204- La fe y el alma explicadas a los paganos con la parábola de los templos

En la paz del sábado, Jesús está descansando junto a un campo de lino todo florecido, propiedad de Lázaro. Más que estar junto al campo, yo diría que está sumergido en el alto lino. Sentado en un caballón, se absorbe en sus pensamientos. Con Él no hay sino alguna silenciosa mariposa o alguna rumorosa lagartija, que lo mira con sus ojitos de azabache, levantando su cabecita triangular de garganta clara y palpitante. Nada más. En la tarde caliente, calla hasta el más mínimo soplo de viento por entre los altos tallos.

De lejos, quizás del jardín de Lázaro, llega la canción de una mujer, y con ella los alegres gritos del niño, que está jugando con alguien. Luego una, dos, tres voces:

-Maestro! ¡Jesús!

Jesús sale bruscamente de su ensimismamiento y se pone en pie. A pesar de que el lino, ya completamente crecido, esté muy alto, Jesús descuella ampliamente por encima de este mar verde y azul.

-¡Ahí está, Juan! -grita Simón Zelote. Y Juan, a su vez:
-¡Madre, el Maestro está aquí, en el lino!
Mientras Jesús se acerca al sendero que conduce a las casas, llega María.

-¿Qué quieres, Madre?

-Hijo mío, han llegado unos gentiles, con algunas mujeres. Dicen que han sabido por Juana que estabas aquí, y que durante todos estos días te han esperado junto a la Antonia…

-¡Ah, ya sé! Voy enseguida. ¿Dónde están?

-En casa de Lázaro, en el jardín. A Lázaro lo estiman los romanos; él, por su parte, no siente por ellos esa aversión propia de nuestro pueblo. Los ha introducido en su casa, con sus carros; en el vasto jardín, para no dar escándalo a nadie.

-De acuerdo, Madre. Son soldados y damas romanas, lo sé.
-¿Qué quieren de ti?

-Lo que muchos en Israel no quieren: Luz».

-¿Cómo creen en ti? ¿Qué te creen: Dios, quizás?
-A su manera, sí. Para ellos, más que para nosotros, es fácil aceptar la idea de la encarnación de un dios en carne mortal.

-Entonces ya creen en tu fe…

-Todavía no, Mamá. Primero debo demoler la suya. Por el momento soy para ellos un hombre sabio, un filósofo, como ellos dicen. De todas formas, tanto ese deseo de conocer doctrinas filosóficas, como su tendencia a creer posible la encarnación de un dios, me ayudan mucho a conducirlos a la verdadera Fe. Créeme que son más simples en su modo de pensar que muchos de Israel.

-Pero, ¿serán sinceros? Se dice que Juan el Bautista…
-No. Si de ellos hubiera dependido, Juan estaría libre y seguro. Dejan tranquilos a todos, con tal de que no sean rebeldes. Es más, te diré que con ellos el hecho de ser profeta -usan la palabra "filósofo" porque la altura propia de la sabiduría sobrenatural es igualmente filosofía para ellos -es una garantía de que te respetarán. No estés preocupada, Mamá, que el mal no me vendrá por esa vía…

-Pero los fariseos… Si vienen a saberlo, ¿que dirán de Lázaro? Tú… eres Tú y debes manifestar la Palabra al mundo. ¡Pero Lázaro… ya de por sí lo ofenden mucho…!
-Pero es intocable. Saben que Roma lo protege.

-Te dejo, Hijo mío. Aquí está Maximino que te llevará adonde los gentiles.

Y María, que había caminado al lado de Jesús durante todo este tiempo, ahora se retira, ligera, y se encamina hacia la casa de Simón Zelote. Jesús, por su parte, entra por una puertecita de hierro abierta en el muro que rodea el jardín, en una parte alejada, en que ya no es jardín sino pomar, es decir, cerca del lugar en que, pasado el tiempo, sería enterrado Lázaro.

Ahora está allí Lázaro, nadie más:

-Maestro, he tomado la iniciativa de acogerlos en mi casa…

-Has hecho bien. ¿Dónde están?

-Allá, a la sombra de aquellos bojes y laureles. Como puedes observar, están a no menos de quinientos pasos de la casa.

-Bien, bien, bueno… ¡La Luz descienda sobre todos vosotros!

-¡Salve, Maestro! -es el saludo de Quintiliano, que está vestido de paisano.

Las damas se ponen en pie para saludar a Jesús (son Plautina. Valeria y Lidia, y otra, anciana, que no sé ni quién es ni qué es, o sea, si es del mismo grado o de grado inferior; están todas vestidas con mucha sencillez y nada las distingue.

-Hemos venido porque queríamos oírte hablar. No has venido nunca. Estaba de guardia cuando llegaste, pero no te he visto nunca.

-Yo tampoco he visto nunca en la Puerta de los Peces a un soldado amigo mío. Se llamaba Alejandro…

-¿Alejandro? No sé exactamente si es él, pero sé que hace un tiempo tuvimos que quitar, para calmar a los judíos, a un soldado acusado de… haber hablado de ti. Ahora está en Antioquía. Quizás vuelva. ¡Caray, qué molestos son esos… los que quieren mandar incluso ahora, que están sometidos! Y no hay más remedio que moverse con maña para no provocar cosas graves… Nos hacen la vida difícil, créelo… Sin embargo, Tú eres bueno y sabio. ¿Nos hablas? Quizás pronto tenga que irme de Palestina, quisiera llevarme conmigo algo tuyo que recordar.

-Os hablaré, sí. No decepciono nunca a nadie. ¿Qué es lo que queréis saber?

Quintiliano mira a las damas con ademán interrogativo…
-Lo que Tú quieras, Maestro -dice Valeria.

Plautina se pone de nuevo en pie y dice:

-He pensado mucho… debería conocer muchas cosas… todo, para poder juzgar. No obstante, si se puede preguntar, yo querría saber cómo se construye una fe, la tuya, por ejemplo, sobre un terreno que dices que está privado de verdadera fe. Dices que nuestras creencias son vanas. Si es así nos quedamos vacíos. ¿Cómo se puede… tener?

-Tomaré como ejemplo una cosa que vosotros tenéis: los templos. Vuestros edificios sagrados, verdaderamente bonitos, cuya única imperfección es el hecho de estar dedicados a la Nada, os pueden enseñar cómo se puede alcanzar una fe y dónde colocarla. Observad: ¿Dónde los construís?, ¿qué lugar se prefiere para construirlos?, ¿cómo los construís? El lugar, generalmente, es espacioso, abierto, elevado; para este fin incluso se derriba lo que estorba o aprisiona; y, si no es un lugar elevado, se construye sobre un estereóbato más eleva-do del común de tres gradas que se usa para los templos que ya de por sí se alzan en un elevación natural. Están rodeados de muros sagrados, por lo general, y formados por columnatas y pórticos. Dentro están los árboles consagrados a los dioses, hay fuentes y altares, estatuas y estelas.

Generalmente les precede el propileo, pasado el cual se yergue el altar en que se elevan las preces al numen; frente a éste, está el lugar del sacrificio, porque el sacrificio precede a la oración. Muchas veces, especialmente en los templos más grandiosos, el peristilo los rodea con una guirnalda de preciosos mármoles. En su interior está el vestíbulo anterior, externo o interno respecto al peristilo, la celda del numen, el vestíbulo posterior… Mármoles, estatuas, frontones, acroteras, tímpanos, perfectamente acicalados, de gran valor, perfectamente decorados, hacen del templo un edificio nobilísimo para todos, incluso para el ojo más inculto.

¿No es así?

-Así es, Maestro. Los has visto y estudiado muy bien -dice Plautina, confirmando y en tono de alabanza.
-¡Pero si nos consta que no ha salido nunca de Palestina! -exclama Quintiliano.

-Nunca he salido para ir a Roma o a Atenas, pero no ignoro la arquitectura de Grecia ni la de Roma. En el genio del hombre que decoró el Partenón Yo estaba presente, porque Yo estoy dondequiera que haya vida y manifestación de vida; dondequiera que un sabio piense, un escultor esculpa, un poeta componga, una madre cante curvada hacia una cuna, un hombre trabaje los surcos, un médico luche contra las enfermedades, un ser vivo respire, un animal viva, un árbol vegete, allí estoy Yo, junto a aquel de quien procedo. En el estruendo del terremoto o el fragor de los rayos, en la luz de las estrellas o en el curso de las mareas, en el vuelo del águila y en el zumbido del mosquito, Yo estoy presente con el Creador altísimo.

-¿Entonces… Tú… Tú sabes todo?, ¿conoces tanto el pensamiento como las obras humanas? -pregunta Quintiliano.

-Yo sé.
Los romanos se miran estupefactos.

Se produce un largo silencio. Luego, tímidamente, Valeria solicita:

-Expón tu pensamiento, Maestro, para que sepamos qué debemos hacer.

-Sí. La Fe se construye como se construyen esos templos de que os sentís tan orgullosos: se hace espacio al templo, se libera la zona de alrededor, se eleva el templo.

-Pero, ¿y el templo para colocar la fe, esta deidad verdadera, dónde está? -pregunta Plautina.

-Plautina, la fe no es deidad; es una virtud. En la fe verdadera no hay deidades; sólo hay un único y verdadero Dios.

-¿Entonces… Él está allá arriba, solo, en su Olimpo? ¿Y qué hace si está solo?

-Se basta a sí mismo, aunque se ocupa de todas las cosas de la creación. Te he dicho que hasta en el zumbido del mosquito Dios está presente. No se aburre, no lo pongas en duda. No es un pobre hombre, dueño de un inmenso imperio en que se siente odiado y vive temblando. Él es el Amor y vive amando. Su Vida es Amor continuo. Se basta a sí mismo porque es infinito y potentísimo; es la Perfección. Y tantas son las cosas creadas, las cuales viven porque Él continuamente lo quiere, que no tiene tiempo de aburrirse.

El aburrimiento es fruto del ocio y del vicio. En el Cielo del verdadero Dios no hay ni ocio ni vicio. Pronto tendrá, además de los ángeles que ahora le sirven, un pueblo de justos que en Él exultarán, y este pueblo irá creciendo cada vez más por los que en el futuro creerán en el verdadero Dios.

-¿Los ángeles son los genios? -pregunta Lidia.

-No. Son seres espirituales, como lo es Dios, que los ha creado.

-¿Y los genios qué son entonces?
-Como vosotros los imagináis son una falsedad. Como los imagináis vosotros no existen. Lo que sucede es que, por esa instintiva necesidad del hombre de buscar la verdad, también vosotros habéis sentido que el hombre no es sólo carne y que una realidad inmortal está unida a su cuerpo perecedero. El hombre busca la verdad aguijoneado por el alma, que vive y está presente también en los paganos, aunque atribulada porque en ellos su deseo está ahogado, porque se siente hambrienta en su nostalgia del Dios verdadero, que sólo ella recuerda, en ese cuerpo en que vive, gobernado por una mente pagana. Y también las ciudades y las naciones posean una realidad inmortal. Por eso creéis, sentís la necesidad de creer, en los "genios"; y os dais el genio individual, el de la familia, el de la ciudad, el de las naciones. Así, tenéis el "genio de Roma", el "genio del emperador"… y los adoráis como divinidades menores. Entrad en la verdadera fe: conoceréis a vuestro ángel, seréis amigos de él y lo veneraréis, aunque sin ad sin adorarlo, porque sólo a Dios se le adora.

-Has dicho: “Aguijón del alma, viva y presente también en los paganos, atribulada en ellos porque su deseo está
frustrado".

Pero, ¿de quién procede el alma? - pregunta Publio Quintiliano. orarlo, porque sólo a Dios se le adora.

Pero, ¿de quién procede el alma? -pregunta Publio Quintiliano.

-De Dios. Él es el Creador.

-¿Pero no nacemos de mujer, por unión con el hombre? Nuestros dioses también han sido engendrados de la misma manera.

-Vuestros dioses no son reales: son los fantasmas de vuestro pensamiento, que tiene necesidad de creer. En efecto, esta necesidad es más imperiosa que la de respirar. Aun quien dice que no cree, cree, en algo cree; el simple hecho de decir "no creo en Dios" presupone otra fe, que puede ser fe en sí mismo, en su propia, soberbia mente. Creer, se cree siempre. Es como el pensamiento. Si decís "no quiero pensar" o "no creo en Dios", con el simple hecho de decir estas dos frases manifestáis vuestro pensamiento de no querer pensar, o de no querer creer en Aquel que sabéis que existe. Y acerca del hombre, para ser exactos en la expresión del concepto, debéis decir: "El hombre es engendrado, como todos los animales, por unión de macho y hembra, de varón y mujer. Pero el alma, o sea, lo que diferencia al animal-hombre del animal-bruto, viene de Dios, que la crea cada vez que un hombre es engendrado -o, mejor, es concebido -en un seno, y la inserta en esa carne que, si no, sería solamente animal".

-¿Y nosotros, que somos paganos, la tenemos? Según lo que dicen tus connacionales no lo parece… -dice Quintiliano irónico.

-Todo nacido de mujer la tiene.

-Pero Tú dices que el pecado la mata. ¿Cómo es que entonces en nosotros, pecadores, está viva? -pregunta Plautina.

-Vosotros no pecáis en la fe, pues creéis que estáis en la Verdad. Cuando conozcáis la Verdad, si persistís en el error, cometeréis pecado. De la misma forma, muchas cosas que para los israelitas son pecado, para vosotros no lo son, porque ninguna ley divina os lo prohíbe. Existe pecado cuando uno, a sabiendas, se rebela contra el mandato de Dios y dice: "Sé que lo que hago está mal, pero lo quiero hacer de todas formas". Dios es justo. No puede castigar a quien hace el mal creyendo que está haciendo el bien; castiga a quien habiendo tenido cómo conocer el Bien y el Mal, elige este último y en él persiste.

-¿Entonces el alma está en nosotros, viva y presente?

-Sí.

-¿Atribulada? ¿Pero estás seguro de que se acuerda de Dios? No nos acordamos del seno que nos crió, no podríamos describirlo internamente. El alma, si no he entendido mal, es engendrada espiritualmente por Dios. ¿Podrá acordarse de esto último, si el cuerpo no recuerda su larga permanencia en el seno materno?

-El alma no es animal, Plautina; el embrión, sí. El alma es, a semejanza de Dios, eterna y espiritual; eterna desde el momento en que es creada; sin embargo, Dios es el perfectísimo Eterno, y, por tanto, no tiene principio en el tiempo, como tampoco tendrá fin. El alma, lúcida, inteligente, espiritual, obra de Dios, recuerda… y sufre, porque desea a Dios, al verdadero Dios de que procede… y tiene hambre de Dios: por eso aguijonea al cuerpo, torpe en lo que se refiere a tratar de acercarse a Dios.

-Entonces, ¿tenemos un alma exactamente igual que la de los israelitas que llamáis "justos”?.

-No, Plautina. Cambia según a lo que te refieras; si te refieres al origen y naturaleza, es exactamente igual que la de nuestros santos. Si te refieres a la formación, entonces te digo que es distinta; si te refieres a la perfección que alcanza antes de la muerte, entonces la diversidad puede ser absoluta. No obstante, esto no sucede sólo con vosotros, paganos: un hijo de este pueblo puede también ser absolutamente distinto de un santo en la vida futura.

El alma sufre tres fases. La primera es de creación; la segunda, de nueva creación; la tercera, de perfección. La primera es común a todos los hombres. La segunda es propia de los justos que con su voluntad llevan a su alma hacia un renacimiento más lleno, uniendo sus buenas acciones a la bondad de la obra de Dios; edifican, por tanto, un alma que ya es espiritualmente más perfecta que la primera: son, así, eslabón entre la primera y la tercera. Ésta, la tercera, es propia de los beatos, o santos si lo preferís, los cuales han superado en miles de grados a su alma inicial, adecuada sólo al hombre, y han hecho de ella una cosa que puede descansar en Dios.

-¿Y cuál es el modo de dar espacio, libertad y elevación al alma?

-Derribando las cosas inútiles que tenéis en vuestro yo; liberándolo de todas las ideas erradas; construyendo, con los fragmentos resultantes de la demolición, la elevación para el templo soberano. Se ha de conducir al alma cada vez más arriba subiendo los tres peldaños. ¡Oh, a vosotros, romanos, os gustan los símbolos! Ved los tres peldaños a la luz del símbolo. Os pueden decir sus nombres: penitencia, paciencia, constancia; o: humildad, pureza, justicia; o: sabiduría, generosidad, misericordia; o, en fin, el trinomio espléndido: fe, esperanza, caridad. Fijaos qué simbolizan los muros que, ornamentados y al mismo tiempo resistentes, rodean el área del templo. Es necesario saber circundar al alma, reina del cuerpo, templo del Espíritu eterno, con una barrera que la defienda, sin quitarle la luz, y no agobiarla con la visión de cosas inmundas. Sea muralla segura, y cincelada con el deseo del amor para, quitando las esquirlas de lo que es inferior, la carne y la sangre, formar lo superior, el espíritu. Cincelar con la voluntad: eliminar aristas, desportilladuras, manchas, vetas de debilidad, del mármol de nuestro yo, para que sea perfecto en torno al alma.

Al mismo tiempo, hacer, de la muralla que habrá de proteger al templo, misericordioso refugio para los desdichados que no conocen lo que es Caridad. ¿Y los pórticos?: la expansión del amor, la piedad, el deseo de que otros vayan a Dios; son semejantes a amorosos brazos que se extienden para amparar la cuna de un huérfano. En el interior del recinto están, como ofrenda al Creador, los más bellos y olorosos árboles. Sembrad en el terreno que antes estaba desnudo, cultivad luego estos árboles, que son las virtudes de todo tipo, segundo círculo protector, vivo y florido, en torno al sagrario; y, entre los árboles, entre las virtudes, las fuentes (que son también amor, purificación), antes de acercarse al propileo, junto al cual, antes de subir al altar, se debe cumplir el sacrificio de la carnalidad, vaciarse de toda lujuria. Luego, continuar más adentro, hasta el altar, para depositar la ofrenda, y seguir, atravesando el vestíbulo, hasta la celda de Dios. ¿Qué será esta morada?: copiosidad de riquezas espirituales, porque nunca es demasiado como marco para Dios. ¿Habéis comprendido esto? Me habéis pedido que os explique cómo se construye la Fe.

Os he dicho: "Según el método con que se elevan los templos".

Como podéis observar, es así. ¿Alguna otra cosa más?

-No, Maestro. Creo que Flavia ha escrito lo que has dicho.

Claudia lo quiere saber. ¿Has escrito?

-Fielmente -dice la mujer mientras pasa las tablas enceradas.
-Las tendremos para poderlo leer otras veces -dice Plautina.

-Es cera. Se borra. Escribidlo en vuestros corazones y no se borrará.

-Maestro, están ocupados por una serie de templos inútiles, contra los cuales, sí, lanzamos tu Palabra para demolerlos, pero es un trabajo largo -dice Plautina con un suspiro; y termina: «Acuérdate de nosotros en tu Cielo…

-Marchaos con la seguridad de que lo haré. Os dejo. Sabed que vuestra visita me ha sido grata. Adiós, Publio Quintiliano. Acuérdate de Jesús de Nazaret.

Las damas se despiden y son las primeras en marcharse; luego pensativo, se marcha Quintiliano. Jesús los mira mientras se van en compañía de Maximino, que los acompaña hasta sus carros. -¿Qué piensas, Maestro? -pregunta Lázaro.

-Que hay muchos infelices en el mundo.

-Y yo soy uno de ellos.

-¿Por qué, amigo mío?

-Porque todos vienen a ti, pero María no. Será que su miseria es mayor, ¿no?

Jesús lo mira y sonríe.

-¡Sonríes! ¿No te duele que María sea inconvertible y que yo sufra! Marta no ha dejado de llorar desde la tarde del lunes. ¿Quién era aquella mujer? ¿Sabes que durante todo el día tuvimos la esperanza de que fuera ella?

-Sonrío porque eres un niño impaciente… y porque pienso que malgastáis energías y lágrimas; si hubiera sido ella, habría ido inmediatamente a decíroslo

-¿Entonces?… ¡No era ella!».

-¡Lázaro!

« -Tienes razón. ¡Paciencia!, ¡más paciencia!… Mira, Maestro, las joyas que me diste para venderlas: aquí está el dinero que me han dado por ellas, para los pobres. Eran muy bonitas. De mujer.

-¡Eran de "esa" mujer.

-Lo había imaginado. ¡Ah, si hubieran sido de María…!

¡Pero ella… pero ella!… ¡Mi Señor, pierdo la esperanza!…

Jesús lo abraza y guarda silencio durante unos momentos. Luego dice:

-Te ruego que no hables a nadie de esas joyas. Esa mujer debe desaparecer de admiraciones y apetitos, como una nube trasportada por el viento sin que quede rastro de ella en el cielo.

-Puedes estar tranquilo, Maestro… A cambio tráeme a María, a nuestra pobre María…

-La paz descienda sobre ti, Lázaro. Haré lo que he prometido.

203- El Padrenuestro

Jesús sale con los suyos de una casa próxima a los muros de la ciudad (creo que del barrio de Beceta, porque para salir de los muros se tiene que pasar todavía por delante de la casa de José, que está cerca de una puerta que he oído que la llaman Puerta de Herodes). La ciudad está semidesierta en esta noche serena y lunar. Comprendo que la Pascua ha sido consumida en una de las casas de Lázaro -que no es, de ninguna manera, la casa del Cenáculo -.

Ésta se encuentra completamente al otro extremo respecto a aquélla: una al norte, la otra al sur de Jerusalén.

En la puerta de la casa, Jesús, con ese gesto suyo cortés, se había despedido de Juan de Endor, dejándolo como custodio de las mujeres y dándole las gracias por esto mismo; había besado a Margziam, que también había venido a la puerta.

Ahora Jesús se encamina hacia fuera de la llamada Puerta de Herodes.

-¿A dónde vamos, Señor?

-Venid conmigo. Os llevo a coronar la Pascua con una perla anhelada y singular. Por este motivo he querido estar sólo con vosotros, ¡mis apóstoles! Gracias, amigos, por el gran amor que me tenéis; si pudierais ver cómo me consuela, os asombraríais. Fijaos, Yo me muevo entre continuas contrariedades y desilusiones. Desilusiones por vosotros.

Convenceos de que por mí no tengo ninguna desilusión, pues no me ha sido concedido el don de ignorar… Por esta razón también os aconsejo que os dejéis guiar por mí. Si permito una cosa, la que sea, no opongáis resistencia a ello; si no intervengo para poner fin a algo, no os toméis la iniciativa de hacerlo vosotros. Cada cosa a su debido tiempo. Confiad en mí, en todo.

Ya están en el ángulo nordeste de la muralla; vuelven la esquina y van siguiendo la base del monte Moria hasta un punto en que, por un puentecito, pueden cruzar el Cedrón.

-¿Vamos a Getsemaní? -pregunta Santiago de Alfeo.
-No. Más arriba, a la cima del Monte de los Olivos.
-¡Qué bonito será! -dice Juan.

-También le habría gustado al niño -susurra Pedro.
-¡Tendrá oportunidad de verlo otras muchas veces! Estaba cansado, y además es un niño. Quiero ofreceros una cosa grande, porque ya es justo que la tengáis.

Suben entre los olivos, dejando Getsemaní a su derecha, subiendo más arriba por el monte, hasta alcanzar la cima, en que los olivos forman un peine susurrador.
Jesús se para y dice:

-Detengámonos aquí… Queridos, muy queridos discípulos míos, continuadores míos en el futuro, acercaos a mí. Un día, hace varios días, me habéis dicho: "Enséñanos a orar como lo haces Tú; enséñanos, como Juan enseñó a los suyos, para que nosotros, discípulos, podamos orar con las mismas palabras del Maestro".

Siempre os he respondido: "Lo haré cuando vea en vosotros un mínimo suficiente de preparación, para que la oración no sea una fórmula vana de palabras humanas, sino verdadera conversación con el Padre". Pues bien, ha llegado el momento; poseéis ahora lo suficiente para poder conocer las palabras dignas de ser elevadas a Dios, y quiero enseñároslas esta noche, en la paz y el amor que reina entre nosotros, en la paz y el amor de Dios y con Dios, porque hemos prestado obediencia al precepto pascual como verdaderos israelitas y al imperativo divino de la caridad hacia Dios y el prójimo.

Uno de vosotros ha sufrido mucho en estos días: por un hecho del que no tenía culpa alguna, y por el esfuerzo que ha tenido que hacer consigo mismo para contener la indignación que tal acción le había producido. Sí, Simón de Jonás, ven aquí. No ha habido ni una sola emoción de tu corazón que me haya pasado desapercibida; no ha habido pesar que no haya compartido contigo. Yo y tus compañeros…

-¡Pero Tú, Señor, has recibido una ofensa mucho mayor que la mía! Ello significaba para mí un sufrimiento más… más grande… no, más perceptible; no, tampoco… más… más… Quiero decir que el hecho de que Judas haya sentido repugnancia por participar en mi fiesta me ha dolido como hombre, pero el ver que Tú te sentías apenado y ofendido me ha dolido de otra forma y me ha causado doble sufrimiento… Yo… No quiero gloriarme ni quedar bien usando tus palabras… Pero tengo que decir -si cometo acto de soberbia, dímelo -, tengo que decir que he sufrido con mi alma… y duele más.

-No es soberbia, Simón. Has sufrido espiritualmente porque Simón de Jonás, pescador de Galilea, se está transformando en Pedro de Jesús, Maestro del espíritu, por el cual sus discípulos se vuelven activos y sabios en el espíritu. Por este progreso tuyo en la vida del espíritu, por este progreso vuestro, quiero enseñaros esta noche la oración.

¡Cuánto habéis cambiado desde el tiempo del retiro solitario!

-¿Todos, Señor? -pregunta Bartolomé un poco incrédulo.
-Comprendo lo que quieres decir… Pero Yo os estoy hablando a vosotros once, no a otros…

-Pero, ¿qué le pasa a Judas de Simón, Maestro? Nosotros ya no lo comprendemos… Parecía tan cambiado, y ahora, desde que hemos dejado el lago… -dice Andrés desolado.
-Calla, hermano. ¡La clave de este misterio la tengo yo!

Se ha pegado ahí un trocito de Belcebú. Fue a buscarlo a la caverna de Endor buscando poder causar impresión, y… ¡y fue servido! El Maestro lo dijo ese día… En Gamala los diablos entraron en los cerdos. En Endor, los diablos, habiendo abandonado al pobre Juan, entraron en él… Está claro que… está claro… ¡Déjame que lo diga, Maestro! Total, está aquí en la garganta, y, si no lo digo, no sale, y me enveneno…

-¡Calma, Simón!

-Sí, Maestro. Te aseguro que no me comportaré con él de forma insolente. Pero, digo y pienso que, siendo Judas un vicioso -ya nos hemos dado cuenta todos -, es un poco afín al cerdo… y se comprende que los demonios elijan de buena gana los cerdos para sus… cambios de casa. Bien, ya lo he dicho.

-¿Lo crees así? -dice Santiago de Zebedeo.

-¿Y qué otra cosa puede ser? No ha habido ningún motivo para que se haya vuelto tan intratable. ¡Peor que en Agua Especiosa! Y allí podía pensar que eran el lugar y la estación lo que lo ponían nervioso, pero ahora…

-Hay otro motivo, Simón…

-Dilo, Maestro; con gusto cambiaré de opinión acerca de mi compañero.

-Judas está celoso. Su inquietud es por celos.
-¡Celoso! ¿De quién? No tiene mujer, y, aun en el caso de que la tuviera y fuera con otras mujeres, yo creo que ninguno de nosotros manifestaría desprecio hacia este condiscípulo…

-Está celoso de mí. Observa esto: Judas se ha alterado después de Endor y de Esdrelón, o sea, cuando ha visto que me he ocupado de Juan y de Yabés; ya verás como ahora, que Juan -sobre todo Juan -dejará nuestro grupo, pasando de mí a Isaac, volverá a estar alegre y tranquilo.

-¡Bien!… ¡bien!, pero no me irás a decir que no se ha apoderado de él un diablo; y, sobre todo… ¡no!, ¡lo digo!… sobre todo, no me irás a decir que ha mejorado en estos meses. Yo también estaba celoso el año pasado… cuando quería que no fuésemos más de nosotros seis, los primeros seis, ¿te acuerdas? Sin embargo, ahora… ¡déjame invocar a Dios por una vez como testigo de mi pensamiento!… ahora digo que cuanto más discípulos hay en torno a ti más feliz me siento: ¡quisiera tener a todos los hombres y conducirlos a ti, y todos los medios para auxiliar a los que lo necesitan, para que la miseria no le significase a ninguno un obstáculo para llegarse a ti! Dios ve que digo la verdad., Pero, ¿por qué soy así ahora?: porque me he dejado cambiar por ti. Él no ha cambiado; es más… ¡que sí, Maestro!… ¡que le ha entrado un demonio, hombre!

-No digas eso. No lo pienses. Ora porque se cure: los celos son una enfermedad…

-Que a tu lado se cura, si uno quiere. ¡Lo soportaré por ti!… Pero, ¡qué difícil!…

-Ya te he dado el premio: el niño. Ahora voy a enseñarte a orar…

-Sí, hermano, hablemos de esto… Hablemos de mi homónimo sólo para recordar que es esto lo que necesita. Creo que ya ha recibido su castigo en el hecho de no estar en este momento con nosotros -dice Judas Tadeo.

-Escuchad. Cuando oréis, decid: "Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino a la tierra como está en el Cielo, hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo. El pan nuestro de cada día dánoslo hoy, perdónanos nuestras deudas, así como nosotros se las perdonamos a nuestros deudores, no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del Maligno".

Jesús está en pie. Se había levantado para decir la oración. Todos lo han imitado, atentos y emocionados.

-No hace falta nada más, amigos míos. En estas palabras está encerrado, como en un aro de oro, todo lo que el hombre necesita, para el espíritu y para la carne y la sangre; con estas palabras pedís cuanto les es útil al espíritu, a la carne y a la sangre, y, si hacéis lo que pedís, obtendréis la vida eterna. Tan perfecta es esta oración, que no será menoscabada ni por el tempestuoso oleaje de las herejías ni por el paso de los siglos.

La mordedura de Satanás fragmentará el cristianismo; muchas partes de mi carne mística sufrirán la separación, para formar células aisladas en el vano deseo de constituirse en cuerpo perfecto, como será el Cuerpo místico de Cristo (el formado por la totalidad de los fieles unidos en la Iglesia apostólica, que será la única verdadera Iglesia mientras exista la tierra).

Estas partículas, separadas, privadas por tanto de los dones que habré de dejar a la Iglesia Madre para nutrir a mis hijos, se llamarán de todas formas cristianas, pues darán culto a Cristo, y, a pesar de su error, siempre recordarán que de Cristo han venido. Pues bien, también ellas dirán esta oración universal. Recordadla bien.

Meditadla continuamente. Aplicadla en vuestras acciones. Basta para santificarse. Si uno estuviera solo, entre paganos, sin iglesias, sin libros, tendría ya en esta oración todo lo cognoscible para meditar y una iglesia abierta en su corazón para esta oración; tendría una regla segura y una segura santificación.

“Padre nuestro"

Yo lo llamo "Padre". Es Padre del Verbo, Padre del Encarnado. Así quiero que lo llaméis vosotros, porque vosotros sois uno conmigo, si permanecéis en mí.

El hombre debía echarse rostro en tierra para exclamar, suspirando, envuelto en los temblores del miedo, la palabra "Dios". Quien no cree en mí y en mi palabra está todavía inmerso en este temblor paralizador… Observad lo que sucede en el Templo: no sólo Dios, sino incluso el recuerdo de Dios, están celados tras triple velo a los ojos de los fieles. Separaciones de espacio, separaciones con velos, todo se ha tomado y aplicado para decir al que ora: "Tú eres fango; Él, Luz. Tú, abyecto; El, Santo. Tú, esclavo; El, Rey".

-¡Mas ahora!… ¡Alzaos! ¡Acercaos! Yo soy el Sacerdote eterno, puedo tomaros de la mano y deciros: "Venid". Puedo descorrer el velo de Templo y abrir de par en par el inaccesible lugar que ha permanecido cerrado hasta ahora.

¿Y por qué cerrado?… Por la Culpa, sí; pero aún más clausurado por el pensamiento degradado de los hombres. ¿Por qué cerrado, si Dios es Amor, si Dios es Padre?… Yo puedo, debo, quiero elevaros al azul del cielo, no rebajaros al polvo; no que estéis lejanos, sino cerca; no como esclavos, sino como hijos que se reclinen sobre el pecho de Dios.

“¡Padre! ¡Padre!", decid. No os canséis de pronunciar esta palabra. ¿No sabéis que cada vez que la decís el Cielo resplandece por 1ª alegría de Dios?

Aunque no expresarais otra palabra, diciendo ésta con verdadero amor ya haríais una oración grata al Señor.

"¡Padre! ¡Padre mío!", dicen los pequeñuelos a sus padres.

Ésta es la primera palabra que dicen: "Madre, padre". Pues vosotros sois los pequeñuelos de Dios. Yo os he generado:
con mi amor he destruido el hombre viejo que erais, haciendo nacer así al hombre nuevo, al cristiano. Invocad, pues, al Padre santísimo que está en los cielos con la primera palabra que aprenden los niños.

“Santificado sea tu Nombre"

Es el Nombre más santo y tierno que existe. El terror del culpable os ha enseñado a celarlo bajo otro. No. Basta ya de decir "Adonai", basta. Es Dios. Es ese Dios que en un exceso de amor ha creado a la Humanidad. La Humanidad, de ahora en adelante, purificados sus labios con el lavacro por mí preparado, llámelo por su Nombre, esperando a comprender con plenitud de sabiduría el verdadero significado de este incomprensible Nombre cuando, fundida con Él, en sus mejores hijos, sea elevada al Reino que he venido a instaurar.

“Venga tu Reino a la tierra como está en el Cielo"
Desead con todas vuestras fuerzas que venga; si viniera, la alegría habitaría la tierra. El Reino de Dios en los corazones, en las familias, en las gentes, en las naciones. Sufrid, trabajad, sacrificaos por este Reino.

Sea la tierra espejo que refleje en las personas la vida del Cielo. Llegará. Un día llegará todo esto. Pero antes de que la tierra posea el Reino de Dios, han de venir siglos y siglos de lágrimas y sangre, de errores y persecuciones, de bruma rasgada por destellos de luz irradiados por el Faro místico de mi Iglesia (la cual, si bien es barca -y no será hundida -es también arrecife que resiste cualquier golpe de mar, y mantendrá alta la Luz, mi Luz, la Luz de Dios).

Cuando esto llegue, será como la llamarada intensa de un astro que, alcanzada la perfección de su existencia, se disgrega, cual desmesurada flor de los jardines celestes, para exhalar, en un rutilante latido, su existencia y su amor a los pies de su Creador.

Llegar, llegará; entonces comenzará el Reino perfecto, beato, eterno, del Cielo.

“Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo"
La propia voluntad se puede anular en la de otro sólo cuando se le llega a amar con perfección. La propia voluntad se puede anular en la de Dios sólo cuando se han alcanzado las virtudes teologales en forma heroica. En el Cielo -donde no hay defectos -se hace la voluntad de Dios.

Sabed, vosotros, hijos del Cielo, hacer lo que en el Cielo se hace.

“Danos nuestro pan de cada día"

En el Cielo os nutriréis sólo de Dios. La beatitud será vuestro alimento. Mas aquí todavía tenéis necesidad de pan. Sois los párvulos de Dios; justo es entonces decir: "Padre, danos el pan".

¿Teméis no ser escuchados? ¡Oh, no! Considerad esto: si uno de vosotros tiene un amigo y ve que no tiene pan y debe dar de comer a otro amigo o pariente que ha llegado a su casa al final de la segunda vigilia, irá al primero y le dirá: "Amigo, préstame tres panes, porque tengo un huésped que ha venido ahora y no tengo qué darle de comer", ¿podrá, acaso, oír como respuesta desde el otro lado de la puerta:

"No me molestes, que ya he cerrado la puerta, la he trancado, y mis hijos duermen a mi lado; no puedo levantarme a darte lo que me pides"? No. Si es un verdadero amigo al que se ha dirigido, y si insiste, recibirá lo que pide. Lo recibiría incluso aunque el amigo fuera poco bueno, por su insistencia, porque aquel a quien se lo pidieran, con tal de que no le molestasen, se apresuraría a darle cuantos panes quisiera.

Pero vosotros, cuando dirigís vuestra oración al Padre, no os dirigís a un amigo de este mundo, sino al Amigo perfecto que es el Padre del Cielo. Por tanto, os digo:

"Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá", pues a quien pide se le da, quien busca halla, y a quien llama se le abre la puerta.

¿Qué padre, a su propio hijo que le pide un pan, le pondrá en la mano una piedra?, ¿qué padre dará a su hijo una serpiente en vez de un pez asado? Un padre que se comportase así con su prole sería un sinvergüenza. Ya lo he dicho, pero lo repito para moveros a sentimientos de bondad y confianza. Así pues, si uno que estuviera en su sano juicio no daría un escorpión en vez de un huevo, ¿cómo no os va a dar Dios con mucha mayor bondad lo que pidiereis?: en efecto, Él es bueno, mientras que vosotros, por el contrario, en más o en menos, sois malos. Pedid, pues, con amor humilde y filial vuestro pan al Padre.

"Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores"

Hay deudas materiales y deudas espirituales; las hay también morales. Deuda material es la moneda o la mercancía que deben restituirse por haber sido prestadas.

Deuda moral es la estima arrebatada y no correspondida, el amor querido y no dado. Deuda espiritual es la obediencia a Dios, de quien se exige mucho dándole bien poco, y el amor a Él. Dios nos ama y se le debe amor, como se debe amor a una madre, a la esposa, al hijo, de quienes se exigen muchas cosas. El egoísta quiere tener, pero no da.

Pero el egoísta está en las antípodas del Cielo. Tenemos deudas con todos: desde con Dios hasta con el esclavo, pasando por los familiares, los amigos, el prójimo en general, y los que están a nuestro servicio (pues todos éstos son en el fondo iguales que nosotros). ¡Ay de quien no perdone, porque no será perdonado! Dios no puede, por justicia, condonar la deuda que el hombre tiene para con Él, santísimo, si el hombre no perdona a su semejante.

"No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del Maligno"

El hombre que no ha sentido la necesidad de compartir con nosotros la cena de Pascua me preguntó hace menos de un año: "¿Cómo? ¿Tú pediste no ser tentado?, ¿en la tentación pediste ayuda contra ella?". Estábamos nosotros dos solos.

Le respondí. Luego -esta vez éramos cuatro -en una solitaria región, repetí la respuesta; pero todavía no fue suficiente, porque en un espíritu inamovible es necesario demoler la funesta fortaleza de su obcecación para abrirse paso; por tanto, lo seguiré diciendo, una, diez, cien veces, hasta que todo se cumpla.

Vosotros, sin embargo, que no estáis acorazados dentro de infaustas doctrinas y aún más infaustas pasiones, orad así. Orad con humildad para que Dios impida las tentaciones. ¡Ah, la humildad! ¡Conocerse como uno es! Sin deprimirse, pero conocerse. Decir: "Soy juez imperfecto de mí mismo y, aunque no me lo parezca, podría ceder. Por tanto, Padre mío, tenme, si es posible, libre de las tentaciones; tan cerca de Ti que no permitas al Maligno que me dañe". Debéis recordar, en efecto, que no es Dios quien tienta al Mal, sino que es el Mal el que tienta.

Rogad al Padre para que sostenga vuestra debilidad, de forma que no pueda el Maligno introducirla en la tentación.

He terminado, queridos míos. Ésta es la segunda Pascua que paso con vosotros. El año pasado sólo partimos el pan y compartimos el cordero. Este año os doy esta oración. Os otorgaré otros dones en las otras Pascuas que pasaré con vosotros, para que, una vez que me haya ido a donde el Padre quiere, os quede de mí, que soy el Cordero, un recuerdo en las celebraciones del cordero mosaico.

Alzaos. Vamos. Estaremos en la ciudad para el alba. Es más, mañana, tú, Simón, y tú, hermano mío (señala a Judas), iréis por las mujeres y el niño; tú, Simón de Jonás, y vosotros, os quedaréis conmigo hasta que éstos vuelvan; luego iremos juntos a Betania.

Bajan hasta el Getsemaní y entran en la casa para descansar.

202- Judas Iscariote es reprendido. Llegada de los campesinos de Jocanán

Víspera de la Pascua. Jesús -sólo con los apóstoles, pues las mujeres no están con el grupo -espera a que Pedro vuelva de llevar el cordero pascual para el sacrificio.

Está hablando de Salomón al niño. En esto, hele ahí a Judas: está cruzando el patio más grande. Va con un grupo de jóvenes. Habla con grandes, ampulosos gestos y poses enfervorizadas. Su manto se agita continuamente y él se lo coloca con ademán de sabio… Creo que Cicerón no era tan pomposo cuando pronunciaba sus discursos.

-¡Mira Judas, está allí! -dice Judas Tadeo.
-Va con un grupo de saforimes -observa Felipe.
Y Tomás dice:

-Voy a oír qué dice -y va sin esperar a que Jesús exprese su previsible negativa.

¡Y Jesús!… ¡Ay, el rostro de Jesús!… Su expresión es de hondo sufrimiento y severo juicio. Margziam, que lo estaba mirando ya desde antes, mientras, delicado y levemente triste, le hablaba del gran rey de Israel, ve este cambio, y casi se asusta; entonces, agita la mano de Jesús para volver a atraer su atención, diciendo:

-¡No mires! ¡No mires! ¡Mírame a mí, que te quiero mucho!…

Tomás logra llegar hasta donde Judas sin ser visto, y así lo sigue durante unos metros. No sé lo que estará oyendo, lo que sí sé es que suelta una inesperada exclamación retumbante que hace volverse a muchos, especialmente a Judas, que se pone lívido de rabia:

-¡Pero cuántos rabíes tiene Israel! ¡Te felicito, nueva lumbrera de sabiduría!

-No soy una piedra, sino una esponja, y, por tanto, absorbo; y, cuando el deseo de los hambrientos de sabiduría lo solicita, me exprimo para darme con todos mis humores vitales.

Judas se muestra ampuloso y despreciativo.
-Se diría que eres eco fiel. Pero el eco, para subsistir, debe estar cerca de la Voz; si no, muere, amigo. Y tú, me parece que te estás alejando de ella. Él está allí. ¿No vienes?

Judas se pone de todos los colores, con esa cara suya rencorosa y repugnante de sus momentos peores; pero se domina, y dice:

-Adiós, amigos. Aquí estoy, contigo, Tomás, querido amigo mío. Vamos inmediatamente con el Maestro. No sabía que estaba en el Templo. Si lo hubiera sabido, lo hubiera buscado -y pasa el brazo por los hombros a Tomás como si sintiera un gran afecto por él.

Pero Tomás, pacífico pero no estúpido, no se deja engatusar con estas declaraciones… y pregunta, con un poco de sorna:

-¿Cómo? ¿No sabes que es Pascua? ¿Crees que el Maestro no es fiel a la Ley?

-¡No! ¡De ninguna manera! Pero el año pasado se mostraba, hablaba… Me acuerdo precisamente de este día. Me atrajo por su impetuosidad regia… Ahora… Me da la impresión de que haya perdido vigor. ¿No te parece?

-A mí no. Me da la impresión de una persona que haya perdido confianza.

-En su misión, eso es, tú lo has dicho.

-No. Entiendes mal. Ha perdido confianza en los hombres. Y tú eres uno de los que ha contribuido a ello. ¡Deberías avergonzarte!

Ya no ríe Tomás, tiene expresión sombría y su reprensión bate como un latigazo.

-¡Ten cuidado con lo que dices! -dice Judas con tono amenazador.

-¡Y tú ten cuidado con lo que haces! Aquí estamos dos judíos, sin testigos. Por eso hablo, y te vuelvo a decir que deberías avergonzarte. Y ahora guarda silencio. No te pongas trágico ni te pongas a lloriquear, porque, si no, hablo delante de todos. Ahí están el Maestro y los compañeros. Modérate.

-Paz a ti, Maestro…

-Paz a ti, Judas de Simón.

-¡Qué alivio encontrarte aquí!… Yo tendría necesidad de hablarte…

-Habla.
-Mira, es que… quería decirte… ¿No puedo decírtelo aparte?

-Estás entre tus compañeros.

-Querría hablar contigo a solas.

-En Betania estoy solo, con quien tiene interés en mí y me busca; pero tú no me buscas, sino que tratas de evitarme.
-No, Maestro, no puedes decir eso.

-¿Por qué ayer has ofendido a Simón, y con él a mí, y con nosotros a José de Arimatea, y a los compañeros, y a mi Madre y a las otras mujeres?

-¿Yo? ¡Pero si no os vi!

-No quisiste vernos. ¿Por qué no viniste, como habíamos convenido, para bendecir al Señor por un inocente que iba a ser acogido en el seno de la Ley? ¡Responde! ¿No sentiste ni siquiera la necesidad de avisar de que no ibas a venir?

-¡Ahí viene mi padre! -grita Margziam, que ha visto a Pedro de regreso con su cordero degollado, vaciado de sus vísceras y envuelto de nuevo en su piel -Vienen también Miqueas y los otros! Voy, ¿puedo ir a su encuentro para oír lo que dicen de mi anciano padre?

-Ve, hijo -dice Jesús acariciándolo; y añade, tocando a Juan de Endor en un hombro: «Por favor, acompáñalo y… entretenlo un poco». Y vuelve al punto en que estaba con Judas:

-¡Estoy esperando tu respuesta!

-Maestro… me surgió improvisamente una incumbencia… inaplazable… Lo sentí… Pero…

-¿Y no había en toda Jerusalén una persona que pudiera comunicar esta justificación tuya?… ¡Admitiendo que la tuvieras!… Y ya de por sí era reprobable. Te recuerdo que hace poco un hombre ha prescindido de ir a enterrar a su padre por seguirme, y que mis hermanos han dejado entre anatemas la casa paterna por seguirme a mí, y que Simón y Tomás, y con ellos Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Natanael han dejado la familia, y Simón Cananeo la riqueza para dármela a mí, y Mateo el pecado para seguirme a mí. Y podría continuar con otros cien nombres.

Hay quien deja la vida, la misma vida para seguirme hasta el Reino de los Cielos. Pero, dado que estás tan privado de generosidad, al menos sé educado; dado que no tienes caridad, ten al menos elegancia; imita, puesto que te agradan, a esos fariseos falsos que me traicionan, que nos traicionan, pero que lo hacen mostrándose educados. Tu deber era reservarte para nosotros ayer, para no ofender a Pedro, que exijo sea respetado por todos. Pero, qué menos que mandar recado?

-He errado. Pero ahora venía expresamente a buscarte para decirte que -por el mismo motivo -mañana no puedo venir. Es que tengo amigos de mi padre y me…

-Basta. Puedes ir con ellos. Adiós.

-Maestro… ¿estás enfadado conmigo? Me dijiste que serías un padre para mí… Soy un muchacho incauto, pero un padre perdona…

-Te perdono, pero márchate; no hagas esperar más a los amigos de tu padre. Yo tampoco haré esperar más a los amigos del santo Jonás.

-¿Cuándo vas a dejar Betania?

-Al final de los Ázimos. Adiós.

Jesús se vuelve y va hacia los campesinos, que están extasiados ante el cambio que ven en Margziam.

Camina unos pasos, pero se detiene al oír la observación que hace Tomás:

-Por Yeohvah! Quería ver tu impetuosidad regia… ¡Pues ha quedado servido!…

-Os ruego que olvidéis todos este incidente, de la misma forma que Yo me esfuerzo en olvidarlo. Y os ordeno que guardéis silencio ante Simón de Jonás, Juan de Endor y el pequeño. Por motivos que vuestra inteligencia puede comprender, no conviene causarles a ninguno de los tres ni dolor ni escándalo. Y silencio también en Betania ante las mujeres. Que está entre ellas mi Madre, recordadlo.

-Puedes estar tranquilo, Maestro», «haremos de todo para reparar esto», «y para consolarte» dicen todos.

-¡Gracias!… ¡Oh, paz a todos vosotros! Isaac os ha encontrado Me alegro. Gozad en paz vuestra Pascua. Cada uno de mis pastores será un buen hermano para vosotros.

Isaac, antes de que se marchen tráemelos. Quiero bendecirlos otra vez. ¿Os habéis fijado, el niño?
-¡Maestro, qué bien está! ¡Ya está más lozano! Se lo diremos al anciano. ¡Qué contento se va a poner! Este justo nos ha dicho que ahora Yabés es su hijo… ¡Un hecho providencial! Lo vamos a contar todo, todo.

-También que soy hijo de la Ley, y que me siento feliz y que me acuerdo siempre de él. Que no llore ni por mí ni por mi mamá, que la tengo a mi lado, y también él como un ángel, y la tendrá siempre y en la hora de la muerte. Si Jesús ha abierto para entonces las puertas del Cielo, pues entonces mi mamá, más linda que un ángel, saldrá al encuentro del anciano padre y lo conducirá a Jesús. Lo ha dicho Él. ¿Se lo vais a decir? ¿Lo vais a saber decir bien?

-Sí, Yabés.

-No. Ahora soy Margziam. Me ha puesto este nombre la Madre del Señor. Es como si se dijera su nombre. Me quiere mucho. Me mete Ella en la cama todas las noches y me hace decir las mismas oraciones que hacía decir a su Hijo.

Por las mañanas me despierta con un beso, luego me viste. Me enseña muchas cosas… ¡Él también, eh!… Entran dentro tan suavemente, que se aprenden sin trabajo. ¡Mi Maestro!

El niño se abraza a Jesús con tal adoración de acto y de expresión que uno se conmueve.

-Sí. Diréis todo esto, y también que no pierda la esperanza el anciano: este ángel pide por él y Yo lo bendigo. También os bendigo a vosotros. Idos. La paz sea con vosotros. Los grupos se separan y van cada uno por su cuenta.

201- El examen de la mayoría de edad de Margziam

La comitiva de los apóstoles y las mujeres, encabezada por Jesús y María y el pequeño, que va entre ambos, se está acercando a la Puerta de los Peces. Por tanto, debe ser el miércoles por la mañana Va con ellos también José de Arimatea, que, fiel a su palabra, ha salido a su encuentro.

Jesús busca con la mirada al soldado Alejandro, pero no lo ve.
-Tampoco está hoy. Quisiera saber qué ha sido de él…

Pero la muchedumbre es tanta, que no hay modo de hablar con los soldados, y quizás sería imprudente, pues los judíos están más intransigentes que nunca ante la inminencia de la fiesta; están, además, resentidos por la captura de Juan el Bautista, y consideran cómplices a Pilatos y a sus hombres de confianza. Deduzco esto por los epítetos y las disputas que continuamente se encienden en la Puerta entre los soldados y la gente, y los insultos… pintorescos, no precisamente urbanos, que estallan a cada momento como el fuego de una girándula perpetua.

Las mujeres de Galilea se sienten escandalizadas y se arrebujan más que nunca en sus velos y mantos. María se ruboriza, pero sigue andando segura, derecha como una palma, mirando a su Hijo, el cual, por su parte, ni siquiera intenta hacer razonar a los exaltados hebreos, o aconsejar a los soldados que tengan piedad de éstos. Y, dado que algún epíteto poco bonito va también a parar al grupo de los galileos, José de Arimatea pasa adelante, al lado de Jesús; de forma que la gente, que lo conoce, calla por respeto a él. Atraviesan por fin la Puerta de los Peces. El río humano que afluye a oleadas a la ciudad, mezclado con burros y hatos de otros animales, se extiende por las calles…

-¡Aquí estamos, Maestro! -es el saludo de Tomás, que está con Felipe y Bartolomé en el otro lado de la Puerta.

-¿No está Judas?

-¿Por qué aquí? -preguntan varios.

-No. Estamos aquí desde esta mañana temprano, porque temíamos que pudieras anticipar la llegada. A Judas no lo hemos visto. Ayer me encontré con él. Estaba con Sadoq, el escriba. ¿Sabes quién, José?… ese anciano, delgado, con la verruga debajo del ojo. Y había también otros, jóvenes, con ellos. Le grité para saludarlo, pero no me respondió, haciendo como que no me conocía. Yo me dije: "¿Pero qué le pasa a éste?", y le seguí unos metros. Se separó de Sadoq -con él parecía un levita -y se fue con los otros de su edad, que… estaba claro que no eran levitas… Ahora no está… ¡Y sabía que habíamos decidido venir aquí!

Felipe no dice nada. Bartolomé aprieta los labios hasta casi meterlos hacia dentro, para poner freno al juicio que le sube del corazón.

-¡Bien! ¡Bueno! ¡Vamos igual! ¡No voy a llorar por su ausencia, eso está claro! -dice Pedro.

-Vamos a esperar todavía un poco. Quizás lo han entretenido por el camino -dice serio Jesús.

Se ponen junto al muro, de la parte de la sombra: las mujeres en un grupo, los hombres en otro.

Todos están vestidos solemnemente; Pedro, verdaderamente de gala: cubre su cabeza una relumbrante prenda novísima, cándida como la nieve, sujeta por una cinta bordada en rojo y oro; lleva su mejor túnica, de color granate oscurísimo, adornada con un cinturón nuevo (del mismo tipo que el galón que ciñe su cabeza) del que pende el cuchillo (vaina de puñal, empuñadura burilada, funda de latón toda perforada, a través de la cual se ve brillar el hierro tersísimo de la hoja). Todos los demás están también armados más o menos así. El único que no lleva armas es Jesús, que viste lino blanquísimo y un manto azulino (ciertamente lo ha tejido María durante el invierno).

Margziam está vestido de rojo pálido; un galón de tono más oscuro ciñe el cuello, el extremo inferior y las bocamangas; lleva un galón igual, bordado, en la cintura y en los bordes del manto que porta plegado en el brazo (contento, con la otra mano lo acaricia); de tanto en tanto, alza la cara, mitad risueña, mitad preocupada…

También Pedro lleva en la mano, con cuidado, un paquete.
Pasa el tiempo… y Judas no llega.

-No se ha dignado… -dice Pedro enfadado.

Quizás hubiera añadido algo, pero el apóstol Juan dice:
-A lo mejor nos está esperando en la Puerta Dorada…
Van al Templo; pero Judas no está.
A José de Arimatea se le acaba la paciencia y dice:
-¡Vamos!
Margziam se pone levemente pálido, da un beso a María y le dice:

-¡Reza!… ¡Reza!…

-Sí, bonito. No tengas miedo, que lo sabes muy bien.
Margziam se pega a Pedro, aprieta nerviosamente la mano de Pedro, pero no se siente todavía seguro y quiere también la mano de Jesús.

-Yo no voy, Margziam. Voy a rezar por ti. Nos veremos después.

-¿No vienes? ¿Por qué, Maestro? -dice Pedro sorprendido.
-Porque es mejor que no vaya…

Jesús está muy serio, diría triste. Y añade:

-José, que es justo, no puede sino aprobar mi acto.
Efectivamente, José no contesta; con su silencio, unido a un elocuente suspiro, confirma.

-Pues entonces… vamos… -Pedro está un poco afligido. Margziam se agarra a Juan. Y así van, precedidos por José, a quien continuamente saludan con gran respeto. Con ellos van Simón y Tomás; los demás se quedan con Jesús.
Entran en la misma sala en que años atrás entrara Jesús. Un joven, que está escribiendo en uno de los ángulos, se pone repentinamente en pie al ver a José, y se prosterna.

-Dios sea contigo, Zacarías. Ve rápidamente a llamar a Asrael y a Jacob.

El joven sale y, casi inmediatamente, vuelve con dos rabinos, o arquisinagogos, o escribas… no sé. Son dos desabridos personajes que sólo deponen su altivez ante José. Tras ellos entran otros ocho menos solemnes. Se sientan, dejando en pie a los aspirantes, incluido José de Arimatea.

-¿Qué quieres, José? -pregunta el más anciano.
-Presentar a vuestra perspicacia a este hijo de Abraham, que ha cumplido el tiempo prescrito para entrar en la Ley y en ella regirse por sí mismo.

-¿Es pariente tuyo? -y miran con gesto de estupor.

-En Dios todos somos parientes. Este niño es huérfano. Este hombre, de cuya honestidad me hago garante, lo ha tomado, para que su tálamo no quede sin descendencia.
-¿Quién es este hombre? Que responda él.

-Simón de Jonás, de Betsaida de Galilea, casado, sin hijos, pescador para el mundo, para el Altísimo hijo de la Ley.

-¿Y tú, siendo galileo, te asumes esta paternidad? ¿Por qué?

-Está escrito en la Ley que se debe mostrar amor hacia el huérfano y la viuda. Yo lo hago.

-¿Puede, acaso, conocer éste la Ley hasta el punto de merecer…? Mas… tú, niño, responde, ¿quién eres?

-Yabés Margziam de Juan, de los campos de Emaús, nacido hace doce años.

-Entonces, eres judío. ¿Es lícito que se responsabilice de él un galileo? Escudriñemos las leyes.

-Pero, ¿qué soy?: ¿un leproso?, ¿una persona maldita? -Le empieza a hervir la sangre en las venas a Pedro.

-Calla, Simón. Hablaré yo por él. Os he dicho que me hago garante de este hombre. Lo conozco como si fuera de mi casa. El anciano José no propondría jamás algo contrario a la Ley, y, ni siquiera, a las leyes. Examinad, pues, al niño con justicia y sin dilación; el patio está lleno de niños que esperan el examen. Por amor a todos, no seáis lentos.

-¿Quién probará que este niño tiene doce años y que fue rescatado del Templo?

-Lo puedes probar con las escrituras. Es una investigación latosa, pero se puede hacer. Niño, ¿me has dicho que eres el primogénito?

-Sí, señor. Puedes verlo porque estuve consagrado al Señor y fui rescatado con los debidos diezmos.

-Busquemos entonces estos datos… -dice José.
-No hace falta -responden cortantes los dos hombres insidiosos. ¡Ven aquí, niño!. Di el Decálogo -y el niño lo dice seguro.

-Dame ese rollo, Jacob. Lee si sabes.
-¿Dónde, rabí?

-Donde quieras. Donde te caiga la mirada -dice Asrael.
-No. Aquí. Dámelo -dice Jacob. (Y abre hasta un determinado punto el rollo y dice: «Aquí»).

-"Entonces él les dijo secretamente: Bendecid al Dios del Cielo, dadle gloria ante todos los seres vivos, porque ha sido misericordioso con vosotros. Ciertamente bueno es mantener celado el secreto del rey, pero es honorífico revelar…"

-¡Basta, basta! ¿Qué es esto? -pregunta Jacob señalando las franjas de su manto.

-Las franjas sagradas, señor; las llevamos para no olvidarnos de los preceptos del Señor altísimo.
-¿Le es lícito a un israelita nutrirse con cualquier tipo de carne?… -pregunta Asrael.

-No, señor; sólo con las que hayan sido declaradas puras.
-Dime los preceptos…

Y el niño, dócilmente, empieza a decir la letanía de los: «No harás…

-¡Basta, basta!, para ser un galileo sabe hasta demasiado. Hombre, ahora te toca a ti jurar que tu hijo es mayor de edad.

Pedro, con el mejor donaire después de tanto desaire, pronuncia su breve discurso paterno:

-Como habéis visto, mi hijo, llegado a la edad prescrita, conociendo la Ley, los preceptos, las usanzas, las tradiciones, las ceremonias, las bendiciones, las oraciones…, es capaz de guiarse a sí mismo. Por tanto, como habéis podido constatar, estamos en condiciones, yo y él, de pedir la mayoría de edad. La verdad es que debía haberlo dicho antes esto, pero aquí han sido violadas ̀ y no por nosotros, galileos -las usanzas, y se le ha preguntado al hijo antes que al padre. Y ahora os digo:
dado que lo habéis juzgado apto. desde este momento no soy ya responsable de sus acciones, ni ante Dios ni ante los hombres.

-Pasad a la sinagoga.

El pequeño cortejo entra en la sinagoga, entre los adustos rostros de los rabinos a los que Pedro ha puesto firmes.

Erguido, frente a los ambones y a las lámparas, cortan los cabellos a Margziam; antes le llegaban hasta los hombros, ahora quedan a la altura de las orejas. Pedro abre su taleguillo y saca un bonito cinturón de lana roja, bordada en amarillo oro, y con él ciñe la cintura del niño, luego, mientras los sacerdotes hacen lo propio en la frente y el brazo con cintas de cuero, Pedro está tratando de prender en el manto -Margziam se lo ha pasado -las sagradas franjas. ¡Qué emocionado está Pedro cuando entona la alabanza al Señor!…

Con esto se pone fin a la ceremonia. Ahuecan el ala ligeros; Pedro dice:

-¡Menos mal! ¡No podía más! ¿Has visto, José? Ni siquiera han completado el rito. No importa. Tú… tú, hijo mío, tienes a otro que te consagra… Vamos a adquirir un corderito para el sacrificio de alabanza al Señor; un corderito encantador, como tú. Gracias, José. Dile tú también "gracias" a este gran amigo. Sin ti, nos hubieran tratado mal del todo.

-Simón, me siento contento de haber sido útil a un justo como tú. Te ruego que vengas a mi casa de Beceta, para el banquete, y contigo todos, como es lógico.

-Vamos a decírselo al Maestro. Para mí… ¡demasiado honor! -dice, humilde, Pedro (pero se le ve radiante de alegría).

Cruzan en sentido inverso claustros y atrios hasta llegar al patio de las mujeres; allí todas felicitan a Margziam.

Luego los hombres pasan al atrio de los israelitas, donde está Jesús acompañado de los suyos. Se reúnen todos -armónica comunión de felicidad -y, mientras Pedro va a sacrificar el cordero, se encaminan entre pórticos y patios hasta el muro exterior.

¡Qué feliz se le ve a Pedro con su hijo, que ahora es ya un israelita perfecto! Tanto, que no advierte la arruga que se dibuja en la frente de Jesús, ni percibe el silencio, más bien angustioso, de sus compañeros. Sólo cuando están en la sala de la casa de José -cuando el niño, ante la pregunta de rigor acerca de lo que hará en el futuro, declara: «Seré pescador como mi padre» -Pedro, entre lágrimas, se da cuenta y comprende…

-La verdad es que Judas nos ha metido una gota de acíbar en esta fiesta… Estás preocupado, Maestro… y los demás están tristes por esto. Perdonad todos si no me he dado cuenta antes… ¡Ay…, este Judas!…

Su suspiro creo que está presente en todos los corazones… Pero Jesús, para disolver la amargura, se esfuerza en sonreír, y dice:

-No te apenes por esto, Simón. Sólo falta tu mujer en esta fiesta… Estaba pensando también en ella, tan buena y sacrificada como es siempre. Pronto recibirá su parte de alegría, inesperada: ¿te imaginas con qué gozo? Pensemos en lo bueno que hay en el mundo. Ven. Así que Margziam ha respondido perfectamente, ¿eh? Sabía que sería así…

José da indicaciones a los servidores y luego vuelve a la sala:

-Os doy a todos las gracias -dice -por haberme rejuvenecido con esta ceremonia y por haberme concedido el honor de poder recibir en mi casa al Maestro, a su Madre, a los parientes, y a vosotros, queridos condiscípulos. Venid al jardín a disfrutar de aire puro y flores…
Y todo termina.

200- Coloquio de Áglae con el Salvador

Jesús vuelve, solo, a casa de Simón Zelote. La tarde cae, apacible y serena después de tanto sol. Jesús se asoma a la puerta de la cocina, saluda, y sube a meditar a la habitación de arriba, que ya está preparada para la cena.

El Señor no parece muy contento. Suspira bastante y pasea de un lado para otro por la sala, lanzando de vez en cuando una mirada hacia las tierras de los alrededores, visibles desde las muchas puertas de esta amplia habitación, que es un cubo construido encima del piso bajo. Sale también a pasear por la terraza, dando la vuelta a toda la casa, y se queda inmóvil, en el lado posterior, mirando a Juan de Endor, el cual, amablemente, está sacando agua de un pozo para ofrecérsela a Salomé, que está muy atareada. Mira, menea la cabeza y suspira.

La potencia de su mirada despierta la atención de Juan, que se vuelve a mirar, y pregunta:

-Maestro, ¿me quieres para algo?
-No, sólo te estaba mirando.

-Juan es bueno. Me ayuda -dice Salomé -Dios le recompensará también esa ayuda.

Jesús, después de estas palabras, entra de nuevo en la habitación y se sienta. Está tan absorto, que no advierte el rumor de muchas voces y numerosos pasos en el pasillo de entrada, y luego una pisada ligera que sube la escalerita exterior y se acerca a la sala. Sólo cuando María lo llama, levanta la cabeza.

-Hijo, ha llegado a Jerusalén Susana y ha venido inmediatamente acompañando a Áglae. ¿Quieres escucharla ahora que estamos solos?

-Sí, Madre. Enseguida. Y que no suba nadie hasta que haya terminado todo, lo cual espero que sea antes del regreso de los demás. Te ruego que vigiles para que no haya curiosidades indiscretas… en ninguno… y especialmente por lo que se refiere a Judas de Simón.

-Vigilaré con esmero…

María sale, y vuelve poco después trayendo de la mano a Áglae, que ya no está arrebozada en su grueso manto gris y en su velo echado que le cubría el rostro; ya no lleva las sandalias altas, con su complicado sistema de hebillas y correas. Ahora está transformada; parece en todo una hebrea, con sus sandalias bajas y lisas, simplísimas como las de María; con su túnica azul oscura, y el manto encima formando elegantes pliegues; con un velo blanco colocado como lo usan las mujeres hebreas de clase llana (sencillamente sobre la cabeza y con uno de los extremos echado hacia atrás, de forma que cubre el rostro pero no del todo). Este indumento (como el de una infinidad de mujeres) y el hecho de estar en un grupo de galileos, la han guardado a Áglae de ser reconocida.

Entra con la cabeza baja. Cada paso que da se pone más colorada. Si María no tirase delicadamente de ella hacia Jesús, creo que se habría arrodillado en el umbral de la puerta.

-Mira, Hijo, aquí está la mujer que desde hace tanto tiempo te está buscando. Escúchala -dice María cuando llega adonde Jesús; y se retira, corriendo las cortinas para cubrir los vanos de las puertas, que están abiertas de par en par, y cierra la puerta más cercana a la escalera.

Áglae deja a un lado el fardo que llevaba a la espalda, se arrodilla a los pies de Jesús, rompe a llorar impetuosamente. Se curva hasta el suelo y sigue llorando con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados.

-No llores de ese modo. Ya no es momento de llanto. Sí debías haberlo hecho cuando estabas enemistada con Dios; no ahora, que lo amas y te ama.

Pero Áglae sigue llorando…

-¿No crees que es así?

La voz se abre paso entre los sollozos:
-Lo amo, es verdad, como sé hacerlo, como puedo… Pero, a pesar de que yo sepa y crea que Dios es Bondad, no puedo atreverme a esperar recibir su amor. He pecado demasiado… Un día, quizás, lo tendré, pero todavía me queda mucho que llorar… Por ahora estoy sola en mi amor.

Estoy sola, no es la desesperada soledad de estos años. Es una soledad llena de deseo de Dios, y, por tanto, ya no es soledad desesperada… Pero, es tan triste, tan triste…

-Áglae, ¡qué mal conoces todavía al Señor! Este deseo que tienes de Él te es prueba de que Dios responde a tu amor, es amigo tuyo, te llama, te invita, le interesas. Dios es incapaz de permanecer inerte ante el deseo de una criatura, porque ese deseo lo ha encendido Él -Creador y Señor de toda criatura -en ese corazón. Y lo ha encendido Él porque ha amado con privilegiado amor a esa alma que ahora lo anhela. El deseo de Dios siempre precede al deseo de la criatura porque Él es el Perfectísimo y, por tanto, su amor es mucho más diligente e intenso que el de la criatura.

-Pero, ¿cómo puede amar Dios mi fango?
-No trates de entender con tu inteligencia. Es una inmensidad de misericordia, incomprensible para la mente humana. Pero lo que no puede ser comprendido por la inteligencia del hombre, lo comprende la inteligencia del amor, el amor del espíritu. Éste comprende y entra seguramente en el misterio de Dios y en el de las relaciones del alma con Dios. Entra, Yo te lo digo. Entra, porque Dios lo quiere.

-Oh, Salvador mío! Pero entonces… ¿estoy realmente perdonada? ¿Me ama verdaderamente Dios? ¿Debo creerlo?

-¿Te he mentido alguna vez?

-¡Oh, no, Señor! Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha cumplido. Me has salvado, como dice tu Nombre. Yo era una pobre alma perdida y Tú me has buscado. Llevaba mi propia alma muerta y Tú me la has devuelto a la vida. Me dijiste que si te buscaba te encontraría. Y fue verdad. Me dijiste que estás dondequiera que el hombre tenga necesidad de un médico y de medicinas. Y es verdad. Todo le que le dijiste a la pobre Áglae, desde las palabras de aquella mañana de Junio hasta las otras de Agua Especiosa…

-Debes creer, entonces, también en éstas.

-¡Sí! ¡Creo! ¡Creo! ¡Pero, dime: "Yo te perdono"!

-Yo te perdono en nombre de Dios y de Jesús.

-Gracias… Y.. ¿ahora qué tengo que hacer? Dime, Salvador mío, ¿qué tengo que hacer para obtener la Vida eterna? Los hombres se corrompen sólo con mirarme… No puedo vivir temblando continuamente por el miedo a ser descubierta y asediada… Durante el viaje que he hecho para venir aquí, me he sentido temblar a cada mirada de hombre… No quiero ni pecar ni hacer pecar. Indícame el camino que debo seguir; el que sea, que lo seguiré. Como puedes ver, soy fuerte incluso en la penuria… Si por excesiva penuria encontrase la muerte, no por ello tendría miedo: la llamaré "amiga mía" porque me alejará de los peligros de este mundo, y para siempre. Habla, Salvador mío.

-Ve a un lugar desierto.

-¿A dónde, Señor?

-A donde quieras. A donde te conduzca tu espíritu.

-¿Será capaz de tanto mi espíritu apenas formado?

-Sí, porque Dios te guía.

-¿Y quién me va a hablar en lo sucesivo de Dios?

-Por ahora, tu alma resucitada.

-¿Te volveré a ver?

-No en este mundo. Pero dentro de poco te redimiré del todo y entonces visitaré tu espíritu para prepararte a la ascensión hacia Dios.

-¿Cómo se producirá mi completa redención si no te voy a volver a ver? ¿Cómo me la vas a dar?

-Muriendo por todos los pecadores».

-¡Oh,… morir!… ¡No, Tú no!

-Para daros la Vida debo darme la muerte. Por esto he venido en cuerpo humano. No llores… Vendrás conmigo pronto después de nuestro sacrificio.

-¡Mi Señor! ¿Voy a morir yo también por ti?
-Sí; pero de otra forma. Hora a hora morirá tu carne por deseo de tu voluntad. Hace ya casi un año que está muriendo. Cuando haya muerto del todo, te llamaré.

-¿Tendré la fuerza suficiente para destruir mi carne culpable?

-En la soledad donde estarás -y donde Satanás, en la medida en que tú vayas siendo cada vez más del Cielo, te atacará, cada vez más, rencoroso y violento -, encontrarás a un apóstol mío, primero pecador, luego redimido.

-Entonces no es aquel hombre bendito que me hablaba de ti, ¿no? Demasiado honesto es como para haber sido pecador.

-No es él, es otro. Irá a ti en su momento. Entonces te hablará de lo que ahora no puedes conocer. Ve en paz. Y que la bendición de Dios te acompañe.

Áglae ha estado de rodillas durante todo el tiempo, se curva para besar los pies del Señor. No se atreve a más. Luego coge su fardo y lo vuelca: caen al suelo unos vestidos sencillos, un saquito pequeño que suena al chocar contra el suelo, y un frasco de un delicado alabastro rosa.

Áglae vuelve a meter los vestidos en el fardo, recoge del suelo el saquito y dice:

-Esto es para tus pobres. Es el resto de mis joyas. Sólo me he reservado algunas monedas como viático… Aunque no me lo hubieras dicho, ya tenía pensado irme lejos. Y esto es para ti. No es tan suave como el perfume de tu santidad, pero es lo mejor que puede dar la tierra, aunque me servía para hacer lo peor… Que Dios me conceda perfumar al menos como esto en tu presencia en el Cielo -quitando el tapón precioso del frasco, esparce su contenido por el suelo. La preciosa esencia impregna las baldosas, sube a oleadas un penetrante olor a rosas.

Áglae retira el frasco vacío:

-Como recuerdo de este momento -dice; luego se agacha una vez más a besar los pies de Jesús; se levanta, se retira caminando hacia atrás, sale, cierra la puerta…

Se oye su paso alejándose en dirección a la escalera, y su voz, que intercambia unas pocas palabras con María, luego el ruido de las sandalias contra los escalones… y nada más. De Áglae sólo queda, a los pies de Jesús, el saquito y, por toda la sala, el intensísimo aroma.

Jesús se alza… recoge el saquito y se lo lleva al pecho; va a uno de los vanos que mira al camino, y sonríe al ver a la mujer, sola, alejándose, con su manto hebreo, en dirección a Belén. Hace un gesto de bendición; luego va a la terraza y desde allí llama a su Madre.

María sube ágilmente la escalera:

-La has hecho feliz, Hijo mío. Se ha marchado con fortaleza y paz.

-Sí, Madre. Mándame, el primero, a Andrés, cuando vuelva.
Pasa un tiempo y se oye la voz de los apóstoles, que vuelven hablando…

Andrés va donde Jesús:

-¿Maestro, me has llamado?

-Sí. Ven. Ninguno lo va a saber, pero a ti es de justicia decírtelo Andrés, gracias en nombre de Dios y de un alma.

-¿Gracias? ¿Por qué?

-¿No hueles este perfume? Es el recuerdo de la Velada. Ha venido. Está salvada.

Andrés se pone colorado como una fresa, se derrumba de
rodillas y no encuentra ni una palabra… Por fin dice:
-Ahora estoy contento ¡Bendito sea el Señor!

-Sí. Levántate. No les digas a los demás que ha estado aquí.

-Guardaré silencio, Señor.

-Ahora puedes marcharte. Escucha… ¿Está todavía Judas de Simón?

-Sí, ha querido acompañarnos… diciendo… muchas mentiras. Por qué actúa así, Señor?

-Porque es un muchacho consentido. Dime la verdad: ¿habéis reñido?

-No. Mi hermano está demasiado contento con su hijo como para tener ganas de discutir. Los demás… ya sabes… son más prudentes. Pero, eso sí, en nuestro interior estamos todos molestos. De todas formas, después de la cena se vuelve a marchar… Otros amigos… dice. ¡Oh, y desprecia a las meretrices!…

-Tranquilo, Andrés, que tú también te debes sentir feliz esta tarde…

-Sí, Maestro. Yo también tengo mi invisible pero tierna paternidad. Hasta luego.

Pasa todavía otro rato más y suben en grupo los apóstoles con el niño y Juan de Endor. Los siguen las mujeres con las viandas y las candelas. Por último, Lázaro y Simón. Nada más entrar en la sala exclaman:

-¡Ah,… entonces provenía de aquí! -y olfatean el ambiente saturado de perfume de rosas, saturado a pesar de que las puertas estén abiertas de par en par -Pero, ¿quién ha perfumado de este modo esta habitación? ¿Marta, quizás?
-preguntan muchos de los presentes.

-Mi hermana no se ha movido de casa hoy después de la comida -responde Lázaro.

-¿Y quién ha sido entonces? ¿Algún sátrapa asirio? -dice Pedro bromeando.

-El amor de una redimida -dice serio Jesús.
-Podía haberse ahorrado esta inútil ostentosidad de redención y haber dado el coste a los pobres. Son muchos, y saben que nosotros damos. Yo no tengo ya ni un ochavo -dice enfadado Judas Iscariote -Y tenemos que comprar el cordero, alquilar la sala para el Cenáculo y…

-Pero si os he ofrecido yo todo… -dice Lázaro.

-No es justo. Pierde su belleza el rito. La Ley dice: "Tomarás el cordero para ti y para tu casa". No dice: “Aceptarás el cordero".

Bartolomé se vuelve como movido por un resorte, abre la boca, pero… la cierra. Pedro se pone carmesí por el esfuerzo de guardar silencio. Pero Simón Zelote, que está en su casa, siente que puede hablar y dice:

-Eso son sutilezas rabínicas… Te ruego que las olvides y que, eso sí, guardes respeto a mi amigo Lázaro.

-¡Sí señor, Simón! -Pedro, si no habla, explota -Sí señor! Me parece, además, que nos olvidamos demasiado de que el Maestro es el único que tiene derecho a enseñar…

-Pedro dice ese "nos olvidamos" haciendo un esfuerzo heroico por no decir:“Judas se olvida".

-Es verdad… pero… es que estoy nervioso. Perdona, Maestro.

-Sí. Y también te respondo. La gratitud es una gran virtud. Yo le estoy agradecido a Lázaro. Como también esta mujer redimida me ha dado las gracias. Derramo sobre Lázaro el perfume de mi bendición, incluso por aquellos, de entre mis apóstoles, que no lo saben hacer; Yo, que soy cabeza de todos vosotros. Esta mujer ha derramado a mis pies el perfume de la alegría por su redención. Ha reconocido al Rey y a Él ha venido, antes que otros muchos, sobre quienes el Rey ha derramado mucho más amor que no sobre ella. Dejadla actuar libremente y no la critiquéis. No podrá estar presente en el momento que me aclamen, como tampoco en el momento de mi unción Ya lleva sobre sus espaldas su cruz. Pedro, has preguntado que si había venido aquí un sátrapa asirio. Pues bien, en verdad te digo que ni siquiera el incienso de los Magos -tan puro y precioso como era -igualaba en suavidad y valor a éste.

La esencia está diluida en el llanto; por eso es tan penetrante: la humildad sostiene al amor y lo hace perfecto. Sentémonos a la mesa, amigos…

Con el ofrecimiento de la comida la visión concluye.

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