por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Una mañana espléndida, que invita verdaderamente a pasear dejando cama y casa. Los que están en la casa de Simón Zelote, cual abejas con los primeros rayos solares, se levantan muy temprano y salen a respirar el aire puro al huerto de Lázaro, que circunda la casita hospitalaria.
Pronto se suman a ellos los que están alojados en casa de Lázaro, es decir: Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Andrés y Santiago de Zebedeo. El sol entra alegre por las ventanas y puertas abiertas de par en par, y las habitaciones, sencillas y limpias, se visten de un tono oro que aviva los colores de los vestidos y hace más brillantes los de los cabellos y las pupilas.
María de Alfeo y Salomé están centradas en servir a estos hombres de vigoroso apetito. María está atenta a cómo un servidor de la casa de Lázaro le arregla a Margziam sus delicados cabellos, igualándoselos con más destreza que su precedente peluquero.
-Por ahora va bien así -dice el sirviente -luego, después del ofrecimiento a Dios de tu melena de niño, te dejaré el pelo bien cortito. Está llegando el calor y estarás mejor sin pelos que te cubran el cuello; además se te pondrán más fuertes; ahora están secos y quebradizos; son cabellos descuidados. ¿Ves, María?, necesitan un cuidado; ahora los unjo para que no se alboroten. ¿Ves, niño, que buen olor? Es el ungüento que usa Marta: almendra, palma y médula finísima -y esencia exótica. Es muy bueno. Mi ama ha dicho que se conserve este tarrito para el niño. ¡Ah! ¡Eso es!… ¡Ahora pareces el hijo del rey.
Y el sirviente -que quizás es el barbero de la casa de Lázaro -le da un cachetito a Margziam en un carrillo, se despide de María y se marcha satisfecho.
-Ven que te visto -dice María al niño, que en este momento no tiene sino una prenda de mangas cortas (creo que es la camisa, o 1o que en aquellos tiempos la suplía: por lo fino que es el lino, deduzco que pertenecía al vestuario de Lázaro niño). María le quita la toalla en que estaba casi completamente envuelto y le pone una vestidura de lino, fruncida en la base del cuello y en las muñecas, y luego la sobreveste roja, de lana, de amplio escote y anchas mangas. El lino esplendoroso sobresale, blanquísimo, por el escote y las mangas del indumento rojo y opaco. Las manos de María deben haberse encargado por la noche del problema de la largura de la túnica y de las mangas; ahora va bien todo, especialmente cuando María le ciñe la cintura con la suave banda del cinturón, terminada en una borla de lana blanca y roja. El niño ya no parece ese pobre ser insignificante de pocos días antes.
-Ve a jugar mientras me preparo, pero sin mancharte -dice María acariciándolo. Y el niño sale, saltando contento, a buscar a sus grandes amigos.
El primero en verlo es Tomás:
-¡Pero qué guapo estás! ¡De boda! Yo ahora, comparado contigo, es que desaparezco -dice Tomás, siempre alegre, metido en carnes, tranquilo; y lo coge de la mano y dice:
-Ven. Vamos con las mujeres. Te estaban buscando para darte la comida.
Entran en la cocina. Tomás, con su vozarrón, gritando, hace pegar un salto a las dos Marías, que estaban agachadas hacia los anafres:
-¡Aquí hay un jovencito que os estaba buscando! -y, riendo, presenta al niño, que se había escondido detrás de su robusta persona.
-¡Cariño! ¡Ven, que te dé un beso! ¡Mira, Salomé, qué bien está así! -exclama María de Alfeo.
-¡Verdaderamente! Ahora sólo le falta hacerse más fuerte. Me encargaré yo de ello. Ven, que te bese también yo» dice Salomé.
-Jesús quiere confiárselo a los pastores… -objeta Tomás.
-¡Ni soñarlo! En esto mi Jesús se equivoca. Pero, vosotros, los hombres, ¿qué podéis pretender?, ¿qué sabéis hacer?: discutir -porque, dicho sea de paso, sois más bien dados a discutir… como los chivos, que se quieren pero se dan cornadas -, comer, hablar; tenéis mil necesidades, y pretendéis del Maestro total atención a vosotros… si no, malas caras… Los niños tienen necesidad de sus madres. ¿No es verdad?… ¿Cómo te llamas?
-Margziam.
-¡Vaya! ¡Bendita María mía! ¡Podía haberte puesto un nombre más fácil!
-¡Es casi como el suyo! -exclama Salomé.
-Sí, pero el suyo es más simple. No tiene esas tres letras en medio… Tres son demasiadas…
Judas Iscariote, que acaba de entrar, dice:
-Ha puesto el nombre de significado exacto según la genuina lengua antigua.
-Bueno, bien, pero… es difícil; yo quito una letra y digo Marziam.
-Es más fácil, y no creo que se vaya a hundir el mundo por eso. ¿Verdad, Simón?
Pedro, que pasaba en ese momento por delante de la ventana hablando con Juan de Endor, se asoma y dice:
-¿Qué quieres?
-Decía que pienso llamar Marziam al niño, porque es más fácil. -Tienes razón, mujer. Si la Madre me lo permite yo también lo llamaré Marziam. Pero… ¡Estás perfectamente así!… ¡Yo también! ¿Eh?!… ¡Observad!
En efecto, está bien cepillado, tiene afeitados los carrillos, arreglados y ungidos pelo y barba, el vestido sin arrugas; ¿y las sandalias?: las ha limpiado tanto y les ha sacado tanto brillo -no sé con qué -, que parecen nuevas. Las mujeres lo admiran y él ríe contento.
El niño, que ha terminado ya de comer, sale para ir con su gran amigo, al que llama siempre "padre".
Viene Jesús de la casa de Lázaro. El niño corre a su encuentro y Jesús le dice:
-La paz entre nosotros, Margziam. Démonos el beso de la paz.
El niño saluda también a Lázaro, que venía con Jesús, y recibe una caricia y un dulce. Todos se reúnen en torno a Jesús. También María, que lleva ahora una túnica de lino color turquesa y un manto más oscuro de elegantes pliegues, viene sonriendo hacia su Hijo.
-Entonces, podemos empezar a marcharnos -dice Jesús -. Tú-Simón, con mi Madre y el niño, si es que estás empeñado todavía en comprar, aunque ya Lázaro haya resuelto el problema. -¡Ciertamente! Además… podré decir que una vez pude caminar al lado de tu Madre, lo cual es un gran honor. -Pues ve. Tú, Simón, me acompañarás a hacer una visita a tus amigos leprosos… -¡Sí, Maestro! Entonces, si me lo permites, me adelanto, corriendo, para reunirlos… Me verás allí; total… ya sabes dónde están… -De acuerdo. Ve. Los demás, haced lo que os parezca más conveniente; disponed libremente todos hasta el miércoles por la mañana A la hora tercera todos ante la Puerta Dorada.
-Yo voy contigo, Maestro -dice Juan.
-Yo también -dice Santiago, su hermano.
-Y también nosotros -dicen los dos primos.
-Yo también -dice Mateo, y con él Andrés.
-¿Y yo? También quisiera ir contigo… pero, si voy a hacer las compras, no puedo… -dice Pedro sujeto a dos deseos.
-Hay una solución. Primero vamos a ver a los leprosos. Entretanto, mi Madre va con el niño a una casa amiga de Ofel. Luego la alcanzamos y vas con Ella mientras Yo y los demás vamos a casa de Juana. Luego nos reunimos en Getsemaní para comer, y luego, al atardecer, volvemos aquí.
-Yo, con tu permiso, voy a donde unos amigos… -dice Judas Iscariote.
-Pero si ya he dicho que hagáis lo que creáis más conveniente.
-Entonces yo voy a ver a la familia. Quizás ha vuelto ya mi padre. Si es así, te lo traigo -dice Tomás.
-¿Qué te parece, Felipe, si nosotros dos vamos a ver a Samuel?
-¿Me parece bien -responde éste a Bartolomé.
-¿Y tú, Juan? -le pregunta Jesús al hombre de Endor -¿Prefieres quedarte aquí a ordenar tus libros o venir conmigo?
-Verdaderamente preferiría ir contigo… Los libros… ahora ya me gustan menos. Prefiero leerte a ti, Libro vivo.
-Pues ven. Adiós, Lázaro, hasta…
-No, no; también voy yo. Las piernas están un poco mejor. Después de los leprosos te dejo y voy a Getsemaní a esperarte.
-Vamos. La paz a vosotras, mujeres.
Hasta las cercanías de Jerusalén van todos juntos. Luego se separan: Judas se va por su cuenta (entra en la ciudad, probablemente por la Puerta que está hacia la Torre Antonia); Tomás, Felipe y Natanael, con María y el niño, caminan todavía con Jesús y los otros compañeros unas cuantas decenas de metros para luego entrar en la ciudad por la parte del suburbio de Ofel.
-¡Bien! ¡Encaminémonos hacia estos infelices! -dice Jesús, y, volviendo las espaldas a la ciudad, empieza a andar en dirección a un lugar desolado, situado en las laderas de un cerro rocoso que está entre los dos caminos que de Jericó van a Jerusalén. Es un lugar extraño: después de la primera subida por la que trepa un escarpado sendero, presenta una estructura escalonada, de forma que, hasta el primer desnivel, hay al menos tres metros a pico, y así el segundo desnivel… Es un lugar árido, muerto…tristísimo.
-Maestro -grita Simón Zelote -estoy aquí; párate, que te enseño yo el camino… -y Simón, que estaba apoyado en la roca buscando un poco de sombra, viene, y conduce a Jesús por una vereda también escalonada, que va en dirección a Getsemaní, aunque del otro lado del camino que une el Monte de los Olivos con Betania.
-Hemos llegado. Yo viví entre los sepulcros de Siloán. Aquí están mis amigos; parte de ellos, porque los otros están en Ben Hinnom y no han podido venir porque habrían tenido que atravesar el camino y los habrían visto.
-Iremos a verlos también a ellos.
-¡Gracias!, por ellos y por mí.
-¿Son muchos?
-El invierno ha matado a la mayoría. Aquí, de todas formas, hay todavía cinco de aquellos con los que había hablado. Te esperan. Mira, allí están, en el borde de su presidio…
Serán diez monstruos. Digo "serán" porque, si bien a cinco de ellos se los distingue en pie, a los otros -sea por el color grisáceo de su piel, sea por la deformidad de su rostro, sea porque apenas descuellan del pedregal -se los distingue tan mal, que su número podría ser mayor o menor.
Entre los que están en pie, hay sólo una mujer: dicen que es mujer sólo sus encanecidos cabellos, descuidados, duros y sucios, que le caen por la espalda hasta la cintura; por lo demás, no se distingue su sexo, pues la enfermedad, ya muy avanzada, la ha reducido a los huesos, anulando todo resto de femenina forma. Igualmente, respecto a los hombres, sólo uno muestra todavía un remanente de bigote y barba; a los demás los ha rasurado la destructora enfermedad.
Gritan:
-¡Piedad de nosotros, Jesús, Salvador nuestro! -y tienden hacia Él sus manos, deformes y llagadas.
-¡Jesús, Hijo de David ten piedad!
-¿Qué deseáis que os haga? -pregunta Jesús alzando el rostro hacia esas ruinas humanas.
-Que nos liberes del pecado y de la enfermedad.
-Del pecado libera la voluntad y el arrepentimiento…
-Pero, si Tú quieres, puedes cancelar nuestros pecados. A1 menos eso, si no quieres curar nuestros cuerpos.
-Si os digo: "Elegid entre las dos cosas", ¿cuál queréis?
-El perdón de Dios, Señor; para sentirnos menos desolados.
Jesús hace un gesto de aprobación, sonriendo luminosamente, luego alza los brazos y grita:
-¡Sea como queréis! ¡Lo quiero!
¡Como queréis!: puede referirse al pecado o a la enfermedad, o a las dos cosas; los cinco desdichados quedan en la incertidumbre; ellos sí, pero no los apóstoles, que no pueden menos que gritar su hosanna cuando ven que la lepra desaparece rápidamente, como el copo de nieve caído en la llama. Entonces los cinco comprenden que se les ha concedido todo lo que habían pedido… y su grito resuena como un tañido de victoria: se abrazan entre sí, lanzan besos a Jesús -no pueden arrojarse a sus pies -, y luego se vuelven a sus compañeros:
-¿No queréis todavía creer? ¡Qué desdichados sois!
-¡Calma! ¡Tranquilos! Estos pobres hermanos necesitan pensar. No les digáis nada. La fe no se impone; se predica con paz, dulzura, paciencia, constancia, que es lo que haréis después de vuestra purificación, como hizo Simón con vosotros. Por lo demás, el milagro predica ya por sí mismo. Vosotros, los curados, iréis a presentaros al sacerdote lo antes posible; vosotros, los enfermos, esperad para esta tarde nuestro regreso: os traeremos comida. La paz sea con vosotros.
Jesús, seguido de las bendiciones de todos, baja de nuevo al camino.
-Ahora vamos a Ben Hinnom -dice Jesús.
-Maestro… quisiera ir contigo, pero comprendo que no puedo. Voy al Getsemaní -dice Lázaro.
-Ve, ve, Lázaro. La paz sea contigo.
Mientras Lázaro lentamente se pone en camino, Juan apóstol dice:
-Maestro, lo acompaño: camina con dificultad y la vereda no es muy buena. Te alcanzo en Ben Hinnom.
-Bien, ve. Vamos.
Pasan el Cedrón. Siguen el lado sur del monte Tofet. Llegan a un vallecillo sembrado de tumbas e inmundicias, sin un solo árbol, sin nada que proteja del sol, que en este lado meridional cae implacable con su fuego poniendo al rojo el pedrisco de estos nuevos escalones de infierno, en cuya base aumentan el calor inflamadas emanaciones fétidas. Dentro de estas tumbas, que asemejan a hornos crematorios, míseros cuerpos se consumen… Siloán, siendo húmedo y estando orientado casi al Norte, será feo en invierno, pero este lugar debe ser terrorífico en verano…
Simón Zelote lanza una llamada… y, primero tres, luego dos, luego uno, y todavía otro más, se acercan, como pueden, hasta el límite prescrito. Aquí hay dos mujeres; una de ellas lleva de la mano a un esperpento de niño al que la lepra se le ha fijado especialmente en la cara y ya está ciego…
Uno de ellos es un hombre de aspecto noble a pesar de su mísera condición, el cual toma la palabra en nombre de todos:
-Bendito sea el Mesías del Señor, que ha descendido a esta Gehena para sacar de ella a los que en él esperan. ¡Sálvanos, Señor, que perecemos! ¡Sálvanos, Salvador! ¡Rey de la estirpe de David, Rey de Israel, ten piedad de tus súbditos! ¡Oh, Vástago de la estirpe de Jesé, de quien se dijo que cuando llegase su tiempo desaparecería todo mal, extiende tu mano para recoger estos desperdicios de tu pueblo! Aleja de nosotros esta muerte, enjuga nuestras lágrimas, pues que de ti así está escrito. Condúcenos, Señor, con tu voz, a tus pastos excelentes, a tus frescas aguas, pues estamos sedientos; condúcenos a lo alto de las eternas colinas, donde ya no existen ni la culpa ni el dolor! ¡Ten piedad Señor…!
-¿Quién eres?
-Juan, miembro del Templo; quizás he sido contaminado por un leproso. Hace poco, como puedes ver, tengo la enfermedad. ¡Pero estos otros!… Entre ellos hay algunos que ya hace años que esperan la muerte. Esta pequeñuela está aquí desde antes de saber andar, no conoce el mundo creado por Dios; cuanto conoce o recuerda de las maravillas de Dios son estas tumbas, este sol despiadado y las estrellas de la noche. ¡Ten piedad de los culpables y de los inocentes, Señor, Salvador nuestro!
Están todos arrodillados con los brazos extendidos.
Jesús llora ante tanta miseria, abre sus brazos y grita:
-Padre Yo lo quiero: curación, vida, vista y santidad para ellos.
Y permanece así, con los brazos abiertos, orando ardorosamente con todo su espíritu: parece estilizarse y elevarse en su oración, llama de amor, blanca e intensa, bañada en el intenso oro del sol.
-¡Mamá! ¡Veo! -es el primer grito.
Se oye también el correlativo grito de la madre estrechando contra su pecho a su niña curada. Luego el de los otros y los apóstoles… El milagro ha quedado cumplido.
-Juan, tú, sacerdote, guiarás a tus compañeros en el rito. Paz a vosotros. Os traeremos esta tarde comida también a vosotros.
Jesús bendice y hace ademán de emprender el camino.
Pero el leproso Juan grita:
-¡Quiero seguir tus pasos! ¡Dime qué tengo que hacer, dónde tengo que ir para predicarte!
-Sea esta tierra desolada y desnuda, que necesita convertirse al Señor, tu campo; sea tu campo la ciudad de
Jerusalén. Adiós.
-Vamos ahora adonde mi Madre -dice a los apóstoles.
Y muchos de los presentes preguntan:
-Pero, ¿dónde está?
-En una casa que Juan conoce; la de la niña curada el año pasado.
Entran en la ciudad y recorren una buena parte del populoso suburbio de Ofel, hasta una casita blanca.
Saluda dulcemente al entrar en la casa (la puerta estaba entornada). Proveniente del interior de la casa, se oye la dulce voz de María y la voz argentina de Analía, y también la voz de su madre, más áspera. La niña se inclina profundamente para adorar, la madre se arrodilla. María se alza.
Quisieran retenerlos, al Maestro y a su Madre. No obstante, Jesús, prometiendo volver otro día, bendice y se despide.
Pedro se marcha contento con María; llevan los dos de la mano al niño: parecen una pequeña familia feliz. Muchos se vuelven a mirarlos. Jesús, sonriendo, observa cómo van.
-¡Simón se siente feliz! -exclama el Zelote.
-¿Por qué sonríes, Maestro? -pregunta Santiago de Zebedeo.
-Porque en ese pequeño grupo veo una gran promesa.
-¿Cuál, Hermano? ¿Qué es lo que ves? -pregunta Judas Tadeo.
-Veo que me podré marchar tranquilo cuando llegue la hora; no debo temer por mi Iglesia. Entonces será pequeña y débil como Margziam. Pero estará mi Madre, cual Madre suya, para sujetarla de la mano; y, cual padre suyo, estará Pedro, en cuya mano honesta y callosa puedo depositar sin preocupación la mano de mi naciente Iglesia.
Pedro le dará la fuerza de su protección; mi Madre, la fuerza de su amor. Así la Iglesia se desarrollará… como Margziam… ¡Verdaderamente es un niñosímbolo! ¡Dios bendiga a mi Madre, a mi Pedro y al niño de ellos y nuestro! Vamos a casa de Juana…
Por la tarde, de nuevo estamos en la casita de Betania. Muchos, cansados, se han retirado ya; Pedro no, que va y viene paseando por el sendero, levantando la cabeza muy frecuentemente hacia la terraza donde están sentados, hablando, Jesús y María. Juan de Endor por su parte está hablando con Simón Zelote, sentados los dos bajo un granado todo en flor.
Se ve que María ha hablado ya mucho porque le oigo decir a Jesús:
-Todo lo que me has dicho es muy cabal. Tendré presente la equidad de tus palabras. También estimo exacto tu consejo por lo que se refiere a Analía. Es buena señal que ese hombre lo haya recibido con tanta disposición. Es verdad que en la alta Jerusalén hay mucho embotamiento y odio -porquería se puede decir-; pero, entre sus gentes humildes hay perlas de ignorado valor. Me alegro de que Analía se sienta feliz. Es una criatura que es más del Cielo que de la tierra. Quizás ese hombre, ahora que ha entrado en el concepto del espíritu, lo ha intuido y por eso manifiesta hacia ella una gran veneración. Su idea de marcharse a otro lugar, para no turbar con un latido humano el cándido voto de la muchacha, lo demuestra.
-Sí, Hijo mío. El hombre advierte el perfume de quienes son vírgenes… Me viene José a la memoria. Yo no sabía qué palabras usar. El no sabía mi secreto… y, no obstante, con percepción de santo, me ayudó a manifestarlo: había detectado el perfume de mi alma… Fíjate también Juan: ¡Qué paz! Todos quieren estar a su lado… hasta el mismo Judas de Keriot, a pesar de que…
No, Hijo, Judas no ha cambiado; yo lo sé y Tú lo sabes. No hablamos porque no queremos encender la guerra; pero, aunque no hablemos, sabemos… y, aunque no hablemos, los demás intuyen… ¡Oh, Jesús mío, los jóvenes me han contado hoy en Getsemaní el episodio de Magdala y el del sábado por la mañana… La inocencia habla… porque ve con los ojos de su ángel. Pero también los ancianos vislumbran… No se equivocan: es un ser huidizo… todo en él es huidizo. Le tengo miedo, y tengo en mis labios las mismas palabras de Benjamín en Magdala y de Margziam en Getsemaní, porque siento ante Judas el mismo escalofrío que sienten los niños.
-¡No todos pueden ser Juan!…
-¡No lo pretendo! ¡Sería un paraíso esta tierra! Pero, mira, me has hablado del otro Juan… Un hombre que incluso ha matado. Pues bien, me da sólo pena; Judas, sin embargo, me da miedo.
-¡Ámalo, Madre! ¡Ámalo, por amor a mí!
-Sí, Hijo; pero ni siquiera servirá mi amor, significará solamente sufrimiento para mí y culpa para él. ¿Pero por qué ha entrado? Turba a todos; ofende a Pedro, que merece todo respeto.
-Sí. Pedro es muy bueno. Por él haría cualquier cosa, porque lo merece.
-Si te oyera, diría con esa sonrisa suya buena y franca: "¡Ah, Señor, eso no es verdad!". Y tendría razón.
-¿Por qué, Madre?». Pero Jesús ya sonríe, porque ha comprendido
-Porque no lo complaces dándole un hijo. Me ha hablado de todas sus esperanzas, sus deseos… y tus negativas.
-¿No te ha explicado las razones con que las he justificado.
-Sí. Me las ha dicho, y ha añadido: "Es verdad… pero yo soy un hombre, un pobre hombre. Jesús se obstina en ver en mí a un gran hombre. Pero sé que soy muy mísero, así que… me podría dar un hijo. Me casé para tenerlos… y me voy a morir sin tenerlos". Y ha dicho -aludiendo al niño, que, contento con el bonito vestido que Pedro le había comprado, lo había besado y le había llamado "padre querido, ha dicho: "Mira, cuando este pequeñuelo -hace diez días no lo conocía -me llama así, siento que me vuelvo más blando que la mantequilla y más dulce que la miel, y me echo a llorar, porque cada día que pasa se me lleva a este hijo…"
María guarda silencio observando a Jesús, estudiando su rostro, en espera de una palabra… Pero Jesús ha puesto el codo en la rodilla, y la cabeza apoyada sobre la mano, y guarda también silencio mientras mira a la explanada verde del pomar.
María toma una mano de Jesús, se la acaricia, y dice:
-Simón tiene este gran deseo… Mientras íbamos juntos, no ha hecho otra cosa sino hablarme de ello, y exponiendo razones tan justas, que… no he podido objetarle nada.
Eran las mismas razones que pensamos todas nosotras, mujeres y madres. El niño no es fuerte. Si fuera como eras Tú… ¡Ah, entonces podría afrontar la vida de discípulo sin miedo! ¡Pero, es físicamente tan delicado!… Muy inteligente, muy bueno… Pero nada más. A un pichoncillo delicado no se le puede lanzar pronto a volar, como se hace con los fuertes. Los pastores son buenos… pero son hombres; los niños tienen necesidad de las mujeres. ¿Por qué no se lo dejas a Simón? Comprendo que le niegues una criatura nacida de él. Un hijo propio es como un ancla, y Simón -destinado a tan alto sino -no puede estar retenido por ninguna ancla. Pero estarás de acuerdo en que él debe ser "el padre" de todos los hijos que le vas a confiar.
¿Cómo va a poder ser padre si no ha aprendido antes con un niño? Un padre debe ser dulce.
Simón es bueno, pero no dulce; es impulsivo e intransigente. Sólo una criaturita le puede enseñar el sutil arte de la compasión hacia el débil… Considera este destino de Simón… ¡Nada menos que tu sucesor! ¡Oh, esta atroz palabra también tengo que decirla! Escúchame, por todo el dolor que me causa el pronunciarla. Jamás te aconsejaría algo que no fuera bueno. Margziam… quieres hacer de él un discípulo perfecto… pero es todavía un niño. Tú… te marcharás antes de que se haga hombre. ¿A quién mejor que a Simón se le podrá entregar para que complete su formación? Y además… ¡pobre Simón!… ya sabes el tormento que ha recibido de su suegra, incluso por causa tuya; pues bien, a pesar de ello, no se ha apropiado ni siquiera de una partícula de su pasado, de su libertad de hace ya un año, para que lo dejase en paz su suegra, a la que ni siquiera Tú has podido cambiar. ¿Y su esposa?: ¡pobre mujer!… ¡Desea tanto amar y ser amada…!
Su madre… ¡oh!… ¿Y el marido?: encantador pero autoritario… Jamás recibió afecto sin que se le exigiera a cambio demasiado… ¡Pobre mujer!… Confíale el niño.
Escúchame, Hijo. Por ahora lo llevamos con nosotros. Yo también iré por Judea. Me llevarás contigo a casa de una compañera mía del Templo, y casi pariente porque procede de David. Está en Betsur. Me alegrará volver a verla, si vive todavía. Luego, cuando volvamos a Galilea, se lo damos a Púrpura: cuando estemos cerca de Betsaida, Pedro lo tomará consigo; cuando estemos aquí, lejos, el niño se quedará con ella. ¡Ah!,… te veo sonreír… Entonces es que vas a contentar a tu Madre.
Gracias, Jesús mío.
Sí, sea como Tú quieres.
Jesús se levanta y llama con voz potente:
-¡Simón de Jonás, ven!
Pedro reacciona instantáneamente y sube corriendo las escaleras
-¿Qué quieres, Maestro?
-¡Ven aquí, hombre usurpador y corruptor!
-¿Yo? ¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor?
-Has coaccionado a mi Madre. Por este motivo quisiste estar solo.¿Qué debo hacer contigo?
Pero Jesús sonríe, y Pedro se tranquiliza
-Me has asustado verdaderamente. Menos mal que te veo sonreír. ¿Qué quieres de mí, Maestro? ¿La vida? Ya sólo me queda la vida porque me has tomado todo lo demás… Pero, si quieres, te la doy.
-No quiero tomarte nada; quiero darte algo. De todas formas, no te aproveches de la victoria, y no digas este secreto a los demás, astutísimo hombre, que vences al Maestro con el arma de la palabra materna. Tendrás el niño, pero…
Jesús no puede seguir hablando, porque Pedro -que se había arrodillado -se pone en pie de un salto y besa a Jesús con tal ímpetu que le corta la palabra.
-Agradéceselo a Ella; pero recuerda que esto debe ser una ayuda para ti, no un obstáculo…
-Señor, no te arrepentirás de este regalo… ¡Oh, María,
santa y buena, bendita seas siempre!…
Y Pedro, que de nuevo ha caído de rodillas, llora abiertamente, besando la mano de María…
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Por el umbrío camino que une el Monte de los Olivos con Betania -podría decir que el monte llega, con sus prolongaciones verdes, hasta los campos de Betania -, Jesús con los suyos camina ligero hacia la ciudad de Lázaro.
No ha entrado aún y ya lo han reconocido: emisarios, que lo son por propia iniciativa, corren en todas las direcciones para avisar de su llegada, de forma que empiezan a aparecer: por un lado, Lázaro y Maximino; por otro, Isaac con Timoneo y José; la tercera es Marta con Marcela (que alza su velo para inclinarse a besar la túnica de Jesús); inmediatamente después, llegan María de Alfeo y María Salomé, las cuales reciben al Maestro con un gesto de veneración y luego abrazan efusivamente a los propios hijos. El pequeño Yabés, a quien Jesús sigue llevando de la mano, zarandeado por todas estas impetuosas llegadas, observa esto lleno de asombro. Juan de Endor, sintiéndose extraño, se retira hacia la cola del grupo, aparte. Y, por el sendero que conduce a la casa de Simón, viene la Madre.
Jesús suelta la mano de Yabés y, delicadamente, elude a los amigos para apresurarse a ir a su encuentro. Las ya conocidas palabras rompen el aire, tañendo como un solo de amor que se destaca de entre el murmullo de la gente:
« ¡Hijo! », « ¡Mamá! ». Se besan. María expresa en su beso una angustia como de quien ha estado temiendo durante mucho tiempo y llega el momento -éste -en que, al desvanecerse el terror que la tenía apresada, siente el cansancio del esfuerzo realizado y valora en toda su profundidad el peligro que ha corrido…
Jesús la acaricia. Ha comprendido. Dice:
-Además de mi ángel, velaba por mí el tuyo, Madre. No podía sucederme nada malo.
-Gloria al Señor por ello. De todas formas he sufrido mucho.
-Mi deseo ha sido venir antes, pero he seguido otro camino por prestarte obediencia a ti. Y ha sido positivo: tu indicación, Madre mía, como siempre, ha sido fructífera.
-¡Tu obediencia, Hijo!
-Tu sabia indicación, Madre…
Se sonríen mutuamente como dos enamorados. ¿Pero es posible que esta Mujer sea la Madre de este Hombre? ¿Dónde están los dieciséis años de diferencia? La frescura de su rostro y la gracia de su cuerpo virginal hacen de María la hermana de su Hijo, que está en la plenitud de su bellísima virilidad.
-¿No me preguntas por qué ha sido fructífera? -pregunta Jesús, que sigue sonriendo.
-Sé que mi Jesús no me oculta nada.
-¡Qué encanto eres, Mamá!… -y la vuelve a besar…
La gente se ha mantenido a unos metros de distancia haciendo como que no observa la escena, pero estoy segurísima de que ninguno de estos ojos, que parecen atentos a otra parte, se abstiene de mirar de reojo a este tierno cuadro.
E1 que más mira es Yabés. Jesús lo había soltado para darse prisa en abrazar a su Madre. Se ha quedado solo. Ahora, con el agolparse de preguntas y respuestas, el pobre niño pasa inadvertido. Mira fijamente, agacha la cabeza, lucha contra el llanto… pero, al final, no pudiendo más, rompe a llorar gimiendo:
-¡Mamá! ¡Mamá!
Todos -los primeros, Jesús y María -se vuelven, todos tratan le poner remedio de alguna forma, o de saber quién es el niño. María de Alfeo y Pedro se acercan inmediatamente -estaban juntos -y dicen:
-¿Por qué lloras?
Pero, antes de que Yabés, embargado en su llanto, pueda tomar respiro para hablar, ya ha venido María y, tomándolo en brazos, ha dicho:
-¡Sí, hijito mío, Mamá! No llores más… y perdona si no te he visto antes… Os presento, amigos, a mi hijito…
Se ve que Jesús, en los pocos metros que mediaban, debe haberle dicho:
-Es un huerfanito que he tomado conmigo -El resto lo ha intuido María.
El niño llora, pero ya con menos desolación. Al final, dado que María lo tiene en brazos y lo está besando, sonríe incluso, con esa carita suya todavía bañada de llanto.
-Deja que te seque todas estas lágrimas. ¡No debes llorar más! Dame un beso…
Era precisamente lo que estaba deseando Yabés; después de tantas caricias de hombres barbudos, se deleita verdaderamente besando la mejilla lisa de María.
Jesús por su parte busca con su mirada a Juan de Endor, y lo ve allá, apartado. Se dirige a él y lo lleva hacia María -que está siendo saludada por todos los apóstoles -, y, teniendo sujeta su mano, dice:
-Mira, Madre, el otro discípulo. Estos son los dos hijos que has ganado por la indicación que me diste.
-Tu obediencia, Hijo -repite María. Luego saluda al hombre, diciendo: «La Paz está contigo».
El hombre, el rudo, inquieto hombre de Endor, que tanto ha cambiado ya desde aquella mañana en que el capricho de Judas Iscariote llevó a Jesús a Endor, termina de despojarse de su pasado al inclinarse ante María (yo lo creo así, a juzgar por lo sereno, verdaderamente "pacificado" que se ve su rostro cuando lo alza, una vez cumplido el respetuosísimo saludo).
Se encaminan todos hacia la casa de Simón: María llevando en brazos a Yabés, Jesús -cogida su mano -con Juan de Endor. Luego, a los lados o detrás, Lázaro y Marta, los apóstoles y Maximino, Isaac, José, Timoneo.
En el umbral de la puerta, el anciano servidor de Simón hace un gesto de veneración a Jesús y a su jefe. Entran en la casa.
-La paz a ti, José, y a esta casa -dice Jesús, alzando su mano para bendecir, después de haberla puesto en la cabeza blanca del anciano servidor.
Lázaro y Marta, después del primer impacto alegre, se muestran un poco tristes, de forma que Jesús pregunta:
-¿Por qué, amigos?
-Porque no estás con nosotros y porque todos se allegan a ti excepto esa alma que quisiéramos que fuera tuya.
-Fortificad la paciencia, la esperanza y la oración.
Además, Yo estoy con vosotros. ¿Esta casa?… esta casa no es sino el nido desde el que el Hijo del hombre cada día volará para ir a ver a sus queridos amigos, que están muy cerca en distancia y -si se considera la cosa sobrenaturalmente -infinitamente más cercanos en el amor.
Vosotros estáis en mi corazón y Yo en el vuestro. ¿Acaso se puede estar más cerca? De todas formas, esta tarde la pasaremos juntos. Sentaos, sentaos a mi mesa.
-¡Ay, pobre de mí! ¡Y yo aquí holgazaneando! ¡Ven, Salomé, que tenemos cosas que hacer!
La exclamación de María de Alfeo, que se levanta diligentemente para ir a su trabajo, hace sonreír a todos.
Pero Marta la alcanza y le dice:
-No te preocupes, María, por la comida. Voy a dar las disposiciones oportunas para que tú tengas que preparar sólo las mesas. Te traerán sillas suficientes y todo lo que se necesita. Ven, Marcela. Vuelvo enseguida, Maestro.
-He visto a José de Arimatea, Lázaro. El lunes va a venir con unos amigos.
-¡Ah, entonces ese día eres todo para mí!
-Sí. Viene para estar juntos, y también para preparar una ceremonia relativa a Yabés. Juan, lleva al niño a la terraza, que se divertirá. Juan de Zebedeo, siempre obediente, se alza enseguida de su sitio… Poco después, se oye el gorjeo del niño y sus pataditas en la terraza que rodea la casa. -Este niño -explica Jesús a su Madre, a los amigos, a las mujeres (entre las cuales está Marta, que ha volado para no perder un solo minuto de alegría junto al Maestro) -es nieto de un campesino de Doras. He pasado por Esdrelón… -¿Es verdad que los campos están desolados y que quiere venderlos? -Están desolados. Lo de la venta no lo sé. Un campesino de Jocanán me ha aludido a ello, pero no sé si es seguro. -Si los vendiera… los compraría de buena gana para disponer de un lugar de refugio para ti incluso en medio de ese nido de serpientes.
-No creo que lo consigas. Jocanán ya está pensando en adquirirlos.
-Veremos… Pero… continúa tu narración. ¿Qué campesinos son?
-¡A todos los de antes los ha desperdigado por distintos sitios!
-Sí. Éstos vienen de sus tierras de Judea, por lo menos el anciano que es pariente del niño. Lo tenía en el bosque, como a un animal salvaje, para que Doras no lo descubriera… Y estaba allí desde el invierno…
-¡Pobre niño! ¿Y por qué?
Las mujeres están profundamente conmovidas.
-Porque su padre y su madre quedaron sepultados por el desprendimiento de tierra de las cercanías de Emaús. Todos: padre, madre, hermanitos. Él se salvó porque no estaba en casa. Lo llevaron con su abuelo. Pero, ¿qué podía hacer un campesino de Doras? Tú, Isaac, has hablado de mí, como un salvador, incluso referido a este caso.
-¿He hecho mal, Señor? -pregunta humildemente Isaac.
-Has hecho bien. Dios lo quería. El anciano me ha entregado al niño, que además ha de hacerse mayor de edad en estos días.
-¡Pobrecito! ¿Tan pequeño con doce años? Mi Judas era casi el doble de alto a su edad… ¿Y Jesús? ¡Qué flor! -dice María de Alfeo.
Y Salomé:
-¡También mis hijos eran mucho más robustos!
Marta susurra:
-Verdaderamente es muy pequeñito. Pensaba que no tenía ni siquiera diez años.
-¡Claro! ¡Triste cosa es el hambre! Y debe haberla sufrido desde que vino a este mundo. Y además… ¿qué le iba a dar el anciano si allí todos se mueren de hambre? -dice Pedro.
-Sí, ha sufrido mucho; pero es muy bueno e inteligente. Me he hecho cargo de él para consolar al anciano y al niño.
-¿Lo vas a adoptar? -pregunta Lázaro.
-No. No puedo.
-Entonces me responsabilizo yo.
-Pedro, que ve desvanecerse su esperanza, se lamenta abiertamente:
-¡Señor! ¿Todo a él?
Jesús sonríe y dice:
-Lázaro, has hecho ya mucho, y te lo agradezco; no te puedo confiar a este niño. Es "nuestro" niño; de todos nosotros; alegría de los apóstoles y del Maestro. Además, aquí crecería rodeado de lujo, mientras que Yo quiero ofrecerle como don mi manto regio: "la honesta pobreza", la que el Hijo del hombre ha elegido pare sí, para poder acercarse a las mayores miserias sin humillar a ninguno.
Tú, recientemente, has recibido también un regalo mío…
-¡Ah, sí! El anciano patriarca y su hija. La mujer es muy activa y el anciano es muy bueno.
-¿Dónde están ahora?, ¿en qué sitio?
-¡Aquí, claro!, en Betania. ¿Cómo crees que iba a querer alejar la bendición que Tú enviabas? La mujer está en el lino, pues para ese tipo de trabajo hacen falta manos ligeras y expertas. El anciano, dado que se ha emperrado en que quiere trabajar, le he destinado a los panales.
Ayer -¿verdad, hermana mía? -tenía una larga barba toda de oro. Las abejas, enjambrando, se habían colgado todas de esa barbaza, y les hablaba como si fueran hijas suyas. Se le ve feliz.
-¡Lo creo! ¡Bendito seas! -dice Jesús.
-Gracias, Maestro… Pero… ese niño te costará… Permíteme a menos…
-¡Ya me encargo yo de su vestido de fiesta! -grita Pedro, y todos se echan a reír por la impulsividad del grito.
-Bien; pero necesitará otros indumentos. Simón, sé condescendiente, yo tampoco tengo hijos. Para mí y para Marta es una consolación encargarnos de hacer unos vestiditos: ¡concédenosla!
Pedro, ante tan insistente súplica, se enternece enseguida y dice:
-Los vestidos… sí… pero del del miércoles me encargo yo; me lo ha prometido e1 Maestro. Ha dicho que iré con su Madre a comprarlo mañana -Pedro dice todo por miedo a que haya algún cambio et perjuicio suyo.
Jesús sonríe y dice:
-Sí, Madre; te ruego que vayas mañana con Simón. Si no, este hombre se me muere de angustia. Así le podrás aconsejar para escoger.
-Yo he dicho: túnica roja y cinturón verde. Estará muy bien. Mejor que con ese color que tiene ahora.
-Rojo irá muy bien. Jesús también fue vestido de rojo. Pero yo diría que iría mejor encima del rojo un cinturón rojo, o, al menos, bordado en rojo -dice dulcemente María.
-Yo decía el verde porque veo que Judas, que es moreno, esta muy bien con esas franjas verdes encima de la túnica roja.
-¡Pero si no son verdes! -dice, riéndose, Judas Iscariote.
-¿No? ¿Y, entonces, de qué color son?
-Este color se conoce con el nombre de "vena de ágata".
-¿Y qué voy a saber yo? A mí me parecía verde. Ese color lo he visto también en las hojas…
María Santísima interviene benigna:
-Simón tiene razón. Es el color exacto que toman las hojas con las primeras aguas de Tisri…
-¡Eso es! Y, dado que las hojas son verdes, decía que era verde -termina diciendo, contento, Pedro.
La Dulce ha introducido paz y alegría también en esta pequeña cosa.
María pide que llamen al niño. Y éste viene enseguida, con Juan.
-¿Cómo te llamas? -pregunta María acariciándolo.
-Soy… era Yabés, pero estoy esperando el nombre…
-¿Estás esperándolo?
-Sí, Yabés quiere un nombre que quiera decir que Yo lo he salvado. Búscaselo, Madre; que sea un nombre de amor y salvación.
María se para a pensar un momento y dice: «Maryiam (Maarhciam). Eres la gotita en el mar de los salvados de Jesús. ¿Te gusta? Así seré recordada también yo además de la Salvación.
-Es muy bonito -dice contento el niño.
-Pero, ¿no es un nombre de mujer? -pregunta Bartolomé. Cuando esta gotita de Humanidad sea adulto, podréis cambiar su nombre por un nombre de hombre con una ele al final, en vez de la eme. (Esta prevista transformación del nombre puede hacer pensar en un futuro Marcial) Ahora lleva el nombre que le ha dado su Mamá. ¿No es verdad?
El niño responde afirmativamente y María lo acaricia.
La cuñada le dice:
-Esta lana es de calidad -y toca el pequeño manto de Yabés -; pero… ¡el color!… Yo la teñiría de rojo muy oscuro. Quedaría bien. ¿Qué opinas?
-Mañana por la tarde lo hacemos, porque mañana tendrá su prenda nueva. Ahora no se lo podemos quitar.
Marta dice:
-¿Quieres venir conmigo, niño? Te llevo aquí cerca a ver muchas cosas. Después volvemos…
Yabés no se opone. Nunca dice que no a nada… pero se le ve un poco asustado por la idea de ir con esta mujer casi desconocida. Dice, tímido y educado:
-¿Podría venir conmigo Juan?
-¡Pues claro!.
Se marchan. En su ausencia las conversaciones entre los varios grupos continúan. Relatos, comentarios, suspiros por la dureza humana.
Isaac relata todo lo que ha podido saber acerca de Juan el Bautista. Quién dice que está en Maqueronte, quién, que en Tiberíades Los discípulos no han vuelto aún…
Pero, ¿no lo habían seguido?
-Sí, pero, cerca de Doco, los que habían prendido a Juan cruzaron el río con el prisionero, y no se sabe si luego subieron hacia el lago o bajaron a Maqueronte. Juan, Matías y Simeón se han lanzado a la búsqueda, para saber a dónde lo llevan. Ciertamente, no lo abandonarán.
-Como tú tampoco, Isaac, me abandonarás a este nuevo discípulo. Por ahora estará conmigo. Quiero que pase la Pascua conmigo.
-Yo la celebraré en Jerusalén, en casa de Juana. Me ha visto y me ha ofrecido una dependencia de la casa para mí y mis compañeros. Este año vienen todos; y estaremos con Jonatán.
-¿También los del Líbano?
-También. Pero quizás no puedan venir los discípulos de Juan.
-¿Sabes que vienen los de Jocanán?
-¿De verdad? Pues estaré a la puerta, junto a los sacerdotes encargados de las inmolaciones. Así, cuando los vea, me los llevaré conmigo.
-Espéralos para última hora, pues tienen el tiempo contado. Pero traen el cordero.
-Yo también. Uno espléndido, que me ha dado Lázaro. Inmolaremos éste, de forma que el suyo les servirá para la vuelta.
Regresan Marta, Juan y el niño; éste lleva un vestidito de lino blanco y una sobreveste roja; en el brazo, un manto, también rojo.
-¿Los reconoces, Lázaro? ¿Te das cuenta como todo sirve?
Los dos hermanos se sonríen mutuamente. Jesús dice:
-Gracias, Marta.
-Señor mío, tengo la enfermedad de guardar todo. Es herencia de mi madre. Conservo todavía muchas prendas de mi hermano, prendas a las que guardo afecto porque fueron tocadas por nuestra madre. De vez en cuando cojo una de ellas para algún niño. Ahora para Margziam. Son un poco largas, pero se pueden remeter. Lázaro, alcanzada la mayoría de edad, ya no los quiso… Fue un capricho en toda regla, verdaderamente de niño… Y se salió con la suya, porque mi madre adoraba a su Lázaro.
La hermana lo acaricia, amorosa; Lázaro, por su parte, le coge su bellísima mano, se la besa y dice:
-¿Y tú no?
Se sonríen de nuevo.
-Ha sido providencial -observan muchos de los presentes.
-Sí, mi capricho ha servido para un bien; quizás me será perdonado por esto.
La cena está ya preparada. Cada uno va a su sitio…
Hasta la plena noche Jesús no puede hablar en paz con su Madre. Han subido a la terraza. Están sentados en un asiento, uno junto al otro, cogidos de la mano. Se hablan. Se escuchan.
Primero es Jesús quien cuenta las cosas que han sucedido. Luego, María; y dice: -Hijo, nada más marcharte, vino a verme una mujer… Te buscaba. Gran miseria y gran redención. Esta criatura necesita tu perdón para ser tenaz en su resolución. La he enviado a Susana, se la he confiado diciendo que había sido curada por ti. Es verdad.
Se habría podido quedar conmigo, si nuestra casa no se hubiera convertido en un mar en que todos navegan… y muchos con malas intenciones… La mujer ahora siente repugnancia por el mundo. ¿Quieres saber quién es?
-Es un alma. De todas formas, dime su nombre para que la pueda acoger sin error.
-Es Aglae, la romana mimo y pecadora que empezaste a salvar en Hebrón, que te buscó y te encontró en Agua Especiosa, y que ha sufrido -¡oh, cuánto! -por recuperar su honestidad. Me ha dicho todo… ¡Qué horror!
-¿Su pecado?
-Esto y… yo diría más: ¡Qué horror es el mundo! ¡Hijo mío, no te fíes de los fariseos de Cafarnaúm! Se querían servir de esta desdichada contra ti. ¡Hasta de ésta!…
-Lo sé, Madre… ¿Dónde está Áglae?
-Vendrá con Susana antes de la Pascua.
-Bien. Hablaré con ella. Estaré aquí todas las tardes esperándola, excepto la tarde pascual, que dedicaré a la familia. Si viene, no la dejes que se marche. Es una gran redención, tú lo has dicho. ¡Y tan espontánea! En verdad te digo que en pocos corazones mi semilla ha echado raíces con la fuerza con que lo ha hecho en este terreno infeliz. Andrés la ayudó a crecer hasta su completa formación.
-Sí, me lo ha dicho.
-Madre, ¿qué has sentido en presencia de esa miseria?
-Repugnancia y alegría. Me parecía estar en el borde de un abismo de infierno, pero, al mismo tiempo, me sentía transportada al azul del cielo. ¡Cuán Dios eres, Jesús mío, cuando realizas estos milagros!
Y quedan en silencio, bajo las luminosísimas estrellas y el candor de un cuarto de Luna que ya tiende a Luna llena; en silencio, amándose, descansando en su mutuo amor.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La hora del incienso
Pedro entra en el recinto del Templo, en funciones de padre, con aspecto verdaderamente solemne; lleva de la mano a Yabés. Camina con tanta gallardía, que hasta parece más alto.
Detrás, en grupo, todos los demás. Jesús va el último, ocupado en una animada conversación con Juan de Endor, al cual parece que le da vergüenza entrar en el Templo.
Pedro pregunta a su pupilo:
-¿Has venido aquí alguna vez?
-Cuando nací, padre; pero no me acuerdo -o cual hace reír de satisfacción a Pedro, que repite la respuesta a los compañeros, y éstos se echan a reír también, y dicen, con bondad y perspicacia:
-Quizás es que dormías y por eso… -o: «Estamos todos como tú. No nos acordamos de cuando vinimos aquí recién nacidos».
Igualmente hace Jesús con su protegido, y recibe una respuesta análoga (poco más o menos). Juan de Endor, en efecto, dice:
-Éramos prosélitos. Vine en brazos de mi madre, precisamente en una Pascua, porque nací a principios de Adar; mi madre -era de Judea -se puso en viaje en cuanto pudo, para ofrecer dentro del tiempo establecido a su hijo varón al Señor… Quizás demasiado prematuramente… De hecho, enfermó y no volvió a recuperar la salud. Yo tenía menos de dos años cuando me quedé sin madre; fue la primera desventura de mi vida. Pero, siendo su primogénito -unigénito, por su enfermedad -, se sentía orgullosa de morir por haber obedecido a la Ley. Mi padre me decía: "Ha muerto contenta por haberte ofrecido al Templo"… ¡Pobre madre mía! ¿Qué ofreciste?: un futuro asesino…
-Juan, no digas eso. Entonces eras Félix, ahora eres Juan. Ten siempre presente la gran gracia que Dios te ha donado, eso sí; pero que no te desaliente ya más lo que fuiste… -¿No volviste ninguna vez al Templo?
-¡Sí, sí, a los doce años! Y, a partir de entonces, siempre, mientras… mientras pude hacerlo… Después, aun pudiendo venir, ya no volví, porque… bueno, ya te he dicho cuál era mi único culto: el Odio. Incluso por este motivo no me atrevo a entrar aquí. Me siento extranjero en la Casa del Padre… Lo he abandonado durante demasiado tiempo…
-Tú vuelves al Templo de mi mano, y soy el Hijo del Padre; si Yo te conduzco ante el altar es porque sé que todo está perdonado.
Juan de Endor siente una brusca convulsión de llanto, y dice:
-Gracias, Dios mío.
-Sí, da gracias al Altísimo. ¿Ves cómo tu madre, una verdadera israelita, tenía espíritu profético? Eres el varón consagrado al Señor, y que no será rescatado. Eres mío, eres de Dios, discípulo y, por tanto, futuro sacerdote de tu Señor en la nueva era y religión que de mí recibirán el nombre. Yo te absuelvo de todo, Juan. Camina sereno hacia el Santo. En verdad te digo que entre los que viven en este recinto hay muchos más culpables que tú, más indignos que tú, de acercarse al altar…
Pedro, entretanto, se las ingenia para explicarle al niño las cosas más dignas de relieve en el Templo, y pide ayuda a los otros más cultos, especialmente a Bartolomé y a Simón, porque, siendo ancianos, se encuentra a gusto con ellos en su papel de padre.
En esto, ya ante el gazofilacio para hacer las ofrendas, los llama José de Arimatea.
-¿Estáis aquí? ¿Cuándo habéis llegado? -dice después de los recíprocos saludos.
-Ayer por la tarde.
-¿Y el Maestro?
-Está allí, con un discípulo nuevo. Ahora vendrá.
José mira al niño y le pregunta a Pedro:
-¿Un sobrinito tuyo?
-No… sí. Bueno, quiero decir que, nada en cuanto a la sangre mucho en cuanto a la fe, todo en cuanto al amor.
-No te comprendo…
-Un huerfanito… por tanto, nada en cuanto a la sangre. Un discípulo… por tanto, mucho en cuanto a la fe. Un hijo… por tanto, todo en cuanto al amor. El Maestro lo ha recogido… y yo le doy mi cariño. Debe alcanzar la mayoría de edad en estos días…
-¿Tan pequeño y ya doce años?
-Es que… bueno, ya te lo contará el Maestro… José, tú eres bueno, uno de los pocos buenos que hay aquí dentro… Dime, ¿estarías dispuesto a ayudarme en esta cuestión? Ya sabes… lo presento come si fuera mi hijo, pero soy galileo y tengo una fea lepra…
-¿Lepra?! -exclama y pregunta aterrorizado José, separándose.
-¡No tengas miedo!… Mi lepra es la de ser de Jesús: la más odiosa para los del Templo, salvo pocas excepciones.
-¡No, hombre, no; no digas eso!
-Es la verdad y hay que decirla… Por tanto, temo que se comporten cruelmente con el pequeño por causa mía y de Jesús. Además, no sé qué conocimientos tendrá de la Ley, la Halasia, la Haggada y los Midrasiots. Jesús dice que sabe mucho…
-¡Bueno, pues si lo dice Jesús, entonces no tengas miedo!
-Aquéllos… con tal de amargarme…
-¿Quieres mucho a este niño, ¿eh!? ¿Lo llevas siempre contigo?
-¡No puedo!… Yo estoy siempre en camino; él es pequeño y frágil…
-Pero iría contigo con gusto… -dice Yabés, que, con las caricias de José, está más tranquilo.
Pedro rebosa de alegría… Pero añade:
-El Maestro dice que no se debe, y no lo haremos. De todas formas, nos veremos… José, ¿me vas a ayudar?
-¡Claro, hombre! Estaré contigo. Delante de mí no harán injusticias. ¿Cuándo? ¡Oh, Maestro! ¡Dame tu bendición!
-Paz a ti, José. Me alegro de verte; y, además, saludable.
-También yo, Maestro. Los amigos se alegrarán de verte.
¿Estás en Getsemaní?
-Estaba. Después de la oración voy a Betania.
-¿A casa de Lázaro?
-No, donde Simón. Tengo también allí a mi Madre y a la madre de mis hermanos y a la de Juan y Santiago. ¿Irás a verme?
-¿Lo preguntas? Será una gran alegría y un gran honor. Te lo agradezco. Iré con muchos amigos…
-¡Prudente, José, con los amigos!… -aconseja Simón Zelote.
-¡No, hombre… ya los conocéis! Es verdad que la prudencia dice: “Que no oiga el aire". Pero, cuando los veáis,
-Entonces…
-Maestro, Simón de Jonás me estaba hablando de la ceremonia del niño. Has llegado cuando estaba preguntando cuándo pensáis llevarla a cabo. Quiero estar presente también yo.
-El miércoles que precede a la Pascua. Quiero que celebre su Pascua ya como hijo de la Ley.
-Muy bien. Comprendido. Iré a recogeros a Betania. Pero antes, el lunes, iré con los amigos.
-De acuerdo, no se hable más.
-Maestro, te dejo. La paz sea contigo. Es la hora del incienso.
-Adiós, José. La paz sea contigo. Ven, Yabés, que es la hora más solemne del día. Hay otra análoga por la mañana, pero ésta es todavía más solemne. El día empieza con la mañana: justo es que el hombre bendiga al Señor para que el Señor lo bendiga durante todo el día en todas sus obras. Pero al atardecer es aún más solemne: declina la luz, cesa el trabajo, llega la noche. La luz que declina recuerda la caída en el mal, y verdaderamente las acciones de pecado se producen generalmente por la noche. ¿Por qué?
Porque el hombre ya no está ocupado en el trabajo y más fácilmente se ve envuelto por el Maligno, que proyecta sus propuestas y pesadillas. Bueno es, por tanto, después de haberle agradecido a Dios su protección durante el día, elevarle nuestra súplica para que se alejen de nosotros los fantasmas de la noche y las tentaciones. La noche con su sueño, símbolo de la muerte…
Dichosos aquellos que, habiendo vivido con la bendición del Señor se duermen no en las tinieblas sino en una fúlgida aurora. El sacerdote ofrece el incienso por todos nosotros, ora por todo el pueblo, en comunión con Dios, y Dios le confía su bendición para que la imparta al pueblo de sus hijos. ¿Te das cuenta de lo grande que es el ministerio del sacerdote?
-Yo quisiera… Me sentiría todavía más cerca de mi madre…
-Si eres siempre un buen discípulo e hijo de Pedro, lo serás. Mas ahora ven; mira, las trompetas anuncian que ha llegado la hora. Vamos con veneración a alabar a Yeohveh.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La mayor parte de la mañana del sábado ha estado ocupada en dejar descansar a los cansados cuerpos y en arreglar la ropa, polvorienta y arrugada por el viaje. En las vastas cisternas del Getsemaní -colmadas de agua de lluvia -y en el Cedrón verdadera sinfonía entre los cantos, espumoso, lleno, por los chaparrones de los últimos días -hay tanta agua que es una verdadera incitación. Uno tras otro, los peregrinos, desafiando el fresco, bajan a zambullirse en el torrente; luego se ponen vestidos nuevos, de los pies a la cabeza, y, con el pelo todavía un poco tieso por las rociadas del torrente, van a sacar agua de las cisternas y la vierten en unas pilas grandes donde tienen la ropa, separada por colores.
-¡Bien! ¡Bien! -dice Pedro contento -Ahí se purgará y María la podrá lavar con menos esfuerzo -Supongo que es la mujer que está en Getsemaní.
-Pequeñuelo, tú eres el único que no puede ponerse vestidos nuevos. Pero mañana…
En efecto, el niño tiene una tuniquita limpia que ha sacado de su talego (tan pequeño, que le podría ir bien a una muñeca), pero está aún más descolorida y rota que la otra. Pedro observa, preocupado, la túnica, diciendo en tono apenas perceptible:
-¿Cómo lo llevo así a la ciudad? Estoy por dividir en dos mi manto… con un manto se taparía todo.
Jesús oye este soliloquio paterno y dice:
-Ahora es mejor que descanse. A1 atardecer iremos a Betania…
-Quiero comprarle la túnica. Se lo he prometido.
-Lo harás. Ciertamente. Pero es mejor pedirle a mi Madre su opinión. Ya sabes… las mujeres… están más dotadas que nosotros para las compras… además, será una satisfacción para Ella ocuparse de un niño… ¿Iréis juntos!
El apóstol se siente raptado al séptimo cielo por la idea de ir con María a comprar. No sé si Jesús ha expresado todo lo que piensa o si se reserva una parte (es decir, que su Madre tiene un gusto más fino que evitaría desentonos de colores horrendos); comoquiera que sea, obtiene el fin sin que su Pedro se sienta humillado.
Se diseminan por el olivar, muy hermoso en este sereno día abrileño. La lluvia de los días precedentes parece haber plateado los olivos y sembrado la tierra de flores, de tanto como resplandecen al sol las frondas, de tantas florecillas como hay al pie de los olivos. Los pájaros cantan y vuelan por todas partes.
No se ve el bullir de gente, pero sí las caravanas que se dirigen hacia la Puerta de los Peces -y hacia otras puertas cuyo nombre desconozco -, desde el lado este. La ciudad se las traga como si fuera un famélico vientre.
Jesús pasea y observa a Yabés, que está jugando, alegre, con Juan y los más jóvenes. También Judas Iscariote -ya se le ha pasado el enojo de ayer -está alegre y juega. Los más mayores observan sonriendo.
-¿Qué dirá tu Madre de este niño? -pregunta Bartolomé.
-Yo digo que dirá: "Está muy delgado"-dice Tomás.
-¡No! Dirá: "¡Pobre niño!" -responde Pedro.
-No, lo que dirá es: "Me alegro de que lo quieras" -objeta Felipe.
-La Madre no lo pondría nunca en duda. Yo creo que no hablará. Lo estrechará contra su corazón -dice Simón el Zelote.
-¿Y Tú, Maestro, qué dices que dirá?
-Hará lo que habéis dicho, pero lo pensará y lo dirá sólo en su corazón; al besarlo no dirá sino: "¡Bendito seas!", y lo cuidará como si fuera un pajarillo caído del nido.
Escuchad. Un día me habló de cuando era pequeñita. Todavía no tenía tres años, pues no estaba aún en el Templo, y ya se le rompía el corazón de amor y exhalaba, cual flor y aceituna, aplastada o rota en la prensa, todos sus óleos y perfumes.
En un delirio de amor, le decía a su madre que quería ser virgen para agradar más al Salvador, pero que querría ser pecadora para poder ser salvada, y casi lloraba porque su madre no la entendía y no sabía darle la solución para ser la "pura" y la "pecadora" al mismo tiempo. Le trajo la paz su padre, con un pajarillo que había salvado del peligro que corría en el borde de una fuente: le contó la parábola del pajarillo, diciéndole que Dios la había salvado anticipadamente y que, por tanto, Ella debía bendecirlo por doble motivo.
Y la pequeña Virgen de Dios, la grandísima Virgen María, ejercitó su primera maternidad espiritual hacia ese pajarillo caído del nido, y lo echó a volar cuando fue fuerte; este pajarillo no dejó ya jamás el huerto de Nazaret, consoló con sus vuelos y trinos la casa triste y los corazones tristes de Ana y Joaquín cuando María fue al Templo; murió poco antes de que expirase Ana: había concluido su misión.
Mi Madre se había consagrado a la virginidad por amor, pero, siendo criatura perfecta, poseía en su sangre y en su espíritu la maternidad; porque la mujer está hecha para ser madre, y comete aberración cuando se hace sorda a este sentimiento, que es amor de segunda potencia…
Poco a poco se han ido acercando también los demás.
-¿Qué quieres decir, Maestro, con "amor de segunda potencia"? -pregunta Judas Tadeo.
-Hermano mío, hay muchos amores, y de distintas potencias. Está el amor de primera potencia: el que se da a Dios. Luego, el amor de segunda potencia: el materno, o paterno.
Porque, si el primero es enteramente espiritual, éste es en dos partes espiritual y en una carnal se mezcla, sí, el sentimiento afectivo humano, pero predomina lo superior, porque un padre o una madre, sana y santamente tales, no dan sólo alimento y caricias a la carne de su hijo, sino que también nutren y aman su mente y su espíritu. Es tan cierto esto que estoy diciendo, que, quien se consagra a la infancia -aunque sólo fuere para instruirla -termina por amarla como si fuera su propia carne.
-Efectivamente yo quería mucho a mis discípulos -dice Juan de Endor.
-Debías ser un buen maestro… lo veo por cómo te comportas con Yabés.
El hombre de Endor, sin hablar, se inclina a besar la mano de Jesús.
-¡Sigue, te lo ruego, tu clasificación de los amores! -dice Simón Zelote.
-Existe amor hacia la compañera: es amor de tercera potencia, porque es -me refiero también en este caso a los sanos y santos amores -mitad espíritu mitad carne. El hombre para su esposa es maestro y padre, además de esposo; la mujer para su esposo es ángel y madre, además de esposa. Éstos son los tres amores más elevados.
-¿Y el amor al prójimo? ¿No te estás equivocando? ¿O es que te has olvidado de él? -pregunta Judas Iscariote.
Los demás lo miran perplejos y… con fiereza por la observación que ha hecho.
Jesús, sin embargo, responde sereno:
-No, Judas. Pero observa lo que te digo. A Dios se le debe amar porque es Dios, por tanto, no es necesaria ninguna explicación para persuadir de este amor. Él es el que es, o sea, el Todo; el hombre (la nada que viene a ser partícipe del Todo por el alma infundida por el Eterno -sin ella el hombre sería uno de tantos animales brutos que viven sobre la faz de la tierra o en las aguas o en el aire -) debe adorar por deber y para merecer sobrevivir en el Todo, es decir, para merecer venir a ser parte del Pueblo santo de Dios en el Cielo, ciudadano de la Jerusalén que no conocerá profanación o destrucción algunas por los siglos de los siglos.
El amor del hombre, y especialmente de la mujer, a la prole tiene indicación de precepto en las palabras de Dios a Adán y Eva, después de bendecirlos, viendo que era "bueno" lo que había hecho, en un lejano sexto día, el primer sexto día de lo creado. Les dijo: "Creced y multiplicaos y poblad la tierra…".
Veo tu tácita objeción… Te respondo inmediatamente: puesto que en la creación, antes de la culpa, todo estaba regulado y basado sobre el amor, este multiplicarse de los hijos habría sido amor, santo, puro, poderoso, perfecto. Fue el primer mandamiento de Dios al hombre: "Creced, multiplicaos". "Amad, por tanto, después de mí, a vuestros hijos.” El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existía. La malicia no existía y, por tanto -porque va con ella -, tampoco la execrable hambre carnal. El hombre amaba a la mujer, y la mujer al hombre, naturalmente, pero no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos -o, mejor, como vosotros, hombres, la entendéis -, sino según la naturaleza de hijos de Dios, o sea, sobrenaturalmente. Muy dulces fueron los primeros días de amor entre los dos, hermanos -habían nacido de un Padre común -y, no obstante, esposos; de esos dos que amándose se miraban con sus inocentes ojos como dos gemelos en su cuna. El hombre sentía amor de padre hacia su compañera "hueso de sus huesos y carne de su carne" (como un hijo lo es para un padre). La mujer conocía la alegría de ser hija -por tanto, protegida por un amor muy elevado -, porque sentía que tenía en sí algo de aquel espléndido hombre que la amaba, con inocencia y angélico ardor, en los hermosos prados del Edén.
Luego, en el orden de los preceptos dados por Dios con una sonrisa a sus amados párvulos, viene aquel que el mismo Adán, dotado por la Gracia de una inteligencia sólo inferior a la de Dios, hablando de su compañera -y, en ella, de todas las mujeres -, decreta (el decreto del pensamiento de Dios, que se reflejaba límpido en el terso espejo del espíritu de Adán y que florecía en forma de pensamiento y de palabra): "El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una carne sola".
De no haber existido los tres pilares de los amores que he mencionado, ¿habría podido, acaso, existir amor al prójimo? No, no hubiera podido existir. El amor a Dios hace a Dios amigo y enseña el amor; quien no ama a Dios, que es bueno, no puede ciertamente amar al prójimo que en su mayoría es defectuoso. Si no hubieran existido el amor conyugal y la paternidad en el mundo, no habría podido existir el prójimo, porque el prójimo está hecho de los hijos nacidos de los hombres. ¿Estás convencido de esto?
-Sí maestro. No había reflexionado.
-Efectivamente, es difícil remontarse al hontanar. El hombre está bien hincado ya desde hace siglos, milenios, en el fango, y el hontanar está en las cimas, muy alto. Además, el primero de los manantiales viene de una inmensa altura: Dios… No obstante, de la mano, os conduciré a los manantiales; sé dónde están…
-¿Y los otros amores? -preguntan al unísono Simón Zelote y el hombre de Endor.
-El primero de la segunda serie es el amor al prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después el amor al trabajo.
-¿Y basta?
-Basta.
-¡Hay otros muchos amores! -exclama Judas Iscariote.
-No. Lo que hay es otros apetitos, pero no son amores; son "desamores"; niegan a Dios y niegan al hombre; no pueden ser, por tanto, amores, porque son negaciones y la negación es odio.
-¡Si niego el consentimiento al mal es odio? -insiste Judas Iscariote.
-¡Pobres de nosotros! Eres más insidioso que un escriba.
¿Me quieres decir lo que te pasa? ¿Es culpa del aire fino de Judea, que te pinza los nervios como un calambre? -exclama Pedro.
-No. Me gusta instruirme y tener muchas ideas, y claras. Dado que has mencionado a los escribas, aquí es fácil hablar con ellos; no quiero quedarme corto de argumentos.
-¿Y piensas que vas a poder, en el momento en que te haga falta, extraer del saco en que estás acumulando esos trapajos la hilacha del color deseado? -pregunta Pedro.
-¿Trapajos las palabras del Maestro? ¡Blasfemas!
-No te me hagas el escandalizado. En su boca no hay trapajos, pero después de maltratarlas nosotros se transforman en eso. Pon un pedazo de valioso lino cendalí en manos de un niño… Pasado un rato, será un trapajo sucio y roto. Pues es lo mismo que nos pasa a nosotros… Ahora que, si pretendes pescar en el momento oportuno el pingajillo que necesitas, entre que es un pingajillo y que está sucio… pues… ¡en fin… no sé yo cuál va a ser el resultado!
-¡Tú no te metas, que son cosas mías!
-¡Ah!, ¡claro! Ten por seguro que no me voy a meter en tus cosas. ¡Tengo ya bastante con las mías! Y además, a fin de cuentas, me conformo con que no perjudiques al Maestro; porque, si lo hicieras, entonces me metería también en tus cosas…
-Cuando actúe mal, lo harás; pero eso no sucederá nunca porque sé actuar… No soy un ignorante…
-Yo lo soy, ya lo sé. Pero, precisamente porque lo sé, no acumulo lastre para, en su momento, exhibirlo, sino que me pongo en manos de Dios… y Dios me ayudará por amor a su Mesías, de quien soy el siervo más pequeño y más fiel.
-¡Todos somos fieles! -contrapone, arrogante, Judas.
-¡Malo! ¿Por qué ofendes a mi padre? Es ya mayor. Es bueno. No debes hacerlo. Eres un hombre malo. Me das miedo dice, severo, Yabés, rompiendo el atento silencio en que estaba.
-¡Y van dos! -exclama en voz baja Santiago de Zebedeo dándole con el codo a Andrés. A pesar de que haya hablado bajo, Judas lo ha oído.
-¿Ves, Maestro, como las palabras de aquel estúpido niño de Magdala han dejado huella? -dice Judas encendido de rabia.
-¡Pero no sería más bonito continuar la lección del Maestro, más bien que estar como chivos enojados?
-Pregunta el pacífico Tomás.
-Sí, claro. Maestro, síguenos hablando de tu Madre. ¡Es tan luminosa su infancia!: de reflejo hace vírgenes a nuestras almas. Y yo, pobre de mí, tengo mucha necesidad de ello! -exclama Mateo.
-¿Qué queréis que os diga… si son muchos los episodios, y a cuál más delicioso…!
-¿Te los ha contado Ella?
-Alguno sí, pero muchos más José, que me los contaba, siendo Yo niño, como los más bellos cuentos; y también Alfeo de Sara, que, siendo pocos años más mayor que mi Madre, fue amigo suyo durante los breves años en que Ella estuvo en Nazaret.
-¡Háblanos…! -dice Juan en tono suplicante.
Se han colocado todos en círculo, sentados a la sombra de los olivos; Yabés está en el centro, mirando fijamente a Jesús, como si fuera a escuchar una fábula paradisíaca.
-Os voy a narrar la lección de castidad que dio mi Madre, pocos días antes de entrar en el Templo, a su pequeño amigo y a muchos otros.
Aquel día se había casado un joven de Nazaret, pariente de Sara. -Joaquín y Ana también habían sido invitados a la boda, y con ellos la pequeña María, que, junto con otros niños, tenía el encargo de echar pétalos deshojados por el camino de la novia. Dicen que era una niña guapísima.
Todos se la disputaban después de la festiva entrada de la novia. Era muy difícil ver a María, porque pasaba mucho tiempo en casa (amaba más que cualquier otro lugar una pequeña gruta que incluso hoy día se sigue llamando "la gruta de su desposorio"). Así que, cuando se la veía, rubia, rosada, delicada, la anegaban en caricias. La llamaban "la flor de Nazaret", o "la perla de Galilea", o también "la paz de Dios", en memoria de un enorme arco iris que apareció improvisamente con su primer vagido. En efecto, era, y es, todo eso y más aún: es la Flor del Cielo y de la creación, es la Perla de: Paraíso, es la Paz de Dios… Sí, la Paz. Yo soy el Pacífico porque soy Hijo del Padre e hijo de María: la Paz infinita y la Paz suave.
Pues bien, aquel día todos querían besarla y tenerla en el regazo Entonces Ella, mostrándose reacia a besos y demás contactos, con delicada gravedad, dijo: "Por favor, no me chaféis". Creyeron que se refería a su vestido de lino, ceñido con una cinta azul en la cintura en los estrechos puños, en el cuello…; o a la pequeña guirnalda de florecillas azules con que Ana la había coronado para mantener sus leves ricitos. Entonces, le aseguraron que no le iban a chafar ni el vestido ni la guirnalda. Pero Ella, segura, mujercita de tres años, erguida, rodeada de un corro de adultos, dijo seria: "No me refiero a lo que se puede reparar. Estoy hablando de mi alma. Es de Dios y no quiere ser tocada sino por Dios". Objetaron: "Pero si te besamos a ti no a tu alma". Y Ella replicó: "Mi cuerpo es templo del alma y su sa-cerdote es el Espíritu; el pueblo no es admitido al recinto sacerdotal Por favor, no entréis en el recinto de Dios".
A Alfeo, que había superado ya los ocho años y que la quería mucho, le impresionó esta respuesta, y, al día siguiente, habiéndola encontrado junto a su pequeña gruta buscando flores, le preguntó "María, cuando seas mujer, ¿me querrías por esposo?" (todavía le duraba la emoción de la fiesta nupcial a la que había asistido).
Ella respondió: "Yo te quiero mucho, pero no te veo como hombre. Te diré un secreto: yo veo sólo las almas de los seres vivientes, y las amo mucho, con todo mi corazón. Y veo sólo a Dios como `verdadero Ser viviente' a quien ofrecerme". Bien, éste es un episodio.
-¡”Verdadero Ser viviente"! ¿Sabes que es profunda esa palabra? - exclama Bartolomé.
Y Jesús, humildemente y con una sonrisa:
-Era la Madre de la Sabiduría.
-¿Era?… ¿Pero no tenía tres años?
-Era. Yo vivía ya en Ella, siendo Dios en Ella, desde su concepción, en la Unidad y Trinidad perfectísima.
-Pero -y perdona si yo, culpable, oso hablar -, pero, ¡Joaquín y Ana sabían que era la Virgen predestinada?
-pregunta Judas Iscariote.
-No lo sabían.
-Y entonces, ¿cómo es que Joaquín dijo que Dios la había salvado anticipadamente? ¿No alude ello, acaso, a su privilegio respecto a la culpa?
-Alude a ello. Pero Joaquín prestaba su boca a Dios, como todos los profetas. Tampoco él comprendió la sublime verdad sobrenatural que el Espíritu había puesto en sus labios. Joaquín era un justo; tanto que mereció esa paternidad. Y era humilde. En efecto, no hay justicia donde hay soberbia. Él era justo y humilde. Consoló a su hija por amor de padre. En su sabiduría de sacerdote, la instruyó: que sacerdote era, siendo tutor del Arca de Dios. Como pontífice, la consagró con el título más dulce:
"La Sin Mancha". Día llegará en que otro sabio pontífice dirá al mundo: "Ella es la Concebida sin Mancha", y dará esta verdad al mundo de los creyentes, como artículo de fe irrebatible, para que en el mundo de entonces -que se irá hundiendo cada vez más en una neblinosa monotonía de herejías y vicios -resplandezca, ante la vista de todos, la Toda Hermosa de Dios, coronada de estrellas, vestida de rayos de luna (menos puros que Ella); la Reina de lo creado y del Increado, apoyada en los astros. Porque Dios-Rey tiene por Reina, en su Reino, a María.
-¿Entonces, Joaquín era profeta?
-Era un justo. Su alma dijo, como hace el eco, lo que Dios decía a su alma, por Dios amada.
-¿Cuándo vamos a ir a ver a esta Mamá, Señor? -pregunta con ojos anhelantes Yabés.
-Esta tarde, cuando la veas, ¿qué le vas a decir?
-¿Estaría bien: "Te saludo, Madre del Salvador"?
-Muy bien -confirma Jesús mientras lo acaricia.
-Pero, ¿no vamos a ir hoy al Templo? -pregunta Felipe.
-Iremos antes de salir para Betania. Y tú, ¿estarás aquí tranquilo, no?
-Sí, Señor.
La mujer de Jonás (el arrendatario del olivar), que lentamente se ha ido acercando, dice:
-¿Por qué no lo llevas contigo? Lo está deseando…
Jesús la mira fijamente y con insistencia, aunque sin decir nada. La mujer comprende, y lo manifiesta:
-¡Comprendo!… Creo que tengo todavía un pequeño manto, de Marcos. Voy a buscarlo -y, ligera, se ausenta.
Yabés, tirándole a Juan de una manga, dice:
-¿Serán severos los maestros?
A lo que Juan, confortándolo, contesta:
-¡No, hombre, no! No tengas miedo. Y, además, no es hoy. En pocos días, con la Madre, sabrás más que un doctor.
Los demás, que lo han oído, sonríen por la preocupación de Yabés.
-Pero, ¿quién va a presentarlo haciendo las veces de padre? -pregunta Mateo.
-Yo. ¡Es natural! A menos que lo quiera presentar el Maestro -dice Pedro.
-No, Simón, no lo haré Yo. Te dejo este honor.
-Gracias, Maestro. Pero… ¿vas a estar presente también Tú?
-Ciertamente. Todos estaremos presentes: es "nuestro" niño…
Vuelve María de Jonás con un manto color morado oscuro que todavía está en buenas condiciones. ¡Qué color! Ella misma lo dice:
-Marco no lo quiso usar nunca porque no le gustaba el color. ¡Mira tú éste! ¡Es atroz! Y el pobre Yabés, con esa tez suya tan aceitunada, dentro de ese morado violento, parece un ahogado. Pero él no se ve… y se siente feliz con ese manto con que cubrirse como una persona mayor…
-La comida está lista, Maestro. La criada ha sacado ya del asador el cordero.
-Vamos, entonces.
Y, bajando del lugar en que se encuentran, entran en la amplia cocina para comer.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jornada lluviosa. Pedro me parece un Eneas al revés, porque, en vez de cargar con su padre, lleva sobre sus hombros al pequeño Yabés, que va todo arropado en el manto del apóstol. Se ve sobresalir la cabecita por encima de la cabeza cana de Pedro, y los brazos del niño en torno al cuello. Pedro ríe, chapoteando en los charcos.
-Nos podía haber ahorrado este inconveniente -dice malhumorado Judas Iscariote, nervioso por el agua que viene del cielo y rebota contra el suelo y salpica los vestidos.
-¡Ya! ¡Se podrían ahorrar muchas cosas! -responde Juan de Endor, mirando fijamente con su único ojo -que creo que ve por dos -al guapo de Judas.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que es inútil pretender que los elementos sean delicados con nosotros, cuando nosotros no lo somos con nuestros semejantes, y además en materia mucho más grave que no dos gotas de agua o una salpicadura de barro.
-Cierto. Pero yo quiero entrar en la ciudad limpio y en orden; tengo muchas amistades, y además de alta categoría.
-Pues estáte atento a no caer.
-¿Me estás provocando?
-¡No, no! Pero es que soy veterano, como maestro… y como alumno. Llevo toda mi vida aprendiendo. Primero aprendí a vegetar, luego observé la vida, después conocí la amargura de la vida. Ejercité una justicia inútil, la del "solo" contra Dios y contra la sociedad: Dios me castigó con el remordimiento; la sociedad, con las cadenas. Con lo cual, el ajusticiado, en el fondo, fui yo. Finalmente, ahora, he aprendido, estoy aprendiendo, a "vivir". Así que, como comprenderás, por mi condición de maestro y de alumno, me viene natural repetir las lecciones.
-Pero yo soy el apóstol…
-Y yo un desgraciado, ya lo sé, y no debería permitirme enseñarte a ti. Pero, mira, nunca se sabe lo que puede uno ser el día de mañana. Tenía la idea de que moriría como un hombre honrado y un maestro respetado en Chipre, y vine a ser un homicida y un condenado a cadena perpetua. Cuando alzaba el cuchillo para vengarme, cuando arrastraba las cadenas odiando al universo, si me hubieran dicho que sería discípulo del Santo, habría dudado del estado mental de quien me lo hubiera dicho. Y, a pesar de todo… ya lo ves. Por eso, quién sabe, a lo mejor puedo darte alguna lección buena a ti, que eres apóstol; por mi experiencia, no por santidad, que esto último ni siquiera se me pasa por la mente.
-Tiene razón ese romano al llamarte Diógenes.
-Bien… sí. Pero Diógenes buscaba al hombre y no lo encontró; yo, sin embargo, más afortunado que él, encontré, sí, primero una serpiente donde creía que estaba la mujer y un cuco donde veía al hombre amigo, pero luego, tras haber vagado muchos años, ya enloquecido por este conocimiento, he encontrado al Hombre, al Santo.
-Yo no conozco otra sabiduría sino la de Israel.
-Si es así, ya tienes con qué salvarte; pero ahora tienes también la ciencia, o mejor, la sabiduría, de Dios.
-Es lo mismo.
-¡No, no! Sería como comparar un día neblinoso con uno lleno de sol.
-En definitiva, ¿quieres darme lecciones? Pues yo no me siento con ganas de ello.
-¡Déjame hablar! Al principio, hablaba a los niños: se distraían; luego a los espectros: me maldecían; luego a los pollos: eran mucho mejores que los dos primeros grupos, mucho mejores; ahora hablo conmigo mismo, porque todavía no puedo hablar con Dios. ¿Por qué quieres impedírmelo? Tengo la vista reducida a la mitad, la vida quebrada por el esfuerzo hecho en las minas, el corazón enfermo desde hace muchos años: deja, al menos, que mi mente no se vuelva estéril.
-Jesús es Dios.
-Lo sé, lo creo; más que tú, porque yo he renacido por obra suya, tú no. Pero, aunque Él sea el Bueno, es siempre Él, o sea, Dios, y ese pobre desgraciado que soy yo no se atreve a tratarlo con la familiaridad con que tú lo tratas. Le habla mi alma, pero los labios no se atreven; el alma… y creo que Él siente cómo llora de amor agradecido y penitente.
-Es verdad, Juan. Siento tu alma -Jesús entra en la conversación; Judas se pone colorado de vergüenza y el hombre de Endor de alegría -Es verdad, siento tu alma, como siento también el trabajo de tu mente. Bien has hablado. Cuando estés formado en mí, sacarás mucho beneficio de haber sido maestro y atento alumno. Habla, habla, aun contigo mismo…
Judas, impertinente, observa:
-Una vez, Maestro, además no hace mucho, me dijiste que uno no debe hablar con el propio yo.
-Es verdad, lo dije, pero era porque murmurabas con tu propio yo. Este hombre no murmura, medita, y con buen fin: no hace mal.
-¡En definitiva, que estoy en error!
Judas se muestra agresivo.
-No, lo que tienes es tedio en el corazón. Considera que no siempre puede haber cielo sereno. Los campesinos desean la lluvia y también es caridad orar para que llueva; también ella es caridad. Pero, mira, se ve un bonito arco iris, que describe su curva desde Atarot hasta Ramá. Hemos sobrepasado Atarot, la triste hoz ha quedado atrás, aquí ya todo está cultivado y ríe bajo este sol que rasga las nubes. Cuando lleguemos a Rama estaremos a treinta y seis estadios de Jerusalén. Aparecerá de nuevo ante nuestra vista tras ese collado, que señala el lugar del horrendo acto de lujuria cometido por los guibeítas. Tremenda cosa es que la carne haga presa, Judas…
Judas no responde, sino que se aleja chapoteando con ira en los charcos.
-¿Pero qué le pasa hoy a ése? -pregunta Bartolomé.
-Calla. Que no lo oiga Simón de Jonás. Evitemos cuestiones y…no amarguemos a Simón, que está muy contento con su niño.
-Sí, Maestro, pero eso no está bien, y se lo pienso decir.
-Es joven, Natanael. Tú también lo fuiste…
-Sí… pero… ¡No debe faltarte al respeto!
Sin querer, alza la voz. Acude Pedro enseguida:
-¿Qué pasa? ¿Quién falta al respeto? ¿El nuevo discípulo? -y mira a Juan de Endor, que se había retirado discretamente al comprender que Jesús estaba corrigiendo al apóstol, y que ahora está hablando con Santiago de Alfeo y Simón Zelote.
-No, ni por sueños. Es respetuoso como una niña.
-¡Ah!, ¡bien!, porque si no… peligraba su ojo.
Entonces… ¿entonces es Judas?
-Mira, Simón, ¿por qué no te ocupas de tu niño? Me lo has arrebatado, y ahora quieres meterte en una conversación amistosa entre mí y Natanael… ¿No te parece que quieres hacer demasiadas cosas?
La tranquilidad con que sonríe Jesús es tanta, que Pedro siente vacilar su juicio; mira a Bartolomé… mas éste tiene levantado su rostro aguileño al cielo… Pedro siente que se desvanece su sospecha. La vista de la Ciudad, ya cercana, visible en toda la belleza de sus colinas, olivares, casas, y, especialmente, del Templo; esta vista, que debía ser siempre fuente de emoción y de orgullo para los israelitas, acaba de distraerlo del todo.
El sol abrileño de Judea, bien fuerte, ha secado pronto el empedrado de la vía consular. Ahora es difícil encontrar un charco. Los apóstoles se aderezan al borde del camino: bajan las túnicas, pues las habían abolsado, se lavan los pies llenos de barro en un riachuelo de aguas claras, se ponen en orden el pelo, se cubren con sus mantos. Y lo mismo hace Jesús. Veo que todos hacen lo mismo.
La entrada en Jerusalén debía ser una cosa importante. Presentarse ante estos muros en tiempo de fiesta era como presentarse ante un soberano. La Ciudad santa era la "verdadera" reina de los israelitas; lo veo con claridad este año en que observo, en esta vía consular, las turbas y su comportamiento: los componentes de las distintas familias se disponen según un orden (las mujeres por su parte, solas, los hombres en otro grupo, los niños con uno u otro grupo, pero todos serios y, al mismo tiempo, tranquilos); algunos doblan el manto más usado y sacan otro, nuevo, de los fardos de viaje, o se cambian de sandalias; el paso se hace solemne, ya hierático; en cada grupo hay un solista que da el tono, se cantan himnos, los antiguos, gloriosos himnos de David… Y la gente se mira con más bondad en los ojos, como más tiernos ahora que han visto la Casa de Dios, y mira a esta Casa santa, enorme cubo de mármol coronado por las cúpulas de oro, colocado, como una perla, en el centro del recinto majestuoso del Templo.
La comitiva apostólica se forma así: delante, con el niño en medio, Jesús y Pedro; detrás de ellos, Simón, Judas Iscariote y Juan; luego Andrés con Santiago de Zebedeo, y, entre ellos, obligado por Andrés, Juan de Endor; en la cuarta fila, los dos primos del Señor con Mateo; los últimos, Tomás, Felipe y Bartolomé. Aquí es Jesús quien entona el canto, y lo hace con esa potente y preciosa voz suya, con un ligero tono de barítono que se armoniza con las vibraciones de tenor para hacerlas aún más estimables; responden Judas Iscariote, tenor puro, y Juan, de voz límpida propia de su muy joven edad, y las dos voces de barítono de los primos de Jesús, y Tomás (casi bajo: un barítono tan profundo, que casi no se le puede catalogar como tal). Los demás, dotados de voces menos hermosas, acompañan, en forma menos perceptible al coro lleno de los más virtuosos. Los salmos son los ya conocidos, llamados graduales.
El pequeño Yabés -voz de ángel entre las recias de los hombres -canta muy bien -quizás porque lo sabe mejor que los demás el salmo 122: «Estoy alegre porque me han dicho: "Iremos a la casa lel Señor"». Verdaderamente, su carita, tan triste pocos días antes, es todo un esplendor de alegría.
Ya están cerca de los muros, ya se ve la Puerta de los Peces, y las calles, llenísimas de gente.
Enseguida, al Templo, para una primera oración; luego, la paz en la paz del Getsemaní; la cena; el descanso. El viaje hacia Jerusalén ha terminado.