334- También Tomas y Judas Iscariote se unen de nuevo al grupo apostólico

El valle del Kisón, a pesar del sol resplandeciente en el cielo sereno, aparece inclemente, peinado por un viento helado que viene salvando los collados septentrionales y destruyendo los tiernos cultivos, que se estremecen de frío y se arrugan quemados, destinados a morir en sus verdes renuevos.

-¿Pero va a durar todavía mucho este frío? -pregunta Mateo, arrebujándose más todavía en el manto, bajo el cual aparece únicamente un trocito de cara, o sea, los ojos y la nariz.

Con voz ahogada por el manto, que también a él le cubre la boca, le responde Bartolomé:

-Quizás el resto de la luna.

-¡Pues estamos apañados! ¡Bueno, paciencia! Menos mal que en Nazaret estaremos en casa hospitalaria… Mientras tanto, pasará.

-Sí, Mateo. Pero para mí ya ha pasado la cosa, viendo a Jesús menos apesadumbrado. ¿No te parece que está más alegre? -pregunta Andrés.
-Lo está. Pero yo… bueno, quiero decir que me parece imposible que se haya consumido tanto por lo que sabemos. ¿No ha habido realmente ninguna otra cosa nueva, que vosotros sepáis? -pregunta Felipe.

-Nada. Nada, nada. Te digo que en los confines siro-fenicios le dieron mucha alegría espíritus creyentes, e hizo esos milagros que te hemos dicho -asegura Santiago de Alfeo.
-Desde hace algunos días está mucho con Simón de Jonás. Y Simón está muy cambiado… ¡Sí! Estáis todos cambiados. No sé… sois más… eso: austeros -dice Felipe.

-¡Eso es que te da esa impresión!… En realidad somos iguales que antes. Claro, ver al Maestro tan apenado por tantas cosas, no ha sido motivo de satisfacción, ni tampoco el oír con qué saña le atacan… Pero lo defenderemos. ¡No le harán nada si estamos con Él! Ayer noche le he dicho, después de haber oído lo que decía Hermas, que es un hombre serio y digno de credibilidad:

"De ahora en adelante, no debes estar solo. Ya tienes a los discípulos, que, ya lo ves, actúan, y bien, y aumentan continuamente. Por tanto, nosotros estaremos contigo. No quiero decir que tengas que hacer todo Tú, que ya es hora de aliviarte, hermano mío. Pero Tú estarás con nosotros, entre nosotros, como Moisés en el monte, y nos batiremos por ti, dispuestos, si fuese necesario, a defenderte incluso físicamente.

Lo que le ha sucedido a Juan Bautista no te debe suceder a ti". Porque, en fin, si los discípulos del Bautista no se hubieran reducido a dos o tres, no habría sido apresado. Nosotros, al fin y al cabo, somos doce, y quiero convencerlo de que se una, o, por lo menos, de tener a su lado a alguno de los más fieles y enérgicos discípulos. Los que estaban con Juan en Maqueronte, por ejemplo. Hombres de fe y coraje. Juan, Matías y también José. ¿Sabéis que ese joven promete mucho?-dice Judas Tadeo.

-Sí, Isaac es un ángel, pero su fuerza está enteramente en el espíritu. José, sin embargo, es fuerte también en el cuerpo. Tiene la misma edad que nosotros.
-Y aprende rápidamente. ¿Has oído lo que ha dicho Hermas?

"Si éste hubiera estudiado, sería, además de un justo, un
rabí.” Y Hermas sabe lo que dice.

-Yo, no obstante… tendría cerca también a Esteban y a Hermas y al sacerdote Juan. Por su conocimiento de la Ley y del Templo. ¿Sabéis lo que significa su presencia frente a los escribas y fariseos? Un control, un freno… Y para la gente vacilante equivale a decir: "¿Veis como no faltan en torno al Rabí, a su servicio y como discípulos, los mejores de Israel?" -dice Santiago de Alfeo.

-Tienes razón. Se lo decimos al Maestro. Ya habéis oído lo que ha dicho ayer: "Vosotros debéis obedecer, pero tenéis también la obligación de abrirme vuestro corazón y decirme lo que juzgáis justo. Para habituaros a saber dirigir en un futuro. Yo, si veo que es como decís, aceptaré vuestros pensamientos" -dice el Zelote.

-Quizás lo hace también para mostrarnos que nos quiere, visto que estamos todos más o menos convencidos de que somos la causa de su sufrimiento -observa Bartolomé.
-0 está realmente cansado de tener que pensar en todo y de ser el único que toma decisiones y asume responsabilidades.

Quizás también reconoce que su santidad perfecta es… casi una imperfección, yo diría, respecto a quienes tiene frente a sí: el mundo, que no es santo. Nosotros no somos santos perfectos. Sólo un poquito menos granujas que los otros… y, por tanto, capaces de responder a aquellos que son casi como nosotros -dice Simón Zelote.

-¡Y de conocerlos, debes decir! -aumenta Mateo.
-¡Oh, respecto a esto, estoy seguro de que El también los conoce.' Es más, los conoce mejor que nosotros, porque lee en los corazones. Estoy seguro de ello como de que estoy vivo -dice Santiago de Zebedeo.

-¿Y entonces por qué algunas veces hace lo que hace, buscándose problemas y peligros? -pregunta, desconsolado, Andrés.

-La verdad es que no sé que responder -dice Judas Tadeo encogiéndose de hombros; y con él confiesan lo mismo los otros.
Juan guarda silencio. Su hermano lo provoca:

-Tú que sabes siempre todo de Jesús -parecéis dos enamorados algunas veces -, ¿no te ha dicho nunca por qué actúa así?

-Sí. Se lo he preguntado, incluso recientemente. Siempre me ha respondido: "Porque debo hacerlo. Debo actuar como si el mundo estuviera compuesto enteramente de criaturas ignorantes pero buenas. A todos les doy la misma doctrina; así se separarán los hijos de la Verdad de los de la Mentira". Me ha dicho también: "¿Ves, Juan? Esto es como un primer juicio, no universal, colectivo, sino individual. Sobre la base de sus acciones de fe, caridad, justicia, serán separados los corderos de las cabras. Esto continuará después, cuando Yo ya no esté, cuando esté mi Iglesia, durante siglos y siglos, hasta el fin del mundo.

El primer juicio de las masas humanas se cumplirá en el mundo, en el lugar en que los hombres actúan con libertad, teniendo frente a sí el Bien y el Mal, la Verdad y la Mentira; como el primer juicio fue dictado en el Paraíso Terrenal, ante el árbol del Bien y del Mal, violado por los que desobedecieron a Dios. Después, en la hora de la muerte de cada uno de los hombres, será ratificado el juicio, ya escrito en el libro de las acciones humanas, por una Mente que no tiene defecto alguno. Por último, el
Gran Juicio, el Terrible, y entonces, nuevamente, en masa, serán juzgados los hombres. Desde Adán al último hombre.

Juzgados por aquello que hayan querido para ellos, libremente, en la tierra. Ahora bien, si Yo por mí mismo ya seleccionara a quien merece el Milagro, el Amor, la Palabra de Dios, y a quien no la merece -y podría hacerlo por derecho divino y por divina capacidad, los que quedasen excluidos, aunque fueran verdaderos diablos, gritarían fuerte el día de su juicio individual: “¡El culpable es tu Verbo, que no quiso adoctrinarnos!” Pero esto no podrán decirlo… O sea, lo dirán mintiendo una vez más. Y serán juzgados por ello".

-¿Entonces, no acoger la doctrina es ser un réprobo? -pregunta Mateo.

-Eso no lo sé. No sé si todos los que no crean serán realmente réprobos. Si os acordáis, hablando a Síntica, dio a entender que los que obran con honestidad en la vida no son réprobos, aunque crean en otras religiones. Pero se lo podemos preguntar. Claro que Israel, que tiene conocimiento del Mesías y que ahora cree parcialmente y mal en el Mesías, o que lo rechaza, será severamente juzgado.

-El Maestro habla mucho contigo, y sabes muchas cosas que nosotros no sabemos-observa su hermano Santiago.
-Culpa tuya y vuestra. Yo le pregunto con sencillez.

Algunas veces pregunto cosas que deben darle una imagen de su Juan como persona muy necia. Pero no me importa dar esta imagen. Me basta con conocer su pensamiento, y tenerlo dentro de mí para hacerlo mío. Deberíais hacer lo mismo vosotros. ¡Pero tenéis siempre miedo!… ¿Y de qué? ¿De ser ignorantes? ¿De ser superficiales? ¿De ser cabezotas? Deberíais tener miedo sólo de estar todavía pobremente preparados cuando Él se marche. Lo dice siempre… y me lo digo siempre, para prepararme a la separación… Pero siento que significará siempre un gran dolor…

-¡No me lo recuerdes! -exclama Andrés. Y repiten lo mismo los otros, y suspiran.
-Pero, ¿cuándo sucederá? Dice siempre: "Pronto". Pero "pronto" puede ser dentro de un mes o de años. Es muy joven y el tiempo pasa muy rápido… ¿Qué te pasa, hermano? Te estás poniendo muy pálido… -pregunta Judas Tadeo a Santiago.

-¡Nada, nada! Pensaba… -dice pronto Santiago, con la cabeza agachada.

Y Judas Tadeo se inclina para verlo bien…
-¡Pero si se te saltan las lágrimas! ¿Qué te pasa?…
-No más que lo que os pasa a vosotros… Pensaba en cuando estemos solos.

-¿Pero qué le pasa a Simón de Jonás, que se adelanta corriendo y gritando como un somorgujo en día de tempestad? ­pregunta Santiago de Zebedeo, señalando a Pedro, que ha dejado a Jesús solo, y que ahora corre, gritando palabras que el viento impide oír.

Aceleran el paso y ven que Pedro ha tomado un senderillo que viene de la ya cercana Sefori (eso dicen los discípulos, mientras se preguntan si va a Sefori por orden de Jesús por aquel atajo). Pero luego, observando bien, ven que los dos únicos viandantes que de la ciudad vienen hacia la vía principal son Tomás y Judas.

-¡Atiza! ¡Aquí? ¿Precisamente aquí? ¿Y qué hacen aquí? De Nazaret, si acaso, tenían que ir a Caná y luego a Tiberíades… -se preguntan varios.

-Quizás venían buscando a los discípulos. Era su misión -dice prudente el Zelote, que siente que la sospecha, cual serpiente despertada, alza su cabeza en el corazón de muchos.

-Vamos a acelerar el paso. Jesús está solo y parece que nos espera… -aconseja Mateo. Van, y llegan donde Jesús al mismo tiempo que Pedro, Judas y Tomás.
Jesús está palidísimo, tanto que Juan pregunta:

-¿Te encuentras mal?
Pero Jesús le sonríe y hace un gesto de negación; mientras tanto, saluda a los dos que han regresado después de tanta ausencia.

Abraza primero a Tomás, pujante y alegre como siempre, pero que se pone serio mirando al Maestro, tan manifiestamente cambiado, y pregunta solícito:
-¿Has estado enfermo?

-No, Tomás. En absoluto. ¿Y tú?, ¿has estado bien, contento?
-Yo sí, Señor. Siempre bien y siempre contento. Sólo me faltabas Tú para hacer beato a mi corazón. Mi padre y mi madre te agradecen el que me hayas mandado un tiempo. Mi padre estaba un poco enfermo, así que he trabajado yo. He estado donde mi hermana gemela y he conocido al sobrinito.

Le hemos puesto el nombre que me dijiste. Luego vino Judas, y me ha hecho dar más vueltas que una tórtola en período de amores: arriba, abajo… donde había discípulos. Él ya se había movido, por su propia cuenta, no poco. Pero bueno, ahora te contará él, porque ha trabajado como diez y merece que lo escuches.
Jesús lo deja y ahora es la vez de Judas, que ha esperado pacientemente y que se acerca franco, desenvuelto, triunfante. Jesús lo perfora con su mirada de zafiro. Pero lo besa y recibe su beso, igual que con Tomás. Y las palabras que siguen son afectuosas:

-¿Y tu madre, Judas, ha estado contenta de tenerte? ¿Está bien esa santa mujer?
-Sí, Maestro, y te bendice por haberle enviado a su Judas. Quería mandarte unos presentes. Pero, ¿cómo podía llevármelos conmigo acá y allá por montes y valles? Puedes estar tranquilo, Maestro. Todos los grupos de discípulos que he visitado trabajan santamente. La idea se va extendiendo cada vez más. Yo he querido personalmente controlar las repercusiones de ella en los más poderosos escribas y fariseos. A muchos de ellos ya los conocía, a otros los he conocido ahora, por amor a ti.

He tratado con saduceos, herodianos… ¡Oh, te aseguro que me han machacado bien la dignidad!… ¡Pero, por amor a ti, haré esto y más! He sido desdeñosamente rechazado, he recibido anatemas. Pero también he logrado suscitar simpatías en algunos que tenían prevenciones respecto a ti. No quiero tus elogios.

Me basta con haber cumplido mi deber, y agradezco al Eterno el que me haya ayudado siempre. He tenido que usar el milagro en algunos casos, lo cual me ha dolido, porque merecían rayos y no bendiciones. Pero Tú dices que hay que amar y ser pacientes… Lo he sido, para honor y gloria de Dios y para alegría tuya. Espero que muchos obstáculos queden abatidos para siempre; mucho más si consideramos que por mi honor he garantizado que ya no estaban aquellos dos que creaban tanta sombra.

Después me vino el escrúpulo de haber afirmado lo que no sabía con certeza. Y entonces quise verificar para poder tomar las oportunas medidas, para no ser hallado en embuste, lo cual me habría colocado para siempre en situación sospechosa ante los que caminan hacia la conversión… ¡Fíjate! ¡He ido a ver incluso a Anás y a Caifás!…

¡Oh, querían reducirme a cenizas con sus censuras!… Pero yo me he mostrado tan humilde y persuasivo, que al final me han dicho: "Bueno, pues si las cosas están exactamente así… Pensábamos que estaban de otro modo. Los rectores del Sanedrín, que podían conocer la situación, nos habían referido lo contrario y…".

-No querrás decir que José y Nicodemo han sido unos embusteros» interrumpe el Zelote, que se ha contenido hasta ese momento, pero no más, y está lívido por el esfuerzo hecho.

-¿Y quién ha dicho eso? ¡Todo lo contrario! José me vio cuando salía de donde Anás y me dijo: "¿Por qué estás tan alterado?". Le conté todo. Le dije también que, siguiendo el consejo suyo y de Nicodemo, Tú, Maestro, habías despedido al presidiario y a la griega. Porque los has despedido, ¿no es verdad? -dice Judas mirando fijamente a Jesús con sus ojos de azabache, brillantes hasta la fosforescencia. Parece como si quisiera perforarlo con la mirada para leer lo que Jesús ha hecho.

Jesús, que sigue frente a Judas, cercanísimo, dice sereno:
-Te ruego que continúes tu narración, que me interesa mucho. Es un relato exacto, que puede ser muy útil.

-¡Ah!, bueno, decía que Anás y Caifás han cambiado de opinión. Lo cual significa mucho para nosotros, ¿no es verdad? ¡Y luego!… ¡Ahora os voy a hacer reír! ¿Sabéis que los rabíes me metieron en medio y me sometieron a otro examen, como si fuera un menor en el paso a la mayoría de edad? ¡Y qué examen! Bien. Los convencí y ya no me entretuvieron más.

Entonces me vino la duda y el miedo de haber dicho algo que no fuera verdad. Y pensé tomar conmigo a Tomás e ir de nuevo a donde estaban los discípulos, o donde se podía pensar que se hubieran refugiado Juan y la griega. He estado con Lázaro, con Manahén, en el palacio de Cusa, con Elisa de Betsur, en Béter en los jardines de Juana, en el Getsemaní, en la casita de Salomón del otro lado del Jordán, en Agua Especiosa, donde Nicodemo, donde José…

-¿Pero no lo habías visto?

-Sí. Y me había asegurado que no había vuelto a ver a esos dos. Pero… ya sabes… yo quería asegurarme… Resumiendo: he inspeccionado todos los lugares en que pensaba que pudiera estar él… Y no creas que sufría por no encontrarlo. Sería injusto. Siempre -y Tomás lo puede confirmar -siempre que salía de un lugar sin haberlo encontrado y sin haber visto siquiera algún indicio de él, decía:

"¡Alabado sea el Señor!", y decía: "¡Oh, Eterno, haz que no lo encuentre jamás!". Exactamente así. El suspiro de mi alma… El último lugar fue Esdrelón… ¡Ah, a propósito! Ismael ben Fabí, que está en su palacio de los campos de Meguiddó, desea invitarte a su casa… Pero yo en tu lugar no iría…

-¿Por qué? Iré sin falta. También Yo deseo verlo. Es más, iremos enseguida. En vez de ir a Sefori, vamos a Esdrelón, y, pasado mañana, que es vigilia de sábado, a Meguiddó, y de allí a la casa de Ismael».

-¡No, no, Señor! ¿Por qué? ¿Piensas que te estima?
-Pero, si has ido a hablar con él y lo has cambiado a favor mío, ¿por qué no quieres que vaya?

-No fui a hablar con él… Estaba él en las tierras y me reconoció. Pero yo -¿verdad, Tomás? -quería huir cuando lo vi. No pude porque me llamó por el nombre. Yo… sólo puedo aconsejarte que no vayas nunca más donde ningún fariseo, o escriba, o seres semejantes. No es útil para ti. Quedémonos nosotros solos con el pueblo y basta.

Incluso Lázaro, Nicodemo, José… será un sacrificio… pero es mejor, para no crear celos, rencores, y dar armas a las críticas… En la mesa se habla… y ellos estudian deslealmente tus palabras. Pero, volvamos a Juan… Yo estaba yendo a Sicaminón, a pesar de que Isaac, que lo he visto en los confines de Samaria, me había jurado que desde Octubre no lo había vuelto a ver.

-Pues Isaac ha jurado una cosa verdadera. Pero esto que aconsejas respecto a los contactos con escribas y fariseos se contradice con lo que has dicho antes. Tú me has defendido… Eso has hecho, ¿no es verdad? Has dicho: "He desmontado muchas prevenciones contra ti". Has dicho esto, ¿no es verdad?
-Sí, Maestro.

-¿Y entonces por qué no puedo Yo mismo terminar de defenderme? Así que iremos a casa de Ismael. Y tú, ahora, vuelves, y vas a avisarle. Contigo van Andrés, Simón el Zelote y Bartolomé. Nosotros nos detendremos donde los campesinos. Respecto a Sicaminón, venimos de allí. Éramos once. Te aseguramos que Juan no está allí. Y tampoco en Cafarnaúm, o en Betsaida, Tiberíades, Magdala, Nazaret, Corazín, Belén de Galilea, y así sucesivamente en todas las etapas que quizás tenías pensado recorrer para… tu propia seguridad respecto a la presencia de Juan entre los discípulos o en casas amigas.

Jesús habla sereno, con tono natural… Y, no obstante, algo debe haber en El que turba a Judas, el cual, por un instante, cambia de color. Jesús lo abraza como para besarlo… Y, mientras lo tiene así, su mejilla al lado de la de Judas, le susurra quedo:

-¡Desdichado! ¿Qué has hecho de tu alma!

-Maestro… yo…

-¡Vete! ¡Que apestas a infierno más que el mismo Satanás! ¡Calla!… Y arrepiéntete si puedes.

Judas… Bueno yo me habría escapado a todo correr. ¡Pero él!… Dice con desfachatez en alta voz:

-Gracias, Maestro. Lo que sí que te rogaría, antes de marcharme, sería dos palabras en secreto.

Todos se separan bastantes metros.

-¿Por qué, Señor, me has dicho esas palabras? Me han dolido.

-Porque son la verdad. Quien trata con Satanás se coge el olor de Satanás.

-¡Ah! ¿Es por la nigromancia? ¡Qué miedo me has hecho pasar! ¡Una broma! ¡Sólo una broma de niño curioso! Y me ha servido para conocer a algunos saduceos y perder el hambre de la nigromancia. Como ves, me puedes absolver con toda tranquilidad. Son cosas inútiles cuando se tiene tu poder. Tenías razón. ¡Venga, Maestro! ¡Es tan leve el pecado!… Grande es tu sabiduría. Pero, ¿quién te lo ha dicho?

Jesús lo mira severamente y no responde.

-¿Pero verdaderamente me has visto en el corazón el pecado? -pregunta un poco atemorizado Judas.

-Y me has dado repugnancia. ¡Vete! Y no digas ni una sola palabra más.

Y le vuelve la espalda. Regresa adonde los discípulos y les ordena que cambien de camino. Pero primero despide a Bartolomé, Simón y Andrés, los cuales van hasta donde Judas y se echan a andar a buen paso. Los que se quedan, por el contrario, caminan lentamente, desconocedores de la verdad que sólo Jesús conoce.

Tan desconocedores, que elogian a Judas por su actividad y sagacidad. Y el honesto de Pedro se acusa sinceramente del pensamiento temerario que tenía en el corazón respecto a su compañero…

Jesús sonríe, una sonrisa leve, de persona un poco cansada, como si estuviera abstraído y apenas oyera el charloteo de sus compañeros, que de las cosas saben sólo aquello que su humanidad les permite saber.

333- Con los diez apóstoles hacia Sicaminón

Y ahora que hemos complacido también al pastor, ¿qué hacemos? -pregunta Pedro, que está solo con Jesús, mientras que los otros van en grupo unos metros más atrás.
-Volvemos a la vía de la costa, y vamos hacia Sicaminón.
-¿Sí? Creía que íbamos a Cafarnaúm…
-No es necesario, Simón de Jonás. No es necesario. Has tenido noticias de tu mujer y del niño, y, por lo que se refiere a Judas,… será más sencillo ir a su encuentro.
-Pues precisamente, Señor. ¿No toma el camino del interior, del río y del lago? Es el más corto y resguardado…

-Pero él no lo tomará. Recuerda que debe prestar atención a los discípulos, y están muy desperdigados en el lado occidental en esta época del año, de nuevo tan fría además.

-Bueno, bien. Si Tú lo dices… Por lo que a mí respecta, me conformo con estar contigo y verte menos triste. Y… no tengo ninguna prisa de encontrar a Judas de Simón. ¡Ojalá no lo encontráramos!… ¡Hemos estado tan bien entre nosotros!…

-¡Simón! ¡Simón! ¿Es ésta tu caridad fraterna?
-Señor… ésta es mi verdad -dice Pedro con franqueza. Y lo dice con tal ímpetu y tal expresión, que Jesús se tiene que esforzar en no reírse. Pero, ¿cómo se puede amonestar severamente a un hombre tan franco y fiel?

Jesús prefiere guardar silencio, mostrando un excesivo interés por las cuestas que hay a su izquierda; a la derecha, sin embargo, la llanura se abre, cada vez más plana. Detrás de ellos, en grupo, van hablando los otros nueve; Juan parece un "buen pastor" para un cordero que lleva sobre los hombros, quizás un regalo del manadero Anás.

Pasa un rato, y Pedro vuelve a preguntar:
-¿Y no vamos a Nazaret?
-Iremos, sí. A mi Madre le agradará tener noticias del viaje de Juan y Síntica.
-¡Y verte!
-Y verme.
-¿A1 menos a Ella la habrán dejado en paz?
-Ya lo sabremos.

-Pero, ¿y por qué son tan sañosos? También en Judea hay muchos como Juan (de Endor), y no obstante… Es más, se protegen y se ocultan por fastidiar a Roma…

-Convéncete de que no lo hacen por Juan, sino porque él es un elemento de acusación contra mí.

-¡No le encontrarán nunca! Has hecho bien todo…
Mandarnos solos… por mar… primero en una barca una serie de millas, luego, más allá de los confines, en una nave… ¡Oh, todo bien! Espero verdaderamente que se lleven una desilusión.
-Se la llevarán.
-Tengo curiosidad por ver a Judas de Keriot, para astrologar en é1 un poco, como en un cielo lleno de vientos y signos, y ver si…
-¡Pero bueno, hombre!…

-Tienes razón. Es un clavo aquí dentro -y se golpea en la frente.

Jesús, para distraerlo, llama a todos los demás y les hace notar la extraña destrucción producida por el granizo y el frío, llegado éste cuando era presumible considerarlo ya superado por ese año… Quién dice una cosa, quién otra: todos queriendo ver en ello un signo de castigo divino a la proterva Palestina que no acoge al Señor. Los más doctos citan hechos semejantes, conocidos por las narraciones antiguas; los más jóvenes y menos cultos escuchan admirados y atentos.

Jesús menea la cabeza.
-Es efecto lunar y de vientos lejanos. Ya os lo he dicho. En los países septentrionales se ha producido un fenómeno y sufren sus consecuencias regiones enteras.

-Pero, ¿por qué, entonces, algunos campos están bien?
-Así se comporta el granizo.
-¿Pero no podría ser un castigo para los más malos?
-Podría ser. Pero no lo es. ¡Ay si lo fuera!…
-Quedaría yerma y desolada casi toda nuestra Patria, ¿no es verdad, Señor? -dice Andrés.

-Pero en las profecías está escrito, a través de símbolos, qué daño va a recibir quien no acoja al Mesías. ¿Es que pueden mentir los Profetas?

-No, Bartolomé. Lo que está escrito sucederá. Pero el Altísimo es tan bueno, infinitamente bueno, que necesita mucho más de lo que ahora está sucediendo para castigar. Sed buenos también vosotros, sin desear siempre castigos para los duros de corazón y de intelecto. Desead para ellos conversión, no castigo. Juan, pasa el cordero a un compañero, y ven a mirar tu mar desde lo alto de aquellas crestas de arena. Voy Yo también.

En efecto, ahora van por un camino muy cercano al mar, separado de éste sólo por una larga faja de dunas onduladas, en las que ondean finas palmas, o vegetan tarayes de desordenadas frondas, lentiscos y otras plantas de las arenas.

Jesús va con Juan. Pero ¡quién deja a Jesús! Ninguno. Y, pronto están todos arriba, bajo el lindo sol que no molesta, frente al mar sereno y riente…

La ciudad de Tolemaida está muy cerca con sus casas blancas.

-¿Vamos a entrar en la ciudad? -pregunta Judas de Alfeo.
-No es necesario. Nos detendremos a comer junto a las primeras casas. Quiero estar esta noche en Sicaminón. Quizás encontramos allí a Isaac.
-Cuánto bien hace, ¿eh? ¿Has oído lo que han dicho Abel, Juan y José?

-Sí. Pero todos los discípulos son muy diligentes. Por esto bendigo día y noche a mi Padre.

Todos vosotros… Mis alegrías, mis paces, mis seguridades… -y los mira con tal amor, que a los diez les suben las lágrimas a los ojos…

332- La sufrida separación de Bartolomé, que con Felipe vuelve a unirse al Maestro

Jesús está reunido con los seis en una habitación donde hay yacijas muy míseras, arrimadas unas a otras.

El espacio que queda libre apenas si consiente andar de un lado a otro de la estancia. Comen su más que humilde comida sentados encima de los lechos, porque no hay ni mesa ni asientos. Pasa un rato y Juan va a sentarse en el alféizar de la ventana, en busca de sol.

Por eso él es el primero que ve a los esperados Pedro, Simón, Felipe y Bartolomé, que vienen en dirección a la casa. Les da una voz y sale corriendo, seguido por todos. Se queda sólo Jesús, el cual los únicos movimientos que hace son ponerse en pie y volverse hacia la puerta para mirar…

Entran los llegados. Es fácil imaginar la exuberancia de Pedro; también, la reverencia profunda de Simón Zelote. Lo que causa sorpresa es la actitud de Felipe, y especialmente la de Bartolomé. Entran, yo diría que casi con temor, con congoja, y, a pesar de que Jesús les abra los brazos para intercambiar con ellos el ósculo de paz que ya ha dado a Pedro y a Simón, ellos caen de rodillas y se curvan hasta tocar casi con la frente en el suelo, y besan los pies de Jesús. Permanecen así… Y los suspiros ahogados de Bartolomé denuncian que llora silenciosamente sobre los pies de Jesús.

-¿Por qué esta congoja, Bartolmái? ¿No vienes a los brazos de: Maestro? ¿Y tú, Felipe, por qué tan temeroso? Si no supiera que sois dos hombres honestos, en cuyo corazón no puede anidar la malicia, tendría que sospechar que sois culpables de algo. Pero no es así. ¡Ánimo, pues! Hace mucho que deseo vuestro beso y ver la límpida mirada de vuestros ojos fieles…

-También nosotros, Señor… -dice Bartolomé, levantando su cara, en que brillan las lágrimas -Tú has sido nuestro único deseo Nos preguntábamos en qué podíamos haberte desagradado para merecer tanta separación. Nos parecía una cosa injustificada… Pero ahora sabemos… ¡Oh, perdón, Señor! Te pedimos perdón. Sobre todo yo, porque Felipe ha estado separado de ti por mí. A él ya le he pedido perdón.

Yo, yo sólo culpable, yo, el viejo israelita reticente a renovarse, yo, que te he causado dolor…

Jesús se inclina y lo alza con la fuerza, como alza también a Felipe, y, juntos, los aprieta entre sus brazos, mientras dice:

-¿Pero de qué te acusas? No has hecho nada malo. ¡Ningún mal! Y Felipe tampoco. Sois mis amados apóstoles, y hoy me siento verdaderamente feliz de teneros conmigo, de nuevo juntos, para siempre…

-No, no… Durante mucho tiempo hemos ignorado el motivo por el que, justamente, has desconfiado de nosotros hasta el punto de excluirnos de tu familia apostólica. Pero ahora lo sabemos… y te pedimos perdón, perdón, perdón; yo especialmente. Jesús, Maestro mío…Y Bartolomé lo mira con congoja, con amor, con compasión. Siendo anciano como es, parece un padre mirando a su hijo afligido, examinando su rostro, más afilado a causa de una pena que no había intuido, y en el cual antes no había notado el enflaquecimiento, el envejecimiento… Entonces, nuevas lágrimas gotean en las mejillas de Bartolomé. Y exclama:

-¿Pero qué te han hecho? ¿Qué nos han hecho, para hacernos sufrir a todos de este modo? Parece como si un espíritu malo hubiera entrado entre nosotros, para turbarnos, para volvernos tristes, débiles, apáticos, necios… Necios hasta el punto de no comprender que Tú sufrías… Es más, hasta el punto de aumentarte el sufrimiento con nuestras mezquindades, cerrazones, respetos humanos, y con nuestras vejeces, las de nuestro hombre viejo… Sí, el hombre viejo ha triunfado en nosotros, siempre, y tu vitalidad perfecta no nos ha podido renovar nunca.

¡Esto, esto es lo que no me deja tranquilo! No he sabido renovarme, comprenderte, seguirte, con todo mi amor… Te he seguido sólo materialmente… Pero Tú… Tú querías que te siguiéramos espiritualmente… y te comprendiéramos en tu perfección… para ser capaces de perpetuarte… ¡Oh!

¡Maestro mío! ¡Maestro mío, que un día te marcharás, después de tantas luchas, insidias, desazones, después de tantos dolores, y con el dolor de vernos todavía inmaduros!…

Y Bartolomé reclina su cabeza en el hombro de Jesús y llora, lleno de desolación, compungido por la conciencia de haber sido un discípulo obtuso.

-No te achiques, Natanael. Ves todo esto como una enormidad que te sorprende. Pero tu Jesús sabía que sois hombres… y no pretende nada por encima de cuanto podáis dar.

¡Ah, me daréis todo, absolutamente todo! Mas ahora tenéis que crecer, formaros… Es una obra lenta. Pero sé esperar. Y gozo con vuestro crecimiento. Porque es un crecimiento continuo en mi Vida. Incluso tu llanto, y la concordia de los que estaban conmigo, y la piedad que ha sustituido a las intransigencias que constituían vuestra naturaleza, a egoísmos, a avaricias espirituales; incluso vuestra seriedad actual: todo es fase de crecimiento en mí.

Animo, pues. Queda en paz, porque Yo sé. Todo. Conozco tu honestidad, tu buena fe, tu generosidad, tu sincero amor. ¿Dudar Yo de mi sabio Bartolmái y de Felipe, tan equilibrado y fiel? Sería hacer un agravio a mi Padre, que me ha concedido el contaros entre los más amados. Pero ahora… ¡venga, vamos a sentarnos aquí!, y que quien ya haya descansado se ocupe de los hermanos cansados y hambrientos, ofreciéndoles comida y descanso. Entretanto contad a vuestro Maestro y a los hermanos lo que ellos ignoran.

Y se sienta en su yacija, teniendo consigo, a ambos lados, a Felipe y a Natanael; Pedro y Simón se sientan en la yacija que hay frente a Jesús: unas rodillas contra otras.
-Habla tú, Felipe. Yo ya he hablado. Y tú has sido más justo que yo en este tiempo…

-¡Oh! ¡Bartolomé! ¡Justo! Sólo había entendido que el hecho de no naber querido que estuviéramos a su lado no era ni animosidad ni cambio voluble del Maestro respecto a nosotros… Intentaba tranquilizarte así… tratando de impedirte que pensaras en cosas que te habrían dado dolor por haberlas pensado, y remordimiento. Yo tenía sólo un remordimiento: haberte retenido la desobediencia al Maestro cuando querías seguir a Simón de Jonás, que iba por Margziam a Nazaret… Después… te veía sufrir tanto en el cuerpo y en el alma, que decía: "¡Mejor hubiera sido dejarle hacer lo que quería!

El Maestro le habría perdonado su desobediencia, y Bartolomé no se seguiría envenenando el alma con estas ideas"… Pero tú mismo puedes ver que, si hubieras partido, no habrías tenido nunca la clave del misterio… y quizás tu sospecha sobre la volubilidad del Maestro no habría desaparecido ya nunca. Sin embargo, así…

-Sí. Sin embargo, así he entendido. Maestro, Simón de Jonás y Simón Zelote -los asalté con mis preguntas para saber muchas cosas o para que me confirmaran muchas otras que ya sabía -me dijeron solamente: "El Maestro ha sufrido mucho; tanto, que ha adelgazado y se ha envejecido. Y todo Israel, nosotros los primeros, tenemos la culpa. Él nos ama y perdona. Pero desea no hablar del pasado. Por tanto os aconsejamos que ni preguntéis ni habléis…". Pero yo quiero hablar. Preguntar, no preguntaré. Pero debo hablar.

Para que Tú sepas. Porque ninguna cosa presente en el alma de tu apóstol te debe quedar celada. Un día -ya llevaban varios fuera Simón y los otros -vino a verme Micael de Caná. Un poco pariente, muy amigo, compañero de estudios ya desde la infancia… El, estoy seguro, venía con buena fe. Por afecto hacia mí. Pero quien le enviaba no tenía buena fe. Quería saber por qué yo me había quedado en casa… mientras que los otros se habían marchado. Y me dijo: "¡Entonces es verdad! Te has separado porque eres un buen israelita y no puedes aprobar ciertas cosas. Y de buena gana te dejan separado los otros, empezando por Jesús de Nazaret, porque están seguros de que no los ayudarías ni siquiera con la complicidad del silencio.

¡Haces bien' Reconozco en ti al hombre de tiempos pasados.

Creía que te habías corrompido, que habías renegado de Israel. Haces bien, por tu espíritu y por tu bienestar y el de los tuyos. Porque lo que está sucediendo no será perdonado por el Sanedrín, y serán perseguidos los que hayan participado en ello". Yo le dije: "¿Pero de qué estás hablando? Ya te he dicho que recibí la orden de quedarme en casa por la estación que era. Eso por una parte, y también por si venían peregrinos, para encaminarlos hacia Nazaret, o decirles que esperasen al Maestro para el final de Sabat en Cafarnaúm. ¿Y tú me hablas de separaciones, complicidades, persecuciones! ¡Explícate!…". ¿No es verdad que le dije eso, Felipe?
Felipe asiente con un gesto.

-Entonces -prosigue Bartolomé -Micael me dijo que se sabía que Tú te mostrabas rebelde al consejo y a la orden de los miembros del Sanedrín, porque seguías teniendo contigo a Juan de Endor y a una griega… Señor, te causo dolor, ¿verdad? Pero… tengo que hablar. Te pregunto: ¿Es verdad que estaban en Nazaret?

-Sí. Es verdad.
-¿Es verdad que partieron contigo?
-Sí. Es verdad.

-¡Felipe, Micael tenía razón! ¿Pero cómo podía saberlo?
-¡Pero hombre, si son las serpientes que me pararon a mí, y a Simón, y quién sabe a cuántos más! Son las víboras de siempre ̿ dice Pedro, vehemente.

Jesús, sin embargo, sereno pregunta:
-¿No te dijo nada más? Sé totalmente sincero con tu Maestro.

-Nada más. Quería saber por boca mía… Pero yo le mentí a Micael. Dije: "Hasta Pascua estoy en mi casa". Por miedo a que me siguiera, por miedo a que… no sé… Por miedo a perjudicarte… Y entonces comprendí también por qué me habías dejado… Habías sentido que yo era todavía demasiado Israel…

Bartolomé llora de nuevo…

…Y dudaste de mí…

-No. ¡Eso no! En absoluto. En ese momento no se necesitaba tu presencia junto a tus compañeros; sin embargo, eras necesario, como puedes ver, en Betsaida. A cada uno su misión. A cada edad sus fatigas…

-¡No, no! No me vuelvas a separar por ninguna fatiga, Señor. No tengas en cuenta nada… Tú eres bueno. Pero yo quiero estar contigo. Es un castigo estar lejos de ti… Y yo, necio, incapaz de todo, hubiera podido al menos consolarte, si no podía hacer otra cosa. He comprendido…

Has enviado a éstos con los dos… No me lo digas. No quiero saberlo. Pero siento que es así y lo digo. Pues entonces, habría podido, y debido, estar contigo. Pero Tú no me has tomado contigo como castigo por ser tan reacio a hacerme "nuevo". Pero, te juro, Maestro, que lo que he sufrido me ha renovado, y que jamás volverás a ver al viejo Natanael.

-Como puedes ver, el sufrimiento ha terminado para todos en alegría. Ahora nos pondremos en marcha, al encuentro de Tomás y Judas. Sin esperar a que vayan al lugar establecido. Luego, con ellos, seguiremos caminando…

¡Hay mucho que hacer!… Mañana nos pondremos en camino. Pronto.

-Y harás bien. Porque el tiempo se pone nórtico. Una desgracia para los cultivos… -dice Felipe.
-¡Pues sí! Las últimas granizadas han quemado en franjas los campos. ¡Si lo hubieras visto, Señor! Parece como si hubiera pasado el fuego por ciertos lugares. Y lo curioso es que son así verdaderamente: devastaciones en franjas -dice Pedro.

-En vuestra ausencia, ha granizado mucho. Un día, a mitad de la luna de Tébet, parecía un flagelo. Me dicen que en la llanura algunos tienen que volver a sembrar. Hacía más calor antes. Pero, desde entonces, se busca el sol con placer. Se vuelve para atrás… ¡Qué signos más extraños!

¿Qué serán? -pregunta Felipe.

-Sólo efectos de lunaciones. No le des importancia. No son éstas las cosas que deben causar impresión. Además, nosotros iremos hacia la llanura, y la marcha será bonita. Frío, pero no mucho; en cambio, tiempo seco. Entretanto, venid. En la terraza hay buen sol. Estaremos ahí arriba descansando todos juntos…

331- La fe de la mujer cananea y otras conquistas. Llegada a Akcib

-¿El Maestro está contigo? -pregunta el viejo campesino Jonás a Judas Tadeo, que entra en la cocina, donde la lumbre ya resplandece para calentar la leche y el lugar, que está un poco frío en estas primeras horas de una bellísima mañana de finales de Enero, creo, o primeros de Febrero; bellísima, pero bastante punzante.

-Habrá salido a orar. Sale frecuentemente al alba, cuando sabe que puede estar solo. Regresará pronto. ¿Por qué lo preguntas?

-Lo he preguntado también a los otros, que se han desperdigado para buscarlo, porque hay una mujer allí, con mi esposa. Es una del pueblo de allende el confín. La verdad no sabría decir cómo ha podido saber que está aquí el Maestro. Pero lo sabe. Y quiere hablar con Él.

-Bien. Hablará con Él. Quizás es la mujer que Él está esperando, con una hijita enferma. La habrá guiado aquí su espíritu.

-No. Está sola. No tiene hijos consigo. Los pueblos están tan cercanos… por eso la conozco… y el valle es de todos. Yo, además, pienso que para servir al Señor no hace falta ser crueles con los vecinos si son fenicios. Estaré equivocado, pero…

-El Maestro también dice siempre que tenemos que ser compasivos con todos.
-Él lo es, ¿no es verdad.
-Lo es.

-Me ha dicho Anás que también esta vez lo han tratado mal. ¡Mal, siempre mal!… En Judea, en Galilea, en todos los lugares. ¿Por qué, me pregunto yo, Israel es tan malo con su Mesías? Me refiero a los principales de Israel. Porque el pueblo lo ama.

-¿Cómo sabes estas cosas?
-Vivo aquí, lejos; pero soy un fiel israelita. ¡Basta ir para las fiestas de precepto al Templo para saber todo lo bueno y todo lo malo! Y el bien se sabe menos que el mal. Porque el bien es humilde y no hace autoalabanza. Deberían proclamarlo los que han sido agraciados. Pero pocos son los agradecidos después de recibir una gracia. El hombre acepta el beneficio y lo olvida…

El mal, sin embargo, toca fuerte sus trompetas y hace escuchar sus palabras incluso a quienes no quieren oírlas. ¡Vosotros, sus discípulos, no sabéis cuánto abundan en el Templo las críticas y acusaciones contra el Mesías! Los escribas ya sólo tratan de esto en sus lecciones. Yo creo que se han hecho un libro de lecciones sobre cómo acusar al Maestro, y de hechos que presentan como objetos de acusación verosímiles. Y se necesita una conciencia muy recta, firme y libre, para saber resistir y juzgar con cordura. ¿Él está al corriente de todas estas maniobras?

-De todas. Y también nosotros, más o menos, las conocemos. Pero Él no se intranquiliza. Continúa su obra, y los discípulos o las personas que creen en Él aumentan cada día que pasa.

-Dios quiera que perseveren hasta el final. Pero el hombre es de pensamiento mudable. Y débil… Está viniendo el Maestro hacia la casa, con tres discípulos.
Y el viejo sale afuera, seguido por Judas Tadeo, para venerar a Jesús, que, lleno de majestad, viene hacia la casa.

-La paz sea contigo hoy y siempre, Jonás.
-Gloria y paz contigo, Maestro, siempre.
-Paz a ti, Judas. ¿Andrés y Juan no han vuelto todavía?
-No. Y no los he oído salir. A ninguno. Estaba cansado y dormía profundamente.

-Entra, Maestro. Entrad. El ambiente está fresco esta mañana. En el bosque debía hacer mucho frío. Ahí hay leche caliente para todos.

Están bebiendo la leche, y -excepto Jesús -mojando en ella unos recios trozos de pan, cuando he aquí que llegan Andrés y Juan, junto con Anás, el pastor.
-¡Ah! ¿Estás aquí? Volvíamos para decir que no te habíamos encontrado… -exclama Andrés.

Jesús dirige su saludo de paz a los tres, y añade:
-Pronto. Tomad vuestra parte y pongámonos en marcha. Quiero estar, antes de que anochezca, al menos en las faldas del monte de Akcib. Esta noche empieza el sábado.
-¿Y mis ovejas? -pregunta, perplejo, el pastor.
Jesús sonríe y responde:

-Estarán curadas después de la bendición.
-¡Pero yo estoy a oriente del monte! Tú vas hacia poniente para ir a ver a esa mujer…
-Déjalo en manos de Dios y Él a todo proveerá.
Terminado el desayuno, los apóstoles suben por los talegos de viaje, preparándose para partir.
-Maestro… ¿no vas a escuchar a esa mujer que está allí?
-No tengo tiempo, Jonás. El camino es largo, y además Yo he venido para las ovejas de Israel. Adiós, Jonás. Que Dios te recompense por tu caridad. Mi bendición a ti y a todos tus parientes. Vamos.

El viejo, entonces, se pone a gritar con todas sus fuerzas:
-¡Hijos! ¡Mujeres! ¡El Maestro se marcha! ¡Venid!
Y, como responde a la voz de la clueca que los llama una nidada de pollitos desperdigados por un pajar, de todas las partes de la casa acuden mujeres y hombres, ocupados en sus labores o todavía medio dormidos, y niños semidesnudos con su carita sonriente recién salida del sueño… Se apiñan en torno a Jesús, que está en medio de la era, las madres envuelven en sus amplias faldas a los niños para protegerlos del aire, o los estrechan entre sus brazos hasta que una criada llega con los vestiditos, que enseguida son empleados.

Pero viene también una que no es de la casa. Una pobre mujer que llora. Se la ve abochornada. Camina encorvada, casi arrastrándose. Llegada cerca del grupo en cuyo centro está Jesús, se pone a gritar:

-¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija vive malamente atormentada por el demonio, que le hace hacer cosas vergonzosas. Ten piedad, porque sufro mucho y todos se burlan de mí por esto. Como si mi hija tuviera la culpa de hacer lo que hace… Ten piedad, Señor, Tú que lo puedes todo. Alza tu voz y tu mano y ordena al espíritu inmundo que salga de Palma. Sólo tengo a esta criatura, y soy viuda… ¡Oh, no te vayas! ¡Piedad!…

Jesús, efectivamente, una vez que ha terminado de bendecir a cada uno de los componentes de la familia, después de haber amonestado a los adultos por haber hablado de su venida -ellos se disculpan diciendo: « ¡Créenos, Señor, no hemos hablado!» -se marcha, inexplicablemente duro para con la pobre mujer, que se arrastra sobre sus rodillas, tendidos los brazos en actitud de congojosa súplica, mientras dice:

-¡Yo, yo te vi ayer cuando pasabas el torrente, y oí que te llamaban: "Maestro". He venido siguiéndoos, ocultándome entre las matas. Oía lo que iban diciendo éstos. He comprendido quién eres… Y esta mañana, todavía de noche, he venido a ponerme aquí a la puerta como un perrito; hasta que se ha levantado Sara y me ha invitado a entrar. ¡Señor, piedad! ¡Piedad de una madre y de una niña!
Pero Jesús camina ligero, sordo a toda apelación.

Los de la casa dicen a la mujer:
-¡Resígnate! No te quiere escuchar. Ya ha dicho que ha venido para los de Israel…

Pero ella se pone en pie desesperada, y al mismo tiempo llena de fe, y responde:

-No. Suplicaré tanto, que me escuchará.

Y se echa a seguir al Maestro suplicando a gritos sin parar. Sus súplicas hacen que salgan a las puertas de las casas del pueblo todos los que están despiertos, los cuales, como los de la casa de Jonás, se ponen a seguir a la mujer para ver en qué termina la cosa.
Los apóstoles, por su parte, se miran recíprocamente con estupor, y susurran:

-¿Pero por qué hace esto? ¡No lo ha hecho nunca! …
Y Juan dice:

-En Alejandrocena ha curado incluso a aquellos dos.
-Pero eran prosélitos -responde Judas Tadeo. ¿Y esta a la que va a curar ahora?

-También es prosélito -dice el pastor Anás.
-¿Y cuántas veces ha curado también a gentiles o a paganos? ¿Y la niña romana, entonces?… -dice desconsolado Andrés, que no logra tranquilizarse ante la dureza de Jesús hacia la mujer cananea.

-Yo os digo lo que pasa -exclama Santiago de Zebedeo -Lo que pasa es que el Maestro está indignado. Su paciencia se acaba ante tantos asaltos de maldad humana. ¿No veis cómo ha cambiado? ¡Tiene razón! De ahora en adelante se dedicará sólo a los que conoce convenientemente. ¡Y hace bien!

-Sí. Pero, mientras tanto, ésta viene aquí detrás de nosotros gritando, y la sigue una buena cola de gente. Si quiere pasar inadvertido, ha encontrado la manera de llamar la atención hasta de los árboles… -se queja Mateo.

-Vamos a decirle que la despida… ¡Fijaos aquí qué lindo cortejo tenemos a nuestras espaldas! ¡Si llegamos así a la vía consular, estamos frescos! Y ésta, si no le dice que se marche, no nos deja… -dice, molesto, Judas Tadeo, el cual, además, se vuelve y conmina a la mujer:
-¡Calla y vete!

Y lo mismo hace Santiago de Alfeo, solidario con su hermano. Pero ella no se impresiona por las amenazas y órdenes y sigue suplicando.

-Vamos a decirle al Maestro que la eche Él, dado que no quiere concederle lo que pide. ¡Así no se puede seguir! -dice Mateo, mientras Andrés susurra: «¡Pobrecilla!», y Juan repite sin tregua: «No comprendo… no comprendo…».

Juan está confundido por el modo de actuar de Jesús.
Mas ya, acelerando el paso, han alcanzado al Maestro, que camina raudo como un perseguido.

-¡Maestro! ¡Dile a esa mujer que se vaya! ¡Es un escándalo! ¡Viene gritando detrás de nosotros! ¡Nos señala ante todos! El camino se va poblando cada vez más de gente… y muchos se ponen detrás de ella. Dile que se marche.

-Decídselo vosotros. Yo ya le he respondido.

-No nos escucha. ¡Díselo Tú, hombre! Y además severamente.
Jesús se detiene y se vuelve. La mujer interpreta ello como signo de gracia; acelera el paso y alza el tono, ya agudo, de la voz; su rostro palidece por la aumentada esperanza.

-Calla, mujer. Vuelve a casa. Ya lo he dicho: "He venido para las ovejas de Israel". Para curar a las enfermas y buscar a las perdidas. Tú no eres de Israel.

Pero la mujer ya está a sus pies y se los besa, adorándolo, sujetándolo fuerte por los tobillos como si fuera una náufraga que hubiera encontrado un escollo de salvación, y gime: -¡Señor, ayúdame! Tú lo puedes, Señor.

Dale una orden al demonio, Tú que eres santo… Señor, Señor, Tú eres el amo de todo: de la gracia y del mundo. Todo está sometido a ti, Señor. Yo lo sé. Lo creo. Toma, pues, tu poder y úsalo para mi hija.

-No está bien tomar el pan de los hijos de la casa y arrojarlo a los perros de la calle.

-Yo creo en ti. Creyendo, he pasado de ser perro de la calle a ser perro de la casa. Ya te he dicho que he venido antes del alba a acurrucarme a la puerta de la casa donde estabas, y, si hubieras salido, habrías tropezado en mí.

Pero has salido por el otro lado y no me has visto. No has visto a este pobre perro lacerado, hambriento de tu gracia, que esperaba entrar, arrastrándose, adonde Tú estabas, para besarte los pies así, pidiéndote que no la arrojaras de tu presencia…

-No está bien echar el pan de los hijos a los perros -repite Jesús.

-Pero los perros entran en la habitación donde come el amo con sus hijos, y comen lo que cae de la mesa, o los desperdicios que les dan los de la familia, lo que ya no sirve. No te pido que me trates como a una hija, no te pido que me invites a sentarme a tu mesa; te pido al menos las migas…

Jesús sonríe. ¡Cómo se transfigura su rostro con esta sonrisa de gozo!…

La gente, los apóstoles, la mujer, lo miran admirados… sintiendo que está para suceder algo.
Y Jesús dice:

-¡Oh, mujer! ¡Grande es tu fe! Con tu fe consuelas mi espíritu. Ve, pues, y te suceda como quieres. Desde este momento, el demonio ha salido de tu hijita. Ve en paz. Y, de la misma forma que, como perro extraviado, has sabido querer ser perro de casa, sabe ser hija en el futuro, sentada a la mesa del Padre. Adiós.

-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¡Señor!… Quisiera echarme a correr, para ver a mi Palma amada… ¡Quisiera estar contigo, seguirte! ¡Bendito! ¡Santo!

-Ve, ve, mujer. Ve en paz.

Y Jesús reanuda su camino, mientras la cananea, más ligera que una niña, regresa corriendo por el mismo camino que había venido; tras ella la gente, curiosa de ver el milagro…

-¿Pero, por qué, Maestro, la has hecho suplicar tanto, si luego la ibas a escuchar? -pregunta Santiago de Zebedeo.

-Por causa tuya y de todos vosotros. Esta no es una derrota, Santiago. Aquí no me han expulsado, no se han burlado de mí, no me han maldecido… Sirva ello para levantar vuestro espíritu abatido. Yo ya he recibido mi dulcísimo alimento. Y bendigo a Dios por ello. Y ahora vamos a ver a esta otra que sabe creer y esperar con fe segura.

-¿Y mis ovejas, Señor? Dentro de poco tendría que tomar un camino distinto del tuyo para ir a mi pastura… -Pregunta de nuevo el pastor Anás.

Jesús sonríe, pero no responde.

Es bonito andar, ahora que el sol calienta el aire y hace brillar como esmeraldas las hojitas nuevas de los bosques y la hierba de los prados, transformando en engastes los cálices de las flores para las gotas de rocío que brillan en los aros radiados multicolores de las florecillas del campo. Jesús camina, sonriente. Los apóstoles, en seguida animados de nuevo, lo siguen sonrientes…

Llegan a la desviación. El pastor Anás, afligido, dice:
-Y aquí tendría que dejarte… ¿Entonces no vienes a curar a mis ovejas? Yo también tengo fe, y soy prosélito… ¿Me prometes, al menos, que vendrás después del sábado?

-¡Anás! ¿Pero no has comprendido todavía que tus ovejas están curadas desde que alcé mi mano hacia Lesemdán? Ve, pues, tú también a ver el milagro y a bendecir al Señor.

Creo que la mujer de Lot, después de su petrificación en sal, no sería distinta del pastor, que se ha quedado en la posición en que estaba, un poco encorvado e inclinado, con la cabeza vuelta hacia arriba para mirar a Jesús, un brazo semiextendido a media altura… Parece una estatua. Podría tener debajo el cartel: "El suplicador". Mas luego vuelve en sí, se postra y dice:

-¡Bendito! ¡Bueno! ¡Santo!… Pero te había prometido mucho dinero y aquí solamente tengo algunas dracmas… Ven, ven a visitarme después del sábado…

-Iré. No por el dinero, sino para bendecirte una vez más por tu fe sencilla. Adiós, Anás. La paz sea contigo.
Y se separan…

-Y tampoco ésta es una derrota, amigos. Aquí tampoco se han burlado de mí, ni me han expulsado o maldecido… "¡Venga, raudos! Hay una madre esperándonos desde hace días…

Y la marcha prosigue, con un breve alto en el camino para comer pan y queso y beber en un manantial…
El sol está en mediodía cuando se ve aparecer la bifurcación del camino.

Allá en el fondo empieza la escalera de Tiro -dice Mateo. Y se alegra al pensar que la mayor parte del trayecto está ya recorrido. Apoyada en el mojón romano hay una mujer. A sus pies, en un traspuntín, hay una pequeñuela de unos siete u ocho años. La mujer mira en todas las direcciones: hacia la escalera excavada en el monte rocoso, hacia la vía de Tolemaida, hacia el camino recorrido por Jesús. Y, de vez en cuando, se inclina para acariciar a su niña, para proteger su cabeza del sol con un paño,
o cubrirle los pies y las manos con un chal. -¡Ahí está la mujer! Pero, ¿dónde habrá dormido estos días? -pregunta Andrés. -Quizás en aquella casa de cerca de la bifurcación. No hay otras casas cercanas responde Mateo.

-O al raso dice Santiago de Alfeo. -No, por la niña -responde su hermano. -¡Con tal de obtener la gracia!… -dice Juan. Jesús no habla. Pero sonríe. Todos en fila (El en el centro, tres de esta parte, tres de la otra), ocupan toda la vía, en esta hora de pausa de viandantes, que se han parado a comer en los respectivos lugares en que los ha sorprendido el mediodía. Jesús sonríe, alto, hermoso, en el centro de la fila. Su rostro está tan radiante que parece como si toda la luz del sol se hubiera concentrado en él. Parece emanar rayos.

La mujer levanta los ojos… Ya están a unos cincuenta metros de distancia. Quizás ha llamado su atención, distraída al oír llorar a su hija, la mirada de Jesús fija en ella. Mira… Se lleva las manos al corazón con un gesto involuntario de ansia, de sobresalto.

Jesús aumenta su sonrisa. Y esa fúlgida sonrisa, inefable, debe decirle tantas cosas a la mujer, que, ya sin ansia, sonriente, como si va fuera feliz, se agacha a coger a su niña y, sosteniéndola en su jergoncillo, con los brazos extendidos, como si se la estuviera ofreciendo a Dios, da unos pasos hacia Jesús. En llegando a los pies de Él, se arrodilla levantando lo más que puede a la niña, que está en posición echada y que mira, extática, el hermosísimo rostro de Jesús.

La mujer no dice ni una palabra. ¿Qué podría decir que fuera más profundo que lo que dice con toda su figura?…
Jesús dice solamente una palabra, corta pero poderosa, letificante como el "Fiat" de Dios en la creación del mundo:

-Sí». Y apoya la mano sobre el pequeño pecho de la niña echada.

Entonces la niña, emitiendo un grito de calandria liberada de la jaula, exclama:

-¡Mamá! -se sienta de golpe, pasa a poner pie en tierra, abraza a su madre, la cual -ella sí -, exhausta, vacila y está a punto de caerse boca arriba, desmayada por el cansancio, por la cesación del ansia, por la alegría que sobrecarga las ya debilitadas fuerzas del corazón por tanto dolor pasado.

Jesús está atento a sujetarla: una ayuda más eficaz que la de la niñita, que, recargando con su peso los miembros maternos, no es, ciertamente, el más indicado factor para sujetar a su madre sobre las rodillas. Jesús la ayuda a sentarse y le transfunde fuerzas… Y la mira, mientras mudas lágrimas descienden por la cara, cansada y dichosa al mismo tiempo, de la mujer.

Luego es el momento de las palabras:

-¡Gracias, mi Señor! ¡Gracias y bendiciones! Mi esperanza ha sido coronada… Te he esperado mucho… Pera ahora soy feliz…

La mujer, superado su semidesmayo, se arrodilla de nuevo, adorando, teniendo delante de sí a la niñita curada y que ahora recibe las caricias de Jesús. Y explica:

-Hacía dos años que un hueso de la columna se le consumía, la paralizaba y la llevaba a la muerte lentamente y con grandes dolores. La habíamos llevado a que la vieran médicos de Antioquía, Tiro, Sidón, y también de Cesárea y Panéade. Hemos gastado tanto en médicos y medicinas, que hemos vendido la casa que poseíamos en la ciudad para retirarnos a la de campo. Habíamos despedido a los sirvientes de la casa y nos habíamos quedado sólo con los de los campos. Habíamos puesto en venta los productos que antes consumíamos nosotros… ¡Nada aprovechaba! Te vi.

Tenía noticia de lo que hacías en otros lugares. He esperado la gracia también para mí… ¡Y la he obtenido! Ahora vuelvo a casa, aligerada, dichosa… Le daré una alegría a mi esposo… a mi Santiago, que me puso en el corazón la esperanza, narrándome lo que por tu poder sucede en Galilea y Judea. ¡Si no hubiéramos tenido miedo de no encontrarte, habríamos venido con la niña! ¡Pero Tú estás siempre en camino!…

-Caminando he venido a verte… Pero, ¿dónde has pasado estos días?

-En aquella casa… Bueno, por la noche, se quedaba sólo la niña. Hay allí una buena mujer, que me la cuidaba. Yo he estado siempre aquí, por miedo a que pasaras de noche.
Jesús le pone la mano sobre la cabeza:

-Eres una buena madre. Dios te ama por ello. ¿Ves cómo te ha ayudado en todo?

-¡Oh, sí, lo he sentido precisamente mientras venía. Había venido de casa a la ciudad con la confianza de encontrarte; por tanto, con poco dinero, y sola. Luego, siguiendo el consejo de aquel hombre, seguí por este lugar. Mandé un aviso a casa y vine… y no me ha faltado nunca nada, ni pan, ni refugio, ni fuerza. -¿Siempre con ese peso en los brazos? ¿No podías servirte de un carro?… -pregunta enternecido Santiago de Alfeo. -No.

Ella habría sufrido demasiado: hasta morir incluso. En los brazos de su mamá ha venido mi Juana a la Gracia. Jesús acaricia en el pelo a las dos: -Ahora podéis marcharos. Sed siempre fieles al Señor. El Señor esté con vosotras y con vosotras mi paz.

Jesús reanuda su camino por la vía que conduce a Tolemaida.

-Esta tampoco es una derrota, amigos. Tampoco aquí me han expulsado, ni se han burlado de mí, ni me han maldecido.
Siguiendo la vía directa, pronto se llega al taller del herrador que está al lado del puente. El herrador romano está descansando al sol, sentado contra el muro de la casa. Reconoce a Jesús y lo saluda.

Jesús devuelve el saludo y añade:
-¿Me dejas estar aquí, para descansar un poco y comer un poco de pan?

-Sí, Maestro. Mi mujer quería verte… porque le he referido la parte de tu discurso que ella no había oído la otra vez. Ester es hebrea. Pero, siendo romano, no me atrevía a decírtelo. Te la habría mandado…

-Llámala, entonces.
Y Jesús se sienta en el banco que hay contra la pared, mientras Santiago de Zebedeo distribuye pan y queso… Sale una mujer de unos cuarenta años, turbada, roja de vergüenza.

-Paz a ti, Ester. ¿Tenías deseos de conocerme? ¿Por qué?
-Por lo que dijiste… Los rabíes nos desprecian a nosotras, casadas con un romano… Pero he llevado a todos mis hijos al Templo, y los varones están todos circuncidados. Se lo dije antes a Tito, cuando me quiso como esposa… Y él es bueno… Siempre me ha dejado libertad de acción con los hijos. Costumbres, ritos, ¡aquí todo es hebreo!… Pero los rabíes, los arquisinagogos, nos maldicen. Tú no… Tú tienes palabras de piedad para nosotras…

¡No sabes cuánto significa eso para nosotras! Es como sentirnos abrazadas por el padre y la madre que nos han repudiado y maldecido, o que se muestran severos con nosotras… Es como volver a poner pie en la casa que hemos dejado y no sentirse extranjeras en ella… Tito es bueno. Durante nuestras Fiestas cierra el taller, con gran pérdida de dinero, y me acompaña con nuestros hijos al Templo. Porque dice que sin religión no se puede estar. Él dice que su religión es la de la familia y el trabajo, como antes era la del deber de soldado… Pero yo…

Señor… quería hablar contigo por una cosa… Tú dijiste que los seguidores del verdadero Dios deben separar un poco de su levadura santa y meterla en la buena harina para hacerla fermentar santamente. Yo lo he hecho con mi esposo. He tratado, en estos veinte años que llevamos juntos, de trabajar su alma, que es buena, con la levadura de Israel. Pero no se decide nunca… es ya mayor… Querría tenerlo conmigo en la otra vida… Unidos por la fe como lo estamos por el amor… No te pido riquezas, bienestar, salud. Lo que tenemos es suficiente, y bendito sea Dios por ello. Pero sí que querría esto… ¡Pide por mi esposo! Que sea del verdadero Dios…

-Lo será. Puedes estar segura. Pides una cosa santa y te será dada. Has comprendido los deberes de la esposa hacia Dios y hacia su esposo. ¡Si así fueran todas las esposas! En verdad te digo que muchas deberían imitarte. Sigue así y recibirás la alegría de tener a tu Tito a tu lado, en la oración y en el Cielo. Muéstrame a tus hijos.

La mujer llama a la numerosa prole: «Jacob, Judas, Leví, María, Juan, Ana, Elisa, Marco». Y luego entra en la casa y vuelve a salir con una que apenas si sabe andar todavía y con uno de tres meses como mucho:

-Y éste es Isaac, y esta pequeñita es Judit -dice terminando la presentación.

-¡Abundancia! -dice riendo Santiago de Zebedeo.
Y Judas exclama:
-¡Seis varones! ¡Y todos circuncisos! ¡Y con nombres puros! ¡Sí señora, muy bien!

La mujer está contenta, y hace elogios de Jacob, Judas y Leví, los cuales ayudan a su padre «todos los días menos el sábado, el día en que Tito trabaja solo, poniendo las herraduras ya hechas» dice. Elogia también a María y a Ana, «ayuda de su mamá». Pero no deja de elogiar también a los cuatro más pequeños «buenos y sin caprichos.

Tito, que ha sido un soldado disciplinado, me ayuda a educarlos» dice mientras mira con mirada afectuosa al hombre, el cual, apoyado en la jamba, con una mano en la cadera, ha escuchado todo lo que ha dicho su mujer, con una franca sonrisa en su rostro claro, y que ahora, al oír la memoria de sus méritos de soldado, rebosa complacencia.

-Muy bien. La disciplina de las armas no repugna a Dios, cuando se cumple con humanidad el propio deber de soldado. Todo consiste en ser siempre moralmente honestos, en todos los trabajos, para ser siempre virtuosos. Tu pasada disciplina, que ahora transfundes en tus hijos, te debe preparar para incorporarte a un más alto servicio: el de Dios. Ahora vamos a despedirnos. Tengo el tiempo justo para llegar a Akcib antes de que se cumpla el ocaso. Paz a ti, Ester, y a tu casa. Sed, dentro de poco, todos del Señor».

La madre y los hijos se arrodillan, mientras Jesús alza la mano bendiciendo. El hombre, como si de nuevo fuera el soldado de Roma ante su emperador, se cuadra, saludando a la romana.

Y se ponen en marcha… Después de unos metros, Jesús pone la mano en el hombro de Santiago:

-Una vez más aún, la cuarta de hoy, te hago la observación de que ésta no es una derrota, ni es ser expulsado, satirizado o maldecido. ¿Qué dices ahora? -Que soy un necio, Señor -dice impetuosamente Santiago de Zebedeo.

-No. Tú, como todos vosotros, sois todavía demasiado humanos. Todas vuestras opciones son las propias de quien está más sujeto a humanidad que a espíritu.

El espíritu, cuando es soberano, no se altera ante cualquier soplo del viento, que no siempre puede ser brisa perfumada… Podrá sufrir, pero no se altera. Yo oro siempre porque alcancéis esta soberanía del espíritu. Pero vosotros me tenéis que ayudar con vuestro esfuerzo…

¡Bueno, este viaje ha terminado! En él he sembrado lo necesario para prepararos el trabajo, para cuando seáis vosotros los evangelizadores.

Ahora podemos iniciar el reposo sabático con la conciencia de haber cumplido nuestro deber. Y esperaremos a los otros… Luego proseguiremos… todavía… siempre… hasta que todo quede cumplido…

330- Santiago y Juan «hijos del trueno». Hacia Akcib con el pastor Anás

Jesús va caminando por una zona muy montañosa. No son montes altos, pero es un continuo subir y bajar de collados, y un fluir de torrentes (alegres en esta estación fresca y nueva; límpidos como el cielo; niños como las primeras hojas, cada vez más numerosas, sobre las ramas).

Mas, a pesar de que la estación del año sea tan bella y alegre que podría aliviar el corazón, no parece que Jesús esté muy aliviado de espíritu, y menos que Él lo están los apóstoles. Caminan, muy callados, por el fondo de un valle. Solamente pastores y greyes se presentan ante sus ojos. Pero Jesús ni tan siquiera da muestras de verlos.
Lo que capta la atención de Jesús es el suspiro desconsolado de Santiago de Zebedeo, y sus improvisas palabras, fruto de un pensamiento amargo… Santiago dice:
-¡Derrotas y más derrotas!… Parecemos como malditos…
Jesús le pone la mano en el hombro: «
-¿No sabes que ése es el sino de los mejores?
-¡Sí, sí! ¡Lo sé desde cuando estoy contigo! Pero, de vez en cuando sería necesario algo distinto -y antes lo teníamos ­para confortar el corazón y la fe…

-¿Dudas de mí, Santiago?
¡Cuánto dolor tiembla en la voz del Maestro!
-¡No, no!…
La verdad es que no es muy seguro el "no".
-Pero dudar, dudas. ¿De qué, entonces? ¿Ya no me amas como antes? ¿Ver que me echan de un lugar, o que se burlan de mí, o, sencillamente, que no me prestan atención en estos confines fenicios, ha debilitado tu amor?

Hay un llanto tembloroso en las palabras de Jesús, a pesar de que no haya sollozos ni lágrimas: es verdaderamente su alma la que llora.

-¡Eso no, Señor mío! Es más, mi amor a ti crece a medida que te veo menos comprendido, menos amado, más postrado, más afligido. Y, por no verte así, por poder cambiar el corazón a los hombres, solícito daría mi vida en sacrificio. Debes creerme. No me tritures el corazón, ya tan afligido, con la duda de que piensas que no te amo. Si no… Si no, romperé todos los cánones. Volveré para atrás y me vengaré de los que te causan dolor, para demostrarte que te amo, para quitarte esta duda. Y, si me atrapan y me matan, no me importará lo más mínimo. Me conformaré con haberte dado una prueba de amor.

-¡Oh, hijo del trueno! ¿De dónde tanta impetuosidad? ¿Es que quieres ser un rayo exterminador?

Jesús sonríe por la fogosidad y los propósitos de Santiago.

-¡Al menos, te veo sonreír! Ya es un fruto de estos propósitos míos. ¿Tú que opinas, Juan? ¿Debemos llevar a cabo mi pensamiento para confortar al Maestro, abatido por tantas reacciones contrarias?

-¡Sí, sí! Vamos nosotros. Hablamos de nuevo. Y si lo vuelven a insultar, llamándolo rey de palabras, rey hazmerreír, rey sin dinero, rey loco, repartimos palos a diestro y siniestro, para que se den cuenta de que el rey tiene también un ejército de fieles y que estos fieles no permiten burlas. La violencia es útil en ciertas cosas.

¡Vamos, hermano! -le responde Juan (y ahora, tan colérico como se manifiesta, no parece él, que siempre es dulce).
Jesús se mete entre los dos, los aferra por los brazos para detenerlos y dice:

-¿Pero los estáis oyendo? ¿Y Yo qué he predicado durante tanto tiempo? ¡Sorpresa de las sorpresas! ¡Hasta incluso Juan, mi paloma, se me ha transformado en gavilán!

Miradlo, vosotros, qué feo está, tenebroso, hosco, desfigurado por el odio. ¡Qué vergüenza! ¿Y os asombráis porque unos fenicios reaccionen con indiferencia, y de que haya hebreos que tengan odio en su corazón, y de que unos romanos me conminen a marcharme, cuando vosotros sois los primeros que no habéis entendido todavía nada después de dos años de estar conmigo, cuando vosotros os habéis llenado de hiel por el rencor que tenéis en el corazón, cuando arrojáis de vuestros corazones mi doctrina de amor y perdón, la echáis afuera como cosa estúpida, y acogéis por buena aliada a la violencia?

¡Oh, Padre santo! ¡Esta si que es una derrota! En vez de ser como gavilanes que se afilan rostro y garfas, ¿no sería mejor que fuerais ángeles que orasen al Padre para que confortara a su Hijo?

¿Cuándo se ha visto que un temporal beneficie con sus rayos y granizadas? Pues bien, para recuerdo de este pecado vuestro contra la caridad, para recuerdo de cuando vi aflorar en vuestra cara el animal-hombre en vez del hombre-ángel que quiero ver siempre en vosotros, os voy a apodar "los hijos del trueno".

Jesús está semiserio mientras habla a los dos inflamados hijos de Zebedeo. Pero el reproche, al ver el arrepentimiento de ellos, pasa, y, con cara luminosa de amor los estrecha contra su pecho diciendo:

-Nunca más, feos de esta forma. Y gracias por vuestro amor. Y también por el vuestro, amigos -dice, dirigiéndose a Andrés, Mateo y los dos primos.

-Venid aquí, que quiero abrazaros también a vosotros. ¿No sabéis que, aunque no tuviera nada más que la alegría de hacer la voluntad de mi Padre y vuestro amor, sería siempre feliz, aunque todo el mundo me abofetease?

Estoy triste, mas no por mí, por mis derrotas, como vosotros las llamáis; estoy triste por piedad hacia las almas que rechazan la Vida. Bien, ahora estamos todos contentos, ¿no es verdad?, niños grandes, que es lo que sois. Ánimo, entonces.

Id donde esos pastores que están ordeñando el rebaño. Pedid un poco de leche en nombre de Dios. No tengáis miedo -dice al ver la mirada desolada de los apóstoles.

-Obedeced con fe. Recibiréis leche y no palos, aunque el hombre sea fenicio.

Y los seis se dirigen hacia el hombre indicado, mientras Jesús los espera en el camino. Y ora, entretanto, este Jesús triste al que ninguno quiere…

Vuelven los apóstoles con un pequeño cubo de leche, y dicen:

-Ha dicho el hombre que vayas allí, que tiene que decirte algo y no puede dejar las cabras a los zagales, porque son antojadizas e imprevisibles.

Jesús dice:

-Vamos entonces allí, a comer nuestro pan.

Y suben todos a lo alto de la escarpa, desde donde se asoman, prominentemente, las caprichosas cabras.

Te agradezco la colodra de leche que me has dado. ¿Qué deseas de mí?

-Tú eres el Nazareno, ¿verdad? ¿El que hace milagros?
-Soy el que predica la Bienaventuranza eterna. Soy el Camino para ir al Dios verdadero; la Verdad que se da; la Vida que os vivifica. No soy el hechicero que hace prodigios. Éstos son las manifestaciones de mi bondad y de vuestra debilidad, que tiene necesidad de pruebas para creer. Pero, ¿qué deseas de mí?

-Mira… ¿Hace dos días estabas en Alejandrocena?
-Sí. ¿Por qué?

-Yo también estaba, con mis cabritillos. Cuando he comprendido que iba a producirse una riña, he desaparecido, porque es costumbre suscitarlas para robar lo que hay en los mercados. Son ladrones todos: los fenicios… y también los otros. No debería decirlo, porque soy de padre prosélito y de madre siria, y yo mismo soy prosélito. Pero es la verdad. Bien. Volvamos a lo que estaba diciendo.

Me había metido en una caballeriza, con mis animales, esperando a que llegara el carro de mi hijo. Al atardecer, al salir de la ciudad, encontré a una mujer que lloraba con una hijita suya en los brazos. Había recorrido ochos millas para llegar a ti, porque está fuera, en los campos.

Le pregunté que qué le sucedía. Es prosélito. Había venido para vender y comprar. Había oído hablar de ti, y le había nacido la esperanza en el corazón. Había ido corriendo a casa, había tomado en brazos a la niña. ¡Pero con un peso se anda despacio! Cuando llegó a los almacenes de los hermanos, ya no estabas. Ellos, los hermanos, le dijeron:

"Lo han echado. Pero ayer por la tarde nos dijo que haría de nuevo un alto en Tiro". Yo -también yo soy padre -le dije: "Pues entonces ve a Tiro". Pero ella me respondió:

"¿Y si, después de todo lo que ha sucedido, pasa por otros caminos para volver a Galilea?". Le dije: "Mira. O ese confín o el otro. Yo pastoreo entre Rohob y Lesemdán, justamente en el camino que hace de confín entre aquí y Neftalí. Si lo veo, se lo digo; palabra de prosélito". Y te lo he dicho.

-Y que Dios te recompense por ello. Iré a ver a esa mujer. Tengo que volver a Akcib.

-¿Vas a Akcib? Entonces podemos ir juntos, si no desdeñas a un pastor.

-No desdeño a nadie. ¿Por qué vas a Akcib?
-Porque allí tengo los corderos. A no ser que… ya no los tenga…

-¿Por qué?
-Porque hay una enfermedad… No sé si ha sido una hechicería o qué. Sé que mi lindo rebaño se me ha enfermado. Por eso he traído aquí las cabras, que están todavía sanas, para separarlas de las ovejas. Aquí estarán con dos hijos míos. Ahora están en la ciudad, para hacer las compras. Vuelvo allá… para ver morir a mis lindas ovejas lanosas…

El hombre suspira… Mira a Jesús y se disculpa:

-Hablarte a ti, siendo quien eres, de estas cosas, y afligirte, estando ya afligido de cómo te tratan, es una necedad. Pero las ovejas son afecto y dinero, ¿sabes?, para nosotros…

-Comprendo. Pero se pondrán buenas. ¿No las has llevado a que las vea una persona entendida?

-Todos me han dicho lo mismo: "Mátalas y vende sus pieles.

No hay otra posibilidad", e incluso me han amenazado si las saco… Tienen miedo de que las suyas se cojan la enfermedad. Así que las tengo que tener encerradas… y aumenta la mortalidad. Son malos, ¿sabes?, los de Akcib…

Jesús dice simplemente:

-Lo sé.

-Yo digo que me las han embrujado…

-No. No creas esas historias… ¿En cuanto vengan tus
hijos te pones en marcha?

-Inmediatamente. De un momento a otro llegarán. ¿Éstos son tus discípulos? ¿Son sólo éstos?
-No. Tengo otros más.

-¿Y por qué no vienen aquí? Una vez, cerca de Merón, me encontré con un grupo de ellos. A la cabeza del grupo había un pastor. Decía serlo. Uno alto, fuerte, de nombre Elías. Fue en Octubre, me parece. Antes o después de los Tabernáculos. ¿Ahora te ha abandonado? -Ningún discípulo me ha abandonado.

-Me habían dicho que…
-¿Qué te habían dicho?
-Que Tú… que los fariseos… En fin, que los discípulos te habían abandonado por miedo, y porque Tú eras un…
-Demonio. Dilo tranquilamente. Lo sé. Doble mérito para ti, que crees igualmente.
-¿Y por este mérito no podrías?… Quizás estoy pidiendo una cosa sacrílega…

-Dila. Si es una cosa mala, te lo digo.
-¿No podrías, al pasar, bendecir a mi rebaño? -se le ve lleno de ansiedad al hombre…
-Bendeciré a tu rebaño. A éste… -y alza la mano bendiciendo a las cabritas desperdigadas,…y al de las ovejas.

-¿Crees que mi bendición las salvará?
-De la misma forma que salvas a los hombres de las enfermedades, podrás salvar a los animales. Dicen que eres el Hijo de Dios. Las ovejas las ha creado Dios. Por tanto son cosas del Padre. Yo… no sabía si era una cosa respetuosa el pedírtelo. Pero, si se puede, hazlo, Señor, y llevaré al Templo grandes ofrendas de alabanza; o, mejor: te lo doy a ti, para los pobres, que será mejor.
Jesús sonríe y calla.

Llegan los hijos del pastor. Poco después, Jesús con los suyos y el viejo se ponen en marcha. Dejan a los zagales custodiando las cabras. Caminan raudos porque quieren llegar pronto a Quedes, para dejarla también enseguida, con intención de tomar la vía que del mar va hacia el interior. Debe ser la misma que recorrieron yendo a Alejandrocena, la que se bifurca a los pies del promontorio. A1 menos yo lo entiendo así, por lo que conversan el pastor y los discípulos. Jesús va adelante, solo.

-¿No nos encontraremos con otros problemas? -pregunta Santiago de Alfeo.

-Quedes no depende de aquel centurión. Está fuera de los confines fenicios. A los centuriones basta con no pincharlos, y se desinteresan de religión.
-Y además no nos vamos a detener…

-¿Vais a aguantar más de treinta millas en un día? -pregunta el pastor.

-¡Sí, hombre! ¡Somos peregrinos perpetuos!
Caminan ininterrumpidamente… Llegan a Quedes. La atraviesan sin ningún contratiempo. Toman la vía directa.

En el mojón está indicada Akciba. El pastor lo señala diciendo:

-Mañana llegaremos. Esta noche venís conmigo. Conozco labriegos de estos valles, pero muchos están dentro de los confines fenicios… ¡Bueno!, pues pasaremos los confines. Seguro que no nos van a descubrir inmediatamente… ¡Lo que es la vigilancia!… ¡Mejor sería que vigilasen a los bandidos!…

El sol declina, y los valles ciertamente no contribuyen a mantener la luz, menos aún siendo boscosos. Pero el pastor conoce muy bien la zona y va seguro.

Llegan a un pueblecito muy pequeño, verdaderamente un puñado de casas.

-Vamos a ver si nos dan posada. Aquí son israelitas. Estamos justamente en los confines. Si no nos reciben, vamos a otro pueblo, que es fenicio.
-No tengo prejuicios, hombre.
Llaman a una casa.

-¿Tú, Anás? ¿Con amigos? Ven, ven, y que Dios sea contigo -dice una mujer muy anciana.

Entran en una amplia cocina alegrada por una lumbre. Alrededor de la mesa está reunida una numerosa familia de todas las edades, pero que hace sitio amablemente a los que, al improviso, acaban de llegar.

-Éste es Jonás. Ésta es su esposa, y sus hijos y nietos y nueras. Una familia de patriarcas fieles al Señor -dice el pastor Anás a Jesús. Y luego, volviéndose hacia el anciano Jonás: «Y éste que está conmigo es el Rabí de Israel, al que deseabas conocer.

-Bendigo a Dios por ser hospitalario y por tener sitio esta noche. Y, pidiendo bendición, bendigo al Rabí que ha venido a mi casa.

Anás explica que la casa de Jonás es casi una posada para los peregrinos que del mar van hacia el interior.

Se sientan todos en la caliente cocina. Las mujeres sirven a los llegados. El respeto que hay es tal, que incluso paraliza. Pero Jesús resuelve la situación rodeándose, nada más terminar la cena, de los muchos niños presentes, e interesándose por ellos, los cuales en seguida fraternizan.

Detrás de ellos, durante el breve espacio de tiempo que separa la cena del descanso, encuentran valor los hombres de la casa y narran lo que han sabido del Mesías, y preguntan cosas nuevas. Jesús, benigno, rectifica, confirma, explica, en serena conversación, hasta que peregrinos y familiares se van a descansar, tras haberlos bendecido Jesús a todos.

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