto es lo que quieres decir-no puede resucitarse por sí mismo. Pero Él, de la misma forma que por sí mismo se ha hecho Hombre, porque nada le es imposible al Santo de los santos, pues por sí mismo se dará la orden de resucitar. Tú no puedes comprender. No conoces las figuras de nuestra historia de Israel.
Él y sus prodigios están en esas figuras. Y todo se cumplirá como está escrito. Yo creo con antelación, Señor.
Todo lo creo. Que Tú eres el Hijo de Dios y el Hijo de la Virgen, que eres el Cordero de salvación, que eres el Mesías santísimo, que eres el Libertador y Rey universal, que tu Reino no tendrá fin ni confín, y, en fin, que la muerte no prevalecerá contra ti, porque la vida y la muerte han sido creadas por Dios y le están sujetas como todas las cosas. Yo creo. Y, si el dolor de verte desconocido y vejado será grande, mayor será mi fe en tu Ser eterno. Yo creo. Creo en todo lo que de ti está escrito, en todo lo que Tú dices.
Supe creer también respecto a Lázaro, la única que supo obedecer y creer, la única que supo reaccionar contra aquellos hombres y contra aquellas cosas que querían persuadirme de que no creyera. Sólo en el extremo, cercana al final de la prueba, sentí desconcierto… Pero la prueba duraba ya mucho… y ya no pensaba que ni siquiera Tú, Maestro bendito, pudieras acercarte al golal tantos días después de la muerte… Ahora… ya no dudaría ni aunque, en vez de días, hubiera de abrirse un sepulcro para restituir su presa después de meses de tenerla en su vientre. ¡Oh, mi Señor! ¡Sé quién eres! ¡El fango ha conocido a la Estrella!
María se ha acurrucado a sus pies, en el suelo de mármol, ya sin vehemencia: mansa, adoradora con la expresión de su rostro, que tiene alzado hacia Jesús.
-¿Quién soy?
-El que es. Esto eres. Lo otro, la exterioridad humana, es el revestimiento, el necesario revestimiento que vela tu esplendor y santidad, para que tu santidad pudiera venir a nosotros y salvarnos. Pero Tú eres Dios, mi Dios.
Y se echa al suelo, a besar los pies de Cristo, y parece como si no pudiera despegar los labios de los dedos que sobresalen por debajo de la larga túnica de lino.
-Álzate, María. Mantén siempre con firmeza esta fe tuya. Y álzala como una estrella en las horas de borrasca, para que los corazones claven en ella su mirada y sepan esperar; al menos eso…
Luego se vuelve a todas y dice:
-Os he llamado porque en los próximos días poco podremos vernos, y con poca paz. El mundo estará alrededor de nosotros, y los secretos de los corazones tienen un pudor más grande que el de los cuerpos. No soy el Maestro, hoy; soy el Amigo.
No todas vosotras tenéis esperanzas y temores que manifestarme, pero todas queríais haberme visto con paz todavía una vez más. Y os he llamado, a vosotras, flor de Israel y del nuevo Reino, a vosotras, flor de los gentiles que dejan el lugar de las sombras para entrar en la Vida. Tened esto en el corazón para los próximos días: que el honor que prestáis al perseguido Rey de Israel, al Inocente acusado, al Maestro no escuchado, dulcifica mi dolor.
Os pido que estéis muy unidas, vosotras las de Israel, vosotras que habéis venido a Israel, vosotras que venís hacía Israel; que las unas ayuden a las otras, que las de espíritu más fuerte ayuden a las más débiles, que las más sabias ayuden a las que saben poco o nada y sólo tienen el deseo de nuevos conocimientos, para que su deseo humano, con el cuidado de las hermanas más adelantadas, se transforme en deseo sobrenatural de Verdad.
Sed compasivas las unas para con las otras. Las que han sido formadas en la justicia por siglos de ley divina sean compasivas con aquellas a las que la gentilidad hace… distintas.
No se cambia de un día para otro el hábito moral, si no es en casos excepcionales en que interviene un poder divino para producir un cambio ayudando a una voluntad muy buena.
Que no os asombre el ver, en las que vienen de otras religiones, que se estancan en su progreso, y, algunas veces que regresan a los viejos caminos. Tened presente el comportamiento del propio Israel respecto a mí, y no pretendáis de las gentiles la docilidad y la virtud que Israel no ha sabido, no ha querido dispensar a su Maestro.
Sentíos hermanas las unas de las otras. Hermanas a las que el destino en este último período de mi vida mortal ha congregado en torno a mí… ¡No lloréis!… Y os ha congregado tomándoos de distintos lugares, por tanto, hermanas con idiomas y costumbres distintos, que hacen un poco difícil el comprenderse humanamente.
Pero, en verdad, el amor tiene un único lenguaje, que es éste: hacer lo que el amado enseña, y hacerlo para darle honor y alegría. En esto podéis comprenderos todas. Y que las que más comprenden ayuden a las otras a comprender.
Luego… en el futuro, en un futuro más o menos lejano, en circunstancias diversas, os separaréis de nuevo y os diseminaréis por las regiones de la Tierra: algunas volviendo a las comarcas en que nacieron, otras yendo a un exilio que no pesará (porque las que lo sufran habrán llegado ya a una perfección de verdad que les hará comprender que no es el ser conducidos acá o allá lo que constituye el exilio de la verdadera Patria, porque la verdadera Patria es el Cielo) Porque el que está en la verdad está en Dios y tiene a Dios en sí; por tanto, está ya en el Reino de Dios. Y el Reino de Dios no conoce fronteras y no sale de ese Reino el que de Jerusalén, por ejemplo, sea llevado a Iberia o a Panonia o a Galia o a Iliria. Siempre estaréis en el Reino si permanecéis siempre en Jesús, o si venís a Jesús.
Yo he venido a congregar a todas las ovejas: las del rebaño paterno; las de otros; también las que carecen de pastor y son agrestes (más que agrestes: salvajes), y están hundidas en tinieblas tan oscuras que no les permiten ver ni una iota, no sólo de ley divina, sino tampoco de ley moral. Personas desconocidas que esperan pasar a ser conocidas en la hora que Dios destina para ello y que luego entrarán a formar parte del rebaño de Cristo. ¿Cuándo? ¡Oh, años o siglos, respecto al Eterno, son iguales! Pero vosotras seréis las anticipadoras de las que irán, con los Pastores futuros, a recoger en el amor cristiano, ovejas y corderos salvajes para conducirlos a los pastos divinos. Que vuestro primer campo de prueba sean estos lugares.
La pequeña golondrina que alza las alas para el vuelo no se lanza inmediatamente a la gran aventura. Intenta el primer vuelo desde el alero del tejado hasta la vid que da sombra a la terraza. Luego vuelve al nido, y de nuevo se lanza, esta vez a la terraza de al lado, y vuelve. Y luego más lejos… hasta que siente que se hace fuerte el nervio del ala y segura su orientación; entonces juega con los vientos y los espacios, y va y viene trisando, persiguiendo a los insectos, pasando al ras de las aguas, remontándose hacia el sol, hasta que, en el momento exacto, abre segura las alas para el largo vuelo por las zonas más calientes y ricas de nuevo alimento, y no teme cruzar los mares, ella que es tan pequeña, un punto de acero bruñido perdido entre las dos inmensidades azules del mar y del cielo, un punto que va, sin miedo, mientras que antes temía el leve vuelo desde el alero hasta el sarmiento frondoso; un cuerpo musculoso, perfecto, que hiende el aire como una flecha y no se sabe si es el aire el que transporta con amor a este pequeño rey del aire, o es él, el pequeño rey del aire, el que con amor surca sus dominios. ¿Quién piensa, al ver su vuelo seguro, que aprovecha vientos y densidades de la atmósfera para ir más veloz; quién piensa en su primer, desmañado, vuelo, hecho de aletazos descompuestos, lleno de miedo?
Para vosotras será lo mismo. Y que así sea. Para vosotras y para todas las almas que os imiten. Uno no adquiere una habilidad al improviso. Ni desánimos por las primeras derrotas ni soberbia por las primeras victorias: las primeras derrotas sirven para hacer mejor las cosas otra vez, las primeras victorias sirven como acicate para hacer las cosas aún mejor en el futuro y para convencerse de que Dios a una buena voluntad la ayuda.
Estad siempre sujetas a los Pastores en lo que es la obediencia a sus consejos y disposiciones; sed para ellos siempre hermanas en lo que es la ayuda en la misión y el apoyo en sus fatigas. Decid esto también a las que hoy no están aquí. Decídselo a las que vendrán en el futuro.
Y ahora y siempre sed como hijas para mi Madre. Ella os guiará en todo. Puede guiar a las jóvenes, a las viudas, a las casadas, a la madres, pues Ella ha conocido todas las consecuencias de todos los estados por experiencia propia, además de por sabiduría sobrenatural. Amaos y amadme en María. No erraréis nunca, porque Ella es el Árbol de la Vida, el Arca viva de Dios, la Forma de Dios, en quien la Sabiduría se hizo una Sede y la Gracia se hizo Carne.
(Forma de Dios porque el Creador, que la había predestinado a ser la Madre de Dios, de la misma manera que le había dado un alma preservada, por singular privilegio, de la Culpa original, también le había dado un cuerpo cabalmente perfecto, para que María fuera realmente hecha a imagen y semejanza espiritual de Dios y corporal del Hijo de Dios hecho Hombre, el más hermoso de entre los hijos de los hombres. "Forma para Dios" porque el Verbo se modeló en su seno tomando de su Madre (la única que le aportó un cuerpo y, por tanto, la única que le transmitió la semejanza con el generador -en este caso: con la generadora-) la forma humana/ Ella fue, pues, “forma" para la segunda Persona, que se encarnaba para hacerse Hombre)
Y ahora que he hablado en general, ahora que os he visto, deseo escuchar a mis discípulas y a las que son la esperanza de las futuras discípulas. Podéis marcharos. Yo me quedo aquí. Aquellas de vosotras que tengan que hablar conmigo que vengan. Porque no volveremos a tener un momento de íntima paz como éste.
Las mujeres hablan entre sí. Elisa sale con María y María Cleofás. María de Lázaro escucha a Plautina, que quiere convencerla de que haga algo; pero parece que María no quiere, porque hace claro gestos de negativa con la cabeza y luego se marcha dejando plantada a su interlocutora, y, pasando, toma consigo a su hermana y a Susana, y dice:
-Nosotras tendremos tiempo de hablar con Él. Dejemos con Jesús a éstas, que tienen que marcharse.
-Ven, Sara. Nosotras venimos al final -dice Analía.
Salen lentamente todas, menos María Salomé, que está indecisa en la puerta.
-Ven aquí, María. Cierra y ven aquí. ¿Qué temes? -le dice Jesús.
-Es que yo… yo estoy siempre contigo. ¿Has oído a María de Lázaro?
-La he oído. Ven aquí. Tú eres madre de mis primeros apóstoles. ¿Qué quieres decirme?
La mujer se acerca con la lentitud de quien tiene que pedir una cosa grande y no sabe si puede hacerlo.
Jesús la anima con una sonrisa y con las palabras:
-¿Qué? ¿Quieres pedirme un tercer sitio, para Zebedeo? No. Él es sabio. ¡Sin duda no te ha encargado decir eso! Habla…
-¡Ah, Señor! Precisamente de ese puesto quería hablarte.
Tú… hablas de una forma… como si estuvieras para dejarnos. Y yo quisiera que antes me dijeras que me has perdonado del todo. No tengo paz, pensando que te he causado desagrado.
-¿Todavía piensas en eso? ¿No te parece que te quiero como antes e incluso más que antes?
-¡Eso sí, Señor! Pero pronuncia para mí la palabra del perdón, para que yo pueda referir a mi esposo cuán bueno has sido conmigo.
-¡No es necesario que refieras una culpa perdonada, mujer!
-¡Sí la voy a referir! Porque, mira, Zebedeo, viendo cómo quieres a sus hijos podría caer en mi mismo pecado y… si Tú nos dejas, ¿quién nos va a absolver? Yo quisiera que todos nosotros entráramos en tu Reino. También mi marido.
Y no creo que me sitúe fuera de la justicia queriendo esto. Yo soy una pobre mujer y no sé de libros. Pero cuando tu Madre nos lee o nos dice partes de la Escritura a nosotras, a menudo habla de las mujeres destacadas de Israel y de los puntos que hablan de nosotras.
Y en los Proverbios, (Proverbios 31, 10-11.26.28) que me gustan mucho, está escrito que en la mujer fuerte confía el corazón de su esposo. Yo creo que es justo que la mujer inspire esta confianza a su marido, incluso en lo relativo al comercio de las cosas celestes: si compro para él un puesto seguro en el Cielo, impidiéndole pecar, creo que estoy haciendo una cosa buena.
-Sí, Salomé. Verdaderamente ahora has abierto tu boca a la sabiduría y tienes en tu lengua ley de bondad. Ve en paz. Tienes más que mi perdón. Tus hijos, según el libro que tanto te gusta, te proclamarán dichosa, y tu marido te alabará en la Patria de los justos. Ve tranquila. Ve en paz. Sé feliz.
La bendice y se despide de ella. Salomé se marcha llena de alegría.
Entra la anciana de la casa del Merón, Ana, trayendo de la mano a dos niños, y, detrás, a una niñita tímida y paliducha que camina cabizbaja y que ya, en el acto de guiar a un niñito que casi no sabe caminar bien, se muestra como una pequeña mamá.
-¡Ah, Ana! ¿Entonces también tú quieres hablar conmigo? ¿Y tu marido?
-Enfermo, Señor. Enfermo. Muy enfermo. Quizás no lo vea vivo cuando vuelva… -Ruedan lágrimas por entre las arrugas del rostro senil.
-¿Y tú estás aquí?
-Estoy aquí. El dijo: "Yo no puedo. Ve tú para la Pascua y cuida de que nuestros hijos…" -El llanto aumenta; impide las palabras.
-¿Por qué lloras así, mujer? Tu marido ha hablado con sensatez "Cuida de que nuestros hijos, por su eterna paz, no estén contra el Cristo". Judas es un hombre justo. Más que de su vida y del consuelo que su vida tendría con tus cuidados, se preocupa del bien de sus hijos. Los velos, en las horas que preceden a la muerte de los justos, se alzan y los ojos del espíritu ven la Verdad. Pero tus hijos no te escuchan, mujer. ¿Y qué puedo hacer Yo, si ellos me rechazan?
-¡No los odies, Señor!
-¿Por qué debería hacerlo? Oraré por ellos. Y a éstos, que son inocentes, voy a imponerles las manos para mantener alejado de ellos el odio que mata. Acercaos. ¿Tú quién eres?
-Judas, como el padre de mí padre -dice el niñito más grande; el más pequeño, el que va de la mano de su hermana, da saltos y grita:
-¡Yo, yo, Judas!
-Sí. Han honrado a su padre en el nombre dado a sus hijos. Pero no en otras cosas… -dice la anciana.
-Las virtudes de él revivirán en éstos. Ven tú también, niña. Sé buena y sabia, como la que te ha traído.
-¡María es buena! Para no estar sola la llevaré conmigo a Galilea.
Jesús bendice a los niños. Y deja un rato la mano sobre la cabeza de la niñita buena. Luego dice:
-¿Para ti no pides nada, Ana?
-Encontrar vivo a mi Judas y tener la fuerza de mentir diciendo que sus hijos…
-No. Mentir, no. Nunca. Ni siquiera para que muera en paz un moribundo. Dirás esto a Judas: "Ha dicho el Maestro que te bendice y que contigo bendice a tu sangre". Es sangre suya también esta infancia inocente, y Yo la he bendecido.
-Pero si pregunta que si nuestros hijos…
-Dirás: "El Maestro ha orado por ellos". Judas descansará en la certeza de que mi oración es poderosa, y se dirá la verdad sin desalentar al que muere. Porque oraré también por tus hijos. Ve tú también en paz, Ana. ¿Cuándo vas a dejar la ciudad?
-El día después del sábado. Para no tener que detenerme por causa del sábado.
-Bien. Me alegro de que estés aquí después del sábado. Permanece muy unida a Elisa y Nique. Ve. Y sé fuerte y fiel.
Ya está casi en la puerta la mujer cuando Jesús la llama de nuevo:
-Escucha. Tus nietos están mucho contigo, ¿no es verdad?
-Mientras estoy en la ciudad, siempre.
-En estos días… déjalos en la casa, si sales para seguirme.
-¿Por qué, Señor? ¿Temes persecución?
-Sí. Y conviene que la inocencia no vea ni oiga…
-¿Pero… qué crees que va a suceder?
-Adiós, Ana. Adiós.
-Señor… si te hicieran lo que se dice, está claro que mis hijos… y entonces la casa será peor que la calle…
-No llores. Dios proveerá. La paz a ti.
La anciana se marcha llorando.
Durante un rato no entra nadie; luego, juntas, entran Juana y Valeria. Están acongojadas, especialmente Juana; la otra está pálida Y suspira, pero se la ve con más fortaleza.
-Maestro, Ana nos ha asustado. Le has dicho… ¡Ah, pero no es verdad! Cusa será indeciso, será… calculador, ¡pero no es un embustero! Y Cusa me asegura que Herodes no tiene ningunas ganas de causarte daño… Respecto a Poncio, no sé… -y mira a Valeria, que guarda silencio. Sigue diciendo:
-Esperaba comprender algo por Plautina, pero no ha sido mucho lo que he comprendido…
-Debes decir: nada; aparte del hecho de que Plautina no ha avanzado ni un paso del límite en que se encontraba. A mí tampoco me ha dicho nada. Pero, si no he comprendido mal, la indiferencia romana, que siempre es tan fuerte cuando un hecho no puede tener repercusiones en la Patria o en el propio yo, ha ofuscado mucho a las que en otros momentos parecían tan dispuestas a reaccionar. Más aún que el haberme acercado a la sinagoga, nos separa, como una quebraja separa dos masas de tierra que precedentemente estaban unidas, esta indiferencia, este ocio de su espíritu, de ese espíritu suyo tan… distinto ya del mío. Pero ellas son felices. A su manera son felices… Y la felicidad humana no ayuda a tener despierta la mente.
-Ni a despertar el espíritu, Valeria -dice Jesús.
-Así, Maestro. Yo… es otra cosa… ¿Has visto a esa mujer que estaba con nosotras? Es una de mi familia. Viuda y sola.
Mis parientes me la envían para convencerme de que vuelva a Italia. ¡Oh, muchas promesas de dicha futura! Es una dicha que yo ya no aprecio, y que, por tanto, ya no me parece dicha y la pisoteo. No voy a ir a Italia.
-Aquí te tengo a ti, y tengo a mi hija a la que Tú me salvaste y a quien me enseñaste a amar por su alma. No dejaré estos lugares… A Marcela… la he traído conmigo para que te viera y comprendiera que no me quedo aquí por un deshonroso amor hacia un hebreo -para nosotros es deshonroso-, sino porque en ti he encontrado el consuelo en este dolor mío de esposa repudiada. Marcela no es mala.
Ha sufrido. Ella comprende. Pero todavía es incapaz de comprender mi nueva religión. Y un poco me regaña, porque lo mío le parece una quimera… No importa. Si quiere, vendrá a donde yo estoy ahora; si no, me quedaré aquí con Tusnilda. Soy libre. Soy rica. Puedo hacer lo que quiera. Y, no haciendo ningún mal, haré lo que quiero hacer.
-¿Y cuando ya no esté el Maestro? – dice Juana.
-Estarán sus discípulos. Plautina, Lidia, la misma Claudia, que después de mí, es la que más te sigue en la doctrina y la que más te honra, no han comprendido todavía que yo ya no soy la mujer que ellas conocían y que creen conocer todavía. Pero yo ahora ya estoy segura de conocerme. Tanto, que digo que si bien es cierto que perdiendo al Maestro perderé mucho, no perderé todo, porque quedará la fe. Y yo permaneceré donde mi fe nació.
No quiero llevar a Fausta a un lugar donde nada hable de ti. Aquí… todo habla de ti, y, claro está, Tú no nos vas a dejar sin guía a quienes hemos querido seguirte. ¿Pero, por qué tengo que ser yo, la pagana, la que tenga estos pensamientos, mientras muchas de vosotras, tú misma, estáis como desconcertadas pensando en el día en que el Maestro no esté ya entre nosotros?
-Porque se han acostumbrado a siglos de estatismo, Valeria. Su pensamiento es que el Altísimo está allí, en su Casa, sobre el altar invisible que sólo el Sumo Sacerdote ve en ocasiones solemnes. Esto las ha ayudado a venir a mí. Podían, por fin, acercarse también ellas al Señor. Pero ahora temen quedarse sin el Altísimo en su gloria y sin el Verbo del Padre entre ellas. Debemos ser comprensivos… Y levantar el espíritu, Juana. Yo estaré en vosotros. Recuerda esto.
Me marcharé. Pero no os dejaré huérfanos. Os dejaré una casa mía: mi Iglesia. Mi palabra: la Buena Nueva. Mi amor habitará en vuestros corazones. Y, en fin, os dejaré un don mayor, que os nutrirá de mí mismo y hará -no sólo espiritualmente-que Yo esté entre vosotros y en vosotros. Lo haré para daros consuelo y fuerza.
-Pero ahora… Ana está muy afligida por los niños…
-Nos ha hablado con angustia de ellos…
-Sí. Le he dicho que los tenga lejos de la gente. Te digo lo mismo a ti, Juana, y a ti, Valeria.
-Mandaré a Fausta con Tusnilda a Béter antes del tiempo establecido. Debían ir allí después de la Fiesta.
-Yo no. No me separo de los niños. Los tendré en casa. Pero le diré a Ana que deje ir allá a los suyos. Los hijos de esa mujer son aviesos, pero se sentirán honrados con mi invitación y no se opondrán a su madre. Y yo…
-Yo quisiera…
-¿Qué, Maestro?
-Que estuvierais todas muy unidas en estos días. Tendré conmigo a la hermana de mi Madre, a Salomé y a Susana y a las hermanas de Lázaro. Pero, respecto a vosotras, quisiera que estuvierais unidas, muy unidas.
-¿Pero no podremos ir a donde estés Tú?
-Yo, en estos días, seré como un relámpago que resplandece rápido y desaparece. Subiré al Templo por la mañana y luego dejaré la ciudad. Aparte de en el Templo, por las mañanas, no podríais encontrarme.
-El año pasado estuviste en mi casa…
-Este año no estaré en ninguna casa. Seré un relámpago que surca el cielo…
-Pero la Pascua…
-Deseo celebrarla con mis apóstoles, Juana. Si así lo quiere tu Maestro, claro está que es por una justa razón.
-Es verdad… Así que estaré sola… Porque mis hermanos me han dicho que quieren estar libres en estos días, y Cusa…
-Maestro, yo me marcho. Llueve fuerte. Oigo a los niños recogidos bajo el pórtico. Voy con ellos -dice Valeria, y prudentemente, se retira.
-También en tu corazón llueve fuerte, Juana.
-Es verdad, Maestro. Cusa está tan… extraño. Yo ya no lo entiendo. Es una continua contradicción. Quizás es que tiene amigos que influyen en su pensamiento… o que ha recibido alguna amenaza… o que teme por su futuro.
-No es el único. Es más, puedo decir que son pocos, personas verdaderamente solitarias y desperdigadas, los que, como Yo, no le temen al futuro; y serán cada vez menos. Sé muy dulce y paciente con él. Es sólo un hombre…
-Pero ha recibido tanto de Dios, de ti, que debería…
-¡Que debería! Sí. ¿Pero quién no ha recibido de mí en Israel? He hecho el bien a amigos y a enemigos, he perdonado, curado, consolado, instruido… Ya ves -y cada vez lo verás más-cómo sólo Dios es inmutable, cómo son distintas las reacciones de los hombres, y cómo, no pocas veces, el que más ha recibido es el que más se inclina a agredir a su benefactor. Realmente se podrá decir que “el que ha comido conmigo mi pan ha alzado contra mí su pie” (Salmo 41, 10).
-Yo no lo haré, Maestro.
-Tú no. Pero muchos sí.
-¿Mi esposo está entre ellos? Si así fuera, no volvería esta noche a casa.
-No, no está entre ellos esta noche. Pero, aunque estuviera, tu sitio está allí. Porque si él peca tú no debes pecar, si vacila debes sujetarlo, si te veja debes perdonar.
-¡Vejar, no! Me quiere. Pero quisiera verlo más firme. Cusa tiene mucha influencia sobre Herodes. Quisiera que arrancase al Tetrarca una promesa en favor de ti, como Claudia intenta con Pilato. Pero lo único que Cusa ha sabido transmitirme han sido frases vagas de Herodes… y asegurarme que Herodes lo único que desea es verte cumplir algún prodigio, y entonces no te perseguirá… Así, espera acallar sus remordimientos por Juan. Cusa dice: "Mi rey dice siempre: Aunque me lo mandara el Cielo, no alzaría mi mano. ¡Tengo demasiado miedo!"
-Dice la verdad. No alzará su mano contra mí. Muchos en Israel no lo harán, porque muchos tienen miedo a condenarme materialmente. Pero pedirán que otros lo hagan. Como si a los ojos de Dios hubiera diferencia entre el que asesta el golpe, instado por el deseo del pueblo, y el que lo hace asestar.
-¡Pero el pueblo te ama! Un gran recibimiento se está preparando para ti. Y Pilato no quiere tumultos. Ha reforzado las guarniciones en estos días. Tengo mucha esperanza de que… No sé lo que espero, Señor. Espero y desespero. Mis pensamientos son inestables, como estos días en que el sol y la lluvia se alternan…
-Ora, Juana, y estáte en paz. Piensa siempre que nunca has causado dolor al Maestro, y que esto Él lo recuerda. Ve.
Juana, que ha palidecido y adelgazado en estos pocos días, sale pensativa.
Se asoma el rostro donoso de Analía.
-Pasa. ¿Dónde está tu compañera?
-Está allá, Señor. Quiere regresar. Están para salir. Marta ha comprendido mi deseo y me dice que me quede hasta la puesta de sol de mañana. Sara vuelve a casa, a decir que me quedo. Ella quisiera tu bendición porque… Luego te lo diré.
-Que venga. La bendigo.
La joven sale para volver con su compañera, que se postra delante del Señor.
-La paz esté contigo y la gracia del Señor te conduzca por los senderos a que te ha guiado esta que te ha precedido. Sé amorosa con la madre de ella, y bendice al Cielo, que te ha evitado vínculos y dolores para tenerte entera para sí. Un día, más que ahora, bendecirás e1 haber sido estéril por tu propia voluntad. Ve.
La joven se marcha emocionada.
-Le has dicho todo lo que ella esperaba. Estas palabras eran su sueño. Sara decía siempre: "Me gusta tu sino, aunque sea tan nuevo en Israel; y yo también lo quiero. No teniendo ya padre y siendo mi madre dulce como una paloma, no tengo miedo a no poder seguirlo. Pero para poder estar segura de poder cumplirlo, y de que sea santo para mí como lo es para ti, quisiera oírlo de sus labios". Ahora se lo has dicho. Y yo también siento paz, porque alguna vez temía haber exaltado un corazón…
-¿Desde cuándo está contigo?
-Desde… Cuando llegó la orden del Sanedrín me dije: "La hora del Señor ha llegado y debo prepararme a morir". Porque te lo pedí, Señor… Hoy te lo recuerdo… Si Tú vas al Sacrificio, yo víctima contigo.
-¿Quieres todavía firmemente lo mismo?
-Sí, Maestro. No podría vivir en un mundo donde Tú no estuvieras… y no podría sobrevivir a tu tortura. ¡Tengo mucho miedo por ti! Muchos de entre nosotros se crean falsas ilusiones… ¡Yo no! Siento que ha llegado la hora.
Demasiado es el odio… Y espero que recibas mi ofrecimiento. Lo único que puedo darte es mi vida; porque soy pobre, Tú lo sabes. Mi vida y mi pureza. Por eso he convencido a mi madre de que llame a su hermana para que vaya con ella, para que no se quede sola… Sara será una hija para ella en mi lugar, y la madre de Sara será consuelo para mi madre. ¡No desencantes mi corazón, Señor! Para mí el mundo no tiene ningún atractivo. Me resulta como una cárcel donde muchas cosas me repugnan mucho.
Quizás es porque el que ha estado a las puertas de la muerte ha comprendido que lo que para muchos representa la alegría no es sino un vacío que no sacia. Lo cierto es que sólo deseo el sacrificio… y precederte… para no ver el odio del mundo arrojado como arma de tortura contra mi Señor, y para parecerme a ti en el dolor…
-Depositaremos entonces la azucena cortada sobre el altar en que se inmola el Cordero. Y se pondrá roja por la Sangre redentora. Y sólo los ángeles sabrán que el Amor fue el sacrificador de una cordera toda blanca, y anotarán el nombre de la primera víctima de Amor, de la primera continuadora del Cristo.
-¿Cuándo, Señor?
-Ten preparada la lámpara y estáte en vestido de boda. El Esposo está a las puertas. Verás su triunfo y no su muerte, pero triunfarás con Él entrando en su Reino.
-¡Soy la mujer más feliz de Israel! ¡Soy una reina ceñida con tu corona! ¿Puedo, como tal, pedirte una gracia?
-¿Cuál?
-He amado a un hombre, Tú lo sabes. Luego dejé de amarlo como prometido porque un amor mayor entró en mí; y él dejó de quererme porque… Bueno, no quiero recordar su pasado. Te pido que redimas a ese corazón. ¿Puedo? ¿No es pecar el querer recordar, estando a las puertas de la Vida, a aquel a quien amé, para darle 1a Vida eterna? ¿No?
-No es pecar. Es llevar el amor al extremo santo del sacrificio por el bien del amado.
-Bendíceme, entonces, Maestro. Absuélveme de todos mis pecados. Prepárame a la boda y a tu venida. Porque eres Tú el que viene mi Dios, a tomar a tu pobre sierva y hacerla esposa tuya.
La jovencita, radiante de alegría y de salud, se agacha para besar los pies del Maestro, mientras Él la bendice y ora por ella. Y verdaderamente la sala, blanca como si fuera toda ella de azucenas, es digno ambiente para este rito, y bien entona con sus dos protagonistas, jóvenes, hermosos, vestidos de blanco, resplandecientes de amor angélico y divino.
Jesús deja allí a la jovencita, absorta en su dicha, y sale sosegadamente para ir a bendecir a los niños, los cuales con gritos de alegría corren raudos hacia el carro y suben a él contentos, junto con las mujeres que se marchan. Se quedan Elisa y Nique para acompañar al día siguiente a Analía a la ciudad. Ha escampado. Ahora el cielo, rotas las nubes, muestra su azul.
El sol hace descender sus rayos para encender de luz las gotas de la lluvia. Un iris hermosísimo proyecta su arco desde Betania hasta Jerusalén. El carro se marcha chirriando, sale por la cancilla, desaparece.
Lázaro, que está cerca de Jesús, en el extremo del pórtico, pregunta:
-¿Te han dado alegría las discípulas? -y observa al Maestro.
-No, Lázaro. Me han dado todas, menos una, sus dolores; y también desilusiones, si es que pudiera forjarme vanas esperanzas.
-¿Las romanas -quieres decir-te han causado esas desilusiones? ¿Te han hablado de Pilato?
-No.
-Entonces debo hacerlo yo. Esperaba que te hablaran ellas. Había esperado por esto. Entremos en esta habitación solitaria. Las mujeres se han marchado a sus labores con Marta. María está con tu Madre, en la otra casa. Tu Madre ha estado mucho con Judas, y ahora se lo ha llevado consigo… Siéntate, Maestro… He estado en casa del Procónsul… Lo había prometido y lo he hecho. ¡Pero Simón de Jonás no estaría muy satisfecho de mi misión!… Menos mal que ya no piensa en ello Simón. El Procónsul me escuchó y me respondió estas palabras: "¿Yo? ¿Ocuparme yo de Él? ¡No tengo ni la sombra de la más lejana intención de hacerlo! Sólo digo que estoy bien decidido, no por el Hombre –Tú Maestro-, sino por todos los problemas que me vienen de rechazo por causa suya, a no ocuparme más de Él, ni para bien ni para mal. Lo que hago es que me lavo las manos. Reforzaré la guardia porque no quiero desórdenes.
Así quedaremos contentos César, mi mujer y yo, es decir, los únicos de los que tengo un sagrado cuidado. Y por las otras cosas no muevo un dedo. Esto son líos que se traen esos eternos descontentos. Ellos se los crean, ellos se los gozan. Yo al Hombre, como malhechor lo ignoro, como virtuoso lo ignoro, como sabio lo ignoro. Y quiero ignorarlo. Seguir ignorando. Por desgracia, aun queriendo, a duras penas lo consigo. Porque los jefes de Israel me hablan de Él con sus jeremiadas ñoñas; Claudia, con sus elogios; los seguidores del Galileo, con sus quejas contra el Sanedrín. Si no fuera por Claudia, haría que lo apresaran y se lo entregaría, para que definieran este asunto y yo ya no volviera a oír hablar de ello.
El Hombre es el súbdito más pacífico de todo el Imperio. Pero, a pesar de todo, me ha dado tantos problemas, que quisiera una solución…". Con este humor, Maestro…
-Quieres decir que no hay motivos para sentirse seguro. Con los hombres uno no está nunca seguro…
-De todas formas, lo que saco en conclusión es que el Sanedrín está más calmado. No han recordado el decreto de proscripción, no han molestado a los discípulos. Dentro de poco volverán los que han ido a la ciudad. Veremos lo que dicen… Opuestos a ti, siempre. ¿Pero actuar?… Las muchedumbres te estiman demasiado como para poder desafiarlas imprudentemente.
-¿Vamos hacia el camino, al encuentro de los que vuelven? -propone Jesús.
-Vamos.
Salen al jardín, y están ya a mitad de distancia de la cancilla cuando Lázaro pregunta:
-¿Pero cuándo has comido? ¿Y dónde?
-En la hora primera.
-¡Pero si ya casi se está poniendo el sol! Pues volvemos.
-No. No siento necesidad. Prefiero seguir. Allí veo a un pobre niño agarrado a la cancílla. Quizás tenga hambre. Está harapiento y demacrado. Hace un rato que lo observo.
Estaba ya allí cuando salió carro, y huyó, quizás para que no lo vieran y pudieran echarlo. Luego ha vuelto y mira con insistencia hacia la casa y hacia nosotros. -Si tiene hambre, convendrá que vaya por alimentos. Sigue, Maestro; yo te doy alcance enseguida -y Lázaro corre hacia la casa mientras Jesús acelera el paso en dirección a la cancilla.
El niño -un rostro irregular y que lleva en sí las huellas del sufrimiento, un rostro donde sólo los ojos brillan hermosos y vivos-lo mira.
Jesús le sonríe y, dulcemente, mientras acciona e1 mecanismo del cierre, le dice: -¿A quién buscas, niño?
-¿Eres Tú el Señor Jesús?
-Lo soy.
-A ti te busco.
-¿Quién te envía?
-Nadie. Pero quiero hablar contigo. Muchos vienen a hablar contigo. Yo también. A muchos les concedes lo que te piden. También a mí.
Jesús ha accionado el mecanismo de apertura y ruega al niño que suelte las barras que tiene sujetas con las manos descarnadas, para poder abrir. El niño se aparta y, a1 hacerlo, al moverse la tuniquita descolorida sobre el cuerpo torcido, se ve que es un pobre niño raquítico, con la cabeza encajada entre los hombros por un comienzo de corcova, patituerto, de paso inseguro: verdaderamente un pequeño desdichado. Quizás tiene más años de los que se pueden pensar por su estatura, que corresponde a la de un niño de unos seis años, pues su carita ya es de hombre (una cara un poco ajada y de mentón pronunciado, una cara casi de viejecito).
Jesús se agacha para acariciarlo y le dice:
-Dime, entonces, qué quieres. Soy amigo tuyo. Soy amigo de todos los niños. ¡Con qué amorosa dulzura Jesús toma entre sus manos esa carita macilenta y besa al niño en la frente!
-Lo sé. Por esto he venido. ¿Ves cómo estoy? Quisiera morir para dejar de sufrir, y para no ser ya de nadie… Tú que curas a tantos y haces resucitar a los muertos, hazme morir, haz morir a este a quien nadie quiere y que no podrá nunca trabajar.
-¿No tienes padres? ¿Eres huérfano?
-Padre tengo. Pero no me quiere porque estoy así. Expulsó a mi madre, le dio el libelo de divorcio, y a mi me expulsó también con ella; y mi madre ha muerto… por culpa mía, que estoy así, tullido.
-¿Con quién vives?
-Cuando murió mi madre, los criados me llevaron otra vez con mi padre. Pero él, que se ha casado de nuevo y que tiene hijos guapos, me echó. Me dio a unos labriegos suyos. Pero ellos hacen lo mismo que el patrón, para ganar su favor… y me hacen sufrir.
-¿Te pegan?
-No. Pero tienen más cuidado de los animales que de mí, y se burlan de mí, y como a menudo estoy enfermo, pues me tienen como una carga. Yo cada vez estoy más tullido y sus hijos se mofan de mí y me hacen caer. Ninguno me quiere. Y este invierno, cuando tuve mucha tos y se necesitaban medicinas, mi padre no quiso gastar dinero y dijo que la única cosa buena que podía hacer era morirme. Desde entonces te he esperado para decirte: "Hazme morir".
Jesús lo toma en brazos, sordo a las palabras del niño, que le dice:
-Tengo los pies llenos de barro, y también la túnica, porque me he sentado por el camino. Te voy a manchar la túnica.
-¿Vienes de lejos?
-De cerca de la ciudad, porque los que me tienen están allí. He visto pasar a tus apóstoles. Sé que son ellos porque los labradores han dicho: "Ahí están los discípulos del Rabí galileo. Pero Él no está". Y he venido.
-Estás mojado, niño. ¡Pobre niño! Te vas a enfermar de nuevo.
-Si no me escuchas… ¡Si al menos me hiciera morir la enfermedad! ¿A dónde me llevas?
-A casa. No puedes estar así.
Jesús entra en el jardín llevando en brazos al niño deforme y grita a Lázaro, que está yendo hacia Él:
-Cierra tú la cancilla, que Yo tengo en brazos a este niño todo mojado.
-¿Pero quién es, Maestro?
-No lo sé. No sé ni su nombre.
-Ni ya lo digo, porque no quiero que me conozcan; lo que quiero es lo que te he dicho. Mi madre me decía: "Hijo mío, mi pobre hijo, yo me muero, pero quisiera que murieras conmigo, porque allá no tendrías ya esta deformidad que hace sufrir a tus huesos y a tu corazón. Allí los que nacen desdichados no llevan un nombre de burla. Porque Dios es bueno con los inocentes y los infelices". ¿Me mandas donde Dios?
-El niño quiere morir. Es una historia triste…
Lázaro, que está mirando fijamente al muchachito, de repente dice:
-¿Pero no eres el hijo del hijo de Nahúm? ¿No eres el que se sienta al sol junto al sicómoro que está en la linde de los olivos de Nahúm, y que e1 padre ha confiado a Josías, su labrador?
-Soy yo. Pero ¿por qué lo has dicho?
-¡Pobre niño! No para burlarme de ti. Créeme, Maestro, que es menos triste la suerte de un perro en Israel que la de este niño. Si no volviera a la casa de donde ha venido, nadie lo buscaría, ni criados ni patrones. Son hienas de corazón feroz. José sabe bien esta historia… Dio mucho que hablar. Aunque yo en esa época estaba muy afligido por María… Pero, cuando murió la infeliz esposa y él fue a casa de Josías yo, al pasar, lo veía… Olvidado al sol o al viento en la era, porque empezó a andar muy tarde… y siempre poco. No sé cómo hoy ha podido venir hasta aquí. ¡Quién sabe el tiempo que habrá estado de camino!
-Desde que Pedro pasó por aquel lugar.
-¿Y ahora? ¿Qué hacemos con él?
-Yo a casa no vuelvo. Quiero morir. Marcharme de aquí. ¡Señor, te pido esta gracia y piedad de mí!
Ya han entrado en la casa. Lázaro llama a un criado para que lleve una manta y mande a Noemí para atender al niño, que, con sus vestidos mojados, está lívido de frío.
-Es el hijo de uno de tus más sañudos enemigos. Uno de los más malos de Israel. ¿Cuántos años tienes, niño?
-Diez.
-¡Diez! ¡Diez años de dolor!
-¡Y ya bastan! -dice fuerte Jesús dejando en el suelo al niño. ¡Está muy contrahecho! El hombro derecho más alto que el izquierdo, el pecho excesivamente saliente, el cuello muy delgado Y hundido entre las altas clavículas, las piernas desviadas…
Jesús lo mira con piedad mientras Noemí le quita sus vestidos y lo seca antes de envolverlo en una manta caliente. Lázaro también lo mira con piedad.
-Voy a echarlo en mi cama, Señor. Pero primero le doy leche caliente -dice Noemí.
-¡No me haces morir! ¡Ten piedad! ¿Por qué dejarme vivir para estar así y sufrir tanto? -y termina:
-He esperado en ti, Señor.
En su voz hay un reproche, una desilusión.
-Estáte tranquilo. Obedece y el Cielo te consolará -dice Jesús, y se agacha para acariciarlo otra vez pasando su mano por ese pobre cuerpo contrahecho.
-Llévale a la cama y vélalo. Luego… se tomarán providencias.
Se llevan al niño, que va llorando.
-¡Y son los que se creen santos! -exclama Lázaro pensando en Nahúm…
La voz de Pedro que llama a su Maestro…
-¡Oh! ¡Maestro! ¿Estás aquí? Todo bien. No nos han molestado nada. Es más, demasiada calma. En el Templo nadie nos ha molestado. Juan ha recibido buenas noticias.
A los discípulos los han dejado en paz. La gente que te espera está en actitud festiva. Estoy contento. ¿Y Tú qué has hecho, Maestro?
Se alejan juntos hablando mientras Lázaro va donde Maximino, que lo llama.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
-Podéis marcharos, si lo estimáis oportuno, donde queráis. Yo me quedo aquí con Judas y Santiago.
Tienen que venir las discípulas -dice Jesús a sus apóstoles, que están reunidos en torno a Él bajo el pórtico de la casa. Y añade:
-Pero estad aquí antes de la puesta de1 sol. Y sed prudentes. Tratad de pasar desapercibidos para evitar represalias contra vosotros.
-¡Yo no! ¡Yo me quedo! ¿Qué tengo que hacer en Jerusalén? -dice Pedro.
-Yo sí que voy. Mi padre seguro que me espera. Quiere ofrecer el vino. Es una antigua promesa, antigua pero mantenida como siempre, y es que mi padre es un hombre honesto. ¡Vais a ver qué vino en el banquete pascual! ¡Los viñedos de mi padre en Ramá! ¡Célebres en la comarca! -dice Tomás.
-También estos de Lázaro son vinos extraordinarios. Se me ha quedado grabado el banquete de las Encenias… -dice, involuntariamente goloso, Mateo.
-Pues entonces mañana más que nunca se te refrescará el recuerdo, porque creo que para mañana Lázaro va a disponer una gran cena. ¡He visto unos preparativos…! -dice Santiago de Zebedeo.
-¿Sí? ¿Vendrán también otros? -pregunta Andrés.
-No. Se lo he preguntado a Maximino y me ha contestado que no.
-¡Ah, porque en el caso contrario me pondría la túnica nueva que me ha mandado mi mujer! -dice Felipe.
-Yo me la pondré. Quería hacerlo para Pascua, pero me la voy a poner mañana. Sin duda, estaremos más tranquilos aquí mañana que no dentro de unos días… -dice Bartolomé, e interrumpe sus palabras pensando.
-Yo me visto con ropa nueva para la entrada en la ciudad. ¿Y Tú, Maestro? -pregunta Juan.
-Yo también. Me pondré la túnica teñida de púrpura.
-¡Parecerás un rey! -dice admirado el Predilecto, que ya lo ve, con el pensamiento, vestido con esa túnica espléndida…
-¡Sí, pero si no hubiera sido por mí! Esa púrpura la he procurado yo, hace años… -se jacta el Iscariote.
-¿De verdad? No, no lo habíamos pensado… El Maestro es siempre tan humilde…
-Demasiado. Ahora es el momento de que sea rey. ¡Basta de esperar! Si no es rey de tronos, al menos que, por su dignidad, tenga vestiduras acordes con su grado. Yo estoy en todo.
-Tienes razón, Judas. Tú tienes conocimiento del mundo. Nosotros… somos unos pobres pescadores… -dicen humildemente los del lago… Y, como siempre sucede a la luz del mundo -la falsa, crepuscular luz del mundo-, la aleación de baja ley del metal de Judas parece metal más noble que el basto pero puro, sincero, honesto oro de los corazones galileos…
Jesús, que estaba hablando con el Zelote y los hijos de Alfeo, se vuelve y mira a Judas Iscariote, y también a estos hombres honestos, tan humildes y apesadumbrados por estar tan… poco dotado respecto a Judas… y menea la cabeza sin decir nada. Pero, al ver a éste atándose los cordones de las sandalias y colocándose el manto como en actitud de ponerse en camino, le dice:
-¿A dónde vas?
-A la ciudad.
-He dicho que te retengo aquí con Santiago…
-¡Ah! Pensaba que te referías a Judas tu hermano… Entonces… Yo… soy como un prisionero… ¡Ja! ¡Ja!
Se ríe con mala compostura
-Betania no tiene cadenas ni rejas; al menos, eso creo. Tiene sólo el deseo de tu Maestro, y yo estaría muy contento de estar prisionero de su deseo -observa el Zelote.
-¡Claro! Yo estaba de broma… Es que… quisiera tener noticias de mi madre. Seguro que han llegado a Jerusalén peregrinos de Keriot y…
-No. Dentro de dos días estaremos todos en Jerusalén.
Ahora tú te quedas aquí -dice autoritario Jesús.
Judas no insiste. Se quita el manto diciendo:
-¿Y entonces? ¿Quién va a la ciudad? Sería conveniente saber también cómo están los ánimos… Lo que hacen los discípulos… Quería también informarme a través de amigos… Se lo había prometido a Pedro…
-No importa. Te quedas. No es necesario nada de eso que dices. No es estrictamente necesario…
-Pero si va Tomás…
-Maestro, también yo quisiera ir. Porque también lo he prometido. Tengo amigos en casa de Anás y… -dice Juan.
-¿Irías allí, hijo mío? ¿Y si te apresan? -pregunta Salomé, que se ha acercado.
-¿Si me apresan? ¿Qué he hecho de malo? Nada. Por tanto, no debo temer al Señor. Por eso, aunque me apresen, no me echaré a temblar.
-¡Oh, el leoncito arrogante! ¿No te vas a echar a temblar? ¿Pero no sabes cómo nos odian? Apresarnos significa la muerte, ¿eh? -dice Judas Iscariote queriendo amedrentar.
-¿Y tú, entonces, por qué quieres ir? ¿Es que tú tienes la inmunidad? ¿Qué has hecho para tenerla? Dímelo y yo también lo haré.
Judas reacciona con un ademán de miedo e ira; pero el rostro de Juan es tan nítido, que el traidor se calma.
Comprende que no hay asechanzas ni sospechas en esas palabras y dice:
-Nada he hecho. Lo que sucede es que tengo algunos amigos buenos que están cerca del Procónsul, por eso…
-¡Bien! El que quiera venir que venga, dado que ya no llueve. Aquí perdemos el tiempo y quizás para la hora sexta vuelva la lluvia. El que quiera venir que no se demore -exhorta Tomás.
-¿Voy, Maestro? -pregunta Juan.
-Ve.
-¡Claro! ¡Siempre así! Él sí. Los otros sí. Yo no. ¡Siempre no!
-Trataré de tener noticias de tu madre -dice Juan para calmarlo.
-Y también yo. Voy contigo y con Tomás -dice el Zelote, y añade:
-Mi edad frenará a los jóvenes, Maestro. Y conozco bien a los de Keriot. Si veo a alguno me acerco a él. Te traeré noticias de tu madre, Judas. ¡Sé bueno! ¡Estáte tranquilo! Es la Pascua, Judas. Todos sentimos la paz de esta fiesta, la alegría de esta solemnidad.
¿Por qué quieres ser tú sólo el que esté siempre tan inquieto, tan sombrío y malcontento, sin paz? Pascua es paso de Dios… Pascua es para nosotros los hebreos fiesta de liberación de un duro yugo. Nos liberó de él Dios Altísimo. Ahora, no pudiendo repetir el antiguo acontecimiento, permanece su símbolo individual… Pascua: liberación de los corazones, purificación, bautismo puedes decir, con la sangre del cordero, para que las fuerzas enemigas no causen el mal al que lleve su señal.
¡Qué hermoso empezar el nuevo año con esta fiesta de purificación, de liberación, de adoración a Dios Salvador nuestro!… ¡Oh, perdona, Maestro! He hablado cuando en realidad habría debido guardar silencio porque estás Tú para corregir nuestros corazones…
-Eso es lo que estaba pensando yo, Simón. Justo eso: que ahora tengo dos maestros en vez de uno. Y me parecían demasiados -dice airado Judas Iscariote.
Pedro… ¡ah, Pedro esta vez no se puede contener!, y reacciona:
-Y, si no te callas pronto, vas a tener un tercero, que voy a ser yo. Y te juro que voy a tener argumentos más persuasivos que las palabras.
-¿Alzarías la mano contra un compañero? ¿Después de tanto esfuerzo por sujetar en el fondo al viejo galileo, aflora de nuevo tu verdadera naturaleza?
-No aflora de nuevo. Siempre ha estado clara en la superficie. No uso ficciones. Lo que sucede es que para los asnos salvajes, como tú, para domarlos, sólo hay un argumento: los trallazos. ¡Deberías avergonzarte de abusar de su bondad y de nuestra paciencia! ¡Ven, Simón! ¡Ven, Juan! Ven, Tomás.
Adiós, Maestro. Me voy yo también porque si me quedo… no, ¡viva Dios que ya no me contengo! -y Pedro agarra su manto, que estaba encima de un asiento, y se lo pone a toda prisa; tan inquieto, que no ve que se lo ha puesto al revés, abajo la parte de arriba, de forma que debe advertirle Juan del error, y ayudarle a vestirse bien. Y se marcha a toda prisa, pegando un fuerte golpe con el pie en el suelo para descargar así un poco de su ira: parece un torillo encabritado.
¿Y los otros?… Los otros parecen libros abiertos en que se puede leer lo que tienen escrito. Bartolomé levanta su afilado rostro de anciano hacia el cielo todavía borrascoso y parece estudiar los vientos para no tener que estudiar los rostros: demasiado apenado el de Cristo, demasiado pérfido el de Judas Iscariote. Mateo y Felipe miran a Judas Tadeo, que tiene fosforescencias de ira en sus ojos, tan parecidos a los de Jesús, y toman la misma decisión: lo ponen en medio de ellos y le incitan a salir, hacia el paseo interior que lleva a la casa de Simón, diciendo:
-Tu madre nos requería para aquel trabajo. Ven también tú, Santiago de Zebedeo -y se llevan consigo también al hijo de Salomé.
Andrés mira a Santiago de Alfeo, y Santiago lo mira a él: dos caras que reflejan el mismo, contenido sufrimiento, y que no sabiendo qué decir, se cogen de la mano, como dos niños, y se alejan tristes.
Salomé es la única discípula presente, y no se atreve ni a moverse ni a hablar, pero tampoco sabe decidirse a marcharse, como si con su presencia quisiera frenar otras palabras del indigno apóstol. Por suerte no está presente ninguno de la familia de Lázaro. Está ausente también María Stma.
Judas se ve solo con Jesús y Salomé. No quiere estar con ellos y les vuelve la espalda para alejarse hacia el cenador de jazmines. Jesús lo mira mientras se marcha. Lo vigila. Ve que, después de haber fingido que se sentaba en el cenador, Judas desaparece a hurtadillas por la parte de atrás y se adentra entre los setos de rosas, laureles y bojes, que separan al verdadero jardín de los cuadros de las especias, en el lugar donde están las colmenas.
Por ahí se puede salir por una de las puertas secundarias abiertas en las paredes del vasto jardín, un verdadero parque que por dos lados termina en setos altísimos, dobles como una avenida -abiertos por cancillas, acá o allá, para poner en comunicación al jardín con los prados, campos, matas de árboles frutales y olivares, y también con la casa de Simón, y que prolongan el jardín en las tierras, teniendo a éstas y a aquél unidos y separados al mismo tiempo-; y, por los otros dos, tiene gruesas paredes que se abren a dos caminos, uno secundario y otro de primer orden, en que desemboca el secundario, que, cortando a Betania, prosigue hacia Belén. Los ojos de Jesús, que se alza cuanto puede y se mueve cuanto necesita para ver lo que hace Judas Iscariote, echan llamas.
María Salomé los ve e intuye -aunque por su estatura poco alta no pueda ver-, intuye lo que sucede hacia el extremo del parque, y susurra:
-¡Misericordia de nosotros, Señor!
Jesús oye ese suspiro y se vuelve un instante para mirar a esta buena, sencilla discípula, que puede haber tenido un pensamiento de soberbia materna al pedir el lugar de honor para sus hijos, pero que, al menos, podía hacerlo porque ellos son buenos apóstoles.
A esta discípula que aceptó humildemente la corrección del Maestro sin ofenderse, sin alejarse de Él; es más, que se hizo más humilde, más servicial respecto al Maestro, al que sigue como una sombra (basta con que pueda hacerlo); respecto al Maestro, cuyas más pequeñas expresiones estudia para poder, si puede, adelantarse a sus deseos y darle alegría. Y también ahora la buena y humilde Salomé trata de consolar al Maestro, de aplacar la sospecha que le hace sufrir, diciendo:
-¿Ves? No se marcha lejos. Ha dejado ahí su manto y no lo ha recogido. Irá por los prados a descargar su estado de ánimo… Nunca iría Judas a la ciudad sin estar perfectamente arreglado…
-Hasta desnudo iría, si quisiera ir. Y así es… ¡Mira! ¡Ven aquí!
-¡Está tratando de abrir la cancilla! ¡Pero está cerrada! ¡Y llama a un criado de las colmenas!
Jesús grita fuerte:
-¡Judas! ¡Espérame! Tengo que hablar contigo -y quiere ponerse en camino.
-¡Por el amor de Dios, Señor! Voy a llamar a Lázaro… a tu Madre… ¡No vayas solo!
Jesús, aun caminando rápido, se vuelve un poco y dice:
-Te ordeno que no lo hagas. Al contrario: guarda silencio con todos. Si preguntan por mí, di que he salido con Judas cerca. Si vienen las discípulas, que esperen. Vuelvo pronto.
Salomé no reacciona, como tampoco lo hace Judas Iscariote. Ella junto a la casa y él junto a la cerca, se quedan en el sitio donde la voluntad de Jesús los ha detenido. Y lo miran: ella, mientras se aleja; él, mientras se acerca.
-Abre la puerta, Jonás. Salgo un poco con mi discípulo. Si te quedas por aquí, no hace falta que la cierres cuando salgamos. Vuelvo pronto -dice con bondad al criado agricultor, que se había quedado sin saber cómo reaccionar, con la voluminosa llave en la mano. El portillo, de hierro pesado, chirría al abrirse, de la misma forma que rechina la llave para mover el dispositivo.
-Una puerta que se abre raras veces -dice el criado sonriendo -¡Claro, te has oxidado! Cuando uno está ocioso se deteriora… La herrumbre, el polvo,… los gamberros… A nosotros nos pasa lo mismo… ¡Si no trabajamos continuamente nuestra alma!
-¡Muy bien, Jonás! Has tenido un pensamiento sabio. Muchos rabíes te lo envidiarían.
-Son mis abejas las que me los sugieren… y tus palabras.
Verdaderamente son tus palabras. Pero luego también las abejas me las hacen comprender. Porque nada carece de voz, si se sabe oír. Y yo digo que si ellas, que son abejas, obedecen la orden del que las ha creado, y son animalitos que no sé dónde pueden tener cerebro y corazón, yo, que tengo corazón, cerebro y espíritu, y que oigo al Maestro, también deberé saber hacer lo que hacen ellas, y trabajar continuamente, hacer siempre lo que el Maestro dice que hay que hacer, y poner así hermoso mi espíritu, esplendoroso, sin herrumbre ni polvo ni barro, y sin pajas, que hayan metido en las cerraduras los enemigos infernales, ni piedras ni otras asechanzas.
-Es exactamente como dices. Imita a tus abejas y tu alma será una rica colmena llena de preciosas virtudes, y Dios descenderá a recrearse en ella. Adiós, Jonás. La paz sea contigo.
Pone la mano en la cabeza entrecana del criado, que está frente a Él inclinado, y sale al camino en dirección hacia los prados de trébol rojo, prados hermosos como alfombras tupidas y gruesas, de colores verde y carmesí, donde las abejas, volando de flor en flor, introducen reflejos y zumbidos.
Cuando están suficientemente lejos de la cerca como para no ser oídos por nadie que estuviera en el jardín de Lázaro, Jesús dice.
-¿Has oído a ese criado? Es un labriego. Ya es mucho si sabe leer alguna palabra… Y, no obstante… lo que ha dicho habría podido salir de mis labios sin que mis palabras de Maestro parecieran necias. Ese hombre siente que hay que velar para que el espíritu no se vea corrompido por sus enemigos…
Yo… por esos enemigos te retengo a mi lado, ¡y tú me odias por esto! Quiero defenderte de ellos y de ti mismo, y tú me odias. Te ofrezco el medio para salvarte -puedes hacerlo todavía-y tú me odias. Te lo digo una vez más: vete, Judas; vete lejos. No entres en Jerusalén. Estás enfermo. No es mentira el decir que estás tan enfermo, que no puedes participar en la Pascua.
Harás la Pascua suplementaria. La Ley permite hacer la Pascua suplementaria cuando una enfermedad u otra grave razón impiden hacer la Pascua solemne. Le pediré a Lázaro -es un amigo prudente y no preguntará nada-que te lleve hoy mismo al otro lado del Jordán.
-No. Te he dicho muchas veces que me echaras. No has querido. Ahora soy yo el que no quiere.
-¿No quieres? ¿No quieres salvarte? ¿No tienes piedad de ti mismo? ¿No tienes piedad de tu madre?
-Deberías decirme: "¿No tienes piedad de mí?". Serías más sincero.
-Judas, infeliz amigo mío, no te ruego por mí. Por ti, por ti te ruego. "¡Mira! Estamos solos. Tú sabes quién soy Yo, Yo sé quién eres tú. Es el Último momento de gracia que aún se nos concede para impedir tu ruina…
¡Oh, no te rías tan satánicamente, amigo mío! No te burles de mí como si estuviera loco porque digo: "tu ruina" y no la mía. Lo mío no es ruina; lo tuyo, sí… Estamos solos, Yo y tú, y sobre nosotros está Dios…
Dios que no te odia todavía, Dios que asiste a esta lucha suprema entre el Bien y el Mal que se disputan tu alma.
Sobre nosotros está el Empíreo, observándonos, ese Empíreo
que pronto se llenará de santos, que ya, en su lugar de espera, sienten la emoción porque presienten la alegría… Judas, entre ellos está tu padre…
-Era un pecador. No está.
-Era un pecador, pero no un réprobo. Por eso la alegría se acerca también a él. ¿Por qué quieres causarle un dolor en medio de su alegría?
-Está al margen del dolor. Está muerto.
-No. No está al margen del dolor de verte a ti culpable, a ti… ¡oh, no me arranques esa palabra!…
-¡Sí, hombre, sí, dila! ¡Yo hace meses que me la digo a mí mismo! Réprobo. Lo sé. Ya nada puede ser cambiado.
-¡Todo! Judas, Yo lloro. ¿Quieres, pues, hacer brotar tú las extremas lágrimas del Hombre?… Judas, te lo ruego.
Piensa, amigo: el Cielo asiente a mi oración; tú, tú… ¿me dejarás orar en vano? Piensa que delante de ti, orando, tienes al Mesías de Israel, al Hijo del Padre… ¡Judas, escúchame!… ¡Detente mientras puedes!…
-¡No!
Jesús se tapa la cara con las manos y se deja caer en el linde del prado. Llora sin clamor, pero llora mucho. Sus hombros se estremecen con los profundos sollozos…
Judas lo mira, ahí, a sus pies, destrozado, llorando… y por el deseo de salvarlo… y siente un momento de piedad.
Dice, dejando el tono duro, de verdadero demonio, que tenía antes:
-No puedo irme… He dado mi palabra…
Jesús alza su cara llena de aflicción. Le interrumpe:
-¿A quién? ¿A quién? ¡A unos pobres hombres! ¿Y de ellos, de aparecer sin honor ante ellos, te preocupas?
¿Y no me habías dado a mí tu propio ser hace tres años? ¿Y piensas en los comentarios de un puñado de malhechores y no en el juicio de Dios?
¡Oh, qué debo hacer, Padre, para resucitar en él la voluntad de no pecar?
Baja de nuevo su cabeza, abatido, deshecho… Parece ya el penante Jesús de la agonía del Getsemaní.
Judas siente piedad y dice:
Me quedo. ¡No sufras de ese modo! Me quedo… ¡Ayúdame a quedarme! ¡Defiéndeme!
-¡Siempre! ¡Siempre! Basta con que tú lo quieras. Ven. No hay culpa de la que no sienta conmiseración y no perdone. Di "quiero” y te habré redimido…
Jesús se ha levantado y tiene a Judas abrazado.
El llanto de Jesús-Dios cae entre los cabellos de Judas, pero la boca de Judas permanece cerrada. No dice la palabra requerida. No dice ni siquiera "perdón" cuando Jesús le susurra entre sus cabellos “¡Mira si te quiero!
¡Habría debido reprenderte! Te beso. Tendría derecho de decirte: "Pide perdón a tu Dios" y te pido sólo que tengas el deseo del perdón. ¡Estás tan enfermo…! No se puede pedir mucho a uno que está muy enfermo. A todos los pecadores que han venido a mí les he pedido el absoluto arrepentimiento para poder perdonarlos. A ti, amigo mío, te pido sólo el deseo de arrepentirte; después…corre de mi cuenta.
Judas calla…
Jesús lo suelta. Dice:
-Quédate aquí al menos hasta el día siguiente del sábado.
-Me quedaré… Vamos a volver a casa. Notarán nuestra ausencia Quizás te esperan las mujeres. Son mejores que yo y no debes descuidarlas por mí.
-¿No recuerdas la parábola de la oveja perdida? Tú eres esa oveja… Ellas, las discípulas, son las ovejas buenas que están dentro del aprisco. No corren peligro, aunque busque tu alma durante todo el día para llevarla de nuevo al redil…
-¡Bien, de acuerdo! ¡De acuerdo! ¡Vuelvo al redil! Me voy a encerrar en la biblioteca de Lázaro, a leer. No quiero que me molesten, no quiero ver ni saber nada. Así… no sospecharás siempre de mí. Y si refieren al Sanedrín alguna cosa de lo que aquí sucede, tendrás que buscar las serpientes entre tus predilectos. ¡Adiós! Entro por la cancilla principal. No temas. No voy a escaparme. Puedes ir a comprobarlo cuando quieras -y, volviéndole la espalda, se va con largos pasos.
Jesús, altura blanca vestida de lino en la linde del prado verde -rojo, alza los brazos al cielo sereno y alza su afligidísimo rostro y alza su alma al Padre suyo gimiendo:
-¡Oh, Padre mío! ¿Podrás recriminarme el haber dejado de hacer algo que pudiera salvarlo? Tú sabes que es por su alma y no por mi vida por la que lucho por impedir su delito… ¡Padre! ¡Padre mío! ¡Te lo suplico!: acelera la hora de las tinieblas, la hora del Sacrificio, porque demasiado atroz me es vivir junto al amigo que no quiere ser redimido… ¡El mayor dolor! -y Jesús se sienta entre el tupido, alto, hermosísimo trébol, agacha la cabeza y la pone entre sus rodillas dobladas y apretadas entre sus brazos. Y llora…
¡Oh, no puedo ver ese llanto! Es ya demasiado semejante -en desolación, en soledad, en… persuasión de que el Cielo nada hará por consolarlo, y que Él debe padecer ese dolor-, demasiado semejante al del Getsemaní. Y me aflige demasiado…
Jesús llora largamente, en ese lugar solitario y silencioso. Testigos de su llanto, las abejas de oro, el trébol que emana fragancia y se mece lentamente con las ondas de un viento de tormenta, y las nubes, que al principio de la mañana eran como una leve red en el cielo azul y ahora se han adensado, oscurecido, sobrepuesto unas a otras, prometiendo nueva lluvia.
Jesús deja de llorar. Alza la cabeza para oír… Un ruido de ruedas y cascabeles viene del camino de primer orden; luego cesa el ruido de las ruedas, pero no el de los cascabeles.
Jesús dice:
-¡Vamos! Las discípulas. Ellas son fieles… ¡Padre mío, hágase como Tú quieres! Te ofrezco el sacrificio de este deseo mío de Salvador y de Amigo. ¡Está escrito! Él lo ha querido. Es verdad. Pero deja, Padre mío, que continúe mi obra por él hasta que todo termine.
Ya desde ahora te digo: Padre, cuando ore por los pecadores, siendo ya víctima impotente para la acción directa, Padre, toma Tú mi sufrimiento y presiona con él en el alma de Judas. Sé que te pido algo que la Justicia no puede conceder. Pero de ti han venido la Misericordia y el Amor y Tú los amas a Éstos que de ti vienen y son una sola cosa contigo, Dios uno y trino, santo y bendito.
Yo me voy a dar a mis amados como alimento y bebida. Padre, ¿es que habrán de ser mi Sangre y mi Carne condena para uno de ellos? ¡Padre, ayúdame! ¡Un germen de arrepentimiento es ese corazón!…
¿Padre, por qué te alejas? ¿Ya te alejas de tu Verbo que ora? Padre, es la hora. Lo sé. ¡Hágase tu bendita voluntad! Pero deja en tu Hijo, en tu Cristo -en quien, por insondable decreto tuyo, disminuye en esta hora la visión segura del futuro; y no te digo que esto sea crueldad, sino piedad tuya hacia mí-, deja en mí la esperanza de salvarlo aún.
¡Oh, Padre mío! Lo sé; lo he sabido desde que Yo soy; lo he sabido desde que, no sólo Verbo, sino Hombre, vine a la Tierra; lo he sabido desde que encontré al hombre en el Templo… Siempre lo he sabido… Pero ahora… ¡oh!, ahora me parece -¡gran piedad tuya, santísimo Padre!-, me parece como si fuera sólo un horrendo sueño, suscitado por su comportamiento, pero que no fuera lo ineluctable… y es como si pudiera seguir esperando, esperando siempre, porque infinito es mi sufrir e infinito será el Sacrificio; es como si pudiera hacer algo también por él… ¡Ah, estoy delirando! ¡Es el Hombre el que quiere esperar esto! ¡El Dios que está en el Hombre, el Dios hecho Hombre no se puede hacer ilusiones! Se alejan las ligeras nieblas que me ocultaban un momento el abismo, el abismo ya abierto para atrapar a aquel que prefirió las Tinieblas a la Luz… ¡Piedad el hecho de ocultármelo! Piedad el hecho de mostrármelo, ahora que me has reconfortado. Sí, Padre. ¡También esto! ¡Todo! Y seré Misericordia hasta el final, porque ésta es mi Esencia.
Sigue orando, en silencio, con los brazos abiertos en cruz. Su rostro deshecho se va serenando para tomar un aspecto de paz augusta (se hace casi luminoso: una luz de alegría interior, aunque en sus labios, cerrados, no haya sonrisa). Es la alegría de su espíritu, en comunión con el Padre, lo que rezuma por los velos de la carne y borra los signos que el dolor ha excavado y dibujado en ese enflaquecido y espiritualizado rostro que se ha ido mostrando en el Maestro en la medida en que Él se iba adentrando en el dolor y hacia el Sacrificio. No es ya un rostro de la Tierra el rostro de Cristo en estos últimos tiempos mortales suyos, y ningún artista será nunca capaz de darnos, aunque el Redentor al artista se mostrara, ese rostro de Hombre Dios cincelado en sobrenatural belleza por el amor y dolor perfectos y completos.
Jesús está de nuevo en la puerta de la cerca. Entra. La cierra con el cerrojo y se adentra hacía la casa. El criado de antes lo ve y acude presuroso a tomar la voluminosa llave que Jesús tiene en sus manos.
Continúa. Ve a Lázaro, que dice:
-Maestro, han venido las mujeres. Las he pasado a la sala blanca, porque en la biblioteca está Judas leyendo, con aspecto atribulado.
-Lo sé. Gracias por las mujeres. ¿Son muchas?
-Juana, Nique, Elisa y Valeria con Plautina y otra amiga o liberta, no lo sé, de nombre Marcela, y una anciana que dice que te conoce: Ana de Merón; y luego Analfa, y con ella otra, jovencita, de nombre Sara. Están con las discípulas tu Madre y mis hermanas.
-¿Y esas voces de niños? -Ana ha traído a los hijos de su hijo; Juana a los suyos; Valeria a la suya. Los he llevado al patio interno…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Deben haber hecho un alto a mitad de camino en la vía que va de Jericó a Betania; en efecto, cuando llegan a las primeras casas de Betania, el rocío está acabando de evaporarse en las hojas y en las hierbezuelas de los prados, y el sol todavía asciende en la bóveda del cielo.
Los agricultores de la zona dejan sus aperos y van sin demora junto a Jesús, que pasa bendiciendo a hombres y árboles (como piden, con insistencia, los agricultores).
Y mujeres y niños acuden con las primeras almendras -envueltas todavía en la leve felpa verde-plata de la cáscara-y las últimas flores de los árboles frutales de florescencia más tardía.
Pero observo que aquí, en la zona de Jerusalén, quizás por la altitud, quizás por los vientos que provienen de 1as cimas más altas de Judea, o no sé por qué otro motivo (quizás también por una diferencia en el tipo de plantas), muchos son los árboles frutales todavía florecidos en graduaciones blanco-rosadas suspendidas como nubes ligeras por encima del verde de los prados.
Palpitan bajo los altos troncos las tiernas hojas de las vides, como grandes mariposas de precioso color esmeralda, mantenidas ligadas por un hilo a los ásperos sarmientos.
Mientras Jesús está parado en la fuente -que es donde el campo se transforma ya en ciudad-y recibe el respetuoso saludo de casi toda Betania, vienen Lázaro y sus hermanas, y se postran ante su Señor. Y aunque haga poco más de dos días que María ha dejado a su Maestro, tan incansablemente besa sus pies calzados con las polvorientas sandalias, que parece que hiciera siglos que no lo veía.
-Ven, Señor mío. La casa te espera para alegrarse de tu presencia -dice Lázaro poniéndose al lado de Jesús mientras caminan, lentamente, al ritmo consentido por la gente que se arremolina en torno, y por los niños que se agarran a las vestiduras de Jesús y caminan delante de Él, vueltos hacia Él, con la cara alzada, de forma que tropiezan y hacen tropezar (tanto que primero Jesús y luego Lázaro y los apóstoles suben en brazos a los más pequeños para poder andar más ligeros).
En el lugar donde una callecita conduce a la casa de Simón Zelote están María y su cuñada, y Salomé y Susana. Jesús se detiene para saludar a su Madre y luego prosigue hasta la gran cancilla, abierta de par en par, donde están Maximino, Sara y Marcela, y, detrás de éstos, los numerosos siervos de la casa, empezando por los domésticos y terminando por los de los campos.
Todos ordenados, alegres; con una alegría inquieta que se manifiesta impetuosa en exclamaciones de hosanna y agitando gorros y velos, y arrojando flores y ramas de arrayán y laurel, de rosas y jazmines, que resplandecen bajo el sol con sus pomposas corolas o se esparcen como cándidas estrellas sobre el color pardo de la tierra. Un olor de flores deshojadas y de hojas aromáticas pisadas sube del suelo calentado por el sol. Jesús pasa por esa alfombra de fragancias.
María de Magdala, que, mirando al suelo, lo sigue, se agacha a cada paso -parece una espigadora siguiendo al que va atando las gavillas-recogiendo ramas y corolas, y también pétalos deshojados, pisados por los pies de Jesús.
Maximino, para poder cerrar la cancilla y dar sosiego a los huéspedes, ordena que den a los niños unos dulces que ya están preparados (práctica manera de distraer del Señor a los niños y de poder hacer que se marchen sin suscitar coros de llantos). Y los criados llevan esto a cabo sacando a la calle cestas colmadas de pequeñas tortas que tienen encima una almendra blanco-parda.
Y mientras los pequeñuelos se apiñan allí, otros servidores echan hacia atrás a los adultos, entre los cuales están todavía Zaqueo y los cuatro (Joel, Judas, Eliel y Elcana) con otros que no sé quiénes son porque están del todo tapados, incluso por protegerse del sol ya fuerte y del polvo que un viento más bien vigoroso levanta.
Pero Jesús, ya muy adelante, se vuelve y dice:
-¡Esperad! Tengo que decir algo a alguien.
Se dirige a los hermanos de Juana, los toma aparte y les dice:
-Por favor, id donde Juana y decidle que venga con todas las mujeres que están en su casa y con Analía, la discípula de Ofel. Que venga mañana, porque con el ocaso de mañana empieza e1 sábado y quiero pasarlo en paz con los amigos de Betania.
-Se lo diremos, Señor. Juana vendrá.
Jesús se despide de ellos. Luego pasa a Joel:
-Dirás a José y a Nicodemo que he venido y que al día siguiente del sábado entraré en la ciudad.
-¡Oh! ¡Ten cuidado, Señor! -dice acongojado el escriba, que es bueno.
-Márchate, y sé fuerte. No debe tener miedo quien sigue la justicia y cree en mi verdad. Al contrario, debe sentirse gozoso porque ha llegado el cumplimiento de la antigua Promesa.
-¡Huiré de Jerusalén, Señor! Ya ves que soy un hombre de débil constitución; Tú lo sabes; y se burlan de mí por esto. Yo no podría ver esos… esas…
-Tu ángel te guiará. Ve en paz.
-¿Te… te volveré a ver, Señor?
-Claro que me volverás a ver. De todas formas, hasta que me veas, piensa que tu amor me ha producido mucha alegría en las horas del dolor.
Joel toma la mano que Jesús le había puesto en el hombro y la aprieta contra sus labios; a través del sutil velo que cubre su cabeza, besos y lágrimas van a la mano de Jesús.
Luego se aleja. Jesús entonces se acerca a Zaqueo:
-¿Dónde están los tuyos?
-Se han quedado en la fuente, Señor. Les he dicho que esperen allí.
-Vuelve y ve con ellos a Betfagé, donde están mis discípulos más antiguos y fieles. Dile a Isaac, que es su jefe, que se distribuyan por la ciudad para avisar a todos los grupos de los discípulos, porque en la mañana del día siguiente del sábado, hacia la hora tercera, pasando por Betfagé, entraré en Jerusalén y subiré solemnemente al Templo. Le dirás a Isaac que este aviso es sólo para los discípulos. Isaac comprenderá lo que quiero decir.
-También yo lo comprendo, Maestro. Quieres sorprender a los judíos para que no puedan obstaculizar tu entrada.
-Así. Haz esto. Recuerda que te estoy dando un encargo de confianza. Me sirvo de ti y no de Lázaro.
-Esto me dice que tu bondad hacia mí no tiene medida. Gracias. Señor.
Besa la mano al Maestro y se marcha.
Jesús va a volver ya con sus huéspedes. Pero, en ese momento, un joven se separa de la cancilla donde las últimas personas, rechazadas por los criados, están saliendo, y corre a echarse a los pies de Jesús. Grita:
-¡Una bendición, Maestro! ¿Me reconoces? -dice levantando la cara, libre de todo velo.
-Sí. Eres José, llamado Bernabé, el discípulo de Gamaliel que salió a mi encuentro cerca de Yiscala.
-Y que te sigue desde hace muchos días. Estaba en Silo. Llegué allí de Yiscala, adonde había ido con el rabí en el tiempo de tu ausencia. En Yiscala había estado estudiando los libros hasta la luna de Nisán. Estaba en Silo cuando hablaste, y te seguí a Lebona y a Siquem; luego te esperé en Jericó porque había sabido que Tú…
Al improviso se calla, como si se hubiera dado cuenta de que estaba diciendo algo de lo que debería guardar silencio.
Jesús sonríe mansamente y dice:
-La verdad brota impetuosa de los labios veraces, y muchas veces supera los diques que la prudencia pone delante de las bocas. Pero voy a terminar Yo tu pensamiento… “porque habías sabido por Judas de Keriot, que se había quedado en Siquem, que Yo iba a Jericó para reunirme con mis discípulos y darles mis indicaciones.” Y fuiste allí para esperarme, sin preocuparte de ser visto, de perder tiempo y de faltar del lado de tu maestro Gamaliel.
-Él no me reprenderá cuando sepa que me he retrasado por seguirte. Lo llevaré como regalo tus palabras…
-El rabí Gamaliel no tiene necesidad de palabras! ¡Es el rabí sabio de Israel!
-Sí. Ningún otro rabí puede enseñarle nada de lo antiguo, nada, porque de lo antiguo sabe todo. Pero Tú sí, porque tienes palabras nuevas, llenas de la fresca vida de lo nuevo. Tu palabra es como savia de primavera.
Es el rabí Gamaliel el que dice esto, y dice también que la sabiduría cubierta por el polvo de los siglos, y, por tanto, desecada y opaca, adquiere nueva vida y luz cuando tu palabra la explica. ¡Le llevaré tus palabras!
-Y mi saludo. Dile que abra su corazón, su intelecto, su vista, su oído; y su pregunta de ya hace más de dos decenios recibirá respuesta. Ve, que Dios esté contigo.
El joven se encorva de nuevo para besar los pies del Maestro y se marcha.
Los criados, definitivamente, pueden cerrar la cancilla. Jesús puede reunirse con sus amigos.
-Me he permitido invitar aquí, para mañana, a las discípulas – dice Jesús, acercándose a Lázaro y poniéndole un brazo en los hombros.
-Has hecho bien, Señor. Tú sabes que mi casa es la tuya. Tu Madre ha preferido residir en la casa de Simón, y he respetado su deseo; pero espero que Tú estés bajo mi techo.
-Sí. Aunque… es techo tuyo también la otra casa. Uno de tus primeros actos de generosidad hacia mí y hacia mis amigos. ¡Cuántos actos de generosidad has tenido conmigo, amigo mío!
-Y espero poder tenerlos todavía durante mucho tiempo. Aunque, Maestro sabio, esta palabra es incorrecta. No soy yo generoso contigo. Eres Tú el que eres generoso conmigo. Yo soy el deudor. Y si ante los tesoros que me has dado deposito una moneda para ti, ¿que será esa mísera ofrenda mía comparada con tus tesoros? "Dad y se os dará" dijiste.
"Os será vertida en vuestro seno una medida generosa y colmada, y tendréis el céntuplo de lo que disteis", dices.
Yo he recibido el céntuplo del céntuplo ya desde cuando todavía no te había dado nada. ¡Ah, recuerdo nuestro primer encuentro! Tú, Señor y Dios al que no son dignos de acercarse los serafines, viniste a mí, que estaba solo y afligido… cerrado dentro de estas paredes, dentro de mis tristezas; viniste a ese hombre que era Lázaro, un hombre al que todos evitaban, si exceptúo a José y Nicodemo y a mi fiel amigo Simón, que desde su tumba de vivo no dejaba de quererme…
No quisiste que mi alegría de verte quedara turbada por las salpicaduras corrosivas del desprecio del mundo… ¡Ah, nuestro primer encuentro! Podría repetirte todas tus palabras de entonces… ¿Qué te había dado, entonces, si nunca te había visto, para recibir de ti inmediatamente el céntuplo de cien?
-Tus oraciones al Altísimo, nuestro Padre. Nuestro, Lázaro. Mío. Tuyo. Mío como Verbo y como Hombre. Tuyo como hombre. ¿Cuando orabas con tanta fe, no me estabas dando ya todo tu ser? Tú mismo puedes ver que te di el céntuplo, como es justo, de lo que tú me dabas.
-Tu bondad es infinita, Maestro y Señor. Premias anticipadamente, y con divina generosidad, a los que tu pensamiento conoce como siervos tuyos, aun antes de que ellos sepan que lo son.
-Amigos míos, no siervos. Porque, en verdad, los que hacen la voluntad del Padre mío y siguen a la Verdad que ha sido enviada por Él son mis amigos, no ya mis siervos. Más todavía: son mis hermanos, siendo así que Yo soy el primero en hacer la voluntad del Padre. Así pues, el que hace lo que Yo hago es mi amigo porque solamente el amigo hace espontáneamente lo que hace su amigo.
-Que así sea siempre entre Tú y yo, Señor. ¿Cuándo vas a la ciudad?
-Después del sábado. Al día siguiente por la mañana.
-Iré yo también.
-No, no vendrás conmigo. Ya te diré Yo. Tengo otras cosas que pedirte…
-Sigo tus órdenes, Maestro. Yo también tengo que hablar contigo…
-Hablaremos.
-¿Prefieres que el sábado lo pasemos nosotros solos o puedo invitar a amigos comunes?
-Te pediría que no. Deseo vivamente pasar estas horas en vuestra amistad prudente y pacífica, sólo la vuestra, sin forzamientos de pensamientos ni de formas; pasarlas en la dulce libertad de quien está rodeado de amigos tan queridos, que se siente entre ellos como en su propia casa.
-Como quieras, Señor. Es más… yo deseaba esto, pero me parecía egoísmo hacia mis amigos, todos inferiores en amistad respecto a ti, Amigo único, pero, de todas formas, queridos. Pero si lo quieres así… Quizás estás cansado, Señor; o pensativo…
Lázaro pregunta más con la mirada que con las palabras a su Amigo y Maestro, que le responde solamente con la luz de sus ojos, un poco tristes, un poco absortos, y con la parca sonrisa de su boca.
Se han quedado solos junto al pilón que canta con su chorrillo… Los otros, todos, han entrado en casa, donde se oye sonido de voces y de vajilla…
María de Magdala, dos o tres veces, asoma su cabeza rubia por la puerta, por la puerta tapada con una tupida cortina que ondea levemente con el viento, con el viento que aumenta mientras el cielo se va cubriendo de nubes deshilachadas cada vez más oscuras.
Lázaro alza la cabeza para examinar el cielo.
-Quizás tengamos tormenta -dice.
Y añade:
-Servirá para abrir las yemas rebeldes, que este año se resisten mucho… Quizás han sido las inclemencias tardías las que han retardado los vástagos. También mis almendros han sufrido, y mucho fruto se ha perdido. Me decía José que un huerto suyo que está fuera de la Judiciaria parece este año completamente estéril: los árboles retienen las yemas, como bajo el influjo de algún sortilegio; tanto que se duda si dejarlos o venderlos como leña. Nada. Ni una flor.
Como estaban en Tébet siguen ahora. Cabecitas de yemas, duras, cerradas, que no se hinchan nunca. Es verdad que el viento de septentrión sopla fuerte en ese lugar, y que ha habido mucho viento en invierno. También los frutos del huerto que tengo más allá del Cedrón han sufrido daños. Pero el fenómeno del huerto de José es tan extraño, que muchos van a ver ese lugar que no quiere despertarse en primavera.
Jesús sonríe…
-¿Sonríes? ¿Por qué?
-Por el infantilismo de esos niños eternos que son los hombres. Todo lo que tiene apariencia extraña los hechiza… Pero el huerto florecerá. En su debido momento.
-Ya ha pasado el debido momento, Señor. ¿Cuándo ha sucedido que en la Luna de Nisán un grupo numeroso de árboles de un mismo lugar no haya dado muestras de florescencia? ¿A qué tiempo tiene que esperar ese lugar para que sea el debido momento?
-Al tiempo de dar gloria a Dios floreciendo.
-¡Ah, comprendo! ¡Irás allí a bendecir el lugar, por amor a José; y los árboles florecerán, dando así nueva gloria a Dios y a su Mesías con un nuevo milagro! ¡Así es! Tú vas allí. Si veo a José, ¿se lo puedo decir?
-Si crees que se lo debes decir… Sí, iré allí…
-¿Qué día, Señor? Quisiera estar yo también.
-¿También tú eres un eterno niño?
Jesús sonríe más vivamente, meneando la cabeza manso y sencillo ante la curiosidad de su amigo, que exclama:
-¡Me siento feliz de haberte alegrado, Señor! Vuelvo a ver tu cara con esa sonrisa luminosa que hacía tiempo que no veía. ¿Entonces… voy?
-No, Lázaro. Para la Parasceve me serás necesario aquí.
-¡Pero en la Parasceve uno se ocupa sólo de la Pascua! Tú… Maestro, ¿por qué quieres hacer algo que te será censurado? Ve allá otro día…
-Me veré obligado a ir justo en la Parasceve. Pero no seré Yo el único que haga cosas que no sean preparación para la Pascua antigua; también los más rigurosos de Israel (un Elquías, un Doras, un Simón, y Sadoq e Ismael, y hasta Caifás y Anás) harán cosas completamente nuevas…
-¡¿Se está volviendo loco Israel?!
-Tú lo has dicho.
-Pero Tú… ¡Ah, está lloviendo! Vamos a la casa, Maestro… Yo… estoy preocupado… ¿No me vas a explicar…?
-Sí. Antes de dejarte te diré… Mira, aquí viene con una tela gruesa tu hermana, que teme el agua por nosotros… ¡Marta, tú siempre previsora y activa! Pero no es mucha la lluvia.
-¡Mi querida hermana! ¡Mis queridas hermanas! Porque ahora son las dos como dos tiernas niñas que ignoran cualquier tipo de malicia. Tanto María como Marta. Y cuando, anteayer, vino de Jericó María, parecía -cayéndole por los hombros las trenzas, porque había vendido sus horquillas para comprar unas sandalias a un niño y las horquillas delgadas de hierro eran insuficientes para sujetar sus cabellos-, parecía verdaderamente una niña. Se rió y, al bajar del carro, me dijo:
"Hermano mío, ahora sé lo que es tener que vender para comprar, y lo difíciles que son para el pobre hasta las cosas más simples, como es sujetarse el pelo con horquillas de veinte por un didracma. Lo recordaré para ser todavía más misericordiosa en el futuro para con los pobres". ¡Cómo la has cambiado, Señor!
La mujer de que hablan mientras ponen pie en la casa está ya preparada con ánforas y barreños para servir a su Señor. No cede a nadie el honor de servirle, y no se siente satisfecha hasta que no ha proporcionado todo alivio a los miembros y vísceras de su Maestro, y hasta que no le ve irse con sandalias frescas a la habitación que le han reservado, donde lo espera su Madre con una fresca túnica de lino todavía fragante de sol…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Es un alba que apenas diluye su candor en un primer rosicler de aurora. Y el silencio fresco de los campos se va rompiendo, va adornándose con el gorjeo de los pajarillos ya despiertos.
Jesús es el primero en salir de la casa de Nique. Entorna silenciosamente la puerta y se dirige al verde huerto donde se liberan las nítidas notas de las currucas y emiten los mirlos su flautado canto.
Pero aún no ha llegado y ya del huerto vienen cuatro personas (cuatro de los que ayer estaban en el grupo de desconocidos y que en ningún momento habían descubierto su rostro). Se postran profundamente. Y luego, cuando oyen la orden y la pregunta que Jesús -después de haberlos saludado con su saludo de paz-les dirige:
-¡Alzaos! ¿Qué queréis de mí? -se levantan y echan hacia atrás los mantos de lino y las prendas, también de lino, que cubren su cabeza y con las cuales habían tenido celado su rostro como beduinos.
Reconozco la cara pálida y delgada del escriba Joel de Abías, ya visto en la visión de Sabea. Los otros me son desconocidos, hasta que se nombran: «
-Yo, Judas de Beterón, último de los verdaderos asideos, amigos de Matatías Asmoneo.
-Yo, Eliel, y mi hermano Elcaná de Belén de Judá, hermanos de Juana, tu discípula; y no hay para nosotros un título mayor que éste. Ausentes cuando eras fuerte, presentes ahora que te persiguen.
-Yo, Joel de Abías, con los ojos ciegos durante mucho tiempo, pero ahora abiertos a la Luz.
-Os había despedido ya. ¿Qué queréis de mí?
-Decirte que… si estamos tapados no es por ti, sino… -dice Eliel.
-¡Hablad! ¡Hablad os digo! -Pero… Habla tú, Joel. Porque eres el que más sabe de todos…
Señor… Lo que yo sé es tan… horrendo… que quisiera que ni la tierra supiera lo que estoy para decir…
-Esta tierra se estremecerá; no Yo, porque sé lo que quieres decir. De todas formas, habla…
-Si lo sabes… deja que mis labios no tiemblen diciendo esta cosa horrible. No es que piense que mientes al decir que lo sabes y que quieres que lo diga para saberlo, sino, verdaderamente, porque…
-Sí. Porque es una cosa que clama al Señor. La diré Yo para convencer a todos de que conozco el corazón de los hombres. Tú, miembro del Sanedrín y conquistado para la Verdad, has descubierto algo que no has sabido sobrellevar tú solo, porque es demasiado grande, y has ido donde éstos, verdaderos judíos en los que sólo hay espíritu bueno, para asesorarte con ellos.
Has hecho bien, aunque no tenga ninguna utilidad lo que has hecho. El último de los asideos estaría dispuesto a repetir el gesto de sus padres (1 Macabeos 2, 42-48) para servir al Libertador verdadero. Y no está solo. También su pariente Barzelái lo haría, y con él otros muchos. Y los hermanos de Juana, por amor a mí y a su hermana, además de por amor a la Patria, estarían con él. Pero Yo no triunfaré por lanzas ni por espadas. Entrad del todo en la Verdad. Yo triunfaré con un triunfo celeste.
Tú -y esto es lo que te hace aparecer aún más pálido y enflaquecido de lo que en ti es normal-sabes quién ha presentado los elementos de acusación contra mí, esos elementos que, si bien son falsos en su espíritu, son verdaderos en la realidad de sus palabras, porque Yo en verdad violé el sábado cuando tuve que huir, al no haber llegado todavía mi hora, y cuando arrebaté dos inocentes a los bandidos; y podría decir que la necesidad justifica el acto, de la misma forma que la necesidad justificó a David por haberse nutrido con los panes de proposición (1 Samuel 21, 2-7).
En verdad, me refugié en Samaria, aunque, llegada mi hora y habiéndome propuesto los samaritanos quedarme con ellos como Pontífice, rechacé honores y seguridad por permanecer fiel a la Ley, aun significando esto entregarme a los enemigos. Y es verdad que quiero a los pecadores y a las pecadoras hasta el punto de arrancarlos del pecado.
Y es verdad que predico la destrucción del Templo, si bien estas palabras mías no son sino confirmación del Mesías de las palabras de sus profetas.
El que es fuente de éstas y de otras acusaciones, aquel que incluso hace de los milagros motivo de acusación y no ha dejado de servirse de nada de la Tierra para tratar de llevarme al pecado y poder añadir otras acusaciones a las primeras, ése es un amigo mío. Y esto también lo dijo el rey profeta (Salmo 41, 10) de quien a través de mi Madre desciendo:
"El que comía mi pan alzó contra mí su calcañar". Lo sé. Moriría dos veces, si pudiera no ya impedir que llevara a cabo el delito -ya… su voluntad se ha entregado a la Muerte, y Dios no fuerza la libertad del hombre-, sino, al menos, hacer que el choque del horror cumplido lo arrojara arrepentido a los pies de Dios… Por esto tú, Judas de Beterón, advertías ayer a Manahén de que se callara.
Porque la serpiente estaba allí y podía dañar, además de al Maestro, al discípulo. No. El daño alcanzará sólo al Maestro.
No temáis. No será por mí por quien recibáis penas y desventuras. Por el delito de todo un pueblo, por eso sí, todos recibiréis lo que anunciaron los profetas.
¡Desdichada, desdichada Patria mía! ¡Desdichada tierra que conocerá el castigo de Dios! ¡Desdichados habitantes, desdichados niños que ahora bendigo y quisiera ver salvos y que, aun siendo inocentes, conocerán en la edad adulta la dentellada de la más grande desventura! Mirad esta tierra vuestra exuberante, hermosa, verde y florida cual alfombra admirable, fértil como un Edén…
Grabaos su belleza en vuestro corazón y luego… vuelto Yo al lugar de donde vine… huid. Huid mientras podáis hacerlo, antes de que, cual rapaz de infierno, la desolación de la destrucción se extienda aquí y derribe y destruya, y yerme y queme, más que en Gomorra, más que en Sodoma…
Sí, más que en esas ciudades, donde sólo hubo una rápida muerte. Aquí… Joel, ¿recuerdas a Sabea? Ella hizo una última profecía sobre el futuro del Pueblo de Dios que ha rechazado al Hijo de Dios.
Los cuatro están como aturdidos. El miedo del futuro los enmudece. Se decide a hablar Eliel:
-¿Tú nos aconsejas…?
-Sí. Idos. Ya nada habrá aquí suficientemente válido como para retener a los hijos del pueblo de Abraham. Además, especialmente vosotros, notables del pueblo, no seríais respetados… Los poderosos hechos prisioneros embellecen el triunfo del vencedor. El Templo nuevo e inmortal llenará de sí la Tierra, y todo el que me busque me tendrá, porque donde un corazón me ame, allí estaré Yo.
Idos. Llevaos con vosotros a vuestras mujeres, a vuestros hijos, a los ancianos… Vosotros me ofrecéis salvación y ayuda, Yo os aconsejo que os pongáis en salvo, y os ayudo con este consejo… No lo despreciéis.
-Pero ya… ¿qué más daño nos va a causar Roma? Ya estamos dominados. Y, aunque su ley sea dura, también es verdad que Roma ha reedificado casas y ciudades y…
-En verdad, sabedlo, en verdad, ni una sola piedra de Jerusalén quedará intacta. Fuego, ariete, hondas y jabalinas caerán, morderán, desbaratarán todas las casas, y la Ciudad sagrada se transformará en antro. Y no solo Jerusalén… Esta Patria nuestra se transformará en antro.
Lugar de onagros y chacales, como dicen los profetas. Y no durante un año o algunos años, o durante siglos, sino para siempre. El desierto, la sequía, la esterilidad… ¡Ésta será la suerte de estas tierras! Campo de luchas, lugar de torturas, sueño de reconstrucción destruido una y otra vez por una condena inexorable, intentos de resurgimiento ahogados en el momento de su nacimiento: la suerte de la tierra que rechazó al Salvador y quiso un rocío que es fuego sobre los culpables.
-¿Entonces… entonces no volverá a haber nunca un Reino de Israel? ¿Ya nunca más seremos lo que soñábamos ser? preguntan con voz entrecortada los tres notables judíos. (El escriba Joel llora)…
-¿Habéis observado alguna vez un árbol añoso con la médula destruida por una enfermedad? Durante años vegeta a duras penas, tan a duras penas, que ni florece ni da fruto; sólo alguna, rara hoja en las ramas exhaustas dice que todavía un poco de savia sube… Luego, en un mes de Abril, se le ve florecer milagrosamente y cubrirse de numerosas hojas, y se alegra su dueño, que durante muchos años lo cuidó sin obtener frutos; se alegra al pensar que el árbol está curado y vuelve a la exuberancia después de tanta languidez…
¡Oh, engaño! Después de tan exuberante explosión de vida, sobreviene enseguida la muerte. Caen las flores, las hojas, los pequeños frutos que parecían ya cuajar en las ramas y prometían una pingüe recolección, y con improviso estruendo el árbol, podrido en su base, se viene abajo. Lo mismo hará Israel. Después de siglos de estéril vegetar disperso, se reunirá en el añoso tronco y parecerá estar reconstruido; al fin reunido el pueblo disperso; reunido y perdonado. Sí.
Dios esperará esa hora para cortar los siglos. Ya no habrá siglos, habrá eternidad ¡Bienaventurados aquellos que, perdonados, constituyan la floración fugaz del último Israel -de ese Israel que será, después de tantos siglos, de Cristo-, y mueran redimidos, junto con todos los pueblos de la Tierra, bienaventurados con los pueblos de la Tierra que no sólo han conocido la existencia mía, sino que también han abrazado mi Ley como ley de Salud y Vida! Oigo las voces de mis apóstoles. Marchaos antes de que lleguen…
-Señor, si tratamos de permanecer ocultos no es por cobardía, sino para servirte, para poderte servir. Si se supiera que nosotros, que yo, sobre todo, hemos venido a ti, quedaríamos excluidos de las deliberaciones… -dice Joel.
-Comprendo. Pero atención porque la serpiente es astuta. Tú especialmente sé cauto, Joel…
-¡Aunque me mataran… preferiría mi muerte a la tuya… y no ver esos días de que hablas! Bendíceme, Señor, para fortalecerme…
-Os bendigo a todos en el nombre de Dios Uno y Trino, y en el nombre del Verbo encarnado para salvación de los hombres de buena voluntad.
Los bendice colectivamente con un amplio gesto, y luego pone la mano, individualmente, sobre cada una de las cuatro cabezas inclinadas que tiene a sus pies.
Luego se levantan ellos, se tapan de nuevo la cara y se adentran entre los árboles del huerto y entre los matorrales de moras que separan a los perales de los manzanos y a éstos de otros árboles; a tiempo, porque, en grupo, ya salen de la casa los doce apóstoles buscando al Maestro para ponerse en camino.
Y Pedro dice:
-En la parte de delante de la casa, hacia la ciudad, hay una muchedumbre de gente, a la que a duras penas hemos contenido para dejarte orar. Quieren seguirte. Ninguno de los que has despedido se ha marchado. Es más, muchos han regresado, y muchos otros han venido luego. Les hemos reprendido…
-¿Por qué? ¡Dejad que me sigan! ¡Ah, si todos lo hicieran! ¡Vamos!
Y Jesús se coloca el manto que le ha pasado Juan y se pone a la cabeza de los suyos. Llega a la casa, la bordea, pone pie en el camino que va a Betania y entona con fuerte voz un salmo. La gente, una verdadera muchedumbre -primero todos los hombres, luego las mujeres y los niños-lo sigue, cantando con Él…
La ciudad, rodeada de verde, va quedando lejos. Muchos peregrinos van por este camino, en cuyas orillas muchos mendigos elevan sus lamentos para suscitar la compasión de la muchedumbre y conseguir así pingües limosnas. Lisiados, mancos, ciegos… La miseria que en todas las épocas y regiones habitualmente se da cita en los lugares en que una festividad congrega a las muchedumbres. Y si los ciegos no ven quién pasa, los otros sí lo ven, y, conociendo la bondad del Maestro para con los pobres, lanzan su grito, más fuerte de lo habitua1, para atraer la atención de Jesús. Pero no piden el milagro; solamente la limosna; y Judas da la limosna.
Una mujer de noble aspecto, al pie de un recio árbol que da sombra a un cruce de caminos, para el burrito en que va montada y espera a Jesús.
Cuando Él está cerca, desciende de su cabalgadura y se postra, no sin dificultad porque tiene en brazos una criaturita muy falta de vida. La eleva sin decir una palabra. Sus ojos suplican en su afligido rostro. Pero Jesús está rodeado por una barrera de gente y no ve a la pobre madre arrodillada en la orilla del camino.
Un hombre y una mujer, que parecen acompañar a la madre afligida, le dicen: -No hay nada para nosotros -dice el hombre meneando la cabeza.
-Ama, no te ha visto; llámalo con fe y te concederá lo que pides -dice la mujer.
La madre sigue el consejo de la mujer y grita, fuerte para vencer el ruido de los cantos y los pasos:
-¡Señor, piedad de mí!
Jesús, que está unos metros más adelante, se detiene y se vuelve, busca a la que ha gritado. La sirvienta dice:
-Ama, te busca. Álzate y ve donde Él, y Fabia se curará -y la ayuda a levantarse y la guía hacia el Señor, que dice:
-Quien me ha invocado que venga a mí. Es tiempo de misericordia para quien sabe esperar en la misericordia.
Las dos mujeres se abren paso (primero la sirvienta, para preparar el camino a la madre, luego la propia madre), y están para llegar donde Jesús cuando una voz grita: -¡Mi brazo perdido! ¡Mirad! ¡Bendito el Hijo de David, el siempre poderoso y santo nuestro verdadero Mesías!
Se produce un alboroto, porque muchos se vuelven y la muchedumbre, con movimiento como de ondas contrarias en torno a Jesús, se mezcla y entremezcla. Todos quieren saber, ver… Preguntan a un anciano, que agita su brazo derecho como si fuera una bandera y que responde:
-Él se había parado. Yo había logrado agarrar un borde de su manto y taparme con él, y como un fuego y la vida me han recorrido el brazo muerto; mirad, el derecho está como el izquierdo, sólo porque me ha tocado su túnica.
Jesús, mientras, pregunta a la mujer:
-¿Qué quieres?»
La mujer alarga los brazos con su criatura y dice:
-Ella también tiene derecho a la vida. Es inocente. No ha pedido ser de uno u otro lugar, ni de una u otra sangre. Yo soy la culpable. A mí el castigo, no a ella.
-¿Tienes la esperanza de que la misericordia de Dios sea mayor que la de los hombres?
-Tengo esa esperanza, Señor. Yo creo. Por mí y por mi hija. Tengo la esperanza de que le devuelvas el pensamiento y el movimiento. Dicen que eres la Vida… -y llora.
-Yo soy la Vida, y quien cree en mí tendrá la vida del espíritu y de sus miembros. ¡Quiero!
Jesús ha gritado estas palabras con voz fuerte. Ahora baja la mano hacia la niñita inmóvil, que se estremece, sonríe y dice una palabra:
-¡Mamá!
-¡Se menea! ¡Sonríe! ¡Ha hablado! ¡Fabio! ¡Amo!
Las dos mujeres han seguido las fases del milagro y las han proclamado con voz fuerte. Y han llamado al padre, que se abre paso entre la gente y llega donde las mujeres cuando ya ellas están a los pies de Jesús llorando: y, mientras la sirvienta dice: « ¡Te había dicho que Él tiene piedad de todos!», la madre dice: «y ahora perdóname también mi pecado».
-¿No te muestra el Cielo, con la gracia concedida, que tu error está perdonado? Levántate y anda; en la vida nueva, con tu hija y el hombre que has elegido. Ve. Paz a ti. Y a ti, niñita. Y a ti, israelita fiel. Mucha paz a ti por tu fidelidad a Dios y a la hija de la familia a la que servías y que con tu corazón has mantenido cercana a la Ley. Y paz también a ti, hombre, que te has mostrado más respetuoso hacia el Hijo del hombre que muchos otros de Israel.
Se despide mientras la gente, dejado el anciano, se interesa por el nuevo milagro realizado en la niñita imposibilitada de movimientos y pensamiento (quizás por una meningitis), que ahora salta feliz diciendo las únicas palabras que sabe, las que quizás sabía cuando enfermó y que ahora halla de nuevo en su mente revivida:
-Padre, mamá, Elisa. ¡El Sol bonito! ¡Las flores!…
Jesús hace ademán de marcharse. Pero en esto, provenientes del cruce que ya han dejado atrás, llegan, de donde están los asnos que los que han recibido el milagro han dejados plantados, otros dos gritos, quejumbrosos, con la típica modulación hebrea: -¡Jesús, Señor! ¡Hijo de David, ten piedad de mí!
Y, de nuevo, más fuerte, para superar los gritos de la gente que dice: «Callad. Dejadle marcharse al Maestro. El camino es largo y el sol se alza cada vez más fuerte. Que pueda estar en los montes antes del calor intenso», gritan:
-¡Jesús, Señor, Hijo de David, ten piedad de mí!
Jesús se para otra vez y dice:
-Id por esos que gritan y traédmelos aquí.
Algunas personas solícitas van hacia los ciegos. Llegan donde ellos y dicen: -Venid. Tiene compasión de vosotros. Alzaos, que quiere concederos lo que pedís. Nos ha mandado a llamaros en su nombre -y tratan de guiar a los dos ciegos por entre la muchedumbre.
Pero, si uno de los dos se deja guiar, el otro, más joven y quizás más creyente, anticipa el deseo de aquéllos y camina solo, tendiendo su bastoncito hacia delante, con la expresión y el gesto propios de los ciegos: la típica sonrisa y el rostro alzado en busca de la luz… Y va tan rápido y seguro, que parece guiarlo su ángel: si no tuviera los ojos blancos, no parecería ciego.
Es el primero en llegar a la presencia de Jesús, que lo
para y le dice:
-¿Qué quieres que te haga?
-Que vea, Maestro. Haz, Señor, que mis ojos y los de mi compañero se abran. Ha llegado ya el otro ciego y lo arrodillan junto a su compañero.
Jesús pone las manos en sus caras alzadas y dice:
-Hágase como pedís. ¡Idos, vuestra fe os ha salvado!
Quita las manos y… dos gritos salen de los labios de los ciegos:
-¡Yo veo, Uriel!
-¡Yo veo, Bartimeo! -y luego, juntos:
-¡Bendito el me viene en nombre del Señor! ¡Bendito el que lo ha enviado! ¡Gloria a Dios! ¡Hosanna al Hijo de David! -y dos rostros se agachan hasta el suelo para besar los pies de Jesús; luego se levantan los dos que eran ciegos, y el que lleva por nombre Uriel dice:
-Voy a presentarme a mis familiares y luego vuelvo para seguirte, Señor. Bartimeo, no; Bartimeo dice:
-Yo no te dejo. Mando a alguien para que se lo diga. Se alegrarán en todo caso. Pero, separarme de ti, no. Tú me has dado la vista, yo te consagro la vida; ten piedad del deseo de tu ínfimo siervo.
-Ven y sígueme. La buena voluntad iguala todos los niveles, y sólo es grande el que mejor sabe servir al Señor.
Y Jesús reanuda la marcha entre los gritos de hosanna de la multitud. Bartimeo se une a la gente y, elevando con ella
sus alabanzas, va diciendo: -Había venido buscando un pan y he encontrado al Señor. Era pobre y ahora soy ministro del Rey santo. Gloria al Señor y a su Mesías…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Un gran número de personas está agrupado en los prados de Nique, en que el heno se seca al sol. Dos carros pesados y cubiertos están esperando en estos prados.
Comprendo la razón de la espera cuando veo que acompañan a ellos a todas las discípulas, y que éstas suben en los carros después de la despedida y bendición del Maestro. También María Sanísima se marcha con las otras discípulas.
Se marcha también el jovencito de Enón. Muchos discípulos se ponen a los lados de los carros, y, cuando éstos se mueven al paso lento de los bueyes también ellos se ponen en marcha. En los prados permanecen los apóstoles, Zaqueo y sus amigos y un grupito de personajes muy cubiertos con su manto (como si no quisieran ser muy reconocidos).
Jesús vuelve lentamente sobre sus pasos, hasta el centro del prado, y se sienta en un montón de heno ya semiseco que pronto será llevado al henil. Está absorto, y todos, manteniéndose en tres grupos distintos y un poco separados de Él y entre sí, respetan esta concentración suya.
La meditación se alarga. Se alarga la espera. El sol se hace cada vez más fuerte y cae intenso sobre el prado, que emana un fuerte olor de tallos herbáceos en desecación.
Los que esperan se refugian en los extremos del prado, en los lugares en que los últimos árboles del huerto proyectan su sombra refrescadora.
Jesús se queda solo, solo bajo el sol ya fuerte, blanco todo con su túnica de lino y la prenda de cendal -quizás es la que tejió Síntica-que cubre su cabeza y ondea levemente con el paso de la brisa. De algún establo cercano llegan mugidos tenues, quejumbrosos, de vacas; de las frondas del huerto, piar de pájaros implumes; de las eras, piar de pollitos petulantes: la vida que continúa, renovándose en todas las primaveras.
Las palomas vuelan alto describiendo círculos antes de regresar con vuelo firme y seguro a los nidos, bajo los aleros de los tejados. No sé si en la cercana casa de Nique o si en algún campo, una voz de mujer canta una nana arrulladora, y la vocecita del niño, primero alta y trémula como un balido de corderito, ahora se atenúa y luego calla… Jesús piensa, sigue pensando, piensa sin cesar, insensible al sol.
En distintas ocasiones he advertido esta superior resistencia de Jesús bendito frente a las inclemencias climáticas. Nunca he comprendido si sentía calor y frío fuertemente y los soportaba sin quejarse por espíritu de mortificación, o si era que, de la misma forma que dominaba los elementos desatados, dominaba también el frío y calor excesivos. No lo sé.
Lo que sé es que, aun viéndolo todo mojado bajo aguaceros o sudado todo bajo el intenso sol, nunca he advertido en Él gestos de desazón por el frío o el calor, como tampoco lo he visto tomar las medidas de prevención que el hombre toma contra los excesos del sol o del frío helador.
Un día alguien me hizo la observación de que en Palestina no se lleva descubierta la cabeza, y que, por tanto, cuando yo decía que la cabeza rubia de Jesús, descubierta, aparecía esplendorosa bajo el so1, hablaba con desacierto.
No digo que no, respecto a que en Palestina no se pueda ir con la cabeza descubierta; no he estado allí y no sé. Lo que sé es que Jesús habitualmente iba sin nada en la cabeza.
Y si llevaba alguna prenda sobre su cabeza al principio de la marcha, pronto se lo quitaba, como si le desagradaran los estorbos, y llevaba en la mano, y lo usaba más que nada para limpiarse la cara del polvo del camino o para enjugarse el sudor.
Si llovía, alzaba un extremo del manto y con él se cubría la cabeza; si hacía sol, especialmente cuando iba caminando, buscaba una hilera de sombra, aunque estuviera entrecortada, para resguardarse de los rayos solares. Raramente llevaba, como hoy, un velo ligero en la cabeza.
Esta observación podrá parecerles a algunos inútil, pero forma parte también de lo que veo; y yo lo digo, mientras Jesús piensa…
-¡Pero estar tanto tiempo ahí le va a hacer daño! -exclama uno de1 grupo que no es ni el grupo apostólico ni el de Zaqueo.
-Vamos a decírselo a sus discípulos… Además… yo quisiera… quisiera no detenerme demasiado tiempo -responde otro.
-¡Sí, claro! Que los montes Adomín son poco seguros durante la noche…
Van donde los apóstoles y hablan con ellos.
-De acuerdo. Voy a decirles que queréis marcharos -dice Judas Iscariote.
-No. No eso. Quisiéramos estar al menos en Ensemes antes de que se haga de noche.
Judas se marcha sonriendo con ironía. Se inclina hacia el Maestro y le dice: -Dicen que es porque te puede hacer daño el sol -aunque lo que realmente sucede es que a ellos puede perjudicarles el ser vistos demasiado-, pero los judíos desean ya que los despidas.
-Voy… Estaba pensando… Tienen razón -y Jesús se levanta.
-Todos, menos yo… -dice Judas Iscariote con tono de enfado.
Jesús lo mira y calla. Van juntos adonde estos hombres a los que Judas ha llamado judíos.
-Ya me había despedido de todos vosotros. Ayer ya lo dije. Hablaré solamente en Jerusalén…
-Es verdad. Pero es que quisiéramos decirte algo, nosotros que… ¿Podemos hablar aparte contigo?
-Dales este gusto. Tienen miedo de nosotros, o más exactamente de mí -dice Judas de Keriot con esa sonrisa suya de serpiente.
-No tenemos miedo de nadie. Si quisiéramos, sabríamos cómo tutelar nuestra tranquilidad. Pero todavía no todos son villanos en Palestina. Somos descendientes de los prohombres de David, y, si no eres esclavo ni despreciado todavía, debes mostrarte deferente con nuestras estirpes, las primeras junto al rey santo, las primeras junto a los Macabeos, las primeras también ahora, cuando se trata de honrar al Hijo de David, y de aconsejarle. Porque Él es grande, pero todas las criaturas, por grandes que sean, pueden tener necesidad de un amigo en las horas decisivas de la vida -responde con vehemencia uno que está del todo vestido de lino (incluso el manto y la prenda que cubre su cabeza y que poco deja descubierto de su rostro severo).
-Nos tiene a nosotros por amigos. Lo somos desde hace tres años, desde que vosotros…
-No lo conocíamos: Demasiadas veces hemos sufrido engaño con los falsos Mesías como para creer fácilmente en cualquier aserción. Pero los últimos acontecimientos nos han iluminado. Sus obras son divinas y nosotros decimos que es Hijo de Dios.
-¡Y creéis que tiene necesidad de vosotros!
-Como Hijo de Dios, no; como Hombre, sí. Ha venido para ser el Hombre, y el Hombre siempre tiene necesidad de hombres hermanos suyos. Pero, además, ¿por qué tienes miedo? ¿Por qué no quieres que hablemos con Él? Ésta es nuestra pregunta a ti.
-¿Yo? ¡Hablad! ¡Hablad! Los pecadores son más escuchados que los justos.
-¡Judas! ¡Creía que palabras como éstas deberían parecerte fuego en los labios! ¿Cómo te atreves a juzgar aquello que tu Maestro no juzga? Está escrito (Isaías 1, 18): "Si vuestros pecados son como la escarlata se harán blancos como la nieve, y si son bermejos como la cochinilla se harán blancos como la lana".
-Pero Tú no sabes que entre éstos…
-¡Silencio! Hablad vosotros.
-Señor, sabemos que está preparada la acusación contra ti.
Se te acusa de violar la Ley y los sábados, de amar más a los de Samaria que a nosotros, de defender a publicanos y meretrices, de recurrir a Belcebú y a otras fuerzas tenebrosas, de magia negra, de odiar al Templo y querer su destrucción, de…
-Basta así. Todos pueden acusar, probar la acusación es más difícil.
-Pero tienen dentro de ellos a quienes la sostienen. ¿O es que crees que allí dentro son justos?
-Os respondo con las palabras de Job (Job 27, 5-8), que es figura de mí como Paciente: "Lejos de mí el pensamiento de consideraros justos a todos. Hasta el final sostendré mi inocencia. No renunciaré a la justificación mía, que ya he comenzado. Porque mi corazón no me censura nada en toda mi vida". Y todo Israel puede testimoniar -porque no me justifico a mí mismo, con palabras que puede decir también un embustero-, todo Israel puede atestiguar que Yo siempre he enseñado el respeto a la Ley; es más, que he perfeccionado la obediencia la Ley, y que no he violado los sábados… ¡Habla! ¿Qué querías decir? Has hecho un gesto y luego te has contenido. ¡Habla!
Uno del grupito… misterioso dice:
-Señor, en la última sesión del Sanedrín se leyó una denuncia contra ti. Venía de Samaria, de Efraín donde Tú estabas, y decía que había quedado probado, en numerosas ocasiones, que violabas el sábado y…
-Y sigo respondiéndote con Job: "¿Y cuál es la esperanza del hipócrita si roba por avaricia y Dios no libera su alma?". Este infeliz, que presenta una cara fingida y que debajo tiene un corazón distinto quiere cometer el gran robo por avidez de mi bien, ya va por el camino del Infierno, y vano será para él tener dinero y esperar honores y soñar con subir a donde Yo no quise subir para no traicionar el decreto santo. ¿Pero nos vamos a ocupar de él, si no es para orar por él?
-Pero el Sanedrín ha tenido para contigo palabras de burla: "Éste es el amor que le profesan los samaritanos: lo acusan para atraerse la benevolencia de todos nosotros".
-¿Y estáis seguros de que haya sido una mano samaritana la que ha escrito esas palabras?
-No. Pero Samaria en estos días ha sido dura contigo…
-Porque los enviados del Sanedrín han creado en ella subversión y la han azuzado con falsos consejos, suscitando descabelladas esperanzas que he tenido que abatir. Además, escrito está (Job 27, 5-8), tanto respecto a Efraím como respecto a Judá (y se podría decir respecto a cualquier otro lugar, porque es voluble el corazón del hombre, que se olvida de los beneficios y se doblega ante las amenazas):
"Vuestra bondad es como nube matutina, como rocío que por la mañana desaparece". Pero esto no prueba que los samaritanos sean los acusadores del Inocente. Un amor equivocado los lanzó sañosos contra mí, pero era un amor delirante. ¿Qué otra prueba hay de esta acusación de preferencia por los samaritanos?
-Se te acusa de que los quieres tanto, que siempre dices: "Escucha Israel", en vez de decir: "Escucha, Judá". Y que no puedes censurar a Judá…
-¿Verdaderamente? ¿La sabiduría de los rabíes aquí se pierde? ¿Y no soy Yo el Germen de justicia brotado de David por el que, como dice Jeremías (32, 6-9; 33, 15-17), Judá será salvado? Entonces el Profeta prevé que Judá, sobre todo Judá, tendrá necesidad de salvación. Y este Germen, sigue diciendo el Profeta, será llamado el Señor, nuestro Justo, "porque, dice el Señor, nunca le faltará a David un descendiente que se siente en el trono de la casa de Israel".
¿Y entonces? ¿Erró el Profeta? ¿Acaso estaba ebrio? ¿Ebrio de qué? Sin duda, de penitencia y no de otra cosa. Porque, para acusarme a mí, ninguno podrá sostener que Jeremías fuera un hombre dado a la crápula.
Bueno, pues él dice que el Germen de David salvará a Judá y se sentará en el trono de Israel. Así pues, se diría que, por sus luces, el Profeta ve que, más que Judá, será elegido Israel; que el Rey irá a Israel, y ya será una gracia si Judá obtiene la salvación, aunque sólo sea la salvación.
¿Al Reino, entonces, se le llamará Reino de Israel? No. Se le llamara Reino de Cristo, de Aquel que une las partes dispersas y reconstruye en el Señor tras haber -según el otro Profeta (Zacarías 11, 4-17) juzgado y condenado, en un mes -en realidad, en menos de un día-, a los tres falsos pastores y tras haberles cerrado mi alma, porque la suya quedó cerrada para mí y deseándome en figura no supieron amarme en mi naturaleza.
Así pues, Aquel que me envía romperá los dos cayados que me ha dado, para que la Gracia quede perdida para los crueles, para que el Flagelo no venga ya del Cielo, sino del mundo. Y nada es más duro que los flagelos que los hombres dan a los hombres. Así será. ¡Oh, así! Yo recibiré golpes, y dos tercios de las ovejas serán dispersados.
Sólo un tercio, siempre sólo un tercio de ellas se salvará y perseverará hasta el final. Y esta tercera parte pasará por el fuego por el que Yo, Yo el primero, paso; y será purificada y probada como plata y oro, y oirá estas palabras:
"Tú eres mi pueblo", y ella me dirá: "Tú eres mi Señor". Y alguien habrá pesado las treinta monedas, precio de la horrenda obra, infame paga. Y no podrán volver al lugar de donde salieron, porque hasta las piedras gritarían de horror al ver esas monedas manchadas con la sangre del Inocente y el sudor del perseguido, del perseguido por la más atroz de las desesperaciones; y servirán, como está escrito, para comprar de los esclavos de Babilonia el campo para los extranjeros. ¡Oh, el campo para los extranjeros! ¿Sabéis quiénes son estos extranjeros?
Son los de Judá e Israel, que pronto y durante siglos y siglos carecerán de patria y ni siquiera la tierra de su antiguo suelo los querrá acoger y los vomitará aun estando muertos, porque ellos quisieron rechazar la Vida. ¡Horror
infinito!
Jesús calla, como quien se siente abatido, con la cabeza baja, que luego alza. Extiende la mirada a su alrededor. Ve a los presentes: los apóstoles, los discípulos ocultos, Zaqueo con los suyos. Suspira como quien se despierta de una pesadilla. Habla así:
-¿Qué más decíais? ¡Ah, que se me acusa de querer a publicanos y meretrices! Es verdad. Son los enfermos, los moribundos. Yo, Vida, me doy a ellos como vida. Venid, redimidos de mi rebaño -ordena a Zaqueo y a los suyos. Venid y escuchad mi orden. A muchos, más blancos que vosotros, dije: "No vayáis a Jerusalén". A vosotros os digo: "Id". Esto podrá parecer injusticia…
-Y lo es -interrumpe el Iscariote.
Jesús, como si no oyera, sigue hablando a Zaqueo y a sus compañeros:
-Pero os digo: id, precisamente porque vosotros sois plantas que tenéis más necesidad del rocío que otras, para que vuestra buena voluntad reciba el auxilio del Poderoso y ya crezcáis libremente en la Gracia. Sobre las otras cosas… el mismo Cielo responderá con signos inconfundibles.
En verdad, podrá ser destruido el Templo vivo, y en tres días reedificado, y para toda la eternidad. Pero el Templo muerto, que ahora será solamente zarandeado y creerá haber triunfado, perecerá para nunca más renacer. ¡Marchaos! Y no temáis. Esperad en penitencia mi Día. Su aurora os conducirá definitivamente a la Luz -dice dirigiéndose a los que están cubiertos con el manto. Y luego dice a Zaqueo:
-Y marchaos también vosotros, pero no ahora. Estad en Jerusalén para la aurora del día siguiente del sábado. Al lado de los justos quiero que estén los resucitados, porque en el Reino del Cristo infinitos son los lugares: cuantos son los hombres de buena voluntad.
Y se encamina hacia la casa de Nique a través del tupido huerto umbroso.
Un pequeño sendero pone una cinta amarillenta en medio del verde del suelo, y una gallina cloqueante lo cruza seguida de sus pollitos del color del oro; y ante tantos desconocidos la madre tiembla, se acurruca y, temiendo agresiones a sus crías, extiende sus alas defensoras cloqueando más fuerte. Y los pollitos, piando, van y se esconden bajo la pluma materna, y su piar se apaga al seguro y parece que ya no están…
Jesús se para a contemplarla… y caen lágrimas de sus ojos.
-¡Llora! ¿Por qué llora? ¡Él llora! -susurran todos: apóstoles, discípulos, pecadores redimidos.
Y Pedro dice a Juan:
-Pregúntale el por qué de su llanto…
Y Juan, con su ademán habitual, un poco inclinado en señal de reverencia y la cara elevada de abajo hacia arriba para mirarlo a la cara, pregunta: ¿Por qué lloras, mi Señor?
¿Es por lo que antes te han dicho y has dicho?
Jesús reacciona. Sonríe con tristeza y, señalando a la clueca, que sigue tutelando amorosamente a su prole, dice:
-Yo también, Uno con el Padre mío, vi a Jerusalén, como dice Ezequiel (Ezequiel 16), desnuda y llena de vergüenza; y vi y pasé cerca de ella y, llegado el tiempo, el tiempo de mi amor, extendí mi manto sobre ella y cubrí su desnudez. Quería hacerla reina después de haber sido padre para ella, y quería protegerla como esa gallina hace con sus crías… Pero, mientras que los pequeñuelos de la gallina muestran su agradecimiento por los cuidados de su madre y se refugian bajo sus alas, Jerusalén rechaza mi manto… Pero Yo mantendré mi proyecto de amor… Yo…
Luego el Padre mío obrará según su voluntad.
Y Jesús baja por la hierba, para no turbar a la gallina, y pasa, y más lágrimas ruedan sobre su rostro enjuto y pálido.
Todos lo imitan siguiéndole. Hablan en voz baja hasta llegar al límite de la casa de Nique. Y sólo Jesús entra en la casa, con los apóstoles; los demás prosiguen hacia sus respectivas metas..