por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
No veo la ciudad de Dora. Declina el sol. Los peregrinos se dirigen a Cesárea. La permanencia en Dora no la he visto. Quizás ha sido sólo un alto en el camino sin nada especial que señalar. El mar parece al rojo vivo, de tanto como refleja, en su calma, el rojo del cielo; un rojo, éste, tan violento, que aparece casi irreal: es como si hubieran vertido sangre en la bóveda del firmamento. Hace todavía calor, pero el aire del mar lo hace soportable.
Caminan siguiendo la orilla para evitar el ardor del terreno seco; bastantes, incluso, se han quitado las sandalias y se han remangado los vestidos para entrar en el agua.
Pedro declara:
-Si no hubieran estado las discípulas, me habría desnudado y me habría metido dentro del agua hasta el cuello.
Pero… hasta de donde está debe salir, porque la Magdalena, que iba adelante con las otras, vuelve y dice:
-Maestro, conozco bien esta zona. ¿Ves allí ese hilo amarillo en el azul del mar? Allí descarga un río, perenne, incluso en este tiempo de verano. Y hay que saberle atravesar…
-¡Hemos atravesado muchos ríos! ¡No será el Nilo!
Atravesaremos también éste -dice Pedro.
-No es el Nilo. Pero en sus aguas y sus orillas hay animales de agua peligrosos. No se puede pasar a la ligera y descalzos, porque entonces te hieren.
-¿Pero bueno, qué son, leviatanes?
-Bien has dicho, Simón, son verdaderamente cocodrilos; pequeños, pero suficiente como para que no puedas caminar un buen trecho.
-¿Y qué hacen allí?
-Los trajeron por motivos de culto, creo, desde cuando aquí reinaban los fenicios. Y aquí se han quedado. Cada vez más pequeños, pero no por ello menos agresivos.
Pasaron de los templos al limo del río. Ahora son lagartones grandes, ¡pero con unos dientes! Los romanos vienen para celebrar partidas de caza y para otra serie de diversiones… Yo también he venido con ellos. Todo sirve para… llenar el tiempo. Además las pieles son bonitas y se usan para muchas cosas. Por la experiencia que tengo, dejad que os guíe.
-Bien. Me gustaría verlos… -dice Pedro.
-Quizás vemos alguno, aunque de hecho los han cazado tanto que están casi exterminados.
Dejan la orilla y se dirigen hacia el interior. Encuentran un camino de primer orden entre medias de las colinas y el mar. Llegan pronto a un puente muy arqueado, tendido sobre un río pequeño, aunque de cauce más bien grande, ahora pobre de aguas, reducidas al centro del lecho. Donde no hay agua se ven juncales y cañizares ahora semiagostados por el verano, aunque en otras estaciones del año, sin duda, forman minúsculas islas en medio de las aguas). En las orillas hay matorrales y árboles frondosos.
A pesar de escrutar mucho con la mirada, no ven ningún animal, y muchos sufren un desencanto. Pero, estando ya para terminar el paso del puente (una recia construcción, tal vez romana, con un único arco muy alto; quizás para que no lo invadan las aguas en tiempo de crecida), Marta da un grito agudísimo y se hace atrás aterrorizada: un enorme lagartón -es lo que parece, no más, pero con la clásica cabeza de los cocodrilos-está atravesado en el camino haciéndose el dormido.
-¡No tengas miedo, mujer! -grita la Magdalena. Cuando están ahí no son peligrosos. Lo malo es cuando están
escondidos y se mete el pie sin verlos.
Pero Marta se mantiene prudentemente atrás. También Susana se lo toma muy en serio… María de Alfeo es más valiente, no sin prudencia: al lado de sus hijos, sigue adelante mientras mira. Los apóstoles no tienen ningún miedo; miran y hacen comentarios sobre el feo animal, el cual se digna girar lentamente la cabeza para que lo vean también de frente, y luego hace ademán de moverse, como si quisiera ir en dirección a estos importunos viandantes. Otro grito de Marta, que se hace atrás más todavía, imitada esta vez por Susana y María Cleofás. Pero María de Magdala coge un canto, se lo tira al animal y le da en un costado, y éste huye hacia abajo por el guijarral para encenagarse en el agua.
-Ven, acércate, miedosa. Ya no está -dice a su hermana. Las mujeres se juntan de nuevo.
-Pero es feo con ganas, ¡eh! -comenta Pedro.
Maestro, ¿es verdad que en el pasado les daban de comer víctimas humanas? -pregunta Judas Iscariote.
-Se le consideraba animal sagrado. Representaba a un dios, y, de la misma forma que nosotros ofrecemos el sacrificio a nuestro Dios, ellos, los pobres idólatras, lo hacían con las formas y errores que su condición comportaba.
-¿Pero todavía se hace ahora? -pregunta Susana.
-Creo que no hay que descartar que todavía se haga en lugares idólatras -dice Juan de Endor.
-¡Dios mío! Pero se los darán muertos, ¿no?!
-No. Si se los dan es vivos. Jovencitas, niños, en general: las primicias del pueblo. Al menos eso es lo que he leído responde Juan de Endor a las mujeres, las cuales miran a su alrededor todo asustadas.
-Yo, si tuviera que acercarme a él, me moriría de miedo -dice Marta.
-¿Sí? Pues ése no es nada, mujer, respecto al verdadero cocodrilo: es, al menos, tres veces más largo y ancho.
-Y además hambriento. Ése ciertamente estaba ya lleno de culebras o conejos montaraces.
-¡Misericordia! ¡También culebras! Pero, ¿a dónde nos has traído, Señor?! -dice quejumbrosa Marta, tan asustada que la risa se apodera irresistiblemente de todos.
Hermasteo, que hasta ahora ha guardado siempre silencio, dice:
-No tengas ningún miedo. Basta hacer mucho ruido y todos huyen. Tengo experiencia. He estado en repetidas ocasiones en el bajo Egipto.
Reanudan la marcha dando palmadas o golpeando en los troncos… La parte peligrosa queda atrás.
Marta se ha juntado a Jesús y pregunta frecuentemente:
-¿Es seguro que ya no habrá más?
Jesús la mira y menea la cabeza sonriendo, pero la tranquiliza:
-Estamos ya muy cerca de la llanura de Sarón, que no es sino belleza. ¡De todas formas, sí que me teníais reservadas hoy sorpresas las discípulas! No sé verdaderamente por qué eres tan asustadiza.
-Yo tampoco lo sé. Pero todo lo que repta me aterroriza. Tengo la impresión como de sentir el frío de esos cuerpos fríos y legamosos -sobre mí. Y me pregunto por qué existen. ¿Son, acaso, necesarios?
-Esto habría que preguntárselo a Aquel que los hizo. Tú cree que si los ha hecho es señal de que son útiles… aunque sólo fuera para hacer brillar el heroísmo de Marta -dice Jesús con un brillo perspicaz en sus ojos.
-¡Oh, Señor! Tienes razón en bromear, pero yo tengo miedo y no me venceré jamás.
-Eso lo veremos… ¿Qué se mueve allí entre aquellos matorrales? -dice Jesús levantando la cabeza y dirigiendo su mirada adelante, hacia una maraña de zarzas y otras plantas de largas ramas lanzadas al asalto de una voluminosa barrera de chumberas, situada más atrás, con sus palas tan duras cuanto flexibles son las ramas agresoras.
-¿Otro cocodrilo, Señor?… -gime Marta aterrorizada.
Pero el crujir de frondas aumenta y tras ellas aparece un rostro humano, de mujer. Mira. Ve a todos estos hombres. Duda entre huir por el campo o introducirse en la agreste galería. Vence lo primero y, dando un grito, huye.
-¿Leprosa?, ¿Loca?, ¿Endemoniada? -se preguntan, sin salir de su asombro.
Pero la mujer vuelve sobre sus pasos, porque de Cesárea -ya cercana-está viniendo un carro romano. La mujer se ve como un ratón sin escapatoria. No sabe a dónde ir, porque Jesús con los suyos están ahora junto al matorral que le servía de refugio y no puede volver, y hacia el carro no quiere ir… Entre las primeras calígines del anochecer -la noche se acerca de prisa tras el intenso ocaso-se ve que es joven y donosa, a pesar de estar harapienta y despeinada.
-¡Mujer! Ven aquí!-ordena Jesús imperiosamente.
La mujer tiende los brazos hacia Él suplicando:
-¡No me hagas daño!
-Ven aquí. ¿Quién eres? No te voy a hacer ningún daño -lo dice tan dulcemente, que logra persuadirla.
La mujer se acerca encorvada y se arroja al suelo diciendo:
-Quienquiera que seas, ten piedad. Mátame, pero no me devuelvas a mi amo. Soy una esclava que ha huido…
-¿Quién era tu amo? ¿De dónde eres? Se ve que no eres hebrea, por tu modo de hablar y tu vestido.
-Soy griega. La esclava griega de… ¡Piedad!
¡Escondedme! ¡El carro está llegando!…
Todos forman grupo en torno a la infeliz, que se acurruca en el suelo. El vestido desgarrado por los espinos deja ver los hombros surcados de golpes y ornados de arañazos.
El carro pasa sin que ninguno de sus ocupantes muestre interés por este grupo parado junto al matorral.
-Han pasado de largo, habla. Si podemos, te ayudamos -dice Jesús tocando con la punta de los dedos su cabellera despeinada.
Soy Síntica, la esclava griega de un noble romano del séquito del Procónsul.
-¡Entonces eres la esclava de Valeriano! -exclama María de Magdala.
-¡Piedad, piedad! No me denuncies a él -suplica la infeliz.
-No temas. No volveré a hablar nunca más con Valeriano -responde la Magdalena, y explica a Jesús: «Es uno de los más ricos y sucios romanos que tenemos aquí. Y, lo mismo que es sucio, es cruel».
-¿Por qué has huido? -pregunta Jesús.
-Porque tengo un alma. No soy una mercancía… -la mujer siente seguridad al ver que ha encontrado a personas compasivas -No soy una mercancía. Mi amo me compró, es verdad, pero podrá haber comprado mi persona para embellecer su casa, para que le alegre las horas con la lectura, para que le sirva, sí, pero nada más. ¡El alma es
mía! No es una cosa que se compre. Y quería también mi alma.
-¿Cómo tienes conocimiento del alma?
-No soy iletrada, Señor; botín de guerra desde la más tierna edad, pero no plebeya. Éste es mi tercer amo, un indecente fauno. Pero conservo las palabras de nuestros filósofos, y sé que en nosotros hay algo más que carne.
Dentro de nosotros hay algo que es inmortal, algo que no tiene exacto nombre para nosotros… Pero hace poco he sabido su nombre. Un día ha pasado por Cesárea un hombre, que hacía prodigios y hablaba mejor que Sócrates y Platón.
Fue objeto de muchos comentarios, en termas y triclinios, o en los dorados peristilos. Ensuciaron su augusto nombre pronunciándolo en las salas de sus inmundas orgías. Y mi amo me mandó leer otra vez -precisamente a mí, que ya sentía en mí algo inmortal que sólo le corresponde a Dios y no se compra como mercancía en un mercado de esclavos-las obras de los filósofos, para cotejar y buscar si esta cosa ignorada, que el hombre que había venido a Cesárea había llamado "alma", estaba ahí descrita.
¡A mí me lo hizo leer, a mí a quien quería someter a su carnalidad! Así he venido a saber que esta cosa inmortal es el alma. Y, mientras Valeriano con los otros como él escuchaba mi voz, y, entre un eructo y un bostezo, trataba de entender, comparar y discutir, yo unía lo que decían, refiriendo las palabras del Desconocido, a las palabras de los filósofos, y me las metía aquí, y con ellas me construía una dignidad cada vez más fuerte, para rechazar su libídine… Hace unos días, una noche, me pegó salvajemente, porque lo rechacé a dentelladas… Al día siguiente me escapé…
Hace cinco días que vivo en esa espesura, cogiendo de noche moras e higos chumbos. Pero al final dará conmigo.
Ciertamente me está buscando. Cuesto mucho dinero, y gusto demasiado a su carnalidad, como para que se desentienda de mí… ¡Ten piedad! Te pido -eres hebreo y, sin duda, sabes dónde está-, te pido que me conduzcas a ese Desconocido que habla a los esclavos y que habla del alma. Me han dicho que es pobre. Pasaré hambre, pero quiero estar a su lado para que me instruya y me eleve: vivir con los brutos embrutece, aunque se les oponga resistencia. Quiero volver a poseer la dignidad moral mía.
-Ese hombre, el Desconocido al que buscas, está frente a ti.
-¿Tú? ¡Oh, ignoto Dios de la Acrópolis! ¡Ave! -y se postra hasta tocar con la frente el suelo.
-Aquí no puedes estar. Pero Yo voy a Cesárea…
-¡No me dejes, Señor!
-No te dejo… Estoy pensando…
-Maestro, nuestro carro está, sin duda, en el lugar convenido, esperándonos. Manda a avisar. En el carro estará segura como en nuestra casa -aconseja María de Magdala.
-¡Sí, confíanosla a nosotras, Señor! Ocupará el lugar del anciano Ismael. La instruiremos sobre ti. Será una mujer arrebatada al paganismo -suplica Marta.
-¿Quieres venir con nosotros? -pregunta Jesús.
-Con cualquiera de los tuyos, con tal de no volver con aquel hombre. ¡Pero… pero aquí una mujer ha dicho que lo conoce! ¿No me traicionará? ¿No irán romanos a su casa? ¿No…?
-No tengas miedo. A Betania no van romanos; sobre todo, de esa clase -dice la Magdalena para tranquilizar.
-Simón y Simón Pedro, id a buscar el carro. Os esperamos aquí. Entraremos en la ciudad después -ordena Jesús.
…Cuando el pesado carro cubierto anuncia su presencia con el ruido de los cascos y las ruedas y con el farol oscilante colgado de su techo, los que esperaban se levantan del ribazo donde han cenado y bajan al camino.
El carro se para, bamboleándose, en la orilla del camino deformado. Bajan Pedro y Simón; inmediatamente después, baja una mujer anciana, que corre a abrazar a la Magdalena diciendo:
-Ni siquiera un momento, no quiero dejar pasar ni un momento sin decirte que soy feliz, que tu madre exulta conmigo, que eres de nuevo la rubia rosa de nuestra casa, como cuando dormías en la cuna después de haber mamado de mi pecho -y la besa una y otra vez. María llora entre sus brazos.
-Mujer, te confío a esta joven y te pido el sacrificio de esperar aquí toda la noche. Mañana podrás ir al primer pueblo de la vía consular y esperar allí. Nosotros iremos antes del final de la tercia -dice Jesús a la nodriza.
-Todo sea como Tú quieras. ¡Bendito seas! Déjame sólo darle a María los vestidos que le he traído.
Y vuelve a subir al carro, con María Santísima, María y Marta.
Cuando vuelven a salir, la Magdalena aparece como la veremos en lo sucesivo siempre: con una túnica sencilla, un lienzo fino y grande de lino como velo y un manto sin adornos.
-Ve tranquila, Síntica. Mañana vendremos nosotros. Adiós.
Es el saludo de Jesús, que reanuda su camino hacia Cesárea…
Mucha gente, a la luz de antorchas o faroles llevados por esclavos, pasea por la orilla del mar, respirando el aire marino: gran alivio para los pulmones cansados del bochorno del estío. Los que pasean son precisamente la clase de los ricos romanos. Los hebreos están dentro de sus casas y gozan del fresco en la parte alta de éstas.
La orilla del mar parece un larguísimo salón en hora de visitas. Pasar por ahí significa literalmente ser sometido a detallado análisis. Pues bien, a pesar de ello, Jesús pasa precisamente por ahí, todo a lo largo de la orilla, sin hacer caso de miradas, comentarios o ironías.
-Maestro, ¿Tú por aquí? ¿A esta hora? -pregunta Lidia (que está sentada en una especie de sillón o triclinio que le han llevado los esclavos al margen de la vía), y se pone en pie.
-Vengo de Dora y se me ha hecho tarde. Estoy buscando un lugar de alojamiento.
-Te diría: ahí está mi casa -y señala un bonito edificio a espaldas suyas -Pero no sé si…
-No. Te lo agradezco, pero no acepto. Traigo a muchos conmigo y ya dos de ellos se han adelantado para avisar a personas que conozco. Creo que me darán hospedaje.
Los ojos de Lidia se fijan también en las mujeres a las que ha señalado Jesús junto con los discípulos. Enseguida reconoce a la Magdalena.
-¡María! ¿Tú? ¡Entonces es verdad!
La mirada de María es como la de una gacela acorralada: denota suplicio. No sin motivo, porque no es Lidia la única a quien afrontar; hay muchos otros que se están fijando en ella… Pero mira a Jesús y se siente segura de nuevo.
-Es verdad.
-¡Entonces te hemos perdido!
-No. Me habéis encontrado. Al menos espero hallaros un día, y con una amistad mejor, en este camino que por fin he encontrado. Díselo esto, te lo ruego, a todos los que me conocen. Adiós, Lidia. Olvida todo el mal que me viste hacer. Te pido perdón por ello…
-¡Pero María! ¿Por qué te humillas? Hemos vivido la misma vida, de ricos y ociosos, y no hay…
-No. Yo he vivido una vida peor. Pero la he dejado. Y además para siempre.
-Adiós, Lidia -abrevia el Señor, y se mueve hacia su primo Judas, que, con Tomás, está viniendo hacia Él.
Lidia retiene un momento más a la Magdalena.
-Ahora que estamos entre nosotras, dime la verdad: ¿estás realmente convencida?
-No convencida: dichosa de ser la discípula. Sólo lloro una cosa: no haber conocido antes la Luz y haber comido el lodo en vez de nutrirme de Ella. Adiós, Lidia.
La respuesta resuena límpida en el silencio que se ha hecho en torno a las dos mujeres. Ninguno de los muchos presentes dice ya nada más… María se vuelve y, rápida, trata de alcanzar al Maestro.
Un joven se le pone delante:
-¿Es tu última locura? -dice, y hace ademán de abrazarla, pero, estando medio borracho, no lo logra y María lo evita mientras le grita: «No, es mi único acto de cordura». Y se llega hasta donde sus compañeras, que sienten tanta repulsa de las miradas de esos viciosos, que van veladas como mahometanas.
-María -dice temblorosa Marta -¿has sufrido mucho?
-No. Y, tiene razón, y ahora ya no volveré a sufrir por esto, tiene razón Él…
Tuercen todos hacia una callejuela oscura, para entrar luego en una casa grande -se ve que es una posada-donde pasar la noche.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Todavía es de noche (una preciosa noche de Luna menguante) cuando, silenciosamente, Jesús con los apóstoles y las mujeres, Juan de Endor y Hermasteo, se despiden de Isaac, que es el único que está despierto, para emprender el camino siguiendo la orilla del mar.
El rumor de los pasos es sólo un leve crujido de grava comprimida por las sandalias. Ninguno habla hasta que no dejan unos metros atrás la última de las casitas. Quien en ella duerme, o en las otras anteriores, ciertamente no ha advertido la silenciosa partida del Señor y sus amigos. El silencio es profundo. Sólo el mar habla: a la Luna, que ya se encamina hacia el poniente, empezando a declinar; a las arenas, y les cuenta las historias de las profundidades, con su larga ola de marea alta incipiente que va dejando cada vez menos margen seco al litoral.
Esta vez las mujeres van adelante, con Juan, Simón Zelote, Judas Tadeo y Santiago de Alfeo, los cuales ayudan a las discípulas a pasar pequeños escollos que aparecen acá o allá, húmedos de agua salubre y resbaladizos. El Zelote va con la Magdalena, Juan con Marta, mientras que Santiago de Alfeo se ocupa de su madre y de Susana y Judas Tadeo no cede a ninguno el honor de tomar en su recia y larga mano -otra parte en que asemeja a Jesús-la mano menuda de María, para sostenerla en los pasos difíciles. Cada uno de ellos habla en voz baja con su compañera. Parece como si todos quisieran respetar el sueño de la Tierra.
El Zelote habla muy animadamente con María de Magdala, y veo que más de una vez Simón abre los brazos con el gesto de quien dijera: «Así es y no hay otra posibilidad». Pero, dado que son los que van más adelantados, no oigo lo que dicen.
Juan habla sólo de vez en cuando con su compañera, señalándole el mar y el Carmelo, cuya ladera occidental está todavía blanca de luna. Quizás está hablando del camino que recorrieron la otra vez bordeando el Carmelo por la otra parte.
También Santiago, entre María de Alfeo y Susana, habla del Carmelo. Dice a su madre:
-Jesús me ha prometido que subiríamos allá arriba los dos solos, y que me diría una cosa sólo a mí.
-¿Qué querrá decirte, hijo? ¿Me lo participas luego?
-Mamá, si es un secreto, no te lo puedo decir -responde sonriendo, con esa sonrisa suya tan afectuosa, Santiago, cuya semejanza con José, el esposo de María, es muy sensible en las facciones y, más aún, en la serena dulzura.
-Para la madre no hay secretos.
-No los tengo, la verdad. Pero si Jesús me quiere allá arriba solo, y sólo para hablarme, es señal de que no quiere que sepa nadie lo que quiere decirme. Tú, mamá, eres mi querida mamá a la que quiero mucho, pero Jesús está por encima de ti y su voluntad también. De todas formas, le preguntaré, cuando llegue el momento, si te puedo decir a ti sus palabras. ¿Estás contenta ahora?
-Te olvidarás de preguntarlo…
-No, mamá; no te olvido nunca, aunque estés lejos de mí. Siempre que oigo o veo algo bonito pienso: "¡Si estuviera aquí mi madre!"
-¡Amor! Dame un beso, hijo mío.
María de Alfeo está emocionada. Pero la emoción no mata la curiosidad. Vuelve al asalto después de unos momentos de silencio.
-Has dicho: su voluntad. Entonces es que has comprendido que te quiere manifestar algún designio suyo. ¡Venga, hombre, al menos esto lo puedes decir! ¡Esto te lo habrá dicho estando presentes los demás!
-La verdad es que iba delante sólo con Él -dice sonriendo Santiago.
-Pero los otros podían oír.
-No me dijo mucho, mamá. Me recordó las palabras y la oración de Elías en el Carmelo: "De los profetas del Señor he quedado yo sólo"; "sé propicio a mi oración, para que este pueblo reconozca que Tú eres el Señor Dios"».
-¿Y qué quería decir?
-¡Cuántas cosas quieres saber, mamá! Ve donde Jesús, entonces; que te las diga -se defiende Santiago.
-Habrá querido decir que, dado que el Bautista ha sido apresado, queda sólo El como profeta en Israel, y que Dios deberá conservarlo mucho tiempo para que el pueblo sea adoctrinado -dice Susana.
-¡Mmm! Dudo que Jesús pida ser conservado mucho tiempo. Para sí mismo no pide nada… ¡Venga, Santiago mío, díselo a tu madre!
-La curiosidad es un defecto, mamá; es cosa inútil, peligrosa y a veces dolorosa. Haz un buen acto de mortificación…
-¡Ay, pobre de mí! ¿No habrá querido decir que me van a encarcelar a tu hermano, o… quizás… matarlo? -pregunta toda agitada María de Alfeo.
-Judas no es "todos los profetas", mamá, aunque, por tu amor, cada uno de tus hijos representa al mundo…
-Pienso también en los demás, porque… porque entre los profetas futuros estáis ciertamente vosotros. Entonces… entonces, si sólo quedas tú… Si sólo quedas tú es señal de que los otros, mi Judas… ¡oh!
María de Alfeo deja al improviso donde están a Santiago y a Susana y, ligera como una jovencilla, vuelve hacia atrás corriendo, sin hacer caso a la pregunta que le dirige Judas Tadeo. Llega, como si alguien la estuviera persiguiendo, al grupo de Jesús.
-Jesús mío,…estaba hablando con mi hijo… de lo que le dijiste… del Carmelo… de Elías… de los profetas… Dijiste… que Santiago se quedará solo… ¿Qué será de Judas, entonces? ¡Es mi hijo, sabes! -dice toda jadeante por la congoja y por la carrera realizada.
-Lo sé, María; como también sé que te sientes feliz de que sea mi apóstol. Date cuenta de que tú tienes todos los derechos como madre y Yo los tengo como Maestro y Señor.
-¡Es verdad… es verdad… pero Judas es mi hijito!… y María, vislumbrando un momento futuro, se echa a llorar con ganas.
-¡Oh, son lágrimas muy mal empleadas! Pero todo se le comprende a un corazón de madre. Ven aquí, María. No llores. Ya te consolé otra vez. En aquel momento te prometí que aquel dolor te alcanzaría de Dios grandes gracias, para ti, para tu Alfeo, para tus hijos… (Jesús ha pasado su brazo por encima de los hombros de su tía y la ha juntado estrechamente a sí… Ahora ordena a los que iban con Él:
-Vosotros id adelante…
Luego, ya sólo con María de Alfeo, sigue diciendo:
-Y no mentí. Alfeo murió invocándome. Por tanto, toda deuda suya hacia Dios quedó cancelada. María, tu dolor obtuvo esta conversión hacia el pariente que antes Alfeo no había comprendido, hacia el Mesías que no había querido reconocer; ahora, este dolor tuyo obtendrá que el vacilante Simón y el reacio José imiten a tu Alfeo.
-Sí, pero… ¿Qué vas a hacer con Judas, con mi Judas?
-Lo amaré más aún de cuanto le amo ahora.
-No, no. Hay un presagio amenazador en esas palabras. ¡Oh, Jesús! ¡Oh, Jesús!…
María Virgen vuelve hacia atrás porque, ante ese dolor cuya naturaleza todavía desconoce, quiere consolar también a su cuñada. En cuanto sabe de qué dolor se trata -porque su cuñada, al verla a su lado, llora aún más fuerte y se lo dice-se pone más pálida que la misma Luna.
María de Alfeo gime:
-Dile tú que no, que no… la muerte para mi Judas…
María Virgen, aún más pálida, le dice:
-¿Podría pedir esto para ti, si ni siquiera para mi Hijo pido que sea salvado de la muerte? María, di conmigo: "Hágase tu voluntad, Padre, en el Cielo, en la Tierra y en el corazón de las madres". Hacer la voluntad de Dios a través del destino de nuestros hijos es el martirio redentor de nosotras las madres… Además… nadie ha confirmado que vayan a matarlo a Judas, o matarlo antes de que tú mueras.
¡Tu oración de ahora por que alcance la mayor longevidad cómo te pesaría entonces, cuando, en un Reino de Verdad y Amor, veas todas las cosas a través de las luces de Dios y a través de tu maternidad espiritualizada! Entonces -estoy seguro de ello-, como bienaventurada y como madre, querrías que Judas fuera semejante a mi Jesús en su destino de redentor, y anhelarías vivamente tenerlo pronto contigo, de nuevo, para siempre. Porque el tormento de las madres es verse separadas de sus hijos: un tormento tan grande, que creo que perdurará, como ansia amorosa, incluso en el Cielo que nos acogerá.
El llanto de María -tan fuerte y en medio del silencio de un primer barrunto de alba-ha hecho que todos vuelvan atrás para saber lo que pasa, con lo cual han oído las palabras de María Virgen y la emoción se extiende: llora María de Magdala susurrando:
«Y yo le he procurado ese tormento a mi madre ya desde esta Tierra»; llora Marta diciendo: «La separación de los hijos y la madre significa dolor recíproco»; brillan también los ojos de Pedro. Por su parte el Zelote dice a Bartolomé: « ¡Qué palabras de sabiduría para explicar lo que será la maternidad de una bienaventurada!»; « ¿Y cómo -le responde Natanael valorará las cosas una madre bienaventurada: a través de las luces de Dios y de la maternidad espiritualizada…! Se queda uno sin respiración, como ante un luminoso misterio».
Judas Iscariote dice a Andrés:
-La maternidad, expresada en esos términos, se despoja de todo sentido de peso para ser pura ala. Da la impresión de estar viendo ya a nuestras madres transformadas en una inimaginable belleza.
-Es verdad. La nuestra, Santiago, nos amará así. ¿Te imaginas lo perfecto que será entonces su amor? -dice Juan a su hermano, y es el único en que se dibuja una luz de sonrisa (¡tanto le emociona gozosamente la idea de que su madre llegue a amar en modo perfecto!).
Siento haber causado tanto dolor -dice Santiago de Alfeo en tono de pedir disculpas. Ha intuido más de lo que he dicho… Créeme, Jesús.
-Lo sé. Lo sé. María se está labrando a sí misma, y éste ha sido un golpe más fuerte de cincel; pero le quita mucho peso muerto -dice Jesús.
-¡Venga, madre! ¡Deja ya de llorar! Esto me duele. Que sufras como una pobre mujercita que no conoce las certezas del Reino de Dios. No te pareces en nada a la madre de los niños Macabeos -recrimina a su madre Judas Tadeo, severo, aunque abrazándola… Y, besándola en la cabeza, en sus cabellos entrecanos, añade: «Pareces una niña con miedo a las sombras y a las fábulas que le cuentan para asustarla.
Pero tú sabes dónde encontrarme: en Jesús. ¡Qué mamá! ¡Qué mamá! Deberías llorar si se te hubiera dicho que, en un futuro, fuera a traicionar a Jesús, a abandonarlo, o fuera a ser un réprobo. Entonces sí, entonces deberías llorar incluso sangre. Pero, si Dios me ayuda, no te daré nunca ese dolor, madre mía. Quiero estar contigo por toda la eternidad…
El reproche, primero; las caricias, después… terminan por enjugar el llanto de María de Alfeo, que ahora se siente -y se la ve-toda avergonzada de su debilidad.
En el tránsito de la noche al día -habiéndose ocultado la Luna sin haber empezado todavía a amanecer-la luz ha disminuido. Pero es sólo un breve intermedio incierto.
Inmediatamente después, la luz -primero plomiza, luego levemente gris, luego verdastra, luego láctea con transparencias de azul, finalmente clara, casi incorpórea plata-se afirma, cada vez más, facilitando el camino por el guijarral húmedo que las olas han dejado descubierto; mientras, los ojos se alegran con la vista del mar, ya de un azul más claro, pronto a encenderse de visos de gema.
Y luego el aire embebe su plata de un rosa cada vez más seguro, hasta que este rosa-oro de la aurora se hace lluvia rosa-roja que cae en el mar, en los rostros, en los campos, formando contrastes de tonalidades cada vez más vivos, los cuales alcanzan el punto perfecto -para mí siempre el más bonito del día cuando el Sol, saltando los confines del oriente, lanza su primer rayo hacia montes y laderas, bosques, prados y vastas llanuras marinas y celestes, y acentúa todos los colores: la blancura de las nieves o de las lejanías montañosas, con un color añil entreverado de verde diaspro; o el cobalto del cielo, que palidece para acoger el rosa; o el zafiro veteado de jaspe y orlado de perlas del mar. Y hoy el mar es un verdadero milagro de belleza: no muerto en la calmaría pesada ni agitado bajo la lucha de los vientos, sino majestuosamente vivo con su reñir de leves olas, apenas señaladas con una ondulación coronada por una crestita de espuma.
Llegaremos a Dora antes de que el sol queme. Reanudaremos la marcha al declinar del sol. Mañana, en Cesárea, terminará vuestro esfuerzo, hermanas. También nosotros descansaremos. Allí estará ciertamente vuestro carro. Nos separaremos… ¿Por qué lloras, María? ¿Voy a tener que ver hoy llorar a todas las Marías? -dice Jesús a la Magdalena.
-Le apena dejarte -dice su hermana para disculparla.
-No quiere decir que no nos vayamos a volver a ver, y además pronto.
María hace gesto de negación con la cabeza. No llora por eso.
El Zelote explica:
-Teme no saber ser buena sin tenerte a su lado. Teme… ser tentada demasiado fuertemente una vez que Tú ya no estés cerca manteniendo alejado al demonio. Me hablaba de esto hace poco.
-No tengas este temor. Yo no retiro nunca una gracia que he concedido. ¿Quieres pecar? ¿No? Pues estáte tranquila. Vigila, eso sí, pero no tengas miedo.
-Señor… lloro también porque en Cesárea… Cesárea está llena de mis pecados. Ahora los veo todos… Me espera mucho que sufrir en mi humanidad…
-Me alegro; cuanto más sufras mejor será, porque después ya no tendrás que sufrir con estas inútiles penas. María de Teófilo, te recuerdo que eres hija de un padre fuerte, y que eres un alma fuerte y que Yo te quiero hacer fortísima. En las otras compadezco las debilidades, porque han sido siempre mujeres mansas y tímidas, incluso tu hermana. En ti no lo soporto. Te labraré con fuego y yunque. Porque eres temple que debe labrarse así, para no deteriorar el milagro de tu voluntad y la mía. Esto debéis saberlo tú y los que -de entre los presentes o los ausentes-pensasen que podría ser débil contigo por lo mucho que te he amado. Te concedo que llores por arrepentimiento y por amor; no por ninguna otra cosa. ¿Comprendes? -Jesús se muestra sugestivo y severo.
María de Magdala se esfuerza en tragar lágrimas y sollozos y cae de rodillas, besa los pies de Jesús; e intentando hablar con voz firme, dice:
-Sí, mi Señor. Haré como Tú quieres.
-Álzate, pues, y está serena.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La gente de Sicaminón, movida por la curiosidad de ver, en espera del Maestro, ha estado asediando todo el día el lugar en que están asentados los discípulos. Pero las discípulas, mientras tanto, no han perdido el tiempo; se han dedicado a lavar la ropa, polvorienta y sudada. Así pues, en la pequeña playa hay toda una alegre exposición de ropa secándose al viento y al sol. Ahora, que está cercano el atardecer, y con él se percibiría ya la humedad salobreña, se apresuran a recoger la ropa, aunque esté todavía un poco húmeda, y a sacudirla y estirarla en todas las direcciones antes de doblarla, para que los respectivos propietarios la encuentren bien ordenada.
-Vamos a llevarle a María enseguida su ropa -dice María de Alfeo. Y termina: «¡Ha estado muy sacrificada ayer y hoy en ese cuartito sin aire!…».
Por esto me doy cuenta de que la ausencia de Jesús ha sido de más de un día, y de que en ese tiempo María de Magdala, propietaria de un solo vestido, que además es prestado, ha tenido que estar escondida hasta que estuviera seco.
Susana responde:
-¡Menos mal que no se queja nunca! No pensaba que fuera tan buena.
-Y tan humilde, debes decir, y reservada. ¡Pobre hija! ¡Verdaderamente era el diablo el que la atormentaba! Una vez que mi Jesús la ha librado, ha vuelto a ser ella como sin duda era de niña.
Y hablando entre ellas vuelven a casa a llevar la ropa lavada. Entretanto, en la cocina, Marta trabaja en preparar las viandas. La Virgen está limpiando las verduras en un barreño de cobre y poniéndolas a hervir para la cena.
-Aquí está todo ya seco, limpio y doblado. Hacía falta. Ve donde María y dale su ropa -dice Susana mientras da el vestido a Marta.
Pasa un rato y las dos hermanas vuelven juntas.
-Gracias a las dos. El sacrificio del vestido sin cambiar desde hace días me era el más penoso -dice María de Magdala sonriendo -Ahora me siento toda fresca.
-Sal afuera a sentarte, que hay un buen vientecillo y te vendrá muy bien después de tanto tiempo encerrada -observa Marta, la cual, siendo menos alta y de formas menos esculturales que su hermana, ha podido ponerse un vestido de Susana o de María de Alfeo mientras su ropa se lavaba.
-Esta vez se ha hecho así, pero para el futuro nos haremos nuestro pequeño saco, como las otras, y no tendremos esta incomodidad -dice la Magdalena.
-¿Cómo? ¿Tienes intención de seguirlo como nosotras?
-Por supuesto. A menos que Él me ordene lo contrario. Ahora voy a la orilla del mar a ver si vienen. ¿Vuelven esta tarde?
-Eso espero -responde María Santísima -Estoy preocupada porque ha ido a Fenicia. Pero pienso que está con los apóstoles, y también que los fenicios quizás son mejores que otros muchos. Pero querría que volviera, incluso por la gente que está esperando. Cuando he ido a la fuente, una mujer me ha parado y me ha dicho: "¿Estás con el Maestro galileo, el que llaman el Mesías? Ven entonces y mira cómo está mi hijo. Hace un año que le atormenta la fiebre". He entrado en una casita. ¡Pobre criatura! ¡Parecía una florecilla agonizante! Se lo diré a Jesús.
-Hay otros también que piden igualmente la curación; más curación que enseñanza -dice Marta.
-El hombre difícilmente es todo espiritual. Siente con mayor fuerza la llamada de la carne y sus necesidades -responde la Virgen.
-Pero muchos, después del milagro, nacen a la vida del espíritu.
-Sí, Marta. Y ese también es un motivo por el que mi Hijo hace tantos milagros. Por bondad hacia el hombre, pero también para atraerlo, con ese medio, a este camino suyo que, si no, demasiados no lo seguirían.
En esto, vuelve a casa Juan de Endor (que no había ido con Jesús) y con él muchos discípulos en dirección a sus respectivas casas. Casi contemporáneamente, regresa la Magdalena diciendo:
-Están llegando. Son las cinco barcas que zarparon al alba de ayer. Las he reconocido muy bien.
-Estarán cansados y sedientos. Voy por más agua. La fuente es muy fresca.
María de Alfeo sale con las tinajas.
-Vamos a recibir a Jesús. Venid -dice la Virgen. Y sale con la Magdalena y Juan de Endor, porque Marta y Susana se quedan trabajando en los fuegos, rojas y muy ocupadas de ultimar la cena. Costeando la orilla, llegan a un pequeño espigón, donde ya otras barcas de pesca que han regresado están detenidas; desde su punta se ve bien todo el golfo, así como la ciudad de que recibe el nombre; y se ven también las cinco barcas que avanzan ligeras, un poco inclinadas por la veloz marcha, la vela bien tirante debido a un ligero viento boreal que favorece a las barcas y alivia a los hombres fatigados por el calor.
-Mira qué bien se manejan Simón y los otros. Siguen que es una maravilla la barca del guía. Fijaos, ya han sobrepasado el rompiente; ahora se internan hacia mar abierto para rodear la corriente, que es fuerte en ese punto. Fijaos… Ahora va todo bien. Dentro de poco están aquí -dice Juan de Endor.
En efecto, las barcas se van acercando cada vez más y ya se puede ver a los que vienen en ellas.
Jesús viene en la primera, junto con Isaac. Se ha puesto en pie y su alta estatura se manifiesta en toda su majestuosidad, hasta que la vela, al arriarla, lo esconde durante unos minutos. Dado que la barca, virando, pasa de proa a costado para entrar y ponerse al amparo del muelle, pasando así frente a las mujeres, que están encima del espigón, Jesús las saluda con una sonrisa y ellas se echan a andar deprisa para llegar al punto de arribo cuando la barca.
-¡Dios te bendiga, Hijo! -dice María como saludo a Jesús, el cual pone pie en el andén.
-Dios te bendiga, Mamá. ¿Has estado preocupada? En Sidón no hemos encontrado a quien buscábamos, así que hemos ido hasta Tiro. Allí hemos encontrado. Ven, Hermasteo… Mira, Juan, este joven quiere ser adoctrinado. Te le confío.
-Lo adoctrinaré sobre tu palabra, no te defraudaré.
¡Gracias, Maestro! Hay muchos que te están esperando -responde Juan de Endor.
-Hay también un pobre niño enfermo, Hijo mío. La madre te espera ansiosa.
-Voy enseguida a verla.
-Sé quién es, Maestro. Te acompaño. Ven, Hermasteo; así empezarás a conocer la bondad infinita de nuestro Señor dice el hombre de Endor.
Bajan: de la segunda barca, Pedro; de la tercera, Santiago; de la cuarta, Andrés; de la quinta, Juan: los cuatro pilotos, seguidos luego por los otros apóstoles o discípulos que venían con ellos. Ahora se agolpan alrededor de Jesús y María.
-Id a casa. Vuelvo enseguida. Preparad, entretanto, lo necesario para la cena y decid a las personas que están esperando que al anochecer hablaré.
-¿Y si hay enfermos?
-Primero los curaré. Incluso antes de la cena, para que puedan regresar a sus casas felices.
Se separan: Jesús va con el hombre de Endor y Hermasteo hacia la ciudad; los otros vuelven por el camino de la playa guijarrosa, narrando todo lo que han visto y oído, contentos como niños que regresaran con sus mamás.
También Judas de Keriot está contento. Enseña todas las limosnas que le han dado los pescadores de púrpura; sobre todo, un buen taleguillo de la preciosa materia.
-Esto para el Maestro. Si no la lleva El, ¿quién la podría llevar? Me llamaron aparte y me dijeron: "Tenemos madréporas de valor en la barca, y -¡fíjate!-una perla también. Un tesoro. No sé cómo hemos tenido tanta suerte.
Te las regalamos con mucho gusto para el Maestro. Ven a verlas". Fui, dado que me lo habían pedido, mientras el Maestro estaba retirado en una gruta orando. Eran corales bellísimos, y una perla… no grande pero sí bonita. Les dije: "No os privéis de estas cosas. El Maestro no lleva ninguna joya. Más bien, dadme un poco de esa púrpura, para embellecer su túnica". Tenían este montoncito. Se empeñaron en dármela toda. Ten, Madre, haz con ella un bonito trabajo, como tú sabes hacer, para nuestro Señor.
¡Pero hazlo! Si se da cuenta querrá que se venda para los pobres, y queremos verlo vestido como merece; ¿no es verdad?
-¡Sí, sí, cierto! Yo sufro cuando lo veo vestido con esa simplicidad en medio de otros; Él, que es Rey, mientras que ellos son peor que esclavos, y todo emperifollados y acicalados. ¡Y lo miran como a un pobre, indigno de ellos! -dice Pedro.
-¿Te diste cuenta de cómo se reían esos… señores de Tiro cuando nos estábamos despidiendo de los pescadores?-le dice su hermano -Les dije: "¡Os debería dar vergüenza, perros, que es lo que sois! Vale más un hilo de su túnica blanca que no todos vuestros perifollos" -dice Santiago de Zebedeo.
-Yo quisiera -dado que le han dado esto a Judas -que lo preparases para los Tabernáculos -dice el otro Judas, el Tadeo.
-Nunca he hilado con la púrpura. Pero lo intentaré, a ver si soy capaz -dice María Santísima mientras toca las séricas hebras, esponjosas, de espléndido color.
-La que fue mi nodriza es experta en esto. La encontraremos en Cesárea. Te enseñará. Aprenderás enseguida porque tú sabes hacer todo bien. Yo haría una cenefa para el cuello, para las bocamangas y para la parte baja de la túnica: púrpura sobre lino o lana blanquísimos, con palmas y rosetones, como los de los mármoles del Santo, y con el nudo de David en el centro. Estaría muy bien -dice la Magdalena, experta de cosas bonitas en general.
Marta dice:
-Nuestra madre hizo ese dibujo, por lo bonito que era, en la túnica destinada a Lázaro para el viaje de toma de posesión de sus tierras de Siria. Lo he conservado porque fue la última labor de nuestra madre. Te lo mandaré.
-Lo haré orando por vuestra madre.
En esto, han llegado ya a las casas. Los apóstoles se reparten para reunir a los que esperan al Maestro, especialmente a los enfermos…
Y vuelve Jesús con Juan de Endor y Hermasteo. Pasa saludando a la gente que está apiñada delante de las pequeñas casas. Su sonrisa es una bendición.
No podía faltar el enfermo de los ojos, casi ciego por las oftalmías ulcerosas. Se lo presentan y Él lo cura. Luego es el turno de uno que está sin duda palúdico, consumido y amarillo como un chino, y lo cura.
Luego es una mujer, que le pide un milagro singular: leche para su pecho, que no la tiene; y muestra un niño de pocos días, desnutrido y todo colorado, inflamado, como por un trastorno interno. Llora:
-Fíjate. Se nos manda obedecer al hombre y procrear. Pero ¿para qué sirve, si luego vemos apagarse a nuestros hijos? Es el tercero que doy a luz. A dos ya los he recostado en el sepulcro, por este pecho ciego. Éste ya se está muriendo porque ha nacido en la época de mayor calor. Los otros vivieron: uno diez lunas y el otro seis; para, al final, hacerme llorar más todavía, porque murieron por enfermedad de la tripa. Si tuviera mi leche esto no pasaría…
Jesús la mira y dice:
-Tu hijo vivirá. Ten fe. Ve a tu casa. En cuanto llegues dale el pecho al niño. Ten fe.
La mujer, obediente, se marcha, estrechando contra su corazón al menesteroso, que refunfuña como un gatito.
-Pero, ¿le va a venir la leche?
-Claro que le vendrá.
-Yo digo que le va a vivir el niño, pero que la leche no le viene, y ya si vive será un milagro… Está casi muerto de penuria.
-Pues yo digo que le viene la leche.
-Sí.
-No.
Las opiniones son múltiples como las personas.
Mientras tanto, Jesús se retira a cenar. Cuando sale para predicar de nuevo, hay todavía más gente, porque la noticia del milagro del niño enfermo de fiebres, realizado por Jesús al poco de desembarcar, se ha extendido por la ciudad.
-Os doy mi paz para que prepare vuestro espíritu a comprender. En la tempestad no se puede oír la voz del Señor. Cualquier tipo de desasosiego es nocivo a la Sabiduría, porque la Sabiduría, siendo así que viene de Dios, es pacífica; el desasosiego, por el contrario, no viene de Dios, porque los agobios, las ansias, las dudas, son obras del Maligno para inquietar a los hijos del hombre y separarlos de Dios.
Os propongo esta parábola para que entendáis mejor la enseñanza.
Un agricultor tenía en sus campos muchos árboles y vides que daban mucho fruto; entre éstas, una, de la que se sentía muy orgulloso, de calidad selecta. Un año esta vid dio muchas hojas, pero pocos racimos. Un amigo le dijo al agricultor: "Es porque la has podado demasiado poco". Al año siguiente el hombre la podó mucho: la vid dio pocos sarmientos y de racimos todavía menos. Otro amigo dijo:
"Es porque la has podado demasiado". El tercer año el hombre no la tocó: la vid no dio ni un solo racimo, y muy pocas hojas, delgadas, acartonadas, orinientas. Un tercer amigo sentenció: "Muere porque la tierra no es buena.
Quémala". "Pero ¿por qué, si es la misma tierra de las otras y la cuido como a las demás? ¡Antes iba bien!". El amigo se encogió de hombros y se fue.
Pasó un desconocido viandante y se detuvo a observar al agricultor que estaba apoyado con tristeza en el tronco de la pobre vid. "¿Qué te pasa?" le preguntó. "¿Algún difunto en tu casa?".
-No. Pero se me está muriendo esta vid. La apreciaba mucho. Se ha quedado sin savia para dar fruto. Un año, poco; al otro, menos; éste, nada. He hecho lo que me han aconsejado, pero no ha servido de nada.
El desconocido entró en el campo y se acercó a la vid. Tocó las hojas, cogió un terrón del suelo, lo olió, lo desmenuzó con sus dedos, alzó su mirada hacia el tronco del árbol que servía de apoyo a la vid…
-Tienes que contarlo. Esta vid está consumida por causa del tronco.
-¡Pero si es su apoyo desde hace años!
-Respóndeme, hombre: cuando plantaste esta vid, ¿cómo era ella y cómo era el tronco?
-¡Oh, era un hermoso majuelo de tres años! Lo saqué de otra cepa mía. Para traerlo aquí hice un agujero profundo, para no dañar las raíces al sacarlo del terruño natal. También aquí había hecho un agujero igual; más grande todavía, para que estuviera enseguida a sus anchas. Antes había excavado bien con la azada toda la tierra de alrededor para que estuviera esponjosa, de forma que las raíces pudieran extenderse enseguida sin esfuerzo. Metí en el fondo grato abono y coloqué el majuelo con todo cuidado --como sabes, las raíces se fortifican si encuentran inmediatamente algo que las nutra-.
Del olmo me ocupé menos. Era un arbolito cuya única función era la de servir de apoyo al majuelo. Por eso, lo puse, casi superficialmente, al lado del majuelo, lo afiancé y me fui. Arraigaron los dos, porque la tierra es buena. De todas formas, mientras que la vid crecía de un año para otro -estimada, podada, rejacada-, el olmo crecía con dificultad (¡para lo que servía!…)… Pero luego se ha hecho recio. ¿Ves qué hermoso está ahora? Cuando vuelvo de lejos veo destacar alta su copa como una torre, y me parece la enseña de mi pequeño reino. Al principio la vid lo tapaba y no se veían sus hermosas frondas. ¡Ahora, mira qué hermosa su copa allá arriba bajo el sol! ¡Y qué tronco! Derecho, fuerte. Podía sujetar esta vid durante años y años, aunque hubiera crecido como aquellas que cogieron los exploradores de Israel en el torrente del Racimo. Sin embargo…".
-Sin embargo… te la ha matado. La ha rendido. Todo favorecía su vida: el terreno, la posición, la luz, el sol, tu forma de cuidarla. Pero éste la ha matado. Se ha hecho demasiado fuerte. Ha atenazado sus raíces y las ha ahogado. Le ha quitado todo jugo proveniente del suelo, ha estrangulado su respiración, le ha vedado la luz que necesitaba. Tala inmediatamente este inútil y recio árbol, y tu vid renacerá. Y renacerá mejor aún si, con paciencia, excavas la tierra para poner al desnudo las raíces del olmo y las siegas, para asegurarte que no echen rebrotes.
Se pudrirán en el suelo con sus últimas ramificaciones: de muerte se transformarán en vida, porque se transformarán en sustancia fertilizante: digno castigo a su egoísmo. El tronco lo echarás al fuego, y así te será útil. Una planta inútil y nociva sólo sirve para el fuego, y debe ser arrancada, para que todo el bien lo reciba la planta buena y útil. Ten fe en lo que te digo y te sentirás feliz.
-Pero… ¿quién eres tú? Dímelo, para que pueda tener fe.
-Yo soy el Sapiente. Quien cree en mí estará seguro.
Y se marchó.
El hombre tuvo un momento de indecisión. Luego se decidió y echó mano a la sierra; es más, llamó a sus amigos para que le ayudaran.
-¡Qué sandez!
-¡Perderás vid y olmo!
-¡Yo me limitaría a podarle la copa para dar aire a la vid! ¡No más! En todo caso deberá tener un soporte. Es un trabajo inútil. ¿Quién sabe quién era! Quizás uno que te odia y tú no lo sabes.
-¡O quizás es un loco!
…Y así sucesivamente
-Haré lo que me ha dicho. Tengo fe en él.
Y segó el olmo por la base; y, no contento con ello, en un amplio radio puso al desnudo las raíces de las dos plantas, y segó con paciencia las del olmo, poniendo cuidado en no dañar las de la vid. Luego volvió a tapar el vasto agujero que había hecho. A la vid, que se había quedado sin soporte, le puso al lado una fuerte barra de hierro; luego escribió en una tabla la palabra "Fe" y la ató en la parte alta de la barra.
Los otros se marcharon meneando la cabeza.
Pasó el otoño y el invierno. Vino la primavera. Los sarmientos, enroscados en el apoyo se adornaron de abundantes gemas (primero apiñadas como en un estuche de terciopelo plateado; luego entreabiertas, sobre la esmeralda de las nacientes hojitas; luego abiertas del todo). Y nuevos sarmientos fuertes a partir del tronco (todos ellos un verdadero floreteo de florecillas… y luego todo un fructificar de granos de uva). Más racimos que hojas. Y éstas, grandes, verdes, fuertes, tan fuertes como los conjuntos de dos, tres o más racimos. Cada racimo, una densa concentración de granos carnosos, jugosos, espléndidos.
-¿Y ahora qué decís? ¿Era o no el árbol la razón por la cual mi vid moría? ¿Era acertado o no lo que dijo el Sapiente?
¿Tuve o no razón cuando escribí en esa tabla la palabra “Fe”?" -
-dijo el hombre a sus amigos incrédulos.
-Has tenido razón. ¡Dichoso tú que has sabido tener fe y has sido capaz de destruir el pasado y lo que de nocivo se te dijo.
Esta es la parábola.
Y, por lo que respecta a la mujer del pecho seco, ahí tenéis la respuesta. Mirad hacia la ciudad.
Todos se vuelven hacia la ciudad y ven que viene corriendo la mujer de antes, la cual, a pesar de que venga corriendo no separa a su hijito del pecho, de su pecho lleno, bien lleno, de leche, del que el pequeño hambriento mama con tal voracidad, que casi se ahoga. Y la mujer no se detiene sino a los pies de Jesús; sólo entonces separa un momento del pezón al niño y grita:
-¡Tu bendición, tu bendición, para que viva para ti!
Pasado este momento, Jesús continúa:
-Habéis recibido la respuesta a vuestras hipótesis acerca del milagro. De todas formas, la parábola tiene un sentido más amplio del pequeño episodio de una fe premiada. El sentido es éste:
Dios había plantado su vid, su pueblo, en un lugar apropiado, y le había procurado todo lo que necesitaba para crecer y dar frutos cada vez mayores; y había apoyado a su pueblo en los maestros, para que pudiera comprender más fácilmente la Ley y para que fueran su fuerza. Pero los maestros quisieron ser más que el Legislador; crecieron, crecieron, crecieron… hasta hacerse valer por encima de la eterna palabra. Y así Israel ha quedado estéril. El Señor ha enviado entonces al Sapiente, para que los israelitas que, con recto corazón, sienten el dolor de esta infecundidad y prueban los remedios que les vienen de los dictámenes o consejos de los maestros -doctos humanamente, indoctos sobrenaturalmente, y, por tanto, lejanos del conocimiento de lo que se debe hacer para devolver la vida al espíritu de Israel-puedan disponer de un consejo verdaderamente beneficioso.
Ahora bien, ¿qué sucede? ¿Por qué no recupera las fuerzas Israel y vuelve a ser vigoroso como en los tiempos áureos de su fidelidad al Señor? Porque el consejo es: eliminar todas las cosas parasitarias que han crecido en detrimento de la Cosa santa -la Ley del Decálogo-tal y como fue dada; eliminarlas para dejar aire, espacio, alimento a la Vid, al Pueblo de Dios, y darle un apoyo recio, derecho, que no pueda ser plegado, soporte único, de nombre luminoso: la Fe. Pues bien, este consejo no se acepta. Por eso os digo que Israel caerá, siendo así que podría renacer y ganar el Reino de Dios, si supiera creer y generosamente corregirse y modificarse substancialmente. Podéis marcharos en paz.
Que el Señor esté con vosotros.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Son las primeras horas de la mañana cuando Jesús llega a una ciudad de mar. Está ante ella. Cuatro barcas siguen a la suya.
La ciudad se adentra en el mar de una forma extraña, como si estuviera construida en un istmo, o, más exactamente, como si un estrecho istmo uniera sus dos partes: la que penetra completamente en el mar y la que se extiende sobre la orilla.
Vista desde el mar, parece un enorme hongo (acostada su cabeza en las olas, hincada su base en la costa y como pie el istmo). A los lados del istmo, dos puertos: uno, el que mira a septentrión, menos cerrado, está lleno de embarcaciones pequeñas; el otro, situado al Sur, mucho más protegido, está lleno de naves grandes, que llegan o zarpan.
-Hay que ir allá -dice Isaac señalando hacia el puerto de las embarcaciones pequeñas -Allí están los pescadores.
Costean la isla y veo que el istmo es artificial, una especie de dique ciclópeo que une la islita con tierra firme. ¡En aquellos tiempos construía sin tacañerías! Deduzco de esta obra y del número de aves que hay en los puertos que la ciudad era muy rica y comercialmente muy activa. Detrás de la ciudad, tras una zona de llanura, hay algunas colinas bajas y de gracioso aspecto. En la lejanía se pueden ver el gran Hermón y la cadena libanesa. Deduzco también que esta es una de las ciudades que veía desde el Líbano.
La barca de Jesús, entretanto, está llegando al puerto septentrional, a la rada del puerto (no atraca, sino que se mueve lentamente, con los remos hacia adelante y hacia atrás, hasta que Isaac ve a los que buscaba y los llama gritando).
Se acercan dos bonitas barcas de pesca. Los pescadores se inclinan hacia las barcas más pequeñas de los discípulos.
-El Maestro está con nosotros, amigos. Venid, si queréis oír su palabra. Esta misma tarde vuelve a Sicaminón -dice Isaac.
-Enseguida. ¿A dónde vamos?
-A un lugar tranquilo. El Maestro no baja a Tiro, ni a la ciudad de tierra firme. Hablará desde la barca. Elegid un sitio que esté a la sombra y protegido.
-Venid hacia las rocas, detrás de nosotros. Allí hay ensenadas tranquilas y con sombra. Podréis incluso bajar a tierra.
Y van a una concavidad del arrecife, más al Norte. La pared rocosa, cortada a pico, protege del sol. Es un lugar solitario, sólo poblado de gaviotas y torcazos que salen para hacer sus incursiones en el mar y vuelven emitiendo fuertes gritos a sus nidos de la roca. Pero, en esto, otras pequeñas embarcaciones se han ido uniendo a las que van en cabeza, de manera que forman ya una minúscula flotilla. En el fondo de este pequeñísimo golfo hay una insignificancia de playa, verdaderamente una insignificancia, una pequeña explanada pedregosa; pero un centenar de personas sí que cabe.
Bajan sirviéndose de un escollo ancho y liso que, cual si fuera un espigón natural, sobresale de las aguas profundas, y se colocan en la playita pedregosa y brillante de sal. Son hombres morenos, enjutos, tostados por el sol y el mar. Llevan cortas túnicas que dejan descubiertas las extremidades ágiles y delgadas. Es muy visible la diversidad de la raza respecto a los judíos presentes (diversidad que se ve menos respecto a los galileos). Yo diría que estos siro-fenicios asemejan más a los filisteos lejanos-que a los pueblos cercanos; al menos estos que veo yo.
Jesús se pone pegando a la pared rocosa y empieza a hablar.
-Se lee en el libro de los Reyes cómo el Señor mandó a Elías que fuera a Sarepta de los Sidones durante la sequía y carestía que afligieron a la Tierra durante más de tres años. No es que al Señor le faltaran recursos para dar el necesario sustento a su profeta en todos los lugares. No lo envió a Sarepta porque en esta ciudad abundasen los alimentos; es más, allí la gente ya moría de hambre. ¿Por qué, entonces, Dios mandó a Elías tesbita?
Había en Sarepta una mujer de corazón recto, viuda y santa, madre de un niño, pobre y sola, la cual, a pesar de todo, no se rebelaba contra el tremendo castigo, ni se mostraba egoísta padeciendo el hambre, ni era desobediente. Dios quiso agraciarla con tres milagros: uno por el agua que ofreció al sediento; otro por el panecillo cocido bajo la brasa, cuando ella no tenía sino un puñado de harina; otro por la hospitalidad que ofreció al profeta. Le dio pan y aceite, la vida de su hijo y el conocimiento de la palabra de Dios.
Así podéis ver cómo un acto de caridad no sólo sacia el cuerpo y aleja el dolor de la muerte, sino que también instruye al alma en la sabiduría del Señor. Vosotros habéis ofrecido alojamiento a los siervos del Señor y Él os da la palabra de la Sabiduría. He aquí, entonces, que a este lugar donde no viene la palabra del Señor una buena acción la trae. Os puedo comparar con aquella única mujer de Sarepta que recibió al profeta; vosotros aquí también sois los únicos que recibís al Profeta, porque, si hubiera bajado a la ciudad, los ricos, los poderosos, no me habrían recibido, y los atareados comerciantes y marineros de las naves no me habrían hecho caso, y mi venida aquí habría resultado ineficaz.
Yo ahora os dejaré, y diréis: "Pero, ¿qué somos nosotros? Un puñado de hombres. ¿Qué poseemos? Una gota de sabiduría". Pues bien, no obstante, os digo: "Os dejo con el encargo de anunciar la hora del Redentor". Os dejo, repitiendo las palabras de Elías profeta: ̪El ánfora de la harina no se agotará, el aceite no disminuirá hasta que venga quien lo distribuya con mayor abundancia".
Ya lo habéis hecho. Porque aquí hay fenicios mezclados con vosotros de allende el Carmelo. Señal es de que habéis hablado como se os habló a vosotros. Como podéis ver el puñado de harina y la gota de aceite no se han agotado, sino que han aumentado cada vez más. Seguid haciendo que aumente. Y si os parece extraño el que Dios os haya elegido para esta obra, porque no os sintáis capaces de llevarla a cabo, pronunciad la palabra de la profunda confianza: "Me fiaré de tu palabra y haré lo que dices".
-Maestro, ¿cómo tenemos que comportarnos con estos paganos? A éstos los conocemos por la pesca. Nos une a ellos el trabajo, que es el mismo. Pero, ¿los otros? -pregunta un pescador de Israel.
-Dices que participáis del mismo trabajo y ello os une. ¿Y no debería uniros un origen común? Dios ha creado tanto a los israelitas como a los fenicios. Los de la llanura de Sarón o los de la Alta Judea no difieren de los de esta costa. El Paraíso fue hecho para todos los hijos del hombre, y el Hijo del hombre viene para llevar al Paraíso a todos los hombres. La finalidad es conquistar el Cielo y alegrar al Padre. Caminad, pues, por el mismo camino y amaos espiritualmente de la misma forma que os amáis por razones de trabajo.
-Isaac nos ha dicho muchas cosas. Pero quisiéramos saber más.
-¿Es posible tener a un discípulo para nosotros, tan lejos como estamos?
-Mándales a Juan de Endor, Maestro. Vale mucho, y además está acostumbrado a vivir entre paganos -sugiere Judas de Keriot.
-No. Juan estará con nosotros -responde resueltamente Jesús. Y luego, volviéndose a los pescadores: « ¿Cuándo termina la pesca de la púrpura?».
-Con las borrascas de otoño. Después el mar está demasiado agitado aquí.
-¿Volveréis entonces a Sicaminón?
-Allí y a Cesárea. Abastecemos mucho a los romanos.
-Entonces podréis encontraros con los discípulos. Mientras tanto perseverad.
-A bordo de mi barca hay uno que yo no quería que viniera pero que se presentó en tu nombre, casi.
-¿Quién es?
-Un joven pescador de Ascalón.
-Dile que baje y que venga.
El hombre sube a su barca, y vuelve con un jovenzuelo al que se ve más bien azarado por ser objeto de tanta atención.
El apóstol Juan lo reconoce.
-Es uno de los que nos dieron el pescado, Maestro -y se levanta a saludarlo -¿Entonces has venido, ¡eh! Hermasteo? ¿Tú aquí? ¿Vienes solo?
-Sí, solo. En Cafarnaúm sentí vergüenza… Me quedé en la orilla, esperando…
-¿Qué esperabas?
-Ver a tu Maestro.
-¿No es todavía el tuyo? ¿Por qué, amigo, eludes la decisión todavía? Ve a la Luz, que te está esperando. Mira cómo te observa y sonríe.
-¿Cómo podrá soportarme?
-Maestro, ven un momento.
Jesús se alza y va donde Juan.
-No se atreve porque es extranjero.
-Para mí no hay extranjeros. ¿Y tus compañeros? ¿No erais muchos?… No te azares. Tú eres el único que ha sabido perseverar. Pero, aunque sea por ti sólo, me siento feliz. Ven conmigo.
Jesús vuelve con su nueva conquista a donde estaba.
-A éste sí que se lo vamos a dar a Juan de Endor -dice a Judas Iscariote. Y se pone a hablarles a todos.
Un grupo de excavadores bajaron a una mina en que sabían que había tesoros, que, de todas formas, estaban muy escondidos en las entrañas del suelo. Y empezaron a excavar. Pero el terreno era duro y el trabajo fatigoso.
Muchos se cansaron y, arrojando los picos, se marcharon. Otros se burlaron del responsable del equipo de obreros, casi tratándolo como a un estúpido. Otros imprecaron contra el estado en que se encontraban, contra el trabajo, contra la tierra, contra el metal, y, airadamente, golpearon las entrañas de la tierra y fragmentaron el filón en inservibles partículas, y, luego, visto que en vez de obtener ganancias no habían hecho sino daño, se marcharon también.
Se quedó solo el más perseverante. Con delicadeza trató los estratos de la tenaz tierra para perforarla sin hacer daños, hizo una serie de catas, siguió en profundidad, excavó… A1 final quedó al descubierto un espléndido filón precioso. La perseverancia del minero fue premiada y con el metal precioso que descubrió pudo obtener muchos trabajos y conquistar mucha gloria y muchos clientes, porque todos querían de ese metal que solamente la perseverancia había sabido encontrar donde los otros holgazanes o iracundos no habían obtenido nada.
Mas el oro hallado, para que sea bonito hasta el punto de que sirva para el orfebre, debe a su vez perseverar en su voluntad de dejarse trabajar. Si el oro, después del primer trabajo de excavación, no quisiera ya volver a sufrir penas, no pasaría de ser un metal en bruto no elaborable. Así pues, podéis ver cómo no basta el primer entusiasmo para tener éxito, ni como apóstoles, ni como discípulos, ni como fieles. Es necesario perseverar.
Eran muchos los compañeros de Hermasteo; por efecto del primer entusiasmo, todos habían prometido venir. Sólo él ha venido. Muchos son mis discípulos, y más lo serán. Pero sólo la tercera parte de la mitad sabrán serlo hasta el final. Perseverar; es la gran palabra; para todas las cosas buenas.
¿Cuando echáis el trasmallo para conseguir las conchas de la púrpura, lo hacéis una sola vez? No. Lo hacéis una y otra vez y otra, durante horas, días, meses, ya incluso con la idea de volver al año siguiente al mismo sitio… porque ello os da pan y bienestar a vosotros y a vuestras familias. Pues bien, siendo esto así, ¿os comportaréis de forma distinta en las cosas más grandes, como son los intereses de Dios y de vuestras almas, si sois fieles; vuestras y de vuestros hermanos, si sois discípulos? En verdad os digo que para conseguir la púrpura de las vestiduras eternas es necesario perseverar hasta el final.
Y ahora estemos aquí como buenos amigos hasta la hora de volver. Así nos conoceremos mejor y nos será fácil reconocernos unos a otros…
Y se dispersan por la pequeña ensenada peñascosa. Y cuecen mejillones y cangrejos arrebatados a los escollos, o peces pescados con pequeñas redes. Y duermen en lechos de algas secas, dentro de cavernas abiertas en la costa rocosa por los terremotos o las olas. Y el cielo y el mar son un azul cegador que se besa en el horizonte; las gaviotas, continuo carrusel de vuelos, del mar a los nidos, con gritos y batir de alas, únicas voces que, junto con el chapoteo de las olas, hablan en esta hora de bochorno estivo.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Precisamente a orillas del profundo torrente, Jesús encuentra a Isaac con muchos discípulos, conocidos y desconocidos. Entre los conocidos están: el arquisinagogo de Agua Especiosa, Timoneo; José, el acusado de incesto, de Emaús; el joven que no fue a enterrar a su padre por seguir a Jesús; Esteban; el leproso Abel, curado el año anterior cerca de Corazín, con su amigo Samuel; el barquero de Jericó, Salomón; y otros muchos, que reconozco pero que de ellos no recuerdo en absoluto ni el lugar donde los vi ni el nombre. Son rostros conocidos, ya muchos, todos conocidos como rostros de discípulos. Y hay además otros, conquistas de Isaac o de los mismos discípulos que acabo de nombrar; siguen al núcleo principal con la esperanza de encontrar a Jesús.
El encuentro es afectuoso, alegre, reverente. Isaac está radiante por la alegría de ver al Maestro y de enseñarle su nuevo rebaño, y como premio pide una palabra de Jesús para la turba que tiene consigo.
-¿Conoces un lugar tranquilo donde podernos reunir?
-En el extremo del golfo hay una playa desierta. Allí hay unas casuchas de pescadores, que en este período están deshabitadas, porque son malsanas y porque, además, la época de la pesca de pescado para salazón ya ha terminado y los pescadores van a la Siro-Fenicia a la pesca de la púrpura. Muchos de ellos ya creen en ti, porque, han oído hablar en las ciudades de mar y por contactos con los discípulos; me han cedido las casitas para descansar nosotros. Después de cada misión volvemos a ellas. Porque en esta costa hay mucho que hacer; está completamente corrompida por muchas cosas. Querría llegar hasta la Siro-Fenicia. Podría hacerlo por mar, porque la costa está demasiado caldeada por el sol como para recorrerla a pie.
Pero soy pastor, no marinero; y de éstos no hay ninguno que sepa navegar.
Jesús, que está escuchando atentamente, con una leve sonrisa, un poco agachado -¡tan alto como es Él, teniendo de frente al pequeño pastor, que refiere todo como un soldado a su general!-responde:
-Dios te ayuda por tu humildad. Si aquí me conocen es por ti, discípulo, no por los otros. Vamos a preguntar a los del lago si se sienten en condiciones de navegar en el mar, y, si podemos, iremos a Siro-Fenicia.
Y se vuelve, buscando a Pedro, Andrés, Santiago y Juan, que conversan animadamente con algunos discípulos. Mientras, Judas Iscariote está detrás congratulándose con Esteban, y Simón Zelote y Bartolomé y Felipe están con las mujeres. Los otros cuatro están con Jesús.
Los cuatro pescadores van enseguida.
-¿Seríais capaces de navegar en el mar? -pregunta Jesús. Los cuatro se miran, perplejos. Pedro se remueve el pelo mientras piensa. Luego pregunta:
-Pero, ¿dónde? ¿Muy fuera de la costa? Nosotros somos peces de agua dulce…
-No, siguiendo la costa hasta Sidón.
-¡Hombre!, pues… creo que se puede. ¿Vosotros qué pensáis?
-Yo también creo que sí. Sea mar o sea lago, será en todo caso lo mismo: agua -dice Santiago.
-Es más, será más bonito y más fácil -dice Juan.
-La verdad es que no sé de dónde sacas eso -le responde su hermano.
-De su amor por el mar. Quien ama una cosa ve en ella todas las perfecciones. Si amaras así a una mujer, serías un marido perfecto -dice Pedro bromeando y dando unos meneos afectuosos a Juan.
-No. Lo digo porque en Ascalón vi que las maniobras eran iguales y la navegación muy suave -responde Juan.
-¡Pues entonces, vamos! -exclama Pedro.
-De todas formas sería siempre mejor llevar con nosotros a uno del lugar. No conocemos ni este mar ni la profundidad de estas aguas -observa Santiago.
-¡Bah! ¡No me preocupa lo más mínimo! ¡Tenemos a Jesús con nosotros! Antes no me sentía todavía seguro, ¡pero después de quede ha calmado el lago!… Vamos, vamos con el Maestro a Sidón, que quizás hay alguna cosa buena que realizar dice Andrés.
-Pues entonces iremos. Procura las barcas para mañana. Pídele a Judas de Simón la bolsa.
Y, mezclados juntos apóstoles y discípulos -y no hay ni que decir con qué manifestaciones de alegría muchos lo están (que son los que ya Jesús conoce bien)-vuelven sobre sus pasos y se encaminan hacia la ciudad. La rodean por su periferia hasta que llegan a la punta extrema de la bahía, punta que penetra en el mar como un brazo doblado. Allí, unas pocas casuchas, esparcidas por la costa guijarrosa y breve, representan el lugar más miserable de la ciudad, el más deshabitado y menos continuamente poblado. Las pequeñas casas -cubos de muro desmoronado por la salobridad y los años-están, todas, cerradas. Cuando los discípulos las abren, dejan ver su humeada miseria y su moblaje reducido verdaderamente a lo mínimo indispensable.
-Aquí están. Son, si no bonitas, por lo menos muy cómodas y limpias -dice Isaac, que se encarga del recibimiento de los huéspedes.
-¡No, bonitas no, pobrecillas! Agua Especiosa era un palacio comparada con éstas. ¡Y había quien se quejaba!… -comenta Pedro con cierto retintín.
-Pero para nosotros son una suerte.
-¡Claro, claro! Lo importante es tener un techo y amarse.
¡Ah… mira, aquí está nuestro Juan! ¿Cómo estás? ¿Dónde estabas?
Pero Juan de Endor, no sin sonreírle a Pedro, va inmediatamente a venerar a Jesús, que lo saluda con palabras muy buenas.
No he querido que viniera porque no ha estado muy bien… Prefiero que esté aquí. Se desenvuelve muy bien con la gente de la ciudad y con quien le pide noticias acerca del Mesías… -dice Isaac.
En efecto, el hombre de Endor está mucho más delgado que antes. Pero su rostro aparece sereno. La delgadez le ennoblece los rasgos: viéndolo, se piensa en uno ya afectado por el dúplice martirio de la carne y del espíritu.
Jesús lo observa y le pregunta:
-¿Estás enfermo, Juan?
-No más de cuanto lo estaba antes de verte. Esto respecto al cuerpo, porque, si me juzgo bien, estoy curándome de mis particulares heridas.
Jesús mira todavía un momento sus ojos serenos y sus sienes hundidas, pero no dice nada más; le pone, eso sí, una mano en el hombro y entra con él en una de las casitas, a la que han traído unos cántaros de agua de mar para refrescar los pies cansados, y tinajas de agua fresca para la sed. Fuera, sobre una tosca mesa colocada a la sombra de una… ilusión de pérgola de plantas trepadoras, se preparan las cosas de comer.
Y es bonito, mientras el crepúsculo desciende y el mar musita las oraciones del atardecer con el frufrú de la resaca en la playita guijarrosa, ver la cena de Jesús con las mujeres y los apóstoles, sentados en torno a la tosca mesota, mientras los demás, quién sentado en el suelo, quién en taburetes o cestas puestas al revés, hacen círculo alrededor de la mesa principal.
Pronto termina la cena, y, más rápidamente todavía, quitan la mesa (los utensilios, para los huéspedes más importantes, eran bien pocos). El mar, en la noche aún sin luna, ha tomado un color negro-añil; toda su grandeza se manifiesta en esta hora triste y solemne de las orillas marinas.
Jesús, altura blanca entre las sombras cada vez más oscuras, se levanta de la mesa para ir al centro de una pequeña muchedumbre de discípulos, mientras las mujeres se retiran. Isaac y otro encienden sobre la arena unas pequeñas hogueras para que den luz y también para mantener a distancia las nubes de mosquitos que vienen, quizás de aguazales cercanos.
-Paz a todos vosotros.
La misericordia de Dios nos reúne antes del tiempo establecido y alegra recíprocamente nuestros corazones. He escudriñado todos vuestros corazones, moralmente buenos, como lo demuestra el hecho de estar aquí, esperándome, formándoos en mí; espiritualmente todavía imperfectos, como lo demuestran ciertas reacciones vuestras, que manifiestan que perdura en vosotros el hombre viejo de Israel, con todos sus conceptos y prejuicios, y cómo todavía no ha salido de él, cual mariposa de su larva, el hombre nuevo, el hombre del Cristo, el hombre que del Cristo tiene la grande, luminosa, misericordiosa mentalidad y la aún mayor caridad. Pero, no os avergoncéis de que haya escudriñado vuestros corazones y leído todos sus secretos. Un maestro debe conocer a sus discípulos para poderles corregir sus defectos; y, creedme, si es un buen maestro, no siente desagrado por los más defectuosos, sino que es precisamente a éstos a quienes más se dedica para mejorarlos. Y sabéis que Yo soy un buen Maestro.
Vamos a examinar ahora juntos estas reacciones y prejuicios, vamos a tratar de considerar juntos el motivo de nuestra presencia aquí; y, por la alegría que nos produce este estar unidos, sepamos bendecir al Señor, que siempre, de un bien particular, obtiene un bien colectivo.
He oído de vuestros labios la admiración por Juan de Endor; tanto más porque se profesa pecador convertido y apoya su tesis de predicación, en medio de aquellos a quienes quiere conducir a mí, en estas dos características suyas, la vieja y la nueva. Es verdad. Era un pecador.
Ahora es un discípulo. Muchos de vosotros si han venido al Mesías ha sido gracias a él. Ved, pues, cómo Dios crea el nuevo pueblo de Dios precisamente con aquellos medios que el hombre viejo de Israel despreciaría.
Ahora os voy a rogar que os abstengáis de juzgar con malsano juicio la presencia de una hermana que el viejo Israel no comprende como discípula. He ordenado a las mujeres que se fueran a descansar. Pues bien, la razón de esta orden mía, que ciertamente ha apenado a las discípulas, no era tanto la preocupación de que descansaran, cuanto la de poderos dar a vosotros una santa valoración de una conversión, y la preocupación de impediros un pecado contra el amor y la justicia.
María de Magdala, la gran pecadora de Israel, aquella que no tenía disculpa de su pecado, ha vuelto al Señor. ¿De quién podrá esperar ella fe y misericordia, sino de Dios y de los siervos de Dios? Todo Israel, y con Israel los extranjeros que viven entre nosotros, aquellos que mucho la conocen y severamente la juzgan, ahora que ya no es cómplice de sus excesos, critican y ridiculizan esta resurrección.
Resurrección. Es la palabra más exacta. Resucitar un cuerpo no es el mayor milagro; es un milagro siempre relativo, destinado a quedar un día anulado por la muerte. Yo no doy inmortalidad al resucitado en cuerpo, sí doy eternidad al resucitado en espíritu. Además, mientras que, en el caso de un muerto en el cuerpo, el muerto no une su voluntad de resucitar a la mía -por tanto, no hay mérito por su parte-, en el resucitado en el espíritu está presente su voluntad (es más, es la primera presente); por tanto hay mérito del resucitado.
No os digo esto para justificarme. Sólo a Dios debo rendir cuenta de mis acciones. (Jesús era Dios pero aquí usa un modismo lingüístico, como si nosotros dijéramos ͞sólo a mi alma, a mi conciencia, debo dar cuenta de mis actos͟).
Pero vosotros sois mis discípulos, y mis discípulos deben ser otros Jesús. No debe haber en ellos ningún desconocimiento, como tampoco ninguna de esas culpas inveteradas que hacen que muchos estén unidos a Dios sólo nominalmente.
Todo es susceptible de buenas acciones, hasta las cosas aparentemente menos apropiadas. Cuando una materia se presenta ante la voluntad de Dios -aunque se trate de la más inerte, helada y repelente-, puede transformarse en movimiento, llama y belleza pura.
Os propongo una comparación sacada del libro de los Macabeos. Cuando el rey de Persia dejó partir a Nehemías para Jerusalén, se quisieron ofrecer sacrificios en el Templo que había sido reconstruido y en el altar purificado. Nehemías recordaba cómo, en el momento de la caída en manos de los persas, los sacerdotes encargados del culto de Dios habían tomado el fuego del altar y lo habían escondido en un lugar secreto, en el fondo de un valle, en un pozo profundo y seco, y que lo hicieron tan bien y tan secretamente, que sólo ellos supieron dónde estaba el fuego sagrado. Esto recordaba Nehemías, y, recordándolo, llamó a los nietos de aquellos sacerdotes para que fueran al lugar indicado por los sacerdotes a sus hijos antes de morir -éstos a su vez se lo habían indicado a sus hijos, transmitiendo de esta forma el secreto de padres a hijos-y trajeran el sagrado fuego para encender el fuego del sacrificio. Pero, cuando bajaron los nietos al pozo secreto, no encontraron fuego sino densa agua, un lodo putrefacto, fétido, pesado, que se había filtrado allí procedente de todas las cloacas obturadas de la devastada Jerusalén. Y se lo dijeron a Nehemías. Mas éste ordenó que cogieran agua de aquella y que se la trajeran. Habiendo ordenado que se pusiera la leña encima del altar, y encima de la leña los sacrificios, roció abundantemente todo, para que todo quedara asperjado con el agua legamosa. Si el pueblo, asombrado, miraba con respeto, si los sacerdotes, escandalizados, ejecutaron con respeto, fue sólo porque era Nehemías el que lo ordenaba. Pero, ¡cuánta tristeza en sus corazones, cuánta desconfianza! De la misma forma que había nubes en el cielo que ponían triste el día, en los corazones la duda ponía melancólicos a los hombres.
Mas he aquí que el sol desgarró las nubes y descendió con sus rayos al altar, y la leña asperjada con el agua legamosa se encendió con una gran llama que enseguida inflamó el sacrificio; mientras los sacerdotes oraban con las oraciones que había compuesto Nehemías y con los más bellos himnos de Israel, hasta que todo el sacrifico quedó consumido. Y, para persuadir a la multitud de que Dios tiene poder para realizar prodigios con las materias menos adecuadas si se usan con recto fin, Nehemías ordenó que con el resto del agua se asperjara una serie de piedras grandes, y las piedras asperjadas prendieron fuego y en él se consumieron en la intensa luz que venía del altar.
Cada alma es un fuego sagrado, encendido por Dios en el altar del corazón para que consuma el holocausto de la vida con amor al Creador de la vida. Toda vida es holocausto, si se emplea bien; cada día es un holocausto que ha de arder con santidad. Pero llegan los depredadores, los opresores del hombre y de su alma.
El fuego cae en el pozo profundo. No por santa necesidad, sino por nefasta necedad. Y allí, sumergido en los desagües de todas las sentinas de los vicios, se transforma en lodo putrefacto y pesado, hasta que no desciende a esa profundidad un sacerdote y devuelve a la luz del sol aquel lodo y lo deposita sobre el holocausto de su propio sacrificio. Porque habéis de saber que no basta el heroísmo de la persona que se convierte; es necesario también el heroísmo de quien convierte (es más, éste debe preceder a aquél, porque las almas se salvan con el sacrificio nuestro). Porque así se logra que el lodo se convierta en llama, y Dios juzgue perfecto y grato a su santidad el holocausto que se consume.
Es entonces cuando, no bastando para persuadir al mundo de que el lodo arrepentido es más abrasador que el fuego común (aunque sea fuego consagrado, que sirve sólo para consumir leña y víctimas, o sea, materias combustibles), este lodo arrepentido adquiere tal potencia que puede encender y devorar hasta las piedras, material incombustible. ¿Y no os preguntáis de qué le viene a este lodo esta propiedad? ¿No lo sabéis? Os lo diré: Es porque en el fuego del arrepentimiento ellos se funden en Dios, llama con llama; llama que sube, llama que desciende; llama que se ofrece amando, llama que se concede amando; abrazo de dos que se aman, que se encuentran de nuevo, que se unen y forman una cosa sola; y, dado que la llama más fuerte es la de Dios, ésta excede, rebosa, penetra, asume… y la llama del lodo arrepentido deja de ser llama relativa de ser creado para ser llama infinita de Ser increado: del Altísimo, el Potentísimo, el Infinito, de Dios.
Esto son los grandes pecadores verdaderamente convertidos, totalmente convertidos, generosamente entregados a la conversión sin quedarse con nada del pasado, consumiéndose primero ellos mismos, su parte más pesada, con la llama que se alza de su propio barro, que ha acudido a la Gracia y que por ella ha sido tocado. En verdad, en verdad os digo que muchas piedras de Israel recibirán el impacto del fuego de Dios por estos hornos de fuego que arderán cada vez más, hasta la consumición de la criatura humana; y que seguirán devorando con su fuego las piedras, las tibiezas, las incertidumbres, las timideces de la Tierra, desde su trono del Cielo, verdaderos espejos sobrenaturales que recogen las Luces Unas y Trinas para hacerlas converger en la Humanidad y encenderla de Dios.
Os repito que no tenía necesidad de justificar mis actos, pero he querido que entrarais en mi concepto y lo hicierais vuestro. Para ahora y para otros casos futuros semejantes, cuando Yo ya no esté con vosotros. Que nunca un concepto desviado, una sospecha farisaica de contaminar a Dios llevándole un pecador arrepentido, os detenga en esta obra, que es coronación perfecta de la misión a que os destino. Tened siempre presente que no he venido a salvar a los santos, sino a los pecadores.
Y haced vosotros lo mismo, porque el discípulo no está por encima del Maestro, y si Yo no aborrezco el tomar de la mano los desechos de la Tierra que sienten necesidad del Cielo -que la sienten por fin-y, jubiloso, los conduzco a Dios (porque ésta es mi misión y cada conquista es una justificación de mi Encarnación humilladora del Infinito), pues no lo aborrezcáis tampoco vosotros, hombres limitados, que en mayor o menor grado habéis conocido, todos, la imperfección; hechos de la misma naturaleza que vuestros hermanos pecadores, hombres que elijo como salvadores para que continúen mi obra por todos los siglos de la Tierra, de forma que -sea como si Yo siguiera viviendo en ella con secular existencia.
Y así será porque la unión de mis sacerdotes será como la parte vital en el gran cuerpo de mi Iglesia, de que Yo seré el Espíritu animador; y, hacia esta parte vital, convergerán las infinitas partículas de los creyentes para constituir un único cuerpo que recibirá su nombre de mi Nombre. Pero si faltara la vitalidad en la parte sacerdotal, ¿podrían las infinitas partículas tener vida? Verdad es que Yo, estando en el cuerpo, podría impulsar mi Vida hasta las partículas más lejanas, sin hacer caso de las cisternas y canales obturados o inútiles, indóciles a su ministerio. Porque la lluvia penetra hasta donde quiere, y las partículas buenas, capaces por sí mismas de querer la vida, vivirían igualmente mi Vida. Pero, ¿qué sería entonces el Cristianismo? Cercanía de almas; cercanas, pero separadas por canales y cisternas que ya no serían lazos de unión distribuidores de la sangre vital proveniente de un único centro para cada una de las partículas; serían, más bien, muros y precipicios de separación, y las partículas se mirarían, humanamente hostiles, sobrenaturalmente afligidas, de una orilla a otra, diciendo en sus espíritus: "¡Y éramos hermanos, y tales nos sentimos todavía, a pesar de que nos hayan separado!". Cercanía. No fusión. No un organismo. Y por encima de esta ruina resplandecería doliente mi amor…
Y añado: No penséis que esto vale sólo para los cismas religiosos. No. Sirve también para todas las almas que quedan solas porque los sacerdotes no quieren sostenerlas, ocuparse de ellas, amarlas, contraviniendo con ello a su misión, que es la de decir y hacer lo que Yo digo y hago, o sea: "Venid a mí todos vosotros, que os conduciré a Dios".
Idos en paz ahora, y que Dios esté con vosotros.
Los presentes, en conjunto, lentamente se marchan, cada uno hacia la casa que lo hospeda; se levanta también Juan de Endor, el cual ha estado siempre tomando apuntes mientras Jesús hablaba, exponiéndose al calor abrasador del fuego para poder ver lo que escribía. Pero Jesús lo para y le dice:
-Estáte un poco con tu Maestro.
Y lo tiene junto a sí hasta que todos terminan de marcharse.
-Vamos hasta aquella peña que está a la orilla del mar. La Luna cada vez está más alta. Se ve el camino.
Juan acepta sin decir palabra.
Se alejan de las casas aproximadamente unos doscientos metros. Se sientan encima de una voluminosa peña (no sé si se trata de un resto de un espigón, o de la extrema punta de un arrecife sumergido en el mar; o, tal vez, pertenece a las ruinas de alguna casucha semi-sumida por las aguas, que quizás con el paso de los siglos han penetrado tierra adentro). Sí sé que, mientras desde la pequeña playa se puede subir, apoyando el pie en entrantes y salientes de la piedra, que hacen de peldaños, desde la parte del mar la pared desciende casi recta para hundirse en el agua verde-clara.
Es más, ahora, por la marea, está semicircundada por el agua, que borbotea y azota ligeramente este obstáculo, para huir luego con un sonido de enorme aspiración, y luego calla un momento, para volver de nuevo, con movimiento y sonido regulares, hecho de golpes y de aspiraciones y silencios como una música sincopada. Se sientan en el punto más alto de este volumen azotado por el mar. La Luna dibuja sobre las aguas un camino de plata y da un color azul oscurísimo al mar, que antes de que ella saliera no era sino una extensión negruzca en el negro de la noche.
-Juan, ¿no le dices a tu Maestro la razón por la que sufre tu cuerpo?
-Ya la conoces, Señor. De todas formas, no digas "sufre", di "se consume"; es más exacto, y Tú lo sabes, como también sabes que se consume con gozo. Gracias, Señor. Me he reconocido yo también en el barro que se hace llama. Pero no voy a tener tiempo de encender las piedras. Mi Señor, moriré pronto. Demasiado he sufrido por el odio del mundo, demasiado exulto de júbilo por el amor de Dios. Pero no añoro la vida. Aquí podría pecar todavía, podría fallar en la misión a que nos destinas. Ya dos veces he fallado en mi vida: en mi misión de maestro, porque en ella habría debido saber encontrar de qué formarme a mí mismo, y, sin embargo, no me formé; en mi misión de marido, porque no supe formar a mi mujer. Lógicamente: no había sabido formarme a mí mismo, no podía saber formarla a ella. Podría fallar también en mi misión como discípulo… y a ti no quiero fallarte. ¡Bendita sea, por tanto, la muerte, si viene a llevarme a donde no se puede ya pecar! Si bien mi destino no será el de discípulo-maestro, tendré el de discípulo-víctima, el que más asemeja al tuyo. Lo has dicho esta misma noche: "Consumiéndose primero ellos mismos".
-Juan, ¿es un destino que sufres o es un ofrecimiento tuyo?
-Es un ofrecimiento, si Dios no rechaza el barro hecho fuego.
-Juan, haces muchas penitencias.
-Las hacen los santos, Tú el primero; es justo que las haga quien tanto debe pagar. Pero… quizás es que las mías no las ves gratas a Dios… ¿Me las prohíbes?
-No pongo jamás obstáculo a las buenas aspiraciones de un alma enamorada. He venido a predicar, con los hechos, que en el sufrimiento hay expiación y en el dolor redención.
No puedo contradecirme.
-Gracias, Señor. Será mi misión.
-¿Qué escribías, Juan?
-¡Oh, Maestro! A veces el viejo Félix emerge todavía con sus costumbres de maestro. Pienso en Margziam. Tiene toda una vida para predicarte, y, por su edad, no está presente en tus predicaciones. He pensado tomar nota de algunas enseñanzas con que nos has adoctrinado y que el niño no ha oído, o por estar en sus juegos o por estar lejos con uno de nosotros. ¡Hasta en las más mínimas palabras tuyas hay mucha sabiduría! Tus conversaciones familiares son ya de por sí adoctrinamiento, y precisamente en las cosas de cada día, de cada hombre, en esas cosas mínimas que en el fondo son las más grandes de la vida, porque, acumulándose, forman una gran suma que exige paciencia, constancia, resignación, si se quiere llevar con santidad.
Es más fácil realizar un grande pero único acto heroico, que no millares de pequeñas cosas que exijan una constante presencia de virtud. No obstante, no se llega al acto grande, tanto en el mal como en el bien yo lo sé por lo que se refiere al mal-, si no se va largamente acumulando actos pequeños aparentemente insignificantes.
Yo empecé a matar cuando, cansado de la frivolidad de mi mujer, le lancé la primera mirada de desprecio. Para Margziam he anotado tus pequeñas lecciones. Y esta noche he sentido el deseo de anotar tu gran lección. Dejaré este trabajo mío al niño para que se acuerde de mí, el viejo maestro, y para que tenga aquello que de otro modo no tendría. Su espléndido tesoro. Tus palabras. ¿Me das permiso?
-Sí, Juan. Pero está en paz en todo, como este mar. ¿Ves? Para ti sería demasiado abrasador el caminar bajo el ardor del sol, y la vida apostólica es verdaderamente ardor. Has luchado mucho en tu vida. Ahora Dios te convoca a su presencia en este plácido radiar de luna que todo calma y hace puro. Camina bajo la dulzura de Dios. Te digo que Dios está contento de ti.
Juan de Endor toma la mano de Jesús, la besa y musita:
-Pero también habría sido hermoso decirle al mundo: "¡Acércate a Jesús!".
-Lo dirás desde el Paraíso. Tú serás también un espejo reflector de la Llama de Dios. Vamos, Juan. Quisiera leer lo que has escrito.
-Aquí está, Señor. Y mañana te doy el otro rollo en que he anotado las otras palabras.
Bajan de su escollo y, en medio de una esplendorosísima, dilatada luz blanca de luna, que ha transformado en plata la grava de la orilla, vuelven a las casas. Se saludan: Juan, arrodillándose; Jesús, bendiciéndolo con la mano puesta sobre su cabeza y dándole su paz.