94- Curación de la Beldad de Corazín. Jesús habla en la sinagoga de Cafarnaúm

Jesús sale de la casa de la suegra de Pedro junto con sus discípulos a excepción de Judas Tadeo. El primero que lo ve es un muchacho, el cual lo dice incluso a quien no desea saberlo.

Jesús va a la orilla del lago y se sienta en el borde de la barca de Pedro. Se ve inmediatamente rodeado de gente de la ciudad que lo acoge en modo festivo, por haber vuelto, y le hace mil preguntas, a las que Jesús responde con su insuperable paciencia, sonriente y calmo, como si todo ese vocerío fuera una armonía celeste.

Viene también el arquisinagogo. Jesús se levanta para saludarlo. Es un recíproco saludo lleno de respeto oriental.

-Maestro, ¿puedo esperar que vengas para la instrucción al pueblo?
-Sin duda, si tú y el pueblo lo deseáis.
-Lo hemos deseado durante todo este tiempo. Ellos te lo pueden decir.

El pueblo, efectivamente, asiente con nuevos gritos.

-Si es así, iré durante el crepúsculo. Ahora marchaos todos. Tengo que ir a ver a una persona que está deseosa de mí.

La gente se aleja a regañadientes, mientras Jesús, Pedro y Andrés emprenden la travesía por el lago. Los otros discípulos se quedan en la orilla.

La barca navega a vela por un breve espacio. Luego los dos pescadores la dirigen hacia una pequeña ensenada, entre dos bajas colinas que originalmente parecen haber sido una sola. La ensenada está hundida en el centro por erosión de aguas o por movimiento telúrico, y forma un minúsculo fiordo que - no es noruego - no tiene abetos, sino sólo despeinados olivos, nacidos quién sabe cómo en esas paredes escarpadas, entre peñas desmoronadas y cortantes rocas salientes, olivos que entrelazan sus frondas, retorcidas por los vientos del lago - que aquí deben actuar no poco - hasta formar como un techo bajo el cual espumea un pequeño torrente caprichoso, todo rumor porque es todo cascadas, todo espuma porque cae de metro en metro; pero en realidad es un verdadero enanito comparado con otros cursos de agua.

Andrés salta al agua para arrastrar la barca lo más posible contra la orilla y atarla a un tronco, mientras Pedro ata la vela y asegura una tabla como puente para Jesús.

-No obstante – dice - te aconsejo descalzarte, quitarte la túnica y hacer como nosotros. Ese loco (y señala al riachuelo) agita enormemente el agua del lago y con ese balanceo el puente no está seguro.

Jesús obedece sin discutir. En tierra calzan de nuevo las sandalias. Jesús se pone también la túnica. Los otros dos permanecen con las prendas cortas de debajo, que son oscuras.

-¿Dónde está? - pregunta Jesús.
-Se habrá adentrado en la espesura al oír voces. Ya sabes… con lo que tiene encima y con su pasado…

-Llámala.

Pedro grita fuerte:

-¡Soy el discípulo del Rabí de Cafarnaúm! ¡Está aquí el Rabí! ¡Ven fuera!

Nadie da señales de vida.

-No se fía - explica Andrés - Un día hubo quien la llamó diciendo: "Ven, que hay comida", y luego le tiró piedras.
Nosotros la vimos entonces por primera vez, porque, yo al menos, no me la recordaba cuando era la Beldad de Corazín.

-¿Y qué hicisteis entonces?
-Le arrojamos un pan y algo de pescado y un trapo (un pedazo de vela rota que teníamos para secarnos), porque estaba desnuda. Luego huimos para no contaminarnos.

-¿Cómo es que volvisteis entonces?

-Maestro… Tú estabas fuera y nosotros pensábamos qué podíamos hacer para darte a conocer cada vez más. Pensamos en todos los enfermos, en todos los ciegos, lisiados, mudos… y también en ella. Dijimos: "Probemos". Ya sabes… muchos… por culpa nuestra claro, nos han considerado locos y no nos han querido escuchar. Otros, por el contrario, nos han creído. A ella le he hablado yo en persona. He venido solo con la barca durante varias noches de luna.

La llamaba, le decía: "Encima de la piedra, al pie del olivo, hay pan y pescado. Ven sin miedo", y me marchaba. Ella yo creo que debía esperar a verme desaparecer para venir, porque nunca la veía. La sexta vez la vi en pie sobre la orilla, exactamente ahí donde estás Tú. Me estaba esperando…

¡Qué horror! No me eché a correr porque pensé en ti… dijo: "¿Quién eres? ¿Por qué esta piedad?". Dije: "Porque soy discípulo de la Piedad". "¿Quién es?” "Es Jesús de Galilea.” "¿Y os enseña a tener piedad de nosotros?” "De todos". "¿Sabes quién soy?”

Eres la Beldad de Corazín; ahora, la leprosa". "¿Y para mí también hay piedad?". "Él dice que su piedad llega a todos, y nosotros, para ser como Él, la debemos tener con todos.” A1 llegar a este punto, Maestro, la leprosa blasfemó sin querer. Dijo: "Entonces también Él debe haber sido un gran pecador". Le dije: "No. Es el Mesías, el Santo de Dios". Habría querido decirle: "Maldita seas por tu lengua", pero no dije sino eso porque me hice este razonamiento:

"Destruida como está, no puede pensar en la misericordia divina". Entonces se echó a llorar y dijo: "Si es el Santo, no puede, no puede tener piedad de la Beldad. De la leprosa podría… pero de la Beldad no. Y yo que esperaba…". Le pregunté: "¿Qué esperabas, mujer?". "La curación… volver al mundo… entre los hombres… morir como una mendiga, pero entre los hombres…, no como un animal salvaje en una guarida de fieras a las que incluso causo horror". Le dije: "¿Me juras que, si vuelves al mundo, serás honesta?". Y ella: "Sí. Dios me ha herido justamente, por haber pecado. Estoy arrepentida. Mi alma lleva consigo su expiación, pero aborrece el pecado para siempre".

Me pareció entonces que podía prometerle salvación en tu nombre. Me dijo: "Vuelve, vuelve… Háblame de Él. Que mi alma lo conozca antes que mi ojo…". Y venía a hablarle de ti… como sé hacerlo.

-Y Yo vengo a dar la salvación a la primera convertida de mi Andrés» (porque es Andrés quien ha estado hablando, mientras Pedro ha remontado el torrente, saltando de piedra en piedra y llamando a la leprosa).

A1 fin ella muestra su hórrido rostro entre las ramas de un olivo. Ve. Se le escapa un grito.

-¡Venga, baja! - exclama Pedro - ¡No quiero lapidarte! Allí está el Rabí Jesús. ¿Lo ves?

La mujer se deja caer rodando por la pendiente - digo esto por lo deprisa que baja - y llega a los pies de Jesús antes de que Pedro vuelva junto al Maestro.

-Piedad, Señor!
-¿Puedes creer que Yo te la puedo dar?
-Sí, porque eres santo y yo estoy arrepentida. Yo soy el Pecado, pero Tú eres la Misericordia. Tu discípulo ha sido el primero que ha tenido misericordia de mí y ha venido a darme pan y fe. Límpiame, Señor; antes el alma que la carne. Porque soy tres veces impura, y, si me concedieras una limpieza, una sola, te pido la de mi alma pecadora.

Antes de oír tus palabras repetidas por él, yo decía: "Curarme para volver entre los hombres". Ahora que sé, digo: "Ser perdonada para tener vida eterna".

-Te concedo perdón. Pero nada más aparte de esto…

-¡Bendito seas! Viviré en la paz de Dios en mi escondrijo… libre… libre de remordimientos y de temores. ¡No más temor a la muerte, ahora que he sido perdonada; no más miedo a Dios, ahora que Tú me has absuelto!

-Ve al lago y lávate. Estate dentro hasta que te llame.
Ella, misérrimo espectro de mujer esquelética, corroída, de cabellera despeinada, dura, canosa, se levanta del suelo y baja y se mete en el agua del lago, con su pingajo de vestido que bien poco cubre. -¿Por qué le has dicho que se lave? Es cierto que su hedor apesta, pero… no comprendo - dice Pedro.

-Mujer, sal y ven aquí. Coge ese pedazo de tela que está en esa rama» (es el trozo de tela usado por Jesús para secarse después del breve paso de la barca a tierra).

La mujer obedece y emerge, completamente desnuda - habiendo quedado despojada de su andrajo dentro del agua -, para coger el pedazo de tela seco. Pedro, que la estaba mirando, es el primero que grita; Andrés, más huidizo, le había dado la espalda, pero ante el grito de su hermano se vuelve y grita a su vez. La mujer, que tenía los ojos tan fijos en Jesús, que no se ocupaba de nada más, ante esos gritos, ante esas manos que la señalan, se mira… y ve que con su vestido hecho jirones se ha quedado en el lago también su lepra. No se echa a correr, como parecería lógico; se agacha, acurrucándose en la orilla, llena de vergüenza por su desnudez, emocionada hasta tal punto, que sólo se siente capaz de llorar con un lamento largo y extenuado, que es más desgarrador que cualquier grito.

Jesús se dirige hacia ella… llega… le echa por encima el pedazo de tela, le acaricia ligeramente la cabeza, le dice:

-Adiós. Sé buena. Has merecido la gracia por la sinceridad de tu arrepentimiento. Crece en la fe del Cristo, y obedece a la ley de la purificación.

La mujer sigue llorando, llorando, llorando… Sólo al oír el roce que hace la tabla al meterla Pedro de nuevo en la barca, levanta la cabeza, tiende los brazos y grita:

-Gracias, Señor. Gracias, bendito. ¡Oh, bendito, bendito!… Jesús le hace un gesto de adiós antes de que la barca vuelva el espolón del pequeño fiordo y desaparezca…

…Jesús, ahora con todos los discípulos, entra en la sinagoga de Cafarnaúm después de recorrer la plaza y la calle que a ella conducen. La noticia del nuevo milagro debe haber corrido ya porque se oye mucho murmullo y muchos comentarios.

Justo en el umbral de la puerta de la sinagoga veo al futuro apóstol Mateo. Está ahí, quieto, medio dentro y medio fuera, no sé si avergonzado o disgustado por todas las miradas que le lanzan, o incluso por algún epíteto poco agradable que le dirigen. Dos fariseos togados recogen premeditadamente sus amplios mantos, como si temieran pescarse la peste con sólo rozarlos con el vestido de Mateo. Jesús, al entrar, lo mira fijamente durante un instante, y durante un instante se detiene. Mateo se limita a bajar la cabeza.

Pedro, apenas traspasada la puerta, le dice en voz baja a Jesús:

-¿Sabes quién es ese hombre más enrizado y perfumado que una mujer? Es Mateo, nuestro exactor… ¿A qué viene aquí?

Es la primera vez. Quizás no ha encontrado a los compañeros, y sobre todo a las compañeras, con los que pasa el sábado, gastándose en orgías lo que nos chupa en tasas duplicadas y triplicadas… para el fisco y para el vicio.

Jesús mira a Pedro tan severamente, que Pedro se pone más colorado que una amapola y baja la cabeza, deteniéndose, de modo que, de primero, pasa a ser último en el grupo apostólico.

Jesús está ya en su puesto. Después de los cantos y las oraciones con el pueblo, se vuelve para hablar. El arquisinagogo le pregunta si quiere algún rollo, pero Jesús responde: «No hace falta. Ya tengo el tema». Y comienza:

-El gran rey de Israel, David de Belén, después de haber pecado lloró, contrito su corazón, gritando a Dios su arrepentimiento y solicitando de Dios perdón. David había tenido el espíritu oscurecido por la niebla del sentido, y esto le había impedido continuar viendo el rostro de Dios y comprender su palabra.

"El rostro" he dicho. En el corazón del hombre hay un punto que se acuerda del rostro de Dios, es el punto más preciado, nuestro Sancta Sanctorum, aquel del cual vienen las santas inspiraciones y las santas decisiones, el que perfuma como un altar, resplandece como una hoguera, canta como sede de serafines. Pero, cuando el pecado produce humo en nosotros, entonces ese punto se entenebrece tanto, que cesa la luz, el perfume, el canto, quedando sólo un mal olor de denso humo y un sabor de ceniza. Mas cuando vuelve la luz - porque un siervo de Dios la lleva consigo a quien ha quedado en la oscuridad – he aquí que entonces éste ve su fealdad, su condición inferior, y, horrorizado de sí, exclama como el rey David: "Ten piedad de mí, Señor, según tu gran misericordia; por tu infinita bondad, lávame de mi pecado", y no dice: "No puedo ser perdonado; por tanto, insisto en pecar", sino que dice: "Me siento humillado, contrito, sí, pero - te lo suplico - Tú que sabes cómo he nacido en la culpa, aspérjame y límpiame, para que vuelva a ser como nieve de las cimas". Y dice:

"Mi holocausto no consistirá en carneros y bueyes, sino en la verdadera contrición del corazón, porque sé que es esto lo que quieres de nosotros y no lo desprecias.

Esto decía David después del pecado, y después de que el siervo del Señor, Natán, le hubiera movido a arrepentirse.

Con mayor razón los pecadores deben decir esto ahora que el Señor no les manda un siervo suyo, sino al Redentor mismo, su Verbo, el cual, justo y dominador no sólo de los hombres sino también del Cielo y del Abismo, ha surgido en medio de su pueblo como la luz de la aurora que brilla sin nubes cuando el sol sale por la mañana.

Ya habéis leído cómo el hombre, en manos de Satanás, es más débil que un tísico moribundo, aunque primero fuera el "fuerte".

Sabéis cómo Sansón quedó reducido a nada tras haber cedido al sentido. Quiero que conozcáis la lección de Sansón, hijo de Manué, destinado a vencer a los filisteos, opresores de Israel.

Condición primera para ser tal era que desde su concepción fuera mantenido virgen de lo que estimula el sentido bajo y une en connubio las entrañas del hombre con carnes impuras, o sea, vino y sidra y carnes grasas, que encienden en los costados un fuego impuro.

Condición segunda: que para ser el libertador fuera consagrado al Señor desde su infancia, y permaneciese tal con continuo nazireato. Consagrado es aquel que no sólo externamente sino también internamente se conserva santo.

Entonces Dios está con él. Pero la carne es carne y Satanás es Tentación. Y la Tentación toma como instrumento, para combatir a Dios en un corazón y en sus santos decretos, la carne que excita al hombre: la mujer.

He aquí que entonces tiembla la fuerza del "fuerte" y viene a ser un ser débil que despilfarra el don que Dios le ha dado.

Escuchad: Sansón fue atado con siete cuerdas de nervios frescos, con siete cuerdas nuevas, fue fijado al suelo con siete trenzas de sus cabellos. Y él siempre había vencido.

Pero no se tienta en vano al Señor, ni siquiera en su bondad. No es lícito. Él perdona una y otra vez, pero, para continuar perdonando exige la voluntad de abandonar el pecado. Necio quien dice: "¡Señor, perdón!" y luego no evita lo que le induce a un continuo pecado.

Sansón, tres veces victorioso, no evita a Dalila, el sentido, el pecado, y, completamente harto - dice el Libro - y habiendo decaído de ánimo - dice el Libro - develó el secreto: "Mi fuerza está en mis siete trenzas".

¿No hay ninguno entre vosotros que, cansado, con el gran cansancio del pecado, sienta que pierde el ánimo – porque nada abate como la mala conciencia - y esté para entregarse vencido al Enemigo? No, quienquiera que seas, no, no lo hagas.

Sansón dio a la Tentación el secreto de someter sus siete virtudes: las siete simbólicas trenzas, sus virtudes, o sea, su fidelidad de nazareo; se durmió, cansado, sobre el seno de la mujer, y fue vencido: ciego, esclavo, incapaz, por haber negado la fidelidad a su voto. Y no volvió a ser el "fuerte", el "libertador", sino cuando en el dolor de un arrepentimiento verdadero encontró de nuevo su fuerza…

Arrepentimiento, paciencia, constancia, heroísmo… y Yo os prometo, ¡oh pecadores!, que seréis los libertadores de
vosotros mismos.

En verdad os digo que ningún bautismo vale, ni ningún rito sirve, si no hay arrepentimiento y voluntad de renunciar al pecado. En verdad os digo que no hay pecador tan pecador que no pueda hacer renacer con su llanto las virtudes que el pecado le ha arrancado de su corazón.

Hoy una mujer, una culpable de Israel, castigada por Dios por su pecado, ha obtenido misericordia por su arrepentimiento. He dicho misericordia. Menos misericordia obtendrán aquellos que hacia ella no la tuvieron, y se ensañaron sin piedad con esta mujer que ya había sido castigada. ¿Éstos no tenían lepra de culpa en sí mismos? que cada cual se examine… y tenga piedad para obtener piedad. Yo os tiendo la mano por esta arrepentida que vuelve con los vivos después de una segregación de muerte.

Simón de Jonás, no Yo, retirará el óbolo por la arrepentida que, en el umbral de la muerte, vuelve a la Vida verdadera. Y no murmuréis, vosotros, los grandes. No murmuréis. Yo no estaba cuando ella era "la Beldad", pero vosotros sí estabais. Y no quiero decir más.

-¿Nos acusas de haber sido sus amantes? - uno de los dos viejos.

-Que cada cual se ponga frente a su corazón y a sus acciones; Yo no acuso, hablo en nombre de la Justicia. Vamos - Jesús sale con los suyos.

Pero a Judas lo paran los dos que parecen conocerlo bastante. Oigo que dicen:

-¿Tú también estás con Él? ¿Es santo realmente?
Judas Iscariote salta con una de esas reacciones suyas que desorientan:
-Os deseo que lleguéis al menos a entender su santidad.
-Sí, pero ha curado en sábado.
-No. Ha perdonado en sábado. Y ¿qué día más apto para el perdón que el sábado? ¿No me dais nada para la redimida?

-No damos nuestro dinero a las meretrices, es dinero ofrecido al Templo santo.

Judas se ríe irreverentemente y los deja plantados. Llega hasta donde el Maestro cuando está entrando de nuevo en la casa de Pedro, el cual le está diciendo:

-Mira: el pequeño Santiago, nada más salir de la sinagoga, me ha dado hoy dos bolsas en vez de una; como siempre por encargo de ese desconocido.¿Quién es, Maestro? Tú lo sabes… Dímelo.

Jesús sonríe:

-Te lo diré cuando hayas aprendido a no murmurar de nadie.
Y todo termina.

93- Tercera lección a los discípulos en Nazaret,en el huerto de la casa.

Palabras de consuelo a Judas de Alfeo
Jesús sale al huerto, que aparece todo lavado por el temporal de la tarde anterior, y ve a su Madre inclinada hacia unas plantitas. Va donde Ella y la saluda.

¡Qué dulce es su beso! Jesús la ciñe los hombros con el brazo izquierdo, la acerca hacia sí y la besa en la frente, en el límite del pelo; luego se inclina para que su Madre lo bese en la mejilla. Pero lo que completa la delicadeza es la mirada que acompaña al beso: la de Jesús, toda amor, dentro de lo que tiene de majestuosa y protectora; la de María, toda veneración, aun siendo toda amor. Cuando se besan así, parece como si el mayor fuera Jesús y Ella fuera la hija jovencita que, de su padre o de su hermano mucho mayor que ella, recibe el beso de la mañana.

-¿Han dañado tus flores el granizo de ayer por la tarde y el viento de la noche?- pregunta Jesús.
-No, Maestro - responde, antes que María, la voz un poco ronca de Pedro - lo único que ha sucedido es que han quedado muy desordenadas sus ramas.

Jesús levanta la cabeza y ve a Simón Pedro, que lleva sólo la túnica corta, trabajando en enderezar algunas ramas curvadas en lo alto de la higuera.

-¿Ya trabajando?
-Los pescadores dormimos como los peces: a todas horas, en cualquier sitio, pero sólo el tiempo que nos dejan descansar; y uno se acostumbra. Esta mañana he oído chirriar la puerta, al alba, y me he dicho: "Simón, Ella ya está levantada.

¡Venga!, ¡rápido! Ve a ayudarle con tus rudas manos". Pensaba que Ella había estado preocupada por sus flores durante esta noche llena de viento. Y no me he equivocado.

¡Conozco a las mujeres!… Mi mujer también, cuando hay tormenta, da vueltas en la cama como un pez en la red, y piensa en sus plantas… ¡Pobrecilla! Alguna vez le digo:

"Estoy seguro de que das menos vueltas cuando tu Simón está en el lago a merced de las olas como una pequeña ramita". Pero soy injusto, porque es una buena esposa.

No se diría que su madre… Bien: cállate, Pedro, esto no viene a cuento. No es correcto murmurar y dar a conocer imprudentemente lo que es bueno callar. ¿Ves, Maestro, cómo también en mi cabeza de asno ha entrado tu palabra?

Jesús responde riendo:
-Tú te lo dices todo. A mí no me queda más que aprobar y admirar tu sabiduría de arboricultor.
-Ya ha atado todos los sarmientos que se habían soltado, ha apuntalado ese peral que está sobrecargado, y ha pasado esas cuerdas bajo aquel granado que ha crecido sólo por una parte - observa María.

-Sí, parece un viejo fariseo; sólo pende hacia donde le interesa. Yo lo he trabajado como si de una vela se tratara, y le he dicho: "¿No sabes que lo justo está en el medio? Ven aquí, cabezón; si no, te rompes por exceso de peso". Ahora me he metido con esta higuera, aunque es por egoísmo. Pienso en el hambre de todos: ¡higos frescos y pan caliente! ¡Ni siquiera Antipas tiene una comida tan buena! Pero hay que ir con cuidado, porque la higuera tiene ramas tan tiernas como el corazón de una jovencita cuando dice su primera palabra de amor; y yo peso, y los higos mejores están arriba. Con estos primeros rayos de sol se han secado ya. Deben ser una delicia. ¡Tú, muchacho! No estés sólo mirándome. ¡Despierta! Dame ese cesto.

Juan - que ha salido del taller - obedece y trepa a la gruesa higuera. Cuando los dos pescadores bajan, ya han salido también del taller Simón Zelote, José y Judas Iscariote. No veo a los otros.

María trae pan fresco (pequeños panes oscuros y redondeados), y Pedro, con su navaja, los abre, y sobre ellos abre los higos. Ofrece primero a Jesús, luego a María y a los demás. Comen con gusto en el huerto refrescado, transido de hermosura bajo el sol de una mañana serena, serena incluso por la reciente lluvia que ha limpiado la atmósfera.

Pedro dice:

-Es viernes… Maestro, mañana es sábado…
-No has descubierto nada nuevo - observa Judas Iscariote.
-No, pero el Maestro sabe lo que quiero decir…
-Lo sé. Esta tarde iremos al lago, donde has dejado la barca, y navegaremos hacia Cafarnaúm. Mañana hablaré allí.
Se le ve muy contento a Pedro.

Entran en grupo Tomás, Andrés, Santiago, Felipe, Bartolomé y Judas Tadeo (los cuales han pasado la noche en otro lugar). Se saludan. Jesús dice:
-Quedémonos aquí juntos; así habrá un nuevo discípulo. Mamá, ven.

Se sientan… en una piedra, en una banqueta… haciendo un círculo en torno a Jesús, quien a su vez se ha sentado en el banco de piedra que está contra la casa, y tiene a su lado a su Madre y a los pies a Juan, que ha elegido sentarse en el suelo con tal de estar cerca. Jesús habla, despacio y con majestuosidad, como siempre.

-¿A qué compararé la formación apostólica? A la naturaleza que nos circunda. Podéis ver cómo la tierra en invierno parece muerta, pero dentro de ella actúan las semillas, y las linfas se nutren de humores, depositándolos en las frondas subterráneas - así podría llamar a las raíces - para luego disponer de ellos en gran abundancia para las frondas superiores, llegado el tiempo de florecer. Vosotros también sois comparables a esta tierra invernal, árida, desnuda, fea. Pero sobre vosotros ha pasado el Sembrador y ha echado una semilla.

Por vosotros ha pasado el Cultivador y ha cavado alrededor de vuestro tronco, plantado en la tierra dura, duro y áspero como ella, para que a las raíces les llegase el sustento de humores de las nubes y del aire, y así se fortaleciera el tronco con este alimento para futuro fruto. Y vosotros habéis acogido la semilla y aceptado la remoción de la tierra, porque tenéis la buena voluntad de fructificar en el trabajo de Dios.

Compararé también la formación apostólica a la tormenta de ayer, que azotó y plegó, aparentemente con inútil violencia. Mirad, sin embargo, el bien que ha producido.

Hoy la atmósfera está más pura, nueva, sin polvo, sin ese calor sofocante; el sol es el mismo de ayer, pero sin ese ardor que asemejaba a fiebre: hoy llega hasta nosotros a través de estratos purificados y frescos. Las hierbas, las plantas, se sienten aliviadas como los hombres, porque la limpieza, la serenidad, son cosas que alegran. También las discordias sirven para llegar a un más exacto conocimiento y a una clarificación; si no, serían sólo maldad.

Y ¿qué son las discordias sino las tormentas provocadas por nubes de distinta especie? Y estas nubes ¿no se acumulan poco a poco en los corazones con los malhumores inútiles, con los pequeños celos, con las oscuras soberbias? Luego viene el viento de la Gracia y las une para que descarguen todos sus malos humores y vuelva el tiempo sereno.

También es semejante la formación apostólica al trabajo que Pedro estaba haciendo esta mañana para alegrar a mi Madre: es enderezar, atar, sostener o soltar, según las tendencias y las necesidades, para hacer de vosotros "hombres fuertes"

a1 servicio de Dios. Enderezar las ideas equivocadas, atar los arranques carnales, sostener las debilidades, cortar si es necesario las tendencias, desligar las esclavitudes y las timideces. Vosotros tenéis que ser libres y fuertes, como águilas que, dejado el pico nativo, son sólo del vuelo cada vez más alto: el servicio a Dios es el vuelo, las afecciones son el pico.

Uno de vosotros hoy está triste porque su padre declina hacia la muerte, y declina hacia ella con el corazón cerrado a la Verdad y al hijo suyo que la sigue; no sólo cerrado, sino hostil. Aún no le ha dicho e1 injusto "vete", de que ayer hablaba (autoproclamándose por encima de Dios), pero su corazón cerrado y sus labios sigilados no son todavía capaces de decir tampoco: "Sigue la voz que te llama". No pretenderían, ni el hijo ni quien os habla, oír decir de esos labios: "Ven, y contigo venga el Maestro. Bendito sea Dios por haber elegido en mi casa un siervo suyo, creando así un parentesco más excelso que la sangre con el Verbo del Señor". Pero al menos Yo, por su bien, y su hijo por un motivo aún más complejo, querríamos oírle palabras no enemigas.

No llore este hijo. Sepa que en mí no hay ni rencor ni desdén hacia su padre, sino sólo piedad. He venido, y me he detenido un tiempo, aun conociendo la inutilidad de mi permanencia, para que un día este hijo no me dijera: "¿Por qué no viniste?". He venido para persuadirle de que todo es inútil cuando el corazón se encierra en el rencor. He venido también para confortar a una buena mujer que sufre por esta escisión de la familia, como incisión de cuchillo que le separase haces de fibras.

Pero, tanto este hijo como esta buena mujer, persuádanse de que en mí no responde el rencor al rencor. Yo respeto la honestidad del creyente anciano, fiel - aunque tenga una fe desviada - a lo que ha sido su religión hasta esta hora.

En Israel hay muchos así… Por eso os digo: me aceptarán más los paganos que los hijos de Abraham. La humanidad ha corrompido la imagen del Salvador, rebajando su realeza sobrenatural al nivel de una pobre idea de soberanía humana. Yo tengo que hendir la dura corteza del hebraísmo, penetrar, herir para llegar al fondo, y llevar al alma misma de tal hebraísmo la fecundación de la nueva Ley. Sí, verdaderamente Israel, crecido en torno al núcleo vital de la Ley del Sinaí, se ha hecho símil a un monstruoso fruto, de pulpa en estratos cada vez más fibrosos y duros, externamente protegidos por una cáscara que no sólo es
impenetrable, sino que además impide, tenacísima, la expulsión del germen. El Eterno juzga que ha llegado el momento de que yo cree la nueva planta de la fe en el Dios Uno y Trino.

Yo, para permitir que la voluntad de Dios se cumpla y que el hebraísmo pase a ser cristianismo, debo mellar, perforar, penetrar, abrir camino hasta el núcleo, y darle calor con mi amor, para que resurja y se agrande, germine, crezca, crezca, crezca, venga a ser la vigorosa planta del cristianismo, religión perfecta, eterna, divina. En verdad os digo que el hebraísmo sólo será perforable en la proporción de uno a cien.

Por tanto, no reputo réprobo a este israelita que no me acepta y que no quisiera darme a su hijo. Por eso le digo al hijo:

No llores por la carne y la sangre que sufren sintiéndose rechazados por la carne y la sangre que las engendraron. Por eso digo:

No llores tampoco por el espíritu. Tu sufrimiento actúa, más que cualquier otra cosa, en favor del espíritu tuyo y del suyo, de este padre tuyo que ni comprende ni ve. Y digo también: No te crees remordimientos por ser más de Dios que de tu padre.

Os digo a todos vosotros: Dios es más que el padre, que la madre, que los hermanos. Yo he venido a unir la carne y la sangre según el espíritu y el Cielo, no según la tierra. Por ello debo desunir las carnes y las sangres para tomar conmigo a los espíritus aptos para el Cielo ya desde esta tierra, para tomar a los siervos del Cielo. Por ello he venido a llamar a los "fuertes", a hacerlos aún más fuertes porque de "fuertes" está hecho mi ejército de mansos: mansos para con los hermanos, fuertes respecto al propio yo y el yo de la sangre familiar.

No llores, primo. Tu dolor - te lo aseguro - actúa ante Dios, en favor de tu padre y de tus hermanos, más que cualquier palabra, no sólo tuya, sino incluso mía. No entra la palabra allí donde el prejuicio crea una barrera; créelo. Pero la Gracia entra, y el sacrificio es imán de gracia.

En verdad os digo que cuando Yo llamo para ir a Dios, no hay obediencia más alta; y es necesario cumplirla sin detenerse a calcular cuánto y cómo reaccionarán los demás ante vuestro ir hacia Dios. Ni siquiera detenerse para enterrar al propio padre. Seréis premiados por este heroísmo, y el premio será no sólo para vosotros, sino también para aquellos de quienes, con un grito del corazón, os separáis, y cuya palabra frecuentemente os hiere más de lo que hiere una bofetada, porque os acusa de ser hijos ingratos, y os maldice, en su egoísmo, como rebeldes. No. No rebeldes, santos. Los primeros enemigos de los llamados son los familiares. Pero, entre amor y amor, hay que saber distinguir y amar sobrenaturalmente; o sea, amar más al Dueño de lo sobrenatural que a los siervos de ese Dueño. Amar a los parientes en Dios, y no, por el contrario, amarlos más que a Dios.

Jesús calla y se levanta, yendo donde su primo, el cual, con la cabeza baja, apenas logra contener el llanto. Lo acaricia.

-Judas… Yo he dejado a mi Madre para seguir mi misión.

Que ello te disuelva toda duda sobre la honestidad de tu forma de actuar. Si no hubiera sido un acto bueno, ¿lo habría hecho Yo respecto a mi Madre, teniendo en cuenta, sobre todo, que no tiene a nadie aparte de mí?

Judas se pasa la mano de Jesús por el rostro y asiente con la cabeza, pero no puede decir nada más.

-Vamos nosotros dos, solos, como cuando éramos niños y Alfeo pensaba que Yo era el más juicioso entre los muchachos de Nazaret.

Vamos a llevarle al anciano estos hermosos racimos de uva de oro. Que no crea que me olvido de él y que soy enemigo suyo. También tu padre y Santiago se alegrarán. Le diré que mañana estaré en Cafarnaúm y que su hijo queda todo para él. Ya sabes, los viejos son como los niños: son celosos y sospechan siempre que se los olvida; hay que compadecerlos…

Jesús desaparece de la escena dejando en el huerto a los discípulos enmudecidos por la revelación de un dolor y de una incompatibilidad entre un padre y un hijo por causa de El. María, suspirando apenada, vuelve de acompañar a Jesús hasta la puerta.

Todo termina.

92- Segunda lección a los discípulos en Nazaret, junto a la casa

Jesús ha llevado a los suyos a la sombra de un enorme nogal, que pende desde donde está - elevado respecto al huerto de María - hasta el mismo huerto. Jesús continúa instruyéndolos.

El día está borrascoso, se avecina una tormenta; quizás por eso Jesús no se ha alejado mucho de la casa. María va y viene de la casa al huerto y del huerto a la casa, y cada vez que lo hace alza la cabeza y sonríe a su Jesús, que está sentado en la hierba, junto al tronco, rodeado de discípulos. Jesús dice:

-Ayer os anuncié que lo que había provocado una palabra imprudente habría servido de lección hoy. La lección es ésta:

Tened por seguro - y sea regla en vuestro actuar - que nada de cuanto está escondido permanece siempre oculto. O Dios se ocupa de dar a conocer las obras de un hijo suyo a través de sus signos milagrosos, o a través de las palabras de los justos que reconocen los méritos de un hermano; o es Satanás quien, a través de la boca de un imprudente - no quiero decir más -, revela lo que los buenos, para no incitar a la anticaridad, han preferido callar, o altera las verdades, creando así confusión en los pensamientos. Por tanto, siempre llega el momento en que lo oculto se da a conocer.

Tened, pues, siempre esto presente en vuestro pensamiento. Sea para vosotros freno respecto al mal, sin que por otro lado os sintáis incitados a proclamar el bien que realizáis. ¡Cuántas veces uno actúa por bondad, verdadera bondad, pero humana! Y, siendo humana su actuación, o sea, de no perfecta intención, desea que los hombres la conozcan, y rabia y se amarga viendo que pasa desapercibida, y estudia la forma de manifestarla. No, amigos; así no. Haced el bien y dádselo al Señor eterno.

Él sabrá darlo a conocer también a los hombres, si es bueno para vosotros. Si, por el contrario, ello pudiera anular bajo un reflujo de complacencia de orgullo, vuestro comportamiento justo, entonces el Padre lo mantendrá secreto, reservándose el daros en el Cielo la gloria correspondiente, en presencia de toda la Corte celeste.

Quien vea un acto jamás juzgue por las apariencias. No acuséis nunca a nadie, porque las acciones de los hombres pueden en ocasiones presentar feo aspecto y celar otros motivos. Un padre, por ejemplo puede decirle a un hijo suyo ocioso y entregado a la crápula: "Vete”, y ello puede parecer crueldad e incumplimiento de los deberes paternos; pero no siempre lo es.

Su "vete" está sazonado con un llanto amarguísimo (más del padre que del hijo); a su "vete" le acompañan las palabras "volverás cuando te hayas arrepentido de tu ociosidad" y el voto de que se cumplan. Por otra parte, es un acto de justicia hacia los otros hijos, porque impide que un crapuloso consuma en vicios no sólo lo suyo, sino también lo de los demás. Malo será, en cambio, si esa palabra la dice un padre que se encuentre en culpa respecto a Dios y respecto a la prole, porque en su egoísmo se juzgará a sí mismo superior a Dios y considerará que su derecho se extiende también al espíritu de su hijo. No. El espíritu es de Dios, y ni siquiera Dios violenta la libertad del espíritu a donarse o no donarse. Para el mundo parecen iguales estos actos, y, sin embargo, ¡qué distintos son el uno del otro! El primero es justicia, el segundo es arbitrio culpable. Por tanto, no juzguéis nunca a nadie.

Ayer Pedro le dijo a Judas: "¿Qué maestro has tenido?".

Que no vuelva a decirlo. Que nadie eche la culpa a los otros de lo que ve en uno o en sí mismo. Los maestros tienen una misma palabra para todos los escolares. ¿Por qué, entonces, diez escolares resultan justos y diez malvados? Porque cada uno añade por su parte lo que tiene en el corazón, y ello pesa hacia el bien o hacia el mal.

¿Cómo es posible, entonces, acusar al maestro de haber enseñado mal porque el bien que ha inculcado quede anulado por el exceso de mal que reina en un corazón determinado? El primer factor de éxito está en vosotros. El maestro trabaja vuestro yo. Pero si vosotros no sois susceptibles de mejora, ¿qué puede hacer el maestro? ¿Qué soy Yo? En verdad os digo que no habrá maestro más sabio, paciente y perfecto que Yo. Y, no obstante, incluso de alguno de los míos se dirá: "Pero, ¿quién fue su maestro?".

No os dejéis vencer nunca, al juzgar, por motivos personales. Ayer Judas, amando su tierra más de lo justo, estimó que en mí había injusticia hacia ella.

Frecuentemente el hombre subyace bajo estos elementos imponderables que son el amor patrio o el amor a una idea, y se desvía, como alción desorientado, de su meta. La meta es Dios. Ver todo en Dios para ver bien.

No ponerse a sí mismo, no poner ninguna cosa por encima de Dios. Y si uno realmente se equivoca… ¡Pedro!, ¡todos!, no seáis intransigentes. El error que tanto os fastidia, cometido por uno de vosotros, ¿realmente no lo habéis cometido nunca vosotros?

¿Estáis seguros? Y, aun admitiendo que no lo hayáis cometido nunca, ¿qué habréis de hacer? Pues agradecérselo a Dios. Nada más. Y velar. Vigilar mucho. Continuamente.

Para no caer mañana en lo que hasta hoy ha podido ser evitado. ¿Veis? El cielo está nublado porque el granizo está próximo. Nosotros, escrutando el cielo, hemos dicho: "No nos alejemos de casa". Ahora bien, ¿por qué no sabemos juzgar dónde puede haber peligro para el alma?, si sabemos juzgar así respecto a las cosas que, a pesar de ser peligrosas, no son nada en relación a los peligros que hay, pecando, de perder la amistad de Dios.

Mirad: ved allí a mi Madre. ¿Podéis pensar que en Ella haya tendencia alguna al mal? Pues bien, dado que el amor la impulsa a seguirme, dejará su casa cuando mi amor lo desee. Pero esta mañana después de habérmelo pedido una vez más -porque Ella, mi Maestra, me decía: "Que entre tus discípulos esté también tu Madre, Hijo: Yo quiero aprender tu doctrina"; Ella, que ya poseía esta doctrina su seno y antes aún en su espíritu, por don dado por Dios a la futura Madre de su Verbo Encarnado – Ella ha dicho: "No obstante… juzga, si puedo ir contigo sin la posibilidad de perder la unión con Dios; sin que eso que es mundo, y que Tú dices que penetra con sus hedores, pueda corromper este corazón mío que fue y es y quiere ser sólo de Dios.

Yo me someto a examen y, por cuanto sé, me parece que puedo hacerlo, porque… (y en esto, sin saberlo, se ha procurado la más alta alabanza) porque no encuentro diferencia entre mi paz cándida cuando era una flor del Templo y esta que tengo en mí, ahora que desde hace más de seis lustros soy la mujer de casa. Pero yo soy indigna sierva que conoce mal, y juzga aún peor, las cosas del espíritu.-Tú eres el Verbo, la Sabiduría, la Luz, y puedes ser luz para tu pobre Mamá, que acepta el no volver a verte antes que ser no grata al Señor”…

Y Yo le he tenido que decir, temblándome el corazón de admiración: "Mamá, Yo te lo digo, no serás corrompida por el mundo; antes bien, el mundo será embalsamado por ti".

Mi Madre - lo acabáis de oír - ha sabido ver los peligros de vivir en el mundo, que son peligros también para Ella, también para Ella; Y vosotros, hombres, ¿pretendéis no verlos? ¡Ay!, Satanás verdaderamente está al acecho, y sólo los que vigilen resultarán vencedores. ¿Los demás? ¿Preguntáis acerca de los demás? Para los demás, lo que está escrito.

-¿Qué está escrito, Maestro?

-Y Caín se abalanzó sobre Abel y lo mató. Y el Señor le dijo a Caín ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho de él? El grito de su sangre llega hasta mí. Por tanto, serás maldito sobre la tierra que ha conocido el sabor de la sangre humana por mano de un hermano que ha abierto las venas a su hermano, y no cesará esta horrible hambre de la tierra de sangre humana. Y la tierra, envenenada por esta sangre será más estéril que una mujer seca por la edad. Y huirás, buscando paz y pan. Y no lo encontrarás. Tu remordimiento te hará ver sangre en cada flor y en cada tallo de hierba, en toda agua y alimento. El cielo te parecerá sangre, y sangre el mar. Del cielo, de la tierra, del mar, llegarán a ti tres voces: la de Dios, la del Inocente, la del Demonio; y, para no oírlas, te darás muerte".

-No habla así el Génesis - observa Pedro.
No, el Génesis no; Yo lo digo, y no yerro. Lo digo para los nuevos Caínes de los nuevos Abeles, para quienes, por no vigilar respecto a sí mimos y al Enemigo, vendrán a ser una cosa con él».

-Pero, entre nosotros, no habrá de esos, ¿no es cierto, Maestro?

-Juan, cuando sea desgarrado el Velo del Templo, una gran verdad brillará escrita en toda Sión.
¿Cuál, mi Señor?

Que los hijos de las tinieblas en vano han estado en contacto con la Luz. Recuérdalo, Juan.
-¿Seré yo, Maestro, un hijo de las tinieblas?
-No, tú no. Pero recuérdalo para explicar el Delito al mundo.

-¿Qué delito, Señor? ¿El de Caín?

-No. Ese es el primer acorde del himno de Satanás. Hablo del Delito perfecto, el inconcebible Delito, aquel que, para comprenderlo hay que mirarlo a través del sol del divino Amor y a través de la mente de Satanás; porque sólo el Amor perfecto y el perfecto Odio, solo el infinito Bien y el infinito Mal pueden explicar tal Donación y tal Pecado. ¿Oís? Parece como si Satanás estuviera oyendo y gritase de deseo de llevarlo a cabo. Vámonos, antes de que la nube rompa en relámpagos y granizo.

Y bajan corriendo por la pendiente, saltando al huerto de María mientras la tormenta estalla vehemente.

91- Primera lección a los discípulos en Nazaret, en un olivar

Veo a Jesús con Pedro, Andrés, Juan, Santiago, Felipe, Tomás, Bartolomé, Judas Tadeo, Simón y Judas Iscariote y el pastor José, saliendo de su casa y yendo fuera de Nazaret, a las afueras, a un tupido olivar. Dice:

-Venid en torno a mí. Durante estos meses de presencia y de ausencia os he sopesado y estudiado. Os he conocido, y he conocido, con experiencia de hombre, el mundo. Ahora he decidido enviaros al mundo. Pero primero debo instruiros, para haceros capaces de afrontar el mundo con la dulzura y la sagacidad, la calma y la constancia, con la conciencia y la ciencia de vuestra misión.

Usaré este tiempo de furor solar, que impide toda larga peregrinación por Palestina, para vuestra instrucción y formación como discípulos. Como un músico, he percibido lo que en vosotros desafina, y me dispongo a entonaros para la armonía celeste que tenéis que transmitir al mundo en mi nombre. Retengo a este hijo (y señala a José), porque a él le delego el encargo de llevar a sus compañeros mis palabras, para que también allí se forme un núcleo eficaz, que me anuncie; no un anuncio reducido al hecho de que Yo existo, sino con las características más esenciales de mi doctrina.

Como primera cosa os digo que es absolutamente necesario en vosotros amor y fusión. ¿Qué sois vosotros? Sois hombres de las más diversas clases sociales, de toda edad, y de los más distintos lugares. He preferido tomar a los vírgenes en doctrinas y cogniciones, para poder penetrar en ellos más fácilmente con mi enseñanza, y también porque - habiendo sido destinados para evangelizar a personas que se encontrarán en una absoluta ignorancia del Dios verdadero - quiero que, recordando la primitiva ignorancia, no sientan aversión hacia éstos, y, con piedad, los instruyan, recordando con cuánta piedad Yo los he instruido.

Percibo en vosotros una objeción: "Nosotros no somos paganos, aunque no tengamos cultura intelectual". No, no lo sois; pero vosotros - y sobre todo quienes entre vosotros representan a los doctos y los ricos - estáis dentro de una religión que, degenerada por demasiadas razones, de religión no tiene sino el nombre. En verdad os digo que son muchos los que se glorían de ser hijos de la Ley, pero de ellos ocho partes de diez no son más que idólatras que han confundido, entre nieblas de mil pequeñas religiones humanas, la verdadera, santa, eterna Ley del Dios de Abraham, Isaac, Jacob. Por tanto, mirándoos unos a otros, tanto vosotros, pescadores humildes y sin cultura, como vosotros, mercaderes o hijos de mercaderes, oficiales o hijos de oficiales, ricos o hijos de ricos, decid:

"Somos todos iguales. Todos tenemos las mismas deficiencias y todos tenemos necesidad
de la misma instrucción. Hermanos en los defectos personales o nacionales debemos, desde ahora en adelante, ser hermanos en el conocimiento de la Verdad y en el esfuerzo de practicarla.

Eso es, hermanos. Quiero que tales os llaméis y tales os veáis. Vosotros sois como una familia sola. ¿Cuándo prospera una familia?, ¿cuando la admira el mundo? Cuando está unida y se manifiesta concorde. Si un hijo se hace enemigo del otro, si un hermano perjudica al otro, ¿puede realmente durar la prosperidad de esa familia? En vano el padre de familia se esfuerza en trabajar, en allanar dificultades, en imponerse al mundo. Sus esfuerzos quedan sin resultado, porque los bienes se disgregan, las dificultades aumentan, el mundo se burla por este estado de lid perpetua que reduce corazón y patrimonio - que, unido, era potente contra el mundo - a un pequeño montón de pequeños, puntillosos intereses contrarios de que se aprovechan los enemigos de la familia para acelerar cada vez más su ruina. Nunca sea así entre vosotros. Estad unidos. Amaos. Amaos para ayudaros.

Amaos para enseñar a amar.

Observad: incluso lo que nos circunda nos ilustra acerca de esta gran fuerza. Mirad esta tribu de hormigas, que acude toda hacia un lugar. Sigámosla y descubriremos la razón de la utilidad de que acuda hacia un punto… Mirad aquí: esta pequeña hermana suya ha descubierto, con sus órganos minúsculos y para nosotros invisibles, un gran tesoro bajo esta ancha hoja de achicoria silvestre.

Es un pedazo de miga de pan que quizás se le haya caído a un campesino que haya venido aquí para cuidar sus olivos; a algún viandante que se haya detenido en esta sombra consumiendo su comida, o a un niño jubiloso sobre la hierba florecida.

¿Cómo hubiera podido por sí sola arrastrar hasta su casa este tesoro mil veces más voluminoso que ella? Ha llamado, pues, a una hermana y le ha dicho: "Mira, corre, rápido a decirles a las hermanas que aquí hay alimento para toda la tribu y para muchos días; corre, antes de que descubra este tesoro un pájaro y llame a sus compañeros y se lo devoren". Y la hormiguita ha corrido, afanosa, por las rugosidades del terreno, subiendo, bajando, entre guijas y hierbezuelas, hasta el hormiguero, y ha dicho: “Venid. Una de nosotras os llama; ha encontrado para todas, pero sola no puede traerlo aquí.

Venid". Y todas, incluso las que - ya cansadas por tanto como han trabajado durante todo el día - estaban descansando en las galerías del hormiguero, han acudido; incluso 11 estaban amontonando las provisiones en sus correspondientes celdas. Una, diez, cien, mil… Mirad…

Aferran con las pinzas, levantan haciendo de su cuerpo un carrito, arrastran hincando las patitas en el suelo. Ésta se cae… la otra, allí, casi se lisia porque la punta del pan ha rebotado y la ha comprimido contra una piedra; ¿y ésta tan pequeñita? (una jovencita de la tribu): se detiene derrengada… pero, toma aliento y continúa. ¡Qué unidas están! Mirad: ahora las hormigas tienen completamente abrazado el trozo de pan, y el pan avanza, avanza; lentamente, pero avanza.

Sigámoslo… Un poco más hermanitas, un poco más todavía y vuestra fatiga será premiada. Ya no pueden más, pero no ceden; descansan y luego continúan…Llegan al hormiguero.

¿Y ahora? Ahora al trabajo, para dividir en pequeños trocitos la miga grande. ¡Mirad qué trabajo! Unas cortan, otras transportan… Terminado. Ahora todo está a salvo, y, dichosas, desaparecen dentro de esa grieta, galerías abajo. Son hormigas, nada más que hormigas, y, sin embargo, son fuertes porque están unidas. Meditad en esto.

-¿Tenéis algo que preguntarme?

-Yo querría preguntarte si es que ya no volvemos a Judea – dice Judas Iscariote.

-¿Quién lo ha dicho?

-Tú, Maestro. ¡Has manifestado el deseo de preparar a José para que instruya a los demás en Judea! ¿Tanto te has ofendido como para no volver más allí?

-¿Qué te han hecho en Judea? - pregunta curioso Tomás.
Y Pedro, al mismo tiempo, vehementemente, dice:
-¿Entonces tenía yo razón cuando decía que habías vuelto en malas condiciones? ¿Qué te han hecho los "perfectos" en Israel?

-Nada, amigos, nada que no vaya a encontrar aquí. Aunque diera la vuelta al mundo encontraría por todas partes amigos mezclados con enemigos. De todas formas, Judas, te había rogado que te mantuvieras en silencio…
-Cierto, pero… No, no puedo quedarme callado cuando veo que prefieres Galilea a mi patria. Eres injusto; también allí has recibido honores…

-¡Judas! ¡Judas! ¡Oh, Judas! Eres injusto en este reproche. Tú a ti mismo te acusas, dejándote llevar de la ira y de la envidia. Yo había logrado dar a conocer sólo el bien que he recibido en tu Judea. Sin mentir y con alegría, había logrado manifestar este bien para hacer que os amasen a los de Judea. Con alegría. Porque para el Verbo de Dios no existe separación de regiones, no existen antagonismos, enemistades, diversidades. ¡Os amo a todos, oh hombres, a todos…! ¿Cómo puedes decir que prefiero Galilea cuando he querido llevar a cabo los primeros milagros y las primeras manifestaciones en el suelo sagrado del Templo y de la Ciudad Santa, estimada por todos los israelitas? ¿Cómo puedes decir que actúo con parcialidad, si de vosotros, discípulos, que sois once - o diez, porque mi primo es familia, no amistad -, cuatro son judíos? Y, si añado a los pastores, que son todos judíos, puedes ver de cuántos de Judea soy amigo.

¿Cómo puedes decir que no os amo, si Yo, que conozco las cosas, he organizado el viaje de manera que pudiera dar mi Nombre a un pequeñuelo de Israel y recibir el espíritu de un justo de Israel? ¿Cómo puedes decir que no os amo a vosotros, judíos, si en la revelación de mi Nacimiento y de mi preparación a la misión he querido que hubiera dos judíos, contra uno sólo de Galilea? Me tachas de injusto. Examínate, Judas, mira si el injusto no eres tú.

Jesús ha hablado con majestuosidad y dulzura. Pero, aunque no hubiera dicho nada más, habrían bastado los tres modos como ha dicho «Judas» al principio de sus palabras, para dar una gran lección. E1 primer «Judas» lo decía el Dios majestuoso que llama al respeto; e1 segundo, el Maestro que enseña con doctrina paterna; el tercero era el ruego del amigo dolido por el modo de actuar de su amigo.

Judas ha bajado la cabeza, humillado, todavía iracundo, afeado por este aflorar de bajos sentimientos.
Pedro no sabe quedarse callado.

-Al menos pide perdón, muchacho. ¡Si hubiera sido yo en vez de Jesús, no hubieras salido del paso sólo con unas palabras! ¡No sólo injusto! ¡No tienes respeto, señorito! ¡Así os educan los del Templo? ¿O es que eres tú el ineducable? Porque si son ellos…

-Basta, Pedro. He dicho Yo todo lo que había que decir. Esto también será motivo de instrucción mañana. Y ahora repito a todos lo que les había dicho a éstos en Judea: no digáis a mi Madre que su Hijo fue maltratado por los judíos. Ya está toda compungida por haber intuido mi pena.

Respetad a mi Madre. Vive en la sombra y silencio; es activa sólo en virtudes y oración por mí, por vosotros y por todos. Dejad que las lúgubres luces del mundo y las ásperas luchas queden lejos de su refugio fajado de discreción y pureza. No metáis ni siquiera el eco del odio donde todo es amor. Respetadla. Ella es más valiente que Judit; lo veréis. Pero no la obliguéis, antes de tiempo, a gustar la hez que supone los sentimientos de los miserables del mundo, de aquellos que no saben ni siquiera rudimentariamente qué es Dios y la Ley de Dios. Esos de que os hablaba al principio: los idólatras que se creen sabios de Dios y que, por tanto, unen la idolatría a la soberbia. Vamos.

Y Jesús se dirige de nuevo hacia Nazaret.

90- La llegada a Nazaret de los discípulos con los pastores


Veo a María que, descalza y diligente, con las primeras luces del día va y viene por su casa. Con su vestido azul tenue parece una delicada mariposa que apenas roza, sin hacer ruido, paredes y objetos. Se acerca a la puerta que da a la calle y la abre cuidando de no hacer ruido; la deja entornada, después de haber dado una ojeada a la calle todavía desierta. Pone en orden las cosas, abre puertas y ventanas. Entra en el taller - en donde, ahora que lo ha dejado el Carpintero, están los telares de María - y también allí trajina; cubre con cuidado uno de los telares en que hay una tejedura comenzada, y sonríe por un pensamiento que le viene al mirarla.

Sale al huerto. Las palomas se le agolpan encima de los hombros. Con vuelos cortos, de un hombro al otro, para conseguir el puesto, peleonas y celosas por amor a Ella, la acompañan hasta una alacena en la que hay provisiones. Saca unos granos para ellas y dice:

-Aquí, hoy aquí. No hagáis ruido. ¡Está muy cansado!
Luego coge harina y va a un cuartito que está junto al horno y se pone a hacer el pan. Lo amasa y sonríe. ¡Oh, como sonríe hoy la Mamá! Está tan rejuvenecida por la alegría, que parece la Madre jovencita de la Natividad. De la masa del pan aparta una cantidad, y la cubre; luego reemprende el trabajo. Suda. Sus cabellos presentan un aspecto más claro debido a una sutil capa de polvo de harina.

Entra despacio María de Alfeo.
-¿Ya trabajando?
-Sí. Estoy haciendo el pan. Mira, las tortas de miel que le gustan tanto.
-Dedícate a ellas. Yo hago el pan, que es mucha la masa.
María de Alfeo, de complexión fuerte, más aldeana, trabaja con ahínco en su pan, mientras María unta de miel y mantequilla sus dulces; hace muchos de forma redondeada y los coloca en una plancha.

-No sé cómo hacer para avisar a Judas… Santiago no se atreve… y los otros… - María de Alfeo suspira.
-Hoy vendrá Simón Pedro. Viene siempre con el pescado el segundo día después del sábado. Lo mandaremos a él a donde Judas.

-Si quiere ir…
-¡Oh, Simón nunca me dice que no!
-Que la paz acompañe este día vuestro - dice Jesús, dejándose ver.
Las dos mujeres se sobresaltan al oír su voz.
-¿Ya levantado? ¿Por qué? Yo quería que durmieras…
-He dormido un sueño de cuna, Mamá. Tú no debes haber dormido…
-Te he estado viendo dormir… Siempre lo hacía cuando eras pequeño. En el sueño sonreías siempre… y tu sonrisa permanecía todo el día en mi corazón como una perla… Pero esta noche no sonreías, Hijo; suspirabas como si estuvieras afligido…

María mira a su Hijo con congoja.

-Estaba cansado, Mamá. Y el mundo no es esta casa, donde todo es honestidad y amor. Tú… tú sabes quién soy y puedes comprender lo que significa para mí el contacto con el mundo. Es como quien por un camino fétido y fangoso; que, aunque camine con cuidado, un poco de lodo le salpica y el hedor penetra aunque se esfuerce en no respirar…Y si éste es hombre que ama todo lo que sea limpieza y aire puro, puedes hacerte una idea de la desazón que sentirá.

-Sí, Hijo. Comprendo. Pero me da mucha pena que sufras.
-Ahora estoy contigo y no sufro. Permanece el recuerdo… pero sirve para hacer más hermosa la alegría de estar contigo.

Y Jesús se inclina hacia su Madre para besarla.
Acaricia también a la otra María, que entra toda roja porque ha estado encendiendo el horno.
-Habrá que avisar a Judas - es la preocupación de María de Alfeo.
No hace falta. Judas estará aquí hoy.

-¿Cómo lo sabes?

Jesús sonríe y calla.

-Hijo, todas las semanas, este día, viene Simón Pedro. Es deseo suyo traerme el pescado recogido durante las primeras vigilias de la noche. Llega hacia el final de la hora prima. Se sentirá feliz hoy. Simón es bueno. Durante las horas que está aquí nos ayuda, ¿verdad, María?

-Simón Pedro es un hombre honesto y bueno - dice Jesús - Pero también el otro Simón - que dentro de poco verás – es un corazón grande. Salgo a su encuentro; estarán ya para llegar.

Y Jesús sale, mientras las mujeres, colocado el pan en el horno, entran de nuevo en la casa. María se vuelve a poner las sandalias y torna con un vestido de lino todo blanco. Pasa un tiempo, y, en la espera, María de Alfeo dice:

-No te ha dado tiempo a terminar ese trabajo.
-Lo terminaré pronto. Le dará frescor de sombra a mi Jesús y será liviano sobre su cabeza.

Empujan la puerta desde fuera.
-Mamá, he aquí a mis amigos. Entrad.
Entran en grupo los discípulos y los pastores. Jesús, con las manos sobre los hombros de los dos pastores, lleva a éstos hacia su Madre:

-He aquí a dos hijos que buscan una madre. Sé su alegría, Mujer.

-Yo os saludo… ¿Tú?… Leví… ¿Tú?… no sé, pero por la edad - Él me ha puesto al corriente - eres sin duda José. Ese nombre es dulce y sagrado aquí dentro. Ven. Venid. Con alegría os digo: mi casa os acoge, una Madre os abraza, en recuerdo de cuanto vosotros - tú en tu padre - amasteis a mi Niño.

Los pastores están tan extáticos, que parecen bajo efecto de un encantamiento.

-Soy María, sí. Tú viste a la Madre feliz. Sigo siendo la misma dichosa también ahora de ver a mi Hijo entre corazones fieles.

-Y éste es Simón, Mamá.

-Has merecido la gracia porque eres bueno; lo sé. La Gracia de Dios esté siempre contigo.
Simón, que conoce mejor los modos de la sociedad, hace una muy profunda reverencia, teniendo las manos cruzadas sobre el pecho, y saluda diciendo:

-Te saludo, Madre verdadera de la Gracia. Ya no le pido nada más al Eterno, ahora que conozco la Luz y te conozco a ti, más delicada que la Luna.

-Y éste es Judas de Keriot.
-Tengo una madre, pero mi amor por ella desaparece respecto a la veneración que siento por ti.

-No, no por mí; por Él. Yo soy porque Él es. Y no quiero nada para mí. Sólo pido para Él. Sé cuánto has honrado a mi Hijo en tu patria. Pero aun así te digo: sea tu corazón el lugar en que Él reciba de ti el sumo honor. Entonces te bendeciré con corazón de Madre.

-Mi corazón está bajo el calcañar de tu Hijo. ¡Feliz peso! Sólo la muerte disolverá mi fidelidad.

-Y este es nuestro Juan, Mamá.

-Me sentía tranquila desde que supe que estabas con Jesús. Te conozco y mi espíritu reposa cuando sé que estás con mi Hijo. Bendito seas. Mi quietud - Lo besa.
Se deja oír desde fuera la voz áspera de Pedro:
-Aquí está el pobre Simón con su saludo y…
En entrando, se queda de piedra. Arroja al suelo la cesta, redonda, que llevaba colgada a la espalda, y se arroja también él al suelo diciendo:

-¡Señor Eterno! Pero… No. ¿Cómo me has hecho esto, Maestro? ¡Estar aquí y no decirle nada al pobre Simón! ¡Dios te bendiga, Maestro! ¡Qué feliz me siento! ¡Ya no soportaba tu ausencia! - y le acaricia la mano, sin hacer caso a Jesús, que le dice:

«Levántate, Simón… ¡Que te alces!”
-Sí, me alzo. Pero… ¡Eh, tú, muchacho! (el muchacho es Juan) ¡Tú al menos podías haber venido corriendo a decírmelo!
Ahora, ¡venga!, sal enseguida, a Cafarnaúm, a decírselo a los demás… primero a casa de Judas. Pronto estará aquí tu hijo, mujer.

Rápido. Como si fueras una liebre perseguida por perros.
Juan se marcha risueño.
Pedro, por fin, se ha alzado. Sigue teniendo entre sus cortas, gruesas manos, de venas marcadas, la larga mano de Jesús y la besa sin dejarlo, a pesar de que quiera entregar su pescado, que está en el suelo, en el cesto.

-¡No quiero que te vayas otra vez sin mí! ¡Nunca más, nunca más, tanto tiempo sin verte! Te seguiré como la sombra sigue al cuerpo o la cuerda al ancla. ¿Dónde has estado, Maestro? Yo me decía: “¿Dónde estará?, ¿qué hará?, ¿ese niño de Juan sabrá tener cuidado de Él?, ¿estará atento a que no se canse demasiado, a que no se quede sin comida?" ¡Te conozco!… ¡Estás más delgado! Sí, más delgado. ¡No te ha cuidado bien! Le voy a decir que… Pero, ¿dónde has estado, Maestro? ¡No me dices nada!

-¡Espero a que me dejes hablar!

-Es verdad. Pero es que… verte es como un vino nuevo: se sube a la cabeza sólo con el olor. ¡Mi Jesús! - Pedro casi llora por la reacción de la alegría.

-Yo también he sentido deseo de ti, de todos vosotros, aunque estuviera entre amigos queridos. Mira, Pedro, éstos son dos que me han amado desde que tenía pocas horas. Más aún, ya han sufrido por mí. Éste es un hijo sin padre ni madre, por causa mía; pero, en todos-vosotros tiene muchos hermanos, ¿no es verdad?

-¿Lo preguntas, Maestro? Pero si, si se diera el caso de que el demonio te amara, yo lo amaría por su amor a ti. Veo que también vosotros sois pobres. Entonces somos iguales. Venid que os bese. Soy pescador, pero tengo el corazón más tierno que un pichón; y sincero. No miréis si soy rudo. Lo duro es por fuera; dentro soy todo miel y mantequilla. Con los buenos, quiero decir… porque con los malvados…

-Este es el nuevo discípulo.
-Me parece haberle visto ya…
-Sí. Es Judas de Keriot. Tu Jesús, a través de él, recibió buena acogida en esa ciudad. Os ruego que os améis, aunque seáis de regiones distintas. Sois todos hermanos en el Señor.

-Como tal lo trataré, si tal es. Y… sí… (Pedro mira fijo a Judas; a mirada abierta, de advertencia) y… sí… es mejor que lo diga; así conoces ya bien desde ahora. Lo digo: no siento mucha estima hacia los judíos en general ni hacia los de Jerusalén en particular. Pero soy honesto. Y por mi honestidad te aseguro que dejo aparte todas las ideas que tengo acerca de vosotros y quiero ver en ti sólo al hermano discípulo. Depende de ti ahora el no hacerme cambiar de pensamiento y decisión.

-¿Conmigo también, Simón, tienes tales prejuicios? -pregunta el Zelote sonriendo.

-¡No te había visto! ¿Contigo? ¡Contigo no! Llevas la honestidad dibujada en el rostro. La bondad te rezuma desde el corazón hacia el exterior como oloroso aceite por un vaso poroso. Y eres anciano. Ello no es siempre una dote. Algunas veces, cuanto más envejece uno más falso y malo se vuelve. Pero tú eres de esos que hacen como los vinos preciados: cuanto más envejecen, más genuinos y buenos son. -Has juzgado bien, Pedro - dice Jesús - Ahora venid. Las mujeres están ocupándose de nosotros, quedémonos mientras bajo la pérgola fresca. ¡Qué hermoso es estar con los amigos! Iremos luego todos juntos por Galilea, y más allá de Galilea; todos no. Leví, ahora ya contento, volverá a donde Elías, a llevarle el saludo de María ¿verdad, Mamá?

-Yo lo bendigo, y a Isaac y a los demás. Mi Hijo me ha prometido llevarme… y yo iré donde vosotros, los primeros amigos de mi Niño.

-Maestro, quisiera que Leví llevase a Lázaro el escrito que ya sabes.

-Prepáralo, Simón. Hoy es fiesta completa. Mañana por la tarde; Leví partirá, con tiempo para llegar antes del sábado.

Venid, amigos…

Salen al verde huerto y todo termina.

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