por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús está detrás del Templo, cerca de la puerta del Rebaño, fuera de la ciudad.
Lo acompañan, desolados aunque también encorajinados, los apóstoles y los discípulos pastores (menos Leví). No veo a ningún otro de los discípulos que estaban antes en el Templo con Él.
Tienen una controversia. Es más, podría decir que no sólo están en desacuerdo entre sí, sino que lo están también con Jesús, y de manera especial con Judas de Keriot.
A éste le echan en cara las iras de los judíos, y lo hacen con mucha mordacidad. Judas les deja hablar y repite:
-Yo hablé con fariseos, escribas y sacerdotes, y ni uno de ellos estaba entre la gente.
A Jesús le reprochan el no haber cortado la discusión después de haberla hecho cesar una primera vez. Y Jesús responde:
-Debía completar mi manifestación.
Y también están en desacuerdo respecto a dónde ir, ahora que el sábado está próximo y que son días de fiesta. Simón Pedro propone donde José de Arimatea, puesto que Betania no es lugar para ir a crear incomodidades, especialmente después de que Jesús ha declarado que ya no se debe ir allí.
Tomás responde:
-No está José, y tampoco Nicodemo. Están fuera. Por la fiesta. Los saludé ayer cuando esperábamos a Judas y me lo dijeron.
-A casa de Nique, entonces -propone Mateo.
-Está en Jericó por la fiesta -responde Felipe.
-A casa de José de Seforí -dice Santiago de Alfeo.
-¡Mmm! José… No le haríamos ningún regalo. Ha tenido una serie de problemas y… ¡sí, hombre, lo digo!… y… venera al Maestro, pero desea la propia paz. Parece una barca pillada entre dos corrientes opuestas… y, para mantenerse a flote… tiene en cuenta todos los lastres. Incluso por lo que se refiere al pequeño Marcial… tanto es así, que se ha quedado muy a gusto pasándoselo a José de Arimatea -dice Pedro.
-¡Ah, por eso ayer estaba con él! -exclama Andrés.
-Ya, claro. Por eso es mejor dejarle recuperar la calma en un puertecito seguro… ¡Claro, la gente no es muy valiente, y el Sanedrín da miedo a todos! -añade Pedro.
-Te ruego que hables por ti. Yo no tengo miedo a nadie -dice Judas Iscariote.
-Y yo tampoco. Por defender al Maestro desafiaría a todas las legiones. Pero nosotros somos nosotros… Los demás… Bueno, pues tienen negocios, casas, mujeres, hijas… Y entonces consideran estas cosas.
-Nosotros también las tenemos, entonces -observa Bartolomé.
-Pero nosotros somos los apóstoles y…
-Y sois iguales que los demás. No critiquéis a nadie porque la prueba no ha venido todavía -dice Jesús.
-¿No ha venido? ¿Y qué otras cosas quieres, más de las que hemos pasado ya? ¡Y habrás visto cómo te he defendido hoy! Todos te hemos defendido. ¡Pero yo más que ninguno! ¡He
abierto paso con unos empujones que habrían botado una barca!… ¡Una idea! Vamos a Nob. ¡El anciano se sentirá contento!
-Sí, sí, a Nob -aprueban todos.
-Juan no está. Haríais el camino en balde. A Nob podéis ir, pero no a casa de Juan.
-¿Podéis? ¿Y Tú no puedes?
-No quiero, Simón de Jonás. Yo tengo ya dónde ir para estas noches de Encenias. Pero, fuera de la escena Yo, vosotros podéis estar tranquilos en cualquier lugar. Por eso os digo: id a donde queráis. Yo os bendigo. Os recuerdo que estéis unidos, física y espiritualmente, sujetos a Pedro, vuestra cabeza; pero no como a un amo, sino como a un hermano mayor. En cuanto Leví regrese con mi bolsa, nos separaremos.
-¡Eso no, mi Señor! ¡Nunca sucederá que te deje ir solo! -exclama Pedro.
-Siempre sucederá, si Yo lo quiero, Simón de Jonás. Pero no temas. No estaré en la ciudad. Ninguno que no sea ángel o demonio descubrirá mi refugio.
-Y es bueno. Porque hay demasiados demonios que te odian. ¡Te digo que no irás solo!
-También hay ángeles, Simón; e iré.
-¿Pero a dónde? ¿Pero a qué casa, si has rechazado las mejores, o por voluntad tuya o por las circunstancias? ¿Porque no querrás estar en esta estación del año en alguna gruta en los montes?
-¿Y si así fuera? Siempre serían menos gélidas que los corazones de los hombres que no me aman -dice, casi a sí mismo, Jesús, inclinando la cabeza para esconder visos de llanto en los ojos.
-Ahí está Leví. Viene corriendo -dice Andrés, que mira desde el borde del camino.
-Entonces démonos la paz y vamos a separarnos. Si queréis ir a Nob, tenéis el tiempo justo antes de la puesta del sol.
Leví llega jadeante:
-Te buscan por todas partes, Maestro… Me lo han dicho los que te quieren… Han estado en muchas casas, especialmente de gente modesta…
-¿Te han visto? -pregunta Santiago de Zebedeo.
-Claro. Incluso me han parado. Pero yo, que ya estaba al corriente, he dicho:
"Voy a Gabaón" y he salido por la puerta de Damasco y he corrido por detrás de las murallas… No he mentido, Señor, porque yo y éstos vamos a Gabaón después del sábado. Esta noche estaremos en los campos de la ciudad de David… Son días de recuerdos para nosotros… -y mira a Jesús con sonrisa de ángel en su rostro viril y barbado, una sonrisa que le pone de nuevo las facciones de niño de la noche lejana.
-De acuerdo. Vosotros podéis marcharos. Y también vosotros. Yo también me marcho. Cada uno por su camino. Me precederéis en el pueblo de Salomón, donde estaré dentro de pocos días. Y antes de dejaros os repito las palabras que os dije antes de enviaros de dos en dos por las ciudades:
"Id, predicad, anunciad que el Reino de los Cielos está muy cercano. Curad a los enfermos, limpiad a los leprosos, resucitad a los muertos del espíritu y de la carne imponiendo en mi Nombre la resurrección del espíritu, la búsqueda de mí que es vida, o la resurrección de la muerte. Y no os ensoberbezcáis de lo que hacéis.
Evitad las controversias entre vosotros y con quien no nos ama. No exijáis nada por lo que hagáis. Preferid ir a las ovejas perdidas de la casa de Israel antes que a gentiles y samaritanos; esto no por repulsa, sino porque no estáis todavía al nivel de poder convertirlos. Dad lo que tenéis sin preocuparos del mañana. Haced todo lo que me habéis visto hacer a mí, y con el mismo espíritu mío. Mirad, os doy el poder de hacer lo que Yo hago y que quiero que hagáis para que Dios sea glorificado".
Espira su aliento sobre ellos y luego, uno a uno, los besa y los despide.
Todos se marchan sin ganas, volviéndose varias veces. Él los saluda con la mano hasta que ve que todos se han ido, luego desciende hacia el lecho del Cedrón, entre matas, y se sienta en una piedra en la orilla del agua que corre borbollando. Bebe esta agua clara y, sin duda, gélida. Se lava la cara, las manos, los pies. Luego, vestido completamente de nuevo, vuelve a sentarse. Piensa… Y no se da cuenta de lo que sucede a su alrededor, concretamente que el apóstol Juan, que estaba ya lejos con los compañeros, ha regresado solo y como Él, se oculta ahora tras una mata tupida…
Jesús está allí un rato. Luego se levanta, se pone la bolsa en bandolera y, orillando el Cedrón, entre las matas, llega al pozo de En Ro-gel, para cortar luego hacia el sudoeste hasta tomar el camino que lleva a Belén. Y Juan, a unos cien pasos más atrás, lo sigue todo arrebujado en su manto para no ser reconocido.
Van y van y van por los caminos desnudos a causa del invierno: Jesús, con su paso largo, devora el camino; Juan lo sigue con dificultad, incluso porque debe tener cautela para no ser descubierto. Dos veces Jesús se para y se vuelve. La primera, al pasar junto al pequeño collado a donde Judas fue a hablar con Caifás y compañeros. La segunda, junto a un pozo, y allí se sienta y da unos bocados a un poco de pan y luego bebe del ánfora de un hombre.
Reanuda su camino mientras el sol baja, baja, baja… Y llega el crepúsculo. Llega al sepulcro de Raquel cuando la última rojura del ocaso se apaga en una pincelada de color violado. El cielo, a Occidente, parece todo él una pérgola de glicina en flor, mientras que al Este presenta ya el puro cobalto de un frío firmamento invernal de Oriente y ya las primeras luces sidéreas se asoman al extremo límite del cielo.
Jesús acelera el paso, para hallarse como es debido antes de que la noche sea completa. Pero, llegado a un punto alto desde el que se ve enteramente la pequeña ciudad de Belén, se para, mira, suspira… Luego baja rápido. No entra en la ciudad. La rodea por las últimas casas. Va derecho a las ruinas de la casa o torre de David, al lugar en donde nació.
Pasa el regato que corre junto a la gruta, pone pie en el pequeño espacio libre que hay, y que está cubierto de hojas secas… Da una ojeada dentro de las ruinas. El lugar está vacío. Entra…
Y Juan se queda a una cierta distancia, cauto para no ser ni oído ni visto. Rebusca, mira. Encuentra, más tanteando que con la vista, otro de los establos semiderruídos.
Entra también él y enciende una lumbre en un rincón. Hay un poco de paja, un poco de pajuzo sucio, algunas ramas secas, heno en el pesebre.
Juan está contento. Monologa:
-Al menos… oiré… y… o morimos juntos o lo salvo.
Luego suspira y dice:
-¡Y nació así! Y viene aquí a llorar su dolor… Y… ¡Ah, eterno Dios, salva a tu Cristo! Me tiembla el corazón, oh Dios Altísimo, porque Él se retira siempre antes de obras grandes… ¿Y qué obra grande puede hacer, sino manifestarse como Rey Mesías? ¡Oh, todas sus palabras están dentro de mí… Yo soy un niño ignorante y comprendo poco.¡Todos comprendemos poco, oh eterno Padre nuestro! Pero tengo miedo. ¡Tengo miedo! Porque Él habla de muerte, de muerte dolorosa, de traición y de cosas horribles…
¡Tengo miedo! ¡Miedo, mi Dios! Fortalece mi corazón. Señor eterno. Fortalece mi corazón de pobre niño como, ciertamente fortaleces el de tu Hijo para las futuras vicisitudes… ¡Oh, que yo lo percibo! Ha venido aquí para esto, para sentirte más que nunca y fortalecerse en tu amor. ¡Yo hago lo mismo, oh Padre Santísimo! Ámame y haz que te ame para tener la fuerza de padecer todo sin vileza, para consuelo del Hijo tuyo.
Juan hace una larga oración, en pie, erguido, con los brazos alzados, a la luz temblorosa de dos ramas que ha encendido en el elemental hogar. Ora hasta que ve que el fuego está para apagarse. Luego se sube al ancho pesebre y se acurruca en el heno. Envuelto en el manto oscuro, envuelta la gruta en las tinieblas, Juan es, todo él, una sombra uniformada con la sombra. Hasta que un primer claror de luna se introduce por la apertura orientada a Oriente, para decir que es plena noche. Pero Juan, cansado, duerme; su respiración y el leve frufrú del regatillo son los únicos ruidos en esta noche de Diciembre.
Arriba, el cielo, con nubes ligeras heridas por la Luna, parece todo recorrido por multitud de ángeles… Pero no hay canto de ángeles. A intervalos, se responden entre las ruinas los quejumbrosos «¡cu-cú!, ¡cucú!, ¡cucú! -de los pájaros nocturnos, y de vez en cuando, acaban con esa especie de carcajada de bruja que es propia de las lechuzas, y, de lejos, viene un lamento semejante a un aullido: ¡algún perro encerrado en algún redil y que aúlla a la Luna; o algún lobo al que el viento lleva olor de presa y se golpea los ijares con la cola y aúlla de deseo, no atreviéndose a acercarse a los apriscos bien custodiados? No lo sé.
Mas luego se oye rumor de voces y pisadas y se ve una luz rojiza y trémula entre las ruinas; y aparecen, uno detrás de otro, los discípulos pastores: Matías, Juan, Leví, José, Daniel, Benjamín, Elías. Simeón. Matías mantiene alzada una rama encendida para ver el camino. Pero el que se adelanta ligero es Leví, y es el primero en introducir la cabeza en la gruta de Jesús.
Enseguida se vuelve y hace un gesto para que los otros se detengan y callen, y mira otra vez… y luego, exhibiendo hacia atrás la mano derecha, señala a los otros que vayan, y se aparta mientras tiene un dedo en los labios con gesto de silencio, para dejarles sitio, y ellos, uno tras otro, miran y, conmovidos como Leví, se retiran.
-¿Qué hacemos? -susurra Elías.
-Nos quedamos aquí contemplándolo -dice José.
-No. A nadie le es lícito violar los secretos espirituales de las almas. Vamos a retirarnos más allá -dice Matías.
-Tienes razón. Vamos a entrar en el establo contiguo. Estaremos todavía aquí, y cerca de Él -dice Leví.
-Vamos -dicen.
Pero, antes de apartarse, miran fugazmente otra vez dentro de la gruta de la Natividad y luego se retiran, conmovidos, tratando de no hacer ruido.
Pero, ya en el umbral del establo contiguo, oyen roncar a
Juan.
-Hay alguno -dice Matías deteniéndose.
-¿Qué hace? Entramos nosotros también. Si se ha refugiado aquí algún mendigo, porque está claro que es un mendigo, podemos refugiarnos también nosotros -replica Benjamín.
Entran teniendo alzada la rama encendida. Juan, hecho un ovillo en su improvisada e incómoda cama, medio tapada la cara por el pelo y el manto, sigue durmiendo. Se apartan despacio con intención de sentarse en la paja esparcida cerca del pesebre. Pero, al hacerlo, Daniel mira con más atención al durmiente y lo reconoce. Dice:
-Es el apóstol del Señor. Juan de Zebedeo. Se han refugiado aquí en oración… y el sueño ha vencido al apóstol… Retirémonos. Podría sentirse humillado por verse sorprendido durmiendo en vez de orando…
Con pocas ganas vuelven afuera, y entran en la otra pieza que está después de ésta. Es más, Simeón se queja:
-¿Por qué no estar en la entrada de su gruta y verlo de vez en cuando? Hemos estado muchos años al raso y a la luz de las estrellas para custodiar los corderos, ¿y por el Cordero de Dios no lo hacemos? ¡Bien tenemos este derecho, nosotros que lo adoramos en su primer sueño!
-Tienes razón como hombre y como adorador del Hombre-Dios. Pero ¿qué has visto mirando ahí dentro? ¿Acaso, al Hombre? No. Nosotros, sin querer, hemos apartado el triple velo extendido para guardar el misterio, hemos franqueado el umbral infranqueable, y hemos visto lo que ni siquiera el Sumo Sacerdote ve entrando en el Santo de los Santos.
Hemos visto los inefables amores de Dios con Dios. No nos es lícito espiarlos. El poder de Dios podría castigar nuestras pupilas audaces que han visto el éxtasis del Hijo de Dios. ¡Quedémonos contentos con lo que hemos recibido!
Queríamos venir aquí para pasar la noche en oración antes de alejarnos para nuestra misión. Orar y recordar la lejana noche… Y, sin embargo, ¡hemos contemplado el amor de Dios! ¡Verdaderamente nos ha amado mucho el Eterno dándonos la alegría de la contemplación del Niño y la de sufrir por Él, y la de anunciarlo al mundo como discípulos del Niño Dios y del Hombre-Dios! Ahora nos ha concedido también este misterio… ¡Bendigamos al Altísimo y no queramos más! -dice Matías, que tengo la impresión de que es el que goza de más autoridad por sabiduría y justicia, entre los pastores.
-Tienes razón. Dios nos ha amado mucho. No debemos exigir más. Samuel, José y Jonatán no han tenido sino la alegría de adorar al Niño y sufrir por Él. Jonás murió sin poder seguirlo. El mismo Isaac no está aquí para ver lo que nosotros hemos visto. Y, si hay uno que lo merece, ése es Isaac, que se consume anunciándolo -dice Juan.
-¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡Qué feliz se habría sentido Isaac de ver esto! Pero se lo contaremos -dice Daniel.
-Sí. Tenemos que recordar todo en nuestro corazón para decírselo a él -dice Elías.
-¡Y a los otros discípulos y fieles! -exclama Benjamín.
-No. No a los otros. No por egoísmo, sino por prudencia y por respeto al misterio. Si es voluntad de Dios, llegará la hora en que lo podremos decir. Por ahora debemos saber callar -dice Matías. Y hablando a Simeón:
-Tú fuiste conmigo discípulo de Juan. Recuerda cómo nos instruía sobre la prudencia sobre las cosas santas: "Si Dios un día, como ya os ha favorecido, os sigue favoreciendo con dones extraordinarios, que ello no os haga ser como ebrios charlatanes. Recordad que Dios se manifiesta a los espíritus, que están cerrados en la carne porque son gemas celestes que no deben estar expuestas a las inmundicias del mundo. Sed santos en vuestros miembros y en los sentidos para saber frenar todo instinto carnal.
Tanto en los ojos como en los oídos, tanto en la lengua como en las manos. Y santos en el pensamiento, sabiendo frenar ese orgullo que tenéis de hacer saber. Porque los sentidos y los órganos y el intelecto deben servir y no reinar; servir al espíritu, no reinar sobre el espíritu; deben tutelar, no turbar el espíritu. Por tanto, sobre los misterios de Dios en vosotros, salvo una explícita orden suya, poned el sigilo de vuestra prudencia, de la misma manera que el espíritu tiene el de la transitoria cárcel en la carne. Serían cosas completamente inútiles, malas y peligrosas, la carne y el intelecto, si no sirvieran para aportar mérito con la aflicción que les damos a ellos como respuesta a sus fómites, si no sirvieran como templo del altar sobre el que aletea la gloria de Dios: nuestro espíritu".
¿Lo recordáis? ¿Tú, Juan, y tú, Simeón? Espero que sí, porque si no recordarais las palabras de nuestro primer maestro, verdaderamente él estaría muerto para vosotros. Un maestro vive mientras su doctrina vive en sus discípulos. Y aunque luego fuera reemplazado por un maestro mayor y, para los discípulos de Jesús, reemplazado por el Maestro de los maestros-, no es nunca lícito olvidar las palabras del primero, que nos prepararon a comprender y amar con sabiduría al Cordero de Dios.
-Es verdad. Hablas con sabiduría. Te obedeceremos.
-¡Pero qué penoso es, fatigoso, resistir sin mirarlo otra vez estando tan cerca de Él! ¿Estará todavía como antes? pregunta Simeón.
-¡A saber! ¡Cómo resplandecía su cara!
-¡Más que la Luna en una noche serena!
-Su boca tenía sonrisa divina…
-Y sus pupilas manaban divino llanto…
-No decía palabras. Pero en Él todo era oración.
-¿Qué será lo que ha visto?
-A su eterno Padre. ¿Lo dudas? Sólo esa visión puede dar ese aspecto. Bueno… ¿qué digo?… ¡Más que verlo, estaba con Él, en Él! ¡El Verbo con el Pensamiento!…
¡Amándose!… ¡Ah!… -dice Leví, que parece a su vez en éxtasis.
-Pues por eso he dicho que no nos es lícito quedarnos allí. Tened en cuenta que no ha querido tener consigo ni siquiera a su apóstol…
-¡Claro! ¡Es verdad! ¡Maestro santo! ¡Necesita, más que de agua la tierra agostada, ser inundado por el amor de Dios! ¡Tanto odio en torno a El…!
-Pero también mucho amor. Yo quisiera… ¡Sí, lo hago! El Altísimo está presente. Yo me ofrezco y digo: "Señor Dios Altísimo, Dios y Padre de tu pueblo, que aceptas y consagras los corazones y los altares e inmolas las víctimas que te son gratas, descienda como un fuego tu deseo y me consuma víctima con Cristo, como Cristo y por Cristo, tu Hijo y tu Mesías, mi Dios y Maestro. En tus manos me pongo. Escucha mi oración".
Y Matías, que ha orado poniéndose en pie y con los brazos alzados, se sienta de nuevo en el montón de haces de leña que los acoge.
La Luna deja de iluminar la gruta porque ya cae hacia Occidente. Su candor ahora está sobre la campiña, no ya ahí dentro; y caras y cosas se difuminan en una sola sombra. También las palabras se hacen más escasas y los tonos de voz más bajos. Hasta que la somnolencia vence sobre la buena voluntad y se oyen sólo palabras separadas, a veces sin respuesta… El frío, que se hace punzante al ir acercándose el alba, estimula contra el sueño. Se alzan de nuevo, encienden unos ramajes, calientan sus miembros ateridos…
-¡Y Él, que está claro que no piensa en el fuego, cómo se apañará? -dice Leví (casi le castañean los dientes).
-¿Tendrá, al menos, comida? -pregunta Elías, y añade:
-Ahora sólo tenemos nuestro amor y poca y pobre comida… y hoy es sábado…
-¿Sabes qué? Ponemos toda nuestra comida en la entrada de la gruta y luego nos vamos. Nosotros siempre podremos encontrar un pan antes del anochecer, donde Raquel o donde Elichá. Y seremos la providencia de la Providencia, del Hijo de Aquel que ejerce su providencia con todos nosotros -propone José.
-Sí, sí. Hacemos un buen fuego para ver bien y calentarnos bien y luego llevamos todo allí y nos marchamos antes de que, con el alba Él o el apóstol salgan y nos vean.
A la luz del fuego vivo abren sus bolsas y sacan pan, quesos secos, alguna manzana. Luego se cargan los haces de leña y salen cautamente, mientras Matías alumbra todavía con una rama sacada del fuego. Ponen todo justo a la entrada de la gruta: los haces en el suelo; encima, el pan y los otros alimentos. Luego se retiran, cruzan el regatillo en el sentido contrario, uno detrás de otro, y se marchan ya con un primer, silencioso crepúsculo matutino rasgado al improviso por un canto de gallo.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No es posible estar parados en esta mañana fría y ventosa.
En la cima del Moria el viento que sopla en dirección nordeste arremete punzante, de forma que hace ondear los vestidos y pone rojos los ojos y las caras.
No obstante, hay gente que ha subido al Templo para las oraciones. Pero faltan completamente los rabíes con sus respectivos grupos de alumnos. Así que el pórtico parece más grande y, sobre todo, más digno, no estando esa concurrencia vociferante y pomposa, que de ordinario lo ocupa.
Debe ser cosa muy extraña verlo vacío así, porque todos se asombran como de una cosa nueva. Y Pedro se escama. Pero Tomás, que arropado como está en un amplio y grueso manto, parece aún más robusto, dice:
-Se habrán encerrado en alguna estancia por miedo a perder la voz. ¿Los añoras? -y se ríe.
-¡Yo no! ¡Ojalá no los viera nunca! Pero mi miedo es que… -y mira a Judas Iscariote, que no habla pero que aferra la mirada de Pedro y dice:
-Verdaderamente han prometido no crear más dificultades, excepto en el caso de que el Maestro los… escandalizara.
Está claro que vigilan, pero no están porque aquí ni se peca ni se daña.
-Mejor así. Y que Dios te bendiga, muchacho, si has conseguido hacerles razonar.
Es pronto todavía. En el Templo hay poca gente. Digo "poca", y es lo que parece, dadas las dimensiones del Templo, que para parecer lleno necesita masas de gente. Dos o trescientas personas ni se ven en ese complejo de patios, pórticos, atrios, corredores…
Jesús, único Maestro en el vasto Pórtico de los Paganos, camina arriba y abajo hablando con los suyos y con los discípulos que ha encontrado ya en el recinto del Templo. Responde a sus objeciones o preguntas, aclara puntos que ellos no han sabido aclararlos ni a sí mismos ni a otros.
Vienen dos gentiles, lo miran, se marchan sin decir nada. Pasan algunos que tienen algún cometido en el Templo, lo miran; tampoco dicen nada. Algún fiel se acerca, saluda, escucha. Pero son pocos todavía.
-¿Vamos a seguir aquí? -pregunta Bartolomé.
-Hace frío y no hay nadie. Pero es agradable estar aquí con tanta paz. Maestro, hoy estás justamente en la Casa de tu Padre. Y como amo -dice sonriendo Santiago de Alfeo. Y añade:
-Así debía ser el Templo en tiempos de Nehemías y de los reyes sabios y píos.
-Yo sugeriría marcharnos. Allá nos espían… -dice Pedro.
-¿Quién? ¿Fariseos?
-No. Los que han pasado antes y otros. Vámonos, Maestro…
-Espero a enfermos. Me han visto entrar en la ciudad; la voz se ha esparcido, sin duda. Con las horas más calientes vendrán. Quedémonos, al menos, hasta un tercio de sexta -responde Jesús, y reanuda su marcha adelante y atrás para no quedarse parado con ese aire crudo.
En efecto, pasado un rato, cuando el sol trata de mitigar
los efectos de la tramontana, viene una mujer con una niña enferma y pide la curación. Jesús la complace. La mujer deposita su óbolo a los pies de Jesús y dice:
-Esto para otros niños que sufren.
Judas Iscariote recoge las monedas.
Más tarde, en unas angarillas, traen a un hombre anciano, enfermo de las piernas. Y Jesús lo cura.
Los terceros en venir son un grupo de personas que ruegan a Jesús que salga fuera de los muros del Templo para expulsar a un demonio de una jovencita cuyos desgarradores gritos se oyen incluso allí. Y Jesús se encamina detrás de ellos y sale a la calle que lleva a la ciudad.
Una serie de personas, entre quienes hay unos extranjeros, están apiñados alrededor de los que sujetan a la jovencita, que babea y forcejea y tuerce horriblemente los ojos. Palabrotas de todo tipo salen de sus labios, y aumentan a medida que Jesús se acerca a ella, como también crece su esfuerzo por librarse de los cuatro hombres jóvenes y fuertes que, no sin mucha dificultad, la tienen sujeta.
Y, con los improperios, estallan gritos de reconocimiento del Cristo y angustiosas súplicas del espíritu que la tiene poseída para no ser expulsado, y también verdades, repetidas con monotonía: -¡Vete! ¡Que no vea yo a este maldito! ¡Márchate! ¡Fuera! Causa de nuestra ruina. Sé quién eres. Tú eres… Tú eres el Cristo. Tú eres… Sólo te ha ungido el óleo de arriba, no otro. La potencia del Cielo está sobre ti y te defiende. ¡Te odio! ¡Maldito! No me expulses.
¿Por qué nos expulsas a nosotros y no nos aceptas, mientras que tienes cerca de ti una legión de demonios en uno solo? ¿No sabes que todo el infierno está en uno? Sí lo sabes… Déjame aquí al menos hasta la hora de…
La palabra se corta a veces, como ahogada; otras veces cambia; o primero se para y luego se prolonga en medio de gritos inhumanos, como cuando grita:
«¡Déjame entrar al menos en él! ¡No me mandes allá al Abismo! ¿Por qué nos odias, oh Jesús, Hijo de Dios? ¿No te basta con lo que eres? ¿Por qué quieres mandar también sobre nosotros? ¡No queremos que nos manden! ¿Por qué has venido a perseguirnos, si nosotros te hemos renegado?
¡Márchate! ¡No arrojes sobre nosotros los fuegos del Cielo! ¡Tus ojos! Cuando se cierren reiremos ¡Ah! ¡No! ¡Ni siquiera entonces!… ¡Tú nos vences! ¡Nos vences! ¡Maditos seáis Tú y el Padre que te ha enviado y el que de vosotros proviene y es vosotros…! ¡Aaaah!
El último grito ya hay que decir que es espantoso, de criatura degollada en que lentamente entrase el hierro homicida, y ha sido originado por el hecho de que Jesús, después de haber truncado muchas veces por imperativo mental las palabras de la poseída, pone fin a ellas tocando con un dedo la frente de la jovencita. Y el grito termina en una convulsión horrenda, hasta que, con un fragor que es parte carcajada y parte grito de un animal de pesadilla, el demonio la deja, gritando:
-¡Pero no me voy lejos!… ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -seguido inmediatamente por un estallido seco como de rayo, a pesar de que el cielo esté tersísimo.
Muchos huyen aterrorizados. Otros se apiñan aún más para observar a la jovencita, que se ha calmado de golpe, desfalleciendo entre los brazos de los que la sujetaban.
Está así unos pocos instantes y luego abre los ojos, sonríe. Se ve sin velo que cubra su cara ni su cabeza, rodeada de gente, y entonces alza un brazo y reclina la cara sobre él para esconderla.
Los que están con ella quisieran que diera las gracias al Maestro Pero Él dice: -Dejadla con su pudor. Su alma ya me está dando las gracias. Llevadla a casa, con su madre. Es su lugar como jovencita que es… -y vuelve las espaldas a la gente paraentrar en el Templo… al lugar de antes.
-¿Has visto, Señor, que muchos judíos habían venido a espaldas nuestras? He reconocido a algunos de ellos… ¡Ahí están! Son los que nos espiaban antes. Mira cómo disputan entre sí… -dice Pedro.
-Estarán estableciendo en quién de ellos ha entrado el diablo Está también Nahúm, el apoderado de Anás. Reúne las condiciones… -dice Tomás.
-Sí. Y tú no has visto, porque estabas vuelto de espaldas, pero el fuego se ha abierto justo encima de su cabeza -dice Andrés, y casi le castañean los dientes.
-Yo estaba cerca de él. ¡He tenido un miedo!…
-Realmente estaban todos juntos ellos. Pero yo he visto el fuego abrirse encima de nosotros y me he sentido morir… Es más, he temido por el Maestro. Parecía justamente suspendido sobre su cabeza -dice Mateo.
-¡No, hombre! Yo lo que he visto ha sido que salía de la niña y estallaba sobre la muralla del Templo -rebate Leví, el pastor discípulo.
-No discutáis entre vosotros. El fuego no ha indicado ni una cosa ni la otra. Ha sido sólo la señal de que el demonio había huido -dice Jesús.
-¡Pero ha dicho que no se marchaba lejos!… -objeta Andrés.
-Palabras de demonio… Na hay que escucharlas. Más bien, alabemos al Altísimo por estos tres hijos de Abraham curados en el cuerpo y en el alma.
Entretanto, muchos judíos, surgidos de una u otra parte -no había entre ellos fariseos o escribas o sacerdotes, ni siquiera uno se acercan a Jesús y se ponen en torno a Él. Uno toma la iniciativa y dice:
-¡Grandes cosas has hecho en este día! Obras verdaderamente de profeta, de gran profeta. Y los espíritus de los abismos han dicho de ti cosas grandes.
Pero sus palabras no pueden ser aceptadas, si no las confirma tu palabra. Esas palabras nos estremecen, pero también tememos un gran engaño, porque es sabido que Belcebú es espíritu de falsedad. No quisiéramos equivocarnos ni ser engañados. Dinos, pues, quién eres, con tu boca de verdad y justicia.
-¿Y no os he dicho muchas veces quién soy? Hace casi tres años que os lo llevo diciendo, y antes de mí os lo dijo Juan en el Jordán y la Voz de Dios desde los Cielos.
-Es verdad. Pero nosotros no estábamos las otras veces. Nosotros… Tú, que eres justo, debes comprender nuestra congoja. Quisiéramos creer en ti como Mesías. Pero ya demasiadas veces el pueblo de Dios ha sido engañado por falsos Cristos. Consuela con una palabra segura nuestro corazón, que tiene esperanza y que espera, y te adoraremos.
Jesús los mira severamente. Sus ojos parecen perforar las carnes y poner al desnudo los corazones. Luego dice:
-En verdad, muchas veces los hombres saben decir mentiras mejor que Satanás. No. Vosotros no me adoraréis. Nunca. Os dijera lo que os dijera. Y, aunque llegarais a hacerlo, ¿a quién adoraríais?
-¿A quién? ¡Pues a nuestro Mesías!
-¿Seríais capaces? ¿Quién es para vosotros el Mesías? Responded, para que sepa cuánto valéis.
-¿El Mesías? Pues el Mesías es aquel que por mandato de Dios reunirá al esparcido Israel y lo convertirá en un pueblo triunfal, bajo cuyo poder estará el mundo. ¿Qué, es que Tú no sabes lo que es el Mesías?
-Lo sé como vosotros no lo sabéis. ¿Para vosotros, pues, es un hombre que, superando a David y a Salomón y a Judas Macabeo, hará de Israel la Nación reina del mundo?
-Así es. Dios lo ha prometido. Toda venganza, toda gloria, toda reivindicación, vendrán del Mesías prometido.
-Está escrito: "No adorarás sino al Señor Dios tuyo". ¿Por qué, entonces, me adoraríais, si en mí sólo podríais ver al Hombre-Mesías?
¿Y qué otra cosa tenemos que ver en ti?
-¿Que qué? ¿Y con estos sentimientos venís a hacerme preguntas? ¡Raza de víboras taimadas y venenosas! Y sacrílegas también. Porque si en mí no pudierais ver más que el Mesías humano, y me adoraseis, seríais idólatras.
Sólo Dios ha de ser adorado. Y en verdad os digo, una vez más, que el que os habla es más que el Mesías que vosotros os inventáis, con la misión, las tareas, los poderes que vosotros -desprovistos de espíritu y de sabiduría-os imagináis.
El Mesías no viene a dar a su pueblo un reino como el que creéis, no viene a ejercer venganza sobre otros poderosos. Su Reino no es de este mundo y su poder supera a todos los poderes limitados del mundo.
-Nos humillas, Maestro. Si eres Maestro y nosotros somos ignorantes, ¿por qué no quieres instruirnos?
-Hace tres años que lo vengo haciendo, y vosotros estáis cada vez más en las tinieblas porque rechazáis la Luz.
-Es verdad. Quizás es verdad. Pero lo que ha sido en el pasado puede dejar de serlo en el futuro.
¿Es que Tú, que tienes compasión de los publicanos y las meretrices y que absuelves a los pecadores quieres no tener piedad de nosotros, sólo porque somos de dura cerviz y nos cuesta comprender quién eres?
-No es que os cueste. Es que no queréis comprender. Padecer idiotez no sería una culpa. Dios tiene tantas luces, que podría iluminar al intelecto más obtuso, obtuso pero lleno de buena voluntad. Ésta falta en vosotros. Es más, tenéis voluntad opuesta. Por eso no comprendéis quién soy Yo.
-Será como dices. Ya ves que somos humildes. Pero te rogamos en nombre de Dios, responde a nuestras preguntas, no nos tengas más tiempo a la expectativa. ¿Hasta cuándo nuestro corazón debe estar en la incertidumbre? Si eres el Cristo, dínoslo abiertamente.
-Os lo he dicho. Os lo he dicho en las casas, en las plazas, por los caminos, en los pueblos, en los montes, en las orillas de los ríos, frente al mar o a los desiertos, en el Templo, en las sinagogas, en los mercados, y no creéis.
No hay un lugar de Israel que no haya oído mi voz. Hasta los lugares que abusivamente llevan el nombre de Israel desde hace siglos, pero que están separados del Templo; hasta los lugares que han dado el nombre a esta tierra nuestra, pero que de dominadores se transformaron en dominados, y que nunca se liberaron completamente de sus errores para venir a la Verdad; hasta en Siro-Fenicia, evitada por los rabíes como tierra de pecado, han oído mi voz y conocido mi ser. Os lo he dicho y no creéis en mis palabras.
He hecho obras y a mis obras no habéis dirigido vuestra mente con espíritu bueno. Si lo hubierais hecho, con una intención recta de cercioraros acerca de mí, habríais llegado a la fe, porque las obras que hago en el nombre del Padre mío dan testimonio de mí. Los de buena voluntad, que me han seguido porque me han reconocido como Pastor, han creído en mis palabras y en el testimonio que dan mis obras. ¿Qué? ¿Acaso creéis que lo que Yo hago no tiene un fin útil para vosotros, útil para todas las criaturas?
Desencantaos. No penséis que lo útil está en la salud que una persona recupera por mi poder, o en la liberación de uno u otro de la posesión o del pecado. Esta es una utilidad circunscrita al individuo. Demasiado poco para ser la única utilidad respecto a la potencia que se desprende, y respecto a la fuente de donde se desprende, que es sobrenatural, más que sobre-natural: divina.
Hay una utilidad colectiva de las obras que realizo. La utilidad de eliminar toda duda de los que titubean, de convencer a los contrarios, además de reforzar cada vez más la fe de los creyentes. Para esta utilidad colectiva, en favor de todos los hombres, presentes y futuros (porque mis obras me darán testimonio ante los que vendrán, y los convencerán respecto a mí), el Padre mío me da poder de hacer lo que hago. En las obras de Dios nada se hace sin un fin bueno. Recordadlo siempre. Meditad sobre esta verdad.
Jesús se detiene un momento. Fija su mirada en un judío que está cabizbajo, y dice:
-Tú, que estás pensando así, tú que llevas túnica de color de oliva madura, te estás preguntando si también Satanás tiene un fin bueno. No seas necio poniéndote en contra de mí y buscando el error en mis palabras. Te respondo que Satanás no es obra de Dios, sino de la libre voluntad del ángel rebelde. Dios lo había hecho ministro suyo glorioso, y, por tanto, lo había creado con buen fin. Mira, ahora tú, hablando con tu yo, dices:
"Entonces Dios es insipiente, porque había donado la gloria a un futuro rebelde y confiado sus deseos a un desobediente". Te respondo: "Dios no es insipiente, sino perfecto en sus acciones y pensamientos. Es el Perfectísimo. Las criaturas, incluso las más perfectas, son imperfectas. Siempre en ellas hay un punto de inferioridad respecto a Dios. Pero Dios, que las ama, ha concedido a las criaturas la libertad de arbitrio, para que a través de ella la criatura se complete en las virtudes y se haga, por tanto, más semejante a su Dios y Padre".
Y te digo más, a ti, escarnecedor y astuto buscador del pecado en mis palabras: que del Mal, que se forma voluntariamente, Dios todavía saca un fin bueno: el de servir para hacer a los hombres poseedores de una gloria merecida. Las victorias sobre el Mal son la corona de los elegidos. Si el Mal no pudiera suscitar una consecuencia buena para los que quieren con buena voluntad, Dios lo habría destruido. Porque nada de lo que hay en la Creación debe estar totalmente privado de incentivo o consecuencia buenos.
¿No contestas? ¿Te resulta duro deber proclamar que he leído tu corazón y que he vencido las deducciones injustificadas de tu pensamiento tortuoso? No voy a forzarte a hacerlo. Te dejo en tu soberbia en presencia de muchos. No reclamo que me proclames victorioso. Pero cuando estés solo con estos que te asemejan, y con los que os han enviado, entonces confiesa que Jesús de Nazaret leyó los pensamientos de tu mente y te estranguló las objeciones en la garganta sin más arma que su palabra de verdad.
Pero vamos a dejar esta interrupción personal y a volver a los muchos que me escuchan. Si siquiera, de tantos, uno, por mis palabras, convirtiera su espíritu a la Luz, resultaría recompensada mi fatiga por hablar a piedras, es más, a sepulcros llenos de víboras.
Estaba diciendo que los que me aman me han reconocido como Pastor por mis palabras y mis obras. Pero vosotros no creéis, no podéis creer, porque no sois de mis ovejas.
¿Qué sois vosotros? Os lo pregunto. Preguntáoslo en lo íntimo del corazón. No sois estúpidos. Podéis conoceros conforme a lo que sois. Basta con que escuchéis la voz de vuestra alma, que no se siente tranquila de seguir ofendiendo al Hijo de Aquel que la ha creado. Vosotros, aun conociendo lo que sois, no lo diréis. No sois ni humildes ni sinceros. Pues Yo os voy a decir lo que sois.
Sois en parte lobos, en parte chivos salvajes. Pero ninguno de vosotros, a pesar de la piel de cordero que lleváis para aparentar que lo sois, es verdadero cordero.
Bajo la lana blanda y blanca tenéis todos colores chillones, cuernos puntiagudos, colmillos de cabro o garras de fiera, y queréis seguir siendo eso porque os complace serlo, y soñáis con la crueldad y la rebelión.
Por eso no me podéis amar y no podéis seguirme ni comprenderme.
Si entráis en el rebaño, es para producir daños, para causar dolor o introducir el desorden. Mis ovejas tienen miedo de vosotros. Si fueran como vosotros, os deberían odiar. Pero ellos no saben odiar. Son los corderos del Príncipe de paz, del Maestro de amor, del Pastor misericordioso. Y no saben odiar. No os odiarán nunca, como Yo no os odiaré nunca.
Os dejo a vosotros el odio, que es el mal fruto de la ternaria concupiscencia con el yo desenfrenado en el animal hombre, que vive olvidado de que es también espíritu, además de carne. Yo me quedo con lo que es mío: el amor. Y es esto lo que comunico a mis corderos y os ofrezco también a vosotros para haceros buenos. Si os hicierais buenos, me comprenderíais y entraríais a formar parte de mi rebaño, siendo semejantes a los otros que ya están en él. Nos amaríamos. Yo y mis ovejas nos amamos. Me escuchan, reconocen mi voz.
Vosotros no comprendéis lo que es en verdad conocer mi voz. Es no abrigar dudas sobre su Origen y distinguirla entre mil otras voces de falsos profetas como verdadera voz venida del Cielo. Ahora y siempre, incluso entre los que se creen, y en parte lo son, seguidores de la Sabiduría, habrá muchos que no sabrán distinguir mi voz de otras voces que hablarán de Dios, más
o menos con justicia, pero que serán, todas, inferiores a la mía…
Dices siempre que pronto te vas a ir, ¿y ahora pretendes decir que siempre hablarás? Si te marchas, ya no hablarás objeta un judío con el tono despreciativo con que hablaría a un deficiente mental.
Jesús responde con su tono paciente y afligido, que ha manifestado un acento severo solamente cuando ha hablado al principio a los judíos, y después cuando ha respondido a las objeciones interiores del judío aquél:
-Hablaré siempre para que el mundo no se haga todo él idólatra. Y hablaré a los míos, elegidos para que os repitan mis palabras. El Espíritu de Dios hablará, y comprenderán aquello que ni siquiera los sabios sabrán comprender. Porque los estudiosos estudiarán la palabra, la frase, el modo, el lugar, el cómo, el instrumento a través de los cuales la Palabra habla, mientras que mis elegidos no se abstraerán en estos estudios inútiles; antes bien, me escucharán embargados en el amor y comprenderán, porque será el Amor el que hable.
Distinguirán las adornadas páginas de los doctos o las engañosas de los falsos profetas, de los rabíes de hipocresía, que enseñan doctrinas inficionadas, o enseñan lo que ellos no practican, de las palabras sencillas, verdaderas, profundas que de mí vendrán. Pero el mundo los odiará por esto, porque el mundo me odia a Mí-Luz y odia a los hijos de la Luz, el tenebroso mundo que desea las tinieblas propicias para pecar.
Mis ovejas me conocen y me conocerán y me seguirán siempre incluso por los caminos de sangre y dolor que Yo recorreré a la cabeza y ellas recorrerán después de mí. Los caminos que llevan las almas a la Sabiduría. Los caminos hechos luminosos por la sangre y el llanto de los perseguidos por enseñar la justicia, caminos hechos luminosos para que resalten en la calígine de los humos del mundo y de Satanás, y sean como estelas de estrellas para guiar a quienes buscan el Camino, la Verdad, la Vida, y no hallan a nadie que hacia ellos los guíe. Porque de esto tienen necesidad las almas: de alguien que las conduzca a la Vida, a la Verdad, al Camino bueno.
Dios es compasivo para con las almas que buscan y no encuentran, no por culpa propia sino por desidia de los pastores ídolos. Dios es compasivo para con aquellas almas que, abandonadas a sí mismas, se extravían y son acogidas por ministros de Lucifer, que están preparados para acoger a los extraviados y hacer de ellos prosélitos de sus doctrinas.
Dios es compasivo para con aquellos que caen en el engaño por el simple hecho de que los rabíes de Dios, los llamados rabíes de Dios, se han desinteresado de ellos.
Dios se muestra compasivo con todos estos que caminan hacia el desaliento, las brumas, la muerte, por culpa de los falsos maestros, que de maestros no tienen más que las vestiduras y el orgullo de que así los llamen.
Y para estas pobres almas, de la misma forma que envió a los profetas para su pueblo, de la misma forma que me ha enviado a mí para el mundo entero, pues, después de mí, enviará a los servidores de la Palabra, de la Verdad y del Amor, para repetir mis palabras. Porque son mis palabras las que dan la Vida. De manera que mis ovejas de ahora y del futuro tendrán la Vida que Yo les doy a través de mi Palabra, que es Vida eterna para quien la acoge, y no perecerán nunca y ninguno podrá arrancarlas de mis manos.
-Nosotros no hemos rechazado nunca las palabras de los verdaderos profetas. Hemos respetado siempre a Juan, que ha sido el último profeta -responde con ira un judío, y sus compañeros le hacen coro.
-Murió a tiempo para no despertar vuestro odio y ser perseguido también por vosotros. Si estuviera todavía entre los vivos, el "no es lícito", dicho por un incesto carnal, os lo diría también a vosotros, que cometéis adulterio espiritual fornicando con Satanás contra Dios. Y lo mataríais, de la misma manera que abrigáis la intención de matarme a mí.
Los judíos se agitan furiosos, dispuestos ya a agredir, cansados de tener que fingirse mansos. Pero Jesús no se preocupa. Alza la voz para dominar el tumulto y grita: ¿Y me habéis preguntado que quién soy Yo, hipócritas?
¿Decíais que queríais saber para estar seguros? ¡Y ahora decís que Juan fue el último profeta? Dos veces os condenáis por pecado de embuste: una, porque decís que no habéis rechazado nunca las palabras de los verdaderos profetas; la otra, porque, diciendo que Juan es el último profeta y que creéis en los verdaderos profetas, excluís que Yo sea también profeta, al menos profeta, y profeta verdadero. ¡Bocas embusteras! ¡Corazones de engaño!
Sí, en verdad, en verdad Yo aquí en la casa de mi Padre proclamo que soy más que Profeta. Yo tengo lo que mi Padre me ha dado. Lo que mi Padre me ha dado es más precioso que todo y que todos, porque es algo en que ni la voluntad ni el poder de los hombres pueden meter las manos rapaces.
Yo tengo lo que Dios me ha dado y que, aun estando en mí, está siempre en Dios, y nadie puede arrebatarlo de las manos del Padre mío, ni a mí, porque es la Naturaleza Divina igual. Yo y el Padre somos Uno.
-¡Ah! ¡Horror! ¡Blasfemia! ¡Anatema!
El griterío de los judíos retumba en el Templo, y una vez más las piedras usadas por los cambistas y por los vendedores de ganado para mantener estables sus recintos son el abastecimiento de los que buscan armas adecuadas para agredir.
Pero Jesús se yergue con los brazos recogidos sobre el pecho. Se ha subido encima de un asiento de piedra para ser más alto de lo que ya es y para ser visto bien, y desde allí los domina con los rayos de sus ojos de zafiro.
Domina y flecha. Se muestra tan majestuoso que los paraliza. En vez de lanzar las piedras, las dejan caer o las tienen en las manos, pero ya sin la audacia de lanzarlas contra Él. Los gritos también mueren en un estado de turbación extraño. Es verdaderamente Dios el que refulge en Cristo. Y, cuando Dios refulge así, hasta el hombre más arrogante se empequeñece y amedrenta.
Y pienso en qué misterio se cela en que los judíos hayan podido manifestarse tan fieros el día de Viernes Santo; qué misterio, en la ausencia de este poder de dominación en Cristo en aquel día. Verdaderamente era la hora de las Tinieblas, la hora de Satanás, y sólo ellos reinaban… La Divinidad, la Paternidad de Dios había abandonado a su Cristo, y Él no era nada más que la Víctima…
Jesús está así unos minutos. Luego sigue hablando a esta turba vendida y vil que ha perdido toda prepotencia con sólo haber visto un destello divino:
-¿Y entonces? ¿Qué queréis hacer? Me habéis preguntado que quién era. Os lo he dicho. Os habéis puesto furiosos.
Os he recordado las cosas que he hecho, he puesto ante vuestros ojos y vuestra memoria muchas obras buenas provenientes del Padre mío y cumplida; con el poder que me viene de mi Padre. ¿Por cuál de estas obras me lapidáis?
¿Por haber enseñado la justicia? ¿Por haber traído a los hombres la Buena Nueva? ¿Por haber venido a invitaros al Reino de Dios? ¿Por haber curado a vuestros enfermos, devuelto la vista a vuestros ciegos, dado movimiento a los paralíticos, palabra a los mudos; por haber liberado a los poseídos, resucitado a los muertos, favorecido a los pobres, perdonado a los pecadores; por haber amado a todos, incluso a los que me odian, a vosotros y a los que os envían? ¿Por cuál de estas obras, entonces, me queréis lapidar?
-No te lapidamos por las obras buenas que has hecho, sino por tu blasfemia; porque Tú, siendo hombre, te haces Dios.
-¿No está escrito en vuestra Ley (Salmo 82, 6. Y MV, en una copia mecanografiada, observa: Santo Tomás define al hombre "un infinito en potencia", precisamente porque está ordenado a hacerse lo más que pueda 'parecido a Dios y a Dios semejante"):
"Dije: vosotros sois dioses e hijos del Altísimo"? Ahora bien, si Dios a aquellos a quienes habló llamó "dioses", dando un mandato: el de vivir de manera que la semejanza y la imagen respecto a Dios, que están en el hombre, aparezcan en modo manifiesto y que el hombre no sea ni demonio ni bruto; si la Escritura llama "dioses" a los hombres, la Escritura, que ha sido enteramente inspirada por Dios (y, por tanto no puede ser modificada ni anulada según el gusto y el interés del hombre); entonces ¿por qué me decís que blasfemo, Yo, por el Padre consagrado y enviado al mundo, porque digo:
"Soy Hijo de Dios"? Si no hiciera las obras del Padre mío, razón tendríais en no creer en mí. Pero las hago. Y vosotros no queréis creer en mí. Creed, entonces, al menos en estas obras, para que sepáis y reconozcáis que el Padre está en mí y que Yo estoy en el Padre.
La tormenta de gritos y violencias empieza de nuevo, y más fuerte que antes. Desde una de las terrazas del Templo, en la que ciertamente estaban escuchando y escondidos sacerdotes, escribas y fariseos, graznan muchas voces:
-¡Pero prended a ese blasfemo! ¡Ya es pública su culpa! ¡Todos lo hemos oído! ¡Muerte al blasfemo que se proclama Dios! ¡Dadle el mismo castigo que al hijo de Selomit de Dibrí! (Levítico 24, l0-23)¡Que sea sacado de la ciudad y lapidado! ¡Es derecho nuestro: Está escrito: "El blasfemo sea muerto"!
Las incitaciones de los jefes agudizan la ira de los judíos. Y éstos tratan de apoderarse de Jesús y de ponerlo, atado, en manos de los magistrados del Templo, que, a su vez, están viniendo, acompañados por la guardia del Templo.
Pero más rápidos que ellos son una vez más los legionarios, que, vigilando desde la Antonia, han seguido el tumulto y salen del cuartel y vienen hacia el lugar donde se grita. Y no guardan respeto a ninguno. Las astas de las lanzas maniobran debidamente en cabezas y espaldas.
Y se incitan unos a otros a aplicarse contra los judíos, diciendo agudezas o profiriendo insultos:
-¡A la caseta, perros! ¡Dejad paso! ¡Pégale fuerte a aquel tiñoso, Licinio! ¡Fuera! ¡El miedo os hace oler peor que nunca! ¿Pero qué coméis, cuervajos, para apestar así?
Tienes razón, Baso. Se purifican pero apestan. ¡Mira aquel narigudo! ¡A la pared! ¡A la pared, que tomamos los nombres! Y vosotros, avestruces, bajad de allá arriba.
Total… os conocemos. Buen informe va a tener que escribir el Centurión para el Gobernador. ¡No! A ése déjalo. Es un apóstol del Rabí. ¿No ves que tiene aspecto de hombre y no de chacal? ¡Mira! ¡Mira cómo huyen por aquella parte! ¡Déjalos que se vayan! ¡Para tenerlos convencidos habría que clavarlos a todos en las astas!
¡Sólo así los tendríamos doblegados! ¡Ojalá fuera mañana! ¡Ah, pero tú estás atrapado y no te escapas! ¡Te he visto, eh! La primera piedra ha sido la tuya. Responderás de haber dado a un soldado de Roma. También de esto. Nos ha maldecido imprecando contra las enseñas. ¿Ah, sí?
¿Verdaderamente? Ven, que vamos a enamorarte de ellas en nuestras mazmorras…
Y así, cargando y escarneciendo, prendiendo a algunos, poniendo en fuga a otros, los legionarios despejan el vasto patio. Pero sólo cuando los judíos ven arrestar realmente a dos de ellos se revelan como lo que son: viles, viles, viles. O huyen chillando como una bandada de pollos que ve colarse al gavilán, o se arrojan a los pies de los soldados para suplicar piedad con un servilismo y una adulación nauseabundos.
Un suboficial, a cuyas pantorrillas se agarra un viejo lleno de arrugas, uno de los más apasionados contra Jesús, y que lo llama "magnánimo y justo", se libera de éste con un vigoroso envite que manda al judío a rodar tres pasos más atrás, y grita:
-¡Vete, viejo zorro tiñoso!
Y, hablando con un compañero, enseñando la pantorrilla, dice:
-Tienen uñas de zorro y baba de serpiente. ¡Mira esto! ¡Por Júpiter Máximo! ¡Voy inmediatamente a las Termas para quitarme las señales de ese viejo baboso! -y realmente se marcha, irritado, con su pantorrilla arañada.
He perdido completamente de vista a Jesús. No podría decir a dónde ha ido, por qué puerta ha salido. He visto sólo, durante un rato, aparecer y desaparecer en el alboroto las caras de los dos hijos de Alfeo y de Tomás, luchando por abrirse camino, y las de algunos discípulos pastores tratando de hacer lo mismo.
Después también ellos han desaparecido de mi vista, y sólo ha quedado el último correteo de los pérfidos judíos, que tratan de alejarse en una u otra dirección para substraerse a la captura y al reconocimiento por parte de los legionarios, para quienes tengo la impresión de que fuera una fiesta poder cargar fuerte sobre los hebreos, para resarcirse de todo el odio con que saben que son… remunerados.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús, con Pedro y Judas Tadeo, anda deprisa por un lugar triste, pedregoso, situado en un costado de la ciudad.
Estoy casi segura de que está afuera y en el lado oeste de la ciudad porque no veo el verde olivar, sino el collado, es más, los collados, poco o nada verdeantes, del occidente de Jerusalén (entre los cuales, el triste Gólgota).
-Podremos dar algo con lo que hemos podido comprar. Debe ser terrible vivir en los sepulcros en invierno -dice Judas Tadeo, cargado de fardos (como también lo está Pedro).
-Me alegro de haber ido donde los libertos porque me han dado este dinero para los leprosos. ¡Pobres infelices! En estos días de fiesta ninguno piensa en ellos. Todos disfrutan… Ellos recordarán la casa perdida… ¡En fin! ¡Si al menos creyeran en ti! ¿Lo harán, Maestro? -dice Pedro, siempre tan sencillo, tan apegado a su Jesús.
-Sea esa nuestra esperanza, Simón, sea esa nuestra esperanza. Entretanto, vamos a orar…
Y prosiguen orando.
El triste valle de Hinnon se muestra con sus sepulcros de vivos.
-Adelantaos y dad -dice Jesús.
Los dos caminan, y se ponen a hablar fuerte. Caras de leprosos se asoman a las aperturas de las grutas o abrigos.
-Somos los discípulos del Rabí Jesús -dice Pedro -Está viniendo y nos manda a socorreros. ¿Cuántos sois?
-Aquí siete. Tres en la otra parte, pasado En Rogel -dice uno por todos.
Pedro abre su fardo; Judas Tadeo, el suyo. Hacen diez partes. Pan, queso, mantequilla, aceitunas. ¿El aceite? ¿Dónde poner el aceite, que está en una orza?
-Uno de vosotros que lleve, allá, a la roca, un recipiente. Os dividís el aceite como hermanos que sois y en nombre del Maestro que predica el amor recíproco -dice Pedro.
Y un leproso, cojeando, baja hacia ellos, los cuales, entretanto, han ido a una ancha roca. Pone en ella una jarrita desportillada. Los mira mientras vierten el aceite y asombrado, pregunta:
-¿No tenéis miedo de estar tan cerca de mí?
En efecto, entre los dos apóstoles y el leproso media sólo la roca.
-Nosotros sólo tenemos miedo a lesionar el amor. Él nos ha mandado diciendo que os socorriéramos, porque el que es de Cristo debe amar como Cristo ama. Que este aceite pueda abriros el corazón, darle luz como si ya estuviera encendido en la lámpara de vuestro corazón. El tiempo de la Gracia ha venido para los que esperan en el Señor Jesús. Tened fe en Él. Él es el Mesías y sana los cuerpos y las almas. Todo lo puede, porque es el Emmanuel -dice Judas Tadeo con esa dignidad suya que siempre se impone.
El leproso está con su jarrita en las manos y lo mira como hechizado. Luego dice:
-Sé que Israel tiene a su Mesías, porque hablan de Él los peregrinos que vienen a la ciudad a buscarlo, y nosotros escuchamos lo que dicen. Pero nunca lo he visto, porque he venido aquí hace poco. ¿Y decís que me curaría? Entre nosotros, hay quienes lo blasfeman y quienes lo bendicen, y yo no sé a quién creer.
-¿Los que lo maldicen son buenos?
-No. Son crueles, y nos pegan. Quieren los lugares mejores y la parte más abundante. Y ni sabemos si vamos a poder seguir aquí, por este motivo.
-Como puedes ver, sólo el que aloja en sí al infierno odia al Mesías. Porque el infierno, se siente ya vencido por Él y por eso lo odia. Pero yo te digo que a Él se le debe amar, y con fe, si se quiere obtener del Altísimo gracia, aquí y más allá de esta Tierra -dice el mismo Judas Tadeo.
-¡Vaya que si quisiera obtener gracia! Estoy casado desde hace dos años y tengo un hijito que no me conoce. Estoy leproso desde hace pocos meses. Ya lo veis.
En efecto, tiene pocas señales.
-Entonces recurre al Maestro con fe. ¡Mira! Está viniendo a tus compañeros y vuelve aquí. Pasará y te sanará.
El hombre sube renqueando por la ladera y llama:
-¡Urías! ¡Yoa-Adiná! Y también vosotros, que no creéis. Viene el Señor a salvarnos.
Una, dos, tres. Tres desventuras, cada vez mayores, se aproximan. Pero la mujer apenas se asoma. Es un horror viviente… Quizás, llora y quizás habla, pero no es posible comprender nada, porque su voz es un gañido que sale de lo que fue boca y que ahora no es más que dos mandíbulas semidesdentadas, descubiertas, horrendas…
-Sí, te digo que me han dicho que venga a llamaros. Que viene a curarnos.
-¡Yo no! No lo he creído las otras veces… y ya no me escuchará y además ya no puedo andar -dice -¡quién sabe con qué esfuerzo!-más claramente la mujer; se ayuda incluso con los dedos para sujetar los restos de los labios, para que la comprendan.
-Te llevamos nosotros, Adiná… -dicen los dos hombres y el de la jarrita.
-No… No… Yo he pecado demasiado… -y, en el mismo lugar en que está, se derrumba.
Otros tres corren, como pueden, avasalladores, y dicen:
-Mientras tanto, dadnos el aceite, y luego marcharos con Belcebú si queréis.
-¡El aceite es para todos! -dice el de la jarrita tratando de defender su tesoro. Pero los tres violentos, crueles, prevalecen sobre él y le arrancan la jarrita.
-¡Y siempre es así!… ¡Un poco de aceite después de tanto!… Pero… el Maestro viene, vamos donde Él.
¿Seguro que no vienes, Adiná?
-No me atrevo…
Los tres bajan hacia la roca. Se paran a esperar a Jesús, a cuyo encuentro han ido los dos apóstoles. Y, una vez que llega al lugar, gritan:
-¡Piedad de nosotros, Jesús de Israel! ¡Esperamos en ti, Señor!
Jesús alza la cara, los mira con su mirada inimitable. Pregunta
-¿Por qué queréis la salud?
-Por nuestras familias, por nosotros… Es horrendo vivir aquí…
-No sois sólo carne, hijos. Tenéis también un alma. Y vale más que la carne. De ella debéis preocuparos. No pidáis, pues, solamente curación por vosotros, por vuestras familias, sino para tener tiempo de conocer la Palabra de Dios y de vivir mereciendo su Reino.
¿Sois justos? Haceos más justos. ¿Sois pecadores? Pedid vida para tener tiempo de hacer reparación por el mal hecho… ¿Dónde está la mujer? ¿Por qué no viene? ¿No tiene valor de comparecer ante el rostro del Hijo del hombre, cuando no temía tener que comparecer ante el rostro de Dios cuando pecaba? Id y decidle que mucho le ha sido perdonado por su arrepentimiento y resignación y que el Eterno me ha enviado a absolver todo pecado de los que están arrepentidos de su pasado.
-Maestro, Adiná ya no puede andar…
-Id y ayudadla a bajar aquí. Y traed otro recipiente. Os vamos a dar más aceite…
-Señor, apenas llega para los otros -advierte Pedro en voz baja mientras los leprosos van por la mujer.
-Habrá para todos. Ten fe. Porque es más fácil para ti tener fe en esto que para esos indigentes tener fe en que su cuerpo vuelva a ser lo que era.
Mientras tanto, arriba, en las grutas, se ha encendido una riña entre los tres leprosos malos, por causa del reparto de la comida… En brazos de los otros, baja la mujer… y gime, como puede:
-¡Perdón! ¡Por el pasado! ¡Por no haber pedido perdón las otras veces!… ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!
La dejan al pie de la roca. Y en la roca ponen una especie de cazuela toda descantillada.
Jesús pregunta:
-¿Qué decís vosotros, que es más fácil hacer aumentar el aceite en un recipiente o hacer crecer la carne donde la lepra ha hecho estragos?
Un momento de silencio… Luego es precisamente la mujer la que dice:
-El aceite. Pero también la carne, porque Tú lo puedes todo, y puedes darme también el alma de mis primeros años. Yo creo, Señor.
¡Oh, la sonrisa divina! Es como una luz que se expande delicada, festiva, suave. Y está en los ojos, en los labios, en la voz, cuando dice:
-Por tu fe, queda curada y perdonada. Igual vosotros. Y tened este aceite y esta comida para reponer fuerzas. Id mañana a que os vea el sacerdote, como está prescrito. Al alba volveré aquí con vestidos, y podréis, salvando la decencia, ir. ¡Ánimo! ¡Alabad al Señor! ¡Ya no estáis leprosos!
Es entonces cuando los cuatro, que hasta ese momento habían tenido los ojos fijos en el Señor, se miran y gritan su estupor.
La mujer quisiera erguirse, pero está demasiado desnuda para hacerlo. Su vestido se cae a jirones, y en ella es más lo desnudo que lo cubierto. Permaneciendo semioculta tras la roca, por un pudor que, no es sólo por Jesús, sino también por sus compañeros, las facciones -de su cara ya recompuestas -solamente aparecen afiladas a causa de las penalidades-llora, y dice sin cesar:
-¡Bendito! ¡Bendito! ¡Bendito! -y sus bendiciones se mezclan con las horrendas blasfemias de los tres leprosos malvados, que se han puesto furiosos al ver curados a los otros. Vuelan inmundicias y piedras.
-Aquí no podéis estar. Venid conmigo. No os sucederá nada malo Mirad. El camino está desierto. La hora sexta reúne a los habitantes en las casas. Iréis con los otros leprosos hasta mañana. No temáis Seguidme. Ten, mujer -y le da el manto para que se tape.
Los cuatro, un poco cohibidos, un poco aturdidos, le siguen como cuatro corderos. Recorren lo que queda del valle de Hinnón. Cruzan el camino, van hacia Siloán, otro triste lugar de leprosos.
Jesús se para al pie de los riscos y ordena:
-Subid y decidles que mañana a la hora primera estaré aquí. Id y haced fiesta con ellos, y predicad al Maestro de la Buena Nueva.
Indica que se les dé toda la comida que tienen todavía y los bendice antes de despedirlos…
-Ahora vámonos. Ya es más de la sexta -dice Jesús, y se vuelve para regresar al camino bajo que va a Betania.
Pero pronto llama su atención un grito:
-¡Jesús, Hijo de David, ten piedad también de nosotros!
-No han esperado al alba éstos… -observa Pedro.
-Vamos a acercarnos. ¡Son tan pocas las horas en que puedo beneficiar a alguien, sin que los que me odian turben la paz de los favorecidos! -responde Jesús, y vuelve sobre sus pasos, teniendo levantada la cabeza en dirección a los tres leprosos de Siloán que se han asomado al rellano del pequeño collado, y que repiten su grito, ayudados por los ya sanos, que están detrás de ellos.
Jesús se limita a extender las manos y decir:
-Hágase en vosotros según lo que pedís. Id y vivid en los caminos del Señor.
Los bendice mientras la lepra se borra de sus cuerpos como un ligero estrato de nieve se funde al sol. Y Jesús se marcha, ligero, seguido de las bendiciones de los curados, que, desde su risco, extendiendo los brazos, ofrecen un abrazo más verdadero que si fuera dado.
Vuelven al camino que va a Betania, camino que sigue el curso del Cedrón, que forma un recodo en ángulo agudo después de algunos centenares de pasos desde Siloán. Pero, superado el ángulo, cuando ya aparece la otra parte de camino que prosigue hacia Betania, puede verse a Judas de Keriot, solo, caminando ligero.
-¡Pero si es Judas! -exclama Judas Tadeo, que es el primero que lo ve.
-¿Por qué por aquí? ¿Solo? ¡Eh! ¡Judas! -grita Pedro.
Judas se vuelve de repente. Está pálido, incluso hasta verdoso. Pedro se lo dice: -¿Has visto al demonio, que estás del color de las lechugas?
-¿Qué haces aquí, Judas? ¿Por qué has dejado a tus compañeros? -pregunta Jesús contemporáneamente.
Judas ya ha tomado las riendas de sí. Dice:
-Estaba con ellos. He encontrado a uno que tenía noticias de mi madre. Mira… -hurga en el cinturón, se golpea la frente con la mano y dice: « ¡La he dejado donde aquel hombre! Quería enseñarte la carta para que la leyeras… O la he perdido por el camino… No se encuentra muy bien.
Es más, ha estado mal… ¡Ah, ahí están los compañeros!… Se han parado. Te han visto… Maestro, estoy profundamente turbado…
-Ya lo veo.
-Maestro… aquí están las bolsas. He hecho dos para… para no llamar la atención… Estaba solo…
Los apóstoles Bartolomé, Felipe, Mateo, Simón y Santiago de Zebedeo están un poco azorados. Se acercan a Jesús con amor, pero como quien tiene conciencia de hablar faltado.
Jesús los mira y dice:
-No volváis a hacerlo. Nunca es bueno para vosotros dividiros. Si os dije que no lo hicierais es porque sé que tenéis necesidad de sosteneros recíprocamente. No sois lo suficientemente fuertes como para poder actuar por separado. Unidos, el uno trena o sostiene al otro. Divididos…
-He sido yo, Maestro, el que ha dado el mal consejo, porque nos hemos acordado de que habías dicho que no nos separásemos, que fuéramos todos juntos a Betania, y Judas se había ido por un justo motivo y no pensamos ir con él.
Perdóname, Señor -dice, humilde y franco, Bartolomé.
-Sí que os perdono. Pero os repito: no volváis a hacerlo. Pensad que obedecer salva siempre, al menos, de un pecado: el de suponer que uno es capaz de actuar por sí solo. No sabéis cuánto da vueltas el demonio en torno a vosotros para aprovechar todos los motivos para haceros pecar y para que causéis perjuicios a vuestro Maestro, ya de por sí tan perseguido. Los tiempos se presentan cada vez más difíciles para mí y para el organismo que he venido a formar. De manera que se requiere mucho cuidado para que este organismo no sea, no digo herido y muerto -porque no lo será jamás hasta el final de los siglos-sino enfangado.
Sus adversarios os miran atentamente, nunca os pierden de vista, de la misma forma que sopesan todos mis actos y palabras. Y ello para disponer de materia de menoscabo. Si vosotros permitís que os vean en polémicas, o divididos, o de alguna manera imperfectos, aunque sea por cosas de poca importancia, ellos recogen y manipulan lo que habéis hecho, y lo lanzan, como fango y acusación, contra mí y contra mi Iglesia que se está formando.
¡Ya lo veis! No os regaño, os aconsejo. Por vuestro bien. ¡Oh! ¿no sabéis amigos míos, que hasta las cosas mejores serán por ellos manipuladas y presentadas para poderme acusar con apariencia de justicia? Bueno, pues ánimo; en lo sucesivo, sed más obedientes y prudentes.
Los apóstoles están profundamente conmovidos por la dulzura de Jesús.
Judas de Keriot, continuamente cambia de color. Está lánguido, un poco retrasado respecto al grupo. Hasta que Pedro le dice:
-¿Que haces ahí? No tienes más culpa que los otros. Así que ven adelante con todos -y no tiene más remedio que obedecer.
Andan deprisa porque, a pesar del sol, hay una brisa ligera que invita a andar para entrar en calor. Y han andado ya un trecho, cuando Natanael, que tiene frío y lo expresa arrebujándose más que nunca en el manto, advierte que Jesús lleva sólo la túnica:
-¡Maestro! ¿Qué has hecho de tu manto?
-Se lo he dado a una leprosa. Hemos curado y consolado a siete leprosos.
-¡Pero tendrás frío! Toma el mío -dice el Zelote, y añade: -Me acostumbré en los gélidos sepulcros al viento del invierno.
-No, Simón. Mira, allí está Betania. Pronto estaremos en la casa. Y no tengo nada de frío. Hoy he tenido mucho júbilo espiritual, que es más confortador que un manto abrigado.
-Hermano, nos das méritos que no tenemos. Tú, no nosotros, has curado y consolado… -dice Judas Tadeo.
-Vosotros habéis preparado a los corazones para la fe en el milagro. Por tanto, conmigo y como Yo, habéis ayudado a sanar y a consolar. ¡Si supierais cómo gozo en asociaros a mí en todas las obras! ¿No recordáis las palabras de Juan de Zacarías, mi primo: "Es necesario que Él crezca y que yo merme"? Con razón lo decía, porque todo hombre, por muy grande que sea, aun Moisés o Elías, queda celado, como estrella herida por los rayos del Sol, cuando aparece Aquel que viene de los Cielos y es más que cualquier hombre, porque es Aquel que viene del Padre Stmo.
Pero Yo también -Fundador de un Organismo que durará cuanto los siglos y que será santo como su Fundador y Cabeza; de un Organismo que continuará representándome y será una cosa conmigo, de la misma manera que los miembros y el cuerpo del hombre son una cosa con la cabeza, que está en posición dominante respecto a aquéllos-debo decir:
"Ese cuerpo debe iluminarse y Yo celarme". Vosotros deberéis continuarme. Yo, pronto, ya no estaré aquí entre vosotros, aquí en la Tierra, aquí materialmente, para dirigir a mis apóstoles, discípulos y seguidores. Pero estaré espiritualmente con vosotros, siempre, y vuestros espíritus sentirán mi Espíritu, recibirán mi Luz.
Pero vosotros tendréis que aparecer en primera línea, cuando regrese al lugar de donde he venido. Por eso, voy preparándoos gradualmente a este hecho de aparecer los primeros. En alguna ocasión me hacéis la observación de que en los primeros tiempos os enviaba más. Es que era necesario que os conocieran. Ahora que sois conocidos, ahora que para este pequeño lugar de la Tierra sois ya "los Apóstoles", Yo os tengo siempre junto a mí, participando en todas mis acciones, de forma que el mundo diga:
“Los asocia a las obras que cumple, porque ellos se quedarán aquí después de Él para continuarle". Sí, amigos míos, debéis, cada vez más, pasar adelante, poneros a la vista de todos, continuarme, ser Yo, mientras Yo, como una madre que lentamente deja de sujetar a su hijito que ha aprendido a andar, me retiro…
No debe ser violento el paso de mí a vosotros. Los pequeños del rebaño, los humildes fieles, sufrirían desorientamiento. Yo los paso dulcemente de mí a vosotros, para que no se sientan solos ni un solo momento. Y vosotros amadlos, mucho, como Yo los amo. Amadlos en memoria mía como Yo los he amado…
Jesús se calla perdiéndose en un pensamiento íntimo suyo. Y no sale de ese estado sino cuando, poco fuera de Betania, ve a los otros apóstoles que han venido por el otro camino. Prosiguen unidos hacia la casa de Lázaro. Y Juan dice que ya los esperan porque los criados los han visto. Y dice que Lázaro está muy mal.
-Lo sé. Por eso os he dicho que estaremos en la casa de Simón. Pero no he querido alejarme sin saludarlo otra vez.
-¿Pero por qué no le curas? Sería justo. A todos tus siervos mejores los dejas morir. No comprendo… -dice Judas Iscariote, siempre atrevido, incluso en los mejores momentos.
-No hace falta que comprendas con anticipación.
-Sí. No hace falta. Pero ¿sabes lo que dicen tus enemigos? Que curas cuando puedes, no cuando quieres, que proteges cuando puedes… ¿No sabes que aquel viejo de Tecua ha muerto, y muerto asesinado?
-¿Muerto? ¿Quién? ¿Elí-Ana? ¿Cómo? -preguntan todos, agitados. Sólo Pedro pregunta: « ¿Y tú cómo lo sabes?».
-Lo he sabido por casualidad, hace poco, en la casa donde he estado, y Dios sabe si miento. Parece que ha sido un bandolero que bajó con apariencia de mercader y que, en vez de pagar el puesto mató…
-¡Pobre anciano! ¡Qué vida más infeliz! ¡Qué triste muerte! ¿No hablas, Maestro? -dicen muchos.
-No tengo nada que decir, aparte de que el anciano ha servido al Cristo hasta la muerte. ¡Ojalá se pudiera decir esto de todos!
-Dime tú, hijo de Alfeo, ¿no será como decías, no? -pregunta Pedro a Judas Tadeo.
-Puede ser. Un hijo que por odio arroja de casa a su padre, y además por un odio de esta naturaleza, puede ser capaz de todo. Hermano mío, son bien verdaderas tus palabras: "Y el hermano estará contra su hermano y el padre contra sus hijos".
-Sí. Y lo verán como servicio a Dios los que obren así. Ojos cegados, corazones endurecidos, espíritus sin luz. Bueno, pues a pesar de todo los deberéis amar -dice Jesús.
-¿Y cómo vamos a poder amar a los que nos traten así? Ya será mucho si no reaccionamos y soportamos con resignación sus acciones… -exclama Felipe.
-Yo os daré un ejemplo que os enseñará. A su debido tiempo. Si me amáis haréis lo que Yo haga.
-Ahí están Maximino y Sara. Debe estar muy mal Lázaro para que las hermanas no salgan a recibirte -observa el Zelote.
Los dos se acercan presurosos. Se postran. En sus caras, en sus vestidos, puede verse ese aspecto lánguido que imprime el dolor y la fatiga a los componentes de las familias donde se lucha con la muerte. No dicen sino:
-Maestro, ven… -pero es una frase tan acongojada, que vale más que un largo discurso. Y llevan en seguida a Jesús a la puerta del pequeño compartimiento de Lázaro, mientras otros miembros de la servidumbre se encargan de los apóstoles.
Al leve toque en la puerta, Marta acude, y la entreabre; luego introduce por la abertura su cara enflaquecida y pálida:
-¡Maestro! ¡Bendito! Ven.
Jesús entra, cruza la habitación que precede a la del enfermo, entra en ésta. Lázaro duerme. ¿Lázaro?: un esqueleto, una momia amarillenta que respira… Es ya una calavera su rostro, y en el sueño es aún más visible su destrucción. Una destrucción que hace de aquél una cabeza consumida por la muerte.
La piel cérea y estirada brilla en los ángulos afilados de los pómulos, de las mandíbulas; en la frente, en las órbitas, tan ahondadas que parecen no tener ojos; en la nariz afilada, que parece haber crecido desmesuradamente, de tan borradas como están las adyacentes mejillas. Los labios están pálidos hasta el punto de desaparecer, y da la impresión de que no pueden cerrarse sobre las dos filas de dientes semidescubiertos, entreabiertos… Una cara ya de muerto.
Jesús se inclina para mirar. De nuevo se yergue. Mira también a las dos hermanas, las cuales a su vez lo miran con toda el alma concentrada en los ojos, un alma dolorosa y esperanzada. Les hace una señal y, sin ruido, vuelve afuera, al pequeño patio que precede a las dos habitaciones. María y Marta lo siguen. Cierran la puerta tras sí. Una vez solos ellos tres entre los cuatro muros, en el silencio, con el cielo azul encima de sus cabezas, se miran. Las hermanas ya no son capaces ni siquiera de pedir o preguntar, ya ni siquiera pueden hablar. Pero habla Jesús.
-Vosotras sabéis quién soy. Yo sé quiénes sois vosotras. Vosotras sabéis que os amo. Yo sé que me amáis. Vosotras conocéis mi poder. Yo conozco vuestra fe en mí. También sabéis, tú especialmente, María, que cuanto más se ama más se obtiene. Es amar saber esperar y creer más allá de cualquier medida y de cualquier realidad que hable desacreditando a ese creer y a ese esperar. Pues bien, por todo esto, os digo que sepáis esperar y creer contra toda realidad contraria.
¿Me entendéis? Digo: sabed esperar y creer contra toda realidad contraria. Yo no puedo detenerme más de unas pocas horas. Como Hombre, el Altísimo sabe cuánto quisiera detenerme aquí con vosotras, para asistirlo y consolarlo, para asistiros y confortaros. Pero, como Hijo de Dios, sé que es necesario que me marche, que me aleje… que no esté aquí cuando… me añoréis más que el aire que respiráis.
Un día, pronto, comprenderéis estas razones que ahora os podrán parecer crueles. Son razones divinas. Dolorosas para mí, Hombre, como para vosotras. Dolorosas ahora.
Ahora porque vosotras no podéis abrazar y contemplar su belleza y sabiduría. Y Yo no os lo puedo revelar. Cuando todo esté cumplido, comprenderéis y exultaréis…
Escuchad. Cuando Lázaro… muera. ¡No lloréis así! Enviadme aviso enseguida. Y, entretanto, programad los funerales solicitando amplia participación, como corresponde a Lázaro y a vuestra casa. Él es un gran hebreo. Pocos lo aprecian por lo que es. Pero supera a muchos ante los ojos de Dios… Yo me encargaré de que sepáis dónde estoy para que en todo momento me podáis localizar.
-¿Pero por qué no vas a estar aquí, al menos en ese momento? Nosotras nos resignamos, sí, a la muerte… Pero Tú… Pero Tú… Pero Tú…
Marta tiene accesos de llanto y no puede decir nada más, y sofoca su lloro en sus vestidos… María, sin embargo, mira a Jesús muy fijamente, como hipnotizada… y no llora.
-Sabed obedecer, sabed creer, esperar… sabed decir siempre si a Dios… Lázaro os llama… Id. Yo voy ahora.
Si no tengo posibilidad de hablaros aparte, recordad lo que os he dicho.
Y mientras ellas vuelven rápidamente a la habitación, Jesús sé sienta en un banco de piedra y ora.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No veo a Jesús ni a Pedro ni a Judas de Alfeo ni a Tomás; pero veo a los otros nueve, en dirección al barrio de Ofel.
La gente que hay por las calles no es el gentío de las fiestas de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos; es, más o menos, la gente de la ciudad. Se conoce que las Encenias no eran muy importantes y no requerían la presencia de los hebreos en Jerusalén.
Solamente los que coincidían en la ciudad, o los venidos de los pueblos cercanos, estaban en Jerusalén y subían al Templo. Los demás, bien por la época del año, bien por el carácter propio de la fiesta, se quedaban en sus ciudades y en sus casas.
Pero muchos discípulos, los que por amor al Señor han dejado casa y padres, intereses y trabajos, están en Jerusalén y se han unido al grupo de los apóstoles. De todas formas, no veo a Isaac ni a Abel ni a Felipe, ni tampoco a Nicolái, que había ido a acompañar a Sabea a Aera.
Hablan unos con otros afablemente, contando y oyendo contar, acerca de todos los hechos ocurridos en el tiempo en que han estado separados. Pero parece que ya han visto al Maestro, quizás en el Templo, porque no se extrañan de su ausencia.
Andan despacio y de vez en cuando se paran como para esperar, mirando adelante y atrás, mirando a las calles que de Sión bajan a esta que lleva hacia las puertas meridionales de la ciudad.
En dos ocasiones algunos judíos que siguen al grupo, aunque sin mezclarse con él, no sé con qué intenciones o con qué encargos, llaman por el nombre a Judas Iscariote, que va casi al final de todos y está perorando para un grupito de discípulos llenos de buena voluntad pero no de ciencia.
En dos ocasiones Judas se encoge de hombros sin volverse siquiera; pero, a la tercera, no tiene más remedio que hacerlo, porque un judío deja su grupo, hiende avasallador el de los discípulos, toma a Judas por una manga y le obliga a pararse, y le dice:
-Sal aquí un momento, que tenemos que decirte algo.
-Ni tengo tiempo ni puedo -responde tajante Judas Iscariote.
-Ve, ve. Te esperamos. En realidad, hasta que no veamos a Tomás no podemos salir de la ciudad -le dice Andrés, que es el más cercano a él.
-De acuerdo. Seguid adelante, que iré pronto -dice Judas sin ninguna aparente buena voluntad de hacer lo que debe hacer.
Ya solo, dice a su importunador:
-¿Y entonces? ¿Qué quieres? ¿Qué queréis? ¿No habéis terminado todavía de darme la lata?
-¡Oh! ¡Oh! ¡Qué aires que te das! ¡Pero cuando te llamábamos para darte dinero no te parecía que te diéramos la lata! ¡Eres soberbio! Pero alguien puede hacerte humilde… Recuérdalo.
-Soy un hombre libre y…
-No. No eres libre. Libre es aquel al que en manera alguna podemos hacer esclavo. Y tú conoces su nombre.
¡Tú!… Tú eres esclavo de todo y de todos, y en primer lugar de tu orgullo. Brevemente: ¡Ay de ti, si no vienes antes de sexta a casa de Caifás! ¡Considéralo!
Un "¡ay de ti!" verdaderamente amenazador.
-¡Bueno, bien! Iré. Pero mejor para vosotros sería dejarme tranquilo, si queréis…
-¿Qué? ¿Qué? ¡Vendedor de promesas! ¡Inútil…!
Judas, con un empujón, se libra del que lo tiene sujeto, y se marcha corriendo y diciendo:
-Hablaré allí.
Se llega a donde los otros de su grupo. Está pensativo y con aspecto un poco torvo. Andrés, solícito, le pregunta:
-¡Malas noticias? No, ¿no? Quizás tu madre…
Judas, que al principio lo había mirado mal, dispuesto ya a dar una agria respuesta, se pone más humano y dice:
-Claro. Noticias poco buenas… Ya sabes… la época del año… Ahora… porque me ha venido a la mente ahora una indicación del Maestro. Si ese hombre no me hubiera parado, me habría olvidado también de esto… Pero me ha mencionado el lugar donde vive y, oyendo ese nombre, me he acordado del encargo que tenía. Bueno, pues ahora, cuando vaya para esto, iré también donde ese hombre y me informaré mejor…
Andrés, tan sencillo y honesto como es, está muy lejos de sospechar que su compañero pueda mentir. Y dice solícito:
-Pues ve, ve enseguida. Yo se lo digo a los demás. ¡Ve, ve! Así te quitas esa desazón…
-No, no. Tengo que esperar a Tomás, por el dinero. Un momento más o menos…
Los otros, que se habían parado a esperar, los miran mientras van llegando.
-Le han dado tristes noticias a Judas -dice, solícito, Andrés.
-Sí… resumidamente. Pero luego sabré más, cuando vaya a hacer una cosa que tengo que hacer…
-¿El qué? -pregunta Bartolomé.
-Ahí está Tomás, viene corriendo -dice al mismo tiempo Juan, y eso le sirve a Judas para no contestar.
-¿Os he hecho esperar? ¿Mucho? Es que quería hacer bien las cosas… Y las he hecho bien. Mirad qué bonita bolsa. Buena para los pobres. Estará contento el Maestro.
-Hacía falta: no teníamos ni una perra para los mendigos -dice Santiago de Alfeo.
-Dámela -dice Judas Iscariote, alargando la mano hacia la pesada bolsa que Tomás hace botar en sus manos.
-Es que, en realidad… Jesús me ha dado a mí el encargo de la venta, y debo poner en sus manos lo que he sacado.
-Le dices la cifra. Ahora dámelo, que tengo prisa por marcharme.
-¡Que no te la doy, hombre! Jesús, cuando íbamos por el Sixto, me dijo: "Luego me das la suma". Y yo lo hago.
-¿De qué tienes miedo? ¿De que la aligere o te quite el mérito de la venta? Yo también vendí en Jericó. Y bien. Desde hace años soy yo el que se encarga del dinero. Es mi derecho.
-¡Oye, mira, si quieres montar una discusión por esto, ten! He hecho mi encargo y no me preocupa lo demás. Ten, ten. ¡Hay muchas cosas más bonitas que esto!… -y Tomás pasa la bolsa a Judas.
-La verdad es que si el Maestro ha dicho… -dice Felipe.
-¡No entres en sutilezas, hombre! Más bien, ahora que estamos todos juntos, vámonos. El Maestro ha dicho que estuviéramos en Betania antes de la hora sexta. Ya casi no hay tiempo -dice Santiago de Zebedeo.
-Entonces yo os dejo. Vosotros id hacia adelante, que yo voy y vuelvo.
-¡Eso no! Ha dicho bien claro: "Estad todos juntos" -dice Mateo.
-Todos juntos, vosotros. Pero yo tengo que irme. ¡Y ahora más, que sé lo de mi madre!…
-La cosa se puede interpretar también así. Si ha recibido indicaciones que desconocemos…-concilia Juan.
Los otros, menos Andrés y Tomás, parecen poco inclinados a dejar que se marche. Pero al final dicen:
-Bueno pues vete. Pero haz rápidamente las cosas y sé prudente…
Y Judas, mientras los otros reanudan su marcha, desaparece por una callejuela que sube a la colina de Sión.
-Pero no es así, no hemos hecho bien; el Maestro había dicho: "Estad siempre juntos y en paz". Hemos desobedecido al Maestro, y eso me atormenta -dice, pasado un rato, Simón Zelote.
-También lo pensaba yo… -le responde Mateo.
Todos los apóstoles están en grupo desde que han tenido que decidir sobre estas cosas suyas. He notado que los discípulos, cuando los apóstoles se reúnen para debatir una cuestión, siempre se separan con respeto.
Bartolomé dice:
-Hagamos esto. Despedimos a estos que nos siguen. Desde ahora. Sin esperar a estar en el camino de Betania. Y luego nos dividimos en dos grupos y esperamos a Judas, una parte en el camino bajo, otra parte en el camino alto; los más rápidos en el camino bajo, los otros en el alto.
Aunque el Maestro nos precediera, nos vería llegar juntos, porque fuera de Betania un grupo espera al otro.
La cosa es aceptada. Despiden a los discípulos. Luego van juntos hasta el lugar en que se puede torcer hacia el Getsemaní y tomar el camino alto del Monte de los Olivos, y el bajo, que, orillando el Cedrón, va también a Betania y Jericó…
Judas, entretanto, se aleja corriendo como un perseguido. Sigue durante un rato subiendo la callejuela estrecha que lleva hacia la cima del Sión en dirección a poniente, luego tuerce por una callejuela aún más pequeña, casi un callejón, que, en vez de subir, baja hacia mediodía. Desconfía. Corre y, cada cierto tiempo, se vuelve como asustado: visiblemente desconfía de que lo estén siguiendo.
La callejuela, tortuosa entre los salientes de las casas construidas sin norma de edificación, se abre ya a una zona dilatada de campos. Fuera de las murallas, al otro lado del valle, hay una colina. Es una colina baja cubierta de olivos, al otro lado del árido pedregal del valle de Hinnon.
Judas corre hacia abajo ligero, pasando entre los setos que sirven de límite a los pequeños huertos de las últimas casas rayanas a las murallas, las pobres casas de los pobres de Jerusalén, y no toma, para salir de la ciudad, la puerta de Sión -la tiene cerca-, sino que corre hacia arriba, hacia otra puerta un poco occidental. Está ya fuera de la ciudad. Trota como un potro para no demorarse.
Pasa como el viento junto a un acueducto; luego, sordo a los lamentos, junto a las tristes grutas de los leprosos de Hinnon. Está claro que busca los lugares que los demás evitan.
Va recto hacia la colina cubierta de olivos, solitaria al sur de la ciudad. Respira hondo en señal de alivio cuando se ve en sus laderas, y aminora el paso, se coloca la prenda que cubre su cabeza, el cinturón, la túnica -se la había recogido-, mira hacia Oriente, haciendo de la mano visera, porque le da el sol en los ojos, mira hacia el camino bajo que va a Betania y Jericó, pero no ve nada que lo intranquilice. Es más, un saliente de la colina hace de telón entre él y ese camino. Sonríe. Empieza a subir la colina lentamente, para que se le pase el jadeo.
Entretanto, piensa. Y, cuanto más piensa, más tenebroso se pone. Claramente, monologa, pero en silencio. En un momento determinado, se para, saca del pecho la bolsa, la observa, luego la devuelve al pecho, no sin antes haber dividido su contenido poniendo una parte en su bolsa, quizás para que se perciba menos el volumen que ha ocultado en el pecho.
Hay una casa entre los olivos. Una casa hermosa. La más
hermosa de la colina, porque otras casitas que están esparcidas por las laderas, no sé si dependientes de la casa hermosa o autónomas, son bien humildes. Llega a ella por una especie de paseo de arena entre olivos plantados con orden.
Llama a la puerta. Se identifica. Entra Va, seguro, atravesando el atrio, a un patio cuadrado en torno al cual hay muchas puertas. Empuja una de ellas.
Entra en una vasta estancia donde hay un cierto número de personas, de las cuales reconozco la cara disimulada y, al mismo tiempo, rencorosa de Caifás, la ultrafarisaica de Elquías, la de garduña del Anciano Félix junto a la de víbora de Simón.
Más allá está Doras hijo de Doras, que cada vez se parece más en las facciones a su padre, y con él Cornelio y Tolmái. Y están los otros escribas Sadoq y Cananías, viejo de años, apergaminado, pero joven en maldad, y Calasebona el Anciano, y Natanael ben Faba, y luego un cierto Doro, un Simón, un José, un Joaquín, que no conozco.
Caifás dice los nombres -yo los escribo-y termina: «…reunidos aquí para juzgarte».
Judas tiene una cara extraña: de miedo, de rabia, de violencia, al mismo tiempo. Pero guarda silencio. No exhibe su altivez. Los otros lo rodean, sarcásticos, y cada uno suelta lo que piensa.
-¿Y entonces? ¿Qué has hecho de nuestro dinero? ¿Qué nos dices, hombre sabio, hombre que hace todo, y pronto y bien? ¿Dónde está tu trabajo? Eres un embustero, un charlatán incapaz para todo. ¿Dónde está la mujer? ¿Ni siquiera a ella la tienes? ¿Así que, en vez de servirnos a nosotros, le sirves a Él, no? ¿Es así como nos ayudas?
Un asalto malévolo, con gritos, voces descompuestas; un asalto amenazador, del cual muchas palabras no logro entender.
Judas se deja gritar a placer. Cuando ya están cansados y jadeantes, habla él: -He hecho lo que he podido. ¿Qué culpa tengo yo si es un hombre al que ninguno puede hacer pecar?
Dijisteis que queríais probar su virtud. Os he dado la prueba de que no peca. Por tanto, os he servido en aquello que queríais. ¿Habéis logrado todos vosotros, acaso, ponerlo en situación de acusado? No. De todos vuestros intentos de hacerle aparecer como pecador, de hacerle caer en una trampa, Él ha salido más grande que antes.
¿Y entonces, si no lo habéis logrado vosotros con vuestro rencor, acaso debía lograrlo yo, que no lo odio, que únicamente estoy desilusionado de haber seguido a un pobre inocente, demasiado santo para poder ser un rey, y además un rey que aplaste a sus enemigos? ¿Qué mal me ha hecho para que yo se lo haga a Él?
Hablo así porque pienso que vosotros lo odiáis hasta el punto de querer su muerte. No puedo creer ya que queréis sólo convencer al pueblo de que es un demente, y convencernos a nosotros, a mí, por nuestro bien, y a Él mismo por compasión por Él.
Sois demasiado generosos conmigo, y estáis demasiado furiosos por verlo al margen del mal, como para que pueda creerlo. Me preguntáis que qué he hecho de vuestro dinero.
Le he dado el uso que ya sabéis. Para convencer a la mujer
he tenido que gastar y gastar… Y no he logrado hacerlo con la primera y… -¡Calla, calla! Nada de eso es verdad.
Ella estaba loca por Él y, sin duda, ha ido enseguida.
Además, lo habías garantizado, porque decías que ella te lo había confesado. Eres un ladrón. ¿Quién sabe para qué te habrá servido nuestro dinero?
-¡Para perderme el alma, asesinos de un alma! Para hacer de mí un hombre desleal, uno que ya no tiene paz, uno que siente que suscita la sospecha en Él y en los compañeros.
Porque, habéis de saberlo, Él me ha descubierto… ¡Oh, si me hubiera expulsado! Pero no me expulsa. No. No me expulsa. ¡Me defiende, me protege, me ama!… ¡Vuestro dinero! ¿Pero por qué acepté la primera moneda?
-Porque eres un infame. De momento has disfrutado nuestro dinero. Y ahora te quejas de haberlo disfrutado. ¡Falso!
La realidad es que no hemos concluido nada, y las multitudes que están en torno a Él crecen en número y cada vez están más cautivadas. Nuestro fin se aproxima, ¡y por tu culpa!
-¿Mía? ¿Y por qué, entonces, no os atrevisteis a prenderlo y a acusarlo de haber querido hacerse rey? Me dijisteis, incluso, que habíais querido tentarlo, a pesar de que yo os hubiera dicho que ello era inútil, que Él no tenía hambre de poder. ¿Por qué no le habéis inducido a pecar contra su misión, si sois tan hábiles?
-Porque se nos ha escapado de las manos. Es un demonio que cuando quiere, se desvanece como el humo. Es como una serpiente hechiza, no se puede hacer nada si mira.
-Si mira a los enemigos: a vosotros. Porque yo veo que, si mira a los que no lo odian con todo su ser, como hacéis vosotros, entonces su mirada le hace a uno moverse, hace actuar. ¡Oh, su mirada! ¿Por qué me mira así y me hace bueno, a mí que para mí mismo soy un monstruo, y para vosotros también, que me hacéis diez veces monstruo?
-¡Cuántas palabras! Tú nos habías asegurado que, por el bien de Israel, nos ayudarías. ¿Pero no comprendes, infame, que este hombre es nuestro fin?
-¿Nuestro? ¿De quién?
-¡Pues de todo el pueblo! Los romanos…
-No. Es sólo vuestro fin. Vosotros teméis por vosotros. Sabéis que Roma no se cebará en nosotros por causa de Él. Vosotros sabéis esto como lo sé yo y como lo sabe el pueblo. Pero vosotros os estremecéis porque sabéis que os puede arrojar del Templo, teméis que os arroje del Templo, del Reino de Israel. Y haría bien. ¡Haría bien en limpiar su era de vosotros, hienas inmundas, basura, áspides!…
Está furioso.
Ellos también se han puesto furiosos. Lo agarran, lo zarandean, casi lo tiran al suelo… Caifás le grita en la cara:
-¡De acuerdo! ¡Es así! Pero, si es así, tenemos derecho a defender lo nuestro. Y, dado que las pequeñas cosas ya no bastan para convencerlo a marcharse, a dejar libre el campo, pues ahora vamos a actuar nosotros solos, dejándote a ti atrás, siervo inútil, charlatán. Y después de a Él, te serviremos también a ti, no lo dudes, y…
Elquías tapa la boca a Caifás, y dice con su flema glacial de serpiente venenosa: -No. Así no. Exageras, Caifás. Judas ha hecho lo que ha podido. No debes amenazarle. En el fondo ¿no tiene él nuestros mismos intereses?
-¿Pero eres estúpido, Elquías? ¿Yo los intereses de éste? ¡Yo lo que quiero es que El sea, aplastado! Y Judas lo que quiere es que triunfe para triunfar con Él. Y dices… grita Simón.
-¡Calma, calma! Decís siempre que soy severo. Pero hoy… soy el único bueno. Tenemos que comprender a Judas y ser indulgentes con él, que nos ayuda como puede. Es buen amigo nuestro, pero, naturalmente, también lo es del Maestro. Su corazón está acongojado… Quisiera salvar al Maestro y a sí mismo y a Israel… ¿Cómo conciliar ciertas cosas tan opuestas? Dejémosle hablar.
La gritería se calma. Judas puede, por fin, hablar. Y dice:
-Elquías tiene razón. Yo. ¿Qué queréis de mí? Todavía no lo sé con precisión. He hecho lo que he podido. No puedo hacer más. Él es demasiado más grande que yo. Lee mi corazón… y no me trata nunca como merezco. Soy un pecador, y Él lo sabe y me absuelve. Si fuera menos vil debería… debería matarme, para ponerme en la imposibilidad de perjudicarle.
Judas se sienta, descorazonado. La cara entre las manos, los ojos desorbitados y fijos en el vacío, sufre visiblemente por la lucha entre sus opuestos instintos.
-¡Fantasías! ¿Pero qué crees que va a saber? ¡Eso que haces es porque estás arrepentido de haber tomado una serie de iniciativas! -exclama el que se llama Cornelio.
-¿Y si así fuera? ¡Ah, si así fuera! ¡Si estuviera realmente arrepentido y fuera capaz de permanecer en este arrepentimiento!…
-¿No lo veis? ¿No lo oís? ¡Pobre dinero nuestro! -grazna Cananías.
-Tratamos con uno que no sabe lo que quiere. ¡Hemos elegido a uno peor que un deficiente mental! -incrementa Félix.
-¿Deficiente mental? ¡Deberías decir: un títere! Le tira con un hilo el Galileo, va donde el Galileo. Le tiramos nosotros y viene donde nosotros -grita Sadoq.
-Bueno, pues, si hacéis las cosas mucho mejor que yo, actuad vosotros solos. Yo desde hoy me desentiendo. No os volváis a esperar ni un aviso ni una palabra. Ya no podría dárosla, porque ya Él sospecha de mí y me vigila…
-¡Pero si has dicho que te absuelve!
-Sí, me absuelve; precisamente porque sabe todo. ¡Todo lo sabe! ¡Todo lo sabe! ¡Oh! -Judas presiona las manos contra la cara.
-¡Pues lárgate, entonces, hembra con apariencia de hombre, mal nacido, deforme! ¡Lárgate de aquí! Nos arreglaremos nosotros solos. Y guárdate, guárdate de hablarle de esto a Él, porque, si lo haces, te las haremos pagar.
-¡Me marcho! ¡Me marcho! ¡Ojalá no hubiera venido nunca! De todas formas, recordad lo que ya os dije. Él ha estado con tu padre, Simón, y con tu cuñado, Elquías. No creo que Daniel haya hablado. Yo estaba presente y no los vi nunca hablar aparte. Pero tu padre… por lo que dicen mis compañeros, no ha hablado, y tampoco ha revelado tu nombre; se ha limitado a decir que su hijo lo ha echado de casa porque amaba al Maestro y no aprobaba su conducta…
Pero ya ha dicho que nosotros nos vemos, que yo voy a tu casa… Y podría decir también lo demás. Tecua no está en los confines del mundo… No digáis luego que he hablado yo, cuando en realidad ya demasiados saben vuestros propósitos.
-Mi padre jamás hablará. Ha muerto -dice lentamente Simón.
-¿Muerto? ¿Lo has matado? ¡Qué horror! ¿Por qué te habré dicho dónde estaba?…
-Yo no he matado a nadie. No me he movido de Jerusalén. Hay muchas maneras de morir. ¿Te extraña que maten a un viejo, a un viejo que va a exigir monedas? Además… culpa suya. Si se hubiera estado tranquilo, si no hubiera tenido ni ojos para ver ni oídos parí oír ni lengua para censurar, todavía sería honrado y servido en casa de su hijo… -dice con una lentitud exasperante Simón.
-En definitiva… que lo has mandado matar, ¿no? ¡Parricida!
-Estás loco. Le han pegado al viejo, ha caído al suelo, ha golpeado la cabeza, ha muerto. Una desgracia. Una simple desgracia. Su desventura fue que le tocó exigir el pago del puesto a un bandolero…
-Te conozco, Simón. Y no puedo creerlo… Eres un asesino… -Judas está sobrecogido.
El otro se echa a reír delante de su cara mientras repite:
-Y tú estás delirando. Ves un delito donde no hay más que una desgracia. Yo lo he sabido anteayer, no antes, y ya he tomado las medidas oportunas, para hacer venganza y para rendir honor. Pero si rendir honor al cadáver he podido hacerlo, atrapar al asesino, no. Sin duda, algún bandolero que descendió del Adomín para despachar en los mercados lo que era su botín… ¿Y quién le echa el guante ya?
-No lo creo… No lo creo… ¡Me marcho! ¡Me marcho! ¡Dejadme marcharme!… Sois, peores que los chacales…
¡Me marcho! ¡Me marcho! -y recoge el manto que se le había caído y hace ademán de salir.
Pero Cananías lo agarra con su mano rapaz:
-¿Y la mujer? ¿Dónde está la mujer? ¿Qué ha dicho? ¿Qué ha hecho? ¿Lo sabes?
-No sé nada… Déjame marcharme…
-¡Mientes! ¡Eres un embustero! -grita Cananías.
-No lo sé. Lo juro. Vino. Esto es cierto. Pero ninguno la vio. Ni yo, que tuve que salir enseguida con el Rabí, ni mis compañeros. Hábilmente, les he preguntado… Vi las joyas rotas que Elisa llevó a la cocina… y más no sé.
¡Lo juro por el Altar y el Tabernáculo!
-¿Y quién puede creerte? Eres vil. De la misma forma que traicionas al Maestro, puedes traicionarnos a nosotros. Pero, ¡ojo con lo que haces! ¡Estás avisado!
-No traiciono. ¡Lo juro por el Templo de Dios!
-Eres un perjuro. Tu cara lo dice. Le sirves a Él, no a nosotros…
-No. Lo juro por el Nombre de Dios.
-¡Dilo, si te atreves, como confirmación de tu juramento!
-¡Lo juro por Yeohveh! -y se pone térreo al pronunciar así el Nombre de Dios. Tiembla, balbucea, no sabe siquiera decirlo como normalmente es pronunciado. Parece como si dijera una Y, una hache, una uve muy alargada, yo diría que terminada en aspiración. Lo reconstruiría así: Yeocveh. En fin, de forma extraña.
El silencio -yo diría: cargado de miedo- se ha hecho en la habitación. Hasta incluso se han separado de Judas… Pero luego Doras y otro dicen: «Repite el mismo juramento como confirmación de que sólo a nosotros nos servirás…»
-¡Ah, no! ¡Malditos! ¡Eso no! Os juro que no os he traicionado y que no os delataré ante el Maestro. Y ya cometo un pecado. Pero no vinculo mi futuro a vosotros, a vosotros que mañana en nombre del juramento podríais imponerme…, cualquier cosa, incluso un delito. ¡No!
Denunciadme como sacrílego ante el Sanedrín, denunciadme como asesino ante los romanos. No me defenderé. Me dejaré matar… Y será una buena cosa para mí. Pero yo ya no juro… nunca más juro… -y, con esfuerzos violentos, se libera de quien lo tiene sujeto, y sale corriendo y gritando:
-¡Pero sabed que Roma os vigila y que estima al Maestro!…
Un fuerte portazo, que hace retumbar la casa, señala que Judas ha salido de esa guarida de lobos.
Se miran unos a otros… La rabia, y quizás el miedo, los ha puesto lívidos… Y, no pudiendo desahogar su ira y miedo en alguno, se enzarzan entre ellos. Todos tratan de cargarle al otro la responsabilidad de los pasos dados y de las consecuencias que pueden tener.
Unos reprochan en un sentido, otros en otro; unos por el pasado, otros por el futuro. Hay quien grita: « ¡Has sido tú el que ha querido seducir a Judas!»; o: « ¡Habéis hecho mal tratándole mal! ¡Os habéis descubierto!»; y hay quien propone: «Vamos a seguirlo, con dinero, disculpándonos…
-¡Eso sí que no! -grita Elquías, que es el más recriminado -Dejad esto de mi cuenta y deberéis reconocer mi atino.
Judas, sin más dinero, se va a amansar. ¡Manso como un cordero! -y ríe serpentino.
-Se mantendrá en su postura hoy, mañana, quizás un mes… Pero luego… Es demasiado vicioso como para poder vivir en la pobreza que le da el Rabí… y vendrá a nosotros…
¡Ja! ¡Ja! ¡Dejad esto de mi cuenta! ¡Dejadlo de mi cuenta! Yo sé cómo…
-Sí. Pero mientras… ¿Has oído? ¡Los romanos nos espían!
¡Los romanos lo estiman! Y es verdad. Esta mañana también, y ayer, y anteayer, le estaban esperando en el Atrio de los Paganos. Siempre se las ve a las mujeres de la Antonia… Vienen hasta de Cesárea para escucharlo…
-¡Caprichos de mujeres! Eso no me preocupa. El hombre es guapo y habla bien. Ellas enloquecen por los charlatanes demagogos y filósofos. Para ellas el Galileo es uno de éstos, nada más. Y sirve para distraerse en sus momentos de ocio. ¡Hace falta paciencia para lograr esto! Paciencia y astucia. Y valentía también. Pero vosotros no la tenéis.
Queréis hacer sin aparecer. Yo ya os he dicho lo que haría Pero no queréis…
-Yo temo al pueblo. Lo ama demasiado. Amor aquí, amor allá. ¿Quién le puede tocar? Si lo expulsamos, nos expulsan a nosotros. Es necesario… -dice Caifás.
-Es necesario no dejar pasar más ocasiones. ¡Cuántas hemos perdido! A la primera que se presente, hay que presionar en los titubeantes de entre nosotros, y luego actuar también con los romanos…
-¡Fácil de decir! Pero ¿cuándo, dónde hemos tenido ocasión de hacerlo? No peca, no tiende al poder, no…
-Si no hay ocasión, se crea… Y ahora vámonos.
Entretanto, mañana lo vigilaremos… El Templo es nuestro. Fuera manda Roma. Afuera está el pueblo para defenderlo. Pero dentro del Templo…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
La sinagoga de los romanos está justo enfrente del Templo, cerca del Hípico. Un grupo de gente espera a Jesús, y, cuando lo señalan a la entrada de la calle, unas mujeres son las primeras que van a su encuentro. Jesús está con Pedro y Judas Tadeo.
-¡Hola, Maestro! Te agradezco que hayas aceptado mi petición. ¿Entras ahora en la ciudad?
-No. Estoy ya desde la hora primera. He estado en el Templo.
-¿En el Templo? ¿No te han injuriado?
-No. La hora era temprana e ignoraban mi venida.
-Te había llamado por este motivo… y también porque aquí hay gentiles que querrían oírte. Desde hace días van al Templo a esperarte. Pero se han burlado de ellos e incluso los han amenazado. Ayer estaba yo también y comprendí que se te espera para injuriarte. He mandado hombres a todas las puertas. Con el oro todo se obtiene…
-Te lo agradezco. Pero Yo, Rabí de Israel, no puedo no subir al Templo. ¿Estas mujeres quiénes son?
-Mi liberta Tusnilde. Dos veces bárbara, Señor. De los bosques de Teotuburgo. Botín de esas imprudentes avanzadas que tanta sangre han costado. Mi padre se la regaló a mi madre, y ella a mí, para mi boda. De sus dioses a los nuestros. De los nuestros a ti, porque ella hace lo que yo hago. Es muy buena. Las otras son las mujeres de los gentiles que te esperan. De todas las regiones. La mayor parte enfermas. Han venido con las naves de sus maridos.
-Vamos a entrar en la sinagoga…
El arquisinagogo, erguido en el umbral de la puerta, se inclina y se presenta: -Matatías Sículo, Maestro. Alabado y bendito seas.
-Paz a ti.
-Entra. Cierro la puerta para estar tranquilos. Es tanto el odio, que los ladrillos son ojos y las piedras oídos para observarte y denunciarte, Maestro. Quizás son mejores estos que, con tal de que no se toquen sus intereses, no se meten con nosotros -dice el anciano arquisinagogo, mientras va andando al lado de Jesús para llevarlo, pasado un pequeño patio, a una amplia estancia, que es la sinagoga.
-Curemos primero a los enfermos, Matatías. Su fe merece premio -dice Jesús. Y pasa de una a otra mujer imponiendo las manos. Algunas están sanas, pero el enfermo es el hijito que tienen en brazos, y Jesús lo cura.
Una es una niña paralizada completamente; una vez curada, grita:
-¡Sitaré te besa las manos, Señor!
Jesús, que ya había pasado adelante, se vuelve sonriendo y pregunta:
-¿Eres sira?
La madre explica:
-Fenicia, Señor. De allende Sidón. Estamos en las orillas del Tamiri. Y tengo otros diez hijos y otras dos hijas, una de nombre Sira y la otra Tamira. Y Sira es viuda, a pesar de ser poco más que una niña. Así que, siendo ya libre, se ha establecido en casa de su hermano, aquí en la ciudad, y es seguidora tuya. Ella nos dijo que Tú lo podías todo».
-¿No está aquí contigo?
-Sí, Señor. Está ahí, detrás de esas mujeres.
-Acércate -manda Jesús.
La mujer, temerosa, avanza entre el grupo de mujeres.
-No tienes que tener miedo de mí si me amas -la conforta Jesús.
-Te amo. Por eso he dejado Alejandrocenas. Porque pensaba que te podría oír otras veces y… que aprendería a aceptar mi dolor…
Llora.
-¿Cuándo te has quedado viuda?
-Al final de vuestro Adar… Si hubieras estado, Zeno no habría muerto. Él lo decía… porque te había oído hablar y creía en ti.
-Entonces no está muerto, mujer. Porque quien cree en mí vive. La verdadera vida no es este día en que vive la carne. La vida es aquella que se obtiene creyendo y yendo en pos de quien es Camino, Verdad y Vida, y obrando según su palabra.
Aunque este creer y seguir fuera durante poco tiempo, y obrar por poco tiempo, un tiempo pronto truncado por la muerte del cuerpo, aunque fuera un solo día, una sola hora, en verdad te digo que esa criatura no conocerá ya la muerte. Porque el Padre mío y de todos los hombres no calculará el tiempo transcurrido en mi Ley y Fe, sino la voluntad del hombre de vivir hasta la muerte en esa Ley y Fe.
Yo prometo la Vida eterna y quien cree en mí y obra según lo que digo, amando al Salvador, propagando este amor, practicando mis enseñanzas durante el tiempo que se le conceda. Los obreros de mi viña son todos aquellos que vienen y dicen:
"Señor, recíbenos entre tus obreros", y en esa voluntad permanecen hasta que el Padre mío juzga terminada su jornada. En verdad, en verdad os digo que habrá obreros que habrán trabajado una sola hora, su última hora, y que tendrán más inmediato el premio que aquellos que hayan trabajado desde la primera hora pero siempre con tibieza, movidos al trabajo únicamente por la idea de no merecer el infierno, o sea, movidos por el miedo al castigo.
No es éste el modo de trabajar que mi Padre premia con una gloria inmediata. Es más, a estos calculadores egoístas -que sienten el apremio de hacer el bien, el bien estrictamente necesario, por no atraerse una pena eterna-el Juez eterno les dará una larga expiación. Deberán aprender, a expensas de sí mismos, con una larga expiación, a darse un espíritu solícito en amor, y en amor verdadero, orientado todo a la gloria de Dios.
(Recordamos aquí que el dolor de atrición, o sea, cumplir los Mandamientos por temor a no condenarse, es válido para salvarse, aunque el dolor de contrición, o sea, aquel que nos mueve a cumplir los Mandamientos por amor a Dios, que, como Suma bondad, no se merece que lo ofendamos, es mucho más perfecto).
Y os digo también que en el futuro muchos serán, especialmente entre los gentiles, los que estarán entre los obreros de una hora, e incluso de menos de una hora, y que serán gloriosos en mi Reino, porque en esa única hora de respuesta a la Gracia, que los habrá invitado a entrar en la viña de Dios, habrán alcanzado la perfección heroica de la caridad.
Ten, pues, buen ánimo, mujer. Tu marido no está muerto sino que vive. No lo has perdido; solamente está separado de ti un tiempo. Ahora tú, como esposa que no hubiera entrado todavía en casa del esposo, debes prepararte para las verdaderas nupcias inmortales con aquel que lloras.
¡Oh, dichosas nupcias de dos espíritus que se han santificado y que se unen de nuevo, para siempre, en donde no existe ya la separación ni el temor del desamor ni las penas, en donde los espíritus exultarán en el amor de Dios y en el amor recíproco!
La muerte para los justos es verdadera vida, porque ya nada podrá amenazar la vitalidad del espíritu, o sea, su permanencia en la Justicia. Lo caduco ni lo llores ni lo añores, Sira. Alza tu espíritu y ve las cosas con justicia y verdad. Dios te ha amado salvando a tu consorte del peligro de que las obras del mundo destruyeran su fe en mí.
-Me has consolado, Señor. Viviré como dices. Bendito seas Tú, y contigo el Padre tuyo, eternamente.
Jesús hace ademán de seguir adelante y el arquisinagogo dice:
-¿Puedo ponerte un reparo, sin que te parezca ofensa?
-Habla. Aquí soy Maestro para dar sabiduría a quien me pregunte.
-Has dicho que algunos serán gloriosos enseguida en el Cielo. ¿No está cerrado el Cielo? ¿No están los justos en el Limbo en espera de entrar en el Cielo?
-Así es. El Cielo está cerrado. Y sólo lo abrirá el Redentor. Pero su hora ha llegado. En verdad te digo que el día de la Redención ya clarece en Oriente y pronto estará en su cenit.
En verdad te digo que no vendrá otra fiesta después de ésta, antes de ese día. En verdad te digo que estando ya en la cima del monte de mi sacrificio fuerzo ya las puertas…
Mi sacrificio ya empuja en las puertas del Cielo, porque está ya en acción. Cuando esté cumplido -¡recuérdalo, oh hombre!-, se abrirán las sagradas cortinas y las celestes puertas. Porque Yeohveh ya no estará presente con su gloria en el Debir (Santo de los santos), e inútil será poner un velo entre el Incognoscible y los mortales, y la Humanidad que nos ha precedido y que fue justa volverá al lugar a donde había sido destinada, con el Primogénito a la cabeza, ya completo en carne y espíritu, y sus hermanos vestidos con la vestidura de luz que tendrán hasta que también sus carnes sean llamadas al júbilo.
Jesús pasa al tono de canto, propio de cuando un arquisinagogo o un rabí repite palabras bíblicas o salmos (Ezequiel 37, 4-6.l2-l4), y dice: -Y Él me dijo:
"Profetiza a estos huesos y diles: “Huesos secos, escuchad la palabra del Señor… Ved que infundiré en
vosotros el espíritu y viviréis. Pondré alrededor de vosotros los nervios, haré crecer a vuestro alrededor las carnes, extenderé la piel, os daré el espíritu y viviréis y sabréis que soy el Señor… Ved que abriré vuestras tumbas… os sacaré de los sepulcros… Cuando infunda en vosotros mi espíritu tendréis vida y haré que descanséis en vuestra tierra".
Toma de nuevo su modo habitual de hablar, baja los brazos -los había extendido hacia adelante-, y dice:
-Son dos estas resurrecciones de lo seco, de lo muerto, a la vida. Dos resurrecciones que están celadas en las palabras del profeta.
La primera es la resurrección a la Vida y en la Vida, o sea, en la Gracia que es Vida, de todos aquellos que acogen a la Palabra del Señor, al Espíritu engendrado por el Padre, que es Dios como el Padre del que es Hijo, y que se llama Verbo, el Verbo que es Vida y da la Vida.
La Vida de la que todos tienen necesidad y de la que está privado Israel tanto como los gentiles. Porque, si para Israel hasta ahora era suficiente para tener la eterna Vida tener esperanza en la Vida (la Vida que viene del Cielo) y esperarla; de ahora en adelante, para tener vida, Israel deberá acoger a la Vida.
En verdad os digo que aquellos de mi pueblo que no me acogen a Mí-Vida no tendrán Vida, y mi venida será para ellos razón de muerte, porque habrán rechazado a la Vida que venía a ellos para comunicarse. Ha llegado la hora en que Israel quedará dividido en los vivos y los muertos. Es la hora de elegir, y de vivir o morir.
La Palabra ha hablado, ha mostrado su Origen y Poder, ha curado, ha enseñado, resucitado, y pronto habrá cumplido su misión. Ya no hay disculpa para los que no vienen a la Vida. El Señor pasa. Una vez que haya pasado, no vuelve.
No volvió a Egipto para dar vida nueva a los hijos primogénitos de aquellos que lo habían escarnecido y avasallado en sus hijos. No regresará tampoco esta vez, cuando la inmolación del Cordero haya decidido los destinos. Los que no me acogen antes de mi Paso, y me odian y odiarán, no tendrán sobre su espíritu mi Sangre para santificarlos, y no vivirán, y no tendrán a su Dios con ellos para el resto del peregrinaje sobre la Tierra.
Sin el divino Maná, sin la nube protectora y luminosa, sin el Agua que viene del Cielo, privados de Dios, irán vagando por el vasto desierto que es la Tierra, toda la Tierra, toda ella un desierto si para quien la recorre falta la unión con el Cielo, la cercanía del Padre y Amigo: Dios.
Y hay una segunda resurrección, la universal, en que los huesos, blancos y dispersados a causa de los siglos, volverán a estar frescos y cubiertos de nervios, carne y piel. Y se llevará a cabo el Juicio. Y la carne y la sangre de los justos exultarán con el espíritu en el eterno Reino; y la carne y la sangre de los réprobos sufrirán con el espíritu en el eterno castigo.
¡Yo te amo, Israel; Yo te amo Gentilismo; Yo te amo, Humanidad! Y por este amor os invito a la Vida y a la Resurrección bienaventurada.
Los que llenan la amplia estancia están como hechizados. No hay distinción entre el estupor de los hebreos y el de los otros, de otros lugares y religiones; es más, yo diría que los más reverentemente asombrados son los extranjeros.
Uno, un hombre entrado en años y de grave porte, está
susurrando algo.
Jesús se vuelve y pregunta:
-¿Qué has dicho, oh hombre?
-He dicho que… Me estaba repitiendo a mí mismo las palabras oídas a mi pedagogo en mi juventud.
"Le está concedido al hombre subir con la virtud a divina perfección. En la criatura está el resplandor del Creador, que, cuanto más el hombre se ennoblece a sí mismo en la virtud, casi como consumiendo la materia en el fuego de la virtud, más se revela. Y le está concedido al hombre conocer al Ente que, al menos una vez en la vida de un hombre, o con severo o con paterno aspecto, se muestra a él para que pueda decir:
“Debo se! bueno: ¡Mísero de mí si no lo soy! Porque un Poder inmenso ha refulgido ante mí para hacerme comprender que la virtud es deber y signo de la noble naturaleza del hombre”.
Hallaréis este resplandor de la Divinidad, unas veces, en la hermosura de la naturaleza, otras, en la palabra de un moribundo, o en la mirada de un desdichado que os mira y juzga, o en el silencio de la persona amada, que, callando censura una acción vuestra deshonrosa; lo hallaréis en el terror de un niño ante un acto vuestro de violencia, o en el silencio de las noches mientras estéis solos con vosotros mismos y en la habitación más cerrada y solitaria advirtáis un otro Yo, mucho más poderoso que el vuestro y que os habla con un sonido sin sonido. Y ése será el Dios, este Dios que debe ser, este Dios al que la Creación adora, aun quizás sin saber que lo está haciendo, este Dios que, único, verdaderamente satisface el sentimiento de los hombres virtuosos, que no se sienten ni saciados ni consolados por nuestras ceremonias y nuestras doctrinas, ni ante las aras vacías, bien vacías aunque una estatua las presida".
Sé bien estas palabras, porque desde hace muchos lustros las repito como mi código y mi esperanza. He visto, he trabajado, y también he sufrido y llorado. Pero lo he soportado todo, y mantengo la esperanza con virtud, esperando encontrar antes de la muerte a este Dios que Hermógenes me había prometido que conocería. Ahora yo me decía que verdaderamente lo he visto. Y no como un fulgor, y no como un sonido sin sonido he oído su palabra; sino que en una serena y bellísima forma de hombre se me ha aparecido el Divino, y yo lo he sentido y estoy lleno de un sagrado estupor. El alma, esta cosa que los verdaderos hombres admiten, el alma mía te acoge, oh Perfección, y te dice:
"Enséñame tu Camino y tu Vida y tu Verdad, para que un día yo, hombre solitario, me una de nuevo contigo, suprema Belleza".
-Nos uniremos. Y te digo también que, más tarde, te unirás con Hermógenes.
-¡Pero si murió sin conocerte!
-No es el conocimiento material el único necesario para poseerme. El hombre que por su virtud llega a sentir al Dios desconocido y a vivir virtuosamente en homenaje a este Dios, bien se puede decir que ha conocido a Dios, porque Dios se ha revelado a él como premio de su vivir virtuoso.
¡Ay si fuera necesario conocerme personalmente! Pronto ya alguno no dispondría de un modo de reunirse conmigo.
Porque, os lo digo, pronto el Viviente dejará el reino de los muertos para volver al Reino de la Vida, y ya los hombres no tendrán otra manera de conocerme sino por la fe y el espíritu. Pero, en vez de detenerse, el conocimiento de mí se propagará, y será perfecto porque estará libre de todo lo que significa el lastre de la carne. Dios hablará, Dios actuará, Dios vivirá, Dios se revelará a las almas de sus fieles con su incognoscible y perfecta Naturaleza. Y los hombres amarán al Dios-Hombre.
Y el Dios-Hombre amará a los hombres con los medios nuevos, con los inefables medios que su infinito amor dejará en la Tierra antes de volver al Padre tras haber cumplido todo.
-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¡Dinos cómo podremos encontrarte y saber que eres Tú el que nos habla, y saber dónde estás, una vez que te hayas marchado! -exclaman bastantes. Y algunos prosiguen:
-Somos gentiles y no conocemos tu código. No tenemos tiempo de quedarnos aquí y seguirte. ¿Cómo nos las vamos a arreglar para tener esa virtud que hace merecedores de conocer a Dios?
Jesús sonríe, luminosamente hermoso con la felicidad de estas conquistas suyas en la gentilidad, y dulcemente explica:
-No os preocupéis de saber muchas leyes. Irán éstos (y pone las manos en los hombros de Pedro y Judas Tadeo) a llevar mi Ley al mundo. Pero, hasta que vayan, tened como norma de ley las siguientes pocas frases en que está compendiada mi Ley de salud. Amad a Dios con todo vuestro corazón. Amad a las autoridades, a los parientes, a los amigos, a los siervos, al pueblo, y también a los enemigos, como os amáis a vosotros mismos.
Y para estar seguros de no pecar, antes de cumplir cualquier acción, sea que os haya sido ordenada, sea que sea espontánea, preguntaos:
"¿Me gustaría que lo que voy a hacerle a éste se me hiciera a mí?". Y, si sentís que no os gustaría, no lo hagáis. Con estas sencillas líneas podéis trazar en vosotros el camino por el que irá Dios a vosotros y vosotros iréis a Dios.
Porque a ninguno le gustaría que un hijo fuera con él un ingrato, o que uno lo matara, que otro le robara o le quitara a su mujer o deshonrase a su hermana o a su hija o le usurpara la casa, los campos o los servidores fieles. Con esta regla seréis buenos hijos y buenos padres, buenos maridos, hermanos, comerciantes, amigos. Por tanto, seréis virtuosos, y Dios irá a vosotros.
Tengo alrededor de mí no sólo a hebreos y prosélitos en que no hay malicia; quiero decir que han venido a mí no para pillarme en renuncio, como hacen los que os han arrojado del Templo para que no vinierais a la Vida.
Tengo también a gentiles de todas las partes del mundo. Veo a cretenses y fenicios mezclados con habitantes del Ponto y de la Frigia, y hay uno de las playas donde se abre el mar desconocido, vía para tierras desconocidas donde también seré amado. Y veo a griegos con sículos y cirenaicos con asiáticos. Pues bien, os digo:
¡Id! Decid en vuestros países que la Luz está en el mundo y que vengan a la Luz. Decid que la Sabiduría ha dejado los Cielos para hacerse pan para los hombres, agua para los hombres que languidecen. Decid que la Vida ha venido a sanar lo que está enfermo y a resucitar lo que está muerto.
Y decid… decid que el tiempo pasa veloz como un relámpago de verano. Quien tenga deseos de Dios que venga. Su espíritu conocerá a Dios. Quien tenga deseos de curación que venga. Mi mano, mientras esté libre, otorgará curación a los que la invoquen con fe.
Decid… ¡Sí! Id, id diligentes, y decid que el Salvador espera a aquellos que esperan y desean una ayuda celestial, para la Pascua, en la Ciudad santa. Decídselo a los que tienen necesidad y a los que son simplemente curiosos. Del movimiento impuro de la curiosidad puede brotar para ellos la chispa de la fe en mí, de la Fe que salva.
¡Id! Jesús de Nazaret, el Rey de Israel, el Rey del mundo, convoca a los legados del mundo para darles los tesoros de sus gracias y tenerlos como testigos de su asunción, que lo consagrará triunfador, por los siglos de los siglos, Rey de reyes y Señor de señores. ¡Id! ¡Id!
En el alba de mi vida terrena, desde lugares distintos, vinieron los legados del pueblo mío a adorar al Infante en que el Inmenso se celaba. La voluntad de un hombre, que se creía poderoso y era un siervo de la voluntad de Dios, había ordenado un empadronamiento en el Imperio.
Obedeciendo a una desconocida y perentoria orden del Altísimo, aquel hombre pagano había de ser heraldo respecto a Dios, que quería a todos los hombres de Israel, esparcidos por todos los lugares de la Tierra, en la tierra de este pueblo, cerca de Belén Efratá, para que se maravillaran con las señales venidas del Cielo con el primer vagido de un Niño.
Y no bastando aún, otras señales hablaron a los gentiles, y sus legados vinieron a adorar al Rey de los reyes, pequeño, pobre, lejano de su coronación terrena, pero que ya era, ¡oh!, ya era Rey ante los ángeles.
Ha llegado la hora en que seré Rey ante los pueblos; Rey, antes de regresar al lugar de donde vengo. En el ocaso de mi día terreno, en mi atardecer de hombre, justo es que aquí haya hombres de todos los pueblos para ver a Aquel al que le corresponde ser adorado y en quien se cela toda la Misericordia.
Y que gocen los buenos de las primicias de esta nueva mies, de esta Misericordia que se va a abrir como nube de Nisán para hinchar las corrientes de aguas saludables que pueden hacer fructíferas a los árboles plantados en sus orillas, como se lee en Ezequiel (l7, 5-8; l9, l0 -ll) .
Y Jesús, de nuevo, sana a enfermos y enfermas, y recoge sus nombres, porque ahora todos quieren decirlo: «Yo, Zila… Yo, Zabdí… Yo, Gaíl… Yo, Andrés… Yo, Teófanes… Yo, Selima… Yo, Olinto… Yo, Felipe. Yo, Elisa… Yo, Berenice… Mi hija Gaya… Yo, Argenides… Yo… Yo… Yo…
Ha acabado. Quisiera marcharse. ¡Pero cuánto le ruegan que se quede más, que hable más!
Y uno, quizás tuerto porque tiene un ojo tapado con una venda, dice, para retenerlo más tiempo:
-Señor, fui agredido por uno que envidiaba mis buenos negocios. Me salvé la vida a duras penas. Pero un ojo se perdió, reventado por el golpe. Ahora mi rival es un pobre y una persona mal considerada, y ha huido a un pueblo cercano a Corinto.
Yo soy de Corinto. ¿Qué debería hacer por este que por poco me mata? No hacer a los demás lo que a mí no me gustaría recibir, está bien. Pero yo de éste ya he recibido… y un mal… mucho mal… -y tan expresivo es su rostro, que se lee en él el pensamiento que no ha dicho:
«y, por tanto, debería darle el talión…
Pero Jesús lo mira con luz de sonrisa en sus ojos zafíreos pero con dignidad de Maestro en la totalidad del rostro y dice:
-¿Y tú, de Grecia, me lo preguntas? ¿No dijeron, acaso,
vuestros grandes que los mortales vienen a ser parecidos a Dios cuando responden a los dos dones que Dios les concede para hacerlos parecidos a Él, y que son: poder estar en la verdad y hacer el bien al prójimo?
-¡Ah, sí, Pitágoras!
-¿Y no dijeron que el hombre se acerca a Dios no con la ciencia y el poder u otra cosa, sino haciendo el bien.
-¡Ah, sí, Demóstenes! Pero, perdona si te lo pregunto, Maestro. Tú no eres sino un hebreo, y los hebreos no estiman a nuestros filósofos… ¿Cómo es que sabes estas cosas?
-Mira, porque Yo era Sabiduría inspiradora en las inteligencias que pensaron esas palabras. Donde el Bien está en acto, allí estoy Yo. Tú, griego, escucha de los sabios los consejos, en los que todavía hablo Yo. Haz el bien a quien te ha hecho el mal, y Dios te llamará santo. Y ahora dejadme marcharme.
Tengo otros que me esperan. Adiós, Valeria. Y no temas por mí. No es todavía mi hora. Cuando llegue la hora, ni todos los ejércitos de César podrán poner freno a mis adversarios.
-Adiós, Maestro. Y ora por mí.
-Para que la paz te posea. Adiós. La paz a ti, arquisinagogo. La paz a los creyentes y a los que tienden a ella.
Y haciendo un gesto que es saludo y bendición, sale de la sala, atraviesa el patio y sale a la calle…