por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
La ciudad está llena de gente.
Jesús ha subido al Templo nada más entrar en Jerusalén, casi inmediatamente porque ha entrado por la puerta situada junto a la Probática, antes de que la gente se pudiera dar cuenta de que estaba en la ciudad, antes de que la noticia se propagase desde la casa en que han dejado las bolsas y se han limpiado el polvo y el sudor para entrar limpios en el Templo, que está abarrotado de gente.
La indecorosa algazara de siempre, de vendedores y cambistas; el aspecto calidoscópico de siempre, de colores y rostros.
Jesús con los apóstoles, que han comprado lo necesario para la ofrenda, va directamente al lugar de oración y allí se detiene largamente. Naturalmente lo ven muchos, buenos y malos, de forma que un susurro corre como el viento, y con rumor de viento entre frondas, por el vasto patio exterior donde la gente se detiene a orar. Y cuando, después de la oración, Él se mueve para volver sobre sus pasos, un séquito de gente, que se va engrosando cada vez más, lo sigue por los otros atrios, pórticos, patios, hasta que, ya muchedumbre, lo circunda y pide su palabra.
-En otro momento, hijos. En otro lugar -dice Jesús, y alza la mano para bendecir mientras trata de alejarse.
Pero si bien, esparcidos entre la gente, hay escribas, fariseos y doctores (éstos con sus discípulos) que hacen risitas y se dicen los unos a los otros medias frases que son burlas (como: «Lo aconseja la prudencia», o: «¡Eh, un poco de miedo…!», o: «Ha alcanzado la edad del discernimiento», o también: «Menos estúpido de cuanto pensábamos…»), la mayoría, los que o por conocerlo con amor o por un buen deseo de conocerlo no odian, insisten diciendo:
-¿Nos vas a privar de esta fiesta en la Fiesta? ¡Maestro bueno, no puedes hacerlo! Muchos de nosotros han hecho sacrificios para estar aquí esperándote… -y algunos tapan la boca, o responden bruscamente, a algún sarcástico.
Está claro que la masa estaría dispuesta a pisotear a estas minorías malvadas, las cuales, astutas y subrepticias, captan el mensaje y no sólo se callan sino que tratan de alejarse. Y, a pesar de estar dentro de los muros del Templo, muchos no vacilan en hacer, a espaldas de los que se alejan, gestos de burla, o en lanzar algún epíteto; mientras otros, de los más ancianos y por tanto más reflexivos, preguntan a Jesús:
-¿Qué va a ser, Tú que sabes, de este lugar, de esta ciudad, de todo Israel: que no se pliegan a la Voz del Señor?
Jesús mira con piedad a estas cabezas entrecanas, o blancas por completo, y responde:
-Jeremías (l8, l-ll, l9, l0; 20, l-2; 24, l-2) os dijo lo que será de aquellos que ante la centella del enojo divino responden con aumento de pecado, de aquellos que toman la piedad divina como prueba de debilidad por parte de Dios.
Porque de Dios nadie se burla, hijos. Vosotros, como dijo el Eterno por boca de Jeremías, sois como la arcilla en las manos del alfarero, como arcilla son los que se creen potentes, como arcilla son los habitantes de este lugar y los del palacio.
No hay poder humano que pueda oponer resistencia a Dios. Y si la arcilla se opone al alfarero y quiere tomar formas extrañas, horribles, el alfarero reduce de nuevo lo ya hecho a un puñado de arcilla y da nueva forma a su vasija, hasta que ésta se persuade de que el más fuerte es el alfarero y hasta que no se pliega a su voluntad. Y puede incluso suceder que la vasija, por obstinarse en no dejarse modelar, por repeler el agua con que el alfarero la moja para poder modelarla sin grietas, quede reducida a fragmentos.
Entonces el alfarero arroja a la basura la arcilla reacia, los cascos inútiles, intrabajables, y toma arcilla nueva y la plasma en la forma que mejor le parece.
¿No dice esto el Profeta narrando el símbolo del alfarero y de la vasija de arcilla? Esto dice. Y, repitiendo las palabras del Señor, dice “Así, como la arcilla en las manos del alfarero, tú estás, oh Israel, en las manos de Dios". Y añade el Señor, como aviso a los reacios, que sólo la penitencia y el arrepentimiento ante la corrección de Dios pueden hacer modificar el decreto de Dios de castigo hacia el pueblo rebelde.
Israel no se ha arrepentido. Por eso las amenazas de Dios contra Israel se han repetido una y mil veces con toda gravedad. Israel no se arrepiente ni siquiera ahora, ahora que no un profeta, sino más que un profeta, le habla. Y Dios, que ha tenido para con Israel la suprema misericordia y me ha enviado, ahora os dice: "Puesto que no escucháis a mi propia Voz, me doleré del bien que os he hecho y prepararé contra vosotros la desventura".
Y Yo, que soy la Misericordia, aun sabiendo que esparzo inútilmente mi voz, grito a Israel: "Que cada uno vuelva sobre sus pasos dejando su mal camino. Haced, cada uno, recta vuestra conducta y vuestras tendencias. Para que, al menos, cuando se cumpla el designio de Dios para la Nación culpable, los mejores de ella, en medio de la pérdida general de los bienes, de la libertad, de la unión, conserven su espíritu libre de la culpa, unido a Dios, y no pierdan los bienes eternos de la misma forma que habrán perdido los bienes terrenos".
Las visiones de los profetas no suceden sin una finalidad: la de avisar a los hombres de lo que puede ocurrir. Y ha sido dicho, por medio de la figura de la vasija de arcilla cocida, rota en presencia del pueblo, lo que les espera a las ciudades y reinos que no se dobleguen ante el Señor y…
Los ancianos, escribas, doctores y fariseos, que antes se habían marchado, deben haber ido a avisar a los guardias del Templo y a los magistrados encargados del orden. Y uno de ellos, seguido por un puñado de estos guardias de pasta de papel, que de guerrero sólo tienen las caras (una mixtura de estupidez con un poco de malicia y una buena dosis de dureza, por no decir de delincuencia), viene hacia Jesús, que está hablando apoyado en una columna del pórtico de los Paganos, y, no pudiendo atravesar la compacta barrera de la muchedumbre que hace círculo en torno al Maestro, grita:
-¡Vete! ¡O haré que mis soldados te pongan fuera de los muros…!
-¡Uf! ¡Uf! ¡Los moscardones verdes! ¡Los héroes contra corderos! ¿Y no sabéis entrar a arrestar a los que hacen de Jerusalén un lupanar, del Templo un mercado? Vete de aquí, cara de conejo, ve con las garduñas… ¡Uuu! ¡Uuu!
La gente se rebela contra estos soldados de caricatura, y muestra claramente que no tiene intención de dejar que se injurie al Maestro.
-Obedezco las órdenes recibidas… -dice, excusándose, el jefe de estos… tutores del orden.
-Tú obedeces a Satanás y no te das cuenta. Ve, ve a impetrar misericordia por haber osado insultar y amenazar al Maestro. ¡El Maestro no se toca! ¿Habéis entendido?
Vosotros, nuestros opresores; Él, el Amigo de los pobres.
Vosotros, nuestros corruptores; Él, nuestro Maestro santo.
Vosotros, ruina nuestra; Él, nuestra Salud. Vosotros,
pérfidos; Él, bueno. ¡Fuera! Si no, os haremos lo que Matatías hizo en Modín. Os tiramos abajo por la cuesta del Moira como a altares idolátricos y hacemos limpieza lavando con vuestra sangre el lugar profanado, y los pies del único Santo de Israel pisarán esa sangre para ir al Santo de los Santos a reinar, Él que lo merece. ¡Fuera de aquí! ¡Vosotros y vuestros jefes! ¡Fuera, esbirros siervos de esbirros!…
Un tumulto espantoso… De la Antonia acuden las guardias romanas con un suboficial viejo, severo, expeditivo.
-¡Abrid paso, asquerosos! ¿Qué pasa aquí? ¿Os estáis descuartizando entre vosotros por alguno de vuestros corderos sarnosos?
Se rebelan contra los guardias… -quiere explicar el magistrado.
-¡Por Marte invicto! ¿Estos… guardias? ¡Ja! ¡Ja! Ve a combatir contra las cucarachas, guerrero de bodega. Hablad vosotros… -ordena a la gente.
-Querían imponer silencio al Rabí galileo. Querían echarlo. Quizás arrestarlo…
-¿Al Galileo? Non licet. En la lengua de Roma os digo la frase del degollado. ¡Ja! ¡Ja! Vete a tu caseta tú y tus gozquezuelos. Y di que se estén en su caseta también los mastines (que la Loba los sabe también descuartizar)…
¿Comprendido? Sólo Roma tiene derecho de juicio. Y Tú, Galileo, cuenta tus fábulas si quieres… ¡Ja! ¡Ja! -y vuelve de golpe, con relumbre de corazas al sol, y se marcha.
-Exactamente como a Jeremías…
-Como a todos los profetas debes decir…
-Pero Dios triunfa igual.
-Maestro, sigue hablando. Las víboras han huido.
-No. Dejadlo que se marche. No vaya a ser que vuelvan con más fuerza y lo encadenen los nuevos Pasjures…
-No hay peligro… Mientras dura el rugido del león, no salen las hienas…
La gente habla y comenta formando una buena confusión.
-Os equivocáis -dice todo almibarado un fariseo pomposamente vestido, seguido de otros semejantes a él y de algunos doctores de Ley -Os equivocáis. No debéis creer que toda una casta sea como algunos de sus componentes.
¡En todos los árboles hay parte buena y parte mala!
-Sí. Efectivamente, los higos en general son dulces. Pero, si todavía no están maduros o lo están demasiado, son ásperos o ácidos. Vosotros, ácidos. Como los del pésimo cesto del profeta Jeremías dice en medio de la multitud uno que no conozco, pero que deben conocerlo bien muchos, y debe ser influyente además, porque veo que muchos se hacen señas y observo que el fariseo encaja el golpe sin reaccionar.
No sólo eso, sino que, aún más almibarado, se dirige al Maestro y le dice:
-Espléndido tema para tu sabiduría. Háblanos, Rabí, sobre este tema. Tus explicaciones son tan… nuevas… tan… doctas… Las saboreamos con ávida hambre.
Jesús mira fijamente a este ejemplo farisaico y le responde:
-Tienes también otra hambre, no confesada, Elquías, y también tus amigos. Pero recibiréis también ese alimento… Y más ácido que los higos. Y corromperá vuestro interior como los higos acedados corrompen las entrañas.
-No. Maestro. ¡Te juro en nombre del Dios vivo que ni yo ni mis amigos tenemos otra hambre aparte de la de oírte hablar!… Dios ve si nosotros…
-Basta así… El honesto no necesita juramentos. Sus obras son juramentos y testimonios. Pero no voy a hablar de los
higos óptimos y de los higos estropeados… -¿Por qué, Maestro? Temes que los hechos contradigan tus explicaciones? -¡No, no! Es más… -¿Entonces es que prevés para nosotros aflicciones y oprobios, espada, peste y hambre? -Eso y más. -¿Más todavía? ¿Y qué es? ¿Es que ya no nos ama Dios? -Os ama tanto, que ha cumplido la promesa. -¿Tú? ¿Porque Tú eres la promesa? -Lo soy. -¿Y entonces cuándo vas a fundar tu Reino?
-Ya están echados los cimientos.
-¿Dónde? ¿Dónde?
-En el corazón de los buenos.
-¡Pero eso no es un reino! ¡Es una enseñanza!
-Mi Reino, siendo espiritual, tiene por súbditos a los espíritus. Y los espíritus no tienen necesidad de palacios, casas, guardias, muros, sino de conocer la Palabra de Dios y ponerla en práctica: lo que se está produciendo en los buenos.
-¿Tú puedes decir esta Palabra? ¿Quién te autoriza?
-La propiedad.
-¿Qué propiedad?
-La propiedad de la Palabra. Doy lo que soy. Uno que tiene vida puede dar la vida. Uno que tiene dinero puede dar dinero. Yo tengo, por mi eterna naturaleza la Palabra que traduce el divino Pensamiento, y doy la Palabra; pues el Amor me mueve a este don de dar a conocer el Pensamiento del Altísimo, que es mi Padre.
-¡Cuidado con lo que dices! ¡Es un modo audaz de hablar! ¡Podría perjudicarte!
-Más me perjudicaría mentir, porque sería desnaturalizar mi Naturaleza y renegar de Aquel de quien procedo.
-¿Entonces eres Dios, el Verbo de Dios?
-Lo soy.
-¿Y lo dices así? ¿En presencia de tantos testigos que podrían denunciarte?
-La Verdad no miente. La Verdad no hace cálculos. La Verdad es heroica.
-¿Y esto es una verdad?
-La Verdad es el que os habla. Porque el Verbo de Dios traduce Pensamiento de Dios, y Dios es Verdad.
La gente escucha concentrada, en medio de un silencio atento, para seguir la disputa, la cual, de todas formas, se desarrolla sin asperezas. Otros, desde otros lugares, han ido allí. El patio está lleno, abarrotado de gente.
Centenares de caras dirigidas hacia un solo punto. Y por los desembocaderos que conducen de otros patios a éste se asoman muchas caras, alargando el cuello para ver y oír…
El Anciano Elquías y sus amigos se miran… Una verdadera telefonía de miradas. Pero se contienen. No sólo eso, sino que un viejo doctor pregunta todo amable:
-¿Y para evitar los castigos que prevés, qué tendríamos que hacer?
-Seguirme. Y, sobre todo, creerme. Y más aún, amarme.
-¿Eres una especie de mascota?
-No. Soy el Salvador.
-Pero no tienes ejércitos…
-Me tengo a mí mismo. Recordad, recordad, por vuestro bien, por piedad hacia vuestras almas, recordad las palabras del Señor a Moisés y a Aarón cuando estaban todavía en la tierra de Egipto:
"Cada miembro del pueblo de Dios tome un cordero sin mancha, macho, de un año. Uno por cada casa. Y, si no basta el número de los miembros de la familia para acabar el cordero, que llame a los vecinos. Lo inmolaréis el día decimocuarto de Abid, que ahora se llama Nisán, y con la sangre del inmolado untaréis las jambas y el dintel de la puerta de vuestras casas. Esa misma noche comeréis su carne asada al fuego, con pan sin levadura y hierbas silvestres. Y lo que pudiera sobrar destruidlo con el fuego. Comeréis así: ceñidas vuestras cinturas, calzados vuestros pies, el bastón en la mano. Comeréis deprisa, porque pasa el Señor. Y esa noche pasaré hiriendo a todos los primogénitos de hombre o de animal que se encuentren en las casas no señaladas con la sangre del cordero". (Éxodo l2, l-l3)
Al presente, ahora que pasa de nuevo Dios -el más verdadero paso porque realmente Dios pasa visible entre vosotros, reconocible por sus signos -, la salvación se detendrá en aquellos que estén señalados con la señal salvífica de la Sangre del Cordero. Porque, en verdad, todos seréis señalados por ella, pero sólo los que aman al Cordero y amen su Signo obtendrán de esa Sangre salvación.
Para los otros será la marca de Caín. Y ya sabéis que Caín no mereció volver a ver el rostro del Señor, y que jamás conoció descanso. Y, con el peso a sus espaldas del remordimiento, del castigo y de Satanás, su cruel rey, fue errante y fugitivo por la Tierra mientras tuvo vida. Gran figura, grande, del Pueblo que agredirá al nuevo Abel…
-También Ezequiel (9, 4-6) habla de la Tau… ¿Tú crees que tu Signo es la Tau de Ezequiel?
-Es ése.
-¿Entonces nos estás acusando de que en Jerusalén haya abominaciones?
-Quisiera no poder hacerlo. Pero es así.
-¿Y entre los signados con la Tau no hay pecadores? ¿Puedes jurarlo?
-Yo no juro nada. Pero digo que, si entre los signados hay pecadores, su castigo será aún más tremendo, porque los adúlteros del espíritu, los apóstatas, los que después de haber sido seguidores de Dios sean sus asesinos serán los más grandes en el Infierno.
-Pero los que no pueden creer que Tú seas Dios no tendrán pecado. Serán justificados…
-No. Si no me hubierais conocido, si no hubierais podido constatar mis obras, si no hubierais podido verificar mis palabras, no tendríais culpa. Si no fuerais doctores en Israel, no tendríais culpa. Pero vosotros conocéis las Escrituras y veis mis obras. Podéis confrontarlas. Y, si lo hacéis con honestidad, me veréis a mí en las palabras de la Escritura, y veréis las palabras de la Escritura traducidas en obras en mí. Por eso no seréis justificados de no reconocerme y de odiarme.
Demasiadas abominaciones, demasiados ídolos, demasiadas fornicaciones, donde sólo Dios debería estar. Y en todos los lugares donde estáis vosotros. La salvación está en repudiar estas cosas y en acoger a la Verdad que os habla.
Por eso, donde matáis o tratáis de matar seréis muertos. Y por eso seréis juzgados en las fronteras de Israel, donde todo poder humano viene a menos y solamente el Eterno es Juez de sus criaturas.
-¿Por qué hablas así, Señor? Te muestras severo.
-Me muestro veraz. Yo soy la Luz. La Luz ha sido enviada para iluminar las Tinieblas. Y la Luz debe resplandecer libremente. Sería inútil el que el Altísimo hubiera enviado su Luz, si luego la hubiera cubierto con el moyo.
No hacen eso los hombres cuando encienden una luz, porque habría sido inútil encenderla. Si la encienden es para que ilumine y que el que entre en la casa vea. Yo vengo a dar Luz a la entenebrecida casa terrena de mi Padre, para que los que la habitan vean. Y la Luz brilla. Bendecidla si con su rayo purísimo os descubre reptiles, escorpiones, trampas, telas de araña, grietas en las paredes. Os hace esto por amor.
Para daros la manera de conoceros, limpiaros, arrojar los animales perjudiciales -las pasiones, los pecados -; para daros la manera de reconstruiros antes de que sea demasiado tarde; para daros la manera de ver dónde ponéis el pie -en la trampa de Satanás -antes de que os hundáis.
Pero para ver, además de la luz nítida, es necesario tener el ojo limpio. A través de un ojo cubierto de materia por una enfermedad, no pasa la luz. Limpiad vuestros ojos. Limpiad vuestro espíritu para que la Luz pueda descender y entrar en vosotros. ¿Por qué perecer en las Tinieblas, cuando el Bonísimo os envía la Luz y la Medicina para curaros? No es todavía demasiado tarde.
Venid, en el tiempo que os queda, venid a la Luz, a la Verdad, a la Vida. Venid al Salvador vuestro, que os abre los brazos, que os abre el corazón, que os suplica que lo acojáis para vuestro eterno bien.
Jesús se muestra verdaderamente suplicante, amorosamente suplicante, despojado de cualquier otra cosa que no sea amor… Hasta las fieras más obstinadas, más ebrias de odio, lo sienten, y sus armas se sienten vencidas, sus rencores no tienen fuerza de escupir su ácido.
Se miran. Luego Elquías habla por todos:
-¡Has hablado bien Maestro! Te ruego que aceptes el convite que ofrezco en tu honor. -No pido ningún honor aparte del de conquistar vuestras almas. Déjame en mi pobreza…
-¿No querrás ofenderme negándote a aceptar?
-No hay ninguna ofensa. Te ruego que me dejes con mis amigos.
-¡También ellos! ¿Quién puede dudarlo? Ellos también contigo ¡Gran honor para mi casa!… ¡Gran honor!… Vas también a la casa de otros grandes. ¿Por qué no a la casa de Elquías?
-Bien, voy a ir. Pero cree que no podré decirte en el secreto de la casa palabras distintas de las que te he dicho aquí delante del pueblo.
-¡Tampoco yo! ¡Y tampoco mis amigos! ¿Lo dudas acaso?…
Jesús lo mira muy fijamente. Dice:
-No dudo sino de lo que ignoro. Pero no ignoro el pensamiento de los hombres. Vamos a tu casa… La paz a los que me han escuchado.
Y al lado de Elquías se dirige hacia la salida del Templo, seguido de la fila de sus apóstoles, mezclados -no entusiastas de ello -con los amigos de Elquías.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
El grupo apostólico ha vuelto las espaldas a la llanura y, por caminos de colinas, entre montes y abiertos valles, se dirige hacia Jerusalén. Para abreviar, no han tomado el camino de primer orden, sino atajos solitarios, fatigosos pero muy rápidos.
En este momento están en el fondo de un verde valle, rico en aguas y florecillas, y no faltan los escapos olorosos de los muguetes, cosa que hace observar a Judas Tadeo que es muy apropiado el llamar "lirio del valle" al muguete y exaltar su belleza; frágil y al mismo tiempo resistente, y tan delicadamente fragante.
-Pero son lirios al revés -observa Tomás -Miran hacia abajo en vez de hacia arriba.
-¡Pero qué pequeños son! Tenemos flores más pomposas que ésta. No sé por qué la han alabado tanto… -dice Judas, golpeando con desprecio una matita de muguetes en flor.
-¡No! ¿Por qué? ¡Tan graciosas como son! -interviene Andrés en defensa de las pobres flores, y se agacha a recoger los escapos rotos.
-Parecen heno y nada más. Más bonita es la flor de la agave, tan majestuosa y potente. Digna de Dios y de florecer para Dios.
-Yo veo más a Dios en estos cálices menudos… ¡Fíjate qué finura!… Denticulados, y tan cóncavos… parecen de alabastro, de cera virgen, labrados por manitas pequeñísimas… ¡Sin embargo, los ha hecho el Inmenso! ¡Oh! ¡Potencia de Dios!…
Andrés está casi extático en la contemplación y meditación de las flores y de la Perfección creadora.
-¡Me pareces una mujercita enferma de los nervios!… -dice en tono de mofa Judas de Keriot, riendo maliciosamente.
-No. Verdaderamente encuentro también yo -y soy orfebre y, por tanto, entiendo de esto -que estos escapos son una perfección. En el metal es más difícil de hacer que la agave. Porque has de saber, amigo, que lo que revela la habilidad del artista es la infinita pequeñez. Dame un escapo, Andrés… Y tú, con tus ojos de buey que admiran sólo lo grandioso, ven aquí y observa. ¿Qué artista podría hacer estas copas tan ligeras, perfectas; decorarlas con este topacio minúsculo ahí en el fondo, y unirlas al tallo con este escapo de filigrana combado de esta forma, liviano como éste… ¡Es una maravilla!…
-¡Oh, qué poetas han surgido entre nosotros! También tú, Tomás, así…
-No soy ni un necio ni una mujer, ¿sabes? Soy un artista, y además sensible. Y me glorío de ello. Maestro, ¿te gustan estas flores? -Tomás pregunta al Maestro, que ha estado oyendo todo sin decir nada.
-De la creación todo me gusta. Pero estas flores están entre las cosas predilectas…
-¿Por qué? -preguntan varios. Y, al mismo tiempo, pregunta Judas:
-¿También te gustan las víboras? -y se ríe.
-También ellas. Son útiles…
-¿Para qué? -preguntan bastantes de los presentes.
-Para morder. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -se ríe, ofensivo, Judas.
-Entonces te deberían gustar muchísimo a ti -le rebate el Tadeo, truncándole la carcajada con esta alusión muy explícita. Ahora son los otros los que se ríen por el buen palo que le ha dado.
Jesús no ríe. Es más, está pálido y triste. Mira a sus doce, especialmente a los dos antagonistas, que se miran el uno con ira, el otro con severidad, y responde a todos para responder a Judas Iscariote en particular.
-Si Dios las ha hecho es señal de que son útiles. Nada inútil, totalmente nocivo, hay en la creación. Sólo el Mal es netamente, y solamente, nocivo. ¡Ay de aquellos que se dejan morder por él! Uno de los frutos de su mordisco es la posterior incapacidad de distinguir el Bien del Mal, es la desviación hacia cosas no buenas de la razón y de la conciencia pervertida, y es la ceguera espiritual, por la cual, ¡oh Judas de Simón!, ya no se ve resplandecer la potencia de Dios en las cosas… incluso en las diminutas.
En esta flor, la potencia de Dios está grabada, por la belleza, el perfume, la forma tan distinta de la de todas las demás flores, por esta gota de rocío que tiembla y brilla suspendida del borde céreo del minúsculo pétalo (y parece una lágrima de gratitud para el Creador que ha hecho todo, y todo bien, todo útil, todo variado). Pero está escrito que todo era hermoso para los dos primeros, hasta que les vinieron las cataratas del pecado… Y todo les hablaba de Dios, hasta que en las cosas, o mejor: en sus pupilas, fue instilado el humor que trastornó su capacidad de ver a Dios… También en el momento actual, cuanto más se revela Dios, más el espíritu es rey en una criatura…
-¡Salomón cantó las maravillas de Dios, y lo mismo David… y. ciertamente, no tenían como rey al espíritu! Maestro, esta vez te he pillado en un error.
-¡Pero qué descarado eres! ¿Cómo te atreves a decir esto? -reacciona bruscamente Bartolomé.
-Déjalo hablar… No tengo en cuenta sus palabras. Son palabras que disemina el viento. De ellas no se escandalizan ni las hierbas ni los árboles. Nosotros, los únicos que las escuchamos, sabemos darles el peso que merecen, ¿no es verdad? Y no nos acordamos ya de ellas. La juventud es frecuentemente irreflexiva, Bartolomé; sé comprensivo con ella… Pero uno de vosotros me había preguntado que por qué prefiero el lirio de los valles…
Bien, respondo: "Por su humildad". Todo en él habla de humildad… Los lugares que prefiere… la actitud de la flor… Me hace pensar en mi Madre… Esta flor… tan pequeña y sin embargo, fijaos cómo perfuma un solo escapo.
El aire de alrededor queda perfumado… También mi Madre humilde, modesta, ignorada y que no pedía otra cosa sino seguir siendo ignorada… Y sin embargo su perfume de santidad fue tan intenso, que me aspiró del Cielo…
-¿Ves un símbolo de tu Madre en esta flor?
-Sí, Tomás.
-¿Y piensas que nuestros antiguos, cantando al lirio de los valles, la presentían? -pregunta Santiago de Alfeo.
-La compararon con otros árboles y flores: con el olivo, con la rosa; y con los más graciosos animales: tórtolas, palomas… -dice casi con ira el Iscariote.
-Cada uno de ellos le decía lo más hermoso que veía en la creación. Y de la creación Ella es realmente la Toda Hermosa. Pero Yo, para cantar sus alabanzas, la llamaría Lirio del valle y pacífico Olivo -y Jesús se serena y se ilumina al pensar en su Madre, y se adelanta para aislarse…
La caminata continúa, a pesar de la hora calurosa, porque el fondo del valle es una sucesión de árboles que protegen del sol.
Pedro, pasado un rato, acelera el paso y alcanza al Maestro. Lo llama quedo: -¡Maestro mío!
-¡Mi Pedro!
-¿Te molesto si voy contigo?
-No, amigo. ¿Qué cosa tan urgente quieres decirme, que te mueve a venir al lado de tu Maestro?
-Una pregunta… Maestro, yo soy un hombre curioso…
-¿Y entonces? -Jesús mira a su apóstol sonriendo.
-Y me gusta saber muchas cosas…
-Eso es un defecto, Pedro mío.
-Lo sé… Pero no creo que esta vez sea defecto. Si quisiera saber cosas negativas, o bribonadas para poder criticar a quien las hizo, ¡ah entonces sería defecto!
Pero ya ves que no te he preguntado si Judas tenía que ver con la llamada a Béter, y para qué…
-Pero tenías muchas ganas de preguntar…
-Sí. Es verdad. Pero eso es un mérito mayor, ¿no?
-Es mérito mayor. Como es mérito grande el dominarse a sí mismo. Esto demuestra, en quien lo hace, una buena, seria evolución en lo espiritual, un verdaderamente activo aprender y asimilar las lecciones del Maestro.
-¿Sí, verdad? ¡Y Tú te sientes contento de ello?
-¿Me lo preguntas, Pedro? Me siento dichoso.
-¿Sí? ¿Verdaderamente? ¡Oh, Maestro mío! ¿Pero entonces es tu pobre Simón el que te hace feliz?
-Sí. Pero ¿no lo sabías ya?
-No osaba creerlo. Pero, al verte tan contento ayer, he mandado a uno a preguntarte. Porque pensaba que podía ser también Judas el que se mejoraba… aunque no tenga pruebas de ello… Pero puede ser que vea mal yo. Juan me dijo que le dijiste que te sentías feliz porque había uno que se hacía santo… Luego, hace un momento, me has dicho que estás contento de mí porque me hago mejor. Ahora sé.
El que te hace feliz y alegre soy yo, el pobre Simón… Pero ahora quisiera que mis sacrificios hicieran cambiar a Judas. No soy envidioso. Quisiera ver a todos perfectos para hacerte verdaderamente feliz. ¿Lo lograré?
-Confía, Simón, confía y persevera.
-¡Lo haré! Cierto que lo haré. Por ti… y también por él. Porque seguro que no goza de ser siempre así. En el fondo… podría ser casi hijo mío… ¡Mmm! ¡Verdaderamente prefiero ser padre de Margziam Pero… seré padre para él, trabajando para darle un alma digna de ti.
-Y de ti, Simón -y Jesús se inclina y lo besa en el pelo.
Pedro está lleno de felicidad… Pasado un momento, pregunta
-¿Y no me dices nada más? ¿No hay ninguna otra cosa buena, alguna flor entre las espinas que encuentras por todas partes?
-Sí. Un amigo de José que viene a la Luz.
-¿Sí? ¿Un miembro del Sanedrín?
-Sí. Pero no hay que decirlo. Se debe orar. Sufrir por esto. ¿No me preguntas quién es? ¿No tienes curiosidad?
-¡Mucha! Pero no lo pregunto. Un sacrificio por este
desconocido.
-¡Bendito tú, Simón! Hoy me haces verdaderamente feliz. Continúa así y te amaré cada vez más y cada vez más te amará Dios. Ahora vamos a pararnos a esperar a los demás…
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Cómo ayudar a quien se enmienda
Por una campiña toda gualda de mieses pasa Jesús con sus discípulos. Hace mucho calor, a pesar de que el día esté en sus primeras horas. Los segadores hacen vacíos en el oro de los cereales cortando con las hoces entre los surcos repletos de espigas.
Las hoces brillan un instante bajo el sol, desaparecen entre las altas espigas, vuelven luego un instante por la otra parte, y el manojo se pliega y se recuesta, como cansado de haber estado enhiesto muchos meses, en la tierra caliente de sol. Pasan unas mujeres, atando gavillas, detrás los segadores. La campiña, por todas partes, está dedicada a este trabajo.
La cosecha ha sido muy buena y los segadores exultan. Muchos, cuando el grupo apostólico pasa por el camino y están ya cerca, suspenden un momento el trabajo; se apoyan en la hoz, se secan el sudor y miran, y lo mismo las mujeres que atan las gavillas. Vestidas de colores vivos, cubierta su cabeza con un pedazo de tela blanca, parecen flores que emergen de la tierra despojada de trigo: amapolas, lises, margaritas. Los hombres, vestidos con cortas túnicas, pardas o amarillentas, son menos visibles. No tienen, de tono claro, nada más que el pedazo blanco de tela atado a la cabeza con una cuerdecita y que cae sobre el cuello y los carrillos. En el marco de ese blanco, los rostros bronceados por el sol parecen incluso más negros.
Jesús, cuando se ve observado, pasa saludando:
-La paz y la bendición de Dios sea con vosotros -y ellos responden: «Se revierta sobre ti la bendición de Dios», o también, más sencillamente: «Sea también contigo».
Algunos, más locuaces, reclaman el interés de Jesús por la cosecha diciendo:
-Ha sido buena este año. Mira qué espigas más granadas, y lo apretadas que están en los surcos. Se siegan con dificultad ¡Pero es pan!…
-Mostraos agradecidos al Señor. Y ya sabéis que la gratitud se debe mostrar no con palabras sino con obras.
Sed misericordiosos en esta cosecha vuestra, pensando en el Altísimo, que ha sido magnánimo en rocío y sol para vuestros campos, para que tuvierais mucho trigo. Recordad el precepto del Deuteronomio (24, l9). Pensad, mientras recogéis la riqueza que os ha dado Dios, en quien no la tiene, y dejad para ellos un poco de lo vuestro. Santa ficción esta que es caridad con el prójimo vuestro, y que Dios ve. Mejor ser diligentes en dejar que ávidos en recoger. Dios bendice a los generosos. Dar es mejor que recibir, porque obliga al justo Dios a dar más abundante retribución a aquel que fue compasivo.
Jesús pasa y va repitiendo sus consejos de amor.
Viene el sol más caliente. Los segadores suspenden el trabajo: los que están cerca de sus casas entran en ellas; los que están lejos se recogen a la sombra de árboles y allí descansan, comen, se adormecen.
También Jesús se refugia en una arboleda muy espesa que hay en el interior de la campiña, y, sentado en la hierba, después de haber orado ofreciendo la parca comida de pan, queso y aceitunas, distribuye las fracciones y come mientras habla con los suyos. Hay sombra y aire fresco y un gran silencio. El silencio de las horas llenas de sol del estío. Un silencio que invita al sueño. La mayoría, efectivamente, se quedan traspuestos después de la comida. Jesús no. Descansa con la espalda apoyada contra un árbol, y, entretanto, se interesa por el trabajo de los insectos en las flores.
Pasa un tiempo. Hace una señal a Juan, a Judas Iscariote y a uno de los más ancianos -Bartolomé -y, cuando están a su lado, dice:
-Observad qué trabajo está haciendo este pequeño insecto. Mirad. Hace bastante tiempo que lo observo. Quiere arrebatar a este cáliz tan pequeñito la miel que llena su fondo, y, dado que no pasa, mirad, alarga primero una patita y luego la otra, las unta en la miel y luego se la come.
Dentro de poco la habrá vaciado. ¡Observad qué cosa más admirable es la providencia de Dios! No ignorando que sin ciertos órganos el insecto, creado para ser un crisólito volador sobre la hierba de los prados, no podría nutrirse, lo ha provisto de esos minusculísimos filamentos en la superficie de sus patitas. ¿Los veis? ¿Tú, Bartolomé? ¿No? Mira. Ahora lo cojo y te le enseño a contraluz -y, delicadamente, coge el escarabajo, que parece de oro bruñido, y lo pone boca arriba en la mano.
El escarabajo se hace el muerto y los tres observan sus patitas. Y luego se pone a mover las patas para huir. No lo consigue, naturalmente, pero Jesús le ayuda y lo apoya sobre las patas. El animalito camina por la palma, sube a la punta de los dedos, se balancea, abre las alas. Pero está receloso.
-No sabe que no quiero sino el bien de todos los seres. Sólo dispone de su pequeño instinto; perfecto en relación con su naturaleza, suficiente para todo lo que necesita, pero muy inferior al pensamiento humano. Por eso el insecto no es responsable si hace una mala acción. No así el hombre. El hombre dispone de una luz de inteligencia superior, y la aumentará en la medida en que aumente su instrucción en las cosas de Dios. Por eso será responsable de sus acciones.
-¿Entonces, Maestro -dice Bartolomé -, nosotros, instruidos por Ti, tenemos mucha responsabilidad?
-Mucha. Y más tendréis en el futuro, cuando el Sacrificio se cumpla y venga la Redención y con ésta la Gracia, que es fuerza y luz. Y, después de ella, vendrá uno que os hará aún más capaces de querer. Quien, luego, no quiera, tendrá mucha responsabilidad.
-¡Entonces muy pocos se salvarán!
-¿Por qué, Bartolomé?
-¡Porque es muy débil el hombre!
-Pero, si fortalece su debilidad con la confianza en mí, se hace fuerte. ¿Creéis que no comprendo vuestras luchas y no me compadezco de vuestras debilidades? ¿Veis? Satanás es como esa araña que está tendiendo su lazo desde aquella ramita a este talluelo. ¡Es tan fina y subrepticia…!
Mirad cómo resplandece ese hilo. Parece plata de una impalpable filigrana. Por la noche será invisible, mañana al alba estará esplendoroso de gemas, y las moscas imprudentes, que dan vueltas por la noche en busca de alimento poco limpio, caerán dentro, y también las mariposas ligeras, que se ven atraídas por lo que resplandece…
Otros apóstoles se han acercado y están escuchando esta lección sacada de los reinos vegetal y animal.
-…Pues bien, mi amor hace, respecto a Satanás, lo que ahora hace mi mano. Destruye la tela. Mirad como huye la araña y se esconde. Tiene miedo del más fuerte. También Satanás tiene miedo del más fuerte. Y el más fuerte es el Amor.
-¿No sería mejor destruir a la araña? -dice Pedro, que es muy práctico en sus conclusiones.
-Sería mejor. Pero esa araña hace su deber. Es verdad que mata a las pobres mariposas, que son tan bonitas, pero extermina también a un gran número de moscas sucias que transmiten enfermedades y contaminaciones de enfermos a sanos, de muertos a vivos.
-¿Pero, en nuestro caso, qué hace la araña?
-¿Que qué hace, Simón? -Simón es muy anciano, y es el que se quejaba de los reumatismos -. Hace lo que hace la buena voluntad en vosotros. Destruye las tibiezas, los quietismos, las vanas presunciones. Os obliga a estar vigilantes
¿Qué es lo que os hace dignos de premio? La lucha y la victoria. ¿Podéis vencer sin luchar? La presencia de Satanás obliga a una vigilancia continua. Por su parte el Amor, que os ama, hace que esta presencia no sea inexorablemente nociva. Si estáis cerca del Amor, Satanás intenta, pero queda incapacitado para perjudicar verdaderamente.
-¿Siempre?
-Siempre. En las cosas grandes y en las pequeñas. Por ejemplo, una cosa pequeña: a ti inútilmente te aconseja tener cuidado de tu salud. Es un consejo subrepticio para tratar de separarte de mí. El Amor te tiene bien cogido, Simón, y tus dolores pierden valor incluso ante tus ojos.
-¡Señor! ¿Lo sabes?…
-Sí. Pero no te deprimas. ¡Ánimo, ánimo!
El Amor, que ahora es el primero en sonreír ante tu humanidad que tiembla por sus reumas, te dará mucho coraje.
Jesús ríe ante su desconcertado apóstol y, para consolarlo, lo abraza. Aun riendo muestra plena dignidad. También los otros ríen.
-¿Quién viene a ayudar a aquella pobre anciana? -dice Jesús señalando a una viejecita que, desafiando al sol tórrido, espiga en los surcos segados.
-Yo -dice Juan y, con él, Tomás y Santiago.
Pero Pedro toma a Juan por una manga, se lo lleva un poco aparte y le dice:
-Pregúntale al Maestro que qué es lo que le produce tanta felicidad. Yo ya se lo he preguntado, pero sólo me ha dicho: "Mi felicidad es ver que un alma busca la Luz".
Pero si se lo preguntas tú… A ti te dice todo.
Juan se debate entre la discreción y el deseo de complacer a Pedro. Se llega lentamente donde Jesús, que está ya en las tierras espigando. La viejecita, al ver a todos esos jóvenes, pone un gesto de desconsuelo y se empeña en ser rápida.
-¡Mujer! ¡Mujer! -grita Jesús -Estoy espigando para ti. No estés al sol, madre. Ahora voy.
La viejecita, desorientada por tanta bondad, lo mira fijamente; luego obedece y lleva su cuerpecito delgaducho, curvado y un poco tembloroso, a la estrecha faja de sombra del ribazo. Jesús se mueve diligentemente, recogiendo espigas. Juan le sigue de cerca. Más lejos están Tomás y Santiago.
-¡Maestro! -dice afanado Juan -¿Cómo encuentras tantas espigas? ¡Yo en el surco de al lado encuentro tan pocas!
Jesús sonríe y no habla. No podría jurarlo, pero me parece que donde se deposita la mirada divina surgen espigas cortadas y no recogidas. Jesús recoge y sonríe. Tiene un verdadero fajo de espigas entre los brazos.
-Ten, Juan, el mío. Así tienes muchas también tú y la pequeña madre se pondrá contenta.
-Pero, Maestro… ¿Estás haciendo un milagro? ¡No es
posible que encuentres tantas!
-¡Chist! Es para esa pequeña madre… pensando en la mía y en la tuya. ¡Mira de qué viejecita se trata!… El buen Dios, que da de comer al pajarillo recién nacido, quiere llenar el minúsculo granero de esta abuelita. Tendrá pan para estos meses que le quedan. No verá la nueva cosecha.
Pero no quiero que pase hambre en su último invierno.
¡Ahora vas a ver qué exclamaciones! Prepárate, Juan, que se te van a lastimar los oídos; como Yo me preparo a ser lavado de llanto y besos…
-¡Qué contento estás, Jesús, desde hace unos días! ¿Por qué?
-¿Lo quieres saber tú o alguien te manda?
Juan, ya rojo por el esfuerzo, se pone carmesí.
Jesús comprende:
-Di a quien te manda que hay un hermano mío que está enfermo y busca curación. Su voluntad de curarse me llena de alegría.
-¿Quién es, Maestro?
-Un hermano tuyo, uno a quien ama Jesús, un pecador.
-¿Entonces no es uno de nosotros?
-Juan, ¿crees que entre vosotros no exista el pecado? ¿Crees que Yo sólo exulto por vosotros?
-No, Maestro. Sé que también nosotros somos pecadores y que quieres salvar a todos los hombres.
-¿Entonces? Te dije: "No indagues" cuando se trataba de descubrir el mal. Te digo lo mismo ahora que hay una aurora de bien. ¡Paz a ti, madre! Aquí están nuestras espigas. Mis compañeros vendrán después con las suyas.
-Que Dios te bendiga, hijo. ¿Cómo has encontrado tantas? En verdad que veo poco, pero son dos gavillas grandísimas…
La anciana las palpa, su mano temblorosa las acaricia, las quiere alzar. No puede.
-Te ayudaremos. ¿Dónde está tu casa?
-Aquélla -señala a una casita que está detrás de los campos.
-¿Estás sola, verdad?
-Sí. ¿Cómo lo sabes? ¿Quién eres
-Soy uno que tiene una madre.
-¿Éste es tu hermano?
-Es mi amigo.
El amigo, desde detrás de Jesús, hace grandes gestos a la ancianita. Pero ésta, que tiene veladas sus pupilas, no los ve. Y además está demasiado centrada en observar a Jesús. Su anciano corazón de madre se conmueve.
-Estás sudando, hijo. Ven aquí a la sombra de este árbol. Siéntate. ¡Mira cómo te gotea el sudor! Sécate con mi velo. Está raído pero limpio. Toma, toma, hijo mío.
-Gracias, madre.
-¡Bendita la que es madre de ti, que eres bueno! Dime tu nombre y el suyo. Para decírselos a Dios y que os bendiga.
-María y Jesús.
-María y Jesús… María y Jesús… Espera. Una vez lloré mucho… El hijo de mi hijo había caído muerto por defender a su niño. Mi hijo murió de dolor por esto…
Entonces se decía que había caído el inocente porque se buscaba a uno de nombre Jesús… Ahora estoy a las puertas de la muerte y vuelve ese nombre…
-En aquellos días lloraste por aquel Nombre, madre. Bendígate ahora ese nombre…
-Eres Tú aquel Jesús… díselo a una que se acerca a la muerte, y que ha vivido sin maldecir porque le dijeron que su dolor era para salvar el Mesías, a Israel.
Juan redobla sus gestos. Jesús calla.
-¡Oh! ¡Dímelo! ¿Eres Tú? ¿Tú que me bendice al final de mi vida? En nombre de Dios, habla.
-Yo soy.
-¡Ah!
La viejecita se postra contra el suelo.
-¡Salvador mío! He vivido esperando y no esperaba ya verte. ¿Veré tu triunfo?
-No, madre. Como Moisés, morirás sin conocer ese día. Pero te anticipo la paz de Dios. Yo soy la Paz, el Camino y la Vida. Tú, madre y abuela de justos, me verás en otro, eterno triunfo, y te abriré las puertas, a ti y a tu hijo, al hijo de tu hijo y a su niño. ¡Consagrado al Señor aquel niño muerto por Mí! ¡No llores, madre!…
-¡Y yo te he tocado! ¡Y Tú me has recogido las espigas!
¡Oh, ¿cómo he merecido este honor?!
-Por tu resignación santa. Ven, madre. A tu casa. Y que este trigo te dé pan para el alma más que para el cuerpo.
Yo soy el Pan verdadero que ha bajado del Cielo para saciar todas las hambres de los corazones. Vosotros -Tomás y Santiago han llegado con sus manojos -tomad estas gavillas. Y vamos.
Y van los tres cargados de espigas, y Jesús los sigue con la abuelita que llora y susurra palabras de oración.
Llegan a la casita. Dos cuartitos, un horno minúsculo, una higuera, un poco de vid. Limpieza y pobreza.
-¿Este es tu nido?
-Este. ¡Bendícelo, Señor!
-Llámame hijo. Y pide porque mi madre tenga consuelo en su dolor, tú que sabes lo que es el dolor de una madre.
Adiós, madre. Te bendigo en el nombre del Dios verdadero.
Y Jesús alza la mano y bendice la pequeña morada. Luego se agacha para abrazar a la viejecita, la aprieta contra su corazón y la besa en la cabeza cubierta de pocos pelitos blancos. Y ella llora y pasa sus labios por las manos de Jesús, lo venera, lo ama… y a mí me abate el dolor, porque pienso en mi madre, que tuvo miedo de ti, Jesús, cuando te vio… ¿Por qué miedo de ti, Jesús?
Dice Jesús (a María Valtorta):
-La otra pregunta que tienes en tu corazón es saber si Yo sabía que Judas no se salvaría a pesar de aquel conato hacia la salvación. Lo sabía. ¿Y entonces por qué estaba contento? Porque el simple deseo de ese momento, flor en la landa del corazón de Judas, hacía que el Padre mirase benignamente a este discípulo mío que Yo amaba y que no podría salvar.
¡La mirada de Dios sobre un corazón! ¿Qué más quisiera Yo, sino que el Padre os mirase a todos y con amor? Y debía estar dichoso, para dar al desdichado también ese medio para resurgir. El acicate de mi alegría al verlo volver a mí.
Un día, después de mi muerte, Juan supo esta verdad, y la comunicó a Pedro, Santiago, Andrés y a los otros, porque así se lo había ordenado Yo al Predilecto, el cual no desconoció ningún secreto de mi corazón. Lo supo y lo dijo, para que todos dispusieran, después, de una norma en la guía de los discípulos y fieles.
Al alma que, caída, va al ministro de Dios y confiesa su error, al amigo o hijo, al marido o hermano que, habiendo errado, vienen diciendo:
"Tenme contigo. Quiero no cometer más errores para no causar dolor a Dios y a ti", no se le debe además de las otras cosas -privar de la satisfacción de ver nuestra dicha por verlos deseosos de hacernos felices.
Se requiere un tacto infinito en el cuidado de los corazones. Yo, Sabiduría, aun sabiendo que en el caso de Judas era inútil, tuve este tacto para enseñar a todos el arte de redimir, de ayudar a quien se redime.
Y ahora te digo a ti también, como a Simón cananeo: "¡Ánimo, ánimo!", y te abrazo para hacerte sentir que hay quien te ama. De estas manos descienden castigos y también caricias, y de mis labios palabras severas y también -más numerosas y dichas con mucha más alegría -palabras de complacencia.
Ve en paz, María. No has causado dolor a tu Jesús. Ello sea tu consuelo.
por makf | 9 Sep, 2025 | Genesis
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Capítulo 15
La promesa de Dios a Abrám
1 Después de estos acontecimientos, la palabra del Señor llegó a Abram en una visión, en estos términos: «No temas, Abram. Yo soy para ti un escudo. Tu recompensa será muy grande».
2 «Señor, respondió Abram, ¿para qué me darás algo, si yo sigo sin tener hijos, y el heredero de mi casa será Eliezer de Damasco?».
3 Después añadió: «Tú no me has dado un descendiente, y un servidor de mi casa será mi heredero».
4 Entonces el Señor le dirigió esta palabra: «No, ese no será tu heredero; tu heredero será alguien que nacerá de ti.
5 Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: «Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas». Y añadió: «Así será tu descendencia».
6 Abram creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación.
La alianza de Dios con Abrám
7 Entonces el Señor le dijo: «Yo soy el Señor que te hice salir de Ur de los caldeos para darte en posesión esta tierra».
8 «Señor, respondió Abram, ¿cómo sabré que la voy a poseer?».
9 El Señor le respondió: «Tráeme una ternera, una cabra y un carnero, todos ellos de tres años, y también una tórtola y un pichón de paloma».
10 El trajo todos estos animales, los cortó por la mitad y puso cada mitad una frente a otra, pero no dividió los pájaros.
11 Las aves de rapiña se abalanzaron sobre los animales muertos, pero Abram los espantó.
12 Al ponerse el sol, Abram cayó en un profundo sueño, y lo invadió un gran temor, una densa oscuridad.
13 El Señor le dijo: «Tienes que saber que tus descendientes emigrarán a una tierra extranjera. Allí serán esclavizados y maltratados durante cuatrocientos años.
14 Pero yo juzgaré a la nación que los esclavizará, y después saldrán cargados de riquezas.
15 Tú, en cambio, irás en paz a reunirte con tus padres, y serás sepultado después de una vejez feliz.
16 Sólo a la cuarta generación tus descendientes volverán aquí, porque hasta ahora no se ha colmado la iniquidad de los amorreos».
17 Cuando se puso el sol y estuvo completamente oscuro, un horno humeante y una antorcha encendida pasaron en medio de los animales descuartizados.
18 Aquel día, el Señor hizo una alianza con Abram diciendo: «Yo he dado esta tierra a tu descendencia desde el Torrente de Egipto hasta el Gran Río, el río Eufrates:
19 los quenitas, los quenizitas, los cadmonitas,
20 los hititas, los perizitas, los refaím,
21 los amorreos, los cananeos, los guirgasitas y los jebuseos».
por makf | 9 Sep, 2025 | Genesis
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Capítulo 14
La campaña de los cuatro reyes
1 En tiempos de Amrafel, rey de Senaar, de Arioc, rey de Elasar, de Quedorlaomer, rey de Elam, y de Tidal, rey de Goím,
2 estos hicieron la guerra contra Berá, rey de Sodoma, Birsá, rey de Gomorra, Sinab, rey de Admá, Zeméber, rey de Seboím, y contra el rey de Belá, es decir, de Soar.
3 Todos ellos se concentraron en el valle de Sidím, que ahora es el mar de la Sal.
4 Durante doce años, habían estado sometidos a Quedorlaomer, pero al decimotercer año se rebelaron.
5 Y en el decimocuarto año, Quedorlaomer y los reyes que los acompañaban llegaron y derrotaron a los refaítas en Asterot Carnaim, a los zuzíes en Ham, a los emíes en la llanura de Quiriataim,
6 y a los hurritas en las montañas de Seír, cerca de El Parán, en el límite con el desierto.
7 Luego dieron vuelta hasta En Mispat –actualmente Cades– y sometieron todo el territorio de los amalecitas, y también a los amorreos que habitaban en Hasasón Tamar.
8 Entonces el rey de Sodoma, el rey de Gomorra, el rey de Admá, el rey de Seboím, y el rey de Belá –o Soar– avanzaron y presentaron batalla en el valle de Sidím
9 a Quedorlaomer, rey de Elam, a Tidal, rey de Goím, a Amrafel, rey de Senaar, y a Arioc, rey de Elasar. Eran cuatro reyes contra cinco.
10 El valle de Sidím estaba lleno de pozos de asfalto. Al huir, los reyes de Sodoma y Gomorra cayeron en ellos, mientras ya los demás escaparon a las montañas.
11 Los invasores se apoderaron de todos los bienes de Sodoma y Gomorra, y también de sus víveres. Y cuando partieron,
12 se llevaron a Lot, el sobrino de Abram con toda su hacienda, porque él vivía entonces en Sodoma.
El rescate de Lot
13 Un fugitivo llevó la noticia a Abram, el hebreo, que estaba acampado en el encinar de Mamré, el amorreo, hermano de Escol y de Aner; estos, a su vez, eran aliados de Abram.
14 Al enterarse de que su pariente Lot había sido llevado cautivo, Abram reclutó a la gente que estaba a su servicio –trescientos dieciocho hombres nacidos en su casa– y persiguió a los invasores hasta Dan.
15 El y sus servidores los atacaron de noche, y después de derrotarlos, los persiguieron hasta Jobá, al norte de Damasco.
16 Así Abram recuperó todos los bienes, lo mismo que a su pariente Lot con su hacienda, las mujeres y la gente.
El encuentro de Abrám con Melquisedec
17 Cuando Abram volvía de derrotar a Quedorlaomer y a los reyes que lo acompañaban, el rey de Sodoma salió a saludarlo en el valle de Savé, o sea el valle del Rey.
18 Y Melquisedec, rey de Salem, que era sacerdote de Dios, el Altísimo, hizo traer pan y vino,
19 y bendijo a Abram, diciendo: «¡Bendito sea Abram de parte de Dios, el Altísimo, creador del cielo y de la tierra!
20 ¡Bendito sea Dios, el Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!». Y Abram le dio el diezmo de todo.
21 Entonces el rey de Sodoma dijo a Abram: «Entrégame a las personas y quédate con los bienes».
22 Pero Abram le respondió: «Yo he jurado al Señor Dios, el Altísimo, creador del cielo y de la tierra,
23 que no tomaré nada de lo que te pertenece; ni siquiera el hilo o la correa de una sandalia. Así no podrás decir: «Yo enriquecí a Abram».
24 No quiero nada para mí, fuera de lo que mis servidores han comido. Solamente los hombres que me han acompañado, Aner, Escol y Mamré, recibirán su parte».