por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Me dice Jesús (a María Valtorta):
-Ten paciencia, alma mía, por este doble esfuerzo. Es tiempo de sufrimiento. ¿Sabes lo cansado que estaba los últimos días? Ya ves. Al andar me apoyo en Juan, en Pedro, en Simón, y también en Judas… Sí. ¡Yo, que emanaba milagro con sólo rozar con mis vestiduras, no pude cambiar aquel corazón! Déjame que me apoye en ti, pequeño Juan, (llamaba así Jesús, como seudónimo, a María Valtorta) para volver a decir las palabras ya dichas en los últimos días a esos obstinados obtusos sobre quienes el anuncio de mi tormento resbalaba y no penetraba. Y deja también que el Maestro hable de sus horas de predicación en la triste llanura del Agua Especiosa. Y te bendeciré dos veces: por tu esfuerzo y por tu piedad. Llevo la cuenta de tus esfuerzos, recojo tus lágrimas. Los esfuerzos por amor a los hermanos recibirán la recompensa de aquellos que se consumen por dar a conocer a Dios a los hombres. Tus lágrimas por mi sufrimiento de la última semana recibirán como premio el beso de Jesús. Escribe y recibe mi bendición.
Jesús está en pie, encima de un cúmulo de tablas, alzadas a manera de tribuna en una de las piezas, la última, y allí habla con voz poderosa, para que lo oigan tanto los que están dentro de la estancia como los que se encuentran bajo el cobertizo, e incluso en la era, encharcada por la lluvia. Cubiertos con sus mantos oscuros y de lana en bruto, sobre la cual resbala el agua, parecen frailes todos ellos. En la estancia están los más débiles; bajo el cobertizo, las mujeres; en el patio, bajo la lluvia, los fuertes, la mayoría hombres.
Pedro va y viene, descalzo y sólo con la prenda corta, cubierto con un lienzo que se ha puesto sobre la cabeza; pero no pierde el buen humor, a pesar de que tenga que ir guachapeando en el agua y se esté duchando sin desearlo. Con él están Juan, Andrés y Santiago. Están trayendo de la otra estancia, con precaución, a unos enfermos, y guiando a unos ciegos y haciendo de apoyo a algunos tullidos.
Jesús aguarda con paciencia a que todos hayan terminado de acomodarse, y sólo le duele el que los cuatro discípulos estén empapados, como esponjas dentro de un cubo.
-¡Nada, nada! Somos madera empecinada. No te preocupes. Nos bautizamos otra vez, y el bautizador es Dios mismo - responde Pedro a las muestras de desazón de Jesús.
Por fin todos están en sus respectivos lugares y Pedro estima que puede ir a ponerse ropa seca. Así lo hace, como también los otros tres. Pero, vuelto donde el Maestro, ve sobresalir por la esquina del cobertizo el manto gris de la mujer velada, y se dirige hacia ella sin pensar que para hacerlo tiene que volver a cruzar el patio en diagonal bajo el chaparrón, que va a más, y sin pensar en los charcos que salpican hasta la rodilla al chocar tan fuerte en ellos las gotazas de agua. La agarra de uno de los codos, sin retirar el manto, y la arrastra bien hacia arriba, hasta la pared de la estancia, resguardada del agua, y luego se planta a su lado, duro e inmóvil como un centinela.
Jesús ha visto la escena y ha sonreído inclinando la cabeza para celar la luminosidad de su sonrisa. Ahora habla.
-No digáis, vosotros, los que habéis venido con regularidad, que no hablo con orden y que salto alguno de los diez mandamientos. Vosotros oís, Yo veo; vosotros escucháis, Yo aplico mi palabra a los dolores y a las llagas que veo en vosotros. Yo soy el Médico. Un médico va primero a los más enfermos, a los que están más cerca de la muerte. Luego se vuelve a los menos graves. Yo también.
Hoy digo: "No forniquéis".
No dirijáis a vuestro alrededor la mirada tratando de leer en el rostro de uno la palabra: "lujurioso". Tened recíproca caridad. ¿Os gustaría que uno la leyera en vosotros? No. Pues entonces no queráis leerla en el ojo turbado de quien está a vuestro lado; en su frente que se avergüenza y se inclina hacia el suelo. Además… ¡Oh!, decidme, especialmente vosotros, hombres. ¿Quién de entre vosotros no ha hincado nunca los dientes en el pan de ceniza y estiércol de la satisfacción sexual?
¿Acaso es lujuria sólo la que os lleva a estar durante una hora entre brazos meretricios? ¿No es, acaso, lujuria, también, la profanación del connubio con la esposa al eludir las consecuencias de éste, que queda reducido, por tanto, a una recíproca satisfacción del sentido, a un vicio legalizado?
Matrimonio quiere decir procreación, y el acto quiere decir y debe ser fecundación. Sin ello es inmoralidad. No se debe del tálamo hacer un lupanar; y en lupanar se transforma si se ensucia de libídine y no se consagra con maternidades. La tierra no rechaza la semilla, la acoge y de ella forma una planta. La semilla no huye de la gleba una vez depositada; por el contrario, en seguida echa raíz y se agarra para crecer y dar una espiga: la criatura vegetal nacida del connubio entre gleba y semilla. El hombre es la semilla, la mujer es la tierra, la espiga es el hijo. Negarse a producir la espiga y desaprovechar la fuerza para vicio es culpa.
Es meretricio cometido en el lecho nupcial, pero en nada distinto del otro; es más, agravado por la desobediencia al mandamiento que dice: "Sed una sola carne y multiplicaos en los hijos".
Por tanto, ved, mujeres voluntariamente estériles, esposas legales y honestas (no a los ojos de Dios, sino del mundo), cómo, a pesar de ello, vosotras podéis ser prostitutas y fornicar igual, aunque seáis sólo de vuestro marido, porque no vais hacia la maternidad, sino al placer, demasiado y demasiado frecuentemente. ¿Y no os paráis a pensar que el placer es un tóxico que, aspirado por una boca, cualquiera que fuere, contagia, produce quemazón, cual fuego que, creyendo consumirse, traspasa, devorador, cada vez más insaciable, los límites del hogar, dejando acre sabor de ceniza bajo la lengua y desagrado y náusea y desprecio de sí y del compañero de placer?
Porque cuando la conciencia se despierta - y lo hace entre dos momentos febriles - no puede dejar de nacer este desprecio de sí, rebajados como quedan uno y otro a un nivel incluso inferior al de los animales.
(Nota del que suscribe con respecto a este tema: La Iglesia admite la paternidad responsable, o sea, que cuando ya se es generoso en hijos, se pueden adoptar determinadas medidas para no concebir, pero que no sean medios artificiales como anticonceptivos, preservativos, etc. sino recursos naturales, como el de la regulación natura basada en los días infértiles de la mujer, etc,; asimismo, el placer sexual únicamente como simple demostración de amor y desahogo pasional, dentro del matrimonio, es lícito siempre y cuando se tengan en cuenta estas dos medidas antes mencionadas: ser generosos en hijos y no usar medios anticonceptivos artificiales.)
“No forniquéis", está escrito.
Es fornicación gran parte de las acciones carnales del hombre - ni siquiera toco la cuestión de esas uniones inconcebibles, que son como una pesadilla y que el Levítico condena con estas palabras:
"Hombre, no te acercarás al hombre como si fuera una mujer"; y también: "No te unirás a bestia alguna para no contaminarte con ella. Y así hará la mujer, y no se unirá a ninguna bestia, porque es infamia" -. Bien… he hecho alusión al deber de los esposos respecto al matrimonio - el cual deja de ser santo cuando, por malicia, viene a ser infecundo - y ahora voy a hablar de la fornicación en sentido propio entre hombre y mujer, por recíproco vicio o por obtener dinero o regalos.
El cuerpo humano es un magnífico templo que encierra en sí un altar. En ese altar debería estar Dios. Pero Dios no está donde hay corrupción. Por tanto, el cuerpo del impuro tiene su altar desconsagrado y sin Dios. Como quien se revuelca, ebrio, en el lodo y en el vómito de la propia ebriedad, el hombre, en la bestialidad de la fornicación, se rebaja a sí mismo, viniendo a ser menos que un gusano o que el animal más inmundo.
Decidme - si entre vosotros hay alguno que se haya depravado a sí mismo hasta el punto de comerciar con su cuerpo como se hace con cereales o animales - ¿qué beneficio os ha reportado? Poneos, poneos vuestro corazón en la mano, observadlo, preguntadle, escuchadlo, ved sus heridas, sus estremecimientos de dolor, y luego decidme, respondedme: ¿tan dulce era ese fruto, que compensara este dolor de un corazón nacido puro, forzado por vosotros a vivir en un cuerpo impuro, a latir para dar vida y calor a la lujuria, a irse consumiendo en el vicio?
Decidme: ¿Sois tan depravadas que no lloráis secretamente sintiendo una voz de niño que llama: "mamá", y pensando en vuestra madre - ¡oh mujeres de placer que habéis huido de casa, u os han echado de ella para que el fruto empodrecido no destruyera con el exudado de su putridez a los demás hermanos! -, pensando en vuestra madre, muerta quizás por el dolor de tener que decirse a sí misma: "He dado a luz a una persona que ha sido motivo de oprobio"?
¿Pero es que no sentís que se os parte el corazón cuando veis a un anciano cuyas canas le dan un porte solemne, al pensar que sobre las de vuestro padre habéis derramado el deshonor, como barro tomado a manos llenas, y junto con el deshonor el menosprecio de su tierra natal?
¿Pero es que no sentís que se os retuercen las entrañas de doliente añoranza al ver la felicidad de una esposa o la inocencia de una virgen, teniendo que decir: "Yo he renunciado a todo esto, y nunca más volveré a poseerlo"?
¿Pero es que no sentís como si la vergüenza os arrancara la piel de la cara, al ver la mirada, voraz o llena de desprecio, de los hombres?
¿Pero es que no sentís vuestra miseria cuando tenéis sed de un beso de niño y ya no os atrevéis a decir: "Dámelo", porque habéis matado vidas en su comienzo, vidas que habéis rechazado como peso fastidioso e inútil carga, vidas arrancadas del mismo árbol que las había concebido, arrojadas para estiércol, vidas que ahora os gritan: "^Asesinas!"?
¿Pero es que no teméis, sobre todo, al Juez que os ha creado y que os espera para preguntaros y deciros: "¿Qué has hecho de ti misma? ¿Para eso, acaso, te di la vida? Pululante nido de gusanos, ¿cómo te atreves a estar en mi presencia? Tuviste todo lo que para ti era dios: el placer. Ve al lugar de maldición sin término"?
¿Quién llora? ¿Ninguno? ¿Decís: "ninguno"? Pues mi alma va hacia otra alma que llora. ¿Para qué va hacia ella? ¿Para lanzarle el anatema por ser meretriz? No. Porque siento piedad por su alma. Todo en mí es repulsa hacia su sucio cuerpo, sudado por el esfuerzo lascivo. ¡Pero su alma…!
¡Oh! ¡Padre! Padre! También por esta alma Yo me he encarnado y he dejado el Cielo para ser su Redentor y el de muchas almas hermanas suyas! ¿Por qué debo no recoger a esta oveja que va descarriada, y llevarla al redil, limpiarla, unirla al rebaño, sacarla a pastar, y darle un amor que sea perfecto como sólo el mío lo puede ser, tan distinto de los que tuvieron hasta ahora para ella nombre de amor y no eran sino odio; tan piadoso, completo, delicado, que ella ya no llore por el tiempo pasado,
o lo haga sólo para decir: "Demasiados días he perdido lejos de ti, eterna Belleza. ¿Quién me restituirá el tiempo perdido?
¿Cómo gustar en lo poco que me queda cuanto habría gustado si hubiera sido siempre pura?"?
A pesar de ello, no llores, alma pisoteada por toda la libídine del mundo. Escucha: eres un trapo asquerosamente sucio, pero puedes volver a ser una flor; eres un estercolero, pero puedes ser un jardín; eres un animal inmundo, pero puedes volver a ser un ángel. Un día lo fuiste; danzabas en los prados floridos, rosa entre las rosas, fresca como ellas, y despedías fragancia de virginidad; cantabas, serena, tus canciones de niña, y luego corrías a donde tu madre, a donde tu padre, y les decías: "Vosotros sois mis amores". Y el invisible guardián que tienen todas las criaturas al lado sonreía ante tu alma blanca-azul… ¿Y luego? ¿Por qué? ¡Por qué te has arrancado esas alas de pequeño inocente? ¿Por qué has pisoteado un corazón de padre y de madre para correr hacia otros corazones inciertos? ¿Por qué has consignado tu voz pura a embusteras frases de pasión? ¿Por qué has quebrado el tallo de la rosa y te has profanado a ti misma?
Arrepiéntete, hija de Dios. El arrepentimiento renueva. El arrepentimiento purifica. El arrepentimiento sublima.
¿El hombre no te puede perdonar? ¿Ni siquiera tu padre podría ya hacerlo? Bueno, pues Dios puede, porque la bondad de Dios no es comparable a la bondad humana y su misericordia es infinitamente más grande que la humana miseria. Hónrate a ti misma haciendo, con una vida honesta, digna de honor a tu alma. Justifícate ante Dios no volviendo a pecar contra tu alma. Hazte un nombre nuevo ante Dios. Eso es lo que tiene valor. ¿Eres vicio? Sé honestidad, sé sacrificio, sé la mártir de tu arrepentimiento.
Bien supiste martirizar tu corazón para hacer gozar a la carne, sabe ahora martirizar la carne para darle a tu corazón una eterna paz.
Ve. Marchad todos, cada uno con su peso y con su pensamiento, y meditad. Dios espera a todos y no rechaza a ninguno que se arrepienta. ¿Que el Señor os dé su luz para conocer vuestra alma! ¡Adiós!
Muchos se marchan en dirección al pueblo. Otros entran en la habitación. Jesús va hacia los enfermos y les devuelve la salud.
Un grupo de hombres, en un ángulo, habla en voz baja; divididos como están en distintas tendencias, gesticulan y se acaloran. Algunos se muestran acusadores de Jesús; otros, defensores; y otros exhortan a éstos y a aquéllos a tener un juicio más maduro.
A1 final, los más obstinados, quizás porque son pocos respecto a los otros dos grupos, se deciden por una tercera vía: van a donde Pedro, que está transportando junto con Simón las camillas - que ya no hacen falta - de tres de los curados, y lo asaltan avasalladoramente dentro de la vasta habitación, que ha quedado transformada en hospedería de los peregrinos.
Dicen:
-Hombre de Galilea, escucha.
Pedro se vuelve y los mira como a unos bichos raros. No habla, pero su cara es todo un poema. Simón sólo lanza su mirada hacia los cinco energúmenos, y sale, dejándolos plantados a todos.
Uno de los cinco continúa diciendo:
-Yo soy Samuel, el escriba; éste es el otro escriba, Sadoq; y éste es el judío Eleazar, muy conocido e influyente; y éste, el ilustre anciano Calasebona; y éste, finalmente, Nahum. ¿Entendido? ; Nahum!» (y, por si fuera poco, el tono es enfático).
Pedro se inclina ligeramente según va oyendo estos nombres, pero, al oír el último, se queda a mitad de camino, y dice con la mayor indiferencia:
-No lo sé, nunca le he oído, y… no entiendo nada.
-¡Vulgar pescador! ¡Has de saber que es el fiduciario de Anás!
-No sé quién es; bueno, conozco a muchas mujeres de nombre Ana; incluso en Cafarnaúm hay un montón de Anas, pero no sé de qué Ana éste es fiduciario.
-¿Este? ¿A mi se me dice: "éste"?
-Y entonces, ¿cómo quieres que te llame?: ¿asno?, ¿pájaro? Cuando iba a la escuela, me enseñó el maestro a decir "éste" hablando de un hombre, y, si no veo visiones, tú eres un hombre.
El hombre se revuelve como torturado por esas palabras. El otro, el primero que ha hablado, aclara:
-Anás es el suegro de Caifás…
-¡Aaaah!… ¡Ahora entiendo! ¿Y bien…?
-¡Pues que has de saber que nosotros estamos indignados!
-¿Con qué? ¿Con el tiempo? Yo también. Es la tercera vez que me cambio y ya no tengo más ropa seca.
-¡No seas necio!
-¿Necio? Pero si es verdad; si no estáis indignados con el tiempo, entonces, ¿con qué? ¿Con los romanos?
-¡Con tu Maestro! Con el falso profeta.
-¡Oye, tú, Samuel, ojo, que entro en acción, y entonces soy como el lago: de la calma chicha a la tempestad paso en un momento! ¡Ten cuidado con lo que dices…
!
En esto, han llegado también los hijos de Zebedeo y de Alfeo, y con ellos Judas Iscariote y Simón, y se arriman a Pedro que, por su parte, levanta cada vez más la voz.
-¡No tocarás con tus manos plebeyas a los grandes de Sión!
-¡Oh, qué señoritos más majos! Y vosotros no me toquéis al Maestro, porque, si no, voláis al pozo, inmediatamente, a purificaros de verdad, por dentro y por fuera.
-Recuerdo a los doctos del Templo - dice serenamente Simón - que la casa es de dominio privado.
Y agrega Judas Iscariote:
-Y que el Maestro, y soy garante de ello, ha mostrado siempre hacia las casas de los demás, y en primer lugar hacia la casa del Señor, el máximo respeto. Hágase igual con su casa.
-Tú cállate, gusano falso.
-¿De qué, falso? Me habéis asqueado y me he venido donde no hay asquerosidades, ¡y Dios quiera que el haber estado con vosotros no me haya corrompido hasta lo más profundo!
-Brevemente: ¿qué queréis? - pregunta secamente Santiago de Alfeo.
-¿Y tú quién eres?
-Soy Santiago de Alfeo, y Alfeo de Jacob, y Jacob de Matán, y Matán de Eleazar; y si quieres te digo toda la ascendencia hasta el rey David, de quien procedo; y soy primo del Mesías. Por tanto, te ruego que hables conmigo, de estirpe real y de raza judía, si es que a tu arrogancia le da asco el hablar con un honesto israelita que conoce a Dios mejor que Gamaliel y que Caifás.
Vamos. Habla.
-Tu Maestro y pariente permite que le sigan las prostitutas. Esa mujer velada es una de ellas, yo la he visto estando ella vendiendo oro, y la he reconocido. Es la amante que se le ha escapado de las manos a Siammái, y eso lo deshonra.
-¿Qué Siammái? ¿A Siammái, el rabino? Pues debe ser entonces un carcamal. Por tanto, no hay peligro… – dice burlonamente Judas Iscariote.
-¡Cállate, desequilibrado! A Siammái de Elquí, el predilecto de Herodes.
-¡Caramba! Eso es señal de que ella ya no prefiere al predilecto. Ella es quien tiene que ir a la cama con él, no tú; ¿por qué te lo tomas entonces a mal? - Judas de Keriot se muestra sumamente irónico.
-Hombre, ¿no crees que te deshonras haciendo de espía? - pregunta Judas de Alfeo - Y, ¿no crees que se deshonra el que se rebaja a pecar y no, al contrario, quien trata de levantar al pecador? ¿Qué deshonra puede venirle a mi Maestro y hermano del hecho de que haga llegar su voz hasta las orejas profanadas por la baba de los lascivos de Sión?
-¿La voz? ¡Ja! ¡Ja! ¡Tu Maestro y primo tiene treinta años, y no es sino un hipócrita mayor que los demás! Y tú, y todos vosotros, dormís profundamente por la noche…
-¡Desvergonzado reptil! Fuera de aquí o te estrangulo - grita Pedro, haciéndole coro Santiago y Juan; Simón, por su parte, se limita a decir:
-¡Qué vergüenza! Tu hipocresía es tan grande, que regurgita y se desborda, y babeas como una gran babosa encima de la flor pura. Sal y sé hombre, porque ahora no eres sino baba. Te he reconocido, Samuel. Eres siempre el mismo corazón. Que Dios te perdone; pero, vete de mi presencia.
Y mientras el Keriot y Santiago de Alfeo contienen al fogoso Pedro, Judas Tadeo, que en este acto se asemeja más que nunca a su Primo (de quien ahora tiene el mismo centelleo azul en la mirada y la imponencia en la expresión, dice vehementemente:
-A sí mismo se deshonra quien deshonra al inocente. Dios ha hecho los ojos y la lengua para llevar a cabo obras santas.
El maldiciente los profana y rebaja, haciéndoles cumplir obras malvadas. Yo no me voy a manchar a mí mismo con un acto vil contra tu canicie, pero te recuerdo que los malvados odian al hombre íntegro y que el necio descarga su aversión sin reflexionar ya siquiera en que con ello se pone al descubierto. Quien vive en las tinieblas confunde una rama florida con un reptil, pero quien vive en la luz ve las cosas como son y, si alguien las desacredita, las defiende por amor a la justicia. Nosotros vivimos en la luz. Somos la generación casta y hermosa de los hijos de la luz, y nuestro Caudillo es el Santo que no conoce ni mujer ni pecado.
Nosotros lo seguimos y lo defendemos de sus enemigos, hacia los cuales, como Él nos ha enseñado, no sentimos odio; antes bien, oramos por ellos. Aprende, anciano, de un joven, que se ha hecho maduro porque la Sabiduría es su Maestro, aprende a no ser precipitado para hablar e inútil para obrar el bien. Vete, y refiere a quien te ha enviado que Dios en su gloria está en esta pobre morada, y no en la profanada casa del monte Moria. Adiós.
Los cinco no se atreven a replicar y se marchan.
Los discípulos conjuntamente examinan si decírselo o no a Jesús, que está todavía con los enfermos curados. Deciden que es mejor decírselo. Se acercan a Él, lo llaman y se lo dicen.
Jesús sonríe sereno y responde:
-Os agradezco vuestra defensa… pero ¿qué podéis hacer? Cada uno da lo que tiene.
-Pero tienen un poco de razón. Los ojos están en la cabeza para ver y muchos ven. Ella está siempre ahí fuera, como un perro. Te perjudica - dicen varios.
-Dejadla que esté. No será ella la piedra que golpeará mi cabeza. Y si ella se salva… ¡Oh…, bien merece la pena una crítica por una alegría así!
A1 dar esta dulce respuesta todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús pasea lentamente arriba y abajo a lo largo de la orilla del río. Debe haber amanecido hace poco, porque la niebla de un triste día invernal se estanca aún entre los cañizares de las márgenes. No hay nadie hasta donde alcanza la vista en las dos orillas del Jordán. Sólo nieblecilla baja, frufrú de agua entre las cañas, rumor de aguas, que, por las lluvias de los días precedentes, están turbias, y algunos reclamos de pájaros, cortos, tristes, como lo son cuando, terminada la estación de los amores, las aves están entristecidas por el invierno y la escasez del alimento.
Jesús los escucha y parece interesarse mucho en el reclamo de un pajarito que, con regularidad de reloj, vuelve su cabecita hacia el Norte y emite un "^chiruit?" quejumbroso, y luego vuelve la cabecita hacia el Sur y repite su interrogativo "¿chiruit?" sin respuesta. Al fin el pajarito parece haber recibido una respuesta en el "chip" que vine de la otra orilla y emprende
el vuelo y se aleja a través del río con pequeño grito de alegría. Jesús hace un gesto como diciendo: “¡Menos mal!”, y continúa el paseo.
-¿Te importuno, Maestro? - pregunta Juan, que viene de los prados.
-No. ¿Qué quieres?
-Quería decirte… creo que es una noticia que te puede confortar y he venido enseguida; no sólo por ello, sino también para pedirte consejo. Estaba barriendo nuestras habitaciones y ha venido Judas de Keriot. Me ha dicho: "Te ayudo". Yo me he quedado asombrado porque siempre muestra poca disposición para hacer las cosas de este tipo que se le mandan… No obstante, me he limitado a decir: "¡Oh, gracias! Así lo haré antes y mejor". Él se ha puesto a barrer y hemos terminado pronto.
Entonces ha dicho: "Vamos al bosque. Siempre traen leña los mayores. No es correcto. Vamos nosotros. No soy un experto, pero si me enseñas…". Y hemos ido. Mientras estaba atando con él los haces, me ha dicho: `Juan, quiero decirte una cosa". "Habla", he respondido, pensando que se tratase de alguna crítica. Pero no; me ha dicho: "Yo y tú somos los más jóvenes. Tendríamos que estar más unidos. Tú tienes casi miedo de mí, y tienes razón, porque no soy bueno. Pero, créeme… no lo hago adrede. Hay
veces que siento la necesidad de ser malo; quizás porque, habiendo sido único, me han enviciado. Y quisiera hacerme bueno.
Los mayores - lo sé - no me ven muy bien. Los primos de Jesús están enfadados porque… sí, les he faltado mucho, como también a su primo. Pero tú eres bueno y paciente. Tú quiéreme. Hazte idea de que soy un hermano, un hermano malo, sí, pero un hermano al que hay que querer aunque sea malo. El mismo Maestro dice que hay que actuar así. Cuando veas que no actúo correctamente, dímelo. Y otra cosa: no me dejes siempre solo. Cuando vaya al pueblo, ven también tú; así me ayudarás a no hacer el mal. Ayer sufrí mucho. Jesús me habló y yo lo miré. En mi estúpido rencor no me miraba ni a mí mismo ni a los demás.
Ayer miré y vi… Tienen razón al decir que Jesús está sufriendo… y siento que parte de la culpa es mía. No quiero seguir teniendo culpa. Ven conmigo. ¿Vas a venir? ¿Me vas a ayudar a ser menos malo?". Esto ha dicho, y te confieso que me latía el corazón como le late a un gorrión en manos de un muchacho. Latía de alegría porque me agrada que él se haga bueno - por ti me agrada - y latía un poco de miedo porque… no quisiera volverme como Judas. Pero luego me he acordado de cuanto me habías dicho el día que tomaste a Judas, y he respondido: "Sí, ciertamente te ayudaré; pero yo tengo que obedecer, y si recibo otras órdenes…".
Pensaba: ahora se lo digo al Maestro y si Él quiere lo hago; si no quiere, que me dé la orden de no alejarme de la casa.
-Escucha, Juan. Yo te dejo ir. Me tienes que prometer, no obstante, que si sientes que algo te turba, me lo vienes a decir. Me has dado mucha alegría, Juan. Aquí llega Pedro con su pescado. Ve, Juan.
Jesús se vuelve hacia Pedro:
-¿Buena pesca?
-¡Bueno…! No mucho. Pececillos… Pero todo contribuye. Santiago está rezongando porque algún animal ha roído la soga y se ha perdido una red. He dicho: "¿Y él no debía comer? Compadécete del pobre animal". Pero Santiago no es de esa idea… - dice Pedro riendo.
-Eso es lo que Yo digo respecto a un hermano, y es lo que vosotros no sabéis hacer.
-¿Hablas de Judas?
-Hablo de Judas. Él sufre por ello. Tiene buenos deseos y tendencias perversas. Pero, vamos a ver, dime tú, experto pescador: ¿Si Yo quisiera ir en barca por el Jordán y llegar al lago de Genesaret, qué debería hacer? ¿Lo lograría?
-¡En fin! ¡Sería muy trabajoso! Pero sí lo lograrías con barcas pequeñas y planas… Supondría mucho esfuerzo, ¿sabes?
¡Y largo! Habría que medir continuamente el fondo, estar atento a las orillas y a los bajos, a la maleza flotante, a la corriente. La vela no hace falta en estos casos; es más, perjudica… Pero, ¿quieres volver al lago siguiendo el río? Ten en cuenta que contra corriente se va mal. Hay que ser muchos, si no…
-Tú lo has dicho. Cuando uno es un vicioso, para ir hacia el Bien debe ir contra corriente, y uno por sí solo no puede lograrlo. Judas es justamente uno de éstos. Y vosotros no le ayudáis. El indigente sube solo y pega contra el fondo, roza en los bajos, se enreda entre la maleza flotante, queda atrapado por los remolinos. Por otra parte, si mide el fondo, no puede al mismo tiempo mantener el timón o el remo. ¿Por qué, entonces, se le reprende si no avanza? Tenéis piedad de los extraños, y de él, compañero vuestro, ¿no? No es justo. '¿Ves allí a Juan y a él yendo hacia el pueblo por pan y verduras? Él ha pedido como gracia no ir solo, y se lo ha pedido a Juan, porque no es un tonto y sabe qué idea tenéis vosotros, los mayores, acerca de él.
-¿Y Tú lo has mandado? ¿Y si se corrompe también Juan?
-¿Quién? ¿Mi hermano? ¿Por qué se va a corromper? – pregunta Santiago, que llega con la red recuperada entre un cañizar.
-Porque Judas va con él.
-¿Desde cuándo?
-Desde hoy, y Yo lo he permitido.
-Entonces, si lo permites Tú…
-Sí; es más, se lo aconsejo a todos. Lo dejáis demasiado solo. No seáis jueces sólo para él. No es peor que muchos otros.
Eso sí, está más consentido, ya desde la infancia.
-Sí, debe ser eso. Si hubiera tenido por padre y madre a Zebedeo y a Salomé, no sería así. Mis padres son buenos, pero se acuerdan de que tienen un derecho y un deber hacia los hijos.
-Bien dices. Hoy hablaré precisamente de esto. Pongámonos en marcha. Ya veo gente en movimiento en los prados.
-Yo ya no sé cómo nos las vamos a arreglar para vivir. Ya no hay ni hora de comer, ni de rezar, ni de descansar… y la gente sigue aumentando - dice Pedro entre admirado y enfadado.
-¿Te lamentas por ello? Es signo de que existe aún búsqueda de Dios.
-Sí, Maestro. Pero Tú sufres como consecuencia. Ayer te quedaste incluso sin comer, y esta noche sin más cobijas que tu manto. Si lo supiera tu Madre!…
-Bendeciría a Dios, que me acerca tantos fieles.
-Y me regañaría a mí, en quien puso su confianza - termina Pedro. Bajan hacia ellos, gesticulando, Felipe y Bartolomé.
Ven a Jesús y apresuran el paso diciendo:
-¡Oh, Maestro! ¡Cómo vamos a arreglárnoslas? Es un verdadero peregrinaje; y enfermos, y gente que llora, y pobres sin ningún medio que vienen de lejos.
-Compraremos pan. Los ricos dan limosnas… usémoslas, pues.
-Los días son breves. El techado está ya lleno de gente al raso. Las noches son húmedas y frías.
-Tienes razón, Felipe. Nos apretaremos todos en una de las piezas. Podemos hacerlo. Y prepararemos lo necesario en las otras dos para los que no puedan llegar a las casas hoy por la tarde.
-¡Comprendo! Dentro de poco tendremos que pedir a los que hospedamos el permiso para cambiarnos de ropa. Nos van a invadir de tal modo, que nos van a obligar a huir a nosotros - refunfuña Pedro.
-¡Otras fugas verás, Pedro mío! '¿Qué le pasa a aquella mujer?
Han llegado ya a la era, y Jesús nota la presencia de una mujer que está llorando.
-¡Bah! Estaba también ayer, y también ayer lloraba. Cuando Tú estabas hablando con Manahén se movió para ir hacia ti, luego se marchó. Debe de estar en el pueblo, o aquí cerca, porque ha vuelto. Enferma no parece…
-La paz sea contigo, mujer - dice Jesús pasando a su lado. Y ella responde en voz baja: «Y contigo». Nada más.
Habrá al menos unas trescientas personas. Bajo el techado hay cojos, ciegos, mudos; uno, del todo agitado por una convulsión; un jovencito, claramente hidrocéfalo, de la mano de un hombre (no hace sino gemir, echar baba, menear su gruesa cabeza de expresión idiota).
-¿Es hijo de esa mujer? - pregunta Jesús.
-No lo sé. Simón, que se ocupa de los peregrinos, lo sabe.
Llaman al Zelote y le preguntan. Pero el hombre no ha venido con la mujer. Ella está sola.
-No hace sino llorar y rezar. Y hace poco me ha preguntado: "¿El Maestro cura también los corazones?" - explica Simón el Zelote.
-Será una esposa traicionada - comenta Pedro.
Mientras Jesús se dirige hacia los enfermos, Bartolomé y Mateo van a la purificación con muchos peregrinos.
La mujer, en su ángulo, llora inmóvil.
Jesús no niega a ninguno el milagro. Hermoso es el del niño idiota, al cual infunde el intelecto con el hálito, sosteniendo luego la voluminosa cabeza entre sus largas manos. Todos se arremolinan. Incluso la mujer velada osa acercarse bastante, tal vez porque hay mucha gente, y se pone junto a la mujer que llora.
Jesús dice al cretino:
-Yo quiero en ti la luz del intelecto para abrir camino a la luz de Dios. Escucha, di conmigo: `Jesús". Dilo. Lo quiero.
El niño idiota, que antes se quejaba como un animal emitiendo sólo un tenue gañido, farfulla con dificultad:
-Jeyú.
-Otra vez - ordena Jesús, teniendo todavía entre sus manos la cabeza deforme y dominándolo con su mirada.
-Jee-sús.
-Otra vez.
-¡Jesús! - dice por fin el niño cretino. Los ojos ya no están tan vacíos de expresión, la boca tiene una sonrisa distinta.
-Hombre - dice Jesús al padre -, has tenido fe; tu hijo está curado. Hazle alguna pregunta. El nombre de Jesús supone milagro contra las enfermedades y las pasiones».
El hombre le dice a su hijo:
-Quién soy yo?
Y el muchacho responde:
-Mi padre.
El hombre aprieta contra su corazón a su hijo, y explica:
-Me nació así. Mi esposa murió en el parto y él estaba impedido de mente y de habla. Ahora ya veis. He tenido fe, sí.
Vengo de Joppe. ¿Qué debo hacer por ti, Maestro?
-Ser bueno, y tu hijo contigo; nada más.
-Y amarte. ¡Vamos en seguida a decírselo a la madre de tu madre, que es la que me convenció a esto. Bendita sea!
Los dos se van felices. De la pasada desventura no queda sino la voluminosa cabeza del muchacho. La expresión y la palabra son normales.
-Pero, ¿ha quedado curado por voluntad tuya o por poder de tu nombre? - preguntan muchos.
-Por voluntad del Padre, siempre benigno para con el Hijo. Pero también mi Nombre es salvación. Vosotros lo sabéis:
Jesús quiere decir Salvador. La salvación se refiere al alma y a los cuerpos. Quien pronuncia el Nombre de Jesús con verdadera fe queda curado de enfermedades y pecado, porque en toda enfermedad espiritual o física está la uña de Satanás, el cual crea las enfermedades físicas para conducir hacia la rebelión y hacia la desesperación a través del sufrimiento de la carne, y las morales o espirituales para conducir hacia la condenación».
-Entonces Tú piensas que Belcebú no es ajeno a ninguna aflicción del género humano.
-No es ajeno. Por él enfermedad y muerte entraron en le mundo, como, igualmente, el delito y la corrupción entraron en el mundo por él. Cuando veáis a alguien atormentado por alguna desventura, pensad, sí, que sufre por Satanás. Cuando veáis que alguien es causa de desventura, pensad también que él es instrumento de Satanás.
-Pero, las enfermedades vienen de Dios.
-Las enfermedades son un desorden en el orden, porque Dios creó al hombre sano y perfecto. El desorden que ha introducido Satanás en el orden dado por Dios, ha traído consigo las enfermedades de la carne y las consecuencias de las mismas, o sea, la muerte, o las funestas transmisiones por herencia. El hombre ha heredado de Adán y Eva la mancha de origen; pero no sólo ésta. Y la mancha se extiende cada vez más, incluyendo las tres ramas del hombre: la carne, cada vez más viciosa y, por tanto, débil y enferma; lo moral, cada vez más soberbio y, por tanto, corrompido; el espíritu, cada vez más incrédulo, o sea,
cada vez más idólatra. Por consiguiente es necesario - como he hecho Yo con aquel débil mental - enseñar el Nombre del que huye Satanás, esculpirlo en la mente y en el corazón, ponerlo en el yo como un sigilo de propiedad.
-Pero, ¿Tú nos posees? ¿Quién eres, que tanto te crees?
-¡Ojalá fuese así! Pero no lo es. Si os poseyera, estaríais ya salvados. Y sería derecho mío, porque Yo soy el Salvador y debería tener a mis salvados. Mas, salvaré a quienes tengan fe en mí.
-Juan… yo vengo de donde Juan. Me ha dicho: "Ve a Aquel que habla y bautiza cerca de Efraím y Jericó. Él tiene el poder de desatar y atar, mientras que yo no puedo más que decirte: haz penitencia para hacer ágil a tu alma para ir en pos de la salud"» dice uno de los que ha obtenido un milagro, uno que primero se sujetaba con muletas y ahora se mueve expedito.
-¿No le duele al Bautista perder la multitud? - pregunta uno.
Y el que ha hablado antes responde:
-¿Dolerle? Dice a todos: "¡Id! ¡Id! Yo soy el astro que se oculta; Él, el astro que se alza y se fija eterno en su esplendor.
Para no permanecer en las tinieblas, id a Él antes de que mi pabilo se apague".
-¡No hablan así los fariseos! Ellos están llenos de odio porque Tú atraes a las muchedumbres. ¿Lo sabes?
-Lo sé -responde brevemente Jesús.
Se abre una disputa sobre la razón o no del modo de actuar de los fariseos. Mas Jesús corta con un: «No critiquéis» que no admite réplica.
Vuelven Bartolomé y Mateo con los bautizados. Jesús comienza a hablar.
La paz sea con vosotros todos.
He pensado hablaros de Dios por la mañana, puesto que ahora venís aquí ya desde por la mañana y os es más cómodo partir al mediodía. He pensado también hospedar a los peregrinos que no puedan volver a sus casas antes de que anochezca--Yo también soy peregrino y no poseo sino lo mínimo indispensable que la piedad de un amigo me ha dado.
Juan posee aún menos que Yo. Pero a Juan van personas sanas o simplemente poco enfermas, tullidos, ciegos, mudos; no moribundos o personas febriles, como vienen a mí. Van a él para bautismo de penitencia; a mí venís también para curación de cuerpos. La Ley dice:
“Ama a tu prójimo como a ti mismo". Yo pienso y digo: ¿Cómo mostraría mi amor hacia los hermanos, si cerrara mi corazón a sus necesidades, incluso físicas? Y concluyo: les daré a ellos lo que me ha sido dado. Extendiendo la mano hacia los ricos, pediré para el pan de los pobres; desprendiéndome de mi propio lecho, acogeré en él a quien esté cansado o se sienta mal.
Somos todos hermanos y el amor no se demuestra con palabras sino con hechos. Aquel que cierra su corazón a su semejante tiene corazón de Caín. Aquel que no tiene amor es un rebelde respecto al precepto de Dios. Somos todos hermanos.
Y, no obstante, Yo veo, y vosotros veis, que incluso dentro de las familias - donde la sangre común remarca, incluso consigo misma y con la carne, la hermandad que nos viene de Adán - hay odios o roces. Los hermanos están contra los hermanos, los hijos contra los padres; los consortes, enemigos el uno del otro.
Pero, para no ser malvados hermanos siempre, y adúlteros esposos un día, hay que aprender ya desde la primera edad
el respeto hacia la familia, que es el más pequeño y a la vez el más grande organismo del mundo: el más pequeño respecto al organismo de una ciudad, de una región, de una nación, de un continente; pero el mayor porque es el más antiguo, pues lo puso Dios cuando aún el concepto de patria, de país, no existía, viviendo sin embargo ya y siendo activo el núcleo familiar, manantial de la raza humana y de las distintas razas, pequeño reino en que el hombre es rey, la mujer reina, súbditos los hijos. ¿Puede acaso un reino dividido, en que sus habitantes entre sí son enemigos, subsistir? No puede. Pues así, en verdad, una familia no subsiste si no hay obediencia, respeto, economía, buena voluntad, laboriosidad, amor.
"Honra al padre y a la madre" dice el decálogo. ¿Cómo se honran? ¿Por qué se deben honrar?
Se honran con verdadera obediencia, con exacto amor, con confidente respeto, con un temor reverencial que no cierra las puertas a la confidencia, como tampoco nos hace tratar a nuestros mayores como si fuéramos siervos e inferiores. Se les debe honrar porque, después de Dios, quienes dan la vida y proveen a todas las necesidades materiales de la vida, los primeros maestros, los primeros amigos del joven ser nacido a este mundo, son el padre y la madre.
Se dice: "Que Dios te bendiga"; se dice: "Gracias" a aquel que nos recoge un objeto que se nos ha caído, o nos da un mendrugo de pan. Pues entonces, ¿no vamos a decir, con amor, "que Dios te bendiga", y "gracias", a quienes se matan trabajando por darnos de comer, o tejiendo nuestros vestidos y manteniéndolos limpios, a quienes se levantan para escrutar nuestro sueño, se niegan el descanso por cuidarnos, o nos hacen de su seno lecho en nuestros momentos más dolorosos de cansancio?
Son nuestros maestros. A1 maestro se le teme y se le respeta. Mas éste nos toma cuando ya sabemos lo indispensable para sostenernos y nutrirnos y decir lo esencial, y nos deja cuando la más ardua enseñanza de la vida, o sea, "el vivir", aún se nos debe enseñar: y son el padre y la madre quienes nos preparan: para la escuela primero, para la vida después.
Son nuestros amigos. Mas, ¿qué amigo puede ser más amigo que un padre, o más amiga que una madre? ¿Podéis tener miedo de ellos? ¿Podéis decir que él o ella os van a traicionar? Bueno, pues ved cómo ese joven necio y esa muchacha aún más necia se buscan amigos entre los extraños, y cierran su corazón al padre y a la madre, y corrompen su mente y su corazón con contactos al menos imprudentes, si es que no son incluso culpables, motivo de lágrimas paternas y maternas, que hienden, como gotas de plomo fundido, el corazón de los padres. Pero Yo os digo que esas lágrimas no caen en el polvo y en el olvido; Dios las recoge y las cuenta. El martirio de un padre o de una madre pisoteados recibirá premio del Señor. Así como tampoco será olvidado el acto de un hijo que somete a suplicio a su padre o a su madre, aunque éstos, en su doliente amor, supliquen piedad de Dios para su hijo culpable.
"Honra a tu padre y a tu madre si quieres vivir largamente sobre la Tierra" está escrito; "y eternamente en el Cielo", añado.
¡Demasiado poco castigo sería el vivir poco aquí por haber ofendido a los padres! El más allá no es un cuento, y en el más allá se recibirá premio o castigo, según hayamos vivido. Quien ofende a un padre o a una madre ofende a Dios, porque Dios ha mandado amarlos, y quien no ama peca; pierde, por tanto, así, más que la vida material, la verdadera vida: le espera la muerte (es más, ya está en él, habiendo caído su alma en desgracia de su Señor); tiene ya en sí el delito porque hiere el amor más santo después de Dios; tiene ya en sí los gérmenes de los futuros adulterios, porque de un mal hijo viene un pérfido esposo; tiene ya en sí los estímulos de la corrupción social, porque de un hijo malo nace el futuro ladrón, el torvo y violento asesino, el frío usurero, el libertino seductor, el vividor cínico, el repugnante traidor de la patria, de los amigos, de los hijos, de la esposa, de todos. ¿Podéis, acaso, nutrir estima y confianza hacia quien ha sido capaz de traicionar el amor de una madre y burlarse de las canas de un padre?
Escuchad, no obstante, también esto: el deber de los hijos se corresponde con un parejo deber de los padres.
¡Maldición al hijo culpable… pero también para el culpable progenitor! Haced que los hijos no puedan criticaros y copiaros en el mal. Haceos amar por haber dado amor con justicia y misericordia. Dios es Misericordia. Los padres, que van sólo después de Dios, sean misericordia. Sed ejemplo y consuelo de los hijos.
Sed paz y guía. Sed el primer amor de vuestros hijos. Una madre es siempre la primera imagen de la esposa que querríamos. Un padre, para las hijas jovencitas, tiene el rostro que sueñan para el esposo. Haced que, sobretodo, vuestros hijos e hijas elijan con sabia mano a sus recíprocos consortes pensando en la madre, en el padre, y deseando en el consorte lo que hay en el padre, en la madre: una virtud veraz.
Si tuviera que hablar hasta agotar el tema, no serían suficientes el día y la noche. Por ello, en atención a vosotros, concluyo. El resto, que os lo manifieste el Espíritu eterno. Yo echo la simiente y sigo caminando. En los buenos, la semilla echará raíz y dará espiga. Marchad. La paz sea con vosotros.
Quien se marcha se va raudo, quien se queda entra en la tercera pieza y come su pan o el que ofrecen los discípulos en nombre de Dios. Sobre rústicos apoyos han sido colocados unos tablones y paja donde pueden dormir los peregrinos.
La mujer velada se marcha con paso ágil; la otra, la que ya estaba llorando desde el principio, y ha seguido llorando sin interrupción mientras Jesús hablaba, se mueve incierta y luego se decide a marcharse.
Jesús entra en la cocina para tomar alimento; pero apenas acaba de empezar a comer y ya le tocan a la puerta.
Se levanta Andrés, que está más cerca, y sale al patio. Habla y luego vuelve:
-Maestro, una mujer, la que lloraba, pregunta por ti. Dice que tiene que marcharse y que debe hablarte.
-Pero en este plan ¿cómo y cuándo come el Maestro? - exclama Pedro.
-Debías haberle dicho que viniera más tarde - dice Felipe.
-Silencio. Luego como. Seguid vosotros.
Jesús sale. La mujer está afuera.
-Maestro… una palabra… Tú has dicho… ¡Oh…, ven detrás de la casa! ¡Es penoso manifestar mi dolor.
Jesús condesciende, sin decir palabra; se limita, una vez detrás de la casa, a preguntar:
-¿Qué quieres de mí?
-Maestro… te he oído antes, cuando hablabas entre nosotros… y luego te he oído mientras predicabas. Parece como si hubieras hablado para mí. Has dicho que en toda enfermedad física o moral está Satanás… Yo tengo un hijo enfermo en su corazón. ¡Ojalá te hubiera oído cuando hablabas de los padres! Es mi tormento. Se ha desviado con malos compañeros y es… es exactamente como Tú dices… ladrón (por ahora, en casa, pero…). Es un pendenciero… un avasallador… Siendo, como es, joven, se destruye con la lujuria y la crápula. Mi marido quiere echarlo de casa. Yo… yo soy su madre… y muero de dolor. ¿Ves cómo jadea mi pecho? Es el corazón que se me parte de tanto dolor. Desde ayer deseaba hablarte, porque… espero en ti, Dios mío; pero, no me atrevía a decir nada. ¡Es tan doloroso para una madre decir: "Tengo un hijo cruel"!…
La mujer llora, curvada y doliente, ante Jesús.
-No llores más. Quedará curado de su mal.
-Si pudiera oírte, sí; pero no quiere oírte. ¡Oh…, nunca sanará!
- ¡Tienes fe tú por él? ¿Tienes voluntad tú por él?
-¿Y me lo preguntas? Vengo de la Alta Perea para rogarte por él…
-Pues entonces ve. Cuando llegues a tu casa, tu hijo te saldrá al encuentro arrepentido.
-Pero, ¿cómo?
-¿Cómo? ¿Crees que Dios no puede hacer lo que Yo pido? Tu hijo está allí, Yo estoy aquí, pero Dios está en todas partes… y Yo le digo a Dios: "Padre, piedad por esta madre". Y Dios hará tronar su llamada en el corazón de tu hijo. Ve, mujer.
Un día pasaré por las calles de tu ciudad, y tú, orgullosa de tu hijo, saldrás a recibirme con él. Y cuando él llore sobre tus rodillas, pidiéndote perdón y contándote su misteriosa lucha, de la que salió con alma nueva, y te pregunte cómo sucedió, dile: "Por Jesús has nacido de nuevo al bien". Háblale de mí. Si has venido a mí, es señal de que conoces; haz que él conozca y me lleve en su pensamiento para tener consigo la fuerza salvadora. Adiós.
La paz a la madre que ha tenido fe, al hijo que vuelve, al padre contento, a la familia restaurada. Ve.
La mujer se va en dirección al pueblo y todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Hay un gran desconcierto entre los discípulos. Su agitación es tanta, que parecen un enjambre cuando se le hurga.
Hablan, miran fuera, nerviosamente, hacia todas partes… Jesús no está. Finalmente toman una decisión respecto a lo que los tiene agitados. Pedro ordena a Juan:
-Ve a buscar al Maestro. Está en el bosque, junto al río. Dile que venga enseguida, o que diga lo que debe hacerse.
Juan se marcha a todo correr.
Judas Iscariote dice:
-No entiendo por qué tanta convulsión y malos modos. Yo habría ido y le habría acogido con todos los honores… Es un honor, el suyo, para nosotros. Por tanto…
-Yo no sé nada. Será distinto de su hermano de leche… Pero… a quien convive con las hienas se le pega el olor y el instinto. Por lo demás, tú querrías que se marchara esa mujer… ¡Cuidado con lo que haces! El Maestro no quiere, y yo debo tutelarla. Si la tocas… yo no soy el Maestro… Te lo digo para tu conocimiento.
-¡Venga hombre! ¿Pero quién es? ¿Es acaso la bella Herodías?
-¡No te hagas el gracioso!
-Si me hago el gracioso es por ti. Has creado en torno a ella una guardia real, como si se tratara de una reina…
-El Maestro me ha dicho: "Mira porque no se la disturbe, y respétala". Yo lo hago.
-Pero, ¿quién es? ¿Lo sabes? - pregunta Tomás.
-Yo no.
-Venga, dilo… Tú lo sabes… - insisten varios.
-Os juro que no sé nada. El Maestro sí que lo sabe, claro. Pero yo no.
-Deberá ser Juan quien se lo pregunte. A él le dice todo.
-¿Por qué? ¿Qué tiene de especial Juan? ¿Es un dios, tu hermano?
-No, Judas; es el mejor de nosotros.
-Podéis ahorraros el trabajo - dice Santiago de Alfeo - Ayer la vio mi hermano, mientras volvía del río con los peces que le había dado Andrés, y se lo preguntó a Jesús. Él respondió: "No tiene rostro. Es un espíritu que busca a Dios. Para mí no es más que esto y así quiero que sea para todos". Y dijo ese "quiero" de tal manera… que os aconsejo que no insistáis.
-Voy yo a donde ella - dice Judas de Keriot.
-Vamos a ver si eres capaz - dice Pedro, rojo como un gallito.
-¿Me espías para luego chivarte ante Jesús?
-Dejo ese oficio a los del Templo. Nosotros, del lago, nos ganamos el pan trabajando, no delatando. No temas nunca un chivatazo de Simón de Jonás. Pero no me provoques ni te permitas desobedecer al Maestro, porque estoy yo…
-¿Y tú quién eres? Un pobre hombre como yo.
-Sí señor. Es más, más pobre, más ignorante, menos cultivado que tú. Lo sé, y no me amargo por ello. Me amargaría si fuera como tú en el corazón. Pero el Maestro me ha dado este encargo y yo lo hago.
-¿Como yo en el corazón? ¿Y qué es lo que hay en mi corazón que te dé asco? Habla, acusa, ofende…
-¡Pero bueno! - reacciona Simón Zelote, y con él Bartolomé. -Pero bueno, ya está bien, Judas. Respeta las canas de Pedro.
-Respeto a todos, pero quiero saber qué es lo que hay en mí…
-Pues te voy a dar gusto inmediatamente… Dejadme hablar… Hay soberbia, tanta como para llenar esta cocina, hay falsedad y hay lujuria.
-¿A mí me llamas falso?
Todos se interponen, y Judas se ve obligado a callarse.
Simón, pacíficamente, le dice a Pedro:
-Perdona, amigo, si te digo una cosa. Él tiene defectos.
Pero tú también tienes algunos, y uno de ellos es el no compadecer a los jóvenes. ¿Por qué no tienes en cuenta la edad, el origen… y tantas otras cosas? Mira, tú obras por amor a Jesús. Pero, ¿no te das cuenta de que estas disputas lo cansan? A él no se lo digo (y, señala a Judas), pero a ti, maduro y muy honesto, sí te pido esto. Él sufre muchas penas a causa de los enemigos. ¡Y añadirle nosotros otras!… Tiene mucha guerra a su alrededor. ¿Por qué creársela también en su propio nido?
-Es verdad. Jesús está muy triste… y ha adelgazado - dice Judas Tadeo - Por la noche lo oigo dar vueltas y vueltas en su lecho, y suspirar. Hace algunas noches me levanté y lo vi en oración llorando. Le dije: "¿Qué te sucede?". Y Él me abrazó y me dijo: "Ámame. ¡Qué duro es ser el 'Redentor'!"
-Yo también lo encontré con signos de haber llorado, en el bosque del río - dice Felipe - Y, ante mi mirada interrogativa, me respondió: "¿Sabes lo que hace que el Cielo y la Tierra sean distintos, después de la diversidad de la no presencia visible de Dios? Es la falta de amor entre los hombres. Me estrangula como un dogal. He venido aquí a esparcir unos granos para los pájaros y así ser amado por seres que se aman".
Judas Iscariote (debe estar un poco desequilibrado) se arroja al suelo y llora como un chiquillo.
Justo en ese momento entra Jesús con Juan:
-¿Pero qué está sucediendo? ¿Este llanto?…
-Culpa mía, Maestro. He cometido un error. He reprendido a Judas demasiado duramente - dice Pedro con franqueza.
-No… yo… yo… el culpable soy yo. Yo soy… Yo te doy dolor… yo no soy bueno… yo molesto, creo malhumor, desobedezco, soy… Tiene razón Pedro. ¡Ayudadme, pues, a ser bueno! Porque aquí yo tengo una cosa, aquí en el corazón, que me hace hacer cosas que no querría. No puedo evitarlo… y te doy dolor a ti, a ti, Maestro, a quien querría dar sólo alegría…
¡Créelo! No es falsedad…
-Pues claro, Judas. No lo dudo. Tú has venido a mí con plena sinceridad de corazón, con ímpetu genuino. Pero eres joven… Nadie, ni siquiera tú mismo, te conoces como Yo te conozco. ¡Animo! Levántate y ven aquí. Luego hablaremos nosotros dos solos. Hablemos entretanto del asunto por el que me habéis llamado. Ha venido Manahén… Bien, ¿dónde está el mal?
¿Acaso no puede un colateral de Herodes tener sed del Dios verdadero? ¿Teméis por mí? No, hombre, no. Tened fe en Mi palabra. Ese hombre no viene sino con un fin honesto.
-¿Y, entonces, por qué no se ha dado a conocer? - preguntan los discípulos.
-Precisamente porque viene como "alma", y no como hermano de leche de Herodes. Se ha recubierto de silencio porque piensa que ante la palabra de Dios nada significa la parentela con un rey… Y nosotros vamos a respetar su silencio.
-¿Y si lo enviara él?…
-¿Quién? ¿Herodes? No. No temáis.
-¿Entonces quién lo envía? ¿Cómo ha sabido de ti?
-Pues, por el mismo Juan, mi primo. ¿Creéis que no me habrá predicado en la cárcel? O por Cusa… o por la voz de la gente… o por el mismo odio de los fariseos… Hasta las frondas y el aire hablan ya de mí. La piedra ha sido lanzada a la inmóvil agua, el mazo ha percutido el bronce: las ondas se difunden, cada vez mayores, portando a la lejana agua la revelación, y el sonido lo entrega confiado a los espacios… La Tierra ha aprendido a decir: “Jesús" y nunca más se callará. Marchad… y sed amables con él, como con cualquiera. Marchad. Yo me quedo con Judas.
Los discípulos se marchan.
Jesús mira a Judas, aún lacrimoso, y pregunta:
-¿Entonces? ¿No tienes nada que decirme? Yo sé de ti todo, pero quiero saberlo de ti. ¿Por qué este llanto? Y, sobre todo, ¿por qué este desequilibrio que te tiene siempre tan descontento?
-¡Oh!, sí, Maestro. Tú lo has dicho. Soy celoso por naturaleza. Ciertamente lo sabes. Sufro viendo que… viendo muchas cosas. Esto me hace estar inquieto y… me hace injusto, y me vuelvo malo, aunque no querría, no…
-¡No llores otra vez, hombre! ¿De qué estás celoso? Habitúate a hablar con tu verdadera alma. Tú hablas mucho, hasta demasiado: pero, ¿con qué?: con el instinto y con la mente. Sigues todo un fatigoso y continuo laborío para decir lo que quieres decir: hablo de ti, de tu yo, porque para lo que debes decir de los demás y a los demás no te pones rienda ni límite; como tampoco pones ni rienda ni límite a tu carne, que es tu caballo enloquecido. Pareces un auriga al que el intendente de las carreras hubiera dado dos caballos locos. Uno es el sentido, el otro… ¿quieres oír cuál es el otro? ¿Sí? Es el error que no quieres domar. Tú, auriga capaz pero imprudente, te fías de tu capacidad, y crees que es suficiente. Quieres llegar el primero… no pierdes tiempo en cambiar al menos un caballo. Antes bien, los instigas y golpeas con el látigo. Quieres ser "el vencedor".
Quieres el aplauso… ¿No sabes que toda victoria resulta segura cuando se conquista con constante, paciente, prudente esfuerzo? Habla con tu alma. De ahí es de donde deseo que provenga tu confesión. ¿O es que tengo que ser Yo quien te diga lo que tienes dentro?
-Veo que tampoco Tú eres justo, ni firme, y sufro por ello.
-¿Por qué me acusas? ¿En qué ves que he faltado?
-Cuando yo quería llevarte donde mis amigos, Tú no quisiste, diciendo: "Prefiero estar entre los humildes".
Posteriormente, Simón y Lázaro te dijeron que convenía ponerse bajo la protección de una persona poderosa y Tú aceptaste. Tú das preferencia a Pedro, a Simón, a Juan… Tú…
-¿Qué más?
- Nada más, Jesús.
-¡Nubes!… Vacuidades en la espuma de la ola. Me das pena, porque eres un pobre miserable que, pudiendo estar alegre, te torturas. ¿Acaso puedes decir que es lujoso este lugar?, ¿que no hubo una poderosa razón que me movió a aceptarlo?
Si Sión fuera menos madrastra para con sus profetas, ¿estaría aquí, escondido como quien teme a la justicia humana, y se refugia en un lugar que goza de inmunidad?
-No.
-¿Entonces? ¿Puedes acaso decir que no te haya encomendado misiones como a los demás?, ¿o que haya sido cortante contigo incluso cuando has cometido una falta? Tú no has sido sincero… ¡Las cepas!… ¡Oh, las cepas! ¿Qué nombre tenían esas cepas? Tú no has mostrado complacencia hacia quien sufría, hacia quien se estaba redimiendo. Ni siquiera has sido respetuoso conmigo. Y los demás lo han visto… Y, con todo, una sola voz se ha alzado defensora siempre: la mía. Los otros tendrían derecho a sentirse celosos, porque si ha habido uno que ha gozado de protección, ése has sido tú.
Judas, humillado y conmovido, se echa a llorar.
-Me voy. Es la hora, ahora soy de todos. Tú quédate, y medita.
-Perdóname, Maestro. No puedo sentirme en paz sin tu perdón. No estés triste por causa mía. Soy un joven malo…
Amo y hago padecer… Con mi madre… contigo… con mi mujer, si mañana tuviera una esposa… ¡Mejor sería que yo muriera!…
-Mejor sería que te convirtieras. No obstante, quedas perdonado. Adiós.
Jesús sale y entorna la puerta.
Fuera está Pedro:
-Ven, Maestro. Ya es tarde y hay mucha gente. Empezará a atardecer dentro de poco y ni siquiera has comido… Ese muchacho es la causa de todo.
-Ese "muchacho" tiene necesidad de todos vosotros para dejar de ser la causa de estas cosas. No lo olvides, Pedro. Si fuera tu hijo, ¿serias indulgente con él?…
-¡Bueno!… Sí y no. Sería indulgente… pero… también le enseñaría alguna cosa, aun siendo ya hombre, como lo haría con un gamberro. La verdad es que si fuera mi hijo no sería así…
-Basta.
-Sí, basta, Señor mío. Allí está Manahén. Es aquel del manto de un rojo tan oscuro que es casi negro. Me ha dado esto para los pobres y me ha dicho que si podía quedarse a dormir.
-¿Qué has respondido?
-La verdad: "Tenemos camas sólo para nosotros. Ve al pueblo" - Jesús no dice nada, pero deja plantado a Pedro y se dirige hacia donde Juan para decirle algo.
Luego, ya en su puesto, comienza a hablar:
-La paz esté con todos vosotros, y con ella descienda sobre vosotros luz y santidad. Está escrito: "No profieras en vano mi Nombre". ¿Cuándo se le toma en vano? ¿Sólo cuando se le blasfema? No. También cuando uno lo profiere sin ser digno de Dios. ¿Puede un hijo decir: `Amo y honro a mi padre", si luego, a todo lo que el padre desea de él opone una acción contraria?
No es diciendo: "padre, padre" como se le ama. No es diciendo: "Dios, Dios", como se ama al Señor. 'En Israel, que - como he explicado anteayer - tiene tantos ídolos en el secreto de los corazones, existe también un hipócrita alabar a Dios, un alabar que no queda corroborado por las obras de quienes lo hacen.
Hay en Israel también una tendencia: la de descubrir muchos pecados en las cosas externas, y no querer encontrarlos donde realmente existen, en las cosas internas. Tiene también Israel una necia soberbia, un antihumano y antiespiritual hábito: el de estimar blasfemia el Nombre de nuestro Dios pronunciado por labios paganos, llegando a prohibirles a los gentiles el acercarse al Dios verdadero porque se considera sacrilegio.
Así ha sido hasta ahora; cese ya.
El Dios de Israel es el mismo Dios que ha creado a todos los hombres. ¿Por qué impedir que los seres creados sientan la atracción de su Creador? ¿Creéis que los paganos no sienten algo en el fondo dei corazón, una insatisfacción que grita, que se agita, que busca?; ¿a quién?, ¿qué?: al Dios desconocido. ¿Y pensáis que si un pagano orienta su propio ser hacia el altar del Dios desconocido, hacia ese altar incorpóreo que es el alma en que siempre hay un recuerdo de su Creador, el alma que espera ser poseída por la gloria de Dios (como lo fue el Tabernáculo erigido por Moisés según la orden recibida y que llora hasta no quedar poseída, pensáis que Dios rechaza su ofrecimiento como si de una profanación se tratase? ¿Y creéis que es pecado ese acto, suscitado por un honesto deseo del alma que, despertada por celestes llamadas, dice "voy" al Dios que le está diciendo "ven", mientras que por el contrario sería santidad el corrompido culto de un Israel que ofrece al Templo lo que tras haber gozado le sobra, y entra a la presencia de Dios y lo nombra - al Purísimo - con alma y cuerpo que no son sino toda una gusanera de culpas?
No. En verdad os digo que es en ese israelita, que con alma impura pronuncia en vano el Nombre de Dios, donde se da la perfección del sacrilegio. Es pronunciarlo en vano cuando - y estúpidos no sois - cuando, por el estado de vuestra alma sabéis que lo pronunciáis inútilmente. ¡Oh, verdaderamente veo el rostro indignado de Dios, volviéndose hacia otra parte con disgusto, cuando un hipócrita lo llama, cuando lo nombra un impenitente! Y siento terror de ello, Yo que no merezco ese enojo divino.
Leo en más de un corazón este pensamiento: "Pero entonces, aparte de los niños, ninguno podrá invocar a Dios, dado que en todas partes en el hombre hay impureza y pecado". No. No digáis eso. Son los pecadores quienes deben invocar ese Nombre. Deben invocarlo quienes se sienten estrangulados por Satanás y quieren liberarse del pecado y del Seductor. Quieren.
He aquí lo que transforma el sacrilegio en rito. Querer curarse. Llamar al Poderoso para ser perdonados y para ser curados.
Invocarlo para poner en fuga al Seductor.
Está escrito en el Génesis que la Serpiente tentó a Eva en el momento en que el Señor no paseaba por el Edén. Si Dios hubiera estado en el Edén, Satanás no habría podido estar.
Si Eva hubiera invocado a Dios, Satanás habría huido. Tened siempre en el corazón este pensamiento. Y llamad con sinceridad al Señor. Ese Nombre es salvación.
Muchos de vosotros quieren bajar a purificarse. Purificaos primero el corazón, incesantemente, escribiendo en él, con el amor, la palabra "Dios". No con engañosas oraciones o con prácticas consuetudinarias, sino con el corazón, con el pensamiento, con los actos, con todo vosotros mismos, pronunciad ese Nombre: Dios. Pronunciadlo para no estar solos, pronunciadlo para ser sostenidos, pronunciadlo para ser perdonados.
Comprended el significado de la palabra del Dios del Sinaí: "En vano" es cuando decir "Dios" no supone una transformación en bien; y entonces, es pecado. "En vano" no es cuando, como el latido de sangre en el corazón, cada minuto de vuestro día, y toda acción vuestra honesta, toda necesidad, tentación, todo dolor os trae a los labios la filial palabra de amor:
"¡Ven, Dios mío!". Entonces, en verdad, no pecáis nombrando el Nombre santo de Dios.
Marchad. La paz sea con vosotros.
No hay ningún enfermo. Jesús permanece con los brazos cruzados apoyado contra la pared, bajo el techado en que ya descienden las sombras. Jesús mira a quienes se marchan en los asnos, a quien se apresura a ir al río movido por un impulso de purificación, a quien, a través de los campos, se dirige hacia el pueblo.
El hombre vestido de rojo oscurísimo parece inseguro respecto a qué se debe hacer. Jesús no le quita ojo. Al final se pone en movimiento y va hacia su caballo (porque tiene un caballo blanco bellísimo, adornado con una gualdrapa roja que pende bajo la silla bollonada).
-¡Hombre, espérame! - dice Jesús llegándose a él - Cae la tarde. ¿Tienes dónde dormir? ¿Vienes de lejos? ¿Estás solo?
El hombre responde:
-Desde muy lejos… e iré… no lo sé… al pueblo, si encuentro… si no… a Jericó… Allí he dejado la escolta; no me fiaba de ella.
-No. Te ofrezco mi cama. Ya está preparada. ¿Tienes qué comer?
-No tengo nada. Creía encontrar un pueblo más hospitalario…
-Nada falta allí.
-Nada. Ni siquiera el odio hacia Herodes. ¿Sabes quién soy?
-El nombre de quienes me buscan es uno sólo: hermanos en el nombre de Dios. Ven. Partiremos juntos el pan. Puedes resguardar el caballo en ese recinto; lo vigilo Yo, que dormiré allí.
-No. Jamás. Yo duermo allí. Acepto el pan, pero nada más. No meteré mi cuerpo sucio donde Tú recuestas tu cuerpo santo.
-¿Me estimas santo?
-Sé que eres santo. Juan, Cusa… tus obras… tus palabras… Todo ello resuena en palacio como el rumor de una ola tempestuosa en la concha que lo conserva. Yo bajaba a donde Juan… luego lo perdí. Pero me había dicho: "Uno que es más que yo te recogerá y te elevará". Sólo podías ser Tú. He venido en cuanto he sabido dónde estabas.
Están ahora solos bajo el techado. Los discípulos, en la cocina, cuchichean y miran de reojo.
Vuelve del río Simón el Zelote (que hoy era el que bautizaba) con los últimos que habían recibido el bautismo. Jesús, después de bendecirlos, dice a Simón:
-Este hombre es el peregrino que busca alojamiento en nombre de Dios, y en el nombre de Dios lo saludamos como amigo.
Simón se inclina. También lo hace el hombre. Entran en la vasta pieza y Manahén ata el caballo al pesebre. Acude Juan, advertido por un gesto de Jesús, llevando hierba y un cubo de agua. Acude igualmente Pedro, con una lamparita de aceite porque ya es de noche.
-Aquí estaré extraordinariamente. Dios os lo pague - dice el caballero, y luego entra entre Jesús y Simón en la cocina, iluminada por un haz de ramas secas encendido en ese momento.
Todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
-Está escrito: "No te harás dioses en mi presencia. No te harás ninguna escultura, ni representación de lo que hay arriba en el cielo aquí, abajo, en la tierra o en las aguas que están bajo ella. No adorarás tales cosas, ni les prestarás culto. Yo soy el Señor tu Dios, fuerte y celoso, que visita la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que me odian, y concede misericordia hasta la milésima de aquellos que lo aman y observan sus mandamientos".
La voz de Jesús retumba en la amplia estancia, que está llena de gente, dado que está lloviendo y todos se han resguardado en ella. En primera fila hay cuatro personas enfermas: un ciego, guiado por una mujer; un niño enteramente lleno de costras; una mujer amarilla debido a la ictericia o a la malaria; y uno al que han llevado en una pequeña camilla.
Jesús habla apoyado sobre el pesebre vacío. Juan y los dos primos, junto con Mateo y Felipe, están a su lado, mientras que Judas, Pedro, Bartolomé, Santiago y Andrés están en la puerta, para que la entrada de los que siguen llegando se efectúe con orden; Tomás y Simón, por su parte, se mueven entre la gente, haciendo callarse a los niños, recogiendo los óbolos,
escuchando peticiones.
"No te harás dioses en mi presencia.”
Habéis oído cómo Dios está en todas partes con su mirada y con su voz. Verdaderamente siempre estamos en su presencia. Cerrados dentro de una estancia, o entre el público del Templo, estamos igualmente en su presencia. Ya seamos ocultos benefactores que hasta a quien recibe el favor le celamos nuestro rostro, ya seamos asesinos que asaltan y asesinan
bárbaramente al viandante en un desfiladero solitario, estamos igualmente en su presencia.
En su presencia está el rey rodeado de su corte, el soldado en el campo de batalla, el levita en el Templo, el sabio encorvado sobre los libros, el campesino en el surco, el mercader en su banco, la madre inclinada hacia la cuna, la esposa en la cámara nupcial, la virgen en el secreto de la paterna morada, el niño pequeño estudiando en la escuela, el anciano cuando se echa para morir. Todos en su presencia, todas las acciones, igualmente, en su presencia.
¡Todas las acciones del hombre! ¡Tremenda palabra, pero, al mismo tiempo, consoladora!: tremenda si las acciones son pecaminosas; consoladora, si son santas. Saber que Dios ve: impedimento para obrar mal; estímulo para obrar bien. Dios ve que me comporto bien. Yo sé que Él no olvida lo que ve. Yo creo que Él premia las buenas acciones. Por tanto, estoy seguro de obtener este premio, y en esta seguridad descanso. Ella me dará una vida serena y una plácida muerte, porque, ya en vida, ya en muerte, mi alma se verá consolada por el rayo estelar de la amistad de Dios. Así razona quien obra bien.
Pero, quien obra mal ¿por qué no piensa que entre las acciones prohibidas se encuentran los cultos idolátricos? ¡Por qué no dice: "Dios ve que mientras finjo un culto santo adoro a un dios o dioses engañadores a quienes he erigido un altar, secreto ante los ojos de los hombres, pero que Dios conoce"? ¿Qué dioses, diréis, si ni siquiera en el Templo hay figuras de Dios? ¿Qué rostro tienen estos dioses, si nos ha resultado imposible atribuirle un rostro al verdadero Dios?
Sí, imposible atribuirle un rostro, porque el Perfecto y el Purísimo no puede ser dignamente representado por el hombre.
Sólo el espíritu vislumbra su incorpórea y sublime belleza, y oye su voz, y saborea su caricia cuanto Él se efunde sobre un santo merecedor de estos contactos divinos. Mas el ojo, el oído, la mano del hombre no pueden ni ver ni oír, ni representar con el sonido en la cítara, o con el martillo y el cincel en el mármol, lo que es el Señor. ¡Oh, felicidad sin fin cuando, oh espíritus de los justos, veáis a Dios! La primera mirada será la aurora de la beatitud que por los siglos de los siglos será compañera vuestra.
Y, no obstante, lo que no pudimos hacer respecto al verdadero Dios, el hombre lo hace respecto a los dioses engañadores. Y así uno erige el altar a la mujer; el otro, al oro; el otro, al poder; el otro, a la ciencia; el otro, a los triunfos militares; uno adora al hombre que tiene poder, semejante a él por naturaleza, superior sólo en ímpetu avasallador o en dinero; otro se adora a sí mismo diciendo: "No hay quien se me iguale". Éstos son los dioses de quienes pertenecen al pueblo de Dios.
No os asombréis de los paganos que adoran animales, reptiles y astros. ¡Cuántos reptiles! ¡Cuántos animales! ¡Cuántos astros apagados adoráis en vuestros corazones! Los labios pronuncian palabras mentirosas, para adular, para poseer, para corromper. ¿No son, acaso, éstas las oraciones de los secretos idólatras? Los corazones nutren pensamientos de venganza, de tráficos ilícitos, de prostitución. ¿Y no son, acaso, éstos los cultos a los dioses inmundos del placer, de la codicia, del mal?
Está escrito: "No adorarás nada que no sea tu Dios verdadero, único, eterno". Está escrito: "Yo soy el Dios fuerte y celoso".
Fuerte: Ninguna otra fuerza es más fuerte que la suya. El hombre es libre de actuar, Satanás es libre de tentar. Pero cuando Dios dice: “¡Basta!", el hombre no puede ya actuar mal, y Satanás ya no puede tentar - repelido y arrojado éste a su infierno, abatido aquél por el uso en su mala conducta, porque ésta tiene un límite más allá del cual Dios no permite que se
vaya.
Celoso. ¿De qué? ¿Con qué celos? ¿Los celos mezquinos de los pequeños hombres? No. Los santos celos de Dios respecto a sus hijos. Los justos celos. Los amorosos celos. Os ha creado. Os ama. Os desea para sí. Sabe lo que os perjudica. Conoce lo que puede separaros de Él. Se siente celoso de este "que" que se mete entre el Padre y los hijos y los desvía del único amor que es salvación y paz: Dios.
Entendemos estos sublimes celos; no mezquinos, ni crueles ni carceleros, sino amor infinito, infinita bondad, libertad sin límites, celos que se ofrecen a la criatura finita para aspirarla perdurablemente hacia Dios, hacia dentro de Dios, y hacerla copartícipe de su infinitud. Un padre bueno no quiere gozar solo sus riquezas, sino que quiere que sus hijos las disfruten con él - en el fondo las ha acumulado más para sus hijos que para sí -. Pues así Dios; pero llevando en este amor y deseo la perfección que reside en toda acción suya.
No defraudéis al Señor. Hay promesa suya de castigo sobre los culpables y sobre los hijos de los hijos culpables; y Dios no miente nunca en sus promesas. ¡Pero no se deprima vuestro ánimo, hijos del hombre y de Dios! Oíd la otra promesa y exultad:
"Y concede misericordia hasta la milésima de aquellos que lo aman y observan sus mandamientos". Hasta la milésima generación de los buenos, y hasta la milésima debilidad de los pobres hijos del hombre, que caen no por malicia sino por irreflexividad y por las celadas tendidas por Satanás. Más aún: os digo que Él os abre los brazos, si, con el corazón contrito y el rostro lavado por el llanto, decís: "Padre, he pecado, lo sé, me humillo por ello y a ti me confieso; perdóname. Tu perdón será mi fuerza para volver a `vivir' la verdadera vida".
No temáis. Antes de que vosotros pecarais por debilidad, Él sabía que pecaríais. Mas su corazón se cierra sólo cuando persistís en el pecado queriendo pecar, haciendo de un pecado en concreto, o de muchos pecados, vuestros dioses de horror.
Abatid todo ídolo, haced sitio al Dios verdadero; Él descenderá con su gloria a consagrar vuestro corazón, cuando se vea Él solo en vosotros.
Devolvedle a Dios su morada, que está en los corazones de los hombres, y no en los templos de piedra. Lavad el umbral de su puerta, liberad su interior de todo inútil o culpable dispositivo. Dios sólo. Sólo Él. ¡Todo es Él! Y en nada es inferior al Paraíso el corazón de un hombre en que esté Dios, el corazón de un hombre que cante su amor al Huésped divino.
Haced un Cielo de cada corazón. Empezad a vivir con el Excelso. En vuestro eterno mañana ese vivir con El se perfeccionará en potencia y alegría, mas aquí tendrá ya tal entidad, que dejará atrás la temblorosa turbación de Abraham, Jacob y Moisés. No será ya, en efecto, el encuentro incisivo como rayo, y aterrador, con el Poderoso, sino la permanencia con el Padre
y el Amigo que descienden para decir: "Mi alegría es estar entre los hombres. Tú me haces feliz. Gracias, hijo".
Los presentes, que superan el centenar, tardan algo en salir de su estado de encantamiento. Hay quien se da cuenta de que está llorando o sonriendo por la misma esperanza de gozo.
Finalmente parece que se despiertan, emiten un murmullo, un fuerte suspiro y terminan gritando como sintiéndose liberados:
-¡Bendito seas! ¡Tú nos abres la vía de la paz!
Jesús sonríe y responde:
-La paz está en vosotros, si seguís desde hoy el Bien.
Luego va a donde los enfermos y pasa la mano sobre el niño enfermo, sobre el ciego y sobre la mujer toda amarilla, se inclina hacia el paralítico y dice:
-Quiero.
El hombre lo mira, y grita:
-¡Ha vuelto el calor al cuerpo apagado! - y se pone en pie, tal y como está, hasta que le echan encima la manta de la yacija. La madre, por su parte, levanta al niño, que ya no tiene costras, y el ciego parpadea a causa de su primer contacto con la luz; y unas mujeres gritan: « ¡Dina ya no está amarilla como los ranúnculos silvestres!».
El alboroto llega a su colmo. Hay quien grita, quien bendice, quien empuja para ver, quien trata de salir para ir al pueblo a decirlo. Jesús se ve asaltado por todas partes.
Pedro, viendo que casi lo aplastan, grita:
-¡Muchachos! ¡Que lo asfixian al Maestro! ¡Venga, a abrir paso!
Y con una verdadera gimnasia de codos, e incluso alguna patada en las espinillas, los doce logran abrirse paso y liberar a Jesús, y llevarlo afuera.
-Mañana me ocupo yo de esto - dice. -Tú en la puerta y los demás en el fondo. ¿Te han hecho daño?
-No.
-¡Parecían locos! ¡Qué formas!
-Déjalos. Se sentían felices… y Yo también con ellos. Id a quien pida el bautismo. Yo entro en casa. Tú, Judas, con Simón, darás el óbolo a los pobres. Todo. Nosotros tenemos mucho más de lo justo para apóstoles del Señor. Ve, Pedro, ve. No temas hacer demasiado. Yo te justifico ante el Padre porque te mando Yo. Adiós, amigos.
Y Jesús, cansado y sudoroso, se cierra en la casa, mientras los discípulos hacen cada uno su encargo con los peregrinos.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Yo soy el Señor tu Dios. Jesús bautiza como Juan
Desde ayer la gente se ha duplicado al menos. Hay también personas de clases menos comunes. Algunos han venido en burros y ahora están ingiriendo su comida bajo el cobertizo, en cuyos palos han atado sus asnos, en espera del Maestro.
El día está frío pero sereno. La gente cuchichea; los más doctos dan explicaciones de quién es y por qué el Maestro habla en ese lugar. Uno dice: «-Pero, ¿supera a Juan?
-No. Es distinto. Aquél - yo era de Juan - es el Precursor, y es la voz de la justicia; éste es el Mesías, y es la voz de la sabiduría y la misericordia.
-.¿Cómo lo sabes? - preguntan muchos.
-Me lo han dicho tres discípulos del Bautista de los que están siempre con él. ¡Si supieras qué cosas! Ellos lo vieron nacer.
Fijaos: nació de la luz. La luz era tan fuerte, que ellos, que eran pastores, abandonaron corriendo el redil, entre el ganado enloquecido de terror, y vieron que toda Belén estaba en llamas, y luego descendieron del cielo unos ángeles y apagaron el fuego con sus alas, y sobre el suelo estaba Él, el Niño nacido de la luz. Todo el fuego se transformó en una estrella…
-¡No, hombre, no, no es así!
-Sí, es así. Me lo ha dicho uno que era mozo de cuadra en Belén cuando yo era niño, y que ahora que el Mesías es hombre se gloría de ello.
-No es así. La estrella vino después, vino con aquellos magos de Oriente, aquellos de los que uno era descendiente de Salomón, y, por tanto, pariente del Mesías, porque Él es de David y David es padre de Salomón, y Salomón amó a la reina de Saba porque era hermosa y por los regalos que le había traído, y tuvo de ella un hijo, que es de Judá a pesar de ser de allende el
Nilo.
-¿Pero qué estás diciendo? ¿Estás loco?
-No. ¿Pretendes decir que no es cierto que su pariente le trajo los aromas como es costumbre entre reyes, y más aún de esa estirpe?
-Yo sé cómo sucedió verdaderamente - dice otro. «Así fue - lo sé porque Isaac es uno de los pastores y es amigo mío -, así fue: el Niño nació en un establo de la casa de David. Estaba profetizado…
-¿Pero no es de Nazaret?
-Dejadme hablar. Nació en Belén porque es de David, y era tiempo de edicto. Los pastores vieron una luz de insuperable belleza, y el más pequeño, porque era inocente, vio el primero al ángel del Señor, el cual habló con música de arpa diciendo: "Ha nacido el Salvador. Id y adorad", y, a continuación, una muchedumbre de ángeles cantó "Gloria a Dios y paz a los hombres buenos". Entonces los pastores fueron y vieron a un niñito en un pesebre entre un buey y un asno, y a la Madre y al padre. Y lo adoraron y luego lo condujeron a casa de una buena mujer. Y el Niño crecía como todos, hermoso, bueno, todo amor. Luego
vinieron los magos de allende el Eufrates y allende el Nilo, porque habían visto una estrella y reconocido en ella la estrella de Balaam. Pero el Niño ya podía andar. El rey Herodes ordenó el exterminio por celos de poder. Pero el ángel del Señor había advertido del peligro y los pequeñuelos de Belén murieron, pero no Él, que había huido más allá de Matarea. Después volvió a Nazaret, a trabajar como carpintero, y, habiendo llegado a su tiempo, después de haber sido anunciado por el Bautista, primo suyo, ha comenzado la misión y primero ha buscado a sus pastores. A Isaac lo liberó de una parálisis, después de treinta años de
enfermedad, e Isaac le predica incansablemente. Esto es. -¡Pues, no obstante, los tres discípulos del Bautista me han dicho verdaderamente esas palabras!» dice, disgustado, el
primero.
-Y son verdaderas. Lo que no es verdadero es la descripción del mozo de cuadra. ¿Se gloría? Haría bien en decir a los betlemitas que fueran buenos. Ni en Belén ni en Jerusalén puede predicar.
-Pero hombre, ¿cómo piensas que los escribas y fariseos deseen sus palabras? Esos son víboras y hienas, como los llama el Bautista.
-Yo querría que me curase. ¿Ves? Tengo una pierna con gangrena. He sufrido lo indecible para venir aquí en burro. Pero lo he buscado en Sión y ya no estaba… - dice uno.
-Lo han amenazado de muerte… - responde otro.
-¡Perros!
-Sí. ¿De dónde vienes?
-De Lida.
-¡Un largo camino!
-Yo… yo quisiera expresarle un pecado mío… Se lo he manifestado al Bautista… pero me ha recriminado de tal modo, que he huido. Creo que ya no podré ser perdonado… - dice un tercero.
-¿Pues qué es lo que has hecho?
-Mucho mal. A Él se lo manifestaré. ¿Qué decís? ¿Me maldecirá?
-No. Lo he oído hablar en Betsaida. Casualmente me encontraba allí. ¡Qué palabras! Hablaba de una pecadora. ¡Ah…, casi habría deseado ser ella para merecerlas!… -dice un anciano de aspecto grave.
-¡Ahí viene! - grita un buen número de personas.
-¡Misericordia! ¡Me da vergüenza! - dice el hombre que se siente culpable, y trata de huir.
-¿A dónde huyes, hijo mío? ¿Tanta negrura tienes en el corazón, que odias la Luz hasta el punto de tener que huir de ella? ¿Has pecado tanto como para tener miedo de mí: Perdón? ¿Pero qué pecado puedes haber cometido? Ni aun en el caso de que hubieras matado a Dios deberías tener miedo, si en ti hubiera verdadero arrepentimiento. ¡No llores! O ven, lloremos
juntos. Jesús que, alzando una mano, había hecho que se detuviera el fugitivo, ahora lo tiene estrechado contra sí, y se vuelve a quienes están esperando y dice:
-Un momento sólo, para aliviar a este corazón. Después estoy con vosotros.
Y se aleja hasta más allá de la casa, chocándose, al volver la esquina, contra la mujer velada, que está en su lugar de escucha. Jesús la mira fijamente un instante, luego continúa unos diez pasos y se detiene:
-¿Qué has hecho, hijo?
E1 hombre cae de rodillas. Es un hombre que tiene unos cincuenta años; un rostro quemado por muchas pasiones y devastado por un tormento secreto. Tiende los brazos y grita:
-Para gozarme con las mujeres dilapidé toda la herencia paterna, he matado a mi madre y a mi hermano… Desde entonces no he vuelto a tener paz… Mi alimento… ¡sangre! Mi sueño… ¡pesadilla!… Mi placer… ¡Ah! en el seno de las mujeres, en su grito de lujuria, sentía el hielo de mi madre muerta y el jadeo agonizante de mi hermano envenenado. ¡Malditas las
mujeres de placer, áspides, medusas, murenas insaciables, perdición, perdición, mi perdición!
-No maldigas. Yo no te maldigo…
-¿No me maldices?
-No. ¡Lloro y cargo sobre mí tu pecado!… ¡Cuánto pesa! Me quiebra los miembros, pero aun así lo abrazo estrechamente para anularlo por ti… y a ti te concedo el perdón. Sí. Yo te perdono tu gran pecado. Extiende Jesús las manos sobre la cabeza del hombre, que está sollozando, y ora:
-Padre, mi Sangre será derramada también por él. Por ahora, llanto y oración. Padre, perdona, porque está arrepentido.
¡Tu Hijo, a cuyo juicio todo ha sido remitido, así lo quiere!…
Permanece así durante unos minutos, luego se agacha para levantar al hombre y le dice:
-La culpa queda perdonada. Está en ti ahora el expiar, con una vida de penitencia, cuanto queda de tu delito».
-¿Dios me ha perdonado? ¿Y mi madre? ¿Y mi hermano?
-Lo que Dios perdona queda perdonado por todos, quienesquiera e sean. Ve y no vuelvas a pecar nunca.
El hombre llora aún con más intensidad y le besa la mano. Jesús lo deja con su llanto y vuelve hacia la casa. La mujer velada hace ademán como de ir a su encuentro, mas luego baja la cabeza y no se mueve. Jesús pasa delante de ella sin mirarla.
Ya está en su puesto. Empieza a hablar:
-Un alma ha vuelto al Señor. Bendita sea su omnipotencia, que arranca de las circunvoluciones de la serpiente demoníaca a sus almas creadas, y las conduce de nuevo por el camino de los Cielos.
-¿Por qué esa alma se había perdido? Porque había perdido de vista la Ley.
Dice el Libro que el Señor se manifestó en la cima del Sinaí con toda su terrible potencia, para, valiéndose también de ella, decir: "Yo soy Dios. Ésta es mi voluntad. Éstos son los rayos que tengo preparados para aquellos que se muestren rebeldes a la voluntad de Dios". Y antes de hablar impuso que nadie del pueblo subiera para contemplar a Aquel que es, y que incluso los sacerdotes se purificasen antes de acercarse al limen de Dios, para no recibir castigo. Esto fue así porque era tiempo de justicia y de prueba. Los Cielos estaban cerrados como por una losa que cubría el misterio del Cielo y el desdén de Dios, y sólo las saetas de la justicia alcanzaban, provenientes de los Cielos, a los hijos culpables. Mas ahora no es así. Ahora el Justo ha venido a consumar toda justicia y ha llegado el tiempo en que sin rayos y sin límites, la Palabra divina habla al hombre para darle Gracia y Vida.
La primera palabra del Padre y Señor es ésta: "Yo soy el Señor Dios tuyo".
En todo instante del día la voz de Dios pronuncia esta palabra y su dedo la escribe. ¿Dónde? Por todas partes. Todo lo dice continuamente: desde la hierba a la estrella, desde el agua al fuego, desde la lana al alimento, desde la luz a las tinieblas, desde el estar sano hasta la enfermedad, desde la riqueza a la pobreza. Todo dice: "Yo soy el Señor. Por mí tienes esto. Un pensamiento mío te lo da, otro te lo quita, y no hay fuerza de ejércitos ni de defensas que te pueda preservar de mi voluntad".
Grita en la voz del viento, canta en la risa del agua, perfuma en la fragancia de la flor, se incide sobre las cúspides de las montañas, y susurra, habla, llama, grita en las conciencias: "Yo soy el Señor Dios tuyo".
¡No os olvidéis nunca de ello! No cerréis los ojos, los oídos; no estranguléis la conciencia para no oír esta palabra. Es inútil, ella es; y llegará el momento en que en la pared de la sala del banquete, o en la agitada ola del mar, o en el labio del niño que ríe, o en la palidez del anciano que se muere, en la fragante rosa o en la fétida tumba, será escrita por el dedo de fuego de Dios.
Es inútil, llega el momento en que en medio de las embriagueces del vino y del placer, en medio del torbellino de los negocios, durante el descanso de la noche, en un solitario paseo… ella alza su voz y dice: "Yo soy el Señor Dios tuyo", y no esta carne que besas ávido, y no este alimento que, glotón, engulles, y no este oro que, avaro, acumulas, y no este lecho sobre el que te huelgas; y de nada sirve el silencio, o el estar solo, o durmiendo, para hacerla callar.
"Yo soy el Señor Dios tuyo", el Compañero que no te abandona, el Huésped que no puedes echar. ¿Eres bueno? Pues el huésped y compañero es el Amigo bueno. ¿Eres perverso y culpable? Pues el huésped y compañero pasa a ser el Rey airado, y no concede tregua. Mas no deja, no deja, no deja. Sólo a los réprobos les es concedido el separarse de Dios. Pero la separación es el tormento insaciable y eterno.
"Yo soy el Señor Dios tuyo", y añade: "que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud". ¡Oh, con qué verdad, ahora, realmente lo dice! ¿De qué Egipto, de qué Egipto te saca, hacia la tierra prometida, que no es este lugar, sino el Cielo, el eterno Reino del Señor en que no habrá ya hambre o sed, frío ni muerte, sino que todo rezumará alegría y paz, y de paz y de alegría se verá saciado todo espíritu!
De la esclavitud verdadera ahora os saca. He aquí el Libertador. Yo soy. Vengo a romper vuestras cadenas. Cualquier dominador humano puede conocer la muerte, y por su muerte quedar libres los pueblos esclavos. Pero Satanás no muere. Es eterno. Y es él el dominador que os ha puesto grilletes para arrastraros hacia donde desea. El Pecado está en vosotros, y el Pecado es la cadena con que Satanás os tiene cogidos. Yo vengo a romper la cadena. En nombre del Padre vengo, y por deseo mío. He aquí que, por tanto, se cumple la no comprendida promesa: "te saqué de Egipto y de la esclavitud".
Ahora esto tiene espiritualmente cumplimiento. El Señor Dios vuestro os saca de la tierra del ídolo que sedujo a vuestros progenitores, os arranca de la esclavitud de la Culpa, os reviste de Gracia, os admite en su Reino. En verdad os digo que quienes vengan a mí podrán, con dulzura de paterna voz, oír al Altísimo decir en su corazón bienaventurado: "Yo soy el Señor Dios tuyo y te traigo hacia mí, libre y feliz".
Venid. Volved al Señor corazón y rostro, oración y voluntad. La hora de la Gracia ha llegado.
Jesús ha terminado. Pasa bendiciendo y acariciando a una viejecita y a una niñita morenilla y toda risueña.
-Cúrame, Maestro. ¡Me aflige un mal grave! - dice el enfermo de gangrena.
-Primero el alma, primero el alma. Haz penitencia…
-Dame el bautismo como Juan. No puedo ir a él. Estoy enfermo.
-Ven.
Jesús baja hacia el río que se encuentra pasados dos grandísimos prados y el bosque que lo oculta. Se descalza, como también lo hace el hombre que hasta allí se ha arrastrado con las muletas. Descienden a la orilla, y Jesús, haciendo copa con las dos manos unidas, esparce el agua sobre la cabeza del hombre, que está dentro del agua hasta la mitad de las espinillas.
-Ahora quítate las vendas - ordena Jesús mientras vuelve a subir al sendero.
El hombre obedece. La pierna está curada. La multitud grita su estupor.
-¡Yo también!
-¡Yo también!
-¡Yo también el bautismo dado por ti! - gritan muchos.
Jesús, que ya está a medio camino, se vuelve:
-Mañana. Ahora marchaos y sed buenos. La paz sea con vosotros.
Todo termina y Jesús vuelve a casa, a la cocina que está oscura a pesar de que sean todavía las primeras horas de la tarde.
Los discípulos se le arremolinan en torno. Y Pedro pregunta
-¿Ese hombre al que has llevado detrás de la casa, qué tenía?
-Necesidad de purificación.
-No ha vuelto, de todas formas, y no estaba entre los que pedían el bautismo.
-Ha ido a donde lo he mandado.
-¿A dónde?
-A expiar, Pedro.
-¿A la cárcel?
-No. A hacer penitencia por todo el resto.
-¿No se purifica entonces con el agua?
-Es agua también el llanto.
-Sí, cierto. Ahora que has hecho el milagro, ¿quién sabe cuántos vendrán!… Eran ya el doble hoy…
-Sí. Si tuviera Yo que hacer todo, no podría. Vais a bautizar vosotros. Primero uno cada vez, luego seréis dos, tres, muchos.
Y Yo predicaré y curaré a los enfermos y a los pecadores.
-¿Nosotros, bautizar? ¡Oh, yo no soy digno de ello! ¡Quítame, Señor, esta misión! ¡Tengo yo necesidad de ser bautizado!
Pedro se ha puesto de rodillas y está en actitud suplicante.
Pero Jesús se inclina hacia él y dice:
-Pues tú vas a ser el primero en bautizar. Desde mañana.
-¡No, Señor! ¿Cómo puedo hacerlo, si estoy más negro que esa chimenea?
Jesús sonríe ante la sinceridad humilde del apóstol, de rodillas contra sus rodillas, sobre las cuales tiene unidas sus gruesas manos de pescador. Y lo besa en la frente, en el límite de su cabello entrecano que, áspero, se riza:
-Eso es. Te bautizo con un beso. ¿Estás contento?
-¡Cometería inmediatamente otro pecado para recibir otro beso!
-No, eso no. Nadie se burla de Dios, abusando de sus dones».
-¿Y a mí no me das un beso? Yo también tengo algún pecado – dice Judas Iscariote.
Jesús lo mira fijamente. Su mirada, muy mutable, pasa de la luz de la alegría, que la hacía clara mientras hablaba con Pedro, a una oscuridad severa, y yo diría que cansada, y dice:
-Sí… a ti también. Ven. Yo no actúo injustamente con nadie. Sé bueno, Judas. ¡Si tú quisieras!… Eres joven. Toda una vida para subir y subir, hasta la perfección de la santidad…» y lo besa.
-Ahora tú, Simón, amigo mío. Y tú, Mateo, victoria mía. Y tú, sabio Bartolmái. Y tú, Felipe, fiel. Y tú, Tomás, con tu jovial voluntad. Ven, Andrés, hombre de silencio activo. Y tú, Santiago del primer encuentro. Y ahora tú, alegría de tu Maestro. Y tú, Judas (Tadeo), compañero de niñez y de juventud. Y tú, Santiago, quien me recuerda al Justo, en el aspecto y en el corazón.
Todos, todos… Pero, acordaos de que mi amor es mucho, pero es necesaria también vuestra buena voluntad. Desde mañana daréis un paso más, hacia adelante, en vuestra vida de discípulos míos. Pensad, no obstante, que cada paso hacia adelante es un honor y una obligación.
-Maestro… un día me dijiste a mí, a Juan, a Santiago y a Andrés, que nos enseñarías a orar. Yo creo que si nosotros orásemos como lo haces tú, seríamos capaces de ser dignos del trabajo que quieres de nosotros - dice Pedro.
-En aquella ocasión te respondí: "Cuando estéis suficientemente formados, os enseñaré la oración sublime; para dejaros mi oración. Pero incluso ésta resultará inútil si la pronuncia sólo la boca. Por ahora, ascended con el alma y la voluntad a Dios".
La oración es un don que Dios concede al hombre y que el hombre dona a Dios.
-¿Cómo es esto? ¿Todavía no somos dignos de orar? Todo Israel ora… - dice Judas Iscariote.
-Sí, Judas. Pero tú mismo puedes ver por sus obras cómo ora Israel. Yo no quiero hacer de vosotros unos traidores.
Quien ora con lo externo, y por dentro está contra el bien, es un traidor.
-¿Y cuándo nos vas a habilitar para hacer milagros? - sigue preguntando Judas.
-¿Nosotros, hacer milagros?, ¿nosotros? ¡Misericordia eterna! ¡Y eso que bebemos agua pura! ¿Nosotros, milagros?
Pero muchacho, ¿estás delirando? - Pedro está escandalizado, asustado, fuera de sí.
-Él nos lo dijo, en Judea. ¿0 acaso no es verdad?
-Sí, es verdad, lo dije. Y lo haréis. Pero, mientras en vosotros haya demasiada carne, no tendréis milagros.
-Haremos ayunos - dice Judas Iscariote.
-No se requieren ayunos. Cuando digo carne quiero decir las pasiones corrompidas, la triple hambre, y tras esta pérfida trinidad, el séquito de sus vicios… Como hijos de una inmunda, bígama unión, la soberbia de la mente engendra, con la avidez de la carne y del poder, todo lo malo que hay en el hombre y en el mundo.
-Nosotros lo hemos dejado todo por ti - replica Judas.
-Pero no a vosotros mismos.
-¿Entonces tenemos que morir? Con tal de estar contigo lo haríamos; yo al menos…
-No. No pido vuestra muerte material. Pido que muera la animalidad y el satanismo en vosotros, y éste no muere mientras se siga satisfaciendo el hambre de la carne y mientras haya en vosotros mentira, orgullo, ira, soberbia, gula, avaricia, acidia.
-¡Somos muy humanos, junto a ti, muy santo!» dice sumisamente Bartolomé.
-Y siempre fue tan santo. Nosotros lo podemos decir - afirma el primo Santiago.
-Él sabe cómo somos… Y no debemos desanimarnos, sino decirle sólo: Danos día a día la fuerza de servirte. Si nosotros dijéramos: "No tenemos pecado", resultaríamos engañados y engañadores. ¿Y de quién al final? ¿De nosotros mismos que sabemos lo que somos, aunque no queramos decirlo? ¿De Dios, al cual no se le puede engañar' Pero si decimos: "Somos débiles y pecadores. Ayúdanos con tu fuerza y tu perdón", entonces Dios no nos defraudará, y en su bondad y justicia nos perdonará y nos purificará de las iniquidades de nuestros pobres corazones.
-Dichoso tú, Juan, porque la Verdad habla en tus labios, que tienen perfume de inocencia y sólo besan al adorable Amor - dice Jesús levantándose, y atrae hacia su corazón al predilecto, que ha hablado desde su rincón oscuro.