578- Encuentro con discípulos y hombres de relieve conducidos por Manahén. Llegada a Jericó

Ya las blancas paredes de las casas de Jericó y sus palmas resaltan contra el cielo, azul intenso de cerámica o esmalte, cuando, al pie de un pequeño bosque de tamarices de desordenadas frondas, y de sensibles mimosas y espinos blancos de larguísimas espinas, y de otras plantas en su mayoría espinosas, que parecen haber sido arrojadas allí desde la áspera montaña situada a espaldas de Jericó, Jesús se encuentra con un nutrido grupo de discípulos capitaneados por Manahén.

Parece que están esperando. Lo están, efectivamente; y lo dicen, después de haber saludado al Maestro; y añaden que otros han ido hasta otros caminos, para tener noticias, dado que el retraso de toda una noche en llegar a Jericó los había alarmado.

-Yo he venido aquí con éstos. Y no te dejaré hasta que te vea a salvo en casa de Lázaro -dice Manahén.
-¿Por qué? ¿Hay peligro de algo?… -pregunta Judas Tadeo.

-Estáis en Judea… El decreto ya lo conocéis. Y el odio también. Por tanto, todo se puede temer -responde Manahén, quien, dirigiéndose a Jesús, explica:

-He tomado conmigo a los más fuertes, porque era presumible que -si no te habían apresado-pasaras por aquí. Y por la entidad de los discípulos y los hombres confiamos poder impresionar a los malvados y hacer que te respeten.
En efecto, están con él los ex discípulos de Gamaliel, el sacerdote Juan, Nicolái de Antioquía, Juan de Efeso y otros hombres vigorosos -no los conozco-que están en la flor de la vida y tienen un aspecto más noble de lo común.

Manahén, rápidamente, presenta a algunos de éstos, mientras que a otros no los presenta. Son hombres procedentes de todas las regiones palestinas (entre ellos hay dos de la corte de Herodes Filipo). Así, nombres de las más antiguas familias de Israel resuenan en el camino, al pie del pequeño bosque de frondas desordenadas, en que el viento hace temblar las hojitas de las mimosas y pliega los tiernos retoños de los espinos blancos.

-Vamos. ¿No hay ninguno con las mujeres, donde Nique? -pregunta Jesús.
-Los pastores. Todos menos Jonatán, que espera a Juana en el palacio de Jerusalén. Pero tus discípulos han crecido de forma desmesurada.

Ayer, en Jericó, estaban esperándote unos quinientos; hasta el punto de que los servidores de Herodes se habían impresionado y le habían informado de ello. Y Herodes no sabía si reaccionar temeroso o agresivo. Pero el recuerdo de Juan lo tiene obsesionado y ya no se atreve a levantar la mano contra ningún profeta…

-¡Bien! ¡Esto no te perjudicará! -exclama Pedro frotándose contento las manos.

-De todas formas, es el que menos cuenta. Es un ídolo al que todos pueden mover como les venga en gana. Y quien lo tiene en sus manos sabe moverlo.
-¿Y quién lo tiene en sus manos? ¿Pilato? -pregunta Bartolomé.

-Pilato no necesita a Herodes en sus actos. Herodes es un siervo, los poderosos no se dirigen a los siervos -responde Manahén.

-¿Y entonces quién? -pregunta Bartolomé.
-El Templo -dice sin vacilar uno que está con Manahén.
-Pero si para el Templo Herodes está anatematizado. Su pecado…

-¡Eres muy ingenuo con todo tu saber y tus años, Bartolomé! ¿Es que no sabes que el Templo, con tal de conseguir sus objetivos, sabe superar muchas, demasiadas cosas? Por eso ya no merece permanecer -dice Manahén con gesto de severo desprecio.

-Tú eres israelita. No debes hablar así. El Templo es siempre el Templo para nosotros -dice Bartolomé con tono de reconvención.

-No. Es el cadáver de lo que era. Y un cadáver, cuando lleva ya un tiempo muerto, se transforma en inmunda carroña. Por eso Dios ha mandado al Templo vivo, para que pudiéramos postrarnos ante el Señor sin que ello fuera una pantomima execrable.

-¡Calla! -susurra a Manahén otro que está con él, porque está hablando demasiado claramente (es uno de los que no han sido presentados, uno que está muy tapado).
-¿Y por qué debería callarme, si así habla mi corazón? ¿Piensas que hablando así pueda perjudicar al Maestro? Si es así, me callo: pero no por otro motivo. Aunque me condenaran sabría decir: "Así pienso, y no castiguéis a nadie aparte de mí".

-Manahén tiene razón. Basta ya de callar por miedo. Es ya hora de que cada uno tome su sitio a favor o en contra y diga lo que tiene en su corazón. Yo pienso como tú, hermano en Jesús; y si ello puede causarnos la muerte moriremos perseverando en confesar la verdad -dice Esteban con ímpetu.

-¡Sed prudentes! ¡Sed prudentes! -exhorta Bartolomé -El Templo es siempre el Templo. Está claro que no es perfecto y cometerá errores, pero es… es… Después de Dios no hay personas más grandes ni fuerzas mayores que el Sumo Sacerdote y el Sanedrín… Representan a Dios. Y nosotros debemos ver aquello que representan, y no lo que son. ¿O me equivoco, Maestro?

-No te equivocas. En toda constitución hay que saber ver su origen, en este caso el Eterno Padre, que ha constituido el Templo y las jerarquías, los ritos y las autoridades de los hombres antepuestos para representarlo.

Hay que saber dejar en las manos del Padre el juicio. El sabe cuándo y cómo intervenir; qué medidas tomar para que la corrupción, extendiéndose, no corrompa a todos los hombres y les haga dudar de Dios… Y en esto Manahén, viendo la razón de mi venida en esta hora, ha sabido ver con exactitud. En fin, es necesario suavizar tu estaticidad, Bartolmái, con el espíritu innovador de Manahén, para que sea precisa la medida y, por tanto, perfecto el sentir.

Todo exceso es siempre dañino, para el agente y para el que lo sufre, o para el que lo percibe y se escandaliza -y, si no es un alma honesta, se sirve de ello para denunciar a los hermanos-. Pero ésta es una acción de Caín y, siendo obra de las Tinieblas, no lo será de los hijos de la Luz.

El que advirtió a Manahén de que no hablara demasiado, y que está cubierto del todo por el manto, de forma que apenas pueden vérsele los ojos negros, vivísimos, se arrodilla, toma la mano de Jesús y dice:

-Tú eres bueno, Maestro. ¡Demasiado tarde te he conocido, oh Palabra de Dios! ¡Pero aún es tiempo, si no de servirte largamente como abría deseado, como ahora quisiera, sí de amarte como mereces!

-Nunca es demasiado tarde para la hora de Dios. Esa hora llega en el momento preciso. Y concede tanto tiempo para servir a la Verdad cuanto la voluntad quiere.
-¿Pero quién es? -se preguntan unos a otros, bisbiseando, los apóstoles; y se lo preguntan a los discípulos. En vano: ninguno sabe quién es, o, sabiéndolo, ninguno quiere decirlo.

-¿Quién es, Maestro? -pregunta Pedro cuando puede acercarse a Jesús, que va en el centro del grupo (detrás de Él, las mujeres; delante, los discípulos; a los lados, sus primos; en torno a Él, los apóstoles).

-Un alma, Simón. Nada más que eso.
-Pero… ¿Te fías de él sin saber quién es?
-Sé quién es. Y conozco su corazón.
-¡Ah, comprendo! Es como en el caso de la Velada de Agua Especiosa… Ya no pregunto más… -y Pedro se pone contento porque Jesús, separándose de Santiago, lo arrima a sí.

Llegan ya a Jericó. Por la puerta de las murallas irrumpe la gente elevando voces de hosanna, y a Jesús le es difícil proseguir para cruzar la ciudad e ir donde Nique, que está fuera de Jericó, en el extremo opuesto. Súplicas para que hable. Niños aupados, que casi forman un seto vivo infranqueable (se cuenta con el amor de Jesús a los pequeños). Gritos de: « ¡Puedes hablar! ¡Ése ya ha huido a Jerusalén!» gestos que, junto con estas palabras, señalan hacia el palacio, espléndido y cerrado, de Herodes.
Manahén confirma:

-Es verdad. Se ha marchado durante la noche, silenciosamente. Tiene miedo.

Pero nada detiene a Jesús, que camina diciendo:
-¡Paz! Paz! El que tenga alguna pena o algún dolor que vaya a casa de Nique. El que quiera oírme que vaya a Jerusalén. Aquí soy el Peregrino, como todos vosotros. En la casa del Padre hablaré. ¡Paz! ¡Paz y bendición! ¡Paz!

Es ya un pequeño triunfo, un preludio de la entrada en Jerusalén, ya tan cercana.

Me sorprende la ausencia de Zaqueo. Pero luego lo veo, erguido en la linde de la propiedad de Nique, rodeado de sus amigos y con los pastores y las discípulas.

Todos acuden presurosos al encuentro de Jesús, y le abren paso disponiéndose en dos filas, y se postran, mientras Él, bendiciendo, se adentra en el huerto en dirección a la casa que, hospitalaria, lo recibe.

577- Tercer anuncio de la Pasión. María de Alfeo evoca la figura de José. La insensata petición de los hijos de Zebedeo

Apenas el alba aclara el cielo, aunque no hace todavía fácil el camino, cuando Jesús deja Doco aún durmiente.

Las pisadas ciertamente no las oye nadie, porque son cautelosas y la gente duerme todavía en las casas cerradas.

Ninguno habla hasta que están fuera de ciudad, hasta que están en el campo, que lentamente se despierta bajo la parca luz, llena de frescura después del lavacro del rocío.

Entonces Judas Iscariote dice:

-Camino inútil, descanso negado; hubiera sido mejor no haber venido hasta aquí.

-¡No nos han tratado mal los pocos que hemos encontrado! Han dedicado la noche a escucharnos y a ir por los enfermos de los campos. No, no, venir aquí ha sido una cosa verdaderamente buena, porque los que, por enfermedad u otros motivos, no podían aspirar a ver al Señor en Jerusalén lo han visto aquí y han recibido el consuelo de la salud y de otras gracias. Los otros ya sabemos que han ido ya a la ciudad…

Es costumbre de todos nosotros, a nada que se pueda, ir algunos días antes de la fiesta -dice delicadamente Santiago de Alfeo, porque es siempre manso; todo lo contrario de Judas de Keriot, que incluso en los momentos buenos es siempre violento e imperioso.

-Precisamente porque vamos también nosotros a Jerusalén, era inútil venir aquí. Nos habrían oído y visto allí…
-Pero no las mujeres y los enfermos… -rebate, interrumpiéndole, Bartolomé, en ayuda de Santiago de Alfeo.

Judas hace como que no oye y, como continuando lo que estaba diciendo, añade: -Al menos creo que vamos a Jerusalén, aunque ahora ya no estoy seguro, después de lo que se le dijo a aquel pastor…

-¿Y a dónde piensas que vayamos, si no es allí? -pregunta
Pedro.
-¡Yo qué sé! Todo lo que hacemos desde hace algunos meses es tan irreal, todo tan contrario a lo previsible, al buen sentido, incluso a la justicia, que…

-¡Hala! ¡Pues si te he visto beber leche en Doco, ¿cómo es que hablas como un borracho?! ¿En qué ves cosas contrarias a la justicia? -pregunta Santiago de Zebedeo, con unos ojos que poco bien prometen. Y añade:

-¡Basta ya de reproches al Justo! ¿Entiendes que ya basta? No tienes derecho a censurarlo. Ninguno tiene este derecho porque Él es perfecto, y nosotros… ninguno de nosotros lo es, y tú el que menos.

-¡Eso es! Si estás enfermo, te curas; pero no nos amargues con tus protestas. ¡Si eres un lunático, allí está el Maestro: ve a que te cure y corta ya, ¿eh?! -dice Tomás perdiendo la paciencia.

Efectivamente, Jesús viene detrás, junto con Judas de Alfeo y Juan; y ayudan a las mujeres, que, menos acostumbradas a andar entre dos luces, avanzan con dificultad por este sendero no bueno y además, más oscuro que el campo porque va por un tupido olivar. Y Jesús habla animadamente con las mujeres, enajenándose de lo que sucede más adelante, lo cual, de todas formas, es oído por los que van con Él, pues, aunque las palabras lleguen mal, su tono denota que no son palabras suaves, sino que, ciertamente, tienen sabor de disputa.

Los dos apóstoles, Judas Tadeo y Juan, se miran… y no dicen nada. Miran a Jesús y a María. Pero María está tan velada con su manto, que casi no se le ve la cara. Jesús parece no haber oído. Mas, acabado lo que estaba diciendo -hablaban de Benjamín y de su futuro, y hablan de la viuda Sara de Afeq, que se ha establecido en Cafarnaúm y es madre amorosa no sólo del niñito de Yiscala, sino también de los hijitos de la mujer de Cafarnaúm que, pasada a segundo matrimonio, no quería ya a los hijos del primero, y que murió luego «tan mal, que verdaderamente se ha visto la mano de Dios en su muerte» dice Salomé-, Jesús va hacia delante junto con Judas Tadeo y llega donde los apóstoles (pero antes, al marcharse, ha dicho:

«Quédate aquí, Juan, si quieres. Voy a responder al inquieto y a poner paz».).

Pero Juan, después de algunos otros pasos con las mujeres, y visto que el sendero se abre más y se hace más luminoso, se echa a correr y alcanza a Jesús justo cuando está diciendo:

-Así que, tranquilízate, Judas. Nada irreal haremos, como nunca lo hemos hecho. Tampoco ahora estamos haciendo nada contrario a lo previsible. Éste es el tiempo en que está previsto que todo israelita que no esté impedido por enfermedades o causas gravísimas suba al Templo. Y al Templo estamos subiendo. -No todos. Margziam he oído que no estará. ¿Acaso está enfermo? ¿Por qué motivo no viene? ¿Tú crees que puedes substituirlo por el samaritano?

El tono de Judas es insoportable.
Pedro susurra:

-¡Oh prudencia, encadena mi lengua, que soy hombre! -y aprieta fuertemente los labios para no decir nada más. Sus ojos, un poco saltones, tienen una mirada conmovedora, y es que son muy visibles en ellos el esfuerzo que hace el hombre por frenar su indignación y la aflicción de oír hablar a Judas de ese modo.

La presencia de Jesús mantiene inmóviles todas las lenguas. Él el único que habla, diciendo con una calma verdaderamente divina:

-Venid un poco adelante para que las mujeres no oigan. Tengo que deciros una cosa, ya desde hace algunos días. Os la prometí en los campos de Tersa. Pero quería que estuvierais todos para oírla; todos vosotros, no las mujeres. Dejémoslas en su humilde paz… En lo que os voy a decir estará incluida también la razón por la cual Margziam no estará con nosotros, y tampoco tu madre, Judas de Keriot, tus hijas, Felipe, ni las discípulas de Belén de Galilea con la jovencita. Hay cosas que no todos pueden soportarlas.

Yo, Maestro, sé lo que es un bien para mis discípulos, y sé cuánto pueden ellos, o no pueden, soportar. Ni siquiera vosotros tenéis la suficiente fortaleza como para soportar la prueba. Y quedar excluidos de ella sería una gracia para vosotros. Pero vosotros debéis continuarme, y debéis saber cuán débiles sois, para ser después misericordiosos con los débiles.

Por eso vosotros no podéis veros excluidos de esta tremenda prueba que os dará la medida de lo que sois, de lo que habéis seguido siendo después de tres años de estar conmigo y de lo que habéis venido a ser después de estos mismos tres años. Sois doce.

Vinisteis a mí casi contemporáneamente. Y no son los pocos días que transcurrieron desde mi encuentro con Santiago, Juan y Andrés, hasta el día en que tú, Judas de Keriot, fuiste recibido entre nosotros, ni hasta el día en que tú, Santiago, hermano mío, y tú, Mateo, vinisteis conmigo, los que pueden justificar tanta diferencia de formación entre vosotros. Estabais todos, también tú, docto Bartolmái, y vosotros, hermanos míos, muy informes, completamente informes respecto a lo que es la formación en mi doctrina.

Es más, vuestra formación, mejor que la de otros de entre vosotros respecto a la doctrina del viejo Israel, os suponía un obstáculo para formaros en mí. Pero ninguno de vosotros ha recorrido tanto camino como habría sido suficiente para llevaros a todos a un único punto.

Uno lo ha alcanzado, otros están cerca, otros más lejos, otros muy atrás, otros… sí, debo decir también esto: en vez de avanzar han retrocedido. ¡No os miréis! No busquéis entre vosotros quién es el primero y quién el último.

Aquel que, quizás, se cree el primero y es considerado el primero, debe todavía tomarse a sí mismo el pulso. Aquel que se cree el último está para resplandecer en su formación como una estrella del cielo.

Por tanto, una vez más, os digo: no juzguéis. Los hechos juzgarán con su evidencia. Por ahora no podéis entender. Pero pronto, muy pronto recordaréis estas palabras mías y las comprenderéis.

-¿Cuándo? Nos has prometido que nos vas a decir, que nos vas a explicar también por qué la purificación pascual será distinta este año, pero no nos lo dices nunca -se queja Andrés.

-De esto os quería hablar. Porque aquellas palabras y éstas son una única cosa, pues tienen su raíz en una única cosa. Mirad, estamos subiendo a Jerusalén para la Pascua.

Allí se cumplirán todas las cosas dichas por los profetas respecto al Hijo del hombre. En verdad, como vieron los profetas, como ya estaba dicho en la orden dada a los hebreos de Egipto, como fue ordenado a Moisés en el desierto, el Cordero de Dios muy pronto va a ser inmolado y su Sangre muy pronto va a rociar las jambas de los corazones, y el ángel de Dios pasará sin descargar su mano sobre los que tengan sobre sí, y con amor, la Sangre del Cordero inmolado, que muy pronto va a ser levantado como la serpiente de precioso metal en el palo transversal, como signo para los que han sido heridos por la serpiente infernal, para salud de los que lo miren con amor.

El Hijo del hombre, vuestro Maestro Jesús, muy pronto va a ser entregado en manos de los príncipes de los sacerdotes, de los escribas y Ancianos, los cuales lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para ser escarnecido.

Y lo abofetearán, lo golpearán, le escupirán, lo arrastrarán por las calles como a un andrajo inmundo, y luego los gentiles, después de haberlo flagelado y coronado de espinas, prefiriendo el pueblo hebreo, reunido en Jerusalén, su muerte en vez de la de un ladrón, lo condenarán a la muerte de cruz, propia de los malhechores; y así lo matarán.

Pero, como está escrito en los signos de las profecías, después de tres días resucitará. Ésta es la prueba que os espera, la que mostrará vuestra formación.

En verdad os digo, a todos vosotros los que os creéis tan perfectos como para despreciar a los que no son de Israel e incluso a muchos del propio pueblo nuestro, en verdad os digo que vosotros, mi parte elegida del rebaño, cuando apresen al Pastor, sufriréis la embestida del miedo y huiréis a la desbandada, como si los lobos que a mí me morderán desde todas las partes se hubieren vuelto contra vosotros. Pero os digo que no temáis, que no os tocarán un solo cabello. Yo seré suficiente para saciar a los lobos feroces…

Los apóstoles, a medida que Jesús va hablando, van pareciendo criaturas expuestas a una granizada de piedras.

Incluso se encorvan, cada vez más, mientras Jesús va hablando. Y, cuando termina:

-Y todo esto que os digo ya es inminente; no es como las otras veces, que había tiempo antes de esa hora. Ya ha llegado la hora. Yo voy para ser entregado a mis enemigos e inmolado para salvación de todos.

Y este capullo de flor no habrá perdido todavía sus pétalos, después de haber florecido, y Yo estaré ya muerto -cuando termina así, quién se tapa la cara con las manos, quién gime como si lo estuvieran hiriendo. Judas Iscariote está lívido, literalmente lívido…

El primero en recobrarse es Tomás, que proclama:
-Esto no te sucederá porque te defenderemos o moriremos juntos contigo, y así demostraremos que te habíamos alcanzado en tu perfección y que éramos perfectos en el amor a ti.

Jesús lo mira en silencio.

Bartolomé, después de un largo silencio meditativo, dice:
-Has dicho que serás entregado… Pero ¿quién, quién puede entregarte en manos de tus enemigos? Eso no está escrito en las profecías. No. No está escrito. Sería demasiado horrible si un amigo tuyo, un discípulo tuyo, un seguidor tuyo, aunque fuera el último de todos, te entregara a los que te odian. ¡No! Quien te haya oído con amor, aunque hubiera sido una sola vez, no puede cometer ese delito.

Son hombres, no fieras, no diablos… No, mi Señor. Y tampoco los que te odian podrán… Tienen miedo del pueblo, ¡y el pueblo estará, por entero, en torno a ti!
Jesús mira también a Natanael y no habla.

Pedro y el Zelote hablan mucho entre sí. Santiago de Zebedeo maltrata de palabra a su hermano porque lo ve sereno, y Juan responde:

-Es porque hace tres meses que lo sé -y dos lágrimas surcan su rostro.

Los hijos de Alfeo hablan con Mateo, que, descorazonado, menea la cabeza.

Andrés se vuelve hacia el Iscariote:

-Tú que tienes tantos amigos en el Templo…
-Juan conoce al propio Anás -replica Judas, y termina:
-¿Y qué solución ves? ¿Qué crees que va a poder la palabra de un hombre si así está predestinado?

-¿Estás convencido de esto? -preguntan al mismo tiempo Tomás y Andrés.

-No. Yo no creo nada. Son alarmas inútiles. Bartolomé tiene razón. Todo el pueblo apoyará a Jesús. Ya se percibe por la gente que vamos viendo por el camino. Y será un triunfo. Veréis como será así-dice Judas de Keriot.

-¿Pero entonces por qué Él…? -dice Andrés señalando a Jesús que se ha parado para esperar a las mujeres.

-¿Que por qué lo dice? Porque está impresionado.., y porque quiere probarnos. Pero no ocurrirá nada. Y yo, además, iré…

-¡Sí, sí! ¡Ve a ver…! -suplica Andrés.

Se callan porque Jesús está ya tras ellos, entre su Madre y María de Alfeo.

María expresa una pálida sonrisa al mostrarle su cuñada unas semillas, que no sé dónde las habrá conseguido, diciéndole que quiere sembrarlas en Nazaret después de la Pascua, junto a la gruta que Ella tanto estima. Y María de Alfeo dice:

-Cuando eras niña, te recuerdo siempre con estas flores en tus manitas. Las llamabas las flores de tu venida.

Efectivamente, cuando naciste, tu huerto estaba cuajado de ellas, y en el atardecer en que toda Nazaret se apresuró a ir a ver a la hija de Joaquín, los hacecillos de estas estrellitas eran verdaderamente un diamante por el agua que había caído del cielo; por el último rayo de sol que desde el Poniente incidía en ellos; y, dado que te llamabas "Estrella", todos decían, mirando a esas muchas, pequeñas estrellas brillantes:

"Las flores se han adornado para festejar a la flor de Joaquín, y las estrellas han dejado el cielo para acercarse a la Estrella"; y todos sonreían, felices por el signo venturoso y por la alegría de tu padre. Y José, el hermano de mi marido, dijo:

"Estrellas y gotitas de agua. ¡Es verdaderamente María!".

¿Como podía imaginar, entonces, que habrías de ser su estrella? ¡Cuando volvió de Jerusalén elegido para esposo tuyo!… Toda Nazaret quería festejarlo, porque grande era el honor que le venía del Cielo y de su matrimonio contigo, hija de Joaquín y Ana; y todos querían invitarlo a un banquete.

Pero él, con su dulce pero firme decisión rechazó toda fiesta. De modo que asombró a todos, porque ¿quién es el hombre que, destinado a noble matrimonio y con símil decreto del Altísimo, no celebre su felicidad de alma y de carne y sangre? Pero él decía:

“A gran elección gran preparación”. Y con una continencia que alcanzaba también a las palabras y al alimento -pues que pues que toda otra continencia siempre había existido en él-pasó ese tiempo trabajando y orando, porque, si se puede orar con el trabajo, yo creo que cada golpe de martillo y cada señal hecha con el escoplo se transformaban en oración. Tenía su rostro como extático.

Yo iba a arreglar la casa, a blanquear sábanas u otras cosas que había dejado tu madre y que con el tiempo se habían puesto amarillentas, y lo miraba mientras trabajaba en el huerto y en la casa para ponerlos otra vez en orden, como si nunca hubieran estado abandonados; y le hablaba incluso…

Pero estaba como absorto. Sonreía… pero no era a mí o a otros, sino a un pensamiento suyo que no era, no, el pensamiento de todos los hombres que se aproximan a su boda. Ésa es una sonrisa de alegría maliciosa y carnal…

Él… parecía sonreír a los invisibles ángeles de Dios,
parecía que hablara con ellos y los consultara… ¡Oh, porque estoy convencida de que los ángeles le instruían acerca de cómo tratarte a ti! Porque después, y fue otro motivo de estupor de toda Nazaret, y casi de desdén de mi Alfeo, pospuso la boda lo más que pudo, y no se comprendió nunca cómo fue que al improviso se decidiera antes del tiempo fijado. Y también cuando se supo que ibas a ser madre, ¡cómo se asombró Nazaret por su alegría ausente!…

Pero también mi Santiago es un poco así. Y cada vez más lo es. Ahora que lo observo bien -no sé por qué, pero desde que fuimos a Efraím me parece completamente nuevo-, lo veo así… justamente como a José. Míralo ahora también, María, ahora que se está volviendo otra vez para mirarnos.

¿No tiene ese aspecto absorto tan habitual en José, tu esposo? Sonríe con esa sonrisa que no sé si llamarla triste o lejana. Mira y tiene esa mirada larga, que va más allá de nosotros, que muchas veces tenía José. ¿Recuerdas cómo le pinchaba Alfeo? Decía:

"Hermano, ¿ves todavía las pirámides?". Y él meneaba la cabeza sin decir nada, paciente y reservado en sus pensamientos. Poco hablador siempre. ¡Pero desde que volvisteis de Hebrón…! Ya ni siquiera a la fuente iba solo, como hasta entonces había hecho, y como hacen todos: o contigo o a su trabajo. Y; aparte del sábado en la sinagoga, o cuando se dirigía a otro lugar para alguna gestión, nadie puede decir que viera a José de paseo en esos meses. Luego os marchasteis… ¡Qué angustia la ausencia de noticias vuestras después de la matanza! Alfeo fue ̇ hasta Belén…

“Se marcharan” dijeron. Pero… ¿cómo creerlos, si os odiaban a muerte en esa ciudad en que todavía rojeaba la sangre inocente y se elevaba e1 humo de las ruinas y se os acusaba de que por vosotros esa sangre había corrido? Fue a Hebrón, y vosotros al Templo, porque Zacarías tenía su turno. Isabel no le dio más que lágrimas, y Zacarías palabras de consuelo. El uno y la otra, angustiados por Juan y temiendo nuevos actos de crueldad, lo habían escondido y estaban verdaderamente en ascuas por él.

De vosotros no sabían nada. Y Zacarías dijo a Alfeo: "Si están muertos, su sangre ha caído sobre mí, porque yo los convencí de que se quedaran en Belén". ¡Mi María! ¡Mi Jesús, visto tan guapo durante la Pascua que siguió a su nacimiento! ¡Y no recibir noticia durante tanto tiempo! Pero… ¿por qué nunca una noticia?…

-Porque convenía guardar silencio. En el lugar donde estábamos muchas eran las Marías y muchos los Josés, y convenía pasar por una pareja cualquiera de esposos -responde serena María, y suspira:

-Y eran, dentro de su tristeza, días aún felices. ¡El mal estaba tan lejos todavía! ¡Aunque nuestra humanidad careciera de muchas cosas, el espíritu se saciaba con la alegría de tenerte, Hijo mío!

-También ahora tienes contigo a tu Hijo. ¡Falta José, es verdad! Pero Jesús está aquí y con su completo amor de adulto ­observa María de Alfeo.

María levanta la cabeza para mirar a su Jesús. Y en su mirada hay congoja, aunque su boca sonría levemente. Pero no añade ninguna otra palabra.

Los apóstoles se han detenido para esperarlos. Todos se agrupan, incluso Santiago y Juan, que estaban detrás de todos, con su madre. Y, mientras descansan del camino realizado y algunos comen un poco de pan, la madre de Santiago y Juan se acerca a Jesús y se postra ante Él, que, apremiado por reanudar la marcha, ni siquiera se ha sentado.

Jesús, puesto que es claro en ella el deseo de pedir algo, le pregunta:
-¿Qué quieres, mujer? Habla.
-Concédeme una gracia, antes de que te marches, como dices.

-¿Cuál?
-La de ordenar que estos dos hijos míos, que por ti han dejado todo, se sienten uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando Tú estés sentado, en tu gloria, en tu Reino.

Jesús mira a la mujer y luego a los dos apóstoles, y dice:
-Habéis sugerido este pensamiento a vuestra madre interpretando muy mal mis promesas de ayer. El céntuplo por lo que habéis dejado no lo recibiréis en un reino de la Tierra. ¿También vosotros os habéis hecho codiciosos y habéis perdido la inteligencia? No, no vosotros: ya es el crepúsculo mefítico de las tinieblas, que avanza, y el aire contaminado de Jerusalén, que se acerca y os corrompe y os ciega… ¡Yo os digo que no sabéis lo que pedís!

¿Podéis, acaso, beber el cáliz que voy a beber Yo?

-Lo podemos, Señor.

-¿Y por qué decís eso, si todavía no habéis comprendido la amargura que tendrá mi cáliz? No se trata solamente de la amargura que ayer os describí: la mía de Varón de todos los dolores. Habrá torturas que, aunque os las describiera, no estaríais en condiciones de comprenderlas… De todas formas… sí… dado que -a pesar de ser todavía como dos niños que desconocen el valor de lo que piden-, dado que sois dos espíritus justos y que me quieren, beberéis, ciertamente beberéis de mi cáliz.

Pero lo de sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí concedéroslo: ésa es una cosa que se concederá a aquellos para los que mi Padre lo ha preparado.

Los otros apóstoles, mientras Jesús está todavía hablando, hacen ásperas críticas sobre lo que los hijos de Zebedeo y la madre de estos han pedido.

Pedro le dice a Juan:
-¡Precisamente tú! ¡Ya ni te reconozco, respecto a lo que eras!

Y Judas Iscariote, con su sonrisa de demonio:

-¡Verdaderamente los primeros son los últimos! Tiempo de sorpresas y de comprender una serie de cosas… -y se ríe burlón.

-¿Acaso por los honores hemos seguido a nuestro Maestro? -dice Felipe en tono de reproche.

Tomás no se dirige a los dos, sino a Salomé, diciendo:
-¿Por qué poner en evidencia a tus hijos? Si no ellos, al menos tú debías haber reflexionado e impedido esto.
-Es verdad. Nuestra madre no lo habría hecho -dice Judas Tadeo.

Bartolomé no habla, pero su cara es toda una desaprobación. Simón Zelote, queriendo calmar el desdén, dice:

-Todos podemos equivocarnos…
Mateo, Andrés y Santiago de Alfeo no hablan; es más, visiblemente sufren por este incidente que mella la hermosa perfección de Juan.
Jesús hace un gesto para imponer silencio y dice:

-¡Un momento! ¿Es que de un error van a venir muchos? Vosotros, que reprocháis indignados, ¿no os dais cuenta de que también vosotros pecáis? Dejad tranquilos a estos hermanos vuestros.

Mi reprensión es suficiente. Su abatimiento es evidente; su arrepentimiento, humilde y sincero. Debéis amaros entre vosotros, apoyaros mutuamente. Porque, en verdad, ninguno de vosotros es perfecto todavía. No debéis imitar al mundo ni a los hombres del mundo. En el mundo -lo sabéis-los príncipes de las naciones dominan a sus pueblos, y sus notables ejercen el poder sobre éstos en nombre de los príncipes. Pero entre vosotros no debe ser así.

No debe haber en vosotros afán de dominar a los hombres ni a vuestros compañeros. Antes al contrario, el que de entre vosotros quiera ser el mayor póngase a vuestro servicio, y el que quiera ser el primero hágase siervo de todos. Lo mismo que ha hecho vuestro Maestro.

¿Acaso he venido para avasallar y dominar? ¿Para ser servido? No, verdaderamente no. Yo he venido para servir. Y eso -de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en redención de muchos-, Eso mismo deberéis saber hacer vosotros, si queréis ser como Yo y estar donde Yo. Ahora marchaos. Y estad en paz entre vosotros, como Yo lo estoy con vosotros.

Me dice Jesús (a María Valtorta):

-Señala mucho el punto: "… vosotros ciertamente beberéis de mi cáliz". En las traducciones se lee: "mi cáliz". He dicho: "del mío", no "el mío". Ningún hombre habría podido beber mi cáliz. Solamente Yo, Redentor, debí beber todo mi cáliz. A mis discípulos, a mis imitadores, a los que me aman, ciertamente se les concede beber de ese cáliz en que Yo bebí: esa gota, ese sorbo o esos sorbos que la predilección de Dios les concede beber. Pero nunca ninguno lo beberá todo como Yo lo bebí. Así pues, es correcto decir "de mi cáliz" y no "mi cáliz".

(La expresión "beber el cáliz" parece traducción correcta del texto griego de los evangelistas Mateo y Marcos; pero podría ser interpretada como "beber del cáliz" si se dice en arameo, la lengua que Jesús hablaba, en la cual no habría distinción de forma entre "beber el cáliz" y "beber del cáliz")

576- Encuentro con el joven ricoen el camino hacia Doco

Otra hermosísima mañana abrileña. La tierra y el firmamento despliegan todas sus primaverales bellezas. El ambiente está tan saturado de luminosidad, de voces de fiesta y de amor, de fragancia, que se respira luz, canto, perfume.

Debe haber caído durante la noche una fugaz lluvia que ha puesto oscuros y ha limpiado los caminos, sin embarrarlos, y ha limpiado también tallos y hojas que ahora tiemblan, llenas de brillos, limpias, por una suave brisa que desciende de los montes hacia esta fértil llanura que anuncia ya a Jericó.

De las márgenes del Jordán suben continuamente personas que lo han cruzado desde la otra orilla, o que han venido por el camino que bordea el río para tomar luego este que va directamente hacia Jericó y Doco, como dicen las señales indicadoras. Y con los muchos hebreos que, para el rito, se dirigen a Jerusalén procedentes de todas partes, se mezclan mercaderes de otros lugares, y muchos pastores con los corderos de los sacrificios, los cuales balan, desconocedores de su sino. Muchos reconocen y saludan a Jesús. Son éstos hebreos de Perea y la Decápolis, e incluso de lugares más lejanos; hay un grupo de Cesárea Paneas. Y son pastores que, por ser más bien nómadas -en pos de los rebaños-, conocen al Maestro: o por haberlo visto o por haberles sido predicado por los discípulos.
Uno se postra y le dice:

-¿Puedo ofrecerte el cordero?

-No te quedes tú sin él, que tu ganancia es esto.
-¡Es mi gratitud! No te acuerdas de mí. Yo sí. Soy uno al que curaste junto con otros muchos. Me uniste el hueso del muslo, que ninguno lo curaba y me tenía imposibilitado. Te doy con gusto este cordero. El más hermoso. Éste. Para el banquete de alegría. Sé que para el holocausto estás obligado a afrontar un gasto. ¿Pero para la alegría? Mucha me diste a mí. Acepta el cordero, Maestro.

-Sí, acéptalo. Será dinero que nos ahorraremos. O, mejor: será la posibilidad de comer, porque con toda nuestra prodigalidad yo ya no tengo dinero -dice el Iscariote.
-¿Prodigalidad? ¡Pero si desde Siquem no hemos gastado ni una perra! -dice Mateo.

-¡El caso es que no tengo ya dinero! Lo último se lo di a Merod.
-Hombre, escucha -dice Jesús al pastor, para poner fin a las palabras de Judas -Por ahora no voy a Jerusalén y no puedo llevarme conmigo el cordero. Si no, lo tomaría para que vieras que acepto tu regalo.
-Pero luego irás a la ciudad. Estarás allí para las fiestas. Tendrás un lugar de alojamiento. Dime dónde y yo llevaré a tus amigos…

Nada de eso tengo… Pero en Nob tengo un amigo pobre y anciano. Escúchame bien: el día siguiente del sábado pascual vas, al rayar alba, a Nob, y le dices a Juan, el Anciano de Nob (todos te sabrán decir quién es): "Este cordero te lo manda Jesús de Nazaret, tu amigo, para que celebres este día con un banquete de alegría, porque más alegría que la de hoy no hay para los verdaderos amigos del Cristo". ¿Lo harás?

-Si así lo quieres, lo haré.

-Y me darás una alegría. No antes del día después del sábado. Recuérdalo bien. Y recuerda las palabras que te he dicho. Ahora ve y que la paz esté contigo. Y conserva a tu corazón estable en esta paz en los días venideros. Recuerda también esto y sigue creyendo en mi Verdad. Adiós.

Una serie de personas se ha acercado para oír el diálogo, personas que se dispersan sólo cuando el pastor, poniendo de nuevo en marcha su rebaño, las obliga a hacerlo. Jesús sigue a las ovejas aprovechando la senda abierta por ellas.

La gente cuchichea:
-¡Pero entonces sí que va a Jerusalén! ¿No sabe que está proscrito?

-¡Oye, nadie puede prohibir a un hijo de la Ley presentarse al Señor para la Pascua. ¿Acaso es culpable de reato público? No. Porque sí lo fuera, el Gobernador le habría encarcelado como a Barrabás.

Y otros:
-¿Has oído? No tiene un lugar de alojamiento, ni amigos en Jerusalén. ¿Será que todos lo han abandonado? ¿Incluso el resucitado? ¡Pues vaya gratitud!

-¡Oye, calla! Esas dos son las hermanas de Lázaro. Yo soy de los campos de Magdala y las conozco bien. Si las hermanas están con Él, señal es de que la familia de Lázaro le es fiel.

-Quizás no se aventura a entrar en 1a ciudad.
-Razón tendría.
-Dios le perdonará el quedarse fuera.
-Si no puede subir al Templo, no es culpa suya.
-Su prudencia es sabia. Si lo apresaran, todo acabaría antes de su tiempo.

-Claro que no está todavía preparado para su proclamación como rey nuestro, y no quiere que lo apresen.
-Se dice que, mientras se pensaba que estaba en Efraím, fue por todas partes, incluso donde las tribus nómadas, para prepararse sus seguidores y soldados y buscar protecciones.

-¿Quién te ha dicho eso?
-Son las mentiras de siempre. Es el Rey santo, no un rey de soldados.

-Quizás haga la Pascua suplementaria. En ese caso sería fácil pasar inadvertido. El Sanedrín se disuelve pasadas las fiestas, y todos los Ancianos se van a sus casas para la siega. Hasta Pentecostés no se reúne otra vez.
-Y, si los miembros del Sanedrín están fuera, ¿quién le va a hacer algún mal? ¡Son ellos los chacales!

-¡Mmm! ¡Que se ande Él con tanta prudencia! ¡Cosa demasiado humana! Él es más que un hombre y no tendrá una prudencia cobarde.

-¿Cobarde? ¿Por qué? Nadie puede tachar de cobarde a quien se ponga en salvo en pro de su misión.
-Cobarde en todo caso, porque cualquier misión es siempre inferior a Dios. Por tanto, el culto a Dios debe tener precedencia sobre todas las demás cosas.
Estas son las palabras que se intercambia la gente. Jesús hace como si no oyera.

Judas de Alfeo se detiene para esperar a las mujeres. Cuando llegan -estaban con el muchacho, retrasadas, a unos treinta pasos-dice a Elisa:
-¡Habéis dado mucho en Siquem, después de marcharnos!
-¿Por qué?

-Porque Judas no tiene una perra. No vas a tener tus sandalias, Benjamín. Así han venido las cosas. En Tersa no pudimos entrar, y, aunque hubiéramos podido hacerlo, la carencia de dinero nos hubiera impedido cualquier compra… Vas a tener que entrar así en Jerusalén…
-Antes está Betania -dice Marta sonriendo.

-Y antes Jericó y mi casa -dice Nique sonriendo también.
-Y antes de todo eso estoy yo. Lo he prometido y lo haré. ¡Viaje de experiencias éste! He sabido lo que es no tener un didracma. Y ahora voy a experimentar lo que es tener que vender un objeto por necesidad -dice María de Magdala.
-¿Y qué vas a vender, María, si ya no llevas joyas? -pregunta Marta a su hermana.

-Mis gruesas horquillas de plata. Son muchas. Para sujetar este útil peso pueden bastar las de hierro. Las venderé. Jericó está llena de gente que compra estas cosas. Y hoy es día de mercado, y mañana, y siempre cuando llegan estas fiestas.

-¡Pero hermana!
-¿Qué? ¿Te escandalizas pensando que puedan creer de mí que estoy tan pobre que tengo que vender las horquillas de plata? ¡Ah, ya quisiera haberte dado siempre estos escándalos! Peor era cuando, sin necesidad, me vendía a mí misma al vicio ajeno y mío.

-¡Calla, mujer! ¡Está aquí el muchacho… que no sabe!
-No sabe todavía. Quizás no sabe todavía que yo era la pecadora. Mañana lo sabría por boca de los que me odian por no serlo ya, y con aspectos que mi pecado no tuvo, a pesar de haber sido muy grande.

Así que es mejor que lo sepa por mí, y que vea cuánto puede el Señor que lo ha acogido: hacer de una pecadora una arrepentida; de un muerto un resucitado: de mí, muerta en el espíritu, y de Lázaro, muerto en el cuerpo, dos vivos. Porque esto es lo que nos ha hecho a nosotros el Rabí, Benjamín. Recuérdalo siempre, y quiérelo con todo tu corazón porque Él es verdaderamente el Hijo de Dios.

Un atasco en el camino ha detenido a Jesús y a los apóstoles. Las mujeres los alcanzan. Jesús dice:
-Id adelante vosotras, hacia Jericó. Entrad en la ciudad, si queréis. Yo voy a Doco con ellos. Para la puesta del sol estaré con vosotras.

-¿Por qué nos separas? No estamos cansadas -protestan todas.
-Porque quisiera que vosotras, mientras, al menos algunas, avisarais a los discípulos de que estaré en casa de Nique mañana.

-Si es así, Señor, pues vamos ya. Ven, Elisa, y tú Juana y tú Susana y Marta. Preparamos todo -dice Nique.
-Y yo y el muchacho. Así hacemos nuestras compras. Bendícenos. Maestro. Ven pronto. ¿Tú, Madre, te quedas? -dice María de Magdala.
-Sí, con mi Hijo.

Se separan. Con Jesús se quedan sólo las tres Marías: la Madre y la cuñada de Ella, María Cleofás (María de Alfeo), y María Salomé. Jesús deja el camino de Jericó para tomar un camino secundario que va a Doco.

Lleva poco tiempo por éste cuando, de una caravana que viene no sé de dónde (es una caravana rica que, sin duda, viene de lejos, porque trae a las mujeres en los camellos, dentro de las oscilantes berlinas o palanquines atados a los lomos gibosos, y los hombres montados en fogosos caballos o en otros camellos), se separa un joven que, haciendo arrodillarse a su camello, desciende de la silla y va hacia Jesús; un paje viene y sujeta al animal por las bridas.

El joven se postra delante de Jesús y, después del profundo saludo, le dice:
-Yo soy Felipe de Canata, hijo de verdaderos israelitas, y que ha seguido siéndolo. Discípulo de Gamaliel hasta que la muerte de mi padre me puso al frente de sus negocios. Te he oído más de una vez. Conozco tus obras. Aspiro a una vida mejor, para tener la eterna que Tú aseguras que posee aquel que crea en sí tu Reino. Dime, pues, Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?

-¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno.
-Tú eres el Hijo de Dios, bueno como el Padre tuyo. ¡Oh, dime!: ¿qué debo hacer?
-Para entrar en la vida eterna observa los Mandamientos».
-¿Cuáles, mi Señor? ¿Los antiguos o los tuyos?

-En los antiguos están ya los míos. Los míos no transforman los antiguos, que siguen siendo: adorar con amor verdadero al único verdadero Dios y respetar las leyes del culto, no matar, no robar, no cometer adulterio, no testificar lo falso, honrar al padre y a la madre, no perjudicar al prójimo; antes al contrario, amarlo como te amas a ti mismo. Haciendo esto tendrás la vida eterna.

-Maestro, todas estas cosas las he observado desde mi niñez.
Jesús lo mira con ojos de amor y dulcemente le pregunta:
-¿Y no te parecen suficientes todavía?

-No, Maestro. Gran cosa es el Reino de Dios en nosotros y en la otra vida. Infinito don es Dios, que a nosotros se dona. Siento que todo lo que es deber es poco, respecto al Todo, al Infinito perfecto que dona, y que yo pienso que se debe obtener con cosas mayores que las que están mandadas para no condenarse y serle gratos.

-Es como dices. Para ser perfecto te falta todavía una cosa. Si quieres ser perfecto como quiere el Padre nuestro de los Cielos, ve, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres. Tendrás un tesoro en el Cielo por el que el Padre, que ha dado su Tesoro para los pobres de la tierra, te amará con especial amor. Luego ven y sígueme.
El joven se entristece, se pone pensativo. Luego se levanta y dice: -Recordaré tu consejo… -y se aleja triste.

Judas se sonríe levemente, pero irónicamente, y susurra:
-¡No soy yo el único que le tiene amor al dinero!

Jesús se vuelve y lo mira… y luego mira a los otros once rostros que están en torno a Él, y suspira:
-¡Qué difícil será que un rico entre en el Reino de los Cielos: su puerta es estrecha y el camino que a él conduce es un camino empinado, y no pueden recorrer este camino ni entrar los que están cargados con los pesos voluminosos de las riquezas. Para entrar allá arriba no se requieren sino tesoros de virtud, inmateriales, y también el saberse separar de todo lo que signifique apego a las cosas del mundo y vanidad.

Jesús está muy triste…Los apóstoles se miran de reojo unos a otros…
Jesús sigue hablando mientras mira a la caravana del joven rico que se aleja:
-En verdad os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que no, para un rico, entrar en el Reino de Dios.

-¿Pero entonces quién podrá salvarse? La miseria hace frecuentemente pecadores, por envidias y por poco respeto a lo ajeno, y por desconfianza respecto a la Providencia… La riqueza es un obstáculo para la perfección… ¿Y entonces? ¿Quién podrá salvarse?
Jesús los mira y les dice:

-Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios, porque para Dios todo es posible. Basta con que el hombre ayude a su Señor con su buena voluntad. Es buena voluntad aceptar el consejo recibido y esforzarse en conseguir el desapego de las riquezas. Todo desapego, para seguir a Dios.

Porque la verdadera libertad del hombre es ésta: seguir las voces que Dios le susurra en su corazón, y sus mandamientos, no ser esclavo ni de sí ni del mundo ni del respecto humano, y, por tanto, no ser esclavos de Satanás.

Hacer uso de la espléndida libertad de arbitrio que Dios ha dado al hombre para querer libre y únicamente el Bien, y conseguir así la vida eterna luminosísima, libre, bienaventurada. Ni siquiera de la propia vida hemos de ser esclavos, si por secundarla tenemos que oponer resistencia a Dios. Os lo he dicho: "El que pierda su vida por amor mío y por servir a Dios la salvará para toda la eternidad".

-¡Pues nosotros hemos dejado todo por seguirte, hasta las cosas más lícitas! ¿Cuál será en nosotros el resultado? ¿Entraremos, entonces, en tu Reino? -pregunta Pedro.

-En verdad, en verdad os digo que los que me hayan seguido de esa manera, y los que me sigan -porque siempre hay tiempo de hacer reparación por la desidia y por los pecados cometidos hasta el presente, siempre hay tiempo mientras se está en la Tierra y se tienen por delante días en que poder hacer reparación por el mal hecho-, éstos estarán conmigo en el Reino mío.

En verdad os digo que vosotros, que me habéis seguido en la regeneración, os sentaréis en tronos para juzgar a las tribus de la Tierra, junto con el Hijo del hombre, que estará sentado en el trono de su gloria. Y os digo en verdad que ninguno que, por amor de mi Nombre, haya dejado casa, campos, padre, madre, hermanos, esposa, hijos y hermanas, para difundir la Buena Nueva y continuarme, ninguno dejará de recibir el céntuplo en el tiempo presente y la vida eterna en el siglo futuro.

-¡Pero si perdemos todo, cómo podemos centuplicar nuestro haber? -pregunta Judas de Keriot.

-Digo de nuevo que lo que a los hombres les es imposible a Dios le es posible. Y Dios dará el céntuplo de gozo espiritual a aquellos que supieron pasar de ser hombres del mundo a hacerse hijos de Dios, o sea, hombres espirituales.

Éstos experimentarán el verdadero gozo espiritual, aquí y más allá de la Tierra. Y os digo también esto: no todos los que parecen los primeros -y que deberían serlo por haber recibido más que los demás-lo serán, y no todos los que parecen últimos -y menos que últimos, pues no serán aparentemente mis discípulos, ni miembros del Pueblo elegido-lo serán. En verdad, muchos pasarán a ser, de primeros, últimos, y muchos últimos, ínfimos, pasarán a ser primeros… Pero ahí está Doco.

Adelantaos todos menos Judas de Keriot y Simón Zelote. Id a advertir de mi llegada a quienes puedan tener necesidad de mí.

Y Jesús, con los dos a los que ha retenido, espera a reunirse con las tres Marías, que los siguen a algunos metros de distancia.

575- Mal recibimiento en Tersa. Extremo intento de redimir a Judas Iscariote

Tersa está tan rodeada de exuberantes olivares, que se ha de estar muy cerca de ella para percatarse de que la ciudad está ahí. Una franja de ubérrimos huertos recinta, como última mampara, las casas.

En ellos, achicorias y otras verduras, legumbres, cucurbitáceas nuevas, árboles frutales, pérgolas funden y combinan sus distintos verdes y sus flores prometedoras de frutos, y sus frutos nacientes prometedores de delicias. La pequeña flor de la vid y la de los olivos más precoces rocían con su nieve blanco-verde el suelo, al paso de un vientecillo más bien enérgico.

De detrás de una mampara de cañas y sauces, que han crecido junto a una charca, sin agua pero húmeda todavía en el fondo, y al oír el rumor de pasos de personas que llegan, aparecen los ocho apóstoles a los que antes se indicó que se adelantaran. Están visiblemente inquietos y afligidos, y, mientras hacen señas a los que llegan que se paren, se acercan a ellos sin demora. Cuando ya están lo suficientemente cerca como para poder ser oídos sin necesidad de gritar, dicen:

-¡Atrás! ¡Atrás! A los campos. No se puede entrar en la ciudad. Por poco nos apedrean. Venid, vamos afuera. A aquella espesura. Allí hablaremos…

Impacientes por alejarse sin ser vistos, apremian, a Jesús, a los tres apóstoles, al muchacho, a las mujeres, para que vuelvan hacia abajo por la charca seca, y dicen:
-Que no nos vean aquí. ¡Vamos! ¡Vamos!

Inútilmente Jesús, Judas y los dos hijos de Zebedeo tratan de saber lo que ha sucedido; inútilmente dicen:
-¿Pero Judas de Simón? ¿y Elisa?

Los ocho se muestran inflexibles. Caminando entre la maraña de tallos y plantas acuáticas, sufriendo en los pies cortes de juncáceas, o en la cara el choque de los sauces y las cañas, resbalando en el barrillo del fondo, agarrándose a las plantas, buscando apoyo en las márgenes y llenándose bien de barro, se alejan, apremiados por detrás por los ocho, que caminan casi con la cabeza vuelta hacia atrás, para ver si de Tersa sale alguien siguiéndolos. Pero en el camino sólo está el sol, que empieza ya a ponerse, y un flaco perro errante.

Por fin han llegado a una espesura de zarzas que delimitan una propiedad. Detrás de esta espesura, un campo de lino cimbrea bajo el viento sus altos tallos que ya se coloran de azul con las primeras flores.

-Aquí, aquí dentro. Si estamos sentados, nadie nos verá, y cuando haya anochecido nos marchamos… -dice Pedro secándose el sudor…
-¿A dónde? -pregunta Judas de Alfeo -Tenemos a las mujeres.

-A algún lugar iremos. Incluso… los campos están llenos de heno segado, que también sirve de lecho. Para las mujeres hacemos tiendas con nuestros mantos, y nosotros… vigilantes.

-Sí. Es suficiente con no ser vistos y al amanecer bajar al Jordán. Tenías razón, Maestro, al no querer el camino de Samaria. ¡Mejor los bandidos, para nosotros que somos pobres, que no los samaritanos!… -dice Bartolomé, todavía jadeante.

-Pero bueno, ¿qué ha pasado? Ha sido Judas, que ha hecho alguna… -dice Judas Tadeo.
Le interrumpe Tomás:
-Judas está claro que ha recibido. Lo siento por Elisa…
-¿Has visto a Judas?

-Yo no. Pero es fácil ser profeta. Si se ha declarado apóstol tuyo, está claro que le han pegado. Maestro, te rechazan allí.
-Sí, todos están enemistados contra ti.
-Son verdaderos samaritanos.
Hablan todos a la vez.

Jesús impone silencio a todos y dice:
-Que hable uno solo. Tú, Simón Zelote, que eres el más sereno.
-Señor, en pocas palabras te lo puedo decir. Entramos en la ciudad y nadie nos molestó hasta que supieron quiénes éramos, mientras pensaron que éramos peregrinos que íbamos de paso.

Pero cuando preguntamos -¡debíamos hacerlo!-si un hombre joven, alto, moreno, vestido de rojo y con un taled de rayas rojas y blancas, y una mujer anciana, delgada, de pelo más blanco que negro y una túnica gris muy oscura, habían entrado en la ciudad y habían buscado al Maestro galileo y a sus compañeros, entonces, enseguida, se inquietaron… Quizás no hubiéramos debido hablar de ti.

Sin duda, nos hemos equivocado… Pero, en los otros lugares nos recibieron siempre tan bien, que… ¡no se comprende qué es lo que ha sucedido!… ¡Parecen víboras, los mismos que hace no más de tres días se mostraban deferentes contigo!…

Le interrumpe Judas Tadeo:
-Trabajo de judíos…
-No creo. No lo creo por las recriminaciones que nos lanzaban y por las amenazas. Lo que creo es que… Es más, estoy, estamos seguros de que la causa de la ira samaritana es que Jesús ha rechazado su proposición de protegerlo.

Gritaban: "¡Fuera! ¡Fuera! ¡Vosotros y vuestro Maestro! Quiere ir a adorar al Moria. Pues que vaya y mueran Él y todos los suyos. No hay sitio entre nosotros para los que nos tienen por amigos, sino sólo por siervos. No queremos más problemas, si no hay ganancia a cambio. Piedras, no pan, para el Galileo. Embriscarle los perros, no ofrecerle las casas". Decían esto y más.

Y al insistir para, al menos, saber lo que había sido de Judas, cogieron piedras para lanzárnoslas, y verdaderamente nos embriscaron a los perros. Y gritaban unos a otros: "Nos ponemos en todas las entradas. Si viene Él, nos vengaremos". Nosotros hemos huido.

Una mujer -siempre hay alguien bueno incluso entre los malvados-nos metió en su huerto, y de allí nos llevó, por una vereda que va entre los huertos, hasta la charca que ahora está sin agua porque han regado antes del sábado. Y nos escondió allí. Y luego nos prometió que nos iba a dar noticias de Judas. Pero ya no volvió. Vamos a esperarla aquí, de todas formas, porque dijo que si no nos encontraba en la charca vendría aquí.

Los comentarios son muchos: hay quien sigue acusando a los judíos; y quien manifiesta un leve reproche a Jesús, un reproche escondido en las palabras: «
-Has hablado demasiado claramente en Siquem y luego te has alejado. En estos tres días, han decidido que es inútil hacerse falsas ilusiones y perjudicarse por alguien que no satisface sus anhelos… y te rechazan…
Jesús responde:

-No me arrepiento de haber dicho la verdad ni de cumplir con mi deber. Ahora no comprenden. Dentro de poco comprenderán mi justicia -una justicia que supera a un amor no justo hacia ellos-y me venerarán más que si no la hubiera tenido.

-¡La mujer viene ya por el camino! Tiene el valor de mostrarse a la vista… -dice Andrés.

-¿No nos irá a traicionar, no? -dice Bartolomé con aíre de sospecha.
-¡Viene sola!
-Podría seguirla gente que estuviera escondida en la charca…

Pero la mujer, que viene con un cesto sobre la cabeza, prosigue Y supera los campos de lino donde esperan Jesús y los apóstoles. Luego toma un senderillo y desaparece de la vista… para aparecer de nuevo de improviso, a espaldas de los que esperan, los cuales, al oír el roce de los tallos de lino, se vuelven, casi asustados.

La mujer habla a los ocho que conoce:
-Perdonad si he hecho esperar mucho… No quería que me siguieran. He dicho que iba donde mí madre… Ya sé… Y aquí traigo comida para vosotros. ¿El Maestro…, quién es? Quisiera venerarlo.
-Ese es el Maestro.
La mujer, que ha dejado su cesto, se postra y dice:
-Perdona el pecado de mis convecinos. Sí no los hubieran incitado… Pero muchos han trabajado aprovechando tu negativa…

-No tengo rencor, mujer. Levántate y habla. ¿Sabes algo de mi apóstol y de la mujer que estaba con él?
-Sí. Los han expulsado como a perros. Así que están fuera de la ciudad, en el otro lado, esperando a la noche.

Querían volver atrás, hacia Enón, para buscarte. Querían venir aquí, porque sabían que estaban sus compañeros. He dicho que no, que no lo hicieran, que se estuvieran quietos, que yo os llevaría donde ellos. Y lo haré en cuanto acabe el crepúsculo.

Afortunadamente mi marido está ausente y tengo libertad para dejar la casa. Os voy a llevar donde una hermana mía que está casada y vive en la llanura. Dormiréis allí. No os identifiquéis. No por Merod, sino por los hombres que están con ella. No son samaritanos, son de la Decápolis establecidos aquí. Pero, en todo caso, conviene…

-Dios te lo pague. ¿Los dos discípulos han sido heridos?
-Un poco el hombre. La mujer nada. Sin duda, la protegió el Altísimo, porque ella, con arrojo, escudó a su hijo con su cuerpo cuando los de la ciudad echaron mano a las piedras.

¡Qué mujer más fuerte! Gritaba: "¡Así atacáis a uno que no os ha ofendido? ¿Y no me respetáis a mí, que lo defiendo y que soy madre? ¿No tenéis madre todos vosotros, que no respetáis a quien ha engendrado? ¿Habéis nacido de una loba u os habéis hecho de lodo y estiércol?", y miraba a los agresores mientras tenía abierto el manto para defender al hombre, y mientras tanto retrocedía, sacándolo de la ciudad… Y ahora también infunde ánimos, diciendo:

"¡Quiera el Altísimo, oh Judas mío, hacer de esta sangre tuya derramada por el Maestro bálsamo para tu corazón!".

Pero es una herida pequeña. Quizás el hombre está más asustado que dolorido. Pero… tomad y comed. Aquí hay leche ordeñada hace poco, para las mujeres. Hay pan con queso y fruta. No he podido traer carne. Habría tardado demasiado. Y aquí hay vino, para los hombres. Comed mientras se pone la tarde. Luego iremos por caminos seguros donde los dos, y luego donde Merod.

-De nuevo: que Dios te lo pague -dice Jesús, y ofrece y distribuye comida, dejando a un lado una parte para los dos ausentes.

-No, no. Ya he pensado en ellos. Les he llevado huevos y pan, escondido en el vestido, y un poco de vino y aceite para las heridas. Esto es para vosotros. Comed, que yo vigilo el camino…

Comen. Pero la indignación devora a los hombres y el abatimiento quita el apetito a las mujeres, a todas menos a María de Magdala, para la cual, lo que en las otras produce miedo o abatimiento, en ella siempre produce el efecto de un licor que estimula los nervios y el coraje; sus ojos centellean contra la ciudad hostil; sólo la presencia de Jesús -que ya ha dicho que no tiene rencor-refrena su ímpetu de pronunciar palabras violentas; y, no pudiendo ni hablar ni actuar, descarga su ira contra el inocente pan, al que hinca los dientes de una forma tan significativa, que el Zelote, sonriendo, no puede contenerse de decirle:

-¡Suerte tienen esos de Tersa de que no puedan caer en tus manos! ¡Pareces una fiera encadenada, María!
-En este momento lo soy. Has visto bien. Y ante los ojos de Dios el contenerme de entrar allí, como se merecen, tiene más valor que todo lo que he hecho hasta ahora por expiar.

-¡Tranquila, María! Dios te ha perdonado culpas más grandes que las de ellos.
-Es verdad. Ellos te han ofendido a ti, mi Dios, una vez, y por influencia de otros. Yo, muchas… y por propia voluntad… y no puedo ser intransigente ni soberbia… Vuelve a bajar los ojos hacia su pan, donde caen dos lágrimas.

Marta le pone la mano en el regazo mientras le dice en tono bajo:
-Dios te ha perdonado. No te abatas más… Recuerda lo que has obtenido: a nuestro Lázaro…

-No es abatimiento. Es agradecimiento. Es emoción… Y es también la constatación de que todavía carezco de esa misma misericordia que yo tan ampliamente he recibido… ¡Perdóname, Rabbuní! -dice alzando sus espléndidos ojos, a los que la humildad devuelve la dulzura.
-Nunca se niega el perdón al que es humilde de corazón, María.

Se pone la tarde, tiñendo e1 aire de una delicada coloración violada. Las cosas que están un poco lejanas se confunden. Los tallos de lino, cuya gracia antes era visible, ahora se unifican para formar una única masa oscura. Callan los pájaros entre las frondas. Se enciende la primera estrella. Canta el primer grillo entre la hierba. Ha llegado la noche.

-Podemos ponernos en marcha. Aquí, entre los campos, no nos verán. Venid seguros. No traiciono. No actúo por una recompensa. Lo único que pido es la piedad del Cielo, porque todos necesitamos piedad -dice la mujer suspirando.
Se levantan. Se encaminan detrás de ella. Pasan a distancia de Tersa, entre campos y huertos semioscuros, pero no tanto como para no ver a hombres a la entrada de los caminos en torno a hogueras…

-Nos acechan… -dice Mateo.
-¡Malditos! -susurra entre dientes Felipe.

Pedro no habla, pero mueve hacia el cielo los brazos con gesto de muda invocación o protesta.

Pero Santiago y Juan de Zebedeo, que han hablado apretada y presurosamente, un poco adelantados respecto a los demás, vuelven hacia atrás y dicen:

-Maestro, si Tú por tu perfección de amor no quieres recurrir al castigo, ¿quieres que lo hagamos nosotros? ¿Quieres que digamos al fuego del cielo que baje y consuma a estos pecadores? Nos has dicho que todo lo que pedimos con fe lo podemos y…

Jesús, que iba andando un poco cabizbajo, como cansado, se yergue bruscamente y los fulmina con dos miradas que centellean a la luz de la luna. Los dos retroceden, callando asustados ante esa mirada. Jesús, sin quitar de ellos sus ojos, dice:

-No sabéis de qué espíritu sois. El Hijo del hombre no ha venido para la ruina de las almas, sino para salvarlas.

¿No recordáis lo que os he dicho? Dije en la parábola del trigo y la cizaña: "Dejad por ahora que el trigo y la cizaña crezcan juntos. Porque si quisierais separarlos ahora, correríais el riesgo de arrancar, con la cizaña, también el trigo. Dejadlos, pues, hasta la hora de la siega. Al tiempo de la siega diré a los segadores: recoged ahora la cizaña y atadla en haces para quemarla, y poned el buen trigo en mi granero".

Jesús ya ha atenuado su desdén hacia los dos que, por ira suscitada por amor a El, pedían castigar a los de Tersa, y que ahora están cabizcaídos ante Él. Los toma, uno a la derecha y otro a la izquierda, por los codos, y reanuda la marcha, guiándolos así, y hablando a todos, que se han apiñado en torno a Él, que se había parado.

-En verdad os digo que el tiempo de la siega está cercano. Mi primera siega. Y para muchos no habrá una segunda. Pero, y alabemos por ello al Altísimo, alguno que no supo en mi tiempo hacerse espiga de buen grano, después de la purificación del Sacrificio pascual renacerá con un alma nueva. Hasta ese día no arremeteré contra ninguno… Después vendrá la justicia…

-¿Después de la Pascua? -pregunta Pedro.
-No. Después del tiempo. No hablo de estos hombres, de estos de ahora. Miro a los siglos futuros. El hombre se va renovando continuamente, como las mieses en los campos. Y las cosechas se van siguiendo. Yo dejaré lo que es necesario para que los hombres que vengan después puedan hacerse trigo bueno. Si no quieren, en el fin del mundo, mis ángeles separarán las cizañas de los trigos buenos.

Entonces será sólo el eterno Día de Dios. Por ahora, en el mundo, se da el día de Dios y de Satanás: el Primero siembra el Bien, el segundo echa entre las semillas de Dios sus condenadas cizañas, sus escándalos, sus iniquidades, sus semillas que promueven iniquidad y escándalos. Porque siempre habrá quien azuce contra Dios, como aquí, con estos que, en verdad, son menos culpables que los que los instigan al mal.

-Maestro, todos los años uno se purifica en la Pascua de los Ácimos, pero siempre se sigue siendo lo mismo que se era. ¿Este año… será distinto? -pregunta Mateo.
-Muy distinto».

-¿Por qué? Explícanoslo.
-Mañana… Os lo diré mañana, o cuando ya estemos por el camino y esté con nosotros también Judas de Simón.
-¡Sí! Nos lo dices y nosotros nos haremos mejores… Pero ya ahora perdónanos, Jesús -dice Juan.

-Os he llamado con el nombre apropiado. Pero el trueno no daña. El rayo si que puede matar. De todas formas, el trueno, muchas veces, es anuncio del rayo. Lo mismo le sucede a aquel que no elimina de su espíritu todo desorden contra el amor. Hoy pide permiso para castigar. Mañana castiga sin pedir permiso. Pasado mañana castiga incluso sin razón. Descender es fácil… Por eso os digo que os despojéis de toda dureza hacia vuestro prójimo. Actuad como Yo, y estaréis seguros de no equivocaros nunca. ¿Acaso habéis visto alguna vez que Yo me vengue de los que me causan un dolor?

-No, Maestro. Tú…
-¡Maestro! ¡Maestro! Estamos aquí. Yo y Elisa. ¡Oh, Maestro, cuánta angustia por ti! ¡Y cuánto miedo de morir…! -dice Judas de Keriot, saliendo de detrás de las hileras de vid y corriendo hacia Jesús. Tiene la frente vendada. Elisa lo sigue más serena.

-¿Has sufrido? ¿Has temido morir? ¿Tanto apreciabas la vida? -pregunta Jesús liberándose de Judas, que lo tenía abrazado y que llora.
-No la vida. Temía a Dios. Morir sin tu perdón… Yo siempre te ofendo. A todos ofendo. También a ella… Y su respuesta ha sido ser para mí una madre. Me sentía culpable y temía morir…

-¡Saludable temor, si puede hacerte santo! Pero Yo te perdono, siempre, tú lo sabes. Basta con que tengas voluntad de arrepentimiento. ¿Y tú, Elisa, has perdonado?
-Es como un niño grande indisciplinado. Sé disculpar.
-Te has comportado con fortaleza, Elisa. Lo sé.
-¡Si no hubiera estado ella… no sé si te habría vuelto a ver, Maestro!

-Pues ya ves que no por odio, sino por amor, se quedó a tu lado… ¿No te han herido, Elisa?
-No, Maestro. Las piedras caían alrededor de mí sin herirme. Pero mí corazón ha estado muy acongojado pensando en ti…

-Ya todo ha terminado. Vamos a seguir a esta mujer que nos quiere llevar a una casa segura.
Se ponen de nuevo en marcha, tomando un caminito, blanco de luna, que va hacia oriente.

Jesús ha tomado del brazo al Iscariote y va delante con él. Le habla dulcemente; trata de trabajar en el corazón de Judas, estremecido por el miedo experimentado ante el juicio de Dios:

-Ya ves, Judas, qué fácil es morir. La muerte siempre está al acecho en torno a nosotros. Ya ves que lo que parece una cosa sin importancia cuando estamos llenos de vida se hace grande, espantosamente grande, cuando la muerte nos roza. Pero ¿por qué querer tener estos miedos, creárselos para encontrárselos de frente en el momento de la muerte, si con una vida santa se puede ignorar el miedo al cercano juicio divino?

¿No te parece que merece la pena vivir una vida justa para tener una plácida muerte? ¿No, Judas, amigo mío? La divina, paterna misericordia ha permitido este hecho como toque de atención para tu corazón. Todavía estás a tiempo, Judas… ¿Por qué no quieres dar a tu Maestro, que está para morir, la gran alegría, grandísima, de saber que has vuelto al Bien?

-¿Pero puedes perdonarme todavía, Jesús?
-¿Te hablaría así si no pudiera? ¡Qué poco me conoces todavía! Yo te conozco. Sé que eres como uno que estuviera atrapado por un gigantesco pulpo.

Pero, si quisieras, podrías liberarte todavía. Sufrirías, eso sí. Arrancarte esas cadenas que te muerden y envenenan significaría dolor.

Pero después, ¡cuánta alegría, Judas! ¿Temes no tener la fuerza de reaccionar contra los que influyen en ti? Yo puedo absolverte anticipadamente del pecado de transgresión del rito pascua1… Eres un enfermo. Para los enfermos la Pascua no es obligatoria.

Ninguno está más enfermo que tú. Eres como un leproso. Los leprosos, mientras lo son, no suben a Jerusalén. Créeme, Judas: comparecer ante el Señor con el espíritu sucio, como lo tienes tú, no es honrar al Señor, sino ofenderlo. Antes hay que…

-¿Entonces, por qué no me purificas y me curas? -pregunta, ya duro, rebelde, Judas.

-¿No te curo? Cuando uno está enfermo, busca -la busca él-la curación. A menos que sea un niño pequeño, o un subnormal; porque estos no saben poner el acto de querer…

-Trátame como a esas personas. Trátame como a un subnormal y remédialo Tú sin que yo lo sepa.

-No sería justicia, porque tú puedes querer. Tú sabes lo que para ti es un bien y lo que es un mal. Y el que Yo te curara no serviría de remedio sin tu voluntad de quedar curado.

-Dame también esa voluntad.

-¿Dártela? ¿Imponerte, entonces, una voluntad buena? ¿Y tu libre albedrío, en qué se transformaría entonces? ¿Qué sería tu yo de hombre, criatura libre? ¿Un yo subyugado?

-¡De la misma forma que estoy subyugado por Satanás, podría estarlo por Dios!

-¡Cómo me hieres, Judas! ¡Cómo traspasas mi corazón! Pero te perdono lo que me haces… Subyugado por Satanás, has dicho: Yo no decía esta cosa tan tremenda…

-Pero la pensabas, porque es verdadera y la conoces, si es verdad que lees los corazones de los hombres. Si es así, sabes que yo ya no soy libre… Satanás me ha atrapado y…

«-No. Se te ha acercado, te ha tentado, te ha tanteado… y tú lo has aceptado. No hay posesión si no hay al principio una adhesión a alguna tentación satánica. La serpiente introduce la cabeza entre las apretadas barras dispuestas como defensa de los corazones, pero no entraría si el hombre no le ensanchara un hueco para admirar el aspecto seductor de la serpiente y escucharla y seguirla… Sólo entonces el hombre queda subyugado, poseído; pero es porque lo quiere.

Dios también lanza desde los cielos las luces dulcísimas de su paterno amor, y sus luces penetran en nosotros.

Mejor: Dios, a quien todo le es posible, desciende al corazón de los hombres. Está en su derecho. ¿Por qué, entonces, el hombre, que sabe hacerse esclavo, que sabe someterse al Horrendo, no sabe hacerse siervo de Dios -es más: hijo de Dios-y lo que hace es expulsar de sí a su Padre santísimo?

¿No me contestas? ¿No me dices por qué has preferido a Satanás antes que a Dios? Y, no obstante, ¡todavía estarías a tiempo de salvarte! Sabes que voy a la muerte. Ninguno lo sabe como tú… No rehúso morir… Voy.

Voy a la muerte porque mi muerte será la Vida para muchos. ¿Por qué no quieres estar entre éstos? ¿Sólo para ti, amigo mío, mi pobre y enfermo amigo, será inútil mi muerte?

-Será inútil para muchos, no te hagas ilusiones. Lo mejor que podrías hacer sería huir y vivir lejos de aquí, y gozar de la vida; enseñar tu doctrina porque es buena, pero no sacrificarte.

-¡Enseñar mi doctrina! ¿Pero qué enseñaría ya, que fuera verdad, si hiciera lo contrario de lo que enseñara? ¿Qué Maestro sería si predicara la obediencia a la voluntad de Dios y no la hiciera, y el amor a los hombres y luego no los amara, y la renuncia a la carne y al mundo y luego amara mi carne y los honores del mundo, y a no escandalizar y luego escandalizara no sólo a los hombres, sino incluso a los ángeles, y así sucesivamente?

Por ti habla Satanás en este momento. Como también habló en Efraím y como muchas otras veces ha hablado y ha actuado, a través de ti, para turbarme a mí. Yo he reconocido todas estas acciones de Satanás, cumplidas por medio de ti. Pero no te he odiado, ni me he cansado de ti.

Sólo he sentido pena, una infinita pena. Como una madre atenta al progreso de un mal que llevara a la muerte a su hijo, así he observado el progreso del mal en ti.

Como un padre al que nada resulta insoportable con tal de encontrar las medicinas para su hijo enfermo, así Yo todo lo he tolerado con tal de salvarte: he superado repugnancias, desdenes, amarguras, desconsuelos…

Como un padre y una madre, desolados, desilusionados respecto a todas las fuerzas terrenas, se dirigen al Cielo para obtener la vida del hijo, así he gemido y gimo, implorando un milagro que te salve, que te salve, que te salve en el borde del abismo que ya cede bajo tus pies.

¡Judas, mírame! Dentro de poco, mi Sangre será derramada por los pecados de los hombres. No me quedará ni una gota.

La beberán la tierra, las piedras, las hierbas, las vestiduras de mis perseguidores y las mías… la madera, el hierro, las sogas, las espinas de la oxiacanta… y la beberán los espíritus que esperan la salud… ¿Sólo tú no quieres beberla?

Yo, por ti solamente, daría toda esta Sangre mía. Tú eres el amigo mío. ¡Cuán gustosamente se muere por el amigo!

¡Por salvarlo! Se dice: "Yo muero. Pero seguiré viviendo en el amigo al que he dado la vida". Como una madre, como un padre, que siguen viviendo en su prole aún después de haber muerto. ¡Judas, te lo suplico! No pido otra cosa en estas vísperas de mi muerte. Hasta los jueces, hasta los enemigos conceden al condenado una última gracia, acogen favorables el último deseo suyo.

Yo pido que no te condenes. No se lo pido tanto al Cielo cuanto a ti, a tu voluntad… Piensa en tu madre, Judas.

¿Qué será tu madre, después? ¿Qué será el nombre de tu familia? Invoco tu orgullo, que está más vivo que nunca, para que te defiendas contra tu deshonor. No te deshonres, Judas. Piensa. Pasarán los años y los siglos, caerán los reinos y los imperios, languidecerán las estrellas, cambiará la configuración de la Tierra, y tú serás siempre Judas, como Caín es siempre Caín, si persistes en tu pecado.

Terminarán los siglos. Quedará sólo el Paraíso y el Infierno, y en el Paraíso y en el Infierno, para los hombres resucitados y recibidos con alma y cuerpo, para toda la eternidad, en los lugares donde es justo que estén, tú serás siempre Judas, el maldito, el mayor culpable, si no te enmiendas.

Descenderé a liberar a los espíritus del Limbo, los sacaré del Purgatorio por legiones, y tú… a ti no podré llevarte a donde Yo esté… Judas, Yo voy a morir, y voy feliz porque ha llegado la hora que esperaba desde hace milenios, la hora de unir de nuevo a los hombres con su Padre. A muchos no los uniré. Pero el número de los salvados que mientras muera contemplaré me consolará de la congoja de morir inútilmente por tantos.

Pero te digo que será tremendo el verte entre éstos, a ti, mi apóstol, amigo mío. ¡No me inflijas el inhumano dolor!… Quiero salvarte, Judas. Salvarte.

"Mira. Bajamos al río. Mañana al alba, cuando todavía todos duerman, lo pasaremos, nosotros dos, y tú irás a Bosra, a Arbela, a Aera, a donde quieras. Sabes cuáles son las casas de los discípulos. En Bosra busca a Joaquín y María, la leprosa que curé. Te daré un escrito para ellos.

Diré que para tu salud se necesita reposo tranquilo respirando aire distinto. Es la verdad, por desgracia, porque estás enfermo y el aire de Jerusalén sería letal para ti. Pero ellos creerán que estás físicamente enfermo.

Estarás allí hasta que no vaya Yo a buscarte. Por lo que respecta a tus compañeros, ya me encargaré Yo… Pero no vayas a Jerusalén. Ya ves que no he querido que estuvieran allí las mujeres, excepto las más fuertes de ellas y las que, por derecho de madres, deben estar al lado de sus hijos.

-¿También la mía?
-No. María no estará en Jerusalén…

-También ella es madre de un apóstol, y te ha honrado siempre.

-Sí. Y, como las otras, tendría derecho a estar a mi lado.

Ella me quiere con perfecta justicia. Pero precisamente por esto no estará en Jerusalén. Porque le dije que no estuviera y sabe obedecer.

-¿Por qué no debe estar? ¿Qué hay de distinto en ella, que no tengan la madre de tus hermanos y la de los hijos de Zebedeo?

-Pues tú. Y tú sabes por qué digo esto. Pero si me haces caso y vas a Bosra, mandaré un aviso a tu madre y dispondré que la acompañen a donde estés, para que ella, que tan buena es, te ayude a curarte. Créelo: sólo nosotros te queremos así, sin medida. Tres son los que te aman en el Cielo: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo.

Ellos te han contemplado y esperan tu acto de voluntad para hacer de ti la gema de la Redención, la presa mayor arrebatada al Abismo. Y tres en la Tierra: Yo, tu madre y mi Madre. ¡Danos esta alegría, Judas! A los del Cielo y a los de la Tierra. A los que te queremos con verdadero amor.

-Tú lo dices: sólo tres me quieren; los demás… no.

-No como nosotros. Pero te quieren. Elisa te ha defendido. Los otros estaban preocupados por ti. Cuando estás en algún otro lugar todos te llevan en su corazón y tu nombre está en sus labios. No conoces todo el amor que te rodea.

Tu opresor te lo oculta. Pero cree en mi palabra.

-Te creo. Y trataré de complacerte. De todas formas, quiero obrar yo solo. Yo solo he cometido el error y yo solo debo saber curarme de este mal.

-Únicamente Dios puede obrar por sí solo. Este pensamiento es de soberbia. En la soberbia sigue estando Satanás. Sé humilde, Judas. Coge esta mano que se te ofrece amiga.

Refúgiate en este corazón que se te abre protector. Aquí, conmigo, no podría hacerte ningún mal Satanás.

-He intentado estar contigo… Me he hundido cada vez más… ¡Es inútil!

-¡No digas eso! ¡No digas eso! Rechaza el abatimiento.

Dios lo puede todo. Abrázate a Dios. ¡Judas! ¡Judas!

-¡Calla! Que no lo oigan los demás…

-¿Y te preocupas de los demás y no de tu espíritu? ¡Mísero Judas! …

Jesús deja de hablar. Pero permanece al lado del apóstol, hasta que la mujer, que iba algunos metros más adelante, entra en una casa que ahora se ve dentro de una espesura de olivos. Entonces dice Jesús a su discípulo:

-No voy a dormir esta noche. Voy a orar por ti y a esperarte… Que Dios hable a tu corazón. Y tú escúchalo… Me quedaré aquí, donde estoy ahora, a orar.
Hasta el alba… Recuérdalo…

Judas no le responde. Entretanto han llegado los otros y las mujeres, y se detienen todos, a la espera de que vuelva la samaritana. No tarda mucho en volver. Viene con otra mujer, que se le parece, y que los saluda diciendo:

-No tengo muchas habitaciones porque ya están aquí los que recogen, que por ahora trabajan en los olivos. Pero el granero que tengo es grande y hay mucha paja en él. Para las mujeres tengo sitio. Venid.

-¡Id! Yo me quedo en oración. La paz a todos vosotros -dice Jesús, mientras los otros se marchan, Él retiene a su Madre y le dice:

-Me quedo a orar por Judas, Madre mía. Ayúdame tú también…

-Te ayudaré, Hijo mío. ¿Es que renace en él la voluntad?
-No, Mamá. Pero nosotros debemos hacer como si… ¡El Cielo lo puede todo, Mamá!

-Sí. Y yo todavía puedo hacerme ilusiones. Tú, no, Hijo mío. Tú sabes las cosas. ¡Santo Hijo mío! Pero te imitaré siempre. ¡Queda tranquilo, amor mío! Incluso cuando Tú no puedas ya dirigirle la palabra porque él te rehúya, trataré de llevarlo a ti. Y conque el Padre Santísimo escuche mi dolor… ¿Me dejas estar contigo, Jesús? Haremos oración juntos… y serán muchas horas en que te tendré sólo para mí…

-Quédate, Mamá. Te espero aquí.

María va ligera, y ligera vuelve. Se sientan encima de sus talegos, al pie de los olivos. En medio del gran silencio reinante, se oye el susurro del río poco lejano, y el canto de los grillos parece fuerte en medio de esta noche profundamente enmudecida. Luego cantan los ruiseñores, ríe una lechuza, llora un mochuelo. Y las estrellas transitan lentas en el firmamento, reinas ahora que la Luna, habiéndose ocultado, ha dejado de ofuscarlas.

Y luego un gallo rasga el aire quieto con su agudo reclamo. Mucho más lejos, apenas perceptible, otro gallo responde. Y otra vez el silencio, roto ahora por el arpegio de gotas de relente condensado que caen de las tejas de la casa cercana al enlosado que la rodea.

Y luego un frufrú nuevo entre las frondas, como sacudiéndose éstas la humedad nocturna, y el aislado silbar de un pájaro que se despereza, y, al mismo tiempo, un cambio en el cielo, la luz que se despierta: raya el alba… Y Judas no ha venido…

Jesús mira a su Madre, blanca como una azucena contra el olivo oscuro, y le dice:

-Hemos orado, Madre. Dios usará nuestra oración.
-Sí, Hijo mío. Estás pálido como la muerte. ¡Verdaderamente, tu vitalidad se ha derramado toda en esta noche, presionando en las puertas de los Cielos y en los decretos de Dios!

-Tú también estás pálida, Madre. Grande es tu esfuerzo.
-Grande es mi dolor por tu dolor.

La puerta de la casa se abre; con cautela la abren… Jesús se estremece. Pero es sólo la mujer que los ha llevado allí la que sale sin hacer ruido. Jesús emite un suspiro: -¡He tenido la esperanza de haberme podido equivocar!

La mujer se acerca con su cesto vacío. Ve a Jesús. Lo saluda. Seguiría adelante, pero Él la llama. Le dice:
-El Señor te lo pague todo. Yo también quisiera hacerlo, pero no traigo nada conmigo.

-No querría nada, Rabí. Ningún pago. Una cosa sí querría, que no es dinero, una cosa que sí me puedes dar.
-¿Qué, mujer?

-Que el corazón de mi marido cambiara. Es algo que Tú puedes hacer, porque verdaderamente eres el Santo de Díos.

-Ve en paz. Recibirás esto que deseas. Adiós.
La mujer se marcha ligera en dirección a su casa, que debe ser muy triste.

María comenta:

-Otra desdichada. ¡Por eso es buena!…

Se asoma en el granero la cabeza despeinada de Pedro, y, desde la suya, la luminosa de Juan; luego, el grave perfil de Judas Tadeo y el rostro de morena tez del Zelote, y la cara delgada del jovencito Benjamín… Todos están despiertos.

Ahora salen de la casa primera, María de Magdala; luego Nique y después las otras. Cuado están todos reunidos y la mujer que les ha ofrecido hospedaje ha traído una colodra de leche todavía espumosa, aparece el Iscariote.

Ya no tiene la venda. Pero el livor del golpe le tiñe la mitad de la frente, y su mirada aparece, bajo el arco violáceo, aún más sombrío.

Jesús lo mira. Judas mira a Jesús, y vuelve la cabeza hacia otra parte. Jesús le dice:

-Cómprale a la mujer lo que pueda darnos y luego alcánzanos.

Y, en efecto, Jesús saluda a la mujer y se pone en marcha. Todos lo siguen.

574- En Enón, rescatado y acogido el pastorcillo Benjamín. Hacia Tersa

Enón, un puñado de casas, está más arriba, hacia el Norte. Conserva el lugar en que estuvo Juan el Bautista: es una gruta rodeada de exuberante vegetación.

Poco distantes, unos manantiales gotean, para formar después un regato bien nutrido de aguas que van hacia el Jordán. Jesús está solo, sentado fuera de la gruta, en el lugar en que se despidió de su primo.

La aurora apenas pone rosicler el oriente y las frondas se desadormecen con los trinos de los pájaros que se despiertan. Balidos llegan de los apriscos de Enón. Un rebuzno rasga ambiente sereno.

Rumor confuso de pasitos por el sendero. Pasa un rebaño de cabras guiadas por un adolescente que, titubeante, se detiene un momento a mirar a Jesús. Luego se marcha. Pero, al cabo de poco, vuelve, porque una cabrita se ha emperrado en quedarse ahí, observando a ese hombre al que no estaba acostumbrada a ver en ese lugar y que ahora extiende su larga mano para ofrecerle un tallo de mejorana y le acaricia su cabeza inteligente.

El pastorcillo titubea. No sabe si alejar al animal o dejar que Jesús lo acaricie, sonriendo, como contento de que sin temor haya ido a acurrucarse a sus pies y le haya puesto la cabeza en las rodillas. También las otras cabras vuelven, comiendo la hierba tachonada de florecillas.

El pastorcillo pregunta:

-¿Quieres leche? No he ordeñado todavía a dos cabras rebeldes, que si no están bien llenas de comida amochan al que les aprieta en el pecho; son iguales que su amo, que si no está bien lleno de ganancias, nos da de palos.
-¿Eres siervo, pastor?

-Soy huérfano. Estoy solo. Y soy siervo. Él es pariente mío porque es el marido de la hermana de la madre de mi madre. Y mientras vivía Raquel… Pero hace muchos meses que murió… Y yo soy muy infeliz… ¡Tómame contigo! Estoy acostumbrado a vivir de nada… Te serviré… Un poco de pan me basta como paga. Tampoco aquí tengo nada…

Si me pagara, me iría. Pero dice: "¿Tu dinero? No. Me lo quedo yo, porque te visto y te doy de comer". ¡Me viste!
Ya lo ves. ¡Me da de comer!… Mírame… Y éstos
son los palos… Mi pan de ayer, éste…

Enseña unos cardenales en los brazos y hombros delgadísimos.

-¿Qué habías hecho?
-Nada. Tus compañeros, los discípulos quiero decir, hablaban del Reino de los Cielos, y yo estaba escuchando… Era sábado. Aunque no trabajara, no estaba ocioso, porque era sábado… Me pegó fuerte, tanto que… que no quiero seguir con él. Tómame contigo. Si no huyo…

He venido adrede aquí esta mañana. Tenía miedo de hablar. Pero Tú eres bueno y hablo.

-¿Y el rebaño? No querrás huir con él, claro…
-Lo llevo al aprisco… El hombre, dentro de poco, irá al bosque para cortar leña… Yo llevo el rebaño y huyo.

¡Tómame contigo!

-¿Pero tú sabes quién soy?
-¡Eres el Cristo! El Rey del Reino de los Cielos. El que te sigue es feliz en la otra vida. Aquí nunca he tenido alegría… pero, no me rechaces… que tenga alegría allí… Llora echado a los píes de Jesús, cerca de la cabrita.

-¿Cómo me conoces tan bien? ¿Es que me has oído hablar?
-No. Sé desde ayer que aquí, donde estaba el Bautista, estabas Tú. Pero alguna vez pasaban por Enón discípulos tuyos. Les he oído a ellos. Se llaman Matías, Juan, Simeón, y estaban a menudo porque Juan el Bautista había sido su maestro antes de ti. Y luego Isaac… En Isaac yo sentía a mi padre y a mi madre. Isaac quería liberarme del patrón, y dio dinero. ¡Pero él! Cogió el dinero, eso sí, pero luego no me libertó, y se burló de tu discípulo.

-Sabes muchas cosas. Pero ¿sabes a dónde voy?
-A Jerusalén. Pero no llevo escrito en la cara que sea de Enón.

-Voy más lejos. Pronto me marcharé y no podré tomarte conmigo.

-Tómame el poco tiempo que puedas.
-¿Y luego?
-Y luego… Lloraré, pero iré con los de Juan, que fueron los primeros que dijeron a este pobre muchacho que la alegría que los hombres no dan en la Tierra la da Dios en el Cielo a quien ha tenido buena voluntad. Yo, por tenerla, me he llevado muchos palos y he pasado mucha hambre, pidiendo a Dios que me diera esta paz. Ya ves que he tenido buena voluntad…

Pero ahora, si me rechazas… ya no podré tener esperanza… Llora quedo, suplicando a
Jesús más que con los labios con los ojos llorosos.

-No tengo dinero para tu rescate. Ni sé si tu patrón daría el consentimiento.

-Pero ya han pagado por mí. Tengo testigos. Elí, Leví y Jonás lo vieron, y se enfadaron con el hombre. ¡Y son los más importantes de Enón, eh!

-Sí es así… Vamos. Levántate y ven.
-¿A dónde?
-Donde tu patrón.

-¡Tengo miedo! Ve Tú solo. Está allí, en aquel monte, entre los árboles cortando madera. Yo espero aquí.

-No tengas miedo. Mira, vienen mis discípulos. Seremos muchos para él. No te hará ningún daño. Levántate. Iremos a Enón, a buscar a los tres testigos y luego vamos donde tu patrón. Dame la mano. Después te confiaré a los discípulos que conoces. ¿Cómo te llamas?

-Benjamín.
-Tengo otros dos pequeños amigos que se llaman así. Tú serás el tercero.
-¿Amigo? ¡Demasiado! Soy siervo.
-Del Señor Altísimo. De Jesús de Nazaret eres el amigo. Ven. Recoge el rebaño y vamos.

Jesús se levanta y, mientras el pastorcito reúne y empuja a las cabras reacias hacia el camino de regreso, hace señas a los apóstoles (que vienen por el sendero y miran hacia Jesús) de que se apresuren. Ellos aceleran el paso.

Mas ya el rebaño está en camino y Jesús, con el pastorcito de la mano, va hacia ellos…

-¡Señor! ¿Te has hecho pastor de cabras? Verdaderamente Samaria puede ser llamada la cabra… Pero Tú…

-Yo soy el Buen Pastor y transformo las cabras en corderos. Además, todos los niños son corderos, y éste es poco más que niño».

-¿No es el niño al que aquel hombre se llevó ayer con tan malos modales? -dice Mateo observándolo.

-Creo que es él. ¿Eres tú?
-Soy yo.

-¡Oh, pobre muchacho! ¡Tu padre está claro que no te quiere! -dice Pedro.

-Mí patrón. No tengo más padre que a Dios.
-Sí. Los discípulos de Juan instruyeron su ignorancia y confortaron su corazón, y en el momento preciso el Padre de todos hizo que nos encontráramos. Vamos a Enón para tomar con nosotros a tres testigos, y luego vamos donde su patrón… ­dice Jesús.

-¿Para que nos dé al muchacho? ¿Y dónde está el dinero? María ha distribuido lo último que tenía… -observa Pedro.

-No hay necesidad de dinero. No es esclavo y ya han dado dinero para que el patrón lo deje libre. Lo dio Isaac, que sintió compasión del niño.

-¿Y por qué no recibió el niño?
-Porque muchos son los burladores de Dios y del prójimo.

Ahí está mi Madre con las mujeres. Id a decirles que no sigan viniendo.

Santiago de Zebedeo y Andrés se echan a correr, raudos como gacelas. Jesús acelera el paso hacia su Madre y las discípulas, y cuando llega ellas ya saben y observan con compasión al jovencito.

Regresan a buen paso hacia Enón. Entran. Van, guiados por el muchacho, a la casa de Elí, que es un hombre añoso, de ojos enturbiados por los años, pero todavía vigoroso. De joven debió ser robusto como una encina de estos lugares.
-Elí, el Rabí de Nazaret me toma consigo si…

-¿Te toma consigo? Obra mejor no podría hacer. Estando aquí acabarías haciéndote malo. El corazón se endurece cuando dura demasiado la injusticia. Y es demasiado dura.

¿Lo has encontrado? El Altísimo, entonces, escucha tu llanto, aunque sea llanto de un niño samaritano. Dichoso tú, entonces, que por la edad careces de cadenas y puedes seguir a la Verdad sin que nada te retenga, ni siquiera la voluntad de un padre o de una madre. Lo que durante tantos años parecía un castigo ahora se muestra como providencia. Dios es bueno. Pero ¿qué quieres de mí, que has venido aquí? ¿Mi bendición? Como Anciano del lugar, te la doy.

-Tu bendición quiero. Porque eres bueno. Y también he venido para que tú, con Leví y Jonás, vinierais, junto con el Rabí, donde mi patrón, para que no pida más dinero.

-¿Pero dónde está el Rabí? Soy viejo y veo poco, y reconozco sólo a los que conozco mucho. No conozco al Rabí.

-Aquí está. Delante de ti.
-¿Aquí? ¡Poder eterno!

El anciano se levanta y se inclina ante Jesús diciendo:
-Perdona a este viejo de ojos empañados. Yo te saludo, porque sólo uno es justo en todo Israel. Y eres Tú. Vamos.

Leví está ocupado con una tina, en su huerto, y Jonás dedicado a sus quesos.

E1 anciano se endereza -es tan alto como Jesús, a pesar de que la edad lo encorve-y se encamina, bordeando la tapia, evitando, con la ayuda de su bastón, los posibles tropiezos del camino.

Jesús, que lo ha saludado con su paz, le ayuda en un punto en que tres rudimentales peldaños hacen peligroso el camino para un semiciego. Antes de empezar a andar, Jesús había dicho a las discípulas que lo esperaran en ese lugar. Benjamín, entretanto, va a su redil.
El anciano dice:

-Eres bueno. Pero Alejandro es un desalmado. Es un lobo. No sé si… Pero mi caudal llega a poderte dar dinero por Benjamín, si Alejandro quiere más. Mis hijos no tienen necesidad de mi dinero. Yo ya estoy cerca del siglo y el dinero no sirve para la otra vida; una acción de humanidad, sí, tiene valor…

-¿Por qué no lo has hecho antes?

-No me reprendas, Rabí. Yo daba comida al niño y lo confortaba, para que no acabara siendo un malhechor.

Alejandro es capaz de transformar a una tortolita en animal feroz. Pero no podía, ninguno podía, quitarle el niño. Tú… te marchas lejos. Pero nosotros… nos quedamos aquí, y tememos sus venganzas. Un día, uno de Enón se interpuso porque Alejandro estaba borracho y estaba pegando salvajemente al niño, y él, no sé cómo, logró envenenarle el rebaño.

-¿No es un mal pensamiento?

-No. Esperó muchos meses. A que llegara el invierno, cuando las ovejas están en el aprisco. Y envenenó el agua del pilón. Bebieron. Se hincharon. Murieron. Todas. Somos todos pastores aquí, y comprendimos lo que había pasado…

Para mayor seguridad, se puso aquella carne como comida a un perro, y el perro murió. Y alguien había visto a Alejandro entrar furtivamente en el aprisco. ¡Sí, es un malhechor! Nosotros le tenemos miedo… Es cruel. Por la noche, siempre borracho. Despiadado con todos los suyos.

Ahora que todos se han muerto, tortura al muchacho.

-Pues entonces no vengas si…».

-¡No! Voy. La verdad se debe decir. ¡Ah!, oigo el sonido del martillo. Es Leví. Y, junto a un seto, llama con voz fuerte:

-¡Leví! ¡Leví! Sale un anciano menos viejo que el primero, ceñidas las vestiduras y con un mazo en la mano. Saluda a Elí y le pregunta:

-¿Qué quieres, amigo?

-Aquí a mi lado está el Rabí de Galilea. Ha venido a tomar consigo a Benjamín. Ven, que en el bosque está Alejandro. A testificar que ya recibió de aquel discípulo aquel dinero por Benjamín.

-Voy. Siempre me decían que el Rabí era bueno. Ahora lo creo. ¡Paz a ti!

Deja el mazo, grita a no sé quién que lo espere, y se marcha con Elí y Jesús.

Pronto llegan al aprisco de Jonás. Lo llaman. Explican…
-Voy. Tú -ordena a un mozo -sigue con el trabajo.

Se seca las manos en un paño que luego deja en una estaca, y sigue a Jesús, después de haberlo saludado, junto con Leví y Elí.

Jesús va hablando con el primer anciano. Le dice:
-Eres un hombre justo. Dios te dará paz.
-Lo espero. ¡El Señor es justo! No tengo la culpa de haber nacido en Samaria…

-No tienes culpa de ello. En la otra vida no hay fronteras para los justos. Sólo la culpa alza una separación entre el Cielo y el Abismo.

-Es verdad. ¡Cuánto me gustaría verte! Tu voz es dulce, y delicada es tu mano guiando a este viejo ciego. Delicada y fuerte. Parece la de mi hijo predilecto, Elí como yo, hijo de mi hijo José. Si tu figura es como tu mano, dichoso quien te ve.

-Mejor es oírme que verme: hace más santo el espíritu.
-Es verdad. Yo escucho a los que hablan de ti. Pero pasan sólo de vez en cuando… Pero ¿no es esto ruido de hachas contra troncos?
-Lo es.

-Entonces… Alejandro está aquí cerca… Llámalo.

-Sí. Vosotros quedaos aquí. Si me arreglo Yo solo, no os llamo. No aparezcáis si no os llamo.

Se adelanta y llama con voz fuerte.

-¿Quién es? ¿Quién eres? -dice un hombre anciano, robustísimo, de facciones duras y pecho y extremidades de luchador. Un golpe de esas manos debe ser como un golpe de clava: brutal.

-Soy yo. Un desconocido que te conoce. Vengo a tomar lo que es mío.

-¿Tuyo? ¡Ja! ¡Ja! ¿Qué es tuyo en este bosque mío?
-Nada del bosque. De tu casa. Benjamín es mío.
-¡Tú estás loco! Benjamín es mi siervo.

-Y también pariente. Y tú eres su cómitre. Un enviado mío te dio el dinero que pedías por el rescate del muchacho. Cogiste el dinero y te negaste a entregar al muchacho. Mi enviado, hombre de paz, no reaccionó. Yo vengo ahora movido por la justicia.

-Tu enviado se habrá bebido el dinero. No he recibido nada. Y me quedo con Benjamín. Lo aprecio.
-No. Lo odias. Tu amor está en el salario que no le das. No mientas. Dios castiga a los que mienten.

-Yo no he recibido dinero. Si has hablado con mi siervo, has de saber que es un astuto embustero. Y voy a pegarle por calumniarme. ¡Adiós! -le da la espalda y hace ademán de marcharse.

-Cuidado, Alejandro, que Dios está presente. No desafíes su bondad.

-¡Dios! ¿Dios tiene que tutelar mis intereses, acaso? Yo soy el único que los debe tutelar, y los tutelo.
-¡Cuidado!

-¿Pero quién eres, miserable galileo? ¿Cómo te atreves a echarme algo en cara? No te conozco.

-Me conoces. Soy el Rabí de Galilea y…
-¡Ah! ¡Sí! Y crees que me das miedo. Yo no temo ni a Dios ni a Belcebú. ¿Y pretendes que te tema a ti, un loco?

¡Vete, vete! Déjame trabajar. Te he dicho que te marches. No me mires. ¿Crees que tus ojos me pueden meter miedo? ¿Qué quieres ver?

-Tus delitos no, porque los conozco todos. Todos. Incluso los que ninguno conoce. Lo que quiero es ver si no comprendes siquiera que ésta es la última hora de misericordia que Dios te da para arrepentirte. Quiero ver si el remordimiento no surge y te abre ese corazón de piedra; si…

El hombre, que tiene el hacha en la mano, la lanza contra Jesús, que se agacha rápido. El hacha describe un arco por encima de su cabeza y va contra una joven encina, que queda cortada de un tajo y cae acompañada de fuerte ruido de vegetación y batir de alas de pájaros asustados.

Los tres que están escondidos cerca salen al improviso, gritando, temiendo que también Jesús haya sido alcanzado por el hacha. El que no ve grita:

-¡Oh, ver! ¡Ver si realmente no ha sido herido! ¡La vista sólo para esto, Dios Eterno!

Y, sordo a todas las afirmaciones los otros, avanza, dando tumbos porque ha perdido el bastón, y quiere tocar a Jesús para sentir si no sangra por alguna parte del cuerpo, y gime:

-Un rayo de luz clara, y luego las tinieblas. Pero ver, ver, sin este velo que apenas me concede adivinar los obstáculos…

-No tengo nada, padre. Tócame -dice Jesús, tocándolo y dejándose tocar.

Entretanto, los otros dos dirigen duras palabras al bruto, y le echan en cara culpas y mentiras. Él, ya sin hacha, saca un cuchillo y arremete, blasfemo contra Dios, burlón contra el ciego, amenazador contra los otros, verdaderamente similar a una fiera enfurecida. Pero se tambalea, se para, deja caer el puñal, se restriega los ojos, los abre, los cierra, y lanza un tremendo grito:

-¡No veo! ¡Auxilio! ¡Mis ojos!… Las tinieblas… ¿Quién me salva?

Gritan también los otros. De estupor. Y… se burlan de él, diciendo:

-Dios te ha escuchado. En efecto, entre sus blasfemias, se oían éstas: «Que Dios me ciegue si miento y si he pecado. ¡Que me quede ciego antes que adorar a un loco nazareno! Y a vosotros… me vengaré y partiré en dos a Benjamín como a ese árbol… Y se burlan de él diciendo también:

-Véngate ahora…

-No seáis como él. No odiéis -aconseja Jesús, y acaricia al anciano añoso, que no se preocupa de nada sino de la incolumidad de Jesús, y para tranquilizarle dice: -¡Alza la cara! ¡Mira!

El milagro se cumple. Como antes para el violento las tinieblas, ahora para el justo la luz. Y el grito que ahora se alza entre los robustos árboles es distinto, dichoso: « ¡Veo! ¡Mis ojos! ¡La Luz! ¡Bendito seas!» -y el anciano mira fijamente a Jesús con ojos bien claros por nueva vida, y luego se postra para besar sus pies.

-Vamos nosotros dos. Vosotros llevaréis a Enón a este desdichado. Sed compasivos porque Dios ya lo ha castigado. Y basta Dios. El hombre debe ser bueno ante cualquier desgracia.

-Toma contigo al niño, y las ovejas, el bosque, la casa, el dinero. Pero devuélveme la vista. No puedo quedarme así.

-No puedo. Te dejo todo aquello por lo que te hiciste pecador. Tomo conmigo al inocente porque ya ha padecido el martirio. Que en las tinieblas pueda tu alma abrirse a la Luz.

Jesús saluda a Leví y Jonás y baja raudo con el anciano añoso, que parece rejuvenecido y que cuando llega a las primeras casas grita su alegría… Toda Enón se agita…
Jesús se abre paso. Va donde el pastorcito, que está con los apóstoles, y dice: -¡Ven! Vamos, que en Tersa nos esperan.

-¿Libre? ¿Libre? ¿Contigo? ¡Oh! ¡No creía…! Me despido de Elí. ¿Y los otros? El muchacho está inquieto…
Elí lo besa y bendice, y le dice:
-Y perdona al desdichado.

-¿Por qué? Perdonar, sí. Pero, ¿por qué, desdichado?
-Porque blasfemó contra el Señor y la luz se apagó en sus ojos. Ninguno de nosotros tendrá motivo para temerle. Está en las tinieblas y en el quebranto. ¡Tremendo poder de Dios!…

El anciano, con los brazos levantados, mirando hacia el cielo, pensativo por lo que ha visto, parece un profeta inspirado.

Jesús se despide de él y se abre paso entre la pequeña muchedumbre inquieta. Se marcha. Detrás de Él, los apóstoles y las discípulas; y también se marcha Benjamín, con el saludo de las mujeres, que quieren ofrecer algún detalle al que ha sido amado con predilección por el Señor: una pieza de fruta, una bolsa, un pan, una túnica… lo que encuentran a mano. Y él, feliz, se despide de ellas, les da las gracias, dice:

-¡Siempre buenas conmigo! Lo recordaré. Oraré por vosotras. Mandad a vuestros hijos al Señor. Es hermoso estar con Él. Es la Vida. ¡Adiós! ¡Adiós!…
Enón queda atrás. Bajan hacia el Jordán, hacia la llanura del valle del Jordán, hacia nuevos acontecimientos desconocidos todavía…

Pero el niño no se vuelve para mirar. No hace comentarios. No piensa. No suspira. Sonríe. Mira a Jesús, allá, delante de todos, verdadero Pastor seguido por su rebaño, por ese rebaño del que ahora él, e1 pobre muchacho, también forma parte… Y de improviso canta, a voz en grito…
Sonríen los apóstoles diciendo:

-El muchacho se siente feliz.
Sonríen las mujeres diciendo:
-El ave prisionera ha vuelto a encontrar libertad y nido.
Sonríe Jesús volviéndose para mirarlo, y su sonrisa, como siempre, parece hacer todo más luminoso, y lo llama diciendo:

-Ven aquí, corderito de Dios. Quiero enseñarte una bella canción.

Y entona, seguido por los otros, el salmo: «El Señor es mi Pastor. Nada me faltará. Me ha puesto en un lugar de abundantes pastos» etc. (salmo 22 que en la Neovulgata es el 23). La hermosísima voz de Jesús se extiende por la campiña feraz, una voz tan potente por su carga de alegría, que resalta sobre las otras, incluso sobre las mejores.

-Se siente feliz tu Hijo, María -dice María de Alfeo.
-Sí, se siente feliz. Todavía le queda algo de alegría…
-Ningún viaje es infructífero. Jesús pasa derramando gracias, y siempre hay alguno que verdaderamente encuentra al Salvador. ¿Recuerdas aquel atardecer en Belén de Galilea? -pregunta María de Magdala.

-Sí. Pero no quisiera recordar a aquellos leprosos, ni a este ciego…

-Tú perdonarías siempre. ¡Eres muy buena! Pero también es necesaria la justicia -observa María Salomé.

-Es necesaria. Pero buena cosa es para nosotros que sea mayor la misericordia -interviene de nuevo María Magdalena.

-Tú puedes decir eso, pero María… -responde Juana.

-María no quiere otra cosa sino perdón, aunque Ella no lo necesita. ¿No es verdad, María? -dice Susana.

-No quisiera otra cosa sino perdón. Sí, sólo perdón. Ya el hecho de ser malo debe ser un terrible sufrimiento… -y suspira al decirlo.

-¿Tú perdonarías a todos? ¿Sin excepción alguna? Y… ¿sería justo hacerlo? Hay quien se obstina en el mal y echa a perder todo género de perdón burlándose de él por tacharlo de debilidad -dice Marta.

-Yo perdonaría. Por mí perdonaría. No por necedad, sino porque a todas las almas las veo como a un niño más o menos bueno, como a un hijo… Una madre siempre perdona… aunque diga: "La justicia requiere un justo castigo". Si una madre pudiera morir por engendrar un corazón nuevo, bueno, para el hijo malo, ¿vosotras creéis que no lo haría? Pero no se puede.

Hay corazones que rechazan toda ayuda… Y yo pienso que incluso a ésos la piedad ha de concederles perdón. Porque ya grande es el peso que tienen en su corazón: el de sus culpas, el del rigor de Dios… ¡Oh, perdonemos, perdonemos a los culpables!… ¡Ah… si quisiera Dios acoger nuestro absoluto perdón para disminuir la deuda de los culpables!…

-¿Pero por qué lloras siempre, María, incluso ahora que tu Hijo ha tenido un momento de alegría? -dice, no sin tono de queja, María de Alfeo.

-No ha sido alegría completa, porque el culpable no se ha arrepentido. La alegría de Jesús es completa cuando puede redimir…

Y no sé por qué Nique, que ha estado siempre callada, de improviso dice: -Dentro de poco estaremos de nuevo con Judas de Keriot.

Las mujeres se miran, como si esta frase sencilla fuera una cosa extraordinaria, como si detrás de ella se escondiera… no sé, algo grande. Pero ninguna dice nada.
Jesús se ha parado en un olivar hermosísimo. Se paran todos. Jesús bendice y parte el alimento, y lo reparte.

Benjamín mira todo lo que le han dado y pone orden en ello: túnicas demasiado largas o demasiado anchas, sandalias no adecuadas para su pie, almendras todavía con su cáscara verde, las últimas nueces, un quesito, algunas manzanas rugosas, un cuchillito. Está contento con sus tesoros. Ofrece lo de comer, y las prendas de vestir las dobla y dice:

-Me pondré la más bonita para Pascua.
María de Alfeo promete:
-En Betania te la arreglaré perfectamente. De momento deja ésta fuera. En Tersa se le podrá dar un agua y más adelante habrá hilo para componerla. Respecto a las sandalias… no sé qué solución encontrar.
-Se dan éstas al primer pobre que encontremos y que tenga un pie tan grande, y se compra un par nuevo en Tersa -dice tranquilamente María de Magdala.

-¿Con qué dinero, hermana? -le pregunta Marta.
-¡Ah, es verdad! No tenemos ya una perra… Pero Judas tiene dinero… Así Benjamín no puede recorrer mucho camino. Y además, ¡pobre niño! Su alma ha recibido la gran alegría, pero también su humanidad debe recibir una sonrisa… Ciertas cosas agradan.

Susana, joven y alegre, ríe diciendo:
-¡Hablas como si supieras por experiencia que un par de sandalias nuevas constituyen la alegría de uno que no las haya tenido nunca!

-Es verdad. Pero es porque en realidad sé lo que puede agradar un vestido seco cuando estamos mojados, y uno fresco cuando sólo se tiene uno. Yo lo recuerdo…
Y reclina la cabeza en el hombro de María Santísima diciendo:

-¿Te acuerdas, Madre? -y la besa con ternura.
Jesús da la orden de reanudar la marcha, para estar en Tersa antes del anochecer: -Estarán preocupados aquellos dos, que no saben…

-¿Quieres que nos adelantemos y les digamos que estás llegando? -propone Santiago de Alfeo.
-Sí. Id todos menos Juan y Santiago y mi hermano Judas.

Tersa no está lejos… Id, pues. Preguntad por Judas y Elisa y, entretanto id preparando los lugares para nosotros, porque, habiendo tardado tanto y trayendo con nosotros a las mujeres, conviene que nos quedemos por la noche… Nosotros, entretanto, os seguiremos. Esperad junto a las primeras casas…

Los ocho apóstoles se marchan raudos, y Jesús, más lentamente, los sigue.

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