por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
El alba pone una luminosidad verde láctea en la bóveda del cielo, alto sobre el valle fresco y silencioso. Y luego ese claror suyo tan indefinible, que es ya luz y no lo es todavía, baña las cimas de las dos vertientes.
Parece acariciar levemente las partes más altas de los montes judíos; decir a los árboles añosos que las coronan:
«Aquí estoy. Bajo del cielo. Vengo de oriente. Precedo a la aurora. Pongo en fuga las sombras. Traigo la luz, la laboriosidad, la bendición de un nuevo día que Dios os concede», y las cimas se despiertan con un suspiro de frondas, con el silbo de los primeros pájaros despertados por ese leve vibrar del follaje y ese primer claror.
Y baja más el alba, a los matorrales del monte bajo, luego a las hierbas, luego a las laderas, cada vez más abajo, y lo saludan gorjeos cada vez más numerosos entre las frondas, y rumores, entre las hierbas, de los lagartos despertados.
Y llega al torrentillo del fondo, transforma sus aguas oscuras en un opaco cabrilleo de plata, que se va haciendo cada vez más limpio y brillante. Y arriba, entretanto, en el cielo, que apenas si había aclarado su añil nocturno en un celeste pálido verdoso de alba, marca sus pinceladas el primer anuncio de aurora, que pone celeste el cielo con notas de rosa… Y luego un cirro, delicado, esponjoso, ya todo de espuma rosada, surcando el cielo…
Jesús sale de la gruta y mira… Luego se lava en el torrente, se asea, se viste de nuevo, echa una ojeada dentro de la gruta… No llama… Sube al monte y va a orar encima de un pico que sobresale, ya tan elevado que concede un vasto radio de visibilidad sobre el oriente todo róseo de la aurora, y sobre el occidente aún penetrado de añil. Ora… ora ardientemente, de rodillas, apoyados los codos en la tierra, casi prono… Y ora así hasta que desde abajo suben las voces de los doce, que se han despertado y lo llaman.
Se levanta. Responde:
-¡Voy!
Y el eco del angosto valle repite varias veces el eco de la voz perfecta. El valle parece propagar a la llanura, que se vislumbra al oeste, la promesa del Señor: «Voy», para que exulte anticipadamente.
Jesús se encamina con un suspiro y una frase que compendian su larga oración y la explican:
-Y Tú, Padre, confórtame…
Baja a buen paso y, en llegando abajo, saluda con una sonrisa dulcísima a sus apóstoles y con las palabras habituales:
-La paz sea con vosotros en este nuevo día.
-También a ti, Maestro -responden los apóstoles. Todos. También Judas, que, no sé si es porque el silencio mantenido por Jesús, que no le ha reprendido y que lo trata como a todos los otros, lo ha tranquilizado o si es porque durante la noche ha meditado un plan en favor propio, está menos torvo y menos apartado. Es más, es precisamente él el que pregunta por todos:
-¿Vamos a Jerusalén? Si vamos, hay que recorrer un poco de camino hacia atrás y tomar aquel puente; al otro lado hay un camino que va recto a Jerusalén.
-No. Vamos a Emaús de la llanura.
-¿Pero por qué? ¿Y Pentecostés?
-Hay tiempo. Quiero ir a ver a Nicodemo y a José, por las llanuras hacia el mar…
-¿Pero para qué?
-Porque no he estado todavía allí y ese pueblo me espera… Y porque así lo han deseado los buenos discípulos. Tendremos tiempo para todo.
-¿Te dijo eso Juana? ¿Para eso te llamó?
-No había necesidad de ello. Me lo dijeron directamente a mí en los días de la Pascua. Y Yo cumplo.
-Yo no iría… Quizás estarán ya en Jerusalén… La fiesta está cercana… Y además… Podrías encontrar enemigos, y…
-En todas partes encuentro enemigos, y los tengo siempre cerca… y Jesús lanza una mirada que es una saeta al apóstol de su dolor… Judas no dice nada más. ¡Demasiado peligroso es seguir adentrándose! Lo percibe y calla.
Vuelven Juan y Andrés con unas frutas de pequeño tamaño, parecen de la familia de la frambuesa, o fresas grandes, pero son más oscuras, casi como moras no maduras; se las ofrecen al Maestro:
-Te gustan. Las vimos ayer al anochecer y hemos subido a cogerlas para ti. Cómelas, Maestro. Son buenas.
Jesús acaricia a los dos buenos y jóvenes apóstoles, que le ofrecen sus frutos en una ancha hoja lavada en el torrente, y que, más que los frutos, le ofrecen su amor; escoge las frutitas mejores y da un poco de ellas a todos, que las comen con el pan.
-Hemos buscado leche para ti. Pero todavía no hay ningún pastor… -dice excusándose Andrés.
-No importa. Vamos a ponernos en marcha para estar en Emaús antes del calor intenso.
Y van caminando -los que tienen más apetito siguen comiendo -por el fresco valle, que se va haciendo cada vez más ancho y termina por desembocar en una fértil llanura en que ya bulle el trabajo de los segadores.
-No sabía que Nicodemo tuviera casas en Emaús -observa Bartolomé.
-No en, sino después de Emaús. Tierras que ha heredado de parientes… -explica Jesús.
-¡Qué bonita campiña! -exclama el Tadeo.
Efectivamente, es un mar de espigas de oro, en que están intercalados pomares de ensueño y viñas que ya prometen una gloria de racimos. Estando bien regada por los cercanos montes que vierten en ella innumerables torrentillos en los meses más necesitados de irrigación, y ciertamente dotada de venas de agua subterránea, es un verdadero edén agrícola.
-¡Mmm! Está más bonita que el año pasado -murmura Pedro -Al menos hay agua y fruta…
-La de Sarón está más bonita incluso -le responde el Zelote.
-¿Pero no es ya ésta?
-No. Viene después de ésta. Pero en ésta ya se presiente la Llanura de Sarón…
Los dos apóstoles se ponen a hablar entre sí, alejándose un poco.
-¿Esto es de fariseos, no? -pregunta Santiago de Zebedeo, señalando la bonita campiña.
-De judíos, sin duda. Han cogido los lugares mejores usurpándoselos, con mil modos, a los primeros propietarios -le responde Judas Tadeo, que quizás recuerda los bienes paternos de Judea, de los cuales fueron expulsados, perdiendo mucho bienestar.
Judas Iscariote se da por aludido:
-Si han sido cogidos es porque vosotros, galileos, sois menos santos, inferiores…
-Te ruego que recuerdes que Alfeo y José eran de la estirpe de David. Tanto que el edicto les hizo ir a apuntarse a Belén de Judá. Y Él nació allí por esto -responde sereno Santiago de Alfeo, previniendo la respuesta punzante de su fogoso hermano y señalando al Señor, que está hablando con Mateo y Felipe.
-¡Ah! ¡Bueno! Yo lo que pienso es que buenos y malos hay en todas partes. En nuestras compraventas hemos tenido contacto con personas de todas las razas, y os aseguro que en todas he encontrado honestos y deshonestos. Y además… ¿por qué enorgullecerse de ser judíos? ¿Acaso lo hemos querido nosotros? ¡Mmm! ¡Sí tenía yo mucho conocimiento, cuando estaba en el seno de mi madre, de lo que era ser judío o galileo! Estaba allí… y estaba conforme.
Luego, cuando nací, estuve entre pañales, bien calentito, sin preguntarme si el aire que respiraba era judío o galileo… Lo único que conocía era el pezón materno… Y, como, yo, todos nosotros. Ahora, ¿por qué tomarse tan a pecho el que uno haya nacido más arriba y el otro más abajo? ¿No somos igualmente de Israel? -dice, bondadoso y justo, Tomás.
-Tienes razón, Toma -responde Juan. Y concluye: «Y además ahora somos de una única estirpe, la de Jesús».
-Sí, el cual -y creo que lo haya querido el Altísimo para enseñarnos que las divisiones atentan al amor al prójimo y que ha sido enviado a recoger a todos como la amorosa clueca de que hablan los libros santos -es de estirpe judía, pero fue concebido en Galilea y ha vivido allí, después de nacer en Belén, como si quisiera decirnos, con la voz de los hechos, que es el Redentor de todo Israel, del septentrión al mediodía. Por el simple hecho de que le llamen "el Galileo" ya no se debería sentir desprecio por los galileos -dice, dulce y firme, Santiago de Alfeo.
Jesús, que parecía distraído hablando, unos metros más adelante, con Mateo y Felipe, se vuelve y dice:
-Bien has hablado, Santiago de Alfeo. Comprendes la Verdad y las verdades, y la justicia de cada acto de Dios. Porque Dios, recordad esto todos y siempre, no hace nunca nada sin una finalidad, como tampoco deja sin premio nada de lo que hacen los que tienen recto corazón.
¡Bienaventurados los que saben ver las razones de Dios en las cosas que suceden, incluso en las más insignificantes, y las respuestas de Dios a los sacrificios de los hombres!
Pedro se vuelve y hace ademán de hablar. Luego cierra de nuevo la boca y se limita a sonreír a su Maestro, que ahora, siendo el lugar por donde van una ancha vía de primer orden entre campos de oro, se une al grupo de sus apóstoles.
Prosiguen hacia Emaús, que está ya cercana: una aglomeración de un blanco cegador en medio del oro de los cereales maduros y el verde de los óptimos pomares.
-¡Maestro! ¡Maestro! ¡Detente! ¡Tus discípulos! -gritan voces lejanas, y un puñado de hombres, dejando plantados a unos labradores que descansan un poco a la sombra de un manzano, corren hacia Jesús por una senda llena de sol. Son Matías y Juan, ex pastores, discípulos luego del Bautista; y, con ellos, Nicolái, Abel ex leproso, Samuel, Hermasteo y otros más.
-¡La paz a vosotros. ¿Estáis aquí?
-Sí, Maestro. Hemos recorrido toda la costa. Ahora vamos hacia Jerusalén. Más arriba están Esteban y otros; más arriba todavía, Hermas y otros. Y luego, más arriba aún, Isaac, el pequeño maestro de todos nosotros. Al menos estaba.
Como también estaba Timoneo en Transjordania. Pero a estas alturas estarán todos para ir a la fiesta de Pentecostés. Nos hemos dividido así, en muchos grupos, pequeños pero no pasivos. Así, si nos persiguen, podrán capturar a algunos, pero no a todos explica Matías.
-Habéis hecho bien. Me extrañaba no encontraros por toda la Judea meridional…
-Maestro… Por ahí ibas Tú… ¿Quién mejor que Tú? ¡Y además… ha recibido más de lo necesario para hacerse santa!… ¡Y sin embargo!… Da piedras a quien lleva la palabra del Cielo. Elías y José fueron agredidos en las hoces del Cedrón, y fueron a la Transjordania, a casa de Salomón. A José le dieron un golpe en la cabeza con una piedra y casi lo mataron. Pasaron ocho días en una gruta profunda, con uno que Tú habías mandado y que conocía todos los secretos de los montes. Después, de noche, lentamente, fueron a la otra parte…
Discípulos y apóstoles están agitados: los primeros evocando estas persecuciones, los segundos conociéndolas.
Pero Jesús los calma diciendo:
-Los Inocentes han teñido con la púrpura de su sangre inocente el camino de Cristo. Pero ese camino debe ser purpurado una y otra vez, constantemente, para borrar las huellas del Mal en el camino de Dios. Es camino regio. Lo purpuran los mártires por amor a mí. ¡Bienaventurados entre los bienaventurados aquellos que por mí sufren persecución!
-Maestro, estábamos hablando a esos labriegos. ¿No vas a hablar Tú ahora? -pregunta el ex pastor Juan.
-Id a decir que a la puesta del sol hablaré en la puerta de Emaús. Ahora el sol lo impide. Id. Y que Dios esté con vosotros. Yo estaré al final de este camino.
Los bendice y reanuda la marcha, buscando sombra, porque el sol es abrasador en el blanco camino, en el que no hay más que dos delgadas franjas de sombra, de plátanos puestos como protección en los bordes del camino.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Y te aferro por fin de nuevo, dulce Evangelio, santo seguimiento de mi Maestro por los caminos de Palestina. Llevadas a cabo todas las obediencias, vuelvo a ti; mejor dicho, vuelves a mí.
No sé sí hay alguien que reflexione sobre la lección muda, pero muy formativa, que da e1 Señor con sus silencios, causados por tres motivos distintos:
1°, la piedad por la debilidad del portavoz enfermo, a veces verdaderamente a los bordes de la muerte;
2°, el castigo del silencio para quien no se comporta bien respecto a su don;
3°, la lección que me da -y es de ésta de la que quiero hablar -del deber de obedecer siempre, aunque sea una obediencia que nos pueda parecer inferior al trabajo que por ella suspendemos.
¡Oh, no es fácil ser "voz"! Se vive siempre en un ejercicio continuo de vigilancia y obediencia. Y Jesús -Él, que es el Amo del mundo -no se permite hacer transgredir la obediencia que está cumpliendo su instrumento, cuando es una obediencia dada por quien goza de competencia para poder darla.
Yo, en estos días, debía obedecer a las cosas que me había indicado el P Migliorini; eran muy burocráticas y, por tanto, muy latosas. Pero Jesús no ha intervenido en ningún momento, porque debía llevar a cabo la obediencia. Y además exacta, total, como ayer dijo Azarías en su explicación de la Santa Misa. (Como ayer dijo Azarías en uno de los comentarios a las Misas festivas, que forman parte del "Libro de Azarías")
Pero ahora, hecho todo, te puedo contemplar, oh mi Señor que desciendes por los caminos escarpados hacia el fértil valle, dejando a tus espaldas el castillo de Béter, aún luminoso en este día que ya muere, allá arriba, en lo alto de su collado florido… Dejando allá arriba el amor de las discípulas, de los niños, de los humildes, y bajando hacia los caminos que van a Jerusalén, hacia el mundo, hacia abajo… Y no son más oscuros que las cimas sólo porque sean "valle" -y, por tanto, el sol, la luz, desde hace un rato se han ido -, sino porque, sobre todo porque abajo, en el mundo, está la emboscada, el odio… mucho mal hay esperándote, mi Señor…
Jesús va delante de todos: forma blanca y silenciosa que, incluso descendiendo por los senderos incómodos y abruptos, tomados para acortar el recorrido, camina majestuosa. En la bajada, la larga túnica, el amplio manto, rozan el suelo de la pendiente, y Jesús parece ya envuelto en regio manto que forma cola tras sus pasos.
Detrás de Él, menos majestuosos, pero igualmente silenciosos, los apóstoles… El último, Judas, un poco distanciado, feo con su sombría rabia. Alguna vez los más simples -Andrés, Tomás -se vuelven a mirarlo, y Andrés incluso le dice:
« ¿Por qué estás tan solo y tan atrás?
¿Te sientes mal?», lo cual provoca un áspero: «
¡Preocúpate de ti!» que sorprende a Andrés, mucho más considerando que la frase va acompañada de un epíteto vulgar.
Pedro es el segundo de la fila de los apóstoles (detrás de Santiago de Alfeo, que sigue inmediatamente al Maestro).
Y Pedro oye, en medio del gran silencio de la noche en los montes. Y, como impulsado por un resorte, se vuelve. Está ya para volver hacia atrás impulsivamente, para ir donde Judas… pero se queda clavado con sus dos pies.
Piensa un momento, corre donde Jesús. Le agarra un brazo bruscamente y lo menea diciendo inquieto: -Maestro, ¿me aseguras que es exactamente como me has dicho la otra noche? ¿Que sacrificios y oraciones no quedan nunca frustrados, aunque parezca que no sirvan?…
Jesús, manso, triste, pálido, mira a su Simón, que suda por el esfuerzo de no reaccionar inmediatamente al insulto, que está lívido, que incluso tiembla, que quizás le hace daño por lo rudamente que le tiene cogido el brazo, y responde con una sonrisa de triste paz:
-No quedan nunca sin premio. Puedes estar seguro de ello.
Pedro lo deja, y va no a su sitio sino a la pendiente del monte, se mete entre los árboles y se desahoga rompiendo, rompiendo arbustos y árboles jóvenes con una violencia que estaba dirigida a otro lugar y que se descarga ahí, en los troncos.
-¿Pero qué haces? ¿Estás loco? -le preguntan varios.
Pedro no responde. Rompe, rompe, rompe. Se deja pasar por toda la fila de los apóstoles, por Judas… y rompe, rompe, rompe. Parece como si trabajara a destajo de tanta velocidad como imprime.
A sus pies hay un haz que sería suficiente para asar un ternero. Se lo carga con dificultad y se pone a dar alcance a sus compañeros. No sé cómo lo logra, tan obstaculizado como está por el manto, el peso, la alforja, el sendero incómodo… pero va, muy curvado, como bajo un yugo…
Y Judas se ríe al verlo venir, y dice:
-¡Pareces un esclavo!
Pedro tuerce con dificultad la cabeza desde debajo de su yugo y está para decir algo, pero calla, aprieta los dientes y sigue adelante.
-¿Te ayudo, hermano? -dice Andrés.
-No.
-Pero para un cordero es demasiada leña -observa Santiago de Zebedeo.
Pedro no responde. Prosigue así. Debe estar que no puede más, pero no cede.
Por fin, cerca de una gruta que está casi al final de la bajada, Jesús se para, y con Él todos.
-Nos detendremos aquí. Reanudaremos la marcha con las primeras luces -indica el Maestro -Preparad la cena.
Entonces Pedro arroja al suelo su carga y se sienta encima, sin explicar a nadie el motivo de ese gran esfuerzo suyo. Hay leña por todas partes.
Pero, cuando unos van a un sitio y otros a otro, para tomar agua de beber, para limpiar el suelo de la gruta o para lavar el cordero que será asado, y Pedro se queda sólo con su Maestro, entonces Jesús, de pie, pone la mano en la cabeza entrecana de su Simón y acaricia esa cabeza honesta…
Entonces Pedro aferra esa mano y la besa, y la mantiene contra su cara y vuelve a besarla y la acaricia… Una gota desciende a la mano blanca, una gota que no es sudor del rudo y honesto apóstol, sino que es su llanto silencioso de amor y aflicción, de victoria después del esfuerzo.
Jesús se inclina, lo besa y le dice:
-¡Gracias, Simón!
Pedro, la verdad, no es un hombre guapo; pero sucede que cuando echa hacia atrás la cabeza para mirar a su Jesús, que lo ha besado y le ha dado las gracias porque ha comprendido, sólo Él ha comprendido, entonces la veneración y la alegría lo hacen guapo…
Y con esta transformación me cesa la visión.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No sé cómo voy a poder escribir porque estoy agotada a causa de los continuos ataques cardíacos diurnos y nocturnos… Pero veo, y debo escribir.
Veo a Jesús en la parte de delante del palacio de Juana en Béter. Ahí el jardín que precede a la casa se ensancha, formando como dos alas verdes en forma de tenaza, creando así una pequeña explanada semicircular, desnuda de árboles en el centro, pero limitada en los bordes por árboles muy altos y añosos, frondosos, que, con la brisa que corre por esta cima de colina, susurran levemente su frufrú y proyectan una propicia sombra para protección del sol cuando éste está en occidente. Debajo de los árboles, un seto de rosas pone un semicírculo de colores y fragancias como linde de la explanada.
La hora se acerca al ocaso, porque el sol, que -estando este castillo sobre un lugar elevado -se ve nítidamente descender por un buen arco de horizonte, está para ocultarse detrás de los montes que hay a occidente y que Andrés señala a Felipe recordando el miedo de los dos, allí, en Bet Yinna, por tener que anunciar al Señor. Se comprende que en estos montes está Bet Yinna, donde el Señor, hace un año, curó a la hija del posadero, al principio de su peregrinaje hacia las orillas mediterráneas, si recuerdo bien.
Estoy sola y no puedo pedir que me den los fascículos de hace unos meses, para confrontar; y mi cabeza no es capaz de recordar.
Están presentes todos los apóstoles. No sé cómo ha tenido lugar el encuentro de Jesús con Judas. Aparentemente en el mejor de los modos, porque no noto caras serias ni alteradas, y Judas se muestra desenvuelto, alegre, como si no pasara nada; tanto que es todo amabilidad incluso con los subalternos más humildes, cosa que no es muy fácil en él y que desaparece del todo cuando está inquieto.
Está todavía Elisa, y también Anastática, que ha venido, sin duda, con los apóstoles y la doméstica de Elisa. Y está Cusa, respetuoso todo, con Matías de la mano; y Juana, junto a Elisa, con la pequeña María al lado. Y Jonatán está detrás de su ama.
Frente a Jesús -a quien protege del sol, que todavía cae sobre esta fachada occidental, un toldo tendido sobre unas cuerdas y unos postes, como un baldaquino -están todos los domésticos y jardineros de Béter, y no son sólo los habituales, sino también los adventicios, tomados del pueblo que depende del castillo. Están a la sombra fresca del frondoso semicírculo, protegidos del sol, silenciosos, alineados, esperando la bendición de Jesús, que parece ya próximo a la partida, en espera sólo de que el ocaso señale el final del sábado.
Jesús habla ahora con Cusa; están un poco retirados. No sé qué le dice, porque hablan en voz baja. Pero veo que Cusa se prodiga en reverencias y en declaraciones de garantías, poniéndose la mano derecha en el pecho como para decir:
«Empeño mi palabra, estáte seguro de que por mi parte» etc. etc.
Los apóstoles, discretos, se han reunido en un ángulo. Pero ninguno les puede impedir observar, y si en el rostro de Pedro y Bartolomé se ve la sencilla mirada de quien sabe ya un poco de qué se trata, en el rostro de los otros, menos Judas, hay aprensión, una expresión triste, especialmente en los rostros de Santiago de Alfeo, Juan y Simón y Andrés, mientras que Judas de Alfeo parece casi inquieto y severo; el otro Judas, que quiere aparecer desenvuelto, mira más que todos, y parece querer descifrar, por los movimientos de las manos, de los labios, lo que Jesús y Cusa dicen.
Las discípulas, calladas, respetuosas, también observan, y Juana sonríe involuntariamente, con un poco de ironía en medio de su tristeza, y parece compadecer a su esposo cuando Cusa, alzando la voz al final del coloquio, proclama:
-Mi deuda de gratitud es tal, que de ninguna manera podré jamás quedar desobligado. Por tanto, te concedo lo que más amo: mi Juana… Pero debes comprender mi prudente amor por ella… El enojo de Herodes… su legítima defensa… se habrían descargado en forma de represalias contra nuestros bienes, contra… contra nuestro poder… y Juana está habituada a estas cosas, está delicada… necesita estas cosas… Yo tutelo sus intereses. Pero te juro que ahora que estoy seguro de que Herodes no se va a enojar conmigo, como contra un siervo suyo cómplice de un enemigo, te voy a servir con absoluta alegría y nada más, y concederé a Juana toda libertad…
-Está bien. Pero recuerda que trocar los bienes eternos por un breve honor humano es como trocar la primogenitura por un plato de lentejas. Y mucho peor todavía…
Las discípulas han oído estas palabras. Pero también los apóstoles. Y, mientras que a la mayor parte les sabe a discurso académico, Judas de Keriot percibe en ellas un sabor especial: cambia de color y de expresión, y echa una mirada entre asustada e irritada a Juana. Intuyo que hasta este momento Jesús no ha hablado de cuanto ha sucedido, y que sólo ahora Judas tiene la primera sospecha de que su juego ha sido descubierto.
Jesús se vuelve a Juana y le dice:
-Bueno, pues ahora vamos complacer a la buena discípula. Voy a hablar, como has deseado, a tus dependientes antes de partir.
Da unos pasos hacia delante, hasta el límite de sombra que se va alargando cada vez más, debido a que el sol va descendiendo, va descendiendo lentamente (parece ya una naranja cortada por la base, y cada vez más se va ensanchando el corte, a medida que el astro va bajando por detrás de los montes de Bet -Yinna, dejando un enrojecimiento de fuego en el cielo terso).
-Amados amigos Cusa y Juana, y vosotros, servidores buenos de ella, que ya conocéis al Señor por boca de mi discípulo Jonatán, desde hace muchos años, y por boca de Juana desde cuando es fiel discípula mía, escuchad.
Me he despedido de todos los lugares judíos donde tengo mayor número de discípulos, por obra de mis primeros discípulos, los pastores, y también por la respuesta coherente al Verbo, que ha pasado instruyendo para salvar.
Ahora me despido de vosotros, porque no volveré nunca más a este Edén, bellísimo (no tanto por los rosales y la paz que reinan en él, y no sólo por la buena ama que en él es reina, cuanto porque aquí se cree en el Señor y se vive según su Palabra). ¡Un paraíso! Sí. ¿Qué era el paraíso de Adán y Eva? Un espléndido jardín donde se vivía sin pecado y donde resonaba la voz de Dios, amada, acogida con alegría por sus primeros dos hijos…
Ahora bien, Yo os exhorto a vigilar para que no os suceda lo que sucedió en el Edén: no suceda que se introduzca la serpiente de la mentira, de la calumnia, del pecado, y os muerda en el corazón y separe de Dios. Vigilad y manteneos firmes en la Fe… No os turbéis. No hagáis actos de incredulidad, lo cual podría suceder porque el Maldito entrará, tratará de entrar, por todas partes, como ya ha entrado en muchos lugares, para destruir la obra de Dios.
Y mientras que entre en los lugares, el Perspicaz, el Astuto, el Incansable, y escudriñe y se ponga a la escucha y tienda asechanzas y desbabe y trate de seducir, poco mal será todavía. Nada ni nadie pueden impedirle que lo haga. Lo hizo en el Paraíso Terrenal… Pero un mal mayor es dejarlo estar y no echarlo.
El enemigo que no se expulsa acaba haciéndose amo del lugar, porque se instala en él y en él construye sus defensas y sus ofensas. Id a la caza de él enseguida, ponedlo en fuga usando el arma de la fe, de la caridad, de la esperanza en el Señor. Pero es sumo mal cuando no sólo se le deja vivir tranquilamente entre los hombres, sino que se le deja penetrar desde el exterior hasta el interior, y se le deja hacer un nido en el corazón del hombre. ¡¡Ah, entonces!!
Y, a pesar de todo, ya muchos hombres lo han acogido en su corazón, contra Cristo. Han acogido a Satanás con sus malas pasiones, arrojando fuera a Cristo. Y si no hubieran conocido todavía a Cristo en su verdad; si su conocimiento hubiera sido superficial, como se conocen unos viandantes que se ven por casualidad en un camino, muchas veces sólo mirándose un momento, desconocidos que se ven por primera y última vez, otras veces intercambiando solamente algunas palabras para preguntar el camino procedente, para pedir un poco de sal, o yesca para encender el fuego, o el cuchillo para preparar la carne; si así hubieran conocido a Cristo estos corazones que ahora, y más mañana, cada vez más, arrojan a Cristo para dejar espacio a Satanás… aún podrían ser compadecidos y tratados con misericordia, por ser ignorantes respecto a Cristo.
Pero, ¡ay de aquellos que me conocen como lo que soy, realmente, que se han nutrido de mi palabra y de mi amor, y ahora me arrojan afuera, acogiendo a Satanás, que los seduce con falaces promesas de triunfos humanos cuya realidad será la eterna condenación!
Vosotros, vosotros que sois humildes y no soñáis tronos ni coronas, vosotros que no buscáis las glorias humanas, sino la paz y el triunfo de Dios, su Reino, su amor, la vida eterna, y sólo esto, no los imitéis jamás. ¡Vigilad!
¡Vigilad! Conservaos limpios de corrupciones, fuertes contra las acusaciones malignas, contra las amenazas, contra todo.
Judas, que ha comprendido que Jesús sabe algo, ha tomado el aspecto de una máscara térrea de hiel. Sus ojos lanzan fulgores malignos contra el Maestro y contra Juana… Se retira, detrás de sus compañeros, como para apoyarse en la pared. En realidad lo hace para que no se vea su contrariedad.
Jesús prosigue después de una breve interrupción, colocada como para separar la primera parte del discurso de la segunda. Dice:
-Hubo un tiempo en que el yizraelita Nabot tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey de Samaria. Una viña de sus padres, muy apreciada, por tanto, por su corazón, casi sagrada para él porque era la herencia que su padre le había dejado tras haberla heredado a su vez de su padre, y éste del suyo, y así sucesivamente. Generaciones de parientes habían sudado en aquella viña para que fuera cada vez más pujante y hermosa. Nabot la apreciaba mucho.
Ajab le dijo: "Cédeme tu viña, que está pegando a mi casa y me servirá para hacerme una huerta para mí y los que viven conmigo. Yo en cambio te daré una viña mejor,
o dinero si lo prefieres". Pero Nabot respondió "Siento no complacerte, oh rey. No puedo complacerte. Esta viña me viene en herencia de mis padres y me es sagrada. Dios me guarde de darte la herencia de mis padres". (1 Reyes 21)
Vamos a meditar esta respuesta. Se medita en ella demasiado poco, y demasiados pocos en Israel meditan en ella. Los otros, la mayoría, los que he mencionado antes, que con facilidad arrojan afuera a Cristo para acoger a Satanás, no tienen mucho respeto hacia la herencia de sus padres, y, con tal de tener mucho dinero o mucho terreno, o sea, los honores y la seguridad de que no los suplanten fácilmente, aceptan ceder la herencia de sus padres, a sea, la idea mesiánica en lo que ella es verdaderamente, como ha sido revelada a los santos de Israel, y que debía ser sagrada en todos sus detalles sin manipular en ella, sin alterarla, sin rebajarla con limitaciones humanas.
¡Cuántos, cuántos, cuántos truecan la luminosa idea mesiánica, enteramente santa y espiritual, por un títere de regiedumbre humana, agitado como un espantajo para perjuicio de la autoridad o blasfemo contra la verdad!
Yo, Misericordia, no llego a maldecirlos con las tremendas maldiciones de Moisés contra los transgresores de la Ley. Pero detrás de la Misericordia está la Justicia. ¡Deben recordarlo todos! Yo, por mi parte, les recuerdo a éstos -y, si entre los presentes hay alguno de éstos, que reciba la corrección con corazón bueno -, les recuerdo otras palabras de Moisés, dichas para los que querían ser más de lo que Dios había establecido para ellos.
Dijo Moisés a Coré, Datán y Abirón, que se consideraban santos al igual que Moisés y Aarón y se oponían a ser sólo hijos de Leví en el pueblo de Israel: "Mañana el Señor dará a conocer quién le pertenece y dejará que se acerquen a El los santos; aquellos a quienes haya elegido se acercarán a Él.
Meted fuego en vuestro incensario y, en el fuego, incienso delante del Señor, y venid vosotros y los vuestros con Aarón. Y veremos a quién elige el Señor. ¡Os ensalzáis un poco demasiado, hijos de Leví!". (Números 16)
Vosotros, buenos israelitas, conocéis cuál fue la respuesta de Dios a los que se querían ensalzar un poco demasiado, olvidándose de que el único que destina los puestos de sus hijos y elige es Dios, y elige con justicia, y elige hasta el punto exacto. Yo también tengo que decir: "Hay algunos que se quieren ensalzar un poco demasiado, y serán castigados de forma que los buenos comprendan que aquellos han blasfemado contra el Señor".
Los que truecan la idea mesiánica, tal y como la ha revelado el Altísimo, por la pobre idea suya, humana, onerosa, limitada, vindicativa, ¿no son, acaso, semejantes a aquellos que querían juzgar la santidad de Moisés y Aarón? ¿No os parece que los que, con tal de alcanzar su objetivo, la realización de su pobre idea, quieren tomar propias iniciativas motu proprio, considerándolas soberbiamente más justas que las de Dios, no os parece que quieren ensalzarse un poco demasiado y que quieren pasar ilegalmente de estirpe de Leví a estirpe de Aarón?
Aquellos que sueñan con un pobre rey de Israel y lo prefieren al Rey de reyes espiritual, aquellos que tienen por pupilas, enfermas, la soberbia y la ambición -por lo cual ven deformadas las verdades eternas que están escritas en los libros santos -y a los cuales la fiebre de una humanidad concupiscente les hace incomprensibles las palabras clarísimas de la Verdad revelada, ¿no son, acaso, los que truecan por una insignificancia sin valor la herencia de toda la estirpe, la más sagrada herencia?
Pero, aunque ellos lo hagan, Yo no trocaré la herencia del Padre y de los padres, y moriré fiel a esta promesa, que vive desde cuando la redención fue necesaria, fiel a esta obediencia que existe desde siempre, porque Yo no he defraudado nunca a mi Padre y nunca lo defraudaré por temor a la muerte, por horrenda que sea. Se procuren los enemigos los falsos testigos, finjan celo y práctica perfectas. No cambiará esto ni su delito ni mi santidad.
Mas aquel y aquellos que -cómplices suyos después de haber sido sus corruptores -crean poder extender la mano sobre lo que es mío, hallarán en la Tierra a perros y buitres para ingerir su cuerpo y su sangre, y en el Infierno a demonios para ingerir su sacrílego espíritu, sacrílego y deicida.
Os he dicho esto para vuestro conocimiento. Para que todos tengáis conocimiento, y quien sea malvado pueda arrepentirse mientras pueda hacerlo, imitando a Ajab, y quien es bueno no sea turbado en la hora de las tinieblas.
¡Oh, hijos de Béter, adiós! Que el Dios de Israel esté siempre con vosotros y la Redención haga descender su rocío sobre un campo limpio, para que en él se abran todas las semillas que el Maestro, que os ha amado hasta la muerte, ha esparcido en vuestros corazones.
Jesús los bendice y los mira mientras ellos se marchan lentamente. Ya se ha puesto el sol, del cual, como recuerdo, queda sólo un color rojo, que se va apagando lentamente, pasando a violáceo. El reposo sabático ha terminado.
Jesús puede partir. Besa a los pequeños, saluda a las discípulas, saluda a Cusa. Y en el umbral de la cancilla se vuelve y dice fuerte, para que todos oigan:
-Hablaré, cuando pueda, a esas criaturas. Pero tú, Juana, preocúpate de hacerles saber que en mí sólo se halla el, enemigo del pecado y el rey del espíritu. Y recuérdalo tú también, Cusa.
Y no temas. Ninguno debe tener miedo de mí. Ni siquiera los pecadores, porque soy la Salud. Sólo los impenitentes hasta la muerte deben tener miedo de Cristo, Juez después de haber sido el Todo Amor… La paz sea con vosotros.
Y es el primero en salir, y empieza a bajar…
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús pasea entre las florestas de rosas, donde bulle el trabajo de los recolectores. Halla así la manera de hablar con uno o con otro, y también con la mujer viuda y sus hijos, a la que Juana en la Pascua ha tomado, por su amor, a su servicio después del banquete de los pobres.
Ya no parecen los mismos. Con nueva vitalidad, serenos, cumplen su trabajo con alegría, cada uno según sus propias capacidades, y los más pequeños, que verdaderamente no saben todavía ni siquiera distinguir una rosa de otra por el color o por la lozanía para escogerlas, juegan con otros pequeñuelos en los sitios más tranquilos, y sus gorjeos de pajarillos humanos todavía en el nido se unen a los de los implumes que pían, que chillan entre las frondas de los árboles para saludar a sus padres que regresan con la comida para sus bocas.
Jesús se acerca a estas pequeñas nidadas humanas, y se agacha, se interesa, acaricia, calma pequeñas riñas, levanta al que se ha caído y gimotea, sucio de tierra, arañadas con el suelo la frente o las manitas. Y los llantos, las riñas, los celos, cesan de golpe con la caricia y la palabra del Inocente a los inocentes, o se transforman incluso en el ofrecimiento del objeto causa de la discusión o de la caída (el escarabajo dorado, la piedrecita de color o brillante, una flor cortada, etc.)… Jesús tiene llenas de estas cosas las manos y el cinturón, y, cuando deposita escarabajos y mariquitas entre el follaje, restituyéndolos así a la libertad, lo hace sin ser visto.
¡Cuántas veces he notado el perfecto tacto de Jesús incluso en los más pequeños, para no herirlos, para no defraudarlos! Tiene el arte y el atractivo para saber mejorarlos y para hacerse querer, con cosas aparentemente insignificantes, aunque en realidad son perfecciones de amor adaptado a la pequeñez del niño…
Como a mí. ¡A mí me ha tratado siempre como a un "niño" para mejorar mi miseria, para hacerse querer! Después, cuando lo he amado con todo mi ser, ha apretado la mano, me ha tratado como adulta, sordo a mis súplicas:
« ¿Pero no ves que soy una inútil?». Ha sonreído y me ha obligado a hacer obras de adultos… ¡Oh! Sólo cuando la pobre María está toda llena de aflicción, Él vuelve a ser el Jesús de los niños para mi pobre alma, tan incapaz, y se muestra satisfecho de… mis escarabajos y mis piedrecitas… y mis florecillas… de lo que logro darle… y me muestra que los ve bonitos… y que me ama porque soy “la nada que se abandona, se pierde, en el Todo”.
¡Querido Jesús mío! ¡Amado, amado hasta la locura! ¡Amado con todo mi ser! ¡Sí, lo puedo proclamar! En la vigilia de mi año 49, examinándome atentamente, en la vigilia de la sentencia humana sobre mi obra como portavoz, escudriñando atentamente mi espíritu y toda mí misma para descifrar las palabras verdaderas que hay en mí, puedo decir que ahora amo, comprendo que amo a mi Dios con todo mi ser.
He tardado 48 años en llegar a este amor total, tan total que excluye un pensamiento de temor personal en vistas de una condena, teniendo tan sólo una profunda aflicción por la repercusión que ésta pudiera tener en almas que yo he llevado a Dios, que estoy convencida de que han sido redimidas por el Jesús vivo dentro de mí, y que se separarían de la Iglesia, anillo de enlace entre la humanidad y Dios.
Dirán algunos: « ¿No te da vergüenza haber tardado tanto?». No, en absoluto. Era tan débil, tan nada, que he tardado todo este tiempo. Y además estoy convencida de que he tardado exactamente el tiempo que Jesús ha querido. Ni un minuto más ni un minuto menos; porque -esto puedo decirlo -desde que empecé a comprender -qué es Dios, no le he negado a Dios nada.
Desde cuando, teniendo yo cuatro años, lo sentía tan omnipresente, que creía incluso que estar en la madera del respaldo de la silla en que me sentaba y le pedía disculpa por darle la espalda y por apoyarme en Él; desde cuando también a los cuatro años, hasta en el sueño meditaba que nuestros pecados lo habían herido y matado, y me ponía de pie encima de mi cama, suplicando, vestida con mi camisón de noche, sin mirar a ningún cuadro sagrado, sino volviéndome a mi Amado matado por nosotros, suplicando:
«¡Yo no! ¡Yo no! ¡Quítame la vida, pero no me digas que yo te he herido!». Y así sucesivamente…
Amor mío, Tú conoces mis ardores, no desconoces ni siquiera uno… Tú sabes que bastaba que se perfilase una propuesta tuya para que ya inmediatamente fuera aceptación en tu María. Aunque me propusieras que te diera mi amor de novia -es más, precisamente entonces, en la Navidad del 1921, se reafirmó mi amor por ti -, o el amor de los parientes o la vida o la salud o la comodidad… y que, cada vez más, fuera una "nada" en la vida social, un desecho, mirado por el mundo con compasión o burla… Una que no puede tomar un vaso de agua si tiene sed si no hay quien se lo acerque, una que está clavada como Tú, como Tú, y como he deseado tanto estarlo, y como quisiera enseguida volver a estar si Tú me curaras. ¡Todo! La nada ha dado todo, su todo de criatura… Bien, pues también ahora, también ahora, que puedo ser juzgada negativamente, que puedo sufrir interdicción, que pueden actuar contra mí, ¿qué te digo?
«Déjame a ti, déjame tu Gracia. Todo el resto es nada. Lo único que te ruego es que no me suspendas tu amor y que no permitas que los que te he dado vuelvan a caer en las tinieblas.
¿Pero, a dónde he ido, oh Sol mío, mientras paseas entre los rosales? A donde mi corazón, que ha hecho esfuerzo de amor por ti, me lleva. Y late, y me enciende la sangre en las venas. Y la gente dirá: «Tiene fiebre y palpitaciones». No. Es que esta mañana te estás derramando en mí con la fuerza de un divino huracán de amor, y yo… y yo me anulo en ti, que me invades, y ya no coordino como criatura, y siento lo que debe ser el vivir de los serafines… y ardo y deliro y te amo, te amo, te amo. ¡Piedad, en tu amor! Piedad, si quieres que viva todavía para servirte, oh Amor divinísimo, eterno, oh Amor dulcísimo, oh Amor de los Cielos y de la Creación, Dios, Dios, Dios…
¡O… no… piedad, no! ¡Antes al contrario, más aún! ¡Hasta la muerte en la hoguera del amor! ¡Fundámonos! ¡Amémonos! Para estar en el Padre, como dijiste orando por nosotros: «Que estén (los que me aman) donde estamos Nosotros. Que sean uno». ¡Uno! Ésta es una de las afirmaciones del Evangelio que siempre me han hecho sumirme en un abismo de adoración amorosa.
¿Qué pediste para nosotros, mi Divino Maestro y Redentor? ¿Qué pediste, mi Divino loco de amor? Que nosotros seamos uno contigo, con el Padre, con el Espíritu Santo, porque quien está en Uno está en los Tres, ¡oh, inseparable y verdaderamente libre Trinidad del Dios uno y trino! ¡Bendito! ¡Bendito! ¡Bendito con cada uno de mis latidos y respiros!…
Pero volvamos a la visión, porque veo venir con paso veloz, tanto que sus vestiduras se mueven como una vela azotada por el viento, a Pedro, seguido por Bartolomé, que camina más tranquilo. Se presenta repentinamente a espaldas del Maestro, que está agachado acariciando a unos lactantes -los cuales son, sin duda, hijos de recolectoras -puestos en unos traspuntines a la sombra fresca de las plantas.
-¡Maestro!
-¡Simón! ¿Cómo es que estás aquí? ¿Y tú, Bartolomé? Teníais que partir mañana por la tarde, después de la puesta de sol del sábado…
-Maestro, no nos regañes… Escúchanos antes.
-Os escucho. Y no os regaño, porque pienso que habréis desobedecido por un grave motivo. Solamente aseguradme
que ninguno de vosotros está herido o enfermo. -No, no, Señor. No nos ha sucedido ningún mal -se apresura a decir Bartolomé. Pero Pedro, siempre sincero e impulsivo, dice: -¡Mmm! Yo por mí digo que hubiera sido mejor si tuviéramos todos las piernas rotas, o incluso la cabeza, antes que…
-¿Qué ha sucedido entonces?
-Maestro, hemos pensado que era mejor venir para acabar con… -está diciendo Bartolomé cuando Pedro le interrumpe:
-¡Pero habla más deprisa!
Y termina:
-Judas es un verdadero demonio desde que te has marchado.
Ya no podíamos hablar, no razonaba. Ha discutido con todos… Y ha escandalizado a todos los dependientes de Elisa y a otras personas…
-Quizás se ha puesto celoso porque has tomado a Simón contigo… -dice Bartolomé queriendo disculpar, al ver que la cara de Jesús se pone muy severa.
-¡Qué van a ser celos! ¡Deja de una vez de disculparlo!… O riño contigo para desahogarme de no haber podido reñir con él… ¡Porque Maestro, he logrado estar callado!
¡Fíjate! ¡Estar callado! Por pura obediencia y amor a ti… ¡Pero qué esfuerzo! Bien. En un momento en que Judas se marchó, dando portazos, hemos deliberado entre nosotros… y hemos pensado que era mejor partir para poner fin al escándalo en Betsur y… evitar… darle unos guantazos… Y yo y Bartolomé nos hemos marchado inmediatamente. He rogado a los otros que me dejaran marcharme enseguida, antes de que él volviera… porque… porque sentía realmente que no me iba a contener ya más… Esto es. He dicho. Ahora corrígeme, si te parece que he cometido un error.
-Has hecho bien. Habéis hecho todos bien.
-¿También Judas? ¡Ah, no, mi Señor! ¡No digas esto! ¡Ha dado un espectáculo indigno!
-No. Él no ha hecho bien. Pero no lo juzgues.
-…No, Señor…
El "no" sale con mucho esfuerzo.
Un momento de silencio. Luego Pedro pregunta:
-¿Me dices, al menos, por qué Judas, de repente, se ha vuelto así? ¡Parecía haberse vuelto tan bueno! ¡Se estaba tan bien! Yo había hecho oraciones y sacrificios para que continuara… Porque no puedo verte afligido. Y Tú estás afligido cuando nos causamos daño… Y, desde las Encenias, sé que incluso el sacrificio de una cucharada de miel tiene valor…
Esta verdad me la ha tenido que enseñar un discípulo, el más pequeño de los discípulos, un pobre niño, a mí, tu apóstol necio. Pero no la he desatendido. Porque he visto su fruto. Porque también yo, que soy un zopenco, he comprendido algo por luz de la Sabiduría que se ha inclinado benigna hacia mí, que ha bajado hasta mí, hasta el rudo pescador, hasta el hombre pecador.
He comprendido que es necesario amarte no sólo con las palabras, sino salvándote las almas con nuestro sacrificio. Para darte una alegría. Para no verte así como estás ahora, como estabas en Sebat. Tan pálido y triste, mi Maestro y Señor que no somos dignos de tenerte, que no te comprendemos: nosotros, gusanos al lado de ti, Hijo de Dios; nosotros, lodo al lado de ti, Estrella; nosotros, tinieblas al lado de ti, Luz.
¡Pero no ha servido para nada! ¡Para nada! Es verdad. Mis pobres ofrendas… tan pobres; tan defectuosas… ¿Y para qué iban a servir? Ha sido soberbia mía, creer que pudieran servir… Perdóname. Pero te he dado cuanto tenía. Me he ofrecido para darte todo lo que tengo. Y creía estar justificado porque te he amado, oh mi Dios, con todo mi ser, con todo mi corazón, con toda mi alma, con todas mis fuerzas, como está escrito.
Y ahora comprendo también esto y lo digo yo también como dice siempre Juan, nuestro ángel, y te ruego (y se arrodilla a los pies de Jesús) que aumentes tu amor en tu pobre Simón, para que aumente mi amor por ti, oh mi Dios.
Y Pedro se agacha a besar los pies de Jesús, y se queda así. Bartolomé, que ha estado escuchando, admirando y asintiendo, hace lo mismo.
-Alzaos, amigos. Mi amor crece sin pausa en vosotros, y crecerá cada vez más. Y benditos seáis por el corazón que tenéis. ¿Cuándo van a venir los otros?
-Antes de la puesta del sol.
-Está bien. También Juana y Elisa y Cusa volverán antes del ocaso. Pasaremos el sábado aquí y luego partiremos.
-Sí, Señor. ¿Pero para qué te ha llamado Juana con tanta urgencia? ¿No podía esperar? ¡Estaba ya concordado que vendríamos aquí!
-¡Con su imprudencia ha causado un buen jaleo!…
-No la acuses, Simón de Jonás. Ha actuado por prudencia y amor. Me ha llamado porque había almas cuya buena voluntad había que confirmar.
-¡Ah! Entonces ya no hablo más… Pero, Señor, ¿por qué Judas se ha alterado de esa forma?
-¡No pienses en ello! ¡No pienses en ello! Goza de este Edén, todo flores y paz. Goza de tu Señor. Y deja, y olvida, las formas peores de la Humanidad, sus asaltos contra el espíritu de tu pobre compañero Lo único que debes recordar es orar por él, mucho, mucho. Venid.
Vamos donde aquellos pequeños que nos miran asombrados. Hace poco les estaba hablando de Dios, de alma a alma, con el amor, y a los más grandecitos con las bellezas de Dios…
Y echa sus brazos alrededor del talle de sus dos apóstoles, para dirigirse a un círculo de niños que lo esperan.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús, seguido por el Zelote, que lleva de la rienda el burrito cabalgado por Elisa, llama a la puerta del guardián de Béter.
No han recorrido el camino de la otra vez. Han llegado a la propiedad de Juana por el pueblecillo que hay diseminado por las pendientes occidentales del monte sobre el que se alza el castillo.
El guardián, reconociendo al Señor, se apresura a abrir de par en par la cancilla que está a un lado de su casita y que introduce en el jardín que precede al edificio: es el principio de ese lugar de ensueño que son los jardines de rosas de Juana.
Un intenso olor de rosas frescas y de esencia de rosas está suspendido en el aire caliente del ere crepúsculo, y, cuando la primera corriente de aire de la noche, proveniente de levante, pasa cimbreando los rosales en flor, más penetrante se hace el perfume, más fresco, más genuino, porque viene de las lomas de rosales cultivados y sobrepuja el denso perfume de la esencia, proveniente de un bajo y vasto cobertizo colocado contra el muro occidental de la propiedad.
El guarda explica:
-Mi ama está allí. Todos los días, al anochecer va donde se reúnen a esta hora los recolectores y los de las esencias y habla con ellos, les pregunta cosas, los cura, los anima. Nuestra ama es muy buena. Siempre lo ha sido. ¡Y no digamos desde que es tu discípula!… Voy a llamarla…
Es una temporada de mucho trabajo y no son suficientes los recolectores fijos, a pesar de que hayan aumentado desde Pascua con los nuevos dependientes, hombres y mujeres, que ha contratado. Espérame, Señor…
-No, voy Yo donde ella. Que Dios te bendiga y te dé paz -dice Jesús mientras alza la mano para bendecir al anciano guarda, al que hasta ese momento, ha estado escuchando pacientemente. Lo deja y se dirige hacia el bajo y vasto cobertizo.
E1 ruido de los pasos contra la tierra dura del sendero hace sacar la cabeza a Matías, muy curiosón. Y el niño, dando un grito, sale corriendo, con los brazos abierto; y subidos, como invitación y deseo de abrazo.
-¡Está aquí Jesús! ¡Está aquí Jesús! -grita echándose a correr. Y cuando está ya entre los brazos del Señor, que lo besa, se asoma Juana y con ella sus dependientes.
-¡El Señor! -grita a su vez, y cae de rodillas para venerarlo inmediatamente desde el lugar en que se encuentra. Se postra y luego se alza (la faz teñida, por la emoción, de un color purpurino semejante a pétalo de rosa encendida). Luego se acerca a Jesús. Se postra otra vez para besarle los pies.
-La paz a ti, Juana. ¿Me requerías? He venido.
-Te requería… Sí, Señor…
La tez de Juana palidece de nuevo y su rostro se pone serio.
Jesús lo nota.
-Levántate, Juana. ¿Cusa está bien?
-Sí, mi Señor.
-¿Y María, la pequeña, que no la veo?
-También, Señor… Ha ido con Ester a llevar medicinas a un trabajador enfermo.
-¿Por ese hombre me has llamado?
-No, Señor… Por… ti.
Es bien visible que Juana no quiere hablar en presencia de todos, que se han aglomerado alrededor.
Jesús, comprendiéndolo, dice:
-Bien. Vamos a ver tus rosales…
-Estarás cansado, Señor. Tendrás que comer… Tendrás sed…
-No. Durante las horas de mayor calor nos hemos detenido en una casa de discípulos de los pastores. No estoy cansado…
-Entonces vamos… Jonatán, prepara todo para el Señor y los que han venido con Él… Baja, Matías… -indica al encargado, que está al lado de ella, respetuoso, y al niño, que se ha hecho un nido en los brazos de Jesús y cariñoso, tiene su cabecita morena en la concavidad del cuello de Jesús, como una tortolita bajo el ala paterna.
El niño lanza un suspirón de pena, pero hace ademán de obedecer.
Pero Jesús dice:
-No. Viene con nosotros. No molestará. Será un pequeño ángel, ante el cual no puede hacerse ni decirse nada escandaloso, y que impedirá que surja la más leve sospecha en los corazones. Vamos…
-Maestro, ¿yo y Elisa entramos en casa, o quieres que estemos contigo? -pregunta el Zelote.
-Id, id.
Juana guía a Jesús por un amplio paseo que divide el jardín, y dirige hacia las parcelas de rosales, que suben y bajan las opuestas ondulaciones que constituyen la propiedad florida de la discípula. Juana continúa, como buscando aislarse en donde no haya sino rosales y árboles, y pajaritos entre las frondas (en las últimas riñas por encontrar un sitio para el sueño, o en los últimos cuidados a las crías en los nidos). Las rosas, cerradas aún en su capullo en este atardecer -mañana, abiertas, caerán bajo las tijeras-, esparcen intensa fragancia antes de descansar bajo las gotas de rocío. Se paran en una hondonada entre dos pliegues del terreno en que, formando festones, ríen, por una parte rosas encarnadas, por la otra rosas rojas como manchas de sangre que se esté coagulando. Y hay una piedra grande, que sirve de asiento o de apoyo para los cestos de los recolectores. Hay rosas y pétalos ajados entre la hierba y encima de la piedra, testimonio del trabajo del día.
Juana, con la mano ensortijada, quita del asiento esos restos y dice:
-Siéntate, Maestro. Tengo que hablar contigo… mucho.
Jesús se sienta. Matías se pone a correr para acá o para allá por la hierba, hasta que encuentra un gran interés en perseguir a un grueso sapo que había venido a tomar el fresco del atardecer, y se aleja con gritos y saltos de alegría, yendo y viniendo, detrás del pobre sapo, hasta que distrae su atención la hura de un grillo, y se pone a hurgar en ella con un palito.
-Juana, estoy aquí para escucharte… ¿No hablas? -pregunta Jesús después de un rato de silencio, y deja de observar al niño para mirar a la discípula, que está frente a Él erguida, seria y silenciosa.
-Sí, Maestro. Pero… es muy difícil.., y creo que es una cosa dolorosa de escuchar…
-Habla con sencillez y confianza…
Juana se deja deslizar hasta la hierba, semisentada en los calcañares, baja respecto a Jesús, que está sentado más arriba, en su asiento, con actitud austera y rígida, distante como hombre más que si estuviera separado por muchos metros y por muchos obstáculos cercano como Dios y Amigo por la bondad de la mirada y la sonrisa Y Juana lo mira, lo mira, en el suave crepúsculo de la tarde de Mayo. Por fin habla:
-Mi Señor… antes de hablar… necesito preguntarte… necesito conocer tu pensamiento… comprender si me he
equivocado siempre al comprender tus palabras… Soy mujer, una mujer ignorante… quizás he soñado… y solamente ahora sé realmente las cosas… las cosas como las has dicho, como las has preparado, como la quieres para tu Reino… Quizás tiene razón Cusa… y yo estoy equivocada…
-¿Te ha regañado Cusa?
-Sí y no, Señor. Sólo me ha dicho, con autoridad de marido, que si es como los últimos hechos hacen pensar, debo dejarte, porque él, dignatario de Herodes, no puede permitir que su mujer conspire contra Herodes.
-¿Y cuándo has sido conspiradora! ¿Quién tiene intención de dañar a Herodes? Su pobre trono, tan ruin como es, es menos que este asiento entre los rosales. Aquí me siento, allí no me sentaría. ¡Se puede tranquilizar Cusa! No despierta mi interés el trono de Herodes, y ni siquiera el de César. No son ésos mis tronos, ni son ésos mis reinos.
-¿Sí, Señor? ¡Bendito seas! ¡Cuánta paz me das! Hacía días que sufría por esto. ¡Maestro mío, santo y divino, mi amado Maestro, mi Maestro de siempre, como te he comprendido, te he visto, te he amado, como te he creído, tan alto, tan por encima de la Tierra, tan… tan divino, mi Señor y Rey celeste! -y Juana, habiendo cogido la mano de Jesús, besa su dorso respetuosamente mientras está de rodillas, como en adoración.
-¿Qué es lo que ha pasado, entonces? ¿Qué cosa, que ignoro, capaz de turbarte de esta forma, capaz de empañar en ti la claridad de mi figura moral y espiritual? ¡Habla!
-¿Qué cosa? Maestro, los ríos del error, de la soberbia, de la codicia, de la obstinación, se han elevado, como de fétidos cráteres, y han empañado el concepto de ti en algunos, en algunas… y trataban de hacer lo mismo en mí.
Pero yo soy tu Juana; tu gracia, oh Dios. Y no me habría perdido, al menos eso espero, sabiendo lo bueno que es Dios. Pero el que es todavía sólo un embrión de alma que lucha por formarse, bien puede morir por una desilusión. Y quien todavía no es más que uno que desde el mar fangoso, agitado por corrientes violentas, trata de arribar a la orilla, al puerto, trata de purificarse, de conocer otros lugares de paz, de justicia, bien puede sucumbir de cansancio, si desespera de esta playa, de estos lugares, y dejarse atrapar de nuevo por las corrientes y el fango.
Y yo, por esta ruina de almas para las cuales impetro tu Luz, sentía dolor y tortura. Amamos más a las almas que damos a la Luz eterna que a los cuerpos que damos a la luz terrena. Ahora comprendo lo que es ser madre de una carne y madre de un alma. Se llora por el hijito que muere. Pero ese dolor es sólo el nuestro. Por un espíritu al que hemos tratado de formar en tu Luz, y que muere, se sufre no por nosotras solas. Se sufre contigo, con Dios… porque en nuestro dolor por la muerte espiritual de un alma está también tu dolor, infinito dolor de Dios… No sé si me explico bien…
-¡Te explicas muy bien! Pero cuéntame con orden las cosas. Si quieres que te consuele.
-Sí, Maestro. Mandaste a Simón Zelote y a Judas de Keriot a Betania, ¿no es verdad? Por aquella niña hebrea que te han dado las romanas y que has enviado a Nique…
-Sí. ¿Y entonces?
-Maestro… Debo darte un dolor… ¿Maestro, Tú eres un Rey del espíritu y no piensas de ninguna manera en reinos terrenos?
-¡Que no, Juana! ¿Cómo puedes pensar esto todavía?
Maestro, es para sentir de nuevo la alegría de verte divino, sólo divino. Pero, precisamente porque lo eres, te he de dar un dolor… Maestro, el hombre de Keriot no te comprende, y no comprende a quien te respeta como sabio, como gran filósofo, como Virtud sobre la Tierra, y aunque sólo sea por eso ya te admira y se profesa protectora tuya. Es extraño que unas mujeres paganas comprendan lo que un apóstol tuyo no comprende, después de estar contigo desde hace tanto…
-Lo ciega la humanidad, el amor humano.
-Lo disculpas… Pero te perjudica, Maestro. Mientras Simón hablaba con Plautina, Lidia y Valeria, Judas habló con Claudia, en tu nombre, como embajador tuyo. Quería arrancarle promesas para una restauración del reino de Israel. Claudia le hizo muchas preguntas… El habló mucho.
Ciertamente piensa que está a las puertas de su sueño demencial, en las regiones donde el sueño se transforma en realidad. Maestro, Claudia se ha enojado por esto.
Es hija de Roma… Lleva el imperio en su sangre… ¡Querer Tú que ella, precisamente ella, hija de los Claudios, vaya contra Roma! Ha sido para ella un choque tan hondo, que ha dudado de ti y de la santidad de tu doctrina. Ella todavía no puede concebir, comprender la santidad de tu origen…
Pero llegará a ello, porque tiene buena voluntad. Llegará a ello cuando se haya tranquilizado respecto a ti. Ahora le apareces como rebelde, usurpador, ambicioso, falso… Plautina y las otras han tratado de infundirle seguridad… Pero ella quiere una respuesta inmediata y tuya.
-Dile que no tema. Yo soy el Rey de los reyes, el que los crea y los juzga, y no tendré trono alguno aparte del Cordero, primero inmolado, luego triunfante en el Cielo. Transmíteselo inmediatamente.
-Sí, Maestro. Iré yo personalmente. Antes de que dejen Jerusalén, porque Claudia está tan enojada que no sigue ya más tiempo en la Antonia… para no… ver a los enemigos de Roma, dice.
-¿Quién te ha dicho esto?
-Plautina y Lidia. Vinieron… y Cusa estaba presente… y después… me puso en el dilema: o Tú eres el Mesías espiritual o dejarte para siempre.
En el rostro de Jesús, palidecido de dolor por lo que ha contado Juana, se ve una sonrisa de cansancio, y dice:
-¿Cusa no viene aquí?
-Mañana es sábado y estará él.
-Y Yo lo tranquilizaré. No temas. Ninguno tema. Ni Cusa por su puesto en la Corte, ni Herodes por posibles usurpaciones, ni Claudia por amor a Roma, ni tú por miedo a haberte equivocado, a verte separada… Ninguno tema… Sólo yo debo temer… y sufrir…
-Maestro. No hubiera querido darte este dolor. Pero callar hubiera sido un engaño… Maestro ¿cómo te vas a comportar con Judas?… Tengo miedo de sus reacciones… por ti, que conste que es por ti…
-Con verdad. Haciéndole comprender que estoy al corriente de las cosas y que desapruebo su acción y su obstinación.
-Me odiará, porque comprenderá que lo sabes por mí…
-¿Te duele?
-Tu odio me dolería, no el suyo. Soy mujer, pero más viril que él en servirte. Yo te sirvo porque te amo, no para recibir honores de ti. Si mañana por ti perdiera las riquezas, el amor de mi marido e incluso la libertad y la vida, te amaría más todavía. Porque entonces Tú serías el único para mi amor y para amarme -dice Juana, con ímpetu, poniéndose de pie.
También Jesús se levanta y dice:
-Bendita tú, Juana, por estas palabras. Y quédate tranquila. Ni el odio ni el amor de Judas pueden alterar lo que está escrito en el Cielo. Mi misión será cumplida como está decidido. No tengas remordimientos, nunca.
Estáte tranquila como el pequeño Matías, que después de haber trabajado en hacerle una casa, según él más bonita, a su grillo, se ha dormido con la frente contra unos pétalos de rosa, y sonríe… creyendo tenerla sobre las rosas. Porque es bonita la vida cuando uno es inocente.
Yo también sonrío, a pesar de que mi vida humana no tiene flores, sino pétalos deshojados, lacios. Pero en el Cielo tendré todas las rosas de los salvados… Ven. Está anocheciendo. Dentro de poco ya no veremos el sendero.
Juana hace ademán de tomar al niño en brazos.
-Deja… Lo tomo yo. ¡Mira cómo sonríe! Sin duda está soñando con el Cielo. Con su mamá. Y contigo… Yo también, en mis penas de todas las horas, sueño con el Cielo, con mi Madre y con las buenas discípulas.
Y lentamente se encaminan hacia la casa…