por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
La playa de Cafarnaúm bulle de gente que desembarca de una verdadera flotilla de barcas de todas las dimensiones. Y los primeros que echan pie a tierra se ponen a buscar entre la gente para ver si ven al Maestro, a un apóstol o, al menos, a un discípulo. Y van preguntando…
Un hombre, por fin, responde:
-¿Maestro? ¿Apóstoles? No. Se han marchado después del sábado, enseguida, y no han vuelto. Pero volverán porque hay algunos discípulos. Acabo de hablar con uno de ellos. Debe ser un discípulo importante. ¡Habla como Jairo! Ha ido hacia aquella casa que está entre los campos, costeando el mar.
El hombre que ha preguntado hace extender la voz, y todos se ponen en rápido movimiento hacia el lugar indicado. Pero, recorridos unos doscientos metros por la orilla, encuentran a todo un grupo de discípulos que vienen hacia Cafarnaúm gesticulando animadamente. Los saludan y preguntan:
-¿El Maestro dónde está?
Los discípulos responden:
-Durante la noche, después del milagro, se ha marchado con los suyos con las barcas atravesando el mar. Hemos visto las velas bajo el claror de la Luna, en dirección a Dalmanuta.
-¡Ah! ¡Claro! ¡Lo hemos buscado en Magdala, en casa de María, y no estaba! ¡De todas formas… nos lo podían haber dicho los pescadores de Magdala!
-No lo sabrían. Quizás había subido a los montes de Arbela a orar. Ya fue allí una vez el año pasado antes de la Pascua. Lo encontré en esa ocasión por suma gracia del Señor a su pobre siervo -dice Esteban.
-¿Pero no va a volver aquí?
-Ciertamente volverá. Nos debe despedir y darnos las indicaciones. Pero, ¿qué queréis?
-Seguirle oyendo. Seguirlo. Hacernos suyos.
-Ahora va a Jerusalén. Lo encontraréis allí. Allí, en la Casa de Dios, el Señor os hablará. Si os conviene ir tras El. Porque debéis saber que, si bien Él no rechaza a nadie, nosotros tenemos dentro aspectos que rechazan la Luz. De forma que quien tenga tantos aspectos de éstos que no sólo esté ya saturado -lo cual no sería un gran mal, porque Él es la Luz y cuando nos hacemos lealmente suyos con voluntad decidida, su Luz penetra en nosotros venciendo a las tinieblas -, sino que esté incluso unido a ellos como a la carne de nuestro cuerpo, y los estime como a la carne de su cuerpo, entonces éste conviene que se abstenga de venir, a menos que no se destruya para rehacerse nuevo.
Meditad, pues, sobre si tenéis en vosotros la fuerza de asumir un nuevo espíritu, un nuevo modo de pensar, un nuevo modo de querer. Y luego, si lo juzgáis conveniente, venid. Quiera el Altísimo, que guió a Israel en su "paso", guiaros a vosotros en este "pésac" a seguir la estela del Cordero, allende los desiertos, hacia la Tierra eterna, hacia el Reino de Dios -dice Esteban, hablando por todos sus compañeros.
-¡No, no! ¡Inmediatamente! ¡Inmediatamente! Nadie hace las cosas que Él hace. Queremos seguirle -dice, agitada, la muchedumbre.
Esteban expresa con una sonrisa muchas cosas. Abre los brazos y dice:
-¿Porque os haya dado pan bueno y abundante queréis venir? ¿Creéis que os va a dar siempre sólo esto? A los que le siguen les promete aquello que constituye su acervo: dolor, persecución, martirio: no rosas sino espinas, no caricias sino bofetadas, no pan sino piedras están preparadas para los "cristos". Y diciendo esto no blasfemo, porque sus verdaderos fieles serán ungidos con el aceite santo hecho con su Gracia, generado con su sufrimiento; nosotros seremos "ungidos" para ser víctimas en el altar y reyes en el Cielo.
-¡Y! ¿Es que tienes celos? ¿No estás tú? Pues también queremos estar nosotros. El Maestro es de todos.
-Bien. Os lo decía porque os amo y quiero que sepáis lo que significa ser "discípulos", de forma que después no sea uno un desertor. Vamos entonces todos juntos a esperarlo a su casa. Se está empezando a poner el sol y comienza el sábado. Vendrá para pasarlo aquí antes de partir.
Y se dirigen, conversando, a la ciudad. Muchos hacen preguntas a Esteban y a Hermas (que ha llegado también); los israelitas ven a los dos con una luz especial por ser alumnos predilectos de Gamaliel.
Muchos preguntan:
-¿Pero qué dice Gamaliel de Él?», otros: « ¿Os ha dicho él que vinierais?», y otros: « ¿No le ha dolido perderos?», o: « ¿Y el Maestro qué dice del gran rabí?».
Los dos, pacientemente, responden:
-Gamaliel habla de Jesús de Nazaret como del hombre más grande de Israel.
-¿Más grande que Moisés? -dicen casi escandalizados.
-Dice que Moisés es uno de los muchos precursores del Cristo, pero que no es sino el siervo suyo.
-¿Entonces para Gamaliel es el Cristo? ¿Es esto lo que dice? Si dice eso el rabí Gamaliel, la cosa está clara: ¡es el Cristo!
-No dice eso. Todavía no es capaz de creerlo, por desgracia para él. Pero dice que el Cristo está ya en la Tierra porque habló con Él hace muchos años; él y el sabio Hil.lel. Espera una señal que aquel Cristo le prometió para reconocerlo -dice Hermas.
-¡Pero por qué creyó que aquél era el Cristo? ¿Qué hacía? Yo tengo tantos años como Gamaliel y no he oído nunca que en nuestra tierra alguien hiciera las cosas que el Maestro hace. Si no se convence con estos milagros, ¿qué vio de milagroso en aquel Cristo para poder creer en El?
-Vio que estaba ungido con la Sabiduría de Dios. Así dice -responde otra vez Hermas.
-¿Y entonces qué es éste para Gamaliel?
-El mayor de entre los hombres, maestro y precursor de Israel. Si pudiera decir: "Es el Cristo", quedaría salvada el alma sabia y justa de mi primer maestro -dice Esteban, y termina: «Y pido porque se cumpla esto cueste lo que cueste».
-Y si no cree que es el Cristo, ¿por qué os ha dicho que vinierais?
-Nosotros queríamos venir. Nos ha dejado venir, diciendo que estaba bien venir.
-Quizás para sacar informaciones y referírselas al Sanedrín… -insinúa uno.
-¿Qué dices? Gamaliel es una persona honesta. No espía al servicio de nadie, ¡y menos al servicio de los enemigos de un inocente! -reacciona inmediatamente Esteban (y tanto es su desdén, casi radiante santamente indignado, que parece un arcángel).
-De todas formas, le habrá dolido perderos -dice otro.
-Sí y no: como hombre que nos quería, sí; como espíritu muy recto, no. Porque dijo: "El es más que yo y más joven; por tanto podré cerrar los ojos en paz respecto a vuestro futuro, sabiendo que sois del Maestro de los maestros».
-¿Y Jesús de Nazaret qué dice del gran rabí?
-¡Sólo tiene para él palabras selectas!
-¿No le tiene envidia?
-Dios no envidia -dice Hermas en tono severo -No hagas suposiciones sacrílegas.
-¿Pero para vosotros entonces es Dios? ¿Estáis seguros?
Y los dos, a una sola voz:
-Como de que estamos vivos en este momento.
Y Esteban termina:
-Y os exhorto a que queráis creerlo también vosotros para obtener la verdadera Vida.
Están otra vez en la playa, que se ha transformado en plaza; la atraviesan para ir a la casa. En la puerta está Jesús acariciando a unos niños.
Discípulos y curiosos se aglomeran y preguntan:
-Maestro, ¿cuándo has venido?
-Hace unos momentos.
El rostro de Jesús presenta todavía esa majestuosidad solemne un poco extática de cuando ha orado mucho.
-¿Has estado en oración, Maestro? -pregunta Esteban en voz baja por reverencia (y, por el mismo motivo, tiene inclinado su cuerpo)
-Sí. ¿Qué te lo hace pensar, hijo mío? -pregunta Jesús mientras le pone, con una dulce caricia, la mano sobre su pelo oscuro.
-Tu rostro de ángel. Yo soy un pobre hombre, pero tu aspecto es tan límpido que en él se leen los latidos y acciones de tu espíritu.
-También el tuyo es límpido. Tú eres uno de esos que permanecen niños…
-¿Qué hay en mi rostro, Señor?
-Ven aparte y te lo digo -y lo toma de la muñeca y lo lleva a un pasillo oscuro. -Caridad, fe, pureza, generosidad, sabiduría. Te las ha dado Dios. Tú las has cultivado y las cultivarás más todavía. En fin, de acuerdo con tu nombre, tienes la corona: de oro puro con una gran gema que brilla en la frente. En el oro y en la gema hay dos palabras grabadas: "Predestinación" y "Primicia". Sé digno de tu destino, Esteban. Ve en paz con mi bendición. Y le pone nuevamente la mano en el pelo mientras Esteban se arrodilla para luego inclinarse y besar los pies de Jesús.
Vuelven adonde los demás.
-Esta gente ha venido para escucharte… -dice Felipe.
-Aquí no se puede hablar. Vamos a la sinagoga. Jairo se pondrá contento.
Jesús delante, detrás el cortejo de los demás, se encaminan hacia la bonita sinagoga de Cafarnaúm. Jesús es saludado por Jairo y luego entra. Ordena que todas las puertas queden abiertas para que los que no logren entrar puedan oírle desde la calle y la plaza, que están a los lados de la sinagoga.
Jesús va a su sitio, en esta sinagoga amiga en que hoy, por buena ventura, no están los fariseos (quizás se han puesto ya en marcha pomposamente hacia Jerusalén). Empieza a hablar.
-En verdad os digo: me buscáis no por escucharme y por los milagros que habéis visto, sino por el abundante pan que os he dado, gratis, con que saciar vuestra hambre. Las tres cuartas partes de vosotros por esto me buscabais, y por curiosidad, viniendo de todas las partes de nuestra patria. Es, pues, una búsqueda sin espíritu sobrenatural.
Domina el espíritu humano con sus curiosidades malsanas (o, al menos, de una imperfección infantil: no por ser curiosidad sencilla como la de los niños, sino deficiente cual la inteligencia de un obtuso mental). Y, con la curiosidad, quedan la sensualidad y el sentimiento viciado: la sensualidad, que se esconde, sutil como el demonio, de quien es hija, detrás de apariencias y en actos aparentemente buenos; el sentimiento viciado, que es simplemente una desviación morbosa del sentimiento y que, como todo aquello que es "enfermedad" necesita drogas, y tiende a ellas, drogas que no son el alimento sencillo (el buen pan, el agua buena, el aceite genuino, la leche pura) suficiente para vivir, y vivir bien. El sentimiento viciado quiere cosas extraordinarias para sentirse impresionado y sentir el estremecimiento placentero, el estremecimiento enfermo de los paralizados, que necesitan drogas para experimentar sensaciones con que creerse aún íntegros y vigorosos. La sensualidad que quiere satisfacer sin esfuerzo la gula (en este caso con el pan no sudado recibido por bondad de Dios).
Estos regalos de Dios no son lo habitual, sino lo extraordinario. No se pueden exigir. No se puede uno volver perezoso y decir: "Dios me los dará". Está escrito:
"Comerás el pan mojado con el sudor de tu frente", o sea, el pan ganado con el trabajo. Porque si Aquel que es Misericordia dijo: "Siento compasión de las turbas, que me siguen desde hace tres días y no tienen ya nada que comer y podrían desfallecer por el camino antes de llegar a Ippo, en la orilla del lago, o a Gamala o a otros ciudades", y proveyó a esta necesidad, no quiere ello decir que deba ser seguido por esto. A mí se me ha de seguir por mucho más que por un poco de pan, destinado a estiércol después de la digestión; no por el alimento que llena el vientre, sino por el que nutre al alma. Porque no sois sólo animales que deben rozar y rumiar, u hozar en el plato y engordar. ¡Sois almas! ¡Esto es lo que sois! La carne es la vestidura, el ser es el alma. Es el alma la que perdura. La carne, como todo vestido, se aja y acaba, y no merece la pena ocuparse de ella cual si fuere una perfección a la que hubiera que prestar todos los cuidados.
Buscad, pues, lo que es oportuno procurarse, no lo que no lo es. Tratad de procuraros no el alimento perecedero, sino el que permanece para la vida eterna. El Hijo del hombre os dará siempre este alimento, cuando lo queráis. Porque el Hijo del hombre tiene a su disposición todo lo que viene de Dios, y puede darlo, El, que es el dueño, magnánimo dueño, de los tesoros del Padre Dios, que ha imprimido en El su sello para que los ojos honestos no sean confundidos. Y, si tenéis en vosotros el alimento imperecedero, siendo nutridos con el alimento de Dios, podréis hacer obras de Dios.
¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? Observamos la Ley y los Profetas. Por tanto, ya nos nutrimos de Dios y hacemos obras de Dios.
Es verdad. Observáis la Ley; más exactamente: "conocéis" la Ley. Pero conocer no es practicar. Nosotros conocemos, por ejemplo, las leyes de Roma, y, no obstante, un fiel israelita no las practica sino en aquellas fórmulas impuestas por su condición de súbdito. Por lo demás, nosotros -hablo de los fieles israelitas -no practicamos las costumbres paganas de los romanos aunque las conozcamos. La Ley que todos vosotros conocéis, y los Profetas, debería, efectivamente, nutriros de Dios, y daros, por tanto, capacidad de realizar obras de Dios.
Pero, para hacer esto, debería haberse hecho unidad en vosotros, como sucede con el aire que respiráis y el alimento que asimiláis, que se transforman en vida y sangre. Sin embargo, os son extraños, a pesar de estar en vuestra casa, como lo es un objeto de la casa, que conocéis y os es útil pero que si un día faltara no os quitaría la existencia. Mientras que… ¡privaos unos minutos de respirar, o, durante muchos días, de comer, a ver qué sucede! Veréis que no podéis vivir. Pues así debería sentirse vuestro yo en la desnutrición y asfixia de una Ley y unos Profetas conocidos pero no asimilados y hechos unidad con vosotros. Yo he venido a enseñar y dar esto: la savia, el aire de la Ley y los Profetas; para procurar de nuevo sangre y respiro a vuestras almas agonizantes por inanición y asfixia. Sois semejantes a niños incapacitados, por una enfermedad, para distinguir aquello que puede nutrirlos.
Tenéis ante vosotros mucha abundancia de alimentos, pero no sabéis que deben ser ingeridos para transformarse en algo vital, o sea, que debemos hacerlos verdaderamente nuestros, con una fidelidad pura y generosa a la Ley del Señor, que habló a Moisés y a los Profetas por todos vosotros. Venir, pues, a mí para recibir aire y savia de Vida eterna es un deber. Pero este deber presupone en vosotros una fe. Porque si uno no tiene fe no puede creer en mis palabras, y si no cree no viene a decirme:
"Dame el verdadero pan". Y si no tiene el verdadero pan no puede hacer obras de Dios, no teniendo la capacidad de realizarlas. Por tanto, para nutriros de Dios y realizar obras de Dios es necesario que realicéis la obra-base, que es ésta: creer en Aquel que Dios ha enviado.
-Bien, ¿pero qué milagros haces para que podamos creer en ti como en el Enviado de Dios, y para que podamos ver en ti el sello de Dios? ¿Qué haces Tú que ya -aunque de forma menor -no hayan hecho los Profetas? Moisés incluso te superó, porque durante cuarenta años, y no sólo alguna que otra vez, nutrió con maravilloso alimento a nuestros padres. Así está escrito: que nuestros padres, durante cuarenta años, comieron el maná en el desierto; y está escrito que, por eso, Moisés -él, que podía dárselo -les dio de comer pan bajado del cielo.
-Estáis en un error. No Moisés, sino el Señor, pudo hacer eso. En el Éxodo se lee: "Mira: haré llover pan del cielo.
Que el pueblo salga y recoja la cantidad suficiente cada día; así probaré si el pueblo camina según mi ley. Y que el sexto día recoja el doble, por respeto al séptimo día, que es el sábado". Y los hebreos vieron que el desierto se cubría cada mañana de aquella "cosa menuda, como algo machacado en el mortero, semejante a la escarcha de la tierra, semejante a la semilla de cilantro, con agradable sabor a flor de harina mezclada con miel".
Así pues, no fue Moisés, sino Dios, quien proporcionó el maná. Dios, que todo lo puede. Todo. Castigar y bendecir.
Privar de algo y concederlo. Y os digo que de estas dos cosas prefiere siempre bendecir y conceder, antes que castigar o negar.
Dios, como dice la Sabiduría, por amor a Moisés -de quien el Eclesiástico dice que era "amado de Dios y de los hombres, de bendita memoria, hecho por Dios semejante en gloria a los santos, grande y terrible para los enemigos, capaz de suscitar prodigios y poner fin a ellos, glorioso delante de los reyes, ministro suyo ante su pueblo, conocedor de la gloria de Dios y de la voz del Altísimo, custodio de los preceptos y de la Ley de vida y ciencia" -, Dios, decía, por amor a Moisés, alimentó a su pueblo con el pan de los ángeles; le dio un pan que bajaba del cielo, ya bien hechito, sin necesidad de trabajo, y que contenía todas las delicias, todas las suavidades de sabor. Y -tened bien presente lo que dice la Sabiduría -, y, como venía del Cielo, de Dios, y revelaba su dulzura hacia sus hijos, para cada uno tenía el sabor que cada uno quería, y en cada uno producía los efectos deseados: era útil tanto al niño, con su estómago todavía imperfecto, como al adulto, con su apetito y digestión vigorosos; tanto a la niña delicada, como al anciano caduco.
Y también, para testificar que no era obra de hombre, subvirtió las leyes de los elementos, de forma que resistió al fuego ese misterioso pan que cuando salía el sol se derretía como escarcha. 0 más exactamente: el fuego -sigue diciendo la Sabiduría -olvidó su propia naturaleza por respeto a la obra de Dios su Creador y a las necesidades de los justos de Dios; de forma que, mientras que lo que normalmente hace es inflamarse para consumir, aquí se hizo suave para hacer el bien a los que confiaban en el Señor.
Por eso entonces, transformándose todo, sirvió a la gracia del Señor que a todos sustentaba, según la voluntad de quien oraba al Eterno Padre, para que sus hijos amados aprendieran que no es la reproducción de los frutos lo que alimenta a los hombres, sino que es la palabra del Señor la que conserva a quien cree en Dios. Efectivamente, el fuego no consumió -como habría podido -el suave maná, a pesar de que la llama era alta y viva, mientras que bastaba para derretirlo el suave sol de la mañana; para que los hombres recordaran y aprendieran que deben buscar los dones de Dios desde el principio de la jornada y de la vida, y que, para recibirlos, es necesario adelantarse a la luz, y erguirse para alabar al Eterno desde el rayar del día.
Esto les enseñó el maná a los hebreos. Yo os lo recuerdo porque es un deber que permanece, y permanecerá, hasta el final de los siglos. Buscad al Señor y sus dones celestes, sin ser perezosos, hasta las postreras horas del día o de la vida. Levantaos para alabarlo antes incluso de que lo haga el naciente sol; alimentaos con su palabra, que conserva, preserva y conduce a la Vida verdadera.
No fue Moisés el que os dio el pan del Cielo; en verdad, fue el Padre Dios el que lo dio; y ahora, verdad de las verdades, es mi Padre el que os da el verdadero Pan, el Pan nuevo, el Pan eterno que baja del Cielo, el Pan de misericordia, de Vida, el Pan que da al mundo la Vida, que calma toda hambre y elimina toda flaqueza, el Pan que da, a quien lo toma, la Vida eterna y la eterna alegría.
-Danos, Señor, ese pan, y ya no moriremos.
-Vosotros moriréis como muere todo hombre. Pero, si os alimentáis santamente con este Pan, resucitaréis para Vida eterna, porque hace incorruptible a quien lo come.
Respecto a dároslo, será dado a quienes se lo piden a mi Padre con puro corazón, recta intención y santa caridad. Por eso he enseñado a decir: "Danos el pan cotidiano".
Pero los que se nutran indignamente con este Pan vendrán a ser un hervidero de gusanos infernales, como los gomor de maná conservados en contra de la orden recibida. Ese Pan de salvación y vida se transformará para ellos en muerte y condena. Porque el sacrilegio más grande lo cometerán aquellos que pongan ese Pan en una mesa espiritual corrompida y fétida, o lo profanen mezclándolo con la sentina de sus incurables pasiones. ¡Más les valdría no haberlo tomado nunca!
-¿Pero dónde está este Pan? ¿Cómo se halla? ¿Qué nombre tiene?
-Yo soy el Pan de Vida. En mí se halla. Su nombre es Jesús. Quien viene a mí no tendrá ya hambre, y quien cree en mí no tendrá ya sed, porque los ríos celestes verterán sobre él sus aguas y extinguirán toda sed material. Ya os lo he dicho. Ya me habéis conocido. Y, a pesar de todo, no creéis. No podéis creer que todo está en mí. Y, sin embargo, es así. En mí están todos los tesoros de Dios.
Todas las cosas de la tierra me han sido dadas. De forma que en mí se reúnen el glorioso Cielo y la tierra militante; e incluso está en mí la masa, la que purga y espera, de los muertos en gracia de Dios. Porque todo poder está en mí y a mí me es dado todo poder. Y os digo que todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y no rechazaré a quien venga a mí, porque he bajado del Cielo no para hacer mi voluntad sino la de Aquel que me ha enviado.
Y la voluntad del Padre mío, del Padre que me ha enviado, es ésta: que no pierda ni siquiera uno de los que me ha dado, sino que los resucite en el último día. Ahora bien, la voluntad del Padre que me ha enviado es que todo el que conoce al Hijo y cree en Él tenga la Vida eterna y Yo lo pueda resucitar en el Ultimo Día, viéndolo nutrido de la fe en mí y signado con mi sello.
Se oye no poco rumor en la sinagoga y fuera de ella por las nuevas e intrépidas palabras del Maestro, el cual, tras un momento para recuperar el aliento, vuelve sus ojos centelleantes de arrobamiento hacia el lugar donde más se murmura (son exactamente los grupos en que hay judíos). Reanuda su discurso.
-¿Por qué murmuráis entre vosotros? Sí, Yo soy el Hijo de María de Nazaret, hija de Joaquín de la estirpe de David, virgen consagrada en el Templo, luego casada con José de Jacob, de la estirpe de David. Muchos de vosotros conocieron a los justos que dieron vida a José, carpintero regio, y a María, virgen heredera de la estirpe regia. Por ello murmuráis: "¿Cómo puede éste decir que ha bajado del Cielo?" y surge en vosotros la duda.
Os recuerdo a los Profetas, sus profecías sobre la Encarnación del Verbo. Os recuerdo también cómo -más para nosotros israelitas que para cualquier otro pueblo --, es dogmático que Aquel que no osamos nombrar no podía darse una Carne según las leyes de la humanidad, y de una humanidad, además, caída. El Purísimo, el Increado, si se ha humillado haciéndose Hombre por amor al hombre, no podía sino elegir un seno de Virgen más pura que las azucenas para revestir de Carne su Divinidad.
E1 pan bajado del Cielo en tiempos de Moisés fue depositado en el arca de oro cubierta por el propiciatorio, custodiada por los querubines, tras los velos del Tabernáculo. Y con el pan estaba la Palabra de Dios. Así debía ser, porque debe prestarse sumo respeto a los dones de Dios y a las tablas de su santísima Palabra.
Pues bien, ¿qué habrá preparado entonces Dios para su misma Palabra y para el Pan verdadero venido del Cielo? Un arca más inviolada y preciosa que el arca de oro, y cubierta con el precioso propiciatorio de su pura voluntad de inmolación, custodiada por los querubines de Dios, velada tras el velo de un candor virginal, de una humildad perfecta, de una caridad sublime, de todas las más santas virtudes.
¿Entonces? ¿No comprendéis todavía que mi paternidad está en el Cielo y que, por tanto, de allí vengo? Sí, Yo he bajado del Cielo para cumplir el decreto de mi Padre, el decreto de salvación de los hombres, según cuanto prometió en el momento mismo de la condena y repitió a los Patriarcas y Profetas.
Pero esto es fe. Y la fe la da Dios a quien tiene una disposición de buena voluntad. Por tanto, nadie puede venir a mí si mi Padre no lo trae, viéndolo en las tinieblas pero rectamente deseoso de luz. Está escrito en los Profetas: "Serán todos adoctrinados por Dios". Está escrito. Es Dios quien les enseña a dónde ir para ser instruidos en orden a Dios. Todo aquel, pues, que ha oído, en el fondo de su espíritu recto, hablar a Dios ha aprendido del Padre a venir a mí.
-¿Y quién puede haber oído a Dios o haber visto su Rostro? -preguntan no pocos de los presentes, y empiezan a dar señales de irritación y de escándalo. Y terminan: «0 deliras o eres un iluso».
-Nadie ha visto a Dios excepto Aquel que viene de Dios. Éste ha visto al Padre. Éste soy Yo.
Y ahora escuchad el "credo" de la vida futura, sin el cual ninguno se puede salvar.
En verdad, en verdad os digo que quien cree en mí tiene la Vida eterna. En verdad, en verdad os digo que Yo soy el Pan de la Vida eterna.
Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Porque el maná era un alimento santo pero temporal, y daba la vida en la medida necesitada para llegar a la tierra prometida por Dios a su pueblo. Mas el Maná que Yo soy no tendrá límites ni de tiempo ni de poder. No sólo es celeste, es divino; produce aquello que es divino: la incorruptibilidad, la inmortalidad de cuanto Dios ha creado a su imagen y semejanza.
Este Maná no durará sólo cuarenta días, cuarenta meses, cuarenta años, cuarenta siglos. Durará mientras dure el tiempo, y será dado a todos aquellos que tengan hambre de él, hambre santa y grata al Señor, que exultará dándose sin medida a los hombres por quienes se ha encarnado, para que tengan la Vida que no muere.
Yo puedo darme, puedo transubstanciarme por amor a los hombres, para que el pan sea Carne y la Carne sea Pan, para saciar el hambre espiritual de los hombres, que sin este Alimento morirían de hambre y enfermedades espirituales. Pero el que coma de este Pan con justicia vivirá eternamente. El pan que Yo daré será mi Carne inmolada para la vida del mundo, será mi Amor distribuido en las casas de Dios para que a la mesa del Señor se acerquen todos los que aman o son infelices, y encuentren la satisfacción de su necesidad de unirse con Dios o de sentir aliviada su pena.
-¿Pero cómo puedes darnos de comer tu carne? ¿Por quién nos has tomado? ¿Por fieras sanguinarias?, ¿por salvajes?, ¿por homicidas? Nos repugna la sangre y el delito.
-En verdad, en verdad os digo que muchas veces el hombre es peor que una fiera, y que el pecado hace al hombre más que salvaje, que el orgullo provoca sed homicida y que no a todos los presentes les repugnará ni la sangre ni el delito. Y también en el futuro el hombre será así, porque Satanás se pone ferino con la sensualidad y el orgullo.
Por tanto, más necesidad que nunca tiene y tendrá el hombre de eliminar de sí los terribles gérmenes con la infusión del Santo. En verdad, en verdad os digo que si no coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis su Sangre no tendréis en vosotros la Vida.
Quien come dignamente mi Carne y bebe mi Sangre tiene la Vida eterna y Yo lo resucitaré en el último Día. Porque mi Carne es verdaderamente Comida y mi Sangre es verdaderamente Bebida.
El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y Yo en él. Como el Padre que vive me envió, y Yo vivo por el Padre, así el que me come vivirá por mí e irá a donde lo envíe, y hará lo que Yo deseo; vivirá austero como hombre, ardiente como serafín; será santo, porque para poder nutrirse de mi Carne y de mi Sangre se prohibirá a sí mismo los pecados y vivirá ascendiendo para acabar su ascensión a los pies del Eterno.
-¡Pero éste está desquiciado! ¿Quién puede vivir así? En nuestra religión sólo el sacerdote debe ser purificado para ofrecer la víctima. Aquí Él quiere hacer de cada uno de nosotros una víctima de su demencia. ¡Esta doctrina es demasiado penosa y este lenguaje es demasiado duro! ¿Quién puede escuchar esto y practicarlo? -murmuran los presentes, y muchos son de los ya reputados discípulos.
La gente desaloja el lugar haciendo comentarios. Y muy mermadas aparecen las filas de los discípulos cuando se quedan solos en la sinagoga el Maestro y los más fieles.
No los cuento, pero digo que, a ojo de buen cubero, no sé si llegarán a cien. Es decir que la defección ha debido ser abundante incluso en las filas de los antiguos discípulos que ya estaban al servicio de Dios.
Entre los que quedan están los apóstoles, el sacerdote Juan y el escriba Juan, Esteban, Hermas, Timoneo, Hermasteo, Ágapo, José, Salomón, Abel de Belén de Galilea y Abel el que fue leproso de Corazín, con su amigo Samuel, Elías (el que dejó de enterrar a su padre por seguir a Jesús), Felipe de Arbela, Aser e Ismael de Nazaret, y otros que no conozco de nombre. Todos éstos hablan en voz baja entre sí, comentando la defección de los otros y las palabras de Jesús, que está pensativo, con los brazos cruzados y apoyado en un alto ambón.
-¿Y os escandalizáis de lo que he dicho? ¿Y si os dijera que veréis un día al Hijo del hombre subir al Cielo adonde estaba antes y sentarse al lado del Padre? ¿Qué habéis entendido, absorbido, creído hasta ahora? ¿Con qué habéis escuchado y asimilado? ¿Sólo con vuestra humanidad?
Es el espíritu lo que vivifica y tiene valor. La carne nada aprovecha. Mis palabras son espíritu y vida; hay que oírlas y comprenderlas con el espíritu para que den vida.
Pero muchos de vosotros tienen muerto el espíritu porque no tienen fe. Muchos de vosotros no creen con verdad. Inútilmente permanecen conmigo. No recibirán Vida, sino Muerte. Porque están, como he dicho al principio, o por curiosidad o por humano gusto, o, peor, con fines todavía más indignos. No los trae el Padre como premio a su buena voluntad, sino Satanás. En verdad, ninguno puede venir a mí si no le es concedido por mi Padre. Marchaos, sí, vosotros que permanecéis a duras penas porque humanamente os avergonzáis de abandonarme pero sentís más vergüenza aún de estar al servicio de Uno que os parece "loco y duro". Marchaos. Mejor lejos que aquí para perjudicar.
Y muchos otros se separan del grupo de los discípulos (entre ellos el escriba Juan y Marcos, el geraseno endemoniado que había sido curado mandando los demonios a los cerdos). Los discípulos buenos se consultan y corren tras estos renegados tratando de pararlos.
En la sinagoga están ahora Jesús, el arquisinagogo y los apóstoles…
Jesús se vuelve a los doce -que, apesadumbrados, están en un rincón -y dice: -¿Queréis marcharos también vosotros?
Lo dice sin acritud, sin tristeza, pero sí con mucha seriedad.
Pedro, con ímpetu doloroso, le dice:
-Señor, ¿y a dónde quieres que vayamos? ¿Con quién? Tú eres nuestra vida y nuestro amor. Sólo Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos conocido que eres el Cristo, Hijo de Dios. Si quieres, recházanos. Pero nosotros, por nosotros, no te dejaremos, ni aunque… ni aunque dejaras de amarnos… -y Pedro llora quedo, con grandes lagrimones…
También Andrés, Juan, las dos hijas de Alfeo, lloran abiertamente. Los otros, pálidos o rojos por la emoción, no lloran, pero sufren visiblemente.
-¿Por qué habría de rechazaros? ¿No os he elegido Yo a vosotros doce?…
Jairo, prudentemente, se ha retirado para dejar a Jesús que conforte o reprenda a sus apóstoles. Jesús, notando su silencioso alejamiento, sentándose abatido, como si la revelación que hace le costase un esfuerzo superior a lo que puede hacer, cansado, disgustado, apenado, dice:
-Y, sin embargo, uno de vosotros es un demonio.
La frase cae lenta, terrible, en la sinagoga en que la única cosa alegre es la luz de las muchas lámparas… y ninguno se atreve a decir nada. Pero se miran unos a otros con pávido horror, angustiosamente inquisitivos; y cada uno, con un interrogante aún más angustioso e íntimo, se examina a sí mismo…
Pasa un tiempo en que ninguno se mueve. Jesús está ahí, solo, en su asiento, con las manos cruzadas encima de las rodillas y la cara baja. La alza, en fin, y dice:
-Venid. ¡No me he vuelto leproso! ¿O creéis que lo soy?…
Entonces Juan corre adelante, se enrosca a su cuello y dice:
-Contigo entonces en la lepra, mi único amor. Contigo en la condena, contigo en la muerte, si crees que te espera eso…
Pedro se arrastra hasta sus pies, los toma y los pone encima de sus hombros y dice entre singultos:
-¡Aquí, aprieta, pisa! Pero evita que piense que desconfías de tu Simón.
Los otros, viendo que Jesús acaricia a los dos primeros, se acercan y besan a Jesús en el vestido, en las manos, en el pelo… Sólo Judas Iscariote osa besarle en la cara.
Jesús se levanta de repente, y su reacción es tan improvisa que casi lo aparta bruscamente, y dice:
Vamos a casa. Mañana por la noche partiremos con las barcas hacia Ippo.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Veo un lugar que ciertamente no es llanura -no es tampoco montaña: hay unos montes a oriente, pero bastante lejanos; luego hay un pequeño valle y otras elevaciones más bajas y planas: planicies elevadas, herbosas -. Parecen los primeros relieves de un sistema de colinas. El terreno es más bien adusto y carente de árboles. Puede verse algo de hierba, corta y rala, diseminada por el terreno pedregoso.
Acá o allá algún que otro matojo muy bajo de plantas espinosas. Hacia occidente el horizonte se abre amplio y luminoso. No veo nada más, en cuanto a paisaje.
Es todavía de día, pero yo diría que declina la tarde, porque el poniente está rojo, por el ocaso, mientras que los montes de oriente están ya violáceos con la luz que se hace crepuscular: un comienzo de crepúsculo, que hace más negras las hendeduras profundas y pone apenas violeta las partes más elevadas.
Jesús está erguido encima de una voluminosa piedra. Habla a mucha, a muchísima gente que está esparcida por el páramo. Los discípulos lo circundan. El, sobrepujando en altura, porque su pedestal lo eleva, domina la muchedumbre de todas las edades y condiciones que está en torno a Él.
Debe haber realizado milagros, pues oigo que dice:
-No a mí, sino al que me ha enviado, debéis ofrecer alabanza y gratitud. Y la alabanza no es la que sale, como el sonido del viento, de labios distraídos; es la que sale del corazón y es el sentimiento verdadero de vuestro corazón. Ésta es la alabanza que le es grata a Dios. Los curados amen al Señor con un amor de fidelidad; y así también los parientes de los curados.
No hagáis mal uso del don de la salud recuperada. Tened más miedo de las enfermedades del corazón que de las del cuerpo. Y no queráis pecar. Porque todo pecado es una enfermedad. Y las hay que pueden acarrear la muerte.
Así pues, vosotros que ahora exultáis, no destruyáis la bendición de Dios con el pecado. Cesaría vuestro júbilo, porque las malas acciones quitan la paz, y donde no hay paz no hay júbilo. Antes al contrario, sed santos. Sed perfectos como el Padre vuestro quiere. Lo quiere porque os ama, y a los que ama quiere darles un Reino. Mas en su Reino santo sólo entran aquellos a quienes la fidelidad a la Ley hace perfectos.
La paz de Dios sea con vosotros.
Y Jesús calla. Recoge sobre el pecho los brazos y con los brazos así, observa a la muchedumbre que tiene alrededor. Luego mira en torno a sí. Alza los ojos al cielo sereno, que se está oscureciendo al menguar la luz. Piensa. Baja de su roca. Habla a los discípulos. -Siento compasión de esta gente. Me siguen desde hace tres días. No tienen ya provisiones. Estamos lejos de todos los lugares habitados.
Temo que los más débiles sufran demasiado si los despido sin alimentarlos.
-¿Y cómo quieres resolverlo, Maestro? Tú mismo dices que estamos lejos de todo centro habitado. ¿Dónde encontrar pan en este lugar desierto? ¿Y quién nos daría tanto dinero como para comprarlo para todos?
-¿No tenéis nada vosotros ahí?
-Tenemos unos pocos peces y algún pedazo de pan. Las sobras de nuestra comida. No es suficiente para nadie. Si se lo das a los más cercanos se produce una revolución. Nos privas a nosotros y no haces un bien a nadie.
Es Pedro el que habla.
-Traedme todo lo que tenéis.
Traen, dentro de una cesta pequeña, siete pedazos de pan. No son ni siquiera panes enteros. Parecen gruesas rebanadas cortadas de hogazas grandes. Los pececillos… un puñado de pobres animalitos chamuscados por la llama.
-Encargaos de que esta muchedumbre se siente en corros de cincuenta y que estén quietos y callados si quieren comer.
Los discípulos, parte subiendo encima de piedras, parte circulando entre la gente, se afanan, solícitos, para poner el orden que ha pedido Jesús. Con empeño, lo consiguen. Algún niño lloriquea porque tiene hambre y sueño, algún otro gimotea porque, para hacerle obedecer, su mamá, o algún otro pariente, le ha administrado un bofetón.
Jesús toma los panes, no todos, naturalmente: dos, uno en cada mano, y los ofrece; luego los deposita en la cesta y los bendice. Toma los pececillos (son tan pocos, que caben casi todos en la concavidad de sus largas manos), los ofrece también, los deposita y también los bendice.
-Y ahora tomad, circulad por entre la muchedumbre y dad a cada uno con abundancia.
Los discípulos obedecen.
Jesús, de pie, erguido, blanca figura que sobresale en medio de este pueblo de personas sentadas en vastos círculos que cubren toda la planicie, observa y sonríe.
Los discípulos se alejan cada vez más, y dan sin cesar, y la cesta siempre está llena de comida. La gente come mientras llega la noche, y hay un gran silencio y una gran paz.
Dice Jesús (a María Valtorta):
-He aquí otra cosa que molestará a los doctores difíciles: cómo aplico esta visión evangélica. No te propongo meditar en mi poder y bondad, ni en la fe y obediencia de los discípulos. Nada de esto. Quiero que veas la analogía del episodio con la obra del Espíritu Santo.
Mira: Yo ofrezco mi palabra, todo aquello que podéis comprender y, por tanto, asimilar como alimento del alma. Pero la fatiga y el tedio os han vuelto tan tardos, que no podéis asimilar todo el alimento que hay en mi palabra. Os haría falta mucha, mucha, mucha. Pero no sabéis recibir mucha. ¡Estáis tan pobres de fuerzas espirituales! Os pesa sin daros ni sangre ni fuerza.
He aquí que entonces el Espíritu obra el milagro para vosotros. El milagro espiritual de la multiplicación de la Palabra. Os ilumina -y por tanto, la multiplica -todos sus más recónditos significados, de forma que vosotros, sin cargaros con un peso que os aplastaría sin fortaleceros, os nutrís de ella, de forma que ya no caéis, quebrantados, en el desierto de la vida.
¡Siete panes y pocos peces!
Prediqué durante tres años, y, como dice mi amado Juan, "si se escribieran todas las palabras que dije y los milagros que llevé a cabo para daros un alimento abundante, capaz de llevaros sin debilidades hasta el
Reino, no bastaría la Tierra para contener los volúmenes".
Pero, aunque se hubiera hecho esto, no habríais podido leer una mole tan grande de libros. ¡No leéis ni siquiera, como deberíais lo poco que de mí se ha escrito!… Lo único que deberíais conocer, como conocéis las palabras más necesarias desde la más tierna edad.
Y entonces el Amor viene y multiplica. También Él, Uno conmigo y con el Padre, siente "compasión de vosotros que morís de hambre" y, con un milagro que se repite desde siglos, dobla, decuplica, centuplica los significados, las luces, el alimento de todas mis palabras. Y así tenéis un tesoro sin fondo de celeste alimento que la Caridad os ofrece. Extraed de él sin miedo. Cuanto más extraiga vuestro amor de ese tesoro, éste, fruto del Amor, ampliará más su afluencia.
Dios no conoce límites en sus riquezas ni en sus posibilidades. Vosotros sois relativos, Él no. Es infinito. En todas sus obras. También en ésta, o sea, en poderos dar en cada momento, en cada cosa que sucede, aquellas luces que necesitáis en ese determinado instante.
Y, de la misma forma que el día de Pentecostés, el Espíritu derramado sobre los apóstoles hizo la palabra de éstos comprensible pan: Partos, Medas, Escitas, Capadocios, Pónticos y Frigios, y, como lengua natal, para Egipcios y Romanos, Griegos y Libios; de la misma forma, os consolará si lloráis, os dará consejo si pedís, compartirá vuestra alegría si estáis alegres, con la misma Palabra.
Porque, verdaderamente, si el Espíritu os manifiesta: "Ve en paz,, no quieras pecar", esta frase significa premio para quien no ha pecado, ánimo para el que todavía es débil pero no quiere pecar, perdón para el culpable que se arrepiente, reprensión no sin misericordia para aquel que no tiene más que un barrunto de arrepentimiento. Y es sólo una frase, y de las más sencillas.
¡Y cuántas hay en mi Evangelio! Cuántas que, como capullos de flor que después de un aguacero y un sol abrileño se abren para poblar la rama en que había uno sólo florecido, y la cubren por entero, para gozo de quien los mira, se abren en nosotros con su espiritual perfume para atraernos hacia el Cielo. Descansa, ahora. La paz del Amor esté contigo.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Y justo mientras se incendian el cielo y el lago por el fuego del ocaso, regresan hacia Cafarnaúm. Están contentos. Vienen hablando unos con otros. Jesús habla poco, pero sonríe. Hacen la observación de que, si el mensajero hubiera sido más preciso, habrían podido ahorrar camino. Pero también dicen que la fatiga ha merecido la pena, porque un grupo de hijos de tierna edad ha recuperado a su padre sano, cuando ya se estaba enfriando por la cercana muerte; y también porque ya no están sin un mínimo de dinero.
-Ya os había dicho que el Padre proveería a todo -dice Jesús.
-¿Y es un antiguo amante de María de Magdala? -pregunta Felipe.
-Parece… Según lo que nos han dicho… -responde Tomás.
-¿A ti, Señor, que te dijo el hombre? -pregunta Judas de Alfeo.
Jesús sonríe evasivamente.
-Yo lo he visto más de una vez con ella cuando iba a Tiberíades con amigos. Esto es cierto -afirma Mateo.
-¡Venga hombre, hermano, condesciende a nuestra pregunta!… ¡El hombre te pidió sólo la salud o también ser perdonado? -pregunta Santiago de Alfeo.
-¡Qué pregunta más sin sentido! ¿Pero cuándo el Señor no exige arrepentimiento para conceder una gracia? -dice Judas Iscariote con mucho desdén hacia Santiago de Alfeo.
-Mi hermano no ha dicho una estupidez. Jesús cura, o libera, y luego dice: "Ve y no peques más" -le responde Judas Tadeo.
-Porque ve ya el arrepentimiento en los corazones -rebate Judas Iscariote.
-En los endemoniados no hay arrepentimiento ni voluntad de ser liberados. Lo cual no lo ha demostrado sólo uno. Recuerda todos los casos y verás que o huían o arremetían como enemigos, o por lo menos intentaban una o la otra cosa, y si no lo llevaban a cabo era sólo porque se lo impedían sus parientes -replica Judas Tadeo.
-Y por el poder de Jesús añade el Zelote.
-Pero en ese caso Jesús tiene en cuenta la voluntad de los parientes, que representan la voluntad del endemoniado, el cual, si no estuviera impedido por el demonio, desearía la liberación.
-¡Cuántas sutilezas! ¿Y para los pecadores entonces? Me da la impresión de que usas la misma fórmula, aunque no sean endemoniados -dice Santiago de Zebedeo.
-A mí me dijo: "Sígueme", y no le había dicho todavía ni una palabra respecto a mi estado» observa Mateo.
-Pero te la veía en el corazón -dice el Iscariote, que quiere tener siempre razón, a toda costa.
-¡Bueno, bien! Pero ese hombre, que según la opinión general era un gran lujurioso y un gran pecador, no endemoniado, o, mejor, no poseído -porque un demonio, con los pecados que tenía ese hombre, lo debía tener por maestro, si no incluso por posesor -, moribundo, etc. etc., ¿qué ha pedido?, en definitiva. Estamos paseando por las nubes, me parece… Estamos en la primera pregunta -dice Pedro.
Jesús condesciende a su deseo:
-Ese hombre ha querido estar solo conmigo para poder hablar con libertad. Lo primero que ha expuesto no ha sido su estado de salud… sino el de su espíritu. Ha dicho:
"Estoy muriendo, pero no cuanto he hecho creer a los demás para poderte tener pronto. Necesito tu perdón para sanar.
Pero me basta tu perdón. Si no me curas, me resignaré. Lo he merecido. Lo que te pido es que salves mi alma" y me ha confesado sus muchos pecados. Una nauseante cadena de pecados…
Jesús dice esto, pero su rostro resplandece de alegría.
-¿Y sonríes, Maestro? ¡Me sorprende! -observa Bartolomé.
-Sí, Bartolmái. Sonrío. Porque esos pecados ya no existen, y porque junto con los pecados he sabido el nombre de la redentora. En este caso el apóstol ha sido una mujer.
-¡Tu Madre! -dicen bastantes.
Otros:
-¡Juana de Cusa! Si él iba a menudo a Tiberíades, quizás la conoce.
Jesús menea la cabeza.
Le preguntan:
-¿Entonces quién?
-María de Lázaro -responde Jesús.
-¿Ha venido aquí? ¿Por qué sin que la viéramos ninguno de nosotros?
-No ha venido. Ha escrito a su antiguo compañero de pecado. He leído las cartas. Todas suplican lo mismo: escucharla, redimirse como ella se ha redimido, seguirla en el Bien como la había seguido en el pecado, y, con palabras de lágrimas, esas cartas le ruegan que alivie el alma de María del remordimiento de haber seducido su alma.
Y lo ha convertido. Tanto, que se había aislado en su campiña para vencer las tentaciones de las ciudades. La enfermedad, más de remordimiento del alma que física, ha acabado de prepararlo a la Gracia. Eso es. ¿Estáis contentos ahora? ¿Comprendéis ahora por qué sonrío?
-Sí, Maestro -dicen todos.
Y luego, viendo que Jesús alarga el paso como para aislarse, se ponen a conversar en tono bajo entre sí…
Están a la vista de Cafarnaúm cuando, en la confluencia del camino que han recorrido ellos con el que bordea el lago viniendo de Magdala, se cruzan con los discípulos, que han venido a pie, evangelizando desde Tiberíades.
Todos, menos Margziam, los pastores y Manahén, que han ido desde Nazaret hacia Jerusalén con las mujeres. Es más, los discípulos han aumentado, por algún otro que se ha unido a ellos de retorno de la misión y que trae consigo nuevos prosélitos de la doctrina cristiana.
Jesús los saluda dulcemente. Pero enseguida se vuelve a aislar en una meditación y oración profundas, unos pasos más adelante que ellos.
Los apóstoles, por su parte, se unen al grupo de los discípulos, especialmente con los más influyentes, o sea, Esteban, Hermas, el sacerdote Juan, Juan el escriba, Timoneo, José de Emaús, Hermasteo (que por lo que entiendo vuela en el camino de la perfección), Abel de Belén de Galilea, cuya madre va al final del nutrido grupo con otras; mujeres. Y discípulos y apóstoles se intercambian preguntas y respuestas sobre las cosas acaecidas desde que se dejaron. Así, se habla de la curación y conversión de hoy, y del milagro del estáter en la boca del pez… Esto, por las causas que lo han originado, suscita grandes comentarios, que se propagan de fila en fila cual fuego aplicado a pajas secas…
Veo, andando por un camino, a Jesús, seguido y circundado por sus apóstoles y discípulos.
Se entrevé poco lejano el lago de Galilea, resplandeciente, todo sereno y azul, bajo un lindo sol de primavera o de otoño (porque no es un sol violento como el de verano). Pero me inclinaría a pensar que es primavera, porque la naturaleza se ve muy fresca, sin esos tonos dorados y cansinos del otoño.
Parece que, acercándose la noche, Jesús se está retirando a la casa que lo hospeda; parece que se dirige, por tanto, al pueblo que se ve ya aparecer. Jesús, como hace frecuentemente, va unos pasos más adelante de los discípulos; dos o tres, no más: lo suficiente como para poder aislarse en sus pensamientos, necesitado de silencio después de una jornada de evangelización. Camina absorto. Lleva en la mano derecha una ramita verde, que, sin duda, ha arrancado de alguna mata, y con ella golpea levemente, ensimismado, las hierbas del ribazo.
Por el contrario, los discípulos, detrás de Él van hablando animadamente. Evocan los episodios de la jornada y no son demasiado delicados al sopesar los defectos o bribonadas ajenos. Todos, más o menos, critican el hecho de que los de la recaudación del tributo al Templo hayan querido que Jesús les pagara.
Pedro, siempre vehemente, define el hecho como un sacrilegio, porque el Mesías no está obligado a pagar el tributo:
-Esto es como pretender que Dios se pague a sí mismo ̿ dice -Y no es justo. Y si lo que pasa es que creen que no es el Mesías, pues entonces ya es un sacrilegio.
Jesús se vuelve un momento y dice:
-¡Simón, Simón, muchos habrá que duden de mí! Incluso de los que se creen seguros e inquebrantables en la fe en mí. No juzgues a los hermanos, Simón. Júzgate, siempre primero a ti mismo.
Judas, con una sonrisita irónica, dice al humillado Pedro que ha agachado la cabeza: -Ésta es para ti. Por ser el más anciano siempre quieres hablar como un doctor. ¿Quién ha dicho que a uno lo juzguen los méritos por la edad? Entre nosotros hay quien te supera en saber y en poder social.
Se enciende una disputa sobre los respectivos méritos: quién se jacta de ser uno de los primeros discípulos, quién apoya su tesis de preferencia en que para seguir a Jesús ha dejado un puesto influyente, quién dice que ninguno tiene tantos derechos como él porque ninguno se ha convertido tanto a sí mismo como él al pasar de publicano a discípulo. La disputa se alarga, y, si no temiera ofender a los apóstoles, diría que asume el tono de una verdadera discusión.
Jesús se abstrae de ello. Da la impresión de no oír ya nada. Mientras tanto, han llegado a las primeras casas del pueblo, que sé que es Cafarnaúm. Jesús prosigue, y los otros detrás discutiendo todavía.
Un niño pequeño, de unos siete u ocho años, viene tras Jesús corriendo y dando brincos. Adelanta al grupo vocinglero de los apóstoles. Es un niño guapo, de cabellos castaño oscuro muy rizados, cortos. En su faz morena tiene dos ojitos negros e inteligentes. Llama: confidencialmente al Maestro como si lo conociera bien.
-Jesús dice -¿me dejas ir contigo hasta tu casa?
-¿Tu mamá lo sabe? -pregunta Jesús, mirándolo con una sonrisa buena.
-Lo sabe.
-¿De verdad?
Jesús, aunque sigue sonriendo, mira con una mirada penetrante.
-Sí, Jesús, de verdad.
-Entonces ven.
El niño da un salto de alegría, y agarra la mano izquierda que Jesús le tiende. ¡Con qué amorosa confianza el niño mete su manita morena en la larga mano de mi Jesús! ¡Quisiera hacer lo mismo yo!
-Cuéntame una parábola bonita, Jesús -dice el niño, que va dando saltitos al lado de Jesús y mirándolo de abajo arriba con una carita resplandeciente de alegría.
También Jesús lo mira con una alegre sonrisa que le entreabre la boca sombreada por el bigote y la barba rubio-roja, que el sol enciende como si fuera de oro; los ojos de zafiro oscuro le ríen de alegría mientras mira al niño.
-¿Y qué vas a hacer con la parábola? No es un juego.
-Es más bonita que un juego. Cuando me voy a la cama la pienso para mí y la sueño y mañana la recuerdo y me la repito para mis adentros para ser bueno. Me hace ser bueno.
-¿La recuerdas?
-Sí. ¿Quieres que te diga todas las que me has dicho?
-Eres grande, Benjamín; más que los hombres, que olvidan. Como premio te voy a decir la parábola.
El niño ya no salta. Camina serio y mesurado como un adulto, y no se pierde ni una palabra, ni una inflexión, de Jesús, al cual mira atentamente sin preocuparse siquiera de en dónde pisa.
-Un pastor muy bueno, habiendo venido a saber que en un lugar del mundo había muchas ovejas que habían sido abandonadas por pastores poco buenos, y que corrían peligro por caminos perversos y en pastos nocivos, y que se acercaban cada vez a barrancos sombríos, fue a ese lugar, y, sacrificando todo lo que poseía, adquirió esas ovejas y corderos. Quería llevarlos a su reino, porque ese pastor era también rey, como lo han sido muchos reyes en Israel.
En su reino, esas ovejas y esos corderos encontrarían pastos sanos, frescas y puras aguas, caminos seguros y refugios invulnerables contra los ladrones y lobos feroces. Por eso ese pastor reunió a sus ovejas y corderos y les dijo: "He venido a salvaros, a llevaros a un lugar donde ya no sufriréis, donde ya no conoceréis peligros ni dolor. Amadme, seguidme, porque yo os amo mucho y por teneros me he sacrificado en todos los modos. Pero, si me amáis, mi sacrificio no me pesará. Venid tras mí y vamos".
Y el pastor delante, detrás las ovejas, tomaron el camino que conducía al reino de la alegría. El pastor, a cada momento, se volvía para ver si le seguían; para exhortar a las cansadas, infundir coraje a las desanimadas, socorrer a las enfermas, acariciar a los corderos. ¡Cómo las quería! Les ofrecía su pan y su sal. Probaba antes él el agua de las fuentes y la bendecía, para experimentar si era sana y hacerla santa. Pero las ovejas -¿lo crees, Benjamín? -, las ovejas, pasado un tiempo, se cansaron.
Primero una, luego dos, luego diez, luego cien, se quedaron atrás a rozar la hierba hasta llenarse y no poder moverse; luego se echaron, cansadas y llenas en el polvo y en el lodo. Otras se asomaban prominentemente a los precipicios, a pesar de que el pastor dijera: "No lo hagáis"; y algunas, dado que él se ponía donde había mayor peligro para impedirles que fueran a esos sitios, le chocaron con la cabeza proterva y trataron de despeñarlo más de una vez. Así, muchas terminaron en los barrancos y murieron míseramente. Otras se enzarzaron y, a fuerza de cornadas y mochadas, se mataron unas a otras. Sólo un corderito no se distrajo nunca.
Corría, balando, y con su balido decía al pastor: "Te quiero". Corría tras el pastor bueno. Cuando llegaron a las puertas de su reino, sólo quedaban ellos dos: el pastor, el corderito fiel. Entonces el pastor no dijo: "entra", sino dijo: "ven" y lo tomó en brazos y lo estrechó contra su pecho y lo llevó adentro; luego llamó a todos sus súbditos y les dijo: "Mirad. Este me ama. Quiero que esté eternamente conmigo. Vosotros amadlo, porque es el predilecto de mi corazón". La parábola ha terminado, Benjamín. ¿Ahora sabes decirme quién es ese pastor bueno?
-Tú, Jesús.
-¿Y ese corderito quién es?
-Soy yo, Jesús.
-Pero Yo ahora me voy a marchar y te olvidarás de mí.
-No, Jesús. No me olvidaré de ti porque te quiero.
-Se te terminará el amor cuando dejes de verme.
-Diré dentro de mí las palabras que me has dicho y será como si estuvieras presente. Te voy a querer y a obedecer así. ¿Y Tú, Jesús, dime: te vas a acordar de Benjamín?
-Siempre.
-¿Y cómo vas a hacer para acordarte?
-Me diré a mí mismo que me has prometido amarme y obedecerme; y así me acordaré de ti.
-¿Y me vas a dar tu Reino?
-Si eres bueno, sí.
-Seré bueno.
-¿Cómo vas a llevarlo a cabo? La vida es larga.
-Pero también tus palabras son muy buenas. Si me las repito y hago lo que tus palabras dicen que hay que hacer, me conservaré bueno toda la vida. Y lo voy a hacer porque te quiero. Cuando se ama no cuesta ser bueno. A mí no me cuesta obedecer a mi mamá, porque la quiero. Y no me va a
costar obedecerte a ti porque te quiero.
Jesús se ha parado y está mirando a esta carita encendida más que por el sol por el amor. La alegría de Jesús es tan viva, que parece que otro sol se ha encendido en su alma y emite sus resplandores a través de las pupilas. Se agacha y besa en la frente al niño.
Se ha detenido a la altura de una casita modesta que tiene en la parte de delante un pozo. Jesús va luego a sentarse junto al pozo, y allí le alcanzan los discípulos, que siguen todavía midiendo las respectivas prerrogativas.
Jesús los mira. Luego los convoca:
-Venid aquí, alrededor, y oíd la última enseñanza de la jornada, vosotros que os quedáis roncos celebrando vuestros méritos y tenéis vuestro pensamiento centrado en adjudicaros un puesto según la medida de ellos. ¿Veis a este niño? Está más que vosotros en la verdad. Su inocencia le da la llave para abrir las puertas de mi Reino.
Ha comprendido, en su sencillez infantil, que en el amor está la fuerza para llegar a ser grandes, y en la obediencia realizada por amor la fuerza para entrar en mi Reino. Sed sencillos, humildes; amad con un amor que no sea sólo para mí, sino recíproco entre vosotros; sed obedientes a mis palabras, a todas, también a éstas, si queréis llegar al lugar en que habrán de entrar estos inocentes. Aprended de los pequeños. Como el Padre les revela a ellos la verdad, no se la revela a los sabios.
Jesús, mientras habla, mantiene contra sus rodillas, derecho, a Benjamín, y tiene apoyadas las manos en los hombros del niño. El rostro de Jesús ahora se muestra lleno de majestad. Está serio; no enojado, pero sí serio.
Verdaderamente como Maestro. El último rayo de sol forma un nimbo de rayos encima de su cabeza rubia.
La visión se me termina aquí, y me deja llena de dulzura en medio de mis dolores.
Bien, pues los discípulos no han podido entrar en la casa. Es natural. Por el número y por respeto. Nunca lo hacen, si no es por invitación del Maestro a todos o a algunos en particular. Observo siempre un gran respeto, una gran discreción, a pesar de la afabilidad del Maestro y la ya duradera familiaridad con él. Incluso Isaac (del que podría decir que es el primero del número de los discípulos), no se permite jamás la libertad de acercarse a Jesús si una sonrisa, al menos una sonrisa del Maestro, no lo llama.
¿Un poco distinto, no? respecto al modo como muchos tratan lo sobrenatural: a la ligera y casi burlescamente… Es un comentario mío que veo justo, porque no acabo de digerir el que la gente tenga para con lo que está por encima de nosotros maneras que no usamos para con los hombres como nosotros por el solo hecho de que estén una miaja por encima… ¡En fin!… Vamos a seguir adelante…
Los discípulos, pues, se han esparcido, por la margen del lago, para comprar pescado para la cena, pan y las demás cosas necesarias. Vuelve también Santiago de Zebedeo y llama al Maestro, que está sentado en la terraza, con Juan, que está acoclado a sus pies, en un dulce y sosegado coloquio. Jesús se levanta y se asoma por el guardalado.
Santiago dice:
-¡Cuánto pescado, Maestro! Mi padre dice que has bendecido las redes con tu llegada. Mira: esto es para nosotros -y enseña una cesta de pescado, de un pescado que parece de plata.
-Dios le sea grato por su generosidad. Preparadlo, que después de cenar vamos a ir a la orilla, donde los discípulos.
Y así lo hacen. La noche pone negro el lago, en espera de la Luna, que se levanta tarde. Más que vérsele, se le oye borbollar, gorgotear entre los cantos del guijarral. Sólo las inverosímiles estrellas propias de los países de oriente se reflejan en las aguas tranquilas. Se sientan en círculo, alrededor de una barca vuelta, sobre la que se ha sentado Jesús. Han traído al centro del círculo los pequeños faroles de las barcas, los cuales apenas si iluminan las caras más cercanas. El rostro de Jesús está todo iluminado, de abajo arriba, por un farolillo colocado a sus pies; todos, por tanto, lo pueden ver bien mientras habla a uno o a otro de los presentes.
A1 principio es una conversación sencilla, familiar. Pero luego adquiere el tono de una lección. Es más, Jesús lo dice abiertamente:
-Venid. Escuchad. Dentro de poco nos vamos a separar. Quiero adoctrinaros más para formaros mejor.
Hoy os he oído disputar, y no siempre con caridad. A los mayores de entre vosotros les he dado ya la lección. Pero quiero dárosla a vosotros también. No les vendrá mal tampoco a éstos, mayores que vosotros, oírla repetir.
Ahora no está aquí, apoyado contra mis rodillas, el pequeño Benjamín. Está durmiendo en su cama, soñando sus sueños inocentes. Pero quizás su alma cándida está de todas formas aquí, en medio de nosotros. Imaginad que él, o cualquier otro niño, estuviera aquí, para ejemplo vuestro.
En vuestro corazón tenéis todos una obsesión que os preocupa, una curiosidad, un peligro. La obsesión: ser el primero en el Reino de los Cielos. La curiosidad: saber quién será este primero. Y, en fin, el peligro: el deseo, aún humano, de oírse responder: "Tú eres el primero en el Reino de los Cielos", o bien de los compañeros con un sentido de aprobación, o bien y sobre todo del Maestro, cuya verdad y penetración de las cosas futuras conocéis. ¿No es, acaso, así? Las preguntas tiemblan en vuestros labios y viven en el fondo del corazón.
El Maestro, mirando a vuestro bien, secunda esta curiosidad, a pesar de que aborrezca condescender con las curiosidades humanas. Vuestro Maestro no es un charlatán al que se le consulta por dos centavos en medio del bullicio de un mercado; no es uno poseído por un espíritu pitónico que le procura dinero con el oficio de adivino, para secundar las restringidas mentes del hombre, que quiere conocer el futuro para "saberse guiar". El hombre no se puede guiar por sí solo. Dios lo guía, ¡si el hombre tiene fe en Él! Y no aprovecha el conocer, o creer que se conoce, el futuro, si luego no se dispone de los medios para desviar ese futuro profetizado.
Sólo hay un medio: la oración al Padre y Señor para que por su misericordia nos ayude. En verdad os digo que la oración confiada puede transformar un castigo en bendición. Pero quien recurre a los hombres para intentar, como hombre y con los medios de los hombres, desviar el futuro no sabe orar o sabe orar muy mal. Yo, esta vez, dado que esta curiosidad puede daros una buena enseñanza, le doy respuesta, aunque aborrezco las preguntas dictadas por la curiosidad e irrespetuosas.
Os preguntáis: "¿Quién de entre nosotros es el mayor en el Reino de los Cielos?".
Anulo la limitación "entre nosotros". Amplío los límites a todo el mundo, presente y futuro, y respondo: "El mayor en el Reino de los Cielos es el más pequeño entre los hombres". O sea, aquel que es considerado "mínimo" por los hombres. El sencillo, el humilde, el que no desconfía, el inexperto. Por tanto: el niño, o aquel que sabe construirse de nuevo un alma de niño. No es la ciencia ni el poder ni la riqueza o la actividad (aunque sea buena) lo que os harán "el mayor" en el Reino bienaventurado, sino el ser como los pequeñuelos, en benevolencia, humildad, sencillez, fe.
Observad cómo me aman los niños, e imitadlos; cómo creen en mí, e imitadlos; cómo recuerdan lo que digo, e imitadlos; cómo ponen en práctica mis enseñanzas, e imitadlos; cómo no se ensoberbecen de lo que hacen, e imitadlos; cómo no experimentan rivalidades contra mí o contra sus compañeros, e imitadlos. En verdad os digo que si no cambiáis vuestra manera de pensar, actuar y amar, reconstruyéndola según el modelo de los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos.
Ellos saben lo mismo que vosotros sabéis de esencial en mi doctrina. ¡Pero con qué diferencia practican lo que enseño! Vosotros, a cada acto bueno que realizáis, decís: "Lo he hecho yo"; el niño me dice: `Jesús, me he acordado de ti hoy, y por ti he obedecido, he amado, he contenido un deseo de reñir… y estoy contento porque Tú, lo sé, sabes cuándo soy bueno y te alegras". Observad también a los niños cuando cometen una falta. Con qué humildad me confiesan: "Hoy he sido malo. Lo siento, porque te he apenado". No buscan disculpas. Saben que Yo sé las cosas. Creen. Sienten dolor por mi dolor.
¡Oh, amados de mi corazón, niños, en los cuales no hay soberbia, doblez, lujuria! Os digo: Haceos como los niños, si queréis entrar en mi Reino. Amad a los niños como al ejemplo angélico que todavía podéis tener. Porque como ángeles deberíais ser. Podríais decir para disculparos:
"No vemos a los ángeles". Pero Dios os da a los niños por modelos, y los tenéis en medio de vosotros. Y si veis a un niño abandonado material o moralmente, y que puede perecer, acogedlo en mi Nombre, porque son los muy amados de Dios. Quienquiera que reciba a un niño en mi Nombre me recibe a mí mismo, porque Yo estoy en el alma de los niños, que es inocente. Y quien me recibe a mí recibe a Aquel que me ha enviado, es decir, al Señor Altísimo.
Y guardaos de escandalizar a uno de estos pequeños, cuyos ojos ven a Dios. No se debe nunca escandalizar a nadie. Pero, ¡ay!, ¡tres veces ay de aquel que tan sólo roce el ingenuo candor de los niños! Dejadlos ángeles lo más que podáis. ¡Demasiado repugnante es el mundo y la carne para el alma que viene del Cielo! Y el niño, por su inocencia, es todavía todo alma.
Tened respeto hacia el alma del niño, y a su propio cuerpo, como lo tenéis para con un lugar sagrado. También el niño es sagrado, porque tiene a Dios dentro de sí. En todo cuerpo está el templo del Espíritu; pero el templo del niño es el más sagrado y profundo, está más allá del doble Velo. No mováis tan siquiera las cortinas de la sublime ignorancia de la concupiscencia con el viento de vuestras pasiones.
Yo querría un niño en cada familia, en medio de cada grupo de personas, para que fuera freno de las pasiones de los hombres. El niño santifica, da confortación y frescura, con sólo el rayo de sus ojos sin malicia. Pero, ¡ay de aquellos que sustraen santidad al niño con su manera de actuar escandalosa! ¡Ay de aquellos que con sus licencias infunden malicia en los niños! ¡Ay de aquellos que con sus palabras e ironías lesionan la fe en mí de los niños! Sería mejor que a todos éstos se les atara al cuello una piedra de molino y se los arrojara al mar para que se ahogaran junto con su escándalo. ¡Ay del mundo por los escándalos que da a los inocentes! Porque, si es inevitable que sucedan escándalos, ¡ay del hombre que los provoca!
Nadie tiene derecho de hacer violencia a su cuerpo ni a su vida, porque vida y cuerpo nos vienen de Dios y solamente Él tiene derecho a tomar o partes o el todo. Pero Yo os digo que si vuestra mano os escandaliza es mejor que la cortéis, que si vuestro pie os lleva a dar escándalo conviene que lo cortéis. Es mejor para vosotros entrar mancos o cojos en la Vida, que ser arrojados al fuego eterno con las dos manos y los dos pies.
Y si no es suficiente tener un pie cortado o una mano, haced que os corten también la otra mano o el otro pie, para no escandalizar más y para tener tiempo de arrepentiros antes de ser arrojados adonde el fuego no se extingue y roe eternamente como un gusano. Y, si es vuestro ojo el que os es motivo de escándalo, sacáoslo: es mejor no tener un ojo que estar en el infierno con los dos: con un ojo sólo, o incluso sin ojos, llegados al Cielo veríais la Luz, mientras que con los dos ojos escandalosos sólo tinieblas y horror veríais en el infierno. Recordad todo esto.
No despreciéis a los pequeños, no los escandalicéis, no os burléis de ellos. Son más que vosotros, porque sus ángeles ven siempre a Dios, que les dice las verdades que han de revelar a los niños y a los que tienen el corazón de niño.
Y vosotros, como niños, amaos unos a otros. Sin disputas, sin orgullos. Estad en paz unos con otros. Tened espíritu de paz con todos. Sois hermanos, en el nombre del Señor; no enemigos. No hay, no debe haber enemigos para los discípulos de Jesús. El único Enemigo es Satanás. De ése sed enemigos acérrimos. Descended a combatir contra él y contra los pecados que llevan a Satanás a los corazones.
Sed incansables en combatir el Mal, cualquiera que fuere la forma que asuma. Y pacientes. No hay limitación al actuar del apóstol, porque no hay limitación al actuar del Mal. El demonio no dice nunca:
"Basta. Ahora estoy cansado, así que voy a descansar". Es el incansable. Pasa de un hombre a otro, ágil como el pensamiento y más aún; tienta y atrapa y seduce y atormenta y no da tregua. Asalta traidoramente y derriba, si uno no está más que vigilante.
A veces se instala como conquistador por debilidad de la víctima; otras veces entra como amigo, porque el modo de vivir de la víctima buscada es ya tal que constituye alianza con el Enemigo. Hay veces que, habiendo sido arrojado de uno, da vueltas para caer sobre el mejor, para vengarse de la afrenta recibida de Dios o de un siervo de Dios. Pues bien, vosotros debéis decir lo mismo:
"No descanso". Él no descansa para poblar el infierno, vosotros no debéis descansar para poblar el Paraíso. No le deis tregua. Os predigo que cuanto más combatáis contra él más os hará sufrir. Pero no debéis tener en cuenta esto. Puede recorrer, agresivo, la tierra, pero en el Cielo no entra. Por tanto, allí no os molestará más. Y allí estarán todos aquellos que hayan combatido contra él…
Jesús interrumpe bruscamente y dice:
-Pero bueno, ¿por qué estáis siempre molestando a Juan? ¿Qué quieren de ti?
Juan se pone rojo como el fuego. Bartolomé, Tomás y Judas Iscariote, viéndose descubiertos, agachan la cabeza.
-¿Entonces? -pregunta imperativamente Jesús.
-Maestro, mis compañeros quieren que te diga una cosa.
-Pues dila.
-Hoy, mientras estabas en casa de ese enfermo y nosotros estábamos por el pueblo como habías dicho, hemos visto a un hombre, que no es discípulo tuyo y que nunca hemos visto entre los que escuchan tu doctrina, que arrojaba demonios en tu nombre de un grupo de peregrinos que iban a Jerusalén. Y lo conseguía. Ha curado a uno que tenía un temblor que le impedía cualquier tipo de trabajo; y ha devuelto el habla a una niña que había sido agredida en el bosque por un demonio con apariencia de perro que le había trabado la lengua. Decía:
"Vete, demonio maldito, en nombre del Señor Jesús, el Cristo, Rey de la estirpe de David, Rey de Israel. Él es el Salvador y Vencedor. ¡Huye ante su Nombre!", y el demonio huía realmente. Nosotros nos hemos resentido. Y se lo hemos prohibido. Nos ha dicho: "¿Qué hago de malo? Honro al Cristo liberándole el camino de los demonios que no son dignos de verlo". Le hemos respondido:
"No eres exorcista según Israel ni discípulo según Cristo. No te es lícito hacerlo". Ha dicho: "Hacer el bien es siempre lícito", y se ha rebelado contra nuestra orden diciendo: "Y seguiré haciendo lo que hago". Bien, querían que te dijera esto, especialmente ahora que has dicho que en el Cielo estarán todos aquellos que hayan combatido contra Satanás. -Bien. Ese hombre será uno de ellos. Lo es. Tenía razón. Los equivocados habéis sido vosotros.
Los caminos del Señor son infinitos. No se puede afirmar que sólo los que tomen el camino directo llegarán al Cielo. En cualquier lugar, siempre, de mil modos distintos, habrá criaturas que vendrán a mí quizás por un camino inicialmente malo. Dios verá su recta intención y los atraerá hacia el camino bueno. Y, de la misma forma, habrá algunos que por concupiscente y ternaria embriaguez saldrán del camino bueno y tomarán un camino más largo, o incluso desviado. Por tanto, no debéis jamás juzgar a vuestros semejantes. Sólo Dios ve. Cuidad de no saliros vosotros del camino bueno, en el que, más que vuestra voluntad, la voluntad de Dios os ha puesto. Y, cuando veáis a uno que cree en mi Nombre y por él actúa, no lo llaméis extranjero ni enemigo ni sacrílego. Es en todo caso un súbdito mío, amigo y fiel, porque cree en mi
Nombre, espontáneamente y mejor que muchos de vosotros.
Por eso mi Nombre, en sus labios, obra prodigios como los vuestros y quizás mayores. Dios lo ama porque me ama, y terminará de llevarlo al Cielo. Ninguno que haga prodigios en mi Nombre puede ser enemigo mío ni hablar mal de mí; antes al contrario, con su actuación da honor a Cristo y testimonio de fe. En verdad os digo que creer en mi Nombre es Salvación. Así que os digo: si lo encontráis otra vez, no se lo volváis a prohibir. Antes al contrario, llamadle "hermano", porque lo es, aunque esté todavía fuera del recinto de mi Redil. Quien no está contra mí está conmigo. Quien no está contra vosotros está con vosotros.
-¿Hemos pecado, Señor? -pregunta, afligido, Juan.
-No. Habéis actuado por ignorancia, pero sin malicia. Por tanto, no hay pecado. Pero en lo sucesivo sería pecado, porque ahora ya sabéis. Y ahora vamos a nuestras casas. La paz sea con vosotros.
Dice luego Jesús(a los que leen este Evangelio):
-Lo que he dicho a mi pequeño discípulo os lo digo también a vosotros. El Reino es de los corderos fieles que me aman y me siguen sin perderse en lisonjas. Me aman hasta el final. Y os digo también a vosotros lo que dije a mis discípulos adultos: `Aprended de los pequeños".
Lo que hace conquistar el Reino de los Cielos no es el hecho de ser doctos, ricos, audaces. No es serlo humanamente, sino con la ciencia del amor, que hace a uno docto, rico, audaz, sobrenaturalmente: ¡Cómo ilumina el amor para comprender la Verdad!., ¡cuán rico lo hace a uno para adquirirla, cuán audaz para conquistarla!, ¡qué confianza inspira, qué seguridad!
Haced lo que el pequeño Benjamín, mi pequeña flor que perfumó mi corazón en aquel atardecer y cubrió el olor de la humanidad que fermentaba en los discípulos; que le cantó una música angélica y cubrió el rumor de las disputas humanas.
¿Quieres saber lo que fue de Benjamín después? Siguió siendo el pequeño cordero de Cristo, y, una vez perdido su gran Pastor, porque había vuelto al Cielo, se hizo discípulo del que más se me parecía, y de la mano de éste recibió el bautismo y el nombre de Esteban, el primer mártir mío. Fue fiel hasta la muerte, y con él sus parientes, que fueron atraídos a la Fe por el ejemplo de su pequeño apóstol de familia.
¿No es conocido? Son muchos los desconocidos de los hombres que son conocidos por mí en mi Reino. Y esto los hace felices. La fama del mundo no añade ni un destello a la aureola de los bienaventurados.
Pequeño Juan (a María Valtorta), camina siempre con tu mano en la mía. Irás segura, y, cuando llegues al Reino, no te diré "entra", sino "ven", y te tomaré en mis brazos para colocarte en el lugar preparado por mi Amor y merecido por el tuyo.
Ve en paz. Te bendigo.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Las dos barcas tomadas para volver a Cafarnaúm se deslizan por un lago inverosímilmente calmo: una verdadera lastra de cristal zarco, que, en cuanto pasan las dos barcas, recompone su lisa unidad. Pero no son las barcas de Pedro y Santiago, sino otras dos, quizás alquiladas en Tiberíades. Y oigo que Judas se lamenta un poco por haberse quedado sin dinero después de este último gasto.
-Hemos pensado en los demás. ¿Pero en nosotros? ¿Cómo nos las vamos a arreglar ahora? Tenía esperanzas de que Cusa… Pero nada Estamos en las condiciones de un mendigo, uno de tantos como ahora salen a los caminos a pedir limosna a los peregrinos -dice a Tomás, rezongando, en voz baja.
Pero éste, bondadoso, responde:
-¿Y qué tendría de malo si fuera así? Yo no me preocupo de
nada.
-Sí, pero a la hora de comer eres el que quiere comer más que ninguno.
-¡Claro! Tengo hambre. También en el hambre soy vigoroso Bien, pues hoy, en vez de pedir al que suministra el pan y las viandas, pediré directamente a Dios.
-¡Hoy! ¡Hoy! Mañana estaremos en las mismas condiciones, y pasado mañana lo mismo; y estamos yendo hacia la Decápolis, donde no nos conocen y son medio paganos. Y no es sólo el pan, también se gastan las sandalias, y luego… los pobres que te dan la lata, y uno se podría sentir mal y…
-Y, si sigues más todavía, dentro de poco ya me habrás imaginado muerto y tendrás que proveer para un funeral. ¡Pero cuántas preocupaciones! Yo… es que no tengo ninguna preocupación. Estoy alegre, tranquilo como un recién nacido.
Jesús, que parecía absorto en sus pensamientos, sentado en la proa, casi en el borde, se vuelve y dice fuerte a Judas, que está en la popa (pero lo dice como hablando a todos): -Está muy bien no tener ni una perra, así brillará más la paternidad de Dios incluso en las cosas más pequeñas.
-Desde hace unos días para ti está todo bien. Bien si no se produce un milagro, bien si no nos dan dinero, bien haber dado todo lo que teníamos; en definitiva, todo bien… Pero yo me siento muy incómodo… Eres un Maestro grato, un santo Maestro, pero para la vida material… no vales nada -dice sin acritud Judas, como haciendo una observación a un hermano bueno de cuya bondad imprevisora incluso se gloría.
Y Jesús, sonriendo, le responde:
-Es mi mejor cualidad, ser un hombre que no vale nada para la vida material… Y, repito: está muy bien no tener ni una perra -y sonríe luminosamente.
La barca roza en el guijarral. Se detiene. Bajan de ella. Mientras tanto, la otra barca se acerca para detenerse. Jesús, con Judas, Tomás, Judas y Santiago, Felipe y Bartolomé, se encamina hacia la casa…
Pedro baja de la segunda barca, con Mateo, los hijos de Zebedeo, Simón Zelote y Andrés. Pero Pedro no se pone en marcha como todos, sino que se queda en la orilla hablando con los barqueros que los han traído, y que quizás conoce, y luego los ayuda a partir de nuevo. Después, se vuelve a poner la túnica larga y remonta la playa en dirección a la casa.
Atravesando la plaza del mercado, vienen hacia él dos, lo paran y dicen:
-Escucha, Simón de Jonás.
-Escucho. ¿Qué queréis?
-¿Tu Maestro, por el hecho de serlo, paga o no las dos dracmas que corresponden al Templo?
-¡Claro que las paga! ¿Por qué no lo iba a hacer?
-Pues… porque dice que es el Hijo de Dios y…
-Y lo es -replica secamente Pedro, que ya está rojo de indignación. Luego añade: «Pero, dado que también es un hijo de la Ley, el mejor que tiene la Ley, paga sus dracmas como todo israelita…
-Según lo que sabemos no es así. Nos han dicho que no paga, así que le aconsejamos que pague.
-Mmm-m-m -balbuce Pedro, cuya paciencia está para agotarse -Mmm-m-m… Mi Maestro no necesita vuestros consejos. Id en paz y decid al que os envía que las dracmas serán depositadas en la primea ocasión.
-¡En la primera ocasión!… ¿Y por qué no enseguida? ¿Quién nos asegura que lo vaya a hacer, si está siempre acá o allá sin rumbo fijo?
-Enseguida no, porque en este momento no tiene ni una perra. Podríais ponerlo boca abajo y no caería al suelo ni una sola moneda. Estamos todos sin un solo denario, porque nosotros, que no somos fariseos, que no somos escribas, que no somos saduceos, que no somos ricos, que no somos espías, que no somos áspides, normalmente damos lo que tenemos a los pobres, por su doctrina. ¿Entendéis? Y ahora hemos dado todo, y mientras no intervenga el Altísimo podemos morir de hambre o ponernos a pedir limosna en una esquina de la calle. Decid también esto a los que dicen que Él es un comilón ¡Adiós! -y los deja plantados y se marcha barbotando y ardiendo de enojo.
Entra en casa y sube a la habitación de arriba, donde está Jesús escuchando a uno que le ruega que vaya a una casa que está en el monte de detrás de Magdala, donde hay uno muriéndose.
Jesús despide al hombre prometiendo que irá enseguida, Luego cuando éste se marcha, se vuelve hacia Pedro, que se ha sentado en un rincón y está pensativo, y le dice: -¿Qué opinas, Simón? ¿Según las reglas, los reyes de la tierra de quién reciben los tributos y el censo?, ¿de sus propios hijos o de los extraños?
Pedro se sobresalta. Dice:
-¿Cómo sabes, Señor, lo que debía decirte?
Jesús sonríe haciendo un gesto como diciendo: «No le des importancia»; luego dice: -Responde a lo que te pregunto.
-De los extraños, Señor.
-Entonces los hijos están eximidos, como efectivamente es justo Porque un hijo es de la sangre y casa de su padre, y no debe pagar al padre sino el tributo del amor y la obediencia. Así que Yo, Hijo del Padre, no debería pagar tributo al Templo, que es la casa del Padre. Les has respondido bien. Pero, como hay una diferencia entre tú y ellos, y es ésta: que tú crees que Yo soy el Hijo de Dios, y ellos y quienes los han enviado no lo creen, pues, para no escandalizarlos, pagaré el tributo, y además enseguida, mientras están todavía en la plaza recaudando.
-¿Y con qué, si no tenemos ni una perra? -pregunta Judas, que se ha acercado con los otros.
-¿Ves como es necesario tener algo?
-Se lo pedimos prestado al dueño de la casa -dice Felipe.
Jesús hace con la mano un gesto de guardar silencio y dice:
-Simón de Jonás, ve a la orilla del mar y echa lo más lejos que puedas un sedal provisto de un anzuelo resistente. En cuanto pique el pez, tira hacia ti el
sedal. Será un pez grande. En la orilla ábrele la boca. Encontrarás dentro un estáter. Tómalo, ve donde aquellos dos y paga por mí y por ti. Luego trae el pez. Lo asaremos; y Tomás, caritativamente, nos proveerá de un poco de pan. Comeremos e iremos enseguida donde el hombre que está muriéndose. Santiago y Andrés, preparad las barcas, que las usaremos para ir a Magdala; la vuelta la haremos esta noche a pie para no estorbar la pesca a Zebedeo y al cuñado de Simón.
Pedro se marcha. Un rato después se le ve en la orilla montando en una barca cuya proa está ya metida en el agua.
Echa un cordel delgado y fuerte, provisto hacia el final de una piedra pequeña, o plomo, y que termina en el hilo fino del sedal propiamente dicho. Las aguas del lago se abren con salpicaduras de plata cuando el peso se hunde en él; luego todo vuelve a la calma mientras las aguas se serenan después de un alejarse de giros concéntricos…
Pasa un rato. El cordel, que estaba flojo en las manos de Pedro, se tensa y vibra… Pedro tira, tira, tira. La cuerda sufre sacudidas cada vez más enérgicas. Al final, da un tirón y el sedal emerge con su presa, que se contorsiona en el aire, formando un arco por encima de la cabeza del pescador, para luego caer en la arena amarillenta, donde se contuerce, sufriendo el espasmo del anzuelo que le hiende el paladar y el de la asfixia que comienza.
Es un magnífico pez, grande como un rombo del peso de al menos tres quilos. Pedro le arranca el anzuelo de los labios carnosos, le mete en la garganta su grueso dedo y extrae una gruesa moneda de plata. La coge entre el pulgar y el índice y la alza para mostrársela al Maestro, que está en el pretil de la terraza. Luego recoge el cordel, lo enrolla, toma el pez y se echa a correr en dirección a la plaza.
Los apóstoles se han quedado todos de piedra… Jesús sonríe y dice:
-Así habremos eliminado un escándalo…
Regresa Pedro:
-Ya estaban para venir aquí. Y además con Elí, el fariseo.
He tratado de ser delicado como una niña. Los he llamado y he dicho: "¡Eh, enviados del Fisco! Tomad. ¿Son cuatro dracmas, verdad? Pues dos por el Maestro y dos por mí.
¿Estamos en paz, no? Hasta que nos veamos en el valle de Josafat, especialmente contigo, querido amigo".
Se han ofendido porque he dicho "Fisco". "Somos del templo, no del Fisco.” "Cobráis impuestos como los recaudadores. Todo recaudador para mí es “fisco” "' he respondido. Pero él me ha dicho: "¡Insolente! ¿Me estás deseando la muerte?".
"¡No, amigo! De ninguna manera. Te deseo un feliz viaje al valle de Josafat. ¿No vas para la Pascua a Jerusalén? Pues podremos encontrarnos por allí, amigo". "No lo deseo, ni quiero que te permitas llamarme amigo tuyo.”
"Efectivamente, es demasiado honor" he respondido. Y me he vuelto. Lo mejor es que estaba allí medio Cafarnaúm, que ha visto que he pagado por ti y por mí. Así esa vieja serpiente ya no podrá decir nada.
Los apóstoles no han podido evitar reírse por la narración y la mímica de Pedro. Jesús quiere estar serio, pero una leve sonrisa se escapa, no obstante, de sus labios mientras dice:
-Eres peor que la mostaza - y termina: «Asad el pez; y vamos a darnos prisa, que para la puesta del sol quiero estar aquí de nuevo.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Están ahora nuevamente en la casa de Nazaret. Es más, para ser más exactos, están esparcidos en el rellano de los olivos, en espera de separarse para ir a descansar.
Ya ha oscurecido y la Luna se alza tarde, así que han encendido una pequeña hoguera para aclarar la noche; noche tibia, «demasiado incluso» como sentencian los pescadores previendo próximas lluvias.
Y es bonito estar allí, todos unidos: las mujeres en el huerto florecido, alrededor de María; los hombres aquí arriba; y, en el borde del rellano, de forma que lo vean tanto éstos como aquéllas, Jesús, respondiendo a uno o a otro, mientras las discípulas escuchan atentas. Deben haber referido lo del lunático curado al pie del monte y todavía siguen los comentarios al respecto.
-¡Vamos, que has hecho falta Tú! -exclama el primo Simón.
-¡Pero ni siquiera el ver que incluso sus exorcistas no podían nada, a pesar de haber dicho que habían usado las fórmulas más fuertes, ha convencido a esos cernícalos! -dice, meneando la cabeza, el barquero Salomón.
-Y no convencerán a sus escribas ni siquiera diciéndoles sus conclusiones.
-¡Ya, claro! Me parecía que hablaban bien, ¿no es verdad? -pregunta uno que no conozco.
-Muy bien. Excluyeron todo tipo de sortilegio demoníaco en el poder de Jesús, y dijeron que se sintieron invadidos de profunda paz cuando el Maestro hizo el milagro; mientras que -decían -cuando sale de uno un poder malvado lo sienten como un sufrimiento -responde Hermas.
-¡Pero hay que ver qué espíritu más fuerte! ¡No se quería marchar! Pero, ¿cómo es que no lo tenía continuamente poseído?
-¿Era un espíritu rechazado, solitario; o era tan santo el muchacho, que por sí mismo lo repelía?-pregunta otro discípulo cuyo nombre desconozco.
Jesús responde espontáneamente:
-He explicado varias veces que toda enfermedad, siendo un tormento y un desorden, puede esconder a Satanás, y Satanás se puede esconder en una enfermedad, usarla, crearla, para atormentar y hacer blasfemar contra Dios. El niño era un enfermo, no un poseído. Un alma pura. Por eso con gran alegría la he liberado del astutísimo demonio, que quería dominarla hasta el punto de hacerla impura.
-¿Y por qué, si era una simple enfermedad, no hemos podido resolverlo nosotros? -pregunta Judas de Keriot.
-¡Sí, eso! Se comprende que los exorcistas, si no era un endemoniado, no hayan podido hacer nada. Pero nosotros… observa Tomás.
Y Judas de Keriot (que no ha encajado la afrenta de haber intentado muchas veces con el muchacho y haber obtenido sólo que cayera en un estado de agitación o incluso en convulsiones) dice:
-Pero nosotros… hasta parecía que se le empeorase.
¿Recuerdas, Felipe? Tú que me ayudabas oíste y viste las burlas que me dirigía. Me dijo incluso: "¡Vete! De los dos el más demonio eres tú". Lo cual hizo que a mis espaldas se rieran los escribas.
-¿Y ello te ha dolido? -pregunta Jesús como sin interés.
-¡Claro que sí! No es una cosa bonita que se burlen de uno. Y no es útil cuando se es apóstol tuyo. Se pierde autoridad.
-Cuando uno tiene a Dios tiene autoridad, aunque el mundo entero se burle, Judas de Simón.
-De acuerdo. Pero Tú aumenta, al menos en nosotros los apóstoles, el poder, para no sufrir otra vez ciertas derrotas.
-Ni es justo ni sería útil que Yo aumentara el poder. Por vosotros mismos lo tenéis que hacer, para salir vencedores. Si habéis fracasado ha sido por vuestra insuficiencia, y también por haber disminuido cuanto os había dado, con elementos no santos que habéis querido añadir esperando mayores triunfos.
-¿Lo dices por mí, Señor? -pregunta Judas Iscariote.
-Tú sabrás si lo mereces. Hablo a todos.
Bartolomé pregunta:
-¿Pero entonces qué hay que tener para vencer a estos demonios?
-Oración y ayuno. No se necesita nada más. Orad y ayunad.
Y no sólo en la carne. Por eso bien está el que vuestro orgullo haya quedado en ayunas, sin ser satisfecho. El orgullo saciado vuelve apáticas la mente y el alma, y la oración se hace tibia, inerte; de la misma forma que el cuerpo demasiado lleno está somnoliento y pesado. Y ahora vamos también nosotros al justo descanso. Que mañana al amanecer todos, menos Manahén y los discípulos pastores, estén en el camino de Caná. La paz sea con vosotros.
Y retiene a Isaac y a Manahén y da particulares instrucciones para el día siguiente, día de la partida para las discípulas y María, que, junto con Simón de Alfeo, y Alfeo de Sara empiezan el peregrinaje pascual.
-Pasaréis por Esdrelón para que Margziam vea al anciano. Daréis a los labriegos la bolsa que por indicación mía os ha dado Judas de Keriot. Y durante el viaje socorreréis a todos los pobres que os encontréis con la otra que os he dado hace poco. Cuando lleguéis a Jerusalén, id a Betania, y decid que me esperen para la neomenia de Nisán.
Poco podré tardar a partir de ese día. Os confío a la persona que más estimo y a las discípulas. Pero estoy tranquilo de que estarán seguras. Partid. Nos volveremos a ver en Betania y estaremos bastante tiempo juntos.
Los bendice y, mientras ellos se alejan en la noche, salta hacia abajo, al huerto, y entra en casa, donde ya están las discípulas y su Madre, que, con Margziam, están apretando los cordones de los fardos de viaje, y disponiendo todas las cosas para esta ausencia cuya duración no se conoce.