143- La samaritana Fotinai

-Yo me paro aquí. Id a la ciudad. Comprad los alimentos necesarios. Comeremos en este lugar.

-¿Vamos todos?
-Sí, Juan. Es bueno que estéis en grupo.
-¿Y Tú? ¿Te quedas solo?… Son samaritanos…
-No serán los peores de entre los enemigos del Cristo.

¡Hala, poneos en camino! Yo oraré mientras os espero. Por vosotros y por éstos.

Los discípulos se van a regañadientes. Tres o cuatro veces se vuelven a mirar a Jesús, que se ha sentado en una paredilla soleada al lado del bajo y ancho brocal de un pozo (un pozo grande, tan ancho que parece casi una cisterna). En verano deben darle sombra unos árboles grandes que ahora están deshojados. No se ve el agua, pero en el suelo, junto al pozo, hay signos claros de haberla sacado: pequeños charcos y círculos de jarros húmedos.

Jesús se sienta y se pone a meditar en su acostumbrada posición: los codos apoyados sobre las rodillas; las manos hacia adelante, unidas; el cuerpo levemente curvado; la cabeza inclinada hacia abajo. Luego, sintiendo el calor de un agradable solecillo, se deja caer el manto de la cabeza y de los hombros y lo tiene recogido sobre su regazo.

Alza la cabeza para sonreír a una multitud de pájaros reñidores que se están disputando una migota que se le ha caído a alguien junto al pozo.

De improviso, llega una mujer. Los pájaros huyen. Viene al pozo con un ánfora vacía sujeta de una de las asas con la mano izquierda; la derecha separa con gesto de sorpresa el velo, para ver quién es el hombre que está sentado allí.

Jesús sonríe a esta mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años, alta, de facciones fuertemente marcadas pero bonitas. Un tipo de mujer que nosotros diríamos casi español: palidez aceitunada; labios muy encendidos y más bien túmidos; ojos grandes, casi demasiado, y negros, bajo cejas muy espesas; trenzas, que se transparentan a través del ligero velo, de color negro corvino. También las formas, más bien modeladas y llamativas, reflejan un marcado tipo oriental, levemente flexuoso, como el de las mujeres árabes.

Lleva un vestido de rayas multicolores, bien ceñido a la cintura, tirante en las caderas y pecho pingües, para pender luego, en una especie de orla ondulante, hasta el suelo. Muchos anillos en las manos carnosas y morenitas, muchas pulseras en las muñecas que despuntan bajo las bocamangas de lino. En el cuello lleva un pesado collar, del que cuelgan medallas (yo diría amuletos, pues son de las más variadas formas). Pesados pendientes, que brillan bajo el velo, caen hasta la altura del cuello.

-La paz sea contigo, mujer. ¿Me das de beber? He andado mucho y tengo sed.
-¿Pero no eres judío? ¿Me pides de beber a mí, que soy samaritana? ¿Qué ha sucedido? ¿Hemos sido rehabilitados, o es que vosotros estáis disgregados? Sin duda algo grande ha sucedido, cuando un judío habla amablemente con una samaritana. De todas formas, debería responderte: "No te doy nada, para castigar en ti todas las injurias que los judíos desde hace siglos nos infligen".

-Así es: un gran acontecimiento. Como consecuencia, muchas cosas han cambiado, y más aún van a cambiar. Dios ha otorgado un gran don al mundo y por él muchas cosas han cambiado. Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: "Dame de beber", quizás tú misma le pedirías de beber y Él te daría agua viva.

-El agua viva está en las venas de la tierra. Este pozo la tiene… pero es nuestro -La mujer se muestra burlona y arrogante.

-El agua es de Dios, como también es de Dios la bondad, y la vida misma. Todo es de un único Dios, mujer. Y todos los hombres vienen de Dios: tanto los samaritanos como los judíos. ¿No es éste el pozo de Jacob? ¿Jacob no es cabeza de nuestra estirpe? Si luego un error nos ha dividido, ello no cambia el origen.

-¿Error nuestro, ¿verdad? -pregunta, agresiva, la mujer.

-Ni nuestro ni vuestro. Error de alguien que había perdido de vista caridad y justicia. No te estoy ofendiendo, ni tampoco a tu raza ¿Por qué quieres tú mostrarte ofensiva?

-Eres el primer judío al que oigo hablar así. Los otros… Pero, respecto al pozo, sí, es el de Jacob y tiene tanta agua y tan clara que los de Sicar la preferimos a las otras fuentes. De todas formas, es muy profundo, y no tienes ni ánfora ni odre; ¿cómo podrías sacar para mí agua viva? ¿Eres, acaso, más que Jacob, nuestro santo patriarca, que encontró esta abundante agua para él, para sus hijos y sus hatos de ganado, y que nos la dejó como don y recuerdo suyo?

-Tú lo has dicho. Mira, quien bebe de esta agua seguirá teniendo sed; Yo, en cambio, tengo un agua que si uno la bebe no vuelve a sentir sed. Pero es sólo mía y la doy a quien me la pide. En verdad te digo que quien reciba esta agua que Yo le dé quedará saciado para siempre y no volverá a tener sed, porque mi agua se hará en él manantial seguro, eterno.

-¿Cómo? No entiendo. ¿Eres un mago? ¿Cómo puede un hombre transformarse en un pozo? El camello bebe y se aprovisiona de agua en su voluminoso vientre, pero luego la consume y no le dura toda la vida. ¿Y Tú dices que tu agua dura toda la vida?

-Más que eso: saltará hasta la vida eterna. Fluirá hasta la vida eterna en quien la beba, y producirá semillas de vida eterna, porque es surtidor de salud.

-Dame de esa agua si es verdad que la posees. Me canso viniendo hasta aquí. La tendré y no volveré a sentir sed, y no enfermaré jamás ni me haré vieja.

-¿Sólo de eso te cansas?, ¿de nada más? ¿Sólo sientes necesidad de sacar agua para beber, para tu pobre cuerpo? Reflexiona. Hay algo que vale más que el cuerpo: el alma. Jacob no dio a los suyos y a sí mismo sólo el agua de la tierra, sino que se preocupó de darse, y de dar, la santidad, el agua de Dios.

-Vosotros nos llamáis paganos. Si eso es verdad, no podemos ser santos…
La mujer ha perdido su tono petulante e irónico y ahora se muestra sumisa y ligeramente confundida.

-Un pagano puede también ser virtuoso. Dios, que es justo, le premiará el bien realizado. No será un premio completo, pero sí te digo que entre un fiel en culpa grave y un pagano sin culpa Dios mira con menos rigor al pagano. ¿Y por qué, si sabéis que lo sois, no vais al verdadero Dios? ¿Cómo te llamas?
-Fotinai.

-Pues, respóndeme, Fotinai: ¿Te duele el no poder aspirar a la santidad por el hecho de ser pagana -como tú dices -, por vivir -como digo Yo -en la ofuscación de un antiguo error?

-Me aflige.
-¿Y entonces, ¿por qué no vives, al menos, como una virtuosa pagana?
-¡Señor! …

-Sí. ¿Puedes, acaso, negarlo? Ve a llamar a tu marido y vuelve aquí con él.
-No tengo marido…

La confusión de la mujer crece.
-Tú lo has dicho: no tienes marido. Has tenido cinco hombres y ahora tienes contigo otro que tampoco es marido tuyo.

¿Era necesario esto? También tu religión desaconseja la impudicia. También tenéis vosotros el Decálogo. ¿Por qué vives así, Fotinai? ¿No te sientes cansada de este esfuerzo de ser la carne de tantos, en vez de la honesta esposa de uno solo?

¿No tienes miedo de cuando decline tu vida, de cuando te encuentres sola con tus recuerdos, con la amargura de lo pasado, con tus temores? Sí, también con tu miedo, tu miedo a Dios y a los espectros. ¿Dónde están tus hijos?».

La mujer baja del todo la cabeza y calla.
-No los tienes aquí en la Tierra. Sin embargo, sus almitas, a las que has impedido conocer el día de la luz, te acusan; siempre. Joyas… bonitos vestidos… casa rica… una mesa bien surtida… Sí, pero vacío y lágrimas y miseria interior. En realidad eres una desvalida, Fotinai; sólo con un arrepentimiento sincero, a través del perdón de Dios -y como consecuencia, el de tus hijos -puedes volver a ser rica.

-Señor, veo que eres profeta. Me avergüenzo…

-¿Ante el Padre que está en los Cielos no sentías vergüenza cuando hacías el mal? Pero… no llores de humillación ante el Hombre… Ven aquí, Fotinai, junto a mí. Yo te hablaré de Dios. Quizás no lo conocías bien y por eso… sí, por eso has cometido tantos errores; si hubieras conocido bien al verdadero Dios, no te habrías rebajado de este modo, Él te habría hablado y sostenido…

-Señor, nuestros padres adoraron en este monte. Vosotros decís que sólo en Jerusalén se puede adorar. Pero, como Tú dices, Dios es sólo uno. Ayúdame a ver dónde y cómo debo hacerlo…

-Mujer, créeme, está llegando la hora en que ni en el monte de Samaria ni en Jerusalén será adorado el Padre.

Vosotros adoráis a quien no conocéis, nosotros a quien conocemos, porque la salvación viene de los judíos.

Recuerda a los Profetas. Pero llega la hora -es ésta -en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; no ya con el rito antiguo sino con el nuevo, exento de sacrificios y hostias de animales consumidos por el fuego: el rito del sacrificio eterno de la Hostia inmaculada consumida por el Fuego de la Caridad: culto espiritual del Reino espiritual, que será comprendido por aquellos que sepan adorar en espíritu y en verdad. Dios es Espíritu y debe ser adorado espiritualmente.

-Dices santas palabras. Yo sé -también nosotros sabemos alguna cosa -que el Mesías va a llegar pronto; el Mesías, llamado también "el Cristo". Cuando venga nos enseñará todo. Aquí cerca está el que dicen que es su Precursor; muchos van a él a oírle. Pero es muy severo. Tú eres bueno. Las almas menesterosas no sienten miedo de ti. Yo creo que el Cristo será bueno. Lo llaman Rey de la paz… ¿Tardará mucho en venir?

-Te he dicho que su tiempo es éste.
-¿Cómo lo sabes? ¿Eres discípulo suyo? El Precursor tiene muchos discípulos; también los tendrá el Cristo.

-Soy Yo, el que te está hablando, el Cristo Jesús.
-¡Tú!… ¡Oh!…
La mujer, que se había sentado junto a Jesús, se levanta y hace ademán de huir.

-¿Por qué quieres huir, mujer?
-Porque me da horror estar a tu lado. Tú eres santo…
-Soy el Salvador. He venido aquí -y no era necesario -porque sabía que tu alma estaba cansada de vagar. Ya te produce náuseas tu alimento… He venido a darte uno nuevo, que te quitará las náuseas y la hartura… Allí vuelven mis discípulos, con mi pan, pero el solo hecho de haberte dado estas migas iniciales de tu redención ya me ha alimentado.

Los discípulos miran a la mujer de soslayo, más o menos prudentemente, pero ninguno habla. Ella se marcha olvidando agua y ánfora.

-Mira, Maestro -dice Pedro -, nos han tratado bien. Aquí hay queso, pan reciente, aceitunas y manzanas. Coge lo que quieras. Esa mujer ha hecho bien dejando el ánfora; así será más rápido, que no con nuestros pequeños odres.

Bebemos y luego los llenamos, y así no tendremos que pedir nada a los samaritanos, no tendremos ni siquiera que acercarnos a sus fuentes. ¿No comes? He buscado pescado para ti, pero no había. Quizás te hubiera gustado más. Te veo cansado y pálido.

-Tengo un alimento que vosotros no conocéis. Comeré de ése. Repondrá ampliamente mis energías.
Los discípulos se miran con ademán de querer preguntar.

Jesús responde a sus calladas preguntas.
-Mi alimento consiste en hacer la voluntad del que me ha enviado y consumar la obra que me ha encomendado. Cuando un sembrador esparce la semilla, ¿puede pensar que ya ha hecho todo, como si hubiera cosechado? Ciertamente no.

¡Cuánto tendrá que hacer todavía para poder decir: "Mi obra está cumplida"! Hasta ese momento no podrá descansar.

Fijaos en estos campos bajo el alegre sol de la hora sexta. Hace sólo un mes, incluso menos, la tierra estaba desnuda, oscura por el agua de las lluvias. Fijaos ahora: abundantes tallitos de trigo, recién brotados, de un verde tenuísimo, que, bajo esta intensa luz, parece todavía más claro, la hacen blanquecina con el sutil velo con que la cubren, que es la mies futura. Vosotros, viéndolo, decís:

"Dentro de cuatro meses será la cosecha. Los sembradores tomarán consigo a los segadores; porque, aunque uno sea suficiente para sembrar su propio campo, muchos son necesarios para segarlo. Ambas partes están contentas: tanto el que ha sembrado un pequeño saquito de trigo y ahora debe preparar los graneros para guardarlo, como los que en pocos días ganan de qué vivir para algunos meses".

De la misma forma, en el campo del espíritu, los que recojan lo que por mí fue sembrado se alegrarán conmigo, y como Yo, porque les daré mi salario y el fruto debido. Les daré de qué vivir en mi Reino eterno. Vosotros sólo tenéis que recoger. Yo he hecho la parte más dura del trabajo; no obstante, os digo: "Venid, cosechad en mi campo; contento me siento de que os carguéis de manípulos de mi trigo. Una vez que hayáis recogido todo mi trigo, sembrado por mí por todas partes, infatigable, quedará cumplida la voluntad de Dios, y Yo me sentaré al banquete de la celeste Jerusalén".

Allí vienen los samaritanos con Fotinai. Mostrad caridad para con ellos. Son almas que se acercan a Dios.

142- Con los doce hacia Samaria

Jesús está con sus doce apóstoles. El paraje sigue siendo montuoso; no obstante, siendo suficientemente cómodo el camino, van todos en grupo hablando entre sí.

-Ahora que estamos solos podemos decirlo: ¿por qué tanta rivalidad entre dos grupos? -dice Felipe.

-¿Rivalidad? ¡No es sino soberbia! -rebate Judas de Alfeo.
-No. Yo digo que es sólo un pretexto para justificar de algún modo su conducta injusta con el Maestro. Bajo el velo de celo por el Bautista, logran alejarlo sin disgustar demasiado al pueblo -dice Simón.

-Yo los desenmascararía.

-Nosotros, Pedro, haríamos muchas cosas que Él no hace.
-¿Por qué no las hace?

-Porque sabe que lo correcto es no hacerlas. Nosotros sólo debemos seguirlo, no nos corresponde guiarlo. Y debemos estar contentos de ello. Es gran descanso el tener sólo que obedecer…

-Has hablado bien, Simón -dice Jesús, que iba delante, pensativo -Es así, como has dicho; obedecer es más fácil que mandar. No lo parece, pero es así. Bueno, claro, es fácil cuando el espíritu es bueno, como también es difícil mandar para un espíritu recto; porque, si no es recto, ordena cosas descabelladas, o peor que descabelladas. En ese caso es fácil mandar y mucho más difícil obedecer.

Cuando uno tiene la responsabilidad de ser el primero en un lugar o en un conjunto de personas, debe tener siempre presentes la caridad y la justicia, la prudencia y humildad, la templanza y la paciencia, la firmeza -pero sin testarudez -. Es difícil, sí. Vosotros, por el momento, sólo tenéis que obedecer: a Dios y a vuestro Maestro.

Tú, y no sólo tú, te preguntas por qué hago o no ciertas cosas; te preguntas por qué Dios permite o no tales cosas. Mira, Pedro, y todos vosotros, amigos míos. Uno de los secretos del perfecto fiel consiste en no autoelevarse nunca a interpelar a Dios. "¿Por qué haces esto?": pregunta uno poco formado a su Dios, y parece como si se pusiera a representar el papel de un adulto experimentado ante un escolar para decir: "Esto no se hace, es una necedad, un error". ¿Quién puede superar a Dios?

Como podéis ver, ahora me rechazan so pretexto de celo por Juan. Esto os escandaliza, y quisierais que rectificase el error y me pusiera en actitud polémica contra quienes expresan esta razón. No. No. Jamás. Ya habéis oído lo que el Bautista, por boca de sus discípulos, ha dicho: "Es necesario que Él crezca y yo merme". Es decir, no hay nostalgias, no hay un aferrarse a la propia posición. El santo no se apega a estas cosas, no trabaja con vistas al número de fieles "propios"; no tiene fieles propios; trabaja para aumentarle a Dios el número de fieles. Sólo Dios tiene derecho a tener fieles. Por tanto, de la misma forma que Yo no me duelo de que, de buena o mala fe, algunos permanezcan con el Bautista, él tampoco se aflige -ya le habéis oído -por el hecho de que discípulos suyos vengan a mí; está desapegado de estas pequeñeces numéricas. Pone su mirada en el Cielo, como Yo.

No estéis, entonces, litigando entre vosotros sobre si es justo o no que los judíos me acusen de arrebatarle discípulos al Bautista, o sobre si es justo o no que estas cosas se dejen decir. Disputas de este tipo son propias de mujeres charlatanas en torno a una fuente. Los santos se ayudan, se dan y se intercambian los espíritus con jovial facilidad, sonrientes por la idea de trabajar para el Señor.

Yo he bautizado, es más, os he puesto a bautizar, porque tan pesado es, ahora, el espíritu, que es necesario presentarle formas materiales de piedad, de milagro y de enseñanza. Por causa de esta pesantez espiritual tendré que recurrir a la ayuda de cosas materiales cuando quiera que obréis milagros. Pero, creedlo, no estará en el aceite, ni en el agua, ni en ceremonias, la prueba de la santidad. Se acerca el momento en que una impalpable cosa, invisible, inconcebible para los materialistas, será reina, la "restablecida" reina, pudiente en todo lo santo, santa en toda cosa santa.

Por ella el hombre quedará restablecido como "hijo de Dios" y obrará lo que Dios obra, porque tendrá a Dios consigo.

La Gracia: ésta es la reina que está volviendo. Entonces el bautismo será sacramento. Entonces el hombre hablará y comprenderá el lenguaje de Dios, y la Gracia dará vida y Vida, dará poder de ciencia y de potencia; entonces… ¡oh! ¡entonces!…

Pero todavía no tenéis la madurez suficiente para comprender lo que os va a conceder la Gracia. Os ruego que ayudéis su venida con una continua obra de formación de vosotros mismos, y que abandonéis las cosas inútiles propias de hombres mezquinos…

Allá se ve el límite de Samaria. ¿Creéis acertado que me acerque a hablar?
-¡Oh!!

Todos, quién más, quién menos, se muestran escandalizados.

-En verdad os digo que por todas partes hay samaritanos. Si no tuviera que hablar donde hubiera un samaritano, no debería hacerlo en ningún lugar. Venid, pues. No voy a intentar hablar, pero no rechazaré hablar de Dios si me lo piden. Un año ha terminado, empieza el segundo; está a caballo entre el principio y el final. Al principio predominaba el Maestro, ahora, fijaos, se revela el Salvador; el final tendrá el rostro del Redentor. Vamos.

El río aumenta de caudal a medida que se acerca a la desembocadura; como Yo, que aumento la obra de misericordia porque la desembocadura está ya cerca».

-¿Después de la Galilea vamos a ir a algún río caudaloso? ¿Al Nilo? ¿Al Éufrates?-comentan algunos en voz baja.

-Quizás es que vamos a tierra de gentiles… -responden otros.

-No cuchicheéis. Nos dirigimos a mi desembocadura, o sea, hacia el cumplimiento de mi misión. Prestadme mucha atención, porque después os dejaré, y debéis continuar en mi nombre.

141- Yendo hacia Arimatea con los discípulosy con José de Emaús

Señor, ¿qué vamos a hacer de éste? -pregunta Pedro a Jesús señalando al hombre -de nombre José -que los sigue desde que han dejado Emaús y que ahora escucha a los dos hijos de Alfeo y a Simón, que se ocupan de él de modo particular.

Ya lo he dicho: viene con nosotros hasta Galilea.

-¿Y luego?…
-Luego… se quedará con nosotros; ya verás…
-¿También él discípulo? ¿Con ese pasado?
-¿También tú fariseo?

-¡No! Pero… lo que me parece es que los fariseos nos vigilan demasiado…

-Y si lo ven con nosotros nos crearán dificultades. Es lo que quieres decir, ¿no? ¿Y entonces, por temor a que nos molesten, tendríamos que dejar a un hijo de Abraham a merced de su desolación? No, Simón Pedro; es un alma que puede perderse o salvarse según el tratamiento que se dé a su profunda herida.

-¿Pero, ¿no somos nosotros ya tus discípulos?…
Jesús mira a Pedro y sonríe con finura. Luego responde:

-Te dije un día, hace muchos meses: "Vendrán otros muchos discípulos". E1 campo de acción es vastísimo; los obreros, debido a esta vastedad, serán siempre insuficientes… y, también, porque muchos acabarán como Jonás: perdiendo su vida en el duro trabajo. Pero vosotros seréis siempre mis predilectos -termina Jesús, arrimando a sí a este Pedro apurado que con la promesa se ha tranquilizado.

-Entonces viene con nosotros, ¿no?
-Sí. Hasta que su corazón recobre la salud. Está envenenado de tanta animadversión como ha tenido que tragar. Está intoxicado.

Santiago, Juan y Andrés alcanzan al Maestro y se ponen también a escuchar.

No podéis evaluar el inmenso mal que un hombre puede hacer a su congénere con una actitud de hostil intransigencia.
Os ruego que recordéis que vuestro Maestro fue siempre muy benigno con los enfermos espirituales. Sé que opináis que mis mayores milagros y principal virtud se manifiestan en las curaciones de los cuerpos. No, amigos… Acercaos también los que vais delante y los rezagados; el camino es ancho y podemos andar en grupo.

Todos se arriman a Jesús, que prosigue:

-Mis principales obras, las que más testifican mi naturaleza y mi misión, las en que recae, dichosa, la mirada de mi Padre, son las curaciones de los corazones, tanto cuando son sanadoras de uno o varios vicios capitales como cuando eliminan la desolación que abate el ánimo, persuadido de estar bajo sanción divina y abandonado de Dios.

¿Qué es un alma, si pierde la seguridad de la ayuda de Dios? Es como una delgada correhuela: no pudiendo seguir aferrada a la idea que constituía su fuerza y dicha, se arrastra por el polvo. Vivir sin esperanza es horroroso.

La vida es bonita ­dentro de sus asperezas -sólo si recibe esta onda de Sol divino. El fin de la vida es ese Sol. ¿Es lóbrego el día humano?, ¿está empapado de llanto y signado con sangre? Sí. Pero saldrá el Sol. Se acabarán, entonces, dolor y separaciones, asperezas y odios, miserias y soledades de momentos angustiosos, de momentos de ofuscación. Luminosidad, entonces, canto y serenidad, paz y Dios, Dios, que es el Sol eterno. Fijaos qué triste está la Tierra cuando hay eclipse. Si el hombre dijese para sí:

"El Sol ha muerto", ¿no le parecería, acaso, vivir para siempre en un oscuro hipogeo, como emparedado, enterrado, difunto antes de haber muerto? ¡Ah…, pero el hombre sabe que más allá de ese astro que oculta al Sol, que hace fúnebre al mundo, sigue estando el radiante Sol de Dios!

Así es el pensamiento de la unión con Dios durante una vida. ¿Hieren los hombres?, ¿despojan a otros de sus bienes?, ¿calumnian? Sí. Pero Dios medica, reintegra, justifica… ¡y con medida colmada! ¿Dicen los hombres que Dios te ha rechazado? Bueno, ¿y qué?; el alma que se siente segura piensa, debe pensar: "Dios es justo y bueno, ve las causas de las cosas y es más benigno, más que el mejor de los hombres, infinitamente benigno; por tanto, no me rechazará si apoyo mi rostro lloroso sobre su pecho y le digo: “Padre, sólo Tú me quedas; tu hijo está desconsolado y abatido; dame tu paz…”.

Ahora Yo, el Enviado, el enviado por Dios, recojo a aquellos a quienes el hombre ha confundido, o han sido arrastrados por Satanás, y los salvo. Ésta es mi obra, ésta es verdaderamente mía. El milagro obrado en los cuerpos es potencia divina, la redención de los espíritus es la obra de Jesucristo, el Salvador y Redentor. Pienso, y no yerro, que estos que han encontrado en mí su rehabilitación ante los ojos de Dios y los propios serán mis discípulos fieles, los que podrán arrastrar con mayor fuerza a las turbas hacia Dios, diciendo:

"¿Vosotros pecadores? Yo también. ¿Vosotros descorazonados? Yo también. ¿Vosotros desesperados?

También yo. Ved cómo, a pesar de todo, el Mesías ha tenido piedad de mi miseria espiritual y me ha querido sacerdote suyo; porque El es la Misericordia y quiere que se persuada de ello el mundo (y nadie es más capaz de persuadir que quien tiene propia experiencia)".

Yo, ahora, a éstos los uno a mis amigos y a los que me adoraron desde el momento de mi nacimiento, es decir, a vosotros y a los pastores; los uno, en particular, a los pastores, a los curados, a aquellos que, sin especial elección como la de vosotros doce, han entrado en mi camino y habrán de seguirlo hasta la muerte. En Arimatea está Isaac. Me ha pedido esto José, amigo nuestro. Tomaré conmigo a Isaac para que se una a Timoneo, cuando llegue.

Si prestas fe a que en mí hay paz y razón de toda una vida, podrás unirte a ellos; serán para ti buenos hermanos».

-¡Oh, Consolación mía! Es exactamente como Tú dices. Mis grandes heridas, tanto de hombre como de creyente, se van curando cada hora que pasa. Hace tres días que estoy contigo, y ya me parece como si eso que, hace sólo tres días, era mi tormento fuera un sueño que se va desvaneciendo. Lo hice, sí, pero, ante tu realidad, cuanto más va pasando el tiempo, más va perdiendo sus extremos cortantes. Estas noches he pensado mucho. En Joppe tengo un pariente que es bueno (aunque haya sido causa involuntaria de mi mal, pues por él conocí a aquella mujer). Que esto te diga si podíamos saber de quién era hija… ¿De la primera mujer de mi padre? Sí, lo habrá sido, pero no de mi padre; llevaba otro nombre y venía de lejos. Conoció a mi pariente por unas transacciones de mercancías. Yo la conocí así. Mi pariente ambiciona mis negocios. Y se los voy a ofrecer, porque sin dueño se perderían. Los adquirirá. Incluso por no sentir todo el remordimiento de haber sido causa de mi mal… Así podré bastarme y seguirte tranquilo. Sólo te pido que me concedas la compañía de este Isaac que nombras; tengo miedo de estar solo con mis pensamientos: son demasiado tristes todavía…

-Te daré su compañía. Tiene buen corazón. El dolor lo ha perfeccionado. Ha llevado su cruz durante treinta años. Sabe lo que es el sufrimiento… Nosotros, entretanto, continuaremos. Nos alcanzaréis en Nazaret.

-¿No nos vamos a detener en casa de José?

José está probablemente en Jerusalén… El Sanedrín tiene mucho que hacer. De todas formas lo sabremos por Isaac. Si está, le llevaremos nuestra paz; si no, nos quedaremos sólo a descansar una noche. Tengo prisa de llegar a Galilea. Allí hay una Madre que sufre -porque tenéis que pensar que hay a quien le apremia causarle dolor -y quiero confortarla.

140- En Emaús, en casa del arquisinagogo Cleofás.

Un caso de incesto. Fin del primer año
Juan y su hermano llaman a una casa en un pueblo (reconozco la casa donde entraron los dos de Emaús con Jesús resucitado). Cuando les abren, entran y hablan con alguien, no veo; luego salen y se echan a andar por un camino. Llegan hasta donde están Jesús y los otros, detenidos en un lugar apartado.

-Está, Maestro; y está contentísimo de que verdaderamente hayas venido. Nos ha dicho: "Id a decirle que mi casa es suya.

Ahora voy yo también".

-Vamos entonces.

Caminan durante un tiempo y se encuentran con el anciano jefe de la sinagoga, Cleofás, visto anteriormente en Agua Especiosa. Se saludan mutuamente con una inclinación de cabeza; no obstante, después, el anciano, que parece un patriarca, se arrodilla con un devoto saludo. Algunos habitantes del lugar, al ver esto, se acercan curiosos.
El anciano se alza y dice:

-He aquí al Mesías prometido. Recordad este día, habitantes de Emaús.

Unos observan con una curiosidad enteramente humana, otros ya expresan en sus miradas una religiosa reverencia. Dos de ellos se abren paso y dicen:

-Paz a ti, Rabí. Estábamos presentes nosotros también aquel día.

-Paz a vosotros, y a todos. He venido, como me había pedido vuestro jefe de la sinagoga.
-¿Vas a hacer milagros aquí también?
-Si hay hijos de Dios que crean y tengan necesidad de ello, ciertamente lo haré.

El jefe de la sinagoga dice:

-Quienes deseen oír al Maestro que vengan a la sinagoga. Igualmente el que tenga enfermos. ¿Puedo decir esto,
Maestro?

-Puedes. Después de la hora sexta estaré a vuestra entera disposición. Ahora soy del buen Cleofás.
Y, seguido de un séquito de gente, prosigue al lado del anciano hasta su casa.

-Éste es mi hijo, Maestro; y ésta, mi mujer… y la mujer de mi hijo y los niños pequeños. Siento mucho el que mi otro hijo esté con el suegro de mi hijo Cleofás en Jerusalén, junto con un infeliz de aquí…

-Ya te contaré. Entra, Señor, con tus discípulos.
Entran y reciben las atenciones que son habituales, para reponer fuerzas, en el uso hebreo. Luego se acercan al fuego, que arde en una amplia chimenea, porque el día está húmedo y frío.

Dentro de poco nos sentaremos a la mesa. He invitado a los notables del lugar. Hoy celebraremos una gran fiesta. No todos creen en ti, pero tampoco son enemigos; solamente indagadores. Quisieran creer, pero hemos sufrido demasiadas veces desilusiones sobre el Mesías en estos últimos tiempos. Hay desconfianza. Sería suficiente una palabra del Templo para eliminar cualquier tipo de duda, pero el Templo… Yo he pensado que viéndote a ti y oyéndote, así, simplemente, se podría hacer mucho en este sentido. Yo quisiera proporcionarte verdaderos amigos.

-Tú eres ya uno de ellos.

-Yo soy un pobre anciano. Si fuera más joven, te seguiría; pero los años pesan.

-Me estás sirviendo ya con tu creer. Me estás predicando ya con tu fe. Estate tranquilo, Cleofás. No me olvidaré de ti en la hora de la Redención.

-Aquí llegan Simón y Hermas - avisa el hijo del jefe de la sinagoga.

Entran dos personas de media edad, de noble aspecto, y se ponen todos en pie.

-Éste es Simón y éste Hermas, Maestro. Son verdaderos israelitas, de corazón sincero.

-Dios se manifestará a sus corazones. Entretanto, descienda la paz sobre ellos. Sin paz no se oye a Dios.
-Está escrito también en el libro de los Reyes hablando de Elías.

-¿Son tus discípulos éstos? - pregunta el que tiene por nombre Simón.

-Sí.
-Los hay de las más diversas edades y lugares. ¿Y Tú? ¿Eres galileo?

-De Nazaret, pero nacido en Belén en tiempos del censo.

-Betlemita entonces. Ello confirma tu figura.
-Benigna confirmación… para la debilidad humana; mas la confirmación se halla en lo sobrehumano.
-En tus obras, quieres decir, ¿no? - dice Hermas.
-En ellas y en las palabras que el Espíritu enciende en mi labio.
-El que te oyó me las repitió. Verdaderamente grande es tu sabiduría. ¿Tienes intención de fundar con ella tu Reino?
-Un rey debe tener súbditos que estén en conocimiento de las leyes de su reino.

-¡Pero tus leyes son, todas, espirituales!

-Tú lo has dicho, Hermas. Todas espirituales. Yo tendré un reino espiritual. Mi código, por tanto, es espiritual.
-¿Y la reconstitución de Israel, entonces?

-No caigáis en el error común de tomar el nombre "Israel" en su significado humano. Se dice "Israel" para decir
"Pueblo de Dios". Yo constituiré de nuevo la libertad y la verdadera potencia de este pueblo de Dios, y a él mismo, restituyendo al Cielo las almas, redimidas y conocedoras de las eternas verdades.

-Sentémonos a las mesas. Os lo ruego - dice Cleofás, que toma asiento junto a Jesús, en el centro. A la derecha de Jesús está Hermas, al lado de Cleofás está Simón, luego el hijo del arquisinagogo, en los otros sitios los discípulos.

Jesús, a petición del huésped, realiza el ofrecimiento y la bendición, y se empieza la comida.

-¿Vienes aquí, a esta zona, Maestro? - pregunta Hermas.
-No. Voy a Galilea. Aquí vendré de paso.
-¿Cómo? ¿Dejas Agua Especiosa?
-Sí, Cleofás.

-Pues iban las turbas incluso en invierno. ¿Por qué les quitas esta ilusión?

-No soy Yo. Así lo quieren los puros de Israel.
-¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué mal hacías? Palestina tiene muchos rabíes que hablan donde quieren. ¿Por qué no se te concede a ti?

-No indagues, Cleofás. Eres anciano y sabio. No metas en tu corazón veneno de amargo conocimiento.

-¿Quizás es que manifestabas doctrinas nuevas, consideradas peligrosas - evidentemente por error de valuación – por los escribas y fariseos? Cuanto de ti sabemos no nos parece… ¿Verdad, Simón? Pero quizás es que nosotros no sabemos todo.

¿En qué consiste para ti la Doctrina? - pregunta Hermas.
-En el conocimiento exacto del Decálogo, en el amor y en la misericordia. El amor y la misericordia, esta respiración y esta sangre de Dios, son la norma de mi conducta y de mi doctrina. Y Yo los aplico en todos los aprietos de cada uno de mis días.

-¡Pues esto no es ninguna culpa! Es bondad.

-Los escribas y fariseos la juzgan como culpa. Mas Yo no puedo mentir a mi misión, ni desobedecer a Dios, que me ha enviado como "Misericordia" a la Tierra. Ha llegado el tiempo de la Misericordia plena, después de siglos de Justicia. Ésta es hermana de la primera; como dos que han nacido de un solo seno. Pero, mientras que antes era más fuerte la Justicia, y la otra se limitaba sólo a atenuar el rigor - porque Dios no puede prohibirse el amar -, ahora la Misericordia es reina (¡y cuánto se regocija por ello la Justicia, que tanto se afligía por tener que castigar!). Si os fijáis bien, veréis fácilmente que ambas siempre existieron desde que el Hombre le obligó a Dios a ser severo.

El subsistir de la Humanidad no es sino la confirmación de cuanto estoy diciendo. Ya en el mismo castigo de Adán está incorporada la misericordia. Podía haberlos reducido a cenizas en su pecado. Les dio la expiación, y en el horizonte de la mujer, causa de todo mal, abatida por este ser causa del mal, hizo refulgir una figura de Mujer causa del bien. Y a ambos les concedió los hijos y los conocimientos de la existencia. A1 asesino Caín, junto con la justicia, le concedió el signo - y era misericordia - para que no lo mataran. Y a la Humanidad corrompida le concedió a Noé para conservarla en el arca, y luego prometió un pacto sempiterno de paz. Ya no más el fiero diluvio; ya no más. La Justicia fue sometida por la Misericordia. ¿Queréis recorrer conmigo la Historia sagrada para llegar hasta el momento mío? Veréis siempre, y cada vez más amplias, repetirse las ondas del amor. Ahora está colmo el mar de Dios, y te eleva, ¡oh, Humanidad!, sobre sus aguas delicadas y serenas; te eleva al Cielo, purificada, hermosa, y te dice: "Te llevo de nuevo al Padre mío".

Los tres han quedado abismados en el hechizo de tanta luz de amor. Luego Cleofás suspira y dice:

-Así es. ¡Pero sólo Tú eres así! ¿Qué será de José? ¡Deberían haberlo escuchado ya! -¿Lo habrán hecho?
Ninguno responde.

Cleofás se vuelve hacia Jesús y dice:

-Maestro, uno de Emaús, cuyo padre había repudiado a su mujer, la cual fue a establecerse a Antioquía con un hermano suyo, propietario de un emporio, ha incurrido en culpa grave. Él no había conocido jamás a aquella mujer, repudiada - no quiero indagar las causas - tras pocos meses de matrimonio. Nada había sabido de ella porque, naturalmente, su nombre había quedado desterrado de esa casa. Ya hecho un hombre, heredados de su padre actividad comercial y bienes, pensó formar un hogar, y, habiendo conocido en Joppe a una mujer, dueña de un rico emporio, la tomó por esposa. Ahora - no sé cómo se ha sabido - se ha sacado a la luz que esa mujer era hija de la mujer del padre de él. Por tanto, pecado grave, aunque, para mí, es muy insegura la paternidad de la mujer. José, habiendo sido condenado, ha perdido al mismo tiempo su paz de fiel y su paz de marido. Y, a pesar de que, con gran dolor, hubiera repudiado a su mujer, quizás hermana suya - la cual, por el sufrimiento cayó en estado febril y murió -, a pesar de ello, no lo perdonan. En conciencia, yo digo que, de no haber habido enemigos en torno a sus riquezas, no habrían procedido contra él de este modo.

-¿Tú qué harías?

-El caso es muy grave, Cleofás. Cuando has venido a mi encuentro, ¿por qué no me has hablado de ello?

-No quería alejarte de aquí.

-¡Pero si a mí estas cosas no me alejan! Ahora escucha.

Materialmente hay incesto, y, por tanto, castigo. Ahora bien, la culpa, para ser moralmente culpa, debe tener a la base la voluntad de pecar. ¿Este hombre ha cometido incesto a sabiendas? Tú dices que no. Entonces, ¿dónde está la culpa - quiero decir la culpa de haber querido pecar? Está aún la del contubernio con una hija del propio padre. Pero tú dices que no era seguro que lo fuese. Y, aunque lo hubiera sido, la culpa cesa al cesar el contubernio. El cese aquí es seguro, no sólo por el repudio, sino porque ha sobrevenido la muerte. Por ello, digo que ese hombre debería ser perdonado, incluso de su aparente pecado. Y digo que, dado que no ha sido condenado el incesto regio, que continúa ante los ojos del mundo, debería mostrarse piedad hacia este doloroso caso, cuyo origen se encuentra en la licencia de repudio que Moisés concedió, para evitar males, aunque no más graves, sí más numerosos. Licencia que Yo condeno, porque el hombre, se haya casado bien o mal, debe vivir con el cónyuge y no repudiarlo y favorecer adulterios o situaciones similares a ésta. Además, repito, a la hora de ser severos, hay que serlo en igual medida con todos; es más, antes con uno mismo y con los grandes. Ahora bien, que Yo sepa, ninguno, quitando al Bautista, ha alzado la voz contra el pecado regio. ¿Los que condenan están inmunes de culpas similares o peores?, ¿o, tal vez, estas culpas quedan cubiertas por el velo del nombre y del poder, de la misma forma que el pomposo manto proporciona cobijo a su cuerpo, frecuentemente enfermo por el vicio?

-Bien has hablado, Maestro. Así es. Pero, en definitiva, ¿Tú quién eres?… - preguntan a una los dos amigos del sinagogo.

Jesús no puede responder porque se abre la puerta y entra Simón,, suegro de Cleofás hijo.

-¡Bienvenido de nuevo! ¿Entonces? - la curiosidad es tan viva, que ninguno piensa ya en el Maestro.
-Entonces… condena absoluta. Ni siquiera han aceptado el ofrecimiento del sacrificio. José ha quedado separado de Israel».

-¿Dónde está?

-Ahí fuera. Y está llorando. He tratado de hablar con los más influyentes. Me han arrojado de su presencia como si fuera un leproso. Ahora… pero… lo han hundido a ese hombre, en los bienes y en el alma. ¿Qué más puedo hacer?
Jesús se levanta y se dirige hacia la puerta, sin decir nada.

El anciano Cleofás piensa que se ha sentido ofendido por la falta de atención y dice:

-¡Oh, perdona, Maestro! Es que el dolor que me causa este hecho me turba la mente. ¡No te vayas! ¡Te lo ruego!
-No me voy, Cleofás. Sólo voy donde ese desdichado. Venid, si queréis, conmigo.

Jesús sale al vestíbulo. La casa tiene una franja de terreno delante, unos cuadros pequeños de jardín, más allá de los cuales está el camino. En el suelo, a la entrada, hay un hombre. Jesús se le acerca con los brazos abiertos. Detrás, todos los demás tratando de ver.

-José, ¿ninguno te ha perdonado? - Jesús habla lleno de dulzura. El hombre se estremece al oír esa voz nueva, llena de bondad, después de tantas voces de condena. Alza el rostro y lo mira asombrado - José, ¿ninguno te ha perdonado? – repite Jesús inclinándose para tomarle sus manos y levantarlo.

-¿Quién eres? - pregunta el desdichado.
-Soy la Misericordia y la Paz.
-.Para mí ya no hay ni misericordia ni paz.
-En el seno de Dios siempre hay misericordia y paz. Es un seno colmo de estas cosas, y especialmente para los hijos infelices.

-Mi culpa es tal, que estoy separado de Dios. Déjame, para no contaminarte, Tú, que ciertamente eres bueno.
-No te dejo. Quiero llevarte a la paz.
-Pero si yo soy… ¿Tú quién eres?

-Te lo he dicho: Misericordia y Paz. Soy el Salvador, soy Jesús. Levántate. Yo puedo lo que quiero. En nombre de Dios te absuelvo de la involuntaria contaminación. El otro mal no existe. Yo soy el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Todo juicio del Eterno ha quedado deferido a mí. Quien cree en mi palabra tendrá la vida eterna… Ven, pobre hijo de Israel.

Repón las fuerzas de tu cuerpo cansado y fortalece el espíritu abatido. Culpas mucho mayores perdonaré. No. ¡De mí no provendrá la desesperación de los corazones! Yo soy el Cordero sin mancha, pero no evito por miedo a contaminarme a las ovejas heridas. Es más, las busco y las conduzco conmigo. Demasiados, demasiados son los que se encaminan a la completa destrucción a causa de demasiada severidad, incluso injusta, de juicio. ¡Ay de aquellos que debido a un intransigente rigor conducen a un espíritu a desesperar! Tales no promueven los intereses de Dios, sino los de Satanás. Pues bien, veo que una pecadora ansiosa de redención ha sido alejada del Redentor, veo que persiguen a un jefe de sinagoga por ser justo; veo que ha sido castigado uno que inadvertidamente ha caído en culpa.

Veo que se hacen demasiadas cosas desde allí, desde allí donde viven el vicio y la mentira. Y, como la pared que ladrillo a ladrillo se alza hasta cerrarse, así estas cosas - y en un año ya he visto demasiadas - están levantando entre mí y ellos un muro de dureza. ¡Ay de ellos cuando esté completamente levantado con los materiales aportados por ellos mismos! Ten: bebe, come. Estás exhausto. Luego, mañana, vendrás conmigo. No temas.

Cuando recuperes la paz del espíritu, podrás juzgar libremente sobre tu futuro. Ahora no podrías hacerlo, y sería peligroso dejártelo hacer.

Jesús se ha llevado consigo al hombre dentro de la sala y le ha obligado a sentarse en su sitio. Incluso le sirve. Luego se vuelve hacia Hermas y hacia Simón y dice:
-Ésta es mi Doctrina. Ésta y no otra. Y no me limito a predicarla, sino que la hago realidad. Quien tenga sed de Verdad y de Amor venga a mí.

Dice Jesús:

-Y con esto termina el primer año de evangelización.

Conservad nota de ello. ¿Qué puedo deciros? Lo he dado porque mi deseo era que fuera conocido. Pero, como con los fariseos, sucede con este trabajo. Mi deseo de ser amado - conocer es amar - se ve rechazado por demasiadas cosas. Y esto es un gran dolor para mí, que soy el eterno Maestro a quien vosotros habéis hecho prisionero…

139- En los montes de las cercanías de Emaús. El carácter de Judas Iscariote y las cualidades de los buenos

Jesús se encuentra con los suyos en un lugar muy montañoso. El camino es incómodo y escabroso y a los más ancianos se les hace muy duro; sin embargo, los jóvenes se muestran muy contentos en torno a Jesús y suben ágiles, conversando entre sí.

El pensamiento de volver a Galilea tiene alborozados a los dos primos, los dos hijos de Zebedeo, y a Andrés, y su alegría es tal, que conquista también al Iscariote, que desde hace un tiempo se encuentra en las mejores disposiciones de espíritu. Se limita a decir:
-Bueno, Maestro, pero, para Pascua, cuando se va al Templo… ¿vas a volver a Keriot? Mi madre sigue esperando a que vayas. Me lo ha hecho saber. E igualmente mis paisanos…

-Por supuesto. Ahora, aunque quisiéramos, la estación está demasiado desapacible como para meterse por esos caminos intransitables. Daos cuenta de lo fatigoso que resulta incluso aquí; y, si no hubiese sido por esa imposición, no habría emprendido ahora el camino… Pero ya no se podía estar… -Jesús guarda silencio, pensativo.

-Y después, quiero decir por Pascua, se podrá ir? Yo quisiera enseñar tu gruta a Santiago y a Andrés - dice Juan.

-¿Te olvidas del amor de Belén hacia nosotros? - pregunta el Iscariote - 0, mejor dicho, hacia el Maestro.
-No. Pero iría yo con Santiago y Andrés. Jesús podría estar en Yuttá o en tu casa…
-¡Oh…, esto me satisface! ¿Lo harás así, Maestro? Ellos van a Belén, Tú estás conmigo en Keriot. Realmente conmigo solo nunca has estado… y siento grandes deseos de tenerte enteramente para mí…

-¿Estás celoso? ¿No sabes que Yo os amo a todos de la misma forma? ¿No crees que Yo estoy con todos vosotros aun cuando parezco lejano?

-Sé que nos quieres. Si no nos quisieras, deberías ser mucho más severo, conmigo al menos. Creo que tu espíritu nos asiste continuamente. Pero no somos del todo espíritu; está también el hombre, con sus amores de hombre, sus deseos, sus añoranzas. Jesús mío, yo sé que no soy el que más te hace feliz, pero creo que Tú sabes lo vivo que está en mí el deseo de agradarte y el recuerdo amargo de todas las horas que te pierdo por mi miseria…
-No, Judas. No te pierdo. Estoy más cerca de ti que de los demás, precisamente porque conozco quién eres.

-¿Qué soy, mi Señor? Dilo. Ayúdame a entender qué soy. Yo no me entiendo. Me da la impresión de ser como una mujer turbada por deseos de concebir. Tengo apetitos santos y apetitos depravados. ¿Por qué? ¿Qué soy yo?

Jesús lo mira con una mirada indefinible. Está apenado. Pero es una tristeza embebida de piedad, de mucha piedad.
Parece un médico que constatara el estado de un enfermo y que supiera que se trata de un enfermo que no puede curarse…Pero no habla.-Dilo, Maestro mío. Tu juicio sobre el pobre Judas será siempre el menos severo de todos.

Y, además… estamos entre hermanos. No me importa que sepan de qué estoy hecho. Es más, sabiéndolo de ti, corregirán su juicio y me ayudarán. ¿No es verdad?
Los otros se sienten violentos y no saben qué decir. Miran al compañero, miran a Jesús.

Jesús pone a su lado a Judas Iscariote, en el lugar donde antes estaba su primo Santiago, y dice:

-Tú eres simplemente un desordenado. Tienes en ti todos los mejores elementos, pero no los tienes bien fijados, y el más mínimo soplo de viento los descoloca. Hace poco hemos pasado por aquella estrechura, nos han mostrado el daño que han hecho a las pobres casas de aquel pueblecito el agua, la tierra y los árboles. El agua, la tierra, los árboles son cosas útiles y benditas, ¿no es, acaso, verdad? Bueno, pues, a pesar de todo, han resultado malditas. ¿Por qué? Porque el agua del torrente no tenía un curso ordenado, sino que, incluso por indolencia del hombre, se había excavado otros lechos siguiendo su capricho, lo cual era bonito mientras no había ventiscas.

Esa agua clara que irrigaba el monte con pequeños regatos - collares de diamantes o de esmeraldas, según reflejasen la luz o la sombra de los bosques - era como una obra de joyero. Y el hombre gozaba de ello, porque las cantarinas venas de agua eran útiles para sus pequeños campos; como también eran hermosos los árboles nacidos, por avatares de los vientos, en caprichosos grupos, ora aquí, ora allá, dejando claros llenos de sol. También era hermosa la tierra esponjosa, depositada por quién sabe qué lejanos aluviones entre unas ondulaciones y otras del monte; tierra verdaderamente fértil para los cultivos. Pero ha sido suficiente que llegaran las ventiscas de hace un mes para que los caprichosos surcos del torrente se unieran y, desordenadamente, se desbordaran siguiendo otro curso, llevándose los desordenados árboles y arrastrando hacia abajo las desordenadas acumulaciones de tierra. Si las aguas hubieran sido reguladas, si los árboles hubieran
estado agrupados en bosques ordenados, si se hubiera asegurado en manera ordenada la tierra con las oportunas protecciones, entonces esos tres elementos, la madera, el agua y la tierra, que son buenos, no se habrían transformado en causas de destrucción y muerte para ese pueblecito. Tú tienes inteligencia, intrepidez, instrucción, prontitud, prestancia, tienes muchas cosas, muchas, pero están salvajemente dispuestas en ti; y tú dejas que estén así. Mira, necesitas un trabajo paciente y constante sobre ti mismo, para poner orden - que al final se traduce en una vigorosidad - en tus cualidades, de forma que, cuando llegue la ventisca de la tentación, lo bueno que tienes en ti no se transforme en un mal para ti y para los demás.

-Tienes razón, Maestro. Cada cierto tiempo sufro la acción de un viento que me altera profundamente, y entonces todo se enreda. Dices que yo podría…
-La voluntad lo es todo, Judas.

-Pero hay tentaciones que son tan punzantes… Uno se oculta, por miedo a que el mundo se las lea en el rostro».
-¡Ése es el error! Ése sería precisamente el momento de no esconderse, sino de buscar el mundo, el de los buenos, para recibir su ayuda. Además, el contacto con la paz de los buenos calma la fiebre. Y buscar también el mundo de los criticadores, porque, debido a ese orgullo que impulsa a ocultarse para que no le lean a uno su ánimo tentado, ello sería un impulso ante la debilidad moral, y no se caería.

-Tú fuiste al desierto…
-Porque podía hacerlo. Pero ¡ay de aquellos que están solos, si no son, en su soledad, multitud contra la multitud!
-¿Cómo? No comprendo.

-Multitud de virtudes contra multitud de tentaciones. Cuando la virtud es poca, hay que hacer como esta débil hiedra: agarrarse a las ramas de árboles vigorosos, para subir.

-Gracias, Maestro. Yo me agarro a ti y a los otros compañeros. Ayudadme todos. Vosotros sois todos mejores que yo.

-Ha sido mejor el ambiente sobrio y honesto en que hemos crecido, amigo. Pero ahora tú estás con nosotros, y te queremos. Verás… No es por criticar a Judea, pero, créelo, en Galilea hay, al menos en nuestros pueblos, menos riqueza y menos corrupción. Tiberíades, Magdala, otros lugares de tripudio, están cercanos; pero, nosotros vivimos con "nuestra" alma simple, tosca si quieres, pero laboriosa, santamente contenta de lo que Dios nos concede- dice Santiago de Alfeo.

-Pero ten en cuenta, Santiago, que la madre de Judas es una santa mujer. Se le ve la bondad escrita en la cara – objeta Juan.

Judas de Keriot, contento por esta alabanza, le sonríe; y su sonrisa aumenta cuando Jesús confirma:
-Es así, como has dicho, Juan; es una santa criatura.
-¡Sí! ¡Ya! Pero mi padre soñaba con hacer de mí una persona grande en el mundo, y me separó muy pronto y demasiado profundamente de mi madre…

-Pero, ¿qué es lo que tenéis que decir, que no paráis de hablar? - pregunta desde lejos Pedro - ¡Paraos! ¡Esperadnos! No le veo la gracia a ir así, sin pensar que yo tengo las piernas cortas.

Se detienen hasta que el otro grupo los alcanza.
-¡Uf! ¡Cuánto te quiero, barquita mía! Aquí se hace esfuerzos de esclavos… ¿Qué decíais?
-Hablábamos de las cualidades para ser buenos - responde Jesús.

-Y ¿a mí no me las dices, Maestro?
-Claro que sí: orden, paciencia, constancia, humildad, caridad… ¡He hablado de ellas muchas veces!
-Del orden no. ¿Qué tiene que ver con ello?
-El desorden no es nunca una buena cualidad. Se lo he explicado a tus compañeros. Ellos te lo dirán. Y lo he puesto el primero; mientras que he puesto la última a la caridad, porque son los dos extremos de la recta de la perfección. Ahora bien, como tú sabes, una recta, puesta horizontalmente, no tiene principio, como tampoco tiene fin. Ambos extremos pueden ser principio y pueden ser fin, mientras que de una espiral, o de cualquier otra figura no cerrada en sí misma, hay siempre un principio y un fin. La santidad es lineal, simple, perfecta, y no tiene sino dos extremos, como la recta.

-Es fácil hacer una recta…

-¿Tú crees? Te equivocas. En un dibujo, complicado incluso, puede pasar inadvertido algún defecto; pero en la recta enseguida se ve cualquier falta, o de inclinación o de incertidumbre. José, enseñándome el oficio, insistía mucho en que fueran derechas las tablas y con razón me decía: "¿Ves, hijo mío? En una moldura o en un trabajo de torno todavía puede pasar una leve imperfección, porque el ojo (si no es expertísimo), si observa un punto no ve el otro. Pero si una tabla no está derecha como se debe, ni siquiera el trabajo más simple, como puede ser una pobre mesa de campesinos, sale bien. Estará arqueada, hacia abajo o hacia arriba. No sirve sino para el fuego".

Podemos decir esto también respecto a las almas. Para que no suceda que no se sirva sino para el fuego infernal, es decir, para conquistar el Cielo, hay que ser perfecto como una tabla debidamente cepillada y escuadrada. Quien empieza su trabajo espiritual con desorden, comenzando por las cosas inútiles, saltando, como un ave inquieta, de esto a aquello, al final, cuando quiere reunir las partes de su trabajo, ya no puede, no encajan. Por tanto, orden.

Por tanto, caridad. Luego, manteniendo fijos en las dos mordazas estos extremos, de forma que no se escapen nunca, trabajar en todo lo restante, ya se trate de molduras o de tallas. ¿Has comprendido?

-Sí, he comprendido.
Pedro se mastica en silencio su lección y, al improviso, concluye:

-Entonces mi hermano vale más que yo. Él es verdaderamente ordenado. Paso a paso, en silencio, tranquilo. Da la impresión de que no se moviera, y, sin embargo… Yo desearía hacer muchas cosas y en poco tiempo. Y no hago nada. ¿Quién me ayuda?

-Tu buen deseo. No temas, Pedro. Tú también haces. Te haces.
-¿Y yo?
-También tú, Felipe.
-¿Y yo? Tengo la impresión de no ser realmente capaz de nada.
-No, Tomás. Tú también te trabajas. Todos, todos os trabajáis. Sois árboles silvestres, pero los injertos os van cambiando en modo lento y seguro, y Yo tengo en vosotros mi alegría.

-Eso. Estamos tristes y Tú nos consuelas. Somos débiles y Tú nos fortaleces. Somos miedosos y nos infundes valor. Para todos y para todos los casos, tienes preparado el consejo y el conforte. Maestro, Tú siempre estás preparado y siempre eres bueno, ¿cuál es el secreto?

Amigos míos, he venido para esto, sabiendo ya lo que me encontraría y lo que debía hacer. Sin sufrir ilusiones no se tienen desilusiones; por tanto, no se pierde energía, se va adelante. Recordad esto, para cuando también vosotros tengáis que trabajar al hombre animal para hacer de él el hombre espiritual.

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