394- Parábola de las dos voluntades y despedidade los habitantes de Keriot

Jesús habla en el interior de la sinagoga de Keriot, que está increíblemente abarrotada de gente.

Está respondiendo a éste o a aquél, que le consultan aparte pidiéndole consejos íntimos. Luego, una vez que ha satisfecho a todos, empieza a hablar en voz alta.

-Gentes de Keriot, oíd mi parábola de despedida. Le vamos a dar el nombre de: "Las dos voluntades".

Un padre perfecto tenía dos hijos, amados ambos con igual amor sabio. Orientados los dos por caminos buenos. Ninguna diferencia en su modo de amar o de dirigir. Y sin embargo había entre los dos hijos una sensible diferencia. Uno, el primogénito, era humilde, obediente: hacía la voluntad paterna sin discutir; siempre jovial y contento de su trabajo.

El otro, aun siendo menor, frecuentemente se mostraba malcontento y tenía controversias con su padre y con su propio yo. Siempre meditaba -con meditación muy humana -acerca de las órdenes y consejos que recibía; y, en vez de llevarlos a cabo como le eran propuestos, se permitía el modificarlos en todo o en parte, como si quien lo mandaba fuera un necio. El mayor le decía:

"No te comportes así. ¡Das dolor a nuestro padre!". Pero él respondía: "Eres un necio. Ya eres grande y desarrollado, y además el primogénito, y ya adulto… yo no querría quedarme en el rango en que nuestro padre te ha puesto. Yo querría hacer más. Imponerme a los subalternos. Que comprendan que soy el amo.

Pareces un subalterno tú también, con tu perpetua mansedumbre. ¿No ves que en el fondo pasas desapercibido con toda tu primogenitura? Alguno se burla de ti incluso…".

El segundogénito, tentado -más que tentado, discípulo de Satanás, cuyas insinuaciones ponía atentamente en práctica -, tentaba al primogénito. Pero éste, que era fiel al Señor en el respeto de la Ley, se mantenía fiel también a su padre, al cual honraba con su conducta perfecta.

Pasaron los años. El segundogénito, molesto por no poder reinar como soñaba, después de haber rogado al padre varias veces: "Dame la facultad de actuar en tu nombre, por tu honor, en vez de confirmársela a ese necio que es más manso que una oveja", después de haber tratado de mover a su hermano a hacer más de lo que el padre hubiera dispuesto, para imponerse a los subalternos, a los conciudadanos y vecinos, se dijo a sí mismo: "¡Basta!

¡Aquí está en juego también nuestra reputación! Dado que ninguno quiere actuar, voy a actuar yo". Y se puso a hacer cosas según su propio criterio, abandonándose a la soberbia y a la mentira y desobedeciendo sin escrúpulos.

Su padre le decía: "Hijo mío, estáte sujeto al primogénito. Él sabe lo que hace". Decía: "Me dicen que has hecho esto. ¿Es verdad?". Y el hijo menor decía, encogiéndose de hombros, respectivamente, a una y a otra de las cosas que su padre le decía: "¡Ya… sabe, sabe! Es demasiado tímido, titubea demasiado. Pierde las ocasiones de triunfo"; "no lo he hecho". El padre decía:

"No busques ayudas de unos u otros. ¿Quién crees que podrá ayudarte mejor que nosotros a dar lustre a nuestro nombre? Son falsos amigos, que te azuzan para luego reírse a tus espaldas". Y el hijo menor respondía: "¿Estás celoso de que sea yo el que tiene iniciativa? Por lo demás, sé que estoy haciendo bien las cosas".

Pasó más tiempo. El primero crecía cada vez más en justicia y el otro nutría cada vez más las malas pasiones. Al final, el padre dijo: “¡Ya se ha terminado, ¡eh?: o te doblegas a lo que se ha dicho o pierdes mi amor!". Y el rebelde fue a decírselo a sus falsos amigos. "¡Y te preocupas por esto! ¡No, hombre, no! Hay una manera de poner al padre en la imposibilidad de preferir un hijo al otro. Ponlo en nuestras manos y nosotros lo resolvemos.

Tú no tendrás culpa material, y florecerán con nuevo vigor las riquezas, porque, una vez quitado de en medio el demasiado bueno, podrás darles gran esplendor. ¿No sabes que es mejor una acción fuerte, aunque produzca dolor, que no la inercia, que produce daño a los bienes?" respondieron. Y el segundogénito, ya saturado de malevolencia, prestó su adhesión al indigno complot.

Ahora decidme vosotros: ¿se puede acusar al padre de haber dado dos sistemas de educación a los dos hijos?; ¿se le puede llamar cómplice? No. ¿Y cómo es que, mientras que un hijo es santo, el otro es malo? ¿Acaso el hombre recibe, con anterioridad, la voluntad en dos modos? No. La voluntad es dada de una sola manera. Pero el hombre, en su propio interés, la muta: el que es bueno hace buena su voluntad; el malo, mala.

Os exhorto a vosotros de Keriot -y esta exhortación a que sigáis caminos de sabiduría será la última -a seguir únicamente la buena voluntad. Casi al final de mi ministerio, os repito las palabras que fueron cantadas cuando nací: "Paz hay para los hombres de buena voluntad".

¡Paz! O sea, éxito, o sea, victoria en la Tierra y en el Cielo, porque Dios está con quien tiene la buena voluntad de obedecerlo. Dios no mira tanto a las obras altisonantes que el hombre hace por propia iniciativa, cuanto a la humilde obediencia, diligente, fiel, a las obras que Él propone.

Os recuerdo dos episodios de la historia de Israel. Dos demostraciones de que Dios no está donde el hombre quiere actuar por su propia cuenta pisoteando la orden recibida.

Veamos los Macabeos. Está escrito en ellos que, mientras Judas Macabeo con Jonatán iba a combatir a Galaad, y Simón iba a liberar a los otros de Galilea, les había sido ordenado a José de Zacarías y a Azarías, jefes del pueblo, que permanecieran en Judea para defenderla. Y Judas les dijo:

"Cuidad de este pueblo y no entabléis batalla con las naciones hasta nuestro regreso". Pero José y Azarías, oyendo las grandes victorias de los Macabeos, quisieron actuar también, y dijeron: "Vamos a hacer célebre también nuestro nombre y vamos a combatir contra las naciones de los alrededores". Y fueron vencidos y castigados y "grande fue la huida del pueblo, porque no habían hecho caso a Judas y a sus hermanos, creyendo que obraban como héroes". La soberbia y la desobediencia.

¿Y qué se lee en los Reyes? Se lee que Saúl fue corregido una vez y luego otra, y la segunda fue tan corregido por haber desobedecido, que se eligió en su lugar a David.

¡Por haber desobedecido! ¡Recordad! ¡Recordad! "¿Acaso quiere el Señor holocaustos o víctimas, y no más bien que se obedezca la voz del Señor? La obediencia vale más que los sacrificios; el hacer caso, más que ofrecer la grasa de los carneros; porque la rebelión es como un reato de magia, el no querer someterse es como un delito de idolatría. Pues bien, como has rechazado la palabra del Señor, el Señor te ha rechazado a ti para no dejarte seguir siendo rey".

¡Recordad! ¡Recordad! Cuando Samuel, obediente, llenó su cuerno de aceite y fue a ver a Jesé Betlemita, porque allí el Señor se había procurado otro rey, habiendo entrado Jesé con sus hijos al banquete, después del sacrificio, le fueron presentados a Samuel estos hijos. Primero Eliab, hermoso de cara, edad y estatura. Pero el Señor dijo a Samuel:

"No te fijes en su cara ni en su gran estatura, porque Yo lo he descartado. No juzgo según los criterios humanos. Porque el hombre mira las cosas que ven sus ojos, pero el Señor ve el corazón". Y Samuel no quiso tomar como rey a Eliab. Le fue presentado a Abinadab, pero Samuel dijo:

"El Señor no ha elegido tampoco a éste". Y Jesé le presentó a Sammá. Pero Samuel dijo: "Tampoco éste es el elegido del Señor". Y así con los siete hijos de Jesé presentes en el banquete. Pero Samuel dijo: "¿Todos tus hijos están aquí?". "No" respondió Jesé. "Queda uno, todavía niño, que está apacentand͈ las ovejas.” "Dile que venga, porque no nos sentaremos a la mesa sino cuando él haya llegado.” Y vino David, rubio y hermoso, un niño. Y el Señor dijo: "Úngelo. Es él el rey". Porque,sabedlo siempre, Dios elige a quien quiere y depone a quien, habiendo degradado su voluntad con soberbia y desobediencia, desmerece.

No volveré a vuestra ciudad. El Maestro está para cumplir su ministerio. Después será más que Maestro. Preparad vuestro corazón para aquella hora; porque habéis de tener presente que, de la misma forma que mi nacimiento fue salud para los que tuvieron buena voluntad, así mi elevación significará salud para los que me hayan seguido como Maestro en mi doctrina con buena voluntad, y para los que en ella me sigan después, incluso después de mi elevación.

¡Adiós, hombres, mujeres, niños de keriot! ¡Adiós! ¡Mirémonos bien a los ojos! Hagamos que los corazones, el mío y los vuestros, se fundan en un abrazo de amor y de despedida, y que el amor permanezca, siempre vivo, incluso cuando Yo ya no esté, no vuelva a estar nunca más, entre vosotros… Aquí, la primera vez que vine, un justo expiró en el beso de su Salvador, en una visión de gloria… Aquí, esta vez, la última que vengo, os bendigo con el amor…

¡Adiós!… Que el Señor os dé fe, esperanza y caridad en medida perfecta. Os dé amor, amor, amor. Por El, por mí, por los buenos, por los desdichados, por los culpables, por los que llevan el peso de una culpa no propia…
Acordaos. Sed buenos. No seáis injustos. Recordad que Yo he perdonado siempre no sólo a los culpables, sino que he envuelto de amor a todo Israel. Todo Israel, que está compuesto de buenos y no buenos, de la misma forma que en una familia están los buenos y los no buenos, y sería una injusticia decir que toda una familia es mala porque lo fuera uno de sus miembros.

Yo me marcho… Si todavía alguno de vosotros tiene que hablar conmigo, que venga esta noche a la casa de labranza de María de Simón.

Jesús levanta la mano y bendice, luego sale raudo por la puertecita secundaria, seguido de los suyos.

La gente susurra:
-¡No vuelve!
-¿Qué ha querido decir?
-En la despedida tenía lágrimas…

-¿Habéis oído? ¡Ha hablado de su elevación!
-¡Entonces verdaderamente tiene razón Judas! Está claro que después, como rey, ya no estará entre nosotros como ahora…

-Pero yo he hablado con sus hermanos. Dicen que no será rey como nosotros pensamos, sino Rey de redención como dicen los profetas. O sea, que será el Mesías.

-¡Sí, claro, el Rey Mesías!
-¡Que no, hombre! El Rey Redentor. El varón de dolores.
-Sí.
-No…
Jesús, entretanto, camina ligero hacia los campos.

393- En la casa de campo de María de Keriot

Llegan a la casa de campo de Judas, en una fresca y espléndida mañana.

Los manzanos están aljofarados de rocío, y la hierba a sus pies es una alfombra de flores sobre la cual zumban las abejas. La casa tiene ya abiertas de par en par las ventanas. La que la dirige, la mujer fuerte que mitiga su autoridad con una gran bondad, está impartiendo órdenes a los criados y campesinos, y distribuye con sus propias manos los alimentos antes de mandar a cada uno a su trabajo.

Por la amplia puerta, abierta también de par en par, de la vasta cocina, se la ve pasar una y otra vez, vestida de oscuro, hablando con uno u otro, haciendo las fracciones según las necesidades del trabajador. Una banda de palomas espera su parte arrullando delante de la puerta.

Jesús se aproxima sonriendo, y ya está casi en la puerta cuando, con un saquito de grano en la mano, María de Salomé se asoma diciendo:

-Y ahora a vosotras, palomitas. Ésta es la primera comida. Luego id, felices, a alabar al Señor. ¡Tranquilas, tranquilas, que hay para todas sin necesidad de picaros!…

Y esparce las semillas, arrojándolas en todas las direcciones para impedir peleas violentas entre las voraces palomas. No ve a Jesús porque tiene la cabeza baja, y se agacha incluso a acariciar a algunas aves que le picotean suavemente los dedos de los pies como caricia de amor. María toma una de ellas entre sus manos y la acaricia. Luego la deja en el suelo y suspira.

Jesús da un paso hacia delante y dice:

-¡La paz a ti, María, y a tu casa!

-¡El Maestro! -exclama la mujer, dejando caer el saquito que tenía debajo del brazo, y corre hacia Jesús, y al hacerlo espanta a las palomas, las cuales, no obstante, se posan inmediatamente en el suelo, y trabajan con ahínco en la cuerdecita del saquito para soltarla y en su tela para aflojarla y satisfacer su voracidad.

-¡Oh! ¡Señor! ¡Qué día más santo y dichoso! -y hace ademán de arrodillarse a besar los pies de Jesús.

Pero Él se lo impide diciendo:

-Las madres de mis apóstoles y las israelitas santas no deben humillarse como esclavas en mi presencia. Me han dado su espíritu fiel y su hijo, Yo les doy a ellas un amor de predilección.

La madre de Judas, emocionada, le besa entonces las manos susurrando:
-¡Gracias, Señor!

Luego alza la cabeza y mira al pequeño grupo de los apóstoles, que se había detenido a la altura de los últimos árboles, y, extrañada de no ver que su hijo venga a ella, observa mejor al grupo. Su rostro palidece por el temor. Casi se le escapa un grito para preguntar:

-¡Mi hijo dónde está? -y mira con miedo y dolor a Jesús.

-No temas, María. Lo he mandado con Simón Zelote a casa de Lázaro para una misión. Si me hubiera podido detener en Masada el tiempo que había decidido, lo habría encontrado aquí; pero no he podido quedarme allí: la ciudad hostil me ha expulsado. Y he venido sin demora a buscar consuelo en una madre y a darle a ella el consuelo de saber que su hijo sirve al Señor -dice Jesús subrayando las últimas palabras para darles un significado más amplio.

María es como una flor mustia que cobrase nuevo vigor. Recupera e1 color de sus mejillas y la luz de su mirada. Pregunta:

-¡Verdaderamente, Señor, es bueno y te es motivo de satisfacción? ¿Sí? ¡Oh, gozo, gozo del corazón de la madre! ¡He orado mucho! ¡Mucho! ¡He dado muchas limosnas! ¡Muchas! Y he hecho muchas penitencias… Muchas… ¿Y qué no haría para hacer de mi hijo un santo? ¡Gracias, Señor! Gracias por amarlo tanto. Porque tu amor es lo que salva a mi Judas…

-Sí. Lo… sostiene "nuestro" amor…

-¡Nuestro amor! ¡Qué bueno eres, Señor! ¡Poner mi pobre amor al lado del tuyo, unido al tuyo, divino!… ¡Oh, qué palabra me has dicho! ¡Cuánta seguridad! ¡Cuánto consuelo y paz me das con ella! Mientras se trataba de mi pobre amor, poco beneficio podía obtener -Judas de él. Pero Tú, con tu perdón… porque conoces sus pecados, Tú, con tu infinito amor, que parece crecer en la medida en que él, después de un pecado, lo necesita, ¡oh! Tú… mi Judas se vencerá a si mismo, finalmente, para siempre. ¿No es verdad, Maestro?

La mujer lo mira fijamente, con sus ojos serios y profundos, las manos juntas suplicantes.
Jesús… Jesús, que no puede decirle que sí y que no quiere negarle esta hora de paz, de dispersión de sus temores, encuentra unas palabras que no son una mentira, y que tampoco son una promesa, pero que pueden ser recibidas por la mujer con alivio. Dice:

-Su buena voluntad unida a nuestro amor puede hacer verdaderos milagros, María. Ten paz en tu corazón pensando siempre que Dios te ama. Mucho. Te comprende. Mucho. Y será siempre amigo tuyo.

María le besa de nuevo las manos en señal de agradecimiento. Y luego dice:

-Entra entonces en mi casa hasta que llegue Judas. Aquí hay amor y paz, Maestro bendito.
Jesús llama a los suyos y entra en la casa para descansar y reponer fuerzas.

Atardece. La noche desciende lentamente sobre la campiña. Cesan los ruidos, uno a uno, y no queda más que el viento ligero entre las frondas como voz en el silencio. Luego… óyese el primer grillo en los campos de mieses. Otro… otro… y toda la campiña canta monótonamente… hasta que un ruiseñor lanza la primera pregunta canora a las estrellas… calla escuchando y luego repite.

Calla de nuevo… ¿Qué espera?… ¿Quizás el primer rayo de luna?… Musita quedamente. Debe haberse metido en el tupido nogal que hay junto a la casa; quizás tiene ahí su nido. Parece cuchichear con su compañera, que quizás está encobando… Un balido insistente poco lejano. Un sonar de cascabeles en el camino que conduce a Keriot. Luego silencio.

Jesús está sentado al lado de María, en unos asientos que han sido colocados delante de la casa. Descansa en ambiente sereno, entre los suyos y los domésticos. Es una hora dulce, sosegada. Y ello es descanso para los cuerpos y los espíritus. Jesús habla poco, sólo de vez en cuando; deja que hablen los apóstoles, de Engadí, del anciano jefe de la sinagoga, del milagro. María y los criados escuchan atentos.

Algo se mueve entre los troncos de los manzanos. Pero, si bien aquí, en la plazoleta de delante de la casa, aún se ve un poco, por las claras estrellas que pueblan el cielo, allí, bajo el tupido follaje, no hay ni pizca de luz, y solamente llega a los oídos el ruido de algo que se mueve.

-¿Algún animal nocturno? ¿Alguna oveja descarriada? -se preguntan varios. Y el haber mencionado una oveja evoca en el pensamiento de muchos una oveja que se queja porque le han quitado a su cordero para matarlo.

-¡No acaba de resignarse! -dice el administrador -Temo que se le coagule la leche. Desde esta mañana no come y no hace otra cosa que balar… ¡Oídla!…

-Se le pasará… Tienen hijos para que nosotros nos comamos el cordero -dice filosóficamente uno de los domésticos.

-Pero no todas son iguales. Ésta es más inteligente y sufre más. ¿Oyes? ¿No parece realmente llanto? No me llames tonta, Maestro… Me duele como el llanto de una mujer que hubiera perdido a su hijo.

-¡Tú, por el contrario, madre, encuentras a tu hijo! -dice Judas de Keriot apareciendo a sus espaldas junto con Simón y haciéndoles sobresaltarse a todos por la sorpresa.
-¡Maestro! Danos tu bendición ahora que regresamos, como nos la diste cuando nos marchamos.
-Sí, Judas -y Jesús abraza a los dos que han vuelto.
-La tuya, mamá…

También María besa y abraza a su hijo.

-¡No creíamos verte ya aquí, Maestro. Hemos andado incansablemente, casi siempre por atajos para evitar que nos entretuvieran. Pero hemos encontrado a algunos discípulos y hemos avisado a Juana y a Elisa de que pronto nos verán -explica Simón.

-Sí. Y Simón caminaba como un joven. Maestro, hemos llevado el mensaje. Lázaro está muy mal. El calor le hace sufrir más todavía. Solicita que vayamos pronto a verlo… Maestro, no he ido a ningún sitio aparte de a la Antonia, por caridad hacia Egla, que antes de partir para Jericó quería dar las gracias a Claudia. ¿Verdad, Simón?
-Es verdad. Y a la Antonia fuimos a la hora sexta, un día de bochorno que aconsejaba a todos quedarse en casa.

Mientras Judas hablaba con Claudia, a la que Álbula Domitila había llamado al jardín, me hacían preguntas las otras mujeres. No creo haber hecho mal explicando como podía lo que querían saber.

-Hiciste bien. En ellas hay verdadera voluntad de conocer la Verdad.

-Y en Claudia hay verdadera voluntad de ayudarte. Se despidió de Egla, que fue a saludar a Plautina y a las otras, y me hizo muchas preguntas. Si entendí bien, quiere convencer a Poncio de que no crea las calumnias fariseas, saduceas, etc. Poncio sólo hasta cierto punto se fía de sus centuriones, que son buenos para la batalla pero poco buenos para transmitir mensajes.

Y, para saber con seguridad las cosas, se sirve mucho de su mujer, que debe ser inteligente hasta rayar con la astucia. La verdad es que el Procónsul es Claudia. Poncio debe ser una nulidad que si está arriba es porque ella es quien es, como poder y como consejera. Quisieron darnos dinero para tus pobres.

Aquí está.
-¿Cuándo habéis llegado? No parecéis cansados ni traéis polvo -pregunta Santiago de Zebedeo.

-Entre la hora tercera y la sexta. Hemos ido a Keriot para ver si estaba mi madre y para avisar de tu llegada. Pero me he comportado como Tú quieres, Maestro. No me he dejado tentar por deseos humanos. ¿No es verdad, Simón?

-Es verdad.

-Has hecho bien. Obedece siempre y te salvarás.

-Sí, Maestro. ¡Oh, ahora que sé que Claudia está con nosotros, ya no tengo mis necias prisas! Todas amor, de todas formas. Tienes que reconocerlo. Amor desordenado… Desordenado porque se sentía sin protección, sin ayuda para conseguir su finalidad, que es que te amen, que te respeten como mereces, como debe ser. Ahora estoy más tranquilo. Ya no tengo miedo. Y me resulta suave incluso esperar…

Judas sueña con los ojos abiertos.

-No te abandones a los sueños, Judas. Estáte en la verdad. Yo soy la Luz del mundo y la luz será siempre odiada por las tinieblas… advierte Jesús.

La Luna se ha levantado. Su blancura inunda la campiña, pone pálidos los rostros, viste de plata las casas y los árboles. El nogal está envuelto todo de luna a oriente. El ruiseñor recoge la invitación lunar y desata su canto, largo, melodioso, que tenía reservado, para saludar a la noche y a la Luna.

392- La hostilidad de Masada, ciudad-fortaleza

Están ascendiendo por una subida de cabras a una ciudad que parece un nido de águilas en la cima de un pico alpino. Sí, es verdaderamente un pico alto, solitario, de laderas escarpadas, como les gusta a las águilas para sus regios amores, que desdeñan testigos y colectividades. Y con gran fatiga lo acometen, yendo de occidente hacia oriente, volviendo las espaldas a una cadena continua de montes que ya forman parte del sistema montañoso judío, y que, con un ramal poderoso, semejante al contrafuerte de una colosal muralla, se extiende hacia el Mar Muerto en su lado occidental extremo, o sea, hacia el extremo sur de este mar.

-¡Qué camino, Dios mío! -gime Pedro.
-Peor todavía que el de Yiftael -confirma Mateo.
-Pero aquí no llueve, no hay humedad, no resbala uno; lo cual ya es algo… -observa Judas Tadeo.
-¡Sí, bueno, tenemos este consuelo… pero sólo éste! ¡Que no, hombre, que no caes en manos de los enemigos! ¡Si no te echa abajo un terremoto, tú, por mano de hombre, no caes! -dice Pedro hablando a la ciudad-fortaleza, bien cerrada dentro del anillo estrecho de sus defensas, con sus casas apiñadas, apretadas unas contra otras como las semillas de una granada en el escriño de su gruesa cáscara.

-¿Tú crees, Pedro? -pregunta Jesús.

-¿Que si lo creo? ¡Lo veo, que es más!

Jesús mueve la cabeza, pero no rebate.

-Quizás hubiera sido mejor venir por la parte del mar. Si hubiera estado Simón… Conoce bien estos lugares -suspira Bartolomé, que ya no puede más.

-Cuando estemos en la ciudad, y veáis el otro camino, me agradeceréis haber elegido éste. Por aquí puede subir con fatiga un hombre. Por el otro, con fatiga sube una cabra -responde Jesús.

-¿Cómo lo sabes? ¿Alguno te ha informado, o…?
-Sé. Y, además, por esta parte está la nuera de Ananías. La primera cosa que quiero hacer es hablar con ella.
-Maestro… ¿no habrá peligros allá arriba?… Porque… aquí no puede uno escaparse rápidamente, y, si nos siguen… no volvemos a ver nuestra casa. ¡Mira qué precipicios! ¡Y qué piedras tan cortantes! … -dice Tomás.

-No tengáis miedo. No encontraremos una Engadí. Poquísimas hay como Engadí en Israel. Pero no nos sucederá nada malo.
-Es porque… ¿Sabes que es una fortaleza de Herodes?…
-¿Y qué quieres decir con eso? ¡Que no tengas miedo, Tomás! Hasta que no llega la hora, nada sucede verdaderamente grave.

Caminan, caminan, y llegan al pie de los adustos muros cuando el sol ya está alto. Pero la altura mitiga el calor.

Entran en la ciudad pasando bajo el arco de una puerta estrecha, tenebrosa. Los muros de los bastiones son robustos, con macizas torres y estrechas aberturas.
-¡Qué trampa para caza! -dice Mateo.

-Yo pienso en los desdichados que hayan traído aquí los materiales, estos bloques, estas grandes láminas de hierro… ­dice Santiago de Alfeo.

-El amor santo a la patria y a la independencia les hizo ligeros los pesos a los hombres de Jonatán Macabeo; el amor malvado de sí mismo y el terror a la ira del pueblo impuso un pesado yugo, no a súbditos sino a peor que esclavos, por voluntad de Herodes el Grande. Y, bautizada con sangre y lágrimas, perecerá en la sangre y en las lágrimas, cuando llegue la hora del castigo divino.

-Maestro, ¿pero qué culpa tienen los habitantes?
-Ninguna. Y toda. Porque cuando los súbditos emulan a los jefes en las culpas o en los méritos, reciben el mismo premio o castigo que sus jefes. Pero hemos llegado a la casa, que es la tercera de la segunda calle, la que tiene el pozo delante. Vamos…

Jesús llama a la puerta cerrada de una casa alta y estrecha. Abre un niño. -¿Eres pariente de Ananías? -Llevo su nombre porque es padre de mi padre. -Llama a tu madre.

Dile que vengo del pueblo donde está Ananías y el sepulcro de su marido fallecido. El niño se marcha y vuelve.

-Ha dicho que no le interesa saber nada del viejo. Que te puedes marchar.

Jesús pone una cara muy severa.

-No me iré sino después de haber hablado con ella. Niño, ve y dile que Jesús de Nazaret, en quien creía su marido, está aquí y quiere hablar con ella. Dile que no tema. El anciano no está…

El niño se marcha otra vez. La espera es larga. Algunas personas se han parado a observar y alguno pregunta a los discípulos. Pero se percibe un ambiente arisco, o indiferente, o irónico… Los apóstoles tratan de ser amables, pero están visiblemente influenciados por la situación. Y terminan de estarlo cuando llegan los notables de la ciudad y hombres de armas; tanto unos como otros con unas caras de… delincuentes, que no inspiran ni pizca de confianza.

Jesús, en el umbral de la puerta, apoyado en una jamba, con los brazos cruzados, espera, paciente, absorto.

Por fin sale la mujer. Alta, morena, de mirada dura y perfil desabrido. No es ni vieja ni fea, pero su expresión la hace parecer vieja y fea.

-¿Qué quieres? Date prisa, que tengo cosas que hacer -dice altanera.

-No quiero nada. Nada. Tranquila. Que sólo te traigo el perdón de Ananías, su afecto, su súplica…

-¡No lo tomo conmigo de nuevo! Inútil suplicar. No quiero viejos lamentosos. Ya no tenemos nada que ver yo y él. Y, además, pronto me voy a casar otra vez y no puedo imponer en la casa de un rico a ese burdo labriego que es él.

¡Ya he tenido de sobra con mi error de aceptar casarme con su hijo! Pero entonces era una niña ignorante y me fijé sólo en la belleza del hombre. ¡Qué desventura para mí!

¡Qué desventura! ¡Maldito sea el motivo que me lo puso en mi camino! ¡Y maldito el recuerdo de…
Parece una máquina…

-¡Basta! Respeta, mujer más árida que el sílex, a los vivos y a los muertos que no merecías tener. ¡Desventura para ti! ¡Sí! ¡Desventura! Porque en ti no hay amor al prójimo, y por tanto Satanás está en ti. ¡Pues teme, mujer! ¡Teme que las lágrimas del anciano, que las del marido, al cual ciertamente has oprimido con tu aborrecimiento, no se vuelvan lluvia de fuego sobre lo que tú amas! ¡Tienes hijos, mujer!…

-¡Hijos! ¡Ojalá no los tuviera! ¡Habría desaparecido el último vínculo! Y… bueno, además no quiero oír nada. No quiero oírte. ¡Vete! Estoy en mi casa, en casa de mi hermano. No te conozco. No quiero recordar al viejo. No… -grita como una urraca desplumada viva. Una verdadera arpía…

-Atenta! -dice Jesús.

-¿Me estás amenazando?

-Es un llamamiento que te hago en orden a Dios, a su Ley, por piedad hacia tu alma. ¿Qué hijos vas a educar con estos sentimientos? ¿No temes el juicio de Dios?

-¡Basta! Saúl, ve a llamar a mi hermano y dile que venga con Jonatán. ¡Ahora verás! Te…

-No. No hace falta. Dios no va a forzar tu alma. Adiós.

Y Jesús se marcha abriéndose paso entre la gente.

La calle es estrecha, entre altas casas. Pero la ciudad, adecuada para la defensa, tiene el corazón como la propia defensa de la parte oriental, donde todo cae a plomo por cientos de metros, y donde la delgada cinta de un sendero sinuoso, de una inclinación verdaderamente impresionante, sube desde la llanura, desde las orillas del mar, hasta la cima del pico.

Jesús va precisamente allí, donde hay una placita para las máquinas de guerra, y empieza a hablar, repitiendo una vez más su llamada al Reino de los Cielos, del cual expone las líneas esquemáticas.

Y está para desarrollarlas cuando, abriéndose un pasaje entre la pequeña muchedumbre, más curiosa que creyente, van hacia Él, voceando entre sí, unos notables. En cuanto están frente a Jesús, dicen -confusamente porque hablan todos juntos, concordes sólo en expulsarlo -en tono conminatorio:

-¡Vete de esta ciudad! Aquí nos bastamos nosotros para educar a los hijos de Israel.

-¡Márchate! ¡Nuestras mujeres no necesitan de tus recriminaciones, galileo!

-¡Vete con tus ultrajes! ¿Cómo te atreves a ofender a la mujer de un herodiano, en una de las ciudades predilectas del gran Herodes? ¡Usurpador, ya desde el nacimiento, de sus derechos soberanos! ¡Fuera de aquí!

Jesús los mira, especialmente a estos últimos, y dice una sola palabra:

-¡Hipócritas!

-¡Fuera! ¡Fuera!

Un verdadero tumulto de voces discordes, y, cada una por su cuenta, acusa o defiende a la propia casta. No hay quien se aclare. En la placita estrecha, hay mujeres que chillan y se desmayan, niños que lloran, soldados que tratan de abrirse paso ­salen de la fortaleza propiamente dicha -y que para abrirse paso hacen daño a la gente que está apiñada en la plaza, la cual reacciona imprecando contra Herodes y sus soldados, contra el Mesías y sus seguidores. ¡Un buen jaleo! Los apóstoles, formando una barrera en torno a Jesús -son los únicos que lo defienden, más o menos valientemente -gritan a su vez improperios punzantes, y no se salva de sus improperios ninguno.

Jesús los llama y dice:

-Nos marchamos de aquí. Torcemos por detrás de la ciudad y nos marchamos…

-¡Y para siempre, ¿eh?! ¡Para siempre! -grita Pedro, lívido de ira.

-Sí, para siempre…

Se marchan, uno después de otro. Contra todas las insistencias de los suyos, el último es Jesús. Los soldados, a pesar de sus burlas hacia el «profeta burlado», como dicen, haciendo todo tipo de gestos burlescos, tienen la prudencia de cerrar enseguida el portillo de la muralla y apoyarse contra él con las armas vueltas hacia la plaza.

Jesús camina por un senderito que bordea las murallas, un sendero de dos palmos de ancho, bajo el cual está el vacío, la muerte. Los apóstoles lo siguen, evitando mirar al abismo pavoroso. Ya están otra vez delante de la puerta por la que habían entrado. Jesús, sin detenerse, empieza a bajar. La ciudad tiene cerrada la puerta también por este lado…

A muchos metros de la ciudad, Jesús se para y pone la mano en el hombro de Pedro, el cual, secándose el sudor, dice:

-¡De buena nos hemos librado! ¡Maldita ciudad! ¡Y maldita mujer! ¡Pobre Ananías! ¡Esa es peor que mi suegra!… ¡Qué serpiente!

-Sí. Tiene el corazón frío de las serpientes… Simón de Jonás, ¿tú qué opinas? ¿Te parece segura esta ciudad, a pesar de todas las defensas?

-¡No, Señor! No tiene a Dios consigo. Digo que compartirá con Sodoma y Gomorra la misma suerte.

-Bien has respondido, Simón de Jonás. Está acumulando contra sí los rayos de la ira divina. Y no tanto por haberme echado, cuanto porque en ella se violan todos los mandamientos del Decálogo. Vámonos. Nos acogerá la sombra fresca de una gruta, en estas horas de sol. Y, cuando se ponga el sol, nos encaminaremos hacia Keriot, mientras lo permita la Luna…

-¡Maestro mío! -gime Juan en un improviso acceso de llanto.

-¿Pero qué te pasa? -preguntan todos.
Juan no se explica. Llora, llevadas las manos a la cara, un poco agachado… Parece ya el Juan desolado del día de la Pasión…

-¡No llores! Ven aquí… Nos quedan todavía horas dulces por delante -dice Jesús arrimándolo hacia sí (lo cual consuela el corazón, pero hace aumentar el llanto).

-¡Oh! ¡Maestro! ¡Maestro mío! ¿Cómo voy a resistir? ¿Cómo voy a resistir?

-¿Pero el qué, hermano? ¿El qué, amigo? -preguntan Santiago y los otros.

Juan no logra hablar. Luego, levantando la cara y
echándole los brazos al cuello a Jesús, y obligándole a agacharse hacia su rostro desolado, grita, respondiendo a Jesús en vez de a los que le han preguntado:

-¡El verte morir!

-¡Dios te socorrerá, niño suyo predilecto! No te faltará su ayuda. No llores más. ¡Vamos! Vamos… -y Jesús se echa a andar, llevando de la mano al ciego a causa de las lágrimas…

391- Curación del leproso Eliseo de Engadí

Deben haber adelantado la hora de salida, quizás por consejo de los propios habitantes de Engadí, porque es totalmente de noche y la Luna, que se prepara al plenilunio, ilumina con vivísima luz la ciudad.

Las callecitas son cintas de plata entre los cubos de las casas y las tapias de los jardines, que parecen transformar la cal en mármol escultóreo por el efecto del mágico rayo lunar. Las palmeras y los otros árboles, envueltos en la fosforescencia de la luna, adquieren un aspecto fantasmal.

Las fuentes, los regatillos de agua, son, respectivamente, pequeñas cascadas y collares de diamantes. Y en las frondas los ruiseñores desgranan collares de notas de oro, uniendo sus prodigios a las voces de las aguas, que, en la noche, parecen sonar cada vez más nítidas.

La ciudad duerme. Pero algunas personas están con Jesús, que se marcha: son los hombres de las casas que lo habían hospedado a Él y también a los apóstoles. Algunos otros vecinos se han añadido. E1 arquisinagogo camina al lado de Jesús.

¡No quiere renunciar a acompañarlo, ni siquiera cuando Jesús se lo ruega antes de adentrarse en abierta campiña! Y marchan, en dirección al camino que conduce a Masada: no el camino bajo, el que bordea el Mar Muerto y que oigo que lo catalogan como insalubre y peligroso por la noche, sino el camino del interior, hendido en la ladera montana, casi en las cimas de los collados que bordean el lago.

¡Es espléndido el oasis en la noche de luna! Da la impresión de caminar por un país de ensueño. Luego el oasis, el verdadero oasis, termina, y se hacen más raras las palmeras. Entonces empieza el terreno de monte propiamente dicho, con sus árboles agrestes y sus prados y sus laderas escindidas por cavernas, como casi todos los montes palestinos. Pero yo diría que aquí las cavernas son más abundantes, y sus bocas extrañas -unas longitudinales, otras planas, unas derechas, otras oblicuas, unas redondas, a mitad de la ladera, otras reducidas a una fisura -presentan espantosos aspectos bajo el claro de luna.

-Abraham, el camino está más abajo. ¿Por qué subes de nuevo? ¡Alargas el camino y tomas un sendero impracticable! ­dice con tono autoritario uno de Engadí.

-Porque tengo que enseñarle al Mesías una cosa, y pedirle que sume una cosa más a los grandes favores que ya ha hecho para nosotros. Pero, si estáis cansados, volved a casa o esperadme aquí. Iré yo solo -responde el viejo arquisinagogo, que va renqueando y jadeando por el sendero difícil y empinado.

-¡No! Vamos contigo. Pero nos da pena tu fatiga. Tu corazón trabaja demasiado…

-No es el sendero… Es otra cosa. Es una espada que me da vueltas dentro del corazón… es una esperanza que lo hincha. Venid, hijos míos, y sabréis cuánto dolor, cuánto dolor había en el corazón del que consolaba todos vuestros dolores. Cuánta… no desesperación, eso no, pero sí… aceptación de que no había que hacerse ya ilusiones de volver a ser feliz había en el que siempre os decía que esperaseis en el Señor, que todo lo puede… Os he enseñado a creer en el Mesías… ¿Os acordáis de la seguridad con que hablaba de Él, cuando podía hacerlo ya sin perjudicarlo? Vosotros decíais:

"¡Pero la matanza de Herodes?". ¡Sí! ¡Era una espina muy grande en el corazón!

Pero me agarraba con todo mi ser a la esperanza… Decía: "Si Dios a tres que no eran ni siquiera de Israel les mandó la estrella para invitarlos a adorar al Niño Mesías, y los guió con ella a la casa pobre ignorada por los rabíes de Israel y los príncipes de los sacerdotes y escribas; si con un sueño les advirtió que no volvieran donde Herodes, para salvar al Niño, ¿no va a haber avisado, con más poder aún, a su padre y a su Madre, de que huyan para poner a salvo la esperanza de Dios y del hombre?".

Y la fe en que se había salvado crecía, inútilmente acosada por la duda humana y por las palabras de otros… y cuando… y cuando el mayor dolor de un padre se apoderó de mí… cuando tuve que conducir a un sepulcro a un vivo… y decirle… y decirle… "Estáte aquí mientras dure tu vida… y piensa que si el deseo de las caricias maternas u otro motivo te impulsaran hacia las casas, Yo tendría que maldecirte, tendría que ser el primero en golpearte, y relegarte al lugar donde ni siquiera ya mi desolado amor podría darte auxilio", cuando tuve que hacer esto… me aferré aún más a la fe en Dios, Salvador de su Salvador; y también cuando tuve que decirme a mí mismo y a mi hijo… a mi hijo leproso… ¿os dais cuenta?, leproso… decir…

"¡Inclinemos nuestra cabeza ante la voluntad del Señor y creamos en su Mesías! Yo, Abraham, y tú, Isaac, inmolado por 1a enfermedad, no por el fuego, ofrezcamos el dolor para obtener el milagro…". Y cada mes, en cada neomenia… al venir aquí a escondidas, cargado de alimentos… de vestidos… de amor… que debía depositar lejos de mi hijo… porque tenía que volver donde vosotros… hijos míos… y donde mi esposa ciega, la esposa que había perdido la razón, cegada y alelada por el tremendo dolor… volver a mi casa que ya no tenía hijos… que ya no tenía la paz de un recíproco consciente amor… a mi sinagoga y hablaros de Dios… de sus grandezas… de sus bellezas esparcidas por la creación… y tenía ante mis ojos la figura corroída de mi hijo… y ni siquiera podía defenderlo cuando llegaban a mis oídos murmuraciones contra él, en que se decía que era un ingrato, o un malhechor escapado de casa… y todos los meses, al hacer este peregrinaje de padre a la tumba de mi hijo vivo, le decía, para sostener su corazón, le repetía:

"El Mesías está entre nosotros. Vendrá. Te curará…". El año pasado, en Pascua en Jerusalén, mientras te buscaba, durante el breve tiempo que estaba lejos de mi mujer ciega, me dijeron: "Es verdad que está entre nosotros. Ayer ha estado aquí. Incluso ha curado a unos leprosos. Va por toda Palestina curando, consolando, adoctrinando". ¡Oh! ¡Regresé tan veloz, que parecía un joven yendo a su boda! Ni siquiera me detuve en Engadí, sino que vine aquí y llamé a mi niño, a mi hijo varón, al fruto mío que se muere, y le dije:

"¡Vendrá!". "Señor… Has beneficiado en todo a nuestra ciudad. Te marchas sin dejar ni siquiera a uno enfermo… Has bendecido incluso nuestras plantas y nuestros animales… ¿No vas a querer?… Me has curado a mi mujer… ¿No vas a tener piedad del fruto de sus entrañas?… ¡Un hijo a la madre! ¡Devuelve un hijo a la madre, Tú que eres el Hijo perfecto de la Madre de todas las gracias! ¡En nombre de tu Madre, ten piedad de mí, de nosotros!…

Lloran todos junto con el anciano, que ha hablado al mismo tiempo con fuerza y con angustia…
Y Jesús lo recibe entre sus brazos mientras él solloza, y le dice:

-¡No llores más! Vamos a donde tu Eliseo. Tu fe, tu justicia, tu esperanza, merecen esto y más todavía. ¡No llores, padre! Bien, no nos demoremos más en liberar del horror a una criatura.

-La Luna se oculta. El sendero es difícil. ¿No podríamos esperar a la aurora? -dicen algunos.
-No. Abundan en torno a nosotros los árboles de resina. Coged unas ramas, encendedlas, y vamos -ordena Jesús.
Suben todavía por un sendero estrecho y penoso; parece el lecho desecado de alguna agua aluvial. Las antorchas crepitan humosas y rojizas, esparciendo un fuerte olor de resinas por el aire.

Una caverna, estrecha de abertura, casi celada tras una frondosa espesura, nacida a los lados de un manantial, muéstrase allende un estrecho rellano dividido en medio por una hendidura en la que aquél vierte su agua.
-Allí está Eliseo, desde hace años… en espera de la muerte o de la gracia de Dios… -dice el anciano en voz baja señalando hacia la gruta.

-Llama a tu hijo. Consuélalo. Que no tenga miedo, sino fe.
Y Abraham llama fuerte:

-¡Eliseo! ¡Eliseo! ¡Hijo mío! -y repite el grito temblando de miedo por el silencio que sólo le responde.
-¿Habrá muerto? -dicen algunos.
-¡No! ¡Muerto ahora, no! ¡A1 final de la tortura! ¡Sin ninguna alegría, no! ¡Oh, mi hijo! -gime el padre…
-No llores. Llama otra vez.

-¡Eliseo! ¡Eliseo! ¿Por qué no respondes al…?
-¡Padre! ¡Padre mío! ¿Cómo es que vienes fuera del tiempo normal? ¿Es que ha muerto mi madre y me lo vienes a… -la voz, primero lejana, se ha acercado, y un espectro separa las ramas que ocultan la abertura, un horrendo espectro, un esqueleto, semidesnudo, corroído… el cual, al ver a tanta gente con antorchas y palos, quién sabe qué se imaginará, y retrocede gritando: «Padre, ¿por qué me has traicionado? No he salido nunca de aquí… ¿Por qué me traes a mis apedreadores?!

La voz se aleja, mientras de la aparición no queda como recuerdo sino el ondear de las ramas.
-¡Confórtalo! ¡Dile que está aquí el Salvador -insta Jesús. Pero el hombre ya no tiene fuerzas… Llora desolado…

Es Jesús el que habla:
-Hijo de Abraham y del Padre de los Cielos, escucha. Se cumple lo que tu justo padre te profetizaba. Aquí está el Salvador, y con Él tus amigos de Engadí y los apóstoles del Mesías, que han venido a gozar de tu resurrección. ¡Ven sin miedo! Acércate hasta la quebraja. Yo también me acerco. Te tocaré y quedarás limpio. ¡Ven sin miedo al Señor, que te ama!

Las ramas vuelven a separarse y el leproso mira adelante lleno de miedo. Mira a Jesús, forma blanca que camina sobre la hierba del rellano y que se detiene en el límite de la quebraja… Mira a los otros… especialmente a su anciano padre, que, como hechizado, sigue a Jesús con los brazos extendidos y los ojos fijos en el rostro de su hijo leproso. Se acerca, ya más tranquilo; cojea mucho, por las llagas de los pies… extiende los brazos con sus manos corroídas… Se pone frente a Jesús… Lo mira… Y Jesús alarga sus bellísimas manos, alza los ojos al cielo, recoge, parece recoger en sí, toda la luz de las infinitas estrellas, e irradiar su esplendor purísimo sobre las carnes maculadas, pútridas, desprendidas, que las antorchas, agitadas para que den más luz, hacen aparecer aún más terribles a la luz roja de las ramas encendidas.

Jesús se inclina hacia la quebraja y toca con el extremo de sus dedos el extremo de los dedos leprosos y dice:

-¡Quiero! -y lo dice con una sonrisa de belleza indescriptible.
Repite:
-¡Quiero! -otras dos veces.
Ora y manda con esa palabra…
Luego se separa, retrocede un paso, abre los brazos en cruz y dice:

-Purifícate y luego predica al Señor porque a Él perteneces. Recuerda que Dios te ha amado para que fueras un buen israelita y un hijo bueno. Ten una esposa e hijos, y edúcalos para el Señor. Tu amarguísima amargura ha quedado anulada. ¡Bendice a Dios y vive gozoso!
Luego se vuelve y dice:

-¡Vosotros, los de las antorchas! Acercaos y ved lo que puede el Señor para los que lo merecen.
Baja los brazos -que, abiertos y cubiertos con el manto, obstaculizaban la visión del leproso -y se separa.
El primer grito es el del anciano, arrodillado detrás de Jesús:

-¡Hijo! ¡Hijo! ¡Hijo, como eras a tus veinte años! ¡Guapo como entonces! ¡Sano como entonces! ¡Guapo, oh, más guapo que entonces!… ¡Oh, una tabla, una rama, algo para pasar adonde estás! -y hace ademán de lanzarse.

Pero Jesús le retiene:
-¡No! Tu alegría no te haga violar la Ley. Antes debe purificarse. ¡Míralo! Bésalo con los ojos y el corazón. Sé fuerte ahora como lo has sido durante tantos años. Y sé feliz…

Efectivamente éste es un milagro completo. No es sólo curación, sino restauración de lo que la enfermedad había destruido, y el hombre, de unos cuarenta años, está intacto como si no hubiera tenido nunca nada; sólo sigue muy delgado: una delgadez que le da un aspecto ascético de una belleza no común y sobrenatural. Y él agita los brazos, se arrodilla, bendice… no sabe qué hacer para decirle a Jesús que le da las gracias. En fin, ve unas flores entre la hierba, las arranca, las besa y las arroja al otro lado de la grieta, a los pies del Salvador.

-¡Vamos! Vosotros de Engadí quedaos con vuestro arquisinagogo. Nosotros proseguimos hacia Masada.
-Pero no sabéis… No veis…

-Sé, sé el camino. ¡Sé todo! Y conozco los caminos de la Tierra y los de los corazones por los que pasan Dios y el Enemigo de Dios, y veo quién acepta a éste o a Aquél. ¡Quedaos! ¡Quedaos con mi paz! Además, pronto se hará de día y con ramas encendidas iluminaremos hasta el alba. Abraham, ven que te dé el beso de despedida. El Señor esté siempre contigo, como lo ha estado hasta ahora, y con los tuyos y con tu ciudad buena.

-¿No vas a volver a ella, Señor?, ¿para ver mi casa feliz?
-No. Mi camino está ya cercano a su meta. Pero en el Cielo estarás conmigo, y los tuyos contigo. Amadme y educad a los pequeños en la fe de Cristo… Adiós a todos. Paz y bendición a todos los presentes y a sus familias. Paz a ti, Eliseo. Sé perfecto por agradecimiento al Señor. Venid vosotros, apóstoles míos…

Y se pone a la cabeza del pequeño cortejo, que lleva en alto ramas encendidas, y camina, y tuerce tras un peñasco saledizo, y desaparece con su indumento blanco; luego desaparecen, uno a uno, los apóstoles; se aleja el rumor de sus pasos; se desvanece la rojura de las ramas encendidas…

Se quedan en el rellano padre e hijo, sentados en los márgenes de la grieta, en mutua contemplación… Y, detrás, en grupo, con bisbiseos de admiración, los de Engadí… Esperan al alba para volver al pueblo con la noticia de la prodigiosa curación.

390- La fe de Abraham de Engadí y la parábola de la semilla de palma

Jesús, hacia la hora de la puesta del sol, un ocaso de fuego que enrojece las casas blanquísimas de Engadí y da visos de madreperla negra al Mar Muerto, se encamina hacia la plaza principal. Está con Él el joven que lo ha hospedado y que ahora lo guía por las vueltas y revueltas de la ciudad, de arquitectura verdaderamente oriental.

Para defenderse del sol -que debe ser muy fuerte en estos lugares tan abiertos, situados cara a la superficie densa del Mar Salado, del cual me da la impresión de que en los meses de verano deben provenir masas de aire abrasador; en estos lugares tan aislados en medio del desierto yermo, sobre el que el sol debe incidir despiadado y poner el suelo incandescente -para defenderse del sol, digo, los habitantes de Engadí han construido calles estrechas, que parecen aún más estrechas a causa de los canalones y los aleros de las casas, que sobresalen mucho, de forma que si se alza la mirada se ve sólo una cintita de cielo, de un azul violento, aparecer arriba.

Las casas son altas, casi todas de dos pisos, coronadas por una terraza hasta la que han trepado, a pesar de la altura, extendiéndose, las vides para dar sombra y deleite de racimos, que deben ser -cumplida su maduración bajo el sol soberano, entre la reverberación de las tapias y del suelo de la terraza -dulces como moscatel paso.

Y las vides se hacen la competencia unas a otras en refrescar a los hombres y a los numerosísimos pájaros que, desde el gorrión a la paloma, hacen sus nidos en Engadí, con sus palmeras nacidas por todas partes y que agitan sus ramas; con sus árboles frutales de magnífica opulencia, que se alzan en los patios, en los huertos comprendidos entre las casas, y se asoman a las callejuelas, y rebosan, colgantes, por las tapias blancas con sus ramas ya cargadas de fruta que madura bajo el sol festivo, y sobrepasan los numerosísimos arcos, que en ciertos lugares forman verdaderas galerías, interrumpidas acá o allá por exigencias arquitectónicas, y se elevan hacia el cielo azul, un cielo tan uniforme, de un color tan pastoso, que da la impresión de que, si fuera posible tocarlo, sería como tocar tupido terciopelo o cuero liso, pintados o teñidos por un sabio artífice con tintura perfecta, más cargada de turquesa, menos cargada de zafiro, bellísima, inolvidable.

Y agua… ¡Cuántos manantiales y fuentes deben gorgotear en los patios y jardines de las casas, entre el verdor de mil plantas! Pasando por las callejuelas aún desiertas -porque los habitantes están o trabajando o en sus casas -se oye su gorgoteo y el caer de las gotas y el frufrú de las frondas, como notas de arpa arrebatadas por una arpista escondida. Y aumentan su hechizo los arcos arquitectónicos y los continuos rincones de las calles, recogiendo esas voces de aguas, amplificándolas, aumentando su número con los ecos, haciendo de ellas todo un arpegiar de acordes.

Y palmeras, palmeras, palmeras. Dondequiera que haya una placita, que puede ser no más grande que una habitación normal, allí se ven lanzarse hacia el cielo sus esbeltos, altísimos tallos; y allá arriba apenas oscila la copa de hojas susurrantes abrazadas en forma de pincel en la cúspide del tallo; mientras la sombra, que a mediodía cae perpendicular sobre las minúsculas plazas cubriéndolas enteras, ahora se refleja caprichosamente en los muretes de las terrazas más altas.

Pero la ciudad está limpia respecto a las otras ciudades palestinas. Quizás las casas, tan pegadas unas a otras, o el hecho de que todas tengan patios y jardines cultivados, ha sido lo que ha contribuido a enseñar a los habitantes a no arrojar basura a las calles, sino a reunirla, junto con las suciedades animales, en estercoleros ya dispuestos para ello, y así abonar los árboles y parterres… o quizás es un caso muy raro de orden. Las callecitas están limpias, secas por el sol, y no se encuentran esas poco graciosas exposiciones de desechos de verduras, sandalias rotas, trapos sucios, excrementos y cosas semejantes, que se ven en la propia Jerusalén, en cuanto una calle es un poco periférica.

Pero está llegando el primer labriego. Vuelve de su trabajo a lomos de un borrico gris. Como defensa contra las moscas, el hombre ha puesto toda una gualdrapa de ramas de jazmín a su borrico, que va dando trotecillos y meneando las orejas y los cascabeles en medio de la ondeante y perfumada cubierta de ramas. El hombre mira y saluda. El joven dice:

-Ven a la plaza grande, para oír al Rabí que está en mi casa»

También un rebaño de ovejas. Invade la calle, encanalándose en ella proveniente de una placita allende la cual se ve la campiña como fondo. Van encajonadas unas con otras, metiendo las pezuñitas en los mismos sitios que las otras; todas con la cabeza agachada, como si fueran cabezas demasiado pesadas para el cuello delgado en relación al cuerpo obeso; trotando con su paso extraño y sus cuerpos regordetes que parecen fardos apoyados en cuatro estacas… Jesús, Juan y Pedro, hacen lo mismo que el hombre que está con ellos y se pegan contra la pared caliente de una casa para dejarlas pasar. Un hombre y un mozalbete siguen al rebaño. Miran y saludan. El joven dice:

-Meted las ovejas en el aprisco y venid a la plaza grande con vuestros parientes. Tenemos con nosotros al Rabí de Galilea. Nos habla.

Y también la primera mujer que sale, rodeada de una nidada de hijos, para ir quién sabe a dónde. El joven dice:
-Ven con Juan y los hijos a oír al Rabí que llaman Mesías.

Las casas se van abriendo al caer de la tarde, y permiten ver fondos verdes de jardines, o serenos patios en que las palomas comen su última comida. El joven introduce la cabeza en cada una de las puertas abiertas y grita: ¡Venid a oír al Rabí, el Señor!

Aparecen, en fin, en una calle recta, la única recta en esta ciudad, que no se ha construido como habría querido, sino como han querido las palmeras o los robustos árboles de pistachos, sin duda centenarios, y respetados como a ciudadanos ilustres por los vecinos, que a ellos deben el no morir de insolación. Y se ve, en el fondo, una plaza en que hacen de columnas los troncos de numerosas palmas: parece una de esas salas hipóstilas de templos y palacios antiquísimos, hechas de un amplio espacio colmado de columnas colocadas a distancias constantes para formar una selva de piedra que sujete el techo. Aquí las palmeras hacen de columnas, y, siendo muchas y bien juntas, forman, con las hojas que se besan, un techo de esmeralda para la blanca plaza, en medio de la cual hay una alta y cuadrada fuente colmada de aguas cristalinas que brotan de una columnita situada en el centro de la taza, que caen en pilas más bajas, donde pueden beber los animales. En este momento las palomas, domésticas, pacíficas, la han tomado al asalto y beben o se mueven a ritmo de minué con sus patitas rosas en el borde más alto; o se salpican las plumas, que brillan aumentando sus tornasoles por las gotas de agua suspendidas un instante de las barbas de las plumas.

Hay gente. También están los ocho apóstoles que habían ido a distintos sitios en busca de alojamiento, y cada uno ha juntado a sus fieles, deseosos de oír a Aquel que han indicado como el Mesías prometido. Los apóstoles, provenientes de todas las partes, acuden presurosos hacia el Maestro, y, como las cometas, arrastran tras sí a los grupitos de sus conquistas.

Jesús levanta la mano para bendecir a los discípulos y a los de Engadí.

Judas de Alfeo habla por todos:

-Maestro y Señor: Hemos hecho lo que nos dijiste. Éstos saben que hoy la Gracia de Dios está enmedio de ellos.

Pero desean también la Palabra. Muchos te conocen de oídas. Algunos porque te han visto en Jerusalén. Todos, especialmente las mujeres, querían verte, y el primero de todos el jefe de la sinagoga. Aquí está. Ven, Abraham.

El hombre, muy anciano (mucho), se acerca. Está emocionado. Querría hablar, hablar, pero, con la emoción que tiene, ya no encuentra ninguna palabra de las que se había preparado. Se inclina para arrodillarse apoyándose en su bastón, pero Jesús se lo impide y lo primero que hace es abrazarlo, luego dice:

-¡Paz al anciano y justo siervo de Dios! -y el otro, cada vez más emocionado, sólo sabe responder:

-¡Alabado sea Dios! ¡Mis ojos han visto al Prometido! ¿Qué más podría pedir a Dios? -y, levantando los brazos, con postura hierática, entona el salmo de David (el 40°): «"Esperé ansiosamente al Señor y Él se inclinó hacia mí"». Pero no lo dice entero. Recita los puntos más adecuados al acontecimiento:

«"Escuchó mi grito y me sacó del abismo de la miseria y del fango del pantano…
Puso en mi boca un canto nuevo.

Dichoso el hombre que ha puesto su esperanza en el Señor. Muchas cosas maravillosas has hecho, oh Señor Dios mío. Ninguno es comparable a ti en tus designios. Quisiera enunciarlos, manifestarlos, mas su número excede toda cuenta.

No has querido sacrificio ni oblación, pero has abierto mis oídos… (se emociona cada vez más).
Está escrito que debo hacer tu voluntad… Tu ley está en el centro de mi corazón.

He anunciado tu justicia en la gran asamblea. No, Tú sabes, Señor, que no he tenido mis labios cerrados.
No he escondido tu justicia dentro de mí, he proclamado tu verdad y la salvación que de ti viene…

Pero Tú, Señor, no alejes de mí tu compasión…
Desgracias sin fin (y ahora ya llora abiertamente, diciendo las palabras con voz aún más vieja y temblorosa a causa del llanto) me han envuelto…
Soy un mendigo, un necesitado, pero el Señor me cuida. Tú eres mi auxilio, mi protector, ¡oh Dios mío, no tardes!…".

-Éste es el salmo, mi Señor, y añado cosas mías: Dime: "Ven" y te responderé lo que dice el salmo: "¡Sí, voy!"».
Y guarda silencio, llorando, con toda la fe concentrada en sus ojos nublados por los años.

La gente explica:

-Se le ha muerto su hija y le ha dejado nietos de corta edad. Su mujer se ha quedado ciega y alelada por las muchas penas. Y de su único hijo varón no se sabe nada. Desapareció, sin más, de la noche a la mañana…
Jesús pone la mano encima del hombro del anciano y le dice:

-Los sufrimientos de los justos pasan veloces como las golondrinas, respecto a la duración del premio eterno.

Pero devolveremos a tu Sara los ojos que tenía y la mente de sus veinte años, para que dé consuelo a tu vejez.

-Se llama Paloma -observa uno del pueblo…
-Para él es su princesa. Mas ahora escuchad la parábola que os propongo…

-¿No vas a liberar antes de las tinieblas los ojos y la mente de mi mujer para que pueda también ella saborear la Sabiduría? -pregunta ansioso el viejo arquisinagogo.

-¿Eres capaz de creer que Dios lo puede todo, y que su poder va desde un mundo al otro?

-¡Sí, Señor! Recuerdo un atardecer de hace muchos años.

Entonces yo era feliz. Pero era creyente aun viviendo en la alegría. ¡Porque es así! El hombre mientras es feliz puede a lo mejor olvidarse de Dios. Yo creía en Dios incluso en aquel tiempo de alegría, cuando mi mujer era joven y estaba sana, y crecía mi Elisa, ya novia, una jovencita bonita como una palmera, y Eliseo la igualaba en hermosura y la superaba en fuerza, como es natural en el hombre… Yo había ido con el niño a las fuentes que están rayanas con las viñas de la dote de Paloma. Había dejado a mi mujer y a mi hija en los telares, donde se tejía el ajuar nupcial… Pero quizás te estoy aburriendo. El mísero sueña la pasada alegría recordando… pero a los demás no les interesa…

-¡Habla, habla!

-Había ido con el niño… Las fuentes… Si has venido por el camino de occidente, sabes dónde están… Las fuentes estaban en el límite del lugar bendito, y mirando se veía, en el fondo, el desierto, y el camino blanquecino por las piedras romanas (entonces todavía bien visibles en las arenas de Judá)… Después… se borró también aquella señal. Al fin y al cabo, no importa que una señal se pierda en las arenas. Lo que sí es una mala cosa es que se haya borrado la señal de Dios, enviada para señalarte, en los espíritus de Israel. ¡En demasiados espíritus!

Mi hijo dijo: "¡Padre! ¡Mira! Una gran caravana y caballos y camellos y pajes y señores en dirección a Engadí. Quizás vienen a las fuentes antes de que anochezca…". Levanté los ojos de los sarmientos que estaba trabajando, mis ojos cansados después de mucha vendimia, y vi… Sí, los hombres venían precisamente a las fuentes. Y bajaron y me vieron y preguntaron si podían acampar en ese lugar durante una noche.

"Engadí tiene casas hospitalarias, y está cerca" respondí.

"No. Estamos alerta para estar preparados para huir, porque nos busca Herodes. Los que estén de guardia desde aquí verán todos los caminos, y será fácil escaparnos de quien nos busca".

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