por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Las joyas de Áglae y una parábola sobre su conversión.
Jesús va caminando entre sus discípulos por una vereda que sigue el curso del torrente. Bueno, digo "sigue el curso del torrente" por decirlo de alguna forma. En realidad, el torrente está abajo, mientras que la vereda (una vereda serpenteada, como es fácil encontrar en lugares montañosos) va por arriba, cortando la pendiente.
Juan está rojo como la púrpura, cargado como un mozo de cuerda, con una saca grande bien llena. Judas, por su parte, porta la de Jesús junto con la suya. Simón lleva sólo la suya y los mantos. Jesús viste de nuevo su túnica - la madre de Judas debe haber encargado que se la lavaran porque no tiene arrugas - y calza sus sandalias.
-¡Cuánta fruta! ¡Bonitos los viñedos de aquellas colinas! - dice Juan, que no pierde su buen humor por el calor y la fatiga.
- Maestro, ¿es éste el río en cuyas márgenes cogieron los padres los racimos milagrosos?
-No, es el otro, y más al sur. Pero toda la región era lugar bendecido por frutos óptimos.
-Ahora ya no lo es tanto, aunque todavía sea hermosa. Demasiadas guerras han devastado el suelo. Aquí se hizo Israel… pero, para hacerse, tuvo que fecundarse con su sangre y con la de los enemigos.
¿Dónde vamos a encontrar a los pastores?
-A cinco millas de Hebrón, en las orillas del río que decías.
-Al otro lado de aquel collado, entonces.
-A1 otro lado.
-Hace mucho calor. El verano… ¿A dónde vamos después, Maestro?
- A un lugar aún más caliente. Pero os ruego que vengáis. Viajaremos de noche. Las estrellas son tan claras, que no hay oscuridad. Os quiero mostrar un lugar…
-¿Una ciudad?
-No… Un lugar… que os hará comprender al Maestro… quizás mejor que sus palabras.
-Hemos perdido algunos días con ese estúpido contratiempo. Ha echado todo a perder… y mi madre, que tanto había hecho, se ha quedado desilusionada. Además, no sé por qué Tú has querido retirarte hasta la purificación».
-Judas, ¿por qué llamas estúpido a un hecho que ha significado gracia para un verdadero fiel? ¿No desearías una muerte similar para ti? Había esperado durante toda la vida al Mesías, había ido, siendo ya anciano, por caminos incómodos, a adorarlo cuando le dijeron: "Ha venido"; había guardado en el corazón durante treinta años la palabra de mi Madre. El amor y la fe le han cubierto con su fuego en la última hora que Dios le reservaba. Se le ha quebrantado el corazón en la alegría, reducido a cenizas, como grato holocausto, por el fuego de Dios. ¿Qué suerte mejor que ésta? ¿Ha echado a perder la fiesta que habías
preparado? Ve en esto una respuesta de Dios. No se mezcle lo que es del hombre con lo que es de Dios… Tu madre todavía me verá. Ese anciano ya no me habría vuelto a ver.
Toda Keriot puede venir al Cristo, el anciano ya no tenía fuerzas para hacerlo. Me he sentido feliz de recibir en mi corazón al viejo padre moribundo, y de recomendarle el espíritu. Y, por lo demás… ¿Por qué escandalizar mostrando desprecio hacia la Ley? Para decir "seguidme", hace falta caminar. Para conducir por un camino santo, hay que recorrer el mismo camino. ¿Cómo habría podido, o cómo podría, decir "sed fieles", si Yo fuera infiel?
-Creo que este error es la causa de nuestra decadencia. Los rabíes y los fariseos abaten al pueblo cargándole los preceptos, y luego… luego hacen como aquel que ha profanado la casa de Juan transformándola en un lugar de vicio – observa Simón.
-Es uno de Herodes… - rebate Judas Iscariote.
-Sí, Judas. Pero las mismas culpas están presentes en las castas que se dicen - ellas mismas se lo dicen - santas. ¿Qué opinas Tú de esto, Maestro? - dice Simón.
-Opino que sólo en el caso de que haya un puñado de verdadera levadura y de verdadero incienso en Israel se formará el pan y se perfumará el altar.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que si alguien viene a la Verdad con corazón recto, la Verdad se esparcirá como levadura en la masa de la harina y como incienso por todo Israel.
-¿Qué te dijo aquella mujer? - pregunta Judas.
Jesús no responde. Se vuelve hacia Juan:
-Pesa mucho y casi no puedes; dame tu carga.
-No, Jesús. Estoy acostumbrado a los pesos, y, además… me lo aligera el pensamiento de la alegría que le dará a Isaac.
Ya están al otro lado del collado. A la sombra del bosque, en la otra vertiente, están las ovejas de Elías; los pastores, sentados a la sombra, las vigilan. Ven a Jesús y se echan a correr hacia Él.
-Paz a vosotros. ¿Aquí estáis?
-Estábamos preocupados por ti… y por el retardo… dudando si ir hacia ti u obedecer… hemos decidido venir hasta aquí… para obedecerte a ti y al mismo tiempo a nuestro amor. Pero deberías haber llegado hace muchos días.
-Hemos tenido que detenernos…
-Pero… ¿nada malo?
-No, nada, amigo. Sólo la muerte de un fiel en mi pecho.
-¿Qué querías que sucediera, pastor? Cuando las cosas están bien preparadas… Claro, hay que saber prepararlas, y preparar a los corazones para recibirlas. Mi ciudad ha rendido al Cristo toda suerte de honores. ¿No es verdad, Maestro?
-Es verdad. Isaac, al regreso hemos pasado por casa de Sara. La ciudad de Yuttá, sin ninguna otra preparación aparte de la de su simple bondad y de la verdad de las palabras de Isaac, ha sabido entender la esencia de mi doctrina y amar con amor práctico, desinteresado y santo. Te manda ropa y comida, Isaac; y a los óbolos que se quedaron encima de tu yacija todos han querido añadir algo para ti, que vuelves al mundo y careces de todo. Ten. Yo no llevo nunca dinero; éste lo he cogido porque está purificado por la caridad.
-No, Maestro, tenlo Tú. Yo… estoy acostumbrado a vivir sin él.
-Ahora tendrás que ir por los pueblos a los que te voy a enviar, y te hará falta. El obrero tiene derecho al salario, aunque sea un obrero de alma… porque todavía hay un cuerpo que nutrir, como el asno que ayuda a su amo. No es mucho, pero sabrás desenvolverte… Juan en esa saca tiene ropa y sandalias. Joaquín ha cogido de lo suyo; será grande… ¡pero hay mucho amor en ese regalo!
Isaac toma la saca y se retira a vestirse detrás de una mata. Estaba todavía descalzo y llevaba su extravagante toga hecha con una manta.
-Maestro - dice Elías - esa mujer… esa mujer que está en la casa de Juan… tres días después de tu partida, mientras pastoreábamos las ovejas en los prados de Hebrón - que son de todos y no nos podían echar -, nos mandó a una criada con esta bolsa, diciendo que quería hablarnos… No sé si he hecho bien… pero por primera vez devolví la bolsa y dije: "No tengo nada que escuchar"… Después, ella me envió este mensaje: "Ven en nombre de Jesús", y fui… Esperó a que no estuviera su… en definitiva, el hombre que la tiene… ¡Cuántas cosas quiso…, o mejor, quería saber! Yo, sin embargo… dije poco… por prudencia… Es una meretriz. Temía que fuera una trampa para ti. Me preguntó quién eres, dónde estás, qué haces, si eras una persona importante… Yo le dije:
"Es Jesús de Nazaret, está por todas partes porque es un maestro y va enseñando por Palestina". Le dije que eres un hombre pobre, sencillo, un obrero a quien la Sabiduría le ha hecho sabio… Nada más.
-Has hecho bien - dice Jesús, y, al mismo tiempo, Judas exclama: « ¡Has hecho mal! ¿Por qué no dijiste que es el Mesías, que es el Rey del mundo? ¡Aplastar la soberbia romana bajo el fulgor de Dios!». «No me habría entendido… Y, además, ¿estaba seguro de si era -sincera? Tú mismo dijiste lo que era ella, cuando la viste. ¿Podía ofrecer las cosas santas - todo lo que es Jesús es santo - a su boca? ¿Podía poner en peligro a Jesús dando demasiadas noticias? ¡Lejos de mí acarrearle un mal, aunque todos lo hicieran!
-Vamos nosotros, Juan, a decirle quién es el Maestro, a explicarle la verdad santa.
-Yo no, a menos que Jesús me lo ordene.
-¿Tienes miedo? ¿Qué puede hacerte? ¿Sientes asco? ¡El Maestro no lo ha sentido!
-Ni miedo ni asco. Tengo piedad de ella. Pero pienso que si Jesús hubiera querido hubiera podido detenerse a instruirla.
No lo hizo… no es necesario que lo hagamos nosotros.
-Entonces no había signos de conversión… Ahora… A ver, Elías, la bolsa.
Y Judas vuelca en un extremo del manto - puesto que se ha sentado en la hierba - el contenido de la bolsa. Anillos, brazaletes, pulseras, un collar… ruedan: amarillo oro sobre el amarillo opaco de la vestidura de Judas. « ¡Todas joyas!… ¿Qué hacemos con esto?
-Se pueden vender - dice Simón.
-Son siempre pejigueras - objeta Judas mostrando, no obstante, admiración por las joyas.
-Se lo he dicho yo también, al cogerlas. También le he dicho que su señor le pegaría. Me ha respondido: "No es suyo, es mío, y hago con ello lo que quiero. Sé que es oro de pecado… pero se transformará en oro bueno si se usa para quien es pobre y santo. Para que se acuerde de mí", y lloraba.
-Ve, Maestro.
-No.
-Manda a Simón.
-No.
-Entonces voy yo.
-No.
Los noes de Jesús son secos e imperiosos.
-¿He hecho mal, Maestro, al hablar con ella, al tomar ese oro? - pregunta Elías, que ve a Jesús serio.
-No has hecho mal, pero ya no hay nada más que hacer.
-Pero quizás esa mujer quiere redimirse y tiene necesidad de ser instruida… - objeta una vez más Judas.
-Hay en ella ya muchas chispas capaces de suscitar el incendio en que puede quemarse su vicio para quedar el alma virginizada de nuevo por el arrepentimiento. Hace poco os he hablado de levadura que esparciéndose entre la harina convierte a ésta en santo pan. Escuchad una breve parábola. Esa mujer es harina, una harina en la cual el Maligno ha mezclado sus polvos de infierno; Yo soy la levadura, o sea, mi palabra es la levadura.
Pero, ¿puede hacerse el pan, aún en el caso de que la levadura sea buena, si en la harina hay mucho cascabillo, o si mezclado hay piedras y arena y ceniza? No puede hacerse. Hace falta quitar de la harina, con paciencia, las cascarillas, la ceniza, las piedras y la arena. La Misericordia pasa y ofrece la criba…
La primera: hecha con breves verdades fundamentales, necesarias para ser comprendidas por uno que está en la red de la completa ignorancia, del vicio, del paganismo. Si el alma lo acoge, comienza la primera purificación. La segunda es la criba del alma en sí, que confronta su ser con el Ser que se ha revelado, y se horroriza. Y comienza su obra. Por medio de una operación cada vez más minuciosa, después de las piedras, de la arena y de la ceniza, llega incluso a quitar lo que ya es harina pero con granitos todavía grandes, demasiado grandes para producir un óptimo pan. Cuando ya está completamente dispuesta, vuelve a pasar la Misericordia y se introduce en esa harina preparada - también ésta es una preparación, Judas - y la hace fermentar y la hace pan. Pero es una operación larga y de "voluntad" del alma. Esa mujer… esa mujer tiene ya en sí esa mínima cosa que era justo darle y que le puede servir para llevar a cabo su trabajo.
Dejemos que lo lleve a cabo, si quiere hacerlo, sin disturbarla. Todo disturba a un alma que se está labrando: la curiosidad, el celo imprudente, las intransigencias y la excesiva compasión.
-¿Entonces, no vamos?
- No. Y, para que a ninguno de vosotros le venga la tentación, nos vamos enseguida. Hay sombra en el bosque.
Nos detendremos en las faldas del Valle del Terebinto y allí nos separaremos. Elías volverá a sus pastos con Leví. José vendrá conmigo hasta el vado de Jericó. Luego… nos volveremos a reunir. Tú, Isaac, continúa lo que hiciste en Yuttá, yendo desde aquí, por Arimatea y Lida, hasta llegar a Doco. Allí nos volveremos a ver. Judea debe ser preparada, y tú sabes cómo hacerlo; como has hecho en Yuttá.
-¿Y nosotros?
-¿Vosotros? He dicho que vendréis para ver mi preparación. Yo también me he preparado para la misión.
-¿Yendo a un rabí?
-No.
-¿Con Juan?
-De él tomé sólo el bautismo.
-¿Entonces?
-Belén ha hablado con las piedras y los corazones. También en ese lugar, donde te llevo, Judas, las piedras y un corazón, el mío, hablarán y te responderán.
Elías - que ha traído leche y pan oscuro - dice: «He tratado, mientras esperaba, y conmigo también Isaac, de persuadir a los de Hebrón… Pero… sólo creen en Juan, no juran más que por Juan, no quieren más que a Juan; es su "santo" y sólo lo quieren a él.
-Pecado común a muchos pueblos y a muchos creyentes actuales y futuros: miran al obrero y no al patrón que ha enviado al obrero; se dirigen al obrero, sin ni siquiera decirle: "Dile a tu patrón esto". Se olvidan de que el obrero existe porque existe el patrón y de que es el patrón el que instruye al obrero y lo habilita para su trabajo. Olvidan que el obrero puede interceder, pero uno sólo puede conceder: el patrón; en este caso Dios, y su Verbo con Él. No importa. El Verbo siente dolor por ello, pero no rencor. Vamos.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Tengo la impresión de que la parte más escabrosa, o sea, el nudo más angosto de las montañas de Judea, se encuentra entre Hebrón y Yuttá; pero podría equivocarme y ser éste un valle más amplio y abierto que se despliega ante vastos horizontes en los que emergen montes aislados que ya no forman una cadena. Quizás es una cuenca entre dos cadenas, no lo sé. Es la primera vez que la veo y no es que me centre mucho. Diversas cultivaciones de cereales distribuidas en terrenos no vastos, pero sí bien cuidados: cebada, centeno sobre todo, y también bonitos viñedos en las partes más soleadas. Más arriba, lindos bosques
de pinos y abetos, y otras plantas selvosas. Un camino… discreto introduce en un pequeño poblado.
- Éste es el arrabal de Keriot. Te ruego que vengas a mi casa de campo. Mi madre te espera allí. Después iremos a Keriot» dice Judas, tan agitado, que, en realidad, está fuera de sí.
No he dicho que ahora están solos Jesús, Judas, Simón y Juan. Faltan los pastores; quizás se hayan quedado en los pastos de Hebrón o hayan vuelto hacia Belén.
- Como quieras, Judas; pero también podíamos habernos quedado aquí para conocer a tu madre.
- ¡Oh, no! Es una casuca. Mi madre viene en tiempo de cosecha, pero después vuelve a Keriot. ¿No quieres que mi ciudad te vea? ¿No quieres traer aquí tu luz?
Si que quiero, Judas, pero ya sabes que no me detengo a considerar la humildad del lugar que me hospeda.
- Pero hoy eres mi invitado… y Judas sabe ser hospitalario.
Andan todavía unos metros entre casas pequeñas esparcidas por el campo. Mujeres y hombres, avisados por los niños,
se asoman. Está muy claro que se ha despertado la curiosidad. Debe ser que Judas ha lanzado un grito de reclamo.
- He aquí mi pobre casa. Perdona su pobreza.
La casa no es ninguna chabola: es un cubo de un solo piso pero amplio y bien cuidado, dentro de un terreno tupido y floreciente de árboles frutales. Un camino propio, muy limpio, va desde la calzada a la casa.
- ¿Me permites que me adelante, Maestro?.
- Ve, si quieres.
Judas se adelanta.
- Maestro, Judas ha hecho las cosas a lo grande - dice Simón - Antes lo sospechaba, ahora estoy seguro de ello. Tu dices, Maestro, y con razón: espíritu, espíritu…; pero él… él no piensa así. No te entenderá nunca… o muy tarde — corrige para no apenar a Jesús.
Jesús suspira y calla.
Judas sale con una mujer de unos cincuenta años. Es más bien alta, aunque no como el hijo, que ha recibido de ella sus ojos negros y su pelo rizado. Pero los ojos de ella son mansos, más bien tristes, mientras que los de Judas son imperiosos y astutos.
- Te saludo, Rey de Israel - dice postrándose con un verdadero saludo de súbdita - Concede a tu sierva hospedarte.
- Paz a ti, mujer. Que Dios os acompañe a ti y a tu hijo.
¡Oh, sí! ¡A mi hijo! - Es más un suspiro que una respuesta.
- Levántate, madre. Yo también tengo una Madre y no puedo permitir que me beses los pies. En nombre de mi Madre te beso, mujer. Es tu hermana… en el amor y en el destino doloroso de madre de los signados.
-¿Qué quieres decir, Mesías? - pregunta Judas un poco inquieto.
Pero Jesús no responde; está abrazando a la mujer, a la cual ha levantado benignamente. Ahora la besa en las mejillas.
Luego, cogiéndola de la mano, va hacia la casa.
Entran en una habitación fresca mantenida en sombra por leves cortinas de rayas. Ya han preparado bebidas frías y fruta fresca. Pero antes la madre de Judas llama a una sierva y ésta trae agua y una toalla; ella, por su parte, quisiera descalzar a Jesús y lavarle los pies polvorientos, pero Jesús se opone. - No, madre. La madre es una criatura demasiado santa, especialmente cuando es honesta y buena como tú eres, para permitir que se ponga en actitud de esclava.
La madre mira a Judas… una mirada extraña. Luego se va.
Jesús ya se ha refrescado. Cuando está para volverse a poner las sandalias, la mujer regresa con un par nuevo.
- Mira, Mesías nuestro, creo que lo he hecho bien… como quería Judas… Me dijo: "Un poco más largas que las mías e igual de anchas".
- Pero, ¿por qué, Judas?
- ¿No quieres darme la posibilidad de ofrecerte algún don? ¿No eres mi Rey y Dios?.
- Sí, Judas. Pero no debías crear tantas molestias a tu madre. Tú sabes cómo soy…
- Lo sé. Eres santo. Pero tienes que aparecer como Rey santo. Así es como uno se impone. En el mundo, que, de diez, nueve partes es de estúpidos, hay que imponerse con la presencia; yo entiendo de eso. Jesús se ha atado las sandalias nuevas, de correas perforadas, de piel roja como la cabezada que llega hasta el tobillo; mucho más bonitas que sus sandalias simples de obrero, y semejantes a las sandalias de Judas, que son casi mocasines que dejan ver sólo pequeñas partes del pie.
- También el vestido, Rey mío. Lo tenía preparado para mi Judas… pero él te lo da; es lino, fresco y nuevo. Permite que una madre te vista… como si fueses su hijo.
Jesús vuelve a mirar a Judas… pero no se opone. Se desata la abertura del vestido en la parte del cuello y deja caer la amplia túnica desde los hombros, quedándose con la túnica interior. La mujer le mete la hermosa vestidura nueva y le ofrece un cinturón (un galón profusamente bordado) del que cuelga un cordón terminado en borlas muy tupidas. Jesús se sentirá bien, sin duda, con esas vestiduras frescas y sin polvo; sin embargo, no parece muy contento. Entretanto, los otros se han lavado.
- Ven, Maestro. Son de los árboles de mi pobre huerto. Y ésta es el agua de miel que mi madre prepara. Tú, Simón, quizás prefieres este vino blanco. Toma. Es de mi viña. ¿Y tú, Juan? ¿Como el Maestro? - se le ve a Judas alborozado al poder servir en los hermosos cálices de plata, al mostrar que es una persona que puede.
Su madre habla poco. Mira… mira… mira a su Judas… pero mira todavía más a Jesús… Y cuando Jesús, antes de comer Él, le ofrece la mejor pieza de fruta — creo que son albaricoques muy grandes, son frutos amarillo - rojos y no son manzanas — y le dice «la madre siempre antes», a ella se le saltan las lágrimas.
- Mamá. ¿Lo demás está hecho? - pregunta Judas.
- Sí, hijo mío. Creo haber hecho todo bien, pero he pasado mi vida siempre aquí y no sé… no sé las costumbres de los reyes.
- ¿Qué costumbres, mujer? ¿Qué reyes? Pero, ¿qué has hecho, Judas? ¿Pero no eres Tú el prometido Rey de Israel? Es hora de que el mundo te salude como tal, y ello debe suceder por primera vez aquí, en mí ciudad, en mi casa. Yo te venero como tal. Por amor hacia mí y por respeto a tu nombre de Mesías, de Cristo, de Rey, que los Profetas, por orden de Yeové, te han dado, no me desmientas.
- Mujer, amigos. Por favor. Necesito hablar con Judas, tengo que darle órdenes precisas.
La madre y los discípulos se retiran.
- Judas, ¿qué has hecho? ¿Tan poco me has entendido hasta aquí? ¿Por qué disminuirme hasta el punto de hacer de mí sólo un poderoso de la tierra, o, peor aún, uno que brega por ser poderoso? ¿No entiendes que es una injuria a mi misión, exactamente un obstáculo? Sí, no digas que no; obstáculo. Israel está sujeto a Roma. Tú sabes qué ha sucedido cuando ha querido alzarse contra Roma alguien en actitud de caudillo del pueblo levantando sospechas de que estaba creando una guerra de reconquista. Has oído, justamente en estos días, cómo se ensañaron con un Párvulo porque se le supuso rey según el mundo.
¡Y tú…, y tú!… ¡Oh! ¡Judas! ¿Pero qué esperas de una soberanía mía de carne?, ¿qué esperas? Te he dado tiempo de pensar y decidir. Te he hablado bien claro ya desde la primera vez. Incluso te rechacé, porque sabía… porque sé, sí, porque sé, leo, veo lo que hay en ti. ¿Por qué deseas seguirme, si no quieres ser como Yo quiero? Vete, Judas. No te perjudiques a ti ni me perjudiques a mí…
Vete. Es mejor para ti. No eres obrero apto para esta obra… Está demasiado por encima de ti. En ti hay soberbia, hay codicia de las tres especies, arrollas a quien te encuentras por delante… Incluso tu madre te debe temer… Hay tendencia a la mentira… No. Así no debe ser mi seguidor. Judas, Yo no te odio, Yo no te maldigo, sólo te digo — y con el dolor de quien ve que no puede cambiar al que ama — te digo sólo: Ve por tu camino, hazte paso en el mundo, puesto que es esto lo que quieres, pero no estés conmigo. ¡Mi vía!… ¡Mi palacio! ¡Oh, qué pequeñez contienen! ¿Sabes dónde seré Rey?, ¿cuándo seré proclamado Rey? Cuando me levanten en un madero infame y por púrpura tenga mi Sangre, por corona una guirnalda de espinas, por enseña un cartel burlón, por trompas y címbalos y órganos y cítaras saludando al Rey proclamado las blasfemias de todo un pueblo, de mi pueblo. ¿Y sabes por obra de quién todo esto? De uno que no me habrá entendido, que no habrá entendido nada.
Corazón de bronce hueco, en el que la soberbia, la sensualidad y la avaricia, para entonces, ya habrán destilado sus humores, y éstos habrán engendrado una maraña de serpientes que servirán como cadena para mí y… y maldición para él. Los demás no conocen tan claramente mi suerte. Te ruego que no la manifiestes. Esto quede entre tú y Yo. Y esto que te he dicho es una amonestación… ¡Y guarda silencio y no digas: "Fui amonestado…"! ¿Entendido, Judas?
Judas está violáceo de tan colorado como se ha puesto. Está en pie, frente a Jesús. Está confundido, con la cabeza baja… Se hinca de rodillas llorando con la cabeza entre las rodillas de Jesús.
- Te amo, Maestro. No me rechaces. Sí, soy un soberbio, soy un estúpido, pero no me apartes de ti. No, Maestro; será la última vez que cometo una falta así. Tienes razón. No he reflexionado, pero incluso en este error hay amor. Quería prodigarte honores y mover a los demás a hacer lo mismo, porque te amo. Tú lo dijiste hace tres días: "Cuando os equivocáis sin malicia, por ignorancia, no es un yerro, sino un juicio imperfecto, propio de niños, y Yo estoy aquí para haceros adultos".
Mira, Maestro, estoy entre tus rodillas… me dijiste que serías un padre para mí… entre tus rodillas como entre las de mi padre; y te pido perdón, te pido que hagas de mí un "adulto", un adulto santo… No me apartes de ti, Jesús, Jesús, Jesús… No todo es malvado en mí. ¿Lo ves?, por ti he dejado todo y he venido. Tú eres más que los honores y las victorias que obtenía sirviendo a otros. Tú, sí, Tú eres el amor del pobre, infeliz Judas que quisiera proporcionarte sólo alegría y que, por el contrario, te causa dolor…
- Basta, Judas. Una vez más, te perdono… — Jesús parece fatigado — Te perdono esperando… esperando que en el futuro me comprendas.
- Sí, Maestro. Sí. Pero ahora no me postres bajo el peso de un mentís que haría de mí objeto de burla. Toda Keriot sabe que yo venía con el Descendiente de David, el Rey de Israel… y mi ciudad se ha preparado para recibirte… Creía que actuaba correctamente… creía que así te mostraba cómo hay que hacer para ser temidos y obedecidos… y también a Juan y a Simón, y a través de ellos a los otros que te aman pero que te tratan como a un igual… Incluso se burlarían de mi madre, por tener un hijo mentiroso y loco. ¡Por ella, Señor mío!… ¡Y te juro que yo…!
- No me jures a mí. Júrate a ti mismo, si puedes, no pecar más en este sentido. En atención a tu madre y a los ciudadanos no haré esta afrenta de irme. Estaré aquí. Levántate.
- ¿Qué les vas a decir a los otros?
- La verdad…
- ¡No, no!
- La verdad: que te he dado órdenes para hoy. Siempre hay una forma de decir, con caridad, la verdad. Vamos. Llama a tu madre y a los otros.
Se le ve a Jesús más bien severo. Y no vuelve a sonreír sino cuando regresa Judas con su madre y los discípulos. La mujer escruta a Jesús, lo ve benigno y se tranquiliza. Esta mujer a mí me parece un alma en pena.
- ¿Qué?, ¿vamos a Keriot? Me siento descansado. Te agradezco, madre, toda tu bondad. Que el Cielo te pague y te dé, por tu caridad hacia mí, reposo, y alegría al consorte que lloras.
La mujer trata de besarle la mano, pero Jesús se la pone sobre la cabeza, acariciándola, y no lo permite.
- El carro está preparado, Maestro. Ven.
Afuera, efectivamente, está llegando un carro tirado por bueyes, un hermoso y cómodo carro, dentro del cual se han colocado cojines para que sirvan como asientos; encima, un toldo de paño rojo.
- Sube, Maestro.
- Tu madre antes.
La mujer sube, luego Jesús y los demás.
- Aquí, Maestro» (Judas ya no lo llama rey).
Jesús se sienta en la parte de adelante; a su lado, Judas; detrás la mujer y los discípulos. El conductor aguijonea a los bueyes; los va instigando caminando a su lado.
E1 trayecto es breve, poco más de unos cuatrocientos metros, luego se ven las primeras casas de Keriot, que me parece una discreta ciudadita. Un niño pequeño mira en la calle llena de sol y sale disparado. Cuando el carro llega a las primeras casas, personalidades y gente del pueblo están esperando para recibirlo con bandas de tela y ramos, y ramos y bandas, por las calles y de casa a casa. Gritos de júbilo, profundas reverencias… Jesús —ya no puede evitarlo —, desde lo alto de su trono tambaleante, saluda y bendice.
El carro prosigue y luego gira, después de una plaza, por una calle, y llega a la altura de una casa cuyo portón está ya abierto de par en par; en él hay dos o tres mujeres. Se detiene el carro y bajan.
- Mi casa es tuya, Maestro.
- Paz a ella, Judas. Paz y santidad.
Entran. Pasado el vestíbulo hay una amplia sala con divanes bajos y muebles con incrustaciones. Con Jesús y los demás, entran las personalidades del lugar. Reverencias, curiosidad, júbilo pomposo…
Un anciano de aspecto grave pronuncia un discurso:
-¡Gran fortuna para la tierra de Keriot al tenerte, oh Señor! ¡Gran fortuna! ¡Feliz día! ¡Fortuna por tenerte y fortuna por ver que un hijo suyo es amigo tuyo y te ayuda! ¡Dichoso él, que te ha conocido antes que ningún otro! Y Tú, bendito seas diez veces diez por haberte manifestado, Tú, el Esperado por generaciones y generaciones. Habla, Señor y Rey. Nuestros corazones esperan tu palabra como la tierra sedienta de verano abrasador espera la primera dulce agua de septiembre.
- Gracias, quienquiera que seas, gracias, y gracias a los hombres de esta ciudad que han inclinado sus corazones ante el Verbo del Padre, ante el Padre cuyo Verbo soy Yo. Porque, sabed que no es al Hijo del hombre, que os está hablando, sino al Señor altísimo, a quien hay que rendir gracias y honor por este tiempo de paz con que El vuelve a soldar la paternidad quebrada con los hijos del hombre. Alabemos al Señor verdadero, al Dios de Abraham, que ha tenido piedad de su pueblo, lo ha amado y le otorga al Redentor prometido. No a Jesús, siervo de la eterna Voluntad, sino a esta Voluntad de amor, gloria y honor.
- Hablas como un santo… Yo soy el jefe de la sinagoga. No es sábado. Ven de todas formas a mi casa a explicar la Ley, Tú que portas más que óleo real la unción de la Sabiduría.
- Iré.
- Mi Señor quizás está cansado…
- No, Judas. Nunca cansado de hablar de Dios, nunca con ganas de desilusionar a los corazones.
- Ven, entonces — insiste el jefe de la sinagoga —; toda Keriot está afuera esperándote.
- Vamos.
Salen. Jesús entre Judas y el jefe de la sinagoga; en torno a ellos, personalidades y… gente, gente, gente. Jesús pasa bendiciendo.
La sinagoga está en la plaza. Entran. Jesús se dirige hacia el puesto reservado a quien enseña. Empieza a hablar, todo cándido con su espléndida vestidura, el rostro inspirado, los brazos extendidos según su gesto habitual.
- Pueblo de Keriot, el Verbo de Dios habla. Escuchad. Quien os habla no es sino Palabra de Dios. Su soberanía viene del Padre y al Padre volverá después de evangelizar a Israel. Ábranse los corazones y las mentes a la verdad, para que el error no quede estancado, para que no nazca la confusión. Isaías dice: "Toda depredación tumultuosa y las vestiduras bañadas de sangre serán consumidas por el fuego. He aquí que nos ha nacido un Párvulo, he aquí que se nos concede un Hijo. Lleva sobre sus hombros el principado. Éste es su nombre: el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la paz". Este es mi Nombre. Dejemos a los Césares y a los Tetrarcas su botín. Yo depredaré, pero no será una depredación que merezca castigo de fuego. No sólo esto sino que le arrebataré al fuego de Satanás gran número de presas para llevarlas al Reino de paz del que soy Príncipe, y al siglo futuro: el eterno tiempo del cual soy Padre.
"Dios" — dice también David, de cuya estirpe provengo, como habían predicho quienes vieron porque eran santos, gratos a Dios, elegidos por Dios para hablar — "ha escogido a uno sólo… a mi hijo… pero la obra es grandiosa, porque se trata no de preparar la casa de un hombre, sino la de Dios". Así es. Dios, el Rey de los reyes, ha elegido a uno sólo, a su Hijo, para
construir, en los corazones, su casa. Y ha preparado ya el material. ¡Oh, cuánto oro de caridad, y cobre, y plata y hierro, y maderas raras y piedras preciosas! Todas están acumuladas en su Verbo y Él las usa para construir en vosotros la morada de Dios. Pero si el hombre no ayuda al Señor, inútilmente el Señor querrá construir su casa. Al oro se responde con el oro, a la plata con la plata, al cobre con el cobre, al hierro con el hierro. O sea, por el amor debe darse amor, continencia para servir a la Pureza, constancia para ser fieles, fuerza para no desistir. Y luego, llevar hoy la piedra, mañana la madera: hoy el sacrificio, mañana la obra, y construir, construir siempre el templo de Dios en vosotros.
El Maestro, el Mesías, el Rey del Israel eterno, del pueblo eterno de Dios, os llama. Pero quiere que estéis limpios para la obra. Caigan las soberbias: a Dios gloria. Caigan los humanos pensamientos: de Dios es el Reino. Humildes, decid conmigo:
"Tuyas son todas las cosas, Padre, tuyo todo cuanto es bueno; enséñanos a conocerte y a servirte, en verdad". Decid: "¿Quién soy yo?", y reconoced que seréis algo sólo cuando seáis moradas purificadas a las que Dios pueda descender, en las que pueda descansar.
Todos peregrinos y extranjeros en esta tierra, sabed reuniros e ir hacia el Reino prometido. El camino son los mandamientos puestos en práctica no por temor a un castigo, sino por amor a ti, Padre santo; el arca, un corazón perfecto en el cual está el nutritivo maná de la sabiduría y florece la vara de la pura voluntad. Y, para que la casa sea luminosa, venid a la Luz del mundo. Yo os la traigo. Os traigo la Luz. Nada más que esto. No poseo riquezas ni prometo honores de esta Tierra, pero sí poseo todas las riquezas sobrenaturales de mi Padre, y a aquellos que sigan a Dios en amor y caridad les prometo el honor eterno del Cielo.
La paz sea con vosotros.
La gente, que ha estado escuchando atenta, bisbisea un poco inquieta. Jesús habla con el jefe de la sinagoga. Se unen al grupo también otras personas — quizás son las personalidades.
- Maestro… ¿pero entonces no eres el Rey de Israel? Nos habían dicho…
- Lo soy.
- Pero Tú has dicho…
- Que no poseo ni prometo riquezas del mundo. No puedo decir más que la verdad. Así es. Conozco vuestro pensamiento, y el error viene de un desacierto en la interpretación unido a un muy grande respeto vuestro hacia el Altísimo. Se os dijo: "Viene el Mesías", y vosotros habéis pensado, como muchos en Israel, que Mesías y rey fueran lo mismo. Elevad más alto el espíritu. Observad este hermoso cielo de verano. ¿Pensáis que termina allí su límite, allí donde el aire parece una bóveda de zafiro? No. Más allá están los estratos más puros, los azules más netos, hasta llegar a aquél, inimaginable, del Paraíso, adonde el Mesías guiará a los justos muertos en el Señor. La misma diferencia hay entre la realidad mesiánica como la cree el hombre y la real, toda divina.
- Pero, ¿podremos nosotros, pobres hombres, elevar el espíritu adonde Tú dices?.
- Basta que lo queráis, y, si lo queréis, Yo os ayudaré.
- ¿Cómo te tenemos que llamar, si no eres rey?
- Maestro, Jesús; como queráis. Maestro soy y soy Jesús, el Salvador.
Un viejo dice:
- Escucha, Señor. Hace tiempo, hace mucho tiempo, cuando el edicto, tuvimos noticia de que había nacido en Belén el Salvador… y yo fui allí con otros… Vi a un pequeño Niño, en todo igual a los demás, pero lo adoré, por fe. Luego supe que hay uno, santo, de nombre Juan. ¿Cuál es el Mesías verdadero?.
- Aquel a quien tú adoraste. El otro es su Precursor. Gran santo a los ojos del Altísimo, pero no Mesías. - ¿Eras Tú?
- Era Yo. Y ¿qué viste en torno a mí recién nacido?
- Pobreza y limpieza, honestidad y pureza… un artesano amable y serio de nombre José; artesano, pero de la estirpe de David; una joven Madre rubia y amable de nombre María, ante cuya gracia empalidecen las rosas más hermosas de Engadí y parecen deformes las azucenas de los jardines reales; y un Niño de grandes ojos azul cielo, de cabellos de hilos de oro pálido…
No vi nada más… Y oigo todavía la voz de la Madre que me decía: "Por mi Criatura te digo: el Señor esté contigo hasta el eterno encuentro y su Gracia te salga al paso en tu camino". Tengo ochenta y cuatro años… el camino está terminándose. Ya no esperaba encontrar la Gracia de Dios, y, sin embargo, te he encontrado… y ahora ya no deseo ver más luz que la tuya… Sí. Te veo cual eres bajo esta vestidura de piedad que es la carne que has tomado. ¡Te veo! ¡Oíd la voz de aquel que al morir ve la Luz de Dios!
La gente se arremolina en torno al anciano inspirado que está en el grupo de Jesús y que, no teniéndose ya en pie apoyado sobre su bastoncito, levanta los brazos trémulos, la cabeza toda canosa, con su barba larga y bipartida, una verdadera cabeza de patriarca o profeta.
- Yo veo a Éste, el Elegido, el Supremo, el Perfecto, que ha venido aquí abajo por fuerza de Amor, subir a la derecha del Padre, tornar a ser Uno con Él. Pero, ¡ved!, no Voz y Esencia incorpórea como Moisés vio al Altísimo y como el Génesis dice lo conocieran los Primeros y con Él hablasen en el viento de la tarde. Como verdadera Carne lo veo subir al Eterno, ¡Carne
refulgente!, ¡Carne gloriosa!; ¡oh, pompa de Carne divina!, ¡oh, Belleza del Hombre Dios! ¡Es el Rey! Sí. Es el Rey. No de Israel; del mundo. Y ante Él se inclinan todas las realezas de la tierra, y todo cetro y toda corona se anulan en el fulgor de su cetro y de sus joyas.
Una guirnalda, una guirnalda tiene en su frente. Un cetro, un cetro tiene en su mano. En el pecho, un racional: en él hay perlas y rubíes de un esplendor jamás visto. De él salen llamas como de un horno sublime. En las muñecas, dos rubíes, y lleva una fíbula de rubíes en sus pies santos.
¡De los rubíes, luz, luz…! ¡Mirad, oh pueblos, al Rey Eterno! ¡Te veo! ¡Te veo! Subo contigo… ¡Ah! ¡Señor!, ¡Redentor nuestro!… La luz crece en mi ojo del alma… ¡El Rey está ornado con su Sangre! La guirnalda es una corona de sangrantes espinos, el cetro es una cruz… ¡Aquí está el Hombre! ¡Aquí está! ¡Eres Tú!… Señor, por tu inmolación ten piedad de tu siervo. Jesús, a tu piedad entrego mi espíritu.
El anciano, hasta este momento derecho, rejuvenecido en el fuego de su profecía, se derrumba al improviso, y caería al suelo si Jesús, atento, no le hubiera sujetado contra su pecho.
- ¡Saúl!
- ¡Se está muriendo Saúl!
- ¡Venid a ayudar!
- ¡Corred!
- Paz en torno al justo que muere - dice Jesús, que lentamente se ha ido arrodillando para poder sujetar mejor al anciano, que pesa cada vez más.
Silencio.
Jesús lo depone extendido en el suelo y se levanta.
- Paz a su espíritu. Ha muerto viendo la Luz. En la espera — y será breve — verá ya el rostro de Dios y se sentirá feliz. No hay muerte, o sea, separación de la vida, para quienes murieron en el Señor.
La gente, un rato después, se aleja haciendo comentarios. Se quedan las personalidades, Jesús, los suyos y el jefe de la sinagoga.
- ¿Ha profetizado, Señor?
- Sus ojos han visto la Verdad. Vamos.
Salen.
- Maestro, Saúl ha muerto investido del Espíritu de Dios.
Nosotros, que lo hemos tocado, estamos limpios o hemos quedado impuros?
- Impuros.
- ¿Y Tú?
- Yo como los demás. No mudo la Ley. La Ley es ley y el israelita la observa. Impuros hemos quedado. Entre el tercer día y el séptimo nos purificaremos. Hasta entonces, estamos impuros. Judas, Yo no vuelvo adonde tu madre. No llevo impureza a tu casa. Que uno que pueda la avise. Paz a esta ciudad. Vamos.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
¿Hacia qué hora llegaremos? - pregunta Jesús, caminando en el centro del grupo precedido por las ovejas que pacen en las márgenes herbosas.
- Hacia la hora tercia. Son aproximadamente diez millas - responde Elías.
- ¿Y luego vamos a Keriot? - pregunta Judas.
- Sí. Vamos allí.
- ¿Y no era más corto ir de Yuttá a Keriot? No debe haber mucha distancia. ¿Verdad, tú, pastor?
- Dos millas más, poco más o menos.
- Así recorremos más de veinte millas sin motivo.
- Judas, ¿por qué estás tan inquieto? - dice Jesús.
- No es inquieto, Maestro; sólo que me habías prometido ir a mi casa…
- E iré. Mantengo siempre mis promesas.
- He encargado que avisen a mi madre… y además Tú has dicho que con los muertos se está también con el espíritu.
- Lo he dicho. Mira, Judas, reflexiona: tú por mí no has sufrido todavía. Éstos hace treinta años que sufren, y no han traicionado jamás ni siquiera mi recuerdo, ni siquiera el recuerdo. No sabían si estaba vivo o muerto… y, no obstante, han permanecido fieles. Me recordaban como recién nacido, infante, sólo con mi llanto y mi necesidad de leche… y, aun así, me han venerado siempre como Dios. Por causa mía los han maltratado, los han maldecido, han sufrido persecución como un oprobio de Judea; y, a pesar de todo, su fe, ante los golpes, no vacilaba, no se agostaba, sino que, por el contrario, echaba raíces más hondas y se hacía más vigorosa.
- A propósito. Hace unos días que me quema los labios una pregunta. Son amigos tuyos y de Dios estos, ¿no es verdad?
Los ángeles los han bendecido con la paz del Cielo, ¿no es verdad? Ellos no han dejado de ser justos ante ninguna tentación, ¿no es verdad? ¿Me explicas entonces por qué han sido infelices? ¿Y Ana?… La mataron por haberte amado…
- Tu conclusión sería, entonces, que mi amor y el amarme acarrea desventura.
- No… pero…
- Pero es así. Siento verte tan cerrado a la Luz y tan poseído de lo humano. No; deja, Juan, y también tú, Simón. Prefiero que hable. Nunca rechazo a nadie. Sólo quiero apertura de corazones, para poder introducir en ellos la luz. Ven aquí, Judas.
Escucha. Partes de un juicio común a muchos hombres presentes y futuros. Digo "juicio", debería decir "yerro"; pero, si supongo que lo hacéis sin malicia, por ignorancia de la verdad, entonces no es yerro, es sólo juicio imperfecto, como lo puede ser el de un niño. Y sois niños, vosotros, pobres hombres. Y Yo estoy aquí como Maestro para hacer de vosotros adultos capaces de discernir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo mejor de lo bueno.
Escuchad, pues. ¿Qué es la vida? Es un tiempo de pausa; Yo diría el limbo del Limbo, que Dios Padre os da para probar vuestra naturaleza de hijos buenos o de bastardos, y para asignaros, sobre la base de vuestras obras, un futuro en el que ya no habrá ni pausas ni pruebas. Ahora, decidme: ¿sería justo que uno, por el hecho de haber recibido el raro bien de disponer del modo de servir a Dios de manera especial, gozara además de un bien
continuo durante toda la vida? ¿No os parece que ya ha tenido mucho y que, por tanto, puede considerarse dichoso, aunque en lo humano no lo sea? ¿No sería injusto que aquel que tiene ya en el corazón luz de divina manifestación y la sonrisa de una conciencia que aprueba, tuviera además honores y bienes terrenos? ¿Y no sería incluso imprudente?
- Maestro, yo digo que sería incluso profanador. ¿Por qué poner alegrías humanas donde estás Tú? Cuando uno te tiene — y éstos te han tenido; ellos, los únicos ricos en Israel por haber gozado de ti desde hace treinta años — no debe poseer nada más. No se pone el objeto humano en el Propiciatorio… El vaso consagrado no sirve más que para usos sagrados. Éstos están consagrados desde el día en que vieron tu sonrisa… y nada, no, nada que no seas Tú debe entrar en su corazón, que te tiene a ti.
¡Ojalá fuera yo como ellos! - dice Simón.
- Sin embargo, te has dado prisa, después de haber visto al Maestro y después de ser curado, en volver a tomar posesión de tus bienes - responde irónicamente Judas.
- Es verdad. Lo he dicho y lo he hecho. Pero ¿tú sabes por qué? ¿Cómo puedes juzgar si no conoces todo? Mi agente recibió órdenes precisas. Ahora que Simón el Zelote está curado — y sus enemigos ya no pueden perjudicarlo segregándolo; ni perseguirlo porque ya no es más que de Cristo y no tiene ninguna secta: tiene a Jesús y basta —, Simón puede disponer de los haberes suyos, que un hombre honesto, fiel, le ha conservado. Y yo, dueño todavía durante una hora, prescribí su reorganización para obtener más dinero en la venta y poder decir… No, esto no lo digo.
- Lo dicen los ángeles por ti, Simón, y lo escriben en el libro eterno - dice Jesús.
Simón mira a Jesús. Las dos miradas se anudan: una, asombrada; la otra, bendiciendo.
- Como siempre, yo estoy equivocado.
- No, Judas; tienes el sentido práctico. Tú mismo lo dices.
- ¡Oh, pero con Jesús!… También Simón Pedro estaba apegado al sentido práctico, ¡y ahora sin embargo!… Tú también,
Judas, serás como él. Hace poco que estás con el Maestro, nosotros hace más tiempo y ya hemos mejorado - dice Juan, siempre dulce y conciliador.
- No me ha querido con Él. Si no, hubiera sido suyo desde Pascua — Judas está hoy realmente enojado.
Jesús zanja la cuestión diciendo a Leví:
-¿Has estado alguna vez en Galilea?
- Sí, Señor.
- Vendrás conmigo, para conducirme a donde Jonás. ¿Lo conoces?
- Sí. Por Pascua nos veíamos siempre; yo iba a verlo entonces. José baja la cabeza apenado. Jesús se da cuenta.
- Juntos no podéis venir. Elías se quedaría solo con las ovejas. Pero tú vendrás conmigo hasta el paso de Jericó, donde nos separaremos por un tiempo. Te diré después lo que tienes que hacer.
- ¿Nosotros ya nada más?
- También vosotros. Judas, también vosotros.
- Se ven algunas casas - dice Juan, que va unos pasos por delante de los demás.
- Es Hebrón, con su cúspide a caballo entre dos ríos. ¿Ves, Maestro? ¿Ves aquella casa grande de allí, entre toda aquella hierba, un poco más alta que las otras? Es la casa de Zacarías.
- Aceleremos el paso.
Recorren ligeros los últimos metros de camino. Entran en el pueblo. Las pequeñas pezuñas de las ovejas parecen castañuelas al chocar contra las piedras irregulares de la calle, aquí rudimentariamente adoquinada. Llegan a la casa. La gente mira a ese grupo de hombres de diverso aspecto, edad y vestimenta, entre el blancor de las ovejas.
- ¡Oh! ¡Es distinta! ¡Aquí estaba la verja de entrada! - dice Elías. Ahora, en lugar de la verja, hay un portón herrado que impide ver. Y la tapia que la circunda es más alta que un hombre, y, por tanto, no se ve nada.
- Quizás esté abierto por detrás. Vamos. Rodean un amplio cuadrilátero (más concretamente un amplio rectángulo), pero la pared es igual por todas partes.
- Pared hecha desde hace poco - dice Juan observándola - No tiene grietas, y en el suelo hay todavía piedras con cal.
- Tampoco veo el sepulcro… Estaba hacia el bosque. Ahora el bosque está fuera del muro y… y parece de todos. Hacen leña en él…
Elías está perplejo.
Un hombre, un leñador entrado en años, más bien bajo, pero fuerte, observando al grupo, deja de serrar un tronco talado y se dirige hacia ellos.
-¿A quién buscáis?
- Queríamos entrar en la casa, para orar ante el sepulcro de Zacarías.
- Ya no existe el sepulcro. ¿No lo sabéis? ¿Quiénes sois?
- Yo, amigo de Samuel, el pastor. Él…
- No hace falta, Elías - dice Jesús. Elías se calla.
- ¡Ah! ¡Samuel!… ¡Ya! Sólo que desde que Juan, hijo de Zacarías, está en la cárcel, la casa ya no es suya. Y es una desgracia, porque él distribuía todas las ganancias de sus bienes entre los pobres de Hebrón. Una mañana vino uno de la corte de Herodes, echó afuera a Joel, clausuró la casa; luego volvió con algunos obreros y empezó a levantar el muro… En el ángulo, allí, estaba el sepulcro.
No lo quiso… y una mañana lo encontramos todo destrozado, medio derruido… los pobres huesos mezclados… Los recogimos como se pudo… Ahora están en una única arca… Y en la casa del sacerdote Zacarías ese inmundo tiene a sus amantes. Ahora está una histrionisa de Roma. Por eso ha realzado el muro. No quiere que se vea… ¡La casa del sacerdote, un lupanar! ¡La casa del milagro y del Precursor! Porque ciertamente es él, si es que no es él el Mesías. ¡Y cuántas dificultades hemos tenido por el Bautista! ¡Pero es nuestro grande! ¡Verdaderamente grande! Ya cuando nació se dio un milagro. Isabel, consumida como un cardo ajado, resultó fértil como un manzano en Adar; primer milagro.
Luego vino una prima, que era santa, a servirle y a soltarle la lengua al sacerdote. Se llamaba María. Me acuerdo de ella, aunque sólo la viéramos en muy raras ocasiones. No sé cómo sucedió. Se dice que, por contentar a Isa, Ella dejaba poner la boca muda de Zacarías sobre su vientre grávido, o que le metía sus dedos en la boca. No lo sé bien. Lo cierto es que, después de nueve meses de silencio, Zacarías habló alabando al Señor y diciendo que había venido el Mesías. No explicó más, pero mi mujer asegura — ella estaba ese día — que Zacarías dijo, alabando al Señor, que su hijo iría delante de Él. Ahora, yo digo: no es como la gente cree. Juan es el Mesías y camina ante el Señor como Abraham ante Dios, eso es. ¿No tengo razón?
- Tienes razón por lo que respecta al espíritu del Bautista, que siempre camina en presencia de Dios; pero no tienes razón respecto al Mesías.
- Entonces aquélla, de la que se decía que era Madre del Hijo de Dios — lo dijo Samuel — ¿no era verdad que lo era?
¿No vive todavía?
- Lo era. El Mesías nació, precedido por aquel que en el desierto alzó su voz, como dijo el Profeta.
- Tú eres el primero que lo asegura. Juan, la última vez que Joel le llevó una piel de oveja — como todos los años hacía cuando llegaba el invierno —, si bien fuera interrogado acerca del Mesías, no dijo: "Ya ha venido". Cuando él lo diga…
- Hombre, yo he sido discípulo de Juan y he oído decir: "He aquí el Cordero de Dios", señalando… - dice Juan.
- No, no. El Cordero es él. Verdadero Cordero que se ha criado a sí mismo, sin casi necesidad de madre y padre. Poco después de pasar a ser hijo de la Ley, se aisló en las cuevas de los montes que miran al desierto y allí se ha educado, hablando con Dios. Isa y Zacarías murieron y él no vino. Padre y madre para él era Dios. No hay santo más grande que él. Preguntad a toda Hebrón. Samuel lo decía, pero debían tener razón los de Belén. El santo de Dios es Juan.
- Si uno te dijera: "El Mesías soy Yo", ¿qué dirías tú? – pregunta Jesús.
- Lo llamaría "blasfemo" y lo echaría a pedradas.
- ¿Y si hiciera un milagro para probar su condición?.
- Lo llamaría "endemoniado". El Mesías vendrá cuando Juan se revele en su verdadero ser. El mismo odio de Herodes es la prueba. Él, el astuto, sabe que Juan es el Mesías.
- No ha nacido en Belén.
- Pero cuando lo liberen, después de anunciarse por sí mismo su próxima venida, se manifestará en Belén. También
Belén espera esto. Mientras… ¡Oh! Ve, si tienes valor, a hablarles a los de Belén de otro Mesías… y verás.
- ¿Tenéis una sinagoga?
- Sí. Recto doscientos pasos por esta calle. No puedes equivocarte. Cerca está el arca de los restos profanados.
- Adiós. Que el Señor te ilumine.
Se van. Dan la vuelta por la parte de delante.
En el portón hay una mujer joven vestida sin ningún pudor. Guapísima.
- Señor, ¿quieres entrar en la casa? Entra.
Jesús la mira fijamente, severo como un juez, y no habla.
Habla Judas, en esto apoyado por todos.
-¡Métete dentro, desvergonzada! No nos profanes con tu aliento, perra insaciable.
Se manifiesta en la mujer un vivo rubor e inclina la cabeza. Trata de desaparecer, confundida, escarnecida por gamberros y por la gente que pasa.
- ¿Quién es tan puro como para decir: "Jamás he deseado la manzana ofrecida por Eva?" - dice Jesús, severo, y añade -
Decidme dónde está éste y Yo lo saludaré con la palabra "santo". ¿Ninguno? Bueno, pues entonces, si no por repulsa, sino por debilidad, os sentís incapaces de aproximaros a ésta, retiraos. No obligo a los débiles a luchas en inferioridad de condiciones.
Mujer, querría entrar. Le guardo cariño a esta casa. Era de un pariente mío.
- Entra, Señor, si no te doy asco.
- Deja abierta la puerta. Que la gente vea y no murmure…
Jesús pasa serio, solemne. La mujer lo recibe reverente, subyugada, y no osa moverse. Pero las burlas de la multitud le hacen sangre. Huye corriendo hasta el fondo del jardín. Mientras, Jesús va hasta el pie de la escalera; mira de refilón por las puertas entreabiertas, pero no entra. Luego se dirige hacia donde estaba el sepulcro (ahora hay una especie de pequeño templo pagano).
- Los huesos de los justos, aunque estén resecos y dispersos, gimen por un bálsamo de purificación y esparcen semillas de vida eterna. ¡Paz a los muertos que han vivido en el bien! ¡Paz a los puros que duermen en el Señor! ¡Paz a quienes sufrieron, pero no quisieron conocer vicio! ¡Paz a los verdaderos grandes del mundo y del Cielo! ¡Paz!.
La mujer, bordeando un seto que la ocultaba, se ha llegado hasta Él.
- ¡Señor!
- Mujer.
- Tu nombre, Señor.
- Jesús.
- No lo he oído nunca. Soy romana: mimo y bailarina. No soy experta más que en lascivias. ¿Qué quiere decir ese
Nombre? El mío es Aglae y —y quiere decir: vicio.
- El mío quiere decir: Salvador.
- ¿Cómo salvas? ¿A quién?
- A quien tiene buena voluntad de salvación. Salvo enseñando a ser puros, a preferir el dolor a la pérdida del honor, a querer el bien a toda costa - Jesús habla sin acritud, pero sin siquiera volverse hacia la mujer.
- Yo estoy perdida…
- Yo soy Aquel que busca a los perdidos.
- Yo estoy muerta.
- Yo soy Aquel que da Vida.
- Yo soy suciedad y embuste.
- Yo soy Pureza y Verdad.
- También eres Bondad, Tú, que no me miras, no me tocas, no me pisoteas. Piedad de mí…
- Ten piedad de ti, tú, primero; de tu alma.
- ¿Qué es el alma?
- Es aquello que hace del hombre un dios y no un animal. El vicio y el pecado la matan y, una vez muerta, el hombre se vuelve animal repelente.
- ¿Podré volver a verte?
- Quien me busca me encuentra.
- ¿Dónde estás?
- Donde los corazones necesitan médico y medicinas para volver a ser honestos.
- Entonces… no te volveré a ver… Yo estoy donde no se quiere ni médico ni medicinas ni honestidad.
- Nada te impide venir a donde Yo esté. Mi Nombre será gritado por los caminos y llegará hasta ti. Adiós.
- Adiós, Señor. Déjame que te llame "Jesús". ¡No por familiaridad!… Para que entre en mí un poco de salvación.
Soy Aglae, acuérdate de mí.
La mujer se queda en el fondo. Jesús sale severo. Mira a todos. Ve perplejidad en los discípulos, burla en los hebronitas.
Un siervo cierra el portón.
Jesús va recto por la calle. Llama a la sinagoga.
Se asoma un viejo malévolo. Ni siquiera le da tiempo a Jesús de hablar.
- La sinagoga está prohibida, en este lugar santo, para los que tienen comercio con las meretrices. ¡Fuera!.
Jesús se vuelve sin hablar y continúa caminando por la calle (los suyos van detrás) hasta que se encuentran fuera de Hebrón. Entonces hablan.
- Hay que decir que Tú te lo has buscado, Maestro - dice Judas - ¡Una meretriz!
- Judas, en verdad te digo que ella te superará. Y ahora, tú que me censuras, ¿qué me dices de los judíos? En los lugares más santos de Judea nos han escarnecido; nos han echado…
Pero es así. Llega el tiempo en que Samaría y los gentiles adorarán al verdadero Dios, y el pueblo del Señor estará manchado de sangre, y de un delito… de un delito respecto al cual el de las meretrices que venden su carne y su alma será poca cosa. No he podido orar ante los huesos de mis primos y del justo Samuel, pero no importa.
Reposad, huesos santos, regocijaos, oh espíritus que habitáis en ellos. La primera resurrección está cercana.
Luego vendrá el día en que seréis presentados a los ángeles como los espíritus de los siervos del Señor.
Jesús calla y todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Un fresco valle, rumoroso, de aguas que van hacia el Sur entre saltos y espumas de un pequeño torrente argentino, que asperja su risueña frescura sobre los menudos herbazales de las orillas; parece como si su linfa subiera también por las pendientes, por el verdor de éstas. Son las laderas una esmeralda de verde veteado, que sube, desde el nivel del suelo, a través de las matas y de los arbustos del monte bajo, hasta las copas de los altos árboles — entre los que hay muchos nogales —, del bosque propiamente dicho, todo salpicado de zonas abiertas intercaladas, rellanos verdes de hierba exuberante, pasto sano y nutritivo para el ganado. Jesús desciende, con los suyos y con los tres pastores, hacia el torrente.
Pacientemente se detiene cuando hay que esperar a una oveja que se queda rezagada o a uno de los pastores que debe ir por una cordera que se desvía. Ahora es
exactamente el Buen Pastor. También Él se ha procurado una larga rama para apartar los ramajes de las móreas y de los espinos y clemátides que salen al paso por todas partes tratando de atrapar los vestidos; ello completa su figura de pastor.
- ¿Ves? Yuttá está allá arriba. Ahora cruzaremos el torrente; hay un vado por el que se puede pasar en verano, sin necesidad de recurrir al puente. Habría sido más breve venir por Hebrón, pero no has querido.
- No. A Hebrón después. Siempre antes donde los que sufren. Los muertos ya no sufren, cuando son justos. Y Samuel era un justo. Además, para los muertos que necesitan oraciones, no es necesario estar junto a sus huesos para ofrecerlas. Los huesos, ¿qué son? Prueba del poder de Dios, que con la tierra creó al hombre. Nada más.
También los animales tienen huesos, aunque su esqueleto es menos perfecto que el del hombre. Sólo el hombre, rey de la creación, tiene posición erecta, como rey que está por encima de sus súbditos, y su rostro mira recto y hacia arriba sin necesidad de torcer el cuello; hacia arriba, donde está la morada del Padre. Pero no son más que huesos, polvo que vuelve a ser polvo. La Bondad eterna ha decidido reconstruirlos en el Día eterno para proporcionarles a los bienaventurados un gozo aún más vivo.
Pensad: no sólo los espíritus serán reunidos y se amarán como — y mucho más que — en la Tierra, sino que incluso gozarán de volverse a ver con el aspecto que tuvieron en la Tierra: los niños de pelo rizado y tiernos como los tuyos, Elías; los padres y las madres de un corazón y de un rostro todo amor como los vuestros, Leví y José. Es más, para ti, José, significará el conocer por fin esos rostros cuya nostalgia sientes. Ya no habrá huérfanos, ni viudos, entre los justos, allá arriba… En cualquier parte se puede ofrecer sufragio por los muertos. Es oración de un espíritu, por el espíritu de quien estaba con nosotros, al Espíritu perfecto, que es Dios y que está en todas partes.
¡Oh, santa libertad de todo lo que es espiritual! Ni distancias, ni destierros, ni prisiones, ni sepulcros… Nada que divida o encadene reduciendo a penosa impotencia lo que está fuera o por encima de las cadenas de la carne.
Vosotros vais, con la parte mejor de vosotros, a vuestras personas queridas; ellos, con su parte mejor, vienen a vosotros. Y todo gira, con esta efusión de espíritus que se aman, en torno al Fulcro eterno, a Dios: Espíritu perfectísimo, Creador de todo cuanto fue, es y será, Amor que os ama y os enseña a amar… Pero… hemos llegado al vado, creo. Veo una fila de piedras que sobresale de la poca agua del fondo.
- Sí, es aquél, Maestro. En tiempo de crecida es una cascada rumorosa, ahora no es más que siete hilos de agua que ríen entre las seis voluminosas piedras del vado.
En efecto, seis piedras de gran tamaño, bastante regulares, están depositadas, a un poco más de un palmo de distancia entre sí, sobre el fondo del torrente, y el agua, que hasta este punto formaba un única cinta brillante, se separa en siete cintas menores, dándose prisa, risueña, en reunirse, pasado el vado, en un único frescor que sigue su curso susurrando entre los cantos del fondo.
Los pastores vigilan el paso de las ovejas, de las cuales una parte pasa por encima de las piedras y otra parte prefiere meterse en el agua, de no más de un palmo de profundidad, y beber en esta diamantina ola que espuma y ríe.
Jesús pasa por las piedras y detrás de El los discípulos. Continúan caminando por la otra margen del torrente.
- ¿Me has dicho que quieres que Isaac sepa de tu presencia, pero sin entrar en el pueblo?.
- Sí, así lo deseo.
- Entonces conviene que nos separemos. Yo iré a verlo, Leví y José se quedarán con el rebaño y con vosotros. Subo por aquí. Tardaré menos.
- Elías afronta la subida de la abrupta pendiente, hacia unas casas que, arriba, muestran su blancura resplandeciendo al sol. Creo seguirlo. Ahí está, ante las primeras casas. Entra por una pequeña bocacalle entre casas y huertos. Continúa caminando algunas decenas de metros. Tuerce y va a dar a una calle más ancha, que lo lleva a una plaza.
No he dicho que todo esto sucede durante las primeras horas de la mañana. Lo digo ahora para explicar que en la plaza está todavía el mercado, y que amas de casa y vendedores se desgañitan en torno a los árboles que dan sombra a la plaza.
Elías camina con seguridad hasta el punto en que la plaza vuelve a ser calle; una calle bastante bonita, quizás la más bonita del pueblo. En la esquina hay una mísera casucha (mejor: una habitación con la puerta abierta). Casi en la puerta, una cama de pobre aspecto, y encima de ella un esquelético enfermo que, gimiendo, pide un óbolo a todos los que pasan.
Elías entra como un cohete.
- Isaac… soy yo.
- ¿Tú? No te esperaba. Has venido la pasada luna.
- Isaac… Isaac… ¿Sabes por qué he venido?
- No lo sé… Estás emocionado… ¿Qué sucede?
- He visto a Jesús de Nazaret, ya hombre, y rabí. Ha venido a buscarme… y quiere vernos. ¡Oh! ¡Isaac! ¿Te sientes mal?
Isaac parece amortecerse, pero toma nuevas fuerzas.
- No. La noticia… – dice - ¿Dónde está? ¿Cómo es? ¡Oh, si pudiera verlo!
- Está abajo, hacia el valle. Me manda a hablarte en estos términos, exactamente en éstos: "Ven, Isaac, que quiero verte y bendecirte". Ahora voy a llamar a alguien que me ayude a llevarte abajo.
- ¿Ha dicho eso?
- Eso. Pero, ¿qué haces?
- Me pongo en camino.
Isaac echa hacia arriba las cobijas, mueve las piernas inertes, las saca fuera del jergón, las apoya con fuerza en el suelo, se levanta, aún un poco inseguro y tambaleante. Todo en un instante, ante la mirada atónita de Elías… que acaba entendiendo y da un grito…
Se asoma una mujercita curiosa, ve al enfermo en pie, cubriéndose — no tiene otra cosa — con una de las cobijas, y se echa a correr gritando como una gallina.
- Vamos… vamos por aquí, para tardar menos y no toparnos con mucha gente… Rápido, Elías.
Y salen corriendo por la puertecita de un huertecillo posterior, empujan la puerta de ramas secas; están afuera; marchan rápidamente por una calleja miserable, luego abajo por un camino entre huertos, y continúan bajando, por los prados y arboledas, hasta el torrente.
- Allí está Jesús - dice Elías señalándolo - Aquél alto, hermoso, rubio, vestido de blanco, con el manto rojo…
Isaac corre, abre el rebaño que pace, y con un grito de triunfo, de alegría, de adoración, se postra a los pies de Jesús.
- Levántate, Isaac. He venido a traerte paz y bendición. Levántate, que quiero saber cómo es tu rostro.
Pero Isaac no puede levantarse. Han sido demasiadas emociones juntas. Se queda, con su feliz llanto, contra el suelo.
- Has venido inmediatamente. No te has preguntado si podías…
- Tú me has dicho que viniera… y he venido.
- Ni siquiera ha cerrado la puerta, ni ha recogido las limosnas, Maestro.
- No importa. Los ángeles estarán en su casa vigilando. ¿Estás contento, Isaac?
- ¡Oh, Señor!
- Llámame Maestro.
- Sí, Señor, Maestro mío. Aunque no estuviera curado, me habría sentido dichoso de verte. ¿Cómo he podido obtener de ti tanta gracia?
- Por tu fe y paciencia, Isaac. Sé lo que has sufrido…
- ¡Nada, nada! ¡Ya nada! ¡Te he encontrado a ti! ¡Vives! ¡Existes! Esto sí que es real… Lo demás, todo lo demás, pertenece al pasado. Pero, Señor y Maestro, ahora ya no te vas, ¿verdad?.
- Isaac, tengo todo Israel que evangelizar. Yo parto… Pero, si bien es cierto que no puedo quedarme, tú sí me puedes servir y seguir. ¿Quieres ser mi discípulo, Isaac?
- ¡No voy a servir!
- ¿Sabrás confesar mi presencia en el mundo?, ¿confesarlo contra las burlas y las amenazas?, ¿y decir que Yo te he llamado y has venido?
- Aunque Tú no quisieras, diría todo eso. En esto te desobedecería, Maestro. Perdona que lo diga. Jesús sonríe.
-¿Ves como eres capaz de ser discípulo?.
- ¡Oh, si sólo es para hacer esto!… Creía que era más difícil, que se necesitase ir a aprender con los rabíes para servirte a ti, Rabí de los rabíes… E ir a aprender cuando se es anciano… - efectivamente, el hombre tiene al menos cincuenta años.
- Tú ya has aprendido todo lo que se enseña en una escuela, Isaac.
- ¿Yo? No.
- Tú, sí. ¿No has seguido creyendo y amando, respetando y bendiciendo a Dios y al prójimo, evitando tener envidias, o desear lo ajeno, e incluso lo que era tuyo y ya no tenías? ¿No has seguido diciendo sólo la verdad, aunque ello te perjudicase?
¿No has evitado fornicar con Satanás cometiendo pecados? ¿No has hecho todo esto en estos treinta años de desventura?
- Sí, Maestro.
- ¿Ves? Ya has concluido los estudios. Sigue así y añade la manifestación de mi presencia en el mundo. No hay nada más que hacer.
- Ya te he predicado. Señor Jesús. A los niños que se acercaban cuando, sin apenas poder tenerme en pie, llegué a este pueblo pidiendo un pan y haciendo todavía algunos trabajos de esquilador o haciendo productos lácteos, y luego, cuando venían alrededor de mi cama, cuando ya la enfermedad se había hecho fuerte y me había aniquilado desde la cintura para abajo. Les hablaba de ti a los niños de entonces y a los niños de ahora, hijos de aquellos…
Los niños son buenos y creen siempre… Hablaba de cuándo habías nacido… de los ángeles… de la Estrella y de los Magos… y de tu Madre… ¡Dime!: ¿vive?
- Vive y te envía saludos. Siempre hablaba de vosotros.
- ¡Quién pudiera verla!
- La verás. Irás un día a mi casa. María te saludará con la palabra "amigo".
- María… sí. Decir ese nombre es como tener miel en la boca… Hay una mujer en Yuttá — ahora es ya mujer, madre, desde hace poco, de su cuarto hijo —, que entonces era una niña, una de mis pequeñas amigas… Bueno, pues a sus hijos les ha puesto por nombre: María y José a los dos primeros, y, no atreviéndose a llamar al tercero Jesús, lo ha llamado Emmanuel, como signo de bendición para sí misma, para su casa y para Israel. Y está pensando en qué nombre ponerle al cuarto, que ha nacido hace seis días. ¡Ah, cuando sepa que estoy curado, y que Tú estás aquí!…
Buena como el pan hecho por la propia madre es Sara, e igualmente Joaquín, su esposo. ¿Y sus familiares? Por ellos estoy vivo. Siempre me han dado posada y me han ayudado.
- Vamos adonde ellos a pedir alojamiento para las horas de sol y llevarles bendición por su caridad.
- Por aquí, Maestro. Más cómodo para el rebaño y más oportuno para pasar desapercibido a la gente, que ciertamente está agitada. La anciana que me ha visto ponerme en pie está claro que ha hablado. Siguen el torrente; lo dejan más al sur para tomar un sendero en subida más bien pronunciada a lo largo de un espolón del monte en forma de quilla de nave. Ahora el torrente va en dirección contraria a quien sube; discurre en el fondo, entre dos cadenas montañosas que se entrecruzan formando un valle accidentado y hermoso.
Reconozco el lugar. Es inconfundible. Es el de la visión de Jesús y los niños que tuve la pasada primavera. La consabida tapia sin argamasa delimita la propiedad que desciende bruscamente hacia el valle. Ahí están los prados con los manzanos, las higueras y los nogales. Ahí está la casa, blanca sobre verde, con su ala saliente que protege la escalera formando un pórtico y mirador. Ahí está la pequeña cúpula en la parte más alta, y el huerto-jardín, con el pozo, la pérgola, los cuadros…
Un gran murmullo sale de la casa. Isaac se adelanta, entra, llama con fuerte voz:
- ¡María, José, Emmanuel! ¿Dónde estáis? Venid aquí con Jesús.
Acuden tres críos: una niña de casi cinco años y dos niños de los cuatro a los dos, el último todavía con el paso un poco inseguro. Se quedan con la boca abierta ante el… resucitado. Luego la niña grita:
- ¡Isaac! ¡Mamá! ¡Isaac está aquí! ¡Es verdad lo que ha visto Judit!
De una habitación donde hay gran murmullo de voces, sale una mujer. Es la madre de lozano aspecto, morena, alta, exuberante, de la ya lejana visión; hermosa toda con sus vestidos de fiesta: un vestido de cándido lino, como una rica túnica, que desciende hasta los tobillos formando pliegues, ceñida a las opulentas caderas por un chal de rayas multicolores que modela sus muslos estupendos, que pende con flecos hasta la rodilla, por detrás, y que queda entreabierto por delante después de cruzarse a la altura de la cintura bajo una fíbula de filigrana. Un velo ligero con ramas de rosas pintadas sobre un fondo marfileño está fijado a sus trenzas negras, como un pequeño turbante, y luego desciende desde la nuca, formando ondas y pliegues, por los hombros y sobre el pecho; está ceñido a la cabeza por una pequeña corona de medallitas unidas entre sí por una cadena. Pendientes de pesados anillos cuelgan de sus orejas. La túnica está abrochada al cuello por un collar de plata pasado entre unos ojales del vestido. En los brazos lleva también pesadas pulseras de plata.
- ¡Isaac! ¿Pero cómo es posible? Judit… Creía que el sol le había hecho perder la cabeza… ¡Andas!… ¿Qué sucedió?
- ¡El Salvador! ¡Oh! ¡Sara! ¡Él es ya una realidad y ha venido!
- ¿Quién? ¿Jesús de Nazaret? ¿Dónde está?
- ¡Allí, detrás del nogal! ¡Y dice que si lo puedes recibir!
- ¡Joaquín! ¡Madre! ¡Todos! ¡Venid! ¡Está aquí el Mesías!
Salen todos corriendo: mujeres, hombres, muchachos, niños; salen dando gritos, chillando… Pero, al ver a Jesús, alto y majestuoso, pierden toda vehemencia y quedan como petrificados.
- Paz a esta casa y a todos vosotros. La paz y la bendición de Dios - Jesús se dirige, despacio, sonriente, hacia el grupo de personas - Amigos, ¿queréis recibir en vuestra casa al Viandante? - y sonríe aún más.
Su sonrisa vence los temores. El esposo tiene el valor de hablar:
- Entra, Mesías. Te hemos amado sin conocerte, más te amaremos conociéndote. La casa hoy está de fiesta por tres cosas: por ti, por Isaac, y por la circuncisión de mi tercer hijo varón. Bendícelo, Maestro. ¡Mujer, trae al niño! Entra, Señor.
Entran en una estancia adornada para fiesta: mesas, viandas, alfombras y ramilletes por todas partes.
Vuelve Sara con un lindo recién nacido en los brazos, y se lo presenta a Jesús.
- Dios esté con él, siempre. ¿Qué nombre tiene?
- Ninguno. Ésta es María, éste es José, éste es Emmanuel, éste… no tiene nombre todavía…
Jesús mira fijamente a los dos esposos, uno al lado del otro. Sonríe diciendo:
- Pensad un nombre, si hoy debe ser circuncidado…
Los dos se miran, lo miran, abren los labios, los cierran sin decir nada. Todos están atentos.
Jesús insiste:
- Muchos nombres grandes, dulces, benditos, tiene la historia de Israel. Los más dulces y benditos ya han sido puestos, pero quizás quede todavía alguno.
A una voz los dos esposos exclaman:
-¡El tuyo, Señor! - y la esposa añade - Pero es demasiado santo…
Jesús sonríe y pregunta:
-¿Cuándo se le circuncida?.
- Estamos esperando al que lo hace.
- Estaré presente en la ceremonia. Bien, antes de nada os doy las gracias por mi Isaac. Ahora ya no tiene necesidad de los buenos, pero los buenos siguen teniendo necesidad de Dios. Llamasteis al tercero "Dios con nosotros". A Dios lo tuvisteis desde que tuvisteis caridad con mi siervo. Benditos seáis. En la Tierra y en el Cielo será recordada vuestra acción.
- ¿Isaac se va ahora? ¿Nos deja?
- ¿Os duele? Él debe servir a su Maestro. No obstante, volverá, y Yo también vendré. Vosotros, entre tanto, hablaréis del Mesías… ¡Hay tanto que decir para convencer al mundo!… Llega la persona que esperábamos.
Entra un personaje pomposo con un sirviente. Saludos y reverencias.
- ¿Dónde está el niño? - pregunta con altiva gravedad.
- Aquí está. Pero antes saluda al Mesías, está aquí.
- ¿El Mesías?… ¿El que ha curado a Isaac? Ya, ya sé. Hablaremos de esto en otro momento. Tengo mucha prisa. El niño y su nombre.
Los presentes se sienten desazonados por los modales del hombre. Jesús, sin embargo, sonríe como si los desaires no tuvieran que ver con Él. Toma al pequeñuelo, le toca en la frentecita con sus hermosos dedos, como para consagrarlo, y dice:
- Su nombre es Iesaí – y se lo vuelve a dar al padre, el cual, con el hombre soberbio y con otros, va a una habitación cercana. Jesús se queda donde está hasta que vuelven con el infante, que viene chillando desesperadamente.
- Dame al pequeñuelo, mujer. Dejará de llorar - dice para consolar a la angustiada madre. El niño, depositado en las rodillas de Jesús, efectivamente se calla.
Jesús forma un grupo aparte, con todos los niños alrededor y luego los pastores y los discípulos. Afuera se oye balar a las ovejas (Elías las ha metido en el aprisco). En la casa hay rumor de fiesta. Traen dulces y bebidas a Jesús y a los suyos. Pero Jesús distribuye éstas entre los pequeños.
- ¿No bebes Maestro? ¿No lo aceptas? Te lo damos de corazón.
- Lo sé, Joaquín, y lo acepto de corazón. Pero déjame que primero dé gusto a los pequeñuelos; ellos constituyen mi alegría…
- No hagas caso de ese hombre, Maestro.
- No, Isaac. Ruego porque vea la Luz. Juan, lleva a los dos niños a ver las ovejas. Y tú, María, acércate más y dime:
¿Quién soy Yo?
- Tú eres Jesús, Hijo de María de Nazaret, nacido en Belén. Isaac te vio y me puso el nombre de tu Mamá para que yo fuera buena.
- Tienes que ser buena como el ángel de Dios, más pura que una azucena florecida en las altas cumbres, pía como el levita más santo, para imitarla. ¿Lo serás?.
- Sí, Jesús.
- Di "Maestro" o "Señor", niña.
- Deja que me llame con mi Nombre, Judas. Sólo pasando por labios inocentes no pierde el sonido que tiene en los labios de mi Madre. Todos, en los siglos futuros, pronunciarán ese Nombre, pero unos por un interés, otros por otro, y muchos para hacerlo objeto de blasfemia. Sólo los inocentes, sin cálculo y sin odio, lo pronunciarán con amor semejante al de esta pequeña y al de mi Madre. Incluso los pecadores, sintiéndose necesitados de piedad, me invocarán. ¡Sin embargo, mi Madre y los niños…! ¿Por qué me llamas Jesús? - pregunta, acariciando a la pequeña.
- Porque te quiero… como a mi padre, a mamá y a mis hermanitos - dice abrazando las rodillas de Jesús y riendo con la carita levantada.
- Y Jesús se inclina y la besa… y así todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Las alturas se hacen mucho más elevadas y boscosas que las de Belén; suben cada vez más, transformándose en una verdadera cadena montañosa. Jesús va el primero, proyectando su mirada hacia delante y alrededor, como buscando algo. No habla. Escucha más las voces del arbolado que las de los discípulos, que van unos metros detrás de Él hablando bajo entre sí. Una esquila suena lejana, pero el viento porta su campanilleo. Jesús sonríe. Se vuelve:
- Oigo algunas ovejas - dice.
- ¿Dónde, Maestro?
- Me parece que hacia aquella colina. Pero el bosque no me deja ver.
Juan, sin decir una palabra, se quita la túnica — el manto lo llevan todos en bandolera, enrollado, porque tienen calor
—, se queda sólo con la prenda corta, y abraza un tronco alto y liso (yo diría que es de fresno), y sube, sube… hasta que puede ver:
- Sí, Maestro. Hay muchos rebaños y tres pastores; allí, detrás de aquella espesura.
Baja, y ya caminan seguros.
- ¿Serán ellos?
- Preguntaremos, Simón; si no son, nos sabrán decir algo… Se conocen entre ellos.
Unos cien metros más. Luego un amplio pacedero verde, del todo circundado de gruesos árboles añosos. Se ven muchas ovejas en el prado ondulado, rozando la abundante hierba. Tres hombres las custodian. Uno es anciano, ya completamente cano, los otros tienen: uno, aproximadamente, treinta años; el otro, unos cuarenta.
- Cuidado, Maestro. Son pastores… - dice Judas con tono de consejo, al ver que Jesús acelera el paso.
Pero Jesús ni siquiera responde. Continúa, alto, hermoso, dándole el sol de poniente en el rostro, con su túnica blanca.
Se le ve tan luminoso, que parece un ángel…
- La paz esté con vosotros, amigos - saluda en llegando al lindero del prado.
Los tres se vuelven sorprendidos. Silencio. Luego el anciano pregunta:
- ¿Quién eres?.
- Uno que te ama.
- Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?
- De Galilea.
- ¿De Galilea? ¡Ah! - El hombre lo mira atentamente — también los otros se han acercado — De Galilea - repite el pastor, y añade en voz baja como para sí mismo - También El venía de Galilea… ¿De qué lugar, Señor?.
- De Nazaret.
- ¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre (que flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá)? Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que… yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!
-¿Por qué dices que el que huyera ha sido una gran fortuna para el mundo?
- Porque Él era el Salvador, el Mesías, y Herodes lo quería muerto. Yo no estaba cuando huyó con su padre y su madre…
Cuando tuve noticias de la matanza y volví — porque yo también tenía hijos (un sollozo), Señor, y mujer (sollozo) y sentía que los habían matado (otro sollozo), pero te juro por el Dios de Abraham, que temblaba por El más que por mi misma carne —, supe que había huido, y ni siquiera pude preguntar, ni siquiera pude recoger a mis criaturas degolladas… Me apedreaban como a un leproso, como a un inmundo, como a un asesino… Y tuve que huir a los bosques, llevar una vida de lobo… hasta que encontré a un propietario de ganado. ¡Oh, pero no es como era Ana!…
Es duro y cruel… Si una oveja se disloca una pata, si el lobo se me lleva un cordero, o recibo palos hasta sangrar o me quita mi poca paga o debo trabajar en los bosques para otros, hacer algo, pero pagar, siempre el triple del valor. Pero no importa. Siempre le he dicho al Altísimo: "Que yo pueda ver a tu Mesías. Que al menos pueda saber que vive, y todo lo demás no es nada". Señor, te he referido cómo me trataron los de Belén y cómo me trata el patrón. Habría podido devolver mal por mal, o hacer el mal, robando, para no sufrir a causa del patrón. Pero sólo he querido perdonar, sufrir, ser honesto, porque los ángeles dijeron: "Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de
buena voluntad".
- ¿Dijeron eso exactamente?
- Sí, Señor, créelo tú, tú al menos, que eres bueno. Conoce tú al menos, y cree, que el Mesías ha nacido. Nadie quiere creerlo ya. Pero los ángeles no mienten… y nosotros no estábamos borrachos como decían. Éste, ¿ves?, era un niño entonces, y fue el primero que vio al ángel. Sólo bebía leche. ¿Puede la leche emborracharlo a uno? Los ángeles dijeron: "Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador que es Cristo, el Señor. Lo reconoceréis por esto: encontraréis a un Niño recostado en un pesebre, envuelto en pañales".
- ¿Dijeron eso exactamente? ¿No entendisteis mal? ¿No os equivocáis, después de tanto tiempo?
- ¡Oh, no! ¿Verdad, Leví? Para no olvidarlo — ya de por sí no habríamos podido, porque eran palabras del Cielo y se escribieron con el fuego del Cielo en nuestros corazones — todas las mañanas, todas las tardes, cuando sale el Sol, cuando brilla la primera estrella, las recitamos como oración, como bendición, como fuerza y consuelo, con el Nombre de Él y de su Madre.
- ¡Ah!, ¿decís: "Cristo"?
- No, Señor. Decimos: "Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, por Jesucristo que nació de María en un establo de Belén y que, siendo el Salvador del mundo, estaba envuelto en pañales en un pesebre".
- Pero, en definitiva, ¿vosotros a quién buscáis?
- A Jesucristo, Hijo de María, el Nazareno, el Salvador.
- Soy Yo - A Jesús se le ilumina el rostro al manifestarse a estos tenaces amantes suyos. Tenaces, fieles, pacientes.
- ¡Tú! ¡Oh! ¡Señor, Salvador, Jesús nuestro! — los tres se han arrojado al suelo y besan los pies de Jesús, llorando de alegría.
- Alzaos. Álzate, Elías, y tú, Leví, y tú, que no sé quién eres.
- José. Hijo de José.
- Éstos son mis discípulos. Juan es galileo; Simón y Judas, judíos.
Los pastores ya no están rostro en tierra, pero sí todavía de rodillas, echados hacia atrás sobre los calcañares. Adoran al
Salvador, con ojos de amor, labios temblorosos de emoción, rostros empalidecidos, o enrojecidos, de alegría.
Jesús se sienta en la hierba.
- No, Señor. En la hierba Tú no, Rey de Israel.
- No os preocupéis, amigos. Soy pobre; un carpintero, para el mundo. Rico sólo de amor para el mundo, y del amor que los buenos me dan. He venido a estar con vosotros, a partir con vosotros el pan de la noche, a dormir a vuestro lado sobre el heno, a recibir consuelo de vosotros…
- ¡Oh, consuelo! Somos incultos y estamos perseguidos.
- Yo también lo estoy. No obstante, vosotros me dais lo que busco: amor, fe y esperanza que resiste durante años y florece. ¿Veis? Habéis sabido esperarme, creyendo sin ninguna duda que era Yo. Y Yo he venido.
- ¡Oh, sí! Has venido. Ahora, aunque muera, ya nada me causa la pena de algo esperado y no obtenido.
- No. Elías. Tú vivirás hasta después del triunfo del Cristo. Tú, que has visto mi alba, debes ver mi fulgor. ¿Y los otros?
Erais doce: Elías, Leví, Samuel, Jonás, Isaac, Tobías, Jonatán, Daniel, Simeón, Juan, José, Benjamín. Mi Madre me repetía siempre vuestros nombres como los de mis primeros amigos.
- ¡Oh! - Los pastores están cada vez más conmovidos.
- ¿Dónde están los demás?
- El anciano Samuel, muerto, de viejo, hace veinte años. A José lo mataron por combatir en la puerta del aprisco para dar tiempo a su esposa, madre desde hacía pocas horas, de huir con éste, que yo recogí por amor de mi amigo, y por… por seguir teniendo niños a mi alrededor. También tomé conmigo a Leví… lo perseguían. Benjamín es pastor en el Líbano con Daniel.
Simeón, Juan y Tobías, que ahora se hace llamar Matías en recuerdo de su padre, al cual también lo mataron, son discípulos de Juan. Jonás está en la llanura de Esdrelón, al servicio de un fariseo. Isaac tiene la espalda hecha cisco, está en la absoluta miseria
y solo, está en Yuttá. Le ayudamos como podemos… pero estamos todos en la ruina y es como gotas de rocío en un incendio.
Jonatán es ahora siervo de un noble de Herodes.
- ¿Cómo habéis logrado, especialmente Jonatán, Jonás, Daniel y Benjamín, conseguir estos trabajos?
- Me acordé de Zacarías, tu pariente… Tu Madre me había enviado a él. Cuando nos volvimos a juntar en las gargantas de Judea, fugitivos y malditos, los llevé donde Zacarías. Fue bueno. Nos protegió, nos dio de comer. Nos buscó un patrón como pudo. Yo ya había recibido del herodiano todo el rebaño de Ana… y me quedé a su servicio… Cuando el Bautista llegó a la edad madura y empezó a predicar, Simeón, Juan y Tobías se fueron con él.
- Pero ahora el Bautista está prisionero.
- Sí. Y ellos vigilan en torno a Maqueronte, con un puñado de ovejas para no levantar sospechas; ovejas que les ha dado un hombre rico, discípulo de Juan, tu pariente.
- Quisiera verlos a todos.
- Sí, Señor. Iremos a decirles: "Venid, Él vive, Él se acuerda de nosotros y nos ama".
- Y os quiere entre sus amigos.
- Sí, Señor.
- Pero, en primer lugar, iremos adonde Isaac. Samuel y José ¿dónde están enterrados?
- Samuel en Hebrón. Quedó al servicio de Zacarías. José… no tiene tumba, Señor. Lo quemaron con la casa.
- Pronto estará en la Gloria, no entre las llamas de los crueles, sino entre las llamas del Señor, Yo os lo digo; a ti, José, hijo de José, te lo digo. Ven, que Yo te bese para decir gracias a tu padre.
- ¿Y mis hijos?
- Ángeles, Elías. Ángeles que repetirán el "Gloria" cuando el Salvador sea coronado.
- ¿Rey?
- No. Redentor. ¡Oh, cortejo de justos y santos! ¡Y delante las falanges blancas y purpúreas de los párvulos mártires!
Una vez abiertas las puertas del Limbo, subiremos juntos al Reino inmortal. ¡Y luego iréis vosotros y volveréis a encontrar padres, madres e hijos en el Señor! Creed.
- Sí, Señor.
- Llamadme Maestro. Llega la noche, nace la primera estrella. Di tu oración antes de la cena.
- No yo. Tú.
- Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad que han merecido ver la Luz y servirla. El Salvador se encuentra entre ellos. El Pastor de la estirpe real está en medio de su rebaño. La Estrella de la mañana ha nacido. ¡Regocijáos, justos, regocijáos en el Señor! Él, que ha hecho la bóveda de los cielos y los ha sembrado de estrellas, Él, que puso como límite de las tierras los mares, Él, que ha creado los vientos y los rocíos, y regulado el curso de las estaciones para dar pan y vino a sus hijos, ved cómo ahora os manda un Alimento más elevado: el Pan vivo que baja del Cielo, el Vino de la eterna Vid. Venid, vosotros, primicias de mis adoradores, venid a conocer al Padre en verdad para seguirlo en santidad y obtener así eterno premio.
Jesús ha orado en pie con los brazos extendidos; los discípulos y los pastores están de rodillas.
Después se distribuye pan y una escudilla de leche acabada de ordeñar, y, dado que son tres los tazones — o calabazas vaciadas, no lo sé —, primero comen Jesús, Simón y Judas; luego Juan (al cual Jesús le pasa su taza) con Leví y José; Elías come el último.Las ovejas no pastan más, se reúnen en un gran grupo compacto en espera de ser conducidas quizás a su aprisco. Sin embargo, veo que los tres pastores las conducen al bosque, debajo de un rústico cobertizo de ramas cercado con cuerdas. Ellos se ponen a prepararles a Jesús y a los discípulos un lecho de heno.
Se encienden algunos fuegos, tal vez para los animales
salvajes. Judas y Juan, cansados, se echan; al poco tiempo ya están dormidos. Simón querría hacerle compañía a Jesús, pero al cabo de un poco él también se queda dormido, sentado en el heno y con la espalda apoyada en un poste. Permanecen despiertos Jesús y los pastores. Y hablan: de José, de María, de la huida a Egipto, del regreso… Luego, después de estas
preguntas de amor, llegan las preguntas más elevadas: ¿qué hacer para servir a Jesús?, ¿cómo hacerlo ellos, rudos pastores?
Y Jesús instruye y explica:
- Ahora Yo voy por Judea. Los discípulos os tendrán siempre al corriente. Después os llamaré. Entretanto, reuníos. Que cada uno tenga noticias de los demás y que sepan que Yo estoy en el mundo, como Maestro y Salvador; y, como podáis, manifestadlo a otras gentes. No os prometo que seréis creídos. Yo he recibido escarnio y golpes, vosotros también los recibiréis.
Pero, de la misma forma que habéis sabido ser fuertes y justos en esta espera, sedlo más aún ahora que sois míos. Mañana iremos hacia Yuttá. Luego a Hebrón. ¿Podéis venir?.
- ¡Oh, sí! Los caminos son de todos y los pastos son de Dios. Sólo Belén nos está vedada, a causa de un odio injusto. Los otros pueblos saben todo… pero se conforman con burlarse de nosotros llamándonos borrachos. Por eso poco podremos hacer aquí».
- Os llamaré a otro lugar. No os abandonaré.
- ¿Durante toda la vida?
- Durante toda mi vida.
- No. Antes moriré yo, Maestro. Soy viejo.
- ¿Tú crees? Yo no. Uno de los primeros rostros que vi fue el tuyo, Elías. Uno de los últimos será. Me llevaré conmigo en mi pupila tu rostro desencajado a causa del dolor por mi muerte. Pero luego será el tuyo el que lleve en el corazón lo radiante de una mañana triunfal, y con él esperarás la muerte… La muerte: el encuentro eterno con el Jesús que adoraste cuando era
pequeñito. También entonces los ángeles cantarán el Gloria: "por el hombre de buena voluntad".