113- Regreso a Betania después de la fiesta de los Tabernáculos

Jesús, de nuevo, está donde Lázaro.

Por lo que oigo, comprendo que los Tabernáculos se han celebrado ya y que ha vuelto a Betania debido a la insistencia de su amigo, el cual no querría nunca estar separado de Jesús. También comprendo que está en casa de Lázaro sólo con Simón y Juan, mientras los demás están esparcidos por los alrededores. Y, en fin, comprendo que ha habido un encuentro de amigos, todavía fieles a Lázaro, invitados por él para que conocieran a Jesús.

Comprendo todo esto porque Lázaro continúa - con más detalle - ilustrando las características morales de cada uno. Así, habla de José de Arimatea, definiéndolo "hombre justo y verdadero israelita”.Dice:

-No se atreve a decirlo - porque teme al Sanedrín, que ya te odia, y del cual forma parte -, pero espera que Tú seas el Anunciado por los Profetas. Él mismo me ha pedido venir para conocerte y juzgar acerca de ti en primera persona, puesto que no le parecía justo lo que de ti decían tus enemigos… Hasta de Galilea han ido fariseos para acusarte de pecado. Pero José ha juzgado así: "Quien obra milagros tiene consigo a Dios. Quien tiene a Dios no puede estar en pecado; es más, debe ser alguien amado por Dios".

Y querría que fueseis a Arimatea, a su casa. Me ha dicho que te lo proponga. Y yo te pido que escuches su petición, que también es mía.

-He venido para los pobres y para los que sufren en alma y cuerpo, más que para los poderosos que ven en mí sólo un objeto de interés. Pero iré a casa de José. No hay en mí toma de posición contra los poderosos. Un discípulo mío, ese que por curiosidad y por importancia autodeclarada vino a tu casa sin orden mía - pero es joven y se ha de ser indulgente con él -, puede dar testimonio de mi respeto a las castas poderosas que se autoproclaman "las tutoras de la Ley" y… - dan a entender - "las sustentadoras del Altísimo" - ¡está claro que el Eterno se sostiene Él solo! -. Ninguno entre los doctores ha tenido nunca el respeto que Yo he tenido hacia los oficiales del Templo.

-Lo sé. Y son muchos los que lo saben, realmente muchos… Pero sólo los mejores dan a este acto el nombre justo. Los demás… lo llaman "hipocresía".

-Cada uno da lo que dentro de sí tiene, Lázaro.
-Es verdad. Ve, no obstante, a casa de José. Él desearía que fueras para el próximo sábado.

-Iré. Puedes hacérselo saber.

-También Nicodemo es bueno. Es más… me ha dicho… Bueno, ¿puedo manifestarte una crítica acerca de uno de tus discípulos?
-Dila. Si es justo, lo que dice será cierto; si injusto, criticará una conversión, porque el Espíritu da luz al espíritu del hombre si es hombre recto; y el espíritu del hombre guiado por el Espíritu de Dios tiene sabiduría sobrehumana y lee la verdad de los corazones.

-Me ha dicho: "No critico la presencia de los ignorantes ni de los publicanos entre los discípulos del Cristo. Pero no juzgo digno de estar entre los suyos a aquel que no sé si está con Él o contra Él, como un camaleón que toma color y aspecto de lo que le rodea".

-Es Judas Iscariote. Lo sé. Pero, creedlo todos, la juventud es vino que fermenta y luego se depura. Al fermentar aumenta de volumen y hace espuma y rebasa por todas partes debido a una exuberancia de fuerza. El viento de primavera lo comba todo en todas las direcciones, y parece un enloquecido desordenador de frondas; y, no obstante, debemos estarle agradecidos por ser fecundador de flores. Judas es vino y viento, pero malvado no es. Su modo de actuar crea trastornos, turba, incluso irrita, y hace sufrir; pero no todo en él es malvado… es un potro de sangre ardiente.

-Tú lo dices… Yo no soy competente para juzgarlo. De él me quedado la amargura de haberme dicho que Tú la habías
visto…

-Pero esa amargura se mitiga ahora con miel, por mi promesa…

-Sí. Pero yo me acuerdo de aquel momento… El sufrimiento no se olvida aunque haya cesado.

-¡Lázaro, Lázaro! Te turbas por demasiadas cosas… ¡muy mezquinas, por cierto! Deja que pasen los días: pompas de aire que se desvanecen y no vuelven con sus colores alegres o tristes; y mira al Cielo, que no desaparece y que es para los justos.

-Sí, Maestro y Amigo. No quiero juzgar el hecho de que Judas esté contigo, ni el que Tú lo tengas contigo. Pediré que no te perjudique.

Jesús sonríe y todo termina.

112- De Jericó a Betania. El encuentro con Marta, que habla de María

La plaza del mercado de Jericó, con sus árboles, con sus vendedores gritando… En un ángulo, Zaqueo, el recaudador, centrado en sus… extorsiones legales o ilegales; creo que se dedica también algo a la compraventa de joyas, pues veo que pesa y valora collares y objetos de metal noble en general; no sé si se los dan en vez de monedas por no poder pagar de otra forma los impuestos, o si se los venden por otras necesidades.

Le toca el turno a una grácil mujer, toda cubierta por un manto de color pardo. Lleva el rostro también tapado con un paño de finísimo lino muy tupido, amarillento, que impide ver su cara. Sólo se nota la gracilidad del cuerpo, que se manifiesta tal a pesar de todo ese indumento pardo que lo cubre. Debe ser joven, al menos a juzgar por esa mínima parte que de ella se ve, o sea, una mano que aparece un momento bajo el manto para entregar una pulsera de oro, y los pies, que calzan sandalias no demasiado sencillas, provistas de pala y de un entramado de tiras de cuero que dejan ver sólo los dedos, de piel lisa y juveniles, y un poco del tobillo, sutil y blanquísimo. Da su brazalete sin pronunciar palabra, recibe el dinero sin poner objeciones y se da media vuelta para marcharse.

Me doy cuenta ahora de que detrás de ella estaba el Iscariote observándola atentamente; me doy cuenta también de que, cuando ella hace ademán de marcharse, Judas le dice una palabra que no logro coger. Mas ella, como si fuera muda, no responde y se va ligera envuelta en su fardo de indumentos.

Judas pregunta a Zaqueo:
-¿Quién es?
-No pregunto el nombre a mis clientes, especialmente cuando son dóciles como ésa.
-Joven, ¿verdad?
-Parece.
-¿Pero es judía?
-¿Yo qué sé? El oro es amarillo en todos los países.
-Déjame ver esa pulsera.
-¿Quieres comprarla?
-No.
-Pues entonces nada. ¿Qué piensas, que se va a poner a hablar por ella?
-Quería comprobar si veía quién era…

-¿Tanto te interesa? ¿Eres nigromante que adivina, o perro policía que sigue el olor? Déjalo, olvídate de ello. Si es así, o es honesta o infeliz o está leprosa. Por tanto… nada que hacer.

-No es hambre de mujer -responde despreciativo Judas.
-Será así… pero, con esa cara, me cuesta creerlo. Bueno, si no querías más que eso, apártate; tengo otras personas a las que servir.
Judas se marcha enojado y pregunta a un vendedor de pan y uno de fruta si conocen a la mujer que antes había comprado pan y manzanas donde ellos, y si saben dónde vive.

No lo saben y responden:
-Hace un tiempo que viene, cada dos o tres días, pero no sabemos dónde está.
-¿Pero cómo habla? - insta Judas.
Los dos se echan a reír y uno responde:
-Con la lengua.

Judas reacciona insolentemente y se marcha… y va a caer justo en medio del grupo de Jesús y los suyos, que vienen a comprar pan y companaje para su comida diaria. La sorpresa es recíproca y… no muy entusiasta.
Jesús se limita a decir:
-¿Estás aquí?

Y, mientras Judas farfulla algo, Pedro da en una fragorosa carcajada y dice:
-Eso es: estoy ciego y soy un incrédulo; no veo las cepas, no creo en el milagro.
-¿Pero qué dices? -preguntan dos o tres discípulos.
-Digo la verdad. Aquí no hay cepas. Y no puedo creer que Judas aquí, entre este polvo, vendimie, sólo porque es discípulo del Rabí.

-Hace bastante tiempo que ha terminado la vendimia –responde duro Judas.
-Y Keriot está a muchas millas de distancia - termina Pedro.
-Tú enseguida me atacas. Eres enemigo mío.
-No. Soy menos pazguato de lo que quisieras.
-¡Basta! - impone Jesús, no sin severidad. Se dirige a Judas:
-No pensaba verte aquí. Te creía cuando menos en Jerusalén para los Tabernáculos.
-Voy mañana. Estaba aquí esperando a un amigo de familia que…

-Por favor: basta.
-¿No me crees, Maestro? Te juro que yo…
-No te he preguntado nada y te ruego que no digas nada. Estás aquí y ya está. ¿Tienes pensado venir con nosotros o todavía tienes asuntos que resolver? Contesta abiertamente.

-No… he terminado. Total, ese al que me refería no viene y yo voy para la fiesta a Jerusalén. Y tú, ¿a dónde vas?
-A Jerusalén.
-¿Hoy mismo?
-Esta tarde estoy en Betania.
-¿Donde Lázaro?
-Donde Lázaro.
-Entonces voy yo también.

-Pues ven hasta Betania. Luego, Andrés, con Santiago de Zebedeo y Tomás, irán al Get-Samní para preparar las cosas y esperarnos a todos, y tú irás con ellos - Jesús marca de tal forma las palabras que Judas no reacciona.

-¿Y nosotros? - pregunta Pedro.
-Tú, mis primos y Mateo iréis a donde os voy a mandar, para volver por la tarde. Juan, Bartolomé, Simón y Felipe se quedarán conmigo, o sea, irán por Betania comunicando que el Rabí ha llegado y que les va a hablar a la hora nona.

Caminan veloces por los campos desnudos. Hay aire de borrasca, no en el cielo sereno sino en los corazones, y todos lo perciben y marchan en silencio.
Cuando llegan a Betania - viniendo de Jericó por ese camino, la casa de Lázaro se encuentra entre las primeras -, Jesús despide al grupo que tiene que ir a Jerusalén; luego al otro, al que manda hacia Belén diciendo:
-Id seguros. Encontraréis a mitad de camino a Isaac, Elías y los demás. Decid que estaré en Jerusalén muchos días y que los espero para bendecirlos.

Entre tanto, Simón ha llamado a la puerta y le han abierto. Los servidores avisan y acude Lázaro.
Judas Iscariote, que se había adelantado algunos metros, vuelve atrás con la disculpa de decirle a Jesús:
-Te he disgustado, Maestro. Lo comprendo. Perdóname - y aprovecha para mirar de refilón hacia la casa por la puerta abierta en el jardín.

-Sí, de acuerdo. Ve. Ve. No hagas esperar a los compañeros.
Judas se ve obligado a marcharse.
Pedro susurra:
-Esperaba que hubiera un cambio de orden.
-Eso nunca, Pedro. Sé lo que hago. Compadécete de ese hombre…

-Trataré de hacerlo, pero no prometo… Adiós, Maestro. Ven, Mateo, y vosotros dos. Vamos rápido.
-Mi paz con vosotros, siempre.

Jesús entra con los cuatro discípulos restantes y después del beso con Lázaro presenta a Juan, a Felipe y a Bartolomé; luego los despide, quedándose sólo con Lázaro.
Van hacia la casa. Esta vez, bajo el bonito pórtico, hay una mujer, es Marta: alta, aunque no tanto como su hermana, morena (la otra es rubia y de tez sonrosada); es una hermosa joven de cuerpo más bien llenito - armónicamente - y bien modelado, de cabeza menuda y cabellera muy oscura, bajo la cual presenta una frente morenita y lisa, y dos dulces y dóciles ojos negros, largos, aterciopelados entre las pestañas oscuras; tiene la nariz ligeramente curvada hacia abajo y una boca pequeña, muy roja entre el color morenito de los carrillos; sonríe mostrando sus fuertes y candidísimos dientes.

Viste de lana color azul marino, con galones en rojo y verde oscuro en torno al cuello y a los extremos de las amplias mangas, cortas, hasta el codo, de las que salen otras mangas de lino finísimo y blanco estrechadas a la muñeca por un cordoncito que las frunce; esta camisita finísima y blanca, ceñida con un cordón, sobresale también por la parte alta del pecho, en la raíz del cuello; lleva por cinturón una banda azul, roja y verde, de paño muy fino, que le ciñe el límite de las caderas y le cuelga del lado izquierdo con una borla de flecos: un vestido rico y casto.

-Tengo una hermana, Maestro: ésta es. Es Marta; buena y pía, el consuelo y el honor de la familia, y la alegría del pobre Lázaro. Antes era la primera y única alegría mía; ahora es la segunda, porque la primera eres Tú.
Marta se postra y besa la orla del vestido de Jesús.

-Paz a la hermana buena y a la mujer casta. Levántate.
Marta se alza y entra en la casa con Jesús y Lázaro. Luego solicita ausentarse para las labores domésticas.

-Es mi paz… - susurra Lázaro, y mira a Jesús (una mirada escrutadora, que Jesús, no obstante, muestra no haber visto).

Lázaro pregunta:
-¿Y Jonás?
-Ha muerto.
-¿Muerto? Entonces…
-Cuando lo he conseguido estaba ya muriéndose. Pero ha muerto libre y feliz en mi casa, en Nazaret, entre mi Madre y Yo.

-¡Doras te lo ha acabado antes de dártelo!
-De fatiga, sí, y también de golpes…
-Es un demonio y te odia. Odia a todo el mundo esa hiena… ¿A ti no te ha dicho que te odia?…

-Me lo ha dicho.

-Desconfía, Jesús, de él. Es capaz de todo. Señor… ¿qué te ha dicho Doras? ¿No te ha dicho que evites mi compañía?

¿No te ha dado una imagen ignominiosa del pobre Lázaro?
-Creo que tú me conoces suficientemente como para entender que juzgo por mí, y con justicia, y que cuando amo lo hago sin pensar en si este amor puede acarrearme un bien o un mal según las luces del mundo.

-Pero ese hombre es feroz, cuando hiere o provoca un daño es atroz… Me ha torturado hace unos días con su visita y con sus palabras… ¡Oh… es mucho ya mi tormento!, ¿por qué querer privarme también de ti?

-Yo soy el consuelo de los afligidos y el compañero de los abandonados. He venido también por esto.
-¡Ah! ¿Entonces sabes que…? ¡Oh, vergüenza mía!
-No. ¿Por qué tuya? Lo sé. ¿Y qué? ¿Voy acaso a anatematizarte a ti, que sufres? Yo soy Misericordia, Paz, Perdón, Amor hacia todos. ¿Qué seré entonces para con los inocentes? Tú no tienes el pecado por el que sufres. Si siento incluso piedad por ella, ¿cómo puedo ensañarme contigo?

-¿La has visto?
-La he visto. No llores.
Pero Lázaro - la cabeza relajada encima de los brazos cruzados y apoyados sobre una mesa - llora con penosos sollozos.

Marta se asoma y mira. Jesús le hace una seña de que se esté callada. Y ella se marcha, cayéndosele unos lagrimones silenciosamente.

Lázaro se va calmando poco a poco. Se siente humillado a causa de su debilidad. Jesús lo consuela. Luego, viendo que su amigo desea estar solo un momento, sale al jardín y pasea entre los cuadros donde resiste todavía alguna rosa purpúrea.

Pasado un poco, Marta se acerca a Él.
-Maestro… ¿Lázaro ha hablado?
-Sí, Marta.
-Lázaro no es capaz de hallar consuelo desde que sabe que Tú lo sabes y que la has visto…

-¿Cómo lo sabe?
-Primero aquel hombre que estaba contigo y que se dice discípulo tuyo, ese que es joven, alto, moreno y sin barba… luego Doras. Éste nos ha fustigado con su desprecio; el otro dijo sólo que la habíais visto en el lago… con sus amantes…

-¡No lloréis por esto! ¿Creéis que Yo ignoraba vuestra herida? La conocía desde cuando Yo estaba en el Padre… No te abatas, Marta. Levanta corazón y frente.

-Ruega por ella, Maestro. Yo oro… pero no sé perdonar del todo, y quizás el Eterno rechaza la oración.

-Has dicho bien: hay que perdonar para ser perdonados y escuchados. Yo ruego ya por ella, pero dame tu perdón y el de Lázaro. Tú, hermana buena, puedes hablar y obtener aún más que Yo. Su herida está demasiado abierta y le escuece demasiado como para que algo la roce, aunque sea mi mano. Tú puedes hacerlo. Dadme vuestro perdón pleno, santo, y Yo
haré…

-Perdonar… No podremos. Nuestra madre murió de dolor por sus infames acciones, y… eran todavía leves respecto a las de ahora. Veo las torturas de nuestra madre… las tengo siempre presentes. Y veo lo que sufre Lázaro.

-Es una enferma, Marta, una desquiciada. Perdonad.
-Es una endemoniada, Maestro.

-¿Y qué es la posesión diabólica, sino una enfermedad del espíritu, contagiado por Satanás hasta el punto de degenerarse transformándose en una entidad espiritual diabólica? ¿Cómo explicar, si no, ciertas perversiones en los humanos; perversiones que le hacen al hombre mucho peor que las fieras cuando están furiosas, más libidinoso que los simios en su lujuria, etc., y hacen de él un híbrido, en el cual se encuentran fundidos el hombre, el animal y el demonio? Ésta es la explicación de lo que nos asombra como una monstruosidad inexplicable en tantas criaturas. No llores. Perdona. Yo veo. Yo tengo una vista más alta que la del ojo y del corazón. Tengo vista de Dios. Veo. Y te digo: perdona porque está enferma.

-¡Pues entonces cúrala!

-La curaré. Ten fe. Te daré este motivo de dicha. Pero tú perdona y dile a Lázaro que lo haga. Perdona. Sigue amándola.

Acércate a ella. Háblale como si fuera una como tú. Háblale de mí…

-¿Cómo quieres que te comprenda a ti, que eres Santo?
-Parecerá que no comprende. Pero mi Nombre de por sí es ya salvación. Haz que piense en mí y que me nombre. ¡Oh, Satanás huye cuando mi Nombre es pensado por un corazón! Sonríe, Marta, ante esta esperanza. Mira esta rosa: la lluvia de estos días la había puesto mustia, pero el sol de hoy, mira, la ha abierto; y así es aún más hermosa, porque la lluvia que ha quedado entre pétalo y pétalo la enjoya de diamantes. Así será vuestra casa… Llanto y dolor ahora; luego… alegría y gloria. Ve.

Díselo a Lázaro mientras Yo, en la paz de tu jardín, ruego al Padre por María y por vosotros…

Todo termina así.

111- Encuentro con Salomón en el vado del Jordán. Parábola sobre la conversión de los corazones

-¡Qué extraño que el Bautista no esté aquí! -dice Juan al Maestro.

-Están todos en la margen oriental del Jordán, a la altura del famoso vado donde un tiempo bautizaba el Bautista.

-Y tampoco está en la otra ribera - observa Santiago.
-Le habrán echado el guante de nuevo esperando otra bolsa - comenta Pedro - ¡Son gentuza esos tipos de Herodes!
-Vamos a pasar allí y preguntamos» dice Jesús.

Así lo hacen, y preguntan a un barquero de la otra ribera:
-¿Ya no bautiza aquí el Bautista?

-No. Está en los confines de Samaria. ¡Tan bajo hemos caído! Un santo tiene que pasar a campo samaritano para salvarse de los ciudadanos de Israel. ¿Y por qué os asombráis si Dios nos abandona? Yo sólo me asombro de una cosa: ¡que no haga de toda Palestina una Sodoma y Gomorra!…

-No lo hace por los justos que hay en ella, por los que, sin ser todavía del todo justos, sienten sed de justicia y siguen las doctrinas de quienes predican santidad - responde Jesús.

-Dos, entonces: el Bautista y el Mesías. A1 primero lo conozco porque yo también le he servido aquí en el Jordán, pasándolo en la barca a algún fiel sin pedir nada, porque él dice que debemos contentarnos con lo justo. Me parecía justo conformarme con la ganancia por otros servicios, y me parecía que era injusto el pedir paga por llevar a un alma hacia la purificación. Me han tomado por loco los amigos, pero en fin… Si yo estoy contento de lo poco que tengo, ¿quién puede quejarse? Por lo demás, veo que aún no me he muerto de hambre, y espero que cuando muera me sonría Abraham.

-Así es, hombre. ¿Quién eres? - pregunta Jesús.
-¡Oh!, tengo un nombre muy grande y me río de ello, porque sólo tengo sabiduría para el remo. Me llamo Salomón.
-Tienes la sabiduría de juzgar que quien coopera con una purificación no debe corromperla con el dinero. Yo te digo: No sólo Abraham, sino el Dios de Abraham te sonreirá cuando mueras, como a hijo fiel.

-¡Oh, Dios! ¿Lo dices de verdad? ¿Quién eres?
-Soy un justo.
-Te he dicho que hay dos justos en Israel: uno es el Bautista; el otro, el Mesías. ¿Eres Tú el Mesías?
-Soy Yo.
-¡Oh, eterna misericordia! Pero… un día oí a unos fariseos que decían… Bueno, dejémoslo… No quiero ensuciarme la boca. Tú no eres eso que decían de ti. ¡Lenguas más bífidas que las de las víboras!…
-Soy Yo y te digo: No estás muy lejos de la Luz. Adiós, Salomón, la paz sea contigo.

-¿A dónde vas, Señor? - el hombre está asombrado por la revelación y ha asumido un tono completamente distinto.
Antes era un bonachón que hablaba, ahora es un fiel que adora.

-A Jerusalén, por Jericó. Voy a los Tabernáculos.
-¿A Jerusalén? Pero… ¿también Tú?
-Soy hijo de la Ley Yo también. No anulo la Ley. Os doy luz y fuerza para seguirla con perfección.
-¡Pero Jerusalén ya te odia! Quiero decir, los grandes, los fariseos de Jerusalén. Te he dicho que he oído…
-Déjalos. Ellos hacen su deber, lo que creen que es su deber; Yo hago el mío. En verdad te digo que hasta que no sea la hora no podrán nada.
-¿Qué hora, Señor? - preguntan los discípulos y el barquero.

-La del triunfo de las Tinieblas.
-¿Vas a vivir hasta el fin del mundo?
-No. Habrá una tiniebla más atroz que la de los astros apagados y que la de nuestro planeta, muerto con todos sus hombres. Será cuando los hombres sofoquen la Luz que Yo soy. En muchos el delito ya se ha producido. Adiós, Salomón.

-Te sigo, Maestro.
-No. Ven dentro de tres días al Bel Nidrás. La paz a ti.
Jesús se pone en camino entre sus discípulos, que van pensativos.

-¿Qué pensáis? No temáis ni por mí ni por vosotros.
Hemos pasado por la Decápolis y la Perea, y por todas partes hemos visto agricultores trabajando en los campos. En unos lugares, la tierra estaba todavía cubierta por rastrojos y malas hierbas; árida, dura, ocupada por plantas parásitas que los vientos estivos habían llevado y sembrado arrebatando sus semillas a las desolaciones desérticas: eran las tierras de los perezosos y vividores.

En otros lugares la tierra había sido ya abierta por la reja del arado, y limpiada, con el fuego y la mano, de piedras, espinos y malas hierbas. Lo que antes era un mal, o sea, las plantas inútiles, he aquí que con la purificación del fuego y del tajo, se había transformado en bien: en abono, en sales útiles para la fecundación. La tierra habrá llorado bajo el dolor de la hoja que la abría y hurgaba, y bajo el mordisco del fuego que corría por sus heridas. Mas reirá más hermosa en primavera diciendo: "El hombre me torturó para proporcionarme esta opulenta mies que me embellece".

Y éstas eran las tierras de los voluntariosos. En otros lugares, la tierra estaba ya esponjosa, limpia incluso de cenizas, un verdadero lecho nupcial para el desposorio de la gleba con la semilla y para el fecundo connubio que proporciona tanta gloria de espigas: éstos eran los campos de aquellos cuya generosidad llegaba hasta la perfección de la operatividad.

Pues bien, igual sucede con los corazones. Yo soy la Reja de Arado y mi palabra es Fuego, para predisponer al triunfo eterno.

Hay quien, perezoso o vividor, aún no me busca, no me requiere, se satisface con su vicio, con las pasiones malvadas, que parecen frondas de hojas y de flores y en realidad son zarzas y espinas que laceran a muerte el espíritu, lo atan y hacen de él haz para los fuegos de la Gehena. Por ahora la Decápolis y Perea son así… y no sólo ellas. No se me piden milagros porque no se quiere el tajo de la palabra ni la quemazón del fuego. Pero llegará su hora. En distinto lugar, hay quien acepta este tajo y esta quemazón, y piensa: "Es penoso, pero me purifica y me hará fecundo para el Bien". Éstos son los que, si bien no tienen el heroísmo de hacer, dejan que Yo haga. Es el primer paso en mi camino. Hay, en fin, quienes ayudan con su diligente, diario, constante trabajo a mi trabajo; éstos no es que caminen, sino que vuelan por el camino de Dios; éstos son los discípulos fieles: vosotros y los otros que están diseminados por Israel.

-Pero somos pocos… contra muchos; somos humildes… contra los poderosos. ¿Cómo defenderte si quisieran hacerte algún daño?

-Amigos. Recordad el sueño de Jacob. Él vio una multitud incalculable de ángeles que subían y bajaban por la escalera que le unía con el Cielo. Una multitud; y no era más que una parte de las legiones angélicas… Pues bien, ni todas las legiones que cantan "aleluya" a Dios en el Cielo, aunque bajaran y se pusieran en torno a mí para defenderme, cuando llegue la hora podrían algo. La justicia ha de cumplirse…

-¡Querrás decir la injusticia! Porque Tú eres santo y si te hacen algún daño, si te odian, son unos injustos.
-Por eso digo que en algunos el delito se ha cumplido ya. Quien da vida en su corazón a pensamientos de homicidio es ya un homicida; si de hurto, es ya un ladrón; si de adulterio, es ya un adúltero; si traición, es ya un traidor. El Padre sabe las cosas, y Yo también, pero Él me deja ir, y Yo voy; para esto he venido. Mas el grano madurará y será sembrado dos veces antes de que el Pan y el Vino sean dados en alimento a los hombres.

-¿Se hará un banquete de júbilo y de paz, entonces?
-¿De paz? Sí. ¿De júbilo? También. Pero… ¡Oh…, Pedro, oh…, amigos, cuántas lágrimas habrá entre el primero y el segundo cáliz! Sólo después de beber la última gota del tercer cáliz, el júbilo será grande entre los justos, y segura la paz para los hombres de recta voluntad.

-Tú estarás presente… ¿no es verdad?
-¿Yo?… ¿Acaso falta alguna vez al rito el cabeza de familia? ¿Y no soy Yo la Cabeza de la gran familia del Cristo?
Simón Zelote, que ha estado siempre callado, dice, como hablando consigo mismo:

-¿Quién es Este que viene con las vestiduras teñidas de rojo? Está hermoso con su vestido y camina en la grandeza de su fuerza". "Soy Yo quien habla con justicia y protege salvíficamente.” "¿Por qué, entonces, tus vestidos están teñidos de rojo y tus vestiduras están como las de quien prensa la uva?” "Yo solo, por mí mismo, he prensado la uva. Ha llegado el año de mi redención".

-Tú has comprendido, Simón - observa Jesús.
-He comprendido, mi Señor.
Los dos se miran; los demás los miran asombrados y entre sí se preguntan:
-¿Pero habla de las vestiduras rojas que lleva Jesús ahora, o de la púrpura de rey con que se adornará cuando llegue la hora?
Jesús se abstrae. Parece como si no oyese nada más.
Pedro toma aparte a Simón y le pide:
-Tú que eres sabio y humilde, explica a mi ignorancia tus palabras.

-Sí, hermano. Su nombre es Redentor. Los cálices del banquete de paz y júbilo entre el hombre y Dios, y Tierra y Cielo, los llenará Él, por sí mismo, de su Vino, prensándose a sí mismo en el sufrimiento por amor de todos nosotros. Por eso estará presente, a pesar de que las potestades de las Tinieblas, entonces, hayan sofocado aparentemente la Luz, que es Él. ¡Oh, hay que amar mucho a este Cristo nuestro porque mucho será desamado! Hagamos que en la hora del abandono no nos pueda llegar y reprender el lamento davídico: "Una jauría de perros (y entre ellos también nosotros) se ha puesto alrededor de mí".

-¿Tú crees?… Pero si nosotros lo defenderemos aun a costa de morir con Él.

-Nosotros lo defenderemos… Pero somos hombres, Pedro, y nuestra audacia se fundirá aun antes de que le descoyunten a Él los huesos… Sí, nosotros haremos como el agua helada del cielo: un rayo la licúa en lluvia; luego el viento, en el suelo, vuelve a convertirla en hielo. ¡Así nosotros, así nosotros! Nuestra presente audacia de ser discípulos suyos - porque su amor y su cercanía nos condensan en viril intrepidez - se disolverá bajo la acción del rayo agresor de Satanás y de los satanases.

Y de nosotros ¿qué quedará entonces? Pero luego, tras la infame y necesaria prueba, la fe y el amor nos harán de nuevo compactos y seremos como un cristal que no teme incisión alguna. Eso sí, sabremos y podremos esto si lo amamos mucho mientras lo tenemos con nosotros. Entonces… sí, creo que entonces no seremos, por su palabra, ni enemigos ni traidores.

-Tú eres sabio, Simón. Yo… soy un iletrado. Me avergüenzo de preguntarle a Él tantas cosas, y me duele cuando siento que son cosas de lágrimas… Mira su rostro: parece como si lo estuviera lavando un llanto secreto. Observa sus ojos: no miran ni al cielo ni al suelo; están abiertos a un mundo para nosotros desconocido. Y ¡qué cansado y combado es su caminar! Su actitud pensativa le hace parecer más viejo. ¡Oh, no puedo verlo así! ¡Maestro, Maestro, sonríe; no puedo verte tan lleno de amargura!
¡Te quiero como a un hijo! ¡Te daría pecho mi como almohada, para que durmieras y soñaras otros mundos!…

¡Oh, perdona si te he dicho "hijo"! Es que te quiero, Jesús.

-Soy el Hijo… ese nombre es mi Nombre. Pero ya no estoy triste. ¿Lo ves? Sonrío porque vosotros sois amigos míos. Ved allí, al fondo, Jericó, toda roja con el ocaso. Que dos de vosotros vayan a buscar alojamiento. Yo y los demás iremos a esperaros al lado de la sinagoga. Id.

Y todo termina mientras Juan y Judas Tadeo se ponen en camino en busca de una casa hospitalaria.

110- En casa de Jacob en las cercanías del lago Merón

Yo diría que, además del lago de Galilea y del Mar Muerto, Palestina tiene otro pequeño lago o rebalsa, una laguna en suma, cuyo nombre ignoro. Para calcular medidas yo no valgo nada, pero, a ojo, diría que esta pequeña depresión puede ser de unos tres kilómetros por dos.

Poca, bien poca cosa como se ve. Confiérenle gracia, no obstante, su entorno verde y su superficie, tan azul y sosegada, que parece una gran lámina de esmalte azul cielo veteada en el centro por una pincelada más clara, y ligeramente más movida, quizás por la corriente del río que se introduce en ella al Norte para salir al Sur y que, por lo pequeña que es la laguna - creo que sobre todo es poco profunda -, no pierde su corriente, sino que, como vena viva en un agua parada, denota esta vitalidad y presencia suyas con el color distinto y el ligero fruncimiento de las aguas.

No hay barcas de vela en la laguna; sólo alguna pequeña barquita de remos, desde donde un solitario pescador echa o extrae sus nasas de pesca, o que sirven para pasar al otro lado a un viandante que quiere abreviar el camino. Y rebaños, rebaños, rebaños… que descienden, sin duda, de los pastos montanos porque avanza el otoño, y pacen en estas márgenes de prados verdes y feraces. Por el vértice sur del lago - puesto que es de forma oval - pasa una via de comunicación de primer orden que se extiende de este a oeste - o, mejor, más o menos de nordeste a sudoeste -, bastante bien conservada y muy frecuentada por
transeúntes dirigidos hacia los pueblos esparcidos por esa zona. Por esta calzada camina Jesús con los suyos.

El día está más bien gris y Pedro observa:
-Hubiera sido mejor no ir a donde esa mujer. Los días se acortan cada vez más y el tiempo es cada vez más desapacible… y Jerusalén está todavía muy lejos.

-Llegaremos a tiempo. Y, créeme, Pedro, hacer el bien es más obediencia a Dios que hacer una ceremonia externa. Esa mujer ahora bendice a Dios con todos sus hijos en torno al cabeza de familia, que está tan curado, que podrá hallarse en Jerusalén para los Tabernáculos, mientras que habría debido estar durmiendo ya, para ese tiempo, entre vendas y bálsamos, en un sepulcro. No corrompas nunca la fe con la exterioridad de los actos. No se debe criticar nunca. ¿Cómo puedes asombrarte de los fariseos, si tú también caes en un error de piedad y cierras el corazón al prójimo diciendo: "Sirvo a Dios y basta”?

-Tienes razón, Maestro; soy más ignorante que un borrico.
-Y Yo te tengo conmigo para hacerte sabio. No tengas miedo. Cusa me ha ofrecido el carro casi hasta Yabboq. Desde allí al vado hay poco camino. Ha insistido tanto, y con razones tan justas, que he decidido, a pesar de que Yo juzgue que el Rey de los pobres debe servirse de los medios de los pobres; pero la muerte de Jonás ha impuesto un retardo y tengo que adaptar mi pensamiento a este imprevisto.

Los discípulos hablan de Jonás compadeciendo su mísera vida y envidiando su feliz muerte.
Simón Zelote susurra:

-No he podido hacerle feliz y dar al Maestro un verdadero discípulo, madurado en largo martirio e inquebrantable fe… y lo siento. ¡El mundo tiene mucha necesidad de criaturas fieles, convencidas de Jesús, para equilibrar a los muchos que niegan y negarán!

-No importa, Simón -responde Jesús - Él se siente más feliz ahora, y es más activo. Y tú has hecho más de lo que hubiera hecho cualquier otro por él y por mí, y por él también te doy las gracias, ahora él sabe quién fue el que lo liberó, y te bendice.

-Entonces maldice a Doras -exclama Pedro.
Y Jesús lo mira y le pregunta:
-¿Tú crees? Estás equivocado. Jonás era un justo, ahora es un santo. En vida ni odió ni maldijo; ni odia ni maldice ahora.
Pone su mirada en el Paraíso, desde su lugar de espera, y se regocija porque sabe que pronto el Limbo dejará salir a los que están esperando. No hace nada más.
-Y en Doras… ¿incidirá tu anatema?
-¿En qué sentido, Pedro?
-Pues… haciéndole meditar y cambiar… o… sometiéndolo a castigos.
-Lo he remitido a la Justicia de Dios; Yo, el Amor, lo he abandonado.
-¡Misericordia! ¡No quisiera estar en él!
-¡Ni yo tampoco!
-¡Y yo tampoco!
-Ninguno querría, porque ¿qué será la Justicia del Perfecto? -dicen los discípulos.

-Será éxtasis para los buenos; será rayo para los perversos, amigos. En verdad os digo: ser durante toda la vida esclavo, leproso, mendigo, es felicidad de rey al lado de una hora, una sola hora, de castigo divino.
-Llueve, Maestro, ¿qué hacemos? ¿A dónde vamos?
Efectivamente, sobre el lago, que se ha oscurecido reflejando el cielo completamente cubierto de nubes plúmbeas, caen y rebotan las primeras gruesas gotas de una lluvia que promete intensificarse.

-A alguna casa. Pediremos amparo en nombre de Dios.
-Esperemos encontrar uno bueno como aquel romano. No creía que fueran así… Siempre me había alejado de ellos considerándolos impuros, pero veo que… sí, si hago cuentas son mejores que muchos de nosotros - dice Pedro.
-¿Te agradan los romanos? - pregunta Jesús.
-¡Bueno!… no veo que sean peores que nosotros. Sólo son samaritanos…

Jesús sonríe y no dice nada.
Llega a su altura una pequeña mujer que va arreando a ocho ovejas.
-Mujer, ¿sabes decirnos dónde podemos encontrar un techo?…pregunta Pedro.
-Yo sirvo a un hombre pobre y solo. Pero si queréis venir… Creo que mi patrón os acogerá con bondad.
-Vamos.
Caminan bajo el aguacero, rápidos, entre las ovejas, que van trotando con sus cuerpos obesos para escaparse del chaparrón. Dejan la calzada principal para tomar un caminito que conduce a una pequeña casa baja. La reconozco como la casa del campesino Jacob, el de Matías y María, los dos huerfanitos de la visión.
-¡Ahí está! Corred mientras llevo las ovejas al aprisco. A1 otro lado de la tapia hay un patio por el que se va a la casa.

Estará en la cocina. No os fijéis en si es de pocas palabras… Está angustiado por muchas cosas.
La mujer va hacia un cuchitril que está a la derecha. Jesús, cor los suyos, gira a la izquierda.
Se ve la era con el pozo, y el horno en el fondo, y el manzano a un lado. La puerta de la cocina está abierta de par en
par. En ésta arde un fuego de pequeñas ramas y un hombre está reparando un apero agrícola roto.
-Paz a esta casa. Te pido refugio para la noche, para mí y mis compañeros - dice Jesús en el umbral de la puerta.
El hombre alza la cabeza.
-Entra - dice - y que Dios te restituya la paz que ofreces. Pero… ¿paz aquí?… La paz es enemiga de Jacob desde hace un tiempo. ¡Pasa, pasa!… Entrad todos. E1 fuego es lo único que puedo daros con abundancia… porque… ¡Oh, pero… pero si Tú, ahora que te has quitado la capucha (Jesús se había tapado la cabeza con el extremo del manto, teniéndolo agarrado con la mano por debajo de la garganta) y te veo bien… Tú eres, sí, eres el rabí galileo, al que llaman Mesías y hace milagros…! ¿Eres Tú? Dilo, en nombre de Dios.

-Soy Jesús de Nazaret, el Mesías. ¿Me conoces?
-Te oí hablar durante la pasada luna en casa de Judas y Ana. Estaba entre los vendimiadores porque… soy pobre… Una cadena de desgracias: pedrisco, orugas, enfermedades en las plantas y en 1as ovejas… Para mí, sólo con una mujer a mi servicio, me bastaba mi haber. Pero ahora me he entrampado porque me persigue la mala suerte… Para no vender todas las ovejas he trabajado en casa ajena… ¿Mis tierras?… ¡Estaban tan quemadas, y las vides y los olivos se habían quedado tan estériles, que parecía que hubiera pasado por ellas la guerra! Desde que se me murió la mujer, hace ya seis años, parece como si Satanás se estuviera divirtiendo. ¿Te das cuenta? Estoy trabajando en este arado, pero tiene la madera toda rota. ¿Qué puedo hacer? No soy carpintero, y ato, ato… pero no sirve. Y ahora tengo que tratar de evitar los más mínimos gastos… Voy a vender otra oveja para reparar los aperos. Tengo goteras… pero me acucia más el campo que la casa. ¡Mala suerte! Las ovejas están todas preñadas… Esperaba rehacer el rebaño… ¡En fin!

-Veo que vengo a ser una carga donde ya hay mucha.
-¿Tú una carga? No. Te oí hablar y… se me grabó en el corazón lo que decías. Es verdad que he trabajado honradamente, y, sin embargo…Pero pienso que quizás no era todavía lo bastante bueno. Pienso que quizás quien era buena era mi mujer, que tenía piedad de todos; pobre Lía, muerta demasiado pronto, demasiado para su marido… Pienso que el bienestar de entonces venía por ella del Cielo. Y quiero ser mejor, por lo que Tú dices y por imitar a mi esposa. No pido mucho…
sólo permanecer en esta casa donde ella murió, donde yo nací… y disponer de un pan para mí y la criada que me hace de mujer y de pastora y me ayuda como puede. No tengo más personas a mi servicio. Tenía dos y me eran suficientes, trabajando, como trabajaba, también yo en las tierras y en el olivar… Pero el pan que tengo, a duras penas alcanza para mí…

-No te prives de él por nosotros…
-No, Maestro. Aunque no tuviera más que un pedazo de pan, te lo daría. Es para mí un honor tenerte… Jamás lo hubiera esperado. Si te manifiesto mis miserias es porque eres bueno y comprendes.

-Sí, comprendo. Dame ese martillo. No se hace así. Así rompes la madera. Dame también ese punzón, pero primero ponlo al rojo; se taladrará mejor la madera, con lo cual podremos pasar la clavija de hierro sin esfuerzo. Déjame. Yo he sido carpintero…

-¿Trabajar Tú para mí? ¡No!
-Déjame. Tú me das hospedaje, Yo te ayudo; entre los hombres el amor mutuo debe ser dando cada uno lo que pueda.

-Tú das la paz, das la sabiduría, das el milagro… ¡das ya mucho, mucho!

-Doy también el trabajo. ¡Venga, obedece!
Y Jesús, sólo con la túnica, trabaja rápido y con práctica en el astillado timón; taladra, ata, emperna, hace pruebas hasta que siente que está fuerte.
-Podrá trabajar todavía mucho tiempo, hasta el año que viene, y entonces podrás hacerlo nuevo.
-Yo también lo creo. Esa reja ha estado en tus manos y me bendecirá la tierra.

-No te la bendecirá por esto, Jacob.
-¿Por qué entonces, mi Señor?
-Porque practicas la misericordia. No te cierras en el rencor del egoísmo y de la envidia, sino que aceptas mi doctrina y la pones en práctica. Bienaventurados los misericordiosos: obtendrán misericordia.

-¿En qué la practico contigo, Señor? Casi no tengo lugar ni alimento para tu necesidad; no tengo más que la buena voluntad, y nunca como ahora me ha pesado el ser indigente, por no tener con qué darte el debido honor a ti y a tus amigos.

-Me basta tu deseo. En verdad te digo que incluso un sólo cáliz de agua dado en mi nombre es cosa grande a los ojos de Dios. Yo era un cansado viandante bajo la tormenta, tú me has dado hospedaje. Llega la hora del alimento y me dices: "Te ofrezco cuanto tengo". Se hace de noche y tú me ofreces un techo amigo. ¿Qué más quieres hacer? Ten confianza, Jacob. El Hijo del hombre no mira la pompa del recibimiento y de la comida, mira el sentimiento del corazón. El Hijo de Dios le dice al Padre:

"Padre, bendice a mis benefactores y a todos aquellos que en mi nombre son misericordiosos con los hermanos". Esto digo para ti.

La criada, que mientras Jesús trabajaba con la grada ha hablado con el patrón, vuelve con algo de pan, con leche que acaba de ordeñar, pocas manzanas algo secas y una bandeja de aceitunas.

-No tengo más - se justifica el hombre.
-¡Oh, Yo veo en tu comida un alimento que tú no ves! Y de ése me nutro porque tiene sabor celeste.
-¿Será que te alimentas, Tú, Hijo de Dios, de algún alimento que te traen los ángeles? Quizás vives del pan del espíritu.

-Sí. Más que el cuerpo, tiene valor el espíritu, y no en mí sólo. Pero no me nutro de pan angélico, sino del amor del Padre y de los hombres. Esto lo encuentro en tu mesa y bendigo por ello al Padre que a ti me ha conducido con amor, y te bendigo a ti que con amor me acoges y amor me das: éste es mi alimento, y hacer la voluntad del Padre mío.

-Bendice, entonces, y ofrece Tú, por mí, el alimento a Dios. Hoy eres el Cabeza de familia y siempre serás mi Maestro y Amigo.
Jesús toma y ofrece el pan teniéndolo sobre las palmas levantadas en alto, y ora con un salmo, creo. Luego se sienta, parte y distribuye…

Todo así termina.

109- En los campos de Jocanán y en los de Doras. Muerte de Jonás

Vuelvo a ver, de día, el llano de Esdrelón; un día medio nublado de finales de otoño. Ha debido caer durante la noche una de las primeras lluvias de los tristes meses invernales, porque la tierra está húmeda, si bien no fangosa. Sopla todavía el viento, un viento húmedo que se lleva las hojas amarillentas y penetra hasta los huesos con su aliento cargado de humedad.

En los campos hay escasas yuntas de bueyes tirando del arado. Levantan fatigosamente la tierra densa y pesada de esta fértil llanura para prepararla a recibir la semilla. Lo que me da pena es ver que en ciertos lugares son los mismos hombres los que hacen el trabajo de los bueyes, empujando la reja del arado con toda la fuerza de sus brazos, e incluso del pecho, apretandofuertemente los pies contra el suelo removido, trabajando como esclavos en esta operación que cansa incluso a los robustos novillos.

También Jesús mira y ve, y se entristece su rostro, hasta llorar incluso.

Los discípulos - once porque Judas aún no ha vuelto y los pastores ya no están - hablan entre sí, y Pedro dice:
-Pequeña, pobre, fatigosa es también la barca… ¡Pero cien veces mejor que este servicio de animales de tiro! – y pregunta: «Maestro, ¿serán ya siervos de Doras?
Responde Simón Zelote:

-No lo creo. Sus campos están al otro lado de aquellos árboles frutales, me parece. Todavía no los vemos.
Pero Pedro, curioso siempre, deja el camino y va por un lindero entre dos parcelas. En los bordes se han sentado un momento cuatro fatigados y sudorosos agricultores. Están jadeantes por el esfuerzo realizado. Pedro les pregunta:

-¿Sois de Doras?
-No. Pero somos de su pariente, de Jocanán. ¿Y tú quién eres?
-Soy Simón de Jonás, pescador de Galilea hasta la luna de Ziv. Ahora, Pedro de Jesús de Nazaret, el Mesías de la Buena Nueva - Pedro dice esto con el respeto y la gloria con que uno diría: "Pertenezco al alto y divino César de Roma", y mucho más todavía; su honesto rostro resplandece de la alegría de profesarse de Jesús.

-¡Oh, el Mesías! ¿Dónde, dónde está? - dicen los cuatro infelices.

-Aquél es. Aquél, alto y rubio, vestido de rojo oscuro. Aquél, el que mira ahora hacia aquí esperándome sonriente.
-¿Si fuéramos nosotros… nos rechazaría?

-¿Rechazaros? ¿Por qué? Es el amigo de los desdichados, de los pobres, de los oprimidos, y me da la impresión de que vosotros… sí, realmente sois de ésos…

-¡Claro que lo somos! ¡Y cómo! De todas formas, de ninguna manera como los de Doras. A1 menos disponemos del pan que queramos y no nos azotan sino en el caso de que interrumpamos nuestro trabajo, pero…
-De modo que si ahora ese señoriíto de Jocanán os encuentra aquí hablando, os…

-Nos azotaría como no lo hace ni con sus perros…
Pedro silba en modo significativo. Luego dice:
-Entonces será mejor así…- y, abocinando las manos en torno a la boca, llama fuerte: “¡Maestro! ¡Ven aquí! ¡Que hay corazones que sufren y te necesitan!

-¿Pero qué estás diciendo? ¿Él? ¿Aquí, donde nosotros?! Pero si nosotros no somos más que unos despreciables siervos!

Los cuatro hombres están aterrorizados de tanta osadía.
-A nadie le gusta que lo azoten, y si pasa por aquí ese "distinguido" fariseo, no quisiera recibir yo también una ración… -dice Pedro riendo mientras zarandea con su manota al más aterrorizado de los cuatro Jesús, con su largo paso, ya está llegando. Los cuatro hombres no saben qué hacer. Quisieran correr a su encuentro, pero el respeto los paraliza (pobres a quienes la maldad humana ha transformado en seres atemorizados de todo). Caen rostro en tierra, adorando des-de ahí al Mesías, que se llega a ellos.

-La paz a todos los que me anhelan. El que me anhela, anhela el bien, y Yo lo quiero como a un amigo. Levantaos.
¿Quiénes sois?
Pero los cuatro apenas alzan el rostro del suelo, permaneciendo de rodillas y mudos.

Habla Pedro y dice:
-Son cuatro siervos del fariseo Jocanán, familiar de Doras. Querrían hablarte, pero… si llega él les dan de palos; por eso te he dicho: "Ven". ¡Venga, muchachos, que no os come! Tened confianza. Considerad que es un amigo vuestro.

-Nosotros… nosotros sabemos de ti… por Jonás…
-Por él vengo. Sé que me ha anunciado. ¿Qué sabéis de mí?
-Que eres el Mesías. Que te vio cuando eras niño. Que los ángeles, con tu venida, cantaron la paz a los buenos. Que fuiste perseguido… pero que te salvaste, y que ahora has buscado a tus pastores y… y los quieres. Esto lo decía ahora, esto último. Y nosotros pensábamos: si es bueno como para amar y buscar a unos pastores, sin duda también a nosotros nos querrá un poco…

Necesitamos verdaderamente a alguien que nos quiera…
-Yo os quiero. ¿Sufrís mucho?
-¡Oh!… Pero más todavía los de Doras. ¡Si Jocanán nos encontrase aquí hablando!… Pero hoy está en Gerguesa. Todavía no ha vuelto de los Tabernáculos. No obstante, su intendente esta noche vendrá a medir el trabajo y luego nos dará la ración de alimento. Pero no importa, recuperaremos el tiempo no descansando para la comida de la hora sexta.

-Dime, muchacho. ¿No sería yo capaz de empujar ese apero? ¿Es un trabajo difícil? - pregunta Pedro.
-Difícil no, pero sí fatigoso. Se requiere fuerza.
-La tengo. Déjame ver. Si soy capaz, tú hablas y yo hago de buey. Tú, Juan, Andrés y Santiago, ¡venga!, a la lección.

Pasamos de los peces a los gusanos del suelo. ¡Hala! Pedro pone su mano sobre el eje transversal del timón. Por cada arado hay dos hombres, uno a este lado, el otro al otro
lado de la larga barra del timón. Mira e imita todos los movimientos del campesino. Siendo fuerte y estando descansado, trabaja bien. El hombre lo alaba.
-Soy un maestro de la aradura - exclama contento el buen Pedro. ¡Venga, Juan, ven aquí! Un toro y un novillo por arado.

En el otro. Santiago y el mudo ternero de mi hermano. ¡Venga! ¡Ah… eup!»
Los dos pares de aradores van parejos removiendo la tierra y trazando los surcos por el largo campo. Llegados al linde, vuelven el arado y hacen el nuevo surco. Parece como si hubieran trabajado siempre en el campo.
-¡Qué buenos son tus amigos! - dice el más audaz de los siervos de Jocanán - ¿Los has hecho tú así?

-Yo he dado una regla a su bondad. Como tú haces con las tijeras de podar. Pero la bondad ya estaba en ellos. Ahora florece bien porque hay quien la cuida.
-También son humildes. ¡Amigos tuyos y servir así a unos pobres siervos…!

-Conmigo sólo puede estar quien ama la humildad, la mansedumbre, la honestidad y el amor; sobre todo el amor, porque quien ama a Dios y al prójimo posee como consecuencia todas las virtudes y consigue el Cielo.
-¿Nosotros también podremos conseguirlo, nosotros que no tenemos tiempo para rezar, para ir al Templo, para ni siquiera levantar la cabeza del surco?

-Responded: ¿guardáis odio a quien tan duramente os trata? ¿Hay en vosotros rebelión y acusación contra Dios por haberos colocado entre los ínfimos de la Tierra?
-¡No, no, Maestro! Es nuestro destino. Pero cuando, cansados, nos dejamos caer sobre la yacija, decimos: "Bien, pues el Dios de Abraham sabe que estamos tan agotados que no podemos decirle más que: ` ¡Bendito sea el Señor!"'; también decimos:

"Un día más hemos vivido sin pecar"… Ya sabes… podríamos robar un poquito, comer con el pan un fruto, o echar algo de aceite en las verduras cocidas. Pero el patrón ha dicho: “A los siervos les basta el pan y las verduras cocidas, y durante la recolección un poco de vinagre en el agua para calmar la sed y dar energía". Y nosotros lo hacemos. En fin… se podría estar peor.
-Os digo que en verdad el Dios de Abraham sonríe por vuestros corazones, mientras que muestra rostro acerbo a quienes lo insultan en el Templo con engañosas oraciones mientras no aman a sus semejantes.

-¡Pero entre iguales se aman! A1 menos… eso parece, porque se veneran recíprocamente con regalos y reverencias. Es con nosotros con quienes no tienen amor. Pero nosotros somos distintos de ellos, y es justo.

-No. En el Reino del Padre mío no es justo, y distinto será el modo de juzgar. No recibirán honores los ricos y poderosos por el hecho de serlo, sino sólo aquellos que hayan amado siempre a Dios, queriéndolo por encima de sí mismos y por encima de cualquier otra cosa, como el dinero, el poder, la mujer, la mesa; y amando a sus propios semejantes, que son todos los hombres, sean ricos o pobres, conocidos o desconocidos, doctos o sin cultura, buenos o malvados. Sí, también hay que amar a los malvados. No por su maldad, sino por piedad hacia su alma, herida de muerte por ellos mismos. Hay que amarlos con un
amor que suplique al Padre celeste curarlos y redimirlos.

En el Reino de los Cielos serán bienaventurados los que hayan honrado al Señor con verdad y justicia y hayan amado a los padres y a los familiares por respeto; los que no hayan robado en modo alguno ni nada, o sea, los que hayan dado y pretendido lo justo incluso en el trabajo de los servidores; los que no hayan matado ni reputaciones ni criaturas, y no hayan deseado matar, aunque los modos de actuar de los demás hayan sido crueles como para soliviantar el corazón en actitud desdeñosa y de sublevación; quienes no hayan jurado lo falso, dañando al prójimo y lesionando la verdad; quienes no hayan cometido adulterio o cualquier otro acto vicioso carnal; quienes mansa y resignadamente hayan aceptado su suerte sin envidias hacia los demás. De éstos es el Reino de los Cielos. El mendigo puede ser un rey bienaventurado
allí arriba, mientras que el Tetrarca con su poder no será nada; es más, más que nada: será pasto de Satanás si ha actuado contra la ley eterna del Decálogo.

Los hombres le están escuchando con la boca abierta de admiración.

Con Jesús están Bartolomé, Mateo, Simón, Felipe, Tomás, Santiago y Judas de Alfeo; los otros cuatro continúan su trabajo, colorados, sudorosos, pero alegres. Basta Pedro para tenerlos alegres a todos.

-¡Qué razón tenía Jonás llamándote Santo! En ti todo es santo: las palabras, la mirada, la sonrisa; ¡jamás hemos sentido el alma tanto!
-¿Hace mucho que no veis a Jonás?
-Desde que está enfermo.
-¿Enfermo?

-Sí, Maestro. No puede más. Antes a duras penas lograba moverse, después de las faenas estivas y de la vendimia ya realmente es que no se tiene en pie; y a pesar de todo… le hace trabajar ese… ¡Oh…, dices que hay que amar a todos, pero es muy difícil amar a las hienas, y Doras es peor que una hiena!
-Jonás lo ama…

-Sí, Maestro. Pienso que es tan santo como aquéllos a quienes, por fidelidad al Señor Dios nuestro, han matado con martirio.
-Dices bien. ¿Cómo te llamas?
-Miqueas, y éste Saulo y éste Joel y éste Isaías.
-Le recordaré vuestros nombres al Padre. ¿Y decís que Jonás se encuentra muy enfermo?
-Sí, nada más terminar el trabajo se deja caer sobre el forraje y nosotros no lo vemos. Nos lo dicen otros siervos de Doras.

-¿Está trabajando a esta hora?
-Si está en pie, sí. Debería estar al otro lado de aquel pomar.

-¿Ha sido buena la cosecha de Doras?
-Se ha hablado de ella en toda la región. Los árboles estaban apuntalados porque los frutos tenían un tamaño verdaderamente milagroso. Doras ha tenido que mandar hacer nuevos lagares, porque la uva, de tanta como había, no habrían podido meterla en los que se venían usando.
-¿Entonces Doras habrá premiado a su siervo?
-¿Premiado? ¡Señor, qué mal lo conoces!

-Pero si Jonás me dijo que hace años le dio una paliza mortal por haber desaparecido algunos racimos, y que pasó a ser esclavo por deudas habiéndole acusado el patrón de pérdidas por la escasa cosecha. Este año, que ha tenido una abundancia milagrosa, habría debido premiarlo.

-No. Lo azotó ferozmente, acusándole de no haber obtenido los años precedentes la misma abundancia por no haber cuidado la tierra como se debía.
-¡Este hombre es una fiera salvaje! -exclama Mateo.
-No. Es un hombre sin alma - dice Jesús - Os dejo, hijos, con una bendición. ¿Tenéis pan y comida para hoy?
-Tenemos este pan - y sacando un pan oscuro de un talego que estaba en el suelo, se lo enseñan.
-Tomad mi comida. No tengo más que esto. Pero Yo hoy estaré en casa de Doras y…
-¿Tú en casa de Doras?
-Sí. Para rescatar a Jonás. ¿No lo sabíais?
-Aquí ninguno sabe nada. Pero… no te fíes, Maestro; serás como una oveja en el antro del lobo.

-No podrá hacerme nada. Tomad mi comida. Santiago, da cuanto tenemos, incluso nuestro vino. Que haya un poco de gozo también para vosotros, pobres amigos, en el alma y en el cuerpo. ¡Pedro, vamos!

-Voy, Maestro. Sólo queda este surco por terminar - y corre hacia Jesús, congestionado por la fatiga; se seca con el manto que se había quitado, se lo vuelve a poner y ríe contento.

Los cuatro no cesan de dar las gracias.
-¿Pasarás por aquí, Maestro?
-Sí, esperadme. Saludaréis incluso a Jonás. ¿Podéis hacerlo?

-¡Claro! La tierra debía estar arada para la noche. Están hechos más de dos tercios de ella, ¡y qué bien y qué rápido!

¡Son fuertes tus amigos!… Que Dios os bendiga. Hoy para nosotros es más que la fiesta de los Ázimos. ¡Que Dios os bendiga a todos, a todos, a todos!

Jesús va derecho hacia el pomar, lo cruzan, llegan a los campos de Doras. Más campesinos al arado, o agachados para limpiar los surcos de las hierbas arrancadas; pero Jonás no está. Reconocen a Jesús y, sin dejar de trabajar, lo saludan.

-¿Dónde está Jonás?

Después de dos horas ha caído sobre el surco y lo han llevado a casa. ¡Pobre Jonás! Poco tiempo más deberá sufrir. Está realmente en las últimas. Jamás tendremos un amigo mejor.

-Me tenéis a mí en la Tierra y a él en el seno de Abraham. Los muertos quieren a los vivos con dúplice amor: el propio y el que asumen estando con Dios (por tanto, amor perfecto).

-¡Ve enseguida con él! ¡Que te vea ahora que sufre!
Jesús bendice y continúa su camino.
-¿Y ahora qué piensas hacer? ¿Qué le piensas decir a Doras? - preguntan los discípulos.
-Voy a ir como si no supiera nada. Si se siente descubierto, es capaz de cebarse en Jonás y en sus siervos.
-Tiene razón tu amigo: es como un chacal - dice Pedro a Simón.
-Lázaro no dice nunca sino la verdad y no es maldecidor; cuando lo conozcas, lo querrás - responde Simón.

-Se ve la casa del fariseo: ancha, baja, bien construida, entre árboles ya despojados de sus frutos; una casa de campo, pero rica y cómoda. Pedro y Simón se adelantan para avisar.

Sale Doras. Un viejo de semblante duro, propio de un anciano avaricioso: ojos irónicos, boca de sierpe que esboza bruscamente una sonrisa falsa detrás de una barba más blanca que negra.

-Salud, Jesús - dice en tono familiar y con clara ostentación de benevolencia.
Jesús no dice: «Paz»; responde:
-Que ella vuelva a ti.
-Entra. La casa te acoge. Has sido puntual como un rey.
-Como una persona honesta - replica Jesús.
Doras se ríe, como si se hubiera tratado de una gracia.
Jesús se vuelve y les dice a los discípulos, que no han sido invitados a entrar:

-Entrad - Y añade: «Son mis amigos».
-Que entren… pero… ¿ése no es el recaudador de tributos, hijo de Alfeo?
-Éste es Mateo, el discípulo del Cristo - dice Jesús, en un tono que… el otro entiende y… vuelve a reírse más forzadamente que antes Doras pretende aplastar al "pobre" maestro galileo bajo la opulencia de su casa, fastuosa por dentro, fastuosa y gélida; los servidores parecen esclavos. Caminan encorvados; si entran en escena, desaparecen furtivamente y con rapidez, como quien teme siempre un castigo. Se tiene la impresión de una casa en que reinan la frialdad y el odio.

Pero Jesús no se apabulla ante la exposición de riquezas, ni ante el recuerdo de censo y parentela… y Doras, que percibe la indiferencia del Maestro, lo lleva consigo por el pomar jardín, mostrando árboles raros y ofreciendo sus frutos – los servidores los acercan en bandejas y copas de oro -. Jesús degusta y alaba la exquisitez de la fruta, parte conservada en una especie de almíbar (melocotones primorosos), parte fruta natural (peras de singular tamaño).

-Soy el único que las tiene en toda Palestina, y creo que ni siquiera en toda la península las hay como éstas. Las he mandado traer de Persia, y de más lejos aún. La caravana me costó el precio de un talento. Ni siquiera los Tetrarcas disponen de estos frutos; quizás ni siquiera César los tiene. Cuento las piezas y exijo todos los huesos. Las peras sólo se consumen en mi mesa, porque no quiero que se lleven ni una semilla. A Anás le mando algunas peras, pero sólo de las cocidas porque así son estériles.

-Son plantas de Dios, y los hombres son todos iguales.
-¿Iguales? ¡No, hombre, no! ¿Yo igual que… que tus galileos?

-El alma viene de Dios, y Él las crea iguales.
-¡Pero yo soy Doras, el fiel fariseo!…- diciendo esto parece esponjarse como un pavo.

Jesús lo asaetea con sus ojos de zafiro, cada vez más encendidos (signo que en Él denuncia que rebosa de piedad o de severidad). Jesús es mucho más alto que Doras y lo domina; está majestuoso con su vestido purpúreo al lado del pequeño y un poco encorvado fariseo, apergaminado, que lleva un vestido de una holgura y una abundancia de franjas impresionante.

Doras, después de un rato de autoadmiración, exclama:
-Pero Jesús, ¿por qué has enviado a casa de Doras, el puro fariseo, a Lázaro, hermano de una meretriz? ¿Amigo tuyo, Lázaro? ¡No debes permitirlo! ¿No sabes que está anatematizado porque su hermana, María, es una meretriz?
-No conozco más que a Lázaro y sus acciones, que son honestas.

-Pero el mundo recuerda el pecado de esa casa y ve que su mancha se extiende entre los amigos… No vayas a esa casa.

¿Por qué no eres fariseo? Si lo deseas… yo soy poderoso… hago que te acojan como tal a pesar de que seas galileo. Yo lo puedo todo en el Sanedrín. Está en mi mano Anás como lo está esta orla de mi manto. Te temerían más.

-Deseo sólo ser amado.
-Yo te amaré. ¿Ves como ya te amo al condescender a tu deseo dándote a Jonás?
-He pagado por él.
-Es verdad, y estoy asombrado de que hayas podido abonar tal suma.
-No Yo, un amigo por mí.
-Bien, bien. No quiero indagar. Mira como es verdad que te amo y deseo satisfacerte: tendrás a Jonás después de la comida. Sólo por ti hago este sacrificio… - y se ríe con su cruel risa.

Jesús, con los brazos cruzados a la altura del pecho, cada vez más severo, lo traspasa con la mirada. Todavía están en el huerto jardín en espera de la comida.

-Pero tú tienes que concederme una cosa. Satisfacción por satisfacción. Yo te doy mi mejor siervo, por tanto me privo de una futura ganancia. Este año tu bendición - sé que viniste cuando comenzaba el calor fuerte - me ha proporcionado una recolección que ha hecho famosas mis propiedades. Bendice pues ahora mis rebaños y mis campos. El próximo año no echaré de menos a Jonás… y entre tanto, encontraré uno como él. Ven, da tu bendición. Dame la satisfacción de que me celebren en toda Palestina y de tener rediles y graneros saturados de bienes. Ven - Y lo aferra y trata de arrastrarlo, invadido por la fiebre del oro.

Pero Jesús se resiste:
-¿Dónde está Jonás? - pregunta severo.
-En la aradura. No ha querido marcharse sin hacer este trabajo para su buen patrón, pero antes de terminar de comer vendrá. Mientras, ven a bendecir rebaños, campos, árboles frutales, cepas y almazaras. Todo, todo… ¡Ah, qué fértiles serán el año próximo! ¡Ven!

-¿Dónde está Jonás? -truena Jesús más fuerte.
-¡Pero si ya te lo he dicho! Está dirigiendo la aradura. Es el primero entre mis servidores y no trabaja: preside.
-¡Embustero!

-¿Yo? ¡Lo juro por Yeohveh!
-¡Perjuro!
-¿Yo? ¿Yo perjuro? ¿Yo que soy el fiel más fiel? ¡Cuidado cómo hablas!

-¡Asesino! - Jesús ha ido levantando la voz, y la última palabra es un trueno.

Los discípulos hacen un círculo en torno a Él, los criados se asoman a las puertas, temerosos. El rostro de Jesús
transparenta una severidad insostenible. Los ojos parecen emanar rayos fosforescentes.

Doras siente un momento de miedo. Se hace más pequeño, madeja de estofa finísima junto a la alta persona de Jesús, vestida de pesada lana rojo oscuro. Pero luego la soberbia vuelve a hacerse con él. Doras se pone a gritar con su voz chillona
(exactamente como la de los zorros):

-¡En mi casa doy órdenes sólo yo! ¡Vete, vil galileo!
-Me iré después de maldecirte a ti, a tus campos, a tus rebaños y a tus cepas, para éste y para los futuros años.
-¡No, eso no! Sí. Es verdad. Jonás está enfermo, pero se le está cuidando, se le está cuidando bien. Retira tu maldición.

-¿Dónde está Jonás? Que un criado me conduzca a él, inmediatamente. Yo lo he pagado, y, dado que para ti es una mercancía, una máquina, tal lo considero; y puesto que lo he comprado, lo quiero. Doras saca del pecho un pequeño silbato de oro y silba tres veces. Una nube de servidores de la casa y de las tierras acude de todas partes; corren - encorvados hasta el punto de que casi rozan el suelo - hasta donde está el temido patrón.

-Traedle a Jonás a éste y entregadlo.
-¿A dónde vas?

Jesús ni siquiera responde. Sigue a los servidores que, presurosos han cruzado el jardín en dirección a las casas de los campesinos, los misérrimos cuchitriles de los míseros campesinos.

Entran en el tugurio de Jonás. Éste está completamente esquelético, jadeante a causa de la fiebre, semidesnudo, sobre un cañizo; como colchón, un vestido remendado; como manta, un manto aún más roto. La joven de la otra vez lo cuida como puede.

-¡Jonás! ¡Amigo mío! ¡He venido a llevarte conmigo!
-¿Tú? ¡Mi Señor! Me estoy muriendo… pero me siento feliz de tenerte aquí.

-Amigo fiel, ahora eres libre. No morirás aquí. Te llevo a mi casa.
-¿Libre? ¿Por qué? ¿A tu casa? ¡Ah, sí! Me prometiste que vería a tu Madre.

Jesús, combado hacia el miserable lecho del infeliz, es todo amor, mientras que Jonás, de alegría, parece reanimarse.

-Pedro, tú eres fuerte, levanta a Jonás. Vosotros, poned aquí vuestro manto; es demasiado duro este lecho para uno en su estado.

Los discípulos se despojan de sus mantos con prontitud, los pliegan en varios dobleces y los extienden; con algunos hacen la almohada. Pedro deposita su carga de huesos y Jesús tapa a Jonás con su propio manto.
-Pedro, ¿tienes dinero?

-Sí, Maestro, tengo cuarenta denarios.
-Bien. ¡Vamos! ¡Ánimo, Jonás! Todavía un poco de esfuerzo; luego mucha paz en mi casa, con María…
-María… sí… ¡tu casa!

El pobre Jonás está en el límite de sus fuerzas y llora; lo único que es capaz de hacer es llorar.
-Adiós, mujer; el Señor te bendecirá por tu misericordia.
-Adiós, Señor. Adiós, Jonás. Ora, orad por mí - La joven llora…

Llegados al umbral de la puerta, aparece Doras. Jonás tiene una reacción de temor y se cubre el rostro; mas Jesús le pone una mano sobre la cabeza y sale a su lado, más severo que un juez. La mísera comitiva sale al rústico patio y toma el sendero del huerto.

-¡Ese lecho es mío; te he vendido el siervo, no la cama!
Jesús le arroja a los pies la bolsa sin decir nada.
Doras la coge, la vacía:

-Cuarenta denarios y cinco didracmas. ¡Es poco!
Jesús mira fijamente, de arriba abajo, - es imposible describir su gesto - al codicioso y repugnante cómitre, y no responde.

-Al menos dime que retiras tu maldición.

Jesús lo fulmina con una nueva mirada y una breve frase:

-Te remito al Dios del Sinaí - y pasa erguido, al lado de la tosca camilla que, con cuidado, transportan Pedro y Andrés.

Doras, viendo que todo es inútil y que la condena es cierta, grita:

-¡Volveremos a vernos, Jesús! ¡No pienses que te has librado de mis zarpas! ¡Te haré la guerra a muerte! Llévate si quieres ese pingajo de hombre; ya no me sirve. Me ahorro la sepultura. ¡Vete, vete, maldito Satanás! Pero te pondré en contra a todo el Sanedrín. ¡Satanás! ¡Satanás!

Jesús no hace ni siquiera ademán de haber oído. Los discípulos están consternados.

Jesús se ocupa sólo de Jonás; busca los senderos más llanos, más protegidos, hasta que llega a un cruce de caminos en la propiedad de Jocanán. Los cuatro campesinos corren a saludar al amigo que parte y al Salvador, que los bendice.

Pero el camino de Esdrelón a Nazaret es largo y además no se puede ir deprisa con esa conmovedora carga humana.

A lo largo de la calzada principal no hay ningún carro, ninguna carreta, nada. Continúan caminando en silencio. Jonás parece dormir, pero no suelta la mano de Jesús.
A1 atardecer, un carro militar romano pasa a su lado.
-¡En nombre de Dios, parad! - dice Jesús levantando el brazo. Dos soldados detienen el carro; el comandante, un hombre todo pomposo, se asoma, descorriendo un poco el toldo con que acababa de cubrir el carro porque empezaba a llover.

-¿Qué quieres? - le pregunta a Jesús.
-Tengo un amigo que está agonizando. Lo que os pido es un lugar para él en el carro.
-No se podría hacer… pero… sube. Al fin y al cabo, no somos perros.

Se sube la camilla.
-¿Tu amigo? ¿Tú quién eres?

-El rabí Jesús de Nazaret.
-¿Tú? ¡Oh!… - el militar lo mira con curiosidad.
-Si eres Tú, entonces… montad cuantos más podáis. La única cosa es que tratéis de que no se os vea… Así está ordenado… pero, por encima de las órdenes está la humanidad, ¿no? Y Tú eres bueno, yo lo sé. Nosotros, los soldados, sabemos todo… ¿Que cómo es que lo sé? Hasta las piedras hablan, bien o mal; y nosotros tenemos oídos para oírlas, para servir al César.

Tú no eres un falso Cristo como los demás de antes, sediciosos y rebeldes. Tú eres bueno. Roma lo sabe. Este hombre… está muy mal.

-Por eso lo llevo donde mi Madre.
-¡Poco tiempo podrá cuidarlo! Dale un poco de vino. Está en esa cantimplora. Tú, Aquila, instiga a los caballos, y tú, Quinto, dame la ración de miel y de mantequilla; es mía, pero le sentará bien. Tiene mucha tos y la miel es medicinal.

-Eres bueno.

-No. Soy menos malo que muchos, y estoy contento de tenerte conmigo. Acuérdate de Publio Quintiliano, de la Itálica. Estoy en Cesárea, pero ahora voy a Tolemaida. Inspección de rigor.

-No estás en enemistad conmigo.
-¿Yo? Soy enemigo de los malos, jamás de los buenos. Y desearía ser yo también bueno. Dime: para nosotros, hombres de armas, ¿qué doctrina predicas?

-Una es la doctrina, para todos: justicia, honestidad, continencia, piedad. Ejercer el propio oficio sin abusos. Incluso en la dura necesidad de las armas, seguir la humanidad. Tratar de conocer la Verdad, o sea, a Dios Uno y Eterno; sin este conocimiento toda acción queda privada de gracia y, por tanto, de premio eterno.
-Pero, una vez muerto, ¿para qué me sirve el bien que haya hecho?
-Quien se llega al Dios verdadero encuentra ese bien en la otra vida.
-¿Renazco otra vez? ¿Llego a ser tribuno, o incluso emperador?
-No. Eres como Dios, desposándote con su eterna beatitud en el Cielo.
-¿Cómo? ¿En el Olimpo yo? ¿Entre los dioses?
-No hay dioses. Existe el Dios verdadero, el que Yo predico, el que te oye y signa tu bondad y tu deseo de conocer el Bien.
-¡Esto me gusta! No sabía que Dios se pudiera ocupar de un pobre soldado pagano.
-Él te ha creado, Publio; por eso te ama y querría tenerte consigo.
-Bueno, ¿y por qué no? Pero… nadie nos habla de Dios… nunca….

-Iré a Cesárea y me oirás.
-Sí, iré a oírte. Allí está Nazaret. Querría servirte más, pero si me ven…
-Bajo, y te bendigo por tu bondad.
-Adiós, Maestro.
-Que el Señor se muestre a vosotros, soldados. Adiós.
Bajan. Se ponen a caminar de nuevo.
-Dentro de poco descansarás, Jonás - dice Jesús para animarlo.

Jonás sonríe. Cada vez más tranquilo, a medida que la tarde va cayendo y que está seguro de estar lejos de Doras.
Juan con su hermano se adelanta corriendo para avisar a María.
Y, cuando la pequeña comitiva llega a Nazaret, casi desierta al caer de la tarde, María está ya en el umbral de la puerta esperando a su Hijo.
-Madre, éste es Jonás. Se acoge a tu dulzura para empezar a gustar su Paraíso. ¿Contento, Jonás?
-¡Contento! ¡Contento! - susurra como en éxtasis el exhausto.

Le llevan a la pequeña habitación en donde murió José.
-Estás en la cama de mi padre, y aquí está mi Madre, y aquí estoy Yo. ¿Ves? Nazaret se hace así Belén, y tú ahora eres el pequeño Jesús entre dos que te quieren, y éstos son los que veneran en ti al siervo fiel. No ves a los ángeles, pero sus alas de luz espiran sobre ti y cantan las palabras del salmo natalicio…

Jesús derrama su dulzura sobre el pobre Jonás, que se va apagando por momentos. Parece como si hubiera resistido hasta este momento para morir aquí… Pero su estado es beato. Sonríe, trata de besar la mano de Jesús, la de María, y de decir, decir… pero el jadeo quiebra la palabra. María, como una madre, lo conforta. Y él repite:

-Sí… sí - con su sonrisa beata en ese rostro suyo esquelético.
Los discípulos, que están a la puerta del huerto, guardan silencio y observan con conmoción.

-Dios ha escuchado tu prolongado deseo. La Estrella de tu larga noche viene a ser ahora la Estrella de tu eterna mañana. Tú sabes su Nombre -dice Jesús.

-¡Jesús, el tuyo! ¡Oh! ¡Jesús! Los ángeles… ¿Quién me está cantando el himno angélico? El alma lo está oyendo…
También el oído lo quiere escuchar… ¿Quién, para que yo duerma feliz?… ¡Tengo mucho sueño! ¡He trabajado mucho! Muchas lágrimas… Muchos insultos… Doras… yo lo perdono… pero no quiero oír su voz y la oigo… Es como la voz de Satanás en la hora de mi muerte. ¡Alguien que me cubra esa voz con las palabras provenientes del Paraíso!

Es María quien con la misma melodía de su canción de cuna entona dulcemente: «Gloria a Dios en los altos Cielos y paz a los hombres aquí abajo». Y lo repite dos o tres veces porque ve que Jonás oyéndola se calma.

-Ya no habla Doras - dice, pasado un rato - Sólo los ángeles… Era un Niño… en un pesebre… entre un buey y un asno… y era el Mesías… y yo lo adoré… y con Él estaban José y María…

La voz se pierde en un breve gorgoteo dando paso al silencio.

-¡Paz en el Cielo al hombre de buena voluntad! Ha muerto.

Le pondremos en nuestro pobre sepulcro. Merece esperar la resurrección de los muertos junto al padre mío justo - dice Jesús.

Y mientras, advertida no sé por quién, entra María de Alfeo, todo cesa.

Categorías