339- La noche pecaminosa de Judas Iscariote

Una bonita aurora de primavera pone rosicler el cielo y alegra las colinas. Los discípulos se manifiestan unos a otros su contento por ello, mientras se reúnen a la entrada del pueblo en espera de los rezagados.

-Es el primer día que no hace frío, después de las granizadas -dice Mateo frotándose las manos.

-¡Ya era hora de que llegara! ¡Estamos en la neomenia de Adar! -exclama Andrés.

-¡Bien! ¡Bien! ¡Si hubiéramos tenido que subir a los montes con el fresco de estos días pasados!… -comenta Felipe.

-¿Pero luego a dónde vamos? -pregunta Andrés.

-No sé… De aquí vamos a Sefet o a Meirón. ¿Pero luego…? -le responde Santiago de Zebedeo, y se vuelve a preguntar a los dos hijos de Alfeo: «¿Sabéis vosotros a dónde vamos?».

-Jesús nos ha dicho que quiere ir hacia septentrión; nada más -dice lacónico Judas de Alfeo.

-¿Otra vez? Para la próxima luna tenemos que empezar el peregrinaje de Pascua… -dice no demasiado entusiasta Pedro.

-Tendremos tiempo de sobra -le rebate Judas Tadeo.
-Sí, pero nada de descanso en Betsaida…
-Pasaremos por allí seguro para recoger a las mujeres y a Margziam -responde Felipe a Pedro.

-Lo que os ruego es que no deis muestras de fastidio, desgana u otras cosas por el estilo. Jesús está muy afligido… Ayer por la noche lloraba. Me lo he encontrado llorando mientras preparábamos la cena. No estaba orando afuera, en la terraza, como creíamos. Lloraba -dice Juan.
-¿Por qué? ¿Se lo preguntaste? -dicen todos.
-Sí. Pero sólo me dijo: "Ámame, Juan".
-Quizás… es por los de Corazín.

El Zelote, que está llegando en ese momento, dice:
-El Maestro está viniendo con Bartolomé. Vamos a su encuentro.
Van… pero siguen con lo que estaban comentando:
-O es por Judas. Ayer por la noche se habían quedado solos… -dice Mateo.

-¡Ya! Y Judas había declarado antes que estaba inquieto y no quería a ninguno consigo -observa Felipe.

-¡No ha querido estar ni siquiera con el Maestro! ¡Y yo que de tan buena gana habría estado! -suspira Juan.

-¡También yo! -dicen todos los demás.

-Ese hombre no me gusta… o está enfermo o hechizado o
loco o endemoniado… Algo le pasa -dice seguro Judas Tadeo.

-Y, sin embargo, creedlo, en el viaje de regreso fue ejemplar. Defendió constantemente al Maestro y los intereses del Maestro como ninguno de nosotros ha hecho nunca. ¡Lo vi yo, lo oí yo! Espero que no dudéis de mi palabra -afirma Tomás.

-¿Cómo piensas que no te creemos? ¡No, hombre, no, Tomás! Y estamos contentos de que Judas sea mejor que nosotros. Pero ya lo ves tú. ¿Es extraño, sí o no? -pregunta Andrés.
-¡Extraño lo es! Pero quizás es que sufre por cosas íntimas… Quizás también porque no ha hecho milagros. Es un poco orgulloso. ¡Con buena finalidad, claro! Pero para él es importante hacer mucho y ser encomiado…

-¡Mmm…! ¡Será así! La cosa es que el Maestro está triste. Miradlo allí, decidme si asemeja al hombre que conocimos. Pero, ¡vive Dios, que si logro descubrir quién es el que hace sufrir al Maestro!… ¡Basta! ¡Yo sé lo que le hago! -dice Pedro.

Jesús, que viene en vivaz conversación con Natanael, los ve y acelera el paso sonriendo.
-Paz a vosotros. ¿Estáis todos?

-Falta Judas de Simón… Creía que estaba contigo, porque en la casa donde dormía me han dicho que han encontrado la habitación vacía y todo en orden… -explica Andrés.
Jesús frunce un momento la frente, agacha la cabeza y se concentra en su pensamiento. Luego dice:

-No importa. Vámonos de todas formas. Decid a los de las últimas casas que vamos a Meirón y luego a Yiscala. Si Judas nos busca, que lo manden allí. Vamos.

Todos sienten borrasca en el ambiente y obedecen sin rechistar. Jesús sigue hablando con Bartolomé, adelantado algunos pasos respecto a los demás. Y oigo pasar grandes nombres en lo que dicen, Hil.lel, Yael, Barac; y glorias patrias, que pasan por la mente y las palabras; y comentarios de admiración sobre grandes doctores; y añoranzas en Bartolomé…

-¡Si viviera todavía el Sabio! Hil.lel era bueno. Pero también era fuerte. No se habría dejado turbar. ¡Habría emitido su propio juicio acerca de ti!
-¡No te lo tomes a pecho, Bartolmái! Bendice al Altísimo que lo ha llamado a su paz. El espíritu del Sabio no conoció así la turbación de tanto odio contra mí.
-¡Mi Señor! ¡No sólo odio!…

-Más odio que amor, amigo. Y así será siempre.
-No estés triste. Nosotros te defenderemos…
-No me angustia la muerte… sino el ver el pecado de los hombres.

-¡La muerte no!… No hables de muerte. No llegarán a tanto… porque tienen miedo…
-El odio será más fuerte que el miedo. Bartolomé, después de mi muerte, luego, cuando esté lejos, en el Cielo santo, di a los hombres: "El, más que por la muerte, sufrió por vuestro odio"…

-¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡No hables así! Nadie te va a odiar hasta el punto de hacer que mueras. Y Tú siempre puedes impedirlo, Tú que eres poderoso…

Jesús sonríe con tristeza (yo diría: cansado), mientras sube con su paso mesurado el camino montano que conduce a Meirón, y que a medida que se eleva va descubriendo un vasto y bonito panorama sobre el lago de Tiberíades, visible a través de la brecha de una hoz, y sobre colinas cercanas que, en forma de arco, hacen de mampara a la vista del lago de Merón, y luego, más allá del lago de Tiberíades, sobre el altiplano de la Transjordania, hasta los recortados montes lejanos de Aurán, Traconítida y Perea.

Jesús señala, no obstante, en dirección norte-nordeste diciendo:
-Después de la Pascua tendremos que ir allá, a la tetrarquía de Filipo; en cuanto tengamos tiempo, para estar de nuevo para Pentecostés en Jerusalén.
-¿Pero no te convendría más hacerlo ahora? Pasando a la Transjordania, hacia el nacimiento del Jordán… volviendo por la Decápolis…

Jesús se pasa la mano por la frente, con gesto cansado, como cuando uno tiene la mente ofuscada, y susurra:
-No sé, no sé todavía!… ¡Bartolomé!…

¡Cuánto desconsuelo, dolor, invocación hay en la voz!…
Bartolomé se curva un poco, como herido por ese tono extraño y nuevo en Jesús, y dice, congojoso de amor:

-¿Maestro? ¿Qué te pasa? ¿Qué quieres del viejo Natanael?
-Nada, Bartolmái… Tu oración… Por que vea bien lo que hay que hacer… Pero, nos llaman, Bartolmái… Parémonos aquí…
Y se paran junto a un grupo de árboles.

Se ve por la curva del sendero a los otros, en grupo:
-Maestro, Judas nos sigue, corriendo a toda velocidad…
-Bueno, pues lo esperamos.

Judas, en efecto, aparece pronto, corriendo…
-Maestro… Me he retrasado… Me he quedado dormido y…
-¿Dónde, si en casa no te he encontrado? -pregunta extrañado Andrés.

Judas se queda confundido un momento, pero rápidamente se rehace y dice:

-¡Oh, siento que mi penitencia haya quedado manifiesta! He estado en el bosque, toda la noche, orando, haciendo sacrificio… Al alba me ha vencido el sueño… Soy una persona débil… Pero el Señor altísimo tendrá compasión de su pobre siervo. ¿No es verdad, Maestro? Me he despertado tarde y todo dolorido.
-Efectivamente, tienes una cara muy deslucida -observa Santiago de Zebedeo.

Judas se echa a reír:
-¡Sí! ¡Ya! Pero tengo el alma más contenta. La oración sienta bien. La penitencia da un corazón alegre, y también humildad y generosidad. Maestro, perdona a tu necio Judas… -y se arrodilla a los pies de Jesús.
-Sí. Levántate y vamos.

-Dame la paz con un beso tuyo. Será la señal de que me has perdonado los malos humores de ayer. No deseé estar contigo, es verdad. Pero era porque quería orar…
-Habríamos podido orar juntos…

Judas se ríe y dice:
-No, no podías orar conmigo esta noche, estar donde yo estaba…
-¡Esta sí que es buena! ¿Por qué? ¡Está siempre con nosotros, y nos ha enseñado Él a orar! -dice Pedro asombrado.

Todos se echan a reír. Pero Jesús no se ríe. Fija sus ojos en Judas, que lo ha besado y ahora lo está mirando con ojos jocosos de punzante malicia, como si lo desafiara.

Tiene la osadía de repetir:

-¿No es verdad que no podías estar conmigo esta noche?

-No podía. No podía y no podré nunca, en efecto, compartir los abrazos de mi espíritu y mi Padre con un tercero, todo carne y sangre, como eres tú, y en los lugares a donde tú vas.

Amo la soledad poblada de ángeles, para olvidar que el hombre es un hedor de carne corrompida por la sensualidad, el oro, el mundo y Satanás.

Judas ya no se ríe ni siquiera con los ojos. Responde serio:

-Tienes razón. Tu espíritu ha visto la verdad. ¿A dónde vamos ahora?

-A venerar las tumbas de los grandes rabíes y héroes de Israel.

-¿Qué? ¿Cómo? Pero si Gamaliel no te ama. Pero si los otros te odian -dicen muchos de los presentes.

-No importa. Yo me inclino ante las tumbas de los justos que esperan Redención. Voy a decir a sus huesos: "Pronto Aquel que os espiró vuestro espíritu estará en el Reino de los Cielos, pronto para bajar de allí al extremo Día, para hacer que viváis de nuevo, eternamente, en el Paraíso". Caminan, caminan hasta que encuentran el pueblo de Meirón. Bonito, bien cuidado, lleno de luz y de sol, situado entre fértiles colinas y cumbres.

-Detengámonos. Por la tarde iremos hacia Yiscala. Las grandes tumbas están esparcidas por estas pendientes, en espera de su glorioso despertar.

338- Judas Iscariote pierde el poder de milagros. La parábola del cultivador

La vía que conduce a Sefet deja la llanura de Corazín para arremeter contra un grupo montañoso bastante notable y muy poblado de árboles. Un curso de agua desciende de estos montes para dirigirse ciertamente al lago de Tiberíades.

Los peregrinos esperan en este puente a que lleguen los otros, los que habían sido enviados al lago de Merón. No esperan mucho. Puntuales a la cita, vienen ligeros, y se reúnen alegres con el Maestro y los compañeros. Luego refieren cómo se ha desarrollado su viaje, que ha sido bendecido por algunos milagros hechos a turno por «todos los apóstoles» dicen; pero Judas de Keriot corrige:

«Menos por mí, que no he logrado hacer nada», y su bochorno al confesarlo es penoso.

-Ya te hemos dicho que era porque estábamos frente a un gran pecador -le responde Santiago de Zebedeo. Y explica:

«¿Sabes, Maestro? Era Jacob. Estaba muy enfermo. Te invoca por este motivo. Porque tiene miedo a la muerte y al juicio de Dios. Pero ahora es más avaro que nunca, porque prevé un verdadero desastre para su cosecha, que ha sido completamente destruida por el hielo.

Ha perdido toda la simiente de trigo, y no puede sembrar más porque está enfermo, y la sierva, agotada de fatigas y hambre -porque él economiza incluso la harina para el pan, pues tiene miedo a quedarse un día sin comer -, no tiene fuerzas para arar el campo.

Nosotros -quizás hemos pecado, porque trabajamos todo el viernes, y después de la puesta del sol, hasta la última luz, e incluso con antorchas y hogueras encendidas para ver -, nosotros aramos una gran extensión de terreno. Felipe, Juan y Andrés saben, y yo también. ¡Lo que hemos currado!…

Simón, Mateo y Bartolomé venían detrás de nosotros limpiando las glebas del trigo nacido pero luego muerto. Judas fue, en tu nombre, a pedir un poco de simiente a Judas y Ana, y les prometió nuestra visita de hoy. Se la dieron, y además selecta. Entonces dijimos: "Mañana sembramos". Por este motivo hemos tardado un poco. Porque empezamos al principio de la puesta del sol.

Que el Eterno nos perdone por el motivo por el que hemos pecado.

Judas, mientras tanto, estaba al pie de la cama de Jacob para convertirlo. Él sabe hablar mejor que nosotros. Al menos eso es lo que dijeron también Bartolomé y el Zelote.

Pero Jacob se mostraba sordo a toda razón. Quería la curación porque la enfermedad le cuesta, e injuriaba a la mujer llamándola holgazana. Para calmarlo, visto que decía "Me convertiré si me curo", Judas le impuso las manos.

Pero Jacob siguió enfermo como antes. Judas, desconsolado, nos lo dijo. Lo intentamos nosotros antes de irnos a dormir. Pero no obtuvimos el milagro. Ahora Judas sostiene que es porque él, habiéndote disgustado, ha caído en desgracia tuya; y está deprimido. Pero nosotros decimos que es porque teníamos frente a nosotros a un pecador obstinado, que pretende obtener todo lo que quiere, poniendo condiciones y dando órdenes hasta a Dios.

¿Quién tiene razón?

-Vosotros siete. Es como habéis dicho. ¿Y Judas y Ana? ¿Sus campos?

-Muy dañados. Pero tienen recursos y ya está todo solucionado. ¡Pero ellos son buenos! Ten. Te mandan este donativo y estos alimentos. Esperan verte en alguna ocasión. Lo que entristece es el estado espiritual de Jacob. Habría deseado curarle el alma más que el cuerpo… -dice Andrés.

-¿Y en los otros lugares?

-¡Oh! En el camino de Debaret, cerca del pueblo, curamos -fue Mateo -a uno que tenía fiebres y que volvía de un médico que lo había desahuciado. Nos hospedamos en su casa y la fiebre no volvió desde la puesta del sol hasta la aurora, y él afirmaba que se sentía bien y fuerte. Luego, en Tiberíades, fue Andrés el que curó a un barquero que se había roto un hombro cayendo en el puente. Le impuso las manos y el hombro quedó curado.

¡Imagínate el hombre! Nos quiso llevar sin pagar a Magdala y a Cafarnaúm, luego a Betsaida, y allí se ha quedado, porque allí están los discípulos Timoneo de Aera, Felipe de Arbela, Hermasteo y Marcos de Josías, uno de los liberados del demonio cerca de Gamala. Quiere ser discípulo también José el barquero… Los niños, en casa de Juana, están bien. Ya no parecen los mismos. Estaban en el jardín jugando con Juana y Cusa…

-En Magdala fue Bartolomé el que convirtió a un corazón vicioso y curó un cuerpo vicioso. ¡Qué bien habló! Explicó que el desorden del espíritu genera desorden en el cuerpo, y que toda concesión a la deshonestidad degenera en pérdida de la tranquilidad, de la salud y al final del alma. Cuando lo vio arrepentido y convencido, le impuso las manos y el hombre quedó curado. Querían retenernos en Magdala. Pero nosotros obedecimos: pasada la noche, proseguimos para Cafarnaúm. Allí había cinco que pedían les concedieras una gracia. Y ya estaban para marcharse desconsolados. Los curamos.

No vimos a ninguno porque embarcamos de nuevo enseguida para Betsaida, para evitar preguntas de Elí, Urías y sus compañeros. ¡En Betsaida!… ¡Cuenta tú, Andrés, a tu hermano!… -termina Santiago de Zebedeo, que era el que hablaba.

-¡Oh! ¡Maestro! ¡Simón! ¡Si vierais a Margziam! ¡No se le reconoce!…

-¡Maldición! ¿Qué?, ¿es mujer ahora? -exclama y pregunta Pedro.

-¿Pero qué dices, hombre? Un jovencito muy majo, alto, delgado, porque ha crecido mucho… ¡Una cosa maravillosa! Nos costó reconocerlo. Está tan alto como tu mujer y yo…
-¡Hombre, ni yo ni tú ni Porfiria somos palmas! Al máximo se nos podrá comparar con una zarza… -dice Pedro (pero exulta de alegría al oír que su hijo adoptivo se ha desarrollado).

-Sí, hermano. Pero en las Encenias, no más, era todavía un niñito escasamente desarrollado, que apenas si nos llegaba a los hombros. Ahora es verdaderamente un hombre joven, por la estatura, la voz y la gravedad. Ha hecho como esas plantas que no crecen durante años y luego, al improviso, se desarrollan de forma asombrosa. Tu mujer ha estado muy ocupada en alargar túnicas o hacerlas nuevas. Y las hace con dobladillos muy anchos y amplios pliegues en la cintura, porque prevé, con razón, que Margziam seguirá creciendo. Y en sabiduría crece todavía más. Maestro, la humildad de Natanael no te había dicho que durante casi dos meses Bartolomé ha sido maestro del más pequeño y heroico de los discípulos, que se levanta antes del amanecer para llevar a pastar a las ovejas, cortar la leña, sacar agua, encender el fuego, barrer, hacer las compras por amor a su mamá de adopción, y luego, por la tarde y hasta bien de noche, estudia y escribe como un pequeño doctor. ¡Fíjate! Ha reunido a todos los niños de Betsaida y los sábados les imparte pequeñas lecciones evangélicas.

Así, los pequeños, excluidos de la sinagoga porque no molesten en las funciones, tienen su jornada de oración como los mayores. Y me han dicho las madres que es bonito oírle hablar, y que los niños lo quieren y le obedecen con respeto y se hacen mejores. ¡Qué discípulo va a ser!
-¡Pues fíjate!, ¡fíjate! Yo… estoy emocionado… ¡Mi Margziam! Pero ya también en Nazaret, ¿eh?: ¡qué heroísmo por… aquella niña! ¿Raquel, verdad?

Pedro se para a tiempo, y se pone como la púrpura por el miedo a haber dicho demasiado.

Por suerte, Jesús viene en su auxilio, y Judas está meditabundo o distraído., o finge estarlo. Jesús dice:

-Raquel. Tienes buena memoria. Está curada. Y sus campos producirán mucho trigo. Hemos pasado por allí Yo y Santiago. Mucho puede el sacrificio de un niño justo.

-En Betsaida fue Santiago el que realizó un milagro en aquel pobre lisiado; y Mateo, por el camino, yendo a la casa de Jacob, curó a un niño. Y precisamente hoy, en la plaza de aquel pueblecito que está al pie del puente, Felipe y Juan han hecho curaciones: el primero a un enfermo de los ojos; el segundo, a un niño endemoniado.
-Lo habéis hecho todos bien. Muy bien. Ahora vamos a ir hasta aquel pueblo de las laderas. Nos detendremos en alguna casa para dormir.

-¿Y tú, Maestro mío, qué has hecho? ¿Cómo está María? ¿Y la otra María? -pregunta Juan.
-Están bien y os saludan a todos. Están preparando túnicas y cuanto se necesita para el peregrinaje de primavera. Están ya deseando que llegue, para estar con nosotros.
-Susana y Juana y nuestra madre tienen la misma ansia -dice también Juan.

Bartolomé dice:
-También mi mujer, con las hijas, quiere ir este año, después de tantos, a Jerusalén. Dice que nunca volverá a ser tan bonito como este año… No sé por qué lo dice.

Pero ella sostiene que lo siente en el corazón.
-Entonces seguro que vendrá también la mía. No me lo ha dicho… Pero lo que hace Ana lo hace siempre María -dice Felipe.

-¿Y las hermanas de Lázaro? Vosotros que las habéis visto… -pregunta Simón Zelote.

-Obedecen con sufrimiento a la orden del Maestro y a la necesidad… Lázaro está muy enfermo, ¿verdad, Judas? Casi siempre está en la cama. Pero esperan con mucha ansia al Maestro -dice Tomás.

-Pronto será Pascua e iremos a casa de Lázaro.
-¿Pero Tú qué has hecho en Nazaret y Corazín?
-En Nazaret he saludado a los parientes y amigos y a los parientes de los dos discípulos. En Corazín he hablado en la sinagoga y he curado a una mujer. Nos hemos detenido donde la viuda. Se le ha muerto la madre. Un dolor y un alivio al mismo tiempo, por los pocos recursos y por el tiempo que la asistencia a la enferma quitaba del trabajo de la viuda, que se ha puesto a hilar por cuenta de terceros. Pero ya no está desesperada. Tiene asegurado lo necesario y se siente satisfecha con eso. José va todas las mañanas donde un carpintero del Pozo de Jacob para aprender el oficio.

-¿Son mejores los de Corazín? -pregunta Mateo.
-No, Mateo. Son cada vez peores -confiesa con franqueza Jesús -Y nos han tratado mal. Los notables, es natural, no el pueblo llano.

-Es un lugar muy poco recomendable. No vuelvas -dice Felipe

-Sería causa de dolor para el discípulo Elías, y para la viuda y la mujer curada hoy y las otras personas buenas.

-Sí. Pero son tan pocos, que… yo no me ocuparía más de ese lugar. Tú lo has dicho: "Es imposible de labrar" -dice Tomás.

-Una cosa es la resina y otra los corazones. Algo permanecerá, como semilla hundida bajo muchas glebas muy compactas. Tardará mucho en nacer, pero, al final, nacerá.

Lo mismo Corazín. Un día nacerá lo que he sembrado. No hay que desmoralizarse ante las primeras derrotas.
-Oíd esta parábola. Podría ser titulada: "La parábola del buen labrador".

Un rico tenía una grande y hermosa viña. En ella había también higueras de distintas variedades. A la viña se dedicaba un sirviente, experto viñador y podador de árboles frutales, que cumplía con su deber con amor a su señor y a las plantas. Todos los años, el rico, en el mejor período del año, iba reiteradas veces a su viña para ver madurar las uvas y los higos y probar estos frutos cogiéndolos de las plantas con sus manos. Un día, pues, se acercó a una higuera de muchísima calidad, el único árbol de esa calidad que había en la viña. Pero también aquel día, como en los dos años anteriores, la encontró todo follaje y nada fruta.

Llamó al viñador y dijo: "Hace tres años que vengo a buscar fruta a esta higuera y no encuentro sino hojas. Se ve que el árbol ha terminado de dar frutos. Córtalo, pues. Es inútil que esté aquí ocupando sitio y ocupando tu tiempo, para después no acabar en nada. Córtala, échala al fuego, limpia de raíces el terreno, y en el lugar suyo planta un arbolito nuevo. Dentro de algunos años dará fruto". El viñador, que era paciente y amoroso, respondió:

"Tienes razón. Pero déjame todavía un año. No corto el árbol. Es más, con mayor dedicación aún, le cavaré el suelo de alrededor, lo abonaré, lo podaré. ¿Quién sabe, a lo mejor da todavía fruto? Si después de esta última prueba no da fruto, obedeceré tu deseo y lo cortaré".

Corazín es la higuera que no da frutos. Yo soy el buen Labrador. El rico impaciente sois vosotros. Dejad actuar al buen Labrador.

-De acuerdo. Pero tu parábola no concluye. ¿La higuera, al año siguiente, dio fruto? -pregunta el Zelote.
-No dio fruto y fue cortada. Pero el labrador quedó justificado de haber cortado un árbol que todavía era joven y pujante, porque había hecho todo su deber. Yo también quiero ser justificado por aquellos a quienes tenga que meter la segur y separarlos de mi viña, donde son árboles estériles o plantas venenosas, cobijos de serpientes, acaparadores de jugos nutritivos, parásitos o elementos tóxicos, que deterioran y dañan a los compañeros discípulos; o bien, que entran sin haber sido llamados, reptando con sus malignas raíces para proliferar en mi viña, rebeldes a todo injerto, venidos sólo para espiar, menoscabar y hacer estéril mi campo. A éstos los cortaré cuando todo haya sido intentado para convertirlos. Por ahora, antes de la segur, alzo las tijeras y el cuchillo del podador, desramo e injerto… Será un trabajo duro, para mí, que lo hago, y para los que lo sufran. Pero hay que hacerlo. Para que se pueda decir en el Cielo: "Ha cumplido todo. Pero ellos, cuanto más los ha podado, cuanto más ha injertado o removido la tierra de alrededor o abonado, con sudor y lágrimas, fatiga y sangre, ellos se han hecho cada vez más estériles y malos"… Hemos llegado al pueblo. Id todos adelante y pedid alojamiento. Tú, Judas de Keriot, quédate conmigo.

Se quedan solos y, en la penumbra de la noche, caminan uno al lado del otro en el máximo silencio.
Por fin Jesús dice, como hablando consigo mismo:

-Y, no obstante, aunque se haya caído en desgracia de Dios por haber infringido su Ley, siempre podemos volver a ser lo que éramos, renunciando al pecado…

Judas no responde nada.

Jesús sigue:
-Y si hemos comprendido que no podemos seguir recibiendo de Dios el poder, porque Dios no está donde está Satanás, con facilidad se puede solucionar, prefiriendo lo que Dios concede a lo que quiere nuestra soberbia.

Judas calla.

Jesús -y ya están a la altura de la primera casa del pueblo -todavía como hablando consigo mismo, dice:

-Y pensar que he sufrido áspera penitencia para que se enmiende y torne al Padre suyo…

Judas se estremece, levanta la cabeza, lo mira… pero no dice nada.

También Jesús lo mira… y luego pregunta:

-Judas, ¿a quién estoy hablando?

-A mí, Maestro. Por ti ya no tengo poder. Porque me lo has quitado para aumentárselo a Juan, a Simón, a Santiago, a todos, excepto a mí. ¡No me amas, eso es lo que pasa! Y acabaré por no amarte y por maldecir la hora en que te amé, y me hundí ante los ojos del mundo por un rey imbele que se deja supeditar incluso por la plebe. ¡No esperaba esto de ti!

-Ni Yo tampoco de ti. Pero nunca te he engañado, ni te he obligado. ¿Por qué, pues, permaneces a mi lado?

-Porque te amo. No puedo ya separarme de ti. Me atraes y me produces repulsión. Te deseo como el aire que respiro y… me das miedo. ¡Ah, soy un maldito! ¡Estoy condenado!

¿Por qué no arrojas de mí el demonio, Tú que puedes?
La cara de Judas está lívida y descompuesta, enajenada, llena de miedo y odio… Recuerda ya, aunque pálidamente, la máscara satánica del Judas del Viernes Santo.

Y el rostro de Jesús recuerda el del Nazareno flagelado, que, sentado en el patio del Pretorio encima de la artesa puesta boca abajo, mira a los que se burlan de Él con toda su piedad amorosa. Dice, y parece que hay ya un sollozo en su voz:

-Porque no hay arrepentimiento en ti, sino solamente ira contra Dios, casi como si El fuera el culpable de tu pecado.

Judas dice entre dientes una fea imprecación…

-¡Maestro, hemos encontrado lo que buscábamos. Cinco en un sitio, tres en otro, dos en otro, y uno y uno en otros dos. No hemos podido mejor -dicen los discípulos.

-Está bien. Yo voy con Judas de Keriot -dice Jesús.
-No. Prefiero estar solo. Estoy inquieto. No te dejaría descansar…

-Como quieras… Entonces iré con Bartolomé. Vosotros haced lo que queráis. Entretanto vamos a donde haya más sitio, para poder cenar juntos.

337- El sábado en Corazín. Parábola sobre los corazones imposibles de labrar.Curación de una mujer encorvada

Jesús está en Corazín, en la sinagoga, que se va llenando lentamente de gente. Los notables del lugar deben haber insistido para que Jesús este sábado adoctrinase allí. Lo comprendo por las razones que aducen y por las respuestas de Jesús.

-No somos más arrogantes que los judíos o que los de la Decápolis dicen -y, sin embargo, vas una y otra vez… y vuelves allí a menudo.

-También aquí lo mismo. Con palabras y obras, con mi silencio y mis actos, os he adoctrinado.

-Pero, si somos más duros que los otros, razón de más para insistir…
-Bien, bien.
-¡Claro que sí; que bien! Te dejamos que uses nuestra sinagoga como lugar de adoctrinamiento, precisamente porque juzgamos que está bien hecho. Acepta, pues, la invitación y habla.

Jesús abre los brazos -señal de silencio para los presentes -y empieza su discurso, y habla con tono de salmo: una recitación lenta, melodiosa y enfática:

  • -Arauná respondió a David: “Que el rey mi señor tome y ofrende como quiera. Ahí están los bueyes para el holocausto, el carro y los yugos de los bueyes como leña; todo, ¡oh rey!, da Arauná al rey'. Y añadió: “Que el Señor Dios acepte propicio tu voto”. Mas el rey respondió y dijo: “No será como quisieras. No. Quiero comprar con dinero. No quiero ofrecer al Señor mi Dios
    holocaustos que me hayan sido regalados".

Jesús baja la mirada, pues hablaba con la cara casi vuelta hacia el techo; mira fijamente, agudamente, al arquisinagogo y a los cuatro notables que estaban con él, y pregunta:

-¿Habéis comprendido el significado?
-Esto está en el segundo de los Reyes, cuando el rey santo compró la era de Arauná… Pero no comprendemos por qué nos lo has citado. Aquí no hay pestilencia y no se tiene que ofrecer un sacrificio. Tú no eres rey… Bueno, queremos decir: no todavía.

-En verdad, tarda es vuestra mente para comprender los símbolos, e insegura vuestra fe. Si fuera segura, veríais que ya soy Rey como he dicho; si tuvierais intuición despierta, comprenderíais que aquí hay una pestilencia muy grave, más que la que preocupaba a David: tenéis la de la incredulidad que os hace perecer.

-¡Bien! Pues si somos tardos e incrédulos, danos inteligencia y fe y explícanos lo que has querido decir.
-Digo: no ofrezco a Dios los holocaustos forzados, los que se ofrecen por mezquino interés. Y Aquel que para hablar ha venido no acepta el hablar sólo si se le concede: es mi derecho y me lo tomo. Bajo el sol o entre cerradas paredes, encima de los montes o en el fondo de los valles, en el mar o sentado en las orillas del Jordán, en todas partes, tengo el derecho y el deber de adoctrinar y de comprar con mi esfuerzo los únicos holocaustos agradables a Dios: los corazones convertidos y hechos fieles por mi palabra.

Aquí, vosotros de Corazín, habéis concedido al Verbo la palabra no por respeto y fe, sino porque tenéis en vuestro corazón una voz que os tortura como carcoma que roe la madera: "Este castigo del hielo es por nuestra dureza de corazón". Y queréis arreglar las cosas. Por la economía, no por el alma. ¡Oh, Corazín pagana y obcecada! Pero no toda Corazín es igual. Para los que no son así, hablaré, con una parábola.

Oíd. Un necio rico llevó a un artista un trozo grande de una sustancia blonda como la miel más fina, y le ordenó que lo trabajara para hacer de él un ánfora decorada.
"No es un material bueno para ser trabajado" dijo el artista al adinerado. "¿Ves? Es blando, elástico. ¿Cómo puedo esculpirlo y modelarlo?".

"¿Cómo! ¿No es bueno? Es una resina preciada. Y un amigo mío tiene una pequeña ánfora de esta resina y en ella su vino adquiere un sabor delicioso. La he pagado a precio de oro, para disponer de un ánfora más grande y humillar así a mi amigo jactancioso. Házmela inmediatamente. Si no, diré que eres un artista incapaz".

"La de tu amigo será de alabastro blondo.” "No. Es de este material".

"Será de ámbar fino.” "No. Es de este material".

"Aunque fuera de este material -vamos a suponerlo -habrá adquirido compacidad, dureza, por siglos de antigüedad o con la mezcla de otras substancias solidificantes. Pregúntaselo y vuelve a decirme cómo fue hecha la suya".
"No. Me la ha vendido él mismo, asegurándome que se usa así". "Pues entonces te ha timado para castigarte por envidiar su bonita ánfora.”

"¡Mide tus palabras! Trabaja. Si no, te castigo quitándote el taller; que todo lo que tienes no vale cuanto me cuesta esta estupenda resina".

El artista, desconsolado, se puso manos a la obra.

Plasmaba la sustancia… Pero ésta se le quedaba pegada a las manos. Trataba de solidificar un trocito con mástiques y polvos… Pero la resina perdía su transparencia de oro.

La ponía junto al horno de fusión esperando que el calor la endureciera… Pero, desesperado, tenía que quitarla porque se licuaba. Mandó por nieve helada a la cima del alto Hermón; metió la resina dentro de la nieve… Se endurecía, seguía siendo bonita, pero ya no se podía modelar. "La voy a modelar con el cincel" dijo. Pero al primer golpe de cincel la resina se hizo pedazos.

El artista, totalmente desesperado, convencido ya de que nada podía hacer apto para ser trabajado a aquel material, intentó una última prueba. Reunió los trozos, los hizo de nuevo líquidos al calor del horno, los volvió a congelar con la nieve, aunque esta vez no demasiado, e intentó trabajar en la masa ligeramente blanda con el cincel y la espátula. ¡Se modelaba!, ¡sí!… Pero, nada más dejar cincel y espátula, volvía a la forma de antes, como si fuera masa de pan en fermentación en la artesa.

El hombre se dio por vencido. Y para huir de las represalias del rico, y de la ruina, durante la noche cargó en un carro a su mujer, a sus hijos, los enseres y los instrumentos de trabajo; y dejó en el centro del taller completamente vacío la masa blonda de la resina con una tira de papel encima con las palabras: "Imposible de labrar". Luego huyó allende los confines…

Yo he sido enviado a labrar los corazones en orden a la Verdad y la Salud. Han venido a mis manos corazones de hierro, plomo, estaño, alabastro, mármol, plata, oro, jaspe, piedras preciosas. Corazones duros, corazones toscos, corazones demasiado tiernos, corazones volubles, corazones endurecidos por las penas, corazones valiosísimos: todo tipo de corazones. Los he labrado a todos. Y a muchos los he modelado según el deseo de Aquel que me ha enviado. Algunos me han herido mientras los trabajaba, otros han preferido romperse antes que dejarse trabajar con toda profundidad. Pero, quizás con odio, conservarán siempre un recuerdo mío.

Vosotros sois imposibles de labrar. Calor de amor, paciencia de instrucción, frío de reprensiones, fatiga de cincel… nada sirve con vosotros. Nada más retirar mis manos, volvéis a ser como erais. Tendríais que hacer una única cosa para ser cambiados: abandonaros totalmente en mí. No lo hacéis. No lo haréis nunca. El Trabajador, desconsolado, os abandona a vuestro destino. Pero, dado que es justo, no os abandona a todos igual. Desconsolado, sabe todavía elegir a los que merecen su amor, y los consuela y bendice.

-¡Mujer, ven aquí! -dice señalando a una mujer que está junto a la pared, tan encorvada que parece un signo de interrogación.

La gente ve a dónde señala Jesús, pero no ve a la mujer, la cual por su conformación, no puede ver a Jesús ni tampoco su mano.

-¡Ve Marta! Que te llama -le dicen varias personas. Y la pobrecita va renqueando con su bastón, que le llega a la altura de la cabeza.

Ahora está delante de Jesús, que le dice:

-Mujer, quédate con un recuerdo de mi paso y con un premio a tu fe silenciosa y humilde Queda liberada de tu enfermedad -grita al final, poniéndole las manos en la espalda.

Y enseguida la mujer se alza y, derecha como una palma, levanta los brazos y grita: -¡Hosanna! ¡Me ha curado! Ha visto a su sierva fiel y la ha agraciado. ¡Sea alabado el Salvador y Rey de Israel! ¡Hosanna al Hijo de David!
La gente responde con sus "¡hosanna!" a los de la mujer, la cual ahora está de rodillas a los pies de Jesús, besándole el borde de la túnica, mientras Él le dice:

-Ve en paz y persevera en la fe.

El arquisinagogo -deben quemarle todavía las palabras dichas por Jesús antes de la parábola -quiere responder con veneno a la reprensión, y, mientras la muchedumbre se abre para dejar pasar a la mujer curada milagrosamente, grita indignado:

-¡Hay seis días para trabajar, seis días para pedir y dar! ¡Venid, pues, en esos días, tanto para pedir como para dar! ¡Venid a recobrar la salud en esos días, sin violar el sábado, pecadores e infieles, corrompidos y corruptores de la Ley! -y trata de empujar a todos fuera de la sinagoga, como para arrojar la profanación del lugar de oración.

Pero Jesús, que lo ve ayudado en su acción por los cuatro notables de antes y por otros que están repartidos entre la muchedumbre (los cuales dan los signos más manifiestos de estar escandalizados, torturados por el… delito de Jesús), a su vez grita (mientras con los brazos recogidos sobre el pecho, severo, majestuoso, lo mira):

-¡Hipócritas! ¿Quién de vosotros en este día no ha desatado el buey o el asno del pesebre y lo ha llevado a beber? ¿Y quién no ha llevado los haces de hierba a las ovejas del rebaño y no ha extraído la leche de las ubres llenas? ¿Y por qué, si tenéis seis días para hacerlo, lo habéis hecho también hoy, por unos pocos denarios de leche, o por miedo de perder el buey y el asno a causa de la sed? ¿Y no debía soltar Yo a ésta de sus cadenas, después de que Satanás la ha tenido atada durante dieciocho años, sólo porque es sábado? Idos.

He podido soltar a esta mujer de su desventura involuntaria; mas no podré jamás soltaros a vosotros de las vuestras, que son voluntarias, ¡oh enemigos de la Sabiduría y de la Verdad!

La gente buena, de entre los muchos no buenos de Corazín, aprueba y alaba; la otra parte, lívida de rabia, huye, dejando plantado al también lívido arquisinagogo.

También Jesús lo deja plantado y sale de la sinagoga, rodeado de los buenos, que siguen circundándole hasta que llega a los campos, lugar donde Él bendice una última vez, para tomar luego la vía de primer orden, junto con los primos y Pedro y Tomás…

336- En Nazaret con cuatro apóstoles. El amor de Tomás por María Santísima

Jesús con los suyos están de nuevo en la vía que va de la llanura Esdrelón a Nazaret. Deben haber pernoctado en algún lugar, porque es otra vez por la mañana. Van en silencio durante un tiempo. Primero va Jesús solo delante; luego Jesús con Pedro y Simón (los ha llamado); después todos juntos, hasta una bifurcación que es intersección de la vía de Nazaret con una que va hacia el nordeste. Los montes ya están cercanos por los dos lados.

Jesús indica a los que van hablando que guarden silencio, y dice:

-Dividámonos ahora. Yo voy a Nazaret con los hermanos, con Pedro y con Tomás. Vosotros, dirigidos por Simón Zelote, id, por la vía del Tabor y de las caravanas, a Debaret, a Tiberíades, Magdala, Cafarnaúm; y de allí iréis hacia Merón y os detenéis en casa de Jacob para ver si se ha convertido, y lleváis mi bendición a Judas y Ana. Os alojaréis donde os hospeden con más insistencia.

Una noche sólo en cada sitio, porque la noche del sábado nos encontraremos en la vía de Sefet. Pasaré el sábado en Corazín, en casa de la viuda. Pasad a avisarle. Así terminaremos de dar paz al alma de Judas, que se persuadirá de que Juan no está tampoco en estos cobijos hospitalarios…

-¡Maestro, que yo creo!…
-Pero siempre conviene que te asegures, para que no tengas que ponerte colorado delante de Caifás y Anás, como no me pongo colorado Yo delante de ti ni delante de ningún otro hombre afirmando que Juan ya no está con nosotros. A Tomás me lo llevo a Nazaret. Así podrá tranquilizarse también respecto a ese lugar, viendo con sus propios ojos…

-¡Pero yo, Maestro! ¿Qué crees que me puede interesar! Al contrario, siento que no esté ya con nosotros ese hombre. Habrá sido lo que haya sido. Pero, desde que lo hemos conocido, ha sido siempre mejor que muchos ilustres fariseos. Me bastaría con saber que no te ha renegado ni causado dolor. Y además… sea que esté en la tierra, sea que lo tenga Abraham en su seno, a mí no me interesa. Créeme. Aunque estuviera en mi casa… no sentiría ninguna repulsa. Espero que no pienses que tu Tomás tenga en el corazón más que una natural curiosidad, y ninguna mala intención, ningún estímulo de investigar con más o menos rectitud, ninguna tendencia al espionaje, ni voluntario ni involuntario ni autorizado, ningún deseo de causar daño…

-¡Tú me ofendes! ¡Estás haciendo insinuaciones! ¡Mientes! ¿Por qué dices eso, si has visto que en todo este tiempo no he tenido sino un único modo santo de actuar? ¿Qué puedes decir de mí? ¡Habla! -Judas está encolerizado, furioso-.

-¡Silencio! Tomás me responde a mí. A mí sólo, que soy quien le ha hablado. Creo en las palabras de Tomás. Pero quiero que se haga así, y así sea, y ninguno de vosotros tiene derecho a criticar mi modo de actuar.

-No te estoy criticando. Es que la insinuación me ha tocado y…

-Sois doce. ¿Por qué te ha tocado sólo a ti lo que he dicho a todos? -pregunta Tomás.

-Porque he sido yo el que ha buscado a Juan.

Jesús dice:
-También lo han hecho otros compañeros tuyos, y otros discípulos lo harán, y por ello ninguno se considerará ofendido por las palabras de Tomás. No es pecado preguntar honestamente por un condiscípulo. No duele oír palabras como las que han sido dichas cuando en nosotros no hay sino amor y honestidad; cuando nada remuerde en el corazón y cuando, por no haber sido herido ya el corazón por el diente del remordimiento, nada le hace ultrasensible.

¿Por que quieres hacer estas protestas en presencia de tus compañeros? ¿Quieres que sospechen pecado en ti?

La ira y la soberbia son dos malas compañeras, Judas.

Arrastran al delirio, y uno que delira ve lo que no existe, dice lo que no debería decir… de la misma forma que la avaricia y la lujuria arrastran a acciones culpables con tal de satisfacerse… Líbrate de estas malvadas siervas… Y de momento has de saber que durante estos muchos, muchos días de ausencia tuya ha habido buena concordia entre nosotros, siempre, y ha habido obediencia y respeto siempre. Nos hemos amado, ¿comprendes?… Adiós, amados amigos.

Idos, y amad. ¿Comprendéis? Amaos, sed compasivos los unos para con los otros, hablad poco y actuad bien. La paz sea con vosotros.

Los bendice. Mientras ellos van a la derecha, Jesús continúa su camino con los primos y con Pedro y Tomás.

Continúa en medio de un gran silencio, hasta que Pedro salta con un potente y solitario:

-¡Sabe Dios!… -puesto como corolario de quién sabe qué larga meditación. Los demás lo miran…

Jesús, al quite, desvía otras preguntas diciendo:

-Estáis contentos vosotros dos de venir a Nazaret conmigo?
-y pasa los brazos por los hombros a Pedro y a Tomás.
-¿Y lo preguntas? -dice Pedro con su exuberancia.

Tomás, más tranquilo, pero con su cara regordeta resplandeciente de alegría, añade: -¿No sabes que para mí estar al lado de tu Madre es una dulzura que no encuentro palabras para describírtela? María es mi amor. No estoy consagrado virgen, y no era contrario a tener una familia; ya había puesto mi mirada en algunas jóvenes, sin decidirme sobre cuál elegir por esposa.

¡Pero ahora… ahora!… ¡Que sí, que mi amor es María! El inasible amor para la carne. ¡Pero la carne muere con sólo pensar en Ella! El letificante amor para el espíritu.

¡Ah!, todo lo que he visto en las mujeres -incluso las más queridas, como mi madre y mi hermana gemela -, todo lo que de bueno veo en ellas, lo comparo con lo que veo en tu Madre, y digo dentro de mí: "En Ella habita toda justicia, toda gracia y belleza. Plantío de flores paradisíacos es su espíritu amable… un poema su figura…".

¡Oh, porque nosotros israelitas no osamos pensar en los ángeles y con pávida reverencia observamos a los querubines del Santo de los Santos!… ¡Qué necios! ¿Y no sentimos luego diez veces más de devotísimo temblor mirándola a Ella! Ella, que -estoy seguro -supera ante los ojos de Dios toda belleza angélica…

Jesús mira al enamorado de su Madre, que parece espiritualizarse de tanto como su sentimiento hacia María le muda la expresión bondadosa del rostro.

-Bueno, pues unas horas, pocas, estaremos con Ella. Nos detendremos hasta pasado mañana. Luego vamos a ir a Tiberíades, a ver a los dos niños y a tomar una barca para Cafarnaúm.

-¿Y a Betsaida? -pregunta Pedro.

-Al regreso, Simón. A1 regreso iremos a Betsaida para recoger a Margziam para el peregrinaje de Pascua…
…Y es la noche del mismo día, en Nazaret, en la casita pacífica, donde Pedro y Tomás ya duermen. Y se oye el coloquio delicado entre la Madre y el Hijo.

-Todo ha ido bien, Madre mía. Ahora tienen paz. Tus oraciones han ayudado a los peregrinos, y ahora, como rocío en flores agostadas, están curando su dolor.

-¡Quisiera curar el tuyo, Hijo mío! ¡Cuánto debes haber sufrido!

-Mira. Aquí, en las sienes, tu carne se hunde, y aquí, en las mejillas una arruga corta tu frente como señal de espada. ¿Quién te ha herido de este modo, corazón mío?

-El dolor de tener que dar dolor, Mamá.

-¿Eso sólo, Jesús mío? ¿Tus discípulos no te han dado dolor?

-No, Mamá. Han sido de una bondad de santos.

-Los que estaban contigo… Pero yo me refiero a todos…
-Como puedes ver, he traído a Tomás para premiarlo, y hubiera querido traer también a los que no habían estado aquí la otra vez. Pero tenía que enviarlos a otro lugar, adelante…

-¿Y Judas de Keriot?
-Judas está con ellos.

María abraza a su Hijo y reclina la cabeza en su hombro llorando.

-¿Por qué lloras, Mamá? -pregunta Jesús acariciando su pelo.

María guarda silencio y llora. Sólo a la tercera pregunta susurra:

-Por el terror que siento… Siempre deseo que te abandone… ¿Peco -no es verdad, deseando esto? Pero es tan fuerte, tan fuerte el miedo que le tengo, por ti…

-Sólo si desapareciera muriendo cambiarían las cosas. Pero, ¿por qué debería morir?

-No soy tan mala como para desearlo… ¡Él también tiene una madre! Y tiene un alma… Un alma que todavía puede salvarse. Pero… ¡oh, Hijo mío!… ¿no sería, acaso, un bien para él la muerte?

Jesús suspira y susurra:

-Para muchos sería un bien la muerte…
Y luego, en voz alta:

-¿Has sabido algo de la anciana Juana? -¿Sus campos?…
-He ido con María de Alfeo y Salomé de Simón después de las granizadas. Pero su trigo, al haber sido sembrado con retraso, no había nacido todavía y no se ha dañado. Hace tres días volvió María para ver cómo iba. Dice que parece una alfombra.

Los campos más lindos de esta tierra. Raquel está bien y la anciana contenta. También María de Alfeo está contenta, ahora que Simón es todo para ti. Mañana lo verás. Viene todos los días. Hoy acababa de salir cuando has llegado. ¿Sabes?, ninguno se dio cuenta de nada.

Alguno habría hablado, si se hubiera dado cuenta de que estaban aquí. Pero… si verdaderamente no estás cansado, cuéntame su viaje…

Y Jesús cuenta todo a la Madre atenta, menos su sufrimiento en la gruta de Yiftael.

335- La falsa amistad de Ismael ben Fabí, y el hidrópico curado en sábado

Veo a Jesús que va andando rápidamente por una vía de primer orden que el viento frío de una mañana de invierno barre y endurece. Los campos, aquende y allende la vía, apenas presentan una tímida pelusa de gramíneas que ya brotan, un velo de verde en que hay una promesa de futuro pan, pero una promesa que apenas si ha sido pensada.

Los surcos umbrosos carecen todavía de este verde bendito; sólo los que están en lugares más soleados tienen ese verdear, tan leve y ya tan festivo porque habla de próxima primavera.

Los árboles frutales están todavía desnudos; ni siquiera una yema se hincha en sus oscuras ramas. Sólo los olivos presentan su eterno pardo verde, triste tanto bajo el sol de Agosto como bajo este claror de reciente mañana invernal. Y, como ellos, también tienen verde -un verde pastoso de cerámicas acabadas de pintar -las carnosas hojas de las cácteas.

Jesús camina, como sucede a menudo, dos o tres pasos más adelante que los discípulos. Van todos bien tapados con sus mantos de lana. En llegando a un punto, Jesús se para, se vuelve y pregunta a los discípulos:
-¿Conocéis bien el camino?

-El camino es éste. Pero… ¿la casa?… no se sabe, porque está en el interior… Quizás allí, donde aquella mata de olivos…

-No. Debe estar allá al final, donde aquellos árboles grandes sin hojas…
-Debería haber un camino para carros…
En definitiva, no saben nada con precisión. No se ven personas ni por la vía ni por los campos. Van sin rumbo definido, hacia delante, buscando el camino.

Encuentran una pequeña casita de pobres, con dos o tres terrenitos alrededor. Una niña saca agua de un pozo.
-Paz a ti, niña -dice Jesús mientras se detiene en el limen del seto, que tiene una abertura para quien va o viene.

-Paz a ti. ¿Qué quieres?
-Una información. ¿Dónde está la casa de Ismael el fariseo?

-Vas mal por aquí, Señor. Tienes que volver a la bifurcación y tomar el camino que va hacia donde se pone el sol. Pero tienes que andar mucho, mucho, porque tienes que volver allí, a la bifurcación, y luego andar y andar. ¿Has comido? Hace frío y se siente más con el estómago vacío. Entra, si quieres. Somos pobres. Pero tú tampoco eres rico. Te puedes adaptar. Ven.
Y llama con voz aguda:

-¡Mamá!
Se asoma a la puerta una mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años. Su cara es honesta, aunque un poco triste. Lleva en brazos a un niño de unos tres años, medio desnudo.

-Entra. E1 fuego está encendido. Voy a darte leche y pan.
-No vengo sólo. Tengo conmigo a estos amigos.
-Que entren todos y que la bendición de Dios descienda sobre los peregrinos mis huéspedes.

Entran en una cocina baja y oscura alegrada por un fuego vivo. Se sientan acá o allá en rústicos arquibancos.
-Ahora os preparo… Es pronto… No he puesto en orden nada todavía… Perdonad.
-¿Vives sola?

Es Jesús el que habla.
-Tengo marido e hijos. Siete. Los dos mayores están todavía en el mercado de Naím. Tienen que ir ellos porque mi marido está enfermo. ¡Qué pena!… Las niñas me ayudan. Este es el más pequeño. Pero tengo otro muy poco mayor que él.

El pequeñuelo, ya vestido con su tuniquita, corre descalzo hacia Jesús y lo mira con curiosidad. Jesús le sonríe. Ya son amigos.

-¿Quién eres? -pregunta el niño con confianza.
-Soy Jesús.

La mujer se vuelve y lo mira atentamente. Se ha quedado ahí, con un pan en las manos, entre el hogar y la mesa. Abre la boca para hablar, pero calla.

El niño continúa:
-¿A dónde vas?
-Voy por los caminos del mundo.
-¿Para qué?

-Para bendecir a los niños buenos y a sus casas, donde hay fidelidad a la Ley.

La mujer hace otra vez un gesto. Luego hace una seña a Judas Iscariote, que es el que está más cerca de ella. Judas se inclina hacia la mujer, y ésta pregunta:

-¿Pero quién es tu amigo?

Y Judas, todo presumido (parece como si el Mesías fuera tal por su mérito y bondad):
-Es el Rabí de Galilea, Jesús de Nazaret. ¿No lo sabes mujer?

-¡Esta vía queda apartada y yo tengo muchas penas!… Pero… ¿podría hablarle?
-Puedes -dice con entono Judas. Me parece como una persona importante del mundo concediendo audiencia…

Jesús sigue hablando con el niño, que le pregunta si tiene también Él niños.

Mientras la niña vista antes y otra más mayorcita traen leche y avíos de mesa, la mujer se acerca a Jesús. Un momento de pausa y luego un grito ahogado:
-¡Jesús, piedad de mi marido!

Jesús se levanta. La domina con su estatura, pero la mira con tanta bondad, que ella recobra la seguridad.
-¿Qué quieres que haga?

-Está muy enfermo. Hinchado como un odre. No puede ya agacharse y trabajar. No puede descansar porque se ahoga, y se agita… Y nuestros hijos son todavía pequeñitos…
-¿Quieres que lo cure? ¿Pero, por qué lo quieres de mí?
-Porque Tú eres Tú. No te conocía, pero había oído hablar de ti. La fortuna te ha conducido a mi casa después de haberte buscado yo tres veces en Naím y en Caná. Dos veces estaba también mi marido. Ir en carro le hace sufrir mucho, y, no obstante, te buscaba… Está también fuera ahora, con su hermano… Nos habían comunicado que el Rabí, dejada Tiberíades, iba hacia Cesárea de Filipo. Ha ido allí a esperarte…

-No he ido a Cesárea. Voy a casa del fariseo Ismael y luego hacia el Jordán…
-¿Tú, que eres bueno, donde Ismael.
-Sí. ¿Por qué?

-Porque… porque… Señor, sé que dices que no hay que juzgar, que hay que perdonar y que tenemos que amarnos. No te había visto nunca. Pero he tratado de saber de ti lo más que podía, y rogaba al Eterno poderte escuchar al menos una vez. No quiero hacer nada que te desagrade…

Pero, ¿cómo se puede no juzgar a Ismael, y amarlo? No tengo nada en común con él, y, por tanto, no tengo nada que perdonarle. Nos sacudimos las insolencias que nos lanza cuando encuentra nuestra pobreza en su camino, con la misma paciencia con que nos sacudimos el barro y el polvo que nos echa cuando pasa rápido con sus carruajes. Pero amarlo y no juzgarlo es demasiado difícil… ¡Es muy malo!

-¿Es muy malo? ¿Con quién?
-Con todos. Subyuga a sus siervos, presta con usura, y es exigente hasta la crueldad. Sólo se ama a sí mismo. Es el más cruel de la comarca. No lo merece, Señor.

-Lo sé. Dices la verdad.
-¿Y Tú vas allí?
-Me ha invitado.

-Desconfía, Señor. No lo habrá hecho por amor. No te puede amar. Y Tú… no lo puedes amar.

-Yo amo también a los pecadores, mujer. He venido para salvar a quien está perdido…

-Pero a éste no lo salvarás. ¡Oh, perdón por haber juzgado! Tú eres sabio… Todo lo que haces está bien hecho. Perdona a mi necia lengua y no me castigues.

-No te castigo. Pero no lo vuelvas a hacer. Ama a los malvados también. No por su maldad, sino porque con el amor es como se obtiene para ellos la misericordia que convierte. Tú eres buena y tienes deseos de serlo más todavía. Amas la Verdad, y la Verdad que te está hablando te dice que te ama porque eres compasiva para con el huésped y el peregrino, según la Ley, y así has educado a tus hijos.

Dios será tu recompensa. Yo tengo que ir a casa de Ismael, que me ha invitado para presentarme a muchos amigos suyos que me quieren conocer. No puedo esperar más a tu marido. Has de saber que está regresando. Pero, exhórtale a sufrir todavía un poco y dile que venga enseguida a casa de Ismael. Ven tú también. Lo curaré.

-¡Oh, Señor!… -la mujer está de rodillas a los pies de Jesús, y lo mira con sonrisa y llanto. Luego dice: « ¡Pero hoy es sábado!…».

-Lo sé. Necesito que sea sábado para decirle a Ismael algo al respecto. Todo lo que Yo hago lo hago con una finalidad clara y sin error. Sabedlo todos, también vosotros, amigos míos que tenéis miedo y querríais que me comportara según las conveniencias humanas para no recibir, de lo contrario, daño. Os guía el amor. Lo sé. Pero tenéis que saber amar mejor a quien amáis. No posponiendo nunca el interés divino al interés de vuestro amado. Mujer, voy y te espero. La paz sea perenne en esta casa en que se ama a Dios y a su Ley, se respeta el vínculo matrimonial, se educa santamente a la prole, se ama al prójimo y se busca la Verdad. Adiós.

Jesús pone la mano en la cabeza de la mujer y de las dos mocitas y luego se agacha para besar a los niños más pequeños, y sale. Ahora un solecillo de invierno templa el aire crudo. Un muchacho de unos quince años espera con un rústico carro muy desvencijado.

-Sólo tengo esto, Señor. Pero, en todo caso, llegarás antes y con más comodidad.

-No, mujer. Conserva fresco tu caballo para venir a casa de Ismael. Indícame sólo el camino más corto.

El muchacho se pone a su lado y, por campos y prados, van hacia una ondulación del terreno, tras la cual hay una depresión de algunas hectáreas, bien cultivada, en cuyo centro hay una hermosa casa ancha y baja, circundada por una faja de jardín bien cultivado.

-La casa es aquélla, Señor -dice el muchacho. «Si no te hago más falta, vuelvo a casa para ayudar a mi madre.
-Ve, y sé siempre un hijo bueno. Dios está contigo…
…Jesús entra en la suntuosa casa de campo de Ismael.

Gran número de siervos acuden al encuentro del Huésped, ciertamente esperado. Otros van a avisar al amo, y éste sale al encuentro de Jesús haciendo profundas reverencias.
-¡Bien vienes, Maestro, a mi casa!

-Paz a ti, Ismael ben Fabí. Deseabas mi presencia. Vengo. ¿Para qué querías verme?
-Para ser honrado con tu presencia y para presentarte a mis amigos. Quiero que lo sean también tuyos. De la misma forma que deseo que Tú seas amigo mío.
-Yo soy amigo de todos, Ismael.

-Lo sé. Pero, ya sabes… Conviene tener amistades en las altas esferas. Y la mía y las de mis amigos son de ésas. Tú ­perdona si te lo digo -pasas por alto demasiado a quienes te pueden apoyar…

-¿Y tú eres de ésos? ¿Por qué?
-Yo soy de ésos. ¿Por qué? Porque te admiro y quiero tenerte como amigo.

-¡Amigo! ¿Pero sabes, Ismael, el significado que doy Yo a esta palabra? Para muchos, "amigo" quiere decir "conocido"; para otros, "cómplice"; para otros, "siervo". Para mí quiere decir "fiel a la Palabra del Padre". Quien no es tal no puede ser amigo mío, ni Yo suyo.

-Pero si quiero tu amistad precisamente porque quiero ser fiel, Maestro. ¿No lo crees? Mira: ahí llega Eleazar.

Pregúntale cómo te he defendido ante los Ancianos. Eleazar, te saludo. Ven, que el Rabí quiere preguntarte una cosa.

Grandes saludos y recíprocas ojeadas indagadoras.
-Di tú, Eleazar, lo que dije del Maestro la última vez que nos reunimos.

-¡Oh, un verdadero elogio! ¡Una defensa apasionada! Ismael habló de ti tanto (como del Profeta más grande que haya venido al pueblo de Israel), Maestro, que sentí apetencia de escucharte. Recuerdo que dijo que ninguno tenía palabra más profunda que la tuya, ni atractivo mayor que el tuyo, y que, si como sabes hablar sabes sujetar la espada, no habrá ningún rey más grande que Tú en Israel.

-¡Mi Reino!… Este Reino no es humano, Eleazar.
-¿Pero el Rey de Israel?

«Ábranse vuestras mentes para comprender el sentido de las palabras arcanas. Vendrá el Reino del Rey de los reyes. Pero no en la medida humana. No respecto a lo perecedero, sino a lo eterno. A él se accede no por florida vía de triunfos ni sobre purpúrea alfombra de sangre enemiga, sino por empinado sendero de sacrificio y por benigna escalera de perdón y amor. Las victorias contra nosotros mismos nos darán este Reino. Y quiera Dios que la mayor parte de Israel pueda entenderme. Mas no será así.

Vosotros pensáis lo que no es. En mi mano habrá un cetro puesto por el pueblo de Israel. Regio y eterno. Ningún rey podrá ya arrebatárselo a mi Casa. Pero muchos en Israel no podrán verlo sin estremecerse de horror, porque tendrá un nombre atroz para ellos.

-¿No nos crees capaces de seguirte?

-Si quisierais, podríais. Pero no queréis. ¿Por qué no queréis? Sois ya ancianos. La edad debería haceros comprender y ser justos. Justos incluso con vosotros mismos. Los jóvenes… podrán errar y luego arrepentirse.

¡Pero vosotros! La muerte está siempre muy cerca de los ancianos. Eleazar, tú estás menos envuelto en las teorías de muchos de tus iguales. Abre tu corazón a la Luz…
Vuelve Ismael con otros cinco pomposos fariseos:
-Venid, pues, adentro -dice el amo de la casa. Y, dejado el atrio, rico de sillas y alfombras, entran en una estancia. Traen ánforas y palanganas para las abluciones. Luego pasan al comedor, muy ricamente preparado.
-Jesús a mi lado, entre yo y Eleazar -ordena el amo. Y Jesús, que había permanecido en el fondo de la sala, junto a los discípulos, un poco arredrados y olvidados, debe sentarse en el sitio de honor.

Empieza el banquete, con numerosos servicios de carnes y pescados asados. Vinos y, según me parece, jarabes, o por lo menos aguamieles, pasan una y otra vez.

Todos tratan de hacer hablar a Jesús. Uno, un viejo todo tembloroso, pregunta con voz bronca de decrépito:

-Maestro, ¿es verdad lo que se dice, que pretendes modificar la Ley?

-No cambiaré ni una iota a la Ley. Es más -y Jesús recalca las palabras -, he venido realmente para devolverle su integridad, como cuando le fue dada a Moisés.
-¿Insinúas que ha sido modificada?

-De ninguna manera. Ha sufrido la suerte de todas las cosas excelsas que han sido puestas en manos del hombre, nada más.

-¿Qué quieres decir? Especifica.

Quiero decir que el hombre, por la antigua soberbia o por el antiguo fomes de la triple lujuria, quiso retocar la palabra clara, e hizo de ella una cosa opresiva para los fieles; mientras que para los autores de los retoques no es más que un cúmulo de frases que… bueno, que es para los demás.

-¡Pero, Maestro! Nuestros rabíes…
-¡Esto es una acusación!
-¡No frustres nuestro deseo de favorecerte!…
-¡Ah, ya! ¡Tienen razón cuando te llaman rebelde!

-¡Silencio! Jesús es mi invitado. Que hable libremente.

Nuestros rabíes comenzaron su esfuerzo con la santa finalidad de facilitar la aplicación de la Ley. Dios mismo dio comienzo a esta escuela cuando a las palabras de los diez mandamientos añadió explicaciones más detalladas.

Para que el hombre no tuviera la excusa de no haber sabido comprender. Obra santa, pues, la de los maestros que desmenuzan para los pequeñuelos de Dios el pan que Dios ha dado al espíritu: santa si persigue recto fin. No siempre fue así. Y ahora menos que nunca. Pero, ¿por qué me queréis hacer hablar, vosotros que os ofendéis si os enumero las culpas de los poderosos?

-¿Culpas? ¿Culpas? ¿No tenemos sino culpas?

-¡Quisiera que tuvierais sólo méritos!

-Pero no los tenemos: eso es lo que piensas, y tu mirada lo delata. Jesús, no se logra la amistad de los poderosos criticando. No reinarás. No conoces el arte de reinar.

-No pido reinar a la manera que vosotros creéis. Ni mendigo amistades. Quiero amor. Pero un amor honesto y santo. Un amor que vaya de mí a aquellos a quienes amo, y que se demuestre usando con los pobres lo que predico que se use: misericordia.

-Yo, desde que te oí hablar, no he vuelto a prestar con usura dice uno.

-Dios te recompensará.

-El Señor me es testigo de que no he vuelto a pegar a los siervos que merecían azotes, desde que me refirieron una parábola tuya -dice otro.

-¿Y yo? ¡He dejado en los campos, para los pobres, más de diez moyos de cebada! -dice un tercero.

Los fariseos se alaban excelsamente.

Ismael no ha hablado. Jesús pregunta:

-¿Y tú, Ismael?

-Oh, ¿yo? Siempre he usado misericordia. Sólo debo seguir actuando como siempre.

-¡Bien para ti! Si es realmente así, eres el hombre que no conoce remordimientos.

-¡Ciertamente no!
Jesús lo perfora con su mirada de zafiro.

Eleazar le toca en el brazo:

-Maestro, escúchame. Tengo un caso especial que someter a tu consideración. Recientemente he adquirido de un pobre desdichado una propiedad; este hombre se ha echado a perder por una mujer. Me ha vendido la propiedad, pero sin decirme que en ella hay una sierva anciana, su nodriza, ya ciega y medio chiflada. El vendedor no la quiere. Yo… no la querría. Pero, ponerla en plena calle… ¿Qué harías tú, Maestro?

-¿Tú qué harías, si tuvieras que dar a otro un consejo?

-Diría: "Quédate con ella, que no va a ser un pan lo que te arruine".

-¿Y por qué dirías eso?
-Bueno, pues… porque creo que yo actuaría así y querría que hicieran eso conmigo…

-Estás muy cerca de la justicia, Eleazar, y el Dios de Jacob estará siempre contigo.

-Gracias, Maestro.

Los otros murmuran entre sí.

-¿Qué tenéis que criticar? -pregunta Jesús -¿No he hablado rectamente? ¿Y éste?, ¿no ha hablado también rectamente?

Ismael, defiende a tus invitados, tú que siempre has usado misericordia.

-Maestro, hablas bien, pero… ¡si se actuara siempre así!… Seríamos víctimas de los demás.

-Y es mejor, según tú, que sean los demás víctimas nuestras ¿no?

No digo eso. Pero hay casos…
-La Ley dice que hay que tener misericordia…

-Sí, hacia el hermano pobre, hacia el forastero, el peregrino, la viuda y el huérfano. Pero esta vieja que ha venido a parar a los brazos de Eleazar no es su hermana, ni peregrina, forastera, huérfana o viuda. Para él no es nada; ni menos ni más que un objeto viejo del ajuar -no suyo -, olvidado en la propiedad vendida por quien es su verdadero dueño.

Por eso Eleazar podría incluso echarla sin escrúpulos de ningún tipo. A fin de cuentas, la culpa de la muerte de la vieja no sería suya, sino de su verdadero amo…

…El cual, siendo también pobre, no la puede seguir manteniendo; de forma que también está exento de obligaciones. Así que, si la anciana se muere de hambre, la culpa es de la anciana. ¿No es así?

-Así, Maestro. Es la suerte de los que… ya no sirven. Enfermos, viejos, incapaces, están condenados a la miseria, a la mendicidad. Y la muerte es lo mejor para ellos… Así es desde que el mundo existe, y así será…

-¡Jesús, ten piedad de mí!
Un lamento entra a través de las ventanas trancadas (porque la sala está cerrada y las lámparas encendidas; quizás por el frío).
-¿Quién me llama?
-Algún importuno. Haré que lo manden afuera. O algún mendigo. Diré que le den un pan.
-Jesús, estoy enfermo. ¡Sálvame!
-Ya decía yo. Un importuno. Castigaré a los siervos por haberlo dejado pasar.

Y se levanta Ismael.

Pero Jesús, al menos veinte años más joven que él, y todo el cuello y la cabeza más alto, lo sienta de nuevo poniéndole la mano en el hombro mientras ordena:

-Quédate ahí, Ismael. Quiero ver a este que me busca. Que entre.

Entra un hombre de cabellos todavía negros. Puede tener unos cuarenta años. Pero está hinchado como una cuba y amarillo como un limón; violáceos los labios en la boca jadeante. Le acompaña la mujer de la primera parte de la visión. El hombre avanza con dificultad, por la enfermedad y por temor. ¡Se ve tan mal mirado!…

Pero ya Jesús ha dejado su sitio y ha ido hasta el infeliz. Luego lo ha tomado de la mano y lo ha llevado al centro de la sala, al espacio vacío que hay entre las mesas, colocadas en forma de "u" justo debajo de la lámpara.

-¿Qué quieres de mí?

-Maestro… te he buscado mucho… desde hace mucho… Nada quiero aparte de salud… por mis hijos y mi mujer… Tú puedes todo… Ya ves mi mísero estado…

-¿Y crees que te puedo curar?

-¡Vaya que si lo creo!… Cada paso que doy me hace sufrir… cada movimiento brusco es un dolor para mí… y, no obstante, he recorrido kilómetros para buscarte… y luego, con el carro, te he seguido aún… pero no te alcanzaba nunca… ¡Vaya que si lo creo! Me extraña no estar ya curado desde que mi mano está en la tuya, porque todo en ti es santo, ¡oh, Santo de Dios!

El pobrecillo resopla como un fuelle por el esfuerzo de tantas palabras. La mujer mira a su marido y a Jesús, y llora.

Jesús los mira y sonríe. Luego se vuelve y pregunta:

-Tú, anciano escriba (habla al viejo tembloroso que ha hablado el primero), respóndeme: ¿es lícito curar en sábado?

-En sábado no es lícito hacer obra alguna.
-¿Ni siquiera salvar a uno de la desesperación? No es trabajo manual.

-El sábado está consagrado al Señor.

-¿Cuál obra más digna de un día sagrado que hacer que un hijo de Dios diga al Padre: "Te amo y te alabo porque me has curado"?».
-Debe hacerlo aunque sea infeliz.

-Cananías, ¿sabes que en este momento tu bosque más hermoso está ardiendo y toda la ladera del Hermón resplandece envuelta en purpúreas llamas?

El viejecillo pega un salto como si le hubiera mordido un áspid:

-Maestro, ¿dices la verdad o estás bromeando?
-Digo la verdad. Yo veo y sé.

-¡Oh, pobre de mí! ¡Mi más hermoso bosque! ¡Miles de siclos reducidos a ceniza! ¡Maldición! ¡Malditos sean los perros que me lo han prendido fuego! ¡Que ardan sus entrañas como mi madera!

El viejecillo está desesperado.

-¡No es más que un bosque, Cananías, y te lamentas! ¿Por qué no alabas a Dios en esta desventura? Éste no pierde madera, que renace, sino la vida y el pan para los hijos, y debería dar a Dios esa alabanza que tú no le das.

Entonces, escriba, ¿no me es lícito curar en sábado a éste?

-¡Maldito Tú, él y el sábado! Tengo otras cosas mucho más graves en que pensar… -y, dando un empujón a Jesús, que le había puesto una mano en el brazo, sale enfurecido, y se le oye dar gritos con su voz bronca para que le traigan su carro.

-¿Y ahora? -pregunta Jesús mirando a los que tiene alrededor.

-Y ahora, decidme, ¿es lícito o no?
Ninguna respuesta. Eleazar agacha la cabeza. Antes había entreabierto los labios, pero vuelve a cerrarlos, sobrecogido por el hielo que reina en la sala.

-Bien, pues voy a hablar Yo -dice Jesús, con majestuoso aspecto y voz tronante, como siempre cuando está para realizar un milagro.

-Voy a hablar Yo. Hablo. Digo: hombre, hágase en ti según crees. Estás curado. Alaba al Eterno. Ve en paz.

El hombre se queda desorientado. Quizás pensaba que iba a volverse de golpe esbelto, como tiempo atrás. Y le da la impresión de no estar curado. Pero… a saber lo que siente… Emite un grito de alegría, se arroja a los pies de Jesús y se los besa.

-¡Ve, ve! Sé siempre bueno. ¡Adiós!

El hombre sale, seguido de la mujer, la cual hasta el último momento se vuelve a saludar a Jesús.

-Pero, Maestro… En mi casa… En sábado…
-¿No das tu aprobación? Ya lo sé. Por esto he venido. ¿Tú, amigo? No. Enemigo mío. No eres sincero ni conmigo ni con Dios.

-¿Ofendes ahora?

-No. Digo la verdad. Has dicho que Eleazar no está obligado a socorrer a esa anciana porque no es de su propiedad. Pero tú tenías a dos huérfanos en tu propiedad.

Eran hijos de dos de tus siervos fieles, que se han muerto trabajando, uno de ellos con la hoz en el puño, la otra matada por la excesiva fatiga por haberte tenido que servir -como le exigías para no despedirla -, servirte por ella y por su marido.

Tú decías: "He hecho contrato por dos personas que trabajaran, y para seguirte teniendo, quiero el trabajo tuyo y el del muerto". Y ella te lo ha dado, y ha muerto con el fruto de su concebimiento; porque esa mujer era madre. Y no hubo para ella la piedad que se tiene con la bestia encinta. ¿Dónde están ahora esos dos niños?

-No lo sé… Desaparecieron un día.

-No mientas ahora. Basta haber sido cruel. No es necesario añadir el embuste para que Dios aborrezca tus sábados, a pesar de su total carencia de obras serviles. ¿Dónde están esos niños?

-No lo sé. Ya no lo sé. Créelo.
-Yo lo sé. Los encontré una noche de Noviembre, fría, lluviosa, oscura. Los encontré hambrientos y temblando, cerca de una casa, como dos perrillos en busca de un pedazo de pan que llevarse a la boca… Maldecidos y despedidos por quien tenía entrañas de perro más que un perro verdadero. Porque un perro habría tenido piedad de aquellos dos huerfanitos. Y ni tú ni aquel hombre la habéis tenido. ¿Ya no te servían sus padres, verdad?

Estaban muertos. Los muertos sólo lloran, en sus sepulcros, al oír los sollozos de esos hijos infelices de que los demás no se ocupan. Pero los muertos, con su espíritu, elevan sus llantos y los de sus huérfanos a Dios, y dicen:

"Señor, vénganos tú, porque el mundo aplasta cuando ya no le es posible seguir explotando". ¿No te servían todavía los dos pequeñuelos, verdad? Apenas si la niña podía servir para espigar…

Y tú los despediste negándoles incluso aquellos pocos bienes que pertenecían a su padre y a su madre. Podían morir de hambre y frío como dos perros en un camino de carros. Podían vivir y hacerse el uno ladrón, la otra prostituta. Porque el hambre porta al pecado. ¿Pero a ti qué te importaba?

Hace un rato citabas la Ley como apoyo de tus teorías. ¿Es que la Ley no dice: "No vejéis a la viuda y al huérfano, porque, si lo hacéis y elevan su voz hacia mí, escucharé su grito y mi furor se desencadenará y os exterminaré y vuestras mujeres se quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos"?

¿No dice eso la Ley? Y entonces, ¿por qué no la observas?

¿Me defiendes ante los demás? ¿Y por qué no defiendes mi doctrina en ti mismo? ¿Quieres ser amigo mío? ¿Y por qué haces lo opuesto de lo que Yo digo? Uno de vosotros va corriendo a más no poder, arrancándose los pelos, por la destrucción de su bosque. ¡Y no se los arranca ante las ruinas de su corazón!

¿Y tú a qué esperas a hacerlo?

¿Por qué queréis siempre creeros perfectos, vosotros a quienes la suerte ha hecho subir? Y, suponiendo que lo fuerais en algo, ¿por qué no tratáis de serlo en todo?

¿Por qué me odiáis porque os destapo las llagas? Yo soy el Médico de vuestro espíritu. ¿Puede un médico curar si no destapa y limpia las llagas?

¿No sabéis que muchos -y esa mujer que ha salido es uno de ellos -merecen, a pesar de su pobre apariencia, el primer puesto en el banquete de Dios? No es lo externo, es el corazón, es el espíritu, lo que vale. Dios os ve desde lo alto de su trono. Y os juzga. ¡Cuántos ve mejores que vosotros! Por tanto, escuchad.

Como regla comportaos así, siempre: cuando os inviten a un banquete de bodas, elegid siempre el último puesto.

Recibiréis doble honor cuando el amo de la casa os diga:

“Amigo, ven adelante". Honor de méritos y honor de humildad. Mientras… ¡Oh, triste hora para un soberbio, ser puesto en evidencia y oír que le dicen: "Ve allá, al final, que aquí hay uno que es más que tú"! Y haced lo mismo en el banquete secreto del desposorio de vuestro espíritu con Dios. Quien se humilla será ensalzado y quien se ensalza será humillado.

Ismael, no me odies porque te medico. Yo no te odio. He venido para curarte. Estás más enfermo que aquel hombre.

Tú me has invitado para darte lustre a ti mismo y satisfacción a los amigos. Invitas a menudo, pero es por soberbia y gusto. No lo hagas. No invites a ricos, a parientes y a amigos. Abre, más bien, la casa, abre el corazón, a los pobres, mendigos, lisiados, cojos, huérfanos y viudas. La única compensación que te darán serán bendiciones. Pero Dios las transformará para ti en gracias. Y al final… ¡oh, al final, qué feliz ventura para todos los misericordiosos, que serán retribuidos por Dios en la resurrección de los muertos!

¡Ay de aquellos que acarician solamente una esperanza de ganancia y luego cierran su corazón al hermano que ya no puede ser útil!

¡Ay de ellos! Yo vengaré a los abandonados.
-Maestro… yo… quiero complacerte. Tomaré de nuevo a esos niños.
-No.
-¿Por qué?
-¿Ismael?!…

Ismael agacha la cabeza. Quiere aparentar humildad. Pero es una víbora a la que se le ha hecho soltar el veneno, y no muerde porque sabe que no lo tiene, pero espera la ocasión para morder…

Eleazar trata de instaurar de nuevo la paz diciendo:

-Dichosos los que participan en el banquete con Dios, en su espíritu y en el Reino eterno. Pero, créelo, Maestro, a veces es la vida la que supone un obstáculo. Los cargos… las ocupaciones…

Jesús dice aquí la parábola del banquete, y termina:
-Has dicho los cargos… las ocupaciones. Es verdad. Pero por eso te he dicho al principio de este convite que mi Reino se conquista con victorias sobre uno mismo y no con victorias de armas en el campo de batalla. E1 puesto en la gran Cena es para estos humildes de corazón que saben ser grandes con su amor fiel que no mide el sacrificio y que todo lo supera para venir a mí.

Una hora basta para transformar un corazón. Si ese corazón quiere. Y basta una palabra. Yo os he dicho muchas. Y miro… En un corazón está naciendo una planta santa. En los otros, espinos para mí, y dentro de los espinos hay áspides y escorpiones. No importa. Yo voy por mi camino recto. El que me ame que me siga. Yo paso llamando. Los que sean rectos que vengan a mí. Paso instruyendo.

Los buscadores de justicia acérquense a la Fuente. Respecto a los otros… respecto a los otros juzgará el Padre santo. Ismael, me despido de ti. No me odies.

Medita. Siente que fui severo por amor, no por odio. Paz a esta casa y a sus habitantes. Paz a todos, si merecéis paz.

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