259- Lección sobre la Iglesia y los Sacramentos a Santiago de Alfeo, que obra un milagro

Jesús deja el rellano de la cima del Carmelo. Desciende por los senderos impregnados de rocío, cruzando los bosques, que se animan cada vez más de trinos y voces, bajo el primer sol que ya dora la ladera oriental del monte. Cuando la leve neblina del calor se disuelve bajo la acción del sol, toda la llanura de Esdrelón se manifiesta en su belleza de huertos de árboles frutales y majuelos en torno a las casas. Parece una alfombra -en su mayor parte verde, con escasas islas amarillentas salpicadas de remolinos rojos: los campos de trigo, ya segado, en que llamean las amapolas-una alfombra ceñida por el engaste triangular de los montes Carmelo, Tabor, Hermón (el pequeño Hermón) y por los más lejanos, cuyo nombre desconozco, que ocultan el Jordán y se unen hacia el sudeste con los montes de Samaria.

Jesús se para a observar, pensativo, toda esa parte de Palestina. Santiago lo mira y dice:
-¿Observas la belleza de esta zona?

-Sí; pero, más que nada, pienso en las peregrinaciones futuras y en la necesidad de enviaros a vosotros y, sin dilación, a los discípulos, no a la limitada labor de ahora, sino a una verdadera labor misionera. Tenemos muchas zonas donde todavía no me conocen. No quiero dejar lugares sin mí. Es mi continua preocupación: moverme, hacer mientras pueda, y hacer todo…

-De vez en cuando intervienen cosas que te hacen aminorar la marcha.

-Más que hacerme aminorar la marcha, imponen variaciones en el itinerario; porque nunca son inútiles los viajes que realizamos. Pero todavía hay mucho que hacer, mucho… Y es que, además, cuando me ausento un tiempo de un lugar, me encuentro con muchos corazones que han vuelto al punto de partida, y debo comenzar desde cero.

-Sí, esta apatía de los espíritus, esta volubilidad y preferencia del mal son desalentadoras y fastidiosas.
-Desalentador. No digas fastidioso. El trabajo de Dios no es nunca fastidioso. Las pobres almas deben producirnos compasión, no fastidio. Tenemos que tener siempre un corazón de padre, de padre bueno. Un padre bueno nunca siente fastidio por las enfermedades de sus hijos. Y no tenemos que sentirlo nosotros por ninguno».

-Jesús, ¿me permites hacerte algunas preguntas? No he dormido esta noche tampoco, pero he pensado mucho y te miraba mientras dormías. ¡Cuando duermes pareces muy joven, Hermano! Sonreías, con la cabeza apoyada en un brazo doblado. Verdaderamente una postura de niño. Te veía bien porque esta noche había una Luna muy luminosa. Pensaba. Y me han sobrevenido muchas preguntas del corazón…

-Dilas.

-Decía: tengo que preguntar a Jesús cómo vamos a conseguir llegar con nuestra insuficiencia a este organismo que has llamado Iglesia (en el cual, si no he entendido mal, habrá jerarquías). ¿Nos vas a decir todo lo que tenemos que hacer, o lo tendremos que hacer por nuestra cuenta?

-Cuando llegue la hora, os indicaré quién será la cabeza. No más. Durante mi presencia entre vosotros, os estoy indicando las distintas clases, con las diferencias entre apóstoles, discípulos y discípulas. Porque son inevitables. Pero mi voluntad es que, de la misma forma que en los discípulos debe haber respeto y obediencia hacia los apóstoles, los apóstoles tengan amor y paciencia para con los discípulos.

-¿Y qué tenemos que hacer? ¿Predicarte continuamente? ¿Sólo predicarte?

-Eso es lo esencial. Luego tendréis que absolver y bendecir en mi nombre, admitir de nuevo a la Gracia, administrar los sacramentos que instituiré…

-¿Qué son?
-Medios sobrenaturales y espirituales aplicados no sin medios materiales, usados para persuadir a los hombres de que el sacerdote hace realmente algo. Como puedes observar, el hombre, si no ve, no cree; siempre necesita algo que le diga que hay algo. Por este motivo, cuando realizo milagros impongo las manos o mojo con saliva u ofrezco un bocado de pan untado en algo. Podría hacer milagros sólo con mi pensamiento. Pero ¿crees que, en ese caso, la gente diría: "Dios ha hecho un milagro"? Dirían:

"Se ha curado porque era la hora de curarse". Y atribuirían el mérito al médico, a las medicinas, a la resistencia física del enfermo. Lo mismo será para los sacramentos: formas del culto para administrar la Gracia, o devolverla, o fortalecerla en los fieles. Juan, por ejemplo, usaba la inmersión en agua para dar una figura de la purificación de los pecados. En realidad, la mortificación de confesar la propia impureza por los pecados cometidos era más útil que el agua que lavaba los miembros. Yo también tendré el bautismo, mi bautismo, que no será simplemente una figura, sino realmente eliminación en el alma de la mancha original y restitución al alma del estado espiritual (aumentado por conferirlo los méritos del Hombre-Dios) que poseían Adán y Eva antes de su pecado.

-Pero… ¡el agua no desciende al alma! El alma es espiritual. ¿Quién podrá cogerla en el recién nacido, en el adulto o en el anciano! Nadie.
-¿Ves que tú mismo admites que el agua es un medio material nulo en lo espiritual? Por tanto, no será el agua, sino la palabra del sacerdote, miembro de la Iglesia de Cristo, consagrado a su servicio, o de otro verdadero creyente que en casos excepcionales lo sustituya, la que obrará el milagro de la redención del bautizado de la culpa original.

-De acuerdo. Pero el hombre es pecador también por sí mismo… ¿Quién quitará los otros pecados?

-El sacerdote lo mismo, Santiago. Si un adulto se bautiza, junto con la culpa de origen quedarán canceladas las otras culpas; si este hombre está ya bautizado y vuelve a pecar, el sacerdote le absolverá en nombre del Dios uno y trino y por el mérito del Verbo encarnado, como hago Yo con los pecadores.

-¡Pero Tú eres santo! Nosotros…
-Debéis ser santos, porque tocáis cosas santas y administráis cosas de Dios.
-¿Vamos a bautizar varias veces al mismo hombre, como hace

Juan, que concede la inmersión en el agua todas las veces que uno se acerca a él?
-Juan, con su bautismo, solamente lleva a cabo una purificación a través de la humildad de la persona que entra en el agua.

Ya te lo he dicho. No bautizaréis por segunda vez a quien ya haya sido bautizado, excepto en el caso de que haya sido bautizado con una fórmula no apostólica sino cismática: en este caso se puede administrar un segundo bautismo, previa expresa petición del interesado, si es adulto, y expresa declaración de querer formar parte de la verdadera Iglesia. En las otras ocasiones, para devolver la amistad y la paz con Dios, usaréis la palabra del perdón unida a los méritos del Cristo, y el alma que se haya acercado a vosotros con verdadero arrepentimiento y humilde acusación será absuelta.

-¿Y si una persona no puede venir por estar tan enfermo que no se le puede mover de su sitio? ¿Morirá, entonces, en pecado? ¿Al sufrimiento de la agonía añadirá el del miedo al juicio de Dios?

-No. El sacerdote irá donde el moribundo y lo absolverá; es más, le dará una forma más amplia de absolución, no global sino para cada uno de los órganos de los sentidos, a través de los cuales el hombre generalmente comete el pecado. Tenemos en Israel el óleo santo, preparado según la regla dada por el Altísimo; con él se consagra el altar, se consagra al pontífice, a los sacerdotes y al rey. El hombre es realmente altar, recibe la realeza por su elección para un solio del Cielo.

Por tanto, puede ser consagrado con el óleo de la unción. El óleo santo, con otras partes del culto israelita, pasará a mi Iglesia, si bien con otros usos. Porque no todo en Israel está mal y hay que rechazarlo; antes al contrario, en mi Iglesia habrá muchos recuerdos de la cepa antigua. Uno de ellos será el óleo de la unción, que será usado también en la Iglesia para consagrar el altar y a los pontífices y jerarquías eclesiásticas, a todas, y para consagrar a los reyes, y a los fieles (cuando sean constituidos príncipes-herederos del Reino o en el momento de la mayor necesidad del máximo auxilio para comparecer ante Dios con miembros y sentidos purificados de toda culpa: la gracia del Señor socorrerá alma y cuerpo, si esto place a Dios para bien del enfermo).

Muchas veces, contribuyen a que el cuerpo no reaccione contra la enfermedad los remordimientos que turban la paz, y la acción de Satanás, que, con esa muerte, espera ganar un alma para su reino y hacer que se desesperen los que todavía viven. El enfermo pasa de la opresión satánica y turbación interior a la paz mediante la certeza del perdón de Dios, que le confiere al mismo tiempo el que Satanás se aleje.

Pues bien, si tenemos en cuenta que, en Adán y Eva, el don de la inmunidad de enfermedades y de cualquier forma de dolor acompañaba al don de la Gracia, pues entonces el enfermo, devuelto a la Gracia, grande como la de un recién nacido que haya recibido mi bautismo, puede obtener también la victoria sobre la enfermedad. En esto debe ser ayudado por la oración de los hermanos en la fe, que tienen la obligación de la piedad hacia el enfermo (piedad no sólo corporal sino, sobre todo, espiritual) orientada a obtener que el hermano se salve física y espiritualmente. La oración, de por sí, ya es una forma de milagro, Santiago; como has visto en el caso de Elías, la oración de un justo puede hacer mucho.

-Te comprendo poco, pero lo que comprendo me llena de reverencia hacia el carácter sacerdotal de tus sacerdotes. Si no he entendido mal, tendremos contigo muchos puntos en común: predicación, absolución, milagro; o sea, tres sacramentos.

-No, Santiago, la predicación y el milagro no son sacramentos. Los sacramentos serán más, siete, como el sacro candelabro del Templo y los dones del Espíritu de Amor.

En verdad, dones y llamas son los sacramentos, otorgados para que el hombre arda ante el Señor por los siglos de los siglos. Habrá también un sacramento para el desposorio humano: se alude a él en el símbolo de las nupcias santas de Sara de Ragüel, liberada del demonio. Este sacramento proporcionará a los esposos todos los auxilios para convivir santamente según las leyes y deseos de Dios. El marido y la mujer también serán ministros de un rito: el rito procreador; y sacerdotes de una pequeña iglesia: la familia. Deberán, por tanto, ser consagrados para procrear con la bendición de Dios, y para educar a una prole en cuyo seno se bendiga el Nombre Santísimo de Dios.
-¿Y a nosotros, los sacerdotes, quién nos va a consagrar?

-Yo, antes de dejaros. Luego vosotros consagraréis a los sucesores y a cuantos agreguéis para propagar la fe cristiana.

-¿Nos vas a enseñar Tú, verdad?
-Yo y Aquel que os he de enviar. Su venida será también un sacramento. Voluntario por parte de Dios Santísimo en su primera epifanía; otorgado, luego, por los que hayan recibido la plenitud del sacerdocio. Será fuerza e inteligencia, afirmación en la fe, piedad santa y santo temor, consejo auxiliador y sabiduría sobrenatural, posesión de una justicia que por su naturaleza y poder hará adulto al niño que la reciba. Pero, todavía no puedes comprender esto.

Él mismo te lo hará comprender; Él, el divino Paráclito, el Amor eterno, cuando lleguéis al momento de recibirlo en vosotros. Y así, por ahora, no podéis comprender otro sacramento. Es tan sublime que es casi incomprensible para los ángeles, y, no obstante, vosotros, simples hombres, lo comprenderéis por virtud de fe y de amor. En verdad te digo que quien lo ame y lo haga alimento de su espíritu podrá pisotear al demonio sin sufrir daño. Porque Yo estaré entonces con él. Trata de recordar estas cosas, hermano. A ti te tocará decírselas a tus compañeros y a los fieles, muchas, muchísimas veces. Para ese entonces, sabréis ya por ministerio divino; pero tú podrás decir:

"Me lo dijo un día, bajando del Carmelo. Me dijo todo porque desde entonces estaba destinado a ser la cabeza de la Iglesia de Israel".

-Debo hacerte otra pregunta. La he pensado esta noche. ¿Tengo que ser yo quien diga a los compañeros: "Seré la cabeza aquí"? No me gusta. Lo haré si lo ordenas, pero no me gusta. -No temas. El Espíritu Paráclito descenderá sobre todos y os dará pensamientos santos. Todos tendréis los mismos pensamientos para la gloria de Dios en su Iglesia. -¿Y no volverán a darse nunca estas discusiones tan… tan desagradables que hay ahora? ¿Y Judas de Simón no será ya un elemento que produzca malestar? -No.

Tranquilo. No lo será ya. De todas formas habrá todavía divergencias. Por eso precisamente te he dicho: vela y cuida incansablemente, cumpliendo tu deber con totalidad. -Otra pregunta, mi Señor. En tiempo de persecución, ¿cómo me debo comportar? Parece, según lo que dices, que de los doce el único que vaya a quedarse sea yo. 0 sea, los otros se irán huyendo de la persecución. ¿Y yo?

-Tú te quedarás en tu lugar, porque, si bien es necesario que no seáis exterminados hasta que no esté bien consolidada la Iglesia -lo cual justifica la dispersión de muchos discípulos y de casi todos los apóstoles-, nada justificaría tu deserción y el abandono por parte tuya de la Iglesia de Jerusalén; es más, cuanto más esté en peligro, más tendrás que velar por ella como si fuese tu hijo más amado y estuviera a las puertas de la muerte.

Tu ejemplo fortalecerá el espíritu de los fieles. Tendrán necesidad de ello para superar la prueba. Cuanto más débiles los veas, más los deberás sostener, con compasión y sabiduría. No seas inmisericorde con los débiles aunque tú seas fuerte; antes bien, sostenlos, pensando: "Para alcanzar esta fortaleza que tengo, he recibido todo de Dios; humildemente debo decirlo y ser caritativo con los que han recibido menos dones de Dios", y entrega, entrega tu fuerza, con la palabra, la ayuda, la calma, el ejemplo.

-¿Qué debo hacer si hay fieles malos, causa de escándalo y de peligro para los demás?
-Prudencia al aceptarlos, porque es mejor ser pocos buenos que muchos no buenos. Ya conoces el viejo apólogo de las manzanas sanas y deterioradas. Haz que no se dé esto en tu iglesia. Pero si encuentras tú también tus traidores, trata por todos los medios de hacerlos cambiar, reservando las medidas severas como último recurso. Si se trata sólo de pequeñas culpas, individuales, no manifiestes una severidad apabullante. Perdona, perdona… Para redimir a un corazón, es más eficaz el perdón sazonado de lágrimas y palabras de amor que no un anatema. Si la culpa es grave, pero resultado de un repentino asalto de Satanás, una cosa tan grave que el culpable siente la necesidad de huir de tu presencia, ve tú en busca del pecador, porque él es el cordero descarriado y tú el pastor.

No temas rebajarte por descender por los caminos embarrados, hurgando en las aguas estancadas, buscando en los abismos. No temas; tu frente entonces será coronada con la corona de los mártires del amor, la primera de las tres coronas… Y, si te traicionan, como traicionaron al Bautista, y a tantos otros, porque todo santo tiene su traidor, pues perdona; perdona a éste más que a ningún otro. Perdona como Dios ha perdonado y perdonará a los hombres. Sigue llamando "hijo" a quien te cause dolor, porque así os llama el Padre a través de mi boca, y, en verdad, no hay ningún hombre que no haya causado dolor al Padre de los Cielos…

Un largo silencio mientras atraviesan pastos tachonados de ovejas que pacen.
Al final, Jesús dice:

-¿No tienes otras preguntas que hacerme?
-No, Jesús. Y esta mañana he comprendido mejor mi tremenda misión…

-Porque estás menos turbado que ayer. Cuando llegue tu hora, te sentirás aún más en paz y comprenderás mejor todavía.
-Recordaré todas estas cosas… todas… menos…
-¿Qué, Santiago?

-Lo que esta noche no me dejaba mirarte sin llorar. Eso que no sé si verdaderamente me lo has dicho Tú -y, como dicho por ti, tendría que creerlo-o si ha sido una turbación demoníaca. Pero, ¿cómo podrías estar tan sereno si… si eso te fuera a suceder verdaderamente?
-¿Estarías sereno si te dijera: “Allá hay un pastor que renquea porque está impedido de una pierna. Trata de curarlo en nombre de Dios"?

-No, mi Señor. Me sentiría como fuera de mí pensando en la tentación de usurpar tu puesto.

-¿Y si te lo mandara?
-Lo haría por obediencia. No me turbaría en absoluto, porque sabría que sería voluntad tuya. No tendría miedo a no ser capaz, porque está claro que Tú, al mandarme, me darías la fuerza de cumplir tu voluntad.

-Tú lo has dicho. Es así. Piensa entonces que Yo, obedeciendo al Padre, estoy siempre en paz.

Santiago llora con la cabeza baja.

-¿Quieres verdaderamente olvidar?
-Lo que quieras Tú, Señor…

-Puedes elegir entre dos cosas: olvidar o recordar. Olvidar te liberará del dolor y del silencio absoluto ante tus compañeros, pero te dejará sin preparación. Recordar te preparará para tu misión, porque basta recordar lo que sufre en su vida terrena el Hijo del hombre para no quejarse nunca y vigorizarse espiritualmente viendo toda la realidad de Cristo en su más luminosa luz. Elige.

-Creer, recordar, amar. Esto es lo que querría. Y morir, lo antes posible, Señor… -y Santiago sigue llorando en silencio. Si no fuera por las gotas de llanto que brillan en su barba castaña, no se sabría que está llorando.
Jesús lo deja llorar…

Al final Santiago dice:

-¿Y si más adelante vuelves a aludir a… a tu martirio, debo decir que lo sé?

-No. Guarda silencio. José supo callar respecto a su dolor de esposo que se creía traicionado, así como respecto al misterio de la concepción virginal y de mi Naturaleza.

Imítalo. Aquello era también un secreto tremendo, un secreto que había que custodiar, porque el no custodiarlo, por orgullo o ligereza, habría significado poner en peligro toda la Redención. Satanás es constante en la vigilancia y en la acción. Recuérdalo. Si hablases ahora, perjudicarías a demasiados, y por demasiadas cosas. Guarda silencio.

-Guardaré silencio… aunque significará doble peso…
Jesús no responde. Deja que Santiago, al amparo de la prenda que cubre su cabeza, llore libremente.

Se encuentran con un hombre que lleva atado a sus espaldas a un pobre niño.

-¿Es tu hijo? -pregunta Jesús.
-Sí. Me ha nacido, matando a su madre, así. Ahora, que ha muerto también mi madre, cuando voy a trabajar me lo llevo conmigo para poder tener cuidado de él. Soy leñador. Lo recuesto en la hierba, encima del manto, y, mientras talo los árboles, se divierte con las flores. ¡Pobre hijo mío!

-Gran desdicha la tuya.
-¡Pues sí! Pero la voluntad de Dios debe recibirse con paz.
-Adiós, hombre. La paz sea contigo.

El hombre sube el monte. Jesús y Santiago siguen bajando.
-¡Cuántas desgracias! Esperaba que lo curases -suspira Santiago.

Jesús no da muestras de haber oído.
-Maestro, si ese hombre hubiera sabido que eres el Mesías, quizás te hubiera pedido el milagro… Jesús no responde.
-Jesús, ¿me dejas volver para decírselo a aquel hombre? Siento compasión de aquel niño. Mi corazón está ya muy lleno de dolor; dame al menos la alegría de ver curado a aquel niño.

-Ve si quieres. Te espero aquí.
Santiago echa a correr, alcanza al hombre, lo llama:
-¡Hombre, detente, escucha! Aquel que estaba conmigo es el Mesías. Dame tu niño para que se lo lleve. Ven también tú, si quieres, para ver si el Maestro te lo cura.

-Ve tú, hombre. Tengo que segar toda esta leña. Ya se me ha hecho tarde por causa del niño. Si no trabajo, no como. Soy pobre y él me cuesta mucho. Creo en el Mesías, pero es mejor que le hables tú por mí.

Santiago se agacha para recoger al niño, que está recostado en la hierba.

-Con cuidado -advierte el leñador -es un puro dolor.
En efecto: apenas Santiago trata de alzarlo, el niño llora quejumbrosamente.

-¡Qué pena! -suspira Santiago.
-Una gran pena -dice el leñador mientras se aplica con la sierra a un tronco duro, y añade: « ¿No podrías curarlo tú?

-Yo no soy el Mesías. Soy sólo un discípulo suyo…
-¿Y qué quieres decir con eso? Los médicos aprenden de otros médicos; los discípulos, del Maestro. ¡Venga hombre!

¡Sé bueno, no dejes que siga sufriendo! Inténtalo tú. Si el Maestro hubiera querido venir, lo habría hecho. Te ha mandado a ti o porque no lo quiere curar o porque quiere que lo cures tú.

Santiago duda un momento. Luego se decide. Se endereza y ora como ve hacer a su Jesús, y ordena:

-En nombre de Jesucristo, Mesías de Israel e Hijo de Dios, queda curado.

Acto seguido, se arrodilla y dice:

-¡Señor mío, perdón! ¡He actuado sin tu permiso! Ha sido compasión por esta criatura de Israel! ¡Piedad, Dios mío! ¡Piedad para él y para mí, que soy un pecador! -y rompe a llorar, inclinado hacia el cuerpo extendido del niño. Las lágrimas caen encima de las piernecitas torcidas e inertes.

Aparece Jesús por el sendero. Ninguno lo ve, porque el leñador está trabajando, Santiago llora y el niño mira a este último con curiosidad, y, meloso, pregunta: -¿Por qué lloras? -y alarga una manita para acariciarlo, y, sin darse cuenta, se sienta por sus propias fuerzas, se levanta y abraza a Santiago para consolarlo. Es el grito de Santiago lo que hace que el leñador se vuelva, y entonces ve a su hijo bien derecho con sus propias piernas, que ya no están ni muertas ni torcidas. Al volverse, ve a Jesús. -¡Ahí está! -grita mientras señala a las espaldas de Santiago, que también se vuelve y ve a Jesús, mirándolo con un rostro radiante de alegría.

-¡Maestro! ¡Maestro! No sé cómo se ha producido… La compasión… Este hombre… este niño… ¡Perdón!

-Álzate. Los discípulos no son más que el Maestro, pero pueden realizar lo que el Maestro, cuando lo hacen con santo motivo. Levántate y ven conmigo. Os bendigo.

Recordad que los siervos hacen las obras del Hijo de Dios -y se marcha llevándose consigo a Santiago, que sigue diciendo: « ¿Cómo lo he hecho? No entiendo. ¿Con qué he hecho un milagro en tu nombre?

-Con tu piedad, Santiago; con tu deseo de que ese inocente y ese hombre, que creía y dudaba, me amasen. Juan hizo un milagro por amor en Jabnia: curó a un moribundo ungiéndolo mientras oraba. Tú aquí has curado con tu llanto y piedad, y con tu confianza en mi Nombre. ¿Ves qué paz produce el servir al Señor cuando hay recta intención en el discípulo? Ahora vamos a andar ligero porque aquel hombre nos sigue y no conviene todavía que los otros sepan esto.

Pronto os enviaré en mi Nombre… (un fuerte suspiro de Jesús), como Judas de Simón desea ardientemente hacer (otro fuerte suspiro). Y llevaréis a cabo obras… Pero no para todos significará un bien. ¡Rápido, Santiago! Simón Pedro, tu hermano y los otros, si supieran esto, sufrirían, como si fuera parcialidad, aunque de hecho no lo es: es preparar a alguno de entre vosotros doce que sepa guiar a los de-más. Vamos a bajar al guijarral cubierto de hojarasca de este torrente para que se pierdan nuestras huellas… ¿Lo sientes por el niño?… Volveremos a encontrarlo.

258- Jesús revela a Santiago de Alfeo cuál serásu misión de apóstol

Es la misma hora, pero del día siguiente.

Santiago está todavía retirado dentro de la grieta del monte, sentado, todo acurrucado, con la cabeza inclinada hasta tocar casi las rodillas, elevadas y ceñidas con los brazos; o está en profunda meditación o duerme, no distingo bien. Se ve claramente que no percibe lo que sucede a su alrededor, concretamente una pelea entre dos aves grandes, que, por algún motivo suyo particular combaten ferozmente en el pequeño prado.

Diría que son gallos de montaña o urogallos o faisanes, porque tienen el volumen de un gallo pequeño y plumas irisadas, pero no tienen cresta (sólo un pequeño yelmo de carne roja como un coral en la parte alta de la cabeza y en las mejillas); si la cabeza es pequeña, el pico debe ser un punzón de acero. Plumas que vuelan por el aire, sangre que cae al suelo; en medio de un guirigay muy sensible, que ha hecho callar silbos, trinos y gorjeos, en la espesura. Quizás los pajarillos observan el feroz carrusel… Santiago no oye nada.

Jesús, sin embargo, sí que oye; baja de la cima adonde había subido y, dando unas palmadas, separa a los contendientes, los cuales huyen sangrando, uno hacia la ladera del monte, el otro a la copa de un roble, y allí se pone en orden las plumas, que tiene todo erizadas y alborotadas.

Santiago no alza la cabeza tampoco por el ruido que ha hecho Jesús, quien, sonriendo, camina un poco más y se para en el centro del prado. Su túnica blanca parece teñirse de rojo en la parte derecha por la intensidad del arrebol del ocaso. Parece verdaderamente como si el cielo hubiera prendido fuego. Pues bien, a pesar de todo, Santiago no debía estar dormido, porque cuando Jesús susurra -verdaderamente sólo susurra-:

-Santiago, ven -levanta la cabeza de las rodillas, abre el cerco de sus brazos, se pone en pie y va hacia Jesús.
Se para frente a Él, a unos dos pasos de distancia, y lo mira.

Jesús también lo mira, con expresión seria aunque alentadora por una sonrisa que es visible aun no siendo ni de labios ni de miradas. Lo mira fijamente, como queriendo leer hasta las más imperceptibles reacciones y emociones de su primo y apóstol, el cual, como ayer, sintiéndose a las puertas de una revelación, palidece; y su palidez es mayor todavía, hasta parecer un continuo con su túnica de lino, cuando Jesús alza los brazos, le apoya las manos en los hombros y mantiene esta postura: Santiago asemeja entonces verdaderamente a una hostia: solamente los mansos ojos castaño oscuros y la barba castaña ponen algo de color en ese rostro atento.

-Santiago, hermano mío, ¿sabes por qué he querido que vinieras aquí, y estar a solas para hablarte, tras horas de oración y meditación?

Da la impresión de que a Santiago le cueste responder, debido a la fuerte emoción; al fin, abre los labios para responder en voz baja:

-Para darme una lección especial, o para el futuro o porque soy el menos dotado de todos; te doy las gracias de antemano, aunque se trate de una corrección. Créeme, Maestro y Señor, que si soy tardo e incapaz es por deficiencia, no por mala voluntad.

-No se trata de una corrección, sino de una lección para cuando no esté con vosotros. Durante estos meses has pensado mucho en tu corazón lo que te dije un día, al pie de este monte, cuando te prometí que vendría aquí contigo, no sólo para hablar del profeta Elías y contemplar el mar que desde allí resplandecía, infinito, sino para hablarte de otro mar, aún mayor, más mudable, más engañoso que éste, que hoy parece el más plácido de los embalses pero que, quizás, dentro de pocas horas se tragará, con hambre voraz, barcas y hombres. Nunca has separado el pensamiento de lo que te dije entonces, ni del hecho de que la venida aquí tuviera que ver con tu destino futuro. Tanto es así, que te estás poniendo cada vez más pálido, al intuir que se trata de un grave destino, de una herencia llena de tal responsabilidad, que haría temblar incluso a un héroe. Son una responsabilidad y una misión que deben ser actuadas con toda la santidad que es posible en un hombre para no defraudar el deseo de Dios.

No tengas miedo, Santiago; no quiero tu mal. Por tanto, si te destino a ella, es señal de que sé que no te dañará, sino que te dará gloria sobrenatural. Escúchame, Santiago, pon paz en ti con un vivo acto de abandono en mí, para poder oír y recordar mis palabras.
Nunca volveremos a estar tan solos, ni con el espíritu tan predispuesto a comprendernos.

Yo un día me iré, como todos los hombres, que tienen un tiempo de permanencia en la tierra. Mi permanencia cesará de una forma distinta de la de los hombres, pero cesará; entonces no me tendréis a vuestro lado sino con mi Espíritu, el cual -te lo aseguro-no os abandonará jamás.

Me iré después de daros lo necesario para hacer progresar mi Doctrina en el mundo, después de cumplir el Sacrificio y obteneros la Gracia; con ésta y con el Fuego sapiencial y heptamorfo podréis hacer lo que ahora sólo con imaginarlo os parecería locura y presunción. Yo me iré y vosotros os quedaréis. El mundo que no ha comprendido a Cristo no comprenderá a los apóstoles de Cristo. Por eso os perseguirán, os dispersarán, como si fuerais los más peligrosos para el bienestar de Israel. Pero, puesto que sois mis discípulos, debéis sentiros contentos de sufrir los mismos dolores que vuestro Maestro.

Un día de Nisán te dije: "Tú serás el que quede, de los profetas del Señor". Tu madre, por ministerio espiritual, ha intuido de alguna forma el significado de estas palabras. Pues bien, antes de que se cumplan para mis apóstoles, a ti, y para ti, se te habrán cumplido ya.

Santiago, todos serán dispersados excepto tú, hasta la llamada de Dios a su Cielo. Permanecerás en el lugar para el que te elegirá Dios por boca de tus hermanos -tú, descendiente de la estirpe real, en la ciudad real-y alzarás mi cetro y hablarás del verdadero Rey. Rey de Israel y del mundo, según una realeza sublime que sólo comprenden aquellos a quienes es revelada.

Entonces necesitarás fortaleza, constancia, paciencia y sagacidad sin límites. Tendrás que ser justo con caridad, con una fe simple y pura como la de un niño, y al mismo tiempo erudita, propia de un verdadero maestro, para sostener la fe, agredida en muchos corazones y por muchas cosas contrarias, y para refutar los errores de los falsos cristianos y las sutilezas doctrinales del viejo Israel, el cual, ciego ya desde ahora, estará más ciego que nunca cuando haya matado la Luz, y forzará las palabras proféticas e incluso los mandamientos del Padre, de quien procedo, para persuadirse a sí mismo, y así darse paz, y persuadir al mundo, de que los patriarcas y los profetas no hablaban de mí, sino que Yo era solamente un pobre hombre, un iluso, un desquiciado -esto para los mejores-o -para los menos buenos del viejo Israel-un hereje endemoniado.

Te ruego que entonces seas otro Yo. ¡No, que no es imposible! Es posible. Deberás tener presente a tu Jesús, sus actos, su palabra, sus obras; deberás vaciarte en mí como si te depositaras suavemente en el molde de arcilla que usan los fundidores de metales para darles una impronta. Yo estaré siempre presente. Tan presente y vivo con vosotros, mis fieles, que podréis uniros a mí, ser vosotros otro Yo, con sólo desearlo. Y tú, que has vivido conmigo desde la más tierna edad, que recibiste el alimento de la Sabiduría de manos de María antes que de mis propias manos, tú que eres sobrino del hombre más justo que tuvo Israel, tú debes ser un perfecto Cristo…

-¡No puedo, no puedo, Señor! Da esta misión a mi hermano, a Juan, a Simón Pedro, al otro Simón; a mí no, Señor. ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho para merecerlo? ¡¿No ves que soy un pobre, bien pobre, hombre que tiene sólo una capacidad: quererte mucho y creer firmemente en todo lo que dices?

Judas tiene un temperamento muy fuerte. Irá muy bien donde haya que abatir el paganismo. No aquí, donde lo que habrá que hacer será convencer del cristianismo a aquellos que, por ser ya pueblo de Dios, creen a pies juntillas que están en lo cierto; no aquí, donde lo que hay que hacer es convencer a todos aquellos que, a pesar de creer en mí, se sentirán defraudados por el desarrollo de los acontecimientos. Convencerlos de que mi Reino no es de este mundo, sino que es el Reino enteramente espiritual de los Cielos, cuyo preludio es una vida cristiana, o sea, una vida en que los valores preponderantes sean los del espíritu.

El convencimiento se obtiene con una firme dulzura. ¡Ay de aquel que echa las manos al cuello para persuadir! La víctima dirá "sí" en ese momento, para librarse del estrangulamiento, pero luego huirá, y -si no es un malvado, sino solamente una persona extraviada-no volverá hacia atrás ni querrá aceptar ya confrontaciones; o -si es un malvado o simplemente un fanático-huirá para ir a armarse y dar muerte a este que, atropellando a los demás, proclama doctrinas distintas de las suyas.

Pues bien, tú estarás rodeado de fanáticos, fanáticos cristianos y fanáticos israelitas. Los primeros querrán de ti acciones de fuerza, o al menos el permiso para llevarlas a cabo (porque el viejo Israel, con sus intransigencias y restricciones, estará todavía presente en ellos, agitando su venenosa cola). Los segundos marcharán contra ti y los otros, como si fuera una guerra santa en defensa de la vieja Fe y de sus símbolos y ceremonias. Y tú estarás en el centro de este mar tempestuoso. Tal es el sino de los líderes. Tú serás la cabeza de los cristianos de la Jerusalén cristianizada por tu Jesús.

Habrás de saber amar con perfección para poder ser líder santamente. A las armas y anatemas de los judíos no opondrás armas y anatemas, sino tu propio corazón. No te permitas nunca imitar a los fariseos considerando a los gentiles estiércol; que también para ellos he venido. En verdad, si hubiera sido sólo para Israel, el anonadamiento de Dios tomando una carne susceptible de muerte hubiera sido desproporcionado. Pues, si bien es verdad que mi Amor me habría movido a encarnarme con alegría por la salvación de una sola alma, la Justicia, que es también parte de Dios, impone que el anonadamiento del Infinito sea por una infinidad: el género humano.

Serás dulce con ellos, con esa dulzura que no rechaza, limitándote a ser inquebrantable sólo en el dogma; serás condescendiente para con otras formas materiales de vida que no menoscaban el espíritu y son distintas de las nuestras. Mucho tendrás que combatir con los hermanos por esto, porque Israel está cargado de prácticas externas e inútiles porque no cambian el espíritu. Tú, por el contrario, preocúpate únicamente del espíritu, y así enséñalo a otros. No pretendas que los gentiles muden de repente sus usanzas; tú tampoco cambiarás de golpe las tuyas.

No estés amarrado a tu escollo, porque para recoger en el mar los restos de embarcaciones y llevarlos al arsenal para reconstruirlos es necesario navegar, no estar parado; y debes ir en busca de estos restos (los hay en la gentilidad y en Israel). En el confín del mar inmenso está Dios abriendo los brazos a todos los que ha creado, sean ricos de origen santo, como los israelitas, o pobres como los paganos.

He dicho: “Amad a vuestro prójimo". Prójimo no es sólo el miembro de la familia o el compatriota, sino también el hombre hiperbóreo cuyo aspecto no conocéis, y aquel que en este momento contempla una aurora en regiones desconocidas, o recorre los neveros de las cadenas fabulosas de Asia, o está bebiendo en un río que abre su lecho entre las selvas ignotas del centro africano. Aunque te viniera un adorador del Sol, o uno que tiene por dios al voraz cocodrilo; o uno que se cree la reencarnación del Sabio y que ha sabido intuir la Verdad, pero que no ha sabido aferrar su Perfección y dársela a sus fieles como Salvación; o un asqueado ciudadano de Roma o de Atenas que te suplicara: "Dame a conocer a Dios"… no puedes, no debes, decirles: “Alejaos de mí porque llevaros a Dios sería una profanación".

Ten presente que éstos no conocen, mientras que Israel sí que conoce. Pues bien, en verdad muchos en Israel son y serán más idólatras y crueles que el más bárbaro de los idólatras del mundo; y sacrificarán víctimas humanas no a este ídolo o a aquél, sino a sí mismos, a su orgullo, ávidos de sangre una vez que se haya encendido en ellos una sed inextinguible que durará hasta el final de los siglos; sólo el beber de nuevo, y con fe, aquello que había provocado la sed atroz podría calmarla. Pero entonces será también el fin del mundo, porque el último en decir: "Creemos que eres Dios y Mesías" será Israel, a pesar de todas las pruebas que de mi Divinidad he dado y daré.

Velarás y cuidarás porque la fe de los cristianos no sea vana. Vana sería si fuera sólo una fe de palabras y de prácticas hipócritas. Lo que da vida es el espíritu. El espíritu falta en el ejercicio mecánico o farisaico, que no es otra cosa sino simulacro de fe, no verdadera fe. ¿De qué le valdría al hombre cantar alabanzas a Dios en la asamblea de los fieles, si luego cada acto suyo es una imprecación contra Él? Dios, en efecto, no se hace juguete del fiel, sino que, dentro de su paternidad, conserva siempre las prerrogativas de Dios y Rey.

Vela y cuida porque nadie usurpe un lugar que no le corresponde. Dios dará la Luz en la medida de vuestros grados. Dios no os dejará sin la Luz, a menos que no quede apagada en vosotros la Gracia por el pecado.

A muchos les placerá oír que los llaman "maestro". Sólo uno es el Maestro: quien te está hablando; sólo una es Maestra: la Iglesia que le perpetúa. En la Iglesia, serán maestros aquellos que sean consagrados con encargo especial para la enseñanza. Pero entre los fieles habrá quienes por voluntad de Dios y por su propia santidad, o sea, por su buena voluntad, serán absorbidos por el remolino de la Sabiduría y hablarán. Otros habrá -de por sí no sabios, pero sí dóciles cual instrumentos en manos del artífice-que hablarán en nombre del Artífice, repitiendo como niños buenos aquello que su Padre les dice que digan, aun sin comprender toda la amplitud de lo que dicen. En fin, habrá quienes hablen como si fueran maestros, con un esplendor que seducirá a los ingenuos, pero serán soberbios, duros de corazón, celosos, iracundos, embusteros, lujuriosos.

De la misma forma que te digo que recojas las palabras de los sabios en el Señor y de los sublimes pequeñuelos del Espíritu Santo, y que incluso los ayudes a comprender la profundidad de las divinas palabras -en efecto, si bien ellos son los portadores de la divina Voz, vosotros, mis apóstoles, seréis siempre los responsables de la enseñanza en mi Iglesia, y debéis socorrer a éstos, sobrenaturalmente cansados de la extasiante y grave riqueza que Dios ha depositado en ellos para que la transmitan a sus hermanos-, de la misma forma te digo: rechaza las palabras falaces de los falsos profetas, cuya vida no responde a mi doctrina. La bondad de vida, la mansedumbre, la pureza, la caridad y humildad no faltarán nunca en los sabios y en las pequeñas voces de Dios; siempre en los otros.

Vela y cuida porque no haya celos ni calumnias en la asamblea de los fieles, como tampoco resentimientos ni espíritu de venganza. Vela y cuida porque la carne no pase a dominar sobre el espíritu. No podría soportar las persecuciones aquel cuyo espíritu no fuera soberano de la carne.

Santiago, sé que lo harás, pero da a tu Hermano la promesa de que no lo defraudarás.
-¡Pero, Señor, Señor! Sólo una cosa me da miedo: no ser capaz. Señor mío, te ruego que le des a otro este encargo.
-No. No puedo…
-Simón de Jonás te ama, y Tú lo amas…
-Simón de Jonás no es Santiago de David.

-¡Juan! Juan, el ángel docto… hazlo a él tu siervo aquí.
-No. No puedo. Ni Simón ni Juan poseen esa nada que, a pesar de no ser nada, es mucho ante los hombres: el parentazgo. Tú eres el pariente mío. Después de haberme… después de haberme negado el debido reconocimiento, la parte mejor de Israel buscará el perdón de Dios y de sí misma, tratando de reconocer al Señor que habrán maldecido en la hora de Satanás, y les parecerá obtener el perdón -y, por tanto, fuerza para caminar por mi vía-si ven en mi lugar a uno de mi misma sangre. Santiago, en este monte se han producido cosas muy grandes. Aquí el fuego de Dios consumió no sólo el holocausto, la leña, las piedras, sino incluso la tierra y hasta el agua que había en el hoyo.

Santiago, ¿crees que Dios no puede volver a hacer algo semejante, encendiendo y consumiendo toda la materialidad del hombre-Santiago para hacer un Santiago-fuego de Dios? Hemos estado hablando mientras el ocaso ha hecho de fuego incluso nuestros indumentos. Así, ¿cómo crees que fue el fulgor del carro que raptó a Elías, no menos intenso o más intenso?

-Mucho más refulgente, porque su fuego era celestial.

-Pues piensa entonces lo que será un corazón que se haya transformado en fuego por tener en sí a Dios, porque Dios quiere que perpetúe a su Verbo en la predicación de la Nueva de Salvación.

-Pero, ¿por qué no continúas Tú, Verbo de Dios, eterno Verbo?
-Porque soy Verbo y Carne. Con el Verbo debo instruir, con la Carne redimir.

-¡Jesús mío! ¿Cómo vas a redimir? ¿Qué te espera?
-Santiago, recuerda lo que dijeron los profetas.
-¿Pero no hablan alegóricamente? ¿Podrás ser maltratado por los hombres, Tú que eres el Verbo de Dios? ¿No quieren decir, quizás, que darán tormento a tu divinidad, a tu perfección, pero nada más, nada más que eso? Mi madre se preocupa por mí y Judas, yo por ti y María, y… por nosotros, que somos muy débiles. Jesús, Jesús, si el hombre cometiera atropello contigo, ¿no crees que muchos de nosotros te considerarían reo y se alejarían de ti desilusionados?

-Estoy seguro de ello. Serán zarandeados todos los estratos de mis discípulos. Pero luego tornará la paz; es más, se producirá una aglutinación de las partes mejores, y sobre ellas, después de mi sacrificio y triunfo, descenderá el Espíritu fortalecedor y sapiente: el divino Espíritu.

-Jesús, para que yo no me desvíe ni me escandalice en esa hora tremenda, dime: ¿qué te van a hacer?
-Grande es lo que me preguntas.
-Dímelo, Señor.
-Saberlo exactamente te significará tormento.
-No importa. Por el amor que nos ha unido…
-No se debe saber.

-Dímelo y luego borra mi memoria hasta la hora en que haya de cumplirse; entonces, ponla de nuevo en mi memoria junto con esta hora. Así no me escandalizaré de nada y no pasaré a la parte de tus adversarios en el fondo de mi corazón.

-No servirá de nada, porque también tú cederás en la tempestad.

-¡Dímelo, Señor!
-Seré acusado, traicionado, apresado, torturado, crucificado.
-¡Nooo!
Santiago grita y se encorva como si lo hubieran herido de muerte.

-¡No! repite -Si te hacen esto a ti, ¿qué nos harán a nosotros? ¿Cómo vamos a poder continuar tu obra? No puedo, no puedo aceptar el puesto que me asignas… ¡No puedo!… ¡No puedo! Si Tú mueres, seré yo también un muerto, sin energía alguna. ¡Jesús! ¡Jesús! Escúchame. No me dejes sin ti. ¡Prométemelo, prométeme esto al menos!

-Te prometo que vendré a guiarte con mi Espíritu, una vez que la gloriosa Resurrección me libre de las ataduras de la materia. Seremos una cosa sola como ahora que estás entre mis brazos.

En efecto, Santiago se ha entregado al llanto apoyado en el pecho de Jesús.

-No llores más. Salgamos de esta hora de éxtasis, luminosa y penosa, como quien sale de las sombras de la muerte y recuerda todo excepto el acto-muerte, minuto de espanto helador que como hecho muerte dura siglos. Ven, te beso así, para ayudarte a olvidar el horror de mi destino de Hombre. Tendrás el recuerdo en su debido momento, como has pedido. Ten, te beso en la boca, que deberá repetir mis palabras a las gentes de Israel; en el corazón, que deberá amar como Yo he dicho; en la sien, donde cesará la vida junto con la última palabra de amorosa fe en mí.

¡Cómo vendré, hermano amado, a tu lado, en las asambleas de los fieles, en las horas de meditación, en las horas de peligro y en la hora de la muerte! Nadie, ni siquiera tu ángel, recogerá tu espíritu; seré Yo, con un beso, así…

Permanecen largo tiempo abrazados, y Santiago parece casi como adormilarse en la alegría de los besos de Dios, que le hacen olvidar su sufrimiento. Cuando levanta la cabeza, es de nuevo el Santiago de Alfeo, sereno y bueno, tan parecido a José, esposo de María. Sonríe a Jesús: es una sonrisa más madura, un poco triste, pero tan dulce como siempre.

-Vamos a comer, Santiago. Luego dormiremos bajo las estrellas. Con las primeras luces bajaremos al valle… volveremos donde los hombres…
Jesús suspira… pero termina, con una sonrisa:
-… Y con María.

-¿Qué voy a decirle a mi madre, Jesús? ¿Y a los compañeros? Me harán preguntas…

-Podrás referirles todo lo que te he dicho: lo que te he hecho considerar sobre las respuestas de Elías a Ajab, al pueblo en el monte; y sobre el poder de que goza una persona a la que Dios ama, en cuanto a conseguir de pueblos y elementos enteros lo que se quiere; sobre su celo, que lo devora, por el Señor; y cómo he ofrecido a tu consideración que con la paz se entiende a Dios y en la paz se le sirve. Les dirás que, de la misma forma que Yo os he llamado, vosotros -como Elías con su manto respecto a Eliseo-con el manto de la caridad podréis conquistar a nuevos siervos de Dios para el Señor.

Y a los que siempre tienen preocupaciones refiéreles cómo te he hecho notar la alegre libertad que muestra Eliseo respecto a las cosas del pasado, liberándose de bueyes y arado.

Diles cómo te he recordado que a quien quiere milagros mediante Belcebú le viene el mal, no el bien, como le sucedió a Ocozías, según la palabra de Elías. Diles, finalmente, cómo te he prometido que el que permanezca fiel hasta la muerte recibirá el fuego purificador del Amor para consumir las imperfecciones y llevarlo directamente al Cielo. Lo demás es sólo para ti.

257- Retiro de Jesús y Santiago de Alfeoen el monte Carmelo

-Evangelizad por la llanura de Esdrelón hasta que vuelva -ordena Jesús a sus apóstoles en una serena mañana, mientras en los márgenes del Kisón consumen un poco de comida: pan y fruta.

Los apóstoles no parecen muy entusiastas, pero Jesús los conforta dando una línea que seguir en su modo de proceder; y termina:

-Por lo demás, tenéis con vosotros a mi Madre. Será una buena consejera. Dirigíos a los campesinos de Jocanán, y tratad de hablar el sábado con los otros de Doras.

Llevadles socorros y consolad al anciano padre de Margziam con las noticias del niño; decidle que para los Tabernáculos se lo llevaremos. Dad mucho, todo lo que tengáis, a los infelices: todo lo que sepáis, todo el afecto de que seáis capaces, todo el dinero que tenemos.

No temáis. Como sale entra. De hambre no moriremos nunca, aunque vivamos sólo de pan y fruta. Y, si veis desnudez, dad los vestidos, incluso los míos; es más, los primeros los míos. No nos quedaremos nunca desnudos. Y, sobre todo, si encontráis desdichados que me buscan, no los rechacéis: no tenéis derecho a hacerlo. Adiós, Madre. Que Dios, por mi boca, os bendiga a todos. Id y sentíos seguros. Ven, Santiago.

-¿No tomas ni siquiera tu talega? -pregunta Tomás al ver que el Señor se pone en camino y no la toma.
-No es necesaria. Caminaré más libre.
Santiago también deja la suya, a pesar de que su madre, solícita, la hubiera atiborrado de pan, pequeños quesos y fruta.

Se ponen en camino. Durante un poco de tiempo siguen el ribazo del Kisón; luego, acometiendo las primeras pendientes que llevan al Carmelo, desaparecen de la vista de los que se han quedado.

-Madre, estamos en tus manos. Guíanos, porque… no somos capaces de nada -confiesa humildemente Pedro.

María regala una sonrisa tranquilizadora y dice:
-Es muy simple. Lo único es obedecer sus indicaciones, y haréis todo bien. Vamos.

-Pero yo no voy con ellos. […] sigo a Jesús […].

Jesús sube sin hablar con su primo Santiago, que tampoco habla; está concentrado en sus pensamientos. Santiago, que se siente ante las puertas de una revelación, va penetrado todo de un amor reverencial, invadido de un temblor espiritual, y mira de tanto en tanto a Jesús, el cual, en medio de su estado de concentración, de vez en cuando, muestra una luminosa sonrisa en su rostro solemne. Mira a Jesús como miraría a Dios antes de encarnarse y con todo el resplandor de su inmensa majestad, y su cara, tan parecida a la de San José, de un moreno que no impide el rojo en lo alto de los pómulos, se pone pálida de emoción. Pero respeta el silencio de Jesús.

Van subiendo por empinados atajos, casi sin ver a los pastores que han sacado a pastar a sus rebaños a los verdes pastos de los bosques de acebos, robles, fresnos y otros árboles agrestes. Van subiendo, rozando con sus mantos las matas verdes -claras de los enebros, las matas de oro de las ginestas, o los matorrales de esmeralda salpicada de perlas de los mirtos, o las cortinas semovientes de las madreselvas y las clemátides en flor.

Van subiendo, dejando atrás a leñadores y pastores, hasta llegar, tras incansable camino, a la cresta del monte, más exactamente un pequeño rellano adosado a una cresta coronada por robles gigantescos: limitado por una balaustrada de troncos que tienen por base las copas de los otros árboles de la pronunciada pendiente, de modo que es como si el pequeño prado estuviera apoyado sobre este susurrante soporte; aislado del resto del monte, que no se puede ver por las frondas de más abajo; a sus espaldas el pico, que lanza sus árboles hacia el cielo; encima, el cielo abierto; de frente, el abierto horizonte, arrebolado a esta hora del ocaso, y que se derrama en el mar enteramente encendido.

Una grieta (de amplitud apenas suficiente para que quepa un hombre no corpulento) de la tierra -si no hay desprendimiento es porque las raíces de los robles gigantes mantienen el terreno en una red de tenazas-se abre en este rellano que un matorral de ramajes enredados parece prolongar extendiéndose horizontalmente desde su borde.

Jesús abre la boca para decir:
-Santiago, hermano mío, pasaremos esta noche aquí. A pesar de que sea mucho el cansancio de la carne, te pido pasar la noche en oración, la noche y todo el día de mañana hasta esta hora. Una jornada completa no es demasiado para recibir lo que quiero darte.

-Jesús, Señor y Maestro mío, haré siempre lo que quieras -responde Santiago, que había palidecido aún más cuando Jesús había empezado a hablar.

-Lo sé. Vamos ahora a coger moras y mirtilos para nuestro estómago y a refrescarnos a una fuente que he oído aquí abajo. Deja, si quieres, el manto en esa oquedad. Nadie lo cogerá.

Y junto con su primo da la vuelta al rellano, cogiendo frutos silvestres de las zarzas del matorral; luego, unos metros más abajo, en la parte opuesta a la que han seguido para subir, llenan las cantimploras -única cosa que llevaban consigo-en una cantarina fuente que surge de detrás de una maraña de gruesas raíces, y se lavan para refrescarse del calor que, a pesar de la altura, es todavía fuerte.

Luego vuelven a subir a su rellano, y, mientras el aire aparece todo arrebolado sobre la pingorota herida por el sol -que está para desaparecer por el occidente-, comen lo que han recogido, y beben de nuevo, sonriéndose como dos niños felices, o como dos ángeles.

Pocas palabras: un recuerdo de los que han dejado en la llanura, una exclamación de embeleso por la extrema belleza del día, el nombre de las dos madres… nada más.

Luego Jesús acerca hacia sí a su primo, que toma la postura habitual de Juan: la cabeza apoyada en la parte más alta del pecho de Jesús, una mano relajada sobre el regazo, la otra en la mano de su Primo; y están así, mientras la tarde declina en medio de un intenso trinar de pájaros que se van retirando a la espesura, en medio de un resonar de esquilas que se aleja y se hace cada vez más confuso, en medio del rumor leve del viento, que acaricia las cimas, las refresca y vivifica, tras el calor inmóvil del día, y anuncia ya el rocío.

Están así largo tiempo. Creo que es silencio sólo de labios, y que los espíritus, más activos que nunca, están entrelazando sobrenaturales conversaciones.

256- Parábola sobre la virtud de la esperanza, que sujeta la fe y la caridad

Algunos viñadores que pasan por el huerto cargados de cestas de uva, dorada como si fuera de ámbar, ven a los apóstoles y les preguntan:

-¿Sois peregrinos o forasteros?

-Galileos y peregrinos hacia el Carmelo -responde por todos Santiago de Zebedeo, el cual -como sus compañeros pescadores-se está desentumeciendo las piernas para terminar de eliminar un resto de somnolencia.

Judas Iscariote y Mateo se están despertando, tendidos sobre la hierba. Los ancianos, sin embargo, cansados, todavía duermen. Jesús habla con Juan de Endor y Hermasteo; María y María Cleofás están al lado, pero guardan silencio.

Los viñadores dicen:

-¿Venís de lejos?
-La última etapa que hemos hecho ha sido Cesárea. Antes hemos estado en Sicaminón, y más allá incluso. Venimos de Cafarnaúm.

-¿Que camino más largo en esta estación del año! ¿Por qué no habéis venido a nuestra casa? Está allí, ¿la veis? Os habríamos dado agua fresca para reponeros, y comida, de aquí de la tierra pero buena. Venid ahora.
-Vamos a reanudar la marcha. Que Dios os lo pague igual.

-El Carmelo no huye en un carro de fuego como su profeta -dice un campesino con tono semiserio.
-Ya no viene ningún carro del Cielo a llevarse a los profetas. Ya no hay profetas en Israel. Se dice que Juan ha muerto ya -dice el otro campesino.

-¿Muerto? ¿Cuándo?
-Eso han dicho algunos que venían del otro lado del Jordán. ¿Lo venerabais?
-Éramos discípulos suyos.

-¿Por qué lo dejasteis?
-Para seguir al Cordero de Dios, al Mesías que Juan anunció. Israel todavía tiene a este profeta, ¡y para llevárselo al Cielo con el honor que requiere haría falta mucho más que un carro de fuego! ¿No creéis en el Mesías?

-¿Que si creemos? Hemos decidido que una vez que hayamos terminado la recolección iremos en su busca. Se dice que obedece con celo la Ley y va al Templo en las solemnidades prescritas. Iremos pronto para los Tabernáculos. Estaremos todos los días en el Templo para verlo. Y, si no lo encontramos, iremos a buscarlo hasta que lo encontremos.

Vosotros que lo conocéis, decidnos: ¡es verdad que está en Cafarnaúm casi siempre?, ¿es verdad que es alto, joven, de tez clara, rubio, y que tiene una voz distinta de todos los demás hombres, con la cual toca los corazones, y hasta los animales y las plantas la oyen?

-Todos los corazones menos los de los fariseos, Gamala; ésos se han endurecido más.

-No son ni siquiera animales. Son demonios, incluido el que se llama como yo. Pero, decidnos: ¿es verdad que es así y que es tan bueno que habla con todos, consuela a todos, cura las enfermedades y convierte a los pecadores?
-¿Esto creéis?

-Sí, pero querríamos saberlo de vosotros que le seguís. ¡Si nos llevarais a Él!
-¿Pero no tenéis que ocuparos de las viñas?
-Tenemos que cuidar también el alma, que es más que las viñas. ¿Está en Cafarnaúm? Forzando el camino, en diez días podríamos ir y volver… -El que buscáis está ahí. Ha descansado en vuestro huerto y ahora está hablando con aquel anciano y aquel joven. A su lado tiene a su Madre y a la hermana de su Madre. -¿Aquél?… ¡Oh!… ¿Qué se hace? Se quedan petrificados del estupor. Son todo ojos para mirar. Su vitalidad está enteramente concentrada en sus pupilas.

Pedro los pincha:
-¿Entonces? ¡Tanto deseo como teníais de verlo y ahora no os movéis? ¿Os habéis convertido en sal?
-No… es que… ¿Pero es tan sencillo el Mesías?
-¿Cómo queríais que fuera? ¿Queríais que estuviera sentado en un trono fulgurante y envuelto en regio manto?

¿Pensabais que fuera un nuevo Asuero?
-No… Pero… ¡tan sencillo… siendo tan santo!
-Es muy sencillo porque es santo, hombre. Bien, vamos a hacerlo de otra forma… ¡Maestro! Perdona, ven aquí a hacer un milagro.

-Aquí hay unos hombres que te buscan y que se han quedado petrificados al verte. Ven a restituirles el movimiento y la palabra.

Jesús, que al oír que lo llamaban se ha vuelto, se levanta, sonriendo, y viene hacia los viñadores, que lo miran tan estupefactos que parecen asustados.
-Paz a vosotros. ¿Me buscabais? Aquí estoy -y hace el gesto habitual de abrir los brazos tendiéndolos hacia ellos un poco como para ofrecerse.

Los viñadores caen a sus pies, de rodillas, y guardan silencio.

-No temáis. Decidme qué queréis.
Le ofrecen las cestas llenas de uvas, sin decirle nada.
Jesús admira la espléndida fruta y, diciendo «gracias», alarga una mano para coger un racimo, y empieza a comer las uvas.
-¡Dios altísimo! ¡Come como nosotros! -suspira el que se
llamaba.

Es imposible no echarse a reír por esta salida. También Jesús sonríe más marcadamente, y, casi como si quisiera pedir disculpa dice:

-¡Soy el Hijo del hombre!
El gesto de Jesús ha vencido el entorpecimiento extático, y Gamala dice:

-¿Por qué no entras en nuestra casa, al menos hasta que empiece a atardecer? Somos muchos, porque somos siete hermanos, con las respectivas esposas e hijos, y luego los ancianos, que esperan en paz la muerte.

-Vamos. Vosotros llamad a los compañeros y venid detrás. Madre, ven con María.

Jesús se pone en marcha, detrás de los campesinos, que ya se han levantado y ahora caminan un poco al sesgo para verlo caminar. El sendero, entre los troncos de los árboles unidos con las vides, es estrecho.

Llegan pronto a la casa, o más exactamente a las casas, porque se trata de un pequeño cuadrado de viviendas. En el centro hay un patio común, amplio, con un pozo. Se accede al patio a través de un largo pasillo que hace de vestíbulo y que durante la noche se cierra con una pesada puerta.

-Paz a esta casa y a los que en ella viven -dice Jesús al entrar, alzando la mano para bendecir. Luego la baja para acariciar a un niño pequeño medio desnudo que lo mira extático y que está guapísimo con su camisita sin mangas, medio caída y que deja al descubierto uno de los hombros regordetes, erguido sobre sus piececitos desnudos, con un dedito en la boca y una corteza de pan untado en aceite en la otra mano.

-Es David, el hijo de mi hermano menor -explica Gamala, mientras otro de los viñadores entra en la vivienda más cercana para advertir; luego sale y entra en otra, y así todas; de forma que se asoman rostros de todas las edades y luego se retiran… para volver después de un rápido aseo.

Sentado a la sombra de una techumbre en saledizo protegida por una higuera gigantesca, está un viejo con su bastoncito entre las manos. Ni siquiera alza la cabeza, como si no tuviera interés por nada.

-Es nuestro padre -explica Gamala -Uno de los ancianos de la casa, porque también la mujer de Jacob ha traído aquí a su padre, que está solo, y luego está también la anciana madre de Lía, la más joven de las esposas.

Nuestro padre es ciego. Le ha venido el velo a las pupilas. ¡Mucho sol en los campos! ¡Mucho calor de la tierra! ¡Pobre padre! Está muy triste, pero es muy bueno. Está esperando a los nietos, que son su única alegría.

Jesús va donde el anciano.
-Dios te bendiga, padre.
-Quienquiera que seas, que Dios te pague tu bendición -responde el anciano alzando la cabeza en dirección a la voz.

-Dura condición la tuya, ¿verdad? -pregunta Jesús con dulzura, y hace ademán de no decir quién es el que habla.
-Viene de Dios, después de tantos bienes como me ha dado durante mi larga vida. De la misma forma que he tomado de Dios el bien, debo recibir la desventura de la vista. A fin de cuentas, no es eterna. Sobre el seno de Abraham concluirá.

-Es como dices. Peor sería si estuviera ciega el alma.
-Siempre he tratado de tenerla con vista.
-¿Cómo lo has hecho?

-Eres joven, tú que me estás hablando; tu voz lo dice. ¿No serás como esos jóvenes de ahora, que están todos ciegos porque viven sin religión, ¿no? Considera que no creer y no cumplir lo que Dios ha dicho es una gran desventura. Te lo dice un viejo, muchacho. Si abandonas la Ley, serás un ciego aquí y en la otra vida. No verás jamás a Dios.

Porque llegará un día en que el Mesías Redentor nos abrirá las puertas de Dios. Yo soy demasiado viejo para poder ver este día en este mundo. Pero lo veré desde el seno de Abraham. Por eso no me quejo de nada, porque espero con estas sombras expiar lo que de ingrato a Dios puedo haber cometido, y merecerlo en la vida eterna. Pero tú eres joven. Sé fiel, hijo, de forma que puedas ver al Mesías.

Porque el tiempo está próximo. El Bautista lo ha dicho. Tú lo verás. Pero si tienes el alma ciega, serás como aquellos de que habla Isaías: tendrás ojos pero no verás.
-¿Querrías verlo, padre? -pregunta Jesús mientras le pone una mano en la blanca cabeza.

-Querría verlo. Sí. Pero prefiero irme de este mundo sin verlo, antes que verlo yo y que mis hijos no lo reconozcan. Yo poseo todavía la antigua fe y me basta. Ellos… ¡el mundo de ahora!…

-Padre, ve pues al Mesías. La marcha hacia tu ocaso se vea coronada de júbilo -y Jesús desliza su mano desde los blancos cabellos, por la frente, hasta el barbado mentón del anciano, como si fuera una caricia; y se agacha para ponerse a la altura del rostro senil.

-¡Oh, Altísimo Señor! ¡Veo!… Veo… ¿Quién eres, con ese rostro desconocido y, no obstante, familiar, como si te hubiera visto antes?… Pero… ¡qué estúpido soy! ¡Tú, que me has devuelto la vista, eres el Mesías bendito! ¡Oh!
El anciano llora sobre las manos de Jesús -las ha cogido con las suyas-y las llena de besos y lágrimas. Toda la parentela está revolucionada.

Jesús libera una mano y acaricia otra vez al anciano mientras dice:
-Sí, soy Yo. Ven, para que además de mi cara conozcas mi palabra.
Y se dirige hacia una escalera que conduce a una terraza umbría, cubierta toda de sombra de una tupida parra. Todos lo siguen.

-Había prometido a mis discípulos que hablaría de la esperanza y que la explicaría con una parábola. Pues bien, aquí tenéis la parábola: este anciano israelita. El Padre de los Cielos me proporciona el objeto de nuestro tema, para enseñaros a todos la gran virtud que, como los brazos de un yugo, sujeta la fe y la caridad.

Suave yugo. Patíbulo de la Humanidad como el brazo transversal de la cruz, trono de la salvación como el apoyo de la serpiente salvífica alzada en el desierto. Patíbulo de la Humanidad. Puente del alma para alzar el vuelo y desplegarlo en la Luz. Si está colocada entre la indispensable fe y la perfectísima caridad, es porque sin la esperanza no puede haber fe y sin esperanza muere la caridad.

Fe presupone esperanza segura. ¿Cómo se puede creer que se llegará a Dios si no se espera en su bondad? ¿Cómo mantenerse a flote en la vida si no se espera en una eternidad? ¿Cómo se podrá perseverar en la justicia si no nos anima la esperanza de que Dios vea todas nuestras buenas acciones y nos premiará por ellas? De la misma forma, ¿cómo hacer vivir la caridad si no hay esperanza en nosotros? La esperanza precede a la caridad y la prepara.

Porque un hombre necesita esperar para poder amar. Los desesperados ya no aman. Ésta es la escalera, hecha de peldaños y barandilla: la fe, los peldaños; la esperanza, la barandilla; arriba está la caridad y a ella se sube mediante las otras dos. El hombre espera para creer, cree para amar.

Este hombre ha sabido esperar. Nació. Era un niño de Israel como todos los demás. Fue creciendo con las mismas enseñanzas que los demás. Llegó a hijo de la Ley, como todos los demás. Se hizo un hombre. Se casó. Fue padre.

Envejeció. Siempre esperando en las promesas hechas a los patriarcas y repetidas por los profetas. En la ancianidad las sombras han velado sus pupilas, mas no su corazón, donde la esperanza ha estado siempre encendida; la esperanza de ver a Dios. Ver a Dios en la otra vida. Y, dentro de la esperanza de la visión eterna, otra esperanza, más íntima y entrañable: "ver al Mesías". Y me ha dicho, no sabiendo quién era el joven que le hablaba:

"Si abandonas la Ley, serás un ciego en la tierra y en el Cielo. Ni verás a Dios ni reconocerás al Mesías". Ha hablado sabiamente.

Al presente, en Israel, hay muchos ciegos. Ya no tienen esperanza porque la rebelión a la Ley la ha matado en su interior; rebelión es, en efecto, aunque esté encubierta por paramentos sagrados, siempre que no hay aceptación íntegra de la palabra de Dios. Digo "de Dios"; no se trata de una aceptación de los aditamentos puestos por el hombre, que, por ser demasiados, y todos humanos, sufren la desatención de los mismos que los pusieron, mientras que las demás personas los cumplen de forma mecánica, de mala gana, con fatiga y sin fruto alguno. Ya no tienen esperanza; antes bien, se muestran sarcásticos con las verdades eternas.

No tienen ya, por tanto, ni fe ni caridad. El divino yugo, que Dios ha dado al hombre para que haga de él obediencia y mérito, la celeste cruz que Dios ha dado al hombre como exorcismo contra las serpientes del Mal, para obtener salvación de ella, han perdido su brazo transversal, el que sujetaba la cándida llama y la llama roja: la fe y la caridad; y las tinieblas han bajado a los corazones.

Este anciano me ha dicho: "Gran desventura es no creer y no hacer lo que Dios ha indicado". Es verdad. Os lo confirmo. Es peor que la ceguera material, la cual incluso puede ser curada para dar al justo la alegría de ver de nuevo el sol, los prados y los frutos de la tierra, el rostro de los hijos y nietos, y, sobre todo, lo que era la esperanza de su esperanza: "Ver al Mesías del Señor".

Quisiera que una virtud semejante latiera en el corazón de todo Israel, especialmente en el de los más instruidos en la Ley. No basta haber vivido en el Templo o haber pertenecido a él, no basta saber de memoria las palabras del Libro; es necesario saber hacerlas vida de nuestra vida mediante las tres virtudes divinas. Tenéis un ejemplo: donde estas virtudes viven todo es suave, incluso la desventura; porque el yugo de Dios es siempre ligero, pesa sobre el cuerpo, pero no debilita el espíritu.

Id en paz, vosotros que os quedáis aquí, en esta casa de buenos israelitas; ve en paz, anciano padre; del amor de Dios a ti tienes certeza; termina tu justa jornada depositando tu sabiduría en el corazón de los pequeñuelos que llevan tu misma sangre. No puedo quedarme aquí más tiempo, pero queda mi bendición entre estas paredes copiosas en gracias como los racimos de esta vid.

Jesús querría marcharse ya, pero se ve obligado a detenerse al menos para poder conocer a esta tribu de todas las edades y para recibir cuanto le quieren dar… tanto que los talegos de viaje acaban panzudos como odres. Luego puede reanudar el camino, por un atajo que va entre plantas de vid, indicado por los viñadores, los cuales no lo dejan sino cuando llegan a la vía de primer orden, visible ya un pueblecillo, donde Jesús con los suyos podrán pasar la noche.

255- Despedida de las hermanas Marta y María, que parten con Síntica. Una lección a Judas Iscariote

Y de nuevo en camino, volviendo hacia el este, en dirección a los campos.

Ahora los apóstoles y los dos discípulos están con María Cleofás (María de Alfeo) y -Susana, algunos metros detrás de Jesús, que va con su Madre y las dos hermanas de Lázaro. Jesús va hablando locuazmente. Los apóstoles, por el contrario, no hablan: parecen cansados o deprimidos.

No les llama la atención ni siquiera la belleza de los campos, verdaderamente espléndida: con sus leves ondulaciones arrojadas a la llanura como cojines verdes a los pies de un rey gigante; con sus collados de poca altura, esparcidos acá o allá, anunciadores de las cadenas del Carmelo y de Samaria. Tanto en la llanura, la reina del lugar, como en el decorado de sus pequeñas colinas y ondulaciones, se ve todo un florecer de hierba y madurar de fruta. Debe abundar en agua este sitio, a pesar de la región y el período del año, porque está demasiado pujante como para no tener copiosidad de agua. Comprendo ahora por qué la Sagrada Escritura menciona tantas veces con entusiasmo la llanura de Sarón. Pero los apóstoles no comparten de ninguna manera este entusiasmo, y caminan como un poco malhumorados: son los únicos de malhumor en este día sereno y en esta comarca riente.

Muy bien conservada, la vía consular, con su cinta blanca, corta esta campiña fertilísima, y, dado que es temprano, todavía es fácil encontrarse con campesinos cargados de productos del campo, o viajeros que van a Cesárea. Uno, que alcanza con una recua de asnos cargados de sacos a los apóstoles y los obliga a apartarse para dejar paso a la caravana asnal, pregunta con arrogancia:

-¿El Kisón está aquí?

-Más atrás -responde secamente Tomás, y barbota entre dientes: « ¡Cacho patán!».

-¡Es un samaritano, ya está dicho todo! -responde Felipe. Vuelven a sumergirse en el silencio.
Después de algunos metros, así, como terminando una conversación interna, Pedro dice:
-¡Para lo que ha servido! ¡Pues sí que valía la pena recorrer tanto camino!…

-¡Sí, eso! ¿Para qué hemos ido a Cesárea si luego no ha dicho una palabra? Yo pensaba que es que quería hacer algún milagro sorprendente para convencer a los romanos. Sin embargo… -dice Santiago de Zebedeo.
-Nos ha expuesto en la picota y nada más -comenta Tomás.
Y Judas Iscariote echa leña al fuego:

-Y nos ha hecho sufrir. A Él le gustan las ofensas y piensa que nos gustan también a nosotros.
-La verdad es que quien ha sufrido en este caso ha sido María de Teófilo -observa mesuradamente el Zelote.

-¡María! ¡María! ¿Es que ahora es el centro del universo, María? Sólo sufre ella, sólo ella es heroica, sólo se la debe formar a ella. De haberlo sabido hubiera sido ladrón y homicida, para ser luego objeto de tantas atenciones -responde repentinamente Judas Iscariote.

-Verdaderamente la otra vez que vinimos a Cesárea, que hizo un milagro y evangelizó, lo torturamos con nuestros descontentos por haberlo hecho -observa el primo del Señor.

-Es que no sabemos lo que queremos… Hace una cosa y rezongamos; hace lo contrario y rezongamos. Somos imperfectos -dice serio Juan.

-¡Ya habló el otro sabio! Una cosa es cierta: hace tiempo que no se hace nada provechoso.

-¿Nada, Judas? ¿Y esa griega y Hermasteo y Abel y María y…?

-No será con estas nulidades con los que El fundará su Reino -replica Judas Iscariote, obsesionado por la idea de un triunfo terreno.

-Judas, te ruego que no juzgues las obras de mi Hermano.

Es una ridícula pretensión. Un niño que quiere juzgar a su maestro, por no decir: una nulidad que quiere ponerse en alto -dice Judas Tadeo, e1 cual, si tiene en común el nombre, tiene también una indomable antipatía hacia su homónimo.

-Te agradezco que te hayas limitado a llamarme niño. Verdaderamente, después de haber vivido en el Templo, creía que se me consideraba al menos mayor de edad -responde sarcástico Judas Iscariote.

-¡Qué gravosas se hacen estas discusiones! -suspira Andrés.

-¡Verdaderamente! En vez de unirnos a medida que vamos viviendo más tiempo juntos, nos separamos. ¡Y pensar que en Sicaminón dijo que teníamos que estar unidos al rebaño!… ¿Cómo lo vamos a estar, si ya entre pastores no lo estamos? ­observa Mateo.

-¿Entonces no se debe hablar? ¿Jamás expresar nuestro pensamiento? ¡No creo que seamos esclavos!…

-No, Judas, no somos esclavos; pero sí somos indignos de seguirle, porque no lo comprendemos -dice sereno el Zelote.

-Yo lo comprendo maravillosamente.

-No. No lo comprendes. Y contigo no lo comprenden en mayor o menor grado todos los que lo critican. Comprender es obedecer sin discutir, por estar persuadidos de la santidad de quien va a la cabeza -dice el Zelote.

-¡Ah, te refieres a comprender su santidad… yo decía sus palabras! Su santidad no se pone en duda, ni se podría poner ­se apresura a decir Judas Iscariote.

-¿Y puedes separar ésta de aquéllas? Un santo será siempre posesor de la Sabiduría y sus palabras serán sabias.

-Eso es verdad. Pero algunos actos suyos son perjudiciales. Admito que por exceso de santidad, claro. Pero el mundo no es santo, y E1 se busca complicaciones. Ahora, por ejemplo, este filisteo y esta griega. ¿Crees que nos van a beneficiar?

-Si voy a causar algún perjuicio, me marcho -dice compungido Hermasteo -Había venido con la idea de darle honor y de hacer algo correcto.
-Si te marcharas por este motivo, le causarías un dolor -le responde Santiago de Alfeo.

-Daré a entender que he cambiado de idea. Voy a saludarlo y… me marcho.

Pedro reacciona inmediatamente:

-¡No, no! Tú no te marchas. No es justo que, por nerviosismos ajenos, el Maestro pierda un discípulo bueno.
-Pues si se quiere ir por tan poca cosa es señal de que no está seguro de lo que quiere; por tanto, déjalo que se marche -responde Judas Iscariote.

Pedro pierde la paciencia:

-Le prometí, cuando me dio a Margziam, que sería paterno con todos, y siento faltar a la promesa. Pero es que me obligas. Hermasteo está aquí y aquí se quedará. ¿Sabes lo que tengo que decirte? Que eres tú quien perturba las voluntades de los demás y las hace vacilar. Divides y creas desorden, eso es lo que haces; y deberías avergonzarte.

-¿Qué eres? ¿El protector de los…?
-¡Sí, señor! Tú lo has dicho. Sé a lo que te refieres. Protector de la Velada, protector de Juan de Endor, protector de Hermasteo, protector de aquella esclava, protector de todos los que encuentra Jesús, aunque no sean los espléndidos ejemplares paviles del Templo, los elementos construidos con la sagrada argamasa y las telarañas del Templo, los pabilos con olor a morga de las lámparas del Templo, los… como tú, en definitiva, para hacer más clara la parábola; porque, si el Templo es mucho -a menos que yo me haya vuelto imbécil-el Maestro es más que el Templo y tú le faltas…

-Grita tanto que Jesús se detiene y se vuelve, y hace ademán de dejar a las mujeres y tornar atrás.

-¡Lo ha oído! ¡Ahora se va a entristecer! -dice el apóstol Juan.

-No, Maestro. No vengas. Discutíamos… para matar el aburrimiento del camino -dice Tomás sin dilación.

Pero Jesús se para y espera a que lleguen donde Él.

-¿De qué discutíais? ¿Os voy a tener que decir otra vez que las mujeres os preceden?

La dulce corrección toca el corazón de todos. Callan y agachan la cabeza.

-¡Amigos, amigos! ¡No seáis objeto de escándalo para los que están naciendo ahora a la Luz! ¡No sabéis que una imperfección vuestra perjudica a la redención de un pagano o de un pecador más que todos los errores del paganismo?

Ninguno responde, porque no saben qué decir para justificarse o para no acusar.

Junto a un puente de un torrente seco está parado el carro de las hermanas de Lázaro. Los dos caballos pastan la abundante hierba de las márgenes del torrente (quizás seco desde hace poco; por tanto, con orillas bien nutridas de hierba). El sirviente de Marta y otro hombre -quizás el conductor del carro -están en el margen guijarroso, y las mujeres dentro del carro, completamente cubierto por un tupido toldo hecho con pieles curtidas, que caen, a manera de gruesas cortinas, hasta el suelo del carro.

Las mujeres discípulas aceleran el paso en dirección a él.

El sirviente, que es el primero que las ve, avisa a la nodriza; el otro se apresura a llevar los caballos a las varas. Entretanto, el sirviente va corriendo hacia sus señoras y, en llegando, hace una reverencia muy pronunciada.

La anciana nodriza (una mujer de buen tipo y tez aceitunada, de aspecto agradable) baja presurosa y se dirige hacia sus amas. Pero María de Magdala le dice algo y ella va inmediatamente donde la Virgen diciendo:

-Perdona… pero es que siento una alegría tan grande de verla, que sólo la veo a ella. Ven, bendita. El sol quema. Dentro del carro hay sombra.

Y suben todas en espera de los hombres, que vienen muy retrasados. Mientras esperan y mientras Síntica, que lleva el vestido que ayer tenía la Magdalena, besa los pies de sus amas -como se obstina en llamarlas, a pesar de que ellas le digan que no es ni su sierva ni su esclava, sino sólo su huésped en nombre de Jesús-, la Virgen muestra el precioso taleguillo de la púrpura, y pregunta cómo se puede hilar ese mechón cuyos cortísimos filamentos no admiten ni humedad ni torsión.

-No se usa así, Mujer. Se pulveriza y se usa como cualquier otra tintura. Esto es la bava de la concha, no es una hebra ni un pelo. ¿Ves qué quebradiza es ahora que está seca? La tienes que reducir a polvo fino, luego la pasas por un tamiz para que no quede ningún fragmento largo, que mancharía el hilado o el paño. Es mejor si tiñes el hilado en madejas. Una vez segura de que esté completamente pulverizada, la deslías como se hace con la cochinilla o el azafrán o el polvo de añil o con otros polvos de otras cortezas o raíces o frutos, y luego la usas. Fija el color con vinagre fuerte para el último aclarado.

-Gracias, Noemí. Seguiré tus indicaciones. He bordado con hilos teñidos de púrpura, pero me los habían dado ya preparados… Ya está ahí Jesús. Llega la hora de despedirnos. Os bendigo a todas en el nombre del Señor. Id en paz y llevad la paz y la alegría a Lázaro. Adiós, María. Recuerda que lloraste sobre mi pecho tu primer llanto dichoso. Por eso soy para ti madre, porque una pequeñuela llora su primer llanto sobre el pecho de su mamá. Soy para ti madre, y lo seré siempre.

Lo que te resulte duro de manifestar incluso a la más dulce hermana o a la más amorosa nodriza, ven a decírmelo a mí; te comprenderé siempre. Si hay algo que, por estar impregnado de una humanidad que en ti Jesús no quiere, no te atreves a decírselo a Él, ven a decírmelo a mí; me mostraré siempre compasiva contigo. Y si quieres hablarme también de tus victorias -aunque prefiero que se las presentes a Él, cual fragantes flores, porque El, no yo, es tu Salvador-exultaré contigo. Adiós, Marta.

Ahora te marchas feliz y te mantendrás en esta felicidad sobrenatural. Por tanto, sólo necesitas progresar en la justicia, en medio de esa paz por nada en ti ya perturbada. Hazlo por amor a Jesús, que te ha amado incluso queriendo a ésta que quieres sin reservas. Adiós, Noemí. Ve con tu tesoro recuperado. Tú dabas a María tu leche en alimento. Nútrete ahora con las palabras que ella y Marta te digan. Ve en mi Hijo mucho más que un exorcista que libera a los corazones del Mal. Adiós, Síntica, flor de Grecia, que has sabido por ti misma sentir que hay algo más que la carne; florece ahora en Dios y sé la primera de las nuevas flores de la Grecia de Cristo. Me siento muy dichosa de despedirme de vosotras viéndoos unidas así. Os bendigo con amor.

Ya se oye cercano el rumor de los pasos. Levantan el tupido toldo y ven a Jesús a dos metros del carro. Bajan, en medio del sol ardiente que invade el camino.
María de Magdala se arrodilla a los pies de Jesús y dice:
-Te doy gracias por todo. Muchas gracias por haberme permitido realizar este peregrinaje. Sólo Tú eres sabio. Parto despojada de las reliquias de la María del pasado. Bendíceme, Señor, para fortalecerme más.

-Sí, te bendigo. Goza de la compañía de tus hermanos; con tus hermanos, fórmate cada vez más en mí. Adiós, María. Adiós, Marta. Dile a Lázaro que lo bendigo. Os confío esta mujer. No os la doy. Es discípula mía. Quiero que le deis un mínimo de capacidad de entender mi doctrina. Luego iré Yo. Noemí, te bendigo, y también a vosotras dos.

A Marta y María se les humedecen los ojos. El Zelote las saluda personalmente y les da un escrito para su sirviente; los demás las saludan conjuntamente. Y el carro se pone en movimiento.

-Vamos a buscar algo de sombra. Que Dios las acompañe… ¿Tanto te entristece, María, el que se hayan marchado? ­pregunta a María de Alfeo, que llora toda en silencio.
-Sí. Eran muy buenas…

-Las volveremos a ver pronto. Y, numéricamente, más. Tendrás muchas hermanas… o hijas, si lo prefieres. Amor es tanto el materno como el fraterno -la consuela Jesús.

-Con tal de que no cree conflictos… -murmura Judas Iscariote.

-¿Conflictos amarse?
-No. Conflictos el tener a personas de otra raza y de otra proveniencia.
-¿Síntica, quieres decir?
-Sí, Maestro. A fin de cuentas, era propiedad del romano, y no es lícito apoderarse de ella. Ello lo incitará contra nosotros y nos atraeremos el rigor de Poncio Pilatos.
-Pero, ¿qué le va a importar a Pilatos el que uno de sus subordinados pierda una esclava? ¡Sabrá cómo es! Si es un poco honesto, como se piensa, al menos en familia, dirá que esta mujer ha hecho bien en escaparse. Y si es un deshonesto dirá: "Te está bien empleado. Así quizás la encuentro yo". Los deshonestos no son sensibles a las penas ajenas. ¡Y además… pobre Poncio… con la lata que le damos, fíjate tú si no va a tener otra cosa que hacer que perder el tiempo con la pataleta de uno que deja que se le escape una esclava! -dice Pedro, y muchos de los presentes le dan la razón mientras ridiculizan las rabietas del lúbrico romano.

Pero Jesús lleva la cuestión a un nivel más alto.
-Judas, ¿conoces el Deuteronomio?
-Seguro, Maestro, y además -lo digo convencido-como pocos.
-¿Cómo lo juzgas?
-Vehículo de la voz de Dios.
-¿Vehículo? Entonces repetidor de la palabra de Dios, ¿no?
-Exactamente.
-Has juzgado bien. Entonces, ¿por qué no juzgas que se deba hacer lo que ordena?
-No he dicho nunca eso. Es más, me parece que precisamente nosotros, siguiendo la nueva Ley, lo desatendemos demasiado.

-La nueva Ley es el fruto de la antigua, o sea, es la perfección alcanzada por el árbol de la Fe. Pero ninguno de nosotros lo desatiende, que Yo sepa. Soy el primero que lo respeta y que impide que otros lo desatiendan.

Jesús es muy incisivo al decir estas palabras. Y añade:
-El Deuteronomio es intocable. Incluso cuando triunfe mi Reino, y con mi Reino la nueva Ley, con sus nuevos códigos y disposiciones, seguirá aplicándose en los nuevos dictámenes, de la misma forma que los sillares de las antiguas construcciones se usan para las nuevas porque son piedras perfectas con que se hacen fuertes murallas. Pero todavía no ha llegado mi Reino, y Yo, como fiel israelita, no ofendo al libro mosaico ni lo desatiendo, que base es de mi modo de actuar y de mi enseñanza; sobre la base del Hombre y del Maestro, el Hijo del Padre edifica la celeste construcción de su Naturaleza y Sabiduría.

En el Deuteronomio está escrito: "No entregarás a su amo el esclavo que ha buscado refugio en ti. Vivirá contigo donde él quiera, estará tranquilo en una de tus ciudades, no lo molestarás".

Esto en el caso de que uno se vea obligado a huir de una esclavitud inhumana. En mi caso, en el de Síntica, la fuga no persigue una libertad limitada, sino la libertad ilimitada del Hijo de Dios. ¿Y pretendes que a esta alondra que ha huido del lazo de los cazadores le meta de nuevo el cordel y la devuelva a su prisión para quitarle no sólo la libertad sino también la esperanza? ¡No! ¡Jamás! Bendigo a Dios, porque, como el viaje a Endor llevó a este hijo al Padre, el viaje a Cesárea ha traído a esta criatura a mí para que la lleve al Padre.

En Sicaminón os hablé del poder de la Fe; hoy os voy a hablar de la luz de la Esperanza. Mas ahora, a la sombra de este tupido pomar, detengámonos a comer y descansar. Porque el sol arde como si el infierno estuviera abierto.

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