418- Curación del discípulo José, herido en la cabeza y recogido en la casita de Salomón

Jesús llega al pueblo de Salomón ya muy de noche.

La Luna, por la posición en que se encuentra, hace pensar que son más o menos las dos antemeridianas. Una bonita Luna, apenas un poco menguada, que desde el medio del cielo sereno resplandece expandiendo paz sobre la tierra.

Paz y abundante rocío, los fuertes rocíos de los países calientes, benéficos para las plantas después de la quemazón diurna del sol.

Los peregrinos deben haber seguido el guijarral del río, que hacia las orillas está seco, porque el caudal es más restringido por el estiaje. Y suben de los cañizares al bosque que limita las márgenes, y las sostiene con la red de las raíces hundidas en la tierra cercana al agua.

-Vamos a detenernos aquí, en espera de que llegue el día ̿ dice Jesús.

-Maestro… yo soy todo un dolor… -dice Mateo.
-Y yo temo que me haya venido la fiebre. No es sano este río en verano… Ya lo sabes -añade Felipe.

-De todas formas, hubiera sido peor si del río hubiéramos subido a los montes judíos. También se sabe esto -dice el Zelote, que siente piedad de Jesús, al cual todos manifiestan sus pequeños miedos y quejas y del cual ninguno comprende el estado de ánimo.

-Deja, deja, Simón. Tienen razón. Pero dentro de poco descansaremos… Os ruego un poco de camino todavía… Y un poco de espera aquí. Ya veis cómo la Luna cambia su curso hacia occidente. ¿Por que despertar a ese anciano y a José, que quizás está enfermo todavía cuando dentro de poco será de día?…

-Es que aquí está todo empapado de aguazo. No se sabe dónde estar… -refunfuña Judas Iscariote.

-¿Tienes miedo de estropearte la túnica? ¡Venga, hombre, que después de estas marchas de penados entre polvo y rocío, huelga ya presumir de túnica! Y además… así le gustaría más al afable Elquías. Tus grecas… ¡Ja! ¡Ja!, las de los bajos y de las mangas se han quedado, a jirones, en los arbustos espinosos del desierto de Judá, y el sudor te ha destruido la del cuello… Ahora eres un perfecto judío… -dice, siempre alegre, Tomás.

-Un perfecto sucio, y me da asco -replica airado Judas.
-Te sea suficiente tener el corazón limpio, Judas -dice serenamente Jesús -Es lo que tiene valor…

-¡Valor! ¡Valor! Estamos extenuados de cansancio, de hambre… Perdemos la salud, que es lo único que tiene valor ­dice con malos modales Judas.

-No te retengo a la fuerza… Tú eres el que quiere estar.
-¿A estas alturas?… Me conviene hacerlo. Estoy…

-¡Di la palabra que te quema, hombre!: "Estás comprometido ante los ojos del Sanedrín". Pero siempre puedes remediar… y volver a conseguir su confianza…

-No quiero remediar… porque te amo y quiero estar contigo.

-Verdaderamente lo dices de una forma que más que amor parece odio… -masculla entre dientes Judas de Alfeo.
-Bien, pues… cada uno tiene su manera de expresar el amor.

-Sí, claro. También hay quien ama a su mujer pero la mata a palos… No me gustaría este tipo de amor -dice Santiago de Zebedeo, tratando de cortar el incidente con una broma.

Pero ninguno se ríe. De todas formas, gracias a Dios, ninguno replica.
Jesús aconseja:

-Vamos a sentarnos a la puerta de la casa. El alero es ancho y protege del aguazo, y está ese resalto que hace de base a la casa…

Obedecen sin decir nada. Llegados a la casa, se sientan en fila en su base.

Pero la simple observación de Tomás:

-Tengo hambre. Estas caminatas nocturnas dan hambre -enciende de nuevo la cuestión.

-¡Caminatas! ¡Lo que pasa es que desde hace días se vive con nada! -sigue siendo Judas Iscariote el que responde.

-La verdad es que en casa de Nique y de Zaqueo hemos comido, y bien; y Nique nos dio tanto, que hemos tenido que dar a los pobres, porque se habría estropeado. El pan no nos ha faltado nunca. Nos dio también pan y compango aquel caravanero… -observa Andrés. Judas, que no puede negarlo, calla.

Un gallo lejano saluda el primer indicio de albor.
-¡Oh! ¡Bien! ¡Dentro de poco el alba! -dice Pedro desperezándose, porque se había dormido casi.
Esperan en silencio a que se aproxime el día.

Un balido en un aprisco… Luego un cascabillo lejano que viene del camino principal, a las espaldas de ellos… Un cercano cru-cru de las palomas de Ananías. Una ronca voz de hombre entre los cañizares… Es un pescador que vuelve con la pesca nocturna y que profiere imprecaciones porque es poca. Ve a Jesús y se para. Vacila. Dice:

-¡Si te doy la pesca, me prometes abundancia en el futuro?
-¿Por ganancia o por necesidad?

-Por necesidad. Tengo siete hijos, mi mujer y la madre de mi mujer.

-Tienes razón. Sé una persona benéfica y te prometo que no te faltará lo necesario.

-Ten, entonces. Está también allá dentro ese herido que no se recupera a pesar de los cuidados…

-Que Dios te remunere y te dé paz -dice Jesús.
El hombre saluda y se marcha, dejando sus peces ensartados
por la boca en una ramita de sauce.

Se abate de nuevo el silencio, quebrado apenas por el frufrú de las cañas, por algún silbo de pájaro… Luego un chirrido cercano… La rústica verja que Ananías ha construido gira chirriando, y el anciano se asoma al camino escrutando el cielo. Le sigue la oveja balando…

-¡La paz a ti, Ananías!
-¡Maestro! Pero… ¿desde cuándo estás ahí? ¿Por qué no has llamado para que se te abriera?

-Desde hace poco. No quería molestar a nadie… ¿Cómo está José?

-¿Lo sabes?… Está mal. Le sale materia de una oreja y sufre mucho de la cabeza. Creo que morirá. Quiero decir que creía. Ahora estás Tú y creo que se curará. Salía para buscar hierbas para unas cataplasmas…

-¿Están aquí los compañeros de José?
-Dos. Los otros se han adelantado ya. Aquí están Salomón y Elías.

-¿Os han molestado los fariseos?
-Poco después de tu partida. Luego ya no. Querían saber a dónde habías ido. Dije: “A casa de mi nuera, a Masada".

¿Hice mal?

-Hiciste bien.

-¿Y… has estado? -el anciano está ansioso y expectante.

-Sí. Está bien.
-Pero… ¿No te escuchó?
-No. Hace falta orar mucho por ella.
-Y por sus hijos pequeños… Que los eduque para el Señor… -dice el anciano, y dos lagrimones caen para decir lo que él calla.
-Termina:
-¿Los viste?
-A uno puedo decir que lo vi… A los otros sólo de refilón. Están todos bien.

-Ofrezco a Dios renuncia y perdón… De todas formas… es muy amargo decir: "No volveré a verlos"…
-Pronto verás a tu hijo, y con él estarás en el Cielo en paz.

-Gracias, Señor. Entra…
-Sí. Vamos enseguida donde el herido. ¿Dónde está?
-En la mejor cama.

Entran en el huerto, que está bien ordenado, y del huerto a la cocina y de la cocina a la pequeña habitación. Jesús se agacha hacia el enfermo, que duerme gimiendo. Se agacha, se agacha… y espira hacia la oreja, envuelta en hilas ya llenas de pus. Se endereza de nuevo. Retrocede sin hacer ruido.

-¿No lo despiertas? -pregunta el anciano en voz baja.
-No. Déjalo dormir. Ya no tiene dolor. Se repondrá. Vamos donde los demás.

Jesús entorna la puerta sin hacer ruido y pasa a la habitación grande, donde están los lechos comprados la otra vez. Los dos discípulos, cansados, duermen todavía.

-Velan hasta el alba. Yo del alba hasta la caída de la tarde. Así que están cansados. Son muy buenos.
Los dos deben dormir con los oídos abiertos, porque se despiertan inmediatamente:

-¡Maestro! ¡Nuestro Maestro! ¡A tiempo has llegado! José está…

-Curado. Ya lo he hecho. Duerme sin saberlo. Pero ya no tiene nada. Sólo tendrá que limpiarse la podredumbre y estará sano como antes.

-¡Oh! Entonces límpianos también a nosotros, porque hemos pecado.

-¿En qué?
-Por asistir a José no hemos estado en el Templo…
-La caridad hace un templo en todo lugar. Y en el Templo de la caridad está Dios. Si todos nos amáramos, la Tierra sería toda un Templo. Estad en paz. Día llegará en que Pentecostés quiera decir “Amor". Manifestación del amor.

Vosotros habéis celebrado, precediendo a los meses, el Pentecostés futuro, porque habéis amado a vuestro hermano.
Desde la otra habitación, la voz de José llama:

-¡Ananías! ¡Elías! ¡Salomón! ¡Que estoy curado! -y el hombre aparece, vestido sólo con la túnica corta, enflaquecido, todavía pálido, pero sin sufrimiento. Ve a Jesús y dice:

-¡Ah! ¡Has sido Tú, Maestro mío! -y corre a besarle los pies.
-Que Dios te dé paz, José; y perdóname si has sufrido por mí.
-Me glorío de haber derramado sangre por ti, como la derramó mi padre. Te bendigo por haberme hecho digno de esto.

El rostro rústico de José resplandece con la alegría de estas palabras y adquiere nobleza, una belleza que viene de una luz interior.
Jesús le hace una caricia y dice a Salomón:

-Tu casa sirve para hacer mucho bien.
-¡Porque es tuya, ahora! Antes servía sólo para el sueño pesado del barquero. Pero me alegro de que te haya servido y haya servido a este justo. Ahora tendremos algunos días buenos aquí contigo.

-No, amigo. Vosotros partiréis enseguida. Ya no se nos concede descanso. Este tiempo será verdaderamente de prueba, y sólo las voluntades fuertes permanecerán fieles. Ahora vamos a compartir el pan, luego partiréis, enseguida, siguiendo el curso del río, precediéndome en media jornada.

-Sí, Maestro. ¿También José?
-También. A menos que tema una nueva herida…
-¡Maestro! ¡Quisiera Dios que te precediera en la muerte dando mi sangre por ti!

Salen al huerto rociado, brillante bajo el sol primero. Y Ananías hace los honores recogiendo los higos tempranos de las ramas más propicias para la maduración, y pide disculpas por no poder ofrecer un pichoncito, debido a que las dos nidadas han sido usadas para el enfermo. Pero están los peces; y, con gran rapidez, se ponen a preparar la comida.

Jesús pasea entre Elías y José, los cuales cuentan la aventura pasada y la fuerza de Salomón, que llevó a hombros al herido durante kilómetros y kilómetros, recorridos de noche en pequeñas etapas…
-Pero tú, José, perdonas, ¿no? A quien te hirió.
-Nunca he sentido rencor hacia esos desdichados. He ofrecido el perdón y el sufrimiento por su redención.

-¡Es como hay que hacer, discípulo bueno! ¿Y Ogla?
-Ogla fue con Timoneo. No sé si continuará siguiéndolo o si se detendrá en el Hermón. Hablaba siempre de que quería ir al Líbano.

-Ya. Que Dios lo guíe para lo mejor.
Ahora un intenso trinar de pájaros hace coro en las frondas; y balidos, voces de niños, de mujeres, rebuznos, garruchas chirriantes en los pozos denotan que el pueblo está despierto.

En el mismo huerto se parten los panes y se distribuyen los peces. Se consume la comida y, sin dilación, los tres discípulos, bendecidos por Jesús, dejan la casa. Recorren raudos el camino que va hasta el río y se introducen en los cañaverales frescos y umbrosos… Ya no se los ve…
-Ahora vamos a descansar hasta la caída de la tarde. Luego los seguiremos -ordena Jesús.

Y, quién en las yacijas, quién encima de un montón de redes, trenzadas por Ananías -el cual explica que así no está ocioso y gana su pan de cada día -, se echan, buscando un buen sueño reparador.

Ananías, entretanto, recoge las túnicas sudadas, sale sin hacer ruido, cierra la puerta y la verja y baja al río a lavar aquéllas, para que estén frescas y secas para el atardecer…

417- Historia de Zacarías el leproso y conversión de Zaqueo el publicano

Veo una vasta plaza -parece un mercado -rica en sombra de palmeras y otros árboles más bajos y frondosos.

Las palmeras crecen, acá o allá sin orden, y cimbrean el penacho de sus hojas, que crepitan con un viento caliente y alto portador de abundante polvo rojizo como si viniera de un desierto o, por lo menos, de lugares agrestes de tierra rojiza.

Los otros árboles forman como una galería a lo largo de los lados de la plaza, una galería de sombra, bajo la cual están refugiados vendedores y compradores, en medio de un jaleo inquieto y vocinglero.

En un ángulo de la plaza, exactamente en donde termina el camino principal, hay una primitiva oficina de recaudación de impuestos donde se ven balanzas y medidas y un banco, tras el cual está sentado un hombre pequeño que vigila, observa y cobra, y con el cual todos hablan como si fuera conocidísimo.

Sé que es Zaqueo el recaudador, porque muchos lo llaman, quién para preguntarle sobre las cosas sucedidas en la ciudad -son los forasteros -, quién para depositarle sus impuestos. Muchos se asombran de su preocupación. En efecto, parece distraído y absorto en un pensamiento. Responde con monosílabos y a veces con gestos. Ello asombra a muchos, porque se ve que habitualmente Zaqueo es locuaz. Alguno le pregunta si se siente mal, o si tiene parientes enfermos. Pero él lo niega.

Sólo dos veces se interesa vivamente. La primera, cuando pregunta a dos que vienen de Jerusalén y que hablan del Nazareno, contando milagros y predicación. Entonces Zaqueo hace muchas preguntas:

-¿Es verdaderamente bueno como dicen que es? ¿Sus palabras corresponden a los hechos? ¿La misericordia que predica la usa realmente? ¿Para todos? ¿Incluso para los publicanos? ¿Es verdad que no rechaza a nadie?
Y escucha y piensa y suspira. Otra vez es cuando uno le señala a un hombre de poblada barba, que pasa con su jumento cargado de enseres.

-¿Ves, Zaqueo? Aquél es Zacarías el leproso. Hacía diez años que vivía en un sepulcro. Ahora que está curado compra de nuevo los enseres para su casa, vaciada por la Ley cuando él y los suyos fueron declarados leprosos.

-Llamadlo.
Zacarías viene.
-¿Tú eras leproso?

-Lo era, y conmigo mi mujer y mis dos hijos. La enfermedad se apoderó primero de ella y no nos dimos cuenta inmediatamente.

Los niños se contagiaron durmiendo en brazos de su madre y yo acercándome a mi mujer. ¡Todos estábamos leprosos! Cuando se dieron cuenta, nos echaron del pueblo… Habrían podido dejarnos en nuestra casa. Era la última… al final de la calle. No habríamos creado dificultades… Ya había dejado crecer mucho el seto, para que ni siquiera fuéramos vistos. Era ya un sepulcro… pero era nuestra casa… Nos echaron. Nos echaban. Ningún pueblo nos aceptaba. ¡Es justo! ¡Ni siquiera el nuestro nos había aceptado!

Nos instalamos cerca de Jerusalén, en un sepulcro vacío. Allí hay muchos desdichados. Pero los niños, con el frío de la caverna, murieron. Enfermedad, frío y hambre los mataron pronto…

Eran dos varones… guapos antes de la enfermedad. Fuertes y guapos. Brunos como dos moras de agosto, de cabellos rizados, despabilados… Se habían convertido en dos esqueletos cubiertos de llagas… Sin pelo, cerrados los ojos por las costras, cayéndose en escamas blancas los piececitos y las manos. ¡Se fueron deshaciendo ante mis ojos mis niños!…

No tenían ya figura humana aquella mañana en que murieron, a pocas horas de distancia… Los sepulté como a despojos de animales, debajo de poca tierra y muchas piedras, mientras la madre gritaba… Unos meses después murió la madre… y me quedé solo… Estaba esperando la muerte, y no habría tenido ni siquiera una fosa excavada con las manos de los demás… Estaba casi ciego ya, cuando un día pasó el Nazareno. Desde mi sepulcro grité: "¡Jesús! ¡Hijo de David, ten piedad de mí!".

Me había referido un mendigo, que no había tenido miedo de llevarme su pan, que él había sido curado de su ceguera invocando al Nazareno con aquel grito. Y decía: "No me ha dado sólo la vista de los ojos, sino también la del alma.

He visto que es el Hijo de Dios y veo a todos a través de Él. Por este motivo no huyo de ti, hermano, sino que te traigo pan y fe. Ve donde el Cristo. Que haya uno más que lo bendiga". Ir no podía. Los pies, llagados hasta el hueso, no me permitían caminar… y además… me habrían apedreado, si me hubieran visto. Estuve atento a cuando pasase (lo hacía frecuentemente para ir a Jerusalén).

Un día vi -lo que podía ver -una polvareda en el camino, y muchedumbre de gente, y oí voces. Me arrastré hasta el borde de la colina donde estaban las grutas sepulcrales, y cuando me pareció ver una cabeza rubia descubierta que resplandecía entre las otras cabezas cubiertas, grité. Fuerte. Con toda la voz que tenía: Tres veces grité. Hasta que le llegó mi grito.

Se volvió. Se detuvo. Vino hacia mí. Solo. Llegó justo debajo del lugar donde yo estaba y me miró. ¡Hermoso, bueno, con dos ojos, una voz, una sonrisa…! Dijo: "¿Qué quieres que te haga?".
“Quiero quedar limpio".
"¿Crees que puedo hacerlo?
¿Por qué?" me preguntó.

"Lo creo" respondí. "Veo el resplandor de la gloria del Altísimo sobre tu cabeza. ¡Hijo de Dios, piedad de mí!". Él entonces extendió la mano con un rostro que era todo fuego. Los ojos parecían dos soles azules. Dijo: "Lo quiero.

Queda limpio” ¡Y me bendijo con una sonrisa!… ¡Qué sonrisa! Sentí que una fuerza entraba en mí. Como una espada de fuego que corría buscándome el corazón, que corría por las venas. El corazón, que estaba muy enfermo, volvió a como cuando tenía veinte años; la sangre helada de mis venas se volvió de nuevo caliente y rápida. Cesaron el dolor y la debilidad, y… ¡una alegría…
una alegría…! Él me miraba, con esa sonrisa suya que me hacía feliz. Luego dijo: "Ve, preséntate a los sacerdotes. Tu fe te ha salvado".

Entonces comprendí que estaba curado. Miré mis manos y mis piernas. Ya no estaban las llagas. Donde antes estaba descubierto el hueso, había entonces carne rosada y fresca. Corrí a un regato y me miré. La cara también estaba limpia. ¡Estaba limpio! ¡Estaba limpio después de diez años de asquerosidad!… ¡Ah! ¿Por qué no había pasado antes, en los años en que estaba viva mi mujer y mis niños? Nos habría curado. Ahora, ¿ves? Compro para mi casa… ¡Pero estoy solo!…
-¿No lo has vuelto a ver?

-No. Pero sé que está por esta zona y he venido a
propósito. Quisiera bendecirlo una vez más y ser bendecido para tener fuerza en mi soledad.
Zaqueo baja la cabeza y calla. El grupo se disuelve.

Pasa un tiempo. La hora se hace calurosa. La gente desaloja el mercado. El recaudador, con la cabeza apoyada en la mano piensa, sentado tras su banco.

-¡Ahí está! ¡Ahí está el Nazareno! -gritan unos niños, señalando al camino principal.

Mujeres, hombres, enfermos, mendigos se apresuran a correr a su encuentro. La plaza se queda vacía. Sólo los asnos, los camellos, atados a las palmeras, permanecen en su sitio; y Zaqueo en su banco.

Pero luego se pone en pie. Se sube encima de su banco.

Todavía no ve nada, porque muchos han arrancado ramajes y los ondean como por júbilo y Jesús está inclinado hacia algunos enfermos. Entonces Zaqueo se quita el vestido, de forma que se queda sólo con la túnica corta, y trepa a uno de los árboles. Sube con dificultad, contra el tronco grueso y liso que mal aferran sus cortas piernas y sus cortos brazos. Pero lo consigue, y se pone entre dos ramas, como en una terraza: las piernas penden por delante de este barandal; y de la cintura para arriba se asoma, como uno a una ventana, y mira.

La muchedumbre llega a la plaza. Jesús alza los ojos y sonríe al solitario espectador acomodado entre las ramas.

-Zaqueo, baja enseguida. Hoy me alojo en tu casa -ordena.

Y Zaqueo, tras un momento de estupor, con la cara lívida por la emoción, se desliza hacia abajo como un saco. Está nervioso y, patosamente, se pone de nuevo su vestido.

Cierra sus registros y su caja con movimientos que, queriendo ser demasiado rápidos, son más lentos. Pero Jesús es paciente. Acaricia a unos niños mientras espera.

Por fin Zaqueo está preparado. Se acerca al Maestro y lo guía hasta una bonita casa, con un amplio jardín alrededor, que está en el centro de la ciudad (una ciudad bonita; es más, una ciudad inferior en poco a Jerusalén, si no en cuanto a las dimensiones, sí en cuanto a las construcciones).

Jesús entra. Mientras espera a que la comida esté preparada, se ocupa de enfermos y sanos. Con una paciencia… que sólo puede ser suya.

Zaqueo va y viene muy activamente. No cabe dentro de sí mismo de la alegría. Quisiera hablar con Jesús, pero Jesús está rodeado siempre de una muchedumbre.
Al fin, Jesús se despide de todos, diciendo:
-Volved a la puesta del sol. Ahora id a vuestras casas. La paz a vosotros.

El jardín se desaloja. Se sirve la comida en una bonita y fresca sala que da al jardín. Zaqueo ha hecho las cosas con riqueza. No veo a otros familiares, por lo cual pienso que Zaqueo era célibe y vivía solo con muchos criados.

Acabada la comida, cuando los discípulos se diseminan a la sombra de las matas para descansar, Zaqueo se queda con Jesús en la fresca sala. Es más, durante un poco se queda solo Jesús, porque Zaqueo se retira como para dejarlo descansar. Pero luego vuelve y mira por una rendija de una cortina. Ve que Jesús no está durmiendo, sino que piensa. Entonces se acerca. Trae en sus brazos una pesada arca. La pone en la mesa al lado de Jesús y dice:

-Maestro… hace tiempo me hablaron de ti. Un día dijiste en un monte muchas verdades que nuestros doctores ya no saben decir. Se me quedaron en el corazón… y desde entonces pienso en ti…

Me ha sido referido después que eres bueno y no rechazas a los pecadores. Yo soy pecador. Maestro. Me han dicho que curas a los enfermos. Yo tengo enfermo el corazón porque he cometido hurto, porque he cometido usura, porque he sido vicioso, ladrón, duro con los pobres.

Pero ahora, ahora estoy curado porque me has hablado. Te has acercado a mí y el demonio de la sensualidad y de la riqueza ha huido. Y desde hoy soy tuyo, si no me rechazas, y para mostrarte que nazco de nuevo en ti, mira, me despojo de las riquezas mal adquiridas y te doy la mitad de mis bienes para los pobres; la otra mitad la usaré para restituir, cuadruplicado, cuanto he tomado con fraude. Sé a quién he robado. Luego, después de haber devuelto a cada uno lo suyo, te seguiré, Maestro, si lo permites…

-Lo quiero. Ven. He venido para salvar y llamar a la Luz. Hoy Luz y Salvación han venido a la casa de tu corazón.

Los que allí, al otro lado de la cancilla, murmuran porque te he redimido sentándome a tu banquete, olvidan que eres hijo de Abraham como ellos y que he venido para salvar a quien estaba perdido y a dar Vida a los muertos del espíritu. Ven, Zaqueo. Has comprendido mi palabra mejor que muchos que me siguen sólo para poder acusarme. Por eso de ahora en adelante estarás conmigo.
La visión cesa aquí.

Dice Jesús (a María Valtorta):

-Hay levadura y levadura. Está la levadura del Bien y está la del Mal. La levadura del Mal, veneno satánico, fermenta con mayor facilidad que la del Bien, porque encuentra la materia más adecuada para su fermentación en el corazón del hombre, en el pensamiento del hombre, en la carne del hombre, seducidos los tres por una voluntad egoísta, contraria, por tanto, a la Voluntad universal que es la de Dios.
La voluntad de Dios es universal porque no se limita nunca a un pensamiento personal, sino que tiene presente el bien de todo el Universo. A Dios nada puede aumentarle ninguna perfección, habiendo poseído siempre todo de forma perfecta. Por tanto, no puede haber en Él un pensamiento de propia ganancia en la base de ninguna acción suya.

Cuando se dice: "Se hace esto para mayor gloria de Dios, en el interés de Dios", no es porque la gloria divina sea susceptible en sí misma de aumento, sino porque toda cosa que en la creación lleve una impronta de bien y toda persona que haga el bien -,y por tanto merezca poseerlo -, se adorna con el signo de la Gloria divina y da así gloria a la Gloria misma, que ha creado gloriosamente todas las cosas. Es un testimonio, en definitiva, dado a Dios por las personas y las cosas: testificando con hechos acerca del Origen perfecto del que proceden.

Por eso Dios, cuando os manda, os aconseja u os inspira una acción, no lo hace por interés egoísta, sino por un pensamiento altruista, caritativo, de bienestar vuestro. Por eso la voluntad de Dios no es nunca egoísta; antes bien, es una voluntad enteramente abierta al altruismo, a la universalidad; la única y verdadera fuerza en el mundo universo que tenga pensamiento de bien universal.

Pero la levadura del Bien, germen espiritual que viene de Dios, crece con mucha adversidad y esfuerzo, con mucha dificultad, teniendo como tiene, en contra, los estímulos propicios para la otra levadura: la carne, el corazón y el pensamiento del hombre, impregnados de un egoísmo que es la antítesis del Bien, que por su origen no puede ser sino Amor. Falta en la mayoría de los hombres la voluntad de bien, y por tanto el Bien pierde la fecundidad y muere, o vive tan precariamente, que no fermenta: se queda ahí. No hay culpa grave, pero tampoco hay un esfuerzo para hacer el máximo bien. Por eso el espíritu yace inerte; no muerto, pero sí infructífero.

Considerad que no hacer el mal sirve solamente para evitar el Infierno. Para gozar enseguida del hermoso Paraíso es absolutamente necesario hacer el bien. En la medida en que se logre hacer. Luchando contra uno mismo y contra los demás.

Porque Yo he dicho que había venido a traer guerra y no paz entre padre e hijos, entre hermanos y hermanas, cuando esta guerra viniera del hecho de defender la Voluntad de Dios y su Ley contra las supercherías de las voluntades humanas, orientadas en direcciones contrarias a lo que Dios quiere.

En Zaqueo, el pequeño puñado de levadura de bien había fermentado para masa grande. En su corazón había caído sólo una partícula originaria: le habían referido mi discurso de la Montaña. Incluso deficientemente, sin duda amputado en muchas de sus partes, como sucede con los discursos referidos.

Publicano y pecador, Zaqueo. Pero no por mala voluntad. Era como uno que con un velo de catarata en las pupilas viera mal las cosas. Pero sabe que la vista, liberada de ese velo, vuelve a tener la capacidad de ver bien. Y ese enfermo desea que le quiten ese velo. Lo mismo Zaqueo. Ni estaba convencido ni era feliz: no estaba convencido de las prácticas farisaicas, que habían llegado a sustituir a la verdadera Ley; no se sentía feliz de su manera de vivir.

Buscaba instintivamente la luz, la verdadera Luz. Vio un resplandor de Luz en ese fragmento de discurso y lo guardó en su corazón como un tesoro. Y, puesto que lo amaba -date cuenta, María, de esto -, dado que lo amaba, el resplandor se fue haciendo cada vez más vivo, amplio e impetuoso, y lo llevó a ver nítidamente el Bien y el Mal y a elegir rectamente, cortando con generosidad todos los tentáculos que antes, de las cosas al corazón y del corazón a las cosas, lo habían envuelto en una red de esclavitud maligna.

"Puesto que lo amaba". Éste es el secreto del éxito o del no éxito. Se tiene éxito cuando se ama. Se tiene poco éxito cuando se ama raquíticamente. No se tiene ningún éxito cuando no se ama. En cualquier cosa. Con mayor razón en las cosas de Dios, donde, por ser Dios invisible para los sentidos corporales, hace falta tener un amor que me atrevería a llamarlo perfecto, respecto a la perfección que puede tocar la criatura, para tener éxito en una empresa, en la santidad en este caso.

Zaqueo -sintiendo aversión del mundo y de la carne, asqueado también por las mezquindades de las prácticas farisaicas, tan capciosas, intransigentes para los demás y demasiado condescendientes para ellos -amó ese pequeño tesoro de mi palabra, llegado a él por puro azar, humanamente hablando; lo amó como a la cosa más hermosa que su vida de cuarenta años hubiera poseído. Y desde ese momento polarizó su corazón y su pensamiento hacia este punto.

Donde está el tesoro está el corazón del hombre. No sólo en el mal. También en el bien. ¿Los santos no han tenido, acaso, en la vida su corazón en donde estaba su tesoro: Dios? Sí. Y, por este motivo, mirando sólo a Dios, supieron pasar por la Tierra sin corromper su alma con el fango de la Tierra.

Aquella mañana, aunque no hubiera hecho acto de presencia, habría conseguido igualmente un prosélito. Porque la narración del leproso había acabado la metamorfosis de Zaqueo.

Tras el banco de la recaudación ya no estaba el publicano ladrón y vicioso, sino el hombre arrepentido de su pasado y decidido a cambiar de vida. Si no hubiera hecho acto de presencia en Jericó, él habría cerrado su banco, habría cogido su dinero y habría venido en busca de mí, porque no podía ya estar sin el agua de la Verdad, sin el pan del Amor, sin el beso del Perdón.

Esto no lo veían, y mucho menos lo entendían, los censores de siempre, que siempre me observaban para criticarme. Por eso se asombraban de que comiera con un pecador. ¡Ah, si no juzgarais nunca, y dejarais a Dios esta tarea, pobres ciegos incapaces incluso de juzgaros a vosotros mismos!

Nunca fui con los pecadores para aprobar su pecado. Iba para sacarlos del pecado, a menudo porque ellos ya sólo tenían lo externo del pecado: el alma contrita estaba ya transformada en una nueva alma viva para expiar ¿Entonces, estaba Yo con un pecador? No. Con un redimido que necesitaba sólo un guía para sujetarse en medio de su debilidad de resucitado de la muerte.

"¡Cuánto os puede enseñar el episodio de Zaqueo! El poder de la recta intención que suscita el deseo. El deseo recto que impulsa a buscar una cognición cada vez mayor del bien y a buscar a Dios continuamente hasta alcanzarlo.

Un recto arrepentimiento que da el coraje de la renuncia. Zaqueo tenía la recta intención de oír palabras de verdadera Doctrina. Habiendo oído alguna, su recto deseo le impulsa a mayor deseo y, por tanto, a una continua búsqueda de esta Doctrina. La búsqueda de Dios, oculto en la verdadera Doctrina, lo separa de los mezquinos dioses del dinero y la sensualidad y lo hace héroe de renuncia.

"Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y ven detrás de mí" dije al joven rico, que no lo supo hacer.

Pero Zaqueo, a pesar de estar más endurecido en la
avaricia y en la sensualidad, sabe hacerlo. Porque, a través de la escasa Palabra que le había sido transmitida, había visto a Dios, como el mendigo ciego y leproso que curé.

¿Podrá, acaso, un espíritu que ha visto a Dios encontrar ya atracción alguna en las pequeñas cosas de la Tierra?

¿Lo puede, acaso, mi pequeña esposa?

416- Un mendigo samaritano en el camino de Jericó

Veo a Jesús yendo por una calzada de primer orden llena de polvo y sol. No hay ni un hilo de sombra ni una pizca de verdor. Polvo en el camino y en las incultas tierras que lo bordean. Ciertamente no son las dulces colinas de Galilea, ni los montes más bosquivos de Judea, tan ricos en agua y pastos. Este terreno no es desértico por propia naturaleza, pero ha venido a serlo por la acción del hombre, que lo ha dejado yermo. Es llanura. No veo ninguna colina, ni siquiera en la lejanía.

No conociendo en absoluto Palestina, no puedo decir qué región es. Eso sí, es una región que no he visto nunca en las precedentes visiones. A un lado de la calzada hay montones de pedralla; quizás acumulados para repararla, pues está en pésimas condiciones. Por ahora uno se hunde en la arena. Cuando llueve debe transformarse en un torrente de lodo. No veo ninguna casa, ni cercana ni lejana.

Jesús, como siempre, va algunos metros delante de los apóstoles, que lo siguen en grupo, sudorosos y cansados. Para resguardarse del sol se han echado sobre la cabeza los mantos: parecen una cofradía vestida con hábitos multicolores. Jesús, sin embargo, lleva la cabeza descubierta. Parece que no le da ninguna molestia el sol.

Viste una túnica de lino blanco, de mangas cortas hasta el codo, muy amplia y suelta; no lleva siquiera el habitual cinturón de cordones: es un indumento verdaderamente indicado para este lugar tórrido. También el manto debe ser de lino -teñido de azul -, porque es muy fino y cae liviano sobre el cuerpo, al que arropa mucho menos de lo habitual; cubre los hombros pero deja libres los brazos.

No sé cómo lo ha sujetado para hacer que esté así.
Sentado, semiechado más bien, en uno de los montones de pedralla, hay un hombre. Un pobre, un mendigo sin duda. Está vestido -digámoslo así -con una sucia y andrajosa, pequeña túnica que quizás ha sido blanca pero que ahora es de color barro.

Calza dos miserables sandalias destaconadas: dos suelas semidesfondadas sujetas con unos cordeles. En las manos, un bastón hecho con una rama de árbol. En la frente una venda sucia; en la pierna izquierda, entre la rodilla y el extremo superior, otro trapajo sucio y ensangrentado. El pobre está demacrado: un montón de huesos; abatido, sucio, hirsuto, despeinado.

Antes de que él invoque a Jesús, Jesús va hacia él. Se acerca al mísero y pregunta:
-¿Quién eres?
-Un pobre que pide pan.
-¿Por este camino?
-Voy a Jericó.

-El camino es largo y la región está despoblada.
-Lo sé, pero es más fácil que me den un pan y una moneda los gentiles que pasan por este camino, que no los judíos. Vengo de estar entre judíos.
-¿Vienes de Judea?

-Sí. De Jerusalén. Pero he tenido que dar una vuelta grande para pasar por donde ciertas personas buenas de los campos, que siempre me ofrecen ayuda. En la ciudad no. No hay piedad.

-Es como has dicho. No hay piedad.
-Tú la tienes. ¿Eres judío?
-No. De Nazaret.

-Hace tiempo tenían mal nombre los nazarenos. Pero ahora hay que decir que son mejores que los de Judá. También en Jerusalén sólo los seguidores de ese Nazareno que llaman Profeta son buenos. ¿Lo conoces?
-¿Y tú lo conoces?

-No. Había ido porque, mira, tengo la pierna muerta y agarrotada, y me muevo con dificultad. No puedo trabajar. Me muero de hambre, y también por los golpes. Tenía esperanza de encontrarlo, porque me dicen que cura a quien toca. Es verdad que no soy del pueblo elegido… pero dicen que es bueno con todos. Me habían dicho que estaba en Jerusalén para la fiesta de las Semanas. Pero yo andaba lento… y me han pegado, y he enfermado por el camino…

Cuando llegué a Jerusalén ya se había marchado, porque, me han dicho, los judíos le han tratado mal también a Él.

-¿Y a ti te han maltratado?

-Siempre. Sólo los soldados romanos me dan un pan.

-¿Y qué se dice en Jerusalén, entre el pueblo, de este Nazareno?

-Que es Hijo de Dios, un gran profeta, un santo, un justo.

-¿Y tú qué crees que es?

-Yo soy… soy un idólatra. Pero creo que es el Hijo de Dios.

-¿Cómo puedes creerlo, si ni siquiera lo conoces?
-Conozco sus obras. Sólo un Dios puede ser bueno como Él y decir las palabras que dice Él.
-¿Quién te ha referido esas palabras?
-Otros pobres, enfermos curados, niños que me traen el pan… Los niños son buenos y no saben nada ni de creyentes ni de idólatras.
-¿Pero de dónde eres?

-Dilo. Yo soy como los niños. No tengas miedo. Sólo sé sincero.

-Soy… samaritano. Pero no me pegues…
-No pego a nadie. No desprecio nunca a nadie. Tengo piedad de todos.

-Entonces… ¡Entonces eres el Rabí de Galilea!
El mendigo se postra, se arroja abajo desde su montón de piedras, como un cuerpo muerto, rostro en tierra delante de Jesús.

-Levántate. Soy Yo. No temas. Levántate y mírame.

El mendigo alza el rostro, aunque sigue de rodillas, muy ladeado por su deformidad.

-Dad un pan y de beber a este hombre -ordena Jesús a los discípulos que ya han llegado. Es Juan el que da pan y agua -Ponedlo sentado, que coma tranquilamente. Come, hermano.

El pobre llora. No come. Mira a Jesús con los ojos de un pobre perro vagabundo que por primera vez se ve acariciado y alimentado por una persona compasiva.

-¡Come! -ordena Jesús sonriendo.

El pobrecillo come entre un sollozo y otro, y las lágrimas mojan el pan. Pero en su llanto hay también una sonrisa. Poco a poco se tranquiliza.

-¿Quién te ha hecho esta herida? -pregunta Jesús, tocando con sus dedos la venda sucia de la frente.

-Me atropelló, adrede, con su carro, un fariseo rico… Yo me había puesto en un cruce pidiendo un pan. Dirigió contra mí a los caballos, tan rápido que no pude apartarme. Por eso he estado a punto de morir. Tengo todavía un agujero en la cabeza que mana materia putrefacta.

-¿Y ahí quién te ha golpeado?

-Me había acercado a la casa de un saduceo, donde había un banquete, para pedir las sobras de las mesas, después de que habían elegido los restos mejores para los perros. Me vio y me embriscó los perros. Uno me desgarró el muslo.

-¿Y esta cicatriz grande que te deforma la mano?
-Fue un golpe con un palo que me dio un escriba hace tres años. Me reconoció como samaritano y me golpeó y me rompió los dedos. Por esto no puedo trabajar. Deformada la derecha, muerta una pierna, ¿cómo puedo ganar para vivir?

-¿Pero por qué sales de la Samaria?
-La necesidad es dura, Maestro. Somos muchos los necesitados y no hay pan para todos. Si Tú me ayudaras…

-¿Qué quieres que haga contigo?
-Sanar para trabajar.
-¿Crees que puedo hacerlo?
-Sí, lo creo, porque Tú eres el Hijo de Dios.
-¿Crees tú esto?
-Lo creo.
-¿Tú, samaritano, lo crees? ¿Por qué?
-Por qué, no lo sé. Sé que creo en ti y en quien te ha enviado. Ahora que has venido, ya no hay diferencia de adoración. Basta adorarte a ti para adorar a tu Padre, Señor eterno. Donde Tú estás está el Padre.

-¿Oís, amigos? (Jesús se vuelve a los discípulos). Este hombre habla por el Espíritu que le ilumina la verdad. Y este hombre, en verdad os digo, es superior a los escribas y fariseos, a los saduceos crueles, a todos estos idólatras que mentirosamente se dicen hijos de la Ley.

La Ley dice que hay que amar al prójimo, después de a Dios. Y éstos al prójimo que sufre y pide pan le dan palos; contra el prójimo que suplica lanzan caballos y perros; al prójimo que se rebaja, que se coloca más abajo que los perros del rico, le embriscan a los mismos perros para hacerlo todavía más infeliz de lo que ya la enfermedad lo hace.

Despreciadores, crueles, hipócritas, no quieren que Dios sea conocido ni amado. Si lo quisieran, lo darían a conocer a través de las obras, como éste ha dicho. Son las obras, no las prácticas, las que revelan a Dios vivo en el corazón de los hombres y llevan a los hombres a Dios.

¿No debo, Judas que me echas en cara que soy imprudente, censurarlos? Callar, fingir que los apruebo, sería aprobar su conducta. No. Por la gloria de Dios, no puedo Yo, su Hijo, permitir que la gente humilde, infeliz, buena, crea que apruebo los pecados de éstos.

He venido para hacer, de los gentiles, hijos de Dios. ¿Pero cómo puedo hacerlo si ellos ven que los hijos de la Ley -se llaman eso a sí mismos, pero son bastardos -practican un paganismo más culpable que el suyo?, porque estos hebreos han conocido la Ley de Dios y ahora escupen encima de nosotros el vómito de sus pasiones apagadas a la manera de animales inmundos.

¿Debo creer, Judas, que tú eres como ellos? ¿Tú que me censuras por las verdades que digo? ¿O debo pensar que estás preocupado por tu vida? El que me sigue no debe tener preocupaciones humanas.

Lo he dicho. Estás a tiempo todavía, Judas, de elegir entre mi vida y la de los judíos que apruebas. Pero piensa: la mía va a Dios; la otra, al Enemigo de Dios.

Piensa y decide. Pero sé auténtico. Y tú, amigo, levántate y anda. Quítate esas vendas. Vuelve a tu casa. Estás curado por tu fe.

El mendigo lo mira asombrado. No se atreve a tratar de extender la mano… luego prueba. Está intacta. Vuelve a ser idéntica a la izquierda. Deja el bastón, apoya las manos en el montón de piedras y hace fuerza. Se levanta.

Se sujeta de pie. La parálisis que agarrotaba la pierna está curada. Mueve la pierna, la dobla… da un paso, dos, tres. Camina… Mira a Jesús con un grito y un sollozo de alegría. Se quita la venda de la cabeza de un tirón. Se toca hacia el occipital, donde estaba el agujero purulento. Nada. Todo curado. Se quita, también bruscamente, del muslo el andrajo ensangrentado: la piel está intacta.

-¡Maestro! ¡Maestro y Dios mío! -grita alzando los brazos para arrojarse luego de rodillas a besar los pies de Jesús.
-Ve a casa ahora y cree siempre en el Señor.

-¿Y a dónde debo ir, Maestro y Dios, sino tras ti, que eres santo y bueno? No me rechaces, Maestro…

-Ve a Samaria. Y habla de Jesús de Nazaret. La hora de la Redención está cercana. Sé mi discípulo entre tus hermanos. Ve en paz.

Jesús lo bendice y luego se separan. El curado va raudo hacia el norte. Se vuelve de vez en cuando para mirar otra vez.

Jesús con los apóstoles deja el camino, y se adentran hacia oriente por los campos incultos, para tomar una vereda que corta al camino de primer orden y que no se hace más ancha hasta mucho más adelante. Quizás es el camino de Jericó. No lo sé.

415- Un alto en el camino en Betania. El ocaso arrebola el cielo cuando Jesús llega a Betania.

Sudorosos, llenos de polvo, le siguen los suyos. Y Jesús y los apóstoles son los únicos que desafían al horno del camino, poco amparado por los árboles que se extienden desde el Monte de los Olivos hasta los relieves de Betania.

El verano se intensifica. Pero más aún se intensifica el odio. Los campos están pelados y agostados: hornos son que reflejan soplos de fuego. Los corazones de los enemigos de Jesús están todavía más pelados, no digo ya de amor, sino de honradez, de moral incluso humana, agostados por el odio… Y para Jesús sólo hay una casa. Hay sólo un refugio: Betania. Allí hay amor, alivio, protección, fidelidad…

El Peregrino perseguido se dirige allí con su indumento blanco, su rostro apenado, su paso cansado -como quien no puede detenerse por venir detrás, aguijoneándole, los enemigos -y la mirada resignada como quien ya contempla la muerte que de hora en hora, a cada paso, se acerca, y que ya acepta, por obediencia a Dios…

La casa, en medio de su vasto jardín, está toda cerrada y muda, en espera de horas más frescas. El jardín está vacío y mudo; en él sólo el sol reina, despótico.

Tomás llama con su fuerte voz de barítono.

Una cortina se separa, una cara mira… Luego un grito:

-¡El Maestro! -y los siervos se apresuran a salir afuera, seguidos por las asombradas amas, que ciertamente no esperaban a Jesús en esa hora todavía de fuego.
-¡Rabbuní!, ¡Mi Señor!

Marta y María saludan desde lejos, ya inclinadas, preparadas para postrarse, cosa que hacen en cuanto, abierta la cancilla, Jesús no está ya separado de ellas.

-Marta, María, la paz a vosotras y a vuestra casa.
La paz a ti, Maestro y Señor… Pero, ¿cómo a esta hora? -preguntan las hermanas (indicando a los domésticos que se marchen para que Jesús pueda hablar libremente).

-Para dar reposo al cuerpo y al espíritu donde no se me odia… -dice con tristeza Jesús mientras tiende hacia ellas las manos como para decir: « ¿Me queréis con vosotras?», y se esfuerza en sonreír pero es una sonrisa bien triste, contradicha por la mirada de sus ojos apenados).

-¿Te han hecho algún mal? -pregunta María encendiéndose.

-¿Qué te ha sucedido? -pregunta Marta, y, materna, añade:

-Ven, te daré alivio. ¿Desde cuándo andas, que estás tan cansado?

-Desde el alba… y puedo decir que sin parar, porque la corta pausa en casa de Elquías el Anciano ha sido peor que un largo camino.

-¿Allí te han angustiado?…

-Sí… y antes en el Templo…

-¿Pero por qué has ido a casa de esa serpiente? -pregunta María.

-Porque no ir hubiera servido para justificar su odio, que me habría acusado de despreciar a los miembros del Sanedrín. Pero ya… vaya Yo o no vaya, la medida del odio farisaico está colmada… y ya no habrá tregua…

-¿En esta situación estamos? Quédate con nosotros.

Maestro. Aquí no te harán ningún mal…

-Faltaría a mi misión… Muchas almas esperan a su Salvador. Debo ir…

-¡Pero no te van a dejar ir!

-No. Me perseguirán permitiéndome moverme para estudiar todos los pasos que dé, dejándome hablar para estudiar todas mis palabras, vigilándome como los sabuesos a su presa para tener… algo que pueda parecer falta… y todo servirá para ese fin…

Marta, que es siempre tan discreta, se siente tan invadida de piedad, que alza la mano como para una caricia en la mejilla enflaquecida; pero se detiene y se ruboriza. Dice:

-¡Perdona! ¡Me has hecho sentir la misma pena que me hace sentir nuestro Lázaro! ¡Perdóname, Señor, por haberte amado como a un hermano que sufre!

-Soy el hermano que sufre… Amadme con puro amor de hermanas… Pero, ¿y Lázaro?

-Cada vez más desfallecido, Señor… -responde María, y a las lágrimas que ya le irritan los ojos da rienda suelta con esta confesión, que se une a la pena de ver tan afligido a su Maestro.

-No llores, María. Ni por mí ni por él. Hacemos la divina voluntad. Se debe llorar por quien no sabe hacer esta voluntad…

María se inclina para tomar la mano de Jesús y la besa en la punta de los dedos.

Entretanto han llegado a la casa. Entran y van inmediatamente a donde Lázaro; los apóstoles por su parte descansan y se refrescan con lo que ofrecen los criados.
Jesús se inclina hacia el consumido Lázaro, cada vez más consumido; lo besa sonriente para aligerar la tristeza de su corazón.

-¡Maestro, cuánto me quieres! Ni siquiera has esperado a la caída de la tarde para venir a mí. Con este calor…

-Amigo mío, Yo me deleito en ti y tú en mí. Lo demás es nada.

-Es verdad. Es nada. Incluso mi sufrimiento me es nada… Ahora sé por qué sufro, y qué puedo con mi sufrimiento -y Lázaro sonríe con una íntima, espiritual sonrisa.

-Así es, Maestro. Casi se diría que nuestro Lázaro ve con placer la enfermedad y… -un sollozo quiebra la voz de Marta, que calla.

-Sí, dilo, ¿por qué no?: y la muerte. Maestro, diles a ellas que me deben ayudar, como hacen los levitas con los sacerdotes.

-¿A qué, amigo mío?
-A consumar el sacrificio…

-¡Y sin embargo tenías miedo de la muerte hasta hace poco tiempo! ¿Entonces ya no nos quieres? ¿Ya no quieres al Maestro? ¿No le quieres servir?… -pregunta más fuerte, pero pálida de dolor, María, acariciando la mano amarillenta de su hermano.

-¿Y lo preguntas tú, precisamente tú, alma ardiente y generosa? ¿No soy tu hermano? ¿No tengo tu misma sangre y tus mismos santos amores: Jesús, las almas y vosotras, amadas hermanas?… Pero desde Pascua mi alma conserva una gran palabra. Y amo la muerte. Señor, te la ofrezco por tu misma intención.

-¿Entonces ya no me pides la curación?
-No, Rabbuní. Te pido bendición para saber sufrir y… morir… y, si no es demasiado pedir, para redimir… Tú lo dijiste…

-Lo dije. Y te bendigo para darte todas las fuerzas.
Y le impone las manos. Luego lo besa.

-Estaremos juntos y me instruirás…
-No ahora, Lázaro. No me detengo. He venido unas pocas horas. Cuando se haga de noche me marcho.
-¿Por qué -preguntan, desilusionados, los tres hermanos.
-Porque no puedo detenerme… Volveré en otoño. Y entonces… estaré mucho aquí y mucho haré aquí… y en los alrededores…

Silencio triste. Luego Marta suplica:

-Entonces, al menos, descansa y repón fuerzas…
-Nada me dará como vuestro amor nuevas fuerzas. Haced que descansen mis apóstoles y a mí dejadme estar aquí, con vosotros, con esta paz…
Marta sale, llorando, y vuelve con unas tazas de leche fría y fruta temprana…

-Los apóstoles han comido y ahora duermen cansados. Maestro mío, ¿verdaderamente no quieres descansar?
-No insistas, Marta. No habrá surgido todavía el alba y ellos ya me estarán buscando aquí, en el Getsemaní, en casa de Juana, en todas las casas amigas. Pero para el alba Yo ya estaré lejos.

-¿A dónde vas, Maestro? -pregunta Lázaro.
-Hacia Jericó, pero no por el camino usual… Tuerzo hacia Tecua y luego retrocedo hacia Jericó.

-Camino molesto en este período… - susurra Marta.
-Precisamente por eso está solitario. Caminaremos de noche. Las noches son claras, incluso antes de que se alce la Luna… Y el alba viene tan rápido…
-¿Y luego? -pregunta María.

-Y luego la Transjordania. Y a la altura de Samaria, en su septentrión, pasaré el río y vendré a esta parte.
-Ve pronto a Nazaret. Estás cansado… -dice Lázaro.
-Antes tengo que ir a la orilla del mar… Luego… iré a Galilea. Pero también me perseguirán allí…
-Tendrás en todo caso a tu Madre, que te consuela… -dice Marta.

-¡Sí, pobre Mamá!
-Maestro, Magdala es tuya. Ya lo sabes -recuerda María.
-Lo sé, María… Conozco todo el bien y todo el mal…
-¡Separados así!… ¡durante tanto tiempo! ¿Me encontrarás vivo, Maestro?

-No lo dudes. No lloréis… Hay que habituarse también a las separaciones. Y son útiles para probar la fuerza de los afectos. Se entienden mejor los corazones amados viéndolos con ojo espiritual, desde lejos. Cuando, no bajo el efecto del gusto humano por la cercanía física del amado, se puede meditar en su espíritu y en su amor… se comprende más el yo de la persona lejana… Estoy seguro de que pensando en vuestro Maestro lo comprenderéis mejor todavía cuando veáis y contempléis en paz mis acciones y mis afectos.

-¡Oh, Maestro! ¡Pero nosotros no tenemos dudas respecto a ti!

-Ni yo respecto a vosotros. Lo sé. Pero me conoceréis más todavía. Y no os digo que me améis, porque conozco vuestro corazón. Digo solamente: orad por mí.
Los tres hermanos lloran… ¡Está tan triste Jesús!…

¿Cómo no llorar?

-¿Qué queréis? Dios había puesto el amor entre los hombres. Pero los hombres, en su lugar, han metido el odio… Y el odio divide no sólo a los enemigos entre sí, sino que también se introduce astutamente para separar a los amigos.

Un silencio largo. Luego Lázaro dice:

-¡Maestro, vete de Palestina durante un tiempo!…
-No. Mi puesto está aquí. Para vivir, evangelizar, morir.
-Pero encontraste un remedio para Juan y la griega. Ve con ellos.

-No. A ellos había que salvarlos. Yo debo salvar. Y ésta es la diferencia que explica todo. El altar está aquí, y aquí está la cátedra. No puedo ir a otro lugar. Y además… ¿Creéis que ello cambiaría lo que está decidido?
No. Ni en la Tierra ni en el Cielo. Lo único que haría sería empañar la pureza espiritual de la figura mesiánica. Sería "el cobarde" que se salva con la fuga. Debo dar el ejemplo, a los del presente y a los del futuro, de que en las cosas de Dios, en las cosas santas, no hay que ser cobardes…

-Tienes razón, Maestro -suspira Lázaro…

Y Marta, apartando la cortina, dice:

-Tienes razón… La tarde avanza. Ya no hay sol…
María se echa a llorar angustiosamente, como si esta palabra hubiera tenido el poder de disolver su fuerza moral, que contenía su llanto vertiendo lágrimas sólo silenciosamente. Llora más desconsoladamente que en la casa del fariseo, cuando con su llanto pedía perdón al Salvador…

-¿Por qué lloras así? -pregunta Marta.
-¡Porque has dicho la verdad, hermana! Ya no hay Sol… El Maestro se marcha… Ya no hay Sol para mí… para nosotros…

-Calmaos. Os bendigo. Quede con vosotros mi bendición. Y ahora dejadme con Lázaro, que está cansado y necesita silencio. Velando a mi amigo descansaré. Asistid a los apóstoles y haced que estén preparados para la hora de las sombras…

Las discípulas se retiran y Jesús se queda silencioso, recogido en sí mismo, sentado al lado del amigo que pierde vigor y que, satisfecho con esa cercanía, se duerme con una leve sonrisa en el rostro.

414- Invectiva contra fariseos y doctores en el convite en casa del Anciano Elquías

Elquías ha invitado a Jesús a su casa, situada poco lejos del Templo, aunque un poco avanzada hacia el barrio que está al pie de Tofet. Jesús entra en ella. Es una casa decorosa, un poco severa, de cumplidor estricto.

Creo que hasta los clavos están puestos en número y posición tales, que alguno de los seiscientos trece preceptos lo indique como bueno. No hay ni un motivo ornamental en las cortinas, ni un friso en las paredes, ni un pequeño objeto de adorno… ninguna de esas mínimas cosas que hasta en las casas de José y Nicodemo y de los mismos fariseos de Cafarnaúm hay, para embellecerlas.

Gélida, de tan desnuda como está de todo lo que signifique ornamento; adusta, con sus muebles oscuros y pesados escuadrados como sarcófagos: rezuma por todas partes el espíritu de su amo: es una casa que repele, que no acoge, sino que se clausura, como casa enemiga, a quien en ella entra.

Y Elquías lo señala con jactancia:

-¿Ves, Maestro, como soy cumplidor? Todo lo dice. Mira: cortinas sin motivos ornamentales, muebles sin objetos de adorno, nada de vasijas de formas esculpidas o lámparas que imiten flores. No falta nada. Pero todo está regulado según el precepto: "No te harás ninguna escultura, ni representación de lo que hay arriba en el cielo, o abajo en la tierra, o en las aguas de debajo de la tierra". Tanto en la casa como en mis indumentos o los de mis familiares. Yo, por ejemplo, no apruebo en este discípulo tuyo (Judas Iscariote) estas labores en la túnica y en el manto. Me dirás: "Muchos las llevan". Dirás: "Es sólo una greca". De acuerdo. Pero con esos ángulos, con esas curvas, recuerda demasiado los signos de Egipto. ¡Qué horror! ¡Cifras demoníacas! ¡Signos de nigromancia!

¡Siglas de Belcebú! Llevar estas cosas no te honra, Judas de Simón; ni a ti tampoco, Maestro, el permitírselo.
Judas responde con una risita sarcástica. Jesús responde humildemente:

-Más que las señales en los vestidos, vigilo que no haya señales de horror en los corazones. De todas formas, solicitaré, es más, ya desde este momento solicito de mi discípulo que lleve indumentos menos adornados, para no escandalizar a nadie.

Judas tiene una buena reacción:

-Verdaderamente mi Maestro me ha dicho varias veces que
habría preferido más sencillez en mis indumentos. Pero yo… he hecho mi voluntad porque me gusta vestirme así.

-Mal, muy mal. Que un galileo enseñe a un judío está muy mal, además a ti, que eras del Templo… ¡oh!

Elquías muestra todo su escándalo, y sus amigos lo apoyan.

Judas está ya cansado de ser bueno, y replica:

-¡Entonces habría muchas pomposidades que quitaros también a vosotros del Sanedrín! Si os quitarais todos los motivos ornamentales con que cubrís las caras de vuestras almas, apareceríais bien feos.

-¡Mide tus palabras!

-Son las palabras de uno que os conoce.

-¡Maestro! ¿Lo estás oyendo?

-Oigo y digo que hace falta humildad por ambas partes, y, en ambas, verdad. Y recíproca indulgencia. Sólo Dios es perfecto.

-¡Bien dicho, Rabí! -dice uno de los amigos… Escuálida y solitaria voz en el grupo farisaico y doctoral.

-No. Está mal dicho -rebate Elquías -El Deuteronomio es claro en sus maldiciones. Dice: "Maldito el hombre que hace una imagen esculpida, o fundida, cosa abominable, obra de manos de artífice y…"

-Pero éstos son indumentos, no esculturas -responde Judas.

-Silencio tú. Habla tu Maestro. Elquías, sé justo y distingue Maldito quien hace ídolos. Pero no el que hace motivos ornamentales copiando la belleza que el Creador ha puesto en la creación. Cogemos las flores para adornar…
-Yo no cojo flores, ni quiero ver adornadas de flores las habitaciones. ¡Ay de las mujeres de mi casa, si cometen este pecado, aunque sea en las habitaciones propias! Sólo debe ser admirado Dios.

-Es un pensamiento justo. Sólo Dios. Pero se puede admirar a Dios también en una flor, reconociendo que Él es el artífice de la flor.

¡No, no! ¡Paganismo! ¡Paganismo!
-Judit se adornó, y se adornó Ester para finalidad santa…

¡Mujeres! Y la mujer es siempre un ser despreciable. Pero te ruego, Maestro, que entres en la sala del banquete mientras yo me retiro un momento, porque tengo que hablar con mis amigos.

Jesús da su consentimiento sin oposición.

-¡Maestro!… ¡Siento ahogo!… -exclama Pedro.
-¿Por qué? ¿Te sientes mal? -preguntan algunos.
-No. Pero sí, molesto… como uno que hubiera caído en una trampa.

-No te pongas nervioso. Y sed todos muy prudentes -aconseja Jesús.

Permanecen en grupo, de pie, hasta que vuelven los fariseos, seguidos por los criados.

-A las mesas sin demora. Tenemos una reunión y no podemos retrasarnos -ordena Elquías. Y distribuye los puestos, mientras ya los criados trinchan las carnes.

Jesús está al lado de Elquías y junto a Él Pedro. Elquías ofrece los alimentos y la comida empieza en medio de un silencio helador… Pero luego empiezan las primeras palabras, naturalmente dirigidas a Jesús, porque a los otros doce no se los considera; es como si no estuvieran.

El primero que pregunta es un doctor de la Ley.
-Maestro, ¿entonces estás seguro de que eres lo que dices?

-No es que sea Yo el que lo diga; ya los profetas lo habían dicho, antes de mi venida a vosotros.

-¡Los profetas!… Tú que niegas que nosotros somos santos, puedes también recibir como buenas mis palabras, si digo que nuestros profetas pueden ser unos exaltados.

-Los profetas son santos.

-Y nosotros no, ¿no es verdad? Considera que Sofonías une los profetas a los sacerdotes en la condena contra Jerusalén: "Sus profetas son unos exaltados, hombres sin fe, y sus sacerdotes profanan las cosas santas y violan la Ley". Tú nos echas en cara esto continuamente. Pero, si aceptas al profeta en la segunda parte de lo que dice, debes aceptarlo también en la primera, y reconocer que no hay base de apoyo en las palabras que vienen de los exaltados.

-Rabí de Israel, respóndeme. Cuando pocos renglones después Sofonías dice: "Canta y alégrate, hija de Sión… El Señor ha retirado el decreto que había contra ti… El Rey de Israel en medio de ti", ¿tu corazón acepta estas palabras?

-Mi gloria consiste en repetírmelas a mí mismo soñando aquel día.

-Pero son palabras de un profeta, por tanto de un exaltado…

El doctor de la Ley se queda desorientado un momento.
Le ayuda un amigo:

-Ninguno puede poner en duda que Israel reinará. No sólo uno, sino todos los profetas y los pre-profetas, o sea los patriarcas, han manifestado esta promesa de Dios.
-Y ninguno de los pre-profetas ni de los profetas ha dejado de señalarme como lo que soy.

-¡Sí! ¡Bueno! ¡Pero no tenemos pruebas! Puedes ser Tú también un exaltado. ¿Qué pruebas nos das de que eres el Mesías, el Hijo de Dios? Dame una seña para que pueda juzgar.

-No te digo mi muerte, descrita por David e Isaías, sino que te digo mi resurrección.

-¿Tú? ¿Tú? ¿Resucitar Tú? ¿Y quién te va a hacer resucitar?

-Vosotros no, está claro; ni el Pontífice ni el monarca ni las castas ni el pueblo. Resucitaré por mí mismo.

-¡No blasfemes, Galileo, ni mientas!

-Sólo doy honor a Dios y digo la verdad. Y con Sofonías te digo "Espérame en mi resurrección". Hasta ese momento podrás tener dudas, podréis tenerlas todos, podréis trabajar en instilarlas en el pueblo. Pero no podréis ya cuando el Eterno Viviente, por sí mismo, después de haber redimido, resucite para no volver a morir, Juez intocable, Rey perfecto que con su cetro y su justicia gobernará y juzgará hasta el final de los siglos y seguirá reinando en los Cielos para siempre.

-¿Pero no sabes que estás hablando a doctores y Ancianos? dice Elquías.

-¿Y qué, pues? Me preguntáis, Yo respondo. Mostráis deseos de saber, Yo os ilustro la verdad. No querrás hacerme venir a la mente, tú que por un motivo ornamental en un vestido has recordado la maldición del Deuteronomio, la otra maldición del mismo: "Maldito el que hiere a traición a su prójimo".

-No te hiero, te doy comida.

-No. Pero las insidiosas preguntas son golpes dados por la espalda. Ten cuidado, Elquías, porque las maldiciones de Dios se siguen, y la que he citado va seguida por esta otra: "Maldito quien acepta regalos para condenar a muerte a un inocente".

-En este caso el que aceptas regalos eres Tú, que eres mi invitado.

-Yo no condeno ni siquiera a los culpables si están arrepentidos.

-No eres justo, entonces.
-No, es justo, porque Él considera que el arrepentimiento merece perdón, y por eso no condena -dice el mismo que ya había manifestado su aprobación en el atrio de la casa a las palabras de Jesús.

-¡Cállate, Daniel! ¿Pretendes saber de estas cosas más que nosotros? ¿O es que estás seducido por uno sobre el cual mucho hay que decidir todavía y que no hace nada por ayudarnos a decidir en su favor? -dice un doctor.

-Sé que sois los que sabéis, y yo un simple judío, que ni siquiera sé por qué a menudo queréis que esté con vosotros…

-¡Pues porque eres de la familia! ¡Es fácil de entender! ¡Quiero que los que entran en mi parentela sean santos y sabios! No puedo consentir ignorancias en la Escritura, ni en la Ley, ni en los Halasiots, Midrasiots y en la Haggada. Y no las soporto. Hay que conocer todo. Hay que observar todo…

-Y te agradezco tanta preocupación. Pero yo, simple labriego de tierras, que indignamente he pasado a ser pariente tuyo, me he preocupado solamente de conocer la Escritura y los Profetas para consuelo de mi vida. Y, con la sencillez de un iletrado, te confieso que reconozco en el Rabí el Mesías, precedido por su Precursor, que nos lo ha señalado… Y Juan -no puedes negarlo -estaba penetrado del Espíritu de Dios.

Un momento de silencio. No quieren negar que Juan el Bautista fuera infalible; afirmarlo, tampoco.
Entonces otro dice:

-Bien… digamos que el Precursor es precursor del ángel que Dios envía para preparar el camino del Cristo. Y… admitamos que en el Galileo hay santidad suficiente para juzgar que Él es ese ángel. Después de Él vendrá el tiempo del Mesías. ¿No os parece a todos conciliador este pensamiento? ¿Lo aceptas, Elquías? ¿Y vosotros, amigos? ¿Y Tú, Nazareno?
-No. No. No.

Los tres noes son seguros.
-¿Cómo? ¿Por qué no lo aprobáis?
Elquías calla. Callan sus amigos. Solamente Jesús, sincero, responde:

-Porque no puedo aprobar un error. Yo soy más que un ángel. El ángel fue el Bautista, Precursor del Cristo, y el Cristo soy Yo.

Un silencio glacial, largo. Elquías, apoyado el codo sobre el triclinio y la cara en la mano, piensa, adusto, cerrado como toda su casa. Jesús se vuelve y lo mira. Luego dice:

-¡Elquías, Elquías, no confundas la Ley y los Profetas con las minucias!

-Veo que has leído mi pensamiento. Pero no puedes negar que has pecado incumpliendo el precepto.

-Como tú has incumplido el deber hacia el invitado; además con astucia, por tanto con más culpa. Lo has hecho con voluntad de hacerlo. Me has distraído y me has mandado aquí, mientras tú con tus amigos te purificabas, y cuando has vuelto nos has pedido que no nos demorásemos, porque tenías una reunión. Todo para poder decirme: "Has pecado".

-Podías recordarme mi deber de darte con qué purificarte.
-Te podría recordar muchas cosas, pero no serviría para nada más que para hacerte más intransigente y enemigo.

-No. Dilas. Dilas. Queremos escucharte y…

-Y acusarme ante los Príncipes de los Sacerdotes. Por este motivo te he recordado la última y la penúltima maldición.

Lo sé. Os conozco. Estoy aquí, inerme, entre vosotros.

Estoy aquí, aislado del pueblo que me ama, ante el cual no os atrevéis a agredirme. Pero no tengo miedo. Y no acepto arreglos ni me comporto cobardemente. Y os manifiesto vuestro pecado, de toda vuestra casta y vuestro, oh fariseos, falsos puros de la Ley, oh doctores, falsos sabios, que confundís y mezcláis a propósito lo verdaderamente bueno y lo falsamente bueno; que a los demás y de los demás exigís la perfección incluso en las cosas exteriores y a vosotros no os exigís nada.

Me criticáis, unidos al que nos ha invitado aquí, a mí y a vosotros, el que no me haya lavado antes de la comida.

Sabéis que vengo del Templo, donde no se entra sino tras haberse purificado de las suciedades del polvo y del camino. ¿Es que queréis confesar que el Sagrado Lugar es contaminación?

-Nosotros nos hemos purificado antes de la comida.

-Y a nosotros nos ha sido impuesto: "Id allí, esperad". Y después "A las mesas sin demora". Luego entonces, entre tus paredes desnudas de motivos ornamentales había un motivo intencional: engañarme.

¿Qué mano ha escrito en las paredes el motivo para poderme acusar? ¿Tu espíritu u otra potencia a la que escuchas y que dicta a tu espíritu sus reglas? Pues bien, oíd todos.

Jesús se pone en pie. Tiene las manos apoyadas en el borde de la mesa. Empieza su invectiva:

-Vosotros, fariseos, laváis la copa y el plato por fuera, y os laváis las manos y os laváis los pies, casi como si plato y copa, manos y pies, entrasen en ese espíritu vuestro que os place proclamar puro y perfecto. Pero no sois vosotros, sino Dios, quien tiene que proclamarlo.

Pues bien, sabed lo que Dios piensa de vuestro espíritu. Piensa que está lleno de mentira, suciedad y codicia; lleno de iniquidad está, y nada puede desde fuera corromper lo que ya está corrompido.

Quita la derecha de la mesa y empieza involuntariamente a hacer gestos con ella mientras prosigue:

-¿Y no puede, acaso, quien ha hecho vuestro espíritu, como ha hecho vuestro cuerpo, exigir, al menos en igual medida, para lo interno el respeto que tenéis para lo externo?

Necios que cambiáis los dos valores e invertís su potencia, ¿no querrá el Altísimo un cuidado aún mayor para el espíritu -hecho a semejanza suya y que por la corrupción pierde la Vida eterna -, que no para la mano o el pie, cuya suciedad puede ser eliminada con facilidad, y que, aunque permanecieran sucios no influirían en la limpieza interior?

¿Puede Dios preocuparse de la limpieza de una copa o de una bandeja, cuando no son sino cosas sin alma y que no pueden influir en vuestra alma?

Leo tu pensamiento, Simón Boetos. No. No es consistente.

Vosotros no tenéis estos cuidados, ni practicáis estas purificaciones, por una preocupación por la salud, ni por una tutela de la carne o de la vida. El pecado carnal, más claramente, los pecados carnales de gula, de intemperancia, de lujuria, son ciertamente más dañinos para la carne que no un poco de polvo en las manos o en el plato.

Y, a pesar de ello, los practicáis sin preocuparos de tutelar vuestra existencia y la incolumidad de vuestros familiares. Y cometéis pecados de más de una naturaleza, porque, además de la contaminación de vuestro espíritu y de vuestro cuerpo, además del despilfarro de bienes, de la falta de respeto a los familiares, ofendéis al Señor por la profanación de vuestro cuerpo, templo de vuestro espíritu, en que debería estar el trono para el Espíritu Santo; y lo ofendéis por el juicio que hacéis de que os debéis tutelar por vosotros mismos de las enfermedades que vienen de un poco de polvo, como si Dios no pudiera intervenir para protegeros de las enfermedades físicas si recurrierais a Él con espíritu puro.

¿Es que Aquel que ha creado lo interno no ha creado acaso también lo externo y viceversa? ¿Y no es lo interno lo más noble y lo más marcado por la divina semejanza?

Haced entonces obras que sean dignas de Dios, y no mezquindades que no se elevan por encima del polvo para el cual y del cual están hechas, del pobre polvo que es el hombre considerado como criatura animal, barro compuesto en una forma y que a ser polvo vuelve, polvo dispersado por el viento de los siglos.

Haced obras que permanezcan, obras regias y santas, obras que se coronen de la divina bendición. Haced caridad, haced limosna, sed honestos, sed puros en las obras y en las intenciones, y sin recurrir al agua de las abluciones todo será puro en vosotros.

¿Pero qué os creéis? ¿Que estáis en regla porque pagáis los diezmos de las especias? No.

¡Ay de vosotros, fariseos que pagáis los diezmos de la menta y de la ruda, de la mostaza y del comino, del hinojo y de todas las demás verduras, y luego descuidáis la justicia y el amor a Dios! Pagar los diezmos es un deber y hay que cumplirlo. Pero hay otros deberes más altos, que también hay que cumplir. ¡Ay de quien cumple las cosas exteriores y descuida las interiores basadas en el amor a Dios y al prójimo!

¡Ay de vosotros, fariseos, que estimáis los primeros puestos en las sinagogas y en las asambleas y deseáis que os hagan reverencias en las plazas, y no pensáis en hacer obras que os den un puesto en el Cielo y os merezcan la reverencia de los ángeles.

Sois semejantes a sepulcros escondidos, inadvertidos para el que pasa junto a ellos sin repulsa (sentiría repulsa si pudiera ver lo que encierran); pero Dios ve las más recónditas cosas y no se equivoca cuando os juzga.

Le interrumpe, poniéndose también de pie, en oposición, un doctor de la Ley.

-Maestro, hablando así nos ofendes también a nosotros; y no te conviene, porque nosotros debemos juzgarte.

-No. No vosotros. Vosotros no podéis juzgarme. Vosotros sois los juzgados, no los jueces, y quien os juzga es Dios. Vosotros podéis hablar, emitir sonidos con vuestros labios. Pero ni la más potente de las voces llega a los cielos, ni recorre toda la Tierra. Después de un poco de espacio es silencio…

Después de un poco de tiempo es olvido. Pero el juicio de Dios es voz que permanece y no está sujeto a olvidos.

Siglos y siglos han pasado desde que Dios juzgó a Lucifer y juzgó a Adán. Y la voz de ese juicio no se apaga, las consecuencias de ese juicio permanecen. Y si ahora he venido para traer de nuevo la Gracia a los hombres, mediante el Sacrificio perfecto, el juicio sobre la acción de Adán permanece igual, y siempre será llamado "pecado original".

Los hombres serán redimidos, lavados con una purificación que supera todas las demás, pero nacerán con esa marca, porque Dios ha juzgado que esa marca debe estar en todos los nacidos de mujer, menos para Aquel que, no por obra de hombre, sino por Espíritu Santo fue hecho, y para la Preservada y el Presantificado, vírgenes eternamente: la Primera, para poder ser la Virgen Deípara; el segundo, para poder preceder al Inocente naciendo ya limpio por un disfrute anticipado de los méritos infinitos del Salvador Redentor.

Y Yo os digo que Dios os juzga. Y os juzga diciendo: "¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, porque cargáis a la gente con pesos insoportables, transformando en castigo el paterno decálogo del Altísimo para su pueblo". Lo había dado con amor y por amor, para que una justa guía sostuviera al hombre, al hombre, a ese eterno e imprudente e ignorante niño.

Y vosotros, habéis cambiado la amorosa pollera con que Dios había abrazado a sus criaturas para que pudieran andar por el camino suyo y llegar a su corazón; la habéis cambiado por montañas de puntiagudas piedras, pesadas, angustiosas, un laberinto de prescripciones, una pesadilla de escrúpulos, a causa de lo cual el hombre se abate, se pierde, se detiene, teme a Dios como a un enemigo.

Obstaculizáis la marcha de los corazones hacia Dios. Separáis al Padre de los hijos. Negáis con vuestras imposiciones esta dulce, bendita, verdadera Paternidad.

Pero vosotros no tocáis ni con un dedo esos pesos que cargáis a los demás.

Os creéis justificados sólo por haberlos dado. Necios, ¿no sabéis que seréis juzgados precisamente por lo que habéis considerado necesario para salvarse? ¿No sabéis que Dios os va a decir:

“Juzgabais como sagrada, justa, vuestra palabra. Pues bien, también Yo la juzgo así.

Y os juzgo con vuestra palabra, porque se la habéis impuesto a todos y habéis juzgado a los hermanos conforme a cómo la acogieron y practicaron. Quedad condenados porque no habéis hecho lo que habéis dicho que había que hacer"?

¡Ay de vosotros, que erigís sepulcros a los profetas asesinados por vuestros padres! ¿Es que creéis disminuir con ello la dimensión de la culpa de vuestros padres?, ¿cancelarla ante los ojos de la posteridad?

No. Al contrario. Dais testimonio de estas obras de vuestros padres. No sólo eso, sino que las aprobáis, dispuestos a imitarlos, elevando luego un sepulcro al profeta perseguido para deciros a vosotros mismos: "Lo hemos honrado".

¡Hipócritas! Por esto la Sabiduría de Dios dijo: “Les enviaré profetas y apóstoles. A unos los matarán, a otros los perseguirán; para que se pueda pedir a esta generación la sangre de todos los profetas que ha sido derramada desde la creación del mundo en adelante, desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, asesinado entre el altar y el santuario.

Sí, en verdad, en verdad os digo que de toda esta sangre de santos se pedirá cuentas a esta generación que no sabe distinguir a Dios en donde está, y persigue al justo y lo aflige porque el justo es el vivo cotejo con su injusticia.

¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, que habéis arrebatado la llave de la ciencia y habéis cerrado su templo para no entrar, y así no ser juzgados por ella, y tampoco habéis permitido que otros entraran! Porque sabéis que, si el pueblo fuera instruido por la verdadera

Ciencia, o sea, la Sabiduría santa, podría juzgaros. De forma que preferís que sea ignorante para que no os juzgue. Y me odiáis porque soy la Palabra de la Sabiduría, y quisierais encerrarme prematuramente en una cárcel, en un sepulcro para que ya no siguiera hablando.

Pero hablaré hasta que plazca a mi Padre que lo haga. Y después hablarán mis obras, más aún que mis palabras; y hablarán mis méritos, más aún que mis obras; y el mundo será instruido y sabrá y os juzgará. Este es el primer juicio contra vosotros. Luego vendrá el segundo, el juicio particular para cada uno de vosotros que muera.

En fin, el último: el universal. Y recordaréis este día y estos días, y vosotros, sólo vosotros, conoceréis a ese Dios terrible que os habéis esforzado en agitar, como una visión de pesadilla, ante los espíritus de los sencillos, mientras que vosotros, dentro de vuestro sepulcro, os habéis mofado de Él, y no habéis obedecido ni respetado los mandamientos, desde el primero y principal (el del amor) hasta el último que fue dado en el Sinaí.

Es inútil, Elquías, que no tengas figuras en tu casa. Es inútil, todos vosotros, que no tengáis objetos esculpidos en vuestras casas. Dentro de vuestro corazón tenéis el ídolo, los ídolos. El de creeros dioses, los de vuestras concupiscencias.

Venid, vosotros. Vamos.

Y, haciéndose preceder por los doce, sale el último.
Un silencio…

Luego, los que se han quedado en la casa, rompen en un clamor diciendo todos juntos:

-¡Hay que perseguirlo, pillarlo en un renuncio, encontrar motivos de imputación! ¡Hay que matarlo!

Otro silencio.

Y luego, mientras dos de ellos se marchan con la náusea del odio o de los propósitos farisaicos -son el pariente de Elquías y el otro que dos veces ha defendido al Maestro -, los que se quedan se preguntan:

-¿Y cómo?

Otro silencio.

Luego, con una carcajada ronca, Elquías dice:

-Hay que trabajar a Judas de Simón…
-¡Sí, claro! ¡Buena idea! ¡Pero lo has ofendido!…
-Me encargo yo -dice el que ha sido llamado Simón Boetos por Jesús -Yo y Eleazar de Anás… Lo embaucaremos…
-Unas pocas promesas…
-Un poco de miedo…
-Mucho dinero…
-No. Mucho no… Promesas, promesas de mucho dinero…
-¿Y luego?
-¿Cómo "y luego"?
-Sí. Luego. Terminada la cosa. ¿Qué le vamos a dar?

-Pues nada! La muerte. Así… no hablará nunca -dice lenta y cruelmente Elquías.

-¡Oh, la muerte!…

-¿Te aterroriza? ¡Venga hombre! Si matamos al Nazareno, que es un justo… podremos matar también al Iscariote, que es un pecador…

Hay vacilaciones…

Pero Elquías, poniéndose de pie, dice:

-Se lo diremos también a Anás… Y veréis como… juzgará buena la idea. Y vendréis también vosotros… ¡Claro que vendréis! …

Salen todos detrás del amo de la casa, que se marcha diciendo:

-Vendréis… ¡Claro que vendréis!

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