89- Adiós a Jonás y llegada de Jesús a Nazaret

Apenas un atisbo de luz. En la puerta de una mísera cabaña - y hablo así porque llamarla casa sería demasiado honor - están Jesús con los suyos y con Jonás y otros míseros campesinos como él. Es la horade la despedida.

-¿No te volveré a ver, Señor mío? pregunta Jonás. Tú has traído la luz a nuestros corazones. Tu bondad ha hecho de estas jornadas una fiesta que durará toda la vida. Ya has visto cómo nos tratan. El jumento recibe más cuidados que nosotros, y se trata más humanamente al árbol: son dinero; nosotros somos sólo ruedas de molino que proporcionan ganancia, y se nos utiliza hasta que morimos por exceso de uso. Pero tus palabras han sido como muchas caricias de alas. El pan nos ha parecido más abundante y mejor, porque Tú lo saboreabas con nosotros, este pan que él no da a sus perros. Vuelve a compartirlo con nosotros, Señor. Sólo porque eres Tú, oso decir esto. Para cualquier otro significaría una ofensa el ofrecer un cobijo y un alimento que hasta el mendigo desdeña. Pero Tú…

-Pero Yo encuentro en ellos un perfume y un sabor celestes, porque hay en ellos fe y amor. Vendré, Jonás. Vendré. Quédate donde estás atado al carro como un animal de tiro. Que el lugar en que estás sea tu escalera de Jacob. Ciertamente entre el Cielo y tú vienen y van los ángeles con la atención puesta en recoger todos tus méritos y llevárselos a Dios. Pero Yo vendré a ti, a consolar tu espíritu. Permanecedme todos fieles. ¡Oh! Quisiera daros una paz que fuera también humana, pero no puedo. Tengo que deciros: sufrid aún. Y ello es triste para Uno que ama… -Señor, si Tú nos amas, ya no es sufrir. Antes no teníamos a nadie que nos amara… ¡Oh, si pudiera, yo al menos, ver a tu Madre!

-No te angusties. Yo te la traeré. Cuando más suave esté el clima, vendré con Ella. No des pie a castigos inhumanos por la prisa de verla. Sabe esperarla como se espera el surgir de una estrella, de la primera estrella. Aparecerá ante ti imprevistamente, exactamente como la estrella vespertina que ahora no se ve e inmediatamente después titila en el cielo. Y piensa que, ya incluso desde ahora, Ella esparce sus dones de amor sobre ti. Adiós a todos vosotros. Mi paz os sirva de tutela contra las crueldades de quien os aflige. Adiós, Jonás. No llores. Has esperado muchos años con fe paciente, te prometo ahora una espera muy breve. No llores. No te dejaré solo. Tu bondad enjugó mi llanto infantil; ¿no es suficiente la mía para enjugar el tuyo?

-Sí… pero Tú te marchas… y yo me quedo…
-Amigo, Jonás, no me hagas partir abatido por el peso de no poderte consolar…

-No lloro, Señor… Pero ¿cómo voy a poder vivir sin verte ahora que sé que estás vivo?

Jesús acaricia una vez más al anciano desolado y luego se separa; pero, en el límite de la mísera era, erguido, abre los brazos bendiciendo la campaña. Luego se pone en camino.

-¿Qué significa lo que has hecho, Maestro? - pregunta Simón que ha notado el insólito gesto.
-He puesto un sigilo sobre todas las cosas, para que los malvados no puedan, dañándolas, perjudicar a esos desdichados. Más no podía…

-Maestro… adelantémonos. Quisiera decirte una cosa, sin que nos oigan.

Se separan aún más del grupo y Simón habla.

-Quería decirte que Lázaro tiene orden de usar la suma para socorrer a todos aquellos que recurran a él en nombre de Jesús. ¿No podríamos libertar a Jonás? Ese hombre está deshecho, su única alegría es tenerte. Démosela. ¿Qué puedes esperar de su labor aquí' Tu discípulo sería libre en esta llanura tan hermosa, y tan desolada. Aquí los más ricos de Israel tienen tierras óptimas, que exprimen explotando cruelmente a los trabajadores, exigiéndoles el ciento por uno. Lo sé desde hace años. Poco tiempo podrás permanecer aquí porque en este lugar impera la secta de los fariseos, que creo que nunca será amiga tuya. Los más infelices en Israel son estos trabajadores oprimidos y sin luz. Ya lo has oído: ni siquiera para la Pascua gozan de paz y oración, mientras los crueles patrones, con grandes gestos y estudiadas actitudes, se ponen en primera fila entre los fieles.

Tendrán al menos la alegría de saber que Tú vives, la alegría de oír tus palabras, repetidas por uno que no alterará de ellas ni una iota. Si te parece bien, Maestro, ordena, y Lázaro actuará.

-Simón, Yo ya había comprendido por qué te desprendías de todo. No desconozco el pensamiento del hombre. Y éste ha sido uno de los motivos por los que te he amado. Haciendo feliz a Jonás, haces feliz a Jesús. ¡Ah, cómo me angustia ver sufrir a los buenos! Mi condición de pobre y de despreciado por el mundo no me angustia sino por esto. Judas, si me oyera, diría:

"Pero, ¿no eres Tú el Verbo de Dios? Ordena, y las piedras se convertirán en oro y pan para los menesterosos". Repetiría la insidia de Satanás. Bien deseo Yo saciar las hambres, pero no como quisiera Judas.

Todavía estáis demasiado poco formados como para entender la profundidad de cuanto digo. Pero te lo digo: si Dios remediase todo, cometería una substracción para con sus amigos; los privaría de la facultad de ser misericordiosos. Y de obedecer, por tanto, al mandamiento del amor. Mis amigos tienen que tener este signo de Dios en común con Él: la santa misericordia, que se manifiesta en obras y en palabras. Y las infelicidades ajenas proporcionan a mis amigos la manera de ejercitarla. ¿Has aprendido este pensamiento?

-Es profundo. Lo medito. Y me humillo, comprendiendo lo obtuso que soy y lo grande que es Dios, el cual quiere que tengamos la totalidad de sus atributos más dulces, para llamarnos hijos suyos. Dios se me revela en su multiforme perfección por cada una de las luces que Tú difundes en mi corazón. Día tras día, como quien camina por un lugar desconocido, aumento mi conocimiento de esta inmensa Cosa que es la Perfección que quiere llamarnos "hijos", y me parece estar ascendiendo como un águila, o sumergiéndome como un pez, en dos profundidades sin confín como son el cielo y el mar, y subo cada vez más, y me sumerjo cada vez más, sin tocar nunca el límite. Pero entonces, ¿qué es Dios?

-Dios es la inalcanzable Perfección, Dios es la cumplida Belleza, Dios es la infinita Potencia, Dios es la incomprensible Esencia, Dios es la insuperable Bondad, Dios es la indestructible Compasión, Dios es la inconmensurable Sabiduría, Dios es el Amor hecho Dios.

¡Es el Amor! ¡Es el Amor! Dices que cuanto más conoces a Dios en su perfección, más te parece ascender o sumergirte en dos profundidades sin confín, de azul sin sombras… Cuando comprendas qué es el Amor hecho Dios, ya no subirás, ya no te sumergirás en ese azul sino en un remolino incandescente de llamas, y serás aspirado hacia una beatitud que te será muerte y vida. Tendrás a Dios, con completa posesión, cuando, por tu voluntad, hayas logrado comprenderlo y merecerlo.

Entonces quedarás fijo en su perfección.
-¡Señor!… - Simón se siente desbordado.
Se hace silencio. Llegan al camino. Jesús se detiene a esperar a los otros.

Cuando el grupo se completa de nuevo, Leví se arrodilla:
-Debo dejarte, Maestro, pero tu siervo te eleva una súplica: Llévame adonde tu Madre. Éste es huérfano como yo. No me niegues a mí lo que a él le das, para poder ver un rostro de madre…

-Ven. Yo doy en nombre de mi Madre lo que en nombre de mi Madre se pide…

Jesús está solo. Camina rápido entre bosques de olivos cargados de aceitunas ya bien formadas. El sol, a pesar de que esté declinando, asaetea la copa gris-verde de los árboles preciosos y pacíficos, pero no taladra el entramado de sus ramas sino con diminutos ojitos de luz. La calzada principal, por el contrario, encajonada entre dos pendientes, es una cinta de polvorienta incandescencia deslumbrante.

Jesús camina y sonríe. Llega a un tajo del terreno… y sonríe aún más vivamente. Allí está Nazaret… De tanto como la oprime la incandescencia del sol, parece como si vibrara. Jesús baja aún más veloz. Llega a la calzada ya sin preocuparse del sol.

Parece volar de lo presuroso que va, con el manto - colocado como protección sobre la cabeza - hinchado y palpitando a los lados y detrás de Él. La calzada está desierta y silenciosa hasta las primeras casas. Allí, alguna voz de niño o de mujer se oye venir desde el interior de las casas o desde los huertos, que suspenden incluso sobre la calzada las frondas de sus árboles. Jesús se aprovecha de estas manchas de sombra para rehuir el implacable sol. Gira por una callecita cuya mitad está en sombra. Allí hay mujeres que se arremolinan junto a un pozo fresco. Casi todas lo saludan, manifestando con voces aguda su alegría porque haya vuelto.

-Paz a todas vosotras… Pero… guardad silencio. Quiero dar una sorpresa a mi Madre.

-Su cuñada se ha marchado ahora con una jarra fresca, pero tiene que volver; se han quedado sin agua. El manantial está seco, o se pierde en el suelo ardiente antes de llegar a tu huerto; no sabemos María de Alfeo lo decía ahora. Mira, allí viene.

La madre de Judas y Santiago viene con un ánfora sobre la cabeza y otra en cada mano. No ve inmediatamente a Jesús y grita:

-De este modo me doy más prisa. María está toda triste, porque sus flores se mueren de sed. Son todavía las de José y Jesús, y siente desgajársele el corazón viéndolas languidecer.

-Pero ahora que me ve a mí…- dice Jesús, apareciendo detrás del grupo.
-¡Oh, mi Jesús! ¡Bendito Tú! Voy a decírselo….
-No. Voy Yo. Dame las ánforas.
-La puerta está sólo entornada. María está en el huerto. ¡Oh, qué contenta se pondrá! Hablaba de ti también esta mañana. ¡Pero haber venido con este sol!… ¡Estás todo sudado! ¿Estás solo?

-No. Con amigos. Yo me he adelantado para ver antes a mi Madre. ¿Y Judas?
-Está en Cafarnaúm. Va frecuentemente…
María no habla más pero sonríe mientras seca con su velo el rostro humedecido de Jesús.

Las ánforas ya están llenas. Jesús, usando su cinturón, se carga dos de ellas equilibradamente sobre los hombros, y la otra la lleva en la mano.

Camina, vuelve una esquina, llega a la casa, empuja la puerta, entra en la pequeña habitación, que parece oscura en relación al fuerte sol exterior, levanta despacio la cortina que cubre la puerta del huerto, observa.

María está en pie junto a un rosal, dando la espalda a la casa, compungida por la sedienta planta. Jesús posa el ánfora en el suelo, y el cobre suena al golpear contra una piedra.

-¿Ya aquí, María? – dice la Madre sin volverse - ¡Ven, ven! ¡Mira este rosal!, y estas pobres azucenas; morirán todas, si no las socorremos. Trae también unas cañitas para sujetar este tallo que se está cayendo.
-Te llevo todo, Mamá.

-María se vuelve de repente. Se queda atónita un segundo; luego, dando un grito, corre con los brazos abiertos hacia el Hijo, el cual ya ha abierto los suyos y la espera con una sonrisa que es todo amor.

-¡Hijo mío!
-¡Mamá! ¡Querida mamá!

La manifestación de afecto es larga, suave, y María está tan contenta que no ve, no siente lo sudado que está Jesús.

Pero luego se da cuenta:

-¿Por qué, Hijo, a esta hora? Estás como la púrpura y sudando como una esponja. Ven, ven dentro; que Mamá te seque y te refresque. Ahora te traigo una túnica nueva y sandalias limpias. ¡Pero 'Hijo! ¿Por qué vas por los caminos con este sol? ¡Las plantas se mueren por el calor y Tú, Flor mía, por los caminos…!

-¡Para llegar antes, Mamá!
-¡Oh, querido mío! ¿Tienes sed? Claro que sí. Ahora te preparo…
-Sí. De tu beso, Mamá. De tus caricias. Déjame estar así, con la cabeza en tu hombro, como cuando era pequeño… ¡Oh! ¡Mamá! ¡Cuánto te hecho de menos!
-¡Pero dime que vaya, Hijo, y yo iré! ¿Qué te ha faltado por causa de mi ausencia?: ¿comida de tu agrado?, ¿ropa fresca?, ¿cama bien hecha? ¡Oh, dime, mi Dicha!, ¿qué te ha faltado? Tu sierva, ¡oh mi Señor!, tratará de poner remedio.

-Nada aparte de ti…
-Jesús, que ha vuelto a entrar en la casa de la mano de su Madre, se ha sentado en el arquibanco que está junto a la pared y ahora mira fijamente a María. La tiene de frente, ceñida con sus brazos. Tiene apoyada la cabeza contra su corazón, y de vez en cuando la besa. Dice:

-Déjame que te mire. Déjame llenar mi vista de ti, ¡Mamá mía santa!
-Antes la túnica. No es bueno estar tan mojado. Ven.
Jesús obedece. Cuando vuelve con una túnica fresca, el coloquio continúa, delicado.

-He venido con discípulos y amigos. Pero los he dejado en el bosque de -Melca. Vendrán mañana a la aurora. Yo… no podía espera más. ¡Mamá mía!…- y le besa las manos - María de Alfeo se ha retirado para dejarnos solos; ella también ha entendido mi sed de ti Mañana… mañana tú serás de mis amigos y Yo de los nazarenos. Pero hoy tú eres mi Amiga y Yo el tuyo.

Te he traído… ¡Oh, Mamá!, he encontrado a los pastores de Belén, y te he traído a dos de ellos: son huérfanos y tú eres la Madre, la Madre de todos, y más aún de los huérfanos. Y te he traído también a uno que tiene necesidad de ti para vencerse a sí mismo; y a otro que es un justo y ha llorado; bueno,… y a Juan… Y el recuerdo de Elías, de Isaac, Tobías (ahora Matías), Juan y Simeón. Jonás es el más infeliz. Te llevaré donde él; lo he prometido. Seguiré buscando a otros. Samuel y José están en la paz de Dios.

-¿Estuviste en Belén?

-Sí, Mamá. Llevé allí a los discípulos que tenía conmigo. Te traigo estas florecillas, nacidas entre las piedras de la entrada.

-¡Oh!- María coge los tallitos secos y los besa - ¿Y Ana?
-Murió en la matanza de Herodes.

-¡Pobrecilla! ¡Te quería mucho!
-Los betlemitas sufrieron mucho y no han sido justos con los pastores. Han sufrido mucho…
-¡Pero contigo por entonces fueron buenos!

  • Sí. Por esto se les debe compadecer. Satanás está envidioso de aquella bondad suya y los instiga al mal. He estado también en Hebrón. Los pastores, perseguidos…

-¿Tanto?

-Sí. Los ayudó Zacarías, y, gracias a él, pudieron tener patrones y pan, aunque estos patrones fueran duros. Pero son almas de justos, y de las persecuciones y de las heridas se han hecho piedras de santidad. Los he reunido. He curado a Isaac y… y he dado mi Nombre a un niñito… En Yuttá, donde Isaac se consumía y donde ha renacido, hay ahora un grupo inocente que se llama María, José e Iesaí…

-¡Oh, tu Nombre!
-Y el tuyo, y el del Justo. Y en Keriot, patria de un discípulo, un fiel israelita murió contra mi corazón, por la alegría de haberme encontrado…Y también… ¡tengo tantas cosas que contarte…, mi perfecta Arniga, Madre dulce! Pero antes de nada, te lo suplico, te pido que tengas mucha piedad con los que vendrán mañana. Escucha: me aman pero no son perfectos. Tú, Maestra de virtud… ¡Madre, ayúdame a hacerlos buenos…! ¡Yo quisiera salvarlos a todos…!- Jesús se ha deslizado a los pies de María. Ahora Ella aparece en su majestuosidad de Madre.

-¡Hijo mío! ¿Qué puede hacer tu pobre Mamá que Tú no hagas?

-Santificarlos… Tu virtud santifica. Te los he traído aposta. Mamá…un día, ante la urgencia de santificar a los espíritus, viendo en ellos voluntad de redención, te diré: “Ven”. Yo solo no podré… Tu silencio será tan activo como mi palabra. Tu pureza ayudará a mi potencia. Tu presencia mantendrá distante a Satanás… Tu Hijo, Mamá, sabiendo que estás cerca, encontrará fuerzas. Vendrás, ¿no es cierto, mi dulce Madre?

-¡Jesús! ¡Amor! ¡Hijo! No te siento feliz… ¿Qué te pasa, Criatura de mi corazón? ¿Ha sido duro contigo el mundo? ¿No?

Creerlo me es motivo de consuelo… pero… ¡Oh! Sí. Iré. A donde Tú quieras, como Tú quieras, cuando Tú quieras, incluso ahora, bajo el sol, bajo las estrellas, o con hielo o entre aguaceros. ¿Me quieres contigo?: aquí me tienes. -No. Ahora no. Pero un día… ¡Qué dulce es la casa! ¡Y tu caricia! Déjame dormir así, con la cabeza en tus rodillas. ¡Estoy muy cansado! Sigo siendo tu Hijito…

Y Jesús realmente se duerme, cansado, derrengado, sentado en la estera, con la cabeza en el regazo de su Madre, mientras Ella le acaricia en el pelo, cariñosa.

88- Donde el pastor Jonás, en la llanura de Esdrelón

Por un senderillo entre campos quemados - sólo rastrojos y grillos - Jesús camina entre Leví y Juan. Detrás, en grupo, van José, Judas y Simón.

Es de noche y, sin embargo, no se siente refrigerio. La tierra es fuego que continúa ardiendo incluso después del incendio del día. El rocío no puede nada contra este asuramiento: tan fuerte es la llamarada que sale de los surcos y de las grietas del suelo, que creo que se seca incluso antes de tocar el suelo.

Todos callan, agotados y sudados. Pero veo a Jesús sonreír. La noche está clara, a pesar de que la Luna menguante apenas si aparece ahora, al este, en el horizonte.

-¿Crees que estará? - le pregunta Jesús a Leví.

-Ciertamente estará. A estas alturas ya está recogida la cosecha y todavía no ha empezado la recolección de la fruta, por tanto, lo campesinos se dedican a vigilar viñedos y pomares contra los depredadores, y no se alejan, especialmente cuando los patrones son odiosos como el que tiene Jonás. Samaria está cerca y cuando esos renegados pueden… están siempre dispuestos a perjudicarnos a nosotros, los de Israel. ¿No saben que luego apalean a los siervos? Sí lo saben. Pero la cosa es que nos odian.

-No guardes rencor, Leví - dice Jesús.
-Pero verás cómo fue herido Jonás hace cinco años por culpa de ellos. Desde entonces hace la vida de noche porque se queda de guardia, porque la flagelación es un suplicio cruel…

-¿Falta todavía mucho para llegar?

-No, Maestro. ¿Ves allí, donde termina esta desolación y se vislumbra aquella mancha oscura? Allí están los pomares de
Doras, el despiadado fariseo. Si me dejas, me adelanto para que Jonás pueda verme.
-Ve.
-¡Todos los fariseos son así, Señor mío? - pregunta Juan - ¡No querría estar a su servicio! Prefiero mi barca.
-¿Es la barca la predilecta? - pregunta semiserio Jesús.
-¡No, eres Tú! La barca lo era cuando aún no sabía que el Amor había venido a la Tierra - responde rápido Juan.
Jesús ríe al ver esta vehemencia.

-¿No sabías que sobre la Tierra había amor? Y entonces, ¿cómo naciste, si tu padre no amó a tu madre? - pregunta Jesús como en bromas.

-Ese amor es hermoso, pero no me seduce. Tú eres mi amor, Tú eres el Amor sobre la Tierra para el pobre Juan.
Jesús lo estrecha contra sí y dice:

-Deseaba oírtelo decir. El Amor está ansioso de amor y el hombre da y dará siempre a su avidez imperceptibles gotas, como estas que caen del cielo, tan insignificantes que se consumen, mientras caen, en la ola de calor estival, como también las gotas de amor de los hombres se consumirán a mitad de camino, eliminadas por llamaradas de demasiadas cosas. El corazón seguirá destilándolas, pero los intereses, los amores, los negocios, la avidez… muchas, muchas cosas humanas las harán evaporarse. Y, ¿qué subirá a Jesús? ¡Oh, demasiado poco! Los restos. De entre todos los latidos humanos, los que queden, los latidos interesados de los humanos para pedir, pedir, pedir mientras la necesidad urge. Amarme por amor sin mezcla de otra cosa será propiedad de pocos: de los Juanes…

Observa una espiga renacida. Es, quizás, una semilla caída durante la cosecha. Ha sabido nacer, resistir el sol, la sequía, crecer, desarrollar los primeros brotes, echar espiga… Mira: ya está formada. Sólo ella vive en estos campos asolados. Dentro de poco los granos maduros caerán al suelo rompiendo la lisa cascarilla que los tiene ligados al tallo, y serán caridad para los pajaritos, o, dando el ciento por uno, volverán a nacer una vez más y antes de que el invierno vuelva a traer el arado a los terrones, estarán de nuevo maduros y darán de comer a muchos pájaros, oprimidos por el hambre de las estaciones más tristes… ¿Ves, Juan mío, lo que puede hacer una semilla intrépida? Así serán los pocos que me amen por
amor. Uno sólo servirá para el hambre de muchos, bastará uno para embellecer la zona en que lo único que hay - había - es la fealdad de la nada, uno sólo bastará para crear vida donde antes había muerte; a él se acercarán los hambrientos, comerán un grano de su laborioso amor y luego, egoístas y disipados, volarán. Pero incluso sin saberlo ellos ese grano depositará gérmenes vitales en su sangre, en su espíritu… y volverán… Y hoy, y mañana, y al otro, como decía Isaac, los corazones crecerán en el conocimiento del Amor. El tallo, desnudo, ya no será nada, un hilo de paja quemado, pero su sacrificio ¡cuánto bien producirá!, su sacrificio ¡cuánto será premiado!

Jesús - que se había detenido un instante ante una lábil espiga nacida al borde del sendero, en una cuneta que en tiempos de lluvias quizás era un regato - prosigue su camino. Juan, mientras, lo escucha embelesado.

Los otros, que van hablando entre sí, no se dan cuenta del dulce coloquio. Llegan al pomar, se detienen, y se reúnen todos. El calor es tal, que sudan a pesar de no llevar manto. Callan y esperan.

De la parte más tupida, oscura, ahora apenas iluminada por la luna, se destaca la silueta clara de Leví, y, detrás, otra sombra más oscura.

-Maestro, aquí está Jonás.

-¡Recibe mi paz! - saluda Jesús, cuando aún Jonás no ha llegado donde Él.
Pero Jonás no responde; se echa a correr y, llorando, se arroja a sus pies y los besa. Cuando puede hablar dice:
-¡Cuánto te he esperado!, ¡cuánto! ¡Qué desconsuelo sentir la vida pasar, venir la muerte, y deber decir: "¡Y no lo he visto!"! Y, sin embargo, no, no toda la esperanza moría, ni siquiera una vez que estuve a las puertas de la muerte. Decía: "Ella lo dijo: `Vosotros aún le serviréis', y Ella no puede haber dicho nada que no sea verdad. Es la Madre del Emmanuel; por tanto, ninguna tiene consigo a Dios más que Ella, y quien a Dios tiene conoce las cosas de Dios.

-Álzate. Ella te saluda. Cerca de ti la has tenido y cerca la tienes; reside en Nazaret.
-¡Tú! ¡Ella! ¿En Nazaret? ¡Oh, si lo hubiera sabido…! De noche, en los fríos meses del hielo, cuando duermen los campos y los malintencionados no pueden perjudicar a los cultivadores, habría ido corriendo a besaros los pies, y me habría vuelto con mi tesoro de certeza. ¿Por qué no te has manifestado, Señor?

-Porque no era la hora. Ahora sí. Hay que saber esperar. Tú lo has dicho: "En los meses del hielo, cuando los campos duermen" -y ya han sido sembrados, ¿no es cierto? - Pues bien, Yo era también como el grano sembrado. Tú me habías visto en el momento de la siembra. Luego había desaparecido sepultado bajo un necesario silencio, para crecer y llegar al tiempo de la cosecha y resplandecer ante los ojos de quien me había visto Recién Nacido, y también ante los ojos del mundo. Ese tiempo ha llegado.

Ahora el Recién Nacido preparado para ser Pan del mundo, y, en primer lugar, busco a mis fieles, y les digo: "Venid. Saciad vuestra hambre conmigo".

El hombre lo escucha sonriendo dichoso, mientras, como para sí, « ¡Oh! ¡Es verdad, vives! ¡Eres Tú, es verdad!
-¿Has estado a punto de morir? ¿Cuándo?
-Cuando me azotaron a muerte porque me robaron los racimos de las cepas. ¡Mira cuántas heridas! - se baja la túnica y muestra los hombros del todo marcados por cicatrices irregulares - Con un azote de hierro me golpeó. Contó los racimos cogidos - se veía donde había sido arrancado el pedúnculo - y me dio un golpe por cada racimo. Luego me dejó allí medio muerto. Me socorrió María, la joven esposa de un compañero mío. Siempre me ha estimado. Su padre era el encargado antes de mí. Cuando vine aquí le tomé cariño a la niña porque se llamaba María. Me cuidó y me curé, aunque hicieron falta meses porque las llagas con el calor habían tomado un aspecto malísimo y daban fiebre fuerte.

Dije al Dios de Israel: "No importa. Permíteme volver a ver a tu Mesías y no me importará este mal; tómalo como sacrificio. No puedo ofrecerte un sacrificio nunca. Soy siervo de un hombre cruel, Tú lo sabes. Ni siquiera durante la Pascua me permite ir a tu altar. Tómame a mí como hostia. ¡Pero, dame a Jesús!

-Y el Altísimo ha satisfecho tu deseo. Jonás, ¿me quieres servir, como ya hacen tus compañeros?
-¡Oh!, ¿cómo podré hacerlo?
-Como lo hacen ellos. Leví sabe cómo. Te dirá lo simple que es servirme a mí. Quiero sólo tu buena voluntad.

La buena voluntad te la he ofrecido incluso cuando, recién nacido llorabas. Por ella he superado todo, tanto los momentos de desolación como los odios. Es… que aquí se puede hablar poco. El patrón una vez me dio de patadas, porque yo insistía diciendo que Tú existías. Pero cuando él estaba lejos, y con quien podía fiarme, yo narraba el prodigio de aquella noche.

—Pues entonces ahora narra el prodigio del encuentro conmigo. Os he encontrado a casi todos, y todos fieles; ¿no es esto un prodigio? Por el simple hecho de haberme contemplado con fe y amor os habéis hecho justos ante Dios y ante los hombres.

-¡Oh, ahora sí que voy a tener un valor…, un valor…! Ahora sé que vives y puedo decir: "Está allí. ¡Id a Él!…". Pero ¿dónde, Señor mío?

-Por todo Israel. Hasta Septiembre estaré en Galilea; frecuentemente en Nazaret o Cafarnaúm, allí se me podrá encontrar. Luego… estaré por todas partes; he venido a reunir a las ovejas de Israel.

-¡Ay, Señor mío, te encontrarás muchas cabras! ¡Desconfía de los poderosos de Israel!
-Si no es la hora, ningún mal me harán. Tú, a los muertos, a los que duermen, a los vivos, diles: "El Mesías está entre nosotros”
-¿A los muertos, Señor?
-A los muertos del espíritu. Los otros, los justos muertos en el Señor, ya exultan de gozo por la liberación del Limbo, que ya está cercana. Diles a los muertos que soy la Vida, diles a los que duermen que soy el Sol que sale y saca del sueño, diles a los vivos que soy la Verdad que ellos buscan.

-¿Curas también a los enfermos? Leví me ha hablado de Isaac. ¿Sólo para él el milagro, porque es tu pastor, o para todos?

-A los buenos, el milagro como justo premio; a los menos buenos, para impulsarlos a la verdadera bondad; a los malvados, también, en alguna ocasión, para removerlos de su estado y persuadirlos de que Yo soy y de que Dios está conmigo.

El milagro es un don. El don es para los buenos. Pero, Aquel que es Misericordia y que ve la pesantez humana, no removible sino por un hecho extraordinario, recurre a esto también para poder decir: "He hecho todo con vosotros y de nada ha servido. Decid entonces vosotros mismos qué más os debo hacer".

-Señor, ¿no te da repulsa entrar en mi casa? Si me aseguras que no vienen los ladrones a la propiedad, quisiera hospedarte, y llamar a los pocos que te conocen a través de mi palabra para reunirlos en torno a ti. El patrón nos ha doblegado y quebrado como a tallos despreciables. Sólo nos queda la esperanza de un premio eterno. Pero si Tú te manifiestas a los corazones oprimidos tendrán nuevo vigor.

-Voy. No temas por los árboles ni por las viñas. ¿Puedes creer que los ángeles vigilarán fielmente en lugar de ti?
-¡Oh! ¡Señor! Yo he visto a tus siervos celestes. Creo.

Voy seguro contigo. ¡Benditos estos árboles y estas cepas que poseen viento y canción de alas y voces angélicas! ¡Bendito este sueño que santificas con tu pie! ¡Ven, Señor Jesús! ¡Oíd, árboles y vides, oíd, terrones levantados por el arado: Aquel Nombre que os confié para paz mía, ahora se lo dirijo a Él! ¡Jesús está aquí! ¡Escuchad! ¡Por ramas y sarmientos discurra a borbotones la savia, el Mesías está con nosotros!

Todo termina con estas palabras gozosas.

87- Con pastores y discípulos en las cercanías de Doco. Isaac se queda en Judea

-Maestro, son mejores los humildes. Esos con los que hablé o se burlaron o manifestaron indiferencia. ¡Oh, sin embargo, los pequeños de Yuttá…!

Isaac está hablando con Jesús. Están todos sentados en círculo sobre la hierba de la orilla de un río. Isaac parece estar informando acerca del trabajo realizado.

Judas interviene y, cosa rara, llama por su nombre al pastor:

-Isaac, yo pienso como tú; estando con ellos perdemos tiempo y fe. Yo lo dejo.

-Yo no, aunque de hecho me hace sufrir. Lo dejaré sólo si el Maestro lo dice. Estoy acostumbrado desde hace años a sufrir por fidelidad a la verdad. No puedo mentir para atraerme la simpatía de los poderosos. ¿Sabes cuántas veces vinieron para burlarse de mí, a mi habitación de enfermo, prometiéndome - falsas promesas, ciertamente - ayuda con la condición de decir que había mentido, y que Tú, Jesús, no eras Tú, el Salvador que acababa de nacer? Pero yo no podía mentir. Mentir habría sido renegar mi alegría, habría sido matar mi única esperanza, habría sido rechazarte, ¡oh Señor mío! ¡Rechazarte a ti!… En la oscuridad de mi miseria, en la desolación de mi enfermedad, gozaba siempre de un cielo sembrado de estrellas: el rostro de mi madre, única alegría de mi vida de huérfano, el rostro de una esposa que nunca fue mía, a la cual guardé un amor en mi corazón incluso después de la muerte. Éstas eran las dos estrellas menores. Luego tenía dos estrellas más grandes, semejantes a purísimas lunas:

José y María, sonriendo a un Recién Nacido y a nosotros, pobres pastores. Y, fúlgido, en el centro del cielo de mi corazón, tu rostro: inocente, dulce, santo, santo, santo. ¡No podía rechazar este cielo mío! No quería privarme de su luz, más pura que ninguna. ¡Antes que rechazarte a ti, mi recuerdo bendito, mi Jesús Recién Nacido, habría rechazado la vida; incluso entre tormentos!

Jesús pone su mano en el hombro de Isaac y sonríe. Judas interviene de nuevo:

-¿Entonces tú insistes?

-Insisto. Hoy, y mañana, y al otro. Alguno vendrá.

-¿Cuánto durará el trabajo?

-No lo sé. Pero - convéncete - basta con no mirar ni hacia adelante ni hacia atrás. Trabajar día a día. Y si, terminado el día, el trabajo ha sido útil, decir:

"Gracias, Dios mío"; si inútil: "Espero en tu ayuda para mañana".

-Eres sabio.

-Ni siquiera sé qué quiere decir eso, pero yo hago en mi misión lo que he hecho en mi enfermedad. ¡Casi treinta años de enfermedad no son un día!

-¡Ya lo creo! Yo no había nacido todavía y tú ya estabas enfermo.

-Estaba enfermo, pero no he contado nunca esos años. Jamás dije: "Vuelve Nisán y no acompaño a las rosas en su nuevo germinar; vuelve Tisrí y languidezco aquí todavía". Iba adelante hablándome a mí mismo y a los buenos, de Él. Me daba cuenta de que los años pasaban porque los que había conocido pequeños venían a traerme sus dulces de boda y los de los nacimientos de sus pequeñuelos. Ahora, si miro hacia atrás - ahora que, de viejo, he pasado de nuevo a ser joven -, ¿qué veo del pasado? Nada. Pasado.

-Nada aquí, pero en el Cielo "todo" para ti Isaac; y ese todo te espera - dice Jesús.

Y, dirigiéndose a todos, añade:

-Así hay que actuar. Yo también actúo así. Ir hacia delante, sin cansancios. El cansancio es todavía una raíz de la soberbia humana, como también lo es la prisa. ¿Por qué uno siente fastidio por los fracasos? ¿Por qué uno se inquieta por la lentitud? Porque el orgullo dice: "¿A mí decirme `no?” “¿Conmigo tanta espera?” Esto es falta de respeto hacia el apóstol de Dios. No, amigos. Observad toda la Creación, y pensad en quien la hizo. Meditad sobre el progreso del hombre, y pensad en su origen. Pensad en esta hora que se cumple, y calculad cuántos siglos la han precedido. Lo creado es obra de serena creación. El Padre no hizo desordenadamente todo, sino que hizo el Universo por tiempos sucesivos.

El hombre, el hombre actual, es obra de un progreso paciente, y progresará cada vez más en saber y en poder; luego serán santos o no santos, según su voluntad. El hombre no se hizo docto de repente. Los Primeros, expulsados del Jardín, tuvieron que aprenderlo todo, lentamente, continuamente; aprender hasta incluso las cosas más simples: que el grano de trigo hecho harina y luego amasado y luego cocido es mejor, y aprender cómo molerlo y cómo cocerlo, aprender a encender la leña, aprender cómo se hace un vestido observando las pieles de los animales, cómo se hace un cobijo, observando las fieras, y un lecho observando los nidos, y a medicinarse con hierbas y aguas, observando a los animales que con ellas se medicinan por instinto, aprender a viajar por desiertos y por mares estudiando las estrellas, domando los caballos, y aprender, de una cáscara de nuez flotando a la orilla de un riachuelo, el equilibrio sobre el agua.

¡Cuántos fracasos antes de obtener un resultado! Pero lo obtuvo. Y seguirá progresando. No será más feliz por esto, porque más que en el bien se hará experto en el mal, pero progresará. La Redención ¿no es obra paciente? Decidida desde el principio de los siglos y aún antes, he aquí que adviene ahora, cuando los siglos ya la han preparado. Todo es paciencia. ¿Por qué, entonces, ser impacientes? ¿No podía Dios hacer todo en un abrir y cerrar de ojos?
¿No podía el hombre, dotado de razón, salido de las manos de Dios, saber todo en un abrir y cerrar de ojos? ¿No podía Yo venir al principio de los siglos? Todo podía ser. Pero nada debe ser violencia, nada. La violencia es siempre contraria al orden; y Dios, y lo que de Dios viene, es orden. No queráis valer más que Dios.

-Pero entonces, ¿cuándo serás conocido?
-¿Por quién, Judas?
-¡Hombre, por el mundo!
-Nunca.
-¿Nunca? ¿Pero, no eres el Salvador?
-Lo soy. Pero el mundo no quiere ser salvado. Sólo en la proporción de uno a mil me querrá conocer, y en la de uno a diez mil me seguirá realmente. Y aún así digo mucho. Ni siquiera los que estén más estrechamente ligados a mí me conocerán.

-Si están estrechamente ligados a ti, te conocerán, ¿no?
-Sí, Judas. Me conocerán como Jesús, el israelita Jesús, pero no me conocerán como quien soy. En verdad os digo que no seré conocido por todos ellos. Conocer quiere decir amar con fidelidad y virtud… y habrá quien no me conozca.

Se ve en Jesús su gesto de resignado desconsuelo, el que tiene siempre cuando anuncia la futura traición: abre las manos y las tiene así, hacia afuera, con el rostro lleno de dolor, un rostro que no mira ni a los hombres ni al cielo, sino sólo a su futuro destino de Traicionado.

-No digas eso, Maestro - suplica Juan.
-Nosotros te seguimos para conocerte cada vez más» dice Simón, y con él los pastores al unísono.
-Como a una esposa te seguimos, y te queremos más que a ella; nos sentimos más celosos de ti que de una mujer.

¡Oh, no! Tanto te conocemos, que no podemos ya ignorarte.

Él (y Judas señala a Isaac) dice que negar tu recuerdo, de cuando eras un Recién Nacido, habría sido para él más atroz que perder la vida. Y no eras más que un recién nacido. Nosotros te tenemos como Hombre y Maestro.

Nosotros te oímos y vemos tus obras. Tu contacto, tu aliento, tu beso, sor nuestra continua consagración y nuestra continua purificación. ¡Sólo un satanás podría renegarte después de haber sido una persona allegada a ti!

-Es cierto, Judas; no obstante, lo habrá.

-¡Ay de él! Seré su verdugo - exclama Juan de Zebedeo.

-No. Deja al Padre la justicia. Sé su redentor. El redentor de esta alma que tiende a Satanás… Saludemos a Isaac. Ha atardecido. Yo te bendigo, siervo fiel. Ya sabes que Lázaro de Betania es nuestro amigo y que desea ayudar a mis amigos. Yo parto. Tú te quedas. Árame el terreno árido de Judá. Más adelante volveré. Ya sabes donde encontrarme en caso de necesidad.

Te doy mi paz.

Jesús bendice, besa a su discípulo.

86- El encuentro con el soldado Alejandro en la Puerta de los Peces

Otra aurora, otra vez las recuas de asnos amontonándose ante la puerta todavía cerrada, otra vez Jesús con Simón y Juan. Algunos vendedores lo reconocen y se le arremolinan alrededor.

Un soldado que está de guardia, cuando abren la puerta y lo ve, acude también. Lo saluda:

-Salve, galileo. Di a esta gente nerviosa que sean menos rebeldes. Se quejan de nosotros, pero no hacen más que maldecirnos y desobedecer. Y dicen que esto es culto para ellos. ¿Qué religión tienen, si está fundada sobre la desobediencia?

-Sé compasivo con ellos, soldado. Son como quien tiene en casa a un huésped indeseado pero más fuerte; sólo pueden vengarse con la lengua y con el desdén.

-Sí, pero nosotros tenemos que cumplir con nuestro deber, y tenemos que sancionarlos, con lo cual nos hacemos cada vez más esos huéspedes no deseados.

-Tienes razón. Debes cumplir con tu deber, pero hazlo siempre con humanidad. Piensa siempre: "Si yo estuviera en su lugar, ¿qué haría?". Verás como entonces sientes mucha piedad por las personas sometidas.

-Me gusta oírte hablar. No se ve en ti ni desprecio ni altivez. Los otros palestinos nos escupen por detrás, nos insultan, manifiestan asco hacia nosotros… menos en el caso en que haya posibilidad de desplumarnos, por una mujer o por compras. En ese caso el oro de Roma ya no produce asco.

-El hombre es el hombre, soldado.

-Sí, y es más falso que el mono. Pero no agrada estar entre gente que se comporta como serpientes al acecho…
También nosotros tenemos casas y madres y esposas e hijos, y la vida también tiene importancia para nosotros.

-Eso. Si cada uno recordase esto, desaparecerían los odios. Tú has dicho: "¿Qué religión tienen?". Te respondo: Una religión santa que, como primer mandamiento, tiene el amor hacia Dios y hacia el prójimo, una religión que enseña obediencia a las leyes, aunque provengan de Estados enemigos.

Porque, escuchad, hermanos míos en Israel, nada sucede sin que Dios lo permita. Incluso las dominaciones, desventuras sin par para un pueblo, de las cuales casi siempre se puede decir - si el pueblo se examina con rectitud - que el propio pueblo las ha querido, con sus modos de vivir contrarios a Dios. Acordaos de los Profetas. ¡Cuántas veces hablaron de esto! ¡Cuántas
mostraron con los hechos pasados, presentes y futuros, que el dominador es el castigo, la vara del castigo en la espalda del hijo ingrato! Y ¡cuántas veces enseñaron cómo dejar de padecerlo!: volviendo al Señor. No es ni la rebelión ni la guerra lo que sana heridas y lágrimas y rompe cadenas; es el vivir como justos. Entonces Dios interviene. Y ¿qué pueden hacer las armas y las formaciones de soldados contra los fulgores de las cohortes angélicas luchando en favor de los buenos? ¿Padecemos opresión?

Merezcamos que esto termine, con una vida propia de hijos de Dios. No remachéis vuestras cadenas con nuevos pecados. No permitáis que los gentiles os crean sin religión, o más paganos que ellos por vuestro modo de vivir. Sois el pueblo que ha recibido de Dios mismo la Ley. Observadla.

Haced que hasta los dominadores se inclinen ante vuestras cadenas diciendo: "Son personas sometidas, pero más grandes que nosotros; su grandeza no está en el número, en el dinero, en las armas, en el poder, sino que viene de su procedencia de Dios. Aquí brilla la divina paternidad de un Dios perfecto, santo, poderoso. Aquí se ve el
signo de una verdadera Divinidad. Se trasluce en sus hijos". Haced que mediten en esto y accedan a la verdad del Dios verdadero abandonando el error. Todos, incluso el más pobre, incluso el más ignorante del pueblo de Dios, pueden ser maestros para un gentil, maestros con su manera de vivir, y predicar a Dios a los paganos con las acciones de una vida santa.

Idos. La paz sea con vosotros.

-Tarda Judas, y también los pastores - observa Simón.
-¿Esperas a alguien, galileo? - pregunta el soldado que ha estado escuchando atentamente.
-Amigos.
-Entra al fresco del atrio. El sol quema ya desde las primeras horas. ¿Vas a la ciudad?
-No, vuelvo a Galilea.
-¿A pie?
-Soy pobre. A pie.
-¿Tienes mujer?
-Tengo una Madre.
-Yo también. Ven… si no sientes asco de nosotros como los demás.
-Sólo la culpa me repugna.
El soldado lo mira admirado y pensativo.
-Contigo no tendremos que intervenir nunca. La espada no se alzará nunca sobre ti. Eres bueno. ¡Pero los demás!…
Jesús está en la penumbra del atrio. Juan mira hacia la ciudad. Simón se ha sentado en un bloque de piedra que hace de banco.
-¿Cómo te llamas?
-Jesús.

-¡Ah, ¿eres el que hace milagros incluso con los enfermos?! Yo creía que eras sólo un mago… También tenemos nosotros. Un mago bueno, de todas formas; porque, ¡hay algunos…! Pero los nuestros no saben curar a los enfermos. ¿Cómo lo haces?

Jesús sonríe y calla.

-¿Usas fórmulas mágicas? ¿Tienes ungüentos de médula de muertos, serpientes disecadas y pulverizadas, piedras mágicas cogidas en las cuevas de los pitones?
-Nada de eso. Tengo sólo mi poder.

-Entonces eres realmente santo. Nosotros tenemos a los arúspices y a las vestales… y algunos de ellos realizan prodigios… y dicen que son los más santos. ¿Pero, tú lo crees? Son peores que los demás.
-Y entonces ¿por qué los veneráis?

-Porque… porque es la religión de Roma. Y si un súbdito no respeta la religión de su Estado, ¿cómo puede respetar al César y a la patria, y así tantas otras cosas?
Jesús mira fijamente al soldado.

-En verdad estás adelantado en el camino de la justicia. Prosigue, soldado, y llegarás a conocer eso que tu alma siente que tiene dentro y no sabe darle un nombre.
-¿El alma? ¿Qué es?
-Cuando mueras, ¿a dónde irás?
-¡Bueno!… no lo sé. Si muero como un héroe, a la pira de los héroes… si no paso de ser un pobre viejo, una nulidad, quizás me pudra en mi madriguera o en una cuneta.

-Esto por lo que respecta al cuerpo, pero el alma ¿a dónde irá?
-No sé si todos los hombres tienen alma o si la tienen sólo los destinados por Júpiter a los Campos Elíseos después de una vida portentosa, aunque no los lleve al Olimpo como sucedió con Rómulo.

-Todos los hombres tienen un alma. Y ésta es lo que distingue al hombre del animal. ¿Quisieras ser semejante a un caballo o a un pájaro o a un pez, carne que, muerta, es sólo podredumbre?

-¡Oh, no! Soy hombre y prefiero ser tal.
-Pues bien, lo que te hace hombre es el alma; sin ella, no serías mas que un animal que habla.
-¿Y dónde está? ¿Cómo es?
-No tiene cuerpo, pero existe, está en ti; viene de Aquel que creó el mundo, y a Él vuelve después de la muerte del cuerpo.

-Del Dios de Israel, según vosotros.
-Del Dios solo, uno, eterno, supremo Señor y Creador del universo.
-¿Y un pobre soldado como yo tiene también un alma?, ¿un alma que vuelve a Dios?
—Sí, también un pobre soldado, y Dios será Amigo de su alma si esta fue siempre buena, o la castigará si fue malvada.
-Maestro, mira Judas con los pastores y unas mujeres. Si no veo mal, está con ellos la niña de ayer - dice Juan.
-Adiós, soldado. Sé bueno.

-¿No te volveré a ver? Quisiera saber aún…
-Voy a estar en Galilea hasta Septiembre; si puedes, ven. En Cafarnaúm o en Nazaret todos sabrán darte noticias acerca de mí. En Cafarnaúm, pregunta por Simón Pedro; en Nazaret, por María de José. Es mi Madre. Ven. Te hablaré del Dios verdadero.

-Simón Pedro… María de José. Iré si puedo. Y Tú, si vuelves, acuérdate de Alejandro. Soy de la centuria de Jerusalén.

Judas y los pastores están ya en el atrio.
-Paz a todos vosotros - dice Jesús, que hubiera querido decir algo más…

Pero una jovencita delgaducha, aunque risueña, ha abierto el grupo y se ha echado a sus pies:

-¡Tu bendición una vez más sobre mí, Maestro y Salvador, y una vez más mi beso para ti! - (le besa las manos).
-Ve. Sé alegre, buena; buena hija, luego buena esposa y luego buena madre. Enseña a tus futuros pequeños mi Nombre y mi doctrina. Paz a ti y a tu madre. Paz y bendición a todos los que son amigos de Dios. Paz a ti también, Alejandro.
Jesús se aleja.

-Nos hemos retrasado, pero es que nos han asediado esas mujeres - explica Judas - Estaban en Get-Sammí y querían verte. Nosotros habíamos ido allí, sin saber los unos de los otros, para venir contigo, pero Tú ya te habías ido y en vez de ti estaban ellas. Queríamos quitárnoslas de encima… pero eran más pesadas que las moscas; querían saber muchas cosas… ¿Has curado a la niña?
-Sí.

-¿Y le has hablado al romano?
-Sí. Es un corazón honesto, y busca la Verdad…
Judas suspira.
-¿Por qué suspiras, Judas? - pregunta Jesús.
-Suspiro porque… porque quisiera que fueran los nuestros los que buscasen la Verdad. Sin embargo, o huyen de ella o se burlan de ella o permanecen indiferentes. Me siento desanimado. Siento el deseo de no volver a poner pie aquí y de dedicarme sólo a escucharte. Total, como discípulo no logro hacer nada.

-¿Y tú crees que Yo logro mucho? No te desanimes, Judas. Son las luchas del apostolado. Más derrotas que victorias: derrotas aquí, porque allá arriba son siempre victorias. El Padre ve tu buena voluntad y te bendice de todas formas, a pesar de que no cuaje en un fruto.
-¡Tú eres bueno! (Judas le besa una mano). ¿Lograré llegar a ser bueno?
-Sí, si lo quieres.
-Creo haberlo sido durante estos días… He sufrido para serlo… porque tengo muchas tendencias… pero lo he sido pensando siempre en ti.

-Persevera entonces. Me das mucha alegría. Y vosotros, ¿qué noticias me dais? - pregunta a los pastores.
-Elías te manda saludos y un poco de comida, y dice que no lo olvides.

-¡Oh, Yo tengo en mi corazón a mis amigos! Vamos hasta aquel pueblecito que se ve inmerso en el verdor. Luego, al atardecer, continuaremos el camino. Me siento contento de estar con vosotros, de ir a donde mi Madre, y de haber hablado de la Verdad a un hombre honesto. Sí, me siento feliz. Si supierais qué significa para mí llevar a cabo mi misión y ver que a ella se acercan los corazones, o sea, al Padre, ¡ah, entonces sí que me seguiríais cada vez más con el espíritu!… No veo más.

85- Antes de ir al Getsemaní, Jesús y el Zelote suben al Templo, donde está hablando Judas Iscariote

Jesús está con Simón en Jerusalén. Se abren paso entre la muchedumbre de vendedores y de jumentos - parece una procesión por la calzada -. Jesús dice:
-Subamos al Templo antes de ir al Get Sammi. Oraremos al Padre en su Casa.

-¿Sólo, Maestro?

-Sólo eso. No puedo entretenerme. Mañana, al alba, es la cita en la Puerta de los Peces, y, si la muchedumbre insiste, me va a impedir ir. Quiero ver a los otros pastores. Los disemino como verdaderos pastores por Palestina para que congreguen a las ovejas y sea conocido el Dueño del rebaño, al menos, de nombre; de modo que cuando ese nombre Yo lo pronuncie, ellas sepan que soy Yo el Dueño del rebaño y vengan a mí y Yo las acaricie.
-¡Es dulce tener un Dueño como Tú! Las ovejas te amarán.

-Las ovejas…, no las cabras. Después de ver a Jonás, iremos a Nazaret y luego a Cafarnaúm. Simón Pedro y los otros sufren por tanta ausencia… Iremos a darles este motivo de gozo y a dárnoslo a nosotros mismos. Incluso el verano nos aconseja que lo hagamos. La noche está hecha para el descanso y demasiado pocos son los que posponen el descanso al conocimiento de la Verdad. El hombre… ¡el hombre! Se olvida demasiado de que tiene un alma, y piensa sólo en la carne y se preocupa sólo de la carne. El sol durante el día es vio-lento, impide caminar y enseñar en las plazas y por los caminos. Tanto cansa, adormece los
espíritus y los cuerpos. Pues entonces… vamos a adoctrinar a mis discípulos; a la agradable Galilea, verde y fresca de aguas. ¿Has estado allí alguna vez?

-Una vez, de paso y en invierno, en una de mis penosas peregrinaciones de un médico a otro. Me gustó…
-¡Oh, es hermosa siempre; durante el invierno y más aún, en las otras estaciones! Ahora, en verano, tiene unas noches tan angelicales… Sí, de lo puras que son, parecen hechas para los vuelos de los ángeles. El lago… el lago, con su cinturón de montes más o menos cercanos que lo resguardan, parece hecho justamente para hablar de Dios a las almas que buscan a Dios.

Es un trozo de cielo caído entre el verde; y el firmamento no lo abandona, sino que se refleja en él con sus astros, multiplicándolos así… como queriendo presentárselos al Creador diseminados sobre una lastra de zafiro. Los olivos descienden casi hasta las olas y están llenos de ruiseñores, y también cantan su alabanza al Creador que hace que vivan en ese lugar tan dulce y plácido.

¿Y mi Nazaret? Toda extendida bajo el beso del sol, toda blanca y verde, sonriente entre los dos gigantes del grande y del pequeño Hermón. Y el pedestal de montes en que se apoya el Tabor, pedestal de suaves pendientes del todo verdes, que elevan hacia el sol a su señor, frecuentemente nevado, pero tan hermoso cuando el sol ciñe su cima, que toma aspecto de alabastro rosado… En el lado opuesto, el Carmelo es de lapislázuli a ciertas horas de sol intenso en las que todas las venas de mármoles o de aguas, de bosques o de prados, se muestran con sus distintos colores; y es delicada amatista bajo la primera luz, mientras que por la tarde es de berilo violeta-celeste; y es un solo bloque de sardónica cuando la luna lo muestra todo negro contra el plateado lácteo de su luz. Y luego, abajo, al Norte, el tapiz fértil y florido del llano de Esdrelón.

Y luego… y luego, ¡oh…, Simón!, ¡allí hay una Flor… una Flor hay que vive solitaria difundiendo fragancia de pureza y amor para su Dios y para su Hijo! Es mi Madre. La conocerás, Simón, y me dirás si existe criatura semejante a Ella, incluso en humana gracia, sobre la faz de la Tierra. Es hermosa, pero toda hermosura queda pequeña ante lo que emana de su interior. Si un bruto la despojase de todas sus vestiduras, la hiriera hasta desfigurarla y la arrojara a la calle como a un vagabundo, seguiría viéndosela como Reina y regiamente vestida, porque su santidad le haría de manto y esplendor. Toda suerte de males puede darme el mundo, pero Yo le perdonaré todo, porque para venir al mundo y redimirlo la he tenido a Ella, la humilde y gran Reina del mundo, que éste ignora, y por la cual, sin embargo ha recibido el Bien y recibirá aún más durante los siglos.

Hemos llegado al Templo. Observemos la forma judía del culto. Pero en verdad te digo que la verdadera Casa de Dios, el Arca Santa, es su Corazón, cubierto por el velo de su carne purísima, bordado de filigrana por sus virtudes.

Ya han entrado y caminan por el primer rellano. Pasan por un pórtico, dirigiéndose a un segundo rellano.
-Maestro. Mira Judas, allí, entre aquel corro de gente. Y hay también fariseos y miembros del Sanedrín. Voy a oír lo que dice. ¿Me dejas?

-Ve. Te espero junto al Gran Pórtico.
Simón va rápido y se coloca de forma que puede oír sin ser visto. Judas habla con gran convencimiento:
-… Y aquí hay personas, que todos vosotros conocéis y respetáis, que pueden decir quién era yo. Pues bien, os digo queÉl me ha cambiado. El primer redimido soy yo. Muchos entre vosotros veneran al Bautista. El también lo venera, y le llama "el santo igual a Elías por misión, más aún mayor que Elías". Ahora bien, si tal es el Bautista, Éste, al cual el Bautista llama "el Cordero de Dios" y, por su propia santidad, jura haberle visto coronar por el Fuego del Espíritu de Dios mientras una voz desde los Cielos lo proclamaba "Hijo de Dios muy amado al que se debe escuchar", Este no puede ser sino el Mesías. Lo es.

Yo os lo juro. No soy un inculto ni un estúpido. Lo es. Yo le he visto obrar y he oído su palabra, y os digo: es Él, el Mesías. El milagro le sirve como un esclavo a su amo. Enfermedades y desventuras caen como cosas muertas y nace alegría y salud. Y los corazones cambian aún más que los cuerpos. Ya lo veis en mí. ¿No tenéis enfermos?, ¿no tenéis penas que necesiten ser aliviadas? Si las tenéis, venid mañana, al alba, a la Puerta de los Peces. Ahí estará Él trayendo consigo la felicidad. Entretanto, ved cómo yo, en su nombre, a los pobres les doy este dinero.

Judas distribuye unas monedas a dos lisiados y a tres ciegos, y por último fuerza a una viejecita a aceptar las últimas monedas. Luego despide a la multitud y se quedan él, José de Arimatea, Nicodemo y otros tres que no conozco.

-¡Ah, ahora me siento bien! - exclama Judas - No tengo ya nada, y soy como Él quiere.

-Verdaderamente no te reconozco. Creía que era una broma, pero veo que vas en serio - exclama José.

-¡En serio! ¡Si yo soy el primero que no me reconozco! Sigo siendo una bestia inmunda respecto a Él, pero ya estoy muy cambiado.

-¿Y vas a dejar de pertenecer al Templo? - pregunta uno de los que no conozco.

-¡Sí! Soy del Cristo. Quien lo conoce, a menos que sea un áspid, no puede más que amarlo, y no desea nada más aparte de Él.

-¿No va a volver aquí? - pregunta Nicodemo.
-Claro que volverá, pero no ahora.

-Quisiera oírlo.
-Ya ha hablado en este lugar, Nicodemo.

-Lo sé. Pero yo estaba con Gamaliel… Lo vi… pero no me detuve.
-¿Qué dijo Gamaliel, Nicodemo?

-Dijo: "Algún nuevo profeta". No dijo nada más.
-¿Y no le expresaste lo que yo te dije, José? Tú eres amigo suyo…

-Lo hice, pero me respondió: "Ya tenemos al Bautista y, según la doctrina de los escribas, al menos deben pasar cien años entre éste y aquél, para preparar al pueblo a la venida del Rey. Yo digo que hacen falta menos – añadió - porque el tiempo se ha cumplido ya - Y terminó: "Sin embargo, no puedo admitir que el Mesías se manifieste así… Un día creí que comenzaba la manifestación mesiánica, porque su primer destello era verdaderamente resplandor celeste; pero luego… se hizo un gran silencio. Y pienso que me he equivocado".

¿Por qué no se lo vuelves a decir? Si Gamaliel estuviera con nosotros y vosotros con él…
-No os lo aconsejo - objeta uno de los tres desconocidos - El Sanedrín es poderoso y Anás lo rige con astucia y avidez. Si tu Mesías quiere vivir, le aconsejo que permanezca en la oscuridad; a menos que se imponga con la fuerza, pero entonces está Roma…

-Si el Sanedrín lo oyera, se convertiría al Cristo.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! - se ríen los tres desconocidos y dicen:

«Judas, te creíamos, sí, cambiado, pero todavía inteligente. Si es verdad lo que dices de Él, ¿cómo puedes pensar que el Sanedrín lo siga? Ven, ven, José. Es mejor para todos. Dios te proteja, Judas. Lo necesitas - Y se marchan. Judas se queda sólo con Nicodemo.

Simón se aleja sin hacerse notar y va donde el Maestro.
-Maestro, me acuso de haber pecado de calumnia con la palabra y con el corazón. Ese hombre me desorienta. Lo creía casi un enemigo tuyo, y lo he oído hablar de ti de una forma que pocos entre nosotros lo hacen, especialmente aquí donde el odio podría matar primero al discípulo y luego al Maestro. Y le he visto dar dinero a los pobres, y tratar de convencer a los
miembros del Sanedrín…

-¿Lo ves, Simón? Me alegro de que lo hayas visto en una ocasión. Referirás esto también a los demás cuando lo acusen.

Bendigamos al Señor por esta alegría que me das, por tu honestidad al decir “he pecado" y por la obra del discípulo que creías malvado y no lo es.
Oran durante largo tiempo y luego salen.

-¿No te ha visto?
-No. Estoy seguro.
-No le digas nada. Es un alma muy enferma. Una alabanza sería semejante al alimento dado a un convaleciente de una gran fiebre de estómago. Le haría empeorar, porque se gloriaría al tener conciencia que los demás se fijan en él. Y donde entra el orgullo…

-Guardaré silencio. ¿A dónde vamos?
-A donde Juan; estará a esta hora calurosa en la casa de los Olivos.
Caminan ligeros, buscando la sombra por las calles, calles verdaderamente de fuego a causa del intenso sol. Salen del suburbio polvoriento, atraviesan la puerta de la muralla, salen a la deslumbrante campiña; de ésta a los olivos, de los olivos a la casa.

En la cocina (fresca y oscura por la cortina que han colocado en la puerta) está Juan. Se ha quedado traspuesto. Jesús lo llama:

-¡Juan!
-¿Tú, Maestro? Te esperaba por la noche.
-He venido antes. ¿Cómo te has sentido durante este tiempo, Juan?

-Como un cordero que hubiera perdido a su pastor. Les hablaba a todos de ti, porque ello ya significaba tenerte un poco. He hablado de ti a algunos familiares, a conocidos, a otras personas, y a Anás… y a un lisiado que lo he hecho amigo mío con tres denarios; me los habían dado y yo se los he dado a él. Y también a una pobre mujer, de la edad de mi madre, que lloraba en un corro de mujeres a la puerta de una casa. Le pregunté: "¿Por qué lloras?". Me respondió: "El médico me ha dicho: `Tu hija está enferma de tisis. Resígnate. Con los primeros temporales de Octubre morirá”. Ella es lo único que tengo; es hermosa, buena, y tiene quince años. Iba a casarse para la primavera, y en lugar del cofre de bodas le tengo que preparar el sepulcro".

Le respondí:
-Yo conozco a un Médico que te la puede curar si tienes fe.
-Ya ninguno la puede curar. La han visto tres médicos. Ya escupe sangre.

  • El mío - dije - no es un médico como los tuyos, no cura con medicinas, sino con su poder; es el Mesías…".
    Una viejecita, entonces, dijo:
    -¡Cree, Elisa! ¡Conozco a un ciego al que Él le ha devuelto la vista!

La madre entonces pasó del desánimo a la esperanza, y te está esperando… ¿He hecho bien? No he hecho más que esto.

-Has hecho bien. Por la noche iremos a ver a tus amigos. ¿Has vuelto a ver a Judas?
-No, Maestro. Pero me ha mandado comida y dinero. Yo se lo he dado a los pobres. Me había dicho que podía usarlo porque era suyo.

-Es verdad. Juan, mañana vamos hacia Galilea…
-Esto me alegra, Maestro. Pienso en Simón Pedro. ¿Con qué ansia te esperará! ¿Pasaremos también por Nazaret?
-Sí, y allí esperaremos a Pedro, a Andrés y a tu hermano Santiago.

-¡Oh!, ¿nos quedamos en Galilea?
-Sí, durante un tiempo.

Se le ve contento a Juan. Y todo cesa aquí, en este momento de felicidad de Juan.

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