por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Jesús, solo, medita sentado debajo de una encina gigantesca nacida en las faldas del monte que domina a Siquem. La ciudad, rosic1er con el primer sol, está abajo, extendida sobre las pendientes más bajas del monte.
Parece, vista desde arriba, un puñado de grandes cubos blancos desbaratados por un niño gigante en un verde prado en declive.
Los dos cursos de agua junto a los que está edificada dibujan un semicírculo azulplata oscuro en torno a la ciudad; luego, uno de los dos entra en ella e introduce su canto y su cabrilleo entre las casas blancas, para salir luego y correr entre el verde, apareciendo y desapareciendo por entre matas exuberantes de olivos y árboles frutales, hacia el Jordán.
El otro, más modesto, permanece fuera de los muros de la ciudad; los lame casi; y riega los fértiles huertos, para correr luego a calmar la sed de rebaños de ovejas blancas que pastan en prados salpicados de la sangre de las cabecitas rojas de las flores del trébol.
El horizonte se abre anchuroso frente a Jesús. Detrás de ondulaciones de colinas cada vez más bajas, se ve, a través de una franja de horizonte, el valle verde del Jordán, y allende éste los montes de Transjordania, que terminan al nordeste en las originales cimas de la Auranítida.
El sol, que ha salido de tras ellos, incide ahora en tres caprichosas nubes semejantes a tres cintas de sutil gasa puestas horizontalmente sobre el velo turquesa del firmamento; y la leve gasa de las tres nubes largas y estrechas se ha puesto toda de un rosa anaranjado semejante al de ciertos corales de gran valor.
El cielo parece vallado por este enrejado aéreo, bellísimo, que Jesús mira fijamente.
Bueno, mira en esa dirección, absorto. ¡Quién sabe… a lo mejor, ni siquiera lo ve! Apoyado el codo en la rodilla, sujetando con la mano el mentón hincado en el cuenco de la palma, mira, piensa, medita. Por encima de Él, los pájaros, chilladores, alborotan describiendo un alegre carrusel de vuelos.
Jesús baja los ojos hacia Siquem, que va despertándose con el sol matutino. Ahora, a los pastores y rebaños -los únicos que antes animaban el panorama-se unen los grupos de peregrinos, y al tintineo de las esquilas de las greyes se une el de los cascabeles de los borricos, y voces, y rumores de pasos y palabras. El viento, con sus ondas, trae hasta Jesús el ruido de la ciudad que se despierta, de la gente que deja el descanso nocturno.
Jesús se pone en pie. Con un suspiro deja este lugar sereno y baja a buen paso, por un atajo, hacia la ciudad, donde entra entre caravanas de hortelanos y peregrinos que se apresuran, los primeros, a descargar su género, los segundos, a comprar los productos de los primeros antes de ponerse en camino.
En un ángulo de la plaza del mercado están ya, en grupo, esperando, los apóstoles y las discípulas; en torno a ellos, los de Efraím, Silo y Lebona y muchos de Siquem.
Jesús va donde ellos. Los saluda. Luego dice a los de Samaria:
-Y ahora vamos a dejarnos. Volved a vuestras casas. Recordad mis palabras. Creced en la justicia.
Se vuelve hacia Judas de Keriot:
-¿Has dado, como dije, para los pobres de todos los lugares?
-Sí, lo he dado. Excepto a los de Efraím porque ya han recibido.
-Entonces marchaos. Ocupaos de que todos los pobres reciban un alivio.
-Nosotros te bendecimos por ellos.
-Bendecid a las discípulas. Son ellas las que me han dado el dinero. Marchaos. La paz sea con vosotros.
Y éstos se marchan; remolones, con pena… pero obedecen.
Jesús se queda con los apóstoles y las discípulas. Les dice:
-Voy a Enón. Quiero saludar el lugar del Bautista. Luego bajaré al camino del valle. Es más cómodo para las mujeres.
-¿Y… no sería mejor ir por el camino de Samaria?
-pregunta Judas Iscariote.
-Nosotros no tenemos por qué temer a los bandidos, aun yendo por un camino cercano a sus grutas. El que quiera venir conmigo que venga, el que no se sienta muy dispuesto a ir hasta Enón que se quede aquí hasta el día siguiente del sábado. Ese día iré a Tersa. El que se quede que se reúna después conmigo allí.
-Yo, la verdad… preferiría quedarme. No me encuentro muy bien… estoy cansado… -dice Judas Iscariote.
-Se ve. Tienes aspecto de enfermo. Turbio de humor, de mirada y de piel. Hace un tiempo que te observo… -dice Pedro.
-Pero ninguno me pregunta si sufro…
-¿Te hubiera gustado? Yo no sé nunca lo que te gusta. Pero, si te satisface, te lo pregunto ahora. Y estoy dispuesto a quedarme contigo para cuidarte… -le responde pacientemente Pedro.
-¡No, no! Es sólo cansancio. Ve, ve. Yo me quedo aquí donde estoy.
-También me quedo yo. Soy anciana. Descansaré haciéndote de madre -dice al improviso Elisa.
-¿Tú te quedas? Habías dicho… -interrumpe Salomé.
-Si todos fuéramos, yo también iría, para no quedarme aquí sola. Pero dado que Judas se queda…
-Pues entonces voy. No quiero sacrificarte, mujer. Estoy seguro de que irías con agrado a ver el refugio del Bautista…
-Soy de Betsur y no he sentido nunca la necesidad de ir a Belén a ver la gruta donde nació el Maestro -estas cosas las haré cuando ya no tenga al Maestro-, así que fíjate tú si voy a estar ansiosa de ver el lugar donde estuvo Juan… Prefiero ejercer la caridad, porque estoy segura de que la caridad tiene más valor que un peregrinaje.
-¿No te das cuenta de que estás reprobando la actitud del Maestro?
-Hablo por mí. Él va allí y hace bien. Él es el Maestro.
Yo soy una vieja a la que los dolores le han quitado toda curiosidad, y el amor por Cristo le ha quitado todo deseo de cualquier otra cosa que no sea servirle.
-Para ti es servicio espiarme, entonces.
-¿Haces cosas reprochables? Se vigila a quien hace cosas dañinas. Pero, hombre, nunca he espiado a nadie. No pertenezco a la familia de las serpientes. Y no traiciono.
-Yo tampoco.
-Dios lo quiera, por tu bien. Pero no logro entender por qué te resulte tan odioso el que me quede aquí descansando…
Jesús, hasta este momento mudo, escuchando, en medio de los otros, que están asombrados de este tira y afloja, alza la cabeza -la tenía un poco inclinada-y dice: -Basta.
El mismo deseo que tienes tú lo puede tener, con mayor razón, una mujer, que además es anciana. Os quedaréis aquí hasta el alba del día siguiente del sábado. Luego os reuniréis conmigo. De momento compra todo lo que podamos necesitar para estos días. Ve, y no te demores.
Judas, a regañadientes, va a comprar las provisiones.
Andrés querría acompañarle, pero Jesús lo agarra por el brazo Y dice:
-Quédate aquí. Puede él solo.
Jesús tiene aspecto muy severo. Elisa lo mira y luego se acerca a Él. Dice: -Perdona, Maestro, si te he causado un dolor.
-Nada tengo que perdonarte, mujer. Más bien, perdona tú a ese hombre, como si fuera un hijo tuyo.
-Con este sentimiento me quedo con él… aunque él crea una cosa muy distinta… Tú me comprendes…
-Sí, y te bendigo. Y te digo que es correcto lo que has dicho que los peregrinajes a mis lugares serán una necesidad que vendrá cuando ya no esté con vosotros… una necesidad de confortar vuestro espíritu. Ahora se trata de servir a los deseos de vuestro Jesús. Y tú has comprendido un deseo mío, porque te sacrificas por tutelar un espíritu imprudente…
Los apóstoles se intercambian miradas… Las discípulas también. Sólo María, enteramente velada, no alza la cabeza para intercambiar miradas con nadie. Y María de Magdala, erguida como una reina juzgadora, no ha quitado la mirada un momento de Judas, que se mueve entre los vendedores, y en sus ojos hay amargura, no sin un cierto desprecio en su boca cerrada: habla con su expresión más que si dijera palabras…
Judas vuelve. Da a los compañeros lo que ha comprado. Se pone en orden el manto -lo había usado para transportar lo que había comprado-y hace ademán de dar la bolsa a Jesús.
Jesús la rechaza con la mano:
-No hace falta. Para las limosnas está todavía María. Tú preocúpate de ejercitar la beneficencia aquí. Muchos son los mendigos que, de todas partes, bajan para ir hacia Jerusalén en estos días. Da sin prejuicios y con caridad, recordando que todos somos mendigos ante Dios, de su misericordia y de su pan… Adiós. Adiós, Elisa. La paz sea con vosotros.
Y se vuelve rápidamente. Se echa a andar a buen paso por el camino que tenía cerca sin dar tiempo a Judas para despedirse de Él…
Todos lo siguen en silencio. Salen de la ciudad en dirección hacia nordeste por estos bellísimos campos…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
La plaza más grande de Siquem aparece abarrotada de gente hasta lo increíble.
Yo creo que está ahí toda la ciudad, y que se han concentrado también los que viven en los campos y en los pueblos cercanos.
Los de Siquem a primeras horas de la tarde del primer día deben haberse esparcido para avisar por todas partes, y todos han venido: sanos y enfermos, pecadores e inocentes.
Repleta ya la plaza, atestadas las terrazas que están en lo alto de las casas, la gente se ha acoclado incluso encima de los árboles que dan sombra a la plaza. En primera fila, en el lugar que se ha mantenido libre para Jesús, junto a una casa realzada sobre cuatro escalones, están los tres niños que Jesús salvó de los bandidos, y también los parientes.
¡Qué ansiosos, los tres pequeñuelos de ver a su Salvador! Cada grito que se oye los hace volverse buscándolo. Y, cuando se abre la puerta de la casa y en su vano aparece Jesús, los tres niñitos vuelan a su encuentro gritando:
«¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!», y suben los altos escalones sin esperar siquiera a que Él baje a abrazarlos. Y Jesús se agacha, los abraza, los alza -vivo ramo de flores inocentes-, los besa en la cara… y ellos también lo besan.
Un murmullo de la gente, conmovida, y alguna voz que dice:
-Sólo Él sabe besar a nuestros inocentes.
Y otras voces:
-¿Veis cómo los quiere? Los salvó de los bandidos, les dio de comer y los vistió, les ha dado una casa y ahora los besa como si fueran los hijos de sus entrañas.
Jesús, que ha puesto a los niños en el suelo, en el escalón más alto, cerca de su cuerpo, responde a todos contestando a estas últimas palabras anónimas:
-En verdad, éstos son para mí más que hijos de mis entrañas. porque soy para ellos padre de su alma, que es mía, y no para el tiempo que pasa, sino para la eternidad que perdura. ¡Ojalá pudiera decir lo mismo de todo hombre que de mí, Vida, obtuviera vida para salir de su muerte!
Cuando vine por primera vez a vosotros os invité a esto. Pero pensasteis que teníais mucho tiempo para decidiros a hacerlo. Sólo una persona fue solícita en seguir la llamada y en entrar por el camino de la Vida: la criatura más pecadora que había entre vosotros. Quizás, precisamente, porque se sintió muerta, se vio muerta, pútrida con su pecado, tuvo prisa en salir de la muerte.
Vosotros ni os sentís ni os veis muertos, y no tenéis su prisa. Pero ¿qué enfermo espera a estar muerto para tomar las medicinas de vida? El muerto no necesita sino mortaja y bálsamos, y un sepulcro donde yacer para convertirse en polvo después de ser podredumbre. Porque el que la podredumbre de Lázaro, a quien miráis con ojos dilatados por el temor y el estupor, haya sido, por sabios fines, recompuesta por el Eterno y devuelta a la salud, no debe tentar a nadie a morir en su espíritu diciendo:
"El Altísimo me dará de nuevo la vida del alma”.No tentéis al Señor Dios vuestro.
Venid vosotros a la Vida. Ya no hay tiempo de espera. La Vid ya va a ser vendimiada y exprimida. Preparad vuestro espíritu para el Vino de la Gracia que muy pronto os será dado. ¿No es lo que hacéis cuando vais a asistir a un gran banquete? ¿No preparáis vuestro estómago para que reciba alimentos y vinos selectos haciendo preceder al banquete una prudente abstinencia que afine el gusto y dé vigor al estómago para degustar y apetecer la comida y la bebida?
¿Y no hace lo mismo el viñador para catar el vino reciente? No desarregla su paladar el día en que quiere catar el vino nuevo; no lo hace porque quiere percibir con exactitud las cualidades y los defectos de ese vino, para corregir éstos y resaltar aquéllas, y así vender bien su mercancía.
Pero si esto sabe hacer la persona que ha sido invitada a un banquete, para saborear con mayor deleite los manjares y vinos. y si el viñador hace eso para poder vender bien su vino, o para convertir en vendible aquello que sí se ofreciera defectuoso sería rechazado por el comprador, ¿no debería saber hacerlo el hombre en orden a su espíritu, para saborear el Cielo, para ganar el tesoro y poder entrar en el Cielo?
Escuchad mi consejo. Éste sí, escuchadlo. Es consejo bueno. Es consejo justo del Justo, al que vanamente se aconseja mal, del Justo que quiere salvaros de los frutos de los malos consejos que habéis recibido. Sed justos como Yo lo soy. Y sabed dar el justo valor a los consejos que os dan. Si sabéis haceros justos, daréis ese justo valor.
Oíd una parábola. Una parábola que cierra el ciclo de las que he dicho en Silo y Lebona, y que habla también de los consejos que se dan o se reciben.
Un rey mandó a su hijo amado a visitar su reino. El reino de este rey estaba dividido en muchas provincias, pues era vastísimo. En estas provincias existía un distinto conocimiento del rey. Algunas lo conocían tanto, que se consideraban las predilectas y se ensoberbecían por ello.
Estas provincias pensaban que eran las únicas perfectas en conocimiento del rey y de lo que el rey quería. Otras lo conocían pero no se creían sabias por ello y buscaban el modo de conocerlo cada vez más. Otras conocían al rey, pero lo querían a su manera, ya que se habían dado un código especial que no era el verdadero código de1 reino.
Del verdadero código habían tomado aquello que les gustaba y hasta donde les gustaba, e incluso habían desvirtuado ese poco con mezclas de otras leyes -no buenas-tomadas de otros reinos, o que ellos mismos se habían dado. No. No buenas. Y otras provincias ignoraban todavía más acerca de su rey. Y algunas solamente sabían que había un rey, nada más que eso, y creían incluso que esto poco era una fábula.
El hijo del rey fue a visitar el reino de su padre para transmitir a las distintas regiones, a todas ellas, un exacto conocimiento del rey: en corrigiendo la soberbia, bien elevando los ánimos, bien enderezando conceptos desviados, en otras regiones convenciendo para que eliminaran los elementos impuros de la ley pura, o enseñando para colmar las lagunas, o, en fin, instruyendo para dar un mínimo de conocimiento y de fe en orden a este rey real de quien todos los hombres eran súbditos.
El hijo del rey pensaba, de todas formas, que la primera lección para todos había de ser el ejemplo de una justicia conforme al código, tanto en las cosas graves como en las menores. Y era perfecto. Tanto que la gente de buena voluntad se mejoraba a sí misma porque seguía las acciones y las palabras del hijo del rey, pues sus palabras y sus obras eran tan congruentes entre sí, sin disonancia alguna, que eran una única cosa.
Pero los de las provincias que se sentían perfectas sólo por saber al pie de la letra las letras del código, pero sin poseer su espíritu, veían que de la observancia de lo que hacía el hijo del rey y de lo que exhortaba a hacer, demasiado claramente resultaba que ellos conocían la letra del código pero no poseían el espíritu de la ley del rey, y que, por tanto, su hipocresía quedaba desenmascarada.
Entonces pensaron quitar de en medio aquello que los hacía aparecer como eran. Y para hacerlo usaron dos vías: una contra el hijo del rey, la otra contra los seguidores del hijo del rey; para el primero, malos consejos y persecuciones; para los segundos, malos consejos e intimidaciones.
Muchas cosas son malos consejos. Es un mal consejo decir: "No hagas esto que te puede acarrear perjuicio" fingiendo interesarse positivamente. Y es mal consejo perseguir para persuadir a faltar contra su misión a aquel al que se quiere descarriar. Es consejo malo el decir a los propios partidarios:
"Defended a toda costa y usando cualquier medio al justo perseguido", y es consejo malo decir a los propios partidarios: "Si lo protegéis, os encontraréis con nuestro desdén".
Pero ahora no estoy hablando de los consejos dados a los propios partidarios, sino de los consejos dados al hijo del rey y de 1os consejos encargados a otros, con falsa candidez, con perverso odio, o a través de ingenuos instrumentos que creyendo que los mueven para un beneficio en realidad son movidos para causar daño.
El hijo del rey escuchó estos consejos. Tenía oídos, ojos, intelecto y corazón. No podía, por tanto, no oírlos, no verlos, no comprenderlos, no discernir acerca de ellos. Pero el hijo del rey tenía, sobre todo un espíritu recto de hombre verdaderamente justo, y a cada uno de los consejos que se le ofrecían, consciente o inconscientemente, para hacerle pecar y dar mal ejemplo a los súbditos e infinito dolor a su padre, respondió:
"No. Yo hago lo que quiere mi padre. Sigo su código. El ser hijo del rey no me exime de ser el más fiel de sus súbditos en la observancia de la ley. Vosotros, que me odiáis y queréis amedrentarme, sabed que nada me hará violar la ley. Vosotros, los que me queréis y queréis salvarme, sabed que os bendigo por este pensamiento vuestro, pero sabed también que ni vuestro amor ni el amor mío hacia vosotros -por ser más fieles a mí que los que se dicen "sabios"-no debe hacerme injusto en mi deber hacia el amor más grande, que es el que ha de darse al padre mío".
Ésta es la parábola, hijos míos. Y es tan clara, que todos pueden haberla comprendido. Y en los espíritus rectos sólo una voz puede surgir: "Él es realmente el Justo, porque ningún consejo humano puede desviarlo por un camino de error". Sí, hijos de Siquem. Nadie puede llevarme al error. ¡Ay si caminara en el error! ¡Ay de mí y ay de vosotros! En vez de ser vuestro Salvador, sería vuestro traidor, y tendríais razón en odiarme. Pero no lo haré.
No os reprendo por haber aceptado sugestiones y haber pensado una serie de medidas contra la justicia. No sois culpables porque lo habéis hecho por espíritu de amor.
Pero os digo lo que he dicho al principio y al final. A vosotros os digo: Os quiero más que si fuerais hijos de mis entrañas, porque sois hijos de mi espíritu. Yo he conducido a la Vida a vuestro espíritu, y lo haré aún más.
Sabed -y que éste sea el recuerdo mío-sabed que os bendigo por el pensamiento que habéis tenido en vuestro corazón.
Pero creced en la justicia, queriendo solamente aquello que dé honor al Dios verdadero, a quien ha de profesarse un amor absoluto, como a ninguna otra criatura se ha de profesar. Venid a esta perfecta justicia que Yo os doy como ejemplo, justicia que aplasta los egoísmos del propio bienestar, los miedos de los enemigos y de la muerte; que todo lo aplasta para hacer la voluntad de Dios.
Preparad vuestro espíritu. El alba de la Gracia surge. El banquete de la Gracia ya está siendo preparado. Vuestras almas, las almas de los que quieren venir a la Verdad, están en las vísperas de su desposorio, de su liberación, de su redención. Preparaos en justicia para la fiesta de la Justicia.
Jesús hace una seña a los parientes de los niños, que están cerca de éstos, para que entren en la casa con Él, y, habiendo alzado en brazos a los tres niños como al principio, se retira.
En la plaza la gente intercambia comentarios, muy distintos.
Los mejores dicen:
-Tiene razón. Aquellos falsos enviados nos traicionaron.
Los menos buenos dicen:
-Pero entonces no hubiera debido halagarnos. Hace que nos odien todavía más. Se ha burlado de nosotros. Es judío de veras.
-No podéis decir eso. Nuestros pobres saben de sus ayudas; nuestros enfermos, de su poder; nuestros huérfanos, de su bondad. No podemos pretender que peque para satisfacernos a nosotros.
-Ya ha pecado, porque haciendo que nos odien nos ha odiado…
-¿Quién?
-Todos. Y se ha burlado de nosotros. Sí, se ha burlado de nosotros.
Los distintos pareceres llenan la plaza, pero no turban el interior de la casa, donde está Jesús, junto con los notables y con los niños y sus parientes. Una vez más, se confirman las palabras proféticas: "El será piedra de contradicción".
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Ahí está Siquem, hermosa y adornada; llena de gente de Samaria que se dirige al templo samaritano; llena de peregrinos de todas partes dirigidos hacia el Templo de Jerusalén.
El sol la inunda toda, pues está extendida sobre las laderas del este del Garizim, que la supera por el extremo oeste, todo verde; tan verde el monte como blanca la ciudad. A su nordeste el Ebal, de aspecto aún más agreste, parece protegerla de los vientos del norte.
La fertilidad del lugar, rico de aguas que descienden desde la divisoria de los montes y se dirigen en dos arroyos risueños, nutridos por cien regatillos, hacia el Jordán, es magnífica, y rezuma por las tapias de los jardines y en los setos de los huertos.
Todas las casas se enguirnaldan de verde, de flores, de ramas donde crecen los pequeños frutos; y la mirada, recorriendo los alrededores bien visibles, dada la configuración del terreno, no ve sino verde de olivares, de viñedos, de matas de árboles frutales, y amarillecer de campos que dejan, cada día más, el color glauco del trigo tierno para ir adquiriendo un delicado amarillor de paja, de espigas maduras, que el sol y el viento, plegando y agrediendo, ponen casi de un blanco de oro blanco.
Verdaderamente las mieses "amarillecen", como dice Jesús, ahora realmente blondas, después de haber sido "blanquecinas" cuando nacían, y luego de un color verde de preciosa joya mientras crecían y echaban espiga. Ahora el sol las prepara para la muerte, después de haberlas preparado para la vida.
Y uno no sabe si bendecirlo ahora que las conduce al sacrificio, o cuando, paterno, daba calor a los terrones para hacer germinar el trigo y pintaba la palidez del tallo, desde el momento mismo en que asomaba, de un hermoso verde lleno de vigor y promesas.
Jesús, que ha hablado de esto entrando en la ciudad y señalando al lugar del encuentro con la Samaritana, y aludiendo a aquella conversación lejana, dice a sus apóstoles, a todos menos a Juan (ya su puesto de consolador, junto a María, que está muy afligida):
-¿Y no se cumple ahora lo que entonces dije? En aquella ocasión entramos aquí desconocidos y solos. Sembramos. ¡Ahora, mirad! Mucha mies ha nacido de aquella semilla. Y seguirá creciendo y vosotros recogeréis. Y otros, además de vosotros, recogerán…
-¿Y Tú no, Señor? -pregunta Felipe.
-Yo he recogido donde había sembrado mi Precursor. Y luego he sembrado para que vosotros recogierais y sembrarais con la semilla que os había dado. Pero, de la misma forma que Juan no recogió lo sembrado, Yo tampoco recogeré esta mies. Nosotros somos…
-¿Qué, Señor? -pregunta inquieto Judas de Alfeo.
-Las víctimas, hermano mío. Se requiere sudor para hacer fértiles los campos. Y se requiere sacrificio para hacer fértiles los corazones. Nosotros aparecemos, trabajamos, morimos. Otro, después de nosotros, toma nuestro puesto, aparece, trabaja, muere… Y otro recoge lo que nosotros regamos muriendo.
-¡Oh, no! ¡No digas eso, Señor mío! -exclama Santiago de Zebedeo.
-¿Y tú, discípulo de Juan antes que mío, dices eso? ¿No recuerdas las palabras de tu primer maestro?: "Es necesario que Él crezca y yo disminuya". Él comprendía la belleza y la justicia de morir para dar a otros la justicia". Yo no seré inferior a él.
-Pero Tú, Maestro, eres Tú: ¡Dios! Él era un hombre.
-Soy el Salvador. Como Dios, debo ser más perfecto que el hombre. Si Juan, hombre, supo mermar para hacer surgir el verdadero Sol, Yo no debo empañar la luz de mi Sol con nieblas de vileza. Debo dejar un límpido recuerdo mío.
Para que vosotros caminéis. Para que el mundo crezca en la Idea cristiana. El Cristo se marchará, volverá al lugar de donde ha venido, y allí os amará estando atento a vuestro trabajo, preparándoos el puesto que será vuestro premio.
Pero el Cristianismo no se marcha. El Cristianismo crecerá por mi partida… y por la de todos aquellos que, sin apegos al mundo y a la vida terrena, sepan, como Juan y como Jesús, marcharse… morir para dar vida.
-¿Entonces encuentras justo que te den muerte?… -pregunta, casi acongojado, Judas Iscariote.
-No encuentro justo que me den muerte. Encuentro justo morir en aras de lo que mi sacrificio producirá. El homicidio será siempre homicidio para quien lo lleva a cabo, aunque tenga valor y aspecto distinto en relación al que lo sufre.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que, si el homicida mandado o forzado, como un soldado en la batalla o un verdugo que debe obedecer al magistrado, o uno que se defiende de un bandido, no tiene de ninguna manera en su alma el peso de un crimen, o tiene un relativo crimen de haber quitado la vida a un semejante, en cambio, aquel que sin orden y necesidad mata a un inocente, o coopera a su muerte, se presenta ante Dios con el rostro horrendo de Caín.
-¿Pero no podríamos hablar de otra cosa? Al Maestro le hace sufrir, tú pones ojos de torturado, a nosotros nos parece estar en la agonía; si la Madre oyera, lloraría, ¡y ya bien que llora detrás de su velo! ¡Hay muchas otras cosas de que hablar!… ¡Ah, mira, vienen los notables! Así os callaréis. ¡Paz a vosotros! ¡Paz a vosotros!
Pedro, que estaba un poco adelantado y se había vuelto para hablar, hace ahora reverencias a un nutrido grupo de siquemitas pomposos que vienen hacia Jesús.
-La paz a ti, Maestro. Las casas que te han hospedado la otra vez abren sus puertas para recibirte, y muchas otras casas, para las discípulas y para los que vienen contigo.
Vendrán los que han sido agraciados por ti recientemente o lo fueron la primera vez. Sólo faltará una, porque se marchó del lugar para llevar una vida de expiación. Eso dijo, y yo lo creo, porque cuando una mujer se despoja de todo aquello que era objeto de su amor y rechaza el pecado y da sus bienes a los pobres, es señal de que verdaderamente quiere llevar una vida nueva.
Pero no sabría decirte dónde está. Ninguno la ha vuelto a ver desde que dejó Siquem. A uno de nosotros le pareció verla, como criada, en un pueblo cercano al Fialé. Otro jura haberla reconocido vestida míseramente en Bersabea. Pero no es seguro el testimonio de estas personas. Se la llamó por su nombre y no respondió, y hay quien oyó en un lugar que a la mujer la llamaban Juana; esto fue en el otro Agar.
-No es necesario saber más, aparte de que ella se ha redimido. Cualquier otro dato acerca de ella es vano, y toda indagación es curiosidad indiscreta. Dejad a vuestra conciudadana en su secreta paz, satisfechos suficientemente con que ya no cause escándalo.
Los ángeles del Señor saben dónde está, para darle la única ayuda de que tiene necesidad, la única ayuda que no puede perjudicar a su alma. Ahora sed caritativos con las
mujeres, que están cansadas, y llevadlas a las casas.
Mañana os hablaré. Hoy voy a escucharos a todos y voy a recibir a los enfermos.
-¿No te vas a quedar mucho tiempo con nosotros? ¿No vas a transcurrir aquí el sábado?
-No. En otro lugar, en oración.
-Esperábamos tenerte mucho con nosotros…
-Tengo el tiempo justo para volver a Judea para las fiestas. Os dejaré a los apóstoles y las mujeres, si quieren quedarse, hasta el atardecer del sábado. No os miréis así. Sabéis que debo tributar, más que nadie, honor al Señor Dios nuestro, porque el ser lo que soy no me exime de ser fiel a la Ley del Altísimo.
Se dirigen hacia las casas. En cada una entran dos discípulas y un apóstol: María de Alfeo y Susana con Santiago de Alfeo; Marta, María con el Zelote; Elisa y Nique con Bartolomé; Salomé y Juana con Santiago de Zebedeo.
Luego, en grupo, van juntos a otra casa Tomás, Felipe, Judas de Keriot y Mateo. Pedro y Andrés, a otra.
Y Jesús con Judas de Alfeo y Juan, entra con María, su Madre, en la de un hombre que siempre ha hablado en nombre de los habitantes del lugar.
Los seguidores y los de Efraím, Silo y Lebona, y otros peregrinos que iban a Jerusalén y, interrumpiendo el viaje, se han unido a los que seguían a Jesús, se esparcen en busca de alojamiento.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Están para entrar en Lebona, ciudad que no me parece muy importante ni bonita, pero que, en cambio, está muy llena de gente, la razón es que ya están en movimiento las caravanas que para la Pascua bajan a Jerusalén, procedentes de Galilea, Iturea, la Gaulanítida, la Traconítida, la Auranítida y la Decápolis. Yo diría que es que Lebona está situada en un camino de caravanas; es más, diría que es un nudo de caminos, caminos de caravanas, que vienen de esas regiones (del Mediterráneo y del este y norte de Palestina), para confluir en este lugar, en la vasta vía que conduce a Jerusalén.
Probablemente la preferencia de la gente se debe al hecho de que esta vía está muy patrullada por los romanos, de forma que se sienten más seguros del peligro de malos encuentros con bandidos. Pienso esto, pero quizás la preferencia se debe a otras causas, a recuerdos históricos o sagrados, no lo sé.
Las caravanas se están poniendo en movimiento -la hora es propicia por el sol, opino que son aproximadamente las ocho de la mañana-en medio de un gran rumor de voces, gritos, rebuznos, cascabeles, ruedas. Mujeres que llaman a los niños. Hombres que azuzan a los animales.
Vendedores ofreciendo mercancías. Tratos entre vendedores samaritanos y gente… menos hebrea, o sea, de la Decápolis y de otras regiones, poco intransigentes por estar más fundidas con el elemento pagano; rechazos desdeñosos, incluso con improperios, cuando un desdichado vendedor de Samaria se acerca a ofrecer su género a algún campeón del judaísmo.
Tanto gritan éstos sus anatemas, que parece como si se les hubiera acercado el diablo en persona… lo cual suscita vivísimas reacciones de los samaritanos ofendidos y se produciría algún tumulto si no estuvieran los soldados romanos vigilando bien.
Jesús avanza en medio de este jaleo. En torno a Él, los apóstoles; detrás, las discípulas; detrás de éstas, la fila de los de Efraím engrosada por muchos de Silo.
Un murmullo precede al Maestro, y se propaga desde los que lo ven hasta los que están más lejos y todavía no lo ven. Un murmullo más fuerte le sigue. Y muchos suspenden la salida para ver lo que sucede.
Se preguntan:
-¿Cómo? ¿Se aleja cada vez más de Judea? ¿Es que predica ahora en Samaria?
Una voz cantarina de Galilea:
-Los santos lo han rechazado y se dirige a los no santos para santificarlos, para bochorno de los judíos.
Una respuesta más mordaz que un ácido venenoso:
-Ha encontrado ya su nido, y también a quien entiende sus palabras de demonio. Otra voz:
-¡Callad, asesinos del Justo! ¡Esta persecución os marcará con el más triste nombre para todo el futuro; a vosotros, tres veces más corrompidos que nosotros los de la Decápolis!
Otra voz, de anciano, también mordaz:
-Es tan justo, que huye del Templo en la Fiesta de las fiestas. ¡Je! ¡Je! ¡Je!
Uno de Efraím, rojo de ira:
-No es verdad. ¡Mientes, vieja serpiente! Va ahora a su Pascua.
Un barbado escriba, con desprecio:
-Por el camino del Garizim.
-No. Del Moria. Viene a bendecirnos porque sabe amar; luego subirá hacia vuestro odio, ¡malditos!
-¡Calla, samaritano!
-¡Calla tú, demonio!
-Quien cree tumulto irá a las galeras. Así lo tiene ordenado Poncio Pilato. No lo olvidéis. Y desalojad este lugar -impone un suboficial romano haciendo maniobrar a sus subordinados para separar a algunos que están ya para enzarzarse por una de esas muchas disputas regionales y religiosas que fácilmente surgían en la Palestina de los tiempos de Cristo.
La gente se separa, pero ya ninguno parte. Llevan a los asnos a las caballerizas, a los encaminan hacia el lugar a donde se ha dirigido Jesús. Mujeres y niños se apean y siguen a sus maridos o padres, o bien se quedan en grupo charlador, si el estado de ánimo del marido o del padre así lo ordena, “para que no oigan hablar al demonio”. Pero los hombres, amigos, enemigos, o simplemente curiosos, se apresuran a ir al lugar a donde se ha dirigido Jesús. Y, mientras van, se miran mal, o se gozan de esta inesperada alegría, o hacen preguntas: según sean amigos y enemigos, o amigos entre sí, o curiosos.
Jesús se ha parado en una plaza, junto a la inevitable fuente ubicada a la sombra de algún árbol. Está allí, contra la húmeda pared de la fuente, que aquí está como cubierta por un pequeño pórtico abierto solamente por un lado. Quizás es un pozo, más que una fuente. Se parece al pozo de En Royel.
Está hablando con una mujer, que le muestra al hijito que lleva en sus brazos. Veo que Jesús asiente y pone su mano en la cabeza del niño. Enseguida veo que la madre alza al niño y grita:
-¡Malaquías!, ¡Malaquías!, ¿dónde estás? Nuestro hijo ya no es deforme -y la mujer, eleva cantarina su hosanna, al que se une el de la gente mientras un hombre se abre paso y va a postrarse ante el Señor.
La gente comenta lo sucedido. Las mujeres -la mayor parte de ellas, madres-se congratulan con la mujer agraciada. Los más lejanos, después de haber gritado «^hosanna!» para unirse a los que saben lo que ha sucedido, alargan el cuello y preguntan: «¿Pero qué ha pasado?».
-Un niño jorobado. Tan jorobado, que a duras penas podía sostenerse sobre sus piernas. Era así de alto sólo. No exagero, así, de lo encorvado que estaba. Parecía de tres años y tenía siete. ¡Miradlo ahora! Tiene la altura de todos, está derecho como una palma, y ágil. Mirad cómo se encarama al murete de la fuente para que lo vean y para ver. ¡Mirad cómo ríe feliz!
Un galileo se vuelve a uno que, a juzgar por los esponjosos caireles del cinturón, creo adivinar sí digo que es un rabí; le pregunta:
-¡Eh! ¿Tú que piensas? ¿También esto es una obra del demonio? Verdaderamente, si así actúa el demonio, o sea, eliminando tantas desventuras para hacer felices a los hombres y hacer que Dios sea alabado, ¡habrá que decir que es el mejor siervo de Dios!
-¡Blasfemo, calla!
-No estoy blasfemando, rabí. Comento lo que veo. ¿Por qué vuestra santidad nos acarrea sólo pesos y desventuras, y nos trae improperios a los labios, y pensamientos de desconfianza en el Altísimo, mientras que las obras del Rabí de Nazaret nos dan la paz y la certeza de que Dios es bueno?
El rabí no responde. Se separa y va a cuchichear algo con otros, amigos suyos. Y uno de ellos se separa del grupo.
Se abre paso entra la gente y, llegado frente a Jesús, le pregunta sin saludarlo antes:
-¿Qué piensas hacer?
-Hablar a los que piden mi palabra -responde Jesús mirándole a los ojos, sin desprecio, pero también sin miedo.
-No te es lícito. El Sanedrín no quiere.
-Lo quiere el Altísimo, del que el Sanedrín debería ser siervo.
-¿Sabes que has sido condenado. Calla, o…
-Mi nombre es Palabra. Y la Palabra habla.
-A los samaritanos. Si fuera verdadero que eres quien dices ser, no darías a los samaritanos tu palabra.
-Se la he dado, y seguiré dándosela, a galileos, a judíos, a samaritanos, porque a los ojos de Dios no hay diferencia.
-¡Intenta hablar en Judea, si te atreves!…
-En verdad, hablaré. Esperadme. ¿No eres Eleazar ben Parta? Entonces verás antes que Yo a Gamaliel. Dile en nombre mío que también a él le daré, después de veintiún años, la respuesta que espera. ¿Comprendes? Recuérdalo bien: también a él le daré, después de veintiún años, la respuesta que espera. Adiós.
-¿Dónde? ¿Dónde quieres hablar? ¿Dónde quieres responder al gran Gamaliel? Seguro que ha dejado Gamala de Judea para entrar en Jerusalén. Pero, aunque estuviera todavía en Gamala, no podrías hablar con él.
-¿Dónde? ¿Y dónde se reúnen los escribas y rabíes de Israel?
-¿En el Templo? ¿Tú en el Templo? ¿Te atreverías? ¿Pero no sabes…?
-¿Qué me odiáis? Lo sé. Me basta con no ser odiado por mi Padre. Dentro de poco el Templo se estremecerá por mi palabra.
Y, sin preocuparse ya más de su interlocutor, abre los brazos para imponer silencio a la gente, alterada entre opuestas corrientes y alborotada contra los perturbadores. Se produce enseguida silencio, y en el silencio Jesús habla:
-En Silo he hablado de los malos consejeros, y de lo que puede realmente hacer, de un consejo, un bien o un mal. A vosotros, que no sois sólo de Lebona, sino que ya sois de todas las partes de Palestina, propongo ahora esta parábola. La llamaremos: "La parábola de los mal aconsejados".
Oíd. Había una familia numerosísima. Tan numerosa, que era una tribu. Numerosos hijos se habían casado y habían formado, en torno a la primera familia, muchas otras familias ricas en hijos, los cuales, casándose, a su vez habían formado otras familias. De manera que el anciano padre se había encontrado como a la cabeza de un pequeño reino donde él era el rey.
Como siempre sucede en las familias, los muchos hijos, y los hijos de los hijos, tenían caracteres distintos. Unos eran buenos y justos, otros avasalladores e injustos. Unos estaban contentos con su estado, otros eran envidiosos y les parecía menor su parte que la de su hermano o pariente. Y, junto al peor, estaba el mejor de todos. Era natural que este bueno fuera el más amado, el más tiernamente amado, por el padre de toda esa gran familia.
Y, como siempre sucede, el malvado y los que más se parecían a él odiaban al bueno, porque era el más amado, no reflexionando en que también ellos habían podido ser amados, si hubieran sido buenos como éste. Y al bueno, a quien el padre confiaba sus pensamientos para que, a su vez, los manifestara a todos, le seguían los otros buenos.
De manera que, pasada una serie de años, esa gran familia se había divido en tres partes: la de los buenos y la de los malos, y entre ésta y aquélla, la tercera, compuesta por los titubeantes (los cuales se sentían atraídos hacía el hijo bueno pero temían al hijo malo y a los de su partido). Esta tercera parte oscilaba entre las dos primeras y no sabía decidirse con firmeza por una o por otra.
Entonces el anciano padre, viendo esta incertidumbre, dijo a su hijo amado: "Hasta ahora has dedicado tu palabra especialmente a los que la aman y a los que no la aman, porque los primeros te la piden para amarme cada vez más con justicia, y los otros son necios que deben ser corregidos en orden a la justicia.
Pero, como ves, éstos, los necios, no sólo no la acogen -de forma que siguen siendo lo que eran-, sino que a su primera injusticia, respecto a ti, portador de mi deseo, añaden la de corromper con malos consejos a aquellos que todavía no saben decidirse fuertemente por el camino mejor. Ve, pues, donde estos últimos y háblales de lo que soy yo y de lo que eres tú, y de lo que deben hacer para estar conmigo y contigo".
El hijo, siempre obediente, fue, como quería el padre. Y cada día que pasaba conquistaba algún corazón. De forma que el padre vio así con claridad quiénes eran los verdaderos hijos suyos rebeldes, y los miraba con severidad, aunque no los increpaba, porque era padre y quería atraerlos a sí con la paciencia, el amor y el ejemplo de los buenos.
Pero los malos, al verse solos, dijeron: "De esta forma, demasiado claramente se ve que nosotros somos los rebeldes. Antes nos camuflábamos entre los que no eran ni buenos ni malos. ¡Ahora ahí los veis! Van todos detrás del hijo predilecto. Hay que hacer algo. Destruir su obra.
Vamos, fingiendo que hemos cambiado, y nos introducimos entre los recién convertidos, y también entre los más simples de los mejores, y difundimos la voz de que el hijo predilecto finge servir al padre, pero que en realidad se está atrayendo seguidores para sublevarse contra él; o también decimos que el padre tiene intención de eliminar al hijo y a sus seguidores porque triunfan demasiado y empañan su gloria de padre-rey, y que, por tanto, para defender al hijo predilecto traicionado, debemos retenerlo con nosotros, lejos de la casa paterna donde le espera la traición".
Y se pusieron en marcha. Y fueron tan astutamente sutiles en sugerir y extender voces y consejos, que muchos cayeron en la celada, especialmente los que hacía poco que se habían convertido, a los que los malos consejeros daban este mal consejo: "¿Veis cuánto os ha amado?
Ha preferido venir a vosotros antes que estar junto a su padre, o, cuando menos, junto a los buenos hermanos. Tanto ha hecho, que ante los ojos del mundo os ha levantado de la abyección en que os encontrabais: erais personas que no sabían lo que querían y, por eso, erais objeto de burla por parte de todos.
Por esta predilección que ha mostrado hacia vosotros, tenéis el deber de defenderlo, incluso tenéis el deber de retenerlo con la fuerza, si no bastan vuestras palabras de persuasión para que se quede en vuestros campos. O… sublevaros. Proclamadlo vuestro caudillo y rey y marchad contra el inicuo padre y sus hijos, inicuos como él".
Y a los que titubeaban haciendo esta observación: "Pero él quiere, ha querido que le acompañáramos a rendir honor al padre, y nos ha obtenido bendiciones y perdón", a éstos, les decían: "¡No lo creáis! os ha dicho toda la verdad, ni el padre os ha mostrado toda la verdad.
El hijo ha actuado así porque siente que el padre está para traicionarlo y ha querido probar vuestros corazones para saber dónde encontrar protección y refugio. Pero, quizás… ¡es tan bueno!… quizás luego se arrepienta de haber dudado de su padre y quiera volver donde él. No se lo permitáis".
Y muchos prometieron: "No lo permitiremos" y se pusieron, apasionadamente, a buscar planes adecuados para retener al hijo predilecto, sin darse cuenta de que mientras los malos consejeros decían: les ayudaremos a salvar al bendito" sus ojos estaban llenos de luces de falsedad y crueldad, y sin darse cuenta de que éstos se intercambiaban miradas frotándose las manos y bisbiseando:
"¡Caen en la trampa! ¡Triunfaremos!" cada vez que alguno se adhería a sus subrepticias palabras.
Luego se marcharon los malos consejeros. Se marcharon esparciendo por otros lugares la voz de que pronto tendría lugar la traición del hijo predilecto, que había salido de las tierras de su padre para crear un reino, contrario al padre, con aquellos que odiaban a su padre, o que, por lo menos, le profesaban incierta estima. Y, entretanto, los que habían sido sugestionados por los malos consejeros tramaban cómo podrían inducir al hijo predilecto al pecado de rebelión que habría de escandalizar al mundo.
Sólo los más sabios de entre ellos -aquellos en que había penetrado más profundamente la palabra del justo, aquellos en que la palabra del justo había arraigado por haber caído en terreno deseoso de acogerla-, tras haber reflexionado, dijeron:
"No. Hacer eso no es bueno. Es un acto de maldad hacia el padre, hacia el hijo y también hacia nosotros. Conocemos la justicia y sabiduría del uno y del otro, las conocemos aunque, por desgracia, no siempre las hayamos seguido. Y no debemos pensar que los consejos de los que han estado siempre abiertamente contra el padre y la justicia, y también contra el hijo predilecto del padre, pueden ser más justos que los que nos ha dado el hijo bendito". Y no los siguieron.
Es más, con amor y dolor, dejaron marcharse al hijo a donde debía ir, limitándose a acompañarlo con signos de amor hasta los confines de sus campos, y a prometerle en la despedida: "Vete. Nosotros nos quedamos. Pero tus palabras están en nosotros, y de ahora en adelante haremos lo que el padre quiere. "Ve tranquilo. Tú nos has sacado para siempre del estado en que nos hallaste. Ahora, de nuevo en el buen camino, sabremos ir por él hasta llegar a la casa paterna, y así recibir la bendición del padre".
Por el contrario, algunos prestaron su adhesión a los malos consejos y pecaron, tentando a pecar al hijo predilecto y burlándose de él como necio por obstinarse en cumplir con su deber.
Ahora Yo os pregunto: "¿Por qué el mismo consejo obró en manera distinta?". ¿No respondéis? Os lo diré Yo, como lo dije en Silo. Porque los consejos adquieren valor o resultan nulos según que sean o no acogidos. Si uno no quiere pecar, no pecará.
Inútilmente será tentado con malos consejos. Y no será castigado por haber tenido que oír las insinuaciones de los malvados. No será castigado porque Dios es justo y no castiga por culpas no cometidas.
Será castigado sólo si, después de haber debido escuchar el Mal que tienta, sin hacer uso del intelecto para meditar sobre la naturaleza y origen del consejo, lo pone en práctica. Y no tendrá disculpa por decir: "Lo consideré bueno". Bueno es lo que agrada a Dios.
¿Puede, acaso, Dios aprobar y aceptar con agrado una desobediencia o algo que induzca a la desobediencia? ¿Puede Dios bendecir algo que se oponga a su Ley, o sea, a su Palabra? En verdad os digo que no. Y os digo también en verdad que hay que saber morir, antes que transgredir la Ley divina.
En Siquem seguiré hablando para haceros justos en orden a saber querer o no querer practicar el consejo que se os ofrece. Podéis iros.
La gente se marcha haciendo comentarios.
-¿Has oído? ¡Sabe lo que nos dijeron! Y nos ha dado un toque de atención en orden a la rectitud -dice un samaritano.
-Sí. ¿Y has visto cómo se han inquietado los judíos y los escribas que estaban presentes?
-Sí. Ni siquiera han esperado al final para marcharse.
-¡Malas víboras! Pero… Él dice lo que quiere hacer. Hace mal. Podría causarse problemas. ¡Los del Ebal y el Garizim se han exaltado mucho!…
-Yo… nunca me he forjado una falsa idea. El Rabí es el Rabí. Y diciendo esto está dicho todo. ¿Puede, acaso, pecar el Rabí no subiendo al Templo de Jerusalén?
-Encontrará la muerte. ¡Ya verás!… ¡Y será el final!…
-¿Para quién? ¿Para Él? ¿Para nosotros? ¿O… para los judíos?
-Para Él. ¡Si muere!
-Eres un necio. Yo soy de Efraím. Lo conozco bien. He vivido a su lado dos lunas enteras. Más de dos lunas.
Siempre hablaba con nosotros. Será doloroso… pero no será el final, ni para Él ni para nosotros. No puede morir, acabar, el Santo de los santos. Ni puede acabar así para nosotros. Yo… soy un ignorante, pero siento que el Reino vendrá cuando los judíos crean que ha acabado… Y serán ellos los que encontrarán su final…
-¿Piensas en una venganza del Maestro por parte de los discípulos? ¿Una rebelión? ¿Una matanza? ¿Y los romanos?…
-¡No hay necesidad de discípulos, de venganzas humanas, de matanzas! Será el Altísimo el que los vencerá. ¡Bien nos ha castigado a nosotros, durante siglos, y por mucho menos! ¿Piensas que no los castigará por su pecado de atormentar a su Cristo?
-¡Verlos derrotados! ¡Ah!
-Tienes un corazón como no querría el Maestro que lo tuvieras. Él ora por sus enemigos…
-Yo… mañana lo seguiré. Quiero oír lo que dirá en Siquem.
-Yo también.
-Y yo también…
Muchos de Lebona tienen el mismo pensamiento y, fraternizando con los de Efraím y Silo, van a prepararse para la partida del día siguiente.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Jesús está hablando en medio de una plaza arbolada. El sol, cuyo ocaso apenas ha comenzado, y filtrándose a través de las hojas nuevas de gigantescos plátanos, la ilumina con una luz entre amarilla y verde: parece como si sobre la vasta plaza estuviera extendido un entrecielo sutil y de gran valor, que filtrara la luz solar sin obstaculizarla.
-Dice Jesús:
-Escuchad. Un día un gran rey mandó a su amado hijo a la parte de su reino cuya justicia quería probar, diciéndole: "Ve, visita todos los lugares, haz el bien en mi nombre, instruye acerca de mí, haz que me conozcan y me quieran.
Te doy todos los poderes. Todo lo que hagas estará bien hecho". El hijo del rey, recibida la bendición paterna, fue a donde el padre le había mandado, y, con algún escudero suyo y amigo, púsose a recorrer, infatigable, esa parte del reino de su padre.
Ahora bien, esa región, debido a una serie de acontecimientos desafortunados, se había dividido moralmente en partes contrarias entre sí, partes que -cada una por su cuenta-elevaban grandes gritos y enviaban urgentes súplicas al rey para decir que cada una de ellas era la mejor, la más fiel, mientras que las partes vecinas serían pérfidas y merecerían ser castigadas.
Por tanto, el hijo del rey se encontró frente a unas personas cuyos ánimos cambiaban según la ciudad a la que pertenecían, pero que coincidían en dos cosas: la primera, en creerse cada uno mejor que los otros; la segunda, en querer hundir a la ciudad vecina y enemiga empequeñeciéndola ante los ojos del rey.
Siendo justo y sabio, el hijo del rey trató, entonces, de instruir con mucha misericordia en orden a la justicia a cada una de las partes de esa región, para conquistarla por entero para la amistad y la estima de su padre.
Y, siendo bueno como era, lo conseguía, aunque lentamente, porque, como siempre sucede, sólo los rectos de corazón de cada una de las distintas provincias de la región seguían sus consejos. Es más -es justo decirlo-, precisamente en los lugares en que con desprecio se decía que escaseaba más la sabiduría y la voluntad, encontró más voluntad de escucharlo y de hacerse sabia en la verdad.
Entonces los de las provincias cercanas dijeron: "Si no hacemos nada, la gracia del rey irá por entero a estos a los que despreciamos. Vayamos y creemos subversión en esos a quienes odiamos. Pero vamos fingiendo que nosotros mismos hemos cambiado y estamos dispuestos a deponer los odios para tributar honor al hijo del rey". Y fueron.
Se diseminaron, con apariencia de amigos, por las ciudades de la provincia rival. Iban aconsejando con falsa bondad lo que convenía hacerse para honrar cada vez más y mejor al hijo del rey, y, por tanto, a su padre el rey (porque el honor tributado al hijo, enviado de su padre, es siempre honor tributado a aquel que lo ha enviado).
Pero ésos no honraban al hijo del rey; antes al contrario, lo odiaban intensamente, hasta el punto de que querían hacerlo odioso ante los súbditos y ante el propio rey. Tan astutos fueron en presentarse cándidos, tan bien supieron presentar como óptimos sus consejos, que muchos de la región vecina recibieron por bueno lo que era malo y abandonaron el camino recto que seguían, tomando un camino desviado. Y el hijo del rey constató que en muchos su misión fallaba.
Ahora decidme vosotros: ¿Quién fue el mayor pecador ante los ojos del rey? ¿Cuál fue el pecado de los que aconsejaban, y cuál el de los que aceptaron el consejo? Y también os pregunto: ¿Con quién ese rey bueno habrá sido más severo? ¿No sabéis responderme? Os lo diré Yo.
El mayor pecador ante los ojos del rey fue el que incitó al mal a su prójimo, por odio a éste, al que quería arrojar a tinieblas de ignorancia aún más profundas; por odio hacia el hijo del rey, al que quería quebrantar en lo tocante a su misión, haciéndolo aparecer incapaz ante los ojos del rey y de los súbditos; por odio hacia el mismo rey, porque si el amor que se tributa al hijo es amor al padre, igualmente el odio dirigido contra el hijo es odio contra el padre.
Así pues el pecado de los que aconsejaban el mal, con plena inteligencia de que estaban aconsejando el mal, era pecado de odio, además de ser pecado de embuste; de odio premeditado. Sin embargo, el de los que aceptaron el consejo, creyéndolo bueno, era únicamente pecado de estupidez.
Pero, bien sabéis vosotros que es responsable de sus acciones el inteligente, mientras que el que, por enfermedad o por otra causa carece de inteligencia no es responsable en primera persona, sino que sus padres son responsables por él. Por eso, hasta que un niño no es mayor de edad, es considerado irresponsable, y es el padre el que responde de las acciones del hijo.
Por tanto, el rey, que era bueno, fue severo con los malos consejeros inteligentes, y fue benigno con los que por éstos habían sido engañados, y simplemente los amonestó por haber creído a un súbdito cualquiera en vez de preguntar directamente al hijo del rey y así haber sabido de labios de éste lo que verdaderamente había que hacer: porque sólo el hijo conoce realmente los designios del padre suyo.
Ésta es la parábola, pueblo de Silo, ciudad que en una serie de ocasiones, durante el transcurso de los siglos, recibió consejos, provenientes de Dios, de los hombres o de Satanás, consejos de distinta naturaleza, consejos que florecieron en orden al bien cuando fueron seguidos como consejos de bien o cuando, habiéndolos reconocido como consejos de mal, se rechazaron; y que florecieron en orden al mal cuando, siendo santos, no fueron acogidos, o cuando, siendo malos, fueron acogidos.
Porque el hombre tiene esta magnífica libertad de arbitrio, y puede querer libremente el bien o el mal, y posee también ese otro magnífico don que es un intelecto capaz de discernir el bien y el mal; de manera que no es tanto el consejo en sí mismo, cuanto el modo con que puede ser recibido, lo que puede acarrear premio o castigo.
Pues ninguno puede impedir a los malos tentar a su prójimo para causarle la ruina, nada puede impedir a los buenos rechazar la tentación y permanecer fieles al bien. El mismo consejo puede perjudicar a diez y beneficiar a otros diez, porque, si el que lo sigue se perjudica, el que no lo sigue beneficia a su alma.
Por tanto, que ninguno diga: "Nos dijeron que hiciéramos tal cosa. Sino que cada cual diga con sinceridad: "Quise hacerlo". Recibiréis entonces, al menos, el perdón que se da a los sinceros. Y si dudáis acerca de la bondad del consejo que recibís, meditad antes de aceptarlo y de ponerlo en práctica.
Meditad invocando al Altísimo, que nunca niega sus luces a los espíritus de buena voluntad. Y si vuestra conciencia, iluminada por Dios, ve aunque sólo sea un punto, pequeño, imperceptible, pero que no puede darse en una obra de justicia, entonces decid: "No haré esto porque es justicia impura".
En verdad os digo que el que haga buen uso de su intelecto y libertad de arbitrio e invoque al Señor para ver la verdad de las cosas, no será quebrantado por la tentación, porque el Padre de los Cielos le ayudará a hacer el bien contra todas las insidias del mundo y Satanás.
Traed a vuestra memoria a Ana de Elcaná y a los hijos de Elí (1 Samuel 1-2). El ángel luminoso de Ana le había aconsejado que hiciera un voto al Señor si la hacía fecunda.
El sacerdote Elí aconseja a sus hijos que vuelvan a la justicia y que no pequen más contra el Señor. Y, a pesar de que al hombre, por el lastre que le grava, le sea más fácil comprender la voz de otro hombre que no el espiritual e insensible -invisible para los sentidos físicos-decir del ángel del Señor que habla al espíritu; a pesar de ello, Ana de Elcaná, porque es buena y mantiene su rectitud en la presencia de Dios, acoge el consejo y da a luz a un profeta, mientras que, por el contrario, los hijos de Elí, por ser malos y vivir alejados de Dios, no acogen el consejo de su padre y mueren castigados por Dios con una muerte violenta.
Los consejos tienen dos valores: el de la fuente de que provienen (valor que ya de por sí es grande porque puede tener consecuencias incalculables), y el del corazón destinatario. El valor que los consejos reciben del corazón al que se proponen no sólo es incalculable, sino que también es inmutable. Porque, si el corazón es bueno y sigue un consejo bueno, da al consejo el valor propio de una obra justa, y, si no lo hace, le quita la segunda parte de valor: el consejo, entonces, sigue siendo consejo, pero no obra, o sea, es mérito sólo para el que lo da.
Y, sí el consejo es malo y no es acogido por el corazón bueno -en vano tentado con lisonjas o con el terror para que lo ponga en práctica-, adquiere el valor de victoria sobre el Mal y de martirio por fidelidad al Bien, y, por tanto, prepara un gran tesoro en el Reino de los Cielos.
Así pues, cuando vuestro corazón se vea tentado por otros, meditad -poniéndoos a la luz de Dios-si eso pueden ser palabras buenas; y si, con la ayuda de Dios, que permite las tentaciones pero no quiere vuestra perdición, veis que no es una cosa buena, sabed deciros a vosotros mismos y también a quien os tienta:
"No. Yo permanezco fiel a mi Señor, y que esta fidelidad me absuelva de mis pecados pasados y me admita de nuevo dentro del Reino -y no quede fuera, en la puerta-, porque también para mí el Altísimo ha enviado a su Hijo para conducirme a la salvación eterna".
Idos. Si alguno me necesita, ya sabéis dónde estoy para el descanso nocturno. Que el Señor os ilumine.