189- En Naím. Resurrección del hijo de una viuda

Naím debía tener una cierta importancia en tiempos de Jesús. No es muy grande pero está bien construida. La ciñen muros. Se asienta sobre una baja y risueña colina (un ramal del Pequeño Hermón, que domina desde lo alto la fertilísima llanura abierta hacia el noroeste).

Para llegar a ella, viniendo de Endor, hay que atravesar un riachuelo afluente del Jordán. Desde aquí ya no se ve este último -y ni siquiera su valle -pues lo ocultan unas colinas que dibujan un arco en forma de signo de interrogación abierto hacia el este.

Jesús camina en dirección a esta ciudad, por un camino de primer orden que comunica las regiones del lago con el Hermón y sus pueblos. Tras El van muchos habitantes de Endor, verdaderamente locuaces.

La distancia que separa al grupo apostólico de los muros de la ciudad es ya muy poca: unos doscientos metros, no más. Dado que el camino va derecho a meterse por una de las puertas de la ciudad, y dado, además, que la puerta está totalmente abierta -es pleno día -, se puede ver todo lo que está sucediendo en la zona inmediatamente situada al otro lado de los muros; es así que Jesús, que iba hablando con los apóstoles y con el nuevo convertido, ve venir, en medio de un gran revuelo de plañideras y de otras manifestaciones orientales de este tipo, un cortejo fúnebre.

-¿Vamos a ver, Maestro? -dicen muchos (ya muchos de los habitantes de Endor se han precipitado a la puerta para mirar).

-Bueno, vamos -dice Jesús condescendiendo.
-Debe ser un niño; ¡fíjate cuántas flores y cuántas cintas hay sobre el lecho fúnebre!-dice Judas de Keriot a Juan.
-O quizás una virgen -responde Juan.

-No -dice Bartolomé -, sin duda es un muchachito joven, por los colores que han puesto; además faltan los mirtos…

El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad. No es posible ver lo que hay en la lechiga, que va en alto, llevada a hombros; sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana, y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la lechiga. A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes o amigas, camina llorando: es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras. Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, o hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la lechiga sufre una violenta oscilación, la madre gime:

-¡No, no, despacio; mi niño ha sufrido mucho! -y levanta una de sus temblorosas manos y acaricia el borde de la lechiga -más no puede -, y, no pudiendo efectivamente más, besa los ondeantes velos y las cintas que el viento a veces agita, y que acarician la forma inmóvil.
-Es la madre -dice Pedro, compungido y con un brillo de llanto en sus ojos sagaces y buenos.

Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja: al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos. Todos, todos están conmovidos.

Judas Iscariote dice en voz baja:

-¡Si fuera yo… pobrecilla mi madre…!
Jesús, con una dulzura en sus ojos tan profunda que se hace irresistible, se dirige hacia la lechiga.

La madre, sollozando ahora más intensamente porque el cortejo se prepara a girar en dirección al sepulcro abierto, en su delirio -¡quién sabe de qué tiene miedo! -aparta con violencia a Jesús al ver que hace ademán de tocar la lechiga, y grita: « ¡Es mío!» y mira a Jesús con ojos de loca.

-Ya sé que es tuyo, madre.

-¡Es mi único hijo! ¿Por qué le ha tenido que llegar la muerte?: ¿por qué a él, que era bueno, que era encantador, que era la alegría de esta viuda? ¿Por qué?

La comparsa de las plañideras aumenta su pagado llanto para hacer coro a la madre, que continúa:

-¿Por qué él y no yo? No es justo que quien ha dado la vida vea perecer al fruto de su vientre. El fruto debe vivir, porque, si no, ¿qué sentido tiene el que estas entrañas se desgarren para dar a luz a un hombre? -y, violenta y desesperada, se golpea el vientre.
-¡No, así no! ¡No llores, madre!

Jesús le coge las manos, se las aprieta fuertemente, se las sujeta con su mano izquierda mientras con la derecha toca la lechiga, y dice a los que la llevan:

Deteneos. Poned en el suelo la lechiga.

Los hombres obedecen y bajan la camilla, que queda apoyada en el suelo sobre sus cuatro patas.

Jesús coge la sábana que cubre al muerto y la echa hacia atrás, quedando así descubierto el cadáver.

La madre grita su dolor, creo que con el nombre de su hijo: « ¡Daniel!».

Jesús sigue teniendo en su mano las manos maternas. Se yergue, imponente con su mirada centelleante -en su rostro, la expresión de los milagros más poderosos -y baja la mano derecha mientras dice con toda la fuerza de su voz:

-¡Muchacho, Yo te lo digo: álzate!

El muerto, así como está, todavía fajado, se incorpora en la camilla y llama a su madre:

-¡Mamá!

La llama con la voz balbuciente y llena de miedo propia de un niño aterrorizado.

-Es tuyo, mujer. Te lo restituyo en nombre de Dios.

Ayúdale a liberarse del sudario. Sed felices.

Jesús hace ademán de retirarse. ¡Ya, ya!… La muchedumbre lo inmoviliza junto a la lechiga. La madre está literalmente volcada hacia la camilla, forcejeando entre las vendas para tardar lo menos posible, ¡lo menos posible!, mientras el lamento infantil, implorante, se repite:

-Mamá! ¡Mamá!

Desenmarañado el sudario y las vendas, madre e hijo se pueden abrazar, y lo hacen sin tener en cuenta los bálsamos pegajosos. La madre quita del amado rostro y las amadas manos, con las mismas vendas, esos bálsamos, y luego, no teniendo con qué vestirlo de nuevo, se quita el manto y con él lo envuelve; y todo sirve para acariciarlo…

Jesús la mira, observa este grupo de amor abrazado al lado de los bordes de la lechiga, que ahora ya no es fúnebre… y llora.

Judas Iscariote ve este llanto y pregunta:

-¿Por qué lloras, Señor?

Jesús vuelve su rostro hacia él y dice:

-Pienso en mi Madre…

El breve coloquio llama de nuevo la atención de la mujer hacia su Benefactor. Coge a su hijo de la mano, sujetándolo, porque es como uno que tuviera todavía entumecidos los miembros, y, arrodillándose, dice:

-Tú también, hijo mío, bendice a este Santo que te ha devuelto a la vida y a tu madre-y se inclina para besar la túnica de Jesús. Mientras, la muchedumbre alaba jubilosa a Dios y a su Mesías (ya lo conocen como tal porque los apóstoles y los habitantes de Endor se han encargado de decir quién es el que ha obrado el milagro).

El gentío prorrumpe en alabanzas:

-¡Bendito sea el Dios de Israel! ¡Bendito sea el Mesías, su Enviado! ¡Bendito sea Jesús, Hijo de David! ¡Un gran Profeta se ha alzado en medio de nosotros! ¡Verdaderamente Dios ha visitado a su pueblo! ¡Aleluya! ¡Aleluya!
Por fin Jesús puede librarse de la apretura de la gente y entrar en la ciudad. Pero la muchedumbre lo sigue, lo persigue, con amor exigente.

Se acerca un hombre, que saluda con toda reverencia.

-Te ruego que te alojes en mi casa.
-No puedo: la Pascua me prohíbe cualquier detención aparte de las establecidas.
-Faltan pocas horas para la puesta del sol, y es viernes…
-Precisamente eso: antes del ocaso debo llegar a mi etapa. De todas formas, gracias. Pero no me retengas.

-Soy el jefe de la sinagoga.

-Con lo cual me estás diciendo que tienes derecho a ello. Mira, hombre, habría sido suficiente que hubiera llegado una hora más tarde para que esa madre no hubiera recuperado a su hijo. Voy a otros desdichados que también me esperan. No retardes, por egoísmo, su alegría. Vendré en otra ocasión y estaré contigo, en Naím, unos días.

Ahora déjame seguir mi camino.

El hombre no sigue insistiendo; se limita a decir:
-Lo has dicho. Te espero.

-Sí. La paz sea contigo y con los habitantes de Naím; y también a vosotros, de Endor, paz y bendición. Volved a vuestras casas. Dios os ha hablado a través del milagro. Haced que en vosotros se produzcan, como consecuencia del amor, tantas resurrecciones en orden al Bien cuanto es el número de los corazones.

Una última, unánime, exultación de la multitud, para después dejar a Jesús que continúe su camino.

El atraviesa diagonalmente la ciudad y sale hacia los campos, en dirección a Esdrelón.

188- La gruta de la maga y el encuentrocon Félix, llamado luego Juan

El Tabor está ahora a espaldas de los caminantes. Ya lo han salvado. El grupo camina por una llanura cerrada entre este monte y otro que está de frente; van hablando de la ascensión, que todos han realizado, aunque al principio parecía que los más mayores quisieran evitarla; ahora están contentos de haber subido a la cima.

Se anda bien ahora porque van por un camino de primer orden bastante cómodo. La hora es fresca. Tengo la impresión de que han pernoctado en las laderas del Tabor.

-Aquello es Endor -dice Jesús señalando hacia un humilde pueblo asido a las primeras elevaciones de este otro grupo de montes -Estás decidido realmente a ir?

-Si me quieres contentar… -responde Judas Iscariote.
-Pues vamos.

-Pero, ¿habrá que andar mucho? -pregunta Bartolomé, que, debido a su edad, no debe sentir muchas ganas de excursiones panorámicas.

-¡No, no! De todas formas, si os queréis quedar… -dice Jesús.

-¡Sí, sí, quedaos! ¡Hombre! Me basta ir con el Maestro -se apresura a decir Judas de Keriot.
-Bueno, yo quisiera saber, antes de decidir, lo que hay de vistoso… Desde la cima del Tabor hemos visto el mar, y, después de lo que ha dicho el muchacho, tengo que confesar que ha sido la primera vez que lo he visto verdaderamente bien, que lo he visto como Tú ves: con el corazón. Aquí… quisiera saber si hay algo que aprender, porque entonces voy, aunque me cueste… -dice Pedro.

-¿Estás oyéndolos? Todavía no has dicho tu intención. ¿Quisieras ahora ser tan amable para con tus compañeros de decirla? -invita Jesús a responder.

¿No fue a Endor adonde Saúl quiso ir para consultar a la pitonisa?

-Sí. ¿Y…?
-Pues, Maestro, que me gustaría ir a ese sitio y oírte hablar de Saúl.

-¡Ah, pues entonces voy también yo! -exclama Pedro todo animado.

-Bien, vamos.

Recorren ligeros el último trecho del camino principal para dejarlo luego por un camino secundario que lleva derecho a Endor.

Es un lugar humilde, como ha dicho Jesús. Las casas están cimentadas en las laderas, las cuales, después del pueblo, se hacen más escabrosas. Pobres gentes son sus habitantes.

La mayoría de los vecinos deben ejercer el pastoreo por los pastos monte arriba y en los bosques de encinas seculares. Hay pocas y pequeñas parcelas reservadas al cultivo de la cebada -o un cereal forrajero semejante -en los recortes propicios; también manzanos e higueras. En torno a las casas, pocas vides que decoran un poco las míseras paredes, oscuras cual si fuera un lugar más bien húmedo.

-Ahora preguntamos dónde estaba el lugar de la maga -dice Jesús, y para a una mujer que vuelve de la fuente con las ánforas. Ella lo mira con curiosidad, y contesta con desaire:

-No lo sé. Tengo otras cosas mucho más importantes que esas habladurías.

Lo deja bruscamente.

Jesús se dirige a un viejecillo que está labrando un trozo de madera.

-¿La maga?… ¿Saúl? Ya nadie se interesa de ello. No obstante, espera… hay uno que ha estudiado y quizás sepa… Ven.

El viejecito se pone a subir, renqueando, por una callejuela pedregosa, hasta una casa muy mísera, desastrada.

-Está aquí. Voy a entrar a llamarlo.

Pedro, haciendo alusión a algunas aves de corral que están escarbando la tierra en un pequeño y sucio patio, dice:

-Este hombre no es israelita.

Pero no dice nada más, porque el viejecillo está volviendo, seguido por un hombre bizco, sucio y desaliñado, como todo lo que hay en su casa.

El viejecillo dice:

-¿Ves? Este hombre dice que es allí, pasada aquella casa derruida: un sendero, luego un regato, luego una arboleda, y cavernas; bueno, pues la más alta de esas cuevas, la que tiene todavía a su lado muros derruidos, es la que estás buscando. ¿No es eso? -No. Has confundido todo. Voy yo con estos extranjeros. El hombre tiene una voz áspera y gutural, lo cual aumenta el sentido de incomodidad. Se encamina. Pedro, Felipe y Tomás hacen repetidamente señas a Jesús para que no vaya. Pero Jesús no hace caso y se encamina detrás del hombre, con Judas; los demás lo siguen… de mala gana.

-¿Eres israelita? -pregunta el hombre.
-Sí.

-Yo también, o casi, aunque no lo parezca. He estado mucho tiempo en otros países y he cogido costumbres que estos ignorantes deploran. Soy mejor que los otros, pero me llaman demonio, porque leo mucho, crío aves de corral, que luego vendo a los romanos, y sé curar con hierbas. De joven, por una mujer, luché con un romano y lo apuñalé; el romano murió, yo dejé un ojo y mis bienes y fui condenado a prisión y a trabajos forzados durante muchos años… para siempre. Pero sabía curar, y sané a la hija de un guardián, lo cual me supuso su amistad, y un poco de libertad… que usé para huir. Hice mal, porque, sin duda, aquel hombre pagó mi fuga con la vida; pero la libertad, cuando uno está en prisión, es bonita…

-¿Y después no?

-No. Es mejor la cárcel, donde uno está solo, que no el contacto con los hombres, que no nos conceden estar solos y que están en torno a nosotros para odiarnos…
-¿Has estudiado a los filósofos?

-Era maestro en Cintium… Era prosélito…

-¿Y ahora?

-Ahora no soy nada. Vivo en la realidad. Y odio, como fui y soy odiado.

-¿Quién te odia?
-Todos. El primero, Dios. Era mi mujer… y Dios permitió que me traicionara y que fuera mi ruina. Era libre, me respetaban… y Dios permitió mi condena a cadena perpetua. El abandono de Dios, la in justicia de los hombres. He anulado a Dios y a los hombres. Aquí ya no hay nada… -y se golpea en la frente y en el pecho -Bueno, quiero decir que aquí, en la cabeza, está el pensamiento, el saber; aquí es donde no hay nada -y escupe despreciativamente.

-Te equivocas. Ahí tienes todavía dos cosas. -¿Cuáles? -El recuerdo y el odio. Quítalos de tu corazón. Quédate verdaderamente vacío. Yo te daré una cosa nueva para que la metas ahí. -¿Qué? -El amor.

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡No me hagas reír! Mira, hacía treinta y cinco años que no me reía. Desde que tuve la prueba de que mi mujer me traicionaba con el romano mercader de vinos.

¡El amor! ¡El amor a mí! ¡Como si echase a mis pollos piedras preciosas!: morirían de indigestión, si no lograsen pasarlas a los excrementos. Lo mismo yo. Tu amor sería un peso para mí, si no lograse digerirlo…

-Hombre, no hables así -Jesús le pone la mano en el hombro, verdadera y visiblemente afligido.

-El hombre lo mira con su único ojo. Lo que ve en ese rostro dulce y bellísimo le hace enmudecer y cambiar de expresión: del sarcasmo pasa a una profunda seriedad y luego… a una verdadera aflicción. Agacha la cabeza y pregunta con el tono de voz cambiado:

-¿Quién eres?

-Jesús de Nazaret. El Mesías.

-¿Tú?

-Sí, Yo; tú, que lees, ¿no tenías noticia de mí?

-Tenía noticia… Pero no sabía que vivieras, y no… no sabía, sobre todo, que eras bueno con todos… así… incluso con los asesinos… Perdona cuanto te he dicho… sobre Dios y sobre el amor… Ahora entiendo por qué quieres darme el amor… Porque sin amor el mundo es un infierno, y Tú, el Mesías, quiere hacer de él un paraíso.

-Un paraíso en cada uno de los corazones. Dame esos recuerdos y ese odio que te tienen enfermo y deja que te meta el amor en el corazón. -¡Ah, si te hubiera conocido antes! … entonces… Pero, cuando yo mataba, ciertamente no habías nacido… Pero después… después… cuando, libre como la serpiente en los bosques, viví para difundir el veneno de mi odio… -También has hecho cosas buenas.

¿No has dicho que curabas con las hierbas?
-Sí. Para que me tolerasen. ¡Cuántas veces he tenido que luchar contra el deseo de envenenar con los bebedizos!…

¿Ves? Me he refugiado aquí porque es un pueblo donde se ignora el mundo y se es ignorado por el mundo, un pueblo maldito; en otros lugares, me odiaban y odiaba, y tenía miedo de ser reconocido… Pero, yo soy malo.

-Lamentas haber causado daño al guardián de la prisión.

¡Ves como todavía tienes bondad? No eres malo, lo que tienes es una profunda herida abierta que nadie te cura…

Tu bondad se te va por ella como la sangre por las heridas; pero, si hubiera alguien que te curase y te cerrase tu herida, pobre hermano mío, tu bondad, no perdiéndose a medida que se va formando, crecería…

El hombre llora cabizbajo; su llanto queda celado; sólo Jesús, que camina a su lado, lo ve. Lo ve, sí, pero no dice nada más.

Llegan a una covacha hecha con bloques de paredón y aprovechando las mismas cavidades del monte. El hombre trata de afianzar la voz y dice:

-Bueno, es aquí. Entra si quieres.

-Gracias, amigo. Sé bueno.

El hombre no dice nada, se queda donde está, mientras Jesús y los suyos, pasando por encima de bloques de piedra que, sin duda, habían pertenecido a muros muy fuertes, incomodando a lagartos y otros feos animales, entran en una espaciosa gruta ahumada, en cuyas paredes hay todavía -grafitos incisos en la roca -signos zodiacales y otras zarandajas de este tipo. En un rincón ennegrecido hay un nicho, debajo del cual se ve un agujero que parece una alcantarilla para la coladura de líquidos. Racimos repulsivos de murciélagos decoran el techo. Un búho, disturbado por la luz de una rama que Santiago ha encendido para ver si pisan escorpiones o áspides, se queja batiendo sus alas acolchadas y entornando sus feotes ojos heridos por la luz; está acurrucado dentro del nicho mientras un hedor de ratas muertas, comadrejas, pájaros en putrefacción entre sus pies, se mezcla con el olor del estiércol y del suelo húmedo.

-¡Realmente bonito este sitio! -dice Pedro -¡Era mejor tu Tabor y tu mar, muchacho! Y luego, volviéndose a Jesús:

-Maestro, date prisa en complacer a Judas porque esto… ¡ciertamente, no es la sala real de Antipas! –

Enseguida. ¿Exactamente, qué quieres saber? -pregunta a Judas de Keriot. -Bien… Quisiera saber si -y por qué
-Saúl pecó viniendo aquí… Quisiera saber si una mujer puede evocar a los muertos. Querría saber si… Bueno, en fin, habla y yo te haré preguntas.

-¡Asunto largo! Al menos vamos afuera, al sol, sobre las rocas… Así evitaremos humedad y mal olor -suplica Pedro.

Jesús accede a ello. Se sientan como pueden sobre los paredones derruidos.

-El pecado de Saúl no fue sino uno de sus pecados, precedido y seguido de muchos otros, todos graves. Dúplice ingratitud para con Samuel, que no sólo lo unge rey sino que además se eclipsa después para que el rey no deba repartir con él la admiración del pueblo. Ingrato en repetidas ocasiones para con David, que lo libera de Goliat, que lo exonera de una muerte cierta en la caverna de Engadí y en Aquila. Culpable de múltiples desobediencias y de escándalo ante el pueblo. Culpable de haber apenado a Samuel, su benefactor, faltando a la caridad. Culpable de envidia y de atentar contra la vida de David, también benefactor suyo. Culpable, en fin, del delito cometido aquí.

-¿Contra quién?, pues aquí no mató a nadie.
-Mató su alma, terminó de matarla, aquí dentro. ¿Por qué bajas la cabeza?

-Pienso, Maestro.

-Piensas… Ya lo veo… ¿Y en qué estás pensando? ¿Por qué has querido venir aquí? Reconoce que no ha sido por pura curiosidad de estudioso.

-Siempre se oye hablar de magos, de nigromancias, de invocación de espíritus… Quería ver si descubría algo…

Me gustaría saber cómo se producen estas cosas… Creo que nosotros, destinados a asombrar a la gente para captarla, deberíamos ser un poco nigromantes. Tú eres Tú y obras con tu poder, pero nosotros tenemos que pedir un poder, una ayuda, para realizar obras insólitas, obras que se impongan…

-¿Pero estás loco? ¿Pero qué dices? -gritan muchos de los apóstoles.

-Callad. Dejadlo hablar. Lo suyo no es locura.
-Sí, bueno, me parecía que, viniendo aquí, un poco de la magia de otros tiempos podría entrar en mí y hacerme más grande. Buscando tu interés, créeme.

-Sé que este deseo tuyo de ahora es sincero; no obstante, te respondo con palabras eternas -porque están contenidas en el Libro, y el Libro existirá mientras exista el hombre; existirá siempre, ya crean en él y lo empuñen en nombre de la Verdad, ya sea objeto de burla o de risa.

Está escrito: "Y Eva, visto que el fruto del árbol era apetitoso para el paladar y agradable a la vista, lo cogió, y comió, y se lo ofreció a su marido… Y entonces sus ojos se abrieron, y se dieron cuenta de que estaban desnudos y se hicieron unos ceñidores… Y Dios dijo:

“¿Cómo os habéis dado cuenta de que estabais desnudos? Por haber comido el fruto prohibido'”. Y los echó del paraíso de delicias".

En el libro de Saúl se lee: "Apareció Samuel y dijo: ¿Por qué me has incomodado invocándome? ¿Por qué me consultas después de que el Señor se ha retirado de ti? El Señor te tratará como te he anunciado… porque no has obedecido a la voz del Señor'".

Hijo, no tiendas tu mano al fruto prohibido; el solo hecho de acercarte a él ya es una imprudencia. No tengas curiosidad por conocer lo ultraterreno; ten temor a que el veneno satánico de la curiosidad se te adhiera. Evita lo oculto y lo que no tiene explicación. Una sola cosa debe recibirse con santa fe: Dios. Mas evita aquello que no es Dios y que no se puede explicar con las fuerzas de la razón ni crear con las fuerzas del hombre; evítalo, para que no se te abran las fuentes de la malicia y comprendas que estás "desnudo". Desnudo: repelente de humanidad mezclada con el satanismo. ¿Por qué quieres causar asombro con oscuros prodigios? Cáusalo con tu santidad, luminosa como cosa proveniente de Dios. No desees rasgar los velos que separan a los vivos de los difuntos. No molestes a los difuntos. Escúchalos -a los sabios -mientras están en este mundo y venéralos obedeciéndolos incluso después de la muerte.

No disturbes su segunda vida. Quien no obedece a la voz del Señor pierde al Señor; mas el Señor ha prohibido el ocultismo, la nigromancia, el satanismo en todas sus formas.

¿Qué más quieres saber aparte de lo que te dice la Palabra?, ¿qué más quieres obrar aparte de lo que tu bondad y mi poder te conceden que obres?

No te inclines hacia el pecado, antes bien, aspira a la santidad, hijo.

No te sientas avergonzado. Me agrada que reveles tu humanidad. Lo que te atrae a ti atrae a muchos, a demasiados. Lo único que le quita peso a esta humanidad, mucho peso, y le pone alas, es el fin que has puesto en este deseo, o sea, "tener potencia para atraer hacia mí"; pero son alas de ave nocturna. No, Judas mío, ponle alas solares, de ángel, a tu espíritu; bastará el viento de estas alas para captar a los corazones, y los llevarás, por tu surco, a Dios.

-¿Nos vamos?

-Sí, Maestro. Confieso mi error…

-No. Lo que ha sucedido es que has pretendido averiguar.

El mundo estará lleno siempre de personas curiosas. Ven, ven, vámonos de este lugar maloliente. ¡Vamos hacia el sol! Dentro de pocos días será Pascua. Después iremos a ver a tu madre: evócala a ella -y no a los muertos -, evoca tu casa honesta y a tu madre santa. ¡Oh, qué paz!

Como siempre, el recuerdo de su madre, la alabanza del Maestro a su madre, calma a Judas.

Salen de las ruinas y empiezan a bajar por el sendero que antes han recorrido. El hombre bizco está todavía.

-¿Estás todavía aquí? -pregunta Jesús, aparentando no ver el rostro rojo de lágrimas.

-Sí, aquí. Si me permites, te acompaño; debo decirte una cosa…

-Bueno, bien, ven conmigo. ¿Qué quieres decirme?

-Jesús… Creo que para tener la suficiente fuerza para hablar y para hacer la santa magia de cambiarme a mí mismo, de invocar a mi alma muerta como la maga invocó a Samuel para Saúl, debo pronunciar tu Nombre, dulce como tu mirada, santo como tu voz. Me has dado una vida nueva, pero es informe, incapaz cual la de un recién nacido mal generado, y forcejea aún, atenazada por la costra mala que la cubre. Ayúdame a salir de mi muerte.

-Sí, amigo.

-Yo… he visto que todavía tengo un poco de humanidad en mi corazón. No soy sólo un animal feroz. Todavía puedo amar y ser amado, perdonar y ser perdonado: tu amor, tu amor, que es perdón, me lo enseña. ¿No es verdad esto?

-Sí, amigo.

-Pues entonces llévame contigo. ¡Yo era Félix! ¡Oh, qué ironía! Dame un nuevo nombre. Que quede verdaderamente muerto el pasado. Te seguiré como un perro callejero que por fin encuentra un amo. Seré tu esclavo, si quieres… pero no me dejes solo.

-Sí, amigo.

-¿Qué nombre me das?

-Un nombre entrañable para mí: Juan. En efecto, eres gracia recibida del Señor.

-¿Me llevas contigo?

-Por ahora sí. Luego me seguirás con los discípulos. Pero… ¿y tu casa?
-Ya no tengo casa. Dejaré a los pobres cuanto poseo. Dame sólo amor y un pan.

-Ven.

Jesús se vuelve y llama a los apóstoles: «Gracias amigos, especialmente a ti, Judas; por ti, por vosotros, un alma se arrima a Dios. Mirad, éste es el nuevo discípulo.

Vendrá con nosotros hasta que podamos confiarlo a los hermanos discípulos. Alegraos de haber encontrado un corazón, bendecid conmigo a Dios.

Los doce no parecen verdaderamente muy contentos, pero ponen buena cara por obediencia y por cortesía.

-Si me lo permites, me adelanto. Me encontrarás a la entrada de mi casa.

-Bien. Ve.

El hombre se marcha corriendo. Parece otro.

-Ahora que estamos solos, os ordeno, esto lo ordeno, que seáis buenos con él y que no habléis de su pasado a nadie.

Quien hablara, o faltara a la caridad a este hermano redimido, sería rechazado por mí ipso facto. ¿Comprendido?

¡Fijaos qué bueno es el Señor!: nos trajo aquí un fin humano y nos ha concedido dejar este lugar habiendo obtenido un hecho sobrenatural. ¡Oh, exulto por la alegría que ahora hay en el Cielo por el nuevo convertido!

Llegan a la casa. En el umbral de la entrada, con un indumento oscuro y limpio, manto igual, un par de sandalias nuevas y un talego grande a las espaldas, está el hombre. Cierra la puerta y… -extraño en un hombre que uno podría considerar insensible -toma una gallina blanca, quizás la predilecta, que se acuecla íntima en sus manos, y la besa y llora; luego la posa en el suelo.
-Vamos… y perdona, pero es que mis pollos me han querido. Yo hablaba con ellos, y… me comprendían…

-Yo también te comprendo… y te quiero… mucho; te daré todo el amor que en treinta y cinco años el mundo te ha negado.

-¡Lo sé! ¡Lo siento en mí! Por eso me voy contigo. Y… sé indulgente con un hombre que… que ama a un animal que… que… que le ha sido más fiel que el hombre…

-Sí…sí. No pienses más en el pasado. En el futuro tendrás muchas cosas que hacer. Con tu experiencia harás mucho bien. Simón, ven aquí, y también tú, Mateo. Mira, éste fue peor que un preso, fue un leproso; éste, pecador.

Pues bien, Yo los quiero entrañablemente porque saben comprender a los corazones desvalidos. ¿No es verdad?
-Por bondad tuya, Señor. Pero… sí, créelo, amigo, sirviéndole se cancela todo. Queda sólo paz -dice Simón el Zelote.

-Sí, paz, y, donde había una vejez de vicio u odio, nace una juventud nueva. Yo era un publicano y ahora soy un apóstol. Tenemos ante nosotros el mundo, y nosotros sabemos acerca del mundo; no somos como esos muchachitos distraídos que pasan al lado del fruto nocivo y del árbol torcido y no ven la realidad. Nosotros lo conocemos.

Podemos evitar el mal y enseñar a otros a evitarlo, como también sabemos enderezar a quien se tuerce, porque sabemos el consuelo que supone el ser sujetados. Y sabemos quién sujeta: Él -dice Mateo.

-¡Es verdad! ¡Es verdad! Me ayudaréis. Gracias. Es como pasar de un lugar oscuro y fétido a un dilatado prado florido… Una cosa parecida experimenté el día en que salí, libre, al fin libre, tras veinte años de prisión y de trabajo brutal en las minas de Anatolia, y me vi -había huido durante una noche borrascosa -en lo alto de un monte, escabroso pero abierto, lleno del sol de la aurora y cubierto de olorosos bosques… ¡Oh, la libertad! ¡Pero ahora es más! ¡Todo en mí se dilata! Ya hacía doce años que no llevaba cadenas, y sin embargo, el odio, el miedo, la soledad, para mí eran como cadenas… ¡Ahora han caído éstas también!… Hemos llegado a la casa del anciano que os ha conducido a mí. ¡Eh, hombre! ¡Hombre!

El viejecillo acude, y se queda de piedra al ver que el bizco está limpio, con vestido de viaje y la cara sonriente.

-Ten, ésta es la llave de mi casa. Me marcho para siempre.

Tú has sido mi benefactor y por ello te estoy agradecido.

Me has devuelto la familia. Haz de lo mío todo lo que quieras… y cuida de mis pollos; no los maltrates; todos los sábados viene un romano que compra los huevos… sacarás algún beneficio… Trata bien a mis gallinitas… y que Dios te lo pague.

El anciano se ha quedado estupefacto. Boquiabierto, coge la llave. Jesús dice:

-Sí, haz como dice y también Yo te quedaré agradecido. En nombre de Jesús te bendigo.

-¡El Nazareno! ¡Eres Tú! ¡Misericordia! ¡He hablado con el Señor! ¡Mujeres! ¡Mujeres! ¡Hombres! ¡El Mesías está aquí, con nosotros! -Chilla como un águila y de todas partes vienen corriendo personas.

-¡Tu bendición! ¡Tu bendición! -gritan. Otros:

«¡Quédate!». Y otros: «¿A dónde vas? A1 menos dinos a dónde vas.
-Voy a Naím. No puedo quedarme.
-¡Te seguimos! ¿Quieres?

-Venid. Y paz y bendición para los que se quedan.

Se encaminan hacia el camino principal. Lo toman.

El hombre, que va andando al lado de Jesús, esforzándose por el peso de su talego, despierta la curiosidad de Pedro:

-¿Pero qué llevas ahí dentro que pesa tanto? -pregunta.

-La ropa… y libros… Mis amigos junto con los pollos, aunque después de éstos. No he podido separarme de ellos… y pesan.

-Sí, claro, la ciencia pesa, sí, y… ¿a quién le gusta?
-Me han librado de volverme loco.

-¡Les tendrás estima!… Pero, ¿qué libros son?

-Filosofía, historia, poesía griega, romana…

-Interesantes, interesantes, sin duda interesantes; pero, ¿crees que vas a poder llevarlos siempre contigo?

-Quizás también logre separarme de ellos, pero todo al mismo tiempo no se puede hacer, ¿no es verdad, Mesías?

-Llámame Maestro. Sí, no se puede. De todas formas tendrás un sitio donde tener al seguro a tus amigos los libros. Te podrán servir para disputar con los paganos acerca de Dios.

-¡Qué depurado tu pensamiento de toda restricción!
Jesús sonríe y Pedro exclama:

-¡Hombre! ¡Claro! ¡Él es la Sabiduría!
-Es la Bondad, créelo. ¿Y tú eres culto?
-¿Yo? ¡Cultísimo! Mi cultura no pasa de distinguir un sábalo de una carpa. Soy pescador, amigo -y Pedro ríe con humildad y franqueza.

-Eres un hombre honesto. Es una ciencia que uno aprende por sí mismo y que es muy difícil de poseer. Me resultas simpático.

-Tú también a mí, porque eres franco, incluso cuando te acusas. Perdono todo, ayudo a todos, pero soy enemigo despiadado de los falsos. Me repelen.
-Tienes razón, el falso es un delincuente.

-Tú lo has dicho, un delincuente. Dime, ¿no me dejas con confianza un poco tu talego? Total, estáte seguro de que con los libros no voy a huir… Es que me parece que vas con dificultad…

-Veinte años de mina quebrantan. Pero… ¿por qué quieres cansarte tú?

-Porque el Maestro nos ha enseñado a amarnos como hermanos. Dámelo. Toma tú a cambio mis trapajos. Mi fardo es ligero… No hay ni historias, ni poesías; mi historia, mi poesía y esa otra cosa que has dicho son Él, mi Jesús, nuestro Jesús.

187- Hacia Jerusalén para la Pascua. De Tariquea al monte Tabor

Jesús deja partir a las barcas diciendo:
-No vuelvo.
Luego, seguido de los suyos, atravesando la zona que ya desde la otra orilla se veía rica, se dirige hacia un monte que aparece en dirección sur-oeste.
Los apóstoles, poco entusiastas del camino que atraviesa esta zona, bonita pero agreste, caminan en silencio, hablándose sólo con los ojos. Es, en efecto, una zona llena de espadañas que se enredan en los pies; de cañas que hacen llover en las cabezas la fina lluvia de rocío que se ha depositado en sus hojas de forma de gruesos cuchillos; llena de nódulos que golpean el rostro con el duro mazo de su fruto desecado; de frágiles sauces colgantes, presentes en todas partes, que producen cosquilleo; de zonas traicioneras de hierba, aparentemente arraigada en terreno duro, pero que en realidad cela pozas de agua donde el pie se hunde, pues no son sino aglomerados de colas de zorra y plantas vesiculares, crecidas sobre minúsculas charcas, tan tupidas que esconden el elemento sobre el que han nacido.

Jesús, por su parte, parece deleitarse en todo ese verde con mil colores, con todas esas flores que se arrastran, o que están enhiestas o se agarran a algo para subir; flores que producen festones asperjados de leves campanillas de un rosa malva tenuísimo, o que forman una alfombra delicada de color azul (por los millares de corolas de miosotis palustres), o que abren el perfecto cáliz de su corola blanca, rosada o azul entre las anchas hojas planas de los nenúfares. Jesús contempla, admirado, los penachos de las cañas palustres, sedosos, cubiertos de aljófares; se inclina, dichoso, a observar la delicadeza de las colas de zorra, que ponen un velo de esmeralda a las aguas; se detiene, extático, ante los nidos que hacen los pájaros con un ir y venir jubiloso (hecho de trinos, zigzagueos y trabajo alegre) con el piquito lleno de pajitas, o de borra de las ramitas, o de vellones de lana arrebatada a los setos, que a su vez se la han arrebatado a los rebaños trashumantes… Parece la persona más feliz del mundo.

¡Qué lejos queda el mundo con sus perversidades, falsedades, dolores, insidias! El mundo está allende los confines de este oasis verde y florido en que todo embalsama, resplandece, ríe, canta. Ésta es tierra como ha sido creada por el Padre, no profanada por el hombre; aquí se puede olvidar al hombre.

Quiere que los otros compartan con El su gozo, pero no encuentra terreno propicio: los corazones están cansados y exasperados por un profundo mal humor, que trasciende las cosas, e incluso al Maestro, en forma de mutismo cerrado, parecido al ambiente quieto que precede a una tormenta. Sólo su primo Santiago, Simón Zelote y Juan se interesan por lo que a Él le suscita interés; los demás están… ausentes, por no decir de mal talante. Quizás, para no murmurar, no hablan entre ellos, pero dentro sí que deben estar hablando, y demasiado.

Sólo una exclamación, aún mayor, de maravilla, ante la joya viva de un martín pescador que viene volando y lleva a su compañera un pececito de plata, les hace salir de su mutismo.

Jesús dice:

-¿Pero podrá haber algo más delicado que esto?
Pedro responde:
-Quizás más delicado no… pero te aseguro que es más cómoda la barca. Aquí se está también en el agua, con el agravante de la incomodidad…

-Yo preferiría el camino que siguen las caravanas, antes que este… jardín, si así quieres llamarlo, y estoy completamente de acuerdo con Simón -dice Judas Iscariote.

-Ese camino no lo habéis querido vosotros -responde Jesús.
-¡Claro!… Pero yo no me hubiera dado por vencido ante los gerasenos. Me hubiera ido de allí, sí, pero luego hubiera proseguido al otro lado del río, bajando por Gadara, Pella, etc -refunfuña Bartolomé. Y su gran amigo Felipe termina: «Los caminos son de todos; en fin, podíamos transitar por ellos también nosotros.

-¡Amigos! ¡Amigos! Estoy muy apenado; nauseado… ¡No aumentéis mi dolor con vuestras pequeñeces! Dejad que busque un poco de alivio en las cosas que no saben odiar…

La reprensión, dulce en su tristeza, toca a los apóstoles.
-Tienes razón, Maestro. Somos indignos de ti. Perdona nuestra estupidez. Tú eres capaz de ver lo bello porque eres santo y miras con los ojos del corazón. Nosotros, que no somos más que burda materia, sentimos sólo esta burda materia… No hagas caso. Puedes estar seguro de que aunque estuviéramos en un paraíso, sin ti, estaríamos tristes; pero, contigo… para el corazón es siempre hermoso; son estos miembros los que se resisten -susurran bastantes de ellos.

-Dentro de poco saldremos de aquí y encontraremos suelo más cómodo, aunque menos fresco -promete Jesús.

-¿A dónde vamos exactamente?-pregunta Pedro.
-A llevar la Pascua a algunos que sufren. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero no he podido. Lo habría hecho al regreso a Galilea. Ahora, que nos obligan a andar por caminos que no hemos elegido nosotros, iré a bendecir a los pobres amigos de Jonás.

-¡Perderemos tiempo!
-¡La Pascua está ya cercana!
-¡Por distintos motivos, pero siempre hay retardos!
Es otro coro de quejas que se eleva al cielo.

Y yo no sé cómo Jesús puede tener tanta paciencia… Dice, sin regañar a ninguno:

-No me pongáis obstáculos, os lo ruego; comprended que preciso amar y ser amado. El único consuelo que tengo en la tierra es el amor y hacer la voluntad de Dios.

-¿Y vamos por aquí? ¿No hubiera sido más bonito ir por Nazaret?

-Si os lo hubiera propuesto, os habríais rebelado. Ninguno imaginará que estoy en esta zona… Y lo hago por vosotros, porque… tenéis miedo.

-¿Miedo? ¡No, no! ¡Estamos prontos para combatir por ti!
-¡Rogad al Señor que no os ponga a prueba. Sé que sois rencillosos, rencorosos; conozco vuestro vehemente deseo de dañar a quien me daña, de humillar al prójimo. Todo esto lo conozco. Lo que no conozco es vuestro coraje. Si por mí fuera, habría ido solo y por el camino normal, y no me habría sucedido nada, porque no ha llegado la hora.

Pero siento compasión de vosotros. Además, presto obediencia a mi Madre, y… sí, también esto, no quiero que se sienta molesto el fariseo Simón: Yo no les daré motivo, pero ellos sí mostrarán animosidad conmigo.

-¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona -dice Tomás.

-Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!… Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén.

-¡Será precioso! Dicen que desde la cima, concretamente desde un punto de ella, se ve el mar grande, el de Roma. ¡Me gusta mucho! ¿Nos llevas a verlo? -suplica Juan, con su rostro de niño bueno alzado hacia Jesús.
-¿Por qué te gusta tanto verlo? -pregunta Jesús acariciándolo.

-No lo sé… Porque es grande y no se ve el límite… Me hace pensar en Dios… Cuando estuvimos en el Líbano, vi por primera vez el mar. Porque yo sólo había navegado el Jordán o nuestro pequeño mar… y lloré de emoción. ¡Tanto azul! ¡Tanta agua!… ¡Y que no se desborda nunca!… ¡Qué cosa más maravillosa! Y los astros, que trazan caminos de luz sobre la superficie del mar… ¡Oh, no os riáis de mí! Miraba el camino de oro del Sol hasta quedar cegado, el de plata de la Luna hasta henchir de fijo candor mis ojos, y los veía perderse muy lejos. Esos caminos me hablaban, me decían: "Dios está en aquella lejanía infinita, éstos son los caminos de fuego y pureza que un alma debe seguir para ir a Dios. Ven. Adéntrate en el infinito, remando por estos dos caminos y encontrarás al Infinito".

-Eres poeta, Juan -dice Judas Tadeo admirado.
-No sé si esto es poesía, sé que me enciende el corazón.
-Pero si has visto el mar también en Cesárea y en Tolemaida, y bien cerca; ¡estábamos en la orilla! No veo la necesidad de recorrer tanto camino para ver más agua de mar. En el fondo… nosotros hemos nacido en el agua… -observa Santiago de Zebedeo.

-¡Y, por desgracia, también ahora estamos en el agua! -exclama Pedro, que, habiéndose distraído un momento por escuchar a Juan, no ha visto un charco traicionero y se ha puesto pringando… Se echan a reír; el primero, él.
Pero Juan responde:

-Es verdad, pero desde lo alto es más bonito: se ve más y más lejos; se piensa más alto y con más amplitud… se desea… se sueña…

Juan verdaderamente ya está soñando… Mira hacia delante. Sonríe ante su sueño…

Parece una rosa color carne salpicada de menudísimo rocío: efectivamente, su piel lisa y clara de joven rubio aparece intensamente aterciopelada y asperjada de fino pudor, de forma que asemeja ahora más todavía a un pétalo de rosa.

-¿Qué deseas? ¿Qué estás soñando? -pregunta Jesús a su predilecto en voz baja (parece un padre dirigiéndose con dulzura a su querido hijito que habla mientras duerme dulcemente): se lo pregunta con tanta dulzura -para no lacerar el sueño del enamorado -que realmente hay que decir que le está hablando en el alma.

-Deseo ir por ese mar infinito… hacia otras tierras allende él… Deseo ir allí para hablar de ti… Sueño… sueño con ir a Roma, a Grecia, a los lugares oscuros para llevar la Luz… y así los que viven en las tinieblas entren en contacto contigo y vivan en comunión contigo, Luz del mundo… Sueño con un mundo mejor… con un mundo que mejorar a través de tu conocimiento, o sea, a través del conocimiento del Amor que nos hace buenos, puros, héroes… con un mundo que se ame en tu Nombre, y que por encima del odio, del pecado, la carne, el vicio de la mente, por encima del oro, por encima de todas las cosas, alce tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina… y sueño con ir con estos hermanos míos por el mar de Dios, recorriendo caminos de luz, a llevarte a ti… de la misma forma que en su momento tu Madre te trajo del Cielo aquí, entre nosotros… Sueño con ser ese niño que, no conociendo sino el amor, se mantiene sereno incluso ante los tormentos… y que canta para infundir ánimo a los adultos, que reflexionan demasiado, y camina hacia la muerte sonriendo, hacia la gloria con aquella humildad de quien no sabe lo que hace, de quien sólo sabe que está yendo a ti, Amor…

Los apóstoles se han quedado sin respiración durante la extática confesión de Juan; parados donde estaban, miran al más joven, oyéndole hablar con los ojos velados por sus párpados cual velo extendido sobre el ardor que sube del corazón; miran a Jesús, que se transfigura de alegría al verse tan completamente identificado en su discípulo…

Juan termina de hablar en una posición un poco inclinada hacia el suelo que recuerda la gracia de la humilde Virgen de la Anunciación de Nazaret; Jesús lo besa entonces en la frente y dice:

-Iremos a ver el mar, para que sueñes otra vez con la realización de mi Reino en el mundo.

Señor… has dicho que después vamos a Endor. Muéstrate complaciente también conmigo… para que se me pase la amargura del juicio de aquel niño…-dice Judas Iscariote.
-¿Pero todavía estás pensando en ello? -dice Jesús.

-Continuamente. Me siento disminuido ante tus ojos y ante los ojos de los compañeros. Pienso en vuestros pensamientos…

-¡Hay que ver cómo cansas tu cerebro por nada! Yo ya ni siquiera pensaba en esa menudencia, y los otros, sin duda, igual. Eres tú quien nos lo haces recordar… Eres un niño acostumbrado sólo a las caricias, y la palabra de un niño te ha parecido la condena de un juez. No, no es a esta palabra a lo que debes temer; antes bien, a tus acciones y al juicio de Dios. De todas formas, para convencerte de que te quiero como antes, como siempre, te digo que haré lo que deseas. ¿Qué quieres ver en Endor? No es sino un mísero lugar entre rocas…

-Llévame… y te lo diré.
-Bien, de acuerdo; pero estáte atento a que luego no tengas que sufrir por ello.

-Si para éste ver el mar no puede significar sufrimiento, a mí no me puede perjudicar el ver Endor.
-¿Ver?… No. Lo que puede hacer daño es el deseo de lo que se quiere ver cuando se mira. De todas formas, iremos…

Reanudan su camino. Se dirigen hacia el Tabor, cuya mole se ve cada vez más cercana. El suelo va perdiendo su aspecto palustre: cada vez más sólido, con menos vegetación, dando paso a plantas más altas o a matas de clemátides y zarzas que ríen con sus frondas nuevas y sus flores precoces.

186- Los dos endemoniados de la región de los Gerasenos

Jesús, cortado el lago en dirección noroeste-sudeste, manifiesta a Pedro su vivo interés porque desembarque en Ippo. Pedro obedece, sin discutir, descendiendo con la barca hasta la embocadura de un riachuelo que ahora, debido a que es primavera, y también debido al reciente temporal, fluye lleno y fragoroso. Desemboca este curso de agua en el lago, por una hoz escabrosa y llena de escollos, como es toda la costa en este punto. Los mozos aseguran las barcas -hay uno por cada barca -y reciben la orden de esperar hasta la tarde para volver a Cafarnaúm.

-Y haceos los despistados con quien os pregunte -aconseja Pedro -A quien os pregunte dónde está el Maestro respondedle sin vacilar: "No lo sé"; a quien quiera saber hacia dónde se dirige, lo mismo. Además es verdad, no lo sabéis.

Se separan. Jesús emprende la ascensión de un escarpado sendero que trepa por el cantil casi a pico. Los apóstoles lo siguen por la penosa senda hasta la cima del cantil, que muere en un rellano poblado de encinas bajo las cuales pacen muchos cerdos.

-¡Estos fétidos animales no nos dejan pasar! -exclama Bartolomé.
-No. No nos obstaculizan el paso, hay espacio para todos -responde con serenidad Jesús.

Por su parte, los porquerizos, viendo a israelitas, tratan de reunir a los cerdos bajo las encinas para dejar libre el sendero. Los apóstoles pasan, haciendo mil muecas de desagrado, entre las porquerías que van dejando estos animales que hozan bien pingües, buscando siempre aumento de pinguosidad.

Jesús pasa sin hacer tanto teatro, y dice a los encargados de la piara:

-Que Dios os pague vuestra amabilidad.

Los porquerizos -gente pobre y sólo poco menos sucia que sus cerdos, aunque, eso sí, infinitamente más delgados -lo miran perplejos y se ponen a cuchichear entre sí. Uno dice: -A lo mejor no es israelita.
A lo cual los otros contestan:

-¿No ves las franjas de la túnica?

El grupo apostólico se une, ahora que pueden continuar el camino juntos por una vereda bastante ancha.

El panorama es precioso. Está elevado sólo unas pocas decenas de metros respecto al lago; suficiente, de todas formas, para poder dominar toda la extensión del agua y las ciudades diseminadas a lo largo de sus márgenes.

Tiberíades resplandece con sus bonitas construcciones frente al lugar donde están los apóstoles. Abajo, al pie del cantil basáltico, la breve playa parece un cojín herboso, mientras que en la orilla opuesta, desde Tiberíades hasta la entrada del Jordán, se ve una llanura más bien vasta, y pantanosa debido a las aguas del río -que dan la impresión de encontrar dificultad para reanudar su curso después de la pausa en el sereno lago -, pero tan abundante en todo tipo de hierbas y matas propias de los lugares ricos en agua, y tan poblada de aves acuáticas de irisados colores, como veteadas de gemas, que se contempla ese lugar cual si se tratase de un jardín.

Las aves, que están entre las tupidas hierbas y en los cañizares, se elevan, vuelan sobre el lago y hunden sus cuerpos en las aguas para arrebatarles un pez; se elevan de nuevo, más esplendorosas aún por el agua que ha reavivado los colores de sus plumas, y regresan hacia la florida llanura donde el viento juguetea revolviendo los colores.

Aquí es distinto: una faja de bosques de altísimas encinas, bajo las cuales la hierba crece verde esmeralda y blanda. Acabada ésta, hay una hoyada. Después el monte vuelve a ascender en un empinado promontorio rocoso escalonado, en cuyos rellanos las casas están encostradas (creo que el monte forma una única cosa con las paredes, prestando sus cavernas como viviendas; mitad ciudad troglodita, mitad ciudad común). Es original con esta graduada ascensión en terrazas, que hace que el techo de las casas de la terraza inmediatamente anterior esté a la altura del bajo de las casas del rellano superior. Por los lados en que el monte es más empinado -hasta el punto de impedir cualquier tipo de construcción -hay cavernas y brechas profundas y veredas escarpadas que descienden hacia el valle y que en tiempo de aguaceros deben transformarse en caprichosos torrentitos. Peñascos de todo tipo, que han rodado por efecto de los aluviones, forman un caótico pedestal en la base de este montecillo tan abrupto y agreste, chepudo y petulante como un tagarote que, no obstante, quiere ser respetado a toda costa.

-¿No es aquello Gamala? -pregunta el Zelote.
-Sí, es Gamala. ¿La conoces? -dice Jesús.

-Pasé ahí una noche ya muy lejana cuando era un fugitivo; luego vino la lepra y ya no salí de los sepulcros.

-¿Hasta aquí te persiguieron? -pregunta Pedro.
-Venía de la Siria, adonde me había encaminado buscando protección; pero… fui descubierto y tuve que huir hacia estas tierras para evitar ser capturado. Luego, lentamente, siempre bajo amenaza, fui descendiendo hasta el desierto de Tecua, y desde allí, ya leproso, hasta el valle de los Muertos. La lepra me salvaba de mis enemigos…

-¿Éstos son paganos, verdad? -pregunta Judas Iscariote.
-Casi todos. Pocos hebreos, mercantes; y luego un sincretismo de creencias, y de falta completa de creencia… Pero no trataron mal al fugitivo.

-¿Lugares de bandidos! ¡Qué quebraduras! -exclaman muchos.

-Sí -dice Juan (todavía impresionado por la captura de Juan el Bautista) -, pero hay más bandidos al otro lado, creedlo.

-En el otro lado hay bandidos también entre los que llevan el nombre de justos -concluye su hermano.
Jesús toma la palabra:

-Y, no obstante, los tratamos sin estremecernos, mientras que aquí habéis vuelto la cabeza cuando habéis tenido que pasar al lado de unos animales.

-Son impuros.
-Mucho más lo es el pecador. Éstos son animales hechos así y no se les debe culpar por ello. Sin embargo, el hombre es responsable de ser impuro por el pecado.

-¿Y entonces por qué nos han sido clasificados como impuros? -pregunta Felipe.

-Ya he aludido a ello en una ocasión. Hay razón sobrenatural y razón natural de este orden. La primera consiste en enseñar al pueblo elegido a saber vivir teniendo presente su elección y la dignidad del hombre incluso en una acción tan común como es comer. El salvaje se alimenta de todo, le basta con llenarse el vientre. El pagano, aunque no sea un salvaje, come también todo, sin pensar que comer exageradamente fomenta vicios y tendencias que rebajan al ser humano. Es más, los paganos persiguen este frenesí de placer que para ellos es casi una religión. Los más instruidos de entre vosotros tienen noticia de fiestas obscenas, en honor de sus dioses, que degeneran en una orgía de libídine. El hijo del pueblo de Dios debe saber contenerse, y, en obediencia y prudencia, perfeccionarse a sí mismo, teniendo presentes su origen y su fin: Dios y el Cielo. La razón natural es el no estimular la sangre con alimentos que conducen a ardores indignos del hombre, al cual no se le niega el amor carnal, pero debe templarlo siempre con el frescor del alma orientada al Cielo; hacer, por tanto, amor -no sensualidad -de ese sentimiento que une al hombre a su compañera, en quien debe ver la congénere y no la hembra.

Los pobres brutos, sin embargo, no son culpables de ser puercos, ni de los efectos que su carne pueden a la larga producir en la sangre; y menos culpa todavía tienen los hombres que cuidan de los cerdos. Si son honestos, ¿qué diferencia habrá, en la otra vida, entre ellos y el escriba que está concentrado en sus libros y que, por desgracia, no aprende en ellos la bondad? En verdad os digo que ve-remos a porquerizos entre los justos y a escribas entre los injustos. Pero… ¡avalancha!

Se separan todos de la ladera del monte porque están rodando y rebotando pendiente abajo piedras y tierra, y miran en torno a sí perplejos.

-¡Allí!, ¡allí!, ¡mirad allí! Dos… completamente desnudos… vienen hacia aquí gesticulando. Locos…

-O endemoniados -responde Jesús a Judas Iscariote, que ha sido el primero en ver a los dos posesos que vienen hacia Jesús.

Deben haber salido de alguna caverna del monte. Vienen gritando. Uno de ellos, el que más corre, se lanza hacia Jesús: parece un pajarraco extraño desplumado, pues mucho corre y mucho bracea (en vez de brazos parece tener alas). Se desploma a los pies de Jesús gritando:

-¿Has venido aquí, Amo del mundo? ¿Qué tengo que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? ¿Ha llegado ya la hora de nuestro castigo? ¿Por qué has venido antes de tiempo a atormentarnos?

El otro endemoniado, bien porque tenga impedida la capacidad de hablar, bien porque esté poseído por un demonio que lo hace lento, lo único que hace es echarse de bruces contra el suelo y llorar bajo, para luego, sentado, quedarse como inerte, sólo jugando con las piedras y con sus pies desnudos.

El demonio sigue hablando por boca del primero, que se retuerce en el suelo en un paroxismo de terror. Parece como si quisiera oponerse y no pudiera hacer otra cosa sino adorar, atraído y repelido al mismo tiempo por el poder de Jesús. Grita:

-¡Te conjuro en nombre de Dios, no me atormentes más. Déjame marcharme!

-Sí. Pero fuera de éste. Espíritu impuro, sal de éstos. Di tu nombre.

-Legión es mi nombre, porque somos muchos. Tenemos poseídos a éstos desde hace años, con sus miembros deshacemos lazos y rompemos cadenas, y no hay fuerza humana que los pueda tener sujetos. Siembran el terror por causa nuestra, de ellos nos servimos para que contra ti se blasfeme; en ellos nos vengamos de tu maldición. Rebajamos al hombre a nivel inferior al de las fieras, para escarnecerte; no hay lobo, chacal o hiena, buitre o vampiro, que se pueda equiparar a los que están poseídos por nosotros. Pero, no nos eches. ¡El infierno es demasiado horrendo!…

-¡Salid! ¡En nombre de Jesús, salid.
Jesús habla con voz de trueno, sus ojos centellean.
-Déjanos, al menos, entrar en esa piara que has visto antes.
-Id.

Con un alarido bestial los demonios se separan de los dos desgraciados, y, entre un improviso remolino de viento que hace cimbrearse a las encinas como si fueran tallos herbáceos, caen sobre los numerosísimos cerdos, los cuales, emitiendo chillidos verdaderamente demoníacos, dan en correr por entre las encinas como posesos; se chocan unos con otros, se hieren, se muerden y, llegados al borde del alto cantil, no teniendo ya más amparo que el agua del fondo, se arrojan al lago. Mientras los porquerizos, trastornados y desolados, gritan aterrorizados, los animales, a centenares, en una sucesión de golpes sordos, zambullen su cuerpo en las aguas serenas, y las rompen en multitud de borbollones de espumas; se hunden, vuelven a emerger, mostrando ora los redondeados vientres, ora los morros puntiagudos en cuyos ojos se lee el terror, para acabar ahogándose. Los pastores, gritando, se echan a correr hacia la ciudad.

Los apóstoles, que han ido al lugar del desastre, vuelven y dicen:

-¡Ni uno se ha salvado! ¡Les has procurado un triste servicio!

Jesús, sereno, responde:

-Es mejor que perezcan dos mil cerdos que no un solo hombre. Dadles un vestido a éstos. No pueden estar así.
El Zelote abre un saco y ofrece uno de sus indumentos; Tomás da el otro. Los dos hombres están todavía un poco atónitos, como si se acabaran de despertar de un sueño muy molesto lleno de pesadillas.

-Dadles algo de comer. Que vuelvan a vivir como hombres.
Y mientras los dos hombres comen el pan y las aceitunas que les han ofrecido y beben del boto de Pedro, Jesús los observa.

Por fin hablan:

-¿Quién eres? -dice uno de ellos.
-Jesús de Nazaret.
-No te conocemos -dice el otro.
-Vuestra alma me ha conocido. Ahora levantaos y marchad a vuestras casas.

-Creo que hemos sufrido mucho, pero no recuerdo bien. ¿Quién es éste? -dice el hombre que hablaba por el demonio señalando a su compañero.
-No lo sé. Estaba contigo.

-¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí? -pregunta a su compañero. El que era como mudo, que todavía es el más inactivo, dice:

-Me llamo Demetrio. ¿Aquí está Sidón?

-Sidón está en la costa. Aquí estás al otro lado del lago de Galilea.

-¿Y por qué estoy aquí?

Ninguno le puede dar una respuesta.

En ese momento está llegando un grupo de personas seguidas por los pastores. La gente parece asustada y curiosa, y su estupor aumenta al ver a los dos hombres vestidos y en orden.

-¡Aquél es Marcos de Josías!…

-¡Y aquél es el hijo del mercader pagano! …

-Y aquél es el que los ha curado. Por Él han muerto nuestros cerdos, porque han enloquecido al entrar en ellos los demonios -dicen los custodios de los animales.

-Señor, reconocemos que eres poderoso, pero ya nos has perjudicado demasiado; nos has hecho un daño de muchos talentos. Te rogamos que te marches, no vaya a ser que por tu poder se derrumbe el monte y se hunda en el lago. Vete…

-Me voy. Yo no me impongo a nadie.
Jesús, sin rebatir, regresa por el mismo camino por el que había venido.

Le sigue, al final de la fila de los apóstoles, el endemoniado que hablaba; detrás, a distancia, muchos habitantes de la ciudad para asegurarse de que se marcha.

Salvan en sentido inverso el pronunciado declive del sendero. Regresan a la hoz del torrente, donde están las barcas. Los habitantes de la ciudad permanecen todavía en el borde de la cima del promontorio, mirando. El hombre liberado baja detrás de Jesús.

Los mozos de las barcas están aterrados: han visto la lluvia de cerdos en el lago y todavía contemplan los cuerpos que emergen -cada vez más y cada vez más hinchados -con las redondeadas panzas al aire y las cortas patitas tiesas, como cuatro estacas clavadas en una voluminosa vejiga sebosa.

-Pero, ¿qué ha pasado? -preguntan.

-Ya os lo contaremos. Ahora soltad y vamos… ¿A dónde, Señor? -dice Pedro.

-Al golfo de Tariquea.

El hombre que los ha seguido, viéndolos subir a las barcas, suplica:

-Tómame contigo, Señor.

-No. Ve a tu casa; los tuyos tienen derecho a tenerte. Háblales de las grandes cosas que te ha hecho el Señor y de cómo ha tenido piedad de ti. Esta zona tiene necesidad de creer. Enciende la llama de la fe en señal de agradecimiento al Señor. Ve. Adiós.

-Dame al menos la fuerza de tu bendición, para que el demonio no se vuelva a apoderar de mí.
-No temas. Si tú no quieres, no vendrá. De todas formas, te bendigo. Ve en paz.

Las barcas se separan de la orilla en dirección este-oeste. Sólo entonces, cuando aquéllas hienden las olas sembradas de víctimas porcinas, los habitantes de la ciudad que no ha recibido al Señor se retiran del borde de la cima y se marchan.

185- La tempestad calmada. Una lección sobresus preliminares

Una barca de vela, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, una barca de pesca en la que pueden moverse cómodamente cinco o seis personas, surca las aguas de un hermoso lago de color azul intenso.

Jesús duerme en la popa. Va vestido de blanco, como de costumbre. Tiene la cabeza reclinada sobre el brazo izquierdo; debajo del brazo y la cabeza, ha colocado su manto azul-gris doblado varias veces. Está sentado, no echado, en el fondo de la barca; su cabeza apoya sobre esa porción de entablado que está en el extremo de la popa (no sé cómo la llaman los marineros). Duerme plácidamente. Se le ve cansado. Está sereno.

Pedro guía el timón. Andrés se ocupa de las velas. Juan con otros dos que no conozco están poniendo en orden maromas y redes en el fondo de la barca, como si tuvieran intención de prepararse para la pesca (quizás nocturna). Yo diría que el día se encamina al atardecer, pues el sol desciende ya hacia occidente. Todos los discípulos se han subido las túnicas, de forma que, sujetas con el cinturón, están abolsadas a la altura de la cintura, para así estar más libres de movimientos y poder desplazarse mejor por la barca, salvando remos, asientos, cestas y redes, sin que las túnicas estorben; todos se han quitado el manto.

Veo que el cielo se oscurece y el sol se esconde detrás de unos nubarrones de tormenta que han aparecido al improviso detrás del pináculo de una colina. El viento los empuja velozmente hacia el lago. Por el momento, el viento está alto y el lago se mantiene sereno; eso sí, adquiere una tonalidad más oscura y su superficie se frunce: no son todavía olas, pero empieza a agitarse el agua.

Pedro y Andrés observan el cielo y el lago, y organizan las maniobras para acercarse a la orilla. Pero, he aquí que el viento se abate sobre el lago y en pocos minutos todo bulle y espumea. Olas que se embisten mutuamente, que chocan contra la barquilla, levantándola, bajándola, girándola en todas las direcciones, impiden las maniobras del timón, como el viento las de la vela, que ha de ser arriada. Jesús sigue durmiendo. No lo despiertan ni los pasos, ni las azogadas voces de los discípulos, ni el silbar del viento; ni siquiera los latigazos de las olas contra los costados y la proa. Sus cabellos ondean al viento. Le alcanza alguna salpicadura de agua. Pero Él duerme. Juan saca de debajo de un entablado su manto y, desde la proa, corre a la popa, y lo tapa; lo cubre con delicado amor.

La tempestad se hace cada vez más amenazadora. El lago está tan negro, que parece como si en él se hubiera derramado tinta; estriado por la espuma de las olas. La barca traga agua. El viento cada vez más la va empujando mar adentro. Los discípulos ya sudan haciendo la maniobra y arrojando por la borda el agua que las olas vierten dentro. Pero no sirve de nada; se ven chapoteando ya en el agua, hasta la mitad de las piernas, y la barca cada vez se hace más pesada.

Pedro pierde la calma y la paciencia. Deja a su hermano el timón y, bamboleándose, se llega a Jesús y lo menea vigorosamente.

Jesús se despierta y levanta la cabeza.
-¡Sálvanos, Maestro, que perecemos! -grita Pedro (tiene que gritar para poder ser oído). Jesús mira a su discípulo fijamente, mira a los demás y luego al lago.
-¿Tienes fe en que os puedo salvar?

-¡Rápido, Maestro! -grita Pedro mientras una verdadera montaña de agua originada en el centro del lago se dirige veloz contra la pobre barca; tan alta, espantosa, que parece una tromba de agua. Los discípulos, que la ven venir, se arrodillan y se agarran donde pueden y como pueden, convencidos de que ha llegado el final.

Jesús se alza. Está erguido sobre el entablado de la barca: figura blanca contra el color lívido de la tempestad. Extiende los brazos hacia la enfurecida ola y dice al viento:
-¡Detente y calla! -y al agua: ¡Cálmate! ¡Lo quiero!

Y el golpe se disuelve en espuma, que cae inocua: un último bramido que se apaga en susurro; y también el viento, mutándose en suspiro su último silbido. Sobre el lago pacificado vuelve el cielo despejado; la esperanza y la fe, al corazón de los discípulos.

No puedo describir la majestad de Jesús: hay que verla para comprenderla. Me deleito en ella en mi interior, pues todavía tengo su presencia, y pienso en cuán plácido era el sueño de Jesús y cuán potente su imperio sobre el viento y las olas.

Jesús dice luego (A María Valtorta):
-No te voy a comentar el Evangelio en el sentido en que lo hacen todos. Voy a ilustrarte los preliminares del pasaje evangélico.

¿Por qué dormía Yo? ¿No sabía, acaso, que la borrasca estaba llegando? Sí, Yo lo sabía, Yo sólo lo sabía. Y entonces, ¿por qué dormía? Los apóstoles eran hombres, María; animados, sí, de buena voluntad, pero todavía muy "hombres". El hombre se cree siempre capaz de todo. Y si se da el caso de que realmente sea hábil en algo, se envanece y se llena de apego a su "habilidad".

Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran buenos pescadores y, por tanto, se creían insuperables en las maniobras marineras. Yo, para ellos, era un gran "rabí", pero no valía nada como marinero. Por ello, me juzgaban incapaz de ayudarlos, y, cuando subían a la barca para atravesar el Mar de Galilea, me rogaban que estuviera sentado porque no era capaz de nada más. También lo hacían por afecto, porque no querían darme trabajos físicos, si bien el apego a sus capacidades era el elemento más importante.

María, Yo sólo me impongo en casos excepcionales. Generalmente os dejo libres y espero. Aquel día, cansado como estaba y habiéndome solicitado que descansara, o sea, que los dejase actuar a ellos -a ellos que tan duchos eran -me puse a dormir… y a constatar cómo el hombre "es hombre" y quiere actuar por sí solo, y no percibe que Dios no pide sino ayudarle. Veía en esos "sordos espirituales", "ciegos espirituales", a todos los sordos y ciegos del espíritu que durante siglos y siglos acarrearían su propia ruina por querer "actuar por sí solos", teniéndome a mí, abierto a sus necesidades, en espera de su llamada pidiendo ayuda.

Cuando Pedro gritó: "¡Sálvanos!", mi amargura descendió como una piedra por su propio peso.

Yo no soy "hombre", soy el Dios-Hombre. No actúo como vosotros, que, cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego lo veis en problemas, aunque no seáis tan malos que os alegréis de ello, sí lo sois siempre en cuanto que os lo quedáis mirando desdeñosamente y con indiferencia -y no os conmovéis ante su grito que pide ayuda -con grave ademán que significa: "¿No me has aceptado cuando te quería ayudar? Pues ahora arréglatelas solo". No, Yo soy Jesús, soy Salvador, y salvo, María; salvo siempre, en cuanto se me invoca.

Mas vosotros, bienquistos hombres, podríais objetar: "¿Y por qué permites que se formen tempestades en el individuo o en la colectividad?". Si con mi poder destruyese el Mal (del tipo que fuera), acabaríais creyéndoos autores del Bien -que en realidad es un don mío -y no os volveríais a acordar jamás de mí, jamás.
Tenéis necesidad, bienquistos hijos, del dolor para acordaros de que tenéis un Padre; como el hijo pródigo, que se acordó de que lo tenía cuando sintió hambre. Las desventuras sirven para convenceros de vuestra nada, de vuestra insipiencia ­causa de tantos errores -y de vuestra maldad -causa de tantos lutos y dolores -, de vuestras culpas -causa de castigo que vosotros mismos os proporcionáis -y de mi existencia, potencia y bondad.

Esto es lo que os dice el Evangelio de hoy, "vuestro" evangelio de la hora presente, pobres hijos míos. Llamadme. Jesús duerme sólo porque está angustiado de ver vuestro desamor hacia Él. Llamadme y acudiré.

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