por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Un comentario para los predilectos.
¿Hay, acaso, algún hombre que no haya visto, al menos una vez, un alba serena de Marzo? Si tal hombre existe, es un gran desagraciado, porque desconoce una de las gracias más hermosas de la naturaleza despertada de primavera, de nuevo virgen, niña, cual debía ser el primer día.
En esta gracia, que es pura en todos sus aspectos y cosas -desde las hierbas nuevas y cargadas de rocío, hasta las florecillas que se abren, como niños que nacen. ante la primera sonrisa de la luz del día: hasta los pájaros que se despiertan con un batir de alas y dicen su primer "¿chip?" interrogativo, preludio de todos sus canoros discursos de la jornada; hasta el mismo olor del aíre, que ha perdido durante la noche, por la lavación del rocío y la ausencia del hombre, hasta la más mínima contaminación de polvo, humo e indicio de cuerpos humanos -, en medio de esta gracia, van Jesús, los apóstoles y los discípulos.
Está con ellos también Simón de Alfeo.
Van en dirección sureste, superando las colinas que hacen de corona a Nazaret, vadeando un torrente, atravesando una llanura estrecha situada entre las colinas nazarenas y un grupo de montes hacia el este. Estos montes están precedidos por el cono semitruncado del Tabor, cuya cima, curiosamente, me recuerda, vista de perfil, la punta del gorro de nuestra policía nacional.
Llegan al monte. Jesús se para y dice:
-Pedro, Juan y Santiago de Zebedeo subirán conmigo al monte. Vosotros diseminaos por la base, separándoos hacia los caminos que la bordean, y predicad al Señor. Al atardecer quiero estar de nuevo en Nazaret, así que no os alejéis mucho. La paz sea con vosotros. Y, volviéndose a los tres que había nombrado, dice:
-Vamos.
Y empieza a subir sin volverse ya, y con un paso tan expedito, que pone a Pedro en dificultad para seguirle.
En un alto que hacen, Pedro, rojo y sudado, le pregunta con respiración afanosa:
-¿Pero a dónde vamos? No hay casas en el monte. En la cima, aquella vieja fortaleza. ¿Quieres ir a predicar allí?
-Habría subido por la otra vertiente. Como puedes ver, le vuelvo las espaldas. No vamos a ir a la fortaleza, y quien esté en ella ni siquiera nos verá. Voy a unirme con mi Padre. He querido teneros conmigo porque os amo. ¡Venga, ligeros!
-¡Oh, mi Señor! ¿Y no podríamos ir un poco más despacio, y hablar de lo que oímos y vimos ayer, que nos ha tenido despiertos toda la noche para comentarlo?
-A las citas con Dios hay que ir siempre sin demora.
¡Ánimo, Simón Pedro! Que arriba os permitiré que descanséis.
Y reanuda la subida…
Suben más alto todavía y la mirada se expande por dilatados horizontes que un hermoso día sereno hace detalladamente nítidos hasta en las zonas más lejanas.
El monte no forma parte de un sistema montañoso como el de Judea; se yergue aislado, teniendo, respecto al lugar en que nos encontramos, el oriente de frente, el norte a la izquierda, el sur a la derecha, y, detrás, al oeste, la cima, que se alza aún unos centenares de pasos. Es muy alto, y la mirada puede ver libremente en un vasto radio.
El lago de Genesaret parece un recorte de cielo engastado en el verde de la tierra, una turquesa oval ceñida de esmeraldas de distintas tonalidades; un espejo trémulo, que se riza con el viento leve y por el que se deslizan, con agilidad de gaviotas, las barcas con sus velas desplegadas, ligeramente inclinadas hacia la superficie azulina, con la misma gracia del vuelo cándido de una gaviota cuando sigue el curso de la onda en busca de presa. Luego, de la vasta turquesa sale una vena, de un azul más pálido en los lugares donde el guijarral es más ancho, y más oscuro donde las orillas se estrechan y el agua es más profunda y opaca por la sombra que proyectan los árboles que crecen vigorosos junto al río, nutridos con su linfa. El Jordán parece una pincelada casi rectilínea en el verde de la llanura.
A uno y otro lado del río, diseminados por la llanura, hay unos pueblecillos. Algunos de ellos son realmente un puñado de casas, otros son más grandes, ya con aire de pequeñas ciudades. Las vías de comunicación son rugosidades amarillentas en el verde. Pero aquí, en la parte del monte, la llanura está mucho más cultivada y es mucho más fértil, muy bonita. Se ve a los distintos cultivos, con sus distintos colores, sonreír al bonito sol que desciende del cielo sereno.
Debe ser primavera, quizás Marzo, si calculo la latitud de Palestina, porque veo los cereales ya altos, aunque todavía verdes, ondear como un mar glauco, y veo a los penachos de los más precoces de entre los árboles frutales colocar como nubecillas blancas y róseas sobre este pequeño mar vegetal, y luego prados enteramente florecidos, por los altos henos, sobre los cuales, ovejitas al pasto parecen pequeños cúmulos de nieve amontonadas acá o allá sobre la hierba.
Al pie del monte, en las colinas que constituyen su base -bajas y breves colinas -, hay dos pequeñas ciudaditas, una hacia el sur, la otra hacia el norte. La llanura ubérrima se extiende especial y más ampliamente hacia el sur.
Jesús, después de una breve pausa al fresco de un puñado de árboles (pausa que, sin duda, ha sido concedida por piedad hacia Pedro, que en las subidas se cansa visiblemente), reanuda la ascensión. Sube casi hasta la cima, hasta un rellano herboso con un semicírculo de árboles hacia la parte de la ladera.
-Descansad, amigos. Yo voy allí a orar.
Y señala con la mano una voluminosa roca que sobresale del
monte y que se encuentra, por tanto, no hacia la ladera sino hacia dentro, hacia la cima.
Jesús se arrodilla en la tierra herbosa y apoya las manos y la cabeza en la roca, en la postura que tomará también en la oración del Getsemaní. El sol no incide en Él, porque la cima lo resguarda. Pero el resto de la explanada herbosa está toda alegre de sol, hasta el límite de sombra del borde arbolado a cuya sombra se han sentado los apóstoles.
Pedro se quita las sandalias y las sacude para quitar el polvo y las piedrecitas, y se queda así, descalzo, con sus pies cansados entre la hierba fresca, casi echado, apoyada la cabeza, como almohada, en un matojo esmeraldino que sobresale más que los demás en su trozo de prado. Santiago hace lo mismo, pero, para estar cómodo, busca un tronco de árbol; en él apoya su manto, y en el manto la espalda.
Juan permanece sentado, observando al Maestro. Pero la calma del lugar, el vientecíllo fresco, el silencio y el cansancio lo vencen a él también, y se le caen: sobre el pecho, la cabeza; sobre los ojos, los párpados. Ninguno de los tres duerme profundamente; están en ese estado de somnolencia veraniega que atonta.
Los despabila una luminosidad tan viva, que anula la del Sol y se esparce y penetra hasta debajo del follaje de las matas y árboles bajo los cuales se han puesto.
Abren, estupefactos, los ojos, y ven a Jesús transfigurado. Es ahora como lo veo en las visiones del Paraíso, tal cual. Naturalmente sin las Llagas y sin la enseña de la Cruz.
Pero la majestad del Rostro y del Cuerpo es igual; igual es su luminosidad, igual el indumento, que, de un rojo oscuro, se ha transformado en el adiamantado y perlino tejido inmaterial que le viste en el Cielo. Su Rostro es un sol de luz sideral, pero intensísima, en el cual centellean los ojos de zafiro.
Parece más alto aún, como si su glorificación hubiera aumentado su estatura. No sabría decir si la luminosidad, que pone incluso fosforescente el rellano, proviene enteramente de El, o si a la luz propia se une toda la luz que hay en el universo y en los cielos, concentrada en su Señor. Sé que es algo indescriptible.
(Nota de María Valtorta sobre la Transfiguración “Para desviar las intrigas de Satanás y las insidias de los futuros -y no desconocidos para Dios Padre -enemigos del Verbo Encarnado, Dios envolvió a Cristo de aspectos que son comunes a todos los nacidos de mujer, y no sólo mientras fue "el niño y el hijo del carpintero", sino también cuando fue "el Maestro".
Sólo la sabiduría y los milagros lo distinguían de los demás. Pero Israel -aunque en menor medida -conocía otros maestros (los profetas) y obradores de milagros. Ello debía seriar también para probar la fe de sus elegidos: los apóstoles y discípulos-quienes debían "creer sin ver" cosas extraordinarias y divinas. Así, veían al Hombre docto y santo que, también, hacía milagros, pero que, en todo lo demás, era similar a ellos en sus necesidades humanas.
Pero, para confirmar a los tres, después de la turbación sufrida por el anuncio de la futura muerte de cruz, El ahora se manifiesta en toda la gloria de su Naturaleza Divina. Después de ello, ya no podía subsistir la duda que el anuncio de la muerte de cruz había insinuado en sus más cercanos seguidores. Habían visto a Dios, a Dios en el Hombre que sería crucificado. Era la manifestación de las dos Naturalezas hipostáticamente unidas, manifestación innegable que no podía dejar dudas. Y al Hijo-Dios que como tal se manifiesta se une el Padre-Dios con sus palabras y el Cielo, representado por Moisés Y Elías.
Después de zarandear su fe por el anuncio de su muerte, Jesús restablece -es más, la aumenta -la fe de los tres apóstoles, transfigurándose)
Jesús está ahora de pie; bueno, diría incluso que está levantado del suelo, porque entre Él y la hierba del prado hay como una luz en evaporación, un espacio constituido únicamente por una luz, sobre el cual parece erguirse Él.
Pero es tan viva, que podría incluso engañarme, y el no ver el verde de la hierba bajo las plantas de Jesús podría estar provocado por esta luz intensa que vibra y produce ondas como algunas veces se ve en los fuegos intensos. Ondas, aquí, de un color blanco, incandescente. Jesús tiene el Rostro alzado hacia el cielo y sonríe como respuesta a una visión que lo sublima.
Los apóstoles sienten casi miedo y lo llaman, porque ya no les parece que sea su Maestro, de tanto como está transfigurado.
-¡Maestro, Maestro! -dicen bajo, pero con ansia. Él no oye.
-Está en éxtasis -dice Pedro temblando -¿Qué estará viendo?
Los tres se han puesto en pie. Querrían acercarse a Jesús, pero no se atreven.
La luz aumenta todavía más, debido a dos llamas que bajan del cielo y se colocan a ambos lados de Jesús. Una vez asentadas en el rellano, se abre su velo y aparecen dos majestuosos y luminosos personajes. Uno, más anciano, de mirada aguda y grave y con barba larga bipartida. De su frente salen cuernos de luz que me dicen que es Moisés.
El otro es más joven, enjuto, barbudo y velloso, aproximadamente como el Bautista, al cual yo diría que se asemeja por estatura, delgadez, conformación y gravedad.
Mientras que la luz de Moisés es cándida como la de Jesús, especialmente en los rayos de la frente, la que emana Elías es solar, de llama viva.
Los dos Profetas toman una postura reverente ante su Dios Encarnado, y, aunque Él les hable con familiaridad, ellos no abandonan esa su postura reverente. No comprendo ni siquiera una de las palabras que dicen.
Los tres apóstoles caen de rodillas temblando, cubriéndose el rostro con las manos. Querrían ver, pero tienen miedo.
Por fin Pedro habla:
-¡Maestro, Maestro, óyeme!
Jesús vuelve la mirada sonriente hacia su Pedro, el cual recobra vigor y dice:
-Es hermoso estar aquí contigo, con Moisés y con Elías. Si quieres hacemos tres tiendas para ti, para Moisés y para Elías, y nosotros os servimos…
Jesús vuelve a mirarlo y sonríe más vivamente. Mira también a Juan y a Santiago: una mirada que los abraza con amor. También Moisés y Elías miran a los tres fijamente.
Sus ojos centellean. Deben de ser como rayos que atraviesan los corazones.
Los apóstoles no se atreven a decir nada más.
Atemorizados, callan. Dan la impresión de personas un poco ebrias, como personas aturdidas. Pero, cuando un velo, que no es niebla, que no es nube, que no es rayo, envuelve y separa a los Tres gloriosos detrás de una pantalla aún más luminosa que la que ya los circundaba, celándolos a la vista de los tres, y una Voz potente y armónica vibra y llena de sí el espacio, los tres caen con el rostro contra la hierba.
-Éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido.
Escuchadlo.
Pedro, al arrojarse rostro en tierra, exclama:
-¡Misericordia de mí, que soy un pecador! ¡La Gloria de Dios está descendiendo!
Santiago no dice nada. Juan susurra, con un suspiro, como si estuviera próximo a desmayarse:
-¡El Señor habla!
Ninguno se atreve a levantar la cabeza, ni siquiera cuando el silencio se hace de nuevo absoluto. No ven, por tanto, siquiera el retorno de la luz a su naturaleza de luz solar, que muestra a Jesús solo, de nuevo el Jesús de siempre, con su túnica roja.
Él anda en dirección a ellos, sonriendo; los mueve y toca y llama por su nombre.
-Alzaos. Soy Yo. No temáis -dice, porque los tres no se atreven a levantar la cara e invocan misericordia para sus pecados, temiendo que sea el Ángel de Dios queriendo mostrarles al Altísimo.
-Alzaos. Os lo ordeno -repite Jesús con tono imperioso.
Alzan el rostro y ven a Jesús sonriente.
-¡Oh, Maestro, Dios mío! -exclama Pedro -¿Cómo vamos a
vivir a tu lado, ahora que hemos visto tu gloria? ¿Cómo vamos a vivir en medio de los hombres, y nosotros, hombres pecadores, ahora que hemos oído la voz de Dios?
-Deberéis vivir conmigo y ver mi gloria hasta el final.
Sed dignos de ello, porque el tiempo está próximo. Obedeced al Padre mío y vuestro. Volvemos ahora con los hombres, porque he venido para estar con ellos y para llevarlos a Dios. Vamos. Sed santos en recuerdo de esta hora, fuertes, fieles. Participaréis en mi más completa gloria. Pero no habléis ahora de esto que habéis visto a nadie, ni siquiera a vuestros compañeros. Cuando el Hijo del hombre resucite de entre los muertos y vuelva a la gloria del Padre, entonces hablaréis. Porque entonces será necesario creer para tener parte en mi Reino.
(Pero no habléis… ni siquiera a vuestros compañeros. La prudencia, perfecta en Cristo, lo impuso así para evitar fanatismos de veneración y de odio, ambos prematuros y nocivos: así lo anota MV en una copia mecanografiada)
-¿Pero no tiene que venir Elías para preparar tu Reino? Los rabíes dicen eso.
-Elías ha venido ya y ha preparado los caminos al Señor.
Todo sucede como ha sido revelado. Pero los que enseñan la Revelación no la conocen ni la comprenden, y no ven ni reconocen los signos de los tiempos ni a los enviados de Dios. Elías ha vuelto una vez. Vendrá la segunda cuando esté cercano el último tiempo, para preparar a los últimos para Dios.
Ahora ha venido para preparar a los primeros para Cristo, y los hombres no lo han querido reconocer, le han hecho sufrir y lo han matado. Lo mismo harán con el Hijo del hombre, porque los hombres no quieren reconocer lo que es su bien.
(Elías ha vuelto una vez. El Elías que "ha vuelto una vez", al que alude Jesús, era Juan el Bautista: así lo anota MV en una copia mecanografiada)
Los tres agachan la cabeza pensativos y tristes, y bajan con Jesús por el mismo camino por el que han subido.
… Y es otra vez Pedro el que, en un alto a mitad de camino, dice:
-¡Ah, Señor! Yo también digo como tu Madre ayer: "¿Por qué nos has hecho esto?", y también digo: "¿Por qué nos has dicho esto?". ¡Tus últimas palabras han borrado de nuestro corazón la alegría de la gloriosa visión! ¡Ha sido un día de grandes miedos! Primero, el miedo de la gran luz que nos ha despertado, más fuerte que si el monte ardiera, o que si la Luna hubiera bajado a resplandecer al rellano ante nuestros ojos; luego tu aspecto, y el hecho de separarte del suelo como si estuvieras para echar a volar y marcharte.
He tenido miedo de que Tú, disgustado por las iniquidades de Israel, volvieras a los Cielos, quizás por orden del Altísimo. Luego he tenido miedo de ver aparecer a Moisés, al que los suyos de su tiempo no podían ver ya sin velo, de tanto como resplandecía en su rostro el reflejo de Dios, y todavía era hombre, mientras que ahora es espíritu bienaventurado y encendido de Dios; y a Elías…
¡Misericordia divina! He pensado que había llegado a mi último momento, y todos los pecados de mi vida, desde cuando robaba de pequeño la fruta de la despensa hasta el último de haberte aconsejado mal hace unos días, me han venido a la mente.
¡Con qué temblor me he arrepentido! Luego me dio la impresión de que me amaban esos dos justos… y he tenido la intrepidez de hablar. Pero incluso su amor me producía miedo, porque no merezco el amor de semejantes espíritus.
¡Y después… después!… ¡El miedo de los miedos! ¡La voz de Dios!… ¡Yeohveh ha hablado! ¡A nosotros! Nos ha dicho: "¡Escuchadle!". Tú. Y te ha proclamado "su Hijo amado en el cual Él se complace". ¡Qué miedo! ¡Yeohveh!…
¡A nosotros!… ¡Verdaderamente sólo tu fuerza nos ha mantenido en vida!… Cuando nos has tocado y tus dedos ardían como puntas de fuego, he sentido el último momento de terror. He creído que era la hora de ser juzgado y que el Ángel me tocaba para tomar mi alma y llevársela al Altísimo…
¡Pero, ¿cómo pudo tu Madre ver… oír… vivir en definitiva, ese momento del que hablaste ayer, sin morir, Ella que estaba sola, siendo jovencita aún, sin Ti?!
-María, la Sin Mancha, no podía tener miedo de Dios. Eva no tuvo miedo de Dios mientras fue inocente. Y Yo estaba en ese lugar. Yo, el Padre y el Espíritu, Nosotros, que estamos en el Cielo y en la tierra y en todas partes, y que teníamos nuestro Tabernáculo en el corazón de María -dice dulcemente Jesús.
-¡Qué cosa! ¡Qué cosa!… Pero después hablaste de muerte… Y toda alegría se borró… Pero, ¿por qué a nosotros tres todo esto?, ¿por qué a nosotros? ¿No convenía dar a todos esta visión de tu gloria?
-Precisamente porque desfallecéis al oír hablar de muerte, y muerte de suplicio, del Hijo del hombre, el Hombre-Dios os ha querido fortalecer para aquella hora y para siempre, con la precognición de lo que seré después de la Muerte: recordad todo esto, para decirlo a su tiempo… ¿Habéis entendido?
-¡Oh, sí, Señor. No es posible olvidar. Y sería inútil decirlo. Dirían que estaríamos ebrios.
Reanudan la marcha hacia el valle. Pero, llegados a un punto, Jesús tuerce por un sendero pino en dirección a Endor, o sea, por el lado opuesto al otro en que dejó a los discípulos.
-No los encontraremos -dice Santiago -El sol empieza a bajar. Se estarán agrupando para esperarte en el lugar donde los dejaste.
-Ven y no te crees pensamientos necios.
En efecto, en cuanto la espesura se abre dando lugar a una pradera que desciende suavemente hasta tocar el camino de primer orden, ven a toda la masa de los discípulos, aumentada por la presencia de viandantes curiosos, de escribas venidos de no sé dónde, moviéndose en la base del monte.
-¡Vaya! ¡Escribas!… ¡Y ya disputan! -dice Pedro señalándolos. Y baja los últimos metros disgustado.
Pero también los que están abajo los han visto y unos a otros se los señalan, y luego se echan a corren hacia Jesús, gritando:
-¿Cómo es que vienes por esta parte, Maestro? Estábamos para encaminarnos al lugar establecido. Pero nos han entretenido en disputas los escribas, y con sus súplicas un padre afligido.
-¿De qué discutíais entre vosotros?
-Por un endemoniado. Los escribas se han burlado de
nosotros porque no hemos podido liberarlo. Lo ha intentado de nuevo, ya por pundonor, Judas de Keriot; pero ha sido inútil. Entonces hemos dicho: "Intentadlo vosotros". Han respondido:
"No somos exorcistas". Ha coincidido que pasaban algunos, que venían de Caslot -Tabor, entre los que había dos exorcistas. Pero ellos tampoco nada. Aquí viene el padre a suplicarte. Escúchalo.
Un hombre, en efecto, se acerca suplicante. Se arrodilla frente a Jesús, que se ha quedado en el prado en pendiente, estando, pues, al menos, tres metros por encima del camino, y, por tanto, bien visible a todos.
-Maestro -le dice el hombre -venía a Cafarnaúm con mi hijo, buscándote. Te traía a mi hijo infeliz para que lo liberaras, Tú que expulsas los demonios y curas toda enfermedad. Frecuentemente se apodera de él un espíritu mudo.
Cuando se apodera de él sólo puede emitir gritos roncos, como un animal que se estuviera ahogando. El espíritu lo tira al suelo, y él, en el suelo, se revuelca, le crujen los dientes, echa espuma como un caballo que muerde el bocado, y se hiere, o puede incluso morir por asfixia, o quemado, o destrozado, porque el espíritu, más de una vez, lo ha arrojado al agua, al fuego, o lo ha tirado por las escaleras. Tus discípulos lo han intentado, pero no han podido. ¡Oh, Señor bueno! ¡Piedad de mí y de mi niño!
Jesús centellea de poder mientras grita:
-¡Oh generación perversa, oh turba satánica, legión rebelde, pueblo del infierno incrédulo y cruel, ¿hasta cuándo tendré que estar contigo?, ¿hasta cuándo tendré que soportarte?
Se muestra majestuoso, tanto, que se hace un silencio absoluto y cesan las risitas maliciosas de los escribas.
Jesús dice al padre:
-Levántate y tráeme a tu hijo.
El hombre se marcha y regresa con otros hombres; en medio de éstos viene un muchacho de unos doce o catorce años. Un muchacho guapo, pero con una mirada un poco cretina, como si estuviera aturdido. En su frente rojea una herida alargada; más abajo se ve una cicatriz vieja, blanquecina.
Nada más ver a Jesús, que lo está mirando fijamente con sus ojos magnéticos, lanza un grito ronco, y se contuerce todo su cuerpo convulsivamente, y cae al suelo echando espuma y girándole los ojos (de forma que se ve solamente el bulbo blanco, mientras se revuelca por el suelo con una típica convulsión epiléptica).
Jesús se acerca unos pasos para llegar a su lado y dice:
-¿Desde cuándo le sucede esto? Habla fuerte, que todos te oigan.
Y el hombre, gritando, mientras se va estrechando el círculo, y los escribas se ponen más arriba de Jesús para dominar la escena, dice:
-Desde niño. Ya te he dicho que a menudo cae en el fuego, en el agua, o desde las escaleras o desde los árboles, porque el espíritu lo asalta desprevenidamente y lo empuja con violencia para acabar con él. Está todo lleno de cicatrices y quemaduras. Ya es mucho que no se haya quedado ciego a causa de las llamas de la lumbre. Ningún médico, ningún exorcista, ni siquiera tus discípulos lo han podido curar. Pero Tú, si, como creo firmemente, puedes algo, ten piedad de nosotros v socórrenos.
-Si puedes creer así, todo me es posible, porque todo se le concede al que cree.
-¡Oh, Señor, claro que creo! Pero, si no creo todavía suficientemente, aumenta mi fe: para que sea completa y obtenga el milagro -dice el hombre llorando de rodillas junto al hijo, que padece más convulsiones que nunca.
Jesús se endereza, retrocede dos pasos, y, mientras la muchedumbre, más que nunca, restringe su círculo, grita fuerte:
-¡Espíritu maldito que haces sordo y mudo al niño y lo atormentas, te ordeno que salgas de él y no vuelvas a entrar nunca!
El niño, a pesar de su postura (está echado en el suelo), da unos botes espantosos, haciendo presión contra el suelo con la cabeza y los pies, en forma de arco, y lanza gritos no humanos. Un último salto, con el que se vuelve boca abajo y golpea la frente y la boca contra una roca que sobresale de la hierba; ésta se pone roja de sangre. Luego se queda inmóvil.
-« ¡Se ha muerto!» gritan muchos. « ¡Pobre niño!», « ¡Pobre padre!» -dicen, compasivos, los mejores.
Y los escribas, riéndose burlonamente, dicen:
-¡Buen servicio te ha hecho el Nazareno! -o: « ¡Maestro ¿cómo es esto?! Esta vez Belcebú te ha hecho quedar mal…» y se echan a reír venenosamente.
Jesús no responde a nadie. Ni siquiera al padre, que ha dado la vuelta a su hijo y ahora le está secando la sangre de la frente herida y de los labios heridos, gimiendo, invocando a Jesús. Pero el Maestro se inclina y toma de la mano al niño. Y éste abre los ojos dando un fuerte suspiro, como si se despertase de un sueño, luego se sienta y sonríe. Jesús lo acerca hacia sí, le hace ponerse de pie y se lo entrega a su padre, mientras los presentes gritan de entusiasmo y los escribas huyen seguidos de las burlas de la gente…
-Y ahora vamos -dice Jesús a sus discípulos.
Despide a la gente, costea el lado del monte y va al camino recorrido por la mañana.
Dice Jesús (a María Valtorta):
-No te elijo sólo para conocer las tristezas de tu Maestro, y sus dolores; quien sabe estar conmigo en el dolor debe tener parte conmigo en la alegría.
Quiero que tengas, delante de tu Jesús, que se te muestra, los mismos sentimientos de humildad y arrepentimiento de mis discípulos. Jamás soberbia. Serías castigada perdiéndome.
Continuo recuerdo de quién soy Yo y de quién eres tú.
Continuo pensamiento de tus faltas y de mi perfección, para tener un corazón lavado por la contrición; pero, al mismo tiempo, también mucha confianza en mí.
He dicho: "No temáis. Alzaos. Vamos. Vamos con los hombres, porque he venido para estar con ellos. Sed santos, fuertes y fieles en recuerdo de esta hora". Te lo digo a ti también, y a todos mis predilectos de entre los hombres, a los que me tienen de forma especial. No tengáis miedo de mí. Me muestro para elevaros, no para reduciros a cenizas.
Alzaos: que la alegría del don os dé vigor y no os embote en el sopor del quietismo, creyéndoos ya salvados porque os haya mostrado el Cielo.
Vamos juntos a los hombres. Os he invitado a obras sobrehumanas con sobrehumanas visiones y lecciones, para que podáis servirme más de ayuda. Os asocio a mi obra. Pero Yo no he conocido, ni conozco, descanso. Porque el Mal no descansa nunca y el Bien debe estar siempre activo para anular lo más que se pueda la obra del Enemigo.
Descansaremos cuando el Tiempo llegue a su cumplimiento. Ahora es necesario caminar incansablemente, obrar continuamente, consumirse infatigablemente por la mies de Dios. Que mi continuo contacto os santifique, mi continua lección os fortalezca, mi amor de predilección os haga fieles contra toda insidia.
No seáis como los antiguos rabíes, que enseñaban la Revelación y luego no le prestaban fe, hasta el punto de que no reconocían los signos de los tiempos ni a los enviados de Dios. Reconoced a los precursores de Cristo en su segunda venida, porque las fuerzas del Anticristo están en marcha, y, haciendo una excepción a la medida que me he impuesto, porque sé que bebéis de ciertas verdades no por espíritu sobrenatural sino por sed de curiosidad humana, os digo en verdad que lo que muchos creerán victoria sobre el Anticristo, paz ya próxima, no será sino un alto para dar tiempo al Enemigo de Cristo de recuperar fuerzas, curarse las heridas, reunir su ejército para una lucha más cruel.
Reconoced, vosotros que sois las "voces" de este vuestro Jesús, del Rey de reyes, del Fiel y Veraz, que juzga y combate con justicia y será el Vencedor de la Bestia y de sus siervos y profetas, reconoced vuestro Bien y seguidle siempre. Que ningún engañoso aspecto os seduzca y ninguna persecución os aterre. Diga vuestra "voz" mis palabras.
Sea vuestra vida para esta obra. Y si tenéis destino, en la tierra, común con Cristo, su Precursor y Elías, destino cruento o atormentado por vejaciones morales, sonreíd a vuestro destino futuro y seguro, el que tendréis en común con Cristo, con su Precursor, con su Profeta. Iguales en el trabajo, en el dolor, en la gloria. Aquí Yo Maestro y Ejemplo; allí Yo Premio y Rey.
Tenerme será vuestra bienaventuranza. Será olvidar el dolor. Será algo que para hacéroslo comprender ninguna revelación es suficiente, porque la alegría de la vida futura es demasiado superior a la posibilidad de imaginar de la criatura que todavía está unida a la carne.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Revelación de las transfiguraciones de la Virgen
Cuando ponen pie en la playita de Cafarnaúm, los recibe el griterío de los niños, que, tanto corren, veloces, chillando con sus vocecitas, desde la playa a las casas, que emulan a las golondrinas afanadas en la construcción de los nuevos nidos; alborozados con esa sencilla alegría de los niños, para los cuales es espectáculo maravilloso un pececito muerto encontrado en la orilla, y mágico objeto una piedrecita pulida por las olas y que por su color asemeja a una piedra preciosa, o la flor descubierta entre dos piedras, o el escarabajo tornasolado capturado en vuelo: prodigios todos dignos de ser mostrados a las mamás, para que participen de la alegría de su hijito.
Mas ahora estas golondrinitas humanas han visto a Jesús, y todos sus vuelos convergen hacia Él, que está para desembarcar en la playita. Entonces se abate sobre Jesús una templada, viva avalancha de carnes niñas, y lo ciñe; una cadena suave de tiernas manitas, que lo ata; un amor de corazones infantiles, que, cual dulce fuego, le da calor.
-¡Yo! ¡Yo!
-¡Un beso!
-¡A mí!
-¡También yo!
-¡Jesús! ¡Te quiero!
-¡No te vuelvas a marchar por tanto tiempo!
-¡Venía todos los días aquí para ver si venías!
-¡Yo iba a tu casa!
-Ten esta flor. Era para mi mamá. Pero te la doy.
-Otro beso más para mí, muy fuerte. El de antes no me ha tocado, porque Yael me ha empujado para atrás…
Y las vocecitas continúan mientras Jesús trata de caminar entre esa red de ternuras.
-¡Pero dejadlo un poco en paz! ¡Fuera! ¡Basta! -gritan discípulos y apóstoles tratando de aflojar el cerco. ¡Ya, ya! ¡Parecen lianas provistas de ventosas! Por esta parte las separan, por allá se pegan.
-¡Dejad! ¡Dejadlos! Con paciencia llegaremos -dice Jesús sonriendo, y da pasos increíblemente pequeños para poder andar sin pisar piececitos descalzos.
Pero lo que le libra del amoroso cerco es la improvisa llegada de Manahén con otros discípulos, entre los cuales los pastores que estaban en Judea.
-¡La paz a ti, Maestro! -dice con voz potente el solemne Manahén, espléndidamente vestido, aunque ya sin objetos de oro en la frente y en los dedos; eso sí, con una magnífica espada a la cintura que suscita la admiración llena de reverencia de los niños, los cuales, ante este magnífico caballero vestido de púrpura y con un arma tan estupenda en su cintura, se apartan atemorizados.
Y así Jesús puede abrazarlo, y abrazar a Elías, a Leví, a Matías; a José, a Juan, a Simeón, y no sé a cuántos otros más.
-¿Cómo es que estás aquí? ¿Y cómo has sabido que había arribado?
-Saberlo, se ha sabido por los gritos de los niños. Han traspasado los muros como flechas de alegría. Pero he venido aquí porque pensaba que está próximo tu viaje a Judea y que ciertamente tomarán parte en él las mujeres… He querido estar también yo… Para protegerte, Señor, si no es demasiada soberbia pensarlo. Hay mucha efervescencia en Israel contra ti. Esto es una cosa dolorosa de decir. Per no la ignoras.
Hablando así, llegan a la casa y entran en ella. Manahén continúa hablando después de que el jefe de casa y su mujer han saludado reverentemente al Maestro.
-Ya en estos momentos la efervescencia y el interés que suscitas ha penetrado por todas partes, agitando y llamando la atención incluso de los más insensibles y distraídos por cosas muy distintas de lo que Tú eres. Las noticias de tus obras han penetrado incluso dentro de las sucias murallas de Maqueronte y en los lujuriosos refugio de Herodes, bien sean éstos el palacio de Tiberíades, o los castillos de Herodías o la espléndida mansión de los Asmoneos cerca del Sixto. Franquean, como oleadas de luz y poder, las barreras de tinieblas y mezquindad. Abaten los cúmulos de pecados dispuestos como trinchera y refugio para los sucios amores de la Corte y los atroces delitos.
Asaetean, como dardos de fuego, escribiendo palabras mucho más graves que las del banquete de Baltasar en las licenciosas paredes de las alcobas y de las salas del trono y de los banquetes. Gritan tu Nombre y tu poder, tu naturaleza y tu misión. Y Herodes tiembla de miedo por ello; y Herodías se contuerce en los lechos, con miedo a que Tú seas el Rey vengador que habrá de arrebatarle riquezas e inmunidades, si no incluso la vida, y arrojarla a merced de las turbas, que vengarían sus muchos delitos.
En la Corte tiemblan. Y es por ti. Tiemblan de miedo humano y sobrehumano. Desde que la cabeza de Juan cayó cortada, un fuego parece devorar las entrañas de quienes lo mataron. Ya no tienen siquiera su mísera paz de antes, paz de puercos hartos de comilonas, que encuentran el silencio a las acusaciones de la conciencia en la ebriedad y en la cópula. Ya no hay nada que les dé paz… Están perseguidos… Y después de cada una de las horas de amor se odian, hartos el uno de la otra, culpándose recíprocamente de haber cometido el delito que turba, que ha sobrepasado la medida; mientras que Salomé, como poseída por un demonio, vive zarandeada por un erotismo que degradaría a una esclava de las moliendas.
El Palacio es más hediondo que un albañal. Herodes me ha preguntado varias veces acerca de ti. Siempre he respondido: "Para mí es el Mesías, el Rey de Israel de la única estirpe real, la de David. Es el Hijo del hombre a que se refieren los Profetas, es el Verbo de Dios, Aquel que, por ser el Cristo, el Ungido de Dios, tiene derecho a reinar sobre todos los vivientes".
Y Herodes palidece de miedo sintiéndote el Vengador. Y rechaza el miedo, el grito de la conciencia desmembrada por el remordimiento, diciendo -porque los de la Corte para confortarlo dicen que Tú eres Juan falsamente considerado muerto, y con ello le hacen deprimirse más que nunca, de horror; o Elías, o algún otro profeta del pasado -, diciendo:
"¡No, no puede ser Juan! Lo decapitaron por orden mía y su cabeza la tiene Herodías en segura custodia. Y no puede ser uno de los profetas. No se vive de nuevo una vez muertos. Pero tampoco puede ser el Cristo. ¿Quién lo dice? ¿Quién dice que lo es? ¿Quién osa decirme que es el Rey de la única estirpe regia? ¡Yo soy el rey! ¡Yo! Y ningún otro.
El Mesías fue matado por Herodes el Grande: fue ahogado, recién nacido, en un mar de sangre. Fue degollado como un corderito… y tenía pocos meses… ¿Oyes cómo llora? Su balido me grita continuamente dentro de la cabeza, junto con el rugido de Juan: No te es lícito'... ¿No me es lícito? Sí. Todo me es lícito, porque yo soyel rey'.
Aquí vino y mujeres, si Herodías rechaza mis abrazos amorosos, y que dance Salomé para despertar mis apetitos aterrorizados por esas cosas pavorosas que dices". Y se emborracha entre las mimas de la Corte, mientras en sus habitaciones grita la desquiciada mujer sus blasfemias contra el Mártir, y sus amenazas contra ti; y, en las suyas, Salomé conoce lo que es el haber nacido del pecado de dos lujuriosos y el haber sido cómplice de un delito conseguido con el abandono del propio cuerpo a los frenesíes lúbricos de un hombre inmundo.
Pero luego Herodes vuelve en sí y quiere saber de ti, y querría verte. Y por este motivo favorece el que yo venga a ti, con la esperanza de que te lleve a su presencia; cosa que no haré nunca, para no llevar tu santidad a un antro de fieras inmundas. Y querría tenerte Herodías para agredirte; y lo grita con su estilete en las manos… Y querría tenerte Salomé, que te vio en Tiberíades sin que Tú lo supieras, el pasado Etanim, en su insania por ti…
¡Éste es el Palacio, Maestro! Pero yo permanezco en él, porque así vigilo las intenciones respecto a ti.
-Yo te lo agradezco y el Altísimo te bendice por ello. También esto es servir al Eterno en sus decretos.
-Lo he pensado. Y por este motivo he venido.
-Manahén, dado que has venido, te ruego una cosa. No bajes a Jerusalén conmigo, sino con las mujeres. Yo voy con éstos por camino ignoto; no podrán hacerme ningún mal. Pero ellas son mujeres indefensas, y el que las acompaña es de corazón manso y está enseñado a ofrecer la mejilla a quien ya lo ha golpeado. Tu presencia será segura protección. Un sacrificio, lo comprendo. Pero estaremos juntos en Judea. No me niegues esto, amigo.
-Señor, todo deseo tuyo es ley para tu siervo. Estoy al servicio de tu Madre y de las condiscípulas, desde este momento hasta cuando quieras.
-Gracias. Esta obediencia tuya también será escrita en el Cielo. Ahora vamos a dedicar la espera de las barcas para todos a curar a los enfermos que me aguardan.
Y Jesús baja al huerto, donde hay camillas o enfermos, y los cura rápidamente, mientras recibe el saludo deferente de Jairo y de los amigos, pocos, de Cafarnaúm.
Las mujeres, entretanto -y son Porfiria y Salomé, más la anciana esposa de Bartolomé y la menos anciana de Felipe con sus hijas jovencitas -se ocupan de la comida para el numeroso grupo de los discípulos, que habrán de saciar el hambre con las nasas de pescado que Betsaida y Cafarnaúm han ofrecido. Y una intensa actividad de abrir vientres argénteos todavía palpitantes, de enjuagar peces en los barreños, y una intensa crepitación de frito sobre las parrillas, se produce en la cocina, mientras Margziam, con otros discípulos, alimenta los fuegos y trae cántaros de agua para ayudar a las mujeres.
La comida pronto está hecha y pronto consumida. Y habiendo sido ya reclutadas las barcas para el transporte de tanta gente, no falta sino embarcarse en dirección a Magdala, por un lago de encanto: tan sereno… tan angélico, engastado en sus orillas esmeraldinas. Los jardines y la casa de María de Magdala se abren hospitalarios en el mediodía solar para recibir al Maestro y a sus discípulos, y toda Magdala se lanza a la calle a saludar al Rabí que va hacia Jerusalén.
Y las frescas laderas de las colinas galileas sienten la marcha diligente y alegre de la turba fiel, seguida de un cómodo carro en que van Juana con Porfiria, Salomé, las mujeres de Bartolomé y Felipe y las dos hijas jovencitas de este último, más los risueños María y Matías, de aspecto irreconocible respecto a lo que eran cinco meses antes. Margziam marcha con bravura con los adultos; es más, por voluntad de Jesús, está incluso en el grupo apostólico, entre Pedro y Juan, y no se pierde ni una palabra de cuanto dice Jesús.
El sol resplandece en un cielo purísimo. Tibias rachas de viento traen olor a bosque, a calamanto, a violeta, y el olor de los primeros muguetes y de los rosales que se van poblando cada vez más de flores; soberano, sobrepujando a todos, ese olor fresco, levemente amargoso, de las flores de los árboles frutales, que, desde todas partes, esparcen nieve de pétalos sobre los prados.
Todos tienen algunos de estos pétalos entre el pelo, mientras caminan en medio de un continuo gorjeo de pájaros, en medio de cantos de seducción y vibrantes reclamos de unas frondas a otras entre los audaces machos y las púdicas hembras; y mientras las ovejas rozan, pingües de maternidad, y los primeros corderitos chocan el morrito rosado contra la torneada ubre para aumentar la secreción de leche, o, como niños felices, corretean haciendo círculos por los prados de hierba reciente.
¡Qué pronto llega Nazaret después de Caná!, donde Susana se une a las otras mujeres llevando consigo los productos de su tierra en cestas y frascos, y una rama entera de rosas rojas, todas en capullo todavía, próximos a abrirse, que -dice -«son ofrenda para María».
-Yo también, ¿ves? -dice Juana, y destapa una especie de caja donde están cuidadosamente colocadas bastantes rosas entre musgo húmedo: «Las primeras y las más bonitas. ¡Siempre será nada para Ella, que es tan encantadora!
Veo que todas las mujeres han traído consigo provisiones para el viaje pascual; y, con las provisiones, quién esta flor, quién esa otra planta, para el huerto de María…
Porfiria se disculpa porque no ha traído más que una maceta de alcanfor, espléndido con esas diminutas hojitas glaucas que emanan su aroma con sólo rozarlas.
-María deseaba esta planta balsámica… -dice.
Y todas la elogian por la belleza exuberante del arbolito.
-¡Oh! Lo he vigilado todo el invierno, resguardándolo del hielo y del granizo en mi habitación. Margziam me ayudaba a llevarla al sol todas las mañanas y a retirarla cuando caía la tarde… Este niño encantador, si no hubiera estado la barca y ahora el carro, se lo habría cargado a las espaldas para llevárselo a María, por cortesía con Ella y conmigo -dice la humilde mujer, que cada vez se siente más segura por la bondad de Juana, y que no cabe en sí de la alegría de estar en viaje hacia Jerusalén, y además con el Maestro, con su marido y con su Margziam.
-¿No has estado nunca en Jerusalén?
-Mientras vivía mi padre, todos los años. Pero luego… Mi madre no volvió a ir… Mis hermanos me habrían llevado, pero yo servía de ayuda a mi madre y ella no me dejaba partir. Después me casé con Simón… y no he vuelto a estar muy bien de salud. Simón habría debido estar mucho de viaje, y se aburría… Así que me quedaba en casa esperándolo… El Señor veía mi deseo… y era como si hiciera el sacrificio en el Templo… -dice la mansa mujer.
Y Juana, que la tiene cerca, le pone una mano en sus espléndidas trenzas y le dice: -¡Querida mía!
Y en esa expresión hay mucho amor, mucha comprensión, mucho significado.
Llegan a Nazaret… Llegan a la casa de María de Alfeo, que ya está entre los brazos de sus hijos, y ella, con las manos goteando y rojas por la colada que está haciendo, los acaricia, para correr luego, secándoselas en el tosco mandil, a abrazar a Jesús… Llegan a la casa de Alfeo de Sara, que precede inmediatamente a la de María. Alfeo ordena al nietecito más grande que corra a avisar a María, mientras se dirige a pasos de gigante hacia Jesús, con una brazada de nietecitos encima; y lo saluda junto con esa nidada estrechada entre sus brazos como un ramo de flores ofrecido a Jesús.
He ahí a María, asomándose a la puerta, bajo el sol, con su vestido de casa de un azul claro un poco descolorido, y con el oro -brillante, vaporoso sobre la frente virginal, macizo en el tupido nudo de las trenzas sobre la nuca -el oro de sus cabellos; hela cayendo sobre el pecho de su Hijo, que la besa con todo su amor. Los demás se detienen, prudentes, para dejarlos libres en los primeros momentos.
Pero Ella se separa enseguida y vuelve el rostro, inexpugnable a la edad, ahora todo rosado por la sorpresa y luminoso por la sonrisa, y saluda con su voz de ángel:
-La paz a vosotros, siervos del Señor y discípulos de mi Hijo. La paz a vosotras, hermanas en el Señor y, con las discípulas, que han bajado del carro, intercambia un beso fraterno.
-¡Oh, Margziam, ya no voy a poder tenerte entre mis brazos! Ya eres un hombre. Pero ven con la Mamá de todos los buenos, que sí te daré un beso todavía. ¡Tesoro mío! Que Dios te bendiga y te haga crecer en sus caminos, robusto como crece tu joven cuerpo, y más aún. Hijo mío, habrá que llevarlo a que lo vea su abuelo. Se pondrá muy contento de verlo así -dice luego volviéndose hacia Jesús.
Y luego abraza a Santiago y a Judas de Alfeo. Y les da la noticia que ciertamente desean oír:
-Este año Simón viene conmigo, como discípulo del Maestro. Me lo ha dicho.
Luego saluda, uno por uno, a los más conocidos, a los más influyentes, y tiene para cada uno de ellos una palabra de gracia. Jesús acerca a Manahén a Ella y se lo presenta como escolta suya en el viaje hacia Jerusalén.
-¿No vienes con nosotros, Hijo?
-Madre, tengo más lugares que evangelizar. Nos veremos en Betania.
-Hágase tu voluntad ahora y siempre. Gracias, Manahén. Tú: ángel humano; nuestros custodios: ángeles del Cielo; estaremos tan seguras como estando en el Santo de los Santos. Y ofrece su mano menuda a Manahén en señal de amistad. El caballero, crecido en el fasto, se arrodilla para besar la gentil mano que se le ofrece.
Entretanto, han descargado las flores y todas las otras cosas que deben quedarse en Nazaret. Luego el carro va a su lugar: alguna de las caballerizas de la ciudad.
La pequeña casa parece una rosalera por las rosas que las discípulas han distribuido por todas partes. Pero la planta de Porfiria, que ha sido puesta encima de la mesa, recoge la más viva admiración de María; y dice que la lleven a un lugar apropiado según las indicaciones de la mujer de Pedro.
Ciertamente no pueden entrar todos en la minúscula casa, ni en el huerto, que no es ni un latifundio ni una hacienda, pero que, eso sí, parece ascender hacia el cielo sereno, hacerse etéreo (por la gran cantidad de nubes de flores de los árboles de este hortezuelo).
Y Judas de Alfeo, sonriendo, pregunta a María:
-¿Has cortado hoy también la rama para tu ánfora?
-Claro, Judas. La estaba contemplando cuando habéis llegado…
-Y soñando de nuevo, Mamá, tu vasto misterio -dice Jesús, ciñéndola con su brazo izquierdo y arrimándola contra su pecho.
María alza su rostro enrojecido, y suspira:
-Sí, Hijo mío… y también el primer latido de tu corazón en mí…
Jesús dice:
-Que se queden las discípulas, los apóstoles, Margziam, los discípulos pastores, el sacerdote Juan, Esteban, Hermas y Manahén. Los demás que se dispersen en busca de alojamiento…
-Muchos pueden alojarse en mi casa… -grita desde la puerta, donde está retenido, Simón de Alfeo.
-Soy condiscípulo de ellos y los reclamo.
-¡Hermano, acércate para que te pueda besar -dice, efusivo, Jesús, mientras Alfeo de Sara e Ismael y Aser, los dos discípulos ex arrieros de asnos, de Nazaret, dicen, a su vez:
-¡A nuestra casa. ¡Venid, venid!
Los discípulos que no habían sido nombrados se marchan. Se puede entonces cerrar la puerta… para ser abierta de nuevo inmediatamente, por la llegada de María de Alfeo, que no puede estar lejos aunque se estropee su colada. Son casi cuarenta personas, así que se esparcen por el huerto tibio y calmo. Se distribuyen los alimentos. Todos, tan contentos como están de consumirlos en la casa del Señor y además distribuidos por María, los encuentran de un sabor celestial.
Regresa Simón, después de acomodar convenientemente a los discípulos, y dice:
-No me has llamado como a los demás, pero soy hermano tuyo y vengo de todas formas.
-Bien. Ven, Simón. He querido que estuvierais aquí para daros a conocer a María. Muchos de vosotros conocéis a la "madre" María algunos a la "esposa" María. Pero ninguno conoce a la "virgen" María. Os la quiero dar a conocer en este jardín en flor, al cual vuestro corazón viene, con el deseo, en los momentos de lejanía forzada, como a un lugar de reposo, durante las fatigas del apostolado.
He oído lo que decíais, apóstoles, discípulos y parientes; he oído vuestras impresiones, vuestros recuerdos, vuestras afirmaciones acerca de mi Madre. Quiero transfiguraros todo esto -cargado de admiración pero todavía muy humano -en conocimiento sobrenatural. Porque mi Madre, antes de mí, debe ser transfigurada ante los ojos de los más merecedores, para ser mostrada cual Ella es. Veis a una mujer. Una mujer que por su santidad os parece distinta de las demás, y que veis en realidad como un alma envuelta en la carne, como la de todas sus hermanas de sexo. Pero ahora quiero descubriros el alma de mi Madre, su verdadera y eterna belleza.
Ven aquí, Madre mía. No te ruborices. No te eches hacia atrás atemorizada, paloma suave de Dios. Tu Hijo es la Palabra de Dios, No puede hablar de ti y de tu misterio, de tus misterios, ¡oh sublime Misterio de Dios! Vamos a sentarnos aquí, bajo esta sombra ligera de árboles en flor, junto a la casa, junto a tu habitación santa. ¡Así! Vamos a descorrer esta cortina ondeante.
Que salgan olas de santidad y de Paraíso de esta habitación virginal para saturarnos de ti a todos… Sí. A mí también, y quede perfumado de ti, Virgen perfecta, para poder soportar los hedores del mundo, para, teniendo saturada la pupila de tu Candor, poder ver candor… Venid aquí, Margziam, Juan, Esteban, y vosotras, discípulas, poneos bien de frente a la puerta abierta de la morada casta de la que es Casta entre todas las mujeres. Y detrás vosotros, amigos míos. Y aquí, a mi lado, tú, amada Madre mía.
Poco antes os he dicho: "la eterna belleza del alma de mi Madre". Soy la Palabra y por ello sé hacer uso de la palabra sin error. He dicho: eterna, no inmortal. Y no lo he dicho sin una finalidad. Inmortal es quien, habiendo nacido, ya no muere. Así, el alma de los justos es inmortal en el Cielo, el alma de los pecadores es inmortal en el Infierno; porque el alma, una vez creada, ya no muere sino a la gracia. Pero el alma tiene vida, existe desde el momento en que Dios la piensa. La crea el Pensamiento de Dios. El alma de mi Madre desde siempre es pensada por Dios. Por tanto es eterna en su belleza, en la cual Dios ha vertido todas las perfecciones para recibir de ella delicia y confortación.
Está escrito en el Libro de nuestro antepasado Salomón, que te antevió, y, por tanto, puede ser llamado profeta tuyo: "Dios me poseyó al principio de sus obras, desde el mismo principio, antes de la Creación. Ab aeterno fui establecida, al principio, antes de que fuera hecha la Tierra. No existían todavía los abismos y yo había sido ya concebida. No manaban aún las fuentes de las aguas, no habían sido asentadas aún las montañas sobre su pesada mole y yo ya existía. Antes de las colinas había sido dada a luz.
Él no había hecho todavía la Tierra, ni los ríos, ni los fundamentos del mundo, y yo ya existía Cuando preparaba los cielos y el Cielo, estaba presente. Cuando con ley inviolable cerró debajo de la bóveda el abismo, cuando afianzó en lo alto la bóveda celeste y colgó de ella las fuentes de las aguas, cuando fijó al mar sus confines y dictó a las aguas la ley de no superarlos, mientras echaba los cimientos de la Tierra, yo estaba con Él dando orden a todas las cosas. En medio de una constante alegría, jugaba en su presencia continuamente. Jugaba en el orbe".
¡Sí, oh Madre de la que Dios, el Inmenso, el Sublime, el Virgen, el Increado, estaba grávido, y te llevaba como al dulcísimo fruto de su seno, exultando al sentirte agitarte dentro de Él, dándole las sonrisas con las que hizo la Creación! Tú, a la que dio a luz al dolor para darte al Mundo, alma suavísima, nacida del Virgen para ser la "Virgen", Perfección de la Creación, Luz del Paraíso, Consejo de Dios, el cual, mirándote, pudo perdonar la Culpa, porque sólo tú, tú sola, sabes amar como no sabe hacerlo toda la Humanidad junta. ¡En ti e1 Perdón de Dios!
¡En ti la Medicina de Dios, tú, caricia del Eterno en la herida infligida por el hombre a Dios! ¡En ti la Salud del mundo, Madre del Amor encarnado y del Redentor concedido!
¡Oh, el alma de mi Madre! ¡Fundido en el Amor con el Padre, te miraba dentro de mí, oh alma de mi Madre!… Tu esplendor, tu oración, la idea de que tú me llevaras, eran eterno consuelo de mi destino de dolor y de experiencias inhumanas, de lo que significa para el Dios perfectísimo el mundo corrompido. ¡Gracias, Madre! He venido ya saturado de tus consuelos, he descendido sintiéndote sólo a ti, tu perfume, tu canto, tu amor… ¡Alegría, alegría mía!
Pero, oíd, vosotros que ahora sabéis que una sola es la mujer en la que no hay mancha, una sola la Criatura que no cuesta heridas al Redentor, oíd la segunda transfiguración de María, la Elegida de Dios.
Era una tarde serena de Adar. Estaban en flor los árboles en el huerto silencioso. María, desposada con José, había cogido una rama de árbol florecido para sustituir a la otra que había en su habitación. Hacía poco que María había venido a Nazaret, tomada del Templo para adornar una casa de santos.
Y, con el alma tripartita (entre el Templo, la casa y el Cielo), miraba la rama florecida, pensando que con una parecida a ésa, florecida en modo insólito, una rama cortada en este hortezuelo en pleno invierno y que había echado flores como en primavera delante del Arca del Señor -quizás le había dado calor el Sol-Dios radiante en el lugar de su Gloria -Dios le había expresado su voluntad…
Y pensaba también que el día de la boda José le había llevado otras flores, aunque no como esa primera, que tenía escrito en sus pétalos ligeros: "Te quiero unida a José"… Muchas cosas pensaba… Y pensando subió a Dios. Las manos se movían diligentes entre la rueca y el huso, e hilaban un hilo más delgado que un cabello de su joven cabeza…
El alma tejía un tapiz de amor, yendo diligente, como la lanzadera del telar, de la tierra al Cielo; de las necesidades de la casa, de su esposo, a las del alma, de Dios. Y cantaba y oraba. El tapiz se formaba en el místico telar, se desenrollaba desde la tierra al Cielo, subía para perderse arriba… ¿Formado con qué? Con los hilos finos, perfectos, fuertes, de sus virtudes; con el veloz hilo de la lanzadera que Ella creía "suya", y, sin embargo, era de Dios: la lanzadera de la Voluntad de Dios en la cual estaba arrollada la voluntad de la pequeña, grande Virgen de Israel, la Desconocida para el Mundo, la Conocida para Dios; su voluntad arrollada, hecha una con la Voluntad del Señor.
Y el tapiz se adornaba con flores de amor, de pureza, con palmas de paz, de gloria, con violetas, jazmines… Todas las virtudes florecían en el tapiz del amor que la Virgen de Dios extendía, invitante, desde la tierra hasta el Cielo. Y, no bastando el tapiz, lanzaba su corazón cantando: "Venga mi Amado a su jardín y coma el fruto de sus árboles frutales… Baje mi Amado a su jardín, a la era de los aromas, a halagarse en los jardines, a recoger lirios. ¡Yo soy de mi Amado, y mi Amado es mío; Él, que se halaga entre los lirios!".
Y, desde lejanías infinitas, entre torrentes de Luz, venía una Voz cual oído humano no puede oír, ni garganta humana formar. Decía: "¡Cuán hermosa eres, amiga mía! ¡Qué hermosa!… Miel gotean tus labios… ¡Un jardín cerrado eres tú, una fuente sellada, oh hermana, esposa mía!…", y las dos voces se unían para cantar la eterna verdad: "El amor es más fuerte que la muerte. Nada puede extinguir o ahogar `nuestro' amor". La Virgen se transfiguraba así…, así… así… mientras descendía Gabriel y la reclamaba, con su llamear, a la Tierra; uníale de nuevo el espíritu al cuerpo, para que Ella pudiera oír y comprender la demanda de Aquel que la había llamado "Hermana" pero que la quería "Esposa".
Pues bien, allí tuvo lugar el Misterio… Y una púdica, la más púdica entre todas las mujeres, Aquella que ni siquiera conocía el estímulo instintivo de la carne, se turbó ante el ángel de Dios, porque hasta un ángel turba la humildad y la verecundia de la Virgen; y sólo se calmó oyéndolo hablar; y creyó; y dijo la palabra por la que el amor "de Ella y Él " se hizo Carne y vencerá a la Muerte, y no habrá agua que pueda apagarlo ni maldad que pueda sumergirlo…
Jesús se inclina dulcemente hacia María, que ha caído a sus pies, casi extática, al rememorar la lejana hora, iluminada con una luz especial que parece exhalar del alma; y le pregunta quedo:
-¡Cuál fue, ¡Purísima!, tu respuesta a aquel que te aseguraba que viniendo a ser Madre de Dios no perderías tu perfecta Virginidad?
Y María, casi en sueño, lentamente, sonriendo, con los ojos dilatados por un feliz llanto:
-¡He aquí a la Sierva del Señor! Hágase en mí según su Palabra -y reclina, adorando, la cabeza en las rodillas de su Hijo.
Jesús la cubre con su manto, celándola así a los ojos de todos, y dice:
-Y se cumplió. Y se cumplirá hasta el final. Hasta sus otras transfiguraciones. Ella será siempre "la Sierva de Dios". Hará siempre lo que diga "la Palabra". ¡Ésta es mi Madre! Bueno es que empecéis a conocerla en toda su santa Figura… ¡Madre! ¡Madre! Alza tu cara, Amada… Llama a tus devotos a esta Tierra en que por ahora estamos… -dice mientras destapa a María, después de un rato en que no se ha oído ningún sonido aparte del zumbido de las abejas Y el gorgoteo de la fuentecita.
María levanta la cara, cubierta de llanto, y susurra:
-¿Por que me has hecho esto Hijo? Los secretos del Rey son sagrados…
-Pero el Rey los puede revelar cuando quiere. Madre, lo he hecho para que se comprenda lo que dijo un Profeta: "Una Mujer abarcará al Hombre", y lo otro del otro Profeta: "La Virgen concebirá y dará a luz a un Hijo". Y también para que ellos, que se horrorizan por demasiadas cosas del Verbo de Dios que consideran humillantes, tengan como contrapeso otras muchas cosas que los confirmen en el gozo de ser "míos". Así no se volverán a escandalizar, y conquistarán así también el Cielo… Ahora los que tengan que ir a las casas hospitalarias que vayan. Yo me quedo aquí con las mujeres y Margziam. Que mañana, al alba, estén aquí todos los hombres; quiero llevaros a un lugar cercano. Luego regresaremos para saludar a las discípulas.
Después volveremos a Cafarnaúm y reuniremos a los otros discípulos para enviarlos detrás de ellas…
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Ya no andan. Corren. Corren con la nueva aurora, aún más riente y genuina que las anteriores; todo un destellar de gotas de rocío que llueven, junto con pétalos multicolores, sobre cabezas y prados, para poner tonalidades de flores deshojadas junto a las ya innumerables de las florecillas de las márgenes y del interior que se yerguen sobre sus tallos, y para encender nuevos diamantes en los hilos de hierba reciente.
Corren entre cantos de aves en celo y de brisa ligera, de risueñas aguas, que suspiran o arpegian: pasando entre las ramas, acariciando el heno y los cereales que crecen día tras día, o fluyendo entre las márgenes, y alejándose, plegando delicadamente los tallos que tocan las límpidas aguas. Corren como si fueran a un banquete de amor.
Incluso los ancianos, como Felipe, Bartolomé, Mateo, el Zelote, comparten la alegre prisa de los jóvenes. Y lo mismo sucede entre los discípulos: los más viejos emulan a los más jóvenes en andar deprisa. No se ha secado todavía el rocío en los prados cuando llegan a la zona de Betsaida comprendida en el poco espacio que hay entre el lago, el río y el monte.
Y, del bosque del monte, desciende por un sendero un jovencito corvo bajo el peso de un haz de ramas. Baja raudo, casi corriendo. Por la postura no ve a los apóstoles… Canta contento, corriendo así, bajo su haz de leña. Cuando llega al camino principal, a la altura de las primeras casas de Betsaida, deja caer al suelo su carga y se endereza para descansar, y echa hacia atrás sus cabellos oscuros. Alto y fino, derecho, de cuerpo fuerte y extremidades ágiles y delgadas, también fuertes: una bonita figura juvenil.
-Es Margziam -dice Andrés.
-¿Estás mal de la cabeza? Ése es un hombre ya -le responde Pedro.
Andrés pone abocinadas las manos en la boca y lo llama con fuerza.
El jovencito, que estaba agachándose para coger de nuevo la carga, tras haberse ceñido bien con el cinturón la corta túnica que apenas si le llega a las rodillas, y que está abierta en el pecho, porque probablemente ya no cabe en ella -, se vuelve en la dirección del reclamo y ve a Jesús, a Pedro y a los demás, que lo están mirando, parados junto a un grupo de sauces llorones que sueltan sus frondas en las aguas de un ancho arroyo, el último afluente del Jordán por la izquierda antes del lago de Galilea y situado justamente en donde empieza el pueblo.
Deja caer el haz, alza los brazos y grita:
-¡Mi Señor! ¡Mi padre! -y se lanza de carrera.
Pero también Pedro se echa a correr, vadea el arroyo sin quitarse siquiera las sandalias, limitándose a remangarse las vestiduras, para correr luego por el camino polvoriento, dejando las grandes señales húmedas de sus sandalias marcadas en el terreno seco.
-¡Padre mío!
-¡Hijo mío querido!
Están, recíprocamente, el uno entre los brazos del otro.
Y, verdaderamente, Margziam es tan alto como Pedro, de forma que sus cabellos oscuros, durante el beso de amor, caen sobre el rostro de Pedro; de todas formas, siendo esbelto, parece más alto que Pedro.
Pero Margziam se separa del dulce abrazo y prosigue su carrera hacia Jesús, que ya está en esta parte del arroyo y viene caminando lentamente en medio de la corona de los apóstoles. Margziam cae a sus pies, con los brazos alzados, y dice:
-¡Oh, mi Señor, bendice a tu siervo!
Mas Jesús se inclina, lo pone de pie, lo acerca a su corazón, lo besa en las dos mejillas y le desea «continua paz y crecimiento en sabiduría y en gracia en los caminos del Señor.
También los demás apóstoles saludan jovialmente al jovencito: especialmente los que no lo veían desde hacía meses le manifiestan su contento por su desarrollo.
¡Pero Pedro! ¡Ah, Pedro!… ¡Si lo hubiera procreado él, no se sentiría tan contento! Da una vuelta alrededor de Margziam, lo mira, lo toca y pregunta a éste o a este
otro:
-¿No es acaso guapo? ¿No está bien modelado? ¡Fijaos que derecho! ¡Qué pecho tan alto! ¡Qué piernas más derechas!… Un poco delgado, con poco músculo todavía.
¡Pero promete! ¡Verdaderamente promete mucho! ¡Y la cara? Observad y decidme si parece ahora esa criaturita que llevaba en brazos el año pasado y me parecía como llevar a un pajarillo: desnutrido, apagado, triste, asustadizo… ¡Hay que ver Porfiria! ¡Verdaderamente lo ha hecho muy bien, con toda su miel, mantequilla, aceite, huevos, hígado de pescado. Merece que se lo diga inmediatamente.
¿Me dejas, no, Maestro, ir donde mi esposa?
-Ve, ve, Simón. Yo iré pronto.
Margziam, todavía de la mano de Jesús, dice: -Maestro, estoy seguro de que mi padre encarga a mi madre que haga de comer. Déjame dejarte para ayudarla…
-Ve. Y que Dios te bendiga por honrar a quienes son para ti padre y madre.
Margziam se marcha corriendo, toma de nuevo su haz de leña, se lo carga, da alcance a Pedro y camina al lado de él.
-Parecen Abraham e Isaac subiendo el monte -observa Bartolomé.
-¡Pobre Margziam! ¡Sólo faltaría eso! -dice Simón Zelote.
-¡Y pobre hermano mío! No sé si sería capaz de hacer de Abraham… -dice Andrés.
Jesús lo mira, luego mira la cabeza entrecana de Pedro, que se va distanciando al lado de su Margziam, y dice:
-En verdad os digo que llegará un día en que Simón Pedro sentirá alegría al saber que su Margziam ha sido encarcelado, herido, flagelado, colocado ante el umbral de la muerte; y que se sentiría con fuerzas incluso de extenderlo con su propias manos sobre el patíbulo para revestirlo de la púrpura de los Cielos y para fecundar con la sangre del mártir la tierra; envidioso y afligido sólo por un motivo: por no estar él en el lugar de su hijo y subalterno, porque su elección como Jefe supremo de mi Iglesia le obligará a reservarse para ella hasta que Yo le diga: "Ve a morir por ella". Vosotros no conocéis todavía a Pedro. Yo lo conozco. -¿Prevés el martirio para Margziam y mi hermano?
-¿Te duele, Andrés?
-No. Lo que me duele es que no lo preveas también para mí.
-En verdad, en verdad os digo que seréis revestidos todos de púrpura, menos uno.
-¿Quién? ¿Quién?
-Dejemos el silencio sobre el dolor de Dios -dice triste y solemne Jesús. Y todos callan atemorizados y pensativos.
Entran en la primera calle de Betsaida, entre huertas llenas de plantas tiernas. Pedro, con otros de Betsaida, está llevando a un ciego a la presencia de Jesús. Margziam no está. Sin duda se ha quedado a ayudar a Porfiria. Con los de Betsaida y los padres del ciego hay muchos discípulos venidos a Betsaida de Sicaminón y otras ciudades; entre éstos, Esteban, Hermas, el sacerdote Juan y Juan el escriba y muchos otros. (Recordarse de todos ya es un buen jaleo. Son muchos).
-Te lo he traído, Señor. Estaba aquí esperando desde hace varios días -explica Pedro mientras el ciego y sus padres entonan una nenia de «¡Jesús, Hijo de David, piedad de nosotros!», «Pon tu mano en los ojos de mi hijo y verá», «¡Ten piedad de mí, Señor! ¡Yo creo ti!».
Jesús toma de la mano al ciego y retrocede con él unos metros para resguardarlo del sol, que ya inunda la calle.
Lo arrima a la pared cubierta de follaje de una casa, la primera del pueblo, y Él se pone de frente. Se moja de saliva los dos índices y le restriega los párpados con los dedos húmedos; luego le aprieta los ojos con las manos (la base de la mano en la concavidad de las órbitas y los dedos abiertos y metidos entre los cabellos del desdichado). Así ora. Luego le quita las manos.
-¿Qué ves? -pregunta al ciego.
-Veo hombres. Son sin duda hombres. Pero así me imaginaba los árboles vestidos de flores; pero son hombres, porque andan y gesticulan en dirección a mí.
Jesús impone otra vez las manos y las vuelve a quitar y dice:
-¿Y ahora?
-¡Ahora veo bien la diferencia entre los árboles plantados en la tierra y estos hombres que me están mirando!… ¡Y te veo a ti! ¡Que hermosura la tuya! Tus ojos son iguales que el cielo y tus cabello parecen rayos de sol… y tu mirada y tu sonrisa son propios de Dios ¡Señor, te adoro! -y se arrodilla para besarle la orla de su túnica.
-Levántate y ven adonde tu madre, que durante tantos años ha sido para ti luz y consolación y de la cual no conoces otra cosa sino el amor.
Lo toma de la mano y lo lleva a su madre, que está arrodillada a algunos pasos de distancia, en actitud de adoración, de la misma forma que antes estaba en actitud de súplica.
-Levántate, mujer. Aquí tienes a tu hijo, que ve la luz del día Quiera su corazón seguir la Luz eterna. Ve a casa.
Sed felices. Y sed santos por agradecimiento a Dios. Pero, al pasar por los pueblos, no digáis a ninguno que te he curado, para que la muchedumbre no se desplace aquí enseguida para impedirme ir a donde es justo que vaya a llevar confirmación en la fe y luz y alegría a otros hijos de mi Padre.
Y, rápido, por un senderillo que discurre entre huertos, se escabulle en dirección hacia la casa de Pedro, donde entra saludando a Porfiria con su dulce saludo.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús debe haber dejado la ciudad de Cesárea de Filipo con las primeras luces de la mañana, porque ya queda lejos con sus montes y la llanura lo rodea de nuevo. Se dirige hacia el lago de Merón para ir después hacia el de Genesaret.
Van con Él los apóstoles y todos los discípulos que estaban en Cesárea. Pero una expedición tan numerosa por el camino no causa estupor a nadie, porque ya se ven otras, dirigidas a Jerusalén, de israelitas o prosélitos, procedentes de todos los lugares de la Diáspora, que desean pasar un tiempo en la Ciudad Santa para escuchar a los rabíes y respirar largamente el aire del Templo.
Caminan a buena marcha, bajo un sol ya alto pero que todavía no molesta, porque es un sol de primavera que juega con el follaje nuevo y las frondas florecidas, y suscita flores, flores, flores por todas partes. La llanura que precede al lago, toda ella, es una alfombra florecida. La mirada, volviéndose hacia los montes que la circundan, ve a éstos remendados con las matas cándidas, tenuemente róseas, o de color rosa intenso, o rosa casi rojo, de los diversos tipos de árboles frutales; y, al pasar cerca de las raras casas de campesinos o de los talleres de herrador esparcidos por el camino, la vista se alegra ante los primeros rosales florecidos en los huertos o a lo largo de los setos o contra las tapias de las casas.
-Los jardines de Juana deben estar todos en flor -observa Simón Zelote.
-También el huerto de Nazaret debe parecer un cesto lleno de flores. María es la dulce abeja que va de rosal en rosal; de los rosales a los jazmines, que pronto florecerán; a las azucenas, que ya tienen los capullos en el tallo; y tomará la rama del almendro, como hace siempre, es más, ahora tomará la del peral o del granado, para ponerla en el ánfora de su habitación. Cuando éramos niños le preguntábamos todos los años:
"¿Por qué tienes siempre ahí una rama de árbol en flor y no metes en su lugar las primeras rosas?". Y Ella respondía: "Porque en esos pétalos veo escrita una orden que me vino de Dios y siento el aroma puro del aura celeste". ¿Te acuerdas, Judas? -pregunta Santiago de Alfeo a su hermano.
-Sí. Me acuerdo. Y recuerdo que, ya hombre, esperaba con ansia la primavera, para ver a María caminar por su huerto bajo las nubes de sus árboles en flor y entre los setos de las primeras rosas; nunca vi espectáculo más hermoso que esa eterna niña moviéndose evanescente entre las flores y entre vuelos de palomas…
-¡Oh, vamos pronto a verla, Señor! ¡Yo también quiero ver todo eso! -suplica Tomás.
-Basta con que aceleremos el paso y hagamos paradas breves, por las noches, para llegar a Nazaret a tiempo -responde Jesús.
-¿Me das esta satisfacción verdaderamente, Señor?
-Sí, Tomás. Iremos a Betsaida todos, y luego a Cafarnaúm. Allí nos separaremos: nosotros vamos en la barca a Tiberíades, y luego a Nazaret. Así cada uno, salvo vosotros judíos, vamos a tomar los indumentos más ligeros. El invierno ha concluido.
-Sí. Y nosotros vamos a decir a la Paloma: "Álzate, apresúrate, amada mía; ven, porque el invierno ha pasado, la lluvia ha terminado, las flores pueblan el suelo… Álzate, amiga mía; ven, paloma escondida, muéstrame tu faz y deja que oiga tu voz".
-¡Sí señor, Juan! ¡Pareces un enamorado cantando su canción a su amada! -dice Pedro.
-Lo estoy. De María lo estoy. No veré a otras mujeres que despierten mi amor. Sólo María, la amada de todo mi ser.
-También lo decía yo hace un mes. ¿Verdad, Señor? -dice Tomás.
-Yo creo que estamos todos enamorados de Ella. ¡Un amor tan alto, tan celestial!… Como sólo esa Mujer puede inspirar. Y el alma ama completamente su alma, la mente ama y admira su intelecto, la vista mira y se complace en su gracia pura, que embelesa sin producir agitación, como cuando se mira una flor… María, la Belleza de la tierra y creo, la Belleza del Cielo… -dice Mateo.
-¡Es verdad! ¡Es verdad! Todos vemos en María cuanto de más dulce hay en la mujer: la niña pura y la madre dulcísima; y no se sabe por cuál de estas dos gracias se la ama… -dice Felipe.
-Se la ama porque es "María". ¡Eso es! -sentencia Pedro.
Jesús los ha estado oyendo hablar y dice:
-Todos habéis hablado bien, y Pedro muy bien. María se ama porque es "María". Os dije, mientras íbamos a Cesárea, que solamente aquéllos que unan una fe perfecta a un amor perfecto llegarán a conocer el verdadero significado de las palabras: “Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo Dios y el Hijo del hombre". Pero ahora os digo que hay otro nombre denso en significados. Y es el de mi Madre.
Sólo aquellos que unan una perfecta fe a un perfecto amor llegarán a conocer el verdadero significada del nombre "María", de la Madre del Hijo de Dios. Y el verdadero significado empezará a aparecer claro para los verdaderos creyentes y para los verdaderos amantes en una hora tremenda de tormento, cuando la Madre sea sometida a suplicio con su Hijo, cuando la Redentora redima con el Redentor, a los ojos de todo el mundo y por todos los siglos de los siglos.
-¿Cuándo? -pregunta Bartolomé mientras se detienen a orillas de un caudaloso arroyo, en el que están bebiendo muchos discípulos.
-Detengámonos aquí a compartir el pan. El sol marca mediodía. A1 caer de la tarde, estaremos en el lago Merón, y podremos acortar el camino con unas barcas -responde Jesús evasivamente.
Se sientan todos sobre la tierna hierbecita, tibia de sol, de las orillas del arroyo. Juan dice:
-Es una pena echar a perder estas flores tan delicadas. Parecen pedacitos de cielo caídos aquí en los prados. Son cientos y cientos de miosotis.
-Renacerán más bonitas mañana. Han florecido para hacer del suelo una sala de banquetes para su Señor -lo consuela Santiago, su hermano.
Jesús ofrece y bendice los alimentos y todos se ponen a comer alegremente. Los discípulos, todos, como si fueran girasoles, miran en dirección a Jesús, que está sentado en el centro de la fila de sus apóstoles.
La comida pronto termina, condimentada con serenidad y agua pura. Pero, dado que Jesús permanece sentado, ninguno se mueve. Es más, los discípulos se cambian de sitio para acercarse, para oír lo que dice Jesús como respuesta a los apóstoles, que siguen preguntando sobre lo que había dicho antes, de su Madre.
-Sí. Porque ser madre de mi carne ya sería una gran cosa. Fijaos que se recuerda a Ana de Elcana como madre de Samuel, y él era sólo un profeta; pues bien, la madre es recordada por haberlo engendrado. Por tanto ya María sería recordada, y con altísimas alabanzas, por haber dado al mundo a Jesús el Salvador. Pero ello sería poco, respecto a cuanto Dios exige de Ella para completar la medida requerida para la redención del mundo. María no defraudará el deseo de Dios. Jamás lo ha defraudado.
Desde las demandas de amor total hasta las de sacrificio total. Ella se ha entregado y se entregará. Y, cuando haya consumado el máximo sacrificio, conmigo, por mí, en favor del mundo, los verdaderos fieles y los verdaderos amantes comprenderán el verdadero significado de su Nombre. Y, por todos los siglos, a todo verdadero fiel, a todo verdadero amante, le será concedido comprenderlo. El Nombre de la Gran Madre, de la Santa Nutriz que lactará por todos los siglos a los párvulos de Cristo con su llanto, para criarlos para la Vida de los Cielos.
-¿Llanto, Señor? ¿Debe llorar tu Madre? -pregunta Judas Iscariote.
-Todas las madres lloran. La mía llorará más que ninguna otra.
-¿Pero por qué? Yo he hecho llorar a la mía alguna vez, porque no soy siempre un buen hijo. ¿Pero Tú? No das nunca pesares a tu Madre.
-No. Efectivamente, como Hijo suyo, no le doy pesares. Pero le daré muchos como Redentor. Dos harán llorar con un llanto sin fin a mi Madre: Yo, salvando a la Humanidad; la Humanidad, con sus continuos pecados. Todo hombre que haya vivido, que vive, o que vivirá, cuesta lágrimas a María.
-¿Pero por qué? -pregunta, sorprendido, Santiago de Zebedeo.
-Porque todo hombre me cuesta torturas a mí para redimirlo.
-¡Pero decir esto de los que ya han muerto o no han nacido toda vía! Te harán sufrir los vivos, los escribas, fariseos, saduceos, con sus acusaciones, sus celos, sus mezquindades; pero más no -afirma con tono seguro Bartolomé.
-También mataron a Juan Bautista… Israel no ha matado sólo a este profeta, ni es el único sacerdote de la Voluntad eterna matado por causa del odio de los que no obedecen a Dios.
-Pero Tú eres más que un profeta y que el mismo Bautista,
tu Precursor. Tú eres el Verbo de Dios. Israel no levantará su mano contra ti -dice Judas Tadeo.
-¿Lo piensas así, hermano? Estás en un error -le responde Jesús.
-No. ¡No puede ser! ¡No puede suceder! ¡Dios no lo permitirá! Sería degradar para siempre a su Cristo! -Judas Tadeo está tan agitado que se pone en pie.
Jesús también se levanta y lo mira fijamente a la cara palidecida, a los ojos sinceros. Dice lentamente:
-Y sin embargo así será -y baja el brazo derecho, que lo tenía alzado, como jurando.
Todos se ponen en pie y se arriman aún más a Él: una corona de caras afligidas, y, más aún, incrédulas. Una serie de comentarios recorre el grupo:
-Si fuera así… tendría razón Judas Tadeo.
-Lo que le sucedió a Juan el Bautista fue una cosa mala, pero exaltó al hombre, heroico hasta el final; si le sucediera eso al Cristo sería disminuirlo.
-Cristo puede ser perseguido, pero no degradado.
-Tiene la unción de Dios.
-¿Y quién podría ya creer, si te vieran en poder de los hombres?
-No lo permitiremos.
El único que permanece en silencio es Santiago de Alfeo.
Su hermano arremete contra él:
-¿No hablas? ¡No te mueves! ¡No oyes! ¡Defiende a Cristo contra sí mismo!
Santiago, por toda respuesta, se lleva las manos a la cara, se separa bastante, y llora.
-¡Es un estúpido! -sentencia su hermano.
-Quizás menos de lo que crees -le responde Hermasteo. Y añade -Ayer, explicando la profecía, el Maestro habló de un cuerpo deshecho que se reintegra y de uno que por sí mismo se resucita. Creo que uno no puede resucitar sin estar antes muerto.
-Pero puede haber muerto de muerte natural, de vejez. ¡Y ya sería mucho para el Cristo! -rebate Judas Tadeo, y muchos le dan la razón.
-Sí, pero entonces no sería una señal para esta generación, que es mucho más vieja que Él -observa Simón Zelote.
-Ya. Pero no está claro que hable de sí mismo -rebate Judas Tadeo, obstinado en su amor y respeto.
-Ninguno que no sea el Hijo de Dios puede resucitarse a sí mismo, como tampoco ninguno que no sea el Hijo de Dios puede nacer como nació Él. Yo lo digo, yo que vi su gloria natal -dice Isaac testimoniando firmemente.
Jesús, con los brazos cruzados, los ha escuchado mirándolos a medida que hablaban. Ahora es Él el que hace ademán de hablar, y dice:
-El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres porque es el Hijo de Dios, sí, pero también el Redentor del hombre; y no hay redención sin sufrimiento. Mi sufrimiento será corporal, de la carne y de la sangre, para reparar los pecados de la carne y de 1a sangre; moral, para reparación de los pecados de la mente y las pasiones; espiritual, para reparación de las culpas del espíritu. Será completo. Por tanto, a la hora establecida, me prenderán, en Jerusalén, y tras haber sufrido ya mucho por culpa de los Ancianos y de los Sumos Sacerdotes, de los escribas y fariseos, seré condenado a una muerte infamante. Y Dios no lo impedirá, porque así debe suceder, siendo Yo el Cordero de expiación por los pecados del mundo entero. Y, en un mar de angustia, compartida por mi Madre y por otras, pocas personas, moriré en el patíbulo; y tres días después, por mi voluntad divina, por ella sola, resucitaré a una vida eterna y gloriosa como Hombre y volveré a ser: Dios en el Cielo con el Padre y el Espíritu
. (Volveré a ser: Dios en el Cielo, es decir, ya no Dios en la tierra (Hijo que permanece unido con el Padre), sino Dios en el Cielo (Hijo que vuelve al Padre) La expresión es similar a la reseñada en Juan 16, 28: "Salí del Padre y he venido al mundo, ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre"; y es conforme con la formulación del Credo: "bajó del Cielo, … subió al Cielo, y está sentado a la derecha del Padre")
Pero antes tendré que padecer toda suerte de oprobios, y sentir mi corazón traspasado por la Mentira y el Odio.
Un coro de gritos se eleva en el aire tibio y perfumado de primavera.
Pedro -el rostro profundamente preocupado, y escandalizado como los demás -coge de un brazo a Jesús, lo separa un poco y le dice en voz baja al oído:
-Pero, Señor…! No digas esto. No está bien. Ya ves que se escandalizan. Decaes del concepto en que te tienen. Por nada del mundo debes permitir esto. Ya de por sí nunca te va a pasar nada semejante, ¿por qué pensarlo como si fuera verdadero? Debes subir cada vez más en el concepto de los hombres, si te quieres afirmar; debes terminar, por ejemplo, con un último milagro, como reducir a cenizas a tus enemigos. Pero nunca degradarte hasta aparecer como un malhechor castigado. Pedro parece un maestro o un padre afligido corrigiendo con amorosa angustia a un hijo que ha dicho una necedad.
Jesús, que estaba un poco agachado para escuchar el bisbiseo de Pedro, se yergue severo, con rayos en los ojos, pero rayos de amargura, y grita fuerte, para que todos oigan y la lección sirva para todos:
-¡Aléjate de mí, tú que en este momento eres un diablo que me aconseja desistir de la obediencia a mi Padre! ¡Para esto he venido! ¡No para los honores! Tú, aconsejándome la soberbia, la desobediencia y el rigor sin caridad, tratas de seducirme al mal. ¡Vete! ¡Me escandalizas! ¿No comprendes que la grandeza no está en los honores sino en el sacrificio, y que nada importa aparecer a los ojos de los hombres como gusanos si Dios nos considera ángeles? Tú, hombre ignorante, no comprendes lo que es grandeza y razón según Dios, y ves, juzgas, sientes, hablas según el hombre.
El pobre Pedro queda anonadado por esta severa corrección; se separa, compungido, y rompe a llorar… No es el llanto gozoso de pocos días antes, sino el sollozo desolado de quien comprende que ha pecado y ha causado dolor a la persona amada.
Jesús lo deja llorar. Se descalza, se remanga las vestiduras y vadea el arroyo. Los demás hacen lo mismo en silencio. Ninguno se atreve a decir una palabra. A1 final de todos va el pobre Pedro, en vano consolado por Isaac y el Zelote.
Andrés se vuelve más de una vez y lo mira, y luego susurra algo a Juan, que está muy afligido; pero Juan menea la cabeza en señal de negación. Entonces Andrés se decide. Se adelanta corriendo. Alcanza a Jesús. Lo llama suavemente, con visible temor:
-¡Maestro! ¡Maestro!…
Jesús deja que lo llame varias veces. A1 final se vuelve, severo, y pregunta:
-¿Qué quieres?
-Maestro, mi hermano está compungido… llora…
-Se lo ha merecido.
-Es verdad, Señor. Pero de todas formas es un hombre… No puede hablar bien siempre.
-Efectivamente, hoy ha hablado muy mal -responde Jesús. Pero ya se le ve menos severo, y un atisbo de sonrisa dulcifica la mirada divina.
Andrés se siente más seguro y aumenta la peroración en pro de su hermano.
-Pero Tú eres justo, y sabes que el amor a ti ha sido lo que le ha hecho caer…
-El amor debe ser luz, no tinieblas. Él lo ha hecho tinieblas y ha envuelto en ellas su espíritu.
-Es verdad, Señor. Pero las vendas se pueden quitar cuando se quiera. No es como tener el espíritu mismo tenebroso.
Las vendas son lo externo; el espíritu es lo interno, el núcleo vivo… El interior de mi hermano es bueno.
-Que se quite entonces las vendas que se ha puesto.
-¡Lo hará, sin duda, Señor! Ya lo está haciendo. Vuélvete y mira: lo desfigurado que está por ese llanto que no consuelas Tú. ¿Por qué tan severo con él?
-Porque él tiene el deber de ser "el primero", de la misma forma que le he dado el honor de serlo. Quien mucho recibe mucho debe dar.
-¡Es verdad, Señor, sí! Pero, ¿no te acuerdas de María de Lázaro?, ¿de Juan de Endor?, ¿de Áglae?, ¿de la Beldad de Corazín?, ¿de Leví? A éstos les diste todo… y ellos todavía te habían dado sólo la intención de redimirse…
¡Señor!… Atendiste mi súplica por la Beldad de Corazín y por Áglae… ¿No lo harías ahora por tu Simón y mi Simón, que ha pecado por amor a ti?
Jesús baja su mirada hacia este hombre apacible que se vuelve intrépido y apremiante en favor de su hermano, como lo fue, silenciosamente, en favor de Áglae y de la Beldad de Corazín, y su rostro resplandece de luz:
-Ve a llamar a tu hermano dice -y tráemelo aquí.
-¡Gracias, mi Señor! Voy… -y se echa a correr, raudo como una golondrina.
-¡Ven, Simón. El Maestro ya no está irritado contigo. Ven, que te lo quiere decir.
-No, no. Me da vergüenza… Hace demasiado poco que me ha corregido… Será que quiere que vaya para reprenderme otra vez…
-¡Qué mal lo conoces! ¡Venga, ven! ¿Piensas que yo te llevaría a otro sufrimiento? Si no estuviera seguro de que te espera allí una alegría, no insistiría. Ven.
-¿Y qué le voy a decir? -dice Pedro mientras se pone en marcha un poco recalcitrante, frenado por su humanidad, aguijado por su espíritu, que no puede estar sin la indulgencia de Jesús y sin su amor -¿Qué le voy a decir? -sigue preguntando.
-¡Nada, hombre! ¡Será suficiente con que le muestres tu rostro! -le dice su hermano animándolo.
Todos los discípulos, a medida que los dos hermanos los van adelantando, los miran y, comprendiendo lo que sucede, sonríen. Llegan donde Jesús. Pero Pedro, al último momento, se detiene. Andrés no se anda con chiquitas. Con un enérgico envite, como los que da a la barca para empujarla al mar, lo echa hacia adelante. Jesús se para… Pedro alza la cara… Jesús la baja… Se miran… Dos lagrimones se deslizan por las mejillas enrojecidas de Pedro…
-Ven aquí, niño grande irreflexivo, que te haga de padre enjugando este llanto -dice Jesús, y levanta su mano, en que es bien visible aún la señal de la pedrada de Yiscala, y seca con sus dedos esas dos lágrimas.
-¡Oh, Señor! ¿Me has perdonado? -pregunta Pedro lleno de temblor, agarrando la mano de Jesús con las suyas y mirándolo con unos ojos como los de un perro fiel que desea obtener el perdón del amo resentido.
-Nunca te he condenado…
-Pero antes…
-Te he amado. Es amor no permitir que en ti arraiguen desviaciones de sentimiento y de pensamiento. Debes ser el primero en todo, Simón Pedro.
-¿Entonces… entonces me estimas todavía? ¿Me quieres contigo todavía? No es que yo quiera el primer puesto, ¡eh! Me conformo con el último, pero estar contigo, a tu servicio… y morir verdaderamente a tu servicio, Señor, mi Dios.
Jesús le pasa el brazo por encima de los hombros y lo estrecha contra su costado.
Entonces Simón, que no ha dejado suelta en todo este tiempo la otra mano de Jesús, se la cubre de besos… dichoso. Y susurra:
-¡Cuánto he sufrido!… Gracias, Jesús.
-Da las gracias más bien a tu hermano. Y en el futuro lleva bien tu carga con justicia y heroísmo. Vamos a esperar a los otros. ¿Dónde están?
Están parados en el lugar en que se encontraban cuando Pedro alcanzó a Jesús, para dejar libertad al Maestro de hablar a su apóstol humillado. Jesús les hace señas para que se acerquen. Con ellos hay un grupito de labriegos, que habían dejado de trabajar en los campos para venir a hacer preguntas a los discípulos.
Jesús, todavía con la mano en el hombro de Pedro, dice:
-Por lo que ha pasado habéis entendido que estar a mi servicio es una cosa severa. Le he reprendido a él. Pero la corrección era para todos. Porque los mismos sentimientos estaban en la mayoría de los corazones, o formados o en gestación. Así os los he truncado; y quien todavía los cultiva muestra que no comprende ni mi Doctrina ni mi Misión ni mi Persona.
He venido para ser Camino, Verdad y Vida. Os doy la Verdad con lo que enseño. Os aliso el Camino con mi sacrificio; os lo trazo e indico. Pero la Vida os la doy con mi Muerte. Y acordaos de que quien responde a mi llamada y se alista en mis filas para cooperar en la redención del mundo debe estar dispuesto a morir para dar a otros la Vida. Por tanto, quien quiera seguirme debe estar dispuesto a negarse a sí mismo, al viejo yo con sus pasiones, tendencias, costumbres, tradiciones, pensamientos, y seguirme con su nuevo yo.
Tome cada cual su cruz como Yo la tomaré. La tome, aunque le parezca demasiado infamante. Deje que el peso de su cruz triture a su yo humano para liberar al yo espiritual, al cual no produce horror la cruz; antes al contrario, le es apoyo y objeto de veneración, porque el espíritu sabe y recuerda. Y que me siga con su cruz. ¿Que al final del camino le esperará la muerte ignominiosa como me espera a mí? No importa. No se aflija; antes al contrario, exulte por ello, porque la ignominia de la tierra se transformará en grande gloria en el Cielo, mientras que será un deshonor la vileza frente a los heroísmos espirituales.
Siempre decís que queréis seguirme hasta la muerte. Seguidme entonces, y os guiaré al Reino por un camino abrupto, pero santo y glorioso, al final del cual conquistaréis la Vida eternamente inmutable. Esto será "vivir".
Por el contrario, seguir los caminos del mundo y la carne es "morir". De modo que quien quiera salvar su vida en esta tierra la perderá, mas aquel que pierda su vida en esta tierra por causa mía y por amor a mi Evangelio la salvará. Pensad esto: ¿de qué le servirá al hombre ganar todo el mundo, si luego pierde su alma?
Y otra cosa: guardaos bien, ahora y en el futuro, de avergonzaros de mis palabras y acciones. Eso también sería "morir".
Porque el que se avergüence de mí y de mis palabras delante de esta generación necia, adúltera y pecadora, de que he hablado, y esperando recibir su protección y ganancia, la adule, renegando de mí y de mi Doctrina, arrojando a las bocas inmundas de los cerdos y perros las perlas recibidas, para recibir luego, como paga, excrementos en vez de dinero, será juzgado por el Hijo del hombre cuando venga en la gloria de su Padre, con los ángeles y santos, a juzgar al mundo. Él, entonces, se avergonzará de estos adúlteros y fornicadores, de estos villanos y usureros, y los arrojará fuera de su Reino; porque no hay sitio en la Jerusalén celeste para adúlteros, ruines, fornicadores, blasfemos y ladrones.
Y os digo, en verdad, que algunos de mis discípulos y discípulas presentes no experimentarán la muerte antes de haber visto la fundación del Reino de Dios, y ungido y coronado a su Rey. (El Reino de Dios vio sus comienzos el Viernes Santo, por los méritos de Cristo, y luego se afirmó con la Iglesia constituida. Pero no todos vieron esta creciente afirmación)
Reemprenden la marcha, hablando animadamente, mientras el sol desciende lentamente en el cielo…
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Terminada la comida en la casa hospitalaria, Jesús sale con los doce, los discípulos y el anciano dueño de la casa. Vuelven al "manantial grande". Pero no se detienen allí. Siguen el camino siempre subiendo en dirección norte.
El camino que han tomado, aunque vaya muy cuesta arriba, es cómodo, porque es un verdadero camino, por el que pueden transitar incluso carros y cabalgaduras. En su parte más alta, en la cima del monte, hay un macizo castillo, o fortaleza si se prefiere, que causa estupor por su forma singular. Parece formado por dos construcciones colocadas a algunos metros de desnivel una de la otra, de manera que la más retrasada, y al mismo tiempo la más belicosa, está más alta que la otra, a la que domina y defiende. Hay un alto y ancho muro -sobre el cual se alzan torres cuadradas, bajas pero sólidas -entre las dos construcciones, que, aun siendo así, son una única construcción, porque está rodeada por un único cerco de murallas de bloques de piedra almohadillados, murallas derechas, o un poco oblicuas en la base para sostener mejor el peso del bastión.
No veo el lado oeste. Pero los dos lados norte y sur caen a pico, formando una unidad con el monte, que está aislado y desciende también a pico por esos dos lados. Y creo que el lado oeste presentará las mismas características.
El anciano Benjamín, por ese sutil orgullo propio de todo ciudadano respecto a su ciudad, ilustra el castillo del Tetrarca, que es, además de castillo, lugar de defensa de la ciudad, y enumera su belleza y fortaleza, su solidez, las comodidades de las cisternas y pilones para e1 agua, y del amplio espacio, las facilidades de su vasto radio de visión, de su posición, etc. etc.
-Los romanos también dicen que es bonito. ¡Y ellos entienden de castillos!… -termina el anciano. Y añade: «Conozco al administrador. Por eso puedo entrar. Os voy a enseñar el más amplio y bonito panorama de Palestina».
Jesús escucha benigno. Los otros sonríen un poco: ¡ellos que han visto tantos panoramas!… pero el anciano es tan bueno que no tienen corazón para contrariarlo y secundan su deseo de mostrar cosas bonitas a Jesús. Llegan a la cima. La vista es verdaderamente bonita ya incluso desde la plazoleta que hay delante del portón de entrada guarnecido de hierro. Pero el anciano dice:
-¡Venid, venid!… Dentro es más bonito. Vamos a subir a la torre más alta de la ciudadela. Veréis…
Y penetran en el oscuro pasaje abierto en la muralla de bastantes metros de anchura. Van hasta un patio. Allí están esperándolos el administrador y su familia. Los dos amigos se saludan y el anciano explica el objeto de la visita.
-¡El Rabí de Israel! ¡Qué pena que no esté Filipo! Deseaba verlo, porque su fama ha llegado hasta aquí. Filipo estima a los rabíes verdaderos, porque son los únicos que han defendido sus derechos, y también por desdén hacia Antipa, que no los estima. ¡Venid, venid!… -El hombre, al principio, ha mirado un momento a Jesús; luego ha decidido honrarlo con una reverencia digna de un rey.
Cruzan otro pasaje. Aparece un segundo patio y una nueva poterna que da acceso a un tercer patio. Pasado éste, hay una profunda cárcava y el murallón torreado de la ciudadela. Caras curiosas de armígeros o domésticos se asoman por todas partes. Entran en la ciudadela, y luego, por una estrecha escalera, suben al bastión, y de éste a una torre. En la torre entran sólo Jesús y el administrador, Benjamín y los doce. Más no podrían, porque ya están apretados como sardinas. Los otros se quedan en el bastión.
¡Qué vista, cuando desde la torre Jesús y los que están con él salen a la terracita que corona la torre y asoman todos la cabeza por el alto parapeto de bloques de piedra! Asomándose hacia el precipicio que hay en este lado oeste, el más alto del castillo, se ve toda Cesárea, extendida a los pies de este monte, y se ve bien, porque ella tampoco es llana, sino que está construida sobre suaves ondulaciones. Más allá de Cesárea, se extiende toda la fértil llanura que precede al lago Merón.
Y parece un pequeño mar de un verde tierno, con tornasoles de aguas de turquesas claras, resplendentes en la vasta llanura glauca cual jirones de cielo sereno.
Y luego graciosas colinas dispuestas como collares de un esmeralda oscuro irisado con la plata de los olivos, esparcidos acá o allá en los confines de la llanura. Y penachos esponjosos de árboles que florecen, o bolas compactas de árboles ya florecidos… Y, mirando hacia el norte y hacia oriente se ve el Líbano potente, el Hermón que brilla bajo el sol con sus nieves perladas y los montes de Iturea; y el valle del Jordán, por la cavidad comprendida entre los collados del mar de Tiberíades y los montes de la Galaunítida, aparece en un atrevido recorte, para perderse luego en lejanías de ensueño.
-¡Bonito! ¡Bonito! ¡Muy bonito -exclama Jesús mientras mira con admiración, y parece bendecir y querer abrazar estos lugares tan hermosos con su rostro sonriente y sus brazos abiertos. Y responde a los apóstoles, que piden una u otra explicación, señalando los lugares donde han estado, o sea las comarcas y las direcciones en que éstas se encuentran.
-Pero no veo el Jordán -dice Bartolomé.
-No lo ves, pero está allá, en aquella extensión entre dos cadenas montañosas; al pie de esa de poniente está el río. Bajaremos por allí, porque la Perea y la Decápolis todavía esperan al Evangelizador.
Pero, entretanto, se vuelve, preguntando casi al aire, por un quejido largo, ahogado, que no es la primera vez que hiere su oído. Y mira al administrador como para preguntarle qué sucede.
-Es una de las mujeres del castillo. Una mujer casada. Va a tener un niño. El primero y el último, porque su marido murió en las calendas de Kisléu. No sé si vivirá siquiera, porque la mujer, desde que se ha quedado viuda, no hace sino consumirse en llanto. Es un espectro. ¿Oyes? Ni siquiera tiene fuerza para gritar… Claro que… viuda a los diecisiete años… Y se querían mucho. Mi mujer y su suegra le dicen: "En tu hijo tendrás de nuevo a Tobit". Pero son palabras…
Bajan de la torre y pasan por los bastiones, admirando el lugar y el panorama. Luego el administrador quiere ofrecer a la fuerza unas bebidas y fruta a los visitantes; entran, pues, en una vasta habitación de la parte anterior del castillo, a donde los siervos traen las cosas requeridas.
El quejido es más desgarrador y más cercano. El administrador presenta disculpas por ello, incluso porque el hecho tiene ocupada a su mujer y no puede venir con el Maestro. Pero al lamento de antes sigue un griterío aún más doloroso, y hace suspender en el aire las manos que traen la fruta, o las copas en las bocas.
-Voy a ver qué ha sucedido -dice el administrador. Y sale, mientras la cacofonía de gritos y llantos penetra aún más intensamente por la puerta entreabierta.
Vuelve el administrador:
-Se le ha muerto el niño nada más nacer… ¡Qué congoja! Está tratando de reanimarlo con sus fuerzas huidizas… Pero ya no respira. ¡Está negro!… -y menea la cabeza, para concluir: «¡Pobre Dorca!».
-Tráeme al niño
-¡Pero si está muerto, Señor!
-Tráeme al niño, te digo. Como está. Y di a la madre que tenga fe.
El administrador se marcha corriendo. Vuelve:
-No quiere. Dice que no se lo deja a nadie. Parece loca. Dice que lo que queremos es quitárselo.
-Llévame a la puerta de su habitación. Que me vea.
-Pero…
-¡No te preocupes! Ya me purificaré después, si acaso…
Van raudos por un corredor oscuro hasta una puerta cerrada. Jesús mismo la abre y se queda en el umbral, frente a la cama, donde una liviana criatura alabastrina aprieta contra su corazón a una criaturita que no da señales de vida.
-La paz a ti, Dorca. Mírame. No llores. Soy el Salvador. Dame a tu pequeñuelo…
No sé lo que hay en la voz de Jesús. Sé que la desesperada, que en el primer momento, al verlo, había apretado ferozmente al recién nacido contra su corazón, lo mira y sus ojos acongojados y dementes se abren a una luz dolorosa pero llena de esperanza. Cede a la criaturita envuelta en paños delicados a la mujer del administrador… y se queda allí, con las manos extendidas hacia delante, con la vida, con la fe en sus ojos dilatados, sorda a las súplicas de la suegra que querría ponerla cómoda sobre las almohadones,
Jesús toma el fardito de carnes semifrías y de paños. Mantiene al pequeñuelo derecho por las axilas. Apoya su boca en los labiecitos entreabiertos, curvado hacia adelante porque la cabecita pende hacia atrás. Sopla fuerte en la inerte garganta… Está un instante con los labios apoyados en la boquita, luego se separa… Y un piar de pajarillo tiembla en el aire inmóvil… un segundo, más fuerte… un tercero… y, en fin, un verdadero vagido mientras oscila la cabecita, se agitan las manitas y los piececitos, y, contemporáneamente, durante el largo, triunfal llanto del recién nacido, toma color la cabecita pelada, la carita minúscula… Le responde el grito de la madre:
-¡Hijo mío! ¡Mi amor! ¡La semilla de mi Tobit! ¡En el corazón! ¡En el corazón de tu mamá… para que muera feliz!… -dice con un susurro que se apaga en un beso y en una reacción comprensible de abandono.
-¡Se muere! -gritan las mujeres.
-No. Entra en un merecido descanso. Cuando se despierte, decidle que al niño le ponga por nombre Iesaí Tobit. La paz sea con vosotras.
Cierra de nuevo, lentamente, la puerta, y se vuelve para regresar adonde estaba antes, adonde sus discípulos. Pero están todos allí, montón conmovido que ha presenciado y que ahora lo mira con maravilla.
Vuelven juntos al patio. Saludan al estupefacto administrador, que no hace sino repetir:
-¡Cuánto va a sentir el Tetrarca no haber estado! -y emprenden de nuevo la bajada para volver a la ciudad.
Jesús pone la mano en el hombro del anciano Benjamín diciendo:
-Te agradezco lo que nos has mostrado y el haber sido la razón de un milagro…