399- Palabras de despedida en Betsur.

El amor materno de Elisa
Acaba de hacerse de día cuando los infatigables caminantes ya ven Betsur.

Cansados, con sus túnicas arrugadas debido a un descanso ciertamente muy incómodo en los bosques, miran con alegría a la pequeña ciudad ya cercana donde están seguros de que hallarán hospitalidad.

Los campesinos que se dirigen a sus labores son los primeros que encuentran a Jesús, y piensan que lo mejor es olvidarse de sus tareas y volver a la ciudad para escuchar al Maestro. Lo mismo hacen unos pastores, después de haber preguntado si se va a detener o no. -A1 atardecer dejo Betsur -responde Jesús.

-¿Y vas a hablar, Maestro?
-Ciertamente».
-¿Cuándo?
-Enseguida.
-Nosotros tenemos los rebaños… ¿No podrías hablar aquí, en el campo? Las ovejas comerían la hierba y nosotros no perderíamos tu palabra.

-Seguidme. Hablaré en los pastos de septentrión. Tengo que ver antes a Elisa.

Los pastores con sus cayados hacen volver a las ovejas, y detrás de los hombres se ponen ellos y sus ovejas, que van balando. Cruzan el pueblo.

Mas ya ha llegado la noticia a la casa de Elisa. Y Elisa y Anastática rinden su homenaje de discípulas al Maestro, que las bendice en la plaza de delante de su casa.

-Entra en mi casa, Señor. La liberaste del dolor y ella quiere ser, en cada uno de sus habitantes y objetos, confortante para ti -dice Elisa.

-Sí, Elisa. Pero, ¿ves cuánta gente nos sigue? Ahora voy a hablar a todos; luego, después de la hora tercia, vendré y estaré en tu casa, para partir de nuevo al atardecer. Y hablaremos entre nosotros… -promete para consolar a Elisa, que esperaba una estancia más larga y que pone cara de desilusión al oír lo que tiene pensado hacer Jesús.
Pero Elisa es una buena discípula y no pone objeciones.

Solamente pide permiso para dar indicaciones a los subalternos antes de ir con los demás a donde Jesús se dirige. Y lo hace con rapidez: bien distinta de la mujer inactiva del año pasado…

Jesús está ya parado en un vasto prado sobre el cual juguetea el sol filtrándose a través de las leves frondas de agrestes árboles, que, si no me equivoco, son fresnos. Está curando a un niño y a un anciano: el primero, enfermo de alguna enfermedad interna; el segundo, de los ojos. No hay otros enfermos y Jesús bendice a los niños que las madres le acercan, y espera pacientemente a que Elisa llegue junto con Anastática. Ahí están, por fin.
Jesús empieza inmediatamente a hablar.

-Pueblo de Betsur, escucha. El año pasado os dije qué había que hacer para ganar el Reino de Dios. Ahora os lo confirmo, para que no suceda que perdáis lo que habéis ganado. Es la última vez que el Maestro os habla así, en una asamblea en que no falta ninguno. Después podré encontraros, por azar, separadamente o en pequeños grupos, por los caminos de nuestra patria terrena. Después, pasado más tiempo, podré veros en mi Reino. Pero, como ahora, no volverá a ser.

Llegará un momento en que os digan de mí muchas cosas, contra mí, y de vosotros y contra vosotros. Pretenderán aterrorizaros. Yo, con Isaías, os digo: No temáis, porque os he redimido y os he llamado por vuestro nombre.

Solamente los que quieran abandonarme tendrán motivo de temer; no los que, siendo fieles, son míos. ¡No temáis'. Sois míos y Yo soy vuestro. Ni aguas de ríos ni llamas de hogueras ni piedras ni espadas podrán separaros de mí, si en mí perseveráis; es más, llamas, aguas, espadas, piedras, reforzarán vuestra unión conmigo, y seréis otros Cristos y recibiréis mi premio. Yo estaré con vosotros en las horas de los tormentos, con vosotros en las pruebas, con vosotros hasta la muerte; y después, nada podrá separarnos jamás.

¡Oh, pueblo mío, pueblo al que he llamado y congregado, y más aún llamaré y congregaré cuando sea elevado, atrayéndote entero hacia mí, oh pueblo elegido, pueblo santo, no temas! Porque estoy y estaré contigo, y tú me anunciarás, pueblo mío, por lo cual, vosotros que lo componéis, seréis llamados ministros míos, y a vosotros os daré, os doy ya desde ahora, la orden de decir al septentrión, al oriente, al occidente y al mediodía, que restituyan a los hijos e hijas del Dios Creador, incluso a los de los extremos confines del mundo, para que todos me conozcan como Rey suyo y me invoquen según mi verdadero Nombre, y tengan aquella gloria para la que han sido creados y sean la gloria de quien los ha hecho y formado.

Dice Isaías que las tribus y naciones, para creer, invocarán testigos de mi gloria. ¿Y dónde encontraré testigos, si el Templo y el Palacio, si las castas poderosas me odian, y mienten por no querer decir que Yo soy quien soy? ¿Dónde los hallaré? ¡Aquí están, oh Dios, mis testigos! Estos a quienes he instruido en la Ley, estos cuyo cuerpo y cuyo espíritu he curado, estos que estaban ciegos y ahora ven, sordos y ahora oyen, mudos y ahora saben decir tu Nombre, estos que estaban subyugados y ahora están liberados, todos, todos estos para los cuales tu Verbo ha sido Luz, Verdad, Camino, Vida.

Vosotros sois mis testigos, los siervos que he elegido para que conozcan y crean y comprendan que soy Yo, Yo y no otro, el Salvador. Creedlo. Para bien vuestro. Fuera de mí no hay otro Salvador. Sabed creer esto contra toda calumnia humana o satánica. Olvidad todo lo que os haya sido dicho por otra boca que no sea la mía y que discrepe de mi palabra. Rechazad todo lo que en el futuro os puedan decir. Decid a quienquiera que os quiera hacer abjurar de Cristo: "Sus obras hablan a nuestro espíritu" y sed perseverantes en la fe.

Mucho he hecho para daros una fe intrépida. He curado a vuestros enfermos, he aliviado vuestros dolores, os he instruido como un Maestro bueno, os he escuchado como un Amigo, he partido con vosotros el pan y he compartido la bebida. Mas son éstas todavía obras de santo y profeta; otras haré, tales que harán desaparecer toda duda que las tinieblas puedan suscitar, como e1 torbellino pone nubes de tormenta en la claridad de un cielo de verano.

Dejad pasar el nimbo firmes en la caridad hacia vuestro Jesús, hacia este Jesús que ha dejado al Padre para venir a salvaros y que dejará la vida para daros la salud.
Vosotros, vosotros, a quienes he amado y amo mucho más que a mi mismo (porque no hay amor más grande que el de inmolarse por el bien de aquellos a quienes se ama), no aceptéis el ser inferiores a aquellos que en la profecía de Isaías son llamados bestias salvajes, dragones y avestruces, o sea, gentiles, idólatras, paganos, impuros, los cuales -cuando Yo solo haya testificado el poder de mi amor y de mi Naturaleza, venciendo solo incluso a la Muerte, cosa constatable y que ninguno, que no sea embustero, podrá negar -dirán:

"¡Era el Hijo de Dios!", y, venciendo obstáculos aparentemente insuperables de siglos y siglos de impuro paganismo y de tinieblas y vicio, vendrán a la Luz, a la Fuente, a la Vida. No seáis, no seáis como demasiado Israel, que no me ofrece su holocausto ni me honra con sus víctimas, sino que, al contrario, me produce dolor con sus iniquidades y me hace víctima de su duro corazón, y a mi amor que perdona responde con el odio subterráneo que me socava el suelo para hacerme caer y poder decir: "¿Lo veis? Ha caído porque Dios lo ha fulminado".

Habitantes de Betsur, sed fuertes. Amad mi Palabra porque es verdadera, y mi Señal porque es santa, ¡Que el Señor esté siempre con vosotros y vosotros con los siervos del Señor; todos unidos, para que cada uno de vosotros esté donde Yo voy y tengan una morada eterna en el Cielo todos los que, superada la tribulación y vencida la batalla, mueran en el Señor y en el Señor resuciten, para toda la eternidad!

-¡Señor, pero ¿qué has querido decir? ¡En tu discurso ha habido gritos de triunfo y de dolor! -dicen algunos de Betsur.

-Sí. Pareces a uno que se supiera rodeado de enemigos -dicen otros.
-Y nos has dado a entender que nosotros también lo estaremos -dicen otros.
-¿Qué hay en tu mañana, Señor? -otros.

-¡La gloria! -grita Judas de Keriot.

-¡La muerte! -suspira Elisa llorando.

-La Redención. El cumplimiento de mi misión. No temáis. No lloréis. Amadme. Yo me siento feliz de ser el Redentor. Ven, Elisa. Vamos a tu casa… -y Él el primero, se pone en marcha, abriéndose paso entre la gente, que está turbada por opuestas emociones.

-Pero, ¿por qué, Señor, siempre estos discursos? -dice Judas, de mal genio, preguntando y censurando.

Y añade:

-No son propios de un rey.

Jesús no le responde. Responde, sin embargo, a su primo Santiago, que le pregunta con los ojos empañados de llanto:

-¿Por qué, hermano, haces siempre citas del Libro en tus despedidas?

Para que quien me acuse no diga ni que desvarío ni que blasfemo, y para que quien no quiera rendirse ante la realidad de las cosas comprenda que desde siempre la Revelación me ha mostrado Rey de un reino no humano, que se configura, se construye y cimenta con la inmolación de la Víctima, de la única Víctima que puede recrear el Reino de los Cielos, destruido por Satanás y la primera pareja.

Soberbia, odio, mentira, lujuria, desobediencia, han destruido; humildad, obediencia, amor, pureza, sacrificio, reconstruirán… No llores, mujer. Los que tú amas, que esperan, suspiran por la hora de mi inmolación…
Entran en la casa y, mientras los apóstoles se dedican a reponer las fuerzas de sus cuerpos y a confortar su estómago, Jesús va al jardín (un jardín ordenado, florido) y, sólo con Elisa, la escucha.

-Maestro, Juana quiere hablar contigo en secreto; sólo yo lo sé. Me ha mandado aquí a Jonatán. Ha dicho: "Por cosas muy graves". Ni siquiera la hija que me diste -y bendito seas por ello -lo sabe. Juana ha enviado a servidores suyos en todas las direcciones para buscarte. Pero no te han encontrado…

-Estaba muy lejos, y habría ido aún más lejos, si no me hubiera impulsado el espíritu a volver… Elisa, vendrás conmigo y con el Zelote a casa de Juana. Los otros se quedarán aquí dos días descansando, luego irán a Béter. Tú regresarás con Jonatán.
-Sí, mi Señor…

Elisa lo mira, maternal, lo escudriña… No sabe contenerse una palabra:
-¿Sufres?
Jesús menea la cabeza sin un verdadero signo de negación, pero con claro desconsuelo.

-Soy una madre… Tú eres mi Dios… pero… ¡Oh, mi Señor! ¿Qué crees que quiere Juana? Hablabas de muerte y yo lo he comprendido, porque en el Templo las vírgenes leían mucho los lugares de las Escrituras donde se habla de ti, Salvador, y me acuerdo de esas palabras. Hablabas de muerte y tu rostro resplandecía de alegría celestial…

Ahora no resplandece tu rostro… María fue para mí como una hija… y Tú eres el Hijo de Ella… Por eso, si no es pecado decirlo, te veo un poco como hijo mío… Tu Madre está lejos… Pero tienes a tu lado a una madre. Bendito de Dios, ¿no puedo aliviar tu pena?

Ya la alivias porque me quieres. ¿Que qué pienso acerca de lo que Juana me tiene que decir? Mi vida es como este rosal. Las rosas sois vosotras, discípulas buenas. ¿Pero, si se quitan las rosas, que queda? Espinas…

-Pero a nosotras nos tendrás hasta la muerte.

-Es verdad. ¡Hasta la muerte! Y el Padre os bendecirá por el consuelo que me habréis de procurar. Vamos a entrar en la casa. Descansemos. A la puesta del sol partiremos para Béter.

398- Palabras de despedida en Hebrón.

Los delirios de Judas Iscariote.
Y ahí está Hebrón, en medio de sus montes ricos en bosques y prados. La entrada de Jesús en ella es recibida con gritos de hosanna de los primeros que lo ven, parte de los cuales van veloces a difundir la noticia por todo el pueblo. Viene el arquisinagogo, vienen los curados del año anterior, vienen los notables de la ciudad. Todos quieren que el Señor se aloje en su casa.

Pero Jesús, dando las gracias a todos, dice:

-No, me voy a detener sólo el tiempo indispensable para dirigiros unas palabras… Vamos, pues, a la pobre y santa casa del Bautista. Para saludar también a esa casa… Es lugar de milagro. Vosotros no lo sabéis.

-Sí que lo sabemos, Maestro. ¡Los que fueron curados allí viven entre nosotros!… -dicen muchos.

-Mucho antes de hace un año fue lugar de milagro. Lo fue, por primera vez, hace treinta y tres años, cuando la gracia del Señor reverdeció las entrañas aridecidas para hacer de ellas árbol para el dulce pomo de mi Precursor.

Lo fue hace treinta y dos años, cuando, por obra misteriosa lo presantifiqué, siendo Yo y él dos frutos que maduraban en profundo seno. Y luego cuando liberé la palabra trabada al padre de Juan. Pero, a las secretas operaciones del Encarnado que todavía no había nacido, se añade un gran milagro acaecido hace dos años y que todos vosotros ignoráis. ¿Os acordáis de la mujer que vivía en esa casa?…

-¿Quién? ¿Aglae? -preguntan muchos.

-Ella. La reverdecí, no respecto a sus entrañas sino a su alma aridecida por el paganismo y el pecado, y la hice fecunda en justicia, liberándola de lo que la sujetaba, ayudado por su buena voluntad. Y os la propongo como modelo. No os escandalicéis. En verdad os digo que ella debe ser citada como ejemplo digno de imitación, porque pocos en Israel han recorrido tanto camino como ella, pagana y pecadora, para alcanzar las fuentes de Dios.

-Creíamos que había huido con otros amantes… Había quien decía que había cambiado, que era buena… Pero decíamos: "¡Es un capricho!". Había quien decía que había ido a ti para… pecar… -explica el arquisinagogo.

-Vino a mí, en efecto; pero para ser redimida.
-Hemos cometido pecado de juicio…
-Por eso digo: "No juzguéis".
-¿Y dónde está ahora?

-Sólo Dios lo sabe. Sin duda cumpliendo áspera penitencia. Orad para sostenerla… ¡Te saludo, casa santa de mi Pariente y Precursor! ¡Paz a ti! ¡A pesar de que ahora estés sola y desolada, siempre la paz a ti, santa morada de paz y fe!

Jesús pone pie, bendiciendo, en el jardín ahora agreste, y se adentra en medio de las hierbas invasoras, y bordea lo que en otro tiempo eran pérgolas u ordenadas espalderas de laureles y bojes y ahora son una enmarañada familia de árboles o plantas ceñidos de hiedras, clemátides, convólvulos, que oprimen. Va hasta el fondo, hasta los restos de lo que era el sepulcro, y se detiene allí. La gente se apiña, ordenada y silenciosa, en círculo, alrededor de Él.

-¡Hijos de Dios, pueblo de Hebrón, escuchad!

Para que no os sintáis turbados ni caigáis en un error de juicio acerca de vuestro Salvador, como caísteis respecto a la pecadora, vengo a confirmaros y a fortaleceros en la fe. Vengo a daros el viático de mi palabra, para que permanezca luminosa en vosotros en la hora de las tinieblas, y Satanás no os haga perder el camino del Cielo.

Pronto llegarán horas en que vuestros corazones dirán con gemido las palabras del salmo de Asaf, cantor profético, y diréis: "¿Por qué, oh Dios, nos has rechazado para siempre? ¿Por qué tu furor se enciende contra las ovejas que pastoreas?", y verdaderamente podréis, en ese momento, alzar, cual derecho de protección, la redención cumplida, y gritar:

"¡Éste es tu pueblo, Tú lo has redimido!" para invocar protección contra los enemigos, que habrán llevado a cabo toda suerte de males en el verdadero Santuario donde Dios está como en el Cielo, en el Cristo del Señor, y, habiendo primero abatido al Santo, tratarán de abatir después los muros de aquél, sus fieles. Verdaderos profanadores y perseguidores de Dios, más que Nabucodonosor y Antíoco, más que los que habrán de venir, levantan ya sus manos para abatirme en su soberbia sin límites, que no quiere ser convertida, que no quiere tener fe, caridad, justicia, y que, como levadura en un montón de harina, crece y rebosa del Santuario, transformado en ciudadela de los enemigos de Dios.

¡Hijos, escuchad! Cuando os persigan por haberme amado, fortaleced vuestro corazón pensando que antes que vosotros Yo fui el Perseguido. Recordad que ya tienen en su garganta el ululato de sus gritos de triunfo, y ya preparan sus banderas para que ondeen al viento en una hora de victoria, y en cada una de esas banderas habrá una mentira contra mí, que pareceré el Vencido, el Malhechor, el Maldito.

¿Meneáis la cabeza? ¿No creéis? Vuestro amor os es obstáculo para creer… Gran cosa es el amor… gran fuerza… y gran peligro. Sí, peligro. El choque de la realidad en la hora de las tinieblas será de una violencia sobrehumana en aquellos corazones a los que el amor, no ordenado todavía en perfección, hace ciegos. No podéis creer que Yo, el Rey, el Poderoso, pueda ser entregado al capricho de los que no son nada. No lo podréis creer sobre todo entonces, y surgirá la duda: "¿Era realmente El? Si lo era, ¿cómo ha podido ser derrotado?".

¡Reforzad el corazón para esa hora! Sabed que, si "en un momento" los enemigos del Santo han cercenado las puertas, han derruido todo, y han incendiado con fuego de odio el Santo de Dios, si han abatido y derruido el Tabernáculo del Nombre santísimo, diciendo en su corazón: "Hagamos cesar sobre la faz de la Tierra todas las fiestas de Dios" (porque es fiesta tener a Dios entre vosotros), diciendo:

"No vuelvan a verse sus enseñas, no vuelva a haber ningún profeta que nos conozca por lo que somos", pronto, más pronto todavía, Aquel que hizo sólido el mar y aplastó en las aguas las impuras cabezas de los cocodrilos sagrados y de sus adoradores, Aquel que hizo brotar fuentes y torrentes y secar ríos perennes, Aquel de quien son el día y la noche, el verano y la primavera, la vida y la muerte, todo, hará resucitar, como está escrito, a su Cristo, y será Rey. Rey para toda la eternidad. Y los que se hayan mantenido firmes en la fe reinarán con Él en el Cielo.
Recordad esto. Y, cuando me veáis elevado y escarnecido, no vaciléis; y, cuando seáis elevados y escarnecidos, no vaciléis.

¡Oh, Padre! ¡Padre mío! ¡Te ruego en nombre de éstos,
amados por ti y por mí! ¡Escucha a tu Verbo, escucha al Propiciador!

No abandones en manos de las bestias a las almas de los que, amándome, te glorifican, no olvides para siempre a las almas de tus pequeñuelos; considera, oh Dios bueno, tu pacto, porque los lugares oscuros de la Tierra son cubiles de iniquidad de donde sale e1 terror para asustar a tus pequeñuelos.

¡Padre! ¡Oh, Padre mío! ¡No se marche confundido el humilde que espera en ti! ¡El pobre y el necesitado glorifiquen tu Nombre por la ayuda que de ti recibirán! ¡Manifiéstate, oh Dios! Te ruego por esa hora, por esas horas. ¡Manifiéstate, oh Dios! ¡Por el sacrificio de Juan y la santidad de tus patriarcas y profetas! ¡Por mi sacrificio, Padre, defiende a este rebaño tuyo y mío! ¡Dale luz en las tinieblas, fe y fortaleza contra los seductores! ¡Date Tú mismo a ellos, Padre! ¡Danos a Nosotros mismos a ellos, ahora, mañana y siempre, hasta la entrada en tu Reino! Nosotros en su corazón hasta la hora en que donde Nosotros estemos estén ellos también por los siglos de los siglos. Y así sea.

Y Jesús, en ausencia de milagros que cumplir, pasa por entre las filas de la gente, casi extática, y bendice, uno a uno, a los que lo escuchaban. Y reanuda el camino, bajo el sol ya alto, pero soportable por los frondosos árboles y el aire montano.

Detrás, en grupo, van hablando los apóstoles. Hablan sin parar.
-¡Qué palabras! ¡Son estremecedoras! -dice Bartolomé.
-¡Pero qué tristes son! ¡Provocan llanto! -suspira Andrés.

-¡Hombre, es su despedida! Tengo razón yo. Se está encaminando directamente al trono -exclama Judas Iscariote.

-¿Trono? ¡Mmm! ¡Me parece que hablan de persecuciones y no de honores! -observa Pedro.

-¿Pero qué dices, hombre? ¡El tiempo de las persecuciones se ha terminado! ¡Ah, soy feliz! -grita Judas Iscariote.
-¡Suerte la tuya! Yo querría estar todavía en los días en que no nos conocían, hace dos años… o en Agua Especiosa… Estoy angustiado por los días futuros… -dice Juan.

-Porque eres un corazón de cervatillo… ¡Pero yo! Veo ya en el futuro… ¡Cortejos!… ¡Cantores!… ¡Pueblo postrado!… ¡Honores de otras naciones!… ¡Oh, es la hora! Verdaderamente vendrán los camellos de Madián y las turbas de todas partes… y no serán los tres pobres Magos… sino una multitud… Israel grande como Roma…

Más que Roma… Superadas las glorias de los Macabeos, de Salomón… todas las glorias… Él, el Rey de los reyes… y nosotros sus amigos… ¡Oh, Dios Altísimo, ¿quién me dará fuerza para esa hora?!… ¡Si viviera mi padre todavía!…

Judas está exaltado. Resplandece evocando el futuro que sueña vivir…

Jesús está muy adelante. Pero se para el futuro rey según Judas, y, sediento, con el cuenco de las dos manos toma agua de un regatillo, y bebe… como un pajarillo de bosque o un cordero que pace; luego se vuelve y dice:
-Aquí hay frutos silvestres. Vamos a recoger algunos para nuestra hambre…

-¿Tienes hambre, Maestro? -pregunta el Zelote.
-Sí -confiesa humildemente Jesús.

-¡Hombre claro! ¡Ayer noche has dado todo a aquel pobrecillo! -exclama Pedro.

-¿Pero y por qué no has querido detenerte en Hebrón? -pregunta Felipe.

-Porque Dios me llama a otra parte. Vosotros no sabéis.
Los apóstoles se encogen de hombros y se ponen a recoger los pequeños frutos, todavía acerbos, de árboles silvestres esparcidos por las prominencias montanas. Parecen pequeñas manzanas silvestres. Y el Rey de los reyes se nutre de ellas, junto con sus compañeros, que ponen caras de disgusto por la aspereza del fruto silvestre y acerbo. Jesús, absorto, come y sonríe.

-¡Me das casi rabia! -exclama Pedro.
-¿Por qué?

-Porque podías estar bien y hacer felices a los de Hebrón, y, sin embargo, te estropeas el estómago y los dientes en este veneno más amargo y ácido que la cañarroya.

-¡Os tengo a vosotros, que me queréis! Cuando sea alzado y tenga sed y hambre, pensaré con añoranza en esta hora, en este alimento, en vosotros, que ahora estáis conmigo, y que entonces…

-¡Pero Tú en esa hora no tendrás ni sed ni hambre! ¡Un rey tiene de todo! ¡Y nosotros estaremos todavía más cerca de ti! -exclama Judas Iscariote.

-Lo dices tú.

-¿Y crees que no será así, Maestro? -pregunta Bartolomé.

-No, Bartolmái. Cuando te vi debajo de la higuera, sus frutos eran tan acerbos que a quien los hubiera cogido se le habrían abrasado la lengua y la garganta… Y, sin embargo, los frutos acerbos de la higuera o de estos árboles son, respecto a lo que será para mí mi elevación, más dulces que un panal de miel… Vamos…

E inicia de nuevo la marcha, delante de todos, meditabundo, mientras los doce, detrás, bisbisean, bisbisean.

397- Despedida de los fieles de Yuttá

Jesús habla en una tranquila mañana a la gente de Yuttá.

Verdaderamente se puede decir que toda Yuttá está a sus pies. Incluso los pastorcillos -normalmente diseminados arriba en los montes -están allí, con sus ovejas, a los márgenes de la multitud; y también están allí los que normalmente se desplazan a los campos, a los bosques, a los mercados; y los ancianos caducos; y alrededor de Jesús, pegados a Él, los joviales pequeñuelos; y las jovencitas; y las recién casadas; y las que darán pronto a luz una criatura; y las que ya la lactan: toda Yuttá.

El espolón montano que se alarga hacia el sur es el anfiteatro que acoge a esta serena reunión de gente.

Sentados en la hierba o a caballo del murete de piedra seca, con el vasto horizonte alrededor, el cielo ilimitado encima, el torrente abajo, que ríe y brilla bajo el sol matutino, la belleza de los montes herbosos, boscosos, que se alzan por todas partes, los de Yuttá escuchan la palabra del Maestro, que habla en pie, erguido, apoyado en un altísimo nogal, vestido de blanco lino, contra el oscuro tronco, sonriente el rostro, encendidos los ojos por la alegría de ser amado y los cabellos por el sol de oriente que lo acaricia. En medio de un silencio reverente, atento, roto sólo por los cantos de los pájaros y la voz del torrente de allá abajo, sus palabras caen lentas en los corazones, y su voz perfecta llena de musicalidad el aire tranquilo.

Está repitiendo, mientras yo escribo, una vez más la necesidad de obedecer al Decálogo, perfeccionado en su aplicación en los corazones por su doctrina de amor «para edificar en los espíritus la morada donde el Señor vivirá hasta el día en que aquellos que hayan vivido fieles a la Ley vayan a vivir en Él al Reino de los Cielos» esto dice. Y prosigue:

-Porque es así. La inhabitación de Dios en los hombres y de los hombres en Dios se lleva a cabo con la obediencia a su Ley, que empieza con un precepto de amor y que es toda ella amor desde el primero al último precepto del Decálogo. Ésta es la verdadera casa que Dios quiere, donde Dios habita; y el premio del Cielo, premio por la obediencia a la Ley, es 1a verdadera Casa en que habitaréis con Dios, eternamente. Porque -tened presente el capítulo 66°-de Isaías -Dios no tiene morada en la Tierra, que es escabel, sólo escabel para su inmensidad Dios tiene por trono el cielo, que es en todo caso pequeño, una nada, para contener al Infinito, pero lo tiene en el corazón de los hombres.

Sólo la perfectísima bondad del Padre de todo amor puede conceder a sus hijos recibirlo; y el hecho de poder estar el Dios uno y trino, el purísimo triniforme Espíritu, en el corazón de los hombres es ya un infinito misterio que cada vez más se perfecciona. ¡Oh, ¿cuándo, cuándo, Padre santo, me vas a otorgar hacer, de estos que te aman, no sólo, no ya sólo un templo a nuestro Espíritu, sino, por tu perfección de amor y de perdón, un tabernáculo, y hacer de cada uno de los corazones fieles el arca donde esté el verdadero Pan del Cielo, como estuvo en el seno de la Bendita entre todas las mujeres?!

Amadísimos discípulos de Yuttá, que me fue preparada por un justo, tened presente al Profeta y lo que dice -y es el Señor el que habla -cuando se dirige a aquellos que edifican vacíos templos de piedra en que no hay justicia y amor, y no saben edificar en sí mismos el trono de su Señor con la obediencia a sus preceptos. Dice el Profeta:

"¿Qué es esta casa que me vais a edificar?, ¿qué es este lugar para mi descanso?". Y quiere decir: "¿Creéis que me tenéis, por edificarme unas pobres paredes?, ¿creéis que me dais alegría con unas prácticas falsas que no se manifiestan en una santidad de vida?".

No. A Dios no se le tiene por una serie de exterioridades que ocultan úlceras y vacío, cual manto de oro arrojado sobre un leproso o sobre una estatua de arcilla que por dentro está vacía, sin la vida del alma. Y dice el Señor, confesando -Él, que es el Amo del mundo -su pobreza de Rey con demasiado pocos súbditos, de Padre de demasiados hijos fugitivos de su casa:

"¿A quién volveré mi mirada, sino al pobre, al contrito de corazón trémulo ante mis palabras?". ¿A qué se debe su temblor? ¿Es sólo por temor a Dios? No. tiembla por profundo respeto, por auténtico amor. Por humildad de súbdito, de hijo, que dice, que reconoce que el Señor es el Todo y él la nada, y vibra de emoción sintiéndose amado, perdonado, asistido por el Todo.

¡Oh, no busquéis a Dios donde están los soberbios! Allí no esta: No lo busquéis donde están los duros de corazón. Allí no está. No le busquéis donde están los impenitentes.

Allí no está. Él está en los sencillos, en los puros, en los misericordiosos, en los pobres de espíritu, en los mansos, en los que lloran sin imprecar, en los buscadores de justicia, en los perseguidos, en los pacíficos.

Allí está Dios. Y está en los que se arrepienten y quieren perdón y piden expiar. Y no ofrecen, todos éstos, el sacrificio de un buey o de una oveja, la oblación de esto o de aquello, para ser aplaudidos, por terror supersticioso a un castigo, por la soberbia de aparecer perfectos.

Sino que hacen el sacrificio del propio corazón contrito y humillado, si son pecadores: del propio corazón obediente hasta el heroísmo, si son justos. Éstas son las cosas gratas al Señor; éstos son los ofrecimientos por los cuales Él se dona con sus inefables tesoros de amor Y de delicias sobrenaturales.

A los otros no se dona. Los otros tienen ya sus pobres delicias en las abominaciones, y es inútil que Dios los llame a sus caminos, dado que ellos ya han elegido su propio camino. A éstos les enviará sólo abandono, miedo, castigo, porque no han respondido al Señor, no han obedecido, han hecho el mal ante los ojos de Dios, con burla y malvada elección.

Mas vosotros, vosotros, mis amados de Yuttá, vosotros que vibráis de amor en el conocimiento de Dios, vosotros que por mi causa sois escarnecidos corno necios por los poderosos, y seguís amándome a pesar de las burlas, vosotros que sois rechazados, y lo seréis cada vez más, por causa de mi Nombre y de mí, y repudiados como hijos bastardos de Israel, como hijos bastardos de Dios, mientras que precisamente en vosotros y en quienes son como vosotros está injertado el sarmiento de la Vid eterna, de Aquel que tiene sus raíces en el Padre, y por tanto sois parte de Dios, de Dios, y de su savia vivís, vosotros a quienes quisieran convencer de error, y ante cuyos ojos, los vuestros, sencillos pero iluminados por la Gracia, querrían justificarse para no aparecer como sacrílegos y malhechores, vosotros a quienes se dice:

"Muestre el Señor su gloria y lo reconoceremos por vuestra misma alegría", sólo vosotros tendréis la alegría. Ellos quedarán confundidos.

-¡Oh, ya oigo, tras la confusión que los aplastará, pero sin hacerlos mejores; ya oigo las víboras, que no cesan de ser nocivas sino cuando se les aplasta su execrable cabeza, y muerden y matan aunque estén partidas en dos, aunque sobresalga sólo su cabeza de debajo de una aplastante manifestación de Dios; ya las oigo gritar:

"¿Cómo va a haber dado a luz el Señor de repente a su nuevo pueblo, si nosotros, a quienes lleva desde hace mucho tiempo en su seno, todavía no hemos nacido a la Luz? ¿Puede, acaso, una dar a luz sin que el grito de los dolores del parto llene toda la casa? ¿Ha podido el Señor dar alguna vez a luz antes del tiempo? ¿Puede, acaso, dar a luz la Tierra en un solo día; y puede, acaso, ser dado a luz un pueblo todo junto?".

Yo respondo, y acordaos de esta respuesta para dársela a los que os persigan con burla: “Jamás podrían nacer a la Luz
los que son fruto muerto en el seno de Dios, fruto que se ha secado porque se ha separado de la matriz y ha quedado inerte, como cosa mala oculta en el seno en vez de embrión que se completa. Y para expulsar del seno el fruto muerto, y tener hijos, de forma que no muera su Nombre en la Tierra, Dios se ha hecho fecundo en nuevos hijos, signados con su Tau, y, en el secreto, en el silencio, de forma que Satanás y los diablos que sirven a Lucifer no pudieran perjudicar, con anticipación debida a ardor de amor, ha dado a luz a su Hijo varón, y con Él da al mismo tiempo a Luz a su nuevo pueblo, porque el Señor lo puede todo".

¡Oh! Él lo dice por boca del profeta Isaías: "¿Acaso no voy a poder dar a Luz yo, que hago dar a luz a los otros? ¿Voy a ser estéril Yo, que a los demás concedo la fecundidad?".

¡Alegraos con la Jerusalén de los Cielos, exultad con ella, todos vosotros, los que amáis al Señor! Alegraos con ella con verdadera alegría, vosotros que esperáis, vosotros que esperáis, vosotros que sufrís!

¡Volved, volved a mí palabras! Palabras salidas del Verbo de Dios. Palabras pronunciadas por el portavoz de Dios, Isaías, su profeta. ¡Venid, volved a la Fuente, palabras eternas, para ser esparcidas sobre esta era de Dios, sobre este rebaño, sobre esta prole! ¡Oh, venid! ¡Ésta es una de las horas, una de las asambleas, para las que fuisteis dadas, vosotras proféticas palabras, sonido de amor, voces veraces! Ved, ya vuelven, ya vuelven a quien las inspirara. Y Yo, en nombre del Padre, de mi Ser y del Espíritu, las digo a estos a quienes Dios ama, a los elegidos de entre el rebaño de Dios, que debía estar formado sólo por corderos, pero que se ha degenerado con carneros e incluso con otros animales más inmundos.

Mamaréis y os hartaréis en los pechos de la Consolación divina y extraeréis abundantes delicias de la múltiple gloria de Dios.

Ved, os dice el Señor: Derramaré sobre vosotros como un río de paz, y os veréis inundados mucho más que por la gloria de las naciones, porque os inundará la gloria del Cielo cual torrente desbordante. De ella os alimentaréis, y seréis llevados en brazos y acariciados encima de sus rodillas.

Sí, como una madre acaricia a su niño, como Yo acaricio a este pequeñuelo al que puse mi nombre -y realmente Jesús toma al pequeño Iesaí de los brazos de su madre, que está casi a sus pies, entre sus tres hijos -, así os he de consolar Yo a vosotros, que me amáis y seguiréis amándome, y pronto seréis consolados para siempre en mi Reino.

Esto lo veréis, vosotros los libres de todo miedo por ser fieles a mí, y vuestro corazón exultará y vuestros huesos reverdecerán como la hierba, cuando el Señor venga en el fuego, en una carroza semejante a un torbellino, a guiar hacia el fuego del amor y de la justicia, y a castigar o a glorificar, separando a los corderos de los lobos, es decir, de aquellos que creían santificarse, y hacerse puros y, sin embargo, se hacían idólatras.

El Señor, que ahora se marcha, vendrá. ¡Bienaventurados aquellos a los que encuentre perseverantes hasta el final! Este es mi adiós, y con él mi bendición. Arrodillaos para que os fortalezca con ella. El Señor os bendiga y os guarde; os muestre su rostro y tenga misericordia de vosotros; os dé su paz el Señor. Podéis marcharos. Dejad que me despida de los buenos de entre los buenos de Yuttá.
La gente se marcha, aunque con pocas ganas. Y, cuando un niño dice:

-Señor, deja que te bese la mano -y, consintiéndolo Jesús, es el primero en hacerlo, entonces todos quieren dar un beso en la carne santa del Cordero de Dios, e incluso quien ya se estaba encaminando hacia el pueblo vuelve atrás: y besos de niños en la cara, de ancianos en las manos, de mujeres en los pies desnudos que pisan la hierba, caen junto con lágrimas y palabras de adiós y bendición. Jesús, paciente, los acoge y dedica a todos un saludo especial.

En fin, todos han sido complacidos… Se queda la familia de la casa hospitalaria, y se arriman a Jesús. Y Sara dice:

-¿Realmente no vas a volver?

-No, mujer. Nunca. Pero no nos separaremos. Mi amor estará siempre contigo, con vosotros, y el vuestro conmigo. Sé que no me olvidaréis. De todas formas os digo: no acojáis la Mentira ni siquiera en las horas más tremendas, que vendrán; no la acojáis ni siquiera como huésped que va de paso o como invasor inesperado… Déjame el pequeño, Sara.
La mujer le da a Iesaí y Jesús se sienta en la hierba con el pequeño en sus piernas, y, bajando su cara hacia los delicados cabellos del niño, habla. Dice:

-Recordad siempre que Yo soy el Cordero del que Isaac os enamoró antes incluso de que me conocierais. Y que un cordero es siempre inocente, como este niño pequeño, aunque lo cubran de piel de lobo para hacerlo pasar por un malhechor. Recordad que Yo soy más inocente aún que este niño…, que -¡dichoso él! -por su inocencia y niñez no podrá comprender la calumnia contra su Señor por parte de los hombres, y por este motivo no sufrirá turbación… y seguirá queriéndome así… como ahora… Tened su mismo corazón, tenedlo para el Cordero, el Amigo, el Inocente, el Salvador, que os ama y bendice de forma muy especial. ¡Adiós, María! Ven a darme un beso… ¡Adiós, Emmanuel! Ven tú también… ¡Adiós, Iesaí, corderito del Cordero!… Sed buenos… Amadme…

-¿Estás llorando, Señor? -pregunta asombrada la niña, viendo brillar una lágrima entre los cabellos de Iesaí.
-¿Llora? -pregunta el marido de Sara.

-¡Estás llorando, Maestro! ¿Por qué? -pregunta la mujer.

-No os aflijáis por mi llanto. Es amor y bendición…

¡Adiós, Sara! ¡Adiós, hombre! Venid, como los otros, a besar a vuestro Amigo que se marcha… -y tras recibir en sus manos el beso de los dos esposos pone de nuevo al pequeño en los brazos de su madre, bendice una vez más; luego, sin demora, empieza la bajada por la misma vereda usada para venir.

Las voces de adiós de los que se quedan le siguen: profunda, la del hombre; conmovida, la de la mujer; gorjeantes, las de los niños… hasta el pie del collado.

Luego es sólo el torrente, remontado hacia el norte, el que saluda todavía al Maestro, que para siempre deja la tierra de Yuttá.

396- En Yuttá, con los niños. La mano de Jesús obradora de curaciones

Veo un lugar de montaña. No sé dónde está.

(No sé dónde está. La presente visión, en efecto, es anterior a las de los capítulos 76 y 212, relativas a las precedentes visitas de Jesús a Yuttá)

Hay una angostura formada por montes que entran y salen con sus ramales en un valle por cuyo lecho corre un riachuelo torrentoso lleno de saltos y espumas. Es estrecho, pero, como todos los cursos de agua montanos es rápido, todo un sonar de cascaditas. Va en dirección sur respecto a mí. Hay otros montes más lejanos, tras otra ladera de pendiente muy pronunciada, tras otro valle.

Comprendo que estoy en un grupo de montes, no excesivamente altos, pero ya montes, no colinas. Como son nuestros Apeninos en muchos lugares, como, por ejemplo, en el valle de la Magra o hacia Porretta. La vegetación es más adecuada para el pastoreo que para cultivos.

Veo prados verdes que descienden o suben, arriba y abajo, por las escarpas, que, en esta hora que me parece aviarse ya al ocaso, parecen teñirse, en las partes más bajas, de un violeta añil. La estación del año debe ser un comienzo de verano, porque la hierba está hermosa (ya alta, pero todavía no agostada).

Veo, desde el lugar en que me encuentro, un camino de herradura que sube hacia un pueblo y entra por entre sus casas. Un típico camino de montaña, pedregoso y con continuos desniveles. Sube de sur a norte (siempre respecto a mí), de forma que lo veo entrar en esa dirección en el pueblo y correr al encuentro del arroyo, que va en la dirección contraria, pero no por el pueblo sino abajo, por el valle.

Hay también otro caminito, que desde el valle trepa hacia lo alto de este espolón donde se anida el pueblo. Un caminito que es más un sendero que un camino, y que sigue exactamente la cresta del monte; por debajo de este sendero, la montaña desciende en pronunciado declive con pastos verdes que llegan hasta el torrentillo espumeante, allende el cual hay más pastos que acometen otros montes agrupados al este.

Por el sendero sube Jesús junto con los discípulos. No todos. Veo a Pedro y a Andrés, a Juan y a Judas Iscariote.

No veo a los otros. -Jesús está vestido de blanco, y envuelto en un manto azul oscuro, más azul marino que azul. Va con la cabeza descubierta y sube ágilmente, solo. Detrás, en grupo, los cuatro apóstoles, hablando entre sí. Jesús los precede unos metros y no habla. Piensa. Mira en torno a sí, pero no habla nunca.

En un cierto lugar, el caminito bordea un murete de piedra seca que delimita -al menos me lo parece -una propiedad, como para impedir que la tierra de ésta se deslice hacia el valle. Jesús entra en esta propiedad, de pastos muy bien cuidados, en los cuales hay, diseminados, manzanos, nogales e higueras, árboles todos ellos cuidados con esmero y ya llenos de frutos.

Jesús se detiene un instante justo en el punto donde el espolón del monte forma como un triángulo puntiagudo, semejante al tajamar de un barco. Se apoya en el murete y mira hacia abajo, hacia arriba, alrededor. Espera a los apóstoles, que suben, especialmente Pedro, más bien lentos. Luego, una vez juntos, les dice unas palabras que no capto. Lo veo inclinarse ligeramente para hablar, porque es mucho más alto que ellos. No comprendo las palabras, pero intuyo su significado, porque veo a Judas Iscariote dirigirse a buen paso hacia una casa que se alza al final del murete.

Es una casa muy distinta de la de Caná. Ésta no tiene terraza en el tejado, sino que está coronada por una especie de cúpula de doble curvatura, quizás para impedir que las nieves invernales se depositen en el tejado, porque, dada la zona, el invierno debe ser, sin duda, nevoso, o por lo menos muy lluvioso. En vez de la terraza que falta, tiene un ala que sobresale por un lado, ala en la que termina la escalera, externa pero protegida como por un techo saliente.

Esta ala tiene: en el bajo, un pórtico; encima, una galería cubierta. La casa es toda blanca y destaca contra el verde que la rodea. Tiene en la parte de delante una explanada herbosa, con un pozo en el centro, rodeado de árboles frutales plantados ya con la intención de hacer un jardín, porque hay florecillas sembradas alrededor de ellos formando parterres circulares. Me da la impresión de que es casa de personas acomodadas y más finas que las de la casa de Caná.

El camino de herradura pasa por el frente de la casa, de forma que se puede acceder a ésta tanto por el atajo como por este camino. El seto de espinos no es una barrera infranqueable, y mucho más si se considera que las dos toscas cancillas que en él se abren están sólo un poco entornadas.

Judas entra libremente en la casa, como si conociera muy bien a sus habitantes. Y sale enseguida una lozana mamá rodeada por tres niños y con el más pequeño en brazos. Se dirige sonriendo hacia Jesús, que entretanto se ha acercado hasta el pozo.

Observo que esta mujer es muy morena y de formas hermosas y agraciadas. Tiene unos treinta años. Lleva el pelo, negrísimo y más bien rizado, recogido en dos trenzas que rodean su cabeza. También los ojos son negros y grandes.

La nariz, aguileña; su boca, con labios más bien gruesos y muy rojos. Es alta, y bien modelada. Observo también que va vestida de forma distinta de como visten María y las otras mujeres vistas en Caná. Lleva también ésta una larga túnica de un azul casi blanco; pero está toda envuelta en una especie de chal azul oscuro, ceñido, que resalta sus formas y que pasa por debajo de las axilas, por las dos partes, y un extremo, el superior, va luego por detrás del hombro izquierdo, sube hasta velar la cabeza, para caer luego su punta franjeada sobre la frente. El conjunto de todo me hace pensar que no es galilea, porque los caracteres somáticos y el vestido son distintos de los observados en las mujeres galileas.

E1 pequeñuelo que está en brazos de la mujer, morenito como ella, tendrá dos años como mucho. Es un niño lindo, vestido con una especie de camisita de lana blanca. Los otros niños son: una niñita de aproximadamente seis años, de pelo muy rizado rubio castaño, vestida de color rosa pálido; y dos chiquillos, más pequeños, que llevan también dos tuniquitas de lana color azul claro, como su mamá. Deben conocer muy bien a Jesús, porque se arremolinan risueños alrededor de Él.

La joven mamá lo saluda:

-Entra, Maestro, que mi casa es tuya y sonríe.
Jesús le responde:

-El Señor te recompense -y luego alarga el brazo derecho -el izquierdo lo tiene doblado, en el pecho, y tiene recogido con la mano un extremo del manto -para acariciar al pequeñín. Veo la bonita mano de mi Jesús acariciando la frente del pequeñuelo, que se pone mimoso y esconde su cabecita, riendo, contra el cuello de su mamá, y desde ese nido mira a Jesús y ríe, ríe para invitarle a repetir la caricia.

Cerca del pozo, bajo un manzano, cargado de fruta que ya empieza a madurar, hay un banco de piedra, un lugar para sentarse. Jesús se sienta allí, mientras la mujer entra en casa y vuelve con un ánfora. Jesús le dice que le deje el niñito, y lo sienta en sus piernas mientras la mujer saca el agua y luego vuelve con una copa colmada de agua y otra de leche, y se las da a Jesús, y elige para Él manzanas maduras (entre otras agrias), y se las ofrece también, disponiendo todo en una bandeja colocada encima del banco, al lado de Jesús. Se comprende que ya otras veces lo ha hecho así. Sabe lo que le gusta a Jesús.

Los apóstoles han seguido a Judas y también beben bajo el pórtico.

Jesús bebe primero el agua; sigue teniendo al pequeñuelo en sus piernas, y ríe, porque el niño le coge el pelo y la barba. Los otros tres están alrededor de Jesús. Jesús coge las manzanas y da, una a una, a los tres más grandes y, por último, toma Él también una y se la come. A1 pequeño, sin embargo, le da de beber de la leche que hay en la copa y luego bebe Él también. Jesús está contento. Ríe como nunca lo he visto reír.

La niña se echa contra sus rodillas y, confidentemente, le pone la cabecita encima de las piernas. Jesús le acaricia los rizos. Los dos chiquitos, que se habían alejado corriendo, vuelven: uno con una palomita contra su pecho; el otro arrastrando, cogido de una oreja, a un corderito de pocos días, que bala desesperadamente. Muestran a Jesús sus tesoros.

Jesús se interesa, pero, apiadado de la condición de los dos pobres animales, dice que le den la palomita y, después de admirarla, la deja volar a su nido, y sube al corderito al banco y lo acaricia y lo tiene custodiado hasta que la mamá de los niños vuelve y lo lleva de nuevo a su sitio.

La niña, no teniendo otra cosa, se agacha, hace un ramito de flores y se lo da a Jesús.

El Maestro es maestro también con estos pequeñuelos, y habla de las flores a los más grandes, mientras sigue teniendo en brazos al más pequeño, de las flores «hechas tan bonitas por el Padre celestial, desde las más grandes a las más pequeñas; las flores, que son a los ojos de Dios bonitas como los niños cuando son buenos. Y para ser buenos hay que ser como las flores que no hacen el mal a nadie, sino que, al contrario, dan perfume y alegría a todos y hacen siempre la voluntad del Señor naciendo donde Él quiere, floreciendo cuando Él quiere, dejándose arrancar si le place a Él.

Habla de las palomas «tan fieles a su nido y tan limpias, que no se posan nunca encima de las cosas feas, y que recuerdan siempre su casa, y amadas por Dios porque son fieles y puras. También los hijos de Dios deben ser así: como tortolitas que aman la casa del Señor y en ella hacen su nido de amor y que, para ser dignos de ella, saben conservarse puros».

Habla de los corderitos «tan mansos, tan pacientes, tan resignados, que dan lana y leche y carne y se dejan inmolar para bien nuestro, dándonos un gran ejemplo de amor y mansedumbre; los corderitos, tan amados de Dios, que Dios llamará "Cordero" a su Hijo. El buen Dios ama, como a hijos predilectos, a aquellos que saben conservar su alma de cordero hasta la muerte».

Mientras Jesús habla, otros niños entran en el recinto y se arremolinan a su alrededor. Y no sólo niños. También hay adultos escuchando. Hay otras mamás, que ofrecen a los más pequeños y a algunos que están enfermos a Jesús para que los acaricie, los suba un momento a sus piernas. Los más grandecitos se las arreglan solos.

Jesús está rodeado de una nidada de niños. Tiene niños delante, a los lados, detrás, entre las piernas. No puede moverse. Pero ríe en medio de esta barrera agitada y también un poco reñidora. Todos querrían el primer puesto y los amitos de casa no tienen intención de cederlo, cosa que da la manera a Jesús de ser maestro una vez más:
-No hay que ser egoístas ni siquiera en el bien. Sé que me queréis, y me alegro por ello. Yo también os quiero, pero os querré más si ahora dejáis a los otros venir a mí. Un poco para cada uno. Como buenos hermanos. Sois todos hermanos e iguales ante los ojos de Dios y ante los ojos míos. Todos iguales. Es más, los que son obedientes y amorosos para con sus compañeros son los más amados por mí y por Dios.

El enjambre, para mostrar que… es obediente y amoroso, se aleja de golpe. Son todos buenos (¡). Jesús ríe.
Pero luego vuelve otra vez el enjambre inocente; vuelve a despecho de las mamás, que no querrían tanta extralimitación impertinente, y a despecho, sobre todo, de los discípulos. Judas Iscariote es el más intransigente, Juan el menos (se ha sentado en la hierba y ríe él también, rodeado de niños). Pero Judas pone ojos amenazadores y gruñe. También Pedro se queja.

Pero los niños, apiñados en torno a Jesús, no hacen caso. Miran desafiantes a los rezongadores y sólo el respeto a Jesús los contiene de hacer alguna mueca contra los dos. Se sienten protegidos por Jesús, que ha abierto los brazos y ha arrimado hacia sí a la mayor cantidad de niños que ha podido: un ramo de flores vivas.

Hay algunos niños que enseñan a Jesús unos juguetes… rotos. Y Jesús, con un trocito de rama, pone de nuevo el eje a las ruedas de un carrito, y arregla (con una cuerdecita y el refuerzo de un palo) la pierna a un caballito de madera que le enseña un niño morenito. Hay unos pastorcitos que, dejado un momento el rebaño en el camino -ya cae la tarde -, se acercan a Jesús, que los acaricia y bendice. Uno le trae una corderita herida, y Jesús, que no quiere que el patrón regañe a su pequeño amigo, detiene la sangre de la corderita y la devuelve.
Entra una mamá y se abre paso. Lleva en brazos a un niño céreo, enfermo. Está muy enfermo. Totalmente sin fuerzas sobre el pecho de su madre. Jesús, que ya ha tocado a otros niños enfermizos que le habían presentado las madres, abre los brazos y toma en sus piernas al casi muertecito. La madre implora llorando.

Jesús la escucha y la mira. Luego mira a la pobre criaturita flaca y pálida. La acaricia y la besa, y la acuna un poco porque llora. El niño, o niña -no distingo lo que es, porque tiene el pelito largo hasta las orejas -abre los ojos y mira a Jesús con una triste sonrisa. Jesús le habla en voz baja. No entiendo lo que dice, porque lo dice susurrando. El enfermito sonríe otra vez.
Jesús se lo devuelve a su mamá, que está llorando, y la mira fijamente con sus ojos dominadores:

-Mujer, ten fe. Mañana por la mañana, tu niño jugará junto con éstos. Ve en paz.
Y traza una señal de bendición en la carita de cera.
Y aquí tengo la impresión de acercarme a mi Jesús y decirle:

-Maestro, ¿qué hay en tu mano, que toda se arregla o se cura, o cambia de aspecto, cuando uno la toca?
Una pregunta muy tonta, verdaderamente. Pero a ella mi Jesús responde con divina bondad:
-Nada, hija, aparte del fluido de mi inmenso amor. Mira mi mano, obsérvala.

Y me ofrece la derecha.

La tomo con veneración, con la punta de los dedos, por la punta de los dedos. No me atrevo a más, mientras el corazón me late muy fuerte. No he tocado nunca a Jesús. El me ha tocado, pero yo no me había atrevido nunca. Ahora lo toco. Siento el leve calor de sus dedos. Siento su epidermis lisa, las uñas muy largas (no salientes, sino largas de forma en la última falange). Veo los largos dedos delgados, la palma marcadamente cóncava; noto que el metacarpo es mucho más corto que los dedos; observo, en donde empieza la muñeca, el recamo de las venas.

Jesús me deja su mano benignamente. Ahora se ha puesto de pie y yo estoy de rodillas. Por eso no veo su cara, pero siento que sonríe, porque su voz porta la sonrisa:
-Como puedes ver, alma amada, no hay nada. Mis años de trabajo me han proporcionado la habilidad de arreglar los juguetes de los niños, y uso esta habilidad mía porque sirve también para atraer hacia mí a las criaturas que prefiero: los niños. Mi humanidad, que se acuerda de haber sido obrera, obra en esto. Mi divinidad obra en esto otro de curar a los niños enfermos, de la misma forma que curo los juguetes enfermos y los corderitos.

No tengo nada aparte de mi amor y mi poder de Dios. Y no lo derramo sobre nadie con tanta alegría como sobre estos inocentes que os doy como modelo para entrar en el reino de los Cielos. En su compañía, Yo descanso. Son sencillos y francos. Y Yo, que soy el Traicionado, y siento horror de quien traiciona, hallo paz junto a estos que no saben traicionar; y Yo, que seré Aquel de quien tantos desconfiarán, hallo alegría junto a estos que no saben desconfiar.

Y Yo, que seré abandonado por quienes, con reflexión de adulto, piensen en ponerse a salvo en horas de borrasca, hallo consuelo junto a estos que creen en mí sin pensar si su fe puede acarrearles un bien o un mal; creen porque me aman. Sé tú también una niña. Como una de éstas, y tuyo será el reino de los Cielos, que se abre con el empuje impaciente de Jesús, que arde en deseos de tener a su lado a aquellos a quienes más ha amado porque lo han amado más. Puedes ir en paz ahora. Te acaricio como a uno de estos pequeñuelos para hacerte feliz. Ve en paz.

La visión ha venido mientras, con el sinsabor de una respuesta desconsiderada -que no es la primera de hoy -lloraba desconsolada y desolada y llena de nostalgia y sinsabor por las cosas que constato del corazón de otros.

La visión me ha tranquilizado desde que empezó, y luego me ha dado alegría. Y, cuando luego he podido experimentar la alegría de sentir los dedos de Jesús, he sentido la dulzura del éxtasis sobrepujando todas las amarguras.

Miro mi mano, que escribe y conserva la sensación de haber tocado la mano de Jesús, y me parece santa como una cosa que ha tocado una reliquia. ¡Bendito sea mi Jesús!

395- Las dos madres infelices de Keriot.

Adiós a la madre de Judas
-¡Señor, aceptarías venir conmigo, sólo conmigo, a ver a una madre infeliz? Esto es lo que deseo, más que ninguna otra cosa -dice María de Simón, en actitud respetuosa delante de Jesús, mientras, después de la comida de mediodía, los apóstoles se han separado para el descanso, antes de reanudar el camino al atardecer. Jesús, por su parte, está bajo la sombra fresca de los manzanos plagados de manzanitas verdes que levemente empiezan a madurar. Da la impresión de que María reanudara una precedente conversación.

-Sí, mujer. Yo también he deseado estar contigo, solos en estas últimas horas, como en las primeras que estuve aquí. Vamos.

Y entran en la casa para tomar Jesús el manto y María el velo y el manto.

Van por unos caminos situados entre los campos, entre manzanos y otros árboles, agrestes. Hace todavía calor. De los campos de cereales maduros llegan hálitos ardientes; pero el viento de la montaña atenúa el calor, que en la llanura sería insoportable.

-Siento hacerte caminar con este calor. Pero después… ya no podríamos. Y he deseado mucho esto, aunque nunca me atrevía a pedírtelo. Hace poco me has dicho: "María, para mostrarte que te quiero como si fueras mi madre, te digo: pídeme lo que desees, que te complaceré", y entonces me he atrevido. Señor, ¿sabes a dónde vamos?

-No, mujer.

-Vamos a la casa de la que debería haber sido la suegra de Judas… (María suspira con dolor). Debería haber sido… Pero ni lo es ni lo será jamás, porque Judas abandonó a la muchacha, que murió de dolor… y la madre nos guarda rencor a mí y a mi hijo. Lo maldice siempre… Judas es tan… es tan… tan débil para el Mal, que la verdad es que necesita sólo bendiciones… Yo quisiera que hablaras con ella… Tú la puedes convencer… decirle que ha sido una gracia el que no se verificara esa boda… decirle que yo no tengo culpa de ello… decirle que muera sin rencor; porque esa mujer está muriendo lentamente, y con ese nudo en el alma. Querría que entre nosotras hubiera paz… porque he sufrido, y con vergüenza, por cuanto sucedió; y veo con dolor rota una amistad con una que era para mí una compañera desde que vine aquí cuando me casé. Bueno, ya lo sabes, Señor…

-Sí, no te angusties. Tu petición es justa, y Yo cumpliré esta petición buena.

Suben, después de dejar atrás un pequeño valle, a otra elevación sobre la cual hay un pueblecillo.

-Ana está aquí desde que ocurrió la muerte de su hija. En sus propiedades. Antes estaba en Keriot. Pero, mientras vivía allí, cuando nos veíamos, sus reproches me atormentaban el corazón.

Tuercen por un sendero poco antes del pueblo y llegan a una casa baja que está entre los campos.

-Hemos llegado. Se estremece mi corazón ahora que estoy aquí. No querrá verme… me echará… se irritará y su pobre corazón sufrirá más todavía… Maestro…
-Sí, voy Yo. Tú quédate aquí hasta que te llame. Y ora para ayudarme.

Y Jesús va adelante, solo, hasta la puerta de la casa, abierta de par en par; entra saludando con su dulce saludo.

Acude una mujer:

-¿Qué quieres? ¿Quién eres?

-Vengo a dar consuelo a tu ama. Llévame donde ella.
-¿Un médico? ¡No hace falta ya! ¡Ya no hay esperanza! Su corazón se está muriendo.

-Todavía hay que curar el alma. Soy el Rabí.
-No haces falta tampoco en ese sentido. Está irritada con el Eterno y no quiere oír sermones. Déjala tranquila.
-Precisamente porque está en ese estado, he venido. Déjame pasar y ella será menos infeliz en sus últimos días.
La mujer se encoge de hombros y dice:

-Entra.
Un pasillo semioscuro y fresco. Unas puertas. En el fondo, la última está entreabierta y por ella salen unos lamentos. La mujer va allí y entra. Dice:
-Ama mía, hay un rabí que quiere hablar contigo.
-¿Para qué?… ¿Para llamarme maldita? ¿Para decirme que no tendré paz ni siquiera en la otra vida? -dice, jadeando, inquieta, la enferma.

-No. Para decirte que tu paz será completa y que serás bienaventurada con tu Yoana, eternamente, con sólo quererlo tú -dice Jesús apareciendo en el umbral de la puerta.

La enferma, amarilla, hinchada, jadeante en la cama, apoyada sobre muchos almohadones, le mira y dice:

-¡Qué palabras! Es la primera vez que un rabí no me reprende… ¡Qué esperanza!… Mi Yoana… conmigo… en bienaventuranza… sin dolor ya… el dolor producido por un hombre maldito… no impedido por la que lo engendró… y que me traicionó… después de decirme lisonjas… Pobre hija mía…

Jadea cada vez más fuerte.
-¿Ves como la haces estar mal? Ya lo sabía yo. Sal.
-No. Sal tú. Déjame sólo…

La mujer sale meneando la cabeza.

Jesús se acerca a la cama lentamente. Seca con bondad el sudor de la enferma, que ella con dificultad trata de enjugar con sus manos increíblemente hinchadas; le da aire con un abanico de palma; le da de beber, pues ella busca refresco en la bebida que hay encima de una mesilla: parece un hijo junto a su madre enferma. Luego se sienta, dulcemente pero firmemente decidido a cumplir su misión.

La mujer lo observa y contemporáneamente se calma, y con una sonrisa impregnada de sufrimiento dice:
-Eres hermoso y bueno. ¿Quién eres, Rabí? Me alivias con la delicadeza de mi amada hija.

-¡Soy Jesús de Nazaret!
-¡¿Tú?! ¡¿Tú?!… ¿Has venido a mi casa?… ¿Por qué?…
-Porque te amo. Yo también tengo una madre, y en todas las madres veo a la mía, y en las lágrimas de las madres veo las de la mía…

-¿Por qué? ¿Llora tu Madre? ¿Por qué? ¿Es que se le ha muerto un hijo?

-Todavía no… Yo soy su unigénito y vivo todavía. Pero llora porque sabe que debo morir.

-¡Pobrecilla! ¡Saber con antelación que un hijo debe morir! Pero, ¿cómo lo sabe? Estás sano y fuerte. Eres bueno. ¡Yo me hice ilusiones hasta que se me murió, y estaba muy enferma!… ¿Cómo puede saber tu Madre que debes morir?

-Porque soy el Hijo del hombre, anunciado por los profetas. Soy el Varón de dolores que vio Isaías, el Mesías cantado por David y descrito en sus torturas de Redentor. Soy el Salvador, el Redentor, mujer. Y la muerte me espera, una muerte horrenda… y mi Madre asistirá a ella… y mi Madre sabe, desde que nací, que su corazón será abierto como el mío por el dolor… No llores… Con mi muerte abriré las puertas del Paraíso a tu Yoana…

-¡También a mí! ¡También a mí!
-Sí. A su tiempo. Pero antes debes aprender a amar y a perdonar. A volver a amar. A ser justa. Y a perdonar… Si no, no podrás ir al Cielo, con Yoana, conmigo…
La mujer llora con congoja. Gime:

-Amar… Amar cuando los hombres nos han enseñado a odiar… cuando Dios ha dejado de amarnos no usando piedad con nosotros, es difícil… ¿Cómo amar, cuando los hombres nos han torturado, las amigas nos han herido y Dios nos ha abandonado?…

-No. Abandonado, no. Yo estoy aquí. Para hablarte de promesas celestiales. Para asegurarte que tu dolor acabará en gozo con sólo quererlo tú. Ana, escúchame… Lloras por unas nupcias anuladas, a las que consideras causante de todos tus dolores; acusas de homicidio a un hombre por esto, y de cómplice a su infeliz madre. Escucha, Ana. No pasarán más que unos meses y verás que fue una gracia del Cielo el que Yoana no fuera mujer de Judas…

-¡No lo menciones! -grita la mujer.
-Lo menciono. Y es para decirte que debes dar gracias al Señor, y le darás gracias dentro de pocos meses…
-Pronto moriré…

-No. Estarás viva y me recordarás, y comprenderás que hay dolores mayores que el tuyo…

-¿Mayores? ¡Imposible!
-¿Dónde colocas el dolor de mi Madre, que me verá morir en una cruz?

Jesús se ha puesto de pie. Su aspecto es majestuoso.

-¿Y dónde colocas el de la madre del traidor de Jesucristo, del Hijo de Dios? Piensa, mujer, en esa madre… Tú… Toda Keriot, y los campos y otros lugares más lejanos, se han compadecido de tu dolor, del cual has podido gloriarte como de corona de mártir.

¡Pero esa madre! Como Caín, sin ser Caín, es más siendo Abel -la víctima de su hijo traidor, asesino de Dios, sacrílego, hombre maldito -, ella no podrá soportar la mirada de los hombres, porque todas las miradas serán como una piedra de lapidación, y en todas las palabras de los hombres, en todas las palabras, le parecerá oír una maldición, un improperio, y no encontrará refugio sobre la faz de la Tierra, jamás, hasta la muerte, hasta que Dios, que es justo, no tome consigo a la mártir y cancele de su memoria el hecho de ser la madre del asesino de Dios, dándole la posesión de Dios… ¿No es mayor este dolor de esta madre?

-¡Un inmenso dolor!…

-Ya lo ves… Sé buena, Ana. Reconoce que Dios ha sido bueno en su actuación…

-¡Pero mi hija ha muerto! Judas hizo que se me muriera, porque buscaba una dote mayor… Su madre lo aprobó.
-No. Eso no. Te lo digo Yo, que veo dentro de los corazones. Judas -es mi apóstol, pero lo digo -ha obrado mal, y recibirá su castigo. Pero la madre es inocente. Te ama, querría que tú la amaras… Ana, sois dos madres infelices. Pero tú te glorías de tu niña muerta, inocente, pura, celebrada con honor por el mundo… María de Simón no puede gloriarse de su hijo. Los hombres condenan sus acciones.

-Eso es verdad. Pero si se hubiera casado con Yoana no sería censurado.

-Pero dentro de poco verías morir de dolor a Yoana, porque Judas morirá de muerte violenta.

-¿Qué dices? ¡Oh, pobre María! ¿Cuándo? ¿Dónde?
-Pronto. Y de una manera horrenda… ¡Ana! ¡Ana! ¡Tú eres buena! ¡Eres madre! ¡Sabes lo que es el dolor de una madre! ¡Ana, vuelve a ser amiga de María! Que el dolor os una como habría debido uniros la alegría. Déjame partir contento sabiendo que ella tendrá una amiga, una sola, una al menos…

-Señor… amarla… quiere decir perdonarla… Es muy penoso… Me parece como sepultar de nuevo a mi hija… matarla yo también…

-¡Pensamientos que vienen de las Tinieblas! No los escuches. Escúchame a mí, Luz del mundo. La Luz te dice que la suerte de Yoana, muriendo virgen, ha sido menos amarga que muriendo viuda de Judas. Créeme, Ana. Y piensa que, más infeliz que tú es María de Simón…

La mujer piensa, piensa, lucha, llora, dice:

-Pero yo la he maldecido, a ella y al fruto de sus entrañas. He pecado…

-Y Yo te absuelvo de ello. Y, cuanto más la ames, mayor será tu absolución en el Cielo.

-Pero, si soy amiga suya… me veré con Judas. ¡No puedo hacer esto, Señor!…

-No te volverás a encontrar con él. Yo no volveré ya nunca más a Keriot, y Judas tampoco. Hemos saludado ya a los de Keriot…

-Has dicho…

-Que no volveré nunca más. Judas ha dicho que no podrá volver hasta después de mi elevación; pero él cree que me
verá subir a un trono. Y, sin embargo, me espera la muerte de cruz. Y cree que será un ministro mío. Y, sin embargo, le espera la muerte. Pero tú no has de decir esto. Jamás. Que la madre lo ignore hasta que todo se cumpla. Tú lo has dicho: "¡Pobrecilla!

¡Saber con antelación que el hijo debe morir!". Pero, si los sufrimientos de mi Madre, incluido ése, van a aumentar ya los méritos de mi sacrificio, para María de Simón es misericordioso el silencio. No hablarás.

-No, Señor. Lo juro en nombre de mi Yoana.
-¡Quiero otra promesa! ¡Grande! ¡Santa! Tú eres buena. Me amas ya…

-Sí. Mucho. Estoy en paz desde que estás aquí…
-Cuando María de Simón no tenga ya a su hijo y el mundo la cubra de… desprecio, tú - y serás la única - le abrirás casa y corazón. ¿Me lo prometes? En nombre de Dios y de Yoana. Ella lo habría hecho, porque María era siempre para ella la madre del siempre amado - insta Jesús.

-¡…Sí! - y un sollozo…
-¡Dios te bendiga, mujer, y te dé paz… y salud!… Ven, vamos a ver a María, a darle el beso de paz…
-Pero… Señor… Yo no puedo andar. Tengo hinchadas e inmóviles las piernas. ¿Ves? Estoy aquí, vestida, pero soy sólo un tronco…

-Lo eras. ¡Ven! - y alarga, invitante, hacia ella la mano.
La mujer, fijos sus ojos en los de Jesús, mueve las piernas, las saca de la cama, pone en el suelo sus pies descalzos, se levanta, anda… Parece hechizada, No se da cuenta siquiera de la curación que se ha producido…

Sale, cogida todo el tiempo de la mano de Jesús, al pasillo semioscuro… Va hacia la salida. Estando ya cerca, encuentra a la criada de antes, la cual da un grito
de gozoso susto… Acuden otros servidores, temiendo que sea indicio de muerte, y ven a su ama, que antes se moría y guardaba rencor a María de Simón, ir deprisa ahora, habiendo dejado a Jesús; ir hacia María, que está abatida; ir con los brazos abiertos y llamarla y recibirla en su corazón, llorando ambas…

…Y, regresando hacia la casa, después del saludo de paz, María de Simón da las gracias a su Señor y pregunta:
-¿Cuándo vas a venir otra vez a hacer otro bien?
-Nunca más, mujer. Ya se lo he dicho a los de Keriot. Pero mi corazón estará siempre contigo. Recuerda, recuerda
siempre que te he amado y que te amo. Recuerda que sé que eres buena, y que Dios te ama por ello. Recuérdalo siempre.

Incluso cuando lleguen tremendas horas. Que no se apodere de ti jamás el pensamiento de que Dios te juzga como culpable. A sus ojos, tu alma aparece y aparecerá siempre adornada con las gemas de tus virtudes y con las perlas de tu sufrimiento. María de Simón, madre de Judas, quiero bendecirte, quiero abrazarte y besarte, para que tu beso materno, sincero, fiel, me compense todos los otros… para que mi beso te compense de todos los dolores. Ven, madre de Judas. Y gracias, gracias por todo el amor y
honor que me has dado - y la abraza y la besa en la frente, como hace con María de Alfeo.

-¡Pero nos veremos todavía! Iré para la Pascua…
-No. No vayas. Te lo ruego. ¿Quieres hacerme feliz? No vayas. ¡Las mujeres en la próxima Pascua no!
-¿Y por qué?…

-Porque… Jerusalén estará tremendamente revuelta la próxima Pascua. ¡No es lugar para mujeres! Es más… María, ordenaré a tu pariente que venga aquí contigo.

Estad juntos. Lo necesitas, porque… Judas, de ahora en adelante, no va a poder ayudarte ni venir…

-Haré como Tú dices… ¿Y entonces ya nunca más voy a ver tu rostro, que refleja la paz del Cielo? ¡Cuánta paz has
vertido en mi corazón doliente a través de tus ojos!… - María llora.

-No llores. La vida es breve. Después me verás para siempre en mi Reino.

-¿Entonces piensas que tu humilde sierva va a entrar en él?…

-Veo ya tu sitio entre las filas de las mártires y de las corredentoras. No temas, María. El Señor será tu eterno premio.

Vamos. Cae la tarde y es hora de ponerse en camino…
Y recorren en sentido inverso el mismo camino entre los campos y las matas de árboles frutales, hasta la casa donde están esperando los apóstoles.
Jesús abrevia las despedidas, bendice, se pone a la cabeza de los suyos… Se marcha… María llora, de rodillas…

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