138- Despedida del encargado de Agua Especiosa, y del arquisinagogo Timoneo, que se hace discípulo

-Señor, yo no he hecho sino cumplir con mi deber ante Dios, ante mi jefe y ante la honestidad de conciencia. He estado atento a esa mujer durante este tiempo en que ha sido huésped mía, y siempre la he visto honesta. Habrá sido una pecadora.

Bien. Ahora no lo es. ¿Por qué razón tengo yo que indagar sobre un pasado que ella misma ha tachado para anularlo?

Yo tengo hijos en edad joven y no feos. Pues bien, no ha mostrado nunca su rostro, realmente bonito, ni ha hecho oír su palabra. Puedo decir que oí el tono de su voz de plata cuando gritó a causa de las heridas. De hecho ella, lo poco que pedía - siempre a mí o a mi mujer - lo susurraba tras su velo, y tan bajo que casi no se entendía. Date cuenta de lo prudente que fue: cuando temió que su presencia pudiera ser causa de algún perjuicio, se marchó… Yo le había prometido protección y ayuda, y, sin embargo, ella no quiso aprovecharlo. ¡No, así no se comportan las mujeres perdidas! Yo rogaré por ella, como ha pedido; incluso sin este recuerdo. Tenlo, Señor.

Empléalo como limosna para bien suyo. Dándola Tú, ciertamente, recibirá a cambio paz.

Ha sido el encargado quien ha hablado a Jesús y lo ha hecho respetuosamente. Es un hombre de buen talle, rostro honesto y cuerpo recio. Detrás de él hay seis galanes, jóvenes, parecidos al padre, seis rostros de aspecto franco e inteligente; también está su esposa, una mujercita liviana y todo dulzura, que escucha a su marido como escucharía a un dios, asintiendo continuamente con la cabeza.

Jesús recibe el brazalete de oro y se lo pasa a Pedro diciendo:

-Para los pobres.

Luego se dirige al encargado en estos términos:
-No todos tienen tu rectitud en Israel. Tú eres sabio, porque distingues el bien del mal y sigues el bien sin sopesar la utilidad humana que el cumplirlo pueda comportar. En nombre del eterno Padre, te bendigo a ti, a tus hijos, a tu esposa y tu casa. Manteneos siempre en esta disposición de espíritu y el Señor estará siempre con vosotros, y tendréis la vida eterna. Yo ahora parto. Pero no quiere decir que no nos volvamos a ver nunca. Yo volveré, y vosotros podréis siempre llegaros hasta mí.

Por todo lo que habéis hecho por mí y por esa pobre criatura, Dios os dé su paz.
El encargado, los hijos y, por último, la mujer, se arrodillan y besan los pies de Jesús, el cual, tras un último gesto de bendición, se aleja con sus discípulos, dirigiéndose hacia el pueblo.

-¿Y si están todavía esos sucios? - pregunta Felipe.
-A nadie se le puede impedir que vaya por los caminos de la Tierra - responde Judas de Alfeo.

-No. Pero nosotros para ellos somos "anatema".
-¡Déjalos, hombre! ¿Te preocupa?

-Yo no me preocupo sino porque el Maestro no quiere violencia, y ellos, que lo saben, se aprovechan - dice Pedro refunfuñando entre dientes - sin duda, piensa que Jesús, que está hablando con Simón y con el Iscariote, no está oyendo.

Pero sí ha oído y se vuelve, mitad severo, mitad sonriente, y dice:

-¿Tú crees que Yo vencería haciendo violencia? Hacer violencia no es sino un pobre sistema humano, que sirve, temporalmente, para victorias humanas. ¿Cuánto tiempo dura la opresión? Hasta cuando, por sí misma, engendra en quienes la sufren reacciones que, aunándose, dan lugar a una violencia aún mayor, y esta violencia echa abajo el precedente estado de opresión. Yo no quiero un reino temporal, quiero un reino eterno: el Reino de los Cielos. ¿Cuántas veces os lo he dicho?

¿Cuántas os lo tendré que decir? ¿Lo entenderéis alguna vez? Sí. Llegará el momento en que lo entenderéis.
-¿Cuándo, Señor mío? Tengo prisa por entender para ser menos ignorante - dice Pedro.

-¿Cuándo? Cuando seáis triturados como el trigo entre las piedras del dolor y del arrepentimiento. Podríais, es más, deberíais, entender antes; pero, para ello, deberíais quebrantar vuestra humanidad y dejar libre al espíritu… y no sabéis haceros esta violencia. Pero entenderéis… entenderéis. Entonces entenderéis también cómo no podía hacer uso de la violencia, que es un medio humano, para instaurar el Reino de los Cielos: el Reino del espíritu. Pero, mientras esto se cumple, no tengáis miedo.
Esos hombres que os preocupan no nos harán nada; les basta con haberme echado.

-Pero, ¿no hubiera sido más fácil mandar un aviso al jefe de la sinagoga de que fuera a casa del encargado o de que nos esperara en la calzada principal?

-¿Qué hombre más prudente hoy mi Tomás! No es que no fuera fácil; o mejor, hubiera sido más fácil, pero no hubiera sido justo. Él se ha comportado heroicamente por mí, por causa mía ha sido insultado en su casa; justo es que Yo vaya a consolarlo a su casa.

Tomás se encoge de hombros y ya no habla más.

Ya se ve el pueblo, vasto pero de aspecto marcadamente rural, con casas entre huertos, que ahora están desnudos, y con muchos apriscos. Debe ser un lugar apto para el pastoreo, porque se oye, por todas partes, un denso balar de rebaños que van a los pastos de la llanura o que vienen de ellos. Tiene el consabido cruce de caminos con la plaza y su fuente en el centro en el lugar donde aquéllos confluyen; ahí está la casa del jefe de la sinagoga.

Abre una mujer anciana con claros signos de llanto en su rostro. No obstante, al ver al Señor experimenta un sentimiento de alegría, y, profiriendo palabras de bendición, se postra.

-Levántate, madre. He venido para deciros adiós. ¿Dónde está tu hijo?

-Está allí… - y señala una habitación en el fondo de la casa - ¿Has venido a consolarlo? Yo no soy capaz…

-Entonces, ¿está afligido por algo? ¿Le duele el haberme defendido?

-No, Señor. Pero siente un escrúpulo. Bueno, Tú lo escucharás. Lo llamo.

-No. Voy Yo. Vosotros esperad aquí. Vamos, mujer.
Jesús recorre los pocos metros del vestíbulo, empuja la puerta, entra en la habitación, se acerca despacio a un hombre, que está sentado, inclinado hacia el suelo, absorto en dolorosas meditaciones.

-Paz a ti, Timoneo.
-¡Señor! ¡Tú!
-Yo. ¿Por qué tan triste?

-Señor… Yo… me han dicho que he pecado. Me han dicho que soy anatema. Yo me examino… y no creo que lo sea. Pero ellos son los santos de Israel, y yo el pobre jefe de la sinagoga. Sin duda tienen razón. Yo ahora no me atrevo a alzar la mirada hacia el rostro airado de Dios, a pesar de que me sería muy necesario en este momento. Yo le servía con verdadero amor.

Trataba de darlo a conocer. Ahora quedaré privado de este bien, porque el Sanedrín está claro que me maldice.
-Pero, ¿cuál es el dolor? ¿El de dejar de ser el jefe de la sinagoga, o el de quedar imposibilitado para hablar de Dios?

-Es precisamente esto, Maestro, lo que me produce dolor. Supongo que cuando dices que si me duele el no ser jefe de la sinagoga te refirieres a las ganancias y a los honores que ello conlleva. Eso no me preocupa. Sólo tengo a mi madre. Ella es nativa de Aera y allí tiene una pequeña casa. Techo y sustento, para ella, hay. Para mí… yo soy joven. Trabajaré. Pero ya jamás osaré hablar de Dios, pues he pecado.

-¿Por qué has pecado?
-Dicen que soy cómplice del… ¡Señor…, no me hagas decir…!
-No. Yo lo digo. Bueno, ni siquiera lo digo. Yo y tú conocemos sus acusaciones, y Yo y tú sabemos que no son ciertas. Por tanto, tú no has pecado. Yo te lo digo.
-Entonces, ¿puedo todavía levantar la mirada hacia el Omnipotente? ¿Te puedo…?

-¿Qué, hijo?
Jesús es todo dulzura mientras se inclina hacia el hombre, que se ha detenido bruscamente como con miedo.
-¿Qué? Mi Padre busca tu mirada, la quiere. Y Yo quiero tu corazón y tu pensamiento. Sí, el Sanedrín descargará su mano sobre ti; Yo abro los brazos y digo: "Ven". ¿Quieres ser un discípulo mío? Yo veo en ti todo lo necesario para ser un obrero del Dueño eterno. Ven a mi viña….

-¿Lo dices en serio, Maestro? Madre… ¿estás oyendo? ¡Yo me siento feliz, madre! Yo… bendigo este sufrimiento porque me ha procurado este gozo. ¡Celebrémoslo a lo grande, madre! Luego me iré con el Maestro y tú volverás a tu casa. Voy enseguida, Señor mío; Tú, que me has librado de todo temor, y dolor, y miedo a Dios.

-No. Esperarás la palabra del Sanedrín. Con corazón sereno y sin odio. Tú en tu puesto, mientras se te deje en ese puesto. Luego te juntarás conmigo en Nazaret o en Cafarnaúm. Adiós. La paz sea contigo y con tu madre.
-¿No te vas a quedar un tiempo en mi casa?
-No. Iré a casa de tu madre.
-Es pueblo poco fiel.

-Le enseñaré la fidelidad. Adiós, madre. ¿Te sientes feliz ahora?

Jesús la acaricia, como hace siempre con las mujeres ancianas, a las cuales, noto, les da casi siempre el nombre de "madre".

-Feliz, Señor. Había criado y educado a un varón para el Señor. El Señor me lo toma como siervo de su Mesías. Bendito sea por ello el Señor. Bendito seas Tú que eres su Mesías. Bendita sea la hora en que has venido aquí. Bendito sea mi hijo, que ha sido llamado a tu servicio.
-Bendita sea la madre santa como Ana de Elcana. La paz sea con vosotros.

Jesús sale, seguido de madre e hijo. Se junta con sus discípulos, saluda una vez más y luego inicia el regreso hacia la Galilea.

137- Jesús regresa a Agua Especiosa, pero debe abandonar el lugar

Jesús atraviesa junto a sus apóstoles los campos llanos de Agua Especiosa. El día está lluvioso, el lugar desierto. Debe ser aproximadamente mediodía, porque el simulacro de sol que, de vez en cuando, sale de detrás del telón gris de las nubes, cae perpendicularmente.
Jesús está hablando con el Iscariote, y le da el recado de ir al pueblo para hacer las compras más urgentes.

Ya solo, se llega hasta Él Andrés, que, tímido como siempre, dice en tono bajo:
-¿Puedo decirte una cosa, Maestro?
-Sí. Ven adelante conmigo - y alarga el paso seguido por el apóstol, adelantándose unos metros respecto a los demás.

-La mujer ya no está, Maestro - dice Andrés apenado. Y explica: -Le han pegado y ha huido, iba herida y sangrando. El encargado la ha visto. Me he adelantado, diciendo que iba a ver si nos habían tendido alguna insidia, pero la verdad es que quería ir a verla enseguida. ¡Tenía una gran esperanza de conducirla a la Luz! ¡He orado mucho estos días por ello!… Ahora ha
huido. Se perderá. Si supiera dónde está, iría… Esto no se lo diría a los otros, pero a ti sí te lo digo porque me comprendes. Tú sabes que esta búsqueda no está dictada por el sentido, sino que se justifica sólo por el deseo - ¡tan grande que se hace tormento! - de poner en salvo a una hermana mía…

-Lo sé, Andrés, y te digo: Aun habiendo ido las cosas así, tu deseo se cumplirá. Nunca se pierde la oración realizada en ese sentido. Dios la usa. Ella se salvará.
-Si eres Tú quien lo dice… ¡Mi dolor se mitiga!
-¿No quisieras saber qué es de ella? ¿No te importa ni siquiera el no ser tú el que la conduzca a mí? ¿No preguntas cómo lo hará? - Jesús sonríe dulcemente, con todo un brillar de luz en sus pupilas azules inclinadas hacia el apóstol, que va caminando a su lado (una de esas sonrisas y de esas miradas que constituyen uno de los secretos de Jesús para conquistar los corazones).

Andrés, con sus dulces ojos castaños, lo mira, y dice:
-Me basta con saber que viene a ti. Luego, yo u otro, ¿qué importancia tiene? ¿Cómo lo hará? Esto Tú ya lo sabes, no es necesario que yo lo sepa; Tú lo has asegurado, ya tengo todo, y me siento feliz.

Jesús le pasa el brazo por los hombros y lo estrecha contra sí con un abrazo afectuoso que hace entrar en éxtasis al buen Andrés. Y, teniéndolo así, habla:

-Éste es el don del verdadero apóstol. Mira, amigo mío, tu vida y la de los apóstoles futuros será siempre así. En alguna ocasión seréis conscientes de ser los "salvadores", pero la mayoría de las veces salvaréis sin ser conscientes de haber salvado a las personas que más querríais salvar. Sólo en el Cielo veréis que os salen al encuentro, o que suben al Reino eterno, vuestros salvados. Y por cada uno de los salvados aumentará vuestro júbilo de bienaventurados. En alguna ocasión lo sabréis ya desde la Tierra. Son los contentos que os doy para infundiros un vigor aún mayor para nuevas conquistas.

Pero, ¡dichoso aquel sacerdote que no tenga necesidad de estos incentivos para cumplir su propio deber! ¡Dichoso aquel que no se abate por no ver triunfos y dice: "Ya no hago nada más, puesto que no encuentro una satisfacción"!

La satisfacción apostólica, en cuanto único incentivo para el trabajo, muestra una no formación apostólica, rebaja el apostolado, que es una cosa espiritual, al nivel de un común trabajo humano. Jamás debe uno caer en la idolatría del ministerio. No sois vosotros los que tienen que ser adorados, sino el Señor Dios vuestro. A Él sólo la gloria de los salvados. A vosotros os corresponde la obra de salvación, dejando para el tiempo del Cielo la gloria de haber sido "salvadores". Pero me decías que el capataz la había visto. Cuéntame.

-Tres días después de habernos marchado, vinieron unos fariseos a buscarte. Naturalmente, no nos encontraron.
Recorrieron el pueblo y las casas de los campos como si estuvieran vivamente interesados en ti; pero ninguno lo creyó. Se albergaron en la posada, obligando, con soberbia, a desalojarla a todos los huéspedes, porque decían que no querían contactos con extranjeros desconocidos, que podían incluso profanarlos. Y todos los días iban a la casa. Pasados algunos días encontraron a esa pobrecilla, que iba siempre allí porque quizás esperaba encontrarte y conseguir su paz. La hicieron huir, siguiéndola hasta su refugio en el establo del encargado.

No la agredieron inmediatamente, dado que el encargado y sus hijos habían salido armados de garrotes. Pero luego, por la tarde, cuando ella salió de nuevo, volvieron, y venían con otros, y cuando la mujer fue a la fuente empezaron a apedrearla, llamándola "meretriz" y señalándola para que sufriera el vituperio de las gentes del pueblo. Y, dado que ella se echó a correr queriendo huir, la alcanzaron, le pegaron, le arrancaron el velo y el manto para que todos la vieran, y siguieron pegándole, tratando de imponerse con su autoridad al arquisinagogo para que la maldijera y fuera así lapidada, y para que te maldijera a ti, que la habías portado al pueblo. Pero él no quiso hacerlo y ahora está esperando el anatema del Sanedrín. El encargado la arrancó de las manos de esos canallas y la socorrió. Pero, por la noche, ella se marchó dejando un brazalete con una palabra escrita sobre una tira de pergamino. Había escrito: "Gracias. Ruega por mí".

El encargado dice que es joven y que es bellísima, aunque esté muy pálida y muy delgada. La ha buscado por los campos, porque estaba malherida, pero no la ha encontrado, y no se explica cómo haya podido alejarse mucho. Quizás haya muerto así, en algún lugar… y no se haya salvado…
-No.
-¿No? ¿No ha muerto, o no se ha perdido?

-La voluntad de redención es ya absolución. Aunque hubiera muerto estaría perdonada, porque ha buscado la Verdad, poniendo bajo sus propios pies el Error. Pero no ha muerto. Está subiendo las primeras pendientes del monte de la redención.

Yo la veo… Encorvada bajo el peso de su llanto de arrepentimiento. Ahora bien, el llanto la fortalece cada vez más, mientras que, por el contrario, el peso va decreciendo. Yo la veo. Va hacia el sol. Una vez que haya subido toda la pendiente, se encontrará en la gloria del Sol-Dios. Está subiendo… ayúdala orando.

-¡Oh…, mi Señor! - Andrés se siente casi aterrorizado por el hecho de poder ayudar a un alma en su santificación.

Jesús sonríe con mayor dulzura aún, y dice: «-Habrá que abrir los brazos y el corazón al arquisinagogo, que sufre la persecución, e ir a bendecir a ese buen encargado.
Vamos donde los compañeros, a decírselo a ellos.

Pero, mientras recorren en sentido inverso el camino andado para unirse a los otros diez - los cuales, habiendo comprendido que Andrés estaba en coloquio secreto con el Maestro, se habían detenido aparte -, llega corriendo el Iscariote.

Viene muy rápido, con su manto ondeando a sus espaldas, haciendo además un verdadero carrusel de gestos con los brazos, de modo que parece una mariposa gigantesca en veloz vuelo por el prado.

-Pero ¿qué le pasa? - pregunta Pedro - ¿Se ha vuelto loco?
Sin dar tiempo a que nadie le responda, el Iscariote, ya cerca, puede gritar, con el respiro entrecortado:

-¡Detente, Maestro! Escúchame antes de ir a la casa… Están al acecho. ¡Qué ruines!… - Sigue corriendo; ya ha llegado -
¡Maestro, ya no se puede ir allí! Los fariseos están en el pueblo y todos los días van a la casa. Te esperan con malas intenciones.

Despiden a quienes vienen buscándote. Los aterrorizan con horribles anatemas. Habrá que resignarse. Aquí te perseguirían y tu obra quedaría anulada… Uno de ellos me ha visto y me ha agredido. Un feo viejo narigudo que me conoce, porque es uno de los escribas del Templo - también hay escribas -, me ha agredido, apresándome con sus garras e insultándome con su voz de halcón.

Mientras no pasaba de insultarme a mí y de arañarme - "mira", dice, mostrando una muñeca y un carrillo decorados con claras marcas de uñas - lo he dejado, pero cuando te ha profanado con su baba, lo he cogido por el cuello…

-¡Judas! - grita Jesús.

-No, Maestro. No lo he ahogado. Solamente le he impedido que blasfemara contra ti; luego lo he dejado marcharse.
Ahora está allí medio muerto de miedo por el peligro que ha corrido… Pero nosotros nos vamos, te lo ruego.

¡Total, ya nadie podría ir a ti!…
-¡Maestro!
-¡Es horrible!
-¡Judas tiene razón!
-¡Están al acecho como hienas!
-¡Fuego del cielo que caíste sobre Sodoma, ¿por qué no vuelves?

-Sí señor, así se hace, muchacho! ¡Lástima que no haya estado también yo; te habría ayudado!

-¡Oh…. Pedro! Si hubieras estado tú, ese halconzuelo hubiera perdido para siempre las plumas y la voz.
-¡Hombre!, lo que no entiendo es cómo has podido quedarte a mitad.
-¡Bah!… Una luz improvisa en la mente, el pensamiento (venido vete a saber de qué cavidad del corazón): "El Maestro condena la violencia", y me he parado, lo cual me ha supuesto un choque interior más profundo aún que el que recibí al pegarme con la pared contra la que me había tirado el escriba cuando me agredió. Me quedé con los nervios deshechos… hasta el punto de que después no hubiera tenido ya fuerza para ensañarme con él. ¡Qué esfuerzo supone vencerse!…

-¡Sí señor, Judas, magnífico! ¿Verdad, Maestro? ¿Qué piensas de esto?

Pedro está tan contento de lo que ha hecho Judas, que no ve cómo Jesús ha pasado de tener el luminoso rostro de antes a mostrar una cara severa que le oscurece la mirada y le comprime la boca, pareciendo ésta hacerse más delgada.

La abre para decir:

-Yo digo que estoy más disgustado por vuestro modo de pensar que por la conducta de los judíos. Ellos son unos desdichados que están en las tinieblas. Vosotros, teniendo la Luz, sois duros, vengativos, murmuradores, violentos; sois de los que aprueban, como ellos, un acto brutal. Os digo que me estáis dando la prueba de que seguís siendo los que erais cuando me visteis por primera vez, y esto me duele. Respecto a los fariseos, sabed que Jesucristo no huye. Vosotros retiraos. Yo los afrontaré. No soy un mezquino. Una vez que haya hablado con ellos sin haber podido persuadirlos, me retiraré. No debe decirse que Yo no haya tratado por todos los medios de atraerlos hacia mí. Ellos también son hijos de Abraham. Yo cumplo con mi deber enteramente. Es preciso que la causa de su condena sea únicamente su mala voluntad y no una falta de dedicación mía hacia ellos.

Y Jesús camina hacia la casa, que muestra su bajo tejado tras una fila de árboles deshojados. Los apóstoles lo siguen cabizcaídos, hablando bajo entre sí.

Ya están en la casa. Entran en silencio en la cocina y se ponen manos a la obra con el hogar de la chimenea. Jesús se sume en su pensamiento.

Van a empezar a comer, cuando un grupo de personas se presenta en la puerta.

-Ahí están - musita el Iscariote.

Jesús se levanta inmediatamente y va hacia ellos. Su aspecto impone tanto que, por un instante, el grupito se arredra, pero el saludo de Jesús les permite volver a sentirse seguros:

-La paz sea con vosotros. ¿Qué queréis?

Entonces estos hombres viles creen que pueden atreverse a todo y, arrogantemente, con tono impositivo, dicen:

-En nombre de la Ley santa, te ordenamos dejar este lugar, a ti, perturbador de las conciencias, violador de la Ley, corruptor de las tranquilas ciudades de Judá. ¿No temes el castigo del Cielo, Tú, burdo imitador del Justo que bautiza en el Jordán, Tú, que proteges a las meretrices?

¡Fuera de la tierra santa de Judá! Que tu hálito, desde aquí, no traspase el recinto de la Ciudad sagrada.

-Yo no hago nada malo. Enseño como rabí, curo como taumaturgo, arrojo los demonios como exorcista. Estas categorías, queridas por Dios, existen también en Judá, y Dios exige respeto y veneración hacia ellas por parte vuestra. No pido veneración. Pido sólo que se me deje hacer el bien a aquellos que padecen alguna enfermedad en la carne, en la mente o en el espíritu. ¿Por qué me lo prohibís?

-Eres un poseso. Vete.

-El insulto no es una respuesta. Os he preguntado por qué me lo prohibís, mientras que a los otros se lo permitís.

-Porque eres un poseso y arrojas demonios y haces milagros con la ayuda de los demonios.

-¿Y vuestros exorcistas, entonces? ¿Con la ayuda de quién lo hacen?

-Con su vida santa. Tú eres un pecador. Para aumentar tu potencia te sirves de las pecadoras, porque en este contubernio se aumenta la posesión de la fuerza demoníaca.

Nuestra santidad ha purificado la zona de esa mujer, cómplice tuya; pero no permitimos que sigas aquí como reclamo de otras mujeres.

-Pero ¿es vuestra casa ésta? - pregunta Pedro, que ha venido junto al Maestro con aspecto poco halagador.

-No es nuestra casa. Pero todo Judá y todo Israel están en las manos santas de los puros de Israel.
-¡0 sea, vosotros! - termina el Iscariote, que también ha venido a la puerta, y concluye con una risotada burlona.

Luego pregunta: « ¿Y el otro amigo vuestro dónde está? ¿Temblando todavía? ¡Desvergonzados, marchaos de aquí! Y enseguida, si no os haré arrepentiros de…

-Silencio, Judas. Y tú, Pedro, vuelve a tu puesto. ¡Oíd vosotros, fariseos y escribas, por vuestro bien, por piedad hacia vuestra alma, os ruego que no combatáis contra el Verbo de Dios. Venid a mí. Yo no os odio. Comprendo vuestra mentalidad y deseo ser indulgente con ella. Pero quiero conduciros a una mentalidad nueva, santa, capaz de santificaros y de daros el Cielo.
Pero ¿es que acaso creéis que he venido para ir contra vosotros? ¡Oh no! Yo he venido para salvaros, para esto he venido. Os tomo en mi corazón. Os pido amor y entendimiento. Precisamente por el hecho de que sois los que más sabéis en Israel, debéis comprender la verdad más que los demás. Sed alma, no cuerpo. ¿Queréis que os lo suplique de rodillas? Lo que está en juego - vuestra alma - tiene tal valor, que Yo me metería bajo las plantas de los pies para conquistarla para el Cielo, con la seguridad de que el Padre no consideraría errónea esta humillación mía. ¡Hablad! ¡Estoy esperando una palabra!

-Maldición, decimos.

-Bien. Dicho queda. Podéis marcharos. Yo también me iré de aquí.

Y Jesús, volviéndose, regresa al sitio de antes. Inclina la cabeza sobre la mesa y llora.

Bartolomé cierra la puerta para que ninguno de estos hombres crueles que lo han insultado, y que se marchan profiriendo amenazas y blasfemias contra el Cristo, vea este llanto.

Un largo silencio. Luego Santiago de Alfeo acaricia la cabeza de su Jesús y dice:
-No llores. Nosotros te queremos, incluso por ellos.
Jesús alza el rostro y dice:
-No lloro por mí. Lloro por ellos, porque, sordos como son a toda llamada, procuran su propia muerte».

-¿Qué vamos a hacer ahora, Señor? - pregunta el otro Santiago.

-Iremos a Galilea. Mañana por la mañana saldremos.

-¿No hoy, Señor?

-No. Tengo que saludar a las personas buenas de este lugar. Vosotros vendréis conmigo.

136- En la fiesta de las Encenias, en casa de Lázaro, se hace memoria del nacimiento de Jesús

La ya de por sí espléndida casa de Lázaro, esta noche está maravillosa.

Parece arder por el número de lámparas encendidas, y la luz se derrama hacia fuera, en este comienzo de la noche, rebosando desde las salas al atrio y desde éste al pórtico, para alargarse vistiendo de oro los guijarrosos senderos, el césped y las matas de cuadros del jardín, luchando - venciendo en los primeros metros - con el claror de la luna con su amarillo y carnal esplendor, mientras que más lejos todo toma aspecto angélico por el vestido de pura plata que la luna extiende sobre las cosas.

También el silencio que envuelve al magnífico jardín, en que suena sólo el arpegio del chorro de agua cayendo en el estanque de los peces, parece aumentar la recogida y paradisíaca paz de la noche lunar, mientras junto a la casa voces alegres y numerosas y un festivo rumor de correr muebles y de sacar la vajilla a las mesas recuerda que el hombre es hombre y no todavía espíritu.

Marta se mueve ágilmente con su amplio vestido espléndido y pudoroso de un color violeta rojo; parece una flor, una hermosa campanilla; o una mariposa en vivaz movimiento chocándose contra las paredes purpúreas del atrio o contra las paredes de diminutas representaciones - parecen una alfombra - de la sala del banquete.

Jesús, sin embargo, pasea solo y absorto junto al estanque de los peces, y parece como si alternadamente quedara subsumido en la oscura sombra proyectada por un alto laurel, un verdadero árbol gigante, o en la fosfórica luz lunar que cada vez se hace más clara; tan viva, que el surtidor del estanque parece un penacho de plata que luego se fragmenta en lascas de brillantes, que van a caer, para perderse en ella, en la lámina quieta, pura plata, del pilón. Jesús mira y escucha las palabras del agua en la noche. Estas llegan a tener un sonido tan musical, que despiertan a un ruiseñor que, en el tupid laurel, responde al arpegio lento de las gotas con un agudo de flauta y luego se para, como para tomar la nota y seguir el acorde del agua y finalmente comienza, como rey del canto que es, su perfecto, variado, suave himno de alegría.

Jesús ya ni siquiera camina, para no turbar con el rumor de los pasos la serena alegría del ruiseñor, y creo que también suya porque sonríe, con la cabeza agachada, con una sonrisa de alegría realmente serena. Cuando el ruiseñor, después de una nota purísima sostenida y modulada en tono ascendente - que no sé cómo puede sostenerla una garganta tan pequeña -, interrumpe su canto, Jesús exclama:

-¡Te bendigo, Padre santo, por esta perfección y por el gozo que con ella me has proporcionado! - y sigue su lento paseo lleno de quién sabe qué profundidades de meditación.

Llega Simón:

-Maestro, Lázaro te ruega que vayas. Todo está ya dispuesto.

-Vamos. Desaparezca así el último motivo de duda que pudiera existir de que les hubiera perdido estima por causa de María.

-¡Cuánto llanto, Maestro! Sólo un secreto milagro tuyo ha podido aplicar una cura a ese dolor. ¿No sabes que Lázaro casi decide huir después de que ella, cuando volvieron, salió de casa diciendo que dejaba los sepulcros y abrazaba la alegría y… otras insolencias? La posición mía y de Marta fue: "¡Te conjuramos: no lo hagas!" - entre otras cosas porque… nunca se sabe la reacción de un corazón; si la hubiera encontrado, yo creo que la habría escarmentado de una vez por todas -. Habrían deseado de ella al menos el silencio acerca de ti…

-Y el inmediato milagro mío respecto a ella. Y habría podido hacerlo. Pero no quiero una resurrección forzada en los corazones. A la muerte la forzaré y me devolverá sus presas, porque Yo soy el Señor de la muerte y de la vida.

Pero en los espíritus, que no son materia que, sin hálito, carezca de vida, sino que son inmortales esencias capaces de renacer por voluntad propia, Yo no fuerzo la resurrección. Otorgo la primera llamada y la primera ayuda, como quien abriera un sepulcro en que alguien hubiera sido enterrado semivivo, donde moriría si permaneciera largo tiempo, en esas tinieblas asfixiantes; dejo entrar aire y luz… luego, espero. Si el espíritu tiene deseos de salir, sale; si no lo desea, sus tinieblas aumentan y queda hundido. Pero; si sale… ¡Oh, si sale… en verdad te digo que ninguno será mayor que el renacido en su espíritu! Sólo la Inocencia absoluta es mayor que este muerto que vuelve a vivir en virtud del propio amor y para alegría de Dios… ¡Son mis mayores triunfos!

Observa el cielo, Simón. ¿Ves que tiene estrellas y planetas, más o menos grandes? Todos poseen vida y esplendor por Dios, que los ha hecho, y por el sol que los ilumina, mas no todos son luminosos y grandes en igual medida. Así será también en mi Cielo: todos los redimidos tendrán vida por mí y esplendor por mi luz, mas no todos serán luminosos y grandes en igual medida. Unos serán simple polvo de astros, como el que hace láctea a Galatea: serán aquellos, innumerables, que habrán recibido del Cristo, o, mejor dicho, habrán aspirado, sólo ese mínimo indispensable para no ser réprobos, y sólo por la infinita
misericordia de Dios, después de un largo purgatorio, irán al Cielo. Otros serán más fúlgidos y estarán más formados: los justos que hayan unido su voluntad (nota que digo "voluntad" no "buena voluntad") a la del Cristo, y hayan prestado obediencia, para no condenarse, a mis palabras.

Luego, estarán los planetas, las buenas voluntades, ¡oh…, luminosísimos!: son los enamorados hasta la muerte por el amor, los penitentes por amor, los que obran por amor, los inmaculados por amor; su luz es de puro diamante o de resplandor de gemas de distintos colores (rojo-rubí o violeta-amatista o amarillo-topacio o cándido-perla).

Y habrá algunos entre estos planetas - y serán mis glorias de Redentor - que tendrán en sí destellos de rubí y de amatista y de topacio y de perla, porque serán todo por amor. Heroicos hasta llegar a perdonarse el no haber sabido amar antes, penitentes hasta saturarse de expiación como Ester antes de presentarse a Asuero se saturó de perfumes, incansables para hacer en poco tiempo, en el poco tiempo que les queda, cuanto no hicieron durante los años que perdieron en el pecado, puros hasta la heroicidad para olvidarse - no sólo en el alma y en el pensamiento, sino también en las propias entrañas - de que existe el sentido. Serán aquellos que atraerán hacia sí, por su multiforme resplandor, los ojos de los creyentes, de los puros, de los penitentes, de los mártires, de los héroes, de los ascetas, de los pecadores, y, para cada una de estas categorías, su resplandor será palabra, respuesta, llamada, garantía…

Pero, vamos, que nosotros estarnos aquí hablando y allí nos esperan.

-Es que cuando Tú hablas uno se olvida de que vive. ¿Puedo decir todo esto a Lázaro? Me parece ver en ello una promesa…

-Lo debes decir. La palabra del amigo puede posarse sobre su herida y no se ruborizarán de haberse puesto colorados en mi presencia…

-Te hemos hecho esperar, Marta; es que estaba hablando con Simón de estrellas y nos hemos olvidado de estas luces. Tu casa es verdaderamente un firmamento esta noche…

-Las hemos encendido no sólo para nosotros y la servidumbre, sino también para ti y para los huéspedes, tus amigos. Gracias por haber venido para la última noche.

Ahora la fiesta es realmente la Purificación… - Marta querría continuar hablando, pero siente que le sube el llanto y calla.

-Paz a todos vosotros - dice Jesús entrando en el atrio resplandeciente de decenas de luces de plata, todas encendidas, colocadas por todas partes.

Lázaro, sonriente, se dirige hacia Jesús:
-Paz y bendición a ti, Maestro, y muchos años de santa felicidad.

Se besan.

-Me han dicho ciertos amigos nuestros que Tú naciste mientras Belén ardía por una lejana fiesta de las Luminarias. Ellos y nosotros estamos jubilosos de tenerte esta noche. ¿No preguntas quiénes son?

-No tengo más amigos que los discípulos y mis amados de Betania, aparte de los pastores. Por tanto son ellos. ¿Han venido? ¿Para qué?

  • Para adorarte, Mesías nuestro. Lo supimos por Jonatán, y aquí estamos, con nuestros rebaños, que ahora están en los establos de Lázaro, y con nuestros corazones, ahora y siempre a tus pies santos.

Isaac ha hablado por Elías, Leví, José y Jonatán, que están postrados a los pies de Jesús: Jonatán con su esponjoso vestido del intendente estimado por su señor; Isaac con el suyo de incansable peregrino, de gruesa lana marrón oscura, impermeable al agua; Leví, José, Elías, con las vestiduras que Lázaro les ha dado, frescas, limpias, para poder tomar asiento en las mesas sin tener que llevar el pobre indumento, roto y con olor a aprisco, de los pastores.

-¿Por este motivo me habéis mandado al jardín? ¡Dios os bendiga a todos! Sólo falta mi Madre para completar mi felicidad. Alzaos, alzaos. Es la primera Navidad que celebro sin mi Madre. Pero vuestra presencia me alivia la tristeza, la nostalgia de su beso.

Entran todos en la sala de las mesas. Aquí la mayoría de las lámparas son de oro. El metal aumenta su brillo por la luz de la llama, la llama parece más resplandeciente por el reflejo de tanto oro. La mesa está dispuesta en forma de U para que quepa tanta gente como hay y poderla servir sin dificultar las operaciones de los trinchadores y de los criados. Además de Lázaro están los apóstoles, los pastores, y Maximino, el anciano servidor de Simón.

Marta cuida de la disposición de los puestos. Querría permanecer en pie, pero Jesús se impone:

-Hoy no eres la hospedadora, eres la hermana, y te vas a sentar como si fueras de mi misma sangre. Somos una familia.

Cesen las reglas para dar paso al amor. Aquí, a mi lado, y, junto a ti, Juan. Yo con Lázaro. Dadme una lámpara. Entre mí y Marta vele una luz… una llama, por las ausentes que a pesar de todo están presentes: por las amadas, esperadas, por las mujeres amadas y lejanas.

Todas. La llama tiene palabras de luz. El amor tiene palabras de llama y estas palabras van lejos, siguiendo la onda incorpórea de los espíritus que se encuentran siempre, más allá de los montes y de los mares, llevando besos y bendiciones… Llevando todo. ¿No es, acaso, verdad?

Ella deposita la lámpara en el lugar donde Jesús desea, en un puesto que quedará vacío, y, habiendo comprendido, se inclina a besarle la mano (la que luego, bendecidora y reconfortante, Jesús pone sobre la cabeza morena de Marta).

Comienza la cena. A1 principio un poco confusos, los tres pastores - Isaac se siente ya más seguro y Jonatán no da signos de sentirse incómodo - van tomando cada vez más confianza a medida que la cena se desarrolla, y, después de un tiempo de silencio, comienzan a hablar: ¿de qué podría ser, sino de su recuerdo?

-Hacía poco que nos habíamos recogido - dice Leví - Tenía tanto frío, que me resguardé entre las ovejas, llorando por la nostalgia de mi madre…

-Yo, sin embargo, pensaba en la joven Madre que había visto poco antes, y me decía a mí mismo: "¿Habrá encontrado lugar?". ¡Si hubiera sabido que estaba en un establo, la habría traído al aprisco!… Pero, era tan delicada - una azucena de nuestros valles - que me pareció una ofensa el decirle: "Ven con nosotros". Yo pensaba en Ella… Y sentía más vivamente el frío, pensando en cuánto le debía hacer sufrir. ¿Te acuerdas qué luz aquella noche? ¿Y te acuerdas de tu miedo?

-Sí… pero luego… el ángel… ¡Oh!… - Leví, un poco absorto como en estado de ensoñación, sonríe al recordarlo.

-¡Un momento! ¡Escuchadme, amigos! Nosotros sabemos poco y lo sabemos mal. Hemos oído hablar de ángeles, de pesebres, de rebaños, de Belén… Y sabemos que Él es galileo y carpintero… ¡No es justo que estemos en la ignorancia! Yo le he preguntado al Maestro en Agua Especiosa… pero luego se habló de otras cosas. Éste, que sabe, no me ha dicho nada… Sí, hablo contigo, Juan de Zebedeo. ¡Vaya forma de respeto hacia el anciano! Te lo tienes todo para ti y me dejas que vaya adelante como un tarugo de discípulo. ¿Es que ya por mí mismo no soy suficiente tarugo?

Se echan a reír por el gesto bueno de indignación de Pedro. Pero él se vuelve hacia su Maestro y dice:
-Se ríen, pero tengo razón.

Luego se vuelve a Bartolomé, Felipe, Mateo, Tomás, Santiago y Andrés:

-¡Venga, decidlo también vosotros, protestad conmigo! ¿Por qué no sabemos nada nosotros?
-¿Dónde estabais cuando murió Jonás? ¿Dónde estabais en los altos del Líbano?

-Tienes razón. Pero, por lo que se refiere a Jonás, yo al menos, creí que se tratase del delirio de un moribundo, y, en los altos del Líbano… estaba cansado y con sueño. Perdóname, Maestro, pero es la verdad.

-¡Y será la verdad de muchos! El mundo de los evangelizados frecuentemente responderá, al Juez eterno, para disculparse de su ignorancia a pesar de la enseñanza de mis apóstoles, eso mismo que tú dices: "Creí que se trataba de un delirio… Estaba cansado y tenía sueño". Y, frecuentemente, no admitirá la verdad porque la confundirá con un delirio, y no se acordará de la verdad porque estará cansado y tendrá sueño por demasiadas cosas inútiles, caducas e incluso pecaminosas. Una sola cosa es necesaria: conocer a Dios.

-Bien, después de decirnos lo que nos corresponde, cuéntanos cómo sucedieron los hechos… Cuéntaselo a tu Pedro. Yo después hablaré de ello a la gente. Si no… ya te lo he dicho, ¿qué puedo decir? El pasado no lo conozco; las profecías y el Libro…no los sé explicar; el futuro… ¡oh, pobre de mí! Y entonces ¿qué anuncio?

-Sí, Maestro, que lo sepamos también nosotros… Sabemos que eres el Mesías, y esto lo creemos, pero, al menos por lo que a mí respecta, me ha costado trabajo admitir que de Nazaret pudiera provenir algo bueno… ¿Por qué no me has dado a conocer, ya desde el principio, tu pasado? - dice Bartolomé.

-Para probar tu fe y la luminosidad de tu espíritu. Pero ahora sí os voy a hablar; es más, os vamos a hablar de mi pasado.

Yo diré lo que incluso los pastores no saben y ellos dirán lo que vieron. Conoceréis así el alba de Cristo. Oíd.
Habiéndose cumplido el tiempo de la Gracia, Dios se preparó su Virgen. Os será fácil comprender cómo Dios no podía residir donde Satanás había puesto un incancelable signo. Por tanto, la Potencia actuó para hacer su futuro tabernáculo sin mancha, y de dos justos, en la ancianidad, y contra las reglas comunes de la procreación, fue concebida aquella en la que no existe mancha alguna.

¿Quién depositó esa alma en la carne embrional que con su presencia daba nueva lozanía al anciano seno de Ana de Aarón, la abuela mía? Tú, Leví, viste al Arcángel de todos los anuncios. Puedes decir: es ése. Porque la "Fuerza de Dios" ("Fuerza de Dios" es el significado etimológico de "Gabriel", el nombre del arcángel de los anuncios) fue siempre el Victorioso que llevó el tañido de alegría a los santos y a los profetas; el Indomable, contra el que la fuerza, también grande, de Satanás se quebró cual sutil tallo de musgo seco; el Inteligente que desvió con su buena y lúcida inteligencia las insidias del otro inteligente, si bien malvado, poniendo en acto con prontitud el mandato de Dios.

Con un grito de júbilo, él, el Anunciador, que ya conocía los caminos de la Tierra por haber descendido a hablarles a los Profetas, recogió del Fuego divino esa chispa inmaculada que era el alma de la eterna Doncella, y, custodiada dentro de un círculo de llamas angélicas, las de su espiritual amor, la condujo a la Tierra, a una casa, a un seno. El mundo, desde ese momento, tuvo consigo a la Adoradora; y Dios, desde ese momento, pudo mirar a un punto de la Tierra sin experimentar disgusto. Y nació una criaturita: la Amada de Dios y de los ángeles, la Consagrada a Dios, la santamente Amada de sus familiares.

"Y Abel dio a Dios las primicias de su rebaño.” ¡Oh…, realmente los abuelos del eterno Abel supieron ofrecer a Dios la primicia de lo que constituía su bien, todo su bien, muriendo por haber dado este bien a quien se lo había dado a ellos!

Mi Madre fue la Jovencita del Templo desde los tres a los quince años y aceleró la venida del Cristo con la fuerza de su amar. Virgen antes de su concepción, virgen en la oscuridad de un seno, virgen en sus vagidos, virgen en sus primeros pasos, la Virgen fue de Dios, de Dios sólo, y proclamó su derecho, superior al decreto de la Ley de Israel, obteniendo del esposo que le había sido dado por Dios el permanecer intacta después del desposorio.

José de Nazaret era un justo. Sólo él podía ser destinatario de la Azucena de Dios, y sólo él la recibió.

Ángel en el alma y en la carne, él amó como aman los ángeles de Dios. La profundidad abismal de este fuerte amor, que supo dar toda la ternura conyugal sin sobrepasar la barrera de celeste fuego tras la que estaba el Arca del Señor, será comprendida en la Tierra sólo por pocos. Es el testimonio de lo que puede un justo, con el simple hecho de que quiera; lo que puede, porque el alma, aun estando herida por la mancha de origen, posee poderosas fuerzas de elevación, y recuerdos y retornos a su dignidad de hija de Dios, y divinamente obra por amor al Padre.

Aún estaba María en su casa, en espera de unirse a su esposo, cuando Gabriel, el ángel de los divinos anuncios, volvió a la Tierra y pidió a la Virgen ser Madre. Ya había prometido al sacerdote Zacarías el Precursor, y no había sido creído. Pero la Virgen creyó que ello podía acaecer por voluntad de Dios y, sublime en su desconocimiento, sólo preguntó: "¿Cómo puede acontecer esto?".

Y el ángel le respondió: "Tú eres la Llena de Gracia, María. No temas, por tanto, porque has hallado gracia ante el Señor también en cuanto a tu virginidad. Concebirás y darás a luz un Hijo al que pondrás por nombre Jesús, porque es el Salvador prometido a Jacob y a todos los Patriarcas y Profetas de Israel. Será grande e Hijo verdadero del Altísimo, porque será concebido por obra del Espíritu Santo. El Padre le dará el trono de David, como ha sido predicho, reinará en la casa de Jacob hasta el fin de los siglos, mas su verdadero Reino no tendrá nunca fin.

Ahora el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo esperan tu obediencia para cumplir la promesa. El Precursor del Cristo ya está en el seno de Isabel, tu prima, y, si das tu consentimiento, el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y será santo Aquel que nacerá de ti y llevará su verdadero nombre de Hijo de Dios".

Entonces María respondió: "He aquí la Esclava del Señor. Hágase de mí según su palabra". Y el Espíritu Santo descendió sobre su Esposa y en el primer abrazo le impartió sus luces, que sobreperfeccionaron las virtudes de silencio, humildad, prudencia y caridad que Ella poseía en plenitud, y Ella resultó un todo con la Sabiduría e inseparable de la Caridad. La Obediente y Casta se perdió así en el océano de la Obediencia que Yo soy, y conoció el gozo de ser Madre sin conocer la turbación de ser siquiera tocada. Fue la nieve que se concentra en flor y se ofrece a Dios así…

-¡Y el marido? - pregunta Pedro lleno de estupor.

-El sigilo de Dios cerró los labios de María, y José no tuvo noticia del prodigio sino cuando, de vuelta de la casa de Zacarías, su pariente, María apareció como madre ante los ojos de su esposo.

-¿Y qué hizo él?
-Sufrió… y María también…
-Si hubiera sido yo…
-José era un santo, Simón de Jonás. Dios sabe dónde poner sus dones… Sufrió acerbamente y decidió abandonarla, cargándose sobre sí el ser tachado de injusto. Pero el ángel bajó a decirle: "No temas tomar contigo a María, tu esposa; porque lo que en Ella se está formando es el Hijo de Dios; es Madre por obra de Dios. Cuando nazca el Hijo, le pondrás por nombre Jesús, porque es el Salvador"

-¿Era docto José? - pregunta Bartolomé.
-Como conviene a un descendiente de David.
-Entonces habrá recibido una inmediata luz recordando al Profeta: "He aquí que una virgen concebirá…"

-Sí. La recibió. A la prueba sucedió el gozo…
-Si hubiera sido yo -- vuelve a decir Simón Pedro - no hubiera sucedido, porque antes yo habría… ¡Oh, Señor, qué bien que no fuera yo! La habría quebrantado como a un tallo delgado sin dejarle tiempo ni de hablar. Pero después - caso de que no me hubiera convertido en un asesino - habría tenido miedo de Ella… El miedo secular, al Tabernáculo, de todo Israel…

-También Moisés tuvo miedo de Dios, y, no obstante, fue socorrido y estuvo con Él en el monte… José se dirigió, pues, a la casa santa de la Esposa, para cubrir las necesidades de la Virgen y del Niño que había de nacer. Y habiendo llegado, para todos, el tiempo del edicto, fue con María a la tierra de los padres. Pero Belén los rechazó porque el corazón de los hombres está cerrado a la caridad. Ahora hablad vosotros.

-Yo, cayendo ya la tarde, me encontré con una mujer joven y sonriente a caballo de un borriquillo. Un hombre venía con ella. Me pidió leche y algunas informaciones. Yo dije lo que sabía… Luego vino la noche… y una gran luz… y salimos… y Leví vio a un ángel que estaba cerca del aprisco. El ángel dijo: "Ha nacido el Salvador". Ya era completamente de noche y el cielo estaba lleno de estrellas, aunque la luz quedaba absorbida por la de aquel ángel y la de otros miles de ángeles… (Elías llora aún al recordarlo). Y nos dijo el ángel: "Id a adorarlo. Está en un establo, en un pesebre, entre dos animales… Encontraréis a un Pequeñuelo envuelto en unos pobres pañales…". ¡Oh…, qué fulgor el del ángel al decir estas palabras!… ¿Te acuerdas. Leví, cómo despedían llamas sus alas cuando, después de inclinarse para nombrar al Salvador, dijo: "… que es el Cristo Señor"?

-¡Claro que me acuerdo! ¿Y las voces de esos millares de ángeles: "¡Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad"!? Aquella música está aquí, está aquí, y me transporta al Cielo cada vez que la oigo - y Leví alza el rostro, un rostro extático en que luce el llanto.

-Y fuimos - dice Isaac -, cargados como bestias, alegres como para una boda, y, luego…, cuando oímos tu tenue voz y la de tu Madre, ya no supimos hacer nada, y empujamos a Leví, que era un niño, para que mirase. Nosotros nos sentíamos como unos leprosos junto a tanto candor… Y Leví escuchaba y reía llorando y repetía las palabras, con una voz tal de cordero, que la oveja de Elías baló. José vino al portillo y nos invitó a pasar… ¡Qué pequeño y lindo eras! Un capullo de rosa encarnada sobre el rudo heno… Y llorabas… Luego te reíste por el calorcito de la piel de oveja que te ofrecimos y por la leche que ordeñamos para ti… Tu primera comida… ¡Oh!… y luego… y luego te besamos… Dejaste en nosotros un sabor a almendra y a jazmín… y nosotros ya no podíamos separarnos de ti…

-Efectivamente, desde entonces no me habéis dejado.
-Es verdad - dice Jonatán -. Tu rostro quedó grabado en nosotros y lo mismo tu voz y tu sonrisa… Crecías… eras cada vez más hermoso… El mundo de los buenos venía a deleitarse en ti… y el de los malvados no te veía… Ana… tus primeros pasos… los tres Sabios… la estrella…

-¡Qué luz aquella noche! El mundo parecía arder con mil luces. Sin embargo, la noche de tu venida la luz estaba fija y era como de perla… Ahora era la danza de los astros; entonces, la adoración de los astros. Nosotros, desde un alto, vimos pasar la caravana y la seguimos para ver si se detenía… A1 día siguiente, toda Belén vio la adoración de los Sabios. Y luego… ¡Oh…, no hablemos de aquel horror, no hablemos de él!…- Elías palidece al recordarlo.

-Sí, no hables de ello. Guárdese silencio sobre el odio…
-El mayor dolor era el hecho de no tenerte ya y el no tener noticias tuyas. Ni siquiera Zacarías sabía nada; él, que era nuestra última esperanza… Luego… luego ya nada más.

-¿Por qué, Señor, no confortaste a tus siervos?

-¿Preguntas el porqué, Felipe? Porque era prudente hacerlo. Mira cómo Zacarías, cuya formación espiritual se completó después de ese momento, tampoco quiso descorrer el velo. Zacarías…

-Tú nos dijiste que Zacarías fue quien se ocupó de los pastores. Siendo así, ¿por qué él no dijo, primero a ellos y luego a ti, que los unos estaban buscando al Otro?
-Zacarías era un justo enteramente hombre. Se hizo menos hombre y más justo durante los nueve meses de mutismo.

Luego, durante los meses que siguieron al nacimiento de Juan, se perfeccionó. Pero fue en el momento en que sobre su soberbia de hombre cayó el mentís de Dios, cuando se hizo espíritu justo. Había dicho: "Yo, sacerdote de Dios, digo que en Belén debe vivir el Salvador". Dios le había mostrado cómo el juicio, aunque sea sacerdotal, si no está iluminado por Dios, es un pobre juicio. Horrorizado por el pensamiento de que por su palabra hubiera podido provocar que mataran a Jesús, vino a ser el justo, el justo que ahora descansa en espera del Paraíso. Y la justicia le enseñó prudencia y caridad. Caridad hacia los pastores, prudencia respecto al mundo que debía permanecer en la ignorancia acerca del Cristo. Cuando, regresando a la patria, nos dirigimos a Nazaret, por la misma prudencia que ya guiaba a Zacarías, evitamos Hebrón y Belén, y, costeando el mar, volvimos a Galilea. Ni siquiera el día de mi mayoría de edad fue posible ver a Zacarías, que había partido el día antes con su niño para la misma ceremonia.

Dios velaba, Dios probaba, Dios proveía, Dios perfeccionaba. Tener a Dios significa también esfuerzo, no sólo contento. Y así mi padre de amor y mi Madre de alma y de carne tuvieron que esforzarse también. Se puso veto incluso a lo lícito, para que el misterio envolviese en sombra al Mesías niño. Y que esto les sirva de explicación a muchos que no comprenden la dúplice razón de la congoja cuando no me encontraban durante tres días. Amor de madre, amor de padre hacia el niño perdido; temblor de custodios por el Mesías que podía quedar de manifiesto antes de tiempo; terror a haber tutelado mal la Salud del mundo y el gran don de Dios. Éste fue el motivo de aquella insólita exclamación: "¡Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, te estábamos buscando!". "Tu padre", "tu madre"…
El velo echado sobre el resplandor del divino Encarnado. Y la tranquilizante respuesta:

¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que Yo debo ser activo en las cosas del Padre mío?". Y la Llena de Gracia recogió y comprendió tal respuesta en su justo valor, o sea: "No tengáis miedo. Soy pequeño. un niño; mas, si bien crezco, según la humanidad, en estatura, sabiduría y gracia ante los ojos de los hombres, Yo soy el Perfecto en cuanto que soy el Hijo del Padre y por tanto, sé conducirme con perfección, sirviendo al Padre haciendo resplandecer su luz, sirviendo a Dios conservándole el Salvador". Y así hice hasta hace un año.

Ahora el tiempo ha llegado. Se descorren los velos, y el Hijo de José se muestra en su naturaleza: el Mesías de la Buena Nueva, el Salvador, el Redentor y el Rey del siglo futuro.

-¿Y no volviste a ver nunca a Juan?
-Sólo en el Jordán, Juan mío, cuando solicité el Bautismo.
-De modo que ¿Tú no sabías que Zacarías les había beneficiado a éstos?

-Ya te he dicho que después del baño de sangre, de sangre inocente, los justos se hicieron santos, los hombres se hicieron justos Sólo los demonios permanecieron como eran. Zacarías aprendió a santificarse con la humildad, la caridad, la prudencia, el silencio.

-Deseo recordar todo esto. Pero, ¿podré hacerlo? - dice Pedro.
-Tranquilo, Simón. Mañana - dice Mateo - les pido a los pastores que me lo repitan, con sosiego, en el huerto, una, dos, tres veces, si hace falta. Tengo buena memoria, ejercitada en mi banco de trabajo, y me acordaré por todos. Cuando quieras, te podré repetir todo. Tampoco tenía notas en Cafarnaúm y sin embargo…

-¡No te equivocabas ni en un didracma!… ¡Sí que me acuerdo… bien! Te perdono el pasado, de corazón realmente, si te acuerdas de esta narración… y si me la cuentas a menudo. Quiero que me entre en el corazón de la misma forma que está en éstos… como lo tuvo Jonás… ¡Morir diciendo su Nombre!…

Jesús le mira a Pedro y sonríe. Luego se levanta y le besa en la entrecana cabeza.
-¿A qué se debe este beso tuyo, Maestro?
-A que has sido profeta: tú morirás diciendo mi Nombre; he besado al Espíritu, que hablaba en ti.
Luego Jesús entona, fuerte, un salmo, y todos, en pie, le secundan:

-"Alzaos y bendecid al Señor vuestro Dios, de eternidad en eternidad. Bendito sea su Nombre sublime y glorioso, con toda alabanza y bendición. Tú sólo eres el Señor. Tú has hecho el cielo y el cielo de los cielos y todo su ejército, la Tierra y todo lo que contiene", etc. (es el himno que cantan los levitas en la fiesta de la consagración del pueblo, cap. IX del libro II de Esdras).

Todo termina con este largo canto, que no sé si se encuentra en el rito antiguo o si Jesús lo dice motu propio.

135- Llegada a Betania. La Magdalena escucha el discurso de Jesús

Cuando Jesús, subida la última pendiente, llega al páramo, ve Betania, toda esplendorosa bajo un sol de Diciembre que quita tristeza a los campos desnudos y hace menos oscuros los rodales de verde de los cipreses, chaparros y algarrobos que crecen aquí o allá y parecen cortesanos en ademán de saludar a alguna que otra palma altísima, verdaderamente regia, que se eleva solitaria en los jardines más bellos. Y es que Betania no ostenta sólo la bonita casa de Lázaro, sino también otras moradas de ricos, quizás habitantes de Jerusalén que prefieren vivir aquí, cerca de sus bienes; sus villas, de voluminosa y bella arquitectura, con jardines bien cuidados, destacan sobre el conjunto de las casitas de los aldeanos. Produce una extraña sensación ver en un terreno ondulado todavía alguna palma evocadora del Oriente, con su tallo esbelto y el penacho duro y rumoroso de sus hojas, tras cuyo verde jade, instintivamente, se busca la inacabable amarillez del desierto. Aquí, sin embargo, el fondo es de olivos verde y plata y de campos arados (por ahora carentes del menor signo de trigo) y de esqueléticos conjuntos de árboles frutales de troncos oscuros y de ramajes enmarañados, como si fueran almas retorciéndose por una tortura infernal.

Y ve también enseguida a un servidor de Lázaro puesto de centinela. Éste saluda con gran reverencia y pide permiso para llevar a los señores la noticia de su llegada; obtenido el permiso, se marcha presuroso.

Entretanto, del campo y de la misma ciudad, acuden a saludar al Rabí, y, tras un seto de laurel, que circunda con su verde perfumado una hermosa casa, se asoma una joven mujer que, ciertamente, no es israelita. Su peplo o, si no recuerdo mal los nombres, su estola (larga hasta formar una pequeña cola, amplia, de suave lana blanquísima a la que da viveza una greca bordada de intensos colores en que destacan brillantes hilos de oro, ceñida a la cintura por un cinturón igual que la franja) y su ocado (una redecilla de oro que mantiene un complicado peinado:
por delante, del todo hecho de pequeños bucles; luego liso, para terminar en un moño grande sobre la nuca) me hacen pensar que es griega o romana. Mira con curiosidad, incitada por los gritos cantarines de las mujeres y los gritos de júbilo de los hombres; luego sonríe despreciativamente al ver que se dirigen hacia un pobre hombre que carece hasta de un burro en que ir montado y que camina rodeado de un grupo de personas como él, que despiertan aún menos interés. Se encoge de hombros y, con un gesto de aburrimiento, se aleja, seguida - como si fueran perros - de un grupo de aves zancudas variopintas entre las que hay blancas ibis y multicolores flamencos; no faltan dos zancudas del color del fuego con una coronita trémula sobre la cabeza que parece de plata, único candor de su espléndido plumaje de llama dorada.

Jesús la mira un instante, luego continúa escuchando a un anciano que… querría no padecer la debilidad que padece en las piernas. Jesús le acaricia y le exhorta a… tener paciencia; que dentro de poco vendrá la primavera y con el buen sol de abril se sentirá más fuerte. Llega al improviso Maximino, que precede en unos metros a Lázaro.

-Maestro… me ha dicho Simón que… que Tú vas a su casa… Le va a dar pena a Lázaro… pero es comprensible…

-Hablaremos de ello luego. ¡Oh, amigo mío!
Jesús se acerca rápido a Lázaro, el cual parece sentirse violento, y lo besa en la mejilla. Entretanto han llegado a una callejuela que conduce a una casita situada entre otros terrenos de árboles frutales y el de Lázaro.

-Entonces, ¿estás decidido a ir donde Simón?
-Sí, amigo mío. Traigo conmigo a todos los discípulos y lo prefiero así…

Lázaro encaja mal esta determinación, pero no replica; sólo se vuelve a la pequeña aglomeración de gente que los sigue y dice:

-Marchaos. El Maestro necesita descansar.
Y esto me da ocasión para ver el poder que tiene Lázaro. Todos, oídas estas palabras, previa reverencia, se marchan, mientras Jesús se despide de ellos con su dulce: «Paz a vosotros. Os avisaré de cuán-do voy a predicar».

-Maestro - dice Lázaro, ahora que están solos, adelantados respecto a los discípulos, los cuales, algunos metros más atrás, están hablando con Maximino -… Maestro… Marta está llorando desconsoladamente; por esta razón no ha venido. Luego sí vendrá. Yo lloro sólo en mi corazón. Pero hay que reconocer que es justo. Si hubiéramos pensado que ella venía… pero no viene nunca en las fiestas… ¿Es que, acaso, ha venido alguna vez?… Yo digo: precisamente hoy tenía que traerla aquí el demonio.

-¿El demonio? Y, ¿por qué no su ángel por mandato de Dios? De todas formas, créeme, aunque ella no estuviera, Yo habría ido a casa de Simón.

-¿Por qué, mi Señor? ¿No te dio paz mi casa?
-Tanta paz que, después de Nazaret, es el lugar que más estimo. Y ahora, respóndeme: ¿Por qué tu misiva de que dejara Agua Especiosa? Por la asechanza que se avecina, ¿no es así? Pues entonces Yo vengo a las tierras de Lázaro, pero no pongo a Lázaro en la situación de que lo insulten en su casa. ¿Piensas que te respetarían? Para pisotearme a mí, pasarían incluso por encima del Arca Santa… Déjame hacerlo como pienso, por ahora al menos. Más tarde iré. Y además, nada me impide comer en tu casa, como nada impide que tú vengas a donde me alojo Yo. Deja que se diga: "Está en casa de un discípulo suyo".

-¿Y yo no lo soy?

-Tú eres el amigo. Es más que discípulo para el corazón, es distinto para donde hay malicia. Déjame hacer las cosas como he pensado. Lázaro, esta casa es tuya… pero no es tu casa, la bonita y rica casa del hijo de Teófilo, y, para los pedantes, eso cuenta mucho.

-Eso es lo que dices… pero es porque… es por ella… eso es. Yo estaba ya casi decidido a perdonar… pero si ella es causa de que Tú te apartes, ¡vive Dios que la odiaré!

-Y me perderás del todo. Depón este pensamiento enseguida o ahora mismo me pierdes… Aquí viene Marta. Paz a ti, mi dulce hospedera.

-¡Oh, Señor!

Marta, de rodillas, llora. Se ha bajado el velo, que lleva sobre el tocado hecho en forma de diadema, para no mostrar mucho su llanto a los extraños; pero, a Jesús no piensa ocultárselo.

-¿Por qué este llanto? ¡Verdaderamente estás desperdiciando estas lágrimas! Hay muchos motivos para llorar, y para hacer de las lágrimas un objeto precioso.

Pero, ¡llorar por este motivo!… ¡Oh! ¡Marta! ¡Parece como si ya no supieras quién soy Yo! Del hombre, como sabes, no tengo más que lo que se ve; el corazón es divino, y palpita como divino. ¡Vamos, levántate y entra en casa!… Y a ella… dejadla. Aunque viniera a burlarse de mí, dejadla os digo. No es ella. Es el que la posee quien la hace instrumento de turbamiento. Pero aquí hay Uno que es más fuerte que su amo. Ahora la lucha es entre él y Yo, directamente.

Vosotros orad, perdonad, tened paciencia y creed. Y nada más.

Entran en la casita (es una pequeña casa cuadrada rodeada de un pórtico que la hace más extensa). Dentro hay cuatro habitaciones divididas por un pasillo en forma de cruz.

Una escalera, exterior como siempre, conduce a la parte alta del pequeño pórtico, que, por tanto, aquí es una terraza, que da acceso a una vastísima estancia de las mismas dimensiones que la casa; en el pasado ciertamente destinada para las provisiones, ahora enteramente libre y limpia, absolutamente vacía.

Simón, que está al lado de su anciano criado - oigo que le llaman José -, hace los honores de la casa. Dice:
-Aquí se podría hablar a la gente, o, si no, comer… Como Tú quieras.

-Ahora veremos. Entretanto, ve a decirles a los demás que después de la comida la gente puede venir. No defraudaré a la gente buena de este lugar.

-¿Dónde digo que vayan?

-Que vengan aquí. El día está templado. El sitio está resguardado de los vientos. Los árboles frutales, desnudos como están, no sufrirán daño si la gente viene. Hablaré aquí, desde la terraza. Ve.

Se quedan solos Lázaro y Jesús. Marta - de nuevo la "buena hospedera" al tener que ocuparse de atender a tantas personas - trabaja abajo con los criados y con los mismos apóstoles disponiendo lo necesario para las mesas y para el descanso.

Jesús pone un brazo sobre los hombros a Lázaro y lo conduce fuera de la sala, a pasear por la terraza que rodea la casa, con un buen sol que calienta algo el día, y, desde arriba, observa el trabajo de los criados y de los discípulos, y le sonríe a Marta, la cual va de aquí para allá y alza su rostro, serio, sí, pero ya menos turbado. Mira también el bonito panorama que rodea al lugar y nombra con Lázaro distintas localidades y personas, para terminar preguntando a quemarropa:

-Entonces, la muerte de Doras fue como agitar una vara dentro del nido de serpientes, ¿no?

-Maestro, me ha contado Nicodemo que la sesión del Sanedrín fue de una violencia nunca vista.

-¿Qué le he hecho al Sanedrín para que se inquiete? Doras se murió por sí mismo, ante los ojos de todo un pueblo; la ira lo mató. Yo no permití que se actuara irrespetuosamente con el cadáver. Por tanto…

-Tú tienes razón. Pero ellos… Están locos de miedo. Y.. ¿sabes que han dicho que hay que pillarte en pecado para poderte matar?

-¡Entonces, estate tranquilo! ¡Van a tener que esperar hasta la hora de Dios!

-¡Pero, Jesús! ¿Sabes de quién se habla? ¿Sabes de qué son capaces fariseos y escribas? ¿Sabes qué alma tiene Anás?
¿Sabes quién es su segundo? ¿Sabes?… Pero, ¿qué estoy diciendo? ¡Tú sabes! Por tanto, es inútil que te diga que se inventarán el pecado para poderte acusar.

-Ya lo han encontrado. Ya he hecho más de lo que necesitan. He hablado a romanos, he hablado a pecadoras… Sí, a pecadoras, Lázaro. Una - no me mires tan asustado - … una viene siempre a oírme y ha recibido de tu capataz alojamiento en una cuadra, a petición mía, porque, para estar cerca de mí, se había establecido en una pocilga…

Lázaro es la estatua del estupor. Ha quedado inmóvil. Mira a Jesús como si estuviera ante una persona asombrosa por su extrañez. Jesús lo zarandea un poco sonriendo:
-¿Has visto a Satanás?- pregunta.
-No… La Misericordia he visto. Pero… pero si yo lo entiendo. Sin embargo, ellos, los del Consejo, no. Y dicen que es pecado. ¡Entonces es verdad! Yo creía… Pero ¿qué has hecho?

-Mi deber, mi derecho y mi deseo: tratar de redimir a un espíritu caído. Esto te hará ver, por tanto, que tu hermana no será el primer cieno que voy a conocer, ni el primero hacia el que me voy a inclinar; como tampoco será el último. En el cieno Yo quiero sembrar flores y hacerlas nacer: las flores del bien.

-¡Oh! ¡Dios! ¡Dios mío!… Pero… ¡Oh!, Maestro mío, Tú tienes razón. Estás en tu derecho, es tu deber y es tu deseo; pero, las hienas no lo comprenden. Son carroña tan fétida, que no sienten el olor, no pueden sentir el olor de las azucenas, y hasta en donde éstas germinan, ellos, esas carroñas poderosas, sienten olor de pecado; no comprenden que proviene de su sentina… Te lo ruego, no permanezcas largo tiempo en un lugar; muévete, cambia continuamente de sitio para no darles la posibilidad de encontrarte. Sé como un fuego nocturno que danza sobre los tallos de las flores, veloz, inaprensible, de paso
desconcertante. Hazlo; no por cobardía, sino por amor al mundo, que necesita que Tú vivas para ser santificado. La corrupción aumenta; contraponle la santificación… ¡La corrupción!… ¿Has visto a la nueva habitante de Betania?

Es una romana casada con un judío. Él es observante, pero ella es idólatra y, al no poder vivir tranquilamente en Jerusalén, porque, debido a sus animales, surgieron disputas con los vecinos, se ha venido aquí. Llena de animales - para nosotros impuros - está su casa, y… la más impura es ella, porque vive burlándose de nosotros y con licencias que… Yo no puedo criticar porque… Pero sí digo que, mientras que no se pone pie en mi casa porque está María, que pesa con su pecado sobre toda la familia, a casa de esa mujer sí que van. Pero es que, claro, le ha caído en gracia a Poncio Pilato y vive sin su marido. Él, en Jerusalén; ella, aquí. Así fingen, él y ellos, no profanarse viniendo, y no constatar que se profanan.

¡Hipocresía! Viven metidos en la hipocresía hasta el cuello; ¡no tardarán en perecer ahogados en ella! El sábado es el día en que celebran el festín,.. ¡Y entre ellos hay también miembros del Consejo! Un hijo de Anás es el más asiduo.

-La he visto. Sí. Déjala que haga lo que quiera, y a ellos también. Cuando un médico prepara un fármaco, mezcla los productos, y el agua parece como si se inquinase, porque agita la mezcla y el agua se enturbia. Pero luego las partes muertas se depositan, el agua recupera su limpidez, a pesar de estar saturada de la sustancia de esos productos saludables. Esto mismo sucede ahora. Todo se mezcla y Yo trabajo con todos. Luego, las partes muertas se depositarán y serán arrojadas afuera, y las otras, vivas, permanecerán activas en el gran mar del pueblo de Jesucristo. Bajemos. Nos llaman…

Y la visión se reanuda mientras Jesús sube de nuevo a la terraza para hablar a la gente que, de Betania y los alrededores, ha venido a escucharle.

-Paz a vosotros.

Aun cuando Yo callara, los vientos de Dios llevarían hasta vosotros las palabras de mi amor y del odio de otros. Sé que estáis turbados porque no desconocéis el porqué de que Yo esté entre vosotros. Pues no sea sino agitación de alegría, y bendecid al Señor conmigo, que aprovecha el mal para proporcionar un motivo de alegría a sus hijos, conduciendo de nuevo a su Cordero, aguijoneado por el mal, a donde los otros corderos, para ponerlo al seguro contra los lobos.

Ved qué bueno es el Señor. A1 lugar en que me encontraba llegaron, como aguas a un mar, un río y un regato. Un río de amorosa dulzura, un regato de abrasadora amargura. El primero era vuestro amor, desde Lázaro y Marta al último del lugar; el regato era el injusto rencor de quien, no pudiendo ir al Bien que le llama, acusa al Bien de ser Pecado. Y el río decía: "Vuelve, vuelve con nosotros. Que nuestras olas te circunden, te aíslen, te defiendan, te den todo aquello que el mundo te niega". El regato malvado lanzaba amenazas y quería matar con su veneno. Mas, ¿qué es un regato comparado con un río?, ¿qué, comparado con un mar? Nada. Como a nada ha quedado reducido el veneno del regato, porque el río de vuestro amor lo ha sobrepujado en tal modo, que al mar de mi amor no ha llegado sino la dulzura de vuestro amor. Podríamos decir más aún: ha producido un bien. Me ha traído de nuevo con vosotros. Bendigamos por ello al Señor altísimo.

La voz de Jesús se expande, poderosa, por el aire calmo y silencioso. Jesús, lleno de hermosura bajo el sol, desde lo alto de la terraza, gesticula y sonríe sereno. Abajo, la gente lo escucha encantada: son como un floreado de rostros alzados sonriendo a la armonía de su voz. Lázaro está cerca de Jesús, como también Simón y Juan. Los demás están diseminados entre la multitud. Sube también Marta y se sienta en el suelo a los pies de Jesús, mirando hacia su casa, que se ve más allá de los árboles frutales.

El mundo es de los malos. El Paraíso es de los buenos. Ésta es la verdad y la promesa; apóyese sobre ella nuestro firme vigor. El mundo pasa. El Paraíso no pasa. Si, siendo bueno, uno se lo gana, eternamente lo gozará. ¿Por qué, pues, debe turbarnos lo que hacen los malos? ¿Os acordáis de las quejas de Job?: son las eternas quejas de los buenos que se sienten oprimidos; porque la carne gime, más no debería hacerlo, sino que, cuanto más pisoteada fuera, más se deberían alzar las alas del alma regocijándose con el júbilo del Señor.

¿Qué pensáis: que se sienten felices los que parecen estarlo debido a que - en ocasiones, lícitamente; en otras, las más, ilícitamente - tienen llenos los graneros, colmos los tinos, rebosantes de aceite sus odres? No.

Sienten el sabor de la sangre y de las lágrimas de los demás en todo lo que toman como alimento, y el lecho les parece como erizado de espinas por lo desgarrador de sus remordimientos cuando en él yacen. Depredan a los pobres, desvalijan a los huérfanos, le roban al prójimo para atesorar, tiranizan a quien es menos que ellos en poder y en perversidad. No importa. Dejadlos. Su reino es de este mundo.

Después de su muerte, ¿qué quedará? Nada. A menos que se quiera llamar tesoro al cúmulo de culpas que se llevan consigo y con el que ante Dios se presentan. Dejadlos. Son los hijos de las tinieblas, los que se rebelan contra la Luz; no pueden seguir los luminosos senderos de ésta. Cuando Dios hace brillar la estrella de la mañana, ellos la llaman sombra de muerte y, como tal, la consideran contaminada y prefieren caminar a la luz del destello sucio de su oro y de su odio, que resplandece solamente porque las cosas infernales tienen brillo de fósforo, el brillo de los eternos lagos de perdición…

-¡Mi hermana, Jesús… oh! - Lázaro descubre a María, que se desliza tras un seto del pomar de Lázaro para llegar lo más cerca posible. Va agachada, pero su cabeza rubia brilla como oro contra el boj oscuro.

Marta hace ademán de levantarse, pero Jesús le pone una mano sobre la cabeza y aprieta, de forma que debe quedarse donde está. Jesús alza aún más su voz.

-¿Qué decir de estos infelices? Dios les ha dado tiempo de hacer penitencia y ellos no hacen otra cosa sino abusar de él para pecar. Pero no los pierde de vista Dios, aunque parezca que lo haga. Llega el momento en que, o bien porque, cual rayo capaz de penetrar incluso en la roca, el amor de Dios hiende y desgarra su duro corazón, o bien, porque la suma de los delitos hace llegar el nivel de su cieno hasta introducirse en su boca y en su nariz - y experimentan, sí, ¡al fin experimentan la repugnancia de ese sabor y de esa fetidez que a los demás da asco y que colma su corazón! - llega el momento en que ello les produce náusea y surge un movimiento de aspiración al bien.

El alma entonces grita: "¿De quién recibiré el don de volver a ser como un tiempo fui, cuando vivía en amistad con Dios, cuando su luz resplandecía en mi corazón y bajo su rayo yo caminaba, cuando, al ver mí justicia, guardaba silencio, admirado, el mundo, y quien me veía me llamaba bienaventurado?

El mundo bebía mi sonrisa, mis palabras eran acogidas como palabras de ángel, saltaba de orgullo el corazón en el pecho de mis familiares.

Y ahora, ¿qué soy? Motivo de burla para los jóvenes, de horror para los ancianos, yo soy el tema de sus chácharas, el esputo de su desprecio me surca el rostro". Sí, así habla en ciertas horas el alma de los pecadores, de los verdaderos Job, porque no hay miseria mayor que ésta, la de quien ha perdido para siempre la amistad de Dios y su Reino. Deben infundir piedad, sólo piedad.

Son pobres almas que han perdido, por ociosidad o por ligereza, al eterno Esposo. "Por la noche, en mi lecho, busqué el amor de mi alma y no lo encontré.” Así es. En las tinieblas no se puede distinguir al esposo, y el alma, aguijoneada por el amor, irreflexiva por hallarse envuelta en la noche espiritual, busca y quiere encontrar un refrigerio para su tormento. Cree encontrarlo con cualquier amor. No. Uno sólo es el amor del alma: Dios.

Van buscando amor estas almas a las que el amor de Dios aguijonea.

Bastaría con que admitieran la luz en ellas para que el amor fuera su consorte. Van como enfermas, buscando a tientas amor, y encuentran todos los amores, todas las cosas sucias que el hombre ha bautizado así, mas no encuentran el amor, porque el amor es Dios y no el oro, el sentido, el poder.

¡Pobres, pobres almas! Si, menos ociosas, se hubieran puesto en pie al oír la invitación del Esposo eterno, al oír a Dios que dice:

"Sígueme", a Dios que dice: "Ábreme", no habrían llegado tarde a abrir la puerta, con el ímpetu de su amor despertado, cuando, desilusionado, el Esposo ya estaba lejos y había desaparecido… Y no habrían profanado ese ímpetu santo de una necesidad de amor en un lodo tan inútil y con tantos diminutos tríbulos diseminados en él, que hasta al animal inmundo le da asco; tríbulos que no eran flores, sino sólo pinchos, pinchos que laceran, no coronan. Y no habrían conocido los vituperios de todos aquellos que, cual guardias de ronda, como Dios, pero por motivos opuestos, no pierden de vista al pecador y lo acechan para burlarse de él y criticarlo.

¡Pobres almas maltratadas, expoliadas, heridas por todos!

Sólo Dios permanece al margen de esta lapidación de cruel escarnio; es más, vierte sus lágrimas para cura de las heridas y para cubrir con diamantino vestido a su criatura. Siempre su criatura… Sólo Dios… y los hijos de Dios con el Padre.

Bendigamos al Señor. Él ha querido que, por los pecadores, Yo debiera volver aquí para deciros: "Perdonad.

Siempre perdonad. Haced de todo mal un bien. Haced de toda ofensa una gracia". No os digo sólo "haced"; os digo: repetid mi gesto. Yo amo y bendigo a los enemigos, porque por ellos he podido volver a vosotros, amigos míos.

La paz sea con todos vosotros.
La gente agita velos y ramajes en dirección a Jesús y luego, lentamente, se va alejando.
-¿Habrán visto a esa desvergonzada?

-No, Lázaro. Estaba detrás del seto bien escondida. Nosotros podíamos verla porque estábamos aquí arriba. Los demás, no.

-Nos había prometido que…
-¿Y por qué no debía venir? ¿No es ella, acaso, también una hija de Abraham? Quiero de vosotros, hermanos, y de vosotros, discípulos, el juramento de no hacerle observaciones de ningún tipo. Dejadla. ¿Que se burla de mí? Dejadla. ¿Qué llora? Dejadla. ¿Que quiere quedarse?

Dejadla. ¿Que quiere alejarse? Dejadla. Es el secreto del Redentor y de los redentores: tener paciencia, bondad, constancia y oración. Nada más. Todo gesto sobra ante ciertas enfermedades… Adiós, amigos. Yo me quedo orando.

Vosotros marchad a las respectivas tareas. Y que Dios os acompañe.

Y todo termina.

134- La curación de Jerusa en Doco

Veo esto: Jesús, con las primeras luces de una raquítica mañana de invierno, entra en la pequeña ciudad de Doco, y le pregunta a un viandante madrugador:
-¿Dónde vive Mariamne, la anciana madre que tiene a su nuera muriéndose?

-¿Mariamne? ¿La viuda de Leví? ¿La suegra de Jerusa, mujer de Josías?

-Sí, es ella.

-Mira, hombre, al final de esta calle hay una plaza. En la esquina, hay una fuente. De allí salen tres calles. Coge la que tiene enmedio una palma y camina cien pasos. Encontrarás un foso; lo sigues hasta el puente de tablas.

Lo atraviesas y verás una callecita cubierta. Recórrela.

Terminada la calle y lo que la cubre - porque desemboca en una plaza -, ya has llegado. La casa de Mariamne es de color oro debido a la antigüedad. Con los gastos que tienen, no la pueden limpiar. No te puedes equivocar.
Adiós. ¿Vienes de lejos?

-No mucho.
-Pero, ¿eres galileo?
-Sí.
-¿Y éstos? ¿Vienes para la fiesta?
-Son amigos. Adiós, hombre. La paz sea contigo.

Jesús deja plantado a este hombre locuaz que ya no tiene prisa, y va por su camino, y los apóstoles detrás.

Llegan a la… placita: un pedazo de terreno muy fangoso que tiene en el centro una encina joven, alta, que ha crecido señoreadora y que tal vez en verano produzca bienestar, pero que por ahora sólo produce melancolía, pues, tupida y oscura, se yergue sobre las pobres casas quitándoles luz y sol. La casa de Mariamne es la más modestilla. Es ancha y baja y está muy descuidada. La puerta de fuera está llena de parches para tapar las ranuras que hay debido a lo muy vieja que es la madera.

Una ventanita sin bastidor muestra su negro agujero como una órbita sin ojo.

Jesús llama a la puerta. Viene una jovencita de unos diez años, pálida, despeinada, con los ojos rojos.

-¿Eres la nieta de Mariamne? Dile a la anciana madre que Jesús está aquí.

La niña da un grito y se echa a correr llamando a voces.

Acude rápidamente la anciana, seguida por seis niños además de la muchachita de antes. El mayor parece gemelo de ésta; los últimos, dos chisgarabises descalzos y demacrados, vienen agarrados al vestido de la anciana; apenas si saben caminar.

-¡Has venido! ¡Hijos, venerad al Mesías! En buena hora llegas a mi pobre casa. Mi hija se me está muriendo… No lloréis, niños; que no oiga. ¡Pobres criaturas! Las niñas están agotadas de las velas, porque, yo hago todo, pero ya no puedo velar; me caigo al suelo de sueño. Hace meses que no toco la cama. Ahora duermo en una silla, para estar junto a ella y junto a las niñas.

Pero son pequeñas y sufren. Los niños, estos, van a hacer leña para mantener el fuego, y también la venden, para conseguir pan.

Se agotan… ¡pobres nietos! Pero lo que nos mata no es el cansancio, es el verla morir… No lloréis. Tenemos a Jesús.

-Sí, no lloréis. Vuestra mamá se curará, vuestro padre volverá, dejaréis de tener tantos gastos y dejaréis de pasar hambre. ¿Éstos son los dos últimos?
-Sí, Señor. Esa débil criatura ha dado a luz tres veces gemelos… y el pecho ha enfermado.

-A unos demasiado y a otros nada - susurra Pedro entre dientes, y toma luego consigo a uno de los pequeñuelos y le da una manzana para que se calle; y, mientras también el otro pequeño le pide otra y Pedro lo complace, Jesús con la anciana atraviesa el atrio y va al patio, y sube la escalera para entrar en una habitación donde gime una mujer joven, pero esquelética.

-El Mesías, Jerusa. Ahora ya no sufrirás más. ¿Ves cómo ha venido realmente? Isaac no miente nunca. Lo dijo. Así que cree que de la misma forma que ha venido te puede sanar.
-Sí, madre buena; sí, mi Señor. Pero, si no me puedes curar, hazme morir al menos. Siento perros en este pecho mío.

Las bocas de mis hijos, a las que he dado dulce leche, me han dado a cambio fuego y amargura. ¡Sufro mucho, Señor! ¡Salgo muy cara! Mi marido lejos por el pan, la anciana madre que se está consumiendo, yo que me muero… ¿a quien irán los hijos, cuando haya muerto por la enfermedad, y ella por el cansancio y los sufrimientos?

-Para los pájaros está Dios, como también para los pequeñuelos del hombre. Pero no morirás. ¿Te hace mucho daño aquí? - Jesús hace ademán de depositar la mano sobre el pecho vendado.

-¡No me toques! ¡No me aumentes el dolor! - grita la enferma.

Pero Jesús deposita delicadamente su larga mano sobre el seno enfermo.

-Tienes realmente fuego dentro, pobre Jerusa. El amor materno se te ha transformado en fuego en el pecho. Tú no odias a tu esposo o a los niños, ¿no es cierto?

-¡Oh! ¿Por qué iba a odiarlos? Mi marido es bueno y me ha querido siempre. Con sabio amor nos amamos, y el amor floreció en hijos… ¡Y ellos…! Me acongoja el dejarlos… Pero… Señor, ¡si mi fuego cesa! ¡Madre! ¡Madre! ¿Es como si un ángel espirara el aire del Cielo sobre mi tormento! ¡Oh…, qué paz! No quites, no quites tu mano, mi Señor; aprieta, más bien. ¡Oh…,
qué fuerza! ¡Qué alegría! ¡Mis hijos! ¡Aquí, mis hijos! ¡Quiero que vengan! ¡Dina! ¡Osías! ¡Ana! ¡Seba! ¡Melquí! ¡David! ¡Judas!

¡Aquí! ¡Aquí! ¡Mamá ya no se muere! ¡Oh!…

La joven se vuelve sobre las almohadas llorando de alegría mientras acuden los hijos, y la anciana, de rodillas, no encontrando otra cosa, en su alegría, entona el cántico de Azarías en el horno de fuego, completo, con su voz temblorosa de anciana y de persona conmovida.

-¡Señor! - dice por fin - ¿Qué puedo hacer por ti? ¿No tengo nada con que honrarte?

Jesús la levanta y dice:

-Déjame sólo detenerme aquí un poco para descansar - Y calla - El mundo no me ama. Debo alejarme un tiempo. Te pido fidelidad a Dios y silencio. A ti, a ella, a los pequeños.

-¡No temas! ¡Nadie se acerca a los míseros! Puedes estar aquí sin temor a ser visto. Los fariseos, ¿no? Pero… ¿Y para comer? Yo no tengo más que un poco de pan…
Jesús llama a Judas Iscariote:

-Coge dinero y ve a comprar lo que haga falta. Comeremos y descansaremos aquí, con estas buenas mujeres. Hasta el anochecer. Ve y calla.

Luego se vuelve hacia la mujer que ha sido curada:

-Quítate las vendas, levántate, ayuda a tu madre, exulta. Dios te ha concedido gracia por piedad hacia tu virtud de esposa. Compartiremos el pan, porque hoy el Señor altísimo está en tu casa y hay que celebrarlo con una gran fiesta.
Jesús va afuera y alcanza a Judas que iba a marcharse en ese momento:

-Compra con abundancia. Que tengan también para los próximos días. A nosotros en casa de Lázaro no nos faltará nada.

-Sí, Maestro. Y, si me lo permites… Tengo dinero mío, he hecho voto de ofrecerlo porque quedes salvo de los enemigos; lo puedo emplear en pan. Mejor que vaya a estos hermanos en Dios que no a las tragaderas del Templo. ¿Me das permiso? El oro siempre ha sido una serpiente para mí.

No quiero seguir sintiendo su hechizo, porque, ahora que soy bueno, estoy muy bien.

Me siento libre, y soy feliz.

-Haz como quieras, Judas, y que el Señor te dé paz.

Jesús va hasta donde los discípulos mientras Judas sale.

Todo termina.

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