por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Una clarísima aurora estiva. Más que aurora, ya infancia de día, porque el sol ya ha dejado todo límite de horizonte y sube cada vez más, sonriéndole a la tierra sonriente. No hay tallito que no ría con destellos de rocío. Parece como si los astros nocturnos se hubieran pulverizado, para ser oro y gemas en todos los tallos, en todas las frondas, y hasta incluso sobre las piedras esparcidas en el suelo, con sus escamitas silíceas, humedecidas por el rocío, que parecen polvos de tocador hechos de diamante, o polvo de oro.
Jesús y Simón andan por un camino que se aleja de la calzada principal haciendo una V Se dirigen hacia unos magníficos huertos de árboles frutales, y espléndidos campos de lino tan alto como un hombre, ya cercano a la siega; otros campos, más lejanos, muestran sólo un gran rojear de amapolas entre la amarillez de los rastrojos.
-Estamos ya en la propiedad de mi amigo. Como puedes ver, Maestro, la distancia estaba dentro de la prescripción de la Ley. Jamás me habría permitido un engaño contigo. Detrás de aquel pomar está el muro que circunda el jardín; dentro está la casa. Te he traído por este atajo precisamente para no salirnos de la milla prescrita.
-¿Es muy rico tu amigo!
-Mucho. Pero no es feliz. Su casa tiene propiedades en otros lugares.
-¿Es fariseo?
-Su padre no lo era. Él… es muy observante. Ya te lo he dicho: un verdadero israelita.
Andan un poco más. Se ve un alto muro. Luego, al otro lado, árboles y más árboles, entre los cuales apenas si se ve la casa. El terreno aquí se eleva un poco, pero no tanto como para permitirle a la vista penetrar en el jardín, tan vasto que podríamos llamarle "parque".
Dan la vuelta a la esquina. El muro prosigue igual, dejando descender desde su parte alta ramas despeinadas de rosas y jazmines llenas de fragancia y esplendor en sus corolas bañadas de rocío.
Llegan a la sólida puerta de hierro forjado. Simón golpea con el pesado aldabón de bronce.
-Es una hora muy temprana para entrar, Simón - objeta Jesús.
-¡Pero si mi amigo, que sólo encuentra alivio en su jardín o entre los libros, se levanta nada más salir el sol! La noche es para él un tormento. No tardes más, Maestro, en darle tu alegría.
Un criado abre la puerta.
-¡Hola, Aseo! Dile a tu jefe que Simón el Zelote ha venido con su Amigo.
El criado los invita a entrar diciendo: «Vuestro siervo os saluda. Entrad, que la casa de Lázaro está abierta para los amigos». Luego se marcha corriendo.
Simón, que conoce bien el lugar, se dirige no hacia el paseo central sino hacia un sendero que entre rosales lleva a una pérgola de jazmines.
Y de allí, en efecto, sale Lázaro poco después. Está delgado y pálido, como siempre lo he visto; alto, pelo corto ni tupido ni rizado, barba rala apenas limitada a la barbilla. Viste de lino blanquísimo y anda con dificultad, como si le dolieran las piernas.
Cuando ve a Simón, hace un gesto de afectuoso saludo, y luego, como puede, corre hacia Jesús y se hinca de rodillas, y se inclina profundamente para besar el borde del vestido de Jesús, diciendo:
-No soy digno de tanto honor, pero, puesto que tu santidad se humilla hasta mi miseria, ven, mi Señor, entra, y sé dueño en mi pobre casa.
-Levántate, amigo. Recibe mi paz.
Lázaro se levanta y besa las manos de Jesús y lo mira con veneración no exenta de curiosidad. Caminan hacia la casa.
-¡Cuánto te he esperado, Maestro! Cada alba decía: "Hoy vendrá", y cada noche decía: "¡Tampoco hoy lo he visto!"».
-¿Por qué me esperabas con tanta ansia?
-Porque… ¿qué esperamos nosotros, los israelitas, sino a ti?
-¿Y tú crees que Yo soy el Esperado?
-Simón no ha mentido jamás, y no es un muchacho que se exalte por quimeras. La edad y el dolor lo han hecho maduro como un sabio. Y, además… aunque él no te hubiera conocido por la verdad de tu ser, tus obras habrían hablado y te habrían llamado "Santo". Quien hace las obras de Dios debe ser hombre de Dios. Y Tú las haces. Y las haces de un modo que dice cuánto eres Tú el Hombre de Dios. Él, mi amigo, fue a ti por la fama de milagros y obtuvo un milagro. Y sé que tu camino está marcado con otros milagros. ¿Por qué no creer entonces que eres el Esperado? ¡Oh, es tan dulce creer lo bueno! De muchas cosas que no son buenas debemos fingir creer que lo son, por amor a la paz, por no poderlas cambiar; debemos mostrar que creemos muchas palabras falsas, que parecen halagos, alabanzas, benignidad, y son por el contrario sarcasmo y censura, veneno recubierto de miel; debemos mostrar que las creemos aun sabiendo que son veneno, censura y sarcasmo…, debemos hacerlo porque… no se puede actuar de otra manera y somos débiles contra todo un mundo que es fuerte, y estamos solos contra todo un mundo que, como enemigo, está contra nosotros… ¿Por qué, entonces, tener dificultad en creer lo bueno? Pero es que, además, estamos en la plenitud de los tiempos y los signos de los tiempos se dan. Y cuanto pudiera faltar para robustecer la fe y hacerla impasible ante la duda, lo pone nuestra voluntad de creer y de aplacar nuestro corazón en la certeza de que la espera ha terminado y de que el Redentor está entre nosotros; está entre nosotros el Mesías… Aquel que devolverá la paz a Israel y a los hijos de Israel, Aquel que… hará que muramos sin angustia, sabiendo que hemos sido redimidos, y que vivamos sin ese aguijón de nostalgia por nuestros muertos… ¡Oh…, los muertos! ¿Por qué sentir pena por ellos, sino porque no tienen ya a sus hijos y todavía no tienen a su Padre y Dios?-¿Hace mucho que se te ha muerto tu padre?
-Tres años. Y siete que se me murió mi madre… Pero ya hace algo de tiempo que no los compadezco… Yo mismo quisiera estar donde espero que estén ellos aguardando el Cielo.
-No tendrías, entonces, como huésped al Mesías.
-Es cierto. Ahora yo soy más que ellos porque te tengo… y el corazón se aplaca con esta alegría. Entra, Maestro.
Concédeme el honor de hacer de mi casa la tuya. Hoy es sábado y no puedo honrarte convidando a amigos…
-No lo deseo. Hoy soy todo para el amigo común de Simón y mío.
Entran en una hermosa sala, donde unos criados están preparados para recibirlos.
-Os ruego que los sigáis - dice Lázaro - Podréis reponer fuerzas o tomar algo fresco antes de la comida matutina.
Y, mientras Jesús y Simón van a otro lugar, Lázaro da órdenes a los siervos. Comprendo que la casa es rica, y señorial además de rica…
…Jesús bebe leche (Lázaro quiere servírsela personalmente a toda costa antes de sentarse para la comida matutina).
Veo que Lázaro se vuelve a Simón y le dice:
-He encontrado al hombre que está dispuesto a adquirir tus bienes, y al precio que tu intendente ha estimado justo. No quita ni una dracma.
-Pero ¿está dispuesto a observar mis cláusulas?
-Está dispuesto. Acepta todo, con tal de estar en esas tierras. Y yo me alegro porque al menos sé con quién confino. No obstante, de la misma forma que tú deseas permanecer al margen en la venta, él desea que no sepas quién es. Te ruego que secundes este deseo suyo.
-No veo motivo para no hacerlo. Tú, amigo mío, harás mis veces… Todo lo que hagas estará bien. Me conformo sólo con que mi servidor fiel no se quede en la calle… Maestro, yo vendo, y, por lo que a mi respecta, me siento feliz de no tener ya nada que me ligue a ninguna cosa que no sea servirte a ti. Pero tengo un viejo criado fiel, el único que ha quedado después de mi desventura y que - ya te lo dije - me ayudó siempre en los momentos de segregación, cuidando de mis bienes como de los propios, haciéndolos incluso pasar con la ayuda de Lázaro por propios para salvármelos y poder socorrerme con ellos.
Ahora no sería justo que yo lo despidiera sin casa, ahora que es anciano. He decidido que una pequeña casa, en las lindes de la propiedad, se quede para él y que parte de la suma se le dé para su sustento futuro. Los viejos, ya sabes, son como la hiedra: cuando han vivido siempre en un lugar, sufren demasiado si se les aleja de él. Lázaro lo quería consigo, porque Lázaro es bueno, pero he preferido hacer esto. Sufrirá menos el anciano…
-Tú también eres bueno, Simón. Si todos fueran justos como tú, resultaría más fácil mi misión…» observa Jesús. -¿Sientes que el mundo es reacio, Maestro? - pregunta Lázaro.
-¿El mundo?… No. La fuerza del mundo: Satanás. Si él no fuera dueño de los corazones y los tuviera en su poder, Yo no encontraría resistencia. Pero el Mal está en contra del Bien, y tengo que vencer en cada uno al mal para introducir en ellos el bien… y no todos quieren.
-Es cierto. ¡No todos quieren! Maestro, ¿qué palabras encuentras para el culpable; para convertirlo, para doblegarlo?
¿Palabras de severa reprobación como las que llenan la historia de Israel hacia los culpables - el último que las usa es el Precursor - o por el contrario palabras de piedad?
-Practico el amor y la misericordia. Cree, Lázaro, que para quien a caído tiene más poder una mirada de amor que una maldición.
-¿Y si el amor es objeto de burla?
-Seguir insistiendo. Insistir hasta el extremo. Lázaro, ¿conoces las tierras traidoras que se tragan a los incautos?
-Sí. Lo he leído - en el estado en que me encuentro leo mucho, por pasión y por pasar las largas horas de insomnio. Sí, he leído acerca de ellas. Sé que existen en Siria y en Egipto, y otras en donde los caldeos, y sé que son como ventosas, aspiran cuando hacen presas. Un romano dice que son bocas del Infierno, habitadas por monstruos paganos. ¿Es verdad?
-No es verdad. No son más que especiales formaciones del suelo terrestre. El Olimpo no tiene nada que ver aquí.
Dejará de creerse en el Olimpo y aquéllas seguirán existiendo, y el progreso del hombre no podrá más que proporcionar una explicación más verídica del hecho, pero no eliminarlo. Ahora Yo te digo: De la misma forma que has leído acerca de esas tierras, habrás leído también de qué manera puede salvarse quien cae en ellas.
-Sí, lanzándole una soga, o con una estaca o una rama. En ocasiones es suficiente poco para darle al que se está hundiendo eso mínimo que necesita para mantenerse, que es además ese mínimo imprescindible para que esté tranquilo, sin movimientos convulsivos, mientras espera un socorro mayor.
-Pues bien. El culpable, el que está en manos de Satanás, es como si sufriera la succión de un suelo engañoso (cubierto de flores en la superficie, pero lodo movedizo por debajo). ¿Tú crees que, si uno supiera qué significa poner aunque sólo fuera un átomo de sí mismo en manos de Satanás, lo haría? Pero no sabe… y, después… o lo paraliza el aturdimiento y el veneno del Mal o lo enloquece, y para huir del remordimiento de haberse procurado la propia ruina empieza a moverse convulsivamente, a agarrarse al lodo, creando así pesadas ondas con su movimiento imprudente, las cuales aceleran cada vez más su fin. El amor es la soga, el hilo, la rama de que tú hablas. Insistir, insistir… hasta que se aferre… Una palabra… y perdón… un perdón más grande que la culpa… al menos para impedir que siga hundiéndose y esperar el socorro de Dios… Lázaro, ¿sabes qué poder tiene el perdón?: Hace que Dios acuda a ayudar a quien está socorriendo a otro… ¿Lees mucho?
-Mucho; y no sé si hago bien, pero la enfermedad y… y otras cosas… me han privado de muchas delicias del hombre… y ahora no tengo más que la pasión de las flores y los libros…, de las plantas y los caballos… Sé que se me critica, pero ¿puedo yo ir a mis propiedades en este estado (y descubre unas piernas enormes completamente vendadas) a pie o ni siquiera en mula?
Debo usar un carro, y además que sea rápido. Por eso he adquirido caballos y me he encariñado con ellos; lo digo. Pero si Tú me dices que está mal… pues que se los lleven a venderlos.
-No, Lázaro, no son estas cosas las que corrompen; corrompe lo que turba el espíritu y lo aleja de Dios.
-Precisamente esto, Maestro, es lo que querría saber. Yo leo mucho. Sólo tengo este consuelo. Me gusta saber. Yo creo que en el fondo es mejor saber que hacer el mal, es mejor leer que… que hacer otras cosas. Pero yo no leo sólo lo que se refiere a nosotros. Me gusta conocer también el mundo de los demás, y Roma y Atenas me atraen. Ahora sé cuánto mal le vino a Israel cuando se corrompió con los asirios y con Egipto, y cuánto mal nos hicieron los gobiernos helenizantes. No sé si un particular puede hacerse a sí el mismo daño que Judas se hizo a sí mismo y a nosotros, sus hijos. Pero Tú qué piensas de ello. Deseo que me enseñes. Tú, que no eres un rabí, pero que eres el Verbo sapiente y divino.
Jesús lo mira fijamente durante unos minutos; una mirada penetrante y al mismo tiempo lejana. Parece como si, traspasando el cuerpo opaco de Lázaro, Él escrutara su corazón y, yendo aún más allá, viera quién sabe qué… Al final, habla:
-¿Sientes turbación por lo que lees? ¿Te separa de Dios y de su Ley?
-No. Maestro; me mueve, por el contrario, a hacer comparaciones entre nuestra verdad y la falsedad pagana.
Comparo y medito las glorias de Israel, sus justos, sus patriarcas, sus profetas, y las figuras deshonestas de las historias de otros. Comparo nuestra filosofía - si se puede llamar así la Sabiduría que habla en los textos sagrados - con la pobre filosofía griega y romana, en las cuales hay, sí, chispas de fuego, pero no la segura llama que arde y resplandece en los libros de nuestros sabios. Y luego, con mayor veneración aún, me inclino con el espíritu a adorar a nuestro Dios que habla en Israel a través de hechos, personas y escritos nuestros.
-Pues entonces continúa leyendo… Te será útil conocer el mundo pagano… Continúa. Puedes continuar. Careces del fermento del mal y de la gangrena espiritual; por tanto puedes leer sin miedo: el amor verdadero que tienes hacia tu Dios hace estériles los gérmenes profanos que la lectura puede esparcir en ti. En todas las acciones del hombre hay posibilidad de bien o de mal, según se cumplan. Amar no es pecado, si se ama santamente. Trabajar no es pecado, si se trabaja cuando es justo.
Ganar no es pecado, si uno se conforma con lo que es justo. Instruirse no es pecado, si, por la instrucción, no se mata la idea de Dios en nosotros. Por el contrario, es pecado incluso el servir al altar, si ello se hace por interés propio. ¿Estás convencido esto, Lázaro?
-Sí, Maestro. He preguntado esto a otros, y han terminado despreciándome… Pero Tú me das luz y paz. ¡Oh, si todos te oyeran!… Ven, Maestro. Entre los jazmines se siente frescura y silencio, y dulce es descansar entre sus frescas sombras esperando a que decline el día».
Salen y todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús está en el campo, en una zona de tierras óptimas: magníficas parcelas de árboles frutales, viñedos espléndidos con racimos cargados de uvas, que tienden ya a teñirse de oro y de rubí… Está sentado entre frutales comiendo algo de fruta que le ha ofrecido un campesino.
Quizás poco antes ha estado hablando, porque el campesino dice:
-Me alegro de poder aliviar tu sed, Maestro. Tu discípulo ya nos había hablado de tu sabiduría, pero aun así nos hemos quedado asombrados al escucharte. Cerca como estamos de la Ciudad Santa, se va frecuentemente a ella para vender fruta y verduras. Se sube entonces también al Templo y se escucha a los rabíes. Pero no hablan, no, como Tú. Uno vuelve diciendo: "Si es así, ¿quién se salva?".
Tú, por el contrario… ¡oh, a uno le parece sentir el corazón aligerado! Un corazón que vuelve a ser niño, aunque se siga siendo hombre. Soy un hombre rudo… no sé explicarme, pero Tú, sin duda, entiendes.
-Sí. Te entiendo. Quieres decir que, con la seriedad y el conocimiento de las cosas, propios de quien es adulto, sientes, después de haber escuchado la Palabra de Dios, que la simplicidad, la fe, la pureza te renacen en el corazón, y te parece como si volvieras a ser niño, sin culpas ni malicia, con mucha fe, como cuando de la mano de tu madre subías al templo por primera vez u orabas sobre sus rodillas. Esto quieres decir. -Estos sí, exactamente esto. ¡Dichosos vosotros que estáis siempre con El! - dice luego a Juan, Simón y Judas, que comen jugosos higos, sentados en una tapia baja. Y termina - Y dichoso yo por tenerte como huésped durante una noche. Ya no temo ninguna desventura en mi casa, porque tu bendición ha entrado en ella.
Jesús responde:
-La bendición actúa y dura si los corazones permanecen fieles a la Ley de Dios y a mi doctrina; en caso contrario, la gracia cesa. Y es justo, porque, si es verdad que Dios da sol y aire tanto a los buenos como a los malos (para que vivan y, si son buenos, se hagan mejores, y, si son malos, se conviertan), también es justo que la protección del Padre se retire para castigo del malvado, para moverlo con penas a acordarse de Dios.
-¿No es siempre un mal el dolor?
-No, amigo. Es un mal desde el punto de vista humano, pero desde el punto de vista sobrehumano es un bien. Aumenta
los méritos de los justos que lo sufren sin desesperación y rebelión y que lo ofrendan, ofreciéndose a sí mismos con su resignación, como sacrificio de expiación por las propias faltas y por las culpas del mundo; y es también redención para los no justos.
-¡Es tan difícil sufrir!… - dice el campesino, al cual se han unido los familiares (unos diez entre adultos y niños).
-Sé que el hombre lo encuentra difícil. Y el Padre, sabiendo esto, al principio no había dado el dolor a sus hijos. El dolor vino por la culpa. Pero, ¿cuánto dura el dolor en la Tierra, en la vida de un hombre? Poco tiempo, siempre poco aunque durase toda la vida. Ahora bien, Yo digo: ¿No es mejor sufrir durante poco tiempo que siempre?, ¿no es mejor sufrir aquí que en el Purgatorio? Pensad que el tiempo allí se multiplica por mil. ¡Oh!, en verdad os digo que no se debería maldecir sino bendecir el sufrimiento, y llamarlo "gracia", y llamarlo "piedad".
-Nosotros bebemos tus palabras, Maestro, como un sediento en verano bebe agua con miel, sacada de fresca ánfora!
¿Te vas realmente mañana, Maestro?
-Sí, mañana. Pero volveré, para darte las gracias por cuanto has hecho por mí y por los míos, y para pedirte otra vez un pan y descanso.
-Eso siempre lo encontrarás aquí, Maestro.
Se acerca un hombre con un borrico cargado de verduras.
-Mira, si tu amigo quiere partir… mi hijo va a Jerusalén para el gran mercado de la Parasceve.
-Ve, Juan. Tú sabes lo que debes hacer. Dentro de cuatro días nos volveremos a ver. Mi paz sea contigo - Jesús abraza a Juan y lo besa. Simón también hace lo mismo.
-Maestro - dice Judas - si lo permites, voy con Juan. Me urge ver a un amigo. Todos los sábados está en Jerusalén. Iría con Juan hasta Betfagé y luego iría por mi cuenta… Es un amigo de casa… ya sabes… mi madre me dijo…
-No te he preguntado nada, amigo.
-Me llora el corazón al tener que dejarte. Pero dentro de cuatro días estaré de nuevo contigo, y seré tan fiel que hasta te resultaré pesado.
-Ve. Para el alba de dentro de cuatro días estad en la Puerta de los Peces. Adiós, y que Dios te asista.
Judas besa al Maestro y se marcha a poca distancia del borrico, que trota por el camino polvoriento.
Cae la tarde sobre la campiña, que se hace silenciosa. Simón observa cómo trabajan los hortelanos regando sus parcelas.
Jesús permanece un tiempo en donde estaba. Luego se levanta, va hacia la parte de atrás de la casa, se adentra entre los árboles frutales, se aísla. Va hasta una parte muy tupida en la cual robustos granados se entrecruzan con matas bajas – yo diría que son de uva crespa, pero no lo sé con seguridad, porque ya no tienen frutos y conozco poco la hoja de esta planta. Jesús se esconde detrás, se arrodilla, ora… y luego se inclina hacia la hierba, con el rostro contra el suelo, y llora (me lo dicen sus suspiros profundos y quebrados): es un llanto desconsolado; sin sollozos, pero muy triste.
Pasa el tiempo. La luz es ya crepuscular, pero aún no hay tanta oscuridad como para no poder ver. En este marco de escasa luz, se ve sobresalir por encima de una mata la cara fea pero honesta de Simón. Mira, busca, y distingue la forma replegada sobre sí del Maestro, todo cubierto por el manto azul oscuro que lo confunde casi con las sombras del suelo; sólo resaltan la cabeza rubia, apoyada sobre las muñecas, y las manos unidas en oración, que sobresalen por encima de aquélla.
Simón mira con esos ojos suyos un tanto saltones. Comprende que Jesús está triste, por los suspiros que emite, y su boca de labios abultados y violáceos se abre:
-¡Maestro!
Jesús alza el rostro.
-¿Lloras, Maestro? ¿Por qué? ¿Me permites acercarme?
El rostro de Simón está lleno de asombro y pena. Es, decididamente, un hombre feo. A las facciones no bellas, al colorido olivastro oscuro, se une el bordado azulino y hoyado de las cicatrices que su mal le ha dejado. Pero tiene una mirada tan buena, que desaparece la fealdad.
-Ven, Simón, amigo.
Jesús se ha sentado en la hierba. Simón se sienta cerca de Él.
-¿Por qué estás triste, Maestro mío? Yo no soy Juan y no sabré darte todo lo que te da él. Pero deseo darte todo el consuelo; siento sólo un dolor: el de ser incapaz de hacerlo. Dime: ¿Te he disgustado en estos últimos días hasta el punto de que te abata el tener que estar conmigo?
-No, amigo bueno. No me has disgustado jamás desde el momento en que te vi. Y creo que nunca serás para mí motivo de llanto.
-¿Entonces, Maestro? No soy digno de que te confíes a mí, pero, por la edad, casi podría ser padre tuyo, y Tú sabes qué sed de hijos he tenido siempre… Deja que te acaricie como si fueras un hijo y que te haga, en esta hora de dolor, de padre y de madre. Es de tu Madre de quien Tú tienes necesidad para olvidar muchas cosas…
-¡Oh, sí, es de mi Madre!
-Pues déjale a tu siervo la alegría de consolarte, en espera de poder consolarte en Ella. 'Tú lloras, Maestro, porque ha habido uno que te ha disgustado. Desde hace días tu rostro es como sol ensombrecido por nubes. Yo te observo. Tu bondad celatu herida, para que nosotros no odiemos al que te hiere; pero esta herida duele y te produce náusea. Dime, Señor mío: ¿Por qué no alejas de ti la fuente del dolor?
-Porque es inútil humanamente y además sería anticaridad.
-¡Ah! ¡Te has dado cuenta de que hablo de Judas! Es por él por quien sufres. ¿Cómo puedes Tú, Verdad, soportar a ese embustero? Él miente y no cambia de color; es más falso que un zorro, más compacto que un peñasco. Ahora se ha ido. ¿A hacer qué? Pero, ¿cuántos amigos tiene? Me duele dejarte; si no, querría seguirlo y ver… ¡Oh! ¡Jesús mío! Ese hombre… Aléjalo de ti, Señor mío.
-Es inútil. Lo que debe ser será.
-¿Qué quieres decir?
-Nada especial.
-Tú no te has opuesto a que se marche porque… porque te has asqueado de su modo de actuar en Jericó.
-Es verdad, Simón. Yo te sigo diciendo: Lo que debe ser será. Y Judas es parte de este futuro. Debe estar también él.
-Juan me ha dicho que Simón Pedro es todo autenticidad y fuego… ¿Lo podrá soportar a éste?
-Lo debe soportar. También Pedro está destinado a ser una parte, y Judas es el cañamazo en el que debe tejer su parte; o, si lo prefieres, es la escuela en que Pedro más madurará. Ser bueno con Juan, entender a los espíritus como Juan, es virtud hasta de los tontos. Pero ser bueno con quien es un Judas, y saber entender a los espíritus como los de Judas, y ser médico y sacerdote para ellos, es difícil: Judas es vuestra enseñanza viviente.
-¿La nuestra?
-Sí. La vuestra. El Maestro no es eterno sobre la Tierra. Se irá después de haber comido el más duro pan y haber bebido el más agrio vino. Pero vosotros os quedaréis para continuarme… y debéis saber. Porque el mundo no termina con el Maestro, sino que continúa después, hasta el retorno final del Cristo y el juicio final del hombre. Y, en verdad te digo que por un Juan, un Pedro, un Simón, un Santiago, Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, hay al menos otras tantas veces siete Judas. ¡Y más, más aún!…
Simón reflexiona y calla. Luego dice:
-Los pastores son buenos. Judas los desprecia. Yo los amo.
-Yo los amo y los ensalzo.
-Son almas sencillas, como te agradan a ti.
-Judas ha vivido en una ciudad.
-Es su única disculpa. Pero muchos han vivido en una ciudad y sin embargo… ¿Cuándo piensas venir donde mi amigo?
-Mañana, Simón. Y con mucho gusto, porque estamos tú y Yo solos. Creo que será un hombre culto y experimentado como tú.
-Y sufre mucho… en el cuerpo y, más aún, en el corazón. Maestro… quisiera pedirte una cosa: si no te habla de sus tristezas, no le preguntes sobre su casa.
-No lo haré. Yo soy para quien sufre, pero no fuerzo las confidencias; el llanto tiene su pudor.
-Y yo no lo he respetado… Pero es que me has dado tanta pena…
-Tú eres mi amigo y ya le habías dado un nombre a mi dolor. Yo para tu amigo soy el Rabí desconocido. Cuando me conozca… entonces… Vamos. La noche ha llegado. No hagamos esperar a los huéspedes, que están cansados. Mañana al alba iremos a Betania.
Jesús dice luego (a María Valtorta a quien seudónimamente llamaba “pequeño Juan”:
-Pequeño Juan, ¡cuántas veces he llorado, rostro en tierra, por los hombres! ¿Y vosotros quisierais ser menos que Yo?
También para vosotros, los buenos están en la proporción que había entre los buenos y Judas. Y cuanto más bueno es uno, más sufre por ello. Pero también para vosotros - y esto lo digo especialmente para aquellos que han sido designados para el cuidado de los corazones - es necesario aprender estudiando a Judas. Todos sois "Pedros", vosotros, sacerdotes, y debéis atar y desatar; pero, ¡cuánto, cuánto, cuánto espíritu de observación, cuánta fusión en Dios, cuánto estudio vivo, cuántas comparaciones con el método de vuestro Maestro debéis hacer para serlo como debéis!
A alguno le parecerá inútil, humano, imposible cuanto ilustro. Son los de siempre, los que niegan las fases humanas de la vida de Jesús, y de mí hacen una cosa tan fuera de la vida humana que soy sólo cosa divina. ¿Dónde queda entonces la Santísima Humanidad, dónde el sacrificio de la Segunda Persona vistiendo una carne? ¡Pues verdaderamente era Hombre entre los hombres! Era el Hombre, y por tanto sufría viendo al traidor y a los ingratos, y por tanto gozaba con quien me quería o a mí se convertía, y por tanto me estremecía y lloraba ante el cadáver espiritual de Judas. Me estremecí y lloré ante el amigo muerto, (Lázaro), pero sabía que lo llamaría a la vida y gozaba viéndolo ya con el espíritu en el Limbo.
Aquí… aquí estaba frente al Demonio. Y no digo más.
Tú sígueme, Juan. Demos a los hombres también este don. ¡Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y se esfuerzan en cumplirla! ¡Bienaventurados los que quieren conocerme para amarme! En ellos y para ellos, Yo seré bendición.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
La plaza del mercado de Jericó. Pero no por la mañana sino por la tarde, bajo una prolongada puesta de sol, calurosísima, de pleno verano. Del mercado de la mañana sólo quedan rastros: restos de verduras, montones de excrementos, paja caída de las cestas o de las cabezadas de los burros, jirones de trapajos… Sobre todo ello las moscas triunfan y, de todo, el sol hace fermentar y evaporar hedores y olores de cosas poco agradables.
La vasta plaza está vacía. Algún raro transeúnte, algún gamberro pendenciero que tira piedras a los pájaros de los árboles de la plaza, alguna mujer que va a la fuente; nada más.
Jesús llega por una calle, mira a su alrededor, no ve todavía a nadie. Pacientemente se apoya en un tronco y espera, encontrando la manera de hablar a los gamberros, sobre la caridad que comienza en Dios y desciende del Creador a todas las criaturas.
-No seáis crueles. ¿Por qué queréis disturbar a los pájaros del aire? Tienen nidos ahí arriba, tienen a sus pequeñas crías, no hacen daño a nadie, nos proporcionan cantos y limpieza, comiéndose los desperdicios que el hombre deja y los insectos que perjudican las cosechas y la fruta. ¿Por qué herirlos y matarlos, privando a los pequeñuelos de sus padres y de sus madres, o a éstos de sus pequeñuelos? Os agradaría que un malvado entrase en vuestra casa y os la destruyera, o que os matara a vuestros padres o que os llevara lejos de ellos?
No, claro que no os agradaría. Entonces, ¿por qué hacer a estos inocentes lo que no querríais que os hicieran a vosotros? ¿Cómo podréis el día de mañana no hacer mal al hombre, si, de niños, os endurecéis el corazón con criaturitas inermes y delicadas como los pajaritos? Y ¿no sabéis que la Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo"? Quien no ama al prójimo tampoco puede amar a Dios. Y quien no ama a Dios, ¿cómo puede ir a su Casa a pedirle algo?
Dios podría decirle, y lo dice en los Cielos: "Vete, no te conozco. ¿Hijo, tú? No. No amas a tus hermanos, no respetas en ellos al Padre que los creó; por tanto, no eres ni hermano ni hijo, sino un bastardo: hijastro para Dios, hermanastro para los hermanos".
¿Veis cómo ama Él, el Señor eterno? En los meses más fríos hace que sus pajaritos puedan encontrar llenos los heniles, para que aniden en ellos. En los meses calurosos les da las sombras de las hojas para protegerlos del sol. Durante el invierno, en los campos, apenas está el trigo cubierto de tierra y es fácil sacar la semilla y comerla. En verano, alivian la sed con las frutas jugosas, y pueden hacer los nidos bien sólidos y calientes con las pajitas de heno y con la lana que las ovejas dejan en las zarzas.
Y es el Señor. Vosotros, pequeños hombres, creados por Él como los pájaros, por tanto hermanos suyos de creación, ¿por qué queréis ser distintos de Él, creyendo que os es lícito comportaros cruelmente con estos pequeños animales? Sed misericordiosos con todos y no privéis de lo justo a ninguno; para con los hombres hermanos y para con los animales, vuestros siervos y amigos; y Dios….
-¿Maestro? - dice Simón - Judas está llegando.
-…y Dios será misericordioso con vosotros, dándoos todo cuanto os hace falta, como se lo da a estos inocentes.
Marchaos y llevad con vosotros la paz de Dios.
-Jesús se abre paso en el círculo de muchachos, a los que se habían unido algunos adultos, y se dirige hacia Judas y Juan, que vienen rápidos por otra calle. A Judas se le ve jubiloso, Juan sonríe a Jesús… pero no parece contento en absoluto.
-Ven, ven, Maestro. Creo que he hecho una buena cosa. Ven conmigo, que aquí en la calle no se puede hablar.
-¿A dónde?, Judas.
-A la posada. Ya he reservado cuatro habitaciones… modestas. ¡No temas! Es sólo para poder descansar en una cama después de tanta incomodidad por este calor, y comer como hombres y no como pájaros en el follaje, y gozar de paz para hablar. He hecho una venta muy buena, ¿verdad, Juan?
Juan asiente sin mucho entusiasmo. Pero Judas está tan contento de lo que ha hecho que no nota, ni que Jesús se muestra poco contento ante la perspectiva de un alojamiento cómodo, ni la aún menos entusiasta actitud de Juan, y prosigue:
-Como he hecho la venta por más de lo que había estimado, me he dicho: "Es justo que deje aparte una pequeña suma, cien denarios, para nuestras camas y nuestra comida. Si estamos agotados nosotros, que hemos comido siempre, Jesús debe estar extenuado". ¡Tengo el deber de mirar porque no enferme mi Maestro! Deber de amor, porque Tú me amas y yo te amo…
También hay lugar para vosotros y para las ovejas - dice a los pastores - He pensado en todo.
Jesús no dice una palabra. Lo sigue junto con los demás.
Llegan a una placita secundaria. Judas dice:
-¿Ves aquella casa sin ventanas que den a la calle y con aquella puertecita tan estrecha que parece una hendidura en la pared? Es la casa del batidor de oro Diomedes. Parece una casa pobre, ¿verdad? Sin embargo, allí dentro hay tanto oro como para comprar Jericó y… ¡ja! ¡ja!… - Judas ríe maligno… - y entre ese oro pueden encontrarse muchos collares de piedras preciosas y vajillas y… y también otras cosas de las personas más influyentes en Israel. Diomedes… ¡oh!, todos fingen no conocerlo, pero todos lo conocen, desde los herodianos hasta… bueno… hasta todos. En aquel muro liso, pobre, se podría escribir: "Misterio y Secreto". ¡Si hablaran esas paredes!… ¡No ya escandalizarte, Juan, por la forma en que he negociado!… Es que tú… tú te morirías ahogado de estupor y de escrúpulo. Mejor dicho, mira, Maestro, no me mandes otra vez con Juan a tratar ciertos negocios. Por poco me hace que fracasara todo. No sabe cogerlas al vuelo, no sabe negar. Y con un lince como Diomedes
hay que tener reflejos rápidos, y mostrarse seguro. Juan dice en tono bajo:
-¡Decías unas cosas, tan raras y tan… tan…! Sí, Maestro, no me des este encargo otra vez, yo sólo soy capaz de amar, yo….
-Difícilmente necesitaremos otras ventas de este tipo - responde Jesús serio.
-Ahí está la posada. Ven, Maestro. Hablo yo porque… lo he hecho todo yo.
-Entran y Judas habla con el dueño, el cual se encarga de que se lleve a las ovejas a una cuadra y luego acompaña personalmente a los huéspedes a una habitación pequeña en donde hay dos esteras, que serían las camas, unos asientos y una mesa preparada, luego se retira.
-Hablemos enseguida, Maestro, mientras los pastores se ocupan de dejar a las ovejas.
-Te escucho.
-Juan puede decir si soy sincero.
-No lo dudo. Entre hombres honestos no debe ser necesario juramento y testimonio. Habla.
-Llegamos a Jericó a la hora sexta. Estábamos sudados como animales de carga. No quise darle a Diomedes la impresión de tener necesidad urgente. Así, vine aquí antes, me refresqué perfectamente, me puse un vestido limpio, y esto mismo quise que hiciera él. ¡Oh, no quería saber nada de dejarse ungir y atusar el pelo!… ¡Y es que yo había hecho mi plan, mientras venía por el camino! Cercano ya el atardecer, digo: "Vamos". Ya nos sentíamos descansados y frescos como dos ricachones en viaje de placer. Cuando estábamos para llegar donde Diomedes, le digo a Juan: "Tú sígueme la corriente, no niegues y sé rápido en entender".
¡Pero hubiera sido mejor haberle dejado fuera! No me ha ayudado en absoluto. Es más… ¡menos mal que yo soy vivo como dos y había pensado en todo!
De la casa salía el tasador. "¡Bien!", digo, "si sale ése, habrá denarios y lo que quiero para comparar". Porque el tasador,usurero y ladrón como todos los de su clase, tiene siempre joyas, arrancadas con amenazas y usura a los pobres desgraciados a los que tasa más de lo lícito para tener mucho de qué gozar en crápulas y mujeres; y es muy amigo de Diomedes, que compra y vende oro y carne…
Me identifiqué y entramos. Digo "entramos" porque una cosa es pasar al vestíbulo, donde él finge trabajar honestamente el oro, y otra cosa es bajar al sótano, donde lleva a cabo los verdaderos negocios. Para poder bajar es necesario que él lo conozca mucho a uno. Cuando me vio, me dijo: "¿Otra vez quieres vender oro? Estamos en un mal momento y tengo poco dinero". Lo de siempre. Yo le respondo: "No vengo a vender, sino a comprar. ¿Tienes joyas de mujer? Pero bonitas, ricas, valiosas y de peso, de oro puro". Diomedes se queda de una pieza y me pregunta: "¿Es una mujer lo que quieres?". "No te preocupes - le respondo - no es para mí; es para este amigo mío que se va a casar y quiere comprar el oro para su amada".
En ese momento Juan empezó a hacer el niño. Diomedes, que lo estaba mirando, viendo que se ponía como la púrpura, dice - como viejo repugnante que es- : "
-¡Eh!, el muchacho con sólo oír nombrar a su novia entra en fiebre de amor. ¿Es muy guapa tu amada?- pregunta.
Yo le doy una patada a Juan para espabilarlo y hacerle entender que no se comportara como un estúpido. Pero respondió con un "sí" tan estrangulado que Diomedes se escamó. Entonces dije yo:
-Si es guapa o no no tiene por qué interesarte, viejo; no estará nunca entre el número de las hembras por las que el Infierno te poseerá. Es virgen honesta y pronto será honesta esposa. Saca tu oro. Yo soy el paraninfo y me han encargado ayudar al joven… yo, judío y ciudadano.
-¿Él es galileo, verdad?" - ¡Ese pelo siempre os traiciona! -¿Es rico?
-Mucho.
Entonces fuimos abajo y Diomedes abrió cofres y arcas. Di la verdad, Juan, ¿no parecía que estábamos en el Cielo ante todas aquellas gemas y objetos de oro? Collares, coronas, brazaletes, pendientes, redecillas de oro y piedras preciosas para el pelo, horquillas, fíbulas, anillos… ¡ah, qué esplendores! Con mucha gravedad elegí un collar más o menos como el de Áglae, y anillos, fíbulas, pulseras… todo como lo que tenía en la bolsa, y en número igual. Diomedes se maravillaba y preguntaba:
"¿Todavía más? ¿Pero, quién es éste? ¿Y la novia quién es?, ¿una princesa?". Cuando tuve todo lo que quería, dije: "¿El precio?".
¡Oh, qué letanía de lamentos preparatorios, sobre los tiempos, sobre los impuestos, sobre los riesgos, sobre los ladrones! ¡Oh, qué otra letanía de aseguramientos de honestidad! Luego, ésta fue la respuesta: "Sólo porque se trata de ti, te diré la verdad, sin exageraciones; pero, menos de esto ni siquiera una dracma. Pido doce talentos de plata". "¡Ladrón!" dije. Dije: "Vamos, Juan; en Jerusalén encontraremos alguno menos ladrón que éste". Y fingí que me marchaba. Vino tras mí corriendo. "Mi gran amigo, mi estimadísimo amigo, ven, escucha a este pobre siervo tuyo. Menos no puedo. Realmente no puedo. Mira, hago verdaderamente un esfuerzo y me arruino; lo hago porque tú me has ofrecido siempre tu amistad y me has hecho hacer buenos negocios. Once talentos, eso es. Es lo que yo daría si tuviera que comprar este oro a uno que pasa hambre. Ni una perra menos. Sería como sacar la sangre de mis viejas venas". ¿Verdad que decía esto? Hacía reír y daba náuseas.
Cuando lo vi bien firme sobre el precio destapé mis cartas. "Viejo sucio, sabe que no comprar, sino vender, quiero. Esto quiero vender. Mira: es precioso como lo tuyo. Oro de Roma y de forma nueva. Te lo quitarán de las manos. Es tuyo por once talentos; lo que has pedido por esto. Tú lo has valorado. Paga". ¡Uh, entonces!… "¡Es una traición! ¡Has traicionado mi estima en ti! ¡Tú eres mi ruina! ¡No puedo darte tanto!" gritaba. "Lo has valorado tú. Paga". "No puedo.” "Mira que se lo llevo a otros.”
"No, amigo”; y alargando sus manos torcidas las metía en el montón de joyas de Aglae. "Pues entonces paga: debería querer doce talentos, pero me conformo con lo último que has pedido". "No puedo.” "¡Usurero! Ten en cuenta que aquí tengo un testigo y te puedo denunciar como ladrón…", y le mencioné también otras virtudes, que no repito por este muchacho…
En fin, dado que me urgía vender y actuar con rapidez, le dije una cosa, una cosa que quedaba entre él y yo y que no mantendré… Pero, ¿qué valor tiene una promesa hecha a un ladrón? Y concluí con diez talentos y medio. Nos marchamos entre llantos y propuestas de amistad y… de mujeres. Y Juan… poco más y se echa a llorar. Pero, ¿qué te importa que te consideren un vicioso? Es suficiente con que no lo seas. ¿No sabes que el mundo es así y que tú eres un aborto del mundo? ¿Un joven que no conoce el sabor de la mujer? ¿Quién quieres que te crea? O, si te creen… ¡yo no quisiera que pensaran de mí lo que puede
pensar de ti quien considere que no estás deseoso de una mujer!
Aquí está, Maestro. Cuéntalo Tú mismo. Tenía un montón de denarios, pero me pasé por donde el tasador y le dije: "Toma esta basura tuya y dame los talentos que te ha entregado Isaac" - porque, como última cosa, supe también esto, una vez hecho el trato. No obstante, le dije a Isaac-Diomedes al final: "Recuerda que el Judas del Templo ya no existe. Ahora soy discípulo de un santo. Hazte idea, por tanto, de que jamás me has conocido, si estimas tu cuello". Y un poco más y se lo retuerzo en ese momento, porque me contestó mal.
-¿Qué te dijo? - pregunta Simón con indiferencia.
-Me dijo: "¿Tú, discípulo de un santo? No lo creeré nunca; o pronto veré también aquí al santo a pedirme una mujer".
Me dijo: "Diomedes es una vieja desventura del mundo, pero tú eres la nueva desventura. Yo podría cambiar todavía, porque lo que soy ahora lo soy de viejo, pero tú no cambias porque has nacido así". ¡Viejo repelente! Niega tu poder, ¿comprendes?
-Y, como buen griego, dice muchas verdades.
-¿Qué quieres decir, Simón? ¿Lo dices por mí?
- No. Por todos. Es una persona que conoce lo mismo el oro que los corazones. Es un ladrón, uno que se ha ensuciado con los más asquerosos tráficos. Pero se percibe en él la filosofía de los grandes griegos. Conoce al hombre, animal de siete garras de pecado, pulpo que estrangula el bien, la honestidad, el amor, y tantas otras cosas, en sí y en los demás.
-Pero no conoce a Dios.
-Y tú… querrías dárselo a conocer…
-Sí. ¿Por qué? Son los pecadores los que necesitan conocer a Dios.
-Es cierto. Pero el maestro debe conocerlo para darlo a conocer».
-¿Y yo no lo conozco?
-Paz, amigos. Vienen los pastores. No turbemos su ánimo con querellas entre nosotros. ¿Has contado tú el dinero? Es suficiente. Lleva a cabo bien toda acción tuya como has hecho con ésta y, te lo repito, si puedes, en el futuro, no mientas, ni siquiera para alcanzar una acción buena…
-Entran los pastores.
-Amigos, aquí hay diez talentos y medio, faltan sólo cien denarios; Judas se ha quedado con ellos para los gastos de alojamiento. Tomad.
-¿Los entregas todos? - pregunta Judas.
-Todos. No quiero ni una perra de ese dinero. Nosotros tenemos el óbolo de Dios y de los que honestamente buscan a Dios… y nunca nos faltará lo indispensable. Créelo. Tomad y alegraos como Yo me alegro, por el Bautista.
Mañana os dirigiréis a su prisión. Dos, o sea, Juan y Matías. Simeón con José irán adonde Elías a dar noticias y a instruirse para el futuro. Elías ya sabe.
Luego José volverá con Leví. El lugar de encuentro es dentro de diez días junto a la Puerta de los Peces, en Jerusalén, a la hora prima. Y ahora comamos y descansemos. Mañana, de madrugada, parto con los míos. No tengo nada más que deciros por ahora. Más adelante sabréis de mí.
Y todo se desvanece en el momento en que Jesús parte el pan.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Vuelvo a ver el vado del Jordán, el camino verde que sigue el curso del río por ambas partes, muy recorrido de viandantes por tener sombra. Filas de asnos van y vienen, y hombres con ellos. En el margen del río tres hombres pastorean algunas, pocas, ovejas. En el camino, José, que está esperando, mira a un lado y a otro.
A lo lejos, en el punto en que otra estrada empalma con ésta del río, se ve aparecer a Jesús con los tres discípulos. José llama a los pastores. Éstos ponen en movimiento por el camino a las ovejas, haciéndolas avanzar por la orilla herbosa.
Rápidamente se dirigen hacia Jesús.
-Yo casi no me atrevo… ¿Con qué palabras lo voy á saludar?
-¡Oh, es muy bueno! Dile: "La paz sea contigo". El saluda siempre así.
-Él sí… pero nosotros…
-¿Y yo quién soy? No soy ni siquiera uno de sus primeros adoradores, y me quiere mucho… muchísimo.
-¿Quién es?
-Aquél más alto y rubio.
-¿Le hablamos del Bautista, Matías?
-¡Sí!
-¿No pensará que lo hemos preferido antes que a Él?
-No, hombre, Simeón. Si es el Mesías, ve dentro de los corazones y en el nuestro verá que en el Bautista seguíamos buscándolo a Él.
-Tienes razón.
Los dos grupos están ya a pocos metros el uno del otro. Ya sonríe Jesús, con esa sonrisa suya indescriptible. José acelera el paso. Las ovejas, por su parte, se ponen a trotar azuzadas por los pastores.
-La paz sea con vosotros - dice Jesús alzando los brazos como para abrazar, y especifica: « ¡Paz a ti Simeón, Juan y Matías, mis fieles y fieles de Juan el Profeta!; paz a ti, José» y lo besa en la mejilla. Los otros tres ahora están de rodillas. «Venid, amigos. Debajo de estos árboles, sobre el guijarral del río. Hablemos.
Bajan. Jesús se sienta en una gruesa raíz que sobresale del terreno, los otros en el suelo. Jesús sonríe y los mira fijamente, fijamente, uno a uno:
-Dejad que conozca vuestros rostros. Los corazones ya los conozco como corazones de justos que van tras el Bien, al que amáis frente a todas las utilidades del mundo. Os traigo el saludo de Isaac, Elías y Leví, y otro saludo: el de mi Madre.
¿Tenéis noticias del Bautista?
Los hombres, que hasta este momento no habían podido hablar por lo azorados que estaban, toman de nuevo seguridad y encuentran palabras:
-Está todavía en la cárcel. Nuestro corazón tiembla por él, porque está en manos de un hombre cruel dominado por un ser infernal y circundado de una corte corrompida. Nosotros lo queremos… Tú sabes que lo queremos y que él merece nuestro amor. Después de que Tú te alejaste de Belén, padecimos la agresión de los hombres… Pero, más que su odio, lo que nos hacía sentirnos desolados, abatidos, como árboles tronchados por el viento, era el haberte perdido a ti. Luego, después de años de sufrimiento (como quien tuviera los párpados cosidos y buscara el sol y no lo pudiera ver, porque además estuviera dentro de una cárcel y ni siquiera el tibio calor que sintiera en su carne se lo mostrara), oímos que el Bautista era el hombre de Dios anunciado por los Profetas para preparar los caminos a su Cristo, y fuimos adonde él diciéndonos a nosotros mismos: Si él le precede, yendo adonde él lo encontraremos", porque era a ti, Señor, a quien buscábamos.
-Lo sé. Y me habéis encontrado. Yo estoy con vosotros.
-José nos ha dicho que fuiste donde el Bautista. Nosotros no estábamos allí ese día; quizás habíamos ido, por él, a alguna parte. Le servíamos con mucho amor en los servicios de alma que él nos pedía, como con amor lo escuchábamos, aunque fuera muy severo, porque no eras Tú-Verbo; pero decía siempre palabras de Dios.
-Lo sé. '¿No lo conocéis a éste? - y señala a Juan.
-Lo vimos con otros galileos entre las muchedumbres más fieles al Bautista. Si no nos equivocamos, tú te llamas Juan y eres aquél de quien él decía, a nosotros, sus íntimos: "Ved: yo, el primero; él, el último; mas luego será: él el primero y yo el último". Y nunca comprendimos qué quería decir.
Jesús se vuelve hacia su izquierda, donde está Juan, le estrecha contra su corazón, con una sonrisa aún más luminosa, y explica:
-Quería decir que sería el primero en declarar: "Éste es el Cordero", y que éste será el último de los amigos del Hijo del hombre que hablará del Cordero a las multitudes; pero que, en el corazón del Cordero, éste es el primero, porque lo ama más que a ningún otro hombre. Esto quería decir. Pero cuando lo veáis al Bautista - lo veréis aún y todavía le serviréis hasta la hora signada - decidle que no es él el último en el corazón del Cristo. No tanto por la sangre cuanto por la santidad, a él lo quiero como a éste. Y vosotros acordaos de esto. Si la humildad del santo se proclama "última", la Palabra de Dios lo proclama compañero del discípulo que amo. Decidle que amo a éste porque tiene su nombre y porque en él encuentro los signos del Bautista, preparador de corazones para Cristo.
-Se lo diremos… Pero, ¿lo volveremos a ver?
- Lo veréis.
- Sí. Herodes no osa matarlo por miedo al pueblo. En esa corte de avidez y corrupción sería fácil liberarlo si tuviésemos mucho dinero. Pero… pero, por mucho que haya - los amigos han dado -, falta una buena cantidad todavía, y tenemos mucho miedo de no llegar a tiempo… y que lo maten.
-¿Cuánto creéis que os falta para el rescate?
-No para el rescate, Señor. Le resulta demasiado odioso a Herodías y ella es demasiado dueña de Herodes como para poder pensar en llegar a un rescate. Pero… en Maqueronte se han dado cita, yo creo, todos los codiciosos del reino. Todos quieren gozar, todos quieren sobresalir, desde los ministros a los siervos; y para ello hace falta dinero… Ya hemos encontrado a quien por una importante suma dejaría salir al Bautista. Incluso Herodes quizás lo desea… porque tiene miedo, no por otra cosa, miedo al pueblo y miedo a la mujer. Así haría que el pueblo se sintiese contento y no le acusaría la mujer de no haberla complacido.
-Y ¿cuánto pide esta persona?
-Veinte talentos de plata. Sólo tenemos doce y medio.
-Judas, dijiste que esas joyas eran muy bonitas.
-Bonitas y muy valiosas.
-¿Cuánto podrán valer? Me parece que tú entiendes de eso.
-Sí que entiendo. ¿Por qué quieres saber su valor, Maestro? ¿Las quieres vender? ¿Por qué?
-Quizás… Di, ¿cuánto podrán valer?
-Si se venden bien… al menos… al menos seis talentos.
-¿Estás seguro?
-Sí, Maestro. Sólo el collar, con lo grueso que es y el peso que tiene, siendo de oro purísimo, vale al menos tres talentos;
lo he mirado bien. Y también las pulseras… No sé ni siquiera cómo las muñecas finas de Áglae podían soportarlas.
-Eran sus cepos, Judas.
-Es verdad, Maestro… ¡Pero muchos quisieran tener cepos como éstos!
-¿Tú crees? ¿Quién?
-En fin… ¡muchos!
-Sí, muchos que de hombre sólo tienen el nombre… Y, ¿sabrías de un posible comprador?
-En definitiva, ¿los quieres vender? ¿Para el Bautista? ¡Mira que es oro maldito!
-¡La incoherencia humana!… Has dicho hace un momento, con claro deseo, que muchos querrían tener ese oro, ¿y ahora lo llamas maldito? ¡Judas, Judas!… Es maldito, sí, es maldito, pero ya lo ha dicho ella: "Se santificará sirviendo para quien es pobre y santo", y lo ha dado para esto, para que el que reciba el beneficio ruegue por su pobre alma, que, cual embrión de futura mariposa, se dilata en la semilla del corazón. ¿Quién más santo y pobre que el Bautista? Él es como Elías por la misión, pero más grande que Elías por la santidad.
E1 es más pobre que Yo. Yo tengo una Madre y una casa… Cuando se tienen estas cosas, y además puras y santas como las tengo Yo, no se es nunca un desvalido. Él ya no tiene casa, y ni siquiera tiene el sepulcro de su madre. Todo violado, profanado por la perversidad humana. ¿Quién es, pues, el comprador?
-Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén. ¡Pero el de Jericó!… Es un astuto levantino batidor de oro, usurero, estafador, mercader de amor, ciertamente ladrón, quizás homicida… con toda seguridad perseguido por Roma. Se hace llamar Isaac para parecer hebreo, pero su verdadero nombre es Diomedes. Lo conozco bien.
-¡Ya lo vemos! - interrumpe Simón Zelote, que habla poco pero que observa todo. Y pregunta: « ¿Cómo es que lo conoces tan bien?».
En fin… ya sabes… Para complacer a unos amigos poderosos. Fui a él… hice algunos tratos… Nosotros los del Templo… ya sabes…
-¡Ya!… trabajáis en todo - termina Simón con fría ironía. Judas se pone rojo de ira, pero se calla.
-¿Puede comprar? - pregunta Jesús.
-Yo creo que sí. El dinero no le falta nunca. Ciertamente hay que saber vender porque ese griego es astuto y si ve que está tratando con una persona honesta, un… pichón, lo despluma bien desplumado. Pero si se encuentra delante un buitre como él…
-Ve tú, Judas; eres el tipo de persona adecuado; tienes la astucia del zorro y la rapacidad del buitre. ¡Oh, perdona, Maestro; he hablado antes que Tú! - dice Simón Zelote.
-Soy de tu misma opinión, y, por tanto, le digo a Judas que vaya. Juan, ve con él. Nosotros os alcanzaremos al ponerse el Sol. El lugar de nuestra próxima cita es la plaza del mercado. Ve y saca el mayor partido posible.
Judas se levanta inmediatamente. Juan tiene ojos suplicantes, como los de un perrito ahuyentado. Pero Jesús se dirige de nuevo a los pastores y no ve esta mirada implorante. Juan se pone en camino detrás de Judas.
-Querría ser para vosotros motivo de alegría - dice Jesús.
-Lo serás siempre, Maestro. Que el Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es amigo tuyo?
-Lo es. ¿No te parece que pueda serlo?
El pastor Juan baja la cabeza y calla. Habla el discípulo Simón:
-Sólo quien es bueno sabe ver. Yo no soy bueno y no veo lo que la Bondad ve. Veo lo externo. El bueno desciende también a lo interno. Tú también, Juan, ves como yo. Pero el Maestro es bueno… y ve…
-¿Qué ves, Simón, en Judas? Te ordeno hablar.
-Bueno, pienso, cuando lo miro, en ciertos lugares misteriosos que parecen cavernas de fieras y lagunas de fiebre muertas; uno no ve más que una gran maraña, y pasa temeroso dando un gran rodeo: Y, sin embargo… sin embargo, dentro hay tórtolas y ruiseñores y el suelo es rico en aguas y yerbas saludables. Yo quiero creer que Judas es así… Lo creo porque Tú lo has tomado contigo. Tú, que sabes…
-Sí. Yo, que sé… Hay muchos pliegues en el corazón de ese hombre… Pero también tiene lados buenos. Lo has visto en Belén y en Keriot. Este lado bueno, completamente humano, hay que elevarlo a una bondad espiritual. Entonces Judas será como tú quisieras que fuera. Es joven…
-También Juan es joven…
-Y tú concluyes en tu corazón: "y es mejor". ¡Pero, Juan es Juan! Ámale a este pobre Judas, Simón… Te lo ruego. Si lo amas… te parecerá más bueno.
-Me esfuerzo en hacerlo… por ti… Pero es él quien rompe mis esfuerzos como a cañas del río… No obstante, Maestro, yo tengo una sola ley: hacer lo que Tú quieres. Por eso lo amo a Judas, a pesar de que algo grite en mí contra él y hacia mí mismo.
-¿Qué, Simón?
-No lo sé con precisión… Algo parecido al grito del soldado de guardia durante la noche… algo que me dice:
"¡No duermas! ¡Observa!". No lo sé… No tiene nombre esto, pero existe… existe en mí contra él. -No pienses más en ello, Simón. No te esfuerces en definirlo. El conocer ciertas verdades perjudica… y podrías errar en tu conocimiento. Deja que tu Maestro actúe. Tú dame tu amor y piensa que eso me hace feliz…
Y todo concluye.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Una alborada hermosísima en un lugar inhóspito. Un alba desde lo alto de un pronunciado declive montano. Apenas un comienzo de día. En el cielo todavía quedan estrellas y un arco sutil de luna menguante, como de plata, que persiste en el terciopelo todavía azul oscuro del cielo.
El monte parece estar aislado, no unido a otras cadenas, pero es un verdadero monte, no una colina. La cima está mucho más arriba, y, sin embargo, desde la mitad de la ladera ya se domina un amplio radio de horizonte, signo de que se ha subido mucho respecto al nivel del suelo.
En el aire fresco de la mañana en que se abre paso la luz incierta blanco-verdosa del alba que cada vez se hace más clara, comienzan a dibujarse los contornos y detalles que antes se encontraban sumergidos en esa neblina que precede al día, siempre más cerrada que una noche porque parece que la luz de los astros, en el paso de la noche al día, disminuye y - diría - se anula. Así veo que el monte es rocoso y pelado, hendido por quiebras que forman grutas, cavidades profundas y senos.
Un lugar verdaderamente inhóspito en el que - sólo en los lugares donde se ha depositado un poco de tierra que ha podido recoger el agua del cielo y conservarla - hay macollas (por lo general plantas duras, espinosas, escasas de ramas) y bajos y duros matorrales de unas yerbas que parecen bastoncitos verdes y cuyo nombre desconozco. Abajo hay una extensión más árida todavía, plana, pedregosa, cuya sequedad aumenta cuanto más se acerca a un punto oscuro, mucho más largo que ancho, al menos cinco veces más largo que ancho, que creo que puede ser un tupido oasis, nacido entre tanta desolación, debido a aguas subterráneas. Pero, cuando la luz se hace más viva, veo que no es sino agua, un agua parada, oscura, muerta, un lago de una tristeza infinita; en esta luz, aún incierta, me hace recordar la visión del mundo muerto.
Parece como si aspirase toda la oscuridad del cielo, toda la tristeza del suelo que lo rodea, diluyendo en sus aguas paradas el verde oscuro de las plantas espinosas y de las duras yerbas que durante kilómetros y kilómetros, a lo largo y a lo alto, son la única decoración del suelo, y, transformándose en un filtro de hondura lóbrega, la emanase y expandiese por todo el alrededor. ¡Qué distinto del luminoso, risueño lago de Genesaret! Hacia arriba, mirando al cielo absolutamente sereno que se hace cada vez más claro, mirando a la luz que avanza desde Oriente, a borbotones cada vez más dilatados, el espíritu se alegra.
Pero mirando a aquel vastísimo lago muerto se encoge el corazón. Ningún pájaro surca el espacio sobre sus aguas, ningún animal hay en sus orillas.
Nada.Mientras estoy mirando esta desolación, me saca de este estado la voz de mi Jesús:
-Hemos llegado a donde quería. Me vuelvo, lo veo a mis espaldas, entre Juan, Simón y Judas, en la pendiente rocosa del monte, en el punto a que llega un sendero… sería mejor decir: en el punto en donde un largo trabajo de aguas, en los meses de lluvia, ha arañado la caliza excavando a lo largo de los siglos un canal apenas dibujado, para desagüe de las aguas de las cimas, que ahora es camino para cabras monteses más que para hombres.
Jesús mira a su alrededor y repite:
-Sí, aquí os quería traer. Aquí el Cristo se preparó para su misión.
-¡Pero si aquí no hay nada!
-¡No hay nada, tú lo has dicho.
-¿Con quién estabas?
-Con mi espíritu y con el Padre.
-¡Ah! ¡Estuviste aquí unas pocas horas!
-No, Judas, no unas pocas horas, sino muchos días…
-Pero, ¿quién te servía? ¿Dónde dormiste?
-Tenía por siervos a los onagros, que por la noche venían a dormir a su guarida… a ésta, en donde yo también me había guarecido… Tenía como siervas a las águilas, que me decían "es de día" con su áspero grito, saliendo a buscar la presa. Tenía como amigos las liebrecitas que venían a roer las yerbas silvestres casi a mis pies… Alimento y bebida para mí eran lo que es alimento y bebida de la flor silvestre: rocío nocturno, la luz del Sol, no otra cosa.
-Pero, ¿por qué?
-Para prepararme bien, como tú dices, para mi misión. Las cosas bien preparadas salen bien, tú lo has dicho. Y mi cosa no era la pequeña, inútil cosa de hacer que brillara Yo, Siervo del Señor, sino de hacer comprender a los hombres lo que es el Señor y, a través de esta comprensión, hacer que le amaran en espíritu y verdad.
¡Mísero aquel siervo del Señor que piensa en su triunfo y no en el de Dios; que trata de sacar partido, que sueña con ponerse en alto en un trono hecho… ¡oh!, hecho con los intereses de Dios rebajados hasta el suelo (éstos, que son celestes)! Ya no es siervo, éste, aunque externamente lo parezca; es un mercader, un traficante, un falso que se engaña a sí mismo, que engaña a los hombres y que querría engañar a Dios… un desalmado que se cree príncipe y es esclavo…; es del Demonio, su rey de embuste. Aquí, en esta guarida, el Cristo, durante muchos días, vivió de maceraciones y oración para prepararse a su misión. ¿A dónde querrías que hubiera ido a prepararme, Judas?
Judas está perplejo, desorientado. A1 final responde:
-No sé… Pensaba… con algún rabí… con los esenios… no sé.
-¿Y podía Yo encontrar un rabí que me dijera más que lo que me decía la Potencia y la Sabiduría de Dios? ¿Y podía Yo - Yo, Verbo Eterno del Padre, Yo, que era cuando el Padre creó al hombre, y que sé de qué espíritu inmortal y animado, y de qué poder de juicio libre y capaz ha dotado el Creador al hombre - podía ir a procurarme ciencia y capacidad a donde aquellos que niegan la inmortalidad del alma negando la resurrección final y niegan la libertad de acción del hombre imputando virtudes y vicios, acciones santas y malvadas, al destino, que consideran fatal e invencible? ¡No! ¡No!
Tenéis un destino, sí, lo tenéis; en la mente de Dios, que os crea, hay un destino para vosotros. Os lo desea el Padre y es destino de amor, de paz, de gloria: "la santidad de ser sus hijos". Éste es el destino que, presente en la mente divina desde el momento en que con el barro fue hecho Adán, estará presente hasta la última creación de alma de hombre. Pero el Padre no os violenta en cuanto se refiere a vuestra condición regia. El rey, si está prisionero, ya no es rey: es un ser abyecto. Vosotros sois reyes porque sois libres en vuestro pequeño reino individual, en el yo; en él podéis hacer lo que queráis, como queráis.
Frente a vuestro pequeño reino y en sus fronteras tenéis a un Rey amigo y dos potencias enemigas. El Amigo os muestra las reglas dadas por Él para hacer felices a los suyos. Os las muestra. Os dice: “Aquí están; con estas reglas es segura la eterna victoria". Os las muestra - Él, el Sabio y Santo - para que podáis, si queréis hacerlo, practicarlas y obtener gloria eterna.
Las dos potencias enemigas son Satanás y la carne. En la carne incluyo la vuestra y la del mundo, o sea, las pompas y seducciones del mundo, o sea, la riqueza, las fiestas, los honores, el poder que del mundo y en el mundo se tienen, y que no siempre se tienen honradamente, y menos aún se saben usar honradamente si por un complejo de causas el hombre llega a esas cosas.
Satanás, maestro de la carne y del mundo, también habla a través de éste y de la carne; también él tiene sus reglas…
¡Oh, que si las tiene!… Y - dado que el yo está envuelto en carne y la carne tiende a la carne como las limaduras de hierro tienden hacia el imán, y, dado que el canto del Seductor es más dulce que el gorgorito del ruiseñor en celo entre rayos de luna y perfume de rosales - es más fácil ir hacia estas reglas, volverse hacia estas potencias, decirles: "Os considero amigas, entrad".
Entrad… ¿habéis visto alguna vez a un aliado que permanezca siempre honesto, sin pedir el ciento por uno a cambio de la ayuda prestada? Así hacen esas potencias. Entran… Y se hacen las dueñas. ¿Dueñas? No: cómitres. Os atan, ¡oh hombres!, a su banco de galera, os encadenan ahí, no os dejan alzar ya el cuello de su yugo, y su látigo os llena de surcos de sangre, si tratáis de huir de ellas: o dejarse herir hasta llegar a ser un amasijo de carne hecha pedazos (tan inútil, como carne, que hasta su cruel pie la desprecia), o morir bajo ellas.
Si sabéis proporcionaros ese martirio, proporcionaros ese martirio, entonces pasa la Misericordia, la Única que todavía puede tener piedad de esa repugnante miseria de la cual el mundo - uno de sus dueños - siente ahora asco y contra la cual el otro dueño, Satanás, envía sus flechas de venganza. Y la Misericordia, la única que pasa, se agacha, la recoge, la atiende, la vuelve a sanar y le dice: "Ven, no temas, no te mires porque tus llagas, a pesar de haber cicatrizado ya, son tan innumerables que te causarían horror por lo mucho que te afean. Yo no te las miro, miro tu voluntad; por esa voluntad buena estás marcada así. Por eso Yo te digo: Te amo, ven conmigo"… Y la lleva a su Estado. Entonces podéis entender que Misericordia y Rey amigo son una misma persona. Halláis de nuevo las reglas que Él os había mostrado y que vosotros no habías querido seguir. Ahora lo deseáis… y llegáis a la paz: de la conciencia, primero; a la paz de Dios, después. Decidme, entonces, ¿este destino lo impuso Uno Solo para todos, o cada uno, individualmente, lo deseó para sí?
-Cada uno lo deseó.
-Juzgas bien, Simón. ¿Podía ir Yo a formarme con aquellos que niegan la beata resurrección y el don de Dios? Aquí vine.
Cogí mi alma de Hijo del hombre y me la labré con los últimos retoques, terminando el trabajo de treinta años de anonadamiento y de preparación para ir perfecto a mi ministerio. Ahora os pido que estéis conmigo unos días en esta guarida.
En cualquier caso será una estancia menos desolada, porque seremos cuatro amigos que luchan contra las tristezas, los miedos, las tentaciones, las necesidades de la carne; Yo, sin embargo, estaba solo. En cualquier caso, será menos penosa, porque ahora es verano y aquí arriba el viento de las cimas templa el calor; Yo, sin embargo, vine al terminar la luna de Tebet, y el viento que descendía de las nieves de la cúspide era muy frío. En cualquier caso será menos angustiosa, porque será más breve, y porque ahora disponemos de esa mínima cantidad de alimento que puede proporcionar alivio a nuestra hambre, y en los pequeños odres de piel que dije a los pastores que os dieran hay agua suficiente para estos días de estancia.
Yo… Yo necesito arrancar dos almas a Satanás. Sólo la penitencia lo puede. Os pido ayuda. Supondrá una formación también para vosotros. Aprenderéis cómo se arrebatan las presas a Satanás: no tanto con las palabras cuanto con el sacrificio… ¡Las palabras!… El estrépito satánico impide oírlas… Toda alma en manos del Enemigo se encuentra envuelta en torbellinos de voces infernales…
¿Queréis quedaros conmigo? Si no queréis, idos. Yo me quedo. Nos volveremos a ver en Tecua, junto al mercado.
-No, Maestro, yo no te dejo - dice Juan, mientras Simón al mismo tiempo exclama: «Tú nos dignificas queriéndonos contigo en esta redención».
Judas… no me parece muy entusiasta, pero pone buena cara al… destino y dice:
-Yo me quedo.
-Tomad entonces los odres y las sacas y llevadlas adentro y antes de que el sol queme, partid leña y acumuladla junto a la grieta. La noche aquí es rigurosa incluso en verano, y no todos los animales son buenos. Vamos a encender en seguida una rama… ¡Allí!, de aquella planta de acacia gomosa; quema bien. Y vamos a mirar entre las fisuras para echar afuera áspides y escorpiones. ¡Venga, comenzad!…
… El mismo lugar del monte; sólo que ahora es de noche, una noche toda estrellada, una belleza de cielo nocturno como creo se pueda gozar sólo en aquellos países ya casi tropicales; estrellas de una amplitud y brillo maravillosos. Las constelaciones mayores parecen racimos de brillantes, de claros topacios, de pálidos zafiros, suaves ópalos, tenues rubíes; titilan, se encienden, se apagan como miradas que el párpado cela un instante, vuelven a encenderse más hermosas. De vez en cuando una estrella raya el cielo y desaparece hacia quién sabe qué horizonte: raya de luz que parece un grito de júbilo estelar por poder volar así a través de esos prados ilimitados.
Jesús está sentado en la abertura de la cueva, hablando a los tres que están en círculo con Él. Deben haber hecho fuego, pues en medio del círculo que forman los cuatro un pequeño cúmulo de ascuas conserva resplandores de brasa y derrama su reflejo rojo sobre los cuatro rostros.
-Sí, nuestra permanencia aquí ha terminado. Ésta. La mía duró cuarenta días… Y os digo más: era todavía invierno en estas pendientes… y no tenía comida. Un poco más difícil que esta vez, ¿no es verdad? Sé que habéis sufrido también en este tiempo. Lo poco que teníamos y que os daba no era nada, especialmente para el hambre de los jóvenes; era suficiente sólo para impedir que languidecierais.
El agua, todavía más escasa. El calor es tórrido durante el día; diréis que no hacía este calor en invierno; pero sí había un viento seco que bajaba quemando los pulmones desde aquella cima, y subía desde aquella bajura
cargado de polvo desértico, y secaba más aún que este calor estivo que se puede aliviar sorbiendo el jugo de estos frutos agraces ya casi maduros. En cambio, entonces, el monte sólo proporcionaba viento y yerbas quemadas por el hielo en torno a las esqueléticas acacias. No os he dado todo porque he reservado para el regreso los últimos panes y el último queso con el último odre… Yo sé lo que fue el regreso, estando exhausto, en la soledad del desierto… Recojamos nuestras cosas y pongámonos en camino. La noche es aún más clara que la que nos condujo aquí. No hay luna, pero el cielo llueve luz. Vamos.
Recordad este lugar, sabed recordar cómo se preparó Cristo y cómo se preparan los apóstoles, cuál es el modo que enseño de prepararse los apóstoles.
Se ponen en pie. Simón hurga entre las brasas con una rama. Las reaviva y las extiende con el pie. Echa encima algunas yerbas secas, y en la llama enciende una rama de acacia que mantiene en alto a la entrada de la guarida mientras Judas y Juan recogen man-tos, sacas y unos pequeños odres de piel de los que sólo uno está todavía lleno. Luego apaga la rama contra la roca, carga su saca y se pone el manto, como todos, atándoselo a la cintura para que no moleste al andar.
Bajan, sin más palabras, uno detrás de otro, por un sendero inclinadísimo, espantando a los pequeños animales que están comiendo las pocas yerbas que todavía resisten el sol. El camino es largo e incómodo. Por fin llegan al llano. Tampoco es muy cómodo aquí el ca-mino, donde piedras y lascas se mueven, traidoras, bajo el pie, hiriéndolo incluso, porque la tierra, reducida a polvo, las oculta y no se pueden evitar; aquí donde matorrales quemados, espinosos, arañan y dificultan el paso enganchándose en los bajos de las túnicas; pero es un camino más expedito.
Arriba las estrellas están cada vez más hermosas.
Marchan, marchan, marchan durante horas. La llanura es cada vez más estéril y triste. Titileos de lascas brillan en ciertas arrugas del terreno, en concavidades que hay entre las escabrosidades del suelo. Parecen lascas de brillantes sucios. Juan se agacha a mirarlas.
-Es la sal del subsuelo; está saturado de sal. Aflora con las aguas de primavera y después se seca. Por eso la vida no resiste aquí. El mar Oriental, a través de profundas venas, esparce su muerte en muchos estadios a la redonda. Sólo donde manantiales dulces combaten su acción mordiente es posible encontrar plantas… y también alivio - explica Jesús.
Siguen caminando hasta que Jesús se para junto a la roca cóncava en que lo vi tentado por Satanás.
-Detengámonos aquí. Sentaos. Dentro de poco cantará el gallo. Caminamos desde hace seis horas. Debéis tener hambre, sed y cansancio. Tomad. Comed y bebed sentados aquí en torno a mí, mientras os digo todavía otra cosa que vosotros transmitiréis a los amigos y al mundo.
Jesús ha abierto su saca y ha sacado de ella pan y queso, lo corta y lo distribuye, y de una pequeña calabaza echa en una escudilla agua, y también la distribuye.
-¿Tú no comes, Maestro?
-No. Yo os hablo. Oíd. Una vez hubo uno, un hombre, que me preguntó si había sido tentado alguna vez; que me preguntó si no había pecado nunca; que me preguntó si, en la tentación, no había cedido nunca; y que se maravilló porque Yo, el Mesías, había solicitado, para resistir, la ayuda del Padre diciendo: "Padre, no me dejes caer en la tentación"».
Jesús habla despacio, con calma, como si estuviera narrando un hecho desconocido para todos… Judas baja la cabeza como cohibido, pero los otros están tan centrados en mirar a Jesús que eso les pasa desapercibido. Jesús continúa:
-Ahora vosotros, mis amigos, podréis saber lo que sólo atisbó aquel hombre. Después del bautismo - estaba limpio, pero no se está nunca suficientemente limpio respecto al Altísimo, y la humildad de decir "soy hombre y pecador" es ya bautismo que hace limpio al corazón - vine aquí. Me había llamado "el Cordero de Dios" aquel que - santo y profeta - veía la Verdad y veía bajar al Espíritu sobre el Verbo y ungirle con su crisma de amor, mientras la voz del Padre llenaba los cielos de su sonido diciendo: "He aquí a mi Hijo muy amado en quien me he complacido". Tú, Juan, estabas presente cuando el Bautista repitió las palabras… Después del bautismo, a pesar de estar limpio por naturaleza y limpio por figura, quise "prepararme".
Sí, Judas; mírame, que mis ojos te digan lo que aún calla la boca. Mírame, Judas. Mira a tu Maestro, que no se sintió superior al hombre por ser el Mesías y que, antes bien, sabiendo que era el Hombre, quiso serlo en todo, excepto en condescender al mal.
Eso es. Así. Ahora Judas ha levantado la cara y mira a Jesús, que está frente a él. La luz de las estrellas hace brillar los ojos de Jesús como si fueran dos estrellas fijas en un pálido rostro.
-Para prepararse a ser maestro, hay que haber sido escolar. Yo, como Dios, sabía todo, con mi inteligencia, incluso, Yo podía comprender las luchas del hombre, por poder intelectivo e intelectualmente. Pero un día algún pobre amigo mío, algún pobre hijo mío, habría podido decir y decirme: "Tú no sabes qué es ser hombre y tener sentido y pasiones". Habría sido un reproche justo. Vine aquí, o mejor, allí, a aquel monte, para prepararme… no sólo a la misión… sino también a la tentación. ¿Veis? Aquí, donde vosotros estáis, Yo fui tentado. ¿Por quién? ¿Por un mortal? No. Demasiado débil habría sido su poder. Fui tentado por Satanás directamente.
Estaba agotado. Hacía cuarenta días que no comía… Pero, mientras había estado sumergido en la oración, todo se había anulado en la alegría que significa el hablar con Dios; más que anulado, se había hecho soportable. Lo sentía como una molestia de la materia, circunscrito a la sola materia… Luego volví al mundo… a los caminos del mundo… y sentí las necesidades de quien está en el mundo: tuve hambre, tuve sed, sentí el frío punzante de la noche desértica, sentí el cuerpo agotado por la falta de descanso y de lecho y por el largo camino recorrido en condiciones de debilidad tal, que me impedían continuar…
Porque Yo también tengo una carne, amigos, una verdadera carne, sujeta a las mismas debilidades que tiene toda carne, y con la carne tengo un corazón. Sí. Del hombre he tomado la primera y la segunda de las tres partes que le constituyen.
He tomado la materia con sus exigencias y lo moral con sus pasiones. Y, si por voluntad propia he doblegado en el momento de su nacimiento todas las pasiones no buenas, he dejado que crecieran poderosas como cedros seculares las santas pasiones del amor filial, del amor patrio, de las amistades, del trabajo, de todo lo que es óptimo y santo. Aquí sentí nostalgia de mi Madre lejana, aquí sentí necesidad de que Ella prodigara sus cuidados a mi fragilidad humana, aquí sentí renovarse el dolor de haberme separado de la única que me amaba perfectamente, aquí presentí el dolor que me está reservado y el dolor de su dolor; pobre Mamá, se le agotarán las lágrimas de tantas como deberá esparcir por su Hijo y por obra de los hombres. Aquí sentí el cansancio del héroe y del asceta que en una hora de premonición se hace conocedor de la inutilidad de su esfuerzo… Lloré… La tristeza…
reclamo mágico para Satanás. No es pecado estar tristes si la hora es penosa, es pecado ceder más allá de la tristeza y caer en inercia o desesperación. Y Satanás enseguida acude cuando ve a uno caído en languidez de espíritu.
Vino. Bajo apariencia de benigno viandante. Toma siempre formas benignas… Yo tenía hambre… y tenía mis treinta años en la sangre. Me ofreció su ayuda. En primer lugar me dijo: "Di a estas piedras que se conviertan en pan". Pero antes… sí…antes me había hablado de la mujer… ¡Oh, él sabe hablar de ella, la conoce a fondo! La corrompió primero, para hacerla su aliada de corrupción. No soy sólo el Hijo de Dios, soy Jesús, el obrero de Nazaret. A aquel hombre que me hablaba, preguntándome si conocía tentación, y casi me acusaba de ser injustamente beato por no haber pecado, le dije: "El acto se aplaca en la satisfacción. La tentación no rechazada no cae, sino que se hace más fuerte, y a ello concurre Satanás azuzándola".
Rechacé la tentación tanto del hambre de la mujer como del hambre del pan. Y debéis saber que Satanás me presentaba la primera - y no estaba equivocado, humanamente hablando - como la mejor aliada para afirmarse en el mundo.
La Tentación - no vencida por mi respuesta: "no sólo de sentido vive el hombre" - me habló entonces de mi misión.
Quería seducir al Mesías después de haber tentado al Joven, y me incitó a aniquilar a los indignos ministros del Templo con un milagro… No se rebaja el milagro, llama del cielo, a hacer de él un círculo de mimbre con que coronarse… No se tienta a Dios pidiendo milagros para fines humanos. Esto quería Satanás. El motivo presentado era el pretexto, la verdad era: "Gloríate de ser el Mesías"; para llevarme a la otra concupiscencia, la del orgullo.
No vencido por mi "no tentarás al Señor tu Dios", me insidió con la tercera fuerza de su naturaleza: el oro. ¡Oh, el oro!
Gran cosa el pan y mayor aún la mujer, para quien anhela el alimento o el placer; grandísima cosa es para el hombre la aclamación de las multitudes… Por estas tres cosas, ¡cuántos delitos se cometen! ¡Ah!, pero el oro… el oro… llave que abre, círculo que suelda, es el alfa y el omega de noventa y nueve de cada cien de las acciones humanas. Por el pan y la mujer, el hombre se hace ladrón; por el poder, homicida incluso; pero por el oro se hace idólatra. Satanás, el rey del oro, me ofreció su oro a condición de que lo adorase… Lo traspasé con las palabras eternas: "Adorarás sólo al Señor tu Dios".
Aquí, aquí sucedió esto.
Jesús se ha puesto en pie. En el marco de la naturaleza llana que le circunda y de la luz ligeramente fosforescente que llueve de las estrellas, parece más alto que de costumbre. También los discípulos se levantan.
Jesús sigue hablando, mirando fija e intensamente a Judas:
-Entonces vinieron los ángeles del Señor… El Hombre había vencido la triple batalla. El hombre sabía qué quería decir ser hombre, y había vencido; estaba exhausto, la lucha había sido más agotadora que el largo ayuno… Mas el espíritu descollaba en gran medida… Yo creo que ante este completarme como criatura dotada de cognición se estremecieron los Cielos. Yo creo que desde ese momento vino a mí el poder de milagros. Había sido Dios. Yo me había hecho el Hombre. Ahora, venciendo al animal que estaba unido a la naturaleza del hombre, he aquí que Yo era el Hombre-Dios, lo soy. Como Dios todo lo puedo, como
Hombre todo lo conozco. Haced también vosotros como Yo si queréis hacer lo que Yo hago, y hacedlo en memoria mía.
Aquel hombre se maravillaba de que hubiera solicitado la ayuda del Padre, y de que le hubiera rogado que no me dejara caer en tentación, es decir, que no me dejara a merced de la Tentación más allá de mis fuerzas. Creo que aquel hombre, ahora que sabe, ya no se asombrará. Actuad también vosotros así, en memoria mía y para vencer como Yo, y no dudéis nunca viéndome fuerte en todas las tentaciones de la vida, victorioso en las batallas de los cinco sentidos, del sentido y del sentimiento, sobre mi naturaleza de verdadero Hombre (la que tengo además de mi naturaleza de Dios). Recordad todo esto.
Os había prometido llevaros a donde hubierais podido conocer al Maestro… desde el alba de su día (un alba pura como esta que está naciendo) hasta el mediodía de su vida, aquél del cual me alejé para ir hacia mi humana tarde… Le dije a uno de vosotros: "Yo también me he preparado"; ahora veis que era verdad.
Os doy las gracias por haberme hecho compañía en este retorno al lugar natal y al lugar penitencial. Los primeros contactos con el mundo me habían nauseado y desilusionado; es demasiado feo. Ahora mi alma está nutrida de la médula del león: de la fusión con el Padre en la oración y en la soledad. Puedo volver al mundo para coger de nuevo mi cruz, mi primera cruz de Redentor, la del contacto con el mundo, con el mundo en el que demasiado pocas son las almas cuyo nombre es María, cuyo nombre es Juan…
Ahora escuchad; tú especialmente, Juan. Volvemos adonde mi Madre y los amigos. Os ruego que no le habléis a mi Madre de la dureza que han opuesto al amor de su Hijo; sufriría demasiado. Sufrirá mucho, mucho, mucho… por esta crueldad del hombre… mas no le presentemos ya desde ahora el cáliz: ¡será muy amargo, cuando le sea dado!; tan amargo que, como un tóxico, le bajará serpenteando a las entrañas santas y a las venas y se las morderá y le helará el corazón. ¡Oh!, ¡no digáis a mi Madre que Belén y Hebrón me rechazaron como a un perro! ¡Tened piedad de Ella! Tú, Simón, eres anciano y bueno, eres un espíritu de reflexión y sé que no hablarás. Tú, Judas, eres judío, y no hablarás por orgullo regional. Mas, tú, Juan, tú, galileo y joven, no caigas en el pecado de orgullo, de crítica, de crueldad. Calla. Más tarde… más tarde a los demás les dirás cuanto ahora te ruego que calles. También a los demás. Hay ya mucho que decir de las cosas del Cristo. ¿Por qué añadir lo que es de Satanás contra el Cristo? Amigos, ¿me prometéis todo esto?
-¡Oh! ¡Maestro! ¡Claro que te lo prometemos, estate seguro!
-Gracias. Vamos hasta aquel pequeño oasis acariciado por el camino que lleva al río. Allí hay un manantial, una cisterna llena de frescas aguas, sombra y verdura.
Podremos encontrar alimento y descanso hasta el anochecer. A la luz de las estrellas nos llegaremos hasta el río, hasta el vado, y esperaremos a José o nos uniremos a él en el caso de que ya haya vuelto. Vamos.
Y se ponen en camino, mientras el primer arrebol en el límite del Oriente dice que un nuevo día nace.