118- Comienzo de vida común en Agua Especiosa. Discurso de apertura

Si se compara esta baja y rústica casita con la casa de Betania, ciertamente es un aprisco, como dice Lázaro. Pero, si se la compara con las casas de los campesinos de Doras, es una vivienda incluso linda.

Muy baja y muy ancha, construida con solidez, tiene una cocina, o sea, una amplia chimenea en una estancia toda ahumada en la que hay una mesa, asientos, ánforas y un rústico bazar con unos platos y algunas copas. Una ancha puerta de madera tosca le da luz además de acceso. Luego, en la misma pared en que se abre ésta, hay otras tres puertas que introducen en tres piezas grandes, largas y estrechas, con las paredes blanqueadas con cal y el suelo de tierra batida como la cocina; en dos de éstas hay ahora unas yacijas. Parecen pequeñas salas-dormitorio. Los muchos ganchos fijados en las paredes son testimonio de que ahí se colgaban herramientas y quizás productos agrícolas. Ahora sirven para colgar capas y alforjas.

La tercera, más que una estancia, es un pasillo ancho, porque la largura está desproporcionada con respecto a la anchura, y está vacía. Debe haber servido como refugio para ganado, porque tiene un pesebre y argollas en la pared, y se ven en el suelo las hendiduras propias de terrenos pisados por cascos herrados. Ahora no hay nada.

Fuera, junto a este último recinto, un ancho pórtico rústico, hecho de un techo cubierto de haces de ramas y pizarra, apoyado sobre troncos de árbol apenas descortezados. No es ni siquiera un pórtico, es un cobertizo, porque está abierto por tres lados: dos de al menos diez metros de largo; el lado estrecho tiene unos cinco metros, no más. Durante el verano una parra debe extender de tronco a tronco sus ramas en el lado sur.

Ahora está desnuda, mostrando sus esqueléticas ramas; como también está desnuda una gigantesca higuera que en verano da sombra al pilón que está en el centro de la era, puesto sin duda para abrevar el ganado. Está al lado de un pozo rudimentario, o sea, de un agujero al ras del suelo apenas señalado por un círculo de piedras planas y blancas.

Ésta es la casa que acoge a Jesús y a los suyos en el lugar llamado “Agua Especiosa". Campos - o, mejor, prados y viñedo - la rodean, y, a la distancia de unos trescientos metros aproximadamente, se ve otra casa, entre los campos - más bonita, debido a que, al contrario de ésta, está provista de terraza en el tejado -. Más allá de esta otra casa, celan la vista bosques de olivos y de otros tipos de árboles, parte despojados de hojas, parte frondosos.

Pedro, su hermano y Juan trabajan con gusto barriendo la era y las estancias, haciendo las necesarias reparaciones en las camas, sacando agua. Es más, Pedro hace todo un montaje en torno al pozo para poner en funcionamiento y reforzar las sogas y hacer así más práctico y cómodo el sacar el agua. Por su parte los dos primos de Jesús trabajan con martillo y lima en cerraduras y contraventanas, y Santiago de Zebedeo los ayuda serrando y trabajando con el hacha como un obrero de astilleros.

Tomás está atareado en la cocina; sabe en manera tal dosificar lumbre y llama y limpiar expeditivo las verduras que el guapo de Judas se ha dignado traer del pueblo cercano, que parece un cocinero experto. Comprendo que hay un pueblo, más o menos grande, por la explicación de Judas de que el pan lo hacen sólo dos veces a la semana y de que, por tanto, ese día no hay pan.

Habiéndolo oído Pedro, dice:
-Pues haremos tortas en las brasas. Allí está la harina. Rápido, quítate el vestido y haz la masa, luego me ocupo yo de cocerlas; que sé hacerlo.

Y no puedo menos que echarme a reír viendo que Judas Iscariote se humilla, sólo con la prenda corta, amasando la harina, llenándose bien de polvo.

Jesús no está, y también faltan Simón, Bartolomé, Mateo y Felipe.

-Lo peor es hoy - responde Pedro a un refunfuño de Judas de Keriot -, pero ya mañana irá mejor, y para la primavera irá bien del todo…

-¿Para la primavera? ¿Pero vamos a estar siempre aquí? - dice Judas asustado.

-¿Por qué? ¿No es una casa? Llover, aquí no llueve. Hay agua para beber. No falta el hogar. Pues, ¿qué más quieres? Yo me encuentro aquí muy bien, y es que, además, aquí no siento mal olor de fariseos y compañía…
-Pedro, vamos a sacar las redes - dice Andrés, y se lleva consigo afuera a su hermano antes de que empiece un altercado entre él y Judas.

-Ese hombre no me puede ver - exclama éste.
-No. No puedes decir eso. Muestra esa franqueza con todos. Pero es bueno. Eres tú el que está siempre malhumorado -
responde Tomás (el cual, por el contrario, tiene siempre un óptimo humor).

-Es que yo pensaba que fuera otra cosa…
-Mi primo no te prohíbe ir a ocuparte de las otras cosas - dice serenamente Santiago de Alfeo - Yo creo que todos, debido a nuestra necedad, pensábamos que seguirlo fuera otra cosa; pero esto sucede porque somos de dura cerviz y tenemos una gran soberbia. Él no ha ocultado nunca el peligro ni el esfuerzo que supone el seguirlo.

Judas refunfuña entre dientes.

El otro Judas, Tadeo, que está trabajando con un estante de la cocina para transformarlo en pequeño armario, le responde:

-Estás equivocado. Estás equivocado incluso desde el punto de vista de las costumbres: todo israelita debe trabajar; y nosotros trabajamos. ¿Te pesa tanto el trabajo? Yo no lo siento, porque desde que estoy con Él todas las dificultades se hacen livianas.

-Yo tampoco echo de menos nada, y me siento contento de estar ahora verdaderamente como en familia - dice Santiago de Zebedeo.

-¡Pues sí vamos a hacer mucho aquí!… - observa irónicamente Judas de Keriot.
-Pero bueno, vamos a ver, ¿qué quieres?, ¿qué pretendes? ¿Una corte como la de un sátrapa? No te permito criticar lo que hace mi primo. ¿Entendido? - replica bruscamente Judas Tadeo.

-Calla, hermano. Jesús no quiere estas disputas. Hablemos lo menos posible y hagamos lo más posible. Será mejor para todos. Por otro lado… si Él no logra cambiar los corazones… ¿puedes esperar conseguirlo tú con tus palabras? - dice Santiago de Alfeo.

-¿El corazón que no cambia es el mío, verdad? - pregunta agresivamente Judas Iscariote.

Pero Santiago no le responde; es más, coge una punta con los labios y se pone a clavar vigorosamente unos tablones, haciendo un estruendo tal, que el rezongueo de Judas se pierde.

Transcurre un tiempo y entran contemporáneamente Isaac con unos huevos y una cesta de fragantes panes y Andrés con una nasa con peces.

-Mirad - dice Isaac - los manda el encargado y dice que si necesitamos algo. Éstas son las órdenes que ha recibido.
-¿Ves como no nos vamos a morir de hambre? - dice Tomás a Judas Iscariote. Y dice: «Dame esos peces, Andrés. ¡Qué hermosos! Lo que pasa es que aquí no sé cómo prepararlos.
-Déjame a mí - dice Andrés - Soy pescador - y se pone en un ángulo a abrir sus peces, aún vivos.

-Está viniendo el Maestro. Ha ido a dar una vuelta por el pueblo por los campos. Vais a ver como pronto vendrán algunos. Ha curado ya a uno que estaba enfermo de los ojos. Además yo ya había recorrido estos campos y sabían…

-¡Ya, claro! ¡Yo, yo!… Todos los pastores… Nosotros hemos dejado - yo al menos - una vida segura y hemos hecho esto y hemos hecho otro, pero no se ha hecho nada…
Isaac mira sorprendido a Judas Iscariote… pero, filosóficamente, no replica. Los demás lo imitan… aunque hierven por dentro.

-Paz a todos vosotros.
Es Jesús. Está en el umbral de la puerta, sonriente, bueno. Parece como si el sol aumentara de esplendor por su llegada.

-¡Pero qué animosos! ¡Todos trabajando! ¿Puedo ayudar primo?

-No, descansa. Ya he terminado.
-Venimos cargados de comida. Todos han querido dar algo. ¡Si todos tuvieran el corazón de los humildes…! - dice Jesús un poco triste.

-¡Oh, mi Maestro! ¡Que Dios te bendiga!
Es Pedro, que entra en ese momento con un haz de leña en los hombros, y que saluda así, bajo su peso, a su Jesús.
-¡También a ti, Pedro; que te bendiga el Señor. ¿Habéis trabajado mucho?

-Y más que trabajaremos en las horas libres. ¡Tenemos una casa en e1 campo… y tenemos que hacer de ella un Edén!
Para empezar he arreglado el pozo, al menos para poder ver de noche dónde está, y para estar seguros de no perder los cántaros al introducirlos en él. Luego… ¿ves qué hábiles son tus primos? Todas estas cosas son necesarias para quien debe vivir largo tiempo en un lugar, y yo, que soy pescador, no habría sabido hacerlas. Verdaderamente hábiles. Y también Tomás: podría estar en la cocina de Herodes. También Judas lo hace bien, ha hecho unas tortas espléndidas…

-E inútiles. Hay pan - responde de mal humor Judas.
Pedro lo mira y yo me espero una respuesta punzante, pero se limita mover la cabeza; luego prepara bien la ceniza y extiende encima sus tortas.

-Dentro de poco todo está listo - dice Tomás, y ríe.
-¿Vas a hablar hoy? - pregunta Santiago de Zebedeo.
-Sí. Entre sexta y nona. Vuestros compañeros lo han dicho. Por tanto comamos rápidamente.

Pasa un poco de tiempo todavía. Juan coloca el pan en la mesa, prepara los asientos, lleva las copas y las ánforas, y Tomás lleva las verduras cocidas y el pescado asado.
Jesús está en el centro, ofrece, bendice, distribuye. Todos comen con gusto.

Están todavía comiendo, cuando algunas personas se presentan en la era.

Pedro se levanta y va hasta la puerta:
-¿Qué queréis?
-Ver al Rabí. ¿No habla aquí?
-Habla. Pero ahora está comiendo, porque también Él es hombre. Sentaos allí, debajo del cobertizo.
El pequeño grupo se marcha y se pone debajo del rústico cobertizo.

-La verdad es que viene el frío y frecuentemente vamos a tener lluvia. Pienso que sería buena cosa usar ese establo vacío. Lo he limpiado como se debe. El pesebre será el sitial…

-No hagas ironías necias. El Rabí es rabí - dice Judas.
-Pero, ¿qué ironías? Si nació en un establo, ¡podrá hablar desde un pesebre!

-Pedro tiene razón. Pero, os lo ruego: ¡quereos!
Jesús parece incluso cansado al decir estas palabras.
Terminan de comer y Jesús sale enseguida para dirigirse hacia la pequeña muchedumbre.

-¡Espera, Maestro! - le grita desde detrás Pedro - Tu primo te ha hecho un asiento porque allí está húmedo el suelo.
-No es necesario. Ya sabes. Hablo en pie. La gente quiere verme y Yo la quiero ver. Mas bien… haced asientos y lechos portátiles. Quizás vengan algunos enfermos… y harán falta.
-¡Piensas siempre en los demás, Maestro bueno! - dice Juan… y le besa la mano.

Jesús se dirige, con su sonrisa ligeramente triste, hacia el grupo de personas. Con Él van todos los discípulos.
Pedro, que está justo al lado de Jesús, le hace inclinarse hacia el grupo y le susurra en voz baja:
-Detrás de la tapia está aquella mujer velada. La he visto. Está allí desde esta mañana. Ha venido detrás de nosotros desde Betania. ¿La echo o la dejo?

-Déjala. Ya lo he dicho.
-Pero, ¿si es una espía, como dice Judas?…
-No lo es. Fíate de todo lo que te digo. Déjala y no digas nada a los demás. Y respeta su secreto.
-He mantenido silencio porque pensaba que era correcto…
-Paz a vosotros que buscáis la Palabra -comienza Jesús. Y va hasta el fondo del porche, dejando a sus espaldas la tapia de la casa. Habla lentamente al grupo de unas veinte personas que están, con el calorcito de un solecillo de Noviembre, sentadas en el suelo o apoyadas en los soportes.

-El hombre cae en un error al considerar la vida y la muerte, y al aplicar estos dos nombres. Llama "vida" al tiempo en que, dado a luz por la madre, comienza a respirar, a nutrirse, a moverse, a pensar, a obrar; y llama "muerte" al momento en que cesa de respirar, comer, moverse, pensar, obrar, viniendo a ser un despojo frío e insensible, preparado para entrar en un seno, el de un sepulcro. Pero no es así. Yo quiero haceros entender la "vida", indicaros las obras aptas para la vida. Vida no es existencia. Existencia no es vida. Existe esta parra que se entrelaza con estos soportes, pero no tiene la vida de que Yo hablo. Existe también aquella oveja que bala atada a aquel árbol lejano, pero no tiene la vida de que Yo hablo. La vida de que Yo hablo no empieza con la existencia ni termina cuando la carne llega a su fin. ¡La vida de la cual Yo hablo tiene su principio no en un seno materno; tiene su principio cuando el Pensamiento de Dios crea un alma para habitar en una carne; termina cuando el Pecado la mata!

Sin ella, el hombre no sería sino una semilla que crece, semilla de carne en vez de ser de gluten o de pulpa como la de los cereales o la de la fruta. Sin ella, no sería sino un animal en estado de formación, un embrión de animal no distinto del que ahora está creciendo en el seno de aquella oveja. Pero, dado que en esta concepción humana se infunde esta parte incorpórea (y que no obstante es la más potente con su incorporeidad sublimadora), entonces el embrión animal no sólo existe como corazón que palpita, sino que "vive" según el Pensamiento creador, y es el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, el hijo
de Dios, el ciudadano futuro del Cielo.

Pero esto se produce si la vida dura. El hombre puede existir teniendo imagen de hombre, pero habiendo dejado de ser hombre, siendo un sepulcro en que se pudre la vida. Se comprende entonces que Yo diga: "La vida no empieza con la existencia y no termina cuando la carne llega a su fin". La vida comienza antes del nacimiento. La vida luego no tiene fin, porque el alma no muere, o sea, no se anula. Muere a su destino, que es el destino celeste, pero sobrevive en su castigo si así lo ha merecido.

Muere a este destino bienaventurado cuando muere a la Gracia. Esta vida, alcanzada por una gangrena cual es la muerte a su destino, dura por los siglos de los siglos en la condena y en el tormento. Si, por el contrario, esta vida se conserva como tal, llega a la perfección del vivir y se hace eterna, perfecta, santa como su Creador.

¿Tenemos deberes respecto a la vida? Sí. La vida es un don de Dios. Todo don de Dios ha de usarse y conservarse con cuidado, porque es algo tan santo como el Dador. ¿Maltrataríais vosotros el don de un rey? No. Pasa a los herederos, y a los herederos de los herederos, como gloria de la familia. Y entonces, ¿por qué hacerlo con el don de Dios? Pero, ¿cómo se usa y conserva este don divino? ¿Cómo mantener en vida la paradisíaca flor del alma, conservándola así para los Cielos? ¿Cómo obtener el "vivir" por encima y más allá de la existencia?
Israel dispone de leyes claras al respecto y no tiene más que observarlas. Israel dispone de profetas y justos, los cuales dan el ejemplo y la palabra para practicar las leyes. Y ahora Israel dispone de santos. No puede, no debería, errar, por tanto, Israel. Pero Yo veo manchas en los corazones, y espíritus muertos pulular por todas partes. Entonces os digo: Haced penitencia;
abrid el corazón a la Palabra; poned en práctica la Ley inmutable; infundid nueva savia a la exhausta "vida" que está languideciendo en vosotros; si ya está muerta, acercaos a la Vida verdadera, a Dios. Llorad vuestras culpas, gritad: "¡Piedad!"…

Y, en cualquier caso, renaced. No seáis muertos en vida, para no ser mañana eternos penantes. Yo no os voy-a hablar más que del modo de alcanzar la vida o de conservarla. Otro os ha dicho: "Haced penitencia. Purificaos del fuego impuro de las lujurias, del fango de las culpas". Yo os digo: Pobres amigos, examinemos juntos la Ley. Oigamos en ella de nuevo la voz paterna del Dios verdadero. Y luego, juntos, oremos al Eterno, diciendo: "Descienda tu misericordia sobre nuestros corazones".

Es el tiempo del sombrío invierno. Pero dentro de poco vendrá la primavera. Un espíritu muerto es más triste que un bosque pelado por el hielo. Pero si la humildad, la voluntad, la penitencia y la fe penetran en vosotros, la vida volverá a vosotros como la de un bosque en primavera, y le floreceréis a Dios para, mañana (el mañana de los siglos y siglos) dar perenne fruto de vida eterna.

¡Acercaos a la Vida! Dejad de existir solamente y empezad a "vivir". La muerte no será entonces "fin", sino que será principio. E1 principio de un día sin ocaso, de una alegría sin cansancio y sin medida. La muerte será el triunfo de aquello que vivió antes de la carne, y triunfo de la misma carne, que será llamada, a la resurrección eterna, a coparticipar en esta Vida que Yo prometo en el nombre del Dios verdadero a todos aquellos que hayan "querido" la "vida" para su alma, pisando el sentido y las pasiones para gozar de la libertad de los hijos de Dios.
Idos, pues. Todos los días a esta hora os hablaré de la eterna verdad. El Señor esté con vosotros.

La gente despeja el lugar, lentamente, haciendo muchos comentarios. Jesús vuelve a la solitaria casita y todo termina.

117- Lázaro pone a disposición de Jesús una casita en el llano de Agua Especiosa

Jesús está subiendo por el empinado sendero que lleva al rellano sobre el que está edificada Betania. Esta vez no sigue la calzada principal. Ha tomado este camino más empinado y más rápido, que en dirección noroeste este y que está mucho menos transitado quizás por estar tan en pendiente. Sólo los que viajan con prisa hacen uso de él; o los que, teniendo manadas de ganado, prefieren no meterlas en el trajín de la calzada principal, o quienes, como Jesús hoy, prefieren pasar desapercibidos.

Él sube delante, en vivaz conversación con el Zelote. Detrás, en grupo, van los primos de Jesús con Juan y Andrés; luego, otro grupo, formado por Santiago de Zebedeo, Mateo, Tomás y Felipe; los últimos, Bartolomé con Pedro y Judas Iscariote.

Ganada la planicie, sobre la cual Betania le sonríe al sol de un día sereno de Noviembre, y desde la que, mirando hacia oriente, se ve el valle del Jordán y la via que viene de Jericó, Jesús da orden a Juan de ir a avisar a Lázaro de su llegada. Mientras Juan se marcha con paso rápido, Jesús prosigue con los suyos lentamente, siendo saludado a cada paso por personas del lugar.

La primera que viene de la casa de Lázaro es una mujer que se prosterna diciendo:

-Dichoso este día para la casa de mi señora. Ven. Maestro. Allí están Maximino y Lázaro ya en la puerta.

También Maximino se acerca a Jesús. No sé con exactitud quién es Maximino. Tengo la impresión de que es o un pariente menos rico alojado en casa de los hijos de Teófilo, o un administrador de los importantes haberes de éstos; tratado como amigo, no obstante, por su mérito y por el largo tiempo de servicio en la casa. Quizás es hijo de algún administrador del padre que después ha permanecido en el puesto con los hijos de Teófilo. Es un poco más mayor que Lázaro, o sea, tendrá unos treinta y cinco años o poco más.

-No esperábamos tenerte tan pronto - dice.
-Pido alojamiento para una noche.
-Si fuera para siempre nos harías felices.

Están ya en el umbral de la puerta. Lázaro besa y abraza a Jesús y saluda a los discípulos. Luego, teniendo un brazo en torno a la cintura de Jesús, entra con Él en el jardín y se aísla de los demás. Lo primero que hace es preguntar:
-¿A qué debo la alegría de tenerte conmigo?
-Al odio de los miembros del Sanedrín.

-¿Te han procurado algún mal? ¿Algún otro mal?
-No. Pero me lo quieren hacer, y no es la hora. Hasta que no haya arado toda Palestina y esparcido la semilla, no debo ser abatido.

-También tienes que recoger tu cosecha, Maestro bueno; es justo que sea así.

-Mi cosecha la recogerán mis amigos. Ellos pasarán la hoz donde he sembrado. Lázaro, he decidido alejarme de Jerusalén. Sé que no es solución, lo sé ya desde ahora; pero servirá al menos para poder evangelizar. En Sión se me niega incluso esto.

-Te había enviado con Nicodemo el mensaje de que fueras a una de mis propiedades. Nadie osa violarlas. Podrías llevar a cabo tu ministerio sin molestias. ¡Oh, mi casa, la más dichosa de todas mis casas por santificarla Tú con tu enseñanza, con tu respiración! Dame alegría de serte útil, Maestro mío.

-Ya ves que estoy dándotela ya; pero en Jerusalén no me puedo quedar. Mira, aunque a mí no me molestaran, sí lo harían con quienes fueran a verme. Voy hacia Efraím, entre este lugar y el Jordán. Evangelizaré y bautizaré allí como el Bautista.

-En los campos de esa zona tengo una pequeña casa, pero se utiliza para guardar las herramientas de los trabajadores; algunas veces duermen en ella durante la corta del heno o la vendimia. Es mísera: simple techo apoyado en cuatro paredes; pero está en mis tierras, y se sabe… Pues bien, el hecho de saberlo hará de espantajo contra los chacales. Acepta, Señor.

Mandaré a los siervos a prepararla…
-No hace falta. Si en ella duermen tus campesinos, será suficiente también para nosotros.

-No pondré riquezas. Sólo completaré el número de las camas, pobres como Tú deseas, y mandaré mantas, asientos, ánforas y copas. Lógicamente, tendréis que comer y que taparos, especialmente en estos meses de invierno. Déjame a mí. Ni siquiera lo haré yo. Aquí viene Marta. Posee la habilidad, práctica y solícita, de todos los cuidados familiares. Su lugar es la casa; su función, ser consuelo de los cuerpos y de los espíritus que están en la casa. ¡Ven, mi dulce y pura hospedera! ¿Ves? Incluso yo me he refugiado bajo su cuidado materno, en su parte de herencia. Así, no lloro demasiado ásperamente a mi madre. Marta, Jesús se retira al llano del Agua Especiosa. Lo único especioso que hay es el suelo fértil; la casa es un aprisco. Pero Él quiere una casa de pobres. Hay que proveerla de lo indispensable. ¡Dispónlo tú, que eres tan mañosa! - Lázaro besa la mano bellísima de su hermana, esa mano que se levanta acto seguido para acariciarlo con verdadero amor de madre.

Luego Marta dice:

-Parto en seguida. Me llevo conmigo a Maximino y a Marcela. Los hombres del carro ayudarán a aparejar. Bendíceme, Maestro; así, llevaré conmigo algo tuyo.

-Sí, mi dulce hospedera. Te llamaré como te llama Lázaro. Te doy mi corazón para que lo lleves contigo, en el tuyo.
-¿Sabes, Maestro, que hoy está por estos campos Isaac con Elías y los demás? Me han pedido pasto, abajo en la llanura, para estar un poco juntos, y lo he permitido. Hoy están de cambio de pastos. Los espero para la comida.
-Me alegra. Les daré instrucciones…

-Sí. Para podernos mantener en contacto. No obstante, alguna vez vendrás…
-Vendré. He hablado ya de ello con Simón. Y, dado que no es justo que Yo invada tu casa con los discípulos, iré a casa de Simón…
-No, Maestro. ¿Por qué este dolor?
-No indagues, Lázaro; Yo sé que está bien así.
-Pero entonces…

-Entonces seguiré estando en tus propiedades. Lo que el mismo Simón ignora Yo lo sé. Aquel que quiso comprar, sin revelar su identidad y sin detenerse a estudiar las condiciones, con tal de estar cerca de Lázaro de Betania, era el hijo de Teófilo, el fiel amigo de Simón el Zelote y el gran amigo de Jesús de Nazaret. Aquel que duplicó la suma por Jonás y no gravó el patrimonio de Simón para proporcionarle a éste la alegría de poder hacer muchas cosas por el Maestro pobre y por los pobres del Maestro, aquél, es uno que tiene por nombre Lázaro. El que, discreto y atento, mueve, dirige, presta ayuda a todas las fuerzas buenas para ayudarme, aliviarme y protegerme, ése, es Lázaro de Betania. Yo lo sé.

-¡Oh, no lo digas! ¡Creí actuar bien de ese modo, y en secreto!

-Secreto, sí, para los hombres, pero no para mí; Yo leo en el corazón. ¿Quieres que te diga por qué tu ya de por sí natural bondad se impregna de perfección sobrenatural? Es porque pides don sobrenatural, pides la salvación de un alma y la santidad tuya y de Marta. Tú sientes que no basta con ser buenos según el mundo, sino que se requiere ser buenos según las leyes del espíritu, para obtener de Dios la gracia. Tú no has oído mis palabras, pero Yo he dicho: "Cuando hagáis el bien, hacedlo en secreto, y el Padre os dará una gran recompensa". Tú lo has hecho por un natural impulso a la humildad, y verdad te digo que el Padre te reserva una recompensa que ni siquiera puedes imaginar.

-¿La redención de María? …
-Eso, y más, más aún.
-¿Qué es, Maestro, más imposible que esto?
-Jesús lo mira y sonríe. Luego dice, con el tono de un salmo. «El Señor reina, y con Él sus santos.
Con sus rayos de luz trenza una corona y sobre la cabeza de los santos la deposita. Para que eternamente resplandezca ante los ojos de Dios y del universo.

¿De qué metal está entretejida? ¿Con qué piedras preciosas decorada? Oro, oro purísimo es el círculo obtenido con el dúplice fuego del amor divino y del amor del hombre, cincelado por la voluntad, martillando, limando, cortando, afinando.

Gran profusión de perlas, y esmeraldas más verdes que la hierba nacida en Abril, turquesas de color de cielo, ópalos de color luna, amatistas como violetas pudorosas, y, engarzados para toda la vida, diaspros y zafiros y jacintos y topacios. Y como broche de la obra un círculo de rubíes, un gran círculo sobre la frente gloriosa.

Porque este hombre bendito ha tenido fe y esperanza, ha tenido mansedumbre y castidad, templanza y fortaleza, justicia y prudencia, misericordia sin medida, y en el fondo ha escrito con la sangre tu Nombre y la fe en mí, su amor en él por mí, y su nombre en el Cielo.

¡Exultad, oh justos del Señor! El hombre ignora, Dios ve. Él escribe en los libros eternos mis promesas y vuestras obras, y con ellas vuestros nombres, príncipes del siglo futuro, triunfadores eternos con el Cristo del Señor.
Lázaro lo mira asombrado. Luego susurra:

-¡Oh!… yo… no seré capaz…

-¿Tú crees? - y Jesús coge una rama flexible de un sauce cuyas frondas penden sobre el sendero y dice: «Mira: como mi mano pliega fácilmente esta rama, el amor plegará tu alma y de ella hará una corona eterna. Es el amor el redentor individual.

Quien ama empieza su redención. Su acabado lo cumplirá el Hijo del hombre.

Todo concluye.

116- En Getsemaní con Jesús, los discípulos hablan de los paganos y de la «velada».

El coloquio con Nicodemo
Jesús está en la cocina de la pequeña casa del Olivar, cenando con sus discípulos. Hablan de los hechos sucedidos durante ese día (no el precedentemente descrito: efectivamente, oigo que hablan de otros acontecimientos, entre los cuales la curación de un leproso, que ha tenido lugar cerca de los sepulcros que están en el camino de Betfagé).

-Estaba presente también, observando, un centurión romano - dice Bartolomé. Y añade: -Me ha preguntado, desde su caballo: "¿El hombre al que sigues hace frecuentemente estas cosas?" y ante mi respuesta afirmativa, ha exclamado: "Entonces es más grande que Esculapio y llegará a ser más rico que Creso". Yo he respondido: "Será siempre pobre según el mundo, porque no recibe, sino que entrega, y sólo quiere almas a las que llevar al Dios verdadero".

El centurión me ha mirado lleno de asombro y acto seguido ha espoleado a su caballo, yéndose al galope.

-Y una dama romana en su litera. No podía ser sino una mujer. Tenía corridas las cortinas, pero se asomaba furtivamente a mirar-Lo he visto -dice Tomás.

-Sí. Estaba cerca de la curva alta del camino. Había dado orden de detenerse cuando el leproso había gritado: "¡Hijo de David, ten piedad de mí!". En ese momento tenía una cortina un poco corrida y he visto que te ha mirado con una valiosa lente, y luego se ha reído con ironía. Pero, cuando ha visto que Tú, sólo con un acto imperativo, lo has curado, ¡ah!, entonces me ha llamado y me ha preguntado "¿Pero es ese al que llaman el verdadero Mesías?". He respondido que sí y ella me ha dicho: "¿Y tú estás con Él?" y luego ha preguntado: "¿Es verdaderamente bueno?" - dice Juan.

-¡Entonces la has visto! ¿Cómo era? - preguntan Pedro y Judas - ¡Hombre, pues… una mujer!

-¡Qué descubrimiento! - dice Pedro riendo.
Y Judas Iscariote acucia:

-Pero, ¿era guapa, joven, rica?
-Sí. Creo que era joven y también guapa. Pero, yo estaba mirando más hacia Jesús que hacia ella. Quería ver si el Maestro reanudaba el camino…

-¡Estúpido! - murmura entre dientes Judas.
-¿Por qué? - lo defiende Santiago de Zebedeo - Mi hermano no es un galanteador que va en busca de aventuras. Ha respondido por educación. Pero no ha faltado a su primera cualidad.

-¿Cuál? - pregunta Judas Iscariote.
-La de discípulo cuyo único amor es el Maestro.
Judas baja la cabeza irritado.

-Y, además… no es muy aconsejable que nos vean hablar con los romanos - dice Felipe - Ya de por sí nos acusan de ser galileos y, por tanto, menos "puros" que los judíos; de nacimiento, además. Y nos acusan de detenernos frecuentemente en Tiberíades, lugar de encuentro de gentiles, romanos, fenicios, sirios… Y luego… ¡oh, de cuántas cosas nos acusan!…

-Eres bueno, Felipe, y por eso corres un velo sobre la dureza de la verdad que manifiestas. Pero esa verdad es, sin el velo, ésta: ¡de cuántas cosas me acusan!- dice Jesús, que hasta ahora ha guardado silencio.

-En el fondo no están errados del todo: demasiados contactos con los paganos - dice Judas Iscariote.
-¿Consideras paganos sólo a aquellos que no tienen la ley mosaica? pregunta Jesús.

-Y si no, ¿qué otros?
-¡Judas!… ¿Puedes jurar por nuestro Dios que no tienes paganismo en tu corazón? ¿Y puedes jurar que no lo tienen los israelitas más nombrados?

-En fin, Maestro… respecto a los demás, no lo sé…, pero yo… yo respecto a mí puedo jurar.
Jesús vuelve a hacer otra pregunta:
-¿Qué es para ti, según tu idea, el paganismo?
-Pues seguir una religión no verdadera, adorar a los dioses - replica vehementemente Judas.

-¿Y cuáles son?
-Los dioses de Grecia y Roma, los de Egipto…, en definitiva, esos dioses de mil nombres, inexistentes como personas, que, según los paganos, llenan sus Olimpos.
-¿No existe ningún otro dios? ¿Sólo éstos del Olimpo?
-¿Qué otros? ¿No son ya demasiados?

-Demasiados. Sí, demasiados. Pero hay otros. Y en sus altares todo hombre quema inciensos, incluso los sacerdotes, los escribas, rabíes, fariseos, saduceos, herodianos: todos de Israel, ¿no es cierto? Y no sólo esto… También lo hacen mis discípulos.

-¡Ah, esto sí que no! - dicen todos.
-¿No? Amigos… ¿Quién entre vosotros no tiene un culto, o varios cultos, secretos? Uno, la belleza y la elegancia; el otro, el orgullo de su saber; otro inciensa la esperanza de llegar a ser grande, humanamente; otro todavía adora a la mujer; otro, al dinero…; otro se postra ante su saber… y así podríamos seguir diciendo.

En verdad os digo no hay hombre que no esté impregnado de idolatría. ¿Cómo se le puede entonces despreciar a los que por mala ventura son paganos, cuando, a pesar de estar con el Dios verdadero, se sigue siendo voluntariamente pagano?
-Pero somos hombres, Maestro - exclaman muchos.

-Cierto. Entonces… tened caridad para con todos, porque Yo he venido para todos y vosotros no sois más que Yo.
-Pero, mientras, nos acusan y se ponen trabas a tu misión.
-Irá adelante igualmente.

-A propósito de mujeres - dice Pedro, que, quizás por estar sentado al lado de Jesús, está tan embelesado que se muestra tranquilísimo - hace unos pocos días - para mayor exactitud, desde que hablaste en Betania la primera vez después del regreso a Judea - que mujer, enteramente velada, nos sigue continuamente. No sé cómo logra saber nuestros programas. Sé que, o al final de las filas de gente que escucha cuando hablas, o detrás de la gente que te sigue cuando caminas, o también detrás de nosotros cuando vamos a anunciarte por los campos… el hecho es que está casi siempre. En Betania, la primera vez, me susurró tras el velo: "¿Ese hombre que dices que va a hablar es Jesús de Nazaret?". Le respondí que sí; bueno, pues por la tarde estaba oyéndote detrás de un tronco de un árbol. Luego la había perdido de vista, pero ahora aquí en Jerusalén la he visto ya dos o tres veces. Hoy le he preguntado: "¿Tienes necesidad de Él? ¿Estás enferma? ¿Quieres el óbolo?". Su respuesta ha sido siempre "no"; con la cabeza, porque nunca habla con nadie».

-A mí me dijo un día: "¿Dónde vive Jesús?" y le dije: "En Get Samní" - dice Juan.

-¿Pero serás estúpido? ¡No debías haberlo hecho! ¡Tenías que haberle dicho: "¡Quítate el velo. Date a conocer y entonces te lo digo!” - dice Judas Iscariote iracundo.

-Pero, ¿desde cuándo solicitamos estas cosas? - exclama Juan con simplicidad e inocencia.

-Los otros se ven. Ésta está enteramente velada. O es una espía o es una leprosa. No debe seguirnos y saber lo que hacemos. Si es una espía es para hacer algún mal. Quizás la paga el Sanedrín para esto…

-¡Ah!, ¿utiliza estos métodos el Sanedrín? - pregunta Pedro - ¿Estás seguro?
-Segurísimo. He pertenecido al Templo y lo sé.
-¡Pues vaya! A esto se adapta como una caperuza la razón explicada por el Maestro hace un momento… - comenta
Pedro.

-¿Qué razón? - Judas está ya rojo de ira.
-Esa de que también hay paganos entre los sacerdotes.
-¿Qué tiene que ver esto con lo de pagar a un espía?
-¡Tiene que ver, tiene que ver! ¡Es más, ya está visto! ¿Por qué pagano? Para echar por tierra al Mesías y triunfar ellos.

Por tanto, suben al altar con sus sucias almas bajo las
vestiduras limpias - responde Pedro con su buen juicio propio de la gente llana.

-Bien, en suma - abrevia Judas - esa mujer es un peligro para nosotros o para la gente: para la gente, si está leprosa; para nosotros si es una espía.

-Quieres decir: Para Él, en todo caso - replica Pedro.
-Pero, cayendo Él, caemos también nosotros…
-¡Ja! ¡Ja! - se ríe Pedro y termina: -y entonces el ídolo se hace pedazos y se pierde tiempo, estima y, quizás, la vida, y entonces, ¡Ja! ¡Ja!…, y entonces es mejor tratar de que no caiga, o… apartarse a tiempo, ¿verdad? Yo, por el contrario, mira, lo abrazo más estrechamente. Si cae, abatido por los traidores de Dios, quiero caer con Él - y Pedro abraza estrechamente, con sus cortos brazos, a Jesús.

-No creía haber hecho tanto mal, Maestro - dice todo triste Juan, que está frente a Jesús - Pégame, maltrátame, pero sálvate. ¡Ay, si fuera yo la causa de tu muerte!… ¡Oh!, no me lo perdonaría. Siento que el continuo llanto me excavaría el rostro y me quemaría la vista. Pero ¿qué he hecho? Tiene razón Judas: ¡soy un estúpido!

-No, Juan. No lo eres, y has hecho bien. Dejadla venir.

Siempre. Y respetad su velo. Puede ser que esté colocado como defensa, en una lucha entre el pecado y la sed de redimirse. ¿Sabéis vosotros qué heridas se inciden sobre un ser cuando esta lucha adviene? ¿Sabéis qué llanto y qué rubor? Tú has dicho, Juan, querido hijo de corazón de niño bueno, que tu rostro quedaría excavado por el continuo llanto si fueras para mí causa de mal. Pues debes saber que cuando una conciencia, despertada de nuevo, comienza a roer una carne que fue pecado, para destruirla y triunfar con el espíritu, debe por fuerza consumir todo aquello que fue atracción de la carne, y la criatura en envejece, languidece bajo la llamarada de este fuego taladrador.

Sólo después, completada la redención, se compone de nuevo una segunda, santa y más perfecta belleza, porque es entonces lo hermoso del alma lo que aflora por la mirada, a través de la sonrisa, de la voz, de la honesta dignidad de la frente sobre la cual se ha depositado y resplandece como diadema el perdón de Dios.

-¿Entonces no he hecho mal?…
-No. Y tampoco Pedro. Dejadla. Y ahora, que todos se vayan a descansar. Yo me quedo con Juan y Simón. Tengo que hablarles. Marchaos.

Los discípulos se retiran. Quizás duermen en la almazara. No lo Se marchan. Ciertamente no vuelven a Jerusalén, porque las puertas están cerradas desde hace horas.
-¿Has dicho, Simón, que Lázaro te ha enviado a Isaac con Maximino, hoy, mientras Yo estaba al lado de la torre de David. ¿Qué quería?

-Quería decirte que Nicodemo está en su casa y que quería hablarte en secreto. Me he tomado la libertad de decir:

"Que venga. El Maestro lo esperará durante la noche". Sólo tienes la noche para estar solo. Por este motivo te he dicho: "Despide a todos, menos a Juan y a mí". Juan es necesario para ir al puente del Cedrón, a esperar a Nicodemo, que está en una de las casas de Lázaro, extramuros. Yo hacía falta para explicar. ¿He hecho mal? -Has hecho bien. Ve, Juan, a tu puesto.

Se quedan solos Simón y Jesús. Jesús está pensativo. Simón respeta su silencio. Pero Jesús lo rompe improvisamente, y,como si terminara en voz alta una interna elocución, dice:

Sí. Está bien así. Isaac, Elías, los otros, son suficientes para mantener viva la idea que se está consolidando entre los buenos y en los humildes. Para los poderosos… hay otras levas. Está Lázaro, Cusa, José, y otros… Pero los poderosos… no me aceptan. Temen y tiemblan por su poder. Me iré lejos de este corazón judío que cada vez se muestra más hostil al Cristo.
-¿Vamos a volver a Galilea?

-No. Pero nos vamos lejos de Jerusalén. Judea debe ser evangelizada; también ella es Israel. Pero, aquí, ya ves… Todo sirve para acusarme. Me retiro. Y esta es la segunda vez…

-Maestro, aquí está Nicodemo - dice Juan, entrando primero.
Se saludan, y luego Simón toma a Juan y sale de la cocina, dejando solos a los dos.

-Maestro, perdona si te he querido hablar en secreto. Desconfío, por ti y por mí, de muchos. No es sólo cobardía esto mío. También es prudencia y deseo de beneficiarte, más que si te perteneciera abiertamente. Tú tienes muchos enemigos. Yo soy uno de los pocos que aquí te admiran. He pedido consejo a Lázaro. Lázaro es poderoso por herencia, temido porque goza de favor ante Roma, justo ante los ojos de Dios, sabio por maduración de ingenio y cultura, verdadero amigo tuyo y verdadero amigo mío. Por todo esto he querido hablar con él Y me siento feliz de que él haya juzgado del mismo modo. Le he dicho las últimas… discusiones del Sanedrín sobre ti.

-Las últimas acusaciones. No tengas reparo en decir las verdades desnudas, como son.
-Las últimas acusaciones. Sí, Maestro. Yo estaba ya para decir "Pues bien, yo también soy de los suyos". Aunque sólo fuera porque en esa asamblea hubiera al menos uno que estuviera a tu favor. Pero José, que se había acercado a mí, me susurró: "Calla. Mantengamos oculto nuestro pensamiento. Luego te explico". Y, una vez fuera, dijo… exactamente, dijo: "Así es de mayor provecho. Si saben que somos discípulos, nos mantendrán al margen de cuanto piensan y deciden, y pueden perjudicarle y también perjudicarnos; como simples observadores de Él, no utilizarán subterfugios con nosotros". Comprendí que tenía razón. ¡Son muy… malos! Yo también tengo mis intereses y mis deberes… y así José… ¿Comprendes, no, Maestro?
-No voy a reprenderos. Antes de que vinieras, estaba diciéndole esto a Simón, y he decidido incluso alejarme de Jerusalén.

-¡Nos odias porque no te amamos!
-No. No odio ni siquiera a los enemigos.
-Tú lo dices. Pero es así. Tienes razón. Sólo que, ¡qué dolor para mí y para José! ¿Y Lázaro? ¿Qué dirá Lázaro, que justamente hoy ha decidido proponerte que dejaras este lugar para ir a una de sus propiedades de Sión? Bueno, ¿ya sabes que Lázaro tiene poder económico, no? Buena parte de la ciudad es suya, de la misma forma que muchas tierras de Palestina. Su padre, a su patrimonio y al de Euqueria, de tu tribu y familia, había unido aquello que los romanos dan como recompensa al servidor fiel, y a los hijos les ha dejado una herencia muy grande, y, lo que más cuenta, una velada pero potente amistad con Roma. Sin ésta, ¿quién habría salvado de la ignominia a toda la casa después de la infamante conducta de María, su divorcio (conseguido sólo porque se trataba de "ella"), su vida licenciosa en esa ciudad, que es su feudo, y en Tiberíades, que es el elegante lupanar donde Roma y Atenas han hecho lecho de prostitución para tantos del pueblo elegido?

¡Verdaderamente, si Teófilo sirio hubiera sido un prosélito más convencido, no habría dado a los hijos educación helenizante que tanta virtud mata y siembra tanta voluptuosidad, y que - bebida y expulsada sin consecuencias por Lázaro, y especialmente por Marta – ha contagiado a la desenfrenada María y ha proliferado en ella, convirtiéndola en el fango de la familia y de Palestina! No, sin la poderosa sombra del favor de Roma, se les habría mandado el anatema más que a los leprosos. Pero, considerando que las cosas están así, aprovéchate de ello.

-No. Me retiro. Quien quiera verme vendrá a mí.
-¿He hecho mal en hablar! - Nicodemo se siente abatido.
-No. Espera y convéncete - y Jesús abre una puerta y llama:

-¡Simón! ¡Juan! Venid.
Acuden los dos.
-Simón, dile a Nicodemo lo que te estaba diciendo cuando ha entrado él.

-Que para los humildes es suficiente con los pastores; para los poderosos, Lázaro, Nicodemo, José y Cusa, y que Tú te ibas a ir lejos de Jerusalén, aunque sin dejar Judea. Esto estabas diciendo. ¿Por me lo haces decir? ¿Qué ha ocurrido?

-Nada. Nicodemo temía que yo me fuera a causa de sus palabras.

-He dicho al Maestro que el Sanedrín se muestra cada vez más enemigo, y que sería buena cosa que se pusiera bajo la protección de Lázaro: ha protegido tus bienes porque tiene a Roma de su parte; protegería también a Jesús.

-Es verdad. Es un buen consejo. A pesar de que mi casta esté mal vista incluso por Roma, una palabra de Teófilo me ha conservado el patrimonio durante la proscripción y la lepra. Y Lázaro es muy amigo tuyo, Maestro.

-Lo sé. Pero ya me he pronunciado. Y lo que he dicho Yo lo hago.
-¡Entonces, te perdemos!
-No, Nicodemo. Hombres de todas las sectas se acercan al Bautista; a mí podrán venir hombres de todas las sectas y de todos los niveles.

-Nosotros venimos a ti sabiendo que eres superior a Juan.
-Podéis seguir viniendo. Seré un rabí solitario Yo también, como Juan, y hablaré a las turbas deseosas de oír la voz de Dios y capaces de creer que Yo soy esa Voz. Y los demás me olvidarán… si son, al menos, capaces de tanto.

-Maestro, estás triste y desilusionado. Tienes razón en estarlo. Todos te escuchan, y creen en ti hasta el punto de que obtienen milagros; hasta incluso uno de Herodes, uno que, por fuerza, debe tener corrompida la bondad natural en esa corte incestuosa; hasta soldados romanos. Sólo nosotros, los de Sión, somos tan duros… No todos, no obstante. Ya ves… Maestro, nosotros sabemos que has venido de parte de Dios y que eres su más alto doctor.

También Gamaliel lo dice. Nadie puede hacer los milagros que Tú haces si no tiene a Dios consigo. Esto piensan también los doctos como Gamaliel. ¿Cómo es que entonces no podemos nosotros tener la fe que tienen los pequeños de Israel? ¡Oh! ¡Dímelo! ¡Dímelo! No te traicionaré, aunque me dijeras:

"He mentido para conferir valor a mis palabras de sabiduría con la impresión de un sigilo que nadie puede despreciar". ¿Eres Tú el Mesías del Señor, el Esperado, la Palabra del Padre encarnada para instruir y redimir a Israel según el Pacto?

-¿Lo preguntas por ti mismo, o te mandan otros a preguntarlo?

-Por mí mismo, por mí mismo, Señor. Tengo un tormento aquí. Tengo una gran confusión. Vientos contrarios y contrarias voces. ¿Por qué no tengo yo, hombre maduro, esa pacífica certeza que tiene éste, casi analfabeto y niño, la cual le da esa sonrisa plácida a su rostro, esa luz a sus ojos, ese sol a su corazón? ¿Cómo crees tú, Juan, para estar tan seguro? ¡Enséñame, oh hijo, tu secreto, el secreto en virtud del cual has sabido ver y comprender al Mesías en Jesús Nazareno!

Juan se pone colorado como una fresa y baja la cabeza como disculpándose de decir una cosa tan grande, y responde con sencillez:
-Amando.

-¡Amando! ¿Y tú, Simón, hombre probo y ya en el umbral de la ancianidad, docto y probado hasta el punto de sentirte inducido a temer el engaño en todas partes?
-Meditando.

-¡Amando! ¡Meditando! También yo amo y medito, ¡y no estoy seguro todavía!
Interviene Jesús diciendo:

-Voy a manifestarte el verdadero secreto. Éstos han sabido nacer nuevamente, con un espíritu nuevo, libre de cualesquiera cadenas, virgen de toda idea; por ello han comprendido a Dios. Si uno no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios ni creer en su Rey.

-¿Cómo puede un hombre volver a nacer siendo ya adulto? Una vez fuera del seno materno, el hombre no puede jamás volver a entrar en él. ¿Acaso aludes a la reencarnación en el sentido de tantos paganos? No, en ti no es posible esto; además, no se trataría de un volver a entrar en el seno materno, sino de un reencarnarse más allá del tiempo y, por tanto, no ahora. ¿Cómo es esto? ¿Cómo?

-No hay más que una existencia de la carne sobre la Tierra y una eterna vida del espíritu más allá de la Tierra. No estoy hablando de la carne y de la sangre, sino del espíritu inmortal, el cual por dos cosas renace a verdadera vida: por el agua y por el Espíritu, pero éste es mayor; sin Él, el agua no es más que símbolo. Quien ya ha quedado limpio con el agua debe purificarse luego con el Espíritu, y con Él encenderse y resplandecer, si quiere vivir dentro de Dios aquí y en el eterno Reino. Porque lo que ha sido engendrado por la carne es y seguirá siendo carne, y con ella muere tras haberla servido en sus apetitos y pecados. Pero lo que ha sido engendrado por el Espíritu es espíritu, y vive volviendo al Espíritu Generador después de haber cultivado el propio espíritu hasta la edad perfecta. El Reino de los Cielos no será habitado sino por seres llegados a la edad espiritual perfecta. No te maravilles, por tanto, si digo: "Es necesario que vosotros nazcáis de nuevo". Éstos han sabido renacer. El joven ha matado la carne y ha hecho renacer el espíritu poniendo su yo en la hoguera del amor.

Enteramente ha sido consumido de toda materia. Y he aquí que de las cenizas surge su nueva flor espiritual, maravilloso helianto que sabe volverse hacia el Sol eterno. El anciano ha puesto la segur de la meditación honesta en la base de su viejo pensamiento, y ha arrancado la vieja planta dejando sólo una yema, la de la buena voluntad, de la cual ha hecho nacer su nuevo pensamiento. Ahora ama a Dios con espíritu nuevo, y lo ve.

Cada uno tiene su mérito para llegar al puerto. Cualquier viento es bueno con tal de saber usar la vela; sentís que el viento sopla y por su corriente podéis regularos para dirigir la maniobra, mas no podéis decir de dónde viene ni atraer el que necesitáis.

También el Espíritu llama, y viene llamando, y pasa. Pero sólo quien está atento puede seguirlo. El hijo conoce la voz del padre; conoce la voz del Espíritu, el espíritu que ha sido engendrado por Él.

-¿Cómo puede suceder esto?
-Tú, maestro en Israel, ¿me lo preguntas? ¿Ignoras estas cosas? Se habla y se da testimonio de lo que sabemos y hemos visto. Pues bien, Yo hablo y doy testimonio de lo que sé. ¿Cómo vas a poder aceptar las cosas no vistas, si no aceptas el testimonio que Yo te traigo? ¿Cómo podrás creer en el Espíritu, si no crees en la Palabra encarnada? Yo he bajado para volver a subir llevándome conmigo a los que están aquí abajo. Uno sólo ha bajado del Cielo: el Hijo del hombre. Uno sólo al Cielo subirá con el poder de abrir el Cielo: Yo, Hijo del hombre. Recuerda a Moisés. Él levantó una serpiente en el desierto para curar las enfermedades de Israel. Cuando Yo sea levantado en alto, aquellos a quienes la fiebre de la culpa hace ciegos, sordos o mudos, o que por ella han perdido el juicio o están leprosos o enfermos, serán curados, y quienquiera que crea en mí tendrá vida eterna.

También quienes en mí hayan creído tendrán esta vida beata. No bajes la cabeza, Nicodemo. Yo he venido a salvar, no a destruir. Dios no ha mandado a su Hijo Unigénito al mundo para que quien está en el mundo sea condenado, sino para que el mundo se salve por medio de Él. En el mundo he visto todas las culpas, todas las herejías, todas las idolatrías. Pero, ¿puede acaso la golondrina que vuela veloz por encima del polvo ensuciarse el plumaje? No. Lleva por las tristes vías de la Tierra una coma de azul, un olor de cielo, emite un reclamo para conmover a los hombres y hacerles levantar del fango la mirada y seguir su vuelo que al cielo retorna. Igualmente Yo. Vengo para llevaros conmigo. ¡Venid!… Quien cree en el Hijo Unigénito no es juzgado, está ya salvado, porque este Hijo intercede ante el Padre diciéndole: "Éste me amó". Mas quien no cree es inútil que haga obras santas; ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. ¿Cuál es mi nombre, Nicodemo?

-Jesús.
-No. Salvador. Yo soy Salvación. Quien no me cree, rechaza su salvación y es juzgado por la Justicia eterna, y el juicio es éste: "La Luz te había sido enviada, a ti y al mundo, para salvación vuestra, y tú y los hombres habéis preferido las tinieblas a la Luz, porque preferíais las obras malvadas - que se habían hecho costumbre en vosotros - a las obras buenas, las que Él os señalaba como obras que seguir para ser santos". Vosotros habéis odiado la Luz, porque los malhechores aprecian las tinieblas para sus delitos; habéis evitado la Luz para que no proyectara luz sobre vuestros ocultos resentimientos. No por ti, Nicodemo, pero la verdad es ésta; y el castigo guardará relación con la condena, por lo que respecta al individuo y por lo que respecta a la colectividad.

Si me refiero a los que me aman y ponen en práctica las verdades que enseño, naciendo, por tanto, en el espíritu por segunda vez (la más verdadera), digo que no temen la Luz; antes bien, a ella se arriman, porque su luz aumenta aquella con que fueron iluminados: recíproca gloria, que hace dichoso a Dios en sus hijos y a los hijos en el Padre. No, ciertamente los hijos de la Luz no temen ser iluminados; antes bien, con el corazón y con las obras, dicen: "No he sido yo sino Él, el Padre, Él, el Hijo,Él, el Espíritu, quienes han cumplido en mí el Bien. A ellos la gloria eternamente. Y desde el Cielo responde el eterno canto de loscTres que se aman en su perfecta Unidad: “A ti eternamente la bendición, hijo verdadero de nuestra voluntad". Juan, acuérdatecde estas palabras para cuando llegue la hora de escribirlas. Nicodemo, ¿estás convencido?

-Maestro… sí. ¿Cuándo voy a poder hablar de nuevo contigo?
-Lázaro sabrá a dónde llevarte. Iré donde él antes de alejarme de aquí.
-Me voy, Maestro. Bendice a tu siervo.
-Mi paz sea contigo.
Nicodemo sale con Juan.
Jesús se vuelve a Simón:

-¿Ves la obra del poder de las Tinieblas? Como araña, tiende su trampa y hace que quede enviscado y aprisionado quiencno sabe morir para renacer como mariposa, con una fortaleza capaz de romper la tela tenebrosa y traspasarla, llevándose, comocrecuerdo de su victoria, jirones de reluciente red en las alas de oro, como oriflamas y lábaros conquistados al enemigo. Morircpara vivir. Morir para daros la fuerza de morir. Ven, Simón, a descansar. Y que Dios esté contigo.

Todo termina.

115- Curación del niño arrollado por el caballo de Alejandro. Jesús expulsado del Templo

El interior del Templo. Jesús está con los suyos muy cerca del templo propiamente dicho, o sea, del Lugar Santo, en donde sólo entraban los sacerdotes. Es un bellísimo y espacioso claustro al cual se cede por un atrio y del cual, por otro aún más rico, se pasa a la terraza en la que está el hexaedro del Santo.

¡Es inútil! Aunque viera mil veces el Templo y lo describiera dos mil, sea por la complejidad del lugar, sea por mi ignorancia de los nombres o por la incapacidad de hacer un gráfico, resultaría siempre incompleta al retratar este pomposo y laberíntico lugar…
Parecen estar en oración. Otros muchos israelitas, todos hombres, están también allí y oran, cada uno por su cuenta. Cae la tarde precoz de un plomizo día de Noviembre.

Un vocerío: una estentórea e inquieta voz de hombre que blasfema en latín, mezclada con estridentes y agudas voces hebreas. Se produce como el revoltijo de una lucha, y una aguda voz femenina grita:

-¡Dejadlo que vaya! ¡Dice que Él lo va a salvar!
El recogimiento del suntuoso claustro queda roto. Muchas cabezas se vuelven hacia el punto del que provienen las voces; y se vuelve también Judas Iscariote, que está con los discípulos. Siendo, como es, alto, ve y dice:
-¡Un soldado romano que está luchando por entrar! ¡Está violando, ha violado ya, el Lugar Sagrado! ¡Qué horror!- Y muchos hacen coro de sus palabras.

-¡Dejadme pasar, perros judíos! Aquí está Jesús. ¡Lo sé! ¡Es Él quien me interesa! Vuestras absurdas piedras no me sirven para nada. ¡El niño se está muriendo y Él puede salvarlo! ¡Fuera! ¡Hienas hipócritas!…
Jesús, que, cuando ha comprendido que Él era el requerido, se ha dirigido inmediatamente hacia el atrio en el que se estaba produciendo este barullo, se acerca y grita:
-Paz y respeto al lugar y a la hora del ofrecimiento.
-¡Oh! ¡Jesús! ¡Hola! Soy Alejandro. ¡Dejad paso, perros!
Y Jesús, con serenidad:

-Sí, dejad paso. Llevaré a otra parte al pagano que no sabe lo que es para nosotros este lugar.
El círculo se abre y Jesús se llega hasta el soldado, que lleva la coraza ensangrentada.

-¿Estás herido? Ven. Aquí no se puede estar – y lo conduce hacia el otro claustro, y más allá incluso.
-No estoy herido yo. Un niño… Mi caballo, junto a la Antonia, se me ha desmandado y lo ha arrollado. Los cascos le han abierto la cabeza. Prócolo ha dicho: "¡Nada que hacer!". Yo no tengo la culpa… pero, ha sucedido por mí y la madre está allí desesperada. Te había visto pasar… venir aquí… He dicho: "Prócolo no, pero Él sí". He dicho: "Mujer, ven, Jesús lo sanará". Me han retenido esos dementes… Y quizás el niño está ya muerto.

-¿Dónde está? - pregunta Jesús.
-Debajo de aquel pórtico, en el regazo de su madre - responde el soldado (ya visto en la Puerta de los Peces).
-Vamos.
Y Jesús acelera más el paso, seguido por los suyos y por un grupo de personas en tropel.
En los escalones que limitan el pórtico, recostada sobre una columna, hay una mujer, destrozada por el dolor, llorando ante su hijito moribundo. El niño presenta un aspecto térreo; tiene los labios violáceos, semiabiertos con el estertor característico de quien ha sufrido un trauma cerebral. En la cabeza una venda apretada, roja de sangre en la nuca y en la frente.

-Tiene abierta la cabeza por delante y por detrás. Se ve el cerebro. A esa edad la cabeza es blanda, y el caballo era grande y lo habían herrado hacía poco - explica Alejandro.

Jesús ha llegado junto a la mujer, la cual ya ni siquiera habla, agonizando como está ante su hijo moribundo. Le pone la mano sobre la cabeza.

-No llores, mujer - dice con toda la delicadeza de que es capaz, o sea, infinita.
-Ten fe. Déjame a tu niño.

La mujer lo mira entontecida. La multitud impreca contra los romanos y se solidariza con el dolor del moribundo y de la madre. Alejandro se encuentra en el contraste de la ira - por las injustas acusaciones - y de la piedad y la esperanza.

Jesús se sienta junto a la mujer, porque ve que ella ya no sabe hacer ningún movimiento. Se inclina. Toma entre sus largas manos la pequeña cabeza herida, se inclina más aún, se comba hacia la cérea carita, sopla suavemente en la boquita estertorosa… Unos instantes. Luego sonríe, de forma casi imperceptible a causa de los mechones de cabellos que le caen hacia adelante. Se endereza. El niño abre los ojitos y hace ademán de sentarse. La madre teme que sea el extremo conato y grita teniéndolo contra el corazón.

-¡Suéltalo, mujer! Niño, ven a mí - dice Jesús (que sigue sentado al lado de la mujer), tendiendo los brazos mientras sonríe. Y el niño se arroja, seguro, a esos brazos, y se echa a llorar (con llanto no de dolor, sino de miedo, del miedo que vuelve con el recuerdo).
-No está el caballo, no está - dice Jesús infundiéndole seguridad - Todo ha pasado. ¿Te sigue doliendo aquí?
-No. Pero tengo miedo, ¡tengo miedo!

-Ya ves, mujer. Es sólo miedo. Ahora se pasa. Traedme agua. La sangre y la venda le impresionan. Dame una de las manzanas que tienes, Juan… Toma, pequeño. Come, está buena…

Traen agua, mejor dicho, es el soldado Alejandro quien la trae en su yelmo. Jesús se dispone a quitar la venda.
Alejandro y la madre dicen:

-¡No! Se está restableciendo… ¡pero la cabeza está abierta!…
Jesús, sonriendo, quita la venda. Una, dos, tres, ocho vueltas. Quita los retazos ensangrentados. La parte derecha de la cabeza, desde la mitad de la frente hasta la nuca, es un coágulo de sangre, todavía blando, entre los delicados cabellos del niño.

Jesús moja una venda y empieza a lavar.

-Pero debajo está la herida… Si quitas el coágulo, volverá a sangrar - insiste Alejandro.

La madre se tapa los ojos para no ver.
Jesús lava, lava, lava… el coágulo se disuelve… los cabellos quedan limpios: están húmedos, pero debajo no hay herida. La frente está también sana. Sólo tiene una pequeña señal roja donde había empezado a cicatrizar.

La gente grita de estupor. La mujer tiene el valor de mirar, y una vez que ha visto ya no se contiene: se derrumba enteramente encima de Jesús y lo abraza junto con el niño, y llora. Jesús soporta esa efusión y esa lluvia de lágrimas.

-Yo te doy las gracias, Jesús -dice Alejandro - Me adoloraba el haber matado a este inocente.

-Has tenido bondad y confianza. Adiós, Alejandro. Ve a continuar tu servicio.

Alejandro está para marcharse ya cuando llegan, como ciclones, sacerdotes y oficiales del Templo.

-¡El Sumo Sacerdote te intima, por medio de nosotros, que salgas del Templo; Tú y el pagano profanador; enseguida!

¡Habéis turbado el ofrecimiento del incienso! ¡Este ha penetrado en un lugar que es de Israel! ¡No es la primera vez que, por causa tuya, el Templo se revoluciona! ¡El Sumo Sacerdote y con él los Ancianos de turno te ordenan que no vuelvas a poner pie aquí dentro! ¡Vete y quédate con tus paganos!

-No somos perros tampoco nosotros. Él lo dice: "Hay sólo un Dios, -Creador de los judíos y de los romanos". Si ésta es su Casa y Él me ha creado a mí, podré entrar en ella también yo» responde Alejandro, ofendido por el desprecio con que los sacerdotes dicen "paganos".

-Calla, Alejandro. Yo hablo - interviene Jesús, que después de haber besado al pequeño se lo ha devuelto a su madre, y se ha puesto en pie -. Dice al grupo que ha venido a echarlo:

-Nadie puede prohibir a un fiel, a un verdadero israelita del que ninguno puede probar que sea culpable de pecado, orar en el Santo.

-Pero explicar en el Templo la Ley, sí. Te has tomado este derecho sin tenerlo y sin pedirlo. ¡Pero bueno! ¿Quién eres Tú?

¿Cómo usurpas un nombre y un puesto que no te pertenecen?
Jesús los mira con unos ojos que… Luego dice:
-Judas de Keriot, pasa aquí.

A Judas no parece entusiasmarle la propuesta. Había tratado de eclipsarse apenas llegados los sacerdotes y los oficiales del Templo (que no llevan uniforme militar: debe ser un cargo civil), pero tiene que obedecer porque Pedro y Judas de Alfeo lo empujan hacia delante.
-Judas, responde. Y vosotros miradlo. Lo conocéis. Es del Templo. ¿Lo conocéis?

Deben responder: «Sí».

-Judas, ¿qué te mandé hacer la primera vez que hablé aquí? Y ¿de qué te asombraste tú? Y Yo, ¿qué te dije como
respuesta a tu asombro? Habla. Sé franco.

-Me dijo: "Llama al oficial de turno para que pueda pedirle permiso para instruir". Y dio su nombre y acreditó su condición y su tribu… y yo me asombré como quien presencia una inútil formalidad dado que Él se dice el Mesías. Y me explicó:

"Es necesario, y cuando llegue el momento acuérdate de que no falté de respeto ni al Templo ni a sus oficiales". Sí. Así dijo.
Verdaderamente debo decirlo.

Judas al principio hablaba un poco inseguro, como si se sintiera molesto Pero luego, con uno de esos cambios bruscos típicos suyos, ha superado la inseguridad hasta mostrarse incluso casi arrogante.
-Me sorprende que lo defiendas. Has traicionado nuestra confianza en ti - dice un sacerdote a Judas en tono de reprensión.

-No he traicionado a nadie. ¿Cuántos entre vosotros son del Bautista! Y, ¿son traidores por eso? Pues yo soy de Cristo.

-Bien, de acuerdo; pues Éste no debe hablar aquí. Que venga como un fiel, que ya es incluso demasiado para uno que es amigo de paganos, meretrices, publicanos…
-Respondedme a mí ahora - dice Jesús, severo pero tranquilo: ¿Quiénes son los Ancianos de turno?
-Doras y Félix, judíos. Joaquín de Cafarnaúm y José, itureo.

-Ya. Vamos. Como respuesta, decid a los tres acusadores - puesto que el itureo no ha podido acusar - que el Templo no es todo Israel e Israel no es todo el mundo, y que la baba de los reptiles, a pesar de ser mucha y venenosísima, no sumergerá la Voz de Dios, ni su, veneno paralizará mi caminar entre los hombres mientras no llegue la hora. Y después… ¡oh!, decidles que después los hombres harán justicia de los verdugos y exaltarán a la Víctima haciendo de Ella su único amor. Id. Y nosotros, vámonos.
Y Jesús se cubre con su amplio manto oscuro y sale en medio de los suyos.

Detrás de todos viene Alejandro, que se había quedado durante la disputa. Una vez fuera del recinto, al pie de la Torre Antonia, dice:

-Me despido de ti, Maestro. Y te pido perdón por haberte sido causa de censura.

-¡Oh, no te aflijas por ello! Buscaban el pretexto y lo han encontrado. Si no hubieras sido tú, hubiera sido otro…

Vosotros, en Roma, celebráis juegos en el Circo, con fieras y serpientes, ¿no es cierto? Pues bien, te digo que ninguna fiera es más feroz y más falsa que un hombre que quiere matar a otro hombre.

-Y yo te digo que al servicio de César he recorrido todas las regiones de Roma, pero no he encontrado nunca, entre los miles de personas con que me he topado, una más divina que Tú. ¡No, ni siquiera nuestros dioses son divinos como Tú lo eres!

Son vindicativos, crueles, pendencieros, mentirosos… Tú eres bueno. Tú eres verdaderamente un Hombre no hombre. Salud, Maestro.

-Adiós, Alejandro. Prosigue en la Luz.

Todo termina

114- En el convite de José de Arimatea. Encuentro con Gamaliel y Nicodemo

Arimatea es todavía montañosa.
No sé por qué me la imaginaba llana. En realidad está entre montes que van decreciendo hacia el llano fértil que en ciertas vueltas del camino aparece a occidente, para difuminarse en el horizonte, en esta mañana de Noviembre, en medio de una niebla baja que parece una extensión de agua sin límite.

Jesús está con Simón y Tomás. No tiene otros apóstoles consigo. Tengo la impresión de que valora sabiamente los efectos de los tipos de personas con que debe tratar, llevando consigo, según los distintos ambientes, a aquellos que pueden ser aceptados sin crear demasiado contraste en el huésped de que se trate. Estos judíos deben ser más… susceptibles que mujercitas románticas…

Oigo que están hablando de José de Arimatea. Tomás, que quizás lo conoce muy bien, señala las posesiones de éste - vastas y valiosas- que se extienden por la montaña, especialmente por la parte de Jerusalén, siguiendo el camino que desde la capital viene hacia Arimatea y une después este lugar con Joppe. Oigo que hablan de esto, y que Tomás hace un canto también a las tierras que José posee a lo largo de los caminos de la llanura.

-¡Al menos aquí no se trata como animales a los hombres! ¡Oh…. ese Doras! - dice Simón.

Efectivamente, aquí los trabajadores están bien nutridos y bien vestidos, y reflejan ese algo que expresa satisfacción, propio de quien se encuentra a gusto. Los trabajadores saludan respetuosamente: naturalmente ya saben quién es el que va por los campos de Arimatea hacia la casa de su patrón; saben quién es ese Hombre alto y apuesto, y, observándolo, hacen comentarios en voz baja.

En el punto en que ya se ve la casa, hay un servidor de José, que se postra y pregunta:

-¿Eres Tú el Rabí esperado?

-Soy Yo - responde Jesús.
El hombre se despide con profundo respeto y se marcha corriendo para avisar a su patrón.

Efectivamente, no ha llegado aún Jesús al límite de la casa - circundada completamente por un alto seto de plantas de hoja perenne, que sustituye, en ésta, a la alta pared que tiene la casa de Lázaro, y que la aísla de la calle, pero que no es más que una continuación del jardín que rodea la casa, muy poblado de árboles, y ahora también muy desnudo de hojas -, no ha llegado aún, cuando José de Arimatea, vistiendo amplios indumentos de franjas, le sale al encuentro y se inclina reverentemente con las manos cruzadas sobre el pecho. No es el saludo humilde de quien reconoce en Jesús el Dios hecho Carne y que hace acto de
sumisión postrándose, besando sus pies y la orla de la túnica; no es esto, pero, de todas formas, es un saludo de profundo respeto. Jesús, igualmente, se inclina y da su saludo de paz.

-Entra, Maestro. Me haces feliz aceptando la invitación. No esperaba en ti tanta condescendencia.

-¿Por qué? Voy también a casa de Lázaro y…
-Lázaro es amigo tuyo… yo soy un desconocido.
-Eres un alma que busca la Verdad. La Verdad, por tanto, no te rechaza.

-¿Tú eres la Verdad?
-Yo soy Camino, Vida y Verdad. Quien me ame y me siga tendrá en sí el Camino cierto, la Vida beata, y conocerá a Dios, porque Dios además de ser Amor y Justicia, es Verdad.

-Eres un gran Doctor. Toda palabra tuya espira sabiduría.
Luego se vuelve a Simón:

-Me alegro de que tú también tornes, después de tanta ausencia, a mi casa.
-No he estado ausente por propia voluntad. Tú sabes cuál fue mi suerte y cuántas lágrimas hubo en la vida del pequeño Simón, al que tu padre amaba.

-Lo sé. Y creo que no desconoces que jamás hubo en mi boca pa labra alguna que te pudiera perjudicar.
-Sé todo. Mi fiel servidor me ha dicho que también a ti te debo el que me fueran respetados los bienes. Que Dios te lo pague.

-Yo era algo en el Sanedrín, y lo usé esto para beneficiar, con justicia, a un amigo de casa.
-Muchos eran los amigos de la mía, y muchos eran algo en el Sanedrín; pero, no tenían tu justicia.
-¿Y éste, quién es? Me resulta conocido… pero no sé dónde…

-Soy Tomás, llamado Dídimo…
-¡Ah, eso es! ¿Vive aún tu anciano padre?
-Vive. En sus negocios, con mis hermanos. Yo lo he dejado por el Maestro. Pero él se ha alegrado de ello.
-Es un verdadero israelita, y, puesto que ha creído que Jesús de Nazaret es el Mesías, no puede sino sentirse feliz de que su hijo esté entre sus predilectos.
Están ya en el jardín, junto a la casa.

-No le he dejado a Lázaro que se marchara. Está en la biblioteca leyendo un extracto de las últimas sesiones del Sanedrín. No quería detenerse porque… Sé que ya sabes… Por eso no quería detenerse. Pero he dicho: "No. No es justo que te avergüences de esa manera. En mi casa nadie te afrentará. Quédate. Quien se aísla está solo contra todo un mundo. Y, dado que el mundo es más malo que bueno, al solo se le derriba y pisotea". ¿Es correcto lo que he dicho?

-Es correcto lo que has dicho y has actuado bien - responde Jesús.
-Maestro… hoy va a estar aquí Nicodemo y… Gamaliel. ¿Te molesta?
-¿Por qué iba a sentirme molesto? Reconozco que es un hombre sabio.
-Sí. Deseaba verte y… y quería resistir firme en su posición. Ya sabes… ideas. Dice que él ya ha visto al Mesías y que está esperando el signo que le prometió, llegada la hora de su manifestación. Pero dice también que Tú eres "un hombre de Dios".

No dice "el Hombre". Dice "un hombre de Dios". Sutilezas rabínicas, ¿verdad? ¿No te sientes ofendido por ello, verdad?

Jesús responde:
-Sutilezas. Bien has dicho. Hay que dejarlos… Los mejores podarán por sí mismos todos los inútiles ramojos que los hacen todo fronda y nada fruto; y vendrán a mí.

-He querido referirte sus palabras porque, sin duda, te las repetirá a ti. Es auténtico - hace notar José.
-Virtud rara y que aprecio mucho - responde Jesús.
-Sí. Le he dicho también: "Pero, con el Maestro está Lázaro de Betania". Se lo he dicho porque…, sí, en suma, por causa de su hermana. Pero Gamaliel ha respondido:

"¿Ella está presente? ¿No? ¿Y entonces? Del vestido que no sigue en el fango el barro se desprende. Lázaro se lo ha sacudido de sí, y no me contamina la túnica. Además, juzgo que si a su casa va un hombre de Dios, puedo también tratarlo yo, doctor de la Ley".

-Gamaliel juzga bien. Fariseo y doctor hasta la médula, pero todavía honesto y justo.

-Me alegra oírtelo decir. Maestro, mira, Lázaro.
Lázaro se inclina para besar la túnica de Jesús. Se siente dichoso de estar con Él, pero también se ve claramente que, esperando a los convidados, está muy agitado. Me es cierto que el pobre Lázaro, a sus conocidas torturas, conocidas por los hombres por haber sido transmitidas por la historia, ha de añadir ésta - desconocida y no meditada por la mayoría – del sufrimiento moral de ese tremendo aguijón que supone el pensamiento: «¿Qué me dirá éste? ¿Qué piensa de mí? ¿Cómo me considera? ¿Me herirá con palabras o mirada de desprecio?». Aguijón éste que atormenta a todos aquellos que tienen alguna mancha en su familia.

Dentro ya de la riquísima sala donde están dispuestas las mesas no esperan más que a Gamaliel y Nicodemo, porque otros cuatro invitados han llegado ya. Oigo que los presentan con los respectivos nombres de Félix, Juan, Simón y Cornelio.

Se produce un gran alboroto de servidores que acuden a la sala cuando llegan Nicodemo y Gamaliel (el siempre imponente Gamaliel, con su espléndido indumento de nieve hilada, que endosa con majestuosidad de rey). José, con toda premura, se dirige a su encuentro. El saludo entre ambos es de una deferencia pomposa. También Jesús recibe un reverente saludo y se inclina ante el gran rabino, que lo saluda así: «El Señor esté contigo»; a lo que Jesús responde: «Y su paz sea siempre compañera tuya». Lázaro también se inclina reverente, y así los demás.

Gamaliel toma asiento en el centro de la mesa, entre Jesús y José. Al lado de Jesús está Lázaro; al lado de José, Nicodemo. Comienza la comida tras las preces rituales, dirigidas por Gamaliel después de un intercambio de cortesías enteramente oriental entre los tres principales personajes, o sea, Jesús, Gamaliel y José.

Gamaliel es hombre de porte muy digno, pero no es soberbio. Más que hablar, escucha. Se ve que medita cada una de las palabras de Jesús, y frecuentemente lo mira con sus profundos ojos oscuros y severos. Cuando Jesús calla por haberse agotado el tema, es Gamaliel quien, con una oportuna pregunta, reanima las conversaciones. Lázaro en un primer momento se encuentra un poco confuso, pero luego toma ánimos y también habla.

Alusiones directas a la personalidad de Jesús no hay hasta casi terminada la comida. En ese momento se enciende, entre el que se llamaba Félix y Lázaro - al cual luego se une, apoyándole, Nicodemo y, en fin, el que se llamaba Juan -, una discusión acerca de los milagros como prueba a favor o en contra de un individuo. Jesús calla. De vez en cuando sonríe con misteriosa sonrisa, pero calla.

También Gamaliel calla. Tiene un codo apoyado
sobre el recostadero y la mirada intensamente fija en Jesús. Parece como si quisiera descifrar alguna palabra sobrenatural incidida en la piel pálida y lisa del rostro delgado de Jesús, rostro del que parece estar analizando cada una de las fibras. Félix sostiene que la santidad de Juan es innegable, y de esta cierta e indiscutible santidad deduce una consecuencia no favorable a Jesús Nazareno, autor de muchos y conocidos milagros. Dice:

-No es el milagro prueba de santidad, porque no se ve en la vida del profeta Juan, y ninguno en Israel lleva una vida como la suya: ni banquetes, ni amistades, ni comodidades; sí sufrimientos y encarcelaciones por el honor de la Ley; soledad, porque - sí - tiene discípulos, pero ni siquiera con ellos convive, y encuentra culpas incluso en los más honestos, y a todos alcanzan sus invectivas. Mientras que… la verdad es que el Maestro de Nazaret, aquí presente, ha hecho milagros, es cierto, pero veo que aprecia como los demás lo que la vida ofrece, y no rechaza amistades y - perdona si esto te lo dice uno de los Ancianos del Sanedrín - se muestra demasiado dispuesto a dar, en nombre de Dios, perdón y amor a pecadores públicos y anatematizados. No deberías hacerlo, Jesús.

Jesús sonríe y guarda silencio. Lázaro responde por Él:

-Nuestro potente Señor es dueño de dirigir a sus siervos como quiere y a donde quiere. A Moisés le concedió el milagro; a Aarón, su primer pontífice no se lo concedió. ¿Qué decir entonces? ¿Qué conclusión sacas? ¿Más santo el uno que el otro?

-Ciertamente» responde Félix.
-Entonces el más santo es Jesús, que obra milagros.
Félix se encuentra desorientado, pero encuentra un punto donde agarrarse:

-Aarón había recibido ya el pontificado. Era suficiente.
-No, amigo - responde Nicodemo - El pontificado era una misión santa, pero no más que una misión. No siempre y no todos los pontífices de Israel han sido santos; lo cual no quita el que fueran pontífices aunque no fueran santos.
-¡No querrás decir que el Sumo Sacerdote es un hombre privado de gracia!..- exclama Félix.
-Félix… no toquemos el fuego encendido. Yo, tú, Gamaliel, José, Nicodemo, todos, sabemos muchas cosas… - dice el que lleva por nombre Juan.

-¿Pero qué dices?, ¿qué dices? ¡Gamaliel, interven!…». Félix está escandalizado.

-Si es justo, dirá la verdad que no quieres oír - dicen los tres que discuten acaloradamente contra Félix.
José trata de poner paz. Jesús está callado, como también lo están Tomás, el Zelote, y el otro Simón, amigo de José.
Gamaliel parece jugar con las franjas de su vestido, pero está mirando de abajo arriba a Jesús.

-¿No hablas, Gamaliel? - grita Félix.
-Sí. Habla. Habla - dicen los tres.
-Yo digo que las debilidades de la familia se deben mantener celadas» responde Gamaliel.

-¡Eso no es una respuesta! - grita Félix. ¡Parece como si confesaras que existen culpas en casa del Pontífice!

-Es boca que dice verdad - replican los tres.
Gamaliel se pone derecho y se vuelve hacia Jesús:

-Aquí está el Maestro que eclipsa a los más doctos. Que dé su opinión.

-Tú lo deseas. Obedezco. Digo: el hombre es hombre; la misión va más allá del hombre; pero el hombre, investido de una misión, es capaz de cumplirla como superhombre cuando, por vivir una vida santa, tiene a Dios como amigo.

Es Él quien ha dicho: "Tú eres sacerdote según el orden que Yo he dado". ¿Qué está escrito en el Racional:

"Doctrina y Verdad". Esto deberían poseer los pontífices.

A la Doctrina se llega con constante meditación, orientada a conocer al Sapientísimo; a la Verdad, con la fidelidad absoluta al Bien. Quien se amanceba con el Mal entra en la Mentira y pierde Verdad.

-¡Bien! Has respondido como un gran rabino. Yo, Gamaliel, te lo digo. Me superas.

-Que explique entonces éste por qué Aarón no hizo milagros y Moisés sí - dice Félix chillando.

Jesús, interpelado, responde solícito:

-Porque Moisés tenía que imponerse a la masa gris y pesada, e incluso contraria, de los israelitas, y llegar a tener una autoridad moral sobre ellos que fuera capaz de doblegarlos a la voluntad de Dios. El hombre es el eterno salvaje y el eterno niño. Le impresiona lo que escapa a las reglas. Tal es el milagro. Es una luz agitada ante las pupilas oscurecidas, es un sonido producido junto a los oídos tapados: despierta, atrae la atención, hace decir: “Aquí está Dios".

-Lo dices en favor tuyo - replica Félix.

-¿En favor mío? ¿Y qué me añado obrando milagros? ¿Puedo parecer más alto si me meto un filamento de hierba bajo los pies? Así es el milagro, en relación con la santidad.

Hay santos que jamás han obrado milagros. Hay magos y nigromantes que con fuerzas oscuras los realizan, o sea, llevan a cabo cosas sobrehumanas pero que no son santas, siendo ellos demonios. Yo seré Yo, aunque deje de obrar milagros.

-¡Muy bien! ¡Eres grande, Jesús! - aprueba Gamaliel.
-¿Y quién es, según tu parecer, este "grande"? - insta Félix dirigiéndose a Gamaliel.

-El mayor entre los profetas que yo conozco, tanto en sus obras como en sus palabras - responde éste.
-Yo te digo que es el Mesías, Gamaliel. Créelo, tú, que eres sabio y justo - dice José.
-¿Cómo? ¿Tú también, rector de judíos, tú, el Anciano, gloria nuestra, caes en esta idolatría hacia un hombre? Dime quién te prueba que es el Cristo. Yo no lo creeré ni siquiera viéndolo hacer milagros. ¿Y por qué ante nosotros no hace uno?

Díselo tú, tú que lo alabas; díselo tú, que lo defiendes - dice Félix a Gamaliel y a José.

-No lo he invitado para ser juguete de mis amigos, y te ruego que recuerdes que es mi huésped - responde serio José.

Félix se levanta y se marcha, enfadado y grosero.
Se produce un silencio. Jesús se vuelve hacia Gamaliel:
-¿Y tú pides milagros para creer?
-No serán los milagros de un hombre de Dios los que me extraerán el aguijón que llevo en el corazón, de tres preguntas que siempre quedan sin respuesta.

-¿Qué preguntas?
-¿Está vivo el Mesías? ¿Era aquél? ¿Es éste?
-¡Te digo que es Él, Gamaliel! - exclama José - ¿No lo sientes santo, distinto, potente? ¿Sí? ¿Entonces? ¿A qué esperas para creer?

Gamaliel no responde a José. Se dirige a Jesús:
-Una vez - no te sientas molesto, Jesús, si soy tenaz en mis ideas -…una vez, en vida aún del grande y sabio Hil-lel, yo creí, y él conmigo, que el Mesías estaba en Israel. ¡Gran refulgir de sol divino en aquel frío día de un insistente invierno! Era Pascua… Los hombres temían por las congeladas mieses… Yo dije, después de oír aquellas palabras: "¡Israel está salvado! ¡Desde hoy, copiosidad en los campos y bendiciones en los corazones! El Esperado se ha manifestado con su primer fulgor". Y no me equivoqué. Todos podéis recordar qué recolección hubo ese año embolismal, de trece meses, que en éste se repite…

-¿Qué palabras oíste? ¿Quién las pronunció?
-Uno… poco más que un niño… pero Dios resplandecía en su rostro inocente y delicado… Hace diecinueve años que lo pienso y lo recuerdo… y busco volver a oír esa voz… que pronunciaba palabras de sabiduría… ¿Dónde estará? Yo pienso:… "Era Dios. Bajo forma de niño para no aterrorizar al hombre. Y como relámpago que atravesando los firmamentos velozmente aparece a oriente y a poniente, a septentrión y a meridión, Él, el Divino, va de uno a otro lado de la Tierra, vestido de misericordiosa belleza, con voz y rostro de niño y pensamiento divino, para decirles a los hombres: `Yo soy"'. Pienso de esta forma… "¿Cuándo volverá a Israel?… ¿Cuándo?". Y pienso: "Cuando Israel sea altar para su pie de Dios"; y gime el corazón, viendo la abyección de Israel: "Nunca". ¡Oh…, dura respuesta… y verdadera! ¿Puede acaso la Santidad descender en su Mesías estando la abominación entre nosotros?

-Puede hacerlo y lo hace, porque es Misericordia - responde Jesús.
Gamaliel lo mira pensativo y pregunta:
-¿Cuál es tu verdadero Nombre?
Y Jesús se alza, majestuoso, y dice:
-Yo soy quien es. Soy el Pensamiento y la Palabra del Padre. Soy el Mesías del Señor.

-¿Tú?… No lo puedo creer. Grande es tu santidad. Pero aquel Niño en el cual yo creo dijo entonces: "Daré un signo… Estas piedras se estremecerán cuando sea mi hora". Yo espero ese signo para creer ¿Me lo puedes dar Tú para persuadirme de que eres el Esperado?

Los dos - ahora en pie ambos - altos, solemnes - el uno con su amplio vestido de lino cándido, el otro con su vestido sencillo de lana roja oscura; el uno anciano, el otro joven; de ojos dominadores y profundos ambos- se miran fijamente.

Jesús baja el brazo derecho, que había plegado sobre el pecho, y, como si estuviera haciendo un juramento, exclama:
-¿Ese signo quieres? ¡Pues lo tendrás! Repito aquellas lejanas palabras: "Las piedras del Templo del Señor se estremecerán con mis últimas palabras". Espera ese signo, doctor de Israel, hombre justo, y luego cree si quieres ser perdonado y recibir la salvación. ¡Bienaventurado anticipadamente si pudieras creer antes! Pero, no puedes.

Siglos de creencias erradas acerca de una promesa acertada, y cúmulos de orgullo, te hacen baluarte ante la Verdad y ante la Fe.

-Dices bien. Esperaré ese signo. Adiós. El Señor esté contigo.

-Adiós, Gamaliel. Que el Espíritu te ilumine y te guíe.
Todos despiden a Gamaliel, que se va con Nicodemo y con Juan y Simón (miembro del Sanedrín). Se quedan Jesús, José, Lázaro, Tomás, Simón Zelote y Cornelio.
-¡No cede!… Quisiera tenerlo entre tus discípulos. Sería un peso decisivo a tu favor… pero no lo logro - dice José.
-No te aflijas por ello. No hay influencia capaz de salvarme de la tempestad que se está preparando. Pero Gamaliel, si no se pliega a favor, tampoco lo hará contra Cristo. Es de los que esperan…

Todo termina.

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