374- El día de la Parasceve. Por las calles de Jerusalén y en el barrio de Ofel

Salen del Templo, que hormiguea de gente, para sumergirse en el hormigueo de las calles en que todos se mueven presurosos, atareados en los últimos preparativos pascuales; y los que llegan con retraso buscan afanosamente una habitación, un vestíbulo, un sitio cualquiera, y transformarlo en cenáculo para comer el cordero.

Es fácil así encontrarse. También es fácil no reconocerse, en medio de este gentío que se agolpa, agitado continuamente, y que hace pasar ante los ojos caras de todas las edades, de todas las regiones en que hay israelitas y donde la sangre pura de Israel ha contraído, por mezclas de sangre o simplemente por mimetismo, semejanzas con otras razas. De forma que se ven hebreos que parecen egipcios, y también que, por los labios salientes, las narices chatas y el ángulo facial, parecen cruzamientos con nubienses; otros que, por las caras afiladas, pequeñas, las extremidades gráciles, las miradas perspicaces, delatan su procedencia de las colonias griegas o su mezcla con griegos; mientras que otros, hombres altos y fuertes, de rostros escuadrados, revelan claramente que no son del todo ajenos a los latinos; y hay también muchos que nosotros modernos diríamos que son circasianos o persas, con un vestigio de ojos mongólicos o indios: en los rostros blanquísimos de los primeros, en los rostros aceitunados de los segundos. ¡Un bonito calidoscopio de caras y vestidos! Los ojos se cansan, tanto que es fácil que al final miren sin ver. Pero lo que a uno le pasa desapercibido otro lo observa. Es, pues, comprensible que lo que le pasa desapercibido al Maestro, siempre un poco absorto dentro de sí cuando lo dejan en paz y no le hacen preguntas, lo note uno u otro de los que están con El. Y los apóstoles, los que van más cerca de Jesús, se señalan unos a otros lo que ven, y cuchichean entre sí una serie de comentarios… muy humanos, respecto a las personas señaladas.

Jesús capta uno de estos comentarios incisivos, sobre un ex discípulo que pasa con empaque fingiendo no verlos:
-¿A quién decís esas palabras? -pregunta.

-A ese mochuelo -dice Santiago de Zebedeo mientras lo señala -Ha hecho como que no nos veía. Y no es el único que lo hace. Pero cuando debías curarlo y te buscaba, ¡ah, entonces sabía vernos! ¡A ver si le viene la pústula maligna! -¡¡Santiago!! ¿Con estos sentimientos estás a mi lado y te preparas a comer el cordero? Verdaderamente tú eres más incoherente que él. Él se ha separado con franqueza, cuando ha sentido que no podía hacer lo que Yo decía. Tú te quedas, pero no haces lo que digo. ¿No eres entonces más pecador que él?

Santiago se pone colorado hasta de los compañeros, avergonzado.

-¡Es que duele ver que actúan así, Maestro! -dice Juan, para ayudar a su hermano que ha sido corregido -Nuestro amor se rebela al ver su desamor…

-Sí, ya. ¿Y pensáis que los vais a llevar al amor de esta
forma? Desaires, malas palabras, insultos nunca han llevado a un rival o a uno que piense de forma distinta al punto a donde se querría llevar. Son la dulzura, la paciencia, la caridad ­perseverantes a pesar de todas las negativas -, las que al final consiguen. Yo comprendo vuestro corazón, que sufre al no verme amado, y lo compadezco.

Pero querría percibiros, veros más sobrenaturales en vuestras acciones y en vuestros medios para hacer que me amen. ¡Ánimo, Santiago, ven aquí! No he hablado para avergonzarte. Comprendámonos, amémonos al menos entre nosotros, amigos míos… ¡Que ya hay mucha incomprensión y dolor para el Hijo del hombre!

Santiago, tranquilizado, vuelve junto a Jesús.

Andan un rato en silencio. Luego Tomás interviene bruscamente con una fuerte exclamación:

-¡Pero es una verdadera vergüenza!
-¿El qué? -pregunta Jesús.

-¡Pues la vileza de muchos! Maestro, ¿no ves cuántos fingen que no te conocen?

-¿Y qué? ¿Cambiará, acaso, su modo de actuar una iota de lo que está escrito acerca de mí? No. Sólo para ellos se cambia lo que se podría escribir. Porque en los libros eternos se podría decir de ellos:

"Los discípulos buenos", y se escribirá: "Los que no fueron buenos, aquellos para quienes fue nada la venida del Mesías". Palabra tremenda, ¿sabéis? Peor que la de: "Adán, con Eva, pecó". Porque Yo puedo anular aquel pecado. Pero no podré anular este de renegar del Verbo Salvador… Vamos a torcer por esta parte. Yo me detengo con los hermanos, con Simón Pedro y Santiago en el barrio de Ofel. Judas de Simón se quedará también. Pero Simón Zelote, Juan y Tomás irán al Getsemaní por las bolsas…
-Sí, así no se le atravesará el cordero a Jonás -dice Pedro todavía inquieto. Los otros ríen…

-¡Tranquilo, tranquilo! No te asombres de que tenga miedo. Mañana podrías tener miedo tú.
-¿Yo, Maestro? Es más fácil que el mar de Galilea se transforme en vino que no que tenga miedo yo -afirma Pedro con seguridad.

-Sin embargo… la otra noche… Simón… no parecías muy valiente en la escalera del palacio de Cusa -muerde Judas de Keriot, sin mucha ironía pero… siempre con el sarcasmo suficiente como para punzar a Pedro.
-¡Estaba agitado porque… temía por el Señor! No por otra cosa.

-¡Bien! ¡Bien! Esperemos que no tengamos nunca… miedo a quedar mal nosotros, ¿eh?» responde Judas de Keriot dándole una palmada en el hombro, protector y maligno… En otros momentos su modo de actuar habría desencadenado una reacción. Pero Pedro, desde la noche anterior, vive en estado de… admiración por Judas y lo soporta en todo.

Jesús dice:

-Felipe y Natanael con Andrés y Mateo que vayan al palacio de Lázaro, a decir que estamos yendo.
Se separan estos últimos, y los otros siguen con Jesús. Los discípulos, menos Esteban e Isaac, van con los apóstoles que han sido enviados al palacio.

En el barrio de Ofel, una nueva separación. Los encargados de ir al Getsemaní se encaminan, raudos, junto con Isaac. Esteban se queda con Jesús, los hijos de Alfeo, Pedro, Santiago y Judas Iscariote: y, para no estar parados en el cruce, prosiguen lentamente en la misma dirección de los que van al Getsemaní.

Van precisamente por la callecilla que será recorrida por Jesús entre sus torturadores la noche del Jueves Santo. Ahora, que es hacia mediodía, está vacía de gente. Después de pocos pasos, hay una pequeña placita, con una fuente sombreada por una higuera que abre sus tiernas hojas sobre la balsa del agua quieta.

-Ahí está Samuel de Analía -dice Santiago de Alfeo, que debe conocerlo bien. El joven está para entrar en casa con el cordero… Va cargado también con otros alimentos.
-Se ocupa de la cena pascual también para su pariente -observa Judas de Alfeo.

-¿Pero ahora se ha establecido aquí? ¿No estaba fuera? -dice Pedro.
-Sí. Se ha establecido aquí. Se dice que tiene relaciones con la hija de Cleofás, el fabricante de sandalias. Tiene mucho dinero esa mujer…

-¡Ah! ¿Y por qué dice, entonces, que Analía lo ha abandonado? -pregunta Judas Iscariote.
-¡Es una mentira!

-El hombre se sirve fácilmente de la mentira. Y no sabe que haciéndolo se mete por el camino del mal. Basta el primer paso, un paso, para no poderse ya liberar… Es como el ajonje… es un laberinto… una armadija. Una armadija en bajada… -dice Jesús a Judas

-¡Qué pena! ¡Parecía tan bueno el año pasado ese hombre! -dice Santiago de Zebedeo.

-Sí. Yo creía que imitaría a su prometida en cuanto a entregarse totalmente a ti, haciendo así una pareja de esposos ángeles y siervos tuyos. ¡Vamos que lo habría jurado!… -dice Pedro.

-¡Simón mío! No jures nunca sobre el futuro de un hombre. Es la cosa más incierta que hay. Ningún elemento presente en el momento del juramento puede ser fianza de juramento seguro. Hay delincuentes que se hacen santos, y hay justos, o que tienen apariencia de justos, que se hacen delincuentes -le responde Jesús.

Samuel, entretanto, después de entrar en casa, ha vuelto a salir para ir a la fuente por agua pura… Y ve a Jesús. Lo mira con visible desprecio y lanza un insulto; sí, ciertamente es un insulto, pero es en hebreo y no lo entiendo.

Judas Iscariote se lanza repentinamente hacia delante, lo coge por un brazo y le da unos meneos como si fuera un árbol del que se quisiera hacer caer la fruta madura:

-¿Así hablas al Maestro, pecador? ¡Abajo! ¡De rodillas! ¡Inmediatamente! ¡Pídele perdón, lengua sucia de inmundicia de cerdo! ¡Abajo! ¡o te destrozo!

Es terrible este Judas con esta violencia repentina. Su rostro se altera terriblemente. Inútilmente Jesús trata de calmarlo. Hasta que no ve al blasfemo arrodillado en la tierra fangosa que hay alrededor de la fuente, no afloja la presión.

-Perdón -dice entre dientes el malaventurado, que debe sentirse torturado por la tenaza de los dedos de Judas. Pero lo dice mal. Sólo porque se ve forzado. Jesús responde:

-No guardo rencor. Tú sí, a pesar de lo que dices. La palabra es inútil, si no está acompañada del movimiento del corazón. Tú, en el corazón, blasfemas contra mí todavía. Y con doble culpa; porque me acusas y me odias por un motivo que tu conciencia, en lo profundo, te dice que no es verdad, y porque tú eres el único que ha faltado, no Analía, ni tampoco Yo. Pero te lo perdono todo. Ve y trata de volver a ser honesto y grato a Dios.

Déjalo, Judas.

-Me marcho. ¡Pero te odio! Me has pervertido a Analía y te odio…

-De todas formas, te consuelas con Rebeca, hija del fabricante de sandalias; y te consolabas con ella ya desde cuando Analía era tu prometida y, estando enferma, pensaba sólo en ti…

-Me veía ya sin mujer… eso pensaba… y me buscaba esposa… Ahora he vuelto a Rebeca porque… porque…

Analía no me acepta -dice Samuel disculpándose, al ver descubiertos sus enjuagues.

Judas Iscariote termina:

…Y porque Rebeca es muy rica. Fea como una sandalia destaconada… y vieja como una suela perdida en el sendero… pero rica, eso sí, rica… -y ríe sarcásticamente mientras el otro huye.

-¿Cómo lo sabes? -pregunta Pedro.
-¡Es fácil saber dónde hay vírgenes y dinero!
-¡Bien! ¿Vamos por esa calle estrecha, Maestro? Esta plaza es un horno de pan. Allí hay sombra y ventilación -suplica Pedro, que está sudando.

Y caminan, despacio porque esperan a los otros de regreso. La pequeña calle está desierta.

Una mujer se separa de una puerta y viene a postrarse a los pies de Jesús llorando.

-¿Qué te pasa?
-¡Maestro!… ¿Ya te has purificado?
-Sí. ¿Por qué lo preguntas?

-Porque quería decirte… Pero no te puedes acercar a él. Es todo podredumbre… El médico dice que está infectado. Después de la Pascua voy a llamar al sacerdote… y… Hinnon lo recibirá. No me culpes. No lo sabía… Trabajó durante muchos meses en Joppe y me volvió así, diciendo que se había herido. Usé bálsamos y lavados con aromas…

Pero no aprovechaban. Consulté a un herbolario. Me dio polvos para la sangre… Separé a los hijos… separé la cama… porque… me empezaba a dar cuenta. Empeoró. Llamé a un médico. Me dijo: "Mujer, tú sabes tu deber y yo el mío.

Esto es herida de lujuria. Sepáralo de ti; yo lo separaré del pueblo; el sacerdote, de Israel. Tenía que haber reflexionado cuando ofendía a Dios, te ofendía a ti y se ofendía a sí mismo. Ahora que pague". Obtuve el silencio suyo hasta el día siguiente de los Ázimos.Pero, si Tú tuvieras piedad del pecador, y de mí, que todavía lo amo, y de los cinco hijos inocentes…

-¿Qué quieres que te haga? ¿No crees que quien ha pecado es justo que expíe?

-¡Sí, Señor! ¡Pero Tú eres la Misericordia viviente!

Toda la fe de que una mujer es capaz está presente en la voz, en la mirada, en el gesto de la mujer arrodillada con los brazos extendidos hacia el Salvador.
-¿Y él que tiene en su corazón?

-Humillación… ¿Qué otra cosa podría tener, Señor?
-¡Sería suficiente un movimiento sobrenatural de arrepentimiento, de justicia, para obtener piedad!…

-¿Justicia?

-Sí. Decir: "He pecado… Mi pecado merece esto y mucho más, y a los que he ofendido les pido misericordia".

-Yo ya se la he dado. Tú, Dios, dásela. No puedo decirte: entra… Ya ves que no te toco ni siquiera yo… Pero, si quieres, lo llamo, y le digo que hable desde la terraza.

-Sí.

La mujer mete la cabeza dentro de la puerta de casa y llama fuerte:

-¡Jacob! ¡Jacob! Sube al tejado. Asómate. No temas.

El hombre, pasados unos momentos, se asoma por el antepecho de la terraza. Una cara amarillenta, hinchada; vendados el cuello y una mano… Una ruina tábida de hombre… Mira con los ojos aguosos propios del enfermo de innobles enfermedades. Pregunta:

-¿Quién me requiere?

-¡Jacob, está aquí el Salvador!…

La mujer no dice nada más, pero parece como si quisiera hipnotizar al enfermo, infundirle su pensamiento…

El hombre, sea porque siente este pensamiento de ella, sea por un movimiento espontáneo, extiende los brazos y dice:

-¡Libérame! ¡Creo en ti! ¡Es horrible morir así!

-Es horrible faltar al propio deber. ¿No pensabas en ésta, ni en los hijos?

-Piedad, Señor… Por ellos, por mí… ¡Perdón! ¡Perdón!
Y se deja caer encima del murete, llorando. Las manos, vendadas, sobresalen con todo el brazo, descubierto ahora por haberse subido la manga, con manchas por las ya próximas pústulas, hinchado, repelente… El hombre, así como está, parece una marioneta macabra, un cadáver arrojado allí, ya próximo a la descomposición: da pena y náusea al mismo tiempo.

La mujer llora, todavía en el polvo del suelo, de rodillas.

Jesús parece esperar aún una palabra… que, por fin, baja, entre sollozos:

-¡Elevo mi dolor a ti contrito de corazón! Dame al menos la promesa de que ellos no sufrirán hambre… y luego… me marcharé, resignado, a expiar. ¡Y salva mi alma, Salvador bendito! ¡Al menos mi alma! ¡Al menos mi alma!

-Sí. Te curo. Por los inocentes. Para darte el modo de mostrarte justo. ¿Comprendes? Recuerda que el Salvador te ha curado. Dios, por el modo en que respondas a esta gracia, te absolverá de tus pecados. Adiós. La paz a ti, mujer.

Y se marcha, casi corriendo, al encuentro de los que regresan del Getsemaní. Ni siquiera los gritos del hombre, que siente y ve que se está curando, lo detienen, ni tampoco los de la mujer…

-Vamos a torcer por esta callejuela, para no pasar otra vez por allí -dice Jesús después de haberse reunido con los otros.

Entran por una callejuela miserable, tan estrecha que a duras penas dos pasan de lado, y, si viene por ella un burro con albardas, no queda otra solución sino aplastarse contra la pared como un sello. Hay penumbra, por los tejados que casi se tocan, y soledad, silencio y mal olor. Van en fila, como si fueran frailes, hasta el final de la callejuela miserable. Luego, en una placita llena de muchachos, se reúnen otra vez en grupo.

-¿Por qué has dicho esas palabras a aquel hombre? No las usas nunca… -pregunta curioso Pedro.
-Porque aquel hombre será uno de mis enemigos. Y este pecado agravará el que ya tiene.

-¡¿Y lo has curado?! -preguntan todos, estupefactos.
-Sí. Por los pequeñuelos inocentes.

-¡Mmm! Volverá a enfermar…
-No. De la vida del cuerpo, después del susto y el sufrimiento pasados, tendrá cuidado; no volverá a enfermar.

-Pero dices que pecará contra ti. Yo le quitaba la vida.
-Tú eres un hombre pecador, Simón de Jonás.
-Y Tú demasiado bueno, Jesús de Nazaret -replica Pedro.

Los absorbe una calle central y ya no veo nada más. Nota mía. (de María Valtorta.-) Reconozco tanto al hombre curado como a Samuel. El primero es el que, en la Pasión, golpea con una piedra a Jesús en la cabeza. Reconozco más que a él a su mujer, doliente ahora como entonces; y la casa, que tiene una puerta sui generis, alta, sobre tres peldaños. Y lo mismo, con la máscara de odio que lo transforma, reconozco en Samuel al joven que mata a su madre de una patada, para poder ir a golpear al Maestro con un garrote.

373- El día de la Parasceve. En el Templo

Jesús entra en el Templo.

Y, desde sus primeros pasos en él, es fácil comprender el humor de los ánimos hacia el Nazareno: miradas hostiles; órdenes a los miembros de la guardia del Templo de vigilar al «conturbador», órdenes dadas abiertamente, para que todos vean y oigan; palabras de desprecio para los que vienen con Él; incluso empujones voluntarios a los discípulos…

En fin, el odio es tal, que los relumbrantes fariseos, escribas y doctores asumen posturas y acciones de mozos de cuerda o peor todavía: y están tan cegados por el rencor, que no piensan que se rebajan mucho, incluso como hombres, actuando así.

Jesús pasa tranquilo, ¡como si ni siquiera se refiriera a Él eso que hacen! Es el primero en saludar, en cuanto ve a algún personaje que, por grado sacro o por poder, es un "superior" del mundo hebreo.

Y, si éste no responde al saludo correcto que Jesús le dirige, no por ello Jesús cambia de actitud. Eso sí, su rostro, cuando se vuelve de uno de estos soberbios hacia uno o varios de los muchos humildes que hay, toma un aspecto de sonrisa dulcísimo.

Y muchos son los mendigos y enfermos pobres que ayer ha recogido y que, debido a la suerte imprevista que han tenido, pueden celebrar una Pascua como quizás desde hacía años no celebraban.

Ahora, reunidos en grupos, en pequeñas sociedades nacidas espontáneamente, van a comprar los corderos que habrán de ser inmolados, contentos de ser -ellos que eran los despreciados -iguales que los demás, en vestidos y posibilidades. Y Jesús se para, benigno, a escucharlos: sus propósitos, sus narraciones de asombro, sus bendiciones…

Ancianos, niños, viudas, enfermos ayer, ahora curados; miserables ayer, andrajosos, hambrientos, despreciados, hoy vestidos, ¡y felices de ser hombres como los demás en estos días de la gran fiesta de los Ázimos!

Las voces -muy variadas: desde las de plata de los pequeñuelos a las temblorosas de los viejos, y, entre estos dos extremos, las voces vibrantes de las mujeres -saludan, acompañan, siguen a Jesús. Llueven los besos en sus vestiduras y en sus manos. Y Jesús sonríe y bendice, mientras sus enemigos, lívidos de rabia por la gran luminosidad de paz que hay en Él, se concomen de ira impotente.

Capto fragmentos de lo que dicen unos u otros…
-¡Tienes razón! Pero a nada que hagamos nos destrozan -(y un fariseo señala al pueblo que se apiña en torno a Jesús).

-¡Fijaos! Nos ha recogido, nos ha dado de comer, nos ha vestido, nos ha curado, y muchos, por medio de los discípulos ricos, han encontrado trabajo y asistencia. Pero la verdad es que todo ha venido por Él. ¡Que Dios lo salve siempre! -dice un hombre que quizás ayer estaba enfermo y mendigaba.

-¡Claro, así yo también! ¡Este sedicioso compra a la plebe así, para lanzarla contra nosotros! -gruñe entre dientes un escriba, hablando con un colega.

-Una discípula suya ha tomado mi nombre, y me ha dicho que vaya a su casa después de la Pascua, que me va a llevar a los campos que tiene en Béter. ¿Comprendes, mujer? Yo y mis hijos. Voy a trabajar. Pero, ¿qué es trabajar cuando hay protección y seguridad? ¡Es una alegría! Y mi Leví ya no tendrá que destrozarse trabajando en los cereales, porque la discípula que se hace cargo de nosotros lo va a poner en las rosaleras… ¡Vamos, te digo que un juego!

¡El Eterno dé gloria y bien a su Mesías! -dice 1a viuda de la llanura de Sarón a una israelita de clase más bien rica que le está preguntando.

-¡Oh! ¿Y yo no puedo?… ¿Estáis ya todos situados, todos a los que ayer ha recogido? -dice la mujer rica israelita.
-No, mujer. Hay todavía otras viudas con hijos, y otros hombres.

-Quisiera decirle que si me concede la gracia de ayudarle.
-¡Llámalo!
-No me atrevo.
-Ve tú, Leví mío, a decirle que una mujer quiere hablar con Él…

El niño va raudo y refiere esto a Jesús.
Entretanto, un saduceo trata con violencia a un anciano, que pontifica en medio de una masa de gente venida de la Transjordania y que teje el elogio del Maestro de Galilea.
El anciano se defiende diciendo:

-¿Qué estoy haciendo de malo? ¿Querías que te alabara a ti? Bastaría con que hicieras lo que hace Él. Pero tú -que Dios te perdone -desprecias las canas y la miseria en vez de amarlas; falso israelita, que no respetas el Deuteronomio teniendo piedad de los pobres.

-¿Estáis oyendo? ¡Este es el fruto de la doctrina del agitador! Enseña a la plebe a ofender a los santos de Israel.

Le responde un sacerdote del Templo:

-Pero la culpa es nuestra si sucede esto. No hacemos más que amenazar, sin traducir en acción las amenazas.
…Jesús, mientras tanto, dice a la mujer de Israel:

-Si verdaderamente te comprometes a ser madre de los huérfanos y hermana de las viudas, ve al palacio de Cusa, al Sixto. Di a Juana que te mando Yo. Ve, y fructifique tu tierra como la del Edén por tu piedad, y más aún fructifique tu corazón en un amor cada vez mayor a tu prójimo.

En esto, ve a los miembros de la guardia que arrastran al anciano que había hablado antes. Grita.:
-¿Qué le hacéis a ese anciano? ¿Qué ha hecho?
-¡Ha insultado a los oficiales que le reprendían!
-¡No es verdad! Un saduceo ha arremetido contra mí porque hablaba de ti a aquellos peregrinos. Y, como ha levantado contra mí su mano, porque soy viejo y pobre, le he dicho que es un falso israelita que pisotea las palabras del Deuteronomio.

-Soltad a ese anciano. Está conmigo. Su boca ha expresado la verdad. No la sinceridad: la Verdad. Dios habla por los labios de los niños, pero también por los de los ancianos.

Está escrito: "No desprecies al hombre en su vejez, porque son de los nuestros los que envejecen". Y también: "No desprecies las palabras de los ancianos sabios: antes bien, te sean familiares sus máximas, porque de ellos aprenderás la sabiduría y las enseñanzas de la inteligencia". Y también: "Donde hay ancianos no hables mucho".

Recuerde esto Israel, esa parte de Israel que quiere llamarse perfecta, porque en caso contrario el Altísimo sabe cómo desmentirla. Padre, ven a mi lado.

El anciano, de porte señorial, va donde Jesús, mientras los saduceos, afectados por el reproche, se marchan airados.

-Soy una mujer hebrea de la Diáspora, Rey esperado. ¿Podría servirte como esa mujer que has enviado a Juana? -dice una que me recuerda en todo a la que, de nombre Nique, enjugó el rostro de Jesús en el Gólgota y obtuvo el Sudario. Pero las hebreas son muy semejantes entre sí, y pasados ya meses desde aquella visión, podría equivocarme.
Jesús la mira. Ve a una mujer de unos cuarenta años, bien vestida, de maneras francas. Le pregunta:

-¿Eres viuda, no es verdad?
-Sí, y sin hijos. He vuelto hace poco y he adquirido unas tierras en Jericó. Para estar cerca de la Ciudad Santa. Pero ahora veo que Tú eres más grande que ella. Y te sigo. Y te ruego que me recibas a tu servicio. Sé de ti por discípulos. Pero superas lo que ellos cuentan.
-De acuerdo. Concretamente, ¿qué quieres?

-Ayudarte en los pobres y, según mis posibilidades, hacer que seas amado y conocido. Conozco a muchos de las colonias de la Diáspora, porque he seguido a mi marido en sus actividades comerciales. Dispongo de medios y me basta con poco, así que puedo hacer mucho; y quiero hacer mucho, por tu amor y para sufragio del espíritu de aquel que me tomó, virgen, hace veinte años, y fue para mí dulce compañero hasta el último suspiro. Parecía profetizar cuando moría. Decía:

"Cuando muera, entrega a la tumba la carne que te amó, y ve a nuestra patria. Encontrarás al Prometido. ¡Tú lo verás! Búscalo. Síguelo. Es el Redentor y Resucitador, y me abrirá las puertas de la Vida. Sé buena para ayudarme a estar preparado cuando abra los Cielos a los que no tengan ya deudas con la Justicia; y sé buena para merecer encontrarlo pronto. Jura que lo harás y que cambiarás en fortaleza hacendosa las estériles lágrimas de una viudez. Ten, esposa, a Judit como ejemplo tuyo, y todas las naciones conocerán tu nombre"̣

¡Pobre esposo mío! Lo único que pido es que me conozcas Tú…
-Te conoceré como discípula buena. Ve tú también donde Juana, y que Dios esté contigo…

..Pesados como abejas, vuelven al asalto los enemigos de Jesús, mientras Él, inmolado el cordero y habiendo esperado a que fueran inmolados los que habían tomado los discípulos para tener los necesarios para tantos, regresa hacia las murallas del Templo.

-¿Cuándo tienes pensado acabar con estas ostentaciones de rey? ¡Tú no eres rey! ¡Tú no eres profeta! ¿Hasta cuándo vas a abusar de nuestra bondad, hombre pecador, rebelde, causa de mal para Israel? ¿Cuántas veces te tenemos que decir que no tienes derecho a venir aquí como rabí?

-He venido a inmolar el cordero. No podéis impedírmelo. No obstante, os recuerdo a Adonías y Salomón.
-¿Qué tienen que ver con esto? ¿Qué quieres decir? ¿Eres Tú Adonías?

-No. Adonías se hizo rey fraudulentamente, pero la Sabiduría velaba y aconsejaba, de forma que fue rey sólo Salomón. Yo no soy Adonías, sino Salomón.

-¿Y Adonías quién es?
-Todos vosotros.

-¿Nosotros? ¡Atento a lo que dices!
-Hablo con verdad y justicia.

-Observamos todos los puntos de la Ley, creemos en los profetas y…

-No. No creéis en los profetas. Ellos me nombran, y vosotros no creéis en mí. No. No observáis la Ley. La Ley aconseja obras justas. Vosotros no las hacéis. Ni siquiera son rectas esas ofrendas que venís a hacer.

Está escrito: "Inmunda es la ofrenda de quien sacrifica bienes malamente adquiridos". Está escrito: "El Altísimo no acepta los dones de los inicuos, no vuelve su mirada hacia sus oblaciones, ni perdonará sus pecados porque acumulen muchos sacrificios".

Está escrito: "Quien ofrece sacrificio con los bienes de los pobres es como quien degüella a un hijo ante los ojos de su padre". ¡Esto está escrito, Jocanán! Está escrito:

"El pan de los indigentes es la vida de los pobres, quien se lo arrebata es un asesino". ¡Esto está escrito, Ismael!
Está escrito: "Quien arrebata el pan del sudor es como si matara al pobre". ¡Esto está escrito, Doras hijo de Doras!
Está escrito: "Quien vierte la sangre y quien quita su jornal al jornalero son hermanos". ¡Esto está escrito, Jocanán, Ismael, Cananías, Doras, Jonatán. Y recordad también que está escrito:

"Quienquiera que sea el que cierre sus oídos a los gritos de los pobres, gritará también él y no será escuchado".
Y tú, Eleazar ben Anás, recuerda, y recuerda a tu padre, que está escrito: "Mis sacerdotes han de ser santos y no se contaminarán por ningún motivo".

Y tú, Cornelio, ten presente que está escrito: "Quien maldiga a su padre y a su madre sea muerto", y no es muerte sólo la que procura el verdugo: una muerte mayor espera a los que pecan contra los padres, eterna, tremenda muerte.

Y tú, Tolmé, recuerda que está escrito: “Al que practica la magia lo extermino Yo".

Y tú, Sadoq, escriba de oro, recuerda que entre el adúltero y su paraninfo en el adulterio no hay diferencia a los ojos de Dios; y está escrito que quien jura lo falso es consumido por las llamas sin fin. Y di a aquel que lo ha olvidado que quien toma a una virgen y saciado ya, la separa de sí con acusaciones falsas, recibe condena. ¡No aquí! En la otra vida: por la mentira, el juramento falso, el daño contra la esposa, y por el adulterio.

¿Qué sucede? ¿Huís? ¿Ante el inerme que dice palabras no suyas, sino de aquellos a quienes vosotros citáis como santos en Israel? De forma que no podéis decir que el inerme sea un blasfemo, porque, si lo dijerais, llamaríais blasfemos a los libros sapienciales y a los libros mosaicos, que han sido dictados por Dios.

¿Huís ante el inerme? ¿Son, acaso, piedras mis palabras? ¿0 es que despiertan en vosotros, golpeando en el bronce duro de vuestro duro corazón, la conciencia, y la conciencia siente el deber de purificarse -ella y no sólo los miembros -en esta Parasceve, para poder consumir, sin pecado de impureza, e1 cordero santo? ¡Oh, si así es, gloria al Señor!

Porque, os lo digo a vosotros que queréis ser alabados como sabios, verdadera sabiduría es conocerse a sí mismo, reconocer los propios errores, arrepentirse de ellos e ir a los ritos con "verdadera" devoción, o sea, con culto y rito en el alma, y no rito externo… -¡Se han marchado!
Vámonos también nosotros, a dar paz a quien nos espera…

372- El día de la Parasceve. Despertar en el palacio de Lázaro

La residencia de Lázaro, transformada esa noche en dormitorio, muestra, diseminados por todas partes, cuerpos de hombres dormidos.

No se ve a las mujeres. Quizás las han conducido a las habitaciones superiores. El alba clara blanquece lentamente la ciudad, penetra en los patios de la casa, provoca los primeros gorjeos tímidos entre las frondas de los árboles plantados para dar sombra a aquéllos, y también los primeros arrullos de las palomas que duermen en la armadura del alero. Pero los hombres no se despiertan: cansados saciados de comida y emociones, duermen y sueñan…

Jesús sale al vestíbulo sin hacer ruido, y de ahí pasa al patio de honor. Se lava en una fuente clara que canta en el centro, dentro de un cuadrado de arrayanes a cuyo pie hay pequeños lirios muy parecidos a los llamados muguetes franceses. Se asea y, también sin hacer ruido, vuelve a donde está la escalera que conduce a los pisos de arriba y a la terraza que corona la casa; sube hasta ella, a orar, a meditar…

Paseando lentamente, va y viene. Sólo lo ven las palomas, las cuales, alargando el cuello y haciendo arrullos, parecen preguntarse una a otra: « ¿Quién es éste?». Luego se apoya en el antepecho y se queda recogido dentro de sí, inmóvil. En fin, alza 1a cabeza, reclamada quizás su atención por los primeros rayos del sol, que se levanta tras las colinas que celan Betania y el valle del Jordán. Jesús mira el panorama puesto a sus pies.

La residencia de Lázaro se alza sobre una de las tantas elevaciones del suelo que hacen de las calles de Jerusalén, especialmente de las menos bonitas, una ondulación continua.

Está casi en el centro de la ciudad, pero ligeramente retirada hacia el suroeste. Construida en una bonita calle que termina en el Sixto, formando con ella una T, domina la ciudad baja. Tiene, enfrente, Beceta, Moria y Ofel, y, detrás de éstos, la cadena del monte de los Olivos; en la parte de atrás, perteneciente ya al lugar en que está construida, el monte Sión; Mientras que, por el lado sur, la vista se extiende hacia las colinas meridionales, y al Norte, Beceta oculta buena parte del panorama. Pero, allende el valle de Guijón, la cabeza calva del Gólgota emerge amarillenta -siempre lúgubre, incluso con esta luz alegre -bajo el rosicler de la aurora.

Jesús la mira… Su mirada, aunque ahora es más viril y pensativa, me recuerda a aquella de la lejana visión de Jesús a los doce años en la escena de la disputa con los doctores. Ahora, como tampoco entonces, no es una mirada de terror. No. Es una mirada digna, de un héroe que mira al campo de su postrera batalla.

Luego se vuelve a mirar a las colinas del sur de la ciudad y dice: « ¡La casa de Caifás!» y, con la mirada, traza todo un itinerario desde aquel sitio hasta el Getsemaní, y luego al Templo, y luego mira más allá de las murallas de la ciudad, hacia el Calvario…
El sol, entretanto, ha salido del todo y la ciudad se enciende de luz…

Alguien da vigorosos golpes al portón de la casa, sin dejar intervalo entre uno y otro. Jesús se asoma para ver, pero el alero, muy saliente, y el hecho de que el portón esté muy adentro en los gruesos muros, le impiden ver quién llama. Eso sí, oye enseguida las voces de los durmientes, que se despiertan, mientras alguien cierra con estrépito el portón, abierto por Leví. Luego oye que muchas voces de hombre y de mujer gritan su Nombre… Se apresura a bajar y dice:

-Estoy aquí. ¿Qué queréis?
Los que lo llamaban, nada más oírlo, toman al asalto la escalera y suben corriendo y hablando alto. Son los apóstoles y los discípulos más antiguos; en medio de ellos, Jonás, el encargado del Getsemaní. Hablan todos a la vez y no se entiende nada.
Jesús debe imponer con violencia que se paren donde están y que guarden silencio, para poderlos calmar; se llega a ellos y dice al instante:

-¿Qué sucede?
Otro alboroto fragoroso, inútil por incomprensible. A las espaldas de los que gritan se asoman caras de aflicción o estupor, de mujeres y discípulos…

-Hablad de uno en uno. Tú, Pedro, el primero.

-Ha venido Jonás… Ha dicho que eran muchos y que te habían buscado por todas partes. Él ha estado mal toda la noche; luego, a la hora de la apertura de las puertas, ha ido a casa de Juana y ha sabido que estabas aquí. Pero ¿qué hacemos? ¡Tendremos que celebrar la Pascua, digo yo!
Jonás del Getsemaní refuerza la noticia diciendo:

-Sí, me han maltratado incluso. He dicho que no sabía dónde estabas, que quizás no volvías. Pero han visto vuestras túnicas y han comprendido que volvéis al Getsemaní. ¡No me seas causa de daño, Maestro! Siempre te he hospedado con amor. Esta noche he sufrido por ti. Pero… pero…

-¡No tengas miedo! No te volveré a poner en peligro de ahora en adelante. No volveré a detenerme en tu casa. Me limitaré a ir de paso, durante la noche, a orar… No me lo puedes prohibir…
Jesús se muestra dulcísimo hacia el aterrorizado Jonás del
Getsemaní.

Pero la voz de oro de María de Magdala prorrumpe vehemente:

-¿Desde cuándo, hombre, te olvidas de que eres siervo y que es nuestra condescendencia la que te hace usar modos de amo? ¿De quién son la casa y el olivar? Sólo nosotros podemos decir al Rabí: "No vayas a causar daño a nuestros bienes". Pero no lo decimos. Porque sumo bien sería siempre si, por buscarlo a Él, los enemigos del Cristo destruyeran incluso los árboles y las paredes, y hundieran los bancales; porque todo habría sido destruido por haber hospedado al Amor, y el Amor nos daría amor a nosotros sus fieles amigos. ¡Que vengan! ¡Que destruyan! ¡Que pisoteen! ¿Y qué?¡Basta con que El nos ame y resulte ileso!
Jonás está entre dos miedos: a los enemigos y a su ardiente ama, y susurra:

-¿Y si hacen daño a mi hijo?…
Jesús lo conforta:

-No temas, te digo. No volveré a detenerme en tu casa. Puedes decir a quien te lo pregunte que el Maestro ya no se hospeda en el Getsemaní… ¡No, María! Conviene hacerlo así, y déjame que lo haga así. Te agradezco tu generosidad… Pero no es mi hora, ¡no es todavía mi hora! Supongo que serían fariseos…

Y miembros del Sanedrín, y herodianos y saduceos… y soldados de Herodes… y… todos… todos… No me logro quitar el temblor del miedo… Pero, ¿ves, Señor, que he venido corriendo a avisarte?… a casa de Juana… luego aquí…

El hombre se preocupa de que se vea que, con el riesgo de su paz, ha cumplido su deber hacia el Maestro.
Jesús sonríe con compasión y bondad y dice:

-¡Lo veo! ¡Lo veo! ¡Que Dios te lo pague! Ahora ve en paz a tu casa. Enviaré a alguien para que te diga a dónde se deben mandar las bolsas, o a que las retire directamente.

El hombre se marcha, y ninguno, excepto Jesús y María Stma., le ahorran reproches o afrentas. Lo que dice Pedro es punzante, mordaz lo de Judas Iscariote, irónico lo de Bartolomé. Judas Tadeo no habla, ¡pero lo mira de una manera…! Y el murmullo y las miradas de reproche le acompañan también entre las filas de las mujeres, para terminar con la pulla final de María de Magdala, la cual, a la reverencia del servidor-campesino cuando la saluda, responde:

-Referiré a Lázaro que para la comida de la fiesta… vaya a procurarse pollos bien cebados a las tierras del Getsemaní.

-No tengo gallinero, ama.
-Tú, Marcos y María: ¡tres magníficos capones!
Todos se echan a reír por la salida nerviosa y… significativa de María de Lázaro, que está furiosa por ver el miedo de sus subordinados y por la molestia que sufre el Maestro, privado del tranquilo nido del Getsemaní.
-¡No te inquietes, María! ¡Paz! ¡Paz! ¡No todos tienen tu coraje!

-¡Ah, no, por desgracia! ¡Si todos tuvieran mi coraje, Rabbuní!¡Ni lanzas y flechas dirigidas contra mí me harían separarme de ti!

Un murmullo entre los hombres… María lo recoge y
responde solícita:

-Sí. ¡Y lo veremos! Y esperemos que sea pronto, si puede servir para enseñaros la valentía. ¡Nada me dará miedo si puedo servir a mi Rabí! ¡Servir! ¡Servir! ¡Y se sirve en las horas de peligro, hermanos! En las otras… ¡En las otras no es servir! ¡Es gozar!… ¡Y al Mesías no se le sigue para gozar!

Los hombres agachan la cabeza, punzados por esta verdad.

María hiende las filas y se pone enfrente de Jesús.

-¿Qué decides, Maestro? Es Parasceve. ¿Dónde tu Pascua? Ordena… y, si tanto he encontrado gracia ante ti, concédeme ofrecerte un cenáculo mío y ocuparme de todo…
-Has hallado gracia ante el Padre de los Cielos, y por tanto, gracia ante el Hijo del Padre, para el que es sagrado todo movimiento del Padre. Acepto el cenáculo, pero deja que a sacrificar el cordero, al Templo, vaya yo como buen israelita…

-¿Y si te echan mano? -dicen muchos.
-No me echarán mano. En la noche, en la oscuridad, como acostumbran a hacer los granujas, pueden atreverse; pero no entre la muchedumbre que me venera. ¡No me os hagáis cobardes!…

-¡Además ahora está Claudia! -grita Judas -¡El Rey y el Reino ya no están en peligro!…

-Judas, te ruego que no dejes que se derrumben en ti. No los hostigues dentro de ti. Mi Reino no es de este mundo. No soy un rey como los que están en los tronos. Mi Reino es del espíritu. Si lo rebajas a la pequeñez de un reino humano, en ti mismo lo hostigas y lo derrumbas.
-¡Pero Claudia…!

-Pero Claudia es una pagana. Así que no puede conocer el valor del espíritu. Ya es mucho si intuye y apoya a quien para ella es un Sabio… ¡Muchos en Israel no me juzgan siquiera como sabio!… ¡Pero tú no eres pagano, amigo mío! No hagas que tu encuentro providencial con Claudia se vuelva perjuicio; y no hagas que todos los dones que Dios te da para afirmar tu fe y tu voluntad de servir al Señor se te transformen en ruina espiritual.

-¿Cómo podría suceder, mi Señor?

-Fácilmente. No sólo en ti. Si un don, dado como socorro de la debilidad del hombre, en lugar de fortalecerlo y aumentar cada vez más su deseo de bien sobrenatural, o incluso simplemente moral, le sirviera para tener más rémoras de apetitos humanos y alejarlo del recto camino, por caminos en cuesta abajo, entonces el don se habría transformado en daño. Basta la soberbia para hacer de un don un daño.

Basta perder el norte, a causa de algo que exalta, perdiendo, por tanto, de vista el Fin supremo y bueno, para hacer de un don un daño. ¿Estás convencido de esto? El que haya venido Claudia debe darte sólo la fuerza de una consideración. Ésta: si una pagana ha sentido la grandeza de mi doctrina y la necesidad de que triunfe, tú, y contigo todos los discípulos, debéis sentir todo esto con más fuerza aún, y, como consecuencia, entregaros a ello totalmente. Pero siempre espiritualmente. Siempre… Y ahora vamos a decidir. ¿Dónde decís que conviene celebrar la Pascua?

Quiero que estéis en paz de espíritu para esta Cena de rito, para oír a Dios, que no se oye en la agitación. Somos muchos. Pero me sería dulce que estuviéramos todos juntos para que pudierais decir: "Celebramos una Pascua con Él. Elegid, pues, un lugar donde podamos decir: "Estábamos unidos y cada uno oía la voz del otro hermano", a pesar de subdividirnos según el ritual formando grupos que puedan comer el propio cordero.

Quién menciona un lugar, quién menciona otro. Pero las hermanas de Lázaro se salen con la suya.

-¡Señor, aquí! Mandamos a alguien por nuestro hermano. ¡Aquí! Hay muchas salas y habitaciones. Estaremos juntos y según el rito. ¡Acepta, Señor! La casa tiene habitaciones con capacidad para, al menos, doscientas personas divididas en grupos de veinte. Y tantos no somos. ¡Danos esta alegría, Señor! Por nuestro Lázaro que está tan triste… tan enfermo… -Las dos hermanas lloran, y terminan: «…, que no se puede pensar que coma otra Pascua…».

-¿Qué opináis? ¿Pensáis que se les debe conceder a estas buenas hermanas? -dice Jesús dirigiéndose a todos.

-Yo diría que sí -dice Pedro.

-Yo también -dice Judas Iscariote, y muchos otros. Quien no habla asiente.

-Encargaos entonces de ello. Nosotros vamos al Templo, a mostrar que quien está seguro de obedecer al Altísimo ni tiene miedo ni es vil. Vámonos. Mi paz para quien queda.

Y Jesús baja el resto de la escalera, atraviesa el vestíbulo y sale con los discípulos a la calle llena de gente.

371- El jueves prepascual. Por la noche en el palacio de Lázaro

¡Ciertamente no brillan por su heroísmo los que siguen a Jesús! La noticia que ha traído Judas es semejante a la aparición de un gavilán en una era llena de pollitos; o de un lobo en el ribazo, cercano a m rebaño. Terror, o por lo menos agitación, se ven en, al menos, nueve décimos de los rostros presentes, y especialmente de los rostros masculinos.

Yo creo que muchos tienen ya la impresión del filo de la espada o del azote contra la epidermis, y a decir poco piensan que tendrán que experimentar las mazmorras de las cárceles en espera de juicio. Las mujeres están menos agitadas.

Más que agitadas, están preocupadas por los hijos o los maridos y aconsejan a unos o a otros que desaparezcan en pequeños grupos diseminándose por los campos.
María de Magdala arremete contra esta ola de miedo exagerado:

-¡Cuántas gacelas hay en Israel! ¿No os da vergüenza temblar de ese modo? Os he dicho que en mi residencia estaréis más seguros que en una fortaleza. Así que venid. Os aseguro, y empeño mi palabra, que no os sucederá nada de nada. Si, además de los que ya ha designado Jesús, hay otros que piensan que estarán seguros en mi casa, que vengan.

Hay camas o divanes para una centuria. ¡Vamos, decidid, en vez de acoquinaros! Lo único que ruego a Juana es que ordene a sus criados seguirnos con provisiones. Porque en nuestra casa no hay comida para tantos, y ya es de noche. Una buena comida es la mejor medicina para dar nuevas fuerzas a los pusilánimes.

Y no sólo está majestuosa con su túnica blanca, sino que tiene también una buena dosis de ironía en sus espléndidos ojos mientras mira, desde su alta estatura, a este rebaño aterrorizado que se apiña en el vestíbulo de Juana.
-Me encargo enseguida. Podéis marcharos, que Jonatán os seguirá con los criados; y yo iré con él, os lo aseguro, tan sin miedo que voy a llevar conmigo a los niños -dice Juana.

Se retira a dar las indicaciones oportunas, mientras los de vanguardia del aterrado ejército asoman cautos la cabeza por el portal, y, viendo que no hay nada temible, se aventuran a salir a la calle y a encaminarse seguidos por los otros.

El grupo virginal va en el centro, inmediatamente después de Jesús, que está en las primeras filas. Detrás… ¡oh, detrás de las vírgenes las mujeres, y luego los más… vacilantes en el coraje, cubiertas sus espaldas por María de Lázaro, que se ha unido a las romanas, decididas a no separarse de Jesús tan pronto! Pero luego María de Lázaro, rauda, va adelante a decir algo a su hermana, y las siete romanas se quedan con Sara y Marcela, que se mantienen también en la retaguardia por orden de María, quien intenta que pasen aún más desapercibidas las siete romanas.

En esto, llega, a paso rápido, Juana, trayendo de la mano a los niños; detrás de ella, Jonatán con los criados cargados de bolsas y cestas. Estos se ponen en la cola de la pequeña multitud que, a decir verdad, pasa desapercibida de todos, porque en las calles pululan grupos dirigidos a las casas o a los campamentos, y la penumbra hace menos reconocibles las caras. Ahora María de Magdala, junto con Juana, Anastática y Elisa, va en primera fila, guiando hacia su residencia, por callejuelas secundarias, a sus huéspedes.

Jonatán camina casi a la altura de las romanas, y les dirige la palabra como si fueran siervas de las discípulas más ricas. Aprovecha Claudia para decirle:
-Hombre, te ruego que vayas a llamar al discípulo que ha traído la noticia. Dile que venga aquí. Pero dilo sin llamar la atención. ¡Ve!

El vestido es humilde, pero el modo es, involuntariamente, potente, como de persona habituada a mandar. Jonatán abre mucho sus ojos tratando de ver, a través del velo bajado, quién le habla así. Pero no logra ver sino el centelleo de dos ojos imperiosos. Debe intuir que no es una sierva la mujer que le habla, y antes de obedecer hace una reverencia.

Llega adonde Judas de Keriot, que va hablando animadamente con Esteban y Timoneo, y le tira de la túnica.

-¿Qué quieres?
-Tengo que decirte una cosa.
-Dila.
-No. Ven atrás conmigo. Te requieren, creo que para una limosna…

La disculpa es buena y es aceptada con tranquilidad por los compañeros de Judas y con entusiasmo por él, de forma que, ligero, se retrasa junto con Jonatán.
Ya está en la última fila.

-Mujer, aquí tienes al hombre que querías -dice Jonatán a Claudia.

-Te quedo agradecida por este servicio -responde ella, que permanece velada. Y luego, dirigiéndose a Judas: «Ten a bien quedarte n momento a escucharme».

Judas, que oye un modo de hablar muy refinado y ve dos ojos espléndidos a través del velo sutil, y sintiéndose quizás próximo a una gran aventura, acepta sin poner dificultad.

El grupo de las romanas se separa. Se quedan, con Claudia, Plautina y Valeria; las otras siguen adelante. Claudia mira alrededor, ve que la callecita en que se han detenido está solitaria, y, con su bellísima mano, aparta el velo y descubre la cara.

Judas la reconoce y, pasado un momento de estupor, se inclina para saludar con una mezcla de gestos judíos y palabra romana:

-¡Dómina!

-Sí. Yo. Yérguete y escucha. Tú amas al Nazareno. Te preocupas por su bien. Eso es correcto. Es una persona virtuosa y se le debe defender. Nosotros lo veneramos como grande y justo. Los judíos no lo veneran. Lo odian. Lo sé. Escucha y comprende bien, recuerda bien y aplica bien.

Quiero protegerlo. No como la lujuriosa de poco antes, sino con honestidad y virtud. Cuando tu amor y sagacidad te hagan comprender que se trama contra Él, ven o envía a alguien. Claudia tiene todo el poder sobre Poncio. Claudia obtendrá protección para el Justo. ¿Entiendes?

-Perfectamente, dómina. Que nuestro Dios te proteja. Iré, si puedo, yo personalmente. Pero ¿cómo puedo pasar a ti?
-Pregunta siempre por Albula Domitila. Es una segunda yo misma, y ninguno se sorprende si habla con los judíos, siendo ella la que se ocupa de mi prodigalidad. Te creerán un cliente. Quizás te humilla…

-No, dómina. Servir al Maestro y obtener tu protección es un honor.

-Sí. Os protegeré. Soy mujer. Pero soy de los Claudios. Tengo más poder que todos los grandes de Israel, porque detrás de mí está Roma. Entretanto, ten. Para los pobres del Cristo. Es nuestro óbolo. Pero… quisiera permanecer entre los discípulos esta noche. Procúrame este honor y Claudia te protegerá.

En una persona como el Iscariote, las palabras de la patricia obran prodigiosamente. ¡Sube al séptimo cielo!… Osa incluso preguntar:

-¿Pero verdaderamente le vas a ayudar?
-Sí. Su Reino merece ser fundado, porque es reino de virtud. Bienvenido sea en oposición a las ruines corrientes que cubren los reinos actuales y me dan asco.

Roma es grande, pero el Rabí es mucho más grande que Roma. Nosotros tenemos las águilas en nuestras enseñas y la soberbia sigla. Pero en las suyas estarán los Genios y su santo Nombre. Grandes serán, verdaderamente grandes, Roma y la Tierra, cuando pongan ese Nombre en sus enseñas y esté su signo en los lábaros y en los templos, en los arcos y columnas.

Judas está maravillado, soñante, extático. Sopesa en forma mecánica la pesada bolsa que le han dado, y dice con la cabeza "sí", "sí", "sí'', a todo…
-Bien, ahora vamos a alcanzarlos. ¿Somos aliados, no es verdad? Aliados para proteger a tu Maestro y al Rey de los corazones honestos.

Se echa el velo y ágil, va presurosa, casi corriendo a alcanzar al grupo que la ha adelantado, seguida por las otras y por Judas, que jadea, no tanto por el ritmo veloz, cuanto por lo que ha oído. La residencia de Lázaro está engullendo las últimas parejas de discípulos cuando llegan a ella. Entran rápidamente y el portón se cierra con fragor de cerrojos que el guardián echa.

Una solitaria lámpara, que lleva la mujer del guardián, a duras penas da claridad al cuadrado vestíbulo, todo blanco, de la residencia de Lázaro. Se comprende que la casa no está habitada, a pesar de que esté bien guardada y mantenida en orden. María y Marta guían a los huéspedes a un vasto salón -reservado para banquetes, ciertamente -de fastuosas paredes cubiertas de preciosos tejidos que dejan ver sus arabescos a medida que van siendo encendidas las lámparas y puestas las luces encima de los aparadores, o de los baúles preciosos colocados junto a las paredes alrededor de la sala, o en las mesas arrimadas a un lado, listas para ser usadas, pero desde hace tiempo ineficientes. María ordena, en efecto, que las lleven al centro de la sala y las preparen con las cosas para la cena con los alimentos que los criados de Juana están ya extrayendo de las bolsas y cestas y poniendo encima de los aparadores.

Judas toma aparte a Pedro y le dice algo al oído.

Veo a Pedro que pone los ojos como platos y sacude una mano como si se hubiera quemado los dedos, mientras exclama:
-¡Rayos y ciclones! ¿Pero qué dices?
-Sí. Mira. ¡Y fíjate! ¡No tener ya miedo, no estar ya tan angustiados!

-¡Es maravilloso! ¡Maravilloso! ¿Pero qué ha dicho? ¿Que nos protege? ¿Ha dicho eso? ¡Que Dios la bendiga! ¿Pero cuál es?

-Aquella vestida de color tórtola silvestre, alta, esbelta. Nos está mirando…
Pedro mira a la alta mujer de cara armónica y seria, de ojos dulces pero imperiosos.

-¿Y… cómo has conseguido hablar con ella? No has tenido…
-No, no, en absoluto.
-¡Pues tú aborrecías todo contacto con ellos! Como yo, como todos…

-Sí, pero lo he superado por amor al Maestro. Como también he superado el deseo de truncar las relaciones con mis antiguos compañeros del Templo… ¡Todo por el Maestro! Todos vosotros, y mi madre también, creéis que soy ambiguo. Tú., recientemente, me has echado en cara las amistades que tengo. Pero si no las mantuviera, no sin fuerte dolor, no sabría muchas cosas. No debemos ponernos vendas en los ojos y cera en los oídos por miedo a que el mundo entre en nosotros por los ojos y los oídos. Cuando uno está en una empresa como la nuestra, es necesario vigilar con ojos y oídos más que libres. Vigilar por Él, por su bien, por su misión, por la fundación de este reino bendito…

Muchos de los apóstoles y algún discípulo se han acercado y están escuchando, asintiendo con la cabeza; porque, efectivamente, no se puede decir que Judas hable mal.
Pedro, honesto y humilde, lo reconoce y dice:
-¡Tienes toda la razón! Perdona mis recriminaciones. Tú vales más que yo, eres hábil. Vamos a decírselo al Maestro, a su Madre, a la tuya. Estaba muy angustiada.

-Porque malas lenguas han murmurado… Pero por ahora calla. Después, más tarde. ¿Ves? Se están sentando a la mesa y el Maestro nos hace señales de que vayamos…
…La cena es rápida. Las romanas, sentadas en la mesa de las mujeres, entremezcladas con ellas, de forma que precisamente Claudia está entre Porfiria y Dorca, también comen en silencio lo que les ponen, y entre ellas y Juana y María de Magdala se intercambian misteriosas palabras hechas de sonrisas y guiños. Parecen escolaras en vacaciones.

Jesús, después de la cena, ordena que se forme un cuadrado de sillas y que tomen asiento para escucharlo. Él se pone en el centro y empieza a hablar en medio de un cuadrado de rostros atentos, de los que sólo los inocentes ojos del hijito de Dorca, que duerme en el regazo de su madre, están cerrados, y están velándose de sueño los de María, que está sentada en las rodillas de Juana, y los de Matías, que se ha acurrucado encima de las rodillas de Jonatán.

-Discípulos y discípulas aquí reunidos en nombre del Señor, o atraídos por un deseo de Verdad, deseo que también viene de Dios, que quiere luz y verdad en todos los corazones, escuchad.

Esta noche se nos concede estar todos juntos, y nos lo procura precisamente la maldad que nos quiere ver separados. Vosotros, de sentidos limitados, no sabéis cuán profunda y vasta es esta unión, verdadera aurora de las que habrán de venir, cuando el Maestro ya no esté entre vosotros físicamente sino con su espíritu. Entonces sabréis amar. Entonces sabréis practicar. Por ahora sois como niños todavía de pecho; entonces seréis como adultos que podréis comer todo tipo de alimentos sin que ello os perjudique; entonces sabréis, como Yo digo, decir: "Venid a mí todos vosotros, porque todos somos hermanos, y El se ha inmolado por todos".

¡Demasiados prejuicios en Israel!: cada uno un dardo que lesiona la caridad. Os hablo a vosotros, fieles, porque entre vosotros no hay traidores, ni personas llenas de prejuicios que separan, que se transforman en incomprensión, en obcecación, en odio hacia mí que os señalo los caminos del futuro. Yo no puedo hablar de otra forma. Y de ahora en adelante hablaré menos, porque veo que las palabras son inútiles o casi. Habéis oído palabras capaces de santificaros e instruiros de forma perfecta.

Pero poco habéis avanzado, especialmente vosotros, hombres hermanos, porque os gusta la palabra pero no la ponéis por obra. De ahora en adelante, y con una medida cada vez más restringente, os haré realizar lo que tendréis que hacer una vez que el Maestro haya vuelto al Cielo del que viniera. Haré que presenciéis lo que es el Sacerdote futuro. Más que las palabras, observad mis hechos; repetidlos, aprendedlos, unidlos a la enseñanza. Entonces seréis discípulos perfectos.

¿Qué ha hecho hoy el Maestro? ¿Qué os ha hecho hacer y practicar hoy el Maestro? La caridad en sus múltiples formas. Caridad hacia Dios. No la caridad de oración, vocal, de rito solamente; sino la caridad activa que renueva en el Señor, que despoja del espíritu del mundo, de las herejías del paganismo, el cual no está sólo en los paganos, sino también en Israel con las mil costumbres que han desplazado a la verdadera Religión, santa, abierta, simple como todo lo que de Dios viene. No acciones buenas, o aparentemente buenas, para ser alabados por los hombres, sino acciones santas para merecer la alabanza de Dios.

Todo el que ha nacido muere. Ya lo sabéis. Pero la vida no termina con la muerte. Prosigue de otra forma y eternamente con un premio para quien fue justo, con un castigo para quien fue malvado. Este pensamiento de un juicio cierto no signifique parálisis durante la vida ni a la hora de la muerte; antes bien, acicate y freno: acicate que estimula al bien; freno que contiene de malas pasiones. Sed, por tanto, verdaderamente amantes del Dios verdadero y actuad en la vida siempre con la finalidad de merecerlo en la vida futura. Vosotros que amáis las grandezas, ¿cuál grandeza mayor que haceros hijos de Dios y, por tanto, dioses? Vosotros que teméis el dolor, ¿cuál seguridad de no sufrir mayor que la que os espera en el Cielo? Sed santos. ¿Queréis fundar también un reino en la Tierra? ¿Os sentís hostigados y teméis no lograrlo? Si obráis como santos, lo lograréis. Porque ni la misma autoridad que nos domina podrá impedirlo, a pesar de sus cohortes, porque convenceréis a las cohortes de que sigan la doctrina santa, de la misma forma que Yo, sin coacción, he persuadido a las mujeres de Roma que aquí hay Verdad…

-¡Señor!… -exclaman las romanas, viéndose descubiertas.
-Sí, mujeres. Escuchad y recordad. Yo manifiesto a mis seguidores de Israel y a vosotras -que no sois de Israel pero tenéis corazón justo -el estatuto de mi Reino.

No motines. No hacen falta. Santificar a la autoridad impregnándola de nuestra santidad. Será un largo trabajo, pero victorioso. Con mansedumbre y paciencia, sin estúpidas prisas, sin desviaciones humanas, sin inútiles sublevaciones, obedeciendo donde obedecer no perjudique a la propia alma, llegaréis a hacer de la autoridad que ahora os domina paganamente una autoridad protectora y cristiana. Cumplid vuestro deber de súbditos para con la autoridad, como cumplís el de fieles para con Dios. Ved en cualesquiera autoridades no a un opresor sino a alguien que eleva, porque os proporciona la manera de santificarlo y de santificaros con el ejemplo y el heroísmo.

De la misma forma que sois buenos fieles y ciudadanos, sed buenos maridos, buenas esposas, santos, castos, obedientes, amorosos recíprocamente, unidos para educar a los hijos en el Señor, para ser paternos y maternos incluso con los que estén a vuestro servicio y con los esclavos, porque también ellos tienen alma y carne, sentimientos y afectos como vosotros los tenéis. Si la muerte os arrebata al compañero o la compañera, no queráis, si podéis, desear nuevo matrimonio; amad a los huérfanos también por la parte del compañero desaparecido.

Y vosotros, criados, estad sometidos a vuestros señores, y, si son imperfectos, santificadlos con vuestro ejemplo.

Tendréis gran mérito a los ojos del Señor. En el futuro, en mi Nombre, no habrá ya amos y siervos, sino hermanos; no habrá ya razas, sino hermanos; no habrá ya oprimidos y opresores que se odien, porque los oprimidos llamarán hermanos a sus opresores.

Amaos vosotros de la misma fe, ayudándoos recíprocamente, como hoy os he puesto a hacer. Pero no os limitéis a la ayuda a los pobres, peregrinos o enfermos, de vuestra raza; abrid los brazos a todos, de la misma forma que la Misericordia os abre los brazos a vosotros. El que tenga más que dé a quien no tiene o tiene poco. El que sepa más que enseñe al que no sabe o sabe poco, y que enseñe con paciencia y humildad, recordando que, en verdad, antes de que Yo os instruyera nada sabíais. Buscad la Sabiduría no para prestigio vuestro, sino como ayuda en el camino por las vías del Señor.

Las mujeres casadas que amen a las vírgenes, y éstas a las casadas, y que ambas den afecto a las viudas; todas sois útiles en el Reino del Señor. Los pobres no envidien, los ricos no susciten odios creando sus riquezas y siendo duros de corazón. Preocupaos de los huérfanos, de los enfermos, de los que no poseen una casa. Abrid el corazón antes incluso que la bolsa y la casa, porque si dais, pero con mal garbo, no honráis a Dios, que está presente en todos los desdichados; antes al contrario, lo ofendéis.

En verdad, en verdad os digo que no es difícil servir al Señor. Es suficiente con amar. Amar al Dios verdadero, amar al prójimo, quienquiera que sea. En todas las heridas o fiebres que sanéis, Yo estaré. En todas las desventuras que socorráis, Yo estaré. Y todo lo que me hagáis a mí en el prójimo, si está bien, habrá sido hecho a mí; y, si mal, también habrá sido hecho a mí. ¿Queréis hacerme sufrir? ¿Queréis perder el Reino de paz? ¿Queréis no haceros dioses? ¿Sólo por no ser buenos con vuestro prójimo?

Nunca volveremos a estar todos unidos de esta forma. Vendrán otras Pascuas… y no podremos estar juntos por muchas causas. Respecto a las primeras: una prudencia santa en parte y en parte excesiva -y todo exceso es culpa -que nos hará estar divididos. Respecto a las otras Pascuas, porque ya no estaré entre vosotros… Pero acordaos de este día. Haced en el futuro, y no sólo en Pascua sino siempre, lo que os he hecho hacer.

Nunca he sido lisonjero diciéndoos que era fácil pertenecerme. Pertenecerme quiere decir vivir en la Luz y la Verdad, pero comer también el pan de la lucha y de las persecuciones. Ahora bien, cuanto más fuertes seáis en el amor, más fuertes seréis en la lucha y en la persecución.
Creed en mí. En lo que soy realmente: Jesucristo, el Salvador, cuyo Reino no es de este mundo, cuya venida señala la paz a los buenos, cuya posesión quiere decir conocer y poseer a Dios; porque verdaderamente quien me tiene a mí en sí y se tiene a sí en mí está en Dios, y posee a Dios en su espíritu para poseerlo después en el Reino celeste para siempre.

La noche ha descendido. Mañana es Parasceve. Id. Purificaos, meditad, cumplid una Pascua santa.
Mujeres de raza distinta, pero de recto espíritu, podéis iros; la buena voluntad que os anima sea para vosotras camino para alcanzar la Luz. En nombre de los pobres, de los que Yo mismo soy uno, os bendigo por la limosna generosa y os bendigo por vuestras buenas intenciones hacia el Hombre que ha venido a traer amor y paz a la tierra. ¡Id! Y tú, Juana, y los demás que ya no temen asechanzas, podéis marcharos también.

Un rumor de asombro recorre a la asamblea mientras las romanas, reducidas a seis porque Egla se queda con María de Magdala, guardadas en una bolsa las tablillas enceradas que Flavia ha escrito mientras Jesús hablaba, salen después de un saludo colectivo. Tanto es el estupor, que ninguno de los presentes se mueve, excepto Juana, Jonatán y los siervos de Juana, que llevan en brazos a los pequeños durmientes. Pero, cuando el ruido sordo del portón al cerrarse dice que las romanas se han marchado, un clamor sucede al rumor.

-¿Pero quiénes son? ¿Cómo entre nosotros? ¿Qué han hecho?
Y más que nadie, grita Judas:

-¿Cómo tienes noticia, Señor, de la limosna que me han dado?

Jesús apacigua el tumulto con un gesto y dice:

-Son Claudia y sus damas. Y, mientras que las altas damas de Israel, temiendo la ira de sus consortes, o con el mismo pensamiento y corazón de sus consortes, no se atreven a ser seguidoras mías, las despreciadas paganas, con santa astucia, saben venir a recibir la Doctrina que, aunque por ahora la acepten sólo humanamente, siempre eleva… Y esta niña, que fue esclava, pero de raza judía, es la flor que Claudia ofrece a las filas de Cristo, devolviéndola a la libertad y dándola a la fe de Cristo.

Respecto a lo de tener noticia de la limosna… ¡Judas!

¡Todos menos tú podrían hacerme esta pregunta! Tú sabes que veo dentro de los corazones.

-¡Entonces verás que dije la verdad hablando de que había una asechanza y que yo la he disuelto yendo a hablar con… seres culpables!

-Es verdad.

-Dilo entonces bien fuerte. Que mi madre lo oiga… Madre, soy un muchacho, sí, pero no un truhán… Madre, vamos a hacer las paces. Vamos a comprendernos, a amarnos, unidos sirviendo a nuestro Jesús.

Y Judas va, humilde y amoroso, a abrazar a su madre, que dice:

-¡Sí, hijito! ¡Sí, Judas mío! ¡Sé bueno! ¡Sé bueno! ¡Sé siempre bueno, hijo mío! ¡Por ti, por el Señor, por tu pobre mamá!

Entretanto, la sala se ha llenado de agitación y comentarios, y muchos definen imprudente el haber acogido a las romanas y censuran a Jesús.

Judas lo oye. Deja a su madre y acude en defensa del Maestro. Cuenta su coloquio con Claudia y termina:

-No es una ayuda despreciable. Antes de recibirla entre nosotros tampoco nos hemos librado de la persecución.

Dejémosla actuar. Y tened bien presente que es mejor callar con todo el mundo. Pensad que, si es peligroso para el Maestro, no lo es menos para nosotros el ser amigos de paganos. El Sanedrín, que en el fondo se contiene por miedo hacia Jesús por un temor que les queda a alzar la mano contra el Ungido de Dios, no tendría muchos escrúpulos en matarnos como a perros, a nosotros, que somos unos pobres hombres cualesquiera.

En vez de poner esas caras escandalizadas, acordaos de que hace poco erais como gorrionas aterrorizadas; y bendecid al Señor porque nos ayuda, con medios impensados, ilegales si queréis, pero muy fuertes, a fundar el Reino del Mesías.

¡Todo lo podremos si Roma nos defiende! ¡Yo ya no temo! ¡Gran día hoy! Más que por todas las otras cosas, por ésta… ¡Ah, cuando Tú seas la Cabeza! ¡Qué poder tan dulce, fuerte y bendito! ¡Qué paz! ¡Qué justicia! ¡El Reino fuerte y benévolo del Justo! ¡Y el mundo que se acerca a él lentamente!…

¡Las profecías cumpliéndose! ¡Turbas, naciones… el mundo a tus pies! ¡Oh, Maestro! ¡Maestro mío! Tú, Rey; nosotros, tus ministros… En la Tierra paz, en el Cielo gloria… Jesucristo de Nazaret, Rey de la estirpe de David, Mesías Salvador, te saludo y te adoro.

Y Judas, que parece en un rapto de éxtasis, se postra y termina:

-En la Tierra, en el Cielo y hasta en los Infiernos tu Nombre es conocido, infinito tu poder. ¿Qué fuerza puede resistirte, Cordero y León, Sacerdote y Rey, Santo, Santo, Santo? -y se queda en actitud de gran reverencia, en esta sala muda de estupor.

370- El jueves prepascual. En el convite de los pobres en el palacio de Cusa

-Paz a esta casa y a todos los presentes -es el saludo de Jesús mientras entra en el vasto vestíbulo, muy fastuoso, que está todo iluminado a pesar de ser de día.

Y no son superfluas las lámparas. Y es que, si bien es cierto que es de día, no es menos cierto que afuera hay un sol cegador, en las calles y en las fachadas blancas de cal, mientras que aquí, en este amplio, pero sobre todo largo, corredor vestíbulo, que debe cortar toda la casa, desde el sólido portal hasta el jardín -cuyo verde lleno de sol aparece allá, en el fondo, y parece lejano por un juego de la perspectiva -, debe haber habitualmente una penumbra que, para quien viene de fuera, cegados sus ojos por el intenso sol, es sombra completa. Por eso, Cusa se ha preocupado de que las grandes y numerosas lamparillas de cobre repujado, fijadas a distancias constantes en ambas paredes del vestíbulo, estén todas encendidas, y también la lámpara central (un cuenco grande de alabastro rosa en que están incrustados, en el róseo leve del alabastro, diaspros y otras lascas preciosas y multicolores que, por la luz encendida dentro, resplandecen como si fueran estrellas, proyectando arcoiris sobre las paredes pintadas de azul oscuro, sobre las caras, sobre el suelo de mármol veteado).

Y parece como si menudas estrellas se posaran en las paredes, en los rostros, en el suelo, menudas y móviles estrellitas multicolores, porque la lámpara ondea levemente debido a la corriente de aire que recorre el vestíbulo y los tornasoles de las lascas preciosas cambian continuamente de posición.

-Paz a esta casa -repite Jesús mientras se adentra y va bendiciendo sin cesar a los criados, que le hacen una profunda reverencia, y a los invitados, asombrados de estar allí reunidos, en contacto con el Rabí, en un palacio principesco…

¡Los invitados! El pensamiento de Jesús se delinea claramente. El convite de amor querido por Él en casa de la buena discípula es una página del Evangelio traducida en acción.

Son mendigos, tullidos, ciegos, huérfanos, ancianos, jóvenes viudas con sus pequeñuelos agarrados a los vestidos o que maman la escasa leche de su desnutrida madre. La riqueza de Juana ya ha proveído a sustituir los vestidos harapientos con vestidos modestos pero limpios y nuevos.

Mas si las cabelleras ordenadas, como oportuna medida de aseo, y si los vestidos limpios dan a estos desdichados -a quienes los criados alinean o sujetan para llevarlos al sitio -un aspecto ciertamente menos miserable del que tenían cuando Juana dispuso que fueran a recogerlos a los callejones, a los cruces, a los caminos que conducen a Jerusalén, a aquellos lugares en que su miseria se celaba abochornada o se exponía en busca de limosnas; si ello es así, por el contrario, resultan todavía visibles las penalidades en las caras, las debilidades en los miembros, las desventuras, las soledades en las miradas…

Jesús pasa y bendice. Cada infeliz recibe su bendición. Si la derecha está levantada bendiciendo, la izquierda baja a acariciar temblorosas y canas cabezas de ancianos, o inocentes cabecitas de niños. Recorre así, hacia arriba y hacia abajo, el vestíbulo, para bendecir a todos, incluso a los que entran mientras ya está bendiciendo y todavía haraposos, se esconden con miedo y empacho en un rincón, hasta que los criados, con modos corteses, los llevan a otro sitio para ser lavados y vestidos con ropa limpia, como los que han llegado antes que ellos.

Pasa una joven viuda con su nidada de niños… ¡Qué miseria! El más pequeño, completamente desnudo, envuelto en el velo desgarrado de su madre… los más grandecitos sólo con lo indispensable para salvar la decencia; sólo el mayor, un jovencito flaquísimo, lleva un vestido que puede llamarse tal, pero como contrapartida va descalzo.
Jesús observa esto, llama a la mujer y dice:

-¿De dónde vienes?
-De la llanura de Sarón, Señor. Leví ya me ha llegado a la mayoría de edad… He tenido que acompañarle al Templo… yo… porque ya no tiene padre -y la mujer llora quedo, ese llanto mudo de quien ha llorado demasiado.

-¿Cuándo se te ha muerto tu marido?
-Ha hecho un año en Sebat. Hacía dos lunas que estaba encinta… -y traga los sollozos para no causar turbación, curvándose toda hacia el pequeñuelo.
-¿El niño tiene entonces ocho meses?
-Sí, Señor.
-¿Qué hacía tu marido?

La mujer susurra tan bajo, que Jesús no entiende. Se inclina para oír, diciendo:
-Repite sin temor.
-Mí marido trabajaba como herrador en una forja… Pero se enfermó mucho… porque tenía heridas que supuraban.
Y termina en voz bajísima:

-Era un soldado de Roma.
-Pero ¿tú eres de Israel?
-Sí, Señor. No me arrojes de tu presencia como impura, como hicieron mis hermanos cuando fui a implorar piedad después de la muerte de Cornelio…

-¡No tengas esos miedos! ¿Qué haces ahora como trabajo?
-Soy criada, si me aceptan; espigadora, batanera, bato el cáñamo… hago de todo… para el pan de éstos. Leví ahora va a ponerse a trabajar en el campo… si lo aceptan, porque… es bastardo de raza.

-¡Confía en el Señor!
-Si no hubiera confiado, me habría matado con todos ellos, Señor.
-Ve, mujer. Nos veremos aún -y la saluda.
Juana, entretanto, se ha acercado y está arrodillada, a la espera de que el Maestro la vea. Él, efectivamente, se vuelve y la ve.

-Paz a ti, Juana. Me has obedecido a la perfección.
-Obedecerte es mi alegría. Pero no he sido la única que te ha procurado "la corte" como Tú querías. Cusa me ha ayudado en todos los modos, y Marta y María también. Y Elisa. Quién mandando a los criados por lo necesario y a ayudar a los criados míos a reunir a los invitados, quién ayudando a las siervas y a los siervos de los baños a limpiar a los "bienamados", como Tú los llamas. Ahora, con tu permiso, voy a dar a todos un poco de comida, para que no desfallezcan mientras esperan las viandas.
-Sí, sí, como quieras. ¿Dónde están las discípulas?
-En la terraza superior, donde he dispuesto que se preparen las mesas. ¿He pensado bien?

-Sí, Juana. Arriba estarán tranquilos, y también nosotros.
-Sí, yo también he pensado lo mismo. Y es que, además, en ninguna sala habría podido preparar para tantos… Y no quería hacer separaciones para no crear celos y dolor. ¡Las personas desagraciadas tienen una sensibilidad, es más, una dolorabilidad, tan aguda!… Son todo una llaga, y basta una mirada para hacerlos sufrir.

-Sí, Juana. Tienes alma compasiva y comprendes. Que Dios te recompense tu piedad. ¿Hay muchas discípulas?
-¡Todas las que están en Jerusalén!… Pero… Señor… yo quizás he pecado… Querría decirte una cosa en secreto.
-Llévame a un lugar solitario.

Van los dos solos a una habitación. Por los juguetes que hay diseminados par todas partes, se intuye que es lugar de juegos de María y Matías.
-¿Entonces, Juana?

-Mí Señor, sin duda he sido imprudente… Pero el gesto me ha venido tan espontáneo, tan impetuoso… Cusa me ha regañado. Pero la verdad es que ya… Ha venido al Templo un esclavo de Plautina con una tablilla. Ella y sus compañeras preguntaban si era posible verte. He respondido: "Sí, por la tarde en mi casa". Y vendrán…

¿He hecho mal? ¡No por ti!… Por los demás, por las que son enteramente Israel… y no amor como Tú. Si he faltado, repararé como convenga… Pero es que deseo tanto que el mundo, el mundo entero, te ame, que… que no me he parado a pensar que en el mundo sólo Tú eres Perfección, y demasiados pocos tratan de parecerse a ti.

-Has hecho bien. Hoy os predico a todos vosotros con las obras. Y en el futuro una de las cosas que habrán de hacer los que crean en mí será el que entre los creyentes en Jesús Salvador haya gentiles. ¿Dónde están los niños?
-Por todas partes, Señor -sonríe Juana, ya tranquilizada, y termina: «La fiesta los exalta y corren de un lado para otro como pajarillos felices».

-Jesús la deja. Vuelve al vestíbulo, hace un gesto a los hombres que estaban con Él y se encamina hacia el jardín para luego subir a la amplia terraza.

Una alegre laboriosidad llena la casa desde los subterráneos hasta el tejado. Unos van, otros vienen, con comida o enseres, con fajos de vestidos, con asientos; otros acompañan a invitados o responden a quien pregunta. Todos con alegría y amor. Jonatán, solemne en su función de administrador, incansable, dirige, vigila, aconseja.
La anciana Ester, feliz de ver a Juana tan animada y lozana, ríe en medio de un círculo de niños pobres, y les distribuye unos bollos mientras relata cosas maravillosas.

Jesús se detiene un momento a escuchar la conclusión espléndida de uno de estos relatos: «Dios concedió a la buena Alba de mayo, que nunca se rebelaba contra el Señor por motivo de los dolores que habían sobrevenido a su casa, muchas ayudas, por las que en Alba de mayo pudieron hallar salvación y bien sus hermanitos. Los
ángeles llenaban la pequeña masera, terminaban el trabajo en el telar para ayudar a la niña buena, diciendo: “Es nuestra hermana porque ama al Señor y a su prójimo. Tenemos que ayudarla".

-¡Que Dios te bendiga, Ester! ¡Casi que me paro Yo también a. escuchar tus parábolas! ¿Me aceptas? -dice Jesús sonriendo.
-¡Oh, mi Señor!¡Soy yo quien debe escucharte a ti! ¡Pero para los pequeñuelos basto yo, que soy una pobre vieja ignorante!

-Tu alma justa es útil también para los adultos. Sigue, sigue, Ester… -y le sonríe mientras se marcha.
Ya están diseminados por el vasto jardín los invitados y consumen su primer bocado mirando a su alrededor y mirándose recíprocamente con asombro. Hablan, se intercambian comentarios sobre esta inesperada suerte. Pero, cuando ven pasar a Jesús, se ponen en pie si pueden hacerlo y se inclinan adorando.

-Comed, comed. Sentíos con libertad y bendecid al Señor ̿ dice Jesús al pasar, yendo hacia las dependencias de los jardineros, desde las cuales empieza la escalera que por una ventilada rampa conduce a la amplia terraza.
-¡Rabbuní mío! -grita la Magdalena, saliendo rauda de una habitación, con los brazos cargados de pañales y camisolas para los párvulos. Y su voz aterciopelada de órgano de oro llena el pasaje umbrío, bajo el cual hay festones de rosas.

-María, Dios esté contigo. ¿A dónde vas tan deprisa?
-¡Tengo a diez bebés que vestir! Los he lavado y ahora voy a vestirlos, y luego te los traeré, frescos como flores. Voy corriendo, Maestro, porque… ¿no los oyes? parecen diez corderitos que balan… -y se marcha corriendo y sonriente, espléndida y serena, con su sencilla y señorial túnica de blanco lino, ceñida a la cintura con un cinturón delgado de plata, y los cabellos recogidos en un moño simple sobre la nuca, sujetos con una cinta blanca anudada a la frente.

-¡Qué distinta de la que estaba en el Monte de las Bienaventuranzas! -exclama Simón Zelote.
En la primera rampa de las escaleras se cruzan con la hija de Jairo y Analía, que bajan tan veloces que parecen volar.

-¡Maestro! ¡Señor! -exclaman.
-Dios esté con vosotras. ¿A dónde vais?
-Por unos manteles. Nos ha mandado la criada de Juana. ¿Vas a hablar, Maestro?
-¡Por supuesto!
-¡Entonces corre, Miriam! ¡Vamos a darnos prisa! -dice Analía.

-Tenéis todo el tiempo que queráis para hacer eso que tenéis que hacer. Espero a otras personas. Pero, ¿desde cuándo, niña, te llamas Miriam? -dice mirando a la hija de Jairo.

-Desde hoy. Desde ahora. Me ha puesto este nombre tu Madre. Porque… ¿verdad, Analía? Hoy es un gran día para cuatro vírgenes…
-¡Oh, sí! ¡Se lo decimos al Señor, o dejamos que sea María la que lo diga?
-María, María. Ve, ve, Señor, Tu Madre te hablará -y se marchan ágiles, apenas en la flor de su juventud, humanas en sus hermosas formas, angélicas en sus miradas radiantes…

Están en la tercera rampa cuando se cruzan con Elisa de Betsur, que baja sosegadamente junto con la mujer de Felipe.

-¡Ah, Señor! -grita esta última -¡A unos quitas y a otros das!… ¡De todas formas, bendito seas!
-¿De qué hablas, mujer?
-Ahora lo sabrás… ¡Qué dolor y qué gloria, Señor! Me mutilas y me coronas.

Felipe, que está al lado de Jesús, dice:
-¿Qué dices? ¿De qué hablas? Eres mi mujer, y lo que a ti te pasa me toca también a mí…
-Lo sabrás, Felipe. Ve, ve con el Maestro.
Jesús, entretanto, le está preguntando a Elisa si está bien curada. Y la mujer, a la cual el gran dolor de los tiempos pasados ha dado una majestad de reina doliente, dice:

-Sí, mi Señor. Pues sufrir con la paz en el corazón no es congoja. Y yo ahora tengo la paz en mi corazón.
-Y pronto tendrás más todavía.
-¿Qué, Señor?
-Ve y vuelve, y lo sabrás.
-¡Está Jesús! ¡Está Jesús!»

Es el trino de dos niños, que tienen su carita apoyada en la baranda de arabescos que limita la terraza por los dos lados que miran al jardín; y de la baranda penden ramas florecidas de rosas y jazmines (porque la terraza -sobre la cual, en esta hora de sol, está extendido un toldo multicolor -es un vasto jardín pénsil).

Todas las personas que en la terraza se mueven de un lado para otro en preparativos se vuelven al oír el grito de María y Matías, y dejando a medias lo que estaban haciendo, van hacia Jesús, en cuyas rodillas ya están enroscados los dos niños.

Jesús saluda a las numerosas mujeres que se aglomeran. Mezcladas con las que son discípulas en el verdadero sentido de la palabra, o con las esposas, hijas o hermanas de apóstoles y discípulos, están otras menos conocidas, menos íntimas, como la mujer del primo Simón, las madres de los asnerizos de Nazaret, la madre de Abel de Belén de Galilea, Ana de Judas (casa junto al lago Merón), María de Simón, madre de Judas de Keriot, Noemí de Éfeso, Sara y Marcela de Betania (Sara es la mujer a la que curó Jesús en el Monte de las Bienaventuranzas y envió a casa de Lázaro con el anciano Ismael; ahora parece doméstica de María de Lázaro), luego la madre de Yaia, la madre de Felipe de Arbela, Dorca (la joven madre de Cesárea de Filipo) y su suegra, la madre de Analía, María de Bosrá (la curada de lepra que ha venido con su marido a Jerusalén), y otras, y otras… nuevas para la vista, pero a las que la mente no sabe mencionar con nombre propio.

Jesús se adentra en la vasta terraza rectangular que por un lado mira al Sixto, y va a colocarse al lado de la habitación en que termina la escalera interior -creo -y que asemeja a un hexaedro bajo puesto en el ángulo septentrional de la terraza. Jerusalén se muestra toda, y sus cercanías con ella: una vista estupenda. Todas las discípulas, o mejor: todas las mujeres, dejan de ocuparse de las mesas para juntarse alrededor de Él. Los criados prosiguen sus trabajos.

María está al lado de su Hijo. Bajo la luz dorada que se filtra a través del gran toldo extendido sobre buena parte de la terraza, y que se hace luz delicadamente esmeraldina en los lugares en que, para llegar a las caras, debe filtrarse a través de un enredo de jazmines y rosales dispuestos como pérgola, Ella parece todavía más joven y esbelta: una hermana de las más jóvenes discípulas, apenas un poco mayor, y hermosa, hermosa como la más espléndida de las rosas florecidas en el jardín pénsil, en los vastos macetones que lo rodean para contener rosas, jazmines, muguetes, lirios y otras plantas finas.

-Madre, mi mujer ha dicho una serie de cosas que… ¿Qué ha pasado para que mi mujer se pueda considerar mutilada y coronada al mismo tiempo? -pregunta Felipe, que se consume en el deseo de saber.

María sonríe dulcemente mientras lo mira y -Ella que es tan poco dada a confidencias -le toma la mano y le dice:
-¿Serías capaz de dar a mi Jesús lo que más amas? La verdad es que deberías… porque Él te da a ti el Cielo y el camino para ir.

-Por supuesto, Madre, que sabría… especialmente si lo que le diera tuviera el poder de hacerlo feliz
-Lo tiene. Felipe, también tu otra hija se consagra al Señor. Nos lo ha dicho hace poco a mí y a su madre, en presencia de muchas discípulas…

-¿Tú? ¿Tú? -pregunta Felipe turbado, señalando con el índice a la gentil muchacha, que se arrima a María casi buscando protección. El apóstol encaja con dificultad este segundo golpe, que le priva para siempre de la esperanza de unos nietos. Se seca el sudor repentino que le ha producido la noticia… vuelve su mirada hacia las caras que tiene alrededor. Lucha… Sufre.
La hija gime:

-Padre… tu perdón… y tu bendición… -y cae a sus pies.
Felipe le acaricia mecánicamente los cabellos castaños, despeja su garganta del nudo que la comprime, y, en fin, habla:

-Se perdona a los hijos que pecan… Tú no pecas consagrándote al Maestro… y… y… y tu pobre padre sólo puede decirte… decirte: "¡Bendita seas!”… ¡Ah! ¡Hija! ¡Hija mía!… ¡Cuán suave y tremenda es la voluntad de Dios!

-Y se inclina, la levanta, la abraza, la besa en la frente y en el pelo, llorando… Y luego, teniéndola todavía entre sus brazos, va hacia Jesús y le dice: «Mira, yo la he engendrado, pero Tú eres su Dios… Tu derecho es mayor que el mío… Gracias… gracias, Señor, por la… por la alegría que… -no puede continuar. Cae de rodillas a los pies de Jesús y se agacha para besarle los pies gimiendo: « ¡Nunca más, nunca más tendré nietos!… ¡Mí sueño!… ¡La sonrisa de mí ancianidad!… Perdona este llanto, Señor… Soy un pobre hombre…».

-Levántate, amigo mío. Y alégrate de ofrecer las primicias a los jardines angélicos. Ven. Ven aquí, entre mí y mi Madre. Oigamos de Ella cómo ha sucedido la cosa, porque te aseguro que por mi parte no tengo ni culpa ni mérito.
María explica:

-Poco sé yo también. Estábamos hablando las mujeres entre nosotras y, como sucede a menudo, me preguntaban acerca de mi voto virginal, y también sobre cómo serán las vírgenes del futuro, y sobre qué oficios y glorias preveía para ellas. Yo respondía como sé… Para el futuro preveía para ellas vida de oración, de consuelo de los sufrimientos que el mundo dará a mi Jesús. Decía. "Serán las vírgenes las que sostendrán a los apóstoles, las que lavarán este mundo ensuciado, y lo vestirán con su pureza y con ella lo perfumarán; serán los ángeles que cantarán las alabanzas para cubrir las blasfemias. Y Jesús se sentirá feliz, y otorgará gracias al mundo, y misericordia a estas corderas diseminadas en medio de lobos…" y otras cosas decía.

Ha sido entonces cuando la hija de Jairo me ha dicho: "Dame un nombre, Madre, para mi futuro de virgen, porque no puedo conceder el que un hombre goce el cuerpo que fue reanimado por Jesús. Sólo de Él es este cuerpo mío, hasta que no sea la carne del sepulcro y el alma del Cielo"; y Analía dijo: "Yo también he sentido que debo hacer lo mismo. Y hoy estoy más alegre que las golondrinas, porque se han roto todas las ataduras". Y ha sido también entonces cuando tu hija, Felipe, ha dicho:

"Yo también seré como vosotras. ¡Virgen para toda la eternidad!". Su madre se acercó entonces y le hizo considerar que así no se podía tomar una decisión tan importante. Pero ella no cambió de parecer. Y a quien le preguntaba si era un pensamiento ya viejo decía "no", y a quien le preguntaba cómo le había venido decía: "No lo sé. Como una flecha de luz, me ha abierto en dos el corazón y he comprendido con qué amor amo a Jesús".

La mujer de Felipe dice a su marido:
-¿Has oído?
-Sí, mujer, la carne gime… y debería cantar, porque es su glorificación. Nuestra carne pesada ha engendrado a dos ángeles. No llores, mujer. Tú has dicho antes que Él te ha coronado… Una reina no llora cuando recibe la corona…
Pero llora también Felipe, "y otros muchos lloran, hombres y mujeres, ahora que todos están recogidos aquí arriba. María de Simón llora a lágrima viva en un rincón… María de Magdala llora en otro, manoseando el lino de su túnica y arrancando mecánicamente los hilos del ribete que la adorna. Anastática llora mientras trata de esconder con la mano su cara llorosa.

-¿Por qué lloráis? -pregunta Jesús.
Ninguno responde.
Jesús llama a Anastática y le pregunta de nuevo, y ella: -Porque, Señor, por un goce nauseabundo de una sola noche he perdido el ser una virgen tuya.

-Todos los estados son buenos, si en ellos se sirve al Señor. En la Iglesia futura harán falta vírgenes y matronas. Todas útiles para el triunfo del Reino de Dios en el mundo y para el trabajo de los hermanos sacerdotes. Elisa de Betsur, ven aquí. Consuela a esta casi niña… -Y pone con sus propias manos a Anastática entre los brazos de Elisa.

Las observa mientras Elisa la acaricia y la otra se abandona en esos brazos de madre, y luego pregunta:
-Elisa, ¿conoces su historia?
-Sí, Señor. Y me da mucha pena de esta pobre paloma sin nido.

-Elisa, ¿amas a esta hermana?
-¿Amarla? Mucho. Pero no como hermana. Ella podría ser hija mía. Y ahora que la tengo entre mis brazos me parece volver a ser la madre feliz del tiempo pasado. ¿A quién vas a confiar esta dulce gacela?
-A ti, Elisa.
-¿A mí?

La mujer desata el círculo de sus brazos para mirar, incrédula, al Señor…
-A ti. ¿No la quieres?
-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¡Señor!…
Elisa, de rodillas, se arrastra hasta Jesús, y no sabe, no sabe qué decir, ni cómo, ni qué hacer, para expresar su alegría.

-Levántate. Sé para ella una madre santa, y que ella sea para ti una hija santa, y caminad las dos por el camino del Señor. María de Lázaro, ¿por qué lloras, tú que estabas hace poco tan alegre? ¿Dónde están esas diez flores que me querías traer?…

-Duermen satisfechos en la limpieza, Maestro… Y yo lloro porque ya jamás tendré esa limpieza de las vírgenes, y mi alma siempre llorará, nunca satisfecha, porque… porque pequé…

-Mi perdón y tu llanto te hacen más limpia que esas flores. Ven aquí. No llores más. Deja el llanto para quien tenga algo de qué avergonzarse. ¡Ánimo! Ve por tus flores; id también vosotras, esposas y vírgenes. Id a decir a los invitados de Dios que suban. Hay que despedirlos antes de que cierren las Puertas, porque muchos de ellos viven diseminados por los campos.

Obedecen. En la terraza se quedan solamente: Jesús, donde estaba, acariciando a María y a Matías; Elisa y Anastática, que, un poco más allá están cogidas de la mano, mirándose a los ojos, con una sonrisa embebida en un llanto dichoso; María de Simón, hacia la cual se inclina piadosamente María Stma.; y Juana, que está en la puerta de la habitación y mira titubeante, un poco hacia dentro un poco hacia fuera (hacia Jesús). Los apóstoles y discípulos han bajado, junto con las mujeres, para ayudar a los criados a traer a los tullidos, ciegos, cojos, lisiados, ancianos, por la larga escalera.

Jesús, que tenía inclinada su cabeza hacia los dos niños, la alza y ve a María que está atendiendo a la madre de Judas. Se levanta y se acerca a ellas. Pone la mano encima de la cabeza entrecana de María de Simón:
-¿Por qué lloras, mujer?

-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¡Yo he dado a luz a un demonio! ¡Ninguna otra madre de Israel me igualará en el dolor!
-María, otra madre, y también por ese motivo tuyo, me ha dicho y dice estas palabras. ¡Pobres madres!…

-¡Mi Señor! ¿Entonces hay otro que sea como mi Judas, pérfido y desalmado contigo? ¡No puede ser! Él, que te tiene a ti, se ha dado a prácticas inmundas; él, que respira tu aliento, es un lujurioso y un ladrón, y quizás se hará homicida. ¡Mentira es su pensamiento, fiebre su vida! ¡Haz que muera, Señor! ¡Por piedad, haz que muera!
María, tu corazón te lo hace ver peor de lo que es; el miedo te enajena. Cálmate y razona. ¿Qué pruebas tienes de su actuación?

-Respecto a ti, nada. Pero es un alud que está descendiendo. Lo he sorprendido y no ha podido ocultar las pruebas de… Ahí está… ¡Calla, por piedad! Me mira. Sospecha. Es mi dolor. ¡No hay ninguna Madre más desdichada que yo en Israel!…
María susurra:

-Yo… Porque a mi dolor uno el de todas las madres infelices… Porque la causa de mi dolor es el odio no de uno sino de todo un mundo.

Jesús va donde Juana, que ha solicitado su presencia. Entretanto, Judas viene donde su madre, a la que María sigue consolando. Y le regaña:

-¿Ya has podido manifestar tus delirios? ¿Calumniarme?
¿Estás contenta ya?
-¡Judas! ¿Hablas así a tu madre? -pregunta, severa, María. Es la primera vez que la veo así…

-Sí, porque estoy cansado de su persecución.

-¡Hijo mío, no es una persecución! Es amor. Dices que estoy enferma. Pero el enfermo eres tú. Dices que te calumnio y que escucho a tus enemigos. Pero tú te haces daño a ti mismo y sigues a personas nefastas que te arrastrarán tras sí, y cultivas su compañía. Porque eres débil, hijo mío, y ellos se han dado cuenta… Escucha a tu madre. Escucha a Ananías, anciano y sabio. ¡Judas! ¡Judas! ¡Piedad de ti, de mí! ¡¡¡Judas!!! ¿A dónde vas, Judas?

Judas, que está cruzando casi corriendo la terraza, se vuelve y grita:

-¡A donde soy útil y venerado! -y baja atropelladamente la escalera, mientras la infeliz madre, asomándose al antepecho, le grita:

-¡No vayas! ¡No vayas! ¡Quieren tu ruina! ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Hijo mío!…

Judas ha llegado abajo, y los árboles lo ocultan a la vista de su madre. Se le vuelve a ver un momento en un espacio vacío antes de entrar en el vestíbulo.
-Va… La soberbia le devora -gime su madre.
-Vamos a orar por él, María. Las dos juntas… -dice la Virgen teniendo cogida de la mano a la triste madre del futuro deicida.

Mientras tanto, empiezan a subir los invitados… y Jesús habla con Juana.

-De acuerdo. Que vengan. Sí. Mucho mejor si se han puesto vestidos hebreos, para no chocar con el prejuicio de muchos. Las espero aquí. Ve a llamarlas -y, apoyado a la jamba, observa el aflujo de los invitados, guiados con amorosidad a las mesas por discípulos y discípulas según un orden ya establecido. En el centro está la mesa baja de los niños; luego, a una parte y a otra, todas las otras mesas, paralelas.

Y, mientras ciegos, cojos, lisiados, tullidos, ancianos, viudas y mendigos, imprimidas en sus rostros sus historias de dolores, se colocan, he aquí que traen -delicados como cestos de flores unos cestos transformados en cunas, e incluso unas pequeñas arquetas, donde duermen satisfechos, colocados encima de almohadones, los lactantes tomados de sus madres mendigas. Y María de Magdala, ya tranquila, se acerca a Jesús presurosa y dice:

-Han llegado las flores. Ven a bendecirlas, Señor.
Pero contemporáneamente aparece Juana por la escalera interior y dice:

-Maestro, están aquí las discípulas paganas.
Son siete mujeres, que vienen con vestidos oscuros y humildes semejantes a los de las hebreas. Todas traen los rostros velados y vienen cubiertas hasta los pies con un manto. Dos son altas y de aspecto majestuoso; las otras, de media estatura. Pero cuando, habiendo venerado antes al Maestro, se quitan el manto, es fácil reconocer a Plautina, a Lidia, a Valeria, a la liberta Flavia (la que escribió las palabras de Jesús en el jardín de Lázaro). Y otras tres desconocidas: una que, a pesar de tener mirada acostumbrada a mandar, se arrodilla y le dice al Señor: «Y que conmigo se postre Roma a tus pies»; otra es una venusta matrona de unos cincuenta años; en fin, una jovencita grácil y serena como una flor del campo.

María de Magdala reconoce a las romanas, a pesar de sus vestidos hebreos, y susurra: «¡¡¡Claudia!!!», con los ojos como platos. «Yo. ¡Basta ya de oír por palabras ajenas! La Verdad y la Sabiduría deben ser recogidas directamente de la fuente».

-¿Crees que nos reconocerán? -pregunta Valeria a María de Magdala.

-Si no os descubrís nombrándoos, creo que no. Además, os voy a poner en un sitio seguro.

-No, María. A las mesas, a servir a los mendigos. Ninguno podrá pensar que las patricias sean siervas de los pobres, de los ínfimos del mundo hebraico -dice Jesús.
-Bien sentencias, Maestro. Porque la soberbia es innata en nosotros.

-Y la humildad es el signo más claro de mi doctrina. Quien me quiera seguir debe amar la Verdad, la Pureza y la Humildad, debe tener caridad con todos y heroísmo para desafiar la opinión de los hombres y las presiones de los tiranos. Vamos.

-Perdona, Rabí. Esta jovencita es una esclava hija de esclavos. La he rescatado porque es de origen israelita y Plautina la tiene consigo. Pero yo te la ofrezco, porque pienso que es lo correcto. Su nombre es Egla. Te pertenece.

-María, acógela. Luego veremos cómo… Gracias, mujer.
Jesús va a la terraza a bendecir a los niños. Las damas despiertan mucha curiosidad, pero vestidas y peinadas así a la hebrea, con túnicas casi pobres, no levantan sospechas. Jesús va al centro de la terraza, junto a la mesa de los niños, y ora, ofreciendo por todos el alimento al Señor, bendice y da la orden de empezar la comida.

Apóstoles, discípulos, discípulas, damas, son los siervos de los pobres, y Jesús da ejemplo remangándose las amplias mangas de la túnica roja y ocupándose de "sus" niños, ayudado por Miriam de Jairo y por Juan. Las bocas de muchos desnutridos trabajan egregiamente, pero todos los ojos se centran en el Señor. Cae la tarde y se recoge el toldo; contemporáneamente, los criados traen lámparas que todavía son innecesarias.

Jesús circula entre las mesas. No deja a ninguno sin el consuelo de unas palabras o de una ayuda. Así, pasa varias veces casi rozando a las regias Claudia y Plautina, que, humildes, cortan el pan o acercan el vino a los labios de los ciegos, paralíticos y mancos; sonríe a las vírgenes, que se ocupan de las mujeres; a las madres discípulas llenas de piedad para con estos pobrecillos; a María de Magdala, dedicada solícitamente a una mesa de personas muy ancianas, la mesa más triste de todas, llena de toses, de temblores, de mandíbulas desdentadas que mascujan y de bocas que babean; y ayuda a Mateo que da unos zarandeos a un niñito al que se le ha atravesado una miga de torta que estaba chupando y mordiendo con sus dientecitos nuevos; felicita a Cusa, quien, llegado al principio de la comida, está trinchando las carnes y sirviendo como un criado experto.

La comida termina. En las caras con color, en los ojos ahora más alegres, se manifiesta la satisfacción de estos pobrecillos.

Jesús se inclina hacia un anciano tembloroso y dice:
-¿En qué piensas, padre, que sonríes?
-Pienso que no es un sueño. No, no lo es. Hasta hace poco creía dormir y estar soñando. Pero ahora siento que realmente es verdad. ¿Pero quién te hace tan bueno, que haces tan buenos a tus discípulos? ¡Viva Jesús! -grita para terminar.

Y todas las voces de estos desdichados -y son centenares gritan: «¡Viva Jesús!».

Jesús va de nuevo al centro y abre los brazos haciendo señal de que guarden silencio y estén quietos, y empieza a hablar, sentado con un niñito encima de sus rodillas.

-Viva, sí, viva Jesús. No porque Yo sea Jesús, sino porque Jesús quiere decir el amor de Dios hecho carne y venido aquí abajo, en medio de los hombres, para que lo conozcan y para dar a conocer el amor, que será el signo de la nueva era. Viva Jesús porque Jesús quiere decir

"Salvador". Y Yo os salvo. A todos: ricos y pobres, niños y ancianos, israelitas y paganos. A todos. Con tal de que vosotros queráis darme la voluntad de ser salvados. Jesús es para todos, no es para éste o para aquél, es de todos; de todos los hombres y para todos los hombres. Para todos soy el Amor misericordioso y la Salvación segura. ¿Qué es necesario hacer para ser de Jesús, y, por tanto, para ser salvados? Pocas cosas, pero grandes. No grandes porque sean cosas difíciles como las que hacen los reyes, sino grandes porque exigen que el hombre se renueve para llevarlas a cabo y para ser de Jesús. Por tanto, amor, humildad, fe, resignación, compasión. Esto es. Vosotros, que sois discípulos, ¿qué habéis hecho hoy de grande?

Diréis: "Nada. Hemos servido una comida". No. Habéis servido el amor. Os habéis humillado. Habéis tratado como hermanos a desconocidos de todas las razas, sin preguntar quiénes son, si están sanos, si son buenos. Y lo habéis hecho en nombre del Señor. Quizás esperabais de mí grandes palabras, para vuestra instrucción. He querido que hicierais grandes hechos. Hemos empezado el día con la oración, hemos socorrido a leprosos y mendigos, hemos adorado al Altísimo en su Casa, hemos comenzado los ágapes fraternos y el cuidado de peregrinos y pobres, hemos servido porque servir por amor es asemejarse a mí, que soy Siervo de los siervos de Dios, Siervo hasta el anonadamiento de la muerte para daros salvación…

(Y Yo os salvo. A todos: …Con tal de que vosotros queráis darme la voluntad de ser salvados. Este concepto, que aparece repetidamente en la Obra, sirve para justificar ciertas expresiones de impotencia por parte de Jesús. Incluso cuando no está cuestionada la salvación Jesús puede no ejercitar la propia omnipotencia divina si falta la adhesión de la libre voluntad del hombre)

Un fuerte rumor de voces y pasos interrumpe a Jesús. Un grupo exaltado de israelitas está subiendo apresuradamente las escaleras. Las romanas más conocidas, o sea, Plautina, Claudia, Valeria y Lidia, buscan un lugar retirado y se echan el velo. El grupo perturbador irrumpe en la terraza como si buscaran.., ¡qué sé yo que cosa! Cusa, ofendido, se pone delante de ellos y pregunta:

-¿Qué queréis?

-Nada que se refiera a ti. Buscamos a Jesús de Nazaret, no a ti.

-Aquí estoy. ¿No me veis? -pregunta Jesús dejando en el suelo al niño e irguiéndose majestuoso.

-¿Qué haces aquí?

-Ya lo veis. Hago lo que enseño, y enseño lo que se debe hacer: el amor a los pobres. ¿Qué os habían dicho?
-Se han oído gritos de sedición. Y, dado que donde Tú estás hay sedición, hemos venido a ver.

-Donde Yo estoy hay paz. El grito era: "Viva Jesús"».
-Precisamente eso. Se ha pensado, tanto en el Templo como en el palacio de Herodes, que aquí hubiera una conjura contra…

-¿Quién? ¿Contra quién? ¿Quién es rey en Israel? No es el Templo, ni Herodes. Domina Roma. Y quien piense en proclamarse rey donde Roma impera es un loco.

-Tú dices que eres rey.
-Soy Rey. Pero no de este reino. ¡Demasiado mísero para mí! Demasiado mísero es también el imperio. Soy Rey del Reino santo de los Cielos, del Reino del Amor y del Espíritu. Idos en paz, o quedaos, si queréis, y aprended cómo se entra en este Reino mío. Estos son mis súbditos: los pobres, los infelices, los oprimidos; y también los buenos, los humildes, los caritativos. Quedaos, uníos a ellos.

-Pero siempre estás en banquetes en casas lujosas, entre mujeres guapas y…

-¡Basta! No se provoca ni se ofende al Rabí en mi casa.

¡Salid! -grita Cusa con voz de trueno.

Pero en esto, de la escalera interna, sale al improviso a la terraza una figurita esbelta de joven velada. Corre ligera, como una mariposa, hasta Jesús, y arroja velo y manto; cae a sus pies y trata de besárselos.

-¡Salomé! -grita Cusa, y con él otros.

Jesús se ha retirado tan violentamente, para huir del contacto, que su asiento se vuelca y Él aprovecha para ponerlo entre sí y Salomé como separación. Sus ojos están fosforescentes, son terribles: tanto que dan miedo.

Salomé, frívola y descarada, zalamera al máximo, dice:

-Sí, yo. La aclamación ha llegado al Palacio. Herodes envía una embajada para decirte que desea verte. Pero la he precedido. Ven conmigo, Señor. ¡Yo te amo mucho y te deseo mucho! Yo también soy carne de Israel.

-Márchate a tu casa.

-La Corte te espera para tributarte honor.
-Mi Corte es ésta. No conozco otra Corte, ni otros honores -y con la mano señala a los pobres que están sentados a las mesas.

-Te traigo presentes para ella. Aquí tienes mis joyas.
-No las quiero.
-¿Por qué las rechazas?

-Porque son inmundas y se ofrecen con inmunda finalidad.

¡Vete!

Salomé se levanta confundida. Mira de refilón al Terrible, al Purísimo que la fulmina con su brazo extendido y su mirada de fuego. Mira furtivamente a todos, y ve burla y náusea en las caras. Los fariseos están petrificados observando la fuerte escena. Las romanas se aventuran a acercarse para ver mejor.

Salomé intenta una última prueba:
-Tratas incluso con los leprosos… -dice en tono sumiso y
suplicante.

-Son personas enfermas. Tú eres una impúdica. ¡Vete!

El último « ¡vete!» es tan imperioso que Salomé recoge velo y manto, y, agachada, se arrastra hacia las escaleras.

-¡Ten cuidado, Señor!… Tiene poder… ¡Podría perjudicarte! -susurra Cusa en voz baja.

Pero Jesús responde con voz fortísima, para que todos puedan oír, sobre todo la expulsada.

-No importa. Prefiero que me maten antes que aliarme con el vicio. Sudor de mujer lasciva y oro de meretriz son venenos de infierno. Las alianzas viles con los poderosos son pecado. Yo soy Verdad, Pureza y Redención. Y no cambio. Ve. Acompáñala…

-Castigaré a los criados que la han dejado pasar.
-No castigarás a nadie. Sólo una debe ser castigada. Ella.

Y ya lo es. Y que sepa, y sepáis vosotros, que conozco su pensamiento, y me repele. Que vuelva la serpiente a su guarida, que el Cordero vuelve a sus jardines.

Se sienta. Suda. Guarda silencio. Luego dice: -Juana, da a cada uno el óbolo, para que durante algunos días sea menos triste la vida… ¿Qué más debo hacer con vosotros, hijos del dolor? ¿Qué queréis, que os pueda dar? Leo en los corazones.

¡A los enfermos que saben creer, paz y salud!

Un instante de pausa y luego un grito… y son muchísimos los que se alzan curados. Los judíos, que habían venido con ánimo de pillar a Jesús en renuncio, se marchan atónitos por el milagro y la pureza de Jesús, y desapercibidos en medio del delirio general de aclamaciones.

Jesús sonríe mientras besa a los niños. Luego despide a los invitados. Pero detiene un momento a las viudas y habla con Juana en favor de ellas. Juana toma nota y las invita para el día siguiente; luego se marchan también ellas. Los últimos en salir son los ancianos…
Se quedan los apóstoles, los discípulos, las discípulas y las romanas. Jesús dice:

-Así es y debe ser la unión futura. No hay palabras. Que sean los hechos los que hablen con su evidencia a los espíritus y a las mentes. La paz sea con vosotros.
Se dirige hacia la escalera interior y desaparece seguido por Juana y luego por los demás.

Al pie de la escalera se topa con Judas:

-¡Maestro, no vayas a Getsemaní! Hay enemigos que te buscan allí. Y tú, madre, ¿qué dices ahora?, tú que me acusas. Si no hubiera ido, no me habría enterado de la asechanza que tienden al Maestro. ¡A otra casa! ¡Vamos a otra asa!

-A la nuestra, entonces. En casa de Lázaro sólo entran los que son amigos de Dios -dice María de Magdala.

-Sí. Los que ayer estaban en Getsemaní que vengan con las hermanas a la residencia de Lázaro. Mañana tomaremos una serie de medidas.

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