148- Jesús visita a Juan el Bautista en las cercanías de Enón

Es una clara noche de luna. Tan nítida, que el terreno aparece con todos sus detalles, y los campos, con el trigo nacido pocos días antes, parecen alfombras de felpa verdeplata vareteadas con las listas oscuras de los senderos; velándolas están los troncos de los árboles: del todo blancos por el lado de la Luna; del todo negros por el lado oeste.

Jesús va caminando seguro y solo. Avanza muy deprisa por su camino, hasta que se encuentra con un curso de agua que desciende gorgoteando hacia la llanura en dirección norte-este. Remonta su curso hasta un lugar solitario al lado de una escarpadura cubierta de vegetación espesa. Tuerce otra vez, trepando por un sendero, y llega a un refugio natural de la ladera del collado.

Entra. Se inclina hacia un cuerpo extendido en el suelo, un cuerpo que casi ni se vislumbra a la luz de la luna, que ilumina, sí, el sendero, pero no penetra en la cueva. Lo llama: -Juan.

El hombre se despierta y se incorpora, todavía entre las nieblas del sueño. Pronto se da cuenta de quién es el que lo ha llamado y se levanta bruscamente, para postrarse en tierra diciendo:

-¿Cómo es que viene a mí mi Señor?

-Para alegrar tu corazón y el mío. Anhelabas mi presencia, Juan; aquí estoy. Levántate. Vamos a salir a la luz de la luna. Sentémonos a conversar en esta peña que hay junto a la cueva.

Juan obedece, se levanta y sale. Pero, una vez que Jesús se ha sentado, él, con la piel de oveja que mal cubre su flaquísimo cuerpo, se pone de rodillas delante del Cristo echándose hacia atrás sus cabellos largos y desordenados que le pendían por delante de los ojos, para ver mejor al Hijo de Dios.

El contraste es fortísimo: Jesús, de tez pálida, rubio, cabellos esponjosos y ordenados, corta barba en la parte baja del rostro; el otro, todo él, una mata de pelos negrísimos, tras los cuales apenas si asoman dos ojos hundidos (yo diría febriles por el fuerte brillo de su negro de azabache).

-Vengo a decirte "gracias". Has cumplido y cumples, con la perfección de la Gracia que hay en ti, tu misión de Precursor mío. Cuando llegue la hora, entrarás en el Cielo, a mi lado, porque habrás merecido todo de Dios; pero ya durante la espera tendrás la paz del Señor, amigo mío dilecto.

-Muy pronto entraré en la paz. Bendice, Maestro mío y Dios mío, a tu siervo para fortalecerlo en la última prueba. Sé que está cercana, y que debo dar todavía un testimonio: el de la sangre. Tú tampoco desconoces -menos todavía que yo -que mi hora está llegando. Tu venida aquí ha sido deseo de la misericordiosa bondad de tu corazón de Dios, para fortalecer al último mártir de Israel y primero del nuevo tiempo. Dime sólo una cosa: ¿Voy a tener que esperar mucho hasta que vengas?

-No, Juan. No mucho más de cuanto transcurrió desde tu nacimiento hasta el mío.

-¡Bendito sea el Altísimo! Jesús… ¡Puedo llamarte así?
-Puedes, por sangre y por santidad. Este Nombre, pronunciado incluso por los pecadores, puede pronunciarlo el santo de Israel. Para ellos significa salvación. Sea para ti dulzura. ¿Qué quieres de Jesús, tu Maestro y primo?

-Voy a la muerte. Me preocupo de mis discípulos como un padre lo hace con sus hijos. Mis discípulos… Tú, que eres Maestro, sabes cuán vivo es nuestro amor por ellos.

El único pesar de mi muerte es el temor a que se descarríen, como ovejas sin pastor. Recógelos Tú. Te restituyo los tres tuyos, que, en espera de ti, han sido perfectos discípulos míos; en ellos, sobre todo en Matías, habita realmente la Sabiduría. Tengo otros discípulos que irán a ti. Deja de todas formas que te confíe personalmente a estos tres; son los tres preferidos.

-También Yo les profeso este amor. Ve tranquilo, Juan. No perecerán ni éstos ni los otros verdaderos discípulos que tienes. Recojo tu herencia. La velaré como el tesoro más apreciado, recibido del perfecto amigo mío y siervo del Señor.

Juan se postra y se inclina profundamente hasta tocar el suelo y -cosa que parece imposible en un personaje tan austero -solloza fuertemente, de alegría espiritual.

Jesús le pone una mano sobre la cabeza:

-Tu llanto, que es alegría y humildad, encuentra su correspondencia en un lejano canto, al son del cual tu pequeño corazón saltó de júbilo. Aquel canto y este llanto son el mismo himno de alabanza al Eterno, que "ha hecho grandes cosas; Él, que es poderoso en los espíritus humildes". Mi Madre también va a entonar de nuevo su canto, el mismo que en aquel momento cantó. Pero, después, Ella recibirá la mayor de las glorias, como tú tras tu martirio. Te traigo su saludo. Todos los saludos y todos los consuelos. Lo mereces. Aquí, sólo es la mano del Hijo del Hombre lo que está sobre tu cabeza; pero del Cielo abierto desciende la Luz y el Amor para bendecirte, Juan.

-No merezco tanto. Soy tu siervo.

-Tú eres mi Juan. Aquel día, en el Jordán, Yo era el Mesías que se estaba manifestando; aquí, ahora, soy tu primo y tu Dios, con el deseo de darte el viático de su amor de Dios y de pariente. Levántate, Juan. Démonos el beso de despedida.

-No merezco tanto… Lo he deseado siempre, durante toda la vida; sin embargo, no oso cumplir este gesto contigo:

Tú eres mi Dios.

-Yo soy tu Jesús. Adiós. Mi alma estará al lado de la tuya hasta la paz. Vive y muere en paz, por tus discípulos. Ahora sólo puedo darte esto. En el Cielo te daré el céntuplo, porque has hallado toda gracia ante los ojos de Dios.

Lo ha puesto en pie y lo ha abrazado besándolo en las mejillas, recibiendo a su vez el beso de Juan, quien, tras ello, vuelve a arrodillarse. Jesús le impone las manos y ora con los ojos levantados al cielo. Parece como si lo estuviera consagrando. Jesús se manifiesta imponente.

El silencio se prolonga, así, durante un tiempo. Luego Jesús se despide con su dulce saludo.

-Mi paz esté siempre contigo -y emprende el mismo camino que había recorrido antes.

147- Curación de una mujer de Sicar y conversión de Fotinai

Jesús va caminando solo, casi rozando un seto de cácteas que, burlándose de todas las demás plantas desnudas, resplandecen bajo el sol con sus carnosas paletas espinosas, en las que hay todavía algún fruto al que el tiempo ha dado un color rojo ladrillo, o en que ya ríe alguna flor precoz amarilla con pinceladas de color bermellón.

Los apóstoles, detrás, cuchichean. No creo que estén verdaderamente alabando al Maestro.

En un momento dado, Jesús se vuelve de repente y dice:

-Quien está pendiente del viento no siembra, quien está pendiente de las nubes no recoge nunca. Es un refrán antiguo, pero Yo lo sigo. Como podéis ver, donde temíais adversos vientos y no queríais deteneros, he encontrado terreno y modo de sembrar. Y, a pesar de "vuestras" nubes, que, conviene que lo oigáis, no está bien que las mostréis donde la Misericordia quiere mostrar su sol, estoy seguro de haber cosechado ya.

-Sí, pero ninguno te ha pedido un milagro. ¿Es una fe en ti muy extraña!

-Tomás, ¿crees que el hecho de pedir milagros es lo único que prueba que hay fe? Te equivocas. Es todo lo contrario.

Quien quiere un milagro para poder creer patentiza que sin el milagro, prueba tangible, no creería. Sin embargo, quien, por la palabra de otro, dice "creo" muestra la máxima fe.

-¡Así que entonces los samaritanos son mejores que nosotros!

-No estoy diciendo eso. Pero en su estado de minoración espiritual han mostrado tener una capacidad de comprender a Dios mucho mayor que la de los fieles de Palestina. Esto os lo encontraréis muchas veces en vuestra vida. Os ruego que os acordéis también de este episodio para saberos conducir sin prejuicios con las almas que se acerquen a la fe en el Cristo.

-De todas formas -perdona, Jesús, si te lo digo -ya te persigue mucho odio y dar pie a nuevas acusaciones creo que te perjudica. Si los miembros del Sanedrín vinieran a saber que has tenido…

-¡Dilo, hombre!: "amor", porque esto es lo que he tenido y tengo, Santiago. Tú, que eres primo mío, comprenderás que en mí no puede haber sino amor. Te he mostrado cómo en mí sólo hay amor, incluso para con quienes me eran enemigos en mi familia y en mi tierra. Y, entonces, ¿no debía amar a éstos, que me han respetado a pesar de que no me conocían?

Los miembros del Sanedrín pueden hacer todo el mal que quieran, pero la consideración de este futuro mal no cerrará las esclusas de mi amor omnipresente y omnioperante. Pero además es que, aunque lo hiciera, ello no impediría al odio del Sanedrín encontrar motivos de acusación.

-Sí, pero, Maestro, pierdes tu tiempo en una ciudad idólatra, habiendo como hay muchos lugares en Israel que te esperan. Dices que es necesario consagrar cada hora del día al Señor. ¿No son horas perdidas?

-Un día dedicado a reagrupar las ovejas extraviadas no es un día perdido, Felipe. Está escrito: "Hace muchas oblaciones quien respeta la Ley… mas quien practica la misericordia ofrece un sacrificio".

Está escrito: "Que tu ofrenda al Altísimo esté en proporción de cuanto te ha dado; ofrece con mirada alegre según tus facultades". Yo lo hago, amigo, y el tiempo empleado en el sacrificio no es un tiempo perdido. Practico la misericordia y uso de las facultades recibidas ofreciendo mi trabajo a Dios. Tranquilos, por tanto.

Además, el que, de vosotros, quería que hubieran pedido milagros para convencerse de que los de Sicar creían en mí va a quedar satisfecho. Aquel hombre nos sigue, sin duda por algún motivo. Detengámonos.

Efectivamente, el hombre viene en dirección a ellos. Se le ve encorvado bajo la carga de un voluminoso fardo que lleva malamente contrapesado sobre los hombros. Al ver que el grupo de Jesús se ha detenido lo hace él también.

-Se ha parado porque ve que nos hemos dado cuenta de sus malas intenciones. ¡Son samaritanos!

-¿Estás seguro, Pedro?
-¡Sin duda!
-Pues entonces quedaos aquí. Yo me acerco.
-No, Señor, eso no. Si vas Tú, también yo.
-De acuerdo, ven.

Jesús se dirige hacia el hombre. Pedro trota a su lado, entre curioso y hostil. Llegados a pocos metros uno del otro, Jesús dice:

-¿Hombre, qué quieres? ¿A quién buscas?

-A ti.
-Y ¿por qué no has venido a mí cuando estaba en la ciudad?

-No me atrevía… Si en presencia de todos me hubieras rechazado hubiera sufrido demasiado dolor y vergüenza.

-Podrías haberme llamado cuando me quedé solo con los míos.

-Mi deseo era acercarme a ti estando Tú solo, como Fotinai. También yo, como ella, tengo un motivo importante para estar a solas contigo…

-¿Qué quieres? ¿Qué es lo que transportas con tanto esfuerzo sobre tus hombros?
-Es mi mujer. Un espíritu se ha adueñado de ella y la ha transformado en un cuerpo muerto y una inteligencia apagada. Debo hasta darle la comida en la boca, vestirla, llevarla como a una niña pequeña. Ocurrió de improviso, sin previa enfermedad… La llaman "la endemoniada". Todo esto me supone dolor, afanes, gastos. Mira.

El hombre pone en el suelo su fardo de inerte carne envuelta en un sayo (como un saco), y descubre un rostro de mujer, todavía joven, que si no respirase se podría decir que estaba muerta: ojos cerrados, boca entreabierta: es el rostro de una persona que ha expirado.

Jesús se agacha hacia la desdichada mujer que yace en el suelo, la mira, luego mira al hombre y le dice:

-¿Crees que puedo hacerlo?… ¿Por qué lo crees?
-Porque eres el Cristo.
-Pero tú no has visto nada que lo pruebe.
-Te he oído hablar. Me basta.
-¿Has oído, Pedro? ¿Qué piensas que debo hacer ante una fe tan genuina?
-Pues… Maestro… Tú… Yo… Bueno, decide Tú.

Pedro está desconcertado.
-Sí, ya he decidido. Hombre, mira.
Jesús coge la mano de la mujer y ordena:
-¡Vete de ella! ¡Lo quiero!

La mujer, que hasta ese momento había permanecido inerte, se contrae en una horrenda convulsión, primero muda, luego acompañada de quejidos y gritos que terminan con uno más fuerte durante el cual, como quien se despierta de una pesadilla, abre como platos los ojos que hasta ahora había mantenido cerrados. Luego se tranquiliza y, con cierto estupor, mira a su alrededor; fija primero sus ojos en Jesús -el Desconocido que le sonríe… -; luego mira a la tierra del camino en que yace, y a una mata nacida en el borde, en la que la cabezuela blanco-roja de las margaritas de los prados coloca perlas ya próximas a abrirse en forma de radiado nimbo; mira al seto de cactáceas, al cielo -muy azul -; luego vuelve la mirada y ve a su marido… a este marido suyo que, ansioso, la mira a su vez escudriñando todos sus movimientos. Sonríe y, recuperada completamente su libertad, se pone en pie como impulsada por un resorte para refugiarse en el pecho de su marido. Éste, llorando, la acaricia y la abraza.

-¿Cómo es que estoy aquí? ¿Por qué? ¿Quién es este hombre? -Es Jesús, el Mesías. Estabas enferma y te ha curado. Dile que lo quieres. -¡Oh…, sí! ¡Gracias!… Pero, ¿qué tenía? Mis niños… Simón… no recuerdo cosas de ayer, pero sí que recuerdo que tengo hijos… Jesús dice: -No es necesario que te acuerdes de ayer. Acuérdate siempre del día de hoy. Sé buena. Adiós. Sed buenos y Dios estará
con vosotros.

Y Jesús, seguido por la bendiciones de los dos, se retira rápido.

Llegado adonde están los demás, que se habían quedado al pie del seto, no les dirige la palabra. Sí a Pedro:

-¿Y ahora, tú, que estabas seguro de que aquel hombre venía con malas intenciones, qué dices? ¡Simón, Simón!

¡Cuánto te falta todavía para ser perfecto! ¡Cuánto os falta! Tenéis, excepto una patente idolatría, todos los pecados de éstos, y además soberbia en el juicio. Tomemos nuestro alimento. No podemos llegar antes de la noche a donde quería. Dormiremos en algún henil, si es que no encontramos nada mejor.

Los doce, con el sabor en su corazón de la corrección recibida, se sientan sin hablar y se ponen a comer su comida. El sol de este sereno día ilumina los campos, que descienden, formando suaves ondulaciones, hacia una llanura.

Después de comer, todavía permanecen un tiempo en el lugar, hasta que Jesús se pone en pie y dice:

-Venid, tú, Andrés, y tú, Simón; quiero ver si aquella casa es amiga o enemiga.

Y se pone en movimiento. Los otros permanecen en el lugar y guardan silencio, hasta que Santiago de Alfeo le dice a Judas Iscariote:

-¿Pero esta que viene no es la mujer que estaba en Sicar?

-Sí, es ella. La reconozco por el vestido. ¿Qué querrá?

-Seguir su camino -responde Pedro con cara de malhumor.
-No. Nos está mirando demasiado, protegiéndose los ojos del sol con la mano.

La observan hasta que llega cerca de ellos y dice toda sumisa:

-¿Dónde está vuestro Maestro?
-Se ha ido. ¿Por qué preguntas por Él?
-Lo necesitaba…

-No se echa a perder con mujeres -responde Pedro cortante.
-Ya lo sé. Con mujeres, no; pero yo soy un alma de mujer que tiene necesidad de Él.

-Judas de Alfeo le aconseja a Pedro que la deje quedarse, y responde a la mujer: -Espera. Dentro de poco vuelve.

La mujer se retira a una curva del camino y allí se queda, en silencio. Los apóstoles se desinteresan de ella.

Jesús al poco tiempo regresa. Pedro dice a la mujer:
-Ahí está el Maestro. Dile lo que quieras. ¡Apúrate.

La mujer ni siquiera le responde; va a los pies de Jesús y se prosterna hasta tocar el suelo, y guarda silencio.

-Fotinai, ¿qué quieres de mí?

-Tu ayuda, Señor. Yo soy muy débil. No quiero pecar más. Esto se lo he dicho ya al hombre. Pero, ahora que he dejado de pecar no sé nada más. Ignoro el bien. ¿Qué tengo que hacer? Dímelo Tú. Soy fango, pero tu pie pisa también el camino para ir a las almas; pisa mi fango, pero ven a mi alma con tu consejo.

Llora.

-Seguirme como única mujer no es posible. Si verdaderamente quieres no pecar y conocer la ciencia de no pecar, regresa a tu casa con espíritu de penitencia, y espera. Llegará el día en que tú, mujer, entre otras muchas, igualmente redimidas, podrás estar al lado de tu Redentor y aprender la ciencia del Bien. Ve. No tengas miedo. Sé fiel a la voluntad que tienes ahora de no pecar. Adiós.

La mujer besa la tierra, se alza y se retira caminando hacia atrás durante algunos metros; luego se vuelve hacia Sicar…

146- El segundo día en Sicar. Jesús se despide de los samaritanos

Dice Jesús a los samaritanos de Sicar:

-Tengo otros hijos a quienes evangelizar. Tengo que dejaros. Pero antes quisiera abriros, fúlgidos, los caminos de la esperanza, y llevaros a ellos y deciros:

"Caminad seguros, que la meta es cierta". Hoy no voy a citar al gran Ezequiel, sino al discípulo predilecto de Jeremías, grandísimo profeta.

Baruc habla por vosotros. Realmente toma vuestras almas y habla por todas ellas al sublime Dios que está en los Cielos, las vuestras -no me refiero sólo a las de los samaritanos, sino a todas vuestras almas, ¡oh, estirpes del pueblo elegido caídas en múltiple pecado! -, y también las vuestras, pueblos gentiles que sentís que entre los muchos dioses a los que adoráis hay un Dios desconocido, un Dios al que vuestra alma siente único y verdadero, y que, no obstante, debido a vuestra pesantez no podéis buscarlo para conocerlo como el alma quisiera. Al menos una ley moral os había sido dada, ¡oh gentiles, oh idólatras!; porque sois hombres y el hombre tiene en sí una esencia que viene de Dios y que se llama espíritu y que tiene siempre voz y consejos elevados y empuja a vida santa. Vosotros la habéis sometido a la esclavitud de una carne viciosa, rompiendo la ley moral humana -la que teníais -y viniendo a ser pecadores incluso humanamente, rebajando el concepto de vuestras fes y rebajándoos a vosotros mismos a un nivel animalesco que os hace inferiores a los brutos.

Y, a pesar de todo, oís, todos, y comprendéis más -y como consecuencia actuáis -en la medida en que aumenta vuestra cognición de la Ley de una moral sobrenatural que el verdadero Dios os ha dado.

Baruc (Baruc 2,16-18 y Baruc 2, 24-26) ora así: "Señor, míranos desde tu santa morada. Vuelve hacia nosotros tus oídos. Escúchanos. Abre tus ojos y piensa que no serán los muertos que están en los infiernos -cuyo espíritu está separado de sus entrañas -los que rindan honor y justicia al Señor, sino el alma afligida por la dimensión de las desventuras, que camina encorvada y débil, con los ojos hacia el suelo; el alma hambrienta de ti, ¡oh Dios!, es la que te rinde gloria y justicia".

Ésta es la oración que debéis tener en vuestros corazones humillados con noble humildad, que no es degradación e indolencia sino conocimiento exacto de la propia mísera situación y santo deseo de hallar el medio de mejorar espiritualmente.

Y Baruc llora humildemente, y todo justo debe llorar con él, viendo y nombrando con su verdadero nombre las desventuras que han hecho triste, dividido y vasallo a un pueblo fuerte.

"No hemos hecho -dice -caso de tu voz y has cumplido las palabras que habías manifestado a través de tus siervos, los Profetas… Y han sacado de sus sepulcros los huesos de nuestros reyes y de nuestros padres, los han arrojado al ardor del sol, al crudo frío de la noche; los habitantes de la ciudad han muerto entre atroces dolores, de hambre, a espada, de peste. Has reducido al estado presente el Templo en que se invocaba tu Nombre, a causa de la iniquidad de Israel y Judá.

No digáis, hijos del Padre: "Tanto nuestro Templo como el vuestro han surgido y resurgido y se yerguen espléndidos". No. Un árbol abierto desde su ápice hasta sus raíces por un rayo no puede pervivir; podrá vegetar míseramente, presentar un conato de vida en algunos rebrotes que nazcan de raíces que se resistan a morir… no pasará de ser un conjunto de ramajes infructíferos; jamás volverá a ser opulento árbol de copiosos frutos sanos y delicados. Pues bien, el proceso de fragmentación incoado con la separación se acentúa cada vez más a pesar de que materialmente la construcción no parezca lesionada; antes bien, bella y nueva. Destruye las conciencias que en ella moran. Llegará la hora en que, apagada toda llama sobrenatural, le faltará al Templo -altar de precioso metal que para subsistir debe ser mantenido en continua fusión por el calor de la fe y de la caridad de sus ministros -, le faltará lo que constituye su vida; entonces, gélido, apagado, ensuciado, lleno de cadáveres, pasará a ser podredumbre acometida, para ruina suya, por cuervos llegados de otras regiones y por el alud del castigo divino.

Hijos de Israel, orad, llorando, conmigo, vuestro Salvador. Que mi voz sostenga las vuestras y penetre -pues mi voz tiene este poder -hasta el trono de Dios. Quien ora con el Cristo, Hijo del Padre, es escuchado por Dios, Padre del Hijo.

Elevemos la antigua, justa oración de Baruc (3, 1-7): "Y ahora, Señor omnipotente, ¡oh Dios de Israel!, toda alma angustiada, todo espíritu henchido de ansiedad, eleva a ti su grito. Abre tus oídos, Señor, y ten piedad. Eres un Dios misericordioso; ten piedad de nosotros, porque hemos pecado en tu presencia. Eternamente, ocupas tu trono; ¿debemos nosotros perecer para siempre? Señor omnipotente, Dios de Israel, escucha la oración de los muertos de Israel y de sus hijos, que han pecado en tu presencia.

Ellos no prestaron oídos a la voz del Señor su Dios. Se nos han adherido sus males. No te acuerdes de la iniquidad de nuestros padres; acuérdate, más bien, de tu poder y tu Nombre… Ten piedad, para que invoquemos este Nombre y nos convirtamos de la iniquidad de nuestros padres".

Orad así y convertíos verdaderamente, volviendo a la sabiduría verdadera, que es la de Dios y se encuentra en el Libro de los mandamientos de Dios y en la Ley, que dura eternamente y que ahora Yo, Mesías de Dios, traigo de nuevo, en su simple e inalterable forma, a los pobres del mundo, anunciándoles la buena nueva de la era de la Redención, del Perdón, del Amor, de la Paz. Quien crea en esta palabra alcanzará vida eterna.

Os dejo, habitantes de Sicar, que habéis sido buenos con el Mesías de Dios. Os dejo con mi paz.

-¡Quédate más tiempo!
-¡Vuelve!
-¡Ninguno nos volverá a hablar como lo has hecho Tú.

-¡Bendito seas, Maestro bueno!
-¡Bendice a mi pequeñuelo!
-¡Santo, ruega por mí!
-¡Déjame conservar un ribete de tu indumento como bendición!
-¡Acuérdate de Abel!
-¡Y de mí, Timoteo!
-¡Y de mí, Yorái!

-De todos. De todos. La paz descienda sobre vosotros.

Lo acompañan hasta unos centenares de metros fuera de la ciudad, y luego, muy despacio, se vuelven…

145- El primer día en Sicar

Jesús está hablando, desde el centro de una plaza, a mucha gente, concentrada en torno a Él. Habla subido al banco de piedra que hay junto a la fuente. También están alrededor los doce, con unas caras… que reflejan consternación, o incomodidad, o que expresan claramente la repulsión hacia ciertos contactos. Especialmente Bartolomé y el Iscariote muestran abiertamente su contrariedad: para evitar lo más posible la cercanía de los samaritanos, el Iscariote se ha puesto a caballo en una rama de un árbol, como queriendo dominar la escena; Bartolomé ha ido a apoyarse en un portal de un ángulo de la plaza. El prejuicio está vivo y activo en todos.

Jesús se manifiesta con total normalidad; es más, yo diría que se está esforzando en no apabullar a los presentes con su majestuosidad, tratando, de todas formas, al mismo tiempo, de hacerla resaltar para eliminar en ellos todo género de duda. Acaricia a dos o tres pequeñuelos, de los cuales pregunta el nombre; se interesa personalmente de un anciano ciego, al que, también personalmente, le da el óbolo; responde a dos o tres cuestiones que le plantean acerca de asuntos no generales sino privados.

Uno de estos asuntos es la pregunta de un padre acerca de su hija, que se ha escapado de casa por amor y que ahora solicita perdón.

-Concédele tu perdón inmediatamente.

-¡He sufrido por ello, Maestro! Y sigo sufriendo. En menos de un año he envejecido diez.
-El perdón te aliviará.
-No puede ser. La herida permanece.

-Es verdad, pero en esa herida hay dos espinas que hacen daño: una, la innegable afrenta que te ha infligido tu hija; la otra es el esfuerzo por desamarla. Quita, al menos, ésta. El perdón, que es la forma más alta del amor, la sacará. Piensa, pobre padre, que es una hija que ha nacido de ti y que siempre tiene derecho a tu amor. Si la vieras con una enfermedad corporal y supieras que si no la cuidases tú, tú en persona, moriría, ¿la dejarías morir? Ciertamente no. Pues piensa entonces que tú, tú en persona, con tu perdón, puedes atajar su mal y conducirla a la restauración de la salud del instinto; porque mira, en ella ha tomado predominio el lado más vil de la materia.

-Entonces… ¿piensas que debo perdonar?
-Debes hacerlo.

-¿Pero cómo voy a resistir el verla en casa después de lo que ha hecho; cómo voy a ser capaz de no maldecirla?

-Sí así fuera, no habrías perdonado. El perdón no está en el acto de abrirle de nuevo la puerta de casa, sino en abrirle de nuevo el corazón. Sé bueno, hombre. ¿No vamos a tener para con nuestra hija la paciencia que tenemos con el novillo indócil?

Una mujer, por su parte, presenta la cuestión de si haría bien casándose con su cuñado para dar un padre a sus huerfanitos.

-¿Piensas que sería un verdadero padre?

-Sí, Maestro. Son tres varones. Necesitan un hombre que los guíe.

-Hazlo entonces, y sé esposa fiel como lo fuiste con el primero.

-El tercero le pregunta que si, aceptando la invitación que ha recibido de ir a Antioquía, haría bien o mal.

-¿Por qué quieres ir?

-Porque aquí no dispongo de medios ni para mí ni para mis muchos hijos. He conocido a un gentil que me contrataría, porque me ha visto hábil en el trabajo; ofrecería también trabajo a mis hijos. Pero no querría… -te parecerá extraño un escrúpulo en un samaritano pero lo tengo -, no querría que perdiésemos la fe. ¿Es que ese hombre es un pagano, ¿sabes?

-¿Y qué quieres decir con ello? Mira, nada contamina si uno no quiere ser contaminado. Ve tranquilamente a Antioquía y sé del Dios verdadero. Él te guiará, y serás incluso el benefactor de ese patrón que conocerá a Dios a través de tu honradez.

Luego comienza a hablar a todos los presentes.

-He oído la voz de muchos de vosotros, y en todos he visto un secreto dolor, un pesar del que ni siquiera quizás os dais cuenta; he visto que lloráis en vuestros corazones. Esto se ha ido acumulando durante siglos, y no son capaces de disolverlo ni las razones que a vosotros mismos os decís ni las injurias que os lanzan; antes bien, cada vez más se endurece y pesa como nieve que se solidifica en hielo.

Yo no soy vosotros, como tampoco soy uno de los que os acusan. Soy Justicia y Sabiduría. Una vez más, para solución de vuestro caso, os cito a Ezequiel. Él, proféticamente, habla de Samaria y de Jerusalén llamándolas hijas de un mismo seno, llamándolas Oholá y Oholibá (Ezequiel 23).

La que primero cayó en la idolatría fue la primera, de nombre Oholá, porque ya antes había quedado privada de la ayuda espiritual de la unión con el Padre de los Cielos.

La unión con Dios significa siempre salvación. Confundió erróneamente la verdadera riqueza, la verdadera potencia, la verdadera sabiduría, con la pobre riqueza, potencia y sabiduría de uno que era inferior a Dios, y más pequeño que ella misma; fue seducida por la riqueza, potencia y sabiduría de éste hasta el punto de que se hizo esclava del modo de vivir del que la había seducido. Buscando ser fuerte, vino a ser débil. Buscando ser más, vino a ser menos. Por imprudente enloqueció. Cuando uno, imprudentemente, se coge una infección, mucho le cuesta luego librarse de ella. Diréis: "¿Menos? No. Nosotros fuimos grandes". Sí, grandes, pero ¿cómo?, ¿a qué precio?

No lo ignoráis. ¿Cuántas mujeres también consiguen la riqueza al precio tremendo de su honor? Adquieren una cosa que puede terminar y pierden algo que no tiene fin: el buen nombre.

Oholibá, viendo que a Oholá su propia locura le había producido riqueza, quiso imitarla, y enloqueció más que Oholá, además con doble culpa, porque tenía consigo al Dios verdadero y no habría debido pisotear jamás la fuerza que de esta unión le venía: duro, tremendo castigo ha recibido -y más grande aún será -la doblemente desquiciada y fornicadora Oholibá. Dios le volverá la espalda -ya lo está haciendo -para ir a los que no son de Judá. No se puede acusar a Dios de ser injusto porque no se imponga. A todos abre los brazos, invita a todos; pero, si uno le dice: "Vete", se va. Busca amor, invita a otros, hasta que encuentra a alguien que dice: "Voy". Por eso os digo que podéis hallar alivio a vuestro tormento, debéis hallarlo, pensando en estas cosas.

¡Oholá vuelve en ti! Dios te llama. La sabiduría del hombre está en saberse enmendar; la del espíritu, en amar al Dios verdadero y su Verdad. No fijéis vuestra mirada ni en Oholibá, ni en Fenicia, ni en Egipto, ni en Grecia.

Mirad a Dios. Ésa es la Patria de todo espíritu recto, y es el Cielo. No hay muchas leyes, sino una sola: la de Dios. Por ese código se tiene la Vida. No digáis: "Hemos pecado"; decid más bien: "No queremos volver a pecar". La prueba de que Dios os sigue amando la tenéis en esto: os ha enviado a su Verbo a deciros: "Venid". Venid, os digo.

¿Os injurian?, ¿os han proscrito?… ¿Quiénes?: seres semejantes a vosotros. Considerad que Dios es mayor que ellos, y que os dice: "Venid". Llegará un día en que exultaréis por no haber estado en el Templo… Con la mente exultaréis, y aún mayor será el gozo de los espíritus, porque el perdón de Dios habrá descendido a los hombres de corazón recto dispersos por Samaria. Preparad su venida. Venid al Salvador universal, vosotros, hijos de Dios que ya no sabéis hallar el camino.

-Nosotros iríamos, al menos algunos; los que no nos aceptan son los de la otra parte.

-Pues, citando de nuevo al sacerdote y profeta, os digo:

"Yo tomaré el leño de José, que Efraím tiene en su mano, con las tribus de Israel a él unidas, y lo uniré al de Judá para hacer de ellos un solo tronco…". No, no es al Templo; venid a mí; Yo no rechazo a nadie. Yo soy aquel que fue llamado el Rey dominador de todos. Soy el Rey de los reyes.

¡Oh, pueblos todos que deseáis ser purificados, Yo os purificaré! ¡Rebaños sin pastor, o con pastores ídolos, Yo os congregaré, porque soy el Pastor bueno! Os daré el único tabernáculo que voy a poner en medio de mis fieles.

Este tabernáculo será fuente de vida, pan de vida, luz, salvación, protección, sabiduría; será todo, porque será el Viviente dado en alimento a los muertos para que vivan; será el Dios que se efunde con su santidad para santificar. Esto soy y seré. El tiempo del odio, de la incomprensión, del temor, queda superado. ¡Venid! ¡Ven, pueblo de Israel, pueblo separado, pueblo afligido, pueblo lejano, pueblo estimado; infinitamente apreciado por estar enfermo, debilitado; infinitamente amado porque una flecha te ha abierto las venas del corazón y te ha desangrado, ha extraído de tus venas la unión vital con tu Dios! ¡Ven al seno de donde naciste, al pecho de que recibiste la vida; todavía hay para ti dulzura y calor…! ¡Siempre! ¡Ven! ¡Ven a la Vida y a la Salud!

144- Los samaritanos invitan a Jesús a Sicar

Viene hacia Jesús un grupo de notables samaritanos guiados por Fotinai.

-Dios sea contigo, Rabí. Esta mujer nos ha dicho que eres un profeta y que no te desdeñas de hablar con nosotros. Te rogamos que nos concedas tu presencia y que no nos niegues tu palabra, porque… sí, es verdad que hemos sido amputados de Judá, pero no hay por qué decir que sólo Judá sea santo y todo el pecado esté en Samaria; también hay justos entre nosotros.

-Este concepto se lo he expresado Yo también a esta mujer. No me impongo, pero tampoco me muestro reluctante si alguien me busca.

-Eres justo. La mujer nos ha dicho que Tú eres el Cristo. ¿Es verdad? Respóndenos en nombre de Dios.
-Lo soy. La hora mesiánica ha llegado. Israel ha sido reunido por su Rey; y no sólo Israel.

-Pero Tú serás para quienes… no están en error como estamos nosotros -observa un anciano de porte grave.

-Hombre, te veo como cabeza de todos los presentes, y leo en ti una honrada búsqueda de la Verdad. Escúchame ahora tú que estás instruido en las lecturas sagradas. A mí me fue dicho lo mismo que el Espíritu dijo a Ezequiel cuando le confirió una misión profética: "Hijo del hombre, Yo te envío a los hijos de Israel, a los pueblos rebeldes que se han alejado de mí… Son hijos de dura cerviz y corazón indomable… Quizás te escuchen, aunque sin hacer luego caso de tus palabras, que son mías. Efectivamente, se trata de una casa rebelde. Pero, al menos, sabrán que entre ellos hay un profeta. No les tengas miedo. No te asusten sus argumentaciones, porque son incrédulos y subversivos… Refiéreles mis palabras, te presten o no oídos. Haz lo que te digo, escucha lo que te digo para no ser rebelde como ellos. Por tanto, come todo alimento que Yo te ofrezca".

Y he venido. No me hago falsas ilusiones, no pretendo ser acogido como un triunfador; pero, puesto que la voluntad de Dios es mi deleite, la cumplo. Si queréis, os manifiesto las palabras que el Espíritu ha depositado en mí.

-¿Cómo es posible que el Eterno haya pensado en nosotros?

-Porque es Amor, hijos.
-No hablan así los rabíes de Judá.
-Pero sí os habla así el Mesías del Señor.

Está escrito que el Mesías había de nacer de una virgen de Judá. Tú, ¿de quién y cómo naciste?

-En Belén Efratá, de María de la estirpe de David, por obra de espiritual concepción. Quered creerlo.

La bonita voz de Jesús es un tañido de alegre triunfo al proclamar la virginidad de su Madre.

-Tu rostro resplandece con intensa luz. No, Tú no puedes mentir. Los hijos de las tinieblas tienen tenebroso el rostro, turbada la mirada. Tú eres luminoso; tu mirada tiene la limpieza de una mañana de Abril, tu palabra es buena. Entra en Sicar, te lo ruego, y adoctrina a los hijos de este linaje. Luego te marcharás… y nos acordaremos de la Estrella que rayó nuestro cielo…

-¿Y si la siguierais?… ¿Por qué no?
-Pero si no podemos, no.

Hablan mientras se dirigen a la ciudad.

-Somos los separados, al menos así se dice. Hemos nacido con esta fe y no sabemos si es justo dejarla. Además… -sí, contigo podemos hablar, lo percibo -además también nosotros tenemos ojos para ver y cerebro para pensar.

Cuando, por viajes o exigencias comerciales, pasamos a vuestra tierra, todo lo que vemos no es suficientemente santo como para persuadirnos de que Dios esté con vosotros los de Judá, ni tampoco con vosotros los galileos.

-En verdad te digo que el no haberos persuadido, el no haberos conducido de nuevo a Dios -no con ofensas y maldiciones, sino con el ejemplo y la caridad -le será imputado al resto de Israel.

-¡Cuánta sabiduría tienes! ¿Estáis oyendo?
Todos asienten con un murmullo de admiración.

Entretanto, han llegado a la ciudad. Muchas otras personas se acercan mientras se dirigen a una de las casas.

-Escucha, Rabí. Tú, que eres sabio y bueno, resuélvenos una duda; de ello puede depender buena parte de nuestro futuro. Tú, que eres el Mesías -restaurador, por tanto, del reino de David -, debes sentir alegría de restablecer la unión, con el cuerpo del Estado, de este miembro desgajado; ¿no?

-Me preocupo no tanto de reagrupar las partes separadas de una entidad caduca cuanto de conducir de nuevo a Dios a todos los espíritus, y me siento dichoso cuando restauro la Verdad en un corazón. Pero… expón tu duda.

-Nuestros padres pecaron. Desde entonces Dios detesta a las almas de Samaria. Por tanto, aunque siguiéramos la vía del Bien, ¿qué beneficios obtendríamos? Siempre seremos unos leprosos ante los ojos de Dios.

-Como todos los cismáticos, vuestro pesar es eterno; vuestra insatisfacción, perenne. Te respondo también con Ezequiel.

"Todas las almas son mías", dice el Señor -tanto la del padre como la del hijo -, pero morirá sólo el alma que haya pecado. Si un hombre es justo, si no es idólatra, si no fornica, si no roba y no practica la usura, si tiene misericordia de la carne y del espíritu de los demás, será justo ante mis ojos y tendrá vida verdadera. ¿Si un justo tiene un hijo rebelde, éste tendrá la vida por haber sido justo su padre? No, no la tendrá.

Y, si el hijo de un pecador es justo, ¿morirá como su padre por ser hijo suyo? No; vivirá con eterna vida por haber sido justo. No sería justo que uno cargase con el pecado del otro. El alma que haya pecado morirá, la que no haya pecado no morirá. Pero, aun quien haya pecado podrá tener la verdadera vida si se arrepiente y se une a la Justicia. El Señor Dios, el único y solo Señor, dice: "No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y tenga la Vida". Para esto me ha enviado, ¡oh hijos errantes!, para que tengáis la verdadera vida. Yo soy la Vida. Quien cree en mí y en quien me ha enviado tendrá la vida eterna, aunque hasta este momento haya sido un pecador».

-Hemos llegado a mi casa, Maestro. ¿No sientes horror de entrar?

-Sólo me produce horror el pecado.
-Entra entonces, haz aquí un alto en tu camino.

Compartiremos el pan, y luego, si no te es molestia, nos distribuirás la palabra de Dios; dicha por ti tiene otro sabor… Nosotros tenemos aquí un tormento: el de no sentirnos seguros de estar en la verdad…

-Todo se calmaría si os atrevierais a ir abiertamente a la Verdad. Que Dios hable en vosotros, ciudadanos. Pronto anochecerá. No obstante, mañana, a la hora tercera, os hablaré largamente, si lo deseáis. Idos y que la Misericordia os acompañe.

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