por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Todos los campos de Galilea están en el festivo trabajo de la vendimia.
Los hombres, encaramados sobre altas escaleras, recogen uva de las pérgolas y de las parras; las mujeres, en cestos, sobre la cabeza, llevan racimos de oro y rubí a donde esperan los pisaúvas. Cantos, risas, bromas corren de loma a loma, de huerto a huerto, junto al olor de mostos y a un gran zumbar de abejas que parecen ebrias de tan veloces y danzarinas como van de los sarmientos aún restantes, aún ricos de racimos, a los cestos y a los tinos donde se pierden los granos, que ellas buscan, en el caldo turbio de los mostos. Los niños – cual faunos, pringados de zumo - trisan como golondrinas corriendo por la hierba, por los patios, por los caminos.
Jesús se dirige hacia un pueblo que está a poca distancia del lago y que, a pesar de ello, es de llanura. Parece un amplio álveo entre dos lejanos sistemas montañosos orientados hacia el Norte. La llanura está bien regada, porque la atraviesa un río -creo que es el Jordán -.
Jesús pasa por la calzada principal. Muchos lo saludan con el grito: « ¡Rabí! ¡Rabí!». Jesús pasa bendiciendo.
Antes de llegar al pueblo hay una rica propiedad, al principio de la cual un matrimonio anciano está esperando al Maestro.
-Entra. Cuando el trabajo cese, todos acudirán aquí para oírte. ¡Cuánta alegría llevas contigo! Emana de ti y se extiende como la savia por los sarmientos, y se transforma en vino de gozo para los corazones. ¿Aquélla es tu Madre? - dice el dueño de la casa.
-Es Ella. Os la he traído porque ahora también forma parte del grupo de mis discípulos; el último recibido, el primero en orden de fidelidad. Es el Apóstol. Me predicó aún antes de que Yo naciera… Madre, ven. Un día - eran los primeros tiempos en que evangelizaba - esta madre fue tan dulce con tu Hijo cansado, que hizo que no llorase tu recuerdo.
-Que el Señor te otorgue su don, mujer piadosa.
-Ya lo poseo porque tengo al Mesías y te tengo a ti.
-Ven. La casa es fresca y la luz que hay en ella es moderada. Podrás descansar. Estarás fatigada.
-Sólo me supone cansancio el odio del mundo. Seguirlo y oírlo…! Ha sido mi deseo desde la más lejana infancia.
-¿Sabías que eras la futura Madre del Mesías?
-¡Oh, no! Sí esperaba vivir tanto como para poder oírlo y servirle; última entre sus evangelizados, pero fiel, ¡fiel!
-Lo oyes y le sirves, y eres la primera. Yo también soy madre y tengo hijos sabios; cuando los oigo hablar, mi corazón salta de orgullo. ¿Qué sientes Tú oyéndolo a El?
-Un delicado éxtasis. Me sumerjo en mi nada, y la Bondad - que es Él mismo - me eleva consigo. Entonces veo con simple mirada la Verdad eterna y Ella se hace carne y sangre de mi espíritu.
-¡Bendito corazón tuyo! Es puro, por ello comprende así al Verbo. Nosotros somos más duros porque estamos llenos de culpas…
-Quisiera dar a todos mi corazón para esto, para que el amor fuera en ellos luz para comprender. Porque, créelo, es el amor - y yo soy su Madre y por tanto en mí es natural el amor - lo que hace fácil toda empresa.
Las dos mujeres siguen hablando, la anciana junto a la muy joven, siempre muy joven Madre de mi Señor; mientras,
Jesús habla con el dueño de la casa, junto a los tinos, donde grupos y más grupos de vendimiadores vuelcan racimos y más racimos. Los apóstoles, sentados a la sombra de una pérgola de jazmines, saborean con buen apetito uva y pan. Ya declina el día y el trabajo cesa lentamente. Todos los colonos están ya en el amplio patio rústico, donde hay un
fuerte olor de uvas pisadas. De casas cercanas vienen también otros campesinos.
Jesús sube por una pequeña escalera que da a un ala: una galería de arcos bajo la cual se conservan sacos de productos agrícolas y herramientas. ¡Cómo sonríe Jesús subiendo esos pocos peldaños! Lo veo sonreír entre el ondear de sus esponjosos cabellos agitados por una brisa vespertina. Y quisiera saber por qué sonríe de forma tan luminosa. La alegría de esta sonrisa entra en mi corazón, muy triste hoy, como ese vino de que hablaba el dueño de la casa, confortándolo. Se vuelve. Se sienta en el último peldaño, en el punto más alto de la escalera, que se transforma en una tribuna para los más afortunados oyentes, es decir, para los dueños de la casa, para los apóstoles y para María, la cual, siempre humilde, ni siquiera había tratado de subir a ese puesto de honor, sino que la había conducido a él la señora. Está sentada justamente un peldaño más abajo que Jesús, de manera que su cabeza está a la altura de las rodillas de su Hijo, y estando sentada de lado, Ella lo puede mirar a la cara, con su mirada de paloma enamorada. El delicado perfil de María destaca nítido como en un mármol contra el muro oscuro de la rústica galería.
Más abajo están los apóstoles y los dueños de la casa. En el patio, todos los aldeanos: unos en pie, otros sentados en el suelo, otros encaramados en los lagares o en las higueras que hay en los cuatro ángulos del patio.
Jesús habla lentamente, hundiendo la mano en un amplio saco de trigo colocado detrás de las espaldas de María; parece como si estuviera jugando con esos granos o los estuviera acariciando con gusto, mientras con la derecha gesticula sosegadamente.
-Me han dicho: "Ven, Jesús, a bendecir el trabajo del hombre". Heme aquí. En nombre de Dios lo bendigo. Efectivamente, todo trabajo, si es honesto, merece bendición por parte del Señor eterno. Pero he dicho esto: la primera condición para obtener de Dios bendición es ser honestos en todas las acciones.
Veamos juntos cuándo y cómo las acciones son honestas. Lo son cuando se cumplen teniendo presente en el espíritu al eterno Dios. ¿Puede acaso pecar uno que diga: "Dios me está mirando. Dios tiene sus ojos puestos en mí, y no pierde ni un detalle de mis acciones"? No. No puede. Porque pensar en Dios es un pensamiento saludable y le impide al hombre pecar más que cualquier amenaza humana.
¿Pero al eterno Dios se le debe sólo temer? No. Escuchad. Os fue dicho: "Teme al Señor tu Dios". Y los Patriarcas temblaron, y temblaron los Profetas cuando el Rostro de Dios, o un ángel del Señor, se apareció a sus espíritus justos. Y ciertamente es verdad que en tiempo de cólera divina la aparición de lo sobrenatural debe hacer temblar el corazón. ¿Quién, aun siendo puro como un párvulo, no tiembla ante el Poderoso, ante cuyo fulgor eterno están en actitud de adoración los ángeles, rostro en tierra en el aleluya paradisíaco? Dios atenúa con un piadoso velo el insostenible fulgor de unángel, para concederle al ojo humano poder mirarlo sin que se le queden abrasadas pupila y mente. ¿Qué será entonces ver a Dios?
Pero esto es así mientras dura la ira. Cuando ésta queda sustituida por la paz y el Dios de Israel dice: "He jurado y mantengo mi pacto. He ahí a quien envío, y soy Yo, aun no siendo Yo sino mi Palabra que se hace Carne para ser Redención", entonces el amor debe -suceder al temor, y sólo amor debe dársele al eterno Dios, con alegría, porque el tiempo de paz ha llegado para la Tierra; la paz ha llegado entre Dios y el hombre. Cuando los primeros vientos de la primavera esparcen el polen de la flor de la vid, el agricultor debe temer aún, dado que la intemperie y los insectos pueden tenderle al fruto muchas insidias, mas cuando llega la feliz hora de la vendimia, ¡ah!, entonces cesa todo temor y el corazón se regocija por la certeza de la cosecha.
E1 Vástago de la estirpe de Jesé, habiendo sido previamente anunciado por las palabras de los Profetas, ha venido; ahora está entre vosotros. Él es Racimo óptimo que os trae el zumo de la Sabiduría eterna y no pide sino ser cogido y exprimido y ser así Vino para los hombres. Él es Vino de alegría sin fin para aquellos que se nutran con Él. Pero, ¡ay de aquellos que habiendo tenido a su alcance este Vino lo hayan rechazado, y tres veces desdichados aquellos que después de haberse nutrido con Él lo hayan rechazado o mezclado en su interior con la comida de Satanás!
Y así vuelvo al primer concepto. La primera condición para obtener la bendición de Dios, tanto en las obras del espíritu como en las del hombre, es la honestidad de propósitos.
Honesto es el que dice: "Sigo la Ley, no para obtener de ella alabanza por parte de los hombres, sino por fidelidad a Dios". Honesto es aquel que dice: "Sigo a Cristo, no por los milagros que hace, sino por los consejos que me da de vida eterna".
Honesto es quien dice: "Trabajo, no por ávido lucro, sino porque también el trabajo ha sido puesto por Dios como medio de santificación por su valor formativo, mortificante, preservativo, elevante; trabajo para poder ayudar a mi prójimo; trabajo para poder hacer resplandecer los prodigios de Dios, que de un granito minúsculo hace una macolla de espigas, de una semilla de uva hace una gran cepa, de la semilla de un fruto hace un árbol, y de mí, hombre, pobre nada, sacado de la nada por voluntad suya, hace un ayudante suyo en la obra infatigable de perpetuar los cereales, vides y árboles frutales, como en la de poblar la Tierra de hombres".
Hay personas que trabajan como acémilas, pero sin otra religión aparte de la de aumentar sus riquezas. ¿Que muere de aprietos y cansancio delante de él el compañero que ha sido menos favorecido por la suerte? ¿Que se mueren de hambre los hijos de este miserable? ¿Y qué le importa al ávido acumulador de riquezas? Hay otros todavía más duros, que no trabajan pero obligan a trabajar, y atesoran con el sudor ajeno. Y hay otros que dilapidan lo que avaramente arrebatan al esfuerzo ajeno. En verdad, en éstos el trabajo no es honesto. Y no digáis: "Y a pesar de todo Dios los protege". No. No los protege. Hoy gozarán de una hora de triunfo, pero no pasará mucho tiempo sin que los alcance la severidad divina, que, en el tiempo o en la eternidad, les recordará este precepto: "Yo soy el Señor tu Dios, ámame sobre todas las cosas y ama a tu prójimo como a ti mismo'". ¡Oh, entonces, verdaderamente, si esas palabras resuenan eternamente, serán más tremendas que los rayos del Sinaí!
Muchas, demasiadas son las palabras que se os dicen. Yo os digo sólo éstas: “Amad a Dios. Amad al prójimo". Son como el trabajo que hace fecundo al sarmiento, realizado con la vid en primavera. El amor a Dios y al prójimo es como la grada que limpia el suelo de las hierbas nocivas del egoísmo y de las malas pasiones; es como la azada que excava un círculo en torno a la cepa para que quede aislada del contagio de hierbas parásitas y nutrida con frescas aguas de riego; es como cizalla que elimina lo superfluo para condensar la energía y dirigirla hacia donde dará fruto; es lazo que aprieta y sostiene junto al robusto palo; es, finalmente, sol que madura los frutos de la buena voluntad haciendo de ellos frutos de vida eterna.
Exultáis ahora porque el año ha sido bueno, ricas las mieses y óptima la vendimia. Pero en verdad os digo que este júbilo vuestro es menos que un diminuto granito de arena en relación con el júbilo sin medida que será vuestro cuando el eterno Padre os diga: "Venid, fecundos sarmientos míos injertados en la verdadera Vid. Vosotros os prestasteis a toda operación, aunque fuera penosa, con tal de dar abundante fruto, y ahora venís a mí cuajados de los zumos dulces del amor a mí y al prójimo. Floreced en mis jardines durante toda la eternidad". Tended a este eterno goce. Perseguid con fidelidad este bien.
Agradecidos, bendecid al Eterno, que os ayuda a alcanzarlo. Bendecidlo por la gracia de su Palabra, bendecidlo por la gracia de la buena cosecha. Amad con gratitud al Señor y no tengáis miedo. Dios da el ciento por uno a quien le ama.
Jesús habría terminado, pero todos gritan:
-¡Bendícenos, bendícenos! ¡Danos tu bendición!
Jesús se levanta, extiende los brazos y dice con voz de trueno:
-Que el Señor os bendiga y guarde, os muestre su faz y tenga piedad de vosotros. Que el Señor vuelva hacia vosotros su rostro y os dé su paz. Que el nombre del Señor esté en vuestros corazones, en vuestras casas y en vuestros campos.
La multitud, la pequeña multitud reunida, prorrumpe en un griterío de alegría y de aclamaciones al Mesías, mas luego calla y se abre para dejar pasar a una madre que lleva en brazos a un niño paralítico de unos diez años. Ella lo coloca echado a los pies de la escalera, como si se lo ofreciera a Jesús.
-Es una criada mía. Su hijo varón se cayó el año pasado desde la terraza y se partió la columna. Toda la vida tendrá que yacer sobre la espalda - explica el dueño de la casa.
.Ha esperado en ti todos estos meses… - añade la dueña.
-Dile que se acerque.
Pero la pobre mujer está tan emocionada, que parece como si tuviera ella la parálisis. Tiembla toda y se le enredan los pies en el largo vestido al subir los altos escalones con su hijo en brazos.
María, piadosa, se pone en pie y baja hacia ella.
-Ven. No temas. Mi Hijo te quiere. Dame a tu niño. Así podrás subir mejor. Ven, hija. Yo también soy madre - y le coge el niño, al cual sonríe dulcemente. Y sube con el peso de esta conmovedora carga sobre sus brazos. La madre del niño la sigue, llorando.
Ya está María ante Jesús. Se arrodilla y dice:
-¡Hijo! ¡Por esta madre!
No dice nada más.
Jesús ni siquiera solicita su consabido "¿qué deseas que te haga? ¿Crees que puedo hacerlo?". No. Hoy sonríe y dice:
-Mujer, ven aquí.
La mujer se coloca justo junto a María. Jesús le pone una mano sobre la cabeza y se limita a decir: «Alégrate». Aún no ha terminado de decir esta palabra y el niño, que hasta ahora había estado extendido como un cuerpo muerto, colgándole las piernas en brazos de María, se sienta como impulsado por un resorte y prorrumpe en un grito de alegría « ¡Mamá!», y corre a refugiarse en el pecho materno. Los gritos de hosanna parece como si quisieran penetrar en el cielo completamente rojo del atardecer.
La mujer, con su hijo apretado contra el corazón, no sabiendo qué decir, lo pregunta:
-¿Qué… qué tengo que hacer para decirte que soy feliz?
A lo que Jesús, que sigue acariciándola, contesta:
-Ser buena, amar a Dios y a tu prójimo, educar en este amor a tu hijo.
Pero la mujer no se muestra todavía satisfecha. Quisiera… quisiera… y, por fin, pide:
-Dadle un beso Tú y tu Madre a mi niño.
Jesús se inclina y lo besa, y María también. Y mientras la mujer se marcha feliz, entre las aclamaciones de un cortejo de amigos, Jesús le explica a la dueña de casa:
-No ha hecho falta más. Él estaba en los brazos de mi Madre. Incluso sin mediar palabra alguna lo habría curado, porque Ella se siente feliz cuando puede consolar una aflicción, y Yo deseo hacerla feliz.
Entonces Jesús y María se intercambian una de esas miradas cuyo significado es tan profundo, que sólo quien las ha visto las puede entender.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo a Jesús yendo hacia la casa de Juana de Cusa. Cuando el doméstico portero ve quién es el que llega, da tal grito de júbilo, que toda la casa se revoluciona. Jesús entra sonriente, bendiciendo.
Juana acude desde el jardín todo florido para arrojarse a besar los pies del Maestro. Viene también Cusa, el cual primero se postra y luego besa la orla de la túnica de Jesús.
Cusa es un hombre apuesto, de unos cuarenta años. No muy alto, pero bien proporcionado, cabellos negros que sólo a la altura de las sienes presentan algún que otro hilo de plata, ojos vivos y oscuros, colorido pálido y barba cuadrada, negra, bien cuidada.
Juana es más alta que su marido. De la pasada enfermedad sólo conserva una acentuada delgadez, que, no obstante, ya no es esquelética como entonces. Parece una palma delgada y flexible que termina en una linda y pequeña cabeza de profundos ojos negros, dulcísimos. Tiene una cabellera negra-corvina graciosamente peinada. La frente, lisa y alta, parece aún más blanca bajo ese negro puro, y la pequeña boca, bien dibujada, destaca, con su rojo sano, entre los carrillos de delicada palidez (como la de los pétalos de ciertas camelias). Es una mujer guapísima… Y es ella la que da la bolsa a Longinos en el Calvario. En aquel momento llora, deshecha y completamente velada; aquí sonríe y lleva la cabeza descubierta.
Pero es ella. -¿A qué debo el gozo de tenerte como huésped? - pregunta Cusa.
-A la necesidad que tengo de hacer un alto en el camino y esperar a mi Madre. Vengo de Nazaret… y debo llevar conmigo a mi Madre durante un tiempo. Iré con Ella a Cafarnaúm.
-¿Por qué no te quedas en mi casa? No soy digna de ello, pero… - dice Juana.
-Bien digna de ello eres. Solo que con mi Madre está su cuñada, que se ha quedado viuda hace pocos días.
-La casa es suficientemente grande como para hospedar a más de uno, y Tú me has proporcionado tanta alegría, que ningún punto de ella te está vedado. Ordena, Señor, Tú que has alejado la muerte de esta morada y le has devuelto mi rosa florecida y floreciente - dice Cusa apoyando el deseo de su mujer, a la que debe querer mucho (lo comprendo por el modo en que la mira).
-No ordeno, pero sí acepto. Mi Madre está cansada y ha sufrido mucho en estos últimos tiempos. Teme por mí y deseo mostrarle que hay quien me estima.
-¡Tráela aquí, entonces! Le daré mi amor de hija y sierva - exclama Juana.
Jesús da el beneplácito.
Cusa sale a dar enseguida las órdenes oportunas. Mientras tanto la visión se desdobla: dejando a Jesús en el espléndido jardín de Cusa, hablando con él y con su mujer, yo sigo y veo la llegada del carro, cómodo y veloz, con que Jonatán ha ido a recoger a María a Nazaret.
Naturalmente, la ciudad se revoluciona por este hecho, y, cuando María y su cuñada, obsequiadas por Jonatán como dos reinas, suben al carro, después de confiarle a Alfeo de Sara las llaves de casa, el alboroto crece. El carro se pone en marcha, mientras Alfeo se venga del acto vil cometido con Jesús en la sinagoga, diciendo:
-¡Los samaritanos son mejores que nosotros! ¿Veis cómo uno de Herodes venera a su Madre?… ¡Y nosotros…! ¡Me avergüenzo de ser nazareno!
Se produce un verdadero tumulto entre los dos partidos. Hay quien se separa del partido adverso para acercarse a Alfeo y preguntar mil cosas.
-¡Pues claro! - responde Alfeo - Huéspedes de la casa del Procurador. Habéis oído que ha dicho su intendente: "Mi señor te suplica que honres su casa". Honrar, ¿comprendéis? Y se trata del rico y poderoso Cusa, y su mujer es una princesa real. ¡Honrar! Y nosotros, o sea, vosotros, le habéis tirado piedras. ¡Qué vergüenza!
Los nazarenos no replican y Alfeo gana coraje.
-¡Ya de por sí teniéndolo a Él se tiene todo!, no hace falta apoyo de hombre. Pero, ¿os parece inútil tener como amigo a Cusa? ¿Os parece apropiado que nos desprecie? ¿Sabéis que es el Procurador del Tetrarca? ¡Nada!, ¿eh? ¡Sed, sed samaritanos con el Cristo! Os atraeréis el odio de los grandes. Y entonces… ¡ah…, entonces ahí os quiero ver, sin ayuda del Cielo y sin ayuda de la tierra! ¡Necios! ¡Malos! ¡Incrédulos!». La granizada de improperios y reproches continúa, mientras los nazarenos se marchan cabizbajos como perros apaleados. Alfeo se queda solo como un arcángel vengador a la entrada de la casa de María…
…Ya es francamente de noche cuando, por la espléndida calle que costea el lago, llega, tirado por fuertes caballos al trote, el carro de Jonatán. Los criados de Cusa, que estaban de centinelas a la puerta, dan la señal y acuden con lámparas, aumentando la tenue claridad que esparce la Luna.
Juana y Cusa vienen. También Jesús aparece sonriente, y, detrás de Él, el grupo apostólico. Cuando María baja, Juana se prosterna y saluda:
-Gloria a la Flor de la estirpe real. Gloria y bendición a la Madre del Verbo -Salvador.
Cusa se postra como no lo podría hacer ni siquiera ante Herodes, y dice:
-Bendita sea esta hora que a mí te conduce. Bendita Tú, Madre de Jesús.
María responde, delicada y humilde:
-Bendito nuestro Salvador, y benditos los buenos que aman a mi Hijo.
Entran todos en la casa, acogidos con los más vivos signos de deferencia.
Juana tiene cogida la mano de María y le sonríe diciendo:
-Me permitirás que te sirva, ¿no es verdad?
-No a mí. A Él, sírvele siempre a Él y ámalo y me habrás dado ya todo. El mundo no lo ama… Éste es mi dolor.
-Lo sé. ¿Por qué este desamor de una parte del mundo, mientras que otros darían la vida por Él.
-Porque Él es el signo de contradicción para muchos. Porque Él es el fuego que depura el metal. El oro se purifica, las escorias caen al fondo y se tiran. Se me dijo esto desde su más tierna edad… Y día a día la profecía se cumple…
-No llores, María. Nosotros lo amaremos y lo defenderemos -dice Juana con tono consolador.
Y, sin embargo, María sigue llorando silenciosamente, vista sólo por Juana, en el rincón semioscuro donde están sentadas.
Todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo una amplia sala cuadrada. Digo sala, a pesar de que comprendo que se trata de la sinagoga de Nazaret - como me dice el íntimo consejero -, porque no hay sino paredes desnudas pintadas de un amarillo pajizo y en una parte una especie de cátedra. Hay también un alto ambón que tiene encima unos rollos. Ambón, estante… Es, en definitiva, una especie de plano inclinado sujeto por un pie; sobre él están alineados unos rollos.
Hay gente orando. No como rezamos nosotros, sino vueltos todo hacia un lado con las manos separadas: más o menos como el sacerdote en el altar.
Hay lámparas dispuestas así sobre la cátedra y el ambón:
No veo la finalidad de estar contemplando esto, que no cambia y que me queda fijo así por un tiempo, pero Jesús me dice que escriba lo que veo, y yo lo hago. Me encuentro de nuevo en la sinagoga de Nazaret. Ahora el rabino está leyendo. Oigo la cantinela de voz nasal, pero no
entiendo las palabras, pues las pronuncian en una lengua que yo no sé.
Entre la gente está también Jesús con sus primos apóstoles y con otros (también parientes, sin duda, pero no sé quiénes son).
Después de la lectura el rabino dirige la mirada, en actitud de muda expectativa, hacia la multitud.
Jesús pasa adelante y solicita encargarse hoy de la reunión de la asamblea.
Oigo su hermosa voz, que lee el paso de Isaías citado por el Evangelio:
-El espíritu del Señor está sobre mí…
Y oigo el comentario que hace al respecto, diciendo de sí mismo que es «el portador de la Buena Nueva, de la ley del amor, que pone misericordia donde antes había rigor; por la cual todos aquellos que, por la culpa de Adán, padecen enfermedad en el espíritu, y, como reflejo, en la carne - porque el pecado siempre suscita el vicio y el vicio enfermedad incluso física - obtendrán la salud; por la cual todos los prisioneros del Espíritu del mal obtendrán la liberación. Yo he venido - dice - a romper estas cadenas, a abrir de nuevo el camino de los Cielos, a proporcionar luz a las almas que han sido cegadas, oído a las sordas.
Ha llegado el tiempo de la Gracia del Señor. Ella está entre vosotros. Ella es esta que os habla. Los Patriarcas desearon ver este día, cuya existencia ha sido proclamada por la voz del Altísimo y cuyo tiempo predijeron los Profetas, y ya, llevada a ellos por ministerio sobrenatural, saben que el alba de este día ha roto, y su entrada en el Paraíso está ya cercana, exultando por ello en sus espíritus; santos a quienes no falta sino mi bendición para ser ciudadanos del Cielo. Vosotros lo estáis viendo. Venid hacia la Luz que ha surgido.
Despojaos de vuestras pasiones para resultar ágiles en el seguir a Cristo. Tened la buena voluntad de creer, de mejorar, de desear la salud, y la salud os será dada; la tengo en mi mano, pero sólo se la doy a quien tiene buena voluntad de poseerla, porque sería una ofensa a la Gracia el darla a quien quiere continuar sirviendo a Satanás.
El murmullo se desata en la sinagoga.
Jesús mira en torno a sí. Lee los rostros y el interior de los corazones y prosigue:
-Comprendo lo que estáis pensando. Vosotros, dado que soy de Nazaret, querríais un favor de privilegio; mas esto por vuestro egoísmo, no por potencia de fe. Así que os digo que, en verdad, a ningún profeta se le recibe bien en su patria. Otros lugares me han acogido, y me acogerán, con mayor fe, incluso aquellos cuyo nombre es motivo de escándalo entre vosotros. Allí cosecharé mis seguidores, mientras que en esta tierra no podré hacer nada, porque se me presenta cerrada y hostil. Os recuerdo a Elías y Eliseo. El primero halló fe en una mujer fenicia; el segundo, en un sirio: en favor de aquélla y de éste pudieron realizar el milagro. Los de Israel que estaban muriéndose de hambre y los leprosos de Israel no obtuvieron pan o curación, porque su corazón no tenía la buena voluntad, perla fina que el profeta, de haber existido, hubiera visto. Lo mismo os sucederá a vosotros, hostiles e incrédulos ante la Palabra de Dios.
La multitud se alborota e impreca, e intenta ponerle la mano encima a Jesús, pero los apóstoles-primos (Judas, Santiago y Simón) lo defienden, y entonces los enfurecidos nazarenos lo echan fuera de la ciudad. Van detrás con amenazas - no solamente verbales - hasta el comienzo del monte. Pero Jesús se vuelve y los inmoviliza con su mirada magnética, y pasa incólume entre ellos. Desaparece luego, camino arriba, por un sendero.
Veo un pequeño, pequeñísimo, grupo de casas, un puñado de casas. Hoy lo llamaríamos anejo rural. Está más alta que Nazaret, la cual se ve más abajo. Dista de ésta pocos kilómetros. Es un caserío misérrimo.
Jesús, sentado encima de una pequeña tapia, junto a una casucha, habla con María. Quizás es una casa amiga, o por lo menos de gente hospitalaria, según las leyes de la hospitalidad oriental. Jesús se ha refugiado en ella después de haber sido echado de Nazaret, para esperar a los apóstoles que se habían dispersado por la zona mientras estaba con su Madre.
Con Él sólo se encuentran los tres apóstoles-primos, que están recogidos dentro de la cocina y hablan con una mujer anciana a la que Tadeo llama madre. Por ello comprendo que se trata de María de Cleofás. Es una mujer más bien anciana, y la reconozco como la que estaba con María en las bodas de Caná. Claro es que María de Cleofás y sus hijos se han retirado para que Jesús y su Madre puedan hablar libremente.
María está afligida. Ha venido a saber lo de la sinagoga y está triste. Jesús la consuela. María le suplica a su Hijo que se mantenga lejos de Nazaret, donde todos están mal predispuestos hacia Él, incluyendo a los otros familiares que lo consideran un loco que está deseando suscitar rencores y disputas. Pero Jesús hace un gesto sonriendo; parece como si dijera: "¿Por esta pequeñez? ¡Olvídate de ello!". Pero María insiste.
Entonces Él responde:
-Mamá, si el Hijo del Hombre hubiera de ir únicamente a donde lo aman, tendría que retirar su paso de esta tierra y volverse al Cielo. Tengo en todas partes enemigos, porque se odia la Verdad, y Yo soy la Verdad. Pero no he venido para encontrar un amor fácil. He venido para hacer la voluntad del Padre y redimir al hombre. El amor eres tú, Mamá, mi amor, el que me compensa todo. Tú y este pequeño rebaño que todos los días se va acrecentando con alguna oveja que arranco a los lobos de las pasiones y llevo al redil de Dios. Lo demás es el deber. He venido para cumplir este deber y debo cumplirlo, si es preciso estampándome contra las piedras de los corazones que oponen firme resistencia al bien. Es más, sólo cuando caiga, bañando de sangre esos corazones, los ablandaré estampando en ellos el Signo mío, que anula el del Enemigo. Mamá, he bajado del Cielo para esto. No puedo sino desear cumplir esto.
-¡Oh! ¡Hijo! ¡Hijo mío!- María habla con voz acongojada.
Jesús la acaricia. Noto que María lleva en la cabeza, además del velo, el manto; más velada que nunca, como una sacerdotisa.
-Me ausentaré durante un tiempo por darte gusto. Cuando esté cerca, mandaré a alguien a avisarte.
-Manda a Juan. Viñedo a Juan me parece verte un poco a Ti. Su madre se prodiga en atenciones hacia mí y hacia Ti. Es verdad que espera un lugar privilegiado para sus hijos. Es mujer y madre, Jesús. Hay que comprenderla. Te hablará también a ti de ellos. No obstante, te es sinceramente devota. Cuando quede liberada de la humanidad - que fermenta tanto en ella como en sus hijos, como en los demás, como en todos -, Hijo mío, será grande en la fe. Es doloroso que todos esperen de ti un bien humano, un bien que, aunque no sea humano, es egoísta. Pero es que el pecado está en ellos con su concupiscencia. Aún la hora
bendita, y tan temida a pesar de que el amor a Dios y al hombre me la hagan desear, no ha llegado. Hora en que Tú anularás el Pecado. ¡Oh! ¡Esa hora! ¿Cómo tiembla el corazón de tu Madre por esa hora! ¿Qué te harán, Hijo, Hijo Redentor, de quien los Profetas refieren tanto martirio?
-No pienses en ello, Mamá. Te lo digo una vez más. Dios te ayudará en esa hora. Dios nos ayudará a ti y a mí. Después, la paz. Ahora ve, que cae la tarde y el camino es largo. Yo te bendigo.
Dice Jesús:
-Pequeño Juan, mucho trabajo hoy. Pero es que llevamos un día de retraso y no se puede ir despacio. Te he dado la fuerza para esto, hoy.
Te he concedido las cuatro contemplaciones para poderte hablar acerca de los dolores de María y míos, preparatorios de la Pasión. Debería haberte hablado de ellos ayer, sábado, día dedicado a mi Madre, pero he sentido piedad. Hoy se recupera el tiempo perdido. Después de los dolores que te he dado a conocer, María ha tenido también éstos; y Yo con Ella.
Mi mirada había leído el interior del corazón de Judas Iscariote. Nadie debe pensar que la Sabiduría de Dios no haya sido capaz de comprender ese corazón. Mas, como le dije a mi Madre, él era necesario. ¡Ay de él por haber sido el traidor! Pero un traidor era necesario. Hombre con doblez, astuto, codicioso, lujurioso, ladrón, más inteligente y culto que la generalidad, había sabido imponerse a todos. Audaz, me allanaba el camino, aun siendo un camino difícil. Le gustaba, sobre todo, destacar y poner de relieve su puesto de confianza conmigo. No era servicial por instinto de caridad, sino solamente porque era uno de esos que vosotros diríais que está siempre en un "activismo". Ello le permitía también tener la bolsa y acercarse a la mujer; dos cosas que, junto con la tercera (los cargos humanos), deseaba desmedidamente. La Pura, la Humilde, la Desasida de las riquezas terrenas no podía no sentir repugnancia por esa serpiente. También Yo lo sentía. Y Yo sólo y el Padre y el Espíritu sabemos qué vencimientos de mí mismo debí poner para poder soportarlo cerca. Pero esto te lo explicaré en otro momento.
No ignoraba Yo tampoco la hostilidad de los sacerdotes, fariseos, escribas y saduceos. Eran zorros astutos que trataban de empujarme hacia su guarida para despedazarme. Tenían hambre de mi sangre, y trataban de colocarme trampas por todas partes para capturarme, para tener un motivo de acusación, para quitarme de enmedio. Durante tres años fue larga la insidia, y ésta no se aplacó sino cuando me supieron muerto. Esa noche durmieron felices. La voz de su acusador se había extinguido para siempre. Eso creían. No. Todavía no se ha apagado. Jamás se apagará; truena, truena y maldice a quienes ahora son como ellos.
¡Cuánto dolor sufrió mi Madre por su culpa! Y Yo no olvido ese dolor.
Que la multitud fuera voluble, no era una cosa nueva. Es la fiera que lame la mano del domador si está armada de azote o si ofrece un pedazo de carne para saciar su hambre. Pero es suficiente que el donador se caiga o que no pueda seguir usando el azote, o que no disponga de otras presas para saciarle el hambre, para que se le abalance y lo despedace. Basta con decir la verdad y ser buenos para ser odiados por la multitud después del primer momento de entusiasmo: a verdad es reproche y admonición, la bondad despoja del azote y hace que los no buenos dejen de sentir miedo; de aquí el "crucifícalo" después de
haber dicho "hosanna". Mi vida de Maestro estuvo colmada de estas dos voces. La última fue "crucifícalo". El "hosanna" fue como el aliento que toma el cantor para tener el respiro suficiente y así poder dar el agudo.
María, en la tarde del Viernes Santo, oyó de nuevo dentro de sí todos los hosannas mentirosos hechos gritos de muerte hacia su querido Hijo, y esto la traspasó. No lo olvido tampoco.
-La humanidad de los apóstoles… ¡cuánta! Llevaba sobre mis brazos verdaderos bloques de piedra que gravitaban hacia el suelo, para alzarlos hacia el Cielo. Incluso los que no se veían a sí mismos como ministros de un rey terreno, como Judas Iscariote, los que no pensaban, como él, en subir - si se prestaba la ocasión - al trono en vez de mí, ellos, sí, ansiaban siempre, a pesar de todo, la gloria. Llegó el día en que incluso mi Juan y su hermano tendieron a esta gloria que os deslumbra como un espejismo hasta en las cosas celestes. No me refiero a una santa aspiración al Paraíso - que deseo que tengáis -, me refiero a un deseo humano de que vuestra santidad sea conocida. No sólo esto; se trata de una avaricia de cambista, de usurero, que hace que, por un poco de amor ofrecido a quien Yo os he dicho que debéis daros con todo vuestro ser, pretendáis un puesto a su derecha en el Cielo.
No, hijos, no. Antes hay que saber beber todo el cáliz que Yo bebí. Todo: con su caridad como respuesta al odio, con su castidad contra las voces del sentido, con su heroicidad en las pruebas, con su holocausto por amor a Dios y a los hermanos. Luego, una vez cumplido todo el propio deber, decir además: "Somos siervos inútiles", y aguardar a que el Padre mío y vuestro os conceda, por su bondad, un puesto en su Reino. Hay que despojarse, como me has visto despojado en el Pretorio, de todo lo humano, quedándose sólo con lo indispensable: el respeto hacia el don de Dios que es la vida, y hacia los hermanos, a los cuales podemos ser más útiles desde el Cielo que en la tierra, y dejar que Dios os imponga la estola inmortal blanqueada en la sangre del Cordero.
Te he mostrado los dolores preparatorios de la Pasión.
Otros te mostraré. Aun no dejando de ser dolores, el contemplarlos ha supuesto un descanso para tu alma. Ya basta. Queda en paz.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Lenta conversión del primo Simón Atardece en medio de un gran arrebol de ocaso que, como un fuego que se va apagando, se vuelve cada vez más oscuro hasta asumir casi un color violeta rubificado. Una coloración espléndida, rara, que pincela, difuminándose lentamente, el occidente, hasta desaparecer en el cobalto oscuro del cielo donde el oriente avanza cada vez más con sus estrellas y con su arco de luna creciente, ya camino de la segunda fase. Los agricultores acuden raudos a sus casas - las bajas casitas de Nazaret -, que muestran ya los hogares encendidos, por los aros de humo que salen de ellas.
Jesús está para entrar en la ciudad y, contrariamente a cuanto desearían los otros, no quiere que ninguno vaya a avisar a su Madre.
-No va a suceder nada. ¿Por qué intranquilizarla antes? - dice.
Ya está entre las casas. Algún saludo, algún cuchicheo a sus espaldas, algún volverse de espaldas maleducado o dar portazos cuando pasa el grupo apostólico.
La gesticulación de Pedro es un verdadero poema, pero también los demás están un poco inquietos. Los hijos de Alfeo parecen dos condenados: caminan con la cabeza baja a ambos lados de Jesús, observando, no obstante, todo; de vez en cuando se miran asustados, o en su mirar manifiestan temor por Jesús. Él, como si no pasara nada, responde a los saludos con su habitual afabilidad, y se inclina para acariciar a los niños, los cuales, en su simplicidad, no toman parte por éste o por aquél y son siempre amigos de su Jesús, que siempre se muestra tan afectuoso con ellos.
Uno - un tonelito muy regordete que tendrá como mucho cuatro años -, separándose del vestido materno, acude corriendo a su encuentro y le tiende los bracitos diciendo: « ¡Súbeme!» y, dado que Jesús lo complace y lo sube en brazos, éste lo besa con su boquita toda embadurnada del higo que está chupando, y luego lleva su amor hasta el punto de… ofrecerle a Jesús un trocito de higo, diciendo: « ¡Toma! ¡Está bueno!». Jesús acepta el ofrecimiento y ríe de que ese hombrecito naciente le haya metido el trocito de higo en la boca.
Isaac, cargado de jarros, viene de la fuente. Ve a Jesús, deja los jarros y, corriendo a su encuentro, grita:
-¡Mi Señor! Tu Madre ha vuelto ahora a casa. Estaba donde su cuñada. Pero… - pregunta - ¿recibiste la carta?
-Estoy aquí por este motivo. No digas nada a mi Madre, por ahora. Primero voy a casa de Alfeo.
Isaac, prudente, no dice más que:
-Te obedeceré - y, tomando sus ánforas, va directamente a casa.
-Pongámonos en camino. Vosotros, amigos, nos esperaréis aquí. Estaré poco tiempo en casa de Alfeo.
-¡Nooo! Nosotros no entramos en la casa del luto. Estaremos fuera, eso sí. ¿Verdad? - dice Pedro.
-Pedro tiene razón. Nos tendrás cerca, aunque estemos en la calle.
Jesús cede a la voluntad de todos, pero sonríe y dice:
-No me harán nada. Creedlo. No son malos. Sólo están humanamente exaltados. Vamos.
Llegan a la calle donde está la casa. Llegan a la entrada del huerto. Jesús continúa; detrás, Judas y Santiago.
Jesús llega al umbral de la puerta de la cocina. Dentro, junto al fuego, está María de Alfeo, cocinando y… llorando. En un ángulo, Simón y José, con otros hombres, sentados en grupo. Entre ellos está Alfeo de Sara. Están allí, callados como estatuas. ¿Será costumbre? No lo sé.
-Paz a esta casa y paz al espíritu que la ha dejado.
La viuda emite un grito y hace un movimiento instintivo de cerrarle el paso a Jesús, de ponerse entre Él y los otros.
Simón y José se levantan, hoscos y confundidos; pero Jesús no muestra darse cuenta de su actitud hostil. Va hacia los dos hombres (Simón tiene ya sus cincuenta años, y quizás más, a juzgar por el aspecto) extendiendo hacia ellos sus manos en gesto de amorosa iniciativa. Los dos hombres se muestran más turbados que nunca, pero no osan comportarse maleducadamente.
Alfeo de Sara tiembla angustiado, sufre visiblemente. Los otros hombres se muestran reservados, en espera de una indicación.
-Simón, tú, ya cabeza de familia, ¿por qué no me recibes afablemente? Vengo a llorar contigo. ¡Cuánto habría deseado estar con vosotros en la hora del duelo! Pero me encontraba lejos, no por culpa mía. Eres justo, Simón. Y lo debes decir.
El hombre sigue con actitud reservada.
-Y tú, José, que tienes un nombre muy estimado por mí, ¿por qué no acoges mi beso? ¿No me permitís llorar con vosotros? La muerte es lazo para los verdaderos afectos. Y nosotros nos quisimos. ¿Por qué ahora debe haber desunión?
-Por ti nuestro padre ha muerto resentido - dice José con dureza.
Y Simón:
-Debías haberte quedado. Sabías que estaba agonizando. ¿Por qué te marchaste? Te quería a su lado…
-No habría podido hacer por él más de cuanto hice. Y vosotros lo sabéis…
Simón, más justo, dice:
-Es verdad. Sé que viniste y que te echó. Pero era un enfermo, un hombre afligido.
-Lo sé. De hecho dije a tu madre y a tus hermanos: "No le guardo rencor, porque comprendo su corazón". Pero por encima de todos está Dios. Y Dios quería este dolor para todos. Para mí que, creedlo, he sufrido como si me hubieran arrancado carne viva; para vuestro padre, que en esta pena ha comprendido una gran verdad, la cual durante toda la vida le había permanecido oscura; para vosotros, que con este dolor tenéis el modo de ofrecer un sacrificio más beneficioso que el becerro inmolado; y para Santiago y Judas, que ahora ya no están menos formados que tú, mi Simón, porque tanto dolor – para ellos es la mayor carga y los oprime como rueda de molino - los ha hecho adultos y de perfecta edad ante los ojos de Dios.
-¿Qué verdad ha visto nuestro padre? Una sola: que su sangre, en la última hora, le era enemiga - rebate José con dureza.
-No. Que el espíritu es más que la sangre. Ha comprendido el dolor de Abraham y por eso Abraham le ha ayudado - responde Jesús.
-¡Ojalá fuera verdad! Pero ¿quién lo asegura?
-Yo, Simón. Y, más que Yo, la muerte de tu padre. ¿No ha anhelado mi presencia? Tú lo has dicho.
-Lo he dicho. Es verdad. Quería que viniera Jesús. Y decía: "¡Al menos que no muera el espíritu! Él puede hacerlo. Lo he rechazado y no volverá. ¡Oh, muerte sin Jesús, qué horror eres! ¿Por qué le obligué a irse?". Sí, esto decía, como también: "Él me preguntó muchas veces:
¿Debo marcharme?' y yo lo eché. Ahora ya no vuelve". Te anhelaba, te anhelaba. Tu Madre te mandó recado, pero no te encontraron en Cafarnaúm y él lloró mucho, y con sus últimas fuerzas tomó la mano de tu Madre y quiso tenerla cercana. A duras penas podía hablar, pero decía: "La Madre es un poco el Hijo. Me agarro a su Madre para tener algo de Él, porque tengo miedo de la muerte". ¡Pobre padre mío!
Se produce una escena oriental de gritos y actos de dolor, en la que todos toman parte; también Santiago y Judas, que se han atrevido a entrar. Jesús, que solamente llora, es el más tranquilo.
-¿Lloras? ¡Entonces lo querías? - pregunta Simón.
-¡Simón! ¿Lo preguntas? Si hubiera podido, ¿crees que habría permitido este dolor suyo? Yo estoy con el Padre, pero no por encima del Padre.
-Curas a los moribundos, y a él no lo curaste - dice ásperamente José.
-No creía en mí.
-Esto es verdad, José - observa su hermano Simón.
-No creía y tampoco deponía el rencor. Yo no puedo hacer nada donde hay incredulidad y odio. Por eso, os digo: no sigáis odiando a vuestros hermanos. Vedlos. Que su congoja no resulte gravada por vuestro rencor. Vuestra madre está más acongojada por este odio vivo que por la muerte, que termina en sí misma, y en vuestro padre termina en la paz porque su deseo de mí le significó perdón de Dios Ni hablo de mí, ni abogo por mí. Yo estoy en el mundo, pero no soy del mundo. Aquel que dentro de mí vive me compensa lo que el mundo me niega; sufro con mi humanidad, pero elevo el espíritu por encima de la tierra y siento júbilo por las cosas celestes. ¡Pero ellos!… No faltéis a la ley del amor y de la sangre. Amaos. En Santiago y Judas no existe ofensa a la sangre. Pero, aun en el caso de que existiera, perdonad. Mirad con ojo justo las cosas y veréis que los más ofendidos han sido ellos, incomprendidos en las necesidades del alma raptada por Dios. Y a pesar de todo no guardan rencor, sino que sólo desean el amor. ¿No es verdad, primos?
Judas y Santiago, a los cuales la madre tiene estrechamente abrazados, asienten entre lágrimas.
-Simón, eres el mayor, da ejemplo…
-Yo… por mí… Pero el mundo… pero Tú…
-¡Oh, el mundo! Olvida y cambia a cada amanecer… Y Yo… Ven, dame tu beso fraterno. Yo te quiero. Esto lo sabes.
Despójate de estas escamas que te hacen duro y no son tuyas sino que te vienen de persona a ti ajena y menos justa que tú. Tú juzga siempre con tu recto corazón.
Simón, todavía un poco reticente, abre los brazos. Jesús lo besa y luego lo conduce adonde sus hermanos. Se besan entre llanto y lamentos.
-Ahora tú, José.
-No. No insistas. Tengo presente el dolor de nuestro padre.
-En verdad tú lo perpetúas con tu rencor.
-No importa. Soy fiel.
Jesús no insiste. Se vuelve hacia Simón:
-La tarde está avanzada. Pero, si quisieras… Nuestro corazón arde por el deseo de venerar sus restos mortales. ¿Dónde está Alfeo? ¿Dónde le habéis puesto?
-Detrás de la casa. Donde el olivar cesa contra el barranco. Un sepulcro digno.
-Te lo ruego. Llévame. María, sé fuerte. El esposo exulta porque ve a sus hijos en tu seno. Quedaos. Yo voy con Simón.
¡Estad en paz! ¡Estad en paz! José, te digo a ti cuanto dije a tu padre: "No hay rencor en mí. Te quiero. Cuando quieras que venga, llámame. Vendré a llorar contigo. Adiós".
Y Jesús sale con Simón…
Los apóstoles miran de reojo con curiosidad, pero se sienten contentos al ver a Jesús y Simón en armonía.
-Venid también vosotros - dice Jesús - Son mis discípulos, Simón. Ellos también desean honrar a tu padre. Vamos.
Van por el olivar y todo termina.
Dice Jesús a María Valtorta:
Como ves, Simón - menos obstinado - se rindió, si no completamente sí al menos en parte, a la justicia, con santa prontitud. Es cierto que no se hizo discípulo mío, y menos aún apóstol - como en tu ignorancia lo llamaste hace ahora un año -, enseguida, después de este encuentro por la muerte de Alfeo, pero sí, al menos, espectador no enemigo. Incluso fue tutor de su madre y de la mía en momentos en que había necesidad de que un hombre las protegiera y defendiera de las sátiras de la gente.
No fue fuerte hasta el punto de imponerse contra quien me llamaba "loco". Todavía era "demasiado hombre", y se avergonzaba un poco de mí y se preocupaba por los peligros que podía correr toda la familia a causa de mi apostolado contrario a las sectas. No obstante, ya estaba en el camino del Bien, por el cual, luego, después del Sacrificio, supo proseguir, cada vez más firme, hasta confesarme con la sangre. La Gracia obra en ocasiones fulminantemente, otras veces lentamente, mas siempre obra en donde existe la voluntad de ser justo.
Ve en paz. Queda en paz en medio de tus dolores. El tiempo preparatorio para la Pascua empieza. Lleva por mí la Cruz. Te bendigo. María de la Cruz de Jesús».
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús se encuentra en esa bellísima ciudad marítima que en el mapa presenta un golfo natural amplio y bien protegido.
Este golfo tiene capacidad para muchos navíos, y lo hace aún más seguro un fuerte espigón portuario. Debe ser muy usado incluso militarmente porque veo trirremes romanas con soldados a bordo. Están desembarcando, no sé si por un cambio de turno de tropas o para reforzar la guarnición. El puerto, o sea, la ciudad portuaria, me recuerda vagamente a Nápoles, dominada por los montes vesubianos.
Jesús está sentado dentro de una modesta casa cercana al puerto. Está claro que se trata de una mansión de pescadores - quizás amigos de Pedro, o de Juan, porque veo que ambos se encuentran muy a gusto en la casa y con los que en ella habitan -. No veo al pastor José, y naturalmente, tampoco veo a Judas Iscariote, que está todavía ausente. Jesús habla con sencillez con los componentes de la familia y con otros que han venido a escucharlo. No es, sin embargo, una predicación como tal, son palabras llanas, de consejo, de consuelo; como sólo Él puede ofrecer.
Vuelve Andrés, que parece que había salido a algún encargo porque trae en sus manos unos panes. Se acerca todo colorado - concentrar la atención sobre él debe suponerle un verdadero suplicio, y, más que decir, bisbisea:
-Maestro, ¿podrías venir conmigo? Se… se trataría de hacer un poco de bien. Sólo Tú puedes.
Jesús se pone en pie sin preguntar ni siquiera qué bien es ése. Sin embargo, Pedro pregunta:
-¿A dónde lo llevas? Está muy cansado. Es la hora de la cena. Lo pueden esperar mañana.
-No… es una cosa que hay que hacer en seguida. Es…
-¡Habla, gacela espantada! ¿Pero vosotros creéis que un hombre hecho y derecho debe ser así?… ¡Parece un pez enmarañado en la red!
Andrés se pone todavía más colorado. Jesús, atrayéndolo hacia sí, lo defiende:
-A mí me gusta así. Déjalo. Tu hermano es como agua salubre. Trabaja en lo profundo y sin hacer ruido. Sale de la tierra como un hilo de agua, pero quien se acerca a él queda curado. Vamos, Andrés.
-Voy también yo. Quiero ver a dónde te lleva - contesta Pedro.
Andrés suplica:
-No, Maestro. Yo y Tú solos. Si hay gente, no se puede… Es cosa de corazones…
-¿Qué pasa? ¿Ahora te dedicas a hacer de paraninfo?
Andrés no le responde a su hermano. Dice a Jesús:
-Un hombre quiere repudiar a su esposa y… y yo he intervenido, pero no sé hacerlo. Si hablas Tú… te saldrá bien, porque el hombre no es malo; es… es… él te lo dirá.
Jesús sale con Andrés sin decir nada más.
Pedro permanece un poco en duda. Luego dice:
-Yo también voy; quiero al menos ver a dónde van.
Y sale, a pesar de que los otros le digan que no lo haga.
Andrés va a torcer por una callecita de aspecto popular. Pedro lo sigue detrás. Se mete por una placita llena de comadres. Y Pedro detrás. Entra en un portal que da a un amplio patio circundado de casitas bajas y pobres - digo portal porque hay un arco, pero la puerta no existe. Y Pedro detrás. Jesús entra en una de estas casitas con Andrés. Pedro se aposta fuera.
Una mujer lo ve y le pregunta:
-¿Eres familia de Aava? ¿Y esos dos también? ¿Habéis venido a llevárosla?
-¡Cállate, cotorra! No me deben ver.
¡Hacer callar a una mujer! Es una cosa difícil. Pedro le lanza una mirada que la fulmina, pero entonces ella va a hablar con otras comadres. El pobre Pedro, en un momento, se encuentra rodeado por un círculo de mujeres, chicos y hombres, que sólo por imponerse silencio unos a otros hacen un rumor que denuncia su presencia. Pedro se consume interiormente, se enfada… pero no sirve de nada.
Del interior de la casa se oye la voz llena, hermosa, serena de Jesús, junto a la voz rota de una mujer y junto a la de un hombre, cerrada, ronca.
-Si ha sido siempre buena esposa, ¿por qué repudiarla? ¿Alguna vez te ha faltado?
-No, Maestro, ¡te lo juro! Lo he querido como a la pupila de mis ojos - gime la mujer.
Y el hombre, breve y duro, dice:
-No, no me ha faltado nada más que en ser estéril; y yo quiero hijos. No quiero la maldición Dios sobre mi nombre.
-Tu mujer no tiene la culpa de serlo.
-Me echa la culpa, a mí y a los míos, como si hubiera sido una traición…
-Mujer, sé sincera. ¿Sabías que eras estéril?
-No. Era y soy en todo como todas. El médico lo ha dicho también. Pero no logro tener hijos.
-¿Ves como no te ha engañado? Ella también sufre por ello. Responde también tú sinceramente: si ella fuese madre, ¿la repudiarías?
-No. Lo juro. No tengo motivo para ello. Sucede que el rabino me lo ha dicho, como también me lo ha dicho el escriba:
"La estéril es la maldición de Dios en casa y tú tienes el derecho y el deber de darle libelo de divorcio y no contrariar tu virilidad privándola de hijos" Yo hago lo que la Ley dice.
-No. Escucha. La Ley dice: "No cometas adulterio" y tú estás para cometerlo. El mandamiento inicial es éste y ninguna otra cosa. Y, si, por la dureza de vuestros corazones, Moisés concedió el divorcio, fue para impedir uniones ilícitas y concubinatos odiosos a Dios. Luego, progresivamente, vuestro vicio trabajó sobre la cláusula de Moisés recabando las malvadas cadenas y las homicidas piedras que sor las condiciones actuales de la mujer, víctima siempre de vuestro despotismo, de vuestro capricho, de vuestra sordera y ceguera de afectos. Yo te lo digo: No te es lícito hacer lo que pretendes. Tu acto ofende a Dios.
¿Repudió acaso Abraham a Sara? ¿Y Jacob a Raquel? ¿Y Elicana a Ana? ¿Y Manué a su esposa? ¿Conoces al Bautista? ¿Sí? Es bien, ¿no fue estéril su madre hasta la vejez y después dio a luz al santo de Dios, así como también la esposa de Manué dio a luz a Sansón, y Ana de Elcana a Samuel, y Raquel a José, y Sara a Isaac? Dios premia la continencia del esposo, su piedad hacia la estéril, su fidelidad al desposorio, y es un premio celebrado por los siglos, así como también da sonrisa al llanto de las estériles que ya no lo son ni se encuentran humilladas, sino que se hallan gloriosas regocijándose de ser madres. No te es lícito ofender el amor de esta mujer. Sé justo y honesto. Dios te premiará más de lo que mereces.
-Maestro, sólo Tú hablas así… Yo no sabía. Había preguntado a loa doctores y me habían dicho: "Hazlo". Pero no me dijeron ni una palabra respecto a que Dios premie con dones un acto bueno. Estamos en sus manos… y nos cierran los ojos y el corazón con mano de hierro. No soy malo, Maestro. No te enojes conmigo.
-No te rechazo. Me produces más compasión que esta pobre mujer que está llorando, porque su dolor acabará cuando termine su vida; el tuyo comenzará entonces, y para toda la eternidad. Piénsalo.
-No, no comenzará. No lo quiero. ¿Me juras por el Dios de Abraham que cuanto dices es verdad?
-Yo soy Verdad y Ciencia. Quien cree en mí tendrá en Él justicia, sabiduría, amor y paz.
-Te quiero creer. Sí. Te quiero creer. No sé… siento en ti algo que no hay en los demás. Ahora voy al sacerdote y le digo:
"Ya no la repudio. Me quedo con ella, y sólo le pido a Dios que me ayude a sentir menos el dolor de no tener hijos". Aava, no llores. Le diremos al Maestro que vuelva para mantenerme calmado, y tú… sigue queriéndome.
La mujer llora con más fuerza, por el contraste entre el dolor de antes y la alegría actual.
Jesús, por el contrario, sonríe:
-No llores. Mírame. Mírame, mujer.
Ella levanta la cabeza. Mira su rostro luminoso con su rostro lagrimoso.
-Hombre, ven aquí. Ponte de rodillas junto a tu esposa. Ahora yo os bendigo y santifico vuestra unión. Escuchad: "Señor Dios de nuestros padres, que hiciste a Adán del barro y le diste a Eva como compañera para que poblasen de hombres la tierra educándolos en tu santo temor, desciende con tu bendición y tu misericordia, abre y fecunda las entrañas que el Enemigo tenía cerradas para portar a un doble pecado de adulterio y de desesperación. Ten piedad de estos dos hijos, Padre santo, Creador supremo. Hazlos felices y santos. Ella, fecunda como una vid; él, protector como el olmo que la sujeta. Desciende, Vida, a dar vida. Desciende, Fuego, a calentar. Desciende, Poderoso, a obrar. ¡Desciende! Haz que para la fiesta de alabanza por las fecundas mieses del próximo año te ofrezcan su vivo manipulo, su primogénito, hijo consagrado a ti, Eterno, que bendices a quienes esperan en ti.
Jesús ha orado con voz de trueno, con las manos tendidas sobre las dos cabezas inclinadas.
La gente no se contiene más y se arremolina en torno; Pedro en primera línea.
-Levantaos. Tened fe y sed santos.
-¡No te vayas, Maestro! - suplican los dos reconciliados.
-No puedo quedarme. Volveré. Bastantes veces.
-¡No te vayas, no te vayas! ¡Háblanos también a nosotros! - grita 1a multitud.
Pero Jesús bendice pero no se detiene. Promete sólo volver pronto. Y, seguido por una pequeña multitud, se dirige hacia su casa hospitalaria.
-Hombre curioso, ¿qué debería hacer contigo? - pregunta por el camino a Pedro.
-Lo que quieras, pero, ahora ya… yo he estado allí…
Entran en la casa, despiden a la gente, que comenta las palabras que han oído, y se ponen a cenar.
Pedro se siente todavía curioso.
-Maestro, ¿pero realmente tendrán un hijo?
-¿Me has visto alguna vez prometer cosas que no se cumplan? ¿Crees que Yo me permito usar la confianza en el Padre para mentir y provocar desilusiones?
-No… pero… ¿podrías hacer esto con todas las esposas?
-Podría. Pero lo hago sólo donde veo que un hijo puede significar un impulso hacia la santificación. Donde significaría obstáculo, no lo hago.
Pedro se alborota el pelo entrecano y calla.
Entra el pastor José. Está completamente lleno de polvo del camino, como quien hubiera andado mucho.
-¿Tú? ¿Por qué? - pregunta Jesús, después del beso de saludo.
-Tengo cartas para ti. Tu Madre me las ha dado, y una es suya Aquí están.
Y José entrega tres pequeños rollos de una especie de pergamino fino, atados con una cinta. La más voluminosa de las cartas está incluso cerrada con un sigilo, otra tiene sólo el nudo, la tercera muestra un sigilo roto.
-Ésta es de tu Madre - dice José, indicando la que tiene el nudo.
Jesús la desenrolla y la lee; primero en voz baja, luego alto: “A mi amado Hijo, paz y bendición. Ha llegado a mí a la hora prima de las calendas de la luna de Elul un enviado de Betania. Se trata de Isaac, pastor. Le he dado en tu nombre un ósculo de paz, y refrigerio como personal agradecimiento. Me ha traído estas dos cartas que ahora te envío, diciéndome de palabra que el amigo Lázaro de Betania te insta para que condesciendas con lo que te pide. Amado Jesús, mi bendito Hijo y Señor, yo también tendría dos cosas que pedirte. Una, recordarte que me prometiste llamar a tu pobre Mamá para instruirla en la Palabra; la segunda, que no vengas a Nazaret sin haber hablado conmigo antes".
Jesús se detiene bruscamente y se alza en pie, yendo a ponerse entre Santiago y Juan. Los abraza estrechamente y termina repitiendo, sin leer, las palabras:
-Alfeo ha vuelto al seno de Abraham la pasada luna llena, con gran duelo de la ciudad…
Los dos hijos lloran sobre el pecho de Jesús, que termina:
…En el último momento te hubiera deseado a su lado, pero Tú estabas lejos. Esto, no obstante, es un consuelo para María, que ve en ello perdón de Dios, y debe dar paz también a mis sobrinos". ¡Habéis oído? Ella lo dice, y Ella sabe lo que dice.
-Dame la carta - suplica Santiago.
-No. Te perjudicaría.
-¿Por qué? ¿Qué puede decir que sea más penoso que la muerte de un padre?…
-Que nos ha maldecido - suspira Judas.
-No. No es eso - dice Jesús.
-Lo dices… para no traspasar nuestro corazón. Pero es así.
-Lee, entonces.
Y Judas lee: «Jesús, te ruego, y conmigo María, que no vengas a Nazaret hasta que el duelo no haya terminado. El amor hacia Alfeo hace injustos a los nazarenos respecto a ti, y tu Madre llora por ello. El buen amigo Alfeo me consuela, y pone calma en el pueblo. Ha tenido mucha resonancia lo que han contado Aser e Ismael de la mujer de Cusa, pero Nazaret es ahora un mar agitado por vientos contrarios. Te bendigo, Hijo mío, y te pido paz y bendición para mi alma. Paz a mis sobrinos. Mamá".
Los apóstoles hacen comentarios y consuelan a los dos hermanos, que están llorando.
Pedro dice:
-¿Y esas, no las lees?
Jesús hace un gesto de asentimiento y abre la de Lázaro. Llama a Simón Zelote. Leen juntos en un ángulo. Luego abren el otro rollo y lo leen también. Debaten. Veo que Simón trata de persuadir de algo a Jesús, pero no lo consigue. Jesús, con los rollos en la mano, se coloca en medio de la estancia y dice:
-Oíd, amigos. Somos todos una familia y no hay secretos entre nosotros, y, si tener oculto el mal es piedad, dar a conocer el bien es justicia. Oíd lo que escribe Lázaro de Betania: "A1 Señor Jesús paz y bendición, y paz y salud a mi amigo Simón. He recibido tu carta y, como siervo que soy, he puesto mi corazón, mi palabra y todos mis medios a tu servicio para satisfacerte y tener el honor de serte siervo no inútil. He ido a ver a Doras a su castillo de Judea, a rogarle que me vendiera a su siervo Jonás como Tú deseas. Confieso que, si no hubiera sido petición de Simón, amigo fiel, para ti, no habría afrontado a ese chacal burlón, cruel y funesto. Pero por ti, mi Maestro y Amigo, me siento capaz de afrontar hasta incluso a Satanás. Ello porque pienso que quien trabaja para ti te tiene cercano y está, por tanto, protegido. Y ciertamente he recibido ayuda, porque he vencido, contra todas las previsiones. Dura fue la discusión y humillantes las primeras negativas. Tres veces tuve que agachar la
cabeza ante este esbirro con poder. Luego me impuso una espera de días. Finalmente, la carta; digna de un áspid.
Yo casi no oso decirte: “Cede para conseguir el objetivo”, porque él no es digno de tu presencia; pero no hay otra forma. He aceptado en tu nombre y he firmado. Si he hecho mal, repréndeme. No obstante - créeme - he tratado de servirte lo mejor que podía. Ayer ha venido un discípulo tuyo, judío, diciendo que venía en tu nombre a saber si había alguna noticia que llevarte. Ha dicho llamarse
Judas de Keriot. No obstante, he preferido esperar a Isaac para entregarle la carta. Y me ha extrañado mucho el que hubieras mandado a otros, sabiendo que todos los sábados viene aquí Isaac, para su reposo sabático. No tengo más que decirte. Sólo, besándote los pies santos, te ruego conducirlos adonde tu siervo y amigo Lázaro, como prometiste. A Simón, salud. A ti, Maestro y Amigo, un ósculo de paz solicitando tu bendición. Lázaro".
Y ahora la otra: "A Lázaro, salud. He decidido. Por una suma doble obtendrás a Jonás. No obstante, pongo estas condiciones, y no pienso cambiar respecto a ellas bajo ningún motivo. Quiero que primero Jonás termine la cosecha de este año, o sea, su entrega se efectuará para la luna de Tisri, al final de la luna. Quiero que venga personalmente a recogerlo Jesús de Nazaret, al cual le pido que entre bajo mi techo, para conocerlo. Quiero pago inmediato a la vista de contrato en regla. Adiós. Doras".
-¡Qué peste! - grita Pedro. Pero, ¿quién paga? Quién sabe lo que pide, y nosotros… ¿estamos siempre sin un centésimo!
-Simón paga. Para darme esta alegría a mí y al pobre Jonás. No adquiere más que una reliquia de hombre, que de ninguna manera le prestará servicio; pero adquiere un gran mérito en el Cielo.
-¿Tú? ¡Oh!
Todos muestran asombro. Hasta los hijos de Alfeo salen de su aflicción por el estupor.
-Él es. Es justo que ello sea conocido.
-Sería también justo saber por qué Judas de Keriot ha ido donde Lázaro. ¿Quién lo había enviado? ¿Tú?
Jesús no le responde a Pedro. Se muestra muy serio y pensativo. Sale de su meditación sólo para decir:
-Preocupaos de que José cene y repose, luego nos retiraremos a descansar. Yo prepararé la contestación para Lázaro…
¿Isaac está todavía en Nazaret?
-Me espera.
-Iremos todos.
-¡Noo! Tu Madre dice…
Todos se agitan.
-Callad. Quiero que sea así. Mi Madre habla con su corazón de amor. Yo juzgo con mi razón. Prefiero hacer esto mientras no esté Judas, y deseo tender la mano amiga a mis primos Simón y José, y llorar con ellos antes de que termine el duelo. Luego volveremos a Cafarnaúm, a Genesaret, al lago en definitiva, esperando al final de la luna de Tisri. Y tomaremos a las Marías con nosotros. Vuestra madre tiene necesidad de amor. Se lo daremos. Y la mía tiene necesidad de paz. Yo soy su paz.
-¿Crees que en Nazaret?.. - pregunta Pedro.
-No creo nada.
-¡Ah, bueno! Porque si le causasen algún daño o algún dolor… ¡se las tendrían que ver conmigo! - dice Pedro todo agitado.
Jesús lo acaricia, pero está absorto en otros pensamientos. Yo diría que está triste. Luego va hacia donde Judas y Santiago, se pone entre los dos y se sienta, teniéndolos abrazados para consolarlos.