224- En el apóstol Juan actúa el Amor. Llegada a Béter

La comitiva apostólica ha sufrido una mutación en cuanto a su componente animal. Ya no está el macho cabrío; en cambio, hay una oveja y dos corderitos. La oveja, bien pingüe y de ubres llenas; los corderitos, jubilosos como dos picaruelos: un minúsculo rebaño que, por su aspecto menos mágico que la negrísima cabra, da más alegría a todos.

-Ya os dije que vendría la cabrita, para hacer de Margziam un diminuto pastor feliz. En vez de la cabrita, dado que no queréis saber nada de cabras, han venido ovejas, y además blancas, exactamente como Pedro las soñaba.
-¡Hombre, claro! ¡Tenía la impresión de llevar conmigo a Belcebú! -dice Pedro.

-En efecto, desde que empezó a venir con nosotros, han sucedido cosas negativas; debido al sortilegio que nos seguía ­dice, irritado y como queriendo confirmar, Judas Iscariote.

-Pues habrá sido un buen sortilegio, porque no nos ha sucedido nada negativo, ¿no? -dice Juan con serenidad.
Todos desaprueban, como recriminándolo por su ceguera:
-¿Pero no has visto cómo se han burlado de nosotros en Modín?; ¿te parece nada la caída de mi hermano?… pues se podía haber hecho daño de verdad… y, si se hubiera roto las piernas o la columna, ¿cómo nos las hubiéramos arreglado para transportarlo?; ¿te ha parecido bonito el entreacto de ayer?

-He visto todo. Todo lo he considerado. Y he bendecido al Señor porque no nos ha sucedido nada malo. El mal ha venido hacia nosotros, pero luego se ha alejado, como siempre. El encuentro con el mal ha servido para dejar la simiente del bien, tanto en Modín como con los viñadores, que vinieron inmediatamente con la certeza de encontrar una persona al menos herida, arrepentidos por haberse comportado sin caridad, hasta el punto de que quisieron reparar el mal de alguna forma. Y también con los ladrones de ayer noche, que no han hecho ningún mal. Además, hemos ganado -bueno, Pedro nos ha conseguido -las ovejas a cambio del macho cabrío y como regalo por haber salido ilesos. Por si fuera poco, ahora tenemos mucho dinero para los pobres (las bolsas que nos han dado los mercaderes, y las ofrendas de las mujeres).

Además todos -y es lo que más valor tiene ­han recibido la palabra de Jesús.

-Juan tiene razón -dicen Simón Zelote y Judas Tadeo. Y este último añade: «Da la impresión de que todo suceda por una clara cognición de las cosas venideras. ¡Mira que encontrarnos precisamente allí, con retraso, por causa de mi caída, junto a aquellas mujeres enjoyadas, con esos pastores de pingües rebaños, con esos mercaderes repletos de dinero!… Todos ellos magníficas presas para los ladrones. Hermano, dime la verdad, ¿sabías que iba a suceder lo que ha sucedido? -pregunta Judas Tadeo a Jesús.

-Os he dicho muchas veces que leo en los corazones y que, cuando el Padre no lo dispone de forma distinta, no ignoro lo que debe suceder.

-Pero entonces -pregunta Judas Iscariote -¿por qué algunas veces cometes errores, como el de dirigirte a los fariseos enemigos, o a ciudades completamente hostiles?

Jesús lo mira muy fijamente y dice lenta y serenamente: «No son errores, sino necesidades de mi misión. Los enfermos necesitan al médico y los ignorantes al maestro; aunque tanto estos últimos como aquéllos algunas veces rechazan al maestro o al médico. Pero éstos, si son buenos médicos y buenos maestros, siguen yendo a quienes los rechazan, porque es su deber. Yo voy. Vosotros quisierais que en donde me presentase se difuminara todo tipo de resistencia. Lo podría hacer, pero Yo no fuerzo a nadie, persuado. Sólo en casos espacialísimos debe usarse coerción, y sólo cuando el espíritu iluminado por Dios comprende que tal gesto puede servir para persuadir de que Dios existe y es el más fuerte, o también en casos de salvación múltiple.

-Como ayer noche, ¿no? -pregunta Pedro.
-Ayer por la noche aquellos ladrones sintieron miedo al vernos bien despiertos para recibirlos -dice, con evidente desprecio, Judas Iscariote.

-No. Las palabras los persuadieron -dice Tomás.
-¡Sí! ¡Estás listo! ¡Como si fueran tiernas almas que se dejan persuadir por dos palabras, aunque sean de Jesús! ¡Bien presente tengo aquella vez que nos asaltaron a toda mi familia y a mí y a muchos de Betsaida en el desfiladero de Adomín! ­responde Felipe.

-Maestro, dime -desde ayer estoy queriendo preguntártelo -, ¿fueron tus palabras o tu voluntad lo que hizo que no sucediera nada? -pregunta Santiago de Zebedeo.
Jesús sonríe y calla.
Responde Mateo:

-Yo creo que ha sido su voluntad la que ha batido la insensibilidad de esos corazones, la que casi la ha paralizado para poder hablar y salvar.
-Yo también soy de esa opinión. Por eso se quedó allí solo, mirando al bosque; los tenía subyugados con su mirada, con su confianza en ellos, sereno e inerme. ¡No tenía ni siquiera una estaca!… -dice Andrés.

-Bien, de acuerdo, pero todas estas cosas es lo que decimos nosotros, son ideas nuestras; yo lo quiero saber del Maestro -dice Pedro. Entonces se enciende un vivo debate, que Jesús permite, entre quien piensa -concretamente Bartolomé -que, habiendo declarado Jesús que no fuerza a nadie, no habrá aplicado la violencia tampoco con estos ladrones, y, por otra parte, Judas Iscariote -apoyado, aunque moderadamente, por Tomás -, que dice que no puede creer que la mirada de un hombre tenga tanto poder.

Mateo replica a esto último diciendo:
-Eso y más. A mí me convirtió su mirada antes que sus palabras.

Todos se muestran tenaces en su propia tesis, de forma que se elevan "síes" y "noes" discrepantes, violentos. Juan, como Jesús, guarda silencio, sonríe con la cabeza inclinada (lo hace para disimular su sonrisa).
Pedro vuelve al asalto, porque ninguna de las razones de los compañeros lo convence. Piensa -y dice -que la mirada de Jesús es distinta que la de los otros hombres, pero quiere saber si es por ser Jesús, el Mesías, o por ser Dios.

Jesús habla:

-En verdad os digo que no sólo Yo, sino quienquiera que esté fundido con Dios, con santidad, pureza y fe sin fisuras, podrá hacer esto y más aún. La mirada de un muchacho, si su espíritu está unido al de Dios, puede hacer que se desplomen los templos vanos, sin necesidad de imprimir ninguna sacudida como la de Sansón; puede ordenar la mansedumbre a las fieras y a los hombres-fiera, rechazar la muerte, domeñar las enfermedades del espíritu.

De la misma forma, la palabra de un muchacho fundido con el Señor e instrumento del Señor puede curar enfermedades, quitar el veneno a las serpientes, obrar cualquier milagro. Porque Dios obra en él.

-¡Ah, entiendo! -dice Pedro, mientras mira fijamente a Juan, y termina todo un razonamiento hecho consigo mismo pero en voz alta: « ¡Eso es! Tú, Maestro, has podido hacerlo por ser Dios, y por ser Hombre unido a Dios. Y lo mismo sucede con quien sabe llegar, o ha llegado, a estar unido con Dios. ¡Entiendo, entiendo perfectamente!

-Pero, ¿no te preguntas acerca de la clave de esta unión y el secreto de este poder? No todos lo alcanzan, incluso en el caso de hombres dotados de iguales capacidades.

-¡Exacto! ¿Dónde está la clave de esta fuerza para unirse a Dios y someter las cosas? Una oración, o quizás palabras secretas…

-Hace un momento, Judas de Simón echaba la culpa al macho cabrío de todas las vicisitudes por las que hemos atravesado. No, no hay sortilegios asociados a los animales. Arrojad de vosotros las supersticiones, que son todavía idolatrías y pueden causar desventuras. Y, así como no hay fórmulas para las hechicerías, no hay palabras secretas para hacer milagros. Es sólo el Amor. Como he dicho ayer por la noche, el Amor calma a los violentos y sacia a los codiciosos. El Amor es Dios. Con Dios en vosotros, plenamente poseída por el mérito de un amor perfecto, vuestra mirada se transforma en fuego que quema todo ídolo y echa por tierra sus imágenes, y la palabra se transforma en potencia. Y, os digo, la mirada es, entonces, arma que desarma. Dios, el Amor, es irresistible. Sólo el demonio le resiste, porque es el Odio perfecto, y, con él, los que son hijos suyos. Los otros, los débiles, los que están subyugados por una pasión, pero que no se han vendido voluntariamente al demonio, no lo resisten: sea cual sea su religión, o su abstención completa de fe, sea cual sea su bajeza espiritual, reciben el impacto del Amor, que es el gran Vencedor. Trata de llegar a esto, pronto, y harás lo que hacen los hijos y portadores de Dios.
Pedro no quita los ojos de Juan. También las inteligencias de Simón Zelote, los hijos de Alfeo, y Santiago y Andrés, se han despertado e indagan.

-Pero entonces, Señor -dice Santiago de Zebedeo -¿qué es lo que le ha acontecido a mi hermano? Hablas de él. ¿Es él el muchacho que hace milagros? ¿Es eso?, ¿es así? ¿Qué ha hecho? Ha pasado una página del libro de la Vida, ha leído y ha conocido nuevos misterios.

-Nada más. Os ha precedido porque no se detiene a considerar cada uno de los obstáculos, a sopesar cada dificultad, a calcular si compensa o no; ya no ve este mundo, ve la Luz y a ella va, sin momentos de pausa.

Dejadlo, dejadlo tranquilo. Hay almas que arden más que otras. No se debe poner dificultad a este fuego suyo que alegra y consume. Hay que dejarlas arder, lo cual es al mismo tiempo sumo gozo y sumo esfuerzo. Dios les concede momentos de noche, porque sabe que el ardor mata a estas almas-flor si están expuestas a un sol continuo. Dios concede silencio y místico rocío a estas almas-flor, como a las flores del campo. Dejad descansar al atleta del amor cuando Dios lo deja descansar. Imitad a los preparadores de los gimnastas, que conceden a éstos el debido descanso… Cuando lleguéis vosotros adonde él ha llegado, y más lejos -pues tanto vosotros como él llegaréis a más todavía -comprenderéis la necesidad de respeto, de silencio, de penumbra que experimentan esas almas de las que el Amor se ha apropiado y a las que ha hecho instrumento suyo. Y no penséis: "Llegado ese momento querré darlo a conocer. Juan se comporta como un necio, porque el alma del prójimo, como la de los niños, desea la seducción de lo maravilloso". No. Cuando lleguéis a ese estado, sentiréis el mismo deseo de silencio y penumbra que ahora siente Juan. Cuando yo no esté ya con vosotros, acordaos de que, teniendo que juzgar sobre una conversión o sobre una santidad exuberante debéis tomar siempre como medida la humildad. Si en uno permanece el orgullo, no os hagáis ilusiones de que esté convertido. Si en uno, aunque lo llamen "santo", reina la soberbia, estad ciertos de que no es santo; podrá, como un charlatán y un hipócrita, hacerse el santo y simular prodigios, pero no es santo: la apariencia es hipocresía; los prodigios, satanismo.

¿Habéis entendido?

-Sí, Maestro….

Todos, muy pensativos, guardan silencio. Pero, aunque las bocas estén cerradas, los pensamientos se adivinan con claridad a través de sus miradas y expresiones. Los envuelve, como un éter tembloroso que emanase de ellos, un gran deseo de saber.

Simón Zelote se esfuerza en distraer a sus compañeros para tener tiempo de aconsejarlos aparte, para insistir en que sepan callar. Tengo la impresión de que Simón Zelote tiene mucho este ministerio en el grupo apostólico; es el moderador, el conciliador, el consejero de sus compañeros, además de ser un apóstol que comprende muy bien al Maestro. En este momento está diciendo:

-Estamos ya en las tierras de Juana. Aquel pueblo que se ve en aquella cuna es Béter. Aquel palacio que está en aquella cima es su castillo natal. ¿No sentís este perfume del aire? Son los rosales, que empiezan a perfumar bajo el sol de la mañana; por la tarde es una exuberancia de aromas. Pero ahora, con el frescor de la mañana es precioso verlos, aljofarados todavía de rocío, como millones de diamantes desparramados sobre millones de corolas que florecen. Cuando declina el sol recogen todas las flores que están completamente abiertas. Venid. Os quiero mostrar desde una loma la vista de los rosales, que desde la cima rebosan como en cascada y van descendiendo por los rellanos de la otra ladera. Una cascada de flores que luego vuelve a subir, como una ola, por las otras dos colinas. Es un anfiteatro, un lago de flores. ¡Espléndido! El camino es más empinado, pero merece la pena ir, porque desde aquel borde se domina todo ese paraíso. Llegaremos pronto también al castillo. Juana vive allí, libre, con sus campesinos, que es la única vigilancia de tanta copiosidad; pero, estiman tanto a su ama -que hace de estos valles un edén de belleza y paz -, que son más eficientes que toda la guardia de Herodes. Mira, Maestro; mirad, amigos -y con el gesto indica un semicírculo de colinas invadido de rosales.

La mirada, en cualquier parte en que se deposite, ve, bajo altísimos árboles que tienen la función de proteger del viento, de los rayos de sol demasiado intensos y de las granizadas, un sinfín de rosales. El sol traspasa y el aire circula bajo este leve techo, que hace de velo pero no ahoga y que los jardineros mantienen en las debidas condiciones: debajo viven, felices, los más bellos rosales del mundo. Son millares y millares de rosales de toda especie: enanos, bajos, altos, altísimos; formando un matorral, como cojines recamados de flores al pie de los árboles, o esparcidos por los prados de verdísima hierba, o formando setos a lo largo de los senderos y de los leves cursos de agua, o en círculo alrededor de los estanques de riego que están diseminados por este parque que comprende también colinas, o enroscados en los troncos de los árboles y tendiendo de uno a otro sus cabelleras florecidas para formar festones y guirnaldas. Es una cosa realmente de sueño. Todos los tamaños, las tonalidades, están representados, y se entremezclan colocando los colores marmóreos de las rosas de té al lado del sangriento ardor de otras corolas, y reinando, soberanas, por número, las verdaderas rosas del color de mejilla infantil que va atenuándose hacia los bordes hasta una tonalidad blanquecina rosácea.

Todos quedan impresionados por tanta belleza.
-¿Para que quiere todo esto? -pregunta Felipe.
-Lo goza -responde Tomás.
-No. También saca esencias, con lo cual da trabajo a cientos de jardineros y de trabajadores de las prensas para extraer esencias. Los romanos las solicitan con avidez. Jonatán me lo decía mientras me mostraba las cuentas de la última recolección. Pero… ahí está María de Alfeo con el niño. Nos han visto. Están llamando a las otras…

Así es. Juana y las dos Marías, precedidas de Marziam, que baja corriendo, con los brazos ya preparados para el abrazo, vienen deprisa, hacia Jesús y Pedro. Se postran ante Jesús.

-Paz a todas vosotras. ¿Dónde está mi Madre? -Entre los rosales, Maestro. Está con Elisa, ¡que está bien curada y puede afrontar el mundo y seguirte! ¡Gracias por haberte servido de mí para esto!

-Gracias a ti, Juana. ¿Ves como era provechoso venir a Judea? Marziam, estos regalos son para ti: este bonito muñeco y estas lindas ovejitas. ¿Te gustan?

El niño, de la alegría, se ha quedado sin respiración. Se echa hacia Jesús, que se había agachado para darle el muñeco y se había quedado mirando su rostro, y se abraza a su cuello y lo besa con toda la vehemencia de que es capaz.

-Así te harás manso como las ovejas y luego serás un buen pastor para los que crean en Jesús. ¿Verdad?
Marziam dice "sí, sí, sí" con la respiración entrecortada y los ojos brillantes de alegría.
-Ahora ve donde Pedro. Yo voy con mi Madre. Veo allí una parte de su velo moviéndose a lo largo de un seto de rosas.

Y corre al encuentro de María, y la recibe en su corazón a la altura de la curva del sendero. Después del primer beso, María, todavía jadeante, explica:

-Detrás viene Elisa… He corrido para besarte…porque, Hijo mío, no besarte no podía… y besarte ante ella, no quería… Está muy cambiada… pero el corazón sigue doliendo ante una alegría ajena que a ella le ha sido negada para siempre. Ahí viene.

Elisa recorre veloz los últimos metros y se arrodilla para besar la túnica de Jesús. Ya no es la mujer de trágica imagen de Betsur. Ahora es una anciana austera, marcada por el dolor, solemne por la huella que la pena ha dejado en su rostro y su mirada.

-¡Bendito seas, Maestro mío, ahora y siempre, por haberme procurado de nuevo lo que había perdido!
-Paz cada vez mayor a ti, Elisa. Me alegro de verte aquí. Levántate.

Yo también me alegro. Tengo muchas cosas que decirte y que preguntarte, Señor.

-Tendremos todo el tiempo que queramos, dado que pienso permanecer aquí unos días. Ven, que quiero que conozcas a los condiscípulos.

-¡Oh!…, ¿entonces has entendido ya lo que quería decirte? ¿Que quiero renacer a vida nueva: la tuya; tener de nuevo una familia: la tuya; unos hijos: los tuyos; como dijiste en mi casa, en Betsur, hablando de Noemí. Yo soy una nueva Noemí gracias a ti, Señor mío. ¡Bendito seas por ello! Ya no vivo afligida, ni soy infecunda. Seré todavía madre. Y, si María lo permite, incluso un poco madre tuya, además de madre de los hijos de tu doctrina.

-Sí, lo serás. María no se sentirá celosa y Yo te querré de forma que no te arrepentirás de tu decisión. Vamos ahora a ver a los que quieren decirte que te quieren como hermanos.
Y Jesús la toma de la mano y la lleva con su nueva familia.
El viaje en espera de Pentecostés ha terminado.

223- Una caravana nupcial se libra del asalto de bandidos después de un discurso de Jesús

-En el sitio al que vamos hablaré Yo -dice el Señor.

La comitiva se va adentrando cada vez más por unos valles que acometen el monte por caminos difíciles, pedregosos, estrechos. Y suben y bajan, perdiendo horizontes, recuperándolos de nuevo, hasta que llegan a un valle profundo, por una bajada inclinadísima por la que, como dice Pedro, sólo la cabra se siente a gusto. Entonces la comitiva se para a descansar y a comer junto a un manantial muy rico de aguas.

Hay otras personas, diseminadas por los prados y las arboledas, comiendo, como Jesús y los suyos. Debe ser un lugar de descanso especialmente estimado por estar resguardado del viento y por disponer de prados esponjosos y agua. Son peregrinos que van hacia Jerusalén, viajeros que se dirigen quizás al Jordán, mercaderes de corderos destinados al Templo, pastores con sus rebaños. Algunos hacen el viaje en cabalgaduras; la mayoría, a pie.

Llega también una caravana nupcial toda ataviada festivamente. Resplandecientes objetos de oro se entreven bajo el velo que envuelve a la novia, que apenas ha dejado de ser niña. A su lado van dos matronas llenas de resplandores de pulseras y collares, un hombre -quizás es el paraninfo -y dos siervos. Han venido montados en asnos llenos de borlas y cascabeles; ahora se retiran a un ángulo apartado para comer, como si tuvieran miedo a que la mirada de los presentes profanara a la novia. El paraninfo -o quizás es un pariente -monta guardia, amenazador, mientras las mujeres comen. Han despertado una viva curiosidad. En efecto, con la disculpa de pedir sal, o un cuchillo, o un chorrito de vinagre, siempre hay alguno que se acerca a uno u otro para preguntar si conocen a la novia y si saben a dónde se dirige, y otras muchas cosas interesantes de este tipo…

Hay uno que sabe de dónde viene y a dónde va; además parece muy contento de contarlo todo, estimulado por otro, que le alegra cada vez más la campanilla echando en su copa vino generoso. Salen a relucir a veces hasta los aspectos más secretos de las dos familias, o del ajuar que la novia lleva en esos dos baúles, o de las riquezas que esperan en la casa del novio, etc. etc. Se viene así a saber que la novia es hija de un rico comerciante de Joppe, y que se casa con el hijo de un rico comerciante de Jerusalén, y que el novio se ha adelantado para ir adornando la casa nupcial ante la inminencia de su llegada, y que el que la acompaña, el amigo del novio, es también hijo de un comerciante, de Abraham, el que trabaja diamantes y otras gemas, mientras que el novio es batihoja, y el padre de la novia es mercader de lana, telas, alfombras, cortinas…
Dado que el hablador está cerca del grupo apostólico,

Tomás oye y pregunta:
-¿Es Natanael de Leví el novio?

-Sí, sí, es él.
-¿Lo conoces?

-Conozco bien a su padre por una serie de tratos que hemos hecho; un poco menos a Natanael. ¡Nupcias ricas!
-¡Y novia venturosa! Cubierta de oro. Abraham, pariente de la madre de la novia y padre del amigo del novio, ha hecho honor a su persona, y lo mismo el novio y su padre. Se dice que en aquellas cajas hay un valor de muchos talentos de oro.

-¡Caramba! -exclama Pedro acompañando su maravilla con un significativo silbido, y añade: «Voy a ver más de cerca si la mercancía principal corresponde al resto» y se levanta, junto con Tomás, y van a dar una vueltecita en torno al grupo nupcial y miran con detenimiento a las tres mujeres (un amasijo de ropajes y velos, bajo los cuales sobresalen manos y muñecas enjoyeladas, o se traslucen brillos de pendientes y collares); miran también al jactancioso personaje, que tan matón se muestra, que parece debiera rechazar un asalto de corsarios contra la doncellita.

Mira también mal a los dos apóstoles. Pero Tomás le ruega que salude, de parte de Tomás, apodado Dídimo, a Natanael de Leví; y así se instaura la paz, hasta el punto de que mientras él habla la novia halla la manera de provocar admiración, poniéndose en pie, de forma que manto y velo tengan su caída normal y quede patente toda la donosura de su cuerpo y de sus vestiduras y toda su riqueza idolátrica.

Tendrá como mucho quince años. ¡Y qué ojos tan astutos!… Se mueve con embeleso a pesar de la desaprobación de las matronas, se suelta las trenzas y se las vuelve a fijar con la ayuda de valiosas horquillas, se aprieta su cinturón de pedrería, se desata sus sandalias tipo zapato, elegantes, se las quita y se las vuelve a poner, bien ceñidas a sus pies menudos con hebillas de oro; y, mientras, encuentra la manera de mostrar su magnífica melena negra, sus bonitas manos, sus brazos delicados, su cintura estrecha, el pecho y las caderas bien modelados, los pies pequeños y perfectos, así como todas las joyas, que tintinean y emiten destellos heridas por las últimas luces del día y por la lumbre de las primeras fogatas.
Pedro y Tomás regresan. Tomás dice:

-Es una muchacha bonita.
-Y una grandísima coqueta. Lo que pienso es que tu amigo Natanael pronto sabrá que hay alguien que le mantiene caliente la cama mientras él mantiene caliente el oro para trabajarlo. Y su amigo es un perfecto estúpido: ¡pues sí que la ha puesto en buenas manos a la novia!… -termina Pedro mientras se sienta junto a los compañeros.
Y Bartolomé, descontento, comenta:

-A mí no me ha gustado ese hombre que le tiraba de la lengua a ese otro estúpido. En cuanto ha sabido todo lo que quería saber, se ha ido monte arriba… Estos lugares son peligrosos. Además, el tiempo es ideal para lances de malhechores: noches de luna, calor extenuante. Y, además, árboles frondosos. ¡Malo!… No me gusta este sitio. Hubiera sido mejor no detenerse.

-¡Y ese imbécil que ha hablado de todas esas riquezas!… ¡Y ese otro, que se hace el héroe y vigila las sombras pero no ve los cuerpos verdaderos!… Bueno, pues me voy a quedar vigilando yo donde las fogatas. ¿Quién viene conmigo? -dice Pedro.

-Yo, Simón, que resisto bien el sueño -responde Simón Zelote.

Muchos del campo, especialmente los que viajan solos, se han alzado y se han marchado en pequeños grupos. Quedan unos pastores con sus rebaños, la comitiva nupcial, la comitiva apostólica y tres mercaderes de corderos que ya están durmiendo. También la novia duerme ya, con las matronas, dentro de una tienda que les han montado los siervos. Los apóstoles se buscan un sitio. Jesús se retira, solo, a hacer oración. Los pastores encienden un fuerte fuego en el centro de la explanada en que están. Pedro y Simón encienden otra hoguera cerca del sendero de la escarpa por la que el hombre que había provocado las sospechas de Bartolomé se había ocultado.

Pasan las horas y… quien no ronca cabecea. Jesús ora. El silencio es total. Parece callar hasta el manantial que resplandece bajo la alta Luna, que ilumina perfectamente la explanada, mientras las zonas en pendiente quedan en sombra bajo el tupido follaje.

Un perro grande de pastor se arrufa. Un pastor alza la cabeza. El perro se pone tieso y eriza el pelo de la espalda; atentísimo, en actitud de defensa y de escucha; tiembla incluso; el gruñido sordo que hierve dentro de él se va haciendo más fuerte cada vez. Simón alza también la cabeza y da unos meneos a Pedro, que está adormilado. Un leve frufrú proviene del bosque.

-Vamos donde el Maestro, a traerlo con nosotros -dicen los dos. Entretanto, el pastor ha despertado a sus compañeros. Todos están a la escucha y sin hacer ruido. Jesús también se ha alzado, antes de que lo llamaran, y ya está yendo hacia los dos apóstoles. Se reúnen con los otros compañeros (por tanto, cerca de los pastores), cuyo perro da señales cada vez más claras de agitación.

-Despertad a todos los que duermen. A todos. Decidles que vengan aquí sin hacer ruido, especialmente a las mujeres y a los siervos: que traigan los baúles. Decid a todos los hombres que quizás hay salteadores; esto no se lo digáis a las mujeres.

Los apóstoles obedecen al Maestro y van en distintas direcciones. Mientras, Jesús dice a los pastores:
-Alimentad el fuego. Que esté bien fuerte, que haga una llama muy viva.

Los pastores obedecen. Jesús, dado que los ve nerviosos, dice:
-No temáis. No os robarán ni una sola vedija de lana.
En esto llegan los mercaderes y dicen en tono bajo:
-¡Ay, nuestras ganancias! -y añaden una verdadera letanía de improperios contra los gobernantes romanos y judíos porque no limpian el mundo de ladrones.

Jesús los conforta diciendo:

-No temáis. No perderéis ni una sola moneda.

Llegan las mujeres llorando, muy asustadas; y es que el valiente paraninfo, temblando con un miedo colosal, las aterroriza gimoteando:
-¡Es la muerte! ¡La muerte a manos de los salteadores!

Jesús las consuela también a ellas diciendo:
-No temáis. No os tocarán ni siquiera con la mirada -y las pone en el centro de esta pequeña población de animales asustados y de hombres.

Los burros rebuznan, el perro aúlla, las ovejas balan, las mujeres sollozan, los hombres o imprecan o se acoquinan más aún que las mujeres; todo con una cacofonía que sin duda proviene del espanto. Jesús está sereno, como si no estuviera sucediendo nada. El murmullo del bosque no se puede oír con todo este jaleo; pero en el bosque están los bandidos, y se están acercando: lo denuncian ramas que se quiebran y las piedras que ruedan.

-¡Silencio! -dice Jesús con tono impositivo, y lo dice de una forma que se hace el silencio.
Jesús deja el lugar en que está y va hacia el bosque, que comienza en el límite de la explanada. Se vuelve al bosque y empieza a hablar.

-La maligna hambre del oro arrastra a los hombres a sentimientos abyectos; con el oro se revela el hombre más que con otras cosas. Observad cuánto mal siembra este metal con su cautivador e inútil brillo. Tanta es su naturaleza infernal desde que el hombre es pecador, que Yo creo que el aire del Infierno es de color oro.

El Creador lo había dejado en las entrañas de ese enorme lapislázuli que es la Tierra, que existe por su voluntad creadora, para que le fuera útil al hombre con sus sales, y para que ornase sus templos. Pero Satanás, besando los ojos de Eva y mordiendo el yo del hombre, inoculó un sabor maléfico en el inocente metal. Desde ese momento, por el oro se mata y se peca. La mujer, por el oro, se hace coqueta y fácil para el pecado carnal; el hombre, por él, se hace ladrón, usurpador, homicida, cruel para con su prójimo y para con la propia alma porque la despoja de su verdadera herencia por darse una cosa efímera; cruel para con esa alma a la que roba el tesoro eterno por unas pocas pepitas brillantes, que con la muerte habrán de abandonarse.

Vosotros, que por el oro pecáis, más o menos levemente, más o menos gravemente; vosotros que cuanto más pecáis más os burláis de cuanto os enseñaron vuestra madre y vuestros maestros, es decir, el hecho de que existe un premio y un castigo por las acciones realizadas durante la vida; ¿no pensáis que por este pecado perderéis la protección de Dios, la vida eterna, la alegría?, ¿que tendréis remordimientos, que sentiréis la maldición de vuestro corazón, que el miedo será vuestro compañero, el miedo al castigo humano, que al fin y al cabo no es nada comparado con el miedo, santo miedo, al castigo divino, que deberíais tener y no tenéis? ¿No pensáis que, por vuestros descalabros, si desembocan en verdaderos delitos, podéis sufrir un terrible fin, y un fin aún más terrible -por ser eterno -por los atropellos cometidos por amor al oro, aun cuando no hayan producido derramamiento de sangre, si han pisoteado la ley del amor y del respeto al prójimo, negando ayuda por avaricia al que padece hambre, robando puestos, o dinero, o en los pesos, por codicia?
No. Esto no lo pensáis. Mas bien decís: "¡Todo eso son patrañas, patrañas que he aplastado bajo el peso de mi oro y ya no existen". No son patrañas, son verdades. No digáis: "Cuando muera, todo se habrá acabado". No.

Entonces todo empezará. La otra vida no es el abismo sin pensamiento ni recuerdo del pasado vivido y sin aspiración a Dios que vosotros creéis que será el tiempo de espera de la liberación del Redentor. La otra vida es espera dichosa para los justos, espera paciente para los purgantes, espera horrenda para los réprobos: para los primeros, en el Limbo; para los segundos, en el Purgatorio; para los últimos, en el Infierno. La espera de los primeros cesará con la entrada en el Cielo siguiendo al Redentor; la de los segundos, una vez cumplida aquella hora, se verá más confortada de esperanza; mas los terceros verán lobreguecer su terrible certeza de maldición eterna.

Pensadlo, vosotros que pecáis. Nunca es tarde para enmendarse. Cambiad con un verdadero arrepentimiento el veredicto que está siendo escrito en el Cielo para vosotros. Que el Seol, para vosotros, no sea infierno, sino, por voluntad vuestra, al menos, penitente espera. No tinieblas, sino crepúsculo de luz; no angustia, sino nostalgia; no desesperación, sino esperanza.

Marchaos. No tratéis de luchar contra Dios. Él es el Fuerte y el Bueno. No pisoteéis el nombre de vuestros padres. Escuchad cómo gime ese manantial, su gemido es semejante al que desgarra el corazón de vuestras madres al saber que sois unos asesinos. Escuchad el silbido del viento en el desfiladero: parece amenazar y maldecir; como os maldice vuestro padre por la vida que vivís. Escuchad el quejumbroso alarido del remordimiento en vuestros corazones. ¿Por qué queréis sufrir, si podríais sentiros serenamente satisfechos con lo poco en esta tierra y con el todo en el Cielo? ¡Pacificad vuestro espíritu! ¡Devolved la paz a los que temen, a los que se ven obligados a temeros como a animales feroces! ¡Poned paz en vuestro corazón, desdichados malhechores! Alzad vuestra mirada al Cielo, separad vuestros labios del venenoso alimento, purificaos las manos, que chorrean sangre fraterna, purificaos el corazón.

Yo tengo fe en vosotros, por eso os hablo; aunque todo el mundo os odia y teme, Yo ni os odio ni os temo; os tiendo la mano para deciros: "Levantaos. Venid. Volved a reintegraros, mansos y hombres, entre los otros hombres". Tan poco os temo, que digo a todos éstos: "Volved a vuestro descanso, sin rencor hacia estos pobres hermanos; orad por ellos; Yo me quedo aquí a mirarlos con ojos de amor. Os juro que no sucederá nada. El amor desarma a los violentos y sacia a los codiciosos. ¡Bendito sea el Amor, verdadera fuerza del mundo, fuerza desconocida pero poderosa, fuerza que es Dios".

Y, volviéndose a todos, dice:

-Volved a vuestros sitios. No temáis, porque allí ya no hay malhechores, sino hombres profundamente turbados, hombres que lloran. Quien llora no hace daño.

¡Quiera Dios que perseveren como ahora, porque significaría su redención!

222- Un secreto del apóstol Juan

Pasada Yabnia, las colinas, en dirección oeste-este respecto a la estrella polar, aumentan de altura; más lejos se ven montañas que se yerguen cada vez más altas, más altas; en la lejanía, bajo la última claridad de la tarde, se dibujan los yugos verdes y violetas de las montañas de Judea.

El día ha declinado rápidamente, como sucede en los lugares meridionales. De la orgía de rojo del ocaso, en menos de una hora, se ha pasado al primer titilar de estrellas; parece imposible que la lumbrarada solar se haya apagado tan rápidamente, anulando el color sangre del cielo con una veladura, cada vez más densa, de amatista sanguíneo, y luego un malva que va palideciendo y haciéndose cada vez más transparente para dejar entrever un cielo irreal, no azul, sino verde pálido, que poco después se ensombrece para adquirir un color glauco como de avena nueva, preludio del añil que reinará en la noche recamándose de diamantes, como un manto regio. Y las primeras estrellas sonríen ya por el oriente, junto a un cuarto de luna creciente. La tierra exulta cada vez más, con hilaridad verdaderamente paradisíaca, bajo la luz de los astros y en el silencio de los hombres. Ahora cantan las cosas que no pecan: los ruiseñores; las aguas con su arpegio; el follaje con su frufrú; los grillos, lisonjeros; los sapos, que hacen acompañamiento de oboe cantando al rocío. Quizás cantan también arriba las estrellas (ellas están más cerca de los ángeles que nosotros)… El calor ardiente se va desvaneciendo en el aire de la noche húmeda de rocío (¡qué grato a la hierba, al hombre, a los animales!).

Jesús ha estado esperando a los apóstoles al pie de una colina -Juan ha ido a buscarlos a Yabnia y ha vuelto con ellos -y ahora está hablando apretadamente con Judas Iscariote (le entrega unas bolsas con monedas y le da instrucciones sobre cómo repartirlas). Detrás de Él está Juan, que tiene el macho cabrío y que guarda silencio, entre Simón Zelote y Bartolomé, que hablan de Yabnia, donde han demostrado su coraje Andrés y Felipe. Más atrás todavía, en grupo, todos los demás (es un grupo vocinglero, que está haciendo como un resumen de las aventuras corridas en tierras filisteas y que muestra claramente su alegría por el ya próximo regreso a Judea para Pentecostés).

-Pero, ¿vamos a ir inmediatamente? -pregunta Felipe, muy cansado ya de la rápida marcha sobre arenas abrasadoras.
-Eso ha dicho el Maestro.

-Ya lo has oído -responde Santiago de Alfeo.
-Mi hermano lo sabe, sin duda, pero parece como ido. Lo que han hecho durante estos cinco días es un misterio -dice Santiago de Zebedeo.

-Sí. No aguanto más la curiosidad… al menos como premio por la… purga que hemos pasado en Yabnia: cinco días en que uno tenía que estar atento a cada una de las palabras que pronunciaba, a cada mirada y a cada paso que daba, para no verse metido en un apuro -dice Pedro.

-Pero nos ha salido bien. Ya empezamos a saber -dice contento Mateo. -La verdad… yo me he echado a temblar dos o tres veces. ¡Ese bendito muchacho de Judas de Simón!… ¿Pero es que no va a aprender nunca a moderar sus maneras? -dice Felipe. -Cuando sea viejo. De todas formas, pensemos que lo hace con buen fin. Ya has oído; el mismo Maestro lo ha dicho. Lo hace por celo… -dice Andrés tratando de justificarlo. -¡Venga hombre! El Maestro ha dicho eso porque es la Bondad y la Prudencia, pero no creo que lo apruebe -dice Pedro.
-Él no miente -objeta Judas Tadeo.

-No, mentir no, pero sabe dar a sus respuestas toda la prudencia que nosotros no sabemos dar, y dice la verdad sin hacer sangrar el corazón de ninguno, sin despertar resentimientos, sin dar pie a censuras. ¡Claro! ¡El es Él! -suspira Pedro.

Una tregua de silencio mientras van caminando bajo la claridad cada vez más nítida de la luna. Luego Pedro dice a Santiago de Zebedeo:

-Mira a ver, llama a Juan. No sé por qué no quiere estar con nosotros».

-Yo te lo puedo decir: porque sabe que si está con nosotros lo vamos a ahogar con nuestro deseo de saber -responde Tomás.

-¡Claro! Por eso va con los dos más prudentes y sabios ̀ confirma Felipe.
-Bueno, de todas maneras. ¡Anda, Santiago, inténtalo!» insiste Pedro.

Entonces Santiago, condescendiente, llama a Juan, tres veces, pero éste o no oye o hace como que no oye; el que se vuelve es Bartolomé, y Santiago le dice:
-Di a mi hermano que venga -y luego dice a Pedro: «De todas formas no creo que averigüemos nada».

Juan, obediente, va donde ellos inmediatamente y pregunta:
-¿Qué queréis?

-Saber si de aquí se va directamente a Judea -dice su hermano.

-Eso es lo que ha dicho el Maestro: No quería casi retroceder desde Ecrón. Quería mandarme a mí por vosotros, pero al final ha pre-ferido venir hasta las últimas pendientes… Total, también por aquí se va a Judea.
-¿Hacia Modín?
-Hacia Modín.

-Es camino de malhechores, que esperan a las caravanas para asaltarlas; es inseguro -objeta Tomás.
-Pero… ¡yendo con Él!… ¡Nada se le resiste!…». Juan alza hacia el cielo un rostro extasiado quién sabe en qué recuerdos, y sonríe. Todos los presentes lo observan y Pedro dice:

-Juan, ¿tienes esa expresión porque estás leyendo una historia feliz en el cielo estrellado?
-¿Yo? No…

-¡Venga, hombre! Hasta las piedras ven que estás lejos del mundo. Dinos lo que te ha sucedido en Ecrón.
-Nada, Simón, nada; te lo aseguro. Si hubiera sucedido algo penoso, no estaría contento. -No penoso, todo lo contrario… ¡Venga! ¡Habla! -¡Pero si no tengo nada que contar que no haya dicho ya Él! Han sido buenos, propios de personas asombradas por los milagros. Eso es todo. Es exactamente como ha dicho Él.

-No -Pedro menea la cabeza -, no, no sabes mentir. Eres limpio como agua de manantial. No. Cambias de color. Te conozco desde que eras niño. Jamás podrás mentir; por incapacidad de tu corazón, de tu pensamiento, de tu lengua, y hasta de tu piel, que cambia de color. Por eso te quiero tanto, y te he querido siempre mucho.

¡Venga, hombre, ven aquí, con tu viejo Simón de Jonás, con tu amigo! ¿Te acuerdas de cuando eras niño? Yo era ya un hombre. ¿Te acuerdas con qué mimo te trataba? Querías oírme contar historias, y querías barcas de corcho, "que no naufragaban nunca" -decías -y que te servían para ir lejos… Como ahora, que te vas lejos y dejas en la orilla al pobre Simón. Y tu barca no naufragará jamás; se aleja, colmada de flores, como las que echabas a navegar, de niño, en Betsaida, para que el río las llevara al lago, y se marcharan lejos. ¿Te acuerdas? Juan, yo te quiero. Todos te queremos. Eres nuestra vela, nuestra barca que no naufraga; navegamos siguiendo tu estela. ¿Por qué no nos hablas del prodigio de Ecrón?

Pedro mientras hablaba tenía ceñida con un brazo la cintura de Juan, el cual trata de eludir la pregunta diciendo:

-Y tú, que eres la cabeza, ¿por qué no hablas a las muchedumbres con esta intensidad persuasiva que usas conmigo? Ellas necesitan que se las convenza, no yo.
-Porque contigo me siento a mis anchas. Yo te quiero a ti, a las muchedumbres no las conozco -dice Pedro como justificación.

-Y no las amas. Ése es tu error. Ámalas aunque no las conozcas. Dite a ti mismo: "Son de nuestro Padre". Verás como te parecerá conocerlas y las amarás. Ve en cada uno de los que componen esas muchedumbres a otro Juan…

-¡Parece fácil! Como si tú, niño eterno, pudieras ser intercambiado con las áspides o los puercoespines.
-¡Yo soy como todos!

-No, hermano, no eres como todos. Nosotros -menos, quizás, Bartolomé, Andrés y el Zelote -habríamos dicho ya hasta a la hierba lo que nos hubiera sucedido que nos hiciera dichosos. Tú, sin embargo, guardas silencio. Pero, a mí, que soy tu hermano mayor, debes decírmelo. Soy para ti como un padre -dice Santiago de Zebedeo.

-El Padre es Dios, el Hermano es Jesús, la Madre es María…

-¿De forma que la sangre para ti ya no cuenta nada? -dice Santiago levantando inquieto la voz.

-No te alteres. Yo bendigo la sangre y el seno que me formaron: padre y madre. Y te bendigo a ti, hermano de mi misma sangre. Pero, a los primeros porque me han engendrado y sustentado para darme la posibilidad de seguir al Maestro, y a ti porque lo sigues. A nuestra madre, desde que es discípula, la amo de dos formas: como hijo, con la carne y la sangre; como condiscípulo suyo, con el espíritu. ¡Qué alegría estar unidos en el amor a Él!…

Jesús, al oír la voz nerviosa de Santiago, ha vuelto y las últimas palabras lo iluminan acerca de la cuestión.
-Dejad tranquilo a Juan. Es inútil que lo atormentéis, tiene muchos puntos en común con mi Madre, no hablará.

-Pues entonces dilo Tú, Maestro -suplican todos.
-Bien. Mirad, he llevado conmigo a Juan porque era el más adecuado para lo que quería hacer. A mí me ha servido de ayuda y él se ha perfeccionado. Eso es.

Pedro, Santiago el hermano de Juan, Tomás y Judas Iscariote se miran y, desilusionados, tuercen un poco la boca. Judas Iscariote no se limita a quedar desilusionado y dice:

-¿Por qué perfeccionarlo a él si ya es el mejor?
Jesús le responde:

-Tú dijiste: "Cada uno tiene su modo, y lo usa". Yo tengo el mío. Juan el suyo, muy parecido al mío. El mío no puede perfeccionarse, el suyo sí, y esto es lo que quiero porque es justo que sea así. Así que por este motivo lo he tomado conmigo. Necesitaba a uno que tuviera ese modo y ese corazón suyos. Por tanto, ni malos humores ni curiosidad.

Vamos a Modín. La noche está serena, fresca y luminosa. Caminaremos mientras haya luna, luego dormiremos hasta el alba. Llevaré a los dos Judas a venerar las tumbas de los Macabeos, cuyo nombre glorioso llevan.

-¿Solos contigo? -dice Judas Iscariote todo contento.
-No. Con todos. Pero la visita a la tumba de los Macabeos es para vosotros, para que los sepáis imitar sobrenaturalmente con luchas y victorias en un campo enteramente espiritual.

221- Los prejuicios de los apóstoles respecto a los paganos y la parábola del hijo deforme

-¡De Yabnia vamos a ir a Ecrón? -preguntan mientras van a través de unos feracísimos campos en que el trigo duerme su último sueño bajo el fuerte sol que lo ha madurado, extendido en gavillas por los campos segados y tristes, inmensos lechos de muerte, ahora que ya no están vestidos de espigas sino poblados de despojos a la espera de ser transportados a otro lugar.

Mas, si los campos están desnudos, los manzanos se visten de fiesta, con sus frutos que se dan prisa en madurar, que pasan del verde duro del fruto aún demasiado joven al tierno, amarillento, rosado, brillante como cera, del fruto que ya madura; y la piel elástica de los higos se rompe y abren éstos su cofre, su dulcísimo cofre de fruto-flor, y muestran, tras la fisura verde­blanca, o morada y blanca, la gelatina transparente, salpicada de granitos más oscuros que la pulpa. Los olivos, ante un vientecillo ligero, bambolean entre el verdeplata de sus ramas sus ovales gotas de jade colgadas del sutil pecíolo.

Los solemnes nogales mantienen, duros y erguidos en su pedúnculo, sus frutos, y los van engrosando bajo la felpa del ruezno; los almendros están terminando de madurarlos, bajo el involucro que ya frunce su terciopelo y cambia de color. Las vides abultan sus uvas; ya algún que otro racimo, en posición favorablemente orientada, anuncia tímidamente el topacio transparente y el futuro rubí del grano maduro. Las cácteas de la llanura o de las primeras pendientes exultan por los adornos, cada día que pasa más vivos, de los óvalos de coral que un decorador alegre ha posado caprichosamente en lo alto de las carnosas palas, que parecen manos, muchas manos, dentro de fundas espinosas, que elevan al cielo los frutos que ellas mismas han nutrido y madurado.

Palmeras aisladas y tupidos algarrobos recuerdan ya mucho a la cercana África: las primeras suenan las castañuelas de sus hojas duras, dispuestas en forma de peine curvo; los otros se han vestido de esmalte verde oscuro, y están engallados, señoriales con ese vestido suyo tan hermoso.

Cabras bermejas y negras, altas, gráciles, de largos cuernos retorcidos y ojos dulces y penetrantes, comen las cácteas, asaltan las carnosas pitas, esos enormes pinceles de hojas duras y espesas que, semejantes a alcachofas abiertas, desde el centro de su corazón, extraen, poderosos, el candelabro de siete brazos, digno de una catedral, de su tallo gigante, en cuyo ápice flamea su flor amarilla y roja de delicado perfume.

África y Europa se dan la mano vistiendo la tierra de bellezas vegetales. En cuanto el grupo apostólico deja la llanura para tomar el sendero que trepa por una colina literalmente cubierta de viñedos, por esta pendiente que mira al mar ­pendiente rocosa, calcárea, en la cual la uva creo que debe ser verdaderamente preciada, por mutación de su jugo en almíbar -, el mar, mi mar, el mar de Juan, de Dios, deja ver su desmesurado manto de seda crespa y azul, y habla de lejanías, de infinito, de poder, cantando con el cielo y el Sol: el trío de las glorias creadoras.
Y la llanura toda se abre, con toda su ondulada belleza de tímidas elevaciones de pocos metros que se alterna con zonas llanas y dunas de oro, hasta las ciudades y pueblos de la orilla del mar, blancos en el marco azul.

-¡Qué hermosura! ¡Qué hermosura! -susurra, extasiado, Juan.

-¡Mi Señor!… este muchacho vive de azul; deberás destinarlo a ello. ¡Es como si viera a su amada cuando ve el mar! ­dice Pedro, que no ve mucha diferencia entre agua marina y lacustre. Y ríe con bondad.

-Ya está destinado, Simón. Todos tenéis ya vuestro destino.
-¡Pues qué bien! ¿Y a mí a dónde me vas a mandar?
-¡Ah, tú…!.
-¡Anda, dímelo!
-A un lugar más grande que tu ciudad y la mía y Magdala y Tiberíades juntas».
-Pues me voy a perder.

-No temas. Parecerás una hormiga en un esqueleto de grandes dimensiones; pero, yendo y viniendo, incansable, resucitarás a ese esqueleto.

-No entiendo nada… Sé más explícito.

-¡Ya entenderás, ya entenderás!… -y Jesús sonríe.
-¿Y yo? ¿Y yo? -todos quieren saber lo mismo.
Jesús se agacha -están en la orilla guijarrosa de un torrente que lleva todavía mucha agua en su centro -y coge del suelo un puñado de grava muy fina, la tira hacia arriba y cae diseminándose en todas las direcciones. Dice:
-Esto es lo que pienso hacer; mirad, sólo una piedrecita ha terminado entre mi pelo. Pues bien, vosotros seréis diseminados así.

-Y Tú, hermano, representas Palestina, ¿verdad? -pregunta serio Santiago de Alfeo.
-Sí.
-Quisiera saber quién será el que se quede en Palestina -pregunta otra vez Santiago.
-Ten esta piedrecita. Como recuerdo -y Jesús le da a su primo Santiago el granito de grava que se le había quedado enredado entre sus cabellos, y sonríe.
-¡¿No podrías dejarme a mí en Palestina? Yo soy el más indicado, porque soy el menos cultivado y, en nuestra casa, más o menos me arreglo, ¡pero fuera…! -dice Pedro.

-Pues tú eres, al contrario, el menos indicado para quedarte aquí. 'Tenéis un prejuicio contra el resto del mundo. Creéis que es más fácil evangelizar en país de fieles que de idólatras y gentiles, y, sin embargo, la realidad es exactamente la contraria. Meditad en lo que nos ofrecen las clases altas de la verdadera Palestina, y, aunque menos, también el pueblo común; pensad luego que aquí -lugar de odio al nombre "Palestina" y de desconocimiento del nombre "Dios" en su verdadera expresión ­hemos sido acogidos al menos no peor que en Judea, Galilea o la Decápolis. Reflexionad en esto y veréis como caen vuestros prejuicios; comprenderéis que es exacto esto que digo, o sea, que es más fácil convencer a los que ignoran al Dios verdadero que no a los del pueblo de Dios, sutilmente idólatras, culpables, que orgullosamente se creen perfectos y que quieren seguir siendo como son.

¡Cuántas gemas, cuántas perlas ve mi mirada donde vosotros no veis sino tierra y mar! La tierra de las multitudes que no son Palestina; el mar de la Humanidad que no es Palestina: como mar, no espera sino recibir a los buscadores de perlas, para ofrecérselas; como tierra, que escarben en ella para dejarse arrebatar las gemas. En todas partes hay tesoros, pero hay que buscarlos. Todo terruño puede esconder un tesoro y dar alimento a una semilla, como también toda profundidad puede celar una perla. ¿O es que pretendéis que el mar revuelva su fondo con terribles borrascas para arrancar de los placeles las madreperlas, y abrirlas con las embestidas de sus embravecidas olas, para ofrecerlas luego en la playa a los perezosos que no quieren esforzarse o a los pusilánimes que no quieren correr peligros? ¿Pretendéis, acaso, que la tierra, sin semilla alguna, haga crecer un árbol de un grano de arena para daros frutos? No, amigos míos. Es necesario esforzarse, trabajar, tener coraje. Sobre todo, huelgan los prejuicios.

Sé que desaprobáis, quién más, quién menos, este viaje por tierras de filisteos. Ni siquiera las glorias que estas tierras rememoran, las glorias de Israel que narran estos campos fecundados con la sangre hebrea derramada para hacerlo grande, o las ciudades arrebatadas una a una de las manos de sus detentadores, para coronar a Judá y constituir una nación poderosa; ni siquiera ello basta para despertar vuestra estima por este peregrinaje; ni siquiera es suficiente la idea de preparar el terreno para recibir el Evangelio, y la esperanza de salvar espíritus. No incluyo esta última entre las razones que someto a vuestra consideración para que veáis la justicia de este viaje: sería un pensamiento, hoy por hoy, demasiado alto para vosotros, si bien llegará el día en que lo comprendáis. En aquel momento diréis: "Creíamos que era un capricho, una pretensión, poco amor del Maestro para con nosotros, el hacernos ir tan lejos por un camino largo y penoso y arriesgando pasar momentos muy desagradables; sin embargo, era amor, previsión, era allanarnos el camino, para ahora que ya no lo tenemos y que nos sentimos más desorientados; porque cuando estaba Él éramos como sarmientos que crecíamos en todas las direcciones pero sabiendo que la cepa nos nutría y que teníamos al lado el palo robusto que nos podía sujetar, mientras que ahora somos sarmientos que deben crear por sí mismos una pérgola, nutriéndose, sí, de la cepa de la vid, pero sin el madero en que apoyarse". Esto es lo que diréis, y entonces me lo agradeceréis.

Y, además… ¿es que, acaso, no es hermoso ir dejando a nuestro paso destellos de luz en tierras envueltas en tinieblas, notas sonoras en corazones mudos, corolas celestiales en almas yermas como desiertos, perfumes de verdad para anular el hedor de la Mentira, sirviendo y dando gloria a Dios, y además hacerlo juntos, así, Yo y vosotros, vosotros y Yo, el Maestro y los apóstoles, formando todos un solo corazón, un solo deseo, una sola voluntad? ¡Oh, que la esperanza y el deseo y el hambre de Dios consisten en querer que sea conocido y amado, en querer reunir a todas las gentes bajo su dosel y que estén todos donde Él está! ¡Y son la misma esperanza, deseo y hambre de los espíritus, los cuales no son de razas distintas sino de una sola: la creada por Dios! Siendo todos hijos de Uno solo, tienen los mismos deseos, esperanzas, hambre, del Cielo, de la Verdad, del Amor real…

Se diría que siglos de error han cambiado el instinto de los espíritus, pero no es así. El error envuelve a las mentes, porque éstas están fundidas con la carne y se resienten del veneno inoculado por Satanás en el animal hombre. De la misma forma, el error puede envolver también al corazón, pues, como aquéllas, está injertado en la carne y se resiente de su veneno. Una triple concupiscencia roe respectivamente la carne, el sentimiento y el pensamiento. Mas el espíritu no está injertado en la carne. Podrá sufrir un aturdimiento a causa de los golpes que le lanzan Satanás y la concupiscencia; podrá quedar casi ciego a causa de los baluartes carnales y de las salpicaduras de la sangre hirviente del animal-hombre en que ha sido infundido. Sí, pero no cambiará su aspiración al Cielo, a Dios. No puede cambiar.

¿Veis el agua pura de este torrente?: ha descendido del cielo y al cielo tornará por evaporación de las aguas bajo el efecto del viento y el sol. Baja y vuelve a subir. El elemento no se consume sino que torna a los orígenes. El espíritu torna a los orígenes. Esta agua que corre entre las piedras, si pudiera hablar, os diría que aspira a volver arriba, para -impulsada por el viento, blanda, blanca, o rosada a la aurora, cobre encendido al ocaso, violeta como una flor en los crepúsculos ya estrellados ­surcar los hermosos campos del firmamento; os diría que querría ser tamiz para las estrellas que se asoman por los claros de los cirros, para que recordasen a los hombres el Cielo; o hacer de velo a la Luna para que no vea las fealdades nocturnas… Sí, os diría que aspira a volver arriba, antes que estar aquí, encerrada entre los bordes de las orillas, amenazada de convertirse en barro, obligada a saber de los connubios de culebras y ranas, cuando lo que desea vehementemente es la libertad solitaria de la atmósfera. Lo mismo los espíritus; si tuvieran el valor de hablar, dirían todos lo mismo: "¡Dadnos a Dios! ¡Dadnos la Verdad!". Pero no lo dicen porque saben que el hombre o no advierte o no comprende o ridiculiza esta súplica de los "grandes mendigos", de los espíritus que con tremenda hambre -hambre de Verdad -buscan a Dios.

Estas gentes idólatras, estos romanos, estos ateos, estos desdichados que nos vamos encontrando en nuestro camino, y que siempre encontraréis, éstos -denigrados sus deseos de Dios, por política, por egoísmo familiar, o por herejía que radica en un corazón corrompido y prolifera en las naciones -, éstos tienen hambre. ¡Tienen hambre! Y Yo, piedad de ellos. ¿Podría no sentir piedad, Yo, que soy el que soy? Si doy el alimento necesario, por piedad, al hombre y al gorrión, ¿no habría de tener piedad con los espíritus a los que se han puesto obstáculos para ser del verdadero Dios, y que extienden sus brazos gritando:

"¡Tenemos hambre!'? ¿Creéis que son malos, salvajes, incapaces de llegar a amar la religión de Dios y a Dios mismo? Pues estáis en un error. Son espíritus que esperan amor y luz.

Esta mañana nos ha despertado el balido agresivo del macho cabrío, que quería alejar a ese perro grande que ha venido a olfatearme. Os habéis echado a reír al ver que orientaba sus cuernos, amenazador, hacia el perro, tras haber roto la delgada cuerda con que estaba atado al árbol bajo el que dormíamos, habiéndose puesto de un salto entre el perro y Yo, sin pensar que en la desigual liz por defenderme a mí el maloso le habría podido atacar y lo habría degollado. Pues lo mismo estos pueblos, que veis como machos cabríos salvajes, sabrán defender la fe de Cristo una vez que hayan conocido que Cristo es Amor que los invita a seguirlo. Sí, los invita. Y vosotros debéis ayudarles a venir.

Escuchad una parábola.

Un hombre se casó y tuvo muchos hijos de su mujer. Pero, uno de éstos nació con deformidades físicas; parecía, además, de raza distinta. El hombre lo consideró un deshonor y no lo amó, a pesar de que la criatura fuera inocente. El niño creció desatendido, apartado con los últimos siervos (en efecto, se le juzgaba inferior a sus hermanos). No tenía madre -pues había muerto al darle a luz -que pudiera moderar la dureza del padre, o impedir la burla de sus hermanos, o corregir las ideas equivocadas que nacían en la mente salvaje del niño: una pequeña fiera mal soportada en la casa de los otros hijos bien queridos.

El niño, así, se hizo hombre. Entonces su razón, que, aunque se hubiera desarrollado con retardo, había llegado a la madurez, comprendió que no era ser hijo vivir en las cuadras, recibir un mendrugo de pan y un andrajo, y nunca un beso, una palabra, una invitación a entrar en la casa paterna… Y sufría, sufría, lamentándose en su cuchitril: "¡Padre! ¡Padre!". Mordía su pan, pero continuaba la gran hambre de su corazón; se cubría con sus andrajos, pero seguía el gran frío de su corazón; tenía como amigos a los animales y a algunas personas compasivas del pueblo, pero su corazón estaba solo. "¡Padre! ¡Padre!"… Lo oían gemir siempre así, como fuera de sí, los siervos, los propios hermanos, sus paisanos; y lo llamaban "el loco".
Por fin, un día uno de los siervos tuvo el coraje de ir a verlo -estaba casi convertido en una fiera -y le dijo: "¿Por qué no

te arrojas a los pies de tu padre?". "Lo haría. Pero no me atrevo…". "¿Por qué no vienes a la casa?” "Tengo miedo.” "Pero,¿desearías hacerlo?” "¡Sí, ciertamente! Es de esto de lo que tengo hambre, ésta es la causa del frío que paso, por eso me siento solo como en un desierto; pero no sé cómo se vive en la casa de mi padre". Entonces el siervo bueno se puso a instruirle, a hacer que tuviera mejor aspecto, a quitarle el terror a que su padre le tuviera aversión, diciéndole: "Tu padre te querría a su lado, pero no sabe si tú lo quieres, porque siempre lo evitas… Quita a tu padre el remordimiento de haber actuado demasiado severamente y su dolor de verte errante. Ven. Tus hermanos tampoco tienen ya intención de burlarse de ti porque les he referido tu dolor".

Y así el pobre hijo, una tarde, guiado por el siervo bueno, fue a la puerta paterna, y gritó: "¡Padre, yo te quiero! ¡Déjame entrar!…". El padre, que, viejo y triste, pensaba en su pasado y en su futuro eterno, sintió un sobresalto cuando oyó esa voz, y dijo: "¡Oh, mi dolor se aplaca al fin, porque en la voz de mi hijo deforme he oído la mía, y su amor prueba que es sangre de mi sangre y carne de mi carne! Entre, pues, a ocupar su lugar junto a sus hermanos. ¡Bendito sea el siervo bueno que ha hecho posible que mi familia se completase, integrando al hijo repudiado con todos mis otros hijos".

Ésta es la parábola. Ahora bien, al aplicarla debéis pensar que el Padre de los deformes espirituales -que son los cismáticos, los herejes, los separados -, Dios, se ha visto obligado a la severidad por las deformidades voluntarias que ellos mismos han querido. Pero su amor jamás ha abdicado. Los espera. Llevadlos a él. Es vuestro deber.

Os he enseñado a decir: "Danos hoy nuestro pan, Padre nuestro". Pero, ¿sabéis qué significa "nuestro"? No quiere decir vuestro en el sentido de vosotros doce. No es vuestro como discípulos de Cristo, sino vuestro como hombres. He puesto en vuestros labios la oración por todos. Por todos los hombres: los presentes y los que vendrán; los que conocen a Dios y los que no lo conocen; los que aman a Dios y a su Cristo y los que no lo aman o lo aman mal. Éste es vuestro ministerio. Vosotros, que conocéis a Dios, a su Cristo, y los amáis, debéis orar por todos.

Os he dicho que mi oración es universal, durará cuanto dure la tierra. Pues bien, vosotros debéis orar universalmente, uniendo vuestras voces de apóstoles y vuestros corazones de discípulos de la Iglesia de Jesús a las voces y a los corazones de los que pertenezcan a otras iglesias, cristianas pero no apostólicas. Y tenéis que insistir, porque sois hermanos -vosotros en la casa del Padre, ellos fuera de la casa del Padre común, con su hambre, su nostalgia… -hasta que se les conceda, como a vosotros, el "pan" verdadero, que es el Cristo del Señor, administrado en las mesas apostólicas, no en otras donde está mezclado con, alimentos impuros. Tenéis que insistir hasta que el Padre diga a estos hermanos "deformes": "Mi dolor se aplaca, porque en vosotros, en vuestra voz, he oído la voz y las palabras de mi Unigénito y Primogénito.

¡Benditos sean los siervos que os han traído a la Casa de vuestro Padre para que quedara completa mi Familia". Sois siervos de un Dios infinito y tenéis que poner la infinitud en todas vuestras intenciones.

¿Habéis comprendido? Ahí se ve Yabnia. En una ocasión pasó por este lugar el Arca para ir a Ecrón, pero esta ciudad no pudo custodiarla y la envió a Betsemes. El Arca vuelve a Ecrón. Juan, ven conmigo. Vosotros quedaos en Yabnia.

Sabed reflexionar y hablar. La paz esté con vosotros.
Y Jesús se marcha con Juan y con el macho cabrío, el cual, balando, le sigue como un perro.

220- Los idólatras de Magdalgad y la curación milagrosa de la parturienta

Ascalón y sus huertas son ya sólo un recuerdo. En las horas frescas de una espléndida mañana, dando la espalda al mar, Jesús, con los suyos, se dirige hacia las colinas enteramente verdes, poco altas pero graciosas, que se elevan en la feraz llanura. Los apóstoles, descansados y satisfechos, están llenos de contento; van hablando de Ananías, de sus esclavas, de Ascalón, del jaleo que había en la ciudad cuando volvieron para llevar los denarios a Dina.

-Estaba escrito que tenía que experimentar los apretones de los filisteos. Se podría decir que el amor y el odio tienen las mismas manifestaciones. Yo, que no había tenido que sufrir por el odio de los filisteos, por poco si me hieren por el amor; faltó poco para que los que estaban exaltados por el milagro nos apresaran para obligarnos a decirles dónde estaba el Maestro.

¡Qué forma de chillar! ¿Verdad, Juan? La ciudad hervía como un caldero. Los que estaban agitados no querían atender a razones, buscaban a los judíos para darles de palos; los agraciados, o sus amigos, querían persuadir a los primeros de que por la ciudad había pasado un dios. ¡Qué barullo! Tienen para discutir durante meses; lo malo es que discuten más con estacas que con palabras.

¡Bueno… son cosas suyas! ¡Que hagan lo que quieran! -dice Tomás.

-De todas formas, no son malos… -observa Juan.

-No. Lo único es que están cegados por muchas cosas -responde Simón Zelote.

Jesús, durante un buen trecho de camino, no habla. Luego dice -Mirad, voy a ir a aquel pueblecillo del monte; vosotros proseguid hacia Azoto. Sed prudentes, amables, delicados, pacientes. Aunque os injurien, soportadlo con paz, como ayer hizo Mateo, y Dios os ayudará. A la puesta del sol salid, id al estanque que está en los aledaños de Azoto. Allí nos encontraremos.

-Señor, ¡no te dejo ir solo! -exclama Judas Iscariote -¡Son gente violenta!… Es una imprudencia.

-No temáis nada por mí. Ve, ve, Judas, y sé tú prudente. Adiós La paz sea con vosotros.

Los doce se marchan, si bien no demasiado entusiastas. Jesús se queda mirándolos mientras se alejan, luego toma el sendero fresco y umbrío que lleva a la colina (un collado cubierto de bosques de olivos, nogales, higueras, y de viñedos bien cuidados que ya prometen pingüe cosecha). En los rellanos hay pequeñas parcelas dedicadas a cereales, mientras que en las zonas de pendiente pacen cabras rubias en la hierba verde.

Jesús llega a las primeras casas del pueblo. Estando ya para entrar en él se topa con un extraño cortejo: mujeres gritando y clamor de hombres alternándose en una verdadera composición fúnebre, todos haciendo una especie de danza en torno a un macho cabrío, que camina con los ojos vendados y recibiendo golpes, y que ya sangra por las rodillas por haber tropezado y haber caído sobre las piedras del sendero: luego otro grupo, también con su vocerío y sus gritos, que se mueve inquieto alrededor de un fetiche esculpido, verdaderamente muy feo, manteniendo alzadas unas páteras con brasas encendidas que alimentan echando encima resinas y sal -por lo menos me lo parece, porque las primeras despiden un olor a trementina y la segunda crepita como hace la sal-; un último grupo va alrededor de un santón, ante el que continuamente se arrodillan gritando: «¡Por tu fuerza!» (hombres), « ¡sólo tú lo puedes!» (mujeres), «¡ora al dios!» (hombres), «¡rompe el sortilegio!» (mujeres), « ¡da la orden a la matriz!», «¡salva a la mujer!»… y luego, todos juntos, con un alarido de aquelarre: « ¡Muerte a la maga!»… y vuelven a empezar, con la variante: «Por tu fuerza!», «¡sólo tú lo puedes!», «da la orden al dios!», «¡que haga ver!», «¡da la orden al macho cabrío!», «¡que diga dónde está la maga!»… y, con un alarido de réprobos: «¡Que odia la casa de Fara!».

Jesús para a uno del último grupo y pregunta con dulzura:
-¿Qué está sucediendo? Soy forastero…

El hombre, puesto que la procesión se ha detenido un momento para golpear al macho cabrío, echar resina en las brasas y coger aliento, explica:

-La mujer de Fara, el primero de Magdalgad, está muriendo de parto. Una que la odia le ha lanzado un maleficio. Sus entrañas se han anudado y el hijo no puede nacer. Estamos buscando a la maga para matarla. Sólo así la mujer de Fara se salvará. Si no encontramos a la maga, sacrificaremos el macho cabrío para impetrar misericordia de la diosa Madre» (¡se ve que ese espantajo es una diosa!…).

-Deteneos. Yo puedo curar a la mujer y salvar al niño. Decídselo al sacerdote -dice Jesús al hombre y a otros dos que entretanto se habían acercado.
-¿Eres médico?
-Más que médico.

Los tres hombres se abren paso entre la muchedumbre y se llegan hasta el sacerdote idólatra. Le hablan. La voz corre. La procesión, que había reanudado la marcha, se detiene.

El sacerdote, solemne con sus andrajos multicolores, hace una seña a Jesús y dice en tono imperativo:
-¡Joven, ven aquí!

Cuando Jesús llega a él añade:

-¿Es verdad lo que dices? Ten en cuenta que si lo que dices no se cumple pensaremos que el espíritu de la maga se ha personificado en ti y te mataremos en vez de a ella.
-Es verdad. Llevadme inmediatamente a donde la mujer. Entretanto, dadme el macho cabrío, que me hace falta. Quitadle la venda y traédmelo aquí.

Llevan a Jesús al pobre animal, aturdido, tambaleándose, sangrando, y Jesús le acaricia su tupido pelo negro.
-Pero es preciso que me obedezcáis sin reserva alguna. ¿Lo vais a hacer?

-¡Sí! -grita la muchedumbre.
-Vamos. Dejad de gritar, dejad de quemar resina. Lo ordeno.

Se ponen en marcha. Entran en el pueblo. Por una calle, la mejor, se dirigen hacia una casa construida en medio de un pomar. Gritos y llantos salen a través de la puerta abierta de par en par; lúgubre, destaca el atroz lamento de la mujer que no puede dar a luz a su hijo.

Corren a advertir a Fara, el cual acude, térreo, desgreñado, entre mujeres que lloran e inútiles santones que vienen quemando incienso y hojas en unas páteras de cobre.
-« ¡Salva a mi mujer!», « ¡salva a mi hija!», « ¡sálvala, sálvala!» -gritan sucesivamente el hombre, una anciana, la muchedumbre.

-La salvaré, y también a tu hijo, porque es varón, y además espléndido, con dos dulces ojos del color de la aceituna cuando madura, y su cabeza recubierta de cabellos negros como esta lana.

-¿Cómo lo sabes? ¿Es que ves, acaso, el interior de las entrañas?

-Todo lo veo y lo penetro. Todo lo conozco. Todo lo puedo. Soy Dios.

Si hubiera enviado un rayo habría hecho menos efecto. Todos se echan al suelo como muertos.

-Alzaos. Escuchad. Yo soy el Dios poderoso y no tolero delante mí a otros dioses. ¡Encended una hoguera y arrojad a ella la estatua». La muchedumbre se rebela. Empieza a dudar de ese "dios" misterioso que ordena quemar a la diosa. Los más exaltados son los sacerdotes.

Pero Fara y la madre de la mujer, que están angustiados por la vida de ésta, se oponen a la muchedumbre hostil; como Fara es el primero de la ciudad, la muchedumbre contiene su ira. De todas formas, el hombre pregunta:

-¿En virtud de qué puedo creer que eres un dios? Dame un signo de ello y mandaré que se haga lo que deseas.
-Mira. ¿Ves las heridas de este macho cabrío? ¿Están abiertas, verdad?, ¿sangran, verdad?, ¿este animal está moribundo, no? Pues bien, no quiero que esto suceda… ¿Ves? Mira.

El hombre sé inclina a mirar… y grita:

-¡No tiene heridas! -y se arroja al suelo suplicante: « ¡Mi mujer, mi mujer!».

Mas el sacerdote que venía en la procesión dice:

-¡Cuidado, Fara! ¿No sabemos quién es éste! ¡Teme la venganza de los dioses!

El hombre se ve entre dos sentimientos de temor: los dioses, su esposa… -Pregunta:

-¿Quién eres?

-Yo soy el que soy, en el Cielo y en la tierra. Toda fuerza me está sujeta, ningún pensamiento me es secreto. Los que viven en el Cielo me adoran, los que están en el Infierno me temen, y los que crean en mí verán todo prodigio cumplido.

-¡Yo creo! ¡Creo!… ¡Cuál es tu Nombre?

-Jesucristo, el Señor encarnado. ¡Ese ídolo! ¡A las llamas! ¡No soporto dioses en mi presencia! ¡Apagad esos turíbulos! ¡Sólo mi Fuego puede y quiere! ¡Obedeced! ¡Si no, os reduzco a cenizas vuestro vano ídolo y me voy sin hacer la curación!

Jesús se muestra terrible, con su indumento de lino, pendiéndole de los hombros el manto azul, que roza el suelo, el brazo en alto en ademán imperativo, fulgurante el rostro. La gente siente miedo de Él. Ya nadie habla… En el silencio, se oye el grito, cada vez más apagado, cada vez más desgarrador, de la mujer, que está sufriendo. Pero no se resuelven a obedecer.

El rostro de Jesús cada vez se hace más irresistible para los que lo miran; es verdaderamente un fuego que quema las cosas y las entrañas de los corazones. Las páteras de cobre son las primeras que sufren su voluntad. Los que las sujetan las tienen que soltar porque no resisten su ardor.

Y, no obstante, las brasas se ven apagadas… Luego son los que llevan el ídolo quienes tienen que posar en el suelo las andas que llevaban apoyadas por las barras sobre los hombros, porque la madera se está carbonizando como lamida por una misteriosa llama. En cuanto las depositan en el suelo, las angarillas del ídolo comienzan a arder. La gente huye aterrorizada…

Jesús se vuelve a Fara:

-¿Puedes creer realmente en mi poder?

-Creo, creo. Tú eres Dios, eres el Dios Jesús.

-No. Yo soy el Verbo del Padre, de Yeohveh de Israel, venido en Carne, Sangre, Alma y Divinidad a redimir al mundo y a darle la fe en el Dios verdadero, uno, trino que está en lo alto del Cielo. Vengo a ayudar a los hombres, a usar con ellos misericordia, para que dejen el Error y vengan a la Verdad, único Dios de Moisés y los Profetas. Puedes creer?

-¡Creo, creo!

-He venido a traer Camino, Verdad, Vida a los hombres; a derrocar los ídolos, a enseñar la sabiduría. El mundo tendrá por mí su redención, porque moriré por amor al mundo, moriré para la salvación eterna de los hombres. ¿Puedes creer?

-¡Creo, creo!

-He venido para decirles a los hombres que si creen en el Dios verdadero poseerán la vida eterna en el Cielo, al lado del Altísimo, que es el Creador de todos los hombres, los animales, las plantas, los planetas. ¿Puedes creer?
-¡Creo, creo!

Jesús no entra siquiera en la casa, se limita a extender sus brazos hacia la habitación en que está la afligida, con las manos abiertas como en la resurrección de Lázaro, y grita:

-¡Ven a la luz para conocer la Luz divina, por orden de la Luz que es Dios!

Y al fragor de esta orden, pasado un momento, hace de eco un grito de triunfo, que lleva en su sonido lamento y alegría… y luego el leve llanto de un recién nacido, leve pero bien nítido, y cada vez más fuerte como por fuerza cada vez mayor.

-Tu hijo saluda a esta tierra llorando. Ve y dile, ahora y en el futuro, que la patria no es la tierra, sino el Cielo. Provee a su crecimiento y educación para el Cielo, y al hacerlo con él hazlo también contigo. Te está hablando la Verdad, mientras que aquellas cosas (señala a las páteras de cobre, arrugadas como hojas secas, inservibles ya, tiradas por el suelo; y a la ceniza, que marca el lugar donde estaban las angarillas con el ídolo) son la Mentira, que ni ayuda ni salva. Adiós.
Jesús hace ademán de marcharse, cuando he aquí que una mujer acude ligera con un recién nacido vivaracho envuelto en un lienzo, y grita:

-¡Es niño, Fara! ¡Guapo, fuerte, de ojos oscuros como la aceituna cuando madura; tiene rizos, más negros y delicados que los de un cabritillo sagrado. Tu mujer está descansando feliz. Ya no sufre. Como si no hubiera pasado nada. Ha sido una cosa inesperada, cuando estaba ya en la agonía… después de esas palabras…

Jesús sonríe. El hombre le muestra al recién nacido, y Él le toca en la cabeza con el extremo de sus dedos. La gente ­excepto los sacerdotes, que se han marchado indignados al ver la defección de Fara -se acerca, curiosa por ver al recién nacido y, sobre todo, a Jesús.

Fara quisiera ofrecerle algún presente y dinero por el milagro, pero Jesús dice, con dulzura y firmeza:
-Nada. El milagro no se paga sino con la fidelidad a Dios por haberlo otorgado. Me llevo solamente a este macho cabrío, en recuerdo de tu ciudad.

Y se marcha con el animal, que va trotando a su lado como si Jesús fuera su amo; curado, contento, expresando con su balitar la alegría de estar con alguien que no le pega…
Bajan así los rellanos del monte y llegan a la vía principal que conduce a Azoto…

Ya por la tarde, Jesús, al lado del estanque umbrío, ve venir a sus discípulos: el asombro es recíproco, al ver ellos a Jesús con ese macho cabrío, y Él a ellos con rostros apesadumbrados, propios de personas a las que no les han salido las cosas en modo satisfactorio.
-¡Un desastre, Maestro! No han llegado a pegarnos, pero nos han arrojado de la ciudad. Luego hemos estado vagando por los campos. Si hemos podido procurarnos comida, ha sido pagándola muy cara. Y no es que no nos hayamos comportado con dulzura… -dicen desconsolados.
-No importa. El año pasado también nos echaron de Hebrón y esta vez, nos han recibido con honores. No debéis desanimaros».

-¿Y Tú, Maestro? ¿Ese animal? -preguntan.

-He estado en Magdalgad. Allí he quemado un ídolo y sus turíbulos, he hecho nacer a un niño, he predicado al Dios verdadero a través de milagros, y me he traído como retribución a esta cabra que estaba destinada al rito idolátrico. ¡Pobre animal; era todo una llaga!
-¡Pero ahora está bien! ¡Es un espléndido animal!
-Es animal sagrado, destinado al ídolo… Sano. Sí. Ha sido el primer milagro para convencerlos de que Yo era el Poderoso, y no su pedazo de madera.

-¿Y qué vas a hacer con él?

-Se lo llevo a Marziam; ayer un muñeco, hoy una cabra. Se pondrá contento.

-¿Pero lo vas a llevar contigo hasta Béter?
-¡Sí, ciertamente! ¡No veo el horror de esto! ¡Si soy el Pastor, podré tener un macho cabrío! Luego se lo damos a las mujeres, que se lo llevarán a Galilea. Encontraremos una cabra. Simón, serás pastor le cabras… Mejor sería que fueran ovejas, pero la verdad es que el mundo es más de cabras que de corderos… Es un símbolo, Pedro mío. Acuérdate de esto: con tu sacrificio convertirás a muchos machos cabríos en corderos. Venid. Vamos hasta ese pueblecito que está entre árboles frutales. Allí encontraremos dónde pasar la noche, o en las asas o sobre las gavillas de los campos. Y mañana iremos a Yabnia.

Los apóstoles están asombrados, apenados, descorazonados: asombrados de los milagros; apenados por no haber estado con Él; descorazonados porque… sí, Jesús lo puede todo, pero ellos… se sienten incapaces.

Él, sin embargo, está muy contento, y logra convencerlos de esto: nada es inútil, ni siquiera la derrota, porque sirve para formaros en la humildad; y hablar sirve para que se vaya difundiendo mi nombre y dejar un recuerdo en los corazones.

Jesús se muestra tan convincente y luminoso de alegría, que ellos también se tranquilizan.

Categorías