por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Como un río que se va enriqueciendo cada vez más por nuevos afluentes, así la vía que conduce de Siquem a Jerusalén se va haciendo cada vez más espesa de gente, en la medida en que los distintos pueblos van aportando, por los caminos secundarios, los fieles que van hacia la Ciudad santa; ello ayuda no poco a Pedro a tener distraído al niño, que pasa muy cerca de las colinas de su tierra natal (bajo cuyos bancales deslizados están sepultados sus padres) sin darse cuenta.
Los viajeros han dejado a su izquierda Silo, enhiesta en la cumbre de su monte. Interrumpen ahora, tras largo camino, su marcha, para descansar y comer en un vasto y verde valle con murmullo de aguas puras y cristalinas.
Luego reanudan la marcha. Salvan un montecillo calcáreo, bastante pelado, sobre el cual incide sin misericordia el sol. Se empieza a bajar atravesando una serie de viñedos preciosos que festonean las escarpadas de estos montes calcáreos soleados en sus cimas.
Pedro sonríe con perspicacia y hace una seña a Jesús, que también sonríe. El niño no se da cuenta de nada, centrado como está en escuchar a Juan de Endor, que le está hablando de otras tierras que ha visto, en las que se dan uvas dulcísimas, las cuales, a pesar de serlo, no sirven tanto para vino cuanto para dulces mejores que las tortas de miel.
Una nueva subida, muy empinada: la comitiva ha dejado el camino principal, polvoriento y lleno de gente, y ha preferido tomar este atajo boscoso. Llegados a la cima, se ve ya claramente en la lejanía resplandecer un mar luminoso suspendido sobre una conglomeración blanca, quizás esplendorosas casas encaladas.
Jesús llama a Yabés:
-Ven. ¿Ves aquel punto de oro? Es la Casa del Señor. Allí vas a jurar obediencia a la Ley. ¿Pero la conoces bien?
-Mi mamá me hablaba de la Ley y mi padre me enseñaba los preceptos. Sé leer y… y creo que sé lo que "ellos" me han dicho… antes de morir». El niño, que había acudido a la llamada de Jesús con una sonrisa, ahora llora, con su cabecita agachada y con su mano, temblorosa, en la mano de Jesús.
-No llores. Mira. ¿Sabes dónde estamos? Esto es Betel. Aquí el santo Jacob tuvo su sueño angélico. ¿Lo sabías? ¿Te acuerdas?
-Sí, Señor. Vio una escalera que tocaba el Cielo desde la tierra, y subían y bajaban ángeles; mi madre me decía que en el momento de la muerte, si habíamos sido buenos, veríamos eso mismo y que iríamos por esa escalera a la Casa de Dios. Mi madre me decía muchas cosas… pero… ahora ya no me las dirá… Las tengo todas aquí dentro, esto es todo lo que tengo de ella…
Las lágrimas se deslizan por su tristísima carita.
-¡No llores de ese modo, hombre! Mira, Yabés, Yo tengo a mi Madre, que se llama María y que es santa y buena y que sabe también decir muchas cosas. Es más sabia que un maestro, más buena y hermosa que un ángel. Estamos yendo a verla. Te querrá mucho. Te dirá muchas cosas. Y además, con Ella, está la mamá de Juan, que también es muy buena y se llama María, y la madre de mi hermano Judas, dulce igualmente como un pan de miel, y que se llama también María. Te van a querer mucho, muchísimo, porque eres un niño excelente y porque Yo te quiero mucho y ellas me quieren a mí. Luego, crecerás con ellas, y cuando seas mayor serás un santo de Dios, predicarás como un doctor a ese Jesús que te dio de nuevo una madre aquí y que habrá abierto las puertas de los Cielos a tu madre muerta, y a tu padre, y que te las abrirá también a ti a tu hora. Tú no tendrás siquiera necesidad de subir la larga escalera de los Cielos a la hora de la muerte, porque ya la habrás subido durante tu vida, siendo un buen discípulo, y te verás allí, ante la puerta abierta del Paraíso, y Yo estaré allí y te diré: "Ven, amigo mío e hijo de María", y estaremos juntos.
La fúlgida sonrisa de Jesús, que camina un poco curvado para estar más cerca de la carita alzada del niño -que va andando a su lado con su manita en la de Jesús -, y estas palabras maravillosas, enjugan las lágrimas y hacen brotar una sonrisa.
El niño, que de necio no debe tener un pelo, aunque, eso sí, está aturdido por tanto dolor y privaciones como ha sufrido, interesado en la historia, observa:
-¿Dices que abrirás las puertas de los Cielos? ¿No están cerradas por el gran Pecado? Mi mamá me decía que ninguno podría entrar hasta que no viniera el perdón y que los justos lo esperaban en el Limbo.
-Así es. Pero Yo, tras predicar la palabra de Dios y obteneros el perdón, iré al Padre, y le diré: "He cumplido toda tu voluntad, ahora quiero mi premio por mi sacrificio. Que vengan los justos que están esperando tu Reino". Y el Padre me dirá: "Sea como quieres". Entonces descenderé a llamar a todos los justos y el Limbo abrirá sus puertas al oír mi voz, y saldrán jubilosos los santos Patriarcas, los luminosos Profetas, las mujeres benditas de Israel y… ¿te imaginas cuántos niños? ¡Será como un prado florecido de niños de todas las edades! Y me seguirán, cantando, ascendiendo al hermoso Paraíso.
-¿Mi mamá estará entre ellos?
-Sin duda.
-Pues no me has dicho que estará contigo en la puerta del Cielo cuando yo muera…
-Ni ella ni tu padre tendrán necesidad de estar en esa puerta; cual fúlgidos ángeles, con sus vuelos siempre estarán uniendo estrechamente el Cielo y la tierra, a Jesús con su hijo Yabés, y cuando estés cercano a la muerte harán como aquellos dos pajaritos en aquel seto.
¿Los ves? -Jesús sube en brazos al niño para que vea mejor -¿Ves cómo cubren sus huevecillos? Esperan a que se abran; después extenderán sus alas para proteger a su nidada de cualquier mal, y luego, cuando se hayan desarrollado y estén preparados para podervolar, servirán de apoyo a sus crías con sus robustas alas y las llevarán hacia arriba, muy arriba… hacia el Sol. Tus padres harán lo mismo contigo.
-¿Se cumplirá exactamente así?
-Exactamente así.
-¿Les vas a decir que se acuerden de venir?
-No será necesario, porque te quieren. De todas formas se lo diré.
-¡Cuánto te quiero!
El niño, que está todavía en brazos de Jesús, se le agarra fuertemente al cuello y lo besa, con una efusión tan jubilosa, que verdaderamente conmueve.
Jesús le devuelve el beso y lo baja al suelo.
-¡Bueno! ¡Bien! Vamos adelante, a la Ciudad santa. Tenemos que llegar hacia el atardecer de mañana.
-¿Por qué tanta prisa? ¿Me lo sabrías responder? ¿No sería lo mismo llegar pasado mañana?
-No, no sería lo mismo. Mañana es la Parasceve. Después del ocaso sólo se puede andar seis estadios; más no se puede, porque ya ha empezado el sábado con su correspondiente reposo.
-¿Se está entonces sin hacer nada los sábados?
-No. Se reza al Señor altísimo.
-¿Cómo se llama?
-Adonai. Pero los santos pueden pronunciar su Nombre.
-También los niños buenos. Dilo, si lo sabes.
-Iaavé.
-Y, ¿por qué se reza al Señor altísimo el sábado?
-Porque El se lo dijo a Moisés cuando le dio las tablas de la Ley.
-¡Ah! ¿Sí? ¿Y qué dijo?
-Dijo que se santificara el sábado. "Trabajarás durante seis días, pero el séptimo descansarás tú, y los demás contigo, porque es lo que hice Yo después de la creación".
-¿Cómo? ¿El Señor descansó? ¿Estaba cansado por haber creado? ¿Creó realmente Él? ¿Por qué lo sabes? Yo sé que Dios no se cansa nunca.
-No se había cansado porque Dios no anda ni mueve los brazos. Lo hizo para enseñar a Adán y enseñarnos a nosotros, y para que tuviéramos un día en el que no pensásemos en otra cosa sino en Él. Y Él lo ha creado todo; seguro. Lo dice el Libro del Señor.
-Pero, ¿el Libro lo ha escrito Él?
-No, pero es la Verdad, y hay que prestarle fe para no ir con Lucifer.
-Me has dicho que Dios ni anda ni mueve los brazos. ¿Entonces, como creó? ¿Cómo es? ¿Es una estatua?
-No es un ídolo, es Dios; y Dios es… Dios es… déjame pensar y recordar cómo decía mi mamá y, mejor todavía, ese hombre que va en tu nombre a visitar a los pobres de Esdrelón… Mi mamá decía, para hacerme comprender a Dios:
"Dios es como mi amor por ti; no tiene cuerpo, y, sin embargo, existe".
Y ese hombre pequeño, con una sonrisa muy dulce, decía: "Dios es un Espíritu eterno, uno y trino, y la segunda Persona se ha encarnado por amor a nosotros, que somos pobres, y su nombre…". -¡Oh, mi Señor! Pero… ahora que me doy cuenta… ¡eres Tú!». El niño, lleno de estupor, se arroja al suelo adorando.
Todos acuden, creyendo que se ha caído; pero Jesús hace un gesto de silencio llevándose el dedo a los labios, y dice:
-¡Levántate, Yabés! ¡Los niños no deben tener miedo de mí!
El niño levanta la cabeza, lleno de veneración, y mira a Jesús con expresión cambiada, casi de miedo.
Jesús sonríe y le tiende la mano diciendo: -Eres sabio, pequeño israelita. Continuemos el examen entre nosotros. Ahora que me has reconocido, ¿sabes si se habla de mí en el Libro? -¡Oh, sí, Señor! Desde el principio hasta ahora.
Todo habla de ti Tú eres el Salvador prometido. Ahora entiendo que abras las puertas del Limbo. ¡Oh, Señor… Señor! ¿Y me quieres mucho? -Sí, Yabés.
-No. No me llames ya Yabés. Dame un nombre que signifique que me has querido, que me has salvado…
-El nombre lo elegiré junto con mi Madre. ¿Te parece bien?
-Pero que quiera decir exactamente eso. Lo tomaré desde el mismo día que me haga hijo de la Ley.
-Lo tomarás ese día.
Betel ha quedado ya atrás. Se detienen a comer en un vallecillo fresco y rico en agua.
Yabés está medio aturdido después de la revelación; come en silencio, aceptando con veneración los bocados que le ofrece Jesús; poco a poco se va recobrando, especialmente después de jugar intensamente con Juan mientras los otros descansan sobre la hierba verde; luego vuelve donde Jesús, junto con el risueño Juan, y tienen una pequeña tertulia de tres personas.
-A1 final no me has dicho quién habla de mí en el Libro.
-Los Profetas, Señor; y antes todavía. Habla de ti el Libro desde la expulsión de Adán del Paraíso. Luego cuando Jacob y cuando Abraham y Moisés… Me decía mi padre, que había ido a visitar a Juan -no a éste, sino al otro Juan, al del Jordán -, que él, el gran Profeta, te llamaba el Cordero… Ahora entiendo, sí, el cordero de Moisés… ¡La Pascua eres Tú!
Juan lo anima:
-Pero, ¿qué Profeta es el que profetizó mejor de Él?
-Isaías y Daniel. Pero prefiero a Daniel, ahora que te quiero como a mi padre. ¿Puedo decir que te quiero como he querido a mi padre? ¿Sí? Pues ahora prefiero a Daniel.
-¿Por qué, si quien habla mucho del Cristo es Isaías?…
-Sí, pero habla de los dolores del Cristo; sin embargo, Daniel habla del ángel hermoso y de tu venida. Es verdad que también Daniel dice que el Cristo será inmolado, pero yo creo que el Cordero será inmolado de un sólo golpe, no como dicen Isaías y David. Yo lloraba siempre al oírlos, así que mi madre no volvió a leérmelos. Casi llora también en este momento, mientras acaricia una mano de Jesús.
-No pienses en eso por ahora. Escucha, ¿sabes los mandamientos?
-Sí, Señor. Creo saberlos. En el bosque me los repetía a mí mismo para no olvidarlos y para oír las palabras de mi madre y de mi padre. Pero ahora ya no lloro -la verdad es que sus pupilas brillan intensamente -porque ahora te tengo a ti.
Juan sonríe y se abraza a su Jesús diciendo:
-¡Son mis mismas Palabras! Todos los niños de corazón hablan igual.
-Sí, porque sus palabras provienen de una única sabiduría. Bien, tendríamos que ponernos en camino para llegar muy pronto a Berot. La gente aumenta y el tiempo se pone amenazador. Tomarán al asalto los alojamientos, y no quiero que caigáis enfermos.
Juan llama a los compañeros y se reanuda la marcha hasta Berot, a través de una llanura no muy cultivada, aunque tampoco completamente yerma como estaba el montecillo que salvaron después de Silo.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús prosigue hacia Jerusalén. Cada vez transita mayor número de peregrinos por los caminos, que están un poco embarrados por un chaparrón nocturno; como contrapartida, haciendo precipitar el polvo, el agua ha dejado terso el aire. Los campos parecen un jardín bien cuidado por su jardinero.
La comitiva apostólica camina ligera, pues se sienten descansados por el alto que han hecho y, además, porque el niño, con sus sandalias nuevas, ya no sufre al andar (es más, sintiendo cada vez más confianza, va charlando con unos u otros; y le hace a Juan la confidencia de que su padre se llamaba también Juan y su madre María y de que, por ello, lo quiere también a él mucho).
-Pero, bueno -termina diciendo -la verdad es que os quiero a todos; en el Templo voy a rezar mucho, mucho, por vosotros y por el Señor Jesús.
Es conmovedor ver cómo estos hombres, que en su mayor parte no tienen hijos, se muestran paternales y maravillosamente próvidos para con el más pequeño de los discípulos de Jesús. Hasta el hombre de Endor muestra un rostro delicado cuando debe obligar al pequeño a beberse un huevo, o cuando trepa por entre los arbolados que visten de verde las colinas y las montañas -cada vez más altas, cortadas por profundas hoces cuyo fondo sigue el camino principal -para coger ramitas acídulas de zarzamora o perfumados tallitos de hinojo silvestre, y se lo lleva al niño para mitigarle la sed sin que se llene demasiado de agua. Es conmovedor ver cómo lo distraen del largo recorrido llamando su atención hacia los distintos detalles o panoramas.
El que muchos años antes fuera pedagogo en Cintium, destruido posteriormente por la maldad humana, ahora renace por este niño, mísero como él, y alisa las arrugas del infortunio y de la amargura asumiendo una sonrisa buena. El aspecto de Yabés, con sus sandalias nuevas y la carita menos triste, es ya menos menesteroso. No sé qué mano apostólica se ha preocupado de borrar de esa carita todas las señales de muchos meses de vida agreste, poniéndole en orden incluso el pelo, antes descuidado y polvoriento, ahora esponjoso e igualado por una enérgica lavada. También el hombre de Endor, que todavía se queda un poco perplejo cuando oye que le llaman Juan (si bien, cuando esto le sucede, en seguida menea la cabeza con una sonrisa compasiva hacia su poca memoria), está muy cambiado: cada día que pasa, su rostro va perdiendo esa cierta dureza que tenía y va adquiriendo una seriedad que no infunde miedo.
Naturalmente, estas dos miserias renacidas por la bondad de Jesús gravitan amantes hacia el Maestro; quieren a los compañeros, sí, ¡pero a Jesús!… Cuando Él los mira o les habla directamente, su expresión se vuelve dichosísima.
Salvan una hoz y luego un collado verde, bellísimo, desde cuya cima todavía se entrevé la llanura de Esdrelón, lo cual hace suspirar al niño:
-¿Qué estará haciendo mi anciano padre? -para terminar diciendo, con un suspiro muy triste y un brillo de llanto en sus ojos castaños: «Es mucho menos feliz que yo!… ¡con lo bueno que es!».
Este lamento, a su vez, extiende sobre todos un velo de tristeza. Luego bajan por un valle fértil, lleno de olivares o campos cultivados. Un leve viento hace caer la nieve de las florecillas de las vides y de los olivos más precoces. Y pierden de vista definitivamente la llanura de Esdrelón.
Se detienen en el prado para proseguir después la marcha hacia Jerusalén. Debe haber llovido mucho -quizás es que es una zona muy rica en aguas subterráneas -porque las praderas parecen un aguazal poco profundo: en efecto, el agua brilla intensamente entre la tupida hierba y sube hasta lamer el camino, un poco más elevado para salvar otro; pero, no obstante, muy embarrado. Los mayores se suben las túnicas, para que no acaben transformándose en una costra de barro. Judas Tadeo sube a hombros al niño, para que descanse y para atravesar más rápidamente la zona inundada, que quizás es insalubre.
Bordean otras colinas, atraviesan otro valle, pequeño, rocoso, seco. El día declina. Entran en un pueblo situado en lo alto de un ribazo rocoso y, abriéndose paso entre los muchos peregrinos, buscan alojamiento en una especie de albergue muy rústico (un cobertizo grande bajo el cual hay abundante paja extendida, nada más). Pequeñas lamparitas, encendidas acá o allá, iluminan las cenas de las familias de peregrinos; familias pobres, como la apostólica, porque los ricos, por lo general, han levantado sus tiendas fuera del pueblo, desdeñando todo contacto con los lugareños y con los peregrinos pobres.
Desciende noche y silencio… El primero que cae dormido es el niño, que se ha reclinado, cansado, en el regazo de Pedro, el cual, luego lo pone bien sobre la paja y lo tapa solícito.
Jesús reúne a los mayores para hacer una oración, después cada uno va a echarse encima de la capa de paja para reponerse del mucho camino recorrido.
Es ya de día otra vez. La comitiva apostólica, que se ha puesto en marcha por la mañana, está para entrar, al declinar el día, en Siquem, dejada ya atrás Samaria. Es una ciudad de bonito aspecto, rodeada de muros, coronada de edificios bellos y majestuosos en torno a los cuales se concentran casas lindas y ordenadas. (Me da la impresión de que esta ciudad, como Tiberíades, haya sido reconstruida poco antes y con sistemas tomados de Roma). Extramuros, alrededor, una faja de tierras fertilísimas y bien cultivadas.
El camino que de Samaria conduce a Siquem desciende sinuosamente, con un sistema de muros de contención del terreno que me recuerda a las colinas fiesolanas, y con una magnífica vista de verdes montañas al sur y una llanura preciosa que va hacia el oeste.
El camino tiende a descender, pero alguna que otra vez gana altura, para salvar otros collados desde cuyas cimas se domina la tierra de Samaria, con sus lindas plantaciones de olivos, cereales y vides, guardadas, desde lo alto de los collados, por bosques de encinas y de otros árboles agrestes, que deben ser providenciales como defensa contra los vientos -los cuales, pasando por los desfiladeros, tienden ciertamente a formar remolinos -, que malograrían las plantaciones. Esta región me recuerda mucho a los lugares de nuestro Apenino, aquí, hacia Amiata, cuando la mirada contempla contemporáneamente los cultivos llanos y cerealistas de la Maremma y las esplendorosas colinas y los austeros montes que se yerguen más altos hacia el interior. No sé cómo será ahora Samaria; en aquel tiempo era preciosa.
Pues bien, entre dos altos montes -de los más altos de esta zona -la vista enfila un valle en cuyo centro, fertilísima, bien irrigada, aparece Siquem. En este punto precisamente, la alegre caravana de la corte del Cónsul que va a Jerusalén para las fiestas alcanza a Jesús y los suyos. Esclavos a pie y en carros para tutelar el transporte de los distintos pertrechos… ¡Dios mío, cuántas cosas llevaban consigo en aquellos tiempos! Con los esclavos, carros en toda regla, cargados con un poco de todo (hasta incluso literas enteras) y coches de viaje (amplios carros de cuatro ruedas, bien amortiguados, cubiertos) en los que viajan, resguardadas, las damas. Y más carros, y más esclavos…
He aquí que una mano enjoyada de mujer levanta levemente una cortina y aparece el perfil grave de Plautina, que saluda sin hablar pero con una sonrisa; lo mismo hace Valeria, quien lleva sobre sus rodillas a su pequeñuela, toda gorjeos, toda riente. El otro carro de viaje, aún más pomposo, pasa sin que ninguna cortina se separe, pero, una vez que ha pasado, por la parte de detrás, entre las cortinas anudadas, Lidia asoma su rosado rostro y hace un gesto de reverencia. La caravana se aleja…
-¡Viajan bien! -dice Pedro, cansado y sudoroso -Pero, si Dios nos ayuda, pasado mañana por la tarde estaremos en Jerusalén.
-No, Simón. No tengo otra alternativa, tengo que cambiar de dirección e ir hacia el Jordán.
-¿Pero, por qué, Señor?
-Por el niño. Está muy triste, y mucho más aumentaría su tristeza si viera el monte donde sucedió la catástrofe.
-¡No, no lo vemos! Mejor dicho, vemos la otra parte del monte… Y… bueno, yo me encargaré de tenerlo distraído; yo y Juan… Esta pobre tortolita sin nido se distrae enseguida. ¡Ir hacia el Jordán!… ¡No, hombre, mejor por aquí, el camino recto, más corto y más seguro!; ¡no, no, éste, éste! ¿Ves como es el que siguen las romanas? Por la costa y por el río estas primeras aguas de verano exhalan fiebres. Este camino es sano. Además… ¿cuándo vamos a llegar si alargamos todavía más el recorrido? ¡Piensa en qué estado de ansiedad estará tu Madre después del funesto suceso del Bautista!…
Pedro lo consigue; Jesús da su consentimiento.
-Pues entonces vámonos pronto a descansar, y descansemos bien, porque mañana al alba partiremos, para estar pasado mañana por la tarde en Getsemaní. Iremos, pasado el viernes, al día siguiente, a ver a mi Madre, a Betania; allí descargaremos esos libros de Juan que os han hecho trabajar no poco; veremos también a Isaac y le confiaremos este pobre hermano…
-¿Y el niño? ¿Lo vas a asignar ya?
Jesús sonríe:
-No. Se lo dejaré a mi Madre, para que lo prepare para "su" fiesta. Luego volverá con nosotros para la Pascua. Pero después tendremos que desprendernos de él… ¡No te encariñes demasiado! O, mejor, ámalo como si fuera tu hijo, pero con espíritu sobrenatural. Ya ves que es débil y que se cansa. También a mí me habría gustado instruirlo y criarlo, nutriéndolo Yo mismo con la Sabiduría. Pero Yo soy el Incansable, y Yabés es demasiado joven y débil para acompañarnos en nuestras fatigas. Nos moveremos por Judea; luego, para Pentecostés, volveremos a Jerusalén; luego caminaremos… caminaremos, evangelizando… Volveremos a verlo en el verano, en nuestra patria chica. Bien, ya estamos ante las puertas de Siquem. Adelántate con tu hermano y con Judas de Simón para buscar dónde alojarnos.
Yo voy a la plaza del mercado; allí te espero.
Se separan. Pedro galopa en busca de un alojamiento. Los demás caminan fatigosamente por los caminos llenos de gente que grita y gesticula, llenos de asnos, carros… todos dirigidos hacia Jerusalén para la Pascua ya inminente. Voces, unos que llaman a otros, imprecaciones… se mezclan con los rebuznos asnales, creando un bullicio que retumba fuerte bajo los atrios tendidos entre casa y casa: es un ruido que recuerda al murmullo de ciertas conchas cuando se arriman a la oreja.
El eco va de una bóveda a otra, donde ya las sombras se dan cita, y la gente, como un flujo continuo de agua, se da a caminar por las calles, se adentra en búsqueda de un techo, de una plaza, de un prado, para pasar la noche…
Jesús, con el niño de la mano, apoyado en un árbol, espera a Pedro en la plaza, que con esta ocasión está continuamente llena de vendedores.
-¡Que no nos vea nadie y nos reconozca! -dice Judas Iscariote.
-¿Cómo se puede reconocer un grano entre la arena? -responde Tomás -¿No ves qué gentío?
Vuelve Pedro:
-Fuera de la ciudad hay un cobertizo con heno. No he encontrado nada más.
-No vamos a buscar nada más. Es hasta demasiado para el Hijo del hombre.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-¿Señor, aquella cima es el Carmelo? -pregunta Santiago, el primo de Jesús. -Sí, hermano. Aquélla es la cadena montañosa del Carmelo. La cúspide más alta le da el nombre. -Debe ser bonito también desde allí el mundo. ¿Has estado alguna vez?
-Una vez, Yo solo, al principio de mi predicación. Al pie de ese monte curé a mi primer leproso. Pero iremos de nuevo, juntos, para rememorar a Elías…
-Gracias, Jesús. Me has comprendido, como siempre.
-Y, como siempre, te perfecciono, Santiago.
-¿Por qué?
-El porqué está escrito en el Cielo.
-¿No me lo dices, hermano, Tú que lees lo que está escrito en el Cielo?
Jesús y Santiago van caminando el uno al lado del otro; sólo el pequeño Yabés, que va también ahora de la mano de Jesús, puede oír la conversación confidencial de los dos primos, que se sonríen mirándose a los ojos.
Jesús, pasando un brazo por encima de los hombros de Santiago para acercárselo aún más, pregunta:
-¿Realmente quieres saberlo? Pues bien, te lo voy a decir en forma de adivinanza; cuando encuentres la clave serás ͜sabio. Escucha: "Habiéndose reunido los falsos profetas en el monte Carmelo, se acercó Elías y dijo al pueblo:
“¿Hasta cuándo seguiréis cojeando de dos partes? Si el Señor es Dios, seguidlo; si Baal, seguid a éste”. El pueblo no respondió. Entonces Elías siguió diciendo al pueblo: “De los profetas del Señor he quedado yo sólo”, y la única fuerza de este hombre solo era el grito :
“Escúchame, Señor, escúchame, para que este pueblo reconozca que eres el Señor Dios y que has convertido de nuevo sus corazones”. Entonces el fuego del Señor cayó y devoró el holocausto". Hermano, adivina. Santiago agacha la cabeza y se pone a pensar. Jesús lo mira sonriendo.
Caminan unos metros así, luego Santiago dice:
-¿Tiene que ver con Elías o con mi futuro?
-Con tu futuro, naturalmente…
Santiago se queda de nuevo pensativo y susurra:
-¿Seré destinado a invitar a Israel a que siga con autenticidad un camino? ¿Seré llamado a quedarme solo en Israel? Si la respuesta es afirmativa, quieres decir que los otros serán perseguidos y que los dispersarán y que… que… elevaré mi oración a ti por la conversión de este pueblo… como sacerdote… como… víctima… Si es así, ¡oh, inflámame ya desde este momento, Jesús!…
-Lo estás ya. Mas ha de raptarte el Fuego, como a Elías; por este motivo subiremos al Carmelo tú y Yo solos, y hablaremos.
-¿Cuándo? ¿Después de la Pascua?
-Después de una Pascua, sí. Entonces te diré muchas cosas…
Un lindo riachuelillo, que fluye hacia el mar, colmado su caudal por las lluvias primaverales y la disolución de las nieves, se interpone en su camino.
Acude Pedro y dice:
-El puente está más arriba, por donde pasa el camino que va de Tolemaida a Enganmín (o Engannim).
Jesús, dócilmente, vuelve sobre sus pasos. Cruza el riachuelo por un sólido puente de piedra. Enseguida vuelven a verse montañas pequeñas y colinas de poca entidad.
-¿Llegaremos a Engannim antes de que anochezca? -pregunta Felipe.
-Ciertamente. Pero… ahora tenemos con nosotros a un niño. ¿Estás cansado Yabés? -pregunta amorosamente Jesús -Sé sincero como un ángel.
-Un poco, Señor. De todas formas, me esforzaré en seguir caminando.
-Este niño está débil -dice con su voz gutural el hombre de Endor.
-¡Mira tú éste!… -exclama Pedro -¡Con la vida que lleva desde hace algunos meses!… ¡Ven que te coja en brazos!
-¡Oh, no, señor! No, que te cansas. Todavía puedo andar yo.
-¡Ven, ven, que no pesas. Pareces un pajarillo desnutrido -Pedro lo sube en vilo, lo sienta sobre sus anchos y fuertes hombros, a caballo, y lo sujeta por las piernas.
Caminan ligeros porque el sol ya es fuerte e invita y estimula a llegar a las umbrías colinas.
Se detienen en un pueblo -oigo que lo llaman Meguido -, para comer y descansar, junto a una fuente muy fresca y ruidosa (por la mucha agua que de ella brota y que cae en una pila de piedra oscura). Ninguno del pueblo se interesa por los peregrinos, anónimos entre los muchos otros que, más o menos ricos, van a pie o en burros o mulas hacia Jerusalén para la Pascua. Se respira ya aire de fiesta. Muchos niños -pensando ya, jubilosos, en la ceremonia de su mayoría de edad -van con los viajeros.
Dos jovenzuelos de holgada condición vienen a jugar junto a la fuente. Yabés está con Pedro, que lo tiene conquistado con mil zarandajas. Preguntan al muchacho:
-¿Vas tú también para ser hijo de la Ley?
Yabés responde tímidamente: «Sí», casi escondiéndose detrás de Pedro.
-¿Es tu padre éste? Eres pobre, ¿verdad?».
-Soy pobre, sí.
Los dos niños -quizás hijos de fariseos -lo escudriñan irónicos y curiosos, y dicen: -Se ve.
En efecto, se ve… ¡Su vestidito es bien mísero! Quizás es que el niño ha crecido y, a pesar de que hayan sacado el jaletón, el vestido (marrón y descolorido por las inclemencias del tiempo) apenas si le llega a la mitad de las delgadas piernecitas morenas, dejando completamente descubiertos los pequeños pies, mal calzados con dos informes sandalias sujetas con unas cuerdas que deben torturarlos.
Los niños, despiadados con ese egoísmo propio de muchos niños, con la crueldad de los niños no buenos, dicen:
-¡Pues entonces no tendrás un vestido nuevo para tu fiesta! ¡Nosotros sí!… ¿Verdad, Joaquín? Yo, todo rojo, con el manto igual; él, de color cielo; y llevaremos sandalias con hebillas de plata y un cinturón muy valioso y un taled sujeto con un aro de oro y…
-¡…Y un corazón de piedra, digo yo! -salta Pedro, que ha terminado de refrescarse los pies y de llenar de agua todas las cantimploras -Sois malos, muchachos. Ni la ceremonia ni el vestido valen un pito si el corazón no es bueno. Prefiero a este niño mío. ¡Largaos, soberbios! ¡Id con los ricos, y tened respeto a los pobres y honrados! ¡Ven, Yabés! Esta agua es buena para los pies cansados. Ven, que te los voy a lavar, así caminarás mejor después. ¡Ay, cuánto daño te han hecho estas cuerdas! Pero no tendrás que seguir caminando; te voy a llevar en brazos hasta Engannim. Allí encontraré a uno que haga sandalias y te compraré un par nuevo.
Y Pedro lava y seca esos piececitos, que desde hace mucho tiempo no han vuelto a ser acariciados tanto como ahora.
El niño lo mira… titubea… y acaba por echarse sobre este hombre que le está atando las sandalias, y lo aprieta con sus bracitos flacos, y dice:
-¡Qué bueno eres! -y le besa su pelo entrecano.
Pedro se conmueve; se sienta en el suelo, sin cambiar de sitio aunque esté mojado; se pone sobre su regazo al niño y le dice:
-Pues entonces llámame "padre".
La escena es delicada. Jesús y los demás se acercan.
Los dos soberbiosillos de antes, que, curiosos, no se habían marchado todavía, preguntan:
-¿Pero no es tu padre?
A lo que Yabés responde sin vacilar:
-Padre y madre para mí.
-Sí, querido mío, bien has dicho: padre y madre; y os aseguro, señoritingos, que no irá mal vestido a la ceremonia. También él tendrá un vestido de rey, rojo como el fuego y con un cinturón verde como la hierba, y el taled blanco como la nieve.
Aunque sea un batiburrillo de colores, deja asombrados a los dos vanidosos y los pone en fuga.
-¿Qué haces, Simón, en el suelo mojado? -pregunta Jesús sonriendo.
-¿Mojado? ¡Ah, sí; ahora me doy cuenta! ¿Que qué hago? Con la inocencia apoyada en mi pecho vuelvo a ser como un cordero. ¡Ah!… ¡Maestro, Maestro! Bien, vamos. Pero debes dejarme que me ocupe de este pequeño; después lo cederé; pero hasta que no sea un verdadero israelita es mío.
-¡Sí, hombre, sí! Y serás siempre su tutor, como un anciano padre. ¿De acuerdo? Vamos, para estar por la tarde en Engannim sin hacer correr demasiado al niño.
-Lo llevo yo. Pesa más mi red. No puede caminar con estas dos suelas rotas. Ven.
Y, cargándose encima a su ahijado, Pedro reanuda contento su camino, cada vez más umbrío entre arbolados de frutas varias, en un ascender suave de colinas, desde las cuales la vista se dilata hacia la fecunda llanura de Esdrelón.
Engannim debe ser una bonita ciudad, no grande, bien abastecida de agua de las colinas a través de un acueducto elevado que es probablemente obra romana. Jesús y los suyos están ya en las cercanías de la ciudad. En esto, perciben el rumor de una patrulla militar que está acercándose. Deben ponerse al seguro arrimándose al borde del camino. Los cascos de los caballos resuenan contra el suelo, que aquí, en las cercanías de la ciudad, muestra apenas la pavimentación bajo la tierra que se ha ido acumulando junto con detritos; en efecto, jamás una escoba ha limpiado este camino.
-¡Salve, Maestro! ¿Cómo por aquí? -exclama Publio Quintiliano, mientras se apea y se acerca a Jesús con una abierta sonrisa, llevando de la brida al caballo. Sus soldados, al ver esto en su superior, aminoran la marcha.
-Voy a Jerusalén por la Pascua.
-Yo también. Se refuerza la guardia para estas fiestas, incluso porque estará en la ciudad Poncio Pilatos, y también está Claudia. Nosotros patrullamos los caminos para protegerla a ella. ¡Son caminos tan inseguros!… Las águilas ponen en fuga a los chacales-dice riendo el soldado mientras mira a Jesús, y sigue diciendo en tono más bajo: -Este año, doble guardia para guardar las espaldas del sucio Antipas. Hay mucho descontento por el arresto del Profeta; descontento en Israel y, como consecuencia, entre nosotros. Pero, ya nos hemos encargado de hacer llegar a oídos del Sumo Sacerdote y demás compadres un… benigno toque de… flautas -y concluye en voz baja:
«Ve seguro, que las uñas ahora están metidas en las zarpas. ¡Ja! ¡Ja! Nos tienen miedo. Carraspea uno y creen que ha rugido. ¿Vas a hablar en Jerusalén? Acércate al Pretorio. Claudia habla de ti como de un gran filósofo.
Te conviene porque… el procónsul es Claudia».
Quintiliano mira a su alrededor y ve a Pedro cargado, rojo y sudado.
-¿Y ese niño?
-Un huérfano que he tomado conmigo.
-¡Pero… ese hombre tuyo se está esforzando demasiado!
Niño, ¿tienes miedo a ir unos metros a caballo? Te pongo aquí, bajo mi clámide; iré suave. Cuando lleguemos a las puertas, te dejo que sigas con ese hombre.
El niño no ofrece resistencia; debe ser dulce como un cordero. Publio lo levanta en vilo y lo sienta consigo en su montura.
A1 dar la orden de ir despacio a los soldados, ve también al hombre de Endor. Lo mira fijamente y dice:
-¿Tú también por aquí?
-Sí. Ya no vendo huevos a los romanos, pero los pollos están todavía allí. Ahora estoy con el Maestro…
-¡Bien para ti! Así te sentirás más confortado. ¡Adiós! ¡Salve, Maestro, te espero en aquel pequeño grupo de árboles.
Y espolea a su cabalgadura.
-¿Os conocéis? -le preguntan muchos de los presentes a Juan de Endor.
-Sí, como proveedor de pollos. Antes no me conocía. Una vez fui llamado a la comandancia a Naím, para fijar los precios, y estaba él. Desde entonces, cuando iba a Cesárea a comprar libros o algún utensilio siempre me saludaba. Me llama o Cíclope o Diógenes. No es malo. A pesar de mi odio por los romanos, no me mostré nunca agresivo con él porque me podía ser útil.
-¿Has oído, Maestro? ¿Ves?, han surtido buen efecto mis palabras al centurión de Cafarnaúm. Ahora voy más tranquilo -dice Pedro.
Y llegan a la mata de árboles a cuya sombra se ha apeado la patrulla.
-Mira, te devuelvo el niño. ¿Mandas algo, Maestro?
-No, Publio. Dios te muestre su rostro.
-¡Salve!
Monta y espolea, seguido por los suyos con un gran rumor metálico de herraduras y corazas que se entrechocan. Entran en la ciudad. Pedro con su pequeño amigo va a comprar las sandalitas.
-Este hombre muere de deseos de un hijo -dice Simón Zelote; y añade: «Con razón».
-Os daré millares de hijos. Busquemos ahora cobijo, para seguir mañana al despuntar el alba.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-Entrega a Miqueas la cantidad de dinero suficiente para que mañana pueda restituir lo que hoy ha pedido prestado a los campesinos de esta zona -dice Jesús a Judas Iscariote, que es quien, generalmente, administra los… bienes comunes.
Luego llama a Andrés y a Juan y los manda a dos puntos desde donde se puede ver el camino, o los caminos, que vienen de Yizreel; luego, a Pedro y a Simón, y les dice que salgan al encuentro de los campesinos de Doras, con la indicación de detenerlos en la divisoria de las dos propiedades; finalmente, dice a Santiago y a Judas:
-Coged las provisiones y venid.
Los siguen los campesinos de Jocanán, mujeres, hombres y niños; los hombres llevan dos pequeñas ánforas -bueno, pequeñas es un decir -que deben estar llenas de vino hasta los bordes; más que ánforas, son tinajas y contendrán, más o menos, sus buenos diez litros cada una (ruego también esta vez que no se tomen mis medidas por artículo de fe).
Caminan hasta donde una espesa viña señala el límite de la propiedad de Jocanán; más allá, adyacente, hay una ancha zanja que mantienen siempre llena de agua (¡a saber con cuánto trabajo!).
-¿Ves? Jocanán ha litigado con Doras por esto. Jocanán decía: "Esta completa devastación es culpa de tu padre. Si no quería adorarlo, al menos debía haberle temido y no provocarlo". Y Doras -parecía un demonio gritaba: “¡Has salvado tus tierras por esta zanja! Los insectos no la han atravesado…". Y Jocanán decía: "¿Y entonces cómo es que ahora sufres toda esta devastación mientras que antes tus campos eran los mejores de Esdrelón? Créeme, es el castigo de Dios; habéis sobrepasado la medida. ¿Esta agua?…
Siempre ha estado aquí; no es el agua lo que me ha salvado". Y Doras gritaba: "¡Esto prueba que Jesús es un demonio!". "¡Es un justo!" gritaba Jocanán. Y así fueron caminando un trecho, mientras les quedó resuello. Luego Jocanán, gastando mucho, hizo derivar un ramal del torrente y cavar para buscar más agua en el subsuelo y hacer todo un orden de zanjas como divisoria entre él y su pariente, y las hizo excavar más hondas, y a nosotros nos dijo lo que ayer te referimos… En el fondo él se alegra de lo sucedido. Se sentía muy envidioso de Doras… Ahora espera poder comprar todo, porque Doras acabará vendiendo todo por dos perras gordas.
Jesús escucha benigno todas estas confidencias mientras espera a los pobres campesinos de Doras. Éstos no tardan en llegar, y, en cuanto ven a Jesús, que está a la sombra de un árbol, se postran en tierra.
-Paz a vosotros, amigos. Acercaos. Hoy la sinagoga está aquí y Yo soy vuestro arquisinagogo; pero antes quiero ser vuestro padre de familia. Sentaos en círculo, os daré comida. Hoy tenéis con vosotros al Esposo, hoy se hace banquete nupcial.
Y Jesús destapa una cesta, saca unos panes, los distribuye entre los asombrados campesinos de Doras; de otra saca las provisiones que ha podido encontrar: quesos, verduras -ha encargado que las cocinen -y un pequeño cabritillo o corderito, asado entero, que también distribuye a los pobres desdichados; luego echa el vino en una tosca copa que ofrece para que se la pasen entre ellos y todos beban.
-¿Pero por qué?, ¿por qué? ¿Y ellos? -dicen los de Doras, refiriéndose a los de Jocanán.
-Ya les he dado a ellos.
-¡Qué compra! ¿Cómo te las has arreglado para conseguirlo?
-Todavía hay personas buenas en Israel -dice Jesús sonriendo.
-Pero hoy es sábado…
-Agradecédselo a este hombre -dice Jesús señalando al hombre de Endor -Él nos ha procurado el cordero. Lo demás ha sido fácil conseguirlo.
Los desdichados devoran -ésta es la palabra -esta comida que no veían desde hacía mucho tiempo.
Hay uno, ya entrado en años, que come y llora teniendo apretado contra su costado a un niño de unos diez años.
-¿Por qué eso, padre?… -pregunta Jesús -Porque rebosas bondad…
El hombre de Endor dice con su voz gutural:
-Es verdad… Provoca el llanto, pero son lágrimas que no dejan mal sabor…
-No dejan mal sabor. Es verdad. Además… yo quisiera una cosa. Este llanto es también deseo.
-¿Qué quieres, padre?
-¿Ves a este niño? Es mi nieto. Me ha quedado él, después del desprendimiento de tierras que hubo este invierno.
Doras ni siquiera sabe que ha venido, porque lo tengo en el bosque viviendo como si fuera un animal salvaje y no lo veo sino los sábados. Si me lo descubre, o lo aleja o lo pone a trabajar… y entonces este tierno niño, sangre de mi sangre, estará en peores condiciones que una acémila…
Para la Pascua pienso mandarlo a Jerusalén con Miqueas, pues le llega el momento de hacerse hijo de la Ley… ¡Es el hijo de mi hija!…
-¿Me lo confiarías a mí?… No llores. Tengo muchos amigos honrados, santos y sin hijos; lo educarán santamente en mi camino…
-Señor, desde que he tenido noticia de ti, lo he deseado! Al santo Jonás le rogaba -a él, que sabe lo que significa ser de este amo -que salvase a mi nieto de una muerte así…
-Niño, ¿vendrías conmigo?
-Sí, mi Señor, y no te haré sufrir.
-No se hable más.
-Pero… ¿a quién se lo piensas confiar? -pregunta Pedro tirándole a Jesús de una manga. ¿A Lázaro también?
-No, Simón… Pero hay muchos que no tienen hijos…
-Yo soy uno de ellos…
El rostro de Pedro parece incluso afilarse por este deseo.
-Simón, ya te he dicho que habrás de ser el "padre" de todos los hijos que te voy a dejar en herencia, pero sin la cadena de ningún hijo tuyo propio. No te aflijas; eres demasiado necesario para el Maestro como para que el Maestro pueda prescindir de ti por un sentimiento. Soy exigente, Simón, más exigente que un marido celosísimo; te amo con toda predilección y te quiero todo para mí, todo mío.
-De acuerdo, Señor… De acuerdo… Hágase como quieres.
El pobre Pedro se adhiere heroicamente a la voluntad de Jesús.
-Será hijo de mi Iglesia naciente. ¿De acuerdo? De todos y de ninguno. Será "nuestro" niño. Nos seguirá, o irá a donde nosotros estemos, cuando lo permita la distancia; sus tutores serán los pastores, que en todos los niños aman a "su" niño Jesús. Ven aquí jovencito. ¿Cómo te llamas?
-Yabés de Juan, y soy de Judá -dice con tono firme el muchacho. -Sí, somos judíos -confirma el anciano. Yo trabajaba en las tierras de Doras en Judea y mi hija se casó con un hombre de aquella zona; trabajaba en los bosques cerca de Arimatea, pero este invierno… -He visto la desgracia.
-El niño se salvó, porque esa noche estaba con un pariente lejano… ¡Verdaderamente lo ha signado su nombre, Señor!
Se lo dije a mi hija inmediatamente: "¿Es que te has olvidado de su antepasado?". Pero el marido quiso llamarlo así, y Yabés se llamó.
-“El niño invocará al Señor. El Señor lo bendecirá y dilatará sus fronteras. La mano del Señor está sobre su mano, no pesará ya el mal sobre él".
El Señor se lo concederá para consuelo tuyo, padre, y de los espíritus de los muertos, y para confortación de este huérfano.
Bien, ahora que hemos separado la necesidad del cuerpo de la del alma con un acto de amor hacia este niño, escuchad la parábola que he pensado para vosotros.
Había un hombre muy rico. Sus indumentos eran vistosísimos. Vestido de púrpura y de lino cendalí, se pavoneaba en las plazas y en su propia casa. Era reverenciado como el más poderoso del lugar por los habitantes de la ciudad, y por los amigos, que secundaban su soberbia para sacar provecho. Las salas de su casa estaban todos los días abiertas para celebrar espléndidos banquetes, hervidero de invitados -todos ricos y, por tanto, no necesitados -que adulaban al rico Epulón. Sus banquetes eran célebres por la abundancia de manjares y de vinos selectos.
En la misma ciudad había un mendigo, un mísero mendigo, verdaderamente mísero; tan mísero era éste cuanto rico era el otro. Pero, bajo la costra de la miseria humana del mendigo Lázaro, se celaba un tesoro aún mayor que su propia miseria y que la riqueza de Epulón; tal tesoro era la auténtica santidad de Lázaro: no había transgredido nunca la Ley, ni siquiera impulsado por la necesidad, pero, sobre todo, había cumplido el precepto del amor a Dios y al prójimo.
Como hacen siempre los pobres, se acercaba a las puertas de los ricos para pedir limosna y no morir de hambre; al declinar la tarde, todos los días, iba a la puerta de Epulón, esperando recibir al menos las migajas de los pomposos banquetes que en esas riquísimas salas se celebraban. Se echaba en el suelo, en la calle, junto a la puerta, y, paciente, esperaba. Pero, si Epulón se daba cuenta de que estaba ahí, mandaba que lo alejasen, porque ese cuerpo cubierto de llagas, desnutrido, andrajoso, era un espectáculo demasiado triste para sus invitados; eso decía Epulón (en realidad era porque la vista de esa miseria y esa bondad le significaba un continuo reproche).
Más compasivos que él eran sus perros -que estaban bien alimentados y lucían valiosos collares -, pues se acercaban al pobre Lázaro y le lamían las llagas, gimoteando de alegría por sus caricias, y hasta incluso le llevaban las sobras de las ricas mesas; así Lázaro superaba la desnutrición por mérito de los animales (si hubiera sido por el hombre, habría muerto, pues el hombre no le permitía siquiera entrar en las salas después del banquete para recoger las migajas que hubieran caído de las mesas).
Un día Lázaro murió. Ninguno en esa tierra se dio cuenta, nadie lo lloró; es más, Epulón se puso muy contento porque a partir de ese día dejó de ver a esa miseria, que él llamaba "oprobio", al lado de su puerta. Pero en el Cielo sí lo advirtieron los ángeles, y en sus últimos estertores, en su covachuela fría y desposeída de todo, estaban presentes las cohortes celestes, las cuales, rutilantes, recogieron el alma de Lázaro y la llevaron entre cantos de aleluya al seno de Abraham.
Pasado un tiempo, murió Epulón. ¡Oh, qué funerales tan fastuosos! Toda la gente de la ciudad, que había estado al corriente de su agonía y que ahora se apiñaba en la plaza donde se alzaba la casa -para ser notados como amigos del grande, o por curiosidad o por interés hacia los herederos -, se unió al duelo. El vocerío subió hasta el cielo, y con el vocerío las falsas alabanzas al "grande", al "benefactor", al "justo" que había muerto.
¿Podrá, acaso, palabra humana alguna mutar el juicio de Dios? ¿Podrá apología humana alguna borrar lo que está escrito en el libro de la Vida? No, no puede. Lo juzgado juzgado está, lo escrito escrito está. A pesar de los solemnes funerales, el espíritu de Epulón fue sepultado en el Infierno.
Entonces, en esa horrenda cárcel, bebiendo y comiendo fuego y tinieblas, hallando odio y torturas en todos los lugares y en todos los instantes de esa eternidad, alzó la mirada al Limbo de los justos, a ese Limbo que había visto en una exhalación, en un átomo de minuto, y cuya inefable belleza recordaba cual tormento entre atroces tormentos.
Vio arriba a Abraham, lejano pero fúlgido, gozoso…; y en su seno, también fúlgido y feliz, a Lázaro, a ese pobre Lázaro en otro tiempo despreciado, repelente, mísero… ¿y ahora?… ¡ah!, ahora, hermoso con la luz de Dios y con su propia santidad, rico en amor de Dios, admirado, no ya por los hombres sino por los ángeles de Dios.
Epulón gritó llorando: "¡Padre Abraham, ten piedad de mí! ¡Manda a Lázaro -puesto que no puedo esperar que vengas tú -, manda a Lázaro para que moje la punta de un dedo en el agua y la ponga en mi lengua, para refrescarla, porque sufro atrozmente por esta llama que me penetra continuamente y me quema!". Abraham respondió:
“Acuérdate, hijo, de que tuviste en la tierra todos los bienes, y Lázaro todos los males, y supo hacer del mal un bien, mientras que tú sólo supiste hacer el mal con tus bienes. Por tanto, es justo que ahora él, aquí, sea consolado y que tú sufras. Pero es que además no es posible lo que pides. Los santos están diseminados sobre la faz de la tierra para beneficio de los hombres, pero, cuando, a pesar de la extrema cercanía de éstos, el hombre sigue siendo lo que es -en tu caso, un demonio -, inútil es recurrir después a los santos. Ahora estamos separados.
Las hierbas, en el campo, están mezcladas, mas, una vez cortadas, serán separadas las malas de las buenas. Lo mismo sucede con vosotros y nosotros: estuvimos juntos en la tierra y, contra el amor, nos arrojasteis de vuestra presencia, nos atormentasteis de todos los modos posibles, nos relegasteis al olvido; pues bien, ahora estamos divididos y entre vosotros y nosotros se abre un abismo tal, que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no podrían, ni tampoco vosotros, que estáis allí, podéis salvar este abismo tremendo para venir a nosotros".
Epulón, llorando con más fuerza, gritó: “¡Ál menos, padre santo, manda - te lo ruego -, manda a Lázaro a casa de mi padre. Tengo cinco hermanos. Nunca he comprendido el amor, ni siquiera entre familiares. Pero ahora… ahora comprendo lo terrible que es el no ser amados. Y, dado que aquí, donde estoy, vive el odio, ahora he comprendido -por ese átomo de tiempo en que mi alma vio a Dios -lo que es el Amor. No quiero que mis hermanos sufran estas penas.
Tengo verdadero terror por ellos, porque llevan la misma vida que yo llevaba. ¡Oh, manda a Lázaro, a decirles dónde estoy y por qué; a decirles que el Infierno existe, y que es atroz, y que quien no ama a Dios y al prójimo viene al Infierno! ¡Mándalo, para que actúen en consecuencia antes de que sea tarde, y así eviten el venir aquí, a este lugar de eterno tormento!".
Pero Abraham respondió: "Tus hermanos tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen"; a lo que Epulón, con un gemido de alma torturada, replicó: "¡Oh, padre Abraham, les hará más impresión un muerto; escúchame; ten piedad!".
Pero Abraham dijo: "Si no han escuchado a Moisés y a los Profetas, no creerán tampoco a uno que resucite por una hora de entre los muertos para dirigirles palabras de Verdad. Y, además, no es justo que un bienaventurado deje mi seno para ir a recibir ofensas de los hijos del Enemigo. El tiempo de las injurias para él ya ha pasado; ahora está en la paz y en ella permanece, por orden de Dios, que ve la inutilidad de intentar la conversión de quienes no creen siquiera en la palabra de Dios y no la ponen en práctica".
Ésta es la parábola. Su significado es tan claro que ni siquiera requiere explicación.
Aquí ha vivido verdaderamente, conquistando su santidad, el nuevo Lázaro, mi Jonás, cuya gloria ante Dios se manifiesta evidente en la protección que otorga a quien en Él espera. Jonás sí puede venir a vosotros, como protector y amigo; vendrá si sois siempre buenos.
Os digo a vosotros lo que le dije a él la pasada primavera: quisiera poderos ayudar a todos, incluso materialmente, pero no puedo. Este es mi pesar. Sólo puedo señalaros el Cielo; sólo puedo enseñaros la gran sabiduría de la resignación y prometeros el Reino futuro. No odiéis jamás, por ninguna razón. El Odio es fuerte en el mundo, pero tiene siempre un límite; el Amor no tiene límite ni de potencia ni de tiempo. Amad, pues, para poseer el Amor, como protección y consuelo en la tierra y como premio en el Cielo. Es mejor ser Lázaros que Epulones, creedme. ¡Bienaventurados seréis, si llegáis a creer esto!
No interpretéis como palabra de odio el castigo que se ha verificado en estas tierras, aunque los hechos pudieran justificarlo. No leáis mal el milagro. Yo soy el Amor; en principio, no habría descargado mi mano, pero -visto que el Amor no podía doblegar a este cruel Epulón -, lo abandoné a la Justicia, y ella ha vengado al mártir Jonás y a sus hermanos. Esto es lo que tenéis que aprender del milagro acaecido: que la Justicia está siempre vigilante, aun en los momentos en que parece ausente, y que, siendo Dios el Señor de toda la creación, se puede servir, para aplicarla, de los más pequeños -como las orugas y las hormigas -para morder el corazón del cruel y avariento y hacerle morir ahogado por un vómito de veneno.
Os bendigo ahora; pero, cada nueva aurora oraré por vosotros. En cuanto a ti, padre, no estés angustiado por el cordero que me confías; te lo traeré de vez en cuando, para gozo tuyo al verlo crecer en sabiduría y bondad en el camino de Dios: él será tu cordero para esta pobre Pascua tuya, el más grato de los corderos que serán presentados al altar de Yeohveh. Yabés, despídete de tu anciano padre; luego ven a tu Salvador, a tu Pastor bueno. ¡La paz sea con vosotros!
-¡Oh, Maestro, Maestro bueno!… ¡Dejarte!…
-Sí, es penoso, pero no conviene que el vigilante os encuentre aquí. He elegido este lugar precisamente para evitaros castigos. Obedeced por amor al Amor, que os da este consejo.
Los pobres desdichados se alzan con lágrimas en los ojos y se dirigen hacia su cruz. Jesús los bendice de nuevo. Luego, llevando al niño de la mano, y con el hombre de Endor al otro lado, regresa -por el camino recorrido antes -a casa de Miqueas. Se reúnen con Él Andrés y Juan, los cuales, terminado su turno de guardia, vuelven a donde sus hermanos.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Comienza el ocaso con un enrojecimiento del cielo. Jesús ya ve los campos de Jocanán.
-Aceleremos el paso, amigos, antes de que decline el sol. Tú, Pedro, adelántate con tu hermano para avisar a nuestros amigos de Doras.
-Sí, sí, voy, que también quiero asegurarme de si el hijo se ha marchado.
Pedro pronuncia esa palabra, "hijo", en un modo que vale por un largo discurso. Y se adelanta.
Entretanto, Jesús prosigue más despacio, mirando a su alrededor para ver si hay algún campesino de Jocanán; mas sólo se ven los fértiles campos con las espigas ya bien formadas.
Por fin, de entre la frondosidad de las parras, se destaca un rostro sudoroso al tiempo que proviene un grito: -¡Oh, Señor bendito! -y el campesino sale corriendo del viñedo para venir a postrarse ante Jesús.
-¡Paz a ti, Isaías!
-¿Hasta te acuerdas de mi nombre?
-Lo llevo escrito en el corazón. Levántate. ¿Dónde están los otros compañeros?
-Allá, en los pomares. Voy a avisarlos. ¿Vienes a estar con nosotros, verdad? El amo no está, así que podemos festejar tu venida.Además… un poco por miedo y un poco por alegría, es mejor. ¡Fíjate, este año nos ha concedido el cordero, e ir al Templo! Nos ha dado sólo seis días, pero… bueno, correremos por el camino. ¡Fíjate, nosotros también a Jerusalén! Y esto te lo debemos a ti.
El hombre está en el séptimo cielo, de la alegría de haber sido tratado como hombre y como israelita.
-Que Yo sepa, no he hecho nada -dice Jesús sonriendo.
-¿Cómo no? ¡Claro que has hecho! Doras, y luego los campos
de Doras… mientras que éstos este año están espléndidos… Jocanán supo de tu venida, y no es bobo. Tiene miedo y… y tiene miedo.
-¿A qué?
-A que le pase con su vida y sus bienes lo que a Doras. ¿Has visto las tierras de Doras?
-Vengo de Naím…
-Entonces no las has visto. Están devastadas». (El hombre dice esto en voz baja, pero remarcando las palabras, como quien estuviera confiando una cosa tremenda en secreto).Totalmente devastadas!: ni heno, ni cereales, ni fruta; las cepas y los árboles frutales secos… muerto… todo muerto… como en Sodoma y Gomorra… Ven, ven, que te las muestro.
-No hace falta. Voy adonde aquellos campesinos…
-¡No, ya no están! ¡Ah, no lo sabes? Los ha repartido a todos por otros lugares o los ha despedido, Doras, el hijo de Doras; y los que han sido enviados a otras tierras tienen la obligación de no hablar de ti, so pena de ser azotados… ¡No hablar de ti!… ¡Será difícil! Nos lo ha dicho incluso Jocanán.
-¿Qué ha dicho?
-Ha dicho: "No soy tan estúpido como Doras, así que no os digo: 'No quiero que habléis del Nazareno'. Sería inútil, porque lo haríais igualmente, y no quiero perderos matándoos a fuerza de azotes como a animales indóciles. Es más, os digo: Sed buenos, como, sin duda, os enseña el Nazareno, y decidle que os trato bien'. No quiero ser maldecido yo también". No, él ve bien lo que son estos campos después de tu bendición, y lo que son aquéllos después de tu maldición. ¡Oh, ahí están los que me araron la tierra… -y el hombre corre al encuentro de Pedro y Andrés.
Pero Pedro lo saluda brevemente y prosigue hacia Jesús. Antes de llegar, ya grita:
-¡Maestro! ¡Ya no está ninguno de los de antes; son todas caras nuevas! ¡Todo está devastado! La verdad es que podría prescindir de campesinos aquí. ¡Peor que en el Mar Salado!…
-Lo sé. Me lo ha dicho Isaías.
-¡Pero ven a ver! ¡Caramba, lo que se ve!…
Jesús quiere contentarle, pero primero dice a Isaías:
-Entonces, estaré con vosotros. Advierte a tus compañeros. No os molestéis por la comida, que la tengo Yo; nos es suficiente con un henil para dormir, y con vuestro amor. Dentro de nada estoy con vosotros.
La vista de las tierras de Doras es realmente desoladora: campos secos, prados pelados, secas las vides, destruidos hojas y frutos de los árboles por millones de insectos de todo tipo. También el jardín pomar de al lado de la casa muestra el aspecto desolado de un bosque herido de muerte.
Los campesinos se mueven de un lado para otro arrancando malas hierbas, aplastando larvas, caracoles, lombrices y otros bichos semejantes; o ponen debajo de los árboles barreños llenos de agua y menean las ramas, para ahogar mariposas, gorgojos y demás parásitos que recubren las hojas que aún quedan y que agotan el árbol y lo matan. Buscan un signo de vida en los sarmientos de las vides, pero éstos se rompen, secos, en cuanto se tocan, y, alguna vez, como si una siega hubiera cortado sus raíces, ceden desde la base.
El contraste con los campos de Jocanán, con los viñedos y pomares de éste, es vivísimo, siendo así que la desolación de los campos maldecidos aparece aún más violenta si se compara con la fertilidad de estos otros.
-Tiene mano dura el Dios del Sinaí -dice en tono bajo Simón Zelote.
Jesús hace ademán como de decir: «No lo sabes tú bien!» pero no lo dice. Sólo pregunta:
-¿Cómo ha sucedido?
Uno de los campesinos responde entre dientes:
-Topos, langosta, gusanos… ¡Vete! El vigilante es fiel a Doras… No nos perjudiques… -Jesús suspira y se marcha.
Otro de los campesinos, que está encorvado recalzando un manzano con la esperanza de salvarlo, dice:
-Mañana iremos a verte… cuando el vigilante se haya ausentado para ir a Yizreel a la oración… Iremos a casa de Miqueas.
Jesús hace un gesto de bendición y se marcha.
Vuelve al cruce y se encuentra a todos los campesinos de Jocanán, jubilosos, contentos, los cuales, rodeando amorosos a su Mesías, lo conducen hacia sus pobres mansiones.
-¿Has visto, allí?
-Sí. Mañana vendrán los campesinos de Doras.
-Sí, mientras las hienas están en la oración… Así hacemos todos los sábados… y hablamos de ti, con lo que sabemos por Jonás, por Isaac, que viene a menudo a vernos, y por tus palabras de Tisri. Hablamos como sabemos, porque lo que no se puede hacer es no hablar de ti, y más se habla cuanto más se sufre y cuanto más lo prohíben.
-Aquellos pobrecillos… beben la vida todos los sábados… Pero, ¡cuántos en esta llanura tienen necesidad de saber, al menos saber de ti, y no pueden venir hasta aquí!…
-Me ocuparé también de ellos. En cuanto a vosotros, benditos seáis por lo que hacéis.
El sol declina mientras Jesús entra en una ahumada cocina. Comienza el reposo sabático.