219- Los distintos frutos de la predicación de los apóstoles en la ciudad de Ascalón

Obedientes a la orden recibida, los grupos de los apóstoles van llegando a la puerta de la ciudad. Jesús todavía no está, pero pronto aparece por una callecita que sigue el trazado de la muralla.

-Debe haberle ido bien al Maestro -dice Mateo -¡Mirad cómo sonríe!

Van hacia Él. Luego salen por la puerta y toman la vía principal A ambos lados hay huertas del suburbio.
Jesús les pregunta:

-¿Entonces?… ¿cómo os ha ido?, ¿qué habéis hecho?
-Muy mal -dicen al unísono Judas Iscariote y Bartolomé.
-¿Por qué? ¿Qué os ha sucedido?

-Que por poco nos apedrean. Hemos tenido que salir corriendo Vámonos de esta ciudad de bárbaros. Volvamos a donde nos estiman. Yo aquí ya no hablo más. De hecho no quería hablar, pero… me he dejado vencer, y Tú no me has frenado, a pesar de que sabes todo… -Judas está inquieto.

-Pero, ¿qué te ha pasado?

-Pues… Yo he estado con Mateo, Santiago y Andrés. Hemos ido a la plaza de los Juicios, porque allí hay gente fina y que tiene tiempo que perder escuchando a una persona que hable. Hemos decidido dejarle a Mateo hablar, porque era el más idóneo para hablar a publicanos y a clientes de publicanos. Entonces él ha empezado dirigiéndose a dos que estaban discutiendo por un campo, en una cuestión poco clara de una herencia: "No os odiéis por causa de cosas perecederas y que no podéis llevaros con vosotros a la otra vida; antes bien, amaos, para poder gozar de bienes eternos, conseguidos sin más guerras que la que combate las malas pasiones que debemos subyugar para ser vencedores y poseer el Bien". Dijiste esto, ¿no? Y luego siguió,que ha llegado el

mientras otros dos o tres se acercaban para oír: “Abrid vuestros oídos a la Verdad, que enseña estas cosas al mundo, para que el
mundo tenga paz.

Ya veis que se sufre por esto, por este excesivo interés por las cosas perecederas. Mas la tierra no es todo. Está también el Cielo, y en el Cielo está Dios, de la misma forma que, ahora, en la tierra está el Mesías de Dios, que nos envía para anunciaros que ha llegad͉o tiempo de la Misericordia, y que ningún pecador puede decir: “No seré escuchado”, pues si uno tiene verdadero arrepentimiento, recibe el perdón, es escuchado y amado y se le ofrece el Reino de Dios".

A todo esto, ya mucha gente había venido. Había quien escuchaba con respeto y había quien interrumpía y molestaba a Mateo con preguntas. Yo ya de hecho no respondo nunca para no estropear el discurso. Hablo y respondo en particular al final. Que se tengan en la memoria lo que quieran decir y que guarden silencio. ¡Pero Mateo quería responder inmediatamente!… Nos preguntaban también a nosotros. Pero había también quien hacía risitas sarcásticas y decía: "¡Otro loco! Está claro que viene de la guarida de Israel. Los judíos son como malas hierbas que se difunden por todas partes. ¡Ahí tenemos otra vez sus eternas patrañas! Dios es su protector. ¡Escucha, escucha! Está en el filo de su espada, en la mordacidad de su lengua. ¡Mira, mira, ahora sacan a colación a su Mesías! Algún otro exaltado que, como de costumbre, nos va a atormentar. ¡Maldición a Él y a su raza!". Entonces he perdido la paciencia, he tirado de Mateo -que seguía hablando sonriente como si le estuvieran haciendo honores -, y he empezado a hablar yo, tomando a Jeremías como base de mi discurso: "Crecen las aguas a septentrión; torrente desbordado serán…". "Ante su rumor" he dicho "pues el castigo que Dios os dará, raza maléfica, producirá el rumor de muchas aguas, aunque serán armas y soldados de la tierra y celestes honderos de los Cielos, en movimiento todos ellos por orden de los Jefes del Pueblo de Dios, los que se abatirán sobre vosotros como castigo de vuestra obstinación; ante su fragor se desvanecerán vuestras fuerzas, caerá vuestra soberbia y vuestros corazones y vuestros brazos y sentimientos, todo.

¡Seréis exterminados, residuos de la isla del pecado, puerta del Infierno! ¿Se os han subido de nuevo los humos porque Herodes os haya reconstruido? Pues más rasos todavía quedaréis, calvos sin remedio; toda suerte de castigos caerá sobre vuestras ciudades y poblados, sobre valles y llanuras. Que la profecía no ha muerto aún…"; y quería seguir, pero se nos han echado encima, y si nos hemos podido salvar ha sido por una caravana, providencial, que pasaba por una calle, pues ya empezaban a volar las piedras. Han dado a camellos y camelleros y se ha formado un verdadero guirigay. Nosotros nos hemos escabullido. Después hemos estado parados en un pequeño patio de suburbio. ¡Ah, yo ya no vuelvo aquí…!

-¡Pero, hombre, si los has ofendido! ¡La culpa es tuya! ¡Ahora se entiende por qué han venido con tanta hostilidad a echarnos! -exclama Natanael. Y prosigue: «Escucha, Maestro. Nosotros, o sea, Simón de Jonás, yo y Felipe habíamos ido hacia la torre que está orientada al mar.

Allí había unos marineros y jefes de barcos cargando mercancías para Chipre, para Grecia e incluso para más lejos. Imprecaban contra el sol, el polvo y el trabajo, y proferían maldiciones contra su condición de filisteos, esclavos -decían -de los tiranos, pudiendo ser reyes; y contra los Profetas, el Templo y todos nosotros. Yo quería alejarme de allí, pero Simón no quiso, porque decía: "¡No' ¡Todo lo contrario! ¡Es precisamente a estos pecadores a los que tenemos que ir! El Maestro lo haría así, y así tenemos que hacerlo nosotros". "Habla tú, entonces" hemos dicho yo y Felipe. "¿Y si no lo sé hacer?" ha dicho Simón. "Pues te ayudamos nosotros" hemos respondido. Entonces Simón se ha dirigido sonriente hacia dos hombres que, sudorosos, estaban sentados encima de una voluminosa paca que no lograban izar para cargarla en el barco, y ha dicho: "¿Pesa, verdad?". "Más que pesar, es que estamos cansados. Y tenemos que ultimar la carga. El patrón quiere zarpar en la hora de la bonanza, porque por la tarde el mar va a estar bravo y para esa hora tenemos que haber pasado ya los escollos para no correr peligro". "¿Hay escollos?” "Sí, allí, donde se ve que el agua borbota. Son zonas feas". "¡Corrientes, eh! ¡Claro!

El viento sur vuelve la punta y allí choca con aquella corriente

"¿Eres marinero?” "Pescador. De agua dulce. Pero el agua es siempre agua, y el viento, viento.
Yo también más de una vez he tragado agua y la carga se me ha vuelto al fondo más de una vez. Este oficio nuestro por una parte tiene sus atractivos pero por otra es fastidioso, de todas formas en todo hay una parte agradable y otra desagradable, buena y mala; en ningún sitio todos son malos, como ninguna raza es toda cruel.

Con un poco de buena voluntad siempre se llega a un acuerdo y se encuentra que en todas partes hay gente buena. ¡Venga, que os hecho una mano!". Entonces Simón ha llamado a Felipe diciendo: "¡Ánimo! Tú coge de ahí que yo cojo de aquí, y esta buena gente nos lleva a la nave, a las bodegas'". Los filisteos no querían, pero luego lo han permitido. Una vez en su sitio el fardo y otros que estaban en el puente, Simón se ha puesto, como él sabe hacer, a cantar las excelencias de la nave y el mar y la belleza de la ciudad vista desde el mar, y ha empezado a interesarse por la navegación marina y las ciudades de otras naciones. Así que todos alrededor, a darle las gracias y a celebrarlo… Por fin, uno pregunta: "Pero, ¿tú de dónde eres?, ¿del país del Nilo?". "No, del mar de Galilea; pero, como veis, no soy

como veis, no soy ningún tigre". "Sí, cierto. ¿Buscas trabajo?". "Sí". "Yo te tomo conmigo, si quieres. Veo que eres un hábil marinero" dice el patrón. "Soy yo el que te toma a ti.” "¿A mí? Pero, ¿no has dicho que buscas trabajo?". "Es verdad. Mi trabajo es llevar a los hombres al Mesías de Dios. Tú eres un hombre. Eres, por tanto, un trabajo para mí". "¡Pero si soy filisteo!” "¿Y qué significa eso?” "Significa que vosotros nos odiáis, nos perseguís, desde siempre; siempre lo han dicho vuestros caudillos…". "Los Profetas, ¿no? Pero ahora los Profetas son voces que ya no gritan; ahora está el único, grande, santo, Jesús. Él no grita, sino que llama con voz de amigo; no maldice, sino bendice; no trae desgracias, las elimina. No odia y no quiere que se odie; antes al contrario, ama a todos y quiere que amemos, incluso a nuestros enemigos. En su Reino no habrá vencidos vencedores, libres y esclavos, amigos y enemigos. No, no habrá estas distinciones, que dañan, que provienen de la maldad humana; sólo habrá seguidores suyos, es decir, personas que viven en el amor, en la libertad, vencedores del peso y del dolor. Os ruego que prestéis fe a mis palabras y que tengáis deseos del Mesías. Las profecías están escritas, sí, pero El es mayor que los Profetas, y, para el que lo ama quedan anuladas las profecías. ¿Veis esta bonita ciudad vuestra? Pues si llegaseis a amar al Señor nuestro, Jesús, el Cristo de Dios, aún más hermosa la volveríais a ver en el Cielo". Así hablaba Simón, afable e inspirado, y todos lo escuchaban con atención y respeto. Sí, respeto. Pero, por una calle ha aparecido de repente, gritando, gente de la ciudad, armados de palos y piedras. Nos han visto y, por el modo de vestir, nos han reconocido como forasteros, y -ahora comprendo -forasteros de tu raza, Judas, y nos han creído gente de tu ralea. ¡Sin la protección de los del barco, estábamos aviados!: han descolgado una chalupa y nos han alejado de allí por mar, hasta la playa de la zona de los jardines del Sur, desde donde hemos venido, junto con los que cultivan flores para los ricos de aquí. “¡Pero, tú, Judas es que todo lo chafas! ¿Es ésa la manera, insolente, de actuar? -Es la verdad.

-Hay que saber usarla. Pedro tampoco ha dicho mentiras, pero ha sabido hablar -objeta Natanael.
-¿Yo?… He tratado de ponerme en el lugar del Maestro. He pensado: "El actuaría con esta dulzura, así que yo también…" -dice Pedro con sencillez.

-A mí me gusta la manera fuerte. Es más regia
-¡Tu idea de siempre! Estás en un error, Judas. Hace un año que el Maestro está corrigiéndote esa idea, pero tú no te prestas a correcciones; te obstinas en el error como estos filisteos contra los que arremetes -dice en tono de reprensión Simón Zelote.

-¿Acaso alguna vez me ha corregido por esto? Además, cada uno tiene su modo y lo usa.

Al oír estas palabras, Simón Zelote se estremece, y mira a Jesús, el cual no dice nada pero asiente a la mirada evocadora de Simón con una leve sonrisa.

-¡Pues vaya una razón!… -dice con serenidad Santiago de Alfeo, y continúa: «Estamos aquí para corregirnos a nosotros mismos antes que a los demás. El Maestro ha sido antes nuestro maestro; no lo habría hecho si no hubiera querido que cambiásemos nuestros hábitos e ideas.
-Era Maestro respecto a la sabiduría…

-¿Era?… ¡Es! -dice serio Judas Tadeo.
-¡Cuántas sutilezas! Es, sí, es.
-También respecto a todo lo demás es Maestro, no sólo en sabiduría; su adoctrinamiento se dirige a toda nuestra realidad. Él es perfecto; nosotros, imperfectos.

Esforcémonos, pues, en ser perfectos -dice Santiago de Alfeo en tono de dulce consejo.
-No me siento culpable de lo que he hecho. Es que es una raza maldita. Todos perversos.

-No. No hay razón para que digas eso -interviene bruscamente Tomás -Juan se ha dirigido a los últimos, a los pescadores que llevaban el pescado a los mercados, y mira este talego húmedo. Es pescado de lo más fino: han renunciado a su ganancia por dárnoslo. Por miedo a que no fuera fresco a la tarde el de la mañana, han regresado al mar, y han querido que nosotros estuviéramos con ellos.

Parecía como estar en el lago de Galilea, y te aseguro que si ya de por sí el lugar lo recordaba, y las barcas llenas de rostros atentos, más aún lo recordaba Juan: parecía otro Jesús; las palabras le salían, dulces como la miel, de su boca sonriente; su rostro resplandecía como otro sol. ¡Cómo se parecía a ti, Maestro! ¡Yo estaba emocionado! Hemos estado tres horas en el mar, esperando a que las redes, extendidas entre las boyas, estuvieran llenas de peces: han sido tres horas de beatitud. Luego querían verte a ti, y Juan ha dicho: "Nos veremos en Cafarnaúm", así, como si hubiera dicho: "Nos veremos en la plaza de vuestra ciudad". ¡Han prometido que irán, han tomado nota! ¡Y hemos tenido que oponernos a que nos cargaran con demasiado pescado! Nos han dado el más selecto. Vamos a guisarlo. Esta noche un gran banquete, para compensar el ayuno de ayer.

-Pero, ¿y qué es lo que les has dicho? ̀ pregunta, confundido Judas Iscariote.
-Nada especial. He hablado de Jesús -responde Juan.
-¡Sí, pero como tú lo haces!… También Juan ha citado a los Profetas, pero les ha dado la vuelta -explica Tomás.
-¿Les ha dado la vuelta? -pregunta estupefacto Judas.
-Sí. Tú, de los Profetas, has sacado el acíbar; él, el almíbar. Porque, a fin de cuentas, incluso el mismo rigor de los Profetas es amor, exclusivo, violento si quieres, pero amor hacia todas las almas, a las que querrían ver fieles al Señor. No sé si tú, educado entre los escribas, has meditado alguna vez esto; yo sí, a pesar de ser orfebre. Al oro también se le golpea con el martillo y se le pasa por el crisol, pero es para afinarlo. No por aversión, sino por aprecio. Así actúan los Profetas con las almas. Yo lo entiendo; quizás por eso, porque soy orfebre. Pues bien, Juan ha citado a Zacarías, en su profecía a cargo de Jadrak y Damasco, y llegado al punto:

“A la vista de ello Ascalón quedará aterrorizada, Gaza experimentará una gran aflicción, y también Ecrón, porque su esperanza se ha desvanecido. Gaza quedará sin rey", se ha puesto a explicar cómo todo esto era porque el hombre se había separado de Dios, y, hablando de la venida del Mesías, que -decía -es perdón amoroso, ha prometido que, de una pobre realeza como la que desean para su nación los hijos de la tierra, los que sigan la Doctrina del Mesías alcanzarán una realeza eterna e infinita en el Cielo.

Dicho así no parece nada, pero ¡había que oírlo!… Se tenía la impresión de estar oyendo una música y de subir de manos de los ángeles. Y, mira por dónde, a ti los Profetas te han dado palos y a nosotros un pescado exquisito.

Judas guarda silencio desconcertado.

-¿Y vosotros? -pregunta el Maestro a sus primos y a Simón Zelote.

-Hemos ido a los arsenales donde trabajan los calafates.

Nosotros también hemos preferido ir a los pobres. De todas formas, había igualmente filisteos ricos, velando por la construcción de sus naves. Como no sabíamos quién iba a hablar, como los niños, hemos echado s dedos; Judas ha sacado siete dedos, yo cuatro, Simón dos. Le tocaba, por tanto, a Judas; y ha hablado -explica Santiago de Alfeo.

-¿Qué has dicho? -preguntan todos.

-Me he dado a conocer, con franqueza, por lo que soy. Les he dicho que recurría a su hospitalidad para pedir la bondad de acoger la palabra de un peregrino que en cada uno de ellos veía a un hermano suyo, teniendo un origen y un término comunes, y la esperanza no común, pero llena de amor, de poderlos conducir consigo a la casa del Padre, y llamarlos "hermanos" por los siglos de los siglos en la gran dicha del Cielo. Luego he dicho: "Está escrito en Sofonías, nuestro Profeta: “La región del mar será lugar de pastores… allí tendrán sus pastos, al atardecer descansarán en las casas de Ascalón”, y he desarrollado este pensamiento diciendo: "El Pastor supremo ha venido a vosotros, no armado de flechas sino de amor; os abre los brazos, os señala sus santos pastos; no se acuerda del pasado, si no es para mostrarse compasivo para con los hombres, por el gran daño que se han hecho unos a otros, como niños alocados, odiándose, cuando, amándose -pues son hermanos -habrían podido disolver muchos dolores. Esta tierra" he dicho "será lugar de pastores santos, los siervos del Pastor supremo, los cuales ya saben que aquí tendrán sus pastos más fértiles y las greyes mejores, y su corazón, cuando decline su vida, podrá descansar pensando en los vuestros y en los de vuestros hijos, más íntimos que casas amigas porque su Señor será Jesús, nuestro Señor". Me han comprendido. Me han preguntado; o, mejor, nos han preguntado. Simón ha hablado de su curación, mi hermano de tu bondad para con los pobres. De esto último es prueba esta nutrida bolsa para los pobres que encontramos por el camino. Tampoco a nosotros nos han hecho ningún daño los Profetas…

Judas Iscariote no abre la boca.
-Bueno -dice Jesús en tono consolador -, para otra vez Judas lo hará mejor. Creía que actuaba correctamente, así que, habiendo obrado con un fin honesto, no ha cometido en modo alguno pecado. Estoy contento también de él. El oficio de apóstol no es fácil, pero se aprende. Lo que sí siento es no haber tenido estos denarios antes y no haberos encontrado; me habrían hecho falta para una familia desdichada.

-Podemos volver. Todavía es pronto… Pero… perdona, Maestro, ¿cómo la has conocido? ¿Tú que has hecho? ¿No has hecho nada de nada? ¿No has evangelizado?

-¿Yo? He dado un paseo. Con el silencio he dicho a una meretriz: "Abandona tu pecado". He encontrado a un niño, bastante gamberro, y lo he evangelizado, y nos hemos hecho mutuamente un regalo: Yo, la fíbula que María Salomé me había prendido en el vestido en Betania; él, este trabajo suyo» -y Jesús saca de entre sus vestiduras el muñeco de caricatura. Todos lo miran y ríen -Luego he ido a ver unas espléndidas alfombras que uno de Ascalón elabora para venderlas en Egipto y en otros lugares… Luego he consolado a una niña huérfana de padre curándole a su madre. Y nada más.

-¿Te parece poco?

-Sí, porque hacía falta también dinero y no tenía.
-Pues volvemos dentro de la ciudad nosotros, que no hemos incomodado a nadie -dice Tomás.

-¿Y tu pescado? -dice de broma Santiago de Zebedeo.

-¿El pescado?… Pues, vosotros que tenéis el anatema encima id donde el anciano que nos ha acogido en su casa y empezad a preparar las cosas. Nosotros vamos a la ciudad.

-Sí -dice Jesús -De todas formas os voy a indicar la casa desde lejos. Habrá gente. Yo no voy porque me entretendrían. No quiero ofender al huésped que nos está esperando, faltando a su invitación. La descortesía es siempre falta de caridad.

Judas agacha todavía más la cabeza y, de tanto como cambia de color al recordar las muchas veces que él ha caído en esa falta, se pone violado.

Jesús añade:

-Vosotros id a esa casa. Buscad a la niña. No os podéis equivocar porque es la única niña. Le daréis esta bolsa y le diréis: "Esto te lo manda Dios por haber sabido creer. Es para ti, tu mamá y tus hermanitos". No digáis nada más.

Y regresad enseguida. Vamos.

Así, el grupo se divide: Jesús con Juan, Tomás y los primos suyos hacia la ciudad; los otros, hacia la casa del hortelano filisteo.

218- La llegada a Ascalón, ciudad filistea

La aurora despierta con su hálito fresco a los durmientes. Se alzan del lecho de arena en que han dormido al abrigo de una duna salpicada de escasas hierbas resecas. Trepan hasta la cima. Ante ellos se abre una profunda pendiente arenosa, mientras que un poco más allá y acá de ella hay parcelas cultivadas y bonitas. Un torrente carente de agua marca con sus guijarros blancos el oro de la arena, y ya con este blancor de huesos resecos hasta el mar, que cabrillea a lo lejos con sus olas llenas por la marea de la mañana, más llenas por un ligero mistral que peina el océano. Caminan por el borde de la duna, hasta el torrente desecado; lo pasan; siguen caminando, en diagonal, por las dunas, que ceden bajo sus pies y que, con su superficie toda ondulada, parecen continuación del océano, de materia sólida y seca en vez de las móviles aguas.

Llegan a la húmeda playa. Ahora andan más deprisa. Juan se queda como hipnotizado ante la visión del mar sin límites, labrado en infinitas caras encendidas por los primeros destellos del sol; parece beber esa belleza, parecen teñirse aún más de azul sus ojos. Mientras, Pedro, más práctico, se descalza, se sube un poco la ropa y chapotea por las suaves olas de la orilla, con la esperanza de encontrar algún cangrejillo o alguna concha de molusco que chupar.

A dos kilómetros largos de distancia se ve una bonita ciudad marítima, edificada en la orilla, siguiendo el arrecife de forma de media luna al otro lado del cual el viento y las borrascas han transportado las arenas. El arrecife, ahora que el agua con la baja marea se está retirando, emerge también aquí, obligando a volver a la arena seca para no torturar con los escollos los pies desnudos.

-¿Por dónde entramos, Señor? Por este lado se ve sólo una muralla bien sólida. Por el mar no se puede entrar. La ciudad está en el punto más hondo del arco -dice Felipe.

-Venid. Sé por donde se entra.

-¿Has estado alguna otra vez aquí?
-Una vez, de niño; no creo que recuerde cómo es, pero sé por dónde se pasa.

-¡Extraño! He notado muchas veces que Tú no yerras nunca el camino; alguna vez te lo hacemos confundir nosotros.

¡Tú… parece como si hubieras estado en todos los sitios por donde te mueves! -observa Santiago de Zebedeo.

Jesús sonríe, pero no responde; va, sin vacilar, hasta un pequeño suburbio rural donde los hortelanos cultivan verduras para la ciudad. Las parcelas, las huertas, son de trazado regular y están bien cuidadas. Mujeres y hombres las cultivan; ahora están regando los surcos, extrayendo el agua de los pozos, o a fuerza de brazos o con el viejo -y chirriante -sistema del pobre burrito vendado que eleva los arcaduces dando vueltas en torno al pozo. Los cultivadores no dicen nada. Jesús saluda:

-Paz a vosotros.

Pero la gente permanece, si no hostil, al menos indiferente.

-Señor, aquí se corre el riesgo de morir de hambre. No comprenden tu saludo. Voy a probar yo -dice Tomás, y aborda al primer hortelano que ve, diciéndole:
-¿Cuesta cara tu verdura?

-No más que la de otras huertas. Es cara o no, según lo nutrida que esté la bolsa.

-Bien has dicho, pero, como puedes ver, yo no muero de inanición; estoy gordo y tengo buen color, a pesar de no comer tus verduras, lo que significa que mi bolsa es una buena ubre. En pocas palabras: somos trece y podemos comprar, ¿qué nos vendes?

-Huevos, verduras, almendras tempranas, manzanas (pasas porque son de hace bastante tiempo), aceitunas… Lo que quieras.

-Dame huevos, manzanas y pan, para todos.
-Pan no tengo. En la ciudad lo encuentras.

-Tengo hambre ahora, no hambre dentro de una hora. No creo eso de que no tienes pan.

-No tengo. La mujer lo está haciendo. Mira, ¿ves allí a ese viejo? Siempre tiene mucho pan porque, estando más cerca del camino, a menudo se lo piden los peregrinos. Ve donde Ananías y pídeselo. Ahora te traigo los huevos. De todas formas, ten en cuenta que cuestan a un denario el par.

-¡Ladrón! ¿Qué pasa, que tus gallinas ponen huevos de oro?
-No. Pero uno no está en medio del hedor de los pollos por nada; que no es agradable. Además, ¿no sois judíos? Pues pagad.

-Quédate con los huevos y considérate bien pagado -y Tomás le vuelve la espalda.

-¡Eh, hombre! ¡Ven! Te los doy por menos: tres al denario.
-Ni cuatro; bébetelos, y a ver si se te atragantan.
-Ven. Escúchame. ¿Cuánto me quieres dar? -el hortelano sigue a Tomás.

-Nada. Ya no los quiero. Quería tomar un tentempié antes de entrar en la ciudad. Será mejor que no coma nada, así no pierdo ni la voz para cantar las crónicas del rey ni el apetito para comer bien en la hostería.

-Te los doy a un didracma el par.

-¡Uf, eres peor que un tábano! ¡Dame esos huevos! ¡Que sean frescos! Si no, vuelvo y te pongo el morro más amarillo de lo que lo tienes -y Tomás va con el hombre y vuelve con, al menos, dos docenas de huevos en el vuelo del manto.

-¿Has visto? A partir de ahora en este pueblo de ladrones hago yo las compras; sé cómo tratarlos. Ellos vienen cargados de dinero a comprar a nuestra tierra, para sus mujeres: los brazaletes nunca son lo suficientemente gruesos, y se pasan enteras jornadas regateando el precio.

Ahora me vengo. Vamos a ese otro escorpión. Ven Pedro. Ten estos huevos, Juan.

Se dirigen a donde el anciano que tiene la huerta a lo largo de la vía principal, que, desde el norte, siguiendo el trazado de las casas del suburbio, conduce a la ciudad.

Es una vía bien adoquinada (sin lugar a dudas, hecha por los romanos). Ya está cerca la puerta del lado oriental de la ciudad. Dentro, se ve que la vía prosigue derecha verdaderamente artística, transformada en un doble soportal umbrío sostenido por columnas de mármol por cuya fresca sombra la gente camina, dejando el centro de la calle para los asnos, camellos carros y caballos.

-¡Salud! ¿Nos vendes pan? -pregunta Tomás.
El anciano o no oye o no quiere oír. La verdad es que el chirrido de la noria es tal, que puede crear confusión.
Pedro pierde la paciencia y grita:

-¡Para a tu Sansón! A1 meno podrá coger respiro para no morir ante mi vista. ¡Escúchanos!

El hombre para el burro y mira a su interlocutor con cara de pocos amigos, pero Pedro le desarma diciendo: -¿No te parece acertado llamar Sansón a un burro? Si eres filisteo te dará gusto porque ofendería a Sansón, y si eres israelita te gustará también porque recordaría una derrota de los filisteos. Así que…

-Soy filisteo, ¡y a mucha honra!
-Me parece bien. Yo también te ensalzaré si nos das pan.
-Pero, ¿no eres judío?

-Soy cristiano.

-¿Qué lugar es?

-No es un lugar. Es una persona. Y yo soy de esa persona.
-¿Eres esclavo suyo?

-Soy más libre que ningún otro hombre, porque quien es de esa persona ya no depende sino de Dios.

-¿Es verdad eso que dices? ¿Ni siquiera del César?
-¡Bah!, ¿cómo vas a comparar al César con aquel a quien yo sigo, al cual pertenezco y en cuyo nombre te pido un pan!
-Pero, ¿dónde está esta persona poderosa?

-Es aquel hombre de allí, el que mira hacia aquí y sonríe.

Es el Cristo, el Mesías. ¿No le has oído nunca mencionar?
-Sí. El rey de Israel. ¿Derrotará a Roma?

-¡Roma! ¡Al mundo entero, y hasta al Infierno!

-¿Sois sus generales? ¿Vestidos así? Quizás lo hacéis para evitar el hostigamiento de los pérfidos judíos…
-Sí y no. Pero… dame pan y mientras comemos te explico.

-¿Pan? ¡Hombre y también agua y vino y unos bancos, aquí a la sombra, para ti, tú compañero y tu Mesías! ¡Llámalo!
Pedro trota ligero hacia Jesús:

-¡Ven, ven! Ese filisteo anciano nos da lo que queramos. Pero creo que te va a asaltar a preguntas… Le he dicho quién eres, más o menos. Tiene buena disposición.

Todo el grupo se dirige hacia la huerta. Cuando llegan, el hombre tiene ya preparados unos bancos en torno a una tosca mesa, a la sombra de una tupida pérgola de vid.
-Paz, Ananías. Prosperidad a tus tierras por tu caridad. Que te produzcan pingües frutos.

-Gracias. Paz a ti. Siéntate, sentaos. ¡Anibé! ¡Nubi! Pan, vino, agua. Inmediatamente -ordena el anciano a dos mujeres que se ve que son africanas (una es completamente negra, de labios gruesos y pelo crespo; la otra, muy oscura, aunque de tipo más europeo). El anciano explica:

«Son las hijas de las esclavas de mi difunta mujer; también han muerto ya las que vinieron con ella. Las hijas han quedado. Son del Alto y Bajo Nilo. Mi mujer era de allí. Prohibido, ¿no? no me preocupa. No soy de Israel, y las mujeres de raza inferior son dóciles.

-¿No eres de Israel?
-Lo soy a la fuerza, porque a Israel lo tenemos al cuello como un yugo. Pero… Tú eres israelita… ¿te ofendes por esto que digo?

-No. No me ofendo. Lo único que querría es que escucharas la voz de Dios.

-A nosotros no nos habla.

-Eso lo dices tú. Yo te estoy hablando, y es su voz.
-¡Pero Tú eres el Rey de Israel!.

Las mujeres, que están llegando con el pan, el agua y el vino, y que oyen hablar de "rey", se detienen turbadas, mirando al joven rubio, sonriente, honorable, al que el amo llama "rey", y deciden retirarse, casi arrastrando los pies por el respeto.

-Gracias, mujeres. Paz también a vosotras.
Luego, vuelto al anciano:

-Son jóvenes… Sigue, sigue tu trabajo.
-No. La tierra está mojada y puede esperar. Habla un poco. Anibé, suelta al burro y llévalo a su sitio; tú, Nubi, vuelca los últimos arcaduces y luego… ¿Te vas a detener un tiempo, Señor?

-No te tomes más molestias; me basta con un poco de comida, luego entro en Ascalón.

-No es molestia. Ve a la ciudad si tienes esos planes, pero vuelve a la noche; partiremos el pan y compartiremos la sal. ¡Venga, vosotras, daos prisa! Tú ocúpate del pan, tú llama a Yeteo y que mate un cabritillo y lo preparas para la cena. Poneos en marcha -y las dos mujeres se van sin hablar.

-¿Así que eres Rey? ¿Y las armas? Herodes es cruel en todas sus manifestaciones; nos ha reconstruido Ascalón, pero lo ha hecho buscando su propia gloria. ¡Y ahora!… Bueno, conoces mejor que yo las vergüenzas de Israel. ¿Cómo te las vas a arreglar?

-Sólo tengo el arma que viene de Dios.
-¿La espada de David?
-La espada de mi palabra.

-¡Pobre iluso! Perderá la punta y el filo contra el bronce de los corazones.

-¿Tú crees? Mi mirada no se dirige a un reino de este mundo, sino, por todos vosotros, al Reino de los Cielos.
-¿Todos nosotros? ¿También yo, que soy filisteo? ¿También mis esclavas?

-Todos. Tú y ellas, y hasta por el más salvaje que haya en el centro de las selvas africanas.

-¿Quieres construir un reino tan grande? ¿Por qué dices "de los Cielos"? Podrías llamarlo: Reino de la Tierra.

-No. No comprendas en modo errado. Mi Reino es el Reino del verdadero Dios. Dios está en el Cielo. Por eso es Reino del Cielo. Todo hombre es un alma vestida de cuerpo, y el alma no puede vivir sino en el Cielo. Yo os quiero curar el alma, eliminar en vuestra alma errores y odios, conducirla a Dios a través de la bondad y el amor.

-Me agrada mucho esto. Aunque no vaya a Jerusalén, sé que los de Jerusalén no hablan así desde hace siglos. ¿De modo que no nos odias?

-No odio a nadie.

El anciano se queda pensando un momento… luego pregunta:
-¿Y las dos esclavas tienen también alma como vosotros los de Israel?

-Ciertamente. No son fieras capturadas. Son criaturas desdichadas. Se las debe amar. ¿Tú lo haces?

-No las trato mal. Exijo obediencia, pero no uso el látigo, y además las alimento bien. Animal mal nutrido no trabaja, se dice. Tampoco es buen partido el hombre mal alimentado. Además… han nacido en casa. Las he visto niñas. Ahora se quedarán ellas solas, porque soy muy viejo. Casi ochenta, ¿sabes? Ellas y Yeteo son lo que me queda de mi casa de otros tiempos. Les tengo afecto, como a muebles míos. Serán ellos quienes cierren mis ojos…
-¿Y luego?

-Y luego… ¡Psss!… No lo sé. Irán a servir, y la casa se disgregará. Lo siento. La he hecho próspera con mi trabajo. Esta tierra volverá a ser arenosa, estéril… Esta viña… la plantamos yo y mi mujer. Aquel rosal… es egipcio, Señor; en él siento el perfume de mi esposa… Es para mí como un hijo, como mi hijo único, ya polvo, que está enterrado a sus pies… Esto son penas… Mejor morir de joven y no ver esto y la muerte que se acerca…

-Tu hijo no ha muerto, ni tampoco tu mujer; sobrevive su espíritu, sólo la carne está muerta. La muerte no debe causar terror. La muerte es vida para quien espera en Dios y vive en la justicia. Piensa en esto. Ahora voy a la ciudad. Volveré esta noche y te pediré ese pórtico para dormir Yo y los míos.

-No, Señor. Tengo muchas habitaciones vacías. Te las ofrezco.

Judas pone encima de la mesa unas monedas.
-No. No las acepto. Soy de esta tierra que os es hostil, pero quizás soy mejor que los que nos dominan. Adiós, Señor».

-Paz a ti, Ananías.
Las dos esclavas y Yeteo, un musculoso y anciano campesino, acuden para verlo marcharse.
-Paz también a vosotros. Sed buenos. Adiós.

Jesús roza con su mano los cabellos crespos de Nubi y los lisos y brillantes de Anibé, sonríe al hombre y se marcha.
Poco después entran en Ascalón por la calle del doble pórtico, que va recta hasta el centro de la ciudad.

Ascalón es un torpe remedo de Roma, con estanques y fuentes, plazas usadas como foro, torres distribuidas a lo largo de la muralla y, por todas partes, el nombre de Herodes (que él mismo ha hecho colocar para autoaplaudirse, dado que los de Ascalón no lo aplauden).

Hay mucho movimiento, que crece en la medida en que la hora avanza y se va acercando la parte más céntrica de la ciudad, abierta, aireada, con el mar luminoso como fondo (parece una turquesa en una tenaza de coral rosa, por las casas esparcidas en el arco profundo que aquí dibuja la costa: no es un golfo, es un verdadero arco, una porción de círculo teñida toda de un rosa palidísimo a causa del sol).

-Nos separamos en cuatro grupos. Yo aquí me separo, o, más bien idos vosotros; luego ya decidiré. Marchad. Después de la hora nona nos encontraremos de nuevo en la Puerta por la que hemos entrado. Sed prudentes y pacientes.

Jesús los mira mientras los apóstoles se alejan. Con Él se ha quedado sólo Judas Iscariote, que ha declarado que a éstos no les va a decir nada porque son peores que los paganos. Pero, cuando oye que Jesús va a ir aquí o allá y no va a hablar, entonces cambia de idea y dice:

-¿Te molesta si te dejo solo? Querría ir con Mateo, Santiago y Andrés… Son los menos dotados…
-Ve, ve. Adiós.

Jesús, solo, va por la ciudad, sin rumbo fijo, a lo largo y a lo ancho, anónimo entre la atareada gente. Ni siquiera se fijan en El, salvo dos o tres niños que levantan, curiosos, la cabeza, y una mujer provocadoramente vestida, que viene resueltamente hacia Él con una sonrisa llena de insinuaciones; pero Jesús la mira tan severamente, que ella se pone roja como la púrpura, baja los ojos y cambia de dirección; llegada a la esquina, se vuelve, pero, dado que uno del lugar, que ha observado la escena, la hiere con una observación mordaz y burlona por su derrota, se envuelve en su manto y huye.

Los niños, sin embargo, se quedan un poco alrededor de Jesús, lo miran, sonríen ante su sonrisa. Uno de ellos, más audaz, pregunta:

-¿Quién eres?

-Jesús -responde acariciándolo.

-¿Qué haces?

-Estoy esperando a unos amigos.

-¿De Ascalón?

-No, de mi tierra y de Judea.

-¿Eres rico? Yo sí. Mi padre tiene una casa bonita. Dentro traba alfombras. Ven a ver. Está aquí cerca.
Y Jesús va con el niño, y entra en un largo atrio que forma con una calle cubierta. En el fondo resplandece, avivado por la penumbra del atrio, un retazo de mar todo encendido de sol.

Encuentran a una niña demacrada que llora.

-Es Dina. Es pobre, ¿sabes? Mi madre le da comida. Su madre ya no está en condiciones de ganar. Su padre murió en el mar. Fue una tormenta, mientras iba de Gaza al puerto del Gran Río a llevar y recoger mercancías. Como la mercancía era de mi padre y el padre de Dina era uno de nuestros marineros, mi madre se ocupa ahora de ellos.

Muchos se han quedado sin padre así… ¿Tú que opinas? Debe ser duro ser huérfano y pobre. Ahí está mi casa. No digas que estaba en la calle, porque tenía que estar en la escuela; pero es que me han echado porque hacía reír a los compañeros con esto… -y saca de debajo del vestido un monigote tallado en madera, en una delgada tablita de madera realmente muy cómico, con unas narices y una barbilla puntiaguda muy caricaturescas.

A Jesús le vibra una sonrisa entre los labios, pero se frena y dice:

-¿No será el maestro, verdad? Ni ningún pariente, ¿no? No estaría bien.

-No. Es el jefe de la sinagoga de los judíos. Es viejo y feo y siempre nos mofamos de él.

-Eso tampoco está bien. Fíjate que es mucho mayor que tú y…

-¡Bueno… es muy viejo, medio cheposo y casi ciego; y tan feo… ¡Yo no tengo ninguna culpa de que él sea feo!
-No, pero sí tienes culpa de burlarte de un anciano. Tú también de viejo serás feo, porque te encorvarás; tendrás poco pelo, estarás medio ciego, caminarás con bastones, tendrás esa cara así. ¿Y entonces? ¿Te va a gustar que se burle de ti un niño irrespetuoso? Y, además, ¿por qué hacerle ponerse nervioso al maestro?, ¿por qué molestar a los compañeros? No está bien hecho. Si tu padre viniera a saberlo te castigaría, y tu madre se apenaría. Yo no les voy a decir nada, pero tú me das inmediatamente dos cosas: la promesa de no volver a cometer estas faltas y el muñeco. ¿Quién lo ha hecho?

-Yo, Señor… -dice afligido el niño, consciente ya de la gravedad de sus… fechorías… Y añade: «¡Me gusta mucho trabajar la madera! A veces reproduzco las flores o animales de las alfombras. ¡Fíjate… dragones, esfinges… y más animales!

-Esos animales sí los puedes hacer. ¡Tantas cosas bonitas hay en la tierra! Entonces, ¿prometes?, ¿me das ese fantoche? Si no, dejamos de ser amigos. Lo guardaré como recuerdo tuyo y rezaré por ti. ¿Cómo te llamas?
-Alejandro. ¿Y Tú qué me das?

Jesús se ve en dificultad: ¡Tiene siempre tan pocas cosas!… Pero luego se acuerda de que tiene una fíbula muy bonita prendida al cuello de uno de los indumentos. Busca en el talego, la encuentra, la quita, se la da al niño.

-Vamos. Pero ten en cuenta que incluso cuando me haya marchado sigo lo mismo sabiendo todo, y si sé que eres malo vuelvo y le digo todo a tu madre.

El pacto queda hecho.

Entran en la casa. A1 otro lado del vestíbulo hay un espacioso patio limitado en tres de sus lados por unas naves en que están los telares.

La criada que ha abierto, al ver al niño con un desconocido, se queda sorprendida y va a avisar a la señora. Ésta -una mujer alta y de dulce aspecto -viene inmediatamente y pregunta:

-¿Se ha sentido mal mi hijo?

-No, mujer; me ha conducido aquí para mostrarme tus telares. Soy forastero.

-¿Quieres comprar?
-No. Yo no tengo dinero, pero tengo amigos a los que les gustan las cosas estéticas, y que tienen dinero.
La mujer mira sorprendida a este hombre que confiesa así, sin rodeos, que es pobre, y dice:

-Pues te creía un señor, tienes modos y aspecto de gran señor.

-Pues mira, soy simplemente un rabí galileo, Jesús, el Nazareno.

-Somos comerciantes. No tenemos prejuicios. Pasa y mira -Y le acompaña a que vea sus telares, donde trabajan muchachas bajo su dirección.

Las alfombras son verdaderamente de valor en cuanto a dibujo y flores; espesas, blandas, parecen pequeños cuadros de jardín llenos de flores, o una imagen calidoscópica de gemas. Otras, mezcladas con las flores, tienen figuras alegóricas: hipogrifos, sirenas, dragones, o grifos heráldicos semejantes a los nuestros.
Jesús admira estas obras:

-Eres muy hábil. Me alegro de haber visto todo esto, como me alegra el que seas buena.

-¿Cómo sabes eso?

-Se ve en la cara. Además el niño me ha hablado de Dina. Dios te lo pague. Aunque no lo creas, teniendo, como tienes, en ti la caridad, estás muy cerca de la Verdad.
-¿Qué verdad?

-Muy cerca del Señor altísimo. El que ama al prójimo y ejercita la caridad con su familia y sus subordinados, y la extiende a los pobres, tiene ya en sí la Religión. Aquélla es Dina, ¿no?

-Sí. Su madre se está muriendo. Después la tomaré yo conmigo, pero no para los telares; es demasiado pequeña y débil para ello Ven, Dina, acércate a este señor.
La niña, con la carita triste propia de los niños infelices, se acerca tímidamente.

Jesús la acaricia y dice:

-¿Me llevas a ver a tu madre? Querrías que se pusiera buena, ¿verdad? Bueno, pues llévame a ella. Adiós, mujer. Adiós, Alejandro; y sé bueno. Sale llevando a la niña de la mano. -¿Tienes hermanos? -pregunta. -Tengo tres hermanos pequeños. El último no conoció a nuestro padre.

-No llores. ¿Eres capaz de creer que Dios puede curar a tu madre? ¿Sabes, verdad, que hay un solo Dios, que quiere a los hombres que ha creado y especialmente a los niños buenos; y que lo puede todo?

-Sí, lo sé, Señor. Antes iba a la escuela mi hermano Tolmé. Allí están mezclados con los judíos y aprenden muchas cosas. Sé que existe y que se llama Yeohveh, y que nos castigó porque los filisteos fueron malos con Él. Siempre nos lo echan en cara los niños hebreos. Pero yo no vivía en aquella época, ni mi mamá ni mi padre. Entonces, ¿por qué…? -el llanto hace de barrera a la palabra.
-No llores. Dios te quiere también a ti y me ha traído aquí por ti y por tu mamá. ¿Sabes que los israelitas esperan al Mesías, que debe venir para fundar el Reino de los Cielos, el Reino de Jesús, Redentor y Salvador del mundo?

-Lo sé, Señor. Nos amenazan diciendo: "¡Ay de vosotros cuando llegue!"
-¿Sabes lo que hará el Mesías?

-Hará grande a Israel y a nosotros nos tratará muy mal.
-No. Dará redención al mundo, quitará el pecado, enseñará a no pecar; querrá a los pobres, a los enfermos, a los afligidos; se acercará a ellos; enseñará a los ricos, a los sanos y a los que viven felices, a quererlos; recomendará la bondad para obtener la Vida eterna y bienaventurada en el Cielo. Esto es lo que hará… Y no será tirano con nadie.

-¿Y cómo se sabrá que es Él?
-Porque querrá a todos y curará a los enfermos que crean en Él, redimirá a los pecadores y enseñará el amor.
-¡Ah, si viniera antes de que mi mamá muriese! ¡Cómo creería yo! ¡Cómo le suplicaría! Iría a buscarlo hasta encontrarlo y le diría: "Soy una pobre niña sin padre. Mi madre se está muriendo. Yo espero en ti". Estoy segura de que, aun siendo filistea, me escucharía.

Toda una fe sencilla y fuerte vibra en la voz de la niña. Jesús sonríe mirando a esta pobrecita que camina a su lado, pero ella no ve esta fúlgida sonrisa, porque va mirando hacia delante, hacia la casa, que ya está cerca…
Llegan a una casucha muy pobre que está al final de un callejón sin salida.

-Es aquí, Señor. Pasa….

Una mezquina habitacioncita, un cuerpo agotado extendido sobre un costal, tres pequeñuelos sentados al lado, de edad entre tres y diez años; todo deja transparentar miseria y hambre.

-La paz sea contigo, mujer. Tranquila. No te sientas incómoda ni hagas esfuerzos. He conocido a tu hija y sé que estás enferma, y he venido. ¿Quieres recobrar la salud?

La mujer, con un hilo de voz, responde:
-¡Oh, Señor!… Pero, para mí ya todo ha terminado… -y llora.

-Tu hija ha sido capaz de creer que el Mesías podría curarte. ¿Tú?
-¡Oh, yo también lo creería! Pero… ¿dónde está el Mesías?

-Es el que te está hablando.

Entonces Jesús, que estaba curvado hacia el jergón susurrando sus palabras junto a la cara de la enferma mortecina, se endereza y grita:« -¡Lo quiero! ¡Queda curada!

Los niños sienten casi miedo de la gravedad de Jesús; están tres rostros de estupor -haciendo de corona a la yacija materna. Dina aprieta las manos contra su pequeño pecho; una luz de esperanza, de beatitud, refulge en su carita; de tanta emoción como siente, casi jadea; tiene la boca abierta, preparada para una palabra que ya su corazón le susurra, y, cuando ve que su madre, antes cérea y completamente sin fuerzas, como atraída por una fuerza que le hubiera sido trasvasada, se incorpora y se sienta, y luego, sin quitar un momento los ojos de los del Salvador, se pone en pie, profiere un grito de júbilo:

-¡Mamá!
Ha sido pronunciada la palabra que llenaba su corazón… Y luego otra: « ¡Jesús!».

Entonces, abrazando a su madre, la obliga a arrodillarse mientras dice:

-¡Adora, adora! Es el Salvador profetizado al que se refería el maestro de Tolmé.

-Adorad al verdadero Dios. Sed buenos. Acordaos de mí. Adiós.

Y Jesús sale rápidamente, mientras las dos, felices, siguen prosternadas…

217- Las espigas arrancadas un sábado

El lugar es todavía el mismo, pero el sol se muestra menos implacable porque se encamina al ocaso.
-Tenemos que andar hasta aquella casa -dice Jesús.
Van hacia la casa. Llegan. Piden pan y posibilidad de descanso, pero el guarda los rechaza con dureza.

-¡Raza de filisteos! ¡Víboras! ¡Son todos iguales! Han nacido de esa cepa y dan frutos envenenados -dicen con enfado los discípulos, hambrientos y cansados -¡Que recibáis lo mismo que dais!

-¿Por qué faltáis a la caridad? El tiempo del talión ya ha quedado atrás. Caminemos. Todavía no ha oscurecido y no os estáis muriendo de hambre. Un poco de sacrificio, para que estas almas lleguen a sentir hambre de mí -exhorta Jesús.

Pero los discípulos -creo que más por despecho que por hambre verdaderamente insoportable -entran en todo el medio de una de las parcelas cultivadas y se dan a coger espigas, las desgranan en las palmas de las manos y se ponen a comerse los granos.
-Están buenos, Maestro -grita Pedro -¿Tú no coges espigas? Además tienen doble sabor… Me comería todo el campo.
-¡Tienes razón! ¡Así se arrepentirían de no habernos dado ni un pan! -dicen los otros, que van caminando entre las espigas y comiendo con gusto.
Jesús va solo por el camino polvoriento. Unos cinco o seis metros más atrás le siguen Simón Zelote y Bartolomé, pero van hablando entre sí.

Otra encrucijada de caminos: un camino secundario que atraviesa el camino de primer orden. Parados en ese punto, hay un grupo de desabridos fariseos, que, sin duda, vuelven de haber asistido a las funciones del sábado en el pueblo ancho y achatado que se ve en el fondo de este camino secundario: parece un animal grande acochado en su madriguera.

Jesús los ve, los mira manso y sonriente, y los saluda:
-Paz a vosotros.
En vez de la respuesta al saludo, uno de los fariseos, arrogantemente, pregunta:

-¿Quién eres?
-Jesús de Nazaret.
-¿Veis como es Él? -dice uno de ellos a los otros.

Entretanto, Natanael y Simón se han acercado al Maestro. Los demás, caminando por los surcos, están viniendo hacia el camino; todavía vienen masticando y tienen en el cuenco de la mano granos de trigo.

Jesús se detiene para acabar de escuchar el resto de lo que quieren decirle. El primer fariseo que ha hablado -quizás el más representativo -le habla otra vez:
-¡Ah!, ¿entonces eres el famoso Jesús de Nazaret?; ¿y cómo es que estás por aquí?

-Porque también aquí hay almas que salvar.
-Para eso nos bastamos nosotros; sabemos salvar las nuestras y las de nuestros súbditos.
-Si es así, hacéis bien. Pero Yo he sido enviado para evangelizar y salvar.

-¡Enviado! ¡Enviado! ¿Y quién nos lo prueba? ¡Tus obras no!
-¿Por qué dices eso? ¿No te preocupa tu vida?

-¡Ah! ¡Ya! Tú eres ese que administra la muerte a quienes no lo adoran. De forma que quieres matar a toda la clase sacerdotal, ¿no?, y a la de los fariseos, y a la de los escribas, y a muchas otras, porque ni te adoran ni te adorarán nunca; nunca, ¿comprendes? Nunca te adoraremos nosotros, los elegidos de Israel, ni te amaremos.

-No os fuerzo a amarme; os digo: “Adorad a Dios" porque…

-O sea, a ti, porque Tú eres Dios, ¿no es así? Pero se da el caso de que nosotros no somos ni los piojosos paletos galileos ni esos estúpidos de Judá que te siguen olvidando a nuestros rabíes…

-No te agites. Yo no pido nada. Cumplo mi misión. Enseño a amar a Dios y repito el Decálogo porque está muy olvidado, y se aplica peor. Lo que quiero ofrecer es la Vida, la eterna; no le deseo a nadie la muerte corporal, y menos todavía la espiritual. La vida sobre la que te preguntaba si no te preocupaba perderla era la de tu alma, porque amo tu alma a pesar de que ella no me ame, y me apena el ver que la estás matando al ofender al Señor con el desprecio de su Mesías.

Tanto se agita el fariseo que parece víctima de una convulsión: se descoloca sus vestiduras, se arranca las cintas, se quita la prenda que cubre su cabeza y se alborota los pelos, y grita:

-¡Oíd! ¡Oíd! ¡Esto que me dice a mí, a Jonatán de Uziel, descendiente directo de Simón el Justo, a mí!… ¡Ofender yo al Señor! ¿No se quién me frena para que no te maldiga, pero…

-Es el miedo. Hazlo, si quieres, que no quedarás por ello reducido a cenizas. A su debido tiempo, sí; entonces me invocarás, pero entre y Yo habrá, entonces, un arroyo rojo: mi Sangre.

-Bien, pero, mientras, Tú, que te dices santo, permites ciertas cosas… Tú, que te dices Maestro, no instruyes primero a tus apóstoles… ¡Míralos, ahí, detrás de ti!…

¡Ahí están, todavía con el instrumento de su pecado entre sus manos! ¿Ves? Han cogido espigas, y es -sábado; han cogido espigas que no son suyas: han violado el sábado y han robado.

-Teníamos hambre. En el pueblo al que llegamos ayer por la tarde, hemos pedido alojamiento y comida. Hemos sido rechazados. La única que nos dio algo, parte de su pan y un puñado de aceitunas, fue una viejecita; que Dios se lo pague, multiplicado por cien, pues ha dado todo lo que tenía, pidiendo sólo una bendición. Luego caminamos durante una milla y nos detuvimos, como establece la ley, y bebimos agua de un regato. Después de la puesta de sol, fuimos a aquella casa… Nos rechazaron también. Como puedes ver, en nosotros ha habido voluntad de obedecer a la Ley -responde Pedro.

-Pero no lo habéis hecho. No es lícito, en sábado, hacer obra manual; nunca es lícito coger lo que es de otros. Estamos escandalizados yo y mis amigos.

-Pues Yo no lo estoy. ¿No habéis leído nunca cómo David, en Nob cogió los panes de la Proposición para alimento suyo y de sus compañeros? Los panes sagrados eran de Dios, estaban en la casa de Dios reservados, por dictamen eterno, a los sacerdotes.

En efecto, está escrito: "Serán de Aarón y de sus hijos, que los comerán en lugar santo porque son cosa santísima". Y, sin embargo, David los cogió para sí y sus compañeros, porque tenía hambre. Entonces, si el santo rey entró en la casa de Dios y comió los panes de la Proposición en sábado, y ello no le fue imputado como pecado, pues siguió siendo grato a Dios después de ello, ¿cómo dices tú que somos pecadores por coger del suelo de Dios las espigas que por su voluntad han crecido y madurado, las espigas que pertenecen incluso a las aves, las que tú niegas para alimento de los hombres, que son hijos del Padre? -pregunta Jesús.

-Esos panes los pidieron, no los cogieron sin pedirlos, lo cual cambia la situación; y, además, no es verdad que Dios no imputara a David este pecado, porque lo castigó con mucha severidad.

-Pero no por eso, sino por la lujuria, por el empadronamiento, no por… -contesta Judas Tadeo.

-¡Basta! No es lícito y no es lícito. No tenéis derecho a hacerlo y no lo haréis. Marchaos. No queremos teneros en nuestras tierras. No os necesitamos. No sabemos qué hacer con vosotros.

-Nos iremos -dice Jesús, impidiendo a los suyos seguir replicando.

-Y para siempre, no lo olvides; que Jonatán de Uziel no vuelva a encontrarse contigo. ¡Fuera!

-Sí. Me voy. No obstante, nos volveremos a ver. Será Jonatán el que me querrá ver para repetir la condena y para librar para siempre al mundo de mí. Pero entonces será el Cielo el que te dirá: "No te es lícito hacerlo", y ese "no te es lícito" lo oirás en tu corazón, como pitido de cuerna, durante toda la vida, y después de la vida. De la misma forma que en sábado los sacerdotes del Templo violan el reposo sabático sin cometer por ello pecado, nosotros, siervos del Señor, podemos, dado que el hombre nos niega el amor, tomar del Padre santísimo el amor y el auxilio, sin cometer pecado por ello. Aquí hay Uno que es mucho mayor que el Templo y puede coger lo que quiera de la creación, porque Dios ha puesto todo como escabel de la Palabra. Así que Yo tomo y doy: tomo y doy las espigas del Padre, depositadas en la inmensa mesa que es la Tierra, así como tomo y doy la Palabra. Tomo y doy: a los buenos y a los malos; porque soy Misericordia. Pero vosotros no sabéis qué es la Misericordia. Si supierais qué quiere decir que soy Misericordia, comprenderíais que no quiero sino misericordia. Si supierais qué es la Misericordia, no condenaríais a los inocentes. Pero no lo sabéis. Ni siquiera sabéis que no os condeno. No sabéis que os perdonaré, o, más bien, que pediré al Padre que os perdone. Quiero misericordia, no castigo. No, no sabéis, no queréis saber; y éste es un pecado mayor que el que me imputáis a mí, mayor que el que decís que han cometido estos inocentes. Y sabed que el sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado; sabed que el Hijo del hombre es también señor del sábado. Adiós…

Se vuelve a los discípulos:

-Venid. Vamos a buscar un lecho entre las arenas, que ya están cercanas. Las estrellas serán nuestras compañeras; nos procurará alivio el rocío. Dios, que mandó el maná para Israel, proveerá a nutrirnos también a nosotros, que somos pobres y le somos fieles.

Y Jesús deja plantado al grupo de rencorosos y se marcha con los suyos mientras declina la tarde con las primeras sombras violetas… Por fin, encuentran una mata de higos picos (chumbos), en cuya parte más alta, erizada de palas espinosas, están los frutos, que ya empiezan a madurar.

Pero… todo es bueno para quien tiene hambre, y, pinchándose, cogen los más hechos y caminan hasta el punto en que los caminos terminan en dunas arenosas. En la lejanía se oye el rumor del mar.

-Nos paramos aquí. La arena es blanda y está caliente. Mañana entraremos en Ascalón -dice Jesús…

Y todos caen, derrengados, al pie de una alta duna.

216- Las infidelidades de los discípulos en la parábola del diente de león

Una llanura martilleada por el sol, que encandece los cereales maduros y extrae de ellos un olor que ya recuerda al pan. Huele a sol, a ropa lavada, a mieses en sazón… a verano. Sí, cada estación -podría decir incluso cada mes y cada hora del día -tiene su olor, como también lo tiene cada lugar, para una persona de sentidos bien afinados y agudo espíritu de observación.

El olor de un día invernal con viento cortante es muy distinto del olor suave de un día neblinoso de invierno, o del olor que la nieve esparce. Qué distinto de éstos es el olor de la primavera que llega, que anuncia su presencia antes de llegar, como un perfume que no es perfume, muy distinto del olor del invierno. Una buena mañana nos levantamos y… el aire tiene un olor distinto: es el primer suspiro de la primavera. Y así se va adelante: olores de los pomares en flor, luego olores de los jardines, de las mieses, hasta llegar a ese olor caliente de vendimia, pasando, como un intermedio, por el olor de la tierra después de una tormenta…

¿Y las horas? Sería necedad decir que el olor de la aurora es como el del mediodía, y éste como el de la tarde o el de la noche. El primero, fresco y virginal. El segundo, riente y lleno de vitalidad. El otro, cansado y saturado de todo lo que exhaló durante el día: sus olores.

El último, el nocturno, es moderado, recogido, como si la tierra fuera una enorme cuna abierta para recibir el sueño de sus pequeñuelos.

¿Y los lugares? ¡Oh, el olor del litoral, tan distinto desde el alba a la tarde, del mediodía a la noche, de la tempestad a la calma, de las zonas de arrecife a las de playa baja! ¿Y el olor de las algas cuando quedan al aire después de las mareas, y parece como si el mar hubiera abierto sus entrañas para hacernos aspirar el olor acre de su fondo?: ¡qué distinto del de las llanuras de tierra adentro!, como éste lo es del de los lugares de colinas, y éste último del olor de los altos montes.

Grande es la infinitud del Creador, que ha imprimido una señal de luz o color o perfume o sonido o forma o altura en cada una de las infinitas cosas que ha creado. ¡Oh, belleza infinita del Universo -que no te veo sino… así, a través de las visiones y el recuerdo de lo que vi, amando a Dios y elevando a Él mi oración a través de tus obras y de la alegría que me producía el verlas -, cuán grande eres, potente, inagotable, exenta de monotonía! No, no eres monótono, ni inspiras monotonía, Universo de mi Señor; antes al contrario, el hombre al mirarte se renueva, se hace más bueno, más puro, se eleva, olvida… ¡Oh, deseo de mirarte continuamente y de olvidar lo bajo de los hombres, y amarlos en su alma y por su alma, para llevarlos a Dios!…

Así, siguiendo a Jesús, que va con sus apóstoles por esta llanura llena de mieses, me pongo de nuevo a divagar y me dejo apresar por la alegría de hablar de mi Dios en sus espléndidas obras; pues amor es, porque la criatura alaba en las criaturas aquello que en ellas ama, o, simplemente, alaba a las criaturas que ama. Lo mismo se da de la criatura al Creador: quien lo ama lo alaba, y cuanto más le ama más lo alaba, por Él y por sus obras. Mas ahora impongo silencio a mi corazón para seguir a Jesús no como adoradora sino como fiel cronista.

Decía que Jesús iba por los campos de cereales en sazón. El día está caluroso; el paraje, desierto. No se ve un solo hombre por los campos; sólo espigas maduras y árboles diseminados acá o allá. Sol, mieses, pájaros, lagartijas, matas verdes y quietas en el aire tranquilo: esto es lo que hay en torno a Jesús, que va por un camino de primer orden -cinta polvorienta y cegadora entre el cimbreo de las espigas -a cuyos lados hay respectivamente un pueblecillo y una alquería; nada más.

Todos caminan en silencio, sudorosos. Se han despojado de sus mantos, pero, ciertamente, sufren igualmente bajo sus vestidos, que son ligeros pero de lana. Solamente Jesús con sus dos primos y Judas Iscariote llevan indumentos de lino o de cáñamo: los de Jesús y este último, sin duda, son de lino blanco; los de los hijos de Alfeo, por su compacidad, me parecen demasiado pesados como para ser de lino, y son además de color marfil intenso, justo como el del cáñamo sin blanquear. Los otros apóstoles llevan los indumentos habituales y van secándose el sudor con el lienzo que les sirve de velo.

Llegan a un pequeño grupo de árboles que hay en un cruce de caminos. Bajo su saludable sombra se detienen, y, ávidamente, beben de los odres.

-Está caliente como recién apartada del fuego -dice Pedro con descontento.
-¡Si hubiera al menos un regatillo! Pero… ¡nada, nada! -suspira Bartolomé -Dentro de poco me quedaré sin agua.
-Casi digo que es mejor la montaña -gime Santiago de Zebedeo, congestionado por el calor.
-Lo mejor es la barca: fresca, sedante, limpia, ¡ah! -El corazón de Pedro va hacia su lago y su barca.
-Tenéis razón todos, pero los pecadores están tanto en la montaña como en la llanura. Si no nos hubieran echado de Agua Especiosa y no nos hubieran seguido pisándonos los talones, habría venido aquí entre Tébet y Sabat. De todas formas, pronto estaremos en el litoral, donde la brisa del mar abierto refresca el aire -dice Jesús para confortar a los suyos.

-¡Sí, claro! Aquí parecemos lucios agonizantes. Pero, ¿cómo es que están tan hermosas las mieses si no hay agua? ­pregunta Pedro.

-Hay agua subterránea que mantiene húmedo el terreno -explica Jesús.

-Mejor hubiera sido que hubiera estado en la superficie, no debajo. ¿De qué me sirve si está bajo tierra? ¡Yo no soy una raíz! -dice Pedro sin reflexionar, y todos se echan a reír.

Pero, un momento después, Judas Tadeo se pone serio y dice:

-El suelo es egoísta, como los corazones, y, como ellos, es árido; si nos hubieran dejado estar en aquel pueblo y pasar el sábado allí, habríamos tenido sombra, agua, posibilidad de descanso… pero nos han echado…
-También habríamos tenido comida, pero ni siquiera eso. Yo tengo hambre. ¡Si hubiera fruta! Los árboles frutales están cerca de las casas. ¿Quién se atreve a acercarse? Si todos tienen el humor de aquellos… -dice Tomás, señalando al pueblo que han dejado a las espaldas, a oriente.

-Toma mi comida. Yo nunca tengo mucha hambre -dice Simón Zelote.
-Coged también mi comida -dice Jesús -Quien se sienta más hambriento que coma.

Pero, aun juntando las provisiones de Jesús, Simón y Natanael, se ve que son muy escasas. La mirada zozobrante de Tomás y de los jóvenes lo confirma; no obstante, guardan silencio y, a pequeños mordiscos, se comen las microscópicas raciones.

El Zelote, paciente, va hacia un punto en que una verde hilera sobre la tierra quemada hace suponer la existencia de humedad. Y, efectivamente, en ese lugar hay un hilo de agua que discurre por el fondo guijarroso de un arroyuelo; es realmente un hilo, destinado a desaparecer al cabo de poco. Simón da un grito a los compañeros, que han quedado ya lejos, para que vengan a gozar de este alivio. Todos van, corriendo, por la sombra discontinua de una hilera de árboles que sigue la ribera del arroyuelo semiseco. Una vez allí, pueden refrescarse los pies polvorientos, lavarse la cara sudorosa. Antes llenan los odres, que ya estaban vacíos, y los apoyan en el agua, en donde se proyecta sombra, para tenerlos más frescos.

Se sientan al pie de un árbol y, con el cansancio que tienen, se quedan adormilados.

Jesús los mira con amor y compasión y menea la cabeza.
Simón Zelote, que había ido otra vez a beber, ve el gesto y le pregunta:

-¿Qué te pasa, Maestro?

Jesús se pone en pie, va donde Simón, le rodea los hombros con un brazo y lo lleva consigo hacia otro árbol, diciendo:

-¿Que qué me pasa? Me aflijo por vuestro cansancio. Si no supiera lo que estoy haciendo de vosotros, no me perdonaría el produciros tantas molestias.

-¿Molestias? ¡No, Maestro! Son nuestra alegría. Todo es nada yendo contigo. Todos estamos contentos, créeme. No echamos de menos nada, no…

-Calla, Simón. La humanidad grita incluso en los buenos. Y, humanamente hablando, tenéis razón en gritar; os he separado de vuestras casas, de vuestras familias, de vuestros intereses; habéis venido conmigo pensando que seguirme sería una cosa muy distinta… De todas formas, un día este grito vuestro de ahora, este grito íntimo, se aplacará; entonces comprenderéis la belleza de haber caminado entre niebla, barro, polvo, o con un calor asfixiante, perseguidos, sedientos, cansados, hambrientos, tras el Maestro perseguido, odiado, calumniado… y… y otras cosas. Entonces todo os parecerá hermoso, porque entonces tendréis otro pensamiento y todo lo veréis con otra luz. Y me bendeciréis por haberos conducido por mi camino difícil…

-Estás triste, Maestro. El mundo justificaría tu tristeza, de acuerdo; pero nosotros no. Nosotros estamos todos contentos…

-¿Todos? ¿Estás seguro?
-¿Tú lo ves de otra forma?

-Sí, Simón, de otra forma. Tú estás siempre contento. Tú has comprendido; muchos otros, no. ¿Ves aquellos que duermen? ¿Sabes cuántos pensamientos rumian incluso en el sueño? ¿Y los otros discípulos? ¿Crees que serán fieles hasta la consumación de todo? Mira. Vamos a hacer ese viejo juego que tú también has hecho, sin duda de niño (Jesús coge un diente de león que se yergue entre las piedras y que ha alcanzado ya la plena maduración, se lo lleva delicadamente a la altura de la boca, sopla y… se disgrega en minúsculos vilanos que se esparcen por el aire, vagando con su borlita mantenida derecha por el minúsculo manguito). ¿Ves? Mira… ¿Cuántos han caído en mis rodillas, cual enamorados de mí? Cuéntalos… Son veintitrés. Eran, por lo menos, el triple. ¿Y los otros? Mira. Unos siguen vagando por el aire; otros, como por demasiado peso, han caído ya al suelo; algunos, orgullosos, suben, vanagloriándose de su penacho de plata; otros caen en ese barrillo que hemos formado con nuestros odres. Sólo… Mira, mira… incluso de los veintitrés que tenía en mis rodillas siete se han ido; ha sido suficiente el vuelo de ese abejorro para que se marcharan… ¿Temían algo?: quizás el aguijón; ¡los ha seducido algo?: quizás los hermosos colores negros y amarillos, o el aspecto gallardo, o las alas irisadas… Se han ido… tras una belleza falaz… Simón, lo mismo sucederá con mis discípulos. Unos por nerviosismo, otros por inconstancia, o por estar demasiado cargados, o por orgullo, o por ligereza, por amor al fango, por miedo o ingenuidad, se irán.

¿Tú crees que a todos los que ahora me dicen: "Voy contigo" los veré a mi lado cuando llegue la hora decisiva de mi misión? Los vilanos de ese diente de león que creó mi Padre eran más de setenta… ahora, en mis rodillas, hay sólo siete, pues otros se han ido también, por este movimiento del aire que ha hecho decir "sí" a los tallitos más delgados. Así será. Y pienso en las luchas que libráis por manteneros fieles a mí… Ven, Simón, vamos a ver esas libélulas que danzan sobre la superficie del agua, a menos que prefieras descansar.

-No, Maestro. Tus palabras me han entristecido. Espero que no te abandone el leproso curado, el perseguido al que Tú rehabilitaste, el hombre solitario a quien has dado compañía, el nostálgico de afecto al que has abierto el Cielo para que encontrase amor y el mundo para que lo diera… Maestro… ¿qué piensas de Judas? El año pasado lloraste conmigo por él. Luego… no sé… Maestro, deja esas dos libélulas, mírame a mí, escúchame, esto que te voy a decir no se lo diría a ningún otro, ni a los compañeros ni a ningún amigo, pero a ti sí: no logro amar a Judas; lo confieso. Es él quien rechaza mi deseo de amarlo. No quiero decir que me trate con desprecio, no; es más, hasta incluso se muestra cortés con el viejo Zelote, al que intuye más experto que los demás en el conocimiento de los hombres. Es su modo de actuar. ¿Te parece sincero? Dímelo.

Jesús guarda silencio durante unos momentos, como cautivado por las dos libélulas, que se han posado apenas tocando el agua y que con sus élitros irisados dibujan un pequeño arco iris, un especioso arco iris que sirve para atraer a un mosquito curioso, que acaba devorado por uno de los voraces insectos, el cual a su vez cae en vuelo víctima de un sapo que estaba agazapado (sapo o rana, no lo sé), que se la come junto con el mosquito que había cazado.

Jesús se mueve, se levanta, pues casi se había echado para observar estos pequeños dramas de la naturaleza, y dice:

-Así es: la libélula tiene fuertes mandíbulas para nutrirse de hierbas, y alas fuertes para derribar a los mosquitos; la rana, garganta ancha para tragarse a las libélulas. Cada uno tiene lo suyo, y lo suyo usa. Vamos, Simón, que los otros se están despertando.
-No me has respondido, Señor; no has querido hacerlo.
-¡Pero si te he respondido! Mi sabio senequita, medita y hallarás…

Y Jesús, remontando el lecho guijarroso, va donde los discípulos, que se están despertando y ya lo buscan.

215- El posadero de Bet Yinna y su hija lunática

No veo ni el regreso a Betsur, ni los rosales de Béter que tanto deseaba ver. Jesús está acompañado sólo de los apóstoles. No está ni siquiera Marziam, que se ha quedado con la Virgen y las discípulas. El lugar es muy montañoso y rico en vegetación, con bosques de coníferas, o, más exactamente, de árboles de piñones; el olor de la resina, balsámico y vitalizador, se difunde por todo el espacio. Jesús camina con los suyos por estos montes verdes, dando la espalda al oriente.

Oigo que van hablando de Elisa, la cual está muy cambiada y decidida a ir con Juana a su propiedad de Béter; van hablando también de la bondad de Juana. Hablan del nuevo rodeo que van a tener que dar, hacia las fértiles llanuras que preceden el litoral. Y entonces tornan a la memoria nombres de glorias pasadas, que suscitan la narración de episodios acaecidos, preguntas, explicaciones y afable contraposición de opiniones.

-Cuando lleguemos a la cima de este monte, os enseñaré desde lo alto todas las zonas que os interesan, de las que podréis extraer ideas para vuestros discursos al pueblo.
-¿Pero, mi Señor, ¿cómo vamos a hacer? Yo no soy capaz -se lamenta Andrés, y a él se asocian Pedro y Santiago: « ¡Nosotros somos los menos agraciados!».

-¡Oh!, si es por eso, no es que yo sea más capaz; si se tratara de oro o plata, podría hablar, pero de estas cosas… -dice Tomás.

-¿Y yo? ¿Qué era yo? -pregunta Mateo.
-Tú no tienes miedo del público, sabes argumentar ̀ replica Andrés.

-Pero de otras cosas… -contesta Mateo.

-Sí, ya… pero… bueno… ya sabes lo que quiero decir, así que como si te lo hubiera dicho. La cuestión es que vales más que nosotros -dice Pedro.
-Amigos míos, no hace falta subir a lo sublime. Decid simplemente lo que pensáis, con vuestra convicción.

Creedme que cuando uno está convencido siempre persuade -dice Jesús.

Pero Judas de Keriot suplica:
-Danos ideas Tú, danos muchas ideas. Una buena idea puede ser muy útil. Estos lugares creo que no han oído nada de ti, porque ninguno parece conocerte.

-Y porque aquí llega todavía mucho viento procedente del Moria… que causa esterilidad… -responde Pedro.
-Es porque no se ha sembrado, pero nosotros sembraremos -replica seguro Judas Iscariote, contento por los primeros éxitos.

Ya han llegado a la cima del monte. Allá se abre un amplio panorama. Es hermoso verlo estando a la sombra de los tupidos árboles que -coronan la cima: tan variado y luminoso; series de montes entrecruzándose en todas las direcciones, como encrespadas olas petrificadas de un océano recorrido por vientos contrarios; luego, ensenada en calma, todo se aplaca en una luminosidad sin límites que anuncia una vasta llanura en que se ve, solitario cual faro en la embocadura de un puerto, un otero.

-Mirad. Ese pueblo, donde nos detendremos, que se extiende sobre esa cresta casi queriendo acaparar todo el sol, es como el corazón de un verdadero nimbo radiado de lugares históricos. Venid aquí. Allí, a septentrión, está Yermot. ¿Os acordáis del pasaje de Josué? La derrota de los reyes que quisieron asaltar el campamento israelita, fuerte tras la alianza con los gabaonitas. Cerca está Betsemes, la ciudad sacerdotal de Judá, donde los filisteos restituyeron el Arca con los exvotos de oro que los adivinos y sacerdotes habían impuesto al pueblo para obtener la liberación de los castigos que atormentaban a los culpables filisteos. Y allí, toda llena de sol, Sará, patria de Sansón; y, un poco más a oriente, Timnata, donde él tomó esposa e hizo muchas proezas y también muchas estupideces.

Y allá, Azeca y Soko, que fue lugar de campamento filisteo. Más abajo está Zanoe, una de las ciudades de Judá. Y aquí, volveos, aquí está el Valle del Terebinto, donde David luchó contra Goliat. Allí está Maqueda, donde Josué derrotó a los amorreos. Volveos hacia aquí. ¿Veis aquel monte solitario en medio de esa llanura que un tiempo fue de los filisteos? Allí está Gat, patria de Goliat y lugar de refugio para David, con Akís, para que no le alcanzara la ira de Saúl, y donde el rey sabio se fingió demente, porque el mundo preserva a los locos de los sanos de mente. Aquel horizonte abierto son las llanuras de la fertilísima tierra de los filisteos. La atravesaremos, hasta Ramlé. Ahora vamos a Bet -Yinna. Tú, precisamente tú, Felipe, que me estás mirando con actitud implorante, irás con Andrés por el pueblo. Nosotros, mientras tanto, esperaremos junto a la fuente o en la plaza del pueblo.

-¡Señor, no nos mandes solos; ven Tú también! -dicen los dos apóstoles en tono suplicante.
-Id, he dicho. La obediencia os socorrerá más que mi muda presencia.

Así que Felipe y Andrés van, sin rumbo fijo, por el pueblo. Llegan a una minúscula posada (más una caballeriza que una posada), donde hay unos intermediarios contratando corderos con unos pastores. Entran y, cohibidos, se paran en medio de un patio rodeado de arcadas muy toscas.
Viene el posadero:

-¿Qué queréis?, ¿alojamiento?
Los dos apóstoles se consultan recíprocamente con la mirada (una mirada llena de apuro). Es muy probable que de lo que habían pensado decir no les venga ni una sola palabra. Contra toda previsión, es precisamente Andrés el primero que cobra fuerzas y responde:

-Sí, alojamiento para nosotros y para el Rabí de Israel.
-¿Qué rabí? ¡Hay muchos rabíes! Todos muy señores. No vienen a los pueblos de pobres a traernos su sabiduría. Somos los pobres los que tenemos que ir a ellos, ¡y ya es un regalo, si nos toleran a su lado!

-El Rabí de Israel es uno sólo. Y viene precisamente a traer a los pobres la Buena Nueva; cuanto más pobres y pecadores son, más los busca y se acerca a ellos -responde dulcemente Andrés.

-¡Entonces… no hará dinero!
-No busca riquezas. Es pobre y bueno. Cuando logra salvar a un alma, su jornada está cumplida -responde también esta vez Andrés.

-¡Hummm…! Es la primera vez que oigo que un rabí es bueno y pobre. Juan es pobre, pero es severo. Todos los demás son severos y ricos, insaciables como sanguijuelas. ¿Habéis oído? Venid aquí, vosotros que vais por todas partes. Estos hombres dicen que hay un maestro pobre y bueno, que viene a buscar a los pobres y pecadores.
-¡Ah, debe ser ese que viste de blanco como un esenio. Lo vi hace tiempo en Jericó -dice uno de los tratantes.

-No. Ése está solo. Debe ser aquel de que hablaba Toma porque así, por azar, había estado hablando de él con unos pastores del Líbano -responde un pastor alto y musculoso.

-¡Sí, vaya! Y viene del Líbano hasta aquí… ¡Por tu cara bonita! -exclama otro.

Mientras el posadero habla y escucha la opinión de sus clientes, los dos apóstoles permanecen allí, en medio del patio, como dos hitos, hasta que un hombre dice:
-¡Eh, vosotros, venid aquí' ¿Quién es? ¿De dónde viene este que decís?

-Es Jesús de José, de Nazaret -dice serio Felipe, y permanece como quien espera que se burlen de él.
Andrés añade:

-Es el Mesías anunciado. Os conjuro, por vuestro bien: escuchadlo. Habéis nombrado a Juan; pues bien, yo estaba con él y os puedo decir que él mismo nos indicó a Jesús cuando pasaba, diciendo: "He ahí al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo". Cuando Jesús entró en el Jordán para ser bautizado, se abrieron los Cielos y una Voz gritó: "Este es mi Hijo predilecto en quien tengo puestas mis complacencias", y el Amor de Dios descendió como una paloma y se colocó resplandeciente encima de su cabeza.

-¿Ves como es el Nazareno? Pero, vamos a ver, vosotros, que os llamáis amigos suyos, decidnos…
-Amigos no, apóstoles, discípulos, enviados suyos para anunciaros su llegada, para que quien tenga necesidad de salvación vaya a Él -precisa Andrés.

-Bien, de acuerdo, pero, decidnos si es realmente como lo describen algunos, o sea, un santo más santo que Juan el Bautista, o un demonio, como dicen otros. Vosotros, que estáis con él -porque si sois discípulos estaréis juntos, ¿no? -, vamos a ver, hablad con sinceridad: ¿es verdad que es lujurioso, comilón y bebedor, y que tiene simpatía por las meretrices y los publicanos; que es un nigromante y que por la noche invoca a los espíritus para conocer los secretos de los corazones?

-Pero, ¿por qué preguntas esto a estos hombres? Pregunta más bien si es verdad que es bueno. Si no, estos dos se van a sentir ofendidos y se van a marchar y le van a contar al Rabí nuestras malas razones y nos va a maldecir. ¿Qué sabemos nosotros?… ¡Sea Dios o diablo, siempre será mejor tratarlo bien!…

Esta vez es Felipe el que habla:
-Os podemos responder con sinceridad porque no hay nada torpe que ocultar. Él, nuestro Maestro, es el Santo entre los santos. Durante el día dedica su esfuerzo a adoctrinar; incansable, va de un lugar a otro buscando los corazones. Durante la noche ora por nosotros. No desprecia ni la mesa ni la amistad, pero no busca en ello ventaja propia; antes al contrario, lo hace para poderse acercar a aquellos a quienes de otra forma no sería posible acercarse. No rechaza ni a publicanos ni a meretrices, pero sólo para redimirlos. Signa su camino con curaciones y conversiones milagrosas, le obedecen el viento y el mar, pero no tiene necesidad de nadie para obrar prodigios, ni de invocar espíritus para conocer los corazones.

-Y, ¿con qué poder lo hace?… Has dicho que el viento y el mar lo obedecen. Pero si son cosas que no tienen razón. ¿Cómo puede mandar sobre ellos? -pregunta el dueño de la posada.
-Respóndeme a esto, hombre: ¿tú qué crees, que es más difícil mandar sobre el viento y el mar o sobre la muerte?

-¡Por Yeohveh!, ¡sobre la muerte no se tiene poder! Al mar se le puede echar aceite, se le puede hacer frente orientando adecuadamente las velas; se puede, prudentemente, no ir a navegar. Contra el viento se puede oponer los cierres de las puertas. Pero sobre la muerte no se tiene poder: no hay aceite que la aquiete, no hay vela que haga a nuestra navecilla tan rápida que pueda distanciar a la muerte, no hay cierres contra ella; cuando quiere venir pasa, a pesar de que estén echados los cerrojos. ¡No, no, nadie da órdenes a esta reina!
-Pues, a pesar de todo, nuestro Maestro tiene poder sobre ella, y no sólo cuando está cercana, sino también cuando ya ha hecho presa. Un joven de Naím estaba ya para ser introducido en la horrenda boca del sepulcro, cuando Él dijo: "Te lo ordeno: álzate!", y el joven volvió a la vida. Naím no está en los confines del mundo. Si vais, veréis.

-¿Así, sin más? ¿En presencia de todos?
-En el camino, en presencia de toda Naím.
E1 dueño de la posada y los huéspedes se miran en silencio; luego el primero dice:

-Pero, esas cosas las hará para sus amigos, ¿no?
-¡No, hombre, para todos los que creen en Él, y no sólo para ellos Créeme que es la Piedad en la tierra. Nadie que va a Él vuelve de vacío. Escuchad todos. ¿Entre vosotros no hay nadie que sufra o llore, por alguna enfermedad en la familia, o por dudas, remordimientos, tentaciones o ignorancia? Presentaos a Jesús, el Mesías de la Buena Nueva. Él estará aquí hoy; mañana irá a otro lugar. No desaprovechéis la Gracia del Señor ahora que pasa» dice Felipe, que se ha ido sintiendo cada vez más seguro.

El dueño de la posada se revuelve los cabellos, abre y cierra la boca, se manosea las franjas de la cintura… y, al final, dice:

-¡Yo lo intento!… Tengo una hija. Hasta el pasado verano estaba bien. Después todo cambió. Ahora es una lunática. Está siempre en un rincón, como una fiera muda; su madre, con gran esfuerzo, apenas si logra vestirla y darle de comer. Los médicos dicen que se le ha consumido el cerebro por exceso de sol; otros, que por un triste amor; el pueblo dice que está endemoniada. ¿Cómo es posible, si es una jovencita que no ha salido nunca de aquí? ¿Dónde se ha cogido este demonio? ¿Tu Maestro qué dice, que el demonio se puede apoderar de un inocente?

Felipe responde sin vacilar:
-Sí, para atormentar a los familiares y hacer que se desesperen.
-¿Y… cura a los lunáticos? ¿Debo tener esperanza?

-Debes creer -responde inmediatamente Andrés, que narra el milagro de los gerasenos, y termina diciendo: « ¿Si aquéllos -y eran una legión en corazones de pecadores -huyeron de ese modo, cuánto más lo hará ése, que ha entrado por la fuerza en un corazón fresco? Te digo, hombre: para quien espera en Él, lo imposible se le hace tan fácil como respirar. Yo, que he visto las obras de mi Señor, doy testimonio de su potencia.

-¡Oh!, ¿quién de vosotros va y lo llama?
-Yo mismo. Espérame, que vuelvo enseguida.

Y Andrés se marcha veloz. Felipe se queda a hablar.
Cuando Andrés ve a Jesús, parado, en el zaguán de una casa, para evitar el sol implacable que llena la pequeña plaza del pueblo, corre hacia Él diciendo:

-¡Ven! ¡Ven, Maestro! El posadero tiene una hija lunática. Te implora que la cures.
-¿Pero me conocía?

-No, Maestro. Hemos tratado de darte a conocer…
-Lo habéis conseguido, porque si uno llega ya a creer que puedo curar un mal que no tiene remedio es que ya está adelantado en la fe. Y teníais miedo a no ser capaces de ello… ¿Qué habéis dicho?

-Ni siquiera te lo sabría decir. Hemos expresado lo que pensamos de ti y hemos hablado de tus obras. Sobre todo, hemos dicho que eres Amor y Piedad. ¡Qué mal te conoce el mundo!

-Pero vosotros me conocéis bien. Es suficiente.
-Llegan a la pequeña posada. Todos los huéspedes están en la puerta, curiosos. En medio, con Felipe, está el posadero, que sigue con sus monólogos.

Cuando ve a Jesús, corre a su encuentro:
-¡Maestro, Señor, Jesús… yo… yo creo tanto que Tú eres Tú, que sabes todo, que ves todo, que conoces todo, que todo lo puedes, tanto lo creo, que te digo: ten piedad de mi hija, aunque los pecados de mi corazón sean muchos; no caiga sobre mi hija el castigo por haber sido inmoral en mi trabajo; juro que no volveré a ser avariento. Tú ves mi corazón, lo que ha sido y lo que piensa ahora. Perdón.

Piedad, Maestro, y hablaré de ti a todos los que vengan aquí, a mi casa…

El hombre está de rodillas.
Jesús le dice:
-Álzate y persevera en los sentimientos de ahora.
-Llévame a donde tu hija.

-Está en un establo, Señor. Este calor bochornoso la pone más enferma todavía. No quiere salir.
-Bien, no importa; voy Yo. No es el bochorno, es que el demonio me siente llegar.
Entran en un patio, luego en un establo oscuro. Todos los demás van detrás.

La niña, despeinada, demacrada, se contorsiona en el rincón más oscuro, y, en cuanto ve a Jesús, grita:
-¡Atrás! ¡Atrás! No me hostigues. Tú eres el Cristo del Señor; sobre mí descargas tu mano. Déjame tranquilo. ¿Por qué sigues siempre mis pasos?
-¡Sal de ella! ¡Vete! ¡Lo quiero! ¡Devuelve a Dios tu presa y calla!

Un grito desgarrador, una sacudida, un cuerpo que se derrumba sobre la paja… Luego, con calma, tristeza, estupor, la jovencita, que ahora se avergüenza de estar sin velo y con un vestido roto ante los ojos de muchos extraños, pregunta:

-¿Dónde estoy?, ¡por qué estoy aquí?, ¿quiénes son éstos? -e invoca a su madre.

-¡Oh, Señor eterno! ¡Está curada!… -y, aunque resulte extraño en el rubicundo y colorado hospedero, llora como un niño… Se siente dichoso. Llora. No sabe qué otra cosa hacer sino besar las manos de Jesús. Entretanto, la madre también llora, circundada por la corona de sus hijitos, que miran asombrados, y besa a esta primogénita suya que ha sido liberada del demonio.

Los presentes prorrumpen en un verdadero clamor, otros acuden para ver el prodigio. El patio está lleno.
-Quédate, Señor. Ven esta noche. Cobíjate bajo mi techo.
-Hombre, somos trece.

-Aunque fuerais trescientos, sería como nada. Sé lo que quieres decir, pero el Samuel avariento y deshonesto ha muerto, Señor. Se ha marchado también mi demonio. Ahora vive el nuevo Samuel. Seguirá siendo hospedero, pero santamente. Ven, ven conmigo, que quiero honrarte como a un rey, como a un dios, como a quien eres. ¡Oh, bendito el sol de hoy que te ha traído a mí!….

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