por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Las barcas de Pedro y Juan surcan las aguas serenas del lago. Van seguidas -yo creo -de todas las embarcaciones de las orillas de Tiberíades. Son muchísimas las barcas, más o menos grandes, que van y vienen, tratando de alcanzar o pasar a la barca de Jesús para volverse a poner luego detrás. Ruegos, súplicas, clamor, peticiones… se entrecruzan sobre las azules olas.
Jesús, que lleva en su barca a María y a la madre de Santiago y Judas (mientras que en la otra barca están María Salomé con su hijo Juan y Susana), promete, responde, bendice… incansablemente. «Volveré, sí, os lo prometo. Sed buenos. Recordad mis palabras para unirlas a las que en otro momento os diré. La separación será breve. No seáis egoístas, he venido también para los otros. ¡Calma, calma, que os vais a hacer daño! Sí, oraré por vosotros, siempre me tendréis a vuestro lado. El Señor sea con vosotros. Sí, me acordaré de tus lágrimas; serás consolado. Ten esperanza, ten fe».
Así, avanzando, bendiciendo, prometiendo, la barca llega a la orilla. No es Tiberíades. Es un pueblecillo minúsculo: un puñado de casas, pobres, casi abandonadas. Jesús y los suyos ponen pie en tierra. Las barcas regresan guiadas por los peones y por Zebedeo. Las otras hacen lo mismo, aunque muchos de los que venían bajan y quieren a toda costa seguir a Jesús; entre éstos veo a Isaac con los dos que le han sido confiados, o sea, José y Timoneo. No reconozco a otros de entre la mucha gente que hay, de todas las edades (desde adolescentes a ancianos).
Los pocos habitantes del pueblecillo, andrajosos, para quienes Jesús había indicado que se dieran unas limosnas, se quedan más o menos indiferentes a su paso. Jesús vuelve al camino principal, se detiene y dice:
-Separémonos ahora. Madre, tú con María y Salomé marchad a Nazaret. Susana puede volver a Caná. Regresaré pronto.
-Ya sabéis lo que hay que hacer. ¡Que Dios sea con vosotras!
Y de su Madre se despide de forma especial, con una sonrisa llena; luego vuelve a sonreír cuando María, dando ejemplo a las otras, se arrodilla para que Jesús la bendiga.
Las mujeres que van con Alfeo de Sara y con Simón se ponen en camino hacia sus ciudades.
Jesús se vuelve hacia los restantes:
-Os dejo. No es que os despida. Os dejo sólo un tiempo. Me retiro con éstos a aquellos desfiladeros que veis allá. Quien me quiera esperar que se quede en esta llanura; el que no, que vuelva a su casa. Me retiro a orar porque es la vigilia de grandes cosas. Quien ama la causa del Padre que ore unido en espíritu a mí. La paz sea con vosotros, hijos. Isaac, ya sabes lo que debes hacer. Te bendigo, pequeño pastor.
Jesús sonríe al enjuto Isaac, ahora pastor de hombres reagrupados en torno a él.
Jesús se echa a andar dando las espaldas al lago, dirigiéndose con decisión hacia uno de los desfiladeros que hay entre las colinas que van en líneas, yo diría casi paralelas, desde el lago hacia el Oeste. Entre las dos colinas rocosas, escabrosas, abiertas a pico como un fiordo, desciende, con no poco ruido, un torrentillo espumoso; hacia arriba, el monte agreste, con míseras plantas que crecen en todas las direcciones -como pueden -entre piedra y piedra. Un sendero de cabras acomete la colina más abrupta; es precisamente el que toma Jesús.
Los discípulos le siguen fatigosamente, en fila india, en el más absoluto de los silencios. Sólo cuando Jesús se detiene para que cojan respiro -en un lugar, un poco más ancho, de este sendero que asemeja a un arañazo en la riscosa ladera intransitable -ellos se miran, aunque sin hablarse. Sus miradas dicen: « ¿Y a dónde nos lleva?».
Pero no hablan, sólo se miran, y cada vez con más desconsuelo a medida que ven que Jesús reemprende una y otra vez la marcha por la agreste garganta, llena de cuevas, de resquebrajaduras en las peñas, de rocas por las que es difícil andar porque además hay espinos y mil otras matas en que se enzarzan los pies, y que aferran los vestidos por todas partes y arañan, y dan en la cara. Incluso los más jóvenes, con pesados fardos a las espaldas, han perdido el buen humor. Finalmente Jesús se para y dice:
-Aquí nos vamos a quedar una semana en oración… para prepararos a algo muy importante. Por eso he deseado un lugar como éste, aislado, desierto, lejos de todo tránsito de caravanas y de todo lugar habitado. Aquí hay cuevas ya utilizadas otras veces por otros hombres; nos servirán también a nosotros. Aquí hay agua fresca y abundante, aunque el terreno sea seco. Tenemos pan y comida suficiente para el tiempo que vamos a estar. Los que el año pasado estuvieron conmigo en el desierto saben cómo viví Yo; esto es un palacio respecto a aquel lugar, y además la estación -ya agradable -nos ahorrará las inclemencias del hielo y del sol. Tened buen ánimo, pues. Quizás no volvamos a estar así, todos juntos y solos. Este tiempo que vamos a pasar aquí debe uniros, haciendo de vosotros no ya doce hombres sino una sola institución.
-¿No decís nada? ¿No me preguntáis nada? Colocad en esa peña los pesos que lleváis y despeñad ese otro peso que tenéis en el corazón: vuestra humanidad. Os he traído aquí para hablaros al espíritu, para nutriros el espíritu, para haceros espíritu. No diré muchas palabras; ¡muchas os he dicho ya en aproximadamente un año que llevo con vosotros! Ahora ya basta. Si tuviera que cambiaros con la palabra debería teneros diez, cien años, y aun así seríais siempre imperfectos.
Ha llegado el momento de que haga uso de vosotros, pero para ello os debo formar. Recurro a la medicina de la oración, que es el arma por antonomasia. Siempre he orado por vosotros, ahora quiero que seáis vosotros mismos quienes oréis. Todavía no os enseño mi oración, pero sí os doy a conocer ya el modo de orar y lo que es la oración:
coloquio de hijos con su Padre, de espíritus a Espíritu, abierto, cálido, confidencial, recogido, franco.
La oración lo es todo: confesión, conocimiento de nosotros mismos, llanto por nosotros mismos, promesa a nosotros mismos y a Dios, petición a Dios; todo hecho a los pies del Padre. No puede hacerse en medio del bullicio, entre distracciones, a menos que se sea un coloso en la oración (y, aun así, incluso los colosos se resienten de este choque y ruido del mundo en sus horas de oración).
Vosotros no sois colosos, sois pigmeos; sois sólo párvulos en el espíritu, parvos del espíritu. Aquí alcanzaréis la edad de la razón espiritual. Lo demás vendrá después. Por la mañana temprano, a la meridiana y al atardecer, nos reuniremos para orar juntos, con las antiguas palabras de Israel, y para partir el pan; luego cada uno volverá a su cueva y estará en presencia de Dios y de su alma, en presencia de cuanto os he dicho acerca de vuestra misión y en presencia de vuestras capacidades.
Medíos, escuchad, decidid. Esta será la última vez que os lo diga.
Luego tendréis que ser perfectos, hasta donde podéis, sin cansancio ni humanidad; luego ya no seréis Simón de Jonás o Judas de Simón, ni Andrés o Juan, Mateo o Tomás, sino que seréis mis ministros. Marchad. Cada uno solo. Yo estaré en aquella cueva, siempre presente. No vengáis sin serio motivo. Tenéis que aprender a valeros por vosotros mismos y a estar solos. Porque, en verdad os digo que hace un año estábamos para conocernos y dentro de dos estaremos para dejarnos. ¡Ay de vosotros y ay de mí si no hubierais aprendido a valeros por vosotros mismos! Dios sea con vosotros.
Judas, Juan, llevad a mi cueva, a aquélla, las provisiones; deben durar, así que las distribuiré Yo.
-¡Serán pocas!… -objeta alguien.
Lo suficiente para no morir. El vientre demasiado sacio carga el espíritu. Yo deseo elevaros, que no haceros lastre.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Hay muchas cosas que hacer hoy en casa de Elí. Siervos y siervos que van y vienen, y, entre ellos -granujilla feliz -, el pequeño Eliseo. Aparecen dos personajes pomposos, y luego otros dos más; reconozco a los dos primeros: son los que habían ido con Elí a casa de Mateo. A los otros dos no los conozco, pero sí oigo sus nombres: Samuel y Joaquín. El último en llegar es Jesús, que viene con Judas Iscariote.
Grandes saludos recíprocos y luego la pregunta:
-¿Sólo con éste? ¿Y los otros?
-Están en la campiña. Regresan a la noche.
-Lo siento. Creía que fuera… Ayer por la tarde te invité sólo a ti, pero en ti estaban comprendidos todos los tuyos. Ahora me viene el temor de que se hayan sentido ofendidos, o… o que se desdeñen de venir a mi casa… por animosidades del pasado, claro». (El anciano ríe).
-¡No, no! Mis discípulos no conocen susceptibilidades de orgullo ni rencores incurables.
-¡Claro, claro! Muy bien. Entremos pues.
El consabido ceremonial de purificaciones para luego ir hacia la sala del convite, que da al vasto patio en que las primeras rosas ponen ya una nota alegre.
Jesús acaricia al pequeño Eliseo, que está jugando en el patio y que del pasado peligro no tiene sino cuatro señales rojas en la manita. Ya no le queda ni siquiera el recuerdo del miedo pasado; sí se acuerda, eso sí, de Jesús, y quiere besarlo y que Jesús lo bese, con la espontaneidad de los niños; le habla entre su pelo, circundando con sus bracitos el cuello de Jesús, confiándole que cuando sea mayor irá con Él; y pregunta:
-¿Me aceptas?
-Yo acepto a todos. Sé bueno y vendrás conmigo.
El niño se va dando brincos.
Se sientan a la mesa. Elí quiere ser tan perfecto, que pone a su lado a Jesús y al otro lado a Judas, el cual se encuentra así entre Elí y Simón, como Jesús entre Elí y Urías.
Empieza la comida. Al principio, temas de conversación un tanto vagos; luego, más interesantes; y, dado que las heridas duelen y las cadenas pesan, sale la eterna cuestión de la esclavitud de Palestina respecto a Roma. No sé si es fingimiento, no sé si hay mala intención o no, lo que sí sé es que los cinco fariseos se quejan de nuevos atropellos -que catalogan de sacrílegos -por parte de los romanos, y que quieren interesar a Jesús en la discusión.
-¿Comprendes? ¿Quieren conocer con todo detalle nuestras ganancias! Y, como han visto que nos reunimos en las sinagogas para hablar de esto y de ellos, pues amenazan con entrar en ellas sin respeto. ¡Temo que un buen día entren incluso en las casas de los sacerdotes! -grita Joaquín.
-¿Y Tú qué dices? ¿No te disgusta?» pregunta Elí.
Jesús, interpelado directamente, responde:
-Como israelita, sí; como hombre, no.
-¿Por qué esta distinción? No comprendo. ¿Eres dos en uno?
-No. Pero en mí se dan la carne y la sangre, lo animal en pocas palabras, y el espíritu. El espíritu de israelita deferente para con la Ley se resiente por estas profanaciones, mas la carne y la sangre no, porque no tengo el aguijón que os punza a vosotros.
-¿Cuál?
-El interés. Decís que os reunís en las sinagogas para hablar también de negocios sin temor a oídos indiscretos, y teméis no poder seguir haciéndolo -y, por tanto, no poder esconderle al fisco ni una miaja, con lo cual la tasación estaría en proporción exacta al haber -. Yo no poseo nada. Vivo de la bondad del prójimo y amando al prójimo. No tengo objetos de oro, ni campos ni viñas ni casas, aparte de la casita materna de Nazaret, que es tan pequeña y pobre, que el fisco ni la considera. Por eso no me punza el temor a ser descubierto en declaración mendaz, ni a que tasen mis bienes y me castiguen. Sólo poseo la Palabra que Dios me ha dado y que Yo doy, y ésta es una cosa tan alta, que en manera alguna puede verse afectada por el hombre.
-Pero, si estuvieras en nuestro lugar, ¿cómo te comportarías?
-Mirad, no os lo toméis a mal si os digo claramente lo que pienso, que es muy distinto de lo que pensáis vosotros. En verdad os digo que Yo actuaría de distinta forma.
-¿Cómo?
-Sin lesionar la santa verdad, que es siempre una sublime virtud, aunque se aplique a cosas tan humanas como son los impuestos.
-¿Y entonces? ¡Y entonces? ¡Nos desollarían! ¿No te das cuenta de que tenemos mucho y de que deberíamos dar mucho?
-Vosotros lo habéis dicho: Dios os ha concedido mucho; en proporción, mucho debéis dar. ¿Por qué actuar mal -como por desgracia sucede -, tanto que al final sea el pobre quien reciba tasación desproporcionada?
La verdad es que sabemos que en Israel hay muchos impuestos injustos, impuestos nuestros y que son para beneficio de los grandes, que ya tienen mucho, y para desesperación de los pobres que deben pagarlos, estrujándose hasta pasar incluso hambre. La caridad para con el prójimo no aconseja esto.
Nosotros israelitas deberíamos preocuparnos porque nuestras espaldas soportasen el peso del pobre.
-¡Hablas así porque eres pobre!
-No, Urías; hablo así porque es lo justo. ¿Por qué Roma igualmente nos ha podido -y sigue pudiendo -esquilmar de esta manera?
Porque hemos pecado y porque los rencores nos dividen (el rico odia al pobre y el pobre al rico), y porque no hay justicia y el enemigo se aprovecha de ello para subyugarnos.
-Has hecho alusión a más de un motivo… ¿Cuáles otros?
-Yo no iría contra la verdad alterando el carácter del local consagrado al culto, haciendo de él un seguro refugio de cosas humanas.
-Nos estás censurando.
-No. Estoy respondiendo. Escuchad más bien vuestra conciencia. Sois maestros, por tanto…
-Pienso que ya sería hora de sublevarse, de rebelarse, de castigar al invasor y restablecer nuestro reinado.
-¡Cierto! ¡Cierto! Tienes razón, Simón. Pero aquí está el Mesías; debe hacerlo Él-responde Elí.
-Pero el Mesías, por ahora -perdona, Jesús -es sólo Bondad; anima a todo excepto a la insurrección. Actuaremos nosotros y…
-Simón, escucha. Piensa en el libro de los Reyes. Saúl estaba en Guilgal; los filisteos en Mikmás; el pueblo tenía miedo, se desbandaba; el profeta Samuel no venía.
Saúl quiso adelantarse al siervo de Dios y ofreció por su cuenta el sacrificio. Piensa en la respuesta que Samuel, que se presentó al improviso, dio al imprudente rey Saúl:
"Te has comportado neciamente, no has observado las órdenes que el Señor te había dado. Si no hubieses hecho esto, ahora el Señor habría establecido para siempre tu reinado en Israel. Sin embargo, ahora tu reino no perdurará".
Una acción intempestiva y soberbia no benefició ni al rey ni al pueblo. Dios sabe la hora, no el hombre; Dios conoce los medios, el hombre no. Dejad actuar a Dios, mereciendo su ayuda con una conducta santa. Mi Reino no es ni de rebelión ni de brutalidad, pero se establecerá; no será para pocos, será universal. Dichosos los que a él se agreguen -no inducidos a error por mi apariencia humilde según el espíritu terreno -y me sientan el Salvador. No temáis. Seré Rey, el Rey nacido de Israel, el que ha de extender su Reino sobre toda la Humanidad. Vosotros, maestros de Israel, no interpretéis mal mis palabras, ni las de los Profetas que me anunciaron. Ningún reino humano, por muy poderoso que sea, es ni universal ni eterno.
Los Profetas dicen que el mío tendrá estas características. Que esto os dé luz acerca de la verdad y espiritualidad de mi Reino. Ahora os dejo. De todas formas quisiera pedirle una cosa a Elí.
Aquí está tu bolsa. Simón de Jonás tiene alojada a una pobre gente proveniente de los más distintos lugares. Ven conmigo para darles el óbolo del amor. La paz sea con todos vosotros.
-No te marches todavía -le ruegan los fariseos.
-Debo hacerlo; hay enfermos de la carne y del corazón que esperan consuelo. Mañana iré lejos. No quiero que ninguno me vea partir y se sienta desilusionado.
-Maestro, soy viejo y estoy ya cansado. Ve Tú en nombre mío. Llevas contigo a Judas de Simón. Lo conocemos bien…
Haz como mejor creas. Que Dios te acompañe.
Jesús sale con Judas, el cual, en cuanto ponen pie en la plaza, dice:
-¡Vieja víbora! ¿Qué habrá querido decir?
-¡Pero hombre no te preocupes! O, mejor aún, piensa que ha querido alabarte.
-¡Imposible, Maestro! Esas bocas jamás alaban a quien hace el bien; quiero decir que nunca elogian con sinceridad. ¿Y respecto a no venir?… Es porque siente repugnancia de los pobres y tiene miedo a que lo maldigan. Efectivamente, ha atormentado mucho a los pobres de esta zona; lo puedo jurar sin temor. Por eso…
-Tranquilo, Judas, tranquilo. Déjale a Dios que juzgue.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús está llegando en barca a Cafarnaúm. El ocaso está muy próximo. Todo el lago es un cabrilleo amarillo-rojo.
Mientras las dos barcas realizan las maniobras para arrimarse a la orilla, Juan dice: -Voy enseguida a la fuente por agua para que puedas calmar tu sed.
Y Andrés exclama:
-El agua aquí es buena.
-Sí, es buena, y vuestro amor me la hace todavía mejor.
-Yo llevo el pescado a casa. Las mujeres lo prepararán para la cena. ¿Nos vas a hablar después a nosotros y a ellos?
-Sí, Pedro.
-Ahora volver a casa es más agradable. Antes parecíamos un grupo de nómadas; ahora, con las mujeres, hay más orden, más amor. ¡Y además… ver a tu Madre me quita inmediatamente el cansancio! No sé…
Jesús sonríe y guarda silencio.
La barca roza ya en la grava de la orilla. Juan y Andrés, vestidos solo con las camisolas cortas, saltan al agua y, ayudados por los mozos, tiran de la barca hacia la orilla, y para bajar ponen una tabla como puente. El primero en hacerlo es Jesús, que espera a que llegue a la orilla la segunda barca para unirse a todos los suyos. Luego se dirigen hacia la fuente caminando despacio: es una fuente natural, un manantial que está un poco fuera del pueblo.
Brota un agua fresca, abundante, argentina, que va a caer a una pileta de piedra; es muy cristalina e invita a beber. Juan, que se ha adelantado corriendo con el ánfora, vuelve ya y ofrece a Jesús el cántaro, que todavía gotea. Jesús bebe copiosamente.
-¡Cuánta sed tenías, Maestro mío! Y yo, estúpido de mí, no me había procurado agua.
-No tiene importancia, Juan; ahora ya todo ha pasado -y le hace una caricia.
Ya van a volverse cuando ven que llega, a toda la velocidad de que es capaz, Simón Pedro, que había ido a casa a llevar su pescado.
-¡Maestro! ¡Maestro! -grita con el respiro entrecortado -El pueblo está revolucionado porque el único nieto de Elí el fariseo se está muriendo. Le ha mordido una serpiente. Había ido, precisamente con su abuelo -aunque contra la voluntad de su madre -, al olivar que tienen. Elí estaba vigilando unos trabajos mientras el niño jugaba al lado de las raíces de un viejo olivo; ha metido la mano en un agujero esperando encontrar una lagartija y ha encontrado esa serpiente. El anciano está como enloquecido. La madre del niño -que, dicho sea de paso, odia a su suegro, y con razón -le acusa de ser un asesino. El niño se está enfriando por momentos. Son parientes, pero no se han querido; ¡y más allegados que ellos…!
-¡Mala cosa los odios entre familiares!
-Maestro, yo digo, de todas formas, que es que las serpientes no han querido a la serpiente, o sea, a Elí, y le han matado a su serpientita. Siento que me haya visto, porque me ha gritado a mis espaldas preguntándome si estabas Tú. También lo siento por el pequeño; era un niño hermoso y no tiene la culpa de ser nieto de un fariseo.
-Sí, no tiene culpa de ello…
Dirigen sus pasos hacia el pueblo. En esto, ven que viene hacia ellos mucha gente gritando y llorando, encabezados por el anciano Elí.
-¡Ha dado con nosotros! ¡Regresemos!
-¿Por qué? Ese anciano está sufriendo.
-Recuerda que ese anciano te odia. Es uno de los primeros y más feroces acusadores tuyos ante el Templo.
-Lo que recuerdo es que soy la Misericordia.
E1 anciano Elí, despeinado, profundamente turbado, con todos sus indumentos en desorden, corre hacia Jesús, con los brazos tendidos hacia adelante, y se derrumba a sus pies gritando:
-¡Piedad! ¡Piedad! ¡Perdón! No te vengues de mi dureza en el inocente. ¡Sólo Tú puedes salvarlo! Dios, tu Padre, te ha traído aquí. ¡Yo creo en ti! ¡Te venero! ¡Te amo! ¡Perdón! He sido injusto, un embustero… Pero ya he recibido mi castigo. Estas horas son ya suficiente castigo. ¡Socórreme! ¡Es el varón, el único hijo de mi hijo varón ya difunto! Y ella me acusa de haberlo matado -y llora mientras golpea repetidas veces su cabeza contra el suelo.
-¡Ánimo! No llores de ese modo. ¿Es que quieres morir? No te podrás ocupar del crecimiento de tu nieto.
-¡Se está muriendo! ¡Se está muriendo! Quizás ya esté muerto. No te opongas a que muera yo también. Todo, menos vivir en esa casa vacía. ¡Oh…, qué tristes mis últimos días!
-Elí, levántate. Vamos…
-¿Vienes? ¿Vienes Tú? ¿Pero sabes quién soy yo?
-Un desdichado. Vamos.
El anciano se pone en pie y dice:
-Te precedo. ¡Corre, corre, no te demores! -y se marcha veloz a causa de la desesperación que le punza el corazón.
-Pero, Señor, ¿crees que lo vas a cambiar con esto? ¡Oh…, es un milagro desperdiciado! ¡Deja que muera esa serpientita! Se morirá también el viejo de un ataque al corazón, y… así uno menos se te cruzará en tu camino.
Dios ha resuelto…
-¡Simón! En verdad te digo que ahora la serpiente eres tú.
Jesús rechaza severamente a Pedro, el cual se queda cabizbajo, pero sigue andando.
En la plaza más grande de Cafarnaúm hay una hermosa casa, delante de la cual hay mucha gente produciendo un verdadero estrépito… Jesús se dirige a esta casa.
Estando ya para llegar, el anciano sale por la puerta, que está abierta de par en par, seguido de una mujer toda desgreñada que lleva estrechado entre sus brazos a una criaturita agonizante. El veneno ya paraliza los órganos, ya está cercana la muerte. La manita herida pende con la señal del mordisco en la base del dedo pulgar. Elí no hace sino gritar:
-¡Jesús! ¡Jesús!
Y Jesús, estrujado, rodeado por una multitud que se le echa materialmente encima, casi impedido en sus movimientos, coge la manita y se la lleva a la boca, succiona en la herida, sopla ligeramente en la carita cérea de ojos entrecerrados y vítreos; luego se endereza y dice:
-Ahora el niño se está despertando. No lo asustéis con esos rostros desencajados, que ya de por sí tendrá miedo por el recuerdo de la serpiente.
Así es. El pequeño, cuyo rostro se sonrosa, abre la boca emitiendo un prolongado bostezo, se restriega los ojillos, los abre y… se queda atónito al verse entre tanta gente.
Luego le viene el recuerdo y trata de salir corriendo, dando un salto tan repentino que se habría caído si Jesús no hubiera estado preparado para recibirlo en sus brazos.
-¡Tranquilo, tranquilo! ¿De qué tienes miedo? ¡Mira qué bonito sol! Allí está el lago; allí, tu casa; aquí, tu mamá y tu abuelo.
-¿Y la serpiente?
-Ya no está. Estoy Yo.
-Tú. Sí…
El niño se para a pensar un poco. Luego -voz de la verdad inocente -dice:
-Me decía mi abuelo que te llamase "maldito", pero no lo quiero hacer; yo te quiero.
-¿Yo? ¿Yo he dicho esto? Este niño delira. No creas esto, Maestro. Yo te he respetado siempre. (Va desapareciendo el miedo y reemerge el viejo modo de ser).
-Las palabras tienen y no tienen valor; las tomo por lo que valen. Adiós, pequeño; adiós, mujer; adiós, Elí.
Quereos, y queredme, si podéis.
Jesús se vuelve y se dirige hacia la casa en que reside.
-Maestro, ¿por qué no has hecho un milagro espectacular? Habrías debido mandar al veneno que saliera del niño, mostrarte Dios. Sin embargo, te has limitado a succionar el veneno como un pobre hombre cualquiera -Judas de Keriot está poco contento; quería una cosa espectacular.
También otros son de la misma opinión.
-Deberías haberle aplastado a ese enemigo con tu poder.
¿Has visto cómo enseguida ha vuelto a segregar veneno?
-No importa el veneno; considerad, más bien, que si hubiera actuado como queríais vosotros, habría dicho que me ayudaba Belcebú. Esa alma suya en estado calamitoso puede admitir mi potencia de médico, pero no más. El milagro conduce a la fe a quienes ya van por ese camino, mas en los que no tienen humildad -la fe prueba siempre la existencia de humildad en un alma -conduce a blasfemar; mejor, por tanto, evitar incurrir en este peligro recurriendo a formas de vistosidad humana. Es la miseria de los incrédulos, la incurable miseria; ninguna moneda la elimina, porque ningún milagro los lleva a creer ni a ser buenos. No importa: Yo, mi misión; ellos, su adversa ventura.
-¿Y entonces por qué lo has hecho?
-Porque soy la Bondad, y para que no se pueda decir que he usado venganza con los enemigos o que he provocado a los provocadores. Acumulo carbones sobre su cabeza, y ellos me los dan para que los acumule. Tranquilo, Judas de Simón.
Tú trata de no hacer como ellos basta. Y basta. Vamos con mi Madre; se alegrará al saber que he curado a un pequeñuelo.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-¡Maestro! ¡Maestro! ¿Sabes quién nos precede? ¡El rabí Gamaliel! Está sentado con sus servidores en la sombra del bosque, protegido del viento. Es una caravana. Están asando un cordero. ¿Y ahora qué hacemos?
-Pues lo que queríamos hacer, amigos. Nosotros vamos por nuestro camino…
-Pero Gamaliel es del Templo».
-Gamaliel no es malo. No tengáis miedo. Voy Yo adelante.
-¡Voy también yo! -dicen al unísono los dos primos, todos los galileos y Simón. Sólo el Iscariote y un poco menos Tomás muestran pocas ganas de continuar el camino, pero siguen a los otros.
Unos metros todavía por un camino montañoso encajado entre las paredes boscosas del monte… Luego el camino gira y llega a una especie de pequeña meseta, a la que atraviesa, ensanchándose, para luego volver a estrecharse y a hacerse tortuoso bajo un techo de ramas entrelazadas. En el claro soleado del bosque, amparados por la sombra de las primeras hojas de los árboles, hay, bajo una rica tienda, un nutrido número de personas, y otros que, en un ángulo, están girando el cordero que tienen puesto sobre la llama.
¿Qué decir! ¡Gamaliel se cuida bien! Para un solo hombre que viaja -es decir, él -ha movilizado un regimiento de servidores con no sé cuánto equipaje. Ahora está allí, sentado, en el centro de su tienda: un telón extendido apoyado en cuatro palos dorados, una especie de baldaquino, bajo el cual hay unos asientos bajos cubiertos de cojines, y una mesa, que es una superficie montada sobre caballetes taraceados, aparejada con un finísimo mantel sobre el que los servidores disponen una valiosa vajilla. Gamaliel parece un ídolo: con las manos abiertas sobre las rodillas, rígido, hierático, parece una estatua.
En torno a él, los servidores se mueven y giran de un lado para otro como mariposas. Él está en otras cosas, está pensando: los párpados semicierran sus ojos severos; cuando los abre, dos oscurísimos ojos profundos y llenos de pensamiento se muestran en toda su severa belleza, a ambos lados de una nariz larga y fina, bajo una frente un poco calva de viejo, alta, signada por tres arrugas paralelas, con una gruesa vena azulada que dibuja casi una V en el centro de la sien derecha.
Los sirvientes se vuelven por el rumor de los pasos de los que llegan; también Gamaliel, el cual, al ver a Jesús, que viene el primero, hace un gesto de sorpresa y se pone en pie. Se acerca al límite de la tienda, pero no lo sobrepasa. Desde allí, con los brazos recogidos sobre el pecho, se inclina con gran reverencia. Jesús responde de la misma forma.
-¿Estás aquí, Rabí? -dice Gamaliel.
-Aquí estoy, rabí -responde Jesús.
-¿Se te puede preguntar a dónde te diriges?
-Con gusto te respondo: vengo de Neftalí y voy a Yiscala.
-¿A pie? Largo y penoso es el camino por estos montes. Te vas a cansar demasiado.
-Créeme, si me aceptan y prestan oído a mis palabras, todo cansancio cesa.
-Concédeme entonces, por una vez, que sea yo quien te proporcione descanso. El cordero ya está preparado. Habríamos dejado los restos a las aves, porque no acostumbro a llevármelos conmigo, así que no me supone ninguna dificultad invitaros a ti y a los tuyos. Soy amigo tuyo, Jesús. No te considero inferior a mí; antes al contrario, mayor.
-Lo creo. Acepto.
Gamaliel habla con un sirviente, que parece el primero en autoridad. Éste transmite la orden: prolongan la tienda y descargan de los muchos mulos que hay otros asientos para los discípulos de Jesús y otros objetos del servicio de mesa.
Traen las copas para la purificación de los dedos. Jesús, con la máxima majestuosidad, procede al rito mientras los apóstoles -observados con el rabillo del ojo, agudamente, por Gamaliel -lo hacen más mal que bien, excepto Simón, Judas de Keriot, Bartolomé y Mateo, más habituados a los refinamientos judaicos.
Jesús se ha puesto junto a Gamaliel, que está solo en uno de los lados de la mesa. Frente a Jesús, Simón Zelote. Después de la oración de ofrecimiento, recitada por Gamaliel con lentitud solemne, los sirvientes trinchan el cordero y lo distribuyen a los invitados, y llenan de vino las copas, o de agua de miel para quien lo prefiere.
-El azar nos ha reunido, Maestro. No me podía imaginar que te iba a encontrar, y menos aún dirigido a Yiscala.
-Me dirijo a todo el mundo.
-Sí. Eres el Profeta infatigable. Juan es el estable; Tú, el peregrino.
-Ello facilita a las almas el encontrarme.
-No diría yo lo mismo, porque si te mueves pierden tu pista.
-La pierden los enemigos, pero quienes desean acercarse a mí, porque aman la Palabra de Dios, me encuentran. No todos pueden venir al Maestro; por lo cual, el Maestro, deseoso de todos, va a ellos, haciendo así el bien a los buenos y evitando las conjuras de quienes le odian.
-¿Lo dices por mí? No te odio.
-No lo digo por ti. Pero, siendo justo y sincero como eres, podrás corroborar lo que acabo de decir.
-Sí, así es. De todas formas… es que nosotros los viejos te comprendemos mal.
-Sí. El viejo Israel me comprende mal. Por desgracia para él… y por propia voluntad.
-¡Nooo!
-Sí, rabí; no aplica su voluntad a entender al Maestro. Y quien se limita a eso todavía hace un mal relativo. Pero es que otros aplican su voluntad a entender mal y a alterar mi palabra para dañar a Dios.
-¿A Dios? ¡Él está por encima de las insidias humanas!
-Sí, pero toda alma que se desvía, o que es desviada -y desviar es alterar mi palabra y mi obra a sí mismo o a los demás -es un daño hecho a Dios en esa alma que se pierde: toda alma que se pierde es una herida infligida a Dios.
Gamaliel baja la cabeza y piensa con los ojos cerrados. Luego se aprieta la frente entre sus largos y delgados dedos con un movimiento involuntario de aflicción. Jesús lo escudriña con su mirada. Gamaliel levanta la cabeza, abre los ojos, mira a Jesús y dice:
-Pero Tú sabes que no soy uno de ellos.
-Lo sé, pero eres uno de los primeros.
-Sí, eso es verdad. Pero no es que no me aplique a entenderte. Lo que pasa es que tu palabra se detiene en mi mente y no va más abajo. La mente la admira, cual palabra de hombre docto, pero el espíritu…
-Pero el espíritu no puede recibirla, Gamaliel, porque tiene demasiados estorbos; que además son cosas ya inservibles. Viniendo de Neftalí, hace poco he pasado por un monte que sobresale de la cadena montañosa. He querido pasar por ese lugar para contemplar la belleza de los dos lagos de Genesaret y Merón desde lo alto, como los ven las águilas y los ángeles del Señor, para decir una vez más:
"Gracias, Creador, por la belleza que nos concedes". Pues bien, mientras que toda la cadena es un fértil florecer, macollar, poblarse de hojas los prados, pomares, campos y bosques, mientras los laureles desprenden su aroma junto a los olivos, preparando ya la nieve de las mil flores, y el robusto roble parece hacerse más bueno porque se viste de las coronas de las clemátides y madreselvas… allí no, allí no hay floración ni fertilidad, ni de hombre ni de la naturaleza: todo esfuerzo del viento, todo esfuerzo de los hombres se malogra allí, porque las ruinas ciclópeas de la antigua Hatzor ocupan todo, y entre esas voluminosas piedras no puede sino crecer la ortiga y el espino y anidar la serpiente. Gamaliel…
-Comprendo. También nosotros somos escombros… Comprendo la parábola, Jesús. Pero… no puedo… no puedo cambiar de línea de actuación: las piedras están demasiado hincadas.
-Alguien en quien crees te dijo: "Las piedras se estremecerán cuando pronuncie mis últimas palabras". Pero, ¿por qué esperar a las últimas palabras del Mesías? ¿No tendrás remordimientos por no haberme querido seguir antes? ¡Oh, las últimas!… Tristes palabras, si se trata de un amigo que muere y que hemos ido a escuchar demasiado tarde. Y mis palabras son más que las de un amigo.
-Tienes razón, pero no puedo. Espero ese signo para creer.
-No basta un rayo para remover un campo yermado; no lo recibe la tierra, sino sólo las piedras que la cubren. Trabaja al menos en removerlas, Gamaliel; si no, si continúan así, en lo profundo de ti, el signo no te llevará a creer.
Gamaliel calla, absorto. La comida termina.
Jesús se levanta y dice:
-Te doy gracias, Dios mío, por esta comida y por haber podido hablar al sabio. Y gracias a ti, Gamaliel.
-Maestro, no te vayas así. Temo que estés enfadado conmigo.
-¡Oh!, ¡no! Debes creerme.
-Entonces, no vayas. Yo me estoy dirigiendo a la tumba de Hillel. ¿Desdeñarías venir conmigo? Nos llevará poco tiempo porque tengo mulos y asnos para todos. Simplemente les quitamos los bastos. Los llevarán los sirvientes. Así te será más corto el camino en el trecho más duro.
-No sólo no desdeño ir contigo, sino que me siento honrado de ello y de ir a visitar la tumba de Hillel. Vamos pues.
Gamaliel da unas órdenes y, mientras todos se ponen a trabajar para desmontar el comedor provisional, Jesús y el rabí montan a caballo de una mula, y, al lado el uno del otro, avanzan por el camino escarpado, silencioso, en que suenan fuerte las pezuñas herradas.
Gamaliel guarda silencio: sólo dos veces le pregunta a Jesús si va cómodo en la silla. Jesús responde y calla luego, absorto en su pensamiento, hasta el punto de que no ve que Gamaliel, sujetando un poco a su mula, lo deja pasar adelante -la largura de un cuello ̀para estudiar todos sus movimientos. Los ojos del anciano rabí están tan atentos y fijos, que parecen los de un halcón al acecho de la presa. Pero Jesús no se da cuenta; va sereno, acompañando el paso ondulado de la cabalgadura; piensa; y, no obstante, advierte todos los detalles de lo que le rodea. Alarga una mano para coger un péndulo racimo de codeso de oro; sonríe a dos pajarillos que se están haciendo el nido en un tupido enebro; detiene la mula para escuchar a una curruca; hace un gesto de asentimiento, como bendiciendo, al grito impaciente con que una tórtola salvaje insta a su compañero al trabajo.
-Quieres mucho a las plantas y a los animales, ¿no?
-Sí, mucho; es mi libro vivo. El hombre tiene siempre ante sus ojos los cimientos de la fe. El Génesis vive en la naturaleza. Y quien sabe ver sabe también creer. ¿Puede, acaso, esta flor de tan delicado perfume y delicada materia de sus colgantes corolas, y tan en contraste con este espinado enebro y con aquella aulaga de punzantes hojas, haberse hecho sola? Y, mira allí, ¿puede, acaso, haberse hecho así, solo, aquel petirrojo, con esa pincelada de sangre seca en su blando cuello? ¿Y aquellas dos tórtolas?: ¿cómo van a haber podido pintarse ese collar de ónix sobre el velo de las plumas grises? ¿Y allí, esas dos mariposas?: una, negra con su dibujo de grandes ojos de oro y rubí; blanca con rayas azules la otra: ¿dónde habrán encontrado las gemas y cintas para sus alas? ¿Y este riachuelo?: es agua, sí, pero ¿de dónde proviene?, ¿cuál es la fuente primera del aguaelemento?
¡Ah, mirar quiere decir creer, si se sabe ver!
-Mirar quiere decir creer. Miramos demasiado poco al Génesis vivo que tenemos ante nuestros ojos.
-Demasiada ciencia, Gamaliel, y demasiado poco amor, y demasiada poca humildad.
Gamaliel suspira y menea la cabeza.
Bien, he llegado, Jesús. Allí está enterrado Hillel.
Dejemos aquí las cabalgaduras y acerquémonos allí abajo. Un sirviente se hará cargo de las mulas.
Se apean. Atan a un tronco las bestias. Se encaminan hacia un pequeño sepulcro que se destaca en la ladera del monte al lado de un vasto edificio completamente cerrado.
-Aquí vengo a meditar, como preparación a las fiestas de Israel -dice Gamaliel señalando la casa.
-La Sabiduría te dé todas sus luces.
-Y aquí -y señala al sepulcro -para prepararme a la muerte: era un justo.
-Era un justo. Oro con gusto ante sus cenizas. Pero, Gamaliel, no sólo a morir debe enseñarte Hillel. Te debe enseñar a vivir.
-¿Cómo, Maestro?
-“E1 hombre es grande cuando se humilla": era su lema preferido…
-¿Cómo lo sabes, si no lo has conocido?
-Lo he conocido… Y, además, aunque no hubiera conocido personalmente a Hillel el rabí, su pensamiento lo hubiera conocido como de hecho lo conozco, porque nada ignoro del pensamiento humano.
Gamaliel inclina la cabeza y susurra:
-Sólo Dios puede decir esto.
-Dios y su Verbo. Porque el Verbo conoce al Pensamiento y el Pensamiento conoce al Verbo, y lo ama, comunicándose a Él con sus tesoros para hacerlo partícipe de sí. El Amor estrecha los lazos y hace de Ellos una sola Perfección. Es la Tríada que se ama y que divinamente se forma, se genera, procede y completa. Todo pensamiento santo ha nacido en la Mente perfecta y se refleja en la mente del justo. ¿Puede, entonces, el Verbo ignorar los pensamientos de los justos, que son los pensamientos del Pensamiento?
Oran largamente ante el sepulcro cerrado. Se llegan a ellos los discípulos y luego los sirvientes: los primeros, a caballo; los otros, bajo el peso de los equipajes. Pero se detienen en los lindes del prado que precede al sepulcro. La oración termina.
-Adiós, Gamaliel. Sube como Hillel.
-¿Qué quieres decir?
-Sube. Él te precede porque ha sabido creer más humildemente que tú. A ti la paz.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús está hablando en una ciudad que no he visto nunca; al menos eso me parece (téngase en cuenta que en cuanto al estilo son todas más o menos iguales y, a primera vista, es difícil diferenciarlas). También aquí una calle bordea el lago, y hay barcas sacadas a la orilla. Del otro lado de la calle están, alineadas, las casas, más o menos grandes. Aquí las colinas están mucho más distantes, así que es una ciudad edificada en una riente llanura, que se prolonga por la orilla oriental del lago. La resguarda del viento el baluarte de los montes. Bien templada, por tanto, por el sol, que aquí, más que en otros campos, aumenta la floración de los árboles.
Parece que ya ha empezado Jesús su discurso, porque oigo:
-…Es verdad. Decís: "No te abandonaremos nunca porque sería abandonar a Dios". ¡Oh, pueblo de Guerguesa, recuerda que nada hay más mutable que el pensamiento humano! Estoy convencido de que en este momento realmente pensáis así. Mi palabra y el milagro realizado os han exaltado en este sentido y ahora sois sinceros en lo que decís. Pero quisiera recordaros un episodio -mil podría citar, lejanos y cercanos -. Os cito éste sólo.
Josué, siervo del Señor, antes de morir, reunió en torno a sí a todas las tribus con sus ancianos, príncipes, jueces y magistrados, y les habló en presencia del Señor, recordándoles a todos los beneficios y los prodigios operados por el Señor a través de su siervo. Y, tras haber enumerado todas estas cosas, los invitó a repudiar a todos los dioses que no fueran el Señor, o, cuanto menos, a ser auténticos en la fe, eligiendo con sinceridad o al verdadero Dios o a los dioses de Mesopotamia y de los amorreos, de modo que hubiera una neta separación entre los hijos de Abraham y los paganizantes.
Es preferible siempre un error valiente a una hipócrita profesión y mezcla de fes: para Dios, infamia; para los espíritus, muerte. Nada más fácil y común que esas mezcolanzas. La apariencia es buena, pero por debajo está la sustancia, que no es buena. Aún hoy, hijos, aún hoy.
Esos fieles que mezclan la observancia de la Ley con lo que la Ley prohíbe; esos desdichados que caminan dando tumbos, como los borrachos, entre la fidelidad a la Ley y las ganancias de los negocios, y viven comprometidos con quienes están al margen de la ley, de quienes esperan alguna ventaja; esos sacerdotes o escribas o fariseos que ya no tienen por finalidad de la propia vida el servicio a Dios, sino que éste se ha convertido en una astuta política para triunfar sobre los demás, se ha convertido en poder -y nada más contra sus semejantes -más honestos que ellos -, porque sirven no a Dios sino a un poder que se presenta ante sus ojos fuerte y precioso para sus fines… ésos son sólo hipócritas que mezclan a nuestro Dios con dioses extranjeros.
El pueblo respondió a Josué: "¡Jamás abandonaremos al Dios verdadero para servir a dioses extranjeros!". Y Josué les dijo lo que Yo a vosotros hace un momento acerca del santo celo del Padre, acerca de su voluntad de ser amado con exclusividad, con la totalidad de nosotros mismos, y acerca de su justicia cuando castiga a los embusteros.
-¡Castigar!… Sí, Dios, de la misma forma que puede favorecer, puede castigar. Antes de morir se puede recibir premio o castigo. ¡Mira, pueblo hebreo, mira cómo Dios -después de haberte dado tanto liberándote de los faraones, conduciéndote ileso a través del desierto y entre insidias de enemigos, permitiéndote que llegaras a ser una nación grande y temida y rica en glorias -te ha castigado por tus culpas: una, dos, diez veces! ¡Mira en qué estado te encuentras! Y Yo, que veo que te estás hundiendo en la más sacrílega de las idolatrías, veo también el abismo por el que te vas a despeñar por persistir en las mismas culpas. Y por esto te llamo, pueblo que eres dos veces mío (por ser el Redentor y por haber nacido de ti). Esta llamada mía, aunque sea severa, no es odio ni rencor ni intransigencia, es amor.
Josué dijo entonces:
"Sois testigos de que habéis elegido al Señor", y todos respondieron: "Sí". Y Josué, que era sabio además de valeroso, sabiendo cuán lábil es la voluntad del hombre, escribió en el libro todas las palabras de la Ley y de la alianza y las puso en el templo; y puso también, en este santuario del Señor, en Siquem, que contenía a la sazón el Tabernáculo, una voluminosa piedra como testimonio; luego dijo: "Esta piedra, que ha oído las palabras que habéis dirigido al Señor, quedará aquí como testimonio, para que no podáis retractaros y mentir al Señor Dios vuestro".
El hombre, el rayo o la erosión de las aguas y del tiempo pueden siempre pulverizar una piedra por grande y dura que sea. Pero Yo soy la Piedra angular y eterna y no puedo ser destruido. No le mintáis a esta Piedra viva, no la améis por el sólo hecho de que realice prodigios; amadla porque por ella tocaréis el Cielo. Yo os quisiera más espirituales, más fieles al Señor. No digo a mí. Mi única razón, aquí, es que soy la Voz del Padre. Ultrajándome, herís a aquel que me ha enviado. Yo soy el medio; Él, el Todo. Recoged de mí y conservad en vosotros lo santo para alcanzar a este Dios. No améis sólo al Hombre, amad al Mesías del Señor no por los milagros que hace, sino porque desea obrar en vosotros el milagro íntimo y sublime de vuestra santificación.
Jesús imparte su bendición y se encamina hacia una casa.
Ya casi en el umbral de la puerta, un grupo de ancianos lo detiene; lo saludan respetuosamente y dicen:
-¿Podemos preguntarte una cosa, Señor? Somos discípulos de Juan. Siempre habla de ti. Ha llegado a nuestros oídos la fama de tus prodigios. Así que hemos querido conocerte.
Ahora bien, oyéndote, se nos ha planteado una pregunta que desearíamos proponerte.
-Exponedla. Si sois discípulos de Juan estaréis ya en el camino de la justicia.
-Has dicho, hablando de las idolatrías comunes en los fieles, que en medio de nosotros hay personas que trafican entre la Ley y los que no siguen la Ley. Ahora bien, Tú también eres amigo de éstos últimos -sabemos, en efecto, que no rechazas a los romanos -. ¿Entonces?
-No lo niego, pero ¿acaso podéis afirmar que lo haga para obtener de ellos algún provecho? Ni siquiera busco su protección. ¿O podéis, acaso, afirmar lo contrario, porque los trate con benignidad?
-No, Maestro, estamos de ello más que seguros, pero el mundo no está hecho sólo de nosotros, que queremos creer solamente en el mal que vemos y no en el de que se nos habla. Explícanos las razones que pueden fundar este acercamiento a los gentiles; hazlo para instrucción nuestra y para que te podamos defender, si alguien te calumnia en nuestra presencia.
-Estos contactos son malos cuando la finalidad es humana, no lo son cuando la intención es llevarlos al Señor Dios nuestro. Así actúo Yo. Si fuerais gentiles, podría detenerme a explicaros cómo todo hombre procede de un único Dios; pero sois hebreos, y además discípulos de Juan; sois, por tanto, la flor de los hebreos, y no es necesario que os lo explique. Estáis, pues, ya en condiciones de entender y creer que, siendo el Verbo de Dios, es mi deber llevar su Verbo a todos los hombres, hijos del Padre universal.
-Pero no son hijos, porque son paganos…
-Por lo que se refiere a la Gracia no lo son; por su errada fe no lo son: esto es verdad; pero, hasta que no os haya redimido, el hombre -incluyo al hebreo -ha perdido la Gracia, está privado de ella, porque la Mancha de origen es obstáculo para que el rayo inefable de la Gracia descienda a los corazones. De todas formas, por la creación el hombre es siempre hijo. De Adán, cabeza de toda la humanidad, proceden tanto los hebreos como los romanos; y Adán es hijo del Padre, que le dio su semejanza espiritual.
-Es verdad. Otra pregunta, Maestro. ¿Por qué los discípulos de Juan hacen grandes ayunos y los tuyos no? No decimos que Tú no tengas que comer -también el profeta Daniel, aun siendo grande en la corte de Babilonia, fue santo a los ojos de Dios, y Tú eres superior a él -, pero ellos…
-La cordialidad obtiene muchas veces lo que no se consigue con el rigorismo. Algunos no se acercarían jamás al Maestro, debe ser el Maestro quien vaya a ellos; otros sí se acercarían, pero se avergüenzan de hacerlo en público: también a ellos debe ir el Maestro. Y, puesto que me dicen: "Sé huésped mío para poderte conocer", acepto, teniendo presente no el placer de una mesa opulenta o el placer de los discursos -que a veces me resultan muy penosos -sino una vez más y siempre el interés de Dios.
Esto por lo que respecta a mí. Frecuentemente al menos una de las almas con las que tengo contacto de esta manera se convierte -toda conversión significa una fiesta nupcial para mi alma, una gran fiesta en la que participan todos los ángeles del Cielo, bendecida por el eterno Dios -, y mis discípulos, o sea, los amigos del Esposo, exultan con el Esposo y Amigo.
¿Os parecería lógico que mis amigos hicieran duelo mientras Yo exulto de gozo y estoy con ellos? Día llegará en que no me tendrán. Entonces ayunarán, y mucho. A nuevos tiempos, nuevos métodos. Hasta ayer, hasta Juan el Bautista, era el tiempo de la ceniza de la Penitencia; hoy -en mi hoy -se hace presente el dulce maná de la Redención, de la Misericordia, del Amor. Los métodos anteriores no podrían vivir injertados en el mío, como tampoco se habría podido usar el mío entonces -sólo ayer porque la Misericordia todavía no estaba en la Tierra.
Ahora sí que está. Ya no es el Profeta el que está en el mundo, sino el Mesías, en quien Dios ha delegado todo. A cada tiempo las cosas que le son útiles. Nadie cose un pedazo de paño nuevo en un vestido viejo, porque si lo hace -sobre todo al lavarlo -la tela nueva encoge y rompe la tela vieja, con lo cual el roto se hace todavía mayor.
De la misma forma, nadie mete vino nuevo en odres viejos, porque el vino rompe los odres, que no son capaces de soportar la efervescencia del vino nuevo, los desgarra y se derrama. Por el contrario, el vino viejo, que ya ha sufrido todas las mutaciones, hay que meterlo en odres viejos, y el nuevo en nuevos, para que a una fuerza se oponga otra igual. Esto es lo que sucede ahora: la fuerza de la nueva doctrina aconseja métodos nuevos para difundirla, y Yo, conocedor como soy, los uso.
-Gracias, Señor. Ahora estamos satisfechos. Ruega por nosotros. Somos odres viejos. ¿Seremos capaces de contener tu fuerza?
-Sí, porque habéis sido curtidos por Juan el Bautista, y porque sus oraciones, unidas a las mías, os darán la necesaria capacidad. Marchaos con mi paz y decidle a Juan que lo bendigo.
-Pero Tú ¿qué piensas, que es mejor permanecer con Juan o ir contigo?
-Mientras haya vino viejo, bebedlo, si ya a vuestro paladar le gusta su sabor; después… el agua putrefacta que en todas partes se encuentra os dará asco y entonces desearéis el vino nuevo.
-¿Crees que volverán a prender al Bautista?
-Sí. Sin duda. De todas formas ya le he enviado una misiva. Marchaos, marchaos, gozad de vuestro Juan mientras podáis, y hacedlo feliz; luego me amaréis a mí, aunque os resultará trabajoso, porque nadie que haya gustado el vino viejo desea de repente el vino nuevo, sino que dice: "El viejo era mejor". Efectivamente, Yo tendré sabores especiales, que os parecerán ásperos. No obstante, vuestro paladar, de día en día, irá apreciando su sabor vital.
Adiós, amigos. Que Dios esté con vosotros.