369- El jueves prepascual. Parábola de la lepra de las casas

Y en el camino de regreso hacia la casa de Juana, estando un poco aislados en medio de la gente que se aglomera en los caminos y que separa a unos de otros a los componentes de la nutrida comitiva que sigue a Jesús, Pedro, que va con el Maestro y con los dos hijos de Alfeo, pregunta:

-Ahora que podemos hablar un poco entre nosotros, Señor, ¿me dices una cosa que estoy pensando desde ayer por la noche? -Sí, Simón. Dime de qué se trata y te responderé.

-Ya desde ayer por la noche pienso en la gracia especial que concedes a Juan en Antigonio. Es muy grande esa gracia, ¿eh? Es una cosa única. ¡Exclusivamente para él! Y la verdad es que Síntica también merece mucho… Y, en fin, hay mucha gente magnífica que… merecería verte… y que no te ve sino cuando está a tu lado. Nosotros, por ejemplo, ¡qué consolados nos habríamos sentido cuando nos has mandado por los caminos! Y hemos atravesado momentos en que una palabra tuya nos habría sacado de la incertidumbre… Pero a nosotros no vienes nunca… ¿Por qué esta diferencia?

-Concluyendo, ¿tú, Simón mío, estás un poco celoso?…
-¡No, hombre, no! Pero… Bueno… querría saber tres cosas: ¿por qué a Juan de Endor?; si sólo a él; y si no existe la posibilidad de que un día nos suceda también a nosotros, a mí, por ejemplo, que te vea milagrosamente y sepa de tu boca cómo actuar.

-Te respondo. A Juan porque es un espíritu lleno de buena voluntad, que, no obstante, tiene debilidades, más bien de tipo físico, que podrían derrumbar el edificio de su elevación a Dios, que él ha construido. ¿Ves, amigo mío?

El pasado, habiendo estado mucho tiempo sobre nosotros como una costra profundamente radicada, no sólo ha incidido signos indelebles, sino que deja indelebles tendencias en todos los hombres. Mira, por ejemplo, aquella casucha construida al pie del monte. Las aguas del suelo, las que corren monte abajo durante las lluvias, se han filtrado lentamente en ella. Ahora hay sol caliente, y lo habrá durante meses. Pero el moho que ha penetrado en la argamasa estará siempre presente cual manchas de lepra.

La casa ha sido abandonada por haber sido declarada leprosa. En otros tiempos menos irrespetuosos la casa habría sido demolida, según la Ley. ¿Porque le ha acaecido este desastre a la pobre casa? Porque los propietarios no se han preocupado de disponer zanjas alrededor para no permitir que las aguas se estancaran en la base, para desviar, lejos del lado que apoya en el monte, las aguas que bajan. Ahora la casa no sólo es fea, sino que está minada por la humedad. Si un hombre voluntarioso se preocupara de hacer esos trabajos, y luego la limpiara bien, y raspara las paredes y cambiara los adobes enmohecidos por otros nuevos; podría ser usada todavía.

Pero, de todas formas, presentaría unas debilidades tales, que en un terremoto sería la primera en derrumbarse. Juan ha estado, durante años, penetrado de los venenos del mal del mundo. Ha puesto los medios, con su voluntad, para desterrarlos de su alma revivida. Pero en la base escondida en la carne, en la parte inferior, han quedado debilidades… El espíritu está fuerte, pero su carne es débil; y la carne se desata incluso en tempestades, cuando sus fómites se juntan con elementos del mundo, capaces de zarandear el yo. ¡Juan!… ¡Qué remoción de partículas del pasado por cuanto ha sucedido! Yo le ayudo en la resistencia, en la depuración, en la victoria sobre el pasado que tiende a resurgir; doy consuelo a su excesivo sufrimiento en la manera que puedo. Porque lo merece.

Porque es justo ayudar a una voluntad santa que sufre el asalto de toda la iniquidad del mundo. ¿Te convences?
-Sí, Maestro. ¿Y… sólo te muestras a él?
Jesús sonríe mirando a Pedro, que a su vez lo mira desde abajo y parece un niño observando la cara de su padre. Responde:

-No sólo a él. También a otros que están lejos construyéndose su santidad, fatigosamente y solos.
-¿Quiénes son?
-No es necesario saberlo.
Santiago de Alfeo pregunta:
-¿Y a nosotros, por ejemplo, cuando estemos solos y -¡a saber cuánto! -atormentados por el mundo?… ¿no nos vas a ayudar con tu presencia?

-Tendréis al Paráclito con sus luces.
.De acuerdo… Pero yo… no lo conozco… y… creo que no lograré jamás comprenderlo. Tú… es otra cosa… Diré: "¡Oh, el Maestro!" y te preguntaré lo que hay que hacer, con la seguridad de que eres Tú…» dice Pedro. Y termina:

« ¡El Paráclito! ¡Demasiado excelso para este pobre pescador! ¡Quién sabe lo difícil que habla y lo… ligero que es: un soplo que pasa…! No sé si alguno se dará cuenta siquiera… Yo necesito un buen meneo, un grito, para que mi cocota se despierte y pueda entender. ¡Pero, si te me apareces Tú, te veo, y entonces!… Prométeme, o mejor a todos, prométenos que te nos vas a aparecer también a nosotros. ¡Pero así, ¿eh?! De carne y sangre.

Que se te vea bien y se te oiga mejor.
-¿Y si lo hiciera para regañar?
-¡No importa! Al menos -¿verdad, vosotros dos? -, al menos sabríamos lo que tendríamos que hacer.
Los dos hijos de Alfeo asienten.

-Pues os lo prometo. A pesar de que -creedlo -el Paráclito sabrá hacer que vuestras almas lo entiendan. Pero iré Yo a deciros: "Santiago, haz esto o aquello. Simón Pedro, no está bien que hagas esa otra cosa. Judas, fortalécete para estar preparado para esto o para aquello".

-Muy bien. Ahora estoy más tranquilo. ¡Y ven a menudo, ¿eh?! Porque yo estaré como un pobre niño desamparado que no hará sino que llorar y… hacer cosas no buenas…
Y casi casi Pedro ya se echa a llorar desde ahora…
Judas Tadeo pregunta:

-¿No podrías hacerlo para todos desde ahora? Quiero decir: para los que dudan, para los culpables, los desleales. Quizás un milagro…

-No, hermano. El milagro hace mucho bien, especialmente el milagro de ese tipo, cuando se da a tiempo y en el lugar oportuno, a personas no maliciosamente culpables. Dado a personas maliciosamente culpables, aumenta su culpabilidad porque aumenta su soberbia. Toman el don de Dios como debilidad de Dios, que les suplicaría a ellos, a los orgullosos, permitir amarlos. Toman el don de Dios como producto de sus grandes méritos. Se dicen a sí mismos:

"Dios se humilla conmigo porque soy santo". Entonces es la ruina completa. La ruina, por ejemplo, de un Marcos de Josías, y con él de otros… ¡Ay de aquel que entra por este camino satánico!: el don de Dios se transforma en él en veneno de Satanás. Ser agraciado con dones extraordinarios constituye la prueba más grande y segura del grado de elevación y de voluntad santa en un hombre. Muy frecuentemente, el hombre se embriaga de ello humanamente, y de espiritual, pasa a ser todo humanidad, y luego baja y se hace satanicidad.

-¿Y entonces por qué los concede Dios? ¡Sería mejor que no los concediera!
-Simón de Jonás, ¿para enseñarte a andar tu madre te tuvo siempre entre pañales y en brazos?

-No. Me ponía en el suelo, y me soltaba.
-¡Pero te caerías, ¿no?!
-¡Una infinidad de veces! Bueno y mucho más porque yo era muy… Bueno, que ya desde pequeño tenía pretensiones de actuar por mí mismo y de hacer todo bien.

-¡Pero ahora ya no te caes!

-¡Estaría bueno! Ahora sé que subirme al respaldo de una silla es peligroso, sé que pretender usar los desagües para bajar del tejado al patio es un error, sé que querer volar desde la higuera hasta dentro de la casa, como si fuéramos pájaros, es cosa de locos. Pero de pequeño no lo sabía. Y lo que es un misterio es que no me matara. Pero poco a poco fui aprendiendo a usar bien las piernas y la cabeza.

-Entonces Dios ha hecho bien dándote piernas y cabeza; y tu madre, dejándote aprender sufriendo en ti las consecuencias, ¿no?

-¡Claro está!
-Lo mismo hace Dios con las almas. Les da los dones y, como una madre, advierte y enseña. Pero luego cada uno debe razonar por sí mismo sobre cómo usarlos.

-¿Y si es un deficiente mental?
-Dios no da los dones a los deficientes mentales. A éstos los ama, porque son infelices, pero no les da aquello de cuya posesión no tendrían conciencia.

-¡Pero si se los diera y los usaran mal?
-Dios los trataría según su realidad, es decir, como a personas incapaces y por tanto, sin responsabilidad. No los juzgaría.
-¿Y si uno es inteligente cuando los recibe y luego se vuelve necio o loco?

-Si es por enfermedad, no es culpable de no usar el don recibido.
-¿Pero… uno de nosotros, por ejemplo? ¿Josías… o… ¡bueno… u otro!?
-¡Más le valdría no haber nacido! Pero así se separan los buenos los malos… Operación dolorosa, pero justa.
-¿Qué decís de bueno? ¿Nada para nosotros? -preguntan otros apóstoles que, dada la anchura de la calle, pueden reunirse con Jesús.

-Hablábamos de muchas cosas. Jesús me ha dicho una parábola sobre la lepra de las casas. Luego os la digo yo ­responde Pedro.

-¡De todas formas, qué supersticiones, ¿eh?! Dignas de aquellos tiempos. Las paredes no cogen lepra. Los antiguos, ignorantes, aplicaban a vestidos y a paredes propiedades animales. Cosas ridículas que nos hacen ridículos -dice con aires de sabio Judas Iscariote. -No son como dices, Judas. Bajo la apariencia -que era como era necesaria para las mentes de aquel tiempo -hay una finalidad grande formada de santas previsiones. Como muchos otros preceptos del viejo Israel. Preceptos orientados a la salud del pueblo.

Conservar sano a un pueblo es deber de los legisladores, es honrar a Dios y servirle, porque el pueblo está constituido por criaturas de Dios. No se le debe desatender, de la misma forma que no se desatiende ni a los animales ni a las plantas. Las casas definidas leprosas no tienen, es verdad, la enfermedad carnal de la lepra. Pero tienen defectos de construcción y de ubicación que las hacen malsanas y que se manifiestan con las manchas definidas "lepra de las paredes". Con el paso del tiempo se hacen no sólo malsanas para el hombre, sino peligrosas porque están expuestas a un fácil derrumbamiento. Por eso bien prescribe la Ley, y ordena abandonarlas y reconstruirlas, e incluso destruirlas si, una vez reconstruidas, vuelven a aparecer enfermas.

-¡Hombre, pero un poco de humedad, qué va a hacer? Se seca con braseros.

-Y la humedad no aparece externamente, y el engaño aumenta. La humedad aumenta por dentro, y mina, y un buen día se derrumba la casa y sepulta a sus habitantes. ¡Judas, Judas! ¡Mejor tener excesiva vigilancia que ser imprudentes!

-Yo no soy una casa.
-Eres la casa de tu alma. No dejes que en la casa se filtre el mal y corroa… Vigila por la incolumidad de tu alma. Vigilad todos.

-Vigilaré, Maestro. Pero, dime la verdad, ¿estás impresionado por las palabras de mi madre? Esta mujer está enferma. Ve fantasmas. Tengo que llevarla al médico. Cúramela Tú, Maestro.

-La consolaré. Pero tú eres el único que puedes curarla, calmando su congoja.

-Congoja sin fundamento. Créeme, Señor.
-Mejor así, Judas. Mejor así. Pero tú, con una conducta cada vez más justa, trata de anular esa congoja. Si ha surgido, habrá habido un motivo. Anula incluso el recuerdo de ese motivo, y tu madre y Yo te bendeciremos.
-¡Maestro, temías que me pusiera de acuerdo con Marcos de Josías?

-No temo nada.
-¡Ah! ¡Bien! Porque yo trataba de convencerlo. Creo que era mi deber. ¡Ninguno lo hace! ¡Yo tengo celo por las almas!
-Ten cuidado de que no te ocurra un mal -dice Pedro bondadosamente.
-¿Qué quieres decir? -dice Judas agresivo.
-Nada más que esto: que para tocar algo que quema hay que coger algo que aísle.
-¿Qué, en nuestro caso?
-¿Qué? Una gran santidad.

-¿Y yo no la tengo, no es verdad?
-Ni tú, ni yo, ni ninguno de nosotros. Por eso… podríamos quemarnos y quedar marcados.
-¿Y entonces quién se va a ocupar de las almas?

-Por ahora el Maestro. Después, cuando, según la promesa, tengamos los medios para poderlo hacer, nosotros.
-Pero yo quiero actuar antes. Nunca se trabaja demasiado pronto para el Señor.

-Creo que lo que dices está bien, pero también creo que el primer trabajo para el Señor lo tenemos que hacer en nosotros. ¿Ir a predicar santidad a los otros antes que a nosotros mismos?…

-Eres egoísta.
-En absoluto.
-Sí.
-No.

Empieza la discusión. Interviene Jesús:

-Pedro tiene razón en buena parte. Tú también tienes un poco de razón. Porque la predicación se debe apoyar sobre los hechos. Por eso santificarse para poder decir: "Haced lo que digo porque es justo". Y esto apoya lo que dice Pedro.

Pero también el trabajar en los espíritus de los demás sirve para formar los propios, porque nos obliga a mejorarnos para no ser objeto de observaciones por parte de los que se hayan de convertir. Pero ya hemos llegado a la casa de Juana…

Vamos a entrar a gozar del amor de contarnos entre los obreros del Señor; y a predicar, con los hechos, el tiempo futuro.

368- El jueves prepascual.En Jerusalén y en el Templo

No veo la distribución de comida a los leprosos de Hinnon, de los cuales sólo oigo hablar. No creo que se hayan producido milagros entre ellos, porque Simón Pedro dice:

-La soledad atroz no les ha dado la gracia de creer y saber dónde está la Salud.

Después la ciudad los recibe por la Puerta que introduce en el bullicioso y poblado barrio de Ofel.

Después de algunos metros, por la puerta entreabierta de una casa, aparece al improviso, jubilosa, Analía, que hace un acto de veneración al Maestro mientras dice:
-Tengo permiso de mi madre para estar hasta la noche contigo, Señor.

-¿No se sentirá molesto Samuel?
-Ya no existe Samuel en mi vida, Señor. Y gracias sean dadas al Altísimo. Solamente me conceda que no te deje a ti, mi Dios, como me ha dejado a mí.

La boca juvenil sonríe heroicamente, mientras un brillo de llanto resplandece en sus ojos castos.

Jesús la mira fijamente y, por toda respuesta, le dice:
-Únete a las discípulas -y reanuda el camino.

Pero la anciana madre de Analía, más anciana por los dolores que por la edad, se acerca a su vez, muy inclinada en un saludo devotísimo y rendido, y dice:

-La paz a ti, Maestro. ¿Cuándo podría hablar contigo? ¡Estoy muy acongojada!…
-Enseguida, mujer.

Y, volviéndose a los que están con Él, ordena:
-Quedaos aquí fuera. Voy a entrar un momento en esta casa -y hace ademán de seguir a la mujer.

Pero Analía, desde el grupo de las mujeres, reclama su atención, con una sola palabra: « ¡Maestro!», ¡pero cuánto hay en esa palabra! Y junta las manos al decirla, como si suplicara…

-No temas. Ten paz. Tu causa está en mis manos, y también tu secreto -la tranquiliza Jesús. Y luego, raudo, entra por la puerta entreabierta.

Fuera se hacen comentarios sobre este hecho, y curiosidades masculinas y femeninas compiten para saber… saber… saber… Dentro se escucha y se llora. Jesús escucha. Apoyado de espaldas contra la puerta, que ha cerrado tras sí en cuanto ha entrado, con los brazos recogidos sobre el pecho, escucha a la madre de la muchacha, que le habla de la volubilidad del novio, el cual habría aprovechado un pretexto para liberarse completamente del vínculo…

-De forma que Analía es como una repudiada, y nunca más se casará, porque ha declarado que Tú no apruebas a quien después del repudio vuelve a casarse. Pero no es así. ¡Ella es célibe todavía! No se vende a otro hombre, porque de ningún hombre ha sido. Y él es culpable de crueldad. Y más. Porque le han venido ganas de otras bodas; pero es mi hija la que va a aparecer como culpable, y el mundo la escarnecerá. Haz algo, Señor, porque es por ti por quien sucede esto.

-¿Por mí, mujer? ¿En qué he pecado?
-¡No, Tú no has pecado! Pero él dice que Analía te ama. Y finge estar celoso. Ayer noche ha venido. Ella había ido a verte. Se enfureció y juró que ya no la querría por esposa. Analía, que llegó en ese momento, le respondió:

"Haces bien. Lo único que siento es que vistas la verdad de mentira o de calumnia. Sabes que a Jesús se le ama sólo con el alma. Pero es precisamente tu alma la que se ha corrompido y deja la Luz por la carne, mientras que yo dejo la carne por la Luz. No podríamos ser ya un solo pensamiento, como dos esposos deben ser. Ve, pues, y que Dios te ampare". Ni una lágrima, ¿comprendes? ¡Nada que tocara el corazón del hombre! ¡Mis esperanzas defraudadas! Ella… ciertamente por superficialidad, causa su ruina.

Llámala, Señor. Habla con ella. Doblégala a la razón. Busca a Samuel. Está en casa de Abraham su pariente, en la tercera casa después de la Fuente de la higuera. ¡Ayúdame! Pero primero habla enseguida con ella…

-Hablar, hablaré. Pero deberías dar gracias a Dios, que rompe un vínculo humano que está claro que no prometía mucho. Ese hombre es voluble e injusto para con Dios y para con su novia…

-Sí, pero es atroz que el mundo la crea culpable, y que te crea culpable a ti, por el simple hecho de que sea discípula tuya.

-El mundo acusa y luego olvida. El Cielo, por el contrario, es eterno. Tu hija será una flor del Cielo.
-¿Entonces por qué has permitido que viviera? Habría sido una flor sin sufrir la lapidación de las calumnias. Tú que eres Dios llámala, hazla razonar, y luego haz razonar a Samuel…

-Recuerda, mujer, que ni siquiera Dios puede avasallar la voluntad y libertad del hombre. Ellos, Samuel y tu hija, tienen derecho a seguir lo que sienten que es bueno para ellos. Especialmente Analía tiene derecho…

-¿Por qué?
-Porque Dios la ama más que a Samuel. Porque ella da a Dios más amor que Samuel. ¡Tu hija es de Dios!
-No. En Israel no es así. La mujer debe casarse… Es mía la hija… Sus esponsales me prometían paz para el futuro…

-Tu hija estaría en el sepulcro desde hace un año, si Yo no hubiera actuado. ¿Quién soy Yo para ti?
-El Maestro y Dios.

-Y como Dios y Maestro digo que el Altísimo tiene más derecho que nadie sobre sus hijos, y que mucho va a cambiar en la Religión, y de ahora en adelante podrán las vírgenes ser vírgenes eternamente por amor a Dios. No llores, madre. Deja tu casa y ven con nosotros, hoy. ¡Ven! Ahí afuera está mi Madre y otras madres heroicas que han dado sus hijos al Señor. Únete a ellas…

-Habla con Analía… ¡Inténtalo, Señor! -gime la mujer entre sollozos.
-De acuerdo. Haré como quieres -dice Jesús. Y, abierta la puerta, llama: «Madre, ven con Analía».
Las dos requeridas van presurosas. Entran.

-Muchacha, tu madre quiere que te diga que lo pienses más. Quiere que hable con Samuel. ¿Qué debo hacer? ¿Qué respuesta me das?

-Habla con Samuel si quieres. Es más, te suplico que lo hagas. Pero sólo porque querría que se hiciera justo oyéndote. Respecto a mí, ya sabes; te ruego que le des a mi madre la respuesta más verdadera.
-¿Has oído, mujer?

-¿Cuál es la respuesta? -pregunta con voz quebrada la anciana, la cual al principio de las palabras de su hija creía que ésta se hubiera vuelto atrás y luego ha comprendido que no es así.

-La respuesta es que desde hace un año tu hija es de Dios, y el voto es perenne mientras dura la vida.
-¡Pobre de mí! ¿Qué madre hay más infeliz que yo?
María suelta la mano de la joven para abrazar a la mujer y decirle dulcemente:

-No peques con tu pensamiento y con tu lengua. Dar a Dios un hijo no es una desdicha; antes al contrario, es una gran gloria. Un día me dijiste que tu dolor era el haber tenido sólo una hija, porque querrías haber tenido el varón consagrado al Señor. Tú tienes no un varón sino un ángel, un ángel que precederá al Salvador en su triunfo.

¿Y te vas a considerar infeliz? Mi madre, habiéndome concebido en tarda edad, espontáneamente me consagró al Señor desde el primer latido mío que oyó en su seno. Y me tuvo sólo tres años. Y yo tampoco la tuve, sino en mi corazón. Pues bien, su paz al morir fue el haberme dado a Dios… ¡Ánimo, ven al Templo a cantar las alabanzas a Aquel que tanto te ama que ha elegido a tu hija como esposa! Ten una verdadera sabiduría en tu corazón. Verdadera sabiduría es no poner límites a la propia generosidad hacia el Señor.

La mujer ha dejado de llorar. Escucha… Luego se decide. Toma el manto y se envuelve en él. Y al pasar por delante de la hija suspira:
-Primero la enfermedad, luego el Señor… ¡Se ve que no debía tenerte!…

-No, mamá. No digas eso. Nunca me has tenido tanto como ahora. Tú y Dios. Dios y tú. Sólo vosotros, hasta la muerte… -y la abraza dulcemente y le pide: «¡Una bendición, madre! Una bendición… porque he sufrido por tener que hacerte sufrir. Pero Dios me quería así…».
Se besan llorando. Luego salen, precedidas por Jesús y María, y cierran la casa; luego se ponen detrás del grupo de las discípulas…

-¿Por qué entramos por aquí, Señor? ¿No era mejor entrar por la otra parte? -pregunta Santiago de Zebedeo.
-Porque, pasando por aquí, pasamos por delante de la Antonia.

-Y esperas… ¡Ten cuidado, Maestro!… El Sanedrín te espía -dice Tomás.
-¿Cómo lo sabes? -le pregunta Bartolomé.

-Basta reflexionar en el interés de los fariseos para comprender. ¡Me decís que con mil disculpas vienen continuamente a observar lo que hacemos!… ¿Con qué finalidad, si no es buscando de qué acusar al Maestro?
-Tienes razón. Entonces es mejor no pasar por delante de la Antonia, Maestro. Si los romanos no te ven, pues mejor.
-Y en esta razón está contenido más el asco por ellos que la solicitud por mí, ¿no es verdad, Bartolmái? ¡Qué sabio serías si quitaras de tu corazón estas miserias! -responde Jesús, que sigue de todas formas por su camino sin escuchar a nadie.

Para ir a la Antonia tienen que pasar por el Sixto, donde están el palacio de Juana y el de Herodes, poco separados el uno del otro. Jonatán está en la puerta del palacio de Cusa. En cuanto ve a Jesús, da la voz a los de la casa. Sale inmediatamente Cusa y hace una reverencia. Le sigue Juana, ya preparada para unirse al grupo de las discípulas.
Cusa habla:

-He oído que hoy estarás donde Juana. Concede a tu siervo tenerte como invitado en un banquete.
-Sí. Con tal de que me concedas que haga de él un banquete de caridad para los pobres y los infelices.
-Como te parezca, Señor. Ordena y haré lo que Tú quieras.
-Gracias. La paz sea contigo, Cusa.
Juana pregunta:

-¿Tienes órdenes para Jonatán? Está a tu disposición.
-Las daré cuando vuelva del Templo. Vamos, porque nos esperan.

Pasan poco después junto al bonito y cruel palacio de Herodes (cerrado como si estuviera deshabitado). Pasan junto a la Antonia. Los soldados observan el pequeño cortejo del Nazareno.

Entran en el Templo. Mientras las mujeres se detienen en la parte inferior, los hombres prosiguen por el lugar concedido a ellos. Llegan así al sitio donde se presenta a los niños y se purifican las mujeres. Un pequeño grupito de gente acompaña a una joven madre y se detiene para cumplir las ceremonias del rito.

-¡Un pequeñuelo consagrado al Señor, Maestro! -dice Andrés, que observa la escena.

-Es, si no me equivoco, la mujer de Cesárea de Filipo, la del castillo. Pasó por delante de mí mientras te esperábamos en la Puerta Dorada -dice Santiago de Alfeo.
-Sí. Está también la suegra y el administrador de Felipe. No nos han visto. Pero nosotros los hemos visto a ellos -añade Judas Tadeo.

Y Mateo añade:

-Y nosotros dos hemos visto a María de Simón con un anciano. Pero Judas no estaba. Parecía muy triste la mujer. Miraba afligida a su alrededor.

-Luego la buscaremos. Ahora vamos a orar. Y tú, Simón de Jonás, presenta la ofrenda en el gazofilacio. Por todos.
Oran largamente. La gente advierte claramente su presencia y unos a otros se señalan al Maestro.

Un breve altercado, del que sobresale la nota aguda de una voz femenina, hace volver la cabeza a los que oran menos recogidos.
-¡Si he estado aquí para ofrecer el hijo varón a Dios, puedo quedarme otro poco para ofrecérselo a quien lo salvó para el Señor! -dice la voz aguda.

La joven Dorca, implicada en medio, causa de tanto jaleo, rompe a llorar y grita:
-¡No le hagáis ningún mal por causa mía!
Pero ya algunos exaltados han llegado donde el Señor y le dicen impositivamente:

-¡Ven aquí y responde!
Los apóstoles y discípulos están agitados de ira y temor. Jesús, sereno y solemne, sigue a los que lo han llamado.
-¿Reconoces a esta mujer? -gritan mientras lo empujan al centro del corro que se ha formado alrededor de Dorca, a la que señalan como si fuera una leprosa.

-Sí. Es una joven viuda y madre de Cesárea de Filipo. Y ésa es su suegra. Y ése es el administrador del castillo. ¿Y entonces…?

-Ella te acusa de que entraste en su habitación mientras se producía el parto.

-¡No es verdad, Señor! No he dicho eso. He dicho que me reviviste a mi hijo. ¡Y nada más! Quería rendirte honor, y te he perjudicado. ¡Perdón, perdón!

El administrador de Filipo interviene para ayudarla y dice:

-No es verdad. Vosotros mentís. La mujer no ha dicho eso, y yo soy testigo y puedo jurarlo; como también que el Rabí no entró en la habitación, sino que obró el milagro desde la puerta.

-¡Calla, siervo!

-¡No! ¡No callaré! ¡Y se lo diré a Filipo, que venera al Rabí más que vosotros, falsos devotos del Dios altísimo!

El altercado pasa de la mujer al terreno religioso y político. Jesús guarda silencio. Dorca llora.

Eleazar, el invitado justo del banquete de la casa de Ismael, dice:

-Creo que se ha aclarado la duda y no tiene ya objeto la acusación; y que el Rabí, justificado, puede libremente marcharse.

-No. Quiero saber si se purificó después de tocar al muerto. ¡Que lo jure por Yeohveh! -grita Jonatán de Uziel.

-¡No me purifiqué porque el niño no estaba muerto, sino que sólo tenía dificultad para respirar.

-Ah, ahora te va bien decir que no resucitó, ¿eh?! -grita
un fariseo.

-¿Por qué no haces ostentación como en Quedes? -pregunta otro.

-¡No perdamos tiempo en palabras! Vamos a echarlo de aquí y a llevar esta nueva imputación al Sanedrín. ¡Un cúmulo de imputaciones!
-¿Qué otra? -pregunta Jesús.

-¿Que qué otra! ¡El haber tocado a la leprosa sin purificarte después! ¿Puedes negarlo? ¿Y haber blasfemado en Cafarnaúm, tanto que los más justos te han abandonado? ¿Puedes negarlo?

-No niego nada. Pero no tengo pecado, porque tú, Sadoq, tú que acusas, sabes por el marido de Anastática que no estaba leprosa; tú lo sabes, paraninfo del adulterio de Samuel, tú, embustero con él ante el mundo para favorecer la lujuria de un inmundo, dando el nombre de lepra a lo que no era tal, y condenando a una mujer a la tortura que significa el ser llamado "leproso" en Israel, sólo porque eres cómplice del marido culpable.

El escriba Sadoq, uno de los que estaban en Yiscala y luego en Quedes, herido en pleno centro, se escabulle sin decir nada más. Le siguen los gritos burlones de la gente.

-¡Silencio! Es lugar sagrado -dice Jesús. Y ordena a la mujer y a los que estaban con ella: «Vamos. Venid conmigo a donde me esperan». Y se encamina, severo y majestuoso, seguido por los suyos.

Entretanto, la mujer, ante las preguntas de muchos, cuenta una y otra vez, repitiendo siempre: «Mi hijo es suyo y a Él se lo consagro». El administrador se acerca a Jesús y dice:

-Maestro, he referido a Filipo el milagro. Me ha enviado para decirte que te estima. Tenlo presente en las insidias de Herodes… y de los otros. Querría ver también él, y oírte. ¿No vienes hoy a su casa? Te acogería con gusto, incluso en la Tetrarquía.

-No soy ni un histrión ni un mago. Soy el Maestro de la Verdad. Que venga a la Verdad y no lo rechazaré.

Están en el patio de las mujeres.

-¡Ahí está! ¡Ahí está! -dicen las discípulas a María, que está preocupada por el retraso.

Se reúnen. Jesús quisiera despedirse de los de Cesárea, para ir a buscar a María, madre de Judas; pero Dorca se arrodilla y dice:

-Te buscaba yo antes que ella, antes que esa mujer que buscas y que es madre de un discípulo. Te buscaba para decirte: "Este hijo es tuyo. Varón unigénito. Te lo consagro. Tú eres el Dios vivo. Que sea siervo tuvo".

-¿Sabes lo que esto significa? Quiere decir consagrar a tu hijo al dolor, perderlo como madre y ganarlo como mártir en el Cielo. ¿Te sientes con fuerzas de ser mártir en tu hijo?

-Sí, mi Señor. Mártir me habría hecho su muerte, un martirio de una pobre mujer madre. Por ti seré mártir de forma perfecta, grata al Señor.

-¡Pues así sea!… ¡Oh, María de Simón! ¿Cuándo has venido?

-Ahora. Con Ananías, un pariente mío… Yo también te buscaba, Señor…

-Lo sé. Y había enviado a Judas a decirte que vinieras. ¿No ha ido?

La madre de Judas agacha la cabeza, y susurra:
-Salí inmediatamente después de él para ir al Getsemaní.

¡Pero ya te habías marchado!… He venido rápidamente al Templo… Ahora te encuentro… A tiempo de oír a esta muchacha, ya madre, ¡y tan dichosa!… ¡Cómo desearía poder decirte sus mismas palabras, Señor, respecto a un Judas recién nacido… lleno de dulzura… como uno de estos corderitos… -y, llorando, señala a los corderitos baladores que van hacia los que los han de inmolar. Se envuelve en el manto para esconder su llanto.
-Ven conmigo, madre. Hablaremos en casa de Juana. Este no es el sitio apropiado.

Las discípulas toman consigo, en medio de ellas, a María, madre de Judas. El pariente Ananías, por su parte, se mezcla con los discípulos. Entre las discípulas también van Dorca y su suegra. María de Alfeo y Salomé entran en éxtasis haciendo mimos al pequeñuelo.

Se encaminan hacia la salida. Pero, antes de llegar, he aquí que un esclavo romano trae una tablilla encerada a Juana, que la lee y responde:

-Dirás que sí. Por la tarde en mi casa, en el palacio.
Y luego es el gorjeo de Yaia y su madre al ver al Salvador:

-¡Ahí está el Donador de la luz! ¡Bendito seas, Luz de Dios! -y están rostro en tierra, felices.
La gente se arremolina, pregunta, comprende, aclama.
Y luego es el anciano Matías el que venera y bendice (el hombre que ofreció hospedaje en la noche de tormenta a Jesús y a los suyos cerca de Yabés Galaad).

Luego es el abuelo de Margziam y los otros campesinos. Jesús, después de hablar con Juana, les dice: «Venid conmigo». Y ya se lo ha dicho a Dorca, a Yaia, a Matías.
Pero, cerca de la Puerta Dorada, están Marcos de Josías (el discípulo apóstata) y Judas Iscariote hablando animadamente. Judas ve venir al Maestro y se lo dice a su compañero; éste, cuando tiene a Jesús detrás, se vuelve.

Las miradas se entrecruzan. ¡Qué mirada la de Cristo! Pero el otro ya está sordo ante cualquier santo poder. Para huir antes, casi echa a Jesús contra una columna. Y Jesús no reacciona sino diciendo:

-¡Marcos, detente! ¡Por piedad de tu alma y de tu madre!
-¡Satanás! -grita el otro. Y se marcha.

-¡Qué horror! -gritan los discípulos.
-¡Maldícelo, Señor!

Y el primero en decirlo es Judas Iscariote.

-No. Dejaría de ser Jesús… Vamos…

-¿Pero cómo, cómo es que se ha vuelto así? ¡Tan bueno como era! -dice Isaac, que parece como traspasado por una flecha de lo apenado que está por el cambio de Marcos.

-Es un misterio. ¡Una cosa inexplicable! -dicen muchos.
Y Judas de Keriot:

-Sí. Le dejaba hablar. Todo una herejía. ¡Pero cómo la dice! Casi te persuade. No era tan sabio cuando era justo.
-Debes decir que no estaba tan enajenado cuando estaba endemoniado cerca de Gamala -dice Santiago de Zebedeo.
Y Juan pregunta:

-¿Por qué, Señor, cuando estaba endemoniado te causaba menos daño que ahora? ¿No puedes curarlo para que no te perjudique?

-Porque ahora ha recibido dentro de sí a un demonio inteligente. Antes era una posada tomada por la fuerza por una legión de demonios. Pero faltaba en él el consenso de tenerlos. Ahora su inteligencia ha querido a Satanás, y Satanás ha puesto en él una fuerza demoníaca inteligente.

Contra esta segunda posesión nada puedo. Debería violentar la voluntad libre del hombre.

-¿Sufres, Maestro?

-Sí. Son mis angustias… mis derrotas… Y si me aflijo es porque son almas que se pierden. Sólo por esto. No por el mal que me hacen a mí.

Estando todos parados, a la espera de que el camino quede libre de un atasco de gente y caballerías, forman corrillo. La mirada de la madre de Judas es de una potencia tal, que su hijo le pregunta:

-¡Pero bueno!, ¿qué te pasa? ¿Es la primera vez que ves mi cara? Tú es que estás enferma. Tengo que llevarte al médico…

-¡No estoy enferma, hijo! ¡Ni es la primera vez que te veo!
-¿Y entonces?

-Entonces… nada. Lo único es que quisiera que no merecieras jamás estas palabras del Maestro.
-Yo ni lo abandono ni lo acuso. ¡Soy su apóstol!

Reanudan la marcha, hasta que Jesús se detiene para saludar a Juana y a las discípulas que van con Juana a su casa. Los hombres, todos, van al Getsemaní.

-Podíamos haber ido todos allá. Hubiera querido ver lo que decía Elisa -masculla Pedro.

-Lo verás. Porque será hoy cuando sepa, y de mi boca, que a Anastática se la confío a ella.
-¿Y esta noche banquete?

-Sí. Ya he dicho a Juana lo que debe hacer.
-¿Qué debe hacer? ¿Cuándo se lo has dicho? -pregunta más de uno.

-Lo veréis. Antes de dejarla. Mientras la saludaba. Vamos sin demora, para estar pronto en el jardín de Juana.

367- El jueves prepascual. Preparativos en el Getsemaní

Apenas un principio de aurora. Mas ya los hombres imitan a las aves, que bullen con sus primeros vuelos y trabajos y cantos del día. La casa del Getsemaní, poco a poco, se va despertando; y se ve precedida por el Maestro, que regresa ya de la oración hecha en las primeras luces del alba, después de una noche entera de oración; pero no entra.

Se va despertando poco a poco el cercano campo de los galileos en la planicie del Monte de los Olivos, y gritos y llamadas van por el aire sereno, atenuados por la distancia, aunque suficientemente netos como para comprender que los píos peregrinos reunidos allí de un momento a otro van a reanudar las ceremonias pascuales interrumpidas la noche anterior.

Se despierta la ciudad, más abajo. Empieza el clamor que la llena (superpoblada en estos días), con los rebuznos de los burritos (de hortelanos y vendedores de corderos que se apretujan en las puertas para entrar), y con el llanto -¡qué conmovedor! -de centenares de corderos que, montados en carros, o dentro de bastos más o menos grandes, o simplemente a hombros, se dirigen a su trágico destino, y llaman a las madres… lloran su lejanía, sin saber que deberían llorar la vida que tan precozmente llega a su fin.

Y sigue aumentando, sin cesar, el rumor en Jerusalén, por el ruido de los pasos en las calles y las llamadas de una terraza a otra o de éstas a la calle, o viceversa; y el rumor llega, como el de las ondas marinas, atenuado por la distancia, hasta la serena hondonada del Getsemaní.

Un primer rayo de sol corta el aire en dirección a una exquisita cúpula del Templo, y la inflama toda, como si un sol hubiera descendido a la Tierra, un pequeño sol posado encima de un cándido pedestal, pero bellísimo a pesar de su pequeñez.

Los discípulos y las discípulas miran admirados ese punto de oro. ¡Es la Casa del Señor! ¡Es el Templo! Para comprender lo que era este lugar para los israelitas, basta ver cómo fijan en él sus miradas. Parecen ver relampaguear, entre el rutilar del oro encendido por el sol, la Faz Santísima de Dios. Adoración y amor patrio, santo orgullo de ser hebreos, aparecen evidentes en esas miradas, más que si hablaran los labios.

Porfiria, que no ha vuelto a Jerusalén desde hace muchos años, vierte incluso lágrimas de emoción, mientras, inconscientemente, aprieta el brazo de su marido, que le está señalando no sé qué con la mano, y se abandona un poco sobre él, como una recién casada, enamorada de su esposo, admirada de él, feliz de ser por él instruida.

Entretanto, las otras mujeres hablan quedo, casi en monosílabas, para consultarse lo que debe hacerse este día. Anastática, todavía sin práctica y un poco ajena a este nuevo ambiente, está ligeramente separada, absorta en sus pensamientos.

María, que estaba hablando con Margziam, la ve, se acerca a ella y le pasa un brazo alrededor de la cintura:
-¿Te sientes un poco sola, hija mía? Bueno, hoy irá mejor.

¿Ves? Mi Hijo está indicando a los apóstoles que vayan a las casas de las discípulas para advertirles que se reúnan y lo esperen por la tarde en casa de Juana. Se ve que quiere hablarnos, concretamente a las mujeres; bueno, antes te habrá dado ya una madre. ¿Es buena, sabes? La conozco desde cuando estaba yo en el Templo.

Era una madre ya desde entonces para con las más pequeñas de las consagradas. Y comprenderá tu corazón, porque también ella ha llorado mucho. Mi Hijo la curó el año pasado de una melancolía mortal que se había apoderado de ella después de la muerte de sus dos hijos. Te lo digo sólo para que sepas quién es la que de ahora en adelante te va a querer, y a la que tú vas a querer. Pero te digo lo mismo que el año pasado dije a Simón cuando recibía por hijo a Margziam: "Que este afecto no debilite la voluntad de tu corazón de servir a Jesús". Si así fuera, el don de Dios te sería más pernicioso que la lepra, porque apagaría en ti la voluntad buena que un día te dará la posesión del Reino».

-No temas, Madre. En lo que está de mi parte, haré una llama de este afecto para encenderme a mí misma cada vez más al servicio del Salvador. No me gravaré con él, ni gravaré a Elisa, sino que, al contrario, juntas, apoyándonos y estimulándonos recíprocamente en una santa competición, volaremos, con la ayuda del Señor, por sus caminos.

Mientras están hablando, del campo de los galileos, de la ciudad, de casas esparcidas por las laderas, del suburbio -o quizás es un barrio -que está ligeramente fuera de la ciudad (en una de las dos vías que van de Jerusalén a Betania, y, más exactamente, en la más larga, la que Jesús recorre sólo raras veces), empiezan a llegar discípulos antiguos y recientes; los últimos son: Felipe y su familia, Tomás solo, Bartolomé con su mujer.

-¿Dónde están los hijos de Alfeo, Simón y Mateo? -pregunta Tomás, que no los ve.
Jesús le responde:

-Ya van delante. Los dos últimos, a Betania, para avisar a las hermanas de que estén por la tarde en casa de Juana; los dos primeros, a ver a Juana y a Analía, para avisarlas de lo mismo. Nos encontraremos a la hora tercera en la Puerta Dorada. Vamos entretanto a dar la limosna a los mendigos y leprosos. Que Bartolomé se adelante con Andrés, para comprar alimentos para ellos. Nosotros los seguiremos lentamente. Nos detendremos en el barrio de Ofel, junto a la Puerta. Y luego iremos donde los pobres leprosos.
-¿Todos? -dicen poco entusiastas algunos.

-Todos y todas. La Pascua, este año, nos reúne como hasta ahora nunca había sido posible. Vamos a hacer juntos lo que serán los deberes futuros de los hombres y mujeres que trabajen en mi Nombre. Ahí viene deprisa Judas de Simón. Me alegro, porque quiero que esté él también con nosotros.
En efecto, Judas viene jadeante.

-¿Llego con retraso, Maestro? Culpa de mi madre. Ha venido, en contra de la costumbre y de lo que le había dicho. La he encontrado ayer noche en casa de un amigo de nuestra familia. Y esta mañana me ha entretenido hablándome… Quería venir conmigo, pero yo no he querido.

-¿Por qué? ¡María de Simón no merece, acaso, estar donde tú estás? Es más, lo merece mucho más que tú. Así que ve corriendo a recogerla y luego nos alcanzas en el Templo, en la Puerta Dorada.

Judas se marcha sin poner objeciones. Jesús se pone en camino, delante, con los apóstoles y los discípulos; las mujeres, con María en el centro, detrás de los hombres.

366- Anastática entre las discípulas.Las cartas de Antioquía

Jesús ha dejado Betania junto con los que estaban con Él, o sea, Simón Zelote y Margziam; pero a ellos se ha unido Anastática, la cual, velada toda, camina al lado de Margziam. Jesús va un poco retrasado con Simón. Las dos parejas conversan mientras caminan, cada una por su cuenta y del tema que prefieren.

Dice Anastática a Margziam, continuando un tema ya empezado:

-Ardo en deseos de conocerla.

Quizás la mujer se refiera a Elisa de Betsur.

-Creo que no estaba tan nerviosa cuando mis bodas ni cuando me declararon leprosa. ¿Cómo la voy a saludar?
Y Margziam, sonriendo dulce y seriamente al mismo tiempo:
-¡Con su verdadero nombre! ¡Mamá!

-¡Pero si yo no la conozco! ¿No es demasiada confidencia? A fin de cuentas, ¿quién soy yo respecto a ella?

-Lo que yo el año pasado. ¡Bueno, tú mucho más que yo! Yo era un pobre huerfanito sucio, aterrorizado, paleto. Y, a pesar de todo, ella me ha llamado siempre hijo, desde el primer momento, y ha sido para mí una verdadera madre. El año pasado era yo el que estaba tan agitado que temblaba, en espera de verla. Pero luego, sólo con verla, se me paró el temblor.

Se pasó del todo el terror que se me había quedado en la sangre desde que había visto con mis ojos de niño, primero, la furia de la naturaleza que había destruido todo de mí casa y de mi familia, y luego… y luego, con estos ojos míos de niño, había podido, había tenido que ver cómo el hombre es una fiera más cruel que el chacal y el vampiro… Temblar siempre… llorar siempre… sentir un nudo aquí, estrecho, duro, doloroso, de miedo, de sufrimiento, de odio, de todo… En pocos meses conocí todo el mal, el dolor y la crueldad que hay en el mundo… Y ya no podía creer que existieran todavía la bondad, el amor, el amparo…

-¿Y cómo es eso? ¿Y cuando el Maestro te tomó consigo?… ¿Y cuando te viste entre esos discípulos suyos tan buenos?
-Temblaba todavía, hermana… y odié todavía. Ha hecho falta tiempo para convencerme de no tener miedo… Y más tiempo todavía para no odiar a quien había hecho sufrir a mi alma dándole a conocer lo que puede ser un hombre: un demonio con aspecto de fiera. No se sufre, especialmente cuando uno es niño, sin que haya consecuencias largas… Queda la señal, porque nuestro corazón está todavía tierno y tiene aún el calor materno de los besos; más hambriento de besos que de pan. Y, en vez de besos, ve dar golpes…

-¡Pobre niño!

-Sí. Pobre. ¡Muy pobre! No tenía ni siquiera ya la esperanza en Dios ni el respeto por el hombre… Tenía miedo del hombre. Incluso al lado de Jesús y en los brazos de Pedro tenía miedo… Decía: "¿Es posible? No, no durará así. Ellos también se cansarán de ser buenos…". Y suspiraba por llegar donde María.

Una mamá es siempre una mamá, ¿no es verdad? Y así fue: cuando la vi, cuando me vi entre sus brazos, dejé de temer. Comprendí que todo el pasado había terminado y que del infierno había pasado al paraíso… El último dolor fue que vi que me olvidaban aparte, solo… Siempre sospechaba algo malo. Y lloré con ganas. ¡Ah! ¡Con qué amor me tomó entonces! No. No he vuelto a llorar añorando a mi madre desde aquel momento, no he vuelto a temblar… María es la dulzura y la paz de los infelices…

-Y de dulzura y paz tengo necesidad yo… -suspira la mujer.
-Dentro de poco las tendrás. ¿Ves aquella zona verde de allá abajo? Allí la dulzura y la paz, ocultas dentro de la casa del Getsemaní.

-¿Estará también Elisa? ¿Y qué les voy a decir? ¿Qué me dirán?
-No sé si estará Elisa. Estaba enferma.

-¿No se morirá? ¿Quién me tomaría como hija, en ese caso?
-No temas. Él ha dicho: "Tendrás madre y casa". Y así será. Vamos a seguir un poco más ligeros. No sé frenarme cuando estoy cercano a María.

Aceleran y ya no oigo lo que dicen.
El Zelote los ve casi correr por el poblado camino y hace a Jesús esta observación: -Parecen hermanos. Mira qué buenos amigos son.

-Margziam sabe estar con todos. Es una virtud difícil y muy necesaria para su futura misión. Pongo cuidado en aumentar en él esta oportuna disposición, porque le servirá mucho.

-A él lo modelas a tu gusto, ¿verdad, Maestro?
-Sí. La edad me lo permite.

-Pero también has podido modelar al anciano Juan Félix…
-Sí. Pero porque se ha dejado abatir y crear de nuevo, completamente, por mí.

-Es verdad. He notado que los más grandes pecadores, cuando se convierten, nos superan en la justicia a nosotros, hombres de relativa culpabilidad. ¿Por qué?

-Porque su contrición es proporcional a su pecado. Inmensa. Por tanto, los tritura con la muela del dolor y la humildad. "Mi pecado está siempre frente a mí" dice el salmista. Ello mantiene humilde al espíritu. Es un recuerdo bueno, cuando está unido a esperanza y confianza en la Misericordia. Las medias perfecciones, o incluso menos que medias, muchas veces se detienen porque carecen del acicate del remordimiento de haber pecado gravemente y de tener que expiar, carecen de este acicate que las haga continuar hacia la perfección verdadera. Se estancan como aguas cerradas. Se sienten satisfechas de ser límpidas.

Pero hasta el agua más cristalina, si no se depura con el movimiento de las partículas de polvo, de los detritos que e1 viento le aporta, termina siendo lodosa y putrefacta.
-¿Y las imperfecciones que dejamos existir y persistir en nosotros son polvo y detritos?

-Sí, Simón. Todavía tendéis demasiado a estancaros. Tenéis un movimiento casi imperceptible hacia la perfección. ¿No sabéis que el tiempo es veloz? ¿No sabéis que en el espacio que queda deberíais esforzaros por alcanzar vuestra perfección? Si no poseéis la fuerza de 1a perfección, conquistada con decidida voluntad en este tiempo que queda, ¿cómo podréis resistir a la tempestad que Satanás y sus hijos desencadenarán contra el Maestro y su Doctrina? Llegará un día en que, desconcertados, os preguntaréis: "¿Cómo es que fuimos arrollados, nosotros que estuvimos tres años con Él?". La respuesta está en vosotros, en vuestro modo de actuar. El que más se esfuerce en alcanzar la perfección en este tiempo que queda será más capaz de ser fiel.

-Tres años… Pero, entonces… ¡Oh! ¡Mi Señor!… ¿Entonces te vamos a perder la primavera que viene?
-Estos árboles tienen ya frutos incipientes. Los comeré maduros. Pero no volveré a probar, después de los frutos de este año, nuevas cosechas… No te abatas, Simón. El abatimiento es estéril. Debes saber esto y poner los medios para confirmarte en la justicia, para poder ser fiel en el momento terrible.

-Sí. Lo haré. Con todas mis fuerzas. ¡Puedo decir esto a los demás? Para que se preparen también ellos.
-Puedes decirlo. Pero sólo quien tenga fuerte voluntad querrá.

-¿Y los otros? ¿Perdidos?

-No, pero sí duramente probados por su propio acto. Serán como uno que se creía fuerte y se encuentra en el suelo y vencido. Desconcertados. Humillados. ¡Humildes, por fin! Porque -créelo, Simón -, si no hay humildad, no se avanza.
El orgullo es la piedra que Satanás usa como pedestal.

¿Por qué tenerla en el corazón? ¿Es maestro agradable este horrendo ser?
-No, Maestro.
-Y, no obstante, tenéis en el corazón el punto de apoyo, la tarima para sus lecciones. Estáis penetrados de orgullo. Tenéis orgullo en todo y por todos los motivos.

Incluso del hecho de ser "míos". ¡Cortos de inteligencia! ¿No os cura el comparar lo que sois con Aquel que os ha elegido? No es porque os haya llamado por lo que seréis santos. Será por el modo en que hayáis evolucionado después de mi llamada. La santidad es edificio que cada uno eleva por sí mismo. La Sabiduría le puede indicar el método y el proyecto. Pero la obra material os toca a vosotros.

Es verdad. ¿Pero entonces no nos vamos a perder? ¿Después de la prueba vamos a ser más santos por ser más humildes?…
-Sí.

El "sí" es breve y grave.
-¿Lo dices así, Maestro?
-Así lo digo.
-Querrías de nosotros santidad antes de la prueba…
-Eso querría. Y para todos.
-¿Para todos? ¿No seremos iguales en la prueba?
-No seréis iguales ni antes ni durante ni después de ella… a pesar de que a todos os haya ofrecido la misma palabra…

-Y el mismo amor, Maestro. Nuestra culpa hacia ti es grande…
Jesús suspira…
El Zelote, después de un silencio más bien largo, está ya para hablar cuando, casi corriendo, vienen hacia ellos los apóstoles y discípulos que han encontrado a Margziam en las primeras subidas del Getsemaní. Simón guarda silencio.

Jesús responde a los saludos de todos, para caminar luego al lado de Pedro en dirección al olivar y a la casa.
Pedro informa de que estaban alerta desde el alba; de que Elisa está todavía enferma en casa de Juana; de que la noche anterior habían venido unos fariseos; de que… de que… de que… un haz muy enmarañado de noticias, de las cuales, al final, surge la pregunta: «¿Y Lázaro?», pregunta a la que Jesús responde exhaustivamente. Pedro, muy curioso, no sabe contenerse y pregunta: « ¿Y… nada, Señor? Ninguna… noticia…».

-Sí. A su tiempo las sabrás. ¿Dónde están Margziam y la mujer? ¿Ya en la casa?
-¡No, no! La mujer no se ha atrevido a seguir adelante. Está sentada en un cembo y te espera. Margziam… Margziam… me ha desaparecido. Habrá ido corriendo a la casa.

-Vamos a acelerar el paso.
Pero, a pesar de acelerar, no llegan a la casa antes de que María con su cuñada, Salomé, Porfiria y las mujeres de Bartolomé y Felipe hayan salido ya, venerantes. Jesús las saluda de lejos, pero se dirige hacia el lugar en que, humilde, está Anastática; la toma de la mano y la conduce hacia su Madre y las mujeres.

-Mira, ésta es la flor de esta Pascua, Madre. Aunque sea sólo una este año, que te signifique delicadeza, puesto que te la traigo Yo.
La mujer se ha arrodillado. María se agacha y la levanta mientras dice:

-Las hijas están en el corazón de sus madres, no a sus pies. Ven, hija. Conozcamos nuestras caras como ya se conocen nuestros espíritus. Aquí están las hermanas. Vendrán otras. Que sea una dulce familia, toda ella santidad para la gloria de Dios y amor entre sus miembros.

Las discípulas se dan recíprocamente el beso de amor, y recíproca y profundamente se miran. Entran y suben a la terraza de la casa, circundada del glauco de centenares de olivos. Los grupos se separan: Jesús con los hombres; las mujeres, aparte, en torno a la nueva llegada. Regresa Susana, que había ido a la ciudad con su marido. Viene

Juana con los niños. Aparece Analía con su cara de ángel. Jairo, mezclado con los discípulos que venían presurosos hacia Jesús, regresa con su hija, la cual va al grupo de las mujeres y se pone junto a María, que la acaricia.
Paz y amor hay en esta reunión de personas. Luego el sol declina, y Jesús, antes de saludar a los que regresan a sus propias casas o a las casas en que se alojan, reúne a todos en oración y los bendice. Luego los saluda. Se queda solamente con los que prefieren estar estrechos en la casa del Getsemaní o pernoctar debajo de los olivos antes que marcharse. Así pues, se quedan María, María de Alfeo, Salomé, Anastática, Porfiria y otras mujeres; y Jesús, Pedro, Andrés, Santiago y Judas de Alfeo, Santiago y Juan de Zebedeo, Simón Zelote, Mateo, Margziam y otros hombres.

Pronto consumen la cena. Después, Jesús invita a su Madre y a María de Alfeo a ir con Él y con los discípulos por el olivar silencioso. Quizás las otras tres mujeres irían también de buena gana. Pero Jesús no las llama; es más, dice a Salomé y a Porfiria:

-Hablad santas palabras con la nueva hermana y luego acostaos. No nos esperéis. La paz sea con vosotros.
Y las tres se resignan a su destino.
Pedro está un poco enfurruñado, y calla mientras todos hablan yendo en grupo, precisamente hacia el futuro peñasco de la agonía. Se sientan en el ribazo. Tienen frente a ellos a Jerusalén, la cual, tras el ajetreo de la jornada, se aquieta.

-Enciende unas ramas, Pedro -ordena Jesús.
-¿Para qué?
-Quiero leeros lo que escriben Juan y Síntica. Y has de saber, tú que estás enfadado, que éste es el motivo por el que no he dejado venir a las tres mujeres.

-¡Pero si mi mujer estaba aquella noche!…
-Pero excluir de las antiguas discípulas sólo a Salomé habría sido feo… Además esto te dará la manera de desahogar tu lengua contando a tu prudente esposa lo que ahora vas a oír.

Pedro, alborozado por el elogio dado a Porfiria y por la concesión de poderla poner al corriente del secreto, pierde de golpe su gesto de enfado, y se dedica a encender una alegre hoguera de la que se elevan llamas derechas, quietas en el ambiente calmo.

Jesús saca de su cinturón las dos cartas. Las abre. Lee en medio del círculo atento de once rostros:
"A Jesús de Nazaret, honor y bendición. A María de Nazaret, bendición y paz. A los hermanos santos, paz y salud. Al bien amado Margziam, paz y caricias.

Lágrimas y sonrisas hay en mi corazón y en mi rostro mientras me siento a escribir esta carta para todos vosotros. Recuerdos, nostalgias, esperanzas y paz del deber cumplido hay en mí. Tengo ante mí todo el pasado que considero de valor, es decir, el que empezó hace doce meses; y un salmo de agradecimiento a Dios, demasiado compasivo con el culpable, brota de mi corazón. ¡Bendito seas, y contigo la Santa que te ha dado al mundo, y la otra madre que recuerdo como la compasión encarnada; y contigo Pedro, Juan, Simón, Santiago y Judas y el otro Santiago, y Andrés y Mateo, y, en fin, el amadísimo Margziam, a quien pongo en mi pecho para bendecirlo!

¡Benditos por todo lo que me habéis dado desde el momento en que os conocí hasta el momento en que os dejé, ciertamente no por voluntad mía! Os he sido arrebatado. ¡Que Dios los perdone! ¡Que Dios los perdone! Y que aumente en mí la capacidad de perdonar por mi parte. Por ahora, con su ayuda, junto con Él lo puedo hacer. Pero solo no puedo; no, todavía no podría, porque demasiado quema la herida que me han hecho arrancándome de mi verdadera Vida, de ti, Santísimo. Demasiado quema todavía, a pesar de que tus consuelos sean una lluvia continua y balsámica que desciende sobre mí…"

Jesús pasa muchas líneas sin leerlas. Y reanuda: «"Mi vida…"».

Pero Pedro, que para ayudar al Maestro a ver ha cogido una rama encendida y la mantiene alzada, estando junto al Maestro y alargando el cuello para ver el escrito, dice:

-¡No, no, no es así! ¿Por qué no lees, Maestro? ¡Hay otras cosas entre medias! Soy animal, pero no tanto como para no saber leer despacio. Yo leo: "Tus promesas han superado mis esperanzas…"

-Eres terrible, ¿eh? ¡Peor que un muchacho! -dice Jesús sonriendo.

-¡Hombre, claro! ¡Ya me estoy haciendo viejo! Por eso tengo más malicia que un muchacho.

-Deberías tener también más prudencia.

-Es buena para los enemigos. Aquí estamos entre amigos. Aquí Juan dice una serie de cosas bonitas de ti. Quiero saberlas. Para saber cómo tendría que hacer yo, cuando me expidieras a otro lugar como una mercancía. ¡Venga, hombre, lee todo! Madre, dile tú también que no es justo darnos las noticias triadas como si fueran pececillos.

¡Saca! ¡Saca todo! Algas, barro, peces pequeños y peces excelentes. ¡Todo! ¡Ayudadme vosotros! Parecéis un conjunto de estatuas. ¡Es que me sacáis de quicio! ¡Y se ríen!

Ante la agitación de Pedro, que salta acá y allá como un potro encabritado, sacudiendo su rama encendida sin preocuparse de las chispas que le llueven encima, es difícil no reírse.

Jesús tiene que ceder para calmarlo y poder seguir leyendo:

"Tus promesas han superado mis esperanzas en ellas.

Maestro santo, cuando, aquella triste mañana de invierno, me prometiste que vendrías a consolar a tu discípulo triste, no comprendí el verdadero valor de tu promesa. El dolor y la relatividad del hombre oprimían las facultades del espíritu, de forma que éste era tardo en entender el alcance de tu promesa.

¡Bendito seas, espiritual visitador de mis noches, que no son por eso desolación ni dolor, como pensaba, sino una espera de ti. ¡Oh, gozoso encuentro contigo! La noche -horror de los enfermos, de los desterrados, de los que están solos, de los culpables -, para mí, que soy verdaderamente Félix haciendo tu voluntad y sirviéndote, se ha convertido en “la espera de las vírgenes prudentes a que llegue el esposo”. E incluso más tiene mi pobre alma: la beatitud de ser la esposa que espera a su Amor, que viene a la a la estancia nupcial para darle todas las veces la alegría del primer encuentro y el éxtasis fortalecedor de la fusión.

¡Oh, Señor y Maestro mío, mientras te bendigo por lo mucho que me das, te ruego que recuerdes las otras dos promesas que me hiciste. La más importante, para este hombre débil en demasía que soy yo, es no mantenerme en vida para la hora de tu dolor Conoces mi debilidad. No permitas que aquel que por tu amor se ha despojad del odio haya de volver a vestir, por el odio hacia los hombres tus verdugos, el uniforme híspido e hiriente del odio.

La segunda es para tu pobre discípulo, igualmente débil en demasía e incompleto en la perfección: ven a mi lado, como dijiste, a la hora de mi muerte. Ahora que sé que para ti no existen distancias, y que ni mares ni monte ni ríos ni voluntad de hombre te impiden dar a quien te ama el consuelo de tu sensible presencia, no dudo poder tenerte cuando expire.¡Ven, Señor Jesús! Y ven pronto a introducirme en la paz.

Y ahora que he hablado del espíritu, te daré noticias de mi trabajo.

Tengo muchos discípulos, de todas las razas y países. Para no herir la sensibilidad de unos u otros y dada la ausencia de pedagogo aquí, he dividido los días, de forma que alterno un día a los paganos, uno a los fieles, con mucho provecho. Doy lo que gano a los pobres, así los atraigo hacia el Señor. He vuelto a tomar mi viejo nombre; no por apego, sino por prudencia. En las
horas en que soy del mundo soy “Félix”. En las horas en que soy sólo de Jesús, soy “Juan”: la gracia de Dios. He explicado a Felipe que el verdadero nombre era Félix que me llamaban Juan sólo para distinguirme entre los hermanos.

Y la cosa no ha ha creado ningún estupor, dada la facilidad con que cambiamos de nombre o llamamos por sobrenombres.

Espero hacer aquí mucho trabajo, para preparar el camino a los hermanos santos. Si tuviera más fuerzas, querría adentrarme en la campiña para dar a conocer tu Nombre.

Quizás pueda al principio del verano o con el frescor del otoño. Basta que pueda y lo haré. El aire puro de Antigonio, estos jardines tan serenos y hermosos, las flores, los niños, las gallinitas, el afecto de los jardineros, y sobre todo, el grande, sabio, filial afecto de Síntica me hacen mucho bien. Yo diría que he mejorado.

No piensa lo mismo Síntica… Bueno, esta opinión suya se manifiesta solamente por los solícitos y continuos cuidados que me dispensa: mi comida, mi descanso, que no coja frío… Pero me siento mejor. ¿Esta sensación no viene, quizás, del deber heroicamente cumplido? Eso dice Síntica. Querría saber si está acertada. Porque el deber es cosa moral, mientras que la enfermedad es cosa carnal.
Y querría saber también si Tú vienes realmente o sólo te me apareces a los sentidos espirituales, aunque de forma tan perfecta que no me dejas distinguir dónde termina la realidad material de tu Presencia.

Maestro amado y bendito, tu Juan se arrodilla pidiéndote tu bendición. A la Madre, a María, a los hermanos santos, paz y bendición. A Margziam un beso para que se acuerde de enviar las santas palabras, pan para los que estamos en tierras lejanas trabajando en la viña del Señor".

-Esta es la carta de Juan… ¿Qué opináis?
Se cruzan diversas impresiones… Pero la más fuerte de todas es la que se refiere a la presencia de Jesús. Le abruman a preguntas… sobre cómo puede ser, sobre si puede ser, si Síntica ve, etc. etc.

Jesús hace un gesto de silencio y abre el rollo de Síntica. Lee: "Síntica al Señor Jesús con todo el amor de que es capaz. A la Madre bendita, veneración y alabanza. A los hermanos en el Señor, gratitud y bendición. A Margziam el abrazo de su hermana distante. Juan te ha expuesto, Maestro, nuestra vida.

Muy sintéticamente, te ha dicho lo que hace y lo que yo, como mujer, hago. Tengo mi pequeña escuela llena de niñas.

Gano mucho espiritualmente, porque las gano para ti, ¡oh mi Señor!, hablando del verdadero Dios a través incluso del trabajo. Esta región, donde tantas razas se han mezclado, es una maraña enredada de religiones. Tan enredada, que… ya no son sino religiones impracticables, deshiladuras de religiones que ya no sirven para nada. En medio, rígida e intransigente, la fe de los israelitas, que con su peso rompe los hilos ya deteriorados de las otras, sin obtener nada.

Juan, teniendo varones, debe actuar con prudencia. Yo, con las niñas, me muevo más libremente. Ser mujer es siempre una inferioridad; tanto, que a las familias de distintas religiones no les importa si las niñas se mezclan en una única escuela. Basta con que aprendan el productivo arte del bordado. Y bendito sea este concepto despreciativo que el mundo tiene de nosotras las mujeres, porque así me permite extender cada vez más mi radio de acción. Los bordados se venden maravillosamente, la fama se difunde, vienen damas de lejos. A todas les puedo hablar de Dios…

¡Ah, los hilos, que, en el telar o en la tela, se transforman en flores, animales, estrellas, también sirven, con sólo quererlo, para encauzar a las almas hacia la Verdad! Conociendo varias lenguas, puedo usar el griego con los griegos, el latín con los romanos, el hebreo con los hebreos; es más, en esta última lengua progreso cada vez más con la ayuda de Juan.

Otro medio de penetración es el ungüento de María. He hecho mucho ungüento nuevo, con las esencias que existen aquí, mezclando en él una porcioncita del originario para santificarlo. Úlceras y dolores, heridas y dolor de pecho desaparecen. Verdad es que yo, mientras unto y vendo, no ceso de repetir los dos Nombres santos: Jesús-María. Es más, haciendo una relación con el significado griego de Cristo, he llamado a este bálsamo “Ungüento Mirra”.

¿Es así, no? ¿No posee, acaso, la esencia salutífera de la Mirra de Dios que te engendró, Óleo precioso que nos haces reyes? Muchas veces me debo quedar levantada para poder preparar más ungüento. Le rogaría a la Santa que preparase también Ella más, y que me lo mandase para los Tabernáculos, para poderlo mezclar con el otro, hecho por la ínfima sierva de Dios. De todas formas, si no fuera correcto lo que hago, dímelo, Señor, y jamás lo volveré a hacer.

El amado Juan me ensalza mucho. ¿Qué debería decir yo de él, entonces? Sufre agudamente, pero tiene una fortaleza maravillosa. Si no conociera su secreto, estaría asombrada. Pero desde aquella noche en que, regresando de un enfermo, lo descubrí extático y transfigurado, y oí sus palabras y me arrodillé porque intuí que Tú estabas presente ante tu siervo, ya no puedo asombrarme. Quizás algún hermano sí que se asombrará si oye que no deploro el no haber visto yo misma. ¿Por qué debería hacerlo? Todo está bien, todo lo que Tú das es suficiente. Cada uno recibe la parte que merece y que le es necesaria. Bien está, pues, que Juan te tenga en forma visible y yo sólo en el espíritu.

¿Soy feliz? Como mujer, hecho de menos el tiempo en que estaba contigo y María. Pero como alma, soy felicísima, porque sólo ahora te sirvo, mi Señor. Pienso que el tiempo es nada. Pienso que la obediencia es moneda para entrar en tu Reino. Pienso que ayudarte es gracia que supera cuanto la pobre esclava podía soñar, incluso en horas de delirio, y que Tú me has concedido ayudarte. Pienso que, separada ahora, te tendré al final para toda la eternidad. Y canto la canción de Juan cual calandria en primavera por los campos de oro de la Hélade. Mis niñas la cantan porque dicen que es bonita. Yo las dejo cantar al compás del telar, tan semejante al del remo de aquel día lejano, porque pienso que decir tu nombre, Madre, es prepararse a la Gracia.

Juan me ruega que añada la noticia de que te ha enviado un magnífico ciudadano de Antioquía. Se llama Nicolái. Es su primera conquista para tu rebaño. Tenemos mucha confianza en que Nicolái no defraude el concepto que tenemos de él en nuestro corazón.

Bendice a tu sierva, Señor. Bendícela, Madre. Bendecidme todos, santos, y tú, niño bendito que creces en sabiduría junto al Señor".

-Esto escribe Síntica. Y ha añadido una apostilla sin que Juan lo supiera. Dice: “Juan sólo en el espíritu se manifiesta grande y se refuerza; en lo demás declina, a pesar de todos los cuidados. Tiene muchos proyectos para el principio del verano, pero creo que no podrá llevar a cabo lo que dice. Creo que el invierno ahogará su exigua vida… Pero está en paz. Y se santifica con las obras y el sufrimiento. ¡Mantenle la fuerza con tu presencia, mi Señor! Te pido que me sometas a mí a cualquier pena a cambio de este don para tu discípulo. Enviando las presentes con Tolmái a Lázaro, te suplico que les digas a él y a sus hermanas que recordamos su bondad hacia nosotros y que constante y ardientemente oramos por ellos".

Todos se intercambian de nuevo impresiones.
Andrés se inclina para preguntar algo a María, pero se queda sorprendido al ver lágrimas en su cara.

-¿Lloras? -pregunta.
-¿Por qué llora? ¿Cómo es eso, Madre? -dicen muchos de los presentes.

-Yo sé por qué llora -dice Margziam.
-¿Por qué llora?

-Porque Juan ha recordado la muerte del Señor.
-Ya, claro. ¿Es verdad? ¿Y cómo lo sabe, si ya no estaba cuando la predijiste?

-Porque lo ha sabido de mi boca, para su consuelo.
-¡Mmm! ¡Consuelo! …

-Sí, consuelo. La promesa de que no esperará mucho a tener el Reino. El lo merece porque os ha superado en la voluntad y obediencia. Vamos a volver a casa. Vamos a preparar las respuestas para dárselas a Tolmái; tú, Margziam, adjuntarás tus libros.

-¡Ah! ¡Comprendo! ¡Comprendo! ¡Escribía para ellos!…
-Sí. Vamos. Mañana iremos al Templo…

365- Judas Iscariote insidia la inocencia de Margziam. Un nuevo discípulo, hermano de leche de Jesús. En Betania, en la casa de Lázaro, enfermo

Jesús entra en la verde quietud del Huerto de los Olivos.
Margziam sigue a su lado, y sonríe al pensar en la afanosa carrera que va a pegarse Pedro para alcanzarlos. Dice:
-Maestro, quién sabe lo que dirá! Y, si hubieras seguido hasta Betania sin pararte aquí, se sentiría verdaderamente desconsolado.

También sonríe Jesús, mirando al jovencito, y responde:
-Sí. Me va a sepultar a lamentos. De todas formas, le servirá para otra vez. Así estará más atento. Yo hablaba y él se distraía charlando con unos o con otros…

-Es que le preguntaban, Señor -dice Margziam para disculpar, sin reírse ya.

-Se hace un gesto delicado de que se responderá después, cuando calle la Palabra del Señor. Acuérdate de esto para tu vida futura. Para cuando seas sacerdote. Exige el máximo respeto en las horas y lugares de instrucción.

-Pero entonces será el pobre Margziam, Señor, el que hable…

-No importa. Es Dios el que habla por los labios de sus siervos en las horas de su ministerio, y como tal debe ser escuchado con silencio y respeto.

Margziam hace una leve mueca significativa, como comentario de un razonamiento suyo interior.

Jesús, que lo observa, dice:
-¿No estás convencido? ¿Por qué esa expresión? Habla, hijo, sin temor.

-Señor mío, me preguntaba si Dios está también en los labios y en el corazón de sus sacerdotes de ahora… y… con terror me decía si serían iguales los futuros… Y concluía diciendo que… muchos sacerdotes hacen quedar mal al Señor… He pecado, sin duda… Pero son tan malos y antipáticos, tan secos… que…

-No juzgues. Pero recuerda esta impresión de disgusto. Tenla presente en el futuro. Y, con todas tus fuerzas, preocúpate de no ser como estos que te desagradan; y que tampoco lo sean los que dependan de ti. Haz servir para el bien incluso el mal que ves. Toda acción y toda cognición deben ser transformadas en bien pasando por un juicio y una voluntad rectos.

-¡Señor, antes de entrar en la casa, que ya se ve, respóndeme a otra cosa! Tú no niegas que el actual sacerdocio sea defectuoso. Me dices a mí que no juzgue. Pero Tú juzgas. Y puedes hacerlo. Y juzgas con justicia.

Escucha, Señor, mi pensamiento. Cuando los actuales sacerdotes hablan de Dios y de la religión -siendo la mayoría de ellos como son, y me refiero ahora a los peores -, ¿deben ser escuchados como verdad?

-Siempre, hijo mío. Por respeto a su misión. Cuando realizan actos de su ministerio, no son el hombre Anás, el hombre Sadoq… Son "el sacerdote". Separa siempre del ministerio la pobre humanidad.

-Pero si realizan mal también su ministerio…

-Dios suplirá. ¡Y, además!… ¡Escúchame, Margziam! No hay ningún hombre completamente bueno ni completamente malo. Y ninguno es tan completamente bueno que tenga derecho a juzgar a los hermanos como completamente malos. Tenemos que tener presentes nuestros defectos, contrastar con ellos las buenas cualidades de los que queremos juzgar. Entonces tendríamos una medida justa de juicio caritativo. Yo todavía no he encontrado un hombre completamente malo.

-¿Ni siquiera Doras, Señor?
-Ni siquiera él, porque es marido honesto y padre amoroso.

-¿Ni siquiera el padre de Doras?

-También él era marido honesto y padre amoroso.

-Pero nada más que eso, ¿eh?

-Sólo eso. Pero en eso no era malo. Por tanto, no era completamente malo.

-¿Y tampoco Judas es malo?
-No.

-Pero no es bueno.

-No es totalmente bueno, como no es totalmente malo. ¿No estás convencido de lo que digo?

-Estoy convencido de que Tú eres totalmente bueno, y que estás absolutamente exento de maldad. Tanto, que no encuentras nunca una acusación para ninguno. Esto sí.

-¡Oh, hijo mío! ¡Si pronunciara la primera sílaba de una palabra de acusación, todos vosotros arremeteríais como fieras contra el acusado!… Yo, actuando así, evito que os manchéis con pecado de juicio. Entiéndeme, Margziam. No es que Yo no vea el mal donde lo hay.

No es que no vea la mezcla de mal y bien que hay en algunos. No es que no comprenda cuándo un alma sube o baja del nivel en que la puse. No es nada de esto, hijo mío. Es prudencia, para evitar las anticaridades entre vosotros. Y actuaré siempre así. También en los siglos venideros, cuando tenga que pronunciarme sobre una criatura.

¿No sabes, hijo, que a veces vale más una palabra de alabanza, de ánimo, que mil reprensiones? ¿No sabes que de cien casos pésimos, señalados como relativamente buenos, al menos la mitad vienen a ser realmente buenos al no faltarles, después de mi benévola palabra, la ayuda de los buenos, que, en caso distinto, huirían del individuo señalado como pésimo? Hay que sostener a las almas, no hundirlas. Pero si Yo no soy el primero en sostener, en celar las partes feas, en solicitar para ellas vuestra benevolencia y ayuda, jamás os entregaríais a ellas con activa misericordia. Recuérdalo, Margziam…

-Sí, Señor… (un fuerte suspiro). Lo recordaré… (otro fuerte suspiro)… Pero es muy difícil ante ciertas evidencias…

Jesús lo mira fijamente. Pero del jovencito no ve sino la parte alta de la frente porque baja mucho la cara.
-Margziam, levanta la cara. Mírame. Y respóndeme.

¿Qué evidencia es esa que es difícil pasar por alto?
Margziam se azora… Se pone rojo bajo el color morenito de la piel… Responde:

-Pues… son muchas, Señor…
Jesús insta:

-¿Por qué has nombrado a Judas? Porque es una "evidencia".

Quizás la que te es más difícil superar… ¿Qué te ha hecho Judas? ¿En qué te ha escandalizado? -y Jesús pone las manos encima de los hombros del muchacho, que ahora está tan colorado que es todo púrpura oscura.

Margziam lo mira, con los ojos brillantes… luego se suelta y se marcha gritando:

-¡Judas es un profanador!… Pero no puedo hablar… ¡Respétame, Señor!… -y se introduce en el bosque, llorando, en vano llamado por Jesús, que pone un gesto de desconsolado dolor.

Su voz, de todas formas, ha llamado la atención de los que están en la casa del Getsemaní. Y a la puerta de la cocina se asoma Jonás, luego la Madre de Jesús, detrás las discípulas: María de Cleofás, María Salomé y Porfiria. Ven a Jesús y se echan a andar hacia Él.

-¡La paz a todos vosotros! ¡Aquí me tienes, Mamá!
-¿Sólo? ¿Por qué?
-Me he adelantado. He dejado a los demás en el Templo…

Pero estaba con Margziam…
-¿Y dónde está ahora mi hijo, que no lo veo? -pregunta Porfiria un poco inquieta.

-Ha subido allá arriba… Pero ahora vendrá. ¿Tenéis comida para todos? Dentro de poco vendrán los demás.
-No, Señor. Habías dicho que ibas a Betania…
-Sí, claro… Pero he pensado que convenía hacer esto. Id sin demora por todo lo necesario, y volved sin demora. Yo me quedo con mi Madre.

Las discípulas obedecen sin replicar.
Se quedan solos Jesús y María, y pasean lentamente bajo los enmarañados ramajes de los árboles, a través de cuyas copas se filtran agujas solares que ponen circulitos de oro en la hierbecilla verde y florida.

-Después de comer iré a Betania con Simón.
-¿Simón de Jonás?
-No. Con Simón Zelote. Y llevaré conmigo a Margziam…
Jesús calla pensativo.

María lo observa. Luego pregunta:
-¿Te causa sinsabores Margziam?
-¡No, Mamá, todo lo contrario! ¿Por qué piensas eso?
-¿Por qué estás pensativo?… ¿Por qué lo llamabas con autoridad? ¿Por qué te ha dejado? ¿Por qué se ha separado de ti como vergonzoso? ¡No ha venido siquiera a saludar a su madre ni a mí!

-El niño ha huido por una pregunta que le he hecho.
-¡Oh!… -el estupor de María es profundísimo. Guarda silencio por un momento y luego susurra, como hablando para sí:

-Los dos en el Paraíso Terrenal huyeron, después del pecado, al oír la voz de Dios… Pero, Hijo mío, hay que tener compasión del niño. Empieza a ser hombre… y quizás… Hijo mío, Satanás muerde a todos los hombres…

Es una María toda compasiva y suplicante…
Jesús la mira y le dice:

-¡Cuán madre eres! ¡Cuánto eres "la Madre"! Pero no pienses que el niño ha pecado. Debes pensar que sufre por la quemadura de una revelación. Es muy puro. Es muy bueno… Lo llevaré conmigo, hoy. Para que comprenda, sin palabras, que lo comprendo. Cualquier palabra sobraría… y no encontraría ninguna para disculpar al profanador de un inocente. Es un Jesús severo en estas últimas palabras.

-¡Hijo! ¿En esto estamos? No te pido nombres. Pero si uno de entre nosotros ha sido capaz de turbar al niño, sólo puede haber sido uno… ¡Hay que ver qué diablo!

-Vamos a buscar a Margziam, Mamá. Ante ti no huirá.
Van y lo descubren detrás de una mata de espino albar.
-¿Estabas cogiendo flores para mí, hijo mío? -pregunta María mientras se acerca a él y lo abraza…
-No. Pero te echaba de menos -dice Margziam con lágrimas en la cara todavía.

-Y yo he venido. ¡Ánimo, sin demora! ¡Que hoy tienes que ir con mi Jesús a Betania! Y debes estar arreglado como conviene.

La cara de Margziam, ya olvidado de su turbación de antes, se ilumina, y dice:

-¿Yo solo con El?
-Y con Simón Zelote.

Margziam, muy niño todavía, da un salto de alegría, sale inmediatamente de su escondite y va a caer en el pecho de Jesús… Está confuso.

Pero Jesús sonríe y le instiga diciendo:
-Corre a ver si ha venido tu padre.
Margziam se echa a correr, y Jesús observa:
-Es un niño todavía, a pesar de ser ya juicioso de pensamiento. Turbar su corazón es un gran delito. Pero pondré una solución -y mientras tanto camina con María hacia la casa.

Pero antes de llegar ya ven a Margziam galopando tras ellos.
-Maestro… Madre… Hay personas… personas de las que estaban en el Templo… Los prosélitos… Hay una mujer… Una mujer que quiere verte, Madre… Dice que te conoció en Belén… Se llama Noemí.

-¡Conocí a muchas entonces! Pero vamos…
Llegan a la pequeña explanada donde está la casa. Un grupo de personas espera. En cuanto ven a Jesús se postran. Pero, enseguida, una mujer se levanta y corre a arrojarse a los pies de María mientras la saluda con su nombre.
-¿Quién eres? No me acuerdo de quién eres. Levántate.
La mujer se alza, pero, cuando está para hablar, llegan, jadeantes, los apóstoles.

-¡Pero Señor! ¿Por qué? Hemos corrido como locos por Jerusalén. Pensábamos que habías ido a casa de Juana o de Analía… ¿Por qué no has esperado? -preguntan, e informan, confusamente.

-Ahora estamos juntos. Es inútil explicar el porqué. Dejad que esta mujer hable tranquila.

Todos se apiñan para escuchar.

-Tú no te acuerdas de mí, María de Belén. Pero yo recuerdo desde hace treinta y un años tu nombre y tu rostro como nombre y rostro de piedad. Había venido yo también de lejos, de Perge, por el Edicto. Estaba embarazada. Pero esperaba regresar a tiempo. Mi marido enfermó por el camino, y en Belén se debilitó hasta el extremo de que murió. Yo había dado a luz veinte días antes de que muriera. Mis gritos perforaron el cielo y me secaron la leche y la hicieron veneno. Me cubrí de pústulas, y de pústulas se cubrió mi hijo… Nos arrojaron a una gruta a morir…

Pues bien… tú, sólo tú, viniste, cautelosa, cada poco tiempo durante toda la luna, a traerme comida y a curar mis llagas, y llorabas conmigo y dabas leche a mi criatura, que si vive es sólo por ti… Corriste el riesgo de que te lapidaran, porque me llamaban "la leprosa"…

¡Oh, mi estrella delicada! Esto no lo he olvidado. Una vez curada, me marché. En Éfeso tuve noticias de la matanza. ¡Te busqué mucho! ¡Mucho! ¡Mucho! No podía pensar que te hubieran matado con tu Hijo en aquella noche tremenda. Pero jamás te encontré. El verano pasado, uno de Éfeso oyó a tu Hijo, supo quién era, lo siguió durante un tiempo, fue, acompañado de otros, a los Tabernáculos… Y, cuando volvió, contó. He venido para verte, ¡oh Santa!, antes de morir. Para bendecirte tantas veces cuantas fueron las gotas de leche que diste a mi Juan, en detrimento incluso de tu Hijo bendito…

La mujer llora, en una posición reverencial, un poco inclinada, agarrando con sus manos los brazos de María…
-La leche no se niega nunca, hermana. Y…
-¡Oh, no! ¡No hermana tuya! Tú, Madre del Salvador. Yo era una pobre mujer sola, lejos de su casa, viuda, con un hijo de pecho y con el pecho agotado como torrente en verano… Sin ti me habría muerto.

Me diste todo, y, si pude volver donde mis hermanos, mercaderes de Éfeso, fue por ti.
-Éramos dos madres, dos pobres madres, con dos hijos, por el mundo. Tú tenías el dolor de haberte quedado viuda, yo el de tener que ser traspasada en mi Hijo, como decía en el Templo el anciano Simeón. No hice otra cosa sino cumplir con mi deber de hermana dándote lo que tú ya no tenías. ¿Y tu hijo vive?

-Está ahí. Tu Hijo santo me lo ha curado esta mañana. ¡Bendito sea! -y la mujer se postra ante el Salvador gritando:

-¡Ven, Juan, a dar gracias al Señor!
Se aproxima, dejando a sus compañeros, un hombre de la edad de Jesús, fuerte, de rostro no hermoso pero leal; de hermoso tiene la expresión de sus ojos profundos.
-La paz a ti, hermano de Belén. ¿De qué te he curado?
-De la ceguera, Señor. Un ojo perdido, el otro próximo a perderse. Era arquisinagogo, pero ya no podía leer los sagrados rollos.

-Ahora los leerás con mayor fe.
-No, Señor. Ahora te leeré a ti. Quiero quedarme como discípulo. Y sin pretender derechos por las gotas de leche extraídas del pecho en que Tú te nutrías. Nada son los días de una luna para crear un vínculo; todo, la piedad de tu Madre entonces y la tuya de esta mañana.
Jesús se vuelve hacia la mujer:
-¿Y tú que opinas?

-Que mi hijo te pertenece doblemente. Acéptalo, Señor. Y se cumplirá el sueño de la pobre Noemí.
-De acuerdo. Serás de Cristo. A vosotros: recibid a este compañero en nombre del Señor -dice volviéndose a los apóstoles.

Los prosélitos están exaltados de emoción. Los hombres querrían quedarse también inmediatamente. Todos. Pero Jesús dice con firmeza:

-No. Vosotros seguid siendo lo que sois. Volved a vuestras casas, conservad la fe y esperad la hora de la llamada. El Señor esté siempre con vosotros. Podéis marcharos.
-¿Podremos encontrarte todavía aquí? -preguntan.

-No. Como un pájaro que vuela de rama en rama me moveré continuamente. No me encontraréis aquí. No tengo ni itinerario ni morada. Pero, si es justo, nos veremos y me escucharéis. Marchaos. Que se quede la mujer con el nuevo discípulo.

Y entra en casa, seguido por las mujeres y los apóstoles, que comentan con emoción el episodio ignorado hasta ese momento y la caridad profunda de María.

Jesús, con paso raudo, va hacia Betania; a un lado y otro de Él, Simón Zelote y Margziam. Felices de ser ellos dos los preferidos para esta visita.

Margziam, ya completamente tranquilo, hace mil preguntas sobre la mujer que ha venido de Éfeso, pregunta si Jesús sabía ese hecho, etc.

-No lo sabía. E1 tesoro de bondades de mi Madre es infinito, y lo hace con un silencio tan delicado, que, la mayor parte de las veces, sus buenas acciones quedan secretas.

-Pero es un episodio muy bonito, ¿eh?» dice el Zelote.
-Sí. Tanto que quiero contárselo a Juan de Endor. Maestro, ¿crees que vamos a encontrar sus cartas en Betania?
-Estoy casi seguro.
-Debería estar también la mujer curada de la lepra -observa el Zelote.

-Sí. Ha observado con fidelidad los preceptos. Pero ya debe haberse cumplido el tiempo de la purificación.
Betania aparece en su llanura elevada. Pasan por delante de la casa en que en otros tiempos había pavos reales, flamencos y grullas. Ahora está abandonada y cerrada. Simón lo observa.

Pero su observación se ve interrumpida por el jovial saludo de Maximino que improvisamente sale por la cancilla.

-¡Maestro santo! ¡Qué felicidad en medio de tanto dolor!
-Paz a ti. ¿Por qué, dolor?
-Porque Lázaro tiene dolores lancinantes a causa de sus piernas ulceradas. Y no sabemos qué hacer para aliviar ese dolor. Pero viéndote a ti estará mejor, al menos de espíritu.

Entran en el jardín, y, mientras Maximino se adelanta veloz, ellos siguen a paso lento hacia la casa.
Corre afuera María de Magdala con su grito adorador:
-Rabbuní!

La sigue, más sosegada, Marta. Ambas están pálidas como quien ha sufrido y velado.

-Levantaos. Vamos inmediatamente donde Lázaro.
-¡Maestro, Maestro que todo lo puedes, cúrame a mi hermano! -suplica Marta.

-¡Sí, Maestro bueno! ¡Sufre por encima de sus fuerzas! Se está consumiendo. Gime. Y, claro, morirá si sigue así. ¡Ten piedad de él, Señor! -insta María.
-Tengo toda la piedad. Pero no es para él hora de milagro.
Debe ser fuerte, y vosotras con él. Ayudadle a hacer la voluntad del Señor.

-¿Quieres decir que deberá morir? -pregunta, gimiendo, Marta en lágrimas.

Y María, nadando sus ojos en el llanto y la pasión en la voz, la dúplice pasión por Jesús y por su hermano:
-¡Oh, Maestro, pero de esta forma me impides seguirte y servirte, e impides a mi hermano gozar de mi resurrección!

¿Es que no quieres en casa de Lázaro el júbilo por una
resurrección?

Jesús la mira con una sonrisa buena y perspicaz, y dice:
-¿Por una? ¿Sólo una? ¡Pero entonces me creéis muy poca cosa, si creéis que puedo una cosa sola! Sed buenas y fuertes. Vamos. Y no lloréis de esa forma. Lo abatiríais con dolorosas conjeturas.

Y, Él el primero, se encamina hacia donde está Lázaro, el cual, sin duda para que sea más fácil asistirle, ha sido acomodado en una sala que está junto a la biblioteca, en frente de la sala mayor, dedicada a convites. Maximino señala la puerta, pero deja a Jesús que entre solo.

-¡Paz a ti, Lázaro, amigo mío!

-¡Oh, Maestro santo! La paz a ti. Para mí, en mis miembros, la paz ya no existe. Y siento abatido mi espíritu. ¡Sufro mucho, Señor! Pronuncia para mí la amada orden: "Lázaro, sal afuera", y me pondré en pie, curado, para servirte…

-Te daré esa orden, Lázaro. Pero no ahora -responde Jesús abrazándolo.

Lázaro está muy delgado, amarillento, visiblemente muy enfermo y muy debilitado, y tiene hundidos los ojos. Llora como un niño al enseñar sus piernas hinchadas, azuladas, con llagas que yo diría varicosas, abiertas en varios puntos. Quizás espera que Jesús, al mostrarle ese destrozo, se conmueva y haga un milagro. Pero Jesús se limita a colocar de nuevo, con delicadeza, sobre las llagas, las vendas untadas de bálsamo.

-¿Has venido para quedarte? -pregunta Lázaro, no sin desilusión.

-No. Pero vendré a menudo.
-¿Cómo? ¿Tampoco vas a celebrar este año la Pascua conmigo? He dicho que me trajeran aquí por ese motivo. Me habías prometido, cuando los Tabernáculos, que ibas a estar mucho conmigo, después de las Encenias…
Y estaré. Pero no ahora. ¿Te molesto si me siento aquí en
la orilla de tu cama?

-¡No, no! Todo lo contrario. La frescura de tu mano parece como si mitigara el ardor de mi fiebre. ¿Por qué no te quedas, Señor?

-Porque como a ti te atormentan las llagas, a mí los enemigos. A pesar de que Betania esté considerada dentro de los límites para la Cena, y para todos; para mí, celebrar aquí la Pascua se consideraría pecado. De lo que Yo hago, para el Sanedrín y los fariseos, todo son camellos y vigas…

-¡Ah! ¡Los fariseos! ¡Es verdad! Pero entonces en una casa mía… ¡Esto al menos!
-Eso sí. Pero lo diré en el último momento. Por prudencia.
-¡Ah, sí, no te fíes! Te ha ido bien con Juan, ¡eh!, ¿sabes? Ayer ha venido Tolmái con otros y me ha traído cartas para ti. Las tienen mis hermanas. ¿Pero dónde se han quedado Marta y María? ¿No se preocupan de recibirte con honor?

Lázaro está inquieto, como muchos enfermos.
-Tranquilo. Están afuera, con Simón y Margziam. He venido con ellos. Y no necesito nada. Ahora los llamo.
Y así es; llama a los que prudentemente se habían quedado afuera.

Marta sale y vuelve con dos rollos y se los entrega a Jesús. María, entretanto, refiere que el siervo de Nicodemo ha dicho que precede a su señor, que viene con José de Arimatea. Y, contemporáneamente, Lázaro se acuerda de una mujer («que ha llegado ayer en nombre tuyo» dice).
-¡Ah! ¡Sí! ¿Sabes quién es?

-Nos lo ha dicho. Es hija de un rico de Jericó que hace años fue a Siria, de joven. La llamó Anastásica, en recuerdo de la flor del desierto. Pero no ha querido revelar el nombre de su marido -explica Marta.
-No es necesario. La ha repudiado. Por tanto, ella es únicamente "la discípula". ¿Dónde está?
-Duerme. Está cansada. Ha vivido muy mal estos días y estas noches. Si quieres la llamo.

-No. Deja que duerma. Me ocuparé mañana.
Lázaro mira admirado a Margziam, el cual está en ascuas; y es que quisiera saber lo que dicen los rollos. Jesús lo comprende y los abre. Lázaro dice: ¿Cómo? ¿Él lo sabe?
-Sí. Él y los otros, excepto Natanael, Felipe, Tomás y Judas…

-¡Has hecho bien en no revelárselo a él! -interviene bruscamente Lázaro -Tengo muchas sospechas…
-No soy imprudente, amigo -le interrumpe Jesús. Lee los rollos y luego refiere las noticias principales, o sea, que los dos se han aclimatado, que la escuela prospera y que, si no fuera por el declinar de Juan, todo iría bien.
Pero no puede decir nada más porque se anuncia la llegada de Nicodemo y José.

-¡Dios te salve, Maestro, esta mañana y siempre!
-Gracias, José. ¿Y tú, Nicodemo, no estabas?
-No. Pero, sabido que habías llegado, he pensado en venir a casa de Lázaro, casi seguro de que te encontraría. Y José se ha unido a mí.

Hablan alrededor de la cama de Lázaro de los hechos de la mañana. Y él se interesa tanto, que parece aliviado de su sufrimiento.
-¿Y Gamaliel, Señor? ¿Oíste? -dice José de Arimatea.
-Oí.

Nicodemo dice:
-Yo, sin embargo, digo: ¿Y Judas de Keriot, Señor? Después de tu partida, me lo encontré vociferando como un demonio en medio de un grupo de alumnos de los rabíes. Te acusaba y defendía al mismo tiempo. Estoy seguro de que estaba convencido de actuar bien. Ellos querían encontrarte culpas, ciertamente estimulados por sus maestros. Él rebatía las acusaciones con pasión enardecida. Decía:

«Sólo una culpa tiene mi Maestro: hacer resaltar demasiado poco su poder. Deja pasar el momento oportuno. Cansa a los buenos con su excesiva mansedumbre. ¡Rey es, debe actuar como rey! Vosotros lo tratáis como a un siervo, porque es manso. Y El, por ser sólo manso, se destruye. Para vosotros, que sois viles y crueles, no hay otra cosa aparte del azote de un poder absoluto y violento. ¡Ah, si pudiera hacer de El un violento Saúl!”
Jesús menea la cabeza sin decir nada.

-De todas formas, a su manera, te ama -observa Nicodemo.
-¡Qué hombre más desconcertante! -exclama Lázaro.
-Sí. Bien has dicho. Yo no lo entiendo, y hace dos años que estoy con él -confirma el Zelote.
María de Magdala se alza, con majestuosidad de reina, y con su espléndida voz proclama:

-Yo lo he entendido más que todos: es el oprobio al lado la Perfección. Y no hay nada más que decir -y sale para alguna gestión, llevándose consigo a Margziam.
-Quizás María tiene razón -dice Lázaro.
-También lo creo yo -dice José.

-¿Y Tú, Maestro, qué dices?

-Digo que Judas es "el hombre". Como lo es Gamaliel. El hombre limitado junto a Dios infinito. El hombre está tan restringido en su pensamiento, mientras no lo airean sobrenaturalmente, que puede acoger una sola idea, incrustarla dentro de sí, o incrustarse en ella, y quedarse así. Incluso contra la evidencia. Terco.

Obstinado. Incluso por fidelidad hacia la cosa que más le ha impresionado. En el fondo, Gamaliel tiene una fe, como pocos en Israel, en el Mesías que vislumbró y reconoció en un niño. Y es fiel a las palabras de aquel niño… Y lo mismo Judas. Saturado de la idea mesiánica como la mayor parte de Israel la a cultiva, confirmado en ella por mi primera manifestación a él, ve, quiere ver, en el Cristo el rey. El rey temporal y poderoso… Y es fiel a este concepto suyo. ¡Cuántos, incluso en el futuro, se malograrán por una concepción de fe equivocada, terca contra toda razón! ¿Pero qué creéis, que es fácil seguir la verdad y la Justicia en todas las cosas? ¿Qué creéis, que es fácil salvarse sólo porque se sea un Gamaliel y un Judas apóstol?

No. En verdad, en verdad os digo que es más fácil que se salve un niño, un fiel común, que uno elevado a especial cargo y a especial misión. Generalmente entra, en los llamados a extraordinaria suerte, la soberbia de su vocación, y esta soberbia abre las puertas a Satanás, expulsando a Dios. Las caídas de las estrellas son más fáciles que las de las piedras. El Maldito trata de apagar los astros y se insinúa, se insinúa tortuoso para hacer de palanca contra los elegidos y poder volcarlos. Si miles de hombres caen en los errores comunes, su caída no arrastra nada más que a ellos mismos. Pero si cae uno de los elegidos para una extraordinaria suerte, y viene a ser instrumento de Satanás en vez de serlo de Dios, su voz en vez de "mi" voz, su discípulo en vez de "mi" discípulo, entonces la ruina es mucho mayor y puede dar origen incluso a profundas herejías que dañan a un número sin número de espíritus. El bien que Yo doy a una persona producirá mucho bien si cae en un terreno humilde y que sabe permanecer humilde; pero, si cae en un terreno soberbio o que se hace soberbio por el don recibido, entonces de bien se transforma en mal. A Gamaliel le fue concedida una de las primeras epifanías del Cristo. Debía ser su precoz llamada a Cristo; sin embargo, es la razón de su sordera a mi voz que lo llama.

A Judas le ha sido concedido ser apóstol: uno de los doce apóstoles entre los millares de hombres de Israel. Debía ser esto su santificación. Pero, ¿qué será?… Amigos míos, el hombre es el eterno Adán… Adán tenía todo. Todo menos una cosa. Quiso ésa.

¡Y si el hombre se queda en Adán! ¡Ah, pero muy a menudo se transforma en Lucifer! Tiene todo menos la divinidad. Quiere la divinidad. Quiere lo sobrenatural para causar asombro, para ser aclamado, temido, conocido, celebrado…

Y, para conseguir algo de eso que sólo Dios puede gratuitamente dar, se agarra fuertemente a Satanás, que es el Simio de Dios y da sucedáneos de dones sobrenaturales.

¡Qué horrenda suerte la de estos que se han transformado en demonios! Os dejo, amigos. Me retiro bastante. Tengo necesidad de recogerme en Dios…

Jesús, muy turbado, sale… Los que se quedan (Lázaro, José, Nicodemo y el Zelote) se miran.
-¿Has visto cómo se ha turbado? -pregunta en voz baja José a Lázaro.

-Sí, lo he visto. Parecía como si estuviera viendo un espectáculo horrendo.

-¿Qué tendrá en el corazón? -pregunta Nicodemo.
-Sólo Él y el Eterno lo saben -responde José -¿Tú no sabes nada, Simón?

-No. Lo cierto es que hace meses que está muy angustiado.
-¡Dios lo proteja! Pero lo cierto es que el odio aumenta.
-Sí, José. El odio aumenta… Creo que pronto el Odio va a vencer al Amor.

-¡No digas eso, Simón! ¡Si debe suceder así, no volveré a pedir la curación! Mejor morir que asistir al más horrendo de los errores».

-De los sacrilegios, debes decir, Lázaro…
.Y… Israel es capaz de esto. Está maduro para repetir el gesto de Lucifer declarando la guerra al Señor bendito -suspira Nicodemo.

Un silencio penoso se forma, cual mordaza que estrangula todas las gargantas… Declina la tarde en la habitación en que cuatro hombres honestos piensan en los futuros delincuentes.

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