314- La cena en la casa de Nazaret. La dolorosa partida

Y ya llegó la noche. Otra noche de despedida para la casita de Nazaret y sus habitantes. Otra cena durante la cual la pena quita las ganas de comer a las bocas y pone taciturnas a las personas.

Están sentados a la mesa Jesús, Juan y Síntica, Pedro, Juan, Simón y Mateo. Los demás no han podido: ¡es tan pequeña la mesa de Nazaret! ¡Hecha realmente para una pequeña familia de justos, que, al máximo, pueden invitar a sentarse al peregrino y al afligido, para ofrecerles un alivio más de amor que de alimento! A1 máximo, esta noche, se hubiera podido sentar a la mesa Margziam, porque es un niño, y muy menudito, que ocupa poco sitio…

Pero Margziam, muy serio y silencioso, está comiendo en un rincón, sentado en una banquetita, a los pies de Porfiria -para quien la Virgen ha reservado su silla del telar -, que, sumisa y silenciosa, come la comida que le han dado, mirando con ojos compasivos a los dos que están para partir.

Estos tratan de tragar sus bocados con la cabeza muy baja para esconder el rostro excoriado por las lágrimas. Los demás, o sea, los dos hijos de Alfeo, Andrés y Santiago de Zebedeo, se han instalado en la cocina, junto a una especie de hintero. Pero se les ve por la puerta abierta.

María Santísima y María de Alfeo van y vienen sirviendo a
éstos y a aquéllos, maternales, acongojadas, tristes. Y, si María santísima acaricia con su sonrisa -muy dolorosa esta noche -a aquellos a quienes se acerca, María de Alfeo, menos reservada y más campechana, une a la sonrisa el acto y la palabra, y más de una vez anima, añadiendo una caricia o incluso un beso, según quién sea la persona favorecida, a éste o a aquél a nutrirse tomando los alimentos más apropiados para su físico y para el próximo viaje.

Tanto se aplica a convencer al exhausto Juan -que en estos días de espera está aún más demacrado -para que coma esto o aquello, alabando su sabor y sus propiedades salutíferas, que deduzco que, por amor compasivo hacia él, le daría de comer a sí misma. Pero, a pesar de sus… seducciones, los alimentos se quedan casi intactos en el plato de Juan, y María de Alfeo se aflige por ello como una madre que ve que su lactante rechaza el pezón.

-¡Pero así no puedes partir, hijo! -exclama. Y, movida por la maternidad de su alma, no reflexiona que Juan de Endor tiene más o menos su edad y que el nombre de hijo está mal dado. Pero ella ve en él sólo una criatura que sufre, y por ello, no encuentra sino este nombre para consolarlo…

-Te va a hacer daño viajar con el estómago vacío en esa carreta tambaleante con el frío húmedo de la noche. Y, además, ¡a saber cómo comeréis durante este horrible y largo viaje!… ¡Eterna piedad! ¡Por mar tantas millas! Yo me moriría de miedo. Y costeando tierras fenicias. ¡Y luego!… ¡peor todavía! Claro, el patrón de la nave será filisteo, o fenicio, o de alguna otra nación infernal… y no tendrá piedad con vosotros… ¡Venga, hombre, ahora que tienes todavía a tu lado a una madre que te quiere!…

Come: sólo un trocito de este pescado bonísimo… Aunque sólo sea por contentar a Simón de Jonás, que lo ha preparado en Betsaida con mucho amor y hoy me ha enseñado a cocinarlo de esta manera, para ti y para Jesús, para que os dé muchas fuerzas. ¿No te apetece realmente?…

Entonces… ¡Ah, esto si que te lo comerás! -y va ligera hacia la cocina y vuelve con una bandeja repleta de una humeante polentita. No sé lo que es… Ciertamente un tipo de harina, o de granos cocidos en leche hasta deshacerlos:

«Mira, esto lo he hecho yo, porque me he acordado de que un día hablaste de ello como de un dulce recuerdo le tu niñez… Es rico y bueno. ¡Venga, un poco!».

Juan se deja meter en el plato alguna cucharada de este blando manjar, y trata de tragarlo; pero las lágrimas descienden para mezclar su sal con el alimento mientras pliega aún más su rostro hacia el plato.

Los otros reciben con muchos signos de alegría este alimento (quizás una gollería). Sus rostros se han iluminado al verlo. Margziam se ha puesto de pie… pero luego ha sentido la necesidad de preguntarle a María Santísima:

-¿Lo puedo comer? Faltan todavía cinco días para el final del voto…
-Sí, hijo mío. Lo puedes comer -dice María con una caricia.

Pero el niño vacila todavía. Entonces María, para calmar los escrúpulos del pequeño discípulo, consulta a su Hijo:
-Jesús, Margziam pregunta si puede comer la cebada monda… por la miel, que hace que sea un plato dulce, ¿sabes?…

-Sí, sí, Margziam. Esta noche te dispenso Yo de tu sacrificio, a condición de que Juan se coma también su cebada con miel. ¿Ves cómo lo desea el niño? Pues ayúdale a conseguir esto.

Y Jesús, que está al lado de Juan, le toma la mano y se la sujeta mientras éste se esfuerza, obediente, en terminar su cebada. María de Alfeo ahora está más contenta. Y vuelve al asalto con un buen plato de peras cocidas en el horno, humeantes. Entra, del huerto, con su bandeja y dice:

-Llueve. Empieza ahora. ¡Qué pena!
-¡No, mujer, no! ¡A1 revés! ¡Es mejor! Así no habrá nadie por las calles. Cuando uno se marcha, los saludos hacen siempre daño… Mejor correr con el viento en la vela y sin encontrar bajos o escollos que le hagan detenerse a uno y moverse lentamente; y los curiosos son exactamente eso: bajos y escollos… -dice Pedro, que en toda acción ve la vela y la navegación.

-Gracias, María. Pero no como más -dice Juan, tratando de rechazar la fruta.

-¡Ah, esto no! Las ha cocido María. ¿No querrás despreciar la comida hecha por ella? ¡Mira qué bien las ha preparado! Con sus especias en el agujerito… con su mantequilla en la parte baja… Deben ser un manjar regio. Almíbar. Para cocerlas tan doradas, se ha dorado también ella en el fuego del horno. Vienen bien para la garganta, para la tos… Dan calor y son medicinales. María dile cuánto bien le hacían a mi Alfeo cuando estaba enfermo. Pero las quería hechas por ti. ¡Sí, claro! ¡Tus manos son santas y dan salud!… ¡Benditos los alimentos que preparas tú!…

Estaba más tranquilo mi Alfeo después de comer esas peras… respiraba con más suavidad… ¡Pobre marido mío!… -y María aprovecha la oportunidad de la evocación para poder por fin llorar, y salir a llorar.

Quizás es un mal pensamiento mío, pero creo que, sin la pena por los dos que parten, para el "pobre Alfeo" no habría habido ni una lágrima de la consorte, esa noche…

María de Alfeo estaba llena de llanto por Juan y Síntica, y por Jesús, Santiago y Judas, que se marchan; tan llena, que abrió una salida al llanto para no ahogarse.
María toma su lugar ahora, pone delicadamente una mano en el hombro de Síntica, que está frente a Jesús, entre Simón y Mateo.

-¡Venga, ánimo, comed! ¿Queréis marcharos añadiendo a mi angustia la de que os habéis marchado casi en ayunas?
-Yo he comido, Madre -dice Síntica mientras levanta su cara cansada y signada por el llanto de varios días. Y luego la baja hacia el hombro en que está la mano de María, y roza la mejilla contra la mano menuda para recibir su terneza. María le acaricia con la otra mano los cabellos y acerca hacia sí la cabeza de Síntica, cuya cara ahora está apoyada en el pecho de María.

-Come, Juan. Te vendrá muy bien. No te puedes enfriar. Tú, Simón de Jonás, te encargarás de darle la leche caliente con miel todas las noches, o, al menos, agua muy caliente con miel. Acuérdate.

-También yo me ocuparé de ello, Madre. Puedes estar segura -dice Síntica.

-Efectivamente, estoy segura. Pero lo harás a partir de que te instales en Antioquía. Por ahora se encargará Simón de Jonás. Y acuérdate, Simón, de darle mucho aceite de oliva. Por eso te he dado esa orza. Cuida de que no se rompa. Y, si le ves más cerrado de respiración, haz como te he dicho con el otro frasco de bálsamo.

Tomas la cantidad suficiente para untarle el pecho, la espalda y la parte de los riñones, y lo calientas hasta que lo puedas tocar sin quemarte; luego le untas y le recubres enseguida con esas fajas de lana que te he dado. Lo he preparado concretamente para eso. Tú, Síntica, recuerda su composición. Para volver a hacerlo. Siempre tendrás lirios, alcanfor y díctamo, resinas, claveles, laurel, artemisias y todo lo demás. He oído que Lázaro tiene en Antigonio jardines de esencias.

-Y además magníficos -dice el Zelote, que los ha visto. Y añade: «No doy ningún consejo. Pero digo que para Juan ese lugar debería ser saludable, para el espíritu y para el cuerpo; incluso más que Antioquía. Está protegido del viento.

Tiene una brisa ligera que viene de los bosquecillos de árboles de resinas arraigados en las laderas de un pequeño collado que hace de barrera al viento del mar, pero que permite a las sales marinas beneficiosas extenderse hasta allí. Es un lugar sereno, silencioso, y, no obstante, alegre, por las mil flores y los mil pájaros que viven allí en paz… Bueno, bien, vosotros veréis lo que más os hace al caso. ¡Síntica es muy juiciosa! Porque en estas cosas es mejor ponerse en manos de las mujeres. ¿No es verdad?

-Por eso Yo confío a mi Juan al buen juicio y al buen corazón de Síntica -dice Jesús.

-Y yo también -dice Juan de Endor -Yo… yo… yo no tengo ya ninguna energía… y… ya jamás serviré para nada…
-¡Juan, no digas eso! Si el otoño desnuda los árboles, no se puede concluir que no tengan ya vitalidad; al contrario, trabajan, con celada energía, para preparar el triunfo de los próximos frutos. Tú eres lo mismo. Ahora te ves empobrecido por el viento frío de este dolor, pero, en realidad, en lo profundo de ti, trabajas ya para los ministerios nuevos. Tu propio dolor te servirá de acicate para la acción. Estoy segura. Entonces serás tú, siempre tú, el que me ayudarás a mí, que soy una pobre mujer que todavía tiene mucho que aprender para llegar a ser algo para Jesús.

-¿Pero qué crees que puedo ser ya? Ya nada tengo que hacer… ¡Estoy acabado!

-No. ¡No está bien decir eso! Sólo el que muere puede decir: "Como hombre estoy acabado". Otro no puede decirlo.

¿Crees que no tienes ya nada que hacer? Todavía te queda
lo que un día me dijiste: cumplir el sacrificio. ¿Y cómo, sino con el sufrimiento? Juan, es necio citarte a los sabios a ti, que eres un pedagogo; pero te recuerdo a Gorgias de Leontina (o Leontine). Enseñaba que sólo con los dolores y sufrimientos se expía en esta vida y en la otra. Y te recuerdo también a nuestro gran Sócrates:

"Desobedecer a quien es superior a nosotros, sea Dios u hombre, es un mal y una vergüenza". Ahora bien, si éste era un justo modo de actuar ante una injusta sentencia emanada de hombres injustos, ¿qué no será, ante una orden emanada del Hombre santísimo y de nuestro Dios? Obedecer, por el solo hecho ya de que es obedecer, es una cosa grande; grandísima será, entonces, prestar obediencia a una orden santa que juzgo -y tú conmigo debes juzgarla igual -gran misericordia. Tú siempre dices que tu vida se acerca a su fin, y todavía no sientes haber anulado tu deuda con la Justicia.

¿Por qué no juzgas, entonces, este gran dolor como un medio para anular la deuda, y además para hacerlo en el breve tiempo que te queda? ¡Un gran dolor para conseguir una gran paz! Créeme: vale la pena sufrirlo. Lo único importante en la vida es llegar a la muerte habiendo conquistado la Virtud.

-Me das ánimos, Síntica… Hazlo siempre.
-Lo haré. Lo prometo aquí. Pero tú facilítamelo, como hombre y como cristiano.

La cena ha terminado. María recoge las peras que han quedado, las mete en un recipiente y se las da a Andrés, que sale, para volver luego diciendo: -Llueve cada vez más. Yo diría que es mejor…

-Sí. Esperar siempre es más angustioso. Voy enseguida a preparar el burro. Venid también vosotros, con los arcones y todo lo demás. Tú también, Porfiria, ¡rápidamente! Eres tan paciente, que te has conquistado al asno y se deja vestir (dice exactamente esto) sin resistirse. Después se encargará Andrés, que te asemeja. ¡Venga, todos fuera!
Y Pedro incita a todos a que salgan de la habitación y de la cocina, excepto a María, a Jesús, a Juan de Endor y a Síntica.

-¡Maestro! ¡Oh, Maestro, ayúdame! ¡Llegó el momento de… sentir que se me desgarra el corazón! ¡Ha llegado, sí, el momento! ¿Por qué, Jesús bueno, no has hecho que muriese aquí, una vez experimentada la congoja de mi condena y hecho el esfuerzo de aceptarla?

Y Juan cae en el pecho de Jesús, llorando angustiosamente.
María y Síntica tratan de calmarlo. María, a pesar de que siempre es tan reservada, lo separa de Jesús, lo abraza y le dice:

-Hijo amado, hijo mío predilecto…

Síntica, entretanto, se arrodilla a los pies de Jesús y dice:

-Bendíceme, conságrame, para quedar fortalecida. Señor, Salvador, Rey, yo, aquí, en presencia de tu Madre, juro y profeso que seguiré tu doctrina y te serviré hasta el último respiro. Juro y profeso que me dedicaré a tu doctrina y a los seguidores de ella, por amor a ti, Maestro y Salvador. Juro y profeso que mi vida no tendrá ninguna otra finalidad, y que todo lo que significa mundo y carne ha muerto definitivamente para mí. Y espero, con la ayuda de Dios y de las oraciones de tu Madre, vencer al Demonio, para que no me arrastre al error y no ser condenada en la hora de tu Juicio.

Juro y profeso que no me doblegarán ni las seducciones ni las amenazas y que no tendré memoria lábil, a menos que Dios permita que suceda de otra forma. Pero espero en Él y creo en su bondad, por lo cual estoy segura de que no me dejará a merced de fuerzas oscuras más fuertes que las mías. Consagra a tu sierva, oh Señor, para que se sienta defendida de las insidias de todos los enemigos.

Jesús extiende las manos sobre su cabeza, con las palmas abiertas, como hacen también los sacerdotes, y ora por ella.

María lleva a Juan al lado de Síntica y le hace arrodillarse, y dice:

-También a él, Hijo mío, para que te sirva con santidad y paz.

Y Jesús repite el acto sobre la cabeza inclinada del pobre Juan. Luego lo levanta y hace levantarse a Síntica, pone las manos de ellos en las de María, y dice:

-Que sea ella la última que os acaricia, aquí y sale rápidamente para ir no sé a dónde.
-¡Madre, adiós! ¡No olvidaré nunca estos días! -gime Juan.

-Yo tampoco te olvidaré, amado hijo.
-Igual yo, Madre… Adiós. Déjame besarte una vez más… ¡Después de tantos años, me había saciado de besos maternos!… Pero ahora ya no… -Síntica llora en los brazos de María, que la besa.

Juan da rienda suelta a su llanto. María lo abraza también a él; ahora tiene -verdadera Madre de los cristianos -a los dos entre sus brazos, y toca apenas, con sus labios purísimos, la mejilla rugosa de Juan: un beso pudoroso, pero amorosísimo. Con el beso queda el llanto de la Virgen en la flaca mejilla…

Entra Pedro:
-Está preparado. Venga, vamos… -y no dice nada más, porque está emocionado.

Margziam, que sigue a su padre como la sombra al cuerpo, se echa al cuello de Síntica y la besa; luego abraza a Juan y lo besa, lo besa… Pero llora también él.
Salen: María, llevando de la mano a Síntica; Marziam de la mano de Juan.

-Nuestros mantos… -dice entre lágrimas Síntica, y hace ademán de entrar en las habitaciones.

-¡Están aquí, están aquí! ¡Tomad, rápido!… -Pedro se muestra rudo para no dejar ver su emoción; pero, detrás de los dos que ahora se arropan en sus mantos se enjuga las lágrimas con el dorso de la mano…

Al otro lado del seto, el farolillo trémulo del carro dibuja un cerco amarillo en el ambiente oscuro… Se oye el susurro de la lluvia entre el ramaje de los olivos, y su choque contra el pilón rebosante de agua… Una paloma, despertada por la luz de las lámparas que llevan los apóstoles amparadas bajo los mantos, bajas, para iluminar los senderos llenos de charcos, zurea quejumbrosamente…

Jesús ya está al pie del carrito, sobre el cual ha sido
extendida como techo una manta.

-¡Venga, venga, que llueve recio -incita Pedro. Y, mientras Santiago de Zebedeo sustituye a Porfiria en los ramales, él, sin muchas ceremonias, levanta del suelo a Síntica y la pone en el carro, y, todavía más expeditivamente, agarra a Juan de Endor y lo mete encima del carro; sube él, y da un fustazo tan enérgico al pobre burro, que éste, casi llevándose por delante a Santiago, empieza a correr inmediatamente. Y Pedro insiste hasta que llegan al camino propiamente dicho, bastante lejos de las casas… Un último grito de despedida sigue a los que parten, que lloran inconteniblemente…

Pedro para luego al burro fuera de Nazaret, para esperar a Jesús y a los demás, que no tardan en darles alcance caminando ligeros bajo la lluvia que arrecia.

Toman un camino entre las huertas, para ir de nuevo hacia el norte de la ciudad sin cruzarla. Pero Nazaret está oscuro y duerme bajo el agua gélida de la noche de invierno… y creo que ni los que están despiertos oyen el chocar de los cascos del asno, poco perceptibles contra el suelo de tierra empapado…

La comitiva avanza con el máximo silencio. Sólo se oyen los sollozos de los dos discípulos, mezclados con el rumor de la lluvia entre las frondas de los olivares.

313- Preparativos para salir de Nazaret, después de la visita de Simón de Alfeo con su familia.

Durante el tercer año, Jesús será el Justo

Juan, Santiago, Mateo y Andrés han llegado ya a Nazaret, y. mientras esperan a Pedro, pasean por el huerto de Nazaret, jugando con Margziam o hablando entre ellos. No veo a ningún otro, como si Jesús faltara en este momento de casa y María estuviera ocupada en algunas labores (por el humo del horno, yo diría que está allí dentro, haciendo el pan).

A los cuatro apóstoles se les ve contentos de estar en casa del Maestro, y lo exteriorizan. Hasta tres veces les dice Margziam:

-¡Pero no os riáis de esa forma!

Y, la tercera vez, Mateo nota la recomendación y pregunta:
-¿Por qué, chico? ¿No es justo sentirse contentos de estar aquí? Tú has disfrutado de este sitio, ¿no? Pues ahora nosotros -y le da afablemente un cachetito. Margziam lo mira muy serio. Pero sabe callar.

Regresa Jesús con sus primos Judas y Santiago, los cuales saludan efusivamente a los compañeros, de los que han estado separados muchos días. María de Alfeo asoma la cabeza desde el interior del horno, toda colorada y llena de harina, y sonríe a sus hijotes.

El último en regresar es el Zelote, que dice:
-He hecho todo, Maestro. Dentro de poco, Simón estará aquí.
-¿Qué Simón? ¿Mi hermano o Simón de Jonás?

-Tu hermano, Santiago. Viene a saludarte con toda la familia.

Efectivamente, pasados pocos minutos, unos golpes en la puerta y una densa parlería anuncian la llegada de la familia de Simón de Alfeo, que es el primero en entrar, llevando de la mano a un niñito de unos ocho años; tras él, Salomé, rodeada por su nidada. María de Alfeo se apresura a salir del cuarto del horno y besa a sus nietos, contenta de verlos ahí.

-¿Te marchas, entonces, otra vez? -pregunta Simón, mientras sus hijos estrechan amistad con Margziam, el cual, me parece, conoce bien sólo a Alfeo, el curado.
-Sí, es hora.

-Tendrás todavía días lluviosos.
-No importa. Los días nos van acercando a la primavera.
-¿Vas a Cafarnaúm?

-Sí, iré también allí. Pero no enseguida. Ahora atravesaré la Galilea e iré allende sus confines.
-Cuando estés en Cafarnaúm y yo lo sepa, iré a verte. Te llevaré a tu Madre y a la mía.

-Te quedaré agradecido. Entretanto no la desatiendas. Se queda completamente sola. Tráele a los niños. Aquí puedes estar seguro de que no se vician…
Simón se pone como la brasa por la alusión de Jesús a sus pensamientos pasados y por la ojeada que le ha lanzado su mujer como diciendo: «¿Has oído? Te está bien empleado». Y Simón cambia de tema diciendo:

-¿Dónde está tu Madre?
-Está haciendo el pan. Ahora vendrá…
Pero los hijos de Simón no esperan y van al horno detrás de su abuela. Y una niñita, poco mayor que el curado Alfeo, sale casi inmediatamente, diciendo:

-María está llorando. ¿Por qué? ¡Eh, Jesús!, ¿por qué llora tu Madre?

-¿Está llorando? ¡Oh, querida mía! Voy con ella -dice Salomé solícita.

Y Jesús explica:

-Llora porque me marcho… Pero vendrás a hacerle compañía, ¿no? Te enseñará a bordar y tú alegrarás sus días. ¿Me lo prometes?

-Vendré también yo, ahora que mi padre me deja -dice Alfeo mientras se come un bollito caliente que le acaban de dar.

Pero, aunque el bollo esté tan caliente que casi no puede ser sujetado con los ledos, creo que está helado respecto al calor de vergüenza que asalta a Simón de Alfeo por las palabras de su hijito. A pesar de ser una mañana de invierno más bien fresca (debido a un ligero cierzo que barre las nubes del cielo pero raspa la piel), Simón se cubre de abundante sudor, como si fuera pleno verano…

Jesús hace como que no se da cuenta y los apóstoles aparentan m gran interés por lo que están contando los hijos de Simón; así se concluye el incidente, y Simón puede reponerse y preguntar a Jesús que por qué no están todos los apóstoles.

-Simón de Jonás está para llegar. Los demás me alcanzarán en el momento oportuno. Ya está determinado.

-¿Todos?
-Todos.

-¿También Judas de Keriot?
-También él…
-Jesús, ven un momento conmigo -le solicita su primo Simón. Y, separados ya hacia el fondo del huerto, Simón pregunta:

-¿Pero sabien quién es Judas de Simón?
-Es un hombre de Israel. Nada más. Nada menos.
-¡No querrás decirme que es…!
Ya está para acalorarse y levantar la voz.
Pero Jesús lo calma interrumpiéndole y poniéndole una mano en un hombro mientras le dice:

-Es como lo hacen las ideas imperantes y los que entran en contacto con él. Porque, por ejemplo, si aquí (y recalca mucho las palabras) hubiera encontrado solamente corazones justos y mentes inteligentes, no habría sentido interés en pecar. Pero no los ha encontrado. Por el contrario, ha encontrado un elemento totalmente humano, y en él ha asentado sin ninguna dificultad su yo muy humano, que me sueña, me ve, trabaja por mí, como rey de Israel, en el sentido humano del término; de la misma forma que me sueñas y me quisieras ver tú, y estarías dispuesto a trabajar tú, y contigo José, tu hermano, y, con vosotros dos, Leví, arquisinagogo de Nazaret, y Matatías y Simeón y Matías y Benjamín, y Jacob, y, menos tres o cuatro, todos vosotros de Nazaret.

Y no sólo los de Nazaret… Encuentra dificultades para formarse porque todos vosotros contribuís a deformarlo.

Cada vez más. Es el más débil de mis apóstoles. Pero, por ahora, no es sino un débil. Tiene impulsos buenos, deseos rectos, amor por mí (desviado en cuanto a la forma, pero amor en todo caso). Vosotros no le ayudáis a separar estas partes buenas de las partes no buenas que forman suyo; antes al contrario, agraváis éstas cada vez más añadiendo vuestras incredulidades y limitaciones humanas. Pero vamos a casa. Los demás han entrado ya…

Simón lo sigue un poco apesadumbrado. Están ya casi en la puerta, cuando para a Jesús y dice:

-Hermano mío, ¿estás airado conmigo?

-No. Es que intento formarte también a ti, como formo a todos los demás discípulos. ¿No has dicho que quieres ser discípulo?

-Sí, Jesús. Pero las otras veces no hablabas así, ni siquiera cuando corregías. Eras más dulce…
-¿Y para qué ha servido? Antes lo era. Hace dos años que lo soy… Unos, a costa de mi paciencia y bondad, os habéis emperezado, otros habéis afilado colmillos y garras. El amor os ha servido para dañarme. ¿No es así?…

-Es así. Es verdad. Pero, ¿vas a seguir siendo bueno?
-Seré justo. Y aun así seré como no merecéis, vosotros de Israel que no queréis reconocer en mí al Mesías prometido.

Entran en la pequeña habitación, tan abarrotada de personas, que muchos han terminado en la cocina o en el taller de José. Y éstos son los apóstoles, menos los dos hijos de Alfeo, que se han quedado con su madre y su cuñada. A ellas ahora se añade María, que entra llevando de la mano al pequeño Alfeo. El rostro de María presenta claros signos de haber llorado.

Pero, mientras María está para responder a Simón, que le asegura que irá a su casa todos los días, por la callejuela serena avanza un carrito, con tanto sonido de cascabeles, que llama la atención de los hijos de Zebedeo por la bulla que hace, y… mientras afuera llaman, -contemporáneamente, dentro abren. Aparece el rostro alegre de Simón Pedro, que ha llamado con el mango de la tralla y está todavía sentado en el carro… A su lado, tímida pero sonriente, Porfiria, sentada encima de cajas de tamaño decreciente como si fuera un trono.

Margziam sale corriendo y trepa al carro para saludar a su madre adoptiva. Salen también los demás, entre los cuales Jesús.

-Maestro, aquí estoy. He traído a mi mujer; con este vehículo, porque es una mujer que resiste poco caminando. María, el Señor esté contigo. También contigo, María de Alfeo. Mira a todos, mientras baja de su vehículo y ayuda a bajar a su mujer, y saluda conjuntamente al grupo.

Quisieran ayudarle a descargar el carrito, pero él se opone enérgicamente. «Después, después» dice. Y, ni corto ni perezoso, se acerca a la ancha puerta del taller de José y la abre de par en par, tratando de hacer entrar el carrito como está. No pasa, naturalmente. Pero la maniobra sirve para atraer la atención de los que han venido de visita y hacer comprender que sobra gente…

Efectivamente, Simón de Alfeo se despide con toda su familia…

-Oh, ahora que estamos solos, vamos a preocuparnos de nosotros…-dice Simón de Jonás haciendo retroceder al burrito, que, cubierto como está de cascabeles, hace bulla por diez; tanto que Santiago de Zebedeo no puede contenerse de preguntar, riendo: «¿Y dónde lo has encontrado tan enjaezado?».

Pero Pedro está concentrado en coger las cajas que había en el carro y pasárselas a Juan y Andrés, que se quedan asombrados, pues creían que iban a sentir peso y, sin embargo, las cajas son ligeras; y lo comentan… -¡Venga, id para el huerto y no os quedéis ahí como chorlitos! -ordena Pedro, mientras, a su vez, baja con una cajita que sí que pesa, para colocarla en un rincón de la habitación.

-Y ahora el burro y el carro. ¿El burro y el carro? ¿El burro y el carro!… ¡Esto es lo difícil!… Y tiene que entrar todo en casa…

-Por el huerto, Simón -dice en voz baja María -Hay una valla en el seto del fondo. No lo parece, porque está cubierta de ramajes… Pero está. Sigue el sendero que va bordeando la casa, entre esta casa y el huerto vecino. Yo voy a mostrarte dónde está la valla… ¿Quién viene a apartar las matas que la cubren?
-Yo. Yo.

Todos se dirigen presurosos hacia el fondo del huerto. Entretanto, Pedro se marcha con su rumoroso cargamento y María de Alfeo cierra la puerta… Trabajando con un hocino, queda libre el rústico vallado y abren un paso por el que entran burro y carro.

-¡Bueno, bien! Y ahora quitamos todo esto. Me han roto los oídos -y Pedro se apresura a cortar los lazos que mantienen sujetos los cascabeles a los jaeces.
-¿Y por qué los has tenido, entonces? -pregunta Andrés.
-Para que toda Nazaret me oyera llegar. Y lo he conseguido… Ahora los quito para que nadie de Nazaret nos oiga partir. Lo mismo, he metido vacías las cajas…

Nos marcharemos con las cajas llenas, y nadie, si es que alguien nos ve, se sorprenderá de ver a una mujer sentada a mi lado en las cajas. El que ahora está lejos se las da de tener tino y sentido práctico. Bueno, pues, cuando quiero, también lo tengo yo…

-Perdona, hermano. ¿Para qué es necesario todo esto? -pregunta Andrés, que ha dado de beber al burro y lo ha llevado al lado de la tosca leñera que hay junto al horno.
-¿Para qué? ¡No sabes nada!… ¡Maestro, no saben todavía nada!

-No, Simón. Estaba esperándote a ti para hablar. Venid todos al taller. Las mujeres están bien donde están. Lo que has hecho ha estado bien hecho, Simón de Jonás.
Van al taller. Porfiria con el niño y las dos Marías se han quedado en casa.

-He querido que vinierais porque tenéis que ayudarme a mandar fuera de aquí, muy lejos, a Juan y a Síntica. Lo tengo decidido desde los Tabernáculos. Como habéis podido constatar, no era posible tenerlos con nosotros, ni siquiera aquí, sin poner en peligro su paz. Como siempre, Lázaro de Betania me ayuda en esta obra. Ellos ya lo saben. Simón Pedro lo sabe desde hace pocos días. Vosotros lo sabéis ahora. Esta noche dejaremos Nazaret. Aunque en lugar de la primera luna tuviéramos agua y viento. Ya deberíamos haber partido, pero supongo que es que Simón de Jonás habrá tenido dificultades para encontrar el medio de transporte…

-¡No lo sabes bien! Ya perdía la esperanza de encontrarlo. Pero, al final, lo he podido conseguir de un ruin griego… Será útil…
-Sí. Será útil, especialmente para Juan de Endor.
-¿Dónde está, que no se le ve? -pregunta Pedro.

-En su habitación, con Síntica.
-Y… ¿cómo ha recibido la cosa? -pregunta otra vez Pedro.
-Con mucho dolor. También la mujer…
-Y también Tú, Maestro. En tu frente hay una arruga que no tenías. Y tienes mirada grave y triste -observa Juan.
-Es verdad. Estoy muy apenado… Pero, hablemos de lo que tenemos que hacer. Escuchadme bien, porque luego nos tendremos que separar. Partimos esta noche, a mitad de la primera vigilia.

Nos marcharemos como quien huye… porque son culpables. Sin embargo, nosotros no vamos con intención de hacer ningún mal, ni huimos por haberlo hecho; nos vamos para impedir que algún otro lo haga a quien no tendría la fuerza para soportarlo. Partiremos pues… Iremos por el camino de Sefori…

Haremos un alto a mitad de camino, en una casa, para partir al alba. Es una casa que tiene muchos pórticos para los animales. En ella hay pastores amigos de Isaac. Los conozco. Me darán hospedaje sin pedir nada. Luego tenemos que llegar a Yiftael, necesariamente ese mismo día aunque sea de noche; allí pernoctaremos. ¿Crees que podrá el animal?

-¡Y mucho más! Ese griego deshonesto me lo ha hecho pagar, pero me ha dado un animal bueno y fuerte.
-Está bien. A1 día siguiente por la mañana iremos a Tolemaida y nos separaremos. Vosotros, guiados por Pedro, que es vuestro jefe, y al cual debéis obedecer ciegamente, iréis por mar hasta Tiro. Allí encontraréis una nave preparada para zarpar en dirección a Antioquía.

Subiréis y daréis esta carta al patrón de la nave para que la vea. Es de Lázaro de Teófilo. Vosotros pasáis por dependientes suyos enviados a sus tierras de Antioquía, o mejor, a sus jardines de Antigonio. Esto sois para todos. Sabed mostraos atentos, serios, prudentes y silenciosos. Cuando lleguéis a Antioquía, id enseguida a ver a Felipe, el administrador de Lázaro, y le dais esta carta…
-Maestro, él me conoce -dice el Zelote.
-Muy bien.

-¿Cómo va a creer que soy un subordinado?
-Para Felipe no hace falta. Sabe que debe recibir y hospedar a dos amigos de Lázaro y ayudarlos en todo. Así está escrito. Vosotros los habéis acompañado. Nada más. Él os llama: "sus queridos amigos de Palestina". Y es lo que sois, congregados por la fe y por la acción que lleváis a cabo. Descansaréis hasta que la nave, acabadas sus operaciones de descarga y carga, vuelva para Tiro. De Tiro, con la barca, vendréis a Tolemaida y desde allí vendréis a reuniros conmigo a Akzib…

-¡Por qué no vienes con nosotros? -suspira Juan.
-Porque me quedo a orar por vosotros, y especialmente por estos dos pobres. Me quedo para orar. Así empieza mi tercer año de vida pública. Empieza con una partida bien triste; como el primero y el segundo. Empieza con una intensa oración y penitencia, como el primero… Porque éste tiene las dificultades dolorosas del primero, y más aún. Entonces me preparaba para convertir al mundo. Ahora me preparo para una obra sin duda más vasta y potente.

Pero, escuchadme atentamente: habéis de saber que, si en el primero fui el Hombre-Maestro, el Sabio que llama a la Sabiduría con humanidad perfecta e intelectual perfección, y en el segundo fui el Salvador y Amigo, el Misericordioso que pasa acogiendo, perdonando, compadeciéndose, soportando, en el tercero seré el Dios Redentor y Rey, el Justo. No os asombréis, pues, si veis en mí formas nuevas, si en el Cordero veis el súbito fulgor del Fuerte. ¿Qué ha respondido Israel a mi invitación de amor? ¿Qué ha respondido ante mis brazos abiertos a él y mis palabras:

"Ven, Yo amo y perdono"? Ha respondido con embotamiento y dureza de corazón voluntarios y cada vez mayores, con el embuste, con la insidia. Pues bien, así sea. Lo había llamado -sin excluir clase alguna al hacerlo ­plegando mi frente hasta el polvo: Israel ha escupido encima de la Santidad que se humillaba. Le había invitado a santificarse: me ha respondido entregándose al demonio. He cumplido mi deber en todo: ha llamado "pecado" a mi deber. He callado: ha llamado "prueba de culpabilidad" mi silencio. He hablado: ha llamado "blasfemia" mi palabra.

¡Basta ya! No me ha dado respiro, no me ha concedido una sola alegría. Y la alegría para mí era nutrir y formar en la vida del espíritu a los recién nacidos a la Gracia. Les tienden insidias y debo arrancármelos de mi pecho, produciendo en ellos y en mí el espasmo de padres e hijos arrancados el uno al otro, para ponerlos a salvo del maligno Israel. Los poderosos de Israel, que se llaman a sí mismos "santificadores" haciendo alarde de serlo, me impiden, quisieran impedirme, salvar y gozar de mis salvados. Hace ya muchos meses que tengo a un Leví publicano como amigo y a mi servicio: el mundo puede constatar si Mateo es motivo de escándalo o de emulación.

Pero la acusación no cesa. Como no cesará tampoco para María de Lázaro ni para los otros muchos a quienes salvaré. ¡Basta ya! Yo recorro mi camino, cada vez más áspero y regado de llanto… Yo camino… Ninguna de mis lágrimas caerá inútilmente. Elevan su grito a mi Padre…

Después elevará su grito otro humor mucho más poderoso. Yo camino. El que me ame que me siga y se haga viril, porque llega la hora severa. No me detengo. Nada me detiene.

Tampoco ellos se detendrán… Pero, ¡ay de ellos! ¡Ay de ellos! ¡Ay de aquellos para quienes el Amor se hace Justicia!… El signo del nuevo tiempo será una Justicia severa para todos los que se obstinan en su pecado contra las palabras del Señor y la acción del Verbo del Señor…

Jesús parece un arcángel castigador. Yo diría que tanto resplandecen sus ojos, que lanza fuego contra la pared humosa… Hasta su voz, que tiene tonos agudos de bronce y plata golpeados con violencia, parece resplandecer.
Los ocho apóstoles se han puesto pálidos y están casi encogidos de temor. Jesús los mira… con piedad y amor. Dice:

-No os lo digo a vosotros, amigos míos. No son para vosotros estas amenazas. Vosotros sois mis apóstoles, Yo os he elegido. La voz es ahora dulce y profunda. Termina:

-Vamos allí. Hagámosles ver a los dos perseguidos -y os recuerdo que piensan que parten para prepararme el camino a Antioquía -que los amamos más que a nosotros mismos. Venid…

312- Jesús comunica a Juan de Endor la decisión de enviarle a Antioquía.

Final del segundo año

Es una lluviosa mañana de invierno.

Jesús se ha levantado y está trabajando en su taller. Trabaja en objetos de pequeño tamaño. Pero en uno de los ángulos ya está listo un telar novísimo, no muy grande pero sí bien acabado.

Entra María con una taza de leche humeante.

-Bebe, Jesús. Hace mucho que estás levantado, y el ambiente está húmedo y hace frío.

-Sí. Pero al menos he podido ultimar todo… Estos ocho días de fiesta habían paralizado el trabajo…

Jesús se ha sentado en el banco de carpintero, un poco al bies, y bebe la leche mientras María observa el telar y lo acaricia con la mano.

-¿Lo bendices, Mamá? -pregunta sonriendo Jesús.

-No. Lo acaricio, porque lo has hecho Tú. La bendición se la has dado Tú, haciéndolo. Has tenido una buena idea. A Síntica le servirá. Es muy experta en la textura. Y esto le servirá para entablar relación con mujeres y muchachas.

¿Qué otras cosas has hecho, que veo virutas finas, de olivo, me parece, al lado del torno?

-He hecho cosas que le servirán a Juan. ¿Ves? Un estuche para las plumas y una pequeña mesa para escribir. Y estos ambones para tener dentro sus libros. No lo habría podido hacer si Simón de Jonás no hubiera tenido la idea del carro. Así ahora podremos cargar también esto… y sentirán que los he amado también en estas pequeñas cosas…

-¿Sufres mandándolos lejos, verdad?

-Sufro… Por mí y por ellos. He esperado hasta ahora a hablar… ya se demora demasiado Simón con Porfiria… Es hora de que hable…Un sufrimiento que he tenido en el corazón todos estos días y que me ha echo tristes incluso las luces de muchas lámparas… Un sufrimiento que ahora debo dar a otros… ¡Mamá, hubiera querido padecerlo Yo solo!…

-¡Hijo bueno! -María le acaricia una mano para consolarlo.
Un momento de silencio… Luego Jesús dice:

-¿Se ha levantado -Juan?

-Sí. Le he oído toser. Quizás está en la cocina bebiéndose la leche. ¡Pobre Juan!…

Una lágrima desciende por las mejillas de María. Jesús se levanta:

-Voy… Tengo que ir a decírselo. Con Síntica será más fácil… Pero para él… Mamá, ve donde Margziam, despiértalo, y orad mientras hablo a este hombre… Es como si tuviera que hurgar en sus entrañas. Puedo matar o paralizar su vitalidad espiritual… ¡Qué dolor, Padre mío!… Voy… -y sale, realmente abatido.

Da los pocos pasos que conducen del taller a la habitación de Juan, que es la misma en que murió Jonás, o sea, la de José. Se encuentra con Síntica, que está volviendo con una fajina que ha cogido del horno y que lo saluda desconocedora de la cosa. Responde absorto al saludo de la griega y luego se detiene a mirar un cuadro de lirios que apenas muestran el hacecillo de sus hojas. Pero quizás no los ve… Luego se decide. Se vuelve y llama a la puerta de Juan, y éste se asoma y su rostro se llena de luminosidad al ver a Jesús que viene a él.

-¿Puedo entrar un poco en tu habitación? -pregunta Jesús.

-¡Oh! ¡Maestro! ¡Siempre! Estaba escribiendo lo que dijiste ayer noche sobre la prudencia y la obediencia. Es más, sería conveniente que lo vieras, porque me parece que no he recogido bien lo que se refiere a la prudencia.

Jesús ha entrado en la habitación ya ordenada, a la que ha sido agregada una mesita para comodidad del viejo maestro. Jesús se inclina hacia el pergamino y lee.

-Muy bien. Has transcrito muy bien.

-¿Ves? Creía que había sido inexacto en esta frase. Siempre dices que no debemos afanarnos por el mañana, ni por el propio cuerpo. Ahora bien, decir aquí que la prudencia, incluso la que se refiere a las cosas relativas al mañana, es una virtud, me parecía un error: mío, naturalmente.

-No. No has errado. Dije exactamente eso. El afán exagerado y temeroso del egoísta es distinto del cuidado prudente del justo. Pecado es la avaricia dirigida al mañana, que quizás no gozaremos nunca; no es pecado la sobriedad para garantizarse un pan, y garantizárselo a los nuestros, en los tiempos de escasez. Pecado es el cuidado egoísta del propio cuerpo, exigiendo que todos los que están alrededor de nosotros estén preocupados de él, evitando todos los trabajos o sacrificios por miedo a que la carne sufra; no es pecado preservar el cuerpo de inútiles enfermedades, cogidas por imprudencias, enfermedades que luego serán un peso para los familiares y una pérdida de productivo trabajo para nosotros. Dios ha dado la vida. Es un don suyo. Debemos, por tanto, hacer uso de ella santamente, sin imprudencias y sin egoísmos.

¿Ves? Algunas veces la prudencia aconseja acciones que a los necios pueden parecerles vileza o volubilidad, mientras que no son sino santos actos de prudencia derivados de hechos nuevos que se han presentado. Por ejemplo: si Yo te enviara ahora a estar precisamente entre gente que te pudiera dañar… Por ejemplo, los familiares de tu mujer o los guardianes de las minas en que trabajaste, ¿actuaría bien o mal?

-Yo… no quisiera juzgarte, pero diría que sería mejor mandarme a otro sitio, donde no hubiera peligro de que mi poca virtud fuera sometida a una prueba demasiado dura.

-¡Eso es! Juzgarías con sabiduría y prudencia. Por esto mismo Yo nunca te mandaría a Bitinia o a Misia, donde ya has estado. Ni siquiera a Cintium, a pesar de que tú, espiritualmente, hayas deseado ir. Allí, podrían dominar sobre tu espíritu las muchas intransigencias humanas, y tu espíritu podría retroceder. La prudencia, pues, enseña a no mandarte a un lugar en que serías inútil, mientras que podría mandarte a otro sitio, con buen fruto para mí y para las almas del prójimo y la tuya. ¿No es verdad?

Juan, que ignora lo que el destino le reserva, no capta las alusiones de Jesús a una posibilidad de misión fuera de Palestina. Jesús le estudia el rostro, lo ve tranquilo y escuchándolo dichoso, y resuelto en la respuesta:

-Sin duda, Maestro, produciría más en otro lugar. Yo mismo, cuando, hace unos días, he dicho: "Querría ir a los gentiles para dar buen ejemplo en el lugar en que di mal ejemplo", me he reprendido a mí mismo diciendo: “A los gentiles sí, porque no tienes las reservas de los otros de Israel; pero a Cintium no, y tampoco a los yermos montes en que viviste como presidiario y como un lobo, trabajando en el plomo o en los mármoles preciosos. Ni siquiera podrías ir allí por sed de sacrificio absoluto. Se te subvertiría el corazón con recuerdos crueles, y, si te reconocieran, aun en el caso de que no arremetieran contra ti, dirían:

“Calla, asesino. No podemos escucharte”, y sería inútil ir allí". Esto es lo que me he dicho. Y es un buen pensamiento.

-Como puedes ver, tú también posees la prudencia. Yo también. Por eso te he evitado las fatigas del apostolado como lo hacen los otros, y te he traído aquí al descanso y a la paz.

-¡Oh! ¡Sí! ¡Cuánta paz! Si viviera todavía cien años, aquí sería siempre igual. Es una paz sobrenatural. Y, si me marchara a otro lugar, me la llevaría conmigo. La llevaré incluso a la otra vida… Los recuerdos podrán todavía subvertir mi corazón, las ofensas podrán hacerme sufrir, porque soy hombre, pero ya nunca seré capaz de odiar, porque aquí el odio ha quedado inerte para siempre, hasta en sus más profundas extremidades. Ya tampoco tengo antipatía hacia la mujer, que veía como el animal más inmundo y despreciable de la tierra. Tu Madre está al margen de todo esto. A tu Madre la veneré desde el momento en que la vi, porque la sentí distinta a todas la mujeres.

Ella es el perfume de la mujer; pero el de la mujer santa. ¿Quién no estima el perfume de las flores más puras?…

Pero también las otras mujeres, las discípulas buenas, amorosas, pacientes con su peso de llanto, como María Cleofás y Elisa, o generosas como María de Magdala, tan absoluta en su cambio de vida, o delicadas y puras como Marta y Juana, o dignas, inteligentes, llenas de pensamiento y de rectitud, como Síntica; sí, también ellas me han reconciliado con la mujer. Bueno, te confieso que a Síntica es a la que prefiero.

Afinidades de mente me la hacen estimable; afinidades de condición -ella esclava, yo presidiario -me permiten tener con ella un familiaridad que la diversidad de las otras me impide. Para mí Síntica es descanso. No sabría decirte exactamente lo que veo en ella ni cómo la veo. Yo, viejo respecto a ella, la veo como a una hija, esa hija sabia y estudiosa que habría deseado tener… Pero, como enfermo asistido por ella con tanto afecto, como hombre triste y solitario que ha llorado y ha echado de menos a la propia madre durante toda la vida, y que ha buscado a la mujer-madre en todas las mujeres, sin encontrarla, pues ahora veo en ella la realidad de ese sueño soñado y siento que el rocío de un afecto materno desciende a mí cansada cabeza y a mí alma que va al encuentro de la muerte…

Como ves, percibiendo en Síntica un alma de hija y de madre, siento en ella la perfección de la mujer, y por ella perdono todo el mal que de la mujer me vino. Si, suponiendo una cosa imposible, aquella infame, que tuve por mujer y que yo maté, resucitara, siento que la perdonaría, porque ahora he comprendido el alma femenina, propensa al afecto, generosa en darse… sea en el mal, sea en el bien.

-Me alegro mucho de que hayas encontrado todo esto en Síntica. Será una buena compañera tuya para el resto de la vida y juntos haréis mucho bien. Porque os voy a asociar…

Jesús estudia nuevamente a Juan. Pero en el discípulo -el cual no obstante, no es un superficial -no hay ningún signo de que su atención se haya despertado. ¿Qué misericordia divina le vela hasta el momento decisivo su sentencia? No lo sé. Sé que Juan sonríe diciendo:

-Trataremos de servirte con lo mejor de nosotros.
-Sí. Y estoy también seguro de que lo haréis, sin discutir ni trabajo ni el lugar que os asignaré, aun no siendo como vosotros deseáis…

Juan tiene un primer barrunto de lo que le espera. Cambia de cara y de color: se pone serio y pálido, y su único ojo ahora mira fijamente, atento y escudriñador, al rostro de Jesús, que prosigue:

-¿Te acuerdas, Juan, cuando, para calmar tus dudas acerca del perdón de Dios te dije: "Para hacer que comprendas la Misericordia te emplearé en obras especiales de misericordia y para ti expondré las parábolas de la misericordia"?

-Sí. Y fue verdad. Me persuadiste y me has concedido exactamente hacer obras de misericordia, y diría que las más delicadas, como limosnas, como la instrucción de un niño, de un filisteo y de una griega. Esto me ha dicho que Dios había conocido tanto mi verdadero arrepentimiento -y lo había visto real -, que me confiaba almas inocentes o almas de personas en vías de conversión, para que los formase en El.

Jesús abraza a Juan acercándoselo a su costado -es el gesto que hace habitualmente con el otro Juan -y palideciendo por el dolor que debe causar, dice:

-También ahora Dios te confía una tarea delicada y santa.

Una tarea de predilección. Sólo tú, que eres generoso, que no tienes restricciones ni prevenciones, que eres sabio, que, sobre todo, te has ofrecido a todas las renuncias y penitencias para purgar aquel resto de expiación, aquella deuda que todavía tenías con Dios; sólo tú lo puedes hacer. Cualquier otro no querría, y tendría razón, porque le faltarían los requisitos necesarios. Ninguno de mis apóstoles posee todo lo que tú tienes para ir a preparar los caminos del Señor… Bueno, y te llamas Juan. Serás, por tanto, un precursor de mi Doctrina… prepararás los caminos a tu Maestro… es más, harás las veces de tu Maestro, que no puede ir tan lejos…

Juan se sobresalta y trata de liberarse del brazo de Jesús para mirarle a la cara, pero no lo consigue, porque Jesús lo tiene estrechado dulce pero autoritariamente y ya su boca da el golpe final…)
-…No puede ir tan lejos… hasta Siria… hasta Antioquía…

-¡Señor! -grita Juan liberándose violentamente del abrazo de Jesús -¡Señor! ¿A Antioquía? ¡Dime que he entendido mal! ¡Dímelo, por piedad!…

Está de pie… todo en él es súplica: su único ojo, su rostro, que se ha puesto cinéreo, sus labios trémulos, sus manos temblorosas extendidas hacia adelante, su cuerpo, que parece plegarse hacia el suelo como subyugado por la noticia.

Pero Jesús no puede decir: «Has entendido mal». Abre los brazos, levantándose a su vez para recibir en su corazón al anciano pedagogo, y abre los labios para confirmar:
-A Antioquía, sí. A casa de Lázaro. Con Síntica. Partiréis mañana o pasado mañana.

La desolación de Juan es verdaderamente lastimosa. Se libera del abrazo a mitad, y, frente a frente, bañadas en lágrimas sus flacas mejillas, grita:

-¡Ah, ya no me quieres a tu lado! ¿En qué te he contrariado, mi Señor? -y se separa y se deja caer en la mesa mientras rompe en sollozos desgarradores, lastimosos, intercalados con accesos ásperos de tos, insensible a las caricias de Jesús, susurrando: «Me alejas de ti, me alejas de ti, no te volveré a ver…

Jesús sufre visiblemente, y ora… Luego sale quedamente. Ve en la puerta de la cocina a María con Margziam, que está asustado de ese llanto… Más allá está Síntica, también sorprendida.

-Madre, ven aquí un momento.

-María va, ligera y pálida. Entran juntos. María se inclina hacia el hombre que llora como si fuera un pobre niño, y dice:

-¡Cálmate, pobre hijo mío, cálmate! ¡No, esto no! Te perjudicará.
Juan alza su cara desencajada y grita:

-¡Me despide!… Moriré solo, lejos… Podía esperar unos meses y dejarme morir aquí. ¿Por qué este castigo? ¿En qué he pecado? ¿Te he causado alguna vez molestias? ¿Por qué me has dado esta paz para luego… para luego…
Se deja caer de nuevo encima de la mesa, llorando más fuerte, jadeando…

Jesús le pone la mano en sus flacos y convulsos hombros, mientras dice:

-¿Cómo puedes pensar que, si hubiera podido, no te habría tenido aquí? ¡Oh, Juan! En el camino del Señor hay tremendas necesidades. Y el primero que sufre por ello soy Yo. Yo, que llevo mi dolor y el de todo el mundo. Mírame, Juan. Observa si mi rostro es el de una persona que te odia, que está cansada de ti… Ven aquí, a mis brazos, siente cómo palpita de dolor mi corazón. Compréndeme, Juan; no me entiendas mal. Es la última expiación que Dios te impone, para abrirte las puertas del Cielo. Escucha… -lo levanta y lo estrecha entre sus brazos -Escucha…

Mamá, sal un momento… Ahora que estamos solos, escucha. Tú sabes quién soy. ¿Crees firmemente que soy el Redentor?
-Claro que sí. Por ello quería estar contigo siempre, hasta la muerte…

-Hasta la muerte… ¡Horrenda será mi muerte!…
-La mía, digo. ¡La mía!…

-La tuya será tranquila, confortada por mi presencia, que te infundirá la certeza del amor de Dios; y por el amor de Síntica, además de por la alegría de haber preparado el triunfo del Evangelio en Antioquía. ¡Pero la mía!… Me verías reducido a un amasijo de carne llagada, cubierta de esputos, infamada, abandonada en manos de una muchedumbre rabiosa, dada a la muerte colgándola de una cruz, como un delincuente… ¿Podrías soportar esto?

Juan, que a cada descripción de cómo será Jesús en la Pasión ha respondido gimiendo: « ¡No, no!», grita un «no» seco, y añade: Odiaría de nuevo a la Humanidad… Pero yo ya habré muerto, porque Tú eres joven y…
-Y veré ya sólo una vez las Encenias.

Juan lo mira fijamente, aterrorizado…

-Te lo he dicho en secreto para explicarte que una de las razones por las que te mando lejos es ésta. No serás el único. A todos aquellos que no quiero que sean turbados por encima de sus fuerzas los mandaré antes a otro lugar. ¿Esto te parece falta de amor?…

-No, mi mártir Dios… Pero yo te debo dejar… y moriré lejos.

-Por la Verdad que soy, te prometo que estaré inclinado hacia la almohada de tu agonía.
-¿Y cómo, si estaré muy lejos y me dices que Tú no vas tan lejos? Lo dices para que me vaya menos triste…

-Juana de Cusa, agonizando a los pies del Líbano, me vio, y Yo estaba muy lejos y no me conocía todavía. Pues allí la devolví a la pobre vida de esta tierra.

¡Créeme que el día de mi muerte ella lamentará haber vivido!… Sin embargo, para ti, alegría de mi corazón en este segundo año de Maestro, haré más. Iré a conducirte a la paz, te daré la misión de decir a los que esperan: "La hora del Señor ha llegado. Así como ahora llega la primavera a la tierra, para nosotros llega la primavera del Paraíso".

Pero, no iré sólo entonces… Iré, me sentirás, siempre… Lo puedo hacer y lo haré. Tendrás al Maestro en ti como ni siquiera ahora me tienes. Porque el Amor puede comunicarse a aquel a quien ama, y tan sensiblemente que puede tocar no solo el espíritu sino los mismos sentidos. ¿Más tranquilo ahora, Juan?

-Sí, mi Señor. ¡Pero qué dolor!
-De todas formas, ¿no te rebelas, no?

-¿Rebelarme? ¡Jamás! Te perdería del todo. Digo "mi" Padrenuestro: hágase tu voluntad.

-Sabía que me comprenderías…

Lo besa en las mejillas surcadas por un continuo, aunque sereno, llanto.

-¿Me permites saludar al niño?… Este es otro dolor… Le que-… -El llanto vuelve, ahora más intenso…
-Sí. Lo llamo enseguida… Y también a Síntica, que también sufrirá… Tú, siendo hombre, debes ayudarla…
-Sí, Señor.

Jesús sale. Mientras, Juan llora, y besa y acaricia las paredes y los objetos de la pequeña habitación hospitalaria.

Entran juntos María y Margziam.
-¡Madre! ¿Has oído? ¿Lo sabías?
-Lo sabía, y me dolía… Pero yo también me he separado de Jesús… Y soy su Madre…

-¡Es verdad!… Margziam, ven aquí. ¿Sabes que me marcho y que no volveremos a vernos?…

Quiere mostrarse fuerte. Pero… coge al niño en brazos, se sienta en el borde de la cama y llora abundantemente encima de la cabeza morena de Margziam, que, a su vez, bien se encarga de imitarlo.

Entra Jesús con Síntica. Ésta pregunta:
-¿Por qué tanto llanto, Juan?
-Nos traslada, ¿no lo sabes? ¿No lo sabes todavía? ¡Nos manda a Antioquía!

-¿Y qué quieres decir con ello? ¿No ha dicho Él que si dos están congregados en su nombre estará en medio de ellos?

¡Ánimo, Juan. Quizás es que hasta ahora tú has elegido siempre tu destino, y entonces la imposición de una voluntad, aunque sea de amor, te abate. Yo… yo estoy acostumbrada a aceptar el destino impuesto por otras personas.

¡Y qué destino!… Por eso ahora doblego con gusto mi cabeza ante este nuevo destino. Si no me he rebelado contra la despótica esclavitud sino cuando pretendía imponerse a mi alma, ¿debería rebelarme ahora contra esta dulce esclavitud de amor que no lesiona sino que eleva nuestra alma y nos confiere el título de siervos suyos? ¿Te da miedo el mañana porque te encuentras mal? Trabajaré para ti. ¿Tienes miedo a quedarte solo? No te dejaré nunca. Puedes estar seguro de esto. La única finalidad de mi vida es amar a Dios y al prójimo. Tú eres el prójimo que Dios me confía. ¡Imagínate cuánto te voy a querer!

-No tendréis necesidad de trabajar para vivir, porque estaréis en una casa de Lázaro. Eso sí, os aconsejo que uséis la vía de la enseñanza para entablar contactos con la gente: tú, como maestro; tú, mujer, con trabajos femeninos: servirá para el apostolado y para llenar vuestras jornadas.

-Así lo haremos, Señor -responde firmemente Síntica.
Juan sigue teniendo en brazos al niño y llora quedamente. Margziam lo acaricia…

-¿Te vas a acordar de mí?

-Siempre, Juan, y rezaré por ti… Es más… Espera un momento…
Sale corriendo.
Síntica pregunta:

-¿Cómo vamos a ir a Antioquía?
-Por mar. ¿Tienes miedo?

-No, Señor. Además nos mandas Tú y eso nos protegerá.

-Iréis con los dos Simones, mis hermanos, los hijos de Zebedeo. Andrés y Mateo. De aquí a Tolemaida en el carro, donde se van a cargar los arcones y un telar que te he hecho, Síntica, y algunos objetos útiles para Juan…

-Yo ya me había imaginado algo al ver los arcones y los vestidos. Así que había preparado mi alma para la separación. ¡Era demasiado bonito vivir aquí!…
Un sollozo reprimido quiebra la voz de Síntica. Pero se rehace para sostener el valor de Juan. Pregunta con voz reafirmada:

-¿Cuándo partimos?
-En cuanto lleguen los apóstoles. Quizás mañana.
-Entonces, si me permites, voy a colocar los vestidos en los arcones. Dame tus libros, Juan.
Creo que Síntica desea estar sola para llorar…
Juan responde:

-Cógelos… Pero dame ese rollo atado con azul.
Vuelve Margziam con su tarro de miel.
-Ten, Juan. Te la comerás por mí…
-¡No, niño! ¿Por qué?

-Porque Jesús ha dicho que una cucharada de miel ofrecida puede dar paz y esperanza a una persona afligida. Tú estás afligido… Te doy toda la miel para llenarte de consuelo.

-Pero es demasiado sacrificio, niño.

-¡No, no! En la oración de Jesús se dice: "No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal". Este tarro era una tentación para mí… y podía ser un mal porque podía hacerme infringir el voto. Así ya no lo veo… y es más fácil… y estoy seguro de que Dios te va a ayudar por este nuevo sacrificio. Pero no llores más. Y tampoco tú, Síntica…

Efectivamente, la griega ya llora, silenciosamente, mientras recoge los libros de Juan. Y Margziam los acaricia alternadamente, con un gran deseo de llorar también. Mas Síntica sale, cargada de rollos, María la sigue con el tarro de miel.

Juan se queda con Jesús, que se sienta a su lado, y con el niño en sus brazos. Está sereno, pero alicaído.
-Une también al volumen tu último escrito -aconseja Jesús -Creo que se lo quieres dar a Margziam…

-Sí… Yo tengo para mí una copia… Aquí tienes, muchacho. Estas son las palabras del Maestro. Las que ha dicho cuando tú no estabas, y otras… Quería seguir copiándolas, para ti, porque tú tienes la vida por delante… ¡y quién sabe cuánto evangelizarás!… Pero ya no puedo continuar… Ahora soy yo quien se queda sin tus palabras…

Y se echa de nuevo a llorar con fuerza.
Margziam muestra un nuevo gesto, dulce y viril: se echa al cuello de Juan y dice:

-Ahora seré yo quien las escriba para ti y te las mandaré… ¿Verdad, Maestro? Se puede, ¿no?
-Claro que se puede. Y será una gran obra de caridad.

-Lo haré. Y, cuando no esté yo, se lo encargaré a Simón Zelote. Nos quiere a los dos, y lo hará por ejercitar la caridad con nosotros. Así que no llores más. Y voy a ir a verte… No es que te vayas a ir lejos…

-¡Ah, sí, qué lejos! Cientos de millas… Y moriré pronto.

El niño está desilusionado y afligido. Pero se rehace con la bella serenidad del niño al que todo parece fácil.

-De la misma forma que vas tú, puedo ir yo con mi padre. Y además… nos escribiremos. Cuando se leen las páginas sagradas es como estar con Dios, ¿no es verdad? Pues, cuando se lee una carta es como estar con la persona a la que queremos y que nos la ha escrito. Venga, ven conmigo
allí…

-Sí, vamos allí, Juan. Dentro de poco vendrán mis hermanos con el Zelote. Les he mandado aviso de que vengan.

-¿Están al corriente?
-Todavía no. Espero a decirlo cuando estén presentes todos…

-De acuerdo, Señor. Vamos…

Es un anciano muy encorvado el que sale de la habitación de José. Un anciano que parece saludar a cada uno de los hilos de hierba, a cada tronco, al pilón y a la gruta, mientras se dirige hacia el vasto taller, donde María y Síntica, silenciosamente, están colocando los objetos y los vestidos en el fondo de los arcones…

Y así, silenciosos y tristes, los encuentran Simón, Judas y Santiago. Observan… pero no hacen preguntas, y no logro comprender si intuyen la verdad.
Dice Jesús:

-Había indicado, para claridad de los lectores, el lugar de la expiación carcelaria de Juan con el nombre que se usa actualmente. Se plantea objeción. Pues bien, ahora especifico: "Bitinia y Misia" para quien quiere los nombres antiguos.

Pero éste es el Evangelio para los sencillos y los pequeños. No para los doctores, que, en su gran mayoría, lo consideran inaceptable e inútil. Y los sencillos y los pequeños comprenden más "Anatolia" que “Bitinia o Misia".

¿No es verdad, pequeño Juan, que lloras por el dolor de Juan de Endor?

¡Y hay muchos Juanes de Endor en el mundo. Son los hermanos desolados por los que te hacía sufrir el año pasado. Ahora descansa, pequeño Juan que jamás serás enviado lejos del Maestro; es más, cada vez estarás más cerca.

Y con esto se concluye el segundo año de predicación y de vida pública: el año de la Misericordia… Y no puedo hacer otra cosa sino repetir el lamento con que cerraba el primer año. Pero no toca a mi portavoz, el cual, contra obstáculos de todo tipo,
continúa su obra.

Verdaderamente no son los "grandes", sino los "pequeños", los que corren los caminos heroicos, y los allanan, con su sacrificio, también para aquellos a quienes demasiadas cosas gravan. Los "pequeños”, o sea, los sencillos, los mansos, los puros de corazón y de intelecto. Los "párvulos".

Y Yo os digo, ¡oh párvulos!, os digo, ¡oh Romualdo y María!, y con vosotros a los que son como vosotros: "Venid a mí para seguir oyendo, ahora y siempre, al Verbo que os habla porque os ama, que os habla para bendeciros. Mi paz sea con vosotros”

311- La renuncia de Margziam es ocasión de una lección sobre los sacrificios hechos por amor

No sé si es el mismo día, pero supongo que sí por la presencia de Pedro en la mesa familiar de Nazaret.

Ya casi han terminado de comer. Síntica se levanta para llevar a la mesa manzanas, nueces, uva y almendras que concluyen la cena, porque es de noche y las lámparas están ya encendidas.

El tema de conversación versa precisamente sobre las lámparas, mientras Síntica lleva la fruta. Pedro dice:

-Este año encenderemos una más, y en lo sucesivo siempre una más, por ti, hijo mío. Sí, queremos encenderla nosotros por ti, aunque estés aquí. Es la primera vez que la encendemos por un niño… -y Simón se emociona un poco al terminar: «La verdad es que… si tú estuvieras, sería más bonito…

-El año pasado era yo, Simón, la que suspiraba así por mi Hijo lejano, y conmigo María de Alfeo y Salomé, y también María de Simón, en su casa de Keriot, y la madre de Tomás…

-¡Oh, 1a madre de Judas! Este año tendrá con ella a su hijo… pero no creo que se sienta más feliz… Bueno, vamos a dejarlo… Nosotros estábamos en casa de Lázaro.

¡Cuántas lámparas!… Parecía un cielo de oro y fuego. Este año Lázaro tiene a su hermana… Pero estoy seguro de que no me equivoco sí digo que estarán afligidos pensando que Tú no estás. ¿Y para el que viene, dónde estaremos?
-Yo, muy lejos… -susurra Juan.

Pedro se vuelve a mirarlo, porque lo tiene a su lado, y está para preguntar algo, pero, afortunadamente, se sabe retener por la llamada de atención de Jesús con la mirada.
Margziam pregunta:

-¿Dónde vas a estar?

-Por la misericordia del Señor, espero que con Abraham, en su seno…

-¿Quieres morir? ¿No quieres evangelizar? ¿No te pesa morir sin haber evangelizado?

-La palabra del Señor debe salir de labios santos. Ya es mucho el que me haya permitido escucharla y redimirme por ella. Me habría gustado… Pero es tarde…

-Sin embargo, evangelizarás. Ya lo has hecho. Tanto que has atraído hacia ti la atención. Por eso serás igualmente llamado discípulo evangelizador, aunque no peregrines esparciendo la Buena Nueva. Y recibirás en la otra vida el premio reservado a mis evangelizadores.

-Tu promesa me hace desear la muerte… Cada minuto de vida puede celar un peligro que yo, siendo débil como soy, quizás no podría superar. Si Dios me acoge, satisfecho de lo que he realizado, ¿no es bondad grande que debe ser bendecida?

-En verdad te digo que la muerte será suma bondad para muchos, que, así, conocerán hasta qué punto el hombre se puede volver demonio, desde un punto donde la paz los consolará de esta cognición y la transformará en alabanza, porque estará unida a la inefable alegría de la liberación del Limbo.

-¿Y los años siguientes dónde vamos a estar, Señor? -pregunta atento Simón Zelote.

-Donde quiera el Eterno. ¿Pretendes fijar anticipadamente el tiempo lejano, cuando no estamos seguros del momento que vivimos, ni sí nos será concedido terminarlo? Y, además, cualquiera que fuere el lugar en que se celebren las futuras Encenias, en todo caso será santo, si estáis allí para cumplir la voluntad de Dios».
-¿Estáis? ¿Y Tú? -pregunta Pedro.

-Estaré siempre donde estén mis amados.
-María no ha hablado en todo este tiempo. Pero sus ojos no han dejado ni un momento de examinar el rostro de su Hijo…

La saca de su ensimismamiento la observación de Margziam que dice:

-¿Madre, ¿por qué no has puesto en la mesa los bollos de miel? A Jesús le gustan y a Juan le vendrían bien para su garganta. Y además también le gustan a mi padre…

-Y a ti -termina Pedro.

-Para mí… es como si no existieran. He hecho una promesa…

-Por esto, encanto, no los he traído… -dice María acariciándolo, porque Margziam está entre Ella y Síntica en uno de los lados de la mesa, mientras que los cuatro hombres están en el lado opuesto.

-No, no. Los puedes traer. Es más, debes traerlos. Y se los doy yo a todos.

Síntica coge una lámpara, sale, vuelve con los bollos. Y Margziam coge la bandeja y empieza a distribuir. Le da a Jesús el más hermoso (dorado, esponjado con la maestría de un pastelero). Uno, el segundo en perfección, a María. Luego es el turno de Pedro, luego de Simón, luego de Síntica. Y, para dárselo a Juan, el niño se levanta y se pone al lado del anciano y enfermo pedagogo y le dice:

-Para ti el tuyo y el mío, y además un beso, por todo lo que me enseñas.

Luego vuelve a su sitio y deposita con resolución la bandeja en medio de la mesa y cruza los brazos.

-Así se me atraganta esta cosa deliciosa -dice Pedro al ver que Margziam ni lo prueba. Y añade: «Al menos un trocito. ¡Venga, hombre, del mío; aunque sólo sea para no morir de ganas! Sufres demasiado… Jesús te lo concede.

-Pero si no sufriera no tendría mérito, padre mío. He ofrecido este sacrificio precisamente porque sabía que me iba a hacer sufrir…. Y, en definitiva… estoy tan contento desde que lo he hecho, que me siento como todo lleno de miel. Siento el sabor de la miel en todas partes. Hasta me da la impresión de respirarlo junto con el aire…

-Es porque te mueres de las ganas.
-No. Es porque sé que Dios me dice: "Haces bien, hijo mío".

-El Maestro te habría contentado incluso sin este sacrificio. ¡Te quiere mucho!

-Sí. Pero no es justo que me aproveche porque me quiera. Además, Él dice que es grande la recompensa en el Cielo incluso por un vaso de agua ofrecido en su nombre. Pienso que, si es grande por un vaso ofrecido a otros en su nombre, también lo será por un bollo o un poco de miel negados a nosotros mismos por amor a un hermano. ¿Me equivoco, Maestro?

-Hablas sabiamente. Yo podía, efectivamente, sin tu sacrificio, concederte también la cosa que me pedías para la pequeña Raquel, porque bueno era hacerla y mi corazón la deseaba. Pero la hice con más alegría porque me ayudaste tú. El amor hacia nuestros hermanos no se limita a medios y límites humanos, sino que se yergue a lugares mucho más altos. Cuando es perfecto, toca absolutamente el trono de Dios y se funde con su infinita caridad y bondad.

La comunión de los santos es exactamente este continuo obrar, de la misma forma que continuamente y en todos los modos obra Dios, para ayudar a los hermanos, sea en sus necesidades materiales, sea en sus necesidades espirituales, o en las dos, como en el caso de Margziam, que, obteniendo la curación de Raquel, la libera de la enfermedad y, al mismo tiempo, eleva el espíritu abatido de la anciana Juana y enciende una confianza cada vez mayor en el Señor en el corazón de todos los de aquella familia. Sí, también el sacrificio de una cucharada de miel puede servir para devolver la paz y la esperanza a una persona afligida; así como un bollo, u otro alimento que no se come por una finalidad de amor, puede conseguir un pan, ofrecido milagrosamente, para una persona hambrienta lejana que nunca conoceremos; y retener, por espíritu de sacrificio, una palabra de ira, aunque fuera justa, puede impedir un delito lejano; así como resistir a las ganas de coger un fruto, por amor, puede servir para inspirar a un ladrón la idea de enmendarse, impidiendo así un latrocinio. Nada se pierde en la economía santa del amor universal. No se pierde el holocausto de un mártir, no se pierde el heroico sacrificio de un niño ante una bandeja de bollos. Es más, os digo que el holocausto de un mártir frecuentemente tiene origen en la heroica educación que se haya procurado desde la infancia por amor a Dios y al prójimo.

-Entonces conviene mucho que haga siempre sacrificios.

Para cuando seamos perseguidos -dice convencido Margziam.
-¿Perseguidos? -pregunta Pedro.

-Sí. ¿No te acuerdas que lo dijo?: "Seréis perseguidos por causa mía". Me lo dijiste tú la primera vez que viniste, solo, a Betsaida a evangelizar, en verano.

-Este niño se acuerda de todo -comenta Pedro admirado.

La cena termina. Jesús se levanta. Ora por todos y bendice. Luego, mientras las mujeres van a sus labores de ordenar la loza, Jesús con los hombres se pone en un ángulo de la habitación y labra un trozo de madera, que, ante la sorprendida mirada de Margziam, se transforma en una ovejita…

310- Con Pedro, en Nazaret, Jesús organiza la partida de Juan de Endor y Síntica

Está avanzada ya la mañana cuando Pedro llega, solo e inesperado, a la casa de Nazaret. Viene cargado de cestas y talegos, como un mozo de cuerda; pero tan feliz, que no siente el peso ni la fatiga.

Dedica una sonrisa llena de felicidad y un saludo, gozoso y respetuosísimo al mismo tiempo, a María, que ha ido a abrirle. Luego pregunta:

-¿Dónde están el Maestro y Margziam?

-Están en el ribazo, encima de la gruta, pero de la parte de la casa de Alfeo. Creo que Margziam está cogiendo aceitunas; Jesús está meditando. Voy a llamarlos.
-Lo hago yo.

-Descarga todos esos pesos al menos.
-No, no. Son sorpresas para el niño. Me gusta verlo abrir del todo los ojos y hurgar ansioso… Son sus delicias, pobre niño mío.

Sale al huerto. Va al pie del ribazo. Se esconde muy bien en la oquedad de la gruta y grita cambiando un poco la voz:
-La paz a ti, Maestro -y luego con su voz natural: « ¡Margziam!…».

La vocecita de Margziam, que llenaba de exclamaciones el aire calmo, calla… Una pausa, luego la vocecita, casi de niña, del muchacho pregunta:

-Maestro, ¿pero no era mi padre el que me ha llamado?
Quizás Jesús estaba tan inmerso en sus pensamientos, que no ha oído nada, y lo confiesa con sencillez.
Pedro llama de nuevo:

-¡Margziam! -y se echa a reír con su abierta risa.
-¡Sí, sí, es él! ¡Padre! ¡Padre mío! ¿Dónde estás?
-Se asoma prominentemente para mirar al huerto. Pero no ve nada…

También Jesús se acerca y mira… Ve a María, sonriente, en la puerta, y a Juan y Síntica, que están en el local que hay en el fondo del huerto, junto al horno, y se asoman también.

-¡Ah, Margziam no espera más! Se echa abajo desde el borde, justo al lado de la gruta. Pedro está preparado para agarrarlo antes de que toque el suelo. Es conmovedor el saludo de los dos. Jesús, María y los dos que están en el fondo del huerto lo observan sonriendo; luego se acercan todos al grupo de amor.

Pedro se libera a duras penas del apretón del muchacho para saludar a Jesús de nuevo con una inclinación. Y Jesús lo abraza, abarcando al mismo tiempo al niño, que no se separa del apóstol y que pregunta:

-¿Y mi madre?

Pero Pedro responde a la pregunta de Jesús « ¿por qué has venido tan pronto?»:

-¿Creías que podía estar tanto tiempo sin verte? Y además… estaba Porfiria, que no me dejaba tranquilo: "Ve a ver a Margziam. Llévale esto, llévale aquello". Parecía como si viera a Margziam en medio de bandidos o en un desierto. La última noche se levantó para hacer los bollos, y nada más que acabaron de cocerse me apremió para que me pusiera en camino…

-¡Sopla! ¡Los bollos!… -grita Margziam. Pero, inmediatamente, se calla.
-Sí. Están aquí dentro, junto con los higos secados en el horno y las aceitunas y las manzanas rojas. Y también te ha untado un pan. Y te manda quesitos de tus ovejitas. Hay también una túnica que no absorbe el agua. Y luego, y luego… No sé qué más. ¿Cómo? ¿Ya no sientes apremio?

¿Casi lloras? ¿Por qué?

-Porque hubiera preferido que me hubieras traído a ella, antes que todas estas cosas… Yo la quiero, ¿sabes?
-¡Oh, Divina Misericordia! ¿Quién lo iba a pensar? Si estuviera aquí y te oyera, se derretiría como la mantequilla…

-Margziam tiene razón. Podías haber venido con ella. Evidentemente, desea verlo después de tanto tiempo. Nosotras las mujeres somos así con nuestros niños… -dice María. -Bien… Pero dentro de poco lo verá, ¿no es verdad, Maestro?

-Sí. Después de las Encenias, cuando nos marchemos… Es más… Sí, cuando vuelvas, después de las Encenias, vendrás con ella. Estará con él aquí, unos días, y luego volverán juntos a Betsaida.

-¡Oh, qué bonito! ¡Aquí con dos madres!
El niño está ya calmado y contento.

Entran todos en casa y Pedro se descarga de los bultos.
-Mirad: pescado seco, en salmuera, y fresco. Le será útil a tu Madre. Y ese queso tierno que te gusta tanto, Maestro. Y aquí huevos para Juan. Esperemos que no se hayan roto… No. Menos mal. Y luego uvas. Me las ha dado Susana en Caná, donde he dormido. Y luego… ¡Ah, y esto! Mira, Margziam, qué color de oro tiene. Parece hecho con los cabellos de María -… y abre un tarro lleno de miel filamentosa.

-¡Pero por qué tantas cosas? Ha sido un sacrificio para ti, Simón -dice María ante los envoltorios, grandes y pequeños, vasijas y orzas que tapan la mesa.

-¿Un sacrificio? No. Por lo que se refiere al pescado, he pescado mucho y con mucho resultado. Lo demás son cosas de la casa. No cuesta nada, y, en compensación, da mucha alegría traerlo. Además… Ya estamos en las Encenias… Es tradición, ¿no? ¿No pruebas la miel?

-No puedo -dice serio Margziam.
-¿Por qué? ¿Estás mal?
-No. Pero no puedo comerla.
-¿Pero por qué?

El niño se pone colorado, pero no responde. Mira a Jesús y calla. Jesús sonríe y explica:
-Margziam ha hecho un voto para obtener una gracia. No puede comer miel durante cuatro semanas.
-¡Ah! ¡Bien! La comerás después… De todas formas, toma el tarro… ¡Fíjate tú! ¡No pensaba que fuera tan… tan…

-Tan generoso, Simón. Quien de niño acomete la penitencia encontrará fácil durante toda la vida el camino de la virtud ­dice Jesús mientras el niño se marcha con su tarro entre las manos.

Pedro lo mira, con admiración, mientras se marcha. Luego pregunta:
-¿No está el Zelote?

-Está en casa de María de Alfeo. Volverá pronto. Esta noche dormiréis juntos. Vamos allí, Simón Pedro.
Salen. María y Síntica se quedan a ordenar la habitación invadida de envoltorios.

-Maestro… Yo he venido para verte a ti y al niño. Es verdad. Pero también porque he pensado mucho estos días, especialmente después de la llegada de tres abejorros venenosos… a los que les dije más mentiras que peces hay en el mar. Ahora están yendo al Getsemaní, creyendo que encontrarán a Juan de Endor; luego van a casa de Lázaro, esperando encontraros allí a Síntica y a ti. ¡Que anden, que anden!… Pero luego volverán y… Maestro, te quieren crear problemas por estos dos pobrecitos…

-Ya hace meses que he tomado las medidas oportunas. Cuando ésos regresen buscando a estos dos perseguidos, ya no los encontrarán, en ningún lugar de Palestina. ¿Ves estos arcones? Son para ellos. ¿Has visto todos esos vestidos doblados junto al telar? Son para ellos. ¿Estás asombrado?
-Sí, Maestro. ¿Y a dónde los mandas?
-A Antioquía

Pedro da un silbido significativo y pregunta:
-¿A casa de quién? ¿Y cómo van?
-Van a una casa de Lázaro. La última que tiene Lázaro donde su padre gobernó en nombre de Roma. Irán por mar…
-¡Ah, eso; porque si Juan tuviera que ir con sus piernas!…

-Por mar. Me complace también a mí el poder hablar contigo. Habría mandado a Simón a decirte: "Ve", para preparar todo. Escucha. Dos o tres días después de las Encenias, nos marcharemos de aquí, pero no todos juntos, para no llamar la atención. Formaremos parte de la comitiva: Yo, tú, tu hermano, Santiago y Juan y mis dos hermanos, más Juan y Síntica. ¡Iremos a Tolemaida! Desde allí, con una barca, tú los acompañarás a Tiro. Allí subiréis a bordo de una nave que va a Antioquía, como si fuerais prosélitos que regresan a sus casas. Luego os volveréis y me encontraréis en Akzib. Estaré en la cima del monte todos los días, y además el espíritu os guiará…

-¿Cómo? ¿No vienes con nosotros?
-Me notarían demasiado. Quiero dar paz al espíritu de Juan.
-¿Y cómo me las voy a arreglar yo, que no he salido nunca de aquí?
-No eres un niño… y pronto tendrás que ir mucho más lejos que a Antioquía. Me fío de ti. Como ves te estimo…
-¿Y Felipe y Bartolomé?

-Irán a nuestro encuentro a Yotapata, y evangelizarán en espera de nosotros. Les escribiré. Tú llevarás la carta.
-Y… ¿Esos dos que están ahí ya saben su destino?
-No. Les dejo celebrar en paz la fiesta…
-¡Mmm! ¡Pobrecillos! ¡Vamos, hombre, que uno tenga que verse perseguido por gentuza y…!

-No te ensucies la boca, Simón.
-Sí, Maestro… Oye… ¿y cómo vamos a llevar estos arcones? ¿Y a Juan? Lo veo verdaderamente muy enfermo.
-Nos serviremos de un burro.
-No. Tomamos un carrito.
-¿Y quién lo guía?

-¡Hombre, si Judas de Simón ha aprendido a remar, Simón de Jonás aprenderá a guiar! ¡A fin de cuentas, no debe ser una cosa tan difícil llevar por el ramal a un asno! En el carro metemos los arcones y a los dos… y nosotros vamos a pie. ¡Sí, sí, créeme que será una buena solución!

-¿Y quién nos deja el carrito? Recuerda que no quiero que se note la partida.

Pedro piensa… Decide:

-¡Tienes dinero?
-Sí. Mucho todavía, de las joyas de Misax.

-Entonces todo es fácil. Dame una suma. Tomaré asno y carro de alguien y… sí, sí… luego le regalamos el asno a algún necesitado, y el carrito… pues ya veremos… He hecho bien en venir. ¿Y entonces tengo que volver con mi mujer?

-Sí. Conviene.
-Pues así será. ¡Pero, esos dos pobrecillos!… Siento que nos tengamos que separar de Juan. Ya de por sí lo íbamos a tener poco tiempo… ¡Pero, pobrecillo! Podía morir aquí, como Jonás…

-No se lo habrían permitido. El mundo odia a quien se redime.
-Le va a doler…
-Encontraré un expediente para que parta consolado.
-¿Cuál?

-El mismo que ha servido para apartar a Judas de Simón: el de trabajar para mí.

-Sólo que en Juan será santidad, pero en Judas es solamente soberbia.
-Simón, no murmures.

-¡Más difícil que hacer cantar a un pez! Es verdad, Maestro, no es murmuración… Pero, creo que ha venido Simón con tus hermanos. Vamos allí.
-Vamos. Y silencio con todos.

-No es necesario que me lo digas. No puedo callar la verdad cuando hablo, pero sé callar del todo, si quiero.

Y quiero. Me lo he jurado a mí mismo. ¡Yo ir hasta Antioquía! ¡Al otro extremo del mundo! ¡Ya ardo en deseos de volver de allí! No dormiré hasta que todo se haya hecho…

Salen y ya no sé nada más.

Categorías