329- En el mercado de Alejandrocena. La parábola de los obreros de la viña

El patio de los tres hermanos está la mitad en sombra, la mitad luminoso de sol. Está lleno de gente que va y viene para sus compras, mientras que fuera del portón, en la placita, vocea el mercado de Alejandrocena en medio de un confuso ir y venir de adquisidores y compradores, de asnos, de ovejas, de corderos, de volatería; porque se comprende que aquí tienen menos remilgos y llevan al mercado también a los pollos, sin miedo a ningún tipo de contaminación. Rebuznos, balidos, cacareos de gallinas y triunfales quiquiriquíes de gallitos se mezclan con las voces de los hombres, formando un alegre coro que, de vez en cuando, adquiere notas agudas y dramáticas por algún altercado.

También dentro del patio de los hermanos hay bullicio, y no falta algún que otro altercado, o por el precio o porque un marchante ha tomado lo que otro para sus adentros había elegido. No falta el quejido lastimero de los mendigos que, en la plaza, cerca del portón, recitan la letanía de sus miserias con una cadencia cantora y triste como un aúllo de moribundo.

Soldados romanos, con aire de dueños, van y vienen por el fondac y la plaza; supongo que en servicio, porque los veo armados y nunca solos, en medio de los fenicios, que también van todos armados.

Jesús pasea arriba y abajo por el patio, con los seis apóstoles, como esperando el momento adecuado para hablar. Luego sale a la plaza un momento. Pasa cerca de los mendigos y les da una limosna. La gente se distrae unos minutos a mirar al grupo galileo y se pregunta quiénes serán esos extranjeros. Hay quien informa de quiénes son los huéspedes de los tres hermanos, porque les ha pedido a éstos información.

Un rumor sigue los pasos de Jesús, que va tranquilo, acariciando a los niños que encuentra en su camino. En el rumor no faltan risitas irónicas y epítetos poco halagüeños para los hebreos, como tampoco falta el honesto deseo de oír a este «Profeta», a este «Rabí», a este «Santo», a este «Mesías» de Israel (sí, se lo señalan unos a otros con tales nombres, según su grado de fe y su rectitud de corazón). Oigo a dos madres:

-¿Pero es verdad?

-Me lo ha dicho Daniel, precisamente a mí. Y él ha hablado en Jerusalén con gente que ha visto los milagros del Santo.

-Sí, de acuerdo. ¿Pero será el mismo hombre?
-Me ha dicho Daniel que no hay duda de que es Él, por lo que dice.

-Entonces… ¿qué piensas… me concederá la gracia aunque sea sólo prosélito?

-Yo diría que sí… Inténtalo. Quizás no vuelve. ¡Inténtalo, inténtalo! ¡Mal no te hará, eso está claro!
-Sí -dice la mujercita, y, dejando plantado a un vendedor de loza con el que estaba contratando unos cuencos, se marcha. Vendedor que ha oído la conversación de las dos, y ahora, defraudado, enfadado por el buen trato que se ha esfumado, se abalanza contra la mujer que queda y la cubre de improperios cuales: «Maldita neófita. Sangre de hebrea. Mujer vendida» etc., etc.

Oigo a dos hombres, barbudos y de porte grave:
-Me gustaría oírlo hablar. Dicen que es un gran Rabí.
-Un Profeta debes decir. Mayor que el Bautista. ¡Me ha dicho Elías unas cosas! ¡Unas cosas! Él las sabe porque tiene una hermana que está casada con uno que vive al servicio de un rico de Israel, y, para saber de ella, va a preguntar a los compañeros de servicio. Este rico es muy amigo del Rabí…

Un tercero, un fenicio quizás, que, estando cerca, ha oído la conversación, asoma su cara enjuta, satírica, entre los dos, y, con sardónica risotada, dice:

-¡Pues vaya santidad! ¡Aderezada con riquezas! ¡Por lo que yo sé, el santo debería vivir en pobreza!

-Calla, Doro, mala lengua. Tú, pagano, no eres digno de juzgar estas cosas.

-¡Ah, vosotros sí sois dignos, especialmente tú, Samuel!

Mejor sería que me pagaras esa deuda.

-¡Ten, y no sigas dando vueltas alrededor de mí, vampiro
de cara de fauno!…

Oigo a un anciano semiciego, que está acompañado de una muchachita y que pregunta:

-¿Dónde está, dónde está el Mesías? -y la niña: « ¡Dejad paso al viejo Marcos! ¡Por favor, decidle al viejo Marcos dónde está el Mesías!».

Las dos voces -la senil, feble y trémula; la niña, argentina y segura -se expanden en vano por la plaza,
hasta que otro hombre dice:

-¿Buscáis al Rabí? Ha vuelto hacia la casa de Daniel. Ahí está, parado, hablando con los mendigos.

Oigo a dos soldados romanos:

-Debe ser ese al que persiguen los judíos. ¡Menudos bichos, ésos! A simple vista se ve que es mejor que ellos.
-¡Eso es lo que los fastidia!

-Vamos a decírselo al alférez. Ésa es la orden.
-¡Disparatada, Cayo! Roma se guarda de los corderos, y soporta, diría incluso que acaricia, a los tigres.

-¡No creo, Escipión! ¡A Poncio matar le es fácil!
-Sí… pero no cierra su casa a las hienas rastreras que lo adulan.

-¡Política, Escipión! ¡Política!.

-Vileza, Cayo, y necedad. De éste debería hacerse amigo. Ganaría una ayuda para mantener obediente a esta gentuza asiática. No sirve bien a Roma Poncio desatendiendo a este hombre bueno y adulando a los malos.

-No critiques al Procónsul. Somos soldados. El superior es sagrado como un dios. Hemos jurado obediencia al divino César y el Procónsul lo representa.

-Eso está bien en lo que respecta al deber hacia la Patria, sagrada e inmortal, pero no para el juicio interno.

-Pero la obediencia viene del juicio. Si tu juicio se rebela contra una orden y la critica, ya no obedecerás totalmente. Roma se apoya en nuestra obediencia ciega para tutelar sus conquistas.

-Pareces un tribuno, y es correcto lo que dices. Pero te hago una observación: Roma es reina, pero nosotros no somos esclavos, sino súbditos. Roma no tiene, no debe tener, ciudadanos esclavos, y esclavitud es imponer silencio a la razón de los ciudadanos. Yo digo que mi razón juzga que Poncio hace mal no ocupándose de este israelita… llámalo Mesías, Santo, Profeta, Rabí, lo que quieras. Y siento que puedo decirlo porque, diciéndolo, no viene a menos ni mi fidelidad a Roma, ni mi amor; es más, si deseo esto es porque siento que Él, enseñando respeto a las leyes y a los Cónsules, como hace, ayuda al bienestar de Roma.

-Eres culto, Escipión… Llegarás lejos. ¡Ya vas adelante! Yo soy un pobre soldado. Pero, ¿ves, mientras, allí? La gente se ha amontonado en torno al Hombre. Vamos a decírselo a los jefes militares…

Efectivamente, cerca del portón de los tres hermanos, hay un montón de gente alrededor de Jesús, al cual se le ve bien por su alta estatura. Luego, de repente, se eleva un grito y la gente se agita. Otros, que estaban en el mercado, acuden corriendo, y algunos del remolino de gente corren hacia la plaza e incluso más allá de la plaza.

Preguntas… respuestas…

-¿Qué ha pasado? ¿Qué sucede?

-¡El Hombre de Israel ha curado a Marcos, el anciano! El velo de sus ojos se ha disipado.

Jesús, entretanto, ha entrado en el patio, seguido de una cola de gente. Renqueando, al final, viene uno de los mendigos: un renco que se arrastra más con las manos que con las piernas. Pero, si las piernas están torcidas y carecen de fuerza -por lo cual, sin los bastones, no andaría -, la voz, por el contrario, es bien vigorosa. Parece una sirena que desgarra el aire luminoso de la mañana:

-¡Santo! ¡Santo! ¡Mesías! ¡Rabí! ¡Piedad de mí! -grita desgañitándose y sin tregua.
Se vuelven dos o tres personas:

-¡No malgastes energías! Marcos es hebreo, tú no. ¡Para los israelitas verdaderos hace milagros, no para los hijos de perro!

-Mi madre era hebrea…

-Y Dios la ha castigado dándole a ti, un monstruo, por su pecado. ¡Fuera, hijo de loba! Vuelve a tu sitio, lodo en el lodo…

El hombre se pega a la pared, acobardado, atemorizado ante los amenazadores puños levantados…

Jesús se detiene, se vuelve, mira. Ordena:

-¡Hombre, ven aquí!

El hombre lo mira, mira a los que lo amenazan… y no se atreve a avanzar.

Jesús se abre paso entre la pequeña muchedumbre y se acerca a él. Lo toma de la mano (o sea: le pone la mano en el hombro) y dice:

-No tengas miedo. Ven aquí delante conmigo -y, mirando a los despiadados, dice severo: «Dios es de todos los hombres que lo buscan y que son misericordiosos».

Comprenden la alusión, y ahora son ellos los que se quedan al final; más aún, los que se quedan parados donde están.

Jesús se vuelve de nuevo. Los ve allí, confusos, casi decididos a marcharse, y les dice:

-No, venid también vosotros. Os vendrá bien también a vosotros, para enderezar y fortalecer vuestra alma, de la misma forma que enderezo y fortalezco a éste porque ha sabido tener fe. Hombre, Yo te lo digo, queda curado de la enfermedad.

Y quita la mano del hombro del renco, tras haber experimentado éste como una sacudida.

El hombre se yergue, seguro, sobre sus propias piernas, arroja las muletas ya consumidas por el uso, y grita:

-¡El me ha curado! ¡Bendito sea el Dios de mi madre! -y se arrodilla para besar los bordes de la túnica de Jesús.

El tumulto de quien quiere ver, o ya ha visto y ahora comenta, alcanza su culmen. En el profundo atrio, que de la plaza conduce al patio, las voces resuenan con sonoridad de pozo y producen eco contra las murallas del Castro.

Los soldados deben temer que se haya producido una reyerta -debe ser fácil en estos lugares, con tantos contrastes de razas y fes, de forma que acude un pelotón y se abre paso rudamente preguntando que qué sucede.

-¡Un milagro, un milagro! Jonás, el renco, ha sido curado.

Ahí está, al lado del Hombre galileo.

Los soldados se miran unos a otros. No hablan hasta que no ha pasado toda la muchedumbre (detrás se ha agregado más gente, de la que había en los locales del fondac y en la plaza, donde ahora se ve solamente a los vendedores, enojadísimos por el imprevisto reclamo, que hace fracasar el mercado de ese día). Luego, al ver pasar a uno de los tres hermanos, preguntan:

-Felipe, ¿sabes lo que piensa hacer ahora el Rabí?
-Va a hablar, a adoctrinar. ¡Y además en mi patio! -dice Felipe todo alborozado.

Los soldados se consultan. ¿Quedarse? ¿Marcharse?

-El alférez nos ha dicho que vigilemos…

-¿A quién? ¿Al Hombre? Por Él podríamos ir a jugarnos a los dados un ánfora de vino de Chipre -dice Escipión, el soldado que antes defendía a Jesús ante su compañero.

-¡A mí me parece que es Él el que necesita ser protegido, no el derecho de Roma! ¿No lo veis? Ninguno de nuestros dioses tiene un aspecto tan manso, y al mismo tiempo tan viril. Esta gentuza no es digna de Él. Y los indignos son siempre malos. Vamos a quedarnos a protegerlo. Si hace falta le guardamos las espaldas, y se las acariciamos a estos bribones -dice, medio sarcástico, medio admirado, otro.

-Bien dices, Pudente. Es más, para que Prócoro, el alférez, que siempre está soñando complots contra Roma y… ascensos para él, por gracia y mérito de su solícita vigilancia por la salud del divino César y de la diosa Roma, madre y señora del mundo, se convenza de que aquí no va a conquistar brazalete o corona, ve a llamarlo, Acio.
Un soldado joven se marcha corriendo, y corriendo vuelve, diciendo:

-Prócoro no viene, manda al triario Aquila…
-¡Bien! ¡Bien! Mejor él que el propio Cecilio Máximo. Aquila ha servido en África, en Galia, y estuvo en las crueles selvas que nos arrebataron a Varo y a sus legiones. Conoce a griegos y bretones y tiene buen olfato para distinguir… ¡Salve! ¡Aquí tenemos al glorioso

Aquila! ¡Ven, enséñanos, a nosotros, míseros, a comprender el valor de los seres!

-¡Viva Aquila, maestro de soldados! -gritan todos, dándole afectuosos zarandeos al viejo soldado, marcado de cicatrices en el rostro (y, como el rostro, así tiene sus brazos y pantorrillas desnudos).

Él sonríe bonachón y exclama:
-¡Viva Roma, maestra del mundo; no yo, que soy un pobre soldado! ¿Qué sucede, pues?
-Vigilar a ese hombre alto y rubio como el más claro cobre.
-Bien. Pero, ¿quién es?

-El Mesías, según dicen. Se llama Jesús y es de Nazaret. Es aquel, ¿ya sabes, no?, por el que se comunicó aquella orden…

-¡Mmm! Bien… pero me parece que perseguimos nubes.

-Dicen que quiere hacerse rey y suplantar a Roma. El Sanedrín, los fariseos, saduceos y herodianos, lo han denunciado ante Poncio. Ya sabes que los hebreos tienen esta obsesión en la cabeza y, de vez en cuando, aparece un rey…

-Sí, sí… ¡Pero si es por este hombre!… De todas formas, vamos a oír lo que dice. Creo que se dispone a hablar.
-He sabido por el soldado, que está con el centurión, que Publio Quintiliano le ha hablado de Él como de un filósofo divino…

-Las mujeres imperiales se muestran entusiastas… -dice otro soldado, joven.

-¡Claro! También yo me sentiría entusiasta de El si fuera una mujer, y querría tenerlo en mi cama… -dice, riéndose abiertamente, otro soldado joven.

-¡Cállate, impúdico! ¡La lujuria te come! -dice otro bromeando.

-¿Y tú no, Fabio? Ana, Sira, Alba, María…
-Silencio, Sabino. Está hablando y quiero escuchar -ordena el triario. Y todos guardan silencio.

Jesús ha subido encima de una caja que está colocada contra una pared. Todos, por tanto, lo pueden ver bien. Ya se ha esparcido por el aire su dulce saludo, seguido luego por las palabras: «Hijos de un único Creador, escuchad», para proseguir, en el atento silencio de la gente:

-El tiempo de la Gracia para todos ha llegado, no sólo para Israel, sino para todo el mundo. Hombres hebreos que estáis aquí por diversas razones, prosélitos, fenicios, gentiles, todos: oíd la Palabra de Dios, comprended la Justicia, conoced la Caridad. Teniendo Sabiduría, Justicia y Caridad, dispondréis de los medios para llegar al Reino de Dios, a ese Reino que no es una exclusividad de los hijos de Israel, sino que es de todos aquellos que amen de ahora en adelante al verdadero, único Dios, y crean en la palabra de su Verbo.

Escuchad. He venido de muy lejos, no con miras de usurpador, ni con la violencia del conquistador. He venido sólo para ser el Salvador de vuestras almas. Los dominios, las riquezas, los cargos, no me seducen. Para mí no son nada; son cosas a las que ni siquiera miro. Es decir, las miro con conmiseración, porque me producen compasión, siendo como son cadenas para apresar a vuestro espíritu, impidiéndole así acercarse al Señor eterno, único, universal, santo y bendito. Las miro y me acerco a ellas como a las más grandes miserias. Y trato de liberarlas del lisonjero y cruel engaño que seduce a los hijos de los hombres, para que puedan usarlas con justicia y santidad, no como crueles armas que hieren y matan al hombre (y lo primero, siempre, al espíritu de aquel que las usa no santamente).

Pero, en verdad os digo, me es más fácil curar a un cuerpo deforme que a un alma deforme; me es más fácil dar luz a las pupilas apagadas, salud a un cuerpo agonizante, que luz a los espíritus y salud a las almas enfermas. ¿Por qué? Porque el hombre ha perdido de vista el verdadero fin de su vida, y se ocupa de lo transitorio.

El hombre no sabe, o no recuerda, o, recordando, no quiere prestar obediencia a esta santa orden del Señor -y hablo también para los gentiles que me escuchan -de hacer el bien, que es bien en Roma como lo es en Atenas, en Galia o en África, porque la ley moral existe bajo todos los cielos y en todas las religiones, en todo corazón recto. Y las religiones, desde la de Dios hasta la de la moral individual, dicen que la parte mejor de nosotros sobrevive, y que según como haya obrado en la tierra así será su suerte en la otra vida.

Fin, pues, del hombre es la conquista de la paz en la otra vida; no las comilonas, la usura, el abuso de la fuerza, el placer, aquí, por poco tiempo, para pagarlos eternamente con muy duros tormentos. Pues bien, el hombre no sabe, o no recuerda, o no quiere recordar esta verdad. Si no la sabe, es menos culpable; si no la recuerda, es bastante culpable, porque hay que tener encendida la verdad, cual antorcha santa, en las mentes y en los corazones; pero, si no la quiere recordar, y, cuando resplandece, cierra los ojos para no verla, aborreciéndola como a la voz de un orador pedante, entonces su culpa es grave, muy grave.

Y, no obstante, Dios perdona esta culpa, si el alma repudia su comportamiento malo y se propone perseguir durante el resto de la vida el fin verdadero del hombre, que es conquistarse la paz eterna en el Reino del Dios verdadero. ¿Habéis seguido hasta ahora un camino malo? ¿Abatidos, pensáis que es tarde para tomar el camino recto? ¿Desconsolados, decís:

"¡No sabía nada de esto! Ahora me veo ignorante e inhábil"? No. No penséis que es como con las cosas materiales, y que hace falta mucho tiempo y fatiga para rehacer de nuevo, con santidad, lo ya hecho. La bondad del eterno, verdadero Señor Dios, es tal que, ciertamente, no os hace recorrer hacia atrás la vida vivida para colocaros de nuevo en la bifurcación en que vosotros, errando, dejarais el recto sendero para seguir el malo; es tanta que, desde el momento en que decís: "Quiero ser de la Verdad", o sea, de Dios, porque Dios es Verdad, Dios, por un milagro enteramente espiritual, infunde en vosotros la Sabiduría, siendo así que ya no sois ignorantes sino poseedores de la ciencia sobrenatural, igual que los que desde años antes la poseen.

Sabiduría es desear tener a Dios, amar a Dios, cultivar el espíritu, tender al Reino de Dios repudiando todo lo que es carne, mundo y Satanás. Sabiduría es obedecer a la ley de Dios, que es ley de caridad, de obediencia, de continencia, de honestidad. Sabiduría es amar a Dios con todo el propio ser, amar al prójimo como a nosotros mismos.

Estos son los dos elementos indispensables para ser sabios con la Sabiduría de Dios. Y en el prójimo están incluidos no sólo los que tienen nuestra misma sangre o raza o religión, sino todos los hombres, ricos o pobres, sabios o ignorantes, hebreos, prosélitos, fenicios, griegos, romanos…

Jesús se ve interrumpido por un grito amenazador de algunos exaltados. Los mira y dice:

-Sí. Esto es el amor. Yo no soy un maestro servil. Digo la verdad porque debo hacerlo así para sembrar en vosotros lo necesario para la Vida eterna. Os guste o no, tengo que decíroslo, para cumplir mi deber de Redentor; os toca a vosotros cumplir con el vuestro de personas necesitadas de Redención. Amar al prójimo, pues. Todo el prójimo. Con un amor santo. No amarlo con deshonesto concubinato de intereses, de forma que es "anatema" el romano, fenicio o prosélito -o viceversa -, mientras no hay de por medio sensualidad o dinero; y luego, si surgen en vosotros el deseo carnal o de la ganancia, ya no es "anatema"…

Se oye otra vez el rumor de la gente. Los romanos, por su parte, en su sitio en el atrio, exclaman: « ¡Por Júpiter! ¡Habla bien éste!». Jesús deja que se calme el rumor y prosigue:

-Amar al prójimo como querríamos ser amados nosotros. Porque no nos agrada ser maltratados, vejados, o que nos roben o subyuguen, ni ser calumniados o que nos traten groseramente. La misma susceptibilidad, nacional o individual, tienen los demás. No nos hagamos, pues, recíprocamente, el mal que no quisiéramos recibir nosotros. Sabiduría es prestar obediencia a los diez preceptos de Dios:

"Yo soy el Señor tu Dios. No tengas otro Dios aparte de mí. No tengas ídolos, no les rindas culto.

No tomes el Nombre de Dios en vano. Es el Nombre del Señor tu Dios, y Dios castigará a quien lo use sin razón o por imprecación o para convalidar un pecado.

Acuérdate de santificar las fiestas. El sábado está consagrado al Señor, que descansó en sábado de la Creación y le ha bendecido y santificado.

Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas en paz largamente sobre la tierra y eternamente en el Cielo.

No matarás.

No cometerás adulterio.

No robarás.

No hablarás con falsedad contra tu prójimo.

No desearás la casa, la mujer, el siervo, la sierva, el buey, el asno, ni nada que pertenezca a tu prójimo".

Ésta es la Sabiduría. Quien esto hace es sabio y conquista la Vida y el Reino que no tienen fin. Desde hoy, pues, proponeos vivir según la Sabiduría, anteponiéndola a las pobres cosas de la tierra.

¿Qué decís? Hablad. ¿Decís que es tarde? No. Escuchad una parábola.

Un amo de una viña, al amanecer de un día, salió para contratar obreros para su viña, y ajustó con ellos un denario al día.

Salió de nuevo a la hora tercera, y, pensando que eran pocos los jornaleros contratados, viendo en la plaza a otros desocupados en espera de que los contratara, los tomó y dijo: "Id a mi viña, que os daré lo que he prometido a los otros". Y éstos fueron. Habiendo salido a la hora sexta y a la hora nona, vio todavía a otros y les dijo: "¿Queréis trabajar para mí? Doy un denario al día a mis jornaleros". Aceptaron y fueron. Salió, en fin, a la hora undécima. Vio a otros, que, ya declinando el sol, estaban inactivos: "¿Qué hacéis aquí, tan ociosos?
No os da vergüenza estar sin hacer nada todo el día?", les preguntó.

"Nadie nos ha contratado. Hubiéramos querido trabajar y ganarnos el pan. Pero nadie nos ha llamado a su viña".
"Bien, pues yo os llamo a mi viña. Id y recibiréis el salario de los demás". Eso dijo porque era un buen patrón y sentía piedad del abatimiento de su prójimo.

Llegada la noche, terminados los trabajos, el hombre llamó a su administrador, y dijo: "Llama a los jornaleros y paga su salario, según lo que he fijado, empezando por los últimos, que son los más necesitados, porque no han tenido durante el día el alimento que los otros una o varias veces han tenido, y, además, son los que, agradeciendo mi piedad, más han trabajado; los he observado; licéncialos, que vayan a su merecido descanso y gocen con su familia de los frutos de su trabajo". Y el administrador hizo como el patrón le ordenaba, y dio a cada uno un denario.

Habiendo llegado al final aquellos que llevaban trabajando desde la primera hora del día, se asombraron al recibir también un solo denario, y manifestaron sus quejas entre sí y ante el administrador, el cual dijo: "He recibido esta orden. Id a quejaros al patrón, no vengáis a quejaros a mí". Y fueron y dijeron: "¡No eres justo! Hemos trabajado doce horas, primero en medio del aguazo, luego bajo el sol de fuego, y luego otra vez con la humedad del anochecer, ¡y tú nos has dado lo mismo que a esos haraganes que han trabajado sólo una hora!… ¿Por qué?". Y especialmente uno de ellos levantaba la voz juzgándose traicionado y explotado indignamente.

"Amigo, ¿y en qué te he perjudicado? ¿Qué he pactado contigo al alba? Una jornada de continuo trabajo y, como salario, un denario. ¿No es verdad?".
"Sí. Es verdad. Pero tú has dado lo mismo a ésos, por mucho menos trabajo…".

"¿Has aceptado este salario porque te parecía bueno?"
"Sí. He aceptado porque los otros daban incluso menos".
"No, en conciencia no".

"Te he concedido reposo a lo largo de la jornada, y comida, ¿no es verdad? Te he dado tres comidas. Y la comida y el descanso no habían sido pactados. ¿No es verdad?".
"Sí, no estaban acordados.”

"Entonces, ¿por qué los has aceptado?”
"Hombre, pues… Tú dijiste: `Prefiero así, para evitar que os canséis volviendo a vuestras casas'. No dábamos crédito a nuestros oídos… Tu comida era buena, era un ahorro, era…".

"Era una gracia que os daba gratuitamente y que ninguno podía pretender. ¿No es verdad?".
"Es verdad."

"Por tanto, os he favorecido. ¿Por qué os quejáis entonces? Debería quejarme yo de vosotros, que, habiendo comprendido que tratabais con un patrón bueno, trabajabais perezosamente, mientras que éstos, que han llegado después de vosotros, habiendo gozado del beneficio de una sola comida -y los últimos de ninguna -, han trabajado con más ahínco, haciendo en menos tiempo el mismo trabajo que habéis hecho vosotros en doce horas. Os habría traicionado si os hubiera reducido a la mitad el salario para pagar también a éstos.

No así. Por tanto, coge lo tuyo y vete. ¿Pretendes venir a imponerme en mi casa lo que a ti te parece? Hago lo que quiero y lo que es justo. No quieras ser malo y tentarme a la injusticia. Yo soy bueno".

¡Oh, vosotros todos, que me escucháis! En verdad os digo que el Padre Dios propone a todos los hombres el mismo pacto y les promete la misma retribución. A1 que con diligencia se pone a servir al Señor, Él lo tratará con justicia, aunque fuere poco su trabajo debido a la muerte cercana. En verdad os digo que no siempre los primeros serán los primeros en el Reino de los Cielos, y que allí veremos a últimos ser primeros y a primeros ser últimos.

Allí veremos a hombres no pertenecientes a Israel más santos que muchos de Israel. He venido a llamar a todos, en nombre de Dios. Pero, si muchos son los llamados, pocos son los elegidos, porque pocos desean la Sabiduría. No es sabio el que vive del mundo y de la carne y no de Dios. No es sabio ni para la tierra ni para el Cielo: en la tierra se crea enemigos, castigos, remordimientos, y pierde el Cielo para siempre.

Repito: sed buenos con el prójimo, quienquiera que sea. Sed obedientes, dejando a Dios la tarea de castigar a quien manda injustamente. Sed continentes sabiendo resistir a la sensualidad; honrados, sabiendo resistir al oro; coherentes, calificando de anatema a aquello que se lo merece, y no cuando os parece y luego estrecháis contactos con el objeto que antes habíais maldecido como idea. No hagáis a los demás lo que no querríais para vosotros, y entonces…

-¡Vete, profeta molesto! ¡Nos has fastidiado el mercado!… ¡Nos has arrebatado los clientes!… -gritan los vendedores irrumpiendo en el patio… Y los que habían hecho alboroto en el patio cuando Jesús había empezado a enseñar -no todos fenicios: también hay hebreos, que están en esta ciudad por un motivo que desconozco -se unen a los vendedores para insultar y amenazar, y sobre todo, para obligar a abandonar el lugar…

Jesús no gusta porque no aconseja en orden al mal… Cruza los brazos y mira, triste, solemne.

La gente, dividida en dos partidos, se enzarza, defendiendo u ofendiendo al Nazareno. Improperios, alabanzas, maldiciones, bendiciones, gritos de:

«Tienen razón los fariseos. Eres un vendido a Roma, amigo de publicanos y meretrices», o de: « ¡Callad, lenguas blasfemas! ¡Vosotros sois los vendidos a Roma, fenicios del infierno!», «¡Sois diablos!», «¡Que os trague el infierno!», «¡Fuera! ¡Fuera!», « ¡Fuera vosotros, ladrones que venís a mercadear aquí, usureros!» etcétera, etcétera.

Intervienen los soldados diciendo: « ¡De amotinador nada!

¡Es Él la víctima!». Y con las lanzas echan fuera del patio a todos y cierran el portón.

Se quedan con Jesús los tres hermanos prosélitos y los seis apóstoles.

-¿Pero cómo se os ha ocurrido hacerle hablar? -pregunta el triario a los tres hermanos.

-¡Muchos hablan! -responde Elías.

-Sí. Y no pasa nada porque enseñan lo que gusta al hombre.

Pero este no enseña eso. Y es indigesto…

El viejo soldado mira atentamente a Jesús, que ha bajado de su sitio y está callado, como abstraído.

Fuera, la gente sigue enzarzada. Tanto que, del recinto militar salen otros soldados y con ellos el propio centurión. Instan para que les abran, mientras otros se quedan a rechazar tanto a quien grita: « ¡Viva el Rey de Israel!», como a quien lo maldice.

El centurión, inquieto, da unos pasos adelante. Arremete coléricamente contra el viejo Aquila:

-¡Así tutelas a Roma tú? ¡Dejando aclamar a un rey extranjero en la tierra dominada?

El viejo saluda con reciedumbre y responde:

-Enseñaba respeto y obediencia y hablaba de un reino que no es de esta tierra. Por eso lo odian. Porque es bueno y respetuoso. No he hallado motivo para imponer silencio a quien no iba contra nuestra ley.

El centurión se calma, y barbota:

-Entonces es una nueva sedición de esta fétida gentuza… Bien. Dadle a este hombre la orden de marcharse inmediatamente. No quiero problemas aquí. Cumplid esto y, en cuanto esté libre el trayecto, escoltadlo hasta fuera de la ciudad. Que vaya a donde quiera. A los infiernos, si quiere. Pero que se vaya de mi jurisdicción. ¿Entendido?
-Sí. Lo haremos.

El centurión da media vuelta, con grandes resplandores de coraza y ondeos de manto purpurino, y se marcha sin ni siquiera mirar a Jesús. Los tres hermanos dicen a Jesús:

-Lamentamos…

-No tenéis la culpa vosotros. No temáis. No os ocasionará ningún mal, Yo os lo digo…

Los tres cambian de color… Felipe dice:
-¿Cómo es que sabes que tenemos este temor?

Jesús sonríe dulcemente (un rayo de sol en su rostro triste):

-Conozco lo que hay en los corazones y en el futuro.
Los soldados se han puesto al sol, a esperar; y no pierden ojo, más o menos solapadamente, mientras hacen
comentarios…

-¿Podrán querernos a nosotros, si odian incluso a ése, que no los subyuga?
-Y que hace milagros, debes decir…
-¡Por Hércules! ¿Quién de nosotros ha sido el que ha venido avisar de que estaba el sospechoso y había que vigilarlo?

-¡Ha sido Cayo!
-¡El cumplidor! Ya hemos perdido el rancho y perder el beso de una muchacha!… ¡Ah, sí!
-¡Epicúreo! ¿Dónde está la bella?
-¡Está claro que a ti no te lo digo, amigo!
-Detrás del alfarero, en los Cimientos. Lo sé, unas noches…dice otro.

El triario, como paseando, va hacia Jesús. Se mueve alrededor de Él, mirándolo insistentemente. No sabe qué decir… Jesús le sonríe para infundirle ánimo. El hombre no sabe qué hacer…Pero se acerca más.

Jesús, señalando las cicatrices, dice:
-¿Son todas heridas? Se ve que eres un hombre valeroso y fiel…

El viejo soldado se pone como la púrpura por el elogio.

-Has sufrido mucho por amor a tu patria y a tu emperador… ¿No querrías sufrir algo por una patria más grande: el Cielo?; ¿por un eterno emperador: Dios?

El soldado mueve la cabeza y dice:

-Soy un pobre pagano. De todas formas, quién sabe si no llegaré también yo a la hora undécima. Pero, ¿quién me instruye? ¡Ya ves!… Te echan. ¡Éstas heridas sí que hacen daño, no las mías!… Al menos yo se las he devuelto a los enemigos. Pero Tú, a quién te hiere, ¿que le das?

-Perdón, soldado. Perdón y amor.

-Tengo razón yo. La sospecha sobre ti es estúpida. Adiós, galileo.

-Adiós, romano.

Jesús se queda solo, hasta que vuelven los tres hermanos y los discípulos, con comida: los hermanos ofrecen a los soldados; los discípulos, a Jesús. Éstos comen, inapetentes, al sol, mientras los soldados comen y beben alegremente.

Luego un soldado sale a dar una ojeada a la plaza silenciosa.
-Podemos ponernos en marcha grita -Se han ido todos. Sólo están las patrullas.

Jesús se pone en pie dócilmente. Bendice y conforta a los tres hermanos, y les da una cita para la Pascua en el
Getsemaní. Luego sale, encuadrado entre los soldados. Le siguen sus discípulos, apesadumbrados. Y recorren las calles vacías, hasta la campiña. -Salve, galileo -dice el triario. -Adiós, Aquila. Te ruego que no hagáis ningún mal a Daniel, Elías y Felipe.

Sólo Yo soy el culpable. Díselo al centurión. -No digo nada. A estas horas ya ni se acuerda de esto. Y los tres hermanos nos proveen bien, especialmente de ese vino de Chipre que el centurión prefiere a la propia vida.

Quédate tranquilo. Adiós. Se separan. Los soldados franquean, de regreso, las puertas, mientras Jesús y los suyos se encaminan por la campiña silenciosa, en dirección este.

328- En Alejandrocena donde los hermanos de Hermiona

Llegan de nuevo a la vía, tras una larga vuelta por los campos y habiendo atravesado el torrente por un puentecito de tablas crujientes, que solamente puede ser utilizado para el paso de personas: una pasarela más que un puente.

La marcha prosigue por la llanura, que se va estrechando al aproximarse las colinas al litoral, tanto que, después de otro torrente, con su indispensable puente romano, la vía de llanura se transforma en camino de montaña, bifurcándose en el puente con otro menos empinado que se prolonga hacia el nordeste por un valle, mientras que éste, el que ha elegido Jesús, según la indicación del cipo romano: "Alejandrocena", es verdaderamente una escalera en el monte rocoso y empinado, que hunde su testera puntiaguda en el Mediterráneo, el cual se va ofreciendo cada vez más a la vista a medida que se sube.

Sólo viandantes y asnos recorren esa vía, esas gradas, como sería mejor decir. Pero, quizás porque acorta mucho, es una vía muy transitada; y la gente observa con curiosidad al grupo tan insólito galileo que la recorre.

-Éste debe ser el cabo de la Tempestad -dice Mateo señalando al promontorio que penetra en el mar.

-Sí, ahí abajo está el pueblo desde el que nos habló el pescador -confirma Santiago de Zebedeo.
-¿Pero quién habrá hecho este camino?
-¿Quién sabe desde cuándo estará? Quizás es obra fenicia…

-Desde la cima veremos Alejandrocena, allende la cual está el cabo Blanco. ¡Verás mucho mar, Juan mío! -dice Jesús ciñendo con un brazo los hombros del apóstol.
-Me sentiré feliz. Pero… dentro de poco es de noche.

¿Dónde vamos a pararnos?
-En Alejandrocena. ¿Ves? El camino ya desciende. Abajo es llanura, hasta la ciudad que se ve allí.

-Es la ciudad de aquella mujer de Antigonio… ¿Cómo podríamos cumplir su deseo? -dice Andrés.

-¿Sabes, Maestro? Nos dijo: "Id a Alejandrocena. Mis hermanos son propietarios de almacenes allí y son prosélitos. Proveed a que sepan del Maestro. También somos hijos de Dios nosotros…" y lloraba porque la soportan poco como nuera… de manera que sus hermanos nunca van a visitarla y ella no tiene noticias de ellos… -explica Juan.

-Buscaremos a los hermanos de la mujer. Si nos acogen como a peregrinos, tendremos modo de cumplir su deseo…

-Pero, ¿y cómo hacemos para decir que la hemos visto?
-Trabaja para Lázaro. Nosotros somos amigos de Lázaro -dice Jesús.

-Es verdad. Hablas Tú…
-Sí. Pero acelerad el paso para encontrar la casa. ¿Sabéis dónde es?
-Sí. Cerca del Castro. Tienen muchos contactos con los romanos. Les venden muchas cosas.
-Bien.

Recorren velozmente la calzada, toda llana, bonita: una verdadera vía consular, que enlaza con las del interior (o, mejor: prosigue hacia el interior tras haber proyectado su ramal rocoso, dispuesto en gradas, a lo largo de la costa, dominando el promontorio).

Alejandrocena es una ciudad más militar que civil. Debe tener una importancia estratégica que no conozco.

Agazapada como está entre dos promontorios montañosos, parece un centinela puesto ahí para vigilar ese trecho de mar. Ahora que el ojo puede mirar a ambos cabos, se ve que en ellos abundan las torres militares, que forman cadena con las del llano, de la ciudad, donde, orientado hacia la marina, impera el majestuoso Castro.

Entran en la ciudad, después de haber atravesado otro torrente, pequeño, sito a las propias puertas de ésta. Se dirigen hacia la mole adusta de la fortaleza, mirando, curiosos, alrededor, y siendo observados con curiosidad. Los soldados son muy numerosos, y -parece --en buenas relaciones con los habitantes de la ciudad, cosa que hace mascullar a los apóstoles:

-¡Gente fenicia! ¡Sin honor!

Llegan a los almacenes de los hermanos de Hermiona cuando los últimos marchantes salen cargados con los más variados tipos de mercancías, que van desde tejidos a vajillas, desde vajillas a heno y cereales, o aceite y otros alimentos. Olor de cueros, especias, almiares, lana basta, llena el amplio atrio por el que se accede al patio, vasto como una plaza, bajo cuyos pórticos están los distintos depósitos.

Acude un hombre barbudo y moreno.
-¿Qué queréis? ¿Víveres?
-Sí… y también alojamiento, si no te desdeñas de hospedar peregrinos. Venimos de lejos. Nunca hemos estado aquí. Acógenos en nombre del Señor.

El hombre mira atentamente a Jesús, que habla por todos. Lo escruta… Luego dice:

-A decir verdad, no doy alojamiento. Pero Tú me caes bien. ¿Eres galileo, no es verdad? Mejores los galileos que los judíos. Demasiada arrogancia en ellos. No nos perdonan el tener sangre no pura. Más les valdría tener el alma pura. Ven, entra aquí, que vuelvo enseguida. Cierro, que ya es de noche.

Efectivamente, la luz ya es crepuscular, y más aún en el patio dominado por el poderoso Castro.

Entran en una estancia. Se sientan, fatigados, en asientos desperdigados acá o allá… Vuelve el hombre con otros dos, uno más viejo, el otro más joven, y señala a los huéspedes, los cuales se levantan y saludan. Dice:
-Éstos son. ¿Qué pensáis vosotros? A mí me parecen honrados…

-Sí. Has hecho bien -dice el más viejo al hermano, y luego, vuelto hacia los huéspedes (mejor: hacia Jesús, que aparece claramente como el jefe), pregunta:
-¿Cómo os llamáis?
-Jesús de Nazaret, Santiago y Judas también de Nazaret, Santiago y Juan de Betsaida, y también Andrés, y Mateo de Cafarnaúm.

-¿Cómo es que estáis por aquí? ¿Os persiguen?
-No. Evangelizamos. Hemos recorrido más de una vez Palestina, desde Galilea a Judea, desde un mar al otro. Hemos estado incluso en Transjordania, en Auranítida.

Ahora hemos venido aquí… a adoctrinar.
-¿Un rabí aquí? ¡Asombroso!, ¿no es verdad, Felipe y Elías?» pregunta el más anciano.

-Mucho. ¿De qué casta eres?

-De ninguna. Soy de Dios. Creen en mí los buenos del mundo. Soy pobre, amo a los pobres, pero no desprecio a los ricos; a éstos les enseño el amor a la misericordia y el desapego de las riquezas; a los pobres, a amar su pobreza confiando en Dios, que no deja perecer a ninguno. Entre los amigos ricos y discípulos míos está Lázaro de Betania…

-¿Lázaro? Una hermana nuestra está casada con uno que vive al servicio suyo.

-Lo sé. También he venido para esto, para deciros que ella os manda saludos y que os quiere.
-¿La has visto?

-Yo no. Estos que están conmigo, enviados por Lázaro a Antigonio.

-¡Oh! ¡Contadnos! ¿Qué hace Hermiona? ¿Vive feliz verdaderamente?

-Su marido y su suegra la quieren mucho. El suegro la respeta… -dice Judas Tadeo.

-Pero no le perdona la sangre materna. Dilo.
-Pronto se la perdonará. Nos ha hecho grandes alabanzas de ella. Y tiene cuatro niños muy guapos y buenos. Ello la hace feliz. A vosotros os tiene siempre en su corazón. Nos dijo que viniéramos a traeros al Maestro divino.
-Pero… cómo… ¿Eres el… eres ese que llaman el Mesías, Tú?
-Lo soy.

-Eres verdaderamente el…? Nos dijeron en Jerusalén que eres, que te llaman, el Verbo de Dios. ¿Es verdad?
-Sí.

-¿Pero lo eres para aquellos de allí o para todos?
-Para todos. ¿Podéis creer que lo soy?
-Creer no cuesta nada, mucho más cuando se espera que la cosa creída pueda quitar lo que hace sufrir.

-Es verdad, Elías. Pero no hables así. Es un pensamiento muy impuro, mucho más que la mezcla de sangre. Alégrate no en la esperanza de que caiga lo que hace que sufras como hombre el desprecio de los demás; alégrate, más bien, por la esperanza de conquistar el Reino de los Cielos.
-Tienes razón. Soy un medio pagano, Señor…

-No te deprimas por ello. También te amo a ti. Por ti también he venido.

-Estarán cansados, Elías. Los estás entreteniendo en hablar. Vamos a cenar y luego los llevamos a que descansen. Aquí no hay mujeres… Ninguna de Israel ha querido venir con nosotros, y nosotros queríamos una de ellas… Perdona, pues, si la casa te parece fría y desnuda.

-Vuestro corazón me la hará parecer adornada y cálida.
-¿Cuánto tiempo vas a estar aquí?
-No más de un día. Quiero ir hacia Tiro y Sidón, y quisiera estar en Akcib antes del sábado.
-¡No puedes, Señor! ¡Sidón está lejos!
-Mañana quisiera hablar aquí.

-Nuestra casa es como un puerto. Sin salir de ella, tendrás el auditorio que quieras; mucho más, siendo mañana día de mercado grande.
-Vamos, pues, y que el Señor os pague vuestra caridad.

327- En los confines de Fenicia. Palabras de Jesús sobre la igualdad de los pueblos.

Parábola de la levadura

El camino que de Fenicia viene hacia Tolemaida es hermoso. Corta, muy derecha, la llanura que hay entre el mar y los montes. Y es muy transitado (por cómo está mantenido).

A menudo cortado por caminos menores -que de los pueblos del interior van hacia los de la costa -, ofrece numerosos cruces, cabe los cuales generalmente hay una casa, un pozo y un rudimentario taller de herrador para los cuadrúpedos que puedan necesitar herraduras.

Jesús, con los seis que se han quedado con El, recorre un buen trecho de camino, por lo menos dos kilómetros, viendo siempre las mismas cosas.

Al final se detiene junto a una de estas casas con pozo y taller de herrador, en una bifurcación, junto a un torrente por encima del cual pasa un puente, que, siendo fuerte pero de una anchura que apenas si da para el paso de un carro, hace que tengan que detenerse los que van o los que vienen, porque las dos corrientes opuestas no podrían pasar al mismo tiempo. Y ello da ocasión a los transeúntes (de razas diversas, por lo que logro entender, o sea, fenicios e israelitas en el verdadero sentido de la palabra, que se odian recíprocamente), de aunarse en una única intención: imprecar contra Roma… Pero sin Roma no tendrían ni siquiera ese puente, y con el torrente colmado no sé cómo habrían podido pasar.

¡Pero bueno… al opresor siempre se le odia, aunque haga cosas útiles!

Jesús se para junto al puente, en el ángulo lleno de sol en que está la casa. El maloliente taller de herrador está en el lado de la casa paralelo al torrente; en él se están forjando herraduras para un caballo y dos asnos, que las han perdido. El caballo está enganchado a un carro romano. En el carro hay unos soldados que, poniendo caras burlonas a los hebreos que imprecan, se lo pasan bien. Y, a un viejo narigudo, más avieso que todos los otros, una verdadera boca viperina, que creo que con mucho gusto mordería a los romanos con tal de envenenarlos, le tiran encima un puñado de estiércol equino…

¡Se puede uno imaginar lo que sucede! El viejo hebreo sale corriendo y gritando como si le hubieran infectado de lepra, y a él se agregan en coro otros hebreos. Los fenicios gritan irónicos:

-¿Os gusta el nuevo maná? Comed, comed, para tener energías para gritar contra estos que son demasiado buenos con vosotros, víboras hipócritas.

Los soldados sueltan burlonas risotadas… Jesús calla.

El carro romano, por fin, se pone en marcha, saludando al herrador con el grito:

-¡Salve, Tito, y próspera permanencia!

El hombre, vigoroso, anciano, de cuello toroso, desbarbado el rostro, ojos negrísimos a los lados de una nariz fuerte y bajo la cubierta de una frente saliente y amplia, un poco pelada en las sienes por falta de cabellos (los cuales, donde están, son cortos y muy crespos), alza el pesado martillo con un gesto de despedida, y de nuevo se vuelve hacia el yunque, donde un joven ha puesto un hierro candente, mientras otro muchacho está quemando el casco de un burrito, reglándolo para el herrado ya próximo.

-Casi todos estos herradores que están por los caminos son romanos; soldados que se han quedado aquí una vez terminado su servicio. Y ganan bien… Nunca tienen impedimentos para atender a las caballerías… Y un asno se puede desherrar también antes de la puesta del sol del sábado, o en tiempos de Encenias… -observa Mateo.

-El que herró a Antonio estaba casado con una hebrea -dice Juan.

-Hay más mujeres necias que sensatas -sentencia Santiago de Zebedeo.

-¿Y los hijos, de quién son? ¿De Dios o del paganismo? -pregunta Andrés.

-Son del cónyuge más fuerte, generalmente -responde Mateo -Y, basta con que la mujer no sea apóstata, para que sean hebreos, porque el hombre, estos hombres, dejan libertad.

No son muy… fanáticos ni siquiera de su Olimpo. Me
parece que ya no creen en ninguna otra cosa, si no es en la necesidad de ganar dinero. Están llenos de hijos.

-Pero son uniones abyectas. Sin una fe, sin una verdadera patria… mal vistos por todos… -dice Judas Tadeo.

-No. Te equivocas. Roma no los desprecia. Es más, siempre los ayuda. Sirven más así que cuando llevaban las armas.

Desvirtuando la sangre, se introducen en nosotros más que con la violencia. La que sufre, si es que sufre, es la primera generación. Luego se dispersan… el mundo olvida… -dice Mateo, que parece muy práctico.

-Sí, son los hijos los que sufren. ¡Pero, hay que ver también las mujeres hebreas, unidas en matrimonio así!…

Por ellas mismas y por sus hijos… Me dan pena. Nadie les habla ya de Dios. Mas no será así en el futuro. Entonces no permanecerán estas separaciones de personas y de naciones, porque las almas estarán unidas en una sola Patria: la mía -dice Jesús, que hasta ahora ha estado silencioso.

-¡Pero entonces ya habrán muerto!… -exclama Juan.
-No. Habrán sido congregadas en mi Nombre. No serán ya romanos o libios, griegos o pónticos, iberos o galos, egipcios o hebreos, sino almas de Cristo. Y ¡ay de aquellos que quieran distinguir a las almas -todas igualmente amadas por mí y por las cuales habré sufrido de igual modo -según sus patrias terrenas! Quien así lo hiciere demostraría que no ha comprendido la Caridad, que es universal.

Los apóstoles sienten la velada corrección y agachan la cabeza y guardan silencio… E1 fragor del hierro batido en el yunque ha callado; ya amainan los golpes en el último casco asnal. Jesús aprovecha para alzar la voz y ser oído por la gente. Parece como si continuara hablando a sus apóstoles, en realidad habla a los transeúntes, y quizás también a los habitantes de la casa, mujeres ciertamente, porque reclamos de femeniles voces recorren el aire tibio.

-Aunque parezca que no exista, siempre hay en los hombres un parentesco: el de proceder de un único Creador. Porque, aunque luego estos hijos de un único Padre se hayan separado, no por ello ha cambiado el vínculo de origen, de la misma forma que no cambia la sangre de un hijo cuando repudia la casa paterna.

Después de que el delito lo hiciera fugitivo por el vasto mundo, siguió circulando la sangre de Adán por las venas de Caín; y, por las venas de los hijos nacidos después del dolor de Eva, que lloraba a su hijo asesinado, circulaba la misma sangre que hervía en las del lejano Caín.

Lo mismo, y con razón más pura, se diga de la igualdad entre los hijos del Creador. ¿Descarriados? Sí. ¿Exiliados? Sí. ¿Apóstatas? Sí. ¿Culpables? Sí. ¿Que hablan lenguas y creen fes que para nosotros son detestables? Sí. ¿Contaminados por uniones con paganos? Sí. Pero su alma procede de Uno solo, y es siempre esa alma, aunque esté lacerada, descarriada, exiliada, contaminada… Aunque sea motivo de dolor para el Padre Dios, sigue siendo un alma creada por Él.

Los hijos buenos de un Padre bonísimo deben tener sentimientos buenos. Buenos hacia su Padre, buenos hacia sus hermanos, al margen de lo que éstos hayan venido a ser, porque son hijos del Mismo. Buenos hacia su Padre, tratando de consolar su dolor conduciendo de nuevo a Él a los hijos, que son su dolor o porque son pecadores o porque son apóstatas o porque son paganos. Buenos hacia ellos, porque tienen esa alma que procede del Padre cerrada en un cuerpo culpable, o manchada, u obnubilada por una religión errada, pero sigue siendo alma del Señor e igual que la nuestra.

Recordad, vosotros los de Israel, que no hay ninguno -aunque fuera el idólatra más lejano de Dios con su idolátrica religión, o el más pagano de los paganos, o el más ateo de los hombres -, no hay ninguno que esté absolutamente privado de una huella de su origen. Recordad, vosotros los que habéis errado separándoos de la justa religión, descendiendo a connubios de sexos que nuestra religión condena, recordad que, aunque os parezca que todo lo que era Israel haya muerto en vosotros sofocado por el amor a un hombre de distinta fe y raza, muerto no está.

Hay uno que vive todavía, y es Israel. Y tenéis la obligación de soplar en este fuego que muere, debéis alimentar la chispa que subsiste por voluntad de Dios, para hacerla crecer por encima del amor carnal. Éste cesa con la muerte. Pero vuestra alma no cesa con la muerte.

Recordadlo. Y vosotros, vosotros, quienesquiera que seáis, que veis y muchas veces os causa horror el ver esos híbridos connubios de una hija de Israel con un hombre de distinta raza y fe, recordad que tenéis la obligación, el deber, de ayudar caritativamente a esa hermana extraviada a volver a los caminos del Padre.

Ésta es la nueva Ley, santa y grata al Señor: que los seguidores del Redentor rediman dondequiera haya necesidad de redención, para que Dios sonría por las almas que vuelven a la Casa paterna, y para que no quede convertido en estéril o demasiado escaso el sacrificio del Redentor.
Para hacer fermentar mucha harina, la mujer de casa toma un trocito de la masa hecha la semana anterior. ¡Una cantidad mínima separada de la voluminosa masa!

La sepulta en el montón de harina y mantiene todo ello al amparo de hostiles vientos, en el calorcillo próvido de la casa.

Haced vosotros lo mismo, verdaderos discípulos del Bien; haced vosotros lo mismo, criaturas que os habéis alejado del Padre y de su Reino. Dad vosotros, los primeros, una pequeña porción de vuestra levadura para ser añadida a las segundas y reforzarlas; ellas la unirán a la molécula de justicia que en ellas subsiste. Y, tanto vosotros como ellas, mantened al amparo de los vientos hostiles del Mal, en el calor de la Caridad -señora vuestra, o tenaz superviviente en vosotros, aunque esté ya languideciendo: según lo que seáis -, la levadura nueva. Y cerrad bien las paredes de la casa, de la correligión, en torno a lo que fermenta en el corazón de una correligionaria extraviada; que se sienta amada todavía por Israel, todavía hija de Sión y hermana vuestra, para que fermenten todos los buenos deseos y venga a las almas y para las almas, para todas, el Reino de los Cielos.

-¿Pero quién es? ¿Pero quién es? -se pregunta la gente, que ya no siente la prisa de pasar, a pesar de que el puente haya quedado libre; ni de proseguir, si ya lo ha atravesado.
-Un rabí.
-Un rabí de Israel.

-¿Aquí? ¿En los confines de Fenicia? ¡Es la primera vez que sucede!

-Pues es así. Aser me ha dicho que es el que llaman el Santo.

-Entonces quizás se refugia entre nosotros porque allá lo persiguen.

-¡Menudos reptiles son!

-¡Está bien que venga a nuestra tierra! Hará prodigios…

Entretanto, Jesús ha puesto tierra de por medio, por un sendero que atraviesa los campos. Y se marcha…

326- Un alto en Akcib

-Señor, esta noche he estado pensando… ¿Por qué quieres venir tan lejos, para luego volver a los confines fenicios? Deja que vaya yo con otro. Venderé a Antonio… Lo siento… pero ahora ya no hace falta y llamaría la atención.

Me toparé con Felipe y Bartolomé. Sólo pueden recorrer ese camino, así que los encontraré, sin duda. Y puedes estar seguro de que no hablaré. No quiero causarte dolores… Tú descansas aquí, con los demás, nos ahorramos todos ese camino de Yiftael… y tardamos menos» ­dice Pedro mientras salen de la casa donde han dormido.

Y parecen menos demacrados, porque tienen túnicas frescas, y las barbas y los cabellos han sido arreglados por mano experta.

-Tu idea es buena. No te impido hacerlo. Bien, ve con quien quieras de tus compañeros.
-Entonces con Simón. Señor, bendícenos.

Jesús los abraza diciendo:
-Con un beso. Id.
Los miran mientras se marchan, descendiendo raudos hacia la llanura.

-¡Qué bueno es Simón de Jonás! Estos días lo he apreciado como nunca lo había hecho -dice Judas Tadeo.
-También yo -dice Mateo -Nunca egoísta, nunca soberbio, nunca exigente.

-No se ha aprovechado nunca del hecho de ser el jefe. ¡A1 contrario! Parecía el último de nosotros, y, no obstante, conservaba su puesto -añade Santiago de Alfeo.

-A nosotros esto no nos asombra. Lo conocemos desde hace años. Fogoso, pero todo corazón. ¡Y además tan honesto…! ­dice Santiago de Zebedeo.

-Mi hermano, a pesar de ser rudo, es bueno. Y, desde que está con Jesús, se ha hecho doblemente bueno. Yo tengo un carácter completamente distinto, y… algunas veces se ponía nervioso, pero era porque comprendía que yo sufría por ese carácter; se inquietaba por mi bien. Uno, una vez que lo comprende, se lleva bien con él -dice Andrés.
-Estos días nos hemos entendido siempre y hemos sido un corazón solo -afirma Juan.

-¡Sí, sí! Yo también lo he percibido. Durante toda una luna, y en momentos incluso de verdadera tensión, no hemos tenido nunca malos humores… Mientras que otras veces… no sé por qué… monologa Santiago de Zebedeo.

-¿Por qué? ¡Pues es fácil de entender! Porque tenemos intención recta. No somos perfectos, pero sí rectos. Por eso aceptamos el bien que uno propone; o descartamos el mal, cuando uno de nosotros nos lo indica como tal y antes no lo habíamos intuido nosotros solos. ¿Por qué? ¡Es fácil responder! Porque nosotros ocho tenemos solo un pensamiento: hacer las cosas de forma que Jesús se sienta contento. ¡Eso es todo! -exclama Judas Tadeo.

-No creo que los otros tengan un pensamiento distinto -dice, conciliador, Andrés.
-No. No Felipe, ni Bartolomé, aunque sea muy anciano y muy Israel… Y tampoco Tomas, a pesar de que sea más hombre que espíritu. Sería injusto con ellos si los acusara de… Jesús, tienes razón. Perdona. Pero, si supieras lo que me produce el verte sufrir. ¡Y por él! Yo soy discípulo tuyo, como todos los otros. Pero, además, soy hermano y amigo tuyo, y llevo en mis venas la fogosa sangre de Alfeo.

Jesús, no me mires tan severo y tan triste. Tú eres el Cordero y yo… el león. Créeme que a duras penas logro sujetarme para no romper de un zarpazo la red de calumnias que te circunda, y para no abatir el cobijo en que se cela el verdadero enemigo.

Quisiera ver la realidad de su rostro espiritual, al cual doy un nombre… aunque quizás calumnio al hacerlo; y lo marcaría con una señal, si lograse conocer su realidad sin riesgo de error… que le quitaría para siempre las ganas de dañarte -dice vehementemente Judas Tadeo, que se ha contenido, al principio de su intervención, por una mirada de Jesús.

Santiago de Zebedeo le responde:

-¡Deberías marcar a la mitad de Israel!… Pero Jesús seguirá adelante igual. Ya has visto estos días que nada puede contra Jesús. ¿Qué hacemos ahora Maestro? ¿Has hablado aquí?

-No. Hacía menos de un día que había llegado a estas laderas. Dormí en el bosque.

-¿Porque no te recibieron?

-Su corazón rechazó al Peregrino… No tenía dinero…

-¡Entonces son corazones de piedra! ¿De qué tenían miedo?

-De que fuera un bandido… Pero no importa. El Padre que está en los Cielos hizo que encontrara una cabra, perdida o que había huido. Venid, os la muestro. Vive en la espesura con su cabritillo. No huyó al verme llegar. Es más, me dejó exprimir su leche en mi boca… como si fuera una criatura suya Yo también. Y dormí al lado de ella, con el cabritillo casi en mi corazón. ¡Dios es bueno con su Verbo!

Van hacia el lugar del día anterior, a un boscaje espeso y espinoso. En su centro hay un roble secular, que no sé cómo puede vivir con esa base tan hendida: como si el terreno se hubiera abierto y hubiera desgajado su tronco poderoso, fajado todo de verdes hiedras y de espinos por ahora carentes de hojas.

Allí cerca está pastando la cabra con su cabritillo. Al ver a tantos hombres, apunta hacia ellos los cuernos en señal de defensa. Pero luego reconoce a Jesus y se calma.

Le echan unas cortezas de pan y se retiran.

-Ahí dormí -explica Jesús -Y hubiera seguido allí, si no hubierais venido. Ya tenía hambre. El objetivo del ayuno estaba terminado… No era necesario insistir por otras cosas que ya no se pueden cambiar…

Jesús está de nuevo triste… Los seis se intercambian breves miradas, pero no dicen nada.

-¿Y ahora? ¿A dónde vamos?

-Nos quedamos aquí, por hoy. Mañana bajaremos a predicar en el camino de Tolemaida. Luego iremos hacia los confines fenicios, para regresar aquí antes del sábado.

Y, lentamente, regresan al pueblo.

325- Los ocho apóstoles se reúnencon Jesús cerca de Akcib

Jesús -un Jesús muy delgado y pálido, muy triste, atormentado yo diría -está en la cima, exactamente en la cima más alta de un montecito, que es sede de un pueblo.

Pero Jesús no está en el pueblo (que está en la cima, sí, pero vuelto hacia la ladera sureste), sino en una pequeña prominencia, la más alta, que mira hacia el noroeste (la verdad es que más oeste que norte).

Jesús, dado que mira desde varios lados, ve una cadena ondulada de montes, que en los extremos noroeste y suroeste introduce sus últimos ramales en el mar: al suroeste, con el Carmelo, que se difumina a lo lejos en este día claro; al noroeste, con un cabo cortante como un espolón de nave, muy parecido a nuestras Apuanas, por las venas rocosas que albean bajo el sol. Por las laderas de esta cadena ondulada de montes descienden torrentes y regatos (todos bien colmados de aguas en esta estación del año) que por la llanura costera corren a introducirse en el mar.

Cerca de la amplia bahía de Sicaminón, el más exuberante de ellos, el Kisón, desemboca en el mar, tras haber formado casi un pequeño lago en la confluencia con otro riachuelo, poco antes de la desembocadura. El sol meridiano del claro día extrae de los cursos de agua reflejos de topacios o zafiros, mientras que el mar es un inmenso zafiro veteado de livianos collares de perlas.

La primavera del sur se perfila ya con las nuevas hojas, que, de las abiertas gemas, brotan, tiernas, brillantes, tan nuevas, tan desconocedoras de polvo y tempestades, de mordeduras de insectos y de contactos de hombre, que yo diría virginales. Y las ramas de los almendros son ya borlas de espuma blanco-rosada; tan blandas, tan livianas, que da la impresión de que vayan a desprenderse del tronco natal y navegar, cual pequeñas nubes, por el aire sereno.

También los campos de la llanura, no vasta pero sí fértil, comprendida entre los dos cabos, el del noroeste y el del suroeste, muestra un tierno verdear de cereales, que quitan toda tristeza a los campos, poco antes desnudos.

Jesús mira. Desde el punto en que se encuentra, ve tres caminos: el que sale del pueblo y va a terminar ahí (es un caminito sólo para personas) y otros dos, que van hacia abajo, desde el pueblo, y se bifurcan en opuestas direcciones: hacia el noroeste, hacia el suroeste.
¡Qué Jesús tan desmejorado' Signado por la penitencia mucho más que cuando ayunó en el desierto: entonces era el hombre empalidecido, pero todavía joven y vigoroso; ahora es el hombre consumido por un complejo sufrir que deprime tanto las fuerzas físicas como las morales. Sus ojos están muy tristes, una tristeza dulce y grave al mismo tiempo.

Las mejillas, enflaquecidas, hacen realzar aún más la espiritualidad del perfil, de la frente alta, de la nariz larga y derecha, de esa boca cuyos labios carecen absolutamente de sensualidad. Un rostro angélico, de tanto como excluye la materialidad.

Tiene la barba más larga que de costumbre, crecida incluso en los carrillos hasta confundirse con los cabellos, que le caen sobre las orejas; de forma que de su rostro son visibles solamente la frente, los ojos, la nariz y los pómulos, flacos y de un color marfil sin sombra de róseo. Tiene los cabellos peinados rudimentariamente, cabellos que se han vuelto opacos y conservan, para recuerdo del antro en que ha estado, muchos pequeños fragmentos de hojas secas y de palitos que se han quedado enredados en la larga cabellera. Y la túnica y el manto, arrugados y polvorientos, denuncian también el lugar agreste en que han sido vestidos y usados sin tregua.

Jesús mira… El sol del mediodía lo calienta, y da la impresión de que ello le es agradable, porque evita la sombra de algunos robles para ir bien al sol; pero, a pesar de que sea un sol neto, resplandeciente, no enciende reflejos en sus cabellos polvorientos ni en sus ojos cansados, ni da color a su rostro enflaquecido.

No es el sol lo que lo conforta y aviva su color; es el ver a sus queridos apóstoles, que suben, gesticulando y mirando hacia el pueblo por el camino que viene del noroeste, el más llano. Entonces se produce la metamorfosis: la mirada se le aviva; el rostro parece perder en parte su aspecto demacrado, por una leve coloración rosada que se extiende sobre las mejillas, y más por la sonrisa que lo ilumina. Abre los brazos -los tenía cruzados -y exclama: «¡Mis amados!». Lo dice alzando la cara, extendiendo su mirada sobre las cosas, como queriendo comunicar su alegría a las hierbas y a los árboles, al cielo sereno, al aire, que ya sabe a primavera.

Recoge el manto ciñéndoselo bien al cuerpo, para que no se quede enganchado en las matas, y baja raudo, por un atajo, al encuentro de ellos, que suben y que todavía no lo han visto. Cuando la distancia puede ser salvada por la voz, los llama para detener su marcha en dirección al pueblo.
Oyen la llamada lejana. Quizás desde el punto en que están no pueden ver a Jesús, cuyo indumento oscuro se confunde con la espesura del bosque que cubre la ladera. Miran a su alrededor, gesticulan… Jesús los llama de nuevo… Por fin, un claro del bosque lo muestra a sus ojos, bajo el sol, con los brazos un poco extendidos, como queriéndolos abrazar ya. Entonces se oye un fuerte grito, que se refleja en la abrupta ladera:

-¡El Maestro! -y, dejando el camino, empieza una gran carrera hacia arriba por las escarpaduras, arañándose, tropezando, jadeando, sin sentir el peso de los talegos ni la fatiga del paso… llevados de la alegría de verlo de nuevo.

Naturalmente, los primeros en llegar son los más jóvenes y los más ágiles, es decir, los dos hijos de Alfeo, de paso seguro, propio de quien ha nacido en las colinas, y Juan y Andrés, que corren como dos cervatillos, sonriendo felices. Y caen a sus pies, amorosos y reverentes, felices, felices, felices… Luego llega Santiago de Zebedeo. Los últimos en llegar, casi juntos, son los tres menos expertos en carreras y en montañas: Mateo y el Zelote y, el último, el último de todos, Pedro.

Pero se abre paso -¡vaya que si se abre paso! -para llegar al Maestro. Los primeros que han llegado están abrazados a sus piernas y no se cansan de besarle las vestiduras o las manos, que El les ha dejado abandonadas. Coge enérgicamente a Juan y a Andrés, que están agarrados a las vestiduras de Jesús como ostras a un escollo, y jadeante por el esfuerzo realizado, los aparta lo suficiente como para poder caer también él a los pies de Jesús, y dice:

-¡Oh, Maestro mío! ¡Ahora vuelvo a vivir, por fin! Ya no podía más. He envejecido y adelgazado como por una mala enfermedad. Mira como es verdad, Maestro… -y alza la cara para que Jesús lo mire. Pero, al hacerlo, ve en él el cambio de Jesús, y se pone en pie gritando: « ¿Maestro? ¿Pero qué has hecho? ¡Necios! ¡Pero mirad! ¿No veis nada vosotros? ¡Jesús ha estado enfermo!… ¡Maestro, Maestro mío, ¿qué has tenido? ¡Díselo a tu Simón!».

-Nada, amigo.

-¿Nada? ¿Con esa cara? ¡Entonces es que alguien te ha tratado mal!

-¡No, hombre, Simón!

-¡Imposible! ¡O enfermo o has sufrido persecución! ¡Que tengo ojos, eh!…

-Yo también los tengo. Y, efectivamente, te veo enflaquecido y más viejo. Entonces tú ¿por qué estás así? -pregunta sonriendo el Señor a su Pedro, el cual lo observa atentamente como si quisiera leer la verdad en el pelo, en la piel, en la barba de Jesús.
-¡Pero yo he sufrido! No lo niego. ¿Crees que ha sido placentero ver tanto dolor?

-¡Tú lo has dicho! Yo también he sufrido por el mismo motivo…

-¿Sólo por eso, realmente, Jesús? -pregunta, enternecido y afectuoso, Judas de Alfeo.

-Por el dolor, sí, hermano mío. El dolor causado por tener que mandar a otro sitio…
-Y por el dolor de haberte visto obligado a ello por…

-¡Por favor!… ¡Silencio! Prefiero el silencio ante mi herida a cualquier palabra que quiera consolarme diciéndome: "Sé por qué has sufrido". Y, además, sabedlo todos, he sufrido por muchas cosas, no solo por ésta. Y, si Judas no me hubiera interrumpido, os lo habría dicho

-Jesús se muestra severo al decir esto. Todos se intimidan.
Pedro es el primero en reaccionar, y pregunta:
-¿Y dónde has estado, Maestro? ¿Qué has hecho?

-He estado en una gruta… orando… meditando… fortaleciendo mi espíritu, obteniendo fortaleza para vosotros en vuestra misión, para Juan y Síntica en su sufrimiento.

-¿Pero dónde, dónde? ¡Sin vestidos, sin dinero! ¿Cómo te las has arreglado?

Simón está nervioso.

-En una gruta no necesitaba nada.
-Pero, ¿y la comida?, ¿y el fuego?, ¿y la cama?, ¿y…? ¡Bueno, todo! Yo te imaginaba -era mi esperanza -, al menos, huésped, como un peregrino que hubiera perdido el camino, en Yiftael, o en otra parte… en definitiva, en una casa. Eso me tranquilizaba un poco. ¡Pero, de todas formas…! Decid vosotros si no era mi tormento el pensamiento de que Él estaba sin ropa, sin comida, sin medios para procurársela, sin, sobre todo esto, sin voluntad de procurársela. ¡Jesús, no debías haberlo hecho!

¡Y no me lo volverás a hacer, nunca! De ahora en adelante, no te dejaré ni por una hora. Me coseré a tu túnica, para seguirte como una sombra, quieras o no. Sólo si muero seré separado de ti.

-O si muero Yo.

-¡Tú no! Tú no debes morir antes que yo. No digas eso. ¿Quieres entristecerme del todo?

-No. Es más, quiero alegrarme contigo, con todos, en esta hermosa hora que me trae de nuevo a mis amados, predilectos amigos. ¿Veis? Ya estoy mejor, porque vuestro amor sincero me alimenta, me da calor, me consuela de todo.

Y los acaricia, uno a uno, mientras sus rostros resplandecen con una sonrisa dichosa y sus ojos brillan y tiemblan los labios por la emoción de estas palabras, preguntando:

-¿De verdad, Señor?
-¿Es realmente así?
-¿Tanto nos quieres?
-Sí. Os quiero mucho. ¿Habéis traído comida?
-Sí. Presentía que estabas exhausto y la he comprado por el camino. Tengo pan, carne asada, leche, queso y manzanas, y una borracha con vino generoso y huevos para ti, si es que no se han roto…

-Bien, entonces vamos a sentarnos aquí, bajo este buen sol, y vamos a comer. Mientras comemos me habláis…
Se sientan al sol en un risco. Pedro abre su talego y observa sus tesoros:

-¡Todo salvo! exclama -Incluso la miel de Antigonio. ¡Pero hombre! ¡Si ya lo he dicho yo! Al regreso, aunque nos hubiéramos metido en una cuba para rodar impulsados por un loco, o en un bote sin remos, hasta incluso con agujero, y además en una tempestad, habríamos llegado sanos y salvos… ¡Pero a la ida! Cada vez me convenzo más de que era el demonio el que nos ponía obstáculos, para no dejarnos ir con esos dos pobrecitos…

-Si, claro, ahora ya no tenía objeto… -confirma el Zelote.
-Maestro, ¿has hecho penitencia por nosotros? -pregunta Juan, que se olvida de comer por contemplar a Jesús.
-Sí, Juan. Os he seguido con el pensamiento. He sentido vuestros peligros y aflicciones. Os he ayudado como he podido…

-¡Yo lo he sentido! Y os lo dije, ¿os acordáis?
-Sí, es verdad -confirman todos.
-Ahora me estáis devolviendo lo que os he dado.
-¿Has ayunado, Señor? -pregunta Andrés.
-¿Qué remedio! -le responde Pedro -Aunque hubiera querido comer, sin dinero, en una gruta, ¿cómo querías que comiera?

-¡Por causa nuestra! ¡Cuánto me apena esto! -dice Santiago de Alfeo.
-¡Oh, no! ¡No os aflijáis! No solamente por vosotros. También por todo el mundo. He hecho lo que cuando empecé la misión. En aquella ocasión, al final, fui socorrido por los ángeles; ahora me socorréis vosotros. Y, creedme, para mí es doble alegría. Porque en los ángeles es inderogable el ministerio de caridad, pero en los hombres es menos fácil de encontrar. Vosotros lo estáis ejerciendo. Y habéis pasado, por amor a mí, de hombres a ángeles, habiendo elegido la santidad por encima de toda otra cosa.

Por tanto, me hacéis feliz como Dios y como Hombre-Dios. Porque me dais aquello que es de Dios: la Caridad, y me dais aquello que es del Redentor: vuestra elevación a la Perfección. Esto me viene de vosotros, y alimenta más que cualquier otro alimento. También en aquel entonces, en el desierto, fui nutrido de amor después del ayuno. Y ello me confortó.

¡Lo mismo ahora, lo mismo ahora! Todos hemos sufrido. Yo y vosotros. Pero no ha sido un sufrimiento inútil. Creo, sé, que este sufrimiento os ha favorecido más que todo un año de instrucción. El dolor, la meditación sobre el mal que un hombre puede hacer a su semejante, la piedad, la fe, la esperanza, la caridad que habéis debido ejercer, y además solos, os han madurado, como niños que se hacen hombres…

-¡Oh, sí! Me he hecho viejo. No volveré a ser el Simón de Jonás que era al partir. He comprendido lo dolorosa y fatigosa que es nuestra misión, a pesar de ser hermosa… -suspira Pedro.

-Bueno, pues ahora estamos aquí, juntos. Referid…
-Habla tú, Simón. Sabes hacerlo mejor que yo -dice Pedro al Zelote.

-No. Tú, como jefe competente que eres, habla por todos -responde.
Y Pedro empieza, diciendo como preliminar:
-Pero ayudadme.

Narra con orden hasta la partida de Antioquía. Luego comienza la narración del regreso:
-Sufríamos todos, ¿eh? Nunca olvidaré las últimas voces de los dos…

Pedro se seca con el dorso de la mano dos lagrimones que ruedan al improviso…
-Me parecieron el último grito de uno que se estuviera ahogando… ¡En fin! Bueno, hablad vosotros… yo no puedo… -y se levanta y se aparta un poco para controlar su emoción.

Continúa Simón Zelote:
-Ninguno habló durante mucho camino… No podíamos hablar… La garganta estaba tan hinchada de llanto que nos dolía… Y no queríamos llorar… porque si hubiéramos empezado, aunque hubiera sido uno sólo, ya no habría tenido solución. Llevaba los ramales yo, porque Simón de Jonás, para que no se viera que sufría, se había puesto en el fondo del carro a hurgar en los talegos. Nos detuvimos en un pueblecito a mitad de camino entre Antioquía y Seleucia.

A pesar de que la luna fuera cada vez más clara a medida que la noche avanzaba, no conociendo bien el lugar, nos detuvimos allí. Y nos quedamos adormilados ahí, entre nuestras cosas. No comimos, ninguno, porque… no podíamos. Pensábamos en ellos dos… Con la primera luz del alba, pasamos el puente y llegamos antes de la hora tercera a Seleucia. Restituimos el carro y el caballo al hospedero y -era un hombre muy bueno -le pedimos consejo respecto a la nave. Dijo: "Voy yo al puerto. Me conocen y conozco gente". Y así hizo. Encontró tres naves que estaban para zarpar para estos puertos. Pero en una de ellas había ciertos… seres que no quisimos tener cerca.

Nos lo dijo el hombre, que lo había sabido por el jefe de la nave. La segunda era de Ascalón, y no quería hacer escala para nosotros en Tiro, a menos que hubiéramos dado una suma que ya no teníamos. La tercera era una goleta bien mísera, cargada de madera bruta. Una barca pobre, con pocos tripulantes, y creo que con mucha miseria. Por eso, a pesar de que se dirigía a Cesárea, aceptó detenerse en Tiro, previo desembolso de una jornada de comida y paga para toda la tripulación.

Nos venía bien. Yo, verdaderamente, y conmigo Mateo, teníamos un poco de miedo. Es época de tempestades… Y ya sabes lo que encontramos a la ida. Pero Simón Pedro dijo: "No sucederá nada". Y subimos a la barca. Iba tan suave y veloz que parecía que los ángeles fueran las velas de la nave. Empleamos para llegar a Tiro menos de la mitad del tiempo tardado a la ida; y en Tiro el patrón fue tan bueno, que nos concedió remolcar la barca hasta cerca de Tolemaida.

Bajaron a la barca Pedro, Andrés y Juan, para las maniobras. Pero era muy simple… No como a la ida… En Tolemaida nos separamos. Estábamos tan contentos, que, antes de bajar todos a la barca, donde estaban ya nuestras cosas, les dimos más dinero del convenido. En Tolemaida nos hemos detenido un día, y luego hemos venido aquí… Pero nunca olvidaremos el dolor sufrido. Simón de Jonás tiene razón.

-¿No tenemos también razón ai decir que el demonio nos ponía obstáculos sólo a la ida? -preguntan más de uno.
-Tenéis razón. Ahora escuchad. Vuestra misión ha terminado. Volvemos hacia Yiftael, a esperar a Felipe y Natanael. Y hay que hacerlo pronto. Luego vendrán los demás. Entretanto, evangelizaremos aquí, en los confines de Fenicia y en la propia Fenicia. Pero todo lo ocurrido ha quedado para siempre sepultado en nuestros corazones.

No se dará respuesta a ninguna pregunta.
-¿Ni siquiera a Felipe y Natanael? Saben que hemos venido contigo.
-Hablaré Yo. He sufrido mucho, amigos, y vosotros lo habéis visto. He pagado con mi sufrimiento la paz de Juan y Síntica. Haced que mi sufrimiento no sea inútil. No carguéis mis hombros con un peso más. ¡Tengo ya muchos!… Y su peso crece cada día que pasa, cada hora que pasa…

Decid a Natanael que he sufrido mucho. Decídselo a Felipe. Y que sean buenos. Decídselo a los otros dos. Pero no digáis más. Decir que habéis entendido que he sufrido, y que os lo he confirmado, es una verdad. No hace falta más.

Jesús habla cansado… Los ocho lo miran apenados, y Pedro, que está detrás de Él, se atreve incluso a acariciarle la cabeza. Jesús la alza y mira a su honesto Simón con una sonrisa de tristeza afectuosa.

-¡No, no puedo verte así! Me parece, tengo la sensación de que la alegría de nuestra unión haya terminado, y que de ella quede la santidad, sólo la santidad.

Entretanto… vamos a Akcib. Te cambiarás de túnica, te rasurarás los carrillos, ordenarás tus cabellos. ¡Así no, así no! No puedo verte así… Me pareces… uno que hubiera logrado huir de manos crueles, o que le hubieran maltratado, o una persona al límite de sus fuerzas… Me pareces Abel de Belén de Galilea, liberado de sus enemigos…

-Sí, Pedro. Pero el maltratado es el corazón de tu Maestro… y no se curará nunca… Es más, será herido cada vez más. Vamos…

Juan suspira:
-Lo siento… hubiera deseado contar a Tomás, que tanto quiere a tu Madre, el milagro de la canción y del ungüento…

-Un día lo contarás… No ahora. Todo manifestaréis un día. Entonces podréis hablar. Yo mismo os diré: "Id a decir todo lo que sabéis". Pero, entretanto, sabed ver en el milagro la verdad, ésta: el poder de la fe. Tanto Juan como Síntica han calmado el mar y curado al hombre no por las palabras, no por el ungüento, sino por la fe con que han usado el nombre de María y el ungüento hecho por Ella.

Y otra cosa: ello se produjo porque en torno a su fe estaba la vuestra, la de todos vosotros, y vuestra caridad. Caridad hacia el herido. Caridad hacia el cretense.

Al primero le quisisteis conservar la vida; al otro quisisteis darle la fe. Pero si aun es fácil curar los cuerpos, cosa muy dura es curar los espíritus… No hay morbo más difícil de erradicar que el espiritual… -y Jesús suspira fuerte.

Están a la vista de Akcib. Pedro se adelanta con Mateo para encontrar alojamiento. Le siguen los demás, compactos en torno a Jesús. El sol declina rápidamente mientras entran en el pueblo…

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