319- Partida de Tiro en la nave del cretense Nicomedes

Tiro se despierta entre ráfagas de mistral. El mar es todo un cabrilleo de olitas, azul-blanco, esplendor agitado bajo un cielo azul y altos cirros blancos en movimiento (como abajo se mueve la espuma de las olas). El sol goza de su jornada de cielo claro después de tanta oscuridad de mal tiempo.

-Entendido -dice Pedro poniéndose en pie en la barca, donde ha dormido -Es hora de moverse. Y "él" (y señala al mar que entra inquieto incluso en el puerto) nos ha proporcionado el agua lustral… ¡Mmm! Vamos a consumar la segunda parte del sacrificio… Dime, Santiago… ¿No te da la impresión realmente de que estamos llevando a dos víctimas al sacrificio? A mí sí.

-También a mí, Simón. Y… le agradezco al Maestro la estima en que nos tiene, pero.., no hubiera querido ser yo el que viera tanto dolor; y nunca me habría imaginado que habría visto esto…

-Tampoco yo… Pero… ¿Sabes? Digo que el Maestro no lo habría hecho si el Sanedrín no hubiera metido el hocico…
-Ya lo ha dicho… Pero ¿quién habrá informado al Sanedrín? Esto es lo que querría saber…

-¿Quién? ¡Dios eterno, hazme guardar silencio, haz que no piense! Es un voto que he hecho, para quitarme esta sospecha que me trepana. Ayúdame, Santiago, a no pensar. Habla de otra cosa completamente distinta.

-Pero ¿de qué? ¿Del tiempo?
-Sí, por ejemplo.
-Es que no entiendo de mar…

-Yo creo que vamos a bailar -dice Pedro mirando al mar.
-¡No, hombre, no! Un poco de oleaje. Una cosa amena, nada más… Más feo estaba ayer. Desde encima de la nave será bonito este mar agitado. A Juan le va a gustar… Hará que se ponga a cantar. ¿Cuál será la nave?

Se pone de pie también Santiago, y observa las naves que están en la otra parte; visibles, con sus altas superestructuras, sobre todo cuando la ola alza la barquita de ellos con un movimiento de sube y baja. Miran, estudiando las distintas naves, haciendo pronósticos… El puerto se anima.

Pedro pregunta a un barquero, o algo parecido, que trajina en el muelle:

-¿Sabes si está en el puerto, en aquel puerto de allí, la nave de… espera que leo este nombre (y saca del cinturón un pergamino atado)… aquí está: Nicomedes Filadelfio de Filipo, cretense de Paleocastro…

-¡El gran navegante! ¿Quién no lo conoce? Creo que lo conocen no sólo desde el Golfo de las Perlas hasta las Columnas de Hércules, sino incluso hasta los mares fríos, aquellos de que se dice que durante meses enteros es de noche! ¿Cómo es que no lo conoces, tú que eres marinero?
-No. No lo conozco, pero pronto lo conoceré, porque lo busco de parte de nuestro amigo Lázaro de Teófilo, que fue gobernador en Siria.

-¡Ah! Cuando yo navegaba -ahora soy viejo -en Antioquía estaba él… Hermosos tiempos… ¿Tu amigo? ¿Y buscas a Nicomedes el cretense? Ve seguro entonces. ¿Ves aquella nave de allí, la más alta, con esos estandartes al viento? Es la suya. Zarpa antes de la hora sexta. ¡No le teme al mar! …

-Efectivamente, no hay por qué tenerle miedo. No es nada del otro mundo -observa Santiago. Pero un rudo embate de una ola le demuestra lo contrario, mojando a los dos de los pies a la cabeza.

-Ayer, demasiado quieto; hoy, demasiado agitado. ¡Caramba, qué loco! Prefiero el lago… -refunfuña Pedro mientras se seca la cara.
-Os aconsejo que entréis en las dársenas. Van todos, ¿veis?

-Pero nosotros tenemos que partir. Tenemos que marcharnos con la nave de… de… espera: Nicomedes, y todo lo demás -dice Pedro, que no logra recordar los nombres extraños del cretense.
-¡No querréis cargar la barca en la nave!
-¡No, claro!

-Entonces en las dársenas hay sitio para la custodia, y hombres de guardia hasta el regreso. Una moneda al día hasta el regreso. Porque supongo que volveréis…
-¡Claro, claro! Vamos y volvemos… una vez visto el estado de los jardines de Lázaro.

-¡Ah!, ¿sois sus administradores?
-Y más que eso…
-Bien. Venid conmigo. Os enseño el sitio. Está pensado precisamente para los que dejan, como vosotros, las barcas…

-Espera… Ahí están los otros. Te alcanzamos enseguida.
Y Pedro salta al andén del puerto y corre al encuentro de los compañeros, que están viniendo.
-¿Has dormido bien, hermano? -pregunta solícito Andrés.
-Como un niño en la cuna. Y no me han faltado ni el meneo ni la canción…

-Me parece que tampoco te ha faltado el chapuzón -dice sonriendo el Tadeo.
-Tampoco. El mar es… tan bueno, que me ha lavado la cara para quitarme el sueño.

-Un poco rudo, me parece -objeta Mateo.
-¡Si supierais con quién vamos! ¡Uno conocido hasta por los peces de los hielos!
-¿Ya lo has visto?

-No. Pero me ha hablado de él uno que me dice que hay un sitio para las barcas, un depósito… Venid, vamos a descargar los arcones y nos ponemos en marcha, porque Nicodemo, no, Nicomedes el cretense, parte dentro de poco.
-En el canal de Chipre sí que vamos a bailar bien -dice Juan de Endor.

-¿Sí? -pregunta, preocupado, Mateo.
-Sí. Pero Dios nos ayudará.
Ya están otra vez al pie de la barca.

-Aquí estamos, hombre. Ahora descargamos estas cosas y luego vamos allí, dado que eres tan bueno.
-Nos ayudamos unos a otros… -dice el hombre de Tiro.
-¡Sí, claro! Nos ayudamos, nos deberíamos ayudar. Nos deberíamos amar unos a otros, porque ésta es la Ley de Dios…

-Me dicen que en Israel ha surgido un nuevo Profeta que predica esto. ¿Es verdad?

-¡Vaya que si es verdad! ¡Esto y otras cosas! ¡Y qué milagros hace! Ánimo, Andrés, aúpa, aúpa, más a la derecha.

Venga, mientras la ola levanta la barca… ¡Eso es! ¡Ya está…! Te estaba diciendo, hombre: ¡y qué milagros! Muertos que resucitan, enfermos que quedan curados, ciegos que recuperan la vista, ladrones que se convierten, y hasta… ¿Ves? Si estuviera aquí, diría al mar: "Detente" y el mar se calmaría… ¿Puedes, Juan? Espera, voy yo. Vosotros sujetad fuerte y bien pegado… ¡Arriba!, ¡arriba!… Un poco más… Tú, Simón, agarra el asa…Cuidado con la mano, Judas! ¡Arriba!, ¡arriba!, gracias, hombre… ¡Cuidado, no os caigáis al agua, vosotros los de Alfeo!… ¡Arriba!… ¡Eso es! ¡Loado sea Dios! Ha sido menor el trabajo para meterlas abajo que para sacarlas arriba… Yo es que tengo los brazos deshechos del ejercicio de ayer… Volviendo a lo que decía del mar…

-Pero, ¿y es verdad eso?
-¡Verdad! ¡Lo he visto yo!
-¡Sí!… Pero ¿dónde?

-En el lago de Genesaret. Sube a la barca, que te explico mientras vamos allí… -y se marcha, con el hombre y con Santiago, remando por el canal que conduce a las dársenas.

Y Pedro se queja de incapacidad… -observa el Zelote.
-Sin embargo, tiene el arte de explicar las cosas así, con sencillez; y hace más que todos.
-Lo que me gusta mucho de él es su honestidad -dice el hombre de Endor.

-Y su constancia -añade Mateo.
-Y su humildad. ¡Fijaos cómo no se ensoberbece sabiendo que es el "jefe"! Trabaja más que ninguno. Se preocupa más de nosotros que de sí mismo… -dice Santiago de Alfeo.
-Y así es virtuoso, como él entiende. Un hermano bueno. Ni más ni menos… -termina Síntica.

-¿Así que está decidido? ¿Pasáis por hermanos? -pregunta después de un rato el Zelote a los dos discípulos.
-Sí. Es mejor. Y no es mentira. Es una verdad espiritual.

Es mi hermano mayor. No de las mismas nupcias, pero sí de un único padre: el Padre es Dios; las nupcias distintas, Israel y Grecia. Y Juan es mayor que yo, y se ve, en edad y como discípulo más antiguo que yo (eso no se ve, pero es así). Ahí vuelve Simón…

-Ya está todo hecho. Vamos…
Se cargan con los arcones y, por el istmo estrecho, pasan al otro puerto. El hombre de Tiro los acompaña -tiene ya experiencia -por las callejuelas que forman las balas de mercancías apiladas bajo vastísimas cubiertas; los acompaña hasta la poderosa nave del cretense, que está haciendo las maniobras de la ya próxima partida, y da una voz a los marineros para que vuelvan a echar la pasarela que habían alzado.

-No se puede. Terminada la carga -grita el contramaestre.
-Debe entregar en mano unas cartas -dice el hombre señalando a Simón de Jonás.
-¿Cartas? ¿De quién?

-De Lázaro de Teófilo, el que fue gobernador de Antioquía.
-¡Ah! Voy a decírselo al patrón.
Simón dice al otro Simón y a Mateo:

-Ahora os toca a vosotros. No soy hábil para tratar con estas personas…

-No. Tú eres el jefe. Actúas, y sabes actuar. Nosotros, eso sí, te ayudaremos, si hace falta. Pero no hará falta.

-¿Dónde está el hombre de las cartas? Que suba» dice, asomándose por la obra muerta, un hombre moreno como un egipcio, delgado, guapo, esbelto, severo, de cuarenta años o poco más. Y manda que echen de nuevo la pasarela.
Simón de Jonás, que se ha puesto túnica y manto mientras esperaba la respuesta, sube todo digno. Detrás de él, el Zelote y Mateo.

-La paz a ti, hombre -saluda gravemente Pedro.
El cretense responde al saludo y pregunta:
-¿La carta dónde está?
-Es ésta.

El cretense rompe el sello, desenrolla y lee.
-¡Bienvenidos sean los enviados de la familia de Teófilo! Los cretenses no olvidan su bondad y buen trato. Pero agilizad la operación. ¿Tenéis mucho que cargar?
-Lo que ves en el andén.
-¿Y cuántos sois…?
-Diez.

-Bien. Prepararemos un sitio para la mujer. Vosotros os arreglareis como mejor podáis. Apresuraos. Hay que zarpar y llegar a alta mar antes de que el viento aumente, lo cual sucederá después de la hora sexta.

Y ordena, con silbidos lacerantes, cargar y estibar los arcones. Luego suben los apóstoles y los dos discípulos.

Se alza la pasarela, se cierra la obra muerta, se sueltan las amarras, se izan las velas. Y la nave empieza su marcha. Bascula fuertemente al salir del puerto. Luego, las velas, muy hinchadas por el viento, se ponen tirantes y crujen. Y, con un amplio cabeceo, la nave sale a alta mar y huye rauda en dirección a Antioquía…

A pesar de la violencia del viento, Juan y Síntica, cerca el uno del otro, agarrados a un aparejo, en la popa, observan cómo la costa se va alejando, la tierra de Palestina, y lloran…

318- En barca de Tolemaida a Tiro

La ciudad de Tolemaida da la impresión de que va a ser aplastada por un cielo bajo, de plomo, sin una rendija azul, sin una sola variación en su lóbrego aspecto. No. Ni una nube o un cirro o un nimbo que surquen aislados la capa cerrada del firmamento.

Es una única bóveda cóncava y pesada como una tapa que fuera a ser abatida sobre una caja; una enorme tapa de estaño sucio, fuliginoso, opaco, agobiante. Las casas blancas de la ciudad parecen de yeso, un yeso áspero, crudo, desolado, bajo esta luz… y el verde de las plantas siempre verdes parece empañado, triste; los rostros de las personas, lívidos y espectrales; los colores de los vestidos, apagados. La ciudad se ahoga en el cargante siroco.

El mar responde al cielo con su mismo aspecto de muerte. Un mar sin límites, quieto, desierto. No es siquiera plomizo, sería errado definirlo así. Es una extensión ilimitada, diría incluso sin repliegues, de una sustancia oleaginosa, gris como deben ser los lagos de petróleo crudo, o, mejor, si fuera posible, los lagos de una plata mezclada con hollín, con ceniza, para formar una pomada. Tiene un especial brillo de lasca cuarzosa, y, no obstante, se ve tan muerto y paco, que no parece brillar.

Su resplandor no se advierte sino con la molestia que sufren los ojos, deslumbrados por este cabrilleo de madreperla negruzca que cansa y no alegra. No se ve ni una sola ola hasta donde alcanza la vista. La mirada llega al horizonte, donde el muerto mar toca el cielo muerto, sin ver movimiento alguno de ola, aunque, por su subyacente ondeo, apenas sensible en la superficie con el cabrilleo sucio de las aguas, se comprende que no son aguas solidificadas.

Tan muerto, que en la orilla las aguas están detenidas como agua de un pilón, sin el más mínimo indicio de ola o resaca. Y la arena está claramente marcada de humedad a poco más de un metro del agua, confesando así que no ha habido movimiento de olas en la orilla desde hace muchas horas. Es la calma chicha absoluta.

Las naves, pocas, que hay en el puerto están completamente inmóviles. Tan inmóviles, que parecen clavadas en una materia sólida. Los pocos paños tendidos en los altos puentes -enseñas o indumentos, no lo sé -penden inmóviles.

Por una callecita del barrio popular del puerto, vienen hacia la marina los apóstoles con los dos que van a Antioquía. No sé qué ha sido del burro y el carro. No están ya. Pedro y Andrés llevan un arcón, Santiago y Juan el otro; Judas de Alfeo, por su parte, se ha liado a los hombros el telar, desmontado; Mateo, Santiago de Alfeo y Simón Zelote van cargados con los talegos de todos, incluido el de Jesús.

Síntica lleva en la mano solamente un cesto con comida. Juan de Endor no lleva nada. Caminan deprisa por entre la gente que, en general, regresa de los mercados con las compras, o que, si son gente de mar, se apresura en dirección al puerto, para cargar o descargar las naves, o repararlas, según las necesidades.

Simón de Jonás camina seguro. Debe saber ya a dónde ir porque no mira a los lados. Todo colorado, sujeta de su parte el arcón, por una lazada de la cuerda, puesta como asidero; Andrés, de su parte, hace lo propio. Y se ve, tanto en ellos como en los compañeros Santiago y Juan, el esfuerzo del peso que llevan, porque se les ponen turgentes los músculos de las pantorrillas y de los brazos (y es que, para estar más libres, llevan sólo la prenda de debajo, corta y sin mangas); en todo, semejantes a los mozos de cuerda, que, ágiles, van de los fondaques a las naves, o viceversa, para sus operaciones. Por tanto, pasan completamente desapercibidos.

Pedro no va al muelle grande, sino a otro más pequeño, a través de una pasarela chirriante: es un andén construido en forma de arco, que delimita como un segundo embarcadero, mucho más pequeño, para las barcas de pesca. Mira y da una voz.

Responde un hombre, alzándose del fondo de una barca fuerte y bastante grande.

-¡Estás decidido a zarpar de verdad? Ten en cuenta que la vela hoy no sirve. Tendrás que ir a fuerza de remos.
-Así me caliento y se me abre el apetito.
-¿Pero sabes de verdad navegar?
-¿Pero qué dices, hombre? No sabía decir "mamá" y ya mi padre me había puesto en la mano la sondaleza y las cuerdas de las velas. He amolado con ellas los dientes de leche…

-Es porque… ¿sabes?… esta barca es todo lo que poseo, ¿sabes?…
-Ya desde ayer me lo estás diciendo. ¿No sabes otra canción?
-Lo que sé es que si te vas a pique pierdo todo y…
-¡Yo sí que pierdo todo, que me dejo la piel ahí, no tú!
-Pero esto es mi bien, mi pan, la alegría mía y de mi mujer, y es la dote de mi niña, y…

-¡Uf! ¡Mira, no me pinches más los nervios, que tienen ya un calambre… un calambre… mucho peor que el de los nadadores! Te he dado tanto, que podría decir: "he comprado la barca". No te he regateado lo que me has pedido. Tú eres un barquero largo de uñas, hombre. Te he demostrado que conozco el remo y la vela mejor que tú. Ya todo estaba acordado. Ahora, si la ensalada de puerros que has cenado ayer -que te huele la boca como una sentina -te ha dado una pesadilla y ahora te arrepientes, me importa un bledo. El acuerdo se ha efectuado delante de dos testigos, uno tuyo, otro mío, y es suficiente. Baja de ahí, cangrejo peludo, y déjame entrar.

-Pero yo… al menos una garantía… Si mueres, ¿quién me paga la nave?
-¿La nave? ¿Llamas nave a esta calabaza despulpada? ¡Miserable! ¡Soberbio! De todas formas, te voy a calmar, para que te decidas: te voy a dar otras cien dracmas. Con éstas y con lo que has pedido como alquiler te construyes otros tres topos de éstos…

Bueno, no… de dinero nada. Serías capaz incluso de llamarme loco, y luego pedirme más todavía, a la vuelta.

¡Porque vuelvo, eh, puedes estar seguro! A lo mejor para quitarte la barba a tortazos, si me has dado una barca con los fondos defectuosos. Te dejo como seña el burro y el carro… ¡No! ¡Tampoco eso! No dejo en tus manos a mi Antonio. Te creo capaz de cambiar de oficio y pasarte de barquero a carretero, y escaparte en mi ausencia. Mi Antonio vale diez veces lo que tu barca. Mejor te dejo el dinero. Pero ten en cuenta que son como seña, y tú me lo devuelves a mi regreso. ¿Está bien claro? ¡Eh, los de esa nave! ¿Quién es de Tolemaida?

En una nave cercana se asoman tres caras:
-Nosotros.
-Venid aquí…
-No, no, no hace falta. Nos arreglamos entre nosotros -suplica el barquero.
Pedro lo mira indagador, razona para sí, y, viendo que el hombre baja de la barca y se apresura a cargar el telar que Judas había dejado en el suelo, susurra:
-¡Comprendo!

Luego grita a los de la nave:
-¡Ya no hace falta. Quedaos ahí -y extrae de una bolsa pequeña unas monedas, las cuentas, las besa y dice: « ¡Adiós, amigas!» y se las da al barquero.
-¿Por qué las has besado? -pregunta éste extrañado.
-Un… rito. ¡Adiós, ladrón! Arriba, vosotros; tú, al menos, sujeta la barca. Ya las contarás. Verás que están justas. No quiero tenerte como compañero en el infierno, ¡eh! Yo no robo… ¡Aaarriba! ¡Aaarriba!

Y embarca el primer baúl. Luego ayuda a los otros a estibar el suyo, los talegos y todo, equilibrando el peso y colocando los objetos de forma que pueda estar libre para las maniobras; y, después de las cosas, las personas.
-¿Ves como sé, vampiro? Suelta ahora y ve a tu destino.

Y, junto con Andrés, hinca el remo contra el andén para separar la barca.

Una vez tomada la dirección de la corriente, deja el timón a Mateo mientras le dice:
-Bueno, tú, para sacarnos los hígados, venías a pescarnos cuando pescábamos, y sabes llevar el timón pasablemente.
Luego se sienta en la proa, dando la espalda a la proa, en el primer banco, con Andrés a su lado. Frente a él están sentados Santiago y Juan de Zebedeo, que bogan con ritmo regular y poderoso.

La barca avanza -sin tirones, rápida, a pesar de ir bastante cargada -muy cerca del flanco de las naves grandes, desde cuya borda descienden palabras de alabanza por la perfecta boga. Luego, superados los espigones, el mar abierto… Tolemaida, al estar construida a orillas del mar y teniendo su puerto en el sur de la ciudad, desfila toda ante los ojos del grupo que parte. En la barca el silencio es absoluto. Sólo se oyen los chirridos de los remos en los toletes.

Pasado un buen rato, habiendo ya dejado atrás Tolemaida, Pedro dice:
-Pero si hubiera un poco de viento… ¡Pero nada! ¡Ni un hilo!…
-¡Con tal de que no llueva!… -dice Santiago de Zebedeo.
-¡Mmm! Tiene muchas ganas de llover…
Silencio y cansancio de remos durante largo tiempo.

Luego Andrés pregunta:
-¿Por qué has besado las monedas?
-Porque se saluda a quien parte para siempre. No las volveré a ver. Y lo siento. Hubiera preferido dárselas a algún necesitado…

¡Paciencia!… La barca la verdad es que es buena y fuerte y está bien construida. Es la mejor de Tolemaida. Por eso he cedido a las pretensiones de su dueño. También para evitar muchas preguntas sobre el lugar adonde vamos. Por eso le he dicho: "A comprar al Jardín blanco"… ¡Ay, ay, ay, que empieza a llover! Cubríos, vosotros que podéis hacerlo. Tú, Síntica, dale el huevo a Juan. Es la hora… Y a mayor razón porque con un mar así no se revuelve nada en el estómago… ¿Y que me estará haciendo Jesús? ¿Qué estará haciendo? ¡Sin vestidos, sin dinero! ¿Y dónde estará ahora?

-Sin duda, orando por nosotros -responde Juan de Zebedeo.
-Sí, pero ¿dónde?…
Ninguno puede decir dónde. Y la barca da bordadas, con dificultad, pesada, bajo el cielo de plomo, en un mar de betún cinéreo, en medio de un sirimiri fino como niebla y latoso como cosquillas prolongadas. Los montes, que tras una zona de llanura vuelven a arrimarse al mar, se acercan, lívidos en el ambiente neblinoso. El mar, de cerca, sigue produciendo molestia a los ojos con su extraña fosforescencia; más lejos, se pierde en un velo brumoso.

-En aquel pueblo nos detendremos para descansar y comer -dice Pedro, que boga incansablemente. Los demás asienten.
Llegan al pueblo: un pequeño conglomerado de casas de pescadores al abrigo del espolón de un monte que penetra en el mar.

-Aquí no se desembarca. No se toca fondo… -dice Pedro entre dientes -Bien, pues comeremos aquí donde estamos.
Y así es: los bogadores comen con buen apetito; los dos exiliados, sin ganas. La lluvia, alternativamente, sigue o se para.

No se ve a gente en el pueblo; como si estuviera deshabitado. Pero, vuelos de palomas de una casa a otra y ropa tendida en las azoteas dicen que hay gente. En fin, aparece en la orilla un hombre semidesnudo que va hacia una barquita sacada al margen.

-¡Eh! ¡Tú, hombre! ¿Eres pescador? -grita Pedro haciendo embudo con las manos.
-Sí.
El sí llega débil por la distancia.
-¿Qué tiempo hará?

-Mar tendida dentro de poco. Si no eres de aquí, te aconsejo que vayas enseguida más allá del cabo. Allá la ola es más calma, sobre todo si vas bordeando la orilla. Puedes, porque es profundo el mar. Pero ve sin demora…
-Sí. ¡Paz a ti!

-¡Paz y suerte a vosotros!
-Ánimo, entonces -dice Pedro a sus compañeros -Y que Dios esté con nosotros.

-Está ciertamente con nosotros. Jesús ciertamente ora por nosotros -responde Andrés mientras se pone de nuevo a remar.

Pero la ola tendida, en efecto, ya se ha formado, y repele y aspira la pobre barca cada vez que viene; mientras tanto, la lluvia se hace cada vez más tupida… y un viento rítmico se agrega para torturar a los pobres navegantes.

Simón de Jonás lo gratifica con todos los más pintorescos epítetos, porque es un viento malo que no puede ser usado para la vela y que trata de empujar a la barca contra los escollos de1 cabo ya cercano.

La barca navega con dificultad en la curva de este pequeño golfo, más oscuro que la tinta. Reman, reman, con dificultad, rojos, sudados, apretando los dientes, sin desaprovechar ni una miaja de fuerza en palabras. Los otros, sentados frente a ellos -yo los veo de espaldas -callan, mudos, bajo la tediosa lluvia. Juan y Síntica, en el centro (junto al mástil de la vela); detrás de ellos, los hijos de Alfeo; últimos, Mateo y Simón, que luchan por mantener derecho el timón a cada golpe de ola.

Doblar el cabo es empresa fatigosa. Por fin lo hacen… Los remadores, que deben estar extenuados, pueden gozar de un poco de paz. Se consultan sobre si refugiarse en un pueblecillo de allende el cabo. Pero se impone la idea de que «se debe obedecer al Maestro incluso contra lo sensato. Y Él dijo que se debe llegar a Tiro todo en una jornada». Y continúan…

El mar se calma al improviso. Notan el fenómeno. Alfeo dice:
-El premio de la obediencia.
-Sí, Satanás se ha marchado porque no ha logrado hacernos desobedecer -confirma Pedro.
-De todas formas llegaremos a Tiro de noche. Esto nos ha retrasado mucho… -dice Mateo.

-No importa. Iremos a dormir, y mañana buscaremos la nave -responde Simón Zelote.
-¿Y la encontraremos?
-Jesús lo ha dicho. Por tanto, la encontraremos -dice seguro el Tadeo.

-Podemos izar la vela, hermano -observa Andrés -Ahora hay viento bueno. Iremos raudos.
La vela, efectivamente, se hincha, no mucho, pero lo suficiente como para que sea mucho menos necesario remar; y la barca se desliza, como aligerada, hacia Tiro, cuyo promontorio -mejor: cuyo istmo -albea allá, al norte, con las últimas luces del día.

Y la noche cae rápida. Y parece extraño, después de tanta lobreguez de cielo, ver asomarse las estrellas a través de un imprevisto claro, y titilar resplandecientes los astros de la Osa, mientras el mar se ilumina con los serenos rayos de luna, tan blancos que casi parece rayar el alba, después de un día penoso, sin el intervalo de la noche…
Juan de Zebedeo alza la cabeza al cielo, mira y sonríe, y, al improviso, abre su boca al canto, acompañando el movimiento del remo con la estrofa y ritmando ésta con el remo:

“Ave, Estrella de la Mañana,
Jazmín de la noche,
Luna de oro de mi Cielo,
Madre santa de Jesús.
Espera en ti el navegante,
Te sueña el que sufre y muere,
¡Ilumina, Estrella santa y pía,
a quien te ama, oh María!…"

Canta feliz, a pleno pulmón, con voz de tenor.
-¿Pero qué haces? Estamos hablando de Jesús ¿y tú hablas de María? -pregunta su hermano.

-Él está en Ella y Ella en Él. Pero si Él está aquí es porque ha estado antes Ella… Déjame cantar…
Y pone ahínco y arrastra a los demás… Llegan así a Tiro. La arribada es cómoda en el puertecito más pequeño, el que está al sur del istmo, velado por lámparas que cuelgan de muchas barcas. Los que están allí no niegan su ayuda a los recién llegados. Pedro y Santiago de Zebedeo se quedan en la barca para vigilar los baúles. Mientras tanto, los otros, con un hombre de otra barca, se dirigen al hospedaje para descansar.

317- La oración de Jesús por la salvación de Judas Iscariote

Jesús está de nuevo al pie del macizo sobre el que se alza Yiftael.

No en la calzada -llamémosla así -o camino de herradura recorrido antes con el carro, sino en una senda, tan empinada, que se diría ser para cabras monteses, toda formada de grandes lascas, toda ella grietas profundas, pegada contra el monte, yo diría que excavada en la pared vertical del monte, como si éste hubiera sido rayado por una enorme uñarada. La limita un tajo que se abre a pico a nuevas profundidades, en cuyo fondo espuma rabioso un torrente.

Pisar en falso ahí significa despeñarse sin esperanza, rebotando de una mata a otra, matas de zarzas y de otras plantas agrestes, nacidas no sé cómo entre las fisuras de la roqueda y sin la disposición vertical propia de las plantas, sino oblicua, o incluso horizontal, porque a ello las constriñe su lugar de arraigamiento. Pisar en falso ahí significa la laceración a causa de todos los peines espinosos de estas plantas; quedar deslomado por los golpes contra los troncos rígidos que se asoman hacia el abismo. Pisar en falso ahí significa desgarraduras con las piedras aguzadas que sobresalen de las paredes del tajo.

Pisar en falso ahí significa llegar sangrando y quebrantado a las aguas espumosas del rabioso torrente, y ahogarse, y yacer sumergido en un lecho de escollos puntiagudos, a merced de los ramalazos de las violentas aguas. Mas, a pesar de ello, Jesús recorre este sendero, este arañazo en roca, más peligroso aún por la humedad que sube del torrente, evaporándose; que rezuma de la pared superior; que gotea de las plantas nacidas en esta pared superior vertical (yo diría casi levemente cóncava).

Va lentamente, estudiando dónde pone el pie sobre las aguzadas piedras, algunas removidas. A veces, el sendero se estrecha tanto que se ve obligado a apretarse contra la pared. Para pasar puntos sobremanera peligrosos, debe agarrarse a las ramas colgantes de la pared. Rodea así el lado oeste y llega al lado sur, que es el lado en que el monte, después de un descenso a plomada desde la cima, se hace más cóncavo, y da más respiro en anchura al sendero, aunque se lo quita en altura: tanto que, en ciertos puntos, Jesús tiene que caminar agachado para no golpear la cabeza contra las rocas.

Quizás tiene intención de detenerse al llegar a un lugar en que el sendero termina bruscamente como por rocas desprendidas. Pero observa, y ve que hay debajo una caverna -más que una caverna una grieta del monte -, y desciende a ella por entre las rocas caídas.

Entra. Una grieta al principio; dentro, una amplia gruta (como si el monte hubiera sido excavado mucho tiempo atrás a golpe de pico, no sé con qué finalidad).

Se ve claramente dónde se han asociado a las curvas naturales de la roca las producidas por los hombres, 1os cuales, en el lado opuesto a la hendidura de entrada, abrieron con una estrecha galería, en cuyo fondo hay una franja de luz y una lejana vista de bosques que indican que la galería penetra de sur a este cortando el espolón del monte.

Jesús se mete por esa galería semioscura y estrecha, y la recorre hasta llegar a la abertura, situada por encima del camino que sigue con los apóstoles y el carro para subir a Yiftael. Los montes que rodean el lago de Galilea están frente a Él, allende el valle; en dirección nordeste resplandece el gran Hermón vestido de nieve. Hay, excavada en la ladera del monte -aquí no tan vertical, ni hacia arriba ni hacia abajo -, una escalerita primitiva que conduce al camino de herradura del valle y también a la cima donde está Yiftael.

Jesús se muestra satisfecho de su exploración. Vuelve para atrás al interior de la vasta caverna, y busca un sitio resguardado. Allí amontona hojarasca que el viento ha empujado hacia dentro del antro: una bien mísera yacija, un velo de hojas secas entre su cuerpo y el suelo desnudo y gélido… Se deja caer encima, y se queda así, inmóvil, extendido, con las manos debajo de la cabeza, los ojos fijos en la bóveda rocosa, absorto, yo diría aturdido, como quien hubiera soportado un esfuerzo o un dolor superior a sus fuerzas.

Luego, lágrimas lentas, sin sollozos, empiezan a descender de sus ojos, y caen a ambos lados de la cara para perderse entre sus cabellos, hacia las orejas, y terminar ciertamente entre la hojarasca… Llora así, largamente, y sin decir nada ni hacer ningún movimiento… Luego se sienta y con la cabeza entre las rodillas, alzadas y ceñidas con sus manos entrelazadas, llama, con
toda su alma, a su lejana Madre:

-¡Madre! ¡Madre! ¡Madre mía! ¡Mi eterna dulzura! ¡Oh, Mamá, cuánto quisiera tenerte a mi lado! ¿Por qué no te tengo siempre, único consuelo de Dios?

Solamente la gruta hueca responde a sus palabras, a sus sollozos, con un susurro de imperfecto eco; y parece que ella misma llore y solloce también, con sus salientes, sus rocas, y las pocas y todavía pequeñas estalactitas que en un ángulo penden (quizás el más sujeto a labor de aguas internas).

El llanto de Jesús continúa, aunque ahora más tranquilo -como si el simple hecho de haber invocado a su Madre lo hubiera consolado, y, lentamente, se transforma en un monólogo.

-Han partido… ¿Y por qué? ¿Y por quién? ¿Por qué he tenido que dar este dolor, y a mí mismo también, si ya el mundo me llena de dolor mis jornadas?… ¡Judas!…

¿Quién sabrá a dónde vuela ahora el pensamiento de Jesús, que levanta la cabeza de las rodillas y mira hacia adelante con ojos dilatados y el rostro tenso propio de quien está absorto en espectáculos espirituales futuros o en gran meditación! Ya no llora, pero sufre visiblemente.
Luego parece responder a un interlocutor invisible. Para hacerlo se yergue en pie.

-Soy hombre, Padre. Soy el Hombre. La virtud de la amistad, herida y arrancada de mí, se lamenta y se retuerce dolorosamente… Sé que debo sufrir todo. Lo sé.

Como Dios, lo sé, y, como Dios, lo quiero por el bien del mundo. También como hombre lo sé, porque mi espíritu divino lo comunica a mi humanidad. Y también como hombre lo quiero, por el bien del mundo. ¡Pero, qué dolor, oh Padre mío! Esta hora es mucho más penosa que la que viví con mi espíritu y el tuyo en el desierto… Y es mucho más fuerte la tentación presente de no amar y no soportar a mi lado a ese ser legamoso y tortuoso que tiene por nombre Judas, causa del mucho dolor que hasta la saciedad como y bebo y que tortura las almas a las que Yo había dado paz.

(“Y es mucho más fuerte la tentación presente…” María Valtorta comenta esta expresión con la siguiente nota autógrafa en una copia mecanografiada: Lucha entre las dos naturalezas unidas en Cristo. Como Dios, no podía sino amar. Como Hombre, no podía no sentir rechazo por el falso discípulo. Aviándose hacia la meta de su misión redentora, advertía la preparación a ese abandono paterno que sería total en las horas de la Pasión. El gran Solitario y gran Desconocido, como era el Verbo encarnado, venido a vivir en medio de los hombres, se sintió siempre "solo y desconocido".

Sólo su Madre lo conoció verdaderamente y fue su perfecta compañera. En los demás, a medida que iba acercándose la hora redentora, iba aumentando la incomprensión, el odio o el abandono. La pasión incruenta, pero pasión al cabo. Y, respecto a la oración que sigue, aproximadamente una página después, María Valtorta hace esta observación: Que no sorprenda a los supercríticos esta oración al Padre. Es evangelio que Cristo fue tentado "como Hombre" en el desierto y que sufrió hasta sudar sangre en su lucha de Hombre, puro hombre, ya no sostenido por la Divinidad, en el Getsemaní, en la noche del Jueves Santo. Ésta es otra de sus horas de "auténtico" Hombre, de totalmente hombre, sujeto al amor y al dolor humanos, en Él perfectos porque era perfecto entre todos los hombres)

-Padre, siento que te vas haciendo riguroso con tu Hijo a medida que me voy acercando al final de esta expiación mía por el género humano. Se va alejando de mí cada vez más tu suavidad, y aparece severo tu rostro a mi espíritu, que cada vez se ve más apartado hacia las profundidades, donde la humanidad, padeciendo tu castigo, gime desde milenios.

Me era suave el sufrimiento; suave el camino al principio de la existencia; suave, también, cuando, de hijo del carpintero, pasé a ser Maestro del mundo, arrancándome de una Madre para darte a ti, Padre, al hombre caído. Me fue suave también, respecto a este momento, la lucha con el Enemigo en la Tentación del desierto. La afronté con el ardimiento del héroe que cuenta con todas sus fuerzas…

¡Oh, Padre mío!… que ahora mis fuerzas están debilitadas por la falta de amor de demasiados y el conocimiento de demasiadas cosas…

Yo sabía que Satanás, una vez terminada la tentación, se marcharía; y así fue. Y los ángeles vinieron a consolar de ser hombre al Hijo tuyo, de ser objeto de la tentación del Demonio. Pero ahora no cesará, una vez pasada la hora en que el Amigo sufre por los amigos enviados a un país lejano, y por el amigo perjuro que lo perjudica de cerca y de lejos. No cesará. No vendrán tus ángeles a consolarme en este momento, ni pasado este momento. Antes al contrario, vendrá el mundo con todo su odio, su burla, su incomprensión; vendrá y estará cada vez más cerca y será cada vez más tortuoso y legamoso el perjuro, el traidor, el vendido a Satanás. ¡Padre!…

Es verdaderamente un grito de congoja, de espanto, de invocación; y Jesús se estremece y me trae a la mente la hora del Getsemaní.

¡Padre! Lo sé. Lo veo… Mientras Yo aquí sufro y seguiré sufriendo, y te ofrezco mi sufrimiento por su conversión y por los que me han sido arrebatados de mis brazos y están marchando a su destino con el corazón traspasado, él se está vendiendo para ser mayor que Yo. ¡El Hijo del hombre!

¿Soy Yo, no es verdad, el Hijo del hombre? Sí. Pero no soy el único que lo es. La Humanidad, la Eva fecunda ha generado a sus hijos, si Yo soy Abel, el Inocente, no falta Caín entre la prole de la Humanidad. Y, si soy el Primogénito, porque soy como habrían debido ser los hijos del hombre, sin mancha ante tus ojos, él, el engendrado en pecado, es el primero de lo que vinieron a ser después de que mordieron el fruto envenenado.

Ahora, no contento con tener dentro de los fómites repugnantes y blasfemos de la mentira, la anticaridad, la sed de sangre, la avidez de dinero, la soberbia y la lujuria, se hace como el demonio para ser -hombre que podía hacerse ángel -el hombre que se convierte en demonio… "Y Lucifer quiso ser como Dios; por ello, fue expulsado del Paraíso, y, transformado en demonio, habitó el Infierno.”

¡Pero, Padre! ¡Oh, Padre mío! Yo lo amo… lo amo todavía. Es un hombre… Es uno de aquellos por quienes te dejé… Por mi humillación, sálvalo… ¡concédeme redimirlo, Señor Altísimo! ¡Sé que es incongruente lo que pido, Yo, que conozco todo cuanto existe!… Pero, Padre mío, no veas en mí por un instante a tu Verbo. Contempla sólo mi humanidad de Justo… y deja que Yo, por un instante, pueda ser sólo "el Hombre" en gracia tuya, el Hombre que no conoce el futuro, que puede forjarse ilusiones… el Hombre que, no conociendo el ineluctable sino, puede orar, con esperanza absoluta, para arrancar el milagro. ¡Un milagro! ¡Un milagro a Jesús de Nazaret, a Jesús de María de Nazaret, nuestra eterna Amada! ¡Un milagro que viole lo signado y lo anule! ¡La salvación de Judas! Ha vivido a mi lado, ha bebido mis palabras, ha compartido conmigo el alimento, ha dormido sobre mi pecho… ¡No sea él, no, no sea él mi demonio!…

No te pido no ser traicionado… Debe suceder, y sucederá… para que, por mi dolor de ser traicionado, sean anuladas todas las mentiras; por mi dolor de ser vendido, quede expiada toda avaricia; por mi congoja de ser blasfemado, reparadas todas las blasfemias; y, por la congoja de no ser creído, reciban la fe aquellos que no la tienen ahora o en el futuro; para que, por mi tortura, queden purificados todos los pecados de la carne…

¡Pero, te lo ruego: no él, no él, Judas, mi amigo, mi apóstol!

Yo querría que ninguno traicionara… Ninguno… Ni siquiera el más lejano habitante de los hielos hiperbóreos o de los fuegos de la zona tórrida… Yo quisiera que sólo Tú fueras el Sacrificador… como otras veces lo fuiste, quemando los holocaustos con tu fuego… Mas, dado que debo morir a manos del hombre -y más que el verdugo real será verdugo el amigo traidor, el corrompido que portará en sí ese hedor de Satanás que ya está aspirando, buscando ser como Yo en cuanto al poder… así piensa en su orgullo y ansia -, dado que debo morir a manos del hombre, Padre, otorga que no sea el Traidor aquel a quien he llamado amigo y he amado como tal.

Multiplica, Padre mío, mis torturas, pero dame el alma de Judas… Pongo esta oración sobre el altar de mi Persona víctima… ¡Padre, acógela!…

¡El Cielo está cerrado y mudo!… ¿Es éste el horror que tendré conmigo hasta la muerte? ¡El Cielo está mudo y cerrado!… ¿Será éste el silencio y la mazmorra en que exhalaré mi espíritu? ¡El Cielo está cerrado y mudo!…

¿Será ésta la suprema tortura del Mártir?…
Padre, hágase tu Voluntad y no la mía… Pero, por mis penas, ¡oh, al menos esto!, por mis penas, da paz e ingenuidad al otro mártir de Judas, a Juan de Endor, Padre mío… Él realmente es mejor que muchos. Ha recorrido un camino como pocos saben ni sabrán. Para él ya se ha cumplido todo de la Redención. Dale, pues, tu paz plena y completa, para que Yo lo tenga en mi Gloria cuando también para mí todo se haya cumplido para honrarte y obedecerte…

¡Padre mío!…

Jesús, lentamente, ha ido arrodillándose. Ahora llora rostro en tierra, ora mientras la luz del breve día invernal muere precoz en el antro oscuro, y el grito del torrente parece ganar voz cuanto más aumenta la sombra en el valle…

316- Jesús se despide de Juan de Endor y de Síntica

Al día siguiente, perseguidos por un tiempo lluvioso y frío que dificulta la marcha, reanudan el viaje por el mismo camino (el único, por lo demás, de este pueblo que parece un nido de águila en la cima de un pico solitario).

Tiene que bajar del carro también Juan de Endor, porque el camino cuesta abajo es todavía más peligroso que cuesta arriba, y, aunque el burro por sí solo no correría peligro, el peso del carro, fuertemente empujado hacia adelante por el desnivel, hace que el pobre animal vaya muy mal. Como van también mal sus conductores, que hoy tienen que sudar no ya para empujar sino para retener el vehículo, que podría despeñarse, provocando alguna desgracia o, por lo menos, pérdida de la carga.

El camino es, así, horrible hasta llegar a un tercio, aproximadamente, de su longitud (el último tercio respecto al valle). Y se bifurca: un ramal, más cómodo y llano, va hacia el oeste.

Se paran a descansar y se secan el sudor. Pedro premia al borrico, que tiembla todo, de jadeo, y que sacude las orejas resoplando, ciertamente absorto en una profunda meditación sobre la dolorosa condición de los asnos y sobre los caprichos de los hombres que escogen estos caminos.

Al menos también Simón de Jonás atribuye a estas consideraciones la expresión pensativa del animal, y, para subirle los ánimos, le cuelga al cuello una saca de habas forrajeras, y, mientras el asno quebranta el duro alimento con ávido placer, también los hombres comen pan y queso y beben la leche de que sus odres están llenos.

Termina la comida. Pero Pedro quiere dar de beber a «mi Antonio, que merece los honores más que César» dice. Y va con un cubo que tiene en el carro a coger agua a un torrente que discurre hacia el mar.

-Ahora podemos reanudar la marcha… Iremos incluso al trote, porque pienso que detrás de aquel collado es todo llanura… Pero nosotros no podemos trotar. De todas formas, caminaremos ligero. ¡Venga, Juan y tú, mujer, montad y vamos!

-Yo también subo, Simón, y guío Yo. Todos los demás seguidnos… -dice Jesús en cuanto suben los dos.
-¿Por qué? ¿Te encuentras mal? ¡Estás muy pálido!…
-No, Simón. Quiero hablar a solas con ellos… -y señala a los dos que, como Él, están pálidos también, intuyendo que ha llegado el momento del adiós.

-Ah! Bien. Sube, sube. Nosotros te seguimos.
Jesús se sienta en la tabla que hace de asiento para el conductor y dice:

-Ven aquí a mi lado, Juan. Y tú, Síntica, acércate…
Juan se sienta a la izquierda del Señor. Síntica a sus pies, casi en el borde del carro, de espaldas al camino, con la cara alzada hacia Jesús. Colocada así, sentada sobre los talones, relajada como si soportara un peso agotador, abandonadas las manos en su regazo y unidas para mantenerlas quietas, porque tiemblan, la cara cansada, sus bellísimos ojos de color negro­violeta como empañados por el mucho llanto vertido, bajo la sombra de su velo y su manto -muy cubierta con ambos -, parece una Piedad desolada. ¡Y Juan…! Creo que si al final del camino le esperara el patíbulo estaría menos turbado.

El asno se pone al paso, tan obediente y juicioso que no obliga a Jesús a estrecha vigilancia. Y Jesús aprovecha de ello para abandonar los ramales y coger la mano de Juan y poner la otra en la cabeza de Síntica.

-Hijos míos, os agradezco toda la alegría que me habéis procurado. Este año ha estado para mí tachonado de flores de alegría, porque he podido tomar vuestras almas y ponérmelas delante, para no ver las cosas feas del mundo, y perfumarme el aire viciado por el pecado del mundo e infundirme dulzura y confirmarme en la esperanza de que mi misión no es inútil. Margziam, tú, Juan mío, Hermasteo, tú, Síntica, y María de Lázaro, y Alejandro Misax, y otros más… Las flores triunfales del Salvador, al que sólo sienten como tal los rectos de corazón… ¿Por qué meneas la cabeza, Juan?

-Porque eres bueno y me pones entre los rectos de corazón. Pero yo siempre tengo en mi pensamiento mi pecado…

-Tu pecado es el fruto de una carne azuzada por dos malvados. Tu rectitud de corazón es el substrato de tuyo honesto, deseoso de cosas honestas, desgraciado porque estas cosas te fueron arrebatadas por la muerte o la maldad, mas no por ello menos vivo aun bajo el cúmulo de tanto dolor.

Fue suficiente que la voz del Salvador se filtrara en las profundidades donde tu yo se marchitaba, para que saltaras y te pusieras en pie, liberándote de todo peso, para venir a mí. ¿No es así?

Pues entonces eres recto de corazón; mucho, mucho más recto que otros que no tienen tu pecado, pero que tienen otros mucho peores, que son pecados meditados y conservados vivos obstinadamente…

Benditos seáis, pues, vosotros, mis flores de mi triunfo de Salvador en este mundo, tardo en comprender y enemigo, que da de beber amargura y aversión al Salvador, habéis representado el amor. ¡Gracias! En las horas más penosas que he vivido este año, os he tenido presentes para recibir de vosotros consuelo y apoyo; en las horas más penosas que viviré, os tendré todavía más presentes. Hasta la muerte. Y estaréis conmigo eternamente. Os lo prometo.

Os confío mis más estimados intereses, o sea, la preparación de mi Iglesia de Asia Menor. Allí no puedo ir porque aquí, en Palestina, está mi lugar de misión, y porque la mentalidad reaccionaria de los importantes de Israel me perjudicaría con todos los medios si fuera a otro lugar distinto. ¡Ya quisiera tener otros Juanes y otras Sínticas para otros países, de modo que mis apóstoles encontraran arada la tierra para esparcir la semilla en la hora que ha de llegar!

Sed dulces y pacientes, y al mismo tiempo fuertes para penetrar y soportar. Encontraréis cerrazón y escarnio. No os descorazonéis por ello. Pensad esto: "Comemos el mismo pan y bebemos el mismo cáliz que bebe nuestro Jesús". No sois más que vuestro Maestro y no podéis pretender mejor suerte que la suya. La mejor suerte es ésta: compartir lo que es del Maestro.

Doy una sola orden: que no os desaniméis, que no pretendáis daros una respuesta acerca de esta lejanía, que no es un destierro como quiere pensar Juan, sino que es, antes al contrario, un poneros a las puertas de la Patria antes que a todos los demás, como a siervos más formados que ningún otro. El Cielo desciende para vosotros, como materno velo, y el Rey de los Cielos ya os acoge en su seno, os protege bajo sus alas de luz y amor, como a los primogénitos de la inconmensurable nidada de los siervos de Dios, del Verbo de Dios, que en nombre del Padre y del eterno Espíritu os bendice para ahora y para siempre.

Y orad por mí, el Hijo del hombre que se está acercando a todas sus torturas de Redentor. ¡Oh, verdaderamente mi
Humanidad está para conocer todas las más amargas experiencias, que van a triturarla!… Orad por mí. Tendré necesidad de vuestras oraciones…

(“Orad, por mí”…Para evitar malas interpretaciones, explico: Orar es acordarse de un ser, bien Dios, bien sea el prójimo.

Acordarse de uno quiere decir amarlo, Jesús tenía deseos de amor y consuelo por todo el odio que lo rodeaba.

También ahora, tiene deseos de que los hombres se acuerden de orar porque el mundo lo ame para obtener salud.

Tendré necesidad de vuestras oraciones: necesidad no como puede tenerla un hombre cualquiera para sus más variadas necesidades, sino para sentir en su espíritu el consuelo del amor de sus discípulos, expresado con la oración, “a Él” y “para El". Estas dos observaciones de María Valtorta pueden valer también para otros pasos de la Obra en que Jesús pide amor y oración para Él)

Serán caricias… Serán profesiones de amor… Serán ayudas, para no llegar a decir: "La Humanidad está hecha sólo de demonios"…

-¡Adiós, Juan! Vamos a darnos el beso del adiós… No llores de ese modo… Aun a costa de arrancarme jirones de carne, te habría tenido conmigo, si no hubiera visto todo el bien que esta separación producirá para ti y para mí. Eterno bien…

Adiós, Síntica. Sí, besa si quieres mis manos, pero piensa que si la diversidad de sexo me veda besarte como a una hermana, a tu alma sí le doy mi beso fraterno…

Y esperadme, con vuestro espíritu. Iré. Me tendréis cerca de vuestros trabajos y de vuestras almas. Sí, porque, si bien el amor por el hombre ha encerrado mi naturaleza divina en carne mortal, no ha podido limitar su libertad.

Libre soy de ir, como Dios, a quien merece tener consigo a Dios.

Adiós, hijos míos. El Señor está con vosotros…
Y se deshace del abrazo convulso de Juan, que circunda con fuerza sus espaldas, y de Síntica, que se ha agarrado a sus rodillas; y salta del carro, hace un gesto de saludo a sus apóstoles, y se echa a correr por el camino ya recorrido, rápido como ciervo perseguido. El asno, al sentir caer del todo los ramales que antes estaban encima de las rodillas de Jesús, se ha parado; y también, atónitos, los ocho apóstoles, mirando al Maestro que se aleja cada vez más.

-Lloraba… -susurra Juan.
-Y estaba pálido como un muerto… -dice en voz baja Santiago de Alfeo.

-Ni siquiera ha tomado su talego… Ahí está en el carro… -observa el otro Santiago.

-¿Y ahora cómo se las va a componer? -se pregunta Mateo.
Judas de Alfeo lanza toda su poderosa voz:

-¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!…
Pero un recodo del camino absorbe dentro del verde de sus plantas al Maestro, sin que Él se vuelva siquiera a mirar quién lo llama…

-Se ha marchado… Lo único que podemos hacer es ponernos en marcha también nosotros… -dice Pedro desolado mientras monta en el carro y coge los ramales para arrear al burro.

Y el carro se pone en camino, con su chirrido, acompañado del rítmico sonido de los cascos herrados y del angustioso llanto de los dos, que, abatidos en el fondo del carro, gimen:

-No lo volveremos a ver: Nunca, nunca…

315- El viaje hacia Yiftael y las reflexiones de Juan de Endor

Debe haber llovido toda la noche. Pero con el alba ha venido un viento seco que ha repelido las nubes hacia el sur, más allá de las colinas de Nazaret. Por ello, un tímido sol invernal se atreve a asomarse y a encender con su rayo un diamante en cada hoja de los olivos; mas es vestido de gala que pronto pierden, porque el viento agita sus frondas y las desnuda, y parecen llorar esquirlas de diamante que se desvanecen entre la hierba aljofarada o en el camino lodoso.

Pedro, con la ayuda de Santiago y Andrés, prepara carro y burro. No se ve a los otros todavía. Luego salen uno tras otro quizás de una cocina (porque dicen a los tres que ya estaban fuera:

-Id ahora vosotros a tomar algo -y los tres entran, para salir poco después, esta vez con Jesús.

-He vuelto a poner la cubierta, por el viento -explica Pedro. Si estás decidido a ir a Yiftael, tendremos de frente el viento… y punza. No comprendo por qué no cogemos el camino que va a Sicaminón, luego el del litoral… Es más largo, pero menos escabroso.

¿Has oído lo que decía ese pastor al que he logrado tirar de la lengua? Ha dicho: "Yotapata, durante los meses de invierno, queda aislada.

Sólo hay un camino para llegar a ella. Y no se va con corderos, no… No se debe llevar nada en las espaldas, porque hay pasos que se salvan más con las manos que con los pies… Y los corderos no pueden nadar…

Hay dos ríos, llenos muchas veces, y hasta el propio camino es un torrente que corre por un fondo de rocas. Yo voy allí después de los Tabernáculos, y en plena primavera, y vendo bien, porque entonces la gente se aprovisiona para meses". Eso ha dicho… Y nosotros… con este cacharro… (y da una patada a la rueda del carrito)… y con este burro… ¡Mmmm!…

-El camino que va de Sefori a Sicaminón era mejor. Pero lo utiliza mucha gente… Recuerda que conviene no dejar rastro de Juan…

-El Maestro tiene razón. Podríamos encontrar incluso a Isaac con otros discípulos… ¡Y en Sicaminón ya no digamos!… ­observa el Zelote.
-Pues nada… vamos…

-Voy a llamar a esos dos… -dice Andrés.
Y mientras Andrés hace esto Jesús se despide de una anciana y de un niño, que salen de un aprisco con unos cubos de leche. Llegan también unos pastores, barbados. Jesús les agradece la hospitalidad ofrecida en la noche de lluvia.

Juan y Síntica ya están en el carro, que ahora, guiado por Pedro, emboca el camino. Jesús acelera el paso para seguirlo; a su lado el Zelote y Mateo; detrás de Él, Andrés, Santiago, Juan y los dos hijos de Alfeo.

El viento corta la cara e hincha los mantos. La cobertura extendida sobre los arcos del carro cruje como una vela, a pesar de que la lluvia de la noche la haya hecho más pesada.

-¡Bueno, hombre, pues se secará pronto! -susurra Pedro mirándola -¡Basta con que a este pobre hombre no se le sequen los pulmones!… Espera, Simón de Jonás… Se hace así -Y para el burro, se quita el manto, sube al carro y arropa muy bien a Juan.

-¿Pero por qué? Ya tengo el mío…
-Porque yo, tirando del asno, tengo ya tanto calor como si estuviera en un horno de pan. Y además estoy habituado a estar desnudo en la barca, y cuanto más tormenta más desnudo. El frío es para mí un acicate y me hace más ágil.

¡Venga, arrópate bien! María me ha dado en Nazaret tantas recomendaciones, tantas, que, si te pones malo, no voy a poder presentarme a ella jamás…

Baja del carro y coge otra vez los ramales e incita al asno para que camine. Pero pronto debe pedir ayuda a su hermano y a Santiago, para ayudar al burro a salir de un sitio cenagoso en que se ha hundido la rueda. Y así van, empujando por turnos el carro para facilitar la labor al burro, que hinca sus robustas patas en el fango y tira -¡pobre animal! -, resoplando afanoso y espurreando ávido (es que Pedro lo estimula a caminar ofreciéndole unos pedazos de pan y unos tronchos de manzana, que le concede sólo cuando hacen un alto en el camino).

-Eres un engañador, Simón de Jonás -dice bromeando Mateo, que observa la maniobra.

-No. Aplico con dulzura al animal a su deber. Si no hiciera esto, tendría que usar la tralla, y eso me duele. Si no pego a la barca cuando hace caprichos, y es de madera, ¿por qué debería pegar a éste, que es de carne? Ahora mi barca es éste… está en el agua… ¡vaya que si está en el agua! Por tanto, lo trato como a la barca. ¡Yo no soy Doras, eh! ¿Sabéis que quería llamarlo Doras, antes de comprarlo? Pero luego oí su nombre y me gustó. Se lo he dejado…

-¿Cómo se llama? -preguntan curiosos.
-¡Adivinad! -y Pedro se ríe bajo su barba.
Salen los más extraños nombres, y los de los más cafres fariseos o saduceos, etc. etc. Pero Pedro siempre menea su cabeza… Se dan por vencidos.

-¡Se llama Antonio! ¿No es un nombre bonito? ¡Ese maldito romano! ¡Se ve que el griego que me lo vendió también tenía sus resentimientos contra Antonio!

Todos ríen, mientras Juan de Endor explica:
-Será uno de los que obtuvo la libertad previo pago de una talla, después de la muerte de César. ¿Es viejo?
-Tendrá setenta años… y debe haber hecho todos los tipos de trabajos… Ahora tiene un hospedaje en Tiberíades…

Llegan al trivio de Sefori con el camino de Nazaret
Tolemaida. Nazaret-Sicaminón, Nazaret-Jotapata (hago la observación de que la J la pronuncian como una "ye" muy sonora). El hito consular tiene escritas las tres indicaciones de Tolemaida, Sicaminón y Yotapata.

-¿Entramos en Sefori, Maestro?

-Es inútil. Vamos a Yiftael. Sin detenernos. Comeremos mientras andamos. Es preciso estar allí antes de que anochezca.

Marchan y marchan, atravesando dos torrentillos bien cargados, afrontando las primeras pendientes de un sistema de montes en dirección norte-sur, pero que forman al norte un nudo escabroso que luego se resuelve hacia el este.

-Allí está Yiftael -dice Jesús.
-No veo nada -observa Pedro.

-Está a septentrión. Por la parte nuestra hay pendientes a pico, y lo mismo a oriente y a poniente.

-De modo que hay que rodear todo aquel monte, ¿no?
-No. Hay un camino junto al monte más alto, al pie de él, en el valle. Acorta mucho, aunque es un camino muy empinado.
-¿Has estado allí alguna vez?
-No. Pero lo sé.

¡Verdaderamente es un camino empinado! Tanto que, llegados a él se sienten desfallecer: parece como si uno, de tanto como se reduce la luz en el fondo de este valle, tan horrendo y escarpado que me hace pensar en las dantescas simas del octavo círculo, descendiera veloz al encuentro de la noche. Es un camino verdaderamente ahondado en el volumen rocoso; tan lleno de desniveles, que está dispuesto casi en escalones; un camino estrecho, agreste, encajado entre un torrente rabioso y una pendiente aún más rabiosa, que continúa, con empinada subida, hacia el norte.

La luz aumenta a medida que se sube, pero, como contrapartida, aumenta también el cansancio; tanto que aligeran de los talegos personales el carro, y baja también Síntica para que el carrito vaya lo más ligero posible.

Juan de Endor, que después de aquellas pocas palabras no había vuelto a abrir la boca sino para toser, querría bajarse también. No se lo conceden, así que se queda donde estaba, mientras todos empujan el carro y tiran del asno, y sudan cada vez que hay un desnivel. Pero ninguno se queja. A1 contrario, todos tratan de mostrarse satisfechos del ejercicio para no humillar a los dos por los que lo hacen (los cuales ya más de una vez han expresado su pesar por este esfuerzo).

El camino hace un ángulo recto, y luego otro ángulo, más corto, que termina en una ciudad acoclada en lo alto de una ladera, o empinada que, como dice Juan de Zebedeo, da la impresión de que vaya a deslizarse hacia abajo con sus casas.

-Sin embargo, es muy sólida. Todo un bloque con la roca.
-Como Ramot entonces… -dice Síntica recordándose.
-Más todavía. Aquí la roca es parte de las casas, no sólo base de ellas. Recuerda más a Gamala. ¿Os acordáis?
-Sí, y también de aquellos cerdos… -dice Andrés.
-De allí justamente partimos para Tariquea, el Tabor y Endor…-recuerda Simón Zelote.

-Estoy destinado a daros recuerdos penosos y grandes trabajos… -suspira Juan de Endor.

-¡De ninguna manera! Tú nos has dado una amistad fiel. Nada más, amigo -dice impetuosamente Judas de Alfeo. Y todos se unen a él para confirmar más claramente.
-De todas formas… alguno no me ha amado… Ninguno me lo dice… Pero yo sé meditar, sé reunir en un solo cuadro los hechos diseminados. Esta partida, no, no estaba prevista, y la decisión no es espontánea…

-¿Por qué hablas así, Juan? -pregunta dulcemente afligido Jesús.

-Porque es verdad. Alguno no me ha aceptado. He sido elegido yo, no otros, ni siquiera los grandes discípulos, para ir lejos.
-¿Y entonces Síntica? -pregunta Santiago de Alfeo entristecido por esta luz que viene a la mente del hombre de Endor.

-Síntica viene para no trasladarme a mí solo… para celarme compasivamente la verdad…

-¡No, Juan!…

-Sí, Maestro. Fíjate, podría hasta decirte el nombre de mi torturador. ¿Sabes dónde lo leo? ¡Me basta mirar a estas ocho personas buenas para leerlo! ¡Me basta reflexionar en la ausencia de los otros para leerlo! El hombre por quien Tú me encontraste es el mismo que quisiera que Belcebú me encontrara. Y me ha conducido a este momento -y a ti también, Maestro, porque Tú también sufres come yo, o quizás más que yo -y me ha conducido a este momento para hacerme caer de nuevo en la desesperación y en el odio.

Porque es malo, es cruel, es envidioso… y más cosas. El alma oscura en medio de tus siervos luminosísimos es Judas de Keriot…

-No hables así, Juan. No falta sólo él. Todos, excepto el Zelote, que no tiene familia, faltaron durante las Encenias. De Keriot, y menos aún en este período, no se viene en pocas etapas. Son casi doscientas millas de camino. Y era justo que fuera a casa de su madre, como Tomás. También he prescindido de Natanael, porque es anciano, y de Felipe, para que acompañara a Natanael…

-Sí. Faltan otros tres. Pero… ¡Oh, Jesús bueno!… Tú conoces los corazones porque eres el Santo. Pero no eres el único que los conoce También los perversos conocen a los perversos, porque se reconocen en ellos. Yo fui perverso, y me he visto de nuevo, en mis peores instintos, en Judas. De todas formas, lo perdono. Solamente por una cosa le perdono el que me mande a morir tan lejos: porque precisamente por él vine a ti. Y que Dios le perdone todo lo demás… todo lo demás.

Jesús no intenta rebatir… Calla. Los apóstoles se miran unos a otros mientras a fuerza de brazos empujan al carro por el camino resbaladizo.

Está ya cerca la noche cuando llegan a la ciudad. Allí, desconocidos entre desconocidos, se alojan en una posada construida en el extremo sur del pueblo, el extremo sur: un risco, cuya pared está tan cortada a pico y es tan profunda, que lanzar hacia abajo la mirada por ella hace venir vértigo; mientras en el fondo -ruido, sólo ruido, en la sombra de pez que ya viste al valle -ruge un torrente.

Categorías