por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La mañana calma y luminosa favorece la marcha. Van salvando colinas orientadas hacia el oeste, o sea, hacia el mar.
-Hemos hecho bien en llegar a los montes a las primeras horas de la mañana. Con este sol no habríamos podido estar en la llanura. Aquí hay sombra y frescor. Me dan pena los que siguen la vía romana. Buena para el invierno -dice Mateo.
-Después de estas colinas tendremos el viento del mar, que siempre templa el aire -dice Jesús.
-Comeremos allá, en aquella cima. El otro día era muy bonito, y desde aquí debe serlo todavía más porque el Carmelo está más cerca, .y también el mar -añade Santiago de Alfeo.
-¡Es verdaderamente bonita nuestra tierra! -exclama Andrés.
-Sí, hay de todo en ella; montes nevados, suaves colinas, lagos, ríos, todo tipo de plantas; y no falta el mar. Realmente es la tierra de delicias celebrada por nuestros salmistas, nuestros profetas, nuestros grandes guerreros y poetas -dice Judas Tadeo.
-Recítanos algún fragmento, tú que sabes tantas cosas -ruega Santiago de Zebedeo.
“Con la belleza del Paraíso Él ha formado la tierra de Judá.
Con la sonrisa de sus ángeles ha decorado la tierra de Neftalí, con los ríos de miel del cielo ha dado sabor a los frutos de su tierra. La Creación entera se refleja en ti, gema de Dios, don de Dios a su pueblo santo.
Más dulce que los pingües racimos que maduran en las laderas de tus montes, más suave que la leche que llena las ubres de tus corderas, más embriagadora que la miel que lleva el sabor de las flores que te visten, tierra bienaventurada, es tu belleza para el corazón de tus hijos.
El cielo ha descendido y se ha hecho río para unir dos gemas, se ha hecho colgante y cinturón sobre tu verde vestido.
Tu Jordán canta. Uno de tus mares ríe, el otro recuerda que Dios es terrible, mientras las colinas parecen danzar al atardecer, cual donosas muchachas en un prado; tus montes rezan en las auroras angélicas o cantan el aleluya bajo el ardor del sol, o adoran con las estrellas tu poder, Señor altísimo.
No nos has encerrado entre apretados confines, delante nos has dejado el abierto mar para decirnos que el mundo es nuestro".
-¡Bonito, ¿eh?! ¡Precioso! Sólo he estado en la parte del lago y en Jerusalén; durante muchos años no he visto nada más. Ahora conozco sólo Palestina. Pero estoy seguro de que no hay nada más bonito en el mundo -dice Pedro lleno de orgullo nacional.
-María me decía que también es muy bonito el valle del Nilo -dice Juan.
-Y el hombre de Endor habla de Chipre como de un paraíso -añade Simón.
-¡Ya, pero nuestra tierra!…
Y los apóstoles -todos menos Judas Iscariote y Tomás, que están con Jesús un poco más adelante-siguen cantando las bellezas de Palestina.
Las mujeres van las últimas. No pueden contenerse de recoger semillas de flores para plantarlas en sus huertos y jardines (porque son bonitas y porque serán un recuerdo de su viaje).
Hay algunas águilas -creo que marítimas-o buitres, que dibujan amplios círculos por encima de las crestas de las colinas y de vez en cuando descienden en busca de alguna presa. Surge una lucha entre dos buitres. Giran, giran, perdiendo plumas, en un elegante y fiero duelo que termina con la huida del perdedor, que quizás va a morir a lo alto de algún remoto pico; al menos así lo juzgan todos, pues su vuelo es muy cansado, un vuelo de moribundo.
-Le ha hecho daño la avidez -comenta Tomás.
-La avidez y la obstinación siempre hacen daño. ¡También a los tres de ayer!… ¡Misericordia eterna! ¡Qué triste destino! -dice Mateo.
-¿No se curarán jamás? -pregunta Andrés.
-Pregúntaselo al Maestro.
Le preguntan a Jesús, y responde:
-Mejor sería preguntar si se van a convertir. Porque en verdad os digo que es preferible morir leproso y santo que no sano y pecador. La lepra queda en la Tierra, en la tumba; el pecado, en la eternidad.
-A mí me gustó mucho ayer tu discurso de por la noche -dice Simón Zelote.
-Pues a mí no. Era muy duro para demasiados israelitas ̀ dice Judas Iscariote.
-¿Estás tú entre ellos?
-No, Maestro.
-¿Y entonces? ¿Por qué esta susceptibilidad?
-Porque te puede perjudicar.
-¿Entonces, para evitar perjuicios, debería hacer tratos con los pecadores y hacerme su cómplice?
-No digo eso. No podrías hacerlo. Pero sí guardar silencio. No buscarte la enemistad de los grandes…
-Callar es otorgar. No doy mi visto bueno a los pecados; ni de los pequeños ni de los grandes.
-¿Ves lo que le ha pasado al Bautista?
-Su gloria.
-¿Su gloria? A mí me parece que es su ruina.
-Persecución y muerte por fidelidad a nuestro deber son gloria para el hombre. El mártir es siempre glorioso.
-Pero con la muerte se impide a sí mismo ser maestro, y aflige a sus discípulos y familiares; él se quita las penas, pero deja a los otros sumergidos en penas mucho mayores. El Bautista no tiene a sus más cercanos familiares, es verdad, pero tiene, de todas formas, deberes para con sus discípulos.
-Aunque tuviera a esos familiares sería igual. La vocación está por encima de la sangre.
-¿Y el cuarto mandamiento?
-Viene después de los dedicados a Dios.
-Una madre ya has visto ayer cómo sufre por un hijo…
-¡Madre! Ven.
María va donde Jesús y pregunta:
-¿Qué quieres, Hijo mío?
-Madre, Judas de Keriot está perorando en defensa de tu causa, por amor a ti y a mí.
-¿Mi causa? ¿En qué?
-Quiere persuadirme de que sea más prudente para no caer como nuestro pariente Juan. Y me está diciendo que hay que tener compasión de las madres y no arriesgar la propia vida, por ellas, porque así lo quiere el cuarto mandamiento. ¿Tú qué piensas de ello? Te cedo la palabra, Madre, para que adoctrines con dulzura a nuestro Judas.
-Yo digo que dejaría de amar a mi Hijo como Dios, que pensaría que siempre me he equivocado, que he sufrido siempre error acerca de su Naturaleza, si lo viera perder su perfección rebajando su pensamiento a consideraciones humanas perdiendo de vista las consideraciones sobrehumanas, o sea: redimir, tratar de redimir a los hombres, por amor a ellos y para gloria de Dios, a costa de crearse penas y rencores. Lo seguiría queriendo como a un hijo descarriado por efecto de una fuerza maligna, lo seguiría queriendo por piedad, por el hecho de ser hijo mío, porque sería un desdichado, pero no ya con esa plenitud de amor con que lo amo ahora viéndolo fiel al Señor.
-A sí mismo, quieres decir.
-Al Señor. Ahora Él es el Mesías del Señor, y debe ser fiel al Señor como todos los demás, es más, más que ninguno, porque su misión es mayor que toda otra misión que haya existido, existe y existirá, en la Tierra; ciertamente recibe de Dios la ayuda proporcional a tan alta misión.
-Pero, ¿no llorarías si le sucediera algún mal?
-Todas mis lágrimas. Pero lloraría lágrimas y sangre, si lo viera desleal a Dios.
-Ello disminuirá mucho el pecado de los que lo persigan.
-¿Por qué?
-Porque tanto Él como tú casi los justificáis.
-No lo creas. Los pecados serán siempre iguales a los ojos de Dios, tanto si nosotros juzgamos que ello es inevitable, como si juzgamos que ningún hombre de Israel debería obrar mal respecto al Mesías.
-¿Hombre de Israel? ¿Y si fueran gentiles no sería lo mismo?
-No. Para los gentiles sólo habría pecado hacia un semejante. Israel sabe quién es Jesús.
-Mucho Israel no lo sabe.
-No lo quiere saber. Es incrédulo voluntariamente; a la anticaridad, por tanto, une la incredulidad y niega la esperanza. Pisotear las tres virtudes principales no es un pecado mínimo, Judas; es grave, espiritualmente más grave que el acto material respecto a mi Hijo.
Judas, ya sin argumentos suficientes, se agacha para atarse una sandalia y se queda retrasado.
Llegan a la cima (o mejor, a un risco que está casi en la cima y que se extiende por entero hacia adelante, como si quisiera correr hacia la sonrisa azul del mar infinito).
Un tupido encinar proyecta una luz de color esmeralda claro, en que inciden leves agujas de sol, en este picacho bonito, aireado, abierto a la costa ya cercana, frente a la majestuosa cadena del Carmelo. Hacia abajo, al pie del monte del risco saliente como por anhelo de volar, más abajo de unos pequeños campos a mitad de la pendiente, hay un valle estrecho con un torrente profundo (ciertamente respetable, por la violencia de las aguas, en tiempo de crecida, mas ahora reducido a un espumaje de plata en el centro del lecho). El torrente corre hacia el mar rozando la base del Carmelo. Un camino realzado sigue su orilla derecha, un camino que une una ciudad construida en el centro de la bahía con las del interior (si me oriento bien, de Samaria).
-Aquella ciudad es Sicaminón -dice Jesús -Llegaremos en la noche. Ahora descansaremos porque el descenso, aunque fresco y corto, es difícil.
Y, sentados en círculo, mientras se asa en una tosca brocheta un cordero -sin duda regalo de los pastores-hablan entre sí y con las mujeres…
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Declina el día cuando llegan a Belén de Galilea. Se ve que es destino de las ciudades de este nombre el extenderse plácidas sobre onduladas colinas cubiertas de verdor, de bosques, de prados en que pastan rebaños que luego, para la noche, bajan hacia los apriscos. Una música pastoral hecha de esquilas y un leve vibrar de balidos, a los que se unen los gritos alegres de los niños que juegan y de las madres que los llaman, llenan el ambiente arrebolado, vestigio del potente ocaso que acaba de cumplirse.
-Judas de Simón, ve con Simón a buscar alojamiento para nosotros y las mujeres. En el centro del pueblo está la posada; luego iremos nosotros.
Mientras Judas y el Zelote obedecen, Jesús se vuelve a su Madre y le dice:
-Esta vez no sucederá como en la otra Belén. Encontrarás dónde descansar, Madre mía. En este tiempo viajan pocos, y no hay ningún edicto.
-En este tiempo sería dulce incluso dormir en los prados, en medio de estos pastores, entre sus corderitos -y María sonríe a su Hijo, y a unos pastorcillos curiosos que la miran fijamente.
Sonríe de tal forma, que uno de ellos da un codazo al otro y le dice en voz baja:
-Seguro que es Ella -y se acerca sin vacilar y dice: «Salve, María llena de gracia. ¡El Señor está contigo!
María responde con una sonrisa aún más dulce:
-Aquí está el Señor -y señala a Jesús, que se ha vuelto para hablar con sus primos, para decirles que den limosnas a los pobres que se acercan pidiendo quejumbrosamente. Y toca levemente a su Hijo, la Madre, y le dice: «Hijo mío, estos pastorcitos te buscan, y me han reconocido; no sé cómo…
-Está claro que por aquí ha pasado Isaac dejando el perfume de la revelación. Jovencito, ven aquí.
El pastorcillo, un morenito de unos doce o catorce años, fuerte a pesar de ser delgado, de ojos vivos, negrísimos, y cabellos que le caen lacios formando una melena de ébano, envuelto en su piel de oveja -me da la impresión de una copia, muy joven, del Precursor-, se acerca a Jesús, como embelesado, con sonrisa beatífica.
-Paz a ti, niño. ¿Cómo has reconocido a María?
-Porque sólo la Madre del Salvador podía tener esa sonrisa y ese rostro. Me dijeron: "Una cara de ángel, ojos de estrella, sonrisa más dulce que el beso de una madre, dulce como su nombre, María; una cara tan santa, que pudo inclinarse hacia el Dios recién nacido". He visto esto en Ella y la he saludado porque te buscaba. Te buscábamos, Señor, y… no me atrevía a saludarte a ti el primero.
-¿Quién te ha hablado de nosotros?
-Isaac de la otra Belén. Y prometió que nos llevaría a ti en cuanto llegara el otoño.
-¿Ha estado aquí Isaac?
-Está todavía por estas regiones, con muchos discípulos. A nosotros, los pastores, fue él quien nos habló. Creímos en su palabra. Señor, deja que te adoremos nosotros también, como nuestros compañeros en aquella noche dichosa -y se arrodilla en el polvo del camino y lanza un grito a los otros pastores, que han detenido el rebaño a las puertas de la ciudad (puertas por llamarlas de alguna manera, porque en realidad no es una ciudad ceñida de muros), en el mismo lugar en que Jesús se había parado para esperar a las mujeres y entrar con ellas en el pueblo.
El pastorcillo grita:
-Padre, hermanos, amigos: hemos encontrado al Señor. Venid. Adorémoslo.
Y los pastores vienen, se arremolinan con su rebaño en torno a Jesús y le ruegan que no busque alojamiento en otro lugar, sino que acepte su pobre casa, que está a poca distancia, para él y sus amigos.
-Es un aprisco grande ̀ explican -Dios nos protege, y tenemos habitaciones, y cobertizos llenos de heno fragante. Las habitaciones para tu Madre y sus hermanas, porque son mujeres. De todas formas, también hay una habitación para ti. Los otros pueden dormir con nosotros en los cobertizos, sobre el heno.
-Yo también estaré con vosotros. Será para mí un descanso más agradable que si durmiera en la habitación de un rey. Pero vamos antes a avisar a Judas y a Simón.
-Voy yo, Maestro -dice Pedro, y se marcha junto con Santiago de Zebedeo.
Se quedan al borde del camino esperando a que regresen los cuatro apóstoles.
Los pastores miran a Jesús como si fuera ya Dios en su gloria. A los más jóvenes se les ve verdaderamente felices; da la impresión de que quisieran grabarse en la mente hasta los más mínimos detalles de Jesús y María, la cual se ha agachado a acariciar a unos corderos que han venido a empinar su morrito, balando, contra sus rodillas.
-Había uno, en casa de mi pariente Isabel, que me lamía las trenzas cada vez que me veía. Le llamaba "amigo", porque era verdaderamente amigo mío, como un niño; en cuanto podía, venía a mí corriendo. Éste me lo recuerda completamente, con estos dos ojos suyos de dos colores. ¡No lo matéis! A1 otro también se le dejó en vida por el amor que me tenía.
-Es una cordera, Mujer; la queríamos vender porque tiene los ojos de dos colores y creo que por uno ve poco. Pero nos quedaremos con ella si tú lo quieres.
-¡Oh, sí! Ya de por sí quisiera que nunca se matará a ningún corderito… Son tan inocentes… y tienen una voz como la de un niño llamando a su mamá. Matar a uno de éstos me parecería como matar a un niño.
-Pero entonces, Mujer, no habría sitio para nosotros en la tierra, si vivieran todos los corderitos -dice el pastor más anciano.
-Lo sé. Pero pienso en su dolor y en el de las ovejas madres. Lloran mucho cuando les quitan a sus hijos. Parecen realmente madres como nosotras. No puedo ver sufrir a nadie, y ante una madre deshecha de dolor yo también siento un desgarro interior. Es un dolor distinto de todos los otros dolores, porque a nosotras el golpe de la muerte de un hijo nos lacera no sólo el corazón y el cerebro sino las propias vísceras. Nosotras, las madres, permanecemos unidas a nuestro hijo siempre; quitárnoslo significa lacerarnos completamente.
Ya no sonríe María; tiene un brillo de llanto en sus ojos azules, y mira a su Jesús (que a su vez la está escuchando y mirando) y pone una mano sobre el brazo de Él, como si temiera que fueran a arrebatárselo de su lado de un momento a otro.
Por el camino polvoriento se acerca una pequeña guarnición de soldados -seis hombres-junto con otras personas que vienen hablando a voces. Los pastores miran y hablan en tono bajo entre sí. Luego miran a María y a Jesús.
El más anciano habla:
-Entonces ha sido acertado el que no entraras en Belén esta tarde.
-¿Por qué?
-Porque aquella gente que ha pasado y ha entrado en la ciudad va para arrebatar un hijo a una madre.
-¿Pero, por qué?
-Para matarlo.
-¡Oh, no! ¿Qué ha hecho?
Jesús también lo pregunta. Los apóstoles se arremolinan para oír.
-Han encontrado muerto en el camino del monte al rico Joel. Volvía de Sicaminón lleno de dinero. De todas formas, no han sido los ladrones, porque el muerto tenía todavía el dinero. El siervo que lo acompañaba dice que su señor le había dicho que se adelantase deprisa para avisar de su regreso; pues bien, por el camino, y dirigido hacia el lugar en que se cometió el homicidio, vio solamente al joven que ahora van a matar. Además, dos del pueblo juran que lo han visto agredir a Joel. Ahora los parientes de la víctima exigen su muerte. Y si es homicida…
-¿No lo crees?
-No lo creo posible. El joven es poco más que un muchacho.
Es bueno. Es hijo único y vive siempre con su madre, que es viuda, y además una viuda santa. No pasa necesidad ni piensa en las mujeres ni es un pendenciero, no está desquiciado… ¿Por qué iba a haber matado?
-¿Tiene enemigos?
-¿Quién: Joel, el muerto, o Abel, el acusado?
-El acusado.
-¡Ah! No sabría decirte… Pero… No sé qué decirte.
-Sé franco.
-Señor, es una cosa que pienso; Isaac dice que no se debe pensar mal del prójimo.
-Pero se debe tener la valentía de hablar para salvar a un inocente.
-Si hablo, tenga razón o esté equivocado, me veré obligado a huir de aquí porque Aser y Jacob son poderosos.
-Habla sin miedo. No tendrás que huir.
-Señor, la madre de Abel es joven, guapa y sensata. Aser no es sensato, ni tampoco Jacob; al primero le gusta la viuda y al segundo… bueno, el pueblo sabe que el segundo es un cuco en el tálamo de Joel. Yo pienso que…
-Comprendo. Vamos, amigos. Vosotras quedaos con los pastores. Volveré pronto.
-No, Hijo. Voy contigo.
Jesús ya se ha echado a andar, diligentemente, hacia el interior de la ciudad. Los pastores permanecen indecisos, pero luego dejan el rebaño a los más jóvenes, que se quedan con todas las mujeres (menos la Madre y María de Alfeo, que siguen a Jesús) y se ponen a caminar para alcanzar al grupo apostólico.
En la tercera travesía de la calle central de Belén se encuentran con Judas Iscariote, Simón, Pedro y Santiago, los cuales vienen ya hacia abajo gesticulando y hablando alto.
-¡Ay, lo que está sucediendo, Maestro… lo que está sucediendo! ¡Qué cosa más triste! -dice Pedro todo impresionado.
-Están quitándole el hijo a una madre por la fuerza para matarlo, y ella lo defiende como una hiena; pero es sólo una mujer contra soldados -añade Simón Zelote.
-Sangra ya por muchas partes -dice Judas.
-Le han echado abajo la puerta porque se había encerrado en su casa -termina Santiago de Zebedeo.
-Voy donde esa mujer.
-¡Oh! ¡Sí! Sólo Tú puedes confortarla.
Giran hacia la derecha, luego a la izquierda, hacia el centro del pueblo. Ya se ve la tumultuosa aglomeración de gente que se mueve agitada y hace presión ante la casa de Abel, y hasta aquí llegan los gritos desgarradores de una mujer, infrahumanos, feroces y lastimosos al mismo tiempo.
Jesús acelera el paso y llega a una placita diminuta -más que una plaza es una curva del camino, que aquí se ensanchaen la cual el tumulto es máximo.
La mujer, aferrada con una mano (que ahora es verdadera garra de hierro) a lo que queda de la puerta abatida, circundando con el otro brazo la cintura del muchacho, disputa su hijo a los soldados; y, si uno trata de separarla, muerde furiosamente, sin hacer caso de los golpes que recibe ni de los tirones de pelo que le dan (tan bestiales, que le vuelven hacia atrás la cabeza); y, cuando no muerde, grita: «¡Dejadlo! ¡Asesinos! ¡Es inocente! ¡La noche del asesinato de Joel dormía a mi lado! ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Calumniadores! Inmundos! ¡Perjuros!
Y el muchacho, aferrado de los hombros por los que lo capturan, arrastrado por los brazos, se vuelve y, con rostro desencajado, grita:
-¡Mamá! ¡Mamá! ¿Por qué tengo que morir si no he hecho nada?
Es un jovencito de buena presencia, alto, grácil, de ojos oscuros y tiernos, pelo negro un poco ondulado. El vestido desgarrado deja ver su cuerpo ágil y juvenil, casi todavía de niño.
Jesús, con la ayuda de los que lo acompañan, incide en la multitud, compacta como una roca, y se abre paso hasta el penoso grupo, precisamente en el momento en que logran separar de la puerta a la mujer, derrengada, y se la llevan, arrastrándola, como un saco unido al cuerpo de su hijo, por el camino pedregoso.
Esto dura poco de todas formas, porque, con un tirón más violento, separan la mano materna de la cintura de su hijo, y la mujer cae boca abajo y se golpea fuertemente la cara contra el suelo, con lo cual sangra más todavía.
Enseguida se alza otra vez, sólo de rodillas, y tiende hacia adelante los brazos, mientras su hijo -se lo llevan rápidamente, en la medida en que lo permite la muchedumbre, que se abre con dificultad-logra liberar el brazo izquierdo, lo agita y, torciéndose hacia atrás, grita:
-¡Mamá! ¡Adiós! ¡Recuerda, tú al menos, que soy inocente!
La mujer lo mira con ojos de loca y cae al suelo sin conocimiento.
Jesús se presenta delante del grupo de apresadores.
-Deteneos un momento. ¡Os lo ordeno! (Su rostro no admite réplica).
-¿Quién eres? -dice, agresivo, uno de la ciudad que está en el grupo -No te conocemos. Apártate y déjanos seguir para que muera antes de que se haga de noche.
-Soy un Rabí. El más grande. En nombre de Jeohveh, deteneos, u os fulminará. (Ya parece fulminar Él). ¿Quién testifica contra éste?
-Yo, él y él -responde el que había hablado antes.
-Vuestro testimonio no es válido porque no es verdadero.
-¿Qué te autoriza a decirlo? Podemos jurarlo.
-Vuestro juramento es pecado.
-¿Pecar nosotros? ¿Nosotros?
-Vosotros. De la misma forma que albergáis lujuria, nutrís odio, ambicionáis riquezas y sois homicidas, sois también perjuros. Os habéis vendido a la Inmundicia. Podéis cumplir cualquier indecencia.
-¡Ten cuidado con lo que dices! Soy Aser…
-Y Yo soy Jesús.
-No eres de aquí, no eres ni sacerdote ni juez. No eres nada. Eres un extranjero.
-Sí, soy el Extranjero porque la tierra no es mi Reino. Pero soy Juez y Sacerdote, no sólo de esta pequeña parte de Israel, sino de todo Israel y de todo el mundo.
-¡Vamos, vamos, que éste es un loco! -dice el otro testigo, y da un empujón a Jesús para apartarlo.
-Tú no das un solo paso más -dice Jesús con voz de trueno y mirándolo con una mirada de milagro, que, de la misma forma que devuelve vida y alegría, también subyuga y paraliza cuando quiere -¡Tú no das un solo paso más! ¿No crees en lo que digo? Pues bien, entonces mira. Aquí no hay ni tierra ni agua del Templo, (Tierra… agua… juicio de celos y adulterio: se trata del juicio de Dios según la prescripción mosaica de Números 5, 11-31) ni hay palabras escritas con tinta para hacer amarguísima al agua que es juicio de celos y adulterio. Pero estoy Yo, y Yo juzgo.
La voz de Jesús es tan penetrante, que suena como toque de trompeta.
La gente se arremolina tratando de ver. Sólo María Santísima y María de Alfeo se han quedado a socorrer a la madre desvanecida.
-Y hago juicio así: dadme un puñado de tierra del camino y un poco de agua en una orza; mientras me lo traen, vosotros, los acusadores, y tú, el acusado, respondedme.
Hijo, ¿eres inocente?; dilo con sinceridad a tu Salvador.
-Lo soy, Señor.
-Aser, ¿puedes jurar que no has dicho sino la verdad?
-Lo juro. No tendría motivo para mentir. Lo juro por el altar. Baje del Cielo un fuego que me queme si no digo la verdad.
-Jacob, ¿puedes jurar que tu acusación es sincera y que no te impulsa a mentir un motivo secreto?
-Lo juro por Yeohveh. Si hablo es sólo por amor a mi amigo asesinado. No tengo nada personal contra éste.
-Y tú, siervo, ¿puedes jurar que has dicho la verdad?
-¡Si hace falta lo juro mil veces! ¡Mi amo, mi pobre amo!…-y llora cubriéndose la cabeza con el manto.
-Bien. Aquí están el agua y la tierra. Las palabras son éstas: "Tú, Padre santo y Dios altísimo, cumple juicio verdadero por medio de mí. Para que reciban: el inocente, vida; honor, la madre desolada. Para que reciba digno castigo quien no es inocente. Pero, por la gracia de que gozo ante tus ojos, no les venga a los que han cometido pecado ni llama ni muerte, sí una larga expiación"
Dice estas palabras mientras mantiene extendidas las manos sobre la orza, como hace el sacerdote en el altar durante la Misa, en el ofertorio. Luego mete la derecha en la orza y, con la mano mojada de agua asperja a los cuatro que sufren el juicio, y les hace beber un sorbo de esa agua; primero al joven, luego a los otros tres. Después cruza los brazos y los mira.
También la gente mira, pero, pasados unos momentos, lanzan un grito y se arrojan rostro en tierra. Entonces los cuatro, que estaban en fila, se miran unos a otros, y a su vez gritan: el primero, el joven, de estupor; los otros, de horror (en efecto, han visto cubierto su rostro de repentina lepra, una lepra de la que el joven ha quedado inmune).
El siervo se arroja a los pies de Jesús, el cual se aparta como todos, soldados incluidos (y se aparta, además, cogiendo de la mano al jovencito Abel, para que no se contamine con la cercanía de los tres leprosos). El siervo grita:
-¡No! ¡No! ¡Perdón! ¡Estoy leproso! Han sido ellos, que me pagaron para que retrasara hasta la noche a mi señor, y así agredirle en el camino desierto. Me hicieron expresamente quitarle las herraduras a la mula. Me enseñaron la mentira de que me había adelantado, cuando la realidad era que estaba con ellos para matarlo. Y digo también por qué lo han hecho: porque Joel se había dado cuenta de que Jacob amaba a su joven esposa, y porque Aser deseaba a la madre de éste y ella lo rechazaba. Se pusieron de acuerdo para liberarse de Joel y de Abel juntos y gozarse las mujeres. He dicho. ¡Quítame la lepra, quítamela! ¡Abel, tú que eres bueno ruega por mí!
-Ve adonde tu madre. Que cuando se recobre vea tu cara y vuelva a la vida serena. Y vosotros… A vosotros os debería decir: "Hágase con vosotros lo que vosotros habéis hecho". Sería humanamente justo. Pero quiero confiaros a una expiación sobrehumana. La lepra de que os horrorizáis os salva de que os prendan y os maten, como merecéis.
Pueblo de Belén, apártate, ábrete como las aguas del mar para dejar que éstos partan para su larga condena, ¡Tremenda condena! Más terrible que una muerte rápida. Y es misericordia divina, para darles el modo de enmendarse, si quieren. ¡Idos!
La gente se retira hacia las paredes de las casas, dejando así libre el centro de la calle; y los tres, cubiertos de lepra como si ya desde años atrás estuviesen enfermos, van, uno tras otro, hacia la montaña. Y en el silencio y el crepúsculo que descienden y han hecho callar toda voz de aves y cuadrúpedos, sólo se oye su llanto.
-Purificad el camino con fuego y abundante agua. Vosotros, soldados, id y referid cómo se ha hecho justicia según la más perfecta ley mosaica.
Y Jesús hace ademán de querer volver hacia donde están su Madre y María Cleofás socorriendo todavía a la mujer, que lentamente vuelve en sí mientras su hijo acaricia y besa sus manos heladas; pero la gente de Belén, con un respeto que es casi terror, ruega:
-¡Háblanos, Señor! Eres realmente poderoso. Eres, sin duda, aquel de quien habló el hombre que pasó por aquí anunciando al Mesías.
-Hablaré por la noche cerca del aprisco de los pastores. Ahora voy a confortar a la madre de Abel.
Y va hacia la mujer, la cual, sentada en el regazo de María de Alfeo, vuelve cada vez más en sí, y mira al rostro amoroso de María, que le sonríe. Pero no comprende… hasta que baja su mirada y la fija en la cabeza morena de su hijo, que está inclinado hacia sus manos temblorosas, y pregunta:
-¿Yo también estoy muerta? ¿Esto es el Limbo?
-No, mujer, es la Tierra; éste es tu hijo, salvado de la muerte; y este es Jesús, mi Hijo, el Salvador.
La primera reacción de la mujer es un movimiento lleno de humanidad: reúne sus fuerzas y alarga su cuerpo hacia su hijo, le coge la cabeza agachada, lo ve vivo y sano, y lo besa frenéticamente, llorando, riendo, recordando todos los nombres de la cuna para expresarle su alegría.
-Sí, mamá, sí; pero ahora no me mires a mí, sino a Él, a Él, que me ha salvado. Bendice al Señor.
La mujer, aún demasiado débil para ponerse en pie o arrodillarse, alarga sus manos, todavía temblorosas y sangrantes, toma la mano de Jesús y la cubre de besos y lágrimas.
Jesús le pone la mano izquierda sobre la cabeza y le dice:
-Sé feliz. En paz. Sé siempre buena. Y tú también, Abel.
-No, Señor mío. Mi vida y la de mi hijo son tuyas, porque
Tú las has salvado. Deja que él vaya con los discípulos, como ya deseaba desde que estuvieron aquí. Te lo doy con gran alegría, y te ruego que me permitas seguirle para servirle a él y a los siervos de Dios.
-¿Y tu casa?
-Señor, ¿puede acaso uno que ha resucitado de la muerte seguir teniendo los mismos afectos que tenía antes de morir?! Mirta ha resurgido por ti de la muerte y del infierno. Si permanezco en esta ciudad, podría llegar a odiar a los que me han torturado en mi hijo, y Tú sé que predicas el amor. Deja, pues, que la pobre Mirta ame al Único que merece amor, y a su misión y a sus siervos. Ahora me siento todavía agotada, no podría seguirte; pero, en cuanto pueda, permítemelo, Señor. Te seguiré a ti y estaré con mi Abel…
-Seguirás a tu hijo y a mí con él. Sé feliz. Queda en paz ahora, con mi paz. Adiós.
Y, mientras la mujer con la ayuda de su hijo y de algunos otros compasivos entra en su casa, Jesús, con los pastores, los apóstoles, su Madre y María de Alfeo, sale del pueblo y se dirige hacia el aprisco, sito al extremo de una calle que termina en los campos…
… Una gran fogata está encendida para iluminar la reunión. Sentados en semicírculos en los campos, muchas personas esperan a que Jesús vaya y les hable. Entretanto ellos conversan de las cosas que han pasado durante el día. Entre ellos está también Abel, con el cual muchos se felicitan diciendo que todos creían en su inocencia.
-¡Pero me habríais matado! Incluso tú -no puede contenerse de responder el jovencito, que me habías saludado delante de la puerta de casa precisamente a la hora en que asesinaron a Joel.
Y añade:
-Pero te perdono en nombre de Jesús.
Jesús ya ha salido del aprisco y está yendo hacia ellos. Alto, vestido de blanco, en medio de los apóstoles, seguido por los pastores y las mujeres.
-Paz a todos vosotros.
-Si el hecho de haber venido ha valido para instaurar el Reino de Dios entre vosotros, bendito sea el Señor; si haber venido ha valido para hacer brillar la inocencia, bendito sea el Señor; si haber llegado a tiempo de impedir un delito sirve para dar a tres que son culpables el modo de redimirse, bendito sea el Señor. Ahora bien, de entre todas las cosas que esta jornada sugiere meditar, y que meditaremos mientras la noche desciende a envolver en tinieblas la alegría de dos corazones y el remordimiento de otros tres -y en sus tinieblas esconde, como bajo un púdico velo, las lágrimas de gozo de los primeros y las lágrimas abrasadoras de los otros; mas Dios las ve-, entre todas estas cosas, está la que indica que nada de lo que Dios ha dado como Ley es inútil.
Israel observa mucho, sólo nominalmente, la Ley que Dios ha dado; en realidad no la observa. Ahí está la Ley. La analizan, la escrutan, la descuartizan… hasta que muere torturada con minuciosas sutilezas. Ahí está. Pues bien, de la misma forma que un cadáver momificado no tiene vida ni respiración ni circulación de sangre (a pesar de tener la apariencia de alguien que, inmóvil, duerme), la Ley tampoco tiene vida ni respiración ni sangre en demasiados corazones; demasiados, demasiados. En una momia uno se puede sentar como si fuera una banqueta; en ella se pueden apoyar objetos, vestidos o inmundicias, si se quiere, y no se rebela porque no tiene vida. Así, muchos hacen de la Ley una banqueta, un apoyo, un lugar donde arrojar sus porquerías, seguros como están de que no se rebelará en su conciencia, porque para ellos ha muerto.
Podría comparar a buena parte de Israel con los bosques petrificados que se ven diseminados por el valle del Nilo y en el desierto egipcio. Eran verdaderos bosques, de árboles vivos nutridos de savia, susurrante su follaje bajo el sol, bellos con sus abundantes frondas, flores y frutos. Hacían del lugar en que se alzaban un pequeño paraíso terrenal, grato a hombres y animales, que olvidaban la aridez desolada del desierto, la sed abrasadora que las arenas, penetrando en la garganta con su polvo ardiente, producen en el hombre; olvidaban al despiadado sol que calcifica en poco tiempo los cadáveres, descargándolos, consumiendo sus carnes y convirtiéndolas en polvo, dejando yacentes, entre las curvas de las arenas, abundantes esqueletos, limpios como por la mano de un atento artesano; olvidaban todo en la verde sombra, susurrante, rica de frutos y agua que daban nuevas fuerzas, aliviaban, devolvían el coraje para nuevos trayectos.
Luego, por causa desconocida, cual cosas malditas, no sólo se secaron, como los árboles que cuando mueren sirven todavía para encender fuego en los hogares del hombre, o sirven a los peregrinos de países lejanos para hacer hogueras que iluminen la oscuridad, mantengan alejadas a las fieras y disipen la humedad de la noche; no sólo se secaron, sino que no sirvieron tampoco para leña: se hicieron de piedra; piedra. Parecía como si, por un sortilegio, la sílice del suelo hubiera subido de las raíces al tronco, a las ramas, a las hojas; luego, los vientos quebraron las ramitas más delgadas, que se habían hecho como de alabastro, duro y frágil al mismo tiempo.
Pero las ramas más resistentes están allí, unidas a sus fuertes troncos, para engaño de las cansadas caravanas, que con el reflejo cegador del sol o la luz espectral de la luna ven perfilarse las sombras de los troncos que se alzan enhiestos en las llanuras elevadas o en el fondo de esos valles que reciben el agua sólo durante las fecundas crecidas; caravanas que, por el ansia de un refugio, de alivio, de un pozo, de frutos frescos, y por el cansancio de los ojos cegados por el sol en las arenas desprotegidas, se lanzan hacia los bosques fantasmas, ¡verdaderamente fantasmas!: ilusoria apariencia de cuerpos vivos; real presencia de cosas muertas.
Yo los he visto. Me quedaron impresos, a pesar de que fuera poco más de un párvulo, como una de las cosas más tristes de la Tierra; así me parecieron hasta que no toqué, medí, pesé, las cosas totalmente tristes de la Tierra, totalmente tristes por estar completamente muertas. Las cosas inmateriales, o sea, las virtudes y almas muertas: las primeras, muertas en las almas; las almas, muertas por haberse matado.
"La Ley está en Israel, pero su presencia es como la de los árboles petrificados en el desierto. Han venido a ser sílice. Muertos. Objeto de engaño. Objeto destinado a disgregarse sin servir; antes al contrario, perjudicando, porque crean espejismos que seducen y, atrayendo hacia su muerte, alejan de los verdaderos oasis, y hacen morir de sed, de hambre, de desolación. Es una muerte que atrae a otros a la muerte, como se lee en algunas fábulas de mitos paganos.
Hoy habéis tenido un ejemplo de lo que es una Ley reducida a piedra en un alma también petrificada: es pecado de todo tipo, creador de desventura. Que os sirva para saber vivir, y saber hacer revivir la Ley en vosotros, con toda su integridad iluminada por mí con luces de misericordia.
La noche está solemne. Las estrellas nos miran y con ellas Dios. Alzad la mirada al cielo estrellado y elevad el espíritu a Dios. Y, sin críticas hacia esos desdichados que ya han recibido el castigo de Dios, y sin orgullos por no tener su pecado, prometed a Dios y prometeos a vosotros mismos no caer en la aridez de los árboles malditos de los desiertos y valles de Egipto.
La paz sea con vosotros.
Los bendice y luego se retira al vasto recinto del aprisco, rodeado de rústicos pórticos, bajo los cuales los pastores han extendido mucho heno para que sirva de lecho a los siervos del Señor
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-¿Dónde vamos a detenernos, mi Señor? -pregunta Santiago de Zebedeo mientras van caminando por un paso entre dos colinas enteramente cultivadas y verdes desde la base hasta la cima.
-En Belén de Galilea. Pero durante las horas más calurosas haremos una pausa en el monte que domina Meraba. Así tu hermano se sentirá otra vez dichoso al ver el mar -y Jesús sonríe; luego concluye: «Los hombres habríamos podido caminar más, pero llevamos detrás de nosotros a las discípulas, y, aunque no se quejen nunca, no tenemos que cansarlas excesivamente.
-No se quejan nunca. Es verdad. Nosotros nos quejamos más fácilmente -admite Bartolomé.
-Y eso que están menos acostumbradas que nosotros a esta vida… -dice Pedro.
-Quizás por eso lo hacen con gusto -dice Tomás.
-No, Tomás. Lo hacen de buen grado y por amor. Convéncete de que ni mi Madre ni las otras mujeres de casa, como María de Alfeo, Salomé y Susana, dejan… así, con gusto, la casa para ir por los caminos del mundo y con la gente. Ni tampoco Marta y Juana -cuando venga-, que no están acostumbradas a estas fatigas, lo harían con gusto si no las moviera el amor. Respecto a María de Magdala, sólo un poderoso amor le puede dar la fuerza para sufrir esta tortura -dice Jesús.
-Y, si sabes que es una tortura, ¿por qué se la has impuesto? -pregunta Judas Iscariote -No es buena cosa ni para ella ni para nosotros.
-Sólo la demostración evidente, indudable, de su cambio podía persuadir al mundo. María quiere persuadir al mundo de esto. Su separación del pasado ha sido completa. Es completa.
-Eso habrá que verlo. Todavía es pronto para decirlo. Una vez que uno se ha acostumbrado a un tipo de vida, difícilmente se separa del todo. Nos hacen volver a él amistades y nostalgias -dice Judas Iscariote.
-¿Entonces sientes nostalgia por la vida de antes? -pregunta Mateo.
-Yo… no. Hablo en general. Yo soy yo: hombre, amo al Maestro…. Bueno, quiero decir que dispongo de elementos que me sirven para resistir en mi propósito; sin embargo, ella es una mujer, ¡y… qué mujer! Y, además, aunque su actitud fuera bien firme, es siempre poco agradable tenerla con nosotros. Si nos encontrásemos con rabíes, sacerdotes o fariseos importantes, podéis estar seguros de que sus comentarios no serían agradables. Con sólo pensarlo, ya me pongo colorado.
-No te contradigas, Judas. Si realmente has roto los puentes con el pasado, como pretendes decir, ¿por qué te duele tanto el que una pobre alma nos siga para completar su transformación en el Bien?
-¡Por amor, Maestro! Yo también hago todo por amor, por amor hacia ti.
-Pues entonces perfecciónate en este amor tuyo. Un amor, para serlo verdaderamente, jamás debe ser exclusivismo. Cuando uno sabe amar sólo un objeto y no sabe amar ningún otro, amado por el objeto de su amor, demuestra que no está en el verdadero amor. El amor perfecto ama, con las debidas gradaciones, a todo el género humano, a los animales y plantas, estrellas y agua, porque todo lo ve en Dios. Ama a Dios como conviene y ama todo en Dios. Mira que el exclusivismo en amor es muchas veces egoísmo. Sabe, por tanto, llegar a amar también a los demás por amor.
-Sí, Maestro.
Entretanto, el objeto del contraste de opiniones va con las otras mujeres, al lado de María, sin pensar que es la causa de todo ese debate.
Llegan a Yafia. La atraviesan. La dejan atrás. Ninguno de sus habitantes ha dado muestras de desear seguir al Maestro, ni de tratar de que se detuviera. Prosiguen: los apóstoles inquietos, por la indiferencia del lugar; Jesús tratando de calmarlos.
El valle continúa en dirección oeste. Al fondo se ve otro pueblo dispuesto al pie de otro monte. Y también este pueblo oigo que le llaman "Meraba"-se muestra indiferente. Los únicos que se acercan a los apóstoles -mientras sacan agua de una fuente clara que está pegada a una casa-son unos niños. Jesús los acaricia y les pregunta cómo se llaman; los niños, por su parte, también le preguntan su nombre, y quién es y a dónde va y qué hace. Se acerca también un mendigo semiciego, viejo, encorvado, y alarga la mano para pedir una limosna… y, efectivamente, la recibe.
Se reanuda la marcha con la subida de un monte, el que cierra el valle, en el que vierte las aguas de sus riachuelos, ahora reducidos a un hilo de agua o sólo a piedras resecas por el sol. Pero el camino es bueno: se abre, primero, entre bosques de olivos, luego bosques de otros árboles, que entrelazan sus ramas formando una galería verde por encima.
Llegan a la cima, coronada por un susurrante bosque de fresnos, si no me equivoco. Se sientan para descansar y alimentarse. Además de reposar y comer, deleitan la vista, porque el panorama es bellísimo, con la cadena del Carmelo a la izquierda de quien mira hacia el oeste. Y, donde la verdísima cadena del Carmelo, en que pueden verse las más bellas tonalidades del verde, termina, allí brilla el mar, abierto, ilimitado, que se extiende con su velo movido por leves olas hacia el norte, para bañar las orillas que, desde la punta del promontorio formado por el ramal extremo del Carmelo, suben hasta Tolemaida y las otras ciudades, y se pierde en una ligera niebla hacia la región sirofenicia. Sin embargo, al sur del promontorio del Carmelo, no se ve el mar, porque la cadena, que es más alta que el monte donde están, oculta su visión.
Pasan las horas en la sombra susurrante del aireado bosque. Quién duerme, quién habla en voz baja, quién mira.
Juan se aleja de sus compañeros y va al punto más alto posible, para ver más. Jesús se aparta, adentrándose en una zona frondosa para orar y meditar. Las mujeres, a su vez, se han retirado tras una cortina de ondeante madreselva toda en flor; allí se han refrescado, en un minúsculo manantial que, reducido a un hilo de agua, forma en la tierra un charco que no logra transformarse en arroyo. Luego las más mayores, cansadas, se han quedado dormidas; mientras tato, María Santísima, con Marta y Susana están hablando de su casa, ya lejana, y María dice que querría tener esa hermosa mata toda en flor como revestimiento de su gruta.
La Magdalena, que se había soltado el pelo porque no podía resistir su peso, se lo recoge de nuevo y dice:
-Voy adonde Juan, ahora que está con Simón, a mirar con ellos el mar.
-Yo también voy -responde María Stma.
Marta y Susana se quedan con las otras compañeras, que están durmiendo.
Para llegar a donde los dos apóstoles, deben pasar cerca de la zarza que Jesús ha elegido para retirarse en oración.
-Mi Hijo descansa con la oración -dice en voz baja María.
La Magdalena le responde:
-Pienso que será indispensable para Él retirarse para mantener ese maravilloso dominio que tiene y que el mundo somete a dura prueba. ¿Sabes, Madre? He hecho como me dijiste. Todas las noches me retiro durante un tiempo más o menos largo para poder restablecer en mí misma esa calma que se ve turbada por muchas cosas; después me siento mucho más fuerte.
-Por ahora, fuerte; más adelante te sentirás bienaventurada. Créelo, María: tanto en la alegría corno en el dolor, en la paz como en la lucha, nuestro espíritu necesita zambullirse enteramente en el océano de la meditación para reconstruir aquello que el mundo y las diversas vicisitudes derriban, y para crear nuevas fuerzas para subir cada vez más. En Israel se hace uso y abuso de la oración vocal. No quiero decir que sea inútil, ni que Dios la deteste; pero sí digo que siempre es mucho más útil para el espíritu la elevación mental a Dios, la meditación, en que, contemplando su divina perfección y nuestra miseria, o la miseria de tantas pobres almas -no ya para criticarlas, sino para compadecernos de ellas y comprenderlas, y para mostrarnos gratas con el Señor, que nos ha sostenido para que no pecásemos, o nos ha perdonado para no dejarnos caídas-, llegamos realmente a orar, o sea, a amar. Porque la oración, para que sea realmente oración, debe ser amor. Si no, es un farfullar de labios del que el alma está ausente.
-¿Pero es lícito hablar con Dios teniendo los labios todavía sucios de muchas palabras profanas? Yo, en mis horas de recogimiento, que hago como me has enseñado tú, mi dulcísima apóstol, hago violencia a mi corazón, que querría decirle a Dios: "Te amo"…
-¡No! ¡Eso no! ¿Por qué?
-Porque me parece que sería un ofrecimiento sacrílego por mi parte ofrecerle mi corazón…
-No hagas eso, hija, no lo hagas. Tu corazón, ante todo, ha sido consagrado de nuevo por el perdón del Hijo, y el Padre no ve sino este perdón. Pero, aunque Jesús no te hubiera perdonado todavía, y tú, en ignorada soledad -que puede ser tanto material como moral-, gritaras a Dios: "Te amo, Padre. Perdona mis miserias, porque me duelen por el pesar que te causan", cree, María, que el Padre Dios por su parte te absolvería, y le sería grato tu grito de amor.
Abandónate, abandónate al amor sin oponerle violencia; antes al contrario, deja que el amor adquiera la violencia de un fuego devorador. El fuego consume todo lo material, pero no destruye nada de aire, porque el aire es incorpóreo (al contrario: lo purifica de los detritos minúsculos que en él esparce el viento, lo hace más ligero). Así es el amor para el espíritu: consume antes la materia del hombre, si Dios lo permite, mas no destruye el espíritu, sino que acrecienta su vitalidad y lo hace puro y ágil para que suba a Dios. ¿Ves allí a Juan? Es sólo un muchacho, y, sin embargo, es un águila; es el más fuerte de todos los apóstoles; porque ha comprendido el secreto de la fortaleza, de la formación espiritual: la amorosa meditación.
-Pero él es puro, yo… él es un muchacho, yo…
-Pues mira entonces al Zelote, que no es un muchacho. Ha vivido, ha luchado, ha odiado; lo confiesa con sinceridad.
Pero ha aprendido a meditar. Y créeme que él también está muy arriba. ¿Ves? Se buscan ellos dos. Porque se sienten iguales. Han alcanzado la misma edad perfecta del espíritu, y con el mismo medio: la oración mental: por ella, el muchacho se ha hecho viril en el espíritu; por ella, el otro, ya mayor y cansado, ha vuelto a una fuerte virilidad. Y, ¿sabes otro que, sin ser apóstol, adelantará mucho -es más, ya está muy adelantado-por su tendencia natural a la meditación, que desde que es amigo de Jesús se ha hecho en él una necesidad espiritual? Pues tu hermano.
-¿Mi Lázaro?… ¡Oh, Madre, tú que sabes tantas cosas, porque Dios te las muestra, dime cómo me tratará Lázaro la primera vez que me vea? Antes guardaba silencio con desdén. Pero lo hacía porque yo no admitía que me hicieran observaciones. He sido muy cruel con mis hermanos… Ahora lo comprendo. Ahora que sabe que puede hablar, ¿qué me dirá? Temo una abierta recriminación suya. Ciertamente me recordará todas las penas que he causado. Quisiera presentarme ante él inmediatamente. Pero tengo miedo.
Antes iba, y no me inquietaba siquiera el recuerdo de nuestra madre muerta, ni sus lágrimas, vivas aún sobre los objetos que usó, lágrimas vertidas por mí, por mi culpa. Mi corazón era cínico, altanero, cerrado a cualquier voz que no fuera "mal". Pero ahora yo no tengo ya la malvada fuerza del Mal, y tiemblo… ¿Qué me hará Lázaro?
-Te abrirá los brazos y te llamará, más con el corazón que con los labios, "hermana amada". Está tan formado en Dios, que no puede usar otros modos. No temas. No te dirá nada que haga referencia al pasado. Está -es como si lo estuviera viendo allí, en Betania, y se le hacen muy largos los días de su espera. Te está esperando a ti, para estrecharte contra su corazón, para saciar su amor de hermano. Si quieres gustar la dulzura de haber nacido del mismo seno, no tienes que hacer nada más que quererlo como él te quiere.
-Lo querría aunque me reprendiera. Me lo merezco.
-No. Te amará y nada más. Sólo te querrá.
Ya han llegado donde Juan y Simón, que están hablando de los futuros viajes. Ambos se ponen en pie, en signo de reverencia, cuando llega la Madre del Señor.
-Venimos también nosotras a glorificar al Señor por las hermosas obras de su creación.
-¿Has visto alguna vez el mar, Madre?
-Sí, lo he visto. Entonces el mar, a pesar de la tempestad, estaba menos turbado que mi corazón, y sus aguas menos saladas que mi llanto, mientras huía siguiendo el litoral desde Gaza hacia el Mar Rojo, con mi Niño en brazos y el miedo a Herodes detrás. Lo vi también al regreso. Entonces era primavera en la tierra y en mi corazón. La primavera del regreso a la patria. Jesús daba palmadas con sus manitas, contento de ver cosas nuevas… Yo y José también nos sentimos felices. De todas formas, la bondad del Señor, en mil modos, nos había aligerado el exilio en Matarea.
Su conversación sigue mientras me cesa la capacidad de ver y oír.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Todavía la sinagoga de Nazaret, pero hoy es sábado.
Jesús ha leído el apólogo contra Abimelec (Jueces 9, 8-15) y termina con las palabras: «"salga de él fuego y devore los cedros del Líbano"». Luego restituye el rollo al arquisinagogo.
-¿No lees lo demás? Sería conveniente para comprender el apólogo -dice el jefe de la sinagoga.
-No hace falta. El tiempo de Abimelec está ya muy lejano. Yo aplico al momento presente el viejo apólogo.
Escuchad, gentes de Nazaret. Ya sabéis, por la instrucción recibida de vuestro arquisinagogo -el cual, en su momento, fue instruido a su vez por un rabí, y éste a su vez por otro, y así sucesivamente desde hace siglos, siempre con el mismo método y las mismas conclusiones-, ya sabéis las aplicaciones del apólogo contra Abimelec. Yo os voy a hablar de otra aplicación. Y… os ruego que sepáis usar vuestra inteligencia, que no seáis como esas cuerdas que pasan por la polea de un pozo, que hasta que no se gastan van de la polea al agua y del agua a la polea, sin poder jamás cambiar.
El hombre no es una soga obligada, ni un instrumento mecánico. El hombre está dotado de cerebro inteligente y debe saber usarlo por sí mismo, según las necesidades y circunstancias. Porque, si bien la letra de la palabra es eterna, las circunstancias cambian. Son raquíticos esos maestros que no saben saber querer el esfuerzo y satisfacción que supone el ir extrayendo gradualmente la enseñanza nueva, es decir, el espíritu que siempre está contenido en las palabras antiguas y sabias.
Serán semejantes al eco, que lo único que puede hacer es repetir, incluso hasta el infinito, una sola palabra, sin decir ni siquiera una de su propia cosecha.
Los árboles, es decir, la Humanidad representada en el bosque en que están reunidas todas las especies de árboles, arbustos y hierbas, sienten la necesidad de que los guíe uno que cargue no sólo con todas las glorias, sino también -y es peso mucho mayor-con todas las cargas de la autoridad, y con la responsabilidad de la felicidad o infelicidad de los súbditos, la responsabilidad ante los propios súbditos, ante los pueblos vecinos y, lo que es terrible, ante Dios. Porque los hombres otorgan todo tipo de coronas o preeminencias sociales, es verdad, pero también es verdad que Dios lo permite, y, sin su condescendencia, ninguna fuerza humana puede imponerse.
Esto explica los cambios inimaginables e imprevistos de dinastías que parecían eternas, o de poderes que parecían intocables: cuando sobrepasaron la medida, en castigo o prueba para los pueblos, fueron derrocados por los propios súbditos, con el permiso de Dios, y vinieron a ser nada, polvo, o incluso fango de mísera cloaca.
He dicho que los pueblos sienten la necesidad de elegirse a uno que cargue con todas las responsabilidades para con sus súbditos, para con las naciones vecinas y, lo que es más tremendo, para con Dios. En efecto, si el juicio de la historia es terrible en vano los intereses de los pueblos tratan de mutarlo, pues hechos y pueblos futuros lo devolverán a su primera, tremenda verdad-, todavía peor es el juicio de Dios, quien no sufre presiones de nadie, ni está sujeto a cambios de humor o de juicio -como demasiadas veces les sucede a los hombres-, ni -todavía mucho menos-a errores de juicio. Por tanto, los elegidos para dirigir pueblos y crear historia tendrían que actuar con la justicia heroica propia de los santos, para no caer en la ignominia en los siglos futuros y recibir el castigo de Dios por los siglos de los siglos.
Pero volvamos al apólogo de Abimelec. Los árboles, pues, queriendo elegir un rey, fueron donde el olivo. Mas éste, árbol sagrado y consagrado para usos sobrenaturales, por el aceite que arde ante el Señor y es parte preponderante en los diezmos y sacrificios; éste, que presta su líquido para elaborar el bálsamo santo con que se ungirán altares, sacerdotes y reyes, líquido que desciende al interior de los cuerpos enfermos, o que se aplica sobre ellos, con propiedades, diría, casi taumatúrgicas, respondió: "¿Cómo puedo desatender mi vocación santa y sobrenatural para rebajarme a cosas de la tierra?".
¡Oh, dulce respuesta del olivo! ¿Por qué será que no la aprenden y practican todos aquellos a quienes Dios elige para santa misión, al menos estos? En verdad, deberían responder así todos los hombres a las sugestiones del demonio, dado que todo hombre es rey e hijo de Dios, dotado de un alma que lo hace tal: regio, filialmente divino, y llamado a sobrenatural destino. Tiene un alma que es altar y casa: el altar de Dios, la casa a donde el Padre de los Cielos desciende a recibir amor y reverencia del hijo y súbdito. Todo hombre tiene un alma, y toda alma, siendo altar, hace del hombre que la contiene un sacerdote, custodio del altar; y está escrito en el Levítico: "El Sacerdote no se contamine". El hombre, pues, tendría el deber de responder a la tentación del demonio, del mundo y la carne: "¿Puedo yo dejar de ser espiritual para ocuparme de cosas materiales y pecaminosas?".
"Los árboles fueron entonces donde la higuera, y la invitaron a que reinara sobre ellos. Pero la higuera respondió: "¿Cómo puedo renunciar a mi dulzura y a mis suavísimos frutos por reinar sobre vosotros?".
Muchos se dirigen a la persona dulce para tenerla como rey; no tanto por admiración de su dulzura, cuanto porque esperan que, siendo muy dulce, acabe transformándose en un rey de tres al cuarto, del cual podrán obtener todo tipo de consenso y con el cual podrán permitirse todo tipo de licencias. Pero la dulzura no es debilidad; es bondad, justa, inteligente, firme. No confundáis nunca la dulzura con la debilidad: la primera es virtud; la segunda, defecto. Y, precisamente por ser virtud, comunica a quien la posee una rectitud de conciencia que le permite resistir a las solicitaciones y seducciones humanas (que pretenden doblegarlo a sus intereses, que no son los de Dios) y permanece fiel a su destino, a toda costa. El dulce de espíritu no rebatirá nunca con acritud las recriminaciones de los demás, no rechazará nunca con dureza a quien lo solicita; no obstante, perdonando y sonriendo, dirá siempre: "Hermano, déjame a mi dulce suerte.
Estoy aquí para consolarte y ayudarte, pero no puedo ser rey como tú lo concibes, porque una sola realeza me interesa y me preocupa, por mi alma y por la tuya: la espiritual".
Los árboles fueron a la vid y le pidieron que reinara sobre ellos. Pero la vid respondió: "¿Cómo puedo renunciar a ser alegría y fuerza para ir a reinar sobre vosotros?".
Ser rey, tanto por las responsabilidades como por los remordimientos -es más raro que un diamante negro el rey que no peca y no se crea remordimientos-, lleva siempre a estados espirituales sombríos. El poder seduce mientras resplandece como un faro de lejos; una vez que uno lo alcanza, se ve que no es sino resplandor de luciérnaga, no de estrella. Y también: el poder no es sino una fuerza ligada por mil sogas (las de los mil intereses que bullen en torno a un rey). Intereses de los cortesanos, intereses de los aliados, intereses personales y de la parentela. ¿Cuántos reyes se juran a sí mismos, mientras el óleo los consagra: "Seré imparcial", y luego no saben serlo? Cual árbol robusto que no se rebela contra el primer abrazo de la hiedra débil y delgada, sino que dice: "Es tan frágil, que no me puede causar daño", antes al contrario se complace de que la hiedra lo enguirnalde, se complace de ser el protector que la sujeta mientras sube; así, tan frecuentemente -podría decir que siempre-, el rey cede al primer abrazo del interés que a él se dirige, de cortesano o de aliado, personal o de parentela, y se complace en ser su munífico protector. "¡Es tan poca cosa!", dice, aunque la conciencia le grite: "¡Ten cuidado!". Y piensa que no le podrá perjudicar ni en cuanto al poder ni en cuanto al buen nombre.
Lo mismo piensa el árbol. Mas llega el día en que, robusteciéndose y extendiéndose, aumentando su voracidad de succionar linfa del suelo y subir a la conquista de luz y sol, la hiedra abraza, rama tras rama, todo ese árbol fuerte, y prevalece sobre él, lo ahoga, lo mata, ¡Y era tan frágil; y él, tan fuerte! Sucede igual con los reyes.
Un primer compromiso con la propia misión, un primer gesto de encogerse de hombros ante la voz de la conciencia (y ello porque las alabanzas son dulces y porque agrada ese aire de protector solicitado)… llega un momento en que ya no es el rey el que reina, sino los intereses de los demás. Estos intereses atan al rey, lo amordazan, hasta ahogarlo; Y lo matan si, siendo ya más fuertes que él, ven que no se da prisa en morir. También el hombre común, que es lo mismo un rey en el espíritu, se pierde si acepta realezas menores por soberbia o ambición. Y pierde su serenidad espiritual, la que le viene de la unión con Dios. Porque el demonio, el mundo y la carne pueden dar un poder y gozo ilusorios, pero a costa de la alegría espiritual que viene de la unión con Dios.
¡Alegría y fuerza de los pobres de espíritu, bien merecéis que el hombre sepa decir: "¿Cómo podré aceptar la realeza sobre la parte inferior, si aliándome con vosotros, pierdo fuerza y alegría internas y el Cielo y su verdadera realeza?" Y pueden decir también estos bienaventurados pobres de espíritu -que tienen como único objetivo la posesión del Reino de los Cielos y desprecian todas las demás riquezas que no sean el Reino-, pueden decir:
"¿Cómo decaer en nuestra misión, que consiste en producir maduros jugos fortalecedores y de alegría para esta Humanidad, hermana nuestra, que vive en el desierto de la animalidad, y que necesita apagar su sed para no morir, y para nutrirse de jugos vitales, cual niño que no tiene a nadie que lo alimente? Nosotros somos las nodrizas de esta Humanidad que ha perdido el seno de Dios, esta Humanidad que vaga estéril y enferma, y que encontraría la muerte desesperada, el negro escepticismo, si no nos encontrase a nosotros, que, con la alegre laboriosidad de quien está libre de todo lazo terreno, los persuadiéramos de que hay una Vida, una Alegría, una Libertad, una Paz. No podemos renunciar a la Caridad por un interés mezquino.
Los árboles se dirigieron entonces al espino. Éste no los rechazó. Pero impuso pactos severos: "Si me queréis como rey, venid aquí debajo de mí. Si me elegís y luego no queréis venir, haré de cada espina encendido tormento y os quemaré a todos, incluso a los cedros del Líbano".
¡He aquí cuáles son las realezas que el mundo acepta como verdaderas! La corrupción de la Humanidad es causa de que se tomen por verdadera realeza la tiranía y la crueldad; la mansedumbre y bondad, por estupidez y bajos sentimientos. El hombre no se somete al Bien, pero sí se somete al Mal. El Mal lo seduce. La consecuencia es que el Mal lo consume con fuego.
Éste es el apólogo de Abimelec. Pues bien, voy a proponeros otro; no lejano ni referido a hechos lejanos, sino cercano, presente.
Los animales pensaron en elegir a un rey. Como eran astutos, pensaron elegir a uno del que no debiera temerse fuerza o ferocidad; descartaron, por tanto, al león y a todos los otros felinos. Dijeron que no querían a las rostradas águilas, ni a ninguna otra ave rapaz. Desconfiaron del caballo, que podía llegarse hasta ellos con rapidez, y ver sus acciones; desconfiaron todavía más del burro, del que conocían la paciencia, sí, pero también los repentinos arranques de furia y las fuertes pezuñas.
Se horrorizaron ante la idea de tener por rey al mono, pues era demasiado inteligente y vengativo. Con respecto a la serpiente, con la disculpa de que se había prestado a Satanás para seducir al hombre, dijeron que no la querían como rey, a pesar de sus graciosos colores y la elegancia de sus movimientos; en realidad no la quisieron porque conocían su silencioso paso majestuoso, la fuerza de sus músculos, el terrible efecto de su veneno. ¿Elegir rey a un toro o a otro animal provisto de aguzados cuernos? ¡No hombre, no! "Que el diablo también los tiene" dijeron; pero en realidad pensaban: "Si nos rebelamos, un día nos extermina con sus cuernos".
Eliminando a unos y eliminando a otros, he aquí que vieron a un corderito regordete y blanco que triscaba alegre por un prado verde, hocicando en la rechoncha mama materna. No tenía cuernos; antes al contrario, unos ojos mansos como cielo de Abril. Era manso y sencillo. De todo estaba contento: del agua de un pequeño riachuelo donde bebía hundiendo su morrillo rosado; de las florecillas de variados sabores que satisfacían el ojo y el paladar; de la tupida hierba, sobre la cual era bonito estar tumbado después de haber comido bien; y de las nubes, que parecían otros corderitos que correteasen por aquellos prados azules, allá arriba, y le invitaran a jugar, corriendo por el prado como ellas por el cielo; y, sobre todo, de las caricias de su mamá, la cual todavía le consentía alguna sobria chupada, lamiéndole, mientras tanto, la blanca lana con su rosada lengua; y del aprisco, seguro y protegido del viento, y de la cama, bien esponjosa y fragante, en que le era dulce dormir junto a su madre. "Es fácil contentarlo. Y no tiene ni armas ni veneno. Es ingenuo.
Hagámoslo rey". Y lo hicieron rey. Y se gloriaban de él, porque era hermoso y bueno y porque lo admiraban los pueblos vecinos y lo amaban los súbditos por su paciente mansedumbre.
Pasó un tiempo. El cordero se hizo carnero, y dijo: "Llega el momento de gobernar realmente. Ahora tengo pleno conocimiento de mi misión. La voluntad de Dios -que permitió que fuera elegido rey-me ha formado para esta misión y me ha dado capacidad de reinar; justo es, por tanto, que la ejercite en forma plena, incluso porque, si no, sería desperdiciar los dones de Dios".
Viendo, pues, a súbditos hacer cosas contrarias a la honestidad de las costumbres, o a la caridad, dulzura, lealtad, morigeración, obediencia, respeto, prudencia, etc. alzó su voz para amonestar. Pero he aquí que los súbditos se rieron de su balido sabio y dulce, que no atemorizaba como el rugido de los felinos, ni como el chillido de los buitres cuando se lanzan veloces sobre la presa, ni como el silbido de la serpiente… ni siquiera como los ladridos del perro que infunde temor.
El cordero, ya carnero, no se limitó a balar; fue donde los culpables para conducirlos de nuevo al cumplimiento del deber. Ahora bien, la serpiente se le escurrió por entre las patas; el águila se alzó en vuelo y lo dejó plantado; los felinos, con una manotada, lo apartaron amenazándole: "¿Ves lo que hay en esta mano afelpada que por ahora se limita a apartarte? Son garras"; los caballos, y todos los animales corredores en general, se pusieron a girar al galope alrededor de él en plan de burla; los robustos elefantes, u otros paquidermos, con un golpe del morro, lo tiraron a un lado o a otro; los monos, desde encima de los árboles, lo hicieron blanco de sus proyectiles.
El cordero, ya carnero, acabó por inquietarse, y dijo: "No quería usar ni mis cuernos ni mi fuerza; porque también yo tengo fuerza en este cuello (tanto que será modelo para abatir obstáculos de guerra). No quería usarla porque prefiero usar el amor y la persuasión. Pero, dado que ante estas armas no os doblegáis, haré uso de la fuerza, porque no quiero faltar a mi deber para con Dios y para con vosotros, a pesar de que vosotros faltéis al vuestro para con Dios y para conmigo. He sido establecido aquí por vosotros y Dios para guiaros a la Justicia y al Bien, y aquí quiero que Justicia y Bien (es decir, Orden) reinen". Y castigó con los cuernos -ligeramente, porque era bueno ̀ a un gozquejillo que seguía molestando a los que estaban a su lado; y luego, con su fortísimo cuello, echó abajo la puerta de la guarida donde un cerdo glotón y egoísta había almacenado provisiones en perjuicio de los demás; y tiró abajo también la mata de lianas que los jóvenes monos habían elegido para sus ilícitos amores.
“Este rey se ha hecho demasiado fuerte. Quiere realmente reinar y que vivamos una vida sabia. Esto no nos agrada. Hay que destronarlo" dijeron.
̪Mas -un mono joven y astuto aconsejó: "Hagámoslo de forma que parezca que ha sido por un motivo justo; si no, quedaremos mal ante -otros pueblos y nos atraeremos la enemistad de Dios. Vamos a espiar todo lo que hace el carnero para poderlo acusar bajo apariencia de justicia".
-Me encargo de ello yo -dijo la serpiente.
-Y yo -dijo el mono.
Una arrastrándose por entre la hierba, el otro desde las copas de los árboles, no perdieron ni un momento de vista al cordero. Y todas las noches, cuando él se retiraba para descansar de las fatigas de la misión y meditar en las medidas que debería tomar y en las palabras que tendría que usar, para domar la rebelión y vencer los pecados de los súbditos, entonces éstos, excepto alguno -raro-honesto y fiel, se reunían para escuchar el relato de los dos espías y traidores (pues traidores eran también).
La serpiente decía a su rey: "Te sigo porque te amo, para defenderte en caso de que te agredieran". El mono decía a su rey: "¡Como te admiro! Quiero ayudarte. Mira, desde aquí veo que más allá de este prado se está pecando. ¡Corre!" y luego decía a sus compañeros: "Hoy también ha tomado parte en el banquete de algunos pecadores. Ha simulado que iba allí para convertirlos, pero luego en realidad ha sido cómplice de sus orgías". Y la serpiente refería: "Se ha alejado incluso allende los confines de su pueblo, y ha entablado conversación con mariposas, moscardones y babosas. Es un infiel. Trata con extranjeros impuros".
Así hablaban a espaldas del inocente, creyendo que él lo ignorase. Pero el espíritu del Señor, que lo había formado para su misión, lo iluminaba también respecto a las conjuras de sus súbditos. Habría podido huir, indignado, maldiciéndolos. Pero el cordero era manso y humilde de corazón. Amaba: éste era su error. Y cometía un error aún mayor: el de perseverar en su misión, amando y perdonando, a costa de la vida, para cumplir la voluntad de Dios. ¡Oh, qué errores éstos ante los hombres! ¡Imperdonables! Tanto que le procuraron la condena.
"Muera. Para liberarnos de su opresión". Y la serpiente se encargó de matarlo, porque siempre la traidora es la serpiente…
Éste es el otro apólogo. ¡Ahora te toca a ti entenderlo, pueblo de Nazaret! Yo, por el amor que me une a ti, te deseo, al menos, que no pases del grado de pueblo hostil. El amor de la tierra a la que vine cuando era niño, en que crecí amándoos y siendo amado, me hace deciros a todos vosotros:
"No seáis más que hostiles. No hagáis que la historia diga: “De Nazaret vinieron su traidor y sus jueces inicuos"'.
Adiós. Juzgad con rectitud y quered con constancia: lo primero, todos vosotros; lo segundo, aquellos de entre vosotros que no vivan disturbados por pensamientos deshonestos. Me marcho… La paz sea con vosotros.
Y Jesús, en medio de un silencio penoso, quebrado sólo por dos o tres voces que lo aprueban, sale, triste, cabizbajo, de la sinagoga de Nazaret.
Le siguen los apóstoles. Al final de todos van los hijos de Alfeo (y sus ojos no son, ciertamente, ojos de manso cordero)… Miran severamente a la multitud hostil, y Judas Tadeo, sin vacilaciones, se planta erguido ante su hermano Simón y le dice:
-Creía que tenía un hermano más honesto y de carácter más fuerte.
Simón agacha la cabeza y calla. Pero el otro hermano, José, respaldado por otros de Nazaret, dice:
-¡Deberías avergonzarte de ofender a tu hermano mayor!
-No. Me avergüenzo de vosotros. De todos vosotros. Esta Nazaret no es simplemente una madrastra para el Mesías, es una madrastra depravada. Oíd mi profecía: Lloraréis tantas lágrimas como para alimentar una fuente, pero no servirán para lavar de los libros de la Historia el verdadero nombre de esta ciudad y de vosotros. ¿Sabéis cuál es?
"Estupidez". Adiós.
Santiago añade un saludo más amplio augurando luz de sabiduría. Y salen, junto con Alfeo de Sara y otros dos jóvenes que, si los reconozco bien, son los dos cuidadores de asnos que acompañaron a los jumentos usados para ir al encuentro de Juana de Cusa cuando estaba moribunda.
La gente, que ha quedado confundida, murmura:
-¿Pero de dónde le viene tanta sabiduría?
-¿Y de dónde los milagros que hace? Porque hacerlos los hace. Toda Palestina lo dice.
-¿No es el hijo de José el carpintero? Todos le hemos visto hacer mesas y camas en el banco del artesano de Nazaret, y arreglar ruedas y cierres. Ni siquiera fue a la escuela. Su Madre fue su única maestra.
-Eso también fue un escándalo, que nuestro padre criticó -dice José de Alfeo.
-Pero también tus hermanos terminaron la escuela con María de José.
-¡Ya! Mi padre fue débil ante su mujer… -responde José.
-Entonces, ¿también el hermano de tu padre?
-También.
-¿Pero es realmente el hijo del carpintero?
-¿Pero es que no lo ves?
-Hay muchos que se parecen. Creo que es uno que se hace pasar por él pero no lo es.
-¿Y dónde está entonces Jesús de José?
-¿Pero tú crees que su Madre no lo va a conocer?
-Aquí están sus hermanos y hermanas, y todos ellos lo reconocen como pariente. ¿No es verdad, vosotros dos?
Los dos ancianos hijos de Alfeo asienten.
-Entonces se ha vuelto loco o está endemoniado, porque lo que dice no puede provenir de un obrero.
-Lo que habría que hacer es no escucharlo. Su pretendida doctrina es delirio o posesión…
…Jesús está parado en la plaza esperando a Alfeo de Sara, que habla con un hombre. Mientras espera, uno de los arrieros, que se había quedado cerca de la puerta de la sinagoga, le trae las calumnias que allí se han dicho.
-No te apenes por esto. Un profeta, generalmente, no recibe honor ni de su patria ni de su casa. El hombre es tan necio que cree que para ser profetas es necesario casi estar fuera de la vida; y los coterráneos y familiares, más que todos los demás, conocen y recuerdan la humanidad de su paisano y pariente. Pero la verdad triunfa siempre. Adiós. La paz sea contigo.
-Gracias, Maestro, por haber curado a mi madre.
-Lo merecías, porque supiste creer. Mi poder aquí es inoperante, porque aquí no hay fe. Vamos, amigos. Mañana al alba nos marchamos.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La primera escala de Jesús en Nazaret es en casa de Alfeo. Estando ya para entrar en el huerto, se encuentra con María de Alfeo, que sale con dos ánforas de cobre para ir a la fuente.
-¡La paz sea contigo, María! -dice Jesús, y abraza a su pariente, la cual, efusiva como siempre, lo besa y emite un grito de alegría.
-¡Sin duda será un día de paz y alegría, Jesús mío, porque has venido! ¡Oh, queridísimos hijos míos! ¡Qué felicidad para vuestra mamá el veros! -y besa a sus dos hijotes, que estaban inmediatamente detrás de Jesús -Estáis conmigo hoy, ¿no es verdad?
Tengo precisamente encendido el horno para el pan. Estaba yendo por agua para no tener luego que suspender la cocción.
-Mamá, vamos nosotros» dicen sus hijos mientras se apoderan de las ánforas.
-¡Qué buenos son! ¿No es verdad, Jesús?
-Muy buenos -confirma Jesús.
-Pero también contigo, ¿no es verdad? Porque si te quisieran menos de lo que me quieren a mí, los querría menos.
-No temas, María. Para mí son sólo motivo de alegría.
-¿Estás solo? María se ha ido tan al improviso… Habría ido también yo. Estaba con una mujer… ¿Una discípula?
-Sí. La hermana de Marta.
-¡Oh, bendito sea Dios! ¡He orado mucho por esto! ¿Dónde está?
-Mira, está llegando con mi Madre, Marta y Susana.
En efecto, las mujeres están apareciendo por un recodo del camino seguidas por los apóstoles. María de Alfeo corre a su encuentro y exclama:
-¡Qué feliz me siento de poder llamarte hermana! Debería amarte hija, porque tú eres joven y yo vieja, pero te llamo con ese nombre que tanto amo desde que se lo doy a mi María. ¡Querida mía! Ven, estarás cansada… aunque, bueno, también contenta -y besa a la Magdalena mientras la tiene cogida de la mano, como queriendo hacerle sentir aún más que la quiere. La belleza fresca de la Magdalena parece todavía más viva al lado de la persona gastada de la buena María de Alfeo.
-Hoy todos en mi casa. No os dejo que os marchéis -y, con un suspiro del alma que le sale involuntariamente, se le escapa la confesión: « ¡Estoy siempre muy sola! Cuando no está mi cuñada paso los días bien tristes y solitarios.
-¿No están tus hijos? -pregunta Marta.
María de Alfeo se ruboriza y suspira:
-Con el alma sí. Todavía. Ser discípulos une y divide… Pero, de la misma forma que tú, María, has venido, también ellos vendrán -y se seca una lágrima. Mira a Jesús, que la está observando con piedad, y se esfuerza en sonreír para preguntar: « ¿Son cosas largas, verdad?».
-Sí, María. Pero tú las verás…
-Tenía esta esperanza… Después de que Simón… Pero después ha sabido otras… cosas, y está otra vez en la indecisión. ¡Ámalo igualmente, Jesús!
-¿Lo pones en duda?
María, mientras habla, prepara algo de comer y beber para los peregrinos, sorda a las palabras de todos, que le aseguran que no tienen necesidad de nada.
-Vamos a dejar a las discípulas tranquilas - - dice Jesús, y añade: “Y vamos por el pueblo”. -¿Te vas? Quizás vienen mis otros hijos.
-Estaré aquí todo el día de mañana. Por tanto, estaremos juntos. Ahora voy a ver a los amigos. Paz a vosotras, mujeres. Adiós, Madre.
Nazaret ya está toda revuelta por la llegada de Jesús (y por añadidura con María de Magdala). Quién se apresura a ir a casa de María de Alfeo, quién a la de Jesús, para ver; pero, habiendo encontrado esta última cerrada, retornan todos en dirección a Jesús, que está atravesando Nazaret hacia el centro.
La ciudad sigue cerrada al Maestro. En parte irónica, en parte incrédula, con algún núcleo incluso de clara maldad que se manifiesta en ciertas frases hirientes, sigue, por curiosidad pero sin amor, a este gran Hijo suyo al que no comprende. Incluso en las preguntas que le hacen no hay amor, sino incredulidad e ironía; pero Él no hace ver que lo nota, y dulce y manso responde a quien le habla.
-A todos das. Pero pareces un hijo desvinculado de tu tierra, porque a tu tierra no le das.
-Estoy aquí para daros lo que pedís.
-Pero prefieres no estar aquí. ¿Es que somos más pecadores que los demás?
-No hay pecador, por grande que sea, al que Yo no quiera convertir. Y vosotros no sois peores que los demás.
-Pero tampoco dices que seamos mejores que los otros. Un buen hijo siempre dice que su madre es mejor que las otras, aunque no lo sea. ¿Acaso Nazaret es sólo madrastra para ti?
-Yo no digo nada. Callar es regla de caridad hacia los demás y hacia uno mismo, cuando decir que uno es bueno no se puede y no se quiere mentir. Pero diligente brotaría la alabanza a vosotros, con el solo hecho de que vinierais a mi doctrina.
-¿Buscas ser admirado?
-No. Sólo que me escuchéis y creáis en mí, por el bien de vuestras almas.
-¡Pues habla entonces! ¡Te escuchamos!
-Decidme sobre qué os debo hablar.
Un hombre de unos cuarenta o cuarenta y cinco años dice:
-Yo querría que vinieras y me explicaras un punto».
-Voy enseguida, Leví.
Y se encaminan. La gente se aglomera tras el Maestro y el arquisinagogo. La sinagoga se abarrota enseguida de gente.
El arquisinagogo toma un rollo y lee: «Él hizo subir a la hija de Faraón de la ciudad de David a la casa que había construido para ella, porque dijo: “Mi mujer no debe vivir en la casa de David, rey de Israel, que fue santificada cuando en ella entró el arca del Señor"
Bien, pues querría que dieras tu juicio acerca de si esa medida fue justa o no, y ¿por qué?
-Sin duda fue justa, porque el respeto a la casa de David, santificada por haber entrado en ella el arca del Señor, exigía aquello.
-¿Pero, el hecho de ser la mujer de Salomón no hacía a la hija del Faraón digna de vivir en la casa de David? ¿La esposa no viene a ser, según las palabras de Adán, "hueso de los huesos" de su marido y "carne de su carne”? Si es tal, ¿cómo profanará lo que no profana su esposo?
-Está escrito en el primer libro de Esdras: "Habéis pecado al casaros con mujeres extranjeras, y habéis añadido este delito a los muchos de Israel". Y una de las causas de la idolatría de Salomón precisamente se debe a estos connubios con mujeres extranjeras. Dios lo había dicho: "Ellas, las extranjeras, pervertirán vuestros corazones hasta el punto de haceros seguir a dioses extranjeros". Las consecuencias las conocemos.
-Y, sin embargo, no se había pervertido casándose con la hija del Faraón; tanto que llegó a juzgar con sabiduría que su esposa no debía permanecer en la casa santificada.
-No se puede medir la bondad de Dios con la nuestra. El hombre, después de una culpa, no perdona, aunque él mismo sea también culpable. Dios no se muestra implacable a la primera caída, pero no permite que impunemente el hombre se endurezca en el mismo pecado. A la primera caída, por tanto, no castiga, sino que habla al corazón; pero sí castiga cuando su bondad no sirve para convertir y el hombre juzga tal bondad como debilidad. Entonces desciende el castigo, porque nadie se burla de Dios.
Hueso de su hueso y carne de su carne, la hija del Faraón había depositado los primeros gérmenes de corrupción en el corazón del Sabio, y, como sabéis, una enfermedad no se declara realmente por un sólo germen en la sangre, sino cuando la sangre está corrompida por muchos gérmenes originados del primero. El hombre se viene abajo siempre a partir de una ligereza aparentemente inocua. Luego aumenta la condescendencia con el mal. Se forma el hábito de transigir con la conciencia y de descuidar lo que constituye el deber y la obediencia a Dios, y por grados, se llega al pecado grande (en Salomón incluso de idolatría, y provocó el cisma cuyas consecuencias duran hasta hoy).
-¿Estás diciendo, entonces, que es necesaria la máxima atención y respeto hacia las cosas sagradas?
-Sin duda.
-Explícame ahora otra cosa. Tú te dices el Verbo de Dios. ¿Es verdad?
-Lo soy. Él me ha enviado para traer a la tierra la buena nueva para todos los hombres, y para que los redima de todo pecado.
-Si lo eres, eres más que el Arca, pues, no ya en la gloria que está por encima del Arca, sino en ti mismo, estaría Dios.
-Tú lo dices y es verdad.
-¿Y, entonces, por qué te profanas?
-¿Y me has traído aquí para decirme esto? Me das pena, tú y quien te ha movido a hablar. No debería justificarme, porque toda justificación queda quebrada por vuestro rencor. Pero os daré una justificación, a los que me acusáis de falta de amor hacia vosotros y de profanación de mi persona. Escuchad. Sé a lo que aludís. Pues bien, os respondo: "Estáis en error".
Como extiendo los brazos hacia los moribundos para que vivan y llamo a los muertos para devolverlos a la vida, así extiendo los brazos hacia los más verdaderamente moribundos y llamo a los que están más verdaderamente muertos, los pecadores, para que vivan la Vida eterna y, si ya están corrompidos, resucitarlos para que no vuelvan a morir. Pero os voy a poner una parábola. Un hombre, por muchos vicios, enferma de lepra.
Los demás lo alejan de la comunidad. Este hombre, en medio de una soledad atroz, medita sobre su estado y sobre el pecado que lo ha conducido a ese estado mísero. Pasan así largos años, y, cuando menos se lo espera, este leproso se cura.
El Señor ha sido misericordioso con él por sus muchas oraciones y lágrimas. ¿Qué hace entonces este hombre? ¿Puede volver a su casa por el hecho de que Dios lo haya agraciado? No. Debe presentarse al sacerdote, el cual primero lo observará durante un tiempo, luego le hará purificarse tras un primer sacrificio de dos gorriones; luego, después de dos lavados -no uno de las vestiduras, el curado vuelve a presentarse al sacerdote, con los corderos sin mancha, la cordera, la harina y el aceite prescritos. El sacerdote lo conduce entonces ante la puerta del Tabernáculo. Es entonces cuando este hombre es religiosamente admitido de nuevo en el pueblo de Israel. Pero, decidme: Cuando va por primera vez al sacerdote ¿para qué va?
-¡Para pasar una primera purificación que le permitirá cumplir la otra purificación, más grande, que lo admitirá de nuevo en el pueblo santo!
Habéis respondido bien. ¿Pero entonces no está purificado del todo?».
-¡No, no! Le falta todavía mucho para estarlo; respecto a la materia y respecto al espíritu.
-¿Cómo, pues, osa acercarse al sacerdote la primera vez, completamente impuro, y la segunda al Tabernáculo?
-Porque el sacerdote es el medio necesario para que uno pueda ser readmitido entre los vivos.
-¿Y el Tabernáculo?
-Porque sólo Dios puede borrar las culpas, y es de fe el creer que tras el santo Velo descansa Dios en su gloria y desde allí otorga su perdón.
-Entonces el leproso curado tiene todavía pecado cuando se acerca al sacerdote y al Tabernáculo.
-¡Sí, ciertamente!
-¡Hombres de pensamiento retorcido y de turbio corazón! ¿Por qué, entonces, me acusáis si Yo, el Sacerdote y el Tabernáculo, dejo que se acerquen a mí los leprosos del espíritu? ¿Por qué juzgáis con dos medidas? Sí, la mujer que estaba perdida, y Leví el publicano, presente aquí ahora con su nueva alma y su nuevo oficio, y lo mismo otros y otras, que han venido antes que éstos, están ahora a mi lado, pueden estar a mi lado porque han sido readmitidos en el pueblo del Señor. La voluntad de Dios, que ha depositado en mí el poder de juzgar y absolver, curar y resucitar, me los ha acercado.
Sería profanación si perdurase su idolatría, como en el caso de la hija del Faraón; pero no lo es, porque han abrazado la doctrina que he traído a la tierra y por ella han resucitado a la Gracia del Señor. ¡Hombres de Nazaret, que me tendéis celadas porque no os parece posible que en mí esté la Sabiduría verdadera y la justicia de Verbo del Padre, Yo os digo: “Imitad a los pecadores"! En verdad os digo que saben mejor venir a la Verdad. Y también os digo:
"No recurráis a bajas celadas para poderme resistir". No lo hagáis. Pedid, y os daré, como doy a todos los que vienen a mí, la palabra vital. Acogedme como a un hijo de esta tierra nuestra. No os guardo rencor. Mis manos están llenas de caricias; mi corazón, de deseos de instruiros y de haceros felices; tanto que, si me aceptáis, pasaré con vosotros mi sábado, instruyéndoos en la Nueva Ley.
Hay contraste de ideas en la concurrencia, pero prevalece la curiosidad o el amor, y muchos gritan:
-¡Sí, sí! ¡Mañana aquí! ¡Te escucharemos!
-Haré oración para que caiga esta noche la costra que oprime vuestro corazón; para que caiga todo prejuicio y, libres de ellos, podáis comprender la Voz de Dios que viene a traer a toda la tierra el Evangelio, pero con el deseo de que la primera región capaz de recibirla sea la ciudad en que he crecido. Paz a todos vosotros.