por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Me encuentro todavía en la casa de Lázaro, y veo que Marta y María salen al jardín acompañando a un hombre entrado ya en años, de aspecto muy noble, y del que diría que no es hebreo, porque tiene la cara completamente afeitada, como los romanos.
Una vez que se han alejado un poco de la casa, María le pregunta:
-Bueno, Nicomedes, ¿qué nos dices, entonces, de nuestro hermano? Nosotras lo vemos muy… enfermo… Habla.
El hombre abre los brazos en un gesto de conmiseración y de constatación de lo innegable, y, parándose, dice:
-Está muy enfermo… Desde los primeros momentos en que empecé a cuidar de su salud nunca os he engañado. He intentado todo. Vosotras lo sabéis. Pero no ha sido eficaz. Esperaba también… sí, esperaba que, al menos, pudiera vivir reaccionando al agotamiento de la enfermedad con la buena nutrición y los cordiales que le preparaba.
He probado incluso con tóxicos adecuados para preservar a la sangre de la corrupción y para sostener las fuerzas, según las viejas escuelas de los grandes maestros de la medicina. Pero la enfermedad es más fuerte que los medios para curarla. Estas enfermedades son como corrosiones.
Destruyen. Y cuando se manifiestan externamente ya los huesos por dentro están invadidos, y, de igual manera que la savia en un árbol se alza desde lo profundo hasta la cima, aquí la enfermedad se ha extendido desde los pies a todo el cuerpo…
-Pero tiene enfermas sólo las piernas -gime Marta
-Sí, pero la fiebre destruye donde vosotras pensáis que no hay sino salud. Mirad esta ramita caída de ese árbol. Parece carcomido aquí, junto a la fractura. Pero, mirad… (la desmenuza con sus dedos). ¿Veis? Bajo la corteza, todavía lisa, está la caries hasta el extremo superior, donde todavía parece que hay vida porque tiene todavía unas hojitas. Lázaro está ya… muriendo. ¡Oh, pobres hermanas!
El Dios de vuestros padres, y los dioses y semidioses de nuestra medicina, nada han podido hacer… o… querido hacer (me refiero a vuestro Dios)… Así que… sí, preveo ya cercana la muerte, incluso por el aumento de la fiebre, que es síntoma de que la descomposición ha entrado en la sangre, por los movimientos desordenados del corazón y por la falta de estímulos y reacciones en el enfermo y en todos sus órganos. ¡Ya lo veis vosotras! No se alimenta, no retiene lo poco que toma y no asimila lo que retiene.
Es el final… Y -creed en lo que os dice un médico que recordando a Teófilo os está agradecido-y la cosa más deseable en estos momentos es la muerte… Son enfermedades terribles. Desde hace miles de años destruyen al hombre y el hombre no logra destruirlas a ellas. Sólo los dioses podrían, si… -se para, las mira mientras se pasa repetidamente los dedos por el mentón rasurado. Piensa. Luego dice:
-¿Por qué no llamáis al Galileo? Es vuestro amigo. Él puede, porque lo puede todo. Yo he observado a personas que estaban condenadas y que se curaron. Una fuerza extraña sale de Él. Un fluido misterioso que reanima y reúne las reacciones disgregadas y les impone la voluntad de curar… No sé. Sé que lo he seguido incluso, mezclado con la muchedumbre, y he visto cosas maravillosas…
Llamadlo. Yo soy un gentil, pero honro al Taumaturgo misterioso de vuestro pueblo. Y me alegraría si Él pudiera lo que yo no he podido.
-Es Dios, Nicomedes. Por eso puede. La fuerza que llamas fluido es su voluntad divina -dice María.
-No ridiculizo vuestra fe. Al contrario, la impulso a que crezca hasta lo imposible. Además… se lee que los dioses alguna vez han descendido a la Tierra. Yo… nunca lo había creído… Pero, con ciencia y conciencia de hombre y médico, tengo que decir que es así, porque el Galileo obra curaciones que sólo un dios puede obrar.
-No un dios, Nicomedes. El verdadero Dios -insiste María.
-Bueno, de acuerdo, como tú quieras. Y yo lo creeré y me haré discípulo suyo, si veo que Lázaro… resucita. Porque ya, más que de curación, hay que hablar de resurrección.
Llamadlo, pues, y con urgencia… porque, si no me he vuelto un ignorante, al máximo a la tercera puesta de sol a partir de ésta, morirá. He dicho "al máximo". Podría ser antes.
-¡Oh, si pudiéramos! Pero no sabemos dónde está… -dice Marta.
-Yo lo sé. Me lo dijo un discípulo suyo que iba donde Él llevándole unos enfermos (y dos eran míos). Está al otro lado del Jordán, en los alrededores del vado. Eso dijo. Vosotros quizás conocéis mejor el lugar.
-¡Ah, sin duda, en casa de Salomón! -dice María.
-¿Muy lejos?
-No, Nicomedes.
-Pues mandad inmediatamente a un criado para decirle que venga. Yo vuelvo más tarde y me quedo aquí para ver su acción en Lázaro. Salve, señoras. Y… animaos mutuamente.
Les hace una reverencia y se marcha hacia la salida. Allí un criado lo espera para sujetarle el caballo y abrirle la cancilla.
Marta ve partir al médico y luego pregunta:
-¿Qué hacemos, María?
-Obedecemos al Maestro. Dijo que le avisáramos después de la muerte de Lázaro. Y nosotras lo haremos.
-Pero, una vez muerto… ¿de qué sirve tener aquí al Maestro? Para nuestro corazón sí, será útil. ¡Pero para Lázaro!… Yo mando a un criado a llamarlo.
-No. Destruirías el milagro. Él dijo que había que saber esperar y creer contra toda realidad contraria. Si lo hacemos, tendremos el milagro; estoy segura. Si no sabemos hacerlo, Dios nos dejará con nuestra presunción de querer hacer las cosas mejor que Él, y no nos concederá nada.
-¿Pero no ves cuánto sufre Lázaro? ¿No oyes cómo, en los momentos que está consciente, desea la presencia del Maestro? ¿Quieres negarle la última alegría al pobre hermano nuestro? ¡No tienes corazón!… ¡Pobre hermano nuestro! ¡Pobre hermano nuestro! ¡Dentro de poco ya no tendremos hermano! ¡Sin padre, sin madre, sin hermano! La casa destruida, y nosotras solas, como dos palmas en un desierto.
Cae en una crisis de dolor. Yo diría que también en una crisis de nervios típica oriental: se contorsiona, se golpea el rostro, se despeina.
María la agarra. Le impone:
-¡Calla! ¡Calla, te digo! Lázaro puede oír. Yo lo quiero más y mejor que tú, y sé dominarme. Pareces una mujer enferma. ¡Calla, digo! No se cambia el curso de las cosas con estas vehemencias, ni tampoco así se conmueven los corazones. Si lo haces para conmover el mío, te equivocas. Piénsalo bien. El mío queda aplastado en la obediencia, pero resiste en ella.
Marta, dominada por la fuerza de su hermana y por sus palabras se calma mucho; pero -expresión de su dolor, ahora más tranquilo-gime invocando a la madre: -¡Mamá!
¡Oh, madre mía, consuélame! Ya no hay paz en mí, desde que moriste. ¡Si estuvieras aquí, madre! ¡Si la pena no te hubiera matado! Si tú estuvieras, nos guiarías y nosotras te obedeceríamos, por el bien de todos… ¡Oh!…
María cambia de color y, silenciosamente, llora con un rostro angustiado y retorciéndose las manos sin decir nada.
Marta la mira y dice:
-Nuestra madre, estando ya para morir, me hizo prometer que sería una madre para Lázaro. Si ella estuviera aquí…
-Obedecería al Maestro porque era una mujer justa. En vano tratas de conmoverme. Dime, si quieres, que he sido la asesina de mi madre por las penas que le causé. Te diré: "Tienes razón". Pero, si quieres hacerme decir que tienes razón queriendo que venga el Maestro, te digo: "No". Y siempre diré: "No". Y estoy segura de que desde el seno de Abraham ella me aprueba y bendice. Vamos a casa.
-¡Ya no tenemos nada! ¡Nada!
-¡Todo! ¡Debes decir: "Todo"! La verdad es que escuchas al Maestro y pareces atenta mientras habla, pero luego no recuerdas lo que dice. ¿No ha dicho siempre que amar y obedecer nos hace hijos de Dios y herederos de su Reino? ¿Y entonces cómo es que dices que nos vamos a quedar sin nada?, pues tendremos a Dios y poseeremos el Reino por nuestra fidelidad. ¡Oh, verdaderamente hemos de ser absolutas como yo lo fui en el mal, incluso para poder ser, y saber, y querer ser absolutas en el bien, en la obediencia, en la esperanza, en la fe, en el amor!…
-Tú consientes que los judíos ridiculicen al Maestro y hagan insinuaciones respecto a Él. Los has oído anteayer…
-¿Y piensas todavía en el graznido de esas cornejas, en los chillidos de esos buitres? ¡Déjalos que escupan lo que tienen dentro! ¡Qué te importa el mundo! ¿Qué es el mundo respecto a Dios? Mira: menos que este sucio moscón, entorpecido o envenenado por haber chupado inmundicias, que piso así -y da un enérgico golpe con el talón a un tábano de torpes movimientos que camina lentamente por el guijarros del paseo. Luego toma a Marta de un brazo y dice:
-Venga, ven a casa y…
-Comuniquémoselo al menos al Maestro. Mandémosle aviso de que está muriendo. Sin decirle nada más…
-¡Como si tuviera necesidad de saberlo por nosotras! No, he dicho. Es inútil. Él dijo: "Cuando haya muerto, comunicádmelo". Y lo haremos. No antes de que suceda.
-¡Nadie, nadie tiene piedad de mi dolor! Tú menos que nadie…
-Deja de llorar de esa manera, ¿no? No puedo soportarlo…
Sufriendo ella, se muerde los labios para dar fuerza a su hermana sin llorar ella también.
Marcela sale corriendo de la casa, seguida por Maximino:
-¡Marta! ¡María! ¡Corred! Lázaro está mal. Ya no responde…
Las dos hermanas se echan a correr, raudas, y entran en la casa… Después de un poco, se oye la voz fuerte de María que da órdenes para los socorros propios de esta situación, y se ve a criados correr con cordiales y barreños humeantes de agua hirviendo; se oyen bisbiseos y se ven gestos de dolor…
A tanta agitación, poco a poco, le va sustituyendo la calma. Se ve a los criados que cuchichean unos con otros, menos nerviosos pero con gestos de intenso desconsuelo que remarcan lo que dicen: quién menea la cabeza, quién la alza al cielo abriendo los brazos, como diciendo: "así es", quién llora, quién quiere esperar todavía en un milagro.
Ahí tenemos de nuevo a Marta, pálida como una muerta. Mira tras sí, para ver si la siguen. Mira a los siervos que están apretadamente en torno a ella angustiados. Vuelve a mirar para ver si de la casa sale alguien a seguirla. Luego dice a un criado:
-¡Tú, ven conmigo!
El criado se separa del grupo y la sigue hacia la pérgola de los jazmines y dentro de ella. Marta habla, sin perder de vista la casa, que se puede ver a través de la tupida maraña de las ramas:
-Escucha bien. Cuando todos los criados hayan entrado y yo les dé indicaciones para que estén ocupados en la casa, tú irás a las caballerizas, tomarás un caballo de los más rápidos, lo ensillarás… Si por casualidad alguien te ve, di que vas por el médico… No mientes tú ni te enseño a mentir yo, porque verdaderamente te envío donde el Médico bendito… Toma contigo forraje para el animal y comida para ti, y esta bolsa para todo lo que puedas necesitar.
Sal por la puerta pequeña y, pasando por los campos arados, que no producen ruido con los: y, pasando por los campos arados, que no producen ruido con los cascos, te alejas de la casa. Luego tomas el camino de Jericó y galopa sin detenerte nunca, ni siquiera de noche. ¿Has comprendido? Sin detenerte nunca. La Luna nueva te iluminará el camino, si viene la oscuridad mientras todavía sigues galopando. Piensa que la vida de tu señor está en tus manos y en tu rapidez. Me fío de ti.
-Señora, te serviré como un esclavo fiel.
-Ve al vado de Betabara. Pasas y vas al pueblo que hay más allá de Betania de la Transjordania. ¿Sabes? Donde al principio bautizaba Juan.
-Lo sé. Fui allí yo también, a purificarme.
-En ese pueblo está el Maestro. Todos te dirán cuál es la casa donde le dan alojamiento. Pero si sigues en vez del camino principa1 las orillas del río, es mejor. Te ven menos y encuentras por ti mismo la casa. Es la primera de la única calle del pueblecito, la que va de los campos al río. No tienes posibilidad de error. Una casa baja, sin terraza ni habitación alta, con un huerto que se encuentra, viniendo del río, antes de la casa, un huerto cerrado por una pequeña portilla de madera y un seto de espino albar, creo… bueno, un seto. ¿Entendido? Repite.
El criado repite pacientemente.
-Bien. Solicita hablar con Él, sólo con Él, y le dices que tus señoras te envían para decirle que Lázaro está muy enfermo, que está agonizando, que nosotras ya no podemos más, que él lo precisa y que venga enseguida, enseguida, por piedad. ¿Has comprendido bien?
-He comprendido, señora.
Y después vuelve inmediatamente, de forma que ninguno note mucho tu ausencia. Toma un farol contigo, para las horas de oscuridad. Ve, corre, galopa, revienta al caballo, pero vuelve pronto con la respuesta del Maestro.
-Lo haré, señora.
-¡Ve! ¡Ve! ¿Ves? Han entrado ya todos en casa. Ve inmediatamente. Nadie te va a ver hacer los preparativos. Yo misma te llevo la comida. ¡Ve! Te la pongo al pie de la puerta pequeña. ¡Ve! Que Dios te acompañe. ¡Ve! …
Lo empuja, ansiosa, y luego corre a casa, rápida y cauta, para salir después sigilosa por una puerta secundaria que está en el lado sur, con un pequeño saco en sus manos; camina rozando un seto hasta la primera apertura, tuerce, desaparece…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Aunque esté deshecha de dolor y cansancio, Marta sigue siendo la señora que sabe recibir y ofrecer la casa, y honrar a las personas con ese porte señorial perfecto propio de la verdadera señora.
Así, ahora, habiendo antes conducido al grupo a una de las salas, da las indicaciones para que se traigan los refrescos habituales y para que los huéspedes tengan todo aquello que pueda serles reconfortante.
Los criados van de acá para allá sirviendo bebidas calientes o vinos de calidad, ofreciendo fruta espléndida, dátiles dorados como topacios, uva seca, parecida a nuestra uva moscatel, de racimos de una perfección fantástica, y miel virgen; todo en ánforas, copas, bandejas, platos preciosos.
Y Marta vigila atentamente, para que ninguno quede desatendido; es más, según la edad, y quizás también según las personas (cuyos caracteres le resultan bien conocidos), da la pauta para el servicio a los criados. Así, para a un criado que se dirige a Elquías con un ánfora llena de vino y con una copa y le dice:
-Tobías, no vino, sino agua de miel y jugo de dátiles.
Y a otro:
-Sin duda, Juan prefiere el vino. Ofrécele el blanco de uva pasa.
Y, personalmente, al viejo escriba Cananías le ofrece leche caliente, abundantemente dulcificado por ella con la dorada miel mientras dice:
-Te vendrá bien para tu tos. Te has sacrificado para venir, estando enfermo y en un día crudo. Me conmueve el veros tan solícitos.
-Es nuestro deber, Marta. Euqueria era de nuestra estirpe. Una verdadera judía que nos honró a todos.
-El honor a la venerada memoria de mi madre toca mi corazón. Transmitiré a Lázaro estas palabras.
-Pero nosotros queremos saludarlo. ¡Un hombre tan amigo! -dice, falso como siempre, Elquías, que se ha acercado.
-¿Saludarlo? No es posible. Está demasiado agotado.
-¡No le vamos a molestar! ¿No es verdad, vosotros? Nos contentamos con un adiós desde la puerta de su habitación dice Félix.
-No puedo, no puedo de ninguna manera. Nicomedes se opone a cualquier tipo de fatiga o de emoción.
-Una mirada al amigo moribundo no puede matarlo, Marta – dice Calasebona. ¡Demasiado nos dolería el no haberle saludado!
Marta está nerviosa, vacilante. Mira hacia la puerta, quizás para ver si María viene en su ayuda. Pero María está ausente.
Los judíos observan este nerviosismo suyo, y Sadoq, el escriba, se lo dice a Marta:
-Se diría que viniendo te hemos puesto nerviosa, mujer.
-No. Nada de eso. Comprended mi dolor. Hace meses que vivo al lado de uno que agoniza y… ya no sé… ya no sé moverme como antes en las fiestas…
-¡Esto no es una fiesta! ¡No queríamos tampoco que nos dieras estos honores! Pero… quizás… quizás nos escondes algo y por eso no nos dejas ver a Lázaro ni permites que pasemos a su habitación. ¡Je! ¡Je! ¡Esto se sabe! Pero, no temas, que la habitación de un enfermo es lugar sagrado de asilo para cualquiera. Créelo… -dice Elquías.
-No hay nada que esconder en la habitación de nuestro hermano. Nada hay escondido en ella. Esa habitación únicamente acoge a un moribundo para el que sería un acto de piedad evitarle todo recuerdo penoso. Y tú, Elquías, y todos vosotros, sois recuerdos penosos para Lázaro -dice María con su espléndida voz de órgano, apareciendo en la puerta y manteniendo apartada la cortina purpúrea con la mano.
-¡María! -gime Marta, suplicante para frenarla.
-Nada, hermana. Déjame hablar…
Se dirige a los otros:
-Y para quitaros todas las dudas, que uno de vosotros -sólo un recuerdo del pasado volverá a causar dolor-venga conmigo, si ver a un moribundo no le molesta y el hedor de la carne que muere no le produce náuseas.
-¿Y tú no eres un recuerdo que causa dolor? -dice, irónico, el herodiano, que ya he visto aunque no sé dónde, saliendo del rincón en que se hallaba y poniéndose frente a María.
Marta gime. María mira con mirada de águila inquieta, sus ojos centellean; se yergue altiva, olvidándose del cansancio y el dolor, que verdaderamente encorvan su cuerpo, y, con una expresión de reina ofendida, dice:
-Sí, yo también soy un recuerdo, pero no de dolor como tú dices; soy el recuerdo de la Misericordia de Dios. Y, viéndome a mí, Lázaro muere en paz, porque sabe que encomienda su espíritu en las manos de la infinita Misericordia.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡No eran éstas las palabras de otros tiempos! ¡Tu virtud! A quien no te conoce podrías mostrársela…
-Pero a ti no, ¿no es así? Pues precisamente a ti te la pongo delante de los ojos, para decirte que uno se hace como aquellos con quienes va. Yo, en aquellos tiempos, por desgracia, estaba contigo, y era como tú; ahora estoy con el Santo, y me hago honesta.
-Una cosa destruida no se reconstruye, María.
-Efectivamente, tú, todos, vosotros, no podéis reconstruir el pasado; no podéis reconstruir lo que habéis destruido: no puedes tú que me causas horror; ni vosotros, que ofendisteis en el tiempo del dolor a mi hermano y que ahora, por torcida finalidad, queréis aparecer como amigos suyos.
-¡Oh, eres audaz, mujer! El Rabí habrá expulsado de ti muchos demonios, pero mansa no te ha hecho -dice uno de aproximadamente cuarenta años.
-No, Jonatán ben Anás, no me ha hecho débil; al contrario, me ha hecho más fuerte, con esa audacia que es propia de la persona honesta, de la persona que ha querido volver a ser honesta y ha roto todo vínculo con el pasado para hacerse una vida nueva. "¡Vamos! ¿Quién viene donde Lázaro?!
Se muestra imperiosa como una reina. Los domina a todos con su franqueza, despiadada incluso contra sí misma.
Marta, por el contrario, está angustiada, con lágrimas en esos ojos suyos que miran fijamente a María suplicándole que calle.
-¡Voy yo! -dice, acompañando sus palabras de un suspiro de víctima, Elquías, falso como una serpiente. Salen juntos.
Los otros se vuelven hacia Marta:
-¡Tu hermana!… Siempre ese carácter. No debería. Tiene que ganarse mucho perdón -dice Uriel, el rabí visto en Yiscala, el que allí lanzó piedras a Jesús y lo hirió. Marta, azuzada por estas palabras, encuentra de nuevo su fuerza y dice:
-La ha perdonado Dios. Cualquier otro perdón no tiene valor después de ése. Y su vida actual es ejemplar para el mundo.
Pero la audacia de Marta pronto decae y se muda en llanto. Gime, entre lágrimas:
-¡Sois crueles! Con ella… conmigo… No tenéis compasión ni del dolor pasado ni del dolor actual. ¿A qué habéis venido? ¿A ofender y dar dolor?
-No, mujer, no. Sólo para saludar a este judío grande que agoniza. ¡Para ninguna otra cosa! ¡Para ninguna otra cosa! No debes tomar a mal nuestras rectas intenciones. Hemos sabido por José y Nicodemo que había habido un agravamiento, y hemos venido… de la misma forma que ellos, los dos grandes amigos del Rabí y de Lázaro. Por qué esa actitud de tratarnos de manera distinta a nosotros que amamos al Rabí y a Lázaro como ellos? No sois justas.
¿Puedes, acaso, decir que ellos -con Juan, Eleazar, Felipe, Josué y Joaquín-no hayan venido a informarse de cómo estaba Lázaro?, ¿y que Manahén no ha venido?…
-Yo no digo nada. Lo que me asombra es que sepáis todo también. No sabía que hasta por dentro las casas fueran vigiladas por vosotros. No sabía que existiera un nuevo precepto, además de los seiscientos trece que ya existen: el de indagar, espiar dentro de las familias… ¡Perdón! ¡Os estoy ofendiendo! El dolor me hace perder los cabales, y vosotros lo agudizáis.
-¡Te comprendemos, mujer! Hemos venido a daros un consejo bueno porque pensamos que estáis fuera de vuestros cabales. Avisad al Maestro. Ayer incluso, siete leprosos vinieron a dar gloria al Señor porque el Rabí los había curado. Llamadlo también para Lázaro.
-¡Mi hermano no está leproso! -grita Marta muy agitada -¿Éste es el motivo por el que queríais verlo? ¿Para esto habéis venido? ¡No! ¡No está leproso! Mirad mis manos. Lo curo desde hace años y yo no tengo lepra. Tengo la piel enrojecida por los ungüentos aromáticos, pero no tengo lepra. No tengo…
-¡Calma! Calma, mujer. ¿Quién ha dicho que Lázaro esté leproso? ¿Quién sospecha en vosotras un pecado tan horrendo como el de ocultar a un leproso? ¿Tú crees que, a pesar de vuestro poder, no habríamos descargado nuestra mano sobre vosotras si hubierais pecado? Nosotros somos capaces de pasar por encima incluso del cuerpo de nuestro padre y de nuestra madre, de nuestra esposa y de nuestros hijos, con tal de hacer obedecer los preceptos. Esto te lo digo yo, yo, Jonatán de Uziel.
-¡Cierto! ¡Es así! Y ahora te decimos, por el amor que te profesamos, por el amor que profesábamos a tu madre, por el que profesamos a Lázaro: llamad al Maestro. ¿Meneas la cabeza? ¿Quieres decir que ya es tarde? ¿Cómo es eso? ¿No tienes fe en Él, tú, Marta, discípula fiel? ¡Eso es grave! ¿Tú también empiezas a dudar? -dice Arquelao.
-Blasfemas, escriba. Creo en el Maestro como en el Dios verdadero.
-¿Y entonces por qué no quieres intentarlo? Él ha resucitado a muertos… A1 menos, eso se dice… ¿Es que no sabes dónde está? Si quieres, te lo buscamos nosotros, te ayudamos nosotros -insinúa Félix.
-¡No, hombre, no! En casa de Lázaro ciertamente se sabe dónde está el Rabí. Dilo con franqueza, mujer, y nos pondremos en marcha para buscártelo y te lo traeremos aquí, y estaremos presentes en el milagro para exultar contigo, con todos vosotros -dice, tentador, Sadoc
Marta vacila, casi tentada a ceder. Los otros instan, mientras ella dice:
-No sé dónde está… No tengo la menor idea… Se marchó hace unos días y nos saludó como quien se marcha para largo
tiempo… Para mí sería consolador saber dónde está… Al menos, saberlo… Pero no lo sé, de verdad…
-¡Pobre mujer! Nosotros te ayudaremos… Te lo traeremos aquí-dice Cornelio.
-¡No! No hace falta. El Maestro… ¿Os referís a Él, no es verdad? El Maestro dijo que debíamos esperar más de lo esperable, y esperar únicamente en Dios. Y nosotras así lo haremos -dice María con voz de trueno mientras regresa con Elquías, quien inmediatamente la deja y habla, encorvado, con tres fariseos.
-¡Pero se está muriendo, por lo que oigo! -dice uno de ellos, que es Doras.
-¿Y entonces? ¡Pues muera! No pondré obstáculos al decreto de Dios, ni desobedeceré al Rabí.
-¿Y qué pretendes esperar después de la muerte, insensata? -dice, burlón, el herodiano.
-¿Qué? ¡Pues la Vida!
La voz es un grito de fe absoluta.
-¿La Vida? ¡Ja! ¡Ja! Sé sincera. Tú sabes que ante una verdadera muerte nulo es su poder, y en tu insensato amor por Él no quieres que eso se ponga de manifiesto.
-¡Salid todos! Le correspondería a Marta hacerlo, pero Marta os teme; yo sólo temo ofender a Dios, que me ha perdonado. Por eso, lo hago en vez de Marta. Salid todos.
No hay lugar en esta casa para los que odian a Jesucristo. ¡Fuera! ¡A vuestras guaridas tenebrosas! ¡Fuera todos! ¡O haré que os expulsen los criados como a un hatajo de harapientos inmundos!
Se muestra majestuosa en su ira. Los judíos ahuecan el ala, extremadamente cobardes, ante esta mujer (verdad es que parece un arcángel airado)…
La sala se desaloja. Las miradas de María, según van cruzando de uno en uno la puerta pasando por delante de ella, crean una inmaterial horca caudina bajo la cual debe humillarse la soberbia de los derrotados judíos. Por fin, la sala queda vacía.
Marta, rompiendo a llorar, se derrumba sobre la alfombra.
-¿Por qué lloras, hermana? No veo la razón de ello…
-¡Oh!, los has ofendido… y ellos te han, nos han ofendido… y ahora se vengarán… y…
-¡Cállate, mujer desatinada! ¿En quién piensas que se van a vengar? ¿En Lázaro? Antes tienen que deliberar, y antes de que decidan… ¡Oh, en un gulal uno no se venga! ¿En nosotras? ¿Es que, acaso, necesitamos su pan para vivir?
Los haberes no nos los tocarán. Se proyecta sobre ellos la sombra de Roma. ¿En qué, entonces? Y aunque pudieran hacerlo, ¿no somos, acaso, fuertes y jóvenes las dos? ¿No vamos a poder trabajar? ¿No es pobre Jesús? ¿No ha sido, acaso, nuestro Jesús obrero? ¿No seríamos más semejantes a Él, siendo pobres y trabajadoras? ¡Gloríate si lo eres! ¡Espera serlo! ¡Pídeselo a Dios!
-Pero lo que te han dicho…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Un nutrido y pomposo grupo de judíos, que montan cabalgaduras de lujo, entra en Betania. Son escribas y fariseos, además de algún saduceo y herodiano ya vistos otra vez (si no me equivoco, en el banquete en casa de Cusa para tentar a Jesús a que se proclamara rey). Los siguen criados a pie.
El grupo a caballo cruza lentamente la pequeña ciudad. El sonido de los cascos contra el terreno duro, el tintineo de los jaeces, las voces de los hombres convocan a las puertas a los habitantes, que miran y -visiblemente cohibidos-se inclinan haciendo profundas reverencias, para erguirse luego y reunirse y bisbisear en grupos.
-¿Habéis visto?
-Todos los miembros del Sanedrín de Jerusalén.
-No. José el Anciano, Nicodemo y otros no estaban.
-Y los fariseos más conocidos.
-Y los escribas.
-¿Y el que iba en ese caballo quién era?
-Está claro que van donde Lázaro.
-Debe estar a las puertas de la muerte.
-No logro entender por qué el Rabí no está aquí.
-¿Y cómo iba a estar, si lo buscan los de Jerusalén para matarlo?
-Tienes razón. Es más, esas serpientes que han pasado vienen, sin duda, para ver si el Rabí está aquí.
-¡Alabado sea Dios porque no está!
-¿Sabes lo que le han dicho a mi marido en los mercados de Jerusalén? Que estén preparados, porque pronto se proclamará rey, y todos tendremos que ayudarle en…
-¿Cómo han dicho?
-¡Bueno! Una palabra que quería decir como si yo dijera que echo a todos de casa y me hago la dueña.
-¿Un complot?… ¿Una conjura?… ¿Una sedición?… -preguntan y sugieren.
Un hombre dice:
-Sí. También me lo han dicho a mí. Pero no lo creo.
-¡Pero si lo dicen discípulos del Rabí!…
-¡Mmm! Yo no creo que el Rabí haga uso de la violencia y que destituya al Tetrarca y usurpe un trono que, con justicia o sin ella, es de los herodeos. Haríais bien en decirle a Joaquín que no crea en todo lo que oye…
-¿Pero sabes que el que le ayude será premiado en la Tierra y en e1 Cielo? Bien contenta estaría yo de que mi marido recibiera este premio: estoy cargada de hijos y la vida es difícil. ¡Si pudiéramos tener un puesto entre los siervos del Rey de Israel!
-Mira, Raquel, creo que será mejor cuidar mi huerto y mis dátiles. Si me lo dijera Él… sí que dejaría todo y lo seguiría. Pero… dicho por otros…
-¡Son discípulos suyos!
-Nunca los he visto con Él. Y además… No. Fingen que son corderos, pero tienen unas caras de maleantes que no me convencen.
-Es verdad. Desde hace un tiempo, suceden hechos extraños, y siempre se dice que son los discípulos del Rabí los que los hacen. El último día antes del sábado, algunos de ellos trataron con ultrajes a una mujer que llevaba huevos al mercado y le dijeron: "Los queremos en nombre del Rabí galileo".
-¿Tú crees que Él puede querer que se hagan estas cosas, Él, que da y no toma, É1, que podría vivir entre los ricos y prefiere estar entre los pobres, y quitarse el manto, como decía a todos aquella leprosa curada que se encontró con Jacob?
Otro hombre, que se ha acercado al grupo y ha estado escuchando, dice:
-Tienes razón. ¿Y eso otro que se dice, entonces?: ¿que el Rabí nos va a acarrear grandes desventuras porque los romanos nos castigarán a todos nosotros por causa de sus instigaciones a la gente? ¿Vosotros lo creéis?
Yo digo y no me equivoco, porque soy anciano y cuerdo-, digo que tanto los que nos dicen, a nosotros, gente sencilla, que el Rabí quiere apoderarse del trono con violencia, y también expulsar a los romanos -¡Ah, si así fuera!, ¡si fuera posible hacerlo!-, como los que cometen actos violentos en su nombre, como los que nos instigan a la rebelión con promesas de una futura ganancia, como los que quisieran que odiáramos al Rabí como individuo peligroso que nos ha de llevar a la desventura… todos éstos son enemigos del Rabí, y tratan de destruirlo para triunfar ellos.
¡No los creáis! ¡No creáis en los falsos amigos de la gente sencilla! ¿Veis lo soberbios que han pasado? A mí por poco si no me dan un palo, porque me era difícil hacer que las ovejas entraran, y les obstaculizaba su camino…
¿Amigos nuestros ésos? Nunca. Son nuestros vampiros, y -¡Dios no lo quiera!-vampiros también de Él.
-Tú que estás cerca de los campos de Lázaro, ¿sabes si ha muerto?
-No. No ha muerto. Está allí, entre la muerte y la vida… Le he preguntado por él a Sara, que estaba cogiendo flores aromáticas para los lavatorios.
-¿Y entonces para qué han venido ésos?
-¡Pues si ya lo he dicho yo! ¡Han venido para ver si estaba el Rabí! Para hacerle algún daño. ¿Sabes lo que sería para ellos el poder causarle algún mal? ¡Y precisamente en casa de Lázaro! Dilo tú, Natán, ¿ese herodiano no era el que hace tiempo era el amante de María de Teófilo?
-Era él. Quizás quería vengarse así de María…
Llega corriendo un muchachito. Grita:
-¡Cuánta gente en casa de Lázaro! Yo volvía del arroyo con Leví, Marcos e Isaías, y hemos visto eso. Los criados han abierto la cancilla y han tomado las caballerías.
Y Maximino ha salido al encuentro de los judíos, y otros han acudido y han saludado con grandes reverencias. Han salido de la casa Marta y María con sus criadas, para saludar. Y hubiéramos querido ver más, pero han cerrado la cancilla y se han metido todos en la casa.
El jovencito está todo emocionado por las noticias que trae, por lo que ha visto…
Los adultos hacen comentarios entre sí.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Están ya en las tierras que acusan la cercanía del Mar Muerto.
Apartados de los caminos de caravanas, yendo directamente hacia el nordeste, la marcha -salvo la aspereza del terreno, que está lleno de piedras cortantes y lastras de sal y salpicado de matas bajas y espinosas-es buena y, sobre todo, tranquila, porque no hay alma viviente hasta donde alcanza la vista y la temperatura es suave y el terreno está seco.
Van conversando. Deben haber encontrado en los días anteriores a algunos pastores en cuya compañía han debido hacer un alto, porque hablan de ellos. Hablan también de un niño curado. Dulcemente, queriéndose. Aun cuando callan, se hablan con sus corazones, mirándose con la mirada de quien se siente feliz de estar con un amigo íntimo. Se sientan para descansar y comer algo, reanudan la marcha, siempre con ese aspecto de paz que da paz a mi corazón sólo con verlo.
-Allí está Galgala -dice Jesús señalando hacia delante, a un grupo de casas que albea bajo el sol en un montecito situado hacia el nordeste -Ya estamos cerca del río.
-¿Y vamos a entrar en Galgala para la noche?
-No, Juan. He evitado todas las ciudades a propósito, y ésta también. Si encontramos a algún otro pastor, iremos con él. Si vemos en el camino al que llegaremos pronto caravanas que estén preparándose para detenerse durante la noche, pediremos que nos acojan bajo sus tiendas. Los nómadas del desierto son siempre hospitalarios. Y en esta época es fácil encontrarlos. Si nadie nos recibe, dormiremos bajo las estrellas, uno al lado del otro bajo nuestros mantos, y nos velarán los ángeles.
-¡Oh, sí! ¡Cualquier cosa será mejor que la noche de tristeza, que la última noche que he pasado allá, en Belén!
-¿Pero por qué no viniste conmigo inmediatamente?
-Porque me sentía culpable. Y además decía: Jesús es tan bueno, que no me va a reprender, es más, me va a consolar, como hiciste. Y, entonces, ¿dónde habría acabado la penitencia que quería hacer?
-La habríamos hecho juntos, Juan. Yo también de hecho estuve sin comida ni fuego, a pesar de los alimentos y la leña que encontré por la mañana.
-Sí. Pero, estando contigo, nada es nada. Yo, cuando estoy contigo, no padezco nada. Te miro, te escucho, y me siento feliz.
-Ya lo sé. Y sé también que en ninguno mi pensamiento se imprime como en mi Juan. Y sé también que sabes comprender y callar cuando hay que callar. Tú me comprendes, sí. Porque me quieres. Juan, escúchame. Dentro de no mucho…
-¿Qué, Señor? -pregunta inmediatamente, interrumpiéndole, Juan; y le agarra un brazo y lo para para mirarle a la cara, con ojos de preocupación escrutadora, quebrado el rostro.
-Dentro de no mucho, hará tres años que evangelizo. Todo lo que había que decir a las gentes lo he dicho. Quienes quieren amarme y seguirme tienen ya los elementos para hacerlo, con seguridad. Los demás… Alguno se convencerá con los hechos. La mayor parte permanecerán sordos también a los hechos. Pero a éstos he de decirles unas pocas cosas. Y las diré. Porque también la justicia, además de la misericordia, debe ser satisfecha. Hasta ahora la misericordia ha callado muchas veces y en muchas cosas.
Pero, antes de callar para siempre, hablará el Maestro incluso con severidad de juez. Pero no quería hablarte de esto. Quería decirte que dentro de poco, habiendo dicho al rebaño todo aquello que había que decir para hacerlo mío, me recogeré mucho orando y preparándome. Y, cuando no esté orando, me dedicaré a vosotros. Como hice al principio, haré al final. Vendrán las discípulas. Vendrá mi Madre. Nos prepararemos todos para la Pascua. Juan, desde ahora te pido que te dediques mucho a las discípulas. A mi Madre en especial…
-¡Mi Señor! ¿Pero qué le puedo dar yo a tu Madre que Ella no posea sobreabundantemente; con tanta sobreabundancia, que tiene para darnos a todos nosotros?»
-Tu amor. Ponte en el caso de que eres como un segundo hijo para Ella. Ella te ama y tú la amas. Tenéis un único amor
que os une: el amor por mí. Yo, su Hijo de carne y corazón, cada vez estaré más… ausente, absorto en mis… ocupaciones. Y Ella sufrirá, porque sabe…que pronto va a venir. Tú debes consolarla incluso por mí, hacerte tan amigo de Ella, que pueda llorar en tu corazón y sentirse consolada. Ya estás familiarizado con mi Madre, has vivido ya con Ella; pero, una cosa es hacerlo como un discípulo que ama reverencialmente a la Madre de su Maestro, y otra cosa es hacerlo como hijo. Quiero que lo hagas como hijo, para que Ella sufra un poco menos cuando ya no me tenga.
-Señor, ¿vas a morir? ¡Hablas como uno que esté para morir! Me apenas…
-Os he dicho varias veces que debo morir. Es como si hablara a niños distraídos o a personas con pocas luces. Sí. Voy a morir. Se lo diré también a los otros. Pero más tarde. A ti te lo digo ahora. Recuérdalo, Juan.
-Yo me esfuerzo en recordar tus palabras, siempre… Pero éstas son tan dolorosas…
-Que haces de todo para olvidarlas. ¿Quieres decir eso? ¡Pobre muchacho! No eres tú el que olvida, ni eres tú el que recuerda. Tú con tu voluntad. Es tu misma humanidad la que no puede recordar esta cosa que supera con mucho su capacidad de resistencia, esa cosa demasiado grande -y no sabes siquiera cabalmente cuán grande, monstruosa, será-; esa cosa tan grande, que te atonta como un peso caído de lo alto encima de tu cabeza. Y, a pesar de todo, es así. Ya pronto iré a la muerte. Y mi Madre se quedará sola. Moriré con una gota de dulzura en mi océano de dolor si te veo "hijo" para con mi Madre…
-¡Oh, mi Señor! Si voy a ser capaz… si no me sucede como en Belén, sí, lo haré. Velaré con corazón de hijo. ¿Pero qué podré darle que la consuele si te pierde a ti? ¿Qué le voy a poder dar, si yo también estaré como uno que ha perdido todo, entontecido por el dolor? ¿Cómo lograré hacer esto, yo que no he sabido velar y padecer ahora, en la calma, durante una noche y por un poco de hambre? ¿Cómo voy a lograr hacer eso?
-No te intranquilices. Ora mucho en este tiempo. Te tendré mucho conmigo y con mi Madre. Juan, tú eres nuestra paz. Y lo seguirás siendo cuando llegue el momento. No temas, Juan. Tu amor hará todo.
-¡Oh, sí, Señor! Tenme mucho contigo. A mí, ya lo sabes, no me seduce el hacerme patente, el hacer milagros; yo sólo quiero y sólo sé amar…
Jesús lo besa una vez más en la frente, hacia la sien, como en la gruta.
Tienen ya a la vista el camino que va hacia el río. Ahí hay algún peregrino que aguija a las cabalgaduras o acelera el paso para estar antes de que sea de noche en los lugares de parada. Pero todos van arrebujados en el manto, porque, habiéndose ocultado el sol, el aire se hace crudo, y ninguno advierte la presencia de los dos viandantes que caminan ligeros hacia el río.
Un caballero al trote cochinero, casi al galope, llega a ellos y los supera, pero se para después de unos metros, debido a una acumulación de asnos en un pequeño puente horcado, tendido sobre un ancho río que quiere aparentar ser torrente y va espumando hacia el Jordán o el Mar Muerto. Mientras espera su turno de paso, el caballero se vuelve. Se ve que se sorprende. Baja de la silla y, sujetando de las riendas al caballo, vuelve hacia atrás, hacia Jesús y Juan, que no lo han visto.
-¡Maestro! ¿Cómo por aquí, y sólo con Juan? -pregunta el caballero echando hacia atrás las alas de la prenda que cubre su cabeza y que había extendido sobre la cara como capucha y, podría decir, como máscara-para protegerse del viento y del polvo. Aparece el rostro moreno y viril de Manahén.
-La paz a ti, Manahén. Voy hacia el río para cruzarlo. Pero dudo que pueda hacerlo antes de que sea de noche. ¿Y tú a dónde ibas?
-A Maqueronte. A la sucia guarida. ¿No tienes dónde dormir? Ven conmigo. Yo iba con prisa a una posada que hay en el camino de las caravanas. O, si lo prefieres, monto la tienda debajo de los árboles del río. Tengo todo en la silla.
-Eso prefiero. Pero tú, sin duda, prefieres la posada.
-Yo te prefiero a ti, mi Señor. Haberte encontrado lo considero una gracia. Vamos, entonces. Conozco las orillas como si fueran los pasillos de mi casa. Al pie del collado de Galgala hay un bosque resguardado del viento, rico en hierba para el animal, y en leña para los fuegos de los hombres. Allí estaremos bien.
Van a buen paso, torciendo netamente hacia Oriente, dejando el camino que va hacia el vado o hacia Jericó.
Llegan pronto a los lindes de un tupido bosque que desciende de las pendientes del collado y se extiende en la llanura hacia las orillas del río.
-Voy a aquella casa. Me conocen. Voy a pedir leche y paja para dos -dice Manahén, y se marcha con su caballo. Pronto regresa, seguido por dos hombres que traen fajos de paja en los hombros y un pequeño cubo de cobre colmado de leche.
Entran bajo el bosque sin decir nada. Manahén indica que echen al suelo la paja y despide a los dos hombres. De los bolsillos de la silla saca yesca y eslabón y hace fuego con las muchas ramas que hay en el suelo. El fuego alegra y da calor. El caldero, colocado encima de dos piedras que ha traído Juan, se calienta, mientras Manahén, que ya ha quitado la silla al caballo, extiende la tienda de suave lana de camello atándola a unas estacas clavadas en el suelo y arrimándola al robusto tronco de un árbol secular.
Abre sobre la hierba una piel de oveja, que también estaba atada a la silla, y pone ésta encima luego dice:
-Maestro, ven. Un refugio de caballeros del desierto. Pero defiende del rocío y la humedad del suelo. Para nosotros será suficiente la paja. Te aseguro, Maestro, que las alfombras preciosas y los baldaquinos, los asientos del palacio, me parecerán menos, mucho menos hermosos que este trono tuyo y que esta tienda y esta paja, y las viandas suculentas que en distintas ocasiones he saboreado no habrán tenido nunca el sabor del pan y la leche que vamos a tomar aquí debajo juntos. ¡Me siento feliz, Maestro!
-Yo también, Manahén; y, sin duda, también Juan. La Providencia nos ha reunido esta noche para nuestra recíproca alegría.
-Esta noche y mañana, Maestro, y también pasado mañana, hasta que no te vea en seguro entre tus apóstoles. Pienso que vas a reunirte con ellos…
-Sí. Voy donde ellos. Me esperan en la casa de Salomón.
Manahén lo observa. Luego dice:
-He pasado por Jerusalén… Y he sabido lo ocurrido. Por Betania. Y he comprendido por qué no te has detenido allí. Haces bien en retirarte. Jerusalén es un cuerpo lleno de veneno y de podredumbre. Más que el pobre Lázaro…
-¿Lo has visto?
-Sí. Afligido por los tormentos del cuerpo y del corazón, por ti. Muere muy afligido Lázaro… Pero quisiera morir yo también, antes que ver el pecado de nuestros compatriotas.
-¿Estaba revuelta la ciudad? -pregunta Juan mientras cuida el fuego.
-Mucho. Dividida en dos partidos. Y, cosa extraña, los romanos han sido clementes con algunos que habían sido detenidos por sedición el día antes. Se dice en secreto que eso es para no aumentar la agitación. Se dice también que pronto el Procónsul irá a Jerusalén. Antes de lo normal. Si ello va a ser un bien o no, no lo sé. Lo que sí sé es que Herodes hará lo mismo, lo cual, ciertamente, será un bien para mí, porque podré estar cerca de ti. Con un buen caballo -las caballerizas de Antipas tienen árabes veloces-ir de la ciudad al río será cosa rápida. Si vas a detenerte allí…
-Sí. Voy a estar allí. Por ahora al menos…
Juan lleva la leche caliente, donde todos introducen su pan después del ofrecimiento y bendición llevados a cabo por Jesús. Manahén pasa unos dátiles blondos como la miel.
-¿Pero dónde tenías tantas cosas? -pregunta Juan maravillado.
-La silla de un caballero es un pequeño mercado, Juan; en ella hay de todo para el hombre y el animal -responde Manahén con una sonrisa leal en su cara morena.
Piensa un momento y luego pregunta:
-Maestro, ¿es lícito amar a los animales que nos sirven y que muchas veces lo hacen con más fidelidad que el hombre?
-¿Por qué esta pregunta?
-Porque recientemente se han burlado de mí y me han criticado algunos que me vieron cubrir con la manta que ahora nos hace de tienda a mi caballo sudado por la carrera que había hecho.
-¿Y no te dijeron nada más?
Manahén mira desorientado a Jesús… y calla.
-Habla con sinceridad. No es murmurar ni ofenderme el decir lo que ellos te han dicho para lanzar un nuevo puñado de fango contra mí.
-Maestro, Tú lo sabes todo. Verdaderamente, Tú lo sabes todo y es inútil querer celarte nuestros pensamientos o los de otros. Sí. Me dijeron: "Se ve que eres discípulo de ese samaritano. Eres un pagano como Él, que viola los sábados por hacerse impuro tocando animales impuros".
-¡Ah, esto seguro que ha sido Ismael! -exclama Juan.
-Sí. Él y otros con él. Yo me opuse diciendo: "Os comprendería si me llamarais impuro por vivir en la Corte de Antipas; no por mirar por un animal que ha sido creado por Dios". Y, como en el grupo había también herodianos -lo cual, de un tiempo a esta parte fácilmente se ve, y también es sorprendente, porque hasta ahora la disidencia entre ellos era fuerte-, me respondieron: "Nosotros no juzgamos los actos de Antipas, sino los tuyos. También Juan el Bautista estaba en Maqueronte y tenía contactos con el rey. Pero fue siempre un justo. Tú, por el contrario, eres un idólatra…".
Se concentraban personas y me frené para no alterar a la gente de la ciudad. Desde hace un tiempo, la gente es mantenida en agitación por algunos de tus falsos seguidores, que la incitan a rebelión contra los que te hostigan, o por otros, que cometen abusos presentándose como discípulos enviados por ti…
-¡Esto es demasiado! Maestro, ¿a dónde van a llegar? ̿ pregunta inquieto Juan.
-No más allá del límite que podrán alcanzar. Tras ese límite, Yo sólo continuaré adelante y resplandecerá la Luz y ya nadie podrá dudar que Yo era el Hijo de Dios. Pero venid aquí a mi lado y escuchad Primero alimentad el fuego.
Los dos, bien contentos, se echan sobre la compacta piel de oveja que está extendida en el suelo bajo los pies de Jesús. Él está sentado en la silla escarlata, contra la tienda, que está pegada al tronco del árbol. Manahén está casi echado: el codo hincado en el suelo, la cabeza apoyada en la mano, los ojos en los ojos de Jesús. Juan se sienta sobre los calcañares y, en su postura habitual, apoya la cabeza en el pecho de Jesús y lo ciñe con un brazo.
-Cuando el Creador hizo la Creación y le dio como rey al hombre creado a su imagen y semejanza, mostró al hombre todas las criaturas creadas y quiso que el hombre les diera un nombre para distinguir a unas de otras. Y se lee en el Génesis "que todo nombre que Adán dio a los animales era bueno, era el verdadero nombre". Y también se lee en el Génesis que Dios, habiendo creado al hombre y a la mujer, dijo:
"Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los animales y toda la Tierra y sobre los reptiles que serpean en ella". Y, cuando hubo creado la compañera a Adán, la mujer, como él hecha a imagen y semejanza de Dios, no siendo conveniente que la Tentación, que estaba al acecho, tentase y corrompiera aún más ruinmente al varón creado a imagen de Dios, dijo Dios al hombre y a la mujer: Creced, multiplicaos, y poblad la Tierra y dominadla, y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todos los animales que se mueven en la Tierra", y dijo también:
"Ved que os he dado todas las hierbas de semilla que existen en la Tierra, y todos los árboles que llevan en sí semilla de la propia especie, para que os sirvan de alimento a vosotros y también a todos los animales de la Tierra y a las aves del cielo y a cuanto se mueve sobre la Tierra y lleva en sí alma viviente, para que tengan vida".
Los animales y las plantas y todo lo que el Creador ha creado para beneficio del hombre representan, pues, un don de amor y un patrimonio entregado por el Padre a los hijos para su custodia, para que lo usen con beneficio y con gratitud hacia el Dador de todo favor. Por eso, deben ser amados y tratados con justo cuidado.
¿Qué diríais vosotros de un hijo al que el padre le diera vestidos, muebles, dinero, campos, casas, diciendo: "Te los doy para ti y tus sucesores, para que tengáis con qué ser felices. Usad todo esto con amor en memoria del amor mío que os lo da", y que luego su hijo o los hijos de éste dejasen que se estropeara todo o dilapidaran todos los bienes? Diríais que no han hecho honor a su padre, que no han amado ni a su padre ni el don recibido.
Igualmente, el hombre debe cuidar de todo lo que Dios con cuidado providencial ha puesto a su disposición. Cuidado no quiere decir idolatría, ni inmoderado apego hacia los animales o las plantas, o cualquier otra cosa. Cuidado quiere decir sentido de afecto de gratitud hacia las cosas menores que nos son útiles y que tienen su vida, o sea, su sensibilidad.
El alma viviente de las criaturas menores de que habla el Génesis no es el alma como la tiene el hombre. Es la vida, simplemente la vida, o sea, el ser sensible a las cosas actuales, tanto materiales como afectivas. Cuando un animal está muerto es insensible, porque con la muerte, para él, ha llegado el verdadero final. No hay futuro para él. Pero, mientras vive, sufre hambre, frío, cansancio; está sujeto a herirse y sufrir, a gozar, a amar, a odiar, a enfermarse y morir.
Y el hombre, en recuerdo de Dios, que le ha dado ese medio para hacerle menos desapacible el exilio en la Tierra, debe ser humano para con sus siervos menores que son los animales. ¿En el Libro mosaico (Deuteronomio 22, l-4.6-7) no está, acaso, prescrito tener sentimientos de humanidad también lacia los animales, sean aves o cuadrúpedos?
En verdad os digo que hay que saber ver con justicia las obras del Creador. Si se miran con justicia, se ve que son "buenas". Y lo bueno ha de ser amado siempre. Se ve que son cosas dadas con un fin bueno y por un impulso de amor, y, como tales, podemos, debemos amarlas, viendo, más allá del ser finito, al Ser infinito que las ha creado para nosotros. Se ve que son útiles, y como tales han de ser amadas.
Nada -recordad esto bien-ha sido hecho sin finalidad en el Universo. Dios no desperdicia su perfecta potencia en cosas inútiles. Este tallito de hierba no es menos útil que el poderoso tronco en que se apoya nuestro pasajero refugio. La gota de rocío, la pequeña perla, escarcha, no son menos útiles que el inmenso mar.
El mosquito no menos útil que el elefante; ni el gusano que está en el fango de una zanja es menos útil que la ballena. Nada hay inútil en la creación. Dios ha hecho todo con fin bueno, con amor hacia el hombre. El hombre debe usar todo con recto fin y amor a Dios, que le ha dado todo lo que hay sobre la Tierra, para que ello sea súbdito del rey de la creación.
Tú has dicho, Manahén, que el animal, a menudo, sirve a los hombres mejor que los hombres. Yo digo que los animales, las plantas, los minerales, los elementos, superan, todos, al hombre en obediencia a la finalidad para la que han sido creados: siguiendo pasivamente las leyes creativas, o siguiendo activamente el instinto inculcado por el Creador, o rindiéndose a la domesticación.
El hombre que debería ser la perla en la creación, demasiadas veces es la fealdad de la creación. Debería ser la nota más acorde con el coro de los habitantes del Cielo en la alabanza a Dios, y demasiadas veces es la nota discorde que impreca o blasfema o se rebela o dedica su canto a alabar a las criaturas en vez de al Creador. Por tanto, la idolatría; por tanto, la ofensa; por tanto, la inmundicia. Y esto es pecado.
Quédate, pues, en paz, Manahén. Esta piedad tuya hacia un caballo, que está sudado por haberte servido, no es pecado. Pecado son las lágrimas que se hacen derramar a los semejantes y los desenfrenados amores que son ofensa a Dios, digno de todo el amor del hombre.
-¿Pero yo, estando cerca de Antipas, peco?
-¿Con qué finalidad estás? ¿Para gozar?
-No, Maestro. Para velar por ti. Tú lo sabes. También ahora iba por esto. Porque sé que han mandado mensajeros a Herodes para incitarlo contra ti.
-Entonces no hay pecado. ¿No te gustaría más estar conmigo, en mi pobreza de vida?
-¿Y me lo preguntas? Lo he dicho al principio. Esta noche bajo la tienda, el pobre alimento que hemos comido, no tienen comparación para mí. ¡Si no fuera porque para oír los silbos de las serpientes hay que estar junto a su madriguera, yo estaría contigo! He comprendido la verdad de tu misión. Un día erré. Pero me sirvió para comprender y ya no volveré a salir de la justicia.
-¡Ya lo ves! Nada hay inútil. Incluso el error, para quien tiende al Bien, es medio para el Bien. El error cae como camisa de crisálida, y sale la mariposa, que no es deforme, que no huele mal, que no repta, sino que vuela en busca de cálices de flores y rayos de luz. Las almas buenas también son así. Pueden dejarse envolver un momento por miserias y mortificantes angosturas. Pero luego se liberan de ello y vuelan de flor en flor, de virtud en virtud, hacia la Luz, hacia la Perfección. Alabemos al Señor por sus obras de continua misericordia, que actúan incluso sin que el hombre lo sepa en el corazón del hombre y alrededor del hombre.
Y Jesús ora, poniéndose de rodillas, porque la tienda, baja y limitada, no permite otra postura. Luego, alimentado el fuego delante de la tienda, trabado el caballo, se preparan para descansar, proponiéndose sustituirse en vigilar por turno el fuego y el animal, sobre el cual Manahén ha echado la zalea gruesa como capa para protección del frescor nocturno.
Jesús y Manahén se echan encima de los fajos de paja y se envuelven en el manto para dormir. Juan, por miedo a quedarse dormido, va y viene, fuera de la tienda, alimenta el fuego, observa al caballo, que, a su vez, lo mira con sus inteligentes ojos negros y golpea rítmicamente la pezuña y menea la cabeza, haciendo tintinear las cadenitas de plata de los jaeces y rompiendo aromáticos tallitos de hinojos agrestes nacidos al pie del árbol al que está atado.
Y, como Juan le ofrece otros mejores, crecidos poco lejos, relincha de placer y trata de rozar los blandos y rosados ollares contra el cuello del apóstol. De más lejos, en el gran silencio de la noche, se oye venir el tranquilo frufrú del río.
Dice Jesús:
-Y termina también el tercer año de vida pública. Viene ahora el período preparatorio de la Pasión. Ese período en que, a primera vista, todo parece limitarse a pocas acciones y a pocas personas. Como si disminuyera mi figura y mi misión. En realidad, Aquel que parecía vencido y excluido era el héroe que se preparaba para la apoteosis, y, en torno a Él, las pasiones -no las personas, sino las pasiones de las personas- se condensaban, llevadas a los máximos límites.
Todo lo anterior -y quizás algunos episodios, a los lectores con mala disposición de ánimo o superficiales, les haya parecido cosa sin finalidad- aquí se ilumina con su luz resplandeciente o tétrica.
Y especialmente las figuras más importantes, esas cuyo conocimiento muchos no quieren reconocer útil, precisamente porque en ella se ve la lección para los actuales maestros, que deben ser instruidos más que nunca para hacerse verdaderos maestros de espíritu.
Como he dicho a Juan y Manahén, nada de lo que hace Dios es inútil, ni siquiera el grácil tallito de hierba. De la misma manera, nada es superfluo en este trabajo: no lo son las figuras espléndidas, no lo son las débiles y tenebrosas; es más, para los, maestros de espíritu, más útiles son las figuras débiles y tenebrosas que no las formadas y heroicas.
Como desde lo alto de un monte, en la cima, puede abarcarse toda la configuración del monte y la razón de ser de los bosques, de los torrentes, de los prados y declives, que hay para llegar desde la llanura hasta la cima, y se ve toda la belleza del panorama, y más fuerte viene la persuasión de que todas las obras de Dios son útiles y estupendas, y de que una sirve y completa a la otra y todas están presentes para formar la belleza de la Creación; así -naturalmente para quien tiene espíritu recto-, todas las distintas figuras, o lecciones o episodios de estos tres años de vida evangélica, contemplado-como desde lo alto de la cima del monte de mi obra de Maestro, sirven para dar la visión exacta de aquel complejo político, religioso, social, colectivo, espiritual, egoísta hasta el delito o altruista hasta la oblación, en que Yo fui Maestro y en el que me constituí en Redentor La grandiosidad del drama no se ve en una escena, sino en todas las partes de él. La figura del protagonista sobresale con las distintas luces con que lo iluminan las partes secundarias.
Llegando ya a la cima, y la cima era el Sacrificio para que me había encarnado, develados todos los recónditos pliegues de los corazones y todos los manejos de las sectas, sólo queda por hacer lo que hace el viandante que llega a la cima: mirar.
Mirarlo todo y mirar a todos. Conocer el mundo hebreo. Conocer lo que Yo era: el Hombre que estaba por encima de la sensualidad, del egoísmo, del rencor; el Hombre que debió ser tentado por todo un mundo, tentado a la venganza, al poder, a las alegrías, incluso las honestas de las nupcias y de la casa; el Hombre que debió soportarlo todo viviendo en contacto con el mundo y sufrir por ello -porque infinita era la distancia entre la imperfección y el pecado del mundo y mi Perfección-; y que a todas las voces, a todas las seducciones, a todas las reacciones del mundo, de Satanás y del yo, supo responder "no" y permanecer puro, manso, fiel, misericordioso, humilde, obediente, hasta la muerte de Cruz.
¿Comprenderá todo esto la sociedad de ahora, a la cual brindo este conocimiento de mí para fortalecerla contra los asaltos, cada vez más fuertes, de Satanás y del mundo? Hoy también, como hace veinte siglos, habrá contradicción entre aquellos para quienes me revelo. Yo soy signo de contradicción una vez más. Pero no Yo, por mí mismo, sino Yo respecto a lo que en ellos suscito.
Los buenos, los de buena voluntad, tendrán las reacciones buenas de los pastores y de los humildes. Los otros tendrán reacciones malas, como los escribas, fariseos, saduceos y sacerdotes de aquel tiempo. Cada uno da lo que tiene.
El bueno que entra en contacto con los malos desencadena en éstos una efervescencia de mayor maldad. Y ciertamente habrá un juicio sobre los hombres, como lo hubo el Viernes de Parasceve, según hayan juzgado, aceptado y seguido al Maestro que, con un nuevo intento de infinita misericordia, se ha dado a conocer una vez más.
¿A cuántos se les abrirán los ojos y me reconocerán y dirán: "Es Él. Por eso nuestro corazón ardía en nuestro pecho mientras nos hablaba y nos explicaba las Escrituras"?
Mi paz a éstos y a ti, pequeño, fiel, amoroso Juan (nombre que Jesús daba a María Valtorta)
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Es una serena pero cruda mañana de invierno. La escarcha ha blanqueado con sus cristales harinosos el suelo y las hierbas, y de alguna ramita seca que yace en el suelo ha hecho una preciosa joya aljofarada de perlitas.
Juan sale de su gruta. Está muy pálido con su túnica color avellana oscuro. Debe tener también mucho frío, o está enfermo. No lo sé. Sé que tiene una palidez casi lívida y que su paso es vacilante, como una persona que no se siente bien.
Va hacia el arroyo y titubea respecto a hundir en él, o no, sus manos. Se decide y, formando el cuenco de las dos manos, bebe un sorbo de esa agua cristalina pero ciertamente muy fría. Sacude las manos y termina de secárselas con el extremo de la túnica. Luego permanece un momento inseguro…
Mira hacia las ruinas donde está Jesús, mira hacia las suyas… y a éstas regresa lentamente. Pero, en llegando a la abertura por donde se entra, siente como un vahído y se tambalea. Se hubiera caído si no se hubiera agarrado a la pared semiderruída.
Permanece un momento con la cabeza sobre el brazo doblado, agarrándose a la pared; luego alza la cabeza y mira a su alrededor… Ya no entra en su cuchitril. Rasando la pared, sujetándose en los salientes angulosos de las piedras ya carentes de revoque, da los pocos pasos que lo separan del establo donde está Jesús, y, habiendo llegado casi a la entrada, se arroja de rodillas y gime:
-¡Jesús, mi Señor, piedad de mí!
Jesús pronto aparece:
-¿Juan? ¿Qué haces? ¿Qué te pasa?
-¡Oh, mi Señor! ¡Tengo hambre! Hace casi dos días que no como nada. Tengo hambre y frío… -está palidísimo y le castañean los dientes.
-¡Ven! ¡Pasa adentro! -dice Jesús ayudándole a ponerse en pie.
Juan, sujetado por el brazo de Jesús, llora con la cabeza reclinada en el hombro de Él, y suspira:
-No me castigues, Señor, si te he desobedecido…
Jesús responde sonriendo:
-Ya has recibido el castigo. Pareces un moribundo… Siéntate aquí, en esta piedra. Hago fuego y te doy comida… -y Jesús enciende con la yesca unas ramillas y hace un buen fuego en el rústico hogar que hay cerca de la puerta.
Olor de ramas quemadas y viveza de llamas se esparcen por la mísera gruta, y Jesús, pinchados en un palito dos pedazos de pan, los presenta a la llama; cuando los siente calientes, los cubre con el corazón graso de los quesos dejados por los pastores, y el queso se ablanda y se derrite en el pan que ahora Jesús mantiene suspendido sobre la llama como si fuera un plato.
-Come ahora y no llores -dice sonriendo aún y pasando el pan a Juan, que llora en silencio como un niño extenuado, y no deja de verter lágrimas ni siquiera mientras come ese alimento reconfortante.
Jesús va hacia el pesebre y vuelve con unas manzanas; las coloca entre las cenizas que se han calentado bajo el calor de la leña que arde sostenida por dos piedras que hacen de morillos.
-¿Va mejor ahora? -pregunta mientras se sienta al lado de su apóstol, que expresa que sí con la cabeza, llorando aún.
Jesús le pasa un brazo por los hombros y lo acerca a sí, cosa que aumenta el llanto de Juan, que está todavía demasiado agotado y demasiado turbado por el miedo -quizás-a una reprensión, por la emoción de verse acogido así… demasiado como para saber hacer otra cosa que no sea llorar.
Jesús lo tiene arrimado a sí sin hablar, mientras Juan come. Luego dice:
-Por ahora basta. Las manzanas podrás comerlas más tarde. Quisiera darte un poco de vino, pero no lo tengo. He encontrado anteayer, al alba, haces de leña y comida fuera del establo. Pero no había vino. Por eso, no te lo puedo dar. Si fuera más tarde, podría pedir leche a unos pastores que he visto que pacían el rebaño en la otra parte del arroyo. Pero mientras no se disuelva la escarcha no salen los hatos…
-Estoy ya mejor, Señor… No te aflijas por mí.
-¿Y entonces tu aflicción por qué es?, porque pareces… eso, un árbol cuya escarcha bajo el sol se estuviera derritiendo dice Jesús sonriendo aún más vivamente, y besa a Juan en lo alto de la frente.
-Porque estoy lleno de remordimientos, Señor… y…¡Sí! ¡Suéltame! ¡Tengo que hablarte de rodillas, pedirte perdón…
-¡Pobre Juan! Verdaderamente este esfuerzo superior a tu capacidad te ha debilitado también el intelecto. ¿Y tú crees que necesito tus palabras para juzgarte y absolverte?
-Sí, sí, sé que sabes todo. Pero no tendré paz hasta que no te haya dicho mi pecado; es más, mis pecados. Suéltame.
Déjame acusarme de mis culpas.
-Bueno, habla, si eso te va a dar paz.
Juan cae de rodillas y, alzando la cara llorosa, dice:
-He pecado de desobediencia, de presunción y de… no sé si es correcto llamarla humanidad. Pero la verdad es que ésta es mi culpa más reciente, más grave, la que me produce el mayor dolor y la que me dice qué siervo inútil soy, más aún: qué egoísta y bajo.
Las lágrimas verdaderamente le lavan el rostro, mientras a Jesús la sonrisa le pone la cara cada vez más luminosa.
Jesús está un poco inclinado hacia este apóstol suyo que llora, y la divina sonrisa es una profunda caricia para el dolor de Juan. Pero Juan está tan afligido, que ni siquiera lo consuela esa sonrisa, y continúa:
-Te he desobedecido. Habías dicho que no debíamos separarnos, y yo me separé inmediatamente de los compañeros, y los he escandalizado. Respondí mal a Judas de Keriot, que me observaba que estaba pecando. Dije: "Tú lo hiciste ayer, yo lo hago hoy; tú lo hiciste para tener noticias de tu madre, yo lo hago para estar con el Maestro y velar por Él, defenderlo"… Un acto mío de presunción el querer hacer esto… ¡Yo, pobre inútil, defenderte a ti! Y luego, otro acto de presunción, porque he querido emularte. He dicho: "Sin duda ora y ayuna. Yo voy a hacer lo que Él hace y por su misma intención". Y, sin embargo…
El llanto se hace sollozos mientras la confesión de la miseria del hombre, de la materia que ha sobrepujado la voluntad del espíritu sale de los labios de Juan:
-Y, sin embargo… me dormí. ¡Me dormí enseguida! Y no me desperté sino ya del todo de día, y te vi ir al río, lavarte, volver aquí; y comprendí que habrían podido incluso capturarte sin estar yo preparado para defenderte.
Y luego quería hacer penitencia y ayuno, pero no he sido capaz de hacerlo. Con pequeños bocados, casi para no comer, el primer día terminé de comer mi poco pan. Tú sabes que no tenía más. Y aún no me sentía saciado habiendo terminado todo. Y al día siguiente he tenido todavía más hambre, y esta noche… ¡Oh!, ayer por la noche he dormido poco por hambre y frío, y esta noche no he dormido nada… y esta mañana ya no he sabido resistir… y he venido porque he tenido miedo de morir de inanición… Y es esto lo que más me punza: no haber sabido estar despierto para orar y velar por ti y haberlo sabido hacer por las dentelladas del hambre… Soy un siervo estúpido y vil. ¡Castígame, Jesús!
-¡Pobre niño! ¡Ya quisiera Yo que todo el mundo hubiera de gritar estas culpas tuyas! Pero, escucha, levántate y escúchame, y tu corazón volverá a estar en paz. ¿Has desobedecido también a Simón de Jonás?».
-No, Maestro. Nunca lo habría hecho, porque has dicho que debíamos estar sujetos a él como a un hermano mayor. Pero él, cuando le dije: "Mi corazón no está tranquilo viéndolo marcharse solo", respondió: "Tienes razón. Pero yo no puedo ir porque tengo la obediencia de guiaros a todos vosotros. Ve tú, y que Dios te acompañe". Los otros alzaron la voz y Judas más que nadie. Recordaron la obediencia, e incluso censuraron a Simón Pedro.
-¿Censuraron? Sé sincero, Juan.
-Es verdad, Maestro. Fue Judas el que censuró a Simón y me trató mal a mí. Los otros solamente dijeron: "El Maestro ha ordenado permanecer juntos". Y me lo decían a mí, no a nuestro jefe. Pero Simón respondió: "Dios ve la finalidad del acto, y perdonará. Y el Maestro perdonará, porque esto es amor" y me bendijo y me besó y me mandó tras ti, como aquel día que fuiste con Cusa al otro lado del lago.
-Entonces Yo de esta culpa no debo absolverte…
-¿Porque es demasiado grave?
-No. Porque no existe. Vuelve aquí, Juan, al lado de tu Maestro, y escucha la lección. Hay que saber aplicar las órdenes con justicia y discernimiento, sabiendo comprender el espíritu de la orden, no solamente las letras que la componen. Yo dije: "No os separéis". Te has separado y por tanto, tendrías pecado. Pero antes había dicho: "Estad unidos, física y espiritualmente, sujetos a Pedro".
Con esas palabras lo elegí a él como mi legítimo representante entre vosotros, con facultad plena de juzgar y mandar en relación a vosotros. Por tanto, todo lo que Pedro ha hecho o hará en mi ausencia, bien hecho estará.
Porque, habiéndolo investido Yo del poder de guiaros, el Espíritu del Señor, que está en mí, estará también con él y lo guiará cuando dé esas órdenes que las circunstancias imponen y que la Sabiduría, para el bien de todos, sugerirá al Apóstol cabeza. Si Pedro te hubiera dicho: "No vayas" y hubieras venido igualmente, ni siquiera el móvil bueno de tu acto -querer seguirme por un amor que quiere defender y estar conmigo en los peligros-hubiera sido suficiente para anular tu culpa. Habría sido necesario realmente mi perdón. Pero Pedro, tu Cabeza, te dijo: "Ve".
La obediencia a él te justifica completamente. ¿Estás convencido de esto?
-Sí, Maestro.
-¿Debo absolverte de la culpa de presunción? Dime, sin pensar en si Yo veo tu corazón. ¿Has confiado presuntuosamente con soberbia en quererme imitar para poder decir: "Con mi voluntad he abolido las necesidades de la carne, porque yo puedo aquello que quiero?
Reflexiona bien…
Juan reflexiona. Luego dice:
-No, Señor. Examinándome bien, no, no lo he hecho por eso. Esperaba poderlo hacer porque he comprendido que la penitencia es sufrimiento de la carne pero luz del espíritu.
He comprendido que es un medio para fortalecer nuestra debilidad y obtener mucho de Dios. Tú lo haces por esto.
Yo por eso quería hacerlo. Y creo no equivocarme diciendo que, si lo haces Tú, que eres fuerte, Tú, que eres poderoso, Tú que eres santo, yo, nosotros, deberíamos hacerlo siempre, si siempre fuera posible hacerlo, para ser menos débiles y materiales. Pero no he podido hacerlo.
Yo siempre tengo hambre y mucho sueño…y el llanto llanto empieza de nuevo a gotear, lento, humilde (verdadera confesión de la limitación de las capacidades humanas).
-¿Y crees que incluso esta pequeña miseria de la carne ha sido inútil? ¡Oh, cómo la recordarás en el futuro, cuando seas tentado a ser severo y exigente con tus discípulos y fieles! Se asomará a tu mente diciéndote: "Acuérdate de que tú también cediste al cansancio, al hambre. No pretendas que los otros sean más fuertes que tú. Sé padre de tus fieles, como tu Maestro fue un padre para ti aquella mañana". Tú muy bien habrías podido velar y no sentir luego esta fuerte hambre.
Pero el Señor ha permitido que te vieras doblegado por estas necesidades de la carne para hacerte humilde, cada vez más humilde y cada vez más compasivo en relación a tus semejantes. Muchos no saben distinguir entre tentación y culpa consumada La primera es una prueba que da mérito y no quita gracia. La segunda es caída que quita mérito y gracia. Otros no saben distinguir entre hechos naturales y culpas, y se crean escrúpulos de haber pecado, mientras que -y éste es tu caso-no han hecho más que obedecer a leyes naturales buenas. Diciendo "buenas", distingo las leyes naturales de los instintos sin freno.
Porque no todo lo que ahora se llama "ley natural" realmente lo es y es buena. Buenas eran todas las leyes ligadas a la naturaleza humana y que Dios había dado a Adán y Eva: la necesidad del alimento, del descanso, de la bebida. Después, con el pecado, han entrado en escena -y se han mezclado con las leyes naturales, contaminando con la intemperancia aquello que era bueno-los instintos animales, los desarreglos, todo tipo de sensualidad.
Y Satanás, tentando, ha mantenido vivo el fuego, el fomes de los vicios. Así que puedes ver que, si no es pecado ceder a la necesidad de descanso y de alimento, sí lo son la crápula, la embriaguez, el ocio prolongado. Tampoco es pecado la necesidad de cohabitar y procrear; es más, Dios mandó hacerlo para poblar la Tierra de hombres. Pero ya no es bueno ese acto sólo para la satisfacción de la carne. ¿Estás convencido también de esto?
(Según Doctrina de la Iglesia, los casados, habiendo sido generosos en hijos, pueden usar del sexo sin tener hijos, siempre que usen medios no conceptivos naturales, nunca medios anticonceptivos artificiales: píldora, etc. ; no entran en este caso los no casados que libremente practican el sexo: éstos cometen pecado mortal)
-Sí, Maestro. Pero, entonces, dime una cosa: ¿los que no quieren procrear pecan contra un mandato de Dios? Tú dijiste una vez que el estado de virgen es bueno.
-Es el más perfecto. Como también lo es el estado de quien, no satisfecho con hacer buen uso de las riquezas, se despoja completamente de ellas. Son las perfecciones a que puede llegar una criatura. Y tendrán un gran premio.
Tres son las cosas más perfectas: la pobreza voluntaria, la castidad perpetua, la obediencia absoluta en todo aquello que no es pecado. Estas tres cosas hacen al hombre semejante a los ángeles. Y una es perfectísima: dar la propia vida por amor a Dios y a los hermanos. Esta cosa hace a la criatura semejante a mí, porque la lleva al absoluto amor. Y quien ama perfectamente es semejante a Dios, está absorbido en Dios y fundido con Dios. Está, pues, en paz, querido mío. No hay culpa en ti. Yo te lo digo. ¿Por qué, entonces, aumentas tu llanto?
-Porque, en todo caso, una culpa sí que hay: la de haber sabido venir a ti por necesidad y haber sabido velar por hambre, y no por amor. Nunca me lo perdonaré. No me volverá a suceder. No me volveré a dormir mientras Tú sufres. No te olvidaré, durmiendo, mientras Tú lloras.
-No vincules el futuro, Juan. Tu voluntad está dispuesta, pero todavía se podría ver sobrepujada por la carne. Y sentirías una profunda e inútil postración si te acordaras de esta promesa hecha a ti mismo y no mantenida después por la fragilidad de la carne. Mira. Te digo lo que debes decir para estar en paz, te suceda lo que te suceda. Di conmigo:
"Yo, con la ayuda de Dios, me propongo, en todo lo que me sea posible, no volver a ceder ante los lastres de la carne".
Y tente firme en esta voluntad. Si luego un día, aun no queriéndolo, la carne cansada y afligida vence tu voluntad, entonces, como hoy, dirás: "Reconozco que soy un pobre hombre como todos mis hermanos; y que esto me sirva para tener truncado mi orgullo". ¡Oh! ¡Juan! ¡Juan! ¡No es tu sueño inocente lo que puede causarme dolor! Ten. Estas te reanimarán del todo. Vamos a compartirlas bendiciendo a quien me las ha ofrecido -y toma las manzanas, que están ya asadas y quemando, y da tres a Juan y se tiene para sí otras tres.
-¿Quién te las ha dado, Señor? ¿Quién ha venido a verte? ¿Quién sabía que estabas aquí? Yo no he oído ni voces ni pasos. Y además, después de la primera noche, he estado en vela…
-Salí con la primera luz del día. Había unos haces de leña delante de la entrada, y encima pan, quesos y manzanas. No vi a nadie. Pero sólo algunos han podido sentir el deseo de repetir un peregrinaje y un gesto de amor… -dice lentamente Jesús.
-¡Es verdad! ¡Los pastores! Lo habían dicho: "Iremos a la tierra de David… Son días de recuerdos…". ¿Pero por qué no se han quedado?
-¿Por qué? Han adorado y…
-Y han sido compasivos. Te han adorado a ti y han sido compasivos conmigo… Son mejores que nosotros esos hombres.
-Sí. Han conservado buena, cada vez mejor, su voluntad. Para ellos no ha sido un daño el don que Dios les ha dado…
Jesús ya no sonríe. Piensa y se entristece.
Luego reacciona. Mira a Juan, que lo mira, y dice:
-¡Bien! ¿Nos vamos? ¿Ya no te sientes agotado?
-No, Maestro. No voy a tener mucha resistencia, creo, porque tengo los miembros doloridos. Pero creo que puedo andar.
-Pues entonces vamos. Ve por tu bolsa mientras Yo recojo las sobras en la mía, y vámonos. Tomaremos el camino que va hacia el Jordán para evitar Jerusalén.
Y cuando Juan vuelve se ponen en marcha. Recorren el mismo camino por el que han ido allí, y se van alejando por la campiña, que se calienta con el suave sol de Diciembre.