por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús va solo, a paso rápido, por un camino principal, hacia un monte.
Este monte se alza a uno de los lados del camino, que va del lago hacia el oeste; del lago lo separa un poco de terreno llano. Empieza con una suave y baja elevación que se prolonga por mucho espacio (una meseta, desde la que se ve todo el lago, con la ciudad de Tiberíades hacia el Sur, y las otras, menos hermosas, que suben hacia el norte); después el monte se eleva con pendiente más bien pronunciada, hasta un pico, y luego desciende para volver a elevarse hasta otro pico semejante, formando una curiosa figura de silla de montar.
Jesús emprende la subida al rellano por una senda para mulas todavía bastante aceptable. Llega a un pueblecito cuyos habitantes se dedican a la explotación agrícola de esta meseta. Empiezan ya a brotar espigas de trigo. Cruza el pueblo. Sigue por campos y prados llenos de flores y frufrú de cereales. El día está sereno y muestra todas las bellezas de la naturaleza de los alrededores.
Siguiendo más allá del otero al que se dirige Jesús, está -al norte -la cima imponente del Hermón, la verde llanura del lago Merón -que desde aquí no se ve -y luego otros montes orientados hacia el lado noroccidental del lago de Tiberíades, y, al otro lado del lago, más montes -suavizados sus perfiles por la lejanía -y delicadas llanuras. Hacia el sur, al otro lado del camino principal, las colinas que creo que ocultan a Nazaret. Cuanto más se sube, más se extiende la vista. No veo lo que hay al oeste, porque el monte hace de pared.
Al primero que encuentra Jesús es al apóstol Felipe, que parece estar de guardia en ese sitio.
-¿Cómo, Maestro? ¿Tú aquí? Te esperábamos en el camino. Estoy esperando a los compañeros, que han ido a buscar leche donde los pastores que están por estas cimas. Abajo, en el camino, están Simón y Judas de Simón, y con ellos Isaac y…
-¡Ah, ahí vienen! ¡Venid! ¡Venid! ¡Está aquí el Maestro!
Los apóstoles, que bajan con frascos y cantimploras, se echan a correr; los más jóvenes, naturalmente, llegan antes. Su acogida al Maestro es conmovedora. Ya reunidos, todos quieren hablar, contar cosas. Jesús sonríe.
-¡Te esperábamos en el camino!
-¡Pensábamos que hoy tampoco venías!
-Hay mucha gente, ¿sabes?
-Nos turbaba mucho el hecho de que hubiera escribas, y hasta discípulos de Gamaliel…
-¡Claro, Señor, es que nos has dejado justo en el momento más inoportuno! No he tenido nunca tanto miedo como ahí. ¡No me vuelvas a gastar una broma como ésta!
Pedro se queja. Jesús sonríe y pregunta:
-Pero, ¿os ha pasado algo malo?
-¡No! ¡No! Es más… ¡Oh, Maestro mío!, ¿no sabes que ha hablado Juan?… Parecía como si hablaras Tú en él. Yo… nosotros estábamos asombrados… ¡Este muchacho, que hace no más de un año de lo único que era capaz era de echar la red!…
Pedro manifiesta todavía admiración y tira enérgicamente hacia sí al risueño Juan, que guarda silencio, y le da unos meneos afectuosos.
-Mirad. Juzgad si os parece posible que este niño haya dicho con esta boca risueña esas palabras. ¡Parecía Salomón!
-También Simón ha hablado bien, mi Señor; se ha comportado exactamente como "cabeza"» dice Juan.
-¡Claro! ¡Me ha cogido y me ha puesto allí! ¡En fin!… Dicen que he hablado bien. Será así. No lo sé, porque, entre el asombro por las palabras de Juan y el miedo a hablar en medio de tanta gente y a hacerte quedar mal, estaba aturdido…
-¿A mí? Tú eras el que hablabas. Habrías quedado mal tú, Simón -dice Jesús para pincharle.
-¡Por mí…! De mí no me importaba nada. Lo que no quería era que se mofasen de ti, considerándote estúpido por haber elegido como apóstol a un tarado mental.
Jesús se ilumina de alegría por la humildad y el amor de Pedro, pero lo único que pregunta es:
-¿Y los demás?
-También Simón Zelote ha hablado bien; pero bueno, es lógico en él. ¡Éste ha sido la sorpresa! La verdad es que, desde que hemos estado en oración, este muchacho parece tener continuamente el alma en el Cielo.
-¡Es cierto! ¡Es cierto!
Todos confirman las palabras de Pedro. Y luego siguen hablando de las cosas que han sucedido.
-¿Sabes? Entre los discípulos, ahora hay dos que, según Judas de Simón, son muy importantes. Judas está actuando mucho. ¡Claro, conoce a mucha gente importante, y además sabe tratar a estas personas! Y le gusta hablar… Habla bien. No obstante, la gente prefiere escuchar a Simón, a tus hermanos y, sobre todo, a este muchacho. Ayer me dijo un hombre: "Habla bien ese joven -se refería a Judas -pero prefiero escucharte a ti". ¡Pobre hombre, mira que preferir escucharme a mí, que no sé decir más que cuatro palabras!… Pero… ¿cómo es que has venido hasta aquí?; el lugar de la cita era el camino. Hemos estado allí.
-Porque sabía que os encontraría aquí. Ahora escuchadme. Bajad y decid a los otros que vengan; también a los discípulos ya conocidos. La gente no, que no vengo hoy, que quiero hablaros sólo a vosotros.
-Es mejor entonces dejar pasar un rato, esperar a que caiga la tarde, porque cuando empieza a declinar el sol la gente comienza a distribuirse por los caseríos cercanos, para volver al día siguiente por la mañana a esperarte. Si no… ¿quién va a ser capaz de contenerlos?
-De acuerdo, hacedlo así. Os espero allá, en lo alto de aquella cima. Las noches son ya suaves y podemos dormir al raso.
-Donde quieras, Maestro, con tal de que estés con nosotros.
Los discípulos se ponen en camino. Jesús reanuda la subida del monte hasta la cima (la misma de la visión del año pasado respecto al final del discurso de la Montaña y respecto al primer encuentro con la Magdalena). El panorama, que empieza a encenderse a causa del principio del ocaso, se hace más amplio todavía.
Jesús se sienta en una voluminosa piedra y se recoge en estado de meditación. Así permanece hasta que el ruido de los pasos provenientes del sendero le avisa de que los apóstoles están ya de regreso. Declina la tarde. No obstante, a la altura en que están, todavía el sol resiste, extrayendo perfume de todo hilo de hierba y de toda florecilla. Muguetes silvestres emanan intenso perfume, mientras los altos tallos de los narcisos agitan sus estrellas y sus capullos como para atraer el rocío.
Jesús se pone en pie y los recibe con su saludo:
-La paz sea con vosotros.
Son muchos los discípulos que han subido con los apóstoles; Isaac los capitanea, con esa sonrisa suya de asceta en su rostro enjuto. Se arremolinan todos en torno a Jesús, que ahora está saludando en particular a Judas Iscariote y a Simón Zelote.
-He querido reuniros a todos conmigo para estar unas horas sólo con vosotros, para hablaros sólo a vosotros. Tengo algo que deciros para prepararos más a vuestra misión. Comamos. Luego hablaremos; durante el sueño el alma seguirá saboreando la doctrina.
Tras consumir la parca cena, se disponen en círculo alrededor de Jesús, que está sentado en una piedra grande. Son, aproximadamente, un centenar -quizás más -entre discípulos y apóstoles: una corona de rostros atentos iluminados fantasmagóricamente por la llama de dos fuegos.
Jesús habla despacio, gesticulando sereno; su rostro, destacándose de su vestidura azul oscura, y bajo el rayo de la Luna nueva -pequeña coma de luna en el cielo, filo de luz que acaricia al Dueño del Cielo y de la tierra -que cae justo donde está Él, parece más blanco.
-He querido que vinierais aquí, aparte, porque sois mis amigos. Os he llamado después de la primera prueba de los doce, para ampliar el círculo de mis discípulos operantes, y también para oír de vuestros labios las primeras reacciones ante el hecho de que os dirijan estos continuadores míos que os he designado. Sé que todo ha ido bien. Yo sostenía, con la oración, las almas de los apóstoles, que han salido del retiro con una fuerza nueva en la mente y en el corazón una fuerza que no proviene de industria humana sino del completo abandono en Dios.
Los que más han dado son los que más se han olvidado de sí, que es cosa ardua. El hombre está hecho de recuerdos.
Los recuerdos del propio yo son los que tienen más voz. Hay que distinguir dos yoes. Existe el yo espiritual dado por el alma que se acuerda de Dios y de su origen divino, y existe también el yo inferior de la carne que se acuerda de esas mil exigencias que todo lo abrazan de sí misma y de las pasiones y que -puesto que son tantas voces como para formar un coro -se imponen, si el espíritu no está bien firme, a la voz solitaria del espíritu que recuerda su nobleza de hijo de Dios. Es por ello por lo que -excepto en este recuerdo santo, que habría que estimular cada vez más y mantener vivo y fuerte -, para ser perfectos como discípulos, hay que saber olvidarse de uno mismo, en todos los recuerdos, las exigencias, las pávidas reflexiones del yo humano.
En esta primera prueba, los que, de los doce, han dado más han sido los que más se han olvidado (no sólo de su pasado, sino también de los límites de su personalidad); han sido los que se han olvidado de lo que eran y se han fundido con Dios de tal forma que nada temían.
¿A qué eran debidas las reservas de algunos? Pues a que se han acordado de sus escrúpulos, consideraciones y prevenciones habituales. ¿Por qué el laconismo de otros?: pues porque se han acordado de su falta de preparación doctrinal y han tenido miedo a quedar mal o hacerme quedar mal a mí. ¿Por qué las vistosas exhibiciones de otros?: porque se han acordado de sus soberbias habituales, de sus deseos de que los miren y los aplaudan, de sobresalir, de ser "algo". Finalmente, por el contrario, ¿por qué la improvisa manifestación en otros de una oratoria rabínica segura, persuasiva, triunfal?: porque éstos, y sólo éstos -así como también aquellos que hasta ese momento se han comportado con humildad y han tratado de pasar inadvertidos y que, llegado el momento, han sabido, al instante, asumir la dignidad de primado que se les había conferido y que nunca habían querido ejercitar por temor a presumir demasiado -, éstos han sabido acordarse de Dios. Las primeras tres categorías se han acordado del yo inferior; la otra (la cuarta), del yo superior, y no han tenido miedo. Sentían a Dios con ellos, a Dios en ellos, y no han tenido miedo: ¡Santa osadía que viene del hecho de estar con Dios!
Escuchad entonces, apóstoles y discípulos: vosotros, apóstoles, ya habéis oído estos conceptos, pero ahora los entenderéis con mayor profundidad; vosotros, discípulos, no los habéis oído todavía, o habéis oído sólo alguna parte, y necesitáis que se os graben en el corazón. Voy a hacer cada vez más uso de vosotros, dado que continuamente se va agrandando el rebaño de Cristo; el mundo os va a agredir cada vez más, pues aumenta el número de lobos contra mí, el Pastor, y contra mi rebaño… Pues bien, quiero armar vuestras manos para que podáis defender mi Doctrina y mi rebaño. Lo que es suficiente para el rebaño no lo es para vosotros, pequeños pastores. Si a las ovejas les es lícito cometer errores, comiendo hierbas que amargan la sangre o enloquecen el deseo, no es lícito que vosotros cometáis los mismos errores, llevando a muchas ovejas a la perdición; pues debéis pensar que donde hay un pastor ídolo perecen las ovejas, o por efecto de sustancias venenosas o por la agresión de los lobos.
Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo. Mas, si no respondierais a vuestra misión, os convertiríais en sal insípida e inútil; ya nada podría devolveros el sabor, pues ni siquiera Dios os lo habría podido dar, puesto que, habiéndola recibido como don vosotros la habríais desalado, introduciéndola en las insípidas y sucias aguas de la humanidad, dulcificándola con el dulzor corrompido de la sensualidad, mezclando con la pura sal de Dios un cúmulo de detritos de soberbia, avaricia, gula, lujuria, ira, pereza (de manera que viene a resultar que hay un grano de sal por cada siete veces siete granos de cada uno de los vicios). Vuestra sal, entonces, no sería sino una mezcla de arenas (entre las cuales se habría perdido el pobre grano de sal solo), de arenas que rechinarían en los dientes, dejando en la boca sabor a tierra y haciendo el alimento repugnante y detestable. Ya ni siquiera serviría para otros usos inferiores, porque un saber empapado en los siete vicios dañaría incluso a las misiones humanas. Pues bien, en ese caso, la sal no serviría sino para diseminarla por el suelo y que la pisaran los indiferentes pies del pueblo.
¡Cuántos, cuántos del pueblo podrán por este motivo pisotear a los hombres de Dios! Y todo porque éstos, que habían sido llamados, permitirán al pueblo pisotearlos sin ninguna consideración. En efecto, en ese caso, no serían ya sustancia de la que se echa mano para obtener sabor de cosas selectas, celestes, sino que serían únicamente, eso, detritos.
Vosotros sois la luz del mundo; sois como esta cima, que ha sido la última en perder el sol y es la primera en platearse de luna. Cuando uno está en un lugar elevado, destaca, y se le ve, porque hasta el ojo más distraído se detiene alguna vez a mirar a los lugares altos (yo diría que el ojo físico -considerado comúnmente espejo del alma -refleja el anhelo de ésta, ese anhelo que muchas veces pasa desapercibido pero que permanece siempre vivo, con sólo que el hombre no se haya convertido en un demonio; ese anhelo de lo alto, donde la instintiva razón coloca al Altísimo; y, buscando el Cielo, levanta, alguna vez al menos en la vida, la mirada hacia lo alto).
Por favor, traed a vuestra memoria lo que todos, desde nuestra niñez, hacemos al entrar en Jerusalén. ¿Hacia dónde se dirigen, ágiles, nuestros ojos? Hacia el monte Moria, coronado por el triunfo de mármol y oro del Templo.
¿Y una vez dentro del recinto sagrado?… Miramos a las preciosas cúpulas que resplandecen heridas por el sol. ¡Cuán bello es este astro esparcido por los atrios, pórticos y claustros del recinto del Templo! Sin embargo, el ojo corre hacia las cúpulas. Evocad también, os lo ruego, los momentos en que vamos de camino: ¿hacia dónde se dirige nuestra mirada, como queriendo olvidarnos de lo largo del recorrido, de su monotonía, cansancio, calor o barro?: se dirige hacia las cimas, aunque sean pequeñas o estén lejos. ¡Cuánto nos consuela su vista, si vamos por una llanura rasa y uniforme! ¿Encontramos barro en nuestro camino?; allí, esplendor. ¿Aquí, aire sofocante?; allí, frescura. ¿Aquí, límite a nuestra vista?; allí, amplitud.
Por el simple hecho de mirar a las cimas, ya nos parece menos caluroso el día, menos cenagoso el barro, menos tristes nuestros pasos. Si, además, resplandece una ciudad en la cúspide del monte, entonces no hay ojos que no se detengan a admirarla. Podemos decir que incluso construcciones de poca importancia ganan en belleza si están, casi como suspendidas en el aire, en la cima de una montaña. Por esta razón, no sólo en la verdadera sino también en las falsas religiones, siempre que ha sido posible, se han edificado los templos en lugares altos, y, si no había colinas o montes, se han construido, a fuerza de brazos, sobre bases de piedra realzadas. ¿Por qué esto? Porque se quiere que el templo sea visto, para, viéndolo, mover el pensamiento hacia Dios.
Os he comparado a una luz. El que enciende de noche una lámpara en una casa, ¿dónde la pone?: ¿en el agujero de debajo del horno?, ¿en la cueva que usa como bodega?, ¿cerrada dentro de un arquibanco?, ¿única y simplemente, sofocada bajo el celemín? No, porque sería inútil encenderla. Por el contrario, la lámpara se coloca sobre una repisa, o se cuelga en su soporte para que, estando en un punto alto, dé luz a toda la habitación y a los que en ella están. Ahora bien, precisamente por el hecho de que lo que ocupa un lugar elevado debe recordar a Dios y dar luz, tiene que estar a la altura de su función.
Vosotros debéis recordar al Dios verdadero. Preocupaos, pues, de que no anide en vosotros el septipartito paganismo, porque, de ser así, vendríais a ser lugares elevados profanos, con sagrados bosquecillos dedicados a un dios, y arrastraríais en vuestro paganismo a los que os mirasen como a templos de Dios. Debéis ser portadores de la luz de Dios; ahora bien, una mecha sucia, o no embebida de aceite, produce humo y no da luz, emana mal olor y no ilumina. Una luz celada tras un cuarzo sucio no crea ese primoroso resplandor, ese juego de reflejos en el brillante mineral, sino que languidece tras el velo de negro humo que hace opaca a la diamantina protección.
La luz de Dios resplandece donde la voluntad se muestra solícita en limpiar a diario, quitando las escorias que el mismo trabajo produce, con sus contactos, reacciones y desilusiones. La luz de Dios resplandece donde la mecha está empapada de abundante líquido de oración y caridad.
La luz de Dios se multiplica en infinitos resplandores -como infinitas son las perfecciones de Dios, cada una de las cuales suscita en el santo una virtud ejercitada heroicamente -si el siervo de Dios conserva limpio del negro hollín de toda humeante mala pasión el cuarzo invulnerable de su alma; cuarzo invulnerable, invulnerable! (La voz de Jesús truena en este final, retumbando en el anfiteatro natural).
Sólo Dios tiene el derecho y el poder de incidir trazos sobre ese cristal, de escribir en él su santísimo Nombre con el diamante de su voluntad; viniendo su Nombre, así, a ser ornamento determinante de una más viva refracción de sobrenaturales bellezas sobre el cuarzo purísimo. Mas si el necio siervo del Señor, perdiendo el control de sí mismo y distrayéndose de su misión -entera y únicamente sobrenatural --, se deja incidir falsas decoraciones rayones, no incisiones -, misteriosas y satánicas claves grabadas por la zarpa de fuego de Satanás… entonces no, entonces la admirable lámpara deja de resplandecer con hermosura y permanente integridad; se raja y se rompe y sofoca la llama con los restos del cristal fragmentado; o, si no se raja, queda en ella, al menos, una intricada red de signos de inequivocable naturaleza en los cuales el hollín se deposita y se introduce, ejerciendo acción corrosiva.
¡Desdichados, tres veces desdichados esos pastores que pierden la caridad, que se niegan a subir, día tras día, para conducir a zonas elevadas al rebaño que, para subir, espera a que emprendan su ascesis: yo descargaré mi mano sobre ellos, los derrocaré de su puesto y apagaré del todo su humo!
¡Desdichados, tres veces desdichados esos maestros que repudian la Sabiduría para saturarse de una ciencia no pocas veces contraria, siempre soberbia, alguna vez satánica; porque los hace hombres'. Pensad -escuchad esto y conservadlo -que si los hombres tienen como destino hacerse como Dios (con la santificación, que hace del hombre un hijo de Dios), el maestro, el sacerdote, debería tener ya desde este mundo sólo el aspecto de hijo de Dios, de criatura resuelta toda en alma y perfección; debería tener, digo, para llevar a Dios a sus discípulos. ¡Anatema a los maestros de sobrenatural doctrina que se transforman en ídolos de humano saber!
¡Desdichados, siete veces desdichados, mis sacerdotes muertos al espíritu, aquellos que con su insipidez, con su tibieza de carne medio muerta, con su sueño lleno de alucinaciones de todo lo que no es el Dios uno y trino, y de cálculos de todo lo que no es el sobrehumano deseo de aumentar las riquezas de los corazones y de Dios, conducen una vida mezquina, humana, abúlica, arrastrando hacia sus aguas muertas a quienes, considerándolos "vida", los siguen! ¡Maldición divina sobre los corruptores de mi pequeño, amado rebaño! Os pediré justificación, ¡oh incumplidores siervos del Señor!, de todo el tiempo que habéis tenido, de cada una de las horas, de cada contingencia, de todas las consecuencias; a vosotros os la pediré, no a los que perecen por vuestra indolencia… y exigiré castigo.
Recordad estas palabras. Ahora marchaos. Yo voy a subir hasta la cima. Dormid si queréis. Mañana el Pastor abrirá para el rebaño los pastos de la Verdad.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
María está trabajando serena una tela. Es ya de noche.
Todas las puertas están cerradas. Una lamparita de tres bocas ilumina una pequeña habitación de Nazaret, especialmente la mesa junto a la que está sentada la Virgen. La tela -quizás es una sábana ̀pende del arquibanco y desde las rodillas hasta el suelo. Así, María, que está vestida de azul oscuro, parece emerger de un cúmulo de nieve. Está sola. Cose ligera, con la cabeza inclinada hacia su trabajo. La luz enciende la parte más alta de su cabeza con reflejos de pálido oro, el resto de su rostro está en la penumbra.
En la habitación, bien ordenada, reina el máximo silencio. De la calle, desierta en la noche, no llega ningún ruido; tampoco del huerto. La pesada puerta que a éste conduce desde la habitación en que María está trabajando -la misma en que generalmente come y recibe a las personas amigas -está cerrada, impidiendo que el ruido que hace el agua de la fuente al caer en la pila pueda entrar. Reina verdaderamente el más profundo silencio.
Desearía saber en qué piensa la Virgen mientras sus manos trabajan veloces…
Llaman discretamente a la puerta de la calle. María levanta la cabeza y escucha (tan ligero ha sido el sonido, que María debe pensar que lo ha producido algún animal nocturno, o un ligero viento que haya golpeado la puerta, y vuelve a inclinar la cabeza hacia su trabajo). Pero el sonido se repite, esta vez de forma más perceptible. María se levanta y va hacia la puerta. Pregunta antes de abrir:
-¿Quién llama?
Responde una voz fina:
-Una mujer. ¡En nombre de Jesús, piedad de mí!
María abre inmediatamente. Mantiene en alto la lámpara para conocer a esta peregrina. Ve sólo un amasijo de tela, una maraña que no deja traslucir nada; una pobre maraña curvada con profunda reverencia y que dice:
-¡Ave! ¡Señora! -y repite: « ¡En nombre de Jesús, piedad de mí!».
-Entra. Dime qué quieres. No te conozco.
-Ninguno me conoce y al mismo tiempo muchos me conocen, Señora. Me conoce el Vicio y me conoce la Santidad.
Necesito que la Piedad me abra ahora sus brazos. La Piedad eres tú… -y se echa a llorar.
-Entra, entra. Dime. Me basta lo que has dicho para comprender que eres una desdichada. Pero no sé todavía quién eres. Tu nombre, hermana.
-¡No, hermana no! No puedo ser hermana tuya… Tú eres la Madre del Bien… yo… yo soy el Mal… -y llora cada vez más fuerte bajo su manto, echado incluso sobre la cara para esconderla enteramente
María deja la lámpara en un asiento, coge la mano de la desconocida, que está arrodillada en el umbral de la puerta, y la obliga a levantarse.
María no la conoce… yo sí: es la velada de Agua Especiosa.
Se pone en pie, avergonzada, temblorosa, estremecida por su propio llanto, pero se sigue resistiendo a entrar, y dice:
-Soy pagana Señora. Para vosotros, hebreos, sería basura aunque fuera santa, soy doblemente basura porque soy una meretriz.
-Si vienes a mí, si buscas a mi Hijo a través de mí, no puedes ser sino un corazón arrepentido. Esta casa acoge a todo el que lleve por nombre Dolor -y tira de ella hacia dentro y cierra la puerta. Pone la lámpara de nuevo en la mesa, le ofrece un asiento y le dice:
-Habla.
Pero la velada no se quiere sentar; un poco cabizbaja, continúa llorando. María está frente a ella, dulce y majestuosa; está esperando a que el llanto se calme; entretanto ora. La veo orar con todo su aspecto, aunque nada en Ella tome actitud de oración (ni las manos que no sueltan la pequeña mano de la velada, ni los labios, que están cerrados).
Por fin el llanto se calma. La velada se enjuga el rostro con su velo y dice:
-Pero no he venido desde tan lejos para seguir estando en el anonimato. Ésta es la hora de mi redención y debo desnudar mi corazón para… para mostrarte cuántas llagas lo cubren. Tú eres una madre, y además… su Madre, por eso tendrás piedad de mí.
-Sí, hija.
-¡Sí!, ¡llámame hija!… Tenía a mi madre, pero la abandoné. Me dijeron que había muerto de dolor. Tenía a mi padre, pero me maldijo, y todavía hoy dice a sus conciudadanos: "No tengo ya ninguna hija"…
Rompe de nuevo a llorar impetuosamente. María palidece de pena y le pone una mano en la cabeza para consolarla. La velada sigue diciendo:
-No tendré ya a nadie que me llame hija… Sí, acaríciame así, como hacía mi madre cuando yo era pura y buena…
Deja que te bese esta mano y que con ella enjugue mi llanto. Mi llanto solo no me lava. ¡Cuánto he llorado desde que he comprendido!… Ya antes había llorado, es horroroso no ser sino carne utilizada e insultada por el hombre.
Pero eran lloros de animal apaleado, que odia a quien lo tortura, y contra él se revuelve; y esos lloros ensuciaban cada vez más, porque… yo cambiaba de dueño pero no cambiaba de animalidad… Hace ocho meses que lloro… porque he comprendido… He comprendo mi miseria y podredumbre, que me cubren y me hastían y me producen náuseas… Pero mi llanto, que cada vez es más consciente, no me lava; se mezcla con mi inmundicia, pero no la quita.
¡Oh Madre, seca tú mi llanto, y quedaré limpia y podré acercarme a mi Salvador!
-Sí, hija, sí. Siéntate. Aquí, conmigo. Habla con serenidad. Deposita aquí, sobre mis rodillas maternas, todo tu peso. María se sienta.
Pero la velada se desliza hasta el suelo, a sus pies, porque quiere hablarle en esa postura. Comienza suavemente:
-Soy de Siracusa… Tengo veintiséis años… Era hija de un administrador -como diríais vosotros; nosotros decimos procurador -de un noble señor romano. Era hija única.
Vivía feliz. Residíamos cerca de la marina, en el bellísimo chalet de la propiedad que administraba mi padre. De vez en cuando venía el dueño, o su mujer, y los hijos… Nos trataban bien. Conmigo eran buenos. Las niñas jugaban conmigo… Mi madre era feliz… se sentía orgullosa de mí. Yo era guapa… inteligente… Todo me salía bien y sin dificultad… Pero estimaba más lo frívolo que lo bueno. En Siracusa hay un teatro notable….bonito….grande….En él se celebran los juegos y se representan comedias… En las comedias y tragedias actúan mucho los mimos, para poner de relieve, con sus muchas danzas, el significado del coro. Tú no lo sabes… pero también con las manos y movimientos del cuerpo podemos expresar los sentimientos del hombre turbado por alguna pasión… Jovencitos y niñas se forman en un gimnasio especial para ser mimos; deben ser hermosos como dioses, ágiles como mariposas… A mí me gustaba mucho subir a una especie de altura desde la que se dominaba este lugar y ver las danzas de los mimos; luego las repetía yo por mi cuenta en los prados floridos, en las doradas arenas de mi terreno, en el jardín del chalet. Parecía una estatua de arte, o un viento surcando los espacios: sí, sabía muy bien pararme en poses estatuarias o trasvolar sin tocar casi el suelo. Mis amigas ricas me admiraban y mi madre se sentía orgullosa…
La velada habla, recuerda, se representa de nuevo, ve como en un sueño el pasado, y llora; sus sollozos son las comas de sus palabras.
-Un día -era el mes de mayo -Siracusa estaba toda florida.
Hacía poco que habían concluido las fiestas. Me había entusiasmado una de las danzas representadas en el teatro… Los dueños de la propiedad me habían llevado a este espectáculo con sus hijas. Tenía entonces catorce años… En aquella danza, los mimos, que debían representar a las ninfas de primavera acudiendo a adorar a Ceres, bailaban coronadas de rosas, vestidas de rosas… sólo de rosas, porque el vestido era un velo sutilísimo, una red de tela de araña sobre la que habían sido esparcidas rosas… Bailando, parecían aladas Hebes, de tan ligeras como se movían, y aparecían sus espléndidos cuerpos, separadas como estaban las franjas de velo florido para poner a sus espaldas alas… Estudié esa danza… y un día… y un día…
La velada llora aún más intensamente… Luego toma nuevas fuerzas.
-Era hermosa. Lo soy. Mira.
Se pone de pie echando rápida hacia atrás el velo y dejando caer el manto. Yo me quedo estupefacta porque veo aparecer, tras las ropas desechadas, a Áglae, bellísima incluso así: con una humilde túnica, peinado sencillo de trenzas, sin joyas, sin pomposas vestiduras; una verdadera flor de carne, flor esbelta y perfecta; su cara, bellísima, es de un moreno pálido; sus ojos, de terciopelo, llenos de fuego.
Vuelve a arrodillarse delante de María:
-Era bonita, por desgracia para mí. Y estaba desquiciada.
Aquel día me vestí de velos. Me ayudaron las niñas, que eran mis señoras, a las cuales les gustaba verme bailar…
Me vestí en una estría de playa dorada, frente al mar azul. En la playa -que en ese lugar estaba desierta -había silvestres flores blancas y amarillas, con su penetrante perfume de almendra, vainilla, de carne recién lavada; también de las agruras provenían oleadas de penetrante perfume, y olían las rosaleras siracusanas, y el mar y la arena; el sol extraía olor de todas las cosas… una sensación de grandeza cósmica que me embriagaba. Me sentía ninfa también yo, y adoraba… ¿a quién?: ¿a la Tierra fecunda?, ¿al Sol fecundador? No lo sé. Siendo pagana entre los paganos, supongo que adoraría al Sentido, a mi despótico rey, desconocido para mí como tal rey y más poderoso que un dios… Me puse una corona de rosas cortadas del jardín… y bailé… Me sentía ebria de luz, de aromas, del placer de ser joven, ágil y bonita.
Bailé… y fui vista. Vi que me miraban… mas no me avergoncé de aparecer desnuda ante dos ojos concupiscentes de hombre; antes al contrario, me complací en aumentar mis vuelos… La complacencia en ser admirada me ponía verdaderamente alas… Ello habría de significar mi perdición. Pasados tres días, como los dueños de la propiedad se habían ido de regreso a su patricia morada de Roma, me quedé sola. No me quedé en casa… Aquellos dos ojos admiradores me habían revelado otra cosa más allá de la danza, me habían revelado el sentido y el sexo.
Áglae advierte en María un gesto involuntario de disgusto.
-¡Quizás es que te repugno, porque tú eres pura…!
-Habla, habla, hija. Mejor a María que a Él. María es un mar que lava…
-Sí, mejor a ti. Me lo dije yo a mí misma también, cuando supe que Él tenía una madre… Porque antes, viéndolo tan distinto de todos demás hombres (el único que es todo espíritu) -ahora sé que el espíritu existe y qué es -, antes, no habría podido decir de qué estaba formado tu Hijo, tan sin sensualidad a pesar de ser hombre, y para mis adentros pensaba que no tenía madre sino que había descendido a esta Tierra así, sin más, para salvar a estas horrendas ruinas humanas, de las cuales yo soy la más grande…
Todos los días volví a aquel lugar, con la esperanza de volver a ver a aquel hombre joven, moreno, guapo… Pasado un tiempo, lo vi de nuevo… Me habló y me dijo: "Ven conmigo a Roma. Te llevaré a la corte imperial. Serás la perla de Roma". Dije: "Sí, seré tu esposa fiel. Ven a casa de mi padre". Se echó a reír burlonamente, y me besó.
Dijo: "No, no esposa sino diosa; yo seré tu sacerdote y te revelaré los secretos de la vida y del placer". Yo estaba fuera de mis cabales. Era una niña. Lo que no quitaba para que no ignorase lo que era la vida… Era astuta. De todas formas, aunque no estaba en mis cabales, no era todavía una depravada… así que me dio asco su propuesta. Me libré de sus brazos y corrí hacia mi casa… Pero no le dije nada a mi madre… y no supe resistir al deseo de volver a ver a ese hombre…Sus besos me habían hecho enloquecer más aún… Volví… Apenas llegué a la playa solitaria, me abrazó, besándome con frenesí: una lluvia de besos, de palabras de amor, de preguntas ("¿acaso no está ya todo en este amor?", "¿no es más dulce que un vínculo?", "¿qué más quieres?", "¿puedes, acaso, vivir sin esto?").
Oh, Madre! Esa misma noche huí con ese sucio patricio… Y vine a ser un andrajo bajo el pie de su animalidad (no una diosa, sino barro; no una perla, sino estiércol). No se me reveló la vida, sino las porquerías de la vida, la infamia, el asco, el dolor, la vergüenza, la infinita miseria de no ser ya ni siquiera mía… Y luego, la caída total. Después de seis meses de orgía, cansado de mí, ese hombre pasó a nuevos amores; yo pasé a ser una mujer pública. Saqué partido a mis dotes de bailarina… Para aquel entonces ya sabía que mi madre había muerto de dolor y que ya no tenía ni casa ni padre… Me recibió en su escuela un maestro de baile. Me perfeccionó… me gozó… y me lanzó, cual flor experta en todas las artes de la sensualidad, al ambiente del corrompido patriciado de Roma; así, la flor -ya sucia -cayó en una cloaca. Durante diez años he ido descendiendo cada vez más al abismo. Luego me trajeron aquí para alegrar los tiempos libres de Herodes. Aquí pasé a ser del nuevo patrón. ¡Oh, cualquiera de nosotras es como un perro atado con una cadena; más atada incluso que los propios perros! ¡Y no hay amo de jauría más brutal que el hombre que posee a una mujer! ¡Madre… estás temblando!… Sientes horror de mí, ¿no?
María se ha llevado la mano a su corazón, como si lo tuviera herido. Y responde:
-No, de ti no. Lo que me horroriza es el Mal, que tanto domina la tierra. Sigue, desventurada criatura.
-Me llevó a Hebrón… ¿Vivía libre?, ¿era rica? Sí, digámoslo así, en cuanto que no estaba encarcelada y en cuanto que nadaba en joyas; pero la realidad era que sólo podía ver a quien él quería que viese, y no tenía derecho ni siquiera a mí misma.
Un día vino a Hebrón un hombre, el Hombre, tu Hijo. Él estimaba aquella casa. Lo supe y lo invité a entrar. Samay no estaba… Desde la ventana ya había oído palabras y había visto un aspecto que habían conmovido mi corazón.
Pero, Madre; te juro que no fue la carne la que me movió hacia tu Jesús. Lo que El me reveló fue la causa de que me acercara al umbral de la puerta, desafiando las burlas del vulgo, para decirle: "Entra"; fue el alma, esa alma que hasta entonces no sabía que tenía. Me dijo: "Mi Nombre quiere decir Salvador. Salvo a quien tiene buena voluntad de ser salvado; salvo enseñando a ser puros, a querer el dolor por el honor, a querer el Bien a toda costa. Yo soy Aquel que busca a los perdidos, Aquel que da la Vida; soy Pureza y Verdad". Me dijo que yo también tenía un alma, pero que la había matado con mi modo de vivir. No obstante, no me maldijo ni se burló de mí. ¡Y no puso en mí sus ojos un solo momento! Es el primer hombre que no me ha comido con su ávida mirada, porque llevo conmigo la tremenda maldición de atraer al hombre… Me dijo que quien lo busca lo encuentra, porque está donde hay necesidad de médico, medicinas. Y se marchó. Pero sus palabras quedaron aquí y aquí han permanecido. Yo me decía: "Su Nombre quiere decir Salvador", como queriendo empezar a curarme. De su visita me habían quedado sus palabras y sus amigos, los pastores. Mi primer paso fue darles a los pastores limosna y pedirles oraciones… Luego… me escapé…
Fue una fuga santa: huí del pecado yendo en busca del Salvador Busqué, busqué, segura de que lo encontraría porque así me lo había prometido. Me mandaron a donde un hombre de nombre Juan, creyendo que era Él, pero no era. Posteriormente, un hebreo me indicó el camino de Agua Especiosa. Vivía de la venta del oro que tenía, que era mucho. Durante los meses en que viví errante tuve que mantener cubierto mi rostro para que no me atrapasen de nuevo, y porque además Áglae realmente estaba sepultada bajo ese velo; había muerto la vieja Áglae, quedaba sólo esa alma suya herida y desangrada que iba en busca de su médico. Muchas veces tuve que huir de la sensualidad del varón, que me perseguía a pesar de estar tan oculta bajo mis vestiduras. Incluso uno de los amigos de tu Hijo…
En Agua Especiosa vivía como un animal. Vivía pobre pero feliz. Ni el rocío ni el río me limpiaron como sus palabras. ¡Oh, ni una sola perdí! Una vez perdonó a un asesino. Oí sus palabras y estuve por decirle: "¡Perdóname también a mí!". Otra vez habló de la inocencia perdida.
¡Oh, qué llanto de nostalgia! Otra vez curó a un leproso… y estuve por gritar: "¡Límpiame a mí de mi pecado…!". Otra vez curó a un demente romano… y lloré… y mandó que me dijeran que las patrias pasan pero el Cielo permanece. Una noche de tormenta me ofreció la casa… y se preocupó de que el encargado me diera posada… a través de un niño, me dijo: "No llores"…
¡Oh, qué bondad la suya! ¡Qué miseria la mía!: tan grandes ambas, que no me atreví a portar mi miseria a sus pies, a pesar de que uno de los suyos, de noche, me instruyera acerca de la infinita misericordia de tu Hijo. Luego, mi Salvador se fue, insidiado por quienes veían pecado en el deseo de un alma renacida… Lo esperé… Pero lo esperaba también la venganza de aquellos que son aun mucho más indignos que yo de mirarlo, porque yo he pecado como pagana contra mí misma, pero ellos pecan, conociendo ya a Dios, contra el Hijo de Dios… Y me maltrataron. Pero me hirieron más sus acusaciones que las piedras; hirieron más ellos mi alma que mi carne, hundiéndola en la desesperación.
¡Oh, qué tremenda lucha conmigo misma! Andrajosa, sangrante, herida, febril, ya sin Médico, sin techo ni pan, miré hacia atrás, miré al futuro… El pasado me decía: "Vuelve"; el presente: "Mátate"; el futuro: "Ten esperanza". He tenido esperanza. No me he quitado la vida; lo haría, eso sí, si Él me rechazara, porque no quiero volver a ser lo que era. A duras penas llegué a un pueblo pidiendo asilo. Me reconocieron. Tuve que salir huyendo como un animal, y he tenido que seguir huyendo de todos los lugares, perseguida siempre, siempre ultrajada, siempre maldecida, porque quería ser honesta y porque se esfumaban las esperanzas de quienes por medio de mí querían asestar sus golpes contra tu Hijo. Subí hasta Galilea siguiendo el curso del río y vine hasta aquí… Tú no estabas… Fui a Cafarnaúm: acababas de partir. Pero me vio un anciano, uno de sus enemigos, y me habló de mí como prueba evidente contra Él -tu Hijo -y, dado que yo lloraba y no reaccionaba, me dijo: "Todo podría cambiar para ti si quisieras ser mi amante y mi cómplice para acusar al Rabí nazareno. Bastaría con que dijeras, ante mis amigos, que Él era tu amante…".
Huí como quien ve abrirse una mata florida al desenroscarse una serpiente.
Y comprendí que ya no podía ir a postrarme a sus pies. Por eso vengo a ti. Aquí estoy: pisotéame; soy sólo fango.
Aquí me tienes: aléjame de tu presencia, porque soy pecadora. Dime mi nombre: meretriz. Estoy dispuesta a aceptar todo lo que me digas o hagas. Pero, ten piedad, Madre; toma mi pobre alma sucia y llévala a El. Cierto es que poner en tus manos mi lujuria es delito, pero son el único lugar en que estará protegida del mundo -que la quiere para sí -y se hará penitente. Dime cómo he de comportarme. Dime qué tengo que hacer. Dime cuál es el medio que debo seguir para dejar de ser Aglae.
¿Qué debo amputarme? ¿Qué debo arrancarme para dejar de ser pecado, seducción, para no tener que temer ni a mí misma ni al hombre? ¿Tengo que arrancarme los ojos? ¿Tengo que quemarme los labios? ¿Tengo que cortarme la lengua?
Ojos, labios, lengua… me han servido en el mal; no quiero ya más el mal; estoy dispuesta a sacrificarlos para castigarme a mí y a ellos mismos. ¿o quieres que me ampute estas concupiscentes caderas que me han impulsado a depravados amores, o que me arranque estas vísceras insaciables, de las que siempre temo un nuevo despertar? Dime, dime, ¿cuál es la vía para olvidarse de que se es hembra, y para hacérselo olvidar a los demás?
María está estremecida. Llora, sufre… pero el único signo de su dolor son las lágrimas que caen sobre la arrepentida.
-Quiero morir perdonada. Quiero morir sin otro recuerdo sino el del Salvador. Quiero morir con su Sabiduría como amiga… ¡Y no puedo acercarme a Él, porque el mundo nos acecha, a mí y a Él, para acusarnos…».
Áglae llora, tirada en el suelo como un trapo.
María se pone en pie y casi jadeando, susurra:
-¡Qué difícil es ser redentores!
Áglae, que lo ha oído, intuyendo el movimiento de María, dice quejumbrosamente:
-¿Ves cómo tú también sientes repulsa? Me marcho. Todo está perdido.
-No, hija, no está perdido todo; ahora empieza todo para ti. Escúchame, alma abatida: no gimo por ti, sino por este mundo cruel; no te dejo marcharte; te acojo, pobre golondrina lanzada contra mis paredes por la ventisca; te llevaré a donde Jesús y Él te señalará el camino de tu redención…
-Ya no tengo esperanza… El mundo tiene razón, no puedo ser perdonada.
-No te puede perdonar el mundo, pero sí Dios. Déjame que te hable en nombre del supremo Amor, que me ha dado un Hijo para que yo lo dé al mundo; que me ha sacado de la feliz ignorancia de mi virginidad consagrada, para que el mundo tuviera el Perdón, y me ha sacado sangre, pero no en el parto sino del corazón, al revelarme que mi Hijo es la gran Víctima.
Mírame, hija. En este corazón hay una gran herida, que me punza desde hace más de treinta años, que se abre cada vez más y me consume. ¿Sabes cuál es su nombre?
-Dolor.
-No. Amor. El amor es lo que abre mis venas para hacer que no esté solo el Hijo en su acto salvador; es el amor lo que me da fuego para que yo purifique a quienes no se atreven a ir a mi Hijo; el amor hace brotar lágrimas con que lavar a los pecadores. Tú querías mis caricias; te doy mis lágrimas, que te hacen ya blanca para poder mirar a mi Señor. ¡No llores de ese modo! No eres la única pecadora que se acerca al Señor y se despide de Él ya redimida; otras hubo y otras habrá.
¿Dudas, acaso, de que Él te pueda perdonar? ¿No ves en todo lo que te ha ocurrido un misterioso designio de la Bondad Divina?
¿Quién te condujo a Judea?, ¿y a la casa de Juan? ¿Quién te movió a asomarte a la ventana aquella mañana? ¿Quién encendió en ti una luz para ilustrarte sus palabras?
¿Quién te dio la capacidad de entender que la caridad, unida a la oración del favorecido, obtienen auxilio divino? ¿Quién te dio fuerzas para huir de la casa de Samay?, ¿quién, de perseverar los primeros días hasta su llegada? ¿Quién te puso en su camino? ¿Quién te capacitó para vivir como una penitente a fin de que se fuera purificando tu alma? ¿Quién ha hecho en ti alma de mártir, de creyente, de mujer perseverante, de mujer pura?…
Sí, no menees la cabeza. ¿Piensas, acaso, que sólo es puro quien no ha conocido la sensualidad? ¿O piensas que el alma no puede jamás volver a ser virgen y bella?
¡Hija, créeme que entre mi pureza, toda ella gracia del Señor, y tu heroica ascensión, rehaciendo el camino, hacia la cima de tu pureza perdida, es mayor la tuya! Tú la construyes, contra el apetito de los sentidos, la necesidad y el hábito; en mí es dote natural, como respirar. Tú debes cercenar tu pensamiento, los sentimientos, la carne, para no recordar, para no desear, para no secundar; yo… ¿puede, acaso, una criaturita de pocas horas desear la carne?, ¿tiene mérito por no hacerlo? Pues así yo.
Yo no conozco esa trágica hambre que ha hecho de la humanidad una víctima, no conozco sino la santísima hambre de Dios; tú, sin embargo, ésta no la conocías, y has conseguido aprenderla, y has domado la otra, trágica y horrenda, por amor a Dios, que ahora es tu único amor.
¡Sonríe, hija de la Misericordia divina! ¡Mi Hijo está haciendo en ti lo que te dijo en Hebrón. Ya lo ha hecho. Estás ya salvada, porque has tenido buena voluntad de salvarte, porque has aprendido la pureza, el dolor, el Bien. Tu alma ha renacido. Sí, necesitas su palabra, que te diga en nombre de Dios: "Estás perdonada". Eso yo no lo puedo decir, pero ya desde ahora te doy mi beso como promesa, como principio de perdón…
¡Oh, Espíritu eterno, un poco de ti siempre está en tu María! ¡Deja que Ella te infunda, Espíritu santificador, sobre esta criatura que llora y espera! ¡Por nuestro Hijo, oh Dios de amor, salva a ésta que de Dios espera salvación! ¡Que la Gracia, de que dijo el ángel Dios me ha colmado, se pose milagrosamente sobre esta mujer, y la mantenga hasta que Jesús, el Salvador bendito, el supremo Sacerdote, la absuelva en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu!…
Es de noche, hija. Estás cansada. Tus vestidos, hechos jirones. Ven. Descansa. Mañana te pondrás en camino… Te enviaré a una familia de personas honradas, porque aquí ya vienen demasiados. Te daré un vestido en todo igual al mío.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús, con la ayuda de un barquero que lo ha recibido en su pequeña barca, llega al espigón del jardín de Cusa. Lo ve un jardinero y se apresura a abrirle la verja que intercepta a los extraños la entrada a la propiedad por la parte del lago. Es una verja alta y resistente, oculta por un seto tupidísimo y también alto (de laurel y boj por la parte externa, la que da al lago; de rosas de todos los colores por la parte interna, hacia la casa).
Los espléndidos rosales cubren de flores las frondas broncíneas de los laureles y bojes, se insinúan entre el ramaje, se asoman al otro lado, por el que, cuando rebasan del todo la verde barrera, cuelgan sus florecidas ramas. Solamente en un punto, a la altura del paseo, la verja se muestra desnuda, y se abre para dar paso a quien o viene del lago o a él va.
-Paz a esta casa y a ti, Yoanás. ¿Dónde está la señora?
-Allí, con sus amigas. Voy a llamarla. Hace tres días que te están esperando, porque temían llegar con retraso.
Jesús sonríe. El sirviente va corriendo a llamar a Juana. Mientras tanto, Jesús dirige sus pasos lentamente hacia el lugar señalado, admirando el espléndido jardín -se podría decir la espléndida rosaleda -que Cusa ha dispuesto para su mujer. Rosas de todos los olores, tamaños y formas, en esta ensenada del lago protegida, ríen ya, precoces y magníficas; hay también otras flores, pero todavía no se han abierto y su presencia es mínima comparada con la abundancia de rosales.
Acude Juana. Ni siquiera se detiene a posar en el suelo un cestillo que tenía lleno de rosas hasta la mitad, ni a dejar las tijeras con las que estaba cortando; corre así, ligera y graciosa con su rico vestido de sutil lana de un rosa tenuísimo, cuyos repliegues están sujetos por pequeños discos y fíbulas de filigrana de plata en que brillan pálidos granates.
Sobre sus cabellos negros y ondulados, una diadema en forma de mitra, también de plata y granates, sujeta un velo de lino cendalí ligerísimo, rosa igualmente, que cae hacia atrás dejando descubiertas las orejas menudas que soportan el peso de unos pendientes similares a la diadema, y que deja ver también la cara risueña y el esbelto cuello, en cuya base brilla un collar del mismo trabajo que los otros ornatos preciosos.
Deja caer su cesto a los pies de Jesús y se arrodilla a besarle la túnica entre las rosas desparramadas.
-Paz a ti, Juana. Como ves, he venido.
-Y yo me alegro de ello. También mis amigas han venido.
Pero ahora tengo la impresión de que he actuado mal haciéndolo. ¡Cómo vais a poder entenderos! ¡Son completamente paganas!
Juana esta un poco turbada.
Jesús sonríe. Le pone una mano sobre la cabeza y dice:
-No temas. Nos entenderemos muy bien. Has actuado muy bien "haciéndolo". El encuentro abundará en bienes, como tu jardín en rosas. Recoge ahora estas pobres flores que has dejado caer y vamos a donde tus amigas.
-¡Rosas hay muchas! Lo hacía por pasar el tiempo y también porque esas amigas son muy… voluptuosas… Les gustan las flores como si fueran… no sé…
-¡A mí también me gustan! Fíjate, ya hemos encontrado un tema para entenderme con ellas. ¡Venga, recojamos estas espléndidas rosas!
Jesús se agacha para dar ejemplo.
-¡Tú no, Tú no, Señor! Si es tu deseo… Mira… ya está.
Caminan hasta una pequeña pérgola hecha de un trenzado multicolor de rosas. A la entrada hay tres romanas, mirando de hito en hito; son Plautina, Valeria y Lidia. La primera y la última permanecen quietas, pero Valeria se echa a correr y, en llegando a la altura de Jesús, se inclina y dice:
-¡Salve, Salvador de mi pequeña Fausta!
-¡Paz y luz a ti y a tus amigas!
Las amigas se inclinan sin decir nada.
A Plautina la conocemos ya. Es alta, majestuosa; sus ojos negros son espléndidos, un poco imperiosos; su nariz, bajo una frente lisa y blanquísima, es recta, perfecta; boca bien dibujada, aunque un poco túmida; el mentón, redondeado y marcado: me recuerda a ciertas bellísimas estatuas de emperatrices romanas. Gruesos anillos lucen en sus preciosas manos; anchos brazaletes ciñen sus brazos, en las muñecas y por encima de los codos, brazos verdaderamente estatuarios, que, bajo la corta manga drapeada, aparecen blanco-rosados, lisos, perfectos.
Lidia, por el contrario, es rubia, más delgada y joven. Su belleza no es majestuosa como la de Plautina, pero tiene toda la gracia de una juventud femenil aún un poco inmadura. Bueno, dado que estamos en tema pagano, podría decir que si Plautina parece la estatua de una emperatriz,
Lidia podría ser una Diana o una ninfa de gentil y púdico aspecto.
Valeria, ahora que ha superado la desesperación de cuando la vimos en Cesárea, se presenta en su belleza de joven madre, de formas llenas aunque todavía muy juveniles, de mirada serena, propia de una madre que se siente feliz de poder amantar a su hijo, y verlo crecer alimentado con su leche; de tez rosada y pelo castaño, tiene una sonrisa plácida y muy dulce.
Me da la impresión de que son damas de rango inferior al de Plautina, a la que, incluso con la mirada, veneran como a una reina.
-¿Estabais recogiendo flores? Seguid, seguid. Podemos hablar mientras cogéis estas maravillosas obras del Creador que son las flores, mientras las colocáis en estas copas preciosas con la habilidad de que Roma es maestra, para alargarles la vida ¡ay, demasiado breve! -… Si admiramos este capullo, que apenas si abre la sonrisa de sus pétalos amarillo-rosas, ¿cómo podremos no lamentar el verlo morir? ¡Ah, cuán asombrados se quedarían los hebreos si me oyeran decir esto!… Y es que también en esta criatura, en la flor, sentimos un algo que tiene vida, y nos duele presenciar su fin. Pero la planta es más sabia que nosotros: sabe que en el lugar en que se ha producido cada una de las heridas de un tallo cortado nacerá un rebrote que dará origen a una nueva rosa. Así pues, nuestra mente debe aprehender esta enseñanza y hacer del amor un poco sensual hacia la flor estímulo para un pensamiento más alto.
-¿Cuál, Maestro? -pregunta Plautina, que está escuchando atenta y seducida por el pensamiento elegante del Maestro hebreo.
-Éste: que de la misma forma que la planta, mientras su raíz reciba alimento del suelo, no muere porque se le mueran algunos tallos, así la humanidad tampoco muere porque un ser se cierre al vivir terreno, sino que siempre germinan nuevas flores; además, mientras que la flor -y éste es un pensamiento más alto aún, que nos mueve a bendecir al Creador -una vez muerta no revive -lo cual es motivo de tristeza -, el hombre cuando duerme el último sueño no está muerto, sino que posee una vida aún más fúlgida, pues recibe, en lo que constituye su parte mejor, de su Creador que lo formó, eterna vida y esplendor. Por eso, Valeria, aunque tu hija hubiera muerto, no habrías perdido su caricia: tu criatura -separada, pero no olvidada de tu amor siempre habría besado tu alma. ¿Te das cuenta de que es dulce creer en la vida eterna? ¿Dónde está ahora tu hijita?
-Tapada en aquella cuna. Nunca me habría separado de ella, porque el amor por mi marido y mi hija eran los dos motivos de mi vida; pero ahora, que sé lo que es verla morir, no la dejo ni por un instante.
Jesús se dirige hacia un asiento sobre el que ha sido colocada una especie de cunita de madera. Levanta la rica colcha que por entero la cubre, para mirar a la pequeñuela durmiente, la cual, dulcemente se despierta al llegarle aire más puro. Sus ojillos se abren sorprendidos. Una sonrisa angélica despega su boca, mientras sus manitas, antes cerradas, se abren ávidas de aferrar los ondeantes cabellos de Jesús; un gorjeo de gorrioncillo signa el discurrir de un contenido en su pensamiento; en fin, emite, como un trino, la grande y universal palabra:
-¡Mamá!
-Tómala, tómala -dice Jesús, apartándose para permitir que Valeria se incline hacia la cuna.
-¡Te va a molestar!… Voy a llamar a una esclava para que le dé un paseo por el jardín.
-¿Molestarme? ¡No! Nunca me molestan los niños. Son siempre mis amigos.
-¿Tienes hijos, o sobrinos, Maestro? -pregunta Plautina al observar con qué sonrisas Jesús provoca a la niña para que se ría.
-No tengo ni hijos ni sobrinos, pero amo a los niños, al igual que aprecio las flores, porque son puros y sin malicia. Trae, mujer, déjame a tu pequeñuela, que me resulta muy dulce apretar contra mi corazón a un angelito.
Y se sienta con la niñita; ella lo observa y despeina la barba de Jesús; luego encuentra más interés en las franjas del manto y en el cordón de la túnica, a los cuales dedica un largo y misterioso discurso.
Plautina dice:
-Nuestra buena y sabia amiga, una de las pocas que no se desdeña de tratar con nosotras y que, al mismo tiempo, no se corrompe con nosotras, te habrá dicho que nuestro deseo era verte y oírte para juzgarte por lo que eres, porque Roma no cree en fábulas… ¿Por qué sonríes, Maestro?
-Después te lo digo. Prosigue.
-Porque Roma no cree en fábulas y quiere juzgar con ciencia y con conciencia antes de condenar o exaltar. Tu pueblo te exalta y te calumnia con igual medida. Tus obras mueven a exaltarte; las palabras de muchos hebreos, a creerte poco menos que un delincuente. Tus palabras son solemnes y sabias como las de un filósofo. Roma se siente muy atraída por las doctrinas filosóficas, aunque reconozco que nuestros actuales filósofos no poseen una doctrina satisfactoria, incluso porque su forma de vivir no está en consonancia con la doctrina.
-No pueden vivir en consonancia con su doctrina.
-Porque son paganos, ¿no es cierto?
-No. Porque son ateos.
-¿Ateos? ¡Pero si tienen sus dioses!…
-Ya ni siquiera esos, mujer. Te recuerdo a los antiguos filósofos, a los más grandes. También eran paganos, y, a pesar de todo, ¡fíjate qué noble fue su vida!: a pesar de convivir con el error -porque el hombre gravita hacia el error-, cuando se encontraron frente a los misterios más grandes, la vida y la muerte, cuando fueron puestos ante el dilema honestidad o deshonestidad, virtud o vicio, heroísmo o cobardía, y vieron que si se volvían al mal sería en perjuicio de su patria y de los ciudadanos, entonces, con voluntad de gigante, se deshicieron de los tentáculos de los nefastos pulpos y, libres y santos, supieron querer el Bien a costa de cualquier cosa, este Bien que no es sino Dios.
-Se dice que eres Dios. ¿Es verdad?
-Yo soy el Hijo del verdadero Dios, hecho Carne sin dejar de ser Dios.
-Pero, ¿qué es Dios? A juzgar por ti, el mayor de los maestros.
-Dios es mucho más que un maestro. No rebajéis la idea sublime de la Divinidad encerrándola en los límites de la sabiduría.
-La sabiduría es una divinidad. Nosotros tenemos a Minerva, que es la diosa del saber. -También a Venus, diosa del placer. ¿Cómo podéis pensar que un dios, o sea, un ser superior a los mortales, tenga en grado perfecto todos los aspectos denigrantes de los mortales?
¿Cómo podéis pensar que un ser eterno tenga eternamente esos pequeños, mezquinos, humillantes placeres de quien tiene una hora de tiempo, y que a ello reduzca la finalidad de su vida?
¿No pensáis en lo sucio que es ese Cielo al que llamáis Olimpo, donde fermentan los más acerbos extractos de la humanidad? Si miráis a vuestro Cielo, ¿qué veis?: lujuria, delitos, odios, guerras, robos, crápula, celadas, venganzas.
¿Qué hacéis para celebrar las fiestas de vuestros dioses?: orgías. ¿Qué culto les dais? ¿Dónde está la verdadera castidad de las consagradas a Vesta? ¿En qué código divino se basan vuestros pontífices para juzgar? ¿Qué palabras pueden leer vuestros augures en el vuelo de las aves o en el fragor del trueno?
¿Qué respuestas pueden dar a vuestros arúspices las sangrantes entrañas de los animales sacrificados? Me acabas de decir hace un momento:
"Roma no cree en historietas". Y entonces, ¿por qué creéis que doce pobres hombres, haciendo dar una vuelta en torno a los campos a un cerdo, una oveja y un toro, e inmolándolos después, pueden atraerse a Ceres, si tenéis infinitas deidades, que se odian entre sí, y además vengativas, según creéis?
No. Dios es muy distinto de eso, es eterno, único y espiritual.
-Pero Tú dices ser Dios, y eres carne.
-Hay un altar sin dios en la patria de los dioses. La sabiduría humana lo ha dedicado al Dios desconocido, porque los sabios, los verdaderos filósofos, intuyeron que había algo más detrás del escenario historiado producido por esos eternos niños que son los hombres cuyos espíritus están fajados por el error. Ahora bien, si esos sabios -que intuyeron que tras el engañoso escenario había algo más, algo verdaderamente sublime y divino que ha hecho todo cuanto existe; de quien procede todo lo que de bueno hay en el mundo -, si esos sabios quisieron un altar para el Dios desconocido, sentido por ellos como el verdadero Dios, ¿cómo es que vosotros llamáis dioses a lo que no es dios, y afirmáis saber lo que en realidad no sabéis? Sabed pues, lo que es Dios, para poderlo conocer y honrar. 'Dios es Aquel que con su pensamiento ha hecho de la Nada el Todo.
¿Tiene poder persuasivo para vosotros la fábula de las piedras que se transforman en hombres?, ¿os satisface? En verdad, hay hombres más duros y malos que una piedra y piedras más útiles que ciertos hombres. Valeria, ¿qué te resulta más dulce, mirando a esta hijita tuya, pensar "Es un deseo de Dios hecho vida, creado y formado por Él, dotado por Él de una segunda vida imperecedera -de forma que seguiré teniendo a mi pequeña Fausta, y además para toda la eternidad, si creo en el Dios verdadero", en vez de decir: "Esta carne de rosa, estos cabellos más sutiles que hilo de araña, estas pupilas serenas proceden de una piedra"; o pensar: "Soy semejante en todo a la loba o a la yegua; me uno carnalmente como los animales, animalescamente engendro y crío; esta hija mía es fruto de mi instinto animalesco y es un animal como yo, y mañana, muerta ella y muerta yo, seremos dos cadáveres que habrán de descomponerse y oler, y que nunca jamás se habrán de volver a ver"?
Dime, tu corazón de madre, ¿cuál de los dos razonamientos elegiría?
-Desde luego, el segundo no, Señor. Si hubiera sabido que Fausta no podía corromperse para siempre, mi dolor frente a su agonía habría sido menos cruel, porque habría pensado: "He perdido una perla, pero sigue existiendo y la encontraré"
-Tú lo has dicho. Cuando he llegado aquí, vuestra amiga me ha manifestado su perplejidad ante vuestra gran pasión por las flores, y temía que Yo me pudiera incomodar por ello; pero la he tranquilizado diciéndole: ¡A mí también me gustan, así que nos entenderemos muy bien". Es más, quisiera elevar vuestra estima de las flores come hago con Valeria respecto a su hija, a quien -estoy seguro -otorgará aún mayores atenciones ahora que sabe que tiene alma, que es un soplo de Dios que está dentro de la carne generada por su madre; un alma que no muere, y que su madre, si cree en el Dios verdadero, volverá a encontrar en el Cielo.
Pues de la misma forma ahora vosotras observad esta magnífica rosa: la púrpura que embellece las vestiduras imperiales no es tan espléndida como este pétalo, que deleita no sólo los ojos, por su color, sino también el tacto, por su suavidad, y el olfato por su perfume. Observad también esa otra… y ésa… y esa otra…: la primera es sangre emanada de un corazón; la segunda, nieve reciente; la tercera, pálido oro; la última parece como si reflejase esta dulce cara infantil que me sonríe apoyada sobre mi pecho. Se podría decir aún más: la primera se yergue rígida sobre un grueso tallo exento casi de espinas, rojizas sus hojas, como salpicadas de sangre; la segunda tiene a lo largo del tallo raras espinas en forma de gancho y opacas y pálidas hojas; la tercera es flexible como un junco, sus hojas son pequeñas y brillantes como si de cera verde se tratase; la última, con tantas espinas como tiene, parece estar impidiendo cualquier tipo de asalto a su rósea corola: parece una lima de agudísimas puntas.
Volved vuestro pensamiento hacia esta realidad, pensad: ¿quién lo ha hecho?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?; ¿qué era este lugar en la noche de los tiempos? No era nada. Era una agitación informe de elementos. Dios dijo primero:
"Quiero", y los elementos se separaron para reunirse por familias. Luego tronó otro "quiero", y se dispusieron con orden: uno en otro (el agua entre las tierras); uno sobre otro el aire y la luz sobre el planeta ya ordenado). Otro "quiero", y comenzaron a existir las plantas, y luego las estrellas, y los animales, luego el hombre. Dios donó sin tacañería las flores y los astros, cual espléndidos juguetes, para gozo del hombre, su predilecto, y por último le otorgó la alegría de procrear, no algo que muriese, sino algo que sobreviviese a la muerte por el don de Dios que es el alma. Estas rosas son expresión de otros tantos deseos del Padre: su infinito poder se despliega en infinidad de bellezas.
El flujo de mi palabra encuentra impedimento al chocar contra el compacto bronce de vuestra creencia. De todas formas, espero que, para ser éste nuestro primer encuentro, ya algo nos hayamos entendido. Ahora es vuestra alma la que debe trabajar con cuanto os he dicho.
¿Tenéis alguna pregunta que hacer? Si es así, hacedlas; estoy aquí para aclarar las cosas. La ignorancia no es motivo de vergüenza; lo es, sí, el persistir en la ignorancia cuando se tiene a alguien dispuesto a aclarar las dudas. Dicho esto, Jesús, como si fuera el más experto de los papás, sale de la pequeña pérgola sujetando a la niñita, que está dando sus primeros pasitos y quiere ir hacia un surtidor que ondea bajo el sol. Las damas permanecen en su sitio hablando entre sí en voz baja.
Juana, en pugna con dos deseos, está en el umbral de la pérgola… Al final Lidia se decide -y tras ella las otras -y va a donde Jesús, que ríe porque la niñita pretende agarrar el espectro solar del agua y lo único que coge es luz, y, no obstante, insiste, insiste con todo un piar de polluelo en sus labios de rosa.
-Maestro… no he entendido por qué has dicho que nuestros maestros no pueden conducir formas de vida buenas, siendo ateos; creen en un Olimpo, pero creen.
-Ese creer suyo no es sino una forma externa. Mientras han creído verdaderamente, como los verdaderos sabios creyeron en aquel Desconocido de que os he hablado, en aquel Dios que satisfacía su alma aunque no tuviera nombre, incluso sin conciencia de la voluntad: mientras han dirigido su pensamiento a este Ente, muy superior, muy superior a los pobres dioses llenos de humanidad, de baja humanidad, que el paganismo se ha procurado; mientras han hecho esto, necesariamente han reflejado un poco de Dios: el alma es espejo que refleja, eco que repite.
-¿Qué, Maestro?
-A Dios.
-¡Gran palabra es ésa.
-Es una gran verdad.
Valeria, seducida por el pensamiento de la inmortalidad, pregunta:
-Maestro, explícame dónde está el alma de mi hija; besaré ese lugar como a un sagrario; la adoraré, dado que es soplo de Dios.
-¡El alma! Es como esta luz que tu Faustita quiere coger y no puede porque es incorpórea, pero que está ahí, como podemos ver Yo, tú y tus amigas. De la misma forma, el alma es visible en todo aquello que diferencia al hombre del animal. Cuando tu hijita te diga sus primeros pensamientos, piensa que esa inteligencia es su alma que se revela; cuando te quiera, no ya con su instinto sino con su razón, piensa que ese amor es su alma. Cuando crezca a tu lado hermosa, no tanto de cuerpo cuanto de virtud, piensa que esa belleza es su alma. Y no adores al alma, sino a Dios, que es el Creador del alma; a Dios, que de toda alma buena quiere hacerse un trono.
-¿Donde está esta cosa sublime?: ¿en el corazón?, ¿en el cerebro?
-Está en el todo que es el hombre. Os contiene y está en vosotros contenida. Cuando os deja, sois cadáveres; cuando cae muerta (por un delito del hombre contra sí mismo), sois réprobos, estáis separados para siempre de Dios.
-¿Entonces admites que el filósofo que dijo que éramos inmortales, a pesar de ser pagano, tenía razón? -pregunta Plautina.
-No es que lo admita. Voy más allá. Digo que es un artículo de fe. La inmortalidad del alma, o sea, la inmortalidad de la parte superior del hombre, es el misterio más cierto y consolador del acto de creer; es el que nos asegura de dónde venimos, a dónde vamos, de quién somos, y disuelve en nosotros la amargura de cualquier tipo de separación.
Plautina piensa profundamente -Jesús la observa, pero guarda silencio -y al final pregunta:
-¿Tú tienes alma?
Jesús responde:
-Sí, ciertamente.
-Pero, ¿eres, o no, Dios?
-Soy Dios, ya te lo he dicho, pero ahora he tomado naturaleza de hombre. Y, ¿sabes por qué? Porque sólo con este sacrificio mío podía resolver los puntos que para vuestra razón son inalcanzables; y, tras ser abatido el error, liberando el pensamiento, liberar también al alma de una esclavitud que por ahora no te puedo explicar. Por ello he introducido la Sabiduría en un cuerpo, la Santidad en un cuerpo: Yo esparzo por la tierra como una semilla la Sabiduría, como polen al viento; la Santidad se desparramará por el mundo en la hora de la Gracia -como si fuera quebrada la preciosa ánfora que la contenía -y santificará a los hombres. Entonces el Dios desconocido será conocido.
-Pero si ya eres conocido… El que pone en duda tu poder y sabiduría es malo o falso.
-Soy conocido, pero es como si fuera sólo un amanecer; a la meridiana habrá plena cognición de mí.
-¿Cómo será tu mediodía? ¿Un triunfo? ¿Lo veré yo?
-Verdaderamente será un triunfo, y tú lo presenciarás porque sientes náusea de lo que conoces y apetito de lo que desconoces; tu alma tiene hambre.
-¡Es verdad! Es de verdad de lo que tengo hambre.
-Yo soy la Verdad.
-Date entonces a la hambrienta.
-Basta con que vengas a mi mesa. Mi palabra es pan hecho con verdad.
-¿Qué dirán nuestros dioses si los abandonamos? ¿No se vengarán de nosotros? -pregunta Lidia asustada.
-Mujer: ¿has visto alguna vez una mañana neblinosa? Los prados se pierden detrás del vapor que los oculta. Viene el sol y el vapor desaparece, y los prados resplandecen más hermosos. Pues vuestro dioses no son sino niebla del pobre pensamiento humano que, ignorando a Dios, pero al mismo tiempo necesitando creer -la fe es el estado permanente y necesario del hombre -, se ha creado este Olimpo, verdadera fábula sin fundamento alguno; vuestros dioses, de la misma forma, cuando salga el Sol, Dios verdadero, desaparecerán de vuestros corazones sin poder causar mal alguno, porque no tienen existencia.
-Tendremos que escucharte todavía mucho. Nos encontramos completamente ante lo desconocido. Todo lo que dices es nuevo.
-¿Te da repulsa? ¿Te es imposible aceptarlo?
Plautina responde con seguridad:
-No. Me siento más orgullosa de lo poquísimo que ahora sé, y que César no sabe, que de mi nombre.
-Pues persevera. "Os dejo con mi paz».
-¿Pero, cómo? ¿No te quedas más tiempo, Señor? -Juana esta desolada.
-No. Tengo muchas cosas que hacer…
-¡Yo que quería manifestarte una cosa que me aflige!…
Jesús, que ya se estaba marchando tras el respetuoso saludo de las romanas, se vuelve y dice:
-Ven hasta la barca, así podrás hablarme de lo que te aflige.
Juana lo acompaña, y dice:
-Cusa me quiere mandar un tiempo a Jerusalén. Esto me duele. Lo hace porque no me quiere seguir viendo relegada, ahora que estoy curada…
-Tú también te creas nieblas inútiles -Jesús ya ha puesto un pie en la barca -Si pensaras que así puedes recibirme en tu casa o seguirme con mayor facilidad, estarías contenta, y dirías: "La Bondad ha pensado en nosotros".
-¡Es verdad, Señor! No tenía esto en cuenta.
-¿Ves? Obedece como una buena esposa. La obediencia te aportará el premio de tenerme para la próxima Pascua y el honor de ayudarme a evangelizar a tus amigas.
¡La paz sea siempre contigo!
La barca se separa del embarcadero y así todo termina.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús desciende a media altura de la escarpada ladera y encuentra a muchos discípulos y a otros muchos que poco a poco se han ido añadiendo, a quienes la necesidad de un milagro o el deseo de la palabra de Jesús han conducido a este lugar apartado del tránsito: han venido seguros, o por las indicaciones de la gente o por el instinto del alma.
Pienso que sus ángeles, los de estos hombres deseosos de Dios los guiaban al Hijo de Dios. No creo que al decir esto me ponga al nivel de la leyenda: en efecto, si se piensa con qué pronta y astuta constancia Satanás conducía a los enemigos hacia Dios y hacia su Verbo en los momentos en que el espíritu demoníaco podía mostrarles a los hombres una apariencia de culpa en Cristo, se podrá pensar también -y más que lícito, es justo -que los ángeles no fueran inferiores a los demonios, y que llevaran a los espíritus no demoníacos a Cristo.
Jesús se prodiga en favores (milagros y la propia palabra) para estas personas que le han esperado sin cansancio ni temor. ¡Cuántos milagros! (una riqueza semejante a la de las flores que decoran los rodales del abrupto monte). Milagros grandes, como el de un niño al que han extraído, con atroces quemaduras, de un pajar en llamas: es un amasijo de carne quemada que gime lastimeramente bajo el lienzo con que lo han cubierto para ocultar su horrible aspecto; ya agoniza. Lo han traído en una camilla. Jesús, infundiéndole su respiro, regenerando las zonas quemadas, lo devuelve a su estado precedente: las quemaduras han desaparecido completamente; tanto es así que el jovencito se pone en pie, completamente desnudo, y corre feliz hacia su madre, la cual, llorando de alegría, acaricia su carne totalmente sana, sin huellas de quemaduras, y besa sus ojos que deberían estar quemados y que, sin embargo, se muestran vivaces y resplandecientes de alegría -y su cabello, muy corto pero no destruido (cual si una llamarada hubiera actuado como una navaja). También milagros pequeños, como el de un viejecillo tosegoso que dice:
-No por mí, sino porque tengo que hacer de padre con mis nietecillos huérfanos y no puedo labrar la tierra teniendo esta mucosidad que me ahoga aquí parada en la garganta»… o el milagro -no visible, aunque, sin duda, real -que provoca estas palabras de Jesús: «Entre vosotros hay uno que llora con el alma y que no se atreve a decir de palabra: "Ten piedad". Mi respuesta es: "Sea como pides.
Toda la piedad. Para que sepas que soy la Misericordia".
Lo único que por mi parte digo es que seas generoso. Sé generoso con Dios, rompe toda atadura con el pasado, y, pues que sientes a Dios, ve a El con corazón libre, con total amor». (No sé, entre la muchedumbre, a qué hombre o mujer van dirigidas estas palabras).
Jesús sigue diciendo:
-Éstos son mis apóstoles. Cada uno de ellos es otro Cristo, porque los he elegido tales. Dirigíos a ellos con confianza. Conocen de mí todo lo de que tenéis necesidad para vuestras almas…
Los apóstoles miran a Jesús que más asustados no podrían, pero Jesús sonríe y prosigue:
«… Y la intensa luz astral y el copioso rocío reconfortante que darán a vuestras almas impedirán que languidezcáis en las tinieblas; después vendré Yo y os daré plenitud de sol y de agua, toda la sabiduría para haceros sobrenaturalmente fuertes y felices. Paz a vosotros, hijos. Otros me esperan, otros más infelices y pobres que vosotros. No os dejo solos, os dejo a mis apóstoles: es como si confiara a los hijos de mi amor a los cuidados de las más amorosas y fiables nodrizas.
Jesús hace un gesto de despedida y bendición, y se pone en camino incidiendo en la masa de la muchedumbre, que no quiere dejarlo partir; es entonces cuando se produce el último milagro, el de una ancianita semiparalizada. La había traído su nieto. Pues bien, ahora agita jovialmente su brazo derecho, que antes estaba inerte, y grita:
-¡Me ha rozado con su manto al pasar y he quedado curada! Ni siquiera se lo había pedido, porque ya soy vieja… pero ha tenido piedad incluso de mi secreto deseo y me ha curado con el manto, con un extremo del manto que apenas si me ha tocado el brazo perdido! ¡Oh, qué gran Hijo ha tenido nuestro santo David! ¡Gloria a su Mesías! ¡Fijaos!, ¡fijaos!, la pierna también, como el brazo, se mueve ligera… ¡Estoy como a los veinte años!
Gracias a que muchos de los presentes se arremolinan en torno a la viejecita, que proclama a voz en grito su dicha, Jesús puede escabullirse, y, desde ese momento ya no le vuelven a interceptar el paso. Los apóstoles lo siguen.
Llegados casi al llano, a un espacio desierto, entre las matas de un espeso brezal que desciende hacia el lago, se detienen un momento y Jesús dice:
-¡Os bendigo! Volved a vuestro trabajo y hacedlo hasta que regrese como he dicho.
Pedro, que hasta ese momento había estado callado, rompe a hablar:
-Pero, mi Señor, ¿qué has hecho? ¿Por qué has dicho que tenemos todo aquello de que tienen necesidad las almas? Es verdad que nos has dicho muchas cosas, pero somos duros de mollera -al menos yo -, y… y de lo que te he oído me ha quedado poco, realmente poco. Me pasa como a aquel que lo que le queda en el estómago después de una comida es la parte más consistente; lo demás ya no está.
Jesús sonríe abiertamente:
-¿Y dónde está el resto de la comida?
-Bueno, pues… no sé. Lo que sé es que si como cositas delicadas, pasada una hora no siento nada en el estómago, mientras que si como raíces pesadas o lentejas con aceite, sé que me cuesta digerirlo.
-Cuesta. Pues piensa que esas raíces y esas lentejas, que parece que te llenan más, son las que menos sustancia te dejan: es todo paja que pasa sin aprovechar gran cosa.
Sin embargo, los alimentos delicados, que ya no los sientes después de una hora, pasado ese tiempo ya no están en el estómago, pero sí en tu sangre.
Una vez digerido un alimento, ya no está en el estómago, pero su sustancia está en la sangre y aprovecha más. Ahora os parece, tanto a ti como a tus compañeros, que, de todo lo que os he ido diciendo, nada o muy poco os queda. Quizás -o sin quizás -tenéis bien presentes los aspectos que se conforman más a vuestro modo particular de ser: los de carácter impulsivo, los aspectos impulsivos; los de carácter meditativo, pues los aspectos meditativos; los afectuosos, los aspectos cargados de amor. No. Creedme: todo está en vosotros, aunque os parezca que se haya perdido. La verdad es que lo habéis absorbido. Vuestro pensamiento se irá desenvolviendo cual hilo multicolor, aportándoos las tonalidades suaves o severas, según las vayáis necesitando. No temáis. Pensad también que Yo sé las cosas y que nunca os encargaría algo para lo que os viera incapaces. Adiós, Pedro. ¡Venga, hombre, sonríe!
¡Ten fe! ¡Pon un buen acto de fe en la Sabiduría omnipresente! Adiós a todos. El Señor queda con vosotros.
Y, rápido, los deja, todavía atónitos y turbados por todo lo que han oído que tienen que hacer.
-Lo que está claro es que hay que obedecer -dice Tomás.
-¡Sí… claro!… ¡Pobre de mí! Casi que le doy alcance corriendo… -comenta Pedro.
-No, no lo hagas; la obediencia es amor a Él -dice Santiago de Alfeo.
-Es elemental, y señal de santa prudencia, empezar ahora que todavía lo tenemos cercano y puede darnos un consejo si nos equivocamos. Tenemos que ayudarle -aconseja Simón Zelote.
-Es verdad. Jesús está visiblemente cansado. Tenemos que aliviarle en lo que podamos; no basta con transportar los talegos y preparar las camas y la comida; estas cosas las puede hacer cualquiera. Hay que ayudarle en su misión, como Él quiere -confirma Bartolomé.
-Tú sabes hablar porque eres una persona instruida; pero yo… soy casi un completo ignorante… -dice en tono quejumbroso Santiago de Zebedeo.
-¡Ay, Dios!, ¡están llegando los que estaban arriba! ¿Qué hacemos? -exclama Andrés.
Mateo interviene:
-Perdonad si yo, que soy el más mísero, doy un consejo, pero ¡no sería mejor orar al Señor en vez de estar aquí plañendo por cosas que no se arreglan con lamentaciones? ¡Venga, Judas, tú que sabes tan bien la Escritura, di por todos la oración de Salomón para obtener la Sabiduría. ¡Rápido, antes de que lleguen!
Y Judas Tadeo, con su hermosa voz de barítono, comienza:
-Dios de mis padres, Señor de misericordia que todo lo has creado… -etc., etc.,… hasta donde dice: «… por la Sabiduría se salvaron todos los pueblos fueron gratos al Señor desde los orígenes.
Termina justo un instante antes de que la gente llegue, los circunde, los asalte con mil preguntas sobre el lugar a dónde ha ido el Maestro, sobre cuándo piensa volver…; y -lo que es más difícil de conseguir -pretendiendo una respuesta satisfactoria a la pregunta: «¿Cómo se las arregla uno para seguir al Maestro no con las piernas sino con el alma, por los caminos del Camino que Él indica?».
Esta pregunta pone en apuro a los apóstoles. Se miran unos a otros. Al final, Judas Iscariote responde:
-Siguiendo la perfección -como si fuera una respuesta que pudiera explicar todo (!).
Santiago de Alfeo, más humilde y sereno, piensa un poco y dice:
-La perfección a que alude mi compañero se alcanza obedeciendo a la Ley, porque la Ley es justicia y la justicia es perfección.
Pero la gente no se da todavía por satisfecha y, por boca de uno de ellos que parece un dirigente, objeta:
-Nosotros somos pequeños como niños por lo que respecta al Bien. Los niños no conocen todavía el significado del Bien y del Mal; no distinguen. Igualmente nosotros, en este Camino que Jesús indica estamos tan poco formados que somos incapaces de distinguir. Conocíamos un camino, el viejo, el que se nos ha enseñado en las escuelas: ¿qué camino tan difícil, largo y amedrentador! Ahora, por sus palabras, sentimos que es como aquel acueducto que se ve desde aquí: abajo está el camino de los animales y del hombre; arriba, encima de los ligeros arcos, alto, inscrito en sol y azul cielo, cercano a las ramas más altas, con su frufrú de viento y su canto de aves, hay otro, tan liso, limpio y luminoso, cuanto escabroso, sucio, oscuro es el inferior, un camino para el agua límpida y sonorosa -esa agua que es bendición -,un camino para el agua que viene de Dios, acariciada por lo que de Dios es: rayos de sol y de estrellas, frondas nuevas, flores, alas de golondrina. Quisiéramos subir a ese camino alto, el suyo, pero no sabemos cómo, porque estamos aquí clavados, bajo el peso de toda la vieja construcción -y añade: «No sabemos cómo hacer».
El que ha hablado es un joven de unos veinticinco años, moreno, de complexión recia, mirada inteligente, de aspecto menos llano que la mayoría de los presentes. Está respaldado por otro más maduro.
Judas Iscariote, que, siendo alto, lo ve, susurra a sus compañeros:
-¡Rápido, hablad bien! Está Hermas con Esteban; a Esteban lo aprecia Gamaliel.
Ello termina de azorar a los apóstoles.
En fin, Simón Zelote responde:
-No habría arco si no hubiera base en el camino oscuro; ésta es matriz de aquél, que sobre ella se yergue y sube a ese azul que anhelas. No pienses que las piedras hincadas en el suelo, que soportan el peso y no gozan de rayos ni vuelos, ignoran la existencia de éstos, pues de vez en cuando una golondrina desciende con su piada hasta el barro y acaricia la base del arco, y desciende también un rayo de sol, o de estrella, para expresar la gran belleza del firmamento. De la misma forma, en los siglos pasados, de vez en cuando, ha descendido una palabra celeste portadora de promesa, un rayo celeste de sabiduría para acariciar las piedras que estaban oprimidas por el enojo divino. Porque las piedras eran necesarias, y no son -ni fueron, ni serán -jamás inútiles. Sobre ellas, lentamente, se ha elevado el tiempo y la perfección del conocimiento humano hasta alcanzar la libertad del tiempo presente y la sabiduría del conocimiento sobrehumano.
Veo escrita en tu rostro la objeción; es la misma que todos hemos puesto antes de saber comprender que ésta es la Nueva Doctrina, la Buena Nueva que ahora se predica a los que, por un proceso de retrogradación, en vez de hacerse adultos paralelamente a la ascensión de las piedras del saber, se han ido entenebreciendo cada vez más, cual muro que se hunde en un abismo ciego.
Para curarnos de esta enfermedad de oscurecimiento sobrenatural, tenemos que liberar valientemente la piedra basilar de todas las otras que están encima. No tengáis miedo de demoler ese alto muro que -a pesar de serlo -no porta la savia pura del manantial eterno. Volved a la base, que no debe ser cambiada porque es de Dios y es inmóvil. De todas formas, antes de desechar las piedras probadlas una a una con el sonido de la palabra de Dios -porque no todas son desechables e inútiles-; si su sonido no desentona, conservadlas, construid de nuevo con ellas; mas si es el sonido desacorde de la voz humana, o lacerante de la voz satánica -y no podéis equivocaros porque si es voz de Dios es sonido de amor, si es voz humana es sonido del sentido, si es satánica es voz de odio -, rompedlas. Y digo -rompedlas", porque es un acto de caridad el no dejar tras uno mismo semillas u objetos portadores de mal que puedan seducir al viandante e inducirle a usarlos en perjuicio propio.
Romped literalmente toda cosa no buena que haya sido vuestra, en obras, escritos, enseñanzas o actos. Es mejor quedarse con poco, elevarse apenas un codo, pero con buenas piedras, que no varios metros con piedras malas. Los rayos y las golondrinas descienden también hasta las albarradas que apenas sobresalen del suelo, y las humildes florecillas de los lindazos con facilidad llegan a acariciar las piedras bajas; mientras que las soberbias piedras, que, inútiles y ásperas, quieren elevarse, no reciben sino azote de espinos y adhesiva ponzoña. Demoled para construir, para subir, probando la calidad de vuestras viejas piedras con la voz de Dios.
- Hablas bien. ¡Pero, subir!… ¿Cómo? Te hemos dicho que somos incluso menos que los niños. ¿Quién nos ayudará a subir a la enhiesta columna? Probaremos las piedras con el sonido de Dios, romperemos las menos buenas, pero, ¿cómo podremos subir? ¿Sólo el hecho de pensarlo ya da vértigo! -dice Esteban.
Juan, que ha estado escuchando con la cabeza agachada, sonriendo para sí, levanta su rostro luminoso y toma la palabra:
-¡Hermanos! Da vértigo el solo hecho de pensar en subir.
Cierto. Pero ¿quién ha dicho que debemos afrontar la altura directamente? Esto no sólo los niños sino ni siquiera los adultos pueden hacerlo; sólo los ángeles pueden lanzarse a los cielos, pues están libres de todo peso material; y, de entre los hombres, sólo los héroes de la santidad pueden hacerlo.
Hoy todavía, en este mundo decaído, entre nosotros vive uno que sabe ser héroe de santidad como los antiguos ornato de Israel -, cuando los Patriarcas eran amigos de Dios y la palabra del Código era la única, la que toda criatura recta obedecía. Juan, el Precursor, enseña cómo afrontar la altura directamente. Juan es un hombre. Pero la Gracia que el Fuego de Dios le ha comunicado, purificándolo desde el vientre de su madre -de la misma forma que el Serafín purificó el labio del Profeta -para que pudiera preceder al Mesías sin dejar hedor de culpa original por el camino regio del Cristo, ha dado a Juan alas de ángel; luego la penitencia las ha hecho crecer, aboliendo al mismo tiempo el peso de humanidad que su naturaleza, propia de los nacidos de mujer, todavía poseía. Por lo cual, Juan, desde su gruta donde predica la penitencia y desde su cuerpo donde arde el espíritu desposado con la Gracia, se lanza, puede lanzarse a sí mismo, al ápice del arco, por encima del cual está Dios, el altísimo Señor Dios nuestro; y puede, dominando los siglos pasados, el tiempo presente y el futuro, anunciar con voz de profeta (y con ojo de águila capaz de clavar la mirada en el Sol eterno y reconocerlo):
"Éste es el Cordero de Dios, el que quita los pecados del mundo"; y morir tras este canto suyo sublime que será repetido no sólo durante el transcurso del tiempo limitado sino también durante el tiempo sin fin, en la Jerusalén sempiterna y para siempre beata, para aclamar a la Segunda Persona, para invocarla por las miserias humanas, para cantar sus alabanzas entre los fulgores eternos.
Pero el Cordero de Dios, el dulcísimo Cordero que ha dejado su luminosa morada del Cielo en que es Fuego de Dios en abrazo de fuego -¡oh, eterna generación del Padre que concibe con el pensamiento ilimitado y santísimo a su Verbo, y lo atrae hacia sí produciendo una fusión de amor de que procede el Espíritu de Amor, en que se centran la Potencia y la Sabiduría! -, el Cordero de Dios que ha dejado su purísima, incorpórea forma para cerrar dentro de carne mortal su pureza infinita, su santidad, su naturaleza divina, sabe que no estamos todavía purificados por la Gracia, y que no podríamos -como esa águila que es Juan lanzarnos a las alturas, a ese ápice en que Dios Uno y Trino se encuentra.
Nosotros somos los pajarillos de tejados y caminos; golondrinas que tocan el cielo, pero se alimentan de insectos; calandrias que quieren cantar para imitar a los ángeles y que, ¡ay!, respecto al canto de los ángeles, el suyo no es sino desentonado runrún de cigarra estiva. Esto lo sabe el dulce Cordero de Dios, venido para quitar los pecados del mundo, porque, a pesar de no ser ya el Espíritu infinito del Cielo por haberse confinado a sí mismo dentro de una carne mortal, su infinitud no ha quedado disminuida, y todo lo sabe, siendo siempre -como lo es -infinita su sabiduría.
Así pues, Él nos enseña su camino, el camino del amor. Él es el amor que por misericordia hacia nosotros se hace carne. Y es así que este Amor misericordioso nos crea un camino por el que pueden subir también los pequeñuelos; y Él mismo -no por propia necesidad sino para enseñárnoslo -es el primero en recorrerlo. Él no tendría tan siquiera necesidad de abrir las alas para fundirse de nuevo con el Padre. Su espíritu, os lo juro, está cerrado aquí, dentro de esta mísera tierra, pero está siempre con el Padre, porque Dios todo lo puede, y Él es Dios. Camina dejando tras sí el perfume de su santidad, Y fuego de su amor.
Observad su camino: a pesar de llegar al ápice el arco, ¡cuán sosegado y seguro es! No es una recta sino una espiral. Es más largo, sí, pero precisamente su sacrificio de amor se revela en esta distancia, demorándose por amor a nosotros los débiles, más largo, pero más adecuado a nuestra miseria. La subida hacia el Amor, hacia Dios, es simple, como simple es el Amor; pero, al mismo tiempo, es profunda, porque Dios es un abismo ̀ inalcanzable, yo diría, si Él no se rebajase y nos diera la posibilidad de alcanzarlo, para sentir el beso de las almas que lo aman -(mientras está hablando, Juan llora, aunque su boca sonríe, envuelto en el éxtasis de la revelación que está haciendo de Dios). Largo es el sencillo camino del Amor, porque Dios es Profundidad sin fondo, en que uno podría adentrarse cuanto quisiera; mas la Profundidad admirable llama a la profundidad miserable, llama con sus luces y dice: "¡Venid a mí!" ¡Oh, invitación de Dios! ¡Oh, invitación de Padre!
¡Escuchad! ¡Escuchad! Del Cielo nos llegan palabras suavísimas de ese Cielo que está abierto porque Cristo ha abierto de par en par sus puertas y ha puesto ante ellas, para que así las mantengan, a los ángeles de la Misericordia y el Perdón, a fin de que, en espera de la Gracia, de él broten al menos las luces, perfumes, cantos y quietud, capaces de seducir santamente a los corazones humanos, y sobre éstos se depositen. Habla la voz de Dios y la voz dice: “¿Vuestra puericia?… ¡Pero si es vuestra mejor moneda!
Yo quisiera que os hicierais enteramente niños para que poseyerais la humildad, sinceridad y amor de los pequeñuelos, su confidente amor para con su padre. ¿Vuestra incapacidad?… ¡Pero si es mi gloria! ¡Venid! Ni siquiera os pido que seáis vosotros mismos quienes comprobéis el sonido de las piedras buenas o malas.
¡Dádmelas a mí! Yo las elegiré, vosotros os reconstruiréis. ¿La subida hacia la perfección?… ¡Oh, no, hijos míos! Poned vuestra mano en la de mi Hijo y Hermano vuestro, ahora, así, y subid a su lado…".
¡Subir! ¡Ir a ti, eterno Amor! ¡Adquirir tu semejanza, o sea, el amor!… ¡Amar! ¡Éste es el secreto!… ¡Amar! ¡Darse…! ¡Amar! ¡Abolirse…! ¡Amar! Fundirse… ¿La carne?: nada; ¿el dolor?: nada; ¿el tiempo?: nada. Nada es el pecado mismo, si lo disuelvo en tu fuego, ¡oh, Dios! Sólo es el Amor. ¡El Amor! El Amor que nos ha dado el Dios encarnado nos otorgará todo perdón. Pues bien, amar es un acto que nadie sabe hacer mejor que los niños, y nadie es más amado que un niño.
¡Oh, tú, a quien no conozco, pero que quieres conocer el Bien para distinguirlo del Mal, para poseer el azul del cielo, el sol celeste, todo aquello que signifique contento sobrenatural… ama y lo tendrás. Ama a Cristo.
Morirás en la vida, pero resucitarás en el espíritu. Con un nuevo espíritu, sin necesidad ya de usar piedras, serás eternamente un fuego que no muere. La llama sube, no necesita ni peldaños ni alas para subir. Libera tu yo de toda construcción, pon en el Amor, y resplandecerás. Deja que ello sea sin restricciones, más, atiza la llama echándole como pasto todo tu pasado de pasiones y conocimientos: quedará consumido lo menos bueno, puro se hará el metal ya de por sí noble. Arrójate, hermano, al amor activo y gozoso de la Trinidad: comprenderás lo que ahora te parece incomprensible porque comprenderás a Dios, que es el Comprensible (pero sólo para quienes se dan sin medida a su fuego sacrificador). Quedarás finalmente fijo en Dios, en un abrazo de llama… y rogarás por mí, el niño de Cristo que ha osado hablarte del Amor.
Se han quedado todos de piedra: apóstoles, discípulos, fieles… El interlocutor está pálido; Juan, por el contrario, está de color púrpura, no tanto por el esfuerzo cuanto por el amor.
En fin, Esteban grita:
-¡Bendito tú! Dime: ¿Quién eres?
Y Juan, por su parte -con un gesto que me recuerda mucho a Virgen en el acto de la Anunciación -dice en tono bajo, inclinándose como adorando a Aquel a quien nombra:
-Soy Juan. Estás viendo al menor de los siervos del Señor.
-Pero, ¿quién ha sido tu maestro antes?
-Nadie aparte de Dios. He recibido la leche espiritual de manos de Juan, el presantificado de Dios; me alimento del pan de Cristo, Verbo de Dios; bebo el fuego de Dios que me viene del Cielo. ¡Gloria al Señor!
-Pues yo ya no me separo de vosotros, ni de ti, ni de éste, ni ninguno de vosotros! Recibidme.
-Cuando… Bueno, aquí entre nosotros el jefe es Pedro -y Juan toma a Pedro, que está atónito, y lo proclama así "el primero". Pedro reacciona y se pone en el lugar que le corresponde diciendo:
-Hijo, puesto que se trata de una gran misión, es necesaria una severa reflexión. Éste es nuestro ángel. Él enciende, pero es necesario saber si la llama va a poder durar en nosotros. Mídete a ti mismo, luego ven al Señor.
Nosotros te abriremos nuestro corazón como hermano nuestro queridísimo. Por el momento, si quieres conocer mejor nuestra vida, quédate; las greyes de Cristo pueden crecer sin medida para ser separados -perfectos e imperfectos -los verdaderos corderos de los falsos carneros.
Y con esto termina la primera manifestación apostólica.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La alborada blanquea los montes y parece atenuar las escabrosidades de esta agreste ladera en que la única voz es la del pequeño torrente espumante de su fondo; la cual, reflejada por los montes, llenos de cuevas, emite un rumor singular. Allí, en el lugar en que se han instalado los discípulos, no se oye sino algún que otro cauto frú-frú entre el ramaje o las hierbas: de los primeros pájaros que se despiertan, de los últimos animales nocturnos que van a su madriguera.
Un grupo de liebres o conejos montaraces, que están royendo una mata baja de moras, huyen porque los ha asustado una piedra al caer, luego vuelven prudentemente, moviendo sus orejas para detectar todos los sonidos, y, viendo que todo está en calma, regresan a su mata. El abundante rocío lava todas las hojas y las piedras; el bosque adquiere un intenso aroma de musgo, poleo y mejorana.
Un petirrojo baja a posarse justo en el borde de una caverna a que hace de techo una gruesa lasca salediza; moviendo la cabecita, bien erguido sobre sus patitas de seda, preparado para huir, se asoma hacia dentro, mira hacia el suelo y susurra unos «chip» «chip»
interrogativos, y… golosos, provocados por unas migas de pan que hay en la tierra; de todas formas, no se decide a bajar sino cuando ve que le está precediendo un mirlo grande, que se acerca saltando al sesgo, cómico con esa actitud suya de picaruelo y perfil de viejo notario al que, para serlo completo, le faltan sólo las gafas.
Entonces baja también el petirrojo y se coloca detrás de su señoría -muy corajinosa -, que cada cierto tiempo hinca el pico amarillo en la tierra húmeda en busca de… arqueología alimenticia, para seguir adentrándose, después de emitir un «chop» o un silbido breve realmente de granuja. El petirrojo llena su buche con las miguitas y se queda atónito al ver que el mirlo, penetrando seguro en la caverna silenciosa, sale luego con una corteza de queso y la golpea una y otra vez contra una piedra para desmenuzarla y procurarse una opípara comida. Luego el mirlo vuelve a entrar, da una ojeada y, no encontrando ya nada más, emite un brioso silbido burlón y alza el vuelo, para terminar su canto en la copa de un roble que sumerge su cima en el azul matutino. También echa a volar el petirrojo, a causa de un ruido que ha oído venir del interior de la caverna… y se posa sobre una ramita delgada que se mece en el vacío.
Jesús sale hasta la boca de la cueva y se pone a desmigajar un poco de pan, llamando muy suavemente a los pajarillos con un silbido modulado que bien imita el gorjear de muchas avecillas. Después se separa de la cueva y va más arriba, y se queda inmóvil contra una pared rocosa, para no asustar a estos amigos suyos que al poco rato descienden: primero el petirrojo, luego otros de distintas especies. La inmovilidad -de Jesús, o también su mirada -quiero pensar así porque tengo la experiencia de que los animales, incluso los más desconfiados, se acercan a quienes por instinto sienten protectores, no enemigos -, hacen que, pasado un poco de tiempo, a pocos centímetros de El, estén saltando ya los pajarillos, y que el petirrojo, ya saciado, vuele hacia la parte alta de la roca en que está apoyado Jesús y se agarre a una delgadísima ramita de clemátide y se columpie por encima de su rubia cabeza con deseos de posarse en ella o en uno de sus hombros… La comida ha terminado. El sol dora, primero, la cima del monte; luego, las ramas más altas de los árboles; mientras que, hacia abajo, todavía todo recibe la pálida luz del alba. Las avecillas vuelan, satisfechas, saciadas, bajo el sol, y cantan con la plenitud de sus pequeñas gargantas.
-Ahora a despertar a estos otros hijos míos» dice Jesús -y desciende -porque su cueva es la más alta -, y va entrando en las distintas cuevas y llamando por su nombre a los doce, que duermen. Simón, Bartolomé, Felipe, Santiago, Andrés, responden enseguida; Mateo, Pedro y Tomás se muestran más tardos en responder. Judas Tadeo, ya listo y bien despierto, va hacia Jesús en cuanto lo ve asomarse a la entrada; el otro primo, sin embargo, y con él Judas Iscariote y Juan están profundamente dormidos (tanto es así, que Jesús debe moverlos en su cama de hojas para que se despierten). Juan, que ha sido el último al que Jesús ha ido a llamar, está tan profundamente dormido que no se centra bien respecto a quien es el que lo está llamando, y, entre las nieblas del sueño interrumpido a mitad, susurra: «Sí, mamá, voy enseguida…». Pero luego se da la vuelta para el otro lado…
Jesús sonríe, se sienta en el rústico jergón hecho de follaje recogido en el bosque, se inclina y da un beso en la mejilla a su Juan, que abre los ojos y se queda atónito al ver allí a Jesús. Se sienta como impulsado por un resorte y dice:
-¿Me necesitas? Aquí estoy.
-No. Te he despertado como a todos, pero creías que era tu madre; entonces te he dado un beso, como hacen las madres.
Juan, sólo con la camisola interior (por haber utilizado como cobijas la túnica y el manto), se echa al cuello de Jesús, y ahí se refugia, con la cabeza entre el hombro y la cara, diciendo:
-¡Tú eres mucho más que mi madre! La he dejado por ti, lo contrario no lo haría; ella me ha traído a este mundo, Tú me has dado a luz para el Cielo. Yo esto lo sé.
-¿Qué otras cosas sabes más que los otros?
-Lo que me ha dicho el Señor en esta gruta. Jesús, no he ido ninguna vez a tu cueva, lo cual creo que habrá sido interpretado por los compañeros como indiferencia y soberbia, pero no me importa lo que piensen. Sé que sabes la verdad. No iba donde Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, pero lo que Tú eres en el seno del Fuego que es el Amor eterno de la Trinidad Santísima, su Naturaleza, su Esencia, su verdadera Esencia -¡la verdad es que no sé expresar todo lo que he comprendido en esta tétrica cueva oscura que de tantas luces se ha llenado para mí; en esta fría caverna en que he ardido en un fuego que no tenía forma sensible pero que ha entrado a mis adentros encendiéndolos con llama de dulce martirio; en este antro silencioso, que me ha cantado verdades celestiales! -, lo que Tú eres, Segunda Persona del inefable Misterio que es Dios y que yo penetro porque Dios me ha aspirado hacia sí, eso, lo he tenido siempre conmigo.
Todos mis deseos, lágrimas, preguntas se han derramado sobre tu pecho divino, Verbo de Dios. Y ninguna de las palabras, entre las tantas que te he escuchado, ha tenido la amplitud de la que aquí me has dicho, Tú, Dios Hijo, Tú, Dios como el Padre, Tú, Dios como el Espíritu Santo, Tú, Tú que eres el perno de la Tríada… ¡Oh, quizás es una blasfemia, pero me parece que es así, porque sin ti, amor del Padre y al Padre, faltaría el Amor, el Divino Amor, y la Divinidad ya no sería Trina, y le faltaría el atributo más propio de Dios: su amor! ¡Oh, mucho tengo aquí dentro, pero es como agua que gorgotea contra un dique sin poder salir… y me da la impresión de que fuera a morir por lo violento y sublime de la convulsión que ha penetrado mi corazón desde que te he comprendido… Y por nada del mundo querría verme despojado de ello… ¡Haz que muera de este amor, mi dulce Dios!
Juan sonríe y llora, agitado, de su amor encendido, abandonado sobre el pecho de Jesús, como si la llama lo dejase sin fuerzas. Y Jesús, lleno también de amor, lo acaricia con ternura.
Juan se recobra en un repente de humildad que le hace suplicar:
-No les digas a los otros lo que te he manifestado, aunque ellos también habrán sabido vivir de Dios como yo he vivido estos días; deja sobre mi secreto la piedra del silencio.
-Puedes estar seguro, Juan; ninguno sabrá de tu desposorio con el Amor. Vístete, ven, que tenemos que marcharnos.
Jesús sale y va al sendero donde ya esperan los otros. Los rostros muestran un aspecto más venerable, más recogido; los ancianos parecen patriarcas, los jóvenes tienen traza de madurez, de dignidad, celada antes bajo la juventud.
Judas Iscariote mira a Jesús con una tímida sonrisa en su rostro signado por el llanto, y Jesús lo acaricia al pasar. Pedro no habla -cosa tan extraña en él, que llama la atención más que cualquier otro cambio-; mira atentamente a Jesús con una dignidad nueva, que parece despejarle más esa frente suya ya con entrantes, más severo esa mirada fina que antes brillaba todo de perspicacia. Jesús lo llama a su lado, y lo tiene ahí, junto a sí, en espera de Juan, que por fin sale, con un rostro que no sé si decir que está más pálido o más rojo (eso sí, encendido por una llama que, aun no mudando el color, es patente). Todos lo miran.
-Ven aquí, Juan, junto a mí; y tú, Andrés, y tú, Santiago de Zebedeo; también tú, Simón, y tú, Bartolomé, y Felipe y vosotros, hermanos míos, y Mateo. Judas de Simón, aquí, frente a mí. Tomás, ven aquí. Sentaos. Tengo que hablaros.
Se sientan, apacibles como niños, todos un poco absortos en su mundo interior, y, a pesar de todo, más atentos que nunca a Jesús.
-¿Sabéis lo que he hecho con vosotros? Todos lo sabéis. El alma se lo ha dicho a la razón. El alma, que ha sido reina estos días, le ha enseñado a la razón dos grandes virtudes: la humildad y el silencio, hijo de la humildad y de la prudencia, que a su vez son hijas de la caridad.
Hace sólo ocho días, habríais venido a proclamar -cual hábiles niños cuyo deseo es dejar asombrados a los demás, superar a su rival -vuestras capacidades, vuestros nuevos conocimientos; sin embargo, ahora calláis. De niños habéis pasado a adolescentes, y sabéis que un tipo de proclamación como el que he mencionado podría hacerle sentirse poco al otro, quizás menos favorecido por Dios, y por eso no habláis.
Sois como muchachas que han dejado de ser impúberes: ha nacido en vosotros el santo pudor de la metamorfosis que os ha revelado el misterio nupcial de las almas con Dios.
Estas cuevas el primer día os parecieron frías, hostiles, repelentes… ahora las miráis como a perfumadas y luminosas cámaras nupciales. En ellas habéis conocido a Dios. Antes sabíais acerca de Él, pero no lo conocíais en esa intimidad que hace de dos uno. Entre vosotros hay hombres que están casados desde hace años; otros que tuvieron sólo falaces relaciones con mujeres; algunos que, por distintas causas, son castos. Mas los castos ahora saben como los casados lo que es el amor perfecto; es más, puedo decir que ninguno como quien desconoce todo apetito carnal sabe lo que es el amor perfecto, porque Dios se revela a los vírgenes en toda su plenitud, tanto por la propia delicia de darse a quien es puro -reconociendo parte de sí mismo, Purísimo, en la criatura exenta de toda lujuria -, como para compensarle por cuan-to se niega por amor a Él.
En verdad os digo que por el amor que os tengo y por la sabiduría que poseo, si no debiera llevar a cabo la obra del Padre, querría teneros aquí, estar con vosotros, alejados de la gente; ciertamente haría de vosotros, solícito, grandes santos; ya no tendríais momentos de desconcierto, o defecciones, caídas o perdidas de ritmo o vueltas atrás. Pero no puedo. Debo continuar mi camino, y también vosotros. El mundo nos espera, este mundo profanado y profanador que necesita maestros y redentores.
Yo os he querido dar a conocer a Dios para que lo amarais mucho más que al mundo, el cual con todos sus afectos no vale lo que una sola sonrisa de Dios. He querido que pudierais meditar sobre lo que es el mundo y sobre lo que es Dios para que aspirarais a lo mejor. En este momento aspiráis sólo a Dios.
¡Oh, si pudiera dejaros fijos en esta hora, en esta aspiración! Pero el mundo nos espera, e iremos a ese mundo que espera, por la santa Caridad, que, de igual modo que me ha enviado a mí al mundo, os envía a vosotros por imperativo mío. Pero -os lo suplico -como se guarda una perla en un cofre, guardaos bien el tesoro de estos días en que vuestra mirada y vuestros cuidados han estado dirigidos a vosotros mismos, de estos días en que os habéis erguido, y procurado vestiduras nuevas, y habéis contraído esponsales con Dios… en vuestro corazón; como las piedras del testimonio, elevadas por los Patriarcas a recuerdo de las alianzas con Dios, conservad y custodiad estos preciosos recuerdos en vuestro corazón.
A partir de hoy ya no sois sólo los discípulos predilectos, sino que sois los apóstoles, cabezas de mi Iglesia; de vosotros brotarán -y esto siempre -todas sus jerarquías; seréis llamados maestros, teniendo como Maestro a vuestro Dios en su triple potencia, sabiduría y caridad.
No os he elegido porque seáis los que más lo merecéis, sino por un complejo de causas que no es necesario que conozcáis ahora. Os he elegido en vez de a los pastores, que son mis discípulos desde mis primeros vagidos. ¿Por qué lo he hecho? Porque era lo correcto. Entre vosotros hay galileos y judíos, instruidos y no instruidos, ricos y pobres; esto por el mundo, para que no diga que he preferido a una sola categoría… Mas vosotros no daríais abasto a todo lo que hay que hacer, ni ahora ni en el futuro.
Quizás no todos os acordéis de un punto del Libro. Os lo recuerdo. En el segundo libro de los Paralipómenos, capítulo 29, se narra cómo Ezequías, rey de Judá, hizo purificar el Templo, y cómo, una vez purificado, ordenó sacrificar por el pecado, por el reino, por el santuario y por Judá; y cómo luego comenzaron las ofrendas individuales…; mas, no siendo suficientes los sacerdotes para las inmolaciones, se recurrió a los levitas, consagrados con rito más breve que el de los sacerdotes.
Esto mismo haré Yo. Vosotros sois los sacerdotes, a quienes Yo, Pontífice eterno, he preparado larga y atentamente; pero no dais abasto al trabajo, cada vez mayor, de inmolación de cada hombre en particular al Señor su Dios, por lo cual asocio a vosotros a los discípulos, a los que siguen siendo, eso, discípulos: los que nos esperan al pie del monte, los que ya están más arriba, los que ahora se encuentran esparcidos por la tierra de Israel y que llegará el momento en que lo estén por todas las partes de la Tierra. Ellos recibirán encargos iguales -porque una es la misión -, pero ante los ojos del mundo estarán encuadrados de forma distinta (no ante los ojos de Dios, que es justo, de forma que el discípulo oculto, ignorado por los apóstoles y por sus compañeros, si vive santamente, llevando almas a Dios, será mayor que aquel otro apóstol, conocido, que de apóstol no tiene sino el nombre y que rebaja su dignidad de apóstol al nivel de intereses humanos).
La tarea de los apóstoles y discípulos será siempre la de los sacerdotes y levitas de Ezequías: practicar el culto, derribar las idolatrías, purificar los corazones y los lugares, predicar al Señor y su Palabra. No existe tarea más santa sobre la faz de la tierra, ni tampoco dignidad más alta que la vuestra. Precisamente por esto es por lo que os dicho: "Escuchaos. Examinaos".
¡Ay del apóstol que caiga!: arrastrará consigo a muchos discípulos, y a su vez éstos arrastrarán a un número aún mayor de fieles, y la ruina será cada vez mayor, cual alud en movimiento o círculo que va extendiéndose cada vez más en la superficie de un lago cuando una y otra vez lanzan piedras al mismo punto.
¿Vais a ser todos perfectos? No. ¿Va a durar el espíritu de ahora? No. El mundo lanzará sus tentáculos para ahogar vuestra alma. La victoria del mundo -que es hijo de Satanás en cinco de sus partes, siervo de Satanás en otras tres partes, apático respecto a Dios en las otras dos -consiste en extinguir las luces en los corazones de los santos. Defendeos por vosotros mismos contra vosotros, contra el mundo, la carne y el demonio; pero, sobre todo, defendeos de vosotros mismos. ¡Alerta, hijos, contra la soberbia, la sensualidad, la doblez, la tibieza, el sopor espiritual, la avaricia! Cuando el yo inferior hable de supuestas crueldades que le perjudican, y lloriquee, imponedle silencio diciendo: "Por un brevísimo tiempo de privación a que te someto, te procuro para siempre el banquete extático que recibí en la cueva de la montaña al terminar la luna de Sabat".
Vamos. Vamos a donde los demás, que en gran número me esperan. Luego iré unas horas a Tiberíades. Vosotros, predicándome, iréis a esperarme al pie del monte que está en el camino de Tiberíades al mar; os alcanzaré y subiré para predicar. Tomad alforjas y mantos. La estancia aquí ha terminado, la elección se ha cumplido.